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-The Project Gutenberg eBook of Los desposados - Tomo 1, by Alessandro
-Manzoni
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Los desposados - Tomo 1
- Historia milanesa del siglo XVII
-
-Author: Alessandro Manzoni
-
-Release Date: December 8, 2021 [eBook #66902]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Andrés V. Galia, Sanly Bowitts and the Online Distributed
- Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was
- produced from images generously made available by The Internet
- Archive)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 1 ***
-
-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de
-Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el
-título de "I promessi sposi".
-
-En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los
-novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el
-título original y el tenor de la obra.
-
-En una nota al pie de página el traductor traduce "quatrini" como
-"maravedíes". El transcriptor cree que una traducción más adecuada de
-"quatrini" al castellano es "dinero" o bien "monedas". Asimismo el
-traductor explica en otra nota al pie de página que "polenta" es una
-comida con agua y harina de castañas. Esto es correcto según ha podido
-constatar el transciptor. Sin embargo en la actualidad la versión más
-conocida de la receta de polenta es con agua y harina de maíz.
-
-En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con
-_guiones bajos_.
-
-El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando
-la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado
-puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia
-Española.
-
-En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar
-que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban
-acento ortográfico. Eso ha sido respetado.
-
-En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las
-mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen
-que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal
-acentuada está en mayúsculas.
-
-La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha
-agregado al dominio público.
-
-Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
-
-El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.
-
-
- * * * * *
-
-
- LOS DESPOSADOS
-
- TOMO PRIMERO
-
-
-
-
- LOS DESPOSADOS
-
- HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII
-
- POR ALEJANDRO MANZONI
-
- TRADUCIDA DEL ITALIANO
-
- [Ilustración]
-
- MÉXICO
-
- IMP. DE ANDRADE Y ESCALANTE
-
- Calle da Cadena número 13
-
- 1858
-
-
-
-
- INTRODUCCIÓN
-
-
-La historia puede definirse con toda propiedad, diciendo que es una
-guerra ilustre contra el tiempo; pues arrancando á éste de las manos
-los años á quienes había hecho cautivos ó cadáveres, los llama de
-nuevo á la vida, los pasa en revista y los vuelve á formar en orden
-de batallón. Pero los ilustres campeones que en semejante carrera,
-cosechan palmas y laureles, recogen tan sólo los despojos más
-brillantes y magníficos, embalsamando con sus tintas las empresas de
-reyes, de príncipes y de otros elevados personajes, y tejiendo con
-la finísima aguja del ingenio, los hilos de seda y oro con que hacen
-un recamo imperecedero de acciones gloriosas. No le es lícito á mi
-debilidad enaltecerse hasta tan noble asunto, ni exponerse tampoco
-á tan sublimes peligros, arrojándose en medio de los negocios
-políticos ó del estruendo de los de la guerra; pero instruido de
-hechos memorables, aunque pertenecientes á la historia de unos pobres
-artesanos, quiero dejar á la posteridad el recuerdo de ellos, en
-un relato sencillo y verídico. Veránse en él, aunque en estrecho
-teatro, tragedias llenas de horror y escenas de increíble maldad,
-con intermedios de acciones virtuosas llenas de bondad angelical, en
-oposición con operaciones diabólicas. Y en verdad, cuando se considera
-que este nuestro país está bajo la dominación del rey católico,
-nuestro señor, sol que nunca se pone; y que en su órbita, y con la
-luz que de él toma, cual luna siempre llena, resplandece el héroe de
-noble prosapia que _pro tempore_ ocupa su lugar, y los ilustres
-senadores, verdaderas estrellas fijas, y los demás respetables
-magistrados que, semejantes á los astros errantes, esparcen la luz
-por doquier se necesita, formando así un nobilísimo firmamento, no
-puede explicarse de otra manera, el verlo transformado en un infierno
-de acciones tenebrosas, de maldades y de crímenes que algunos hombres
-aborrecibles multiplican sin cesar, sino atribuyendo esta trasformación
-á los manejos y á las maldades del diablo en persona; pues no puede
-negarse que la malicia humana no acertaría por sí sola, á resistir á
-tantos y tantos héroes, que con ojos de Argos y brazos de Briareo,
-se consagran con abnegación á la defensa de los intereses públicos.
-Por lo cual, al describir estos sucesos acaecidos en mi florida edad,
-y cuando la mayor parte de las personas que figuran en ellos han
-desaparecido de la escena del mundo para pasar á ser tributarias de las
-parcas, callaremos, por justos miramientos, también sus nombres, es
-decir, los patronímicos; lo mismo haremos con respecto á los lugares,
-indicando los territorios nada más que _generaliter_...
-
-Habrá tal vez quien vea en esta reserva una imperfección y una
-deformidad de este mi humilde parto, sobre todo, si el que lo examina
-es extraño á achaque de filosofía; pues los hombres versados en esta
-ciencia, no creerán que por esta omisión falta algo esencial en nuestra
-historia. Pues siendo en efecto cosa evidentísima que los nombres sólo
-son puros, purísimos accidentes...
-
-Pero una vez que yo haya soportado la heroica fatiga de copiar un
-manuscrito casi completamente borrado; y que (como suele decirse) haya
-dado á luz esta historia, ¿habrá quien la lea?
-
-Esta reflexión dubitativa inspirada por el trabajo fastidioso que
-me costaba el descifrar los garabatos que seguían á la palabra
-_accidentes_, me hizo suspender mi empeño de copista, y
-reflexionar maduramente sobre lo que me convenía hacer. ¿Sin duda,
-me decía á mí mismo, al ojear el manuscrito, no llueven como hasta
-aquí, figuras y _concettini_ en todas las páginas de la obra?
-El bueno del _secentista_[1] ha querido antes de todo mostrar,
-cuánto vale y sabe: pero en el curso de su relato y durante muy largos
-intervalos, su estilo es más natural y llano. Esto es cierto; pero
-¡qué vulgar es, qué desigual y qué incorrecto! ¡De cuánto idiotismo
-lombardo y de cuántas locuciones viciosas está lleno! ¡cuán arbitraria
-es su gramática y cuán imperfectos sus períodos! En diferentes puntos
-se notan algunas elegancias españolas de aquellos tiempos; y lo
-peor es, que en los pasajes más terribles ó patéticos, en los que
-requieren algunas flores de retórica discreta, sagaz y de buen gusto,
-en ellos, ¡oh fatalidad! saca á lucir el estilo de que acabamos de dar
-muestra: y entonces, reuniendo con admirable habilidad dos cualidades
-contradictorias, se ostenta trivial y afectado en una misma frase y
-en un mismo período. Todo lo cual forma un compuesto de declamaciones
-huecas y de galicismos vulgares, que acompañado del tonto orgullo
-que distingue á los autores italianos de aquel siglo, no podría
-complacer de ninguna manera á los lectores de nuestros días, en extremo
-instruidos y enemigos de semejantes extravagancias; por cuyo motivo me
-lisonjeo mucho de haber abandonado aquel trabajo.
-
-Cuando iba á cerrar el manuscrito y á guardarlo, reflexioné sería
-lástima que una historia tan interesante quedara ignorada, tal vez, y
-me pesaría por cierto; el lector pensará de distinto modo.
-
-¿No se podrá, me decía á mí mismo, conservar la serie de los sucesos de
-este libro y rehacer su estilo?
-
-Como no se presentó á mi espíritu ninguna objeción razonable, acogí
-este proyecto con ardor. Y tal es el origen del presente libro,
-expuesto con una ingenuidad igual á su importancia. Sin embargo,
-algunos de los hechos y costumbres descritos por nuestro autor, nos
-parecieron tan singulares y extraños, por no decir más, que antes
-de darles fe hemos querido interrogar á otros testigos; y por esto
-emprendimos la ardua tarea de ojear las memorias de aquellos tiempos,
-para ver, si en efecto, el mundo, andaba por entonces como nuestro
-autor decía. Semejante indagación disipó todas nuestras dudas; á cada
-paso encontramos hechos análogos ó más extraordinarios aún que los que
-ya habíamos visto; y lo que nos ha parecido decisivo para acreditar
-nuestro manuscrito es el que estas memorias hacen mención de muchos
-personajes que sólo conocíamos por nuestro autor, lo cual nos había
-hecho dudar de que hubiesen existido en realidad. Á su tiempo citaremos
-algunos de estos testimonios que darán mayor autoridad á los hechos,
-de cuya veracidad podría dudar, á causa de su índole extraña, el lector
-de nuestros días.
-
-Pero después de haber refutado el estilo de nuestro autor, nos toca
-explicar el que nosotros le hemos sustituido.
-
-El que sin ser rogado para ello, rehace el trabajo ajeno, se expone,
-y hasta cierto punto contrae el deber de dar una cuenta minuciosa del
-suyo propio.
-
-Ésta es una regla de hecho y de derecho á la cual no intentamos
-sustraernos de ningún modo.
-
-Lejos de eso, y para probar que nos sometíamos á ella de buen grado,
-nos propusimos dar aquí una explicación detallada sobre el modo de
-escribir que hemos adoptado; con este objeto nos afanamos en adivinar
-durante todo el tiempo de nuestro trabajo, las críticas posibles y
-contingentes que él podría suscitar, con la intención de refutarlas
-anticipadamente. Pero no estribaba en esto la dificultad, pues
-(digámoslo en honor de la verdad) ninguna crítica se ha presentado
-á nuestra mente sin venir acompañada de una respuesta triunfante,
-de aquéllas que no sólo resuelven las cuestiones sino que imponen
-silencio. Nos ha sucedido también con frecuencia que, poniendo dos
-críticas frente á frente, las hacíamos luchar entre sí, y examinándolas
-profundamente y comparándolas con escrupulosa atención, descubríamos y
-demostrábamos al cabo, que aunque opuestas en apariencia, eran por su
-naturaleza semejantes, y que ambas á dos procedían de la desatención
-con que se habían indicado los hechos y los principios, sobre los
-cuales debían asentarse los juicios que de unos á otros se debieron
-hacer, y en consideración de esto juntábamos ambas críticas y las
-mandábamos juntas también á pasear.
-
-¡Con dificultad se podría hallar un autor que probara mejor su
-infalibilidad!--Pero, ¡oh cielos! llegado el momento de recapitular
-las objeciones y sus respuestas y el de ordenarlas, hallamos, que
-habíamos hecho un libro: visto lo cual, abandonamos nuestro intento por
-dos razones, que sin duda alguna el lector considerará oportunas.--La
-primera, porque temimos que el hacer un libro para justificar otro, ó
-sólo su estilo, parecería cosa ridícula. La segunda, porque creemos que
-es suficiente, cuando no excesivo, el publicar un sólo libro á la vez.
-
-
- NOTAS:
-
-[1] Se da este nombre á los escritores del siglo XVI y de la primera
-mitad del XVII, época para Italia de decadencia y mal gusto. _Nota del
-autor._
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
- Pág.
-
- INTRODUCCIÓN v
-
- CAPÍTULO PRIMERO 1
-
- CAPÍTULO SEGUNDO 29
-
- CAPÍTULO TERCERO 51
-
- CAPÍTULO CUARTO 78
-
- CAPÍTULO QUINTO 104
-
- CAPÍTULO SEXTO 129
-
- CAPÍTULO SÉPTIMO 153
-
- CAPÍTULO OCTAVO 185
-
- CAPÍTULO NOVENO 221
-
- CAPÍTULO DÉCIMO 254
-
- CAPÍTULO DECIMOPRIMERO 285
-
- CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO 316
-
- CAPÍTULO DECIMOTERCERO 339
-
- CAPÍTULO DECIMOCUARTO 365
-
- CAPÍTULO DECIMOQUINTO 392
-
- CAPÍTULO DECIMOSEXTO 420
-
- CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO 446
-
- CAPÍTULO DECIMOCTAVO 473
-
-
-
-
- CAPÍTULO PRIMERO
-
-Un brazo del lago de Como, dirígese al Mediodía, por entre dos
-cordilleras de montañas no interrumpidas, y va formando, según aquéllas
-se estrechan ó se apartan, bahías y ensenadas que de repente toman el
-curso y la apariencia de un caudaloso río, teniendo á su derecha un
-cabo ó promontorio, y á su izquierda otro río. El puente que une
-las dos márgenes en aquel sitio, parece que hace más sensible á la
-vista dicha trasformación: él señala el punto donde termina el lago y
-empieza el Adda, para volver á tomar su nombre en el mismo lugar en
-que ambas riberas, ensanchándose nuevamente, permiten que las aguas se
-extiendan formando innúmeros golfos y bahías. El río baja apoyándose
-en dos montes contiguos, formado por la confluencia de tres grandes
-torrentes, llamado el uno de S. Martín y el otro el Resegon, que en
-dialecto lombardo, quiere decir sierra; y en efecto, son tantos sus
-numerosos picos, que verdaderamente semeja á una sierra; de modo
-que, á su aspecto, visto de frente, por ejemplo, desde los muros de
-Milán que miran al Norte, no hay quien, por esa señal, no le reconozca
-al momento entre aquella vasta cordillera de montañas, de los otros
-montes de nombre menos conocido y de forma mas común. Por espacio de
-un buen trecho el río baja por una pendiente poco sensible; después
-interrumpido en su marcha por ribazos y cañadas, se precipita formando
-cascadas ó anchas lagunas, según la configuración de las dos montañas
-y el trabajo de las aguas. La orilla, surcada por las bocas de los
-torrentes, está cubierta de gruesa arena y guijarros; el resto del
-terreno lo forman campos y viñedos, salpicados de lugarcillos, quintas
-y cabañas, y de cuando en cuando, bosques que se prolongan hasta la
-misma montaña. Lecco, el mayor de aquellos lugarcillos y que da su
-nombre al territorio, está situado á corta distancia del puente, sobre
-las orillas del lago, haciendo parte del mismo, cuando crecen sus
-aguas. Hoy día es una gran aldea que va encaminándose á ser ciudad.
-En el tiempo que tuvieron lugar los sucesos, cuya narración vamos
-á emprender, dicha aldea, ya muy considerable, era á más una plaza
-fuerte, teniendo por lo tanto el honor de alojar un gobernador, y la
-ventaja de poseer una guarnición permanente de soldados españoles. El
-Adda, salido apenas de los arcos del puente, se convierte de nuevo en
-un pequeño lago, y después se estrecha y prolonga hasta el horizonte en
-brillantes revueltas; en lo alto las cimas de los montes suspendidas
-sobre el que las contempla, y debajo la pendiente de la montaña
-cultivada, los paisajes, el puente; al frente la ribera opuesta del
-lago, y tendiendo más la vista el encumbrado monte que lo encierra.
-
-Por uno de estos senderos volvía de paseo, dirigiéndose á su casa
-á pasos lentos, en la tarde del día 7 de noviembre del año 1668,
-D. Abundio, cura párroco de uno de los lugares que se acaban de
-describir: el nombre de éste, ni el apellido de aquél se encuentran
-en el manuscrito ni en dicho lugar, ni en otro alguno. Iba recitando
-tranquilamente sus rezos, y de vez en cuando entre salmo y salmo
-cerraba el breviario, dejando dentro por señal el índice de la mano
-derecha; luego poniéndose ambas manos atrás, proseguía su camino
-mirando al suelo, arrojando con el pie las piedras que obstruían el
-camino; después alzaba la vista, y volviendo negligentemente los ojos á
-su alrededor, los fijaba en la parte de un monte, en que la luz del sol
-poniente, escapándose por las grietas del opuesto, esparcía por donde
-quiera largas y desiguales fajas de púrpura sobre los ángulos salientes
-de los peñascos en donde reflejaban sus rayos. Después abrió de nuevo
-el breviario, y habiendo recitado otro pequeño pasaje, llegó á una
-revuelta del sendero, donde siempre tenía la costumbre de levantar los
-ojos del libro y echar una mirada delante de sí, lo cual hizo también
-aquel día. Luego que hubo dado la vuelta al citado sendero, el camino
-seguía en línea recta casi unos sesenta pies, y en seguida se dividía
-en dos sendas en forma de Y: la de la derecha se dirigía á la montaña
-y conducía á la parroquia; la de la izquierda descendía al valle hasta
-llegar á un torrente, y por esta parte la pared no llegaba ni á la
-mitad del cuerpo del pasajero. Las paredes interiores de ambas sendas,
-en vez de reunirse en el ángulo terminaban en una especie de retablo
-sobre el cual habían pintado ciertas figuras largas, serpenteantes,
-que acababan en punta, las cuales, según la intención del artista y á
-los ojos de todos los habitantes de las cercanías, figuraban llamas, y
-alternaban con éstas otras figuras que es imposible describir, y que
-representaban las almas del purgatorio; almas y llamas eran de color de
-ladrillo, sobre un fondo pardusco, resquebrajado por algunas partes.
-El cura, después de haber dado la vuelta al camino, y dirigiendo según
-solía sus miradas á la capilla, vió lo que no esperaba, y que no
-hubiera querido ver. Tres hombres estaban apostados, el uno enfrente
-del otro, en la confluencia, por decirlo así, de las dos sendas: uno de
-ellos cabalgaba sobre la pequeña tapia, teniendo una pierna colgando
-por la parte exterior, y el otro pie descansando sobre el camino;
-el segundo de pie, arrimado á la citada tapia, y el último sentado y
-con los brazos cruzados. El vestido, el talante y el paraje en que se
-hallaban, manifestaban claramente la condición de aquéllos. Llevaban
-los tres la cabeza ceñida con una redecilla verde, de la cual se
-destacaba sobre la frente un enorme tupé que caía encima del hombro
-izquierdo, donde terminaba por una gran borla; con el pelo largo y
-ensortijado; un descomunal cinturón de correa de donde pendían un par
-de pistolas; un pequeño cuerno lleno de pólvora, colgado del cuello
-á guisa de collar; el mango de un cuchillo que salía de sus anchos
-y huecos calzones, y por último un espadón, cuya grande empuñadura,
-toda calada y primorosamente trabajada formaba una especie de concha;
-con lo que á primera vista se conocía que pertenecían á la clase de
-los BRAVOS. Dicha especie, hoy del todo perdida, estaba entonces muy
-floreciente en la Lombardía, y era ya antiquísima. Para el que no
-tuviese idea de ella, he aquí algunos fragmentos auténticos que darán á
-conocer bastante sus principales caracteres, los esfuerzos hechos para
-destruirla, y su tenaz y rigorosa vitalidad.
-
-Desde el 8 de abril del año 1583, el Illmo. y Exmo. Sr. D. Carlos
-de Aragón, príncipe de Castelvetrano, duque de Terranova, marqués
-de Ávola, conde de Burgeto, grande almirante y gran condestable de
-Sicilia, gobernador de Milán y capitán general de S. M. C. en Italia,
-_plenamente informado de la intolerable miseria, en la cual ha vivido
-y vive aún la ciudad de Milán, á causa de los_ BRAVOS _y vagamundos_,
-publicó un bando contra éstos. _Declarando á todos ellos comprendidos
-en el presente bando, debiendo ser tenidos por_ BRAVOS _y vagamundos...
-todos los que siendo forasteros, ó del país, no tienen ninguna
-profesión, ó que teniéndola no la ejercen... pero que con sueldo ó
-sin él se arriman á cualquier caballero, ó gentilhombre, oficial ó
-comerciante... para prestarle ayuda y favor, ó verdaderamente, según es
-de presumir, para tener asechanzas á otros..._ Manda á todos ellos que
-en el término de seis días abandonasen el país, bajo la pena de galeras
-á los contumaces, y dió á todos los oficiales de justicia las más
-amplias é indefinidas facultades para la ejecución de la citada orden.
-Mas en 12 de abril del año siguiente, viendo dicho señor _que esta
-ciudad estaba llena todavía de_ BRAVOS... _que habían vuelto á vivir
-como antes, no habiendo cambiado en nada sus costumbres, ni disminuido
-su número_, publicó un nuevo bando más fuerte aún y más notable, en el
-cual, entre otras órdenes, prescribe:
-
- “Que cualquier individuo, tanto de la ciudad, como de fuera de
- ella, que por dos testigos conste ser tenido y comúnmente reputado
- por BRAVO, y lleve el nombre de tal, aunque no se verifique que
- haya cometido delito alguno... por la sola opinión de BRAVO sin
- necesidad de más indicios, podrá por los dichos jueces, y cada uno
- de ellos en particular, ser condenado á la horca y al tormento,
- previa la correspondiente sumaria... y aunque no confiese crimen
- alguno, sea enviado á galeras por el tiempo de tres años, por
- la sola reputación y nombre de BRAVO, según se expresa arriba.
- _Todo esto, sin perjuicio de lo demás que corresponda, porque_ su
- excelencia está resuelto á hacerse obedecer de todos”.
-
-Al oir palabras tan enérgicas, tan positivas, acompañadas de tales
-órdenes, está uno decidido á creer que á su solo ruido todos los
-BRAVOS desaparecerían para siempre. Pero el testimonio de un señor no
-menos poderoso, no menos dotado de nombre, nos obliga á creer todo lo
-contrario. Éste es el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan Fernández de Velasco,
-condestable de Castilla, camarero mayor de S. M., duque de Frías,
-conde de Haro y Castelnovo, señor de la casa de Velasco y de la de los
-siete infantes de Lara, gobernador del Estado de Milán, &c. En 5 de
-junio de 1593, plenamente informado también _de cuánto daño y ruina
-son... los_ BRAVOS _y vagamundos, y del pésimo efecto que tal clase
-de gentes causa al bien público, en menosprecio de la justicia_, les
-intima de nuevo que en el perentorio término de seis días, desocupen
-el país, repitiendo exactamente las mismas prescripciones y amenazas
-de su predecesor. El 23 de mayo del año 1598, _informado con el mayor
-desagrado que... en esta ciudad y Estado va creciendo cada vez más el
-número de tales gentes_ (bravos y vagamundos), _y que de su parte,
-día y noche, no oye hablar más que de heridas causadas alevosamente,
-de homicidios y robos, y de toda clase de crímenes, cuya ejecución
-les es tanto más fácil, cuanto que confían en ser protegidos por
-sus jefes y fautores..._ prescribe de nuevo los mismos remedios,
-aumentando la dosis, como se usa en las enfermedades obstinadas. _Que
-cualquiera, pues_, concluye por último, _en todo y por todo se guarde
-de controvertir en lo más mínimo á la presente orden, porque en vez
-de merecer la clemencia de su excelencia, experimentará su rigor y su
-cólera, estando resuelto y determinado á que éste sea el último, y
-perentorio aviso._
-
-No fué, sin embargo, de este parecer el Illmo. y Exmo. Sr. D. Pedro
-Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, capitán y gobernador del Estado
-de Milán; no fué de este parecer, y con razón. _Plenamente informado
-del estado deplorable en que se encuentra esta ciudad y estado por
-causa del considerable número de_ BRAVOS _que en él abundan... y
-resuelto á extirpar totalmente semilla tan perniciosa_, se determina
-á dar el 5 de diciembre del año 1600, un nuevo bando lleno de las
-más severas conminaciones, con el firme propósito de que sean todas
-ejecutadas con el mayor rigor, y sin esperanza de remisión.
-
-Con todo, preciso es creer que no lo hiciese con la buena voluntad que
-sabía emplear para urdir intrigas y suscitar enemistades á su grande
-enemigo Enrique IV; pues acerca de esto, dice la historia, que logró
-armar contra dicho monarca al duque de Saboya, á quien hizo perder
-más de una ciudad, como también consiguió hacer conspirar al duque de
-Biron, lo que le costó la cabeza; pero tocante á la mala semilla de
-los BRAVOS, es cierto que aún continuaba germinando el 22 de setiembre
-del año 1612. En este día el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan de Mendoza,
-marqués de la Hinojosa, gentilhombre, &c., gobernador, &c., pensó
-formalmente en extirparla. Á dicho efecto, expidió á Pandolfo y á Marco
-Tulio Malatesta, impresores del rey, el acostumbrado bando, corregido y
-aumentado, para que lo imprimiesen, para el exterminio de los BRAVOS.
-Mas éstos vivieron todavía lo bastante para recibir el 24 de diciembre
-del año 1618, los mismos y más fuertes golpes del Illmo. y Exmo. Sr. D.
-Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, &c., gobernador, &c.; pero no
-habiendo muerto de ellos, el Illmo. y Exmo. Sr. D. Gonzalo Fernández
-de Córdoba, bajo cuyo gobierno tuvo lugar el paseo de D. Abundio, se
-había visto obligado á corregir y publicar de nuevo la acostumbrada
-ordenanza contra los BRAVOS el día 5 de octubre de 1627, es decir, un
-año, un mes y dos días antes de aquel memorable acontecimiento.
-
-No fué ésta la última publicación; pero nosotros no creemos deber hacer
-mención de las posteriores, como cosa que está fuera del período de
-nuestra historia. Solamente indicaremos una del 13 de febrero del año
-1632, en la cual el Exmo. duque de Feria, por segunda vez gobernador,
-nos da á conocer que las mayores maldades procedían de los llamados
-BRAVOS. Esto basta para probar que los BRAVOS existían aún en el tiempo
-de que tratamos.
-
-Que los tres individuos descritos anteriormente estuviesen allí para
-esperar á alguno, era demasiado evidente; pero lo que más disgustó á D.
-Abundio fué el comprender por ciertas señales, que el esperado era él,
-porque á su aparición ellos se habían mirado, alzando la cabeza, con un
-movimiento que denotaba que ellos á un tiempo habían dicho: “él es”. El
-que estaba cabalgando en la tapia se levantó, plantándose en el camino;
-otro se separó también de la pared y los dos marcharon á su encuentro.
-D. Abundio, teniendo siempre delante de sus ojos el breviario abierto,
-como si leyese, miraba además para espiar sus movimientos; y viéndolos
-venir directamente á él, fué asaltado al instante por mil diversos
-pensamientos. De repente se preguntó si entre los _bravos_ y él,
-el sendero tendría alguna salida, ya fuese á la derecha, ya á la
-izquierda, y al momento se acordó que no. Examinó su conciencia y no le
-recordó ninguna falta cometida contra algún señor poderoso ó vengativo:
-pero aun en aquella tribulación, el testimonio consolador de aquélla
-lo tranquilizaba completamente. Sin embargo, los _bravos_ se acercaban
-mirándole fijamente. Puesto el índice y la palma de la mano izquierda
-en su alzacuello, como para acomodarlo mejor, y haciendo girar los
-dos dedos alrededor de la garganta, volvía entre tanto la cabeza
-hacia atrás torciendo al mismo tiempo la boca, y mirando de reojo,
-con el fin de poder ver si venía alguien; mas no vió á nadie. Echó
-una ojeada por encima de la pequeña tapia con dirección á los campos,
-nadie; en seguida otra más tímida sobre el camino que tenía delante de
-sí, tampoco; nadie más que los _bravos_. ¿Qué hacer? ¿Volver atrás?
-Ya no era tiempo: confiarse á las piernas, era lo mismo que decir,
-perseguidme. No pudiendo esquivar el peligro, corrió á encontrarlo;
-porque aquellos momentos de incertidumbre eran tan penosos para él,
-que su único deseo consistía en abreviarlos. Apretó el paso, recitó un
-versículo en voz alta, trató de dar á su rostro toda la calma posible,
-hizo todos los esfuerzos imaginables para dejar entrever una sonrisa;
-y cuando se encontró frente á frente de los dos personajes, dijo para
-sí: ya estamos, ya estamos, y se afirmó sobre sus dos pies.--Señor
-cura, dijo uno de ellos, encarándosele con la mayor desfachatez y
-agarrándole con una mano la garganta.
-
---¿Qué tenéis que mandar? respondió súbitamente D. Abundio, alzando los
-ojos del libro, el cual había quedado enteramente abierto en sus manos,
-como si estuviera sobre un atril.
-
---¿Tenéis intención, prosiguió el otro, con el ademán amenazador é
-iracundo de aquél que coge á un inferior cometiendo alguna falta;
-tenéis intención de casar mañana á Renzo Tramaglino y á Lucía Mondella?
-
---Esto es... responde con trémula voz D. Abundio, esto es... Los
-señores son hombres de mundo, y saben muy bien del modo que se hacen
-estas cosas. Un pobre cura no puede nada; estos arreglos los disponen
-ellos, y después... después vienen á nosotros, lo mismo que irían á un
-mercado, y nosotros... nosotros estamos al servicio de todo el mundo.
-
---Pues bien, le dice uno de los bravos al oído, pero con el tono
-solemne del que manda: ese matrimonio no se ha de verificar, ni mañana,
-ni nunca.
-
---Pero, señores míos, replica D. Abundio con acento afable y cariñoso,
-como el que quiere persuadir á un impaciente; pero señores míos,
-dignaos poneros en mi lugar... si esto dependiese de mí... bien veis
-que yo nada gano en esto.
-
---Vamos, interrumpió el bravo: si la cosa tuviese que decidirse
-charlando, nos meteríais en el saco. Nosotros no sabemos ni queremos
-saber más. Hombre avisado... ya me entendéis.
-
---Pero, dijo esta vez el compañero que hasta entonces no había hablado;
-pero el matrimonio no se hará, ó... y soltó una horrible blasfemia, ó
-el que lo haga no se arrepentirá, porque no tendrá tiempo, y... aquí
-otro juramento.
-
---Chito, chito, replicó el primer interlocutor: el señor cura es un
-hombre que sabe vivir, y nosotros somos unas buenas gentes que no
-queremos causarle ningún daño, con tal de que se ponga en la razón.
-Señor cura, el Illmo. Sr. D. Rodrigo os saluda afectuosamente.
-
-Este nombre hizo sobre la imaginación de D. Abundio el mismo efecto que
-cuando en una noche de fuerte temporal un relámpago ilumina momentánea
-y confusamente los objetos, y aumenta más el terror: al oirle se
-inclinó como por instinto, profundamente, y dijo: “Si vosotros,
-señores, pudieseis instruirme”...
-
---¡Oh, instruiros, á vos que sabéis el latín! interrumpió aún el bravo,
-con una risa sarcástica y feroz á la vez: esto os toca á vos. Sobre
-todo, que no se os escape una sola palabra del aviso que os hemos dado
-por vuestro bien; pues de lo contrario, hem... sería lo mismo que
-hacer el matrimonio. ¡Y bien! ¿qué queréis que digamos de parte vuestra
-al Illmo. Sr. D. Rodrigo?
-
---Mis respetos...
-
---Explicaos mejor.
-
---Dispuesto... siempre dispuesto á obedecerle: y al proferir estas
-palabras, ni aun él mismo sabía si hacía una promesa ó un simple
-cumplido. Los bravos lo tomaron ó manifestaron tomarlo en el sentido
-más formal.
-
---¡Muy bien! Buenas noches, dijo uno de ellos haciendo ademán de partir
-con su camarada. D. Abundio, que pocos momentos antes hubiera dado
-un ojo con el fin de evitar su encuentro, quería ahora prolongar la
-conversación. Señores... empezó, cerrando el libro con ambas manos:
-pero éstos, sin escucharle, tomaron el camino por donde él había
-venido, y se alejaron cantando un estribillo que no juzgo oportuno
-trascribir. El pobre D. Abundio se quedó por un momento con la boca
-abierta como si estuviera encantado; después tomó el sendero que
-conducía á su casa, pudiendo apenas andar, pues parecía que tenía las
-piernas envaradas. Se conocerá mejor cómo estaba su espíritu, cuando
-hayamos dicho algo de su carácter y de los desgraciados tiempos en los
-cuales le había tocado vivir.
-
-D. Abundio (según el lector debe haber observado), no había nacido
-con un corazón de león; pero desde sus más tiernos años había debido
-comprender, que la peor condición en aquella época era la de un
-animal sin garras ni dientes, y sin inclinación á ser devorado. La
-fuerza legal, no protegía en manera alguna al hombre pacífico é
-inofensivo, y que carecía de medios para hacerse respetar de los
-demás. No era que faltasen leyes y castigos contra las violencias de
-los particulares; por el contrario, las leyes llovían, los delitos
-eran enumerados é inscritos con la más prolija minuciosidad: si los
-castigos, ya regularmente exorbitantes no bastaban, podían en todo
-caso ser aumentados al arbitrio del mismo legislador y cien ministros
-suyos; los procedimientos tendían únicamente á librar al juez de todo
-lo que pudiese servir de impedimento para pronunciar una sentencia:
-los fragmentos de las ordenanzas contra los bravos que hemos citado
-anteriormente son una pequeña pero fiel muestra de esto. Con todo,
-y quizás á causa de esto mismo, dichas ordenanzas, reimpresas y
-esforzadas por cada gobernador, no servían más que para atestiguar
-pomposamente la impotencia de sus autores, y si surtían algún efecto
-inmediato era principalmente para añadir nuevas vejaciones á las
-que los pacíficos y débiles sufrían ya de los perturbadores, y para
-aumentar las violencias y perfidias de éstos. La impunidad estaba
-en su auge, y había echado tan profundas raíces, que las leyes no
-podían conmoverlas, ni aun llegar á ellas. De esta importunidad dan
-testimonio, los asilos, los privilegios de ciertas clases, reconocidos
-en parte por la fuerza legal, y tolerados en parte con envidioso
-silencio, ó impugnados con vanas protestas, pero sostenidos de hecho,
-y defendidos por dichas clases con actividad interesada y con el
-más celoso pundonor. Esta impunidad, amenazada é insultada, pero no
-destruida por las ordenanzas, debía naturalmente á cada amago, á cada
-ataque, acumular nuevos esfuerzos y nuevas astucias para conservarse.
-
-Así sucedía en efecto: á la aparición de los bandos dirigidos á
-reprimir á los perturbadores, éstos buscaban en su fuerza real,
-recursos más eficaces para continuar haciendo lo que la ley quería
-prohibir. Bien se podían poner trabas á cada paso, y molestar al hombre
-honrado que carecía de fuerza y protección; porque con el pretexto
-de tener en su poder á todos para prevenir y castigar los delitos,
-el individuo estaba sujeto de mil modos á la voluntad arbitraria de
-toda clase de magistrados y agentes; pero el que antes de cometer un
-delito tomaba apresuradamente sus medidas para retirarse á tiempo á
-un convento, á un palacio, en donde los esbirros no hubieran osado
-poner los pies; el que, sin otras precauciones, vestía una librea que
-tuviese empeño en defenderla de la vanidad y los intereses de familia
-poderosa ó de toda una asociación, éste era libre en sus operaciones,
-y podía burlarse de los bandos. Entre los mismos encargados de
-hacerlos ejecutar, algunos pertenecían por su nacimiento á la clase
-privilegiada; otros eran de su clientela: todos, por educación, por
-interés, por costumbre, por imitación, habían abrazado sus máximas, y
-se habrían guardado muy bien de ser infieles á ellas por temor á un
-pedazo de papel pegado á una esquina. Los agentes, pues, encargados de
-la inmediata ejecución, aunque hubiesen sido emprendedores como héroes,
-obedientes como frailes, y prontos á sacrificarse como mártires, no
-hubieran podido lograr el fin que se proponían, inferiores como eran
-en número á aquéllos á quienes trataban de someter, y con una grande
-probabilidad de ser abandonados de los que en abstracto, ó mejor dicho,
-en teoría les ordenaban obrar. Además, pertenecían á la clase más
-abyecta y despreciable de la sociedad de aquel tiempo: su oficio era
-vil aun á los ojos de aquéllos á quienes podían causar terror, y su
-título tenido como un improperio. Era, pues, muy natural, que en lugar
-de arriesgarse y lanzar su vida á desesperadas empresas, vendiesen su
-inacción, y también algunas veces su connivencia, á los poderosos, y se
-reservasen ejercer su execrable autoridad y la única fuerza que tenían
-en las ocasiones en que no había ningún peligro, esto es, en oprimir y
-vejar á los ciudadanos pacíficos y sin defensa.
-
-El hombre que quiere ofender, ó que teme á cada momento ser
-ofendido, busca de ordinario aliados y compañeros. Así es, que en
-aquella época era llevada al más alto grado la tendencia de estar
-reunidos en clases, formar otras nuevas, y procurar cada uno dar á
-la suya la mayor importancia posible. El clero velaba en sostener y
-aumentar sus inmunidades, la nobleza sus privilegios, el militar sus
-exenciones, los mercaderes y los artesanos estaban inscritos en los
-gremios y cofradías, los letrados formaban una liga y los médicos
-una corporación. Cada una de estas pequeñas oligarquías tenía su
-fuerza propia y especial; en cada una el individuo encontraba la
-ventaja de emplear para sí, á proporción de su poder y de su destreza,
-la fuerza reunida de muchos. Los más honrados se valían de esta
-ventaja únicamente para su defensa; los astutos y los facinerosos
-se aprovechaban de ella para llevar á cabo sus maldades, á cuyo fin
-no habían bastado sus medios personales, y también para asegurarse
-la impunidad. Sin embargo, las fuerzas de estas distintas ligas
-eran muy desiguales, principalmente en el campo: el noble, rico y
-déspota ejercía ese poder rodeado de una banda de bravos y cuadrillas
-de aldeanos, acostumbrados por tradición de familia, interesados ó
-forzados, á mirarse como súbditos y soldados de su señor, al cual
-ninguna fracción de otra liga hubiera podido allí difícilmente resistir.
-
-Nuestro Abundio, ni noble, ni rico, ni tampoco valiente, había, pues,
-comprendido, antes casi de llegar á los años de la discreción, que iba
-á ser en aquella sociedad como una vasija de tierra cocida, obligada
-á viajar en compañía de muchos vasos de hierro. Había, pues, accedido
-de buen grado á los deseos de sus padres, que querían fuese sacerdote.
-Á decir verdad, no había reflexionado mucho en las obligaciones y en
-los fines del santo ministerio al cual se dedicaba: procurarse una
-vida cómoda y meterse en una clase respetada y fuerte, le parecieron
-dos razones más que suficientes para tal elección. Mas una clase
-cualquiera no protege, no asegura á un individuo sino hasta cierto
-punto: ninguna le dispensa de crearse un sistema propio y particular.
-D. Abundio, continuamente absorto en los pensamientos de velar por
-su tranquilidad, se cuidaba poco de otras ventajas, las cuales para
-obtenerlas era indispensable trabajar mucho y arriesgarse un poco. Su
-sistema consistía principalmente en evitar toda especie de debates,
-y ceder en los que no podía hacerlo: neutralidad desarmada en todas
-las guerras que nacían en torno suyo, desde las contiendas entonces
-frecuentísimas entre el clero y el poder secular, entre militares,
-paisanos y entre los mismos nobles, hasta la riña más sencilla entre
-los dos campesinos, nacida de una palabra, y decidida con los puños ó
-las cuchilladas. Si se veía absolutamente obligado á tomar parte entre
-dos combatientes, estaba por el más fuerte, y siempre á retaguardia,
-procurando hacer ver al vencido que él no era voluntariamente enemigo
-suyo: parecía decirle: ¿pero por qué no habéis sabido ser el más
-fuerte, que yo me hubiera puesto de vuestra parte? Estando á larga
-distancia de los poderosos, disimulando sus injusticias pasajeras y
-caprichosas, correspondiendo con sumisión á las que provenían de una
-intención más formal y más meditada, obligaba á fuerza de saludos y
-expresiones joviales de respeto á que los más bruscos y altaneros le
-dirigiesen una sonrisa cuando los encontraba en su camino. El infeliz
-había conseguido llegar á los sesenta años sin grandes borrascas.
-
-Sin embargo, no se crea por esto que no tuviese también en el fondo
-del alma su pequeña dosis de hiel: aquel continuo ejercitar de la
-paciencia, aquella necesidad de dar siempre la razón á los otros, tan
-amargos bocados tragados en silencio, lo habían exacerbado hasta tal
-punto, que si no hubiese podido de vez en cuando desfogar un poco,
-ciertamente lo habría pagado en salud. Pero últimamente, como había
-en el mundo y á su lado personas que él conocía que serían incapaces
-de hacerle daño alguno, podía también alguna vez descargar sobre
-ellas su mal humor reprimido por largo tiempo, ocupándose en regañar
-y dar gritos injustamente. Era, pues, un rígido censor de los que no
-se regulaban como él; pero cuando podía ejercitar dicha censura sin
-ninguna clase de peligro, aunque fuese lejano, el vencido era para él
-un imprudente, y el muerto siempre había sido un hombre muy turbulento.
-Al que volvía con la cabeza rota por haber sostenido sus derechos
-contra algún poderoso, D. Abundio sabía siempre encontrar alguna culpa
-en el primero, cosa no difícil; porque la razón y sinrazón jamás se
-dividen tan absolutamente, que no se puede hallar un poco de una
-parte y otro poco de otra. Sobre todo, declamaba contra aquellos de
-sus cofrades que peligrosamente tomaban el partido del débil oprimido
-contra el poderoso opresor. Á esto él llamaba comprar impedimentos al
-contado y querer enderezar las piernas á un perro cojo; añadía también
-severamente que era mezclarse en cosas profanas en detrimento de la
-dignidad de su sagrado ministerio; y predicaba siempre contra ellos,
-pero siempre con mucha perspicacia, y en un pequeñísimo círculo, con
-tanta más vehemencia, cuanto más seguro estaba de que eran ajenos
-de resentirse, y en cosas que les tocaban personalmente. Tenía una
-sentencia predilecta, con la que cerraba siempre sus discursos tocante
-á dicho asunto: que el hombre honrado que no cuida más que de lo suyo
-y permanece en su lugar correspondiente, nunca tiene malos encuentros.
-
-Juzguen ahora mis lectores qué impresión debió lo que va referido
-hacer sobre el ánimo del pobre cura. El espanto que le habían causado
-aquellos horrorosos semblantes y terribles palabras; las amenazas de
-un señor conocido por no haberlas hecho jamás en vano; un sistema
-de vida tranquila que le había costado tantos años de paciencia y
-estudio, desconcertado un momento, en un paso del cual no veía salida
-posible: todos estos pensamientos se agrupaban tumultuosamente en la
-cabeza de D. Abundio, que con ella inclinada proseguía su camino. “¡Si
-pudiese mandar en paz á Renzo con un _no_ bien redondo! pase; ¿pero
-querrá razones? ¡Y por Cristo! ¿qué he de responderle? ¡Y el muchacho
-no tiene mala cabeza que digamos! Es un cordero si no se le hostiga;
-mas si uno quiere contradecirle... ¡Oh!... Y después está enteramente
-perdido por esa Lucía; enamorado como... Rapazuelos, que no sabiendo
-qué hacerse, se enamoran, quieren casarse, y no piensan en otra cosa;
-no haciéndose cargo de los compromisos en los cuales ponen á un hombre
-de bien. ¡Oh, infeliz de mí! ¿No es una triste desgracia el que esos
-dos fantasmones hayan venido precisamente á plantarse en mi camino, y á
-emprenderla conmigo? ¿Qué puedo yo? ¿Soy acaso el que quiero casarme?
-¿Por qué no han ido á hablar más bien á... ¡Oh! ¡Ved, pues, cuán
-grande es mi suerte! Siempre se me ocurren las cosas después de haber
-pasado la ocasión. Si hubiese pensado en imbuirles que fuesen á llevar
-su mensaje...”. Mas al llegar á este punto sintió que arrepentirse
-de no haber sido consejero y cómplice de una maldad era muy inicuo,
-y descargó toda su ira contra el que iba de este modo á turbar su
-reposo. No conocía á D. Rodrigo más que de vista y por su fama; nunca
-había tenido con él otro negocio más que tocar la barba con el pecho,
-y el suelo con el extremo de su sombrero las pocas veces que lo había
-encontrado á su paso. En más de una ocasión le había ocurrido defender
-la reputación de dicho señor contra los que en voz baja, suspirando y
-alzando los ojos al cielo, maldecían alguno de sus hechos: había dicho
-más de cien veces que D. Rodrigo era un respetable caballero; mas en
-aquel instante, le aplicó en su interior todos los epítetos que jamás
-había oído serle prodigados por otros, sin interrumpirles prontamente
-con un “_¡vaya allá!_”
-
-En este desorden de ideas llegó á la puerta de su casa, que estaba
-situada á la entrada del pueblo: metió con presteza la llave en la
-cerradura, abrió, entró, cerró diligentemente; y ansioso de hallarse
-en segura compañía, llamó con celeridad: “Perpetua, Perpetua;” y se
-fué acercando al propio tiempo á la habitación en donde aquella debía
-estar probablemente, preparando la mesa para cenar. Según se veía,
-era Perpetua el ama de gobierno de D. Abundio, ama apasionada y fiel,
-que sabía obedecer y mandar, según las ocasiones; tolerar á tiempo
-los regaños y extravagancias del amo, y á su vez hacerle aguantar lo
-propio; que de día en día eran más frecuentes desde que había pasado
-de la canónica edad de los cuarenta, permaneciendo célibe por haber
-desechado (según la misma decía) todos los partidos que se le habían
-ofrecido, ó por no haber encontrado jamás un perro que la quisiera,
-como decían sus amigas.
-
-“Voy”, respondió Perpetua, poniendo sobre la mesa en el sitio de
-costumbre un frasco del vino predilecto de D. Abundio, dirigiéndose
-lentamente hacia donde éste se hallaba; mas aún no había llegado
-aquélla al umbral de la puerta de la sala, cuando él entró con un
-paso tan precipitado, con una mirada tan sombría, y un semblante tan
-desencajado, que no eran necesarios los ojos perspicaces de Perpetua,
-para descubrir á primera vista que le había pasado alguna cosa muy
-extraordinaria.
-
---¡Misericordia! ¿Qué ocurre, señor?
-
---Nada, nada, contestó D. Abundio, dejándose caer sin aliento en su
-sillón.
-
---¡Cómo nada! ¿Queréis darme á entender otra cosa, tan turbado como
-estáis? Algún grande acontecimiento os ha sobrevenido.
-
---¡Oh, por amor del cielo! Cuando yo digo nada, es nada, ó cosa que no
-puedo decir.
-
---¿Que no podéis decir ni aun á mí? ¿Quién cuidará de vuestra salud;
-quién os aconsejará?...
-
---¡Ay de mí! Callad, y dejemos esto; dadme un vaso de mi vino.
-
---¡Y todavía querrá sostenerme que no tiene nada! dijo Perpetua,
-llenando el vaso, y permaneciendo con él en la mano, como si no
-quisiera dárselo más que en premio de la confidencia que tanto se hacía
-esperar.
-
---Traed, traed, repuso D. Abundio, cogiendo el vaso con mano trémula, y
-apurándolo de un solo trago, como si fuese una medicina.
-
---¿Queréis, pues, obligarme á que vaya á preguntar por todas partes
-qué es lo que os ha sucedido? dijo Perpetua, puesta en jarras y de pie
-delante de su amo, mirándole fijamente, como si quisiese arrancarle de
-los ojos el secreto.
-
---¡Por el amor de Dios! dejaos de habladurías; no deis chillidos: me
-va... me va en ello la vida.
-
---¡La vida!
-
---La vida.
-
---Bien sabéis que siempre que me habéis dicho sinceramente alguna cosa
-en secreto, yo jamás he...
-
---Justamente; como cuando...
-
-Perpetua vió que había tocado una cuerda falsa, en vista de lo
-cual cambió súbitamente de tono, y con voz dulce, á propósito para
-conmoverle, exclamó: “Mi querido señor, yo siempre he sido y os soy
-adicta; si ahora deseo saber con ansia lo que os aflige, es porque
-quisiera poder ayudaros, aconsejaros y tranquilizar vuestro espíritu”.
-
-El caso era que D. Abundio tenía tantos deseos de descargarse de su
-doloroso secreto, cuanto los de Perpetua de conocerlo: por tanto,
-después de haber rechazado, aunque siempre muy débilmente, los
-multiplicados, y cada vez más ejecutivos ataques de ésta; después
-de haberla hecho jurar hasta la saciedad que no lo descubriría; por
-último, haciendo muchas pausas, dando muchos gemidos, le contó su
-desgraciada aventura. Cuando llegó ya al nombre terrible del que le
-había mandado el mensaje, fué preciso que Perpetua profiriese un nuevo
-y más solemne juramento. Pronunciado el nombre, D. Abundio se recostó
-sobre el respaldo del sillón, lanzó un gran suspiro, alzó las manos en
-ademán imperioso y al mismo tiempo suplicante, diciendo: “¡Por Dios!”...
-
---¡Virgen santísima! exclamó Perpetua. ¡Oh, qué bribón! ¡Qué malvado!
-¡Qué hombre tan sin temor de Dios!
-
---Callaréis, ¿ó queréis acabar de perderme?
-
---Estamos solos; nadie nos oye. Mas, ¿qué es lo que vais á hacer, pobre
-amo mío?
-
---¡Oh! ¡Ved, dijo D. Abundio con ironía y cólera á la vez; ved los
-bellos consejos que sabéis darme! Me pregunta lo que haré, lo que voy
-á hacer, como si fuese ella la que se hallase en el apuro, y me tocara
-sacarla de él.
-
---Yo os diré gustosa mi humilde parecer; pero en seguida...
-
---¿Pero en seguida? Veamos, pues.
-
---Mi opinión sería que, ya que todo el mundo dice que nuestro arzobispo
-es un santo varón, un sujeto de pulso, que no teme á ninguno de esos
-bribones, aunque sean poderosos, y que goza la mayor satisfacción
-sosteniendo con firmeza á un sacerdote contra las asechanzas de ellos;
-diré, y digo, que es necesario escribirle una carta bien puesta;
-informándole cómo y de qué manera...
-
---¿Queréis callar, queréis callar? ¿Son consejos éstos para un
-desventurado? ¿Cuando haya recibido un buen balazo en las espaldas...
-(¡Dios me libre de semejante desgracia!)... el arzobispo me lo quitará?
-
---¡Bah! las balas no se tiran como confites. ¿Y qué sería de nosotros
-si esos perros mordiesen todas las veces que ladran? Yo siempre he
-visto, que el que sabe enseñar los dientes y hacerse estimar en lo que
-vale, se hace también respetar; y como nunca queréis que prevalgan
-vuestras razones, es la causa de que nos veamos reducidos á que
-cualquiera venga (con vuestro permiso) á...
-
---¿Queréis callar?
-
---Al instante me callo; pero no es menos cierto que cuando el mundo ve
-que uno, siempre y en todo y por todo, está dispuesto á bajar el...
-
---Está visto, no callaréis: ¿es ahora tiempo, por ventura, de decir
-semejantes necedades?
-
---Basta, esta noche lo pensaréis; mas en el ínterin no empecéis á daros
-malos ratos, y arruinéis vuestra salud. Vaya, tomad un bocado.
-
---Yo lo pensaré, repuso D. Abundio refunfuñando; ciertamente, yo lo
-pensaré; ello tiene que pensarse. En seguida se levantó, añadiendo: no
-quiero nada, nada; demasiado tengo en mi cabeza; sé por desgracia qué
-me toca pensar. ¡Mas que tales cosas me sucedan justamente á mí!
-
---Bebed á lo menos otra gota, dijo Perpetua escanciándole; ya sabéis
-que esto remedia vuestro estómago.
-
---¡Eh! yo necesito otro bálsamo... sí, otro bálsamo. Así diciendo,
-tomó una luz, y refunfuñando siempre: “¡Es una bagatela, á un hombre
-de bien como yo!... Y mañana, ¿qué sucederá?” y otras lamentaciones
-parecidas, se encaminó á su estancia. Al llegar junto á la puerta se
-volvió de pronto á Perpetua, se aplicó un dedo á los labios, diciendo
-con reposado y solemne acento: “¡Por el amor de Dios!”... y desapareció.
-
-
-
-
- CAPÍTULO SEGUNDO
-
-
-Se refiere que el príncipe de Condé durmió profundamente la noche antes
-de la jornada de Rocroi; mas en primer lugar estaba muy fatigado, y en
-segundo había dado ya todas las disposiciones necesarias y establecido
-todo lo que debía hacerse al otro día. D. Abundio, por el contrario, no
-sabía más que el día siguiente sería la batalla; así fué, que pasó la
-noche en las más mortales angustias. No hacer caso de las intimaciones
-y amenazas de aquellos malvados y verificar el matrimonio, era un
-partido que ni aún siquiera quería poner en deliberación. Confiar á
-Renzo lo ocurrido y buscar con él algún medio... ¡Dios lo libre! “Que
-no se os escape una sola palabra... pues de lo contrario... _¡hem!_”
-había dicho uno de los bravos; y al sentir D. Abundio resonar en su
-mente aquel terrible _hem_, en lugar de pensar infringir semejante
-orden, se arrepentía de habérsela declarado á Perpetua. ¿Sería mejor
-huir? pero ¿adónde? Y luego ¡cuántos obstáculos, qué de cuentas que
-rendir! Á cada partido que rechazaba el infeliz daba una vuelta en
-el lecho. Lo que bajo de todos conceptos le pareció mejor ó menos
-malo, fué el ganar tiempo entreteniendo á Renzo con buenas palabras.
-Justamente, recordó que faltaban pocos días para el tiempo en que
-estaba prohibido el casarse. “Si puedo entretener á ese muchacho unos
-cuantos días, tengo dos meses de respiro; y en dos meses de respiro,
-pueden suceder tantas cosas”. Examinó detenidamente pretextos, para
-que le sirvieran mejor á sus miras; y aunque cuantos se le ocurrieron
-le parecían algo superficiales, se tranquilizaba con la idea de que su
-carácter sagrado los haría parecer de mayor peso, y que su experiencia
-le daría una gran ventaja sobre un joven novicio. “Veremos, se decía;
-él piensa en su amada, pero yo pienso en mi pellejo; el más interesado
-soy yo como el que más aventura. Querido mío, si no puedo apagar la
-llama que te abrasa, tampoco quiero ser tu víctima”. Fortalecido su
-ánimo con esta determinación, pudo al cabo dormir un poco; pero ¡cuán
-agitado fué su sueño! Su mente no cesó de ver bravos, D. Rodrigo,
-Renzo, violencias, raptos, fugas, persecuciones, gritos, arcabuzazos[2].
-
-Una vez pasado este doloroso instante, D. Abundio recapituló
-prontamente sus designios de la noche, se conformó en ellos, los ordenó
-del mejor modo posible, se levantó y se puso á esperar á Renzo con
-temor, y al mismo tiempo con impaciencia.
-
-Lorenzo, ó como todos le llamaban Renzo, no tardó mucho. Apenas llegó
-la hora de poderse presentar sin indiscreción en la casa del cura, se
-dirigió á ella lleno de la alegría atolondrada de un joven de veinte
-años que debe casarse en aquel mismo día con la que adora. Huérfano
-desde la infancia, Renzo era hilador de seda, oficio, por decirlo
-así, hereditario en su familia, muy lucrativo en otro tiempo, y ya en
-decadencia, pero no hasta el punto que un hábil operario no pudiese
-ganar su vida honradamente con él. El trabajo iba disminuyendo de día
-en día; mas la emigración continua de los obreros, atraídos á los
-Estados vecinos por las promesas, privilegios y exorbitantes salarios,
-contribuía á que no les faltase á los que permanecían en el país.
-Además de esto, Renzo poseía un pequeña heredad que hacía cultivar y
-cultivaba él mismo en las ocasiones que no estaba ocupado en el oficio;
-de modo que su posición bien podía llamarse acomodada; y aunque aquel
-año fuese peor que los pasados, y se empezase á experimentar una
-verdadera carestía, sin embargo, nuestro joven, que desde que había
-puesto los ojos en Lucía se había vuelto mas económico, se encontraba
-bastante provisto y no tenía que luchar con la necesidad. Compareció
-ante D. Abundio, vestido de gran gala, adornado el sombrero con plumas
-de varios colores, con su puñal de hermoso mango, saliéndole del
-bolsillo de los calzones, con cierto aire festivo y al mismo tiempo de
-fiereza, peculiar entonces aun á los hombres más pacíficos. La acogida
-misteriosa y embarazada de D. Abundio hacía un singular contraste con
-las joviales y resueltas maneras del joven mancebo.
-
-Alguna cosa tiene que ocupa su imaginación, pensó Renzo, y en seguida
-dijo: “Sr. cura, vengo á saber á qué hora os conviene que nos hallemos
-en la iglesia”.
-
---¿De qué día?
-
---¡Cómo de qué día! ¿No os acordáis que hoy es el señalado?
-
---¡Hoy! replicó D. Abundio, como si hubiese oído hablar de ello por
-primera vez. Hoy... hoy... tened paciencia, pero hoy no puedo.
-
---¡Hoy no podéis! ¿Pues qué ha sucedido?
-
---En primer lugar, no me siento bien; mirad.
-
---Mucho me pesa; pero lo que tenéis que hacer es una cosa que requiere
-tan poco tiempo y tan poca fatiga...
-
---Y después, y después, y después...
-
---¿Y después qué?
-
---¿Y después si hay embrollos?
-
---¡Embrollos! ¿qué embrollos puede haber?
-
---Sería necesario que os hallaseis en nuestro pellejo para conocer
-cuántas dificultades surgen de esa clase de negocios, y qué de cuentas
-se han de rendir. Yo soy muy blando de corazón; no pienso más que en
-quitar obstáculos del medio, en facilitarlo todo, en hacer las cosas al
-gusto de los demás; traspaso mi deber, y después me llenan de reproches.
-
---Pero, en nombre del cielo, no me tengáis en ascuas, y decidme claro y
-neto lo que esto significa.
-
---¿Sabéis cuántas y cuántas formalidades se requieren para verificar un
-matrimonio en regla?
-
---Por fuerza debo saber algo, dijo Renzo, empezando á alterarse; porque
-bastante me habéis quebrado la cabeza estos últimos días con esos
-asuntos. Pero ahora, ¿no está todo concluido ya? ¿no se ha hecho lo que
-había de hacerse?
-
---Todo, todo... esto os parece á vos, porque... tened paciencia... el
-animal soy yo, que olvido mi deber por no causar penas á los otros.
-Pero, ahora... basta: yo me entiendo. Nosotros, pobres curas, estamos
-entre la espada y la pared: sois impaciente, infeliz mancebo, os
-compadezco; y mis superiores... no digo más; no todo se puede decir; y
-sobre nosotros caen todas las molestias.
-
---Mas explicadme de una vez de lo que se trata, y cuál es la formalidad
-que queda por llenar, según vos decís; pues se hará al momento.
-
---¿Sabéis cuántos son los impedimentos dirimentes?
-
---¿Qué queréis que yo entienda de impedimentos?
-
- --_Error, conditio, votum, cognatio, crimen.
- Cultus, disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas.
- Si sis affinis_...
-
-iba diciendo D. Abundio, enumerando con las yemas de los dedos.
-
---¿Os burláis de mí?, interrumpió el joven; ¿qué queréis que yo haga de
-vuestros latinajos?
-
---Pues si ignoráis las cosas, tened paciencia, y remitíos á quien las
-sabe.
-
---¡Finalmente!...
-
---Vamos, querido Renzo, no os incomodéis, pues estoy dispuesto á
-hacer... todo lo que dependa de mí. Yo, querría veros contento, porque
-os aprecio; yo... ¡ah! Cuando pienso que os iba tan bien... de soltero.
-¿Qué os falta?... Ya se ve; os han entrado de pronto las ganas de
-casaros...
-
---¿Qué discursos son éstos, señor mío?, replicó Renzo con aire entre
-admirado y colérico.
-
---Hablo por hablar; tened paciencia; quisiera veros satisfecho.
-
---En suma....
-
---En suma, querido hijo: yo de esto no tengo la culpa: las leyes no
-las he hecho yo; y antes de celebrar un matrimonio, nos vemos al mismo
-tiempo obligados á hacer muchas y muchas indagaciones para asegurarnos
-que no hay impedimentos.
-
---Pero vamos; decidme de una vez, ¿qué impedimento ha sobrevenido?
-
---Cachaza; éstas no son cosas que puedan descifrarse así tan á la
-ligera. Ello no será nada: á lo menos, así lo espero; pero no obstante,
-dichas indagaciones estamos en el deber de hacerlas. El texto es claro
-y terminante. _Antequam matrimonium denunciet..._
-
---Ya os he dicho que no entiendo de latines...
-
---Sin embargo, es necesario que os explique...
-
---Pero, ¿no habéis hecho ya las indagaciones?
-
---Os digo que no las he hecho todas como hubiera debido.
-
---¿Por qué no hacerlas á tiempo? ¿Por qué decirme que todo estaba
-concluido? ¿Por qué aguardar?
-
---¡Ah! ¿Conque me echáis en cara mi demasiada bondad? ¡Yo que lo he
-facilitado todo por serviros con más prontitud! Pero... pero sin
-embargo, me han sucedido... Basta: esto se queda para mí.
-
---¿Y qué queréis que haga?
-
---Que tengáis paciencia por algunos días. Á más de que, hijo mío,
-algunos días no son una eternidad. Tened paciencia.
-
---¿Y por cuánto tiempo?
-
-Nos hemos salvado, pensó D. Abundio; y con el aire más cariñoso que
-nunca: “Vaya, dijo: en quince días indagaré... procuraré...”.
-
---¡Quince días! ¿Qué es lo que dice vd? Se ha hecho cuanto habéis
-querido: se ha fijado el día; éste ha llegado, y ahora me venís
-diciendo que espere quince días. ¡Quince!... repitió en voz más alta
-y conmovida, extendiendo los brazos y batiendo el aire con los puños
-cerrados; y quién sabe hasta dónde le hubiera arrastrado el furor
-en aquel momento fatal, si D. Abundio no le hubiese interrumpido
-cogiéndole una mano con cariñoso y lisonjero afecto: “¡Ánimo, ánimo!
-Por amor del cielo, no os alteréis; buscaré, veré si en una semana...”.
-
---¿Y qué debo decir á Lucía?
-
---Que ha sido un descuido mío.
-
---¿Y á las habladurías del mundo?
-
---Decid á todos que he cometido un yerro por un exceso de
-precipitación, por mi demasiado buen corazón; echadme toda la culpa.
-
---¿Y después no habrá otros impedimentos?
-
---Cuando os digo...
-
---Bueno: tendré paciencia una semana; pero mirad que pasada ésta,
-ningún caso haré de habladurías. En el ínterin, respeto la tregua.
-Dicho esto se fué, haciendo á D. Abundio una inclinación menos profunda
-que de costumbre, y echándole una mirada más significativa que
-respetuosa.
-
-Y en la calle, mientras se dirigía medio enojado y el espíritu
-entristecido, hacia la casa de su prometida, repasaba en su imaginación
-la conversación que acababa de tener, y la hallaba cada vez más
-extraña. La fría y embarazosa acogida de D. Abundio, su hablar lento,
-é impaciente á veces; aquellos dos ojillos grises, que mientras
-conversaba se revolvían en todas direcciones, como si hubiese temido
-poner en armonía sus palabras con sus miradas; la ficción de tomar como
-una cosa nueva un matrimonio expresamente convenido ya hacía tanto
-tiempo, y sobre todo, aquella obstinación en crear obstáculos, y en no
-decir jamás nada claro: todas estas circunstancias, combinadas, hacían
-pensar á Renzo que detrás de aquello se encerraba un misterio en nada
-parecido á lo que D. Abundio le había querido hacer creer. Tuvo deseos
-de volver atrás, estrechar á D. Abundio y obligarle á hablar con más
-claridad; mas alzando los ojos, vió á Perpetua que caminaba delante de
-él, y entraba en un jardín que distaba pocos pasos de la casa del cura.
-La llamó en el momento en que abría la puerta; apretó el paso, llegó á
-ella, detúvola en el umbral; y con el deseo de descubrir algo de más
-positivo, tuvo con ella la conversación siguiente:
-
---Buenos días, Perpetua; yo esperaba que hoy estaríamos todos muy
-alegres.
-
---¡Oh, mi pobre Renzo! Hágase la voluntad de Dios.
-
---Hacedme un favor: el bendito del señor cura me ha dicho una porción
-de cosas que no he podido comprender bien; explicadme vos mejor, por
-qué no puede ó no quiere casarme hoy.
-
---¡Ah! ¿Creéis que sé los secretos de mi amo?
-
-“¡Bien decía yo, que todo esto encerraba algún misterio!”, dijo Renzo
-para sí; y para aclararlo, prosiguió: “Vamos, Perpetua, seamos amigos:
-decidme lo que sepáis; ¡amparad á un pobre niño!”.
-
---Mala cosa es el nacer pobre, mi querido Renzo.
-
---Es verdad, replicó éste, confirmándose más y más en sus sospechas, y
-procurando abordar directamente la cuestión: “Es cierto, añadió; ¿pero
-está bien á los sacerdotes el portarse mal con los pobres?”.
-
---Mirad, Renzo, yo no puedo decir nada, porque... no sé nada; mas lo
-que puedo aseguraros es, que mi amo no quiere causar daño, ni á vos, ni
-á nadie, y que en esto no tiene culpa alguna.
-
---¿Pues quién la tiene? preguntó Renzo con cierto aire indiferente,
-pero con el corazón palpitante y atento oído.
-
---Cuando os digo que nada sé... En defensa de mi amo puedo hablar,
-porque siento mucho se le impute que hace sufrir á alguien. ¡Pobre
-señor! Si peca es por su demasiada bondad; es excesivamente bueno para
-este mundo, lleno de malvados poderosos y hombres sin temor de Dios.
-
-“¡Poderosos, malvados!”, pensó Renzo; éstos no son los
-superiores. “Vamos, dijo en seguida, tratando de ocultar su creciente
-agitación; veamos, decidme quién es”.
-
---¡Ah! Vos queríais hacerme hablar, y no puedo hacerlo, porque... no
-sé nada. Cuando nada sé, es como si hubiese jurado callar. Aunque me
-pusieseis en tormento, no sacaríais de mí una sola palabra. Adiós; éste
-es tiempo perdido para ambos. Al decir esto, entró precipitadamente
-en el jardín, y cerró su puerta. Renzo, saludándola, volvió atrás muy
-despacio, sin hacer ruido, para que Perpetua no se apercibiera de la
-dirección que tomaba; mas cuando conoció que ya no podía oirle la
-buena mujer, redobló el paso. En un momento llegó á la puerta de D.
-Abundio; entró, corrio en derechura al salón donde lo había dejado; lo
-encontró, se dirigió á él con ademán airado, y los ojos saltándosele de
-sus órbitas.
-
---¿Qué novedad es ésta? dijo D. Abundio.
-
---¿Quién es el poderoso, replicó Renzo con el acento de un hombre que
-está resuelto á obtener una respuesta categórica: quién es el poderoso
-que no quiere que me case con Lucía?
-
---¿Qué... qué... qué? balbuceó el pobre cura sorprendido, con el
-rostro más desencajado y blanco que el lienzo cuando sale de la
-colada. Balbuceando unos sonidos confusos dió un salto de su sillón
-para lanzarse hacia la puerta; mas Renzo, que había esperado aquel
-movimiento, y estaba alerta, se precipitó antes que él, echó la llave y
-la guardó en el bolsillo.
-
---¡Oh, oh! Que queráis ó no, ahora hablaréis, señor cura. Todos saben
-mis negocios menos yo. ¡Por vida mía! yo quiero saberlos también. ¿Cómo
-se llama ese hombre?
-
---¡Renzo, Renzo! Por caridad: tened cuidado con lo que hacéis; pensad
-en vuestra alma.
-
---Lo que pienso es que lo quiero saber todo al punto, al instante.
-
-Y al decir esto, puso las manos sin querer sobre el mango de su
-cuchillo, que salía de su faltriquera.
-
---¡Misericordia! exclamó D. Abundio con voz desfallecida.
-
---Quiero saberlo.
-
---¿Quién os ha dicho?...
-
---No, no más rodeos. Hablad claro y pronto.
-
---Pero si hablo, soy hombre muerto. ¿Acaso no ha de interesarme mi vida
-más que todo?
-
---Pues hablad.
-
-Dicho _pues_, fué pronunciado con tal energía, el aspecto de
-Renzo llegó á ser tan amenazador, que D. Abundio no se atrevió á
-desobedecerle.
-
---¿Me prometéis, me juráis, dijo, de no hablar á nadie de ello, de no
-decir nunca?...
-
---Os prometo que haré un disparate si no me decís su nombre pronto, muy
-pronto.
-
-Á esta nueva amenaza, D. Abundio con el semblante y la mirada del
-paciente que tiene en la boca las tenazas de un dentista, profirio con
-voz apagada: Don...
-
---¿Don? repitió Renzo, como para ayudar al desgraciado á decir el
-resto; y se tenía encorvado, con el oído inclinado sobre la boca de D.
-Abundio, extendidos los brazos y apretados los puños.
-
---¡D. Rodrigo! pronunció con presteza el cura, precipitando algunas
-sílabas y estrechando las consonantes, en parte á causa de su
-turbación, en parte porque disponiendo en aquel momento de la poca
-atención que quedaba libre á su espíritu, parecía querer retener y
-hacer retroceder la palabra en el momento mismo en que se veía forzado
-á que saliera.
-
---¡Ah perro! gritó Renzo. ¿Y cómo habéis hecho: qué le habéis dicho
-para?...
-
---¡Eh, eh! ¿Cómo, cómo pues? respondió con voz casi indignada D.
-Abundio, el cual, después de tan gran sacrificio, se figuraba en cierto
-modo ser ya acreedor del joven: “¡Cómo, eh! Yo hubiera querido que
-hubierais hecho vos el encuentro que hice: seguramente no os hubiera
-quedado tanto calor en el cerebro”. Y en esto se puso á pintar con
-terribles colores el fatal acontecimiento; y al seguir su narración,
-aumentándose por grados la cólera que sentía en su interior, y que
-hasta entonces había permanecido oculta y sujeta por el temor; viendo
-al mismo tiempo que Renzo, medio colérico y confuso estaba inmóvil
-con la cabeza baja, prosiguió vivamente: “¡Os habéis portado bien por
-cierto; me habéis hecho un gran servicio; violentar de este modo á
-un hombre de bien, á vuestro cura, y en su misma casa, en un lugar
-sagrado! ¡Habéis hecho una linda proeza! ¡Arrancarme de este modo
-vuestra pérdida y la mía, lo cual quería ocultaros por prudencia y
-por vuestro bien! Y ahora que ya lo sabéis, desearía saber qué vais á
-hacer... ¡Por Dios, no lo echéis á broma! No se trata de injusticia
-ó de razón, se trata de violencias cometidas; y cuando esta mañana
-os daba un buen consejo... ¡huy! en seguida os encolerizasteis. Yo
-conservaba el juicio por vos y por mí; pero cómo hacerlo... Abrid á lo
-menos, dadme la llave”.
-
---Puedo haber faltado, respondió Renzo, dirigiéndose á D. Abundio con
-acento más sosegado, pero en el cual se percibía el furor de que estaba
-poseído contra el ya descubierto enemigo; puedo haber faltado; mas
-meted la mano en vuestro pecho, y decidme si en mi lugar...
-
-Así diciendo, sacó del bolsillo la llave y fué á abrir. D. Abundio
-lo siguió, y mientras aquél daba la vuelta á la citada llave, se le
-acercó, y con ademán grave y lleno de ansiedad, levantando los tres
-primeros dedos de la mano derecha á la altura de los ojos del joven,
-como para expresar más su concepto. “Jurad á lo menos...”, le dijo.
-
---Puedo haber faltado, y os pido mil perdones, contestó Renzo, abriendo
-la puerta y disponiéndose á salir.
-
---Jurad... replicó D. Abundio, cogiéndole con mano trémula el brazo.
-
---Puedo haber faltado, repitió Renzo, desprendiéndose de él; y partió
-furioso, cortando de este modo la cuestión, que á ejemplo de una de
-literatura ó de filosofía hubiera podido durar diez siglos, pues que
-ambas partes no hacían más que repetir sus argumentos.
-
---¡Perpetua, Perpetua! gritó D. Abundio, después de haber llamado en
-vano al fugitivo. Perpetua no respondió, y D. Abundio perdía ya la
-cabeza.
-
-Muchas veces ha sucedido á personajes de más importancia que D.
-Abundio encontrarse en circunstancias difíciles, tan inciertos acerca
-del partido que deberían tomar, que acostarse con fiebre les parecía
-el medio de salir del aprieto. Dicho medio no hubo de ir á buscarlo,
-porque desde luego se le ocurrió á D. Abundio. El susto del día
-anterior, las angustias de una noche pasada en vela, el miedo que
-acababa de experimentar, la incertidumbre del porvenir, todo hizo su
-efecto. Apesadumbrado y aturdido, se arrojó en su sillón: empezó á
-sentir un horrible frío que se introducía hasta en la médula de sus
-huesos; se miraba las uñas suspirando, y llamaba de cuando en cuando
-con trémula é indignada voz: ¡Perpetua! Apareció ésta, por último, con
-una enorme col debajo del brazo, y con apacible semblante, como si
-nada hubiera pasado. Dejo á la consideración del lector los lamentos,
-llantos, acusaciones y defensas, los _vos sois la única que puede haber
-hablado_; los _yo no he dicho nada_; todos los incidentes, en fin, de
-aquella conversación. Baste decir que D. Abundio mandó á Perpetua que
-atrancase bien la puerta, que por ningún concepto la abriese; y si
-alguien venía á buscarle, que contestara, desde la ventana, que el cura
-estaba en la cama con calentura. Después subió la escalera lentamente,
-diciendo á cada tres escalones: “Estoy aviado;” y se metió de veras en
-la cama, donde le dejaremos.
-
-Entretanto Renzo caminaba apresuradamente hacia su casa, sin haber
-determinado lo que debía hacer; pero iba reflexionando en su interior
-el poner en práctica alguna cosa extraña y terrible. Los provocadores,
-los malvados, todos aquellos que de algún modo dañan á otros, son
-culpables, no sólo del mal que causan, sino también de la corrupción,
-á la cual arrastran los ánimos de los ofendidos. Renzo era un muchacho
-pacífico y ajeno de derramar sangre, sincero y enemigo de toda clase de
-asechanzas, pero en aquel momento sólo respiraba venganza y traición,
-sólo proyectaba homicidios. Hubiera querido dirigirse incontinenti á la
-morada de D. Rodrigo, cogerle por la garganta y... pero recordó que su
-palacio era una fortaleza, guarnecida y guardada por bravos, interior y
-exteriormente; que sólo los íntimos amigos y los servidores, entraban
-allí sin ser registrados de la cabeza á los pies; que un infeliz
-artesano desconocido, no podría introducirse sin sufrir un minucioso
-examen, y que él sobre todo... sería, quizá, reconocido sin tardanza.
-
-Optaba entonces por tomar su arcabuz, apostarse detrás de un matorral,
-y esperar á que su enemigo pasara solo por aquel sitio; y recreándose
-con feroz complacencia en estos pensamientos, le parecía oir el ruido
-de las pisadas de D. Rodrigo, creíale verle levantar dulcemente la
-cabeza, reconocía al malvado, preparaba el arma, tomaba la puntería,
-disparaba, lo veía caer y exhalar el último suspiro, le lanzaba una
-maldición, y se apresuraba á ganar la frontera para ponerse en salvo.
-Pero, ¿y Lucía? Apenas se presentó este nombre á su acalorada fantasía,
-cuando mejores sentimientos ocuparon el corazón de Renzo. Viniéronle
-á la memoria los postreros consejos de sus padres, se acordó de Dios,
-de la Virgen y de los santos: pensó en el consuelo que con frecuencia
-había hallado al verse inocente de todo crimen, y el horror que tantas
-veces le había inspirado la narración de un asesinato; y despertó de
-aquel sueño de sangre con espanto, con remordimientos, y al propio
-tiempo con una especie de alegría de haberlo tan sólo imaginado. ¡Pero
-cuántos pensamientos venían en pos de la imagen de Lucía! ¡Tantas
-esperanzas y tantas promesas marchitadas, un porvenir tan deseado y que
-tan seguro creía en aquel tan suspirado día! ¿Cómo anunciarle aquella
-nueva? No sabía qué partido tomar, ni cómo hacerla su esposa á pesar
-de cuanto intentaba el poder de aquel injusto magnate. Y en medio de
-tantas angustias, vino á aumentar su congoja una vana inquietud de
-celos. D. Rodrigo no podía haber urdido aquella infernal trama sino
-impelido por una brutal pasión hacia Lucía. ¿Y Lucía? La idea de que
-le hubiese correspondido, de que le hubiese dado la más pequeña
-esperanza, no podía tener cabida un solo instante en la mente de Renzo.
-¿Pero sabía su amada la pasión que había inspirado? ¿Había podido aquel
-hombre concebir tan infame amor, sin darlo á conocer al envidiado
-objeto? ¡Y sin embargo, Lucía no me ha dicho una palabra á mí que soy
-su prometido!
-
-Absorto en estas ideas, pasó sin detenerse por delante de su casa,
-situada en el centro del pueblo; y habiéndola atravesado, llegó á la de
-Lucía, que estaba en el extremo opuesto. Había enfrente de esta casa un
-pequeño patio cercado de una tapia que lo separaba de la calle. Renzo
-entró en él y oyó un murmullo confuso y continuo que salía del piso
-superior. Juzgó que serían las amigas y comadres del vecindario que
-querían acompañar á Lucía, y se detuvo allí, pues no quería presentarse
-en aquella reunión con el semblante inmutado y con tan desagradable
-nueva en su ser. Una niña que se hallaba en el patio, corrio
-gritando: ¡El novio, el novio!
-
---Paz, Bettina, paz, dijo Renzo; ven acá, niña mía: sube á la
-habitación de Lucía, llámala aparte y dile al oído... pero que nadie lo
-oiga ni sospeche, nada, ¿entiendes?... Dile que tengo que hablarla, que
-la aguardo en la sala del entresuelo, y que venga al instante.
-
-La niña subió la escalera á toda prisa, alegre y orgullosa de llevar
-una comisión secreta.
-
-En aquel momento su madre acabó de vestirla y salió á la sala para
-saludar á sus amigas, adornada con sus últimas galas virginales.
-
-Sus buenas amigas se disputaban la posesión de la novia, y la
-violentaban casi para que se dejara examinar de los pies á la cabeza:
-ésta se esquivaba con la modestia algo tosca de las aldeanas, ocultando
-su rostro con el brazo, inclinándolo sobre su seno, y frunciendo sus
-pobladas y negras cejas, mientras que su boca se entreabría risueña.
-Sus negros cabellos, que una blanca raya dividía sobre su frente, se
-juntaban detrás de su cabeza formando ondulantes trenzas, atravesados
-por largas agujas de plata que dibujaban un círculo á manera de los
-rayos de una aureola; peinado que usan todavía las aldeanas del
-Milanesado. Adornaba su garganta un collar de granate con botones de
-oro afiligranado: cerraba su delicada cintura un corpiño de vistoso
-brocado con mangas abiertas que preciosos lazos de cinta podían
-cerrar; unas enaguas de seda labrada, adornada con varios y menudos
-pliegues; medias encarnadas y chinelas bordadas. Éste era el adorno
-especial del día de boda; pero Lucía ostentaba también el que le era
-habitual: era éste una belleza modesta, realzada y aumentada entonces
-por los diversos sentimientos que se pintaban en su rostro; una alegría
-moderada por una ligera turbación, y aquella dulce inquietud que se
-manifiesta de vez en cuando en el semblante de las novias, que sin
-disminuir su hermosura las da un carácter particular. La pequeña
-Bettina se abrió paso por entre las comadres que rodeaban á Lucía; se
-acercó á ésta; la dió á entender con disimulo que tenía que comunicarle
-cierta cosa, y la manifestó al oído el mensaje que traía. “Me voy un
-momento, y vuelvo”, dijo Lucía á las amigas, y bajó precipitadamente.
-Al ver el demudado semblante é inquieto ademán de Renzo,--¿qué ha
-sucedido? dijo, no sin cierto presentimiento de terror.
-
---Lucía, respondió Renzo, por hoy todo ha fracasado; y, ¡Dios sabe
-cuándo podremos ser marido y mujer!
-
---¿Qué decís? replicó Lucía llena de turbación. Renzo le contó
-brevemente la historia de aquella mañana: ella escuchaba con angustia;
-y cuando oyó el nombre de D. Rodrigo, ¡ah! exclamó, trémula y ruborosa:
-¡Cómo, hasta ese punto ha llegado!
-
---Pues qué, ¿sabíais ya?... dijo Renzo.
-
---¡Demasiado! respondió Lucía; pero, ¡hasta ese punto!
-
---¿Qué es lo qué sabéis?
-
---No me hagáis hablar ahora; no me hagáis llorar. Corro á buscar á mi
-madre y despedir á nuestras amigas: es necesario que quedemos solos.
-
-Al ir á marcharse Lucía, Renzo murmuró: “¡Jamás me habéis dicho nada
-acerca de esto!”.
-
---¡Ah, Renzo! repuso aquélla volviéndose un momento hacia él, pero sin
-detenerse. Renzo comprendió perfectamente que su nombre, pronunciado
-por Lucía en aquel instante, con aquel tono, quería decir: ¿Podéis
-dudar que yo haya callado sin tener motivos justos y puros para ello?
-
-Entretanto la buena Inés (así se llamaba la madre de Lucía), habiendo
-entrado en sospechas y curiosidad por las palabras que Bettina dijo al
-oído de su hija, y la desaparición instantánea de ésta, había bajado
-á ver lo que ocurría. Lucía la dejó con Renzo, y se dirigió adonde
-estaban sus compañeras, y componiendo como mejor pudo su aspecto y su
-voz, dijo: “El señor cura está enfermo, por lo que nada se hará hoy”;
-dicho esto, las saludó apresuradamente, y volvió á bajar.
-
-Las convidadas se dispersaron y fueron á contar lo sucedido: dos ó
-tres se dirigieron á casa del cura, para cerciorarse si éste realmente
-estaba enfermo.--Tiene un gran calenturón, respondió Perpetua, desde
-la ventana; y la triste noticia, pasando de unas á otras, destruyó las
-conjeturas que germinaban en sus cabezas, y que ya habían empezado á
-propagar con aire misterioso.
-
-
- NOTAS:
-
-[2] Nada es más amargo y cruel que el momento de despertar cuando
-sucede después de haber sufrido una pena que aún no hemos podido
-calmar. El espíritu, apenas vuelto en sí quiere anudar el curso de
-las ideas de su tranquila vida anterior; pero la conciencia del nuevo
-estado de cosas ahuyenta éstas, nos presenta otras, y esto cambia la
-pena en más cruel.
-
-
-
-
- CAPÍTULO TERCERO
-
-
-Lucía entró en la sala baja, en donde mientras tanto Renzo, mortalmente
-afligido, estaba informando á Inés de todo lo ocurrido, la cual lo
-escuchaba con la mayor inquietud. Ambos se volvieron, á mirar á la que
-estaba mejor informada que ellos, y de quien esperaban una aclaración
-que no podía dejar de ser sumamente dolorosa. Los dos dejaban entrever
-en medio de su pesadumbre y con el distinto cariño que cada uno
-profesaba á Lucía, cierta incomodidad por haberles callado ésta tales
-y tales cosas. Inés, aunque ansiosa de oir hablar á su hija, no pudo
-menos de echárselo en cara: “¡No decir nada á tu madre de semejante
-cosa!”.
-
---Ahora os lo diré todo, respondió Lucía, enjugándose los ojos con su
-delantal.
-
---¡Habla, habla! ¡Hablad, hablad!, gritaron á la vez la madre y el
-novio.
-
---¡Virgen Santísima!, exclamó Lucía. ¡Quién hubiera creído que las
-cosas podían llegar á semejante extremo! En seguida, con la voz
-entrecortada por los sollozos, contó cómo pocos días antes, cuando
-volvía del trabajo, se había quedado detrás de sus compañeras, y pasó
-por delante de ella D. Rodrigo, en compañía de otro señor; que aquél
-se había acercado á prodigarla una multitud de requiebros (según decía
-Lucía) de muy mal género; pero ésta, sin prestarle atención, había
-apretado el paso y reunídose con sus citadas compañeras; que entretanto
-había oído al otro señor reir estrepitosamente, y á D. Rodrigo decir:
-“Apostemos”. Al día siguiente los había vuelto á encontrar; pero Lucía
-iba con los ojos bajos en medio de sus compañeras. El amigo de D.
-Rodrigo se mofaba, y éste decía: “Lo veremos, lo veremos”. Gracias al
-cielo, continuó Lucía, aquel día era el último en que se hilaba la
-seda. Yo lo conté en seguida...
-
---¿Á quién se lo has contado?, preguntó Inés, interrumpiéndola, no
-sin manifestarse un tanto enojada al tratar de saber el nombre del
-preferido confidente.
-
---Al padre Cristóbal bajo confesión, mamá, respondió Lucía con dulce
-acento de disculpa. Se lo referí todo la última vez que fuimos juntas á
-la iglesia del convento; y si queréis recordar aquella mañana, yo no
-dejaba de hacer, ya una cosa, ya otra, para ganar tiempo, tanto para
-que pasasen otras gentes del país que hiciesen el mismo camino é ir en
-su compañía, cuanto porque después de aquel encuentro, las calles me
-causan un miedo tan grande...
-
-Al respetable nombre del padre Cristóbal, el enojo de Inés se apaciguó:
-“Has hecho bien, dijo; mas ¿por qué no confiárselo también á tu madre?”.
-
-Lucía había tenido dos justas razones: la una, el no afligir y asustar
-á la pobre mujer con un asunto al cual ella no hubiera podido hallar
-remedio; la otra, no correr el riesgo de ver pasar de boca en boca
-una historia que deseaba sepultar en su interior para siempre, tanto
-más, cuanto que esperaba que su casamiento pondría término desde luego
-á aquella abominable persecución. Sin embargo, de las dos razones
-citadas, no alegó más que la primera.
-
---Y á vos, dijo en seguida, volviéndose á Renzo, con aquel tono que
-quiere hacer reconocer á un amigo que ha obrado mal: “¿Debía yo también
-hablaros de esto? ¡Demasiado lo sabéis ahora!”.
-
---¿Y qué te ha dicho el padre?, preguntó Inés.
-
---Me ha dicho que tratase de apresurar la boda todo lo posible, y
-que mientras, me estuviese encerrada; que rogase fervientemente al
-Señor, esperando que aquel hombre, no viéndome, no se acordaría más
-de mí. Entonces fué cuando yo me violenté, prosiguió, volviéndose de
-nuevo á Renzo, pero sin atreverse á levantar los ojos, y en extremo
-ruborizada; entonces fué cuando con la mayor impudencia os supliqué
-que apresuraseis nuestro casamiento y lo concluyeseis antes del tiempo
-prefijado. ¡Qué concepto habréis formado de mí! Mas yo lo hacía con
-la mejor intención, y porque me lo habían aconsejado, y lo tenía por
-cierto!... Esta mañana estaba tan lejos de pensar... Aquí sus palabras
-fueron ahogadas por un copioso raudal de lágrimas.
-
---¡Ah malvado! ¡Ah maldito asesino!, gritaba Renzo, recorriendo la
-estancia de un lado á otro, y apretando el mango de su cuchillo.
-
---¡Oh qué maquinación, santo Dios!, exclamaba Inés.
-
-El mancebo se paró de improviso delante de Lucía, que estaba anegada
-en llanto, la miró con cierto aire de ternura mezclada de rabia, y la
-dijo: Ésta es la última que hace ese asesino.
-
---¡Ah, no Renzo, por el amor de Dios!, gritó Lucía. ¡No, no, por el
-amor de Dios! El señor protege á los desgraciados; ¿y cómo queréis que
-él nos ayude si obramos mal?
-
---¡No, no, por el amor del cielo!, repetía Inés.
-
---Renzo, dijo Lucía con aire de confianza y resolución más tranquila:
-vos tenéis un oficio, y yo sé trabajar; vámonos tan lejos, que ese
-hombre no oiga hablar jamás de nosotros.
-
---¡Ah, Lucía! ¿Y luego? ¡No somos aún marido y mujer! ¿El cura querrá
-dar fe de nuestro estado? ¿un hombre como él? Si estuviéramos casados,
-¡oh! entonces...
-
-Lucía echó de nuevo á llorar: los tres quedaron en silencio y en un
-abatimiento que formaba un triste contraste con la pompa festiva de sus
-vestidos.
-
---Escuchadme, hijos míos; prestadme atención, dijo Inés después de un
-breve rato. Yo he venido al mundo primeramente que vosotros, y por
-lo tanto le conozco un poco. No es necesario, pues, alarmarse tanto;
-no es tan fiero el león como lo pintan, á nosotros los pobres, las
-madejas nos parecen siempre mas enredadas, porque no sabemos encontrar
-el cabo; mas á veces un aviso, la más pequeña palabra de un hombre
-que ha estudiado... yo bien sé lo que quiero decir. Hacedlo á mi
-modo, Renzo: id á Lecco, y allí buscad al doctor Azzecca Garbugli, y
-referidle... pero por Dios no le llaméis así; es un apodo: es preciso
-decirle el señor doctor... ¿Cómo, pues, se llama?... ¡Ah, vaya!... No
-sé su verdadero nombre: todo el mundo lo llama de ese modo. Bastará que
-preguntéis por un doctor alto, enjuto, calvo, con la nariz colorada y
-un antojo de frambuesa en la mejilla.
-
---Lo conozco de vista, dijo Renzo.
-
---Bien, continuó Inés; él es un grande hombre. Yo he visto á más de
-uno, que estaba más embarazado que un polluelo dentro de la estopa, no
-sabiendo hacia qué lado volverse, y después de haberse avistado con
-el doctor Azzecca-Garbugli (tened cuidado de no llamarle así); lo he
-visto, repito, no hacer otra cosa más que reírse. Tomad aquellos cuatro
-capones, ¡pobrecitos!, á los cuales debía yo retorcer el pescuezo
-para el banquete del domingo, y llevádselos; porque nunca es bueno ir
-con las manos vacías á las casas de esos señores. Contadle todo lo
-ocurrido, y veréis cómo él os dirá de buen grado lo que nosotros no
-hubiéramos calculado, ni se nos habría ocurrido, en un año.
-
-Renzo estimó mucho aquel parecer; Lucía lo aprobó: é Inés, orgullosa
-de haberlo dado, cogió del gallinero uno á uno á los pobres animales,
-reunió sus ocho patas, como si hiciese un ramillete de flores, las
-envolvió y ató con un bramante, y los puso en la mano de Renzo, el
-cual, después de haber dado y recibido palabras de esperanza, salió por
-la parte del jardín con el objeto de no ser visto de los muchachos,
-que hubieran corrido tras él, gritando: “¡el novio, el novio!”. Se
-lanzó á través de los campos y veredas, lleno de cólera, pensando en
-su desgracia, y meditando en la conversación que iba á tener con el
-Dr. Azzecca-Garbugli. Dejo á la consideración del lector, cuán poco
-tranquilo hubo de ser el camino para aquellos pobres animales, de
-tal modo atados y cogidos por las patas, boca abajo, en las manos de
-un hombre que, agitado de tantas pasiones, acompañaba con el gesto
-los pensamientos que pasaban tumultuosamente por su imaginación. Ora
-extendía el brazo, dominado por la cólera; ora lo levantaba por la
-desesperación; ora lo sacudía en el aire como por amenaza, y hacía
-saltar aquellas cuatro cabezas suspendidas, las cuales, entre tanto, se
-entretenían en picarse mutuamente, según sucede con frecuencia entre
-tales compañeros de infortunio.
-
-Habiendo llegado al pueblo, preguntó por la morada del doctor; fuéle
-indicada, y se dirigió á ella. Al entrar se sintió sobrecogido de
-aquella timidez que la gente del pueblo poco instruida experimenta en
-presencia de un señor y de un sabio. Olvidó todos los discursos que
-llevaba preparados de antemano; pero dió una ojeada á los capones y se
-serenó. Entró en la cocina y preguntó á la criada si se podía hablar
-al señor doctor: ella atisbó los animales, y como estaba acostumbrada
-á semejantes regalos, les echó la mano encima, aunque Renzo se hacía
-para atrás, porque quería que el doctor viera y supiese que le llevaba
-algo. Éste llegó en el momento mismo en que la sirvienta decía: “Traed
-y pasad adelante”.
-
-Renzo hizo una grande reverencia; el doctor lo acogió bondadosamente
-con un “venid, hijo mío”, y lo hizo entrar consigo en su despacho.
-Era una pequeña estancia, en la cual en tres de sus paredes se veían
-colocados los retratos de los doce césares; la cuarta estaba cubierta
-con un enorme estante lleno de libros viejos y empolvados, en el centro
-una mesa atestada de alegaciones, súplicas, folletos, ordenanzas, con
-tres ó cuatros sitiales alrededor, y en un lado un sillón de brazos,
-de alto y cuadrado respaldo, terminado en los ángulos por dos adornos
-de madera, que se prolongaban en forma de cuernos, cubierto de vaqueta
-salpicada de gruesas tachuelas, algunas de las cuales, caídas ya desde
-largo tiempo, la dejaban en completa libertad para que se arrollase por
-todas partes. El doctor vestía el traje que se usaba en los tribunales;
-esto es, una toga muy raída que ya le había servido muchos años atrás
-para perorar en los días solemnes, cuando iba á Milán á defender alguna
-causa de importancia. Cerró la puerta, y animó al mancebo con estas
-palabras: “Hijo mío, referidme vuestro negocio”.
-
---Quisiera deciros una cosa en confianza.
-
---Ya os escucho, respondió el doctor, hablad. Y se acomodó en su
-sillón. Renzo, de pie delante de la mesa, puesta una mano en la copa
-del sombrero, y con la otra haciéndole dar vueltas, replicó: Yo
-quisiera saber de vos, caballero, que habéis estudiado...
-
---Contadme el hecho tal cual es, interrumpióle el doctor.
-
---Es indispensable que me disculpéis; nosotros los pobres no sabemos
-hablar bien. Yo quisiera, pues, saber...
-
---¡Benditas gentes! todos sois lo mismo; en vez de referir el hecho,
-queréis interrogar, porque ya tenéis en la imaginación vuestro designio.
-
---Disculpadme, señor doctor. Querría saber si uno puede ser castigado
-por amenazar á un cura que rehúsa el verificar un casamiento.
-
---Ya entiendo, dijo el doctor: en verdad, nada había comprendido; ya
-entiendo. Y de pronto se puso serio, pero con una seriedad mezclada
-de compasión é interés: apretó fuertemente los labios, dejando oir
-un sonido inarticulado, expresión de un sentimiento que demostró más
-claramente por sus primeras palabras: “Éste es un caso grave, hijo
-mío; un caso previsto. Habéis hecho bien en venir á mí; es un caso muy
-claro, y previsto en cien ordenanzas, y... á propósito, en una del año
-último del señor gobernador actual; ahora os la haré ver y tocar con
-vuestra propia mano”.
-
-Así diciendo, se levantó del sillón, y sepultó las manos en aquel caos
-de papelotes, revolviéndolos de arriba abajo, como si echase grano en
-una medida.
-
---¿Dónde está, pues? ¡Sal, sal! Ya se ve, tiene uno tantas cosas en qué
-pensar. Pero seguramente debe estar allí, porque es una ordenanza muy
-importante. ¡Ah! ¡Hela aquí, hela aquí! La tomó, abrió y miró la fecha;
-y habiéndose puesto aún más serio, exclamó: “Del 15 de octubre de 1627:
-ciertamente, es del año pasado; ordenanza reciente; son las que dan más
-que hacer. Hijo mío, ¿sabéis leer?”.
-
---Un poquito, señor doctor.
-
---Bien, acercaos: seguid con la vista, y veréis.
-
-Y teniendo en el aire la ordenanza desplegada, empezó á leer,
-mascullando precipitadamente en algunos pasajes, y apoyándose
-distintamente y con grande expresión en otros, según la necesidad.
-
-_Si bien por el bando publicado de orden del señor duque de Feria, en
-14 de diciembre de 1620, y confirmada por el Illmo. y Exmo. Sr. D.
-Gonzalo Fernández de Córdoba, &c... se haya prevenido con rigorosos
-y ejemplares castigos las vejaciones, exacciones y actos tiránicos
-que algunos osan cometer contra los muy fieles vasallos de S. M.;
-los excesos de toda especie han llegado á ser tan frecuentes, y la
-malicia... &c... ha crecido hasta tal punto, que S. E. se ha visto
-obligado... &c... Por lo cual, de acuerdo con el senado y una junta...
-ha resuelto que se publique el presente bando._
-
-_Y empezando por los actos vejatorios, la experiencia ha demostrado
-que muchos individuos, tanto en las ciudades como fuera de ellas_...
-¿comprendéis? _de este estado tiranizan con exacciones, y oprimen de
-varios modos á los más débiles, obligándoles á que hagan contratos
-forzosos de compras, arrendamientos... &c._... ¿Dónde voy? ¡Ah! Helo
-aquí: escuchad: _Que se hagan ó no los matrimonios_: ¡eh! ¿qué tal?
-
---Éste es mi caso, dijo Renzo.
-
---Atended, atended además este otro; y después veremos la pena que les
-impone. _Que haya ó no testigos; que el uno abandone el lugar donde
-habita... &c... que el otro pague una deuda; que aquél no lo moleste,
-y que vaya á su molino_: todo esto no tiene nada que ver con nosotros.
-¡Ah! aquí está: _Que el sacerdote que no haga lo que tiene obligación
-de hacer por razón de su ministerio, ó se mezcle en cosas que no le
-pertenezcan_... ¿eh?
-
---Parece que hayan hecho el bando expresamente para mí.
-
---¡Eh! ¿No es verdad? Oíd, oíd: _y otras semejantes violencias,
-ejecutadas, ya sea por los feudatarios, nobles, de la clase media,
-villanos y plebeyos_. Nadie escapa; todos están comprendidos, lo mismo
-que lo estarán en el valle de Josafat. Escuchad ahora la pena: _Todas
-estas y otras semejantes malas acciones, aunque están prohibidas; sin
-embargo, conviniendo usar de mayor rigor, S. E. por el presente, no
-derogando, &c... ordena y manda que el que contraviniere á cualquiera
-de los citados_: _artículos ú otros equivalentes, se proceda por todos
-los jueces ordinarios de este Estado, imponiéndole penas pecuniarias
-y corporales, así como el destierro y galeras, y aun hasta la pena
-capital_... ¡Es una friolera! _al arbitrio de S. E. ó del senado,
-según la cualidad de los casos, personas y circunstancias; y esto
-ir-re-mi-si-ble-men-te y con todo rigor, &c._... ¡Eh! ¿qué tal? ¿Es
-esto un grano de anís? Y mirad aquí las firmas: _Gonzalo Fernández de
-Córdoba_: y más abajo, _Platonus_: y además aquí, _Vidit Ferrer_: no
-falta ningún requisito.
-
-Mientras leía el doctor, Renzo lo seguía lentamente con la vista,
-tratando de profundizar el verdadero sentido, ver por sí mismo aquellas
-benévolas y santas palabras que, según él, debían ser su amparo; el
-doctor se maravillaba de ver á su cliente más atento que aterrado. Debe
-estar inscrito en la asociación de los bravos, decía para sí.--¡Ah,
-ah! dijo en seguida: vos os habéis hecho sin embargo, cortar el tupé:
-habéis sido prudente; pero queriendo poneros en mis manos, no era
-necesario. El caso es serio; mas vos no sabéis de todo lo que soy capaz
-en ciertas ocasiones.
-
-Para comprender el sentido de esta salida del doctor, es preciso
-saber ó acordarse de que en aquel tiempo los bravos de profesión y
-los malvados de todas clases acostumbraban llevar un largo tupé, que
-se echaban luego á la cara como una visera en el momento de atacar á
-alguno, en el caso de que no quisiesen ser conocidos, y la empresa
-fuese de aquéllas que requieren fuerza y al propio tiempo prudencia.
-
-Las ordenanzas tampoco habían guardado silencio sobre este punto. _S.
-E._ (el marqués de la Hinojosa) _ordena: Que cualquiera que lleve
-los cabellos de tal longitud, que cubran la frente hasta las cejas
-inclusive, ó la red hasta las orejas, ó que pase de ellas, incurrirá
-en una multa de trescientos escudos; y en caso de insolvencia, de tres
-años á galeras por la primera vez; y por la segunda, á más de la pena
-mencionada á una aún mayor pecuniaria y corporal al arbitrio de S. E._
-
-_Sin embargo, se permite al que con motivo de ser calvo, ó por otra
-razonable causa, como por señal ó herida, pueda, para su mayor
-decoro y salud llevar los cabellos tan largos como sea preciso para
-cubrir semejantes defectos, y nada más, con el bien entendido que no
-se excedan un ápice de lo estrictamente preciso, y de lo que está
-prevenido, so pena de incurrir en el castigo impuesto á los demás
-contraventores._
-
-_Igualmente manda á los barberos, bajo la multa de cien escudos, ó
-de tres carreras de azotes dados en la plaza pública, y aun mayor
-pena corporal, siempre al arbitrio de S. E., que no dejen á aquellos
-á quienes corten el pelo ninguna clase de trenzas, tupés, rizos ni
-cabellos más largos que lo de ordinario, así en la frente como á los
-lados, ni más bajo de las orejas, teniendo cuidado que estén todos
-iguales, exceptuando los calvos y otros defectuosos, según va dicho
-anteriormente._
-
-El tupé era, pues, casi como una parte de la armadura y un distintivo
-de los matones y gentes de mal vivir; y de ahí el origen de
-llamárseles _ciuffo_. Esta palabra ha quedado y subsiste todavía en
-la significación más reducida en el dialecto; y acaso no habrá ningún
-milanés que no se acuerde de haber oído decir en su niñez, bien á sus
-padres ó al maestro, ya á algún amigo de la casa, ó por último á algún
-criado: es un _ciuffo_, un pequeño _ciuffo_.
-
---En verdad, yo, pobre muchacho, repuso Renzo, puedo jurar que jamás he
-llevado tupé.
-
---Nada hacemos, replicó el doctor, meneando la cabeza con una sonrisa
-entre maliciosa é impaciente. Si no tenéis confianza en mí, nada
-hacemos. Mirad, hijo mío: el que no dice la verdad al doctor es un
-imbécil, que la dirá al juez. Es preciso que al abogado se le cuenten
-las cosas como son en sí; á nosotros toca después el embrollarlas.
-Si queréis que yo os ayude, es absolutamente indispensable que me lo
-digáis todo, desde el principio hasta el fin, como si dijéramos, con el
-corazón en la mano, del mismo modo que al confesor. Debéis nombrarme
-la persona de la cual habéis recibido el mandato: naturalmente será
-de importancia; y en este caso me personaré con él, y haré lo que
-deba hacerse. No le diré: mirad que yo sé que habéis mandado tal cosa;
-decidme si es cierto. Le manifestaré que voy á implorar su protección á
-favor de un infeliz mancebo calumniado, y tomaré con él las oportunas
-medidas para concluir el negocio honrosamente. Tened entendido que
-salvándose él, os salvará á vos también. Mas si esta pequeña travesura
-fuese exclusivamente vuestra, ¡bah! no me vuelvo atrás; de otros
-peores embrollos he salido bien... Porque entendámonos: con tal de
-que no hayáis ofendido á ninguna persona de categoría, me empeño
-en sacaros del atolladero, mediante un pequeño gasto; es necesario
-que nos entendamos bien. En primer lugar debéis decirme quién es el
-ofendido, y cómo se llama; en segundo, la posición, cualidad y carácter
-del protector, y entonces se verá si conviene tener á raya al que
-ofende, amenazándole con el que protege, ó buscando de cualquier modo
-el atacarle criminalmente; porque, mirad, para el que conoce y sabe
-manejar bien las ordenanzas, ninguno es culpable; y tampoco ninguno es
-inocente. Con respecto al cura, si es persona de juicio, él se estará
-quieto; si fuese un mala cabeza, tengo yo un buen remedio para curarle.
-Se puede salir bien de todas las intrigas, pero es preciso ser hombre
-capaz para ello; y vuestro caso es serio, serio repito, y muy serio. La
-ordenanza está clara; y si la cosa ha de decidirse entre la justicia y
-vos, así, entre cuatro ojos, ya estáis fresco. Yo os hablo como amigo:
-las travesuras es necesario pagarlas. Si queréis salir purificado, es
-indispensable dinero y sinceridad, tener confianza en el que bien os
-quiere, obedecer y seguir en un todo aquello que se os prescriba.
-
-Mientras el doctor hablaba de aquel modo, Renzo, estático, lo estaba
-mirando atentamente de la misma manera que un rústico contempla en
-la plaza á un jugador de manos, que después de haber escondido en su
-boca estopa y más estopa, empieza á sacar de ella cintas, cintas, y
-más cintas, siendo cosa de nunca acabar. Sin embargo, cuando hubo
-comprendido bien lo que el doctor quería decir, y en qué sentido tan
-equivocado lo había tomado, le cortó la cinta en la boca, diciendo:
-“¡Oh, señor doctor! ¿de qué modo lo habéis entendido? ello es
-precisamente todo al revés. Yo no he amenazado á nadie; yo no hago
-tales cosas: preguntad más bien á todo mi lugar, y veréis cómo se os
-dirá, que yo jamás he tenido que hacer con la justicia. La bribonada ha
-sido hecha á mí, y vengo á saber de vos qué es lo que he de hacer para
-obtener justicia, estando muy satisfecho de haber visto esa ordenanza”.
-
---¡Diablo! exclamó el doctor, abriendo sobremanera los ojos. ¿Qué
-galimatías me hacéis? Todos sois por el mismo estilo. ¿Es posible que
-no sepáis jamás decir las cosas claras?
-
---Perdonad, vos no me habéis dado tiempo; ahora os lo contaré como
-ello es en sí. Sabed, pues, que yo debía casarme hoy; y aquí la voz
-de Renzo se conmovió: debía casarme con una joven con la cual llevaba
-relaciones amorosas desde fines del verano, y hoy, como digo, era el
-día fijado por el señor cura, y todo estaba dispuesto. Mas he aquí que
-éste empieza á proponer ciertas excusas... Basta; por no ser molesto:
-yo le he hecho hablar claro, como era justo, y me ha confesado que se
-le había prohibido, bajo pena de la vida, el hacer este casamiento.
-¡Ese _prepotente_ de D. Rodrigo!...
-
---¡Y bien! le interrumpió súbitamente el doctor, frunciendo las cejas,
-arrugando su colorada nariz y torciendo la boca; ¡y bien! ¿qué venís
-á quebrarme la cabeza con esas patrañas? Id á referir tales cuentos
-á gentes de vuestra calaña, ya que no sabéis medir las palabras; y
-no venir á un hombre como yo que sabe todo lo que valen. Marchaos,
-marchaos; no sabéis lo que decís: yo no me comprometo por chiquillos;
-no quiero oir semejantes despropósitos y palabras vacías de sentido.
-
---Os juro.
-
---Marchaos, os digo; ¿qué queréis que yo haga de vuestros juramentos?
-Yo no me mezclo en esas cosas, yo me lavo las manos; y se las
-restregaba como si efectivamente se las estuviera lavando. Aprended á
-hablar; no se viene á sorprender así á una persona de pundonor.
-
---Pero oídme, oídme, repetía en vano Renzo; el doctor gritando siempre,
-le empujaba con ambas manos fuera de la habitación. Cuando lo hubo
-echado abrió la puerta de par en par, llamó á la criada y la dijo:
-“Volved pronto á este hombre lo que ha traído: yo no quiero nada, no
-quiero nada”.
-
-Aquella mujer, en todo el tiempo que hacía que estaba en la casa, no
-había jamás cumplido una orden semejante; pero había sido proferida
-con tal resolución, que no vaciló un instante en obedecerla. Tomó los
-cuatro pobres animales, y se los dió á Renzo echándole una mirada de
-desdeñosa compasión, que parecía querer decir: es preciso que hayáis
-cometido una gran necedad. Renzo quería hacer algunos cumplimientos,
-mas el doctor fué inexpugnable, y el joven más atónito y enfurecido que
-nunca de tener que volver á tomar las víctimas rehusadas y volver al
-pueblo á referir á sus señoras el buen éxito de su expedición.
-
-Éstas, durante la ausencia de Renzo, después de haberse despojado
-tristemente de sus vestidos de boda, cambiándolos con los de los
-días de trabajo, se pusieron á consultar de nuevo, sollozando Lucía
-y suspirando Inés. Cuando esta última hubo hablado bastante de los
-grandes efectos que debían esperarse de los consejos del doctor, Lucía
-dijo que era indispensable ver de buscar auxilios de todos modos; que
-el padre Cristóbal era hombre, no sólo para dar consejos, sino también
-para ponerlos en ejecución cuando se trataba de socorrer á los pobres,
-y que sería muy conveniente el poderle hacer saber todo lo que había
-sucedido. Seguramente, dijo Inés; y se pusieron á reflexionar en los
-medios de que se valdrían, ya que no se sentían con valor aquel día
-para ir al convento, distante de allí cerca de dos millas, y que
-ciertamente ninguna persona sensata se lo hubiera aconsejado. Pero
-mientras examinaban los partidos que se presentaban á su imaginación,
-he aquí que oyeron un golpecito dado á la puerta, y en el mismo momento
-un humilde pero distinto _Deo gratias_. Lucía, imaginándose quién podía
-ser, corrió á abrir; y luego, habiendo hecho una pequeña inclinación
-familiar, entró seguida de un capuchino fraile lego, con sus alforjas
-pendientes en el hombro izquierdo, cuya abertura retorcida y estrecha
-sujetaba con ambas manos sobre su pecho. ¡Oh, hermano Galdino! dijeron
-las dos mujeres.
-
---El Señor sea con vosotras, dijo el fraile. Vengo en busca de las
-nueces.
-
---Ve á buscar las nueces para el padre, dijo Inés.
-
-Lucía se levantó y se encaminó á otra estancia; mas antes de entrar,
-se paró detrás de Fr. Galdino, que permanecía de pie en la misma
-postura, y llevando un dedo á su boca, dirigió á la madre una mirada,
-en la cual se traslucía que le encargaba el secreto con ademán tierno y
-suplicante, aunque también con cierta autoridad.
-
-El mendicante, que se conservaba á bastante distancia de Inés,
-mirando á esta al soslayo, dijo: “¿Y esa boda? Á la verdad que debía
-verificarse hoy; he notado en el lugar una cierta confusión, como si
-hubiese ocurrido alguna novedad. ¿Qué ha sucedido?”.
-
---El señor cura está enfermo, y ha sido preciso diferirla, repuso con
-prontitud la mujer. Si Lucía no la hubiese hecho aquella señal, la
-respuesta habría sido probablemente distinta. ¿Y cómo va de colecta?
-añadió en seguida para variar de conversación.
-
---No muy bien, buena señora, no muy bien; aquí está toda. Y esto
-diciendo, se quitó las alforjas del hombro, y las hizo saltar entre
-sus dos manos. Aquí está toda, y para reunir esta gran abundancia, he
-tenido que tocar á diez puertas.
-
---Pero el año es escaso, Fr. Galdino, y cuando tiene que haber medida
-en el pan, no se puede alargar la mano en lo demás.
-
---Y para hacer volver el buen tiempo, ¿qué remedio hay, señora mía?
-La limosna. ¿Tenéis noticia del milagro de las nueces, que tuvo lugar
-hace ya muchos años en nuestro convento de la Romaña?
-
---No, en verdad; contádmelo.
-
---¡Oh! Pues debéis saber que en dicho convento había un padre, el
-cual era un santo, y se llamaba el padre Macario. Un día de invierno,
-pasando por una pequeña senda practicada en medio del campo de un
-bienhechor nuestro, tan hombre de bien como el mismo padre Macario,
-vió éste al citado bienhechor cerca de un gran nogal de su propiedad,
-y á cuatro aldeanos que con el hacha levantada empezaban á excavar el
-pie para poner las raíces al sol.--“¿Qué hacéis á este pobre árbol?
-preguntó el padre Macario.--¡Ay padre! hay una porción de años que
-no me quiere dar nueces; por lo tanto, yo hago leña de él.--Dejadlo
-estar, dijo el padre: sabed que este año dará más nueces que hojas”.
-El bienhechor, que conocía muy bien al que acababa de pronunciar las
-anteriores palabras, ordenó prontamente á los trabajadores que echasen
-de nuevo la tierra sobre las raíces, y habiendo llamado al padre, que
-continuaba su camino,--“Padre Macario, le dice: la mitad de la cosecha
-será para el convento”. Se esparció la voz de semejante pronóstico,
-y todos corrían á ver el nogal. En efecto, llegada la primavera echó
-flores con fuerza, y á su debido tiempo nueces, pero nueces en grande.
-El honrado bienhechor no tuvo el consuelo de varearlo, porque antes de
-la recolección fué á recibir el premio de su caridad. Mas el milagro
-fué mucho mayor, según vais á oir. Aquel digno hombre había dejado un
-hijo, cuyas cualidades eran bien diferentes de las suyas. Estando ya
-en la época de la recolección, el hermano mendicante fué á recoger la
-mitad que era debida al convento; pero el hijo, fingiendo la mayor
-extrañeza, tuvo la temeridad de responder que jamás había oído decir
-que los capuchinos supiesen hacer nueces. Ahora bien: ¿pues sabéis
-lo que sucedió? Cierto día (atended bien á esto), el libertino había
-invitado á varios de sus amigos de la misma calaña que él: y en
-medio de la francachela que tenían, les contaba la historia de las
-nueces, burlándose á su sabor de los frailes. Aquellos imprudentes
-jovenzuelos tuvieron deseos de ir á ver una tan enorme porción de
-nueces, y él los condujo al granero. Mas oíd bien: abre él la puerta,
-se dirige al rincón en donde estaba colocado el gran montón, y mientras
-dice mirad, mira él mismo, y ve... ¿qué es lo que ve? un bello montón
-de hojas secas de nogal. ¿No fué esto un magnífico ejemplar? Y el
-convento, en vez de perder con eso ganó mucho; porque después de tan
-gran suceso, los donativos de las nueces rendían tanto y tanto, que
-un bienhechor, movido á compasión hacia el hermano mendicante, tuvo
-la caridad de regalar un asno al convento, con el objeto de ayudar
-á dicho hermano á conducirlas al mismo. Además, se hacía con ellas
-tanto aceite, que todos los pobres iban á buscar según sus necesidades;
-porque nosotros somos como el mar, que recibe agua de todas partes para
-volver á distribuirla luego á todos los ríos.
-
-En esto volvió á aparecer Lucía con el delantal tan lleno de nueces,
-que con trabajo podía soportar su peso, sosteniendo en alto ambos
-extremos con los brazos extendidos y separados; mientras que el
-hermano Galdino se quitaba de nuevo las alforjas del hombro, las hacía
-descansar en el suelo, y ponía expedita la abertura para introducir
-la abundante limosna. La madre miró á Lucía con semblante atónito y
-severo á la vez por su prodigalidad; pero esta última le echó una
-ojeada que quería significar, yo me justificaré. Fr. Galdino se
-deshizo en elogios, promesas y favorables predicciones, manifestándose
-sumamente agradecido; y volviendo á colocar las alforjas en su lugar,
-iba á partir; mas Lucía, llamándole de nuevo le dice: “Quisiera que me
-hicieseis un favor: desearía que dijeseis al padre Cristóbal que tengo
-gran necesidad de hablarle, y que haga la caridad de venir á nuestra
-humilde casa, pronto, pronto; porque á nosotras no nos es posible ir á
-la iglesia”.
-
---¿No queréis otra cosa? No se pasará una hora sin que el padre
-Cristóbal sepa vuestro deseo.
-
---Cuento con ello.
-
---No lo dudéis: y dicho esto se fué un poco más encorvado y más
-contento de lo que había venido.
-
-Al ver que una pobre muchacha mandaba llamar con tanta confianza al
-padre Cristóbal y que el mendicante aceptaba la comisión sin maravilla
-y sin dificultad, no se juzgue por esto que dicho padre Cristóbal fuese
-un fraile adocenado, una persona despreciable; todo lo contrario, era
-un hombre que ejercía mucha influencia entre los suyos y en todo el
-contorno; pero era tal la condición de los capuchinos, que para ellos
-nadie había ni demasiado bajo, ni demasiado elevado. Servir á la clase
-ínfima y hacerse servir por los poderosos; entrar en los palacios y
-en las chozas con el mismo continente de modestia y seguridad; ser
-tal vez en una misma casa un objeto de pasatiempo, á la par que un
-personaje sin el cual nada se decida; pedir limosna por todas partes y
-hacerla á todos los que iban á pedirla al convento; á todo esto estaba
-acostumbrado un capuchino. Viajando, podía igualmente tropezar con un
-príncipe que le besase reverentemente la punta del cordón, ó con una
-cuadrilla de pilluelos que fingiendo reñir entre sí le salpicasen de
-barro la barba. La palabra _fraile_ era pronunciada en aquella época
-con el mayor respeto y con el más amargo desprecio: y los capuchinos,
-acaso más que los de ninguna otra orden, eran objeto de dos contrarios
-sentimientos, y experimentaban las dos opuestas fortunas; porque no
-poseyendo nada, revestidos de hábitos más extraños y distintos que de
-ordinario, y haciendo más abierta profesión de humildad, se exponían
-más de cerca á la veneración y al vilipendio que estas cosas pueden
-inspirar á los hombres, según la diversidad de su carácter ó su modo de
-pensar.
-
-Habiendo partido Fr. Galdino, Inés exclamó: “¡Tantísimas nueces en un
-año como éste!”.
-
---Mamá, perdonadme, respondió Lucía; mas si hubiésemos hecho una
-limosna como las de costumbre, ¡Dios sabe cuántas vueltas hubiera
-tenido que dar Fr. Galdino antes de llenar las alforjas; Dios sabe
-cuándo habría vuelto al convento, y con los cuentecillos que hubiera
-referido ó escuchado, Dios sabe si él se habría acordado!...
-
---Has pensado muy bien; y luego que toda caridad trae siempre buen
-fruto, dijo Inés, la cual, á pesar de sus defectillos, era una
-excelente mujer, y se hubiera, según vulgarmente se dice, arrojado al
-fuego por su única hija en quien tenía puesto todo su cariño.
-
-En esto llegó Renzo, y entrando con semblante mortificado á la par
-que de despecho, echó los capones sobre una mesa: ésta fué la última
-vicisitud de aquellos pobres animales por aquel día.
-
---¡Qué hermoso consejo me habéis dado! dijo á Inés; ¡me habéis mandado
-á casa de bellísimo sujeto, de uno que ayuda verdaderamente á los
-infelices! Esto dicho, refirió su entrevista con el doctor. La mujer,
-estupefacta de tan triste resultado, quería meterse á demostrar que
-el consejo sin embargo era bueno, y que Renzo no debía haber sabido
-expresarse; mas Lucía interrumpió esa cuestión, anunciando que esperaba
-haber encontrado un auxilio mejor. Renzo acogió todavía esta esperanza,
-como acontece á los que están en el mayor embarazo y aflicción.--Mas
-si el padre, dijo él, no halla algún medio, yo le hallaré de un modo
-ú de otro. Las mujeres le aconsejaron que tuviese prudencia, calma y
-paciencia.--Mañana, dijo Lucía, vendrá seguramente el padre Cristóbal,
-y veréis cómo encontrará algún remedio de aquellos que nosotros ni
-siquiera podemos imaginar.
-
---Así lo espero, dijo Renzo; mas en todo caso sabré hacerme razón, ó
-declarármela por otros. En este mundo, ésta es finalmente la justicia.
-
-Con tan dolorosos discursos, y con tantas idas y venidas, según va
-referido, se había pasado el día, y empezaba ya á oscurecer.
-
---Buenas noches, dijo tristemente Lucía á Renzo, el cual no sabía
-resolverse á marchar.
-
---Buenas noches, respondió éste con más tristeza todavía.
-
---Algún santo nos ayudará, replicó Lucía; sed prudente y resignaos.
-
-La madre añadió otros consejos del mismo género, y el novio se fué
-con el corazón agitado, repitiendo siempre estas extrañas palabras:
-“En este mundo, ésta es finalmente la justicia. ¡Tan cierto es que un
-hombre abrumado por el dolor, no sabe siquiera lo que se dice!”.
-
-
-
-
- CAPÍTULO CUARTO
-
-
-El sol no había aparecido aún enteramente sobre el horizonte, cuando
-el padre Cristóbal salió de su convento de Pescarenico para ir á la
-casita donde era esperado. Es Pescarenico un lugarcillo asentado en
-la orilla izquierda del Adda, ó por mejor decir, del lago, un poco
-más abajo del puente; componen dicho lugarcillo un pequeño grupo de
-cabañas, habitadas la mayor parte por pescadores, y adornadas acá
-y allá de tresmallos y redes tendidas con el objeto de secarse. El
-convento estaba situado (y el edificio subsiste todavía) en las afueras
-del lugar, y la fachada caía en medio del camino que de Lecco conduce á
-Bérgamo. El cielo se veía completamente despejado. Á medida que el sol
-se elevaba detrás de las montañas, se veía su luz descender rápidamente
-desde las cimas de los opuestos montes y esparcirse por las pendientes
-y por los valles: un vientecillo de otoño, desprendiendo de las ramas
-del moral las hojas secas, las hacía caer á algunos pasos distantes del
-árbol; á derecha é izquierda en las viñas, sus rayos, aún oblicuos,
-brillaban en los pámpanos enrojecidos con variadas tintas, y la tierra
-recién labrada se destacaba oscura y se percibía distintamente entre
-los campos cubiertos de rastrojo, blanquecino y brillante, á causa del
-rocío. La escena era risueña; mas toda figura de hombre que en ella
-aparecía, entristecía la vista y el pensamiento. Á cada instante se
-encontraban andrajosos y macilentos mendigos envejecidos en el oficio
-ó lanzados en aquel entonces por necesidad á tender la mano. Pasaban
-silenciosos por el lado del padre Cristóbal, lo miraban con semblante
-propio para excitar compasión, y bien que no tuviesen nada que esperar
-de él, ya que un capuchino no tocaba jamás moneda, le hacían un saludo
-de agradecimiento por la limosna que habían recibido ó que iban á
-buscar al convento. El espectáculo de los labradores esparcidos por los
-campos, tenía cierta cosa de más doloroso aún. Los unos iban echando
-la simiente en pequeña cantidad, con economía, y como de mala gana,
-como el que arriesga una cosa de la cual tiene mucha necesidad; los
-otros manejaban el azadón con dificultad, y revolvían con disgusto
-los terrones. La pequeña niña, pálida y descarnada, arrastrando al
-pasto por medio de una pequeña cuerda á la escuálida vaca, cuyas
-ubres se veían secas del todo, miraba atentamente y se bajaba á toda
-prisa, á fin de recoger para que sirviese de alimento á su familia
-algunas yerbas, con las cuales el hambre le había enseñado que los
-hombres podían aún mantenerse. Tales objetos aumentaban á cada paso la
-melancolía del padre, el cual caminaba ya con el triste pensamiento de
-que iba á oir alguna desgracia.
-
-Mas, ¿por qué se inquietaba tanto en favor de Lucía, y por qué al
-primer aviso había andado con tanta solicitud como á una llamada del
-padre provincial? ¿Quién era, pues, ese padre Cristóbal? Es necesario
-satisfacer á todas estas preguntas. El padre Cristóbal de *** era un
-hombre más próximo á los sesenta que á los cincuenta años. Su cabeza
-afeitada, á excepción del cerquillo que la rodeaba, según el rito de
-los capuchinos, se elevaba de tiempo en tiempo, con un movimiento que
-dejaba traslucir un cierto no sé qué de altivo é inquieto, y de súbito
-se bajaba por reflexión de humildad. La larga y blanca barba que cubría
-sus mejillas y demás partes de la cara, hacía resaltar más todavía las
-formas relevantes de la parte superior del rostro, á las cuales una
-abstinencia ya de mucho tiempo habitual, había añadido más gravedad
-á su expresión que había quitado. Sus ojos hundidos estaban casi
-siempre inclinados al suelo; pero algunas veces despedían fulgores con
-repentina vivacidad, á la manera que dos fogosos caballos conducidos
-por la experta mano de un cochero, á la cual saben por experiencia
-que no pueden vencer, y que sin embargo, dan de vez en cuando algunos
-botes, que reprimen al momento con una buena sacudida del freno.
-
-El padre Cristóbal no había sido siempre así, ni siempre se había
-llamado Cristóbal: su nombre de pila era Ludovico. Era hijo de
-un mercader de *** (estos asteriscos[3] provienen todos de la
-circunspección de nuestro anónimo), que en sus últimos años, hallándose
-bastante rico y con un solo hijo, había renunciado al tráfico, y se
-había entregado á vivir como un noble.
-
-En su nueva ociosidad empezó á sentir interiormente una gran vergüenza
-por todo el tiempo que había gastado en hacer algo en este mundo.
-Dominado por semejante capricho, estudiaba todas las maneras de hacer
-olvidar á los demás que había sido mercader, y aun él mismo habría
-querido olvidarlo. Mas la tienda, los fardos, los libros de cuentas y
-la vara, se le presentaban siempre á la imaginación, como la sombra
-de Banquo á Macbeth, aun en medio del fausto de los espléndidos
-banquetes y de las sonrisas de los parásitos. Es difícil expresar el
-cuidado que pondrían estos infelices para esquivar toda palabra que
-pudiese parecer alusiva á la antigua condición del que los convidaba.
-Un día, para citar no más que un ejemplo, un día, pues, ya al fin de
-la comida, en los momentos de la más viva y cordial alegría, en los
-cuales no se habría podido decir quiénes eran los que más gozaban, si
-la compañía desocupando platos ó el amo de la casa haciéndolos servir;
-éste daba una broma con un tono de superioridad amistosa á uno de sus
-comensales, el más honrado comedor del mundo, el cual para corresponder
-á la chanza sin la más mínima sombra de malicia y con el candor propio
-de un tierno niño, repuso: “¡Bah!, yo hago oídos de mercader”. En el
-instante de notar este mismo que semejante palabra había salido
-de su boca, miró con semblante incierto al rostro del dueño, el cual
-también se había oscurecido: el uno y el otro hubieran querido volver á
-recobrar su primitivo reposo; mas no era posible. Los demás convidados
-pensaban, cada uno de por sí, el modo de calmar aquel escándalo é
-inventar alguna diversión; mas pensando callaban, y el silencio ponía
-el escándalo más de manifiesto. Cada uno evitaba el encontrar sus ojos
-con los de los otros; todos ellos sabían que cada uno estaba preocupado
-con la idea que querían disimular. Lo que es la alegría, por aquel
-día desapareció, y el imprudente, ó para hablar con más justicia el
-desgraciado, no recibió ninguna otra invitación. Así, el padre de
-Ludovico pasó los últimos años de su vida en continuas angustias,
-temiendo siempre el ser escarnecido, y no reflexionando jamás que
-el vender no es una cosa más ridícula que el comprar, y que aquella
-profesión de la cual entonces se avergonzaba, habíala sin embargo
-ejercido por espacio de tantos años públicamente y sin remordimientos.
-Hizo educar el hijo noblemente, según las costumbres de la época y
-tanto como se lo permitían las leyes y usos; dióle maestros de bellas
-letras y de equitación, y murió dejándole rico y joven.
-
-Ludovico había contraído todos los hábitos de caballero; y sus
-aduladores, entre los cuales se había nutrido, le habían acostumbrado
-á ser tratado con mucho respeto. Mas cuando quiso mezclarse con los
-principales de su pueblo, encontró un orden de cosas bien diferente de
-aquel á que estaba acostumbrado. Vió que para vivir en su compañía,
-como hubiera deseado, le era indispensable hacer un nuevo estudio de
-paciencia y sumisión, permanecer siempre humillado, y estar á cada
-momento sufriendo con resignación. Semejante género de vida no estaba
-acorde, ni con la educación, ni con el natural de Ludovico. Se alejó
-de ellos despechado, aunque al mismo tiempo con pesar, porque le
-parecía que verdaderamente habrían debido ser sus compañeros, sólo
-que los hubiera querido más tratables. Con esta mezcla de rencor é
-inclinación, no pudiendo acompañarlos familiarmente y queriendo, sin
-embargo, parecerse en cierto modo, se había dado á competir con ellos
-en lujo y magnificencia, captándose de este modo las enemistades, las
-envidias y el ridículo. Su índole pacífica, á la par que violenta,
-le había empeñado más de una vez en debates muy serios. Sentía un
-horror espontáneo y sincero por los agravios é injurias, horror
-vuelto más vivo en él por la cualidad de las personas que con más
-frecuencia los cometían, que eran justamente aquellas con quienes más
-aborrecimiento tenía. Para aquietar ó para concentrar todas estas
-pasiones en una sola, tomaba voluntariamente el partido del débil
-oprimido, se empeñaba en ser desfacedor de entuertos, se entrometía en
-una querella, y se atraía encima otra nueva, de tal modo, que poco á
-poco vino á constituirse el protector de los oprimidos y el vengador
-de los agraviados. La empresa era grave, y no hay que preguntar si
-el pobre Ludovico tendría enemigos, cuidados é inquietudes. Además
-de esta guerra exterior, se veía después continuamente agitado por
-combates interiores, porque para salir bien de una intriga (sin hablar
-de aquellas en que quedaba debajo), debía emplear astucias y violencias
-que su conciencia de ningún modo podía aprobar. Era preciso que
-tuviese á su rededor un buen número de matones; y tanto por seguridad
-propia, cuanto por tener un auxilio más vigoroso, debía escoger á los
-más temerarios, esto es, á los más malvados, y vivir con los bribones
-por causa de la justicia; tanto que, más de una vez, desanimado por el
-mal éxito de una empresa, inquieto por un peligro inminente, fastidiado
-de tener que estar continuamente en guardia, disgustado con la gente
-que le acompañaba por necesidad, pensando en el porvenir, y que su
-fortuna iba disminuyendo de día en día con las buenas obras y entre la
-_bravería_, más de una vez le había venido á la imaginación el hacerse
-fraile, porque en aquella época era el medio más común para salir de
-apuros. Pero esto, que hubiera sido acaso no más que un pensamiento
-toda su vida, se cambió en una firme resolución á causa de un
-accidente, el más serio que hasta entonces le hubiese podido sobrevenir.
-
-Iba cierto día por una calle de su pueblo natal seguido de dos
-bravos y acompañado de un tal Cristóbal, en otro tiempo mancebo de
-la tienda, y cerrada ésta transformado en mayordomo de la casa. Era
-éste un hombre de cerca de cincuenta años, adicto desde su juventud
-á Ludovico, al cual había visto nacer, y que entre el salario y los
-regalos le daba no sólo para vivir, sino también para mantener y
-sustentar una numerosa familia. Ludovico vió aparecer á lo lejos un
-señor como él, arrogante y protector de profesión, á quien jamás en
-su vida había hablado, pero que sin embargo cordialmente detestaba,
-y el cual le pagaba generosamente en la misma moneda; porque es una
-de las ventajas que ofrece este mundo, la de poder odiar y ser odiado
-sin conocerse. Dicho señor, seguido de cuatro bravos, avanzaba en
-línea recta con paso orgulloso, levantada la cabeza y marcando en
-sus labios la mayor insolencia y el más profundo desprecio. Ambos
-caminaban rozándose con la pared; mas Ludovico (nótese bien esto), la
-tocaba con el lado derecho, y esto, según una costumbre, le daba el
-derecho de no separarse de dicha pared para dar paso á cualquiera que
-fuese, cosa de la cual se hacía entonces mucho caso. El otro pretendía
-por el contrario, que el derecho le competía á él como noble, y que
-á Ludovico le tocaba ir por el medio, y todo esto en virtud de otra
-costumbre. Aunque en esto como en muchas otras cosas estaban en vigor
-dos costumbres contrarias, sin que se hubiese decidido cuál de las dos
-fuese la buena, lo cual daba ocasión de que se armara una riña cada vez
-que un cabeza dura tropezase con otra del mismo temple. Nuestros dos
-hombres marchaban á encontrarse arrimados á la pared, como dos figuras
-movibles de bajorrelieve. Cuando estuvieron ya cara á cara, el tal
-señor, midiendo á Ludovico con altanería desde la cabeza á los pies con
-mirada torva é imperiosa, le dijo en un tono de voz correspondiente:
-“Paso”.
-
---Paso, repuso Ludovico, llevo la derecha.
-
---Con gentes como vos é iguales vuestros, siempre la llevo yo.
-
---Si la arrogancia de los vuestros fuese una ley para los míos...
-
-Los _bravos_ del uno y del otro bando, permanecían como clavados, cada
-uno detrás de su amo, mirándose de reojo, con las manos puestas en las
-dagas y preparados al combate. La gente que llegaba ya por un lado, ya
-por otro, se mantenía á cierta distancia para observar el suceso, y la
-presencia de estos espectadores animaba siempre más el amor propio de
-los contendientes.
-
---Al arroyo, artesano vil, ó yo te enseñaré del modo que se trata á los
-nobles.
-
---Vos mentís llamándome vil.
-
---Tú eres el que mientes, diciendo que yo he mentido. (Esta respuesta
-era de pragmática.) Y si tú fueses caballero como yo, añadió el señor,
-te haría ver con la espada que tú has sido el que has mentido.
-
---He aquí un buen pretexto para dispensarse de sostener con hechos la
-insolencia de vuestras palabras.
-
---Arrojad al fango á ese bribón, dijo el noble volviéndose á los suyos.
-
---¡Veámoslo! dijo Ludovico, dando de pronto un paso atrás y echando
-mano á la espada.
-
---¡Temerario! gritó el otro desenvainando la suya; la haré mil pedazos
-cuando esté manchada con tu vil sangre.
-
-En esto se lanzaron uno hacia otro; los servidores de ambas partes
-se arrojaron á la defensa de sus respectivos dueños. El combate era
-desigual, ya por el número, ya porque Ludovico trataba más bien de
-parar los golpes y desarmar al enemigo que de matarlo; pero éste
-quería su muerte á toda costa. Ludovico había ya recibido en el brazo
-izquierdo una puñalada dada por un _bravo_, y un ligero rasguño en una
-mejilla; su principal adversario se lanzaba con furia sobre él con el
-objeto de concluir de una vez, cuando Cristóbal, viendo á su señor en
-tan extremado peligro, fué con el puñal á coger al noble por detrás.
-Éste volvió toda su ira contra aquél, y le pasó de parte á parte con
-su espada. Al ver Ludovico aquello, se puso fuera de sí, y hundió la
-suya en el vientre del provocador, el cual cayó moribundo casi al
-mismo tiempo que el pobre Cristóbal. Los bravos del noble, viendo que
-todo estaba concluido, emprendieron la fuga en muy mal estado; los de
-Ludovico, afrentados y acuchillados también, no teniendo ya con quién
-habérselas, y no queriendo hallarse envueltos por los espectadores que
-acudían al campo de batalla, se deslizaron por otro lado, y Ludovico
-se encontró solo, con aquellos dos funestos compañeros á sus pies, en
-medio de una muchedumbre inmensa.
-
---¿Cómo ha sido esto?--Es uno.--Son dos.--Le ha hecho un ojal en el
-vientre.--¿Quién ha sido muerto?--_El prepotente._--¡Oh, Santa María,
-qué fracaso!--Quien busca halla.--Una las paga todas.--También él
-ha tenido su fin.--¡Qué golpe!--¡Esto es un negocio muy serio!--¿Y
-aquel otro desgraciado?--¡Misericordia, qué espectáculo!--¡Salvadlo,
-salvadlo!--¡También está bien aviado!--¡Miradlo qué maltrado; arroja
-sangre por todas partes!--Escapaos, escapaos; no os dejéis prender.
-
-Estas palabras, que dominaban todas las demás y se oían á través del
-confuso ruido de la muchedumbre, expresaban el voto general, y con
-el consejo vino en seguida el auxilio. El suceso había tenido lugar
-muy cerca de una iglesia de capuchinos, asilo, como todos saben,
-impenetrable en aquella época para los esbirros y á toda aquella
-reunión de cosas y personas que se llamaba justicia. El asesino fué
-llevado al convento casi sin sentido por la multitud, y los frailes lo
-recibieron de las manos del pueblo, que se lo recomendaban diciendo:
-“Éste es un hombre de bien que ha dado cuenta de un hombre orgulloso y
-bribón; lo ha hecho en defensa propia y obligado á ello”.
-
-Ludovico hasta entonces no había jamás derramado sangre; y aunque
-el homicidio fuese en aquellos tiempos una cosa tan común, que los
-oídos de todos estaban acostumbrados á oirlos referir y los ojos á
-presenciarlo; sin embargo, la impresión que recibió al ver el hombre
-muerto por su mano, y el otro muerto también por culpa suya, fué nueva
-é indecible, fué una revelación de sentimientos aún desconocidos.
-La caída de su enemigo, la alteración de aquel rostro que pasaba en
-un momento de la amenaza y del furor al abatimiento y á la solemne
-calma de la muerte, fué una vista que cambió rápidamente el ánimo
-del homicida. Arrastrado al convento, no sabía casi en dónde estaba
-ni lo que se hacía, y cuando volvió en sí se encontró en una cama de
-la enfermería, en manos del hermano cirujano (los capuchinos tienen
-ordinariamente uno en cada convento) que ponía hilas y vendaba las dos
-heridas que había recibido en aquel encuentro.
-
-Un sacerdote, cuyo destino especial era asistir á los moribundos, y el
-cual había con frecuencia prestado semejantes servicios en las calles,
-fué llamado con precipitación al lugar del combate. Vuelto pocos
-minutos después entró en la enfermería, y acercándose al lecho en donde
-yacía Ludovico, “consolaos, le dijo: á lo menos ha muerto bien, y me ha
-encargado que le perdonéis, así como también traigo el perdón de su
-parte para vos”. Estas palabras hicieron volver en sí del todo al pobre
-Ludovico, y los sentimientos que hasta entonces permanecían confusos
-y como en tropel en su mente, se le representaron distintamente y con
-la mayor vivacidad; en efecto, el dolor causado por la pérdida de
-un amigo, el asombro y el remordimiento del golpe que su mano había
-descargado, y al mismo tiempo una angustiosa compasión hacia el hombre
-que había muerto, se revelaron en él enteramente. “¿Y el otro?”, preguntó
-con ansia al fraile.
-
---El otro había expirado cuando yo llegué.
-
-Entretanto las avenidas y alrededores del convento hormigueaban de una
-curiosa muchedumbre; mas habiendo llegado la tropa, hizo dispersar á
-la multitud y se situó á cierta distancia de la puerta, de tal modo,
-que nadie pudiese salir del edificio sin ser observado. Un hermano del
-muerto, dos de sus primos y un anciano tío, fueron armados de pies
-á cabeza, acompañados de un gran número de _bravos_, y se pusieron
-á rondar alrededor del convento, mirando con aire y ademanes de
-amenazadora cólera á los curiosos que no se atrevían á decirles: “le
-está muy bien merecido”.
-
-Apenas Ludovico pudo reunir sus ideas, llamó á un confesor y le suplicó
-que fuese á casa de la viuda de Cristóbal, con el objeto de impetrar
-en su nombre el perdón de haber sido la causa, aunque ciertamente
-involuntaria, de aquella desgracia, y que la asegurase al mismo tiempo
-que tomaba á su cargo toda la familia. Reflexionando luego en su
-posición, sintió renacer el deseo de hacerse fraile, pensamiento que
-otras veces había pasado por su imaginación: le pareció que Dios mismo
-le había colocado en el camino y le había dado una señal de su voluntad
-haciéndole llegar en aquella coyuntura á un convento, y el partido
-fué adoptado. Hizo llamar al guardián, y le manifestó su deseo. Éste
-le respondió que era preciso que se guardase de tomar una resolución
-precipitada; pero que si persistía, no sería desechada. Entonces mandó
-á buscar un notario, hizo donación de todo lo que le quedaba (que era
-todavía un buen patrimonio), á la familia de Cristóbal; dió una suma
-considerable á la viuda, como para constituirla una segunda dote, y el
-resto á ocho hijos que Cristóbal había dejado.
-
-La resolución de Ludovico venía muy á propósito para sus huéspedes, los
-cuales por su causa estaban metidos en una gran intriga. Echarlo del
-convento y exponerlo de ese modo á las persecuciones de la justicia,
-ó lo que es igual, á la venganza de sus enemigos, no era partido
-que mereciese siquiera consultarse; esto hubiera sido lo mismo que
-renunciar á sus propios privilegios, desacreditar al convento para
-con el pueblo, atraerse la animadversión de todos los capuchinos del
-universo por haber dejado violar tan sagrados derechos, y ponerse en
-pugna abierta con todas las autoridades eclesiásticas, las cuales se
-consideraban como tutoras del derecho de asilo. Por otra parte, la
-familia del muerto, bastante poderosa por sí misma y por sus secuaces,
-trataba de vengarse á toda costa, y declaraba por enemigo á cualquiera
-que se atreviese á poner algún obstáculo. La historia no dice que
-aquélla se doliese mucho del difunto, ni menos que hubiese derramado
-por él una sola lágrima toda la parentela; únicamente dice, que estaban
-furiosos de no tener entre sus uñas al matador, ya fuese vivo ó muerto.
-Pero éste, vistiendo el hábito de capuchino, lo componía todo. Hacía
-en cierto modo una pública retractación, se imponía una penitencia, se
-confesaba implícitamente culpable, se retiraba de toda contienda; era,
-en suma, un enemigo que deponía las armas. Los parientes del muerto
-podían también, si querían, creer ó vanagloriarse de que se había hecho
-fraile por desesperación ó por miedo de su cólera. De todos modos,
-reducir á un hombre á despojarse de sus bienes, á afeitarse la cabeza,
-á caminar con los pies desnudos, á dormir sobre un duro y miserable
-jergón de paja, á vivir de limosna, podía parecer un castigo suficiente
-aun al ofendido más orgulloso.
-
-El padre guardián se presentó con una expresiva humildad al hermano
-del muerto; y después de mil protestas de respeto por su ilustre casa,
-y del deseo de complacer á ésta en todo lo que fuese posible, habló
-del arrepentimiento de Ludovico y de su resolución, haciéndole ver
-con finura que la casa podía estar muy satisfecha, é insinuando luego
-suavemente y de la manera más diestra, que gustase ó no, las cosas
-debían ser así. El hermano se deshizo en injurias, y el capuchino dejó
-pasar la tormenta, diciendo de cuando en cuando: “Es un dolor muy
-justo”. Manifestó al capuchino que su familia había sabido siempre
-tomar satisfacción de una ofensa; y éste, aunque pensase de distinto
-modo, no dijo que no. Finalmente, aquél exigió como una condición que
-el asesino de su hermano había de salir prontamente de la ciudad. El
-guardián, que ya había deliberado obrar así, dijo que se haría, dejando
-que el otro creyera, si esto le complacía, que era un acto de sumisión,
-quedando todo arreglado de esta manera: contenta la familia de salir
-de semejante negocio con honor, contentos los frailes que salvaban
-un hombre y sus privilegios sin acarrearse ningún enemigo, contentos
-los amantes de las leyes de la caballería de ver terminarse un asunto
-honrosamente, contento el pueblo que veía fuera de peligro á un hombre
-que quería y que al mismo tiempo admiraba una conversión; contento
-finalmente, y más que todos, en medio de su dolor nuestro Ludovico, el
-cual empezaba una vida de expiación y de servidumbre, que podía, si
-no reparar, á lo menos redimir la mala acción, y embotar el punzante
-aguijón de los remordimientos. La idea que su resolución pudiese
-ser atribuida al miedo, le afligió un momento; pero se consoló bien
-pronto, pensando que aquella injusta opinión sería un castigo para él,
-y un medio de expiación. Así, á los treinta años se vistió el hábito
-de capuchino; y debiendo, según el uso, dejar su nombre para tomar
-otro, escogió uno que le recordase á todas horas la falta que tenía de
-expiar, y se puso por nombre Cristóbal.
-
-Apenas la ceremonia de la toma de hábito se hubo concluido, cuando el
-guardián le intimó la orden de ir á hacer su noviciado á *** distante
-sesenta millas, y que partiese al otro día por la mañana. El novicio
-se inclinó profundamente y pidió gracia. “Permitidme, padre, dijo, que
-antes de partir de esta población, en donde he derramado la sangre de
-un hombre, donde dejo una familia cruelmente ofendida, que repare al
-menos su afrenta, que muestre mi pesar de no poder resarcir el daño,
-pidiendo perdón al hermano del muerto, y acallarle, si Dios bendice mi
-intención, el rencor de su alma”. Al guardián le pareció que semejante
-paso, además de ser bueno en sí, serviría siempre para reconciliar más
-á la familia con el convento, y en su consecuencia se dirigió ansioso á
-la casa del señor hermano para exponerle la súplica de Fr. Cristóbal. Á
-una proposición tan inesperada, aquél sintió, á la par que admiración,
-un arrebato de cólera, pero no sin alguna complacencia. Después de
-haber reflexionado un instante, “que venga mañana”, dijo, y señaló la
-hora. El guardián volvió á llevar al novicio tan deseado consentimiento.
-
-El noble pensó de pronto que cuanto más solemne y ruidosa fuese aquella
-satisfacción, tanto más se aumentaría su crédito para con su familia
-y para con el público, y sería una bella página en la historia de
-la misma. Hizo saber apresuradamente á todos los parientes, que al
-día siguiente, á la hora de medio día, se sirviesen ir á su casa á
-recibir una satisfacción común. Á la citada hora, el palacio bullía
-en señores de todas edades y sexos; aquello era un torbellino: la
-mezcla de grandes capas, de altas plumas, de pendientes _durlindanas_,
-el ondulante movimiento de las almidonadas y rizadas gorgueras, y
-el confuso roce de las adamascadas togas. Las antecámaras, el patio
-y la calle hormigueaban de criados, pajes, _bravos_ y curiosos. Al
-ver Fr. Cristóbal aquel aparato, adivinó el motivo y experimentó una
-ligera turbación; mas después de breves instantes, se dijo: “Está bien
-hecho, yo lo he matado en público á presencia de un gran número de sus
-enemigos; aquél fué el escándalo, ésta es la reparación”. Así, con los
-ojos bajos, con el padre compañero al lado, pasó la puerta de la casa,
-atravesó el patio entre una multitud que le miraba con una curiosidad
-poco respetuosa, subió la escalera, y en medio de otra muchedumbre de
-señores que se formaban en ala á su paso, seguido de cien miradas,
-llegó á presencia del amo de la casa, el cual, rodeado de los parientes
-más próximos, permanecía de pie en medio de la estancia, con la mirada
-fija en el pavimento y la barba levantada, empuñando con la mano
-izquierda el pomo de la espada, y apretando con la derecha la valona de
-la capa sobre el pecho.
-
-Hay á veces en el rostro y el continente de un hombre, una expresión
-tan significativa, que aunque se encuentre en medio de una numerosa
-multitud de espectadores, todos ellos formarán el mismo juicio sobre
-los sentimientos que le animan. El semblante y el ademán de Fr.
-Cristóbal decían claramente á los asistentes, que no se había hecho
-fraile ni iba á sufrir aquella humillación por humano temor; y esto
-empezó á reconciliarlo con todos los ánimos. Cuando vió al ofendido
-aceleró el paso, se hincó de rodillas á sus pies, cruzó las manos sobre
-el pecho, é inclinando su rapada cabeza, le dijo: “Yo soy el matador
-de vuestro hermano. ¡Bien sabe Dios que quisiera restituíroslo á costa
-de mi sangre! mas no pudiendo hacer otra cosa que dar ineficaces
-y tardías excusas, os suplico que por amor de Dios las aceptéis”.
-Todos los ojos estaban fijos sobre el novicio y sobre el personaje á
-quien hablaba; todos los oídos estaban atentos. Cuando Fr. Cristóbal
-calló, se alzó en el salón un murmullo de piedad y de respeto. El
-gentilhombre, que permanecía en una actitud de complacencia forzada y
-de cólera comprimida, se turbó con aquellas palabras; y volviéndose
-al suplicante: “Alzad, dijo con voz alterada; la ofensa... el hecho,
-verdaderamente... mas el hábito que lleváis... no sólo esto, sino aun
-por vos... Alzaos, padre... Mi hermano... no lo puedo negar... era un
-caballero... era un hombre... un poco impetuoso... un poco vivo. Pero
-todo sucede por disposición de Dios. No se hable más de ello... Mas,
-padre mío, no debéis permanecer en esta postura”. Y cogiéndolo por
-el brazo lo levantó. Fr. Cristóbal, en pie, con la cabeza inclinada,
-repuso: “¿Puedo yo esperar aún que me concedáis vuestro perdón? Y si lo
-obtengo de vos, ¿de quién no debo esperarlo? ¡Oh, si yo pudiese oir de
-vuestra boca la palabra _perdón_!”. “¿Perdón?, dijo el gentilhombre.
-Vos no tenéis necesidad de él; mas sin embargo, ya que lo deseáis,
-ciertamente, sí, yo os perdono de corazón, y todos...”.
-
---¡Todos, todos! gritaron á una voz los asistentes. El rostro del
-fraile se iluminó con una alegría de agradecimiento, bajo la cual, sin
-embargo, se traslucía aún una humilde y profunda compunción del mal que
-la remisión de los hombres no podía reparar. El gentilhombre, vencido
-por aquel aspecto, y trasportado por la conmoción general, le echó los
-brazos al cuello, y le dió y recibió el beso de paz.
-
-Un ¡bravo! ¡bien! resonó por todos los ángulos del salón; todos
-abandonaron sus puestos, y se apresuraron á rodear al fraile. En el
-ínterin se presentaron los criados con gran profusión de refrescos.
-El gentilhombre se acercó á nuestro Cristóbal, el cual demostraba
-quererse retirar y le dijo: “Padre, aceptad algún refrigerio, dadme
-esta prueba de amistad”. Y se puso á servirle antes que á todos los
-demás; mas Cristóbal retirándose con cierta cordial resistencia, dijo:
-“Estas cosas no están hechas para mí; pero no seré yo quien rechace
-jamás vuestros dones. Voy á ponerme en camino; dignaos hacerme traer
-un pan, para que pueda decir que he disfrutado de vuestra caridad, que
-he comido de vuestro pan, y he obtenido una señal de vuestro perdón”.
-El noble, conmovido, ordenó que así se hiciera; y vino en seguida un
-mayordomo, vestido de gran gala, trayendo un pan sobre una fuente de
-plata; y se lo presentó al padre, el cual habiéndolo tomado, y dado
-las gracias, lo metió en las alforjas. Después de pedir permiso, y de
-haber abrazado de nuevo al señor de la casa, y á todos aquellos que
-hallándose cerca de él pudieron aprovechar un momento, se libró de
-semejante peso; tuvo que luchar en las antecámaras para deshacerse de
-los criados, y aun de los bravos mismos, que le besaban el extremo
-del hábito, el cordón y la capucha; y se encontró en la calle, llevado
-como en triunfo, y acompañado de una multitud de pueblo, hasta una de
-las puertas de la ciudad, por donde salió, empezando su pedestre viaje
-hacia el lugar de su noviciado.
-
-El hermano del muerto y la parentela que se habían aprestado á saborear
-en aquel día el triste gozo del orgullo, se hallaron al contrario,
-llenos de la dulce alegría del perdón y de la benevolencia. La reunión
-se entretuvo aún algún tiempo, con una bondad y cordialidad insólitas,
-en razonamientos, acerca de los cuales ninguno de ellos se había
-preparado al ir allí. En lugar de las satisfacciones tomadas, de las
-injurias vengadas, y de los empeños llevados á cabo, las alabanzas
-del novicio, la reconciliación, la mansedumbre, fueron los temas de
-la conversación. Alguno que por la quincuagésima vez habría contado
-cómo el conde Muzio, su padre, había sabido en cierta famosa ocasión
-hacer entrar en razón al marqués Estanislao, que era un fanfarrón como
-todos saben, habló al contrario de la paciencia admirable de un tal Fr.
-Simón, muerto hacía ya muchos años. Habiéndose retirado la reunión,
-el señor, todo conmovido aún, reflexionaba en su interior, con la
-mayor maravilla, todo lo que había oído, todo lo que él había dicho,
-y murmuraba entre dientes: “¡Diablo de fraile, diablo de fraile!, ¡si
-hubiese permanecido más de rodillas á mis pies, casi, casi le hubiera
-pedido perdón de haber asesinado á mi hermano!”. Nuestra historia
-hace notar expresamente, que desde aquel día, este señor fué menos
-arrebatado y un poco más tratable.
-
-El padre Cristóbal caminaba con un consuelo que no había experimentado
-nunca, después de aquel terrible día, á cuya expiación debía consagrar
-toda su vida. El silencio impuesto á los novicios, lo observaba sin
-apercibirse de ello, absorto como estaba con la idea de las fatigas
-y humillaciones que había sufrido para rescatar su falta. Habiendo
-entrado á la hora de comer en la casa de un bienhechor, comió con una
-especie de satisfacción del pan del perdón; mas guardó un pedazo, y
-lo volvió á poner en la alforja para que le sirviese como de perpetuo
-recuerdo.
-
-No es nuestro designio el referir la historia de su vida claustral;
-solamente diremos, que llenando siempre con gran voluntad y cuidado los
-deberes que ordinariamente le estaban señalados de predicar y asistir
-á los moribundos, no dejaba jamás escapar la ocasión de ejercitar
-otros dos que se había impuesto á sí mismo, los cuales eran el de
-conciliar todas las diferencias y proteger á los oprimidos. En estas
-ideas entraban en cierto modo sus antiguos hábitos, y un resto de
-aquel espíritu guerrero que las humillaciones y maceraciones no habían
-podido del todo borrar. Su lenguaje era comúnmente humilde y reposado;
-pero cuando se trataba de justicia ó de verdad combatida, se animaba
-de súbito con su antigua impetuosidad, que secundada y modificada por
-un énfasis solemne, originado por el uso de predicar, daba á dicho
-lenguaje un carácter singular. Tanto su continente, como su aspecto,
-anunciaban una larga guerra entre una índole fogosa, resentida, y una
-voluntad opuesta, habitualmente victoriosa, siempre alerta y dirigida
-por motivos é inspiraciones superiores. Un compañero y amigo suyo,
-que lo conocía perfectamente, lo había comparado una vez á aquellas
-palabras demasiado expresivas en su forma natural, que algunas
-personas, aun bien educadas, pronuncian entrecortadas cuando la pasión
-las precipita, cambiando algunas letras; palabras que bajo aquella
-metamorfosis hacen sin embargo recordar su energía primitiva.
-
-Si una pobre desconocida, en el triste caso de Lucía, hubiese pedido
-la ayuda del padre Cristóbal, éste habría acudido inmediatamente; pero
-tratándose de Lucía, acudió con tanta más solicitud, en cuanto conocía
-y admiraba su inocencia. Había ya pensado en los peligros que corría,
-y experimentaba una santa indignación por la torpe persecución de que
-había llegado á ser objeto. Además de esto, habiéndola aconsejado para
-menos mal, que no declarase nada y que estuviese tranquila, temía ahora
-que dicho consejo pudiese haber producido algún triste resultado,
-y á la solicitud caritativa, que era en él como innata, añadíase la
-escrupulosa aflicción que con frecuencia atormenta á los buenos.
-
-Mas entretanto que nosotros hemos referido la historia del padre
-Cristóbal, éste llegó, y se detuvo en el umbral de la puerta. Las
-mujeres, dejando las devanaderas que hacían rechinar dando vueltas, se
-levantaron diciendo á la vez: “¡Hola, padre Cristóbal, bendito seáis!”.
-
-
- NOTAS:
-
-[3] Asteriscos, se llaman así las señales de imprenta que en forma de
-estrellitas sirven para las citas, remisiones, &c.
-
-
-
-
- CAPÍTULO QUINTO
-
-
-Detúvose en el umbral el padre Cristóbal; y apenas hubo echado una
-mirada á las mujeres, conoció que no eran falsos sus presentimientos.
-Después, con aquel tono de interrogación que va en encuentro de una
-triste respuesta, levantando la capucha con un ligero movimiento de
-cabeza hacia atrás, dijo: “¿Y bien?”, Lucía contestó con un copioso
-llanto. La madre empezaba á excusarse de haberse atrevido... pero el
-fraile se adelantó; y habiéndose ido á sentar en un banquillo, cortó
-los cumplimientos, diciendo á Lucía: “Calmaos, pobre niña. Y vos,
-dijo en seguida á Inés, contadme lo que hay”. Mientras la pobre mujer
-hacía lo mejor que podía su dolorosa relación, el fraile se ponía de
-mil colores; y ora alzaba los ojos al cielo, ora golpeaba el suelo con
-los pies. Terminada la historia, se cubrió el rostro con las manos,
-y exclamó: “¡Oh, bendito Dios! ¿hasta cuándo?”... Mas sin concluir la
-frase, volviéndose á las dos mujeres: “¡Infelices, dijo, Dios os ha
-visitado! ¡Pobre Lucía!”.
-
---¡Padre, ¿no nos abandonaréis? dijo ésta sollozando.
-
---¡Abandonaros! replicó. ¿Y con qué cara podría yo pedir á Dios alguna
-cosa para mí, después de haberos abandonado? ¡Vosotras en semejante
-estado! ¡vosotras, que él me confía! No os desaniméis; él os asistirá,
-él lo ve todo, él puede servirse todavía de un hombre inútil como yo,
-para confundir un... Veamos, pensemos en lo que se puede hacer.
-
-Esto diciendo, apoyó el codo izquierdo sobre la rodilla, inclinó la
-frente sobre la palma de la mano, y con la derecha se apretó la barba,
-como para tener firmes y unidas todas las potencias del ánimo. Pero
-la más atenta consideración no servía más que para hacerle conocer
-distintamente cuán urgente y embarazoso era el caso, y cuán escasos,
-inciertos y peligrosos los medios. ¿Avergonzar un poco á D. Abundio
-y hacerle comprender de qué modo falta á su deber? Vergüenza y deber
-eran palabras nulas para él, cuando tenía miedo. Y el hacerle miedo:
-¿qué medio tengo yo para infundírselo, y que sea superior al que él
-tiene de un tiro? ¿Informar de todo al cardenal arzobispo é invocan
-su autoridad? Esto requiere tiempo. ¿Y entretanto? ¿y después? Aun
-cuando esta pobre inocente estuviese casada, ¿sería por ventura un
-freno para aquel hombre? ¡Quién sabe hasta dónde puede llegar!... ¿Y
-el resistirle? ¿Cómo? ¡Ah, si yo pudiese, pensaba el pobre fraile, si
-pudiese traer á mi partido á mis hermanos de aquí y á los de Milán! Mas
-éste no es un asunto que interese á la comunidad, y por consecuencia me
-vería abandonado. ¡Ese hombre se hace el amigo del convento, se vende
-por partidario de los capuchinos! ¿Y sus bravos no han venido alguna
-vez á ampararse de nosotros? Yo sólo me hallaría metido en danza, y aun
-quizá se me trataría de revoltoso, intrigante y pendenciero; y lo que
-es más, podría acaso, con una tentativa fuera de tiempo, empeorar la
-situación de ésta desgraciada. Habiendo puesto en contrapeso el pro y
-el contra, de uno y otro partido, le pareció lo mejor avistarse con el
-mismo D. Rodrigo, procurar separarle de su infame propósito por medio
-de súplicas, con los temores de la otra vida, y aún los de esta misma
-si fuese posible. Poniéndose en lo peor, podría á lo menos conocerse
-por este medio más distintamente si D. Rodrigo estaba muy obstinado en
-su brutal empeño, descubrir además sus intenciones, y arreglarse por
-ellas.
-
-En el ínterin que el fraile estaba así meditabundo, Renzo, que por
-razones que todos pueden adivinar, no podía permanecer lejos de la
-casa de su novia, se había, presentado á la puerta; mas viendo al
-padre abismado en sus pensamientos y á las mujeres que le hacían seña
-de que no lo distrajera, se detuvo en el umbral, guardando el mayor
-silencio. Levantando el fraile la cabeza, para comunicar á las mujeres
-sus proyectos, lo divisó, le saludó de una manera que expresaba una
-afección antigua, y que la compasión hacía más expansiva.
-
---¿Os han dicho... padre mío? le preguntó Renzo con voz conmovida.
-
---Demasiado, por desgracia, y por eso estoy aquí.
-
---¿Qué decís de ese malvado?
-
---¿Qué queréis que diga? Él no esta aquí para oirme; ¿de qué servirían
-mis palabras? Dígote, mi querido Renzo, que confíes en Dios, y él no te
-abandonará.
-
---¡Benditas sean vuestras palabras! exclamó el joven. Vos no sois de
-aquéllos que siempre hacen injusticias á los pobres. Mas el señor cura
-y ese señor doctor...
-
---No recordar lo que no puede servir de otra cosa, más que de
-atormentarse inútilmente. Yo soy un pobre fraile; pero te repito lo que
-he dicho ya á estas señoras: aunque puedo poco, no os abandonaré.
-
---¡Oh, vos no sois como los amigos del mundo! ¡Charlatanes! ¡Quién
-hubiese creído en las protestas que me hacían en otro tiempo mejor!
-¡Ya, ya! Estaban prontos á dar su sangre por mí; me habrían sostenido
-contra el mismo diablo. Si yo hubiese tenido un enemigo... bastaba que
-me dejase entender, y habría concluido pronto de comer pan. Y ahora,
-si vieseis cómo se retiran... Al llegar aquí, levantando los ojos
-hacia el semblante del padre, vió que se había oscurecido del todo,
-y se arrepintió de haber dicho lo que convenía callar. Mas queriendo
-componerlo, se iba confundiendo y embrollando más. “Quería decir... yo
-no entiendo una palabra... esto es, yo quería decir”...
-
---¿Qué querías decir? ¿Y qué? ¿Has empezado, pues, á destruir mis
-obras antes que fuesen emprendidas? Es un bien para ti el que te hayas
-desengañado á tiempo. ¡Qué, tú andabas en busca de amigos... amigos...
-que aun queriendo no hubieran podido socorrerte! ¡Y tratabas de perder
-al único que lo puede y lo quiere! ¿No sabes que Dios es el amigo de
-los afligidos que confían en él? ¿No sabes tú que el débil nada gana
-enseñando las uñas? Y cuando sin embargo... (Aquí apretó fuertemente el
-brazo de Renzo; su aspecto, sin perder en autoridad, se revistió de una
-compunción solemne, sus ojos se inclinaron, y la voz vino á ser lenta
-y como subterránea) ¡Cuando sin embargo... es una terrible ganancia!
-Renzo, ¿quieres confiar en mí? ¡qué digo en mí, pobre fraile! ¿quieres
-confiar en Dios?
-
---¡Oh, sí! repuso Renzo, éste es el verdadero Señor.
-
---Y bien: ¿prometes que no injuriarás á nadie, ni tampoco provocarás, y
-que te dejarás guiar por mí?
-
---Lo prometo.
-
-Lucía dió un gran suspiro, como si se hubiese aliviado de un gran peso,
-é Inés dijo: “Bien, hijo mío”.
-
---Escuchad, repuso Fr. Cristóbal; yo iré hoy á hablar á ese hombre. Si
-Dios le toca el corazón y da fuerza á mis palabras, bien: si no, él
-nos hará encontrar algún otro medio. Vosotros, en tanto, permaneced
-tranquilos, retirados; evitad las habladurías, y no os dejéis ver. Esta
-tarde ó mañana por la mañana, á más tardar, me volveréis á ver. Dicho
-esto, partió. Se dirigió al convento, llegando á tiempo de ir á coro á
-cantar sexta, comió, y se puso al instante en camino hacia la cueva de
-la bestia feroz que quería tratar de amansar.
-
-El gran palacio de D. Rodrigo se elevaba aislado, á semejanza de un
-castillejo, sobre la cima de uno de los picos de los cuales está por
-todas partes erizada aquella cordillera. Á esta indicación, el anónimo
-añade que el sitio (hubiera sido mejor escribir buenamente su nombre),
-estaba más allá del pueblo de los novios, distante de él cerca de
-tres millas, y cuatro del convento. Al pie del pico, á la parte que
-mira al Mediodía, hacia el lago, había un pequeño montón de cabañas
-habitadas por los vasallos de D. Rodrigo; y era como la pequeña capital
-de su reducido reino. Bastaba pasar por allí para imponerse de la
-condición y costumbres del país. Dando una ojeada á los pisos bajos,
-entre los cuales había algunos cuyas puertas estaban abiertas, se veían
-suspendidos de la pared en completa confusión, arcabuces, cuernos de
-caza, azadones, rastrillos, sombreros de paja, redecillas y frascos de
-pólvora. La gente que se encontraba, eran hombres robustos y fornidos,
-cuya frente cubría un _ciuffo_, encerrado en una redecilla; ancianos
-que habiendo perdido los dientes, parecían siempre prontos á morder con
-las encías á los que les provocasen, aunque fuese ligeramente; mujeres
-con ciertos rasgos varoniles y con nervudos brazos, á propósito para
-prestar auxilio con la lengua cuando otra cosa no bastase; aun en los
-semblantes y movimientos de los muchachos mismos que jugaban en la
-calle, se veía un no sé qué de petulante y provocativo.
-
-Fr. Cristóbal atravesó la aldea, trepó por un pequeño y tortuoso
-sendero y llegó á una reducida explanada delante del palacio. La
-puerta estaba cerrada, porque el dueño estaba comiendo y no quería
-ser molestado. Las extrañas y pequeñas ventanas que daban al camino,
-cerradas por maderas mal unidas y consumidas por los años, estaban, sin
-embargo, defendidas por gruesos barrotes de hierro, y las del piso bajo
-eran tan altas, que apenas hubiera podido alcanzar á ellas un hombre
-subido en las espaldas de otro. Reinaba allí un gran silencio; y el
-viajero habría podido creer que fuese una casa abandonada, si cuatro
-criaturas, dos vivas y dos muertas, colocadas con simetría por la parte
-exterior, no hubiesen dado un indicio de que existían habitantes. Dos
-grandes buitres con las alas extendidas y con las cabezas colgando, el
-uno medio desplumado y consumido por el tiempo, el otro aún intacto
-y con plumas, estaban clavados sobre cada una de las dos hojas de
-la puerta principal; y dos bravos tendidos á la larga en los bancos
-colocados á derecha é izquierda hacían centinela, esperando el ser
-llamados á gozar las sobras de la mesa del amo. El padre se puso en pie
-de repente, en ademán del que se dispone á aguardar; mas uno de los
-bravos se levantó y le dijo: “Padre, padre, adelante; aquí no se hace
-esperar á los capuchinos; nosotros somos amigos del convento. Yo me he
-encontrado en ciertos momentos en que el aire de la calle no era muy
-bueno para mí, y si vosotros me hubieseis cerrado la puerta lo habría
-pasado mal”. Esto diciendo, dió dos golpes con la aldaba. Á dicho ruido
-contestaron súbitamente desde el interior los aullidos y ladridos
-de los alanos y dogos; y pocos momentos después, llegó refunfuñando
-un viejo criado; mas en seguida que vió al padre, le hizo una gran
-reverencia, apaciguó á los animales é introdujo al huésped á un angosto
-patio, y cerró la puerta. Habiéndole luego conducido á una pequeña
-sala, y mirádole con cierto aire respetuoso y de sorpresa, dijo: “¿No
-sois... el padre Cristóbal de Pescarenico?”.
-
---Justamente.
-
---¿Vos aquí?
-
---Como lo veis, buen hombre.
-
---¿Será para hacer algún bien? El bien, continuó murmurando entre
-dientes y disponiéndose á marchar, se puede hacer en todas partes.
-Después de haber atravesado dos ó tres salas estrechas y oscuras,
-llegaron á la puerta de la sala del convite. Reinaba allí un gran
-ruido confuso de tenedores, cuchillos, vasos, platos y sobre todo,
-de voces discordes, que trataban á porfía de sobrepujarse las unas á
-las otras. El fraile quería retirarse y estaba departiendo detrás de
-la puerta con el criado para lograr el que se le dejase en cualquier
-rincón de la casa hasta que se hubiese concluido la comida, cuando he
-aquí que la citada puerta se abrió. Cierto conde, llamado Attilio, que
-estaba sentado enfrente (primo del amo de la casa, y del cual hemos
-ya hecho mención sin nombrarlo), habiendo visto un cerquillo y una
-capilla, y conociendo la modesta intención del buen fraile: “¡Eh,
-eh! gritó, no os escapéis, reverendo padre: adelante, adelante”. D.
-Rodrigo, sin adivinar precisamente el objeto de aquella visita, pero
-por cierto confuso presentimiento, de buena gana se hubiera pasado sin
-ella; mas ya que el atolondrado Attilio lo había llamado en alta voz,
-no era conveniente el retroceder, y dijo: “Venid, padre, venid”. El
-padre se adelantó, saludó al dueño y contestó á las reverencias de los
-convidados.
-
-En general agrada (no digo á todos), el ver al hombre honrado cara
-á cara del malvado, y figurárselo con la frente elevada, la mirada
-segura, corazón valeroso y lenguaje desembarazado. Sin embargo, en
-el hecho, para hacerle tomar semejante actitud, se requieren muchas
-circunstancias, las cuales muy raras veces se encuentran juntas.
-Por esta razón no os debéis admirar si Fr. Cristóbal, con el buen
-testimonio de su conciencia, con el muy firme convencimiento de la
-justicia de la causa que iba á sostener, con un sentimiento mezclado
-de horror y de compasión por D. Rodrigo, permaneció con cierto aire
-de timidez y de respeto en presencia de aquel mismo D. Rodrigo, que
-estaba allí, en la cabecera de la mesa, en su casa, en su reino,
-rodeado de amigos y homenajes, con tantas señales de su poderío, con
-un semblante á propósito para hacer expirar una petición en los labios
-del que la hiciese, aunque ésta no fuese ni consejo, ni amonestación,
-ni reprensión. Á su derecha estaba sentado el consabido conde Attilio,
-su primo, y se hace preciso decirlo, su compañero de maldades y
-libertinaje, el cual había venido de Milán para pasar algunos días
-en el campo con él. Á la izquierda y al otro lado de la mesa estaba
-con gran respeto, templado sin embargo de cierta firmeza y de cierta
-presunción, el señor podestá, el mismo á quien en teoría habría tocado
-el hacer justicia á Renzo Tramaglino, y aplicársela á D. Rodrigo, según
-hemos visto antes. Enfrente del podestá, y en ademán del más puro y
-profundo respeto, se hallaba sentado nuestro doctor Azzecca-Garbugli,
-con la capa negra y con la nariz más rubicunda que de ordinario.
-Enfrente de los primos, dos oscuros convidados, de los cuales nuestra
-historia dice únicamente que no hacían otra cosa más que comer,
-inclinar la cabeza, sonreir y aprobar todo lo que decía un convidado,
-siempre que no hubiese otro que lo contradijese.
-
---Un asiento al padre, dijo D. Rodrigo, Un criado presentó un sitial,
-en el cual se sentó el padre Cristóbal, pidiendo mil perdones al señor
-por haber venido á hora tan inoportuna. Desearía hablaros á solas y
-cómodamente para un asunto de importancia, añadió después con voz muy
-sumisa al oído de D. Rodrigo.
-
---Bien, bien, hablaremos, respondió éste; mas entretanto traed de beber
-al padre.
-
-El padre quería eximirse, pero D. Rodrigo, alzando la voz en medio del
-tumulto que había empezado otra vez, gritaba: “No, ¡par diez! no me
-haréis este desaire; no se dirá jamás que un capuchino salga de esta
-casa sin haber probado mi vino, ni un acreedor insolente sin haber
-experimentado la madera de mis bosques”. Estas palabras excitaron una
-risa universal é interrumpieron un momento el debate que se agitaba
-acaloradamente entre los convidados. Un criado trajo una botella de
-vino colocada en una salvilla y un largo vaso á manera de cáliz, que
-presentó al padre; el cual, no queriendo resistir á una invitación tan
-apremiante del hombre que le convenía tener propicio, no vaciló en
-echar vino en el vaso, después de lo cual se puso á beber lentamente.
-
---La autoridad de Tasso no sirve á vuestra opinión, señor podestá
-respetable; ella misma está en contra vuestra, replicó voceando el
-conde Attilio; porque aquel hombre erudito, aquel grande hombre que
-tenía en la punta de los dedos todas las reglas de la caballería,
-hizo que el mensajero de Argante, antes de manifestar el desafío á
-los caballeros cristianos, pidiese permiso al piadoso Godofredo de
-Bouillon...
-
---Pero esto, replicaba el podestá, no gritando menos, esto está de
-más, puramente de más, un adorno poético; pues que el mensajero es por
-su naturaleza inviolable por el derecho de gentes, _jure gentium_; y
-sin ir á buscar más lejos, el proverbio también lo dice: embajador no
-trae pena; y los proverbios, señor conde, son la sabiduría del género
-humano. Y no habiendo el mensajero dicho nada en su nombre, sino tan
-sólo presentado el cartel de desafío por escrito...
-
---¿Pero cuándo queréis comprender que aquel mensajero era un asno
-temerario, que no conocía las primeras...?
-
---Con permiso de sus señorías, interrumpió D. Rodrigo, el cual no
-hubiera querido que la disputa fuese demasiado lejos; remitámonos al
-padre Cristóbal, y conformémonos con su parecer.
-
---Bien, muy bien, dijo el conde Attilio, á quien parecía una cosa muy
-graciosa el hacer decidir por un capuchino una cuestión de caballería,
-mientras que el podestá, más y más enfervorizado en el combate, se
-callaba en el instante mismo con cierto aire de desdén que parecía
-querer decir: puerilidades.
-
---Mas, según me parece haber comprendido, dijo el padre, éstas no son
-cosas que yo deba entender.
-
---Ordinarias excusas de la modestia de los padres, dijo D. Rodrigo; mas
-no os evadiréis. ¡Ea! vamos: bien sabemos que no habéis venido al mundo
-con la capilla en la cabeza, y que el mundo os ha conocido. Vamos,
-vamos, he aquí la cuestión.
-
---El hecho es éste, empezó á gritar el conde Attilio.
-
---Dejadme decir á mí, que soy neutral, primo, replicó D. Rodrigo. He
-aquí la historia: Un caballero español mandó un cartel de desafío á un
-caballero milanés; el portador, no encontrando al provocado en casa,
-entregó el cartel á un hermano del caballero, cuyo hermano leyó el
-cartel, y en respuesta dió algunos palos al portador. Se trata...
-
---Bien dados, bien aplicados, gritó el conde Attilio. Fué una verdadera
-inspiración.
-
---¡Del demonio! añadió el podestá. ¡Pegar á un embajador, una persona
-sagrada! Vos también, padre, podréis decir, si ésta es una acción
-propia de un caballero.
-
---Sí, señor, de caballero, gritó el conde, y dejad que os lo diga yo,
-que debo saber todo lo que concierne á un caballero. ¡Oh! si hubiese
-sido con los puños, sería otra cosa; pero el bastón no mancha las manos
-de nadie. Lo que yo no puedo comprender es, por qué os interesáis tanto
-por las espaldas de un bribón.
-
---¿Quién os ha hablado de espaldas, señor conde? Vos me hacéis decir
-cosas que jamás me han pasado por la imaginación. He hablado del
-carácter, y no de las espaldas. Yo hablo, sobre todo, del derecho de
-gentes. Hacedme el obsequio de decirme si los heraldos que los antiguos
-romanos mandaban llevar los carteles de desafío á los demás pueblos,
-pedían permiso para exponer su mensaje, y buscadme un escritor que haga
-mención de que un heraldo haya sido nunca apaleado.
-
---¿Qué tienen que ver con nosotros los capitanes de los antiguos
-romanos, gente que iba á la buena de Dios, y que en estas cosas estaban
-atrasadísimos? Mas según las leyes de la caballería moderna, que es la
-verdadera, digo y sostengo, que un mensajero que se atreve á poner en
-manos de un caballero un cartel de desafío, sin haberle pedido permiso,
-es un insolente, violable, muy violable, digno de ser apaleado y muy
-bien apaleado...
-
---Contestad á este silogismo.
-
---Nada, nada.
-
---Pero escuchad, escuchad. Pegar á uno que está desarmado, es una
-traición; _at qui_ el mensajero _de quo_ estaba sin armas, _ergo_...
-
---Poco á poco, señor podestá.
-
---¡Cómo poco á poco!
-
---Poco á poco, os repito: ¿qué es lo que estáis diciendo? Se llama una
-traición el herir á uno por detrás con la espada, ó descerrajarle un
-tiro en la espalda; y aun con respecto á esto, se pueden dar ciertos
-casos... mas no salgamos de la cuestión. Concedo que esto generalmente
-pueda llamarse una traición; ¡pero sacudir cuatro palos á un bribón!
-estaría bueno tener que decirle: ¡mira que te voy á apalear! Lo mismo
-que si se dijese á un hombre honrado: ¡en guardia!... Y vos, respetable
-señor doctor, en vez de hacerme señas para darme á entender que sois de
-mi parecer, ¿por qué no sostenéis mis razones con vuestra buena charla,
-para ayudarme á persuadir á este caballero?
-
---Yo... repuso el doctor un poco confuso; yo gozo con estas doctas
-cuestiones, y doy gracias al feliz accidente que ha dado ocasión á una
-lucha de ingenio tan divertida. Y luego, no es de mi incumbencia el dar
-el fallo; su señoría ilustrísima ha delegado ya un juez... aquí está el
-padre....
-
---Es verdad, dijo D. Rodrigo; pero ¿cómo queréis que el juez hable,
-cuando los litigantes no quieren guardar silencio?
-
---Enmudezco, dijo el conde Attilio. El podestá apretó los labios y alzó
-la mano como en ademán de resignación.
-
---¡Ah, gracias sean dadas al cielo! Á vos, padre, dijo D. Rodrigo con
-cierta gravedad irónica...
-
---Me he excusado ya, diciendo que no entiendo de estas cosas, respondió
-el padre Cristóbal volviendo el vaso á un criado.
-
---¡Débiles escusas! exclamaron los dos primos. Nosotros queremos el
-fallo.
-
---Pues que así lo queréis, replicó el fraile, mi humilde parecer sería
-que no hubiese carteles, ni portadores, ni apaleamientos.
-
-Los convidados se miraron atónitos los unos á los otros.
-
---¡Oh, esto sí que es una gran necedad! dijo el conde Attilio.
-Perdonad, padre mío; mas habéis dicho una tontería. Bien se ve que no
-conocéis el mundo.
-
---¿Eh? dijo D. Rodrigo, me queréis hacer reir: primo mío, lo conoce
-tanto como vos. ¿No es verdad, padre? ¿Decid, decid si no habéis
-corrido también vuestra caravana?
-
-En vez de responder á esta atenta pregunta, el padre se dijo
-interiormente: esto te toca á ti; pero recuerda, hermano, que no has
-venido á este sitio por ti, y que todo lo que á ti sólo concierne no
-entra en la cuenta.
-
---Podrá ser, dijo el primo; pero el padre... ¿cómo se llama el padre?
-
---Cristóbal, respondieron varios de los convidados.
-
---Pero padre Cristóbal, mi reverendo señor: con vuestras máximas
-revolveríais el mundo por entero. Sin desafíos, sin apaleamientos;
-adiós pundonor, impunidad para todos los bribones. Felizmente que el
-supuesto es imposible.
-
---Ánimo, doctor, se apresuró á decir D. Rodrigo, el cual quería mejor
-divertirse con la disputa de los dos primeros contendientes; ánimo, que
-para dar la razón á todo el mundo sois un hombre sin igual. Veamos
-cómo os componéis para dar la razón en esto al padre Cristóbal.
-
---En verdad, respondió el doctor, blandiendo en el aire su vaso y
-volviéndose al padre; en verdad, yo no puedo comprender cómo el padre
-Cristóbal, el cual es á la vez un perfecto religioso y un hombre de
-mundo, no haya pensado que su fallo, bueno, excelente y de gran peso
-en el púlpito, no vale nada, sea dicho con el debido respeto, en una
-discusión caballeresca. Mas el padre sabe, mejor que yo, que cada cosa
-es buena en su lugar correspondiente, y creo que esta vez haya querido
-librarse por medio de una broma del embarazo de proferir un fallo.
-¿Qué se podía responder á unas razones deducidas de una sabiduría tan
-antigua y siempre nueva? Nada, y esto es lo que hizo nuestro fraile.
-
-Mas D. Rodrigo, por querer cortar aquella cuestión, vino á suscitar
-otra.--Á propósito, dijo, he oído que en Milán corrían voces de
-acomodamiento.
-
-El lector sabe que en aquel año se combatía por la sucesión del
-ducado de Mantua, del cual, á la muerte de Vicente Gonzaga, que no
-había dejado herederos legítimos, había entrado en posesión el duque
-de Nevers, su más próximo pariente. Luis XIII, ó sea el cardenal de
-Richelieu, sostenía á aquel príncipe, su muy amado y naturalizado
-francés. Felipe IV, ó sea el conde de Olivares, comúnmente llamado el
-conde-duque, no lo quería por las mismas razones, y le había suscitado
-una guerra. Así, pues, aquel ducado era feudatario del imperio, y
-ambas partes se servían de toda clase de manejos, de instancias y de
-amenazas cerca del emperador Fernando II: la primera para que él diese
-la investidura al nuevo duque; la segunda para que se le negase, y al
-mismo tiempo que ayudase á echarlo del citado estado.
-
---No estoy lejos de creer, dijo el conde Attilio, que las cosas puedan
-arreglarse. Tengo ciertos indicios.
-
---No creáis nada, señor conde, no creáis nada, interrumpió el podestá.
-Sobre ese punto yo puedo saber las cosas, porque el señor castellano
-español, que tiene la bondad de apreciarme un poco, y el cual es hijo
-de un familiar del conde-duque, está informado de todo...
-
---Os digo que me acontece todos los días en Milán hablar con personajes
-mucho más elevados, y sé de buena tinta que el papa, interesadísimo
-como está por la paz, ha hecho proposiciones.
-
---Así debe ser; es una cosa regular. Su santidad hace su deber; un papa
-debe procurar siempre poner bien entre sí á los príncipes cristianos;
-pero el conde-duque tiene su política, y...
-
---Y, ¿sabéis, señor mío, cómo piensa el emperador en este momento?
-¿Creéis que no hay otra cosa más que Mantua en el mundo? Las cosas en
-las cuales se debe pensar son muchas, señor mío. ¿Sabéis, por ejemplo,
-hasta qué punto el emperador pueda ahora fiarse de su príncipe de
-Valdistano ó de Vallistai, ó como le llaman, y?...
-
---EL verdadero nombre en lengua alemana, interrumpió todavía el
-podestá, es Valliensteino, según lo he oído pronunciar varias veces á
-nuestro señor castellano, que es español.
-
---¿Queréis enseñarme?... replicó el conde; pero D. Rodrigo, guiñándole
-el ojo, le dió á entender, que por favor dejase de contradecir. El
-conde calló, y el podestá como un buque desembarazado de un banco
-de arena continuó á velas desplegadas el curso de su elocuencia.
-Valliensteino, me da poco cuidado, porque el conde-duque está en todo;
-y si dicho Valliensteino quiere hacer alguna extravagancia, aquél lo
-sabrá hacer andar. Diga que su vista llega á todas partes, y sus brazos
-son muy largos; y es tan gran político que si se le pone en la cabeza,
-como se le ha puesto, y justamente, de que el señor duque de Nevers
-no meta los pies en Mantua, el señor duque de Nevers no los meterá,
-y el señor cardenal de Richelieu habrá hecho un hoyo en el agua. Me
-dan ganas de reir, al ver á ese querido señor cardenal que quiere
-luchar con un conde-duque, con todo un Olivares. Digo formalmente que
-quisiera resucitar dentro de doscientos años para ver lo que dirá la
-posteridad de esta bella pretensión. Se requiere otra cosa más que la
-envidia: se necesita tener cabeza; y cabeza como la del conde-duque, no
-hay más que una en el mundo. El conde-duque, señores míos, proseguía
-el podestá, siempre con viento en popa, y un poco sorprendido de no
-encontrar jamás un escollo; el conde-duque es un zorro viejo, hablando
-con el respeto que se le debe, que hará perder la pista á quien quiera
-que sea; y cuando él se inclina á la derecha, se puede estar seguro que
-caerá sobre la izquierda, por lo cual nadie puede jactarse nunca de
-conocer sus designios; y los mismos que deben ejecutarlos, los mismos
-que escriben los despachos, no comprenden nada. Yo puedo hablar con
-algún conocimiento de causa; porque el bueno del señor castellano, se
-digna conversar conmigo con alguna confianza. El conde-duque, vice
-versa, sabe exactamente lo que hierve en la olla de las demás cortes;
-y cuando todos esos politicones (entre los cuales, no puede negarse,
-que los hay más hábiles) han imaginado apenas un proyecto, he aquí que
-el conde-duque lo ha adivinado ya, con aquella excelente cabeza, con
-sus encubiertos lazos, y con sus redes que tiende por todas partes.
-Mientras que el pobre cardenal de Richelieu, tienta por aquí, olfatea
-por allá, suda, se ingenia; ¿y después? Cuando ha conseguido excavar
-una mina, encuentra ya la contramina perfectamente bien hecha por el
-conde-duque...
-
-Sabe el cielo cuándo el podestá habría tomado tierra; mas D. Rodrigo,
-estimulado además por los visajes que le hacía su primo, se volvió de
-improviso á un criado, como si le hubiese venido alguna inspiración, y
-le hizo señas de que trajese cierto frasco. “Señor podestá, y vosotros
-señores míos, dijo en seguida: un brindis al conde-duque, y me sabréis
-decir después si el vino es digno del personaje”. El podestá contestó
-con una inclinación, en la cual se traslucía un sentimiento de estar
-particularmente reconocido, porque tomaba como si fuese dirigido á él
-todo lo que se hacía ó se decía en honor del conde-duque.
-
---¡Viva mil años D. Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, duque de S.
-Lúcar, gran _privado_ del rey D. Felipe el Grande, nuestro señor!
-exclamó alzando la copa.
-
-_Privado_, era el término de uso en aquella época para significar el
-favorito de un príncipe.
-
---¡Que viva mil años! respondieron todos.
-
---Servid al padre, dijo D. Rodrigo.
-
---Perdonadme, respondió el padre; he cometido una falta, y no podría...
-
---¡Cómo! repuso D. Rodrigo: se trata de un brindis al conde-duque.
-¿Queréis, pues, hacer creer que estáis por los navarros?
-
-Así llamaban entonces por befa á los franceses, á causa de los
-príncipes de Navarra, que habían empezado con Enrique IV á reinar sobre
-ellos.
-
-Á tal exorcismo era conveniente beber. Todos los convidados
-prorrumpieron en exclamaciones y en elogios del vino, á excepción
-del doctor, que con la cabeza levantada, los ojos fijos y los labios
-apretados, expresaba mucho más que lo hubiera podido hacer con las
-palabras.
-
---¡Hola, doctor! ¿qué decís? preguntó D. Rodrigo.
-
-Retirando la nariz de la copa, que el vino acababa de poner más
-colorada y reluciente, el doctor respondió, apoyándose con énfasis
-en cada sílaba: “Digo, manifiesto y sentencio, que este vino es el
-Olivares de los vinos. _Censui, et in eam ivi sententiam_, que un licor
-semejante no se encuentra en los veintidós reinos del rey nuestro
-señor, que Dios guarde. Declaro y fallo que las comidas del Illmo. Sr.
-D. Rodrigo ganan á las cenas de Eliogábalo; y que la economía está
-desterrada para siempre de este palacio, donde se asienta y reina la
-esplendidez”.
-
---¡Bien dicho, bien definido! gritaron á una voz los convidados. Mas la
-palabra _economía_, que el doctor había lanzado por casualidad, atrajo
-en el mismo instante todas las imaginaciones hacia aquel triste objeto,
-y todos hablaron de la carestía. Acerca de dicho asunto todos estaban
-acordes, á lo menos en lo principal; pero el ruido quizá era mayor que
-si hubiesen sido de distintos pareceres. Todos hablaban á la par.
-
---No hay carestía, decía uno; son los monopolistas...
-
---Y los panaderos, decía otro, que esconden el grano; es preciso
-ahorcarlos.
-
---Justamente; ahorcarlos sin misericordia.
-
---¡Qué magníficos procesos! gritaba el podestá.
-
---¡Qué procesos! gritaba aún con más fuerza el conde Attilio: justicia
-seca. Pillar tres ó cuatro, ó cinco ó seis, de los que la voz pública
-señala como más ricos y más perros, y ahorcarlos.
-
---¡Ejemplos, ejemplos! Sin ejemplos nada se hace.
-
---¡Ahorcarlos, ahorcarlos! y el grano lloverá por todas partes.
-
-El que pasando por una feria, se ha encontrado gozando con la armonía
-que mueve una compañía de titiriteros, cuando entre una y otra tocata
-cada uno afina su instrumento, haciéndolo sonar cuanto puede, á fin
-de oirlo distintamente, en medio del ruido de los demás, podrá tener
-una idea de la melodía de aquellos discursos, si puede dárseles este
-nombre. Entretanto se seguía paladeando aquel excelente vino, y sus
-alabanzas iban, como era justo, mezcladas con las sentencias de
-jurisprudencia económica, así como las palabras que se oían más sonoras
-y frecuentes, eran: _ambrosía_ y _ahorcarlos_.
-
-En el ínterin D. Rodrigo lanzaba de vez en cuando algunas ojeadas al
-único que guardaba silencio, y lo veía siempre impasible, sin dar
-ninguna señal de impaciencia, sin hacer ademán que tendiese á recordar
-que estaba esperando, y sí sólo demostrando el no querer irse antes de
-haber sido escuchado. D. Rodrigo lo hubiera mandado á pasear de buena
-gana, ahorrándose aquella conversación; pero despedir á un capuchino
-sin haberle dado audiencia, no estaba conforme con las reglas de su
-política. Ya que no podía excusarse de aquella molestia, resolvió
-arrostrarla, y librarse de ella lo más pronto posible. Se levantó,
-pues, de la mesa, y con él toda la alegre tropa sin interrumpir la
-algazara. Luego de haber pedido permiso á sus huéspedes, se acercó con
-grave ademán al fraile, que se había levantado de súbito, al propio
-tiempo que los demás, y le dijo: “Estoy á vuestras órdenes;” y lo
-condujo á otra estancia.
-
-
-
-
- CAPÍTULO SEXTO
-
-
---¿En qué puedo complaceros? dijo D. Rodrigo, quedándose de pie en
-medio de la estancia. Tales fueron sus palabras; pero el modo con
-que habían sido proferidas, querían decir claramente: “Ten cuidado
-delante de quién estás; pesa las palabras, y sé breve”. No había medio
-más seguro y más expedito para dar valor á nuestro Fr. Cristóbal,
-que hablarle con arrogancia. Él, que estaba suspenso, buscando las
-palabras, y haciendo recorrer entre los dedos las avemarías del
-rosario que pendía de su cintura, como si en algunas de ellas esperase
-encontrar su exordio; á la vista de aquel ademán de D. Rodrigo, sintió
-venir á sus labios más palabras que lo que era necesario. Mas pensando
-cuán importante era no echar á perder sus negocios, ó lo que era aún
-más, los de otros, corrigió y templó las frases que se le habían
-presentado á la imaginación, y dijo con circunspecta humildad: “Vengo
-á proponeros un acto de caridad. Ciertos hombres de mala conducta,
-han puesto por delante el nombre de vuestra señoría ilustrísima, para
-asustar á un pobre cura é impedirle el cumplir con su deber, y para
-atormentar á dos inocentes. Vuestra señoría puede con una palabra
-confundirlos, restituir al derecho su fuerza y aliviar á aquellos á
-quienes se ha hecho una tan cruel violencia. Lo puede; y pudiendo... la
-conciencia, el honor...”.
-
---Ya me hablaréis de conciencia cuando vaya á confesarme con vos. En
-cuanto á mi honor, habéis de saber que yo soy el guardián de él, y de
-él solo; y que cualquiera que se atreva á querer participar de ese
-cuidado, lo miro como un temerario que lo ofende.
-
-Advertido Fr. Cristóbal por las antecedentes palabras que aquel señor
-trataba de hacerle olvidar de sí mismo, con el objeto de cambiar la
-conversación, y de no darle lugar para llegar al fin que se proponía,
-se armó de toda su paciencia, resuelto á no poner cuidado por todo lo
-que al otro le agradase decir, y respondió de pronto con humilde tono:
-“Si he dicho algo que os haya disgustado, ha sido seguramente contra
-mi intención. Sin embargo, si no sé hablar como conviene, reprendedme,
-corregidme; pero dignaos escucharme. Por el amor del cielo, por el
-amor de ese Dios, á cuya presencia todos debemos comparecer”. Y así
-diciendo, había colocado entre los dedos y ponía delante de los ojos
-de su airado oyente la cruz de madera que pendía de su rosario. No os
-obstinéis en negar una justicia tan fácil, y que se debe de derecho
-á unos infelices. Pensad que Dios tiene siempre su mirada fija sobre
-ellos, y que sus llantos y súplicas son arriba atendidas. La inocencia
-es poderosa á su...
-
---¡Eh, padre! interrumpió bruscamente D. Rodrigo; el respeto que yo
-tengo á vuestro hábito es grande, pero si alguna cosa podía hacérmelo
-olvidar, sería el verle colocado en uno que tiene la audacia de venir á
-mi casa á hacer el oficio de espía.
-
-Esta palabra hizo aparecer una súbita llama sobre las mejillas del
-padre; el cual sin embargo, con el semblante de aquel que traga
-una medicina muy amarga, replicó: “No creo que semejante título me
-corresponda. Vos mismo sentís interiormente que el paso que en este
-momento doy, ni es vil, ni despreciable. Mas atendedme, Sr. D. Rodrigo,
-¡y quiera el cielo que no venga un día en el cual os arrepintáis de no
-haberme escuchado! No queráis cifrar vuestra gloria... ¡qué gloria, Sr.
-D. Rodrigo! ¡qué gloria para ante Dios y para ante los hombres! Vos
-podéis mucho aquí abajo; mas...”.
-
---¿Sabéis, dijo D. Rodrigo, interrumpiéndole con mal humor, pero no sin
-algún estremecimiento de terror; sabéis que cuando tengo deseos de oir
-un sermón sé ir guapamente á la iglesia, como hacen los demás? Mas, ¡en
-mi casa! ¡Oh! continuó, con forzada é irónica sonrisa: vos me tendréis
-más consideración de la que me merezco. ¡Un predicador en mi casa! No
-lo tienen más que los príncipes.
-
---Y ese Dios que pide cuenta á los príncipes de la palabra que les hace
-oir en sus propios palacios; ese Dios que os da ahora una señal de
-misericordia, enviándoos uno de sus ministros, indigno y miserable sin
-duda, pero ministro suyo, para suplicaros en favor de una inocente...
-
---En suma, padre, dijo D. Rodrigo, haciendo ademán de irse, yo no sé
-lo que queréis decir; no comprendo más, sino que esto debe reducirse
-á una joven por quien os tomáis mucho interés. Andad á hacer vuestras
-confidencias al que le plazca, y no os toméis la libertad de venir á
-molestar á un hombre honrado.
-
-Al movimiento de D. Rodrigo, nuestro fraile, con el mayor respeto, se
-le puso delante, y alzando las manos como para suplicarle y continuar
-la conversación, repuso todavía: “Ella me interesa, es cierto, pero
-vos no me interesáis menos. Son dos almas que una y otra me importan
-más que mi vida. ¡D. Rodrigo, yo no puedo hacer otra cosa por vos que
-rogar á Dios; pero lo haré con todo el fervor de mi corazón! No me
-digáis que no; no queráis tener sumida en la angustia y en el terror á
-una pobre inocente. Una palabra vuestra puede hacerlo todo”.
-
---Y bien, dijo D. Rodrigo, ya que vos creéis que yo puedo hacer mucho
-por esa persona; ya que os interesa tanto...
-
---¿Y bien? replicó con ansiedad el padre Cristóbal, al cual el tono
-y continente de D. Rodrigo no le permitían el que se abandonara á la
-esperanza que parecían anunciar aquellas palabras.
-
---Y bien, aconsejadla que venga á ponerse bajo mi protección. No le
-faltará nada, y nadie osará molestarla, ó yo no seré digno de llamarme
-caballero.
-
-Á semejante propuesta, la indignación del fraile retenida con
-dificultad hasta entonces, estalló. Todos aquellos buenos propósitos
-de prudencia y resignación se desvanecieron como el humo: el hombre
-antiguo se halló de acuerdo con el nuevo; y en tales casos, Fr.
-Cristóbal valía seguramente por dos.--¡Vuestra protección! exclamó,
-dando dos pasos atrás, descansando firmemente sobre el pie derecho,
-poniendo la mano derecha sobre la cadera, levantando la izquierda con
-el índice tendido hacia D. Rodrigo, y clavando en los de éste sus
-centelleantes ojos; ¡vuestra protección! Es mejor que hayáis hablado
-así, que me hayáis hecho una tal proposición. Habéis colmado la
-medida, y no os temo ya.
-
---¿Cómo hablas, fraile?
-
---Hablo, como se habla al que está abandonado de Dios ó no puede
-causar miedo. ¡Vuestra protección! Bien sabía yo que aquella inocente
-estaba bajo el amparo de Dios; mas vos, vos me lo habéis hecho conocer
-ahora con tanta certeza, que no tengo necesidad de guardar ninguna
-consideración para hablaros. Lucía digo: ved cómo pronuncio este nombre
-con la frente erguida y ojos inmóviles.
-
---¿Cómo? ¡en mi misma casa!
-
---Tengo lástima de esta casa; ¡la maldición está suspendida sobre
-ella! ¿Imagináis que la justicia divina tendrá consideración á cuatro
-piedras, y la sujetarán cuatro bribones? ¡Vos habéis creído que Dios
-haya hecho una criatura á semejanza suya, para daros el placer de
-atormentarla! ¡Habéis pensado que Dios no sabría defenderla! ¡Habéis
-despreciado sus avisos! ¡Vos seréis juzgado! El corazón del Faraón
-estaba tan endurecido como el vuestro, y Dios supo ablandarlo. Lucía
-está al abrigo de vuestro poder: soy yo el que os lo digo, yo, pobre
-fraile; y en cuanto á vos, escuchad bien lo que os pronostico, vendrá
-un día...
-
-D. Rodrigo hasta entonces había permanecido estupefacto, entre la rabia
-y la admiración, no encontrando palabras; mas cuando sintió entonar
-una predicción, se unió á la citada rabia un lejano y misterioso
-espanto. Agarró rápidamente en el aire aquella mano amenazadora, y
-levantando la voz para cortar la del infausto profeta, gritó: “¡Quitaos
-de mi presencia, villano insolente, fraile poltrón!”.
-
-Estas palabras tan precisas apaciguaron en un momento al padre
-Cristóbal. Á la idea del desprecio y de la injuria, estaba en su mente
-tan bien y de tanto tiempo asociada la del sufrimiento y del silencio,
-que á aquel cumplimiento su cólera y entusiasmo murieron, y no le quedó
-otra resolución que la de escuchar tranquilamente lo que á D. Rodrigo
-le gustase añadir. Luego, retirando apaciblemente la mano de entre las
-garras del gentil hombre, bajó la cabeza y se quedó inmóvil, como al
-caer del viento en lo más fuerte de una tempestad un árbol agitado baja
-naturalmente sus ramas y recibe el granizo según le envía el cielo.
-
---¡Villano impolítico! prosiguió D. Rodrigo, tú te expresas como tus
-iguales; mas da gracias al hábito que cubre tus espaldas de bribón y
-que te salva de las caricias que se hacen á los que se te parecen, para
-enseñarles á hablar. Por esta vez sal con tus piernas, y en lo sucesivo
-veremos.
-
-Dicho esto, abrió con ademán imperioso y de menosprecio, una puerta que
-había enfrente de aquélla por donde habían entrado. El padre Cristóbal
-inclinó la cabeza y salió, dejando á D. Rodrigo medir con pasos
-apresurados el campo de batalla.
-
-Cuando el fraile hubo cerrado la puerta tras de sí, vió en la otra
-pieza donde entraba, un hombre retirarse poco á poco, arrimado á
-la pared, como para no ser visto desde la estancia en que había
-tenido lugar el anterior coloquio, y reconoció al viejo criado que
-había salido á recibirle á la puerta del palacio. Servía éste en la
-casa cerca de cuarenta años, es decir, desde antes que naciese D.
-Rodrigo; él había entrado al servicio del padre, que era otra persona
-muy distinta. Muerto éste, el nuevo amo había despedido á toda la
-servidumbre y formado otra nueva; sin embargo, había retenido aquel
-servidor, que aunque viejo ya y de genio y costumbres totalmente
-diversas de las suyas, compensaba, no obstante este defecto, con dos
-cualidades, á saber: una alta opinión de la dignidad de la casa,
-y una gran práctica del ceremonial, acerca del cual conocía mejor
-que otro alguno las más antiguas tradiciones y las más minuciosas
-particularidades. En presencia del señor, el pobre anciano no se habría
-arriesgado á manifestar ni expresar su desaprobación acerca de lo que
-veía todos los días: apenas dejaba escapar alguna exclamación, algún
-reproche entre dientes delante de sus compañeros de servicio, los
-cuales se reían y tenían el gusto algunas veces de tocarle el citado
-punto, para hacerle decir lo que no hubiera querido, y para hacerle
-cantar las alabanzas de la antigua manera de vivir en aquella casa. Sus
-censuras no llegaban jamás á oídos del amo, sino acompañadas con la
-relación de las risas que habían causado; de modo, que aquéllas eran
-para éste un objeto de diversión, sin resentimiento. En los días, pues,
-de convite y de recepción, el viejo se convertía en un personaje serio
-y de importancia.
-
-El padre Cristóbal al pasar lo miró, lo saludó y continuó su camino;
-pero el anciano se le acercó misteriosamente, puso el índice sobre
-sus labios, y después con el mismo dedo le hizo una seña como para
-invitarle á entrar con él en un oscuro corredor. Cuando estuvieron en
-dicho sitio, le dijo en voz baja: “Padre mío, lo he oído todo y tengo
-precisión de hablaros”.
-
---Decidlo pronto, buen hombre.
-
---Aquí, no; ¡infeliz de mí si el amo percibiese!... Mas yo sé muchas
-cosas, y veré de ir mañana al convento.
-
---¿Hay acaso formado algún proyecto?
-
---Algo hay en campaña y de seguro. Yo lo he observado ya. Mas ahora
-estaré sobre aviso, y espero descubrirlo todo. Dejadme hacer: me toca
-ver y oir cosas... cosas infernales. Estoy en una casa... Pero yo
-querría salvar mi alma.
-
---¡El Señor os bendiga! Y pronunciando estas palabras en voz baja, el
-fraile puso la mano sobre la cabeza del servidor, que aunque de más
-edad que aquél, permanecía tan encorvado en su presencia como un niño.
-El Señor os recompensará, prosiguió el fraile; no dejéis de ir mañana.
-
---No faltaré, respondió el servidor; mas salid pronto, y... en nombre
-del cielo, no me nombréis... Así diciendo, y mirando á su alrededor,
-salió por otra puerta que había en el pasadizo á un pequeño salón que
-daba al patio; y habiendo visto el campo libre, llamó al buen fraile
-para que saliese. El semblante de éste respondió á las últimas palabras
-del anciano con más claridad que lo hubieran podido hacer las mejores
-protestas. El servidor le abrió la puerta, y el fraile sin decir otra
-cosa, partió.
-
-Aquel hombre había estado escuchando á la puerta de su amo: ¿había
-obrado bien? ¿Y Fr. Cristóbal hacía bien en alabarle tal acción? Según
-las reglas más comunes y más generalmente admitidas, era una acción muy
-fea; mas en semejante caso, ¿no podía considerarse como una excepción?
-¿Por ventura las reglas más absolutas carecen de excepciones? Cuestión
-es importante; pero que si el lector gusta, resolverá por sí mismo.
-Nosotros no pretendemos dar nuestro parecer; bastante quehacer tenemos
-con referir los hechos.
-
-Habiendo salido ya, y después de haber vuelto la espalda á aquella
-infame guarida, Fr. Cristóbal respiró con más libertad, y se encaminó
-apresuradamente hacia la bajada, con el rostro inflamado, todo
-conmovido y agitado, como cualquiera puede imaginarse, por lo que había
-oído, y por lo que había dicho. Mas aquella tan inesperada oferta
-del anciano había sido un gran consuelo para él; le parecía que el
-cielo le había dado una señal visible de protección. He aquí un hilo,
-pensaba; un hilo que la Providencia pone en mis manos; ¡y en esa misma
-casa! ¡y sin que yo soñase siquiera en buscarlo! Así pensando, alzó la
-vista hacia el Occidente; y viendo el sol poniente que tocaba ya en
-la cima de la montaña, calculó que faltaba muy poco para concluirse
-el día. Entonces, aunque se sentía con los miembros quebrantados y
-desfallecidos por los varios accidentes de aquel día, apretó sin
-embargo el paso para poder llevar alguna noticia, cualquiera que ella
-fuese, á sus protegidos, y llegar después al convento antes de la
-noche; porque esto era una de las leyes más precisas y más severamente
-mantenidas del código de los capuchinos.
-
-Entretanto, en la casita de Lucía se habían puesto en planta y
-ventilado proyectos, de los cuales conviene informar al lector. Desde
-la partida del fraile, las tres personas que habían quedado guardaron
-por espacio de algún tiempo el silencio más profundo. Lucía preparaba
-tristemente la comida. Renzo, á punto de irse á cada momento, para
-quitarse de delante el espectáculo de la aflicción de ésta, y con todo,
-no pudiendo separarse; Inés enteramente ocupada en la apariencia con
-las devanaderas que hacía dar vueltas, mas en realidad estaba madurando
-un proyecto; y cuando le pareció que estaba ya, rompió el silencio en
-estos términos:
-
---¡Escuchad, hijos míos! Si queréis tener corazón y la destreza que es
-necesaria; si queréis fiaros de vuestra madre (esta palabra _vuestra_
-hizo estremecer á Lucía), yo me empeño en sacaros de este apuro, quizás
-mejor y más pronto que el padre Cristóbal, á pesar de ser el hombre que
-es...
-
-Lucía se puso en pie, y la miró con un aire que expresaba más bien
-admiración que confianza á la vista de una tan magnífica promesa; y
-Renzo dijo súbitamente: “¿Corazón, destreza? Decid, decid sin embozo lo
-que puede hacerse”.
-
---¿No es verdad, prosiguió Inés, que si estuvieseis casados habría
-mucho adelantado, y que á todo lo demás se encontraría más fácilmente
-remedio?
-
---¿Quién lo duda? dijo Renzo: una vez casados... todo el mundo es
-patria; y á dos pasos de aquí, pasado Bérgamo, el que trabaja la seda
-es recibido con los brazos abiertos. Vos sabéis cuántas veces mi primo
-Bartolo ha solicitado que me vaya con él, que haría fortuna como él
-la había hecho; y si yo me he resistido siempre, ha sido... ¿qué
-sirve el decirlo? porque mi corazón estaba aquí. Ya casados, nos vamos
-todos juntos, se establece allí la casa, se vive en santa paz, fuera
-de las garras de ese bribón, y lejos de la tentación de hacer algún
-despropósito. ¿No es cierto, Lucía?
-
---Sí, dijo ésta; mas, ¿cómo?
-
---Según yo he dicho, respondió la madre: corazón y destreza, y la cosa
-es fácil.
-
---¡Fácil! dijeron á la vez los novios, para quienes el negocio había
-llegado á ser tan extraño y dolorosamente difícil.
-
---Fácil, sabiéndolo hacer, replicó Inés. Escuchadme bien; yo veré el
-modo de hacéroslo comprender. Yo he oído decir á gente que sabe, y aun
-he visto un caso, que para celebrar un matrimonio, si bien se requiere
-un cura, no es necesario que consienta; es suficiente con que esté
-delante.
-
---¿Y cómo se hace esto? preguntó Renzo.
-
---Escuchad, y comprenderéis. Es preciso tener dos testigos bien listos,
-y que estén de acuerdo. Luego se va á encontrar al cura: lo esencial
-es cogerlo de improviso; que no tenga tiempo de escaparse. El hombre
-dice: Señor cura, yo tomo á ésta por mujer; la mujer dice: Señor cura,
-yo tomo á éste por marido... Es necesario que el cura lo oiga y también
-los testigos; y el matrimonio es bueno, perfecto y sagrado como si lo
-hubiese hecho el papa. Después de pronunciadas las citadas palabras,
-el cura puede gritar, mover estrépito, darse al diablo, es inútil, ya
-sois marido y mujer.
-
---¿Es posible? exclamó Lucía.
-
---¡Cómo! dijo Inés, ¡sería cosa digna de verse, que en el espacio de
-treinta años que he pasado en este mundo, antes que vosotros nacieseis,
-no hubiese aprendido algo! La cosa es tal, cual os la digo; por señas,
-que cierta amiga mía que quería casarse contra la voluntad de sus
-padres, haciéndolo de dicha manera, obtuvo su intento. El cura, que lo
-había sospechado, estaba alerta, mas los diablos de los testigos y los
-novios, supieron hacerlo tan bien, y lo atraparon tan á propósito, que
-no tuvieron más que pronunciar las palabras, y quedaron marido y mujer,
-á pesar de que la pobrecilla se arrepintió á los tres días.
-
-Inés decía la verdad, mirando á la posibilidad, y atendiendo al peligro
-de no poderlo conseguir de otro modo; pues así como no recurrían á
-semejante expediente sino las personas que habían encontrado algún
-obstáculo, ó sido rechazadas en las vías regulares, así también los
-párrocos ponían gran cuidado en evitar aquella forzada cooperación;
-y sin embargo, cuando alguno de ellos llegaba á ser sorprendido por
-una de aquellas parejas acompañada de testigos, hacía todo lo posible
-para escaparse, como Proteo de las manos de los que querían hacerle
-vaticinar á la fuerza.
-
---¡Si fuese cierto, Lucía! dijo Renzo mirándola con aire de atención
-suplicante.
-
---¡Cómo, si fuese cierto! replicó Inés. ¿Conque vosotros creéis que yo
-digo mentiras? Yo me afano por vosotros, y no soy creída: bien, bien;
-salid del apuro como podáis; yo me lavo las manos.
-
---¡Oh, no; no nos abandonéis! dijo Renzo; hablo así porque la cosa me
-parece demasiado buena. Me entrego á vos enteramente, y os considero
-como si fueseis mi propia madre.
-
-Estas palabras desvanecieron el pequeño enfado de Inés, é hicieron
-olvidar una resolución, que á la verdad, no había sido formal.
-
---Mas, ¿por qué pues, mamá, repuso Lucía, con su modesto continente:
-por qué este medio no se le ha ocurrido al padre Cristóbal?
-
---¿Por qué no se le habrá ocurrido? respondió Inés: ¿piensas acaso que
-no le habrá venido á la imaginación? Mas no habrá querido hablarnos de
-él.
-
---¿Por qué? preguntaron á un mismo tiempo ambos jóvenes.
-
---Porque... porque, ya que lo queréis saber, los religiosos dicen que
-verdaderamente es una cosa que no está bien.
-
---¿Cómo puede ser que no esté bien, y que sea bien hecho, después de
-verificado? dijo Renzo.
-
---¡Qué queréis que os diga! respondió Inés. Las leyes las han hecho
-ellos á su gusto, y nosotros, infelices, no podemos comprenderlo todo.
-Y después, cuántas cosas... Ved aquí un ejemplo: ¿cómo se puede evitar
-el que uno vaya á dar una puñada á un cristiano? Ello es una cosa que
-no está bien; mas después de haberla dado, ni el mismo papa puede
-quitársela.
-
---Si es una cosa que no está bien, dijo Lucía, no es preciso hacerla.
-
---¡Qué! repuso Inés: ¿te querría yo dar acaso un consejo contra el
-temor de Dios? Si fuese contra la voluntad de tus padres para casarte
-con un mal hombre... pero yo estoy contenta con tener este nuevo hijo.
-El que hace nacer todas las dificultades es un malvado; y el señor
-cura...
-
---Esto es tan claro, que cualquiera lo comprendería, dijo Renzo.
-
---Es preciso no hablar de ello al padre Cristóbal antes de verificarlo,
-prosiguió Inés; pero cuando esté hecho y haya salido bien, ¿qué piensas
-que te dirá el padre? “¡Ah, hija mía! ¡es una grave falta! pero ya está
-hecho”... Los religiosos deben hablar así; pero sin embargo, creedme,
-en su interior estará satisfecho.
-
-Lucía, sin hallar qué contestar á este razonamiento, no parecía, á
-pesar de todo, convencida; mas Renzo, muy contento, dijo: “Siendo así,
-es cosa hecha”.
-
---Despacio, dijo Inés: ¿y los testigos? Es preciso encontrar dos que
-quieran, y que en el ínterin sepan guardar silencio. ¿Y poder coger al
-señor cura, que de dos días á esta parte se está encerrado en su casa?
-¿Y cómo hacerle permanecer allí? Pues aunque sea pesado por naturaleza,
-os puedo asegurar que al veros comparecer en dicha conformidad, se
-volverá listo como un gato, y escapará como el diablo del agua bendita.
-
---He hallado el medio, lo he hallado, dijo Renzo dando una puñada sobre
-la mesa y haciendo bailar los platos preparados para la comida. En
-seguida expuso su idea, que Inés aprobó en todo y por todo.
-
---Esto son sutilezas, dijo Lucía; no son cosas claras. Hasta ahora
-hemos obrado sinceramente; marchemos adelante con buena fe, y Dios nos
-ayudará; el padre Cristóbal lo ha dicho; oigamos su parecer.
-
---Déjate guiar por quien sabe más que tú, dijo Inés con grave ademán.
-¿Qué necesidad hay de pedir parecer? Dios dice: ayúdate, que yo te
-ayudaré. Nosotros se lo contaremos todo al padre, después de hecho.
-
---Lucía, dijo Renzo, ¿queréis vos faltarme ahora? ¿no hemos hecho
-todos los preparativos como buenos cristianos? ¿No deberíamos ser
-ya marido y mujer? ¿No había fijado el cura el día y la hora? ¿Y de
-quién es la culpa, si debemos ahora ayudarnos con un poco de ingenio?
-No, no os opondréis. Voy y vuelvo con la respuesta. Y saludando á
-Lucía con ademán de súplica, y á Inés con aire de inteligencia, partió
-apresuradamente.
-
-Las tribulaciones aguzan el entendimiento; y Renzo, que en el sendero
-recto de la vida que había recorrido hasta entonces no se había
-encontrado en ocasión de aguzar mucho el suyo, había en el presente
-caso imaginado un medio, que hubiera honrado á un jurisconsulto. Se
-fué en derechura, según había proyectado, á la cabaña de un tal Tonio,
-que distaba poco de allí: lo encontró en la cocina, con una rodilla
-puesta sobre el poyo del hogar, sosteniendo con una mano el asa de un
-calderillo colocado sobre las calientes cenizas, y meneando con una
-corva cuchara una pequeña _polenta_[4] gris. La madre, el hermano,
-la mujer de Tonio, estaban sentados alrededor de la mesa, y tres ó
-cuatro chiquillos en pie cerca del padre estaban esperando con los ojos
-clavados en el citado calderillo que llegase el momento de desocuparlo.
-Mas allí no había aquella alegría que la vista de la comida suele,
-sin embargo, dar al que se la ha ganado con su trabajo; la cantidad
-de polenta era en razón del tiempo, y no del número y deseos de los
-convidados. Cada uno de éstos miraba con avaricia la pitanza común,
-y parecía pensar en el grande apetito que aún le quedaría. Mientras
-Renzo cambiaba los saludos con la familia, Tonio volcó la polenta en
-una escudilla de haya que estaba preparada para recibirla, é hizo el
-efecto de una pequeña luna en medio de un gran círculo de vapores. No
-obstante, las mujeres dijeron cortésmente á Renzo: “¿Queréis que se
-os sirva?”, cumplimiento que el aldeano de Lombardía, y quién sabe de
-cuántos otros países, no dejan de hacer jamás al que los encuentra
-comiendo, aunque el invitado fuese un rico glotón que se acabara de
-levantar de la mesa, y el aldeano no tuviese ya más que el último
-bocado.
-
-
---Os lo agradezco, contestó Renzo; venía únicamente para decir una
-palabra á Tonio; y si quieres, Tonio, para no molestar á tus señoras,
-podemos ir á comer á la hostería y allí hablaremos. La proposición
-fué para Tonio tanto más grata cuanto menos esperada; y las mujeres
-y los chiquillos mismos (que sobre semejante punto empiezan pronto á
-raciocinar) no vieron de mala gana que se sustrajese á la polenta el
-concurrente más formidable. El invitado no se detuvo en pedir su parte,
-y partió con Rezo.
-
-Llegados á la hostería del pueblo, sentados con toda libertad, en
-una soledad perfecta, pues la miseria había dispersado á todos los
-que frecuentaban aquel lugar de delicias; habiendo mandado traer lo
-poco que allí se encontraba y una botella de vino, Renzo con aire de
-misterio dijo á Tonio: “Si tú quieres hacerme un pequeño favor, yo te
-haré uno grande”.
-
---Habla, habla; pide, respondió Tonio, echándose de beber; hoy me
-arrojaría al fuego por ti.
-
---¿No debes veinticinco libras al señor cura por el arriendo de un
-campo que labraste el año pasado?
-
---¡Ah, Renzo, Renzo! tú echas á perder el bien que me haces. ¡Á qué
-recordarme esto! ¡Me has quitado ya el buen humor!
-
---Si te hablo de la deuda, dijo Renzo, es porque si tú quieres, yo
-deseo proporcionarte el medio de pagarla.
-
---¿Lo dices de veras?
-
---De veras. ¡Eh! ¿estarás contento?
-
---¿Contento? ¡Por Diana, si yo estaré contento! Aun cuando no fuese
-más que por no ver los gestos y señas de cabeza que me hace el señor
-cura cada vez que me encuentra. Y luego siempre: “Tonio, acordaos;
-Tonio, ¿cuándo nos veremos para aquel negocio?”. Á tal punto, que cuando
-al predicar fija la vista sobre mí, estoy casi temiendo que me diga
-allí públicamente: “¡Eh! ¿y las veinticinco libras?”. ¡Malditas sean! Y
-después tendrá que restituirme la gargantilla de oro de mi mujer, que
-la cambiaré en mucha más polenta...
-
---Más, más, si tú quieres hacerme un pequeño servicio, las veinticinco
-libras están preparadas.
-
---Dí pronto.
-
---Pero... dijo Renzo, poniendo el índice sobre sus labios.
-
---¿Es preciso que me encargues esto? Creo que me conoces bastante.
-
---El señor cura va sacando ciertas razones sin jugo para dar largas
-á mi casamiento; y yo, por el contrario, quisiera despacharme. Me
-han dicho con seguridad que presentándose á él los dos novios con
-dos testigos, y diciéndole yo: Ésta es mi mujer; y Lucía: Éste es mi
-marido... el matrimonio es válido. ¿Me has comprendido?
-
---¿Tú quieres que vaya á servirte de testigo?
-
---Justamente.
-
---¿Y pagarás por mí las veinticinco libras?
-
---Así lo entiendo.
-
---Sea un bribón el que falte.
-
---Mas es preciso buscar otro testigo.
-
---Lo he encontrado. El simplecillo de mi hermano Gervasio hará aquello
-que yo le diga. ¿Le pagarás tú de beber?
-
---Y de comer, respondió Renzo. Le conduciremos aquí para que se
-divierta en nuestra compañía. ¿Mas, sabrá él hacer?...
-
---Yo le enseñaré. Tú sabes bien que yo he tenido también su parte de
-juicio.
-
---Mañana...
-
---Bien.
-
---Entre dos luces.
-
---Muy bien.
-
---Pero... dijo Renzo, volviendo á poner de nuevo el índice sobre la
-boca.
-
---¡Bah!... repuso Tonio, inclinando la cabeza sobre el hombro derecho
-y levantando la mano izquierda con cierto ademán que quería decir: me
-haces una injuria.
-
---Mas si tu mujer te pregunta, como sin duda te preguntará...
-
---Con respecto á mentiras estoy en débito con mi mujer; y de tal modo,
-que no sé si llegaré jamás á saldar la cuenta. Ya encontraré alguna
-tontería para que su corazón esté tranquilo.
-
---Mañana por la mañana, dijo Renzo, discurriremos con más comodidad
-para entendernos bien sobre todo.
-
-En esto salieron de la hostería. Tonio se encaminó á su casa,
-estudiando el embrollo que contaría á las mujeres, y Renzo á rendir
-cuenta de las medidas tomadas.
-
-Durante todo este tiempo, Inés se había cansado en vano de persuadir á
-su hija. Ésta iba oponiéndose á cada frase, ora á la una, ora á la otra
-parte de su dilema: ó es una mala acción, y entonces no debe ponerse en
-ejecución, ó no lo es; y entonces, ¿por qué no comunicársela al padre
-Cristóbal?
-
-Renzo llegó con ademán triunfante, hizo su relación y terminó con un
-_ahn_, interjección del país que significa: ¿soy ó no soy un hombre yo?
-
-Lucía meneaba lentamente la cabeza; mas los dos enfervorizados no le
-hacían caso, como suele hacerse con un niño al cual no se espera poder
-persuadir, y que se le reduce luego por medio de ruegos ó con autoridad
-á lo que se quiera de él.
-
---Va bien, dijo Inés, va bien; mas no habéis pensado en todo.
-
---¿Qué falta? respondió Renzo.
-
---¿Y Perpetua? ¿No habéis pensado en Perpetua? Á Tonio y á su hermano
-los dejará entrar; pero, ¿juzgáis que os lo permitirá á vosotros dos?
-Tendrá orden de teneros tan lejos del cura, como un niño de un peral
-que tiene el fruto maduro.
-
---¿Cómo lo haremos? dijo Renzo un poco confuso.
-
---He aquí; ya lo he pensado. Yo iré con vosotros; tengo un secreto para
-atraerla y para encantarla de tal modo, que no se acordará de vosotros,
-y podréis entrar. La llamaré y tocaré una cuerda... Vosotros veréis.
-
---¡Bendita seáis! exclamó Renzo; yo siempre he dicho que vos seríais
-nuestra Providencia en todo.
-
---Mas todo no sirve de nada, dijo Inés, si no se persuade á ésta, que
-se obstina en decir que eso es un pecado.
-
-Renzo puso también en planta su elocuencia; pero Lucía no se dejaba
-conmover.
-
---Yo no sé qué responder á vuestras razones, decía; mas veo que para
-hacer esa cosa, como vosotros decís, es preciso andar á caza de
-subterfugios, de engaños y de ficciones. ¡Ah, Renzo! ¡No es así como
-habíamos empezado! Yo quiero ser vuestra mujer... Y no había medio que
-pudiese pronunciar esta palabra y explicar esta intención sin que le
-saliesen los colores al rostro. “Yo quiero ser vuestra mujer, pero por
-el camino recto, como Dios manda, ante el altar. Dejemos obrar al de
-arriba. ¿No queréis que él sepa hallar el medio de ayudarnos mejor que
-nosotros podríamos hacerlo con todas esas trampas? ¿Y por qué hacer un
-misterio de ello al padre Cristóbal?”.
-
-La disputa duraba todavía y no parecía que estaba próxima á concluirse,
-cuando un ruido apresurado de sandalias y el rumor de un agitado
-hábito, semejante al que hacen en una vela extendida los repetidos
-soplos del viento, anunciaron al padre Cristóbal. Todos quedaron
-silenciosos, é Inés apenas tuvo tiempo de murmurar al oído de Lucía:
-“Oye, guárdate bien de decirle nada”.
-
-
- NOTAS:
-
-[4] Polenta, así llamaban en algunas partes de Italia, y sobre todo en
-el Milanesado, una especie de manjar que hacen en general las clases
-pobres, con agua y harina de castañas.
-
-
-
-
- CAPÍTULO SÉPTIMO
-
-
-El padre Cristóbal llegó en la actitud de un buen capitán, que habiendo
-perdido, mas no por culpa suya, una batalla importante, afligido,
-pero no desanimado, pensativo, pero no abatido, en retirada, pero no
-fugitivo, se traslada adonde la necesidad lo llama para defender los
-puntos amenazados, reunir las tropas y dar nuevas órdenes.
-
-“La paz sea con vosotros, dijo al entrar. No hay nada que esperar del
-hombre; tanta más necesidad de confiar en Dios, del cual tengo ya una
-prueba de protección”. Aunque ninguno de los tres esperase mucho de la
-tentativa del padre Cristóbal, porque el ver á un poderoso renunciar
-á una injusticia sin ser obligado, y ceder por mera condescendencia á
-desarmadas súplicas, era cosa más inaudita que rara; á pesar de todo,
-la triste certidumbre fué un golpe mortal para todos. Las mujeres
-bajaron la cabeza; pero en el ánimo de Renzo la cólera prevaleció al
-abatimiento. Aquella noticia lo encontraba ya sumamente mortificado con
-tantas sorpresas dolorosas, con tantas tentativas inútiles, con tantas
-esperanzas frustradas, y por demás exacerbado en aquel instante por la
-repulsa de Lucía.
-
---Querría saber, gritó rechinando los dientes y levantando la voz como
-no había hecho hasta entonces en la presencia del padre Cristóbal;
-querría saber qué razones ha dado ese perro para sostener... para
-sostener que mi esposa no debe ser mi esposa.
-
---¡Pobre Renzo! contestó el fraile con grave y piadoso acento y con una
-mirada que le recomendaba cariñosamente la calma; si el poderoso que
-quiere cometer la injusticia, estuviese siempre obligado á decir sus
-razones, las cosas no andarían como van.
-
---¿Ha dicho, pues, ese perro que no quiere? ¿por qué no quiere?
-
---¡Ni esto siquiera ha dicho, mi pobre Renzo! Sería una ventaja, si
-para cometer una maldad se debiese confesar abiertamente.
-
---Pero algo ha debido decir: ¿qué os ha dicho ese tizón del infierno?
-
---He comprendido sus palabras, mas no sabré repetírtelas. Las palabras
-del inicuo que es fuerte, son á un mismo tiempo penetrantes y
-fugitivas. Puede irritarse de que tú muestres sospechas de él, y á la
-vez hacerte conocer que son ciertas tus sospechas; puede insultar y
-manifestarse ofendido, ultrajar y pedir una satisfacción, aterrorizar
-y quejarse, ser impudente é irreprensible; en él no puede pedirse otra
-cosa. Él no ha pronunciado el nombre de esta inocente, ni el tuyo; no
-ha dado señales ni aun de conoceros; no ha dicho que tenía pretensión
-alguna; pero... pero sin embargo, demasiado he comprendido que él era
-inflexible. Á pesar de todo, ¡confianza en Dios! Vos, pobrecita, no
-desaniméis; y tú, Renzo... ¡Oh! cree, no obstante, que yo sé ponerme
-en tu lugar, que siento lo que pasa en tu corazón; ¡pero paciencia! Es
-una palabra débil, una palabra amarga para el que no cree; pero tú,
-¿no querrás conceder á Dios un día, dos, el tiempo que querrá tomarse,
-para hacer triunfar la justicia? El tiempo le pertenece; ¡y él nos ha
-otorgado ya tanto! Deja obrar á Dios, Renzo, y sabe... sabed todos,
-que yo tengo ya en la mano un hilo para ayudaros. Por ahora, no puedo
-decir más. Mañana no vendré; debo permanecer todo el día en el convento
-por vosotros. Tú, Renzo, procura ir allá; y si por un caso impensado
-no pudieseis, manda un hombre fiel, un muchacho de juicio, por medio
-del cual pueda yo haceros saber lo que ocurra. Ya se hace de noche, es
-preciso que yo corra al convento. Fe, valor, y que Dios nos tenga en
-su santa guarda.
-
-Dicho esto salió apresuradamente, y se encaminó corriendo y casi al
-escape por un pedregoso y desigual sendero, para no correr el riesgo de
-que llegando tarde al convento se atrajese una buena reprimenda, ó lo
-que podía ser peor aún, una penitencia que le impidiese el día después
-estar listo y expedito para lo que pudiese exigir el cuidado de sus
-protegidos.
-
---¿Habéis oído lo que ha dicho de un no sé qué... de un hilo que tiene
-para ayudarnos? dijo Lucía; conviene fiarse en él; es un hombre que
-cuando promete diez...
-
---Si no hay más que esto... interrumpió Inés, hubiera debido hablarme
-con claridad ó llamarme aparte y decirme lo que hay...
-
---No es más que cháchara; yo daré fin á ello, yo, repuso Renzo, esta
-vez recorriendo la estancia de un extremo á otro, con una voz, con un
-semblante que no dejaba duda ninguna acerca del sentido de aquellas
-palabras.
-
---¡Oh, Renzo! exclamó Lucía.
-
---¿Qué es lo que queréis decir? exclamó también Inés.
-
---¿Qué necesidad hay de decirlo? Yo daré fin á ello. Aunque tenga cien
-mil diablos en el cuerpo, él por último es también de carne y hueso...
-
---¡No, no, por Dios!... empezó á decir Lucía; mas el llanto le cortó la
-voz.
-
---No debéis hablar de ese modo, ni aun por broma, dijo Inés.
-
---¿Por broma? replicó Renzo, quedándose plantado delante de Inés, que
-estaba sentada, y clavando en ella sus ojos extraviados. ¡Por broma!
-¡Veréis si será broma!
-
---¡Oh, Renzo! dijo Lucía instantáneamente, sollozando; jamás os he
-visto así.
-
---No digáis estas cosas, por Dios, replicó aún precipitadamente Inés,
-bajando la voz. ¿No recordáis cuánta gente tiene á su disposición? Y
-aun cuando... ¡Dios nos libre!... contra los pobres nunca hay justicia.
-
---La justicia la haré yo. ¡Ya es tiempo! La cosa no es fácil; lo sé.
-El perro asesino se guarda bien, sabe lo que vale; pero no importa.
-Resolución y paciencia... y el momento llegará. Sí, la justicia la haré
-yo; yo libraré de él á todo el país. ¡Cuánta gente me bendecirá! Y
-después en tres cabriolas...
-
-El horror que sintió Lucía á estas últimas é insinuantes palabras,
-suspendió su llanto, y le dió fuerza para hablar. Quitándose las manos
-de su lloroso semblante, con acento conmovido, pero resuelto: “¡No os
-importa el tenerme por mujer! Yo estaba prometida á un joven que tenía
-temor de Dios; mas un hombre que hubiese cometido... aunque estuviese
-bajo el amparo de la justicia y al abrigo de toda venganza, aunque
-fuese el hijo del rey...”.
-
---¡Y bien! gritó Renzo con el semblante aún más desencajado: y vos no
-seréis mía; mas tampoco lo seréis de él. Yo aquí sin vos, y él en la
-casa del...
-
---¡Ah, no! ¡por piedad! no digáis eso; no me miréis así; no, no puedo
-veros de este modo, exclamó Lucía llorando, suplicando y juntando las
-manos. Mientras tanto Inés llamaba y volvía á llamar al joven por su
-nombre, y para apaciguarlo le daba golpecitos en las espaldas, cogía
-sus brazos y sus manos. Por último, se detuvo inmóvil y pensativo
-algún tiempo para contemplar el rostro suplicante de Lucía; luego, de
-repente, le dirigió una torva mirada, se hizo un poco atrás, extendió
-el brazo y el índice hacia ella, y exclamó: “¡Ella lo quiere, sí, ella
-lo quiere! ¡Él morirá!”.
-
---¿Y yo, qué mal he hecho para que me hagáis morir? dijo Lucía,
-arrojándose á sus pies.
-
---¡Vos! repuso con voz que expresaba una cólera diferente, pero que
-todavía era cólera; ¡vos! ¿qué bien me habéis hecho, qué pruebas me
-habéis dado? ¿No os he rogado, rogado y más rogado? Y vos: ¡No, no!
-
---Sí, sí, respondió precipitadamente Lucía; iré á casa del cura;
-mañana, ahora si queréis; iré. Volved á vuestro primer proyecto; yo
-iré.
-
---¿Me lo prometéis? dijo Renzo con un acento y rostro repentinamente
-vuelto más humano.
-
---Os lo prometo.
-
---Me lo habéis prometido.
-
---¡Ah, Señor, gracias! exclamó Inés doblemente contenta.
-
-En medio de su gran cólera, ¿había Renzo pensado de qué provecho podía
-serle el espanto de Lucía? ¿Y no había usado un poco de artificio para
-hacerlo creer, y conseguir el fruto que deseaba? Nuestro autor protesta
-que no sabe nada, y yo por mi parte creo que ni aun el mismo Renzo
-lo sabía bien. El hecho es que estaba realmente enfurecido contra D.
-Rodrigo, y que deseaba ardientemente el consentimiento de Lucía; y
-cuando dos pasiones fuertes hablan juntamente al corazón del hombre,
-nadie, ni aun el mas paciente, puede siempre distinguir una voz de
-otra, y decir con seguridad cuál es la que predomina.
-
---Os lo he prometido, respondió Lucía, con un afectuoso y tímido
-acento de reconvención; mas vos también habéis prometido de no dar el
-escándalo, de confiárselo al padre...
-
---¡Oh, vaya! ¿por qué acabo de encolerizarme? ¿Queréis volveros atrás
-ahora, y hacerme cometer un despropósito?
-
---No, no, dijo Lucía, volviendo á asustarse de nuevo. Lo he prometido,
-y no me vuelvo atrás. Pero ved vos mismo cómo me lo habéis hecho
-prometer. Dios no quiera...
-
---¿Á qué hacer tristes augurios, Lucía? Dios sabe que no hacemos mal á
-nadie.
-
---Prometedme á lo menos que ésta será la última escena.
-
---Yo os lo prometo, á fe de hombre honrado.
-
---Mas esta vez cumplid vuestra palabra, dijo Inés.
-
-Aquí el autor confiesa el no saber otra cosa; si Lucía estaba en todo
-y por todo pesarosa de haberse visto obligada á consentir. Nosotros
-dejamos, como él, la duda en planta.
-
-Renzo hubiera querido prolongar la conversación, y fijar punto por
-punto lo que debía hacerse al día siguiente; pero era ya muy entrada la
-noche, y las mujeres le despidieron, no pareciéndoles conveniente que
-se quedase por más tiempo á hora tan avanzada.
-
-La noche, sin embargo, fué para los tres tan buena, como puede serlo
-la que sucede á un día lleno de agitación y azares, y al que precede
-otro destinado á una empresa importante, y de éxito incierto. Renzo
-se presentó muy de mañana, y concertó con Inés la grande operación de
-aquella tarde, proponiendo y resolviendo alternativamente dificultades,
-previendo contratiempos, y empezando de nuevo, tan pronto el uno como
-la otra, á describir el suceso, como si contasen una cosa ya hecha.
-Lucía escuchaba, y sin aprobar con palabras lo que no podía aprobar en
-su corazón, prometía hacerlo lo mejor que ella supiese.
-
---¿Iréis allá abajo, al convento, para hablar al padre Cristóbal, según
-él os previno ayer tarde? preguntó Inés á Renzo.
-
---¡Quiá! respondió éste; ya sabéis qué diablos de ojos tiene el padre:
-me leería en la cara, como en un libro, que hay algo de nuevo; y si
-empezaba á hacerme preguntas, no podría salir bien de ellas. Y luego,
-yo debo permanecer aquí para atender al negocio. Sería mejor que
-mandaseis á alguno.
-
---Mandaré á Menico.
-
---Sí, muy bien, repuso Renzo; y partió para atender al negocio, como él
-había dicho.
-
-Inés se dirigió á la casa de al lado á buscar á Menico, el cual era
-un muchacho muy listo, que apenas tenía doce años, y que venía á ser
-sobrino suyo lejano. Lo pidió á los parientes, como prestado, por todo
-el día, “para un cierto servicio”, según ella decía. Teniéndolo ya en
-su poder, lo condujo á su cocina, le dió de almorzar, y le dijo que
-fuese á Pescarenico, y se presentase al padre Cristóbal, el cual lo
-volvería á mandar en seguida con una respuesta, cuando sería tiempo.
-“El padre Cristóbal, aquel bello anciano, con la barba blanca, á quien
-llaman el santo”...
-
---Entiendo, dijo Menico, el que acaricia á todos los muchachos, y nos
-da de cuando en cuando algunas estampitas.
-
---Justamente, Menico. Y si te dijese que esperes algún poco cerca del
-convento, no vayas á alejarte; ten cuidado de no ir con tus compañeros
-al lago á ver pescar, ni á divertirte con las redes colocadas en la
-tapia con el objeto de secarse, ni entretenerte con los demás juegos
-que acostumbráis.
-
-Es preciso saber que Menico era muy excelente para hacer cabriolas;
-y se sabe que todos, grandes y pequeños, hacemos voluntariamente las
-cosas para las cuales tenemos habilidad: no digo aquella sólo.
-
---¡Bah! yo no soy ya un niño.
-
---Bien, ten juicio; y cuando vuelvas con la respuesta... mira, estas
-dos bellas _parpagliole_ nuevas son para ti.
-
---Dádmelas ahora, que es lo mismo.
-
---No, no, que las jugarías. Anda y pórtate bien, que no te pesará.
-
-En el resto de aquella larga mañana se vieron ciertas novedades que
-pusieron no poco en sospecha el ánimo ya turbado de las mujeres. Un
-mendigo que no estaba extenuado, ni andrajoso como los demás, y con
-un no sé qué de oscuro y de siniestro en el semblante, entró á pedir
-limosna, lanzando por todas partes ciertas miradas escudriñadoras.
-Se le dió un pedazo de pan, que recibió y guardó con una indiferencia
-mal disimulada. Después entabló conversación con cierta desfachatez,
-y al mismo tiempo con perplejidad, haciendo muchas preguntas, á las
-cuales Inés se aceleró á responder siempre lo contrario de lo que era
-en realidad. Echando á andar como para salir, fingió equivocarse de
-puerta, entró por la que daba á la escalera, y se apresuró á hacerse
-cargo con la brevedad posible. Se le gritó por detrás: “¡Eh, eh!
-¿adónde vais, buen hombre? Por aquí, por aquí”. Volvió atrás, y salió
-por la puerta que acababa de serle indicada, excusándose con una
-sumisión, con una humildad afectada, que estaba lejos de armonizar
-con los feroces y duros rasgos de aquella fisonomía. Después de éste,
-continuaron en dejarse ver, por intervalos, otras extrañas figuras. No
-se hubiera podido decir fácilmente qué casta de hombres eran aquéllos;
-mas no podía creerse tampoco que fuesen honrados viajeros, según
-querían parecer. Uno entraba con el pretexto de hacerse enseñar el
-camino; otros pasando por delante de la puerta iban pausadamente, y
-miraban á hurtadillas á través del patio la sala, como el que quiere
-ver sin causar sospechas. Finalmente, hacia el medio día, aquella
-fastidiosa procesión concluyó. Inés se levantaba de cuando en cuando,
-atravesaba el patio, se plantaba en la puerta de la calle, miraba
-á derecha é izquierda, y volvía diciendo: “Nadie”; palabra que
-pronunciaba con placer, y que Lucía oía con el mismo, sin que ni la
-una ni la otra supiesen descifrar claramente el por qué. Mas les quedó
-á ambas una indeterminada inquietud, que les quitó una gran parte del
-valor que habían puesto en reserva para la tarde.
-
-Conviene sin embargo que el lector sepa algo de más preciso con
-respecto á aquellos misteriosos vagabundos; y para informarlo
-completamente, es indispensable que volvamos atrás á encontrar á D.
-Rodrigo, que hemos dejado ayer solo en una estancia de palacio á la
-salida del padre Cristóbal.
-
-D. Rodrigo, según hemos dicho, medía de arriba á abajo á pasos largos
-aquella sala, en cuyas paredes estaban suspendidos retratos de familia
-de diversas generaciones. Cuando se encontraba con la cara casi tocando
-con la pared, y se volvía, veía al frente un guerrero, antepasado suyo,
-terror de los enemigos y de sus soldados, de torva mirada, cabellos
-cortos y erizados, los bigotes retorcidos y terminados en punta, que
-sobresalían de las mejillas, la barba oblicua; estaba el héroe en
-pie, con las grebas[5], los quijotes, coraza, brazales, manoplas,
-todo de hierro; con la mano derecha sobre el costado y la izquierda
-sobre el pomo de la espada. D. Rodrigo lo miraba; y cuando llegaba
-debajo de él, y daba la vuelta, he aquí que se encontraba enfrente de
-otro antepasado, magistrado, terror de litigantes y abogados, sentado
-en un sitial cubierto de rojo terciopelo, envuelto en una ancha y
-negra toga, todo negro, á excepción de una blanca golilla, dos largas
-valonas guarnecidas y forradas de piel de marta cibelina (éste era el
-distintivo de los senadores, y no lo llevaban más que en el invierno,
-razón por la cual no se hallará jamás un retrato de senador vestido de
-verano), macilento y con fruncidas cejas; tenía en la mano una súplica,
-y parecía decir: “Veremos”. Aquí una matrona, terror de sus camareras;
-allá un abad, terror de sus monjes: toda gente, en suma, que habían
-causado terror viviendo, y que en el lienzo lo inspiraban todavía.
-
-
-Á la vista de tales recuerdos, D. Rodrigo se enfurecía más y más, y
-se avergonzaba, no pudiendo reposar con la idea de que un fraile se
-hubiese atrevido á presentársele delante con la prosopopeya de Nathan.
-Formaba un proyecto de venganza, y lo abandonaba; pensaba al mismo
-tiempo cómo podría satisfacer su pasión, y lo que él llamaba su honor;
-y tal vez sintiendo retumbar en sus oídos el exordio de la profecía,
-se le erizaban los cabellos, según comúnmente se dice, y estaba casi
-dispuesto á renunciar á la idea de sus dos satisfacciones. Finalmente,
-por hacer algo, llamó á un criado, y le mandó que lo excusase con la
-reunión, diciéndoles que estaba ocupado en un negocio urgente. Cuando
-aquél volvió á darle parte de que los señores habían marchado, dejando
-encargado que le hiciese presente sus respetos,--¿Y el conde Attilio?
-preguntó D. Rodrigo, siempre paseando.
-
---Ha salido con los demás caballeros, ilustrísimo señor.
-
---Está bien: seis personas de séquito para salir á paseo, pronto. La
-espada, la capa, el sombrero.
-
-El servidor partió, contestando con una inclinación, y poco después
-volvió trayendo la rica espada, que el señor se ciñó; la capa que se
-echó sobre los hombros, y el sombrero adornado con grandes plumas, que
-se encasquetó fieramente, lo cual era señal de borrasca. Se puso en
-marcha, y en el umbral halló los seis tunantes completamente armados,
-los cuales formados en ala se inclinaron al pasar, y después echaron á
-andar tras él. Más feroz, más orgulloso, más altanero que de costumbre,
-salió y se dirigió paseando hacia Lecco. Los aldeanos, los artesanos,
-al verlo venir, se retiraban rozando la pared, y le hacían saludos é
-inclinaciones profundas, á las cuales no contestaba. Como inferiores
-se inclinaban aun aquéllos que para los otros eran llamados señores;
-porque en todo aquel país, á mil millas en contorno, no había ninguno
-que pudiese competir con él en nombre, en riquezas, y en lo que tenía
-relación con la voluntad de servirse de todo esto, para permanecer
-siempre sobre los demás; á éstos les correspondía con altanera
-dignidad. Cuando sucedía que se encontraba con el señor castellano
-español (este día no aconteció), el saludo era entonces igualmente
-profundo por ambas partes; en efecto, como entre dos potentados que
-mutuamente nada se deben, pero que por conveniencia hacen honor al
-rango el uno del otro.
-
-Para disipar un poco su enojo, y para oponer á la imagen del fraile que
-asediaba su mente imágenes enteramente diversas, D. Rodrigo entró en
-una casa, donde iba de ordinario mucha gente, y en la cual fué recibido
-con aquella cordialidad solícita y respetuosa que está reservada á los
-hombres que se hacen amar y temer á la vez. Siendo ya muy entrada la
-noche, se encaminó á su palacio. El conde Attilio había vuelto también
-en aquel mismo momento, y se sirvió la cena, durante la cual D. Rodrigo
-estuvo muy pensativo y habló poco.
-
---Primo, ¿cuándo me pagáis aquella apuesta? dijo con tono malicioso
-é irónico el conde Attilio, apenas se quitó la mesa y salieron los
-criados.
-
---S. Martín no ha pasado aún.
-
---Tanto valdría que la pagaseis en seguida; porque pasarán todos los
-santos del calendario antes que...
-
---Esto es lo que se ha de ver.
-
---Primo, vos queréis haceros el político; pero yo lo comprendo todo,
-y estoy tan cierto de haberos ganado la apuesta, que vuelvo á estar
-dispuesto á hacer otra.
-
---Veamos, ¿cuál?
-
---Que el padre... el padre... qué se yo; que el fraile, en fin, os ha
-convertido.
-
---He aquí ciertamente una de vuestras ideas.
-
---Convertido, primo, convertido; yo lo digo. Por mí, me alegro. ¿Sabéis
-que será un bello espectáculo el veros todo compungido y con los ojos
-bajos? ¡Qué gloria para ese padre! ¡Qué satisfecho y envanecido habrá
-vuelto á su convento! No son peces que se pillan todos los días, ni con
-todas las redes. Estad seguro que os citará como un ejemplo; y cuando
-vaya á alguna misión un poco lejos, hablará de vuestros hechos. ¡Me
-parece oirlo! Y aquí, hablando con la nariz, y acompañando la palabra
-con ademanes burlescos, continuó con el tono de un predicador: “En
-cierta parte de este mundo, que por dichos respetos no nombro, vivía,
-carísimos oyentes míos, y vive todavía, un caballero libertino, más
-amigo de las muchachas que de los hombres de bien; el cual, avezado á
-hacer un haz de todas yerbas, había puesto los ojos...”.
-
---Basta, basta, interrumpió D. Rodrigo medio risueño, y medio enojado.
-Si queréis doblar la apuesta, estoy pronto á ello.
-
---¡Diablo! ¿habréis vos acaso convertido al padre?
-
---No me habléis de él; y en cuanto á la apuesta, S. Martín decidirá.
-La curiosidad del conde estaba excitada; no perdonó ninguna clase de
-preguntas; pero D. Rodrigo las supo eludir, remitiéndose siempre al día
-de la decisión, y no queriendo comunicar á la parte contraria designios
-que no estaban ejecutados, ni aun enteramente resueltos.
-
-Á la mañana siguiente, D. Rodrigo despertó tal cual era. La aprehensión
-que aquellas palabras _vendrá un día_ le habían infundido, se
-desvaneció del todo con los sueños de la noche, y sólo le quedaba la
-rabia, exacerbada por la vergüenza de aquella debilidad pasajera. Las
-imágenes más recientes del paseo triunfal, de los saludos, de las
-buenas acogidas, y el sermón de su primo, habían contribuido no poco
-á hacerle recobrar su antiguo ánimo. Apenas se hubo levantado, hizo
-llamar al _Griso_. “Cosas grandes ocurren”, dijo aparte el criado, á
-quien fué dada la orden; porque el hombre que llevaba aquel apodo no
-era nada menos que el jefe de los bravos, al cual estaban confiadas
-las empresas más arriesgadas y más temerarias, de quien el noble
-confiaba enteramente, como que el hombre era todo suyo por gratitud é
-interés. Después de haber cometido un asesinato de día y públicamente,
-se encaminó á implorar la protección de D. Rodrigo; y éste, haciéndole
-vestir con su librea, lo puso á cubierto de las pesquisas de la
-justicia. Así, encargándose de perpetrar todos los delitos que le
-fuesen ordenados, él se había asegurado la impunidad del primero. Para
-D. Rodrigo, la adquisición no había sido de poca importancia; porque
-el _Griso_, además de ser, sin comparación, el más valiente de la
-cuadrilla, era también una prueba manifiesta de que su amo había podido
-barrenar felizmente las leyes; de suerte que su poder se engrandeció en
-el hecho y en la opinión.
-
---_¡Griso!_ dijo D. Rodrigo, en esta coyuntura se verá lo que tú vales.
-Antes de mañana la Lucía debe hallarse en este palacio.
-
---No se dirá jamás que el _Griso_ se haya apartado de las órdenes de su
-ilustrísimo amo y señor.
-
---Toma cuantos hombres te sean necesarios, manda y dispón como mejor
-te parezca, á fin de que la cosa tenga un buen resultado. Mas procura
-sobre todo que no se la cause ningún daño.
-
---Señor, un poco de miedo para que ella no haga demasiado ruido... no
-se podrá menos.
-
---Miedo... entiendo... esto es inevitable. Pero que no se la toque
-un solo cabello, y sobre todo que se la respete de todos modos. ¿Has
-entendido?
-
---Señor, no se puede separar una flor de la planta y traerla á vuestra
-señoría sin tocarla. Pero no se hará más que lo puramente necesario...
-
---Bajo tu propia seguridad. Y... ¿cómo lo harás?
-
---Eso estaba pensando, señor. Somos dichosos en que la casa esté en
-un extremo del pueblo. Tenemos precisión de buscar un sitio donde
-apostarnos, y justamente á poca distancia de allí se encuentra aquel
-caserón deshabitado y solo en medio de los campos, aquella casa...
-vuestra señoría no tendrá noticia de estas cosas... una casa que se
-quemó pocos años hace, no han tenido dinero para repararla y la han
-abandonado; y ahora se juntan allí las brujas; mas hoy no es sábado,
-y yo me río de todo. Esos villanos, que son tan supersticiosos, no
-se atreverían á pasar ninguna noche de la semana por todo el oro del
-mundo; así que, podemos ir á colocarnos á dicho sitio, con la seguridad
-de que nadie se acercará á interrumpirnos.
-
---Está bien; ¿y luego?
-
-Aquí el _Griso_ se puso á proponer y D. Rodrigo á discutir, hasta que
-de acuerdo hubieron concertado la manera de dar fin á la empresa,
-sin que quedaran las huellas de los autores; en seguida el modo de
-dirigir las sospechas hacia otro lado por medio de falsos indicios;
-imponer silencio á la pobre Inés; infundir á Renzo un miedo tal, que
-le quitase la pesadumbre, la idea de recurrir á la justicia y también
-la voluntad de quejarse; y por último, todas las maldades necesarias
-para la consecución de lo principal. Nosotros dejamos de referir esa
-multitud de tramas que no son indispensables para la inteligencia de
-la historia. Bastará decir que mientras el _Griso_ iba á poner los
-proyectos en ejecución, D. Rodrigo le volvió á llamar y le dijo: “Si
-por acaso aquel temerario villano esta tarde sacase las uñas contra
-vosotros, no será malo que le deis anticipadamente una buena paliza por
-vía de recuerdo. Así, la orden que se le intimará mañana, de que se
-esté quieto, surtirá un efecto más seguro. Mas no vayáis á buscarlo,
-para no echar á perder lo que más importa. ¿Me has entendido?”.
-
---Dejadlo á mi cuidado, contestó el _Griso_, inclinándose con un aire
-obsequioso y de jactancia, después de lo cual partió. La mañana se
-pasó en dar vueltas, con el objeto de reconocer el terreno. Aquel
-falso pordiosero que se había introducido de tal suerte en la pobre
-casita, no era otro que el _Griso_, el cual iba con un golpe de vista
-á levantar el plano; los mentados viajeros eran sus tunantes, á los
-cuales para obrar bajo sus órdenes bastaba tener un conocimiento muy
-superficial del lugar. Una vez hecha la descubierta, no se habían
-dejado ver más, para no dar que sospechar.
-
-Luego que volvieron todos al palacio, el _Griso_ echó sus cuentas, fijó
-definitivamente el proyecto de la empresa, asignó la gente y dió las
-instrucciones. Todo esto no se pudo hacer sin que aquel viejo servidor
-(que el lector conoce ya) que estaba con los ojos abiertos y el oído
-alerta, se apercibiese de que se maquinaba algo grande. Á fuerza de
-estar atento y de preguntar, cogiendo una noticia de aquí, otra media
-de allá, comentando entre sí una palabra oscura, interpretando una
-salida misteriosa; tanto hizo, que al fin vino á sacar en claro lo que
-debía tener lugar aquella noche. Mas cuando lo hubo conseguido, ella
-estaba ya muy próxima, y ya una pequeña vanguardia de bravos había ido
-á emboscarse al arruinado caserón. El pobre viejo, aunque conociese
-bien á qué juego tan peligroso jugaba y tuviese también miedo de llevar
-el socorro á tiempo, no quiso sin embargo faltar. Salió con el pretexto
-de tomar aire, y se encaminó con la mayor precipitación al convento,
-para dar al padre Cristóbal el aviso prometido. Poco después, los
-demás bravos se pusieron en movimiento y salieron separadamente uno
-después de otro, para no dar á conocer que iban juntos. El _Griso_
-siguió luego, y no quedó dentro más que una litera, la cual debía
-ser conducida al caserón, entrada ya la noche, como así se verificó.
-Reunidos que fueron en aquel sitio, el _Griso_ despachó tres de los
-suyos á la hostería del lugar, ordenando que uno de ellos se pusiese
-en la puerta para observar lo que ocurriese en la calle, y ver
-cuándo todos los habitantes se hubiesen retirado; los otros dos que
-permaneciesen dentro jugando y bebiendo, como aficionados, y estuviesen
-entretanto espiando, si algo había que fuese digno de espiar. Él, con
-el resto de la tropa, quedó en acecho esperando la ocasión.
-
-El pobre viejo trotaba aún; los tres exploradores llegaron á su puesto;
-el sol se iba á poner, cuando Renzo entró en casa de las mujeres y
-dijo: “Tonio y Gervasio me aguardan fuera; voy con ellos á la hostería
-á comer un bocado, y al toque del _Avemaría_ vendremos á buscaros.
-Vamos, ¡valor, Lucía, no depende todo más que de un momento!”. Lucía
-suspiró y repitió: “¡Oh! ¡sí, sí, valor!” con una voz que desmentía sus
-palabras.
-
-Cuando Renzo y los dos compañeros llegaron á la hostería, se
-encontraron el susodicho ya plantado de centinela, que obstruía la
-mitad de la entrada, con la espalda apoyada sobre el pie derecho de
-la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho, miraba y remiraba á
-derecha é izquierda, haciendo brillar tan pronto lo blanco como lo
-negro de sus dos ojos de ave de rapiña. Una gorra plana de terciopelo
-carmesí, puesta de medio lado, cubría la mitad del _ciuffo_, el cual
-dividiéndose sobre una frente morena daba vueltas por una parte y por
-otra, y terminaba en trenzas sujetas con un peinecillo sobre la nuca.
-Sostenía en su mano una gruesa estaca; armas verdaderamente no llevaba
-á la vista; mas cualquiera que le hubiese mirado tan sólo á la cara,
-aunque fuese un niño, habría juzgado que debía tener tantas escondidas,
-cuantas podían colocarse debajo de sus vestidos.
-
-Cuando Renzo, que iba delante de sus dos compañeros, fué á entrar,
-aquél sin incomodarse le miró muy fijamente; pero el joven, procurando
-esquivar toda disputa, como sucede al que tiene una empresa escabrosa
-entre manos, no manifestó apercibirlo, ni tampoco dijo: “Haceos á
-un lado”; y rozando con el otro pie derecho, pasó de lado por la
-abertura que dejaba aquella cariátide. Los dos compañeros debían
-hacer la misma evolución si querían entrar. Una vez dentro, vieron á
-los otros, cuyas voces habían oído ya; esto es, los dos bribones que
-sentados á la esquina de la mesa, jugaban á la _morra_ gritando los
-dos á la vez (pues así lo requiere el juego), y echándose ya el uno ya
-el otro de beber con un gran frasco que tenían en medio. Éstos, sin
-embargo, miraron fijamente á los recién llegados; y uno de ellos,
-especialmente, teniendo una mano en el aire, con tres dedos tendidos y
-separados, y con la boca abierta todavía por un gran “seis” que había
-pronunciado en aquel momento, miró á Renzo de pies á cabeza; después
-dió de ojo al compañero, y en seguida al de la puerta, que contestó
-con un signo de cabeza. Renzo, sospechoso é incierto, miraba á sus dos
-convidados como si quisiese buscar en su semblante una interpretación
-de todas aquellas señales; mas sus rostros no indicaban otra cosa que
-un buen apetito. El dueño de la hostería le miraba también como para
-esperar órdenes: aquél lo hizo ir consigo á una estancia próxima, y le
-ordenó que trajera la cena.
-
---¿Quiénes son aquellos forasteros? le preguntó luego en voz baja,
-cuando aquél volvió con unos gruesos manteles debajo del brazo y una
-botella en la mano.
-
---No los conozco, repuso el huésped, desplegando los citados manteles.
-
---¡Cómo! ¿ni siquiera á uno?
-
---Vos sabéis muy bien, respondió aquél, tendiendo los manteles sobre
-la mesa, que la primera regla de nuestro oficio es el no ocuparnos
-de los negocios de otros, tanto, que hasta nuestras mujeres no son
-curiosas. Estaríamos frescos con tanta gente que va y viene; esto es
-siempre un puerto de mar, cuando el año es bueno, quiero decir; mas
-estemos alegres, que el buen tiempo volverá. Á nosotros nos basta que
-los parroquianos sean gente de bien; poco nos importa el que sean esto
-ó lo otro. Entretanto, voy á traeros un famoso plato de _polpette_ como
-jamás las habréis comido.
-
---¿Cómo podéis saber?... replicó Renzo. Mas el huésped en dirección
-ya de la cocina, siguió su camino. Mientras tomaba la cacerola de
-_polpette_ que acabamos de decir, se le acercó poquito á poco aquel
-bravo que había mirado á nuestro joven, y le dijo á media voz: “¿Quién
-es esa buena gente?”.
-
---Son hombres honrados, de aquí, del pueblo, repuso el huésped echando
-las _polpette_ en un plato.
-
---Está bien; ¿pero cómo se llaman? ¿quiénes son? insistió aquél con la
-voz un tanto áspera.
-
---El uno se llama Renzo, respondió el huésped, pero en voz baja: un
-buen muchacho regularmente establecido; hilador de seda, que sabe bien
-su oficio. El otro es un aldeano llamado Tonio, buen compañero, alegre
-convidado; siendo una lástima que tenga poco dinero, porque todo lo
-gastaría aquí. El tercero es un bendito que come voluntariamente cuanto
-le dan. Con vuestro permiso...
-
-Y de un salto abandonó la hornilla y al interrogante, y se dirigió á
-llevar el plato para quien estaba destinado.
-
---¿Cómo podéis saber, replicó Renzo, cuando lo vió aparecer de nuevo,
-que sea buena gente, si no los conocéis?
-
---Por sus acciones, querido amigo; el hombre se conoce por sus
-acciones. Los que beben el vino sin criticar, que pagan al contado
-sin regatear, que no arman camorra con los demás parroquianos, y que
-si tienen que dar alguna cuchillada á alguno lo van á esperar fuera y
-lejos de la hostería, de modo que el infeliz huésped no se comprometa
-jamás, éstos son aquellos á quienes yo llamo buena gente. Por lo tanto,
-podemos conocer la gente honrada, como nos conocemos nosotros cuatro, y
-mejor. ¿Y qué diablo de capricho tenéis en querer saber tantas cosas,
-cuando sois novio y debéis tener otras tantas en la cabeza? ¡Y delante
-estas _polpette_ que harían resucitar á un muerto! Dicho esto, se
-volvió á la cocina.
-
-Nuestro autor, observando la diversa manera que tenía el dueño de la
-hostería de satisfacer á las preguntas, dice que era un hombre por
-ese estilo; que en todos sus discursos hacía profesión de ser muy
-amigo de los hombres honrados en general; pero en la práctica, usaba
-de una complacencia mucho mayor con aquéllos que tenían reputación ó
-apariencia de bribones. ¡Qué carácter tan singular!
-
-La cena no fué muy alegre. Los dos convidados hubieran querido saborear
-con toda comodidad; pero el que convidaba, preocupado con lo que ya
-sabe el lector, fastidiado y aun inquieto del extraño continente de
-aquellos desconocidos, no veía otra cosa más que el momento de poder
-salir de allí. Se hablaba á media voz á causa de ellos; y aun esto eran
-palabras truncadas y sin sentido.
-
---¡Qué bella cosa, se le escapó decir á Gervasio, que Renzo quiera
-tomar mujer y que tenga necesidad!... Renzo tomó un aspecto severo.
-“¡Quieres callarte, animal!”, le dijo Tonio, acompañando el epíteto
-con un codazo. La conversación fué languideciendo hasta el fin. Renzo,
-habiendo sido muy parco, tanto en el comer como en el beber, tuvo
-cuidado en dar de beber con discreción á los dos testigos, con el
-objeto de inspirarles un poco de brío sin hacerles perder la razón.
-Levantada ya la mesa, pagada la cuenta del gasto que habían hecho, se
-vieron obligados á pasar de nuevo los tres por delante de aquellas
-figuras, que se volvieron todos hacia Renzo, como la primera vez.
-Cuando habiendo dado algunos pasos fuera de la hostería, miró tras
-de sí y vió que los dos que había dejado sentados en la cocina le
-seguían, entonces se paró con sus dos compañeros, como si quisiese
-decir: “Veamos lo que querrán de mí esas gentes”. Mas cuando los dos
-se apercibieron de que eran observados, se pararon también, hablaron
-en voz baja, y se volvieron. Si Renzo hubiese estado bastante cerca
-para oir sus palabras, le hubieran parecido muy extrañas.--Sería, sin
-embargo, un grande honor, sin contar el provecho, decía uno de los
-malandrines, si al volver al palacio pudiésemos contar el haberle
-medido las espaldas por nosotros mismos, sin que el _Sr. Griso_ haya
-venido á arreglarlo.
-
---¡Y echar á perder el negocio principal! dijo el otro. He aquí que él
-ha conocido algo; ved cómo se para á mirarnos. ¡Oh, si fuese más tarde!
-Volvámonos para no dar sospechas. Mirad que viene gente por todas
-partes; dejemos ir las gallinas todas al gallinero.
-
-Efectivamente, se percibía aquel bullicio, aquel rumor que se deja oir
-al anochecer en una población, y que momentos después hace lugar al
-solemne silencio de la noche. Las mujeres llegaban del campo llevando
-sobre su cuello á los tiernos niños y conduciendo de la mano á los
-mayorcitos, á los cuales hacían repetir las oraciones de la tarde;
-los hombres venían con las palas y los azadones al hombro. Al abrirse
-las puertas, se veían lucir aquí y allá los fuegos encendidos para
-preparar las frugales cenas; oíanse en la calle cambiarse los saludos,
-y de cuando en cuando alguna que otra palabra sobre la escasez de la
-cosecha y sobre la miseria del año; además de aquellas conversaciones,
-se oía también el tañido mesurado y sonoro de la campana que anunciaba
-la conclusión del día. Cuando Renzo vió que los dos indiscretos se
-habían retirado, continuó su camino en la oscuridad, que á cada paso se
-iba aumentando, haciendo ya una ya otra advertencia á los dos hermanos.
-Era ya enteramente de noche cuando llegaron á la morada de Lucía.
-
-Entre la primera idea de una empresa terrible y su ejecución, el
-intervalo es un sueño lleno de fantasmas y de temores. Lucía yacía
-después de algunas horas en las angustias de un sueño semejante; é
-Inés, Inés misma, autora del consejo, estaba muy pensativa, y apenas
-encontraba palabras para animar á su hija. Pero en el momento de
-despertarse, esto es, en el momento en que es necesario obrar, el ánimo
-se encuentra enteramente mudado. Al terror y al valor que se disputaban
-vuestro corazón, sucede otro temor y otro valor; la empresa se presenta
-á la mente como una nueva aparición: lo que primeramente asustaba más,
-parece á veces que viene á ser mas fácil en un momento; otras, el
-obstáculo que apenas se había percibido toma colosales dimensiones,
-la imaginación retrocede espantada, los miembros parece que rehúsan
-obedecer, y el corazón falta á las promesas que había hecho con la
-mayor seguridad. Al humilde llamar de Renzo, Lucía fué asaltada de un
-terror tan grande, que resolvió en aquel momento el sufrirlo todo, el
-estar siempre separada de él más bien que seguir aquella resolución;
-mas cuando aquél se dejó ver y dijo: “Ya están aquí, partamos”; cuando
-todos se mostraron prontos á echar á andar sin titubear, como quien
-va á una cosa establecida ya de antemano é irrevocable, Lucía no tuvo
-tiempo ni fuerzas para oponer alguna dificultad, y como arrastrada
-cogió temblando un brazo de su madre y otro de su prometido, y se puso
-en marcha con la arriesgada compañía.
-
-Poquito á poco y guardando el más profundo silencio, en medio de
-la oscuridad, con pasos mesurados, salieron de la casita y tomaron
-el camino que conducía fuera del pueblo. Lo más corto hubiera sido
-el atravesarlo, pues así hubieran ido directamente á la casa de D.
-Abundio; mas escogieron dicho camino con el objeto de no ser vistos.
-Por pequeños senderos, atravesando huertas y campos, llegaron cerca de
-la expresada casa, y allí se separaron.
-
-Los dos novios permanecieron ocultos detrás del ángulo que formaba
-aquélla; Inés con ellos, pero un poco más adelante, á fin de correr con
-tiempo al encuentro de Perpetua y hacerse dueña de ella; Tonio, con
-el imbécil Gervasio, que nada sabía hacer por sí solo, y sin el cual
-tampoco nada se podía hacer, se presentaron valerosamente á la puerta
-y llamaron.
-
---¿Quién es á estas horas? gritó una voz desde la ventana, que se abrió
-en aquel momento. Enfermos no hay, á lo menos que yo sepa. ¿Habrá acaso
-sucedido alguna desgracia?
-
---Soy yo, respondió Tonio, con mi hermano, que tenemos precisión de
-hablar al señor cura.
-
---¿Es ésta una hora regular? dijo bruscamente Perpetua. ¡Qué
-discreción! Volved mañana.
-
---Escuchad: volveré ó no volveré; he recogido cierto dinero, y vengo á
-saldar aquella cuentecilla que sabéis: tenía aquí veinticinco hermosas
-monedas, todas ellas nuevas; mas si no se puede, paciencia; ya sé cómo
-gastarlas, y volveré cuando haya juntado otras tantas.
-
---Aguardad, aguardad; voy y vuelvo. Mas, ¿por qué venís á esta hora?
-
---Las he recibido poco hace, y he pensado, como os digo, que si ellas
-han de dormir conmigo, no sé de qué parecer seré mañana. Mas si no os
-agrada la hora, no sé qué decir: por mí, estoy aquí, y si no queréis,
-me voy.
-
---No, no, aguardad un instante; vuelvo con la respuesta.
-
-Dicho esto, cerró la ventana. En seguida Inés se separó de los novios,
-y dijo en voz baja á Lucía: ¡Ánimo! esto no es más que un momento,
-como sacarse un diente. En seguida fué á reunirse con los dos hermanos
-que permanecían delante la puerta, y se puso á conversar con Tonio;
-de modo que Perpetua, yendo á abrir, pudiese creer que pasaba por
-casualidad y que Tonio la había entretenido un momento.
-
-
- NOTAS:
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-[5] Greba: pieza de la armadura antigua que cubría las piernas; llámase
-también esquinela, canillera.
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- CAPÍTULO OCTAVO
-
-
---¡Carneade! ¿Quién era este hombre?, murmuraba entre sí D. Abundio,
-sentado en su sillón, en una estancia del piso superior, con un libro
-abierto delante, cuando Perpetua entró á ser portadora del mensaje.
-“¡Carneade! este nombre me parece mucho haberlo leído ú oído: debía ser
-un sabio, un literato de los antiguos tiempos; éste es un nombre de
-aquella época; ¿pero qué diablo era ese Carneade?”. ¡Tan lejos estaba el
-pobre hombre de prever la borrasca que se formaba sobre su cabeza!
-
-Es indispensable saber que D. Abundio se deleitaba en leer un poquito
-cada día; y un cura vecino suyo, que tenía una pequeña librería, le
-prestaba un libro después de otro, el primero que le venía á mano.
-Aquél sobre el cual meditaba al presente D. Abundio, convaleciente
-de la fiebre del susto, ya más curado (tocante á la fiebre) que no
-quería dejar creer, era un panegírico en loor de S. Carlos, pronunciado
-con mucho énfasis y escuchado con grande admiración en la catedral de
-Milán, dos años antes. El santo era comparado, á causa de su pasión
-por el estudio, á Arquímedes, y hasta aquí D. Abundio no encontraba
-ninguna dificultad; porque Arquímedes ha hecho cosas tan curiosas, ha
-hecho hablar tanto de sí, que para saber algo no es necesario tener
-una erudición muy vasta. Después de Arquímedes, el orador ponía en
-parangón también á Carneade, y el lector en este punto había quedado en
-suspenso. En el mismo momento entró Perpetua anunciando la visita de
-Tonio.
-
---¿Á esta hora? dijo también D. Abundio, como era natural.
-
---¡Qué queréis! son indiscretos; pero si no los pilláis al vuelo...
-
---Ya: ¡si no lo pillo ahora, quién sabe cuándo lo podré pillar! Hacedlo
-entrar... ¡Eh, eh! ¿Estáis bien segura que sea él mismo?
-
---¡Diablo! repuso Perpetua; bajó, abrió la puerta y dijo: “¿En dónde
-estáis?”. Tonio se dejó ver, y al mismo tiempo apareció también Inés, la
-cual saludó á Perpetua por su nombre.
-
---Buenas noches, Inés, dijo Perpetua; ¿de dónde se viene á estas horas?
-
---Vengo de... y nombró un pueblecillo cercano. Y si supieseis...
-continuó: He tenido una disputa por causa vuestra.
-
---¡Oh! ¿por qué? preguntó Perpetua; y volviéndose á los dos hermanos:
-Entrad, les dijo, que al instante soy con vosotros.
-
---Porque, repuso Inés, una mujer de aquellas que no saben las cosas y
-quieren hablar... ¿lo creeréis? se obstinaba en decir que vos no os
-habíais casado con Beppo Suolavecchia, ni con Anselmo Lunghigna, porque
-no os habían querido. Yo sostenía que vos rehusasteis á uno y á otro...
-
---Seguramente. ¡Oh! ¡La embustera! ¿Quién es esa mujer?
-
---No me lo preguntéis, pues no me gusta hablar mal de nadie.
-
---Me lo diréis, me lo habéis de decir. ¡Oh, vaya con la embustera!
-
---Basta... mas no podéis creer cuánto he sentido el no saber bien toda
-la historia para confundirla.
-
---¡Mirad si se puede inventar! ¡y de qué modo! exclamó de nuevo
-Perpetua; y de improviso, repuso: En cuanto á Beppo, todos saben y
-han podido ver... ¡Eh, Tonio! entrad y cerrad la puerta, que ya voy.
-Tonio desde dentro hizo lo que se le prevenía, y Perpetua prosiguió su
-apasionada narración.
-
-Enfrente de la puerta de D. Abundio había entre dos casitas una
-callejuela, al fin de la cual se hallaba el campo. Inés se dirigió
-hacia ella como si quisiese retirarse aparte para hablar más
-libremente, y Perpetua la siguió. Cuando ambas llegaron al sitio
-desde donde no se podía ver lo que pasaba delante de la casa de D.
-Abundio, Inés tosió fuertemente. Ésta era la señal convenida: así que
-Renzo la oyó, animó á Lucía, dándola un apretón de brazo, y los dos
-de puntillas avanzaron, arrimándose á la pared, guardando el mayor
-silencio; llegaron á la puerta, la abrieron poquito á poco, sin hablar
-una palabra, é inclinados entraron en el corredor, en donde estaban los
-dos hermanos esperándolos. Renzo cerró la puerta de nuevo muy despacio,
-y los cuatro subieron la escalera, no haciendo siquiera el ruido de
-una persona. Llegado que hubieron á la meseta, los dos hermanos se
-aproximaron á la puerta de la habitación que estaba al lado de la
-escalera; los novios se quedaron como clavados en la pared.
-
---_Deo gratias_, dijo Tonio en voz clara.
-
---¿Sois vos, Tonio? Entrad, contestó la voz desde adentro.
-
-El que así llamaban abrió la puerta apenas lo suficiente para poder
-pasar él y su hermano, uno después de otro. El rayo de luz que salió de
-improviso por aquella abertura y se dibujó sobre el oscuro pavimento
-de la meseta, hizo estremecer á Lucía del mismo modo que si hubiese
-sido descubierta. Habiendo entrado los hermanos, Tonio cerró la puerta
-tras sí; los novios permanecieron inmóviles en la oscuridad, con el
-oído atento, reteniendo la respiración; el ruido solo que en un caso se
-hubiera podido oir sería las palpitaciones del corazón de Lucía.
-
-D. Abundio estaba, según hemos dicho, sentado en un sillón viejo
-envuelto en unas hopalandas, cubierta la cabeza con un gorro raído
-calado hasta las cejas, á la escasa luz de una pequeña lámpara. Dos
-mechones de cabellos se escapaban al través de su gorro, dos espesas
-cejas, dos espesos bigotes, una poblada perilla, todo aquel pelo cano y
-esparcido sobre aquella cara morena y rugosa, podía compararse á esos
-arbustos cubiertos de nieve que se dibujan en medio de un precipicio á
-la claridad de la luna.
-
---¡Ah, ah! fué el saludo, mientras se quitaba los anteojos y los
-colocaba sobre su libro.
-
---El señor cura dirá que he venido tarde, dijo Tonio saludando, según
-lo hizo también, pero con más torpeza, Gervasio.
-
---Seguramente que es tarde, tarde de todos modos. ¿Sabéis que estoy
-enfermo?
-
---¡Oh, lo siento mucho!
-
---Ya lo habréis oído decir; estoy enfermo, y no sé cuándo podré dejarme
-ver... Mas, ¿por qué habéis traído con vos á ese... ese muchacho?
-
---Para que me acompañe, señor cura.
-
---Bien, veamos.
-
---Aquí están las veinticinco libras, todas nuevas, de aquellas que
-tienen un S. Ambrosio á caballo, dijo Tonio sacando de su faltriquera
-un paquetito envuelto.
-
---Veamos, repitió D. Abundio; y tomando el paquete, se volvió á poner
-los anteojos: lo abrió, sacó las monedas, las contó, las volvió, las
-revolvió, y las encontró sin defecto alguno.
-
---Ahora, señor cura, me daréis el collar de mi Tecla.
-
---Es muy justo, respondió D. Abundio. Se dirigió á un armario, sacó una
-llave del bolsillo, y mirando á su alrededor, como para tener lejos á
-los espectadores, abrió un lado de la puerta, cubriendo con su cuerpo
-la abertura que acababa de practicar, metió dentro la cabeza para ver y
-un brazo para coger el collar; lo tomó, y habiendo cerrado el armario,
-lo entregó á Tonio, diciendo: “¿Es esto?”.
-
---Ahora, dijo Tonio, tened la bondad de poner un poco de negro sobre lo
-blanco.
-
---¡También esto! dijo D. Abundio: ellos lo saben todo. ¡Oh, qué
-sospechoso se ha vuelto el mundo! ¿No os fiáis de mí?
-
---¡Cómo, señor cura! ¿Si me fío? Vos me hacéis un agravio; pero como mi
-nombre está puesto en vuestro gran libro, en el libro de las deudas...
-con que ya que habéis tenido la incomodidad de escribir una vez,
-también... de la vida á la muerte...
-
---Bien, bien, interrumpió D. Abundio; y refunfuñando tiró de un
-cajoncito de la mesa, sacó papel, pluma y tintero, y se puso á
-escribir, repitiendo á viva voz las palabras, á medida que salían de la
-pluma. Entonces Tonio y Gervasio, por medio de una señal que aquél le
-hizo, se plantaron de pie delante de la mesa, de manera que pudiesen
-ocultar la puerta al que escribía. Como si estuviesen muy cansados,
-iban arrastrando sus pies sobre el pavimento, para advertir á los que
-estaban fuera que podían entrar, y para cubrir al mismo tiempo el
-ruido de las pisadas. D. Abundio, abismado en su escritura, nada veía.
-Á la señal convenida, Renzo cogió á Lucía del brazo, lo apretó para
-darla ánimo y echó á andar, arrastrándola tras de sí toda trémula,
-pues que ella no hubiera podido ir sola. Entraron poquito á poco, de
-puntillas, conteniendo la respiración, y se escondieron detrás de los
-dos hermanos. Entretanto D. Abundio, habiendo concluido de escribir,
-volvió á leer atentamente sin levantar los ojos del papel; luego lo
-dobló, diciendo: “¿Estaréis contentos ahora?”. Y quitándose con una
-mano los anteojos de encima la nariz, alargó con la otra el papel á
-Tonio, levantando la cabeza. Éste extendió la mano para tomarlo y se
-retiró á un lado; Gervasio, á una señal suya, se colocó al otro; y en
-el medio, como al mudarse una decoración, aparecieron Renzo y Lucía.
-D. Abundio vió confusamente, después vió claro, se asustó, quedó mudo
-de estupor, se enfureció, reflexionó, tomó una resolución, todo esto
-en el intervalo de tiempo que Renzo gastó en pronunciar las siguientes
-palabras: “Señor cura, en presencia de estos testigos, digo que ésta
-es mi mujer”. Antes que sus labios se hubiesen cerrado, ya D. Abundio,
-dejando caer el papel, había cogido y levantado la lámpara con la mano
-izquierda, agarrado con la derecha el tapete que cubría la mesa; y
-atrayéndolo hacia él con furia, hizo caer al suelo el libro, el papel,
-el tintero y los polvos; después, deslizándose entre el sillón y la
-mesa, se había acercado á Lucía. La infeliz, con su dulce voz, y en
-aquel momento toda trémula, apenas había podido proferir: “Y éste”...
-cuando D. Abundio la había arrojado bruscamente el tapete encima,
-cubriéndole la cabeza y el semblante á un mismo tiempo para impedirle
-el pronunciar la fórmula entera. En seguida, dejando caer la lámpara
-que tenía en la otra mano, se ayudó también con ella para envolver
-la cabeza de Lucía en el tapete, hasta el punto de sofocarla; y en
-el ínterin gritaba á más no poder: “¡Perpetua, Perpetua! ¡Traición,
-socorro!”. El pábilo de la lámpara que moría sobre el pavimento,
-arrojaba una luz lánguida y desigual sobre Lucía, la cual sumamente
-alarmada no trataba siquiera de desembarazarse, asemejándose á una
-estatua cubierta de arcilla, sobre la cual el artista ha echado un
-húmedo trapo. Apagada enteramente la luz, D. Abundio abandonó á la
-infeliz, y fué buscando á tientas la puerta que daba á una habitación
-más interior, la halló, entró en ella, cerró por dentro y todavía
-continuaba gritando: “¡Perpetua! ¡Traición, socorro! ¡Fuera de esta
-casa, fuera de esta casa!”. En la otra pieza todo era confusión; Renzo
-buscaba al cura, moviendo los brazos y manos como si jugase á la
-gallina ciega; habiendo llegado á la puerta, llamaba á ella gritando:
-“¡Abrid, abrid! No metáis tanta bulla”. Lucía llamaba también á Renzo
-con voz ahogada, y le decía suplicando: “¡Vámonos, vámonos, por el amor
-de Dios!”. Tonio, á gatas, iba barriendo con las manos el suelo, para
-recobrar su recibo. Gervasio, espantado, gritaba y saltaba, buscando la
-puerta de la escalera para salvarse.
-
-En medio de esta batahola, no podemos menos de detenernos un momento
-para hacer una reflexión. Renzo, que movía todo aquel estrépito,
-de noche, en casa ajena, que se había introducido furtivamente, y
-tenía al mismo dueño sitiado en su habitación, presentaba todas las
-apariencias de un opresor; y sin embargo, bien considerado, él era el
-oprimido. D. Abundio, sorprendido, fugitivo, asustado, mientras atendía
-tranquilamente á sus negocios, parecía la víctima; y no obstante,
-en realidad él era el que hacía la injuria. Así va muchas veces el
-mundo... quiero decir, así iba en el siglo XVII.
-
-El asaltado, viendo que el enemigo no daba señales de retirarse, abrió
-una ventana que miraba al cementerio de la iglesia, y se puso á gritar:
-“¡Socorro, socorro!”. La luna despedía una brillante claridad, la sombra
-de la iglesia y del campanario, se dibujaban negras é inmóviles sobre
-el cementerio lleno de yerbas: todos los objetos se podían distinguir
-como si hubiese sido de día; pero hasta donde se extendía la vista, no
-aparecía ningún indicio de ser viviente. Contiguo, sin embargo, á la
-pared lateral de la iglesia, y justamente por el lado que correspondía
-á la casa parroquial, había un pequeño agujero, especie de gatera,
-donde dormía el sacristán. Habiendo éste despertado á tan desordenados
-gritos, dió un salto sobre su lecho, abrió apresuradamente una pequeña
-ventana, sacó fuera la cabeza, y con los ojos todavía cerrados dijo:
-“¿Qué es esto?”.
-
---¡Corred, Ambrosio! ¡Socorro! Hay gente en casa, gritó D. Abundio.
-
---Voy al momento, respondió aquél. Metió adentro la cabeza, volvió
-á cerrar su ventanillo, y aunque medio soñoliento, y más que medio
-asustado, encontró de manos á boca un expediente para llevar más
-socorros de los que se le pedían, sin tener necesidad de ir á meterse
-en medio de la tremolina, cualquiera que ella fuese. Cogió los calzones
-que estaban sobre su cama, se los colocó debajo del brazo, y subiendo
-á brincos por una escalerilla de mano, corrió al campanario, asió la
-cuerda de la más grande de las dos campanas que allí había, y empezó á
-tocar rebato.
-
-Ton, ton, ton, ton. Los aldeanos se apresuran á sentarse sobre la cama,
-los muchachos acostados en los graneros aguzan los oídos, y se ponen
-de pie. ¿Qué es esto, qué es esto? ¡La campana toca á rebato! ¿Será
-fuego, ladrones, bandidos? Muchas mujeres aconsejan, ruegan á sus
-maridos que no se muevan, que dejen ir á los demás; algunos se levantan
-y se dirigen á la ventana; los cobardes, como si se rindiesen á las
-súplicas, se vuelven á meter debajo de las mantas; los más curiosos y
-más valientes, bajan á tomar las horquillas y los arcabuces para acudir
-al ruido; otros, finalmente, permanecen meros espectadores.
-
-Mas antes que ellos estuviesen arreglados, antes de estar bien
-despiertos, el ruido había herido ya los oídos de otras personas que
-velaban, no lejos de allí, levantadas y vestidas: los bravos por un
-lado, Inés y Perpetua por el otro. Diremos antes, brevemente, lo que
-aquéllos habían hecho desde el momento en que los dejamos, parte en
-el caserón y parte en la hostería. Cuando éstos tres últimos vieron
-todas las puertas cerradas y la calle desierta, salieron á toda prisa,
-diciendo que deseaban llegar pronto á su casa; dieron una vuelta
-por el pueblo para ver mejor si todo el mundo se había retirado, y
-en efecto, no encontraron alma viviente, ni oyeron el menor ruido.
-Pasaron también poquito á poco por delante de nuestra pobre casita,
-la más tranquila de todas porque no había nadie dentro. Entonces se
-encaminaron directamente al caserón, é hicieron su relación al Sr.
-_Griso_. Éste se cubrió la cabeza con un gran sombrero de anchas
-alas, se puso una especie de ropón de hule sembrado por todos lados
-de conchas, tomó un bordón de peregrino, y dijo: “Bravos, marchemos;
-silencio, y atención á las órdenes”. Después de pronunciadas estas
-palabras, se puso en marcha el primero, siguiéndole los demás. Al poco
-tiempo llegaron á la casita, por un camino opuesto al que nuestra
-pequeña tropa había seguido para hacer también su expedición. El
-_Griso_ hizo detener su partida á algunos pasos, se adelantó solo con
-el objeto de explorar, y viendo que por fuera estaba todo desierto y
-tranquilo, mandó avanzar á dos de aquellos bribones; les dió la orden
-de escalar con precaución la pared que circula el pequeño patio, y
-que estando dentro, se ocultasen en un ángulo, que estaba plantado
-de una multitud de higueras, sobre cuyo sitio había echado la vista
-aquella misma mañana. Hecho esto, llamó muy bajito á la puerta, con
-la intención de decir que era un desgraciado peregrino, que pedía
-hospitalidad hasta que fuese de día. Nadie contestó; volvió á llamar
-con más fuerza; nada, el mismo silencio. Entonces llamó á un tercer
-malandrín, le hizo escalar la pared del patio como lo habían verificado
-los otros dos, con orden de descorrer poco á poco el cerrojo, para
-tener de este modo libre el ingreso y la retirada. Todo se hizo con la
-mayor precaución y con próspero resultado. En seguida fué á llamar á
-los demás, los llevó consigo, les mandó que se ocultasen en el mismo
-sitio que los anteriores, aproximóse lentamente á la puerta de la
-calle, colocó dos centinelas á la parte interior, y se dirigió á la
-entrada del piso bajo. También tocó á la puerta y esperó; ¡bien podía
-esperar! Forzó con la más refinada astucia la citada puerta, y nadie
-hubo que dijese desde adentro: “¿Quién va allá?”. Nada se oye; mejor no
-puede ir. Adelante, pues: “Psit”, dijo, llamando á los que se ocultaban
-entre las higueras y entrando con ellos en la habitación baja, en donde
-por la mañana había infamemente recibido un pedazo de pan. Sacó yesca,
-piedra, eslabón y pajuelas, encendió una pequeña linterna y entró en
-otra pieza interior, para ver si había alguien; nadie tampoco. Luego
-retrocedió, se encaminó á la puerta de la escalera, miró, escuchó,
-nada; soledad y silencio. Dejó otros dos centinelas en el piso bajo,
-mandó que le siguiese Grignapoco, que era un bravo del condado de
-Bérgamo, el cual sólo debía amenazar, tranquilizar, pedir, ser en suma
-el orador, á fin de que por su lenguaje pudiese hacer creer á Inés
-que la expedición venía de aquella parte. Con el expresado Grignapoco
-al lado, y los demás detrás, el _Griso_ subió poco á poco blasfemando
-en su interior á cada escalón que crujía, á cada paso de aquellos
-bribones. Finalmente, llegó arriba. Aquí está el busilis. Empujó
-suavemente la puerta que conduce á la primera pieza, ella cedió, la
-abre un poco, aplica el oído; está todo oscuro. Se pone á escuchar
-atentamente por si oye alguno que ronque, respire ó se agite; nada.
-Adelante, pues: colocó la linterna delante de su cara para ver sin
-ser visto; abrió la puerta de par en par, y distinguió un lecho, se
-echa encima, el lecho lo halló preparado y perfectamente plano, con el
-rebozo bien extendido y cubriendo la almohada. Se encogió de hombros
-y se volvió hacia su comitiva, les hizo seña que fuesen á ver en la
-otra habitación y que le siguiesen de puntillas; entró, hizo las mismas
-ceremonias, y encontró la misma cosa. “¿Qué diablo es esto?”, dijo
-entonces: “Es preciso que algún perro traidor nos haya espiado”. En
-seguida se pusieron todos á mirar con menos precaución, á buscar por
-todos los rincones; por último, revolvieron la casa de arriba abajo.
-Mientras que ellos están ocupados en tales indagaciones, los dos que
-estaban de centinela á la puerta de la calle, oyeron un pequeño ruido
-de pasos como de alguno que se acercaba apresuradamente; calcularon
-que cualquiera que fuese pasaría sin pararse; permanecieron quietos,
-y á todo evento se mantuvieron alerta. Mas he aquí que el ruido de
-las pisadas cesa delante de la misma puerta. Era Menico que venía
-aceleradamente, enviado por el padre Cristóbal, para avisar á las
-dos mujeres que por Dios saliesen pronto de su casa, y se refugiasen
-al convento, porque... el por qué lo sabía él. Cogió la aldaba para
-llamar, y sintió que se le venía á la mano rota y desunida. ¿Qué es
-esto? pensó, y empujó la puerta un tanto asustado; ésta se abrió.
-Menico puso un pie dentro, no sin una violenta sospecha: se sintió
-al mismo tiempo coger por ambos brazos, y dos voces que á derecha é
-izquierda le decían en tono amenazador: “¡Silencio! ó eres muerto”.
-Él, al contrario, arrojó un grito; uno de los que lo tenían cogido
-le puso una mano en la boca, y el otro sacó un gran cuchillo para
-hacerle miedo. El muchacho, trémulo como la hoja en el árbol, no trata
-ya de gritar; mas en el instante mismo, en su lugar, y con distinto
-tono, se deja oir el primer toque de campana, y detrás una multitud
-de campanadas seguidas. El que comete una falta siempre teme, dice un
-proverbio milanés: á uno y á otro de aquellos bribones les parece oir
-en dichos toques sus nombres y apellidos; sueltan los brazos de Menico,
-lo rechazan con cólera, levantan la mano, abren la boca, se miran y
-corren á la casa en donde se hallaba el grueso de la partida. Menico
-sale y echa á correr á toda prisa con dirección al campanario, en donde
-regularmente debía encontrar á alguno. El terrible toque hizo la misma
-impresión en los otros bribones que registraban la casa de arriba
-abajo. Se turban, se alarman y se empujan unos á otros; cada uno busca
-el camino más corto para llegar á la puerta. Y sin embargo, era gente
-toda experimentada y acostumbrada á hacer frente al peligro; mas no
-pudieron estar tranquilos contra un riesgo indeterminado, y que no se
-había dejado ver desde lejos antes de caer sobre ellos. Fué necesario
-toda la superioridad del _Griso_ para impedir que se desbandasen, y
-para que fuese una retirada y no una fuga. Como el perro que guarda una
-manada de cerdos, y corre ahora por aquí, ahora por allí hacia los que
-se separan, agarra uno por una oreja y lo arrastra, empuja á otro con
-el hocico, ladra á un tercero que se sale de la fila en aquel momento,
-del mismo modo el peregrino asió á uno de sus compañeros que tocaba
-ya en el umbral, lo lanzó hacia dentro, rechazó con su bordón á los
-que se iban á salir, llamó á los otros que corrían sin saber adónde;
-lo hizo en efecto tan bien, que los reunió á todos en medio del
-patio. “¡Pronto, pronto! pistolas en mano, cuchillos preparados, todos
-unidos, y después nos iremos: así es como uno se va. ¿Quién queréis que
-se acerque á nosotros, si permanecemos unidos, miserables cobardes?
-Mas si nos dejamos coger uno á uno, los mismos villanos os pegarán.
-¡Vergüenza! Aquí todos”. Después de esta breve arenga, se puso al
-frente y salió el primero. La casa, como ya hemos dicho, estaba situada
-á un extremo del pueblo. El _Griso_ tomó el camino que se dirigía al
-campo, y todos le siguieron en buen orden.
-
-Dejémosles ir, y volvamos un poco atrás á buscar á Inés y á Perpetua,
-que dejamos en cierta callejuela. Inés había procurado alejar lo
-más que le había sido posible á aquélla de la casa de D. Abundio; y
-hasta cierto punto la cosa había ido bien. Mas de repente, el ama de
-gobierno se había acordado de la puerta que había quedado abierta, y
-quiso volver atrás. En esto no había nada que replicar. Inés, para no
-excitar sospechas, había querido volver con ella y seguirla, buscando,
-sin embargo, medios para entretenerla cada vez que la viese bien
-exacerbada con la relación de sus casamientos que habían fracasado.
-Ella manifestaba prestar una grande atención; y de cuando en cuando,
-para hacerla ver que estaba atenta, ó para atizar su charla, decía:
-“Seguramente; al presente, yo comprendo; esto va muy bien; es claro:
-¿y después? ¿y él? ¿y vos?”. Mas al mismo tiempo discurría entre sí
-del modo siguiente: “¿Habrán salido ya, ó estarán aún dentro? ¡Cuán
-aturdidos hemos andado los tres en no convenir por medio de alguna
-seña para avisarme el buen éxito de la empresa! Esto ha sido una gran
-necedad; mas ya está hecho: lo mejor ahora será entretener á ésta todo
-lo que pueda; y poniéndonos en lo peor, sólo se habrá perdido un poco
-de tiempo”. Así, con muchas pausas y pequeñas carreras, habían llegado
-á poca distancia de la casa de D. Abundio, la cual, sin embargo,
-no veían, á causa de la revuelta que hacía la calle; y Perpetua,
-hallándose en una parte importante de la narración, se había dejado
-parar sin hacer resistencia y aun sin apercibirse de ello, cuando de
-repente se oyó venir resonando desde lejos por el espacio inmóvil del
-aire y vasto silencio de la noche, aquel primer desgarrador grito de D.
-Abundio: “¡Socorro, socorro!”.
-
---¡Misericordia! ¿qué ha sucedido? exclamó Perpetua; y quiso correr.
-
---¿Qué es esto, qué es esto? dijo Inés, deteniéndola por la saya.
-
---¡Misericordia! ¿no habéis oído? replicó aquélla desasiéndose.
-
---Pero, ¿qué es esto, qué es esto? repitió Inés, cogiéndola de un brazo.
-
---¡Diablo de mujer! exclamó Perpetua, rechazándola para quedar libre;
-y en seguida echó á correr. En aquel mismo instante se oyó, mucho más
-lejos, más débil, más fugitivo, el grito de Menico.
-
---¡Misericordia! exclamó también Inés; y se puso á correr detrás de
-la otra. Casi apenas habían levantado los talones, cuando sonó la
-campana: un toque, dos, tres y otros muchos: hubieran sido otros
-tantos espolazos, si ellas hubiesen tenido necesidad. Perpetua llegó
-un momento antes que su compañera. Mientras aquélla fué á empujar
-la puerta, ésta se abrió completamente por la parte de adentro, y
-aparecieron en el umbral, Tonio, Gervasio, Renzo y Lucía que, habiendo
-encontrado la escalera, habían llegado abajo á trompicones; y oyendo en
-seguida aquel terrible campaneo, corrían, á más no poder, con el objeto
-de ponerse en salvo.
-
---¿Qué es esto, qué es esto? preguntó Perpetua con ansia á los dos
-hermanos, que le contestaron con un empujón, y emprendieron la fuga.
-“¿Y vosotros, ¿cómo?... ¿qué hacéis aquí?”, preguntó á la otra pareja
-cuando la hubo reconocido; mas ésta sin embargo salió sin contestar.
-Perpetua, para acudir donde la necesidad era mayor, no preguntó nada
-más, se precipitó hacia el corredor, y corría, según se lo permitía la
-oscuridad, hacia la escalera.
-
-Los dos novios se encontraron enfrente de Inés, que llegaba toda
-afanada.--¡Ah, estáis aquí! dijo ella, hablando con el mayor trabajo.
-¿Qué ha pasado? ¿qué significa eso de la campana? Me parece haber
-oído...
-
---Á casa, á casa, decía Renzo; á casa, antes que venga gente. Después
-de lo cual, se pusieron en marcha; mas Menico llegó corriendo á mas no
-poder, los reconoció, se puso delante de ellos, y también trémulo aún y
-con voz casi apagada, dijo: “¿Adónde vais? Atrás, atrás; por aquí, al
-convento”...
-
---¿Eres tú el que?... empezaba á decir Inés.
-
---¿Hay alguna otra cosa? preguntaba Renzo. Lucía, toda asustada,
-permanecía muda y trémula.
-
---Que en vuestra casa está el diablo, replicó Menico asustado. Le he
-visto yo; me ha querido matar. El padre Cristóbal ha dicho, y también
-vos, Renzo, ha dicho que vayáis al instante, y después yo mismo le he
-visto. Es una fortuna el que os encuentre aquí todos reunidos; luego
-cuando nos hallemos fuera, os lo diré todo.
-
-Renzo, que era el que estaba más sereno, pensó que de un modo ó de otro
-convenía quitarse de allí antes que acudiese gente, y que lo más seguro
-era hacer lo que Menico aconsejaba, aunque lo que pedía era obligado
-por el miedo. En seguida, puestos ya en camino y lejos del peligro,
-podrían exigir del muchacho una explicación más clara. “Marcha
-delante”, le dijo; “vamos con él”, dijo á las mujeres. Retrocedieron,
-se encaminaron apresuradamente hacia la iglesia, atravesaron el
-cementerio, en donde por favor del cielo no había aún alma viviente,
-entraron en una callejuela que estaba situada entre la iglesia y la
-casa de D. Abundio, tomaron el primer sendero que encontraron, y se
-dirigieron á través de los campos.
-
-Acaso no se habían alejado unos cincuenta pasos, cuando la gente empezó
-á llegar al cementerio, engrosándose la muchedumbre á cada momento.
-Mirábanse los unos á los otros; cada uno tenía una pregunta que hacer,
-nadie una respuesta que dar. Los primeros que llegaron corrieron á
-la puerta de la iglesia; ésta permanecía cerrada. Se dirigieron á la
-parte exterior del campanario, y uno de ellos, arrimando la boca á una
-pequeña ventana, lanzó dentro, como una cerbatana, un “¿Qué diablos
-es esto?”. Cuando Ambrosio oyó una voz conocida, abandonó la cuerda,
-y estando seguro por el ruido, que había acudido ya mucha gente,
-respondió: “Voy á abrir”. Se puso á toda prisa el arnés que había
-traído debajo del brazo, se encaminó por la parte interior á la puerta
-de la iglesia, y la abrió. “¿Quién promueve todo este alboroto? ¿qué
-hay? ¿dónde está? ¿quién es?”.
-
---¿Cómo quién es? dijo Ambrosio apoyando una mano en la puerta y con la
-otra sujetando los calzones que se había puesto á toda prisa. ¡Cómo!
-¿no lo sabéis? Hay gente en casa del señor cura: ánimo, hijos míos,
-á socorrerle. Se dirigen todos hacia la casa, se acercan en tropel,
-miran, escuchan; mas todo está tranquilo. Algunos corren á la puerta
-de la calle, está cerrada, y no parece que haya sido tocada. Vuelven á
-mirar á lo alto; ni una sola ventana abierta, no se oye nada.
-
---¿Quién hay dentro? ¡Hola! ¡hola! ¡Señor cura, señor cura!
-
-D. Abundio, asegurado apenas de la fuga de los invasores, se había
-retirado de la ventana y la había cerrado. Estaba en aquel momento
-disputando en voz baja con Perpetua, que lo había dejado en semejante
-apuro. Pero cuando oyó que le llamaban las gentes á grandes voces,
-se dirigió de nuevo á la ventana, y viendo aquel gran socorro, se
-arrepintió de haberlo pedido.
-
---¿Qué ha sido esto?--¿Qué os han hecho?--¿Quiénes son?--¿En dónde
-están?, le gritaban cincuenta voces á un tiempo.
-
---No hay nadie, os doy gracias, podéis retiraros.
-
---Pero ¿qué ha sido?--¿Adónde se han ido?--¿Qué ha sucedido?
-
---Gente mala, gente que ronda de noche; mas han emprendido la fuga.
-Volveos á vuestras casas; esto ya no es nada; por segunda vez, hijos
-míos, os doy gracias por vuestro buen corazón. Y dicho esto se retiró y
-cerró la ventana, de cuyas resultas unos empezaron á murmurar, otros á
-chancearse, otros á jurar, otros se encogían de hombros y se marchaban,
-cuando he aquí que llegó uno todo sofocado que apenas podía hablar.
-Éste habitaba una casa que estaba casi enfrente de la de nuestras
-consabidas mujeres; y habiéndose despertado al ruido, se había puesto
-á la ventana y había visto en el patio de aquéllas el desorden de los
-bravos cuando el _Griso_ se apresuraba á reunirlos. Luego que hubo
-tomado aliento gritó: “¿Qué hacéis aquí, hijos míos? El diablo no está
-aquí; está allá abajo, en el extremo de la calle, en la casa de Inés
-Mondella; dentro hay hombres armados: parecía que querían asesinar á un
-peregrino; ¡quién diablos sabe lo que hay!”.
-
---¡Qué!--¿Qué hay?--¿Qué? Y empezó una tumultuosa deliberación.--Es
-preciso ir.--Es preciso ver.--¿Cuántos son ellos?--¿Cuántos somos
-nosotros?--¿Quiénes son?--¡El cónsul, el cónsul!
-
---Aquí me tenéis, respondió el cónsul en medio de la multitud; aquí
-estoy; pero es preciso que me ayudéis, es preciso que me obedezcáis.
-Pronto: ¿en dónde está el sacristán? ¡Al campanario! ¡al campanario!
-Pronto: uno que corra á Lecco á buscar auxilio. Venid aquí todos...
-Unos acuden, otros se deslizan en medio de la multitud y se marchan;
-la confusión era grande, cuando llegó un paisano que los había visto
-marchar apresuradamente, y gritó: “Corred, amigos míos: los ladrones
-ó bandidos que se escapan con un peregrino, están ya fuera del pueblo:
-¡á ellos! ¡corramos á ellos!”. Á semejante aviso, sin esperar las
-órdenes del capitán, se mueven en masa y se dirigen mezclados unos con
-otros por la calle abajo. Á medida que el ejército avanza, algunos
-de la vanguardia acortan el paso, se dejan adelantar por otros, y se
-meten entre el grueso de la tropa; los últimos empujan hacia adelante;
-finalmente, el confuso enjambre llega al lugar indicado. Las huellas de
-la invasión estaban recientes y manifiestas: la puerta abierta de par
-en par, forzada la cerradura, mas los invasores habían desaparecido.
-Entran en el patio, van á la puerta del piso bajo, abierta y forzada
-también; llaman: “¡Inés! ¡Lucía! ¡el peregrino! ¿En dónde está el
-peregrino? ¡El peregrino!. lo habrá soñado Stéfano. No, no; Carlandrea
-lo ha visto también. ¡Hola, peregrino! ¡Inés! ¡Lucía!”. Nadie responde.
-¿Se las han llevado? ¿se las han llevado también? Entonces hubo algunos
-que, alzando la voz, propusieron perseguir á los raptores; que aquello
-era una infamia, y que sería una vergüenza para el país, si cualquier
-bribón pudiese á mansalva venir á arrebatar las mujeres como el milano
-á los polluelos de una granja deshabitada. Nueva deliberación más
-tumultuosa todavía; pero uno de ellos (y no se supo nunca quién había
-sido), hizo correr la voz de que Inés y Lucía se habían refugiado en
-una casa de campo. Dicha voz se esparce rápidamente, obtiene crédito,
-no se habla ya de dar caza á los fugitivos, y la multitud se desbanda y
-se retira cada uno á su casa. Oíase un cierto rumor, un ruido continuo
-de llamar á las puertas y abrirse éstas, un aparecer y desparecer de
-luces, un preguntar las mujeres desde las ventanas y contestar desde
-la calle; por último, habiendo quedado ésta desierta y silenciosa,
-las conversaciones continuaron en el interior de las casas, muriendo
-entre los bostezos para volverlas á empezar al día siguiente. Nada más
-ocurrió; únicamente por la mañana, estando el cónsul en su campo, con
-la barba apoyada sobre una mano, el codo sobre el mango del azadón
-medio hundido en el terreno, y con un pie sobre el rastrillo; estando,
-repito, reflexionando entre sí acerca de los misterios de la pasada
-noche, y sobre lo que le tocaba y debía hacer, vió venir á su encuentro
-dos hombres de muy gallarda presencia, peinados como dos reyes francos
-de la primera raza, y semejantes en todo lo demás á los dos que cinco
-días antes se habían presentado á D. Abundio, dado caso que no fuesen
-los mismos. Con aire más respetuoso que el que habían usado con el
-cura, intimaron al cónsul que se guardase de referir al podestá lo
-ocurrido; decir la verdad si fuese interrogado; hablar, fomentar las
-habladurías de los villanos, pues podía tener la esperanza de morir de
-enfermedad.
-
-Mas volvamos á nuestros fugitivos. Continuaron andando á buen paso
-por espacio de algún tiempo, guardando el más profundo silencio,
-volviéndose ya uno ya otro, á mirar si alguien los perseguía; todos
-ellos sin aliento, á causa del cansancio de la fuga, palpitándoles
-el corazón por la incertidumbre en que se hallaban, por la aflicción
-del mal resultado, y por la aprehensión confusa de un nuevo y oscuro
-peligro. Su desaliento crecía á la par que llegaban á sus oídos los
-continuos sonidos de la campana, los cuales á medida que ellos se iban
-alejando, se volvían más débiles é imperceptibles; de tal modo, que
-parecían tener un cierto no sé qué de lúgubre y siniestro: por último,
-dejaron de oirse. Encontrándose entonces los fugitivos en un campo
-desierto, y no percibiendo el menor ruido en torno de sí, aflojaron el
-paso, é Inés, tomando aliento, fué la primera que rompió el silencio,
-preguntando á Renzo lo que había pasado, y á Menico qué era lo que él
-llamaba el diablo que estaba en su casa. Renzo refirió brevemente su
-triste historia, después de lo cual se volvieron los tres al muchacho,
-el cual contó en términos más expresos el aviso del padre, y refirió
-lo que él mismo había visto, y los peligros que había corrido; y su
-relación no hacía más que confirmar el aviso. Los oyentes comprendieron
-más de lo que Menico había sabido decir. Á dicha revelación, fueron
-sobrecogidos de un nuevo estremecimiento; paráronse todos tres á
-un tiempo, se miraron unos á otros espantados; y de pronto, con un
-movimiento unánime, pusieron una mano sobre la cabeza y otra sobre los
-hombros del niño, como para acariciarle y darle gracias tácitamente
-de haber sido para ellos un ángel tutelar, y demostrarle la compasión
-que sentían por las angustias que había sufrido y el peligro corrido
-para salvarlos, pidiéndole casi perdón. Ahora vuélvete á casa para que
-tu familia no esté con cuidado, le dijo Inés: y acordándose de las
-dos _parpagliole_ prometidas, sacó cuatro de la faltriquera, y se las
-dió, añadiendo: “Adiós; ruega al Señor que nos volvamos á ver pronto,
-y entonces”... Renzo le dió una _berlinga_ nueva, y le recomendó mucho
-que no dijese nada de la comisión que el fraile le había dado. Lucía le
-acarició de nuevo, le saludó con voz conmovida; y el muchacho, después
-de haberle devuelto el saludo todo enternecido, volvió atrás. Aquéllos
-continuaron su camino sumamente pensativos; las mujeres iban delante,
-y Renzo detrás, como sirviéndoles de escolta: Lucía iba cogida del
-brazo de la madre, y rehusaba dulcemente y con destreza el apoyo que
-el joven le ofrecía en los malos pasos de aquel viaje fuera de camino;
-avergonzada en su interior y también turbada de haber permanecido tan
-largo tiempo, y tan familiarmente sola con él, cuando aguardaba ser
-dentro de pocos instantes su esposa. Al presente, desvanecido tan
-dolorosamente este sueño, se arrepentía de haber ido tan lejos; y en
-medio de tantos objetos de temor, temblaba también por ese pudor que
-no nace del triste conocimiento del mal; por ese pudor que se ignora,
-parecido al miedo de un niño, que tiembla en la oscuridad sin saber por
-qué.
-
---¿Y la casa? dijo al mismo tiempo Inés. Mas aunque la pregunta fuese
-importante, nadie respondió, porque nadie podía darle una respuesta
-satisfactoria. Continuaron su camino en silencio, y poco después
-desembocaron finalmente en una pequeña plazoleta que estaba situada
-delante de la iglesia del convento.
-
-Renzo se acercó á la puerta y la sacudió con fuerza. Ésta se abrió
-al instante; y la luna, entrando por la abertura, iluminó el pálido
-rostro y la plateada barba del padre Cristóbal, que se hallaba allí
-de pie en expectativa. Viendo que no faltaba nadie, “¡Dios sea
-loado!” dijo, y les hizo seña de que entrasen. Á su lado estaba otro
-capuchino, el fraile lego sacristán, que aquél por medio de súplicas
-y razonamientos había persuadido que le acompañase á velar, á dejar
-la puerta entornada y á quedarse con él de centinela, para dar un
-asilo á aquellos infelices perseguidos; habiendo necesitado de toda
-la autoridad de padre, y de su reputación de santo, para obtener del
-lego una condescendencia incómoda, peligrosa é irregular. Luego que
-entraron, el padre Cristóbal cerró la puerta poquito á poco. Entonces
-el sacristán, no pudiendo resistir ya más, y llamando al padre aparte,
-le dijo al oído: “¡Pero, padre, padre! de noche... en la Iglesia... con
-mujeres... cerrar... la regla... ¡Pero, padre!”... y meneaba la cabeza,
-mientras decía con pena las anteriores palabras. “¡Ved lo que son las
-cosas! pensaba el padre Cristóbal: si fuese un salteador de caminos
-perseguido, Fr. Fazio no opondría la menor dificultad, y una pobre
-inocente que escapa de las garras del lobo... _Omnia mundo mundis_,
-dijo en seguida, volviéndose con prontitud hacia Fr. Fazio, recordando
-que éste no sabía el latín. Mas semejante recuerdo fué tan á punto,
-que hizo precisamente el efecto deseado. Si el padre se hubiese puesto
-á discutir por medio de buenos argumentos, á Fr. Fazio no le hubieran
-faltado otros argumentos que oponer, y el cielo sabe cuándo y cómo
-hubiera concluido la cosa. Mas al oir aquellas palabras llenas de un
-sentido misterioso, y proferidas tan resueltamente, le pareció que en
-ellas debía contenerse la resolución de todas sus dudas. Apaciguóse, y
-dijo: “¡Bien! vos sabéis más que yo”.
-
---Confiad en mí, respondió el padre Cristóbal; y á la dudosa claridad
-de la lámpara que ardía ante el altar, acercóse á los refugiados que
-permanecían suspensos esperando, y les dijo: “¡Hijos míos! dad gracias
-al Señor que os ha librado de un peligro. Quizá en este momento”... Y
-aquí se puso á explicar lo que no había hecho más que indicar por medio
-del pequeño mensajero; porque no sospechaba que ellos supiesen más que
-él, y suponía que Menico los había encontrado tranquilos en su casa
-antes que llegasen los malvados. Nadie le desengañó, ni Lucía siquiera,
-la cual, sin embargo, sentía un secreto remordimiento por semejante
-disimulo hacia un hombre como aquél; pero la noche era de enredos y
-ficciones.
-
---Después de lo que ha ocurrido, continuó él, bien veis, hijos míos,
-que al presente no estáis seguros en este país. Es el vuestro, en él
-habéis nacido, no habéis hecho mal á nadie; mas Dios lo quiere así.
-Ésta es una prueba, queridos hijos, soportadla con paciencia, con
-confianza, sin murmurar, y estad seguros que vendrá tiempo en que os
-alegraréis de lo que ahora sucede. He pensado buscaros un refugio para
-los primeros momentos. Muy pronto espero poder haceros volver con
-seguridad á vuestra casa; de todos modos, Dios proveerá lo que más
-os convenga, y ciertamente me esforzaré en no faltar á la gracia de
-que me considera digno, escogiéndome por su ministro para serviros á
-vosotros sus amados hijos, infelices y atribulados. Vosotras, continuó,
-volviéndose á las mujeres, podréis quedaros en ***. Allí estaréis al
-abrigo de todo peligro, y al mismo tiempo no muy lejos de vuestra
-casa. Buscad nuestro convento en dicho lugar, haced llamar al padre
-guardián, dadle esta carta: para vosotras será otro Fr. Cristóbal. Y
-tú, mi querido Renzo, tú también debes ponerte al abrigo, por ahora,
-de la rabia del consabido y de la tuya. Lleva esta carta al padre
-Buenaventura de Lodi, á nuestro convento de la Puerta-Oriental, en
-Milán. Él te servirá de padre, te guiará y te buscará trabajo hasta
-que tú puedas volver aquí á vivir tranquilamente. Id á la orilla del
-lago, cerca de la embocadura del Bione (es un torrente á pocos pasos
-de aquí). Allí veréis un batel amarrado; diréis: “¡Ah de la barca!”. Se
-os preguntará, “¿Para quién?” y responded: “S. Francisco”... La barca
-os recibirá, os trasportará á la otra orilla, en donde encontraréis un
-carromato que os conducirá en derechura á ***.
-
-El que preguntase cómo Fr. Cristóbal tuviese tan de improviso á su
-disposición aquellos medios de trasporte, por agua y por tierra,
-manifestaría no conocer cuál era el poder de un capuchino tenido en
-concepto de santo.
-
-Lo único que restaba era pensar en la custodia de la casa. El padre
-recibió las llaves, encargándose de consignarlas á los que Renzo y
-Lucía le indicaron. Esta última, sacando de la faltriquera la suya,
-lanzó un gran suspiro, pensando que en aquel momento la casa estaba
-abierta, que había estado en ella el diablo; y ¡quién sabe lo que
-quedaba por guardar!
-
-Antes de partir, dijo el padre, “Roguemos todos juntos al Señor, para
-que él sea con vosotros en este viaje, y siempre; y sobre todo, que
-os dé la fuerza y el deseo de querer todo lo que él ha querido”. Así,
-diciendo, se postró de hinojos en medio de la Iglesia, y todos hicieron
-lo mismo. Después que hubieron orado algunos momentos en silencio, el
-padre, en voz baja, pero distinta, articuló las palabras siguientes:
-“Nosotros os rogamos también por ese desgraciado que nos ha reducido
-á este extremo. Seríamos indignos de vuestra misericordia, si no os
-pidiésemos de corazón por él; ¡lo necesita tanto! Nosotros, en medio de
-nuestra tribulación, tenemos el consuelo de estar en el camino donde
-vos mismo nos habéis colocado, pudiéndoos ofrecer nuestras aflicciones,
-las cuales llegarán á ser un título meritorio para con vos. ¡Mas él!...
-él es vuestro enemigo. ¡Oh, desgraciado; él lucha con vos! ¡Señor,
-tened piedad de él, tocad su corazón, hacedlo amigo vuestro, concededle
-todos los bienes que podamos desear para nosotros mismos!”.
-
-Levantándose en seguida, apresuradamente, dijo: “Vamos, hijos míos,
-no hay tiempo que perder; que Dios os guarde y el santo ángel os
-acompañe: partid”. Y mientras se ponían en marcha, con esa emoción que
-no encuentra palabras, y que sin embargo se manifiesta sin ellas, el
-padre añadió con voz alterada: “El corazón me dice que nos volveremos á
-ver pronto”.
-
-Ciertamente, el corazón para el que le presta oídos, tiene siempre que
-decir algo sobre el porvenir. ¿Pero qué sabe el corazón? apenas un poco
-de lo que ha pasado.
-
-Sin aguardar respuesta, el padre Cristóbal se encaminó hacia la
-sacristía; los viajeros salieron de la iglesia, y Fr. Fazio cerró la
-puerta, dándoles un adiós también con voz conmovida. Se dirigieron
-con precaución hacia la orilla que les había sido indicada, vieron el
-batel preparado, y habiendo dado y recibido las palabras de ordenanza,
-entraron. El barquero, impeliendo un remo hacia la proa, se apartó
-de la orilla, y después empuñando el otro y remando á brazo tendido,
-ganó el lago hacia la orilla opuesta. No se percibía el menor soplo de
-viento, el lago yacía tranquilo y llano, y hubiera parecido que estaba
-inmóvil, á no ser por el temblor y la ligera ondulación de la luna,
-que desde lo alto se reflejaba en las aguas. Oíase únicamente el ruido
-de las oleadas que iban á morir dulcemente sobre la arena de la playa,
-el murmullo más lejano del agua que se estrellaba contra los arcos del
-puente, y el acompasado golpe de los dos remos que cortaban la azulada
-superficie del lago, saliendo á un mismo tiempo húmedos para volverse
-á sumergir al momento. Las aguas hendidas por la barca, amontonándose
-detrás de la popa, iban dejando señalada una espumosa huella, que á
-cada instante se alejaba más de la ribera. Los pasajeros, silenciosos,
-con la cabeza vuelta hacia atrás, contemplaban las montañas y el país
-alumbrado por la luna, y cortado por algunas partes de grandes sombras.
-Distinguíanse los pueblecillos, las casas, las cabañas. El castillejo
-de D. Rodrigo, con su aplastada torre, elevado sobre las casucas
-amontonadas en la falda del promontorio, se asemejaba á un malhechor,
-que de pie en la oscuridad y en medio de una tropa de hombres dormidos,
-velase meditando algún crimen. Lucía lo vió y se estremeció; siguió
-con la vista la pendiente de la montaña hasta llegar á su pueblo, miró
-fijamente á su extremidad, divisó su casita, la techumbre cubierta con
-las hojas de la higuera que sobresalía de la tapia del pequeño patio,
-descubrió la ventana de su habitación, y sentada como estaba en el
-fondo de la barca, apoyó un brazo sobre el banco como para dormir, y se
-puso á llorar en secreto.
-
-Adiós montañas que salís de las aguas y tocáis al cielo; cimas
-desiguales, tan conocidas de quien ha crecido entre vosotras, y
-que están impresas en su mente como los rasgos de sus más queridos
-amigos; torrentes cuyo murmullo le es tan familiar como la voz de
-su familia; casas esparcidas que blanquean sobre la pendiente como
-rebaños de ovejas que pacen, adiós. ¡Para el que ha nacido entre
-vosotros, qué momento tan triste es el alejarse! El mismo que las
-abandona voluntariamente, lanzado por el capricho y la esperanza de
-hacer fortuna en otra parte, siente desvanecerse entonces sus sueños
-de riqueza; se admira de haberse podido resolver, y retrocedería si
-no pensase que un día podrá volver opulento. Cuanto más avanza en la
-llanura, tanto más su vista se retira disgustada y rendida de aquella
-fastidiosa uniformidad; el aire le parece pesado y sin vida; él se
-adelanta triste y desencantado en las ciudades populosas; le parece
-que las casas unidas á otras casas, las calles que cruzan á las calles
-sofocan su respiración, y ante los edificios que son la admiración
-del extranjero, piensa con inquieto deseo en el campanario de su país
-natal, en la cabaña sobre la cual ha echado ya los ojos, y que debe
-comprar cuando volverá rico á sus montañas.
-
-¡Pero aquel momento para ella, que jamás ha llevado sus fugitivos
-deseos más allá de lo regular, que ha limitado en el círculo de
-aquellos hermosos sitios todos sus sueños futuros, y que ha sido
-arrojada muy lejos por una fuerza perversa! ¡Para ella, que arrancada
-repentinamente á sus más caras costumbres, turbada en sus más vivas
-esperanzas, abandona sus montañas, para encaminarse á países extraños,
-que jamás ha deseado conocer, y que no puede con la imaginación
-llegar al momento señalado para la vuelta! ¡Adiós, cabaña en donde
-nació; en donde agitada por un sentimiento secreto, aprendió á
-distinguir del rumor de los pasos comunes el paso esperado con
-misterioso temor! ¡Adiós, casa aún extraña, casa que ha mirado con
-frecuencia á hurtadillas, al pasar, y no sin ruborizarse, en la cual
-la mente se complacía en presentársela como una tranquila y perpetua
-morada de esposa! ¡Adiós, iglesia, donde su alma recobró su serenidad
-tantas veces, cantando las alabanzas del Señor; en donde se le había
-prometido, en donde se preparaba una grande ceremonia; donde los
-secretos deseos de su corazón debían ser solemnemente bendecidos, y
-el amor ordenado y santificado, adiós! El que os proporcionaba tanta
-alegría está en todas partes, y nunca turba la dicha de sus hijos, más
-que para prepararles una mayor y más segura.
-
-Tales eran poco mas ó menos los pensamientos de Lucía; los de los otros
-dos pasajeros también se diferenciaban poco, mientras que la barca iba
-acercándose á la orilla derecha del Adda.
-
-
-
-
- CAPÍTULO NOVENO
-
-
-El choque que recibió la proa de la barca al tocar la tierra, arrancó
-á Lucía de sus reflexiones. Después de haber enjugado en secreto sus
-lágrimas, alzó la cabeza como si despertase. Renzo salió el primero
-y dió la mano á Inés, la cual, habiendo salido á su vez la alargó á
-la hija, dando los tres tristemente las gracias al barquero. “¿De
-qué? respondió aquél; nosotros estamos en este mundo para ayudarnos
-mutuamente”; y retiró la mano casi con horror como si se le hubiese
-propuesto el cometer un robo, cuando Renzo trató de darle unas cuantas
-monedas que llevaba encima, y que había tomado aquella tarde con
-intención de regalárselas generosamente á D. Abundio, cuando éste le
-hubiese servido, aunque de mala gana. El carromato estaba dispuesto
-allí; el conductor saludó á las tres personas que esperaba, las hizo
-subir, dió una voz á los animales, acompañada de su correspondiente
-latigazo, y echó á andar.
-
-Nuestro autor no describe este viaje nocturno; calla el nombre
-del pueblo donde Fr. Cristóbal había dirigido á las dos mujeres,
-protestando también expresamente el no quererlo decir. El resto de la
-historia hace adivinar en seguida el motivo de todas estas reticencias.
-Las aventuras de Lucía en aquel paraje, se encuentran envueltas en
-una tenebrosa intriga de persona perteneciente á una familia, según
-parece, muy poderosa, en el tiempo que el autor escribía esto. Para dar
-cuenta de la extraña conducta de dicha persona en una circunstancia
-particular, se ha visto obligado á referir sucintamente su vida
-anterior, en donde la familia figura, como verá el que se tome la
-molestia de seguir leyendo. Pero lo que la circunspección del pobre
-historiador ha querido sustraer, nuestras diligencias nos lo han hecho
-encontrar en otra parte. Un historiador milanés que ha querido hacer
-mención de aquella misma persona no nombra, ni á ésta ni á su país; mas
-de éste dice, que era una villa antigua y noble, á la cual, para ser
-ciudad, no faltaba más que el nombre; dice en otra parte, que pasa por
-ella el Lambro, y en otra que en ella hay también un arcipreste. De la
-confrontación de estos datos, nosotros deducimos que no puede ser más
-que Monza. En el vasto tesoro de las inducciones eruditas, no creemos
-que ésta pueda ser de las más finas, pero sí de las más seguras.
-Nosotros podríamos también adelantar conjeturas muy fundadas con
-respecto al nombre de la familia; mas ya sea que la que sospechamos,
-se haya extinguido desde largo tiempo, nos parece que es mejor callar
-su nombre, para no correr el riesgo de perjudicar á quien quiera que
-éste sea, aunque haya muerto, y para dejar á los doctos algún objeto de
-examen.
-
-Nuestros viajeros llegaron pues, á Monza, poco después de salir el
-sol. El conductor paró delante de una hostería, y allí, como práctico
-del lugar y conocido del amo de la casa, hizo dar una habitación á
-los nuevos huéspedes, á la cual él mismo los acompañó. Después de dar
-gracias, Renzo intentó, sin embargo, hacerle aceptar algún dinero;
-mas él, así como el barquero, tenía á la vista otra recompensa más
-lejana, pero más abundante. Retiró las manos lo mismo que aquél, y como
-escapándose, corrió á cuidar de sus animales.
-
-Después de una tarde como la que hemos descrito, y una noche como cada
-uno puede imaginarse, pasada en gran parte en dolorosos pensamientos,
-con la incesante sospecha de algún encuentro desagradable, al soplo
-de una pequeña brisa de otoño, y entre los repetidos vaivenes de un
-carruaje incómodo que sacudía impolíticamente el espíritu de nuestros
-viajeros, apenas empezaron á sentirse amagados del sueño, les pareció
-muy dulce el acostarse sobre un pavimento que no se movía, en una
-habitación segura, cualquiera que ella fuese. Cenaron frugalmente,
-según permitía la penuria de las circunstancias y los medios escasos
-en proporción de las contingencias anexas á un porvenir incierto y á
-su poco apetito. Pasó por la mente de los tres el banquete que dos
-días antes esperaban tener, y cada uno á su vez lanzó un gran suspiro.
-Renzo hubiera querido detenerse allí, á lo menos todo el día, ver
-sus damas instaladas, rendirles sus primeros servicios; mas el padre
-había recomendado á éstas que lo enviasen súbitamente á su destino.
-Ellas alegaron estas órdenes y otras cien razones; que la gente
-haría conversación de ello; que la separación más retardada sería
-más dolorosa; que él podría venir pronto á dar y recibir noticias,
-en virtud de todo lo cual el joven se decidió á marchar. Concertaron
-como pudieron el modo de volverse á ver lo más pronto que fuese
-posible. Lucía no ocultó las lágrimas; Renzo apenas detuvo las suyas, y
-estrechando fuertemente la mano á Inés, dijo con voz ahogada: “Hasta la
-vista”, y partió.
-
-Las mujeres se hubieran hallado muy perplejas, á no ser por su buen
-conductor, que tenía orden de guiarlas al convento de capuchinos, y de
-darles cualquier otro auxilio que pudiesen necesitar. Se encaminaron,
-pues, con él al citado convento, el cual, como ya sabemos, estaba
-á pocos pasos distante de Monza. Habiendo llegado á la puerta, el
-conductor tiró de la cuerda de la campanilla; hizo llamar al padre
-guardián; éste apareció en seguida en el umbral de la puerta, y recibió
-la carta.
-
---¡Oh, Fr. Cristóbal! dijo reconociendo la letra. El tono de voz y los
-movimientos de su rostro indicaban claramente que pronunciaba el nombre
-de un gran amigo. Conviene, pues, decir, que nuestro buen Cristóbal
-había en aquella carta recomendado á las mujeres muy ardientemente,
-y referido sus aventuras con mucho sentimiento, porque el guardián
-daba de cuando en cuando muestras de sorpresa é indignación, y alzando
-los ojos del papel, los fijaba sobre las mujeres con cierta expresión
-de piedad é interés. Habiendo concluido de leer, permaneció algún
-tiempo meditando, después de lo cual dijo para sí: “No hay más que la
-señora... si la señora quiere tomarse este empeño”...
-
-En seguida, habiendo llamado aparte á Inés, la condujo á una pequeña
-plaza que había delante del convento, le hizo algunas preguntas, á
-las cuales ella satisfizo, y volviéndose hacia Lucía, dijo á ambas:
-“Señoras mías, yo probaré, y espero poderos encontrar un asilo más
-que seguro, más que honroso, hasta que Dios haya provisto á vuestra
-seguridad de otra manera mejor. ¿Queréis venir conmigo?”.
-
-Las mujeres dieron á entender respetuosamente que sí, y el fraile
-continuó: “Bien, os conduciré al momento al monasterio de la señora.
-Seguidme, sin embargo, á algunos pasos de distancia, porque la gente
-se deleita en hablar mal, y Dios sabe cuántas bellas suposiciones se
-harían si se viese al padre guardián por la calle con una hermosa
-joven... quiero decir, con mujeres”.
-
-Así diciendo, echó á andar. Lucía se ruborizó; el conductor sonrió
-mirando á Inés, la cual no podía contenerse de hacer otro tanto, y los
-tres se pusieron en marcha cuando el fraile hubo tomado la delantera
-sobre ellos, conservándose siempre á la distancia de diez pasos detrás
-de aquél. Las mujeres entonces preguntaron al conductor lo que no se
-habían atrevido á preguntar al padre guardián; esto es, quién era la
-señora.
-
---La señora, respondió aquél, es una monja, pero no una monja como
-las demás. No es que sea la abadesa ni la priora, pues aún, según se
-dice, es una de las más jóvenes; mas ella es de la costilla de Adán, y
-sus antepasados eran gentes poderosas venidas de España, siendo ellos
-los que mandan aquí, y por esto la llaman la señora, para significar
-que es una gran dama; y todo el país la llama así porque dicen que
-en ese monasterio no han visto nunca una persona semejante; y sus
-parientes, aun hoy día, disfrutan de un alto rango allá en Milán, y son
-de aquellos que siempre tienen razón, y en Monza todavía más; porque
-su padre, aunque no permanece en el pueblo, es el principal del país;
-de ahí viene que ella hace cuanto le acomoda en el monasterio, y aun
-la misma gente de fuera le manifiesta un gran respeto: si se encarga
-de algún negocio, logra siempre el fin que se propone, por lo cual, si
-ese buen religioso consigue el poneros en sus manos, os puedo decir que
-estaréis tan seguras como sobre el altar.
-
-Cuando el fraile hubo llegado á la puerta de la villa, flanqueada
-entonces de un vetusto torreón medio arruinado y de los restos de un
-antiguo castillo derruido también, que acaso algunos de mis lectores
-pueden acordarse de haber visto en pie, el guardián se paró y se volvió
-á mirar si los demás lo seguían; en seguida se encaminó al monasterio,
-al cual, habiendo llegado, se detuvo de nuevo al umbral, aguardando á
-la pequeña tropa. Suplicó al conductor, que dentro de un par de horas
-volviese á saber la contestación; éste lo prometió, y se separó de las
-mujeres, que le abrumaron dándole las más expresivas gracias y mil
-encargos para el padre Cristóbal. El guardián hizo entrar á la madre
-y á la hija en el primer claustro del monasterio; las introdujo en la
-habitación de la portera, y se dirigió solo á pedir la gracia. Después
-de algún tiempo volvió sumamente gozoso á decirlas que le siguieran;
-ya era hora, porque la madre y la hija no sabían cómo librarse de
-las preguntas de la portera. Atravesando un segundo claustro, hizo
-algunas advertencias á las mujeres sobre el modo de conducirse con la
-señora. “Está perfectamente dispuesta en favor vuestro, dijo, y os
-puede dispensar todo el bien que quiera. Sed humildes y respetuosas,
-responded con sinceridad á las preguntas que os haga, y cuando no seáis
-interrogadas, dejadme á mí”. Entraron en una pieza baja, desde la cual
-se pasaba al locutorio. El guardián, antes de poner los pies en él,
-señalando la puerta, dijo en voz baja á las mujeres: “Allí está”, como
-para recordarlas las advertencias que les había hecho. Lucía, que no
-había visto jamás un monasterio, cuando estuvo en el locutorio echó una
-mirada en torno suyo buscando á la señora para saludarla; y no viendo
-á nadie, permanecía como encantada; pero viendo al padre é Inés que se
-dirigían hacia un ángulo de la estancia, los siguió, miró por aquel
-lado y vió una ventana de forma singular, con dos reforzadas y espesas
-rejas de hierro, distantes un palmo la una de la otra, y detrás de
-ellas una religiosa en pie. Su aspecto, que podía denotar unos 25 años,
-manifestaba á primera vista una gran belleza, pero una belleza fatigada
-y marchita. Un velo negro, suspendido y colocado horizontalmente sobre
-su cabeza, caía por ambos lados algún tanto separado del rostro; bajo
-dicho velo, una blanquísima tira de lienzo ceñía hasta la mitad su
-frente de distinta, pero no de inferior blancura; una segunda tira,
-cuidadosamente plegada, circundaba su rostro y terminaba bajo la barba,
-formando la toca, que se extendía hasta el pecho y cubría el escote
-de su negra saya. Mas aquella frente se arrugaba con frecuencia, como
-por una contracción nerviosa, y entonces dos negras cejas se fruncían
-con rápido movimiento. Dos ojos, negros también, se clavaban á veces
-en el semblante de las personas con aire de soberbio examen; otras se
-inclinaban apresuradamente, como para evitar que leyesen en ellos sus
-pensamientos: en ciertos instantes, un atento observador hubiera sacado
-en consecuencia que solicitaban afecto, correspondencia, piedad; otras
-veces hubiera creído sorprender la revelación instantánea de un odio
-inveterado y comprimido, un no sé qué de feroz y amenazador; cuando
-estaban fijos, inmóviles y distraídos, algunos hubieran encontrado un
-orgulloso fastidio, y otros, por último, hubieran podido sospechar el
-trabajo de una idea oculta, de una preocupación familiar al ánimo,
-más fuertes que las imágenes de los objetos presentes, y que ella no
-podía vencer. Sus mejillas, de una palidez extremada, descendían con
-delicado y gracioso contorno, pero sensiblemente alterado y consumido
-por una lenta extenuación. Sus labios, aunque apenas teñidos de un
-débil sonrosado, resaltaban, sin embargo, en medio de aquella palidez;
-y sus movimientos eran como los de los ojos, súbitos, vivos, llenos
-de expresión y de misterio. La grandeza bien formada de la persona
-desmerecía al lado de sus maneras, ó aparecía desfigurada con ciertos
-movimientos repentinos, irregulares y demasiado resueltos para una
-mujer, mucho más para una monja. En el vestir mismo había algo de
-estudiado ó negligente que anunciaba una religiosa de un carácter
-particular. Llevaba el talle ajustado con cierta coquetería, y de su
-toca salía cayendo sobre una de las sienes, la punta de un rizo de
-negros cabellos, lo cual demostraba ú olvido ó desprecio de la regla,
-que prescribía tenerlos siempre cortados, del mismo modo que se había
-verificado en la ceremonia de la profesión.
-
-Estas circunstancias no hacían ninguna impresión en el ánimo de las
-dos mujeres, no acostumbradas á distinguir una religiosa de otra; y el
-padre guardián, que no era la primera vez que veía á la señora, estaba
-ya habituado, como tantos otros, á aquel extraño no sé qué que aparecía
-tanto en su persona como en sus maneras.
-
-Permanecía aquélla, según hemos dicho, de pie junto á la reja, en la
-cual apoyaba lánguidamente una mano, entreteniéndose en pasar sus
-blancos dedos por los claros que formaba, y observando á Lucía que
-se acercaba confusa.--Reverenda madre é ilustrísima señora, dijo el
-guardián con la cabeza baja y la mano puesta sobre el pecho: He aquí
-la pobre joven por la cual me habéis hecho esperar vuestra poderosa
-protección, y he ahí también la madre.
-
-Las dos presentadas hicieron grandes reverencias; la señora hizo
-con la mano señal de _basta_, y dijo volviéndose al padre: “Es una
-fortuna para mí el poder hacer una cosa que sea agradable á nuestros
-buenos amigos los padres capuchinos. Pero, continuó, referidme más
-extensamente el caso de esta joven, á fin de ver mejor lo que yo pueda
-hacer por ella”.
-
-Lucía se sonrojó y bajó la cabeza.
-
---Debéis saber, reverenda madre... empezaba á decir Inés; mas el
-guardián con una mirada le cortó la palabra, y repuso: “Esta joven,
-ilustrísima señora, me ha sido recomendada, según he dicho, por uno de
-nuestros hermanos. Ella se ha visto obligada á salir de su pueblo natal
-para sustraerse á graves peligros, y necesita por algún tiempo de un
-asilo en el cual pueda vivir desconocida, y en donde nadie se atreva á
-venir á turbarla. Cuando así...”.
-
---¿Qué peligros son ésos? interrumpió _la señora_. Por favor, padre
-guardián, no me digáis las cosas de un modo tan enigmático; ya sabéis
-que á nosotras las monjas nos gusta siempre saberlo todo minuciosamente.
-
---Son peligros, replicó el guardián, que apenas deben indicarse
-ligeramente á los castísimos oídos de la reverenda madre...
-
---¡Oh! ciertamente, dijo con prontitud _la señora_, ruborizándose algún
-tanto. ¿Era acaso pudor? El que hubiese observado la rápida expresión
-de despecho que acompañaba aquel rubor, hubiera podido dudar de él,
-tanto más, si lo hubiese comparado con el que, de cuando en cuando, se
-esparcía por las mejillas de Lucía.
-
---Bastará decir, prosiguió el guardián, que un caballero
-_prepotente_... (no todos los grandes de la tierra se sirven de los
-dones de Dios para gloria suya y en favor del prójimo, como lo hace
-vuestra señora ilustrísima); un caballero _prepotente_, después de
-haber perseguido con indignas lisonjas por algún tiempo á esta joven,
-viendo que eran inútiles, ha tenido valor de perseguirla abiertamente y
-con violencia, de modo que la infeliz se ha visto reducida á huir de su
-casa.
-
---Acercaos, joven, dijo _la señora_ á Lucía, haciéndole una seña. Sé
-que el padre guardián es persona verídica; pero nadie puede estar mejor
-informada que vos en este negocio. Vos sois la única que podéis decir
-si el tal caballero es un perseguidor, y Lucía obedeció súbitamente.
-Una pregunta sobre semejante materia, aunque hubiese sido hecha por
-una persona de igual clase que la suya, la hubiera embarazado algo;
-proferida por aquella señora, con cierto aire de duda maligna, le
-quitó todo el valor para contestar. “Señora... reverenda madre”...
-balbuceó, y no daba indicios de decir más. En esto, Inés se creyó
-autorizada para ir á su auxilio, como la que después de ella era
-ciertamente la que estaba mejor informada.--Ilustrísima señora, dijo;
-yo puedo dar fe de que mi hija, que está aquí presente, odiaba á aquel
-caballero, como el diablo al agua bendita; quiero decir, el diablo
-era él; mas espero me perdonaréis si hablo mal, porque nosotros somos
-gente á la buena de Dios. El hecho es, que esta pobre muchacha estaba
-prometida á un joven de nuestra clase, muy temeroso de Dios y bien
-establecido; y si el señor cura hubiese sido un poco más hombre de lo
-que... vamos, yo me entiendo... sé que hablo de un religioso; mas el
-padre Cristóbal, amigo del padre guardián, y religioso á la par que
-él, es una persona sumamente caritativa, y si estuviera aquí, podría
-atestiguar...
-
---Estáis muy pronta á responder sin ser preguntada, interrumpió la
-señora con un aire tan altanero é iracundo, que casi la hizo aparecer
-deforme: Guardad silencio; ya sé yo que los padres tienen siempre una
-respuesta que dar en nombre de los hijos.
-
-Inés, sobremanera mortificada, echó á Lucía una mirada que significaba:
-mira lo que me sucede por ser tú tan apocada.
-
-El guardián hacía señas á la joven, mirándola y moviendo la cabeza,
-para hacerla entender que aquél era el momento de arrojar la pereza y
-de no dejar mal á la pobre madre.
-
---Reverenda señora, dijo Lucía, cuanto ha dicho mi madre es la pura
-verdad. El joven que me obsequiaba, y al decir esto se sonrojó
-extraordinariamente, le escogí voluntariamente. Perdonad si me atrevo á
-hablar así, pero lo hago para que no forméis mal concepto de mi madre.
-En cuanto á aquel caballero (que Dios lo perdone), preferiría morir más
-bien, antes que caer en sus manos. Si vos nos dispensáis la caridad de
-ponernos en seguridad, ya que nos vemos reducidas al extremo de pedir
-un asilo y de incomodar á las gentes honradas (hágase, sin embargo, la
-voluntad de Dios), estad cierta, señora, que nadie podrá rogar, por vos
-más de corazón que nosotras, pobres mujeres.
-
---Os creo, dijo la señora con dulce acento; pero tendré un placer en
-oiros á vos sola; no porque tenga necesidad de otras aclaraciones ni
-de otros motivos para servir al padre guardián, añadió repentinamente
-volviéndose hacia él, con una estudiada complacencia. Asimismo,
-prosiguió, ya lo he pensado, y he aquí hasta ahora lo que me parece
-que se podrá hacer mejor. La portera del monasterio ha casado hace
-pocos días á su última hija: estas mujeres podrán ocupar la habitación
-que aquélla ha dejado, y suplir los pequeños servicios que hacía.
-Verdaderamente... y aquí hizo seña al padre guardián de que se acercase
-á la reja, y continuó en voz baja: verdaderamente, atendida la escasez
-del año, no se pensaba en reemplazar á aquella joven; mas yo hablaré
-á la madre abadesa, y una palabra mía... sobre el deseo del padre
-guardián... en fin, doy la cosa por hecha.
-
-El guardián empezaba á dar gracias; mas la señora le interrumpió: no
-hay necesidad de tantas ceremonias; yo también, en un caso igual,
-en una necesidad, sabré recurrir á los padres capuchinos... Al fin,
-continuó con una sonrisa en la cual se traslucía un no sé qué de
-irónico y amargo; al fin, ¿no somos nosotros hermanos y hermanas?
-
-Dicho esto llamó á una hermana lega (dos de las cuales estaban por
-una singular distinción destinadas á su servicio particular), y le
-ordenó que advirtiese de todo á la abadesa, y tomase luego las medidas
-oportunas con la portera y con Inés. Despachó á ésta, despidió al
-guardián, y retuvo á Lucía. El guardián acompañó á Inés hasta la
-puerta, dándola nuevas instrucciones, y se fué á preparar la carta en
-la que debía dar cuenta de todo á su amigo Cristóbal. “Esa señora es
-muy aturdida, pensaba entre sí mientras caminaba; pero por otro lado
-muy curiosa; mas sabiendo entender su flaco, se le obliga á hacer todo
-lo que se quiere. Mi buen Cristóbal no esperará ciertamente que le
-haya servido tan bien y tan pronto. ¡Qué hombre tan de bien! No hay
-remedio; es indispensable que se meta siempre en alguna intriga; pero
-lo hace para bien. Es una fortuna para él que esta vez haya encontrado
-un amigo, el cual sin tanto estrépito, sin tanto aparato y sin tantos
-trabajos, haya conducido el negocio á buen puerto, en un abrir y cerrar
-de ojos. Mi amigo Cristóbal quedará satisfecho, y comprenderá al fin,
-que nosotros también somos buenos para algo”.
-
-La señora, que en presencia de un capuchino de edad provecta había
-estudiado sus movimientos y sus palabras, quedando después sola con
-una joven aldeana sin experiencia, no pensaba en contenerse tanto; y
-sus discursos llegaron á ser poco á poco tan extravagantes, que en vez
-de referirlos, creemos más oportuno el contar sucintamente la historia
-precedente de esa mujer infortunada; pero sólo lo haremos de lo que es
-absolutamente indispensable para explicar lo que en ella hemos notado
-de misterioso y extraordinario, y para hacer comprender los motivos de
-su conducta en los hechos que luego referiremos.
-
-Era la hija menor del príncipe ***, poderoso caballero milanés, que
-podía contarse entre los más opulentos de la ciudad. Mas la alta
-opinión que tenía de su título, le hacía aparecer sus recursos apenas
-suficientes y aun escasos para sostener su decoro; y todo su cuidado
-era conservarlo, á lo menos en cuanto dependía de él, con el objeto de
-que viniesen á recaer á una sola mano. La historia no dice expresamente
-cuántos hijos tenía; sólo da á entender, que había destinado al
-claustro todos los segundogénitos de uno y otro sexo, para dejar
-intacta su fortuna al primogénito, destinado á conservar la familia,
-á procrear hijos para atormentarse y atormentarlos como su padre.
-Nuestra infortunada estaba aún en las entrañas de su madre, cuando su
-suerte se veía ya fijada irrevocablemente. Quedaba tan sólo decidir si
-sería religioso ó religiosa; decisión por la cual era necesario, no su
-consentimiento, sino su presencia. Cuando vino al mundo, el príncipe su
-padre, queriendo darla un nombre que revelase inmediatamente la idea
-del claustro, y que hubiese sido llevado por una santa de encumbrada
-jerarquía, se la puso por nombre Gertrudis. Muñecas, vestidas de
-monjas, fueron los primeros juguetes que se le pusieron entre manos;
-después estampitas que representaban monjas, cuyos regalos iban siempre
-acompañados de grandes recomendaciones para que los trataran bien, como
-cosa preciosa, y siempre con la siguiente interrogación afirmativa: es
-hermoso, ¿eh? Cuando el príncipe, la princesa, ó el pequeño príncipe,
-el solo hijo varón que había sido criado en la casa, querían alabar la
-buena figura de la niña, parecía que no encontraban modo de expresar
-bien su idea, sino por medio de estas palabras: “¡Qué madre abadesa
-tan hermosa!”. Sin embargo, nadie le dijo jamás directamente: “Tú debes
-hacerte monja”. Ésta era una idea sobreentendida y tocada como por
-incidencia en todas las conversaciones que miraban á su porvenir.
-Si alguna vez la pequeña Gertrudis se abandonaba á algún pequeño
-movimiento de impaciencia ó altanería, al cual su índole la arrastraba
-muy fácilmente, “Eres una chiquilla, se le decía: estas maneras no te
-convienen; cuando seas madre abadesa, entonces tratarás las gentes
-á la baqueta, y lo revolverás todo de arriba abajo”. Otras veces el
-príncipe, reprendiéndola ciertas maneras demasiado libres y familiares,
-á las cuales ella se abandonaba también con igual facilidad, “¡Eh!
-¡eh! le decía; éstos no son los ademanes de una persona de tu rango:
-si quieres que un día se te respete como es debido, aprende con
-anticipación á ser más reservada; acuérdate que debes ser, en todas las
-cosas, la primera del convento; porque la sangre se lleva por todas
-partes adonde uno va”.
-
-Todas las conversaciones estampaban en el cerebro de la niña la idea
-implícita que ella debía ser religiosa; mas las que venían de su padre,
-producían más efecto que todas las demás juntas. El continente del
-príncipe era habitualmente el de un amo austero; mas cuando se trataba
-del futuro estado de sus hijos, se traslucía en su rostro y en todas
-sus palabras una fijeza de resolución, una recelosa envidia de mando
-que imprimía el sentimiento de una fatal necesidad.
-
-Á los seis años, Gertrudis fué colocada para su educación, y para
-prepararla á la vocación que se le había impuesto, en el convento en
-que la hemos visto. La elección del lugar no fué sin designio. El buen
-conductor de las dos mujeres ha dicho que el padre de la señora ocupaba
-en Monza el primer lugar. Añadiendo este testimonio, cualquiera que sea
-su valor, con algunas otras indicaciones que el anónimo deja escapar
-aturdidamente por unas partes y otras, nosotros podemos fácilmente dar
-por hecho que aquél era el señor feudal de dicho país. Fuese lo que
-fuese, él gozaba allí de una autoridad grandísima; y pensó que en aquel
-paraje, mejor que en otro alguno, su hija sería tratada con aquella
-distinción y miramientos que podrían seducirla y dirigirla á elegir
-aquel convento para su perpetua morada. No se engañaba: la abadesa y
-algunas otras religiosas intrigantes que tenían, como se suele decir,
-la sartén por el mango, se alegraron al ver que se les ofrecía un
-apoyo tan útil en todas circunstancias y tan honroso en todos los
-momentos; aceptaron la proposición con expresiones de reconocimiento,
-y correspondieron á las intenciones que el príncipe había dejado
-traslucir sobre la colocación estable de la hija, intenciones que por
-otra parte estaban muy de acuerdo con sus intereses.
-
-Apenas hubo entrado Gertrudis en el convento, fué llamada por
-antonomasia la _señorita_; se la dió el primer puesto en la mesa y
-en el dormitorio; su conducta servía como modelo á sus compañeras;
-se la prodigaban caricias sin fin, pero éstas sazonadas con esa
-familiaridad un poco respetuosa que tanto agrada á los niños, cuando
-la encuentran en aquellos que tratan á los demás con un tono habitual
-de superioridad. Esto no quería decir que todas las monjas estuviesen
-conjuradas para hacer caer á la pobre joven en el lazo; había muchas
-sencillas y ajenas á toda especie de intrigas, á quienes la idea de
-sacrificar una hija á miras interesadas inspiraba horror; pero éstas,
-enteramente aplicadas á sus ocupaciones particulares, unas no se
-apercibían bien de aquellos manejos, otras no distinguían lo que tenían
-de malo; algunas se abstenían de hacer un escrupuloso examen, y otras
-también guardaban silencio por no escandalizar inútilmente. Alguna, por
-último, acordándose de haber sido con semejantes artificios conducida
-á aquello de lo cual estaba ya arrepentida, se compadecía de la
-pobrecilla inocente, y se consolaba haciéndola tiernas y melancólicas
-caricias; mas ella estaba bien lejos de sospechar que allí se ocultase
-algún misterio, y el negocio seguía su camino. Habría caminado hasta
-el fin, si Gertrudis hubiera sido la única niña en aquel monasterio.
-Mas entre sus compañeras de educación, había algunas que no ignoraban
-que ellas estaban destinadas á casarse. La pequeña Gertrudis, nutrida
-con la idea de su superioridad, hablaba pomposamente de sus destinos
-futuros de abadesa, de princesa del monasterio; quería á todo trance
-para todas las demás ser un objeto de envidia, y veía con admiración
-y con despecho que algunas de ellas no hacían ningún caso. Á las
-imágenes majestuosas, pero frías y circunscritas, que puede suministrar
-la primacía en un convento, aquéllas oponían las imágenes variadas y
-brillantes del mundo, de bodas, de banquetes, de bailes, de festines,
-de partidas de campo, de magníficos trajes, de carrozas. Estas
-imágenes causaron en el cerebro de Gertrudis aquel movimiento, aquella
-efervescencia que produciría un gran canastillo de flores cogidas
-recientemente, colocado delante de un enjambre de abejas. Los padres y
-los maestros habían cultivado y aumentado en ella la natural vanidad
-para hacerla amar el claustro; mas cuando esta pasión fué excitada
-por ideas tanto más homogéneas para ella, se lanzó con un ardor mucho
-más vivo cuanto que era muy espontáneo. Para no quedar debajo de sus
-compañeras, y para condescender al mismo tiempo con su nuevo genio,
-respondía que al fin de la jornada nadie podría ponerse el velo sobre
-la cabeza sin su consentimiento; que también ella podía casarse,
-habitar un palacio y gozar de las delicias del mundo, mejor que todas
-las demás; que lo podía con tal que lo quisiese, que lo quería, y ella
-lo quería en efecto. La idea de la necesidad de su consentimiento,
-que hasta entonces había permanecido como desapercibida y amortiguada
-en un ángulo de su mente, se desenvolvió y se mostró con toda su
-importancia. Ella la llamaba á cada momento en su auxilio, para gozarse
-tranquilamente con las imágenes de un porvenir agradable. Sin embargo,
-dentro de esa idea siempre aparecía infaliblemente otra, á saber,
-que aquel consentimiento trataba de negarlo al príncipe su padre, el
-cual tenía ya ó manifestaba tenerlo por dado; y á este pensamiento,
-el ánimo de la hija estaba bien lejos de gozar de la seguridad que
-ostentaban sus palabras. Se comparaba entonces á sus compañeras, que
-estaban de otro muy diverso, seguras de su porvenir, y experimentaba
-así la envidia que desde un principio había querido inspirarlas.
-Envidiándolas, aborrecía; algunas veces su odio se exhalaba en
-desprecios, en burlas, en palabras picantes; otras, la uniformidad de
-las inclinaciones y de las esperanzas la apaciguaba y hacía nacer una
-intimidad aparente y pasajera; otras veces, queriendo gozar entretanto
-de alguna cosa real y presente, se complacía con las preferencias que
-la dispensaban, y hacía sentir su superioridad á las demás; otras,
-finalmente, no pudiendo tolerar la soledad de sus temores y deseos, iba
-llena de bondad á buscarlas, casi para implorar benevolencia, consejos,
-valor. En medio de estas deplorables luchas consigo misma y con las
-demás, había pasado la infancia y entraba en esa edad tan crítica, en
-la cual parece que se introduce en el alma una especie de misterioso
-poder que excita, embellece, vigoriza todas las inclinaciones, todas
-las ideas, y alguna vez las trasforma ó las hace tomar un curso
-imprevisto. Lo que Gertrudis hasta entonces había visto con placer
-más distintamente en aquellos sueños del porvenir, era el esplendor y
-la pompa eterna; un cierto no sé qué de muelle y afectuoso que desde
-un principio se había difundido ligeramente y estaba envuelto en la
-oscuridad, comenzó luego á desplegarse y á sobresalir en su fantasía.
-En la parte mas recóndita de su espíritu se formaba una especie
-de retiro; allí se refugiaba contra los objetos presentes, acogía
-ciertos personajes caprichosamente, compuestos de confusos recuerdos
-de la infancia, de lo poco que podía entrever del mundo exterior, de
-las ideas que le habían revelado los discursos de sus compañeras;
-conversaba á solas con ellas, las hablaba y contestaba en su nombre;
-daba órdenes y recibía homenajes de todas clases. De cuando en cuando
-los pensamientos de religión venían á turbar aquellas brillantes y
-cansadas fiestas; pero la religión, tal como se la habían enseñado á
-nuestra infortunada niña, y como ella la había comprendido, lejos de
-proscribir el orgullo, lo santificaba y lo proponía como un medio de
-obtener la felicidad terrestre. Privada de este modo de su esencia,
-no era ya la religión, sino un vano fantasma como los demás. En los
-intervalos, en los cuales ese fantasma ocupaba el primer lugar y tomaba
-colosales dimensiones en la imaginación de Gertrudis, la infeliz,
-abrumada de ciertos temores y comprimida por una confusa idea de
-deberes, se imaginaba que su repugnancia al claustro y la resistencia
-á las insinuaciones de sus mayores acerca de la elección de estado,
-era un crimen, prometiendo en su interior expiarlo, encerrándose
-voluntariamente en el claustro.
-
-Era de ley que una joven no podía ser admitida religiosa, sin haber
-sido examinada antes por un eclesiástico, llamado el vicario de las
-monjas, ó de otro delegado al efecto, á fin de que constase que obraba
-libre y espontáneamente, y dicho examen no podía tener lugar sino un
-año después de haber expuesto aquélla su deseo al vicario por medio de
-una súplica por escrito. Las religiosas que habían tomado el triste
-encargo de hacer que Gertrudis se obligase para siempre con el menor
-conocimiento posible acerca de lo que hacía, escogieron uno de los
-momentos que hemos descrito, para hacerla copiar y firmar semejante
-súplica. Á fin de inducirla mas fácilmente á ello, no dejaron de
-decirla y repetirla que finalmente no era más que una mera formalidad,
-la cual (y esto era cierto), no podía tener efecto sino por otros
-actos posteriores que dependían de su voluntad. Con todo eso, la
-súplica no había acaso llegado aún á su destino, cuando Gertrudis
-estaba ya arrepentida de haberla firmado. Se arrepentía de su ligereza,
-pasando así los días y los meses en una incesante lucha de opuestos
-sentimientos. Tuvo largo tiempo oculto á sus compañeras aquel paso,
-ya por temor de manifestar sus contradicciones, ya por vergüenza de
-publicarlas. El deseo de aliviar su corazón y de encontrar consejos y
-valor, venció por último. Había también otra ley, por la que una joven
-no podía ser admitida al examen de la vocación, sino después de haber
-vivido á lo menos por espacio de un mes, fuera del monasterio donde
-había sido educada. El año que debía seguirse á la súplica había ya
-trascurrido, y Gertrudis fué advertida que dentro de poco se la sacaría
-del monasterio y sería conducida á la casa paterna para permanecer el
-expresado mes, y dar todos los pasos necesarios al cumplimiento de la
-obra, que de hecho había ya empezado. El príncipe y el resto de la
-familia, miraban ya el negocio como una cosa segura y concluida; mas
-la joven tenia otro proyecto: en vez de dar los demás pasos, pensaba
-en el modo de hacer retroceder el primero. En tales angustias, trató
-de abrir su corazón á una de sus compañeras, muy franca y dispuesta
-siempre á dar consejos resueltos. Ésta sugirió á Gertrudis la idea
-de informar á su padre por medio de una carta, acerca de su nueva
-resolución, ya que no tenía el suficiente ánimo para lanzar en su cara
-un _no quiero_. Y porque los pareceres gratuitos son muy raros en este
-mundo, la consejera hizo pagar éste á Gertrudis, haciendo burla de su
-apocamiento. La carta fué arreglada entre cuatro ó cinco confidentes,
-escrita de oculto, y recapitulada con muchos y estudiados artificios.
-Gertrudis estaba con grande ansiedad, esperando una contestación que
-no vino, á no ser que algunos días después la abadesa la hizo ir á su
-celda, y con aire de misterio, de disgusto y compasión, le indicó,
-de una manera ambigua, la gran cólera del príncipe, acerca de una
-falta que ella había cometido, dándola á entender, sin embargo, que
-portándose bien, podía esperar que todo sería olvidado. La joven lo
-entendió, y no se atrevió á preguntar más.
-
-Finalmente, llegó el día temido y deseado. Aunque Gertrudis supiese
-que iba á combatir, sin embargo, el salir del monasterio, el dejar
-aquellas paredes entre las cuales había permanecido encerrada por
-espacio de ocho años, el recorrer en carroza por la amena y verde
-campiña, el volver á ver la ciudad, la casa, fueron sensaciones llenas
-de una alegría tumultuosa. Respecto de la lucha, la infeliz, con la
-dirección de aquellas confidentes, había ya tomado sus medidas. “Ó
-me querrán obligar, pensaba, y yo me mantendré firme; seré humilde,
-respetuosa, pero no accederé; no se trata más que de no decir otro
-sí, y no lo diré. Ó lo tomarán por buenas, y entonces seré más buena
-que ellos; lloraré, suplicaré, los moveré á compasión; en fin, no
-pretendo otra cosa más que el no ser sacrificada”. Pero como sucede
-siempre con semejantes previsiones, no aconteció ni una cosa ni otra.
-Los días pasaban sin que su padre ni nadie le hablase de la súplica ni
-de la retractación, sin que se le hiciese ninguna proposición, ni con
-caricias ni con amenazas. Los padres estaban serios, tristes, duros con
-ella, sin decir nunca el porqué. Se comprendía solamente que la miraban
-como una culpable, como una persona indigna. Un misterioso anatema
-parecía pesar sobre ella y que la segregaba de la familia, dejándola
-únicamente que se reuniese á ella, el tiempo necesario para hacerla
-sentir su sujeción. Rara vez, y sólo á ciertas horas establecidas, era
-admitida á la compañía de sus padres y del primogénito. Entre los tres
-parecía que reinaba una gran confianza, la cual hacía más sensible
-y más doloroso el abandono en el cual dejaban á Gertrudis. Nadie le
-dirigía la palabra, y cuando se arriesgaba tímidamente á decir alguna
-cosa que no fuese necesario, ó no se hacía caso, ó no llegaba á obtener
-más que una respuesta acompañada de una mirada desdeñosa. Mas si no
-pudiendo sufrir un trato tan humillante y amargo, insistía y procuraba
-familiarizarse; si imploraba un poco de cariño, oía al mismo tiempo
-lanzar alguna palabra indirecta, pero clara acerca de la elección de
-estado. Se le hacía entender de una manera encubierta que éste era
-el medio mejor para reconquistar el afecto de la familia. Entonces
-Gertrudis, que no lo hubiera querido á semejante precio, veíase
-obligada á retroceder, á rehusar las primeras señales de benevolencia
-que tanto había deseado, á volver á tomar su misma posición de
-excomulgada; y para colmo de desdichas, con una cierta apariencia de
-maldad.
-
-Tales sensaciones de objetos presentes, hacían un doloroso contraste
-con aquellas risueñas visiones de las cuales Gertrudis tanto se había
-ocupado ya, y se ocupaba todavía en lo más recóndito de su corazón.
-Había esperado que en la espléndida y tan frecuentada casa de su padre,
-podría á lo menos gozar alguna cosa real de lo que había imaginado;
-mas se encontró del todo engañada. La clausura era estrecha como en
-el monasterio; no se hablaba jamás de paseos ni de diversiones, y una
-galería que daba de la casa á una iglesia contigua, quitaba hasta la
-ocasión de poner el pie en la calle. La sociedad era más triste,
-poco numerosa y menos variada que en el monasterio. Al menor anuncio
-de una visita, Gertrudis debía salir y retirarse á su estancia, para
-encerrarse con algunas antiguas criadas de la casa, con las cuales
-también comía todas las veces que había convites. Los servidores se
-uniformaban en las palabras y maneras, al ejemplo y á la intención
-de sus dueños; y Gertrudis, que por inclinación los hubiera tratado
-familiarmente y con ínfulas de señora, y que en el estado en el
-cual se encontraba hubiera recibido como un favor la menor señal
-de benevolencia, se bajaba hasta mendigarlas, no ganando más que
-un poco de humillación al verse correspondida con una indiferencia
-manifiesta, aunque acompañada de un ligero obsequio de formalidad.
-Sin embargo, ella percibió que á diferencia de los demás, un paje la
-trataba respetuosamente, y sentía por ella una compasión de un género
-particular. El continente de aquel joven era lo que Gertrudis había
-visto hasta entonces de más semejante al orden de cosas tan contemplado
-en su imaginación, pareciéndose en el aire y maneras á sus criaturas
-ideales. Poco á poco se descubrió en las maneras de la joven niña un
-cierto no sé qué de nuevo y extraordinario; una calma é inquietud
-distinta de la que solía; el aire de una persona que ha encontrado una
-cosa que le ocupa, que querría mirar á cada momento y no dejarla ver
-á los demás. Se la vigiló más que nunca, tanto que una mañana temprano
-fué sorprendida por una de las sirvientas que hemos citado, mientras
-estaba doblando á escondidas una carta, sobre la cual hubiera obrado
-mucho mejor no escribiendo nada. Después de un corto debate, la carta
-quedó en manos de la sirvienta, y de ésta pasó á las del príncipe.
-
-El terror de Gertrudis al rumor de los pasos de aquél, no se puede
-describir ni imaginar. En efecto, era su padre, estaba irritado, y
-ella se sentía culpable. Mas cuando lo vió aparecer con aquel ceño,
-con aquella fatal carta en la mano, hubiera querido estar cien brazas
-bajo de tierra. Las palabras no fueron muchas, pero sí terribles.
-No se le imponía más pena por el momento, que permanecer encerrada
-en la misma estancia, bajo la custodia de la mujer que había hecho
-el descubrimiento; mas esto no era más que un preludio, no más
-que una precaución del momento: se prometía, se dejaba entrever á
-su imaginación como una cosa vaga, un castigo futuro, misterioso,
-indeterminado, y sobre todo, más espantoso.
-
-El paje fué echado violentamente como era natural, y se le amenazó
-también con una corrección terrible si osaba hablar jamás lo mas mínimo
-respecto de lo sucedido. Al hacerle esta intimación, el príncipe le
-aplicó dos solemnes bofetones, para asociar á aquella aventura un
-recuerdo que pudiese quitar al joven toda tentativa de vanagloriarse
-de ella. Un pretexto cualquiera para cohonestar la despedida del paje,
-no era difícil de hallar; en cuanto á la hija, se dijo que estaba
-enferma.
-
-Ésta quedó con el corazón alterado, con la vergüenza, con el
-remordimiento, con el temor del porvenir, y con la sola compañía de
-aquella mujer á quien odiaba, como el testimonio de su culpa y la causa
-de su desgracia. Ésta detestaba también á su vez á Gertrudis, por la
-cual se hallaba reducida, sin saber por qué tiempo, á la enojosa vida
-de carcelera, habiendo llegado á ser para siempre depositaria de un
-peligroso secreto.
-
-El primer tumulto de aquellos confusos sentimientos se apaciguó poco á
-poco; mas cada uno de éstos, asaltando á su vez el espíritu, crecía y
-se encerraba allí para atormentarla más distintamente y á su placer.
-¿Qué podía ser aquel castigo con el cual se la había amenazado tan
-enigmáticamente? Muchas extrañas y variadas ideas se agolpaban á la
-imaginación ardiente y sin experiencia de Gertrudis. Lo que parecía
-más probable era el volver á ser conducida al monasterio de Monza,
-aparecer no ya como la _señorita_, sino como una culpable, y permanecer
-encerrada, ¡quién sabe hasta cuándo, y cómo la tratarían! El temor de
-la vergüenza era quizás lo que había de más doloroso para ella en aquel
-porvenir lleno de aflicción. Las frases, las palabras, hasta las comas
-de aquel malhadado papel, pasaban y repasaban en su memoria; se le
-aparecían leídas, pesadas por un lector tan imprevisto, tan diferente
-de aquél para quien estaban destinadas: imaginábase que hubieran podido
-caer en poder de la madre ó de su hermano. La imagen de aquél que había
-sido la causa primera de todo el escándalo, no dejaba de atormentarla
-constantemente: no es preciso decir qué extraña figura hacía este
-fantasma entre los otros, tan diferentes, tan fríos, tan amenazadores.
-Ella no se detenía tampoco largo tiempo ni con placer sobre esos sueños
-tan dulces y tan brillantes; estaban muy en oposición con su estado y
-con todas las probabilidades de su porvenir. El único castillo en que
-Gertrudis podía figurarse hallar un refugio tranquilo y honroso, y que
-nada tuviese de fantástico era el convento, cuando ella se hubiese
-resuelto á vivir en él para siempre. Tal resolución habría cambiado su
-situación.
-
-Al cabo de cuatro ó cinco días que le parecieron eternos, una mañana,
-Gertrudis, indignada por el trato de su carcelera, se colocó en un
-rincón de su cuarto y ocultando su rostro con las manos estuvo largo
-tiempo entregada á un exceso de cólera. Ella tenía necesidad de ver
-otros semblantes, de oir otros acentos y de que se la tratase de otro
-modo. Pensó en su padre, en su familia, sin atreverse á permanecer
-en esa idea. Pero se acordó que de ella dependía que fuesen éstos sus
-amigos más sinceros, y la alegría volvió á pintarse en su semblante.
-Se levantó, dirigióse á una mesita, tomó la pluma y escribió una carta
-fatal, pero llena de entusiasmo, de afección y de esperanza, implorando
-el perdón, decidida y pronta á hacer cuanto se le indicase por el que
-había de otorgarle su demanda.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DÉCIMO
-
-
-Hay momentos en que el alma, y en particular la de los jóvenes, está
-dispuesta de modo que basta un poco de interés para lograr todo
-lo que tiene apariencias de virtud y de sacrificio; como una flor
-apenas entreabierta que descansa muellemente sobre su cáliz, pronta
-á abandonar sus perfumes al simple cefirillo que la acaricia con su
-soplo. Estos momentos que debían contemplarse con tímido respeto, son
-precisamente los que la astucia interesada espía atentamente para
-encadenar la voluntad de la víctima.
-
-Á la lectura de la carta en cuestión, el príncipe halló también la
-puerta abierta á sus antiguos propósitos. Envió á decir á Gertrudis
-que se presentase. Gertrudis compareció ante él, sin atreverse á
-levantar los ojos, se echó á los pies de su padre y apenas pudo
-balbucear _perdón_. Éste le hizo señal para que se levantase, pero con
-una voz á propósito para tranquilizarla, le dijo: “No basta pedir, ni
-desear el perdón para obtenerlo, es necesario merecerlo”. Gertrudis
-con mucha timidez pidió la explicación de aquellas palabras y lo que
-debía hacer en consecuencia. Él continuó diciendo que... “á pesar de
-lo ocurrido... en el caso en que... hubiera sido con la intención de
-establecerse en el mundo, ella había contraído un lazo indisoluble y
-había creado un obstáculo invencible. Hombre de honor como era, jamás
-se habría atrevido á presentarla á ningún caballero después de tales
-antecedentes”. La infeliz, oyendo á su padre, estaba en el estado
-más triste que pueda imaginarse. Entonces el príncipe, dulcificando
-gradualmente la voz, añadió que sin embargo, para toda falta habría
-misericordia; que la suya era de aquéllas cuyo remedio estaba indicado
-ya; que ella debía ver en aquel triste accidente un aviso del cielo
-respecto á que la vida del siglo estaba rodeada de escollos.
-
---¡Oh, sí! exclamó Gertrudis, preocupada por el temor y la vergüenza.
-
---Perfectamente, lo has comprendido muy bien, respondió el príncipe.
-En hora buena; no hablemos más de lo pasado: todo está olvidado ya.
-Esto diciendo, tocó una campanilla y dijo al lacayo que entró: llama
-á la princesa y al príncipe mi hijo inmediatamente; y dirigiéndose á
-Gertrudis, continuó: quiero participarles mi alegría; quiero que todos
-empiecen á trataros como merecéis.
-
-Á estas palabras Gertrudis quedóse como atónita. No podía comprender
-que en el sí que acababa de pronunciar, se encerrase tanta virtud.
-
-La princesa y el príncipe no se hicieron aguardar mucho tiempo. Cuando
-vieron á Gertrudis, la miraron con cierto aire de desdén; pero el
-príncipe con un aire jovial y tierno, les dijo: la oveja vuelve al
-aprisco, y espero que ésta sea la última palabra que se diga sobre el
-asunto.
-
---Muy bien, muy bien, exclamaron á la par madre é hijo. Entonces el
-príncipe habló de las distinciones que Gertrudis habría de tener en
-el convento y en el país. La princesa renovaba á cada instante las
-felicitaciones más halagüeñas á Gertrudis.
-
---Es necesario señalar el día en que hemos de ir á Monza á preguntar
-por la abadesa, dijo el príncipe. ¡Cómo se ha de alegrar ella! ¡oh!
-todo el convento sabrá apreciar el honor que Gertrudis le hace. Y, ¿por
-qué no hemos de ir hoy? añadió: Gertrudis tomará con mucho gusto el
-aire.
-
---Vamos, dijo la princesa.
-
---Pero... dijo tímidamente Gertrudis.
-
---Poco á poco, que Gertrudis se decida. Puede que hoy no se sienta con
-fuerzas suficientes; ella querrá mejor ir mañana. ¿Quieres que vayamos
-hoy ó mañana?
-
---Mañana, respondió débilmente Gertrudis, que creía ganar mucho con
-ganar tiempo.
-
---Mañana, dijo solemnemente el príncipe. Ella ha decidido que irá
-mañana. El príncipe fué en casa del vicario y las religiosas para
-pedirles un día para el examen.
-
-En el resto del día Gertrudis no tuvo dos minutos de sosiego. No
-hubo medio; las ocupaciones se sucedían sin interrupción, y parecían
-encadenadas unas con otras.
-
-Gertrudis fué saludada por todos como la _sposina_[6], cada una de
-sus respuestas se estimaba como una confirmación en el propósito de
-profesar. Cuando acabaron de comer, se dispuso un paseo, y Gertrudis
-subió en el coche con su madre y dos tías que la habían acompañado en
-la comida.
-
-Al volver del paseo, los criados, bajando á toda prisa con luces,
-anunciaron que había muchas visitas aguardándoles. Se había extendido
-la noticia de la próxima ceremonia, y parientes y amigos habían venido
-á ofrecer sus cumplimientos á la víctima.
-
-Cuando se hubieron marchado, y que Gertrudis quedó sola con la familia,
-el príncipe, tomando la palabra, dijo: “He tenido el gusto, hija
-mía, de verte tratada conforme á tu rango: es necesario confesar,
-que os habéis conducido perfectamente en honor de la familia á que
-pertenecéis”.
-
-El sueño de Gertrudis fué aquella noche penoso y agitado; habíanle
-dado por compañera de habitación, en lugar de la carcelera, á una
-antigua criada de la casa que muy de madrugada la despertó para que se
-preparase al viaje á Monza.
-
---En pie, en pie, señorita _sposina_. Ya es de día, y para que seáis
-dispuesta del todo siempre hemos de tardar una hora lo menos. La señora
-princesa se levantó cuatro horas antes que de costumbre. El joven
-príncipe bajó y dió las órdenes oportunas, después subió y estuvo
-dispuesto á partir inmediatamente. “Vivo es como un diablo”, dijo la
-criada, “más que una ardilla era de listo, cuando pequeño, y puedo
-decirlo, porque desde pequeño lo he tenido en mis brazos. Mas cuando
-está pronto, no es necesario hacerle esperar; porque si bien es de
-la mejor pasta del mundo, en estos casos se impacienta y alborota.
-¡Pobrecillo! es preciso compadecerle; es su natural, y además esta vez
-él tiene un poco de razón, porque se incomoda por vos. ¡Ay de quien
-lo irrite en estos momentos! no respeta á nadie, á no ser al señor
-príncipe. Mas un día él será el señor príncipe; lo más tarde que sea
-posible, sin embargo. Vivo, vivo, señorita; ¿por qué me miráis así tan
-encantada? Á estas horas debíais ya estar levantada”.
-
-Á la vista del joven príncipe impaciente, todas las demás ideas
-que se habían agrupado á la despierta imaginación de Gertrudis, se
-disiparon repentinamente como una bandada de pájaros á la vista del
-ave de rapiña. Obedeció, se vistió apresuradamente, se dejó peinar, y
-compareció en la sala donde estaban reunidos los padres y el hermano.
-Se la hizo sentar en un sillón de brazos y le llevaron una jícara de
-chocolate, lo que era entonces lo mismo que el hacer tomar la toga
-viril á los romanos.
-
-Cuando fueron á anunciar que el carruaje estaba dispuesto, el príncipe
-llamó aparte á su hija y la dijo: “Vamos, Gertrudis, ayer os habéis
-hecho honor; hoy debéis sobrepujaros á vos misma. Se trata de hacer
-una presentación solemne en el monasterio y en el país, donde estáis
-destinada á hacer el principal papel. Os aguardo... (Es inútil decir
-que el príncipe había enviado el día antes un mensajero á la abadesa).
-Os aguardan, y todos los ojos estarán fijos sobre vos. Dignidad y
-desenvoltura. La abadesa os preguntará qué es lo que queréis: esto es
-una pura formalidad. Podéis responder que deseáis ser admitida á tomar
-el hábito en ese convento, donde habéis sido educada tan cariñosamente,
-donde habéis recibido tantas finezas, todo lo cual es la pura verdad.
-Estas pocas palabras, decidlas con desembarazo; que no tengan que decir
-que os han sido imbuidas y que no sabéis hablar por vos misma. Esas
-buenas madres no saben nada de lo sucedido; éste es un secreto que debe
-quedar sepultado en el seno de la familia; por lo tanto, es preciso que
-vuestro semblante no se manifieste triste y confuso, porque podría dar
-lugar á sospechar algo. Haced ver de qué sangre salís: sed modesta y
-cortés; mas acordaos que en aquel paraje, á excepción de la familia, no
-habrá nadie que sea superior á vos”.
-
-Sin aguardar respuesta, el príncipe se encaminó á la puerta; Gertrudis,
-la princesa y el joven príncipe, lo siguieron; bajaron la escalera y
-subieron al carruaje. Los cuidados y enojos del mundo, la vida feliz
-del claustro, principalmente para las jóvenes de nobilísima sangre,
-fueron el tema de la conversación durante el camino. Antes de llegar,
-el príncipe renovó las instrucciones á su hija, y la repitió muchas
-veces la fórmula de la respuesta. Al entrar en Monza, Gertrudis sintió
-que se le oprimía el corazón; mas su atención fué distraída por un
-instante por algunos señores que hicieron parar la carroza, y la
-prodigaron algunos cumplidos. Habiendo vuelto á continuar su camino,
-se dirigieron más lentamente hacia el monasterio al través de las
-miradas de los curiosos que acudían de todas partes al camino. Al
-pararse la carroza delante de aquellas paredes, delante de aquellas
-puertas, el corazón de Gertrudis se oprimió todavía más. Bajó del
-carruaje pasando al través de dos filas de una multitud inmensa de
-pueblo que los criados hicieron permanecer detrás. Todos aquellos ojos
-clavados sobre la infortunada, la obligaban á estudiar continuamente
-sus ademanes; pero lo que más que todo junto la sujetaba, era la vista
-de su padre, hacia el cual, á pesar del miedo que ella experimentaba,
-no podía dejar de volver á cada momento la suya. Aquella mirada
-gobernaba sus movimientos y su rostro, como por medio de invisibles
-resortes. Atravesado el primer patio entraron en el segundo, y desde
-allí se divisó la puerta del claustro interior abierta de par en par
-y toda ocupada por las monjas. En la primera fila percibíase á la
-abadesa rodeada de ancianas, detrás las demás religiosas mezcladas
-confusamente, algunas de puntillas, y en último término las legas
-subidas encima de algunos banquillos. Veíase también en medio de
-aquella multitud de hábitos, brillar aquí y allá algunos ojillos,
-mostrarse algunas pequeñas caras: eran las más listas y atrevidas de
-las educandas que, metiéndose y penetrando entre las religiosas, habían
-conseguido hacerse un poco de lugar para poder ver también alguna cosa.
-De la expresada multitud salían aclamaciones; veíanse agitarse muchos
-brazos en señal de alegría y felicitación. La comitiva llegó por fin
-á la puerta; Gertrudis se encontró cara á cara con la madre abadesa.
-Después de los primeros cumplimientos, esta última, con tono medio
-alegre y solemne, le preguntó lo que deseaba en aquel paraje, en el
-cual no había nada que se le pudiese rehusar.
-
-“Vengo”... empezó á decir Gertrudis; mas en el momento de proferir las
-palabras que debían decidir casi irrevocablemente de su destino, vaciló
-un instante y permaneció con los ojos fijos sobre la multitud que
-tenía delante. Al propio tiempo distinguió á una de sus compañeras más
-íntimas que la miraba con un aire de compasión y de malicia á la vez,
-y que parecía decirle: “¡Ah! ¡he aquí también presa á nuestra pequeña
-heroína!”. Al ver aquello, despertándose con más viveza en su alma
-todos sus antiguos sentimientos, le restituyó también un poco de su
-antiguo valor, y ya estaba buscando una respuesta cualquiera distinta,
-distinta de la que había sido dictada, cuando alzando la vista hacia
-el rostro de su padre, como para experimentar sus fuerzas, descubrió
-en aquél una inquietud tan sombría, una impaciencia tan amenazadora,
-que resuelta por temor, con la misma prontitud que hubiera huido á
-la presencia de un objeto terrible, prosiguió: “Vengo á pedir el ser
-admitida á tomar el hábito religioso en este monasterio, en donde
-tan cariñosamente he sido educada”. La abadesa contestó en seguida,
-que le disgustaba mucho que fuese en tal ocasión; que las reglas no
-le permitían dar inmediatamente una respuesta que debía proceder del
-sufragio común de las hermanas, y al cual debía preceder la licencia de
-los superiores; que por lo demás, Gertrudis conocía bastante el aprecio
-y consideración que allí se le tenía, para poder adivinar cuál sería la
-respuesta, y que en el ínterin ninguna regla prohibía á la abadesa y
-demás hermanas manifestar la alegría que experimentaban á tal petición.
-Entonces se elevó un confuso murmullo de felicitaciones y aplausos.
-En el acto trajeron grandes bandejas llenas de exquisitos dulces, que
-fueron presentados primeramente á la _sposina_ y después á los padres.
-Mientras que algunas religiosas se la disputaban y otras cumplimentaban
-á la madre, otras al joven príncipe, la abadesa hizo rogar al padre
-que le dispensase el obsequio de ir á la reja del locutorio, donde lo
-aguardaba. Estaba acompañada de dos ancianas, y cuando lo vió aparecer
-dijo: “Señor príncipe para obedecer á los reglamentos... para llenar
-una formalidad indispensable, si bien en este caso... sin embargo,
-debo decirle... que siempre que una hija pide ser admitida á vestir el
-hábito, la superiora, la cual yo indignamente soy... está obligada á
-advertir á los padres... que si por casualidad... forzasen la voluntad
-de su hija, incurrirían en una excomunión. Espero me perdonaréis”...
-
---¡Bien, muy bien! reverenda madre. Vuestra exactitud es muy laudable;
-esto es demasiado justo... mas vos no podéis dudar...
-
---¡Oh! así lo pienso, señor príncipe. He hablado por llenar una
-obligación... por lo demás...
-
---Seguramente, seguramente, madre abadesa.
-
-Cambiadas estas pocas palabras, los dos interlocutores se saludaron
-mutuamente, y se separaron, como si á ambos les pesara el permanecer
-allí uno enfrente del otro; y fueron á reunirse cada uno á su comitiva,
-el uno fuera, la otra dentro del claustro.
-
---Vamos, dijo el príncipe, Gertrudis podrá bien pronto disfrutar á
-su placer de la compañía de estas buenas madres. Por ahora las hemos
-importunado bastante tiempo. Dicho esto saludó; la familia se puso
-también en movimiento, se renovaron los cumplimientos y partieron.
-
-Gertrudis, al volver, tenía muy pocas ganas de hablar. Asustada del
-paso que había dado, vergonzosa de su debilidad, descontenta de los
-otros y de sí misma, ajustaba tristemente la cuenta de las ocasiones
-que le restaban todavía para poder decir _no_, y se prometía débil y
-confusamente á sí misma, que en ésta, en aquélla ó en otra, tendría más
-destreza y valor. Á pesar de todas estas ideas, no había, sin embargo,
-podido olvidar enteramente el terror que le había causado el horrible
-ceño de su padre, lo bien que cuando, con una ojeada lanzada á
-hurtadillas sobre su semblante, le había dado á conocer que no quedaba
-la más mínima huella de cólera; que al contrario, se manifestaba muy
-contento de ella, lo cual le pareció una gran dicha, y por un momento
-quedó sumamente gozosa.
-
-Apenas llegaron á casa fué preciso volverse á vestir y adornarse,
-después comer, luego algunas visitas, en seguida al paseo, por último
-la reunión, y finalmente la cena. Al concluirse ésta el príncipe sacó á
-relucir otro negocio; éste era la elección de madrina. Así se llamaba
-una dama que á petición de los padres servía de custodia y conductora
-de la neófita en el trascurso de tiempo que había desde la petición,
-á la entrada en el monasterio, tiempo que se empleaba en visitar las
-iglesias, los edificios públicos, las sociedades, las casas de campo,
-los santuarios, todas las cosas, en fin, más notables de la ciudad y de
-sus alrededores, á fin de que las jóvenes, antes de pronunciar un voto
-irrevocable, conociesen bien á lo que ellas renunciaban. “Será preciso
-pensar en buscar una madrina, dijo el príncipe, porque mañana vendrá
-el vicario de las monjas para la formalidad del examen, y poco después
-Gertrudis será propuesta en el capítulo para ser aceptada por las
-madres”. Al decir esto, se había vuelto á la princesa, y ésta, creyendo
-que fuese una invitación para que ella la propusiese, empezó á decir:
-“Sería”... mas el príncipe interrumpió: “No, no, señora princesa, la
-madrina debe antes de todo de ser del gusto de la _sposina_; y aunque
-el uso universal da la elección á los padres, sin embargo, Gertrudis
-tiene tanto juicio, tanto tacto, que bien merece que se haga una
-excepción por ella”. Y aquí, dirigiéndose á Gertrudis con el aire
-del que anuncia una gracia singular, continuó: “Ninguna de las damas
-que se han hallado esta noche en nuestros salones deja de reunir las
-cualidades que se requieren para ser madrina de una hija de nuestra
-casa; me complazco en creer que no habrá ninguna que no se tenga por
-muy honrada con obtener semejante preferencia; por lo tanto, podréis
-escoger”.
-
-Gertrudis comprendía muy bien que el mero hecho de hacer aquella
-elección era dar un nuevo consentimiento; pero la proposición estaba
-hecha con tanto aparato, que el rehusar, aun cuando fuese humildemente,
-podía parecer desprecio, ó á lo menos, capricho é ingratitud. Dió,
-pues, también este paso, y nombró la dama que en aquella misma noche
-había congeniado más con ella, la que le había hecho más caricias,
-alabado más, tratado con maneras más familiares, afectuosas y
-solícitas, que dan á un conocimiento de algunos momentos el aire de una
-antigua amistad. “¡Excelente elección!”, dijo el príncipe, que deseaba
-y aguardaba precisamente la misma. Fuese destreza ó casualidad, había
-sucedido como el jugador de manos haciendo correr delante de vuestra
-vista un montón de cartas, os dice que penséis una, que él la adivinará
-después, mas las hace correr de manera que no se deja ver más que una
-sola. Aquella dama había estado alrededor de Gertrudis toda la noche,
-la había ocupado tanto de sí, que la joven hubiera necesitado un grande
-esfuerzo de imaginación para pensar en otra. Tanta solicitud no carecía
-de fundamento. La dama había desde mucho tiempo puesto los ojos en el
-joven príncipe para hacerlo su yerno: así es que miraba las cosas de
-aquella casa como suyas propias, y era bien natural que se interesase
-por su estimada Gertrudis, tanto como sus más próximos parientes.
-
-Al día siguiente por la mañana, Gertrudis se despertó con la
-imaginación ocupada acerca del examinador que debía ir, y mientras
-estaba reflexionando de si sería prudente escoger aquella ocasión
-tan decisiva para volverse atrás, y qué medios podía emplear, el
-príncipe la hizo llamar. “Vamos, hija mía, le dijo; hasta ahora os
-habéis portado magníficamente; hoy se trata de coronar la obra. Todo
-lo que hasta aquí se ha hecho ha sido con vuestro consentimiento. Si
-en este intervalo os hubiese sobrevenido alguna duda, algún pequeño
-arrepentimiento, algún capricho juvenil, debíais haberos explicado;
-pero en el punto al cual han llegado ya las cosas, no es tiempo de
-hacer niñadas. Ese hombre de bien que debe venir esta mañana, os
-hará cien preguntas acerca de vuestra vocación, y si os hacéis monja
-voluntariamente, y el porqué, y el cómo, y qué se yo. Si titubeáis al
-responder, él os tendrá fastidiada Dios sabe cuánto tiempo: esto sería
-una incomodidad, un tormento para vos, y además podría resultar todavía
-alguna cosa más seria. Después de todas las demostraciones públicas que
-se han hecho, la menor duda que se viese en vos, pondría en ridículo
-mi honor; se podría creer que yo había tomado una ligereza vuestra
-por una firme resolución; que me había precipitado; que había... qué
-sé yo. En este caso, me encontraría en la necesidad de escoger entre
-dos partidos dolorosos, á saber: ó dejar que el mundo forme un triste
-concepto de mi conducta, partido que no puede estar en consonancia con
-lo que á mí mismo me debo, ó revelar el verdadero motivo de vuestra
-resolución y”... Pero aquí, viendo que Gertrudis se había puesto
-colorada, que sus ojos echaban fuego y se contraía su semblante como
-las hojas de una flor al viento abrasador que precede á la tempestad,
-cortó aquel discurso, y con ademán sereno continuó: “Vamos, vamos, todo
-depende de vos, de vuestro juicio; ya sé que tenéis mucho, y que no
-sois una chiquilla para echar á perder al fin una cosa bien hecha; mas
-sin embargo, yo debía prever estos casos. No hablemos más de esto, y
-pongámonos de acuerdo acerca de lo que vais á responder con franqueza,
-á fin de no hacer nacer dudas en el ánimo de ese buen hombre; así
-saldréis más pronto de ello”. Y después de haber insinuado algunas
-respuestas á las preguntas más probables, entró en la acostumbrada
-conversación de las dulzuras y goces que estaban reservados á Gertrudis
-en el monasterio, entreteniéndola con esto, hasta que vino un criado
-á anunciar el vicario. El príncipe renovó las instrucciones más
-importantes y dejó á su hija sola con aquél, según estaba prescrito.
-
-El buen hombre llegaba con la opinión ya hecha de que Gertrudis tenía
-una gran vocación al claustro, porque así lo había dicho el príncipe
-cuando había ido á invitarlo. Es verdad que el sacerdote sabía que la
-desconfianza era una de las virtudes más necesarias de su ministerio:
-tenía por máxima el andar con mucho cuidado en dar crédito á semejantes
-protestas, y estar en guardia contra las preocupaciones; pero es bien
-raro que las palabras pronunciadas con tono de afirmación y seguridad
-por una persona autorizada, de cualquier género que ella sea, no tiñan
-con su color la imaginación del que las escucha.
-
---Después de los primeros cumplimientos, señorita, le dijo, vengo
-á representar el papel del diablo; vengo á poner en duda lo que
-en vuestra súplica habéis dado por cierto; vengo á poner delante
-de vuestra vista las dificultades, y á asegurarme de si lo habéis
-considerado bien. Me permitiréis que os haga algunas preguntas.
-
---Decid, respondió Gertrudis.
-
-El sacerdote empezó entonces á interrogarla en las formas prescritas
-por los reglamentos: “¿Sentís en vuestro corazón una libre y espontánea
-resolución de ser monja? ¿No han sido empleadas amenazas ó seducciones?
-¿No han hecho uso de la autoridad para induciros á ello? Hablad sin
-temor y con sinceridad á un hombre cuyo deber es el de conocer vuestra
-verdadera voluntad, para impedir el que no se os haga violencia alguna”.
-
-La verdadera respuesta á semejante pregunta se presentó de improviso
-con una evidencia terrible á la mente de Gertrudis; mas para darla
-era preciso venir á una explicación, decir del modo que había sido
-amenazada, contar una historia... La infeliz retrocedió espantada á tal
-idea; buscó precipitadamente otra respuesta, y sólo encontró una, la
-más contraria á la verdad, que pudiese librarla pronto y seguramente de
-aquel suplicio. “Me hago monja, dijo, ocultando su turbación; me hago
-monja libremente, por mi propia voluntad”.
-
---¿Cuánto tiempo hace que tenéis este pensamiento? preguntó aún el
-sacerdote.
-
---Lo he tenido siempre, respondió Gertrudis, vuelta después de aquel
-primer paso, más franca para mentir contra sí misma.
-
---Pero, ¿cuál es el motivo principal que os induce á ser monja?
-
-El buen sacerdote ignoraba qué cuerda tan terrible tocaba, y Gertrudis
-hizo un gran esfuerzo para no dejar traslucir en su rostro el efecto
-que aquellas palabras producían en su espíritu. “El motivo, dijo, es el
-de servir á Dios, y huir los peligros del mundo”.
-
---¿No sería acaso algún disgusto? ¿Algún... perdonadme... algún
-capricho? Á veces una causa momentánea puede hacer una impresión tal,
-que parece debe ser eterna, y después cuando cesa la causa, y el
-corazón cambia, entonces...
-
---No, no, respondió precipitadamente Gertrudis; no hay otra causa más
-que la que os he dicho.
-
-El vicario, más para cumplir enteramente con su obligación, que por
-la persuasión de la necesidad que hubiese, insistió en las preguntas;
-mas Gertrudis estaba determinada á engañarle; además, la vergüenza
-que le causaba la idea de confiar su debilidad á aquel grave y digno
-sacerdote, el cual parecía estaba tan lejos de sospechar semejante
-cosa: la infeliz pensaba que él también podía impedir que fuese monja;
-mas allí concluía su autoridad y su protección sobre ella. Luego
-que hubiese partido, ella se quedaría sola con el príncipe; y con
-respecto á lo que tendría que sufrir en la casa, el buen sacerdote lo
-ignoraría; ó sabiéndolo, con la mejor intención del mundo, no podría
-hacer otra cosa más que compadecerse de ella, con aquella compasión
-tranquila y grave que en general se concede como por cortesanía á los
-que han dado causa ó pretexto para el mal que les hacen. El examinador
-se cansó más pronto de preguntar que la infeliz de mentir; y viendo
-sus respuestas siempre conformes, y no teniendo motivo alguno de dudar
-de su franqueza, mudó finalmente de lenguaje; la felicitó, le pidió en
-cierto modo perdón de haber tardado tanto en hacer su deber; añadió lo
-que consideraba más propio para confirmarla en su buen propósito, y se
-retiró. Al atravesar las habitaciones para salir, se encontró con el
-príncipe, el cual parecía que pasaba por allí casualmente, y no dejó
-de congratularse con él acerca de las buenas disposiciones que había
-hallado en su hija. El príncipe había permanecido hasta entonces en
-la más penosa incertidumbre: á aquella noticia respiró, y olvidando
-su acostumbrada gravedad, se dirigió casi á la carrera hacia donde
-estaba Gertrudis; la colmó de elogios, de caricias y promesas, con una
-cordial alegría, con una ternura en gran parte sincera: ¡he aquí cómo
-se comprenden los enigmas del corazón humano!
-
-Nosotros no seguiremos á Gertrudis en aquel torbellino continuo de
-diversiones, ni tampoco describiremos en particular y ordenadamente
-los sentimientos de su corazón en ese intervalo de tiempo; esto sería
-una historia de dolores y de fluctuaciones demasiado monótonas y muy
-semejantes á las ya referidas. La amenidad de los sitios, la variación
-de los objetos, el placer de correr al aire libre, le hacían más
-odiosa aún la idea del lugar adonde debía entrar por la última vez
-para siempre. Más punzantes todavía eran las impresiones que recibía
-en las reuniones y en las fiestas. La vista de cada mujer á la cual
-se daba el nombre de esposa, en el sentido más común y más usado, le
-causaba una envidia, un pesar intolerable, y á veces también la vista
-de otros personajes le hacía parecer que al sentirse dar aquel título
-debían hallarse en el colmo de la felicidad. Otras veces la pompa de
-los palacios, la riqueza de los muebles, el bullicio y el ruido alegre
-de las fiestas, le comunicaban una embriaguez, un ardor tal de vivir
-entre aquellos goces, que se prometía el desdecirse, el sufrirlo todo,
-más bien que volver á la muerta y fría sombra del claustro. Mas todas
-estas resoluciones se desvanecían á la consideración más tranquila de
-las dificultades, al sólo fijar su vista en el semblante del príncipe.
-Otras veces también la idea de tener que abandonar para siempre
-aquellos placeres, la hacían más amarga y penosa aquella prueba tan
-corta, del mismo modo que el enfermo alterado mira con cólera y casi
-rechaza con despecho la cucharada de agua que el médico permite que
-le den á duras penas á causa de las instancias de aquél. Entretanto,
-el vicario de las monjas había dado la certificación necesaria, y la
-licencia para verificar el capítulo para la aceptación de Gertrudis
-había llegado. El capítulo se verificó; concurrieron, como era de
-esperar, las dos terceras partes de votos secretos que se exigían por
-los reglamentos, y Gertrudis fué aceptada. Ella misma, fatigada de
-aquel largo martirio, pidió entrar lo más pronto que fuese posible
-en el monasterio. Seguramente no había nadie que quisiese refrenar
-tal impaciencia. Hízose pues su voluntad, y conducida con gran pompa
-al monasterio, tomó el hábito. Después de un año de noviciado, lleno
-de recuerdos y de arrepentimiento, llegó el momento de la profesión,
-es decir, el momento en el cual era preciso ó pronunciar un _no_ más
-extraño, más inesperado, más escandaloso que nunca, ó repetir un sí
-tantas veces dicho: lo repitió, pues, y fué monja para siempre.
-
-Es uno de los privilegios de la religión cristiana, el poder dar una
-dirección saludable y consolar al que en cualquiera circunstancia y
-con cualquier motivo recurre á ella. Si hay remedio lo indica, lo
-suministra, da luz y vigor para ponerlo en práctica á toda costa; si
-no lo hay, prescribe el modo de hacerlo real y efectivo, como se dice
-proverbialmente, hacer de la necesidad virtud. Enseña á continuar
-con sabiduría lo que se ha emprendido por ligereza; induce al alma
-á abrazar con propensión lo que le ha sido impuesto á la fuerza; y
-da á una elección que fué temeraria, pero que es irrevocable, toda
-la santidad, toda la nobleza, toda la alegría de la vocación. Éste
-es un camino hecho de tal modo, que al salir de un laberinto ó de un
-precipicio, el hombre que se le llama y se le empeña, puede desde allí
-en adelante caminar y seguir con seguridad y sin esfuerzo, y llegar
-alegremente á un fin dichoso. Por este medio Gertrudis hubiera podido
-ser una religiosa santa y completa, de cualquier modo que hubiese
-llegado á serlo. Pero la desgraciada se resistía en vano bajo el yugo,
-y no hacía otra cosa que sentir más fuertemente el peso y la opresión.
-Un recuerdo eterno de la libertad perdida, el fastidio de su estado
-presente, un fatigoso vagar detrás de deseos que jamás podrían ser
-satisfechos; tales eran las principales ocupaciones de su alma. Traía
-á la memoria sin cesar aquel pasado tan amargo; repasaba todas las
-circunstancias por las cuales se encontraba allí, y deshacía mil veces
-inútilmente con el pensamiento lo que había hecho con sus obras; se
-acusaba de cobardía, á los demás de tiranía y de perfidia; le remordía
-la conciencia. Idolatraba y lloraba á la vez su belleza, deploraba una
-juventud destinada á consumirse en un lento martirio, y en ciertos
-momentos envidiaba la suerte de cualquiera mujer, aunque fuese de la
-más baja condición, del peor renombre, con tal que ella pudiese gozar
-libremente en este mundo de sus dones.
-
-La presencia de aquellas monjas que habían contribuido á meterla
-allí, le era odiosa. Recordaba los artificios y astucias que habían
-empleado, y se vengaba haciéndoles mil groserías, desprecios, y también
-manifiestos vituperios. Á ellas les era preciso las más veces el no
-darse por entendidas y callar; pues aunque ciertamente el príncipe
-había querido tiranizar á su hija, tanto como era necesario para
-obligarla á entrar en el claustro, sin embargo, logrado ya su intento,
-no hubiera sufrido con facilidad que otros pretendiesen tener razón
-contra su misma sangre; la más pequeña cosa que hubiesen hecho á su
-hija, podía ser motivo de hacerlas perder aquella gran protección, ó
-cambiarse quizás de protector en enemigo.
-
-Parece que Gertrudis hubiera debido experimentar una cierta inclinación
-por las demás hermanas que no habían tenido parte en aquellas intrigas,
-y que sin haberla deseado por compañera la querían como á tal; y
-piadosas siempre, ocupadas y contentas, le mostraban con su ejemplo,
-cómo aun allí dentro se podía no sólo vivir, sino también disfrutar
-de alguna felicidad. Mas éstas le eran odiosas por otro motivo. Aquel
-aire de piedad y de contento, era á sus ojos como un reproche de su
-inquietud y extravagante conducta, y no dejaba escapar ocasión de
-tratarlas por detrás de falsas, y de burlarse de ellas como de unas
-hipócritas. Acaso les tendría menos aversión si hubiera sabido ó
-adivinado, que las pocas bolas negras que se encontraron en la urna
-donde se había decidido su aceptación habían sido justamente puestas
-por aquellas mismas.
-
-Á veces le parecía hallar algún consuelo al mandar, al verse cortejada
-dentro del monasterio, al recibir visitas de personas de fuera, al
-dar cima á un negocio, al dispensar su protección, al oirse llamar la
-_señora_: ¡pero qué consuelos! El corazón, que sentía su insuficiencia,
-hubiera querido de cuando en cuando reunir á ellos los consuelos de
-la religión para crearse un doble apoyo; pero éstos no vienen sino al
-que desprecia aquellos otros; á la manera que el náufrago para asirse
-á la tabla que puede conducirlo sano y salvo sobre la playa, tiene,
-sin embargo, que abrir la mano, y abandonar la alga á la que se había
-aferrado por un furioso instinto.
-
-Poco después de la profesión, Gertrudis había sido nombrada maestra de
-las educandas. ¡Calcúlese cómo debían estar dichas jóvenes bajo tal
-disciplina! Sus antiguas compañeras habían salido ya todas; pero ella
-conservaba vivas todas las pasiones de aquel tiempo; y de un modo ó
-de otro las discípulas debían sentir el peso. Cuando le venía á la
-imaginación que muchas de ellas estaban destinadas á vivir en ese mundo
-del cual estaba excluida para siempre, sentía contra aquellas infelices
-un aborrecimiento, y casi un deseo de venganza; las tenía bajo una
-dependencia absoluta, las trataba con la mayor aspereza y las hacía
-expiar anticipadamente los placeres que un día habían de disfrutar.
-Al ver en ciertos momentos el rigor que usaba para reprender la más
-pequeña falta, se la hubiera tomado por una mujer de una austeridad
-brutal y exagerada. Otras veces, el mismo horror por el claustro, por
-la regla, por la obediencia, estallaba en accesos de humor enteramente
-opuestos. Entonces no sólo soportaba la ruidosa algazara de sus
-discípulas, sino que también las excitaba; mezclábase en sus juegos;
-contribuía á hacerlos más desordenados aún; tomaba parte en sus
-conversaciones para hacerlas ir más allá de lo que ellas habían tenido
-intención de decir al empezar. Si alguna se permitía hablar acerca de
-la gazmoñería de la madre abadesa, la maestra la imitaba diestramente,
-y hacía de ello una escena cómica; remedaba el semblante de una
-religiosa, el andar de otra; entonces reía como una loca; pero era una
-risa que no la dejaba más alegre que antes. Así había vivido algunos
-años, no teniendo medios ni ocasión de hacer más, cuando su desgracia
-quiso que se le presentase una coyuntura.
-
-Entre los demás privilegios que le habían sido concedidos, para
-compensarla de no poder ser abadesa, era también el de tener una
-habitación aparte. Aquel lado del monasterio estaba contiguo á una
-casa, habitada por un joven, bandido de profesión, uno de tantos que en
-aquella época, con sus bribones, y con la alianza de otros bandidos, se
-podían burlar hasta cierto punto de las leyes y de la fuerza pública.
-Nuestro manuscrito lo llama Egidio, sin añadir más. Éste, pues, por
-una lumbrera que daba á un patiecillo de aquel departamento, había
-visto algunas veces á Gertrudis pasar y repasar por allí. Alentado
-más bien que temeroso por el peligro é impiedad de la empresa, un día
-osó dirigirle la palabra, y la desventurada le contestó. En aquellos
-primeros momentos experimentó un contento, no muy puro, pero bastante
-vivo. En el vacío negligente de su alma había venido á colocarse
-una ocupación fuerte, continua, y casi podría decirse un poder de
-vida enteramente nuevo; pero aquel contento se asemejaba al brebaje
-restaurador que la crueldad ignominiosa de los antiguos daba á beber
-al condenado para darle fuerzas para soportar el martirio. Entonces
-una grande novedad en toda su conducta se notó al mismo tiempo: se
-hizo de pronto más regular, más apacible; no dió ya libre curso á sus
-arrebatos y á sus quejas; se mostró más cariñosa y prevenida, tanto
-que las hermanas se regocijaban á la vista de un cambio tan feliz.
-Bien lejos estaban de imaginar el verdadero motivo y de comprender
-que aquella nueva virtud no era otra cosa que la hipocresía unida á
-sus antiguos vicios. Sin embargo, aquella apariencia, aquel exterior
-de barniz, no duró mucho tiempo, á lo menos de una manera igual y
-sostenida: bien pronto volvieron á presentarse los antiguos desdenes y
-ordinarios caprichos; de nuevo se hicieron oir sus imprecaciones y sus
-amargas burlas contra la prisión del claustro, expresadas algunas veces
-en un lenguaje insólito para aquel lugar y para aquella boca. Con todo,
-cada vez que recapacitaba sentía arrepentimiento, y tenía gran cuidado
-de reparar su falta á fuerza de mimos y buenas palabras. Las hermanas
-soportaban lo mejor que podían aquellas alternativas, y lo atribuían al
-natural ligero y fantástico de la _señora_.
-
-Por espacio de algún tiempo no parecía que ninguna de ellas se
-apercibiese de nada; mas un día que la _señora_ se trabó de palabras
-con una hermana lega, por no sé qué bagatelas, se dejó llevar hasta
-maltratarla sin compasión ni medida. La lega, después de haber sufrido
-y haberse mordido los labios un poco, perdida finalmente la paciencia,
-se le escapó el decir que ella sabía ciertas cosas, y que á su vez
-podría hablar. Desde aquel momento, la _señora_ no tuvo reposo. Sin
-embargo, no pasó mucho tiempo en que la lega fuese esperada en vano
-una mañana para ir á prestar sus acostumbrados oficios; van á buscarla
-á su celda y no la encuentran; es llamada á gritos, no responde; busca
-de allí, busca de allá, se registra por todas partes, todo, de arriba
-abajo, no está en ningún sitio. ¡Dios sabe las conjeturas que se
-habrían hecho, si estando buscándola no hubiesen descubierto un gran
-agujero en la pared del jardín, lo cual hizo pensar á todos que por
-dicho sitio había huido! Se hicieron grandes pesquisas en Monza y sus
-alrededores, y principalmente en Meda, de donde era natural la lega; se
-escribió á varias partes, y no se tuvo la más pequeña noticia. Quizá
-se hubiera adelantado más si en lugar de buscarla tan lejos se hubiese
-cavado un poco la tierra. Después de muchas señales de admiración,
-porque nadie la hubiera creído capaz de semejante cosa, después de
-mil y mil conversaciones, concluyó por decirse que debía haberse ido
-lejos, muy lejos; y como una de las hermanas había dicho sin titubear:
-no hay la menor duda, se ha refugiado en Holanda, se dijo de pronto,
-y en adelante se tuvo por cierto en el convento, que aquélla se había
-refugiado en Holanda. No parecía, sin embargo, que la _señora_ fuese de
-esta opinión; no porque combatiese la opinión general con sus razones
-particulares; si las tenía, á la verdad, no las hubo jamás tan bien
-disimuladas; no había cosa en el mundo de la cual se abstuviese más
-voluntariamente, que la de traer á colación semejante historia, y se
-cuidase menos de tocar al fondo de aquel misterio; pero cuanto menos
-hablaba, tanto más se hablaba de ello. ¡Cuántas veces al día, la imagen
-de aquella mujer venía á presentársele de súbito á su mente, y se
-fijaba en ella sin querer moverse! ¡Cuántas veces hubiera deseado verla
-delante de sí, viva y realmente, más bien que haberla tenido fija en el
-pensamiento, más bien que tener que encontrarse día y noche en compañía
-de aquella forma vana, terrible, impasible! ¡Cuántas hubiera querido
-oir de veras su voz, aunque la amenazase, más bien que el escuchar cómo
-resonaba en el fondo de su alma el ruido fantástico de aquella misma
-voz, y sus palabras repetidas con una pertinacia, con una resistencia
-infatigable, como no hubo jamás un ser viviente!
-
-Habíase pasado cerca de un año, después de dicho suceso, cuando Lucía
-fué presentada á la _señora_, y tuvo con ella la conversación, en
-la cual ha parado nuestra historia. La _señora_ multiplicaba las
-preguntas, tocante á las persecuciones de D. Rodrigo, y entraba en
-ciertos detalles con una intrepidez, que parecía y debía parecer más
-que nueva para Lucía, que nunca había imaginado que la curiosidad de
-las monjas pudiese ejercitarse en semejantes objetos, los juicios
-que aquélla entremezclaba á sus preguntas, ó que dejaba traslucir,
-no eran menos extraños. Parecía que casi se reía del grande miedo
-que Lucía había tenido siempre de aquel señor, y le preguntaba si
-era acaso un monstruo para causarle tanto espanto; parecía casi que
-hubiera encontrado torpe y necio el genio esquivo de la joven, si no
-hubiese tenido por motivo la preferencia dada á Renzo, y sobre lo cual
-le dirigía ciertas preguntas, que llenaban de estupor y ruborizaban á
-la interrogada. Apercibiéndose luego de haber dejado correr su lengua
-detrás de los aturdidos é irreflexibles arrebatos de su cerebro, trató
-de componer y dar el mejor colorido posible á sus palabras; mas no pudo
-conseguir, el que á Lucía dejase de quedarle un desagradable pasmo, y
-como cierto terror confuso. Apenas pudo hallarse á solas, con su madre,
-cuando le abrió su corazón; mas Inés, como más experimentada, disipó
-en pocas palabras todas aquellas dudas, y aclaró todo el misterio. “Es
-preciso que no te sorprendas, le dijo; cuando conozcas el mundo, como
-yo, verás que esto no son cosas para sorprenderse. Los señores, quienes
-más, quienes menos, los unos por una cosa, los otros por otra, tienen
-todos una vena de locura. Conviene dejarlos decir, sobre todo, cuando
-se necesitan, hacer la vista gorda y escucharlos con formalidad, lo
-mismo que si dijeran cosas muy justas. ¿Has visto cómo me ha cortado
-la palabra, lo mismo que si hubiese dicho un despropósito? Á la verdad
-que ningún caso he hecho. Ellos son todos así; y no obstante, Dios sea
-loado, pues parece que esa _señora_ te ha tomado mucho cariño y quiere
-protegernos de veras. Por lo demás, si sales del atolladero y te sucede
-alguna vez el tener que hacer con los señores, tú verás”.
-
-El deseo de obligar al padre guardián, la complacencia de protegerle,
-la idea del buen concepto que se podría formar de una protección tan
-piadosamente acordada, cierta inclinación á Lucía, y también cierta
-satisfacción en hacer bien á una criatura inocente, en socorrer y
-consolar á los oprimidos, habían dispuesto realmente á la _señora_
-á tomar á pechos la suerte de las dos pobres fugitivas. Según sus
-órdenes, y según sus intenciones, fueron alojadas en la habitación
-de la portera, contigua al claustro, y tratadas como si estuviesen
-empleadas al servicio del monasterio. La madre y la hija se regocijaban
-juntas de haber encontrado tan pronto un asilo seguro y reverenciado.
-También habrían deseado permanecer ignoradas de todo el mundo, mas en
-un monasterio era cosa muy difícil; tanto más, cuanto que había un
-hombre decidido á obtener noticias de una de ellas, en cuyo ánimo, á
-la rabia de haber sido prevenido y burlado, se unía la pasión que le
-animaba anteriormente. Dejando nosotros á las mujeres en su asilo,
-volvamos al palacio de aquél, en el momento en que estaba aguardando el
-éxito de su criminal empresa.
-
-
- NOTAS:
-
-[6] Novicia.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOPRIMERO
-
-
-Á la manera que una jauría de sabuesos, después de haber seguido en
-vano el rastro de una liebre, vuelven mortificados al encuentro de
-su dueño, con el rabo entre piernas y las orejas caídas, del mismo
-modo, en aquella tumultuosa noche, volvían los bravos al castillo de
-D. Rodrigo. Éste se paseaba en la oscuridad, de un extremo á otro de
-un vasto aposento deshabitado, situado en el piso superior que daba
-sobre la explanada. De cuando en cuando se paraba, poníase á escuchar,
-miraba al través de las rendijas de los postigos entreabiertos, lleno
-de impaciencia y no sin inquietud, no sólo por la incertidumbre del
-buen éxito, sino también por las consecuencias posibles, porque era
-la mayor y la más atrevida de las empresas á las cuales este hombre
-intrépido había puesto mano. Sin embargo, se iba tranquilizando con
-la idea de las precauciones tomadas para destruir todos los indicios
-y las sospechas. En cuanto á las sospechas, pensaba, me río de ellas.
-Quisiera saber quién será el guapo que venga á asegurarse de que aquí
-hay ó no una muchacha. Que venga, que venga el imbécil; le prometo que
-será bien recibido. Que venga el fraile, que venga. ¿La vieja? que vaya
-á Bérgamo la vieja. ¿La justicia? ¡bah con la justicia! El podestá no
-es un niño ni un loco. ¿Y Milán? ¿Quién se cuida de estas gentes en
-Milán? ¿Quién les prestaría oídos? ¿Quién sabe que están aquí? Son
-como gentes perdidas sobre la tierra, ni aun siquiera tienen un dueño;
-esas gentes no pertenecen á nadie. Vamos, vamos, fuera miedo. ¡Cómo se
-quedará mañana Attilio! Verá, verá si yo sé charlar ú obrar. Y luego...
-si sobreviniese algún embarazo... qué sé yo, algún enemigo que quisiese
-escoger esta ocasión... Attilio también sabrá aconsejarme; en ello está
-empeñado el honor de toda la parentela. Mas el pensamiento en el cual
-se detenía más porque en él encontraba al mismo tiempo una tranquilidad
-para sus dudas y un pasto para su principal pasión, era el pensamiento
-de las lisonjas, de las promesas que emplearía para adormecer á Lucía.
-Tendrá tanto miedo de hallarse aquí sola en medio de estas gentes,
-de estas fachas (que á la verdad, la cara más humana que hay aquí
-soy yo), ¡por Baco!... Se verá obligada á recurrir á mí, le tocará
-suplicar, y si me suplica...
-
-Mientras que hacía estas cuentas, oyó un ruido de pasos; fué á la
-ventana, la abrió un poco, sacó la cabeza; son ellos. ¿Y la litera?
-¡Diablo! ¿Dónde está la litera? Tres, cinco, ocho, todos están; el
-_Griso_ también. ¡La litera no está! ¡Diablo, diablo! El _Griso_ me
-rendirá la cuenta de todo.
-
-Entrados que fueron, el _Griso_ depositó en un rincón de una sala baja
-su bordón, su gran sombrero y su hábito de peregrino; y como tenía
-una responsabilidad que en aquel momento nadie le envidiaba, subió
-para hacer su relación á D. Rodrigo. Éste lo esperaba en lo alto de la
-escalera, y viéndole aparecer con aquel aire imbécil y negado de un
-bribón engañado, “¿y bien, le dijo, ó más bien le gritó, señor guapo,
-señor capitán, señor _dejarme hacer_?”.
-
---Es muy duro, repuso el _Griso_, que permanecía con un pie sobre
-el primer escalón, es muy duro recibir reproches después de haber
-trabajado fielmente, tratado de cumplir con su deber y arriesgado al
-propio tiempo su pellejo.
-
---¿Cómo ha ido eso? Veremos, dijo D. Rodrigo; y se encaminó hacia su
-cámara, adonde le siguió el _Griso_, é hizo súbitamente la relación de
-todo lo que había dispuesto, hecho, visto y no visto, oído, temido,
-reparado; haciéndolo con aquel orden y con aquella confusión, con
-aquella inexactitud que debían á la fuerza reinar aunadamente en su
-imaginación.
-
---Tú no has sido traidor; te has conducido bien, dijo D. Rodrigo; has
-hecho lo que has podido; mas... bajo este techo se cobija algún espía.
-Si efectivamente es así, si llego por casualidad á descubrirlo, y lo
-descubriré si lo hay, yo te aseguro, _Griso_, que lo guardo para un día
-de fiesta.
-
---Semejante sospecha, señor, también me ha pasado por la cabeza; y si
-fuese verdad, si se llegase á descubrir un bribón de esa especie, el
-señor amo lo debe poner en mis manos. ¡Un pillo que se habrá gozado en
-hacerme pasar una noche semejante! Me pertenece hacérsela pagar. Sin
-embargo, por varias cosas he podido deducir, que aquí debe haber alguna
-otra intriga que por ahora no se puede comprender. Mañana, señor,
-mañana se verá más claro.
-
---¿Á lo menos no habréis sido reconocidos?
-
-El _Griso_ respondió que esperaba que no; y la conclusión de este
-discurso fué que D. Rodrigo le ordenó para el día siguiente tres cosas
-que aquél hubiera sabido pensar por sí solo, á saber: expedir muy de
-mañana dos hombres para hacer al cónsul una cierta intimación, que fué
-hecha después, según ya hemos visto; otros dos fueron enviados á rondar
-por los alrededores del caserón arruinado, con el objeto de alejar
-á todos los ociosos que se dirigiesen hacia aquel punto; y sustraer
-la litera á todas las miradas hasta la noche siguiente, en la cual se
-mandaría á buscarla, porque por el momento no convenía moverse más
-para no dar sospechas. Después ordenó que fuesen á descubrir terreno,
-y que enviase algunos de los más desenvueltos y diestros con el fin
-de indagar algo acerca del desorden de aquella noche. Luego de haber
-dado dichas órdenes, D. Rodrigo se fué á descansar, y dejó también
-ir al _Griso_, al cual despidió colmándole de alabanzas, en las que
-se traslucía evidentemente el deseo de resarcirle de los improperios
-precipitados con los cuales le había acogido.
-
---Vete á dormir, pobre _Griso_, pues debes tener ya necesidad de ello.
-¡Pobre _Griso_! ¡Todo el día de negocios, negocios en medio de la
-noche, sin contar el peligro de caer en poder de los villanos ó de
-atraerse una buena recompensa _por el rapto de una mujer honesta_,
-añadido todo esto á las que tú tienes ya encima, y después ser recibido
-de aquel modo! Mas ¡ah! ¡así pagan los hombres con frecuencia los
-buenos servicios! Tú has debido convencerte, sin embargo, en esta
-ocasión, que alguna vez la justicia, si no viene antes, viene después
-en este mundo. Ahora vete á dormir; día vendrá en que quizá tendrás que
-darme otra prueba de tu adhesión mucho mayor que ésta.
-
-Á la mañana siguiente, el _Griso_ estaba ya de nuevo ocupado en sus
-negocios, cuando D. Rodrigo se levantó. Éste buscó en seguida al conde
-Attilio, el cual, viéndole aparecer, tomó un aire y un tono de chanza,
-y le gritó: ¡S. Martín!
-
---No sé qué deciros, repuso D. Rodrigo aproximándose á él; pagaré la
-apuesta; pero esto no es lo que más me aflige: no he querido deciros
-nada, porque lo confieso, trataba de daros esta mañana una pequeña
-sorpresa. Mas... basta; ahora os lo contaré todo.
-
---Sin duda el fraile ha echado la zancadilla en este negocio, dijo el
-primo, después de haberlo escuchado todo con más formalidad que no
-podía esperarse de un cerebro tan ligero como el suyo. Ese fraile,
-prosiguió, con su facha de mosca muerta y su lenguaje mesurado, lo
-tengo por un bribón y por un hipócrita. Vos no os habéis querido fiar
-de mí; no habéis querido decirme claramente lo que había venido á
-buscar el otro día. D. Rodrigo refirió el diálogo. ¿Y tuvisteis tanta
-cachaza? exclamó el conde Attilio; ¿y lo dejasteis ir según había
-venido?
-
---¿Queríais que me hubiese atraído el aborrecimiento de todos los
-capuchinos de Italia?
-
---Yo no sé, dijo el conde Attilio, si en aquel instante me habría
-acordado que hubiese en el mundo otros capuchinos que ese temerario
-bribón. Pero siguiendo las reglas más estrictas de la prudencia,
-nunca faltan medios de tomar satisfacción, aunque sea de un capuchino.
-Es preciso saber redoblar las miradas por todo el cuerpo, y entonces
-se puede impunemente dar una pequeña paliza á un miembro. Basta: ha
-escapado á un castigo que merecía mucho; pero yo lo tomo bajo mi
-protección, y quiero tener el consuelo de enseñarle de qué modo se
-trata á la gente como nosotros.
-
---No lo echéis á perder más.
-
---Fiaos una vez siquiera en mí; yo os serviré de pariente y de amigo.
-
---¿Qué es lo que pensáis hacer?
-
---No lo sé aún; mas os aseguro que serviré al fraile. Lo pensaré, y...
-el señor conde mi tío, del consejo secreto, es el que podrá servirme.
-¡Mi querido señor conde y tío! ¡Cuánto me divierto en hacer trabajar en
-mi favor á un politicón de ese calibre! Pasado mañana estaré en Milán,
-y de un modo ú otro el fraile será servido...
-
-Entretanto trajeron el desayuno, lo cual no interrumpió la conversación
-sobre un negocio de aquella importancia. El conde Attilio hablaba con
-desenvoltura; y si bien tomaba aquella parte que requería su amistad
-para con el primo, y el honor del nombre común, según las ideas que
-tenía de amistad y de honor, sin embargo, de cuando en cuando no podía
-menos de echarse á reir por lo bajo de aquella malograda empresa.
-Pero D. Rodrigo que discutía en causa propia, y que creyendo dar
-tranquilamente un golpe, le había salido fallido con estrépito, estaba
-agitado por pasiones más graves, y distraído por ideas más inquietas.
-¡Cuánto charlarán, decía, esos bribones en todos los alrededores!
-¿pero qué me importa? Tocante á la justicia, me río de ella; pruebas no
-hay ninguna, y aun cuando las hubiera, me reiría igualmente; á buena
-cuenta, esta mañana he hecho advertir al cónsul que se guardase bien
-de hacer declaración alguna acerca de lo sucedido. Nada malo me puede
-resultar; pero las habladurías, cuando duran mucho, me fastidian.
-¡Hasta el presente, bien amargamente he sido burlado!
-
---Habéis hecho perfectamente, repuso el conde Attilio. Vuestro
-podestá... vuestro ignorante, vuestro testarudo, vuestro muy fastidioso
-podestá... es, sin embargo, un hombre honrado; un hombre que sabe su
-deber, y precisamente cuando se tiene algún negocio con semejantes
-personas, es necesario evitarles compromisos. Si ese imbécil de cónsul
-hace una declaración cualquiera, el podestá, aunque tenga buenas
-intenciones, se verá obligado, sin embargo, á...
-
---Mas vos, interrumpió D. Rodrigo un tanto colérico, vos echáis á
-perder mi asunto con vuestro afán de contradecirle en todo, de cortarle
-la palabra, y aun de chancearos en ocasiones dadas. ¡Qué diablo! ¿pues
-qué, un podestá no podrá ser un tonto y obstinado aun cuando en lo
-demás sea un buen hombre?
-
---¿Sabéis, primo mío, dijo mirándole sorprendido el conde Attilio,
-sabéis que empiezo á creer que tenéis un poco de miedo? Tomáis tan á
-pechos aun las cosas del podestá...
-
---Vaya, vaya, ¿no habéis dicho vos mismo que era preciso tener
-cuidado?...
-
---Lo he dicho, y cuando se trata de un negocio formal, os haré ver
-que no soy un niño. ¿Sabéis lo que soy capaz de hacer por vos? Soy
-hombre de ir en persona á hacer una visita al señor podestá. ¡Ah! ¡Qué
-contento se pondrá con semejante honor! Soy hombre de dejarlo hablar
-por espacio de media hora del conde-duque y de nuestro señor castellano
-español, y de darle la razón en todo, aun cuando no diga más que
-tonterías. Diré después algunas palabritas sobre el conde mi tío, del
-consejo secreto: ¿y sabéis el efecto que producirán dichas palabras
-en los oídos del señor podestá? Al fin de la jornada él tiene más
-necesidad de nuestra protección, que vos de su condescendencia. Iré, lo
-haré todo á pedir de boca, y lo dejaré mejor dispuesto que nunca.
-
-Después de estas y otras palabras semejantes, el conde Attilio salió
-para ir á caza, y D. Rodrigo quedó esperando con ansiedad la vuelta del
-_Griso_. Éste vino al fin á la hora de comer, para hacer la relación de
-todo lo que había ocurrido.
-
-El desorden de la pasada noche había sido tan ruidoso, la desaparición
-de tres personas del lugarcillo era un suceso tan grande, que las
-pesquisas, ya fuese por interés, ya por curiosidad, debían naturalmente
-ser numerosas, vivas y obstinadas; por otra parte, había mucha gente
-demasiado instruida de algunas particularidades, para que se pudiesen
-poner de acuerdo para callar. Perpetua no podía dejarse ver en el
-umbral de su puerta, que no se viese asaltada, ya por uno, ya por
-otro, para que dijese quién había causado aquel gran miedo á su amo; y
-Perpetua recapacitando en todas las circunstancias del suceso, y viendo
-finalmente de qué modo había sido burlada por Inés, sentía una cólera
-tal por aquella perfidia, que tenía necesidad al propio tiempo de
-desfogarse un poco. Aunque se lamentase con el tercero y con el cuarto,
-sobre los medios que habían tenido de burlarse de ella, no respiraba
-acerca de este punto; mas el tiro hecho á su pobre amo no podía pasarlo
-enteramente en silencio; y sobre todo, que semejante tiro hubiese sido
-concertado y puesto por obra por aquel honrado joven, por aquella
-buena viuda, y por aquella inocente virgen. D. Abundio podía muy bien
-ordenarle resueltamente y rogarle con cordialidad que se callara; ella
-podía también repetirle que no había necesidad de recomendarle una
-cosa tan clara y tan natural; es verdad que tan gran secreto estaba
-en el corazón de la pobre mujer como está en un tonel viejo falto de
-cercos un vino enteramente nuevo que se acaba de echar, que trabaja,
-fermenta, hierve de nuevo, y si no echa la tapa por el aire, gime allí
-dentro y sale la espuma, se escapa al través de las duelas, y gotea
-por todas partes, hasta que se puede beber y decir en su día qué vino
-es. Gervasio, que creía soñar al verse una vez mejor informado que
-los demás, á quien no parecía pequeña gloria el haber tenido un gran
-miedo, y que por haber contribuido á una cosa que picaba en criminal,
-creía ser ya un hombre como los demás, reventaba de deseos por
-vanagloriarse de ello. Y aunque Tonio, que pensaba seriamente en las
-pesquisas y procesos posibles y en la cuenta que sería preciso rendir,
-le previniese con el puño en la nariz, sin embargo, no fué dueño para
-ahogar en su boca todas las palabras. Por lo demás, Tonio mismo,
-después de haber estado ausente de su casa aquella noche hasta hora
-muy avanzada, volviéndose á ella con paso y semblante no acostumbrado,
-con una agitación de espíritu que lo disponía á la sinceridad, no pudo
-callar el hecho á su mujer, la cual no era muda. El que habló menos
-fué Menico, porque así que hubo contado á sus padres la historia y
-el motivo de su expedición, que éstos se alarmaron tanto al ver que
-su hijo se había mezclado en cooperar á una empresa en que jugaba D.
-Rodrigo, que casi no le dejaron concluir su narración. Después le
-dieron las más fuertes y amenazadoras órdenes, previniéndole que se
-guardase bien de decir nada; y á la mañana siguiente, no pareciéndoles
-que estaban suficientemente seguros, resolvieron tenerlo encerrado en
-casa por todo el día y aun por algunos más. ¡Pero qué! ellos mismos
-después, charlando con las gentes del país, y sin querer manifestar
-que sabían más que ellos, cuando llegaban á aquel punto oscuro de la
-fuga de nuestros tres infortunados, y al cómo, y al por qué, y adónde,
-añadían como cosa muy cierta que se habían refugiado en Pescarenico.
-
-Así esta circunstancia entró en las conversaciones generales. Con
-todos estos propósitos, verdaderos ó falsos, puestos en seguida juntos
-y unidos según se acostumbra, y con los adornos que se les aplica
-naturalmente cuando se forjan, se podía hacer una historia de una
-certeza y de una claridad tal, que el juicio más crítico debía estar
-satisfecho. Mas aquella invasión de los bravos, accidente demasiado
-grave y demasiado ruidoso para ser pasado por alto, y del cual nadie
-tenía un conocimiento muy positivo; dicho accidente, pues, era el que
-hacía, sobre todo, la historia más oscura y embrollada. Se murmuraba
-el nombre de D. Rodrigo: en esto todos estaban de acuerdo; en lo demás
-no se veía otra cosa que conjeturas diversas y profunda oscuridad. Se
-hablaba mucho de dos guapetones que habían sido vistos en la calle
-al anochecer, y del que estaba á la puerta de la hostería. ¿Pero
-qué luz podía sacarse de este hecho tan aislado? Se preguntaba al
-huésped quién había estado en su casa la noche anterior; pero éste
-no se acordaba, sin embargo, de haber visto á nadie en dicha noche,
-y concluía siempre diciendo, que su hostería era como un puerto de
-mar. Sobre todo, lo que confundía las imaginaciones y desordenaba las
-conjeturas, era aquel peregrino visto por Stéfano y por Carlandrea;
-aquel peregrino que los malvados querían asesinar y que había partido
-con ellos, y que también se habían llevado. ¿Qué había ido á hacer
-allí? ¡Era un alma del purgatorio aparecida para ayudar á las mujeres;
-era un alma condenada de un malvado é impostor peregrino, que venía
-siempre de noche á unirse para hacer fechorías con aquellos mismos
-con los que las había hecho viviendo; era un peregrino real y vivo,
-que aquéllos habían querido asesinar por miedo de que gritase y
-alborotase el pueblo; era (mirad lo que fueron á pensar) uno de los
-mismos malandrines disfrazado de peregrino! Era esto, era aquello,
-era tantas cosas, que toda la sagacidad y experiencia del _Griso_
-no hubiera bastado á descubrir, si éste hubiese tenido que saber
-esta parte de la historia por las conjeturas de los demás; pero ya
-sabe el lector, que lo que para otros era una confusión, estaba para
-él muy claro. Sirviéndose de la clave para interpretar las otras
-noticias recogidas inmediatamente por sí, ó por medio de subordinados
-exploradores, pudo, entre todo, hacer una relación bastante clara á D.
-Rodrigo. Encerróse al momento con él, le informó del golpe intentado
-por los novios, lo cual explicaba naturalmente haber hallado la casa
-vacía y el tocar á rebato, sin que hubiese necesidad de suponer que
-en el palacio hubiese habido algún traidor (según decían aquellos dos
-hombres de bien). Le participó la fuga, y la razón de esto era fácil
-de encontrar; el temor de los prometidos cogidos en falta, ó algún
-aviso de la invasión, recibido cuando ésta había sido descubierta, y
-todo el pueblo puesto en movimiento. Finalmente, dijo, que aquéllos se
-habían refugiado en Pescarenico; desde esto en adelante no alcanzaba
-más su ciencia. Complació á D. Rodrigo el estar cierto que nadie le
-había hecho traición, y ver también que no quedaban huellas de lo que
-había hecho; mas esto no fué más que una débil y rápida complacencia.
-“¡Han huido juntos, gritó!, ¡juntos! ¡y ese fraile malvado!, ¡ese
-fraile!”... Las palabras salían con trabajo de su garganta; rechinaba
-los dientes; su aspecto era feroz como sus pasiones. “¡Ese fraile me
-la pagará, _Griso_, ó yo no sería quien soy!... ¡Quiero saber... yo
-quiero encontrar... esta tarde misma quiero saber en dónde están; no
-descansaré hasta entonces: á Pescarenico, pronto; á saber, á ver, á
-encontrar... cuatro escudos al momento, y mi protección para siempre:
-esta noche lo quiero saber! ¡Y ese bribón!... ¡ese fraile!”...
-
-He aquí ya al _Griso_ de nuevo en campaña; y aquella misma tarde pudo
-llevar á su digno amo la tan deseada noticia: vamos á ver de qué modo.
-
-Uno de los más grandes consuelos de esta vida es la amistad; y uno de
-los consuelos de la amistad es el tener á quien confiar un secreto.
-Ahora, los amigos no se encuentran de dos en dos como esposos; nadie,
-generalmente hablando, tiene más de uno, lo cual forma una cadena, que
-ninguno podría hallar el fin. Cuando, pues, un amigo se procura la
-dicha de depositar un secreto en el seno de otro, da á éste el consuelo
-de procurarse la misma dicha que él. Le suplica, es verdad, que no
-diga nada; y tal condición, el que la tomase en el sentido rigoroso de
-la palabra, cortaría inmediatamente el curso de los consuelos. Mas la
-práctica ha querido que se obligase únicamente á no confiar el secreto
-más que á un amigo igualmente seguro, imponiendo á éste la misma
-condición. Así de amigo fiel en amigo fiel, el secreto gira por esa
-inmensa cadena, hasta tanto que llega á oídos de éstos ó de aquéllos,
-á quienes el primero que ha hablado, no hubiera querido que hubiese
-llegado nunca. Sin embargo, tendría ordinariamente que hacer un gran
-pedazo de camino si cada uno no tuviese más que dos amigos, aquel á
-quien se lo confía y al que se lo repite, bajo la condición de que se
-lo callará. Pero hay de esos hombres privilegiados que lo cuentan á un
-centenar; y cuando el secreto llega hasta uno de dichos hombres, las
-vueltas se hacen tan rápidas y tan multiplicadas, que no es posible
-seguir sus huellas.
-
-Nuestro autor no ha podido acertar por cuántas bocas había pasado el
-secreto que el _Griso_ tenía orden de descubrir; lo que hay de cierto
-es, que el buen hombre por el cual habían sido escoltadas las mujeres
-hasta Monza, al volver al anochecer á Pescarenico con su batel, se paró
-antes de llegar á su casa en la de un amigo fiel, al cual contó en
-confianza la obra buena que había hecho, y lo que de esto se siguió; y
-lo que también hay de cierto es que el _Griso_ pudo dos horas después
-correr al palacio á referir á D. Rodrigo que Lucía y su madre se habían
-refugiado en un convento de Monza, y que Renzo había seguido su camino
-hacia Milán.
-
-D. Rodrigo experimentó una criminal alegría al saber aquella
-separación, y sintió renacer en el fondo del corazón la malvada
-esperanza de lograr su intento. Pensó en el modo gran parte de la
-noche, y se levantó temprano con dos objetos: el uno en proyecto, el
-otro bosquejado. El primero era expedir con la mayor prontitud al
-_Griso_ á Monza, para tener noticias más evidentes de Lucía, y saber si
-había medio de intentar algo. Hizo, pues, llamar inmediatamente á su
-fiel servidor, púsole en la mano los cuatro escudos, le alabó de nuevo
-la habilidad con la cual los había ganado, y le dió la orden que había
-premeditado.
-
---Señor... dijo titubeando el _Griso_.
-
---¿Qué? ¿No he hablado claro?
-
---Si pudieseis mandar á algún otro...
-
---¿Cómo?
-
---Ilustrísimo señor, estoy dispuesto á arriesgar el pellejo por mi
-señor, éste es mi deber; mas también sé que no quiere aventurar la vida
-de sus súbditos.
-
---¿Y bien?
-
---Vuestra señoría ilustrísima sabe bien las sentencias que tengo sobre
-mi cuerpo, y... aquí estoy bajo su protección; formamos una compañía;
-el señor podestá es amigo de la casa; los esbirros me respetan, y yo
-también... es cosa que hace poco honor, convengo en ello; mas para
-vivir tranquilo... los trato como amigos. En Milán la librea de vuestra
-señoría es conocida; pero en Monza, al contrario, yo soy el conocido.
-¿Vuestra señoría sabe (no es por gana de decirlo) que aquel que pudiese
-ponerme en manos de la justicia ó presentar mi cabeza, daría un buen
-golpe? Cien escudos uno sobre otro, y la facultad de librar dos
-penados.
-
---¡Qué diablo!, dijo D. Rodrigo; te pareces ahora á un perro de corral,
-que apenas tiene valor de tirarse á las piernas del que pasa junto á
-la puerta, mirando tras de sí para ver si las gentes de la casa están
-dispuestas á sostenerle.
-
---Creo, señor amo, haber dado pruebas...
-
---¡Pues, y entonces!
-
---Entonces, replicó francamente _Griso_, hágase vuestra señoría la
-cuenta que no he dicho nada: corazón de león, piernas de liebre; estoy
-pronto á partir.
-
---No he dicho que vayas tú sólo; escoge un par de los mejores...
-Sfregiato y Tira-Dritto, y ve sin miedo, y sé siempre el _Griso_.
-¡Qué diablo!, ¿quién quieres tú no esté contento de dejar pasar tres
-figuras como las vuestras, y que van á sus negocios? Sería preciso que
-los esbirros de Monza estuviesen mal con su vida para arriesgarla por
-cien escudos á un juego tan peligroso. Y después, no creo ser tan poco
-conocido en aquel paraje que no se cuente por nada la cualidad de ser
-servidor mío.
-
-Habiendo así picado el pundonor del _Griso_, le dió en seguida más
-amplias y detalladas instrucciones. El _Griso_ tomó sus dos compañeros,
-y partió con ademán alegre y decidido, pero maldiciendo en su interior
-á Monza, las sentencias, las mujeres, y los caprichos del amo.
-Caminaba como un lobo que, acosado por el hambre, con el vientre vacío
-y con las costillas que se le hubieran podido contar, baja de sus
-montañas en donde no hay más que nieve, avanza con precaución hacia
-la llanura, se para de cuando en cuando con una mano levantada y
-meneando su rozada cola, para ver si el viento le lleva olor de hombre
-ó de hierro; endereza sus finas orejas, y hace rodar dos sangrientos
-ojos, en los cuales se traslucen á la vez el ardor de la presa y el
-miedo de la caza[7]. Por lo demás, el que quiera saber el origen de
-este magnífico verso, diré que está sacado de una diablura inédita
-sobre las cruzadas y los lombardos, que pronto no será ya inédita y
-hará un terrible ruido, habiéndolo tomado porque venía á propósito, y
-digo de dónde, para que no se me acuse que quiero vestirme con ropas
-ajenas; que nadie piense, sin embargo, que esto sea una astucia mía
-para anunciar que el autor de dicha diablura y yo seamos lo mismo que
-hermanos, y que hurgo á mi placer en todos sus manuscritos.
-
-Otra cosa que meditaba D. Rodrigo era, encontrar el modo de que Renzo
-no pudiese volver más con Lucía, ni poner el pie en el pueblo, con cuyo
-fin maquinaba el hacer esparcir voces de amenazas y de asechanzas, que
-llegando á sus oídos por medio de algún amigo, le hiciesen pasar los
-deseos de volver. Creía, sin embargo, que lo más seguro sería buscar un
-medio para que lo desterrasen del Estado, y para lograr esto veía que
-más que la fuerza podía servirle la justicia. Se podía, por ejemplo,
-presentar bajo negros colores, la tentativa que había hecho en la casa
-parroquial, pintarla como una agresión, como un acto sedicioso, y
-con ayuda del doctor, hacer entender al podestá que éste era un caso
-grave para expedir contra Renzo un magnífico auto de prisión; pero
-calculó que no era conveniente á un personaje como él remover aquel
-feo negocio; y sin querer por más tiempo romperse la cabeza, resolvió
-franquearse con el doctor _Azzecca-Garbugli_, lo suficiente para
-hacerle comprender su deseo. ¡Hay tantas ordenanzas! pensaba, y el
-doctor no es un ganso: él encontrará alguna cosa que me haga al caso,
-alguna camorra que buscar á ese villano, pues de otro modo le mudo el
-nombre. ¡Mas ved, sin embargo, cómo van algunas veces las cosas de este
-mundo! Mientras que él piensa en el doctor, como en el hombre más hábil
-que pudiese servirle en el negocio, otro hombre, el hombre que nadie
-podría imaginarse, Renzo mismo, para decirlo de una vez, trabajaba de
-todo corazón en ayudarle de un modo mucho más seguro y expedito que
-todos los que el doctor hubiera podido jamás encontrar.
-
-He visto muchas veces un amable niño, listo, á decir verdad, pero que
-en todo lo que él hace manifiesta llegar á ser un hombre cumplido; lo
-he visto, repito, con frecuencia, ocupado al anochecer en hacer entrar
-en el corral su manada de conejillos de Indias que había dejado correr
-libremente por el día en un huertecillo. Hubiera querido hacerlos
-entrar á todos á un mismo tiempo; pero era en vano; el uno se escapaba
-á la derecha, y mientras el pastorcillo corría con el objeto de
-reunirlo á la manada, el otro, dos, tres, se escapaban á la izquierda
-y por todas partes, de modo que después de haberse impacientado un
-poco, se adaptaba á sus maneras, arrojaba hacia dentro primeramente
-á los que estaban más cercanos á la puerta, luego iba á buscar á los
-demás, y los iba metiendo de uno á uno, de dos en dos, de tres en
-tres; en fin, según podía. Es indispensable que nosotros hagamos con
-nuestros personajes un juego semejante: refugiada Lucía, hemos corrido
-al palacio de D. Rodrigo, y ahora debemos abandonarla para ir detrás de
-Renzo, á quien habíamos perdido de vista.
-
-Después de la dolorosa separación que hemos referido, caminaba Renzo
-desde Monza con dirección á Milán, en una situación de espíritu que
-cualquiera podrá imaginar fácilmente. ¡Abandonar su casa, perder el
-oficio, y lo que era peor de todo, alejarse de Lucía, hallarse en un
-camino sin saber adónde iría á parar, y todo por causa de aquel bribón!
-Cuando se entretenía su pensamiento sobre cualquiera de estas cosas, se
-apoderaba de él la rabia y el deseo de la venganza; mas luego recordaba
-aquella súplica que había hecho en compañía de su buen fraile en la
-iglesia de Pescarenico, y se enmendaba. Algunos instantes después
-volvía á enfurecerse; mas al ver una imagen pintada en la pared, se
-quitaba el sombrero, y se paraba al momento á rogar de nuevo, si bien
-que en su viaje mató en su interior á D. Rodrigo, y lo resucitó á lo
-menos veinte veces. El camino, trazado entre dos elevadas márgenes, era
-cenagoso, pedregoso, surcado de profundos carriles, los cuales después
-de haber llovido, se convertían en arroyos, y en ciertos parajes
-más bajos, se inundaba todo, de tal modo, que se hubiera podido ir
-embarcado. Á algunos pasos, un pequeño y escarpado sendero formando
-escalones, indicaba que otros viajeros se habían abierto camino á
-través de los campos. Habiendo subido Renzo por una de aquellas sendas
-provisionales sobre un terreno más elevado, vió delante de sí la
-inmensa mole de la catedral aislada sobre la llanura, como si saliese
-del desierto y no del seno de una ciudad; olvidó por un momento todas
-sus aflicciones, y se paró á contemplar, aunque de lejos, aquella
-octava maravilla, de la cual tanto había oído hablar en su infancia.
-Después de algunos momentos, volviendo atrás la vista, vió en el
-horizonte aquel gran conjunto de desiguales cimas; divisó claramente
-entre ellas á su tan elevado _Resegon_: sintió revolverse toda su
-sangre, y se detuvo algún tiempo mirando tristemente aquellos sitios,
-después de lo cual continuó su camino todavía más afligido. Poco á
-poco empezó á descubrir los campanarios, las torres, las cúpulas y los
-tejados: bajó entonces de nuevo al camino, anduvo aún algún tiempo, y
-cuando conoció que estaba cerca de la ciudad, se acercó á un viajero,
-é inclinándose con toda la política de que era capaz, le dijo: Buenos
-días, caballero.
-
---¿Qué queréis, buen joven?
-
---¿Podríais enseñarme el camino más corto para ir al convento de
-capuchinos en donde está el padre Buenaventura?
-
-El hombre á quien Renzo se dirigía era un rico vecino de las cercanías,
-que habiendo ido aquella mañana á Milán á sus negocios, se volvía sin
-haber hecho nada, con la mayor precipitación, no viendo la hora de
-llegar á su casa, no habiendo echado seguramente de menos semejante
-detención. Con todo esto, sin dar señales de impaciencia, contestó
-con mucha dulzura: hijo mío, conventos hay más de uno; sería preciso
-que me supieseis decir con más claridad cuál es el que buscáis. Renzo
-sacó de su pecho la carta del padre Cristóbal y se la enseñó á aquel
-caballero, el que habiendo leído _Puerta Oriental_, se la devolvió
-diciendo: “Sois afortunado, mi buen joven; el convento que buscáis está
-muy cerca de aquí: tomad por esta pequeña senda á la derecha; éste es
-un atajo, en pocos minutos llegaréis á una esquina de un edificio largo
-y bajo, es el Lazareto; dad la vuelta al foso que lo rodea, y llegaréis
-á la Puerta Oriental: entrad, y al cabo de unos cuatrocientos pasos,
-veréis una plazuela adornada de bellos olmos; allí está el convento;
-no os podéis equivocar. Dios os guarde, joven mancebo”. Y acompañando
-estas últimas palabras con un gracioso gesto, partió. Renzo quedó
-estupefacto y edificado de la cortesía que tenían los ciudadanos con la
-gente del campo. No sabía que aquél era un día extraordinario, un día
-en que las capas se inclinaban ante los jubones.
-
-Siguió el camino que le había sido indicado, y se encontró en la Puerta
-Oriental. Sin embargo, no es preciso que á este nombre el lector deje
-ir su fantasía á las imágenes que hoy día están asociadas á él. Cuando
-Renzo entró por aquella puerta, el camino por la parte exterior no era
-recto más que por toda la longitud del Lazareto; después se prolongaba
-tortuoso y estrecho entre dos columnas, con un tejadillo para sostener
-los postes, y al otro lado una casita para los guardas. La calle que
-se abría delante de la puerta, por la cual se entraba, no se parecía
-en nada á la que ahora se presenta al que entra por la puerta de Tosa.
-Un pequeño foso corría por el centro hasta cerca de la puerta, y la
-dividía de este modo en dos callejuelas tortuosas, cubiertas de polvo
-ó de barro, según la estación. En el paraje donde existía y existe aún
-aquel grupo de casas que se llama el Borghetto, el foso se perdía en un
-gran sumidero. Allí se hallaba una columna sobre la cual había una cruz
-que llamaban la columna de S. Dionisio: á derecha é izquierda veíanse
-huertos circuidos de vallados, y á intervalos casitas habitadas las más
-por lavanderas.
-
-Renzo entró, pasó: ninguno de los guardas le dijo una palabra, lo que
-le pareció muy extraño, porque había oído contar á los de su pueblo que
-podían vanagloriarse de haber estado en Milán, mil cosas increíbles
-de registros y preguntas que hacían al que llegaba de fuera. La calle
-estaba desierta; de modo, que si no hubiese oído un ruido lejano que
-indicaba un gran movimiento, le hubiera parecido que entraba en una
-ciudad abandonada. Siguiendo calle adelante sin saber lo que pensar,
-divisó en el piso ciertos regueros blancos y blandos, á semejanza de
-la nieve; mas nieve no podía ser, porque ésta no cae ordinariamente
-en semejante estación, ni se queda en el suelo formando regueros. Se
-inclinó sobre uno de ellos, lo miró, lo tocó y vió que era harina. Gran
-abundancia, se dijo, debe haber en Milán cuando así se desperdicia la
-gracia de Dios; y sin embargo, nos daban á entender que había carestía
-en todas partes; he aquí cómo se arreglan para tener quieta á toda
-la gente del campo. Mas después de haber dado algunos pasos, llegó
-delante de la columna, á cuyo pie divisó cierta cosa más extraña: vió
-sobre las escaleras del pedestal varios objetos esparcidos que no
-eran seguramente guijarros; porque si aquéllos hubiesen estado en el
-mostrador de un panadero, no se hubiera vacilado un momento en darles
-el nombre de panes. Pero Renzo no se atrevía tan pronto á fiarse en
-su vista, porque, ¡qué diablos! ¡aquél no era el sitio de poner el
-pan! Vamos á ver qué es esto, se dijo de nuevo. Se dirigió hacia
-la columna, se bajó y recogió uno; era en efecto, un pan redondo,
-blanquísimo, de los que Renzo no acostumbraba á comer más que en las
-grandes solemnidades. ¡Es pan de veras! dijo en alta voz; tanta era su
-admiración: ¿así lo siembran en este país, en un año como éste, y no
-se incomodan siquiera para recogerlo cuando cae? Es indispensable que
-éste sea el país de la cucaña. Después de diez millas de camino que
-había hecho, el aire fresco de la mañana, la vista de aquel pan, junto
-con la admiración que había experimentado, se le despertó el apetito.
-¿Lo cogeré? pensaba entre sí: ¡ah! lo han dejado aquí á discreción de
-los perros; mejor es que se aproveche de ello un cristiano: al fin y al
-cabo, si comparece el amo, se lo pagaré. Así pensando, se lo metió en
-un bolsillo, tomó un segundo y lo colocó en otro bolsillo, se apoderó
-de un tercero y empezó á comer; después de esto echó á andar más
-incierto que nunca, y deseoso de aclarar aquel suceso.
-
-Apenas se puso en movimiento, vió aparecer gente que venía del interior
-de la ciudad y miró atentamente á los primeros que se presentaron.
-Éstos eran un hombre, una mujer, y á algunos pasos más atrás un
-muchacho; los tres llevaban una carga sobre las espaldas, la cual
-parecía superior á sus fuerzas, y todos tres tenían una figura muy
-rara. Sus vestidos, ó más bien sus harapos, enharinados, su cara
-ardiente, inflamada y cubierta de harina; su marcha no sólo era penosa
-á causa de la carga, sino también sumamente dolorosa, como si hubiesen
-sido magullados y golpeados. El hombre llevaba sobre sus hombros un
-gran saco de harina, agujereado por algunas partes y la sembraba á
-puñados á cada encuentro que tenía ó á cada paso dado en falso. Pero la
-figura de la mujer era todavía más singular: tenía un enorme corpachón
-y llevaba los brazos extendidos, los cuales parecía que apenas podía
-sostener, asemejándose á dos corvas asas de una gran tinaja: debajo
-de aquel gran vientre salían dos piernas desnudas hasta más arriba
-de la rodilla, las que iban avanzando vacilantes. Renzo miró con más
-atención y vió que aquel gran cuerpo era el guardapiés que la mujer
-sostenía por sus extremos, llevándolo tan lleno de harina, cuanta podía
-caber; y había tanta, que á cada instante se escapaba formando una gran
-polvareda. El muchacho sostenía con las dos manos una cesta colmada
-de panes, la cual llevaba sobre la cabeza; pero por tener las piernas
-más cortas que sus padres se quedaba poco á poco atrás, y doblando en
-seguida el paso todo lo que podía, con el objeto de reunirse á ellos,
-la cesta perdía el equilibrio y de cuando en cuando caía algún pan.
-
---¡Bruto! no sirves para nada; si vuelves á dejar caer otro, dijo la
-madre enseñando los puños apretados al muchacho...
-
---Yo no los dejo caer, ellos se caen: ¿cómo he de hacerlo? repuso éste.
-
---¡Oh!... suerte tuya es el que tenga las manos ocupadas, contestó
-la mujer moviendo los puños como si fuese á darle un manotón; y este
-movimiento la hizo derramar más harina de la que hubiera sido necesario
-para hacer los dos panes que el muchacho había dejado caer.
-
---Vamos, vamos, dijo el hombre: volvamos atrás á recogerlos, porque si
-no alguno lo hará. ¡Hace tanto tiempo que nos vemos privados de todo!
-Ahora que viene un poco de abundancia, gocémosla en santa paz.
-
-Entretanto iba entrando por la puerta la gente del campo, y uno de
-éstos, acercándose á la mujer, le preguntó: “¿Adónde se va á tomar el
-pan?”.
-
---Más adelante, respondió aquélla, y así que estuvieron á diez pasos de
-distancia, añadió refunfuñando: Esos bribones de campesinos vendrán á
-saquear todos los hornos y almacenes, y no quedará nada para nosotros.
-
---Eres muy gruñona, mujer, dijo el marido: deja que haya un poco para
-cada uno: ¡abundancia, abundancia!
-
-Renzo empezó á sacar en consecuencia de lo que veía y oía, que había
-llegado á una ciudad insurreccionada, y que aquél era un día de
-revolución, es decir, que cada uno tomaba según su deseo y su fuerza,
-dando golpes en pago. Nosotros desearíamos hacer jugar un buen papel
-á nuestro aldeano; mas la sinceridad histórica nos obliga á decir que
-su primer sentimiento fué de placer. Tenía tan poco que alabarse de
-las cosas que ordinariamente le sucedían, que se hallaba inclinado á
-aprobar cualquier acontecimiento que las mudase de un modo ó de otro.
-Por lo demás, no siendo nuestro joven mancebo un hombre de todo punto
-superior á su siglo, vivía también con aquella opinión, ó más bien con
-aquella pasión general, de que la escasez del pan era motivada por los
-monopolistas y panaderos; y estaba dispuesto á encontrar justo todo
-medio de arrancarles de las manos las subsistencias que éstos, según
-dicha opinión, negaban cruelmente al hambre de todo un pueblo. Sin
-embargo, trató de huir del desorden, y se alegró de haber sido dirigido
-á un capuchino, el cual podría darle un asilo y servirle de padre.
-Así pensando, y mirando mientras á los nuevos conquistadores que iban
-apareciendo cargados de despojos, hizo el poco de camino que le quedaba
-para llegar al convento.
-
-En donde ahora se eleva un bello palacio con sus altas galerías, había
-entonces y existía todavía no hace muchos años una plazoleta, en el
-fondo de la cual se encontraba la iglesia y el convento de capuchinos,
-delante de cuya fachada descollaban cuatro gigantescos olmos. Nosotros
-felicitamos, no sin envidia, á aquellos de nuestros lectores que no han
-visto las cosas en dicho estado: esto quiere decir que son muy jóvenes,
-y que no han tenido tiempo de hacer muchas tonterías. Renzo se fué
-directamente á la puerta, volvió á colocar en su seno el medio pan que
-le quedaba, sacó y tuvo preparada en su mano la carta, y tiró de la
-cuerda de la campana. Á poco rato se abrió un ventanillo que tenía un
-enrejado, y apareció la figura del hermano portero á preguntar quién
-era.
-
---Un aldeano, que trae al padre Buenaventura una carta urgente del
-Padre Cristóbal.
-
---Dádmela, dijo el portero, introduciendo los dedos por entre la
-rejilla.
-
---No, no, dijo Renzo; debo entregarla en sus propias manos.
-
---No está en el convento.
-
---Dejadme entrar que lo esperaré.
-
---Haced otra cosa mejor, dijo el fraile, id á esperarlo á la iglesia, y
-de este modo podréis hacer algo bueno. Por ahora no se puede entrar en
-el convento.
-
-Esto dicho cerró el ventanillo. Renzo permaneció allí un rato con
-su carta en la mano. Dió diez pasos con dirección á la puerta de la
-iglesia para seguir el consejo del portero, mas luego pensó ir á echar
-una ojeada sobre todo aquel tumulto. Atravesó la plazoleta, se colocó
-al extremo de la calle, y con los brazos cruzados sobre el pecho, se
-puso á mirar á la izquierda, hacia el interior de la ciudad en donde
-el bullicio era más fuerte y más ruidoso. El torbellino arrastró
-al espectador. Vamos á ver, dijo entre sí: sacó de nuevo su pan, y
-entretenido en darle magníficos bocados, se puso en movimiento hacia
-aquel lado. En el ínterin que él se dirige allí, nosotros referiremos
-con la brevedad posible los motivos y el principio de aquel desorden.
-
-
- NOTAS:
-
-[7]
-
- _Leva il muso, odorando il vento infido._
- Levanta el hocico, husmeando el viento engañador.
-
-Ya se verá que este verso está copiado de un poema inédito de Alejandro
-Manzoni.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO
-
-
-Aquél era el segundo año en el cual había sido escasa la recolección.
-En el anterior, las provisiones que habían quedado de los años atrás
-habían suplido la falta hasta cierto punto, y la población había
-llegado á la cosecha del año 1628, que es la época de nuestra historia,
-no enteramente satisfecha ni hambrienta, sino desprovista de recursos.
-Al presente la cosecha tan deseada fué todavía más escasa que la
-anterior, á causa de la mala estación (y esto no sólo en el milanesado,
-sino también en una gran extensión de pueblos circunvecinos), y por
-culpa de los hombres. Los estragos y los despilfarros de la guerra
-eran tales, que en el lugar más cercano á ella, un gran número de
-propiedades quedaban más que de ordinario sin cultivar y abandonadas
-por los aldeanos, los cuales, en vez de procurarse pan por medio
-de su trabajo para sí y para los demás, se veían obligados á irlo á
-mendigar por caridad. He dicho más que de ordinario, porque las cargas
-insoportables, impuestas con una avidez y una ceguedad sin ejemplo,
-la conducta habitual, aun en plena paz, de las tropas alojadas en
-los pueblos, conducta que los dolorosos documentos de aquella época
-comparaban á la de un ejército invasor, y otras razones, las cuales no
-es éste el lugar de mencionar, obraban lentamente hacía ya algún tiempo
-ese triste efecto en el milanesado. Las circunstancias particulares de
-que ahora acabamos de hablar, eran como la irritación súbita de una
-enfermedad crónica. Concluida apenas la recolección, he aquí que las
-provisiones para el ejército y el desperdicio que siempre le sigue,
-abrieron tal brecha, que la penuria se hizo sentir de súbito, y con
-ésta su doloroso pero saludable é inevitable efecto, la carestía.
-
-Mas cuando ésta llega á cierto punto, nace siempre (ó al menos ha
-nacido siempre hasta ahora, ¡y si todavía dura, después de tantos
-escritos de hombres hábiles, juzgad lo que sería en aquellos tiempos!)
-nace en la imaginación del mayor número la opinión que no ha sido
-motivada por la falta de subsistencias. Se acuerda uno de haberla
-temido pronosticado; se supone á un tiempo que hay suficiente grano,
-y que el mal proviene únicamente de que no se pone bastante en venta
-para el consumo, suposiciones que son fuera de razón, pero que engañan
-á un tiempo la cólera y la esperanza. Los monopolistas de granos,
-verdaderos é imaginarios, los propietarios que no vendían toda su
-cosecha en un día, los panaderos que compraban; todos aquéllos, en fin,
-que tenían poco ó mucho, ó que pasaban por tener, éstos, pues, eran
-considerados como los autores de la carestía, de las subsistencias y de
-la penuria: contra los mismos estallaban las quejas generales; ellos
-se habían captado el odio de la multitud bien ó mal vestida. Decíase,
-con seguridad, dónde tenían los almacenes, dónde estaban los graneros
-colmados, apuntalados; se indicaba un número de sacos disparatado; se
-hablaba con certeza de la inmensa cantidad de trigo que se exportaba
-secretamente, é igualmente se vociferaba con tanta seguridad y con
-la misma cólera, que el grano exportado á otros países volvía otra
-vez á Milán. Implorábanse de los magistrados las medidas que parecían
-siempre, ó á lo menos han parecido hasta aquí á la multitud, tan
-justas, tan sencillas, tan propias para hacer salir el grano oculto,
-tapiado, sepultado, según decían, con el objeto de que volviese la
-abundancia. Los magistrados siempre hacían algo, como por ejemplo,
-fijar el máximun de cada género, imponer penas á los que rehusasen
-venderle, y otras órdenes por el estilo. Mas con todo, como las
-precauciones de este mundo, por eficaces que sean, no tienen la virtud
-de disminuir la necesidad de alimentarse ni de hacer venir las cosechas
-fuera de estación; y así como los que ejercían el poder no tenían
-seguramente el de hacer venir el trigo de los parajes en donde podía
-haber demasiado, así también el mal duraba y crecía. La muchedumbre
-atribuía semejante efecto á la falta y á la debilidad de los remedios,
-y los solicitaba á grandes gritos, más vigorosos y decisivos. Para su
-desventura encontró un hombre según su corazón.
-
-En ausencia del gobernador D. Gonzalo Fernández de Córdoba, que mandaba
-el sitio de Casalez Monferrato, el gran canciller Antonio Ferrer,
-también español, hacía sus veces en Milán. Éste vió (y quién no lo
-hubiera visto), que estar el pan á un precio justo era una cosa muy
-apetecible, y pensó que una orden suya bastaría para obtener dicho
-resultado. Fijó la _meta_ (éste es el nombre que se da en Milán á las
-tarifas en materia de comestibles) del pan al precio que hubiera sido
-justo, si el grano se hubiese comúnmente _vendido á treinta y tres
-libras_ el _moggio_[8], y éste se vendía hasta ochenta. Obró como una
-mujer que ha sido joven, y que piensa rejuvenecerse alterando su fe de
-bautismo.
-
-Órdenes menos insensatas y menos injustas habían quedado más de una
-vez sin ejecución, por la resistencia de las mismas cosas; pero el
-pueblo que veía finalmente sus deseos convertidos en leyes, y que no
-hubiera sufrido que esto fuese una burla, velaba para que se pusiera
-en práctica. Corrió prontamente á las panaderías, pidiendo pan al
-precio tasado; y lo pidió con aquel ademán de resolución y amenaza que
-prestan las pasiones, la fuerza y la ley reunidas. Si los panaderos se
-quejaban, no hay que preguntarlo: cerner la harina, trabajar la pasta,
-enhornar y sacar del horno el pan sin interrupción (porque el pueblo,
-trasluciendo confusamente que aquello era una cosa violenta, asaltaba
-los hornos de continuo para gozar de aquella cucaña hasta que durase);
-fatigarse, digo, y estropearse al mismo tiempo, todo para perderse,
-cualquiera puede considerarse qué hermoso placer debía ser. Mas por
-una parte, los magistrados imponían penas severas; por otra, el pueblo
-que quería ser servido, se impacientaba, murmuraba al menor retardo
-y amenazaba sordamente con uno de sus actos de justicia, que son los
-peores que puede haber en este mundo. No había medio: era preciso
-amasar, enhornar, sacar del horno y vender. Sin embargo, para hacerlos
-continuar en aquella empresa, no bastaba que les fuese mandado ni que
-tuviesen mucho miedo; era preciso poder; y un poco más que hubiese
-durado la cosa, no hubieran podido. Hacían ver á los magistrados la
-injusticia y la carga insoportable que les habían impuesto; protestaban
-querer echar la pala en el horno y marcharse; y en el ínterin,
-tiraban adelante como podían, esperando siempre que un día ú otro el
-gran canciller entendería la razón. Mas Antonio Ferrer, el cual era
-hombre de carácter, respondió que los panaderos habían ganado mucho
-en los años anteriores, y que ganarían mucho también cuando volviese
-á haber abundancia; que vería, que trataría acaso de indemnizarlos, y
-que entretanto surtiesen de pan. ¿Estaría verdaderamente persuadido
-de las razones que alegaba, ó que aun conociendo por los efectos la
-imposibilidad de conservar aquella orden suya, quisiese dejar á los
-demás la odiosidad de revocarla? ¿Quién podría entonces leer en el
-pensamiento de Antonio Ferrer? Lo que hay de cierto es, que se mantuvo
-firme en lo que había establecido. Finalmente, los decuriones (esta
-era una magistratura municipal compuesta de nobles, que duró hasta
-el año noventa y seis del siguiente siglo) informaron por escrito al
-gobernador acerca del estado de las cosas, suplicándole buscase algún
-medio de remediarlo.
-
-D. Gonzalo, sumamente engolfado en los asuntos de la guerra, hizo
-lo que el lector seguramente imagina: nombró una junta; á la cual
-confirió la autoridad de fijar el pan á un precio razonable; ésta
-era una cosa justa para todos. Los diputados se reunieron, ó como
-entonces se decía españolescamente en jerga diplomática, se juntaron;
-y después de mil reverencias, cumplimientos, preámbulos, suspiros,
-reticencias, proposiciones vanas, tergiversaciones, arrastrados todos
-á una deliberación de la que tenían necesidad, sabiendo bien que se
-entretenían en un juego terrible, pero convencidos que no se podía
-hacer otra cosa, concluyeron por encarecer el pan. Los panaderos
-respiraron, mas el pueblo se enfureció.
-
-La tarde antes del día en que Renzo llegó á Milán, las calles y
-las plazas públicas hormigueaban de hombres que, exaltados por una
-general indignación, predominados por un pensamiento común, conocidos
-ó extraños, se reunían en grupos sin estar de acuerdo antes, casi
-sin conocerse, como las gotas de agua que se precipitan sobre un
-mismo declive. Cada discurso aumentaba la pasión y la persuasión de
-los oyentes, del mismo modo que el que lo había proferido. En medio
-de tantos hombres exaltados, había algunos, sin embargo, de sangre
-más fría que estaban observando con mucho placer cómo el agua se iba
-enturbiando; éstos se divertían en aumentar la irritación popular por
-medio de aquellos razonamientos y noticias que los malvados saben
-componer, y que los espíritus alterados creen siempre, proponiéndose
-no dejar posar la agitada agua hasta haber pescado algo. Millares
-de hombres fueron á acostarse con la idea confusa de que era preciso
-hacer, que se haría alguna cosa al otro día. Al amanecer, las calles
-estaban de nuevo henchidas de grupos; niños, mujeres, hombres,
-ancianos, obreros, mendigos, se reunían por casualidad: por un lado se
-oía un murmullo confuso de muchas voces; por otro, uno peroraba, y los
-demás aplaudían; éste hacía al que tenía más cerca la misma pregunta
-que acababan de hacerle; aquél repetía la exclamación que había sentido
-resonar en sus oídos; por todas partes estallaban lamentos, amenazas,
-gritos de sorpresa: un pequeño número de vocablos, era la materia de
-tantas conversaciones.
-
-No faltaba otra cosa más que una ocasión, un motivo ligero, un impulso
-cualquiera, para reducir las palabras á hechos, y esto no tardó mucho.
-Al amanecer, los mozos, según tenían de costumbre, salieron de las
-panaderías con las banastas cargadas de panes que iban á llevar á
-las casas. El primero de estos infortunados que apareció en medio de
-aquellos grupos, hizo el efecto de un cohete que cae en un almacén de
-pólvora. ¡Mirad si hay ó no pan! gritaron á un tiempo cien voces.
-
---Sí, para los tiranos que nadan en la abundancia, y quieren que nos
-muramos de hambre, dijo uno, el cual se acercó al mozo, echó la mano
-al asa de su banasta, empujóla hacia sí, y dijo: “Déjame ver”. El
-joven se puso encarnado, palideció, tembló, hubiera querido decir:
-dejadme andar; mas la palabra expiró en sus labios, aflojó los brazos,
-y trató de librarse apresuradamente de los que le rodeaban. “¡Abajo
-la banasta!” gritan: muchas manos la cogen á un tiempo; y estando ya
-en tierra, echan al aire el lienzo que la cubre: una tibia fragancia
-se difunde por todo el rededor. “Nosotros somos también cristianos;
-nosotros también debemos comer pan”, dijo el primero. En seguida toma
-uno, lo levanta mostrándolo á la multitud, y empieza á darle magníficos
-bocados: luego no se vió otra cosa más que un centenar de manos en
-la banasta, panes por el aire; en menos tiempo del que empleamos en
-decirlo, estuvo vacía.
-
-Aquellos á quienes no había tocado nada, irritados al ver la ganancia
-de los demás, y animados por la facilidad de la empresa, se encaminaron
-á bandadas en busca de otras banastas: cuantas encontraron, tantas
-desocuparon. Á pesar de todo, los que quedaban con los dientes largos,
-eran sin comparación los más; los conquistadores mismos no estaban
-satisfechos de una tan pequeña presa, y mezclados después con los unos
-y con los otros, eran los que habían formado el designio de un desorden
-de mejor condición. “¡Al horno, al horno!” gritaban.
-
-En la calle llamada de la _Corsia de Servi_, había y todavía hay un
-horno que conserva el mismo nombre; nombre que en toscano significa
-el horno de las muletas, y en milanés está compuesto de palabras
-heteróclitas, tan raras, tan selváticas, que el alfabeto de la lengua
-italiana no tiene caracteres para indicar el sonido. En aquel paraje
-fué donde la multitud se detuvo: la gente de la panadería preguntaba al
-muchacho que había vuelto sin la carga, y el cual sumamente sofocado
-y turbado refería balbuceando su triste aventura, cuando he aquí que
-de repente se siente un ruido de pisadas y de voces; se aumenta y se
-acerca, compareciendo la vanguardia del tropel.
-
-“Cerrar, cerrar pronto, pronto”. El uno corre á pedir auxilio al capitán
-de justicia; los otros cierran precipitadamente la tienda, y atrancan
-las puertas; la gente empieza á arremolinarse por la parte exterior y á
-gritar: “¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid!”.
-
-Pocos momentos después se ve llegar al capitán de justicia acompañado
-de un piquete de alabarderos.--¡Apartaos, apartaos, hijos míos! ¡Á
-casa, á casa! Dejad pasar al capitán de justicia, gritó éste en medio
-de sus alabarderos. El pueblo que todavía no era muy numeroso, se
-separó un poco, de modo que aquéllos pudieron llegar y formarse muy
-unidos, si no en buen orden, delante la puerta cerrada de la tienda.
-
---Pero, hijos míos, gritaba el capitán, ¿qué hacéis aquí? Á casa,
-á casa. ¿Dónde está el temor de Dios? ¿Qué dirá el rey nuestro
-señor? Nosotros no queremos haceros daño; pero retiraos á vuestras
-casas; portaos como gente honrada. ¿Qué diablo venís á hacer aquí así
-agrupados? Nada bueno ni para vuestra alma ni para vuestro cuerpo. ¡Á
-casa, á casa! Pero aun cuando los mismos que veían al orador y oían sus
-palabras hubiesen querido obedecer, no hubieran podido, arrojados como
-estaban y empujados por los de atrás, á los cuales empujaban á su vez,
-como la ola empuja la ola de línea en línea, hasta la extremidad de
-la multitud, que iba siempre en aumento; la respiración empezaba ya á
-faltar al capitán.--Hacedlos retroceder un poco para que yo pueda tomar
-aliento, decía á los alabarderos; mas no hagáis mal á nadie. Veamos el
-modo de entrar en la tienda: llamad, tratad de que permanezcan á una
-distancia respetuosa.
-
---¡Atrás, atrás! gritaron los alabarderos, lanzándose todos unidos
-contra los primeros, y rechazándolos con los cuentos de las alabardas.
-Éstos gritaban, retrocedían según podían, dándose con las espaldas en
-los pechos, con los codos en el vientre, con los talones en las puntas
-de los pies de aquellos que iban detrás. Se apresuran, se estrechan, se
-atropellan de tal modo, que los que se encontraban en medio hubieran
-pagado cualquier cosa por hallarse en otra parte. Sin embargo, la
-puerta quedó un poco más desembarazada; el capitán llama y vuelve á
-llamar, grita que le abran; los de dentro, viéndolo desde la ventana,
-bajan con presteza, abren; el capitán entra, llama á los alabarderos,
-los cuales entran uno á uno, los últimos conteniendo á la multitud
-con las alabardas. Cuando estuvieron todos dentro, se echaron los
-cerrojos á la puerta, y se atrancó; después de lo cual, el capitán sube
-apresuradamente y se presenta á la ventana. ¡Oh, qué tumulto!
-
---¡Hijos!, grita. Muchos levantan la vista. ¡Hijos, volveos á vuestras
-casas! Perdón general á los que se retiren pronto.
-
---¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid! Tales eran las palabras que se oían más
-claramente en medio de los alaridos terribles con que la multitud le
-respondía.
-
---¡Juicio, hijos! ¡Miradlo bien; todavía estáis á tiempo! Vamos,
-andad; volveos á casa. Pan no os faltará; pero éste no es el modo de
-conseguirlo. ¡Eh, eh! ¿Qué hacéis vosotros aquí abajo? ¡Eh! ¡Los de
-la puerta! ¡Oh, oh!... Veo, veo... ¡Juicio! ¡Tened cuidado! ¡Vais á
-cometer un gran crimen! Ahora voy á bajar. ¡Eh, eh! Dejad ahí esos
-hierros, abajo esas manos, ¡Vergüenza!... ¡Vosotros, milaneses, que
-sois nombrados en todo el orbe por vuestra bondad, escuchad, escuchad!
-¡Siempre habéis sido buenos hi...! ¡Ah, canalla!
-
-Este rápido cambio de estilo fué ocasionado por una piedra que, salida
-de las manos de uno de aquellos buenos hijos, vino á dar en la frente
-del capitán sobre la protuberancia izquierda del censorio común.
-“¡Canalla, canalla!”, continuaba gritando, cerrando con prontitud la
-ventana, y retirándose. Mas aunque hubiese gritado á más no poder, sus
-palabras buenas y malas se hubieran perdido y desvanecido en el aire,
-á causa del estrépito que movían abajo. Lo que él decía ver, era un
-gran montón de piedras y de hierros (los primeros que habían podido
-procurarse en la calle) que reunían en la puerta para echarla abajo y
-quitar las rejas á las ventanas, cuyo trabajo tenían ya muy adelantado.
-
-Entretanto los dueños y mozos de la panadería, que estaban en las
-ventanas de los pisos superiores, con una buena provisión de piedras
-(probablemente habrían desempedrado un patio), gritaban y gesticulaban
-á los de la calle para que se estuviesen quietos, enseñándoles las
-piedras, y amenazando arrojárselas. Habiendo visto que era tiempo
-perdido, empezaron á lanzarlas de veras. Ninguna caía en vano, porque
-el hacinamiento de gente era tal, que un grano de maíz no hubiera
-llegado al suelo.
-
---¡Ah, bribones!, ¡ah, malvados! ¿Es éste el pan que dais á los pobres?
-¡Ay, ay de mí!, ¡huy!, ¡ahora, ahora!, gritaban desde abajo. Más de uno
-fué maltratado; dos niños quedaron en el sitio. El furor acrecentó las
-fuerzas de la multitud; las puertas, las rejas fueron arrancadas, y
-el torrente penetró por todas las aberturas. Los de dentro, viendo el
-negocio mal parado, fueron á ocultarse á los desvanes; el capitán, los
-alabarderos, y algunos otros de la casa, se quedaron agazapados bajo
-las tejas, y otros también, saliendo por las lumbreras, erraban por los
-tejados á manera de gatos.
-
-La vista del botín hizo olvidar á los vencedores sus proyectos
-sanguinarios de venganza. Lánzanse sobre las artesas; el pan es
-saqueado enteramente. Uno de ellos corre al cajón del mostrador, hace
-saltar la cerradura, mete las manos, saca el dinero á puñados, se lo
-embolsa, y sale cargado de _quattrini_[9] para volver en seguida á
-robar pan, si queda alguno. El tropel se esparce por los almacenes:
-echan mano á los sacos, los arrastran, los vuelcan; éste se coloca uno
-entre las piernas, lo desata, y para reducirlo á un peso que pueda
-soportar, arroja una parte de la harina; otro gritando, espera, espera,
-se baja á recoger lo que aquél desperdicia, recibiendo aquella gracia
-de Dios en el mandil, sombrero y pañuelo; uno corre á la artesa, toma
-un pedazo de masa que se alarga y escapa por todas partes; otro,
-en fin, que ha conquistado un cedazo, lo lleva en el aire como en
-triunfo; unos van, otros vienen; hombres, mujeres, niños, se empujan,
-tropiezan; un polvo blanco que todo lo cubre y se eleva por do quier,
-lo envuelve y emblanquece todo. Vése por la parte exterior un inmenso
-gentío, dividido en dos filas opuestas, que se aprietan y chocan entre
-sí á porfía, los que salen cargados de despojos y los que quieren
-entrar para hacer lo mismo.
-
-
-Mientras que la citada panadería se veía de tal modo saqueada, no por
-esto las demás que había en la ciudad estaban tranquilas y exentas de
-peligro. Pero en ninguna de ellas acudió el número suficiente de gente
-para poder emprender algo de provecho. En varias de ellas, los dueños
-habían recibido auxiliares y permanecían á la defensiva; en otras,
-hallándose con poca gente para resistir, trataban en cierto modo de
-entrar en transacciones; distribuían pan á los que habían empezado á
-agruparse delante de la tienda, bajo condición de que habían de irse
-al momento. Y efectivamente se retiraban, no tanto porque estuviesen
-satisfechos, cuanto porque los alabarderos y esbirros, alejándose de
-aquel terrible horno de las muletas, se dejarían ver, sin embargo, en
-otra parte, con la fuerza suficiente para tener á raya á los infelices
-que no fuesen muchos.
-
-Éste era el estado de las cosas, cuando Renzo, después de haber dado
-cuenta de su pan, avanzaba por el arrabal de la Puerta Oriental, y se
-encaminaba, sin saberlo, justamente al punto céntrico del tumulto.
-Tan pronto iba aprisa como despacio, á causa de la multitud, y andando
-miraba y aguzaba los oídos, con el objeto de recoger de todo aquel
-confuso tropel de discursos algunas noticias más exactas acerca del
-verdadero estado de cosas. He aquí, pues, con poca diferencia, las
-palabras que pudo oir en todo su camino.
-
---Ahora ya está descubierta, decía uno, la infame impostura de esos
-bribones que vociferaban que no había pan, harina ni grano. Ahora la
-cosa se ve clara y neta, y no nos la podrán dar á entender de otro
-modo. ¡Viva la abundancia!
-
---Os digo que todo esto no sirve de nada; es lo mismo que hacer un
-agujero en el agua; será peor aún si no hay un castigo ejemplar. El pan
-se pondrá barato, pero en él os meterán veneno para matar á los pobres
-como moscas: ellos dicen ya que somos demasiados; lo han dicho en la
-junta, lo sé de cierto, por haberlo oído decir yo mismo con mis propios
-oídos á una comadre mía, que es amiga de un pariente del criado del
-cocinero de uno de esos señores.
-
---Eso no es cosa de risa, decía otro con la boca llena de espuma,
-sosteniendo con una de sus manos un desgarrado pañuelo sobre sus
-cabellos crespos y ensangrentados. Uno que estaba cerca de él, para
-consolarlo, le apoyaba.
-
---Paso, paso, señores, os lo suplico; dejad pasar á un infeliz padre
-de familia, que lleva de comer á cinco criaturas. Así decía uno que
-iba tambaleándose bajo un gran saco de harina, y á su vista todos se
-esforzaban en retirarse para dejarle pasar.
-
---Yo, decía otro, casi al oído de un compañero, yo voy á ponerme en
-salvo; soy hombre que conozco el mundo, y sé cómo va esta especie de
-cosas. Estos vocingleros que hacen tanto ruido, mañana ó pasado se
-encerrarán en casa todos llenos de miedo. He visto ya ciertas caras,
-ciertas gentes honradas que rondan haciendo el tonto, y observan quién
-hay y quién no hay; cuando todo está concluido, consultan las notas, y
-á quien toca, toca.
-
---El que protege á los panaderos, gritaba una voz sonora que atrajo la
-atención de Renzo, es el vicario de la provisión.
-
---Todos son buenos bribones, decía un vecino.
-
---Sí, pero él es el jefe, replicaba el primero.
-
-El vicario de la provisión, nombrado todos los años por el gobernador,
-entre seis nobles propuestos por el consejo de los decuriones, era el
-presidente de éste y del tribunal de provisión.
-
-Dicho tribunal, compuesto de doce notables también, tenía, además de
-otras muchas atribuciones, principalmente la de los víveres. El que
-ocupaba semejante puesto debía, necesariamente en un tiempo de hambre
-y de ignorancia, ser tenido por el autor de todos los males, á menos
-que no hubiese hecho lo que hizo Ferrer, lo que no estaba en sus
-facultades, aunque estuviese en sus ideas.
-
---¡Malvados! exclamaba otro: ¿han podido hacer otra cosa peor? Han
-llegado á decir que el gran canciller es un viejo chocho, vuelto de
-nuevo niño, para quitarle el crédito y mangonear ellos solos. Será
-preciso hacer una gran jaula y meterlos dentro, alimentándolos con
-algarroba y joyo, según querían tratarnos á nosotros.
-
---¡Pan! ¿eh? decía uno que trataba de irse á toda prisa: pedazos de
-piedra de á libra; ¡piedras que apenas podían sostenerse con ambas
-manos, y que caían como granizo! Tengo deshechas las costillas. No veo
-el momento de llegar á mi casa.
-
-Al través de semejantes discursos, los cuales no sabré decir si
-informaban ó aturdían más á Renzo, en medio de aquellos alaridos llegó
-éste por último al ya expresado horno. La multitud se había aclarado
-bastante, de modo que pudo contemplar aquella triste y reciente
-desolación. Las paredes resquebrajadas y destrozadas por las piedras y
-ladrillos, las ventanas arrancadas de sus goznes, la puerta derribada.
-
-Esto no está muy bien, pensó Renzo: si arreglan así todos los hornos,
-¿dónde quieren que se haga el pan? ¿en los pozos?
-
-De cuando en cuando salía de la panadería alguno que llevaba un
-pedazo de artesa ó cedazo, un banco, una canasta, un libro de
-cuentas, cualquier cosa, en fin, perteneciente á aquel pobre horno, y
-gritando: sitio, sitio, pasaba al través de la multitud. Todos ellos
-se encaminaban hacia el mismo lado y se detenían en un lugar antes
-convenido.
-
-¿Qué será esta otra historia? pensó de nuevo Renzo, y se dirigió detrás
-de uno de aquellos individuos, que habiendo hecho un haz de tablas
-rotas y de astillas, lo colocó sobre sus espaldas yendo como los demás,
-por la calle que costea el flanco septentrional, y ha tomado su nombre
-de los escalones que allí había, y que hace muy poco tiempo han dejado
-de existir.
-
-El deseo de ver los sucesos no impidió á nuestro campesino, luego de
-haber llegado al frente de aquella gran mole, el detenerse un momento
-para mirar á lo alto con la boca abierta. Redobló en seguida el paso
-para reunirse á aquel que había tomado por guía; dobló la esquina,
-dió también una ojeada á la fachada de la catedral, rústica entonces
-en gran parte y muy lejos aún de estar concluida, conservándose
-constantemente detrás del que se dirigía hacia el medio de la plaza.
-Cuanto más avanzaba, la gente estaba más apiñada, pero al que iba
-cargado le abrían paso. Hendía las oleadas del pueblo, y Renzo, yendo
-siempre pegado á él, llegó juntamente al centro de la muchedumbre.
-Allí había un gran espacio vacío, y en medio una gran hoguera, hecha
-de los utensilios que hemos dicho arriba. Á su alrededor veíase un
-continuo agitar de manos y pies, un ruido infernal causado por mil
-gritos de triunfo y multitud de imprecaciones.
-
-El hombre del haz lo arroja sobre aquel montón de brazas; otro, con
-un mango de pala medio consumido, atiza el fuego: el humo crece y
-se condensa; las llamas se elevan, y á la vista de ellas los gritos
-se aumentan con más fuerza: “¡Viva la abundancia! ¡mueran los
-monopolistas! ¡muera la carestía! ¡reviente la provisión! ¡reviente la
-junta! ¡viva el pan!”.
-
-Verdaderamente la destrucción de las artesas y de los cedazos, la
-devastación de los hornos y el terror de los panaderos, no son
-los medios más eficaces para que viva el pan; pero ésta es una de
-aquellas sutilezas metafísicas que el talento de muchos no llega á
-penetrar. Sin embargo, sin ser un gran metafísico un hombre llega
-tal vez á penetrarla antes, mientras que para la cuestión es nueva;
-y sólo á fuerza de hablar de ella y de oir, llegará á ser inhábil
-para comprenderla. En el hecho, Renzo había tenido en un principio
-aquel pensamiento y volvía á su imaginación, como hemos visto, á cada
-momento. No obstante, reservólo para sí, porque entre tantas caras no
-había uno que no pareciese decirle: “Hermano, si obro mal, corrígeme,
-que ya lo pagarás”.
-
-La llama se había extinguido de nuevo; no se veía llegar á nadie más
-con otros combustibles, y la gente empezaba á fastidiarse, cuando se
-esparce la voz que en el Cordusio (una plazuela ó encrucijada no muy
-distante de aquel paraje) se había puesto sitio á una panadería. Muchas
-veces en semejantes circunstancias, el anuncio de una cosa basta para
-que suceda. Junto con aquellas voces se difundió también entre la
-multitud el deseo de correr allá: yo voy; ¿y tú vas? Vamos, vamos, se
-oía por todas partes; el gentío se divide, y se pone en marcha. Renzo
-permanecía detrás sin moverse casi, á no ser cuando era arrastrado
-por el torrente; y en el ínterin calculaba en su interior, si debería
-salir de semejante bacanal, y volver al convento en busca del padre
-Buenaventura, ó ir á ver todavía aquella otra. La curiosidad prevaleció
-de nuevo. No obstante, resolvió el no meterse en medio de la refriega
-para que le rompiesen las costillas; ó arriesgar alguna otra cosa peor,
-y conservarse á cierta distancia con el objeto de observar de lejos.
-Habiendo tomado este partido, sacó del bolsillo el segundo pan, y
-mordiendo un pedazo se encaminó tras de la turba amotinada.
-
-Éste, desembocando por un ángulo de la plaza había entrado ya en la
-corta y estrecha calle de la _Peschería-Vecchia_, y desde dicho punto
-dando la vuelta al arco, se introdujo en la plaza de los _Mercanti_.
-Había muy pocos en aquel sitio que al pasar por delante del hueco
-que corta hacia el medio de la galería del edificio llamado entonces
-el Colegio de los Doctores, no diese una pequeña ojeada á la grande
-estatua que campeaba allí, á aquella figura grave, altanera, feroz (y
-no digo lo bastante), de D. Felipe II, que aunque de mármol, imponía
-un vago sentimiento de respeto, y con su extendido brazo parecía que
-estuviese allí para decir: allá voy yo, canalla.
-
-Dicha estatua no existe ya, por un accidente singular. Cerca de ciento
-setenta años después del suceso que estamos refiriendo, un día le
-fué cambiada la cabeza, quitado de la mano el cetro que empuñaba, y
-sustituyendo un puñal, se dió á la estatua el nombre de Marco Bruto.
-Así, metamorfoseada, permaneció en pie un par de años; mas una mañana,
-ciertos individuos que no simpatizaban mucho con Marco Bruto, los
-cuales debían tener contra él un odio secreto, echaron una cuerda
-alrededor de la estatua, la derribaron, le hicieron mil injurias, y
-mutilada y reducida á un tronco informe, la arrastraron, con los ojos
-fuera de sus órbitas y con la lengua también de fuera, por las calles;
-cuando estuvieron cansados de arrastrarla, la arrojaron no sé dónde.
-¡Quién se lo había de haber dicho á Andrés Biffi cuando la esculpía!
-De la plaza de _Mercanti_, la turba se introdujo, por el otro arco, á
-la calle de _Fustagnai_, y desde allí se esparramó por el _Cordusio_.
-Todos, antes de desembocar, miraban súbitamente hacia el horno que
-les había sido indicado. Mas en vez de la multitud de amigos que
-esperaban encontrar en aquel paraje trabajando ya, vieron únicamente
-algunos individuos que permanecían como acechando á cierta distancia de
-la panadería, la cual estaba cerrada, y en las ventanas gente armada
-en ademán de estar prontos á defenderse. Al ver aquello, quien se
-admiraba, quien se ponía en salvo, quien reía, quien se volvía para
-informar á los que llegaban poco á poco, quien se detenía, quien quería
-volver atrás, quien decía: adelante, adelante. Aquello era un continuo
-ir y venir; unos preguntan y reciben aclaraciones; otros vacilan,
-están inciertos; no se oye más que un confuso murmullo de consultas y
-disputas. En esto, sale del centro de la turba una voz infernal que
-grita: “La casa del vicario de la provisión está aquí cerca: vamos á
-hacernos justicia, vamos á saquearla”. Aquellas palabras parecieron
-como un recuerdo súbito y general de una cosa ya preparada, más bien
-que la aceptación de una proposición. ¡Á casa del vicario, á casa del
-vicario! es el grito que se deja oir. La turba se mueve toda unida
-hacia la calle en donde estaba situada la casa que acababa de ser en
-tan mala hora nombrada.
-
-
- NOTAS:
-
-[8] Medida que equivale poco mas ó menos á una fanega.
-
-[9] Maravedises.
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-
-
- CAPÍTULO DECIMOTERCERO
-
-
-El vicario desventurado estaba en aquel momento haciendo una digestión
-mala y penosa de un almuerzo comido sin apetito y sin pan blando,
-y aguardaba con gran incertidumbre del modo que acabaría aquella
-borrasca, lejos empero de sospechar que debiese caer tan espantosamente
-sobre él. Cierto hombre de bien se anticipó caritativamente á la turba
-para advertirle el peligro inminente que corría. Los criados, que el
-ruido había atraído á la puerta, miraban asustados á todo lo largo de
-la calle, hacia el lado donde el rumor venía acercándose. Mientras
-escuchan el aviso, ven aparecer la vanguardia: con la mayor prisa
-tratan de avisar á su señor; mientras tanto éste piensa en huir y en
-el modo de verificarlo, otro viene á decirle que ya no es tiempo. Los
-criados apenas tienen tiempo suficiente para cerrar la puerta; la
-atrancan con barras, ponen puntales, corren á cerrar las ventanas como
-cuando el tiempo se oscurece y se espera de un momento á otro que caiga
-una granizada. La creciente gritería que se deja oir como un trueno,
-retumba en el solitario patio; todas las cavidades de la casa resuenan
-también, y en medio de aquel vasto y confuso estrépito se sienten
-furibundas y repetidas pedradas en la puerta.
-
---¡El vicario! ¡el tirano! ¡el monopolista! ¡lo queremos vivo ó muerto!
-
-El desdichado erraba de estancia en estancia, pálido, sin aliento,
-cruzando las manos encomendándose á Dios, y conjurando á sus criados
-para que se mantuviesen firmes y buscasen el modo de que pudiese
-escapar. Mas, ¿cómo y por dónde? Subió con la mayor celeridad á un
-desván; desde una claraboya miró ansiosamente á la calle, y la vió
-llena completamente de furiosos; oyó los gritos que pedían su muerte,
-y mucho más aterrado se retiró dirigiéndose á buscar el más seguro y
-secreto escondrijo. Allí acurrucado, estaba atento escuchando si el
-funesto rumor acaso se debilitaba ó si el tumulto se aquietaba un poco;
-pero sintiendo, al contrario, alzarse la gritería mucho más feroz y
-más ruidosa y redoblarse los golpes, se apoderó de nuevo de su corazón
-el sobresalto, y se tapaba precipitadamente los oídos. Después, como
-fuera de sí, rechinando los dientes y contraído el semblante, extendía
-los brazos y apoyaba los puños como si quisiese sostener la puerta...
-Por lo demás, lo que hacía precisamente no se puede saber, porque
-estaba solo, y la historia se ve obligada á adivinar; la suerte es que
-ya está acostumbrada.
-
-Esta vez, Renzo se encontraba en medio de la refriega, no ya arrastrado
-por el torrente, sino llevado deliberadamente. Á la primera proposición
-de sangre, había sentido revolverse toda la suya; tocante al saqueo,
-no hubiera sabido decir si en aquella coyuntura era bueno ó malo; mas
-la idea de un homicidio le causó un vivo y súbito horror. Y aunque por
-esa funesta docilidad que tienen algunos espíritus á creerlo todo, al
-decir apasionado de muchos, estuviese persuadido que el vicario era la
-causa principal del hambre y el enemigo de los pobres; sin embargo,
-habiendo al primer movimiento de la turba oído acaso alguna palabra
-que indicaba la voluntad de hacer todos los esfuerzos para salvarle,
-propúsose también ayudar á semejante obra, y con esa intención se
-había acercado casi hasta la puerta, en la que trabajaban de mil
-modos para conseguir el derribarla. Los unos golpeaban con guijarros
-los clavos de la cerradura para desprenderla: los otros con piochas,
-escoplos y martillos, trataban de trabajar más en regla; otros, en
-fin, con piedras, con cuchillos sin punta, con clavos, con palos, con
-las uñas, no teniendo otra cosa, rascaban y resquebrajaban la pared,
-hacían esfuerzos para quitar los ladrillos y abrir brecha. Los que
-no podían ayudar, animaban á los demás con sus gritos, pero al mismo
-tiempo arrojándose sobre ellos y apretando á los unos contra los otros,
-detenían el trabajo ya suspendido por las cuestiones y disputas que
-los trabajadores tenían entre sí, ya que por gracia especial del cielo
-acontece con el mal lo que frecuentemente con el bien; esto es, que los
-fautores más ardientes vienen á ser un impedimento.
-
-Los magistrados que primero tuvieron aviso de lo que pasaba, mandaron
-en seguida á buscar auxilio al comandante del castillo, que se llamaba
-entonces de la puerta Giovia, el cual mandó algunos soldados. Mas
-entre el aviso, la orden, el tiempo de reunirse, de ponerse en marcha
-y de hacer el camino, llegaron cuando la casa estaba ya rodeada de un
-vasto sitio, é hicieron alto lejos de ella al extremo de la multitud.
-El oficial que los mandaba no sabía qué partido tomar. Allí no había
-otra cosa más que una reunión de gentes de varias edades y sexos que
-permanecía ociosa. Á la intimación que se les había hecho de separarse
-y de hacer lugar, respondían por medio de un sordo y largo murmullo;
-nadie se movía. Hacer fuego sobre aquella chusma parecía al oficial
-una cosa no solamente cruel, sino muy peligrosa; cosa que ofendiendo
-á los menos terribles, hubiera irritado á los más violentos; además,
-él no tenía semejantes instrucciones. Abrir aquel primer tropel,
-separarlo á derecha é izquierda, y seguir adelante con el objeto
-de llevar la guerra al que la hacía, hubiera sido lo mejor; mas el
-proyecto era conseguirlo. ¡Y quién sabe si los soldados hubieran podido
-avanzar unidos y en buen orden, y si en lugar de romper el gentío,
-no se encontrarían ellos mismos diseminados y comprometidos en medio
-de aquél, y á merced del populacho, después de haberlo provocado!
-La irresolución del comandante y la inmovilidad de los soldados fué
-tomada, con razón ó sin ella, por miedo. Las gentes que se encontraban
-cerca de ellos, se contentaban con mirarles la cara con un aire que
-quería decir: ¡ay qué risa! Los que estaban más lejos no les bastaba
-provocarlos con gestos y con chanzonetas; más allá pocos sabían ó
-cuidaban de que estuviesen; los saqueadores continuaban demoliendo, sin
-otro pensamiento que el de lograr pronto su empresa; los espectadores
-no cesaban de animarlos con sus gritos.
-
-Un anciano mal encarado se destacaba de la multitud, llamando él sólo
-la atención. Abría dos ojos cóncavos é inflamados, y su cutis se
-contraía por una risa atroz de placer, levantadas las manos sobre sus
-indignas canas, agitaba en el aire un martillo, una cuerda, cuatro
-enormes clavos, con los cuales, según decía, quería clavar al vicario
-en los tableros de su puerta después de muerto.
-
---¡Bah! ¡qué desvergüenza!, se le escapó á Renzo, horrorizado de
-aquellas palabras, á la vista de un gran número de distintos rostros
-que hacían señales de aprobación, y enfurecido al ver á otros
-sobre los cuales, aunque mudos, se traslucía el mismo horror que
-él experimentaba. “¡Vergüenza! ¡querer robar el oficio al verdugo!
-¡asesinar á un cristiano! ¡Cómo queréis que Dios nos dé pan, si
-cometemos semejantes atrocidades! Lo que nos enviará serán rayos, y no
-pan”.
-
---¡Ah perro! ¡traidor á la patria! gritó volviéndose á Renzo con un
-semblante de condenado, uno de los que habían podido entender en medio
-del tumulto aquellas santas palabras.--¡Aguarda, aguarda! éste es uno
-de los criados del vicario disfrazado de aldeano: es un espía; ¡á él,
-á él! Cien voces se elevan á su alrededor. ¿Qué es esto? ¿dónde está?
-¿quién es?--Un criado del vicario... Un espía.--El vicario disfrazado
-de aldeano que se escapa.--¿Dónde está? ¿dónde está? ¡Á él, á él!
-
-Renzo enmudece; se baja mucho, muchísimo; de buena gana hubiera querido
-desaparecer; algunos de los que están mas próximos á él lo cogen en
-medio; lanzan grandes gritos y tratan de confundir aquellas voces
-enemigas y ávidas de sangre. Pero lo que le sirvió más que todo, fué
-un “paso, paso”, que oyó cerca de sí: “¡paso! ¡eh, aquí el socorro!
-¡eh, paso!”.
-
-¿Qué era, pues aquello? Era una larga escalera de mano que algunos
-llevaban para apoyarla en la casa y penetrar por una ventana. Mas por
-dicha, este medio que hubiera hecho la cosa tan fácil, no lo era mucho
-para ponerlo por obra. Los que la sostenían por uno y otro extremo, y
-los demás que iban repartidos por toda ella, empujados, separados por
-la multitud, se tambaleaban á cada paso: el uno con la cabeza metida
-entre dos peldaños y los varales sobre las espaldas, oprimido como si
-estuviese bajo un pesado yugo, se lamentaba; aquél se veía separado
-de su carga por otro choque; la escalera abandonada daba sobre las
-cabezas, las espaldas, los brazos; imaginaos cómo se quejarían los
-dueños de éstos: otros la levantan, se colocan debajo y se la cargan,
-gritando: “¡Vamos, ánimo!”. La máquina fatal avanza balanceándose y
-serpenteando; llega á tiempo para distraer y desordenar á los enemigos
-de Renzo, el cual aprovechó la confusión nacida de la misma. En un
-principio se ocultó: después, jugando cuanto le fué posible los codos,
-se alejó de aquel sitio, en donde no corría buen aire para él, con la
-intención de salir también lo más pronto posible del tumulto é ir de
-veras á buscar ó á esperar al padre Buenaventura.
-
-De repente un movimiento extraordinario que parte de uno de los
-extremos, se propaga por la muchedumbre; se esparce una voz, la cual
-circula de boca en boca en boca: “¡Ferrer, Ferrer!”. Admiración,
-alegría, furor, inclinación y repugnancia, estalla por todas partes
-donde llega ese nombre: quien le grita, quien quiere ahogarle, quien le
-afirma, quien niega, quien bendice, quien blasfema.
-
---¡Aquí está Ferrer!--¡No es cierto, no es verdad!--¡Sí, sí; viva
-Ferrer, el que da el pan barato!--¡No, no!--Aquí está, aquí está
-en su carruaje.--¿Qué importa? ¿Á qué viene aquí? ¡No queremos á
-nadie!--¡Ferrer, viva Ferrer, el amigo de los pobres! Viene para
-conducir á la cárcel al vicario.--¡No, no! Queremos hacernos justicia
-nosotros mismos: ¡atrás, atrás!--¡Sí, sí, Ferrer; que venga Ferrer; á
-la cárcel el vicario!
-
-Y todos, poniéndose de puntillas, se vuelven para mirar al lado donde
-se anuncia tan inesperado arribo. Al levantarse, veían, ni más ni
-menos, que si hubiesen permanecido con las plantas de los pies en el
-suelo; pero lo mismo da, todos se ponían de puntillas.
-
-En efecto, á un extremo del concurso, por el lado opuesto á aquel
-en donde estaban los soldados, había llegado en un carruaje el gran
-canciller Antonio Ferrer; el cual, remordiéndole probablemente la
-conciencia de haber con sus disparates y con su obstinación sido la
-causa, ó á lo menos, dado ocasión á aquel motín, venía ahora con el
-objeto de aquietarle, y á impedir en algún tanto el más terrible é
-irreparable efecto, é igualmente, á expender bien una popularidad mal
-adquirida.
-
-En los tumultos populares hay siempre un cierto número de hombres
-que, ó por un ardor de sus pasiones, ó por una persuasión fanática,
-ó por un designio criminal, ó por un infernal gusto que tiende á la
-destrucción, se esfuerzan todo lo que pueden para poner las cosas en
-el peor estado: proponen y apoyan los más atroces proyectos; atizan
-el fuego cada vez que parece apagarse; nada hay demasiado malo para
-ellos; querrían que el tumulto no tuviese medida ni fin. Mas como para
-servir de contrapeso, hay también siempre cierto número de otra clase
-de hombres que acaso con el mismo ardor y con la misma obstinación se
-aplican á producir el efecto contrario, unos atraídos por la amistad ó
-parcialidad hacia las personas amenazadas, otros sin mas impulso que
-un piadoso y espontáneo horror á la sangre y al crimen, ¡el cielo los
-bendiga!
-
-En cada uno de estos dos partidos opuestos, aun cuando anteriormente
-no se hayan puesto de acuerdo, la conformidad de las voluntades crea
-un concierto súbito en las operaciones. Lo que compone en seguida la
-masa, y casi lo material del tumulto, es una mezcolanza accidental
-de hombres, que por gradaciones más ó menos indefinidas, tienden á
-uno ú otro extremo un poco acalorados, un tanto malvados, en cierto
-modo inclinados á la justicia, según ellos la entienden, deseosos de
-ver alguna infamia, dispuestos á la ferocidad y á la misericordia,
-á la execración y á la adoración, según se presenta la ocasión de
-experimentar plenamente uno ú otro sentimiento, ávidos á cada momento
-de saber, de creer alguna cosa extraña, ansiosos de gritar, de
-aplaudir á alguno, ó de quejarse. _Viva_ ó _muera_, son las palabras
-que pronuncian de mejor gana: si alguno ha logrado persuadirles que
-cierto individuo no merece ser descuartizado, no hay necesidad de
-hablar más para convencerles de que es digno de ser llevado en triunfo.
-Autores, espectadores, instrumentos, obstáculos, todo va según el
-viento; prontos, igualmente á callarse cuando nadie levanta el grito, á
-desistir de la empresa, cuando faltan los instigadores, á desbandarse,
-cuando muchas voces de acuerdo y no contradichas, exclaman: “vámonos”,
-y al volverse á su casa se preguntan unos á otros: ¿qué ha sido esto?
-Sin embargo, como en tales ocurrencias dicha masa tiene la mayor
-fuerza, la puede dar á quien quiera, y cada uno de los dos partidos
-activos usa de toda su habilidad para atraer al otro, en una palabra,
-para hacerse dueño; son como dos almas enemigas, que combaten por
-entrar en aquel gran cuerpo y hacerlo mover: procuran buscar el que
-sepa esparcir mejor las voces más propias para excitar las pasiones,
-para dirigir los movimientos á uno ú otro intento; el que sepa
-encontrar más á propósito las noticias que exciten la indignación ó la
-atemperen, que revelen las esperanzas ó los temores; el que sepa hallar
-el grito que repetido de boca en boca exprima, atestigüe, y forme al
-mismo tiempo el voto de la mayoría por uno ú otro partido.
-
-Hemos hecho este largo y pesado discurso para tratar de decir que en
-la lucha entre los dos partidos que se disputaban el voto de la gente
-agrupada delante de la casa del vicario, la aparición de Antonio Ferrer
-dió casi en un momento una gran ventaja al partido de los humanos, el
-cual estaba manifiestamente debajo, y á poco que hubiese tardado aquel
-socorro, no hubiera tenido tiempo, fuerza ni motivo de combatir. El
-hombre era agradable á la multitud á causa de aquella tarifa inventada
-por él, tan favorable á los compradores, y por su heroica resistencia
-contra todo razonamiento contrario. Los ánimos, ya propensos, estaban
-entonces ya más enamorados de la valerosa confianza de un anciano
-que sin guardias, sin aparato, venía á buscar y á encararse con una
-multitud irritada y procelosa. Además, la voz de que venía á prender
-al vicario hacía un efecto admirable; así es que el furor contra este
-desgraciado se hubiera aumentado de un modo más terrible si hubiese
-venido á arrostrarlo y si le hubiese querido hacer alguna concesión;
-pero con la promesa de satisfacción, ó por decir como los milaneses,
-con el hueso en la boca, aquél se calmaba un poco y daba lugar á los
-demás sentimientos opuestos que surgían en una gran parte de los ánimos.
-
-Los partidarios de la paz, habiendo tomado aliento, secundaban á Ferrer
-de mil modos: los que se encontraban cerca de él excitaban á cada
-momento por medio de sus aplausos los del público, y buscaban al propio
-tiempo el modo de hacer retirar la gente para abrir paso al carruaje;
-los otros, aplaudiendo, repetían y hacían correr sus palabras, ó las
-que les parecía que se podían decir mejor, imponiendo silencio á los
-furiosos obstinados, y volviendo contra éstos la nueva pasión de la
-móvil asamblea. “¿Quién es el que no quiere que se diga viva Ferrer?
-¿Queríais, acaso, que el pan estuviese caro? Son unos bribones los que
-no quieren una justicia cristiana, y entre ellos los hay que gritan
-más fuerte que los demás para tratar de que el vicario se escape. ¡Á
-la cárcel el vicario! ¡Viva Ferrer! ¡Paso á Ferrer!”. El número de
-los que hablaban así iba cada vez en aumento, á medida que el del
-partido contrario disminuía sin cesar; de manera, que los primeros
-llegaron á sobrepujar ya á los que querían arruinarlo todo, hasta
-el punto de maltratarlos y quitarles los útiles de las manos: éstos
-temblaban de rabia; al mismo tiempo amenazaban, trataban de reponerse,
-mas la causa de la sangre estaba perdida; el grito que dominaba era:
-“¡prisión, justicia, Ferrer!”. Después de una corta lucha, aquéllos
-fueron vencidos; los otros se apoderaron de la puerta para defenderla
-contra nuevos asaltos, y preparar la entrada á Ferrer: uno de ellos
-introduciendo su voz en la casa por una rendija (pues no faltaban),
-avisó que llegaba socorro, y que tratasen de que el vicario estuviese
-dispuesto para ir al momento... á la cárcel: ¡hem!, ¿habéis entendido?
-
---¿Es ese Ferrer el que ayuda á hacer las ordenanzas?, preguntó á uno
-de sus vecinos nuestro Renzo, que se acordó del _vidit Ferrer_ que el
-doctor había hecho ver á la conclusión de dichas ordenanzas, y que aún
-resonaba en sus oídos.
-
---Justamente, el gran canciller, se le contestó.
-
---Es un excelente sujeto, ¿no es verdad?
-
---¡Cómo si es excelente! Es él quien había puesto el pan barato, y los
-otros no han querido, y al presente viene á conducir al vicario á la
-cárcel, porque no ha obrado conforme á justicia.
-
-Es inútil decir que Renzo estuvo súbitamente á favor de Ferrer. Quería
-ir á su encuentro en derechura: la cosa no era fácil; pero con sus
-pisadas, sus codazos de rústico, llegó á abrir brecha y á colocarse en
-la primera fila, justamente al lado mismo del carruaje.
-
-Éste había ya penetrado en medio de la multitud, y en aquel momento
-estaba detenido por uno de esos frecuentes é inevitables escollos
-producidos siempre en semejantes circunstancias. El viejo Ferrer
-presentaba ya á una, ya á otra portezuela, un semblante sumamente
-humilde, muy risueño, en extremo amable; un semblante que había siempre
-tenido de reserva para cuando se encontraba en presencia de D. Felipe
-IV; mas él se vió obligado á dispensarlo en esta ocasión. También
-hablaba; pero el ruido y bullicio de tantas voces, los vivas mismos
-que le lanzaban, no dejaban entender apenas sus palabras: acompañaba
-éstas con gestos; tan pronto llevaba la punta de sus dedos unidos
-sobre sus labios para tomar un beso que sus manos, abriéndose en
-seguida, distribuían á derecha é izquierda, como para dar gracias de
-la benevolencia que le manifestaba el público; tan pronto los extendía
-y los agitaba lentamente fuera de la portezuela con el objeto de pedir
-un poco de sitio; tan pronto, por fin, los bajaba cortésmente para
-demandar silencio. Cuando lo había obtenido, los más cercanos oían y
-repetían sus palabras: pan, abundancia: vengo á administrar justicia;
-por favor un poco de lugar. Acalorado en seguida, y como sofocado por
-el ruido de tantas voces, á la vista de tantos rostros inflamados,
-de tantas miradas fijas sobre él, se echaba un momento hacia atrás,
-inflaba sus carrillos, arrojaba un gran soplo, y decía entre sí: _¡por
-mi vida, qué de gente!_[10]
-
---¡Viva Ferrer! No tengáis miedo: sois un hombre excelente. ¡Pan, pan!
-
---Sí; pan, pan, contestaba Ferrer, abundancia; yo os lo prometo, y
-ponía la mano en su pecho. Un poco de sitio, añadía luego; vengo á
-prenderlo para darle el castigo que merece; y añadía en voz baja,
-_es culpable_. Inclinándose después hacia su cochero le decía
-apresuradamente: _adelante, Pedro, si puedes_.
-
-El cochero sonreía también al pueblo con una urbanidad afectuosa, como
-si hubiese sido un gran personaje; y con una gracia inefable paseaba
-lentamente la fusta á derecha é izquierda para suplicar á los incómodos
-vecinos que se estrechasen y se retirasen un poco. “Por favor, decía
-también; señores, un poco de lugar, un poquito, lo suficiente para
-poder pasar”.
-
-Entretanto los oficiosos, los más activos, se apresuraban á hacer
-el lugar pedido con tanta gracia. Algunos, delante de los caballos,
-retiran á la gente con buenas palabras, poniéndoles las manos en el
-pecho, y empujándoles suavemente: “Vamos, á un lado; un poco de lugar,
-señores;” otros hacían lo mismo á los dos lados del carruaje para que
-pudiese pasar sin rozar los pies, ni aplastar los bigotes; accidente,
-que además del mal que hubiera podido resultar á las personas, habría
-corrido grandes peligros el aura popular que Ferrer disfrutaba en aquel
-momento.
-
-Renzo, que había permanecido algunos instantes observando aquella
-respetable ancianidad, un poco turbada por la angustia, atormentada por
-la fatiga, pero animada por la solicitud, embellecida, por decirlo así,
-por la esperanza de arrancar á un hombre de las angustias mortales;
-Renzo, repito, echó á un lado la idea de retirarse, resolvió ayudar
-á Ferrer, y no abandonarlo hasta que hubiese logrado su intento. En
-efecto, dicho y hecho: se puso con los demás á tratar de abrir paso, y
-ciertamente no era de los menos activos. El paso se abrió: “avanzad,
-avanzad”, decían algunos al cochero retirándose, ó yendo á abrir más
-camino. “_Adelante; presto, con juicio_”, le dijo también el amo, y el
-carruaje se puso en movimiento.
-
-En medio de los saludos que le prodiga el público en masa, Ferrer
-devolvía otros de agradecimiento con una sonrisa de inteligencia á
-aquéllos que veía eran dirigidos á él; más de una de dichas sonrisas
-tocó á Renzo, que á la verdad lo merecía bien, porque en aquel día
-servía mejor al gran canciller que hubiera podido hacerlo el mejor de
-sus secretarios. El joven aldeano, envanecido con aquellas muestras de
-deferencia, creía que se había ya hecho casi amigo de Antonio Ferrer.
-
-Una vez puesto en movimiento el carruaje, prosiguió su camino con más
-ó menos lentitud, y no sin algunas paraditas. El tránsito no llegaba
-casi á un tiro de arcabuz; pero atendiendo el tiempo que se empleaba,
-hubiera podido parecer un viajecillo aun al que no hubiese tenido la
-santa prisa de Ferrer. La gente se rebullía por delante y por detrás,
-á derecha é izquierda del carruaje, como los delfines alrededor de una
-nave que avanza en lo más fuerte de una borrasca. El estrépito era
-más agudo, más discordante y más atronador que el de la tempestad.
-Ferrer, mirando ya á un lado, ya á otro, agitándose y gesticulando
-á la vez, trataba de oir algo, para acomodar las respuestas á la
-necesidad; quería, para hacerlo mejor, entablar un pequeño diálogo con
-aquella reunión de amigos; pero la cosa era difícil, la más dificultosa
-acaso que se le había presentado con tantos años que llevaba de gran
-canciller. Sin embargo, de cuando en cuando alguna palabra, alguna
-frase también repetida por la asamblea á su paso, se dejaba oir como
-el estrépito de un gran cohete domina el ruido confuso de un fuego
-artificial. Él, ya procurando responder de un modo satisfactorio á
-dichos gritos, ya diciendo á buena cuenta las palabras que sabía
-debían tener más aceptación, ó que cierta necesidad parecía demandar
-de súbito, les habló todo el camino del modo siguiente: “Sí, señores;
-pan, abundancia: lo conduciré á la cárcel; será castigado... _si es
-culpable_. Sí, sí, yo lo mandaré, el pan se dará barato. Así es...
-cosi è, voglio dire: il re nostro signore non vuole che codesti
-fidelessimi vassalli patiscan la fame[11]. _¡Ox, ox! guardaos_: non si
-facciano male, signori[12]. _Pedro, adelante; con juicio_. Abbondanza,
-abbondanza. Un po’ di luogo per caritá. Pane, pane. In prigione, in
-prigione. ¿Cosa[13]?”, preguntó en seguida á uno que había echado la
-mitad de su cuerpo hacia la portezuela para darle á grandes voces un
-consejo, una súplica, un aplauso, ó lo que fuese. Pero este individuo,
-sin poder entender el ¿qué es esto? había sido tirado bruscamente hacia
-atrás por otro que lo veía á punto de ser aplastado por una rueda.
-Con estas preguntas y respuestas, entre las incesantes aclamaciones,
-entre alguno que otro grito de oposición que se dejaba oir por alguno
-que otro lado, pero que al instante era sofocado, he aquí que llegó
-Ferrer al fin á la casa, por obra, principalmente, de aquellos buenos
-auxiliares.
-
-Los otros, que como hemos dicho ya, estaban allí con las mismas buenas
-intenciones, habían entretanto trabajado en hacer y abrir un poco de
-paso. Súplicas, exhortaciones, amenazas, todo lo habían empleado; se
-apresuran, corren por todas partes con ese acrecentamiento de ardor
-y de fuerza que presta siempre el ver cerca el fin deseado. Habían
-llegado á dividir la multitud y hacer retroceder las dos filas,
-aunque entre la puerta y el carruaje que se paró delante se veía un
-pequeño espacio vacío. Renzo, que iba unas veces de descubierta,
-otras de escolta, había llegado con el carruaje hasta colocarse en
-una de aquellas dos hileras de oficiosos, que hacían al mismo tiempo
-sitio al carruaje, y servían de diques á las dos oleadas terribles de
-pueblo. Ayudando á sostener una de ellas con sus poderosas espaldas, se
-encontró magníficamente colocado para poderlo ver todo.
-
-Ferrer respiró cuando vió la plazuela libre y la puerta aún cerrada:
-cerrada, que quiere decir no abierta. Por lo demás, los goznes estaban
-casi desprendidos de sus marcos; los cuarterones de la puerta rotos,
-destrozados, hundidos y partidos por la mitad, dejaban ver por medio de
-una ancha brecha un pedazo de cadena torcido, forzado y casi arrancado
-que, por decirlo así, los sostenía unidos á todos ellos. Un buen hombre
-se había puesto en aquel boquete á gritar que abriesen; otro acudió á
-abrir también apresuradamente la portezuela del carruaje; el anciano
-sacó la cabeza fuera, se levantó, y apoyando la mano derecha en el
-brazo de aquel digno hombre, salió poniendo el pie sobre el banquillo.
-
-La multitud de una parte y de otra se levanta de puntillas para ver:
-mil figuras, mil barbas en el aire: la curiosidad y la atención
-general hacen nacer un momento de silencio. Ferrer, deteniéndose en
-aquel instante sobre el banquillo, dió una ojeada alrededor, saludó
-inclinándose al pueblo, y colocando su mano izquierda en el pecho, como
-si estuviese en un púlpito, gritó: “pan y justicia;” y revestido de
-su toga, levantada la cabeza, con segura marcha bajó á través de las
-aclamaciones que se elevaban hasta las estrellas.
-
-En el ínterin, las gentes de la casa habían abierto, ó más bien habían
-acabado de abrir arrancando la cadena juntamente con los anillos
-vacilantes, ensanchando la brecha apenas lo suficiente para que pudiese
-entrar el muy deseado huésped. “Presto, presto, decía él; abrid bien
-para que yo pueda entrar; y vosotros, buenas gentes, contened al
-pueblo y no le dejéis venir tras de mí... ¡por el amor del cielo! Por
-de pronto abrid paso al instante... ¡eh!, ¡eh!, señores, un momento;
-decía después á los de adentro: despacio con esa puerta, dejadme pasar.
-¡Eh!, ¡mis costillas!, os recomiendo mis costillas; cerrar ahora: no,
-¡eh!, ¡eh!, ¡la toga! ¡la toga!”. Ésta hubiera quedado presa entre
-las junturas de la puerta, si Ferrer no hubiese retirado con mucha
-desenvoltura la cola, la cual se asemejaba á la de una serpiente que
-perseguida se oculta en seguida en un agujero.
-
-Cerradas las puertas como pudieron, fueron además apuntaladas del mejor
-modo posible. Los de fuera que se habían constituido en guardianes
-de Ferrer, trabajaban con las espaldas, con los brazos y la voz, en
-mantener la plaza desocupada, rogando de todo corazón á Dios que aquél
-despachase presto.
-
---Presto, presto, decía también Ferrer dentro de la casa, bajo el
-pórtico, á los servidores que se habían colocado á su alrededor
-desalentados y gritando: “¡Bendito seáis! ¡oh excelencia! ¡oh
-excelencia!”.
-
---Presto, presto, repetía Ferrer; ¿dónde está ese bendito hombre?
-
-El vicario bajaba la escalera, medio arrastrado, medio llevado por los
-demás criados, pálido como la cera. Cuando vió á su salvador, lanzó un
-gran suspiro; volvióle el pulso, acudió un poco de vida á sus piernas,
-un poco de color sobre sus mejillas, y corrió como pudo hacia Ferrer,
-diciendo: “Estoy en las manos de Dios y de vuestra excelencia. ¡Mas
-cómo salir de aquí! Estamos rodeados por todas partes de gentes que
-quieren mi muerte”.
-
---_Venga vd. conmigo_ y tenga ánimo. Mi carruaje está fuera; presto,
-presto. Lo coge de la mano y lo conduce hacia la puerta, inspirándole
-valor; mas en su interior iba diciendo: _¡Aquí está el busilis! ¡Dios
-nos valga!_
-
-Ábrese la puerta; Ferrer sale el primero, el otro le sigue sumamente
-encogido, aferrado, pegado á aquella toga protectora, como un niño
-pequeño á la saya de su madre. Los que habían mantenido el sitio libre
-levantan de pronto las manos, agitan sus sombreros, forman en algún
-modo una nube, una pantalla, para sustraer al vicario de la vista
-peligrosa de la multitud; éste entra el primero en el carruaje, y
-se oculta en un rincón. Ferrer sube en seguida; las portezuelas se
-cierran herméticamente. La muchedumbre entrevé, sabe, adivina lo que ha
-sucedido, y deja escapar un alarido confuso de imprecaciones y aplausos.
-
-La parte de camino que restaba parecía ser la más difícil y peligrosa;
-pero el voto público, para dejar ir al vicario á la cárcel, se había
-manifestado lo bastante, y durante la detención del carruaje, muchos
-de los que habían favorecido la llegada de Ferrer, se habían todavía
-aplicado más en preparar y mantener un camino abierto en medio de la
-multitud; por lo tanto, el carruaje pudo esta segunda vez ir con un
-poco más de celeridad y sin intervalo ninguno. Á medida que avanzaba,
-las dos filas de la muchedumbre formadas en ambos lados, se confundían
-y se mezclaban juntamente detrás de aquél.
-
-Apenas sentados, Ferrer se había inclinado para advertir al vicario
-que se mantuviese bien arrinconado en el fondo, y que no se dejase
-ver por el amor del cielo, mas el aviso era inútil. El gran canciller
-al contrario, debía mostrarse para ocupar y atraer sobre sí toda la
-atención pública. Y por todo este segundo tránsito, como durante el
-primero, hizo al inconsecuente auditorio un discurso el más constante
-y al mismo tiempo inconexo en su sentido que se haya oído jamás
-interrumpiéndolo, sin embargo, de cuando en cuando por alguna palabrita
-española que deslizaba apresuradamente acercándose al oído de su
-invisible compañero. Sí, señores, pan y justicia; al castillo, á la
-cárcel bajo mi custodia. Gracias, gracias, mil gracias. ¡No, no, no
-escapará! _Por ablandarlos._ Esto es muy justo, se examinará, se verá.
-Yo también os quiero mucho. ¡Un castigo severo! _Esto se lo digo por su
-bien._ Una _meta_[14] justa, una _meta_ moderada, y castigos para los
-monopolistas. Por favor, apartaos un poco. Sí, sí, yo soy un excelente
-hombre, amigo del pueblo. Será castigado; es cierto, es un bribón,
-un malvado. _Perdone usted._ Lo pasará mal, lo pasará mal... _si es
-culpable_. Sí, sí, ya arreglaremos á los panaderos. ¡Viva el rey y los
-buenos milaneses, sus fidelísimos vasallos! Está fresco, está fresco.
-_Ánimo, estamos ya casi fuera._
-
-En efecto, habían atravesado la mayor parte de la multitud, y estaban
-ya á punto de salir del todo al camino despejado. En esto Ferrer, que
-empezaba á dar un poco de reposo á sus pulmones, vió el socorro de
-Pisa, esto es, sus soldados españoles, los cuales, á pesar de todo,
-al fin no habían sido inútiles, pues que sostenidos y dirigidos por
-algunos ciudadanos, habían contribuido á hacer retirar alguna gente y á
-tener el paso libre á la última salida.
-
-Cuando llegó el carruaje se formaron en batalla, y presentaron las
-armas al gran canciller, el cual saludó también á derecha é izquierda;
-y al oficial que se le acercó á cumplimentarle le dijo, haciendo un
-gesto con la mano derecha: _beso á usted las manos_, palabras que dicho
-oficial comprendió por lo que realmente querían decir: ¡me habéis
-prestado un buen auxilio! En contestación hizo otro saludo y se encogió
-de hombros. Verdaderamente éste era el caso de poder decir _cedant arma
-togæ_; pero Ferrer no tenía en aquel momento la cabeza para citas, y
-además hubieran sido palabras arrojadas al aire, porque el oficial no
-entendía el latín.
-
-Pedro, al pasar por entre aquellas dos filas de migueletes, por entre
-sus mosquetes tan respetuosamente levantados, sintió renacer en su
-alma su antiguo valor. Recobróse repentinamente de su aturdimiento,
-se acordó de quién era y á quién conducía, y gritando: ¡Ohe, ohe! sin
-añadir otras ceremonias para la gente, en adelante bastante escasa para
-ser tratada así, y dando latigazos á los caballos, los hizo galopar
-hacia el castillo.
-
---Levántese, levántese; estamos ya fuera, dijo Ferrer al vicario, el
-cual asegurado por no oir ya gritos y por el rápido movimiento del
-carruaje, y por aquellas palabras, salió de su rincón, se levantó, y
-recobrando su voz, empezó á dar mil y mil millones de gracias á su
-libertador. Éste, después de haberse condolido con él del peligro,
-y regocijado de su libertad: “¡Ah, exclamó, golpeando con una mano
-su gran calva, _qué dirá de esto su excelencia_, que está ya casi
-loco con ese maldito _Casale_, que no quiere rendirse! ¡_Qué dirá
-el conde-duque_, que se alarma si una hoja hace más ruido que de
-ordinario! ¡_Qué dirá el rey nuestro señor_, que no dejará de tener
-noticias de tan gran fracaso! ¿Y después, se habrá esto concluido?
-_¡Dios lo sabe!_”.
-
---¡Ah! lo que es yo no quiero mezclarme más, decía el vicario; me lavo
-las manos: resigno mi cargo en vuestra excelencia, y me voy á vivir á
-una gruta sobre un monte, á hacerme ermitaño, lejos, muy lejos de esa
-gente feroz.
-
---_Usted_ hará lo que será más conveniente al _servicio de S. M._,
-respondió gravemente el gran canciller.
-
---S. M. no querrá mi muerte, replicó el vicario: á una gruta; lejos de
-esa canalla.
-
-Nuestro autor no dice lo que sucedió tocante á dicho proyecto; porque
-después de haber acompañado al pobre hombre al castillo, no hace
-ninguna mención más de él.
-
-
- NOTAS:
-
-[10] Es preciso que el lector advierta que todas las palabras
-subrayadas puestas en boca de Antonio Ferrer son textuales, pues ya
-sabemos que era español.
-
-[11] Así es; quiero decir, el rey nuestro señor no quiere que éstos sus
-fidelísimos vasallos sufran hambre.
-
-[12] No se os haga daño, señores.
-
-[13] Abundancia, abundancia. Un poco de sitio por caridad. Pan, pan. ¡Á
-la cárcel, á la cárcel! ¿Qué es esto?
-
-[14] Tarifa.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOCUARTO
-
-
-La muchedumbre que había quedado detrás empezó á dispersarse, á
-desparramarse á derecha é izquierda, por ésta y por aquella calle.
-El uno se dirigía á su casa para acudir á sus negocios; el otro se
-alejaba para respirar un poco á sus anchas, después de tantas horas
-de apretones; y otro, en fin, iba en busca de amigos, con el objeto
-de charlar un poco sobre los acontecimientos del día. El otro extremo
-de la calle se aclaraba también: la gente había ido desocupando lo
-suficiente aquel sitio, para que el destacamento de soldados españoles
-pudiese, sin tener que combatir, avanzar y colocarse en la casa del
-vicario. Delante de ésta estaban reunidos aún los fautores, por
-decirlo así, del tumulto; éstos eran una cuadrilla de bribones, que
-descontentos de una conclusión tan fría y tan imperfecta, después de
-tan grande aparato, unos murmuraban, otros blasfemaban, y parte de
-ellos se habían puesto á consultar el modo de poder intentar todavía
-algo; y como para probar, se dirigían á asaltar y sacudir aquella pobre
-puerta, que había sido apuntalada de nuevo lo mejor posible. Á la
-llegada del destacamento, dichas gentes, con unánime resolución y sin
-detenerse en consultar, se pusieron en marcha hacia el lado opuesto,
-dejando el sitio libre á los soldados, que se apoderaron de él y se
-apostaron para guardar la casa y la calle. Pero todas las calles de los
-alrededores estaban sembradas de grupos: en donde se habían parado dos
-ó tres personas, se detenían otras tres, cuatro, veinte; algunos se
-separaban y se reunían á otros grupos mayores: se asemejaban á aquellas
-pequeñas nubes que á veces permanecen esparcidas y flotan en el azulado
-espacio después de una tempestad, y hacen decir al que levanta la
-vista hacia ellas: el tiempo no está muy sentado. Imaginaos, pues, qué
-Babilonia de conversaciones: éste, refería con énfasis los accidentes
-particulares de que había sido testigo; aquél lo que él mismo había
-hecho. Uno se regocijaba de que la cosa hubiese concluido bien y
-alababa á Ferrer, y pronosticaba grandes desgracias al vicario; quien,
-mofándose, decía: no tengáis miedo, que no le colgarán; los lobos no se
-muerden unos á otros; quien, finalmente, decía murmurando y colérico,
-que las cosas no se habían hecho bien, que era un engaño, que había
-sido una locura el hacer tanto ruido, para dejarse después burlar de
-aquel modo.
-
-Entretanto el sol se encaminaba al ocaso; los objetos iban volviéndose
-todos de un mismo color; y muchas gentes, fatigadas de la jornada y
-fastidiadas de hablar en la oscuridad, se volvían á casa. Nuestro
-joven, después de haber ayudado el paso de la carroza hasta el sitio
-en que había tenido necesidad de ayuda, después de haberla seguido y
-pasado entre las filas de soldados como en triunfo, se alegró cuando
-la vió correr libremente y fuera de todo peligro. Siguió un momento
-su camino en compañía de la multitud, y salió de en medio de ésta á
-la primera bocacalle que se le presentó, para respirar también con
-un poco más de libertad. Apenas hubo dado algunos pasos en medio de
-la agitación de tantos sentimientos, de tantas imágenes recientes
-y confusas, experimentó un gran deseo de comer y reposar. Empezó á
-levantar su vista por todas partes, buscando una muestra de hostería,
-ya que era demasiado tarde para encaminarse al convento de capuchinos.
-Así, andando con la cabeza levantada, se encontró de manos á boca al
-lado de un grupo, y habiéndose parado, oye que discurrían acerca de
-conjeturas, de proyectos, para el día siguiente. Después de haber
-permanecido un momento escuchando, no pudo dejar de manifestar
-también su parecer, calculando que podía, sin presunción, proponer
-alguna cosa el que tanto había hecho. Persuadido por todo lo que había
-visto en aquel día, que en adelante para llevar á efecto cualquier
-proyecto, bastaba que cayese en gracia á los que discurrían por las
-calles: “Señores, gritó en tono de exordio, ¿puedo yo decir también
-mi humilde parecer? El mío es el siguiente: no es únicamente en el
-negocio del pan con el cual se cometen bribonadas; y pues que hoy
-se ha visto claramente, que en haciéndose oir se obtiene justicia,
-es necesario marchar adelante de este modo, á fin de que se ponga
-remedio á todas las demás maldades, y hasta que el mundo vaya un poco
-más cristianamente. ¿No es verdad, señores, que hay una cuadrilla de
-tiranos que cumplen justamente al revés los diez mandamientos de la ley
-de Dios, y vienen á buscar á la gente pacífica que no piensa en ellos,
-para hacerles toda especie de daños, y al fin y al cabo, tienen siempre
-razón? ¿Y aun cuando han cometido una maldad mayor que la de ordinario,
-andan con más orgullo de lo que les convendría tener? Aun aquí, en
-Milán, debe haber algunos”.
-
---Demasiados, dijo una voz.
-
---Ya lo decía yo, repuso Renzo; tales historias llegan hasta nosotros,
-y después la cosa misma lo dice. Supongamos, por ejemplo, que
-cualquiera de los que yo quiero decir esté un poco en el campo y otro
-poco en Milán; si es un diablo allí, me parece que no deberá ser un
-ángel aquí; y si no, ¡decidme, señores, si habéis visto uno de ésos
-con el aire á lo Ferrer! Y lo que es peor aún, que hay ordenanzas
-impresas para castigarlos, y no como quiera, sino hechas completamente
-bien, tanto que no se podrían encontrar mejores; en ellas se designan
-claramente las bribonadas como son en sí, y cada una tiene su buen
-castigo; y allí dice: sea quien sea, villano ó plebeyo, y qué sé yo
-qué más. Ahora, id á decir á los doctores, escribas y fariseos que os
-hagan justicia según canta la ordenanza: os escuchan como el papa á
-los bribones; ¡es cosa de hacer perder el juicio á cualquier hombre de
-bien! Se ve, pues, claramente que el rey y los que mandan quisieran
-que los bribones fuesen castigados; pero no se adelanta nada, porque
-aquí hay una liga. Es, pues, preciso romperla; es necesario ir mañana
-á ver á Ferrer, el cual es un excelente sujeto, un señor completo: hoy
-se ha podido ver cuán satisfecho estaba de hallarse entre los pobres;
-cómo trataba de oir lo que se decía, y con qué afabilidad contestaba!
-Es indispensable ir á casa de Ferrer, y decirle cómo van las cosas,
-y yo por mi parte se las puedo contar muy buenas; yo mismo, que he
-visto una ordenanza con tantas armas encima, y hecha por tres de los
-que pueden, cada uno de los cuales tenía estampado perfectamente su
-nombre debajo de ella; y uno de estos nombres era Ferrer, visto por
-mí, repito, con mis propios ojos. Así, pues, dicha ordenanza me daba
-justamente la razón; en consecuencia fuí á ver á un doctor para decirle
-que procurase el que se me hiciese justicia, conforme á la intención
-de aquellos tres señores, entre los cuales estaba también Ferrer; pero
-¡ah! lo que es digno de notarse, que para el expresado señor doctor que
-me había manifestado él mismo la ordenanza, parecía que yo le hablase
-como un loco. Estoy seguro que cuando ese excelente anciano oiga tan
-buenas cosas, porque no puede saberlas todas, especialmente las de
-fuera, no querrá que el mundo vaya así, y pondrá un buen remedio; y
-luego como ellos hacen las ordenanzas, deben tener deseos de que se
-obedezcan, pues de lo contrario es un desprecio, un epitafio á su
-nombre el no hacer ningún caso. Y si los prepotentes no quieren bajar
-la cabeza, y le vuelven loco, nosotros estamos aquí para ayudarle,
-según hemos hecho hoy. No quiero decir que tenga que ir dando vueltas
-en su carruaje para atrapar y enjaular en ella á todos los bribones,
-_prepotentes_ y tiranos; ¡ja ja! para esto sería preciso el arca de
-Noé. Es indispensable que mande á aquéllos á quienes corresponda, no
-sólo en Milán, sino en todas partes; que hagan cumplir las cosas según
-previenen las ordenanzas, entablando un buen proceso á todos los que
-han cometido las referidas necedades; y en donde dice prisión, prisión;
-debe decir galeras, galeras; intimando á los podestás que hagan su
-deber, y de no, mandarlos á paseo, y poner otros mejores; y luego,
-repito, nosotros estaremos aquí para darle la mano: ordenando también
-á los doctores que escuchen á los pobres y defiendan su derecho. ¿Digo
-bien, señores?
-
-Renzo había hablado tan de corazón, que desde que empezó su exordio,
-una gran parte de los que estaban reunidos habían suspendido todo otro
-discurso; se habían vuelto hacia él, y hasta cierto punto todos se
-habían convertido en oyentes suyos. Un confuso clamoreo de aplausos,
-de “_bravo_; seguramente tiene razón; es demasiado cierto”, fué como
-la respuesta á su arenga. Sin embargo, no faltaron críticos. “¡Eh! sí,
-decía uno, dad oídos á esos campesinos; todos ellos son abogados”, y
-se iba. “Ahora, murmuraba otro, cualquier descamisado querrá decir la
-suya, y con esta rabia de meter la carne al fuego, no se pondrá el pan
-barato; ésta es, por tanto, la causa por la cual nos hemos puesto en
-movimiento”. Con todo, Renzo no oyó más que los cumplimientos: quien
-le cogía una mano, quien le cogía la otra.--Hasta la vista; hasta
-mañana.--¿Dónde?--En la plaza de la Catedral.--Está bien.--¿Y se hará
-algo?--Se hará.
-
---¿Quién de estos buenos señores querrá enseñarme una hostería, para
-comer un bocado y dormir como un buen muchacho? dijo Renzo.
-
---Aquí me tenéis dispuesto á serviros, excelente joven, dijo uno que
-había escuchado atentamente el sermón, y aún no había desplegado
-sus labios. Justamente sé una hostería que os hará al caso, y os
-recomendaré al dueño, que es amigo mío y muy hombre de bien.
-
---¿Aquí cerca? preguntó Renzo. “Poco distante”, respondió aquél.
-
-La reunión se dispersó; y Renzo, después de muchos apretones de manos
-desconocidas, echó á andar con el incógnito, dándole gracias por su
-cortesía.
-
---¿De qué? decía aquél: una mano lava la otra, y ambas la cara. ¿No
-estamos, por ventura, obligados á servir al prójimo? Y á medida que
-iban andando, hacía á Renzo, como quien no quiere la cosa, ya una
-pregunta, ya otra.--Esto no es por saber vuestras cosas, sino porque me
-parece que estáis muy cansado: ¿de qué pueblo venís?
-
---Vengo, contestó Renzo, desde... desde Lecco.
-
---¿Desde Lecco? ¿sois de Lecco?
-
---De Lecco... es decir, del territorio.
-
---¡Pobre joven! Por todo lo que he podido entender de vuestras
-palabras, me parece que os han hecho cosas muy grandes.
-
---¡Eh, mi caro y digno amigo! He debido hablar con un poco de
-discreción para no decir en público mis negocios; mas... basta, algún
-día se sabrá, y entonces... Pero allí veo una muestra de hostería, y á
-fe mía no tengo ganas de ir más lejos.
-
---¡No, no: venid adonde os he dicho; falta poco! dijo el guía; aquí no
-estaréis bien.
-
---¡Oh, sí! repuso el joven, no soy un señorito acostumbrado á estar
-dentro de un escaparate: un pedazo de cualquier cosa que me den para
-refrigerar el estómago y un poco de paja, me bastan: lo que yo deseo es
-encontrar pronto una cosa y otra. Dios os guarde. Y entró por una gran
-puerta, sobre la cual campeaba la muestra de la _luna llena_.
-
---Está bien: os acompañaré, ya que así lo queréis, dijo el desconocido,
-y le siguió.
-
---Sentiría que os incomodarais más, repuso Renzo; sin embargo, añadió,
-hacedme el gusto de venir á beber una copa conmigo.
-
---Aceptaré el favor que me dispensáis, contestó aquél, y se encaminó,
-como más práctico de aquel paraje, delante de Renzo, por un patiecillo;
-se acercó á la puerta que daba á la cocina, levantó el picaporte,
-abrió y entró con su compañero. Dos candiles pendientes de dos estacas
-clavadas al través de las vigas del techo, esparcían una opaca luz.
-Mucha gente no ociosa, estaba sentada sobre dos bancos colocados á un
-lado y á otro de una larga y estrecha mesa que ocupaba casi toda una
-parte de la habitación; por intervalos se veían manteles y platos; de
-cuando en cuando naipes vueltos y volver, dados echados y recogidos;
-por todas partes botellas y vasos. Veíanse también correr sobre la mesa
-_berlinghe_ reales y _parpagliole_, que si hubiesen podido hablar,
-habrían dicho, probablemente: “esta mañana estábamos en el cajón de
-algún panadero ó en los bolsillos de algunos espectadores del tumulto,
-que enteramente ocupados en ver cómo irían los negocios públicos,
-olvidaban vigilar los suyos particulares”. El estrépito era grande:
-un muchacho no hacía otra cosa más que ir y venir, todo azorado, para
-servir á un tiempo la mesa grande y las pequeñas; el dueño de la
-hostería estaba sentado bajo la campana de la chimenea, ocupado en la
-apariencia en hacer y deshacer con las tenazas ciertas figuras en la
-ceniza, pero en realidad muy atento á todo lo que pasaba en torno de
-sí. Al ruido del picaporte se levantó y se dirigió al encuentro de
-los recién venidos. Cuando hubo visto al guía, “¡maldito seas!, dijo
-interiormente; ¡que hayas de venir siempre á atravesarte cuando menos
-quisiera!”. Después, lanzando apresuradamente una mirada á Renzo, pensó
-aun: “no te conozco; pero viniendo con tal cazador, serás ó perro
-ó liebre: cuando hayas pronunciado sólo dos palabras, sabré á qué
-atenerme”. Sin embargo, ninguna de aquellas reflexiones se traslucía
-en el semblante del posadero, el cual, estaba inmóvil como un retrato:
-su cara era llena y reluciente, con una barba espesa y rojiza, y dos
-ojillos claros y fijos.
-
---¿Qué mandan estos señores? dijo en alta voz.
-
---Primeramente una gran botella de vino bueno, dijo Renzo, y después
-alguna cosilla que comer. Así diciendo se fué á sentar en un banco, á
-uno de los extremos de la mesa, y arrojó un sonoro y prolongado ¡ah!
-como si hubiese querido decir: ¡qué bueno es un pedacito de banco
-después de haber estado tanto tiempo en pie y de negocios! Pero de
-pronto le vino á la imaginación aquel banco y aquella mesa, en el
-cual se había sentado la última vez con Lucía y con Inés, y lanzó
-un suspiro. En seguida sacudió la cabeza como para desechar aquel
-pensamiento, y vió venir al posadero con el vino. El compañero se había
-sentado enfrente de Renzo; éste le echó de beber al momento, diciendo:
-“para remojar los labios”; y habiendo llenado el otro vaso, lo apuró de
-un sorbo.
-
---¿Qué me vais á dar de comer? dijo en seguida al huésped.
-
---Un excelente plato de estofado: ¿os gusta? dijo éste.
-
---Sí señor; ¡magnífico! Id por él.
-
---Seréis servido, dijo el huésped á Renzo; y volviéndose al mozo
-continuó: servid á este forastero. Mas... replicó al instante,
-dirigiéndose de nuevo hacia Renzo; mas pan, hoy no tengo.
-
---¡Pan! dijo Renzo en alta voz y riendo, la Providencia ya ha pensado
-en él. Sacó el tercero y último de los panes que había recogido bajo
-la cruz de S. Dionisio, y lo levantó gritando: He aquí el pan de la
-Providencia.
-
-Á dicha exclamación muchos se volvieron, y viendo aquel trofeo en el
-aire, uno de ellos gritó: “¡Viva el pan barato!”.
-
---¡Barato! dijo Renzo, _gratis et amore_.
-
---Esto es aún mejor, mucho mejor.
-
---Pero, añadió en seguida, no quisiera que estos señores pensaran
-mal de mí: no es que yo lo haya, como se suele decir, arañado: lo he
-hallado en el suelo; y si pudiese encontrar todavía á su dueño, estoy
-pronto á pagárselo.
-
---¡Bravo, bravo! exclamaron los compañeros riéndose fuertemente, á
-ninguno de los cuales se le pasó por la imaginación que aquellas
-palabras fuesen dichas de veras.
-
---Creéis que me chanceo, mas es realmente así, dijo Renzo á su guía;
-y haciendo dar vueltas al pan en sus manos, añadió: mirad cómo lo han
-arreglado; parece una torta; mas éstos no eran del prójimo; si hubiesen
-sido hallados por aquellos que tienen la dentadura un poco delicada,
-hubieran estado frescos. Y súbitamente, habiendo devorado tres ó
-cuatro pedazos de dicho pan, los remojó con un segundo vaso de vino,
-y añadió: este pan, por sí solo no quiere pasar; nunca he tenido la
-garganta tan seca: ¡ya se ve, si he gritado tanto!
-
---Preparad una buena cama para este joven, dijo el guía; porque tiene
-intención de dormir aquí.
-
---¿Queréis dormir aquí? preguntó el huésped á Renzo, acercándose á la
-mesa.
-
---Seguramente, contestó Renzo, una cama cualquiera que sea; basta que
-las sábanas sean limpias, pues aunque soy un infeliz muchacho, estoy
-acostumbrado á la policía[15].
-
---¡Oh! en cuanto á esto... dijo el huésped, dirigiéndose al armario
-que estaba en un rincón de la cocina, y volviendo con un tintero y un
-pedazo de papel blanco en una mano y una pluma en la otra.
-
---¿Qué quiere decir esto? exclamó Renzo, tragando un pedazo de carne
-estofada que el mozo le había puesto delante; y sonriéndose luego con
-aire admirado añadió: ¿es la sábana limpia esto?
-
-El huésped, sin contestar, puso sobre la mesa el tintero y el papel,
-apoyó después sobre la misma el codo derecho y el brazo izquierdo,
-y con la pluma en la mano y el rostro vuelto hacia Renzo, le dijo:
-hacedme el favor de decir vuestro nombre, apellido y naturaleza.
-
---¿Qué es esto? replicó Renzo, ¿qué tienen que ver esas historias con
-la cama?
-
---Cumplo con mi deber, dijo el posadero, mirando al guía: nosotros
-estamos obligados á dar parte de todas las personas que vienen á
-alojarse á nuestras casas: _nombre y apellido, y de qué nación sea,
-á qué negocio viene, si tiene armas consigo... cuánto tiempo ha
-de permanecer en esta ciudad_... son las palabras textuales de la
-ordenanza.
-
-Antes de contestar, Renzo se echó al coleto otro vaso; era el tercero,
-y dentro de poco, temo que perderemos la cuenta. Después dijo: “¡Ah,
-ah! ¡tenéis la ordenanza! yo me precio de ser doctor en leyes, y sé el
-caso que se hace de las ordenanzas”.
-
---Hablo de veras, repuso el dueño de la hostería, mirando siempre al
-mudo compañero de Renzo; y encaminándose de nuevo al armario, tiró de
-un cajoncito, y sacó un gran papel envuelto, un ejemplar justamente de
-la ordenanza, el que fué á desplegarlo á la vista de Renzo.
-
---¡Ah! he aquí, exclamó éste, alzando con una mano el vaso lleno
-de nuevo, apurándole de un trago, y extendiendo en seguida la otra
-señalando con el índice la ordenanza desenrollada. He aquí esta
-bella hoja de misal; me alegro muchísimo, conozco bien las armas; sé
-lo que quiere decir esta figura de pagano con la cadena al cuello.
-(Al encabezamiento de las ordenanzas se ponían entonces las armas del
-gobernador, y en las de D. Gonzalo Fernández de Córdoba, se destacaba
-un rey moro encadenado por la garganta). Dicha figura significa: mande
-quien pueda, y obedezca quien quiera. Cuando esta figura haya enviado á
-galeras al señor don... basta; yo me lo sé, como dice en otro papelucho
-compañero de éste; cuando haya hecho de manera que un joven honrado
-pueda desposarse con una muchacha también honrada, que lo quiere
-libremente y de buen grado, entonces le diré mi nombre á esa figura,
-y además en pago le daré un beso. Puedo tener poderosas razones para
-callar mi nombre. ¡Estaría bueno! Y si un malvado que tuviera bajo sus
-órdenes á una cuadrilla de bribones... porque... si estuviera solo;
-aquí concluye la frase con un gesto. Si un malvado quisiese saber en
-dónde estoy para jugarme una mala pasada, pregunto yo, ¿si esta figura
-se movería para ayudarme? ¿Tengo por ventura que dar parte de mis
-cosas? ¡Ésta sí que es nueva! Supongamos que he venido á confesarme á
-Milán; pero quiero que me confiese luego un padre capuchino y no un
-posadero.
-
-Éste seguía mirando al guía, el cual no hacía ninguna especie de
-demostración. Renzo, disgustado, apuró otro vaso, y prosiguió: “Te
-daré una razón, mi caro huésped, que te convencerá. Si las ordenanzas
-que hablan bien en favor de los buenos cristianos no valen nada, mucho
-menos deben valer las que hablan mal. Quítame, pues, de delante todos
-estos enredos, y traedme en su lugar otra botella, pues que ésta da ya
-las últimas boqueadas”. Así, diciendo, la golpeó ligeramente con los
-nudillos, y añadió: escucha, huésped, escucha cómo suena.
-
-Renzo se había vuelto á atraer poco á poco la atención de los que
-estaban á su alrededor, y otra vez fué aplaudido también por su
-auditorio.
-
---¿Qué debo hacer? dijo el huésped, mirando al desconocido que no era
-tal para él.
-
---¡Vamos, vamos! gritaron muchos de los compañeros: este joven tiene
-razón; todo son vejaciones, fraudes é impedimentos: desde ahora, leyes
-nuevas, leyes nuevas.
-
-En medio de aquellos gritos, el desconocido, lanzando al huésped una
-mirada de reconvención, por su pregunta demasiado manifiesta, dijo:
-“Dejadle un poco obrar á su modo; no mováis escándalo”.
-
---He cumplido con mi deber, repuso el huésped en alta voz, y después
-interiormente: ahora ya estoy á cubierto. Y tomó el papel, la pluma,
-el tintero, la ordenanza y la botella vacía para dársela al mozo.
-
---Trae del mismo, dijo Renzo, que lo encuentro excelente, y lo
-enviaremos á dormir como el otro sin preguntarle nombre y apellido, ni
-de qué país es, ni lo que viene á hacer aquí, ni si ha de estar poco ó
-mucho en esta ciudad.
-
---Del mismo, dijo el huésped al mozo, dándole la botella, y volvió á
-sentarse bajo la campana de la chimenea. No es otra cosa más que una
-liebre, pensaba éste, enredando siempre con la ceniza; ¡y en qué manos
-has ido á caer, pedazo de asno! Si quieres ahogarte, ahógate; mas el
-dueño de la _Luna llena_ no debe ir á meterse en medio por tus locuras.
-
-Renzo dió las gracias á su guía y á todos los que habían sido de su
-partido. “¡Excelentes amigos! exclamó: ahora deseo que los hombres
-de bien se den la mano y se sostengan”. En seguida, pegando con la
-palma de la mano sobre la mesa, y colocándose de nuevo en actitud de
-predicador, “¡qué cosa tan particular! exclamó, que todos aquellos que
-conducen los negocios del mundo quieren hacer entrar en todo y por todo
-el papel, la pluma y el tintero! ¡siempre la pluma en el aire! ¡Qué
-manía tienen esos señores de servirse de la pluma!”.
-
---¡Eh! excelente forastero, ¿queréis saber la razón? dijo riendo uno
-de los jugadores que ganaba.
-
---Veamos, repuso Renzo.
-
---La razón es, que como esos señores comen gansos, se encuentran con
-tantas y tantas plumas, que es indispensable hagan de ellas alguna cosa.
-
-Todos se echaron á reir, á excepción del compañero que perdía.
-
---¡Oh, oh! dijo Renzo; ¡aquél es un poeta! ¡También tenéis aquí poetas!
-¡en el día nacen por todas partes! Yo también tengo una vena, y algunas
-veces digo algunas bellas... pero cuando las cosas van bien.
-
-Para comprender este chiste del pobre Renzo, es preciso saber que á
-los ojos del vulgo de Milán, y sobre todo á los de sus alrededores, la
-palabra _poeta_ no significaba ya entonces, como para todos los hombres
-ilustrados, un ingenio sublime, un habitante del Pindo, un discípulo de
-las musas, sino al contrario, un cerebro extravagante y lunático, que
-en sus palabras tenía más de picante y de singular, que de razonable.
-¡De tal modo los que echan á perder al vulgo, se han atrevido á
-violentar las palabras y hacerle decir las cosas más lejanas de su
-legítimo significado! Pues yo pregunto: ¿qué tiene de común la palabra
-_poeta_ con el cerebro lunático?
-
---Mas yo diré la verdadera razón, añadió Renzo; es porque la pluma
-la tienen ellos; y así las palabras que dicen, vuelan al instante y
-desaparecen; por el contrario, están muy atentos á los menores dichos
-de un pobre muchacho; y pronto, pronto los enfilan con aquella pluma y
-los clavan sobre el papel, para servirse de ellos á su debido lugar y
-tiempo. Tienen, además, también otra malicia: cuando quieren confundir
-á un infeliz joven que no sabe leer, pero que tiene un poco de... yo
-me entiendo perfectamente... y para hacerse comprender se pegaba en
-la frente con el extremo del índice; y cuando conocen que él empieza
-á entender el enredo, zas, meten en la conversación algunas palabras
-en latín, para hacerle perder el hilo y embrollarle la cabeza. ¡Basta!
-Es indispensable que desaparezca dicha costumbre. Hoy, á buena cuenta,
-se ha hecho todo vulgarmente, sin papel, pluma ni tintero: mañana, si
-el pueblo sabe gobernarse, se hará mejor aún, sin tocar un cabello á
-ninguno, y todo con justicia.
-
-Entretanto algunos de los compañeros se habían puesto á jugar, otros
-á comer, muchos á gritar; algunos también se iban, y otros venían. El
-posadero atendía á todos; pero esto no tiene nada que ver con nuestra
-historia. El incógnito guía no hacía ademán de irse; no tenía, al
-parecer, ningún quehacer allí, y sin embargo, no quería partir sin
-haber conversado otro poco con Renzo, en particular: volvióse hacia
-él, tocó de nuevo la conversación acerca del pan; y después de algunas
-de aquellas frases que de algún tiempo corrían por todas las bocas,
-puso en ejecución su proyecto.
-
---¡Ah! si yo mandase, ya encontraría el medio de arreglar las cosas.
-
---¿Cómo lo haríais? dijo Renzo, mirándole con los ojos más brillantes
-que de ordinario, y torciendo un poco la boca, como para prestar más
-atención.
-
---¿Cómo lo haría? contestó aquél; querría que hubiese pan para todo el
-mundo, tanto para los pobres como para los ricos.
-
---¡Ah! muy bien, replicó Renzo.
-
---He aquí cómo: una tarifa razonable, al alcance de todos, y después
-distribuir el pan en razón de las bocas; porque hay golosos indiscretos
-que lo quieren todo para ellos; todo lo pillan, lo arañan todo, y
-después falta el pan á los pobres. Es indispensable, dividir el pan;
-¿y cómo se hace? del modo siguiente: dando una tarjeta á cada familia
-en proporción de las bocas, para ir á tomar el pan á las panaderías. Á
-mí, por ejemplo, debería dárseme una tarjeta en esta forma: Ambrosio
-Fusella, espadero de profesión, con mujer y cuatro hijos, todos en edad
-de comer pan (notad bien esto), que se les dé tal cantidad, y que pague
-tanto. Pero sería preciso hacer las cosas justas, siempre en razón
-de las bocas. Á vos, supongamos, deberían daros una tarjeta para...
-¿vuestro nombre?
-
---Lorenzo Tramaglino, dijo el joven; el cual desvanecido con el
-proyecto, no reflexionaba que estaba fundado sobre el papel, la pluma y
-la tinta; y que para ponerlo en ejecución, la primera cosa era recoger
-los nombres de las personas.
-
---Muy bien, dijo el desconocido; pero ¿tenéis mujer é hijos?
-
---Bien debería... hijos, no... es demasiado pronto... pero mujer... si
-el mundo fuese como debía ser...
-
---¡Ah, sois solo! pues tened paciencia, se os daría una porción más
-pequeña.
-
---Es justo; mas si pronto, como espero... y con el auxilio de Dios...
-basta: ¿y cuando tuviese también mujer?...
-
---Entonces se cambia la tarjeta, y se aumenta la porción, según ya
-os he dicho; siempre en razón de las bocas, dijo el desconocido
-levantándose.
-
---Así estaría muy bien, exclamó Renzo, y continuó gritando y dando
-puñadas sobre la mesa: ¿y por qué no hacen una ley de este modo?
-
---¿Qué queréis que os diga? Entretanto os deseo una buena noche, y me
-voy, porque pienso que mi mujer é hijos me esperarán hace ya tiempo.
-
---Otro trago, otro trago, gritaba Renzo, llenando precipitadamente
-el vaso de aquél: y habiéndose levantado de súbito, lo cogió por un
-extremo del jubón, y tirándole con todas sus fuerzas para hacerlo
-sentar de nuevo, repitió: otro traguito, no me hagáis este desprecio.
-
-Mas el amigo se libró por medio de una sacudida; luego, dejando hacer á
-Renzo un diluvio de instancias y de reconvenciones, le dijo de nuevo:
-“Buenas noches”, y partió. Renzo seguía aún hablándole, cuando aquél
-estaba ya en la calle, después de lo cual cayó desplomado sobre el
-banco. Fijó los ojos sobre aquel vaso que había llenado; y viendo pasar
-por delante de la mesa al mozo, le hizo señas de que se parase, como
-si tuviera que comunicarle alguna cosa importante: le enseñó el vaso,
-y con pronunciación lenta y solemne, acentuando las palabras de cierto
-modo particular, dijo: “¡Helo aquí! Lo había preparado para aquel
-buen hombre; mirad, está lleno enteramente: es de amigo, mas él no le
-ha querido; á veces, la gente tiene ideas singulares; yo no tengo la
-culpa; mi buen corazón lo ha manifestado: ahora, ya que la cosa está
-hecha, es preciso no dejarla perder”. Dicho esto lo tomó y lo apuró de
-un trago.
-
---Quedo enterado, dijo el mozo yéndose.
-
---¡Ah, vos estáis enterado también! replicó Renzo: pues es verdad.
-¡Cuando las razones son justas!...
-
-Aquí es indispensable todo el amor que profesamos hacia la verdad,
-para hacernos proseguir fielmente una narración que honra tan poco
-á un personaje tan principal, y casi podríamos decir, al héroe de
-nuestra historia. Por esta misma razón de imparcialidad, debemos, sin
-embargo, advertir, que es la primera vez que á Renzo le sucedía una
-cosa semejante; y esto era precisamente la poca costumbre que tenía de
-cometer excesos, siendo la causa, en gran parte, de que el primero le
-fuese tan funesto. Los pocos vasos que había bebido al principio, unos
-después de otros, contra su costumbre, ya sea para apagar el ardor de
-su garganta, ya por cierta alteración de ánimo, que no le dejaba hacer
-nada con medida, le subieron con presteza al cerebro: á un bebedor un
-poco ejercitado no le hubiera producido otro efecto que quitarle la
-sed. Sobre esto nuestro anónimo hace una observación, que nosotros
-repetiremos, y valga lo que valiere. Los hábitos moderados y honestos,
-dice, tienen también la ventaja de que, cuanto más inveterados y
-arraigados están en un hombre, tanto más fácilmente, cuando él quiere
-desviarse, se resiente al instante de ellos; de modo, que se acuerda
-después por mucho tiempo, y una falta le sirve de lección.
-
-Sea lo que quiera, cuando los vapores hubieron subido á la cabeza de
-Renzo, vino y palabras continuaron aglomerándose, uno sobre otras, sin
-regla ni concierto. En el momento en que lo hemos dejado, estaba ya
-según podía. Sentía grandes deseos de hablar: oyentes, ó á lo menos
-á los que podía tomar por tales, no faltaban; y por espacio de algún
-tiempo, aunque las palabras habían venido sin hacerse de rogar, sin
-embargo, se habían dejado colocar en un orden regular. Mas poco á poco
-aquel cuidado de concluir las frases empezó á ser sumamente difícil.
-La idea que se presentaba á su mente, viva y resuelta, se anublaba y
-desvanecía de repente, y la palabra, después de haberse hecho aguardar
-por un momento, no era ya la que venía al caso. En semejante angustia,
-por uno de esos falsos instintos que en tantas ocasiones pierden á los
-hombres, recurría á la bienaventurada botella; ¿pero qué auxilio podía
-prestarle ésta en tales circunstancias? Que lo diga el que lo sepa.
-
-Nosotros únicamente referiremos algunas de las muchísimas palabras
-que dijo en aquella fatal noche; las muchas que omitimos desdicen
-demasiado, porque no sólo no tienen sentido, sino tampoco visos de
-tenerlo, condición necesaria en un libro impreso.
-
---¡Ah, patrón, patrón! Volvió á empezar dirigiendo la vista alrededor
-de la mesa y bajo la campana de la chimenea, fijándola con frecuencia
-en donde no estaba, y hablando siempre en medio del bullicio de la
-compañía: aunque eres posadero no puedo digerir... la pregunta del
-nombre, apellido y negocio. ¡Á un buen muchacho como yo!... No te has
-portado bien. ¿Qué satisfacción, qué ventaja, qué gusto... de poner en
-el papel á un pobre joven? ¿Digo bien, señores? Los posaderos debían
-estar á favor de los pobres muchachos... Escucha, escucha, patrón;
-quiero hacerte una comparación... por la razón... ¿se ríen, eh? Estoy
-un poco alegre... pero digo las cosas bien. Dime, ¿qué es lo que
-mantiene tu hostería? ¿Los pobres muchachos, no es verdad? Mira si esos
-señores de las ordenanzas vienen nunca á tu casa á echar un trago.
-
---Es gente que no bebe más que agua, dijo uno que estaba próximo á
-Renzo.
-
---Quieren estar en sí, añadió otro, para poder decir con más propiedad
-mentiras.
-
---¡Ah! gritó Renzo, ya ha hablado el poeta. Oíd, pues, también vosotros
-mis razones: responde tú igualmente, patrón. Y Ferrer, que es el mejor
-de todos, ¿ha venido jamás aquí á echar un brindis y á gastar un solo
-maravedí? ¿Y aquel perro asesino de don...? Me callo, porque tengo el
-cerebro demasiado... Ferrer y el padre Crrr... Yo me entiendo, son
-dos excelentes hombres; pero como éstos hay pocos. Los viejos son aún
-peores que los jóvenes, y los jóvenes... son... peores aún que los
-viejos. Sin embargo, estoy contento de que no haya habido sangre; éstas
-son barbaridades que están únicamente reservadas para el verdugo. Pan,
-¡oh! esto sí. Yo he recibido terribles empujones: pero... también los
-he dado. ¡Paso! ¡Abundancia! ¡Viva!... y con todo, Ferrer también...
-algunas palabritas en latín... _si es baraos trapalorum_... ¡Maldito
-viejo! ¡Viva! ¡Justicia! ¡Pan! ¡ah! He aquí las palabras perfectas.
-Allí quisiéramos esos hombres... cuando se dejó oir aquel maldito ton,
-ton, ton, y después aún ton, ton, ton. No se trataba absolutamente de
-huir entonces, sino de tener allí al cura: ¿sé acaso lo que me digo?
-
-Á estas palabras bajó la cabeza, y permaneció algún tiempo como
-absorto en una idea: después arrojó un gran suspiro y levantó la
-frente, con los ojos inflamados, con una emoción tan violenta que,
-¡ay del que la causaba si se hubiese presentado en aquel momento! Mas
-aquellos hombres que habían ya empezado á divertirse con la elocuencia
-apasionada y embrollada de Renzo, aún más se divertían con su aire
-compungido. Los más cercanos decían á los otros: mirad; y todos se
-volvían hacia él; tanto, que llegó á ser el hazme reir de la reunión.
-No es decir por esto, que todos estuviesen en su sentido común, ó en
-el que ellos tenían de ordinario; pero para decir verdad, ninguno
-estaba tan falto de él como el pobre Renzo; y además de esto, hay
-que tener en cuenta que era campesino. Se miraban unos á otros para
-excitarlo con preguntas necias é impertinentes, y con cumplimientos
-irónicos. Renzo, tan pronto lo tomaba á mal, como á risa; tan pronto,
-sin hacer caso de todas aquellas voces, hablaba de otras cosas, ya
-respondía, ya preguntaba, siempre al revés y sin sentido. Por fortuna,
-en su desvanecimiento le había quedado, sin embargo, una especie de
-discreción instintiva para no pronunciar los nombres de las personas;
-de modo, que el que debía tener más profundamente grabado en su
-memoria, no fué proferido en aquel sitio. Hubiéramos sufrido demasiado,
-si ese nombre, hacia el cual experimentamos nosotros mismos un poco de
-afecto y respeto, hubiese sido denigrado por aquellas infernales bocas,
-y llegado á ser el juguete de aquellas malvadas lenguas.
-
-
- NOTAS:
-
-[15] Por el siguiente diálogo entre Renzo y el posadero, se comprenderá
-que este último toma á aquél por un espía, pues en italiano, así como
-en español, la palabra policía tiene dos distintas significaciones; á
-saber: la de limpieza, aseo ó curiosidad, y la del cuerpo de agentes
-del gobierno establecido para vigilar y mantener el orden público.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOQUINTO
-
-
-Como viese el dueño de la hostería que el juego iba demasiado lejos, se
-acercó á Renzo; suplicó con buenos modos á los otros que lo dejasen, y
-lo sacudió por un brazo para tratar de hacerle entender y persuadirle
-que se fuese á la cama. Mas Renzo volvía siempre á las andadas; esto
-es, con el nombre y apellido, con las ordenanzas y con los buenos
-muchachos. Pero las palabras _cama_ y _dormir_, repetidas á su oído,
-le entraron finalmente en la cabeza; le hicieron experimentar un poco
-más distintamente la necesidad de lo que significaban, y produjeron
-un momento de lúcido intervalo. La poca razón que recobró, le hizo
-entrever en cierto modo que la mayor parte se habían ido disipando poco
-á poco, como la última bujía encendida deja ver las otras apagadas.
-Tomó una resolución: extendió las manos y las apoyó sobre la mesa;
-probó una ó dos veces de levantarse; suspiró, titubeó; al tercer
-esfuerzo, ayudado por el posadero, se puso en pie. Éste, sosteniéndole
-siempre, lo hizo salir de entre la mesa y el banco; tomó en una mano
-la luz, y con la otra medio lo condujo, medio lo arrastró lo mejor
-que pudo al lado de la escalera. Allí Renzo, al ruido de los saludos
-que le enviaba á grandes gritos la tumultuosa asamblea, se volvió
-precipitadamente; y si su apoyo no hubiese estado pronto á sostenerlo
-por un brazo, hubiera dado una caída violenta. Volvióse, pues, y con el
-brazo que le quedaba libre, iba trazando y describiendo en el aire, á
-guisa de un nudo de Salomón.
-
---Vamos á la cama, á la cama, dijo el posadero arrastrándole; le hizo
-entrar por la puerta que hemos citado, y con mucho trabajo lo pudo
-hacer subir por una escalerita, la cual se dirigía al cuarto que se
-le había destinado. Á la vista de la cama que le aguardaba, Renzo se
-regocijó: miró afectuosamente al posadero con dos ojillos, que tan
-pronto brillaban más que nunca, tan pronto se eclipsaban como dos
-luciérnagas. Trató de equilibrarse sobre las piernas, y extendió la
-mano hacia el rostro del huésped para cogerle las mejillas en señal de
-amistad y reconocimiento: mas no pudo lograrlo. “¡Excelente patrón!
-consiguió sin embargo decir; ahora veo que eres un hombre de bien;
-ésta es una buena obra, dar una cama á un buen muchacho; pero lo que me
-habéis hecho sobre el nombre y apellido, no era de un hombre honrado.
-Por fortuna yo también soy astuto...”.
-
-El posadero, que no creía que Renzo pudiese aún tener tanto
-conocimiento; él, que sabía por una larga experiencia, cuán sujetos
-están los hombres en el estado de embriaguez á cambiar súbitamente
-de parecer, quiso aprovechar este lúcido intervalo para hacer otra
-tentativa.--Mi querido hijo, dijo con una voz y con un ademán sumamente
-cariñoso; no lo he hecho para importunaros, ni para saber vuestros
-asuntos. ¿Qué queréis? hay una ley, es preciso que aun nosotros la
-obedezcamos, pues de lo contrario, seríamos los primeros en pagar la
-pena; es mucho mejor el contentarlos, y... al fin y al cabo, ¿de qué
-se trata? de una friolera, de decir únicamente dos palabras; no por
-ellos, sino para darme gusto: vamos, aquí entre nosotros, entre cuatro
-ojos, hagamos nuestro negocio; decidme vuestro nombre, y... después id
-á acostaros tranquilo.
-
---¡Ah, bribón! exclamó Renzo; ¡pillo! ¡me vienes todavía con la infamia
-del nombre, apellido y negocios!
-
---Cállate, picarillo, vete á dormir, decía el posadero. Mas Renzo
-continuaba con más fuerza: “Ya comprendo; tú eres también de la liga:
-espera, espera que yo te arregle”. Y volviendo la cabeza hacia la
-escalerilla, empezó á dar gritos con todas sus fuerzas: “¡Amigos míos!
-el patrón es de la...”.
-
---Lo he dicho por broma, exclamó éste acercándose á Renzo y empujándolo
-hacia la cama, por broma, ¿no has comprendido que lo he dicho por broma?
-
---¡Ah! por broma, ahora hablas bien; ya que tú lo has dicho por
-broma... justamente son cosas de broma. Dicho lo cual cayó de bruces
-sobre el lecho.
-
---Ánimo; desnudaos pronto, continuó el posadero, y al consejo añadió la
-ayuda, que le era muy necesaria. Cuando Renzo se hubo quitado el jubón,
-aquél, habiéndolo tomado, metió en seguida las manos en los bolsillos,
-con el objeto de ver si estaban exhaustos. Los encontró, y pensando
-que al día siguiente su parroquiano tendría otra cosa que hacer que
-pagarle, y que la hacha caería probablemente en manos de donde él no
-podría hacerla salir, quiso probar si á lo menos conseguía concluir ese
-otro negocio.
-
---Vos sois un buen muchacho, un hombre honrado, ¿no es verdad? le dijo.
-
---Buen muchacho, hombre honrado, respondió Renzo, haciendo siempre
-trabajar sus dedos con los botones de los calzones que no había aún
-podido quitarse.
-
---Bien, replicó el posadero, saldad, pues, ahora esa cuentecita, porque
-mañana tengo que salir á ciertos negocios...
-
---Esto es muy justo, dijo Renzo, al fin yo soy un hombre honrado,
-aunque astuto; ¡mas los dineros! ¡ahora es preciso que yo los busque!
-
---Helos aquí, repuso aquél; y poniendo en obra todo su saber, toda
-su paciencia, y toda su destreza, logró hacer la cuenta con Renzo y
-hacerse pagar.
-
---Dadme una mano, patrón, para que yo pueda acabar de desnudarme, dijo
-Renzo. Veis, yo también comprendo que tengo un grandísimo sueño.
-
-El posadero le dió el auxilio que reclamaba; hizo más: extendió el
-cobertor sobre él, y le dijo afectuosamente: buenas noches. Mas Renzo
-roncaba ya. Después, por aquella especie de atracción que nos lleva
-algunas veces á considerar un objeto de odio á la par de un objeto de
-amor, y que acaso no es otra cosa que el deseo de conocer lo que obra
-fuertemente sobre nuestro espíritu, se detuvo un momento á contemplar
-aquel parroquiano tan enojoso para él, y levantando la luz sobre su
-rostro, y haciéndola con la mano reverberar en él, en la actitud poco
-más ó menos, en la cual nos pintan á Psyquis, cuando va á espiar
-furtivamente las formas de su desconocido esposo: ¡Pedazo de asno! dijo
-en su mente al infeliz dormido; ¡tú mismo te la has buscado: mañana,
-pues, me sabrás decir qué gusto tendrá!... ¡Majaderos, que queréis ir
-por el mundo sin saber de qué lado sale el sol, para confundiros á
-vosotros mismos y al prójimo!
-
-Esto dicho ó pensado, retiró la luz, se puso en movimiento, salió de
-la habitación, y cerró la puerta con llave. Llegado á la meseta de
-la escalera, llamó á la posadera, previniéndola que dejase sus hijos
-al cuidado de su criada, y que bajase á la cocina á hacer sus veces.
-Es preciso que yo salga, gracias á un viajero que ha llegado no sé
-cómo diablos aquí, por mi desgracia, le dijo. En seguida le refirió
-en compendio aquel enojoso contratiempo. Después añadió: ojo avizor,
-y sobre todo, prudencia, que estamos en un día muy fatal. Tenemos
-abajo una cuadrilla de desesperados, que entre el beber y entre que
-naturalmente tienen la lengua larga, hablan de todo sin reparar.
-¡Basta!... Si algún temerario...
-
---¡Oh! no soy niña, y sé lo que es preciso hacer. Hasta aquí, me parece
-que no se puede decir.
-
---Bien, bien; á tratar de que paguen: con respecto á las conversaciones
-que tengan sobre el vicario de la provisión, y el gobernador, y Ferrer,
-y los decuriones, y los caballeros, y la España, y la Francia, y otras
-necedades semejantes, haced como que no los entendéis; porque si se
-les contradice, la cosa puede ir en seguida mal; y si se les da la
-razón, puede por otro lado tener también malas consecuencias. Ya sabéis
-que algunas veces los que dicen los más grandes disparates... basta;
-cuando se oyen ciertas expresiones, lo mejor es volver la cabeza y
-decir: allá voy, como si de otro lado llamase alguno. Además, trataré
-de volver lo más pronto que pueda.
-
-Dicho esto, bajó con aquélla á la cocina, echó una ojeada alrededor
-para ver si había algo de nuevo, descolgó de un clavijero su sombrero y
-su capa, tomó un bastón que estaba en uno de los rincones, y renovando
-á su mujer, por medio de otra ojeada las instrucciones que le había
-dado, salió. Mas al paso que hacía todas aquellas operaciones, había
-vuelto á tomar en su interior el hilo del apóstrofe empezado en el
-lecho del pobre Renzo, y lo continuaba á medida que iba andando por la
-calle. ¡Campesino testarudo! Pues aunque Renzo hubiese querido ocultar
-esta cualidad, se manifestaba en sus discursos, en su pronunciación,
-en su aspecto y sus maneras. Un día como éste, á fuerza de política,
-á fuerza de tener juicio, yo sacaba las manos limpias; ¡y era preciso
-que vinieses tú al fin y al cabo á echarlo todo á perder! ¿Acaso faltan
-posadas en Milán, para venir á dar precisamente á la mía? Á lo menos si
-hubieras venido solo, hubiera cerrado un ojo por esta noche, y mañana
-por la mañana te habría hecho entender la razón: pero no señor, viene
-en compañía, ¿y de quién? ¡de un polizonte, para componerlo mejor!
-
-Á cada paso, el patrón encontraba paseantes solitarios, ó cuadrillas,
-ó grupos de gentes que discurrían por las calles hablando bajo. En el
-presente estado de muda alocución, fué cuando vió venir una patrulla;
-retirándose á un lado para dejarla pasar, la miró de reojo, y continuó
-diciendo entre sí: he aquí el látigo de los tontos. Y tú, imbécil,
-pedazo de asno, por haber visto un poco de pueblo en movimiento que
-hacía un poco de ruido, se te ha metido en la cabeza que el mundo iba
-á mudarse. Con este magnífico fundamento tú te has perdido, y quisiste
-perderme á mí, que no era justo. Yo hacía todo lo posible por salvarte,
-y tú, imbécil, en cambio, ha faltado muy poco para que no me hayas
-revuelto la hostería de arriba abajo. Ahora te tocará el ver cómo vas
-á salir del embarazo; tocante á mí, sabré prevenirme. ¡Como si yo
-quisiese saber tu nombre por una mera curiosidad mía! ¿Qué importa que
-te llames Tadeo ó Bartolomé? ¡Efectivamente, gozo mucho en tener la
-pluma en la mano! Pero no sois vosotros solos los que queréis que las
-cosas vayan á vuestro modo: demasiado sé también yo que hay ordenanzas
-de las cuales no se hace ningún caso: ¡bella noticia para que uno
-tenga necesidad de oírsela á un campesino! Mas tú no sabes que las
-ordenanzas contra los dueños de posadas, sirven de algo. Quieres dar
-vueltas al mundo y hablar, é ignoras que cuando se quiere hacerlo á su
-modo y tener las ordenanzas en el bolsillo, lo primero es hablar con
-mucho miramiento. ¿Y sabes tú, gran animal, lo que le sucedería á un
-pobre posadero que fuese de tu opinión, y no preguntase el nombre del
-que le hacía la gracia de favorecerle? _So pena á cualquiera de los
-expresados posaderos, taberneros y demás, según se deja dicho arriba,
-de trescientos escudos_... ¡Sí, se les cobrarán trescientos escudos, y
-para gastarlos tan bien! _para ser aplicados, los dos tercios á la real
-cámara, y el otro al acusador ó delator_: ¡qué angelito! _y en caso de
-insolvencia, cinco años de galeras y mayor pena, pecuniaria ó corporal,
-al arbitrio de su excelencia_. ¡Obligadísimo á sus favores!
-
-Á estas palabras, el posadero pisaba el umbral del palacio de justicia.
-Allí, como en todas las demás oficinas, había mucho que hacer; por
-todas partes se atendía á dar las órdenes que parecían más propias á
-prevenirlo todo para el día siguiente, á quitar todo pretexto á la
-rebelión, á enfriar la audacia de los que desean nuevos desórdenes, y
-asegurar la fuerza en las manos acostumbradas á emplearla. Se aumentó
-el número de los soldados que guardaban la casa del vicario: las
-bocacalles fueron atajadas con vigas atravesadas, atrincheradas con
-carros. Se mandó á todos los horneros que trabajasen en hacer pan sin
-descansar; se expidieron correos á los pueblos circunvecinos, con orden
-de enviar trigo á la ciudad; se comisionaron nobles para que fuesen
-á los hornos muy de mañana, á fin de que velasen la distribución del
-pan, y contuviesen á los revoltosos, por la autoridad de su presencia
-y buenas palabras. Pero para dar, como vulgarmente se dice, un golpe
-en el aro y otro en el tonel, y para hacer más eficaces los consejos
-con un poco de miedo, se pensó en el modo de echar mano á algunos
-sediciosos. Este cuidado correspondía, principalmente, al capitán de
-justicia, el cual, cualquiera puede figurarse con qué ojos vería las
-insurrecciones y los insurrectos, con una venda de agua vulneraria que
-llevaba sobre uno de los órganos de la profundidad metafísica. Sus
-sabuesos se habían puesto en campaña desde el principio del tumulto; y
-el consabido Ambrosio Fusella era, según ha dicho ya nuestro posadero,
-un polizonte disfrazado, enviado para que diese vueltas con el objeto
-de coger con las manos en la masa á alguno; como igualmente para
-espiarlo, conocerlo y atraparlo, apoderándose de él por la noche,
-cuando estuviese todo tranquilo, ó si no al día siguiente. Después de
-haber oído cuatro palabras del famoso sermón de Renzo, le había echado
-tontamente el fallo encima; pareciéndole un culpable excelente hombre,
-justamente lo que él deseaba. Viendo en seguida, que había llegado
-nuevamente de su pueblo, había intentado el golpe maestro de conducirlo
-en caliente á la cárcel, como á la posada más segura de la ciudad;
-mas el negocio le salió fallido, según hemos visto. Sin embargo, pudo
-llevar á la policía las noticias seguras del nombre, apellido y patria,
-además de otras muchas conjeturas que había hecho; de modo que, cuando
-el posadero llegó á aquel punto para dar cuenta acerca de lo que sabía
-de Renzo, tenían ya más noticias que él. Entró en la pieza acostumbrada
-é hizo su deposición; alegó cómo un forastero había ido á hospedarse en
-su casa y que no había querido manifestar su nombre.
-
---Habéis cumplido con vuestro deber en informar á la justicia, dijo un
-escribano del crimen, abandonando la pluma; pero ya lo sabíamos.
-
---¡Gran secreto pensó el patrón! ¡se requiere un gran talento!
-
---Y también sabemos, continuó el escribano, ese respetuoso nombre.
-
-¡Diablo! ¿el nombre también? ¿Cómo lo han hecho? pensó el posadero
-esta vez.
-
---Mas vos, replicó el otro con grave semblante, vos no lo decís todo
-sinceramente.
-
---¿Qué es lo que debo decir más?
-
---¡Ah, ah! Sabemos bien que ese hombre ha llevado á vuestra posada una
-gran cantidad de pan robado, y robado con violencia, por medio del
-saqueo y de la sedición.
-
---Viene uno con un pan en su faltriquera: ¿sé yo acaso adónde ha ido á
-tomarlo? Porque si es preciso hablar como en el artículo de la muerte,
-puedo decir no haberle visto más que un sólo pan.
-
---Ya; siempre excusándoos, defendiéndoos: el que os oiga á vosotros,
-todos sois unos santos: ¿cómo podéis probar que aquel pan fué bien
-adquirido?
-
---¿Cómo lo he de probar yo? En esto no me meto: yo soy posadero, y nada
-más.
-
---Sin embargo, no podréis negar que vuestro parroquiano no haya tenido
-la temeridad de proferir palabras injuriosas contra las ordenanzas, y
-de hacer ademanes perjudiciales é indecentes contra las armas de su
-excelencia.
-
---Vuestra señoría me permitirá que le diga: ¿cómo puede ser uno de mis
-parroquianos, si lo he visto ahora por primera vez? Precisamente es el
-diablo, salvo vuestro respeto, el que lo ha mandado á mi casa; y si
-yo le hubiese conocido, vuestra señoría sabe muy bien que no hubiera
-tenido necesidad de preguntarle su nombre.
-
---Á pesar de todo, en vuestra posada, á presencia vuestra, se han
-promovido proyectos incendiarios, palabras temerarias, proposiciones
-sediciosas, murmuraciones, gritos, quejas.
-
---¿Cómo quiere vuestra señoría que yo atienda á los disparates que
-pueden decir tantos alborotadores que hablan todos á la vez? Yo no debo
-mirar más que mis intereses, pues que soy un infeliz: y después vuestra
-señoría no ignora que el que tiene la lengua suelta, por lo regular
-tiene las manos ligeras, tanto más, cuanto que eran una cuadrilla, y...
-
---Sí, sí, dejadle hacer y decir; ¡mañana, mañana veréis si les habrá
-pasado ya la tontería! ¿Qué creéis vos?
-
---Yo no creo nada.
-
---¿Que la canalla se haga dueña de Milán?
-
---¡Oh, justamente!
-
---¡Veréis, veréis!
-
---Comprendo muy bien: el rey será siempre el rey; pero el que habrá
-recibido, se quedará con ello; y naturalmente un pobre padre de familia
-no tiene deseos de recibir. Vuestras señorías tienen la fuerza; á
-vosotros es á quienes os toca...
-
---¿Tenéis aún mucha gente en casa?
-
---Un montón.
-
---Y vuestro parroquiano, ¿qué hace? ¿continúa alborotando, exaltando la
-gente, y preparando desórdenes para mañana?
-
---¿El forastero, quiere decir vuestra señoría? Se ha ido á acostar.
-
---¿Tenéis, pues, mucha gente?... ¡Basta! procurad no dejarle escapar.
-
-¿Debo yo acaso hacer de esbirro? pensó el posadero; mas no dijo ni
-sí, ni no.
-
---Volveos á vuestra casa, y sed prudente, replicó el escribano.
-
---Siempre lo he sido; vuestra señoría puede decir si jamás he dado
-quehacer á la justicia.
-
---Y no creáis que ésta haya perdido su fuerza.
-
---¡Yo! ¡por caridad! no creo nada; no soy más que un posadero.
-
---La canción de costumbre; jamás tenéis otra cosa que decir.
-
---¿Qué he de decir? La verdad desnuda.
-
---¡Basta por hoy! Lo que habéis depuesto no es suficiente; luego
-veremos el negocio, é informaréis más ampliamente acerca de lo que os
-podrá ser preguntado.
-
---¿Qué he de deponer yo? nada sé; apenas tengo cabeza para atender á
-mis quehaceres.
-
---Guardaos bien de dejarlo partir.
-
---Espero que el ilustrísimo señor capitán sabrá que he venido
-prontamente á cumplir con mi deber. Beso á vuestra señoría las manos.
-
-Al amanecer, Renzo roncaba hacía ya cerca de siete horas, y estaba aún
-en lo más hermoso de su sueño, cuando dos fuertes sacudidas de brazo, y
-una voz que al pie de la cama gritaba: “¡Lorenzo Tramaglino!” le hizo
-despertar sobresaltado. Se desperezó, extendió los brazos, abrió con
-gran trabajo los ojos, y divisó de pie delante de él, y el extremo
-del lecho, á un hombre vestido de negro, y otros dos armados, el uno á
-la derecha, el otro á la izquierda de la cabecera. Entre la sorpresa,
-el sueño y los vapores del vino que sabéis, permaneció un momento como
-encantado; y creyendo soñar, y no agradándole aquel sueño, procuraba
-despertarse prontamente.
-
---¡Ah! ¿Habéis finalmente oído, Lorenzo Tramaglino? dijo el hombre de
-la capa negra, que era el escribano mismo de la noche anterior. Ánimo,
-pues; levantaos y venid con nosotros.
-
---¡Lorenzo Tramaglino! dijo Renzo: ¿qué significa esto? ¿qué me
-queréis? ¿quién os ha dicho mi nombre?
-
---Menos charlatanerías y levantaos pronto, dijo uno de los esbirros que
-estaba al lado de la cama agarrándole de nuevo el brazo.
-
---¡Hola! ¿qué violencia es ésta? gritó Renzo, retirando el brazo.
-¡Posadero, posadero!
-
---¿Nos lo llevamos en camisa? dijo aún dicho esbirro volviéndose hacia
-el escribano.
-
---¿Habéis oído? dijo éste á Renzo; así se hará si no os levantáis
-pronto, muy pronto, para venir con nosotros.
-
---¿Y por qué? preguntó Renzo.
-
---El por qué, lo oiréis del señor capitán de justicia.
-
---¿Yo? soy un hombre honrado; nada he hecho, y me admiro...
-
---Mejor para vos, mejor para vos, así en dos palabras seréis despachado
-y podréis ir á evacuar vuestros negocios.
-
---Dejadme ir ahora, dijo Renzo; nada tengo que ver con la justicia.
-
---¡Vaya, acabemos! dijo un esbirro.
-
---¿Nos lo llevamos de veras? replicó el otro.
-
---¡Lorenzo Tramaglino! repitió el escribano.
-
---¿Cómo sabe mi nombre vuestra señoría?
-
---Haced vuestro deber, gritó el notario á los esbirros, los cuales se
-apoderaron de Renzo para sacarlo fuera del lecho.
-
---¡Eh! ¡no toquéis al pellejo de un hombre de bien, sin que!... Yo
-mismo me sé vestir.
-
---Pues vestíos pronto, dijo el escribano.
-
---Ya me voy á vestir, repuso Renzo, y andaba presuroso recogiendo
-sus vestidos esparcidos en desorden por el lecho, como los restos de
-un naufragio sobre la playa. Luego, empezando á vestirse, proseguía
-aún diciendo: Pero yo no quiero ir á casa del capitán de justicia;
-nada tengo que hacer con él: ya que se me hace esta afrenta tan
-injustamente, quiero ser conducido á la presencia de Ferrer: lo
-conozco, sé que es una persona excelente, y que me debe favores.
-
---Sí, sí, hijo mío, seréis conducido á casa de Ferrer, respondió el
-escribano.
-
-En otras circunstancias, éste se hubiera reído de buen grado, á vista
-de una proposición semejante; mas entonces no era el momento más á
-propósito para reir. Ya al ir á buscar á Renzo había percibido en las
-calles un movimiento tal, que no había podido definir si era el resto
-de una conmoción aún no apaciguada, ó el principio de una nueva: los
-habitantes de los arrabales bajaban en gran número; se encontraban,
-marchaban agrupados y se paraban en cuadrillas. Al presente, sin hacer
-ningún caso, ó esforzándose á lo menos para no hacerlo, aguzaba los
-oídos y le parecía que el ruido iba siempre en aumento. Deseaba, pues,
-despachar, mas hubiera querido conducir á Renzo de buena voluntad;
-porque si se ponía en guerra abierta con él, no podía estar seguro,
-una vez puesto en la calle, de encontrar también tres contra uno. Por
-esto se daba de ojo con los esbirros para que tuviesen paciencia y no
-exasperasen al joven, y por su parte trataba de persuadirlo con buenas
-palabras. Sin embargo, el joven mancebo, á medida que se vestía poquito
-á poco, trayendo á la memoria, del mejor modo posible, los sucesos
-del día anterior, veía bien al propio tiempo que las ordenanzas, el
-nombre y el apellido, debían ser la causa de todo; ¿pero cómo diablos
-lo sabía ese hombre, y qué había sucedido aquella noche, para que la
-justicia se hubiese atrevido con tanta precipitación á ir en derechura
-á prender á uno de esos buenos muchachos que el día precedente tenían
-tanta voz en la reunión, y que no debían estar todos dormidos, pues
-que Renzo oía también en la calle un rumor siempre creciente? Mirando
-en seguida el rostro del escribano, descubrio la agitación que éste se
-esforzaba en vano en ocultar. De todo lo cual, así para aclarar sus
-conjeturas y descubrir terreno, como para ganar tiempo y aun intentar
-un golpe, dijo: “Bien conozco lo que motiva todo esto, ello es por
-causa del apellido. Ayer noche, verdaderamente estaba un poco alegre;
-esos posaderos tienen á veces ciertos vinos tan traidores; y á veces,
-como digo, se sabe que cuando el vino ha bajado, él es el que habla.
-Mas si no se trata de otra cosa, al presente estoy dispuesto á dar toda
-especie de satisfacciones. Por otra parte, vos ya sabéis mi nombre;
-¿quién demonios os lo ha dicho?”.
-
---¡Bravo, hijo mío, bravo! respondió el escribano con ademán sumamente
-cariñoso: veo que tenéis juicio; y creedme á mí que soy del oficio, vos
-sois más amable que todos los demás: éste es el mejor medio para salir
-pronto y bien; con estas buenas disposiciones, en dos palabras seréis
-despachado y puesto en libertad. Mas yo, ya lo veis, hijo mío, tengo
-las manos atadas, y no puedo dejaros aquí como yo quisiera. Vamos,
-despachaos, y venid sin ninguna especie de temor; que cuando verá quién
-sois... y después, diré... dejadme hacer... basta. Despachaos, hijo mío.
-
---¡Ah, vos no podéis! entiendo, dijo Renzo; y continuaba vistiéndose,
-rechazando con ademanes á los esbirros, los cuales trataban de
-apoderarse de él con el objeto de que se despachase.
-
---¿Pasaremos por la plaza de la Catedral? preguntó en seguida al
-escribano.
-
---Por donde queráis; por el camino más corto, á fin de quedar más
-pronto en libertad, dijo éste, maldiciendo en su interior el ser
-obligado á dejar caer aquella pregunta misteriosa de Renzo, que
-podía llegar á ser el fundamento de otras ciento. ¡Cuando uno nace
-desgraciado! pensaba. He aquí que cae entre mis manos uno que se ve que
-no quería otra cosa que cantar; si yo tuviese únicamente el tiempo de
-respirar, así, _extra formam_, académicamente, por vía de conversación
-amistosa, se le haría confesar sin trabajo todo lo que uno quisiera;
-sería un hombre que llegaría á la cárcel ya perfectamente examinado,
-sin que se apercibiese de ello; ¡y un hombre de esta especie cae
-debajo mi férula en un momento tan angustioso! ¡Ah! y no hay medio
-de evitarlo, continuaba el consabido escribano calculando, prestando
-atención y retirando la cabeza hacia atrás; no hay remedio, el día
-amenaza ser peor que el de ayer. Un rumor extraordinario que se dejó
-oir en la calle, le dió lugar de pensar así: y no pudo menos de abrir
-los postigos de la ventana para dar una ojeadilla. Vió que era un
-grupo de gente de la ciudad, la cual á la intimación de dispersarse,
-hecha por una patrulla, había en un principio contestado con malas
-palabras, concluyendo, finalmente, por separarse murmurando siempre; lo
-que pareció al notario una mala señal, fué que los soldados avanzaban
-con mucha moderación. Cerró los postigos, vaciló un momento acerca de
-si debía llevar adelante la empresa, ó dejar á Renzo bajo la custodia
-de dos esbirros, y correr á casa del capitán de justicia para darle
-cuenta de lo que sucedía. Pero, pensó al momento, se me dirá que soy
-un cobarde, un pusilánime, y que debía ejecutar las órdenes que me
-han sido dadas. Estamos metidos en baile; por consiguiente es preciso
-bailar. ¡Maldita sea la locura! ¡Condenado oficio!
-
-Renzo estaba de pie: los dos satélites se colocaron á ambos lados; el
-escribano les hizo seña de que no le violentasen demasiado; después,
-dirigiéndose á Renzo, dijo: Vamos, hijo mío; por favor, despachaos.
-
-Á pesar de todo, Renzo escuchaba, veía y reflexionaba. Estaba ya del
-todo vestido, á excepción del jubón que tenía en una mano, y cuyos
-bolsillos registraba con la otra. ¡Hola! dijo, lanzando al notario una
-mirada muy significativa: aquí había dinero y una carta, señor mío.
-
---Todo se os devolverá puntualmente, contestó el notario, cuando se
-habrán llenado algunas pequeñas formalidades. Vamos, marchemos.
-
---No, no, no, dijo Renzo, sacudiendo la cabeza; esto no me gusta;
-quiero lo que me pertenece, señor mío. Daré cuenta de mis acciones;
-pero quiero lo que me pertenece.
-
---Quiero manifestaros que tengo confianza en vos. Tomad y despachemos,
-dijo el notario, sacando de su pecho, y entregando con un suspiro las
-cosas secuestradas á Renzo. Éste, volviéndolas á colocar en su lugar,
-murmuraba entre dientes: “¡Qué curiosidad! al fin y al cabo tenéis
-tanto roce con los ladrones, que se os ha pegado algo del oficio”. Los
-esbirros no podían ya contenerse: mas el escribano los refrenaba con
-sus miradas, y en el ínterin decía entre sí: si tú llegas á poner el
-pie dentro de aquel umbral, me la pagarás con usura, me la pagarás.
-
-Mientras tanto que Renzo se ponía el jubón, y tomaba el sombrero, el
-notario hizo seña á uno de los esbirros que echase á andar delante por
-la escalera; hizo en seguida ir el prisionero, después el otro esbirro
-detrás, y finalmente él mismo se puso en movimiento. Llegados á la
-cocina, y entretanto que Renzo se puso á decir: “¿Dónde se ha escondido
-el buen posadero?”; el escribano hizo otra seña á sus compañeros.
-Éstos le cogen, el uno la mano derecha y el otro la izquierda, y
-apresuradamente le atan los puños con ciertas máquinas, que por esa
-hipócrita figura retórica de eufemismo, se llaman esposas. Éstas
-consistían (desagrada el tener que descender á minuciosidades indignas
-de la gravedad histórica, pero lo exige la claridad), consistían,
-repito, en una cuerdecita un poco más larga que la circunferencia de
-un puño de una muñeca común, la cual tenía en sus dos extremos dos
-pedacitos de madera como dos cruceros. La cuerda rodeaba la muñeca
-del paciente, y las maniquetas pasadas entre la palma y el anular del
-esbirro quedaban encerradas en su mano, de manera que dando vueltas se
-apretaba la ligadura según se quería. Dicha medida tenía por objeto
-no solamente el asegurar la captura, sino también el martirizar al
-recalcitrante, y á este fin la cuerdecita estaba llena de nudos.
-
-Renzo forcejea, grita: “¿Qué traición es ésta? ¡á un hombre de
-bien!”... mas el escribano, que para todos los acontecimientos tenía
-buenas palabras: “Tomad paciencia, le decía; cumplen con su deber: ¡qué
-queréis! éstas son meras formalidades: no podemos tratar á la gente
-según nuestro corazón; si no hiciésemos lo que se nos manda, estaríamos
-frescos; estaríamos mucho peor que vosotros. ¡Tened paciencia!”.
-
-Mientras hablaba, los dos á quienes correspondía obrar dieron una
-vuelta á las maniquetas. Renzo se aquietó como un bizarro caballo que
-siente su boca oprimida por el freno, y exclamó: ¡paciencia!
-
---¡Buen muchacho! dijo el notario, éste es el modo verdadero de salir
-bien. ¡Qué queréis! es un fastidio, convengo en ello; pero portándoos
-bien, en un momento estaréis despachado. Y ya que veo que estáis bien
-dispuesto, me siento inclinado á ayudaros; quiero daros todavía otro
-consejo para vuestro bien. Creedme, pues soy práctico en esta clase
-de cosas; seguid vuestro camino, sin mirar á vuestro alrededor, sin
-haceros notar: así nadie reparará en vos, nadie percibirá lo que pasa,
-y vos conservaréis vuestro honor. Dentro de una hora estaréis ya en
-libertad: hay tanto quehacer, que ellos se darán prisa á despacharos;
-y después hablaré... iréis á vuestros negocios, y nadie sabrá que
-habéis estado en poder de la justicia. Y vosotros, continuó enseguida,
-volviéndose á los esbirros con ademán severo, guardaos bien de causarle
-daño, porque lo protejo yo: es preciso que hagáis vuestro deber; pero
-recordad que es un hombre honrado, un joven excelente, el cual dentro
-de poco estará en libertad, y que tiene en mucha estima su honor.
-Andad de modo que nadie aperciba nada; lo mismo que si fueseis tres
-hombres de bien que van á paseo juntos. Y con tono imperativo y aire
-amenazador, repuso: ¿me habéis entendido? Dirigiéndose luego á Renzo
-con ademán moderado, y con el rostro repentinamente risueño, que
-parecía decir, ¡oh, nosotros sí que somos amigos! le dijo de nuevo: un
-poco de juicio; haced lo que os digo; caminad quieto y recogido; fiaos
-de quien os quiere bien: vamos. Y la comitiva se puso en marcha.
-
-Á pesar de tan buenas palabras, Renzo no creyó una siquiera. Que el
-escribano le quisiese más bien que á los esbirros, ni que tomase
-sobre sí con tanto calor su reputación, ni que tuviese intención de
-ayudarle, nada de esto creyó. Comprendió perfectamente que el buen
-hombre, temiendo que se presentase en la calle alguna buena ocasión
-de escaparse de entre sus manos, ponía por delante aquellos bellos
-motivos, para estorbar el que estuviese atento para aprovecharse de
-ella. Todas las exhortaciones no sirvieron más que para confirmarlo en
-el designio que tenía ya en su imaginación, esto es, de hacer todo lo
-contrario.
-
-Nadie, sin embargo, saque de todo esto en consecuencia, que el notario
-fuese un bellaco novicio é inexperto, porque se engañaría. Era al
-contrario, dice nuestro historiador, un bellaco ya maestro, el cual
-parece haberse hallado en el número de sus amigos; mas en aquel momento
-se encontraba con el ánimo agitado. Puedo aseguraros, que á sangre
-fría se hubiera burlado de un hombre que para empeñar á alguno á hacer
-alguna cosa sospechosa hubiese ido á sugerírsela y á aconsejársela con
-calor, bajo la miserable apariencia de darle un consejo desinteresado,
-como si dijéramos, de amigo. Pero cuando los hombres están inquietos
-y perciben el medio que otro podía emplear para sacarles de apuros,
-tienen todos una tendencia á pedírselo con instancia y á cada momento,
-bajo toda especie de pretextos; y cuando los truhanes están agitados é
-inquietos, caen también bajo esta ley común. De aquí proviene que en
-tales circunstancias hacen ordinariamente una triste figura. Aquellos
-golpes maestros, aquellas malignidades, con las cuales tienen costumbre
-de triunfar, que son para ellos como una segunda naturaleza, y que
-puestas por obra á tiempo y conducidas con la presencia de ánimo y
-con la serenidad necesaria, dan el golpe tan bien y tan secretamente,
-aun desconocidas, después de su logro recogen aplausos generales; los
-pobrecitos, cuando están entre angustias, las emplean precipitadamente,
-en desorden y sin garbo ni gracia. De manera, que el que los ve
-ingeniarse y arrebatarse de aquel modo, les tiene lástima y le mueven á
-risa; y el hombre que pretende entonces meterse en medio, aunque menos
-astuto que ellos, descubre bellísimamente todos sus manejos, y de sus
-artificios recaba luz para sí contra ellos. Ésta es la causa por que
-jamás se podrá recomendar demasiado á los truhanes de profesión el
-conservar siempre su sangre fría, ó lo que es lo más seguro, el ser
-siempre los más fuertes.
-
-Renzo, apenas estuvieron en la calle, empezó á mirar á un lado y á
-otro, á agitarse con frenesí á derecha é izquierda, á aguzar los oídos.
-No había, sin embargo, un concurso extraordinario; y si bien en el
-semblante de más de un paseante se podía leer fácilmente un cierto
-no sé qué de sedicioso, á pesar de todo, cada uno seguía su camino
-tranquilamente, y no había sedición propiamente dicha.
-
---¡Juicio, juicio! murmuraba el escribano á sus espaldas: en ello va
-vuestro honor; el honor, joven mancebo. Mas cuando Renzo, escuchando
-atentamente á tres individuos que venían con el rostro inflamado, oyó
-hablar de un horno de harina escondida, de justicia, empezó también á
-hacer gestos, y á toser de cierto modo que indicaba otra cosa más que
-un resfriado. Ellos miraron con más cuidado á la comitiva y se pararon;
-los que habían pasado ya, oyendo el murmullo volvían paso atrás, y
-formaban la retaguardia.
-
---Tened cuidado; juicio, hijo; mirad, peor para vos; no echéis á perder
-vuestros negocios; el honor, la reputación, continuaba murmurando el
-escribano; Renzo no le hacía caso. Los esbirros, después de haber
-consultado por medio de una rápida ojeada, pensando obrar bien (todos
-estamos sujetos á errar), le apretaron las esposas.
-
---¡Ay! ¡ay! ¡ay! exclamó el paciente; á los gritos la gente se agrupa
-alrededor; acude de todas partes de la calle, y la comitiva queda
-encallada. Es un hombre de mala vida, balbuceaba el escribano á los que
-le rodeaban; es un ladrón cogido in fraganti; retiraos, dejad pasar
-á la justicia. Mas Renzo, viendo que la ocasión era favorable, que
-los esbirros se volvían blancos, ó á lo menos pálidos, si ahora no me
-aprovecho, pensó interiormente, tanto peor para mí; y de repente se
-puso á dar voces: “¡Amigos míos! me llevan á la cárcel porque ayer
-grité pan y justicia; nada he hecho; soy un hombre honrado; socorredme,
-¡amigos míos! no me abandonéis”.
-
-Un favorable murmullo, voces manifiestas de protección, se elevaron
-como en respuesta. En un principio los esbirros mandan, después piden,
-luego suplican á los más próximos que se retiren y que dejen el paso
-libre; el tropel, al contrario, los cerca y los estrecha cada vez más.
-Ellos, á la vista del peligro, sueltan las esposas, y no tratan más
-que de perderse entre la multitud para deslizarse sin ser vistos. El
-escribano deseaba ardientemente hacer lo propio, pero era muy difícil á
-causa de su negra capa. El pobre hombre, pálido y atemorizado, trataba
-de encogerse, de hacerse el pequeño; esquivaba el cuerpo para salir
-de entre la gente, mas no podía alzar los ojos sin ver otros veinte
-clavados sobre él. Estudiaba todas las maneras de aparecer como un
-extraño que, pasando por allí al acaso, se había hallado en medio de
-la muchedumbre como una pequeña paja en medio de una menuda red; y
-encontrándose cara á cara con un individuo que le miraba fijamente con
-peor ceño que los demás, compuso su boca de modo que apareciese en
-ella la sonrisa, y haciéndose el inocente le preguntó: ¿qué ha sucedido?
-
---¡Oh, infame cuervo! repuso aquél. ¡Cuervo, cuervo! resonó por todas
-partes. Á los gritos añaden los empujones, de modo que al poco tiempo,
-ya á favor de sus piernas, ya con los codos de los demás, obtuvo lo
-que más le apremiaba en aquel momento; esto es, el salir de aquella
-barahunda.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOSEXTO
-
-
-¡Huye! ¡huye! buen hombre; ¡he aquí un convento, allí tienes una
-iglesia! ¡por aquí! ¡por allí! gritan de todas partes á Renzo. Tocante
-á huir, júzguese si tenía necesidad de que se lo aconsejaran. Desde
-el momento mismo en que había empezado á concebir las esperanzas de
-escapar de las garras de la policía, echó sus cuentas, y pensó que si
-lo conseguía, saldría sin detenerse, no sólo de la ciudad, sino también
-del ducado. Porque se había dicho: de cualquier modo que sea, ellos
-tienen apuntadas mis señas en sus librotes, y con mi nombre y apellido
-me vienen á prender cuando quieran. Tocante á un asilo, no lo habría
-buscado hasta que tuviese los esbirros á sus espaldas; porque se había
-dicho otra vez: Si puedo ser pájaro de bosque, no quiero serlo de
-jaula. Había, pues, designado para refugiarse cierto pueblo situado
-en el territorio de Bérgamo, en el cual estaba establecido su primo
-Bartolo, que si recuerdan los lectores, muchas veces le había invitado
-á ir. Mas la dificultad consistió en encontrar el camino. Abandonado
-en un sitio desconocido de una ciudad, para él desconocida también,
-Renzo tampoco sabía por qué puerta se salía para ir á Bérgamo, y aun
-cuando lo hubiese sabido, ignoraba el camino que conducía á dicha
-puerta. Imaginó que le enseñasen el camino alguno de sus libertadores;
-pero así como en el poco tiempo que había tenido para meditar su
-posición, le pasaran por la mente ciertas ideas acerca de aquel
-espadero tan oficioso, padre de cuatro hijos, así, por sí ó por no,
-no quiso manifestar sus designios á tanta gente reunida, por si acaso
-hubiese algún otro de la misma índole, resolviendo de súbito alejarse
-precipitadamente de aquel sitio, y el camino hacérselo enseñar después
-en un sitio en donde nadie supiese quién era, ni por qué lo preguntaba.
-En seguida dijo á sus libertadores: “Mil gracias, amigos míos; ¡Dios os
-bendiga!”. Y saliendo por el lugar que se le hizo inmediatamente, tomó
-la carrera, se introdujo por una travesía, bajó por una callejuela,
-y galopó por espacio de largo tiempo sin saber adónde iba. Cuando le
-pareció que estaba ya bastante lejos, detuvo el paso para no infundir
-sospechas, y empezó á mirar ya á un lado, ya á otro, para escoger
-la persona á quien hacer su pregunta, la cara que le inspirase más
-confianza. Pero aun en esto había dificultad. La pregunta por sí
-sola era sospechosa; el tiempo urgía; los corchetes apenas vueltos
-de su pequeño aturdimiento, debían haberse puesto en movimiento para
-seguir las huellas de su fugitivo; la voz de aquella fuga podía haber
-llegado hasta allí, y en tales apuros, Renzo debía hacer acaso diez
-juicios fisionómicos antes de encontrar la figura que le pareciese á
-propósito. Ese gordiflón que está de pie en la puerta de su tienda
-con las piernas separadas, las manos detrás, sacado el abdomen, la
-barba levantada, debajo de la cual colgaba una gran papada, y que no
-teniendo otra cosa que hacer levantaba alternativamente su temblorosa
-é informe masa, dejándola caer sobre sus calcañares, tenía el aire de
-un parlanchín curioso, que en vez de contestar, le hubiera abrumado
-con preguntas. Ese otro que iba hacia él con los ojos fijos y la boca
-abierta, lejos de poder enseñar su camino á alguien, parecía apenas
-saber el suyo. Aquel muchacho, que á la verdad tenía trazas de ser muy
-despejado, mostraba, sin embargo, ser muy malicioso, y probablemente
-hubiera tenido el maldito gusto de hacer ir á un infeliz aldeano á la
-parte opuesta de la que éste deseaba. ¡Cuán cierto es que al hombre
-embarazado, á cada paso se le presentan nuevos obstáculos! Habiendo
-visto finalmente á uno que andaba muy aprisa, pensó que éste, teniendo
-regularmente algún negocio apremiante, le contestaría con prontitud,
-sin necesidad de más habladurías, y oyendo que hablaba solo, juzgó que
-debía ser un hombre franco. Después de haberse aproximado á él le dijo:
-“Por favor, caballero, ¿tendríais la bondad de decirme por qué lado se
-va á Bérgamo?”.
-
---¿Á Bérgamo? por la puerta Oriental.
-
---Mil gracias; ¿y para ir á la puerta Oriental?
-
---Tomad esta calle á mano izquierda, encontraréis la plaza de la
-catedral, y luego...
-
---Basta, caballero, ya sé lo demás; Dios os lo pague. Después de
-lo cual se encaminó precipitadamente hacia el lado que le había
-sido indicado. El interpelado le siguió un momento con la vista, y
-combinando en su pensamiento aquel modo de andar con la pregunta, dijo
-entre sí: ó ha hecho alguna, ó alguno se la quiere hacer.
-
-Renzo llegó á la plaza de la catedral; la atravesó, pasó por el lado de
-un montón de cenizas y carbones apagados, y reconoció los restos de la
-hoguera, de la cual había sido espectador el día antes; pasó también
-muy cerca de la escalinata de la expresada catedral, y vió el horno de
-las muletas, medio destruido y guardado por soldados. Se dirigió vía
-recta por la calle á la cual había sido arrastrado por la multitud;
-llegó al convento de capuchinos, echó una ojeada á aquella plaza y á
-la puerta de la iglesia, y se dijo interiormente: El fraile de ayer me
-había dado, sin embargo, un buen consejo, el de esperar en la iglesia,
-con el objeto de hacer algo bueno.
-
-Detúvose un momento á mirar atentamente la puerta por la cual había
-de pasar, y viendo á lo lejos mucha gente que la guardaba, y teniendo
-la imaginación un poco acalorada (es preciso compadecerle, pues no
-le faltaban motivos), experimentó cierta repugnancia en arriesgarse
-á salir por ella. Se hallaba de manos á boca en un lugar de asilo,
-en donde con la consabida carta sería bien acogido: tuvo fuertes
-tentaciones de entrar; mas animándose de súbito pensó: pájaro de bosque
-hasta que se pueda. ¿Quién me conoce? Ciertamente, los esbirros no se
-dividirán en pedazos para irme á esperar á todas las puertas. Dirigió
-una mirada á su alrededor para ver si venían por aquel lado, y no
-descubrió ni esbirros, ni nadie que pareciese ocuparse de él. Sigue
-adelante, detiene aquellas benditas piernas que querían correr siempre,
-mientras sólo convenía caminar, y poco á poco, tarareando á media
-voz, llegó á la puerta. Había justamente ocupando el paso una porción
-de guardas, y de refuerzo una compañía de arcabuceros españoles; mas
-todos estaban ocupados en velar las afueras, para no dejar entrar á las
-gentes que á la nueva de una sublevación acuden, del mismo modo que
-los cuervos al campo en donde se ha verificado una batalla; de suerte
-que Renzo, con aire indiferente, los ojos bajos, y con el andar entre
-viajero y paseante, salió sin que nadie le dijese nada; pero el corazón
-le palpitaba con fuerza. Advirtiendo á la derecha un pequeño sendero,
-entró en él para evitar el camino real, y anduvo un buen pedazo antes
-de volver atrás la vista.
-
-Camina sin descanso; encuentra á su paso cabañas, pueblos; sigue
-adelante sin preguntar su nombre, y seguro de alejarse de Milán, confía
-ir hacia Bérgamo: por el momento esto le basta. De cuando en cuando
-se volvía, y á cada instante miraba y se frotaba ya una, ya otra
-muñeca, doloridas todavía, y señaladas en derredor con una rubicunda
-raya, vestigios de la cuerda. Sus pensamientos eran, como cualquiera
-puede imaginarse, una confusa mezcla de arrepentimientos, inquietudes,
-cólera y ternura; era un estudio pesado el traer á la memoria lo que
-había dicho y hecho la noche anterior, el descubrir la parte secreta
-de su dolorosa historia, y sobre todo, cómo habían podido averiguar su
-nombre. Naturalmente sus sospechas recaían sobre el espadero, á quien
-recordaba habérselo declarado. Y calculando del modo tan astuto con el
-cual aquél se lo había sacado, en su aspecto, en sus ofertas y en todas
-sus preguntas, que tendían siempre á querer saber algo, las sospechas
-se cambiaban casi en certeza, si bien luego se acordaba confusamente
-de haber continuado charlando después de la partida del espadero; ¿pero
-con quién? Adivínalo, grillo. ¿De qué? Aunque recurría á la memoria era
-en vano; ésta no le decía más, sino que en aquel entonces se hallaba
-fuera de su casa. El infeliz se perdía en aquellas investigaciones:
-era como un hombre que ha echado muchas firmas en blanco, y que las
-ha confiado á uno á quien creía el _non plus ultra_ de la honradez, y
-después al descubrir que es un petardista y un bribón, quiere obtener
-de éste que le dé á conocer el estado de sus negocios. ¡Pobrecito!,
-¿qué ha de conocer? Todo es confusión.
-
-El otro estudio penoso era fundar sobre el porvenir algún proyecto que
-no fuese al aire, que le pudiese gustar, y que no tuviese desagradables
-consecuencias; pero bien pronto lo más aflictivo fué poder encontrar el
-camino. Después de haber andado un buen trozo de él, puede decirse á
-la ventura, vió que por sí solo no podía lograrlo. Bien es verdad que
-experimentaba cierta repugnancia al pronunciar la palabra Bérgamo, como
-si tuviese un no sé qué de sospechoso, de impudente; mas no podía pasar
-por otro punto. Resolvió, pues, dirigirse, según lo había hecho en
-Milán, al primer transeúnte, cuya fisonomía simpatizase con él, y así
-lo verificó.
-
---Estáis fuera del camino, le respondió éste; y después de haber
-reflexionado un poco, mitad con palabras, mitad con gestos, le indicó
-la vuelta que tenía que dar para entrar en el camino real. Renzo le
-dió las gracias, hizo ademán de poner en ejecución todo lo que se le
-había dicho, se encaminó en efecto, hacia aquel lado con la intención
-de acercarse al dicho camino real, de no perderlo de vista, de andar
-costeándolo del mejor modo posible, pero sin poner los pies en él. El
-designio era más fácil de concebir que de ejecutar. Por último, así
-andando de derecha á izquierda, y como si dijéramos, haciendo eses,
-en parte siguiendo las demás indicaciones que se animaba á buscar por
-todos lados, en parte corrigiéndolas según sus luces y adaptándolas á
-su intento, ya también dejándose guiar por los caminos en los cuales
-se hallaba empeñado, nuestro fugitivo había hecho ya cerca de doce
-millas, cuando no estaba distante de Milán más de seis. Tocante á
-Bérgamo, era una gran dicha si no se había alejado más. Por lo tanto,
-empezó á persuadirse que de aquella manera no llegaría á conseguir lo
-que deseaba, y en su consecuencia trató de buscar otro expediente.
-El que le vino á la imaginación fué inquirir, por medio de alguna
-astucia, el nombre de algún pueblo cercano á la frontera, al cual se
-pudiese dirigir por caminos de travesía, y preguntado por dicho pueblo,
-se haría enseñar el camino sin necesidad de sembrar por do quier la
-consabida pregunta sobre Bérgamo, que le parecía oler tanto á fuga, á
-expulsión y á criminal.
-
-Mientras buscaba el modo de reunir todas aquellas noticias sin promover
-sospechas, vió un verde ramo pendiente en lo alto de la puerta de una
-aislada cabaña, en las afueras de un lugarcillo. Hacía algún rato que
-sentía aumentársele la necesidad de restaurar sus fuerzas; calculó que
-aquel paraje sería á propósito para matar dos pájaros de un sólo tiro,
-y entró. No había allí más que una anciana con la rueca al costado y
-el huso en la mano. Pidió algo que comer, y le fué ofrecido un poco
-de _stracchino_ y vino excelente. Aceptó aquél y rehusó éste (pues le
-había cogido odio á causa de la mala jugada que le había hecho la noche
-anterior); se sentó, suplicando á la anciana que se diese prisa. Ésta
-en un instante lo puso en la mesa, y empezó de súbito á abrumarle con
-preguntas, tocante á lo que él era y á los grandes acontecimientos
-de Milán, cuyas voces habían llegado hasta allí. Renzo, no sólo supo
-eludir las preguntas con mucha destreza, sino que aprovechándose de la
-dificultad misma, hizo servir á su intento la curiosidad de la vieja
-que le preguntaba adónde se dirigía.
-
-Tengo que ir á varias partes, respondió, y si puedo ahorrar un poquito
-de tiempo, querría detenerme un instante en ese pueblo de bastante
-consideración, que se halla en el camino de Bérgamo, próximo á la
-frontera, pero, sin embargo, perteneciente al territorio de Milán...
-¡Cómo se llama! Regularmente habrá alguno, pensaba entre sí.
-
---El que queréis decir es Gorgonzola, contestó la anciana.
-
---¡Gorgonzola! repitió Renzo, como para grabar mejor el nombre en su
-memoria. ¿Está muy distante de aquí? replicó en seguida.
-
---No lo sé exactamente; estará quizá unas diez ó doce millas. Si
-estuviese aquí alguno de mis hijos, os la sabría decir.
-
---¿Y creéis que se pueda ir por esos lindos senderos sin tomar el
-camino real, que tan lleno está de polvo? pero, ¡qué polvo! ¡Ya se ve,
-hace tanto tiempo que no llueve!
-
---- Me parece que sí: podréis preguntarlo en el primer pueblo que
-encontraréis á mano derecha; y lo nombró.
-
---Está bien, dijo Renzo: se levantó, tomó un pedazo de pan que le había
-quedado de su desayuno, pan bien distinto del que había encontrado la
-víspera al pie de la cruz de S. Dionisio; pagó la cuenta, salió y se
-encaminó hacia la derecha. Finalmente, para evitar digresiones, diremos
-que con el nombre de Gorgonzola en la boca, de pueblo en pueblo llegó á
-dicho punto, cerca de una hora antes de anochecer.
-
-Mientras iba andando, había proyectado hacer otra parada, con el
-objeto de comer algo de sustancia. El cuerpo hubiera agradecido un
-poco de cama; pero antes de satisfacerlo, Renzo se hubiera dejado caer
-muerto en el camino. Su designio era informarse en la posada de la
-distancia del Adda, recabar con destreza algunas noticias sobre alguna
-travesía que lo condujera, y encaminarse hacia aquel punto, después
-de haber tomado un refrigerio. Nacido y criado en el sitio en donde
-el Adda sale por segunda vez, por decirlo así, de las entrañas de la
-tierra, había oído decir muchas veces que en cierto paraje, y á cierta
-distancia, sus aguas marcaban los confines del territorio milanés y
-veneciano: de dicho paraje y distancia no tenía una idea exacta; pero
-por el momento, el asunto más urgente era atravesarlo, por donde quiera
-que fuese. Si no llegaba á conseguirlo en aquel mismo día, estaba
-resuelto á andar hasta que la noche y sus fuerzas se lo permitiesen, y
-aguardar después el alba en un campo, en algún sitio solitario en donde
-Dios quisiera, con tal de no ser en una hostería.
-
-Habiendo andado un poco por Gorgonzola, divisó una muestra de posada:
-entró en ella, y pidió al dueño, que le salió al encuentro, alguna
-friolera que comer y medio cuartillo de vino: algunas millas de más y
-el tiempo, le habían hecho pasar aquel odio extremado y fanático. “Os
-ruego que me despachéis pronto, añadió, porque tengo necesidad de
-volverme á poner al instante en camino”. Y esto lo dijo, no sólo porque
-era la verdad, sino también por miedo de que pensando el posadero que
-quisiese dormir allí, no le saliese con la consabida pregunta del
-nombre y apellido, y de dónde venía, y para qué asunto... ¡Largo, largo!
-
-El posadero respondió á Renzo que sería servido, y éste se fué á sentar
-en uno de los extremos de la mesa, cercano á la puerta, en el sitio de
-los vergonzosos.
-
-Se hallaban en la estancia algunos ociosos, los cuales, después de
-haber discutido y comentado las grandes ocurrencias de Milán del día
-anterior, se deshacían por saber cómo habrían ido en aquel mismo día,
-tanto más, cuanto que las primeras noticias eran más propias para
-excitar la curiosidad que para satisfacerla: una sublevación, ni
-reprimida, ni victoriosa, suspendida más bien que terminada á causa
-de la noche; una cosa truncada, el fin de un acto, más bien que de
-un drama. Uno de ellos se destacó de la reunión, acercóse al recién
-llegado, y le preguntó si venía de Milán.
-
---¿Yo? dijo Renzo admirado, para tomar tiempo de responder.
-
---Vos; si no es una indiscreción el preguntároslo.
-
-Renzo, meneando la cabeza, apretando los labios, y dejando oir un
-sonido inarticulado, repuso: Milán, según lo que he oído decir... no
-debe ser un lugar para poder ir en estos momentos, á menos que haya una
-grande necesidad.
-
---¿Continúa, pues, todavía hoy el tumulto? preguntó el curioso con más
-afán.
-
---Sería preciso estar allí para saberlo, replicó Renzo.
-
---¿Pero vos, no venís de Milán?
-
---Vengo de Liscate, respondió con prontitud el joven, que en el ínterin
-había calculado la contestación. Efectivamente, hablando en rigor,
-venía de dicho punto, porque había pasado por él, y el nombre lo supo,
-en cierto paraje del camino, por medio de un viajero que le había
-indicado que era el primer pueblo que tendría que atravesar para llegar
-á Gorgonzola.
-
---¡Oh! dijo el amigo, como si quisiese dar á entender: hubierais hecho
-mejor en venir de Milán; mas, paciencia... ¿Y en Liscate, añadió, no se
-sabía nada de Milán?
-
---Podría ser muy bien que alguno supiese algo, repuso el aldeano; pero
-yo, no he oído nada.
-
-Y dichas palabras las profirió de esa manera particular que parece
-querer decir: he concluido. El curioso volvió á su sitio; y un momento
-después, el posadero se llegó á ponerle la comida en la mesa.
-
---¿Cuánto hay de aquí al Adda? le dijo Renzo entre dientes, con el
-ademán del bobo, que ya le hemos visto tomar algunas veces.
-
---¿Al Adda... para atravesarlo?
-
---Esto es... sí... al Adda.
-
---¿Queréis pasar por el puente de Cassano, ó por la barca de Canónica?
-
---Por cualquier parte que sea... Únicamente lo pregunto por mera
-curiosidad.
-
---Es que yo lo digo porque ésos son los sitios por donde pasan las
-gentes de bien, los que pueden dar cuenta de sus acciones.
-
---Muy bien, ¿y cuánto dista?
-
---Haced cuenta, que tanto por un paraje como por otro, poco más, poco
-menos, habrá unas seis millas.
-
---¡Seis millas! no creía que estuviera á tanta distancia, dijo Renzo;
-y luego replicó en seguida, con un aire de indiferencia llevado hasta
-la afectación: Y luego, si hubiese alguno que tuviera necesidad de
-acortar, ¿hay otros sitios para poder pasar?
-
---Seguramente, respondió el posadero mirándole fijamente con ojos de
-maligna curiosidad. Esto bastó para hacer expirar en la boca del joven
-las demás preguntas que tenía dispuestas. Trajo el plato hacia sí; y
-clavando la vista en el medio cuartillo de vino, que el posadero había
-puesto sobre la mesa, juntamente con aquél, dijo: “¿El vino es puro?”.
-
---Como el oro, repuso el posadero; preguntad si no á todos los
-habitantes del pueblo y sus contornos, que lo saben, y después
-juzgaréis. Así diciendo se fué á reunir á la compañía.
-
-¡Qué malditos posaderos! exclamó Renzo interiormente: cuanto más los
-conozco, peores los encuentro.
-
-Sin embargo, se puso á comer con gran apetito, prestando al propio
-tiempo oído, sin demostrarlo, con el objeto de descubrir terreno,
-de inquirir lo que se juzgaba en el pueblo acerca del grande
-acontecimiento, en el cual había tenido no pequeña parte, y de observar
-especialmente si entre aquellos habladores habría algún hombre de bien
-de quien pudiese fiarse un pobre muchacho para preguntarle el camino,
-sin temor de ser puesto en apreturas, y forzado á hablar de sus asuntos.
-
---Mas, decía uno, esta vez parece que los milaneses han querido hacerlo
-de veras. Basta; mañana á lo más tarde se sabrá algo.
-
---Me arrepiento de no haber ido á Milán esta mañana, decía otro.
-
---Si vas mañana, yo iré también, repuso un tercero, y después otro, y
-otro.
-
---Lo que yo quisiera saber, replicó el primero, es si esos señores
-milaneses pensarán además en la pobre gente de fuera, ó si tratarán de
-que se hagan buenas leyes, únicamente para ellos. Bien sabéis cómo
-son. ¡Orgullosos ciudadanos! ¡todo lo quieren para ellos! ¡los demás,
-como si no existieran!
-
---Nosotros también tenemos boca, no sólo para comer, sino también para
-exponer nuestras razones, dijo otro con acento tanto más modesto,
-cuanto que la proposición era más avanzada; y cuando la cosa esté bien
-encaminada... Pero creyó mejor no concluir la frase.
-
---No es sólo en Milán en donde hay grano oculto, empezaba otro con
-ademán misterioso y maligno, cuando he aquí que oyen acercarse un
-caballo. Todos corren hacia la puerta; y habiendo reconocido al que
-llegaba, se apresuran á salirle al encuentro. Era éste un comerciante
-de Milán, que yendo muchas veces al año á Bérgamo, con motivo de su
-tráfico, solía pasar la noche en aquella posada; y como encontraba
-casi siempre la misma reunión, los conocía casi á todos. Se agrupan á
-su alrededor; uno coge la brida, otro el estribo.--¡Bien venido, bien
-venido!
-
---Bien hallados.
-
---¿Habéis tenido buen viaje?
-
---Bonísimo; ¿y á vosotros, qué tal os va?
-
---Bien, bien. ¿Qué noticias traéis de Milán?
-
---¡Oh! hay grandes y famosas novedades, dijo el comerciante
-desmontándose y dejando el caballo en manos de un mozo: y además,
-continuó entrando acompañado de toda la reunión, y á estas horas lo
-sabréis, acaso, mucho mejor que yo.
-
---¡De veras! Nada sabemos, dijeron algunos, poniéndose la mano sobre el
-corazón.
-
---¿Es posible?... repuso el comerciante. Pues oiréis hermosas cosas...
-ó más bien feas. ¡Eh, patrón! mi cama de costumbre, ¿está desocupada?
-Bien: un vaso de vino, y mi consabido guisado: pronto, pronto; porque
-quiero acostarme en seguida, para partir mañana muy temprano, y llegar
-á Bérgamo á hora de almorzar. Y vosotros, añadió, yendo á sentarse al
-lado opuesto, al cual estaba Renzo silencioso y atento, ¿no sabéis
-todas las diabluras de ayer?
-
---De ayer, sí.
-
---Mirad, pues, cómo sabéis las novedades. Bien decía yo, que estando
-aquí siempre de guardia para acechar á los que pasan...
-
---Pero hoy, hoy, ¿qué ha ocurrido?
-
---¡Ah! ¿hoy? ¿no sabéis nada hoy?
-
---Nada absolutamente; no ha pasado nadie.
-
---Pues dejadme remojar los labios, y después os explicaré las cosas de
-hoy: veréis.
-
-Llenó el vaso, lo cogió con una mano, luego con los dos primeros de la
-otra, levantó los bigotes, se alisó la barba, bebió, y repuso: Hoy, mis
-queridos amigos, poco ha faltado que no haya sido un día tan turbulento
-como el de ayer, ó todavía peor; y casi me parece no ser verdad el
-estar aquí hablando con vosotros; porque había ya abandonado toda idea
-de viaje, con el único fin, de permanecer guardando mi pobre tienda.
-
---¿Qué diablo había? dijo uno de los oyentes.
-
---Justamente el diablo; veréis: y trinchando la carne que se le
-había puesto delante, y después comiendo, continuó su narración. Los
-circunstantes de pie á un lado y otro de la mesa, le estaban escuchando
-con la boca abierta. Renzo en su sitio, sin que pareciese hacer caso,
-permanecía atento, acaso más que todos, mascando poco á poco los
-últimos bocados.
-
---Esta mañana, pues, los bribones que ayer movieron aquel tremendo
-alboroto, se hallaron en los sitios convenidos (estaban ya de
-inteligencia, y lo tenían todo preparado de antemano): se reunieron,
-y empezaron el bonito cuadro de ir corriendo de calle en calle, dando
-gritos, para juntar á la demás gente del pueblo. Podía compararse
-aquello, como cuando se barre la casa (con respeto hablando), que
-cuanto más se avanza mucho más se aumenta el montón de inmundicia.
-Cuando les pareció que había suficiente gente, se dirigieron á la casa
-del señor vicario de la provisión. ¡Como si no bastaran las atrocidades
-que le hicieron ayer! ¡á un señor de su clase! ¡malvados! ¡Y las
-injurias que vomitaban contra él! Todo era inventado, por supuesto; él
-es un buen señor, puntual: yo puedo decirlo, que sé todo lo de la casa,
-y le proveo de tela para la librea de su servidumbre. Se encaminaron,
-pues, á dicha casa: ¡era preciso ver qué canalla! ¡qué fachas! Figuraos
-que han pasado por delante de mi tienda: tenían tales caras, que... los
-judíos del _Viacrucis_ no servían para descalzarlos. ¡Y las blasfemias
-que salían de aquellas bocas! era cosa de taparse los oídos si no
-hubiese sido porque no tenía cuenta el darse á conocer. Iban, pues, con
-la buena intención de saquear; pero... Y aquí levantando y extendiendo
-la mano izquierda, colocó el extremo del pulgar en la punta de la nariz.
-
---¿Pero?... dijeron casi todos los oyentes.
-
---Pero, continuó el comerciante, se encontraron con la calle cerrada
-con vigas y carros, y detrás de esta barricada, una magnífica hilera de
-migueletes, con los arcabuces preparados para recibirlos. Cuando vieron
-aquel bello aparato... ¿qué hubierais hecho vosotros?
-
---Volver atrás.
-
---Seguramente; así lo hicieron. Pero, ¡ved si no era el demonio
-el que los conducía! Están en el Cordusio; ven el horno que ayer
-habían querido saquear, ¿y qué se hacía dentro de aquella tienda? Se
-distribuía el pan á los compradores. Había allí caballeros, la flor de
-los caballeros, que vigilaban para que todo fuese con orden. Aquéllos
-(como iba diciendo, tenían el diablo en el cuerpo, y éste era el que
-los azuzaba), aquéllos entraron como desesperados; pilla tú, que yo
-también pillaré: en un abrir y cerrar de ojos, caballeros, panaderos,
-compradores, panes, bancos, mostrador, cajones, sacos, cedazos,
-salvado, harina, pasta, todo está revuelto de arriba abajo.
-
---¿Y los migueletes?
-
---Los migueletes tenían que guardar la casa del vicario: no se puede
-al mismo tiempo repicar y andar en la procesión. Repito que fué en un
-abrir y cerrar de ojos: coge, coge; todo lo que había que tomar fué
-llevado. Después se pensó en reproducir la misma diversión de ayer;
-esto es, el conducir lo restante á la plaza y hacer una hoguera. Ya
-empezaban los bribones á sacarlo todo de la casa, cuando uno más infame
-que los demás... ¡Adivinad la proposición que salió de su caletre!
-
---¿Qué fué?
-
---Hacer un gran montón de todo, en la tienda, y pegarle fuego
-juntamente con la casa.
-
---¿Y lo han verificado?
-
---Esperad: un buen hombre del vecindario ha tenido una inspiración
-del cielo. Sube á las habitaciones, busca un Crucifijo, lo encuentra,
-lo coloca en una ventana, toma de la cabecera de un lecho dos velas
-benditas, las enciende, y las pone á ambos lados de dicho Crucifijo.
-La gente levanta la vista. En Milán, es preciso decirlo, se conserva
-todavía un poco de temor de Dios: todos vuelven en sí; quiero decir,
-la mayor parte. Había diablos que por robar hubieran pegado fuego aun
-al mismo paraíso; pero viendo que la multitud no era de su parecer,
-han sido obligados á ceder y estarse quietos. ¡Acertad ahora lo que
-sucede de improviso! Todos los canónigos de la catedral en procesión,
-con la cruz, en traje de oro, y monseñor Manzeta, arcipreste, empezó á
-predicar por un lado, y monseñor Settala, penitenciario, por otro, y
-después otros por aquí y por allí. Pero, ¡buenas gentes! ¿qué queréis
-hacer? ¿Es este el ejemplo que dais á vuestros hijos? Volveos á casa;
-¿no sabéis que el pan se ha puesto barato más que antes? Pero, id á
-verlo, que el aviso está fijado en las esquinas.
-
---¿Era verdad?
-
---¡Diablo! ¿Queréis que los señores canónigos fuesen de gran capa á
-decir mentiras?
-
---¿Y qué hizo el pueblo?
-
---Fueron yéndose poco á poco; corrieron á las esquinas; y el que sabía
-leer, allí precisamente se encontraba la _meta_. Atended un momento: un
-pan de ocho onzas por un sueldo.
-
---¡Qué dicha!
-
---Es una buena viña, con tal que dure. ¿Sabéis cuánta harina se ha
-desperdiciado entre ayer y esta mañana? La suficiente para mantener
-todo el ducado por espacio de dos meses.
-
---¿Y para fuera de Milán, no han hecho alguna buena ley?
-
---Lo que se ha hecho en Milán no es más que con respecto á la ciudad.
-No sé qué deciros; para vosotros, será lo que Dios quiera. Por sí ó por
-no, los alborotos se han concluido. No os lo he dicho todo; ahora viene
-lo bueno.
-
---¿Hay algo mas todavía?
-
---Hay que ayer noche, ó esta mañana, han sido presos muchos, y de
-pronto se ha sabido que los jefes serán ajusticiados. Apenas han
-empezado á esparcirse estas voces, cuando de repente cada uno se ha
-encaminado á su morada por el camino más corto, por no arriesgarse á
-ser del número. Milán, cuando yo he salido, se asemejaba á un convento
-de frailes.
-
---Pero, ¿los ajusticiarán de veras?
-
---Indudablemente; y muy pronto, respondió el comerciante.
-
---Y el pueblo, ¿qué hará? volvió á decir el que había hecho la anterior
-pregunta.
-
---¿El pueblo? irá á verlos, dijo el comerciante. Tenían tantos deseos
-de ver morir á un cristiano al aire libre, que querían ¡bribones!
-ejecutar esta diversión con el señor vicario de la provisión. En
-cambio tendrán cuatro pícaros, servidos con todas las formalidades,
-acompañados por capuchinos y por cofrades de la buena muerte; es
-gente que lo ha merecido. Mirad, es una buena providencia; era una
-cosa indispensable. Empezaban ya á coger el vicio de entrar en las
-tiendas y hacerse servir sin meter la mano en el bolsillo: si se les
-hubiese dejado hacer, después del pan hubiera venido el vino, y así,
-de una cosa en otra... Juzgad si ellos querrían abandonar voluntaria y
-espontáneamente una costumbre tan cómoda; y sólo sabré deciros que para
-una persona honrada que tiene tienda abierta, era una idea muy poco
-satisfactoria.
-
---Es cierto, dijo uno de los circunstantes.--Es cierto, repitieron los
-demás en coro.
-
---Y, continuó el comerciante limpiándose la barba con los manteles, la
-trama es larga; ¿sabéis que había una liga?
-
---¡Una liga!
-
---Una liga: cábalas todas urdidas por los navarros, por ese cardenal de
-Francia, que tiene un nombre medio turco; ya sabéis quién quiero decir,
-el que todos los días piensa una cosa nueva para hacer algún desprecio
-á la corona de España. Pero sobre todo, sus tiros tienden siempre á
-Milán; porque el muy bellaco, sabe bien que aquí está la fuerza del rey.
-
---¡Vamos!
-
---¿Queréis una prueba? Los que han metido más alboroto en Milán eran
-forasteros; andaban recorriendo las calles ciertas caras que jamás se
-habían visto. También olvidaba deciros una cosa que se me ha dado por
-cierta: la justicia había atrapado á uno en una hostería.
-
-Cuando se tocó esta cuerda, Renzo, que no perdía una sílaba de aquella
-conversación, se sintió sobrecogido de miedo, y dió un pequeño salto
-en su asiento antes de que pudiese pensar en contenerse. Nadie, sin
-embargo, se apercibió de ello; y el orador, sin interrumpir el hilo de
-su narración, continuó: Aún no se sabía de dónde venía, por quién era
-enviado, ni qué casta de hombre podía ser; pero lo cierto es que era
-uno de los jefes. Ya ayer, en lo más fuerte de la bacanal, había hecho
-varias diabluras; y después, no contento todavía, se había puesto á
-perorar y á proponer, así una pequeña gracia, el asesinar á todos los
-señores. ¡Infame! ¿Quién mantendría á los pobres si los señores fuesen
-todos asesinados? La justicia que lo había espiado, le echó las manos
-encima; le encontraron un paquete de cartas, y lo conducían á la jaula;
-¡pero qué! sus compañeros, que rondaban por las inmediaciones de la
-hostería, acudieron en gran número y salvaron al bribón.
-
---¿Y qué ha sido de él?
-
---No se sabe; se habrá escapado ó estará oculto en Milán: ésa es
-gente que no tiene casa ni hogar, y encuentran por todas partes
-donde alojarse y esconderse, mientras que el diablo puede y quiere
-ayudarles; mas luego, cuando menos se lo piensan, se meten en el lazo;
-porque en el momento que la pera está madura, es indispensable que
-salga. Por ahora se sabe de seguro, que las cartas han quedado en
-poder de la justicia, y que toda la cábala está descrita en ellas,
-diciéndose que hay por medio mucha gente comprometida. Peor para
-ellos, que han arruinado medio Milán, y aún no tenían bastante. Dicen
-que los panaderos son unos bribones: ya lo sé yo también; pero es
-necesario ahorcarlos, previa disposición judicial. Hay grano oculto,
-¿quién lo ignora? Pero á los que mandan corresponde tener buenos
-espías, é ir á desenterrarlo, y mandar á hacer cabriolas en el aire á
-los monopolistas, en compañía de los panaderos; y si los gobernantes
-no hacen nada, á la ciudad corresponde el reclamar, y si no dan oídos
-á la primera vez, es preciso recurrir otra segunda, pues á fuerza de
-reclamar se acaba por obtener; y no valerse de medios tan infames, como
-son el entrar en las tiendas y almacenes á robar á mansalva.
-
-Lo poco que Renzo había comido se le convirtió en veneno. Hubiera
-querido estar mil millas lejos de aquella hostería, de aquel pueblo; y
-más de diez veces se había dicho á sí mismo: vámonos, vámonos. Pero el
-temor de infundir sospechas se aumentó considerablemente, y tiranizó
-de tal modo sus pensamientos, que lo tenía como clavado en su asiento.
-En semejante perplejidad, pensó que el charlatán debía al fin concluir
-de hablar de él, resolviendo en su interior el levantarse apenas oyese
-entablar cualquiera otra conversación.
-
---Por esto es, dijo uno de la reunión, por lo que yo, que sé cómo van
-esta especie de cosas, y que los hombres honrados no están bien en los
-alborotos, no me he dejado vencer por la curiosidad, y he permanecido
-en mi casa.
-
---¿Y yo, me he movido? dijo otro.
-
---Yo, añadió un tercero, si por casualidad me hubiese hallado en Milán,
-hubiera dejado sin acabar cualquier negocio que fuese, y me habría
-vuelto prontamente á casa. Tengo mujer é hijos; y luego, digo la
-verdad, no me gustan los alborotos.
-
-Á esto, el posadero, que también se había puesto á escuchar, se dirigió
-al otro extremo de la mesa, para ver lo que hacía el forastero. Renzo,
-aprovechando la ocasión, llamó al patrón por señas, pidió la cuenta, la
-pagó sin regatear, aunque los fondos estaban en decadencia, y sin más,
-se encaminó directamente hacia la puerta, pasó el umbral, y poniéndose
-en manos de la Providencia, se dirigió del lado opuesto del cual había
-venido.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO
-
-
-Basta con frecuencia un deseo, para no dejar tranquilo á un hombre;
-¡juzgad pues, dos á la vez, el uno contrario al otro! El infeliz
-Renzo tenía desde algunas horas antes dos semejantes en su interior,
-según ya sabemos; esto es, el deseo de correr y el de estar oculto.
-Las terribles palabras del comerciante le habían hecho crecer ambos
-á un tiempo. ¡Conque su aventura había hecho tanto ruido! ¡querían
-apoderarse de él á todo evento! ¡Quién sabe cuántos esbirros se
-habrán puesto en campaña para darle caza! ¡cuántas órdenes habrán
-sido expedidas para vigilar las poblaciones, las posadas y caminos!
-Si bien pensaba por último que los esbirros que lo conocían eran
-sólo dos, y que el nombre no lo llevaba escrito en la frente; sin
-embargo, su imaginación volvía á recordar ciertas narraciones que
-había oído de fugitivos cogidos y descubiertos por medio de extrañas
-combinaciones, reconocidos en el modo de andar, en su aire sospechoso,
-y otras señales impensadas. Todo le hacía sombra. Aunque en el momento
-que salía de Gorgonzola era el toque de oraciones, y las tinieblas
-siempre crecientes disminuían los peligros, esto no obstante, tomó á su
-pesar el camino real, y se propuso entrar en la primera senda que le
-pareciese conducir hacia el lado adonde deseaba llegar con tanto afán.
-Al principio encontró algunos viajeros; pero estando llena su fantasía
-de tristes aprehensiones, no tuvo el valor suficiente para acercarse
-á preguntar el camino á cualquiera de ellos. El posadero ha dicho que
-hay seis millas, pensaba: si hay ocho ó diez caminando por senderos,
-las piernas que han hecho las demás harán también éstas. Hacia Milán
-de seguro no voy, pues me encamino con dirección al Adda: andando,
-andando, llegaré tarde ó temprano: el Adda tiene buena voz; y cuando
-esté cerca, no hay necesidad de que me lo enseñen: si hay alguna barca
-para poderlo pasar, lo pasaré en seguida; si no, me detendré hasta la
-mañana en un campo descansando sobre la yerba, como el gorrión: vale
-más dormir sobre la yerba que en una cárcel.
-
-Poco después divisó á su izquierda un pequeño camino de travesía,
-y entró en él. Entonces, si hubiese topado con alguno, no hubiera
-gastado tantas ceremonias para hacerse enseñar el camino; mas no se
-sentía alma viviente. Andaba, pues, por donde el camino lo conducía, y
-pensaba:
-
-“¡Yo hacer diabluras! ¡yo asesinar á todos los señores! ¡Un paquete
-de cartas, yo! ¡Mis compañeros que me estaban guardando las espaldas!
-Pagaría cualquiera cosa de encontrarme cara á cara con ese comerciante
-al otro lado del Adda (¡ah, cuándo habré pasado ese bendito Adda!)
-detenerle, y preguntarle con política, en dónde había pescado tantas
-y tan frescas noticias. Sabed ahora, mi querido señor, que la cosa ha
-tenido lugar de este y de este modo: que las diabluras que he hecho,
-han sido prestar auxilio á Ferrer, como si fuera un hermano mío; tened
-entendido, que los bribones, que á vuestro parecer eran mis amigos, en
-cierto momento me han querido hacer una mala partida, porque he hablado
-como buen cristiano; sabed que mientras vos estabais guardando vuestra
-tienda, yo me dejaba romper las costillas para salvar á vuestro señor
-vicario de la provisión, á quien jamás había visto ni conocido. Podéis
-esperar á que me mueva otra vez para socorrer á los señores...
-
-“Es verdad que es preciso hacerlo en conciencia, porque ellos componen
-también el prójimo. Y ese gran paquete de cartas, en donde estaba toda
-la cábala que ha caído en poder de la justicia, según vos sabéis de
-cierto, veréis cómo lo hago comparecer aquí, sin auxilio del diablo.
-¿Tenéis curiosidad de verlo? Helo aquí... ¡Es una sola carta!... Sí
-señor, una sola carta; y esta carta, si queréis saberlo, la ha escrito
-un religioso que puede enseñaros la doctrina, y daros lecciones de
-todo; un religioso que, sin haceros injuria, vale más un pelo de su
-barba que toda la vuestra; y esta carta la ha escrito, como veis,
-á otro religioso, que es también un sujeto... ¡Ved ahora quiénes
-son los bribones mis amigos! Otra vez sed más mesurado para hablar,
-principalmente cuando se trata del prójimo”.
-
-Mas después de algún tiempo, estos pensamientos y otros semejantes,
-cesaron enteramente; las circunstancias presentes ocupaban todas las
-facultades del pobre viajero. El temor de ser perseguido ó descubierto,
-que había amargado tanto su viaje, durante el día, no le daba ya
-cuidado; ¡pero qué de cosas se lo volvían mucho más enojoso! Las
-tinieblas, la soledad, el cansancio siempre creciente y más penoso.
-Soplaba un viento frío, uniforme, penetrante, que debía hacer un flaco
-servicio al que se hallaba aún con los mismos vestidos que se había
-puesto para ir en cuatro brincos á las bodas, y volver en seguida
-triunfante á su casa; y lo que hacía el caso aún más grave, era el
-caminar á la ventura, y buscar, sin saber dónde, algún lugar de reposo
-y de seguridad.
-
-Cuando llegaba á atravesar alguna población, andaba muy despacio,
-mirando, sin embargo, si había alguna puerta abierta todavía; mas no
-vió otra señal de gente que estuviese despierta, que una que otra
-luz, al través del encerado de alguna ventana. En el camino fuera
-de poblado, se paraba de cuando en cuando, escuchaba atentamente
-para ver si oía el murmullo del bendito Adda, pero en vano. Lo único
-que percibía era el aullido de perros, que partía de alguna cabaña
-solitaria, vagando por el espacio, y yéndose á perder aflictivo y
-amenazador á la vez. Al acercarse, el aullido se convertía en un ladrar
-terrible y furioso: al pasar por delante la puerta, sentía, veía casi
-al animal, con el hocico pegado á una pequeña abertura de dicha puerta,
-y redoblar los ladridos, circunstancia que le quitaba la tentación de
-llamar y de pedir un abrigo. Quizá, aun, sin el miedo á los perros,
-tampoco se hubiera resuelto. “¿Quién es? pensaba; ¿qué queréis á estas
-horas? ¿cómo habéis llegado aquí? Daos á conocer. ¿No hay por ventura
-posadas donde alojarse?”. He aquí, si llamo, la mejor respuesta que me
-darán, en caso de que no halle algún medroso que no duerma, y al fin y
-al cabo se ponga á gritar ¡socorro! ¡ladrones! Es indispensable tener
-de pronto una respuesta categórica que dar; y ¿qué he de responder
-yo? El que oye ruido de noche, no le viene á la imaginación más que
-ladrones, gente de mal vivir, y asechanzas; no se calcula que un
-hombre honrado puede encontrarse de noche en un camino, si éste no es
-un caballero que va en carruaje. Hechas las anteriores reflexiones,
-reservaba semejante partido para un caso extremo de necesidad, y seguía
-adelante, con la esperanza á lo menos de descubrir el Adda, si no podía
-pasarlo aquella misma noche, y en la firme resolución de no llegar al
-día claro sin lograr su objeto.
-
-Caminando, llegó á un paraje donde la campiña cultivada iba á morir en
-un arenal, cubierto de helechos y débiles arbolitos. Esto le pareció,
-si no un indicio, á lo menos cierta consecuencia de un río inmediato, y
-se introdujo en él, siguiendo un sendero que lo atravesaba. Cuando hubo
-dado algunos pasos, se paró á escuchar; pero aún en vano. Lo selvático
-de aquel sitio, el no haber siquiera un moral, ni una vid, ni otras
-señales de cultivo humano, que antes parecía que le hacían compañía,
-iban aumentando el fastidio del viaje. Sin embargo, siguió adelante; y
-así como en su imaginación empezaban á presentársele ciertas imágenes,
-ciertas apariciones, vanos restos de narraciones é historias que había
-oído contar siendo niño, así también para rechazarlas ó apaciguarlas
-recitaba, á medida que iba andando, varias oraciones por las almas de
-los finados.
-
-Poco á poco fué encontrando arbustos más altos, ciruelos, encinas
-enanas. Siguiendo adelante, y alargando el paso, con más impaciencia
-que deseo, empezó á descubrir entre la maleza algunos árboles
-esparcidos; y avanzando siempre por el mismo sendero, llegó á un
-espeso bosque. Experimentaba cierta repugnancia á entrar en él; pero
-la venció, y aunque de mala gana, continuó avanzando. Cuanto más se
-internaba, tanto más crecía su repugnancia; todo le fastidiaba. Los
-árboles que veía en lontananza se le representaban á manera de figuras
-extrañas, deformes, monstruosas; la sombra de las copas ligeramente
-agitadas que se veían mover sobre el sendero iluminado por la luna, le
-disgustaba; el mismo crujir de las hojas secas que aplastaba ó movía
-al andar, tenía para su oído un cierto no sé qué de siniestro. Las
-piernas experimentaban una especie de frenesí, un impulso de correr,
-y al mismo tiempo parecía que abrumadas por el cansancio se negasen á
-sostener la persona. Percibía la nocturna brisa, que á cada momento más
-fría y maligna azotaba su frente y mejillas: la sentía correr entre
-los vestidos y la carne arreciándola, y penetrar hasta los huesos
-quebrantados por el cansancio, apagando los últimos restos de su vigor.
-Hubo un momento en que aquel fastidio, aquel horror indefinible,
-contra los cuales su razón combatía hacía algún tiempo, parecieron de
-repente vencerlo. Estaba á punto de perder la cabeza; pero asustado
-más bien de su propio terror que no de cualquier otra cosa, llamó en
-su ayuda á su antiguo valor y arrojo. Así, tranquilizado un instante
-se detuvo con objeto de deliberar. Resolvió salir en seguida de aquel
-paraje por el camino que ya había andado, ir directamente al último
-pueblo por el cual había pasado, volver á gozar de la compañía de los
-hombres, y buscar un asilo aun en la misma posada. Al pararse, las
-hojas secas dejaron de crujir bajo sus pies; y estando todo silencioso
-á su alrededor, empezó á sentir cierto rumorcillo, cierto murmullo; era
-el susurro de agua corriente. Escucha; no hay duda, exclama: ¡es el
-Adda! Se hubiera dicho que había vuelto á encontrar á un amigo, á un
-libertador. El cansancio casi desapareció, su pecho volvió á latir, la
-sangre comenzó á circular vigorosa y libremente por todas sus venas;
-sintió renacer la confianza en sus ideas y desvanecerse en gran parte
-aquella turbación y vaga inquietud, aquellos temores de los cuales era
-presa su alma. En su consecuencia no vaciló en internarse más en el
-bosque en busca de aquel amistoso murmullo.
-
-Á los pocos momentos llegó á la extremidad de la llanura, á orillas de
-una extensa ribera, viendo al través de la maleza que por todas partes
-la cubría, brillar y correr el agua. Extiende más la vista y descubre
-la vasta llanura de la ribera opuesta, sembrada de aldeas; un poco
-más allá, multitud de colinas, sobre una de las cuales divisa una
-gran mancha blanquecina, en la que cree distinguir una ciudad, Bérgamo
-seguramente. Da algunos pasos por la pendiente, separando con manos y
-brazos la maleza, con el objeto de ver si se mueve en el lago algún
-barquichuelo ó siente ruido de remos; mas nada ve, nada siente. Si
-hubiese llegado á ser otro río que no fuese el de Adda, Renzo habría
-bajado entonces á tentar el vado; pero sabía muy bien que el Adda no se
-podía tratar con tanta confianza.
-
-Por lo tanto, se puso á consultar entre sí, con mucha sangre fría,
-el partido que debería tomar. Recostarse en la yerba y permanecer
-aguardando la aurora, acaso seis horas que aún podía tardar en
-aparecer, con un viento tan frío, con la escarcha, vestido tan á la
-ligera, era cosa de quedarse arrecido. Dar paseos arriba y abajo todo
-aquel tiempo, además de haber sido una ayuda muy poco eficaz contra
-el rigor del sereno, era exigir demasiado de aquellas pobres piernas,
-que habían hecho ya más de lo que debían. Mas de pronto recordó haber
-visto en uno de los campos más próximos al arenal, una de esas chozas
-construidas de troncos y ramas, y cubiertas de tierra por la parte
-exterior, en las cuales los labradores del Milanesado acostumbran en
-el verano depositar la recolección y refugiarse para guardarla: en
-las demás estaciones, están abandonadas. La escogió, pues, para su
-albergue; pasó de nuevo el sendero, atravesó el bosque, los matorrales,
-el arenal, y se dirigió hacia la choza. Había una carcomida y medio
-desquiciada puerta, sin llave ni cadena; Renzo la abre y entra; ve
-suspendido en el aire, y sostenido por gruesas ramas, un cañizo á
-manera de hamaca, mas no cuida de subir á él. Divisó en el suelo un
-poco de paja, y piensa que en ella no dejaría de saborear las dulzuras
-del sueño.
-
-Antes de echarse sobre aquel lecho que la Providencia le había
-deparado, se arrodilló para darle gracias por dicho beneficio y por
-toda la asistencia que había recibido en aquel terrible día. En seguida
-rezó sus acostumbradas oraciones, y terminadas pidió perdón á Dios
-de no haberlas dicho la noche anterior; ó para repetir sus mismas
-expresiones, el haberse ido á dormir como un perro, y todavía peor. Por
-esto es, añadió para sí, apoyando las manos sobre la paja y tendiéndose
-á la larga; por esto, me ha caído en suerte esta mañana tan bella
-manera de despertar. Después recogió toda la paja que quedaba en torno
-suyo, colocóla encima de su cuerpo, haciendo del mejor que pudo una
-especie de cobertor para templar el frío, que aun allí dentro se dejaba
-sentir bastante, y se acurrucó debajo, con intención de echar un buen
-sueño, pareciéndole que le había costado más caro de lo regular el
-conseguirlo.
-
-Apenas hubo cerrado los ojos, empezaron en su memoria ó en su
-imaginación (el lugar preciso no sabré indicarlo), empezaron,
-repito, á ir y venir las imágenes de tantas gentes, tan tumultuosa é
-incesantemente, que adiós, el sueño desapareció. Veía el notario, los
-esbirros, el espadero, el posadero, Ferrer, el vicario, la reunión de
-la hostería; en seguida las turbas que recorrían las calles, luego D.
-Abundio, después D. Rodrigo, gentes todas con las cuales había tenido
-Renzo que hacer.
-
-Tres solas imágenes se presentaban no acompañadas de memoria
-alguna amarga, limpias de toda sospecha, enteramente amables; y
-dos principalmente, á la verdad muy distintas, pero estrechamente
-ligadas al corazón del joven, á saber: una trenza de negros cabellos,
-y una barba blanca. Mas á pesar del consuelo que experimentaba al
-detener su pensamiento sobre dichas imágenes, distaba mucho de ser
-puro y tranquilo. Pensando en el buen fraile, sentía con más viveza
-la vergüenza de sus propias calaveradas, de su torpe intemperancia,
-del poco caso que había hecho de los paternales consejos de aquél,
-y ¡contemplando la imagen de Lucía! no podemos decir todo lo que
-experimentaba: el lector sabe las circunstancias; por consiguiente,
-dejamos que se lo imagine á su voluntad. ¡Y la pobre Inés, cómo
-hubiera podido olvidarla! Inés, que lo había elegido, que lo
-consideraba como si no compusiesen más que una sola persona él y su
-hija; que antes de recibir de Renzo el nombre de madre, había tomado
-el lenguaje, el corazón, y demostrado con hechos su tierna solicitud.
-Pero que la infeliz mujer se encontrase al presente echada de su casa,
-fugitiva, incierta acerca del porvenir; que no hallase más que penas y
-aflicciones en donde había esperado encontrar la tranquilidad y alegría
-en sus últimos días, y que su benevolencia y generosas intenciones
-habían sido la única causa de todo; he aquí el más agudo y punzante de
-los dolores que existía en el corazón de nuestro joven. ¡Qué noche,
-pobre Renzo! ¡Y ésta que debía ser la quinta de sus bodas! ¡Qué cámara,
-qué lecho nupcial! ¡y luego qué jornada! ¡Y para llegar á aquel
-mañana, qué serie de días! “Sea lo que Dios quiera, respondía á los
-pensamientos que más le apesadumbraban; sea lo que Dios quiera: él sabe
-lo que hace y vela siempre por nosotros: váyase todo en cuenta de mis
-pecados. ¡Lucía es tan buena! ¡no querrá hacerla sufrir por espacio de
-mucho tiempo!”.
-
-En medio de tales meditaciones, desesperando de poder conciliar el
-sueño, y dejándose sentir el frío cada vez más, hasta el punto de
-hacer tiritar todo su cuerpo y castañetear los dientes, suspiraba por
-la venida del día, y medía con impaciencia el lento correr de las
-horas. Digo que las medía, porque á cada media hora oía en aquel vasto
-silencio las campanadas de un reloj: probablemente sería el de Trezzo.
-La primera vez que hirió sus oídos tan inesperado ruido, sin que
-pudiese tener idea alguna de su origen, sintió una sensación misteriosa
-y solemne, como el aviso que viniese de una persona invisible, con voz
-desconocida.
-
-Por último, cuando la campana hubo dado once golpes[16], que era la
-hora dispuesta por Renzo para levantarse, se incorporó medio aterido,
-se arrodilló y rezó con más fervor que de costumbre las oraciones de
-la mañana, se puso en pie, se esperezó, sacudió todos sus miembros con
-el objeto de darles su ordinaria elasticidad, porque parecía que cada
-uno obraba por sí solo; se sopló una mano, después la otra, se las
-restregó, y abrió la puerta de la choza. Lo primero que hizo fué echar
-una ojeada á un lado y á otro para ver si había alguien. No divisando á
-nadie, buscó con la vista el sendero que anteriormente había recorrido;
-lo reconoció en seguida y se encaminó á él.
-
-La atmósfera anunciaba un hermoso día; la luna en su menguante,
-pálida y sin rayos, brillaba con todo en el inmenso espacio de un
-cielo ceniciento y azul, que poco á poco hacia el Oriente iba
-desvaneciéndose ligeramente en una rosada tinta. Más lejos, tocando con
-el horizonte, se extendían en largas fajas desiguales algunas nubes más
-bien azuladas que oscuras, de las cuales las últimas estaban orladas
-de una banda como de fuego, que por momentos se volvía más viva y
-resplandeciente. Al Mediodía, otro grupo de nubes, ligeras y aéreas,
-por decirlo así, iban tiñéndose de mil colores sin nombre. Aquél era el
-cielo de Lombardía, tan hermoso cuando está despejado, tan esplendente
-cuando está pacífico. Si Renzo se hubiese hallado en aquel paraje por
-su gusto, ciertamente se hubiera detenido á contemplar aquella alborada
-tan diferente de las que tenía costumbre de ver en sus montañas; mas al
-presente sólo atendía á su camino, andando á buen paso, para entrar en
-calor y llegar más pronto. Pasa los campos, el arenal, los matorrales;
-atraviesa el bosque, mirando á todos lados, riendo y avergonzándose
-al mismo tiempo del terror que había experimentado pocas horas antes.
-Llega por último á la margen del río, tiende la vista á lo lejos, y
-al través de la maleza descubre una barquilla de pescador que viene
-deslizándose lentamente contra la corriente, rozándose casi con la
-orilla. Baja en seguida por el camino más corto por entre las zarzas y
-espinos, y desde la citada orilla llama á media voz al pescador, con
-la intención de manifestar que pedía un servicio de poca importancia;
-pero sin apercibirse de que lo hacía con voz medio suplicante, le hizo
-señas para que se aproximase. El pescador lanza una ojeada á lo largo
-de la ribera, mira atentamente el agua que viene, se vuelve á mirar á
-su espalda el agua que va, dirige en seguida la proa hacia Renzo, y
-atraca. Éste, que permanecía en la misma orilla, casi tocando el agua
-con los pies, se afirma á la proa del batel, salta dentro, y dice:
-“¿Me haréis el favor, pagando por supuesto, de trasladarme á la orilla
-opuesta?”. El pescador lo había adivinado, y ya volvía la proa hacia
-aquel lado. Viendo Renzo otro remo en el fondo de la barquilla, se
-inclina y lo coge.
-
---Despacio, despacio, dijo el barquero; pero al ver luego con qué
-maestría el joven había empuñado el remo, y se disponía á manejarlo:
-¡ah, ah! repuso, ¿sabéis el oficio?
-
---Un poquito, contestó Renzo; y se puso á remar con un vigor y una
-destreza que no eran de un aficionado. Sin descansar un instante,
-lanzaba de cuando en cuando una sombría mirada á la orilla de la cual
-se alejaba, y otra con impaciencia sobre la que se dirigía, y se
-desesperaba de no poder ir por el camino más corto; pues la corriente
-era en aquel paraje demasiado rápida para cortarla en línea recta,
-y la barca, ora siguiendo dicha corriente, debía hacer una travesía
-diagonal. Como acontece en todos los asuntos un poco embrollados, que
-las dificultades en un principio se presentan en masa, y después
-aparecen minuciosamente; Renzo, ahora que casi había pasado, por
-decirlo así, el Adda, le fastidiaba el no saber de positivo si el río
-en aquel sitio servía de límites á los dos estados, ó si superado dicho
-obstáculo, le quedaría algún otro que vencer. Por lo tanto, llamando
-al pescador y señalándole por medio de un movimiento de cabeza la
-señal blanquecina que había visto la noche anterior, y que entonces se
-divisaba con más claridad, dijo: “¿Es Bérgamo aquel pueblo?”.
-
---La ciudad de Bérgamo, replicó el pescador.
-
---¿Y esa ribera, es de su territorio?
-
---No, que es del de S. Marcos.
-
---¡Viva S. Marcos! exclamó Renzo. El pescador nada dijo.
-
-Tocan, finalmente, á la orilla tan deseada; Renzo se precipita á
-ella; da gracias á Dios desde el fondo de su corazón, y después
-se las manifiesta al barquero; mete la mano en el bolsillo, saca
-una _berlinga_, que atendidas las circunstancias, no fué poco
-desprendimiento, y se la entrega al buen hombre, el cual, después de
-haber echado una ojeada á la ribera milanesa y á toda la extensión
-del lago, alarga la mano, recibe el regalo que se le hace, lo guarda;
-luego aprieta los labios, forma con el índice y el pulgar una cruz, y
-acompañando dicho gesto con una mirada expresiva dice: “buen viaje”, y
-se vuelve por donde había venido.
-
-Para que el lector no se maraville demasiado de la tan pronta y
-discreta cortesanía del pescador, debemos advertirle, que el tal
-individuo, requerido con frecuencia, para semejantes servicios por
-contrabandistas y bandidos, estaba acostumbrado á prestarlos, no
-tanto por el motivo de una escasa, é incierta ganancia que le pudiese
-sobrevenir, cuanto por no crearse enemigos entre aquella clase de
-gentes. Prestaba dichos servicios, repito, siempre que estaba seguro de
-no ser visto por los guardas, esbirros y espías. Así, sin querer más á
-los primeros que á los segundos, procuraba tenerlos contentos á todos,
-con esa imparcialidad que es la dote ordinaria del que se ve precisado
-á tratar con unos, y está sujeto á dar cuenta de sus acciones á otros.
-
-Renzo se detuvo un momento sobre la ribera, con el objeto de contemplar
-la opuesta, aquella tierra que poco antes abrasaba bajo sus pies.
-“¡Ah, he aquí que ya estoy fuera!”, tal fué su primer pensamiento.
-“¡Permanece ahí, maldito país!”, fué el segundo, el adiós á su patria;
-mas el tercero fué el recordar á los qué dejaba en él. Entonces cruzó
-los brazos sobre el pecho, arrojó un suspiro, fijó la vista sobre el
-agua que corría á sus pies. “¡Ella ha pasado por debajo del puente!”
-pensó: así, según el uso de sus compatriotas, llamaba por antonomasia
-el puente de Lecco. “¡Ah, pícaro mundo! Basta; sea lo que Dios quiera”.
-
-Volvió las espaldas á tan tristes objetos, y se puso en marcha, tomando
-por punto de vista la mancha blanquecina que se hallaba sobre el
-declive de la montaña, hasta que encontrase alguno para hacerse enseñar
-el verdadero camino. Era necesario ver con qué desembarazo se acercaba
-á los viajeros, y cómo sin rodeos ni ambages pronunciaba el hombre del
-pueblo en donde vivía su primo. Por el primero á quien se dirigió, supo
-que todavía le faltaban nueve millas para llegar.
-
-El viaje no fué tranquilo. Sin hablar de los disgustos que acompañaban
-á Renzo, los objetos dolorosos que se le presentaban contribuían á
-aumentar más y más su aflicción. Demasiado reconocía que en el país, en
-el cual entraba, hallaría la misma penuria que había dejado en el suyo.
-En todo el camino, y más aún en los campos y aldeas, encontraba á cada
-paso mendigos, que no lo eran de oficio, y que manifestaban más bien la
-miseria en el semblante que en el traje. Eran labradores montañeses,
-artesanos, familias enteras: percibíase un ruido sordo, mezclado de
-súplicas, lamentos y gemidos. Semejante espectáculo, además de la
-compasión y melancolía que le causaba, le hacía pensar en sus propios
-asuntos.
-
-“¡Quién sabe! se decía sumamente pensativo, si encontraré qué hacer; si
-habrá trabajo como los años anteriores. ¡Bah! Bartolo me quería mucho:
-es un excelente muchacho; ha ganado bastante dinero; me ha invitado
-infinitas veces; por consiguiente, no me abandonará. Y después, la
-Providencia me ha socorrido hasta ahora, y me socorrerá también en lo
-sucesivo”.
-
-En el ínterin, se le había despertado el apetito, y á medida que
-trascurría tiempo, se aumentaba cada vez más; pues aunque Renzo, cuando
-empezó á sentirlo, calculase que podía resistir sin grande incomodidad
-las dos ó tres millas que le faltaban, pensó por otro lado que no sería
-regular el presentarse á su primo, como un hambriento pordiosero, y
-decirle por primer saludo: “dame de comer”. Sacó del bolsillo todas sus
-riquezas, las deslizó sobre una de sus manos, y echó la cuenta. Para
-esto no se requería saber mucha aritmética; mas sin embargo, había lo
-suficiente para hacer una buena comida. Entró, pues, en una posada á
-restaurar su estómago, y después de haber pagado le quedaron todavía
-algunos sueldos.
-
-Al salir, vió al lado de la misma puerta, que por poco no las pisa, más
-bien tendidas en el suelo que sentadas, dos mujeres, la una ya anciana,
-la otra más joven, con un tierno niño, el cual, después de haber
-chupado en vano sus pechos, lloraba sin consuelo; todos estaban pálidos
-como la muerte. De pie, junto á ellas, se hallaba un hombre, en cuyo
-semblante y miembros podían traslucirse todavía algunas señales de su
-antiguo vigor, domado ahora y casi apagado por una larga abstinencia.
-Los tres tendieron la mano á Renzo, que salía con paso intrépido y
-reanimado aspecto; ninguno hablaba: ¡qué más podía decir una súplica!
-
---¡He aquí la Providencia! dijo Renzo; y metiendo repentinamente la
-mano en la faltriquera, vació los pocos sueldos que contenía, los puso
-en la mano que halló más próxima, y continuó su marcha.
-
-La ligera comida, y aquella buena obra (ya que estamos compuestos de
-alma y cuerpo) habían fortalecido y alegrado todos sus pensamientos.
-En efecto, al verse de aquel modo despojado de su último dinero,
-tuvo más confianza en el porvenir, que no había tenido antes; porque
-si para sostener ese día á aquellos infelices, la Providencia había
-reservado las últimas monedas de un forastero fugitivo, incierto
-aún de los medios que emplearía para vivir, ¿cómo podía creer que
-quisiese dejar en seguida en igual apuro, á aquél del cual se había
-servido en la consabida ocurrencia, y á quien había inspirado un
-sentimiento de piedad tan vivo, tan eficaz y generoso? Tales eran, con
-poca diferencia, las ideas del joven, menos claras, sin embargo, que
-las que yo he sabido expresar. En el resto de su viaje fué pensando
-en sus asuntos, los cuales no le presentaban ninguna dificultad. La
-escasez debía concluir; todos los años se siega: entretanto tenía al
-primo Bartolo y su propia industria; además, en su casa también tenía
-algún dinero, que mandaría en seguida que se lo remitieran: con él,
-poniéndose en lo peor, tendría con qué vivir hasta que volviera la
-abundancia. He aquí, pues, vuelta la abundancia, pensaba interiormente
-Renzo, la furia del trabajo renace; los amos se agitan á porfía para
-obtener operarios milaneses, que son los que mejor saben el oficio:
-éstos se engríen: el que quiere gente hábil, que la pague; se gana
-para la subsistencia, y también para hacer algunos ahorros, y se manda
-decir á las mujeres que vengan... Y luego, ¿por qué tanto esperar?
-¿No es cierto que con lo poco que tenemos de reserva habríamos pasado
-en aquellos sitios todo el invierno? Del mismo modo podremos pasar
-aquí. Curas, los hay en todas partes. Que vengan aquellas dos queridas
-mujeres; aquí pondremos casa. ¡Qué placer, el ir paseando todos juntos
-por este mismo camino! ¡el ser conducidos hasta el Adda en carruaje,
-merendar en las mismas márgenes, y desde éstas manifestar á las damas
-el sitio en que me he embarcado, los matorrales que he atravesado, y el
-paraje desde donde me he puesto á mirar si descubría algún batel!
-
-Por último llegó al pueblo de su primo. Al entrar, casi antes de poner
-los pies en él, distinguió una casa muy alta, guarnecida de largas y
-numerosas ventanas. Reconociendo que era una fábrica de hilados, se
-introdujo en ella, preguntando en alta voz, á causa del ruido de las
-ruedas y del agua que caía, si estaba allí un tal Bartolo Castagneri.
-
---¿El señor Bartolo? allí está.
-
---¡Señor! Buena señal, pensó Renzo: divisó al primo, y corrió á su
-encuentro. Éste se vuelve y reconoce al joven, que le dice: Heme
-aquí. Lanza un ¡oh! de sorpresa, levanta los brazos y se precipita á
-su cuello. Después de las primeras demostraciones de afecto, Bartolo
-conduce á nuestro joven á otra pieza lejos del estrépito de las
-máquinas y de las miradas de los curiosos, y le dice: Tengo un gran
-placer en verte; pero eres un pobre muchacho: te he invitado tantas
-veces, y no has querido venir nunca, y ahora llegas en momentos un poco
-críticos.
-
---¿Quieres que te lo diga francamente? No he venido por mi voluntad,
-dijo Renzo; y con la mayor brevedad, y no sin mucha emoción, le refirió
-su dolorosa historia.
-
---Esto es muy distinto, repuso Bartolo. ¡Oh, mi pobre Renzo! Mas ya
-que has contado conmigo, puedes estar seguro que no te abandonaré.
-Verdaderamente, ahora no se trata de buscar operarios; de modo que
-todos á duras penas conservan los suyos, y esto lo hacen por no
-perderse, y por no interrumpir su comercio; pero mi amo me aprecia
-bastante y tiene dinero: á decir verdad, sin que sea jactancia, la
-mayor parte de su fortuna á mí me la debe; él ha puesto el capital
-y yo mi industria. ¿Sabes que soy el primer operario? Y luego, por
-decirlo de una vez; soy el _fac totum_. ¡Pobre Lucía Mondella! Me
-acuerdo de ella como si fuese ayer; es una buena muchacha. Siempre
-la más recogida en la iglesia; y cuando uno pasaba por delante de su
-casita... ¡Qué casita aquélla! Todavía me parece que la estoy viendo;
-situada casi fuera del pueblo, con una hermosa higuera que sobresalía
-de la tapia...
-
---No, no; no hablemos de eso.
-
---Quiero decir que cuando uno pasaba por frente de aquella casita se
-oían siempre las devanaderas, que daban vueltas y más vueltas. ¡Y el
-consabido D. Rodrigo! Ya en mi tiempo seguía las mismas huellas; pero
-ahora, á lo que parece, hace diabluras á montones, hasta que Dios le
-deje la brida sobre el cuello. Por lo demás, como te iba diciendo, aquí
-también se padece su poquito de hambre... Á propósito, ¿cómo estás de
-apetito?
-
---He comido en el camino muy poco tiempo hace.
-
---¿Y á qué altura nos hallamos de dinero?
-
-Renzo llevó el pulgar á la boca, y haciendo tropezar la uña con los
-dientes, dejó oir un ruidito casi imperceptible.
-
---No importa, dijo Bartolo: yo tengo; no hay que pensar en ello, que
-pronto, muy pronto, las cosas cambiarán, si Dios quiere: entonces tú
-me lo devolverás, y te pondrás bajo el mismo pie que yo.
-
---En casa todavía tengo alguna cosita, y dispondré que me la manden.
-
---Está bien: en el ínterin cuenta conmigo. Dios me ha dado bienes para
-que haga bien; y si no lo hago á los parientes y amigos, ¿á quién se lo
-he de hacer?
-
---Lo tengo ya dicho: ¡oh, el destino! exclamó Renzo, estrechando
-afectuosamente la mano de su buen primo.
-
---¿Conque en Milán han movido tan grande alboroto? repuso el último.
-Aquella gente me parece un poco loca. Las voces se habían esparcido ya
-por aquí; pero quiero que tú me lo cuentes más minuciosamente. Ambos
-tenemos de qué hablar. Aquí, sin embargo, tú mismo lo ves; todo va con
-más tranquilidad, y las cosas se hacen con un poco más de juicio. La
-ciudad ha comprado dos mil cargas de trigo á un comerciante que vive
-en Venecia, trigo que viene de Turquía; pero cuando se trata de comer,
-no se mira tan de cerca. Escucha ahora lo que sucede: los rectores de
-Verona y de Brescia cierran los pasos, y dicen: por aquí no pasa trigo.
-¿Qué hacen entonces los de Bérgamo? Despachan á Venecia á Lorenzo
-Torre, que es un abogado de los buenos: marcha precipitadamente,
-se presenta al Dux, y le dice: ¿qué idea han tenido esos señores
-rectores?... ¡Vaya un discurso! ¡un discurso digno de imprimirse!
-¡Lo que es tener un hombre que sabe hablar! En seguida se expide una
-orden para que se deje pasar el grano, y que los rectores no sólo lo
-dejen pasar, sino que es preciso que lo hagan escoltar; y he aquí que
-ya está en camino. También se ha pensado en la campiña. Juan Bautista
-Biava, enviado de Bérgamo en Venecia, excelente sujeto por cierto, ha
-hecho presente al senado que también en la campiña se padecía hambre;
-y dicho senado ha concedido cuatro mil _staia_[17] de mijo, lo cual
-también ayuda á hacer pan: y además, ¿lo quieres saber? si no hay pan,
-comeremos otra cosa. Como ya he dicho, el Señor me ha dado bienes.
-Ahora te presentaré á mi amo, le he hablado de ti muchas veces; y te
-recibirá bien. Es un buen habitante de Bérgamo, un hombre chapado á la
-antigua, de excelente corazón. Verdaderamente, ahora no te aguardaba;
-pero cuando oirá tu historia... Y después, sabe que los operarios le
-tienen cuenta, porque la carestía pasa y el comercio dura. Mas antes de
-todo, es indispensable que te advierta una cosa. ¿Sabes cómo nos llaman
-en este país á los que somos del estado de Milán?
-
---¿Cómo?
-
---Nos llaman bobos.
-
---No es del todo un bonito nombre.
-
---Lo mismo da: el que ha nacido en el territorio de Milán y quiere
-vivir en el de Bérgamo, debe tomarlo con cachaza. Para esta gente,
-el dar el nombre de bobo á un milanés, es como dar el tratamiento de
-ilustrísima á un caballero.
-
---Presumo que lo dirán al que quiera dejárselo decir.
-
---Querido mío, si no estás dispuesto á tragarte la palabra _bobo_
-á todo pasto, no cuentes con poder vivir aquí. Sería preciso estar
-siempre con el cuchillo en la mano; y cuando tú (es una suposición)
-hubieses matado dos, tres ó cuatro, vendría uno por último que te
-mataría; y entonces, ¡qué bello gusto el comparecer ante el tribunal de
-Dios cargado con tres ó cuatro homicidios!
-
---¿Y un milanés que tenga un poco de... Aquí se golpeó la frente con la
-mano según había hecho en la hostería de la _Luna llena_; quiero decir,
-uno que sepa bien su oficio?
-
---Lo mismo: aquí es también un bobo. ¿Sabes cómo se expresa mi amo
-cuando habla de mí con sus amigos? Ese bobo me ha sido enviado por Dios
-para mi comercio; si no tuviese á ese bobo, estaría bien enredado. Ésta
-es la costumbre.
-
---Es una costumbre muy necia, y sobre todo viendo lo que sabemos hacer.
-Además, ¿quién ha traído aquí semejante arte? ¿quién le hace andar más
-que nosotros? ¿Es posible que esto no los haya corregido?
-
---Hasta ahora, no; con el tiempo podrá ser: los muchachos que vengan
-detrás, acaso cambiarán; pero con respecto á los hombres hechos, no hay
-remedio; han tomado ese vicio, no lo abandonarán jamás. Pero al fin y
-al cabo, ¿qué es esto? Mucho peor es lo que te han hecho, y te querían
-hacer además nuestros queridos compatriotas.
-
---Ya, es verdad: si no otro mal...
-
---Ahora que estás convencido, todo irá bien. Ven á ver al amo; y sobre
-todo, ánimo.
-
-En efecto, todo salió á medida del deseo: las promesas de Bartolo
-se realizaron; por lo tanto, nos abstenemos de hacer una particular
-mención, por considerarlo inútil. Esto fué ciertamente providencial,
-pues vamos á ver cuán poco podía contar Renzo con el dinero y efectos
-que había dejado en su casa.
-
-
- NOTAS:
-
-[16] Es preciso advertir que antiguamente, y aun ahora, en algunas
-partes de Italia cuentan hasta veinticuatro horas, empezando la primera
-de éstas una hora después de haber anochecido; de modo que en invierno
-las once corresponden poco más ó menos á las cinco de la mañana.
-
-[17] Fanegas.
-
-
-
-
- CAPÍTULO DECIMOCTAVO
-
-
-Aquel mismo día, el 13 de noviembre, llegó un expreso al señor podestá
-de Lecco, y le presentó un despacho del señor capitán de justicia,
-conteniendo la orden de hacer todas las indagaciones posibles y más
-oportunas para descubrir si cierto joven llamado Lorenzo Tramaglino,
-hilador de seda, escapado de las manos _prædicti egregii domini
-capitanei_[18] ha vuelto _palam vel clam_[19] á su pueblo, ó si se
-halla _ignotum in territorio Leuci_[20]: _quod si compertum fuerit
-sic esse_[21], procure dicho señor podestá _quanta maxima diligentia
-fieri poterit_[22], prenderlo, y sujetado que sea, _videlizet_[23],
-con buenas esposas, en atención á la insuficiencia ya experimentada de
-las maniquetas en el expresado individuo, lo haga conducir á la cárcel
-y lo retenga allí bajo una segura custodia, para ponerlo en manos de
-los que estarán encargados de recibirlo; y tanto si le encuentra, como
-no, _datis ad domum prædicti Laurentii Tramaglino, et facta debita
-diligentia quidquid ad rem repertum fuerit auferatis; et informationes
-de illius prava qualitate, vita et complicibus sumatis_[24]; y de todo
-lo dicho y hecho, hallado y no hallado, cogido y dejado, _diligenter
-referatis_[25].
-
-El señor podestá, después de haberse asegurado por los medios humanos,
-que el sujeto no había vuelto al país, manda llamar al cónsul[26] del
-pueblo donde residía Renzo, y se hace conducir á la casa indicada
-acompañado de un escribano y gran número de esbirros. La casa está
-cerrada; el que tiene las llaves no se encuentra, ó más bien, no se
-deja encontrar. Se echa la puerta abajo; hácense las diligencias
-acostumbradas, es decir, se procede del mismo modo que si fuese una
-ciudad tomada por asalto. El ruido de esta expedición se esparce
-inmediatamente por todos los alrededores; llega á oídos del padre
-Cristóbal, el cual, atónito, no menos que afligido, pregunta á todo el
-mundo para obtener alguna luz con respecto á un tan inesperado suceso;
-pero no recoge más que vagas conjeturas, y escribe sobre la marcha al
-padre Buenaventura, del cual espera poder recibir noticias más claras.
-Entretanto los parientes y amigos de Renzo son citados á declarar
-acerca de lo que puedan saber de sus _malas cualidades_. Llevar el
-apellido de Tramaglino es una desgracia, una vergüenza, un crimen; el
-pueblo está enteramente revuelto. Poco á poco se llega á saber que
-Renzo se ha escapado de las manos de la justicia, en medio mismo de la
-ciudad de Milán, y que después ha desaparecido: corren voces de que
-ha hecho una cosa grande, pero no saben decir el qué, y se refiere de
-mil maneras; cuanto mayor es, tanto menos es creída en el país, en
-donde Renzo es conocido por un joven honrado. Los más presumen, y van
-diciéndolo al oído de su vecino, que es una maquinación de D. Rodrigo
-para perder á su desventurado rival. Tan cierto es, que juzgando por
-inducción y sin el necesario convencimiento de los sucesos, se echa la
-culpa muchas veces á los malvados.
-
-Mas nosotros, con las pruebas en la mano, como se suele decir, podemos
-afirmar, que si D. Rodrigo no tenía parte en el infortunio de Renzo,
-se regocijó tanto como si fuese obra suya, y lo celebró en compañía de
-sus confidentes, y particularmente con el conde Attilio. Éste, según
-sus anteriores designios, hubiera debido aquellas horas hallarse ya
-en Milán; pero á la noticia del tumulto y de la canalla que recorría
-las calles, dispuesta más bien á dar golpes que á recibirlos, había
-creído más prudente el permanecer en el campo hasta que todo estuviera
-tranquilo; tanto más, cuanto que habiendo ofendido á muchos, tenía
-razón de temer que alguno de ellos, que sólo por impotencia no se
-movía, tomase alas á causa de las circunstancias, y juzgase el momento
-á propósito para ser el vengador de todos. Sin embargo, dicho temor no
-fué de larga duración: la orden venida de Milán para proceder contra
-Renzo era ya un indicio de que las cosas habían vuelto á tomar su curso
-ordinario, teniéndose al mismo tiempo una verdadera certeza de ello.
-
-El conde Attilio partió inmediatamente, animando al primo á no ceder en
-su empresa, y superar todos los obstáculos, prometiéndole que por su
-parte pondría mano en seguida á desembarazarle del fraile, para cuyo
-asunto el afortunado accidente del abyecto rival debía servir á las mil
-maravillas. Apenas había marchado el conde, cuando el _Griso_ llegó
-de Monza sano y salvo, el cual refirió á su señor todo lo que había
-podido averiguar. Dijo que Lucía estaba refugiada en tal convento bajo
-la protección de la consabida _señora_; que permanecía reclusa, como si
-fuese una de las mismas monjas, no poniendo jamás un pie ni fuera de la
-puerta siquiera, asistiendo á las ceremonias religiosas colocada detrás
-de una reja, lo cual disgustaba á muchos que habían oído hablar de no
-sé qué aventuras, y elogiar su hermosura, cuyos elogios, viéndola,
-deseaban juzgar si eran merecidos.
-
-La anterior relación hubiera introducido el diablo en el cuerpo á D.
-Rodrigo, si no lo hubiese tenido ya. Tantas circunstancias favorables
-á su proyecto inflamaban más y más su pasión, ó mejor diremos, aquella
-mezcla de amor propio, de rabia é infames deseos, que tomaba por
-pasión. Renzo ausente, expulsado, desterrado; todo llega á ser lícito
-contra él: su misma desposada podía ser considerada en cierto modo como
-bienes de un rebelde: el sólo hombre en el mundo que querría y podría
-tomarla bajo su protección y meter un ruido capaz de ser sentido desde
-muy lejos, y por personas de categoría, el rabioso fraile, dentro de
-poco estará probablemente fuera de estado de hacer daño. Mas he aquí
-que se presenta un nuevo impedimento, que no sólo sirve de contrapeso
-á todas aquellas ventajas, sino que las hace, si puede decirse,
-enteramente inútiles. El monasterio de Monza, aun cuando no hubiese
-habido una princesa, era un hueso demasiado duro para los dientes de
-D. Rodrigo; y por más que diese vueltas con la imaginación en torno
-de aquel asilo, no podía inventar ningún medio de violarlo, ni con
-la fuerza, ni con la astucia. Estuvo casi para abandonar la empresa,
-resolviendo ir á Milán, dando un gran rodeo, aunque el camino fuese más
-largo, con el objeto de no pasar por Monza; y una vez en Milán lanzarse
-en brazos de los amigos y diversiones para desechar con pensamientos
-de todo punto alegres aquel deseo que á cada momento le atormentaba
-más. ¡Pero los amigos! es indispensable ir con ellos con un poco de
-cuidado. En vez de una distracción podía tener esperanza de encontrar
-en su compañía nuevos disgustos; porque Attilio habría ya tomado
-seguramente la trompa y puesto á todo el mundo en expectativa; se verá
-acosado á porfía por los que le pedirán noticias de la montañesa, y
-será preciso que les conteste. Había deseado, había hecho tentativas,
-¿y qué había conseguido? Se había tomado un empeño, á la verdad, un
-poco innoble; pero, ¡vaya! uno no puede siempre vencer sus caprichos;
-el caso es satisfacerlos. Mas, ¿cómo se salía de dicho empeño, dando
-la victoria á un villano y á un fraile? ¡Oh, qué vergüenza! ¡Y cuando
-una feliz casualidad, una suerte inesperada lo ha libertado del uno;
-cuando un hábil amigo lo ha desembarazado del otro, sin que él se
-haya tomado el más leve trabajo, no ha sabido, imbécil, aprovechar la
-coyuntura, y renuncia cobardemente á la empresa! Una de dos: ó era
-preciso no atreverse á levantar la cabeza entre gente bien nacida, ó
-tener á cada momento la espada en la mano; y después, ¿cómo volver,
-cómo permanecer en aquel castillo, en aquel país, en el cual, dejando
-aparte los continuos y punzantes recuerdos de su pasión, tendría que
-sufrir la afrenta de un golpe que le había salido fallido? ¡Donde
-al propio tiempo, habiéndose aumentado el odio que le profesaban,
-veíase disminuir la reputación de su poderío! ¡en donde también, en el
-semblante de cualquier bribón, en medio de los saludos mismos, podría
-distinguir una amarga ironía! ¿Y pasaría por ella? ¡Gracioso sería! El
-camino de la iniquidad, dice aquí el manuscrito, es largo, pero esto
-no quiere decir que sea cómodo: tiene sus buenos tropiezos, sus pasos
-escabrosos, y también su parte molesta y pesada; aunque se dirija á sus
-fines.
-
-Por lo que hace á D. Rodrigo, el cual no sabía qué determinar, si
-retroceder, si detenerse, ó si seguir adelante, se le presentó, por
-último, á su imaginación un medio, con el que podría conseguir sus
-deseos: éste era llamar en su auxilio á un hombre tal, cuyas manos
-llegasen adonde no alcanzara la vista de los demás; un hombre ó un
-diablo, para quien la dificultad de la empresa fuesen al mismo tiempo
-un estímulo para que la tomara sobre sí. Mas semejante resolución tenía
-sus inconvenientes y peligros, tanto más graves, cuanto menos podían
-calcularse los resultados; puesto que nadie hubiera podido prever hasta
-dónde podría ir el negocio, una vez metido con el expresado individuo,
-auxiliar poderoso ciertamente, pero quizá no menos absoluto y peligroso.
-
-Tales pensamientos tuvieron, por espacio de muchos días, á D. Rodrigo,
-en una incómoda irresolución. En el ínterin recibió una carta de su
-primo, en la cual le decía, que la trama seguía en buen estado. Poco
-después del relámpago se dejó oir el trueno, lo cual quiere significar,
-que cierta mañana corrió la voz de que el padre Cristóbal había partido
-del convento de Pescarenico. Attilio que le animaba valerosamente, á la
-vez que le amenazaba con pesadas chanzonetas, le hicieron inclinar al
-proyecto más arriesgado: lo que le acabó de resolver fué la inesperada
-noticia de que Inés había vuelto á su casa, un obstáculo menos para
-acercarse á Lucía. Vamos, pues, á dar cuenta de ambos sucesos,
-empezando por el último.
-
-Apenas las dos infelices mujeres se habían acomodado en su refugio,
-cuando se esparció por Monza, y por consiguiente también penetró en el
-monasterio, la noticia de la sedición de Milán; y detrás de esta gran
-nueva, una serie infinita de particularidades, que iban aumentándose
-y variando á cada momento. La portera, que desde su habitación podía
-tener un oído en la calle y otro en el monasterio, recogía noticias de
-aquí y de allí, y las participaba á sus huéspedas. “Han metido en la
-cárcel, dos, siete, ocho, cuatro, nueve; á unos los han cogido enfrente
-del horno de las _Muletas_, á otros al extremo de la calle en donde
-está la casa del vicario de la provisión... ¡Eh, escuchad esto! Se ha
-escapado uno que es de Lecco, ó de aquella parte: ignoro cómo se llama,
-mas ya vendrá alguno que me lo dirá, y veremos si lo conocéis”.
-
-Esta noticia, unida á la circunstancia de que Renzo había debido llegar
-á Milán precisamente en aquel día fatal, causó alguna inquietud á las
-dos mujeres, y principalmente á Lucía; pero juzgad lo que sucedería
-cuando la portera fué á decirles: “El que ha huido, por no verse
-complicado, es justamente de vuestro mismo pueblo; es un hilador de
-seda que se llama Tramaglino: ¿lo conocéis?”.
-
-Á Lucía que estaba sentada, bordando no sé qué cosa, se le cayó la
-labor de las manos. Palideció, y se inmutó de tal modo, que la portera
-la habría conocido si hubiese estado próxima á ella. Pero la citada
-portera permanecía de pie en la puerta, juntamente con Inés, la
-cual también turbada, pero no tanto como su hija, pudo estar sobre
-sí; y para contestar algo, dijo, que en un pueblo pequeño todos se
-conocían, y por lo tanto, que también ella lo conocía; mas que no
-podía imaginarse cómo le habría sucedido semejante cosa á un joven tan
-pacífico. En seguida preguntó si efectivamente se había escapado, y
-adónde se había dirigido.
-
-Lo que es que se ha escapado, todos lo dicen, pero hacia dónde, se
-ignora; puede ser que todavía lo cojan, puede ser que ya esté en salvo;
-mas si vuestro pacífico joven vuelve á caer en sus manos...
-
-En esto, por fortuna, llamaron á la portera, y se fué: ¡figuraos cómo
-quedarían la madre y la hija! La pobre mujer y la desolada Lucía
-permanecieron más de un día en aquella cruel incertidumbre en averiguar
-el cómo, el por qué, las consecuencias de tan triste acontecimiento; en
-hacer comentarios cada una en su interior, ó muy callandito una á otra,
-sobre aquellas fatales palabras.
-
-Finalmente, un jueves se presentó un hombre en el monasterio á
-preguntar por Inés. Era un vendedor de pescado, residente en
-Pescarenico, que iba á Milán, según su costumbre, á despachar su
-mercancía, y al cual el padre Cristóbal había suplicado que al pasar
-por Monza hiciese una escapatoria al monasterio, saludase á las mujeres
-de su parte, y les contase cuanto se sabía del fatal suceso de Renzo,
-recomendándoles que tuvieran paciencia y confiaran en Dios; que él;
-pobre fraile, ciertamente no las olvidaría; que aprovecharía todas las
-ocasiones de socorrerlas, y que en el entretanto no dejaría todas las
-semanas de darles noticias de todo lo que supiese, valiéndose de aquel
-mismo medio, ó de cualquiera otro parecido. Con respecto á Renzo, el
-mensajero no supo decir otra cosa de nuevo y de cierto, sino la fatal
-visita á la casa, y las pesquisas para cogerlo; mas al mismo tiempo les
-dijo que todo había sido en vano, sabiéndose de positivo, que se había
-refugiado en Bérgamo. Semejante certidumbre (¿será por ventura preciso
-decirlo?) fué un bálsamo consolador para Lucía: desde dicho momento
-sus lágrimas corrieron con más dulzura y facilidad; experimentó mayor
-consuelo al desfogar sus penas á solas con su madre; y á todas sus
-súplicas iban mezcladas acciones de gracias.
-
-Gertrudis la hacía ir con frecuencia á su locutorio particular;
-conversaba con ella largamente, complaciéndose el ver la ingenuidad y
-dulzura de la pobrecita, y al oir que á cada momento le daba gracias
-y la bendecía. Le refería también en confianza una parte (la parte
-limpia) de su historia, todo lo que había padecido por verse forzada
-á ir á sufrir al convento; y aquella primera admiración sospechosa de
-Lucía, se iba cambiando insensiblemente en compasión. Encontraba en
-aquella historia razones suficientes para explicarse lo que tenían de
-extraño las maneras de su bienhechora, mucho más que con el auxilio
-de las doctrinas de Inés con respecto á los cerebros de los señores.
-Sin embargo, aunque se sintió llevada á devolver la confianza que le
-había manifestado Gertrudis, no le pasó siquiera por la imaginación
-el hablarle de sus nuevas inquietudes, de su reciente desgracia, de
-participarle quién era aquel hilador de seda que se había escapado,
-por no aventurarse á esparcir un ruido tan aflictivo y escandaloso.
-Se eximía también cuanto le era posible de contestar á las curiosas
-preguntas de aquélla, sobre la parte de la historia que había precedido
-á la promesa de casamiento; pero esto no era por razones de prudencia,
-era porque su historia parecía á la pobre inocente más espinosa, más
-difícil de contar, que todas las que había oído y creía poder oir
-de boca de la _señora_: en la de ésta había tiranía, asechanzas,
-sufrimientos, cosas tristes y dolorosas, pero que sin embargo podían
-nombrarse; mas en la suya se hallaba por todas partes mezclado un
-sentimiento, una palabra, que no le parecía posible proferir hablando
-de sí misma, y á la cual no hubiera hallado jamás una perífrasis que
-sustituir, que según su modo de pensar no fuese contraria al pudor:
-ésta era el amor.
-
-Algunas veces, Gertrudis se irritaba de estar siempre sobre sí; ¡pero
-se traslucía tanta ternura, tanto respeto, tanto reconocimiento, y al
-mismo tiempo tanta confianza! De cuando en cuando quizás, dicho pudor
-tan delicado, tan susceptible, le desagradaba por otro motivo; pero
-todo se perdía en la suavidad de un pensamiento que se le representaba
-á cada instante contemplando á Lucía: “Yo le dispenso un bien”. Y era
-cierto; porque además del asilo que le daba, aquellas conversaciones,
-aquellas familiares caricias, no confortaban menos á Lucía. Encontraba
-también consuelo en un trabajo asiduo, y siempre pedía que le diesen
-algo que hacer: aun al locutorio llevaba alguna obra para no estar mano
-sobre mano; ¡mas cómo las ideas dolorosas siguen á uno á todas partes!
-á medida que cosía, lo cual era un oficio casi nuevo para ella, le
-venían poco á poco á la imaginación sus devanaderas; y detrás de éstas,
-¡cuántas otras cosas!
-
-El segundo jueves volvió el consabido vendedor de pescado, ó quizás
-otro mensajero, trayendo expresiones del padre Cristóbal, y la
-confirmación de la dichosa fuga de Renzo. Noticias más positivas
-tocante á su desventura, ninguna; porque ya hemos dicho al lector, que
-el capuchino había confiado tenerlas de su compañero de Milán, á quien
-se lo había recomendado; mas éste le contestó no haber visto ni la
-persona ni la carta; que un campesino había ido á buscarle al convento;
-pero que no habiéndole hallado, se había marchado, no compareciendo
-más.
-
-El tercer jueves no se vió mensajero alguno; y para las infelices
-mujeres fué esto, no sólo una privación de un consuelo deseado y
-esperado, sino también, como sucede por cualquiera cosa leve al que
-está afligido y embarazado, un motivo de inquietud, y de un centenar
-de molestas sospechas. Ya antes de esto, Inés había pensado en hacer
-una escapatoria á su casa; la novedad de no ver al prometido mensajero,
-la decidió. Por lo que mira á Lucía, era un negocio muy grave el
-permanecer separada de las faldas de su madre; pero el deseo de saber
-alguna cosa y la seguridad que encontraba en aquel asilo tan guardado
-y santo, vencieron su repugnancia. Resolvieron entre sí que Inés iría
-al día siguiente á esperar al camino al vendedor de pescado que tenía
-que pasar por allí al volver de Milán, y que le pediría cortésmente un
-sitio en su carro, para hacerse conducir á sus montañas. Efectivamente
-lo encontró, y le preguntó si el padre Cristóbal no le había dado
-algún recadito para ella; el vendedor de pescado todo el día antes
-de su partida lo pasó ocupado en pescar, y por consiguiente no había
-sabido nada del padre. Inés no tuvo necesidad de súplicas para obtener
-el gusto que deseaba. Con el permiso de la _señora_ y de su hija, no
-sin derramar algunas lágrimas, prometiendo mandar muy pronto noticias
-suyas, y volver en seguida, partió.
-
-En el viaje no sucedió nada de particular. Descansaron parte de la
-noche en una posada, según la costumbre; volvieron á ponerse en camino
-antes de ser de día, y llegaron sumamente temprano á Pescarenico. Inés
-se apeó en la plazoleta del convento; despidióse de su conductor con
-muchos Dios os lo pague; y una vez puesta allí, quiso antes de ir á
-casa ver á su fraile bienhechor. Tocó la campana: el que vino á abrir
-fué Fr. Galdino, el de las nueces.
-
---¡Oh, señora mía! ¿qué viento favorable os ha traído?
-
---Vengo á buscar al padre Cristóbal.
-
---¿El padre Cristóbal? No está.
-
---¡Oh! ¿tardará mucho en volver?
-
---Pero... dijo el fraile, encogiéndose de hombros y cubriendo su rapada
-cabeza con la capilla.
-
---¿Dónde ha ido?
-
---Á Rímini.
-
---¿Á...?
-
---Á Rímini.
-
---¿Hacia qué lado se halla ese pueblo?
-
---¡Uy, uy! respondió el fraile cortando verticalmente el aire con la
-mano extendida, como para denotar una grande distancia.
-
---¡Oh, pobre de mí! ¿Mas por qué se ha ido... vamos... así, tan de
-improviso?
-
---Porque el padre provincial lo ha querido así.
-
---¿Y por qué enviarle tan lejos? ¡Él, que hacía tanto bien aquí! ¡Dios
-mío!
-
---Si los superiores tuviesen que rendir cuenta de las órdenes que dan,
-¿adónde iría á parar la obediencia, mi buena señora?
-
---Sí; ¡pero esto va á causar mi ruina!
-
---¿Sabéis lo que será? que en Rímini habrán tenido necesidad de un buen
-predicador (los tenemos, sin embargo, en todas partes; pero á veces se
-quiere precisamente una persona expresa); el padre provincial de allá
-habrá escrito al padre provincial de acá, si tenía un sujeto de estas y
-de las otras cualidades; y el padre provincial habrá dicho: para esto
-se requiere al padre Cristóbal. Mirad, debe ser justamente una cosa por
-el estilo.
-
---¡Oh, desgraciadas de nosotras! ¿Cuándo ha marchado?
-
---Antes de ayer.
-
---¡He aquí, si yo hubiese seguido en mi inspiración de venir algunos
-días antes! ¿Y no se sabe cuándo podrá volver, así, día mas ó menos?
-
---¡Ay, señora mía! esto sólo lo sabe el padre provincial, si aun por
-casualidad él mismo lo sabe. Cuando uno de nuestros padres predicadores
-ha tomado su vuelo, no se puede prever sobre qué rama irá á posarse:
-lo buscan de aquí, lo piden de allá; y eso que tenemos conventos en
-todas las cuatro partes del mundo. Suponed que en Rímini, el padre
-Cristóbal hará un gran ruido con su cuaresma; porque no predica siempre
-á destajo como lo hacía aquí para los pescadores y aldeanos; para
-los púlpitos de ciudad tiene sus magníficos sermones escritos; éstos
-son la flor de la canela. La fama de este gran predicador vuela por
-todas partes; y lo pueden enviar á buscar de... ¿de qué sé yo dónde? Y
-entonces es preciso mandarlo; porque nosotros vivimos de la caridad de
-todo el mundo, y es justo que sirvamos á todos.
-
---¡Oh, Dios mío, Dios mío! exclamó de nuevo Inés casi llorando; ¡cómo
-lo haré sin ese hombre! ¡él nos servía de padre! ¡para nosotros es una
-ruina!
-
---Escuchad, buena mujer: el padre Cristóbal era verdaderamente lo que
-se llama un hombre completo; mas sin embargo, ¿sabéis que tenemos
-otros, además, llenos de caridad y de talento, y que saben tratar
-igualmente con los señores y con los pobres? ¿Queréis al padre
-Atanasio, al padre Gerónimo, ó al padre Zacarías? Mirad, este último
-es un hombre de mérito. Y no vayáis á admiraros, como hacen algunos
-ignorantes, de que sea así tan adamado, con una vocecita aguda, y muy
-poca barba: no digo que sea un gran predicador, porque cada cual posee
-sus dones particulares; pero para dar consejos, sabed que es todo un
-hombre.
-
---¡Oh, por compasión! exclamó Inés, con esa mezcla de gratitud y
-paciencia que se experimenta á una oferta, en la que se ve más la
-buena voluntad de otro que la propia conveniencia: ¡qué me importa que
-otro sea ó no un hombre de talento, cuando aquél que no está aquí era
-el único que sabía nuestros negocios, y lo tenía todo preparado para
-ayudarnos!
-
---Entonces, es preciso tener paciencia.
-
---Demasiado lo sé, replicó Inés, perdonadme el haberos incomodado.
-
---¿En qué, mi buena señora? Únicamente por vos es por lo que siento
-esta ocurrencia; y si os decidís á buscar á alguno de nuestros padres,
-el convento de aquí no se mueve. ¡Ah! pronto me dejaré ver por la
-cuestación del aceite.
-
---Pasadlo bien, dijo Inés, y se encaminó hacia su pueblecillo,
-desolada, confusa, desconcertada, como un infeliz ciego que hubiese
-perdido el palo que le servía de guía y apoyo.
-
-Nosotros, un poco mejor informados que Fr. Galdino, podemos decir
-verdaderamente lo que había pasado. Attilio, apenas llegado á Milán,
-se dirigió, según había prometido á D. Rodrigo, á hacer una visita á
-su común tío, miembro del consejo secreto. (Era una junta compuesta
-entonces de trece personajes de toga y espada, de los cuales el
-gobernador tomaba parecer; y muerto éste, ó siendo mudado, la expresada
-junta reasumía provisionalmente el gobierno.) El conde, tío de aquél,
-togado y uno de los ancianos del consejo, gozaba allí de cierto
-crédito; pero para hacerlo valer, y sobre todo para manifestarlo á los
-demás, no tenía igual. Su lenguaje siempre era ambiguo, su silencio
-significativo; no acababa jamás sus frases; cerraba los ojos, como
-queriendo decir: no puedo hablar. Poseía la habilidad de lisonjear sin
-prometer, de amenazar esplendorosamente; todo iba encaminado á sus
-fines particulares, y todo más ó menos se volvía en favor suyo. Se veía
-obligado á decir: “Yo no puedo hacer nada en este asunto;” esto era
-la pura verdad; pero lo decía de un modo que no era creído, sirviendo
-para aumentar el concepto en que se le tenía, y además, la realidad de
-su poder, á semejanza de aquellos potes que se ven todavía en algunas
-boticas con ciertos caracteres árabes, y en los cuales no hay nada
-dentro, pero que no obstante sirven para sostener el crédito de dicho
-establecimiento. El del conde, que desde mucho tiempo hacía había ido
-creciendo siempre por grados sumamente lentos; por último, había dado
-de un golpe un paso, como en estilo vulgar se dice, de gigante, por una
-casualidad extraordinaria. Había hecho un viaje á Madrid, encargado de
-una misión para la corte, siendo preciso oirle contar la acogida que
-había tenido. Por no decir otra cosa, el conde-duque lo había tratado
-con una atención especial, habiendo merecido su confianza hasta el
-punto de haberle preguntado una vez á presencia, si así puede decirse,
-de la mitad de la corte, si le gustaba Madrid, y también de haberle
-dicho otra vez estando así, mano á mano, en el alféizar de una ventana,
-que la catedral de Milán era la iglesia mayor que existía en los
-dominios del rey.
-
-Hechos los cumplidos de costumbre al conde su tío, y haciéndole también
-presente los de su primo, Attilio, con el grave continente que sabía
-tomar cuando convenía, dijo: “Creo cumplir con mi deber, sin faltar
-á la confianza de Rodrigo, informando á mi señor tío acerca de un
-negocio, que si él no pone remedio, puede llegar á formalizarse y traer
-consecuencias...”.
-
---Imagino que habrá hecho alguna de las suyas...
-
---Para hacerle la justicia que merece, debo decir que la culpa no la
-tiene mi primo; pero él está acalorado, y como digo, nadie, á no ser mi
-tío, puede...
-
---Veamos, veamos.
-
---Por un lado hay un fraile capuchino que se ha puesto en guerra
-abierta con Rodrigo; y el negocio ha llegado á un punto que...
-
---¿Cuántas veces os he dicho al uno y al otro, que á los frailes es
-preciso dejarlos cocer en su pitanza? Bastante dan que hacer á quien
-debe... á quien toca... y al decir esto sopló. Mas vosotros que podéis
-evitar...
-
---Mi señor tío, me veo en la precisión de manifestaros, que si Rodrigo
-hubiese podido, lo hubiera evitado. Pero el fraile que se las ha con él
-se ha propuesto provocarle de todos modos...
-
---¿Qué diablo tiene que ver ese fraile con mi sobrino?
-
---En primer lugar, es una mala cabeza, conocido por tal, y que hace
-gala de apostárselas á los caballeros. Él protege, dirige, qué sé yo,
-una aldeanilla de por allá; y tiene por dicha criatura una caridad,
-una caridad... no digo interesada, sino muy celosa, sospechosa,
-quisquillosa.
-
---Entiendo, dijo el tío; y sobre cierto fondo de tontería pintado por
-la naturaleza en su semblante, velado y después cubierto con muchos
-baños de política, brilló un rayo de malicia, que era curiosísimo de
-ver.
-
---Sin embargo, hace algún tiempo, continuó Attilio, á dicho fraile se
-le ha metido en la cabeza que Rodrigo tenía yo no sé qué designios
-sobre aquella...
-
---¡Se le ha puesto en la cabeza, se le ha metido en la cabeza! Yo
-también conozco muy mucho al Sr. D. Rodrigo; y se requiere otro abogado
-que no sea vuestra señoría para justificarlo en estas materias.
-
---Señor tío, que Rodrigo pueda haber gastado alguna chanza con aquella
-criatura, encontrándola á su paso por la calle, no estaré lejos de
-creerlo; es joven, y por último no es capuchino; pero éstas son
-bagatelas con las cuales no se puede entretener el señor tío: el caso
-grave es, que el fraile se ha puesto á hablar de Rodrigo como si fuera
-de un villano, tratando de sublevar contra él á todo el país...
-
---¿Y los demás frailes?
-
---Los demás no se mezclan, porque lo conocen por un cabeza caliente, y
-respetan mucho á Rodrigo; pero por otro lado, ese fraile tiene un gran
-crédito entre los villanos, porque se hace el santo, y...
-
---Calculo que no sabe que Rodrigo es mi sobrino.
-
---¡Sí lo sabe! Esto es lo que contribuye á animarle más.
-
---¿Cómo, cómo?
-
---Anda diciendo á todo el mundo que encuentra más placer en molestar á
-Rodrigo, justamente porque él tiene un protector natural, tan poderoso
-como vuestra señoría; que se ríe de los grandes y diplomáticos; que el
-cordón de S. Francisco tiene avasalladas las espadas, y que...
-
---¡Oh, temerario fraile! ¿Cómo se llama?
-
---Fr. Cristóbal de***, dijo Attilio, y el conde, habiendo sacado de un
-cajón de su mesa de despacho un librito de memorias, inscribió en él,
-soplando sin cesar, aquel pobre nombre.
-
-Entretanto Attilio proseguía: “Siempre ha tenido el mismo genio; se
-sabe su vida. Era un plebeyo, que hallándose con cuatro cuartos,
-quería competir con los caballeros de su país, y de rabia de no
-poderlos avasallar á todos, mató á uno, de cuyas consecuencias, para
-librarse de la justicia, se metió á fraile”.
-
---¡Muy bien! ¡bravo! Allá lo veremos, decía el tío, y soplaba sin cesar.
-
---Ahora, pues, continuaba Attilio, está más irritado que nunca, porque
-le ha salido fallido un proyecto que le apremiaba mucho, muchísimo: y
-de esto, señor, sacaréis en consecuencia qué clase de hombre es. Él
-quería casar á la niña, ya fuese para sustraerla á los peligros del
-mundo, vuestra señoría ya me entiende, ya por cualquiera otra causa;
-quería, repito, casarla sin remedio: había hallado el... el hombre;
-otra hechura suya, un engendro que quizá ó sin quizá, mi señor tío,
-conocerá de nombre, porque tengo por cierto que el consejo secreto
-habrá debido ocuparse de ese digno sujeto.
-
---¿Quién es?
-
---Un hilador de seda, Lorenzo Tramaglino, ese que...
-
---¡Lorenzo Tramaglino! exclamó el conde. ¡Muy bien! ¡bravo, padre!
-Seguramente... en efecto... tenía una carta para un... Es una lástima
-que... pero no importa: bien va. ¿Y por qué el Sr. D. Rodrigo no me
-dice nada de esto? ¿por qué deja marchar las cosas tan adelante, y no
-se vuelve á quien puede dirigirle y sostenerle?
-
---Tocante á ese punto, también os diré la verdad, continuaba Attilio.
-En primer lugar, sabiendo cuántos negocios, cuántas cosas tiene el
-señor tío... (éste, soplando, le cogió la mano, como para significar
-qué fatiga era para él haberlas de sostener todas), ha sentido cierto
-empacho en darle un que hacer más. Y luego, lo diré todo de una vez:
-según he podido comprender, está tan fuera de sus casillas, tan
-aburrido de las villanías de aquel fraile, que tiene más deseos de
-hacerse justicia por sí mismo de un modo rápido, que obtenerla de
-una manera regular, de la prudencia y del brazo del señor tío. Yo he
-tratado de aplacarlo; pero viendo que la cosa se iba poniendo de mal
-talante, he juzgado que era deber mío el informar de todo á vuestra
-señoría, que al fin y al cabo es la columna de la casa...
-
---Habríais obrado mejor hablando un poco antes.
-
---Es cierto; mas yo aguardaba que la cosa se desvanecería por sí misma,
-ó que el fraile recobraría el juicio, ó que saldría de aquel convento,
-como sucede con frecuencia con dichos frailes, que tan pronto están en
-una parte como en otra; y entonces todo se hubiera concluido. Pero...
-
---Ahora me tocará el arreglarlo.
-
---Así lo he pensado yo también. He dicho entre mí: nuestro señor tío,
-con su previsión, con su autoridad, sabrá evitar un escándalo y salvar
-al mismo tiempo el honor de Rodrigo, que además es también el suyo. Ese
-fraile, decía yo, habla siempre del cordón de S. Francisco; pero para
-emplear á propósito dicho cordón, no es necesario tenerlo al rededor
-del vientre: mi señor tío posee cien medios que yo no conozco; sé que
-el padre provincial tiene, como es justo, una gran deferencia hacia él:
-y si el expresado señor tío cree que en este caso el mejor expediente
-sea el hacer mudar de aires al fraile, puede en dos palabras...
-
---Dejad este cuidado á quien corresponda, caballero, dijo el conde con
-un poco de aspereza.
-
---¡Ah, es verdad! exclamó Attilio con un movimiento de cabeza, y con
-una sonrisa de compasión por sí mismo. ¡Bueno soy yo para dar consejos
-á su señoría! Mas la pasión que tengo por la reputación de la familia,
-es la que me hace hablar; y también temo haber hecho otro mal, añadió,
-con aire pensativo: temo haber perjudicado á Rodrigo, en el concepto de
-mi señor tío. No tendría un instante de reposo, si fuese á causa de que
-pudiera pensar que Rodrigo no haya tenido toda la confianza, toda la
-sumisión que es debida á su señoría. Creed, señor, que en ese caso es
-justamente...
-
---¡Vamos, vamos! ¿qué perjuicio, ni qué perjuicio, entre vosotros dos,
-que seréis siempre amigos, hasta que uno tenga juicio? ¡Libertinos,
-libertinos, que siempre habéis de hacer alguna! y después á mí toca
-el repararla; que... me haréis decir un despropósito: me dais más qué
-pensar vosotros dos, que... (y aquí figúrese el lector cómo soplaría el
-conde) todos los dichosos negocios de Estado.
-
-Attilio dió aún algunas excusas, hizo algunas promesas, algún cumplido;
-en seguida pidió permiso y se fué, acompañado de un, “y tengamos
-juicio”, que era la fórmula de la licencia de despedida del conde para
-sus sobrinos.
-
-
- FIN DEL TOMO PRIMERO.
-
-
- NOTAS:
-
-[18] Del susodicho ilustre señor capitán.
-
-[19] Pública ó secretamente.
-
-[20] Oculto en el territorio del Lecco.
-
-[21] Que si se descubriese ser así.
-
-[22] Con la mayor diligencia que hacerse pueda.
-
-[23] Esto es.
-
-[24] Instalaos en la casa del citado Lorenzo Tramaglino, y evacuadas
-las debidas diligencias, apoderaos de todo lo que encontréis para que
-sirva como cuerpo del delito; tomad informes de sus malas cualidades,
-vida y cómplices.
-
-[25] Lo relataréis prontamente.
-
-[26] Así llaman en Italia á aquéllos á quienes nosotros damos
-vulgarmente el nombre de alcaldes de monterilla.
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 1 ***
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-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
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-Archive Foundation
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-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
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- Los desposados, by Alejandro Manzoni&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of Los desposados - Tomo 1, by Alessandro Manzoni</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
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-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: Los desposados - Tomo 1</p>
-<p style='display:block; margin-top:0; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:0;'>Historia milanesa del siglo XVII</p>
-
-<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Alessandro Manzoni</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: December 8, 2021 [eBook #66902]</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div>
-
-<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Andrés V. Galia, Sanly Bowitts and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive)</div>
-
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 1 ***</div>
-
-<div class="figcenter illowp51" id="cover" style="max-width: 64.3125em;">
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-
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-
-<div class="chapter">
-<div class="tnote">
-
- <p class="p2 center big2">NOTAS DEL TRANSCRIPTOR</p>
-
-
-<p>"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de
-Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el
-título de "I promessi sposi".</p>
-
-<p>En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los
-novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el
-título original y el tenor de la obra.</p>
-
-<p>En una nota al pie de página el traductor traduce "quatrini" como
-"maravedíes". El transcriptor cree que una traducción más adecuada de
-"quatrini" al castellano es "dinero" o bien "monedas". Asimismo el
-traductor explica en otra nota al pie de página que "polenta" es una
-comida con agua y harina de castañas. Esto es correcto según ha podido
-constatar el transciptor. Sin embargo en la actualidad la versión más
-conocida de la receta de polenta es con agua y harina de maíz.</p>
-
-<p>En la versión de texto las palabras en <em>itálicas</em> están indicadas con
-_guiones bajos_.</p>
-
-<p>El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando
-la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado
-puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia
-Española.</p>
-
-<p>En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar
-que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban
-acento ortográfico. Eso ha sido respetado.</p>
-
-<p>En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las
-mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen
-que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal
-acentuada está en mayúsculas.</p>
-
-<p>La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha
-agregado al dominio público.</p>
-
-<p>Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.</p>
-
-<p>El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.</p>
-
-</div>
-</div>
-
-<hr class="tb x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="half-title">LOS DESPOSADOS</p>
-
-<p class="p6b center big1">TOMO PRIMERO</p>
-</div>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h1>LOS DESPOSADOS</h1>
-</div>
-
-<p class="center">HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII</p>
-
-<p class="center p2 big3">POR ALEJANDRO MANZONI</p>
-
-<p class="center p2 p6b">TRADUCIDA DEL ITALIANO</p>
-
-<div class="figcenter illowp100" id="title_page-ilo" style="max-width: 12.5em;">
- <img class="w100" src="images/title_page-ilo.jpg" alt="tpilo" />
-</div>
-
-<p class="center p4">MÉXICO</p>
-
-<p class="center">IMP. DE ANDRADE Y ESCALANTE</p>
-
-<p class="center">Calle da Cadena número 13<br />
-1858</p>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_v">[Pg v]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >INTRODUCCIÓN</h2>
-</div>
-
-
-<p>La historia puede definirse con toda propiedad,
-diciendo que es una guerra ilustre contra el
-tiempo; pues arrancando á éste de las manos los
-años á quienes había hecho cautivos ó cadáveres,
-los llama de nuevo á la vida, los pasa en revista
-y los vuelve á formar en orden de batallón. Pero
-los ilustres campeones que en semejante carrera,
-cosechan palmas y laureles, recogen tan sólo los
-despojos más brillantes y magníficos, embalsamando
-con sus tintas las empresas de reyes, de príncipes
-y de otros elevados personajes, y tejiendo
-con la finísima aguja del ingenio, los hilos de seda
-y oro con que hacen un recamo imperecedero
-de acciones gloriosas. No le es lícito á mi debilidad
-enaltecerse hasta tan noble asunto, ni exponerse
-tampoco á tan sublimes peligros, arrojándose<span class="pagenum" id="Page_vi">[Pg vi]</span>
-en medio de los negocios políticos ó del estruendo
-de los de la guerra; pero instruido de hechos
-memorables, aunque pertenecientes á la historia
-de unos pobres artesanos, quiero dejar á la posteridad
-el recuerdo de ellos, en un relato sencillo y
-verídico. Veránse en él, aunque en estrecho teatro,
-tragedias llenas de horror y escenas de increíble
-maldad, con intermedios de acciones virtuosas
-llenas de bondad angelical, en oposición con operaciones
-diabólicas. Y en verdad, cuando se considera
-que este nuestro país está bajo la dominación
-del rey católico, nuestro señor, sol que nunca
-se pone; y que en su órbita, y con la luz que de
-él toma, cual luna siempre llena, resplandece el
-héroe de noble prosapia que <i lang="la" xml:lang="la">pro tempore</i> ocupa su
-lugar, y los ilustres senadores, verdaderas estrellas
-fijas, y los demás respetables magistrados que,
-semejantes á los astros errantes, esparcen la luz
-por doquier se necesita, formando así un nobilísimo
-firmamento, no puede explicarse de otra manera,
-el verlo transformado en un infierno de acciones
-tenebrosas, de maldades y de crímenes que
-algunos hombres aborrecibles multiplican sin cesar,
-sino atribuyendo esta trasformación á los manejos
-y á las maldades del diablo en persona; pues
-no puede negarse que la malicia humana no acertaría
-por sí sola, á resistir á tantos y tantos héroes,
-que con ojos de Argos y brazos de Briareo,
-se consagran con abnegación á la defensa de los<span class="pagenum" id="Page_vii">[Pg vii]</span>
-intereses públicos. Por lo cual, al describir estos
-sucesos acaecidos en mi florida edad, y cuando la
-mayor parte de las personas que figuran en ellos
-han desaparecido de la escena del mundo para
-pasar á ser tributarias de las parcas, callaremos,
-por justos miramientos, también sus nombres, es
-decir, los patronímicos; lo mismo haremos con respecto
-á los lugares, indicando los territorios nada
-más que <em>generaliter</em>...</p>
-
-<p>Habrá tal vez quien vea en esta reserva
-una imperfección y una deformidad de este mi
-humilde parto, sobre todo, si el que lo examina
-es extraño á achaque de filosofía; pues los hombres
-versados en esta ciencia, no creerán que por
-esta omisión falta algo esencial en nuestra historia.
-Pues siendo en efecto cosa evidentísima que
-los nombres sólo son puros, purísimos accidentes...</p>
-
-<p>Pero una vez que yo haya soportado la heroica
-fatiga de copiar un manuscrito casi completamente
-borrado; y que (como suele decirse) haya
-dado á luz esta historia, ¿habrá quien la lea?</p>
-
-<p>Esta reflexión dubitativa inspirada por el trabajo
-fastidioso que me costaba el descifrar los garabatos
-que seguían á la palabra <em>accidentes</em>, me
-hizo suspender mi empeño de copista, y reflexionar
-maduramente sobre lo que me convenía hacer.
-¿Sin duda, me decía á mí mismo, al ojear el
-manuscrito, no llueven como hasta aquí, figuras<span class="pagenum" id="Page_viii">[Pg viii]</span>
-y <i lang="it" xml:lang="it">concettini</i> en todas las páginas de la obra? El
-bueno del <em>secentista</em><a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> ha querido antes de todo
-mostrar, cuánto vale y sabe: pero en el curso de
-su relato y durante muy largos intervalos, su estilo
-es más natural y llano. Esto es cierto; pero
-¡qué vulgar es, qué desigual y qué incorrecto! ¡De
-cuánto idiotismo lombardo y de cuántas locuciones
-viciosas está lleno! ¡cuán arbitraria es su gramática
-y cuán imperfectos sus períodos! En diferentes
-puntos se notan algunas elegancias españolas de
-aquellos tiempos; y lo peor es, que en los pasajes
-más terribles ó patéticos, en los que requieren algunas
-flores de retórica discreta, sagaz y de buen
-gusto, en ellos, ¡oh fatalidad! saca á lucir el estilo
-de que acabamos de dar muestra: y entonces, reuniendo
-con admirable habilidad dos cualidades
-contradictorias, se ostenta trivial y afectado en
-una misma frase y en un mismo período. Todo
-lo cual forma un compuesto de declamaciones
-huecas y de galicismos vulgares, que acompañado
-del tonto orgullo que distingue á los autores
-italianos de aquel siglo, no podría complacer
-de ninguna manera á los lectores de nuestros
-días, en extremo instruidos y enemigos de semejantes
-extravagancias; por cuyo motivo me lisonjeo
-mucho de haber abandonado aquel trabajo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_ix">[Pg ix]</span></p>
-
-<p>Cuando iba á cerrar el manuscrito y á guardarlo,
-reflexioné sería lástima que una historia tan
-interesante quedara ignorada, tal vez, y me pesaría
-por cierto; el lector pensará de distinto
-modo.</p>
-
-<p>¿No se podrá, me decía á mí mismo, conservar
-la serie de los sucesos de este libro y rehacer su
-estilo?</p>
-
-<p>Como no se presentó á mi espíritu ninguna objeción
-razonable, acogí este proyecto con ardor.
-Y tal es el origen del presente libro, expuesto con
-una ingenuidad igual á su importancia. Sin embargo,
-algunos de los hechos y costumbres descritos
-por nuestro autor, nos parecieron tan singulares
-y extraños, por no decir más, que antes de
-darles fe hemos querido interrogar á otros testigos;
-y por esto emprendimos la ardua tarea de
-ojear las memorias de aquellos tiempos, para ver,
-si en efecto, el mundo, andaba por entonces como
-nuestro autor decía. Semejante indagación disipó
-todas nuestras dudas; á cada paso encontramos
-hechos análogos ó más extraordinarios aún que los
-que ya habíamos visto; y lo que nos ha parecido
-decisivo para acreditar nuestro manuscrito es el
-que estas memorias hacen mención de muchos
-personajes que sólo conocíamos por nuestro autor,
-lo cual nos había hecho dudar de que hubiesen
-existido en realidad. Á su tiempo citaremos
-algunos de estos testimonios que darán mayor autoridad<span class="pagenum" id="Page_x">[Pg x]</span>
-á los hechos, de cuya veracidad podría
-dudar, á causa de su índole extraña, el lector de
-nuestros días.</p>
-
-<p>Pero después de haber refutado el estilo de
-nuestro autor, nos toca explicar el que nosotros le
-hemos sustituido.</p>
-
-<p>El que sin ser rogado para ello, rehace el trabajo
-ajeno, se expone, y hasta cierto punto contrae
-el deber de dar una cuenta minuciosa del suyo
-propio.</p>
-
-<p>Ésta es una regla de hecho y de derecho á la
-cual no intentamos sustraernos de ningún modo.</p>
-
-<p>Lejos de eso, y para probar que nos sometíamos
-á ella de buen grado, nos propusimos dar
-aquí una explicación detallada sobre el modo de
-escribir que hemos adoptado; con este objeto nos
-afanamos en adivinar durante todo el tiempo de
-nuestro trabajo, las críticas posibles y contingentes
-que él podría suscitar, con la intención de refutarlas
-anticipadamente. Pero no estribaba en
-esto la dificultad, pues (digámoslo en honor de la
-verdad) ninguna crítica se ha presentado á nuestra
-mente sin venir acompañada de una respuesta
-triunfante, de aquéllas que no sólo resuelven
-las cuestiones sino que imponen silencio. Nos ha
-sucedido también con frecuencia que, poniendo
-dos críticas frente á frente, las hacíamos luchar
-entre sí, y examinándolas profundamente y comparándolas
-con escrupulosa atención, descubríamos<span class="pagenum" id="Page_xi">[Pg xi]</span>
-y demostrábamos al cabo, que aunque opuestas
-en apariencia, eran por su naturaleza semejantes,
-y que ambas á dos procedían de la desatención
-con que se habían indicado los hechos y
-los principios, sobre los cuales debían asentarse
-los juicios que de unos á otros se debieron hacer,
-y en consideración de esto juntábamos ambas críticas
-y las mandábamos juntas también á pasear.</p>
-
-<p>¡Con dificultad se podría hallar un autor que
-probara mejor su infalibilidad!&mdash;Pero, ¡oh cielos!
-llegado el momento de recapitular las objeciones
-y sus respuestas y el de ordenarlas, hallamos, que
-habíamos hecho un libro: visto lo cual, abandonamos
-nuestro intento por dos razones, que sin duda
-alguna el lector considerará oportunas.&mdash;La
-primera, porque temimos que el hacer un libro
-para justificar otro, ó sólo su estilo, parecería cosa
-ridícula. La segunda, porque creemos que es
-suficiente, cuando no excesivo, el publicar un sólo
-libro á la vez.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_xii">[Pg xii]</span></p>
-</div>
-
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Se da este nombre á los escritores del siglo XVI y de la
-primera mitad del XVII, época para Italia de decadencia y
-mal gusto. <em>Nota del autor.</em></p>
-
-</div>
-</div>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="center p4 big2">ÍNDICE</p>
-</div>
-
-
-<table class="autotable" summary="ind">
-
-<tr>
-<td class="tdl">&nbsp;</td>
-<td class="tdr">Pág.</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">INTRODUCCIÓN</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_v">v</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO PRIMERO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_1">1</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO SEGUNDO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_29">29</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO TERCERO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_51">51</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO CUARTO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_78">78</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO QUINTO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_104">104</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO SEXTO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_129">129</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO SÉPTIMO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_153">153</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO OCTAVO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_185">185</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO NOVENO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_221">221</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DÉCIMO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_254">254</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOPRIMERO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_285">285</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_316">316</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOTERCERO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_339">339</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOCUARTO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_365">365</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOQUINTO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_392">392</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSEXTO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_420">420</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_446">446</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOCTAVO</td>
-<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_473">473</a> </td>
-</tr>
-</table>
-
-<div class="chapter"><p><span class="pagenum" id="Page_1">[Pg 1]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO PRIMERO</h2>
-</div>
-
-<p>Un brazo del lago de Como, dirígese al Mediodía,
-por entre dos cordilleras de montañas no interrumpidas,
-y va formando, según aquéllas se estrechan
-ó se apartan, bahías y ensenadas que de
-repente toman el curso y la apariencia de un caudaloso
-río, teniendo á su derecha un cabo ó promontorio,
-y á su izquierda otro río. El puente que
-une las dos márgenes en aquel sitio, parece que
-hace más sensible á la vista dicha trasformación:
-él señala el punto donde termina el lago y empieza
-el Adda, para volver á tomar su nombre en el
-mismo lugar en que ambas riberas, ensanchándose
-nuevamente, permiten que las aguas se extiendan
-formando innúmeros golfos y bahías. El río
-baja apoyándose en dos montes contiguos, formado
-por la confluencia de tres grandes torrentes,
-llamado el uno de S. Martín y el otro el Resegon,
-que en dialecto lombardo, quiere decir sierra;
-y en efecto, son tantos sus numerosos picos,<span class="pagenum" id="Page_2">[Pg 2]</span>
-que verdaderamente semeja á una sierra; de modo
-que, á su aspecto, visto de frente, por ejemplo,
-desde los muros de Milán que miran al Norte, no
-hay quien, por esa señal, no le reconozca al momento
-entre aquella vasta cordillera de montañas,
-de los otros montes de nombre menos conocido y
-de forma mas común. Por espacio de un buen trecho
-el río baja por una pendiente poco sensible;
-después interrumpido en su marcha por ribazos y
-cañadas, se precipita formando cascadas ó anchas
-lagunas, según la configuración de las dos montañas
-y el trabajo de las aguas. La orilla, surcada
-por las bocas de los torrentes, está cubierta de
-gruesa arena y guijarros; el resto del terreno lo
-forman campos y viñedos, salpicados de lugarcillos,
-quintas y cabañas, y de cuando en cuando,
-bosques que se prolongan hasta la misma montaña.
-Lecco, el mayor de aquellos lugarcillos y que
-da su nombre al territorio, está situado á corta
-distancia del puente, sobre las orillas del lago, haciendo
-parte del mismo, cuando crecen sus aguas.
-Hoy día es una gran aldea que va encaminándose
-á ser ciudad. En el tiempo que tuvieron lugar
-los sucesos, cuya narración vamos á emprender,
-dicha aldea, ya muy considerable, era á más una
-plaza fuerte, teniendo por lo tanto el honor de
-alojar un gobernador, y la ventaja de poseer una
-guarnición permanente de soldados españoles. El
-Adda, salido apenas de los arcos del puente, se<span class="pagenum" id="Page_3">[Pg 3]</span>
-convierte de nuevo en un pequeño lago, y después
-se estrecha y prolonga hasta el horizonte en
-brillantes revueltas; en lo alto las cimas de los
-montes suspendidas sobre el que las contempla,
-y debajo la pendiente de la montaña cultivada,
-los paisajes, el puente; al frente la ribera opuesta
-del lago, y tendiendo más la vista el encumbrado
-monte que lo encierra.</p>
-
-<p>Por uno de estos senderos volvía de paseo, dirigiéndose
-á su casa á pasos lentos, en la tarde
-del día 7 de noviembre del año 1668, D. Abundio,
-cura párroco de uno de los lugares que se
-acaban de describir: el nombre de éste, ni el apellido
-de aquél se encuentran en el manuscrito ni
-en dicho lugar, ni en otro alguno. Iba recitando
-tranquilamente sus rezos, y de vez en cuando entre
-salmo y salmo cerraba el breviario, dejando
-dentro por señal el índice de la mano derecha;
-luego poniéndose ambas manos atrás, proseguía
-su camino mirando al suelo, arrojando con el pie
-las piedras que obstruían el camino; después alzaba
-la vista, y volviendo negligentemente los ojos
-á su alrededor, los fijaba en la parte de un monte,
-en que la luz del sol poniente, escapándose
-por las grietas del opuesto, esparcía por donde
-quiera largas y desiguales fajas de púrpura sobre
-los ángulos salientes de los peñascos en donde reflejaban
-sus rayos. Después abrió de nuevo el
-breviario, y habiendo recitado otro pequeño pasaje,<span class="pagenum" id="Page_4">[Pg 4]</span>
-llegó á una revuelta del sendero, donde siempre
-tenía la costumbre de levantar los ojos del libro
-y echar una mirada delante de sí, lo cual hizo
-también aquel día. Luego que hubo dado la vuelta
-al citado sendero, el camino seguía en línea
-recta casi unos sesenta pies, y en seguida se dividía
-en dos sendas en forma de Y: la de la derecha
-se dirigía á la montaña y conducía á la parroquia;
-la de la izquierda descendía al valle hasta llegar
-á un torrente, y por esta parte la pared no llegaba
-ni á la mitad del cuerpo del pasajero. Las paredes
-interiores de ambas sendas, en vez de reunirse
-en el ángulo terminaban en una especie de
-retablo sobre el cual habían pintado ciertas figuras
-largas, serpenteantes, que acababan en punta,
-las cuales, según la intención del artista y á los
-ojos de todos los habitantes de las cercanías, figuraban
-llamas, y alternaban con éstas otras figuras
-que es imposible describir, y que representaban
-las almas del purgatorio; almas y llamas eran
-de color de ladrillo, sobre un fondo pardusco, resquebrajado
-por algunas partes. El cura, después
-de haber dado la vuelta al camino, y dirigiendo
-según solía sus miradas á la capilla, vió lo que no
-esperaba, y que no hubiera querido ver. Tres
-hombres estaban apostados, el uno enfrente del
-otro, en la confluencia, por decirlo así, de las dos
-sendas: uno de ellos cabalgaba sobre la pequeña
-tapia, teniendo una pierna colgando por la parte<span class="pagenum" id="Page_5">[Pg 5]</span>
-exterior, y el otro pie descansando sobre el camino;
-el segundo de pie, arrimado á la citada tapia,
-y el último sentado y con los brazos cruzados. El
-vestido, el talante y el paraje en que se hallaban,
-manifestaban claramente la condición de aquéllos.
-Llevaban los tres la cabeza ceñida con una redecilla
-verde, de la cual se destacaba sobre la frente
-un enorme tupé que caía encima del hombro
-izquierdo, donde terminaba por una gran borla;
-con el pelo largo y ensortijado; un descomunal
-cinturón de correa de donde pendían un par de
-pistolas; un pequeño cuerno lleno de pólvora, colgado
-del cuello á guisa de collar; el mango de un
-cuchillo que salía de sus anchos y huecos calzones,
-y por último un espadón, cuya grande empuñadura,
-toda calada y primorosamente trabajada
-formaba una especie de concha; con lo que á
-primera vista se conocía que pertenecían á la clase
-de los <small>BRAVOS</small>. Dicha especie, hoy del todo perdida,
-estaba entonces muy floreciente en la Lombardía,
-y era ya antiquísima. Para el que no tuviese
-idea de ella, he aquí algunos fragmentos
-auténticos que darán á conocer bastante sus principales
-caracteres, los esfuerzos hechos para destruirla,
-y su tenaz y rigorosa vitalidad.</p>
-
-<p>Desde el 8 de abril del año 1583, el Illmo. y
-Exmo. Sr. D. Carlos de Aragón, príncipe de Castelvetrano,
-duque de Terranova, marqués de Ávola,
-conde de Burgeto, grande almirante y gran<span class="pagenum" id="Page_6">[Pg 6]</span>
-condestable de Sicilia, gobernador de Milán y capitán
-general de S. M. C. en Italia, <em>plenamente informado
-de la intolerable miseria, en la cual ha vivido
-y vive aún la ciudad de Milán, á causa de
-los</em> <small>BRAVOS</small> <em>y vagamundos</em>, publicó un bando contra
-éstos. <em>Declarando á todos ellos comprendidos en
-el presente bando, debiendo ser tenidos por</em> <small>BRAVOS</small> <em>y
-vagamundos... todos los que siendo forasteros, ó
-del país, no tienen ninguna profesión, ó que teniéndola
-no la ejercen... pero que con sueldo ó sin él
-se arriman á cualquier caballero, ó gentilhombre,
-oficial ó comerciante... para prestarle ayuda y
-favor, ó verdaderamente, según es de presumir, para
-tener asechanzas á otros...</em> Manda á todos
-ellos que en el término de seis días abandonasen
-el país, bajo la pena de galeras á los contumaces,
-y dió á todos los oficiales de justicia las más amplias
-é indefinidas facultades para la ejecución de
-la citada orden. Mas en 12 de abril del año siguiente,
-viendo dicho señor <em>que esta ciudad estaba
-llena todavía de</em> <small>BRAVOS</small>... <em>que habían vuelto á
-vivir como antes, no habiendo cambiado en nada
-sus costumbres, ni disminuido su número</em>, publicó
-un nuevo bando más fuerte aún y más notable,
-en el cual, entre otras órdenes, prescribe:</p>
-
-<div class="blockquot">
-
-<p>“Que cualquier individuo, tanto de la ciudad,
-como de fuera de ella, que por dos testigos conste
-ser tenido y comúnmente reputado por <small>BRAVO</small>,<span class="pagenum" id="Page_7">[Pg 7]</span>
-y lleve el nombre de tal, aunque no se verifique
-que haya cometido delito alguno... por la sola
-opinión de <small>BRAVO</small> sin necesidad de más indicios,
-podrá por los dichos jueces, y cada uno de ellos
-en particular, ser condenado á la horca y al tormento,
-previa la correspondiente sumaria... y
-aunque no confiese crimen alguno, sea enviado á
-galeras por el tiempo de tres años, por la sola reputación
-y nombre de <small>BRAVO</small>, según se expresa
-arriba. <em>Todo esto, sin perjuicio de lo demás que corresponda,
-porque</em> su excelencia está resuelto á hacerse
-obedecer de todos”.</p>
-</div>
-
-<p>Al oir palabras tan enérgicas, tan positivas,
-acompañadas de tales órdenes, está uno decidido
-á creer que á su solo ruido todos los <small>BRAVOS</small> desaparecerían
-para siempre. Pero el testimonio de
-un señor no menos poderoso, no menos dotado de
-nombre, nos obliga á creer todo lo contrario. Éste
-es el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan Fernández de
-Velasco, condestable de Castilla, camarero mayor
-de S. M., duque de Frías, conde de Haro y Castelnovo,
-señor de la casa de Velasco y de la de los
-siete infantes de Lara, gobernador del Estado de
-Milán, &amp;c. En 5 de junio de 1593, plenamente
-informado también <em>de cuánto daño y ruina son...
-los</em> <small>BRAVOS</small> <em>y vagamundos, y del pésimo efecto
-que tal clase de gentes causa al bien público, en menosprecio
-de la justicia</em>, les intima de nuevo que en
-<span class="pagenum" id="Page_8">[Pg 8]</span>
-el perentorio término de seis días, desocupen el
-país, repitiendo exactamente las mismas prescripciones
-y amenazas de su predecesor. El 23 de mayo
-del año 1598, <em>informado con el mayor desagrado
-que... en esta ciudad y Estado va creciendo
-cada vez más el número de tales gentes</em> (bravos y
-vagamundos), <em>y que de su parte, día y noche, no
-oye hablar más que de heridas causadas alevosamente,
-de homicidios y robos, y de toda clase de crímenes,
-cuya ejecución les es tanto más fácil, cuanto que
-confían en ser protegidos por sus jefes y fautores...</em>
-prescribe de nuevo los mismos remedios, aumentando
-la dosis, como se usa en las enfermedades
-obstinadas. <em>Que cualquiera, pues</em>, concluye por último,
-<em>en todo y por todo se guarde de controvertir
-en lo más mínimo á la presente orden, porque en vez
-de merecer la clemencia de su excelencia, experimentará
-su rigor y su cólera, estando resuelto y determinado
-á que éste sea el último, y perentorio
-aviso.</em></p>
-
-<p>No fué, sin embargo, de este parecer el Illmo.
-y Exmo. Sr. D. Pedro Enríquez de Acevedo, conde
-de Fuentes, capitán y gobernador del Estado
-de Milán; no fué de este parecer, y con razón.
-<em>Plenamente informado del estado deplorable en que
-se encuentra esta ciudad y estado por causa del considerable
-número de</em> <small>BRAVOS</small> <em>que en él abundan...
-y resuelto á extirpar totalmente semilla tan perniciosa</em>,
-se determina á dar el 5 de diciembre del año<span class="pagenum" id="Page_9">[Pg 9]</span>
-1600, un nuevo bando lleno de las más severas
-conminaciones, con el firme propósito de que sean
-todas ejecutadas con el mayor rigor, y sin esperanza
-de remisión.</p>
-
-<p>Con todo, preciso es creer que no lo hiciese con
-la buena voluntad que sabía emplear para urdir
-intrigas y suscitar enemistades á su grande enemigo
-Enrique IV; pues acerca de esto, dice la historia,
-que logró armar contra dicho monarca al
-duque de Saboya, á quien hizo perder más de una
-ciudad, como también consiguió hacer conspirar
-al duque de Biron, lo que le costó la cabeza; pero
-tocante á la mala semilla de los <small>BRAVOS</small>, es cierto
-que aún continuaba germinando el 22 de setiembre
-del año 1612. En este día el Illmo. y Exmo.
-Sr. D. Juan de Mendoza, marqués de la Hinojosa,
-gentilhombre, &amp;c., gobernador, &amp;c., pensó formalmente
-en extirparla. Á dicho efecto, expidió á
-Pandolfo y á Marco Tulio Malatesta, impresores
-del rey, el acostumbrado bando, corregido y aumentado,
-para que lo imprimiesen, para el exterminio
-de los <small>BRAVOS</small>. Mas éstos vivieron todavía
-lo bastante para recibir el 24 de diciembre del
-año 1618, los mismos y más fuertes golpes del
-Illmo. y Exmo. Sr. D. Gómez Suárez de Figueroa,
-duque de Feria, &amp;c., gobernador, &amp;c.; pero no
-habiendo muerto de ellos, el Illmo. y Exmo. Sr.
-D. Gonzalo Fernández de Córdoba, bajo cuyo gobierno
-tuvo lugar el paseo de D. Abundio, se había<span class="pagenum" id="Page_10">[Pg 10]</span>
-visto obligado á corregir y publicar de nuevo
-la acostumbrada ordenanza contra los <small>BRAVOS</small> el
-día 5 de octubre de 1627, es decir, un año, un
-mes y dos días antes de aquel memorable acontecimiento.</p>
-
-<p>No fué ésta la última publicación; pero nosotros
-no creemos deber hacer mención de las posteriores,
-como cosa que está fuera del período de
-nuestra historia. Solamente indicaremos una del
-13 de febrero del año 1632, en la cual el Exmo.
-duque de Feria, por segunda vez gobernador, nos
-da á conocer que las mayores maldades procedían
-de los llamados <small>BRAVOS</small>. Esto basta para probar
-que los <small>BRAVOS</small> existían aún en el tiempo de que
-tratamos.</p>
-
-<p>Que los tres individuos descritos anteriormente
-estuviesen allí para esperar á alguno, era demasiado
-evidente; pero lo que más disgustó á D.
-Abundio fué el comprender por ciertas señales,
-que el esperado era él, porque á su aparición ellos
-se habían mirado, alzando la cabeza, con un movimiento
-que denotaba que ellos á un tiempo habían
-dicho: “él es”. El que estaba cabalgando en
-la tapia se levantó, plantándose en el camino;
-otro se separó también de la pared y los dos marcharon
-á su encuentro. D. Abundio, teniendo siempre
-delante de sus ojos el breviario abierto, como
-si leyese, miraba además para espiar sus movimientos;
-y viéndolos venir directamente á él, fué<span class="pagenum" id="Page_11">[Pg 11]</span>
-asaltado al instante por mil diversos pensamientos.
-De repente se preguntó si entre los <em>bravos</em> y
-él, el sendero tendría alguna salida, ya fuese á la
-derecha, ya á la izquierda, y al momento se acordó
-que no. Examinó su conciencia y no le recordó
-ninguna falta cometida contra algún señor poderoso
-ó vengativo: pero aun en aquella tribulación,
-el testimonio consolador de aquélla lo tranquilizaba
-completamente. Sin embargo, los <em>bravos</em> se
-acercaban mirándole fijamente. Puesto el índice
-y la palma de la mano izquierda en su alzacuello,
-como para acomodarlo mejor, y haciendo girar los
-dos dedos alrededor de la garganta, volvía entre
-tanto la cabeza hacia atrás torciendo al mismo
-tiempo la boca, y mirando de reojo, con el fin de
-poder ver si venía alguien; mas no vió á nadie.
-Echó una ojeada por encima de la pequeña tapia
-con dirección á los campos, nadie; en seguida otra
-más tímida sobre el camino que tenía delante de
-sí, tampoco; nadie más que los <em>bravos</em>. ¿Qué hacer?
-¿Volver atrás? Ya no era tiempo: confiarse á
-las piernas, era lo mismo que decir, perseguidme.
-No pudiendo esquivar el peligro, corrió á encontrarlo;
-porque aquellos momentos de incertidumbre
-eran tan penosos para él, que su único deseo
-consistía en abreviarlos. Apretó el paso, recitó un
-versículo en voz alta, trató de dar á su rostro toda
-la calma posible, hizo todos los esfuerzos imaginables
-para dejar entrever una sonrisa; y cuando<span class="pagenum" id="Page_12">[Pg 12]</span>
-se encontró frente á frente de los dos personajes,
-dijo para sí: ya estamos, ya estamos, y se
-afirmó sobre sus dos pies.&mdash;Señor cura, dijo uno
-de ellos, encarándosele con la mayor desfachatez
-y agarrándole con una mano la garganta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tenéis que mandar? respondió súbitamente
-D. Abundio, alzando los ojos del libro, el
-cual había quedado enteramente abierto en sus
-manos, como si estuviera sobre un atril.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tenéis intención, prosiguió el otro, con el
-ademán amenazador é iracundo de aquél que coge
-á un inferior cometiendo alguna falta; tenéis
-intención de casar mañana á Renzo Tramaglino
-y á Lucía Mondella?</p>
-
-<p>&mdash;Esto es... responde con trémula voz D.
-Abundio, esto es... Los señores son hombres
-de mundo, y saben muy bien del modo que se hacen
-estas cosas. Un pobre cura no puede nada;
-estos arreglos los disponen ellos, y después...
-después vienen á nosotros, lo mismo que irían á
-un mercado, y nosotros... nosotros estamos al
-servicio de todo el mundo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, le dice uno de los bravos al oído,
-pero con el tono solemne del que manda: ese matrimonio
-no se ha de verificar, ni mañana, ni
-nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, señores míos, replica D. Abundio con
-acento afable y cariñoso, como el que quiere persuadir
-á un impaciente; pero señores míos, dignaos<span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span>
-poneros en mi lugar... si esto dependiese
-de mí... bien veis que yo nada gano en esto.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, interrumpió el bravo: si la cosa tuviese
-que decidirse charlando, nos meteríais en el
-saco. Nosotros no sabemos ni queremos saber más.
-Hombre avisado... ya me entendéis.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, dijo esta vez el compañero que hasta
-entonces no había hablado; pero el matrimonio no
-se hará, ó... y soltó una horrible blasfemia, ó
-el que lo haga no se arrepentirá, porque no tendrá
-tiempo, y... aquí otro juramento.</p>
-
-<p>&mdash;Chito, chito, replicó el primer interlocutor:
-el señor cura es un hombre que sabe vivir, y nosotros
-somos unas buenas gentes que no queremos
-causarle ningún daño, con tal de que se ponga
-en la razón. Señor cura, el Illmo. Sr. D. Rodrigo
-os saluda afectuosamente.</p>
-
-<p>Este nombre hizo sobre la imaginación de D.
-Abundio el mismo efecto que cuando en una noche
-de fuerte temporal un relámpago ilumina momentánea
-y confusamente los objetos, y aumenta
-más el terror: al oirle se inclinó como por instinto,
-profundamente, y dijo: “Si vosotros, señores,
-pudieseis instruirme”...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, instruiros, á vos que sabéis el latín! interrumpió
-aún el bravo, con una risa sarcástica y
-feroz á la vez: esto os toca á vos. Sobre todo, que
-no se os escape una sola palabra del aviso que os
-hemos dado por vuestro bien; pues de lo contrario,<span class="pagenum" id="Page_14">[Pg 14]</span>
-hem... sería lo mismo que hacer el matrimonio.
-¡Y bien! ¿qué queréis que digamos de parte
-vuestra al Illmo. Sr. D. Rodrigo?</p>
-
-<p>&mdash;Mis respetos...</p>
-
-<p>&mdash;Explicaos mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Dispuesto... siempre dispuesto á obedecerle:
-y al proferir estas palabras, ni aun él mismo
-sabía si hacía una promesa ó un simple cumplido.
-Los bravos lo tomaron ó manifestaron tomarlo en
-el sentido más formal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien! Buenas noches, dijo uno de ellos
-haciendo ademán de partir con su camarada. D.
-Abundio, que pocos momentos antes hubiera dado
-un ojo con el fin de evitar su encuentro, quería
-ahora prolongar la conversación. Señores...
-empezó, cerrando el libro con ambas manos: pero
-éstos, sin escucharle, tomaron el camino por
-donde él había venido, y se alejaron cantando un
-estribillo que no juzgo oportuno trascribir. El
-pobre D. Abundio se quedó por un momento con
-la boca abierta como si estuviera encantado; después
-tomó el sendero que conducía á su casa,
-pudiendo apenas andar, pues parecía que tenía las
-piernas envaradas. Se conocerá mejor cómo estaba
-su espíritu, cuando hayamos dicho algo de su
-carácter y de los desgraciados tiempos en los cuales
-le había tocado vivir.</p>
-
-<p>D. Abundio (según el lector debe haber observado),<span class="pagenum" id="Page_15">[Pg 15]</span>
-no había nacido con un corazón de león;
-pero desde sus más tiernos años había debido
-comprender, que la peor condición en aquella
-época era la de un animal sin garras ni dientes, y
-sin inclinación á ser devorado. La fuerza legal,
-no protegía en manera alguna al hombre pacífico
-é inofensivo, y que carecía de medios para hacerse
-respetar de los demás. No era que faltasen leyes
-y castigos contra las violencias de los particulares;
-por el contrario, las leyes llovían, los
-delitos eran enumerados é inscritos con la más
-prolija minuciosidad: si los castigos, ya regularmente
-exorbitantes no bastaban, podían en todo
-caso ser aumentados al arbitrio del mismo legislador
-y cien ministros suyos; los procedimientos
-tendían únicamente á librar al juez de todo lo que
-pudiese servir de impedimento para pronunciar
-una sentencia: los fragmentos de las ordenanzas
-contra los bravos que hemos citado anteriormente
-son una pequeña pero fiel muestra de esto. Con
-todo, y quizás á causa de esto mismo, dichas ordenanzas,
-reimpresas y esforzadas por cada gobernador,
-no servían más que para atestiguar
-pomposamente la impotencia de sus autores, y
-si surtían algún efecto inmediato era principalmente
-para añadir nuevas vejaciones á las que los
-pacíficos y débiles sufrían ya de los perturbadores,
-y para aumentar las violencias y perfidias de
-éstos. La impunidad estaba en su auge, y había<span class="pagenum" id="Page_16">[Pg 16]</span>
-echado tan profundas raíces, que las leyes no podían
-conmoverlas, ni aun llegar á ellas. De esta
-importunidad dan testimonio, los asilos, los privilegios
-de ciertas clases, reconocidos en parte por
-la fuerza legal, y tolerados en parte con envidioso
-silencio, ó impugnados con vanas protestas, pero
-sostenidos de hecho, y defendidos por dichas clases
-con actividad interesada y con el más celoso
-pundonor. Esta impunidad, amenazada é insultada,
-pero no destruida por las ordenanzas, debía
-naturalmente á cada amago, á cada ataque, acumular
-nuevos esfuerzos y nuevas astucias para
-conservarse.</p>
-
-<p>Así sucedía en efecto: á la aparición de los bandos
-dirigidos á reprimir á los perturbadores, éstos
-buscaban en su fuerza real, recursos más eficaces
-para continuar haciendo lo que la ley quería prohibir.
-Bien se podían poner trabas á cada paso, y
-molestar al hombre honrado que carecía de fuerza
-y protección; porque con el pretexto de tener
-en su poder á todos para prevenir y castigar los
-delitos, el individuo estaba sujeto de mil modos á
-la voluntad arbitraria de toda clase de magistrados
-y agentes; pero el que antes de cometer un
-delito tomaba apresuradamente sus medidas para
-retirarse á tiempo á un convento, á un palacio, en
-donde los esbirros no hubieran osado poner los
-pies; el que, sin otras precauciones, vestía una librea
-que tuviese empeño en defenderla de la
-<span class="pagenum" id="Page_17">[Pg 17]</span>
-vanidad y los intereses de familia poderosa ó de
-toda una asociación, éste era libre en sus operaciones,
-y podía burlarse de los bandos. Entre los
-mismos encargados de hacerlos ejecutar, algunos
-pertenecían por su nacimiento á la clase privilegiada;
-otros eran de su clientela: todos, por educación,
-por interés, por costumbre, por imitación,
-habían abrazado sus máximas, y se habrían guardado
-muy bien de ser infieles á ellas por temor á
-un pedazo de papel pegado á una esquina. Los
-agentes, pues, encargados de la inmediata ejecución,
-aunque hubiesen sido emprendedores como
-héroes, obedientes como frailes, y prontos á sacrificarse
-como mártires, no hubieran podido lograr
-el fin que se proponían, inferiores como eran
-en número á aquéllos á quienes trataban de someter,
-y con una grande probabilidad de ser abandonados
-de los que en abstracto, ó mejor dicho,
-en teoría les ordenaban obrar. Además, pertenecían
-á la clase más abyecta y despreciable de la
-sociedad de aquel tiempo: su oficio era vil aun á
-los ojos de aquéllos á quienes podían causar terror,
-y su título tenido como un improperio. Era,
-pues, muy natural, que en lugar de arriesgarse y
-lanzar su vida á desesperadas empresas, vendiesen
-su inacción, y también algunas veces su connivencia,
-á los poderosos, y se reservasen ejercer
-su execrable autoridad y la única fuerza que tenían
-en las ocasiones en que no había ningún peligro,<span class="pagenum" id="Page_18">[Pg 18]</span>
-esto es, en oprimir y vejar á los ciudadanos
-pacíficos y sin defensa.</p>
-
-<p>El hombre que quiere ofender, ó que teme á
-cada momento ser ofendido, busca de ordinario
-aliados y compañeros. Así es, que en aquella época
-era llevada al más alto grado la tendencia de
-estar reunidos en clases, formar otras nuevas, y
-procurar cada uno dar á la suya la mayor importancia
-posible. El clero velaba en sostener y aumentar
-sus inmunidades, la nobleza sus privilegios,
-el militar sus exenciones, los mercaderes y
-los artesanos estaban inscritos en los gremios y
-cofradías, los letrados formaban una liga y los médicos
-una corporación. Cada una de estas pequeñas
-oligarquías tenía su fuerza propia y especial;
-en cada una el individuo encontraba la ventaja de
-emplear para sí, á proporción de su poder y de
-su destreza, la fuerza reunida de muchos. Los
-más honrados se valían de esta ventaja únicamente
-para su defensa; los astutos y los facinerosos se
-aprovechaban de ella para llevar á cabo sus maldades,
-á cuyo fin no habían bastado sus medios
-personales, y también para asegurarse la impunidad.
-Sin embargo, las fuerzas de estas distintas
-ligas eran muy desiguales, principalmente en el
-campo: el noble, rico y déspota ejercía ese poder
-rodeado de una banda de bravos y cuadrillas de
-aldeanos, acostumbrados por tradición de familia,
-interesados ó forzados, á mirarse como súbditos<span class="pagenum" id="Page_19">[Pg 19]</span>
-y soldados de su señor, al cual ninguna fracción
-de otra liga hubiera podido allí difícilmente resistir.</p>
-
-<p>Nuestro Abundio, ni noble, ni rico, ni tampoco
-valiente, había, pues, comprendido, antes casi de
-llegar á los años de la discreción, que iba á ser en
-aquella sociedad como una vasija de tierra cocida,
-obligada á viajar en compañía de muchos vasos
-de hierro. Había, pues, accedido de buen grado
-á los deseos de sus padres, que querían fuese
-sacerdote. Á decir verdad, no había reflexionado
-mucho en las obligaciones y en los fines del santo
-ministerio al cual se dedicaba: procurarse una
-vida cómoda y meterse en una clase respetada y
-fuerte, le parecieron dos razones más que suficientes
-para tal elección. Mas una clase cualquiera
-no protege, no asegura á un individuo sino
-hasta cierto punto: ninguna le dispensa de crearse
-un sistema propio y particular. D. Abundio,
-continuamente absorto en los pensamientos de
-velar por su tranquilidad, se cuidaba poco de otras
-ventajas, las cuales para obtenerlas era indispensable
-trabajar mucho y arriesgarse un poco. Su
-sistema consistía principalmente en evitar toda
-especie de debates, y ceder en los que no podía
-hacerlo: neutralidad desarmada en todas las guerras
-que nacían en torno suyo, desde las contiendas
-entonces frecuentísimas entre el clero y el poder
-secular, entre militares, paisanos y entre los<span class="pagenum" id="Page_20">[Pg 20]</span>
-mismos nobles, hasta la riña más sencilla entre
-los dos campesinos, nacida de una palabra, y decidida
-con los puños ó las cuchilladas. Si se veía
-absolutamente obligado á tomar parte entre dos
-combatientes, estaba por el más fuerte, y siempre
-á retaguardia, procurando hacer ver al vencido
-que él no era voluntariamente enemigo suyo: parecía
-decirle: ¿pero por qué no habéis sabido ser
-el más fuerte, que yo me hubiera puesto de vuestra
-parte? Estando á larga distancia de los poderosos,
-disimulando sus injusticias pasajeras y caprichosas,
-correspondiendo con sumisión á las que
-provenían de una intención más formal y más meditada,
-obligaba á fuerza de saludos y expresiones
-joviales de respeto á que los más bruscos y altaneros
-le dirigiesen una sonrisa cuando los encontraba
-en su camino. El infeliz había conseguido
-llegar á los sesenta años sin grandes borrascas.</p>
-
-<p>Sin embargo, no se crea por esto que no tuviese
-también en el fondo del alma su pequeña dosis
-de hiel: aquel continuo ejercitar de la paciencia,
-aquella necesidad de dar siempre la razón á los
-otros, tan amargos bocados tragados en silencio,
-lo habían exacerbado hasta tal punto, que si no
-hubiese podido de vez en cuando desfogar un poco,
-ciertamente lo habría pagado en salud. Pero
-últimamente, como había en el mundo y á su lado
-personas que él conocía que serían incapaces
-de hacerle daño alguno, podía también alguna vez<span class="pagenum" id="Page_21">[Pg 21]</span>
-descargar sobre ellas su mal humor reprimido por
-largo tiempo, ocupándose en regañar y dar gritos
-injustamente. Era, pues, un rígido censor de los
-que no se regulaban como él; pero cuando podía
-ejercitar dicha censura sin ninguna clase de peligro,
-aunque fuese lejano, el vencido era para él
-un imprudente, y el muerto siempre había sido
-un hombre muy turbulento. Al que volvía con la
-cabeza rota por haber sostenido sus derechos contra
-algún poderoso, D. Abundio sabía siempre encontrar
-alguna culpa en el primero, cosa no difícil;
-porque la razón y sinrazón jamás se dividen
-tan absolutamente, que no se puede hallar un poco
-de una parte y otro poco de otra. Sobre todo,
-declamaba contra aquellos de sus cofrades que
-peligrosamente tomaban el partido del débil oprimido
-contra el poderoso opresor. Á esto él llamaba
-comprar impedimentos al contado y querer
-enderezar las piernas á un perro cojo; añadía también
-severamente que era mezclarse en cosas profanas
-en detrimento de la dignidad de su sagrado
-ministerio; y predicaba siempre contra ellos, pero
-siempre con mucha perspicacia, y en un pequeñísimo
-círculo, con tanta más vehemencia, cuanto
-más seguro estaba de que eran ajenos de resentirse,
-y en cosas que les tocaban personalmente.
-Tenía una sentencia predilecta, con la que cerraba
-siempre sus discursos tocante á dicho asunto:
-que el hombre honrado que no cuida más que de<span class="pagenum" id="Page_22">[Pg 22]</span>
-lo suyo y permanece en su lugar correspondiente,
-nunca tiene malos encuentros.</p>
-
-<p>Juzguen ahora mis lectores qué impresión debió
-lo que va referido hacer sobre el ánimo del
-pobre cura. El espanto que le habían causado
-aquellos horrorosos semblantes y terribles palabras;
-las amenazas de un señor conocido por no
-haberlas hecho jamás en vano; un sistema de vida
-tranquila que le había costado tantos años de paciencia
-y estudio, desconcertado un momento, en
-un paso del cual no veía salida posible: todos estos
-pensamientos se agrupaban tumultuosamente
-en la cabeza de D. Abundio, que con ella inclinada
-proseguía su camino. “¡Si pudiese mandar en
-paz á Renzo con un <em>no</em> bien redondo! pase; ¿pero
-querrá razones? ¡Y por Cristo! ¿qué he de responderle?
-¡Y el muchacho no tiene mala cabeza que
-digamos! Es un cordero si no se le hostiga; mas si
-uno quiere contradecirle... ¡Oh!... Y después
-está enteramente perdido por esa Lucía; enamorado
-como... Rapazuelos, que no sabiendo qué
-hacerse, se enamoran, quieren casarse, y no piensan
-en otra cosa; no haciéndose cargo de los compromisos
-en los cuales ponen á un hombre de bien.
-¡Oh, infeliz de mí! ¿No es una triste desgracia el que
-esos dos fantasmones hayan venido precisamente
-á plantarse en mi camino, y á emprenderla conmigo?
-¿Qué puedo yo? ¿Soy acaso el que quiero
-casarme? ¿Por qué no han ido á hablar más bien<span class="pagenum" id="Page_23">[Pg 23]</span>
-á... ¡Oh! ¡Ved, pues, cuán grande es mi suerte!
-Siempre se me ocurren las cosas después de haber
-pasado la ocasión. Si hubiese pensado en imbuirles
-que fuesen á llevar su mensaje...”. Mas al
-llegar á este punto sintió que arrepentirse de no
-haber sido consejero y cómplice de una maldad
-era muy inicuo, y descargó toda su ira contra el
-que iba de este modo á turbar su reposo. No conocía
-á D. Rodrigo más que de vista y por su fama;
-nunca había tenido con él otro negocio más
-que tocar la barba con el pecho, y el suelo con el
-extremo de su sombrero las pocas veces que lo había
-encontrado á su paso. En más de una ocasión
-le había ocurrido defender la reputación de dicho
-señor contra los que en voz baja, suspirando y alzando
-los ojos al cielo, maldecían alguno de sus
-hechos: había dicho más de cien veces que D. Rodrigo
-era un respetable caballero; mas en aquel
-instante, le aplicó en su interior todos los epítetos
-que jamás había oído serle prodigados por
-otros, sin interrumpirles prontamente con un
-“<em>¡vaya allá!</em>”</p>
-
-<p>En este desorden de ideas llegó á la puerta de
-su casa, que estaba situada á la entrada del pueblo:
-metió con presteza la llave en la cerradura,
-abrió, entró, cerró diligentemente; y ansioso de
-hallarse en segura compañía, llamó con celeridad:
-“Perpetua, Perpetua;” y se fué acercando al propio
-tiempo á la habitación en donde aquella debía<span class="pagenum" id="Page_24">[Pg 24]</span>
-estar probablemente, preparando la mesa para
-cenar. Según se veía, era Perpetua el ama de
-gobierno de D. Abundio, ama apasionada y fiel,
-que sabía obedecer y mandar, según las ocasiones;
-tolerar á tiempo los regaños y extravagancias del
-amo, y á su vez hacerle aguantar lo propio; que
-de día en día eran más frecuentes desde que había
-pasado de la canónica edad de los cuarenta,
-permaneciendo célibe por haber desechado (según
-la misma decía) todos los partidos que se le habían
-ofrecido, ó por no haber encontrado jamás
-un perro que la quisiera, como decían sus
-amigas.</p>
-
-<p>“Voy”, respondió Perpetua, poniendo sobre la
-mesa en el sitio de costumbre un frasco del vino
-predilecto de D. Abundio, dirigiéndose lentamente
-hacia donde éste se hallaba; mas aún no había
-llegado aquélla al umbral de la puerta de la sala,
-cuando él entró con un paso tan precipitado, con
-una mirada tan sombría, y un semblante tan desencajado,
-que no eran necesarios los ojos perspicaces
-de Perpetua, para descubrir á primera vista
-que le había pasado alguna cosa muy extraordinaria.</p>
-
-<p>&mdash;¡Misericordia! ¿Qué ocurre, señor?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada, contestó D. Abundio, dejándose
-caer sin aliento en su sillón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo nada! ¿Queréis darme á entender otra
-cosa, tan turbado como estáis? Algún grande acontecimiento
-os ha sobrevenido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_25">[Pg 25]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, por amor del cielo! Cuando yo digo nada,
-es nada, ó cosa que no puedo decir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no podéis decir ni aun á mí? ¿Quién
-cuidará de vuestra salud; quién os aconsejará?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay de mí! Callad, y dejemos esto; dadme un
-vaso de mi vino.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y todavía querrá sostenerme que no tiene
-nada! dijo Perpetua, llenando el vaso, y permaneciendo
-con él en la mano, como si no quisiera
-dárselo más que en premio de la confidencia que
-tanto se hacía esperar.</p>
-
-<p>&mdash;Traed, traed, repuso D. Abundio, cogiendo
-el vaso con mano trémula, y apurándolo de un
-solo trago, como si fuese una medicina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis, pues, obligarme á que vaya á preguntar
-por todas partes qué es lo que os ha sucedido?
-dijo Perpetua, puesta en jarras y de pie delante
-de su amo, mirándole fijamente, como si
-quisiese arrancarle de los ojos el secreto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por el amor de Dios! dejaos de habladurías;
-no deis chillidos: me va... me va en ello la
-vida.</p>
-
-<p>&mdash;¡La vida!</p>
-
-<p>&mdash;La vida.</p>
-
-<p>&mdash;Bien sabéis que siempre que me habéis dicho
-sinceramente alguna cosa en secreto, yo jamás
-he...</p>
-
-<p>&mdash;Justamente; como cuando...</p>
-
-<p>Perpetua vió que había tocado una cuerda falsa,<span class="pagenum" id="Page_26">[Pg 26]</span>
-en vista de lo cual cambió súbitamente de tono,
-y con voz dulce, á propósito para conmoverle,
-exclamó: “Mi querido señor, yo siempre he sido
-y os soy adicta; si ahora deseo saber con ansia lo
-que os aflige, es porque quisiera poder ayudaros,
-aconsejaros y tranquilizar vuestro espíritu”.</p>
-
-<p>El caso era que D. Abundio tenía tantos deseos
-de descargarse de su doloroso secreto, cuanto los
-de Perpetua de conocerlo: por tanto, después de
-haber rechazado, aunque siempre muy débilmente,
-los multiplicados, y cada vez más ejecutivos
-ataques de ésta; después de haberla hecho jurar
-hasta la saciedad que no lo descubriría; por último,
-haciendo muchas pausas, dando muchos gemidos,
-le contó su desgraciada aventura. Cuando
-llegó ya al nombre terrible del que le había mandado
-el mensaje, fué preciso que Perpetua profiriese
-un nuevo y más solemne juramento. Pronunciado
-el nombre, D. Abundio se recostó sobre
-el respaldo del sillón, lanzó un gran suspiro, alzó
-las manos en ademán imperioso y al mismo tiempo
-suplicante, diciendo: “¡Por Dios!”...</p>
-
-<p>&mdash;¡Virgen santísima! exclamó Perpetua. ¡Oh,
-qué bribón! ¡Qué malvado! ¡Qué hombre tan sin
-temor de Dios!</p>
-
-<p>&mdash;Callaréis, ¿ó queréis acabar de perderme?</p>
-
-<p>&mdash;Estamos solos; nadie nos oye. Mas, ¿qué es
-lo que vais á hacer, pobre amo mío?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Ved, dijo D. Abundio con ironía y cólera<span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span>
-á la vez; ved los bellos consejos que sabéis
-darme! Me pregunta lo que haré, lo que voy á
-hacer, como si fuese ella la que se hallase en el
-apuro, y me tocara sacarla de él.</p>
-
-<p>&mdash;Yo os diré gustosa mi humilde parecer; pero
-en seguida...</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero en seguida? Veamos, pues.</p>
-
-<p>&mdash;Mi opinión sería que, ya que todo el mundo
-dice que nuestro arzobispo es un santo varón, un
-sujeto de pulso, que no teme á ninguno de esos
-bribones, aunque sean poderosos, y que goza la
-mayor satisfacción sosteniendo con firmeza á un
-sacerdote contra las asechanzas de ellos; diré, y
-digo, que es necesario escribirle una carta bien
-puesta; informándole cómo y de qué manera...</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis callar, queréis callar? ¿Son consejos
-éstos para un desventurado? ¿Cuando haya recibido
-un buen balazo en las espaldas... (¡Dios
-me libre de semejante desgracia!)... el arzobispo
-me lo quitará?</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! las balas no se tiran como confites. ¿Y
-qué sería de nosotros si esos perros mordiesen todas
-las veces que ladran? Yo siempre he visto,
-que el que sabe enseñar los dientes y hacerse estimar
-en lo que vale, se hace también respetar; y
-como nunca queréis que prevalgan vuestras razones,
-es la causa de que nos veamos reducidos á
-que cualquiera venga (con vuestro permiso) á...</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis callar?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_28">[Pg 28]</span></p>
-
-<p>&mdash;Al instante me callo; pero no es menos cierto
-que cuando el mundo ve que uno, siempre y
-en todo y por todo, está dispuesto á bajar el...</p>
-
-<p>&mdash;Está visto, no callaréis: ¿es ahora tiempo, por
-ventura, de decir semejantes necedades?</p>
-
-<p>&mdash;Basta, esta noche lo pensaréis; mas en el ínterin
-no empecéis á daros malos ratos, y arruinéis
-vuestra salud. Vaya, tomad un bocado.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo pensaré, repuso D. Abundio refunfuñando;
-ciertamente, yo lo pensaré; ello tiene que
-pensarse. En seguida se levantó, añadiendo: no
-quiero nada, nada; demasiado tengo en mi cabeza;
-sé por desgracia qué me toca pensar. ¡Mas
-que tales cosas me sucedan justamente á mí!</p>
-
-<p>&mdash;Bebed á lo menos otra gota, dijo Perpetua
-escanciándole; ya sabéis que esto remedia vuestro
-estómago.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! yo necesito otro bálsamo... sí, otro
-bálsamo. Así diciendo, tomó una luz, y refunfuñando
-siempre: “¡Es una bagatela, á un hombre
-de bien como yo!... Y mañana, ¿qué sucederá?”
-y otras lamentaciones parecidas, se encaminó á su
-estancia. Al llegar junto á la puerta se volvió de
-pronto á Perpetua, se aplicó un dedo á los labios,
-diciendo con reposado y solemne acento: “¡Por el
-amor de Dios!”... y desapareció.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_29">[Pg 29]</span></p>
-
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SEGUNDO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Se refiere que el príncipe de Condé durmió
-profundamente la noche antes de la jornada de
-Rocroi; mas en primer lugar estaba muy fatigado,
-y en segundo había dado ya todas las disposiciones
-necesarias y establecido todo lo que debía
-hacerse al otro día. D. Abundio, por el contrario,
-no sabía más que el día siguiente sería la
-batalla; así fué, que pasó la noche en las más
-mortales angustias. No hacer caso de las intimaciones
-y amenazas de aquellos malvados y verificar
-el matrimonio, era un partido que ni aún siquiera
-quería poner en deliberación. Confiar á
-Renzo lo ocurrido y buscar con él algún medio...
-¡Dios lo libre! “Que no se os escape una sola palabra...<span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span>
-pues de lo contrario... <em>¡hem!</em>” había
-dicho uno de los bravos; y al sentir D. Abundio
-resonar en su mente aquel terrible <em>hem</em>, en lugar
-de pensar infringir semejante orden, se arrepentía
-de habérsela declarado á Perpetua. ¿Sería mejor
-huir? pero ¿adónde? Y luego ¡cuántos obstáculos,
-qué de cuentas que rendir! Á cada partido
-que rechazaba el infeliz daba una vuelta en el lecho.
-Lo que bajo de todos conceptos le pareció
-mejor ó menos malo, fué el ganar tiempo entreteniendo
-á Renzo con buenas palabras. Justamente,
-recordó que faltaban pocos días para el tiempo en
-que estaba prohibido el casarse. “Si puedo entretener
-á ese muchacho unos cuantos días, tengo
-dos meses de respiro; y en dos meses de respiro,
-pueden suceder tantas cosas”. Examinó detenidamente
-pretextos, para que le sirvieran mejor á
-sus miras; y aunque cuantos se le ocurrieron le
-parecían algo superficiales, se tranquilizaba con
-la idea de que su carácter sagrado los haría parecer
-de mayor peso, y que su experiencia le daría
-una gran ventaja sobre un joven novicio. “Veremos,
-se decía; él piensa en su amada, pero yo
-pienso en mi pellejo; el más interesado soy yo
-como el que más aventura. Querido mío, si no puedo
-apagar la llama que te abrasa, tampoco quiero
-ser tu víctima”. Fortalecido su ánimo con esta
-determinación, pudo al cabo dormir un poco; pero
-¡cuán agitado fué su sueño! Su mente no cesó<span class="pagenum" id="Page_31">[Pg 31]</span>
-de ver bravos, D. Rodrigo, Renzo, violencias, raptos,
-fugas, persecuciones, gritos, arcabuzazos<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a>.</p>
-
-<p>Una vez pasado este doloroso instante, D.
-Abundio recapituló prontamente sus designios de
-la noche, se conformó en ellos, los ordenó del mejor
-modo posible, se levantó y se puso á esperar
-á Renzo con temor, y al mismo tiempo con impaciencia.</p>
-
-<p>Lorenzo, ó como todos le llamaban Renzo, no
-tardó mucho. Apenas llegó la hora de poderse
-presentar sin indiscreción en la casa del cura, se
-dirigió á ella lleno de la alegría atolondrada de un
-joven de veinte años que debe casarse en aquel
-mismo día con la que adora. Huérfano desde la
-infancia, Renzo era hilador de seda, oficio, por decirlo
-así, hereditario en su familia, muy lucrativo
-en otro tiempo, y ya en decadencia, pero no hasta
-el punto que un hábil operario no pudiese ganar
-su vida honradamente con él. El trabajo iba
-disminuyendo de día en día; mas la emigración
-continua de los obreros, atraídos á los Estados vecinos
-por las promesas, privilegios y exorbitantes
-salarios, contribuía á que no les faltase á los que
-<span class="pagenum" id="Page_32">[Pg 32]</span>permanecían en el país. Además de esto, Renzo
-poseía un pequeña heredad que hacía cultivar y
-cultivaba él mismo en las ocasiones que no estaba
-ocupado en el oficio; de modo que su posición
-bien podía llamarse acomodada; y aunque aquel
-año fuese peor que los pasados, y se empezase á
-experimentar una verdadera carestía, sin embargo,
-nuestro joven, que desde que había puesto los
-ojos en Lucía se había vuelto mas económico, se
-encontraba bastante provisto y no tenía que luchar
-con la necesidad. Compareció ante D. Abundio,
-vestido de gran gala, adornado el sombrero
-con plumas de varios colores, con su puñal de
-hermoso mango, saliéndole del bolsillo de los calzones,
-con cierto aire festivo y al mismo tiempo
-de fiereza, peculiar entonces aun á los hombres
-más pacíficos. La acogida misteriosa y embarazada
-de D. Abundio hacía un singular contraste con
-las joviales y resueltas maneras del joven mancebo.</p>
-
-<p>Alguna cosa tiene que ocupa su imaginación,
-pensó Renzo, y en seguida dijo: “Sr. cura, vengo
-á saber á qué hora os conviene que nos hallemos
-en la iglesia”.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué día?</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo de qué día! ¿No os acordáis que hoy
-es el señalado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Hoy! replicó D. Abundio, como si hubiese
-oído hablar de ello por primera vez. Hoy...
-hoy... tened paciencia, pero hoy no puedo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_33">[Pg 33]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Hoy no podéis! ¿Pues qué ha sucedido?</p>
-
-<p>&mdash;En primer lugar, no me siento bien; mirad.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho me pesa; pero lo que tenéis que hacer
-es una cosa que requiere tan poco tiempo y
-tan poca fatiga...</p>
-
-<p>&mdash;Y después, y después, y después...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y después qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y después si hay embrollos?</p>
-
-<p>&mdash;¡Embrollos! ¿qué embrollos puede haber?</p>
-
-<p>&mdash;Sería necesario que os hallaseis en nuestro
-pellejo para conocer cuántas dificultades surgen
-de esa clase de negocios, y qué de cuentas se han
-de rendir. Yo soy muy blando de corazón; no
-pienso más que en quitar obstáculos del medio,
-en facilitarlo todo, en hacer las cosas al gusto de
-los demás; traspaso mi deber, y después me llenan
-de reproches.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, en nombre del cielo, no me tengáis en
-ascuas, y decidme claro y neto lo que esto significa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabéis cuántas y cuántas formalidades se
-requieren para verificar un matrimonio en regla?</p>
-
-<p>&mdash;Por fuerza debo saber algo, dijo Renzo, empezando
-á alterarse; porque bastante me habéis
-quebrado la cabeza estos últimos días con esos
-asuntos. Pero ahora, ¿no está todo concluido ya?
-¿no se ha hecho lo que había de hacerse?</p>
-
-<p>&mdash;Todo, todo... esto os parece á vos, porque...
-tened paciencia... el animal soy yo,<span class="pagenum" id="Page_34">[Pg 34]</span>
-que olvido mi deber por no causar penas á los otros. Pero,
-ahora... basta: yo me entiendo. Nosotros,
-pobres curas, estamos entre la espada y la pared:
-sois impaciente, infeliz mancebo, os compadezco;
-y mis superiores... no digo más; no todo se
-puede decir; y sobre nosotros caen todas las molestias.</p>
-
-<p>&mdash;Mas explicadme de una vez de lo que se trata,
-y cuál es la formalidad que queda por llenar,
-según vos decís; pues se hará al momento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabéis cuántos son los impedimentos dirimentes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué queréis que yo entienda de impedimentos?</p>
-
-<p>
-&mdash;<i lang="la" xml:lang="la">Error, conditio, votum, cognatio, crimen.<br />
-Cultus, disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas.<br />
-Si sis affinis</i>...<br />
-</p>
-
-<p>iba diciendo D. Abundio, enumerando con las yemas
-de los dedos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Os burláis de mí?, interrumpió el joven; ¿qué
-queréis que yo haga de vuestros latinajos?</p>
-
-<p>&mdash;Pues si ignoráis las cosas, tened paciencia, y
-remitíos á quien las sabe.</p>
-
-<p>&mdash;¡Finalmente!...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, querido Renzo, no os incomodéis,
-pues estoy dispuesto á hacer... todo lo que dependa
-de mí. Yo, querría veros contento, porque
-os aprecio; yo... ¡ah! Cuando pienso que os iba
-tan bien... de soltero. ¿Qué os falta?... Ya se<span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span>
-ve; os han entrado de pronto las ganas de casaros...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué discursos son éstos, señor mío?, replicó
-Renzo con aire entre admirado y colérico.</p>
-
-<p>&mdash;Hablo por hablar; tened paciencia; quisiera
-veros satisfecho.</p>
-
-<p>&mdash;En suma....</p>
-
-<p>&mdash;En suma, querido hijo: yo de esto no tengo
-la culpa: las leyes no las he hecho yo; y antes de
-celebrar un matrimonio, nos vemos al mismo tiempo
-obligados á hacer muchas y muchas indagaciones
-para asegurarnos que no hay impedimentos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero vamos; decidme de una vez, ¿qué impedimento
-ha sobrevenido?</p>
-
-<p>&mdash;Cachaza; éstas no son cosas que puedan descifrarse
-así tan á la ligera. Ello no será nada: á lo
-menos, así lo espero; pero no obstante, dichas indagaciones
-estamos en el deber de hacerlas. El
-texto es claro y terminante. <i lang="la" xml:lang="la">Antequam matrimonium
-denunciet...</i></p>
-
-<p>&mdash;Ya os he dicho que no entiendo de latines...</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, es necesario que os explique...</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿no habéis hecho ya las indagaciones?</p>
-
-<p>&mdash;Os digo que no las he hecho todas como hubiera
-debido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no hacerlas á tiempo? ¿Por qué decirme
-que todo estaba concluido? ¿Por qué aguardar?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_36">[Pg 36]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Conque me echáis en cara mi demasiada
-bondad? ¡Yo que lo he facilitado todo por
-serviros con más prontitud! Pero... pero sin
-embargo, me han sucedido... Basta: esto se
-queda para mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué queréis que haga?</p>
-
-<p>&mdash;Que tengáis paciencia por algunos días. Á
-más de que, hijo mío, algunos días no son una
-eternidad. Tened paciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por cuánto tiempo?</p>
-
-<p>Nos hemos salvado, pensó D. Abundio; y con
-el aire más cariñoso que nunca: “Vaya, dijo: en
-quince días indagaré... procuraré...”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quince días! ¿Qué es lo que dice vd? Se ha
-hecho cuanto habéis querido: se ha fijado el día;
-éste ha llegado, y ahora me venís diciendo que
-espere quince días. ¡Quince!... repitió en voz
-más alta y conmovida, extendiendo los brazos y
-batiendo el aire con los puños cerrados; y quién
-sabe hasta dónde le hubiera arrastrado el furor
-en aquel momento fatal, si D. Abundio no le hubiese
-interrumpido cogiéndole una mano con cariñoso
-y lisonjero afecto: “¡Ánimo, ánimo! Por
-amor del cielo, no os alteréis; buscaré, veré si en
-una semana...”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué debo decir á Lucía?</p>
-
-<p>&mdash;Que ha sido un descuido mío.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á las habladurías del mundo?</p>
-
-<p>&mdash;Decid á todos que he cometido un yerro por<span class="pagenum" id="Page_37">[Pg 37]</span>
-un exceso de precipitación, por mi demasiado buen
-corazón; echadme toda la culpa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y después no habrá otros impedimentos?</p>
-
-<p>&mdash;Cuando os digo...</p>
-
-<p>&mdash;Bueno: tendré paciencia una semana; pero
-mirad que pasada ésta, ningún caso haré de habladurías.
-En el ínterin, respeto la tregua. Dicho
-esto se fué, haciendo á D. Abundio una inclinación
-menos profunda que de costumbre, y echándole
-una mirada más significativa que respetuosa.</p>
-
-<p>Y en la calle, mientras se dirigía medio enojado
-y el espíritu entristecido, hacia la casa de su
-prometida, repasaba en su imaginación la conversación
-que acababa de tener, y la hallaba cada vez
-más extraña. La fría y embarazosa acogida de D.
-Abundio, su hablar lento, é impaciente á veces;
-aquellos dos ojillos grises, que mientras conversaba
-se revolvían en todas direcciones, como si
-hubiese temido poner en armonía sus palabras con
-sus miradas; la ficción de tomar como una cosa
-nueva un matrimonio expresamente convenido ya
-hacía tanto tiempo, y sobre todo, aquella obstinación
-en crear obstáculos, y en no decir jamás nada
-claro: todas estas circunstancias, combinadas,
-hacían pensar á Renzo que detrás de aquello se
-encerraba un misterio en nada parecido á lo que
-D. Abundio le había querido hacer creer. Tuvo
-deseos de volver atrás, estrechar á D. Abundio y<span class="pagenum" id="Page_38">[Pg 38]</span>
-obligarle á hablar con más claridad; mas alzando
-los ojos, vió á Perpetua que caminaba delante de
-él, y entraba en un jardín que distaba pocos pasos
-de la casa del cura. La llamó en el momento
-en que abría la puerta; apretó el paso, llegó á ella,
-detúvola en el umbral; y con el deseo de descubrir
-algo de más positivo, tuvo con ella la conversación
-siguiente:</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, Perpetua; yo esperaba que hoy
-estaríamos todos muy alegres.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mi pobre Renzo! Hágase la voluntad de
-Dios.</p>
-
-<p>&mdash;Hacedme un favor: el bendito del señor cura
-me ha dicho una porción de cosas que no he podido
-comprender bien; explicadme vos mejor, por
-qué no puede ó no quiere casarme hoy.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Creéis que sé los secretos de mi amo?</p>
-
-<p>“¡Bien decía yo, que todo esto encerraba algún
-misterio!”, dijo Renzo para sí; y para aclararlo,
-prosiguió: “Vamos, Perpetua, seamos amigos:
-decidme lo que sepáis; ¡amparad á un pobre niño!”.</p>
-
-<p>&mdash;Mala cosa es el nacer pobre, mi querido
-Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, replicó éste, confirmándose más y
-más en sus sospechas, y procurando abordar directamente
-la cuestión: “Es cierto, añadió; ¿pero
-está bien á los sacerdotes el portarse mal con los
-pobres?”.</p>
-
-<p>&mdash;Mirad, Renzo, yo no puedo decir nada, porque...<span class="pagenum" id="Page_39">[Pg 39]</span>
-no sé nada; mas lo que puedo aseguraros
-es, que mi amo no quiere causar daño, ni á
-vos, ni á nadie, y que en esto no tiene culpa alguna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues quién la tiene? preguntó Renzo con
-cierto aire indiferente, pero con el corazón palpitante
-y atento oído.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando os digo que nada sé... En defensa
-de mi amo puedo hablar, porque siento mucho se
-le impute que hace sufrir á alguien. ¡Pobre señor!
-Si peca es por su demasiada bondad; es excesivamente
-bueno para este mundo, lleno de malvados
-poderosos y hombres sin temor de Dios.</p>
-
-<p>“¡Poderosos, malvados!”, pensó Renzo; éstos no
-son los superiores. “Vamos, dijo en seguida, tratando
-de ocultar su creciente agitación; veamos,
-decidme quién es”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Vos queríais hacerme hablar, y no puedo
-hacerlo, porque... no sé nada. Cuando nada
-sé, es como si hubiese jurado callar. Aunque
-me pusieseis en tormento, no sacaríais de mí una
-sola palabra. Adiós; éste es tiempo perdido para
-ambos. Al decir esto, entró precipitadamente en
-el jardín, y cerró su puerta. Renzo, saludándola,
-volvió atrás muy despacio, sin hacer ruido, para
-que Perpetua no se apercibiera de la dirección
-que tomaba; mas cuando conoció que ya no podía
-oirle la buena mujer, redobló el paso. En un
-momento llegó á la puerta de D. Abundio; entró,<span class="pagenum" id="Page_40">[Pg 40]</span>
-corrio en derechura al salón donde lo había dejado;
-lo encontró, se dirigió á él con ademán airado,
-y los ojos saltándosele de sus órbitas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué novedad es ésta? dijo D. Abundio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es el poderoso, replicó Renzo con el
-acento de un hombre que está resuelto á obtener
-una respuesta categórica: quién es el poderoso
-que no quiere que me case con Lucía?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué... qué... qué? balbuceó el pobre
-cura sorprendido, con el rostro más desencajado
-y blanco que el lienzo cuando sale de la colada.
-Balbuceando unos sonidos confusos dió un salto
-de su sillón para lanzarse hacia la puerta; mas
-Renzo, que había esperado aquel movimiento, y
-estaba alerta, se precipitó antes que él, echó la
-llave y la guardó en el bolsillo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, oh! Que queráis ó no, ahora hablaréis,
-señor cura. Todos saben mis negocios menos yo.
-¡Por vida mía! yo quiero saberlos también. ¿Cómo
-se llama ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;¡Renzo, Renzo! Por caridad: tened cuidado
-con lo que hacéis; pensad en vuestra alma.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que pienso es que lo quiero saber todo al
-punto, al instante.</p>
-
-<p>Y al decir esto, puso las manos sin querer sobre
-el mango de su cuchillo, que salía de su faltriquera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Misericordia! exclamó D. Abundio con voz
-desfallecida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_41">[Pg 41]</span></p>
-
-<p>&mdash;Quiero saberlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién os ha dicho?...</p>
-
-<p>&mdash;No, no más rodeos. Hablad claro y pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si hablo, soy hombre muerto. ¿Acaso
-no ha de interesarme mi vida más que todo?</p>
-
-<p>&mdash;Pues hablad.</p>
-
-<p>Dicho <em>pues</em>, fué pronunciado con tal energía, el
-aspecto de Renzo llegó á ser tan amenazador, que
-D. Abundio no se atrevió á desobedecerle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me prometéis, me juráis, dijo, de no hablar
-á nadie de ello, de no decir nunca?...</p>
-
-<p>&mdash;Os prometo que haré un disparate si no me
-decís su nombre pronto, muy pronto.</p>
-
-<p>Á esta nueva amenaza, D. Abundio con el semblante
-y la mirada del paciente que tiene en la
-boca las tenazas de un dentista, profirio con voz
-apagada: Don...</p>
-
-<p>&mdash;¿Don? repitió Renzo, como para ayudar al
-desgraciado á decir el resto; y se tenía encorvado,
-con el oído inclinado sobre la boca de D. Abundio,
-extendidos los brazos y apretados los puños.</p>
-
-<p>&mdash;¡D. Rodrigo! pronunció con presteza el cura, precipitando
-algunas sílabas y estrechando las consonantes, en parte á causa de su
-turbación, en parte porque disponiendo en aquel momento de la poca
-atención que quedaba libre á su espíritu, parecía querer retener y hacer
-retroceder la palabra en el momento mismo en que se veía forzado á que
-saliera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_42">[Pg 42]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ah perro! gritó Renzo. ¿Y cómo habéis hecho:
-qué le habéis dicho para?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, eh! ¿Cómo, cómo pues? respondió con
-voz casi indignada D. Abundio, el cual, después
-de tan gran sacrificio, se figuraba en cierto modo
-ser ya acreedor del joven: “¡Cómo, eh! Yo hubiera
-querido que hubierais hecho vos el encuentro que
-hice: seguramente no os hubiera quedado tanto
-calor en el cerebro”. Y en esto se puso á pintar
-con terribles colores el fatal acontecimiento; y al
-seguir su narración, aumentándose por grados la
-cólera que sentía en su interior, y que hasta entonces
-había permanecido oculta y sujeta por
-el temor; viendo al mismo tiempo que Renzo, medio
-colérico y confuso estaba inmóvil con la cabeza
-baja, prosiguió vivamente: “¡Os habéis portado
-bien por cierto; me habéis hecho un gran servicio;
-violentar de este modo á un hombre de bien,
-á vuestro cura, y en su misma casa, en un lugar
-sagrado! ¡Habéis hecho una linda proeza! ¡Arrancarme
-de este modo vuestra pérdida y la mía, lo
-cual quería ocultaros por prudencia y por vuestro
-bien! Y ahora que ya lo sabéis, desearía saber
-qué vais á hacer... ¡Por Dios, no lo echéis á
-broma! No se trata de injusticia ó de razón, se
-trata de violencias cometidas; y cuando esta mañana
-os daba un buen consejo... ¡huy! en seguida
-os encolerizasteis. Yo conservaba el juicio
-por vos y por mí; pero cómo hacerlo... Abrid
-á lo menos, dadme la llave”.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span></p>
-
-<p>&mdash;Puedo haber faltado, respondió Renzo, dirigiéndose
-á D. Abundio con acento más sosegado,
-pero en el cual se percibía el furor de que estaba
-poseído contra el ya descubierto enemigo; puedo
-haber faltado; mas meted la mano en vuestro pecho,
-y decidme si en mi lugar...</p>
-
-<p>Así diciendo, sacó del bolsillo la llave y fué á
-abrir. D. Abundio lo siguió, y mientras aquél daba
-la vuelta á la citada llave, se le acercó, y con
-ademán grave y lleno de ansiedad, levantando los
-tres primeros dedos de la mano derecha á la altura
-de los ojos del joven, como para expresar más
-su concepto. “Jurad á lo menos...”, le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Puedo haber faltado, y os pido mil perdones,
-contestó Renzo, abriendo la puerta y disponiéndose
-á salir.</p>
-
-<p>&mdash;Jurad... replicó D. Abundio, cogiéndole
-con mano trémula el brazo.</p>
-
-<p>&mdash;Puedo haber faltado, repitió Renzo, desprendiéndose
-de él; y partió furioso, cortando de este
-modo la cuestión, que á ejemplo de una de literatura
-ó de filosofía hubiera podido durar diez siglos,
-pues que ambas partes no hacían más que
-repetir sus argumentos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Perpetua, Perpetua! gritó D. Abundio, después
-de haber llamado en vano al fugitivo. Perpetua
-no respondió, y D. Abundio perdía ya la
-cabeza.</p>
-
-<p>Muchas veces ha sucedido á personajes de más<span class="pagenum" id="Page_44">[Pg 44]</span>
-importancia que D. Abundio encontrarse en circunstancias
-difíciles, tan inciertos acerca del partido
-que deberían tomar, que acostarse con fiebre
-les parecía el medio de salir del aprieto. Dicho
-medio no hubo de ir á buscarlo, porque desde luego
-se le ocurrió á D. Abundio. El susto del día
-anterior, las angustias de una noche pasada en
-vela, el miedo que acababa de experimentar, la
-incertidumbre del porvenir, todo hizo su efecto.
-Apesadumbrado y aturdido, se arrojó en su sillón:
-empezó á sentir un horrible frío que se introducía
-hasta en la médula de sus huesos; se miraba las
-uñas suspirando, y llamaba de cuando en cuando
-con trémula é indignada voz: ¡Perpetua! Apareció
-ésta, por último, con una enorme col debajo del
-brazo, y con apacible semblante, como si nada
-hubiera pasado. Dejo á la consideración del lector
-los lamentos, llantos, acusaciones y defensas,
-los <em>vos sois la única que puede haber hablado</em>; los
-<em>yo no he dicho nada</em>; todos los incidentes, en fin,
-de aquella conversación. Baste decir que D. Abundio
-mandó á Perpetua que atrancase bien la puerta,
-que por ningún concepto la abriese; y si alguien
-venía á buscarle, que contestara, desde la
-ventana, que el cura estaba en la cama con calentura.
-Después subió la escalera lentamente, diciendo
-á cada tres escalones: “Estoy aviado;”
-y se metió de veras en la cama, donde le dejaremos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_45">[Pg 45]</span></p>
-
-<p>Entretanto Renzo caminaba apresuradamente
-hacia su casa, sin haber determinado lo que debía
-hacer; pero iba reflexionando en su interior el
-poner en práctica alguna cosa extraña y terrible.
-Los provocadores, los malvados, todos aquellos
-que de algún modo dañan á otros, son culpables,
-no sólo del mal que causan, sino también
-de la corrupción, á la cual arrastran los ánimos
-de los ofendidos. Renzo era un muchacho pacífico
-y ajeno de derramar sangre, sincero y enemigo
-de toda clase de asechanzas, pero en aquel
-momento sólo respiraba venganza y traición, sólo
-proyectaba homicidios. Hubiera querido dirigirse
-incontinenti á la morada de D. Rodrigo,
-cogerle por la garganta y... pero recordó
-que su palacio era una fortaleza, guarnecida y
-guardada por bravos, interior y exteriormente;
-que sólo los íntimos amigos y los servidores, entraban
-allí sin ser registrados de la cabeza á los
-pies; que un infeliz artesano desconocido, no podría
-introducirse sin sufrir un minucioso examen,
-y que él sobre todo... sería, quizá, reconocido
-sin tardanza.</p>
-
-<p>Optaba entonces por tomar su arcabuz, apostarse
-detrás de un matorral, y esperar á que su
-enemigo pasara solo por aquel sitio; y recreándose
-con feroz complacencia en estos pensamientos,
-le parecía oir el ruido de las pisadas de D. Rodrigo,
-creíale verle levantar dulcemente la cabeza,<span class="pagenum" id="Page_46">[Pg 46]</span>
-reconocía al malvado, preparaba el arma, tomaba
-la puntería, disparaba, lo veía caer y exhalar el
-último suspiro, le lanzaba una maldición, y se
-apresuraba á ganar la frontera para ponerse en
-salvo. Pero, ¿y Lucía? Apenas se presentó este
-nombre á su acalorada fantasía, cuando mejores
-sentimientos ocuparon el corazón de Renzo. Viniéronle
-á la memoria los postreros consejos de
-sus padres, se acordó de Dios, de la Virgen y de
-los santos: pensó en el consuelo que con frecuencia
-había hallado al verse inocente de todo crimen,
-y el horror que tantas veces le había inspirado
-la narración de un asesinato; y despertó de
-aquel sueño de sangre con espanto, con remordimientos,
-y al propio tiempo con una especie de
-alegría de haberlo tan sólo imaginado. ¡Pero
-cuántos pensamientos venían en pos de la imagen
-de Lucía! ¡Tantas esperanzas y tantas promesas
-marchitadas, un porvenir tan deseado y que tan
-seguro creía en aquel tan suspirado día! ¿Cómo
-anunciarle aquella nueva? No sabía qué partido
-tomar, ni cómo hacerla su esposa á pesar de cuanto
-intentaba el poder de aquel injusto magnate.
-Y en medio de tantas angustias, vino á aumentar
-su congoja una vana inquietud de celos. D. Rodrigo
-no podía haber urdido aquella infernal trama
-sino impelido por una brutal pasión hacia Lucía.
-¿Y Lucía? La idea de que le hubiese correspondido,
-de que le hubiese dado la más pequeña<span class="pagenum" id="Page_47">[Pg 47]</span>
-esperanza, no podía tener cabida un solo instante
-en la mente de Renzo. ¿Pero sabía su amada la
-pasión que había inspirado? ¿Había podido aquel
-hombre concebir tan infame amor, sin darlo á conocer
-al envidiado objeto? ¡Y sin embargo, Lucía
-no me ha dicho una palabra á mí que soy su prometido!</p>
-
-<p>Absorto en estas ideas, pasó sin detenerse por delante de su casa,
-situada en el centro del pueblo; y habiéndola atravesado, llegó á la de
-Lucía, que estaba en el extremo opuesto. Había enfrente de esta casa un
-pequeño patio cercado de una tapia que lo separaba de la calle. Renzo
-entró en él y oyó un murmullo confuso y continuo que salía del piso
-superior. Juzgó que serían las amigas y comadres del vecindario que
-querían acompañar á Lucía, y se detuvo allí, pues no quería presentarse
-en aquella reunión con el semblante inmutado y con tan desagradable
-nueva en su ser. Una niña que se hallaba en el patio, corrio
-gritando: ¡El novio, el novio!</p>
-
-<p>&mdash;Paz, Bettina, paz, dijo Renzo; ven acá, niña
-mía: sube á la habitación de Lucía, llámala aparte
-y dile al oído... pero que nadie lo oiga ni
-sospeche, nada, ¿entiendes?... Dile que tengo
-que hablarla, que la aguardo en la sala del entresuelo,
-y que venga al instante.</p>
-
-<p>La niña subió la escalera á toda prisa, alegre
-y orgullosa de llevar una comisión secreta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_48">[Pg 48]</span></p>
-
-<p>En aquel momento su madre acabó de vestirla
-y salió á la sala para saludar á sus amigas, adornada
-con sus últimas galas virginales.</p>
-
-<p>Sus buenas amigas se disputaban la posesión de
-la novia, y la violentaban casi para que se dejara
-examinar de los pies á la cabeza: ésta se esquivaba
-con la modestia algo tosca de las aldeanas,
-ocultando su rostro con el brazo, inclinándolo sobre
-su seno, y frunciendo sus pobladas y negras
-cejas, mientras que su boca se entreabría risueña.
-Sus negros cabellos, que una blanca raya dividía
-sobre su frente, se juntaban detrás de su
-cabeza formando ondulantes trenzas, atravesados
-por largas agujas de plata que dibujaban un círculo
-á manera de los rayos de una aureola; peinado
-que usan todavía las aldeanas del Milanesado.
-Adornaba su garganta un collar de granate
-con botones de oro afiligranado: cerraba su delicada
-cintura un corpiño de vistoso brocado con
-mangas abiertas que preciosos lazos de cinta podían
-cerrar; unas enaguas de seda labrada, adornada
-con varios y menudos pliegues; medias encarnadas
-y chinelas bordadas. Éste era el adorno
-especial del día de boda; pero Lucía ostentaba
-también el que le era habitual: era éste una belleza
-modesta, realzada y aumentada entonces por
-los diversos sentimientos que se pintaban en su
-rostro; una alegría moderada por una ligera turbación,
-y aquella dulce inquietud que se manifiesta<span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span>
-de vez en cuando en el semblante de las novias,
-que sin disminuir su hermosura las da un
-carácter particular. La pequeña Bettina se abrió
-paso por entre las comadres que rodeaban á Lucía;
-se acercó á ésta; la dió á entender con disimulo
-que tenía que comunicarle cierta cosa, y la
-manifestó al oído el mensaje que traía. “Me voy
-un momento, y vuelvo”, dijo Lucía á las amigas,
-y bajó precipitadamente. Al ver el demudado
-semblante é inquieto ademán de Renzo,&mdash;¿qué ha
-sucedido? dijo, no sin cierto presentimiento de
-terror.</p>
-
-<p>&mdash;Lucía, respondió Renzo, por hoy todo ha fracasado;
-y, ¡Dios sabe cuándo podremos ser marido
-y mujer!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué decís? replicó Lucía llena de turbación.
-Renzo le contó brevemente la historia de aquella
-mañana: ella escuchaba con angustia; y cuando
-oyó el nombre de D. Rodrigo, ¡ah! exclamó, trémula
-y ruborosa: ¡Cómo, hasta ese punto ha llegado!</p>
-
-<p>&mdash;Pues qué, ¿sabíais ya?... dijo Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demasiado! respondió Lucía; pero, ¡hasta
-ese punto!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo qué sabéis?</p>
-
-<p>&mdash;No me hagáis hablar ahora; no me hagáis
-llorar. Corro á buscar á mi madre y despedir á
-nuestras amigas: es necesario que quedemos
-solos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_50">[Pg 50]</span></p>
-
-<p>Al ir á marcharse Lucía, Renzo murmuró: “¡Jamás
-me habéis dicho nada acerca de esto!”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Renzo! repuso aquélla volviéndose un
-momento hacia él, pero sin detenerse. Renzo
-comprendió perfectamente que su nombre, pronunciado
-por Lucía en aquel instante, con aquel
-tono, quería decir: ¿Podéis dudar que yo haya
-callado sin tener motivos justos y puros para
-ello?</p>
-
-<p>Entretanto la buena Inés (así se llamaba la madre
-de Lucía), habiendo entrado en sospechas y
-curiosidad por las palabras que Bettina dijo al oído
-de su hija, y la desaparición instantánea de ésta,
-había bajado á ver lo que ocurría. Lucía la
-dejó con Renzo, y se dirigió adonde estaban sus
-compañeras, y componiendo como mejor pudo su
-aspecto y su voz, dijo: “El señor cura está enfermo,
-por lo que nada se hará hoy”; dicho esto,
-las saludó apresuradamente, y volvió á bajar.</p>
-
-<p>Las convidadas se dispersaron y fueron á contar
-lo sucedido: dos ó tres se dirigieron á casa del
-cura, para cerciorarse si éste realmente estaba enfermo.&mdash;Tiene
-un gran calenturón, respondió Perpetua,
-desde la ventana; y la triste noticia, pasando
-de unas á otras, destruyó las conjeturas que
-germinaban en sus cabezas, y que ya habían empezado
-á propagar con aire misterioso.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Nada es más amargo y cruel que el momento de despertar
-cuando sucede después de haber sufrido una pena que aún
-no hemos podido calmar. El espíritu, apenas vuelto en sí quiere
-anudar el curso de las ideas de su tranquila vida anterior;
-pero la conciencia del nuevo estado de cosas ahuyenta éstas,
-nos presenta otras, y esto cambia la pena en más cruel.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_51">[Pg 51]</span></p>
-
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO TERCERO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Lucía entró en la sala baja, en donde mientras
-tanto Renzo, mortalmente afligido, estaba informando
-á Inés de todo lo ocurrido, la cual lo escuchaba
-con la mayor inquietud. Ambos se volvieron,
-á mirar á la que estaba mejor informada que
-ellos, y de quien esperaban una aclaración que no
-podía dejar de ser sumamente dolorosa. Los dos
-dejaban entrever en medio de su pesadumbre y con
-el distinto cariño que cada uno profesaba á Lucía,
-cierta incomodidad por haberles callado ésta tales
-y tales cosas. Inés, aunque ansiosa de oir hablar
-á su hija, no pudo menos de echárselo en cara:
-“¡No decir nada á tu madre de semejante cosa!”.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora os lo diré todo, respondió Lucía, enjugándose
-los ojos con su delantal.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_52">[Pg 52]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Habla, habla! ¡Hablad, hablad!, gritaron á la
-vez la madre y el novio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Virgen Santísima!, exclamó Lucía. ¡Quién
-hubiera creído que las cosas podían llegar á semejante
-extremo! En seguida, con la voz entrecortada
-por los sollozos, contó cómo pocos días
-antes, cuando volvía del trabajo, se había quedado
-detrás de sus compañeras, y pasó por delante
-de ella D. Rodrigo, en compañía de otro señor;
-que aquél se había acercado á prodigarla una multitud
-de requiebros (según decía Lucía) de muy
-mal género; pero ésta, sin prestarle atención, había
-apretado el paso y reunídose con sus citadas
-compañeras; que entretanto había oído al otro señor
-reir estrepitosamente, y á D. Rodrigo decir:
-“Apostemos”. Al día siguiente los había vuelto á
-encontrar; pero Lucía iba con los ojos bajos en
-medio de sus compañeras. El amigo de D. Rodrigo
-se mofaba, y éste decía: “Lo veremos, lo veremos”.
-Gracias al cielo, continuó Lucía, aquel
-día era el último en que se hilaba la seda. Yo
-lo conté en seguida...</p>
-
-<p>&mdash;¿Á quién se lo has contado?, preguntó Inés,
-interrumpiéndola, no sin manifestarse un tanto
-enojada al tratar de saber el nombre del preferido
-confidente.</p>
-
-<p>&mdash;Al padre Cristóbal bajo confesión, mamá,
-respondió Lucía con dulce acento de disculpa. Se
-lo referí todo la última vez que fuimos juntas á la<span class="pagenum" id="Page_53">[Pg 53]</span>
-iglesia del convento; y si queréis recordar aquella
-mañana, yo no dejaba de hacer, ya una cosa, ya
-otra, para ganar tiempo, tanto para que pasasen
-otras gentes del país que hiciesen el mismo camino
-é ir en su compañía, cuanto porque después
-de aquel encuentro, las calles me causan un miedo
-tan grande...</p>
-
-<p>Al respetable nombre del padre Cristóbal, el
-enojo de Inés se apaciguó: “Has hecho bien, dijo;
-mas ¿por qué no confiárselo también á tu madre?”.</p>
-
-<p>Lucía había tenido dos justas razones: la una,
-el no afligir y asustar á la pobre mujer con un
-asunto al cual ella no hubiera podido hallar remedio;
-la otra, no correr el riesgo de ver pasar de
-boca en boca una historia que deseaba sepultar
-en su interior para siempre, tanto más, cuanto que
-esperaba que su casamiento pondría término desde
-luego á aquella abominable persecución. Sin
-embargo, de las dos razones citadas, no alegó más
-que la primera.</p>
-
-<p>&mdash;Y á vos, dijo en seguida, volviéndose á Renzo,
-con aquel tono que quiere hacer reconocer á
-un amigo que ha obrado mal: “¿Debía yo también
-hablaros de esto? ¡Demasiado lo sabéis ahora!”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué te ha dicho el padre?, preguntó Inés.</p>
-
-<p>&mdash;Me ha dicho que tratase de apresurar la boda
-todo lo posible, y que mientras, me estuviese
-encerrada; que rogase fervientemente al Señor,
-esperando que aquel hombre, no viéndome, no se<span class="pagenum" id="Page_54">[Pg 54]</span>
-acordaría más de mí. Entonces fué cuando yo me
-violenté, prosiguió, volviéndose de nuevo á Renzo,
-pero sin atreverse á levantar los ojos, y en extremo
-ruborizada; entonces fué cuando con la mayor
-impudencia os supliqué que apresuraseis nuestro
-casamiento y lo concluyeseis antes del tiempo
-prefijado. ¡Qué concepto habréis formado de mí!
-Mas yo lo hacía con la mejor intención, y porque
-me lo habían aconsejado, y lo tenía por cierto!...
-Esta mañana estaba tan lejos de pensar... Aquí
-sus palabras fueron ahogadas por un copioso raudal
-de lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah malvado! ¡Ah maldito asesino!, gritaba
-Renzo, recorriendo la estancia de un lado á otro,
-y apretando el mango de su cuchillo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh qué maquinación, santo Dios!, exclamaba
-Inés.</p>
-
-<p>El mancebo se paró de improviso delante de
-Lucía, que estaba anegada en llanto, la miró con
-cierto aire de ternura mezclada de rabia, y la dijo:
-Ésta es la última que hace ese asesino.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, no Renzo, por el amor de Dios!, gritó
-Lucía. ¡No, no, por el amor de Dios! El señor
-protege á los desgraciados; ¿y cómo queréis que
-él nos ayude si obramos mal?</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no, por el amor del cielo!, repetía Inés.</p>
-
-<p>&mdash;Renzo, dijo Lucía con aire de confianza y resolución
-más tranquila: vos tenéis un oficio, y yo<span class="pagenum" id="Page_55">[Pg 55]</span>
-sé trabajar; vámonos tan lejos, que ese hombre no
-oiga hablar jamás de nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Lucía! ¿Y luego? ¡No somos aún marido
-y mujer! ¿El cura querrá dar fe de nuestro estado?
-¿un hombre como él? Si estuviéramos casados,
-¡oh! entonces...</p>
-
-<p>Lucía echó de nuevo á llorar: los tres quedaron
-en silencio y en un abatimiento que formaba
-un triste contraste con la pompa festiva de sus
-vestidos.</p>
-
-<p>&mdash;Escuchadme, hijos míos; prestadme atención,
-dijo Inés después de un breve rato. Yo he venido
-al mundo primeramente que vosotros, y por lo
-tanto le conozco un poco. No es necesario, pues,
-alarmarse tanto; no es tan fiero el león como lo
-pintan, á nosotros los pobres, las madejas nos parecen
-siempre mas enredadas, porque no sabemos
-encontrar el cabo; mas á veces un aviso, la más
-pequeña palabra de un hombre que ha estudiado...
-yo bien sé lo que quiero decir. Hacedlo
-á mi modo, Renzo: id á Lecco, y allí buscad al
-doctor Azzecca Garbugli, y referidle... pero por
-Dios no le llaméis así; es un apodo: es preciso decirle
-el señor doctor... ¿Cómo, pues, se llama?...
-¡Ah, vaya!... No sé su verdadero nombre:
-todo el mundo lo llama de ese modo. Bastará
-que preguntéis por un doctor alto, enjuto,
-calvo, con la nariz colorada y un antojo de frambuesa
-en la mejilla.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_56">[Pg 56]</span></p>
-
-<p>&mdash;Lo conozco de vista, dijo Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, continuó Inés; él es un grande hombre.
-Yo he visto á más de uno, que estaba más embarazado
-que un polluelo dentro de la estopa, no
-sabiendo hacia qué lado volverse, y después de
-haberse avistado con el doctor Azzecca-Garbugli
-(tened cuidado de no llamarle así); lo he visto, repito,
-no hacer otra cosa más que reírse. Tomad
-aquellos cuatro capones, ¡pobrecitos!, á los cuales
-debía yo retorcer el pescuezo para el banquete
-del domingo, y llevádselos; porque nunca es bueno
-ir con las manos vacías á las casas de esos señores.
-Contadle todo lo ocurrido, y veréis cómo
-él os dirá de buen grado lo que nosotros no hubiéramos
-calculado, ni se nos habría ocurrido, en
-un año.</p>
-
-<p>Renzo estimó mucho aquel parecer; Lucía lo
-aprobó: é Inés, orgullosa de haberlo dado, cogió
-del gallinero uno á uno á los pobres animales,
-reunió sus ocho patas, como si hiciese un ramillete
-de flores, las envolvió y ató con un bramante,
-y los puso en la mano de Renzo, el cual, después
-de haber dado y recibido palabras de esperanza,
-salió por la parte del jardín con el objeto de no
-ser visto de los muchachos, que hubieran corrido
-tras él, gritando: “¡el novio, el novio!”. Se lanzó
-á través de los campos y veredas, lleno de cólera,
-pensando en su desgracia, y meditando en la conversación
-que iba á tener con el Dr. Azzecca-Garbugli.<span class="pagenum" id="Page_57">[Pg 57]</span>
-Dejo á la consideración del lector, cuán poco
-tranquilo hubo de ser el camino para aquellos
-pobres animales, de tal modo atados y cogidos por
-las patas, boca abajo, en las manos de un hombre
-que, agitado de tantas pasiones, acompañaba con
-el gesto los pensamientos que pasaban tumultuosamente
-por su imaginación. Ora extendía el brazo,
-dominado por la cólera; ora lo levantaba por
-la desesperación; ora lo sacudía en el aire como
-por amenaza, y hacía saltar aquellas cuatro cabezas
-suspendidas, las cuales, entre tanto, se entretenían
-en picarse mutuamente, según sucede con
-frecuencia entre tales compañeros de infortunio.</p>
-
-<p>Habiendo llegado al pueblo, preguntó por la
-morada del doctor; fuéle indicada, y se dirigió á
-ella. Al entrar se sintió sobrecogido de aquella
-timidez que la gente del pueblo poco instruida
-experimenta en presencia de un señor y de un sabio.
-Olvidó todos los discursos que llevaba preparados
-de antemano; pero dió una ojeada á los
-capones y se serenó. Entró en la cocina y preguntó
-á la criada si se podía hablar al señor doctor:
-ella atisbó los animales, y como estaba acostumbrada
-á semejantes regalos, les echó la mano encima,
-aunque Renzo se hacía para atrás, porque
-quería que el doctor viera y supiese que le llevaba
-algo. Éste llegó en el momento mismo en que
-la sirvienta decía: “Traed y pasad adelante”.</p>
-
-<p>Renzo hizo una grande reverencia; el doctor lo<span class="pagenum" id="Page_58">[Pg 58]</span>
-acogió bondadosamente con un “venid, hijo mío”,
-y lo hizo entrar consigo en su despacho. Era una
-pequeña estancia, en la cual en tres de sus paredes
-se veían colocados los retratos de los doce césares;
-la cuarta estaba cubierta con un enorme
-estante lleno de libros viejos y empolvados, en el
-centro una mesa atestada de alegaciones, súplicas,
-folletos, ordenanzas, con tres ó cuatros sitiales alrededor,
-y en un lado un sillón de brazos, de alto
-y cuadrado respaldo, terminado en los ángulos por
-dos adornos de madera, que se prolongaban en
-forma de cuernos, cubierto de vaqueta salpicada
-de gruesas tachuelas, algunas de las cuales, caídas
-ya desde largo tiempo, la dejaban en completa
-libertad para que se arrollase por todas partes.
-El doctor vestía el traje que se usaba en los
-tribunales; esto es, una toga muy raída que ya le
-había servido muchos años atrás para perorar en
-los días solemnes, cuando iba á Milán á defender
-alguna causa de importancia. Cerró la puerta, y
-animó al mancebo con estas palabras: “Hijo mío,
-referidme vuestro negocio”.</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera deciros una cosa en confianza.</p>
-
-<p>&mdash;Ya os escucho, respondió el doctor, hablad.
-Y se acomodó en su sillón. Renzo, de pie delante
-de la mesa, puesta una mano en la copa del sombrero,
-y con la otra haciéndole dar vueltas, replicó:
-Yo quisiera saber de vos, caballero, que habéis
-estudiado...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_59">[Pg 59]</span></p>
-
-<p>&mdash;Contadme el hecho tal cual es, interrumpióle
-el doctor.</p>
-
-<p>&mdash;Es indispensable que me disculpéis; nosotros
-los pobres no sabemos hablar bien. Yo quisiera,
-pues, saber...</p>
-
-<p>&mdash;¡Benditas gentes! todos sois lo mismo; en vez
-de referir el hecho, queréis interrogar, porque ya
-tenéis en la imaginación vuestro designio.</p>
-
-<p>&mdash;Disculpadme, señor doctor. Querría saber si
-uno puede ser castigado por amenazar á un cura
-que rehúsa el verificar un casamiento.</p>
-
-<p>&mdash;Ya entiendo, dijo el doctor: en verdad, nada
-había comprendido; ya entiendo. Y de pronto
-se puso serio, pero con una seriedad mezclada de
-compasión é interés: apretó fuertemente los labios,
-dejando oir un sonido inarticulado, expresión
-de un sentimiento que demostró más claramente
-por sus primeras palabras: “Éste es un caso grave,
-hijo mío; un caso previsto. Habéis hecho bien
-en venir á mí; es un caso muy claro, y previsto
-en cien ordenanzas, y... á propósito, en una del
-año último del señor gobernador actual; ahora os
-la haré ver y tocar con vuestra propia mano”.</p>
-
-<p>Así diciendo, se levantó del sillón, y sepultó las
-manos en aquel caos de papelotes, revolviéndolos
-de arriba abajo, como si echase grano en una medida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está, pues? ¡Sal, sal! Ya se ve, tiene
-uno tantas cosas en qué pensar. Pero seguramente<span class="pagenum" id="Page_60">[Pg 60]</span>
-debe estar allí, porque es una ordenanza muy
-importante. ¡Ah! ¡Hela aquí, hela aquí! La tomó,
-abrió y miró la fecha; y habiéndose puesto aún
-más serio, exclamó: “Del 15 de octubre de 1627:
-ciertamente, es del año pasado; ordenanza reciente;
-son las que dan más que hacer. Hijo mío, ¿sabéis
-leer?”.</p>
-
-<p>&mdash;Un poquito, señor doctor.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, acercaos: seguid con la vista, y veréis.</p>
-
-<p>Y teniendo en el aire la ordenanza desplegada,
-empezó á leer, mascullando precipitadamente en
-algunos pasajes, y apoyándose distintamente y
-con grande expresión en otros, según la necesidad.</p>
-
-<p><em>Si bien por el bando publicado de orden del señor
-duque de Feria, en 14 de diciembre de 1620, y confirmada
-por el Illmo. y Exmo. Sr. D. Gonzalo Fernández
-de Córdoba, &amp;c... se haya prevenido con
-rigorosos y ejemplares castigos las vejaciones, exacciones
-y actos tiránicos que algunos osan cometer
-contra los muy fieles vasallos de S. M.; los excesos de
-toda especie han llegado á ser tan frecuentes, y la
-malicia... &amp;c... ha crecido hasta tal punto, que
-S. E. se ha visto obligado... &amp;c... Por lo cual,
-de acuerdo con el senado y una junta... ha resuelto
-que se publique el presente bando.</em></p>
-
-<p><em>Y empezando por los actos vejatorios, la experiencia
-ha demostrado que muchos individuos, tanto en<span class="pagenum" id="Page_61">[Pg 61]</span>
-las ciudades como fuera de ellas</em>... ¿comprendéis?
-<em>de este estado tiranizan con exacciones, y oprimen
-de varios modos á los más débiles, obligándoles á que
-hagan contratos forzosos de compras, arrendamientos...
-&amp;c.</em>... ¿Dónde voy? ¡Ah! Helo aquí: escuchad:
-<em>Que se hagan ó no los matrimonios</em>: ¡eh!
-¿qué tal?</p>
-
-<p>&mdash;Éste es mi caso, dijo Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;Atended, atended además este otro; y después
-veremos la pena que les impone. <em>Que haya
-ó no testigos; que el uno abandone el lugar donde
-habita... &amp;c... que el otro pague una deuda;
-que aquél no lo moleste, y que vaya á su molino</em>: todo
-esto no tiene nada que ver con nosotros. ¡Ah!
-aquí está: <em>Que el sacerdote que no haga lo que tiene
-obligación de hacer por razón de su ministerio, ó se
-mezcle en cosas que no le pertenezcan</em>... ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Parece que hayan hecho el bando expresamente
-para mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¿No es verdad? Oíd, oíd: <em>y otras semejantes
-violencias, ejecutadas, ya sea por los feudatarios,
-nobles, de la clase media, villanos y plebeyos</em>.
-Nadie escapa; todos están comprendidos, lo mismo
-que lo estarán en el valle de Josafat. Escuchad
-ahora la pena: <em>Todas estas y otras semejantes
-malas acciones, aunque están prohibidas; sin embargo,
-conviniendo usar de mayor rigor, S. E. por el
-presente, no derogando, &amp;c... ordena y manda
-que el que contraviniere á cualquiera de los citados</em>:<span class="pagenum" id="Page_62">[Pg 62]</span>
-<em>artículos ú otros equivalentes, se proceda por todos
-los jueces ordinarios de este Estado, imponiéndole
-penas pecuniarias y corporales, así como el destierro
-y galeras, y aun hasta la pena capital</em>... ¡Es
-una friolera! <em>al arbitrio de S. E. ó del senado, según
-la cualidad de los casos, personas y circunstancias;
-y esto ir-re-mi-si-ble-men-te y con todo rigor,
-&amp;c.</em>... ¡Eh! ¿qué tal? ¿Es esto un grano de anís?
-Y mirad aquí las firmas: <em>Gonzalo Fernández de
-Córdoba</em>: y más abajo, <em>Platonus</em>: y además aquí,
-<i lang="la" xml:lang="la">Vidit Ferrer</i>: no falta ningún requisito.</p>
-
-<p>Mientras leía el doctor, Renzo lo seguía lentamente
-con la vista, tratando de profundizar el
-verdadero sentido, ver por sí mismo aquellas benévolas
-y santas palabras que, según él, debían
-ser su amparo; el doctor se maravillaba de ver á
-su cliente más atento que aterrado. Debe estar
-inscrito en la asociación de los bravos, decía para
-sí.&mdash;¡Ah, ah! dijo en seguida: vos os habéis hecho
-sin embargo, cortar el tupé: habéis sido prudente;
-pero queriendo poneros en mis manos, no era
-necesario. El caso es serio; mas vos no sabéis de
-todo lo que soy capaz en ciertas ocasiones.</p>
-
-<p>Para comprender el sentido de esta salida del
-doctor, es preciso saber ó acordarse de que en
-aquel tiempo los bravos de profesión y los malvados
-de todas clases acostumbraban llevar un largo
-tupé, que se echaban luego á la cara como una
-visera en el momento de atacar á alguno, en el<span class="pagenum" id="Page_63">[Pg 63]</span>
-caso de que no quisiesen ser conocidos, y la empresa
-fuese de aquéllas que requieren fuerza y al
-propio tiempo prudencia.</p>
-
-<p>Las ordenanzas tampoco habían guardado silencio
-sobre este punto. <em>S. E.</em> (el marqués de la
-Hinojosa) <em>ordena: Que cualquiera que lleve los cabellos
-de tal longitud, que cubran la frente hasta las
-cejas inclusive, ó la red hasta las orejas, ó que pase
-de ellas, incurrirá en una multa de trescientos escudos;
-y en caso de insolvencia, de tres años á galeras
-por la primera vez; y por la segunda, á más de la
-pena mencionada á una aún mayor pecuniaria y
-corporal al arbitrio de S. E.</em></p>
-
-<p><em>Sin embargo, se permite al que con motivo de ser
-calvo, ó por otra razonable causa, como por señal ó
-herida, pueda, para su mayor decoro y salud llevar
-los cabellos tan largos como sea preciso para cubrir
-semejantes defectos, y nada más, con el bien entendido
-que no se excedan un ápice de lo estrictamente
-preciso, y de lo que está prevenido, so pena de incurrir
-en el castigo impuesto á los demás contraventores.</em></p>
-
-<p><em>Igualmente manda á los barberos, bajo la multa
-de cien escudos, ó de tres carreras de azotes dados en
-la plaza pública, y aun mayor pena corporal, siempre
-al arbitrio de S. E., que no dejen á aquellos á
-quienes corten el pelo ninguna clase de trenzas, tupés,
-rizos ni cabellos más largos que lo de ordinario,
-así en la frente como á los lados, ni más bajo de las<span class="pagenum" id="Page_64">[Pg 64]</span>
-orejas, teniendo cuidado que estén todos iguales, exceptuando
-los calvos y otros defectuosos, según va dicho
-anteriormente.</em></p>
-
-<p>El tupé era, pues, casi como una parte de la
-armadura y un distintivo de los matones y gentes
-de mal vivir; y de ahí el origen de llamárseles
-<i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>. Esta palabra ha quedado y subsiste todavía
-en la significación más reducida en el dialecto;
-y acaso no habrá ningún milanés que no se
-acuerde de haber oído decir en su niñez, bien á
-sus padres ó al maestro, ya á algún amigo de la
-casa, ó por último á algún criado: es un <i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>, un
-pequeño <i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;En verdad, yo, pobre muchacho, repuso Renzo,
-puedo jurar que jamás he llevado tupé.</p>
-
-<p>&mdash;Nada hacemos, replicó el doctor, meneando
-la cabeza con una sonrisa entre maliciosa é impaciente.
-Si no tenéis confianza en mí, nada hacemos.
-Mirad, hijo mío: el que no dice la verdad al
-doctor es un imbécil, que la dirá al juez. Es preciso
-que al abogado se le cuenten las cosas como
-son en sí; á nosotros toca después el embrollarlas.
-Si queréis que yo os ayude, es absolutamente indispensable
-que me lo digáis todo, desde el principio
-hasta el fin, como si dijéramos, con el corazón
-en la mano, del mismo modo que al confesor.
-Debéis nombrarme la persona de la cual habéis
-recibido el mandato: naturalmente será de importancia;
-y en este caso me personaré con él, y haré<span class="pagenum" id="Page_65">[Pg 65]</span>
-lo que deba hacerse. No le diré: mirad que yo
-sé que habéis mandado tal cosa; decidme si es
-cierto. Le manifestaré que voy á implorar su protección
-á favor de un infeliz mancebo calumniado,
-y tomaré con él las oportunas medidas para concluir
-el negocio honrosamente. Tened entendido
-que salvándose él, os salvará á vos también.
-Mas si esta pequeña travesura fuese exclusivamente
-vuestra, ¡bah! no me vuelvo atrás; de otros peores
-embrollos he salido bien... Porque entendámonos:
-con tal de que no hayáis ofendido á ninguna
-persona de categoría, me empeño en sacaros
-del atolladero, mediante un pequeño gasto; es necesario
-que nos entendamos bien. En primer lugar
-debéis decirme quién es el ofendido, y cómo se llama;
-en segundo, la posición, cualidad y carácter
-del protector, y entonces se verá si conviene tener
-á raya al que ofende, amenazándole con
-el que protege, ó buscando de cualquier modo el
-atacarle criminalmente; porque, mirad, para el
-que conoce y sabe manejar bien las ordenanzas,
-ninguno es culpable; y tampoco ninguno es inocente.
-Con respecto al cura, si es persona de juicio,
-él se estará quieto; si fuese un mala cabeza,
-tengo yo un buen remedio para curarle. Se puede
-salir bien de todas las intrigas, pero es preciso ser
-hombre capaz para ello; y vuestro caso es serio,
-serio repito, y muy serio. La ordenanza está clara;
-y si la cosa ha de decidirse entre la justicia y<span class="pagenum" id="Page_66">[Pg 66]</span>
-vos, así, entre cuatro ojos, ya estáis fresco. Yo os
-hablo como amigo: las travesuras es necesario pagarlas.
-Si queréis salir purificado, es indispensable
-dinero y sinceridad, tener confianza en el que
-bien os quiere, obedecer y seguir en un todo aquello
-que se os prescriba.</p>
-
-<p>Mientras el doctor hablaba de aquel modo, Renzo,
-estático, lo estaba mirando atentamente de la
-misma manera que un rústico contempla en la
-plaza á un jugador de manos, que después de haber
-escondido en su boca estopa y más estopa,
-empieza á sacar de ella cintas, cintas, y más cintas,
-siendo cosa de nunca acabar. Sin embargo,
-cuando hubo comprendido bien lo que el doctor
-quería decir, y en qué sentido tan equivocado lo
-había tomado, le cortó la cinta en la boca, diciendo: “¡Oh,
-señor doctor! ¿de qué modo lo habéis
-entendido? ello es precisamente todo al revés. Yo
-no he amenazado á nadie; yo no hago tales cosas:
-preguntad más bien á todo mi lugar, y veréis cómo
-se os dirá, que yo jamás he tenido que hacer
-con la justicia. La bribonada ha sido hecha á mí,
-y vengo á saber de vos qué es lo que he de hacer para
-obtener justicia, estando muy satisfecho de haber
-visto esa ordenanza”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Diablo! exclamó el doctor, abriendo sobremanera
-los ojos. ¿Qué galimatías me hacéis? Todos
-sois por el mismo estilo. ¿Es posible que no
-sepáis jamás decir las cosas claras?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_67">[Pg 67]</span></p>
-
-<p>&mdash;Perdonad, vos no me habéis dado tiempo;
-ahora os lo contaré como ello es en sí. Sabed, pues,
-que yo debía casarme hoy; y aquí la voz de Renzo
-se conmovió: debía casarme con una joven con
-la cual llevaba relaciones amorosas desde fines del
-verano, y hoy, como digo, era el día fijado por el
-señor cura, y todo estaba dispuesto. Mas he aquí
-que éste empieza á proponer ciertas excusas...
-Basta; por no ser molesto: yo le he hecho hablar
-claro, como era justo, y me ha confesado que se
-le había prohibido, bajo pena de la vida, el hacer
-este casamiento. ¡Ese <em>prepotente</em> de D. Rodrigo!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Y bien! le interrumpió súbitamente el doctor,
-frunciendo las cejas, arrugando su colorada
-nariz y torciendo la boca; ¡y bien! ¿qué venís á
-quebrarme la cabeza con esas patrañas? Id á referir
-tales cuentos á gentes de vuestra calaña, ya
-que no sabéis medir las palabras; y no venir á un
-hombre como yo que sabe todo lo que valen. Marchaos,
-marchaos; no sabéis lo que decís: yo no
-me comprometo por chiquillos; no quiero oir semejantes
-despropósitos y palabras vacías de sentido.</p>
-
-<p>&mdash;Os juro.</p>
-
-<p>&mdash;Marchaos, os digo; ¿qué queréis que yo haga
-de vuestros juramentos? Yo no me mezclo en esas
-cosas, yo me lavo las manos; y se las restregaba
-como si efectivamente se las estuviera lavando.<span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span>
-Aprended á hablar; no se viene á sorprender así
-á una persona de pundonor.</p>
-
-<p>&mdash;Pero oídme, oídme, repetía en vano Renzo;
-el doctor gritando siempre, le empujaba con ambas
-manos fuera de la habitación. Cuando lo hubo
-echado abrió la puerta de par en par, llamó á
-la criada y la dijo: “Volved pronto á este hombre
-lo que ha traído: yo no quiero nada, no quiero
-nada”.</p>
-
-<p>Aquella mujer, en todo el tiempo que hacía que
-estaba en la casa, no había jamás cumplido una
-orden semejante; pero había sido proferida con
-tal resolución, que no vaciló un instante en obedecerla.
-Tomó los cuatro pobres animales, y se
-los dió á Renzo echándole una mirada de desdeñosa
-compasión, que parecía querer decir: es preciso
-que hayáis cometido una gran necedad. Renzo
-quería hacer algunos cumplimientos, mas el
-doctor fué inexpugnable, y el joven más atónito
-y enfurecido que nunca de tener que volver á tomar
-las víctimas rehusadas y volver al pueblo á
-referir á sus señoras el buen éxito de su expedición.</p>
-
-<p>Éstas, durante la ausencia de Renzo, después
-de haberse despojado tristemente de sus vestidos
-de boda, cambiándolos con los de los días de trabajo,
-se pusieron á consultar de nuevo, sollozando
-Lucía y suspirando Inés. Cuando esta última
-hubo hablado bastante de los grandes efectos que<span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span>
-debían esperarse de los consejos del doctor, Lucía
-dijo que era indispensable ver de buscar auxilios
-de todos modos; que el padre Cristóbal era
-hombre, no sólo para dar consejos, sino también
-para ponerlos en ejecución cuando se trataba de
-socorrer á los pobres, y que sería muy conveniente
-el poderle hacer saber todo lo que había sucedido.
-Seguramente, dijo Inés; y se pusieron á reflexionar
-en los medios de que se valdrían, ya que
-no se sentían con valor aquel día para ir al convento,
-distante de allí cerca de dos millas, y que
-ciertamente ninguna persona sensata se lo hubiera
-aconsejado. Pero mientras examinaban los partidos
-que se presentaban á su imaginación, he
-aquí que oyeron un golpecito dado á la puerta, y
-en el mismo momento un humilde pero distinto
-<i lang="la" xml:lang="la">Deo gratias</i>. Lucía, imaginándose quién podía ser,
-corrió á abrir; y luego, habiendo hecho una pequeña
-inclinación familiar, entró seguida de un
-capuchino fraile lego, con sus alforjas pendientes
-en el hombro izquierdo, cuya abertura retorcida
-y estrecha sujetaba con ambas manos sobre su
-pecho. ¡Oh, hermano Galdino! dijeron las dos mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;El Señor sea con vosotras, dijo el fraile. Vengo
-en busca de las nueces.</p>
-
-<p>&mdash;Ve á buscar las nueces para el padre, dijo
-Inés.</p>
-
-<p>Lucía se levantó y se encaminó á otra estancia;<span class="pagenum" id="Page_70">[Pg 70]</span>
-mas antes de entrar, se paró detrás de Fr.
-Galdino, que permanecía de pie en la misma postura,
-y llevando un dedo á su boca, dirigió á la
-madre una mirada, en la cual se traslucía que le
-encargaba el secreto con ademán tierno y suplicante,
-aunque también con cierta autoridad.</p>
-
-<p>El mendicante, que se conservaba á bastante
-distancia de Inés, mirando á esta al soslayo, dijo: “¿Y
-esa boda? Á la verdad que debía verificarse
-hoy; he notado en el lugar una cierta confusión,
-como si hubiese ocurrido alguna novedad. ¿Qué
-ha sucedido?”.</p>
-
-<p>&mdash;El señor cura está enfermo, y ha sido preciso
-diferirla, repuso con prontitud la mujer. Si Lucía
-no la hubiese hecho aquella señal, la respuesta habría
-sido probablemente distinta. ¿Y cómo va de
-colecta? añadió en seguida para variar de conversación.</p>
-
-<p>&mdash;No muy bien, buena señora, no muy bien;
-aquí está toda. Y esto diciendo, se quitó las alforjas
-del hombro, y las hizo saltar entre sus dos
-manos. Aquí está toda, y para reunir esta gran
-abundancia, he tenido que tocar á diez puertas.</p>
-
-<p>&mdash;Pero el año es escaso, Fr. Galdino, y cuando
-tiene que haber medida en el pan, no se puede
-alargar la mano en lo demás.</p>
-
-<p>&mdash;Y para hacer volver el buen tiempo, ¿qué remedio
-hay, señora mía? La limosna. ¿Tenéis noticia
-del milagro de las nueces, que tuvo lugar hace<span class="pagenum" id="Page_71">[Pg 71]</span>
-ya muchos años en nuestro convento de la Romaña?</p>
-
-<p>&mdash;No, en verdad; contádmelo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Pues debéis saber que en dicho convento
-había un padre, el cual era un santo, y se llamaba
-el padre Macario. Un día de invierno, pasando
-por una pequeña senda practicada en medio
-del campo de un bienhechor nuestro, tan hombre
-de bien como el mismo padre Macario, vió éste al
-citado bienhechor cerca de un gran nogal de su
-propiedad, y á cuatro aldeanos que con el hacha
-levantada empezaban á excavar el pie para poner
-las raíces al sol.&mdash;“¿Qué hacéis á este pobre árbol?
-preguntó el padre Macario.&mdash;¡Ay padre! hay una
-porción de años que no me quiere dar nueces; por
-lo tanto, yo hago leña de él.&mdash;Dejadlo estar, dijo
-el padre: sabed que este año dará más nueces que
-hojas”. El bienhechor, que conocía muy bien al
-que acababa de pronunciar las anteriores palabras,
-ordenó prontamente á los trabajadores que echasen
-de nuevo la tierra sobre las raíces, y habiendo
-llamado al padre, que continuaba su camino,&mdash;“Padre
-Macario, le dice: la mitad de la cosecha
-será para el convento”. Se esparció la voz de semejante
-pronóstico, y todos corrían á ver el nogal.
-En efecto, llegada la primavera echó flores con
-fuerza, y á su debido tiempo nueces, pero nueces
-en grande. El honrado bienhechor no tuvo el consuelo
-de varearlo, porque antes de la recolección<span class="pagenum" id="Page_72">[Pg 72]</span>
-fué á recibir el premio de su caridad. Mas el milagro
-fué mucho mayor, según vais á oir. Aquel
-digno hombre había dejado un hijo, cuyas cualidades
-eran bien diferentes de las suyas. Estando
-ya en la época de la recolección, el hermano mendicante
-fué á recoger la mitad que era debida al
-convento; pero el hijo, fingiendo la mayor extrañeza,
-tuvo la temeridad de responder que jamás
-había oído decir que los capuchinos supiesen hacer
-nueces. Ahora bien: ¿pues sabéis lo que sucedió?
-Cierto día (atended bien á esto), el libertino
-había invitado á varios de sus amigos de la misma
-calaña que él: y en medio de la francachela que
-tenían, les contaba la historia de las nueces, burlándose
-á su sabor de los frailes. Aquellos imprudentes
-jovenzuelos tuvieron deseos de ir á ver una
-tan enorme porción de nueces, y él los condujo al
-granero. Mas oíd bien: abre él la puerta, se dirige
-al rincón en donde estaba colocado el gran
-montón, y mientras dice mirad, mira él mismo, y
-ve... ¿qué es lo que ve? un bello montón de hojas
-secas de nogal. ¿No fué esto un magnífico ejemplar?
-Y el convento, en vez de perder con eso ganó
-mucho; porque después de tan gran suceso, los
-donativos de las nueces rendían tanto y tanto,
-que un bienhechor, movido á compasión hacia el
-hermano mendicante, tuvo la caridad de regalar
-un asno al convento, con el objeto de ayudar á
-dicho hermano á conducirlas al mismo. Además,<span class="pagenum" id="Page_73">[Pg 73]</span>
-se hacía con ellas tanto aceite, que todos los pobres
-iban á buscar según sus necesidades; porque
-nosotros somos como el mar, que recibe agua de
-todas partes para volver á distribuirla luego á todos
-los ríos.</p>
-
-<p>En esto volvió á aparecer Lucía con el delantal
-tan lleno de nueces, que con trabajo podía soportar
-su peso, sosteniendo en alto ambos extremos
-con los brazos extendidos y separados; mientras
-que el hermano Galdino se quitaba de nuevo
-las alforjas del hombro, las hacía descansar en el
-suelo, y ponía expedita la abertura para introducir
-la abundante limosna. La madre miró á Lucía
-con semblante atónito y severo á la vez por su
-prodigalidad; pero esta última le echó una ojeada
-que quería significar, yo me justificaré. Fr.
-Galdino se deshizo en elogios, promesas y favorables
-predicciones, manifestándose sumamente
-agradecido; y volviendo á colocar las alforjas en
-su lugar, iba á partir; mas Lucía, llamándole de
-nuevo le dice: “Quisiera que me hicieseis un favor:
-desearía que dijeseis al padre Cristóbal que tengo
-gran necesidad de hablarle, y que haga la caridad
-de venir á nuestra humilde casa, pronto,
-pronto; porque á nosotras no nos es posible ir á
-la iglesia”.</p>
-
-<p>&mdash;¿No queréis otra cosa? No se pasará una hora
-sin que el padre Cristóbal sepa vuestro deseo.</p>
-
-<p>&mdash;Cuento con ello.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">[Pg 74]</span></p>
-
-<p>&mdash;No lo dudéis: y dicho esto se fué un poco
-más encorvado y más contento de lo que había
-venido.</p>
-
-<p>Al ver que una pobre muchacha mandaba llamar
-con tanta confianza al padre Cristóbal y que
-el mendicante aceptaba la comisión sin maravilla
-y sin dificultad, no se juzgue por esto que dicho
-padre Cristóbal fuese un fraile adocenado, una
-persona despreciable; todo lo contrario, era un
-hombre que ejercía mucha influencia entre los suyos
-y en todo el contorno; pero era tal la condición
-de los capuchinos, que para ellos nadie había
-ni demasiado bajo, ni demasiado elevado. Servir á
-la clase ínfima y hacerse servir por los poderosos;
-entrar en los palacios y en las chozas con el mismo
-continente de modestia y seguridad; ser tal
-vez en una misma casa un objeto de pasatiempo,
-á la par que un personaje sin el cual nada se decida;
-pedir limosna por todas partes y hacerla á
-todos los que iban á pedirla al convento; á todo
-esto estaba acostumbrado un capuchino. Viajando,
-podía igualmente tropezar con un príncipe
-que le besase reverentemente la punta del cordón,
-ó con una cuadrilla de pilluelos que fingiendo
-reñir entre sí le salpicasen de barro la barba.
-La palabra <em>fraile</em> era pronunciada en aquella época
-con el mayor respeto y con el más amargo desprecio:
-y los capuchinos, acaso más que los de
-ninguna otra orden, eran objeto de dos contrarios<span class="pagenum" id="Page_75">[Pg 75]</span>
-sentimientos, y experimentaban las dos opuestas
-fortunas; porque no poseyendo nada, revestidos
-de hábitos más extraños y distintos que de ordinario,
-y haciendo más abierta profesión de humildad,
-se exponían más de cerca á la veneración
-y al vilipendio que estas cosas pueden inspirar á
-los hombres, según la diversidad de su carácter ó
-su modo de pensar.</p>
-
-<p>Habiendo partido Fr. Galdino, Inés exclamó: “¡Tantísimas
-nueces en un año como éste!”.</p>
-
-<p>&mdash;Mamá, perdonadme, respondió Lucía; mas si
-hubiésemos hecho una limosna como las de costumbre,
-¡Dios sabe cuántas vueltas hubiera tenido
-que dar Fr. Galdino antes de llenar las alforjas;
-Dios sabe cuándo habría vuelto al convento,
-y con los cuentecillos que hubiera referido
-ó escuchado, Dios sabe si él se habría acordado!...</p>
-
-<p>&mdash;Has pensado muy bien; y luego que toda caridad
-trae siempre buen fruto, dijo Inés, la cual,
-á pesar de sus defectillos, era una excelente mujer,
-y se hubiera, según vulgarmente se dice, arrojado
-al fuego por su única hija en quien tenía
-puesto todo su cariño.</p>
-
-<p>En esto llegó Renzo, y entrando con semblante
-mortificado á la par que de despecho, echó los
-capones sobre una mesa: ésta fué la última vicisitud
-de aquellos pobres animales por aquel día.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hermoso consejo me habéis dado! dijo<span class="pagenum" id="Page_76">[Pg 76]</span>
-á Inés; ¡me habéis mandado á casa de bellísimo
-sujeto, de uno que ayuda verdaderamente á los
-infelices! Esto dicho, refirió su entrevista con el
-doctor. La mujer, estupefacta de tan triste resultado,
-quería meterse á demostrar que el consejo
-sin embargo era bueno, y que Renzo no debía haber
-sabido expresarse; mas Lucía interrumpió esa
-cuestión, anunciando que esperaba haber encontrado
-un auxilio mejor. Renzo acogió todavía esta
-esperanza, como acontece á los que están en el
-mayor embarazo y aflicción.&mdash;Mas si el padre, dijo
-él, no halla algún medio, yo le hallaré de un
-modo ú de otro. Las mujeres le aconsejaron que
-tuviese prudencia, calma y paciencia.&mdash;Mañana,
-dijo Lucía, vendrá seguramente el padre Cristóbal,
-y veréis cómo encontrará algún remedio de
-aquellos que nosotros ni siquiera podemos imaginar.</p>
-
-<p>&mdash;Así lo espero, dijo Renzo; mas en todo caso
-sabré hacerme razón, ó declarármela por otros.
-En este mundo, ésta es finalmente la justicia.</p>
-
-<p>Con tan dolorosos discursos, y con tantas idas
-y venidas, según va referido, se había pasado el
-día, y empezaba ya á oscurecer.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, dijo tristemente Lucía á Renzo,
-el cual no sabía resolverse á marchar.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, respondió éste con más tristeza
-todavía.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_77">[Pg 77]</span></p>
-
-<p>&mdash;Algún santo nos ayudará, replicó Lucía; sed
-prudente y resignaos.</p>
-
-<p>La madre añadió otros consejos del mismo género,
-y el novio se fué con el corazón agitado, repitiendo
-siempre estas extrañas palabras: “En este
-mundo, ésta es finalmente la justicia. ¡Tan cierto
-es que un hombre abrumado por el dolor, no sabe
-siquiera lo que se dice!”.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_78">[Pg 78]</span></p>
-
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO CUARTO</h2>
-</div>
-
-
-<p>El sol no había aparecido aún enteramente sobre
-el horizonte, cuando el padre Cristóbal salió
-de su convento de Pescarenico para ir á la casita
-donde era esperado. Es Pescarenico un lugarcillo
-asentado en la orilla izquierda del Adda, ó por mejor
-decir, del lago, un poco más abajo del puente;
-componen dicho lugarcillo un pequeño grupo de
-cabañas, habitadas la mayor parte por pescadores,
-y adornadas acá y allá de tresmallos y redes tendidas
-con el objeto de secarse. El convento estaba
-situado (y el edificio subsiste todavía) en las
-afueras del lugar, y la fachada caía en medio del
-camino que de Lecco conduce á Bérgamo. El cielo
-se veía completamente despejado. Á medida
-que el sol se elevaba detrás de las montañas, se
-veía su luz descender rápidamente desde las cimas<span class="pagenum" id="Page_79">[Pg 79]</span>
-de los opuestos montes y esparcirse por las
-pendientes y por los valles: un vientecillo de otoño,
-desprendiendo de las ramas del moral las hojas
-secas, las hacía caer á algunos pasos distantes
-del árbol; á derecha é izquierda en las viñas, sus
-rayos, aún oblicuos, brillaban en los pámpanos enrojecidos
-con variadas tintas, y la tierra recién labrada
-se destacaba oscura y se percibía distintamente
-entre los campos cubiertos de rastrojo,
-blanquecino y brillante, á causa del rocío. La escena
-era risueña; mas toda figura de hombre que
-en ella aparecía, entristecía la vista y el pensamiento.
-Á cada instante se encontraban andrajosos
-y macilentos mendigos envejecidos en el oficio
-ó lanzados en aquel entonces por necesidad á tender
-la mano. Pasaban silenciosos por el lado del
-padre Cristóbal, lo miraban con semblante propio
-para excitar compasión, y bien que no tuviesen
-nada que esperar de él, ya que un capuchino no
-tocaba jamás moneda, le hacían un saludo de agradecimiento
-por la limosna que habían recibido ó
-que iban á buscar al convento. El espectáculo de
-los labradores esparcidos por los campos, tenía
-cierta cosa de más doloroso aún. Los unos iban
-echando la simiente en pequeña cantidad, con economía,
-y como de mala gana, como el que arriesga
-una cosa de la cual tiene mucha necesidad; los
-otros manejaban el azadón con dificultad, y revolvían
-con disgusto los terrones. La pequeña niña,<span class="pagenum" id="Page_80">[Pg 80]</span>
-pálida y descarnada, arrastrando al pasto por
-medio de una pequeña cuerda á la escuálida vaca,
-cuyas ubres se veían secas del todo, miraba
-atentamente y se bajaba á toda prisa, á fin de recoger
-para que sirviese de alimento á su familia
-algunas yerbas, con las cuales el hambre le había
-enseñado que los hombres podían aún mantenerse.
-Tales objetos aumentaban á cada paso la melancolía
-del padre, el cual caminaba ya con el
-triste pensamiento de que iba á oir alguna desgracia.</p>
-
-<p>Mas, ¿por qué se inquietaba tanto en favor de
-Lucía, y por qué al primer aviso había andado
-con tanta solicitud como á una llamada del padre
-provincial? ¿Quién era, pues, ese padre Cristóbal?
-Es necesario satisfacer á todas estas preguntas.
-El padre Cristóbal de *** era un hombre más
-próximo á los sesenta que á los cincuenta años.
-Su cabeza afeitada, á excepción del cerquillo que
-la rodeaba, según el rito de los capuchinos, se elevaba
-de tiempo en tiempo, con un movimiento
-que dejaba traslucir un cierto no sé qué de altivo
-é inquieto, y de súbito se bajaba por reflexión de
-humildad. La larga y blanca barba que cubría sus
-mejillas y demás partes de la cara, hacía resaltar
-más todavía las formas relevantes de la parte
-superior del rostro, á las cuales una abstinencia
-ya de mucho tiempo habitual, había añadido más
-gravedad á su expresión que había quitado. Sus<span class="pagenum" id="Page_81">[Pg 81]</span>
-ojos hundidos estaban casi siempre inclinados al
-suelo; pero algunas veces despedían fulgores con
-repentina vivacidad, á la manera que dos fogosos
-caballos conducidos por la experta mano de un cochero,
-á la cual saben por experiencia que no pueden
-vencer, y que sin embargo, dan de vez en
-cuando algunos botes, que reprimen al momento
-con una buena sacudida del freno.</p>
-
-<p>El padre Cristóbal no había sido siempre así,
-ni siempre se había llamado Cristóbal: su nombre
-de pila era Ludovico. Era hijo de un mercader
-de *** (estos asteriscos<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a> provienen todos de la circunspección
-de nuestro anónimo), que en sus últimos
-años, hallándose bastante rico y con un solo
-hijo, había renunciado al tráfico, y se había entregado
-á vivir como un noble.</p>
-
-<p>En su nueva ociosidad empezó á sentir interiormente
-una gran vergüenza por todo el tiempo que
-había gastado en hacer algo en este mundo. Dominado
-por semejante capricho, estudiaba todas
-las maneras de hacer olvidar á los demás que había
-sido mercader, y aun él mismo habría querido
-olvidarlo. Mas la tienda, los fardos, los libros
-de cuentas y la vara, se le presentaban siempre á
-la imaginación, como la sombra de Banquo á Macbeth,
-aun en medio del fausto de los espléndidos
-<span class="pagenum" id="Page_82">[Pg 82]</span>banquetes y de las sonrisas de los parásitos. Es
-difícil expresar el cuidado que pondrían estos infelices
-para esquivar toda palabra que pudiese
-parecer alusiva á la antigua condición del que los
-convidaba. Un día, para citar no más que un ejemplo,
-un día, pues, ya al fin de la comida, en los
-momentos de la más viva y cordial alegría, en los
-cuales no se habría podido decir quiénes eran los
-que más gozaban, si la compañía desocupando
-platos ó el amo de la casa haciéndolos servir; éste
-daba una broma con un tono de superioridad
-amistosa á uno de sus comensales, el más honrado
-comedor del mundo, el cual para corresponder
-á la chanza sin la más mínima sombra de malicia
-y con el candor propio de un tierno niño, repuso: “¡Bah!,
-yo hago oídos de mercader”. En el instante
-de notar este mismo que semejante palabra
-había salido de su boca, miró con semblante incierto
-al rostro del dueño, el cual también se había
-oscurecido: el uno y el otro hubieran querido
-volver á recobrar su primitivo reposo; mas no era
-posible. Los demás convidados pensaban, cada
-uno de por sí, el modo de calmar aquel escándalo
-é inventar alguna diversión; mas pensando callaban,
-y el silencio ponía el escándalo más de manifiesto.
-Cada uno evitaba el encontrar sus ojos
-con los de los otros; todos ellos sabían que cada
-uno estaba preocupado con la idea que querían
-disimular. Lo que es la alegría, por aquel día<span class="pagenum" id="Page_83">[Pg 83]</span>
-desapareció, y el imprudente, ó para hablar con
-más justicia el desgraciado, no recibió ninguna
-otra invitación. Así, el padre de Ludovico pasó
-los últimos años de su vida en continuas angustias,
-temiendo siempre el ser escarnecido, y no
-reflexionando jamás que el vender no es una cosa
-más ridícula que el comprar, y que aquella profesión
-de la cual entonces se avergonzaba, habíala
-sin embargo ejercido por espacio de tantos años
-públicamente y sin remordimientos. Hizo educar
-el hijo noblemente, según las costumbres de la
-época y tanto como se lo permitían las leyes y
-usos; dióle maestros de bellas letras y de equitación,
-y murió dejándole rico y joven.</p>
-
-<p>Ludovico había contraído todos los hábitos de
-caballero; y sus aduladores, entre los cuales se había
-nutrido, le habían acostumbrado á ser tratado
-con mucho respeto. Mas cuando quiso mezclarse
-con los principales de su pueblo, encontró un
-orden de cosas bien diferente de aquel á que estaba
-acostumbrado. Vió que para vivir en su
-compañía, como hubiera deseado, le era indispensable
-hacer un nuevo estudio de paciencia y sumisión,
-permanecer siempre humillado, y estar á cada
-momento sufriendo con resignación. Semejante
-género de vida no estaba acorde, ni con la educación,
-ni con el natural de Ludovico. Se alejó de
-ellos despechado, aunque al mismo tiempo con pesar,
-porque le parecía que verdaderamente habrían<span class="pagenum" id="Page_84">[Pg 84]</span>
-debido ser sus compañeros, sólo que los hubiera
-querido más tratables. Con esta mezcla de
-rencor é inclinación, no pudiendo acompañarlos familiarmente
-y queriendo, sin embargo, parecerse
-en cierto modo, se había dado á competir con
-ellos en lujo y magnificencia, captándose de este
-modo las enemistades, las envidias y el ridículo.
-Su índole pacífica, á la par que violenta, le había
-empeñado más de una vez en debates muy serios.
-Sentía un horror espontáneo y sincero por los
-agravios é injurias, horror vuelto más vivo en él
-por la cualidad de las personas que con más frecuencia
-los cometían, que eran justamente aquellas
-con quienes más aborrecimiento tenía. Para
-aquietar ó para concentrar todas estas pasiones
-en una sola, tomaba voluntariamente el partido
-del débil oprimido, se empeñaba en ser desfacedor
-de entuertos, se entrometía en una querella,
-y se atraía encima otra nueva, de tal modo, que
-poco á poco vino á constituirse el protector de los
-oprimidos y el vengador de los agraviados. La
-empresa era grave, y no hay que preguntar si el
-pobre Ludovico tendría enemigos, cuidados é inquietudes.
-Además de esta guerra exterior, se veía
-después continuamente agitado por combates interiores,
-porque para salir bien de una intriga (sin hablar
-de aquellas en que quedaba debajo), debía
-emplear astucias y violencias que su conciencia
-de ningún modo podía aprobar. Era preciso que<span class="pagenum" id="Page_85">[Pg 85]</span>
-tuviese á su rededor un buen número de matones;
-y tanto por seguridad propia, cuanto por tener un
-auxilio más vigoroso, debía escoger á los más temerarios,
-esto es, á los más malvados, y vivir con
-los bribones por causa de la justicia; tanto que,
-más de una vez, desanimado por el mal éxito de
-una empresa, inquieto por un peligro inminente,
-fastidiado de tener que estar continuamente en
-guardia, disgustado con la gente que le acompañaba
-por necesidad, pensando en el porvenir, y
-que su fortuna iba disminuyendo de día en día con
-las buenas obras y entre la <em>bravería</em>, más de una
-vez le había venido á la imaginación el hacerse
-fraile, porque en aquella época era el medio más
-común para salir de apuros. Pero esto, que hubiera
-sido acaso no más que un pensamiento toda
-su vida, se cambió en una firme resolución á causa
-de un accidente, el más serio que hasta entonces
-le hubiese podido sobrevenir.</p>
-
-<p>Iba cierto día por una calle de su pueblo natal
-seguido de dos bravos y acompañado de un tal
-Cristóbal, en otro tiempo mancebo de la tienda,
-y cerrada ésta transformado en mayordomo de la
-casa. Era éste un hombre de cerca de cincuenta
-años, adicto desde su juventud á Ludovico, al
-cual había visto nacer, y que entre el salario y los
-regalos le daba no sólo para vivir, sino también
-para mantener y sustentar una numerosa familia.
-Ludovico vió aparecer á lo lejos un señor como<span class="pagenum" id="Page_86">[Pg 86]</span>
-él, arrogante y protector de profesión, á quien
-jamás en su vida había hablado, pero que sin embargo
-cordialmente detestaba, y el cual le pagaba
-generosamente en la misma moneda; porque
-es una de las ventajas que ofrece este mundo, la
-de poder odiar y ser odiado sin conocerse. Dicho
-señor, seguido de cuatro bravos, avanzaba en línea
-recta con paso orgulloso, levantada la cabeza
-y marcando en sus labios la mayor insolencia y el
-más profundo desprecio. Ambos caminaban rozándose
-con la pared; mas Ludovico (nótese bien
-esto), la tocaba con el lado derecho, y esto, según
-una costumbre, le daba el derecho de no separarse
-de dicha pared para dar paso á cualquiera
-que fuese, cosa de la cual se hacía entonces
-mucho caso. El otro pretendía por el contrario,
-que el derecho le competía á él como noble, y que
-á Ludovico le tocaba ir por el medio, y todo esto
-en virtud de otra costumbre. Aunque en esto como
-en muchas otras cosas estaban en vigor dos
-costumbres contrarias, sin que se hubiese decidido
-cuál de las dos fuese la buena, lo cual daba
-ocasión de que se armara una riña cada vez que
-un cabeza dura tropezase con otra del mismo temple.
-Nuestros dos hombres marchaban á encontrarse
-arrimados á la pared, como dos figuras movibles
-de bajorrelieve. Cuando estuvieron ya cara
-á cara, el tal señor, midiendo á Ludovico con altanería
-desde la cabeza á los pies con mirada torva<span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span>
-é imperiosa, le dijo en un tono de voz correspondiente: “Paso”.</p>
-
-<p>&mdash;Paso, repuso Ludovico, llevo la derecha.</p>
-
-<p>&mdash;Con gentes como vos é iguales vuestros, siempre
-la llevo yo.</p>
-
-<p>&mdash;Si la arrogancia de los vuestros fuese una ley
-para los míos...</p>
-
-<p>Los <em>bravos</em> del uno y del otro bando, permanecían
-como clavados, cada uno detrás de su amo,
-mirándose de reojo, con las manos puestas en las
-dagas y preparados al combate. La gente que llegaba
-ya por un lado, ya por otro, se mantenía á
-cierta distancia para observar el suceso, y la presencia
-de estos espectadores animaba siempre más
-el amor propio de los contendientes.</p>
-
-<p>&mdash;Al arroyo, artesano vil, ó yo te enseñaré del
-modo que se trata á los nobles.</p>
-
-<p>&mdash;Vos mentís llamándome vil.</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres el que mientes, diciendo que yo he
-mentido. (Esta respuesta era de pragmática.) Y
-si tú fueses caballero como yo, añadió el señor,
-te haría ver con la espada que tú has sido el que
-has mentido.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí un buen pretexto para dispensarse
-de sostener con hechos la insolencia de vuestras
-palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Arrojad al fango á ese bribón, dijo el noble
-volviéndose á los suyos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_88">[Pg 88]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Veámoslo! dijo Ludovico, dando de pronto
-un paso atrás y echando mano á la espada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Temerario! gritó el otro desenvainando la
-suya; la haré mil pedazos cuando esté manchada
-con tu vil sangre.</p>
-
-<p>En esto se lanzaron uno hacia otro; los servidores
-de ambas partes se arrojaron á la defensa de
-sus respectivos dueños. El combate era desigual,
-ya por el número, ya porque Ludovico trataba
-más bien de parar los golpes y desarmar al enemigo
-que de matarlo; pero éste quería su muerte
-á toda costa. Ludovico había ya recibido en el
-brazo izquierdo una puñalada dada por un <em>bravo</em>,
-y un ligero rasguño en una mejilla; su principal
-adversario se lanzaba con furia sobre él con el objeto
-de concluir de una vez, cuando Cristóbal,
-viendo á su señor en tan extremado peligro, fué
-con el puñal á coger al noble por detrás. Éste volvió
-toda su ira contra aquél, y le pasó de parte á
-parte con su espada. Al ver Ludovico aquello, se
-puso fuera de sí, y hundió la suya en el vientre
-del provocador, el cual cayó moribundo casi al
-mismo tiempo que el pobre Cristóbal. Los bravos
-del noble, viendo que todo estaba concluido, emprendieron
-la fuga en muy mal estado; los de Ludovico,
-afrentados y acuchillados también, no teniendo
-ya con quién habérselas, y no queriendo
-hallarse envueltos por los espectadores que acudían
-al campo de batalla, se deslizaron por otro<span class="pagenum" id="Page_89">[Pg 89]</span>
-lado, y Ludovico se encontró solo, con aquellos
-dos funestos compañeros á sus pies, en medio de
-una muchedumbre inmensa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo ha sido esto?&mdash;Es uno.&mdash;Son dos.&mdash;Le
-ha hecho un ojal en el vientre.&mdash;¿Quién ha sido
-muerto?&mdash;<em>El prepotente.</em>&mdash;¡Oh, Santa María, qué
-fracaso!&mdash;Quien busca halla.&mdash;Una las paga todas.&mdash;También
-él ha tenido su fin.&mdash;¡Qué golpe!&mdash;¡Esto
-es un negocio muy serio!&mdash;¿Y aquel otro
-desgraciado?&mdash;¡Misericordia, qué espectáculo!&mdash;¡Salvadlo,
-salvadlo!&mdash;¡También está bien aviado!&mdash;¡Miradlo
-qué maltrado; arroja sangre por todas
-partes!&mdash;Escapaos, escapaos; no os dejéis prender.</p>
-
-<p>Estas palabras, que dominaban todas las demás
-y se oían á través del confuso ruido de la muchedumbre,
-expresaban el voto general, y con el consejo
-vino en seguida el auxilio. El suceso había
-tenido lugar muy cerca de una iglesia de capuchinos,
-asilo, como todos saben, impenetrable en
-aquella época para los esbirros y á toda aquella
-reunión de cosas y personas que se llamaba justicia.
-El asesino fué llevado al convento casi sin
-sentido por la multitud, y los frailes lo recibieron
-de las manos del pueblo, que se lo recomendaban
-diciendo: “Éste es un hombre de bien que ha dado
-cuenta de un hombre orgulloso y bribón; lo ha
-hecho en defensa propia y obligado á ello”.</p>
-
-<p>Ludovico hasta entonces no había jamás derramado
-sangre; y aunque el homicidio fuese en<span class="pagenum" id="Page_90">[Pg 90]</span>
-aquellos tiempos una cosa tan común, que los oídos
-de todos estaban acostumbrados á oirlos referir
-y los ojos á presenciarlo; sin embargo, la impresión
-que recibió al ver el hombre muerto por
-su mano, y el otro muerto también por culpa suya,
-fué nueva é indecible, fué una revelación de
-sentimientos aún desconocidos. La caída de su
-enemigo, la alteración de aquel rostro que pasaba
-en un momento de la amenaza y del furor al abatimiento
-y á la solemne calma de la muerte, fué
-una vista que cambió rápidamente el ánimo del
-homicida. Arrastrado al convento, no sabía casi
-en dónde estaba ni lo que se hacía, y cuando volvió
-en sí se encontró en una cama de la enfermería,
-en manos del hermano cirujano (los capuchinos
-tienen ordinariamente uno en cada convento)
-que ponía hilas y vendaba las dos heridas que había
-recibido en aquel encuentro.</p>
-
-<p>Un sacerdote, cuyo destino especial era asistir
-á los moribundos, y el cual había con frecuencia
-prestado semejantes servicios en las calles, fué
-llamado con precipitación al lugar del combate.
-Vuelto pocos minutos después entró en la enfermería,
-y acercándose al lecho en donde yacía Ludovico,
-“consolaos, le dijo: á lo menos ha muerto
-bien, y me ha encargado que le perdonéis, así
-como también traigo el perdón de su parte para
-vos”. Estas palabras hicieron volver en sí del todo
-al pobre Ludovico, y los sentimientos que hasta<span class="pagenum" id="Page_91">[Pg 91]</span>
-entonces permanecían confusos y como en tropel
-en su mente, se le representaron distintamente
-y con la mayor vivacidad; en efecto, el dolor
-causado por la pérdida de un amigo, el asombro
-y el remordimiento del golpe que su mano había
-descargado, y al mismo tiempo una angustiosa
-compasión hacia el hombre que había muerto, se
-revelaron en él enteramente. “¿Y el otro?”, preguntó
-con ansia al fraile.</p>
-
-<p>&mdash;El otro había expirado cuando yo llegué.</p>
-
-<p>Entretanto las avenidas y alrededores del convento
-hormigueaban de una curiosa muchedumbre;
-mas habiendo llegado la tropa, hizo dispersar
-á la multitud y se situó á cierta distancia de la
-puerta, de tal modo, que nadie pudiese salir del
-edificio sin ser observado. Un hermano del muerto,
-dos de sus primos y un anciano tío, fueron armados
-de pies á cabeza, acompañados de un gran
-número de <em>bravos</em>, y se pusieron á rondar alrededor
-del convento, mirando con aire y ademanes
-de amenazadora cólera á los curiosos que no se
-atrevían á decirles: “le está muy bien merecido”.</p>
-
-<p>Apenas Ludovico pudo reunir sus ideas, llamó
-á un confesor y le suplicó que fuese á casa de la
-viuda de Cristóbal, con el objeto de impetrar en
-su nombre el perdón de haber sido la causa, aunque
-ciertamente involuntaria, de aquella desgracia,
-y que la asegurase al mismo tiempo que tomaba
-á su cargo toda la familia. Reflexionando<span class="pagenum" id="Page_92">[Pg 92]</span>
-luego en su posición, sintió renacer el deseo de
-hacerse fraile, pensamiento que otras veces había
-pasado por su imaginación: le pareció que Dios
-mismo le había colocado en el camino y le había
-dado una señal de su voluntad haciéndole llegar
-en aquella coyuntura á un convento, y el partido
-fué adoptado. Hizo llamar al guardián, y le manifestó
-su deseo. Éste le respondió que era preciso
-que se guardase de tomar una resolución precipitada;
-pero que si persistía, no sería desechada.
-Entonces mandó á buscar un notario, hizo donación
-de todo lo que le quedaba (que era todavía
-un buen patrimonio), á la familia de Cristóbal; dió
-una suma considerable á la viuda, como para constituirla
-una segunda dote, y el resto á ocho hijos
-que Cristóbal había dejado.</p>
-
-<p>La resolución de Ludovico venía muy á propósito
-para sus huéspedes, los cuales por su causa
-estaban metidos en una gran intriga. Echarlo del
-convento y exponerlo de ese modo á las persecuciones
-de la justicia, ó lo que es igual, á la venganza
-de sus enemigos, no era partido que mereciese
-siquiera consultarse; esto hubiera sido lo mismo
-que renunciar á sus propios privilegios, desacreditar
-al convento para con el pueblo, atraerse
-la animadversión de todos los capuchinos del universo
-por haber dejado violar tan sagrados derechos,
-y ponerse en pugna abierta con todas las
-autoridades eclesiásticas, las cuales se consideraban<span class="pagenum" id="Page_93">[Pg 93]</span>
-como tutoras del derecho de asilo. Por otra
-parte, la familia del muerto, bastante poderosa
-por sí misma y por sus secuaces, trataba de vengarse
-á toda costa, y declaraba por enemigo á
-cualquiera que se atreviese á poner algún obstáculo.
-La historia no dice que aquélla se doliese
-mucho del difunto, ni menos que hubiese derramado
-por él una sola lágrima toda la parentela;
-únicamente dice, que estaban furiosos de no tener
-entre sus uñas al matador, ya fuese vivo ó
-muerto. Pero éste, vistiendo el hábito de capuchino,
-lo componía todo. Hacía en cierto modo
-una pública retractación, se imponía una penitencia,
-se confesaba implícitamente culpable, se retiraba
-de toda contienda; era, en suma, un enemigo
-que deponía las armas. Los parientes del
-muerto podían también, si querían, creer ó vanagloriarse
-de que se había hecho fraile por desesperación
-ó por miedo de su cólera. De todos modos,
-reducir á un hombre á despojarse de sus bienes,
-á afeitarse la cabeza, á caminar con los pies
-desnudos, á dormir sobre un duro y miserable
-jergón de paja, á vivir de limosna, podía parecer
-un castigo suficiente aun al ofendido más orgulloso.</p>
-
-<p>El padre guardián se presentó con una expresiva
-humildad al hermano del muerto; y después
-de mil protestas de respeto por su ilustre casa, y
-del deseo de complacer á ésta en todo lo que fuese<span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span>
-posible, habló del arrepentimiento de Ludovico
-y de su resolución, haciéndole ver con finura
-que la casa podía estar muy satisfecha, é insinuando
-luego suavemente y de la manera más
-diestra, que gustase ó no, las cosas debían ser así.
-El hermano se deshizo en injurias, y el capuchino
-dejó pasar la tormenta, diciendo de cuando en
-cuando: “Es un dolor muy justo”. Manifestó al capuchino
-que su familia había sabido siempre tomar
-satisfacción de una ofensa; y éste, aunque
-pensase de distinto modo, no dijo que no. Finalmente,
-aquél exigió como una condición que el
-asesino de su hermano había de salir prontamente
-de la ciudad. El guardián, que ya había deliberado
-obrar así, dijo que se haría, dejando que
-el otro creyera, si esto le complacía, que era un
-acto de sumisión, quedando todo arreglado de esta
-manera: contenta la familia de salir de semejante
-negocio con honor, contentos los frailes que
-salvaban un hombre y sus privilegios sin acarrearse
-ningún enemigo, contentos los amantes de
-las leyes de la caballería de ver terminarse un
-asunto honrosamente, contento el pueblo que veía
-fuera de peligro á un hombre que quería y que al
-mismo tiempo admiraba una conversión; contento
-finalmente, y más que todos, en medio de su dolor
-nuestro Ludovico, el cual empezaba una vida
-de expiación y de servidumbre, que podía, si no
-reparar, á lo menos redimir la mala acción, y embotar<span class="pagenum" id="Page_95">[Pg 95]</span>
-el punzante aguijón de los remordimientos.
-La idea que su resolución pudiese ser atribuida
-al miedo, le afligió un momento; pero se consoló
-bien pronto, pensando que aquella injusta opinión
-sería un castigo para él, y un medio de expiación.
-Así, á los treinta años se vistió el hábito
-de capuchino; y debiendo, según el uso, dejar su
-nombre para tomar otro, escogió uno que le recordase
-á todas horas la falta que tenía de expiar,
-y se puso por nombre Cristóbal.</p>
-
-<p>Apenas la ceremonia de la toma de hábito se
-hubo concluido, cuando el guardián le intimó la
-orden de ir á hacer su noviciado á *** distante
-sesenta millas, y que partiese al otro día por la
-mañana. El novicio se inclinó profundamente y
-pidió gracia. “Permitidme, padre, dijo, que antes
-de partir de esta población, en donde he derramado
-la sangre de un hombre, donde dejo una familia
-cruelmente ofendida, que repare al menos
-su afrenta, que muestre mi pesar de no poder resarcir
-el daño, pidiendo perdón al hermano del
-muerto, y acallarle, si Dios bendice mi intención,
-el rencor de su alma”. Al guardián le pareció que
-semejante paso, además de ser bueno en sí, serviría
-siempre para reconciliar más á la familia con
-el convento, y en su consecuencia se dirigió ansioso
-á la casa del señor hermano para exponerle
-la súplica de Fr. Cristóbal. Á una proposición tan
-inesperada, aquél sintió, á la par que admiración,<span class="pagenum" id="Page_96">[Pg 96]</span>
-un arrebato de cólera, pero no sin alguna complacencia.
-Después de haber reflexionado un instante,
-“que venga mañana”, dijo, y señaló la hora.
-El guardián volvió á llevar al novicio tan deseado
-consentimiento.</p>
-
-<p>El noble pensó de pronto que cuanto más solemne
-y ruidosa fuese aquella satisfacción, tanto
-más se aumentaría su crédito para con su familia
-y para con el público, y sería una bella página en
-la historia de la misma. Hizo saber apresuradamente
-á todos los parientes, que al día siguiente,
-á la hora de medio día, se sirviesen ir á su casa á
-recibir una satisfacción común. Á la citada hora,
-el palacio bullía en señores de todas edades y
-sexos; aquello era un torbellino: la mezcla de
-grandes capas, de altas plumas, de pendientes
-<em>durlindanas</em>, el ondulante movimiento de las almidonadas
-y rizadas gorgueras, y el confuso roce de
-las adamascadas togas. Las antecámaras, el patio
-y la calle hormigueaban de criados, pajes, <em>bravos</em>
-y curiosos. Al ver Fr. Cristóbal aquel aparato,
-adivinó el motivo y experimentó una ligera turbación;
-mas después de breves instantes, se dijo: “Está
-bien hecho, yo lo he matado en público á
-presencia de un gran número de sus enemigos;
-aquél fué el escándalo, ésta es la reparación”. Así,
-con los ojos bajos, con el padre compañero al lado,
-pasó la puerta de la casa, atravesó el patio
-entre una multitud que le miraba con una curiosidad<span class="pagenum" id="Page_97">[Pg 97]</span>
-poco respetuosa, subió la escalera, y en medio
-de otra muchedumbre de señores que se formaban
-en ala á su paso, seguido de cien miradas,
-llegó á presencia del amo de la casa, el cual, rodeado
-de los parientes más próximos, permanecía
-de pie en medio de la estancia, con la mirada fija
-en el pavimento y la barba levantada, empuñando
-con la mano izquierda el pomo de la espada, y
-apretando con la derecha la valona de la capa sobre
-el pecho.</p>
-
-<p>Hay á veces en el rostro y el continente de un
-hombre, una expresión tan significativa, que aunque
-se encuentre en medio de una numerosa multitud
-de espectadores, todos ellos formarán el mismo
-juicio sobre los sentimientos que le animan.
-El semblante y el ademán de Fr. Cristóbal decían
-claramente á los asistentes, que no se había hecho
-fraile ni iba á sufrir aquella humillación por humano
-temor; y esto empezó á reconciliarlo con
-todos los ánimos. Cuando vió al ofendido aceleró
-el paso, se hincó de rodillas á sus pies, cruzó las
-manos sobre el pecho, é inclinando su rapada cabeza,
-le dijo: “Yo soy el matador de vuestro hermano.
-¡Bien sabe Dios que quisiera restituíroslo
-á costa de mi sangre! mas no pudiendo hacer otra
-cosa que dar ineficaces y tardías excusas, os suplico
-que por amor de Dios las aceptéis”. Todos los ojos
-estaban fijos sobre el novicio y sobre el personaje
-á quien hablaba; todos los oídos estaban atentos.<span class="pagenum" id="Page_98">[Pg 98]</span>
-Cuando Fr. Cristóbal calló, se alzó en el salón un
-murmullo de piedad y de respeto. El gentilhombre,
-que permanecía en una actitud de complacencia
-forzada y de cólera comprimida, se turbó
-con aquellas palabras; y volviéndose al suplicante: “Alzad,
-dijo con voz alterada; la ofensa... el hecho,
-verdaderamente... mas el hábito que lleváis...
-no sólo esto, sino aun por vos... Alzaos,
-padre... Mi hermano... no lo puedo negar...
-era un caballero... era un hombre...
-un poco impetuoso... un poco vivo. Pero todo
-sucede por disposición de Dios. No se hable más
-de ello... Mas, padre mío, no debéis permanecer
-en esta postura”. Y cogiéndolo por el brazo lo
-levantó. Fr. Cristóbal, en pie, con la cabeza inclinada,
-repuso: “¿Puedo yo esperar aún que me
-concedáis vuestro perdón? Y si lo obtengo de vos,
-¿de quién no debo esperarlo? ¡Oh, si yo pudiese
-oir de vuestra boca la palabra <em>perdón</em>!”. “¿Perdón?,
-dijo el gentilhombre. Vos no tenéis necesidad de
-él; mas sin embargo, ya que lo deseáis, ciertamente,
-sí, yo os perdono de corazón, y todos...”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Todos, todos! gritaron á una voz los asistentes.
-El rostro del fraile se iluminó con una alegría
-de agradecimiento, bajo la cual, sin embargo,
-se traslucía aún una humilde y profunda compunción
-del mal que la remisión de los hombres
-no podía reparar. El gentilhombre, vencido por
-aquel aspecto, y trasportado por la conmoción general,<span class="pagenum" id="Page_99">[Pg 99]</span>
-le echó los brazos al cuello, y le dió y recibió
-el beso de paz.</p>
-
-<p>Un ¡bravo! ¡bien! resonó por todos los ángulos
-del salón; todos abandonaron sus puestos, y se
-apresuraron á rodear al fraile. En el ínterin se
-presentaron los criados con gran profusión de refrescos.
-El gentilhombre se acercó á nuestro Cristóbal,
-el cual demostraba quererse retirar y le
-dijo: “Padre, aceptad algún refrigerio, dadme esta
-prueba de amistad”. Y se puso á servirle antes
-que á todos los demás; mas Cristóbal retirándose
-con cierta cordial resistencia, dijo: “Estas cosas
-no están hechas para mí; pero no seré yo quien
-rechace jamás vuestros dones. Voy á ponerme en
-camino; dignaos hacerme traer un pan, para que
-pueda decir que he disfrutado de vuestra caridad,
-que he comido de vuestro pan, y he obtenido una
-señal de vuestro perdón”. El noble, conmovido,
-ordenó que así se hiciera; y vino en seguida un
-mayordomo, vestido de gran gala, trayendo un
-pan sobre una fuente de plata; y se lo presentó
-al padre, el cual habiéndolo tomado, y dado las
-gracias, lo metió en las alforjas. Después de pedir
-permiso, y de haber abrazado de nuevo al señor
-de la casa, y á todos aquellos que hallándose
-cerca de él pudieron aprovechar un momento,
-se libró de semejante peso; tuvo que luchar en
-las antecámaras para deshacerse de los criados, y
-aun de los bravos mismos, que le besaban el extremo<span class="pagenum" id="Page_100">[Pg 100]</span>
-del hábito, el cordón y la capucha; y se
-encontró en la calle, llevado como en triunfo, y
-acompañado de una multitud de pueblo, hasta una
-de las puertas de la ciudad, por donde salió, empezando
-su pedestre viaje hacia el lugar de su noviciado.</p>
-
-<p>El hermano del muerto y la parentela que se
-habían aprestado á saborear en aquel día el triste
-gozo del orgullo, se hallaron al contrario, llenos
-de la dulce alegría del perdón y de la benevolencia.
-La reunión se entretuvo aún algún tiempo,
-con una bondad y cordialidad insólitas, en
-razonamientos, acerca de los cuales ninguno de
-ellos se había preparado al ir allí. En lugar de las
-satisfacciones tomadas, de las injurias vengadas,
-y de los empeños llevados á cabo, las alabanzas
-del novicio, la reconciliación, la mansedumbre,
-fueron los temas de la conversación. Alguno que
-por la quincuagésima vez habría contado cómo el
-conde Muzio, su padre, había sabido en cierta famosa
-ocasión hacer entrar en razón al marqués
-Estanislao, que era un fanfarrón como todos saben,
-habló al contrario de la paciencia admirable
-de un tal Fr. Simón, muerto hacía ya muchos
-años. Habiéndose retirado la reunión, el señor,
-todo conmovido aún, reflexionaba en su interior,
-con la mayor maravilla, todo lo que había oído,
-todo lo que él había dicho, y murmuraba entre
-dientes: “¡Diablo de fraile, diablo de fraile!, ¡si hubiese
-<span class="pagenum" id="Page_101">[Pg 101]</span>
-permanecido más de rodillas á mis pies, casi,
-casi le hubiera pedido perdón de haber asesinado
-á mi hermano!”. Nuestra historia hace notar
-expresamente, que desde aquel día, este señor
-fué menos arrebatado y un poco más tratable.</p>
-
-<p>El padre Cristóbal caminaba con un consuelo
-que no había experimentado nunca, después de
-aquel terrible día, á cuya expiación debía consagrar
-toda su vida. El silencio impuesto á los novicios,
-lo observaba sin apercibirse de ello, absorto
-como estaba con la idea de las fatigas y humillaciones
-que había sufrido para rescatar su falta.
-Habiendo entrado á la hora de comer en la casa
-de un bienhechor, comió con una especie de satisfacción
-del pan del perdón; mas guardó un pedazo,
-y lo volvió á poner en la alforja para que le
-sirviese como de perpetuo recuerdo.</p>
-
-<p>No es nuestro designio el referir la historia de
-su vida claustral; solamente diremos, que llenando
-siempre con gran voluntad y cuidado los deberes
-que ordinariamente le estaban señalados de
-predicar y asistir á los moribundos, no dejaba jamás
-escapar la ocasión de ejercitar otros dos que
-se había impuesto á sí mismo, los cuales eran el
-de conciliar todas las diferencias y proteger á los
-oprimidos. En estas ideas entraban en cierto modo
-sus antiguos hábitos, y un resto de aquel espíritu
-guerrero que las humillaciones y maceraciones
-no habían podido del todo borrar. Su lenguaje<span class="pagenum" id="Page_102">[Pg 102]</span>
-era comúnmente humilde y reposado; pero cuando
-se trataba de justicia ó de verdad combatida,
-se animaba de súbito con su antigua impetuosidad,
-que secundada y modificada por un énfasis
-solemne, originado por el uso de predicar, daba á
-dicho lenguaje un carácter singular. Tanto su
-continente, como su aspecto, anunciaban una larga
-guerra entre una índole fogosa, resentida, y
-una voluntad opuesta, habitualmente victoriosa,
-siempre alerta y dirigida por motivos é inspiraciones
-superiores. Un compañero y amigo suyo,
-que lo conocía perfectamente, lo había comparado
-una vez á aquellas palabras demasiado expresivas
-en su forma natural, que algunas personas, aun
-bien educadas, pronuncian entrecortadas cuando
-la pasión las precipita, cambiando algunas letras;
-palabras que bajo aquella metamorfosis hacen sin
-embargo recordar su energía primitiva.</p>
-
-<p>Si una pobre desconocida, en el triste caso de
-Lucía, hubiese pedido la ayuda del padre Cristóbal,
-éste habría acudido inmediatamente; pero
-tratándose de Lucía, acudió con tanta más solicitud,
-en cuanto conocía y admiraba su inocencia.
-Había ya pensado en los peligros que corría, y
-experimentaba una santa indignación por la torpe
-persecución de que había llegado á ser objeto.
-Además de esto, habiéndola aconsejado para menos
-mal, que no declarase nada y que estuviese
-tranquila, temía ahora que dicho consejo pudiese<span class="pagenum" id="Page_103">[Pg 103]</span>
-haber producido algún triste resultado, y á la solicitud
-caritativa, que era en él como innata, añadíase
-la escrupulosa aflicción que con frecuencia
-atormenta á los buenos.</p>
-
-<p>Mas entretanto que nosotros hemos referido la
-historia del padre Cristóbal, éste llegó, y se detuvo
-en el umbral de la puerta. Las mujeres, dejando
-las devanaderas que hacían rechinar dando
-vueltas, se levantaron diciendo á la vez: “¡Hola,
-padre Cristóbal, bendito seáis!”.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Asteriscos, se llaman así las señales de imprenta que en
-forma de estrellitas sirven para las citas, remisiones, &amp;c.</p>
-
-</div>
-</div></div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">[Pg 104]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO QUINTO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Detúvose en el umbral el padre Cristóbal; y
-apenas hubo echado una mirada á las mujeres, conoció
-que no eran falsos sus presentimientos. Después,
-con aquel tono de interrogación que va en
-encuentro de una triste respuesta, levantando la
-capucha con un ligero movimiento de cabeza hacia
-atrás, dijo: “¿Y bien?”, Lucía contestó con un
-copioso llanto. La madre empezaba á excusarse
-de haberse atrevido... pero el fraile se adelantó;
-y habiéndose ido á sentar en un banquillo, cortó
-los cumplimientos, diciendo á Lucía: “Calmaos,
-pobre niña. Y vos, dijo en seguida á Inés, contadme
-lo que hay”. Mientras la pobre mujer hacía
-lo mejor que podía su dolorosa relación, el
-fraile se ponía de mil colores; y ora alzaba los ojos
-al cielo, ora golpeaba el suelo con los pies. Terminada<span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span>
-la historia, se cubrió el rostro con las manos,
-y exclamó: “¡Oh, bendito Dios! ¿hasta cuándo?”...
-Mas sin concluir la frase, volviéndose á
-las dos mujeres: “¡Infelices, dijo, Dios os ha visitado!
-¡Pobre Lucía!”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Padre, ¿no nos abandonaréis? dijo ésta sollozando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Abandonaros! replicó. ¿Y con qué cara podría
-yo pedir á Dios alguna cosa para mí, después
-de haberos abandonado? ¡Vosotras en semejante
-estado! ¡vosotras, que él me confía! No os desaniméis;
-él os asistirá, él lo ve todo, él puede servirse
-todavía de un hombre inútil como yo, para
-confundir un... Veamos, pensemos en lo que se
-puede hacer.</p>
-
-<p>Esto diciendo, apoyó el codo izquierdo sobre la
-rodilla, inclinó la frente sobre la palma de la mano,
-y con la derecha se apretó la barba, como para
-tener firmes y unidas todas las potencias del
-ánimo. Pero la más atenta consideración no servía
-más que para hacerle conocer distintamente cuán
-urgente y embarazoso era el caso, y cuán escasos,
-inciertos y peligrosos los medios. ¿Avergonzar un
-poco á D. Abundio y hacerle comprender de qué
-modo falta á su deber? Vergüenza y deber eran
-palabras nulas para él, cuando tenía miedo. Y el
-hacerle miedo: ¿qué medio tengo yo para infundírselo,
-y que sea superior al que él tiene de un
-tiro? ¿Informar de todo al cardenal arzobispo é<span class="pagenum" id="Page_106">[Pg 106]</span>
-invocan su autoridad? Esto requiere tiempo. ¿Y
-entretanto? ¿y después? Aun cuando esta pobre
-inocente estuviese casada, ¿sería por ventura un
-freno para aquel hombre? ¡Quién sabe hasta dónde
-puede llegar!... ¿Y el resistirle? ¿Cómo? ¡Ah,
-si yo pudiese, pensaba el pobre fraile, si pudiese
-traer á mi partido á mis hermanos de aquí y á los
-de Milán! Mas éste no es un asunto que interese
-á la comunidad, y por consecuencia me vería
-abandonado. ¡Ese hombre se hace el amigo del
-convento, se vende por partidario de los capuchinos!
-¿Y sus bravos no han venido alguna vez á
-ampararse de nosotros? Yo sólo me hallaría metido
-en danza, y aun quizá se me trataría de revoltoso,
-intrigante y pendenciero; y lo que es más,
-podría acaso, con una tentativa fuera de tiempo,
-empeorar la situación de ésta desgraciada. Habiendo
-puesto en contrapeso el pro y el contra,
-de uno y otro partido, le pareció lo mejor avistarse
-con el mismo D. Rodrigo, procurar separarle
-de su infame propósito por medio de súplicas, con
-los temores de la otra vida, y aún los de esta misma
-si fuese posible. Poniéndose en lo peor, podría
-á lo menos conocerse por este medio más distintamente
-si D. Rodrigo estaba muy obstinado en
-su brutal empeño, descubrir además sus intenciones,
-y arreglarse por ellas.</p>
-
-<p>En el ínterin que el fraile estaba así meditabundo,
-Renzo, que por razones que todos pueden<span class="pagenum" id="Page_107">[Pg 107]</span>
-adivinar, no podía permanecer lejos de la casa de
-su novia, se había, presentado á la puerta; mas
-viendo al padre abismado en sus pensamientos y
-á las mujeres que le hacían seña de que no lo
-distrajera, se detuvo en el umbral, guardando el
-mayor silencio. Levantando el fraile la cabeza,
-para comunicar á las mujeres sus proyectos, lo divisó,
-le saludó de una manera que expresaba
-una afección antigua, y que la compasión hacía
-más expansiva.</p>
-
-<p>&mdash;¿Os han dicho... padre mío? le preguntó
-Renzo con voz conmovida.</p>
-
-<p>&mdash;Demasiado, por desgracia, y por eso estoy
-aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué decís de ese malvado?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué queréis que diga? Él no esta aquí para
-oirme; ¿de qué servirían mis palabras? Dígote, mi
-querido Renzo, que confíes en Dios, y él no te
-abandonará.</p>
-
-<p>&mdash;¡Benditas sean vuestras palabras! exclamó el
-joven. Vos no sois de aquéllos que siempre hacen
-injusticias á los pobres. Mas el señor cura y ese
-señor doctor...</p>
-
-<p>&mdash;No recordar lo que no puede servir de otra
-cosa, más que de atormentarse inútilmente. Yo
-soy un pobre fraile; pero te repito lo que he dicho
-ya á estas señoras: aunque puedo poco, no os
-abandonaré.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, vos no sois como los amigos del mundo!<span class="pagenum" id="Page_108">[Pg 108]</span>
-¡Charlatanes! ¡Quién hubiese creído en las protestas
-que me hacían en otro tiempo mejor! ¡Ya, ya!
-Estaban prontos á dar su sangre por mí; me habrían
-sostenido contra el mismo diablo. Si yo hubiese
-tenido un enemigo... bastaba que me dejase
-entender, y habría concluido pronto de comer
-pan. Y ahora, si vieseis cómo se retiran...
-Al llegar aquí, levantando los ojos hacia el semblante
-del padre, vió que se había oscurecido del
-todo, y se arrepintió de haber dicho lo que convenía
-callar. Mas queriendo componerlo, se iba
-confundiendo y embrollando más. “Quería decir...
-yo no entiendo una palabra... esto es, yo quería
-decir”...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué querías decir? ¿Y qué? ¿Has empezado,
-pues, á destruir mis obras antes que fuesen emprendidas?
-Es un bien para ti el que te hayas desengañado
-á tiempo. ¡Qué, tú andabas en busca de
-amigos... amigos... que aun queriendo no
-hubieran podido socorrerte! ¡Y tratabas de perder
-al único que lo puede y lo quiere! ¿No sabes
-que Dios es el amigo de los afligidos que confían
-en él? ¿No sabes tú que el débil nada gana enseñando
-las uñas? Y cuando sin embargo... (Aquí
-apretó fuertemente el brazo de Renzo; su aspecto,
-sin perder en autoridad, se revistió de una
-compunción solemne, sus ojos se inclinaron, y la
-voz vino á ser lenta y como subterránea) ¡Cuando
-sin embargo... es una terrible ganancia! Renzo,<span class="pagenum" id="Page_109">[Pg 109]</span>
-¿quieres confiar en mí? ¡qué digo en mí, pobre
-fraile! ¿quieres confiar en Dios?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, sí! repuso Renzo, éste es el verdadero
-Señor.</p>
-
-<p>&mdash;Y bien: ¿prometes que no injuriarás á nadie,
-ni tampoco provocarás, y que te dejarás guiar
-por mí?</p>
-
-<p>&mdash;Lo prometo.</p>
-
-<p>Lucía dió un gran suspiro, como si se hubiese
-aliviado de un gran peso, é Inés dijo: “Bien, hijo
-mío”.</p>
-
-<p>&mdash;Escuchad, repuso Fr. Cristóbal; yo iré hoy
-á hablar á ese hombre. Si Dios le toca el corazón
-y da fuerza á mis palabras, bien: si no, él nos
-hará encontrar algún otro medio. Vosotros, en
-tanto, permaneced tranquilos, retirados; evitad
-las habladurías, y no os dejéis ver. Esta tarde ó
-mañana por la mañana, á más tardar, me volveréis
-á ver. Dicho esto, partió. Se dirigió al convento,
-llegando á tiempo de ir á coro á cantar sexta,
-comió, y se puso al instante en camino hacia
-la cueva de la bestia feroz que quería tratar de
-amansar.</p>
-
-<p>El gran palacio de D. Rodrigo se elevaba aislado,
-á semejanza de un castillejo, sobre la cima
-de uno de los picos de los cuales está por todas
-partes erizada aquella cordillera. Á esta indicación,
-el anónimo añade que el sitio (hubiera sido
-mejor escribir buenamente su nombre), estaba<span class="pagenum" id="Page_110">[Pg 110]</span>
-más allá del pueblo de los novios, distante de él
-cerca de tres millas, y cuatro del convento. Al
-pie del pico, á la parte que mira al Mediodía, hacia
-el lago, había un pequeño montón de cabañas
-habitadas por los vasallos de D. Rodrigo; y era
-como la pequeña capital de su reducido reino.
-Bastaba pasar por allí para imponerse de la condición
-y costumbres del país. Dando una ojeada
-á los pisos bajos, entre los cuales había algunos
-cuyas puertas estaban abiertas, se veían suspendidos
-de la pared en completa confusión, arcabuces,
-cuernos de caza, azadones, rastrillos, sombreros
-de paja, redecillas y frascos de pólvora. La
-gente que se encontraba, eran hombres robustos
-y fornidos, cuya frente cubría un <i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>, encerrado
-en una redecilla; ancianos que habiendo perdido
-los dientes, parecían siempre prontos á morder
-con las encías á los que les provocasen, aunque
-fuese ligeramente; mujeres con ciertos rasgos
-varoniles y con nervudos brazos, á propósito para
-prestar auxilio con la lengua cuando otra cosa no
-bastase; aun en los semblantes y movimientos de
-los muchachos mismos que jugaban en la calle,
-se veía un no sé qué de petulante y provocativo.</p>
-
-<p>Fr. Cristóbal atravesó la aldea, trepó por un
-pequeño y tortuoso sendero y llegó á una reducida
-explanada delante del palacio. La puerta estaba
-cerrada, porque el dueño estaba comiendo y
-no quería ser molestado. Las extrañas y pequeñas<span class="pagenum" id="Page_111">[Pg 111]</span>
-ventanas que daban al camino, cerradas por maderas
-mal unidas y consumidas por los años, estaban,
-sin embargo, defendidas por gruesos barrotes
-de hierro, y las del piso bajo eran tan altas,
-que apenas hubiera podido alcanzar á ellas un
-hombre subido en las espaldas de otro. Reinaba
-allí un gran silencio; y el viajero habría podido
-creer que fuese una casa abandonada, si cuatro
-criaturas, dos vivas y dos muertas, colocadas con
-simetría por la parte exterior, no hubiesen dado
-un indicio de que existían habitantes. Dos grandes
-buitres con las alas extendidas y con las cabezas
-colgando, el uno medio desplumado y consumido
-por el tiempo, el otro aún intacto y con plumas,
-estaban clavados sobre cada una de las dos
-hojas de la puerta principal; y dos bravos tendidos
-á la larga en los bancos colocados á derecha é
-izquierda hacían centinela, esperando el ser llamados
-á gozar las sobras de la mesa del amo. El
-padre se puso en pie de repente, en ademán del
-que se dispone á aguardar; mas uno de los bravos
-se levantó y le dijo: “Padre, padre, adelante;
-aquí no se hace esperar á los capuchinos; nosotros
-somos amigos del convento. Yo me he encontrado
-en ciertos momentos en que el aire de la calle
-no era muy bueno para mí, y si vosotros me hubieseis
-cerrado la puerta lo habría pasado mal”.
-Esto diciendo, dió dos golpes con la aldaba. Á dicho
-ruido contestaron súbitamente desde el interior<span class="pagenum" id="Page_112">[Pg 112]</span>
-los aullidos y ladridos de los alanos y dogos;
-y pocos momentos después, llegó refunfuñando un
-viejo criado; mas en seguida que vió al padre, le
-hizo una gran reverencia, apaciguó á los animales
-é introdujo al huésped á un angosto patio, y cerró
-la puerta. Habiéndole luego conducido á una
-pequeña sala, y mirádole con cierto aire respetuoso
-y de sorpresa, dijo: “¿No sois... el padre
-Cristóbal de Pescarenico?”.</p>
-
-<p>&mdash;Justamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vos aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Como lo veis, buen hombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será para hacer algún bien? El bien, continuó
-murmurando entre dientes y disponiéndose
-á marchar, se puede hacer en todas partes. Después
-de haber atravesado dos ó tres salas estrechas
-y oscuras, llegaron á la puerta de la sala del
-convite. Reinaba allí un gran ruido confuso de
-tenedores, cuchillos, vasos, platos y sobre todo,
-de voces discordes, que trataban á porfía de sobrepujarse
-las unas á las otras. El fraile quería
-retirarse y estaba departiendo detrás de la puerta
-con el criado para lograr el que se le dejase en
-cualquier rincón de la casa hasta que se hubiese
-concluido la comida, cuando he aquí que la citada
-puerta se abrió. Cierto conde, llamado Attilio,
-que estaba sentado enfrente (primo del amo de
-la casa, y del cual hemos ya hecho mención sin
-nombrarlo), habiendo visto un cerquillo y una<span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span>
-capilla, y conociendo la modesta intención del
-buen fraile: “¡Eh, eh! gritó, no os escapéis, reverendo
-padre: adelante, adelante”. D. Rodrigo, sin
-adivinar precisamente el objeto de aquella visita,
-pero por cierto confuso presentimiento, de buena
-gana se hubiera pasado sin ella; mas ya que el
-atolondrado Attilio lo había llamado en alta voz,
-no era conveniente el retroceder, y dijo: “Venid,
-padre, venid”. El padre se adelantó, saludó al dueño
-y contestó á las reverencias de los convidados.</p>
-
-<p>En general agrada (no digo á todos), el ver al
-hombre honrado cara á cara del malvado, y figurárselo
-con la frente elevada, la mirada segura,
-corazón valeroso y lenguaje desembarazado. Sin
-embargo, en el hecho, para hacerle tomar semejante
-actitud, se requieren muchas circunstancias,
-las cuales muy raras veces se encuentran juntas.
-Por esta razón no os debéis admirar si Fr. Cristóbal,
-con el buen testimonio de su conciencia,
-con el muy firme convencimiento de la justicia de
-la causa que iba á sostener, con un sentimiento
-mezclado de horror y de compasión por D. Rodrigo,
-permaneció con cierto aire de timidez y de
-respeto en presencia de aquel mismo D. Rodrigo,
-que estaba allí, en la cabecera de la mesa, en su
-casa, en su reino, rodeado de amigos y homenajes,
-con tantas señales de su poderío, con un semblante
-á propósito para hacer expirar una petición
-en los labios del que la hiciese, aunque ésta no<span class="pagenum" id="Page_114">[Pg 114]</span>
-fuese ni consejo, ni amonestación, ni reprensión.
-Á su derecha estaba sentado el consabido conde
-Attilio, su primo, y se hace preciso decirlo, su
-compañero de maldades y libertinaje, el cual había
-venido de Milán para pasar algunos días en el
-campo con él. Á la izquierda y al otro lado de la
-mesa estaba con gran respeto, templado sin embargo
-de cierta firmeza y de cierta presunción, el
-señor podestá, el mismo á quien en teoría habría
-tocado el hacer justicia á Renzo Tramaglino, y
-aplicársela á D. Rodrigo, según hemos visto antes.
-Enfrente del podestá, y en ademán del más
-puro y profundo respeto, se hallaba sentado nuestro
-doctor Azzecca-Garbugli, con la capa negra
-y con la nariz más rubicunda que de ordinario.
-Enfrente de los primos, dos oscuros convidados,
-de los cuales nuestra historia dice únicamente que
-no hacían otra cosa más que comer, inclinar la
-cabeza, sonreir y aprobar todo lo que decía un
-convidado, siempre que no hubiese otro que lo
-contradijese.</p>
-
-<p>&mdash;Un asiento al padre, dijo D. Rodrigo, Un
-criado presentó un sitial, en el cual se sentó el
-padre Cristóbal, pidiendo mil perdones al señor
-por haber venido á hora tan inoportuna. Desearía
-hablaros á solas y cómodamente para un asunto
-de importancia, añadió después con voz muy sumisa
-al oído de D. Rodrigo.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, bien, hablaremos, respondió éste; mas
-entretanto traed de beber al padre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_115">[Pg 115]</span></p>
-
-<p>El padre quería eximirse, pero D. Rodrigo, alzando
-la voz en medio del tumulto que había empezado
-otra vez, gritaba: “No, ¡par diez! no me haréis
-este desaire; no se dirá jamás que un capuchino
-salga de esta casa sin haber probado mi
-vino, ni un acreedor insolente sin haber experimentado
-la madera de mis bosques”. Estas palabras
-excitaron una risa universal é interrumpieron
-un momento el debate que se agitaba acaloradamente
-entre los convidados. Un criado trajo una
-botella de vino colocada en una salvilla y un largo
-vaso á manera de cáliz, que presentó al padre;
-el cual, no queriendo resistir á una invitación tan
-apremiante del hombre que le convenía tener
-propicio, no vaciló en echar vino en el vaso, después
-de lo cual se puso á beber lentamente.</p>
-
-<p>&mdash;La autoridad de Tasso no sirve á vuestra
-opinión, señor podestá respetable; ella misma está
-en contra vuestra, replicó voceando el conde
-Attilio; porque aquel hombre erudito, aquel grande
-hombre que tenía en la punta de los dedos todas
-las reglas de la caballería, hizo que el mensajero
-de Argante, antes de manifestar el desafío
-á los caballeros cristianos, pidiese permiso al piadoso
-Godofredo de Bouillon...</p>
-
-<p>&mdash;Pero esto, replicaba el podestá, no gritando
-menos, esto está de más, puramente de más, un
-adorno poético; pues que el mensajero es por su
-naturaleza inviolable por el derecho de gentes,<span class="pagenum" id="Page_116">[Pg 116]</span>
-<i lang="la" xml:lang="la">jure gentium</i>; y sin ir á buscar más lejos, el proverbio
-también lo dice: embajador no trae pena;
-y los proverbios, señor conde, son la sabiduría del
-género humano. Y no habiendo el mensajero dicho
-nada en su nombre, sino tan sólo presentado
-el cartel de desafío por escrito...</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero cuándo queréis comprender que aquel
-mensajero era un asno temerario, que no conocía
-las primeras...?</p>
-
-<p>&mdash;Con permiso de sus señorías, interrumpió D.
-Rodrigo, el cual no hubiera querido que la disputa
-fuese demasiado lejos; remitámonos al padre
-Cristóbal, y conformémonos con su parecer.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, muy bien, dijo el conde Attilio, á quien
-parecía una cosa muy graciosa el hacer decidir
-por un capuchino una cuestión de caballería, mientras
-que el podestá, más y más enfervorizado en
-el combate, se callaba en el instante mismo con
-cierto aire de desdén que parecía querer decir:
-puerilidades.</p>
-
-<p>&mdash;Mas, según me parece haber comprendido,
-dijo el padre, éstas no son cosas que yo deba entender.</p>
-
-<p>&mdash;Ordinarias excusas de la modestia de los padres,
-dijo D. Rodrigo; mas no os evadiréis. ¡Ea!
-vamos: bien sabemos que no habéis venido al
-mundo con la capilla en la cabeza, y que el mundo
-os ha conocido. Vamos, vamos, he aquí la
-cuestión.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_117">[Pg 117]</span></p>
-
-<p>&mdash;El hecho es éste, empezó á gritar el conde
-Attilio.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadme decir á mí, que soy neutral, primo,
-replicó D. Rodrigo. He aquí la historia: Un caballero
-español mandó un cartel de desafío á un caballero
-milanés; el portador, no encontrando al
-provocado en casa, entregó el cartel á un hermano
-del caballero, cuyo hermano leyó el cartel, y
-en respuesta dió algunos palos al portador. Se
-trata...</p>
-
-<p>&mdash;Bien dados, bien aplicados, gritó el conde
-Attilio. Fué una verdadera inspiración.</p>
-
-<p>&mdash;¡Del demonio! añadió el podestá. ¡Pegar á un
-embajador, una persona sagrada! Vos también,
-padre, podréis decir, si ésta es una acción propia
-de un caballero.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor, de caballero, gritó el conde, y dejad
-que os lo diga yo, que debo saber todo lo que
-concierne á un caballero. ¡Oh! si hubiese sido con
-los puños, sería otra cosa; pero el bastón no mancha
-las manos de nadie. Lo que yo no puedo comprender
-es, por qué os interesáis tanto por las espaldas
-de un bribón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién os ha hablado de espaldas, señor conde?
-Vos me hacéis decir cosas que jamás me han
-pasado por la imaginación. He hablado del carácter,
-y no de las espaldas. Yo hablo, sobre todo,
-del derecho de gentes. Hacedme el obsequio de
-decirme si los heraldos que los antiguos romanos<span class="pagenum" id="Page_118">[Pg 118]</span>
-mandaban llevar los carteles de desafío á los demás
-pueblos, pedían permiso para exponer su
-mensaje, y buscadme un escritor que haga mención
-de que un heraldo haya sido nunca apaleado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienen que ver con nosotros los capitanes
-de los antiguos romanos, gente que iba á la
-buena de Dios, y que en estas cosas estaban atrasadísimos?
-Mas según las leyes de la caballería moderna,
-que es la verdadera, digo y sostengo, que
-un mensajero que se atreve á poner en manos de
-un caballero un cartel de desafío, sin haberle pedido
-permiso, es un insolente, violable, muy violable,
-digno de ser apaleado y muy bien apaleado...</p>
-
-<p>&mdash;Contestad á este silogismo.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada.</p>
-
-<p>&mdash;Pero escuchad, escuchad. Pegar á uno que
-está desarmado, es una traición; <i lang="la" xml:lang="la">at qui</i> el mensajero
-<i lang="la" xml:lang="la">de quo</i> estaba sin armas, <i lang="la" xml:lang="la">ergo</i>...</p>
-
-<p>&mdash;Poco á poco, señor podestá.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo poco á poco!</p>
-
-<p>&mdash;Poco á poco, os repito: ¿qué es lo que estáis
-diciendo? Se llama una traición el herir á uno por
-detrás con la espada, ó descerrajarle un tiro en la
-espalda; y aun con respecto á esto, se pueden dar
-ciertos casos... mas no salgamos de la cuestión.
-Concedo que esto generalmente pueda llamarse
-una traición; ¡pero sacudir cuatro palos á un bribón!<span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span>
-estaría bueno tener que decirle: ¡mira que te
-voy á apalear! Lo mismo que si se dijese á un hombre
-honrado: ¡en guardia!... Y vos, respetable
-señor doctor, en vez de hacerme señas para darme
-á entender que sois de mi parecer, ¿por qué
-no sostenéis mis razones con vuestra buena charla,
-para ayudarme á persuadir á este caballero?</p>
-
-<p>&mdash;Yo... repuso el doctor un poco confuso;
-yo gozo con estas doctas cuestiones, y doy gracias
-al feliz accidente que ha dado ocasión á una
-lucha de ingenio tan divertida. Y luego, no es de
-mi incumbencia el dar el fallo; su señoría ilustrísima
-ha delegado ya un juez... aquí está el
-padre....</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, dijo D. Rodrigo; pero ¿cómo queréis
-que el juez hable, cuando los litigantes no
-quieren guardar silencio?</p>
-
-<p>&mdash;Enmudezco, dijo el conde Attilio. El podestá
-apretó los labios y alzó la mano como en ademán
-de resignación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, gracias sean dadas al cielo! Á vos, padre,
-dijo D. Rodrigo con cierta gravedad irónica...</p>
-
-<p>&mdash;Me he excusado ya, diciendo que no entiendo
-de estas cosas, respondió el padre Cristóbal
-volviendo el vaso á un criado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Débiles escusas! exclamaron los dos primos.
-Nosotros queremos el fallo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues que así lo queréis, replicó el fraile, mi<span class="pagenum" id="Page_120">[Pg 120]</span>
-humilde parecer sería que no hubiese carteles, ni
-portadores, ni apaleamientos.</p>
-
-<p>Los convidados se miraron atónitos los unos á
-los otros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, esto sí que es una gran necedad! dijo
-el conde Attilio. Perdonad, padre mío; mas habéis
-dicho una tontería. Bien se ve que no conocéis
-el mundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eh? dijo D. Rodrigo, me queréis hacer reir:
-primo mío, lo conoce tanto como vos. ¿No es verdad,
-padre? ¿Decid, decid si no habéis corrido
-también vuestra caravana?</p>
-
-<p>En vez de responder á esta atenta pregunta, el
-padre se dijo interiormente: esto te toca á ti; pero
-recuerda, hermano, que no has venido á este
-sitio por ti, y que todo lo que á ti sólo concierne
-no entra en la cuenta.</p>
-
-<p>&mdash;Podrá ser, dijo el primo; pero el padre...
-¿cómo se llama el padre?</p>
-
-<p>&mdash;Cristóbal, respondieron varios de los convidados.</p>
-
-<p>&mdash;Pero padre Cristóbal, mi reverendo señor:
-con vuestras máximas revolveríais el mundo por
-entero. Sin desafíos, sin apaleamientos; adiós pundonor,
-impunidad para todos los bribones. Felizmente
-que el supuesto es imposible.</p>
-
-<p>&mdash;Ánimo, doctor, se apresuró á decir D. Rodrigo,
-el cual quería mejor divertirse con la disputa
-de los dos primeros contendientes; ánimo, que para<span class="pagenum" id="Page_121">[Pg 121]</span>
-dar la razón á todo el mundo sois un hombre
-sin igual. Veamos cómo os componéis para dar la
-razón en esto al padre Cristóbal.</p>
-
-<p>&mdash;En verdad, respondió el doctor, blandiendo
-en el aire su vaso y volviéndose al padre; en verdad,
-yo no puedo comprender cómo el padre Cristóbal,
-el cual es á la vez un perfecto religioso y
-un hombre de mundo, no haya pensado que su
-fallo, bueno, excelente y de gran peso en el púlpito,
-no vale nada, sea dicho con el debido respeto,
-en una discusión caballeresca. Mas el padre
-sabe, mejor que yo, que cada cosa es buena en
-su lugar correspondiente, y creo que esta vez haya
-querido librarse por medio de una broma del
-embarazo de proferir un fallo. ¿Qué se podía responder
-á unas razones deducidas de una sabiduría
-tan antigua y siempre nueva? Nada, y esto es
-lo que hizo nuestro fraile.</p>
-
-<p>Mas D. Rodrigo, por querer cortar aquella cuestión,
-vino á suscitar otra.&mdash;Á propósito, dijo, he
-oído que en Milán corrían voces de acomodamiento.</p>
-
-<p>El lector sabe que en aquel año se combatía
-por la sucesión del ducado de Mantua, del cual,
-á la muerte de Vicente Gonzaga, que no había dejado
-herederos legítimos, había entrado en posesión
-el duque de Nevers, su más próximo pariente.
-Luis XIII, ó sea el cardenal de Richelieu,
-sostenía á aquel príncipe, su muy amado y naturalizado<span class="pagenum" id="Page_122">[Pg 122]</span>
-francés. Felipe IV, ó sea el conde de
-Olivares, comúnmente llamado el conde-duque,
-no lo quería por las mismas razones, y le había
-suscitado una guerra. Así, pues, aquel ducado era
-feudatario del imperio, y ambas partes se servían
-de toda clase de manejos, de instancias y de amenazas
-cerca del emperador Fernando II: la primera
-para que él diese la investidura al nuevo duque; la
-segunda para que se le negase, y al mismo
-tiempo que ayudase á echarlo del citado
-estado.</p>
-
-<p>&mdash;No estoy lejos de creer, dijo el conde Attilio,
-que las cosas puedan arreglarse. Tengo ciertos indicios.</p>
-
-<p>&mdash;No creáis nada, señor conde, no creáis nada,
-interrumpió el podestá. Sobre ese punto yo puedo
-saber las cosas, porque el señor castellano español,
-que tiene la bondad de apreciarme un poco,
-y el cual es hijo de un familiar del conde-duque,
-está informado de todo...</p>
-
-<p>&mdash;Os digo que me acontece todos los días en
-Milán hablar con personajes mucho más elevados,
-y sé de buena tinta que el papa, interesadísimo
-como está por la paz, ha hecho proposiciones.</p>
-
-<p>&mdash;Así debe ser; es una cosa regular. Su santidad
-hace su deber; un papa debe procurar siempre
-poner bien entre sí á los príncipes cristianos;
-pero el conde-duque tiene su política, y...</p>
-
-<p>&mdash;Y, ¿sabéis, señor mío, cómo piensa el emperador<span class="pagenum" id="Page_123">[Pg 123]</span>
-en este momento? ¿Creéis que no hay otra
-cosa más que Mantua en el mundo? Las cosas en
-las cuales se debe pensar son muchas, señor mío.
-¿Sabéis, por ejemplo, hasta qué punto el emperador
-pueda ahora fiarse de su príncipe de Valdistano
-ó de Vallistai, ó como le llaman, y?...</p>
-
-<p>&mdash;EL verdadero nombre en lengua alemana, interrumpió
-todavía el podestá, es Valliensteino,
-según lo he oído pronunciar varias veces á nuestro
-señor castellano, que es español.</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis enseñarme?... replicó el conde;
-pero D. Rodrigo, guiñándole el ojo, le dió á entender,
-que por favor dejase de contradecir. El
-conde calló, y el podestá como un buque desembarazado
-de un banco de arena continuó á velas
-desplegadas el curso de su elocuencia. Valliensteino,
-me da poco cuidado, porque el conde-duque
-está en todo; y si dicho Valliensteino quiere
-hacer alguna extravagancia, aquél lo sabrá hacer
-andar. Diga que su vista llega á todas partes, y
-sus brazos son muy largos; y es tan gran político
-que si se le pone en la cabeza, como se le ha puesto,
-y justamente, de que el señor duque de Nevers
-no meta los pies en Mantua, el señor duque
-de Nevers no los meterá, y el señor cardenal de
-Richelieu habrá hecho un hoyo en el agua. Me
-dan ganas de reir, al ver á ese querido señor cardenal
-que quiere luchar con un conde-duque, con
-todo un Olivares. Digo formalmente que quisiera<span class="pagenum" id="Page_124">[Pg 124]</span>
-resucitar dentro de doscientos años para ver lo
-que dirá la posteridad de esta bella pretensión.
-Se requiere otra cosa más que la envidia: se necesita
-tener cabeza; y cabeza como la del conde-duque,
-no hay más que una en el mundo. El conde-duque,
-señores míos, proseguía el podestá,
-siempre con viento en popa, y un poco sorprendido
-de no encontrar jamás un escollo; el conde-duque
-es un zorro viejo, hablando con el respeto
-que se le debe, que hará perder la pista á quien
-quiera que sea; y cuando él se inclina á la derecha,
-se puede estar seguro que caerá sobre la izquierda,
-por lo cual nadie puede jactarse nunca
-de conocer sus designios; y los mismos que deben
-ejecutarlos, los mismos que escriben los despachos,
-no comprenden nada. Yo puedo hablar con
-algún conocimiento de causa; porque el bueno del
-señor castellano, se digna conversar conmigo con
-alguna confianza. El conde-duque, vice versa, sabe
-exactamente lo que hierve en la olla de las demás
-cortes; y cuando todos esos politicones (entre
-los cuales, no puede negarse, que los hay más
-hábiles) han imaginado apenas un proyecto, he
-aquí que el conde-duque lo ha adivinado ya, con
-aquella excelente cabeza, con sus encubiertos lazos,
-y con sus redes que tiende por todas partes.
-Mientras que el pobre cardenal de Richelieu, tienta
-por aquí, olfatea por allá, suda, se ingenia; ¿y
-después? Cuando ha conseguido excavar una mina,<span class="pagenum" id="Page_125">[Pg 125]</span>
-encuentra ya la contramina perfectamente
-bien hecha por el conde-duque...</p>
-
-<p>Sabe el cielo cuándo el podestá habría tomado
-tierra; mas D. Rodrigo, estimulado además por
-los visajes que le hacía su primo, se volvió de improviso
-á un criado, como si le hubiese venido
-alguna inspiración, y le hizo señas de que trajese
-cierto frasco. “Señor podestá, y vosotros señores
-míos, dijo en seguida: un brindis al conde-duque,
-y me sabréis decir después si el vino es digno del
-personaje”. El podestá contestó con una inclinación,
-en la cual se traslucía un sentimiento de estar
-particularmente reconocido, porque tomaba
-como si fuese dirigido á él todo lo que se hacía ó
-se decía en honor del conde-duque.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva mil años D. Gaspar de Guzmán, conde
-de Olivares, duque de S. Lúcar, gran <em>privado</em> del
-rey D. Felipe el Grande, nuestro señor! exclamó
-alzando la copa.</p>
-
-<p><em>Privado</em>, era el término de uso en aquella época
-para significar el favorito de un príncipe.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que viva mil años! respondieron todos.</p>
-
-<p>&mdash;Servid al padre, dijo D. Rodrigo.</p>
-
-<p>&mdash;Perdonadme, respondió el padre; he cometido
-una falta, y no podría...</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! repuso D. Rodrigo: se trata de un
-brindis al conde-duque. ¿Queréis, pues, hacer
-creer que estáis por los navarros?</p>
-
-<p>Así llamaban entonces por befa á los franceses,<span class="pagenum" id="Page_126">[Pg 126]</span>
-á causa de los príncipes de Navarra, que habían
-empezado con Enrique IV á reinar sobre ellos.</p>
-
-<p>Á tal exorcismo era conveniente beber. Todos
-los convidados prorrumpieron en exclamaciones y
-en elogios del vino, á excepción del doctor, que
-con la cabeza levantada, los ojos fijos y los labios
-apretados, expresaba mucho más que lo hubiera
-podido hacer con las palabras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, doctor! ¿qué decís? preguntó D. Rodrigo.</p>
-
-<p>Retirando la nariz de la copa, que el vino acababa
-de poner más colorada y reluciente, el doctor
-respondió, apoyándose con énfasis en cada sílaba:
-“Digo, manifiesto y sentencio, que este vino
-es el Olivares de los vinos. <i lang="la" xml:lang="la">Censui, et in eam ivi
-sententiam</i>, que un licor semejante no se encuentra
-en los veintidós reinos del rey nuestro señor,
-que Dios guarde. Declaro y fallo que las comidas
-del Illmo. Sr. D. Rodrigo ganan á las cenas de
-Eliogábalo; y que la economía está desterrada para
-siempre de este palacio, donde se asienta y reina
-la esplendidez”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien dicho, bien definido! gritaron á una voz
-los convidados. Mas la palabra <em>economía</em>, que el
-doctor había lanzado por casualidad, atrajo en el
-mismo instante todas las imaginaciones hacia
-aquel triste objeto, y todos hablaron de la carestía.
-Acerca de dicho asunto todos estaban acordes,
-á lo menos en lo principal; pero el ruido quizá<span class="pagenum" id="Page_127">[Pg 127]</span>
-era mayor que si hubiesen sido de distintos pareceres.
-Todos hablaban á la par.</p>
-
-<p>&mdash;No hay carestía, decía uno; son los monopolistas...</p>
-
-<p>&mdash;Y los panaderos, decía otro, que esconden el
-grano; es preciso ahorcarlos.</p>
-
-<p>&mdash;Justamente; ahorcarlos sin misericordia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué magníficos procesos! gritaba el podestá.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué procesos! gritaba aún con más fuerza el
-conde Attilio: justicia seca. Pillar tres ó cuatro,
-ó cinco ó seis, de los que la voz pública señala
-como más ricos y más perros, y ahorcarlos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ejemplos, ejemplos! Sin ejemplos nada se
-hace.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahorcarlos, ahorcarlos! y el grano lloverá
-por todas partes.</p>
-
-<p>El que pasando por una feria, se ha encontrado
-gozando con la armonía que mueve una compañía
-de titiriteros, cuando entre una y otra tocata
-cada uno afina su instrumento, haciéndolo sonar
-cuanto puede, á fin de oirlo distintamente, en medio
-del ruido de los demás, podrá tener una idea
-de la melodía de aquellos discursos, si puede dárseles
-este nombre. Entretanto se seguía paladeando
-aquel excelente vino, y sus alabanzas iban,
-como era justo, mezcladas con las sentencias de
-jurisprudencia económica, así como las palabras
-que se oían más sonoras y frecuentes, eran: <em>ambrosía</em>
-y <em>ahorcarlos</em>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_128">[Pg 128]</span></p>
-
-<p>En el ínterin D. Rodrigo lanzaba de vez en
-cuando algunas ojeadas al único que guardaba silencio,
-y lo veía siempre impasible, sin dar ninguna
-señal de impaciencia, sin hacer ademán que
-tendiese á recordar que estaba esperando, y sí sólo
-demostrando el no querer irse antes de haber
-sido escuchado. D. Rodrigo lo hubiera mandado
-á pasear de buena gana, ahorrándose aquella conversación;
-pero despedir á un capuchino sin haberle
-dado audiencia, no estaba conforme con las
-reglas de su política. Ya que no podía excusarse
-de aquella molestia, resolvió arrostrarla, y librarse
-de ella lo más pronto posible. Se levantó, pues,
-de la mesa, y con él toda la alegre tropa sin interrumpir
-la algazara. Luego de haber pedido
-permiso á sus huéspedes, se acercó con grave ademán
-al fraile, que se había levantado de súbito,
-al propio tiempo que los demás, y le dijo: “Estoy
-á vuestras órdenes;” y lo condujo á otra estancia.</p>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">[Pg 129]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SEXTO</h2>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;¿En qué puedo complaceros? dijo D. Rodrigo,
-quedándose de pie en medio de la estancia. Tales
-fueron sus palabras; pero el modo con que habían
-sido proferidas, querían decir claramente: “Ten
-cuidado delante de quién estás; pesa las palabras,
-y sé breve”. No había medio más seguro y más
-expedito para dar valor á nuestro Fr. Cristóbal,
-que hablarle con arrogancia. Él, que estaba suspenso,
-buscando las palabras, y haciendo recorrer
-entre los dedos las avemarías del rosario que pendía
-de su cintura, como si en algunas de ellas esperase
-encontrar su exordio; á la vista de aquel
-ademán de D. Rodrigo, sintió venir á sus labios
-más palabras que lo que era necesario. Mas pensando
-cuán importante era no echar á perder sus
-negocios, ó lo que era aún más, los de otros, corrigió<span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span>
-y templó las frases que se le habían presentado
-á la imaginación, y dijo con circunspecta humildad:
-“Vengo á proponeros un acto de caridad.
-Ciertos hombres de mala conducta, han puesto
-por delante el nombre de vuestra señoría ilustrísima,
-para asustar á un pobre cura é impedirle el
-cumplir con su deber, y para atormentar á dos
-inocentes. Vuestra señoría puede con una palabra
-confundirlos, restituir al derecho su fuerza y aliviar
-á aquellos á quienes se ha hecho una tan cruel
-violencia. Lo puede; y pudiendo... la conciencia,
-el honor...”.</p>
-
-<p>&mdash;Ya me hablaréis de conciencia cuando vaya
-á confesarme con vos. En cuanto á mi honor, habéis
-de saber que yo soy el guardián de él, y de
-él solo; y que cualquiera que se atreva á querer
-participar de ese cuidado, lo miro como un temerario
-que lo ofende.</p>
-
-<p>Advertido Fr. Cristóbal por las antecedentes
-palabras que aquel señor trataba de hacerle olvidar
-de sí mismo, con el objeto de cambiar la conversación,
-y de no darle lugar para llegar al fin
-que se proponía, se armó de toda su paciencia,
-resuelto á no poner cuidado por todo lo que al
-otro le agradase decir, y respondió de pronto con
-humilde tono: “Si he dicho algo que os haya disgustado,
-ha sido seguramente contra mi intención.
-Sin embargo, si no sé hablar como conviene, reprendedme,
-corregidme; pero dignaos escucharme.<span class="pagenum" id="Page_131">[Pg 131]</span>
-Por el amor del cielo, por el amor de ese
-Dios, á cuya presencia todos debemos comparecer”.
-Y así diciendo, había colocado entre los dedos y
-ponía delante de los ojos de su airado oyente la
-cruz de madera que pendía de su rosario. No os
-obstinéis en negar una justicia tan fácil, y que
-se debe de derecho á unos infelices. Pensad que
-Dios tiene siempre su mirada fija sobre ellos, y
-que sus llantos y súplicas son arriba atendidas. La
-inocencia es poderosa á su...</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, padre! interrumpió bruscamente D. Rodrigo;
-el respeto que yo tengo á vuestro hábito
-es grande, pero si alguna cosa podía hacérmelo
-olvidar, sería el verle colocado en uno que tiene
-la audacia de venir á mi casa á hacer el oficio de
-espía.</p>
-
-<p>Esta palabra hizo aparecer una súbita llama sobre
-las mejillas del padre; el cual sin embargo,
-con el semblante de aquel que traga una medicina
-muy amarga, replicó: “No creo que semejante
-título me corresponda. Vos mismo sentís interiormente
-que el paso que en este momento doy, ni
-es vil, ni despreciable. Mas atendedme, Sr. D. Rodrigo,
-¡y quiera el cielo que no venga un día en
-el cual os arrepintáis de no haberme escuchado!
-No queráis cifrar vuestra gloria... ¡qué gloria,
-Sr. D. Rodrigo! ¡qué gloria para ante Dios y para
-ante los hombres! Vos podéis mucho aquí abajo;
-mas...”.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_132">[Pg 132]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Sabéis, dijo D. Rodrigo, interrumpiéndole
-con mal humor, pero no sin algún estremecimiento
-de terror; sabéis que cuando tengo deseos
-de oir un sermón sé ir guapamente á la iglesia,
-como hacen los demás? Mas, ¡en mi casa! ¡Oh!
-continuó, con forzada é irónica sonrisa: vos me
-tendréis más consideración de la que me merezco.
-¡Un predicador en mi casa! No lo tienen más que
-los príncipes.</p>
-
-<p>&mdash;Y ese Dios que pide cuenta á los príncipes
-de la palabra que les hace oir en sus propios palacios;
-ese Dios que os da ahora una señal de misericordia,
-enviándoos uno de sus ministros, indigno
-y miserable sin duda, pero ministro suyo,
-para suplicaros en favor de una inocente...</p>
-
-<p>&mdash;En suma, padre, dijo D. Rodrigo, haciendo
-ademán de irse, yo no sé lo que queréis decir; no
-comprendo más, sino que esto debe reducirse á
-una joven por quien os tomáis mucho interés. Andad
-á hacer vuestras confidencias al que le plazca,
-y no os toméis la libertad de venir á molestar
-á un hombre honrado.</p>
-
-<p>Al movimiento de D. Rodrigo, nuestro fraile,
-con el mayor respeto, se le puso delante, y alzando
-las manos como para suplicarle y continuar la
-conversación, repuso todavía: “Ella me interesa,
-es cierto, pero vos no me interesáis menos. Son
-dos almas que una y otra me importan más que
-mi vida. ¡D. Rodrigo, yo no puedo hacer otra cosa<span class="pagenum" id="Page_133">[Pg 133]</span>
-por vos que rogar á Dios; pero lo haré con todo
-el fervor de mi corazón! No me digáis que no;
-no queráis tener sumida en la angustia y en el
-terror á una pobre inocente. Una palabra vuestra
-puede hacerlo todo”.</p>
-
-<p>&mdash;Y bien, dijo D. Rodrigo, ya que vos creéis
-que yo puedo hacer mucho por esa persona; ya
-que os interesa tanto...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y bien? replicó con ansiedad el padre Cristóbal,
-al cual el tono y continente de D. Rodrigo
-no le permitían el que se abandonara á la esperanza
-que parecían anunciar aquellas palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Y bien, aconsejadla que venga á ponerse bajo
-mi protección. No le faltará nada, y nadie osará
-molestarla, ó yo no seré digno de llamarme
-caballero.</p>
-
-<p>Á semejante propuesta, la indignación del fraile
-retenida con dificultad hasta entonces, estalló.
-Todos aquellos buenos propósitos de prudencia y
-resignación se desvanecieron como el humo: el
-hombre antiguo se halló de acuerdo con el nuevo;
-y en tales casos, Fr. Cristóbal valía seguramente
-por dos.&mdash;¡Vuestra protección! exclamó, dando dos
-pasos atrás, descansando firmemente sobre el pie
-derecho, poniendo la mano derecha sobre la cadera,
-levantando la izquierda con el índice tendido
-hacia D. Rodrigo, y clavando en los de éste sus
-centelleantes ojos; ¡vuestra protección! Es mejor
-que hayáis hablado así, que me hayáis hecho una<span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span>
-tal proposición. Habéis colmado la medida, y no
-os temo ya.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo hablas, fraile?</p>
-
-<p>&mdash;Hablo, como se habla al que está abandonado
-de Dios ó no puede causar miedo. ¡Vuestra
-protección! Bien sabía yo que aquella inocente
-estaba bajo el amparo de Dios; mas vos, vos me
-lo habéis hecho conocer ahora con tanta certeza,
-que no tengo necesidad de guardar ninguna consideración
-para hablaros. Lucía digo: ved cómo
-pronuncio este nombre con la frente erguida y
-ojos inmóviles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¡en mi misma casa!</p>
-
-<p>&mdash;Tengo lástima de esta casa; ¡la maldición está
-suspendida sobre ella! ¿Imagináis que la justicia
-divina tendrá consideración á cuatro piedras,
-y la sujetarán cuatro bribones? ¡Vos habéis creído
-que Dios haya hecho una criatura á semejanza
-suya, para daros el placer de atormentarla! ¡Habéis
-pensado que Dios no sabría defenderla! ¡Habéis
-despreciado sus avisos! ¡Vos seréis juzgado!
-El corazón del Faraón estaba tan endurecido como
-el vuestro, y Dios supo ablandarlo. Lucía
-está al abrigo de vuestro poder: soy yo el que os
-lo digo, yo, pobre fraile; y en cuanto á vos, escuchad
-bien lo que os pronostico, vendrá un día...</p>
-
-<p>D. Rodrigo hasta entonces había permanecido
-estupefacto, entre la rabia y la admiración, no encontrando
-palabras; mas cuando sintió entonar<span class="pagenum" id="Page_135">[Pg 135]</span>
-una predicción, se unió á la citada rabia un lejano
-y misterioso espanto. Agarró rápidamente en
-el aire aquella mano amenazadora, y levantando
-la voz para cortar la del infausto profeta, gritó: “¡Quitaos
-de mi presencia, villano insolente, fraile
-poltrón!”.</p>
-
-<p>Estas palabras tan precisas apaciguaron en un
-momento al padre Cristóbal. Á la idea del desprecio
-y de la injuria, estaba en su mente tan bien y
-de tanto tiempo asociada la del sufrimiento y del
-silencio, que á aquel cumplimiento su cólera y entusiasmo
-murieron, y no le quedó otra resolución
-que la de escuchar tranquilamente lo que á D.
-Rodrigo le gustase añadir. Luego, retirando apaciblemente
-la mano de entre las garras del gentil
-hombre, bajó la cabeza y se quedó inmóvil, como
-al caer del viento en lo más fuerte de una tempestad
-un árbol agitado baja naturalmente sus
-ramas y recibe el granizo según le envía el cielo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Villano impolítico! prosiguió D. Rodrigo, tú
-te expresas como tus iguales; mas da gracias al
-hábito que cubre tus espaldas de bribón y que te
-salva de las caricias que se hacen á los que se te
-parecen, para enseñarles á hablar. Por esta vez
-sal con tus piernas, y en lo sucesivo veremos.</p>
-
-<p>Dicho esto, abrió con ademán imperioso y de
-menosprecio, una puerta que había enfrente de
-aquélla por donde habían entrado. El padre Cristóbal
-inclinó la cabeza y salió, dejando á D. Rodrigo<span class="pagenum" id="Page_136">[Pg 136]</span>
-medir con pasos apresurados el campo de
-batalla.</p>
-
-<p>Cuando el fraile hubo cerrado la puerta tras de
-sí, vió en la otra pieza donde entraba, un hombre
-retirarse poco á poco, arrimado á la pared, como
-para no ser visto desde la estancia en que había
-tenido lugar el anterior coloquio, y reconoció al
-viejo criado que había salido á recibirle á la puerta
-del palacio. Servía éste en la casa cerca de cuarenta
-años, es decir, desde antes que naciese D. Rodrigo;
-él había entrado al servicio del padre, que
-era otra persona muy distinta. Muerto éste, el
-nuevo amo había despedido á toda la servidumbre
-y formado otra nueva; sin embargo, había retenido
-aquel servidor, que aunque viejo ya y de genio
-y costumbres totalmente diversas de las suyas,
-compensaba, no obstante este defecto, con
-dos cualidades, á saber: una alta opinión de la
-dignidad de la casa, y una gran práctica del ceremonial,
-acerca del cual conocía mejor que otro alguno
-las más antiguas tradiciones y las más minuciosas
-particularidades. En presencia del señor,
-el pobre anciano no se habría arriesgado á manifestar
-ni expresar su desaprobación acerca de lo
-que veía todos los días: apenas dejaba escapar alguna
-exclamación, algún reproche entre dientes
-delante de sus compañeros de servicio, los cuales
-se reían y tenían el gusto algunas veces de tocarle
-el citado punto, para hacerle decir lo que no<span class="pagenum" id="Page_137">[Pg 137]</span>
-hubiera querido, y para hacerle cantar las alabanzas
-de la antigua manera de vivir en aquella casa.
-Sus censuras no llegaban jamás á oídos del
-amo, sino acompañadas con la relación de las risas
-que habían causado; de modo, que aquéllas
-eran para éste un objeto de diversión, sin resentimiento.
-En los días, pues, de convite y de recepción,
-el viejo se convertía en un personaje serio
-y de importancia.</p>
-
-<p>El padre Cristóbal al pasar lo miró, lo saludó
-y continuó su camino; pero el anciano se le acercó
-misteriosamente, puso el índice sobre sus labios,
-y después con el mismo dedo le hizo una seña
-como para invitarle á entrar con él en un oscuro
-corredor. Cuando estuvieron en dicho sitio,
-le dijo en voz baja: “Padre mío, lo he oído todo
-y tengo precisión de hablaros”.</p>
-
-<p>&mdash;Decidlo pronto, buen hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí, no; ¡infeliz de mí si el amo percibiese!...
-Mas yo sé muchas cosas, y veré de ir mañana
-al convento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay acaso formado algún proyecto?</p>
-
-<p>&mdash;Algo hay en campaña y de seguro. Yo lo he
-observado ya. Mas ahora estaré sobre aviso, y
-espero descubrirlo todo. Dejadme hacer: me toca
-ver y oir cosas... cosas infernales. Estoy en
-una casa... Pero yo querría salvar mi alma.</p>
-
-<p>&mdash;¡El Señor os bendiga! Y pronunciando estas<span class="pagenum" id="Page_138">[Pg 138]</span>
-palabras en voz baja, el fraile puso la mano sobre
-la cabeza del servidor, que aunque de más edad
-que aquél, permanecía tan encorvado en su presencia
-como un niño. El Señor os recompensará,
-prosiguió el fraile; no dejéis de ir mañana.</p>
-
-<p>&mdash;No faltaré, respondió el servidor; mas salid
-pronto, y... en nombre del cielo, no me nombréis...
-Así diciendo, y mirando á su alrededor,
-salió por otra puerta que había en el pasadizo á
-un pequeño salón que daba al patio; y habiendo
-visto el campo libre, llamó al buen fraile para
-que saliese. El semblante de éste respondió á las
-últimas palabras del anciano con más claridad que
-lo hubieran podido hacer las mejores protestas.
-El servidor le abrió la puerta, y el fraile sin decir
-otra cosa, partió.</p>
-
-<p>Aquel hombre había estado escuchando á la
-puerta de su amo: ¿había obrado bien? ¿Y Fr.
-Cristóbal hacía bien en alabarle tal acción? Según
-las reglas más comunes y más generalmente admitidas,
-era una acción muy fea; mas en semejante
-caso, ¿no podía considerarse como una excepción?
-¿Por ventura las reglas más absolutas carecen
-de excepciones? Cuestión es importante; pero
-que si el lector gusta, resolverá por sí mismo. Nosotros
-no pretendemos dar nuestro parecer; bastante
-quehacer tenemos con referir los hechos.</p>
-
-<p>Habiendo salido ya, y después de haber vuelto
-la espalda á aquella infame guarida, Fr. Cristóbal<span class="pagenum" id="Page_139">[Pg 139]</span>
-respiró con más libertad, y se encaminó apresuradamente
-hacia la bajada, con el rostro inflamado,
-todo conmovido y agitado, como cualquiera
-puede imaginarse, por lo que había oído, y por
-lo que había dicho. Mas aquella tan inesperada
-oferta del anciano había sido un gran consuelo
-para él; le parecía que el cielo le había dado una
-señal visible de protección. He aquí un hilo, pensaba;
-un hilo que la Providencia pone en mis manos;
-¡y en esa misma casa! ¡y sin que yo soñase
-siquiera en buscarlo! Así pensando, alzó la vista
-hacia el Occidente; y viendo el sol poniente que
-tocaba ya en la cima de la montaña, calculó que
-faltaba muy poco para concluirse el día. Entonces,
-aunque se sentía con los miembros quebrantados
-y desfallecidos por los varios accidentes de
-aquel día, apretó sin embargo el paso para poder
-llevar alguna noticia, cualquiera que ella fuese, á
-sus protegidos, y llegar después al convento antes
-de la noche; porque esto era una de las leyes
-más precisas y más severamente mantenidas del
-código de los capuchinos.</p>
-
-<p>Entretanto, en la casita de Lucía se habían
-puesto en planta y ventilado proyectos, de los
-cuales conviene informar al lector. Desde la partida
-del fraile, las tres personas que habían quedado
-guardaron por espacio de algún tiempo el
-silencio más profundo. Lucía preparaba tristemente
-la comida. Renzo, á punto de irse á cada<span class="pagenum" id="Page_140">[Pg 140]</span>
-momento, para quitarse de delante el espectáculo
-de la aflicción de ésta, y con todo, no pudiendo
-separarse; Inés enteramente ocupada en la
-apariencia con las devanaderas que hacía dar vueltas,
-mas en realidad estaba madurando un proyecto;
-y cuando le pareció que estaba ya, rompió
-el silencio en estos términos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Escuchad, hijos míos! Si queréis tener corazón
-y la destreza que es necesaria; si queréis fiaros de
-vuestra madre (esta palabra <em>vuestra</em> hizo estremecer
-á Lucía), yo me empeño en sacaros de este
-apuro, quizás mejor y más pronto que el padre
-Cristóbal, á pesar de ser el hombre que es...</p>
-
-<p>Lucía se puso en pie, y la miró con un aire que
-expresaba más bien admiración que confianza á la
-vista de una tan magnífica promesa; y Renzo dijo
-súbitamente: “¿Corazón, destreza? Decid, decid
-sin embozo lo que puede hacerse”.</p>
-
-<p>&mdash;¿No es verdad, prosiguió Inés, que si estuvieseis
-casados habría mucho adelantado, y que á
-todo lo demás se encontraría más fácilmente remedio?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién lo duda? dijo Renzo: una vez casados...
-todo el mundo es patria; y á dos pasos
-de aquí, pasado Bérgamo, el que trabaja la seda
-es recibido con los brazos abiertos. Vos sabéis
-cuántas veces mi primo Bartolo ha solicitado que
-me vaya con él, que haría fortuna como él la había
-hecho; y si yo me he resistido siempre, ha sido...<span class="pagenum" id="Page_141">[Pg 141]</span>
-¿qué sirve el decirlo? porque mi corazón
-estaba aquí. Ya casados, nos vamos todos juntos,
-se establece allí la casa, se vive en santa paz, fuera
-de las garras de ese bribón, y lejos de la tentación
-de hacer algún despropósito. ¿No es cierto,
-Lucía?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, dijo ésta; mas, ¿cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Según yo he dicho, respondió la madre: corazón
-y destreza, y la cosa es fácil.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fácil! dijeron á la vez los novios, para quienes
-el negocio había llegado á ser tan extraño y dolorosamente
-difícil.</p>
-
-<p>&mdash;Fácil, sabiéndolo hacer, replicó Inés. Escuchadme
-bien; yo veré el modo de hacéroslo comprender.
-Yo he oído decir á gente que sabe, y
-aun he visto un caso, que para celebrar un matrimonio,
-si bien se requiere un cura, no es necesario
-que consienta; es suficiente con que esté delante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo se hace esto? preguntó Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;Escuchad, y comprenderéis. Es preciso tener
-dos testigos bien listos, y que estén de acuerdo.
-Luego se va á encontrar al cura: lo esencial
-es cogerlo de improviso; que no tenga tiempo de
-escaparse. El hombre dice: Señor cura, yo tomo
-á ésta por mujer; la mujer dice: Señor cura, yo
-tomo á éste por marido... Es necesario que el
-cura lo oiga y también los testigos; y el matrimonio
-es bueno, perfecto y sagrado como si lo hubiese<span class="pagenum" id="Page_142">[Pg 142]</span>
-hecho el papa. Después de pronunciadas las
-citadas palabras, el cura puede gritar, mover estrépito,
-darse al diablo, es inútil, ya sois marido
-y mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es posible? exclamó Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! dijo Inés, ¡sería cosa digna de verse,
-que en el espacio de treinta años que he pasado
-en este mundo, antes que vosotros nacieseis, no
-hubiese aprendido algo! La cosa es tal, cual os
-la digo; por señas, que cierta amiga mía que quería
-casarse contra la voluntad de sus padres, haciéndolo
-de dicha manera, obtuvo su intento. El
-cura, que lo había sospechado, estaba alerta, mas
-los diablos de los testigos y los novios, supieron
-hacerlo tan bien, y lo atraparon tan á propósito,
-que no tuvieron más que pronunciar las palabras,
-y quedaron marido y mujer, á pesar de que la
-pobrecilla se arrepintió á los tres días.</p>
-
-<p>Inés decía la verdad, mirando á la posibilidad,
-y atendiendo al peligro de no poderlo conseguir
-de otro modo; pues así como no recurrían á semejante
-expediente sino las personas que habían encontrado
-algún obstáculo, ó sido rechazadas en las
-vías regulares, así también los párrocos ponían
-gran cuidado en evitar aquella forzada cooperación;
-y sin embargo, cuando alguno de ellos llegaba
-á ser sorprendido por una de aquellas parejas
-acompañada de testigos, hacía todo lo posible para
-escaparse, como Proteo de las manos de los
-que querían hacerle vaticinar á la fuerza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_143">[Pg 143]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Si fuese cierto, Lucía! dijo Renzo mirándola
-con aire de atención suplicante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo, si fuese cierto! replicó Inés. ¿Conque
-vosotros creéis que yo digo mentiras? Yo me afano
-por vosotros, y no soy creída: bien, bien;
-salid del apuro como podáis; yo me lavo las
-manos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, no; no nos abandonéis! dijo Renzo; hablo
-así porque la cosa me parece demasiado buena.
-Me entrego á vos enteramente, y os considero
-como si fueseis mi propia madre.</p>
-
-<p>Estas palabras desvanecieron el pequeño enfado
-de Inés, é hicieron olvidar una resolución, que
-á la verdad, no había sido formal.</p>
-
-<p>&mdash;Mas, ¿por qué pues, mamá, repuso Lucía, con
-su modesto continente: por qué este medio no se
-le ha ocurrido al padre Cristóbal?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no se le habrá ocurrido? respondió
-Inés: ¿piensas acaso que no le habrá venido á la
-imaginación? Mas no habrá querido hablarnos
-de él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? preguntaron á un mismo tiempo
-ambos jóvenes.</p>
-
-<p>&mdash;Porque... porque, ya que lo queréis saber,
-los religiosos dicen que verdaderamente es una
-cosa que no está bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo puede ser que no esté bien, y que sea
-bien hecho, después de verificado? dijo Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué queréis que os diga! respondió Inés.<span class="pagenum" id="Page_144">[Pg 144]</span>
-Las leyes las han hecho ellos á su gusto, y nosotros,
-infelices, no podemos comprenderlo todo. Y
-después, cuántas cosas... Ved aquí un ejemplo:
-¿cómo se puede evitar el que uno vaya á dar una
-puñada á un cristiano? Ello es una cosa que no
-está bien; mas después de haberla dado, ni el mismo
-papa puede quitársela.</p>
-
-<p>&mdash;Si es una cosa que no está bien, dijo Lucía,
-no es preciso hacerla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué! repuso Inés: ¿te querría yo dar acaso
-un consejo contra el temor de Dios? Si fuese contra
-la voluntad de tus padres para casarte con un
-mal hombre... pero yo estoy contenta con tener
-este nuevo hijo. El que hace nacer todas las
-dificultades es un malvado; y el señor cura...</p>
-
-<p>&mdash;Esto es tan claro, que cualquiera lo comprendería,
-dijo Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso no hablar de ello al padre Cristóbal
-antes de verificarlo, prosiguió Inés; pero cuando
-esté hecho y haya salido bien, ¿qué piensas que
-te dirá el padre? “¡Ah, hija mía! ¡es una grave
-falta! pero ya está hecho”... Los religiosos deben
-hablar así; pero sin embargo, creedme, en su
-interior estará satisfecho.</p>
-
-<p>Lucía, sin hallar qué contestar á este razonamiento,
-no parecía, á pesar de todo, convencida;
-mas Renzo, muy contento, dijo: “Siendo así, es
-cosa hecha”.</p>
-
-<p>&mdash;Despacio, dijo Inés: ¿y los testigos? Es preciso<span class="pagenum" id="Page_145">[Pg 145]</span>
-encontrar dos que quieran, y que en el ínterin
-sepan guardar silencio. ¿Y poder coger al señor
-cura, que de dos días á esta parte se está encerrado
-en su casa? ¿Y cómo hacerle permanecer
-allí? Pues aunque sea pesado por naturaleza, os
-puedo asegurar que al veros comparecer en dicha
-conformidad, se volverá listo como un gato, y escapará
-como el diablo del agua bendita.</p>
-
-<p>&mdash;He hallado el medio, lo he hallado, dijo Renzo
-dando una puñada sobre la mesa y haciendo
-bailar los platos preparados para la comida. En
-seguida expuso su idea, que Inés aprobó en todo
-y por todo.</p>
-
-<p>&mdash;Esto son sutilezas, dijo Lucía; no son cosas
-claras. Hasta ahora hemos obrado sinceramente;
-marchemos adelante con buena fe, y Dios nos ayudará;
-el padre Cristóbal lo ha dicho; oigamos su
-parecer.</p>
-
-<p>&mdash;Déjate guiar por quien sabe más que tú, dijo
-Inés con grave ademán. ¿Qué necesidad hay de
-pedir parecer? Dios dice: ayúdate, que yo te ayudaré.
-Nosotros se lo contaremos todo al padre,
-después de hecho.</p>
-
-<p>&mdash;Lucía, dijo Renzo, ¿queréis vos faltarme ahora?
-¿no hemos hecho todos los preparativos como
-buenos cristianos? ¿No deberíamos ser ya marido
-y mujer? ¿No había fijado el cura el día y la hora?
-¿Y de quién es la culpa, si debemos ahora ayudarnos
-con un poco de ingenio? No, no os opondréis.<span class="pagenum" id="Page_146">[Pg 146]</span>
-Voy y vuelvo con la respuesta. Y saludando á
-Lucía con ademán de súplica, y á Inés con aire
-de inteligencia, partió apresuradamente.</p>
-
-<p>Las tribulaciones aguzan el entendimiento; y
-Renzo, que en el sendero recto de la vida que había
-recorrido hasta entonces no se había encontrado
-en ocasión de aguzar mucho el suyo, había
-en el presente caso imaginado un medio, que hubiera
-honrado á un jurisconsulto. Se fué en derechura,
-según había proyectado, á la cabaña de
-un tal Tonio, que distaba poco de allí: lo encontró
-en la cocina, con una rodilla puesta sobre el
-poyo del hogar, sosteniendo con una mano el asa
-de un calderillo colocado sobre las calientes cenizas,
-y meneando con una corva cuchara una pequeña
-<em>polenta</em><a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a> gris. La madre, el hermano, la mujer
-de Tonio, estaban sentados alrededor de la
-mesa, y tres ó cuatro chiquillos en pie cerca del
-padre estaban esperando con los ojos clavados en
-el citado calderillo que llegase el momento de desocuparlo.
-Mas allí no había aquella alegría que
-la vista de la comida suele, sin embargo, dar al
-que se la ha ganado con su trabajo; la cantidad
-de polenta era en razón del tiempo, y no del número
-y deseos de los convidados. Cada uno de éstos<span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span>
-miraba con avaricia la pitanza común, y parecía
-pensar en el grande apetito que aún le quedaría.
-Mientras Renzo cambiaba los saludos con
-la familia, Tonio volcó la polenta en una escudilla
-de haya que estaba preparada para recibirla,
-é hizo el efecto de una pequeña luna en medio de
-un gran círculo de vapores. No obstante, las mujeres
-dijeron cortésmente á Renzo: “¿Queréis que
-se os sirva?”, cumplimiento que el aldeano de Lombardía,
-y quién sabe de cuántos otros países, no
-dejan de hacer jamás al que los encuentra comiendo,
-aunque el invitado fuese un rico glotón que
-se acabara de levantar de la mesa, y el aldeano no
-tuviese ya más que el último bocado.</p>
-
-
-<p>&mdash;Os lo agradezco, contestó Renzo; venía únicamente
-para decir una palabra á Tonio; y si quieres,
-Tonio, para no molestar á tus señoras, podemos
-ir á comer á la hostería y allí hablaremos.
-La proposición fué para Tonio tanto más grata
-cuanto menos esperada; y las mujeres y los chiquillos
-mismos (que sobre semejante punto empiezan
-pronto á raciocinar) no vieron de mala gana
-que se sustrajese á la polenta el concurrente
-más formidable. El invitado no se detuvo en pedir
-su parte, y partió con Rezo.</p>
-
-<p>Llegados á la hostería del pueblo, sentados con
-toda libertad, en una soledad perfecta, pues la
-miseria había dispersado á todos los que frecuentaban
-aquel lugar de delicias; habiendo mandado<span class="pagenum" id="Page_148">[Pg 148]</span>
-traer lo poco que allí se encontraba y una botella
-de vino, Renzo con aire de misterio dijo á Tonio: “Si
-tú quieres hacerme un pequeño favor, yo te haré
-uno grande”.</p>
-
-<p>&mdash;Habla, habla; pide, respondió Tonio, echándose
-de beber; hoy me arrojaría al fuego por ti.</p>
-
-<p>&mdash;¿No debes veinticinco libras al señor cura
-por el arriendo de un campo que labraste el año
-pasado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Renzo, Renzo! tú echas á perder el bien
-que me haces. ¡Á qué recordarme esto! ¡Me has
-quitado ya el buen humor!</p>
-
-<p>&mdash;Si te hablo de la deuda, dijo Renzo, es porque
-si tú quieres, yo deseo proporcionarte el medio
-de pagarla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo dices de veras?</p>
-
-<p>&mdash;De veras. ¡Eh! ¿estarás contento?</p>
-
-<p>&mdash;¿Contento? ¡Por Diana, si yo estaré contento!
-Aun cuando no fuese más que por no ver los gestos
-y señas de cabeza que me hace el señor cura
-cada vez que me encuentra. Y luego siempre:
-“Tonio, acordaos; Tonio, ¿cuándo nos veremos para
-aquel negocio?”. Á tal punto, que cuando al predicar
-fija la vista sobre mí, estoy casi temiendo
-que me diga allí públicamente: “¡Eh! ¿y las veinticinco
-libras?”. ¡Malditas sean! Y después tendrá
-que restituirme la gargantilla de oro de mi
-mujer, que la cambiaré en mucha más polenta...</p>
-
-<p>&mdash;Más, más, si tú quieres hacerme un pequeño<span class="pagenum" id="Page_149">[Pg 149]</span>
-servicio, las veinticinco libras están preparadas.</p>
-
-<p>&mdash;Dí pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Pero... dijo Renzo, poniendo el índice sobre
-sus labios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es preciso que me encargues esto? Creo que
-me conoces bastante.</p>
-
-<p>&mdash;El señor cura va sacando ciertas razones sin
-jugo para dar largas á mi casamiento; y yo, por
-el contrario, quisiera despacharme. Me han dicho
-con seguridad que presentándose á él los dos novios
-con dos testigos, y diciéndole yo: Ésta es mi
-mujer; y Lucía: Éste es mi marido... el matrimonio
-es válido. ¿Me has comprendido?</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú quieres que vaya á servirte de testigo?</p>
-
-<p>&mdash;Justamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y pagarás por mí las veinticinco libras?</p>
-
-<p>&mdash;Así lo entiendo.</p>
-
-<p>&mdash;Sea un bribón el que falte.</p>
-
-<p>&mdash;Mas es preciso buscar otro testigo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo he encontrado. El simplecillo de mi hermano
-Gervasio hará aquello que yo le diga. ¿Le
-pagarás tú de beber?</p>
-
-<p>&mdash;Y de comer, respondió Renzo. Le conduciremos
-aquí para que se divierta en nuestra compañía.
-¿Mas, sabrá él hacer?...</p>
-
-<p>&mdash;Yo le enseñaré. Tú sabes bien que yo he tenido
-también su parte de juicio.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana...</p>
-
-<p>&mdash;Bien.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_150">[Pg 150]</span></p>
-
-<p>&mdash;Entre dos luces.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Pero... dijo Renzo, volviendo á poner de
-nuevo el índice sobre la boca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!... repuso Tonio, inclinando la cabeza
-sobre el hombro derecho y levantando la mano
-izquierda con cierto ademán que quería decir:
-me haces una injuria.</p>
-
-<p>&mdash;Mas si tu mujer te pregunta, como sin duda
-te preguntará...</p>
-
-<p>&mdash;Con respecto á mentiras estoy en débito con
-mi mujer; y de tal modo, que no sé si llegaré jamás
-á saldar la cuenta. Ya encontraré alguna tontería
-para que su corazón esté tranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana por la mañana, dijo Renzo, discurriremos
-con más comodidad para entendernos bien
-sobre todo.</p>
-
-<p>En esto salieron de la hostería. Tonio se encaminó
-á su casa, estudiando el embrollo que contaría
-á las mujeres, y Renzo á rendir cuenta de
-las medidas tomadas.</p>
-
-<p>Durante todo este tiempo, Inés se había cansado
-en vano de persuadir á su hija. Ésta iba oponiéndose
-á cada frase, ora á la una, ora á la otra
-parte de su dilema: ó es una mala acción, y entonces
-no debe ponerse en ejecución, ó no lo es;
-y entonces, ¿por qué no comunicársela al padre
-Cristóbal?</p>
-
-<p>Renzo llegó con ademán triunfante, hizo su relación<span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span>
-y terminó con un <em>ahn</em>, interjección del país
-que significa: ¿soy ó no soy un hombre yo?</p>
-
-<p>Lucía meneaba lentamente la cabeza; mas los
-dos enfervorizados no le hacían caso, como suele
-hacerse con un niño al cual no se espera poder
-persuadir, y que se le reduce luego por medio de
-ruegos ó con autoridad á lo que se quiera de él.</p>
-
-<p>&mdash;Va bien, dijo Inés, va bien; mas no habéis
-pensado en todo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué falta? respondió Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Perpetua? ¿No habéis pensado en Perpetua?
-Á Tonio y á su hermano los dejará entrar;
-pero, ¿juzgáis que os lo permitirá á vosotros dos?
-Tendrá orden de teneros tan lejos del cura, como
-un niño de un peral que tiene el fruto maduro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo haremos? dijo Renzo un poco confuso.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí; ya lo he pensado. Yo iré con vosotros;
-tengo un secreto para atraerla y para encantarla
-de tal modo, que no se acordará de vosotros,
-y podréis entrar. La llamaré y tocaré una cuerda...
-Vosotros veréis.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bendita seáis! exclamó Renzo; yo siempre
-he dicho que vos seríais nuestra Providencia en
-todo.</p>
-
-<p>&mdash;Mas todo no sirve de nada, dijo Inés, si no
-se persuade á ésta, que se obstina en decir que
-eso es un pecado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_152">[Pg 152]</span></p>
-
-<p>Renzo puso también en planta su elocuencia;
-pero Lucía no se dejaba conmover.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé qué responder á vuestras razones,
-decía; mas veo que para hacer esa cosa, como vosotros
-decís, es preciso andar á caza de subterfugios,
-de engaños y de ficciones. ¡Ah, Renzo! ¡No
-es así como habíamos empezado! Yo quiero ser
-vuestra mujer... Y no había medio que pudiese
-pronunciar esta palabra y explicar esta intención
-sin que le saliesen los colores al rostro.
-“Yo quiero ser vuestra mujer, pero por el camino
-recto, como Dios manda, ante el altar. Dejemos
-obrar al de arriba. ¿No queréis que él sepa
-hallar el medio de ayudarnos mejor que nosotros
-podríamos hacerlo con todas esas trampas? ¿Y
-por qué hacer un misterio de ello al padre Cristóbal?”.</p>
-
-<p>La disputa duraba todavía y no parecía que
-estaba próxima á concluirse, cuando un ruido
-apresurado de sandalias y el rumor de un agitado
-hábito, semejante al que hacen en una vela extendida
-los repetidos soplos del viento, anunciaron al
-padre Cristóbal. Todos quedaron silenciosos, é
-Inés apenas tuvo tiempo de murmurar al oído de
-Lucía: “Oye, guárdate bien de decirle nada”.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Polenta, así llamaban en algunas partes de Italia, y sobre
-todo en el Milanesado, una especie de manjar que hacen
-en general las clases pobres, con agua y harina de castañas.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_153">[Pg 153]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SÉPTIMO</h2>
-</div>
-
-
-<p>El padre Cristóbal llegó en la actitud de un
-buen capitán, que habiendo perdido, mas no por
-culpa suya, una batalla importante, afligido, pero
-no desanimado, pensativo, pero no abatido, en retirada,
-pero no fugitivo, se traslada adonde la necesidad
-lo llama para defender los puntos amenazados,
-reunir las tropas y dar nuevas órdenes.</p>
-
-<p>“La paz sea con vosotros, dijo al entrar. No
-hay nada que esperar del hombre; tanta más necesidad
-de confiar en Dios, del cual tengo ya una
-prueba de protección”. Aunque ninguno de los
-tres esperase mucho de la tentativa del padre Cristóbal,
-porque el ver á un poderoso renunciar á
-una injusticia sin ser obligado, y ceder por mera
-condescendencia á desarmadas súplicas, era cosa
-más inaudita que rara; á pesar de todo, la triste<span class="pagenum" id="Page_154">[Pg 154]</span>
-certidumbre fué un golpe mortal para todos. Las
-mujeres bajaron la cabeza; pero en el ánimo de
-Renzo la cólera prevaleció al abatimiento. Aquella
-noticia lo encontraba ya sumamente mortificado
-con tantas sorpresas dolorosas, con tantas tentativas
-inútiles, con tantas esperanzas frustradas,
-y por demás exacerbado en aquel instante por la
-repulsa de Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;Querría saber, gritó rechinando los dientes y
-levantando la voz como no había hecho hasta entonces
-en la presencia del padre Cristóbal; querría
-saber qué razones ha dado ese perro para sostener...
-para sostener que mi esposa no debe
-ser mi esposa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre Renzo! contestó el fraile con grave y
-piadoso acento y con una mirada que le recomendaba
-cariñosamente la calma; si el poderoso que
-quiere cometer la injusticia, estuviese siempre
-obligado á decir sus razones, las cosas no andarían
-como van.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha dicho, pues, ese perro que no quiere?
-¿por qué no quiere?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ni esto siquiera ha dicho, mi pobre Renzo!
-Sería una ventaja, si para cometer una maldad se
-debiese confesar abiertamente.</p>
-
-<p>&mdash;Pero algo ha debido decir: ¿qué os ha dicho
-ese tizón del infierno?</p>
-
-<p>&mdash;He comprendido sus palabras, mas no sabré
-repetírtelas. Las palabras del inicuo que es fuerte,<span class="pagenum" id="Page_155">[Pg 155]</span>
-son á un mismo tiempo penetrantes y fugitivas.
-Puede irritarse de que tú muestres sospechas
-de él, y á la vez hacerte conocer que son ciertas
-tus sospechas; puede insultar y manifestarse ofendido,
-ultrajar y pedir una satisfacción, aterrorizar
-y quejarse, ser impudente é irreprensible; en él
-no puede pedirse otra cosa. Él no ha pronunciado
-el nombre de esta inocente, ni el tuyo; no ha
-dado señales ni aun de conoceros; no ha dicho
-que tenía pretensión alguna; pero... pero sin
-embargo, demasiado he comprendido que él era
-inflexible. Á pesar de todo, ¡confianza en Dios!
-Vos, pobrecita, no desaniméis; y tú, Renzo...
-¡Oh! cree, no obstante, que yo sé ponerme en tu
-lugar, que siento lo que pasa en tu corazón; ¡pero
-paciencia! Es una palabra débil, una palabra
-amarga para el que no cree; pero tú, ¿no querrás
-conceder á Dios un día, dos, el tiempo que querrá
-tomarse, para hacer triunfar la justicia? El
-tiempo le pertenece; ¡y él nos ha otorgado ya tanto!
-Deja obrar á Dios, Renzo, y sabe... sabed
-todos, que yo tengo ya en la mano un hilo para
-ayudaros. Por ahora, no puedo decir más. Mañana
-no vendré; debo permanecer todo el día en
-el convento por vosotros. Tú, Renzo, procura ir
-allá; y si por un caso impensado no pudieseis,
-manda un hombre fiel, un muchacho de juicio,
-por medio del cual pueda yo haceros saber lo que
-ocurra. Ya se hace de noche, es preciso que yo<span class="pagenum" id="Page_156">[Pg 156]</span>
-corra al convento. Fe, valor, y que Dios nos tenga
-en su santa guarda.</p>
-
-<p>Dicho esto salió apresuradamente, y se encaminó
-corriendo y casi al escape por un pedregoso y
-desigual sendero, para no correr el riesgo de que
-llegando tarde al convento se atrajese una buena
-reprimenda, ó lo que podía ser peor aún, una penitencia
-que le impidiese el día después estar listo
-y expedito para lo que pudiese exigir el cuidado
-de sus protegidos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habéis oído lo que ha dicho de un no sé
-qué... de un hilo que tiene para ayudarnos? dijo
-Lucía; conviene fiarse en él; es un hombre que
-cuando promete diez...</p>
-
-<p>&mdash;Si no hay más que esto... interrumpió Inés,
-hubiera debido hablarme con claridad ó llamarme
-aparte y decirme lo que hay...</p>
-
-<p>&mdash;No es más que cháchara; yo daré fin á ello,
-yo, repuso Renzo, esta vez recorriendo la estancia
-de un extremo á otro, con una voz, con un
-semblante que no dejaba duda ninguna acerca del
-sentido de aquellas palabras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Renzo! exclamó Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que queréis decir? exclamó también
-Inés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué necesidad hay de decirlo? Yo daré fin
-á ello. Aunque tenga cien mil diablos en el cuerpo,
-él por último es también de carne y hueso...</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no, por Dios!... empezó á decir Lucía;
-mas el llanto le cortó la voz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_157">[Pg 157]</span></p>
-
-<p>&mdash;No debéis hablar de ese modo, ni aun por
-broma, dijo Inés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por broma? replicó Renzo, quedándose plantado
-delante de Inés, que estaba sentada, y clavando
-en ella sus ojos extraviados. ¡Por broma!
-¡Veréis si será broma!</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Renzo! dijo Lucía instantáneamente, sollozando;
-jamás os he visto así.</p>
-
-<p>&mdash;No digáis estas cosas, por Dios, replicó aún
-precipitadamente Inés, bajando la voz. ¿No recordáis
-cuánta gente tiene á su disposición? Y aun
-cuando... ¡Dios nos libre!... contra los pobres
-nunca hay justicia.</p>
-
-<p>&mdash;La justicia la haré yo. ¡Ya es tiempo! La cosa
-no es fácil; lo sé. El perro asesino se guarda
-bien, sabe lo que vale; pero no importa. Resolución
-y paciencia... y el momento llegará. Sí,
-la justicia la haré yo; yo libraré de él á todo el
-país. ¡Cuánta gente me bendecirá! Y después en
-tres cabriolas...</p>
-
-<p>El horror que sintió Lucía á estas últimas é insinuantes
-palabras, suspendió su llanto, y le dió
-fuerza para hablar. Quitándose las manos de su
-lloroso semblante, con acento conmovido, pero resuelto: “¡No
-os importa el tenerme por mujer! Yo
-estaba prometida á un joven que tenía temor de
-Dios; mas un hombre que hubiese cometido...
-aunque estuviese bajo el amparo de la justicia y<span class="pagenum" id="Page_158">[Pg 158]</span>
-al abrigo de toda venganza, aunque fuese el hijo
-del rey...”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y bien! gritó Renzo con el semblante aún
-más desencajado: y vos no seréis mía; mas tampoco
-lo seréis de él. Yo aquí sin vos, y él en la
-casa del...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, no! ¡por piedad! no digáis eso; no me
-miréis así; no, no puedo veros de este modo, exclamó
-Lucía llorando, suplicando y juntando las manos.
-Mientras tanto Inés llamaba y volvía á llamar
-al joven por su nombre, y para apaciguarlo
-le daba golpecitos en las espaldas, cogía sus brazos
-y sus manos. Por último, se detuvo inmóvil
-y pensativo algún tiempo para contemplar el rostro
-suplicante de Lucía; luego, de repente, le dirigió
-una torva mirada, se hizo un poco atrás, extendió
-el brazo y el índice hacia ella, y exclamó: “¡Ella
-lo quiere, sí, ella lo quiere! ¡Él morirá!”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y yo, qué mal he hecho para que me hagáis
-morir? dijo Lucía, arrojándose á sus pies.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vos! repuso con voz que expresaba una cólera
-diferente, pero que todavía era cólera; ¡vos!
-¿qué bien me habéis hecho, qué pruebas me habéis
-dado? ¿No os he rogado, rogado y más rogado?
-Y vos: ¡No, no!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, respondió precipitadamente Lucía; iré
-á casa del cura; mañana, ahora si queréis; iré. Volved
-á vuestro primer proyecto; yo iré.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_159">[Pg 159]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Me lo prometéis? dijo Renzo con un acento
-y rostro repentinamente vuelto más humano.</p>
-
-<p>&mdash;Os lo prometo.</p>
-
-<p>&mdash;Me lo habéis prometido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Señor, gracias! exclamó Inés doblemente
-contenta.</p>
-
-<p>En medio de su gran cólera, ¿había Renzo pensado
-de qué provecho podía serle el espanto de
-Lucía? ¿Y no había usado un poco de artificio para
-hacerlo creer, y conseguir el fruto que deseaba?
-Nuestro autor protesta que no sabe nada, y yo
-por mi parte creo que ni aun el mismo Renzo lo
-sabía bien. El hecho es que estaba realmente enfurecido
-contra D. Rodrigo, y que deseaba ardientemente
-el consentimiento de Lucía; y cuando dos
-pasiones fuertes hablan juntamente al corazón del
-hombre, nadie, ni aun el mas paciente, puede
-siempre distinguir una voz de otra, y decir con
-seguridad cuál es la que predomina.</p>
-
-<p>&mdash;Os lo he prometido, respondió Lucía, con un
-afectuoso y tímido acento de reconvención; mas
-vos también habéis prometido de no dar el escándalo,
-de confiárselo al padre...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, vaya! ¿por qué acabo de encolerizarme?
-¿Queréis volveros atrás ahora, y hacerme cometer
-un despropósito?</p>
-
-<p>&mdash;No, no, dijo Lucía, volviendo á asustarse de
-nuevo. Lo he prometido, y no me vuelvo atrás.<span class="pagenum" id="Page_160">[Pg 160]</span>
-Pero ved vos mismo cómo me lo habéis hecho
-prometer. Dios no quiera...</p>
-
-<p>&mdash;¿Á qué hacer tristes augurios, Lucía? Dios
-sabe que no hacemos mal á nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Prometedme á lo menos que ésta será la última
-escena.</p>
-
-<p>&mdash;Yo os lo prometo, á fe de hombre honrado.</p>
-
-<p>&mdash;Mas esta vez cumplid vuestra palabra, dijo
-Inés.</p>
-
-<p>Aquí el autor confiesa el no saber otra cosa; si
-Lucía estaba en todo y por todo pesarosa de haberse
-visto obligada á consentir. Nosotros dejamos,
-como él, la duda en planta.</p>
-
-<p>Renzo hubiera querido prolongar la conversación,
-y fijar punto por punto lo que debía hacerse
-al día siguiente; pero era ya muy entrada la
-noche, y las mujeres le despidieron, no pareciéndoles
-conveniente que se quedase por más tiempo
-á hora tan avanzada.</p>
-
-<p>La noche, sin embargo, fué para los tres tan
-buena, como puede serlo la que sucede á un día
-lleno de agitación y azares, y al que precede otro
-destinado á una empresa importante, y de éxito
-incierto. Renzo se presentó muy de mañana, y
-concertó con Inés la grande operación de aquella
-tarde, proponiendo y resolviendo alternativamente
-dificultades, previendo contratiempos, y empezando
-de nuevo, tan pronto el uno como la
-otra, á describir el suceso, como si contasen una<span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span>
-cosa ya hecha. Lucía escuchaba, y sin aprobar
-con palabras lo que no podía aprobar en su corazón,
-prometía hacerlo lo mejor que ella supiese.</p>
-
-<p>&mdash;¿Iréis allá abajo, al convento, para hablar al
-padre Cristóbal, según él os previno ayer tarde?
-preguntó Inés á Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quiá! respondió éste; ya sabéis qué diablos
-de ojos tiene el padre: me leería en la cara, como
-en un libro, que hay algo de nuevo; y si empezaba
-á hacerme preguntas, no podría salir bien
-de ellas. Y luego, yo debo permanecer aquí para
-atender al negocio. Sería mejor que mandaseis á
-alguno.</p>
-
-<p>&mdash;Mandaré á Menico.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, muy bien, repuso Renzo; y partió para
-atender al negocio, como él había dicho.</p>
-
-<p>Inés se dirigió á la casa de al lado á buscar á
-Menico, el cual era un muchacho muy listo, que
-apenas tenía doce años, y que venía á ser sobrino
-suyo lejano. Lo pidió á los parientes, como prestado,
-por todo el día, “para un cierto servicio”,
-según ella decía. Teniéndolo ya en su poder, lo
-condujo á su cocina, le dió de almorzar, y le dijo
-que fuese á Pescarenico, y se presentase al padre
-Cristóbal, el cual lo volvería á mandar en seguida
-con una respuesta, cuando sería tiempo. “El padre
-Cristóbal, aquel bello anciano, con la barba
-blanca, á quien llaman el santo”...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_162">[Pg 162]</span></p>
-
-<p>&mdash;Entiendo, dijo Menico, el que acaricia á todos
-los muchachos, y nos da de cuando en cuando
-algunas estampitas.</p>
-
-<p>&mdash;Justamente, Menico. Y si te dijese que esperes
-algún poco cerca del convento, no vayas á
-alejarte; ten cuidado de no ir con tus compañeros
-al lago á ver pescar, ni á divertirte con las redes
-colocadas en la tapia con el objeto de secarse, ni
-entretenerte con los demás juegos que acostumbráis.</p>
-
-<p>Es preciso saber que Menico era muy excelente
-para hacer cabriolas; y se sabe que todos, grandes
-y pequeños, hacemos voluntariamente las cosas
-para las cuales tenemos habilidad: no digo
-aquella sólo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! yo no soy ya un niño.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, ten juicio; y cuando vuelvas con la respuesta...
-mira, estas dos bellas <i lang="it" xml:lang="it">parpagliole</i> nuevas
-son para ti.</p>
-
-<p>&mdash;Dádmelas ahora, que es lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, que las jugarías. Anda y pórtate
-bien, que no te pesará.</p>
-
-<p>En el resto de aquella larga mañana se vieron
-ciertas novedades que pusieron no poco en sospecha
-el ánimo ya turbado de las mujeres. Un mendigo
-que no estaba extenuado, ni andrajoso como
-los demás, y con un no sé qué de oscuro y de siniestro
-en el semblante, entró á pedir limosna,
-lanzando por todas partes ciertas miradas escudriñadoras.<span class="pagenum" id="Page_163">[Pg 163]</span>
-Se le dió un pedazo de pan, que recibió
-y guardó con una indiferencia mal disimulada.
-Después entabló conversación con cierta desfachatez,
-y al mismo tiempo con perplejidad, haciendo
-muchas preguntas, á las cuales Inés se
-aceleró á responder siempre lo contrario de lo que
-era en realidad. Echando á andar como para salir,
-fingió equivocarse de puerta, entró por la que
-daba á la escalera, y se apresuró á hacerse cargo
-con la brevedad posible. Se le gritó por detrás:
-“¡Eh, eh! ¿adónde vais, buen hombre? Por aquí,
-por aquí”. Volvió atrás, y salió por la puerta que
-acababa de serle indicada, excusándose con una
-sumisión, con una humildad afectada, que estaba
-lejos de armonizar con los feroces y duros rasgos
-de aquella fisonomía. Después de éste, continuaron
-en dejarse ver, por intervalos, otras extrañas
-figuras. No se hubiera podido decir fácilmente
-qué casta de hombres eran aquéllos; mas no podía
-creerse tampoco que fuesen honrados viajeros,
-según querían parecer. Uno entraba con el
-pretexto de hacerse enseñar el camino; otros pasando
-por delante de la puerta iban pausadamente,
-y miraban á hurtadillas á través del patio la
-sala, como el que quiere ver sin causar sospechas.
-Finalmente, hacia el medio día, aquella fastidiosa
-procesión concluyó. Inés se levantaba de cuando
-en cuando, atravesaba el patio, se plantaba en
-la puerta de la calle, miraba á derecha é izquierda,<span class="pagenum" id="Page_164">[Pg 164]</span>
-y volvía diciendo: “Nadie”; palabra que pronunciaba
-con placer, y que Lucía oía con el mismo,
-sin que ni la una ni la otra supiesen descifrar claramente
-el por qué. Mas les quedó á ambas una
-indeterminada inquietud, que les quitó una gran
-parte del valor que habían puesto en reserva para
-la tarde.</p>
-
-<p>Conviene sin embargo que el lector sepa algo
-de más preciso con respecto á aquellos misteriosos
-vagabundos; y para informarlo completamente,
-es indispensable que volvamos atrás á encontrar
-á D. Rodrigo, que hemos dejado ayer solo
-en una estancia de palacio á la salida del padre
-Cristóbal.</p>
-
-<p>D. Rodrigo, según hemos dicho, medía de arriba
-á abajo á pasos largos aquella sala, en cuyas paredes
-estaban suspendidos retratos de familia de
-diversas generaciones. Cuando se encontraba con
-la cara casi tocando con la pared, y se volvía, veía
-al frente un guerrero, antepasado suyo, terror de
-los enemigos y de sus soldados, de torva mirada,
-cabellos cortos y erizados, los bigotes retorcidos
-y terminados en punta, que sobresalían de las mejillas,
-la barba oblicua; estaba el héroe en pie, con
-las grebas<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>, los quijotes, coraza, brazales, manoplas,
-todo de hierro; con la mano derecha sobre<span class="pagenum" id="Page_165">[Pg 165]</span>
-el costado y la izquierda sobre el pomo de la
-espada. D. Rodrigo lo miraba; y cuando llegaba
-debajo de él, y daba la vuelta, he aquí que se encontraba
-enfrente de otro antepasado, magistrado,
-terror de litigantes y abogados, sentado en un
-sitial cubierto de rojo terciopelo, envuelto en una
-ancha y negra toga, todo negro, á excepción de
-una blanca golilla, dos largas valonas guarnecidas
-y forradas de piel de marta cibelina (éste
-era el distintivo de los senadores, y no lo llevaban
-más que en el invierno, razón por la cual no se
-hallará jamás un retrato de senador vestido de
-verano), macilento y con fruncidas cejas; tenía en
-la mano una súplica, y parecía decir: “Veremos”.
-Aquí una matrona, terror de sus camareras; allá
-un abad, terror de sus monjes: toda gente, en suma,
-que habían causado terror viviendo, y que en
-el lienzo lo inspiraban todavía.</p>
-
-
-<p>Á la vista de tales recuerdos, D. Rodrigo se enfurecía
-más y más, y se avergonzaba, no pudiendo
-reposar con la idea de que un fraile se hubiese
-atrevido á presentársele delante con la prosopopeya
-de Nathan. Formaba un proyecto de venganza,
-y lo abandonaba; pensaba al mismo tiempo
-cómo podría satisfacer su pasión, y lo que él
-llamaba su honor; y tal vez sintiendo retumbar en
-sus oídos el exordio de la profecía, se le erizaban
-los cabellos, según comúnmente se dice, y estaba
-casi dispuesto á renunciar á la idea de sus dos satisfacciones.<span class="pagenum" id="Page_166">[Pg 166]</span>
-Finalmente, por hacer algo, llamó á
-un criado, y le mandó que lo excusase con la reunión,
-diciéndoles que estaba ocupado en un negocio
-urgente. Cuando aquél volvió á darle parte
-de que los señores habían marchado, dejando encargado
-que le hiciese presente sus respetos,&mdash;¿Y el
-conde Attilio? preguntó D. Rodrigo, siempre paseando.</p>
-
-<p>&mdash;Ha salido con los demás caballeros, ilustrísimo
-señor.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien: seis personas de séquito para salir
-á paseo, pronto. La espada, la capa, el sombrero.</p>
-
-<p>El servidor partió, contestando con una inclinación,
-y poco después volvió trayendo la rica
-espada, que el señor se ciñó; la capa que se echó
-sobre los hombros, y el sombrero adornado con
-grandes plumas, que se encasquetó fieramente, lo
-cual era señal de borrasca. Se puso en marcha, y
-en el umbral halló los seis tunantes completamente
-armados, los cuales formados en ala se inclinaron
-al pasar, y después echaron á andar tras él.
-Más feroz, más orgulloso, más altanero que de
-costumbre, salió y se dirigió paseando hacia Lecco.
-Los aldeanos, los artesanos, al verlo venir, se
-retiraban rozando la pared, y le hacían saludos é
-inclinaciones profundas, á las cuales no contestaba.
-Como inferiores se inclinaban aun aquéllos
-que para los otros eran llamados señores; porque<span class="pagenum" id="Page_167">[Pg 167]</span>
-en todo aquel país, á mil millas en contorno, no
-había ninguno que pudiese competir con él en
-nombre, en riquezas, y en lo que tenía relación
-con la voluntad de servirse de todo esto, para permanecer
-siempre sobre los demás; á éstos les correspondía
-con altanera dignidad. Cuando sucedía
-que se encontraba con el señor castellano español
-(este día no aconteció), el saludo era entonces
-igualmente profundo por ambas partes; en efecto,
-como entre dos potentados que mutuamente
-nada se deben, pero que por conveniencia hacen
-honor al rango el uno del otro.</p>
-
-<p>Para disipar un poco su enojo, y para oponer
-á la imagen del fraile que asediaba su mente imágenes
-enteramente diversas, D. Rodrigo entró en
-una casa, donde iba de ordinario mucha gente, y
-en la cual fué recibido con aquella cordialidad solícita
-y respetuosa que está reservada á los hombres
-que se hacen amar y temer á la vez. Siendo
-ya muy entrada la noche, se encaminó á su palacio.
-El conde Attilio había vuelto también en
-aquel mismo momento, y se sirvió la cena, durante
-la cual D. Rodrigo estuvo muy pensativo y habló
-poco.</p>
-
-<p>&mdash;Primo, ¿cuándo me pagáis aquella apuesta?
-dijo con tono malicioso é irónico el conde Attilio,
-apenas se quitó la mesa y salieron los criados.</p>
-
-<p>&mdash;S. Martín no ha pasado aún.</p>
-
-<p>&mdash;Tanto valdría que la pagaseis en seguida;<span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span>
-porque pasarán todos los santos del calendario
-antes que...</p>
-
-<p>&mdash;Esto es lo que se ha de ver.</p>
-
-<p>&mdash;Primo, vos queréis haceros el político; pero
-yo lo comprendo todo, y estoy tan cierto de haberos
-ganado la apuesta, que vuelvo á estar dispuesto
-á hacer otra.</p>
-
-<p>&mdash;Veamos, ¿cuál?</p>
-
-<p>&mdash;Que el padre... el padre... qué se yo;
-que el fraile, en fin, os ha convertido.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí ciertamente una de vuestras ideas.</p>
-
-<p>&mdash;Convertido, primo, convertido; yo lo digo.
-Por mí, me alegro. ¿Sabéis que será un bello espectáculo
-el veros todo compungido y con los ojos
-bajos? ¡Qué gloria para ese padre! ¡Qué satisfecho
-y envanecido habrá vuelto á su convento! No son
-peces que se pillan todos los días, ni con todas las
-redes. Estad seguro que os citará como un ejemplo;
-y cuando vaya á alguna misión un poco lejos,
-hablará de vuestros hechos. ¡Me parece oirlo!
-Y aquí, hablando con la nariz, y acompañando la
-palabra con ademanes burlescos, continuó con el
-tono de un predicador: “En cierta parte de este
-mundo, que por dichos respetos no nombro, vivía,
-carísimos oyentes míos, y vive todavía, un
-caballero libertino, más amigo de las muchachas
-que de los hombres de bien; el cual, avezado á
-hacer un haz de todas yerbas, había puesto los
-ojos...”.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_169">[Pg 169]</span></p>
-
-<p>&mdash;Basta, basta, interrumpió D. Rodrigo medio
-risueño, y medio enojado. Si queréis doblar la
-apuesta, estoy pronto á ello.</p>
-
-<p>&mdash;¡Diablo! ¿habréis vos acaso convertido al
-padre?</p>
-
-<p>&mdash;No me habléis de él; y en cuanto á la apuesta,
-S. Martín decidirá. La curiosidad del conde
-estaba excitada; no perdonó ninguna clase de preguntas;
-pero D. Rodrigo las supo eludir, remitiéndose
-siempre al día de la decisión, y no queriendo
-comunicar á la parte contraria designios
-que no estaban ejecutados, ni aun enteramente
-resueltos.</p>
-
-<p>Á la mañana siguiente, D. Rodrigo despertó tal
-cual era. La aprehensión que aquellas palabras <em>vendrá
-un día</em> le habían infundido, se desvaneció del
-todo con los sueños de la noche, y sólo le quedaba
-la rabia, exacerbada por la vergüenza de aquella
-debilidad pasajera. Las imágenes más recientes
-del paseo triunfal, de los saludos, de las buenas
-acogidas, y el sermón de su primo, habían contribuido
-no poco á hacerle recobrar su antiguo ánimo.
-Apenas se hubo levantado, hizo llamar al
-<em>Griso</em>. “Cosas grandes ocurren”, dijo aparte el criado,
-á quien fué dada la orden; porque el hombre
-que llevaba aquel apodo no era nada menos que
-el jefe de los bravos, al cual estaban confiadas
-las empresas más arriesgadas y más temerarias,<span class="pagenum" id="Page_170">[Pg 170]</span>
-de quien el noble confiaba enteramente, como que
-el hombre era todo suyo por gratitud é interés.
-Después de haber cometido un asesinato de día y
-públicamente, se encaminó á implorar la protección
-de D. Rodrigo; y éste, haciéndole vestir con
-su librea, lo puso á cubierto de las pesquisas de
-la justicia. Así, encargándose de perpetrar todos
-los delitos que le fuesen ordenados, él se había
-asegurado la impunidad del primero. Para D. Rodrigo,
-la adquisición no había sido de poca importancia;
-porque el <em>Griso</em>, además de ser, sin
-comparación, el más valiente de la cuadrilla, era
-también una prueba manifiesta de que su amo había
-podido barrenar felizmente las leyes; de suerte
-que su poder se engrandeció en el hecho y en
-la opinión.</p>
-
-<p>&mdash;<em>¡Griso!</em> dijo D. Rodrigo, en esta coyuntura
-se verá lo que tú vales. Antes de mañana la Lucía
-debe hallarse en este palacio.</p>
-
-<p>&mdash;No se dirá jamás que el <em>Griso</em> se haya apartado
-de las órdenes de su ilustrísimo amo y señor.</p>
-
-<p>&mdash;Toma cuantos hombres te sean necesarios,
-manda y dispón como mejor te parezca, á fin de
-que la cosa tenga un buen resultado. Mas procura
-sobre todo que no se la cause ningún daño.</p>
-
-<p>&mdash;Señor, un poco de miedo para que ella no
-haga demasiado ruido... no se podrá menos.</p>
-
-<p>&mdash;Miedo... entiendo... esto es inevitable.<span class="pagenum" id="Page_171">[Pg 171]</span>
-Pero que no se la toque un solo cabello, y sobre
-todo que se la respete de todos modos. ¿Has entendido?</p>
-
-<p>&mdash;Señor, no se puede separar una flor de la
-planta y traerla á vuestra señoría sin tocarla. Pero
-no se hará más que lo puramente necesario...</p>
-
-<p>&mdash;Bajo tu propia seguridad. Y... ¿cómo lo
-harás?</p>
-
-<p>&mdash;Eso estaba pensando, señor. Somos dichosos
-en que la casa esté en un extremo del pueblo. Tenemos
-precisión de buscar un sitio donde apostarnos,
-y justamente á poca distancia de allí se encuentra
-aquel caserón deshabitado y solo en medio
-de los campos, aquella casa... vuestra
-señoría no tendrá noticia de estas cosas... una
-casa que se quemó pocos años hace, no han tenido
-dinero para repararla y la han abandonado; y
-ahora se juntan allí las brujas; mas hoy no es sábado,
-y yo me río de todo. Esos villanos, que son
-tan supersticiosos, no se atreverían á pasar ninguna
-noche de la semana por todo el oro del mundo;
-así que, podemos ir á colocarnos á dicho sitio,
-con la seguridad de que nadie se acercará á interrumpirnos.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; ¿y luego?</p>
-
-<p>Aquí el <em>Griso</em> se puso á proponer y D. Rodrigo
-á discutir, hasta que de acuerdo hubieron concertado<span class="pagenum" id="Page_172">[Pg 172]</span>
-la manera de dar fin á la empresa, sin
-que quedaran las huellas de los autores; en seguida
-el modo de dirigir las sospechas hacia otro lado
-por medio de falsos indicios; imponer silencio
-á la pobre Inés; infundir á Renzo un miedo tal,
-que le quitase la pesadumbre, la idea de recurrir
-á la justicia y también la voluntad de quejarse; y
-por último, todas las maldades necesarias para la
-consecución de lo principal. Nosotros dejamos de
-referir esa multitud de tramas que no son indispensables
-para la inteligencia de la historia. Bastará
-decir que mientras el <em>Griso</em> iba á poner los
-proyectos en ejecución, D. Rodrigo le volvió á
-llamar y le dijo: “Si por acaso aquel temerario villano
-esta tarde sacase las uñas contra vosotros,
-no será malo que le deis anticipadamente una buena
-paliza por vía de recuerdo. Así, la orden que
-se le intimará mañana, de que se esté quieto, surtirá
-un efecto más seguro. Mas no vayáis á buscarlo,
-para no echar á perder lo que más importa.
-¿Me has entendido?”.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadlo á mi cuidado, contestó el <em>Griso</em>, inclinándose
-con un aire obsequioso y de jactancia,
-después de lo cual partió. La mañana se pasó en
-dar vueltas, con el objeto de reconocer el terreno.
-Aquel falso pordiosero que se había introducido
-de tal suerte en la pobre casita, no era otro
-que el <em>Griso</em>, el cual iba con un golpe de vista á
-levantar el plano; los mentados viajeros eran sus<span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span>
-tunantes, á los cuales para obrar bajo sus órdenes
-bastaba tener un conocimiento muy superficial
-del lugar. Una vez hecha la descubierta, no
-se habían dejado ver más, para no dar que sospechar.</p>
-
-<p>Luego que volvieron todos al palacio, el <em>Griso</em>
-echó sus cuentas, fijó definitivamente el proyecto
-de la empresa, asignó la gente y dió las instrucciones.
-Todo esto no se pudo hacer sin que aquel
-viejo servidor (que el lector conoce ya) que estaba
-con los ojos abiertos y el oído alerta, se apercibiese
-de que se maquinaba algo grande. Á fuerza
-de estar atento y de preguntar, cogiendo una
-noticia de aquí, otra media de allá, comentando
-entre sí una palabra oscura, interpretando una
-salida misteriosa; tanto hizo, que al fin vino á sacar
-en claro lo que debía tener lugar aquella noche.
-Mas cuando lo hubo conseguido, ella estaba
-ya muy próxima, y ya una pequeña vanguardia
-de bravos había ido á emboscarse al arruinado
-caserón. El pobre viejo, aunque conociese bien á
-qué juego tan peligroso jugaba y tuviese también
-miedo de llevar el socorro á tiempo, no quiso sin
-embargo faltar. Salió con el pretexto de tomar
-aire, y se encaminó con la mayor precipitación al
-convento, para dar al padre Cristóbal el aviso
-prometido. Poco después, los demás bravos se
-pusieron en movimiento y salieron separadamente
-uno después de otro, para no dar á conocer<span class="pagenum" id="Page_174">[Pg 174]</span>
-que iban juntos. El <em>Griso</em> siguió luego, y no quedó
-dentro más que una litera, la cual debía ser
-conducida al caserón, entrada ya la noche, como
-así se verificó. Reunidos que fueron en aquel sitio,
-el <em>Griso</em> despachó tres de los suyos á la hostería
-del lugar, ordenando que uno de ellos se
-pusiese en la puerta para observar lo que ocurriese
-en la calle, y ver cuándo todos los habitantes
-se hubiesen retirado; los otros dos que permaneciesen
-dentro jugando y bebiendo, como aficionados,
-y estuviesen entretanto espiando, si algo
-había que fuese digno de espiar. Él, con el resto
-de la tropa, quedó en acecho esperando la
-ocasión.</p>
-
-<p>El pobre viejo trotaba aún; los tres exploradores
-llegaron á su puesto; el sol se iba á poner,
-cuando Renzo entró en casa de las mujeres y dijo: “Tonio
-y Gervasio me aguardan fuera; voy con
-ellos á la hostería á comer un bocado, y al toque
-del <em>Avemaría</em> vendremos á buscaros. Vamos, ¡valor,
-Lucía, no depende todo más que de un momento!”.
-Lucía suspiró y repitió: “¡Oh! ¡sí, sí, valor!”
-con una voz que desmentía sus palabras.</p>
-
-<p>Cuando Renzo y los dos compañeros llegaron
-á la hostería, se encontraron el susodicho ya plantado
-de centinela, que obstruía la mitad de la entrada,
-con la espalda apoyada sobre el pie derecho
-de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho,
-miraba y remiraba á derecha é izquierda,<span class="pagenum" id="Page_175">[Pg 175]</span>
-haciendo brillar tan pronto lo blanco como lo negro
-de sus dos ojos de ave de rapiña. Una gorra
-plana de terciopelo carmesí, puesta de medio lado,
-cubría la mitad del <i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>, el cual dividiéndose
-sobre una frente morena daba vueltas por una
-parte y por otra, y terminaba en trenzas sujetas
-con un peinecillo sobre la nuca. Sostenía en su
-mano una gruesa estaca; armas verdaderamente
-no llevaba á la vista; mas cualquiera que le hubiese
-mirado tan sólo á la cara, aunque fuese un
-niño, habría juzgado que debía tener tantas escondidas,
-cuantas podían colocarse debajo de sus
-vestidos.</p>
-
-<p>Cuando Renzo, que iba delante de sus dos compañeros,
-fué á entrar, aquél sin incomodarse le
-miró muy fijamente; pero el joven, procurando esquivar
-toda disputa, como sucede al que tiene una
-empresa escabrosa entre manos, no manifestó
-apercibirlo, ni tampoco dijo: “Haceos á un lado”; y
-rozando con el otro pie derecho, pasó de lado por
-la abertura que dejaba aquella cariátide. Los dos
-compañeros debían hacer la misma evolución si
-querían entrar. Una vez dentro, vieron á los otros,
-cuyas voces habían oído ya; esto es, los dos bribones
-que sentados á la esquina de la mesa, jugaban
-á la <em>morra</em> gritando los dos á la vez (pues así
-lo requiere el juego), y echándose ya el uno ya el
-otro de beber con un gran frasco que tenían en
-medio. Éstos, sin embargo, miraron fijamente á<span class="pagenum" id="Page_176">[Pg 176]</span>
-los recién llegados; y uno de ellos, especialmente,
-teniendo una mano en el aire, con tres dedos tendidos
-y separados, y con la boca abierta todavía
-por un gran “seis” que había pronunciado en aquel
-momento, miró á Renzo de pies á cabeza; después
-dió de ojo al compañero, y en seguida al de la
-puerta, que contestó con un signo de cabeza. Renzo,
-sospechoso é incierto, miraba á sus dos convidados
-como si quisiese buscar en su semblante
-una interpretación de todas aquellas señales; mas
-sus rostros no indicaban otra cosa que un buen
-apetito. El dueño de la hostería le miraba también
-como para esperar órdenes: aquél lo hizo ir
-consigo á una estancia próxima, y le ordenó que
-trajera la cena.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son aquellos forasteros? le preguntó
-luego en voz baja, cuando aquél volvió con unos
-gruesos manteles debajo del brazo y una botella
-en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;No los conozco, repuso el huésped, desplegando
-los citados manteles.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿ni siquiera á uno?</p>
-
-<p>&mdash;Vos sabéis muy bien, respondió aquél, tendiendo
-los manteles sobre la mesa, que la primera
-regla de nuestro oficio es el no ocuparnos de
-los negocios de otros, tanto, que hasta nuestras
-mujeres no son curiosas. Estaríamos frescos con
-tanta gente que va y viene; esto es siempre un<span class="pagenum" id="Page_177">[Pg 177]</span>
-puerto de mar, cuando el año es bueno, quiero
-decir; mas estemos alegres, que el buen tiempo
-volverá. Á nosotros nos basta que los parroquianos
-sean gente de bien; poco nos importa el que
-sean esto ó lo otro. Entretanto, voy á traeros un
-famoso plato de <i lang="it" xml:lang="it">polpette</i> como jamás las habréis
-comido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo podéis saber?... replicó Renzo. Mas
-el huésped en dirección ya de la cocina, siguió su
-camino. Mientras tomaba la cacerola de <i lang="it" xml:lang="it">polpette</i>
-que acabamos de decir, se le acercó poquito á poco
-aquel bravo que había mirado á nuestro joven,
-y le dijo á media voz: “¿Quién es esa buena
-gente?”.</p>
-
-<p>&mdash;Son hombres honrados, de aquí, del pueblo,
-repuso el huésped echando las <i lang="it" xml:lang="it">polpette</i> en un
-plato.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; ¿pero cómo se llaman? ¿quiénes
-son? insistió aquél con la voz un tanto áspera.</p>
-
-<p>&mdash;El uno se llama Renzo, respondió el huésped,
-pero en voz baja: un buen muchacho regularmente
-establecido; hilador de seda, que sabe bien su
-oficio. El otro es un aldeano llamado Tonio, buen
-compañero, alegre convidado; siendo una lástima
-que tenga poco dinero, porque todo lo gastaría
-aquí. El tercero es un bendito que come voluntariamente
-cuanto le dan. Con vuestro permiso...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_178">[Pg 178]</span></p>
-
-<p>Y de un salto abandonó la hornilla y al interrogante,
-y se dirigió á llevar el plato para quien
-estaba destinado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo podéis saber, replicó Renzo, cuando
-lo vió aparecer de nuevo, que sea buena gente, si
-no los conocéis?</p>
-
-<p>&mdash;Por sus acciones, querido amigo; el hombre
-se conoce por sus acciones. Los que beben el vino
-sin criticar, que pagan al contado sin regatear,
-que no arman camorra con los demás parroquianos,
-y que si tienen que dar alguna cuchillada á
-alguno lo van á esperar fuera y lejos de la hostería,
-de modo que el infeliz huésped no se comprometa
-jamás, éstos son aquellos á quienes yo llamo
-buena gente. Por lo tanto, podemos conocer
-la gente honrada, como nos conocemos nosotros
-cuatro, y mejor. ¿Y qué diablo de capricho tenéis
-en querer saber tantas cosas, cuando sois novio y
-debéis tener otras tantas en la cabeza? ¡Y delante
-estas <i lang="it" xml:lang="it">polpette</i> que harían resucitar á un muerto!
-Dicho esto, se volvió á la cocina.</p>
-
-<p>Nuestro autor, observando la diversa manera
-que tenía el dueño de la hostería de satisfacer á
-las preguntas, dice que era un hombre por ese
-estilo; que en todos sus discursos hacía profesión
-de ser muy amigo de los hombres honrados en
-general; pero en la práctica, usaba de una complacencia
-mucho mayor con aquéllos que tenían<span class="pagenum" id="Page_179">[Pg 179]</span>
-reputación ó apariencia de bribones. ¡Qué carácter
-tan singular!</p>
-
-<p>La cena no fué muy alegre. Los dos convidados
-hubieran querido saborear con toda comodidad;
-pero el que convidaba, preocupado con lo
-que ya sabe el lector, fastidiado y aun inquieto
-del extraño continente de aquellos desconocidos,
-no veía otra cosa más que el momento de poder
-salir de allí. Se hablaba á media voz á causa de
-ellos; y aun esto eran palabras truncadas y sin
-sentido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bella cosa, se le escapó decir á Gervasio,
-que Renzo quiera tomar mujer y que tenga
-necesidad!... Renzo tomó un aspecto severo. “¡Quieres
-callarte, animal!”, le dijo Tonio, acompañando
-el epíteto con un codazo. La conversación
-fué languideciendo hasta el fin. Renzo, habiendo
-sido muy parco, tanto en el comer como en el beber,
-tuvo cuidado en dar de beber con discreción
-á los dos testigos, con el objeto de inspirarles un
-poco de brío sin hacerles perder la razón. Levantada
-ya la mesa, pagada la cuenta del gasto que
-habían hecho, se vieron obligados á pasar de nuevo
-los tres por delante de aquellas figuras, que se
-volvieron todos hacia Renzo, como la primera vez.
-Cuando habiendo dado algunos pasos fuera de la hostería,
-miró tras de sí y vió que los dos que había dejado
-sentados en la cocina le seguían, entonces se paró
-con sus dos compañeros, como si quisiese decir:<span class="pagenum" id="Page_180">[Pg 180]</span>
-“Veamos lo que querrán de mí esas gentes”. Mas
-cuando los dos se apercibieron de que eran observados,
-se pararon también, hablaron en voz baja,
-y se volvieron. Si Renzo hubiese estado bastante
-cerca para oir sus palabras, le hubieran parecido
-muy extrañas.&mdash;Sería, sin embargo, un grande honor,
-sin contar el provecho, decía uno de los malandrines,
-si al volver al palacio pudiésemos contar
-el haberle medido las espaldas por nosotros
-mismos, sin que el <em>Sr. Griso</em> haya venido á arreglarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y echar á perder el negocio principal! dijo
-el otro. He aquí que él ha conocido algo; ved cómo
-se para á mirarnos. ¡Oh, si fuese más tarde!
-Volvámonos para no dar sospechas. Mirad que
-viene gente por todas partes; dejemos ir las gallinas
-todas al gallinero.</p>
-
-<p>Efectivamente, se percibía aquel bullicio, aquel
-rumor que se deja oir al anochecer en una población,
-y que momentos después hace lugar al solemne
-silencio de la noche. Las mujeres llegaban
-del campo llevando sobre su cuello á los tiernos
-niños y conduciendo de la mano á los mayorcitos,
-á los cuales hacían repetir las oraciones de la tarde;
-los hombres venían con las palas y los azadones
-al hombro. Al abrirse las puertas, se veían
-lucir aquí y allá los fuegos encendidos para preparar
-las frugales cenas; oíanse en la calle cambiarse
-los saludos, y de cuando en cuando alguna<span class="pagenum" id="Page_181">[Pg 181]</span>
-que otra palabra sobre la escasez de la cosecha y
-sobre la miseria del año; además de aquellas conversaciones,
-se oía también el tañido mesurado y
-sonoro de la campana que anunciaba la conclusión
-del día. Cuando Renzo vió que los dos indiscretos
-se habían retirado, continuó su camino en
-la oscuridad, que á cada paso se iba aumentando,
-haciendo ya una ya otra advertencia á los dos
-hermanos. Era ya enteramente de noche cuando
-llegaron á la morada de Lucía.</p>
-
-<p>Entre la primera idea de una empresa terrible
-y su ejecución, el intervalo es un sueño lleno de
-fantasmas y de temores. Lucía yacía después de
-algunas horas en las angustias de un sueño semejante;
-é Inés, Inés misma, autora del consejo, estaba
-muy pensativa, y apenas encontraba palabras
-para animar á su hija. Pero en el momento
-de despertarse, esto es, en el momento en que es
-necesario obrar, el ánimo se encuentra enteramente
-mudado. Al terror y al valor que se disputaban
-vuestro corazón, sucede otro temor y otro valor;
-la empresa se presenta á la mente como una
-nueva aparición: lo que primeramente asustaba
-más, parece á veces que viene á ser mas fácil en
-un momento; otras, el obstáculo que apenas se
-había percibido toma colosales dimensiones, la
-imaginación retrocede espantada, los miembros
-parece que rehúsan obedecer, y el corazón falta
-á las promesas que había hecho con la mayor seguridad.<span class="pagenum" id="Page_182">[Pg 182]</span>
-Al humilde llamar de Renzo, Lucía fué
-asaltada de un terror tan grande, que resolvió en
-aquel momento el sufrirlo todo, el estar siempre
-separada de él más bien que seguir aquella resolución;
-mas cuando aquél se dejó ver y dijo: “Ya
-están aquí, partamos”; cuando todos se mostraron
-prontos á echar á andar sin titubear, como quien
-va á una cosa establecida ya de antemano é irrevocable,
-Lucía no tuvo tiempo ni fuerzas para
-oponer alguna dificultad, y como arrastrada cogió
-temblando un brazo de su madre y otro de su
-prometido, y se puso en marcha con la arriesgada
-compañía.</p>
-
-<p>Poquito á poco y guardando el más profundo
-silencio, en medio de la oscuridad, con pasos mesurados,
-salieron de la casita y tomaron el camino
-que conducía fuera del pueblo. Lo más corto
-hubiera sido el atravesarlo, pues así hubieran ido
-directamente á la casa de D. Abundio; mas escogieron
-dicho camino con el objeto de no ser vistos.
-Por pequeños senderos, atravesando huertas
-y campos, llegaron cerca de la expresada casa, y
-allí se separaron.</p>
-
-<p>Los dos novios permanecieron ocultos detrás del
-ángulo que formaba aquélla; Inés con ellos, pero
-un poco más adelante, á fin de correr con tiempo
-al encuentro de Perpetua y hacerse dueña de
-ella; Tonio, con el imbécil Gervasio, que nada sabía
-hacer por sí solo, y sin el cual tampoco nada<span class="pagenum" id="Page_183">[Pg 183]</span>
-se podía hacer, se presentaron valerosamente á la
-puerta y llamaron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es á estas horas? gritó una voz desde
-la ventana, que se abrió en aquel momento. Enfermos
-no hay, á lo menos que yo sepa. ¿Habrá
-acaso sucedido alguna desgracia?</p>
-
-<p>&mdash;Soy yo, respondió Tonio, con mi hermano,
-que tenemos precisión de hablar al señor cura.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es ésta una hora regular? dijo bruscamente
-Perpetua. ¡Qué discreción! Volved mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Escuchad: volveré ó no volveré; he recogido
-cierto dinero, y vengo á saldar aquella cuentecilla
-que sabéis: tenía aquí veinticinco hermosas
-monedas, todas ellas nuevas; mas si no se puede,
-paciencia; ya sé cómo gastarlas, y volveré cuando
-haya juntado otras tantas.</p>
-
-<p>&mdash;Aguardad, aguardad; voy y vuelvo. Mas,
-¿por qué venís á esta hora?</p>
-
-<p>&mdash;Las he recibido poco hace, y he pensado, como
-os digo, que si ellas han de dormir conmigo,
-no sé de qué parecer seré mañana. Mas si no os
-agrada la hora, no sé qué decir: por mí, estoy
-aquí, y si no queréis, me voy.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, aguardad un instante; vuelvo con la
-respuesta.</p>
-
-<p>Dicho esto, cerró la ventana. En seguida Inés
-se separó de los novios, y dijo en voz baja á Lucía: ¡Ánimo!
-esto no es más que un momento, como<span class="pagenum" id="Page_184">[Pg 184]</span>
-sacarse un diente. En seguida fué á reunirse
-con los dos hermanos que permanecían delante la
-puerta, y se puso á conversar con Tonio; de modo
-que Perpetua, yendo á abrir, pudiese creer
-que pasaba por casualidad y que Tonio la había
-entretenido un momento.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Greba: pieza de la armadura antigua que cubría las piernas;
-llámase también esquinela, canillera.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_185">[Pg 185]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO OCTAVO</h2>
-</div>
-
-
-<p>&mdash;¡Carneade! ¿Quién era este hombre?, murmuraba
-entre sí D. Abundio, sentado en su sillón, en
-una estancia del piso superior, con un libro abierto
-delante, cuando Perpetua entró á ser portadora
-del mensaje. “¡Carneade! este nombre me parece
-mucho haberlo leído ú oído: debía ser un
-sabio, un literato de los antiguos tiempos; éste es
-un nombre de aquella época; ¿pero qué diablo era
-ese Carneade?”. ¡Tan lejos estaba el pobre hombre
-de prever la borrasca que se formaba sobre su
-cabeza!</p>
-
-<p>Es indispensable saber que D. Abundio se deleitaba
-en leer un poquito cada día; y un cura
-vecino suyo, que tenía una pequeña librería, le
-prestaba un libro después de otro, el primero que
-le venía á mano. Aquél sobre el cual meditaba al<span class="pagenum" id="Page_186">[Pg 186]</span>
-presente D. Abundio, convaleciente de la fiebre
-del susto, ya más curado (tocante á la fiebre) que
-no quería dejar creer, era un panegírico en loor
-de S. Carlos, pronunciado con mucho énfasis y escuchado
-con grande admiración en la catedral de
-Milán, dos años antes. El santo era comparado, á
-causa de su pasión por el estudio, á Arquímedes,
-y hasta aquí D. Abundio no encontraba ninguna
-dificultad; porque Arquímedes ha hecho cosas tan
-curiosas, ha hecho hablar tanto de sí, que para
-saber algo no es necesario tener una erudición
-muy vasta. Después de Arquímedes, el orador
-ponía en parangón también á Carneade, y el lector
-en este punto había quedado en suspenso. En
-el mismo momento entró Perpetua anunciando la
-visita de Tonio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Á esta hora? dijo también D. Abundio, como
-era natural.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué queréis! son indiscretos; pero si no los
-pilláis al vuelo...</p>
-
-<p>&mdash;Ya: ¡si no lo pillo ahora, quién sabe cuándo
-lo podré pillar! Hacedlo entrar... ¡Eh, eh! ¿Estáis
-bien segura que sea él mismo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Diablo! repuso Perpetua; bajó, abrió la puerta
-y dijo: “¿En dónde estáis?”. Tonio se dejó ver, y
-al mismo tiempo apareció también Inés, la cual
-saludó á Perpetua por su nombre.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, Inés, dijo Perpetua; ¿de dónde
-se viene á estas horas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_187">[Pg 187]</span></p>
-
-<p>&mdash;Vengo de... y nombró un pueblecillo cercano.
-Y si supieseis... continuó: He tenido una
-disputa por causa vuestra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¿por qué? preguntó Perpetua; y volviéndose
-á los dos hermanos: Entrad, les dijo, que al
-instante soy con vosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Porque, repuso Inés, una mujer de aquellas
-que no saben las cosas y quieren hablar... ¿lo
-creeréis? se obstinaba en decir que vos no os habíais
-casado con Beppo Suolavecchia, ni con Anselmo
-Lunghigna, porque no os habían querido.
-Yo sostenía que vos rehusasteis á uno y á otro...</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente. ¡Oh! ¡La embustera! ¿Quién es
-esa mujer?</p>
-
-<p>&mdash;No me lo preguntéis, pues no me gusta hablar
-mal de nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Me lo diréis, me lo habéis de decir. ¡Oh, vaya
-con la embustera!</p>
-
-<p>&mdash;Basta... mas no podéis creer cuánto he
-sentido el no saber bien toda la historia para confundirla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mirad si se puede inventar! ¡y de qué modo!
-exclamó de nuevo Perpetua; y de improviso,
-repuso: En cuanto á Beppo, todos saben y han podido
-ver... ¡Eh, Tonio! entrad y cerrad la puerta,
-que ya voy. Tonio desde dentro hizo lo que
-se le prevenía, y Perpetua prosiguió su apasionada
-narración.</p>
-
-<p>Enfrente de la puerta de D. Abundio había entre<span class="pagenum" id="Page_188">[Pg 188]</span>
-dos casitas una callejuela, al fin de la cual se
-hallaba el campo. Inés se dirigió hacia ella como
-si quisiese retirarse aparte para hablar más libremente,
-y Perpetua la siguió. Cuando ambas llegaron
-al sitio desde donde no se podía ver lo que
-pasaba delante de la casa de D. Abundio, Inés
-tosió fuertemente. Ésta era la señal convenida:
-así que Renzo la oyó, animó á Lucía, dándola un
-apretón de brazo, y los dos de puntillas avanzaron,
-arrimándose á la pared, guardando el mayor
-silencio; llegaron á la puerta, la abrieron poquito
-á poco, sin hablar una palabra, é inclinados entraron
-en el corredor, en donde estaban los dos
-hermanos esperándolos. Renzo cerró la puerta de
-nuevo muy despacio, y los cuatro subieron la escalera,
-no haciendo siquiera el ruido de una persona.
-Llegado que hubieron á la meseta, los dos
-hermanos se aproximaron á la puerta de la habitación
-que estaba al lado de la escalera; los novios
-se quedaron como clavados en la pared.</p>
-
-<p>&mdash;<i lang="la" xml:lang="la">Deo gratias</i>, dijo Tonio en voz clara.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sois vos, Tonio? Entrad, contestó la voz desde
-adentro.</p>
-
-<p>El que así llamaban abrió la puerta apenas lo
-suficiente para poder pasar él y su hermano, uno
-después de otro. El rayo de luz que salió de improviso
-por aquella abertura y se dibujó sobre el
-oscuro pavimento de la meseta, hizo estremecer á
-Lucía del mismo modo que si hubiese sido descubierta.<span class="pagenum" id="Page_189">[Pg 189]</span>
-Habiendo entrado los hermanos, Tonio cerró
-la puerta tras sí; los novios permanecieron inmóviles
-en la oscuridad, con el oído atento, reteniendo
-la respiración; el ruido solo que en un
-caso se hubiera podido oir sería las palpitaciones
-del corazón de Lucía.</p>
-
-<p>D. Abundio estaba, según hemos dicho, sentado
-en un sillón viejo envuelto en unas hopalandas,
-cubierta la cabeza con un gorro raído calado
-hasta las cejas, á la escasa luz de una pequeña
-lámpara. Dos mechones de cabellos se escapaban
-al través de su gorro, dos espesas cejas, dos espesos
-bigotes, una poblada perilla, todo aquel pelo
-cano y esparcido sobre aquella cara morena y rugosa,
-podía compararse á esos arbustos cubiertos
-de nieve que se dibujan en medio de un precipicio
-á la claridad de la luna.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, ah! fué el saludo, mientras se quitaba
-los anteojos y los colocaba sobre su libro.</p>
-
-<p>&mdash;El señor cura dirá que he venido tarde, dijo
-Tonio saludando, según lo hizo también, pero con
-más torpeza, Gervasio.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente que es tarde, tarde de todos
-modos. ¿Sabéis que estoy enfermo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, lo siento mucho!</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo habréis oído decir; estoy enfermo, y
-no sé cuándo podré dejarme ver... Mas, ¿por
-qué habéis traído con vos á ese... ese muchacho?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_190">[Pg 190]</span></p>
-
-<p>&mdash;Para que me acompañe, señor cura.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, veamos.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí están las veinticinco libras, todas nuevas,
-de aquellas que tienen un S. Ambrosio á caballo,
-dijo Tonio sacando de su faltriquera un paquetito
-envuelto.</p>
-
-<p>&mdash;Veamos, repitió D. Abundio; y tomando el
-paquete, se volvió á poner los anteojos: lo abrió,
-sacó las monedas, las contó, las volvió, las revolvió,
-y las encontró sin defecto alguno.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, señor cura, me daréis el collar de mi
-Tecla.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy justo, respondió D. Abundio. Se dirigió
-á un armario, sacó una llave del bolsillo, y
-mirando á su alrededor, como para tener lejos á
-los espectadores, abrió un lado de la puerta, cubriendo
-con su cuerpo la abertura que acababa
-de practicar, metió dentro la cabeza para ver y
-un brazo para coger el collar; lo tomó, y habiendo
-cerrado el armario, lo entregó á Tonio, diciendo: “¿Es
-esto?”.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, dijo Tonio, tened la bondad de poner
-un poco de negro sobre lo blanco.</p>
-
-<p>&mdash;¡También esto! dijo D. Abundio: ellos lo saben
-todo. ¡Oh, qué sospechoso se ha vuelto el
-mundo! ¿No os fiáis de mí?</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo, señor cura! ¿Si me fío? Vos me hacéis
-un agravio; pero como mi nombre está puesto
-en vuestro gran libro, en el libro de las deudas...<span class="pagenum" id="Page_191">[Pg 191]</span>
-con que ya que habéis tenido la incomodidad
-de escribir una vez, también... de la vida
-á la muerte...</p>
-
-<p>&mdash;Bien, bien, interrumpió D. Abundio; y refunfuñando
-tiró de un cajoncito de la mesa, sacó
-papel, pluma y tintero, y se puso á escribir, repitiendo
-á viva voz las palabras, á medida que salían
-de la pluma. Entonces Tonio y Gervasio, por
-medio de una señal que aquél le hizo, se plantaron
-de pie delante de la mesa, de manera que pudiesen
-ocultar la puerta al que escribía. Como si
-estuviesen muy cansados, iban arrastrando sus
-pies sobre el pavimento, para advertir á los que
-estaban fuera que podían entrar, y para cubrir al
-mismo tiempo el ruido de las pisadas. D. Abundio,
-abismado en su escritura, nada veía. Á la señal
-convenida, Renzo cogió á Lucía del brazo, lo
-apretó para darla ánimo y echó á andar, arrastrándola
-tras de sí toda trémula, pues que ella no
-hubiera podido ir sola. Entraron poquito á poco,
-de puntillas, conteniendo la respiración, y se escondieron
-detrás de los dos hermanos. Entretanto
-D. Abundio, habiendo concluido de escribir,
-volvió á leer atentamente sin levantar los ojos del
-papel; luego lo dobló, diciendo: “¿Estaréis contentos
-ahora?”. Y quitándose con una mano los anteojos
-de encima la nariz, alargó con la otra el papel
-á Tonio, levantando la cabeza. Éste extendió la
-mano para tomarlo y se retiró á un lado; Gervasio,<span class="pagenum" id="Page_192">[Pg 192]</span>
-á una señal suya, se colocó al otro; y en el medio,
-como al mudarse una decoración, aparecieron
-Renzo y Lucía. D. Abundio vió confusamente,
-después vió claro, se asustó, quedó mudo de estupor,
-se enfureció, reflexionó, tomó una resolución,
-todo esto en el intervalo de tiempo que Renzo
-gastó en pronunciar las siguientes palabras: “Señor
-cura, en presencia de estos testigos, digo
-que ésta es mi mujer”. Antes que sus labios se hubiesen
-cerrado, ya D. Abundio, dejando caer el
-papel, había cogido y levantado la lámpara con la
-mano izquierda, agarrado con la derecha el tapete
-que cubría la mesa; y atrayéndolo hacia él con
-furia, hizo caer al suelo el libro, el papel, el tintero
-y los polvos; después, deslizándose entre el
-sillón y la mesa, se había acercado á Lucía. La
-infeliz, con su dulce voz, y en aquel momento toda
-trémula, apenas había podido proferir: “Y éste”...
-cuando D. Abundio la había arrojado bruscamente
-el tapete encima, cubriéndole la cabeza
-y el semblante á un mismo tiempo para impedirle
-el pronunciar la fórmula entera. En seguida, dejando
-caer la lámpara que tenía en la otra mano,
-se ayudó también con ella para envolver la cabeza
-de Lucía en el tapete, hasta el punto de sofocarla;
-y en el ínterin gritaba á más no poder:
-“¡Perpetua, Perpetua! ¡Traición, socorro!”. El pábilo
-de la lámpara que moría sobre el pavimento,
-arrojaba una luz lánguida y desigual sobre Lucía,<span class="pagenum" id="Page_193">[Pg 193]</span>
-la cual sumamente alarmada no trataba siquiera
-de desembarazarse, asemejándose á una estatua
-cubierta de arcilla, sobre la cual el artista ha
-echado un húmedo trapo. Apagada enteramente
-la luz, D. Abundio abandonó á la infeliz, y fué
-buscando á tientas la puerta que daba á una habitación
-más interior, la halló, entró en ella, cerró
-por dentro y todavía continuaba gritando: “¡Perpetua!
-¡Traición, socorro! ¡Fuera de esta casa,
-fuera de esta casa!”. En la otra pieza todo era confusión;
-Renzo buscaba al cura, moviendo los brazos
-y manos como si jugase á la gallina ciega; habiendo
-llegado á la puerta, llamaba á ella gritando:
-“¡Abrid, abrid! No metáis tanta bulla”. Lucía
-llamaba también á Renzo con voz ahogada, y le
-decía suplicando: “¡Vámonos, vámonos, por el amor
-de Dios!”. Tonio, á gatas, iba barriendo con las manos
-el suelo, para recobrar su recibo. Gervasio,
-espantado, gritaba y saltaba, buscando la puerta
-de la escalera para salvarse.</p>
-
-<p>En medio de esta batahola, no podemos menos
-de detenernos un momento para hacer una reflexión.
-Renzo, que movía todo aquel estrépito,
-de noche, en casa ajena, que se había introducido
-furtivamente, y tenía al mismo dueño sitiado en
-su habitación, presentaba todas las apariencias de
-un opresor; y sin embargo, bien considerado, él
-era el oprimido. D. Abundio, sorprendido, fugitivo,
-asustado, mientras atendía tranquilamente<span class="pagenum" id="Page_194">[Pg 194]</span>
-á sus negocios, parecía la víctima; y no obstante,
-en realidad él era el que hacía la injuria. Así va
-muchas veces el mundo... quiero decir, así iba
-en el siglo XVII.</p>
-
-<p>El asaltado, viendo que el enemigo no daba señales
-de retirarse, abrió una ventana que miraba
-al cementerio de la iglesia, y se puso á gritar:
-“¡Socorro, socorro!”. La luna despedía una brillante
-claridad, la sombra de la iglesia y del campanario,
-se dibujaban negras é inmóviles sobre el cementerio
-lleno de yerbas: todos los objetos se podían
-distinguir como si hubiese sido de día; pero
-hasta donde se extendía la vista, no aparecía ningún
-indicio de ser viviente. Contiguo, sin embargo,
-á la pared lateral de la iglesia, y justamente
-por el lado que correspondía á la casa parroquial,
-había un pequeño agujero, especie de gatera,
-donde dormía el sacristán. Habiendo éste despertado
-á tan desordenados gritos, dió un salto
-sobre su lecho, abrió apresuradamente una pequeña
-ventana, sacó fuera la cabeza, y con los ojos
-todavía cerrados dijo: “¿Qué es esto?”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Corred, Ambrosio! ¡Socorro! Hay gente en
-casa, gritó D. Abundio.</p>
-
-<p>&mdash;Voy al momento, respondió aquél. Metió
-adentro la cabeza, volvió á cerrar su ventanillo,
-y aunque medio soñoliento, y más que medio
-asustado, encontró de manos á boca un expediente
-para llevar más socorros de los que se le pedían,<span class="pagenum" id="Page_195">[Pg 195]</span>
-sin tener necesidad de ir á meterse en medio
-de la tremolina, cualquiera que ella fuese.
-Cogió los calzones que estaban sobre su cama, se
-los colocó debajo del brazo, y subiendo á brincos
-por una escalerilla de mano, corrió al campanario,
-asió la cuerda de la más grande de las dos
-campanas que allí había, y empezó á tocar
-rebato.</p>
-
-<p>Ton, ton, ton, ton. Los aldeanos se apresuran
-á sentarse sobre la cama, los muchachos acostados
-en los graneros aguzan los oídos, y se ponen
-de pie. ¿Qué es esto, qué es esto? ¡La campana
-toca á rebato! ¿Será fuego, ladrones, bandidos?
-Muchas mujeres aconsejan, ruegan á sus maridos
-que no se muevan, que dejen ir á los demás; algunos
-se levantan y se dirigen á la ventana; los
-cobardes, como si se rindiesen á las súplicas, se
-vuelven á meter debajo de las mantas; los más curiosos
-y más valientes, bajan á tomar las horquillas
-y los arcabuces para acudir al ruido; otros,
-finalmente, permanecen meros espectadores.</p>
-
-<p>Mas antes que ellos estuviesen arreglados, antes
-de estar bien despiertos, el ruido había herido
-ya los oídos de otras personas que velaban, no lejos
-de allí, levantadas y vestidas: los bravos por
-un lado, Inés y Perpetua por el otro. Diremos
-antes, brevemente, lo que aquéllos habían hecho
-desde el momento en que los dejamos, parte en
-el caserón y parte en la hostería. Cuando éstos<span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span>
-tres últimos vieron todas las puertas cerradas y
-la calle desierta, salieron á toda prisa, diciendo
-que deseaban llegar pronto á su casa; dieron una
-vuelta por el pueblo para ver mejor si todo el
-mundo se había retirado, y en efecto, no encontraron
-alma viviente, ni oyeron el menor ruido.
-Pasaron también poquito á poco por delante de
-nuestra pobre casita, la más tranquila de todas
-porque no había nadie dentro. Entonces se encaminaron
-directamente al caserón, é hicieron su
-relación al Sr. <em>Griso</em>. Éste se cubrió la cabeza con
-un gran sombrero de anchas alas, se puso una especie
-de ropón de hule sembrado por todos lados
-de conchas, tomó un bordón de peregrino, y dijo:
-“Bravos, marchemos; silencio, y atención á las órdenes”.
-Después de pronunciadas estas palabras,
-se puso en marcha el primero, siguiéndole los demás.
-Al poco tiempo llegaron á la casita, por un
-camino opuesto al que nuestra pequeña tropa había
-seguido para hacer también su expedición. El
-<em>Griso</em> hizo detener su partida á algunos pasos, se
-adelantó solo con el objeto de explorar, y viendo
-que por fuera estaba todo desierto y tranquilo,
-mandó avanzar á dos de aquellos bribones; les
-dió la orden de escalar con precaución la pared
-que circula el pequeño patio, y que estando dentro,
-se ocultasen en un ángulo, que estaba plantado
-de una multitud de higueras, sobre cuyo sitio
-había echado la vista aquella misma mañana.<span class="pagenum" id="Page_197">[Pg 197]</span>
-Hecho esto, llamó muy bajito á la puerta, con la
-intención de decir que era un desgraciado peregrino,
-que pedía hospitalidad hasta que fuese de
-día. Nadie contestó; volvió á llamar con más fuerza;
-nada, el mismo silencio. Entonces llamó á un
-tercer malandrín, le hizo escalar la pared del patio
-como lo habían verificado los otros dos, con
-orden de descorrer poco á poco el cerrojo, para
-tener de este modo libre el ingreso y la retirada.
-Todo se hizo con la mayor precaución y con próspero
-resultado. En seguida fué á llamar á los demás,
-los llevó consigo, les mandó que se ocultasen
-en el mismo sitio que los anteriores, aproximóse
-lentamente á la puerta de la calle, colocó
-dos centinelas á la parte interior, y se dirigió á
-la entrada del piso bajo. También tocó á la puerta
-y esperó; ¡bien podía esperar! Forzó con la más
-refinada astucia la citada puerta, y nadie hubo
-que dijese desde adentro: “¿Quién va allá?”. Nada se
-oye; mejor no puede ir. Adelante, pues: “Psit”, dijo,
-llamando á los que se ocultaban entre las higueras
-y entrando con ellos en la habitación baja,
-en donde por la mañana había infamemente recibido
-un pedazo de pan. Sacó yesca, piedra, eslabón
-y pajuelas, encendió una pequeña linterna
-y entró en otra pieza interior, para ver si había
-alguien; nadie tampoco. Luego retrocedió, se encaminó
-á la puerta de la escalera, miró, escuchó,
-nada; soledad y silencio. Dejó otros dos centinelas<span class="pagenum" id="Page_198">[Pg 198]</span>
-en el piso bajo, mandó que le siguiese Grignapoco,
-que era un bravo del condado de Bérgamo,
-el cual sólo debía amenazar, tranquilizar, pedir,
-ser en suma el orador, á fin de que por su
-lenguaje pudiese hacer creer á Inés que la expedición
-venía de aquella parte. Con el expresado
-Grignapoco al lado, y los demás detrás, el <em>Griso</em>
-subió poco á poco blasfemando en su interior á
-cada escalón que crujía, á cada paso de aquellos
-bribones. Finalmente, llegó arriba. Aquí está el
-busilis. Empujó suavemente la puerta que conduce
-á la primera pieza, ella cedió, la abre un poco,
-aplica el oído; está todo oscuro. Se pone á
-escuchar atentamente por si oye alguno que ronque,
-respire ó se agite; nada. Adelante, pues: colocó
-la linterna delante de su cara para ver sin
-ser visto; abrió la puerta de par en par, y distinguió
-un lecho, se echa encima, el lecho lo halló
-preparado y perfectamente plano, con el rebozo
-bien extendido y cubriendo la almohada. Se encogió
-de hombros y se volvió hacia su comitiva,
-les hizo seña que fuesen á ver en la otra habitación
-y que le siguiesen de puntillas; entró, hizo
-las mismas ceremonias, y encontró la misma cosa.
-“¿Qué diablo es esto?”, dijo entonces: “Es preciso
-que algún perro traidor nos haya espiado”. En seguida
-se pusieron todos á mirar con menos precaución,
-á buscar por todos los rincones; por último,
-revolvieron la casa de arriba abajo. Mientras<span class="pagenum" id="Page_199">[Pg 199]</span>
-que ellos están ocupados en tales indagaciones,
-los dos que estaban de centinela á la puerta
-de la calle, oyeron un pequeño ruido de pasos
-como de alguno que se acercaba apresuradamente;
-calcularon que cualquiera que fuese pasaría
-sin pararse; permanecieron quietos, y á todo evento
-se mantuvieron alerta. Mas he aquí que el ruido
-de las pisadas cesa delante de la misma puerta.
-Era Menico que venía aceleradamente, enviado
-por el padre Cristóbal, para avisar á las dos
-mujeres que por Dios saliesen pronto de su casa,
-y se refugiasen al convento, porque... el por
-qué lo sabía él. Cogió la aldaba para llamar, y
-sintió que se le venía á la mano rota y desunida.
-¿Qué es esto? pensó, y empujó la puerta un tanto
-asustado; ésta se abrió. Menico puso un pie dentro,
-no sin una violenta sospecha: se sintió al mismo
-tiempo coger por ambos brazos, y dos voces
-que á derecha é izquierda le decían en tono amenazador:
-“¡Silencio! ó eres muerto”. Él, al contrario,
-arrojó un grito; uno de los que lo tenían cogido
-le puso una mano en la boca, y el otro sacó
-un gran cuchillo para hacerle miedo. El muchacho,
-trémulo como la hoja en el árbol, no trata ya
-de gritar; mas en el instante mismo, en su lugar,
-y con distinto tono, se deja oir el primer toque de
-campana, y detrás una multitud de campanadas
-seguidas. El que comete una falta siempre teme,
-dice un proverbio milanés: á uno y á otro de<span class="pagenum" id="Page_200">[Pg 200]</span>
-aquellos bribones les parece oir en dichos toques
-sus nombres y apellidos; sueltan los brazos de
-Menico, lo rechazan con cólera, levantan la mano,
-abren la boca, se miran y corren á la casa en
-donde se hallaba el grueso de la partida. Menico
-sale y echa á correr á toda prisa con dirección al
-campanario, en donde regularmente debía encontrar
-á alguno. El terrible toque hizo la misma impresión
-en los otros bribones que registraban la
-casa de arriba abajo. Se turban, se alarman y se
-empujan unos á otros; cada uno busca el camino
-más corto para llegar á la puerta. Y sin embargo,
-era gente toda experimentada y acostumbrada
-á hacer frente al peligro; mas no pudieron estar
-tranquilos contra un riesgo indeterminado, y
-que no se había dejado ver desde lejos antes de
-caer sobre ellos. Fué necesario toda la superioridad
-del <em>Griso</em> para impedir que se desbandasen,
-y para que fuese una retirada y no una fuga. Como
-el perro que guarda una manada de cerdos, y
-corre ahora por aquí, ahora por allí hacia los que
-se separan, agarra uno por una oreja y lo arrastra,
-empuja á otro con el hocico, ladra á un tercero
-que se sale de la fila en aquel momento, del
-mismo modo el peregrino asió á uno de sus compañeros
-que tocaba ya en el umbral, lo lanzó hacia
-dentro, rechazó con su bordón á los que se
-iban á salir, llamó á los otros que corrían sin saber
-adónde; lo hizo en efecto tan bien, que los<span class="pagenum" id="Page_201">[Pg 201]</span>
-reunió á todos en medio del patio. “¡Pronto, pronto!
-pistolas en mano, cuchillos preparados, todos
-unidos, y después nos iremos: así es como uno se
-va. ¿Quién queréis que se acerque á nosotros, si
-permanecemos unidos, miserables cobardes? Mas
-si nos dejamos coger uno á uno, los mismos villanos
-os pegarán. ¡Vergüenza! Aquí todos”. Después
-de esta breve arenga, se puso al frente y salió el
-primero. La casa, como ya hemos dicho, estaba
-situada á un extremo del pueblo. El <em>Griso</em> tomó
-el camino que se dirigía al campo, y todos le siguieron
-en buen orden.</p>
-
-<p>Dejémosles ir, y volvamos un poco atrás á buscar
-á Inés y á Perpetua, que dejamos en cierta
-callejuela. Inés había procurado alejar lo más que
-le había sido posible á aquélla de la casa de D.
-Abundio; y hasta cierto punto la cosa había ido
-bien. Mas de repente, el ama de gobierno se había
-acordado de la puerta que había quedado
-abierta, y quiso volver atrás. En esto no había
-nada que replicar. Inés, para no excitar sospechas,
-había querido volver con ella y seguirla, buscando,
-sin embargo, medios para entretenerla cada
-vez que la viese bien exacerbada con la relación
-de sus casamientos que habían fracasado. Ella
-manifestaba prestar una grande atención; y de
-cuando en cuando, para hacerla ver que estaba
-atenta, ó para atizar su charla, decía: “Seguramente;
-al presente, yo comprendo; esto va muy<span class="pagenum" id="Page_202">[Pg 202]</span>
-bien; es claro: ¿y después? ¿y él? ¿y vos?”. Mas al
-mismo tiempo discurría entre sí del modo siguiente:
-“¿Habrán salido ya, ó estarán aún dentro? ¡Cuán
-aturdidos hemos andado los tres en no convenir
-por medio de alguna seña para avisarme el buen
-éxito de la empresa! Esto ha sido una gran necedad;
-mas ya está hecho: lo mejor ahora será entretener
-á ésta todo lo que pueda; y poniéndonos
-en lo peor, sólo se habrá perdido un poco de tiempo”.
-Así, con muchas pausas y pequeñas carreras,
-habían llegado á poca distancia de la casa de D.
-Abundio, la cual, sin embargo, no veían, á causa
-de la revuelta que hacía la calle; y Perpetua, hallándose
-en una parte importante de la narración,
-se había dejado parar sin hacer resistencia y aun
-sin apercibirse de ello, cuando de repente se oyó
-venir resonando desde lejos por el espacio inmóvil
-del aire y vasto silencio de la noche, aquel
-primer desgarrador grito de D. Abundio: “¡Socorro,
-socorro!”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Misericordia! ¿qué ha sucedido? exclamó Perpetua;
-y quiso correr.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto, qué es esto? dijo Inés, deteniéndola
-por la saya.</p>
-
-<p>&mdash;¡Misericordia! ¿no habéis oído? replicó aquélla
-desasiéndose.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué es esto, qué es esto? repitió Inés,
-cogiéndola de un brazo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Diablo de mujer! exclamó Perpetua, rechazándola<span class="pagenum" id="Page_203">[Pg 203]</span>
-para quedar libre; y en seguida echó á correr.
-En aquel mismo instante se oyó, mucho más
-lejos, más débil, más fugitivo, el grito de Menico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Misericordia! exclamó también Inés; y se puso
-á correr detrás de la otra. Casi apenas habían
-levantado los talones, cuando sonó la campana:
-un toque, dos, tres y otros muchos: hubieran sido
-otros tantos espolazos, si ellas hubiesen tenido necesidad.
-Perpetua llegó un momento antes que su
-compañera. Mientras aquélla fué á empujar la
-puerta, ésta se abrió completamente por la parte
-de adentro, y aparecieron en el umbral, Tonio,
-Gervasio, Renzo y Lucía que, habiendo encontrado
-la escalera, habían llegado abajo á trompicones;
-y oyendo en seguida aquel terrible campaneo,
-corrían, á más no poder, con el objeto de ponerse
-en salvo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto, qué es esto? preguntó Perpetua
-con ansia á los dos hermanos, que le contestaron
-con un empujón, y emprendieron la fuga. “¿Y vosotros,
-¿cómo?... ¿qué hacéis aquí?”, preguntó á la
-otra pareja cuando la hubo reconocido; mas ésta
-sin embargo salió sin contestar. Perpetua, para
-acudir donde la necesidad era mayor, no preguntó
-nada más, se precipitó hacia el corredor, y corría,
-según se lo permitía la oscuridad, hacia la escalera.</p>
-
-<p>Los dos novios se encontraron enfrente de Inés,
-que llegaba toda afanada.&mdash;¡Ah, estáis aquí! dijo<span class="pagenum" id="Page_204">[Pg 204]</span>
-ella, hablando con el mayor trabajo. ¿Qué ha pasado?
-¿qué significa eso de la campana? Me parece
-haber oído...</p>
-
-<p>&mdash;Á casa, á casa, decía Renzo; á casa, antes que
-venga gente. Después de lo cual, se pusieron en
-marcha; mas Menico llegó corriendo á mas no poder,
-los reconoció, se puso delante de ellos, y
-también trémulo aún y con voz casi apagada, dijo: “¿Adónde
-vais? Atrás, atrás; por aquí, al convento”...</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres tú el que?... empezaba á decir
-Inés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay alguna otra cosa? preguntaba Renzo.
-Lucía, toda asustada, permanecía muda y trémula.</p>
-
-<p>&mdash;Que en vuestra casa está el diablo, replicó
-Menico asustado. Le he visto yo; me ha querido
-matar. El padre Cristóbal ha dicho, y también
-vos, Renzo, ha dicho que vayáis al instante, y
-después yo mismo le he visto. Es una fortuna el
-que os encuentre aquí todos reunidos; luego cuando
-nos hallemos fuera, os lo diré todo.</p>
-
-<p>Renzo, que era el que estaba más sereno, pensó
-que de un modo ó de otro convenía quitarse de
-allí antes que acudiese gente, y que lo más seguro
-era hacer lo que Menico aconsejaba, aunque
-lo que pedía era obligado por el miedo. En seguida,
-puestos ya en camino y lejos del peligro, podrían
-exigir del muchacho una explicación más<span class="pagenum" id="Page_205">[Pg 205]</span>
-clara. “Marcha delante”, le dijo; “vamos con él”, dijo
-á las mujeres. Retrocedieron, se encaminaron
-apresuradamente hacia la iglesia, atravesaron el
-cementerio, en donde por favor del cielo no había
-aún alma viviente, entraron en una callejuela
-que estaba situada entre la iglesia y la casa de
-D. Abundio, tomaron el primer sendero que encontraron,
-y se dirigieron á través de los campos.</p>
-
-<p>Acaso no se habían alejado unos cincuenta pasos,
-cuando la gente empezó á llegar al cementerio,
-engrosándose la muchedumbre á cada momento.
-Mirábanse los unos á los otros; cada uno
-tenía una pregunta que hacer, nadie una respuesta
-que dar. Los primeros que llegaron corrieron
-á la puerta de la iglesia; ésta permanecía cerrada.
-Se dirigieron á la parte exterior del campanario,
-y uno de ellos, arrimando la boca á una pequeña
-ventana, lanzó dentro, como una cerbatana,
-un “¿Qué diablos es esto?”. Cuando Ambrosio oyó
-una voz conocida, abandonó la cuerda, y estando
-seguro por el ruido, que había acudido ya mucha
-gente, respondió: “Voy á abrir”. Se puso á toda
-prisa el arnés que había traído debajo del brazo,
-se encaminó por la parte interior á la puerta de
-la iglesia, y la abrió. “¿Quién promueve todo este
-alboroto? ¿qué hay? ¿dónde está? ¿quién es?”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo quién es? dijo Ambrosio apoyando
-una mano en la puerta y con la otra sujetando los
-calzones que se había puesto á toda prisa. ¡Cómo!<span class="pagenum" id="Page_206">[Pg 206]</span>
-¿no lo sabéis? Hay gente en casa del señor cura:
-ánimo, hijos míos, á socorrerle. Se dirigen todos
-hacia la casa, se acercan en tropel, miran, escuchan;
-mas todo está tranquilo. Algunos corren á
-la puerta de la calle, está cerrada, y no parece
-que haya sido tocada. Vuelven á mirar á lo alto;
-ni una sola ventana abierta, no se oye nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién hay dentro? ¡Hola! ¡hola! ¡Señor cura,
-señor cura!</p>
-
-<p>D. Abundio, asegurado apenas de la fuga de
-los invasores, se había retirado de la ventana y la
-había cerrado. Estaba en aquel momento disputando
-en voz baja con Perpetua, que lo había dejado
-en semejante apuro. Pero cuando oyó que
-le llamaban las gentes á grandes voces, se dirigió
-de nuevo á la ventana, y viendo aquel gran socorro,
-se arrepintió de haberlo pedido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha sido esto?&mdash;¿Qué os han hecho?&mdash;¿Quiénes
-son?&mdash;¿En dónde están?, le gritaban cincuenta
-voces á un tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;No hay nadie, os doy gracias, podéis retiraros.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿qué ha sido?&mdash;¿Adónde se han ido?&mdash;¿Qué
-ha sucedido?</p>
-
-<p>&mdash;Gente mala, gente que ronda de noche; mas
-han emprendido la fuga. Volveos á vuestras casas;
-esto ya no es nada; por segunda vez, hijos
-míos, os doy gracias por vuestro buen corazón.
-Y dicho esto se retiró y cerró la ventana, de cuyas<span class="pagenum" id="Page_207">[Pg 207]</span>
-resultas unos empezaron á murmurar, otros á
-chancearse, otros á jurar, otros se encogían de
-hombros y se marchaban, cuando he aquí que llegó
-uno todo sofocado que apenas podía hablar.
-Éste habitaba una casa que estaba casi enfrente
-de la de nuestras consabidas mujeres; y habiéndose
-despertado al ruido, se había puesto á la
-ventana y había visto en el patio de aquéllas el
-desorden de los bravos cuando el <em>Griso</em> se apresuraba
-á reunirlos. Luego que hubo tomado aliento
-gritó: “¿Qué hacéis aquí, hijos míos? El diablo
-no está aquí; está allá abajo, en el extremo de la
-calle, en la casa de Inés Mondella; dentro hay
-hombres armados: parecía que querían asesinar á
-un peregrino; ¡quién diablos sabe lo que hay!”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué!&mdash;¿Qué hay?&mdash;¿Qué? Y empezó una tumultuosa
-deliberación.&mdash;Es preciso ir.&mdash;Es preciso
-ver.&mdash;¿Cuántos son ellos?&mdash;¿Cuántos somos
-nosotros?&mdash;¿Quiénes son?&mdash;¡El cónsul, el cónsul!</p>
-
-<p>&mdash;Aquí me tenéis, respondió el cónsul en medio
-de la multitud; aquí estoy; pero es preciso que
-me ayudéis, es preciso que me obedezcáis. Pronto:
-¿en dónde está el sacristán? ¡Al campanario!
-¡al campanario! Pronto: uno que corra á Lecco á
-buscar auxilio. Venid aquí todos... Unos acuden,
-otros se deslizan en medio de la multitud y
-se marchan; la confusión era grande, cuando llegó
-un paisano que los había visto marchar apresuradamente,
-y gritó: “Corred, amigos míos: los ladrones<span class="pagenum" id="Page_208">[Pg 208]</span>
-ó bandidos que se escapan con un peregrino,
-están ya fuera del pueblo: ¡á ellos! ¡corramos
-á ellos!”. Á semejante aviso, sin esperar las órdenes
-del capitán, se mueven en masa y se dirigen
-mezclados unos con otros por la calle abajo. Á
-medida que el ejército avanza, algunos de la vanguardia
-acortan el paso, se dejan adelantar por
-otros, y se meten entre el grueso de la tropa; los
-últimos empujan hacia adelante; finalmente, el
-confuso enjambre llega al lugar indicado. Las
-huellas de la invasión estaban recientes y manifiestas:
-la puerta abierta de par en par, forzada la
-cerradura, mas los invasores habían desaparecido.
-Entran en el patio, van á la puerta del piso bajo,
-abierta y forzada también; llaman: “¡Inés! ¡Lucía!
-¡el peregrino! ¿En dónde está el peregrino? ¡El
-peregrino!. lo habrá soñado Stéfano. No, no;
-Carlandrea lo ha visto también. ¡Hola, peregrino! ¡Inés!
-¡Lucía!”. Nadie responde. ¿Se las han llevado?
-¿se las han llevado también? Entonces hubo
-algunos que, alzando la voz, propusieron perseguir
-á los raptores; que aquello era una infamia,
-y que sería una vergüenza para el país, si cualquier
-bribón pudiese á mansalva venir á arrebatar
-las mujeres como el milano á los polluelos de
-una granja deshabitada. Nueva deliberación más
-tumultuosa todavía; pero uno de ellos (y no se supo
-nunca quién había sido), hizo correr la voz de
-que Inés y Lucía se habían refugiado en una casa<span class="pagenum" id="Page_209">[Pg 209]</span>
-de campo. Dicha voz se esparce rápidamente,
-obtiene crédito, no se habla ya de dar caza á los
-fugitivos, y la multitud se desbanda y se retira
-cada uno á su casa. Oíase un cierto rumor, un
-ruido continuo de llamar á las puertas y abrirse
-éstas, un aparecer y desparecer de luces, un preguntar
-las mujeres desde las ventanas y contestar
-desde la calle; por último, habiendo quedado ésta
-desierta y silenciosa, las conversaciones continuaron
-en el interior de las casas, muriendo entre
-los bostezos para volverlas á empezar al día
-siguiente. Nada más ocurrió; únicamente por la
-mañana, estando el cónsul en su campo, con la
-barba apoyada sobre una mano, el codo sobre el
-mango del azadón medio hundido en el terreno,
-y con un pie sobre el rastrillo; estando, repito,
-reflexionando entre sí acerca de los misterios de
-la pasada noche, y sobre lo que le tocaba y debía
-hacer, vió venir á su encuentro dos hombres de
-muy gallarda presencia, peinados como dos reyes
-francos de la primera raza, y semejantes en todo
-lo demás á los dos que cinco días antes se habían
-presentado á D. Abundio, dado caso que no fuesen
-los mismos. Con aire más respetuoso que el
-que habían usado con el cura, intimaron al cónsul
-que se guardase de referir al podestá lo ocurrido;
-decir la verdad si fuese interrogado; hablar,
-fomentar las habladurías de los villanos, pues
-podía tener la esperanza de morir de enfermedad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_210">[Pg 210]</span></p>
-
-<p>Mas volvamos á nuestros fugitivos. Continuaron
-andando á buen paso por espacio de algún
-tiempo, guardando el más profundo silencio, volviéndose
-ya uno ya otro, á mirar si alguien los
-perseguía; todos ellos sin aliento, á causa del cansancio
-de la fuga, palpitándoles el corazón por la
-incertidumbre en que se hallaban, por la aflicción
-del mal resultado, y por la aprehensión confusa de
-un nuevo y oscuro peligro. Su desaliento crecía á
-la par que llegaban á sus oídos los continuos sonidos
-de la campana, los cuales á medida que ellos
-se iban alejando, se volvían más débiles é imperceptibles;
-de tal modo, que parecían tener un cierto
-no sé qué de lúgubre y siniestro: por último,
-dejaron de oirse. Encontrándose entonces los fugitivos
-en un campo desierto, y no percibiendo el
-menor ruido en torno de sí, aflojaron el paso, é
-Inés, tomando aliento, fué la primera que rompió
-el silencio, preguntando á Renzo lo que había
-pasado, y á Menico qué era lo que él llamaba el
-diablo que estaba en su casa. Renzo refirió brevemente
-su triste historia, después de lo cual se
-volvieron los tres al muchacho, el cual contó en
-términos más expresos el aviso del padre, y refirió
-lo que él mismo había visto, y los peligros que
-había corrido; y su relación no hacía más que confirmar
-el aviso. Los oyentes comprendieron más
-de lo que Menico había sabido decir. Á dicha revelación,
-fueron sobrecogidos de un nuevo estremecimiento;<span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span>
-paráronse todos tres á un tiempo, se
-miraron unos á otros espantados; y de pronto, con
-un movimiento unánime, pusieron una mano sobre
-la cabeza y otra sobre los hombros del niño,
-como para acariciarle y darle gracias tácitamente
-de haber sido para ellos un ángel tutelar, y demostrarle
-la compasión que sentían por las angustias
-que había sufrido y el peligro corrido para
-salvarlos, pidiéndole casi perdón. Ahora vuélvete
-á casa para que tu familia no esté con cuidado,
-le dijo Inés: y acordándose de las dos <i lang="it" xml:lang="it">parpagliole</i>
-prometidas, sacó cuatro de la faltriquera, y se
-las dió, añadiendo: “Adiós; ruega al Señor que nos
-volvamos á ver pronto, y entonces”... Renzo le
-dió una <em>berlinga</em> nueva, y le recomendó mucho
-que no dijese nada de la comisión que el fraile le
-había dado. Lucía le acarició de nuevo, le saludó
-con voz conmovida; y el muchacho, después de
-haberle devuelto el saludo todo enternecido, volvió
-atrás. Aquéllos continuaron su camino sumamente
-pensativos; las mujeres iban delante, y
-Renzo detrás, como sirviéndoles de escolta: Lucía
-iba cogida del brazo de la madre, y rehusaba dulcemente
-y con destreza el apoyo que el joven le
-ofrecía en los malos pasos de aquel viaje fuera de
-camino; avergonzada en su interior y también
-turbada de haber permanecido tan largo tiempo,
-y tan familiarmente sola con él, cuando aguardaba
-ser dentro de pocos instantes su esposa. Al<span class="pagenum" id="Page_212">[Pg 212]</span>
-presente, desvanecido tan dolorosamente este sueño,
-se arrepentía de haber ido tan lejos; y en medio
-de tantos objetos de temor, temblaba también
-por ese pudor que no nace del triste conocimiento
-del mal; por ese pudor que se ignora, parecido
-al miedo de un niño, que tiembla en la oscuridad
-sin saber por qué.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la casa? dijo al mismo tiempo Inés. Mas
-aunque la pregunta fuese importante, nadie respondió,
-porque nadie podía darle una respuesta
-satisfactoria. Continuaron su camino en silencio,
-y poco después desembocaron finalmente en una
-pequeña plazoleta que estaba situada delante de
-la iglesia del convento.</p>
-
-<p>Renzo se acercó á la puerta y la sacudió con
-fuerza. Ésta se abrió al instante; y la luna, entrando
-por la abertura, iluminó el pálido rostro y la
-plateada barba del padre Cristóbal, que se hallaba
-allí de pie en expectativa. Viendo que no faltaba
-nadie, “¡Dios sea loado!” dijo, y les hizo seña
-de que entrasen. Á su lado estaba otro capuchino,
-el fraile lego sacristán, que aquél por medio
-de súplicas y razonamientos había persuadido que
-le acompañase á velar, á dejar la puerta entornada
-y á quedarse con él de centinela, para dar un
-asilo á aquellos infelices perseguidos; habiendo
-necesitado de toda la autoridad de padre, y de su
-reputación de santo, para obtener del lego una
-condescendencia incómoda, peligrosa é irregular.<span class="pagenum" id="Page_213">[Pg 213]</span>
-Luego que entraron, el padre Cristóbal cerró la
-puerta poquito á poco. Entonces el sacristán, no
-pudiendo resistir ya más, y llamando al padre
-aparte, le dijo al oído: “¡Pero, padre, padre! de noche... en
-la Iglesia... con mujeres... cerrar...
-la regla... ¡Pero, padre!”... y meneaba
-la cabeza, mientras decía con pena las anteriores
-palabras. “¡Ved lo que son las cosas! pensaba
-el padre Cristóbal: si fuese un salteador de caminos
-perseguido, Fr. Fazio no opondría la menor
-dificultad, y una pobre inocente que escapa de las
-garras del lobo... <i lang="la" xml:lang="la">Omnia mundo mundis</i>, dijo en
-seguida, volviéndose con prontitud hacia Fr. Fazio,
-recordando que éste no sabía el latín. Mas
-semejante recuerdo fué tan á punto, que hizo precisamente
-el efecto deseado. Si el padre se hubiese
-puesto á discutir por medio de buenos argumentos,
-á Fr. Fazio no le hubieran faltado otros
-argumentos que oponer, y el cielo sabe cuándo y
-cómo hubiera concluido la cosa. Mas al oir aquellas
-palabras llenas de un sentido misterioso, y
-proferidas tan resueltamente, le pareció que en
-ellas debía contenerse la resolución de todas sus
-dudas. Apaciguóse, y dijo: “¡Bien! vos sabéis más
-que yo”.</p>
-
-<p>&mdash;Confiad en mí, respondió el padre Cristóbal;
-y á la dudosa claridad de la lámpara que ardía
-ante el altar, acercóse á los refugiados que permanecían
-suspensos esperando, y les dijo: “¡Hijos<span class="pagenum" id="Page_214">[Pg 214]</span>
-míos! dad gracias al Señor que os ha librado de
-un peligro. Quizá en este momento”... Y aquí
-se puso á explicar lo que no había hecho más que
-indicar por medio del pequeño mensajero; porque
-no sospechaba que ellos supiesen más que él, y
-suponía que Menico los había encontrado tranquilos
-en su casa antes que llegasen los malvados.
-Nadie le desengañó, ni Lucía siquiera, la cual,
-sin embargo, sentía un secreto remordimiento
-por semejante disimulo hacia un hombre como
-aquél; pero la noche era de enredos y ficciones.</p>
-
-<p>&mdash;Después de lo que ha ocurrido, continuó él,
-bien veis, hijos míos, que al presente no estáis seguros
-en este país. Es el vuestro, en él habéis nacido,
-no habéis hecho mal á nadie; mas Dios lo
-quiere así. Ésta es una prueba, queridos hijos,
-soportadla con paciencia, con confianza, sin murmurar,
-y estad seguros que vendrá tiempo en que
-os alegraréis de lo que ahora sucede. He pensado
-buscaros un refugio para los primeros momentos.
-Muy pronto espero poder haceros volver con
-seguridad á vuestra casa; de todos modos, Dios
-proveerá lo que más os convenga, y ciertamente
-me esforzaré en no faltar á la gracia de que me
-considera digno, escogiéndome por su ministro
-para serviros á vosotros sus amados hijos, infelices
-y atribulados. Vosotras, continuó, volviéndose
-á las mujeres, podréis quedaros en ***. Allí estaréis
-al abrigo de todo peligro, y al mismo tiempo<span class="pagenum" id="Page_215">[Pg 215]</span>
-no muy lejos de vuestra casa. Buscad nuestro
-convento en dicho lugar, haced llamar al padre
-guardián, dadle esta carta: para vosotras será otro
-Fr. Cristóbal. Y tú, mi querido Renzo, tú también
-debes ponerte al abrigo, por ahora, de la
-rabia del consabido y de la tuya. Lleva esta
-carta al padre Buenaventura de Lodi, á nuestro
-convento de la Puerta-Oriental, en Milán. Él te
-servirá de padre, te guiará y te buscará trabajo
-hasta que tú puedas volver aquí á vivir tranquilamente.
-Id á la orilla del lago, cerca de la embocadura
-del Bione (es un torrente á pocos pasos
-de aquí). Allí veréis un batel amarrado; diréis:
-“¡Ah de la barca!”. Se os preguntará, “¿Para quién?” y
-responded: “S. Francisco”... La barca os recibirá,
-os trasportará á la otra orilla, en donde encontraréis
-un carromato que os conducirá en derechura
-á ***.</p>
-
-<p>El que preguntase cómo Fr. Cristóbal tuviese
-tan de improviso á su disposición aquellos medios
-de trasporte, por agua y por tierra, manifestaría
-no conocer cuál era el poder de un capuchino tenido
-en concepto de santo.</p>
-
-<p>Lo único que restaba era pensar en la custodia
-de la casa. El padre recibió las llaves, encargándose
-de consignarlas á los que Renzo y Lucía le
-indicaron. Esta última, sacando de la faltriquera
-la suya, lanzó un gran suspiro, pensando que en
-aquel momento la casa estaba abierta, que había<span class="pagenum" id="Page_216">[Pg 216]</span>
-estado en ella el diablo; y ¡quién sabe lo que quedaba
-por guardar!</p>
-
-<p>Antes de partir, dijo el padre, “Roguemos todos
-juntos al Señor, para que él sea con vosotros en
-este viaje, y siempre; y sobre todo, que os dé la
-fuerza y el deseo de querer todo lo que él ha querido”.
-Así, diciendo, se postró de hinojos en medio
-de la Iglesia, y todos hicieron lo mismo. Después
-que hubieron orado algunos momentos en
-silencio, el padre, en voz baja, pero distinta, articuló
-las palabras siguientes: “Nosotros os rogamos
-también por ese desgraciado que nos ha reducido
-á este extremo. Seríamos indignos de vuestra
-misericordia, si no os pidiésemos de corazón
-por él; ¡lo necesita tanto! Nosotros, en medio de
-nuestra tribulación, tenemos el consuelo de estar
-en el camino donde vos mismo nos habéis colocado,
-pudiéndoos ofrecer nuestras aflicciones, las
-cuales llegarán á ser un título meritorio para con
-vos. ¡Mas él!... él es vuestro enemigo. ¡Oh, desgraciado;
-él lucha con vos! ¡Señor, tened piedad
-de él, tocad su corazón, hacedlo amigo vuestro,
-concededle todos los bienes que podamos desear
-para nosotros mismos!”.</p>
-
-<p>Levantándose en seguida, apresuradamente, dijo:
-“Vamos, hijos míos, no hay tiempo que perder;
-que Dios os guarde y el santo ángel os acompañe:
-partid”. Y mientras se ponían en marcha, con
-esa emoción que no encuentra palabras, y que sin<span class="pagenum" id="Page_217">[Pg 217]</span>
-embargo se manifiesta sin ellas, el padre añadió
-con voz alterada: “El corazón me dice que nos volveremos
-á ver pronto”.</p>
-
-<p>Ciertamente, el corazón para el que le presta
-oídos, tiene siempre que decir algo sobre el porvenir.
-¿Pero qué sabe el corazón? apenas un poco
-de lo que ha pasado.</p>
-
-<p>Sin aguardar respuesta, el padre Cristóbal se
-encaminó hacia la sacristía; los viajeros salieron
-de la iglesia, y Fr. Fazio cerró la puerta, dándoles
-un adiós también con voz conmovida. Se dirigieron
-con precaución hacia la orilla que les había
-sido indicada, vieron el batel preparado, y
-habiendo dado y recibido las palabras de ordenanza,
-entraron. El barquero, impeliendo un remo
-hacia la proa, se apartó de la orilla, y después
-empuñando el otro y remando á brazo tendido,
-ganó el lago hacia la orilla opuesta. No se percibía
-el menor soplo de viento, el lago yacía tranquilo
-y llano, y hubiera parecido que estaba inmóvil,
-á no ser por el temblor y la ligera ondulación
-de la luna, que desde lo alto se reflejaba en las
-aguas. Oíase únicamente el ruido de las oleadas
-que iban á morir dulcemente sobre la arena de la
-playa, el murmullo más lejano del agua que se
-estrellaba contra los arcos del puente, y el acompasado
-golpe de los dos remos que cortaban la
-azulada superficie del lago, saliendo á un mismo
-tiempo húmedos para volverse á sumergir al momento.<span class="pagenum" id="Page_218">[Pg 218]</span>
-Las aguas hendidas por la barca, amontonándose
-detrás de la popa, iban dejando señalada
-una espumosa huella, que á cada instante se alejaba
-más de la ribera. Los pasajeros, silenciosos,
-con la cabeza vuelta hacia atrás, contemplaban
-las montañas y el país alumbrado por la luna, y
-cortado por algunas partes de grandes sombras.
-Distinguíanse los pueblecillos, las casas, las cabañas.
-El castillejo de D. Rodrigo, con su aplastada
-torre, elevado sobre las casucas amontonadas
-en la falda del promontorio, se asemejaba á un
-malhechor, que de pie en la oscuridad y en medio
-de una tropa de hombres dormidos, velase
-meditando algún crimen. Lucía lo vió y se estremeció;
-siguió con la vista la pendiente de la montaña
-hasta llegar á su pueblo, miró fijamente á su
-extremidad, divisó su casita, la techumbre cubierta
-con las hojas de la higuera que sobresalía de
-la tapia del pequeño patio, descubrió la ventana
-de su habitación, y sentada como estaba en el fondo
-de la barca, apoyó un brazo sobre el banco como
-para dormir, y se puso á llorar en secreto.</p>
-
-<p>Adiós montañas que salís de las aguas y tocáis
-al cielo; cimas desiguales, tan conocidas de quien
-ha crecido entre vosotras, y que están impresas
-en su mente como los rasgos de sus más queridos
-amigos; torrentes cuyo murmullo le es tan familiar
-como la voz de su familia; casas esparcidas
-que blanquean sobre la pendiente como rebaños<span class="pagenum" id="Page_219">[Pg 219]</span>
-de ovejas que pacen, adiós. ¡Para el que ha nacido
-entre vosotros, qué momento tan triste es el
-alejarse! El mismo que las abandona voluntariamente,
-lanzado por el capricho y la esperanza de
-hacer fortuna en otra parte, siente desvanecerse
-entonces sus sueños de riqueza; se admira de haberse
-podido resolver, y retrocedería si no pensase
-que un día podrá volver opulento. Cuanto
-más avanza en la llanura, tanto más su vista se
-retira disgustada y rendida de aquella fastidiosa
-uniformidad; el aire le parece pesado y sin vida;
-él se adelanta triste y desencantado en las ciudades
-populosas; le parece que las casas unidas á
-otras casas, las calles que cruzan á las calles sofocan
-su respiración, y ante los edificios que son
-la admiración del extranjero, piensa con inquieto
-deseo en el campanario de su país natal, en la cabaña
-sobre la cual ha echado ya los ojos, y que
-debe comprar cuando volverá rico á sus montañas.</p>
-
-<p>¡Pero aquel momento para ella, que jamás ha
-llevado sus fugitivos deseos más allá de lo regular,
-que ha limitado en el círculo de aquellos hermosos
-sitios todos sus sueños futuros, y que ha
-sido arrojada muy lejos por una fuerza perversa!
-¡Para ella, que arrancada repentinamente á sus
-más caras costumbres, turbada en sus más vivas
-esperanzas, abandona sus montañas, para encaminarse
-á países extraños, que jamás ha deseado<span class="pagenum" id="Page_220">[Pg 220]</span>
-conocer, y que no puede con la imaginación llegar
-al momento señalado para la vuelta! ¡Adiós,
-cabaña en donde nació; en donde agitada por un
-sentimiento secreto, aprendió á distinguir del rumor
-de los pasos comunes el paso esperado con
-misterioso temor! ¡Adiós, casa aún extraña, casa
-que ha mirado con frecuencia á hurtadillas, al pasar,
-y no sin ruborizarse, en la cual la mente se
-complacía en presentársela como una tranquila y
-perpetua morada de esposa! ¡Adiós, iglesia, donde
-su alma recobró su serenidad tantas veces, cantando
-las alabanzas del Señor; en donde se le había
-prometido, en donde se preparaba una grande
-ceremonia; donde los secretos deseos de su corazón
-debían ser solemnemente bendecidos, y el
-amor ordenado y santificado, adiós! El que os proporcionaba
-tanta alegría está en todas partes, y
-nunca turba la dicha de sus hijos, más que para
-prepararles una mayor y más segura.</p>
-
-<p>Tales eran poco mas ó menos los pensamientos
-de Lucía; los de los otros dos pasajeros también
-se diferenciaban poco, mientras que la barca iba
-acercándose á la orilla derecha del Adda.</p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_221">[Pg 221]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO NOVENO</h2>
-</div>
-
-
-<p>El choque que recibió la proa de la barca al
-tocar la tierra, arrancó á Lucía de sus reflexiones.
-Después de haber enjugado en secreto sus lágrimas,
-alzó la cabeza como si despertase. Renzo salió
-el primero y dió la mano á Inés, la cual, habiendo
-salido á su vez la alargó á la hija, dando
-los tres tristemente las gracias al barquero. “¿De
-qué? respondió aquél; nosotros estamos en este
-mundo para ayudarnos mutuamente”; y retiró la
-mano casi con horror como si se le hubiese propuesto
-el cometer un robo, cuando Renzo trató de
-darle unas cuantas monedas que llevaba encima,
-y que había tomado aquella tarde con intención
-de regalárselas generosamente á D. Abundio, cuando
-éste le hubiese servido, aunque de mala gana.
-El carromato estaba dispuesto allí; el conductor<span class="pagenum" id="Page_222">[Pg 222]</span>
-saludó á las tres personas que esperaba, las hizo
-subir, dió una voz á los animales, acompañada de
-su correspondiente latigazo, y echó á andar.</p>
-
-<p>Nuestro autor no describe este viaje nocturno;
-calla el nombre del pueblo donde Fr. Cristóbal
-había dirigido á las dos mujeres, protestando también
-expresamente el no quererlo decir. El resto
-de la historia hace adivinar en seguida el motivo
-de todas estas reticencias. Las aventuras de Lucía
-en aquel paraje, se encuentran envueltas en
-una tenebrosa intriga de persona perteneciente á
-una familia, según parece, muy poderosa, en el
-tiempo que el autor escribía esto. Para dar cuenta
-de la extraña conducta de dicha persona en una
-circunstancia particular, se ha visto obligado á referir
-sucintamente su vida anterior, en donde la
-familia figura, como verá el que se tome la molestia
-de seguir leyendo. Pero lo que la circunspección
-del pobre historiador ha querido sustraer,
-nuestras diligencias nos lo han hecho encontrar
-en otra parte. Un historiador milanés que ha
-querido hacer mención de aquella misma persona
-no nombra, ni á ésta ni á su país; mas de éste
-dice, que era una villa antigua y noble, á la cual,
-para ser ciudad, no faltaba más que el nombre;
-dice en otra parte, que pasa por ella el Lambro,
-y en otra que en ella hay también un arcipreste.
-De la confrontación de estos datos, nosotros deducimos
-que no puede ser más que Monza. En<span class="pagenum" id="Page_223">[Pg 223]</span>
-el vasto tesoro de las inducciones eruditas, no creemos
-que ésta pueda ser de las más finas, pero sí
-de las más seguras. Nosotros podríamos también
-adelantar conjeturas muy fundadas con respecto
-al nombre de la familia; mas ya sea que la que
-sospechamos, se haya extinguido desde largo tiempo,
-nos parece que es mejor callar su nombre, para
-no correr el riesgo de perjudicar á quien quiera
-que éste sea, aunque haya muerto, y para dejar
-á los doctos algún objeto de examen.</p>
-
-<p>Nuestros viajeros llegaron pues, á Monza, poco
-después de salir el sol. El conductor paró delante
-de una hostería, y allí, como práctico del lugar
-y conocido del amo de la casa, hizo dar una habitación
-á los nuevos huéspedes, á la cual él mismo
-los acompañó. Después de dar gracias, Renzo intentó,
-sin embargo, hacerle aceptar algún dinero;
-mas él, así como el barquero, tenía á la vista otra
-recompensa más lejana, pero más abundante. Retiró
-las manos lo mismo que aquél, y como escapándose,
-corrió á cuidar de sus animales.</p>
-
-<p>Después de una tarde como la que hemos descrito,
-y una noche como cada uno puede imaginarse,
-pasada en gran parte en dolorosos pensamientos,
-con la incesante sospecha de algún encuentro
-desagradable, al soplo de una pequeña
-brisa de otoño, y entre los repetidos vaivenes de
-un carruaje incómodo que sacudía impolíticamente
-el espíritu de nuestros viajeros, apenas empezaron<span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span>
-á sentirse amagados del sueño, les pareció
-muy dulce el acostarse sobre un pavimento que
-no se movía, en una habitación segura, cualquiera
-que ella fuese. Cenaron frugalmente, según
-permitía la penuria de las circunstancias y los medios
-escasos en proporción de las contingencias
-anexas á un porvenir incierto y á su poco apetito.
-Pasó por la mente de los tres el banquete que dos
-días antes esperaban tener, y cada uno á su vez
-lanzó un gran suspiro. Renzo hubiera querido detenerse
-allí, á lo menos todo el día, ver sus damas
-instaladas, rendirles sus primeros servicios; mas el
-padre había recomendado á éstas que lo enviasen
-súbitamente á su destino. Ellas alegaron estas órdenes
-y otras cien razones; que la gente haría conversación
-de ello; que la separación más retardada
-sería más dolorosa; que él podría venir pronto
-á dar y recibir noticias, en virtud de todo lo cual
-el joven se decidió á marchar. Concertaron como
-pudieron el modo de volverse á ver lo más pronto
-que fuese posible. Lucía no ocultó las lágrimas;
-Renzo apenas detuvo las suyas, y estrechando
-fuertemente la mano á Inés, dijo con voz ahogada:
-“Hasta la vista”, y partió.</p>
-
-<p>Las mujeres se hubieran hallado muy perplejas,
-á no ser por su buen conductor, que tenía orden
-de guiarlas al convento de capuchinos, y de darles
-cualquier otro auxilio que pudiesen necesitar.
-Se encaminaron, pues, con él al citado convento,<span class="pagenum" id="Page_225">[Pg 225]</span>
-el cual, como ya sabemos, estaba á pocos pasos
-distante de Monza. Habiendo llegado á la puerta,
-el conductor tiró de la cuerda de la campanilla;
-hizo llamar al padre guardián; éste apareció en
-seguida en el umbral de la puerta, y recibió la
-carta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Fr. Cristóbal! dijo reconociendo la letra.
-El tono de voz y los movimientos de su rostro indicaban
-claramente que pronunciaba el nombre de
-un gran amigo. Conviene, pues, decir, que nuestro
-buen Cristóbal había en aquella carta recomendado
-á las mujeres muy ardientemente, y referido sus
-aventuras con mucho sentimiento, porque el guardián
-daba de cuando en cuando muestras de sorpresa
-é indignación, y alzando los ojos del papel,
-los fijaba sobre las mujeres con cierta expresión
-de piedad é interés. Habiendo concluido de leer,
-permaneció algún tiempo meditando, después de
-lo cual dijo para sí: “No hay más que la señora...
-si la señora quiere tomarse este empeño”...</p>
-
-<p>En seguida, habiendo llamado aparte á Inés,
-la condujo á una pequeña plaza que había delante
-del convento, le hizo algunas preguntas, á las
-cuales ella satisfizo, y volviéndose hacia Lucía,
-dijo á ambas: “Señoras mías, yo probaré, y espero
-poderos encontrar un asilo más que seguro, más
-que honroso, hasta que Dios haya provisto á vuestra
-seguridad de otra manera mejor. ¿Queréis venir
-conmigo?”.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_226">[Pg 226]</span></p>
-
-<p>Las mujeres dieron á entender respetuosamente
-que sí, y el fraile continuó: “Bien, os conduciré
-al momento al monasterio de la señora. Seguidme,
-sin embargo, á algunos pasos de distancia,
-porque la gente se deleita en hablar mal, y Dios
-sabe cuántas bellas suposiciones se harían si se
-viese al padre guardián por la calle con una hermosa
-joven... quiero decir, con mujeres”.</p>
-
-<p>Así diciendo, echó á andar. Lucía se ruborizó;
-el conductor sonrió mirando á Inés, la cual no
-podía contenerse de hacer otro tanto, y los tres se
-pusieron en marcha cuando el fraile hubo tomado
-la delantera sobre ellos, conservándose siempre á
-la distancia de diez pasos detrás de aquél. Las
-mujeres entonces preguntaron al conductor lo que
-no se habían atrevido á preguntar al padre guardián;
-esto es, quién era la señora.</p>
-
-<p>&mdash;La señora, respondió aquél, es una monja, pero
-no una monja como las demás. No es que sea
-la abadesa ni la priora, pues aún, según se dice,
-es una de las más jóvenes; mas ella es de la costilla
-de Adán, y sus antepasados eran gentes poderosas
-venidas de España, siendo ellos los que
-mandan aquí, y por esto la llaman la señora, para
-significar que es una gran dama; y todo el país
-la llama así porque dicen que en ese monasterio
-no han visto nunca una persona semejante; y sus
-parientes, aun hoy día, disfrutan de un alto rango
-allá en Milán, y son de aquellos que siempre<span class="pagenum" id="Page_227">[Pg 227]</span>
-tienen razón, y en Monza todavía más; porque su
-padre, aunque no permanece en el pueblo, es el
-principal del país; de ahí viene que ella hace cuanto
-le acomoda en el monasterio, y aun la misma
-gente de fuera le manifiesta un gran respeto: si se
-encarga de algún negocio, logra siempre el fin
-que se propone, por lo cual, si ese buen religioso
-consigue el poneros en sus manos, os puedo decir
-que estaréis tan seguras como sobre el altar.</p>
-
-<p>Cuando el fraile hubo llegado á la puerta de la
-villa, flanqueada entonces de un vetusto torreón
-medio arruinado y de los restos de un antiguo castillo
-derruido también, que acaso algunos de mis
-lectores pueden acordarse de haber visto en pie,
-el guardián se paró y se volvió á mirar si los demás
-lo seguían; en seguida se encaminó al monasterio,
-al cual, habiendo llegado, se detuvo de
-nuevo al umbral, aguardando á la pequeña tropa.
-Suplicó al conductor, que dentro de un par de horas
-volviese á saber la contestación; éste lo prometió,
-y se separó de las mujeres, que le abrumaron
-dándole las más expresivas gracias y mil
-encargos para el padre Cristóbal. El guardián hizo
-entrar á la madre y á la hija en el primer claustro
-del monasterio; las introdujo en la habitación
-de la portera, y se dirigió solo á pedir la gracia.
-Después de algún tiempo volvió sumamente gozoso
-á decirlas que le siguieran; ya era hora, porque
-la madre y la hija no sabían cómo librarse de<span class="pagenum" id="Page_228">[Pg 228]</span>
-las preguntas de la portera. Atravesando un segundo
-claustro, hizo algunas advertencias á las
-mujeres sobre el modo de conducirse con la señora.
-“Está perfectamente dispuesta en favor vuestro,
-dijo, y os puede dispensar todo el bien que
-quiera. Sed humildes y respetuosas, responded
-con sinceridad á las preguntas que os haga, y
-cuando no seáis interrogadas, dejadme á mí”. Entraron
-en una pieza baja, desde la cual se pasaba
-al locutorio. El guardián, antes de poner los pies
-en él, señalando la puerta, dijo en voz baja á las
-mujeres: “Allí está”, como para recordarlas las advertencias
-que les había hecho. Lucía, que no había
-visto jamás un monasterio, cuando estuvo en
-el locutorio echó una mirada en torno suyo buscando
-á la señora para saludarla; y no viendo á
-nadie, permanecía como encantada; pero viendo
-al padre é Inés que se dirigían hacia un ángulo
-de la estancia, los siguió, miró por aquel lado y
-vió una ventana de forma singular, con dos reforzadas
-y espesas rejas de hierro, distantes un palmo
-la una de la otra, y detrás de ellas una religiosa
-en pie. Su aspecto, que podía denotar unos
-25 años, manifestaba á primera vista una gran
-belleza, pero una belleza fatigada y marchita. Un
-velo negro, suspendido y colocado horizontalmente
-sobre su cabeza, caía por ambos lados algún
-tanto separado del rostro; bajo dicho velo, una
-blanquísima tira de lienzo ceñía hasta la mitad<span class="pagenum" id="Page_229">[Pg 229]</span>
-su frente de distinta, pero no de inferior blancura;
-una segunda tira, cuidadosamente plegada,
-circundaba su rostro y terminaba bajo la barba,
-formando la toca, que se extendía hasta el pecho
-y cubría el escote de su negra saya. Mas aquella
-frente se arrugaba con frecuencia, como por una
-contracción nerviosa, y entonces dos negras cejas
-se fruncían con rápido movimiento. Dos ojos, negros
-también, se clavaban á veces en el semblante
-de las personas con aire de soberbio examen;
-otras se inclinaban apresuradamente, como para
-evitar que leyesen en ellos sus pensamientos: en
-ciertos instantes, un atento observador hubiera
-sacado en consecuencia que solicitaban afecto,
-correspondencia, piedad; otras veces hubiera creído
-sorprender la revelación instantánea de un
-odio inveterado y comprimido, un no sé qué de
-feroz y amenazador; cuando estaban fijos, inmóviles
-y distraídos, algunos hubieran encontrado un
-orgulloso fastidio, y otros, por último, hubieran
-podido sospechar el trabajo de una idea oculta,
-de una preocupación familiar al ánimo, más fuertes
-que las imágenes de los objetos presentes, y
-que ella no podía vencer. Sus mejillas, de una
-palidez extremada, descendían con delicado y gracioso
-contorno, pero sensiblemente alterado y
-consumido por una lenta extenuación. Sus labios,
-aunque apenas teñidos de un débil sonrosado, resaltaban,
-sin embargo, en medio de aquella palidez;<span class="pagenum" id="Page_230">[Pg 230]</span>
-y sus movimientos eran como los de los ojos,
-súbitos, vivos, llenos de expresión y de misterio.
-La grandeza bien formada de la persona desmerecía
-al lado de sus maneras, ó aparecía desfigurada
-con ciertos movimientos repentinos, irregulares
-y demasiado resueltos para una mujer, mucho
-más para una monja. En el vestir mismo había
-algo de estudiado ó negligente que anunciaba una
-religiosa de un carácter particular. Llevaba el talle
-ajustado con cierta coquetería, y de su toca
-salía cayendo sobre una de las sienes, la punta de
-un rizo de negros cabellos, lo cual demostraba ú
-olvido ó desprecio de la regla, que prescribía tenerlos
-siempre cortados, del mismo modo que se
-había verificado en la ceremonia de la profesión.</p>
-
-<p>Estas circunstancias no hacían ninguna impresión
-en el ánimo de las dos mujeres, no acostumbradas
-á distinguir una religiosa de otra; y el padre
-guardián, que no era la primera vez que veía
-á la señora, estaba ya habituado, como tantos
-otros, á aquel extraño no sé qué que aparecía tanto
-en su persona como en sus maneras.</p>
-
-<p>Permanecía aquélla, según hemos dicho, de pie
-junto á la reja, en la cual apoyaba lánguidamente
-una mano, entreteniéndose en pasar sus blancos
-dedos por los claros que formaba, y observando
-á Lucía que se acercaba confusa.&mdash;Reverenda
-madre é ilustrísima señora, dijo el guardián con
-la cabeza baja y la mano puesta sobre el pecho:<span class="pagenum" id="Page_231">[Pg 231]</span>
-He aquí la pobre joven por la cual me habéis hecho
-esperar vuestra poderosa protección, y he ahí
-también la madre.</p>
-
-<p>Las dos presentadas hicieron grandes reverencias;
-la señora hizo con la mano señal de <em>basta</em>, y
-dijo volviéndose al padre: “Es una fortuna para
-mí el poder hacer una cosa que sea agradable á
-nuestros buenos amigos los padres capuchinos.
-Pero, continuó, referidme más extensamente el
-caso de esta joven, á fin de ver mejor lo que yo
-pueda hacer por ella”.</p>
-
-<p>Lucía se sonrojó y bajó la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Debéis saber, reverenda madre... empezaba
-á decir Inés; mas el guardián con una mirada le
-cortó la palabra, y repuso: “Esta joven, ilustrísima
-señora, me ha sido recomendada, según he dicho,
-por uno de nuestros hermanos. Ella se ha
-visto obligada á salir de su pueblo natal para sustraerse
-á graves peligros, y necesita por algún
-tiempo de un asilo en el cual pueda vivir desconocida,
-y en donde nadie se atreva á venir á turbarla.
-Cuando así...”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué peligros son ésos? interrumpió <em>la señora</em>.
-Por favor, padre guardián, no me digáis las
-cosas de un modo tan enigmático; ya sabéis que
-á nosotras las monjas nos gusta siempre saberlo
-todo minuciosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Son peligros, replicó el guardián, que apenas<span class="pagenum" id="Page_232">[Pg 232]</span>
-deben indicarse ligeramente á los castísimos oídos
-de la reverenda madre...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ciertamente, dijo con prontitud <em>la señora</em>,
-ruborizándose algún tanto. ¿Era acaso pudor?
-El que hubiese observado la rápida expresión de
-despecho que acompañaba aquel rubor, hubiera
-podido dudar de él, tanto más, si lo hubiese comparado
-con el que, de cuando en cuando, se esparcía
-por las mejillas de Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;Bastará decir, prosiguió el guardián, que un
-caballero <em>prepotente</em>... (no todos los grandes de
-la tierra se sirven de los dones de Dios para gloria
-suya y en favor del prójimo, como lo hace
-vuestra señora ilustrísima); un caballero <em>prepotente</em>,
-después de haber perseguido con indignas lisonjas
-por algún tiempo á esta joven, viendo que
-eran inútiles, ha tenido valor de perseguirla abiertamente
-y con violencia, de modo que la infeliz
-se ha visto reducida á huir de su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Acercaos, joven, dijo <em>la señora</em> á Lucía, haciéndole
-una seña. Sé que el padre guardián es persona
-verídica; pero nadie puede estar mejor informada
-que vos en este negocio. Vos sois la única
-que podéis decir si el tal caballero es un perseguidor,
-y Lucía obedeció súbitamente. Una pregunta
-sobre semejante materia, aunque hubiese
-sido hecha por una persona de igual clase que la
-suya, la hubiera embarazado algo; proferida por
-aquella señora, con cierto aire de duda maligna,<span class="pagenum" id="Page_233">[Pg 233]</span>
-le quitó todo el valor para contestar. “Señora...
-reverenda madre”... balbuceó, y no daba indicios
-de decir más. En esto, Inés se creyó autorizada
-para ir á su auxilio, como la que después de
-ella era ciertamente la que estaba mejor informada.&mdash;Ilustrísima
-señora, dijo; yo puedo dar fe de
-que mi hija, que está aquí presente, odiaba á
-aquel caballero, como el diablo al agua bendita;
-quiero decir, el diablo era él; mas espero me perdonaréis
-si hablo mal, porque nosotros somos gente
-á la buena de Dios. El hecho es, que esta pobre
-muchacha estaba prometida á un joven de
-nuestra clase, muy temeroso de Dios y bien establecido;
-y si el señor cura hubiese sido un poco
-más hombre de lo que... vamos, yo me entiendo...
-sé que hablo de un religioso; mas el padre
-Cristóbal, amigo del padre guardián, y religioso
-á la par que él, es una persona sumamente
-caritativa, y si estuviera aquí, podría atestiguar...</p>
-
-<p>&mdash;Estáis muy pronta á responder sin ser preguntada,
-interrumpió la señora con un aire tan
-altanero é iracundo, que casi la hizo aparecer deforme:
-Guardad silencio; ya sé yo que los padres
-tienen siempre una respuesta que dar en nombre
-de los hijos.</p>
-
-<p>Inés, sobremanera mortificada, echó á Lucía
-una mirada que significaba: mira lo que me sucede
-por ser tú tan apocada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_234">[Pg 234]</span></p>
-
-<p>El guardián hacía señas á la joven, mirándola
-y moviendo la cabeza, para hacerla entender que
-aquél era el momento de arrojar la pereza y de
-no dejar mal á la pobre madre.</p>
-
-<p>&mdash;Reverenda señora, dijo Lucía, cuanto ha dicho
-mi madre es la pura verdad. El joven que me obsequiaba,
-y al decir esto se sonrojó extraordinariamente,
-le escogí voluntariamente. Perdonad si
-me atrevo á hablar así, pero lo hago para que no
-forméis mal concepto de mi madre. En cuanto á
-aquel caballero (que Dios lo perdone), preferiría
-morir más bien, antes que caer en sus manos. Si
-vos nos dispensáis la caridad de ponernos en seguridad,
-ya que nos vemos reducidas al extremo
-de pedir un asilo y de incomodar á las gentes honradas
-(hágase, sin embargo, la voluntad de Dios),
-estad cierta, señora, que nadie podrá rogar, por
-vos más de corazón que nosotras, pobres mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;Os creo, dijo la señora con dulce acento; pero
-tendré un placer en oiros á vos sola; no porque
-tenga necesidad de otras aclaraciones ni de
-otros motivos para servir al padre guardián, añadió
-repentinamente volviéndose hacia él, con una
-estudiada complacencia. Asimismo, prosiguió, ya
-lo he pensado, y he aquí hasta ahora lo que me
-parece que se podrá hacer mejor. La portera del
-monasterio ha casado hace pocos días á su última
-hija: estas mujeres podrán ocupar la habitación
-que aquélla ha dejado, y suplir los pequeños servicios<span class="pagenum" id="Page_235">[Pg 235]</span>
-que hacía. Verdaderamente... y aquí hizo
-seña al padre guardián de que se acercase á la
-reja, y continuó en voz baja: verdaderamente,
-atendida la escasez del año, no se pensaba en
-reemplazar á aquella joven; mas yo hablaré á la
-madre abadesa, y una palabra mía... sobre el
-deseo del padre guardián... en fin, doy la cosa
-por hecha.</p>
-
-<p>El guardián empezaba á dar gracias; mas la señora
-le interrumpió: no hay necesidad de tantas
-ceremonias; yo también, en un caso igual, en una
-necesidad, sabré recurrir á los padres capuchinos...
-Al fin, continuó con una sonrisa en la
-cual se traslucía un no sé qué de irónico y amargo;
-al fin, ¿no somos nosotros hermanos y hermanas?</p>
-
-<p>Dicho esto llamó á una hermana lega (dos de
-las cuales estaban por una singular distinción destinadas
-á su servicio particular), y le ordenó que
-advirtiese de todo á la abadesa, y tomase luego
-las medidas oportunas con la portera y con Inés.
-Despachó á ésta, despidió al guardián, y retuvo á
-Lucía. El guardián acompañó á Inés hasta la
-puerta, dándola nuevas instrucciones, y se fué á
-preparar la carta en la que debía dar cuenta de
-todo á su amigo Cristóbal. “Esa señora es muy
-aturdida, pensaba entre sí mientras caminaba; pero
-por otro lado muy curiosa; mas sabiendo entender
-su flaco, se le obliga á hacer todo lo que<span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span>
-se quiere. Mi buen Cristóbal no esperará ciertamente
-que le haya servido tan bien y tan pronto.
-¡Qué hombre tan de bien! No hay remedio; es indispensable
-que se meta siempre en alguna intriga;
-pero lo hace para bien. Es una fortuna para
-él que esta vez haya encontrado un amigo, el cual
-sin tanto estrépito, sin tanto aparato y sin tantos
-trabajos, haya conducido el negocio á buen puerto,
-en un abrir y cerrar de ojos. Mi amigo Cristóbal
-quedará satisfecho, y comprenderá al fin,
-que nosotros también somos buenos para algo”.</p>
-
-<p>La señora, que en presencia de un capuchino
-de edad provecta había estudiado sus movimientos
-y sus palabras, quedando después sola con una
-joven aldeana sin experiencia, no pensaba en contenerse
-tanto; y sus discursos llegaron á ser poco
-á poco tan extravagantes, que en vez de referirlos,
-creemos más oportuno el contar sucintamente
-la historia precedente de esa mujer infortunada;
-pero sólo lo haremos de lo que es absolutamente
-indispensable para explicar lo que en ella
-hemos notado de misterioso y extraordinario, y
-para hacer comprender los motivos de su conducta
-en los hechos que luego referiremos.</p>
-
-<p>Era la hija menor del príncipe ***, poderoso
-caballero milanés, que podía contarse entre los
-más opulentos de la ciudad. Mas la alta opinión
-que tenía de su título, le hacía aparecer sus recursos
-apenas suficientes y aun escasos para sostener<span class="pagenum" id="Page_237">[Pg 237]</span>
-su decoro; y todo su cuidado era conservarlo,
-á lo menos en cuanto dependía de él, con el
-objeto de que viniesen á recaer á una sola mano.
-La historia no dice expresamente cuántos hijos tenía;
-sólo da á entender, que había destinado al
-claustro todos los segundogénitos de uno y otro
-sexo, para dejar intacta su fortuna al primogénito,
-destinado á conservar la familia, á procrear hijos
-para atormentarse y atormentarlos como su
-padre. Nuestra infortunada estaba aún en las entrañas
-de su madre, cuando su suerte se veía ya
-fijada irrevocablemente. Quedaba tan sólo decidir
-si sería religioso ó religiosa; decisión por la cual
-era necesario, no su consentimiento, sino su presencia.
-Cuando vino al mundo, el príncipe su padre,
-queriendo darla un nombre que revelase inmediatamente
-la idea del claustro, y que hubiese
-sido llevado por una santa de encumbrada jerarquía,
-se la puso por nombre Gertrudis. Muñecas,
-vestidas de monjas, fueron los primeros juguetes
-que se le pusieron entre manos; después estampitas
-que representaban monjas, cuyos regalos
-iban siempre acompañados de grandes recomendaciones
-para que los trataran bien, como cosa
-preciosa, y siempre con la siguiente interrogación
-afirmativa: es hermoso, ¿eh? Cuando el príncipe,
-la princesa, ó el pequeño príncipe, el solo hijo varón
-que había sido criado en la casa, querían alabar
-la buena figura de la niña, parecía que no encontraban<span class="pagenum" id="Page_238">[Pg 238]</span>
-modo de expresar bien su idea, sino por
-medio de estas palabras: “¡Qué madre abadesa tan
-hermosa!”. Sin embargo, nadie le dijo jamás directamente:
-“Tú debes hacerte monja”. Ésta era una
-idea sobreentendida y tocada como por incidencia
-en todas las conversaciones que miraban á su
-porvenir. Si alguna vez la pequeña Gertrudis se
-abandonaba á algún pequeño movimiento de impaciencia
-ó altanería, al cual su índole la arrastraba
-muy fácilmente, “Eres una chiquilla, se le
-decía: estas maneras no te convienen; cuando seas
-madre abadesa, entonces tratarás las gentes á la
-baqueta, y lo revolverás todo de arriba abajo”.
-Otras veces el príncipe, reprendiéndola ciertas
-maneras demasiado libres y familiares, á las cuales
-ella se abandonaba también con igual facilidad,
-“¡Eh! ¡eh! le decía; éstos no son los ademanes
-de una persona de tu rango: si quieres que un día
-se te respete como es debido, aprende con anticipación
-á ser más reservada; acuérdate que debes
-ser, en todas las cosas, la primera del convento;
-porque la sangre se lleva por todas partes
-adonde uno va”.</p>
-
-<p>Todas las conversaciones estampaban en el cerebro
-de la niña la idea implícita que ella debía
-ser religiosa; mas las que venían de su padre, producían
-más efecto que todas las demás juntas. El
-continente del príncipe era habitualmente el de
-un amo austero; mas cuando se trataba del futuro<span class="pagenum" id="Page_239">[Pg 239]</span>
-estado de sus hijos, se traslucía en su rostro y
-en todas sus palabras una fijeza de resolución,
-una recelosa envidia de mando que imprimía el
-sentimiento de una fatal necesidad.</p>
-
-<p>Á los seis años, Gertrudis fué colocada para su
-educación, y para prepararla á la vocación que se
-le había impuesto, en el convento en que la hemos
-visto. La elección del lugar no fué sin designio.
-El buen conductor de las dos mujeres ha dicho
-que el padre de la señora ocupaba en Monza
-el primer lugar. Añadiendo este testimonio, cualquiera
-que sea su valor, con algunas otras indicaciones
-que el anónimo deja escapar aturdidamente
-por unas partes y otras, nosotros podemos
-fácilmente dar por hecho que aquél era el señor
-feudal de dicho país. Fuese lo que fuese, él gozaba
-allí de una autoridad grandísima; y pensó que
-en aquel paraje, mejor que en otro alguno, su hija
-sería tratada con aquella distinción y miramientos
-que podrían seducirla y dirigirla á elegir aquel
-convento para su perpetua morada. No se engañaba:
-la abadesa y algunas otras religiosas intrigantes
-que tenían, como se suele decir, la sartén por
-el mango, se alegraron al ver que se les ofrecía
-un apoyo tan útil en todas circunstancias y tan
-honroso en todos los momentos; aceptaron la proposición
-con expresiones de reconocimiento, y correspondieron
-á las intenciones que el príncipe había
-dejado traslucir sobre la colocación estable de<span class="pagenum" id="Page_240">[Pg 240]</span>
-la hija, intenciones que por otra parte estaban
-muy de acuerdo con sus intereses.</p>
-
-<p>Apenas hubo entrado Gertrudis en el convento,
-fué llamada por antonomasia la <em>señorita</em>; se la
-dió el primer puesto en la mesa y en el dormitorio;
-su conducta servía como modelo á sus compañeras;
-se la prodigaban caricias sin fin, pero
-éstas sazonadas con esa familiaridad un poco respetuosa
-que tanto agrada á los niños, cuando la
-encuentran en aquellos que tratan á los demás
-con un tono habitual de superioridad. Esto no
-quería decir que todas las monjas estuviesen conjuradas
-para hacer caer á la pobre joven en el lazo;
-había muchas sencillas y ajenas á toda especie
-de intrigas, á quienes la idea de sacrificar una
-hija á miras interesadas inspiraba horror; pero
-éstas, enteramente aplicadas á sus ocupaciones
-particulares, unas no se apercibían bien de aquellos
-manejos, otras no distinguían lo que tenían
-de malo; algunas se abstenían de hacer un escrupuloso
-examen, y otras también guardaban silencio
-por no escandalizar inútilmente. Alguna, por
-último, acordándose de haber sido con semejantes
-artificios conducida á aquello de lo cual estaba
-ya arrepentida, se compadecía de la pobrecilla
-inocente, y se consolaba haciéndola tiernas y
-melancólicas caricias; mas ella estaba bien lejos
-de sospechar que allí se ocultase algún misterio,
-y el negocio seguía su camino. Habría caminado<span class="pagenum" id="Page_241">[Pg 241]</span>
-hasta el fin, si Gertrudis hubiera sido la única niña
-en aquel monasterio. Mas entre sus compañeras
-de educación, había algunas que no ignoraban
-que ellas estaban destinadas á casarse. La pequeña
-Gertrudis, nutrida con la idea de su superioridad,
-hablaba pomposamente de sus destinos futuros
-de abadesa, de princesa del monasterio; quería
-á todo trance para todas las demás ser un
-objeto de envidia, y veía con admiración y con despecho
-que algunas de ellas no hacían ningún caso.
-Á las imágenes majestuosas, pero frías y circunscritas,
-que puede suministrar la primacía en un
-convento, aquéllas oponían las imágenes variadas
-y brillantes del mundo, de bodas, de banquetes,
-de bailes, de festines, de partidas de campo, de
-magníficos trajes, de carrozas. Estas imágenes
-causaron en el cerebro de Gertrudis aquel movimiento,
-aquella efervescencia que produciría un
-gran canastillo de flores cogidas recientemente,
-colocado delante de un enjambre de abejas. Los
-padres y los maestros habían cultivado y aumentado
-en ella la natural vanidad para hacerla amar
-el claustro; mas cuando esta pasión fué excitada
-por ideas tanto más homogéneas para ella, se lanzó
-con un ardor mucho más vivo cuanto que era
-muy espontáneo. Para no quedar debajo de sus
-compañeras, y para condescender al mismo tiempo
-con su nuevo genio, respondía que al fin de la
-jornada nadie podría ponerse el velo sobre la cabeza<span class="pagenum" id="Page_242">[Pg 242]</span>
-sin su consentimiento; que también ella podía
-casarse, habitar un palacio y gozar de las delicias
-del mundo, mejor que todas las demás; que
-lo podía con tal que lo quisiese, que lo quería, y
-ella lo quería en efecto. La idea de la necesidad
-de su consentimiento, que hasta entonces había
-permanecido como desapercibida y amortiguada
-en un ángulo de su mente, se desenvolvió y se
-mostró con toda su importancia. Ella la llamaba
-á cada momento en su auxilio, para gozarse tranquilamente
-con las imágenes de un porvenir agradable.
-Sin embargo, dentro de esa idea siempre
-aparecía infaliblemente otra, á saber, que aquel
-consentimiento trataba de negarlo al príncipe su
-padre, el cual tenía ya ó manifestaba tenerlo por
-dado; y á este pensamiento, el ánimo de la hija
-estaba bien lejos de gozar de la seguridad que ostentaban
-sus palabras. Se comparaba entonces á
-sus compañeras, que estaban de otro muy diverso,
-seguras de su porvenir, y experimentaba así
-la envidia que desde un principio había querido
-inspirarlas. Envidiándolas, aborrecía; algunas veces
-su odio se exhalaba en desprecios, en burlas,
-en palabras picantes; otras, la uniformidad de las
-inclinaciones y de las esperanzas la apaciguaba y
-hacía nacer una intimidad aparente y pasajera;
-otras veces, queriendo gozar entretanto de alguna
-cosa real y presente, se complacía con las preferencias
-que la dispensaban, y hacía sentir su<span class="pagenum" id="Page_243">[Pg 243]</span>
-superioridad á las demás; otras, finalmente, no pudiendo
-tolerar la soledad de sus temores y deseos,
-iba llena de bondad á buscarlas, casi para implorar
-benevolencia, consejos, valor. En medio de
-estas deplorables luchas consigo misma y con las
-demás, había pasado la infancia y entraba en esa
-edad tan crítica, en la cual parece que se introduce
-en el alma una especie de misterioso poder
-que excita, embellece, vigoriza todas las inclinaciones,
-todas las ideas, y alguna vez las trasforma
-ó las hace tomar un curso imprevisto. Lo que
-Gertrudis hasta entonces había visto con placer
-más distintamente en aquellos sueños del porvenir,
-era el esplendor y la pompa eterna; un cierto
-no sé qué de muelle y afectuoso que desde un
-principio se había difundido ligeramente y estaba
-envuelto en la oscuridad, comenzó luego á desplegarse
-y á sobresalir en su fantasía. En la parte
-mas recóndita de su espíritu se formaba una
-especie de retiro; allí se refugiaba contra los objetos
-presentes, acogía ciertos personajes caprichosamente,
-compuestos de confusos recuerdos de
-la infancia, de lo poco que podía entrever del
-mundo exterior, de las ideas que le habían revelado
-los discursos de sus compañeras; conversaba
-á solas con ellas, las hablaba y contestaba en su
-nombre; daba órdenes y recibía homenajes de todas
-clases. De cuando en cuando los pensamientos
-de religión venían á turbar aquellas brillantes<span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span>
-y cansadas fiestas; pero la religión, tal como se la
-habían enseñado á nuestra infortunada niña, y
-como ella la había comprendido, lejos de proscribir
-el orgullo, lo santificaba y lo proponía como
-un medio de obtener la felicidad terrestre. Privada
-de este modo de su esencia, no era ya la religión,
-sino un vano fantasma como los demás. En
-los intervalos, en los cuales ese fantasma ocupaba
-el primer lugar y tomaba colosales dimensiones
-en la imaginación de Gertrudis, la infeliz,
-abrumada de ciertos temores y comprimida por
-una confusa idea de deberes, se imaginaba que su
-repugnancia al claustro y la resistencia á las insinuaciones
-de sus mayores acerca de la elección
-de estado, era un crimen, prometiendo en su interior
-expiarlo, encerrándose voluntariamente en
-el claustro.</p>
-
-<p>Era de ley que una joven no podía ser admitida
-religiosa, sin haber sido examinada antes por
-un eclesiástico, llamado el vicario de las monjas,
-ó de otro delegado al efecto, á fin de que constase
-que obraba libre y espontáneamente, y dicho
-examen no podía tener lugar sino un año después
-de haber expuesto aquélla su deseo al vicario por
-medio de una súplica por escrito. Las religiosas
-que habían tomado el triste encargo de hacer que
-Gertrudis se obligase para siempre con el menor
-conocimiento posible acerca de lo que hacía, escogieron
-uno de los momentos que hemos descrito,<span class="pagenum" id="Page_245">[Pg 245]</span>
-para hacerla copiar y firmar semejante súplica.
-Á fin de inducirla mas fácilmente á ello, no
-dejaron de decirla y repetirla que finalmente no
-era más que una mera formalidad, la cual (y esto
-era cierto), no podía tener efecto sino por otros
-actos posteriores que dependían de su voluntad.
-Con todo eso, la súplica no había acaso llegado
-aún á su destino, cuando Gertrudis estaba ya arrepentida
-de haberla firmado. Se arrepentía de
-su ligereza, pasando así los días y los meses en
-una incesante lucha de opuestos sentimientos. Tuvo
-largo tiempo oculto á sus compañeras aquel
-paso, ya por temor de manifestar sus contradicciones,
-ya por vergüenza de publicarlas. El deseo
-de aliviar su corazón y de encontrar consejos y
-valor, venció por último. Había también otra ley,
-por la que una joven no podía ser admitida al
-examen de la vocación, sino después de haber vivido
-á lo menos por espacio de un mes, fuera del
-monasterio donde había sido educada. El año que
-debía seguirse á la súplica había ya trascurrido,
-y Gertrudis fué advertida que dentro de poco se
-la sacaría del monasterio y sería conducida á la
-casa paterna para permanecer el expresado mes, y
-dar todos los pasos necesarios al cumplimiento de
-la obra, que de hecho había ya empezado. El
-príncipe y el resto de la familia, miraban ya el
-negocio como una cosa segura y concluida; mas la
-joven tenia otro proyecto: en vez de dar los demás<span class="pagenum" id="Page_246">[Pg 246]</span>
-pasos, pensaba en el modo de hacer retroceder
-el primero. En tales angustias, trató de abrir
-su corazón á una de sus compañeras, muy franca
-y dispuesta siempre á dar consejos resueltos. Ésta
-sugirió á Gertrudis la idea de informar á su
-padre por medio de una carta, acerca de su nueva
-resolución, ya que no tenía el suficiente ánimo
-para lanzar en su cara un <em>no quiero</em>. Y porque los
-pareceres gratuitos son muy raros en este mundo,
-la consejera hizo pagar éste á Gertrudis, haciendo
-burla de su apocamiento. La carta fué arreglada
-entre cuatro ó cinco confidentes, escrita de
-oculto, y recapitulada con muchos y estudiados
-artificios. Gertrudis estaba con grande ansiedad,
-esperando una contestación que no vino, á no ser
-que algunos días después la abadesa la hizo ir á
-su celda, y con aire de misterio, de disgusto y
-compasión, le indicó, de una manera ambigua, la
-gran cólera del príncipe, acerca de una falta que
-ella había cometido, dándola á entender, sin embargo,
-que portándose bien, podía esperar que
-todo sería olvidado. La joven lo entendió, y no
-se atrevió á preguntar más.</p>
-
-<p>Finalmente, llegó el día temido y deseado.
-Aunque Gertrudis supiese que iba á combatir, sin
-embargo, el salir del monasterio, el dejar aquellas
-paredes entre las cuales había permanecido encerrada
-por espacio de ocho años, el recorrer en
-carroza por la amena y verde campiña, el volver<span class="pagenum" id="Page_247">[Pg 247]</span>
-á ver la ciudad, la casa, fueron sensaciones llenas
-de una alegría tumultuosa. Respecto de la lucha,
-la infeliz, con la dirección de aquellas confidentes,
-había ya tomado sus medidas. “Ó me querrán obligar,
-pensaba, y yo me mantendré firme; seré humilde,
-respetuosa, pero no accederé; no se trata
-más que de no decir otro sí, y no lo diré. Ó lo
-tomarán por buenas, y entonces seré más buena
-que ellos; lloraré, suplicaré, los moveré á compasión;
-en fin, no pretendo otra cosa más que el no
-ser sacrificada”. Pero como sucede siempre con semejantes
-previsiones, no aconteció ni una cosa ni
-otra. Los días pasaban sin que su padre ni nadie
-le hablase de la súplica ni de la retractación, sin
-que se le hiciese ninguna proposición, ni con caricias
-ni con amenazas. Los padres estaban serios,
-tristes, duros con ella, sin decir nunca el porqué.
-Se comprendía solamente que la miraban como
-una culpable, como una persona indigna. Un misterioso
-anatema parecía pesar sobre ella y que la
-segregaba de la familia, dejándola únicamente
-que se reuniese á ella, el tiempo necesario para
-hacerla sentir su sujeción. Rara vez, y sólo á ciertas
-horas establecidas, era admitida á la compañía
-de sus padres y del primogénito. Entre los
-tres parecía que reinaba una gran confianza, la
-cual hacía más sensible y más doloroso el abandono
-en el cual dejaban á Gertrudis. Nadie le
-dirigía la palabra, y cuando se arriesgaba tímidamente<span class="pagenum" id="Page_248">[Pg 248]</span>
-á decir alguna cosa que no fuese necesario,
-ó no se hacía caso, ó no llegaba á obtener
-más que una respuesta acompañada de una mirada
-desdeñosa. Mas si no pudiendo sufrir un trato
-tan humillante y amargo, insistía y procuraba familiarizarse;
-si imploraba un poco de cariño, oía
-al mismo tiempo lanzar alguna palabra indirecta,
-pero clara acerca de la elección de estado. Se le
-hacía entender de una manera encubierta que éste
-era el medio mejor para reconquistar el afecto
-de la familia. Entonces Gertrudis, que no lo hubiera
-querido á semejante precio, veíase obligada
-á retroceder, á rehusar las primeras señales de
-benevolencia que tanto había deseado, á volver á
-tomar su misma posición de excomulgada; y para
-colmo de desdichas, con una cierta apariencia de
-maldad.</p>
-
-<p>Tales sensaciones de objetos presentes, hacían
-un doloroso contraste con aquellas risueñas visiones
-de las cuales Gertrudis tanto se había ocupado
-ya, y se ocupaba todavía en lo más recóndito
-de su corazón. Había esperado que en la espléndida
-y tan frecuentada casa de su padre, podría
-á lo menos gozar alguna cosa real de lo que había
-imaginado; mas se encontró del todo engañada.
-La clausura era estrecha como en el monasterio;
-no se hablaba jamás de paseos ni de diversiones,
-y una galería que daba de la casa á una
-iglesia contigua, quitaba hasta la ocasión de poner<span class="pagenum" id="Page_249">[Pg 249]</span>
-el pie en la calle. La sociedad era más triste,
-poco numerosa y menos variada que en el monasterio.
-Al menor anuncio de una visita, Gertrudis
-debía salir y retirarse á su estancia, para encerrarse
-con algunas antiguas criadas de la casa, con
-las cuales también comía todas las veces que había
-convites. Los servidores se uniformaban en
-las palabras y maneras, al ejemplo y á la intención
-de sus dueños; y Gertrudis, que por inclinación
-los hubiera tratado familiarmente y con ínfulas
-de señora, y que en el estado en el cual se
-encontraba hubiera recibido como un favor la menor
-señal de benevolencia, se bajaba hasta mendigarlas,
-no ganando más que un poco de humillación
-al verse correspondida con una indiferencia
-manifiesta, aunque acompañada de un ligero
-obsequio de formalidad. Sin embargo, ella percibió
-que á diferencia de los demás, un paje la trataba
-respetuosamente, y sentía por ella una compasión
-de un género particular. El continente de
-aquel joven era lo que Gertrudis había visto hasta
-entonces de más semejante al orden de cosas
-tan contemplado en su imaginación, pareciéndose
-en el aire y maneras á sus criaturas ideales. Poco
-á poco se descubrió en las maneras de la joven
-niña un cierto no sé qué de nuevo y extraordinario;
-una calma é inquietud distinta de la que solía;
-el aire de una persona que ha encontrado una
-cosa que le ocupa, que querría mirar á cada momento<span class="pagenum" id="Page_250">[Pg 250]</span>
-y no dejarla ver á los demás. Se la vigiló
-más que nunca, tanto que una mañana temprano
-fué sorprendida por una de las sirvientas que hemos
-citado, mientras estaba doblando á escondidas
-una carta, sobre la cual hubiera obrado mucho
-mejor no escribiendo nada. Después de un
-corto debate, la carta quedó en manos de la sirvienta,
-y de ésta pasó á las del príncipe.</p>
-
-<p>El terror de Gertrudis al rumor de los pasos
-de aquél, no se puede describir ni imaginar. En
-efecto, era su padre, estaba irritado, y ella se sentía
-culpable. Mas cuando lo vió aparecer con
-aquel ceño, con aquella fatal carta en la mano,
-hubiera querido estar cien brazas bajo de tierra.
-Las palabras no fueron muchas, pero sí terribles.
-No se le imponía más pena por el momento, que
-permanecer encerrada en la misma estancia, bajo
-la custodia de la mujer que había hecho el descubrimiento;
-mas esto no era más que un preludio,
-no más que una precaución del momento: se
-prometía, se dejaba entrever á su imaginación como
-una cosa vaga, un castigo futuro, misterioso,
-indeterminado, y sobre todo, más espantoso.</p>
-
-<p>El paje fué echado violentamente como era natural,
-y se le amenazó también con una corrección
-terrible si osaba hablar jamás lo mas mínimo
-respecto de lo sucedido. Al hacerle esta intimación,
-el príncipe le aplicó dos solemnes bofetones,
-para asociar á aquella aventura un recuerdo que<span class="pagenum" id="Page_251">[Pg 251]</span>
-pudiese quitar al joven toda tentativa de vanagloriarse
-de ella. Un pretexto cualquiera para cohonestar
-la despedida del paje, no era difícil de
-hallar; en cuanto á la hija, se dijo que estaba enferma.</p>
-
-<p>Ésta quedó con el corazón alterado, con la vergüenza,
-con el remordimiento, con el temor del
-porvenir, y con la sola compañía de aquella mujer
-á quien odiaba, como el testimonio de su culpa
-y la causa de su desgracia. Ésta detestaba también
-á su vez á Gertrudis, por la cual se hallaba
-reducida, sin saber por qué tiempo, á la enojosa
-vida de carcelera, habiendo llegado á ser para
-siempre depositaria de un peligroso secreto.</p>
-
-<p>El primer tumulto de aquellos confusos sentimientos
-se apaciguó poco á poco; mas cada uno
-de éstos, asaltando á su vez el espíritu, crecía
-y se encerraba allí para atormentarla más distintamente
-y á su placer. ¿Qué podía ser aquel
-castigo con el cual se la había amenazado tan
-enigmáticamente? Muchas extrañas y variadas
-ideas se agolpaban á la imaginación ardiente y sin
-experiencia de Gertrudis. Lo que parecía más
-probable era el volver á ser conducida al monasterio
-de Monza, aparecer no ya como la <em>señorita</em>,
-sino como una culpable, y permanecer encerrada,
-¡quién sabe hasta cuándo, y cómo la tratarían! El
-temor de la vergüenza era quizás lo que había
-de más doloroso para ella en aquel porvenir lleno<span class="pagenum" id="Page_252">[Pg 252]</span>
-de aflicción. Las frases, las palabras, hasta
-las comas de aquel malhadado papel, pasaban y
-repasaban en su memoria; se le aparecían leídas,
-pesadas por un lector tan imprevisto, tan diferente
-de aquél para quien estaban destinadas: imaginábase
-que hubieran podido caer en poder de
-la madre ó de su hermano. La imagen de aquél
-que había sido la causa primera de todo el escándalo,
-no dejaba de atormentarla constantemente:
-no es preciso decir qué extraña figura hacía este
-fantasma entre los otros, tan diferentes, tan fríos,
-tan amenazadores. Ella no se detenía tampoco
-largo tiempo ni con placer sobre esos sueños tan
-dulces y tan brillantes; estaban muy en oposición
-con su estado y con todas las probabilidades de
-su porvenir. El único castillo en que Gertrudis
-podía figurarse hallar un refugio tranquilo y honroso,
-y que nada tuviese de fantástico era el convento,
-cuando ella se hubiese resuelto á vivir en
-él para siempre. Tal resolución habría cambiado
-su situación.</p>
-
-<p>Al cabo de cuatro ó cinco días que le parecieron
-eternos, una mañana, Gertrudis, indignada por
-el trato de su carcelera, se colocó en un rincón de
-su cuarto y ocultando su rostro con las manos estuvo
-largo tiempo entregada á un exceso de cólera.
-Ella tenía necesidad de ver otros semblantes,
-de oir otros acentos y de que se la tratase de otro
-modo. Pensó en su padre, en su familia, sin atreverse<span class="pagenum" id="Page_253">[Pg 253]</span>
-á permanecer en esa idea. Pero se acordó
-que de ella dependía que fuesen éstos sus amigos
-más sinceros, y la alegría volvió á pintarse en su
-semblante. Se levantó, dirigióse á una mesita, tomó
-la pluma y escribió una carta fatal, pero llena
-de entusiasmo, de afección y de esperanza, implorando
-el perdón, decidida y pronta á hacer
-cuanto se le indicase por el que había de otorgarle
-su demanda.</p>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_254">[Pg 254]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DÉCIMO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Hay momentos en que el alma, y en particular
-la de los jóvenes, está dispuesta de modo que basta
-un poco de interés para lograr todo lo que tiene
-apariencias de virtud y de sacrificio; como una
-flor apenas entreabierta que descansa muellemente
-sobre su cáliz, pronta á abandonar sus perfumes
-al simple cefirillo que la acaricia con su soplo.
-Estos momentos que debían contemplarse
-con tímido respeto, son precisamente los que la
-astucia interesada espía atentamente para encadenar
-la voluntad de la víctima.</p>
-
-<p>Á la lectura de la carta en cuestión, el príncipe
-halló también la puerta abierta á sus antiguos
-propósitos. Envió á decir á Gertrudis que se presentase.
-Gertrudis compareció ante él, sin atreverse
-á levantar los ojos, se echó á los pies de su<span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span>
-padre y apenas pudo balbucear <em>perdón</em>. Éste le
-hizo señal para que se levantase, pero con una
-voz á propósito para tranquilizarla, le dijo: “No
-basta pedir, ni desear el perdón para obtenerlo,
-es necesario merecerlo”. Gertrudis con mucha timidez
-pidió la explicación de aquellas palabras y
-lo que debía hacer en consecuencia. Él continuó
-diciendo que... “á pesar de lo ocurrido... en
-el caso en que... hubiera sido con la intención
-de establecerse en el mundo, ella había contraído
-un lazo indisoluble y había creado un obstáculo
-invencible. Hombre de honor como era, jamás se
-habría atrevido á presentarla á ningún caballero
-después de tales antecedentes”. La infeliz, oyendo
-á su padre, estaba en el estado más triste que pueda
-imaginarse. Entonces el príncipe, dulcificando
-gradualmente la voz, añadió que sin embargo,
-para toda falta habría misericordia; que la suya
-era de aquéllas cuyo remedio estaba indicado ya;
-que ella debía ver en aquel triste accidente un
-aviso del cielo respecto á que la vida del siglo estaba
-rodeada de escollos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, sí! exclamó Gertrudis, preocupada por el
-temor y la vergüenza.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente, lo has comprendido muy bien,
-respondió el príncipe. En hora buena; no hablemos
-más de lo pasado: todo está olvidado ya. Esto diciendo,
-tocó una campanilla y dijo al lacayo que
-entró: llama á la princesa y al príncipe mi hijo inmediatamente;<span class="pagenum" id="Page_256">[Pg 256]</span>
-y dirigiéndose á Gertrudis, continuó:
-quiero participarles mi alegría; quiero que
-todos empiecen á trataros como merecéis.</p>
-
-<p>Á estas palabras Gertrudis quedóse como atónita.
-No podía comprender que en el sí que acababa
-de pronunciar, se encerrase tanta virtud.</p>
-
-<p>La princesa y el príncipe no se hicieron aguardar
-mucho tiempo. Cuando vieron á Gertrudis, la
-miraron con cierto aire de desdén; pero el príncipe
-con un aire jovial y tierno, les dijo: la oveja
-vuelve al aprisco, y espero que ésta sea la última
-palabra que se diga sobre el asunto.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, muy bien, exclamaron á la par
-madre é hijo. Entonces el príncipe habló de las
-distinciones que Gertrudis habría de tener en el
-convento y en el país. La princesa renovaba á cada
-instante las felicitaciones más halagüeñas á
-Gertrudis.</p>
-
-<p>&mdash;Es necesario señalar el día en que hemos de
-ir á Monza á preguntar por la abadesa, dijo el
-príncipe. ¡Cómo se ha de alegrar ella! ¡oh! todo
-el convento sabrá apreciar el honor que Gertrudis
-le hace. Y, ¿por qué no hemos de ir hoy?
-añadió: Gertrudis tomará con mucho gusto el
-aire.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, dijo la princesa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero... dijo tímidamente Gertrudis.</p>
-
-<p>&mdash;Poco á poco, que Gertrudis se decida. Puede
-que hoy no se sienta con fuerzas suficientes;<span class="pagenum" id="Page_257">[Pg 257]</span>
-ella querrá mejor ir mañana. ¿Quieres que vayamos
-hoy ó mañana?</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, respondió débilmente Gertrudis,
-que creía ganar mucho con ganar tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, dijo solemnemente el príncipe. Ella
-ha decidido que irá mañana. El príncipe fué en
-casa del vicario y las religiosas para pedirles un
-día para el examen.</p>
-
-<p>En el resto del día Gertrudis no tuvo dos minutos
-de sosiego. No hubo medio; las ocupaciones
-se sucedían sin interrupción, y parecían encadenadas
-unas con otras.</p>
-
-<p>Gertrudis fué saludada por todos como la <i lang="it" xml:lang="it">sposina</i><a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>,
-cada una de sus respuestas se estimaba
-como una confirmación en el propósito de profesar.
-Cuando acabaron de comer, se dispuso un
-paseo, y Gertrudis subió en el coche con su madre
-y dos tías que la habían acompañado en la
-comida.</p>
-
-<p>Al volver del paseo, los criados, bajando á toda
-prisa con luces, anunciaron que había muchas
-visitas aguardándoles. Se había extendido la noticia
-de la próxima ceremonia, y parientes y amigos
-habían venido á ofrecer sus cumplimientos á
-la víctima.</p>
-
-<p>Cuando se hubieron marchado, y que Gertrudis
-quedó sola con la familia, el príncipe, tomando<span class="pagenum" id="Page_258">[Pg 258]</span>
-la palabra, dijo: “He tenido el gusto, hija mía,
-de verte tratada conforme á tu rango: es necesario
-confesar, que os habéis conducido perfectamente
-en honor de la familia á que pertenecéis”.</p>
-
-<p>El sueño de Gertrudis fué aquella noche penoso
-y agitado; habíanle dado por compañera de
-habitación, en lugar de la carcelera, á una antigua
-criada de la casa que muy de madrugada la despertó
-para que se preparase al viaje á Monza.</p>
-
-<p>&mdash;En pie, en pie, señorita <i lang="it" xml:lang="it">sposina</i>. Ya es de día,
-y para que seáis dispuesta del todo siempre hemos
-de tardar una hora lo menos. La señora princesa
-se levantó cuatro horas antes que de costumbre.
-El joven príncipe bajó y dió las órdenes
-oportunas, después subió y estuvo dispuesto á
-partir inmediatamente. “Vivo es como un diablo”,
-dijo la criada, “más que una ardilla era de listo,
-cuando pequeño, y puedo decirlo, porque desde
-pequeño lo he tenido en mis brazos. Mas cuando
-está pronto, no es necesario hacerle esperar; porque
-si bien es de la mejor pasta del mundo, en
-estos casos se impacienta y alborota. ¡Pobrecillo!
-es preciso compadecerle; es su natural, y además
-esta vez él tiene un poco de razón, porque
-se incomoda por vos. ¡Ay de quien lo irrite en
-estos momentos! no respeta á nadie, á no ser al
-señor príncipe. Mas un día él será el señor príncipe;
-lo más tarde que sea posible, sin embargo.<span class="pagenum" id="Page_259">[Pg 259]</span>
-Vivo, vivo, señorita; ¿por qué me miráis así tan
-encantada? Á estas horas debíais ya estar levantada”.</p>
-
-<p>Á la vista del joven príncipe impaciente, todas
-las demás ideas que se habían agrupado á la despierta
-imaginación de Gertrudis, se disiparon repentinamente
-como una bandada de pájaros á la
-vista del ave de rapiña. Obedeció, se vistió apresuradamente,
-se dejó peinar, y compareció en la
-sala donde estaban reunidos los padres y el hermano.
-Se la hizo sentar en un sillón de brazos y
-le llevaron una jícara de chocolate, lo que era entonces
-lo mismo que el hacer tomar la toga viril
-á los romanos.</p>
-
-<p>Cuando fueron á anunciar que el carruaje estaba
-dispuesto, el príncipe llamó aparte á su hija y
-la dijo: “Vamos, Gertrudis, ayer os habéis hecho
-honor; hoy debéis sobrepujaros á vos misma. Se
-trata de hacer una presentación solemne en el
-monasterio y en el país, donde estáis destinada á
-hacer el principal papel. Os aguardo... (Es inútil
-decir que el príncipe había enviado el día antes
-un mensajero á la abadesa). Os aguardan, y
-todos los ojos estarán fijos sobre vos. Dignidad y
-desenvoltura. La abadesa os preguntará qué es
-lo que queréis: esto es una pura formalidad. Podéis
-responder que deseáis ser admitida á tomar
-el hábito en ese convento, donde habéis sido educada
-tan cariñosamente, donde habéis recibido<span class="pagenum" id="Page_260">[Pg 260]</span>
-tantas finezas, todo lo cual es la pura verdad. Estas
-pocas palabras, decidlas con desembarazo; que
-no tengan que decir que os han sido imbuidas y
-que no sabéis hablar por vos misma. Esas buenas
-madres no saben nada de lo sucedido; éste es un
-secreto que debe quedar sepultado en el seno de
-la familia; por lo tanto, es preciso que vuestro
-semblante no se manifieste triste y confuso, porque
-podría dar lugar á sospechar algo. Haced ver
-de qué sangre salís: sed modesta y cortés; mas
-acordaos que en aquel paraje, á excepción de la
-familia, no habrá nadie que sea superior á vos”.</p>
-
-<p>Sin aguardar respuesta, el príncipe se encaminó
-á la puerta; Gertrudis, la princesa y el joven
-príncipe, lo siguieron; bajaron la escalera y subieron
-al carruaje. Los cuidados y enojos del mundo,
-la vida feliz del claustro, principalmente para
-las jóvenes de nobilísima sangre, fueron el tema
-de la conversación durante el camino. Antes
-de llegar, el príncipe renovó las instrucciones á
-su hija, y la repitió muchas veces la fórmula de
-la respuesta. Al entrar en Monza, Gertrudis sintió
-que se le oprimía el corazón; mas su atención
-fué distraída por un instante por algunos señores
-que hicieron parar la carroza, y la prodigaron algunos
-cumplidos. Habiendo vuelto á continuar su
-camino, se dirigieron más lentamente hacia el monasterio
-al través de las miradas de los curiosos
-que acudían de todas partes al camino. Al pararse<span class="pagenum" id="Page_261">[Pg 261]</span>
-la carroza delante de aquellas paredes, delante
-de aquellas puertas, el corazón de Gertrudis se
-oprimió todavía más. Bajó del carruaje pasando
-al través de dos filas de una multitud inmensa de
-pueblo que los criados hicieron permanecer detrás.
-Todos aquellos ojos clavados sobre la infortunada,
-la obligaban á estudiar continuamente sus
-ademanes; pero lo que más que todo junto la sujetaba,
-era la vista de su padre, hacia el cual, á
-pesar del miedo que ella experimentaba, no podía
-dejar de volver á cada momento la suya. Aquella
-mirada gobernaba sus movimientos y su rostro,
-como por medio de invisibles resortes. Atravesado
-el primer patio entraron en el segundo, y
-desde allí se divisó la puerta del claustro interior
-abierta de par en par y toda ocupada por las monjas.
-En la primera fila percibíase á la abadesa rodeada
-de ancianas, detrás las demás religiosas
-mezcladas confusamente, algunas de puntillas, y
-en último término las legas subidas encima de algunos
-banquillos. Veíase también en medio de
-aquella multitud de hábitos, brillar aquí y allá
-algunos ojillos, mostrarse algunas pequeñas caras:
-eran las más listas y atrevidas de las educandas
-que, metiéndose y penetrando entre las religiosas,
-habían conseguido hacerse un poco de lugar
-para poder ver también alguna cosa. De la expresada
-multitud salían aclamaciones; veíanse agitarse
-muchos brazos en señal de alegría y felicitación.<span class="pagenum" id="Page_262">[Pg 262]</span>
-La comitiva llegó por fin á la puerta; Gertrudis
-se encontró cara á cara con la madre abadesa.
-Después de los primeros cumplimientos, esta
-última, con tono medio alegre y solemne, le
-preguntó lo que deseaba en aquel paraje, en el
-cual no había nada que se le pudiese rehusar.</p>
-
-<p>“Vengo”... empezó á decir Gertrudis; mas en
-el momento de proferir las palabras que debían
-decidir casi irrevocablemente de su destino, vaciló
-un instante y permaneció con los ojos fijos sobre
-la multitud que tenía delante. Al propio tiempo
-distinguió á una de sus compañeras más íntimas
-que la miraba con un aire de compasión y de
-malicia á la vez, y que parecía decirle: “¡Ah! ¡he
-aquí también presa á nuestra pequeña heroína!”.
-Al ver aquello, despertándose con más viveza en
-su alma todos sus antiguos sentimientos, le restituyó
-también un poco de su antiguo valor, y ya
-estaba buscando una respuesta cualquiera distinta,
-distinta de la que había sido dictada, cuando
-alzando la vista hacia el rostro de su padre, como
-para experimentar sus fuerzas, descubrió en aquél
-una inquietud tan sombría, una impaciencia tan
-amenazadora, que resuelta por temor, con la misma
-prontitud que hubiera huido á la presencia de
-un objeto terrible, prosiguió: “Vengo á pedir el ser
-admitida á tomar el hábito religioso en este monasterio,
-en donde tan cariñosamente he sido educada”.
-La abadesa contestó en seguida, que le disgustaba<span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span>
-mucho que fuese en tal ocasión; que las
-reglas no le permitían dar inmediatamente una
-respuesta que debía proceder del sufragio común
-de las hermanas, y al cual debía preceder la licencia
-de los superiores; que por lo demás, Gertrudis
-conocía bastante el aprecio y consideración
-que allí se le tenía, para poder adivinar cuál sería
-la respuesta, y que en el ínterin ninguna regla
-prohibía á la abadesa y demás hermanas manifestar
-la alegría que experimentaban á tal petición.
-Entonces se elevó un confuso murmullo de felicitaciones
-y aplausos. En el acto trajeron grandes
-bandejas llenas de exquisitos dulces, que fueron
-presentados primeramente á la <i lang="it" xml:lang="it">sposina</i> y después
-á los padres. Mientras que algunas religiosas se
-la disputaban y otras cumplimentaban á la madre,
-otras al joven príncipe, la abadesa hizo rogar al
-padre que le dispensase el obsequio de ir á la reja
-del locutorio, donde lo aguardaba. Estaba acompañada
-de dos ancianas, y cuando lo vió aparecer dijo: “Señor
-príncipe para obedecer á los
-reglamentos... para llenar una formalidad
-indispensable, si bien en este caso... sin embargo,
-debo decirle... que siempre que una hija
-pide ser admitida á vestir el hábito, la superiora,
-la cual yo indignamente soy... está obligada á
-advertir á los padres... que si por casualidad...
-forzasen la voluntad de su hija, incurrirían en una
-excomunión. Espero me perdonaréis”...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_264">[Pg 264]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Bien, muy bien! reverenda madre. Vuestra
-exactitud es muy laudable; esto es demasiado justo...
-mas vos no podéis dudar...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! así lo pienso, señor príncipe. He hablado
-por llenar una obligación... por lo demás...</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente, seguramente, madre abadesa.</p>
-
-<p>Cambiadas estas pocas palabras, los dos interlocutores
-se saludaron mutuamente, y se separaron,
-como si á ambos les pesara el permanecer
-allí uno enfrente del otro; y fueron á reunirse cada
-uno á su comitiva, el uno fuera, la otra dentro
-del claustro.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, dijo el príncipe, Gertrudis podrá bien
-pronto disfrutar á su placer de la compañía de
-estas buenas madres. Por ahora las hemos importunado
-bastante tiempo. Dicho esto saludó; la familia
-se puso también en movimiento, se renovaron
-los cumplimientos y partieron.</p>
-
-<p>Gertrudis, al volver, tenía muy pocas ganas de
-hablar. Asustada del paso que había dado, vergonzosa
-de su debilidad, descontenta de los otros
-y de sí misma, ajustaba tristemente la cuenta de
-las ocasiones que le restaban todavía para poder
-decir <em>no</em>, y se prometía débil y confusamente á sí
-misma, que en ésta, en aquélla ó en otra, tendría
-más destreza y valor. Á pesar de todas estas ideas,
-no había, sin embargo, podido olvidar enteramente
-el terror que le había causado el horrible ceño<span class="pagenum" id="Page_265">[Pg 265]</span>
-de su padre, lo bien que cuando, con una ojeada
-lanzada á hurtadillas sobre su semblante, le había
-dado á conocer que no quedaba la más mínima
-huella de cólera; que al contrario, se manifestaba
-muy contento de ella, lo cual le pareció una
-gran dicha, y por un momento quedó sumamente
-gozosa.</p>
-
-<p>Apenas llegaron á casa fué preciso volverse á
-vestir y adornarse, después comer, luego algunas
-visitas, en seguida al paseo, por último la reunión,
-y finalmente la cena. Al concluirse ésta el
-príncipe sacó á relucir otro negocio; éste era la
-elección de madrina. Así se llamaba una dama
-que á petición de los padres servía de custodia y
-conductora de la neófita en el trascurso de tiempo
-que había desde la petición, á la entrada en el
-monasterio, tiempo que se empleaba en visitar las
-iglesias, los edificios públicos, las sociedades, las
-casas de campo, los santuarios, todas las cosas,
-en fin, más notables de la ciudad y de sus alrededores,
-á fin de que las jóvenes, antes de pronunciar
-un voto irrevocable, conociesen bien á lo que
-ellas renunciaban. “Será preciso pensar en buscar
-una madrina, dijo el príncipe, porque mañana
-vendrá el vicario de las monjas para la formalidad
-del examen, y poco después Gertrudis será propuesta
-en el capítulo para ser aceptada por las
-madres”. Al decir esto, se había vuelto á la princesa,
-y ésta, creyendo que fuese una invitación<span class="pagenum" id="Page_266">[Pg 266]</span>
-para que ella la propusiese, empezó á decir: “Sería”...
-mas el príncipe interrumpió: “No, no, señora
-princesa, la madrina debe antes de todo de
-ser del gusto de la <i lang="it" xml:lang="it">sposina</i>; y aunque el uso universal
-da la elección á los padres, sin embargo,
-Gertrudis tiene tanto juicio, tanto tacto, que bien
-merece que se haga una excepción por ella”. Y
-aquí, dirigiéndose á Gertrudis con el aire del que
-anuncia una gracia singular, continuó: “Ninguna de
-las damas que se han hallado esta noche en nuestros
-salones deja de reunir las cualidades que se
-requieren para ser madrina de una hija de nuestra
-casa; me complazco en creer que no habrá
-ninguna que no se tenga por muy honrada con
-obtener semejante preferencia; por lo tanto, podréis
-escoger”.</p>
-
-<p>Gertrudis comprendía muy bien que el mero
-hecho de hacer aquella elección era dar un nuevo
-consentimiento; pero la proposición estaba hecha
-con tanto aparato, que el rehusar, aun cuando
-fuese humildemente, podía parecer desprecio,
-ó á lo menos, capricho é ingratitud. Dió, pues, también
-este paso, y nombró la dama que en aquella
-misma noche había congeniado más con ella, la
-que le había hecho más caricias, alabado más,
-tratado con maneras más familiares, afectuosas y
-solícitas, que dan á un conocimiento de algunos
-momentos el aire de una antigua amistad. “¡Excelente
-elección!”, dijo el príncipe, que deseaba y<span class="pagenum" id="Page_267">[Pg 267]</span>
-aguardaba precisamente la misma. Fuese destreza
-ó casualidad, había sucedido como el jugador
-de manos haciendo correr delante de vuestra vista
-un montón de cartas, os dice que penséis una,
-que él la adivinará después, mas las hace correr
-de manera que no se deja ver más que una sola.
-Aquella dama había estado alrededor de Gertrudis
-toda la noche, la había ocupado tanto de sí,
-que la joven hubiera necesitado un grande esfuerzo
-de imaginación para pensar en otra. Tanta solicitud
-no carecía de fundamento. La dama había
-desde mucho tiempo puesto los ojos en el joven
-príncipe para hacerlo su yerno: así es que miraba
-las cosas de aquella casa como suyas propias, y
-era bien natural que se interesase por su estimada
-Gertrudis, tanto como sus más próximos parientes.</p>
-
-<p>Al día siguiente por la mañana, Gertrudis se
-despertó con la imaginación ocupada acerca del
-examinador que debía ir, y mientras estaba reflexionando
-de si sería prudente escoger aquella
-ocasión tan decisiva para volverse atrás, y qué
-medios podía emplear, el príncipe la hizo llamar.
-“Vamos, hija mía, le dijo; hasta ahora os habéis
-portado magníficamente; hoy se trata de coronar
-la obra. Todo lo que hasta aquí se ha hecho ha
-sido con vuestro consentimiento. Si en este intervalo
-os hubiese sobrevenido alguna duda, algún
-pequeño arrepentimiento, algún capricho juvenil,<span class="pagenum" id="Page_268">[Pg 268]</span>
-debíais haberos explicado; pero en el punto al cual
-han llegado ya las cosas, no es tiempo de hacer
-niñadas. Ese hombre de bien que debe venir esta
-mañana, os hará cien preguntas acerca de vuestra
-vocación, y si os hacéis monja voluntariamente,
-y el porqué, y el cómo, y qué se yo. Si titubeáis
-al responder, él os tendrá fastidiada Dios
-sabe cuánto tiempo: esto sería una incomodidad,
-un tormento para vos, y además podría resultar
-todavía alguna cosa más seria. Después de todas
-las demostraciones públicas que se han hecho, la
-menor duda que se viese en vos, pondría en ridículo
-mi honor; se podría creer que yo había tomado
-una ligereza vuestra por una firme resolución;
-que me había precipitado; que había...
-qué sé yo. En este caso, me encontraría en la necesidad
-de escoger entre dos partidos dolorosos,
-á saber: ó dejar que el mundo forme un triste
-concepto de mi conducta, partido que no puede
-estar en consonancia con lo que á mí mismo me
-debo, ó revelar el verdadero motivo de vuestra
-resolución y”... Pero aquí, viendo que Gertrudis
-se había puesto colorada, que sus ojos echaban
-fuego y se contraía su semblante como las
-hojas de una flor al viento abrasador que precede
-á la tempestad, cortó aquel discurso, y con ademán
-sereno continuó: “Vamos, vamos, todo depende
-de vos, de vuestro juicio; ya sé que tenéis
-mucho, y que no sois una chiquilla para echar á<span class="pagenum" id="Page_269">[Pg 269]</span>
-perder al fin una cosa bien hecha; mas sin embargo,
-yo debía prever estos casos. No hablemos
-más de esto, y pongámonos de acuerdo acerca de
-lo que vais á responder con franqueza, á fin de no
-hacer nacer dudas en el ánimo de ese buen hombre;
-así saldréis más pronto de ello”. Y después
-de haber insinuado algunas respuestas á las preguntas
-más probables, entró en la acostumbrada
-conversación de las dulzuras y goces que estaban
-reservados á Gertrudis en el monasterio, entreteniéndola
-con esto, hasta que vino un criado á
-anunciar el vicario. El príncipe renovó las instrucciones
-más importantes y dejó á su hija sola
-con aquél, según estaba prescrito.</p>
-
-<p>El buen hombre llegaba con la opinión ya hecha
-de que Gertrudis tenía una gran vocación al
-claustro, porque así lo había dicho el príncipe
-cuando había ido á invitarlo. Es verdad que el
-sacerdote sabía que la desconfianza era una de las
-virtudes más necesarias de su ministerio: tenía
-por máxima el andar con mucho cuidado en dar
-crédito á semejantes protestas, y estar en guardia
-contra las preocupaciones; pero es bien raro
-que las palabras pronunciadas con tono de afirmación
-y seguridad por una persona autorizada,
-de cualquier género que ella sea, no tiñan con su
-color la imaginación del que las escucha.</p>
-
-<p>&mdash;Después de los primeros cumplimientos, señorita,
-le dijo, vengo á representar el papel del diablo;<span class="pagenum" id="Page_270">[Pg 270]</span>
-vengo á poner en duda lo que en vuestra súplica
-habéis dado por cierto; vengo á poner delante
-de vuestra vista las dificultades, y á asegurarme
-de si lo habéis considerado bien. Me permitiréis
-que os haga algunas preguntas.</p>
-
-<p>&mdash;Decid, respondió Gertrudis.</p>
-
-<p>El sacerdote empezó entonces á interrogarla en
-las formas prescritas por los reglamentos: “¿Sentís
-en vuestro corazón una libre y espontánea resolución
-de ser monja? ¿No han sido empleadas amenazas
-ó seducciones? ¿No han hecho uso de la autoridad
-para induciros á ello? Hablad sin temor y
-con sinceridad á un hombre cuyo deber es el de
-conocer vuestra verdadera voluntad, para impedir
-el que no se os haga violencia alguna”.</p>
-
-<p>La verdadera respuesta á semejante pregunta
-se presentó de improviso con una evidencia terrible
-á la mente de Gertrudis; mas para darla era
-preciso venir á una explicación, decir del modo
-que había sido amenazada, contar una historia...
-La infeliz retrocedió espantada á tal idea; buscó
-precipitadamente otra respuesta, y sólo encontró
-una, la más contraria á la verdad, que pudiese librarla
-pronto y seguramente de aquel suplicio.
-“Me hago monja, dijo, ocultando su turbación; me
-hago monja libremente, por mi propia voluntad”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto tiempo hace que tenéis este pensamiento?
-preguntó aún el sacerdote.</p>
-
-<p>&mdash;Lo he tenido siempre, respondió Gertrudis,<span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span>
-vuelta después de aquel primer paso, más franca
-para mentir contra sí misma.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿cuál es el motivo principal que os induce
-á ser monja?</p>
-
-<p>El buen sacerdote ignoraba qué cuerda tan terrible
-tocaba, y Gertrudis hizo un gran esfuerzo
-para no dejar traslucir en su rostro el efecto que
-aquellas palabras producían en su espíritu. “El
-motivo, dijo, es el de servir á Dios, y huir los peligros
-del mundo”.</p>
-
-<p>&mdash;¿No sería acaso algún disgusto? ¿Algún...
-perdonadme... algún capricho? Á veces una
-causa momentánea puede hacer una impresión tal,
-que parece debe ser eterna, y después cuando cesa
-la causa, y el corazón cambia, entonces...</p>
-
-<p>&mdash;No, no, respondió precipitadamente Gertrudis;
-no hay otra causa más que la que os he dicho.</p>
-
-<p>El vicario, más para cumplir enteramente con
-su obligación, que por la persuasión de la necesidad
-que hubiese, insistió en las preguntas; mas
-Gertrudis estaba determinada á engañarle; además,
-la vergüenza que le causaba la idea de confiar su
-debilidad á aquel grave y digno sacerdote, el cual
-parecía estaba tan lejos de sospechar semejante
-cosa: la infeliz pensaba que él también podía impedir
-que fuese monja; mas allí concluía su autoridad
-y su protección sobre ella. Luego que hubiese
-partido, ella se quedaría sola con el príncipe;
-y con respecto á lo que tendría que sufrir en<span class="pagenum" id="Page_272">[Pg 272]</span>
-la casa, el buen sacerdote lo ignoraría; ó sabiéndolo,
-con la mejor intención del mundo, no podría
-hacer otra cosa más que compadecerse de ella, con
-aquella compasión tranquila y grave que en general
-se concede como por cortesanía á los que han
-dado causa ó pretexto para el mal que les hacen.
-El examinador se cansó más pronto de preguntar
-que la infeliz de mentir; y viendo sus respuestas
-siempre conformes, y no teniendo motivo alguno
-de dudar de su franqueza, mudó finalmente de
-lenguaje; la felicitó, le pidió en cierto modo perdón
-de haber tardado tanto en hacer su deber;
-añadió lo que consideraba más propio para confirmarla
-en su buen propósito, y se retiró. Al atravesar
-las habitaciones para salir, se encontró con
-el príncipe, el cual parecía que pasaba por allí casualmente,
-y no dejó de congratularse con él acerca
-de las buenas disposiciones que había hallado
-en su hija. El príncipe había permanecido hasta
-entonces en la más penosa incertidumbre: á aquella
-noticia respiró, y olvidando su acostumbrada
-gravedad, se dirigió casi á la carrera hacia donde
-estaba Gertrudis; la colmó de elogios, de caricias
-y promesas, con una cordial alegría, con una ternura
-en gran parte sincera: ¡he aquí cómo se comprenden
-los enigmas del corazón humano!</p>
-
-<p>Nosotros no seguiremos á Gertrudis en aquel
-torbellino continuo de diversiones, ni tampoco
-describiremos en particular y ordenadamente los<span class="pagenum" id="Page_273">[Pg 273]</span>
-sentimientos de su corazón en ese intervalo de
-tiempo; esto sería una historia de dolores y de
-fluctuaciones demasiado monótonas y muy semejantes
-á las ya referidas. La amenidad de los sitios,
-la variación de los objetos, el placer de correr
-al aire libre, le hacían más odiosa aún la idea
-del lugar adonde debía entrar por la última vez
-para siempre. Más punzantes todavía eran las impresiones
-que recibía en las reuniones y en las
-fiestas. La vista de cada mujer á la cual se daba
-el nombre de esposa, en el sentido más común y
-más usado, le causaba una envidia, un pesar intolerable,
-y á veces también la vista de otros personajes
-le hacía parecer que al sentirse dar aquel
-título debían hallarse en el colmo de la felicidad.
-Otras veces la pompa de los palacios, la riqueza
-de los muebles, el bullicio y el ruido alegre de las
-fiestas, le comunicaban una embriaguez, un ardor
-tal de vivir entre aquellos goces, que se prometía
-el desdecirse, el sufrirlo todo, más bien que volver
-á la muerta y fría sombra del claustro. Mas
-todas estas resoluciones se desvanecían á la consideración
-más tranquila de las dificultades, al sólo
-fijar su vista en el semblante del príncipe. Otras
-veces también la idea de tener que abandonar para
-siempre aquellos placeres, la hacían más amarga
-y penosa aquella prueba tan corta, del mismo
-modo que el enfermo alterado mira con cólera y
-casi rechaza con despecho la cucharada de agua<span class="pagenum" id="Page_274">[Pg 274]</span>
-que el médico permite que le den á duras penas
-á causa de las instancias de aquél. Entretanto, el
-vicario de las monjas había dado la certificación
-necesaria, y la licencia para verificar el capítulo
-para la aceptación de Gertrudis había llegado. El
-capítulo se verificó; concurrieron, como era de esperar,
-las dos terceras partes de votos secretos que
-se exigían por los reglamentos, y Gertrudis fué
-aceptada. Ella misma, fatigada de aquel largo
-martirio, pidió entrar lo más pronto que fuese posible
-en el monasterio. Seguramente no había nadie
-que quisiese refrenar tal impaciencia. Hízose
-pues su voluntad, y conducida con gran pompa al
-monasterio, tomó el hábito. Después de un año
-de noviciado, lleno de recuerdos y de arrepentimiento,
-llegó el momento de la profesión, es decir,
-el momento en el cual era preciso ó pronunciar
-un <em>no</em> más extraño, más inesperado, más escandaloso
-que nunca, ó repetir un sí tantas veces dicho:
-lo repitió, pues, y fué monja para siempre.</p>
-
-<p>Es uno de los privilegios de la religión cristiana,
-el poder dar una dirección saludable y consolar al
-que en cualquiera circunstancia y con cualquier
-motivo recurre á ella. Si hay remedio lo indica,
-lo suministra, da luz y vigor para ponerlo en práctica
-á toda costa; si no lo hay, prescribe el modo
-de hacerlo real y efectivo, como se dice proverbialmente,
-hacer de la necesidad virtud. Enseña
-á continuar con sabiduría lo que se ha emprendido<span class="pagenum" id="Page_275">[Pg 275]</span>
-por ligereza; induce al alma á abrazar con propensión
-lo que le ha sido impuesto á la fuerza; y
-da á una elección que fué temeraria, pero que es
-irrevocable, toda la santidad, toda la nobleza, toda
-la alegría de la vocación. Éste es un camino
-hecho de tal modo, que al salir de un laberinto ó
-de un precipicio, el hombre que se le llama y se
-le empeña, puede desde allí en adelante caminar
-y seguir con seguridad y sin esfuerzo, y llegar
-alegremente á un fin dichoso. Por este medio Gertrudis
-hubiera podido ser una religiosa santa y
-completa, de cualquier modo que hubiese llegado
-á serlo. Pero la desgraciada se resistía en vano
-bajo el yugo, y no hacía otra cosa que sentir más
-fuertemente el peso y la opresión. Un recuerdo
-eterno de la libertad perdida, el fastidio de su estado
-presente, un fatigoso vagar detrás de deseos
-que jamás podrían ser satisfechos; tales eran las
-principales ocupaciones de su alma. Traía á la
-memoria sin cesar aquel pasado tan amargo; repasaba
-todas las circunstancias por las cuales se
-encontraba allí, y deshacía mil veces inútilmente
-con el pensamiento lo que había hecho con sus
-obras; se acusaba de cobardía, á los demás de tiranía
-y de perfidia; le remordía la conciencia.
-Idolatraba y lloraba á la vez su belleza, deploraba
-una juventud destinada á consumirse en un
-lento martirio, y en ciertos momentos envidiaba
-la suerte de cualquiera mujer, aunque fuese de la<span class="pagenum" id="Page_276">[Pg 276]</span>
-más baja condición, del peor renombre, con tal
-que ella pudiese gozar libremente en este mundo
-de sus dones.</p>
-
-<p>La presencia de aquellas monjas que habían
-contribuido á meterla allí, le era odiosa. Recordaba
-los artificios y astucias que habían empleado,
-y se vengaba haciéndoles mil groserías, desprecios,
-y también manifiestos vituperios. Á ellas
-les era preciso las más veces el no darse por entendidas
-y callar; pues aunque ciertamente el príncipe
-había querido tiranizar á su hija, tanto como
-era necesario para obligarla á entrar en el claustro,
-sin embargo, logrado ya su intento, no hubiera
-sufrido con facilidad que otros pretendiesen
-tener razón contra su misma sangre; la más pequeña
-cosa que hubiesen hecho á su hija, podía
-ser motivo de hacerlas perder aquella gran protección,
-ó cambiarse quizás de protector en enemigo.</p>
-
-<p>Parece que Gertrudis hubiera debido experimentar
-una cierta inclinación por las demás hermanas
-que no habían tenido parte en aquellas intrigas,
-y que sin haberla deseado por compañera
-la querían como á tal; y piadosas siempre, ocupadas
-y contentas, le mostraban con su ejemplo,
-cómo aun allí dentro se podía no sólo vivir, sino
-también disfrutar de alguna felicidad. Mas éstas
-le eran odiosas por otro motivo. Aquel aire de
-piedad y de contento, era á sus ojos como un reproche<span class="pagenum" id="Page_277">[Pg 277]</span>
-de su inquietud y extravagante conducta,
-y no dejaba escapar ocasión de tratarlas por detrás
-de falsas, y de burlarse de ellas como de unas hipócritas.
-Acaso les tendría menos aversión si hubiera
-sabido ó adivinado, que las pocas bolas negras
-que se encontraron en la urna donde se había
-decidido su aceptación habían sido justamente
-puestas por aquellas mismas.</p>
-
-<p>Á veces le parecía hallar algún consuelo al mandar,
-al verse cortejada dentro del monasterio, al
-recibir visitas de personas de fuera, al dar cima
-á un negocio, al dispensar su protección, al oirse
-llamar la <em>señora</em>: ¡pero qué consuelos! El corazón,
-que sentía su insuficiencia, hubiera querido de
-cuando en cuando reunir á ellos los consuelos de
-la religión para crearse un doble apoyo; pero éstos
-no vienen sino al que desprecia aquellos otros;
-á la manera que el náufrago para asirse á la tabla
-que puede conducirlo sano y salvo sobre la
-playa, tiene, sin embargo, que abrir la mano, y
-abandonar la alga á la que se había aferrado por
-un furioso instinto.</p>
-
-<p>Poco después de la profesión, Gertrudis había
-sido nombrada maestra de las educandas. ¡Calcúlese
-cómo debían estar dichas jóvenes bajo tal
-disciplina! Sus antiguas compañeras habían salido
-ya todas; pero ella conservaba vivas todas las pasiones
-de aquel tiempo; y de un modo ó de otro
-las discípulas debían sentir el peso. Cuando le venía<span class="pagenum" id="Page_278">[Pg 278]</span> á
-la imaginación que muchas de ellas estaban
-destinadas á vivir en ese mundo del cual estaba
-excluida para siempre, sentía contra aquellas infelices
-un aborrecimiento, y casi un deseo de venganza;
-las tenía bajo una dependencia absoluta,
-las trataba con la mayor aspereza y las hacía expiar
-anticipadamente los placeres que un día habían
-de disfrutar. Al ver en ciertos momentos el
-rigor que usaba para reprender la más pequeña
-falta, se la hubiera tomado por una mujer de una
-austeridad brutal y exagerada. Otras veces, el mismo
-horror por el claustro, por la regla, por la
-obediencia, estallaba en accesos de humor enteramente
-opuestos. Entonces no sólo soportaba la
-ruidosa algazara de sus discípulas, sino que también
-las excitaba; mezclábase en sus juegos; contribuía
-á hacerlos más desordenados aún; tomaba
-parte en sus conversaciones para hacerlas ir más
-allá de lo que ellas habían tenido intención de decir
-al empezar. Si alguna se permitía hablar acerca
-de la gazmoñería de la madre abadesa, la maestra
-la imitaba diestramente, y hacía de ello una
-escena cómica; remedaba el semblante de una religiosa,
-el andar de otra; entonces reía como una
-loca; pero era una risa que no la dejaba más alegre
-que antes. Así había vivido algunos años, no
-teniendo medios ni ocasión de hacer más, cuando
-su desgracia quiso que se le presentase una coyuntura.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_279">[Pg 279]</span></p>
-
-<p>Entre los demás privilegios que le habían sido
-concedidos, para compensarla de no poder ser
-abadesa, era también el de tener una habitación
-aparte. Aquel lado del monasterio estaba contiguo
-á una casa, habitada por un joven, bandido
-de profesión, uno de tantos que en aquella época,
-con sus bribones, y con la alianza de otros bandidos,
-se podían burlar hasta cierto punto de las
-leyes y de la fuerza pública. Nuestro manuscrito
-lo llama Egidio, sin añadir más. Éste, pues, por
-una lumbrera que daba á un patiecillo de aquel
-departamento, había visto algunas veces á Gertrudis
-pasar y repasar por allí. Alentado más bien
-que temeroso por el peligro é impiedad de la empresa,
-un día osó dirigirle la palabra, y la desventurada
-le contestó. En aquellos primeros momentos
-experimentó un contento, no muy puro,
-pero bastante vivo. En el vacío negligente de su
-alma había venido á colocarse una ocupación fuerte,
-continua, y casi podría decirse un poder de
-vida enteramente nuevo; pero aquel contento se
-asemejaba al brebaje restaurador que la crueldad
-ignominiosa de los antiguos daba á beber al condenado
-para darle fuerzas para soportar el martirio.
-Entonces una grande novedad en toda su
-conducta se notó al mismo tiempo: se hizo de
-pronto más regular, más apacible; no dió ya libre
-curso á sus arrebatos y á sus quejas; se mostró
-más cariñosa y prevenida, tanto que las hermanas<span class="pagenum" id="Page_280">[Pg 280]</span>
-se regocijaban á la vista de un cambio tan feliz.
-Bien lejos estaban de imaginar el verdadero motivo
-y de comprender que aquella nueva virtud
-no era otra cosa que la hipocresía unida á sus antiguos
-vicios. Sin embargo, aquella apariencia,
-aquel exterior de barniz, no duró mucho tiempo,
-á lo menos de una manera igual y sostenida: bien
-pronto volvieron á presentarse los antiguos desdenes
-y ordinarios caprichos; de nuevo se hicieron
-oir sus imprecaciones y sus amargas burlas contra
-la prisión del claustro, expresadas algunas veces
-en un lenguaje insólito para aquel lugar y para
-aquella boca. Con todo, cada vez que recapacitaba
-sentía arrepentimiento, y tenía gran cuidado de
-reparar su falta á fuerza de mimos y buenas palabras.
-Las hermanas soportaban lo mejor que
-podían aquellas alternativas, y lo atribuían al natural
-ligero y fantástico de la <em>señora</em>.</p>
-
-<p>Por espacio de algún tiempo no parecía que
-ninguna de ellas se apercibiese de nada; mas un
-día que la <em>señora</em> se trabó de palabras con una
-hermana lega, por no sé qué bagatelas, se dejó
-llevar hasta maltratarla sin compasión ni medida.
-La lega, después de haber sufrido y haberse mordido
-los labios un poco, perdida finalmente la paciencia,
-se le escapó el decir que ella sabía ciertas
-cosas, y que á su vez podría hablar. Desde
-aquel momento, la <em>señora</em> no tuvo reposo. Sin embargo,
-no pasó mucho tiempo en que la lega fuese<span class="pagenum" id="Page_281">[Pg 281]</span>
-esperada en vano una mañana para ir á prestar
-sus acostumbrados oficios; van á buscarla á su
-celda y no la encuentran; es llamada á gritos, no
-responde; busca de allí, busca de allá, se registra
-por todas partes, todo, de arriba abajo, no está
-en ningún sitio. ¡Dios sabe las conjeturas que se
-habrían hecho, si estando buscándola no hubiesen
-descubierto un gran agujero en la pared del jardín,
-lo cual hizo pensar á todos que por dicho sitio
-había huido! Se hicieron grandes pesquisas
-en Monza y sus alrededores, y principalmente en
-Meda, de donde era natural la lega; se escribió á
-varias partes, y no se tuvo la más pequeña noticia.
-Quizá se hubiera adelantado más si en lugar de buscarla
-tan lejos se hubiese cavado un poco la tierra.
-Después de muchas señales de admiración,
-porque nadie la hubiera creído capaz de semejante
-cosa, después de mil y mil conversaciones, concluyó
-por decirse que debía haberse ido lejos,
-muy lejos; y como una de las hermanas había dicho
-sin titubear: no hay la menor duda, se ha refugiado
-en Holanda, se dijo de pronto, y en adelante
-se tuvo por cierto en el convento, que aquélla
-se había refugiado en Holanda. No parecía,
-sin embargo, que la <em>señora</em> fuese de esta opinión;
-no porque combatiese la opinión general con sus
-razones particulares; si las tenía, á la verdad, no
-las hubo jamás tan bien disimuladas; no había cosa
-en el mundo de la cual se abstuviese más voluntariamente,<span class="pagenum" id="Page_282">[Pg 282]</span>
-que la de traer á colación semejante
-historia, y se cuidase menos de tocar al
-fondo de aquel misterio; pero cuanto menos hablaba,
-tanto más se hablaba de ello. ¡Cuántas veces
-al día, la imagen de aquella mujer venía á
-presentársele de súbito á su mente, y se fijaba en
-ella sin querer moverse! ¡Cuántas veces hubiera
-deseado verla delante de sí, viva y realmente,
-más bien que haberla tenido fija en el pensamiento,
-más bien que tener que encontrarse día y noche
-en compañía de aquella forma vana, terrible, impasible!
-¡Cuántas hubiera querido oir de veras su
-voz, aunque la amenazase, más bien que el escuchar
-cómo resonaba en el fondo de su alma el ruido
-fantástico de aquella misma voz, y sus palabras
-repetidas con una pertinacia, con una resistencia
-infatigable, como no hubo jamás un ser viviente!</p>
-
-<p>Habíase pasado cerca de un año, después de
-dicho suceso, cuando Lucía fué presentada á la
-<em>señora</em>, y tuvo con ella la conversación, en la cual
-ha parado nuestra historia. La <em>señora</em> multiplicaba
-las preguntas, tocante á las persecuciones de
-D. Rodrigo, y entraba en ciertos detalles con una
-intrepidez, que parecía y debía parecer más que
-nueva para Lucía, que nunca había imaginado
-que la curiosidad de las monjas pudiese ejercitarse
-en semejantes objetos, los juicios que aquélla
-entremezclaba á sus preguntas, ó que dejaba traslucir,
-no eran menos extraños. Parecía que casi<span class="pagenum" id="Page_283">[Pg 283]</span>
-se reía del grande miedo que Lucía había tenido
-siempre de aquel señor, y le preguntaba si era
-acaso un monstruo para causarle tanto espanto;
-parecía casi que hubiera encontrado torpe y necio
-el genio esquivo de la joven, si no hubiese tenido
-por motivo la preferencia dada á Renzo, y
-sobre lo cual le dirigía ciertas preguntas, que llenaban
-de estupor y ruborizaban á la interrogada.
-Apercibiéndose luego de haber dejado correr su
-lengua detrás de los aturdidos é irreflexibles arrebatos
-de su cerebro, trató de componer y dar
-el mejor colorido posible á sus palabras; mas no
-pudo conseguir, el que á Lucía dejase de quedarle
-un desagradable pasmo, y como cierto terror
-confuso. Apenas pudo hallarse á solas, con su madre,
-cuando le abrió su corazón; mas Inés, como
-más experimentada, disipó en pocas palabras todas
-aquellas dudas, y aclaró todo el misterio. “Es
-preciso que no te sorprendas, le dijo; cuando conozcas
-el mundo, como yo, verás que esto no son
-cosas para sorprenderse. Los señores, quienes
-más, quienes menos, los unos por una cosa, los
-otros por otra, tienen todos una vena de locura.
-Conviene dejarlos decir, sobre todo, cuando se
-necesitan, hacer la vista gorda y escucharlos con
-formalidad, lo mismo que si dijeran cosas muy justas.
-¿Has visto cómo me ha cortado la palabra, lo
-mismo que si hubiese dicho un despropósito? Á
-la verdad que ningún caso he hecho. Ellos son
-<span class="pagenum" id="Page_284">[Pg 284]</span>
-todos así; y no obstante, Dios sea loado, pues parece
-que esa <em>señora</em> te ha tomado mucho cariño y
-quiere protegernos de veras. Por lo demás, si sales
-del atolladero y te sucede alguna vez el tener
-que hacer con los señores, tú verás”.</p>
-
-<p>El deseo de obligar al padre guardián, la complacencia
-de protegerle, la idea del buen concepto
-que se podría formar de una protección tan
-piadosamente acordada, cierta inclinación á Lucía,
-y también cierta satisfacción en hacer bien á
-una criatura inocente, en socorrer y consolar á los
-oprimidos, habían dispuesto realmente á la <em>señora</em>
-á tomar á pechos la suerte de las dos pobres fugitivas.
-Según sus órdenes, y según sus intenciones,
-fueron alojadas en la habitación de la portera,
-contigua al claustro, y tratadas como si estuviesen
-empleadas al servicio del monasterio. La
-madre y la hija se regocijaban juntas de haber
-encontrado tan pronto un asilo seguro y reverenciado.
-También habrían deseado permanecer ignoradas
-de todo el mundo, mas en un monasterio
-era cosa muy difícil; tanto más, cuanto que había
-un hombre decidido á obtener noticias de una de
-ellas, en cuyo ánimo, á la rabia de haber sido prevenido
-y burlado, se unía la pasión que le animaba
-anteriormente. Dejando nosotros á las mujeres
-en su asilo, volvamos al palacio de aquél, en el
-momento en que estaba aguardando el éxito de
-su criminal empresa.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Novicia.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_285">[Pg 285]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOPRIMERO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Á la manera que una jauría de sabuesos, después
-de haber seguido en vano el rastro de una
-liebre, vuelven mortificados al encuentro de su
-dueño, con el rabo entre piernas y las orejas caídas,
-del mismo modo, en aquella tumultuosa noche,
-volvían los bravos al castillo de D. Rodrigo.
-Éste se paseaba en la oscuridad, de un extremo á
-otro de un vasto aposento deshabitado, situado
-en el piso superior que daba sobre la explanada.
-De cuando en cuando se paraba, poníase á escuchar,
-miraba al través de las rendijas de los postigos
-entreabiertos, lleno de impaciencia y no sin
-inquietud, no sólo por la incertidumbre del buen
-éxito, sino también por las consecuencias posibles,
-porque era la mayor y la más atrevida de las empresas
-á las cuales este hombre intrépido había<span class="pagenum" id="Page_286">[Pg 286]</span>
-puesto mano. Sin embargo, se iba tranquilizando
-con la idea de las precauciones tomadas para destruir
-todos los indicios y las sospechas. En cuanto
-á las sospechas, pensaba, me río de ellas. Quisiera
-saber quién será el guapo que venga á asegurarse
-de que aquí hay ó no una muchacha. Que
-venga, que venga el imbécil; le prometo que será
-bien recibido. Que venga el fraile, que venga. ¿La
-vieja? que vaya á Bérgamo la vieja. ¿La justicia?
-¡bah con la justicia! El podestá no es un niño ni
-un loco. ¿Y Milán? ¿Quién se cuida de estas gentes
-en Milán? ¿Quién les prestaría oídos? ¿Quién
-sabe que están aquí? Son como gentes perdidas
-sobre la tierra, ni aun siquiera tienen un dueño;
-esas gentes no pertenecen á nadie. Vamos, vamos,
-fuera miedo. ¡Cómo se quedará mañana Attilio!
-Verá, verá si yo sé charlar ú obrar. Y luego...
-si sobreviniese algún embarazo... qué
-sé yo, algún enemigo que quisiese escoger esta
-ocasión... Attilio también sabrá aconsejarme;
-en ello está empeñado el honor de toda la parentela.
-Mas el pensamiento en el cual se detenía
-más porque en él encontraba al mismo tiempo una
-tranquilidad para sus dudas y un pasto para su
-principal pasión, era el pensamiento de las lisonjas,
-de las promesas que emplearía para adormecer
-á Lucía. Tendrá tanto miedo de hallarse aquí
-sola en medio de estas gentes, de estas fachas
-(que á la verdad, la cara más humana que hay<span class="pagenum" id="Page_287">[Pg 287]</span>
-aquí soy yo), ¡por Baco!... Se verá obligada á
-recurrir á mí, le tocará suplicar, y si me suplica...</p>
-
-<p>Mientras que hacía estas cuentas, oyó un ruido
-de pasos; fué á la ventana, la abrió un poco, sacó
-la cabeza; son ellos. ¿Y la litera? ¡Diablo! ¿Dónde
-está la litera? Tres, cinco, ocho, todos están; el
-<em>Griso</em> también. ¡La litera no está! ¡Diablo, diablo!
-El <em>Griso</em> me rendirá la cuenta de todo.</p>
-
-<p>Entrados que fueron, el <em>Griso</em> depositó en un
-rincón de una sala baja su bordón, su gran sombrero
-y su hábito de peregrino; y como tenía una
-responsabilidad que en aquel momento nadie le
-envidiaba, subió para hacer su relación á D. Rodrigo.
-Éste lo esperaba en lo alto de la escalera,
-y viéndole aparecer con aquel aire imbécil y negado
-de un bribón engañado, “¿y bien, le dijo, ó
-más bien le gritó, señor guapo, señor capitán, señor
-<em>dejarme hacer</em>?”.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy duro, repuso el <em>Griso</em>, que permanecía
-con un pie sobre el primer escalón, es muy
-duro recibir reproches después de haber trabajado
-fielmente, tratado de cumplir con su deber y
-arriesgado al propio tiempo su pellejo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo ha ido eso? Veremos, dijo D. Rodrigo;
-y se encaminó hacia su cámara, adonde le siguió
-el <em>Griso</em>, é hizo súbitamente la relación de
-todo lo que había dispuesto, hecho, visto y no
-visto, oído, temido, reparado; haciéndolo con<span class="pagenum" id="Page_288">[Pg 288]</span>
-aquel orden y con aquella confusión, con aquella
-inexactitud que debían á la fuerza reinar aunadamente
-en su imaginación.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no has sido traidor; te has conducido
-bien, dijo D. Rodrigo; has hecho lo que has podido;
-mas... bajo este techo se cobija algún espía.
-Si efectivamente es así, si llego por casualidad
-á descubrirlo, y lo descubriré si lo hay, yo te
-aseguro, <em>Griso</em>, que lo guardo para un día de
-fiesta.</p>
-
-<p>&mdash;Semejante sospecha, señor, también me ha
-pasado por la cabeza; y si fuese verdad, si se llegase
-á descubrir un bribón de esa especie, el señor
-amo lo debe poner en mis manos. ¡Un pillo
-que se habrá gozado en hacerme pasar una noche
-semejante! Me pertenece hacérsela pagar. Sin embargo,
-por varias cosas he podido deducir, que
-aquí debe haber alguna otra intriga que por ahora
-no se puede comprender. Mañana, señor, mañana
-se verá más claro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Á lo menos no habréis sido reconocidos?</p>
-
-<p>El <em>Griso</em> respondió que esperaba que no; y la
-conclusión de este discurso fué que D. Rodrigo
-le ordenó para el día siguiente tres cosas que
-aquél hubiera sabido pensar por sí solo, á saber:
-expedir muy de mañana dos hombres para hacer
-al cónsul una cierta intimación, que fué hecha
-después, según ya hemos visto; otros dos fueron
-enviados á rondar por los alrededores del caserón<span class="pagenum" id="Page_289">[Pg 289]</span>
-arruinado, con el objeto de alejar á todos los ociosos
-que se dirigiesen hacia aquel punto; y sustraer
-la litera á todas las miradas hasta la noche siguiente,
-en la cual se mandaría á buscarla, porque
-por el momento no convenía moverse más
-para no dar sospechas. Después ordenó que fuesen
-á descubrir terreno, y que enviase algunos de
-los más desenvueltos y diestros con el fin de indagar
-algo acerca del desorden de aquella noche.
-Luego de haber dado dichas órdenes, D. Rodrigo
-se fué á descansar, y dejó también ir al <em>Griso</em>, al
-cual despidió colmándole de alabanzas, en las que
-se traslucía evidentemente el deseo de resarcirle
-de los improperios precipitados con los cuales le
-había acogido.</p>
-
-<p>&mdash;Vete á dormir, pobre <em>Griso</em>, pues debes tener
-ya necesidad de ello. ¡Pobre <em>Griso</em>! ¡Todo el
-día de negocios, negocios en medio de la noche,
-sin contar el peligro de caer en poder de los villanos
-ó de atraerse una buena recompensa <em>por el
-rapto de una mujer honesta</em>, añadido todo esto á
-las que tú tienes ya encima, y después ser recibido
-de aquel modo! Mas ¡ah! ¡así pagan los hombres
-con frecuencia los buenos servicios! Tú has
-debido convencerte, sin embargo, en esta ocasión,
-que alguna vez la justicia, si no viene antes, viene
-después en este mundo. Ahora vete á dormir;
-día vendrá en que quizá tendrás que darme otra
-prueba de tu adhesión mucho mayor que ésta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_290">[Pg 290]</span></p>
-
-<p>Á la mañana siguiente, el <em>Griso</em> estaba ya de
-nuevo ocupado en sus negocios, cuando D. Rodrigo
-se levantó. Éste buscó en seguida al conde
-Attilio, el cual, viéndole aparecer, tomó un aire
-y un tono de chanza, y le gritó: ¡S. Martín!</p>
-
-<p>&mdash;No sé qué deciros, repuso D. Rodrigo aproximándose
-á él; pagaré la apuesta; pero esto no es
-lo que más me aflige: no he querido deciros nada,
-porque lo confieso, trataba de daros esta mañana
-una pequeña sorpresa. Mas... basta; ahora
-os lo contaré todo.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda el fraile ha echado la zancadilla en
-este negocio, dijo el primo, después de haberlo
-escuchado todo con más formalidad que no podía
-esperarse de un cerebro tan ligero como el suyo.
-Ese fraile, prosiguió, con su facha de mosca muerta
-y su lenguaje mesurado, lo tengo por un bribón
-y por un hipócrita. Vos no os habéis querido
-fiar de mí; no habéis querido decirme claramente
-lo que había venido á buscar el otro día. D. Rodrigo
-refirió el diálogo. ¿Y tuvisteis tanta cachaza?
-exclamó el conde Attilio; ¿y lo dejasteis ir según
-había venido?</p>
-
-<p>&mdash;¿Queríais que me hubiese atraído el aborrecimiento
-de todos los capuchinos de Italia?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé, dijo el conde Attilio, si en aquel
-instante me habría acordado que hubiese en el
-mundo otros capuchinos que ese temerario bribón.
-Pero siguiendo las reglas más estrictas de la<span class="pagenum" id="Page_291">[Pg 291]</span>
-prudencia, nunca faltan medios de tomar satisfacción,
-aunque sea de un capuchino. Es preciso saber
-redoblar las miradas por todo el cuerpo, y
-entonces se puede impunemente dar una pequeña
-paliza á un miembro. Basta: ha escapado á un
-castigo que merecía mucho; pero yo lo tomo bajo
-mi protección, y quiero tener el consuelo de
-enseñarle de qué modo se trata á la gente como
-nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;No lo echéis á perder más.</p>
-
-<p>&mdash;Fiaos una vez siquiera en mí; yo os serviré
-de pariente y de amigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que pensáis hacer?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé aún; mas os aseguro que serviré al
-fraile. Lo pensaré, y... el señor conde mi tío,
-del consejo secreto, es el que podrá servirme. ¡Mi
-querido señor conde y tío! ¡Cuánto me divierto
-en hacer trabajar en mi favor á un politicón de
-ese calibre! Pasado mañana estaré en Milán, y de
-un modo ú otro el fraile será servido...</p>
-
-<p>Entretanto trajeron el desayuno, lo cual no interrumpió
-la conversación sobre un negocio de aquella
-importancia. El conde Attilio hablaba con desenvoltura;
-y si bien tomaba aquella parte que requería
-su amistad para con el primo, y el honor
-del nombre común, según las ideas que tenía de
-amistad y de honor, sin embargo, de cuando en
-cuando no podía menos de echarse á reir por lo
-bajo de aquella malograda empresa. Pero D. Rodrigo<span class="pagenum" id="Page_292">[Pg 292]</span>
-que discutía en causa propia, y que creyendo
-dar tranquilamente un golpe, le había salido
-fallido con estrépito, estaba agitado por pasiones
-más graves, y distraído por ideas más inquietas.
-¡Cuánto charlarán, decía, esos bribones en todos
-los alrededores! ¿pero qué me importa? Tocante
-á la justicia, me río de ella; pruebas no hay ninguna,
-y aun cuando las hubiera, me reiría igualmente;
-á buena cuenta, esta mañana he hecho advertir
-al cónsul que se guardase bien de hacer
-declaración alguna acerca de lo sucedido. Nada
-malo me puede resultar; pero las habladurías,
-cuando duran mucho, me fastidian. ¡Hasta el
-presente, bien amargamente he sido burlado!</p>
-
-<p>&mdash;Habéis hecho perfectamente, repuso el conde
-Attilio. Vuestro podestá... vuestro ignorante,
-vuestro testarudo, vuestro muy fastidioso podestá...
-es, sin embargo, un hombre honrado;
-un hombre que sabe su deber, y precisamente
-cuando se tiene algún negocio con semejantes personas,
-es necesario evitarles compromisos. Si ese
-imbécil de cónsul hace una declaración cualquiera,
-el podestá, aunque tenga buenas intenciones,
-se verá obligado, sin embargo, á...</p>
-
-<p>&mdash;Mas vos, interrumpió D. Rodrigo un tanto
-colérico, vos echáis á perder mi asunto con vuestro
-afán de contradecirle en todo, de cortarle la
-palabra, y aun de chancearos en ocasiones dadas.
-¡Qué diablo! ¿pues qué, un podestá no podrá ser<span class="pagenum" id="Page_293">[Pg 293]</span>
-un tonto y obstinado aun cuando en lo demás sea
-un buen hombre?</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabéis, primo mío, dijo mirándole sorprendido
-el conde Attilio, sabéis que empiezo á creer
-que tenéis un poco de miedo? Tomáis tan á pechos
-aun las cosas del podestá...</p>
-
-<p>&mdash;Vaya, vaya, ¿no habéis dicho vos mismo que
-era preciso tener cuidado?...</p>
-
-<p>&mdash;Lo he dicho, y cuando se trata de un negocio
-formal, os haré ver que no soy un niño. ¿Sabéis
-lo que soy capaz de hacer por vos? Soy hombre
-de ir en persona á hacer una visita al señor
-podestá. ¡Ah! ¡Qué contento se pondrá con semejante
-honor! Soy hombre de dejarlo hablar por
-espacio de media hora del conde-duque y de nuestro
-señor castellano español, y de darle la razón
-en todo, aun cuando no diga más que tonterías.
-Diré después algunas palabritas sobre el conde mi
-tío, del consejo secreto: ¿y sabéis el efecto que
-producirán dichas palabras en los oídos del señor
-podestá? Al fin de la jornada él tiene más necesidad
-de nuestra protección, que vos de su condescendencia.
-Iré, lo haré todo á pedir de boca, y lo
-dejaré mejor dispuesto que nunca.</p>
-
-<p>Después de estas y otras palabras semejantes,
-el conde Attilio salió para ir á caza, y D. Rodrigo
-quedó esperando con ansiedad la vuelta del
-<em>Griso</em>. Éste vino al fin á la hora de comer, para
-hacer la relación de todo lo que había ocurrido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_294">[Pg 294]</span></p>
-
-<p>El desorden de la pasada noche había sido tan
-ruidoso, la desaparición de tres personas del lugarcillo
-era un suceso tan grande, que las pesquisas,
-ya fuese por interés, ya por curiosidad, debían
-naturalmente ser numerosas, vivas y obstinadas;
-por otra parte, había mucha gente demasiado instruida
-de algunas particularidades, para que se
-pudiesen poner de acuerdo para callar. Perpetua
-no podía dejarse ver en el umbral de su puerta,
-que no se viese asaltada, ya por uno, ya por otro,
-para que dijese quién había causado aquel gran
-miedo á su amo; y Perpetua recapacitando en todas
-las circunstancias del suceso, y viendo finalmente
-de qué modo había sido burlada por Inés,
-sentía una cólera tal por aquella perfidia, que tenía
-necesidad al propio tiempo de desfogarse un
-poco. Aunque se lamentase con el tercero y con
-el cuarto, sobre los medios que habían tenido de
-burlarse de ella, no respiraba acerca de este punto;
-mas el tiro hecho á su pobre amo no podía pasarlo
-enteramente en silencio; y sobre todo, que
-semejante tiro hubiese sido concertado y puesto
-por obra por aquel honrado joven, por aquella
-buena viuda, y por aquella inocente virgen. D.
-Abundio podía muy bien ordenarle resueltamente
-y rogarle con cordialidad que se callara; ella
-podía también repetirle que no había necesidad
-de recomendarle una cosa tan clara y tan natural;
-es verdad que tan gran secreto estaba en el corazón<span class="pagenum" id="Page_295">[Pg 295]</span>
-de la pobre mujer como está en un tonel
-viejo falto de cercos un vino enteramente nuevo
-que se acaba de echar, que trabaja, fermenta,
-hierve de nuevo, y si no echa la tapa por el aire,
-gime allí dentro y sale la espuma, se escapa al
-través de las duelas, y gotea por todas partes,
-hasta que se puede beber y decir en su día qué
-vino es. Gervasio, que creía soñar al verse una
-vez mejor informado que los demás, á quien no
-parecía pequeña gloria el haber tenido un gran
-miedo, y que por haber contribuido á una cosa
-que picaba en criminal, creía ser ya un hombre
-como los demás, reventaba de deseos por vanagloriarse
-de ello. Y aunque Tonio, que pensaba
-seriamente en las pesquisas y procesos posibles y
-en la cuenta que sería preciso rendir, le previniese
-con el puño en la nariz, sin embargo, no fué
-dueño para ahogar en su boca todas las palabras.
-Por lo demás, Tonio mismo, después de haber estado
-ausente de su casa aquella noche hasta hora
-muy avanzada, volviéndose á ella con paso y semblante
-no acostumbrado, con una agitación de espíritu
-que lo disponía á la sinceridad, no pudo
-callar el hecho á su mujer, la cual no era muda.
-El que habló menos fué Menico, porque así que
-hubo contado á sus padres la historia y el motivo
-de su expedición, que éstos se alarmaron tanto al
-ver que su hijo se había mezclado en cooperar á
-una empresa en que jugaba D. Rodrigo, que casi<span class="pagenum" id="Page_296">[Pg 296]</span>
-no le dejaron concluir su narración. Después le
-dieron las más fuertes y amenazadoras órdenes,
-previniéndole que se guardase bien de decir nada;
-y á la mañana siguiente, no pareciéndoles que
-estaban suficientemente seguros, resolvieron tenerlo
-encerrado en casa por todo el día y aun por
-algunos más. ¡Pero qué! ellos mismos después,
-charlando con las gentes del país, y sin querer
-manifestar que sabían más que ellos, cuando llegaban
-á aquel punto oscuro de la fuga de nuestros
-tres infortunados, y al cómo, y al por qué,
-y adónde, añadían como cosa muy cierta que se
-habían refugiado en Pescarenico.</p>
-
-<p>Así esta circunstancia entró en las conversaciones
-generales. Con todos estos propósitos, verdaderos
-ó falsos, puestos en seguida juntos y unidos
-según se acostumbra, y con los adornos que
-se les aplica naturalmente cuando se forjan, se
-podía hacer una historia de una certeza y de una
-claridad tal, que el juicio más crítico debía estar
-satisfecho. Mas aquella invasión de los bravos,
-accidente demasiado grave y demasiado ruidoso
-para ser pasado por alto, y del cual nadie tenía
-un conocimiento muy positivo; dicho accidente,
-pues, era el que hacía, sobre todo, la historia más
-oscura y embrollada. Se murmuraba el nombre de
-D. Rodrigo: en esto todos estaban de acuerdo; en
-lo demás no se veía otra cosa que conjeturas diversas
-y profunda oscuridad. Se hablaba mucho<span class="pagenum" id="Page_297">[Pg 297]</span>
-de dos guapetones que habían sido vistos en la
-calle al anochecer, y del que estaba á la puerta
-de la hostería. ¿Pero qué luz podía sacarse de este
-hecho tan aislado? Se preguntaba al huésped
-quién había estado en su casa la noche anterior;
-pero éste no se acordaba, sin embargo, de haber
-visto á nadie en dicha noche, y concluía siempre
-diciendo, que su hostería era como un puerto de
-mar. Sobre todo, lo que confundía las imaginaciones
-y desordenaba las conjeturas, era aquel peregrino
-visto por Stéfano y por Carlandrea; aquel
-peregrino que los malvados querían asesinar y
-que había partido con ellos, y que también se habían
-llevado. ¿Qué había ido á hacer allí? ¡Era un
-alma del purgatorio aparecida para ayudar á las
-mujeres; era un alma condenada de un malvado é
-impostor peregrino, que venía siempre de noche
-á unirse para hacer fechorías con aquellos mismos
-con los que las había hecho viviendo; era un peregrino
-real y vivo, que aquéllos habían querido
-asesinar por miedo de que gritase y alborotase el
-pueblo; era (mirad lo que fueron á pensar) uno de
-los mismos malandrines disfrazado de peregrino!
-Era esto, era aquello, era tantas cosas, que toda
-la sagacidad y experiencia del <em>Griso</em> no hubiera
-bastado á descubrir, si éste hubiese tenido que saber
-esta parte de la historia por las conjeturas de
-los demás; pero ya sabe el lector, que lo que para
-otros era una confusión, estaba para él muy<span class="pagenum" id="Page_298">[Pg 298]</span>
-claro. Sirviéndose de la clave para interpretar las
-otras noticias recogidas inmediatamente por sí, ó
-por medio de subordinados exploradores, pudo,
-entre todo, hacer una relación bastante clara á D.
-Rodrigo. Encerróse al momento con él, le informó
-del golpe intentado por los novios, lo cual explicaba
-naturalmente haber hallado la casa vacía
-y el tocar á rebato, sin que hubiese necesidad de
-suponer que en el palacio hubiese habido algún
-traidor (según decían aquellos dos hombres de
-bien). Le participó la fuga, y la razón de esto era
-fácil de encontrar; el temor de los prometidos cogidos
-en falta, ó algún aviso de la invasión, recibido
-cuando ésta había sido descubierta, y todo
-el pueblo puesto en movimiento. Finalmente, dijo,
-que aquéllos se habían refugiado en Pescarenico;
-desde esto en adelante no alcanzaba más su
-ciencia. Complació á D. Rodrigo el estar cierto
-que nadie le había hecho traición, y ver también
-que no quedaban huellas de lo que había hecho;
-mas esto no fué más que una débil y rápida complacencia.
-“¡Han huido juntos, gritó!, ¡juntos! ¡y
-ese fraile malvado!, ¡ese fraile!”... Las palabras
-salían con trabajo de su garganta; rechinaba los
-dientes; su aspecto era feroz como sus pasiones.
-“¡Ese fraile me la pagará, <em>Griso</em>, ó yo no sería quien
-soy!... ¡Quiero saber... yo quiero encontrar...
-esta tarde misma quiero saber en dónde están; no
-descansaré hasta entonces: á Pescarenico, pronto;<span class="pagenum" id="Page_299">[Pg 299]</span>
-á saber, á ver, á encontrar... cuatro escudos al
-momento, y mi protección para siempre: esta
-noche lo quiero saber! ¡Y ese bribón!... ¡ese
-fraile!”...</p>
-
-<p>He aquí ya al <em>Griso</em> de nuevo en campaña; y
-aquella misma tarde pudo llevar á su digno amo
-la tan deseada noticia: vamos á ver de qué
-modo.</p>
-
-<p>Uno de los más grandes consuelos de esta vida
-es la amistad; y uno de los consuelos de la
-amistad es el tener á quien confiar un secreto.
-Ahora, los amigos no se encuentran de dos en dos
-como esposos; nadie, generalmente hablando, tiene
-más de uno, lo cual forma una cadena, que
-ninguno podría hallar el fin. Cuando, pues, un
-amigo se procura la dicha de depositar un secreto
-en el seno de otro, da á éste el consuelo de
-procurarse la misma dicha que él. Le suplica, es
-verdad, que no diga nada; y tal condición, el que
-la tomase en el sentido rigoroso de la palabra,
-cortaría inmediatamente el curso de los consuelos.
-Mas la práctica ha querido que se obligase
-únicamente á no confiar el secreto más que á un
-amigo igualmente seguro, imponiendo á éste la
-misma condición. Así de amigo fiel en amigo fiel,
-el secreto gira por esa inmensa cadena, hasta tanto
-que llega á oídos de éstos ó de aquéllos, á quienes
-el primero que ha hablado, no hubiera querido
-que hubiese llegado nunca. Sin embargo, tendría<span class="pagenum" id="Page_300">[Pg 300]</span>
-ordinariamente que hacer un gran pedazo de
-camino si cada uno no tuviese más que dos amigos,
-aquel á quien se lo confía y al que se lo repite,
-bajo la condición de que se lo callará. Pero
-hay de esos hombres privilegiados que lo cuentan
-á un centenar; y cuando el secreto llega hasta uno
-de dichos hombres, las vueltas se hacen tan rápidas
-y tan multiplicadas, que no es posible seguir
-sus huellas.</p>
-
-<p>Nuestro autor no ha podido acertar por cuántas
-bocas había pasado el secreto que el <em>Griso</em> tenía
-orden de descubrir; lo que hay de cierto es,
-que el buen hombre por el cual habían sido escoltadas
-las mujeres hasta Monza, al volver al
-anochecer á Pescarenico con su batel, se paró antes
-de llegar á su casa en la de un amigo fiel, al
-cual contó en confianza la obra buena que había
-hecho, y lo que de esto se siguió; y lo que también
-hay de cierto es que el <em>Griso</em> pudo dos horas
-después correr al palacio á referir á D. Rodrigo
-que Lucía y su madre se habían refugiado
-en un convento de Monza, y que Renzo había seguido
-su camino hacia Milán.</p>
-
-<p>D. Rodrigo experimentó una criminal alegría al
-saber aquella separación, y sintió renacer en el
-fondo del corazón la malvada esperanza de lograr
-su intento. Pensó en el modo gran parte de la noche,
-y se levantó temprano con dos objetos: el
-uno en proyecto, el otro bosquejado. El primero<span class="pagenum" id="Page_301">[Pg 301]</span>
-era expedir con la mayor prontitud al <em>Griso</em> á
-Monza, para tener noticias más evidentes de Lucía,
-y saber si había medio de intentar algo. Hizo,
-pues, llamar inmediatamente á su fiel servidor,
-púsole en la mano los cuatro escudos, le alabó
-de nuevo la habilidad con la cual los había
-ganado, y le dió la orden que había premeditado.</p>
-
-<p>&mdash;Señor... dijo titubeando el <em>Griso</em>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? ¿No he hablado claro?</p>
-
-<p>&mdash;Si pudieseis mandar á algún otro...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Ilustrísimo señor, estoy dispuesto á arriesgar
-el pellejo por mi señor, éste es mi deber; mas
-también sé que no quiere aventurar la vida de
-sus súbditos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y bien?</p>
-
-<p>&mdash;Vuestra señoría ilustrísima sabe bien las sentencias
-que tengo sobre mi cuerpo, y... aquí
-estoy bajo su protección; formamos una compañía;
-el señor podestá es amigo de la casa; los esbirros
-me respetan, y yo también... es cosa que
-hace poco honor, convengo en ello; mas para vivir
-tranquilo... los trato como amigos. En Milán
-la librea de vuestra señoría es conocida; pero
-en Monza, al contrario, yo soy el conocido. ¿Vuestra
-señoría sabe (no es por gana de decirlo) que
-aquel que pudiese ponerme en manos de la justicia
-ó presentar mi cabeza, daría un buen golpe?<span class="pagenum" id="Page_302">[Pg 302]</span>
-Cien escudos uno sobre otro, y la facultad de librar
-dos penados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué diablo!, dijo D. Rodrigo; te pareces ahora
-á un perro de corral, que apenas tiene valor de
-tirarse á las piernas del que pasa junto á la puerta,
-mirando tras de sí para ver si las gentes de la
-casa están dispuestas á sostenerle.</p>
-
-<p>&mdash;Creo, señor amo, haber dado pruebas...</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues, y entonces!</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, replicó francamente <em>Griso</em>, hágase
-vuestra señoría la cuenta que no he dicho nada:
-corazón de león, piernas de liebre; estoy pronto á
-partir.</p>
-
-<p>&mdash;No he dicho que vayas tú sólo; escoge un par
-de los mejores... Sfregiato y Tira-Dritto, y ve
-sin miedo, y sé siempre el <em>Griso</em>. ¡Qué diablo!,
-¿quién quieres tú no esté contento de dejar pasar
-tres figuras como las vuestras, y que van á sus
-negocios? Sería preciso que los esbirros de Monza
-estuviesen mal con su vida para arriesgarla
-por cien escudos á un juego tan peligroso. Y después,
-no creo ser tan poco conocido en aquel paraje
-que no se cuente por nada la cualidad de ser
-servidor mío.</p>
-
-<p>Habiendo así picado el pundonor del <em>Griso</em>, le
-dió en seguida más amplias y detalladas instrucciones.
-El <em>Griso</em> tomó sus dos compañeros, y partió
-con ademán alegre y decidido, pero maldiciendo
-en su interior á Monza, las sentencias, las mujeres,<span class="pagenum" id="Page_303">[Pg 303]</span>
-y los caprichos del amo. Caminaba como un
-lobo que, acosado por el hambre, con el vientre
-vacío y con las costillas que se le hubieran podido
-contar, baja de sus montañas en donde no hay
-más que nieve, avanza con precaución hacia la
-llanura, se para de cuando en cuando con una mano
-levantada y meneando su rozada cola, para
-ver si el viento le lleva olor de hombre ó de hierro;
-endereza sus finas orejas, y hace rodar dos
-sangrientos ojos, en los cuales se traslucen á la
-vez el ardor de la presa y el miedo de la caza<a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>.
-Por lo demás, el que quiera saber el origen de
-este magnífico verso, diré que está sacado de una
-diablura inédita sobre las cruzadas y los lombardos,
-que pronto no será ya inédita y hará un terrible
-ruido, habiéndolo tomado porque venía á
-propósito, y digo de dónde, para que no se me
-acuse que quiero vestirme con ropas ajenas; que
-nadie piense, sin embargo, que esto sea una
-astucia mía para anunciar que el autor de dicha
-diablura y yo seamos lo mismo que hermanos,
-y que hurgo á mi placer en todos sus manuscritos.</p>
-
-<p>Otra cosa que meditaba D. Rodrigo era, encontrar<span class="pagenum" id="Page_304">[Pg 304]</span>
-el modo de que Renzo no pudiese volver más
-con Lucía, ni poner el pie en el pueblo, con cuyo
-fin maquinaba el hacer esparcir voces de amenazas
-y de asechanzas, que llegando á sus oídos por
-medio de algún amigo, le hiciesen pasar los deseos
-de volver. Creía, sin embargo, que lo
-más seguro sería buscar un medio para que lo
-desterrasen del Estado, y para lograr esto veía
-que más que la fuerza podía servirle la justicia.
-Se podía, por ejemplo, presentar bajo negros colores,
-la tentativa que había hecho en la casa parroquial,
-pintarla como una agresión, como un acto
-sedicioso, y con ayuda del doctor, hacer entender
-al podestá que éste era un caso grave para
-expedir contra Renzo un magnífico auto de prisión;
-pero calculó que no era conveniente á un
-personaje como él remover aquel feo negocio; y
-sin querer por más tiempo romperse la cabeza,
-resolvió franquearse con el doctor <em>Azzecca-Garbugli</em>,
-lo suficiente para hacerle comprender su
-deseo. ¡Hay tantas ordenanzas! pensaba, y el doctor
-no es un ganso: él encontrará alguna cosa que
-me haga al caso, alguna camorra que buscar á ese
-villano, pues de otro modo le mudo el nombre.
-¡Mas ved, sin embargo, cómo van algunas veces
-las cosas de este mundo! Mientras que él piensa
-en el doctor, como en el hombre más hábil que
-pudiese servirle en el negocio, otro hombre, el
-hombre que nadie podría imaginarse, Renzo mismo,<span class="pagenum" id="Page_305">[Pg 305]</span>
-para decirlo de una vez, trabajaba de todo
-corazón en ayudarle de un modo mucho más seguro
-y expedito que todos los que el doctor hubiera
-podido jamás encontrar.</p>
-
-<p>He visto muchas veces un amable niño, listo, á
-decir verdad, pero que en todo lo que él hace
-manifiesta llegar á ser un hombre cumplido; lo he
-visto, repito, con frecuencia, ocupado al anochecer
-en hacer entrar en el corral su manada de conejillos
-de Indias que había dejado correr libremente
-por el día en un huertecillo. Hubiera querido
-hacerlos entrar á todos á un mismo tiempo;
-pero era en vano; el uno se escapaba á la derecha,
-y mientras el pastorcillo corría con el objeto
-de reunirlo á la manada, el otro, dos, tres, se escapaban
-á la izquierda y por todas partes, de modo
-que después de haberse impacientado un poco,
-se adaptaba á sus maneras, arrojaba hacia
-dentro primeramente á los que estaban más cercanos
-á la puerta, luego iba á buscar á los demás,
-y los iba metiendo de uno á uno, de dos en dos,
-de tres en tres; en fin, según podía. Es indispensable
-que nosotros hagamos con nuestros personajes
-un juego semejante: refugiada Lucía, hemos
-corrido al palacio de D. Rodrigo, y ahora debemos
-abandonarla para ir detrás de Renzo, á quien
-habíamos perdido de vista.</p>
-
-<p>Después de la dolorosa separación que hemos
-referido, caminaba Renzo desde Monza con dirección<span class="pagenum" id="Page_306">[Pg 306]</span>
-á Milán, en una situación de espíritu que
-cualquiera podrá imaginar fácilmente. ¡Abandonar
-su casa, perder el oficio, y lo que era peor de
-todo, alejarse de Lucía, hallarse en un camino sin
-saber adónde iría á parar, y todo por causa de
-aquel bribón! Cuando se entretenía su pensamiento
-sobre cualquiera de estas cosas, se apoderaba
-de él la rabia y el deseo de la venganza; mas luego
-recordaba aquella súplica que había hecho en
-compañía de su buen fraile en la iglesia de Pescarenico,
-y se enmendaba. Algunos instantes después
-volvía á enfurecerse; mas al ver una imagen
-pintada en la pared, se quitaba el sombrero, y se
-paraba al momento á rogar de nuevo, si bien que
-en su viaje mató en su interior á D. Rodrigo, y
-lo resucitó á lo menos veinte veces. El camino,
-trazado entre dos elevadas márgenes, era cenagoso,
-pedregoso, surcado de profundos carriles, los
-cuales después de haber llovido, se convertían en
-arroyos, y en ciertos parajes más bajos, se inundaba
-todo, de tal modo, que se hubiera podido ir
-embarcado. Á algunos pasos, un pequeño y escarpado
-sendero formando escalones, indicaba que
-otros viajeros se habían abierto camino á través
-de los campos. Habiendo subido Renzo por una
-de aquellas sendas provisionales sobre un terreno
-más elevado, vió delante de sí la inmensa mole
-de la catedral aislada sobre la llanura, como si
-saliese del desierto y no del seno de una ciudad;<span class="pagenum" id="Page_307">[Pg 307]</span>
-olvidó por un momento todas sus aflicciones, y se
-paró á contemplar, aunque de lejos, aquella octava
-maravilla, de la cual tanto había oído hablar
-en su infancia. Después de algunos momentos,
-volviendo atrás la vista, vió en el horizonte aquel
-gran conjunto de desiguales cimas; divisó claramente
-entre ellas á su tan elevado <em>Resegon</em>: sintió
-revolverse toda su sangre, y se detuvo algún tiempo
-mirando tristemente aquellos sitios, después
-de lo cual continuó su camino todavía más afligido.
-Poco á poco empezó á descubrir los campanarios,
-las torres, las cúpulas y los tejados: bajó
-entonces de nuevo al camino, anduvo aún algún
-tiempo, y cuando conoció que estaba cerca de la
-ciudad, se acercó á un viajero, é inclinándose con
-toda la política de que era capaz, le dijo: Buenos
-días, caballero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué queréis, buen joven?</p>
-
-<p>&mdash;¿Podríais enseñarme el camino más corto para
-ir al convento de capuchinos en donde está el
-padre Buenaventura?</p>
-
-<p>El hombre á quien Renzo se dirigía era un rico
-vecino de las cercanías, que habiendo ido aquella
-mañana á Milán á sus negocios, se volvía sin
-haber hecho nada, con la mayor precipitación, no
-viendo la hora de llegar á su casa, no habiendo
-echado seguramente de menos semejante detención.
-Con todo esto, sin dar señales de impaciencia,
-contestó con mucha dulzura: hijo mío,
-conventos<span class="pagenum" id="Page_308">[Pg 308]</span> hay más de uno; sería preciso que me supieseis
-decir con más claridad cuál es el que
-buscáis. Renzo sacó de su pecho la carta del padre
-Cristóbal y se la enseñó á aquel caballero, el
-que habiendo leído <em>Puerta Oriental</em>, se la devolvió
-diciendo: “Sois afortunado, mi buen joven; el
-convento que buscáis está muy cerca de aquí: tomad
-por esta pequeña senda á la derecha; éste es
-un atajo, en pocos minutos llegaréis á una esquina
-de un edificio largo y bajo, es el Lazareto; dad
-la vuelta al foso que lo rodea, y llegaréis á la
-Puerta Oriental: entrad, y al cabo de unos cuatrocientos
-pasos, veréis una plazuela adornada de
-bellos olmos; allí está el convento; no os podéis
-equivocar. Dios os guarde, joven mancebo”. Y
-acompañando estas últimas palabras con un gracioso
-gesto, partió. Renzo quedó estupefacto y
-edificado de la cortesía que tenían los ciudadanos
-con la gente del campo. No sabía que aquél era
-un día extraordinario, un día en que las capas se
-inclinaban ante los jubones.</p>
-
-<p>Siguió el camino que le había sido indicado, y
-se encontró en la Puerta Oriental. Sin embargo,
-no es preciso que á este nombre el lector deje ir
-su fantasía á las imágenes que hoy día están asociadas
-á él. Cuando Renzo entró por aquella puerta,
-el camino por la parte exterior no era recto
-más que por toda la longitud del Lazareto; después
-se prolongaba tortuoso y estrecho entre dos<span class="pagenum" id="Page_309">[Pg 309]</span>
-columnas, con un tejadillo para sostener los postes,
-y al otro lado una casita para los guardas.
-La calle que se abría delante de la puerta, por la
-cual se entraba, no se parecía en nada á la que
-ahora se presenta al que entra por la puerta de
-Tosa. Un pequeño foso corría por el centro hasta
-cerca de la puerta, y la dividía de este modo en
-dos callejuelas tortuosas, cubiertas de polvo ó de
-barro, según la estación. En el paraje donde existía
-y existe aún aquel grupo de casas que se llama
-el Borghetto, el foso se perdía en un gran sumidero.
-Allí se hallaba una columna sobre la cual
-había una cruz que llamaban la columna de S.
-Dionisio: á derecha é izquierda veíanse huertos
-circuidos de vallados, y á intervalos casitas habitadas
-las más por lavanderas.</p>
-
-<p>Renzo entró, pasó: ninguno de los guardas le
-dijo una palabra, lo que le pareció muy extraño,
-porque había oído contar á los de su pueblo que
-podían vanagloriarse de haber estado en Milán,
-mil cosas increíbles de registros y preguntas que
-hacían al que llegaba de fuera. La calle estaba
-desierta; de modo, que si no hubiese oído un ruido
-lejano que indicaba un gran movimiento, le
-hubiera parecido que entraba en una ciudad abandonada.
-Siguiendo calle adelante sin saber lo que
-pensar, divisó en el piso ciertos regueros blancos
-y blandos, á semejanza de la nieve; mas nieve no
-podía ser, porque ésta no cae ordinariamente en<span class="pagenum" id="Page_310">[Pg 310]</span>
-semejante estación, ni se queda en el suelo formando
-regueros. Se inclinó sobre uno de ellos, lo
-miró, lo tocó y vió que era harina. Gran abundancia,
-se dijo, debe haber en Milán cuando así
-se desperdicia la gracia de Dios; y sin embargo,
-nos daban á entender que había carestía en todas
-partes; he aquí cómo se arreglan para tener quieta
-á toda la gente del campo. Mas después de haber
-dado algunos pasos, llegó delante de la columna,
-á cuyo pie divisó cierta cosa más extraña:
-vió sobre las escaleras del pedestal varios objetos
-esparcidos que no eran seguramente guijarros;
-porque si aquéllos hubiesen estado en el mostrador
-de un panadero, no se hubiera vacilado un
-momento en darles el nombre de panes. Pero Renzo
-no se atrevía tan pronto á fiarse en su vista, porque,
-¡qué diablos! ¡aquél no era el sitio de poner
-el pan! Vamos á ver qué es esto, se dijo de nuevo.
-Se dirigió hacia la columna, se bajó y recogió
-uno; era en efecto, un pan redondo, blanquísimo,
-de los que Renzo no acostumbraba á comer más
-que en las grandes solemnidades. ¡Es pan de veras!
-dijo en alta voz; tanta era su admiración: ¿así
-lo siembran en este país, en un año como éste, y
-no se incomodan siquiera para recogerlo cuando
-cae? Es indispensable que éste sea el país de la
-cucaña. Después de diez millas de camino que
-había hecho, el aire fresco de la mañana, la vista
-de aquel pan, junto con la admiración que había<span class="pagenum" id="Page_311">[Pg 311]</span>
-experimentado, se le despertó el apetito. ¿Lo cogeré?
-pensaba entre sí: ¡ah! lo han dejado aquí á
-discreción de los perros; mejor es que se aproveche
-de ello un cristiano: al fin y al cabo, si comparece
-el amo, se lo pagaré. Así pensando, se lo
-metió en un bolsillo, tomó un segundo y lo colocó
-en otro bolsillo, se apoderó de un tercero y
-empezó á comer; después de esto echó á andar
-más incierto que nunca, y deseoso de aclarar
-aquel suceso.</p>
-
-<p>Apenas se puso en movimiento, vió aparecer
-gente que venía del interior de la ciudad y miró
-atentamente á los primeros que se presentaron.
-Éstos eran un hombre, una mujer, y á algunos
-pasos más atrás un muchacho; los tres llevaban
-una carga sobre las espaldas, la cual parecía superior
-á sus fuerzas, y todos tres tenían una figura
-muy rara. Sus vestidos, ó más bien sus harapos,
-enharinados, su cara ardiente, inflamada y
-cubierta de harina; su marcha no sólo era penosa
-á causa de la carga, sino también sumamente dolorosa,
-como si hubiesen sido magullados y golpeados.
-El hombre llevaba sobre sus hombros un
-gran saco de harina, agujereado por algunas partes
-y la sembraba á puñados á cada encuentro
-que tenía ó á cada paso dado en falso. Pero la figura
-de la mujer era todavía más singular: tenía
-un enorme corpachón y llevaba los brazos extendidos,
-los cuales parecía que apenas podía sostener,<span class="pagenum" id="Page_312">[Pg 312]</span>
-asemejándose á dos corvas asas de una gran
-tinaja: debajo de aquel gran vientre salían dos
-piernas desnudas hasta más arriba de la rodilla,
-las que iban avanzando vacilantes. Renzo miró
-con más atención y vió que aquel gran cuerpo era
-el guardapiés que la mujer sostenía por sus extremos,
-llevándolo tan lleno de harina, cuanta podía
-caber; y había tanta, que á cada instante se escapaba
-formando una gran polvareda. El muchacho
-sostenía con las dos manos una cesta colmada de
-panes, la cual llevaba sobre la cabeza; pero por
-tener las piernas más cortas que sus padres se
-quedaba poco á poco atrás, y doblando en seguida
-el paso todo lo que podía, con el objeto de reunirse
-á ellos, la cesta perdía el equilibrio y de
-cuando en cuando caía algún pan.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bruto! no sirves para nada; si vuelves á dejar
-caer otro, dijo la madre enseñando los puños
-apretados al muchacho...</p>
-
-<p>&mdash;Yo no los dejo caer, ellos se caen: ¿cómo he
-de hacerlo? repuso éste.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh!... suerte tuya es el que tenga las manos
-ocupadas, contestó la mujer moviendo los puños
-como si fuese á darle un manotón; y este movimiento
-la hizo derramar más harina de la que
-hubiera sido necesario para hacer los dos panes
-que el muchacho había dejado caer.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, vamos, dijo el hombre: volvamos
-atrás á recogerlos, porque si no alguno lo hará.<span class="pagenum" id="Page_313">[Pg 313]</span>
-¡Hace tanto tiempo que nos vemos privados de
-todo! Ahora que viene un poco de abundancia,
-gocémosla en santa paz.</p>
-
-<p>Entretanto iba entrando por la puerta la gente
-del campo, y uno de éstos, acercándose á la mujer,
-le preguntó: “¿Adónde se va á tomar el pan?”.</p>
-
-<p>&mdash;Más adelante, respondió aquélla, y así que
-estuvieron á diez pasos de distancia, añadió refunfuñando:
-Esos bribones de campesinos vendrán
-á saquear todos los hornos y almacenes, y no quedará
-nada para nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Eres muy gruñona, mujer, dijo el marido:
-deja que haya un poco para cada uno: ¡abundancia,
-abundancia!</p>
-
-<p>Renzo empezó á sacar en consecuencia de lo
-que veía y oía, que había llegado á una ciudad
-insurreccionada, y que aquél era un día de revolución,
-es decir, que cada uno tomaba según su
-deseo y su fuerza, dando golpes en pago. Nosotros
-desearíamos hacer jugar un buen papel á
-nuestro aldeano; mas la sinceridad histórica nos
-obliga á decir que su primer sentimiento fué de
-placer. Tenía tan poco que alabarse de las cosas
-que ordinariamente le sucedían, que se hallaba
-inclinado á aprobar cualquier acontecimiento que
-las mudase de un modo ó de otro. Por lo demás,
-no siendo nuestro joven mancebo un hombre de
-todo punto superior á su siglo, vivía también con
-aquella opinión, ó más bien con aquella pasión<span class="pagenum" id="Page_314">[Pg 314]</span>
-general, de que la escasez del pan era motivada
-por los monopolistas y panaderos; y estaba dispuesto
-á encontrar justo todo medio de arrancarles
-de las manos las subsistencias que éstos, según
-dicha opinión, negaban cruelmente al hambre
-de todo un pueblo. Sin embargo, trató de
-huir del desorden, y se alegró de haber sido dirigido
-á un capuchino, el cual podría darle un asilo
-y servirle de padre. Así pensando, y mirando
-mientras á los nuevos conquistadores que iban
-apareciendo cargados de despojos, hizo el poco de
-camino que le quedaba para llegar al convento.</p>
-
-<p>En donde ahora se eleva un bello palacio con
-sus altas galerías, había entonces y existía todavía
-no hace muchos años una plazoleta, en el fondo
-de la cual se encontraba la iglesia y el convento
-de capuchinos, delante de cuya fachada descollaban
-cuatro gigantescos olmos. Nosotros felicitamos,
-no sin envidia, á aquellos de nuestros lectores
-que no han visto las cosas en dicho estado:
-esto quiere decir que son muy jóvenes, y que no
-han tenido tiempo de hacer muchas tonterías.
-Renzo se fué directamente á la puerta, volvió á
-colocar en su seno el medio pan que le quedaba,
-sacó y tuvo preparada en su mano la carta, y tiró
-de la cuerda de la campana. Á poco rato se
-abrió un ventanillo que tenía un enrejado, y apareció
-la figura del hermano portero á preguntar
-quién era.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_315">[Pg 315]</span></p>
-
-<p>&mdash;Un aldeano, que trae al padre Buenaventura
-una carta urgente del Padre Cristóbal.</p>
-
-<p>&mdash;Dádmela, dijo el portero, introduciendo los
-dedos por entre la rejilla.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, dijo Renzo; debo entregarla en sus
-propias manos.</p>
-
-<p>&mdash;No está en el convento.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadme entrar que lo esperaré.</p>
-
-<p>&mdash;Haced otra cosa mejor, dijo el fraile, id á esperarlo
-á la iglesia, y de este modo podréis hacer
-algo bueno. Por ahora no se puede entrar en el
-convento.</p>
-
-<p>Esto dicho cerró el ventanillo. Renzo permaneció
-allí un rato con su carta en la mano. Dió
-diez pasos con dirección á la puerta de la iglesia
-para seguir el consejo del portero, mas luego pensó
-ir á echar una ojeada sobre todo aquel tumulto.
-Atravesó la plazoleta, se colocó al extremo de
-la calle, y con los brazos cruzados sobre el pecho,
-se puso á mirar á la izquierda, hacia el interior
-de la ciudad en donde el bullicio era más fuerte y
-más ruidoso. El torbellino arrastró al espectador.
-Vamos á ver, dijo entre sí: sacó de nuevo su pan,
-y entretenido en darle magníficos bocados, se puso
-en movimiento hacia aquel lado. En el ínterin
-que él se dirige allí, nosotros referiremos con la
-brevedad posible los motivos y el principio de
-aquel desorden.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a></p>
-
-<p class="p1 indent20">
-<i lang="it" xml:lang="it">Leva il muso, odorando il vento infido.</i><br />
-Levanta el hocico, husmeando el viento engañador.</p>
-
-<p class="p1">Ya se verá que este verso está copiado de un poema inédito
-de Alejandro Manzoni.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_316">[Pg 316]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Aquél era el segundo año en el cual había sido
-escasa la recolección. En el anterior, las provisiones
-que habían quedado de los años atrás habían
-suplido la falta hasta cierto punto, y la población
-había llegado á la cosecha del año 1628, que es la
-época de nuestra historia, no enteramente satisfecha
-ni hambrienta, sino desprovista de recursos.
-Al presente la cosecha tan deseada fué todavía
-más escasa que la anterior, á causa de la mala estación
-(y esto no sólo en el milanesado, sino también
-en una gran extensión de pueblos circunvecinos),
-y por culpa de los hombres. Los estragos
-y los despilfarros de la guerra eran tales, que en
-el lugar más cercano á ella, un gran número de
-propiedades quedaban más que de ordinario sin
-cultivar y abandonadas por los aldeanos, los cuales,<span class="pagenum" id="Page_317">[Pg 317]</span>
-en vez de procurarse pan por medio de su
-trabajo para sí y para los demás, se veían obligados
-á irlo á mendigar por caridad. He dicho más
-que de ordinario, porque las cargas insoportables,
-impuestas con una avidez y una ceguedad sin ejemplo,
-la conducta habitual, aun en plena paz, de
-las tropas alojadas en los pueblos, conducta que
-los dolorosos documentos de aquella época comparaban
-á la de un ejército invasor, y otras razones,
-las cuales no es éste el lugar de mencionar,
-obraban lentamente hacía ya algún tiempo ese
-triste efecto en el milanesado. Las circunstancias
-particulares de que ahora acabamos de hablar,
-eran como la irritación súbita de una enfermedad
-crónica. Concluida apenas la recolección, he aquí
-que las provisiones para el ejército y el desperdicio
-que siempre le sigue, abrieron tal brecha, que
-la penuria se hizo sentir de súbito, y con ésta su
-doloroso pero saludable é inevitable efecto, la carestía.</p>
-
-<p>Mas cuando ésta llega á cierto punto, nace siempre
-(ó al menos ha nacido siempre hasta ahora,
-¡y si todavía dura, después de tantos escritos de
-hombres hábiles, juzgad lo que sería en aquellos
-tiempos!) nace en la imaginación del mayor número
-la opinión que no ha sido motivada por la
-falta de subsistencias. Se acuerda uno de haberla
-temido pronosticado; se supone á un tiempo que
-hay suficiente grano, y que el mal proviene únicamente<span class="pagenum" id="Page_318">[Pg 318]</span>
-de que no se pone bastante en venta para
-el consumo, suposiciones que son fuera de razón,
-pero que engañan á un tiempo la cólera y la
-esperanza. Los monopolistas de granos, verdaderos
-é imaginarios, los propietarios que no vendían
-toda su cosecha en un día, los panaderos que compraban;
-todos aquéllos, en fin, que tenían poco ó
-mucho, ó que pasaban por tener, éstos, pues, eran
-considerados como los autores de la carestía, de
-las subsistencias y de la penuria: contra los mismos
-estallaban las quejas generales; ellos se habían
-captado el odio de la multitud bien ó mal
-vestida. Decíase, con seguridad, dónde tenían los
-almacenes, dónde estaban los graneros colmados,
-apuntalados; se indicaba un número de sacos disparatado;
-se hablaba con certeza de la inmensa
-cantidad de trigo que se exportaba secretamente,
-é igualmente se vociferaba con tanta seguridad y
-con la misma cólera, que el grano exportado á
-otros países volvía otra vez á Milán. Implorábanse
-de los magistrados las medidas que parecían
-siempre, ó á lo menos han parecido hasta aquí á
-la multitud, tan justas, tan sencillas, tan propias
-para hacer salir el grano oculto, tapiado, sepultado,
-según decían, con el objeto de que volviese la
-abundancia. Los magistrados siempre hacían algo,
-como por ejemplo, fijar el máximun de cada
-género, imponer penas á los que rehusasen venderle,
-y otras órdenes por el estilo. Mas con todo,<span class="pagenum" id="Page_319">[Pg 319]</span>
-como las precauciones de este mundo, por eficaces
-que sean, no tienen la virtud de disminuir la
-necesidad de alimentarse ni de hacer venir las cosechas
-fuera de estación; y así como los que ejercían
-el poder no tenían seguramente el de hacer
-venir el trigo de los parajes en donde podía haber
-demasiado, así también el mal duraba y crecía.
-La muchedumbre atribuía semejante efecto
-á la falta y á la debilidad de los remedios, y los
-solicitaba á grandes gritos, más vigorosos y decisivos.
-Para su desventura encontró un hombre
-según su corazón.</p>
-
-<p>En ausencia del gobernador D. Gonzalo Fernández
-de Córdoba, que mandaba el sitio de Casalez
-Monferrato, el gran canciller Antonio Ferrer,
-también español, hacía sus veces en Milán.
-Éste vió (y quién no lo hubiera visto), que estar
-el pan á un precio justo era una cosa muy apetecible,
-y pensó que una orden suya bastaría para
-obtener dicho resultado. Fijó la <i lang="it" xml:lang="it">meta</i> (éste es el
-nombre que se da en Milán á las tarifas en materia
-de comestibles) del pan al precio que hubiera
-sido justo, si el grano se hubiese comúnmente
-<em>vendido á treinta y tres libras</em> el <i lang="it" xml:lang="it">moggio</i><a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>, y éste
-se vendía hasta ochenta. Obró como una mujer
-que ha sido joven, y que piensa rejuvenecerse alterando
-su fe de bautismo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_320">[Pg 320]</span></p>
-
-<p>Órdenes menos insensatas y menos injustas habían
-quedado más de una vez sin ejecución, por
-la resistencia de las mismas cosas; pero el pueblo
-que veía finalmente sus deseos convertidos en leyes,
-y que no hubiera sufrido que esto fuese una
-burla, velaba para que se pusiera en práctica.
-Corrió prontamente á las panaderías, pidiendo
-pan al precio tasado; y lo pidió con aquel ademán
-de resolución y amenaza que prestan las pasiones,
-la fuerza y la ley reunidas. Si los panaderos
-se quejaban, no hay que preguntarlo: cerner la
-harina, trabajar la pasta, enhornar y sacar del
-horno el pan sin interrupción (porque el pueblo,
-trasluciendo confusamente que aquello era una
-cosa violenta, asaltaba los hornos de continuo para
-gozar de aquella cucaña hasta que durase); fatigarse,
-digo, y estropearse al mismo tiempo, todo
-para perderse, cualquiera puede considerarse
-qué hermoso placer debía ser. Mas por una parte,
-los magistrados imponían penas severas; por
-otra, el pueblo que quería ser servido, se impacientaba,
-murmuraba al menor retardo y amenazaba
-sordamente con uno de sus actos de justicia,
-que son los peores que puede haber en este mundo.
-No había medio: era preciso amasar, enhornar,
-sacar del horno y vender. Sin embargo, para
-hacerlos continuar en aquella empresa, no
-bastaba que les fuese mandado ni que tuviesen
-mucho miedo; era preciso poder; y un poco más<span class="pagenum" id="Page_321">[Pg 321]</span>
-que hubiese durado la cosa, no hubieran podido.
-Hacían ver á los magistrados la injusticia y la carga
-insoportable que les habían impuesto; protestaban
-querer echar la pala en el horno y marcharse;
-y en el ínterin, tiraban adelante como podían,
-esperando siempre que un día ú otro el gran canciller
-entendería la razón. Mas Antonio Ferrer,
-el cual era hombre de carácter, respondió que los
-panaderos habían ganado mucho en los años anteriores,
-y que ganarían mucho también cuando
-volviese á haber abundancia; que vería, que trataría
-acaso de indemnizarlos, y que entretanto
-surtiesen de pan. ¿Estaría verdaderamente persuadido
-de las razones que alegaba, ó que aun
-conociendo por los efectos la imposibilidad de conservar
-aquella orden suya, quisiese dejar á los
-demás la odiosidad de revocarla? ¿Quién podría
-entonces leer en el pensamiento de Antonio Ferrer?
-Lo que hay de cierto es, que se mantuvo firme
-en lo que había establecido. Finalmente, los
-decuriones (esta era una magistratura municipal
-compuesta de nobles, que duró hasta el año noventa
-y seis del siguiente siglo) informaron por
-escrito al gobernador acerca del estado de las cosas,
-suplicándole buscase algún medio de remediarlo.</p>
-
-<p>D. Gonzalo, sumamente engolfado en los asuntos
-de la guerra, hizo lo que el lector seguramente
-imagina: nombró una junta; á la cual confirió<span class="pagenum" id="Page_322">[Pg 322]</span>
-la autoridad de fijar el pan á un precio razonable;
-ésta era una cosa justa para todos. Los diputados
-se reunieron, ó como entonces se decía españolescamente
-en jerga diplomática, se juntaron; y después
-de mil reverencias, cumplimientos, preámbulos,
-suspiros, reticencias, proposiciones vanas,
-tergiversaciones, arrastrados todos á una deliberación
-de la que tenían necesidad, sabiendo bien
-que se entretenían en un juego terrible, pero convencidos
-que no se podía hacer otra cosa, concluyeron
-por encarecer el pan. Los panaderos respiraron,
-mas el pueblo se enfureció.</p>
-
-<p>La tarde antes del día en que Renzo llegó á Milán,
-las calles y las plazas públicas hormigueaban
-de hombres que, exaltados por una general indignación,
-predominados por un pensamiento común,
-conocidos ó extraños, se reunían en grupos sin estar
-de acuerdo antes, casi sin conocerse, como las
-gotas de agua que se precipitan sobre un mismo
-declive. Cada discurso aumentaba la pasión y la
-persuasión de los oyentes, del mismo modo que
-el que lo había proferido. En medio de tantos hombres
-exaltados, había algunos, sin embargo, de
-sangre más fría que estaban observando con mucho
-placer cómo el agua se iba enturbiando; éstos
-se divertían en aumentar la irritación popular por
-medio de aquellos razonamientos y noticias que
-los malvados saben componer, y que los espíritus
-alterados creen siempre, proponiéndose no dejar<span class="pagenum" id="Page_323">[Pg 323]</span>
-posar la agitada agua hasta haber pescado algo.
-Millares de hombres fueron á acostarse con la idea
-confusa de que era preciso hacer, que se haría alguna
-cosa al otro día. Al amanecer, las calles estaban
-de nuevo henchidas de grupos; niños, mujeres,
-hombres, ancianos, obreros, mendigos, se
-reunían por casualidad: por un lado se oía un
-murmullo confuso de muchas voces; por otro, uno
-peroraba, y los demás aplaudían; éste hacía al que
-tenía más cerca la misma pregunta que acababan
-de hacerle; aquél repetía la exclamación que había
-sentido resonar en sus oídos; por todas partes
-estallaban lamentos, amenazas, gritos de sorpresa:
-un pequeño número de vocablos, era la materia
-de tantas conversaciones.</p>
-
-<p>No faltaba otra cosa más que una ocasión, un
-motivo ligero, un impulso cualquiera, para reducir
-las palabras á hechos, y esto no tardó mucho.
-Al amanecer, los mozos, según tenían de costumbre,
-salieron de las panaderías con las banastas
-cargadas de panes que iban á llevar á las casas.
-El primero de estos infortunados que apareció en
-medio de aquellos grupos, hizo el efecto de un
-cohete que cae en un almacén de pólvora. ¡Mirad
-si hay ó no pan! gritaron á un tiempo cien
-voces.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, para los tiranos que nadan en la abundancia,
-y quieren que nos muramos de hambre, dijo
-uno, el cual se acercó al mozo, echó la mano al<span class="pagenum" id="Page_324">[Pg 324]</span>
-asa de su banasta, empujóla hacia sí, y dijo: “Déjame
-ver”. El joven se puso encarnado, palideció,
-tembló, hubiera querido decir: dejadme andar;
-mas la palabra expiró en sus labios, aflojó los brazos,
-y trató de librarse apresuradamente de los
-que le rodeaban. “¡Abajo la banasta!” gritan: muchas
-manos la cogen á un tiempo; y estando ya en
-tierra, echan al aire el lienzo que la cubre: una
-tibia fragancia se difunde por todo el rededor. “Nosotros
-somos también cristianos; nosotros también
-debemos comer pan”, dijo el primero. En seguida
-toma uno, lo levanta mostrándolo á la multitud,
-y empieza á darle magníficos bocados: luego no se
-vió otra cosa más que un centenar de manos en
-la banasta, panes por el aire; en menos tiempo del
-que empleamos en decirlo, estuvo vacía.</p>
-
-<p>Aquellos á quienes no había tocado nada, irritados
-al ver la ganancia de los demás, y animados
-por la facilidad de la empresa, se encaminaron
-á bandadas en busca de otras banastas: cuantas
-encontraron, tantas desocuparon. Á pesar de
-todo, los que quedaban con los dientes largos,
-eran sin comparación los más; los conquistadores
-mismos no estaban satisfechos de una tan pequeña
-presa, y mezclados después con los unos y con
-los otros, eran los que habían formado el designio
-de un desorden de mejor condición. “¡Al horno, al
-horno!” gritaban.</p>
-
-<p>En la calle llamada de la <em>Corsia de Servi</em>, había<span class="pagenum" id="Page_325">[Pg 325]</span>
-y todavía hay un horno que conserva el mismo
-nombre; nombre que en toscano significa el horno
-de las muletas, y en milanés está compuesto de
-palabras heteróclitas, tan raras, tan selváticas,
-que el alfabeto de la lengua italiana no tiene caracteres
-para indicar el sonido. En aquel paraje
-fué donde la multitud se detuvo: la gente de la
-panadería preguntaba al muchacho que había
-vuelto sin la carga, y el cual sumamente sofocado
-y turbado refería balbuceando su triste aventura,
-cuando he aquí que de repente se siente un
-ruido de pisadas y de voces; se aumenta y se
-acerca, compareciendo la vanguardia del tropel.</p>
-
-<p>“Cerrar, cerrar pronto, pronto”. El uno corre á
-pedir auxilio al capitán de justicia; los otros cierran
-precipitadamente la tienda, y atrancan las
-puertas; la gente empieza á arremolinarse por la
-parte exterior y á gritar: “¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid!”.</p>
-
-<p>Pocos momentos después se ve llegar al capitán
-de justicia acompañado de un piquete de alabarderos.&mdash;¡Apartaos,
-apartaos, hijos míos! ¡Á casa,
-á casa! Dejad pasar al capitán de justicia, gritó
-éste en medio de sus alabarderos. El pueblo
-que todavía no era muy numeroso, se separó un
-poco, de modo que aquéllos pudieron llegar y formarse
-muy unidos, si no en buen orden, delante
-la puerta cerrada de la tienda.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, hijos míos, gritaba el capitán, ¿qué hacéis
-aquí? Á casa, á casa. ¿Dónde está el temor de<span class="pagenum" id="Page_326">[Pg 326]</span>
-Dios? ¿Qué dirá el rey nuestro señor? Nosotros no
-queremos haceros daño; pero retiraos á vuestras
-casas; portaos como gente honrada. ¿Qué diablo
-venís á hacer aquí así agrupados? Nada bueno ni
-para vuestra alma ni para vuestro cuerpo. ¡Á casa,
-á casa! Pero aun cuando los mismos que veían
-al orador y oían sus palabras hubiesen querido
-obedecer, no hubieran podido, arrojados como estaban
-y empujados por los de atrás, á los cuales
-empujaban á su vez, como la ola empuja la ola de
-línea en línea, hasta la extremidad de la multitud,
-que iba siempre en aumento; la respiración
-empezaba ya á faltar al capitán.&mdash;Hacedlos retroceder
-un poco para que yo pueda tomar aliento,
-decía á los alabarderos; mas no hagáis mal á nadie.
-Veamos el modo de entrar en la tienda: llamad,
-tratad de que permanezcan á una distancia
-respetuosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Atrás, atrás! gritaron los alabarderos, lanzándose
-todos unidos contra los primeros, y rechazándolos
-con los cuentos de las alabardas. Éstos
-gritaban, retrocedían según podían, dándose
-con las espaldas en los pechos, con los codos en el
-vientre, con los talones en las puntas de los pies
-de aquellos que iban detrás. Se apresuran, se estrechan,
-se atropellan de tal modo, que los que se
-encontraban en medio hubieran pagado cualquier
-cosa por hallarse en otra parte. Sin embargo, la
-puerta quedó un poco más desembarazada; el capitán<span class="pagenum" id="Page_327">[Pg 327]</span>
-llama y vuelve á llamar, grita que le abran;
-los de dentro, viéndolo desde la ventana, bajan
-con presteza, abren; el capitán entra, llama á los
-alabarderos, los cuales entran uno á uno, los últimos
-conteniendo á la multitud con las alabardas.
-Cuando estuvieron todos dentro, se echaron
-los cerrojos á la puerta, y se atrancó; después de
-lo cual, el capitán sube apresuradamente y se presenta
-á la ventana. ¡Oh, qué tumulto!</p>
-
-<p>&mdash;¡Hijos!, grita. Muchos levantan la vista. ¡Hijos,
-volveos á vuestras casas! Perdón general á los
-que se retiren pronto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid! Tales eran las palabras
-que se oían más claramente en medio de
-los alaridos terribles con que la multitud le respondía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Juicio, hijos! ¡Miradlo bien; todavía estáis á
-tiempo! Vamos, andad; volveos á casa. Pan no os
-faltará; pero éste no es el modo de conseguirlo.
-¡Eh, eh! ¿Qué hacéis vosotros aquí abajo? ¡Eh!
-¡Los de la puerta! ¡Oh, oh!... Veo, veo...
-¡Juicio! ¡Tened cuidado! ¡Vais á cometer un gran
-crimen! Ahora voy á bajar. ¡Eh, eh! Dejad ahí
-esos hierros, abajo esas manos, ¡Vergüenza!...
-¡Vosotros, milaneses, que sois nombrados en todo
-el orbe por vuestra bondad, escuchad, escuchad!
-¡Siempre habéis sido buenos hi...! ¡Ah, canalla!</p>
-
-<p>Este rápido cambio de estilo fué ocasionado por
-una piedra que, salida de las manos de uno de<span class="pagenum" id="Page_328">[Pg 328]</span>
-aquellos buenos hijos, vino á dar en la frente del
-capitán sobre la protuberancia izquierda del censorio
-común. “¡Canalla, canalla!”, continuaba gritando,
-cerrando con prontitud la ventana, y retirándose.
-Mas aunque hubiese gritado á más no poder,
-sus palabras buenas y malas se hubieran
-perdido y desvanecido en el aire, á causa del estrépito
-que movían abajo. Lo que él decía ver,
-era un gran montón de piedras y de hierros (los
-primeros que habían podido procurarse en la calle)
-que reunían en la puerta para echarla abajo
-y quitar las rejas á las ventanas, cuyo trabajo tenían
-ya muy adelantado.</p>
-
-<p>Entretanto los dueños y mozos de la panadería,
-que estaban en las ventanas de los pisos superiores,
-con una buena provisión de piedras (probablemente
-habrían desempedrado un patio), gritaban
-y gesticulaban á los de la calle para que se
-estuviesen quietos, enseñándoles las piedras, y
-amenazando arrojárselas. Habiendo visto que era
-tiempo perdido, empezaron á lanzarlas de veras.
-Ninguna caía en vano, porque el hacinamiento de
-gente era tal, que un grano de maíz no hubiera
-llegado al suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, bribones!, ¡ah, malvados! ¿Es éste el pan
-que dais á los pobres? ¡Ay, ay de mí!, ¡huy!, ¡ahora,
-ahora!, gritaban desde abajo. Más de uno fué
-maltratado; dos niños quedaron en el sitio. El furor
-acrecentó las fuerzas de la multitud; las puertas,<span class="pagenum" id="Page_329">[Pg 329]</span>
-las rejas fueron arrancadas, y el torrente penetró
-por todas las aberturas. Los de dentro,
-viendo el negocio mal parado, fueron á ocultarse
-á los desvanes; el capitán, los alabarderos, y algunos
-otros de la casa, se quedaron agazapados
-bajo las tejas, y otros también, saliendo por las
-lumbreras, erraban por los tejados á manera de
-gatos.</p>
-
-<p>La vista del botín hizo olvidar á los vencedores
-sus proyectos sanguinarios de venganza. Lánzanse
-sobre las artesas; el pan es saqueado enteramente.
-Uno de ellos corre al cajón del mostrador,
-hace saltar la cerradura, mete las manos,
-saca el dinero á puñados, se lo embolsa, y sale
-cargado de <i lang="it" xml:lang="it">quattrini</i><a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a> para volver en seguida á
-robar pan, si queda alguno. El tropel se esparce
-por los almacenes: echan mano á los sacos, los arrastran,
-los vuelcan; éste se coloca uno entre las
-piernas, lo desata, y para reducirlo á un peso que
-pueda soportar, arroja una parte de la harina;
-otro gritando, espera, espera, se baja á recoger lo
-que aquél desperdicia, recibiendo aquella gracia
-de Dios en el mandil, sombrero y pañuelo; uno
-corre á la artesa, toma un pedazo de masa que se
-alarga y escapa por todas partes; otro, en fin, que
-ha conquistado un cedazo, lo lleva en el aire como
-en triunfo; unos van, otros vienen; hombres,
-<span class="pagenum" id="Page_330">[Pg 330]</span>mujeres, niños, se empujan, tropiezan; un polvo
-blanco que todo lo cubre y se eleva por do quier,
-lo envuelve y emblanquece todo. Vése por la parte
-exterior un inmenso gentío, dividido en dos filas
-opuestas, que se aprietan y chocan entre sí á
-porfía, los que salen cargados de despojos y los
-que quieren entrar para hacer lo mismo.</p>
-
-
-<p>Mientras que la citada panadería se veía de tal
-modo saqueada, no por esto las demás que había
-en la ciudad estaban tranquilas y exentas de peligro.
-Pero en ninguna de ellas acudió el número
-suficiente de gente para poder emprender algo de
-provecho. En varias de ellas, los dueños habían
-recibido auxiliares y permanecían á la defensiva;
-en otras, hallándose con poca gente para resistir,
-trataban en cierto modo de entrar en transacciones;
-distribuían pan á los que habían empezado á
-agruparse delante de la tienda, bajo condición de
-que habían de irse al momento. Y efectivamente
-se retiraban, no tanto porque estuviesen satisfechos,
-cuanto porque los alabarderos y esbirros,
-alejándose de aquel terrible horno de las muletas,
-se dejarían ver, sin embargo, en otra parte, con
-la fuerza suficiente para tener á raya á los infelices
-que no fuesen muchos.</p>
-
-<p>Éste era el estado de las cosas, cuando Renzo,
-después de haber dado cuenta de su pan, avanzaba
-por el arrabal de la Puerta Oriental, y se encaminaba,
-sin saberlo, justamente al punto céntrico<span class="pagenum" id="Page_331">[Pg 331]</span>
-del tumulto. Tan pronto iba aprisa como despacio,
-á causa de la multitud, y andando miraba
-y aguzaba los oídos, con el objeto de recoger de
-todo aquel confuso tropel de discursos algunas noticias
-más exactas acerca del verdadero estado de
-cosas. He aquí, pues, con poca diferencia, las palabras
-que pudo oir en todo su camino.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora ya está descubierta, decía uno, la infame
-impostura de esos bribones que vociferaban
-que no había pan, harina ni grano. Ahora la cosa
-se ve clara y neta, y no nos la podrán dar á
-entender de otro modo. ¡Viva la abundancia!</p>
-
-<p>&mdash;Os digo que todo esto no sirve de nada; es lo
-mismo que hacer un agujero en el agua; será peor
-aún si no hay un castigo ejemplar. El pan se pondrá
-barato, pero en él os meterán veneno para
-matar á los pobres como moscas: ellos dicen ya
-que somos demasiados; lo han dicho en la junta,
-lo sé de cierto, por haberlo oído decir yo mismo
-con mis propios oídos á una comadre mía, que es
-amiga de un pariente del criado del cocinero de
-uno de esos señores.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no es cosa de risa, decía otro con la boca
-llena de espuma, sosteniendo con una de sus
-manos un desgarrado pañuelo sobre sus cabellos
-crespos y ensangrentados. Uno que estaba cerca
-de él, para consolarlo, le apoyaba.</p>
-
-<p>&mdash;Paso, paso, señores, os lo suplico; dejad pasar
-á un infeliz padre de familia, que lleva de comer<span class="pagenum" id="Page_332">[Pg 332]</span>
-á cinco criaturas. Así decía uno que iba tambaleándose
-bajo un gran saco de harina, y á su
-vista todos se esforzaban en retirarse para dejarle
-pasar.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, decía otro, casi al oído de un compañero,
-yo voy á ponerme en salvo; soy hombre que
-conozco el mundo, y sé cómo va esta especie de
-cosas. Estos vocingleros que hacen tanto ruido,
-mañana ó pasado se encerrarán en casa todos llenos
-de miedo. He visto ya ciertas caras, ciertas
-gentes honradas que rondan haciendo el tonto, y
-observan quién hay y quién no hay; cuando todo
-está concluido, consultan las notas, y á quien toca,
-toca.</p>
-
-<p>&mdash;El que protege á los panaderos, gritaba una
-voz sonora que atrajo la atención de Renzo, es el
-vicario de la provisión.</p>
-
-<p>&mdash;Todos son buenos bribones, decía un vecino.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero él es el jefe, replicaba el primero.</p>
-
-<p>El vicario de la provisión, nombrado todos los
-años por el gobernador, entre seis nobles propuestos
-por el consejo de los decuriones, era el presidente
-de éste y del tribunal de provisión.</p>
-
-<p>Dicho tribunal, compuesto de doce notables
-también, tenía, además de otras muchas atribuciones,
-principalmente la de los víveres. El que
-ocupaba semejante puesto debía, necesariamente
-en un tiempo de hambre y de ignorancia, ser tenido
-por el autor de todos los males, á menos que<span class="pagenum" id="Page_333">[Pg 333]</span>
-no hubiese hecho lo que hizo Ferrer, lo que no
-estaba en sus facultades, aunque estuviese en sus
-ideas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Malvados! exclamaba otro: ¿han podido hacer
-otra cosa peor? Han llegado á decir que el gran
-canciller es un viejo chocho, vuelto de nuevo niño,
-para quitarle el crédito y mangonear ellos solos.
-Será preciso hacer una gran jaula y meterlos
-dentro, alimentándolos con algarroba y joyo, según
-querían tratarnos á nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pan! ¿eh? decía uno que trataba de irse á toda
-prisa: pedazos de piedra de á libra; ¡piedras
-que apenas podían sostenerse con ambas manos,
-y que caían como granizo! Tengo deshechas las
-costillas. No veo el momento de llegar á mi
-casa.</p>
-
-<p>Al través de semejantes discursos, los cuales no
-sabré decir si informaban ó aturdían más á Renzo,
-en medio de aquellos alaridos llegó éste por
-último al ya expresado horno. La multitud se había
-aclarado bastante, de modo que pudo contemplar
-aquella triste y reciente desolación. Las
-paredes resquebrajadas y destrozadas por las piedras
-y ladrillos, las ventanas arrancadas de sus
-goznes, la puerta derribada.</p>
-
-<p>Esto no está muy bien, pensó Renzo: si arreglan
-así todos los hornos, ¿dónde quieren que se
-haga el pan? ¿en los pozos?</p>
-
-<p>De cuando en cuando salía de la panadería alguno<span class="pagenum" id="Page_334">[Pg 334]</span>
-que llevaba un pedazo de artesa ó cedazo,
-un banco, una canasta, un libro de cuentas, cualquier
-cosa, en fin, perteneciente á aquel pobre
-horno, y gritando: sitio, sitio, pasaba al través de
-la multitud. Todos ellos se encaminaban hacia el
-mismo lado y se detenían en un lugar antes convenido.</p>
-
-<p>¿Qué será esta otra historia? pensó de nuevo
-Renzo, y se dirigió detrás de uno de aquellos individuos,
-que habiendo hecho un haz de tablas
-rotas y de astillas, lo colocó sobre sus espaldas
-yendo como los demás, por la calle que costea el
-flanco septentrional, y ha tomado su nombre de
-los escalones que allí había, y que hace muy poco
-tiempo han dejado de existir.</p>
-
-<p>El deseo de ver los sucesos no impidió á nuestro
-campesino, luego de haber llegado al frente de
-aquella gran mole, el detenerse un momento para
-mirar á lo alto con la boca abierta. Redobló
-en seguida el paso para reunirse á aquel que había
-tomado por guía; dobló la esquina, dió también
-una ojeada á la fachada de la catedral, rústica
-entonces en gran parte y muy lejos aún de
-estar concluida, conservándose constantemente
-detrás del que se dirigía hacia el medio de la plaza.
-Cuanto más avanzaba, la gente estaba más
-apiñada, pero al que iba cargado le abrían paso.
-Hendía las oleadas del pueblo, y Renzo, yendo
-siempre pegado á él, llegó juntamente al centro<span class="pagenum" id="Page_335">[Pg 335]</span>
-de la muchedumbre. Allí había un gran espacio
-vacío, y en medio una gran hoguera, hecha de los
-utensilios que hemos dicho arriba. Á su alrededor
-veíase un continuo agitar de manos y pies, un
-ruido infernal causado por mil gritos de triunfo y
-multitud de imprecaciones.</p>
-
-<p>El hombre del haz lo arroja sobre aquel montón
-de brazas; otro, con un mango de pala medio
-consumido, atiza el fuego: el humo crece y se condensa;
-las llamas se elevan, y á la vista de ellas
-los gritos se aumentan con más fuerza: “¡Viva la
-abundancia! ¡mueran los monopolistas! ¡muera la
-carestía! ¡reviente la provisión! ¡reviente la junta!
-¡viva el pan!”.</p>
-
-<p>Verdaderamente la destrucción de las artesas
-y de los cedazos, la devastación de los hornos y
-el terror de los panaderos, no son los medios más
-eficaces para que viva el pan; pero ésta es una de
-aquellas sutilezas metafísicas que el talento de
-muchos no llega á penetrar. Sin embargo, sin ser
-un gran metafísico un hombre llega tal vez á penetrarla
-antes, mientras que para la cuestión es
-nueva; y sólo á fuerza de hablar de ella y de oir,
-llegará á ser inhábil para comprenderla. En el hecho,
-Renzo había tenido en un principio aquel
-pensamiento y volvía á su imaginación, como hemos
-visto, á cada momento. No obstante, reservólo
-para sí, porque entre tantas caras no había
-uno que no pareciese decirle: “Hermano, si obro
-mal, corrígeme, que ya lo pagarás”.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_336">[Pg 336]</span></p>
-
-<p>La llama se había extinguido de nuevo; no se
-veía llegar á nadie más con otros combustibles, y
-la gente empezaba á fastidiarse, cuando se esparce
-la voz que en el Cordusio (una plazuela ó encrucijada
-no muy distante de aquel paraje) se había
-puesto sitio á una panadería. Muchas veces en
-semejantes circunstancias, el anuncio de una cosa
-basta para que suceda. Junto con aquellas voces
-se difundió también entre la multitud el deseo de
-correr allá: yo voy; ¿y tú vas? Vamos, vamos, se
-oía por todas partes; el gentío se divide, y se pone
-en marcha. Renzo permanecía detrás sin moverse
-casi, á no ser cuando era arrastrado por el
-torrente; y en el ínterin calculaba en su interior,
-si debería salir de semejante bacanal, y volver al
-convento en busca del padre Buenaventura, ó ir
-á ver todavía aquella otra. La curiosidad prevaleció
-de nuevo. No obstante, resolvió el no meterse
-en medio de la refriega para que le rompiesen
-las costillas; ó arriesgar alguna otra cosa peor,
-y conservarse á cierta distancia con el objeto de
-observar de lejos. Habiendo tomado este partido,
-sacó del bolsillo el segundo pan, y mordiendo un
-pedazo se encaminó tras de la turba amotinada.</p>
-
-<p>Éste, desembocando por un ángulo de la plaza
-había entrado ya en la corta y estrecha calle
-de la <em>Peschería-Vecchia</em>, y desde dicho punto dando
-la vuelta al arco, se introdujo en la plaza de los
-<i lang="it" xml:lang="it">Mercanti</i>. Había muy pocos en aquel sitio que al<span class="pagenum" id="Page_337">[Pg 337]</span>
-pasar por delante del hueco que corta hacia el
-medio de la galería del edificio llamado entonces
-el Colegio de los Doctores, no diese una pequeña
-ojeada á la grande estatua que campeaba allí, á
-aquella figura grave, altanera, feroz (y no digo lo
-bastante), de D. Felipe II, que aunque de mármol,
-imponía un vago sentimiento de respeto, y
-con su extendido brazo parecía que estuviese allí
-para decir: allá voy yo, canalla.</p>
-
-<p>Dicha estatua no existe ya, por un accidente
-singular. Cerca de ciento setenta años después del
-suceso que estamos refiriendo, un día le fué cambiada
-la cabeza, quitado de la mano el cetro que
-empuñaba, y sustituyendo un puñal, se dió á la
-estatua el nombre de Marco Bruto. Así, metamorfoseada,
-permaneció en pie un par de años;
-mas una mañana, ciertos individuos que no simpatizaban
-mucho con Marco Bruto, los cuales debían
-tener contra él un odio secreto, echaron una
-cuerda alrededor de la estatua, la derribaron, le
-hicieron mil injurias, y mutilada y reducida á un
-tronco informe, la arrastraron, con los ojos fuera
-de sus órbitas y con la lengua también de fuera,
-por las calles; cuando estuvieron cansados de arrastrarla,
-la arrojaron no sé dónde. ¡Quién se lo
-había de haber dicho á Andrés Biffi cuando la esculpía!
-De la plaza de <i lang="it" xml:lang="it">Mercanti</i>, la turba se introdujo,
-por el otro arco, á la calle de <em>Fustagnai</em>,
-y desde allí se esparramó por el <em>Cordusio</em>. Todos,<span class="pagenum" id="Page_338">[Pg 338]</span>
-antes de desembocar, miraban súbitamente hacia
-el horno que les había sido indicado. Mas en vez
-de la multitud de amigos que esperaban encontrar
-en aquel paraje trabajando ya, vieron únicamente
-algunos individuos que permanecían como
-acechando á cierta distancia de la panadería, la
-cual estaba cerrada, y en las ventanas gente armada
-en ademán de estar prontos á defenderse.
-Al ver aquello, quien se admiraba, quien se ponía
-en salvo, quien reía, quien se volvía para informar
-á los que llegaban poco á poco, quien se
-detenía, quien quería volver atrás, quien decía:
-adelante, adelante. Aquello era un continuo ir y
-venir; unos preguntan y reciben aclaraciones;
-otros vacilan, están inciertos; no se oye más que
-un confuso murmullo de consultas y disputas. En
-esto, sale del centro de la turba una voz infernal
-que grita: “La casa del vicario de la provisión está
-aquí cerca: vamos á hacernos justicia, vamos á
-saquearla”. Aquellas palabras parecieron como un
-recuerdo súbito y general de una cosa ya preparada,
-más bien que la aceptación de una proposición.
-¡Á casa del vicario, á casa del vicario! es el
-grito que se deja oir. La turba se mueve toda
-unida hacia la calle en donde estaba situada la
-casa que acababa de ser en tan mala hora nombrada.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> Medida que equivale poco mas ó menos á una fanega.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Maravedises.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_339">[Pg 339]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOTERCERO</h2>
-</div>
-
-
-<p>El vicario desventurado estaba en aquel momento
-haciendo una digestión mala y penosa de
-un almuerzo comido sin apetito y sin pan blando,
-y aguardaba con gran incertidumbre del modo que
-acabaría aquella borrasca, lejos empero de sospechar
-que debiese caer tan espantosamente sobre
-él. Cierto hombre de bien se anticipó caritativamente
-á la turba para advertirle el peligro inminente
-que corría. Los criados, que el ruido había
-atraído á la puerta, miraban asustados á todo lo
-largo de la calle, hacia el lado donde el rumor venía
-acercándose. Mientras escuchan el aviso, ven
-aparecer la vanguardia: con la mayor prisa tratan
-de avisar á su señor; mientras tanto éste piensa
-en huir y en el modo de verificarlo, otro viene á
-decirle que ya no es tiempo. Los criados apenas<span class="pagenum" id="Page_340">[Pg 340]</span>
-tienen tiempo suficiente para cerrar la puerta; la
-atrancan con barras, ponen puntales, corren á cerrar
-las ventanas como cuando el tiempo se oscurece
-y se espera de un momento á otro que caiga
-una granizada. La creciente gritería que se deja
-oir como un trueno, retumba en el solitario patio;
-todas las cavidades de la casa resuenan también,
-y en medio de aquel vasto y confuso estrépito se
-sienten furibundas y repetidas pedradas en la
-puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¡El vicario! ¡el tirano! ¡el monopolista! ¡lo queremos
-vivo ó muerto!</p>
-
-<p>El desdichado erraba de estancia en estancia,
-pálido, sin aliento, cruzando las manos encomendándose
-á Dios, y conjurando á sus criados para
-que se mantuviesen firmes y buscasen el modo de
-que pudiese escapar. Mas, ¿cómo y por dónde?
-Subió con la mayor celeridad á un desván; desde
-una claraboya miró ansiosamente á la calle, y la
-vió llena completamente de furiosos; oyó los gritos
-que pedían su muerte, y mucho más aterrado
-se retiró dirigiéndose á buscar el más seguro y
-secreto escondrijo. Allí acurrucado, estaba atento
-escuchando si el funesto rumor acaso se debilitaba
-ó si el tumulto se aquietaba un poco; pero
-sintiendo, al contrario, alzarse la gritería mucho
-más feroz y más ruidosa y redoblarse los golpes,
-se apoderó de nuevo de su corazón el sobresalto,
-y se tapaba precipitadamente los oídos. Después,<span class="pagenum" id="Page_341">[Pg 341]</span>
-como fuera de sí, rechinando los dientes y contraído
-el semblante, extendía los brazos y apoyaba
-los puños como si quisiese sostener la puerta...
-Por lo demás, lo que hacía precisamente no se
-puede saber, porque estaba solo, y la historia se
-ve obligada á adivinar; la suerte es que ya está
-acostumbrada.</p>
-
-<p>Esta vez, Renzo se encontraba en medio de la
-refriega, no ya arrastrado por el torrente, sino llevado
-deliberadamente. Á la primera proposición
-de sangre, había sentido revolverse toda la suya;
-tocante al saqueo, no hubiera sabido decir si en
-aquella coyuntura era bueno ó malo; mas la idea
-de un homicidio le causó un vivo y súbito horror.
-Y aunque por esa funesta docilidad que tienen
-algunos espíritus á creerlo todo, al decir apasionado
-de muchos, estuviese persuadido que el vicario
-era la causa principal del hambre y el enemigo
-de los pobres; sin embargo, habiendo al primer
-movimiento de la turba oído acaso alguna palabra
-que indicaba la voluntad de hacer todos los
-esfuerzos para salvarle, propúsose también ayudar
-á semejante obra, y con esa intención se había
-acercado casi hasta la puerta, en la que trabajaban
-de mil modos para conseguir el derribarla.
-Los unos golpeaban con guijarros los clavos
-de la cerradura para desprenderla: los otros con
-piochas, escoplos y martillos, trataban de trabajar
-más en regla; otros, en fin, con piedras, con<span class="pagenum" id="Page_342">[Pg 342]</span>
-cuchillos sin punta, con clavos, con palos, con las
-uñas, no teniendo otra cosa, rascaban y resquebrajaban
-la pared, hacían esfuerzos para quitar
-los ladrillos y abrir brecha. Los que no podían
-ayudar, animaban á los demás con sus gritos, pero
-al mismo tiempo arrojándose sobre ellos y
-apretando á los unos contra los otros, detenían el
-trabajo ya suspendido por las cuestiones y disputas
-que los trabajadores tenían entre sí, ya que
-por gracia especial del cielo acontece con el mal
-lo que frecuentemente con el bien; esto es, que
-los fautores más ardientes vienen á ser un impedimento.</p>
-
-<p>Los magistrados que primero tuvieron aviso de
-lo que pasaba, mandaron en seguida á buscar
-auxilio al comandante del castillo, que se llamaba
-entonces de la puerta Giovia, el cual mandó
-algunos soldados. Mas entre el aviso, la orden, el
-tiempo de reunirse, de ponerse en marcha y de
-hacer el camino, llegaron cuando la casa estaba
-ya rodeada de un vasto sitio, é hicieron alto lejos
-de ella al extremo de la multitud. El oficial que
-los mandaba no sabía qué partido tomar. Allí no
-había otra cosa más que una reunión de gentes de
-varias edades y sexos que permanecía ociosa. Á
-la intimación que se les había hecho de separarse
-y de hacer lugar, respondían por medio de un
-sordo y largo murmullo; nadie se movía. Hacer
-fuego sobre aquella chusma parecía al oficial una<span class="pagenum" id="Page_343">[Pg 343]</span>
-cosa no solamente cruel, sino muy peligrosa; cosa
-que ofendiendo á los menos terribles, hubiera irritado
-á los más violentos; además, él no tenía semejantes
-instrucciones. Abrir aquel primer tropel,
-separarlo á derecha é izquierda, y seguir
-adelante con el objeto de llevar la guerra al que
-la hacía, hubiera sido lo mejor; mas el proyecto
-era conseguirlo. ¡Y quién sabe si los soldados hubieran
-podido avanzar unidos y en buen orden, y
-si en lugar de romper el gentío, no se encontrarían
-ellos mismos diseminados y comprometidos
-en medio de aquél, y á merced del populacho,
-después de haberlo provocado! La irresolución del
-comandante y la inmovilidad de los soldados fué
-tomada, con razón ó sin ella, por miedo. Las gentes
-que se encontraban cerca de ellos, se contentaban
-con mirarles la cara con un aire que quería
-decir: ¡ay qué risa! Los que estaban más lejos
-no les bastaba provocarlos con gestos y con
-chanzonetas; más allá pocos sabían ó cuidaban de
-que estuviesen; los saqueadores continuaban demoliendo,
-sin otro pensamiento que el de lograr
-pronto su empresa; los espectadores no cesaban
-de animarlos con sus gritos.</p>
-
-<p>Un anciano mal encarado se destacaba de la
-multitud, llamando él sólo la atención. Abría dos
-ojos cóncavos é inflamados, y su cutis se contraía
-por una risa atroz de placer, levantadas las manos
-sobre sus indignas canas, agitaba en el aire<span class="pagenum" id="Page_344">[Pg 344]</span>
-un martillo, una cuerda, cuatro enormes clavos,
-con los cuales, según decía, quería clavar al vicario
-en los tableros de su puerta después de muerto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡qué desvergüenza!, se le escapó á Renzo,
-horrorizado de aquellas palabras, á la vista de un
-gran número de distintos rostros que hacían señales
-de aprobación, y enfurecido al ver á otros
-sobre los cuales, aunque mudos, se traslucía el
-mismo horror que él experimentaba. “¡Vergüenza!
-¡querer robar el oficio al verdugo! ¡asesinar á un
-cristiano! ¡Cómo queréis que Dios nos dé pan, si
-cometemos semejantes atrocidades! Lo que nos
-enviará serán rayos, y no pan”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah perro! ¡traidor á la patria! gritó volviéndose
-á Renzo con un semblante de condenado,
-uno de los que habían podido entender en medio
-del tumulto aquellas santas palabras.&mdash;¡Aguarda,
-aguarda! éste es uno de los criados del vicario
-disfrazado de aldeano: es un espía; ¡á él, á él!
-Cien voces se elevan á su alrededor. ¿Qué es esto?
-¿dónde está? ¿quién es?&mdash;Un criado del vicario...
-Un espía.&mdash;El vicario disfrazado de aldeano
-que se escapa.&mdash;¿Dónde está? ¿dónde está?
-¡Á él, á él!</p>
-
-<p>Renzo enmudece; se baja mucho, muchísimo;
-de buena gana hubiera querido desaparecer; algunos
-de los que están mas próximos á él lo cogen
-en medio; lanzan grandes gritos y tratan de confundir
-aquellas voces enemigas y ávidas de sangre.<span class="pagenum" id="Page_345">[Pg 345]</span>
-Pero lo que le sirvió más que todo, fué un
-“paso, paso”, que oyó cerca de sí: “¡paso! ¡eh, aquí
-el socorro! ¡eh, paso!”.</p>
-
-<p>¿Qué era, pues aquello? Era una larga escalera
-de mano que algunos llevaban para apoyarla en
-la casa y penetrar por una ventana. Mas por dicha,
-este medio que hubiera hecho la cosa tan fácil,
-no lo era mucho para ponerlo por obra. Los
-que la sostenían por uno y otro extremo, y los demás
-que iban repartidos por toda ella, empujados,
-separados por la multitud, se tambaleaban á cada
-paso: el uno con la cabeza metida entre dos peldaños
-y los varales sobre las espaldas, oprimido
-como si estuviese bajo un pesado yugo, se lamentaba;
-aquél se veía separado de su carga por otro
-choque; la escalera abandonada daba sobre las cabezas,
-las espaldas, los brazos; imaginaos cómo se
-quejarían los dueños de éstos: otros la levantan,
-se colocan debajo y se la cargan, gritando: “¡Vamos,
-ánimo!”. La máquina fatal avanza balanceándose y
-serpenteando; llega á tiempo para distraer y desordenar
-á los enemigos de Renzo, el cual aprovechó
-la confusión nacida de la misma. En un principio
-se ocultó: después, jugando cuanto le fué
-posible los codos, se alejó de aquel sitio, en donde
-no corría buen aire para él, con la intención
-de salir también lo más pronto posible del tumulto
-é ir de veras á buscar ó á esperar al padre
-Buenaventura.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_346">[Pg 346]</span></p>
-
-<p>De repente un movimiento extraordinario que
-parte de uno de los extremos, se propaga por la
-muchedumbre; se esparce una voz, la cual circula
-de boca en boca en boca: “¡Ferrer, Ferrer!”. Admiración,
-alegría, furor, inclinación y repugnancia,
-estalla por todas partes donde llega ese nombre:
-quien le grita, quien quiere ahogarle, quien
-le afirma, quien niega, quien bendice, quien blasfema.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí está Ferrer!&mdash;¡No es cierto, no es verdad!&mdash;¡Sí,
-sí; viva Ferrer, el que da el pan barato!&mdash;¡No,
-no!&mdash;Aquí está, aquí está en su carruaje.&mdash;¿Qué
-importa? ¿Á qué viene aquí? ¡No queremos
-á nadie!&mdash;¡Ferrer, viva Ferrer, el amigo de los
-pobres! Viene para conducir á la cárcel al vicario.&mdash;¡No,
-no! Queremos hacernos justicia nosotros
-mismos: ¡atrás, atrás!&mdash;¡Sí, sí, Ferrer; que venga
-Ferrer; á la cárcel el vicario!</p>
-
-<p>Y todos, poniéndose de puntillas, se vuelven
-para mirar al lado donde se anuncia tan inesperado
-arribo. Al levantarse, veían, ni más ni menos,
-que si hubiesen permanecido con las plantas
-de los pies en el suelo; pero lo mismo da, todos
-se ponían de puntillas.</p>
-
-<p>En efecto, á un extremo del concurso, por el
-lado opuesto á aquel en donde estaban los soldados,
-había llegado en un carruaje el gran canciller
-Antonio Ferrer; el cual, remordiéndole probablemente
-la conciencia de haber con sus disparates<span class="pagenum" id="Page_347">[Pg 347]</span>
-y con su obstinación sido la causa, ó á lo
-menos, dado ocasión á aquel motín, venía ahora
-con el objeto de aquietarle, y á impedir en algún
-tanto el más terrible é irreparable efecto, é igualmente,
-á expender bien una popularidad mal adquirida.</p>
-
-<p>En los tumultos populares hay siempre un cierto
-número de hombres que, ó por un ardor de
-sus pasiones, ó por una persuasión fanática, ó por
-un designio criminal, ó por un infernal gusto que
-tiende á la destrucción, se esfuerzan todo lo que
-pueden para poner las cosas en el peor estado:
-proponen y apoyan los más atroces proyectos;
-atizan el fuego cada vez que parece apagarse; nada
-hay demasiado malo para ellos; querrían que
-el tumulto no tuviese medida ni fin. Mas como
-para servir de contrapeso, hay también siempre
-cierto número de otra clase de hombres que acaso
-con el mismo ardor y con la misma obstinación
-se aplican á producir el efecto contrario, unos
-atraídos por la amistad ó parcialidad hacia las
-personas amenazadas, otros sin mas impulso que
-un piadoso y espontáneo horror á la sangre y al
-crimen, ¡el cielo los bendiga!</p>
-
-<p>En cada uno de estos dos partidos opuestos,
-aun cuando anteriormente no se hayan puesto de
-acuerdo, la conformidad de las voluntades crea
-un concierto súbito en las operaciones. Lo que
-compone en seguida la masa, y casi lo material<span class="pagenum" id="Page_348">[Pg 348]</span>
-del tumulto, es una mezcolanza accidental de hombres,
-que por gradaciones más ó menos indefinidas,
-tienden á uno ú otro extremo un poco acalorados,
-un tanto malvados, en cierto modo inclinados
-á la justicia, según ellos la entienden, deseosos
-de ver alguna infamia, dispuestos á la ferocidad
-y á la misericordia, á la execración y á la adoración,
-según se presenta la ocasión de experimentar
-plenamente uno ú otro sentimiento, ávidos á
-cada momento de saber, de creer alguna cosa extraña,
-ansiosos de gritar, de aplaudir á alguno, ó
-de quejarse. <em>Viva</em> ó <em>muera</em>, son las palabras que
-pronuncian de mejor gana: si alguno ha logrado
-persuadirles que cierto individuo no merece ser
-descuartizado, no hay necesidad de hablar más
-para convencerles de que es digno de ser llevado
-en triunfo. Autores, espectadores, instrumentos,
-obstáculos, todo va según el viento; prontos, igualmente
-á callarse cuando nadie levanta el grito, á
-desistir de la empresa, cuando faltan los instigadores,
-á desbandarse, cuando muchas voces de
-acuerdo y no contradichas, exclaman: “vámonos”, y
-al volverse á su casa se preguntan unos á otros:
-¿qué ha sido esto? Sin embargo, como en tales
-ocurrencias dicha masa tiene la mayor fuerza, la
-puede dar á quien quiera, y cada uno de los dos
-partidos activos usa de toda su habilidad para
-atraer al otro, en una palabra, para hacerse dueño;
-son como dos almas enemigas, que combaten<span class="pagenum" id="Page_349">[Pg 349]</span>
-por entrar en aquel gran cuerpo y hacerlo mover:
-procuran buscar el que sepa esparcir mejor las
-voces más propias para excitar las pasiones, para
-dirigir los movimientos á uno ú otro intento; el
-que sepa encontrar más á propósito las noticias
-que exciten la indignación ó la atemperen, que
-revelen las esperanzas ó los temores; el que sepa
-hallar el grito que repetido de boca en boca exprima,
-atestigüe, y forme al mismo tiempo el voto
-de la mayoría por uno ú otro partido.</p>
-
-<p>Hemos hecho este largo y pesado discurso para
-tratar de decir que en la lucha entre los dos partidos
-que se disputaban el voto de la gente agrupada
-delante de la casa del vicario, la aparición
-de Antonio Ferrer dió casi en un momento una
-gran ventaja al partido de los humanos, el cual
-estaba manifiestamente debajo, y á poco que hubiese
-tardado aquel socorro, no hubiera tenido
-tiempo, fuerza ni motivo de combatir. El hombre
-era agradable á la multitud á causa de aquella tarifa
-inventada por él, tan favorable á los compradores,
-y por su heroica resistencia contra todo razonamiento
-contrario. Los ánimos, ya propensos,
-estaban entonces ya más enamorados de la valerosa
-confianza de un anciano que sin guardias, sin
-aparato, venía á buscar y á encararse con una
-multitud irritada y procelosa. Además, la voz de
-que venía á prender al vicario hacía un efecto
-admirable; así es que el furor contra este desgraciado<span class="pagenum" id="Page_350">[Pg 350]</span>
-se hubiera aumentado de un modo más terrible
-si hubiese venido á arrostrarlo y si le hubiese
-querido hacer alguna concesión; pero con la
-promesa de satisfacción, ó por decir como los milaneses,
-con el hueso en la boca, aquél se calmaba
-un poco y daba lugar á los demás sentimientos
-opuestos que surgían en una gran parte de los
-ánimos.</p>
-
-<p>Los partidarios de la paz, habiendo tomado
-aliento, secundaban á Ferrer de mil modos: los
-que se encontraban cerca de él excitaban á cada
-momento por medio de sus aplausos los del público,
-y buscaban al propio tiempo el modo de hacer
-retirar la gente para abrir paso al carruaje; los
-otros, aplaudiendo, repetían y hacían correr sus
-palabras, ó las que les parecía que se podían decir
-mejor, imponiendo silencio á los furiosos obstinados,
-y volviendo contra éstos la nueva pasión
-de la móvil asamblea. “¿Quién es el que no quiere
-que se diga viva Ferrer? ¿Queríais, acaso, que el
-pan estuviese caro? Son unos bribones los que no
-quieren una justicia cristiana, y entre ellos los
-hay que gritan más fuerte que los demás para
-tratar de que el vicario se escape. ¡Á la cárcel el
-vicario! ¡Viva Ferrer! ¡Paso á Ferrer!”. El número
-de los que hablaban así iba cada vez en aumento,
-á medida que el del partido contrario disminuía
-sin cesar; de manera, que los primeros llegaron
-á sobrepujar ya á los que querían arruinarlo<span class="pagenum" id="Page_351">[Pg 351]</span>
-todo, hasta el punto de maltratarlos y quitarles
-los útiles de las manos: éstos temblaban de rabia;
-al mismo tiempo amenazaban, trataban de reponerse,
-mas la causa de la sangre estaba perdida;
-el grito que dominaba era: “¡prisión, justicia, Ferrer!”.
-Después de una corta lucha, aquéllos fueron
-vencidos; los otros se apoderaron de la puerta para
-defenderla contra nuevos asaltos, y preparar la
-entrada á Ferrer: uno de ellos introduciendo su
-voz en la casa por una rendija (pues no faltaban),
-avisó que llegaba socorro, y que tratasen de que
-el vicario estuviese dispuesto para ir al momento...
-á la cárcel: ¡hem!, ¿habéis entendido?</p>
-
-<p>&mdash;¿Es ese Ferrer el que ayuda á hacer las ordenanzas?,
-preguntó á uno de sus vecinos nuestro
-Renzo, que se acordó del <i lang="la" xml:lang="la">vidit Ferrer</i> que el doctor
-había hecho ver á la conclusión de dichas ordenanzas,
-y que aún resonaba en sus oídos.</p>
-
-<p>&mdash;Justamente, el gran canciller, se le contestó.</p>
-
-<p>&mdash;Es un excelente sujeto, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo si es excelente! Es él quien había puesto
-el pan barato, y los otros no han querido, y al
-presente viene á conducir al vicario á la cárcel,
-porque no ha obrado conforme á justicia.</p>
-
-<p>Es inútil decir que Renzo estuvo súbitamente
-á favor de Ferrer. Quería ir á su encuentro en
-derechura: la cosa no era fácil; pero con sus pisadas,
-sus codazos de rústico, llegó á abrir brecha
-y á colocarse en la primera fila, justamente al lado
-mismo del carruaje.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_352">[Pg 352]</span></p>
-
-<p>Éste había ya penetrado en medio de la multitud,
-y en aquel momento estaba detenido por uno
-de esos frecuentes é inevitables escollos producidos
-siempre en semejantes circunstancias. El viejo
-Ferrer presentaba ya á una, ya á otra portezuela,
-un semblante sumamente humilde, muy
-risueño, en extremo amable; un semblante que
-había siempre tenido de reserva para cuando se
-encontraba en presencia de D. Felipe IV; mas él
-se vió obligado á dispensarlo en esta ocasión.
-También hablaba; pero el ruido y bullicio de tantas
-voces, los vivas mismos que le lanzaban, no
-dejaban entender apenas sus palabras: acompañaba
-éstas con gestos; tan pronto llevaba la punta
-de sus dedos unidos sobre sus labios para tomar
-un beso que sus manos, abriéndose en seguida,
-distribuían á derecha é izquierda, como para
-dar gracias de la benevolencia que le manifestaba
-el público; tan pronto los extendía y los agitaba
-lentamente fuera de la portezuela con el objeto
-de pedir un poco de sitio; tan pronto, por fin, los
-bajaba cortésmente para demandar silencio. Cuando
-lo había obtenido, los más cercanos oían y repetían
-sus palabras: pan, abundancia: vengo á administrar
-justicia; por favor un poco de lugar.
-Acalorado en seguida, y como sofocado por el
-ruido de tantas voces, á la vista de tantos rostros
-inflamados, de tantas miradas fijas sobre él, se
-echaba un momento hacia atrás, inflaba sus carrillos,<span class="pagenum" id="Page_353">[Pg 353]</span>
-arrojaba un gran soplo, y decía entre sí: <em>¡por
-mi vida, qué de gente!</em><a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a></p>
-
-<p>&mdash;¡Viva Ferrer! No tengáis miedo: sois un hombre
-excelente. ¡Pan, pan!</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pan, pan, contestaba Ferrer, abundancia;
-yo os lo prometo, y ponía la mano en su pecho.
-Un poco de sitio, añadía luego; vengo á prenderlo
-para darle el castigo que merece; y añadía en
-voz baja, <em>es culpable</em>. Inclinándose después hacia
-su cochero le decía apresuradamente: <em>adelante,
-Pedro, si puedes</em>.</p>
-
-<p>El cochero sonreía también al pueblo con una
-urbanidad afectuosa, como si hubiese sido un gran
-personaje; y con una gracia inefable paseaba lentamente
-la fusta á derecha é izquierda para suplicar
-á los incómodos vecinos que se estrechasen
-y se retirasen un poco. “Por favor, decía también;
-señores, un poco de lugar, un poquito, lo suficiente
-para poder pasar”.</p>
-
-<p>Entretanto los oficiosos, los más activos, se
-apresuraban á hacer el lugar pedido con tanta
-gracia. Algunos, delante de los caballos, retiran á
-la gente con buenas palabras, poniéndoles las manos
-en el pecho, y empujándoles suavemente: “Vamos,
-á un lado; un poco de lugar, señores;” otros
-<span class="pagenum" id="Page_354">[Pg 354]</span>hacían lo mismo á los dos lados del carruaje para
-que pudiese pasar sin rozar los pies, ni aplastar
-los bigotes; accidente, que además del mal que
-hubiera podido resultar á las personas, habría
-corrido grandes peligros el aura popular que Ferrer
-disfrutaba en aquel momento.</p>
-
-<p>Renzo, que había permanecido algunos instantes
-observando aquella respetable ancianidad, un
-poco turbada por la angustia, atormentada por la
-fatiga, pero animada por la solicitud, embellecida,
-por decirlo así, por la esperanza de arrancar
-á un hombre de las angustias mortales; Renzo, repito,
-echó á un lado la idea de retirarse, resolvió
-ayudar á Ferrer, y no abandonarlo hasta que hubiese
-logrado su intento. En efecto, dicho y hecho:
-se puso con los demás á tratar de abrir paso,
-y ciertamente no era de los menos activos. El
-paso se abrió: “avanzad, avanzad”, decían algunos
-al cochero retirándose, ó yendo á abrir más camino.
-“<em>Adelante; presto, con juicio</em>”, le dijo también
-el amo, y el carruaje se puso en movimiento.</p>
-
-<p>En medio de los saludos que le prodiga el público
-en masa, Ferrer devolvía otros de agradecimiento
-con una sonrisa de inteligencia á aquéllos
-que veía eran dirigidos á él; más de una de dichas
-sonrisas tocó á Renzo, que á la verdad lo
-merecía bien, porque en aquel día servía mejor
-al gran canciller que hubiera podido hacerlo el
-mejor de sus secretarios. El joven aldeano, envanecido<span class="pagenum" id="Page_355">[Pg 355]</span>
-con aquellas muestras de deferencia, creía
-que se había ya hecho casi amigo de Antonio
-Ferrer.</p>
-
-<p>Una vez puesto en movimiento el carruaje, prosiguió
-su camino con más ó menos lentitud, y no
-sin algunas paraditas. El tránsito no llegaba casi
-á un tiro de arcabuz; pero atendiendo el tiempo
-que se empleaba, hubiera podido parecer un viajecillo
-aun al que no hubiese tenido la santa prisa
-de Ferrer. La gente se rebullía por delante y
-por detrás, á derecha é izquierda del carruaje, como
-los delfines alrededor de una nave que avanza
-en lo más fuerte de una borrasca. El estrépito
-era más agudo, más discordante y más atronador
-que el de la tempestad. Ferrer, mirando ya á un
-lado, ya á otro, agitándose y gesticulando á la vez,
-trataba de oir algo, para acomodar las respuestas
-á la necesidad; quería, para hacerlo mejor, entablar
-un pequeño diálogo con aquella reunión de
-amigos; pero la cosa era difícil, la más dificultosa
-acaso que se le había presentado con tantos años
-que llevaba de gran canciller. Sin embargo, de
-cuando en cuando alguna palabra, alguna frase
-también repetida por la asamblea á su paso, se
-dejaba oir como el estrépito de un gran cohete
-domina el ruido confuso de un fuego artificial. Él,
-ya procurando responder de un modo satisfactorio
-á dichos gritos, ya diciendo á buena cuenta las
-palabras que sabía debían tener más aceptación,<span class="pagenum" id="Page_356">[Pg 356]</span>
-ó que cierta necesidad parecía demandar de súbito,
-les habló todo el camino del modo siguiente:
-“Sí, señores; pan, abundancia: lo conduciré á la
-cárcel; será castigado... <em>si es culpable</em>. Sí, sí, yo
-lo mandaré, el pan se dará barato. Así es... cosi
-è, voglio dire: il re nostro signore non vuole
-che codesti fidelessimi vassalli patiscan la fame<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>.
-<em>¡Ox, ox! guardaos</em>: non si facciano male, signori<a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>.
-<em>Pedro, adelante; con juicio</em>. Abbondanza, abbondanza.
-Un po’ di luogo per caritá. Pane, pane.
-In prigione, in prigione. ¿Cosa<a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>?”, preguntó en seguida
-á uno que había echado la mitad de su cuerpo
-hacia la portezuela para darle á grandes voces
-un consejo, una súplica, un aplauso, ó lo que fuese.
-Pero este individuo, sin poder entender el ¿qué
-es esto? había sido tirado bruscamente hacia atrás
-por otro que lo veía á punto de ser aplastado por
-una rueda. Con estas preguntas y respuestas, entre
-las incesantes aclamaciones, entre alguno que
-otro grito de oposición que se dejaba oir por alguno
-que otro lado, pero que al instante era sofocado,
-he aquí que llegó Ferrer al fin á la casa,
-por obra, principalmente, de aquellos buenos
-auxiliares.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_357">[Pg 357]</span></p>
-
-<p>Los otros, que como hemos dicho ya, estaban
-allí con las mismas buenas intenciones, habían entretanto
-trabajado en hacer y abrir un poco de
-paso. Súplicas, exhortaciones, amenazas, todo lo
-habían empleado; se apresuran, corren por todas
-partes con ese acrecentamiento de ardor y de fuerza
-que presta siempre el ver cerca el fin deseado.
-Habían llegado á dividir la multitud y hacer retroceder
-las dos filas, aunque entre la puerta y el
-carruaje que se paró delante se veía un pequeño
-espacio vacío. Renzo, que iba unas veces de descubierta,
-otras de escolta, había llegado con el
-carruaje hasta colocarse en una de aquellas dos
-hileras de oficiosos, que hacían al mismo tiempo
-sitio al carruaje, y servían de diques á las dos
-oleadas terribles de pueblo. Ayudando á sostener
-una de ellas con sus poderosas espaldas, se encontró
-magníficamente colocado para poderlo ver
-todo.</p>
-
-<p>Ferrer respiró cuando vió la plazuela libre y la
-puerta aún cerrada: cerrada, que quiere decir no
-abierta. Por lo demás, los goznes estaban casi desprendidos
-de sus marcos; los cuarterones de la
-puerta rotos, destrozados, hundidos y partidos por
-la mitad, dejaban ver por medio de una ancha
-brecha un pedazo de cadena torcido, forzado y casi
-arrancado que, por decirlo así, los sostenía unidos
-á todos ellos. Un buen hombre se había puesto
-en aquel boquete á gritar que abriesen; otro<span class="pagenum" id="Page_358">[Pg 358]</span>
-acudió á abrir también apresuradamente la portezuela
-del carruaje; el anciano sacó la cabeza fuera,
-se levantó, y apoyando la mano derecha en el
-brazo de aquel digno hombre, salió poniendo el
-pie sobre el banquillo.</p>
-
-<p>La multitud de una parte y de otra se levanta
-de puntillas para ver: mil figuras, mil barbas en
-el aire: la curiosidad y la atención general hacen
-nacer un momento de silencio. Ferrer, deteniéndose
-en aquel instante sobre el banquillo, dió una
-ojeada alrededor, saludó inclinándose al pueblo,
-y colocando su mano izquierda en el pecho, como
-si estuviese en un púlpito, gritó: “pan y justicia;” y
-revestido de su toga, levantada la cabeza, con segura
-marcha bajó á través de las aclamaciones
-que se elevaban hasta las estrellas.</p>
-
-<p>En el ínterin, las gentes de la casa habían abierto,
-ó más bien habían acabado de abrir arrancando
-la cadena juntamente con los anillos vacilantes,
-ensanchando la brecha apenas lo suficiente
-para que pudiese entrar el muy deseado huésped.
-“Presto, presto, decía él; abrid bien para que yo
-pueda entrar; y vosotros, buenas gentes, contened
-al pueblo y no le dejéis venir tras de mí...
-¡por el amor del cielo! Por de pronto abrid paso
-al instante... ¡eh!, ¡eh!, señores, un momento;
-decía después á los de adentro: despacio con esa
-puerta, dejadme pasar. ¡Eh!, ¡mis costillas!, os recomiendo
-mis costillas; cerrar ahora: no, ¡eh!, ¡eh!,<span class="pagenum" id="Page_359">[Pg 359]</span>
-¡la toga! ¡la toga!”. Ésta hubiera quedado presa entre
-las junturas de la puerta, si Ferrer no hubiese
-retirado con mucha desenvoltura la cola, la
-cual se asemejaba á la de una serpiente que perseguida
-se oculta en seguida en un agujero.</p>
-
-<p>Cerradas las puertas como pudieron, fueron
-además apuntaladas del mejor modo posible. Los
-de fuera que se habían constituido en guardianes
-de Ferrer, trabajaban con las espaldas, con los
-brazos y la voz, en mantener la plaza desocupada,
-rogando de todo corazón á Dios que aquél
-despachase presto.</p>
-
-<p>&mdash;Presto, presto, decía también Ferrer dentro de
-la casa, bajo el pórtico, á los servidores que se
-habían colocado á su alrededor desalentados y
-gritando: “¡Bendito seáis! ¡oh excelencia! ¡oh excelencia!”.</p>
-
-<p>&mdash;Presto, presto, repetía Ferrer; ¿dónde está
-ese bendito hombre?</p>
-
-<p>El vicario bajaba la escalera, medio arrastrado,
-medio llevado por los demás criados, pálido como
-la cera. Cuando vió á su salvador, lanzó un gran
-suspiro; volvióle el pulso, acudió un poco de vida
-á sus piernas, un poco de color sobre sus mejillas,
-y corrió como pudo hacia Ferrer, diciendo:
-“Estoy en las manos de Dios y de vuestra excelencia.
-¡Mas cómo salir de aquí! Estamos rodeados
-por todas partes de gentes que quieren mi
-muerte”.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_360">[Pg 360]</span></p>
-
-<p>&mdash;<em>Venga vd. conmigo</em> y tenga ánimo. Mi carruaje
-está fuera; presto, presto. Lo coge de la
-mano y lo conduce hacia la puerta, inspirándole
-valor; mas en su interior iba diciendo: <em>¡Aquí está
-el busilis! ¡Dios nos valga!</em></p>
-
-<p>Ábrese la puerta; Ferrer sale el primero, el
-otro le sigue sumamente encogido, aferrado, pegado
-á aquella toga protectora, como un niño pequeño
-á la saya de su madre. Los que habían
-mantenido el sitio libre levantan de pronto las
-manos, agitan sus sombreros, forman en algún
-modo una nube, una pantalla, para sustraer al vicario
-de la vista peligrosa de la multitud; éste entra
-el primero en el carruaje, y se oculta en un
-rincón. Ferrer sube en seguida; las portezuelas
-se cierran herméticamente. La muchedumbre entrevé,
-sabe, adivina lo que ha sucedido, y deja
-escapar un alarido confuso de imprecaciones y
-aplausos.</p>
-
-<p>La parte de camino que restaba parecía ser la
-más difícil y peligrosa; pero el voto público, para
-dejar ir al vicario á la cárcel, se había manifestado
-lo bastante, y durante la detención del carruaje,
-muchos de los que habían favorecido la llegada
-de Ferrer, se habían todavía aplicado más en
-preparar y mantener un camino abierto en medio
-de la multitud; por lo tanto, el carruaje pudo esta
-segunda vez ir con un poco más de celeridad
-y sin intervalo ninguno. Á medida que avanzaba,<span class="pagenum" id="Page_361">[Pg 361]</span>
-las dos filas de la muchedumbre formadas en ambos
-lados, se confundían y se mezclaban juntamente
-detrás de aquél.</p>
-
-<p>Apenas sentados, Ferrer se había inclinado para
-advertir al vicario que se mantuviese bien arrinconado
-en el fondo, y que no se dejase ver por
-el amor del cielo, mas el aviso era inútil. El gran
-canciller al contrario, debía mostrarse para ocupar
-y atraer sobre sí toda la atención pública. Y
-por todo este segundo tránsito, como durante el
-primero, hizo al inconsecuente auditorio un discurso
-el más constante y al mismo tiempo inconexo
-en su sentido que se haya oído jamás interrumpiéndolo,
-sin embargo, de cuando en cuando
-por alguna palabrita española que deslizaba apresuradamente
-acercándose al oído de su invisible
-compañero. Sí, señores, pan y justicia; al castillo,
-á la cárcel bajo mi custodia. Gracias, gracias, mil
-gracias. ¡No, no, no escapará! <em>Por ablandarlos.</em>
-Esto es muy justo, se examinará, se verá. Yo
-también os quiero mucho. ¡Un castigo severo! <em>Esto
-se lo digo por su bien.</em> Una <i lang="it" xml:lang="it">meta</i><a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a> justa, una
-<i lang="it" xml:lang="it">meta</i> moderada, y castigos para los monopolistas.
-Por favor, apartaos un poco. Sí, sí, yo soy un excelente
-hombre, amigo del pueblo. Será castigado;
-es cierto, es un bribón, un malvado. <em>Perdone
-usted.</em> Lo pasará mal, lo pasará mal... <em>si es culpable<span class="pagenum" id="Page_362">[Pg 362]</span></em>.
-Sí, sí, ya arreglaremos á los panaderos. ¡Viva
-el rey y los buenos milaneses, sus fidelísimos
-vasallos! Está fresco, está fresco. <em>Ánimo, estamos
-ya casi fuera.</em></p>
-
-<p>En efecto, habían atravesado la mayor parte
-de la multitud, y estaban ya á punto de salir del
-todo al camino despejado. En esto Ferrer, que
-empezaba á dar un poco de reposo á sus pulmones,
-vió el socorro de Pisa, esto es, sus soldados
-españoles, los cuales, á pesar de todo, al fin no
-habían sido inútiles, pues que sostenidos y dirigidos
-por algunos ciudadanos, habían contribuido
-á hacer retirar alguna gente y á tener el paso libre
-á la última salida.</p>
-
-<p>Cuando llegó el carruaje se formaron en batalla,
-y presentaron las armas al gran canciller, el cual
-saludó también á derecha é izquierda; y al oficial
-que se le acercó á cumplimentarle le dijo, haciendo
-un gesto con la mano derecha: <em>beso á usted las
-manos</em>, palabras que dicho oficial comprendió por
-lo que realmente querían decir: ¡me habéis prestado
-un buen auxilio! En contestación hizo otro
-saludo y se encogió de hombros. Verdaderamente
-éste era el caso de poder decir <em>cedant arma togæ</em>;
-pero Ferrer no tenía en aquel momento la
-cabeza para citas, y además hubieran sido palabras
-arrojadas al aire, porque el oficial no entendía
-el latín.</p>
-
-<p>Pedro, al pasar por entre aquellas dos filas de<span class="pagenum" id="Page_363">[Pg 363]</span>
-migueletes, por entre sus mosquetes tan respetuosamente
-levantados, sintió renacer en su alma
-su antiguo valor. Recobróse repentinamente de
-su aturdimiento, se acordó de quién era y á quién
-conducía, y gritando: ¡Ohe, ohe! sin añadir otras
-ceremonias para la gente, en adelante bastante
-escasa para ser tratada así, y dando latigazos á
-los caballos, los hizo galopar hacia el castillo.</p>
-
-<p>&mdash;Levántese, levántese; estamos ya fuera, dijo
-Ferrer al vicario, el cual asegurado por no oir ya
-gritos y por el rápido movimiento del carruaje, y
-por aquellas palabras, salió de su rincón, se levantó,
-y recobrando su voz, empezó á dar mil y
-mil millones de gracias á su libertador. Éste, después
-de haberse condolido con él del peligro, y
-regocijado de su libertad: “¡Ah, exclamó, golpeando
-con una mano su gran calva, <em>qué dirá de esto
-su excelencia</em>, que está ya casi loco con ese maldito
-<em>Casale</em>, que no quiere rendirse! ¡<em>Qué dirá el conde-duque</em>,
-que se alarma si una hoja hace más ruido
-que de ordinario! ¡<em>Qué dirá el rey nuestro señor</em>,
-que no dejará de tener noticias de tan gran
-fracaso! ¿Y después, se habrá esto concluido?
-<em>¡Dios lo sabe!</em>”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! lo que es yo no quiero mezclarme más,
-decía el vicario; me lavo las manos: resigno mi
-cargo en vuestra excelencia, y me voy á vivir á
-una gruta sobre un monte, á hacerme ermitaño,
-lejos, muy lejos de esa gente feroz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_364">[Pg 364]</span></p>
-
-<p>&mdash;<em>Usted</em> hará lo que será más conveniente al
-<em>servicio de S. M.</em>, respondió gravemente el gran
-canciller.</p>
-
-<p>&mdash;S. M. no querrá mi muerte, replicó el vicario:
-á una gruta; lejos de esa canalla.</p>
-
-<p>Nuestro autor no dice lo que sucedió tocante á
-dicho proyecto; porque después de haber acompañado
-al pobre hombre al castillo, no hace ninguna
-mención más de él.</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> Es preciso que el lector advierta que todas las palabras
-subrayadas puestas en boca de Antonio Ferrer son textuales,
-pues ya sabemos que era español.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_11" href="#FNanchor_11" class="label">[11]</a> Así es; quiero decir, el rey nuestro señor no quiere que
-éstos sus fidelísimos vasallos sufran hambre.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_12" href="#FNanchor_12" class="label">[12]</a> No se os haga daño, señores.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_13" href="#FNanchor_13" class="label">[13]</a> Abundancia, abundancia. Un poco de sitio por caridad.
-Pan, pan. ¡Á la cárcel, á la cárcel! ¿Qué es esto?</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_14" href="#FNanchor_14" class="label">[14]</a> Tarifa.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_365">[Pg 365]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOCUARTO</h2>
-</div>
-
-
-<p>La muchedumbre que había quedado detrás
-empezó á dispersarse, á desparramarse á derecha
-é izquierda, por ésta y por aquella calle. El uno
-se dirigía á su casa para acudir á sus negocios; el
-otro se alejaba para respirar un poco á sus anchas,
-después de tantas horas de apretones; y otro, en
-fin, iba en busca de amigos, con el objeto de charlar
-un poco sobre los acontecimientos del día. El
-otro extremo de la calle se aclaraba también: la
-gente había ido desocupando lo suficiente aquel
-sitio, para que el destacamento de soldados españoles
-pudiese, sin tener que combatir, avanzar y
-colocarse en la casa del vicario. Delante de ésta
-estaban reunidos aún los fautores, por decirlo así,
-del tumulto; éstos eran una cuadrilla de bribones,
-que descontentos de una conclusión tan fría y tan<span class="pagenum" id="Page_366">[Pg 366]</span>
-imperfecta, después de tan grande aparato, unos
-murmuraban, otros blasfemaban, y parte de ellos
-se habían puesto á consultar el modo de poder intentar
-todavía algo; y como para probar, se dirigían
-á asaltar y sacudir aquella pobre puerta, que
-había sido apuntalada de nuevo lo mejor posible.
-Á la llegada del destacamento, dichas gentes, con
-unánime resolución y sin detenerse en consultar,
-se pusieron en marcha hacia el lado opuesto, dejando
-el sitio libre á los soldados, que se apoderaron
-de él y se apostaron para guardar la casa y
-la calle. Pero todas las calles de los alrededores
-estaban sembradas de grupos: en donde se habían
-parado dos ó tres personas, se detenían otras tres,
-cuatro, veinte; algunos se separaban y se reunían
-á otros grupos mayores: se asemejaban á aquellas
-pequeñas nubes que á veces permanecen esparcidas
-y flotan en el azulado espacio después de una
-tempestad, y hacen decir al que levanta la vista
-hacia ellas: el tiempo no está muy sentado. Imaginaos,
-pues, qué Babilonia de conversaciones:
-éste, refería con énfasis los accidentes particulares
-de que había sido testigo; aquél lo que él mismo
-había hecho. Uno se regocijaba de que la cosa
-hubiese concluido bien y alababa á Ferrer, y
-pronosticaba grandes desgracias al vicario; quien,
-mofándose, decía: no tengáis miedo, que no le colgarán;
-los lobos no se muerden unos á otros; quien,
-finalmente, decía murmurando y colérico, que las<span class="pagenum" id="Page_367">[Pg 367]</span>
-cosas no se habían hecho bien, que era un engaño,
-que había sido una locura el hacer tanto
-ruido, para dejarse después burlar de aquel
-modo.</p>
-
-<p>Entretanto el sol se encaminaba al ocaso; los
-objetos iban volviéndose todos de un mismo color;
-y muchas gentes, fatigadas de la jornada y fastidiadas
-de hablar en la oscuridad, se volvían á casa.
-Nuestro joven, después de haber ayudado el
-paso de la carroza hasta el sitio en que había tenido
-necesidad de ayuda, después de haberla seguido
-y pasado entre las filas de soldados como
-en triunfo, se alegró cuando la vió correr libremente
-y fuera de todo peligro. Siguió un momento
-su camino en compañía de la multitud, y salió
-de en medio de ésta á la primera bocacalle que
-se le presentó, para respirar también con un poco
-más de libertad. Apenas hubo dado algunos
-pasos en medio de la agitación de tantos sentimientos,
-de tantas imágenes recientes y confusas,
-experimentó un gran deseo de comer y reposar.
-Empezó á levantar su vista por todas partes, buscando
-una muestra de hostería, ya que era demasiado
-tarde para encaminarse al convento de capuchinos.
-Así, andando con la cabeza levantada,
-se encontró de manos á boca al lado de un grupo,
-y habiéndose parado, oye que discurrían acerca
-de conjeturas, de proyectos, para el día siguiente.
-Después de haber permanecido un momento escuchando,<span class="pagenum" id="Page_368">[Pg 368]</span>
-no pudo dejar de manifestar también
-su parecer, calculando que podía, sin presunción,
-proponer alguna cosa el que tanto había hecho.
-Persuadido por todo lo que había visto en aquel
-día, que en adelante para llevar á efecto cualquier
-proyecto, bastaba que cayese en gracia á los que
-discurrían por las calles: “Señores, gritó en tono
-de exordio, ¿puedo yo decir también mi humilde
-parecer? El mío es el siguiente: no es únicamente
-en el negocio del pan con el cual se cometen
-bribonadas; y pues que hoy se ha visto claramente,
-que en haciéndose oir se obtiene justicia, es
-necesario marchar adelante de este modo, á fin de
-que se ponga remedio á todas las demás maldades,
-y hasta que el mundo vaya un poco más cristianamente.
-¿No es verdad, señores, que hay una
-cuadrilla de tiranos que cumplen justamente al
-revés los diez mandamientos de la ley de Dios, y
-vienen á buscar á la gente pacífica que no piensa
-en ellos, para hacerles toda especie de daños, y
-al fin y al cabo, tienen siempre razón? ¿Y aun
-cuando han cometido una maldad mayor que la
-de ordinario, andan con más orgullo de lo que les
-convendría tener? Aun aquí, en Milán, debe haber
-algunos”.</p>
-
-<p>&mdash;Demasiados, dijo una voz.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo decía yo, repuso Renzo; tales historias
-llegan hasta nosotros, y después la cosa misma lo
-dice. Supongamos, por ejemplo, que cualquiera<span class="pagenum" id="Page_369">[Pg 369]</span>
-de los que yo quiero decir esté un poco en el
-campo y otro poco en Milán; si es un diablo allí,
-me parece que no deberá ser un ángel aquí; y si
-no, ¡decidme, señores, si habéis visto uno de ésos
-con el aire á lo Ferrer! Y lo que es peor aún, que
-hay ordenanzas impresas para castigarlos, y no
-como quiera, sino hechas completamente bien,
-tanto que no se podrían encontrar mejores; en
-ellas se designan claramente las bribonadas como
-son en sí, y cada una tiene su buen castigo; y allí
-dice: sea quien sea, villano ó plebeyo, y qué sé yo
-qué más. Ahora, id á decir á los doctores, escribas
-y fariseos que os hagan justicia según canta
-la ordenanza: os escuchan como el papa á los bribones;
-¡es cosa de hacer perder el juicio á cualquier
-hombre de bien! Se ve, pues, claramente
-que el rey y los que mandan quisieran que los
-bribones fuesen castigados; pero no se adelanta
-nada, porque aquí hay una liga. Es, pues, preciso
-romperla; es necesario ir mañana á ver á Ferrer,
-el cual es un excelente sujeto, un señor completo:
-hoy se ha podido ver cuán satisfecho estaba
-de hallarse entre los pobres; cómo trataba de
-oir lo que se decía, y con qué afabilidad contestaba!
-Es indispensable ir á casa de Ferrer, y decirle
-cómo van las cosas, y yo por mi parte se las
-puedo contar muy buenas; yo mismo, que he visto
-una ordenanza con tantas armas encima, y hecha
-por tres de los que pueden, cada uno de los<span class="pagenum" id="Page_370">[Pg 370]</span>
-cuales tenía estampado perfectamente su nombre
-debajo de ella; y uno de estos nombres era Ferrer,
-visto por mí, repito, con mis propios ojos.
-Así, pues, dicha ordenanza me daba justamente
-la razón; en consecuencia fuí á ver á un doctor
-para decirle que procurase el que se me hiciese
-justicia, conforme á la intención de aquellos tres
-señores, entre los cuales estaba también Ferrer;
-pero ¡ah! lo que es digno de notarse, que para el
-expresado señor doctor que me había manifestado
-él mismo la ordenanza, parecía que yo le hablase
-como un loco. Estoy seguro que cuando ese excelente
-anciano oiga tan buenas cosas, porque no
-puede saberlas todas, especialmente las de fuera,
-no querrá que el mundo vaya así, y pondrá un
-buen remedio; y luego como ellos hacen las ordenanzas,
-deben tener deseos de que se obedezcan,
-pues de lo contrario es un desprecio, un epitafio
-á su nombre el no hacer ningún caso. Y si
-los prepotentes no quieren bajar la cabeza, y le
-vuelven loco, nosotros estamos aquí para ayudarle,
-según hemos hecho hoy. No quiero decir que
-tenga que ir dando vueltas en su carruaje para
-atrapar y enjaular en ella á todos los bribones,
-<em>prepotentes</em> y tiranos; ¡ja ja! para esto sería preciso
-el arca de Noé. Es indispensable que mande
-á aquéllos á quienes corresponda, no sólo en Milán,
-sino en todas partes; que hagan cumplir las
-cosas según previenen las ordenanzas, entablando<span class="pagenum" id="Page_371">[Pg 371]</span>
-un buen proceso á todos los que han cometido las
-referidas necedades; y en donde dice prisión, prisión;
-debe decir galeras, galeras; intimando á los
-podestás que hagan su deber, y de no, mandarlos
-á paseo, y poner otros mejores; y luego, repito,
-nosotros estaremos aquí para darle la mano: ordenando
-también á los doctores que escuchen á
-los pobres y defiendan su derecho. ¿Digo bien,
-señores?</p>
-
-<p>Renzo había hablado tan de corazón, que desde
-que empezó su exordio, una gran parte de los
-que estaban reunidos habían suspendido todo otro
-discurso; se habían vuelto hacia él, y hasta cierto
-punto todos se habían convertido en oyentes suyos.
-Un confuso clamoreo de aplausos, de “<em>bravo</em>;
-seguramente tiene razón; es demasiado cierto”, fué
-como la respuesta á su arenga. Sin embargo, no
-faltaron críticos. “¡Eh! sí, decía uno, dad oídos á
-esos campesinos; todos ellos son abogados”, y se
-iba. “Ahora, murmuraba otro, cualquier descamisado
-querrá decir la suya, y con esta rabia de meter
-la carne al fuego, no se pondrá el pan barato;
-ésta es, por tanto, la causa por la cual nos hemos
-puesto en movimiento”. Con todo, Renzo no oyó
-más que los cumplimientos: quien le cogía una
-mano, quien le cogía la otra.&mdash;Hasta la vista; hasta
-mañana.&mdash;¿Dónde?&mdash;En la plaza de la Catedral.&mdash;Está
-bien.&mdash;¿Y se hará algo?&mdash;Se hará.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién de estos buenos señores querrá enseñarme<span class="pagenum" id="Page_372">[Pg 372]</span>
-una hostería, para comer un bocado y dormir
-como un buen muchacho? dijo Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí me tenéis dispuesto á serviros, excelente
-joven, dijo uno que había escuchado atentamente
-el sermón, y aún no había desplegado sus
-labios. Justamente sé una hostería que os hará al
-caso, y os recomendaré al dueño, que es amigo
-mío y muy hombre de bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Aquí cerca? preguntó Renzo. “Poco distante”,
-respondió aquél.</p>
-
-<p>La reunión se dispersó; y Renzo, después de
-muchos apretones de manos desconocidas, echó
-á andar con el incógnito, dándole gracias por su
-cortesía.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué? decía aquél: una mano lava la otra,
-y ambas la cara. ¿No estamos, por ventura, obligados
-á servir al prójimo? Y á medida que iban
-andando, hacía á Renzo, como quien no quiere
-la cosa, ya una pregunta, ya otra.&mdash;Esto no
-es por saber vuestras cosas, sino porque me
-parece que estáis muy cansado: ¿de qué pueblo
-venís?</p>
-
-<p>&mdash;Vengo, contestó Renzo, desde... desde
-Lecco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Desde Lecco? ¿sois de Lecco?</p>
-
-<p>&mdash;De Lecco... es decir, del territorio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre joven! Por todo lo que he podido entender
-de vuestras palabras, me parece que os
-han hecho cosas muy grandes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_373">[Pg 373]</span></p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, mi caro y digno amigo! He debido hablar
-con un poco de discreción para no decir en
-público mis negocios; mas... basta, algún día se
-sabrá, y entonces... Pero allí veo una muestra
-de hostería, y á fe mía no tengo ganas de ir más
-lejos.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no: venid adonde os he dicho; falta poco!
-dijo el guía; aquí no estaréis bien.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, sí! repuso el joven, no soy un señorito
-acostumbrado á estar dentro de un escaparate: un
-pedazo de cualquier cosa que me den para refrigerar
-el estómago y un poco de paja, me bastan:
-lo que yo deseo es encontrar pronto una cosa y
-otra. Dios os guarde. Y entró por una gran puerta,
-sobre la cual campeaba la muestra de la <em>luna
-llena</em>.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien: os acompañaré, ya que así lo queréis,
-dijo el desconocido, y le siguió.</p>
-
-<p>&mdash;Sentiría que os incomodarais más, repuso Renzo;
-sin embargo, añadió, hacedme el gusto de venir
-á beber una copa conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;Aceptaré el favor que me dispensáis, contestó
-aquél, y se encaminó, como más práctico de
-aquel paraje, delante de Renzo, por un patiecillo;
-se acercó á la puerta que daba á la cocina, levantó
-el picaporte, abrió y entró con su compañero.
-Dos candiles pendientes de dos estacas clavadas
-al través de las vigas del techo, esparcían una
-opaca luz. Mucha gente no ociosa, estaba sentada<span class="pagenum" id="Page_374">[Pg 374]</span>
-sobre dos bancos colocados á un lado y á otro
-de una larga y estrecha mesa que ocupaba casi
-toda una parte de la habitación; por intervalos se
-veían manteles y platos; de cuando en cuando
-naipes vueltos y volver, dados echados y recogidos;
-por todas partes botellas y vasos. Veíanse
-también correr sobre la mesa <em>berlinghe</em> reales y
-<i lang="it" xml:lang="it">parpagliole</i>, que si hubiesen podido hablar, habrían
-dicho, probablemente: “esta mañana estábamos
-en el cajón de algún panadero ó en los bolsillos
-de algunos espectadores del tumulto, que
-enteramente ocupados en ver cómo irían los negocios
-públicos, olvidaban vigilar los suyos particulares”.
-El estrépito era grande: un muchacho no
-hacía otra cosa más que ir y venir, todo azorado,
-para servir á un tiempo la mesa grande y las pequeñas;
-el dueño de la hostería estaba sentado
-bajo la campana de la chimenea, ocupado en la
-apariencia en hacer y deshacer con las tenazas
-ciertas figuras en la ceniza, pero en realidad muy
-atento á todo lo que pasaba en torno de sí. Al
-ruido del picaporte se levantó y se dirigió al encuentro
-de los recién venidos. Cuando hubo visto
-al guía, “¡maldito seas!, dijo interiormente; ¡que hayas
-de venir siempre á atravesarte cuando menos
-quisiera!”. Después, lanzando apresuradamente una
-mirada á Renzo, pensó aun: “no te conozco; pero
-viniendo con tal cazador, serás ó perro ó liebre:
-cuando hayas pronunciado sólo dos palabras, sabré<span class="pagenum" id="Page_375">[Pg 375]</span>
-á qué atenerme”. Sin embargo, ninguna de
-aquellas reflexiones se traslucía en el semblante
-del posadero, el cual, estaba inmóvil como un retrato:
-su cara era llena y reluciente, con una barba
-espesa y rojiza, y dos ojillos claros y fijos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué mandan estos señores? dijo en alta voz.</p>
-
-<p>&mdash;Primeramente una gran botella de vino bueno,
-dijo Renzo, y después alguna cosilla que comer.
-Así diciendo se fué á sentar en un banco, á
-uno de los extremos de la mesa, y arrojó un sonoro
-y prolongado ¡ah! como si hubiese querido
-decir: ¡qué bueno es un pedacito de banco después
-de haber estado tanto tiempo en pie y de negocios!
-Pero de pronto le vino á la imaginación
-aquel banco y aquella mesa, en el cual se había
-sentado la última vez con Lucía y con Inés, y lanzó
-un suspiro. En seguida sacudió la cabeza como
-para desechar aquel pensamiento, y vió venir
-al posadero con el vino. El compañero se había
-sentado enfrente de Renzo; éste le echó de beber
-al momento, diciendo: “para remojar los labios”; y
-habiendo llenado el otro vaso, lo apuró de un
-sorbo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me vais á dar de comer? dijo en seguida
-al huésped.</p>
-
-<p>&mdash;Un excelente plato de estofado: ¿os gusta? dijo
-éste.</p>
-
-<p>&mdash;Sí señor; ¡magnífico! Id por él.</p>
-
-<p>&mdash;Seréis servido, dijo el huésped á Renzo; y<span class="pagenum" id="Page_376">[Pg 376]</span>
-volviéndose al mozo continuó: servid á este forastero.
-Mas... replicó al instante, dirigiéndose de
-nuevo hacia Renzo; mas pan, hoy no tengo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pan! dijo Renzo en alta voz y riendo, la Providencia
-ya ha pensado en él. Sacó el tercero y
-último de los panes que había recogido bajo la
-cruz de S. Dionisio, y lo levantó gritando: He aquí
-el pan de la Providencia.</p>
-
-<p>Á dicha exclamación muchos se volvieron, y
-viendo aquel trofeo en el aire, uno de ellos gritó: “¡Viva
-el pan barato!”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Barato! dijo Renzo, <i lang="la" xml:lang="la">gratis et amore</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es aún mejor, mucho mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, añadió en seguida, no quisiera que estos
-señores pensaran mal de mí: no es que yo lo
-haya, como se suele decir, arañado: lo he hallado
-en el suelo; y si pudiese encontrar todavía á su
-dueño, estoy pronto á pagárselo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bravo, bravo! exclamaron los compañeros
-riéndose fuertemente, á ninguno de los cuales se
-le pasó por la imaginación que aquellas palabras
-fuesen dichas de veras.</p>
-
-<p>&mdash;Creéis que me chanceo, mas es realmente
-así, dijo Renzo á su guía; y haciendo dar vueltas
-al pan en sus manos, añadió: mirad cómo lo han
-arreglado; parece una torta; mas éstos no eran del
-prójimo; si hubiesen sido hallados por aquellos
-que tienen la dentadura un poco delicada, hubieran
-estado frescos. Y súbitamente, habiendo devorado<span class="pagenum" id="Page_377">[Pg 377]</span>
-tres ó cuatro pedazos de dicho pan, los
-remojó con un segundo vaso de vino, y añadió:
-este pan, por sí solo no quiere pasar; nunca he
-tenido la garganta tan seca: ¡ya se ve, si he gritado
-tanto!</p>
-
-<p>&mdash;Preparad una buena cama para este joven,
-dijo el guía; porque tiene intención de dormir
-aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis dormir aquí? preguntó el huésped á
-Renzo, acercándose á la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente, contestó Renzo, una cama cualquiera
-que sea; basta que las sábanas sean limpias,
-pues aunque soy un infeliz muchacho, estoy
-acostumbrado á la policía<a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! en cuanto á esto... dijo el huésped,
-dirigiéndose al armario que estaba en un rincón
-de la cocina, y volviendo con un tintero y un pedazo
-de papel blanco en una mano y una pluma
-en la otra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere decir esto? exclamó Renzo, tragando
-un pedazo de carne estofada que el mozo
-le había puesto delante; y sonriéndose luego con
-aire admirado añadió: ¿es la sábana limpia esto?</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_378">[Pg 378]</span></p>
-<p>El huésped, sin contestar, puso sobre la mesa
-el tintero y el papel, apoyó después sobre la misma
-el codo derecho y el brazo izquierdo, y con la
-pluma en la mano y el rostro vuelto hacia Renzo,
-le dijo: hacedme el favor de decir vuestro nombre,
-apellido y naturaleza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto? replicó Renzo, ¿qué tienen que
-ver esas historias con la cama?</p>
-
-<p>&mdash;Cumplo con mi deber, dijo el posadero, mirando
-al guía: nosotros estamos obligados á dar
-parte de todas las personas que vienen á alojarse
-á nuestras casas: <em>nombre y apellido, y de qué nación
-sea, á qué negocio viene, si tiene armas consigo...
-cuánto tiempo ha de permanecer en esta ciudad</em>...
-son las palabras textuales de la ordenanza.</p>
-
-<p>Antes de contestar, Renzo se echó al coleto otro
-vaso; era el tercero, y dentro de poco, temo que
-perderemos la cuenta. Después dijo: “¡Ah, ah! ¡tenéis
-la ordenanza! yo me precio de ser doctor en
-leyes, y sé el caso que se hace de las ordenanzas”.</p>
-
-<p>&mdash;Hablo de veras, repuso el dueño de la hostería,
-mirando siempre al mudo compañero de
-Renzo; y encaminándose de nuevo al armario, tiró
-de un cajoncito, y sacó un gran papel envuelto,
-un ejemplar justamente de la ordenanza, el
-que fué á desplegarlo á la vista de Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! he aquí, exclamó éste, alzando con una
-mano el vaso lleno de nuevo, apurándole de un
-trago, y extendiendo en seguida la otra señalando<span class="pagenum" id="Page_379">[Pg 379]</span>
-con el índice la ordenanza desenrollada. He aquí
-esta bella hoja de misal; me alegro muchísimo,
-conozco bien las armas; sé lo que quiere decir esta
-figura de pagano con la cadena al cuello. (Al
-encabezamiento de las ordenanzas se ponían entonces
-las armas del gobernador, y en las de D.
-Gonzalo Fernández de Córdoba, se destacaba un
-rey moro encadenado por la garganta). Dicha figura
-significa: mande quien pueda, y obedezca
-quien quiera. Cuando esta figura haya enviado á
-galeras al señor don... basta; yo me lo sé, como
-dice en otro papelucho compañero de éste;
-cuando haya hecho de manera que un joven honrado
-pueda desposarse con una muchacha también
-honrada, que lo quiere libremente y de buen grado,
-entonces le diré mi nombre á esa figura, y
-además en pago le daré un beso. Puedo tener poderosas
-razones para callar mi nombre. ¡Estaría
-bueno! Y si un malvado que tuviera bajo sus órdenes
-á una cuadrilla de bribones... porque...
-si estuviera solo; aquí concluye la frase con un
-gesto. Si un malvado quisiese saber en dónde estoy
-para jugarme una mala pasada, pregunto
-yo, ¿si esta figura se movería para ayudarme?
-¿Tengo por ventura que dar parte de mis cosas?
-¡Ésta sí que es nueva! Supongamos que he venido
-á confesarme á Milán; pero quiero que me
-confiese luego un padre capuchino y no un posadero.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_380">[Pg 380]</span></p>
-
-<p>Éste seguía mirando al guía, el cual no hacía
-ninguna especie de demostración. Renzo, disgustado,
-apuró otro vaso, y prosiguió: “Te daré una
-razón, mi caro huésped, que te convencerá. Si las
-ordenanzas que hablan bien en favor de los buenos
-cristianos no valen nada, mucho menos deben
-valer las que hablan mal. Quítame, pues, de delante
-todos estos enredos, y traedme en su lugar
-otra botella, pues que ésta da ya las últimas boqueadas”.
-Así, diciendo, la golpeó ligeramente con
-los nudillos, y añadió: escucha, huésped, escucha
-cómo suena.</p>
-
-<p>Renzo se había vuelto á atraer poco á poco
-la atención de los que estaban á su alrededor,
-y otra vez fué aplaudido también por su auditorio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué debo hacer? dijo el huésped, mirando al
-desconocido que no era tal para él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, vamos! gritaron muchos de los compañeros:
-este joven tiene razón; todo son vejaciones,
-fraudes é impedimentos: desde ahora, leyes
-nuevas, leyes nuevas.</p>
-
-<p>En medio de aquellos gritos, el desconocido,
-lanzando al huésped una mirada de reconvención,
-por su pregunta demasiado manifiesta, dijo: “Dejadle
-un poco obrar á su modo; no mováis escándalo”.</p>
-
-<p>&mdash;He cumplido con mi deber, repuso el huésped
-en alta voz, y después interiormente: ahora<span class="pagenum" id="Page_381">[Pg 381]</span>
-ya estoy á cubierto. Y tomó el papel, la pluma,
-el tintero, la ordenanza y la botella vacía para
-dársela al mozo.</p>
-
-<p>&mdash;Trae del mismo, dijo Renzo, que lo encuentro
-excelente, y lo enviaremos á dormir como el otro
-sin preguntarle nombre y apellido, ni de qué país
-es, ni lo que viene á hacer aquí, ni si ha de estar
-poco ó mucho en esta ciudad.</p>
-
-<p>&mdash;Del mismo, dijo el huésped al mozo, dándole
-la botella, y volvió á sentarse bajo la campana
-de la chimenea. No es otra cosa más que una liebre,
-pensaba éste, enredando siempre con la ceniza;
-¡y en qué manos has ido á caer, pedazo de
-asno! Si quieres ahogarte, ahógate; mas el dueño
-de la <em>Luna llena</em> no debe ir á meterse en medio
-por tus locuras.</p>
-
-<p>Renzo dió las gracias á su guía y á todos los
-que habían sido de su partido. “¡Excelentes amigos!
-exclamó: ahora deseo que los hombres de
-bien se den la mano y se sostengan”. En seguida,
-pegando con la palma de la mano sobre la mesa,
-y colocándose de nuevo en actitud de predicador,
-“¡qué cosa tan particular! exclamó, que todos aquellos
-que conducen los negocios del mundo quieren
-hacer entrar en todo y por todo el papel, la pluma
-y el tintero! ¡siempre la pluma en el aire!
-¡Qué manía tienen esos señores de servirse de la
-pluma!”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! excelente forastero, ¿queréis saber la<span class="pagenum" id="Page_382">[Pg 382]</span>
-razón? dijo riendo uno de los jugadores que ganaba.</p>
-
-<p>&mdash;Veamos, repuso Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;La razón es, que como esos señores comen
-gansos, se encuentran con tantas y tantas plumas,
-que es indispensable hagan de ellas alguna
-cosa.</p>
-
-<p>Todos se echaron á reir, á excepción del compañero
-que perdía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, oh! dijo Renzo; ¡aquél es un poeta!
-¡También tenéis aquí poetas! ¡en el día nacen por
-todas partes! Yo también tengo una vena, y algunas
-veces digo algunas bellas... pero cuando las
-cosas van bien.</p>
-
-<p>Para comprender este chiste del pobre Renzo,
-es preciso saber que á los ojos del vulgo de Milán,
-y sobre todo á los de sus alrededores, la palabra <em>poeta</em>
-no significaba ya entonces, como para todos los
-hombres ilustrados, un ingenio sublime, un habitante
-del Pindo, un discípulo de las musas, sino
-al contrario, un cerebro extravagante y lunático,
-que en sus palabras tenía más de picante y de singular,
-que de razonable. ¡De tal modo los que
-echan á perder al vulgo, se han atrevido á violentar
-las palabras y hacerle decir las cosas más lejanas
-de su legítimo significado! Pues yo pregunto:
-¿qué tiene de común la palabra <em>poeta</em> con
-el cerebro lunático?</p>
-
-<p>&mdash;Mas yo diré la verdadera razón, añadió Renzo;<span class="pagenum" id="Page_383">[Pg 383]</span>
-es porque la pluma la tienen ellos; y así las palabras
-que dicen, vuelan al instante y desaparecen;
-por el contrario, están muy atentos á los menores
-dichos de un pobre muchacho; y pronto, pronto
-los enfilan con aquella pluma y los clavan sobre
-el papel, para servirse de ellos á su debido lugar
-y tiempo. Tienen, además, también otra malicia:
-cuando quieren confundir á un infeliz joven que
-no sabe leer, pero que tiene un poco de... yo
-me entiendo perfectamente... y para hacerse
-comprender se pegaba en la frente con el extremo
-del índice; y cuando conocen que él empieza
-á entender el enredo, zas, meten en la conversación
-algunas palabras en latín, para hacerle perder
-el hilo y embrollarle la cabeza. ¡Basta! Es
-indispensable que desaparezca dicha costumbre.
-Hoy, á buena cuenta, se ha hecho todo vulgarmente,
-sin papel, pluma ni tintero: mañana, si el
-pueblo sabe gobernarse, se hará mejor aún,
-sin tocar un cabello á ninguno, y todo con justicia.</p>
-
-<p>Entretanto algunos de los compañeros se habían
-puesto á jugar, otros á comer, muchos á gritar;
-algunos también se iban, y otros venían. El posadero
-atendía á todos; pero esto no tiene nada
-que ver con nuestra historia. El incógnito guía no
-hacía ademán de irse; no tenía, al parecer, ningún
-quehacer allí, y sin embargo, no quería partir
-sin haber conversado otro poco con Renzo, en<span class="pagenum" id="Page_384">[Pg 384]</span>
-particular: volvióse hacia él, tocó de nuevo la
-conversación acerca del pan; y después de algunas
-de aquellas frases que de algún tiempo corrían
-por todas las bocas, puso en ejecución su proyecto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! si yo mandase, ya encontraría el medio
-de arreglar las cosas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo haríais? dijo Renzo, mirándole con
-los ojos más brillantes que de ordinario, y torciendo
-un poco la boca, como para prestar más atención.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo haría? contestó aquél; querría que
-hubiese pan para todo el mundo, tanto para los
-pobres como para los ricos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! muy bien, replicó Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí cómo: una tarifa razonable, al alcance
-de todos, y después distribuir el pan en razón de
-las bocas; porque hay golosos indiscretos que lo
-quieren todo para ellos; todo lo pillan, lo arañan
-todo, y después falta el pan á los pobres. Es indispensable,
-dividir el pan; ¿y cómo se hace? del
-modo siguiente: dando una tarjeta á cada familia
-en proporción de las bocas, para ir á tomar el pan
-á las panaderías. Á mí, por ejemplo, debería dárseme
-una tarjeta en esta forma: Ambrosio Fusella,
-espadero de profesión, con mujer y cuatro hijos,
-todos en edad de comer pan (notad bien esto),
-que se les dé tal cantidad, y que pague tanto.
-Pero sería preciso hacer las cosas justas, siempre<span class="pagenum" id="Page_385">[Pg 385]</span>
-en razón de las bocas. Á vos, supongamos, deberían
-daros una tarjeta para... ¿vuestro nombre?</p>
-
-<p>&mdash;Lorenzo Tramaglino, dijo el joven; el cual
-desvanecido con el proyecto, no reflexionaba que
-estaba fundado sobre el papel, la pluma y la tinta;
-y que para ponerlo en ejecución, la primera
-cosa era recoger los nombres de las personas.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, dijo el desconocido; pero ¿tenéis
-mujer é hijos?</p>
-
-<p>&mdash;Bien debería... hijos, no... es demasiado
-pronto... pero mujer... si el mundo fuese
-como debía ser...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sois solo! pues tened paciencia, se os
-daría una porción más pequeña.</p>
-
-<p>&mdash;Es justo; mas si pronto, como espero... y
-con el auxilio de Dios... basta: ¿y cuando tuviese
-también mujer?...</p>
-
-<p>&mdash;Entonces se cambia la tarjeta, y se aumenta
-la porción, según ya os he dicho; siempre en razón
-de las bocas, dijo el desconocido levantándose.</p>
-
-<p>&mdash;Así estaría muy bien, exclamó Renzo, y continuó
-gritando y dando puñadas sobre la mesa:
-¿y por qué no hacen una ley de este modo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué queréis que os diga? Entretanto os deseo
-una buena noche, y me voy, porque pienso
-que mi mujer é hijos me esperarán hace ya tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Otro trago, otro trago, gritaba Renzo, llenando
-precipitadamente el vaso de aquél: y habiéndose<span class="pagenum" id="Page_386">[Pg 386]</span>
-levantado de súbito, lo cogió por un extremo
-del jubón, y tirándole con todas sus fuerzas
-para hacerlo sentar de nuevo, repitió: otro
-traguito, no me hagáis este desprecio.</p>
-
-<p>Mas el amigo se libró por medio de una sacudida;
-luego, dejando hacer á Renzo un diluvio de
-instancias y de reconvenciones, le dijo de nuevo:
-“Buenas noches”, y partió. Renzo seguía aún hablándole,
-cuando aquél estaba ya en la calle, después
-de lo cual cayó desplomado sobre el banco.
-Fijó los ojos sobre aquel vaso que había llenado;
-y viendo pasar por delante de la mesa al mozo,
-le hizo señas de que se parase, como si tuviera
-que comunicarle alguna cosa importante: le enseñó
-el vaso, y con pronunciación lenta y solemne,
-acentuando las palabras de cierto modo particular,
-dijo: “¡Helo aquí! Lo había preparado para
-aquel buen hombre; mirad, está lleno enteramente:
-es de amigo, mas él no le ha querido; á veces,
-la gente tiene ideas singulares; yo no tengo la
-culpa; mi buen corazón lo ha manifestado: ahora,
-ya que la cosa está hecha, es preciso no dejarla
-perder”. Dicho esto lo tomó y lo apuró de un
-trago.</p>
-
-<p>&mdash;Quedo enterado, dijo el mozo yéndose.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, vos estáis enterado también! replicó
-Renzo: pues es verdad. ¡Cuando las razones son
-justas!...</p>
-
-<p>Aquí es indispensable todo el amor que profesamos<span class="pagenum" id="Page_387">[Pg 387]</span>
-hacia la verdad, para hacernos proseguir
-fielmente una narración que honra tan poco á un
-personaje tan principal, y casi podríamos decir,
-al héroe de nuestra historia. Por esta misma razón
-de imparcialidad, debemos, sin embargo, advertir,
-que es la primera vez que á Renzo le sucedía
-una cosa semejante; y esto era precisamente
-la poca costumbre que tenía de cometer excesos,
-siendo la causa, en gran parte, de que el primero
-le fuese tan funesto. Los pocos vasos que había
-bebido al principio, unos después de otros, contra
-su costumbre, ya sea para apagar el ardor de su
-garganta, ya por cierta alteración de ánimo, que
-no le dejaba hacer nada con medida, le subieron
-con presteza al cerebro: á un bebedor un poco
-ejercitado no le hubiera producido otro efecto que
-quitarle la sed. Sobre esto nuestro anónimo hace
-una observación, que nosotros repetiremos, y valga
-lo que valiere. Los hábitos moderados y honestos,
-dice, tienen también la ventaja de que,
-cuanto más inveterados y arraigados están en un
-hombre, tanto más fácilmente, cuando él quiere
-desviarse, se resiente al instante de ellos; de modo,
-que se acuerda después por mucho tiempo, y
-una falta le sirve de lección.</p>
-
-<p>Sea lo que quiera, cuando los vapores hubieron
-subido á la cabeza de Renzo, vino y palabras continuaron
-aglomerándose, uno sobre otras, sin regla
-ni concierto. En el momento en que lo hemos<span class="pagenum" id="Page_388">[Pg 388]</span>
-dejado, estaba ya según podía. Sentía grandes deseos
-de hablar: oyentes, ó á lo menos á los que
-podía tomar por tales, no faltaban; y por espacio
-de algún tiempo, aunque las palabras habían venido
-sin hacerse de rogar, sin embargo, se habían
-dejado colocar en un orden regular. Mas poco á
-poco aquel cuidado de concluir las frases empezó
-á ser sumamente difícil. La idea que se presentaba
-á su mente, viva y resuelta, se anublaba y
-desvanecía de repente, y la palabra, después de
-haberse hecho aguardar por un momento, no era
-ya la que venía al caso. En semejante angustia,
-por uno de esos falsos instintos que en tantas ocasiones
-pierden á los hombres, recurría á la bienaventurada
-botella; ¿pero qué auxilio podía prestarle
-ésta en tales circunstancias? Que lo diga el
-que lo sepa.</p>
-
-<p>Nosotros únicamente referiremos algunas de las
-muchísimas palabras que dijo en aquella fatal noche;
-las muchas que omitimos desdicen demasiado,
-porque no sólo no tienen sentido, sino tampoco
-visos de tenerlo, condición necesaria en un libro
-impreso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, patrón, patrón! Volvió á empezar dirigiendo
-la vista alrededor de la mesa y bajo la campana
-de la chimenea, fijándola con frecuencia en
-donde no estaba, y hablando siempre en medio
-del bullicio de la compañía: aunque eres posadero
-no puedo digerir... la pregunta del nombre,<span class="pagenum" id="Page_389">[Pg 389]</span>
-apellido y negocio. ¡Á un buen muchacho como
-yo!... No te has portado bien. ¿Qué satisfacción,
-qué ventaja, qué gusto... de poner en el
-papel á un pobre joven? ¿Digo bien, señores? Los
-posaderos debían estar á favor de los pobres muchachos...
-Escucha, escucha, patrón; quiero
-hacerte una comparación... por la razón...
-¿se ríen, eh? Estoy un poco alegre... pero digo
-las cosas bien. Dime, ¿qué es lo que mantiene tu
-hostería? ¿Los pobres muchachos, no es verdad?
-Mira si esos señores de las ordenanzas vienen nunca
-á tu casa á echar un trago.</p>
-
-<p>&mdash;Es gente que no bebe más que agua, dijo
-uno que estaba próximo á Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;Quieren estar en sí, añadió otro, para poder
-decir con más propiedad mentiras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! gritó Renzo, ya ha hablado el poeta.
-Oíd, pues, también vosotros mis razones: responde
-tú igualmente, patrón. Y Ferrer, que es el
-mejor de todos, ¿ha venido jamás aquí á echar un
-brindis y á gastar un solo maravedí? ¿Y aquel perro
-asesino de don...? Me callo, porque tengo
-el cerebro demasiado... Ferrer y el padre
-Crrr... Yo me entiendo, son dos excelentes
-hombres; pero como éstos hay pocos. Los viejos
-son aún peores que los jóvenes, y los jóvenes...
-son... peores aún que los viejos. Sin embargo,
-estoy contento de que no haya habido sangre;
-éstas son barbaridades que están únicamente reservadas<span class="pagenum" id="Page_390">[Pg 390]</span>
-para el verdugo. Pan, ¡oh! esto sí. Yo
-he recibido terribles empujones: pero... también
-los he dado. ¡Paso! ¡Abundancia! ¡Viva!...
-y con todo, Ferrer también... algunas palabritas
-en latín... <em>si es baraos trapalorum</em>... ¡Maldito
-viejo! ¡Viva! ¡Justicia! ¡Pan! ¡ah! He aquí las
-palabras perfectas. Allí quisiéramos esos hombres...
-cuando se dejó oir aquel maldito ton,
-ton, ton, y después aún ton, ton, ton. No se trataba
-absolutamente de huir entonces, sino de tener
-allí al cura: ¿sé acaso lo que me digo?</p>
-
-<p>Á estas palabras bajó la cabeza, y permaneció
-algún tiempo como absorto en una idea: después
-arrojó un gran suspiro y levantó la frente, con los
-ojos inflamados, con una emoción tan violenta que,
-¡ay del que la causaba si se hubiese presentado
-en aquel momento! Mas aquellos hombres que habían
-ya empezado á divertirse con la elocuencia
-apasionada y embrollada de Renzo, aún más se
-divertían con su aire compungido. Los más cercanos
-decían á los otros: mirad; y todos se volvían
-hacia él; tanto, que llegó á ser el hazme reir de
-la reunión. No es decir por esto, que todos estuviesen
-en su sentido común, ó en el que ellos tenían
-de ordinario; pero para decir verdad, ninguno
-estaba tan falto de él como el pobre Renzo; y
-además de esto, hay que tener en cuenta que era
-campesino. Se miraban unos á otros para excitarlo
-con preguntas necias é impertinentes, y con<span class="pagenum" id="Page_391">[Pg 391]</span>
-cumplimientos irónicos. Renzo, tan pronto lo tomaba
-á mal, como á risa; tan pronto, sin hacer
-caso de todas aquellas voces, hablaba de otras cosas,
-ya respondía, ya preguntaba, siempre al revés
-y sin sentido. Por fortuna, en su desvanecimiento
-le había quedado, sin embargo, una especie
-de discreción instintiva para no pronunciar los
-nombres de las personas; de modo, que el que
-debía tener más profundamente grabado en su
-memoria, no fué proferido en aquel sitio. Hubiéramos
-sufrido demasiado, si ese nombre, hacia el
-cual experimentamos nosotros mismos un poco de
-afecto y respeto, hubiese sido denigrado por aquellas
-infernales bocas, y llegado á ser el juguete de
-aquellas malvadas lenguas.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_15" href="#FNanchor_15" class="label">[15]</a> Por el siguiente diálogo entre Renzo y el posadero, se
-comprenderá que este último toma á aquél por un espía, pues
-en italiano, así como en español, la palabra policía tiene dos
-distintas significaciones; á saber: la de limpieza, aseo ó curiosidad,
-y la del cuerpo de agentes del gobierno establecido para
-vigilar y mantener el orden público.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_392">[Pg 392]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOQUINTO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Como viese el dueño de la hostería que el juego
-iba demasiado lejos, se acercó á Renzo; suplicó
-con buenos modos á los otros que lo dejasen,
-y lo sacudió por un brazo para tratar de hacerle
-entender y persuadirle que se fuese á la cama.
-Mas Renzo volvía siempre á las andadas; esto es,
-con el nombre y apellido, con las ordenanzas y
-con los buenos muchachos. Pero las palabras <em>cama</em>
-y <em>dormir</em>, repetidas á su oído, le entraron finalmente
-en la cabeza; le hicieron experimentar
-un poco más distintamente la necesidad de lo que
-significaban, y produjeron un momento de lúcido
-intervalo. La poca razón que recobró, le hizo entrever
-en cierto modo que la mayor parte se habían
-ido disipando poco á poco, como la última
-bujía encendida deja ver las otras apagadas. Tomó<span class="pagenum" id="Page_393">[Pg 393]</span>
-una resolución: extendió las manos y las apoyó
-sobre la mesa; probó una ó dos veces de levantarse;
-suspiró, titubeó; al tercer esfuerzo, ayudado
-por el posadero, se puso en pie. Éste, sosteniéndole
-siempre, lo hizo salir de entre la mesa
-y el banco; tomó en una mano la luz, y con la
-otra medio lo condujo, medio lo arrastró lo mejor
-que pudo al lado de la escalera. Allí Renzo,
-al ruido de los saludos que le enviaba á grandes
-gritos la tumultuosa asamblea, se volvió precipitadamente;
-y si su apoyo no hubiese estado pronto
-á sostenerlo por un brazo, hubiera dado una
-caída violenta. Volvióse, pues, y con el brazo que
-le quedaba libre, iba trazando y describiendo en
-el aire, á guisa de un nudo de Salomón.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á la cama, á la cama, dijo el posadero
-arrastrándole; le hizo entrar por la puerta que
-hemos citado, y con mucho trabajo lo pudo hacer
-subir por una escalerita, la cual se dirigía al cuarto
-que se le había destinado. Á la vista de la cama
-que le aguardaba, Renzo se regocijó: miró
-afectuosamente al posadero con dos ojillos, que
-tan pronto brillaban más que nunca, tan pronto
-se eclipsaban como dos luciérnagas. Trató de
-equilibrarse sobre las piernas, y extendió la mano
-hacia el rostro del huésped para cogerle las
-mejillas en señal de amistad y reconocimiento:
-mas no pudo lograrlo. “¡Excelente patrón! consiguió
-sin embargo decir; ahora veo que eres un<span class="pagenum" id="Page_394">[Pg 394]</span>
-hombre de bien; ésta es una buena obra, dar una
-cama á un buen muchacho; pero lo que me habéis
-hecho sobre el nombre y apellido, no era de
-un hombre honrado. Por fortuna yo también soy
-astuto...”.</p>
-
-<p>El posadero, que no creía que Renzo pudiese
-aún tener tanto conocimiento; él, que sabía por
-una larga experiencia, cuán sujetos están los hombres
-en el estado de embriaguez á cambiar súbitamente
-de parecer, quiso aprovechar este lúcido
-intervalo para hacer otra tentativa.&mdash;Mi querido
-hijo, dijo con una voz y con un ademán sumamente
-cariñoso; no lo he hecho para importunaros,
-ni para saber vuestros asuntos. ¿Qué queréis?
-hay una ley, es preciso que aun nosotros la obedezcamos,
-pues de lo contrario, seríamos los primeros
-en pagar la pena; es mucho mejor el contentarlos,
-y... al fin y al cabo, ¿de qué se trata?
-de una friolera, de decir únicamente dos palabras;
-no por ellos, sino para darme gusto: vamos, aquí
-entre nosotros, entre cuatro ojos, hagamos nuestro
-negocio; decidme vuestro nombre, y... después
-id á acostaros tranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, bribón! exclamó Renzo; ¡pillo! ¡me vienes
-todavía con la infamia del nombre, apellido y negocios!</p>
-
-<p>&mdash;Cállate, picarillo, vete á dormir, decía el posadero.
-Mas Renzo continuaba con más fuerza: “Ya
-comprendo; tú eres también de la liga: espera,<span class="pagenum" id="Page_395">[Pg 395]</span>
-espera que yo te arregle”. Y volviendo la cabeza
-hacia la escalerilla, empezó á dar gritos con todas
-sus fuerzas: “¡Amigos míos! el patrón es de
-la...”.</p>
-
-<p>&mdash;Lo he dicho por broma, exclamó éste acercándose
-á Renzo y empujándolo hacia la cama,
-por broma, ¿no has comprendido que lo he dicho
-por broma?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! por broma, ahora hablas bien; ya que
-tú lo has dicho por broma... justamente son cosas
-de broma. Dicho lo cual cayó de bruces sobre
-el lecho.</p>
-
-<p>&mdash;Ánimo; desnudaos pronto, continuó el posadero,
-y al consejo añadió la ayuda, que le era muy
-necesaria. Cuando Renzo se hubo quitado el jubón,
-aquél, habiéndolo tomado, metió en seguida
-las manos en los bolsillos, con el objeto de ver si
-estaban exhaustos. Los encontró, y pensando que
-al día siguiente su parroquiano tendría otra cosa
-que hacer que pagarle, y que la hacha caería probablemente
-en manos de donde él no podría hacerla
-salir, quiso probar si á lo menos conseguía
-concluir ese otro negocio.</p>
-
-<p>&mdash;Vos sois un buen muchacho, un hombre honrado,
-¿no es verdad? le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Buen muchacho, hombre honrado, respondió
-Renzo, haciendo siempre trabajar sus dedos con
-los botones de los calzones que no había aún podido
-quitarse.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_396">[Pg 396]</span></p>
-
-<p>&mdash;Bien, replicó el posadero, saldad, pues, ahora
-esa cuentecita, porque mañana tengo que salir
-á ciertos negocios...</p>
-
-<p>&mdash;Esto es muy justo, dijo Renzo, al fin yo soy
-un hombre honrado, aunque astuto; ¡mas los dineros!
-¡ahora es preciso que yo los busque!</p>
-
-<p>&mdash;Helos aquí, repuso aquél; y poniendo en
-obra todo su saber, toda su paciencia, y toda su
-destreza, logró hacer la cuenta con Renzo y hacerse
-pagar.</p>
-
-<p>&mdash;Dadme una mano, patrón, para que yo pueda
-acabar de desnudarme, dijo Renzo. Veis, yo
-también comprendo que tengo un grandísimo
-sueño.</p>
-
-<p>El posadero le dió el auxilio que reclamaba;
-hizo más: extendió el cobertor sobre él, y le dijo
-afectuosamente: buenas noches. Mas Renzo roncaba
-ya. Después, por aquella especie de atracción
-que nos lleva algunas veces á considerar un
-objeto de odio á la par de un objeto de amor, y
-que acaso no es otra cosa que el deseo de conocer
-lo que obra fuertemente sobre nuestro espíritu,
-se detuvo un momento á contemplar aquel
-parroquiano tan enojoso para él, y levantando la
-luz sobre su rostro, y haciéndola con la mano reverberar
-en él, en la actitud poco más ó menos,
-en la cual nos pintan á Psyquis, cuando va á espiar
-furtivamente las formas de su desconocido
-esposo: ¡Pedazo de asno! dijo en su mente al infeliz
-<span class="pagenum" id="Page_397">[Pg 397]</span>
-dormido; ¡tú mismo te la has buscado: mañana,
-pues, me sabrás decir qué gusto tendrá!...
-¡Majaderos, que queréis ir por el mundo sin saber
-de qué lado sale el sol, para confundiros á
-vosotros mismos y al prójimo!</p>
-
-<p>Esto dicho ó pensado, retiró la luz, se puso en
-movimiento, salió de la habitación, y cerró la
-puerta con llave. Llegado á la meseta de la escalera,
-llamó á la posadera, previniéndola que dejase
-sus hijos al cuidado de su criada, y que bajase
-á la cocina á hacer sus veces. Es preciso que
-yo salga, gracias á un viajero que ha llegado no
-sé cómo diablos aquí, por mi desgracia, le dijo.
-En seguida le refirió en compendio aquel enojoso
-contratiempo. Después añadió: ojo avizor, y sobre
-todo, prudencia, que estamos en un día muy
-fatal. Tenemos abajo una cuadrilla de desesperados,
-que entre el beber y entre que naturalmente
-tienen la lengua larga, hablan de todo sin reparar.
-¡Basta!... Si algún temerario...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! no soy niña, y sé lo que es preciso hacer.
-Hasta aquí, me parece que no se puede decir.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, bien; á tratar de que paguen: con respecto
-á las conversaciones que tengan sobre el
-vicario de la provisión, y el gobernador, y Ferrer,
-y los decuriones, y los caballeros, y la España,
-y la Francia, y otras necedades semejantes,
-haced como que no los entendéis; porque si se les<span class="pagenum" id="Page_398">[Pg 398]</span>
-contradice, la cosa puede ir en seguida mal; y si
-se les da la razón, puede por otro lado tener también
-malas consecuencias. Ya sabéis que algunas
-veces los que dicen los más grandes disparates...
-basta; cuando se oyen ciertas expresiones, lo mejor
-es volver la cabeza y decir: allá voy, como si
-de otro lado llamase alguno. Además, trataré de
-volver lo más pronto que pueda.</p>
-
-<p>Dicho esto, bajó con aquélla á la cocina, echó
-una ojeada alrededor para ver si había algo de
-nuevo, descolgó de un clavijero su sombrero y su
-capa, tomó un bastón que estaba en uno de los
-rincones, y renovando á su mujer, por medio de
-otra ojeada las instrucciones que le había dado,
-salió. Mas al paso que hacía todas aquellas operaciones,
-había vuelto á tomar en su interior el
-hilo del apóstrofe empezado en el lecho del pobre
-Renzo, y lo continuaba á medida que iba andando
-por la calle. ¡Campesino testarudo! Pues aunque
-Renzo hubiese querido ocultar esta cualidad,
-se manifestaba en sus discursos, en su pronunciación,
-en su aspecto y sus maneras. Un día como
-éste, á fuerza de política, á fuerza de tener juicio,
-yo sacaba las manos limpias; ¡y era preciso que
-vinieses tú al fin y al cabo á echarlo todo á perder!
-¿Acaso faltan posadas en Milán, para venir á
-dar precisamente á la mía? Á lo menos si hubieras
-venido solo, hubiera cerrado un ojo por esta
-noche, y mañana por la mañana te habría hecho<span class="pagenum" id="Page_399">[Pg 399]</span>
-entender la razón: pero no señor, viene en compañía,
-¿y de quién? ¡de un polizonte, para componerlo
-mejor!</p>
-
-<p>Á cada paso, el patrón encontraba paseantes
-solitarios, ó cuadrillas, ó grupos de gentes que
-discurrían por las calles hablando bajo. En el presente
-estado de muda alocución, fué cuando vió
-venir una patrulla; retirándose á un lado para dejarla
-pasar, la miró de reojo, y continuó diciendo
-entre sí: he aquí el látigo de los tontos. Y tú, imbécil,
-pedazo de asno, por haber visto un poco de
-pueblo en movimiento que hacía un poco de ruido,
-se te ha metido en la cabeza que el mundo
-iba á mudarse. Con este magnífico fundamento tú
-te has perdido, y quisiste perderme á mí, que no
-era justo. Yo hacía todo lo posible por salvarte,
-y tú, imbécil, en cambio, ha faltado muy poco para
-que no me hayas revuelto la hostería de arriba
-abajo. Ahora te tocará el ver cómo vas á salir
-del embarazo; tocante á mí, sabré prevenirme.
-¡Como si yo quisiese saber tu nombre por una
-mera curiosidad mía! ¿Qué importa que te llames
-Tadeo ó Bartolomé? ¡Efectivamente, gozo mucho
-en tener la pluma en la mano! Pero no sois vosotros
-solos los que queréis que las cosas vayan á
-vuestro modo: demasiado sé también yo que hay
-ordenanzas de las cuales no se hace ningún caso:
-¡bella noticia para que uno tenga necesidad de
-oírsela á un campesino! Mas tú no sabes que las<span class="pagenum" id="Page_400">[Pg 400]</span>
-ordenanzas contra los dueños de posadas, sirven
-de algo. Quieres dar vueltas al mundo y hablar,
-é ignoras que cuando se quiere hacerlo á su modo
-y tener las ordenanzas en el bolsillo, lo primero
-es hablar con mucho miramiento. ¿Y sabes tú,
-gran animal, lo que le sucedería á un pobre posadero
-que fuese de tu opinión, y no preguntase
-el nombre del que le hacía la gracia de favorecerle?
-<em>So pena á cualquiera de los expresados posaderos,
-taberneros y demás, según se deja dicho arriba,
-de trescientos escudos</em>... ¡Sí, se les cobrarán
-trescientos escudos, y para gastarlos tan bien! <em>para
-ser aplicados, los dos tercios á la real cámara, y
-el otro al acusador ó delator</em>: ¡qué angelito! <em>y en caso
-de insolvencia, cinco años de galeras y mayor pena,
-pecuniaria ó corporal, al arbitrio de su excelencia</em>.
-¡Obligadísimo á sus favores!</p>
-
-<p>Á estas palabras, el posadero pisaba el umbral
-del palacio de justicia. Allí, como en todas las demás
-oficinas, había mucho que hacer; por todas
-partes se atendía á dar las órdenes que parecían
-más propias á prevenirlo todo para el día siguiente,
-á quitar todo pretexto á la rebelión, á enfriar
-la audacia de los que desean nuevos desórdenes,
-y asegurar la fuerza en las manos acostumbradas
-á emplearla. Se aumentó el número de los soldados
-que guardaban la casa del vicario: las bocacalles
-fueron atajadas con vigas atravesadas, atrincheradas
-con carros. Se mandó á todos los horneros<span class="pagenum" id="Page_401">[Pg 401]</span>
-que trabajasen en hacer pan sin descansar; se
-expidieron correos á los pueblos circunvecinos,
-con orden de enviar trigo á la ciudad; se comisionaron
-nobles para que fuesen á los hornos muy de
-mañana, á fin de que velasen la distribución del
-pan, y contuviesen á los revoltosos, por la autoridad
-de su presencia y buenas palabras. Pero
-para dar, como vulgarmente se dice, un golpe en
-el aro y otro en el tonel, y para hacer más eficaces
-los consejos con un poco de miedo, se pensó
-en el modo de echar mano á algunos sediciosos.
-Este cuidado correspondía, principalmente, al capitán
-de justicia, el cual, cualquiera puede figurarse
-con qué ojos vería las insurrecciones y los insurrectos,
-con una venda de agua vulneraria que
-llevaba sobre uno de los órganos de la profundidad
-metafísica. Sus sabuesos se habían puesto en
-campaña desde el principio del tumulto; y el consabido
-Ambrosio Fusella era, según ha dicho ya
-nuestro posadero, un polizonte disfrazado, enviado
-para que diese vueltas con el objeto de coger
-con las manos en la masa á alguno; como igualmente
-para espiarlo, conocerlo y atraparlo, apoderándose
-de él por la noche, cuando estuviese todo
-tranquilo, ó si no al día siguiente. Después de
-haber oído cuatro palabras del famoso sermón de
-Renzo, le había echado tontamente el fallo encima;
-pareciéndole un culpable excelente hombre,
-justamente lo que él deseaba. Viendo en seguida,<span class="pagenum" id="Page_402">[Pg 402]</span>
-que había llegado nuevamente de su pueblo, había
-intentado el golpe maestro de conducirlo en
-caliente á la cárcel, como á la posada más segura
-de la ciudad; mas el negocio le salió fallido, según
-hemos visto. Sin embargo, pudo llevar á la policía
-las noticias seguras del nombre, apellido y patria,
-además de otras muchas conjeturas que había
-hecho; de modo que, cuando el posadero llegó
-á aquel punto para dar cuenta acerca de lo que
-sabía de Renzo, tenían ya más noticias que él.
-Entró en la pieza acostumbrada é hizo su deposición;
-alegó cómo un forastero había ido á hospedarse
-en su casa y que no había querido manifestar
-su nombre.</p>
-
-<p>&mdash;Habéis cumplido con vuestro deber en informar
-á la justicia, dijo un escribano del crimen,
-abandonando la pluma; pero ya lo sabíamos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gran secreto pensó el patrón! ¡se requiere
-un gran talento!</p>
-
-<p>&mdash;Y también sabemos, continuó el escribano,
-ese respetuoso nombre.</p>
-
-<p>¡Diablo! ¿el nombre también? ¿Cómo lo han
-hecho? pensó el posadero esta vez.</p>
-
-<p>&mdash;Mas vos, replicó el otro con grave semblante,
-vos no lo decís todo sinceramente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que debo decir más?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, ah! Sabemos bien que ese hombre ha
-llevado á vuestra posada una gran cantidad de<span class="pagenum" id="Page_403">[Pg 403]</span>
-pan robado, y robado con violencia, por medio
-del saqueo y de la sedición.</p>
-
-<p>&mdash;Viene uno con un pan en su faltriquera: ¿sé
-yo acaso adónde ha ido á tomarlo? Porque si es
-preciso hablar como en el artículo de la muerte,
-puedo decir no haberle visto más que un sólo
-pan.</p>
-
-<p>&mdash;Ya; siempre excusándoos, defendiéndoos: el
-que os oiga á vosotros, todos sois unos santos:
-¿cómo podéis probar que aquel pan fué bien adquirido?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo he de probar yo? En esto no me
-meto: yo soy posadero, y nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, no podréis negar que vuestro
-parroquiano no haya tenido la temeridad de proferir
-palabras injuriosas contra las ordenanzas, y
-de hacer ademanes perjudiciales é indecentes contra
-las armas de su excelencia.</p>
-
-<p>&mdash;Vuestra señoría me permitirá que le diga:
-¿cómo puede ser uno de mis parroquianos, si lo
-he visto ahora por primera vez? Precisamente es
-el diablo, salvo vuestro respeto, el que lo ha mandado
-á mi casa; y si yo le hubiese conocido,
-vuestra señoría sabe muy bien que no hubiera tenido
-necesidad de preguntarle su nombre.</p>
-
-<p>&mdash;Á pesar de todo, en vuestra posada, á presencia
-vuestra, se han promovido proyectos incendiarios,
-palabras temerarias, proposiciones sediciosas,
-murmuraciones, gritos, quejas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_404">[Pg 404]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo quiere vuestra señoría que yo atienda
-á los disparates que pueden decir tantos alborotadores
-que hablan todos á la vez? Yo no debo
-mirar más que mis intereses, pues que soy un infeliz:
-y después vuestra señoría no ignora que el
-que tiene la lengua suelta, por lo regular tiene las
-manos ligeras, tanto más, cuanto que eran una
-cuadrilla, y...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, dejadle hacer y decir; ¡mañana, mañana
-veréis si les habrá pasado ya la tontería! ¿Qué
-creéis vos?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no creo nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que la canalla se haga dueña de Milán?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, justamente!</p>
-
-<p>&mdash;¡Veréis, veréis!</p>
-
-<p>&mdash;Comprendo muy bien: el rey será siempre
-el rey; pero el que habrá recibido, se quedará
-con ello; y naturalmente un pobre padre de familia
-no tiene deseos de recibir. Vuestras señorías
-tienen la fuerza; á vosotros es á quienes os toca...</p>
-
-<p>&mdash;¿Tenéis aún mucha gente en casa?</p>
-
-<p>&mdash;Un montón.</p>
-
-<p>&mdash;Y vuestro parroquiano, ¿qué hace? ¿continúa
-alborotando, exaltando la gente, y preparando
-desórdenes para mañana?</p>
-
-<p>&mdash;¿El forastero, quiere decir vuestra señoría?
-Se ha ido á acostar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tenéis, pues, mucha gente?... ¡Basta! procurad
-no dejarle escapar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_405">[Pg 405]</span></p>
-
-<p>¿Debo yo acaso hacer de esbirro? pensó el
-posadero; mas no dijo ni sí, ni no.</p>
-
-<p>&mdash;Volveos á vuestra casa, y sed prudente, replicó
-el escribano.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre lo he sido; vuestra señoría puede
-decir si jamás he dado quehacer á la justicia.</p>
-
-<p>&mdash;Y no creáis que ésta haya perdido su fuerza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo! ¡por caridad! no creo nada; no soy más
-que un posadero.</p>
-
-<p>&mdash;La canción de costumbre; jamás tenéis otra
-cosa que decir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué he de decir? La verdad desnuda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta por hoy! Lo que habéis depuesto no
-es suficiente; luego veremos el negocio, é informaréis
-más ampliamente acerca de lo que os podrá
-ser preguntado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué he de deponer yo? nada sé; apenas tengo
-cabeza para atender á mis quehaceres.</p>
-
-<p>&mdash;Guardaos bien de dejarlo partir.</p>
-
-<p>&mdash;Espero que el ilustrísimo señor capitán sabrá
-que he venido prontamente á cumplir con mi
-deber. Beso á vuestra señoría las manos.</p>
-
-<p>Al amanecer, Renzo roncaba hacía ya cerca de
-siete horas, y estaba aún en lo más hermoso de
-su sueño, cuando dos fuertes sacudidas de brazo,
-y una voz que al pie de la cama gritaba: “¡Lorenzo
-Tramaglino!” le hizo despertar sobresaltado. Se
-desperezó, extendió los brazos, abrió con gran trabajo
-los ojos, y divisó de pie delante de él, y el<span class="pagenum" id="Page_406">[Pg 406]</span>
-extremo del lecho, á un hombre vestido de negro,
-y otros dos armados, el uno á la derecha, el otro
-á la izquierda de la cabecera. Entre la sorpresa,
-el sueño y los vapores del vino que sabéis, permaneció
-un momento como encantado; y creyendo
-soñar, y no agradándole aquel sueño, procuraba
-despertarse prontamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Habéis finalmente oído, Lorenzo Tramaglino?
-dijo el hombre de la capa negra, que era el
-escribano mismo de la noche anterior. Ánimo,
-pues; levantaos y venid con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lorenzo Tramaglino! dijo Renzo: ¿qué significa
-esto? ¿qué me queréis? ¿quién os ha dicho
-mi nombre?</p>
-
-<p>&mdash;Menos charlatanerías y levantaos pronto, dijo
-uno de los esbirros que estaba al lado de la
-cama agarrándole de nuevo el brazo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola! ¿qué violencia es ésta? gritó Renzo, retirando
-el brazo. ¡Posadero, posadero!</p>
-
-<p>&mdash;¿Nos lo llevamos en camisa? dijo aún dicho
-esbirro volviéndose hacia el escribano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habéis oído? dijo éste á Renzo; así se hará
-si no os levantáis pronto, muy pronto, para venir
-con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué? preguntó Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;El por qué, lo oiréis del señor capitán de justicia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? soy un hombre honrado; nada he hecho,
-y me admiro...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_407">[Pg 407]</span></p>
-
-<p>&mdash;Mejor para vos, mejor para vos, así en dos
-palabras seréis despachado y podréis ir á evacuar
-vuestros negocios.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadme ir ahora, dijo Renzo; nada tengo
-que ver con la justicia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya, acabemos! dijo un esbirro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nos lo llevamos de veras? replicó el otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lorenzo Tramaglino! repitió el escribano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo sabe mi nombre vuestra señoría?</p>
-
-<p>&mdash;Haced vuestro deber, gritó el notario á los
-esbirros, los cuales se apoderaron de Renzo para
-sacarlo fuera del lecho.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¡no toquéis al pellejo de un hombre de
-bien, sin que!... Yo mismo me sé vestir.</p>
-
-<p>&mdash;Pues vestíos pronto, dijo el escribano.</p>
-
-<p>&mdash;Ya me voy á vestir, repuso Renzo, y andaba
-presuroso recogiendo sus vestidos esparcidos
-en desorden por el lecho, como los restos de un
-naufragio sobre la playa. Luego, empezando á
-vestirse, proseguía aún diciendo: Pero yo no quiero
-ir á casa del capitán de justicia; nada tengo que
-hacer con él: ya que se me hace esta afrenta tan
-injustamente, quiero ser conducido á la presencia
-de Ferrer: lo conozco, sé que es una persona
-excelente, y que me debe favores.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, hijo mío, seréis conducido á casa de
-Ferrer, respondió el escribano.</p>
-
-<p>En otras circunstancias, éste se hubiera reído
-de buen grado, á vista de una proposición semejante;<span class="pagenum" id="Page_408">[Pg 408]</span>
-mas entonces no era el momento más á propósito
-para reir. Ya al ir á buscar á Renzo había
-percibido en las calles un movimiento tal, que no
-había podido definir si era el resto de una conmoción
-aún no apaciguada, ó el principio de una
-nueva: los habitantes de los arrabales bajaban en
-gran número; se encontraban, marchaban agrupados
-y se paraban en cuadrillas. Al presente,
-sin hacer ningún caso, ó esforzándose á lo menos
-para no hacerlo, aguzaba los oídos y le parecía
-que el ruido iba siempre en aumento. Deseaba,
-pues, despachar, mas hubiera querido conducir á
-Renzo de buena voluntad; porque si se ponía en
-guerra abierta con él, no podía estar seguro, una
-vez puesto en la calle, de encontrar también tres
-contra uno. Por esto se daba de ojo con los esbirros
-para que tuviesen paciencia y no exasperasen
-al joven, y por su parte trataba de persuadirlo
-con buenas palabras. Sin embargo, el joven
-mancebo, á medida que se vestía poquito á poco,
-trayendo á la memoria, del mejor modo posible,
-los sucesos del día anterior, veía bien al propio
-tiempo que las ordenanzas, el nombre y el apellido,
-debían ser la causa de todo; ¿pero cómo diablos
-lo sabía ese hombre, y qué había sucedido
-aquella noche, para que la justicia se hubiese atrevido
-con tanta precipitación á ir en derechura á
-prender á uno de esos buenos muchachos que el
-día precedente tenían tanta voz en la reunión, y<span class="pagenum" id="Page_409">[Pg 409]</span>
-que no debían estar todos dormidos, pues que
-Renzo oía también en la calle un rumor siempre
-creciente? Mirando en seguida el rostro del escribano,
-descubrio la agitación que éste se esforzaba
-en vano en ocultar. De todo lo cual, así para
-aclarar sus conjeturas y descubrir terreno, como
-para ganar tiempo y aun intentar un golpe, dijo:
-“Bien conozco lo que motiva todo esto, ello es por
-causa del apellido. Ayer noche, verdaderamente
-estaba un poco alegre; esos posaderos tienen á
-veces ciertos vinos tan traidores; y á veces, como
-digo, se sabe que cuando el vino ha bajado, él es
-el que habla. Mas si no se trata de otra cosa, al
-presente estoy dispuesto á dar toda especie de satisfacciones.
-Por otra parte, vos ya sabéis mi nombre;
-¿quién demonios os lo ha dicho?”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bravo, hijo mío, bravo! respondió el escribano
-con ademán sumamente cariñoso: veo que
-tenéis juicio; y creedme á mí que soy del oficio,
-vos sois más amable que todos los demás: éste es
-el mejor medio para salir pronto y bien; con estas
-buenas disposiciones, en dos palabras seréis
-despachado y puesto en libertad. Mas yo, ya lo
-veis, hijo mío, tengo las manos atadas, y no puedo
-dejaros aquí como yo quisiera. Vamos, despachaos,
-y venid sin ninguna especie de temor; que
-cuando verá quién sois... y después, diré...
-dejadme hacer... basta. Despachaos, hijo mío.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, vos no podéis! entiendo, dijo Renzo; y<span class="pagenum" id="Page_410">[Pg 410]</span>
-continuaba vistiéndose, rechazando con ademanes
-á los esbirros, los cuales trataban de apoderarse
-de él con el objeto de que se despachase.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pasaremos por la plaza de la Catedral? preguntó
-en seguida al escribano.</p>
-
-<p>&mdash;Por donde queráis; por el camino más corto,
-á fin de quedar más pronto en libertad, dijo éste,
-maldiciendo en su interior el ser obligado á dejar
-caer aquella pregunta misteriosa de Renzo, que
-podía llegar á ser el fundamento de otras ciento.
-¡Cuando uno nace desgraciado! pensaba. He aquí
-que cae entre mis manos uno que se ve que no
-quería otra cosa que cantar; si yo tuviese únicamente
-el tiempo de respirar, así, <i lang="la" xml:lang="la">extra formam</i>,
-académicamente, por vía de conversación amistosa,
-se le haría confesar sin trabajo todo lo que uno
-quisiera; sería un hombre que llegaría á la cárcel
-ya perfectamente examinado, sin que se apercibiese
-de ello; ¡y un hombre de esta especie cae
-debajo mi férula en un momento tan angustioso!
-¡Ah! y no hay medio de evitarlo, continuaba el
-consabido escribano calculando, prestando atención
-y retirando la cabeza hacia atrás; no hay remedio,
-el día amenaza ser peor que el de ayer.
-Un rumor extraordinario que se dejó oir en la calle,
-le dió lugar de pensar así: y no pudo menos
-de abrir los postigos de la ventana para dar una
-ojeadilla. Vió que era un grupo de gente de la
-ciudad, la cual á la intimación de dispersarse, hecha<span class="pagenum" id="Page_411">[Pg 411]</span>
-por una patrulla, había en un principio contestado
-con malas palabras, concluyendo, finalmente,
-por separarse murmurando siempre; lo
-que pareció al notario una mala señal, fué que los
-soldados avanzaban con mucha moderación. Cerró
-los postigos, vaciló un momento acerca de si
-debía llevar adelante la empresa, ó dejar á Renzo
-bajo la custodia de dos esbirros, y correr á casa
-del capitán de justicia para darle cuenta de lo
-que sucedía. Pero, pensó al momento, se me dirá
-que soy un cobarde, un pusilánime, y que debía
-ejecutar las órdenes que me han sido dadas. Estamos
-metidos en baile; por consiguiente es preciso
-bailar. ¡Maldita sea la locura! ¡Condenado oficio!</p>
-
-<p>Renzo estaba de pie: los dos satélites se colocaron
-á ambos lados; el escribano les hizo seña de
-que no le violentasen demasiado; después, dirigiéndose
-á Renzo, dijo: Vamos, hijo mío; por favor,
-despachaos.</p>
-
-<p>Á pesar de todo, Renzo escuchaba, veía y reflexionaba.
-Estaba ya del todo vestido, á excepción
-del jubón que tenía en una mano, y cuyos
-bolsillos registraba con la otra. ¡Hola! dijo, lanzando
-al notario una mirada muy significativa:
-aquí había dinero y una carta, señor mío.</p>
-
-<p>&mdash;Todo se os devolverá puntualmente, contestó
-el notario, cuando se habrán llenado algunas
-pequeñas formalidades. Vamos, marchemos.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, no, dijo Renzo, sacudiendo la cabeza;<span class="pagenum" id="Page_412">[Pg 412]</span>
-esto no me gusta; quiero lo que me pertenece,
-señor mío. Daré cuenta de mis acciones; pero
-quiero lo que me pertenece.</p>
-
-<p>&mdash;Quiero manifestaros que tengo confianza en
-vos. Tomad y despachemos, dijo el notario, sacando
-de su pecho, y entregando con un suspiro
-las cosas secuestradas á Renzo. Éste, volviéndolas
-á colocar en su lugar, murmuraba entre dientes:
-“¡Qué curiosidad! al fin y al cabo tenéis tanto
-roce con los ladrones, que se os ha pegado algo
-del oficio”. Los esbirros no podían ya contenerse:
-mas el escribano los refrenaba con sus miradas, y
-en el ínterin decía entre sí: si tú llegas á poner el
-pie dentro de aquel umbral, me la pagarás con
-usura, me la pagarás.</p>
-
-<p>Mientras tanto que Renzo se ponía el jubón, y
-tomaba el sombrero, el notario hizo seña á uno
-de los esbirros que echase á andar delante por la
-escalera; hizo en seguida ir el prisionero, después
-el otro esbirro detrás, y finalmente él mismo se
-puso en movimiento. Llegados á la cocina, y entretanto
-que Renzo se puso á decir: “¿Dónde se ha
-escondido el buen posadero?”; el escribano hizo otra
-seña á sus compañeros. Éstos le cogen, el uno la
-mano derecha y el otro la izquierda, y apresuradamente
-le atan los puños con ciertas máquinas,
-que por esa hipócrita figura retórica de eufemismo,
-se llaman esposas. Éstas consistían (desagrada
-el tener que descender á minuciosidades indignas<span class="pagenum" id="Page_413">[Pg 413]</span>
-de la gravedad histórica, pero lo exige la
-claridad), consistían, repito, en una cuerdecita un
-poco más larga que la circunferencia de un puño
-de una muñeca común, la cual tenía en sus dos
-extremos dos pedacitos de madera como dos cruceros.
-La cuerda rodeaba la muñeca del paciente,
-y las maniquetas pasadas entre la palma y el
-anular del esbirro quedaban encerradas en su mano,
-de manera que dando vueltas se apretaba la
-ligadura según se quería. Dicha medida tenía por
-objeto no solamente el asegurar la captura, sino
-también el martirizar al recalcitrante, y á este fin
-la cuerdecita estaba llena de nudos.</p>
-
-<p>Renzo forcejea, grita: “¿Qué traición es ésta? ¡á
-un hombre de bien!”... mas el escribano, que para
-todos los acontecimientos tenía buenas palabras:
-“Tomad paciencia, le decía; cumplen con su
-deber: ¡qué queréis! éstas son meras formalidades:
-no podemos tratar á la gente según nuestro
-corazón; si no hiciésemos lo que se nos manda,
-estaríamos frescos; estaríamos mucho peor que
-vosotros. ¡Tened paciencia!”.</p>
-
-<p>Mientras hablaba, los dos á quienes correspondía
-obrar dieron una vuelta á las maniquetas.
-Renzo se aquietó como un bizarro caballo que
-siente su boca oprimida por el freno, y exclamó:
-¡paciencia!</p>
-
-<p>&mdash;¡Buen muchacho! dijo el notario, éste es el
-modo verdadero de salir bien. ¡Qué queréis! es un<span class="pagenum" id="Page_414">[Pg 414]</span>
-fastidio, convengo en ello; pero portándoos bien,
-en un momento estaréis despachado. Y ya que
-veo que estáis bien dispuesto, me siento inclinado
-á ayudaros; quiero daros todavía otro consejo
-para vuestro bien. Creedme, pues soy práctico en
-esta clase de cosas; seguid vuestro camino, sin
-mirar á vuestro alrededor, sin haceros notar: así
-nadie reparará en vos, nadie percibirá lo que pasa,
-y vos conservaréis vuestro honor. Dentro de
-una hora estaréis ya en libertad: hay tanto quehacer,
-que ellos se darán prisa á despacharos; y después
-hablaré... iréis á vuestros negocios, y nadie
-sabrá que habéis estado en poder de la justicia.
-Y vosotros, continuó enseguida, volviéndose
-á los esbirros con ademán severo, guardaos bien
-de causarle daño, porque lo protejo yo: es preciso
-que hagáis vuestro deber; pero recordad que
-es un hombre honrado, un joven excelente, el cual
-dentro de poco estará en libertad, y que tiene en
-mucha estima su honor. Andad de modo que nadie
-aperciba nada; lo mismo que si fueseis tres
-hombres de bien que van á paseo juntos. Y con
-tono imperativo y aire amenazador, repuso: ¿me
-habéis entendido? Dirigiéndose luego á Renzo con
-ademán moderado, y con el rostro repentinamente
-risueño, que parecía decir, ¡oh, nosotros sí que
-somos amigos! le dijo de nuevo: un poco de juicio;
-haced lo que os digo; caminad quieto y recogido;
-fiaos de quien os quiere bien: vamos. Y
-la comitiva se puso en marcha.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_415">[Pg 415]</span></p>
-
-<p>Á pesar de tan buenas palabras, Renzo no creyó
-una siquiera. Que el escribano le quisiese más
-bien que á los esbirros, ni que tomase sobre sí
-con tanto calor su reputación, ni que tuviese intención
-de ayudarle, nada de esto creyó. Comprendió
-perfectamente que el buen hombre, temiendo
-que se presentase en la calle alguna buena
-ocasión de escaparse de entre sus manos, ponía
-por delante aquellos bellos motivos, para estorbar
-el que estuviese atento para aprovecharse de ella.
-Todas las exhortaciones no sirvieron más que para
-confirmarlo en el designio que tenía ya en su
-imaginación, esto es, de hacer todo lo contrario.</p>
-
-<p>Nadie, sin embargo, saque de todo esto en consecuencia,
-que el notario fuese un bellaco novicio
-é inexperto, porque se engañaría. Era al contrario,
-dice nuestro historiador, un bellaco ya maestro,
-el cual parece haberse hallado en el número
-de sus amigos; mas en aquel momento se encontraba
-con el ánimo agitado. Puedo aseguraros,
-que á sangre fría se hubiera burlado de un hombre
-que para empeñar á alguno á hacer alguna cosa
-sospechosa hubiese ido á sugerírsela y á aconsejársela
-con calor, bajo la miserable apariencia
-de darle un consejo desinteresado, como si dijéramos,
-de amigo. Pero cuando los hombres están
-inquietos y perciben el medio que otro podía emplear
-para sacarles de apuros, tienen todos una
-tendencia á pedírselo con instancia y á cada momento,<span class="pagenum" id="Page_416">[Pg 416]</span>
-bajo toda especie de pretextos; y cuando los
-truhanes están agitados é inquietos, caen también
-bajo esta ley común. De aquí proviene que en tales
-circunstancias hacen ordinariamente una triste
-figura. Aquellos golpes maestros, aquellas malignidades,
-con las cuales tienen costumbre de
-triunfar, que son para ellos como una segunda naturaleza,
-y que puestas por obra á tiempo y conducidas
-con la presencia de ánimo y con la serenidad
-necesaria, dan el golpe tan bien y tan secretamente,
-aun desconocidas, después de su logro
-recogen aplausos generales; los pobrecitos, cuando
-están entre angustias, las emplean precipitadamente,
-en desorden y sin garbo ni gracia. De
-manera, que el que los ve ingeniarse y arrebatarse
-de aquel modo, les tiene lástima y le mueven
-á risa; y el hombre que pretende entonces meterse
-en medio, aunque menos astuto que ellos, descubre
-bellísimamente todos sus manejos, y de sus
-artificios recaba luz para sí contra ellos. Ésta es
-la causa por que jamás se podrá recomendar demasiado
-á los truhanes de profesión el conservar
-siempre su sangre fría, ó lo que es lo más seguro,
-el ser siempre los más fuertes.</p>
-
-<p>Renzo, apenas estuvieron en la calle, empezó
-á mirar á un lado y á otro, á agitarse con frenesí
-á derecha é izquierda, á aguzar los oídos. No había,
-sin embargo, un concurso extraordinario; y si
-bien en el semblante de más de un paseante se<span class="pagenum" id="Page_417">[Pg 417]</span>
-podía leer fácilmente un cierto no sé qué de sedicioso,
-á pesar de todo, cada uno seguía su camino
-tranquilamente, y no había sedición propiamente
-dicha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Juicio, juicio! murmuraba el escribano á sus
-espaldas: en ello va vuestro honor; el honor, joven
-mancebo. Mas cuando Renzo, escuchando
-atentamente á tres individuos que venían con el
-rostro inflamado, oyó hablar de un horno de harina
-escondida, de justicia, empezó también á hacer
-gestos, y á toser de cierto modo que indicaba
-otra cosa más que un resfriado. Ellos miraron con
-más cuidado á la comitiva y se pararon; los que
-habían pasado ya, oyendo el murmullo volvían
-paso atrás, y formaban la retaguardia.</p>
-
-<p>&mdash;Tened cuidado; juicio, hijo; mirad, peor para
-vos; no echéis á perder vuestros negocios; el honor,
-la reputación, continuaba murmurando el
-escribano; Renzo no le hacía caso. Los esbirros,
-después de haber consultado por medio de una
-rápida ojeada, pensando obrar bien (todos estamos
-sujetos á errar), le apretaron las esposas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! ¡ay! ¡ay! exclamó el paciente; á los gritos
-la gente se agrupa alrededor; acude de todas partes
-de la calle, y la comitiva queda encallada. Es
-un hombre de mala vida, balbuceaba el escribano
-á los que le rodeaban; es un ladrón cogido in fraganti;
-retiraos, dejad pasar á la justicia. Mas<span class="pagenum" id="Page_418">[Pg 418]</span>
-Renzo, viendo que la ocasión era favorable, que
-los esbirros se volvían blancos, ó á lo menos pálidos,
-si ahora no me aprovecho, pensó interiormente,
-tanto peor para mí; y de repente se puso
-á dar voces: “¡Amigos míos! me llevan á la cárcel
-porque ayer grité pan y justicia; nada he hecho;
-soy un hombre honrado; socorredme, ¡amigos míos!
-no me abandonéis”.</p>
-
-<p>Un favorable murmullo, voces manifiestas de
-protección, se elevaron como en respuesta. En un
-principio los esbirros mandan, después piden, luego
-suplican á los más próximos que se retiren y
-que dejen el paso libre; el tropel, al contrario, los
-cerca y los estrecha cada vez más. Ellos, á la vista
-del peligro, sueltan las esposas, y no tratan
-más que de perderse entre la multitud para deslizarse
-sin ser vistos. El escribano deseaba ardientemente
-hacer lo propio, pero era muy difícil á
-causa de su negra capa. El pobre hombre, pálido
-y atemorizado, trataba de encogerse, de hacerse
-el pequeño; esquivaba el cuerpo para salir de entre
-la gente, mas no podía alzar los ojos sin ver
-otros veinte clavados sobre él. Estudiaba todas las
-maneras de aparecer como un extraño que, pasando
-por allí al acaso, se había hallado en medio de
-la muchedumbre como una pequeña paja en medio
-de una menuda red; y encontrándose cara á
-cara con un individuo que le miraba fijamente con
-peor ceño que los demás, compuso su boca de<span class="pagenum" id="Page_419">[Pg 419]</span>
-modo que apareciese en ella la sonrisa, y haciéndose
-el inocente le preguntó: ¿qué ha sucedido?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, infame cuervo! repuso aquél. ¡Cuervo,
-cuervo! resonó por todas partes. Á los gritos añaden
-los empujones, de modo que al poco tiempo,
-ya á favor de sus piernas, ya con los codos de los
-demás, obtuvo lo que más le apremiaba en aquel
-momento; esto es, el salir de aquella barahunda.</p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_420">[Pg 420]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSEXTO</h2>
-</div>
-
-
-<p>¡Huye! ¡huye! buen hombre; ¡he aquí un convento,
-allí tienes una iglesia! ¡por aquí! ¡por allí!
-gritan de todas partes á Renzo. Tocante á huir,
-júzguese si tenía necesidad de que se lo aconsejaran.
-Desde el momento mismo en que había
-empezado á concebir las esperanzas de escapar de
-las garras de la policía, echó sus cuentas, y pensó
-que si lo conseguía, saldría sin detenerse, no
-sólo de la ciudad, sino también del ducado. Porque
-se había dicho: de cualquier modo que sea,
-ellos tienen apuntadas mis señas en sus librotes,
-y con mi nombre y apellido me vienen á prender
-cuando quieran. Tocante á un asilo, no lo habría
-buscado hasta que tuviese los esbirros á sus espaldas;
-porque se había dicho otra vez: Si puedo
-ser pájaro de bosque, no quiero serlo de jaula.<span class="pagenum" id="Page_421">[Pg 421]</span>
-Había, pues, designado para refugiarse cierto pueblo
-situado en el territorio de Bérgamo, en el
-cual estaba establecido su primo Bartolo, que si
-recuerdan los lectores, muchas veces le había invitado
-á ir. Mas la dificultad consistió en encontrar
-el camino. Abandonado en un sitio desconocido
-de una ciudad, para él desconocida también,
-Renzo tampoco sabía por qué puerta se salía para
-ir á Bérgamo, y aun cuando lo hubiese sabido,
-ignoraba el camino que conducía á dicha puerta.
-Imaginó que le enseñasen el camino alguno de
-sus libertadores; pero así como en el poco tiempo
-que había tenido para meditar su posición, le pasaran
-por la mente ciertas ideas acerca de aquel
-espadero tan oficioso, padre de cuatro hijos, así,
-por sí ó por no, no quiso manifestar sus designios
-á tanta gente reunida, por si acaso hubiese algún
-otro de la misma índole, resolviendo de súbito
-alejarse precipitadamente de aquel sitio, y el camino
-hacérselo enseñar después en un sitio en
-donde nadie supiese quién era, ni por qué lo preguntaba.
-En seguida dijo á sus libertadores: “Mil
-gracias, amigos míos; ¡Dios os bendiga!”. Y saliendo
-por el lugar que se le hizo inmediatamente,
-tomó la carrera, se introdujo por una travesía,
-bajó por una callejuela, y galopó por espacio de
-largo tiempo sin saber adónde iba. Cuando le pareció
-que estaba ya bastante lejos, detuvo el paso
-para no infundir sospechas, y empezó á mirar<span class="pagenum" id="Page_422">[Pg 422]</span>
-ya á un lado, ya á otro, para escoger la persona
-á quien hacer su pregunta, la cara que le inspirase
-más confianza. Pero aun en esto había dificultad.
-La pregunta por sí sola era sospechosa; el
-tiempo urgía; los corchetes apenas vueltos de su
-pequeño aturdimiento, debían haberse puesto en
-movimiento para seguir las huellas de su fugitivo;
-la voz de aquella fuga podía haber llegado
-hasta allí, y en tales apuros, Renzo debía hacer
-acaso diez juicios fisionómicos antes de encontrar
-la figura que le pareciese á propósito. Ese gordiflón
-que está de pie en la puerta de su tienda con
-las piernas separadas, las manos detrás, sacado el
-abdomen, la barba levantada, debajo de la cual
-colgaba una gran papada, y que no teniendo otra
-cosa que hacer levantaba alternativamente su temblorosa
-é informe masa, dejándola caer sobre sus
-calcañares, tenía el aire de un parlanchín curioso,
-que en vez de contestar, le hubiera abrumado
-con preguntas. Ese otro que iba hacia él con los
-ojos fijos y la boca abierta, lejos de poder enseñar
-su camino á alguien, parecía apenas saber el
-suyo. Aquel muchacho, que á la verdad tenía trazas
-de ser muy despejado, mostraba, sin embargo,
-ser muy malicioso, y probablemente hubiera
-tenido el maldito gusto de hacer ir á un infeliz
-aldeano á la parte opuesta de la que éste deseaba.
-¡Cuán cierto es que al hombre embarazado, á
-cada paso se le presentan nuevos obstáculos! Habiendo<span class="pagenum" id="Page_423">[Pg 423]</span>
-visto finalmente á uno que andaba muy
-aprisa, pensó que éste, teniendo regularmente algún
-negocio apremiante, le contestaría con prontitud,
-sin necesidad de más habladurías, y oyendo
-que hablaba solo, juzgó que debía ser un hombre
-franco. Después de haberse aproximado á él
-le dijo: “Por favor, caballero, ¿tendríais la bondad
-de decirme por qué lado se va á Bérgamo?”.</p>
-
-<p>&mdash;¿Á Bérgamo? por la puerta Oriental.</p>
-
-<p>&mdash;Mil gracias; ¿y para ir á la puerta Oriental?</p>
-
-<p>&mdash;Tomad esta calle á mano izquierda, encontraréis
-la plaza de la catedral, y luego...</p>
-
-<p>&mdash;Basta, caballero, ya sé lo demás; Dios os lo
-pague. Después de lo cual se encaminó precipitadamente
-hacia el lado que le había sido indicado.
-El interpelado le siguió un momento con la
-vista, y combinando en su pensamiento aquel modo
-de andar con la pregunta, dijo entre sí: ó ha
-hecho alguna, ó alguno se la quiere hacer.</p>
-
-<p>Renzo llegó á la plaza de la catedral; la atravesó,
-pasó por el lado de un montón de cenizas y
-carbones apagados, y reconoció los restos de la
-hoguera, de la cual había sido espectador el día
-antes; pasó también muy cerca de la escalinata de
-la expresada catedral, y vió el horno de las muletas,
-medio destruido y guardado por soldados.
-Se dirigió vía recta por la calle á la cual había
-sido arrastrado por la multitud; llegó al convento
-de capuchinos, echó una ojeada á aquella plaza<span class="pagenum" id="Page_424">[Pg 424]</span>
-y á la puerta de la iglesia, y se dijo interiormente:
-El fraile de ayer me había dado, sin embargo,
-un buen consejo, el de esperar en la iglesia,
-con el objeto de hacer algo bueno.</p>
-
-<p>Detúvose un momento á mirar atentamente la
-puerta por la cual había de pasar, y viendo á lo
-lejos mucha gente que la guardaba, y teniendo la
-imaginación un poco acalorada (es preciso compadecerle,
-pues no le faltaban motivos), experimentó
-cierta repugnancia en arriesgarse á salir por
-ella. Se hallaba de manos á boca en un lugar de
-asilo, en donde con la consabida carta sería bien
-acogido: tuvo fuertes tentaciones de entrar; mas
-animándose de súbito pensó: pájaro de bosque
-hasta que se pueda. ¿Quién me conoce? Ciertamente,
-los esbirros no se dividirán en pedazos para
-irme á esperar á todas las puertas. Dirigió una
-mirada á su alrededor para ver si venían por
-aquel lado, y no descubrió ni esbirros, ni nadie
-que pareciese ocuparse de él. Sigue adelante, detiene
-aquellas benditas piernas que querían correr
-siempre, mientras sólo convenía caminar, y
-poco á poco, tarareando á media voz, llegó á la
-puerta. Había justamente ocupando el paso una
-porción de guardas, y de refuerzo una compañía
-de arcabuceros españoles; mas todos estaban ocupados
-en velar las afueras, para no dejar entrar
-á las gentes que á la nueva de una sublevación
-acuden, del mismo modo que los cuervos al campo<span class="pagenum" id="Page_425">[Pg 425]</span>
-en donde se ha verificado una batalla; de suerte
-que Renzo, con aire indiferente, los ojos bajos,
-y con el andar entre viajero y paseante, salió sin
-que nadie le dijese nada; pero el corazón le palpitaba
-con fuerza. Advirtiendo á la derecha un
-pequeño sendero, entró en él para evitar el camino
-real, y anduvo un buen pedazo antes de
-volver atrás la vista.</p>
-
-<p>Camina sin descanso; encuentra á su paso cabañas,
-pueblos; sigue adelante sin preguntar su nombre,
-y seguro de alejarse de Milán, confía ir hacia
-Bérgamo: por el momento esto le basta. De cuando
-en cuando se volvía, y á cada instante miraba
-y se frotaba ya una, ya otra muñeca, doloridas
-todavía, y señaladas en derredor con una rubicunda
-raya, vestigios de la cuerda. Sus pensamientos
-eran, como cualquiera puede imaginarse,
-una confusa mezcla de arrepentimientos, inquietudes,
-cólera y ternura; era un estudio pesado el
-traer á la memoria lo que había dicho y hecho la
-noche anterior, el descubrir la parte secreta de su
-dolorosa historia, y sobre todo, cómo habían podido
-averiguar su nombre. Naturalmente sus sospechas
-recaían sobre el espadero, á quien recordaba
-habérselo declarado. Y calculando del modo
-tan astuto con el cual aquél se lo había sacado,
-en su aspecto, en sus ofertas y en todas sus preguntas,
-que tendían siempre á querer saber algo,
-las sospechas se cambiaban casi en certeza, si bien<span class="pagenum" id="Page_426">[Pg 426]</span>
-luego se acordaba confusamente de haber continuado
-charlando después de la partida del espadero;
-¿pero con quién? Adivínalo, grillo. ¿De qué?
-Aunque recurría á la memoria era en vano; ésta no
-le decía más, sino que en aquel entonces se hallaba
-fuera de su casa. El infeliz se perdía en aquellas
-investigaciones: era como un hombre que ha
-echado muchas firmas en blanco, y que las ha
-confiado á uno á quien creía el <i lang="la" xml:lang="la">non plus ultra</i> de
-la honradez, y después al descubrir que es un
-petardista y un bribón, quiere obtener de éste
-que le dé á conocer el estado de sus negocios.
-¡Pobrecito!, ¿qué ha de conocer? Todo es confusión.</p>
-
-<p>El otro estudio penoso era fundar sobre el porvenir
-algún proyecto que no fuese al aire, que le
-pudiese gustar, y que no tuviese desagradables
-consecuencias; pero bien pronto lo más aflictivo
-fué poder encontrar el camino. Después de haber
-andado un buen trozo de él, puede decirse á la
-ventura, vió que por sí solo no podía lograrlo.
-Bien es verdad que experimentaba cierta repugnancia
-al pronunciar la palabra Bérgamo, como
-si tuviese un no sé qué de sospechoso, de impudente;
-mas no podía pasar por otro punto. Resolvió,
-pues, dirigirse, según lo había hecho en Milán,
-al primer transeúnte, cuya fisonomía simpatizase
-con él, y así lo verificó.</p>
-
-<p>&mdash;Estáis fuera del camino, le respondió éste; y<span class="pagenum" id="Page_427">[Pg 427]</span>
-después de haber reflexionado un poco, mitad con
-palabras, mitad con gestos, le indicó la vuelta que
-tenía que dar para entrar en el camino real. Renzo
-le dió las gracias, hizo ademán de poner en ejecución
-todo lo que se le había dicho, se encaminó
-en efecto, hacia aquel lado con la intención de
-acercarse al dicho camino real, de no perderlo de
-vista, de andar costeándolo del mejor modo posible,
-pero sin poner los pies en él. El designio era
-más fácil de concebir que de ejecutar. Por último,
-así andando de derecha á izquierda, y como
-si dijéramos, haciendo eses, en parte siguiendo las
-demás indicaciones que se animaba á buscar por
-todos lados, en parte corrigiéndolas según sus luces
-y adaptándolas á su intento, ya también dejándose
-guiar por los caminos en los cuales se hallaba
-empeñado, nuestro fugitivo había hecho ya
-cerca de doce millas, cuando no estaba distante
-de Milán más de seis. Tocante á Bérgamo, era
-una gran dicha si no se había alejado más. Por lo
-tanto, empezó á persuadirse que de aquella manera
-no llegaría á conseguir lo que deseaba, y en
-su consecuencia trató de buscar otro expediente.
-El que le vino á la imaginación fué inquirir, por
-medio de alguna astucia, el nombre de algún pueblo
-cercano á la frontera, al cual se pudiese dirigir
-por caminos de travesía, y preguntado por dicho
-pueblo, se haría enseñar el camino sin necesidad
-de sembrar por do quier la consabida<span class="pagenum" id="Page_428">[Pg 428]</span>
-pregunta sobre Bérgamo, que le parecía oler tanto
-á fuga, á expulsión y á criminal.</p>
-
-<p>Mientras buscaba el modo de reunir todas aquellas
-noticias sin promover sospechas, vió un verde
-ramo pendiente en lo alto de la puerta de una
-aislada cabaña, en las afueras de un lugarcillo.
-Hacía algún rato que sentía aumentársele la necesidad
-de restaurar sus fuerzas; calculó que aquel
-paraje sería á propósito para matar dos pájaros
-de un sólo tiro, y entró. No había allí más que
-una anciana con la rueca al costado y el huso en
-la mano. Pidió algo que comer, y le fué ofrecido
-un poco de <i lang="it" xml:lang="it">stracchino</i> y vino excelente. Aceptó
-aquél y rehusó éste (pues le había cogido odio á
-causa de la mala jugada que le había hecho la noche
-anterior); se sentó, suplicando á la anciana
-que se diese prisa. Ésta en un instante lo puso en
-la mesa, y empezó de súbito á abrumarle con preguntas,
-tocante á lo que él era y á los grandes
-acontecimientos de Milán, cuyas voces habían llegado
-hasta allí. Renzo, no sólo supo eludir las
-preguntas con mucha destreza, sino que aprovechándose
-de la dificultad misma, hizo servir á su
-intento la curiosidad de la vieja que le preguntaba
-adónde se dirigía.</p>
-
-<p>Tengo que ir á varias partes, respondió, y si
-puedo ahorrar un poquito de tiempo, querría detenerme
-un instante en ese pueblo de bastante
-consideración, que se halla en el camino de Bérgamo,<span class="pagenum" id="Page_429">[Pg 429]</span>
-próximo á la frontera, pero, sin embargo,
-perteneciente al territorio de Milán... ¡Cómo se
-llama! Regularmente habrá alguno, pensaba entre
-sí.</p>
-
-<p>&mdash;El que queréis decir es Gorgonzola, contestó
-la anciana.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gorgonzola! repitió Renzo, como para grabar
-mejor el nombre en su memoria. ¿Está muy
-distante de aquí? replicó en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé exactamente; estará quizá unas diez
-ó doce millas. Si estuviese aquí alguno de mis hijos,
-os la sabría decir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y creéis que se pueda ir por esos lindos senderos
-sin tomar el camino real, que tan lleno está
-de polvo? pero, ¡qué polvo! ¡Ya se ve, hace tanto
-tiempo que no llueve!</p>
-
-<p>&mdash;- Me parece que sí: podréis preguntarlo en el
-primer pueblo que encontraréis á mano derecha;
-y lo nombró.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien, dijo Renzo: se levantó, tomó un
-pedazo de pan que le había quedado de su desayuno,
-pan bien distinto del que había encontrado
-la víspera al pie de la cruz de S. Dionisio; pagó
-la cuenta, salió y se encaminó hacia la derecha.
-Finalmente, para evitar digresiones, diremos que
-con el nombre de Gorgonzola en la boca, de pueblo
-en pueblo llegó á dicho punto, cerca de una
-hora antes de anochecer.</p>
-
-<p>Mientras iba andando, había proyectado hacer<span class="pagenum" id="Page_430">[Pg 430]</span>
-otra parada, con el objeto de comer algo de sustancia.
-El cuerpo hubiera agradecido un poco de
-cama; pero antes de satisfacerlo, Renzo se hubiera
-dejado caer muerto en el camino. Su designio
-era informarse en la posada de la distancia del
-Adda, recabar con destreza algunas noticias sobre
-alguna travesía que lo condujera, y encaminarse
-hacia aquel punto, después de haber tomado un
-refrigerio. Nacido y criado en el sitio en donde el
-Adda sale por segunda vez, por decirlo así, de las
-entrañas de la tierra, había oído decir muchas veces
-que en cierto paraje, y á cierta distancia, sus
-aguas marcaban los confines del territorio milanés
-y veneciano: de dicho paraje y distancia no
-tenía una idea exacta; pero por el momento, el
-asunto más urgente era atravesarlo, por donde
-quiera que fuese. Si no llegaba á conseguirlo en
-aquel mismo día, estaba resuelto á andar hasta
-que la noche y sus fuerzas se lo permitiesen, y
-aguardar después el alba en un campo, en algún
-sitio solitario en donde Dios quisiera, con tal de
-no ser en una hostería.</p>
-
-<p>Habiendo andado un poco por Gorgonzola, divisó
-una muestra de posada: entró en ella, y pidió
-al dueño, que le salió al encuentro, alguna
-friolera que comer y medio cuartillo de vino: algunas
-millas de más y el tiempo, le habían hecho
-pasar aquel odio extremado y fanático. “Os ruego
-que me despachéis pronto, añadió, porque tengo<span class="pagenum" id="Page_431">[Pg 431]</span>
-necesidad de volverme á poner al instante en camino”.
-Y esto lo dijo, no sólo porque era la verdad,
-sino también por miedo de que pensando el
-posadero que quisiese dormir allí, no le saliese
-con la consabida pregunta del nombre y apellido,
-y de dónde venía, y para qué asunto... ¡Largo,
-largo!</p>
-
-<p>El posadero respondió á Renzo que sería servido,
-y éste se fué á sentar en uno de los extremos
-de la mesa, cercano á la puerta, en el sitio
-de los vergonzosos.</p>
-
-<p>Se hallaban en la estancia algunos ociosos, los
-cuales, después de haber discutido y comentado
-las grandes ocurrencias de Milán del día anterior,
-se deshacían por saber cómo habrían ido en aquel
-mismo día, tanto más, cuanto que las primeras
-noticias eran más propias para excitar la curiosidad
-que para satisfacerla: una sublevación, ni reprimida,
-ni victoriosa, suspendida más bien que
-terminada á causa de la noche; una cosa truncada,
-el fin de un acto, más bien que de un drama.
-Uno de ellos se destacó de la reunión, acercóse
-al recién llegado, y le preguntó si venía de
-Milán.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? dijo Renzo admirado, para tomar tiempo
-de responder.</p>
-
-<p>&mdash;Vos; si no es una indiscreción el preguntároslo.</p>
-
-<p>Renzo, meneando la cabeza, apretando los labios,<span class="pagenum" id="Page_432">[Pg 432]</span>
-y dejando oir un sonido inarticulado, repuso: Milán,
-según lo que he oído decir... no
-debe ser un lugar para poder ir en estos momentos,
-á menos que haya una grande necesidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Continúa, pues, todavía hoy el tumulto?
-preguntó el curioso con más afán.</p>
-
-<p>&mdash;Sería preciso estar allí para saberlo, replicó
-Renzo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero vos, no venís de Milán?</p>
-
-<p>&mdash;Vengo de Liscate, respondió con prontitud
-el joven, que en el ínterin había calculado la contestación.
-Efectivamente, hablando en rigor, venía
-de dicho punto, porque había pasado por él,
-y el nombre lo supo, en cierto paraje del camino,
-por medio de un viajero que le había indicado que
-era el primer pueblo que tendría que atravesar
-para llegar á Gorgonzola.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! dijo el amigo, como si quisiese dar á entender:
-hubierais hecho mejor en venir de Milán;
-mas, paciencia... ¿Y en Liscate, añadió, no se
-sabía nada de Milán?</p>
-
-<p>&mdash;Podría ser muy bien que alguno supiese algo,
-repuso el aldeano; pero yo, no he oído nada.</p>
-
-<p>Y dichas palabras las profirió de esa manera
-particular que parece querer decir: he concluido.
-El curioso volvió á su sitio; y un momento después,
-el posadero se llegó á ponerle la comida en
-la mesa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_433">[Pg 433]</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto hay de aquí al Adda? le dijo Renzo
-entre dientes, con el ademán del bobo, que ya le
-hemos visto tomar algunas veces.</p>
-
-<p>&mdash;¿Al Adda... para atravesarlo?</p>
-
-<p>&mdash;Esto es... sí... al Adda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis pasar por el puente de Cassano, ó
-por la barca de Canónica?</p>
-
-<p>&mdash;Por cualquier parte que sea... Únicamente
-lo pregunto por mera curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;Es que yo lo digo porque ésos son los sitios
-por donde pasan las gentes de bien, los que pueden
-dar cuenta de sus acciones.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, ¿y cuánto dista?</p>
-
-<p>&mdash;Haced cuenta, que tanto por un paraje como
-por otro, poco más, poco menos, habrá unas seis
-millas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Seis millas! no creía que estuviera á tanta
-distancia, dijo Renzo; y luego replicó en seguida,
-con un aire de indiferencia llevado hasta la afectación:
-Y luego, si hubiese alguno que tuviera necesidad
-de acortar, ¿hay otros sitios para poder
-pasar?</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente, respondió el posadero mirándole
-fijamente con ojos de maligna curiosidad. Esto
-bastó para hacer expirar en la boca del joven
-las demás preguntas que tenía dispuestas. Trajo
-el plato hacia sí; y clavando la vista en el medio
-cuartillo de vino, que el posadero había puesto<span class="pagenum" id="Page_434">[Pg 434]</span>
-sobre la mesa, juntamente con aquél, dijo: “¿El vino
-es puro?”.</p>
-
-<p>&mdash;Como el oro, repuso el posadero; preguntad
-si no á todos los habitantes del pueblo y sus contornos,
-que lo saben, y después juzgaréis. Así diciendo
-se fué á reunir á la compañía.</p>
-
-<p>¡Qué malditos posaderos! exclamó Renzo interiormente:
-cuanto más los conozco, peores los encuentro.</p>
-
-<p>Sin embargo, se puso á comer con gran apetito,
-prestando al propio tiempo oído, sin demostrarlo,
-con el objeto de descubrir terreno, de inquirir lo
-que se juzgaba en el pueblo acerca del grande
-acontecimiento, en el cual había tenido no pequeña
-parte, y de observar especialmente si entre
-aquellos habladores habría algún hombre de bien
-de quien pudiese fiarse un pobre muchacho para
-preguntarle el camino, sin temor de ser puesto en
-apreturas, y forzado á hablar de sus asuntos.</p>
-
-<p>&mdash;Mas, decía uno, esta vez parece que los milaneses
-han querido hacerlo de veras. Basta; mañana
-á lo más tarde se sabrá algo.</p>
-
-<p>&mdash;Me arrepiento de no haber ido á Milán esta
-mañana, decía otro.</p>
-
-<p>&mdash;Si vas mañana, yo iré también, repuso un
-tercero, y después otro, y otro.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que yo quisiera saber, replicó el primero,
-es si esos señores milaneses pensarán además
-en la pobre gente de fuera, ó si tratarán de que<span class="pagenum" id="Page_435">[Pg 435]</span>
-se hagan buenas leyes, únicamente para ellos.
-Bien sabéis cómo son. ¡Orgullosos ciudadanos! ¡todo
-lo quieren para ellos! ¡los demás, como si no
-existieran!</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros también tenemos boca, no sólo para
-comer, sino también para exponer nuestras razones,
-dijo otro con acento tanto más modesto,
-cuanto que la proposición era más avanzada; y
-cuando la cosa esté bien encaminada... Pero
-creyó mejor no concluir la frase.</p>
-
-<p>&mdash;No es sólo en Milán en donde hay grano oculto,
-empezaba otro con ademán misterioso y maligno,
-cuando he aquí que oyen acercarse un caballo.
-Todos corren hacia la puerta; y habiendo
-reconocido al que llegaba, se apresuran á salirle
-al encuentro. Era éste un comerciante de Milán,
-que yendo muchas veces al año á Bérgamo, con
-motivo de su tráfico, solía pasar la noche en aquella
-posada; y como encontraba casi siempre la
-misma reunión, los conocía casi á todos. Se
-agrupan á su alrededor; uno coge la brida, otro
-el estribo.&mdash;¡Bien venido, bien venido!</p>
-
-<p>&mdash;Bien hallados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habéis tenido buen viaje?</p>
-
-<p>&mdash;Bonísimo; ¿y á vosotros, qué tal os va?</p>
-
-<p>&mdash;Bien, bien. ¿Qué noticias traéis de Milán?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! hay grandes y famosas novedades, dijo
-el comerciante desmontándose y dejando el caballo
-en manos de un mozo: y además, continuó<span class="pagenum" id="Page_436">[Pg 436]</span>
-entrando acompañado de toda la reunión,
-y á estas horas lo sabréis, acaso, mucho mejor
-que yo.</p>
-
-<p>&mdash;¡De veras! Nada sabemos, dijeron algunos,
-poniéndose la mano sobre el corazón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es posible?... repuso el comerciante. Pues
-oiréis hermosas cosas... ó más bien feas. ¡Eh,
-patrón! mi cama de costumbre, ¿está desocupada?
-Bien: un vaso de vino, y mi consabido guisado:
-pronto, pronto; porque quiero acostarme en
-seguida, para partir mañana muy temprano, y
-llegar á Bérgamo á hora de almorzar. Y vosotros,
-añadió, yendo á sentarse al lado opuesto, al cual
-estaba Renzo silencioso y atento, ¿no sabéis todas
-las diabluras de ayer?</p>
-
-<p>&mdash;De ayer, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Mirad, pues, cómo sabéis las novedades. Bien
-decía yo, que estando aquí siempre de guardia para
-acechar á los que pasan...</p>
-
-<p>&mdash;Pero hoy, hoy, ¿qué ha ocurrido?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿hoy? ¿no sabéis nada hoy?</p>
-
-<p>&mdash;Nada absolutamente; no ha pasado nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Pues dejadme remojar los labios, y después
-os explicaré las cosas de hoy: veréis.</p>
-
-<p>Llenó el vaso, lo cogió con una mano, luego
-con los dos primeros de la otra, levantó los bigotes,
-se alisó la barba, bebió, y repuso: Hoy,
-mis queridos amigos, poco ha faltado que no haya
-sido un día tan turbulento como el de ayer, ó<span class="pagenum" id="Page_437">[Pg 437]</span>
-todavía peor; y casi me parece no ser verdad el
-estar aquí hablando con vosotros; porque había
-ya abandonado toda idea de viaje, con el
-único fin, de permanecer guardando mi pobre
-tienda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué diablo había? dijo uno de los oyentes.</p>
-
-<p>&mdash;Justamente el diablo; veréis: y trinchando la
-carne que se le había puesto delante, y después
-comiendo, continuó su narración. Los circunstantes
-de pie á un lado y otro de la mesa, le estaban
-escuchando con la boca abierta. Renzo en su sitio,
-sin que pareciese hacer caso, permanecía atento,
-acaso más que todos, mascando poco á poco
-los últimos bocados.</p>
-
-<p>&mdash;Esta mañana, pues, los bribones que ayer movieron
-aquel tremendo alboroto, se hallaron en
-los sitios convenidos (estaban ya de inteligencia,
-y lo tenían todo preparado de antemano): se reunieron,
-y empezaron el bonito cuadro de ir corriendo
-de calle en calle, dando gritos, para juntar
-á la demás gente del pueblo. Podía compararse
-aquello, como cuando se barre la casa (con respeto
-hablando), que cuanto más se avanza mucho
-más se aumenta el montón de inmundicia. Cuando
-les pareció que había suficiente gente, se dirigieron
-á la casa del señor vicario de la provisión.
-¡Como si no bastaran las atrocidades que le hicieron
-ayer! ¡á un señor de su clase! ¡malvados!
-¡Y las injurias que vomitaban contra él! Todo era<span class="pagenum" id="Page_438">[Pg 438]</span>
-inventado, por supuesto; él es un buen señor, puntual:
-yo puedo decirlo, que sé todo lo de la casa,
-y le proveo de tela para la librea de su servidumbre.
-Se encaminaron, pues, á dicha casa: ¡era preciso
-ver qué canalla! ¡qué fachas! Figuraos que
-han pasado por delante de mi tienda: tenían tales
-caras, que... los judíos del <em>Viacrucis</em> no servían
-para descalzarlos. ¡Y las blasfemias que salían de
-aquellas bocas! era cosa de taparse los oídos si no
-hubiese sido porque no tenía cuenta el darse á
-conocer. Iban, pues, con la buena intención de
-saquear; pero... Y aquí levantando y extendiendo
-la mano izquierda, colocó el extremo del pulgar
-en la punta de la nariz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero?... dijeron casi todos los oyentes.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, continuó el comerciante, se encontraron
-con la calle cerrada con vigas y carros, y detrás
-de esta barricada, una magnífica hilera de
-migueletes, con los arcabuces preparados para recibirlos.
-Cuando vieron aquel bello aparato...
-¿qué hubierais hecho vosotros?</p>
-
-<p>&mdash;Volver atrás.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente; así lo hicieron. Pero, ¡ved si
-no era el demonio el que los conducía! Están en
-el Cordusio; ven el horno que ayer habían querido
-saquear, ¿y qué se hacía dentro de aquella
-tienda? Se distribuía el pan á los compradores.
-Había allí caballeros, la flor de los caballeros, que
-vigilaban para que todo fuese con orden. Aquéllos<span class="pagenum" id="Page_439">[Pg 439]</span>
-(como iba diciendo, tenían el diablo en el
-cuerpo, y éste era el que los azuzaba), aquéllos
-entraron como desesperados; pilla tú, que yo también
-pillaré: en un abrir y cerrar de ojos, caballeros,
-panaderos, compradores, panes, bancos,
-mostrador, cajones, sacos, cedazos, salvado, harina,
-pasta, todo está revuelto de arriba abajo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los migueletes?</p>
-
-<p>&mdash;Los migueletes tenían que guardar la casa
-del vicario: no se puede al mismo tiempo repicar
-y andar en la procesión. Repito que fué en un
-abrir y cerrar de ojos: coge, coge; todo lo que había
-que tomar fué llevado. Después se pensó en
-reproducir la misma diversión de ayer; esto es, el
-conducir lo restante á la plaza y hacer una hoguera.
-Ya empezaban los bribones á sacarlo todo
-de la casa, cuando uno más infame que los demás...
-¡Adivinad la proposición que salió de su
-caletre!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué fué?</p>
-
-<p>&mdash;Hacer un gran montón de todo, en la tienda,
-y pegarle fuego juntamente con la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y lo han verificado?</p>
-
-<p>&mdash;Esperad: un buen hombre del vecindario ha
-tenido una inspiración del cielo. Sube á las habitaciones,
-busca un Crucifijo, lo encuentra, lo coloca
-en una ventana, toma de la cabecera de un
-lecho dos velas benditas, las enciende, y las pone
-á ambos lados de dicho Crucifijo. La gente levanta<span class="pagenum" id="Page_440">[Pg 440]</span>
-la vista. En Milán, es preciso decirlo, se conserva
-todavía un poco de temor de Dios: todos
-vuelven en sí; quiero decir, la mayor parte. Había
-diablos que por robar hubieran pegado fuego
-aun al mismo paraíso; pero viendo que la multitud
-no era de su parecer, han sido obligados á
-ceder y estarse quietos. ¡Acertad ahora lo que
-sucede de improviso! Todos los canónigos de la
-catedral en procesión, con la cruz, en traje de oro,
-y monseñor Manzeta, arcipreste, empezó á predicar
-por un lado, y monseñor Settala, penitenciario,
-por otro, y después otros por aquí y por allí.
-Pero, ¡buenas gentes! ¿qué queréis hacer? ¿Es este
-el ejemplo que dais á vuestros hijos? Volveos
-á casa; ¿no sabéis que el pan se ha puesto barato
-más que antes? Pero, id á verlo, que el aviso está
-fijado en las esquinas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Era verdad?</p>
-
-<p>&mdash;¡Diablo! ¿Queréis que los señores canónigos
-fuesen de gran capa á decir mentiras?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hizo el pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;Fueron yéndose poco á poco; corrieron á las
-esquinas; y el que sabía leer, allí precisamente se
-encontraba la <i lang="it" xml:lang="it">meta</i>. Atended un momento: un
-pan de ocho onzas por un sueldo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué dicha!</p>
-
-<p>&mdash;Es una buena viña, con tal que dure. ¿Sabéis
-cuánta harina se ha desperdiciado entre ayer y<span class="pagenum" id="Page_441">[Pg 441]</span>
-esta mañana? La suficiente para mantener todo el
-ducado por espacio de dos meses.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y para fuera de Milán, no han hecho alguna
-buena ley?</p>
-
-<p>&mdash;Lo que se ha hecho en Milán no es más que
-con respecto á la ciudad. No sé qué deciros; para
-vosotros, será lo que Dios quiera. Por sí ó por no,
-los alborotos se han concluido. No os lo he dicho
-todo; ahora viene lo bueno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay algo mas todavía?</p>
-
-<p>&mdash;Hay que ayer noche, ó esta mañana, han sido
-presos muchos, y de pronto se ha sabido que
-los jefes serán ajusticiados. Apenas han empezado
-á esparcirse estas voces, cuando de repente cada
-uno se ha encaminado á su morada por el camino
-más corto, por no arriesgarse á ser del número.
-Milán, cuando yo he salido, se asemejaba
-á un convento de frailes.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿los ajusticiarán de veras?</p>
-
-<p>&mdash;Indudablemente; y muy pronto, respondió el
-comerciante.</p>
-
-<p>&mdash;Y el pueblo, ¿qué hará? volvió á decir el que
-había hecho la anterior pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;¿El pueblo? irá á verlos, dijo el comerciante.
-Tenían tantos deseos de ver morir á un cristiano
-al aire libre, que querían ¡bribones! ejecutar esta
-diversión con el señor vicario de la provisión. En
-cambio tendrán cuatro pícaros, servidos con todas
-las formalidades, acompañados por capuchinos y<span class="pagenum" id="Page_442">[Pg 442]</span>
-por cofrades de la buena muerte; es gente que lo
-ha merecido. Mirad, es una buena providencia;
-era una cosa indispensable. Empezaban ya á coger
-el vicio de entrar en las tiendas y hacerse servir
-sin meter la mano en el bolsillo: si se les hubiese
-dejado hacer, después del pan hubiera venido
-el vino, y así, de una cosa en otra... Juzgad
-si ellos querrían abandonar voluntaria y
-espontáneamente una costumbre tan cómoda; y
-sólo sabré deciros que para una persona honrada
-que tiene tienda abierta, era una idea muy poco
-satisfactoria.</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto, dijo uno de los circunstantes.&mdash;Es
-cierto, repitieron los demás en coro.</p>
-
-<p>&mdash;Y, continuó el comerciante limpiándose la
-barba con los manteles, la trama es larga; ¿sabéis
-que había una liga?</p>
-
-<p>&mdash;¡Una liga!</p>
-
-<p>&mdash;Una liga: cábalas todas urdidas por los navarros,
-por ese cardenal de Francia, que tiene un
-nombre medio turco; ya sabéis quién quiero decir,
-el que todos los días piensa una cosa nueva
-para hacer algún desprecio á la corona de España.
-Pero sobre todo, sus tiros tienden siempre á
-Milán; porque el muy bellaco, sabe bien que aquí
-está la fuerza del rey.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos!</p>
-
-<p>&mdash;¿Queréis una prueba? Los que han metido
-más alboroto en Milán eran forasteros; andaban<span class="pagenum" id="Page_443">[Pg 443]</span>
-recorriendo las calles ciertas caras que jamás se
-habían visto. También olvidaba deciros una cosa
-que se me ha dado por cierta: la justicia había
-atrapado á uno en una hostería.</p>
-
-<p>Cuando se tocó esta cuerda, Renzo, que no perdía
-una sílaba de aquella conversación, se sintió
-sobrecogido de miedo, y dió un pequeño salto en
-su asiento antes de que pudiese pensar en contenerse.
-Nadie, sin embargo, se apercibió de ello;
-y el orador, sin interrumpir el hilo de su narración,
-continuó: Aún no se sabía de dónde venía,
-por quién era enviado, ni qué casta de hombre
-podía ser; pero lo cierto es que era uno de los jefes.
-Ya ayer, en lo más fuerte de la bacanal, había
-hecho varias diabluras; y después, no contento
-todavía, se había puesto á perorar y á proponer,
-así una pequeña gracia, el asesinar á todos
-los señores. ¡Infame! ¿Quién mantendría á los pobres
-si los señores fuesen todos asesinados? La
-justicia que lo había espiado, le echó las manos
-encima; le encontraron un paquete de cartas, y
-lo conducían á la jaula; ¡pero qué! sus compañeros,
-que rondaban por las inmediaciones de la
-hostería, acudieron en gran número y salvaron al
-bribón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué ha sido de él?</p>
-
-<p>&mdash;No se sabe; se habrá escapado ó estará oculto
-en Milán: ésa es gente que no tiene casa ni hogar,
-y encuentran por todas partes donde alojarse<span class="pagenum" id="Page_444">[Pg 444]</span>
-y esconderse, mientras que el diablo puede y
-quiere ayudarles; mas luego, cuando menos se lo
-piensan, se meten en el lazo; porque en el momento
-que la pera está madura, es indispensable
-que salga. Por ahora se sabe de seguro, que las
-cartas han quedado en poder de la justicia, y que
-toda la cábala está descrita en ellas, diciéndose
-que hay por medio mucha gente comprometida.
-Peor para ellos, que han arruinado medio Milán,
-y aún no tenían bastante. Dicen que los panaderos
-son unos bribones: ya lo sé yo también; pero
-es necesario ahorcarlos, previa disposición judicial.
-Hay grano oculto, ¿quién lo ignora? Pero á
-los que mandan corresponde tener buenos espías,
-é ir á desenterrarlo, y mandar á hacer cabriolas
-en el aire á los monopolistas, en compañía de los
-panaderos; y si los gobernantes no hacen nada, á
-la ciudad corresponde el reclamar, y si no dan oídos
-á la primera vez, es preciso recurrir otra segunda,
-pues á fuerza de reclamar se acaba por
-obtener; y no valerse de medios tan infames, como
-son el entrar en las tiendas y almacenes á robar
-á mansalva.</p>
-
-<p>Lo poco que Renzo había comido se le convirtió
-en veneno. Hubiera querido estar mil millas
-lejos de aquella hostería, de aquel pueblo; y más
-de diez veces se había dicho á sí mismo: vámonos,
-vámonos. Pero el temor de infundir sospechas
-se aumentó considerablemente, y tiranizó de<span class="pagenum" id="Page_445">[Pg 445]</span>
-tal modo sus pensamientos, que lo tenía como clavado
-en su asiento. En semejante perplejidad,
-pensó que el charlatán debía al fin concluir de hablar
-de él, resolviendo en su interior el levantarse
-apenas oyese entablar cualquiera otra conversación.</p>
-
-<p>&mdash;Por esto es, dijo uno de la reunión, por lo que
-yo, que sé cómo van esta especie de cosas, y que
-los hombres honrados no están bien en los alborotos,
-no me he dejado vencer por la curiosidad,
-y he permanecido en mi casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y yo, me he movido? dijo otro.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, añadió un tercero, si por casualidad me
-hubiese hallado en Milán, hubiera dejado sin acabar
-cualquier negocio que fuese, y me habría
-vuelto prontamente á casa. Tengo mujer é hijos;
-y luego, digo la verdad, no me gustan los alborotos.</p>
-
-<p>Á esto, el posadero, que también se había puesto
-á escuchar, se dirigió al otro extremo de la mesa,
-para ver lo que hacía el forastero. Renzo,
-aprovechando la ocasión, llamó al patrón por señas,
-pidió la cuenta, la pagó sin regatear, aunque
-los fondos estaban en decadencia, y sin más, se
-encaminó directamente hacia la puerta, pasó el
-umbral, y poniéndose en manos de la Providencia,
-se dirigió del lado opuesto del cual había venido.</p>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_446">[Pg 446]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Basta con frecuencia un deseo, para no dejar
-tranquilo á un hombre; ¡juzgad pues, dos á la vez,
-el uno contrario al otro! El infeliz Renzo tenía
-desde algunas horas antes dos semejantes en su
-interior, según ya sabemos; esto es, el deseo de
-correr y el de estar oculto. Las terribles palabras
-del comerciante le habían hecho crecer ambos á
-un tiempo. ¡Conque su aventura había hecho tanto
-ruido! ¡querían apoderarse de él á todo evento!
-¡Quién sabe cuántos esbirros se habrán puesto
-en campaña para darle caza! ¡cuántas órdenes habrán
-sido expedidas para vigilar las poblaciones,
-las posadas y caminos! Si bien pensaba por último
-que los esbirros que lo conocían eran sólo dos,
-y que el nombre no lo llevaba escrito en la frente;
-sin embargo, su imaginación volvía á recordar<span class="pagenum" id="Page_447">[Pg 447]</span>
-ciertas narraciones que había oído de fugitivos
-cogidos y descubiertos por medio de extrañas combinaciones,
-reconocidos en el modo de andar, en
-su aire sospechoso, y otras señales impensadas.
-Todo le hacía sombra. Aunque en el momento
-que salía de Gorgonzola era el toque de oraciones,
-y las tinieblas siempre crecientes disminuían
-los peligros, esto no obstante, tomó á su pesar el
-camino real, y se propuso entrar en la primera
-senda que le pareciese conducir hacia el lado adonde
-deseaba llegar con tanto afán. Al principio encontró
-algunos viajeros; pero estando llena su fantasía
-de tristes aprehensiones, no tuvo el valor
-suficiente para acercarse á preguntar el camino á
-cualquiera de ellos. El posadero ha dicho que hay
-seis millas, pensaba: si hay ocho ó diez caminando
-por senderos, las piernas que han hecho las
-demás harán también éstas. Hacia Milán de seguro
-no voy, pues me encamino con dirección al
-Adda: andando, andando, llegaré tarde ó temprano:
-el Adda tiene buena voz; y cuando esté cerca,
-no hay necesidad de que me lo enseñen: si hay
-alguna barca para poderlo pasar, lo pasaré en seguida;
-si no, me detendré hasta la mañana en un
-campo descansando sobre la yerba, como el gorrión:
-vale más dormir sobre la yerba que en una
-cárcel.</p>
-
-<p>Poco después divisó á su izquierda un pequeño
-camino de travesía, y entró en él. Entonces, si<span class="pagenum" id="Page_448">[Pg 448]</span>
-hubiese topado con alguno, no hubiera gastado
-tantas ceremonias para hacerse enseñar el camino;
-mas no se sentía alma viviente. Andaba, pues, por
-donde el camino lo conducía, y pensaba:</p>
-
-<p>“¡Yo hacer diabluras! ¡yo asesinar á todos los
-señores! ¡Un paquete de cartas, yo! ¡Mis compañeros
-que me estaban guardando las espaldas!
-Pagaría cualquiera cosa de encontrarme cara á
-cara con ese comerciante al otro lado del Adda
-(¡ah, cuándo habré pasado ese bendito Adda!) detenerle,
-y preguntarle con política, en dónde había
-pescado tantas y tan frescas noticias. Sabed
-ahora, mi querido señor, que la cosa ha tenido
-lugar de este y de este modo: que las diabluras
-que he hecho, han sido prestar auxilio á Ferrer,
-como si fuera un hermano mío; tened entendido,
-que los bribones, que á vuestro parecer eran mis
-amigos, en cierto momento me han querido hacer
-una mala partida, porque he hablado como buen
-cristiano; sabed que mientras vos estabais guardando
-vuestra tienda, yo me dejaba romper las
-costillas para salvar á vuestro señor vicario de la
-provisión, á quien jamás había visto ni conocido.
-Podéis esperar á que me mueva otra vez para socorrer
-á los señores...</p>
-
-<p>“Es verdad que es preciso hacerlo en conciencia,
-porque ellos componen también el prójimo. Y ese
-gran paquete de cartas, en donde estaba toda la
-cábala que ha caído en poder de la justicia, según<span class="pagenum" id="Page_449">[Pg 449]</span>
-vos sabéis de cierto, veréis cómo lo hago comparecer
-aquí, sin auxilio del diablo. ¿Tenéis curiosidad
-de verlo? Helo aquí... ¡Es una sola carta!...
-Sí señor, una sola carta; y esta carta, si
-queréis saberlo, la ha escrito un religioso que puede
-enseñaros la doctrina, y daros lecciones de todo;
-un religioso que, sin haceros injuria, vale más un
-pelo de su barba que toda la vuestra; y esta carta
-la ha escrito, como veis, á otro religioso, que es
-también un sujeto... ¡Ved ahora quiénes son
-los bribones mis amigos! Otra vez sed más mesurado
-para hablar, principalmente cuando se trata
-del prójimo”.</p>
-
-<p>Mas después de algún tiempo, estos pensamientos
-y otros semejantes, cesaron enteramente; las
-circunstancias presentes ocupaban todas las facultades
-del pobre viajero. El temor de ser perseguido
-ó descubierto, que había amargado tanto su
-viaje, durante el día, no le daba ya cuidado; ¡pero
-qué de cosas se lo volvían mucho más enojoso!
-Las tinieblas, la soledad, el cansancio siempre creciente
-y más penoso. Soplaba un viento frío, uniforme,
-penetrante, que debía hacer un flaco
-servicio al que se hallaba aún con los mismos
-vestidos que se había puesto para ir en cuatro
-brincos á las bodas, y volver en seguida triunfante
-á su casa; y lo que hacía el caso aún más grave,
-era el caminar á la ventura, y buscar, sin saber
-dónde, algún lugar de reposo y de seguridad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_450">[Pg 450]</span></p>
-
-<p>Cuando llegaba á atravesar alguna población,
-andaba muy despacio, mirando, sin embargo, si
-había alguna puerta abierta todavía; mas no vió
-otra señal de gente que estuviese despierta, que
-una que otra luz, al través del encerado de alguna
-ventana. En el camino fuera de poblado, se
-paraba de cuando en cuando, escuchaba atentamente
-para ver si oía el murmullo del bendito
-Adda, pero en vano. Lo único que percibía era
-el aullido de perros, que partía de alguna cabaña
-solitaria, vagando por el espacio, y yéndose á
-perder aflictivo y amenazador á la vez. Al acercarse,
-el aullido se convertía en un ladrar terrible
-y furioso: al pasar por delante la puerta, sentía,
-veía casi al animal, con el hocico pegado á
-una pequeña abertura de dicha puerta, y redoblar
-los ladridos, circunstancia que le quitaba la
-tentación de llamar y de pedir un abrigo. Quizá,
-aun, sin el miedo á los perros, tampoco se hubiera
-resuelto. “¿Quién es? pensaba; ¿qué queréis á
-estas horas? ¿cómo habéis llegado aquí? Daos á
-conocer. ¿No hay por ventura posadas donde alojarse?”.
-He aquí, si llamo, la mejor respuesta que
-me darán, en caso de que no halle algún medroso
-que no duerma, y al fin y al cabo se ponga á gritar
-¡socorro! ¡ladrones! Es indispensable tener de
-pronto una respuesta categórica que dar; y ¿qué
-he de responder yo? El que oye ruido de noche,
-no le viene á la imaginación más que ladrones,<span class="pagenum" id="Page_451">[Pg 451]</span>
-gente de mal vivir, y asechanzas; no se calcula
-que un hombre honrado puede encontrarse de noche
-en un camino, si éste no es un caballero que
-va en carruaje. Hechas las anteriores reflexiones,
-reservaba semejante partido para un caso extremo
-de necesidad, y seguía adelante, con la esperanza
-á lo menos de descubrir el Adda, si no podía
-pasarlo aquella misma noche, y en la firme
-resolución de no llegar al día claro sin lograr su
-objeto.</p>
-
-<p>Caminando, llegó á un paraje donde la campiña
-cultivada iba á morir en un arenal, cubierto de
-helechos y débiles arbolitos. Esto le pareció, si no
-un indicio, á lo menos cierta consecuencia de un
-río inmediato, y se introdujo en él, siguiendo un
-sendero que lo atravesaba. Cuando hubo dado
-algunos pasos, se paró á escuchar; pero aún en
-vano. Lo selvático de aquel sitio, el no haber siquiera
-un moral, ni una vid, ni otras señales de
-cultivo humano, que antes parecía que le hacían
-compañía, iban aumentando el fastidio del viaje.
-Sin embargo, siguió adelante; y así como en su
-imaginación empezaban á presentársele ciertas
-imágenes, ciertas apariciones, vanos restos de narraciones
-é historias que había oído contar siendo
-niño, así también para rechazarlas ó apaciguarlas
-recitaba, á medida que iba andando, varias oraciones
-por las almas de los finados.</p>
-
-<p>Poco á poco fué encontrando arbustos más altos,<span class="pagenum" id="Page_452">[Pg 452]</span>
-ciruelos, encinas enanas. Siguiendo adelante,
-y alargando el paso, con más impaciencia que deseo,
-empezó á descubrir entre la maleza algunos
-árboles esparcidos; y avanzando siempre por el
-mismo sendero, llegó á un espeso bosque. Experimentaba
-cierta repugnancia á entrar en él; pero
-la venció, y aunque de mala gana, continuó avanzando.
-Cuanto más se internaba, tanto más crecía
-su repugnancia; todo le fastidiaba. Los árboles
-que veía en lontananza se le representaban á
-manera de figuras extrañas, deformes, monstruosas;
-la sombra de las copas ligeramente agitadas
-que se veían mover sobre el sendero iluminado
-por la luna, le disgustaba; el mismo crujir de las
-hojas secas que aplastaba ó movía al andar, tenía
-para su oído un cierto no sé qué de siniestro. Las
-piernas experimentaban una especie de frenesí, un
-impulso de correr, y al mismo tiempo parecía que
-abrumadas por el cansancio se negasen á sostener
-la persona. Percibía la nocturna brisa, que á cada
-momento más fría y maligna azotaba su frente
-y mejillas: la sentía correr entre los vestidos y
-la carne arreciándola, y penetrar hasta los huesos
-quebrantados por el cansancio, apagando los
-últimos restos de su vigor. Hubo un momento en
-que aquel fastidio, aquel horror indefinible, contra
-los cuales su razón combatía hacía algún tiempo,
-parecieron de repente vencerlo. Estaba á punto
-de perder la cabeza; pero asustado más bien de<span class="pagenum" id="Page_453">[Pg 453]</span>
-su propio terror que no de cualquier otra cosa,
-llamó en su ayuda á su antiguo valor y arrojo.
-Así, tranquilizado un instante se detuvo con objeto
-de deliberar. Resolvió salir en seguida de
-aquel paraje por el camino que ya había andado,
-ir directamente al último pueblo por el cual había
-pasado, volver á gozar de la compañía de los
-hombres, y buscar un asilo aun en la misma posada.
-Al pararse, las hojas secas dejaron de crujir
-bajo sus pies; y estando todo silencioso á su
-alrededor, empezó á sentir cierto rumorcillo, cierto
-murmullo; era el susurro de agua corriente.
-Escucha; no hay duda, exclama: ¡es el Adda! Se
-hubiera dicho que había vuelto á encontrar á un
-amigo, á un libertador. El cansancio casi desapareció,
-su pecho volvió á latir, la sangre comenzó
-á circular vigorosa y libremente por todas sus venas;
-sintió renacer la confianza en sus ideas y desvanecerse
-en gran parte aquella turbación y vaga
-inquietud, aquellos temores de los cuales era presa
-su alma. En su consecuencia no vaciló en internarse
-más en el bosque en busca de aquel
-amistoso murmullo.</p>
-
-<p>Á los pocos momentos llegó á la extremidad de
-la llanura, á orillas de una extensa ribera, viendo
-al través de la maleza que por todas partes la cubría,
-brillar y correr el agua. Extiende más la vista
-y descubre la vasta llanura de la ribera opuesta,
-sembrada de aldeas; un poco más allá, multitud<span class="pagenum" id="Page_454">[Pg 454]</span>
-de colinas, sobre una de las cuales divisa una
-gran mancha blanquecina, en la que cree distinguir
-una ciudad, Bérgamo seguramente. Da algunos
-pasos por la pendiente, separando con manos
-y brazos la maleza, con el objeto de ver si se mueve
-en el lago algún barquichuelo ó siente ruido
-de remos; mas nada ve, nada siente. Si hubiese
-llegado á ser otro río que no fuese el de Adda,
-Renzo habría bajado entonces á tentar el vado;
-pero sabía muy bien que el Adda no se podía tratar
-con tanta confianza.</p>
-
-<p>Por lo tanto, se puso á consultar entre sí, con
-mucha sangre fría, el partido que debería tomar.
-Recostarse en la yerba y permanecer aguardando
-la aurora, acaso seis horas que aún podía tardar
-en aparecer, con un viento tan frío, con la escarcha,
-vestido tan á la ligera, era cosa de quedarse
-arrecido. Dar paseos arriba y abajo todo aquel
-tiempo, además de haber sido una ayuda muy poco
-eficaz contra el rigor del sereno, era exigir demasiado
-de aquellas pobres piernas, que habían
-hecho ya más de lo que debían. Mas de pronto
-recordó haber visto en uno de los campos más
-próximos al arenal, una de esas chozas construidas
-de troncos y ramas, y cubiertas de tierra por
-la parte exterior, en las cuales los labradores del
-Milanesado acostumbran en el verano depositar
-la recolección y refugiarse para guardarla: en las
-demás estaciones, están abandonadas. La escogió,<span class="pagenum" id="Page_455">[Pg 455]</span>
-pues, para su albergue; pasó de nuevo el sendero,
-atravesó el bosque, los matorrales, el arenal,
-y se dirigió hacia la choza. Había una carcomida
-y medio desquiciada puerta, sin llave ni cadena;
-Renzo la abre y entra; ve suspendido en el aire,
-y sostenido por gruesas ramas, un cañizo á manera
-de hamaca, mas no cuida de subir á él.
-Divisó en el suelo un poco de paja, y piensa
-que en ella no dejaría de saborear las dulzuras
-del sueño.</p>
-
-<p>Antes de echarse sobre aquel lecho que la Providencia
-le había deparado, se arrodilló para darle
-gracias por dicho beneficio y por toda la asistencia
-que había recibido en aquel terrible día.
-En seguida rezó sus acostumbradas oraciones, y
-terminadas pidió perdón á Dios de no haberlas
-dicho la noche anterior; ó para repetir sus mismas
-expresiones, el haberse ido á dormir como un
-perro, y todavía peor. Por esto es, añadió para
-sí, apoyando las manos sobre la paja y tendiéndose
-á la larga; por esto, me ha caído en suerte
-esta mañana tan bella manera de despertar. Después
-recogió toda la paja que quedaba en torno
-suyo, colocóla encima de su cuerpo, haciendo del
-mejor que pudo una especie de cobertor para
-templar el frío, que aun allí dentro se dejaba
-sentir bastante, y se acurrucó debajo, con intención
-de echar un buen sueño, pareciéndole que le
-había costado más caro de lo regular el conseguirlo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_456">[Pg 456]</span></p>
-
-<p>Apenas hubo cerrado los ojos, empezaron en
-su memoria ó en su imaginación (el lugar preciso
-no sabré indicarlo), empezaron, repito, á ir y venir
-las imágenes de tantas gentes, tan tumultuosa
-é incesantemente, que adiós, el sueño desapareció.
-Veía el notario, los esbirros, el espadero,
-el posadero, Ferrer, el vicario, la reunión de la
-hostería; en seguida las turbas que recorrían las
-calles, luego D. Abundio, después D. Rodrigo,
-gentes todas con las cuales había tenido Renzo
-que hacer.</p>
-
-<p>Tres solas imágenes se presentaban no acompañadas
-de memoria alguna amarga, limpias de
-toda sospecha, enteramente amables; y dos principalmente,
-á la verdad muy distintas, pero estrechamente
-ligadas al corazón del joven, á saber:
-una trenza de negros cabellos, y una barba blanca.
-Mas á pesar del consuelo que experimentaba
-al detener su pensamiento sobre dichas imágenes,
-distaba mucho de ser puro y tranquilo. Pensando
-en el buen fraile, sentía con más viveza la
-vergüenza de sus propias calaveradas, de su torpe
-intemperancia, del poco caso que había hecho de
-los paternales consejos de aquél, y ¡contemplando
-la imagen de Lucía! no podemos decir todo lo
-que experimentaba: el lector sabe las circunstancias;
-por consiguiente, dejamos que se lo imagine
-á su voluntad. ¡Y la pobre Inés, cómo hubiera
-podido olvidarla! Inés, que lo había elegido,<span class="pagenum" id="Page_457">[Pg 457]</span>
-que lo consideraba como si no compusiesen más
-que una sola persona él y su hija; que antes de recibir
-de Renzo el nombre de madre, había tomado
-el lenguaje, el corazón, y demostrado con hechos
-su tierna solicitud. Pero que la infeliz mujer se
-encontrase al presente echada de su casa, fugitiva,
-incierta acerca del porvenir; que no hallase más
-que penas y aflicciones en donde había esperado
-encontrar la tranquilidad y alegría en sus últimos
-días, y que su benevolencia y generosas intenciones
-habían sido la única causa de todo; he aquí el
-más agudo y punzante de los dolores que existía
-en el corazón de nuestro joven. ¡Qué noche, pobre
-Renzo! ¡Y ésta que debía ser la quinta de sus bodas!
-¡Qué cámara, qué lecho nupcial! ¡y luego qué
-jornada! ¡Y para llegar á aquel mañana, qué serie
-de días! “Sea lo que Dios quiera, respondía á los
-pensamientos que más le apesadumbraban; sea lo
-que Dios quiera: él sabe lo que hace y vela siempre
-por nosotros: váyase todo en cuenta de mis
-pecados. ¡Lucía es tan buena! ¡no querrá hacerla
-sufrir por espacio de mucho tiempo!”.</p>
-
-<p>En medio de tales meditaciones, desesperando
-de poder conciliar el sueño, y dejándose sentir el
-frío cada vez más, hasta el punto de hacer tiritar
-todo su cuerpo y castañetear los dientes, suspiraba
-por la venida del día, y medía con impaciencia
-el lento correr de las horas. Digo que las medía,
-porque á cada media hora oía en aquel vasto silencio<span class="pagenum" id="Page_458">[Pg 458]</span>
-las campanadas de un reloj: probablemente
-sería el de Trezzo. La primera vez que hirió sus
-oídos tan inesperado ruido, sin que pudiese tener
-idea alguna de su origen, sintió una sensación misteriosa
-y solemne, como el aviso que viniese de una
-persona invisible, con voz desconocida.</p>
-
-<p>Por último, cuando la campana hubo dado once
-golpes<a id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>, que era la hora dispuesta por Renzo
-para levantarse, se incorporó medio aterido, se
-arrodilló y rezó con más fervor que de costumbre
-las oraciones de la mañana, se puso en pie, se esperezó,
-sacudió todos sus miembros con el objeto
-de darles su ordinaria elasticidad, porque parecía
-que cada uno obraba por sí solo; se sopló una
-mano, después la otra, se las restregó, y abrió la
-puerta de la choza. Lo primero que hizo fué echar
-una ojeada á un lado y á otro para ver si había alguien.
-No divisando á nadie, buscó con la vista el
-sendero que anteriormente había recorrido; lo reconoció
-en seguida y se encaminó á él.</p>
-
-<p>La atmósfera anunciaba un hermoso día; la luna
-en su menguante, pálida y sin rayos, brillaba
-con todo en el inmenso espacio de un cielo ceniciento
-y azul, que poco á poco hacia el Oriente
-<span class="pagenum" id="Page_459">[Pg 459]</span>iba desvaneciéndose ligeramente en una rosada
-tinta. Más lejos, tocando con el horizonte, se extendían
-en largas fajas desiguales algunas nubes
-más bien azuladas que oscuras, de las cuales las
-últimas estaban orladas de una banda como de fuego,
-que por momentos se volvía más viva y resplandeciente.
-Al Mediodía, otro grupo de nubes,
-ligeras y aéreas, por decirlo así, iban tiñéndose de
-mil colores sin nombre. Aquél era el cielo de Lombardía,
-tan hermoso cuando está despejado, tan
-esplendente cuando está pacífico. Si Renzo se hubiese
-hallado en aquel paraje por su gusto, ciertamente
-se hubiera detenido á contemplar aquella
-alborada tan diferente de las que tenía costumbre
-de ver en sus montañas; mas al presente sólo atendía
-á su camino, andando á buen paso, para entrar
-en calor y llegar más pronto. Pasa los campos,
-el arenal, los matorrales; atraviesa el bosque,
-mirando á todos lados, riendo y avergonzándose
-al mismo tiempo del terror que había experimentado
-pocas horas antes. Llega por último á la margen
-del río, tiende la vista á lo lejos, y al través
-de la maleza descubre una barquilla de pescador
-que viene deslizándose lentamente contra la corriente,
-rozándose casi con la orilla. Baja en seguida
-por el camino más corto por entre las zarzas y
-espinos, y desde la citada orilla llama á media voz
-al pescador, con la intención de manifestar que
-pedía un servicio de poca importancia; pero sin<span class="pagenum" id="Page_460">[Pg 460]</span>
-apercibirse de que lo hacía con voz medio suplicante,
-le hizo señas para que se aproximase. El
-pescador lanza una ojeada á lo largo de la ribera,
-mira atentamente el agua que viene, se vuelve á
-mirar á su espalda el agua que va, dirige en seguida
-la proa hacia Renzo, y atraca. Éste, que
-permanecía en la misma orilla, casi tocando el
-agua con los pies, se afirma á la proa del batel,
-salta dentro, y dice: “¿Me haréis el favor, pagando
-por supuesto, de trasladarme á la orilla opuesta?”.
-El pescador lo había adivinado, y ya volvía
-la proa hacia aquel lado. Viendo Renzo otro remo
-en el fondo de la barquilla, se inclina y lo coge.</p>
-
-<p>&mdash;Despacio, despacio, dijo el barquero; pero al
-ver luego con qué maestría el joven había empuñado
-el remo, y se disponía á manejarlo: ¡ah, ah!
-repuso, ¿sabéis el oficio?</p>
-
-<p>&mdash;Un poquito, contestó Renzo; y se puso á remar
-con un vigor y una destreza que no eran de
-un aficionado. Sin descansar un instante, lanzaba
-de cuando en cuando una sombría mirada á la orilla
-de la cual se alejaba, y otra con impaciencia
-sobre la que se dirigía, y se desesperaba de no poder
-ir por el camino más corto; pues la corriente
-era en aquel paraje demasiado rápida para cortarla
-en línea recta, y la barca, ora siguiendo dicha
-corriente, debía hacer una travesía diagonal. Como
-acontece en todos los asuntos un poco embrollados,
-que las dificultades en un principio se presentan<span class="pagenum" id="Page_461">[Pg 461]</span>
-en masa, y después aparecen minuciosamente;
-Renzo, ahora que casi había pasado, por
-decirlo así, el Adda, le fastidiaba el no saber de
-positivo si el río en aquel sitio servía de límites á
-los dos estados, ó si superado dicho obstáculo, le
-quedaría algún otro que vencer. Por lo tanto, llamando
-al pescador y señalándole por medio de un
-movimiento de cabeza la señal blanquecina que
-había visto la noche anterior, y que entonces se
-divisaba con más claridad, dijo: “¿Es Bérgamo aquel
-pueblo?”.</p>
-
-<p>&mdash;La ciudad de Bérgamo, replicó el pescador.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esa ribera, es de su territorio?</p>
-
-<p>&mdash;No, que es del de S. Marcos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva S. Marcos! exclamó Renzo. El pescador
-nada dijo.</p>
-
-<p>Tocan, finalmente, á la orilla tan deseada; Renzo
-se precipita á ella; da gracias á Dios desde el
-fondo de su corazón, y después se las manifiesta
-al barquero; mete la mano en el bolsillo, saca una
-<em>berlinga</em>, que atendidas las circunstancias, no fué
-poco desprendimiento, y se la entrega al buen
-hombre, el cual, después de haber echado una
-ojeada á la ribera milanesa y á toda la extensión
-del lago, alarga la mano, recibe el regalo que se
-le hace, lo guarda; luego aprieta los labios, forma
-con el índice y el pulgar una cruz, y acompañando
-dicho gesto con una mirada expresiva dice:
-“buen viaje”, y se vuelve por donde había venido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_462">[Pg 462]</span></p>
-
-<p>Para que el lector no se maraville demasiado
-de la tan pronta y discreta cortesanía del pescador,
-debemos advertirle, que el tal individuo, requerido
-con frecuencia, para semejantes servicios
-por contrabandistas y bandidos, estaba acostumbrado
-á prestarlos, no tanto por el motivo de una
-escasa, é incierta ganancia que le pudiese sobrevenir,
-cuanto por no crearse enemigos entre aquella
-clase de gentes. Prestaba dichos servicios, repito,
-siempre que estaba seguro de no ser visto
-por los guardas, esbirros y espías. Así, sin querer
-más á los primeros que á los segundos, procuraba
-tenerlos contentos á todos, con esa imparcialidad
-que es la dote ordinaria del que se ve precisado
-á tratar con unos, y está sujeto á dar cuenta de
-sus acciones á otros.</p>
-
-<p>Renzo se detuvo un momento sobre la ribera,
-con el objeto de contemplar la opuesta, aquella
-tierra que poco antes abrasaba bajo sus pies. “¡Ah,
-he aquí que ya estoy fuera!”, tal fué su primer pensamiento.
-“¡Permanece ahí, maldito país!”, fué el segundo,
-el adiós á su patria; mas el tercero fué el
-recordar á los qué dejaba en él. Entonces cruzó
-los brazos sobre el pecho, arrojó un suspiro, fijó
-la vista sobre el agua que corría á sus pies. “¡Ella
-ha pasado por debajo del puente!” pensó: así, según
-el uso de sus compatriotas, llamaba por antonomasia
-el puente de Lecco. “¡Ah, pícaro mundo!
-Basta; sea lo que Dios quiera”.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_463">[Pg 463]</span></p>
-
-<p>Volvió las espaldas á tan tristes objetos, y se
-puso en marcha, tomando por punto de vista la
-mancha blanquecina que se hallaba sobre el declive
-de la montaña, hasta que encontrase alguno
-para hacerse enseñar el verdadero camino. Era
-necesario ver con qué desembarazo se acercaba á
-los viajeros, y cómo sin rodeos ni ambages pronunciaba
-el hombre del pueblo en donde vivía su primo.
-Por el primero á quien se dirigió, supo que
-todavía le faltaban nueve millas para llegar.</p>
-
-<p>El viaje no fué tranquilo. Sin hablar de los disgustos
-que acompañaban á Renzo, los objetos dolorosos
-que se le presentaban contribuían á aumentar
-más y más su aflicción. Demasiado reconocía
-que en el país, en el cual entraba, hallaría
-la misma penuria que había dejado en el suyo. En
-todo el camino, y más aún en los campos y aldeas,
-encontraba á cada paso mendigos, que no lo
-eran de oficio, y que manifestaban más bien la miseria
-en el semblante que en el traje. Eran labradores
-montañeses, artesanos, familias enteras:
-percibíase un ruido sordo, mezclado de súplicas,
-lamentos y gemidos. Semejante espectáculo, además
-de la compasión y melancolía que le causaba,
-le hacía pensar en sus propios asuntos.</p>
-
-<p>“¡Quién sabe! se decía sumamente pensativo,
-si encontraré qué hacer; si habrá trabajo como
-los años anteriores. ¡Bah! Bartolo me quería
-mucho: es un excelente muchacho; ha ganado bastante<span class="pagenum" id="Page_464">[Pg 464]</span>
-dinero; me ha invitado infinitas veces; por
-consiguiente, no me abandonará. Y después, la
-Providencia me ha socorrido hasta ahora, y me
-socorrerá también en lo sucesivo”.</p>
-
-<p>En el ínterin, se le había despertado el apetito,
-y á medida que trascurría tiempo, se aumentaba
-cada vez más; pues aunque Renzo, cuando empezó
-á sentirlo, calculase que podía resistir sin grande
-incomodidad las dos ó tres millas que le faltaban,
-pensó por otro lado que no sería regular el
-presentarse á su primo, como un hambriento pordiosero,
-y decirle por primer saludo: “dame de comer”.
-Sacó del bolsillo todas sus riquezas, las deslizó
-sobre una de sus manos, y echó la cuenta.
-Para esto no se requería saber mucha aritmética;
-mas sin embargo, había lo suficiente para hacer
-una buena comida. Entró, pues, en una posada á
-restaurar su estómago, y después de haber pagado
-le quedaron todavía algunos sueldos.</p>
-
-<p>Al salir, vió al lado de la misma puerta, que
-por poco no las pisa, más bien tendidas en el suelo
-que sentadas, dos mujeres, la una ya anciana,
-la otra más joven, con un tierno niño, el cual,
-después de haber chupado en vano sus pechos,
-lloraba sin consuelo; todos estaban pálidos como
-la muerte. De pie, junto á ellas, se hallaba un
-hombre, en cuyo semblante y miembros podían
-traslucirse todavía algunas señales de su antiguo
-vigor, domado ahora y casi apagado por una larga<span class="pagenum" id="Page_465">[Pg 465]</span>
-abstinencia. Los tres tendieron la mano á Renzo,
-que salía con paso intrépido y reanimado aspecto;
-ninguno hablaba: ¡qué más podía decir una
-súplica!</p>
-
-<p>&mdash;¡He aquí la Providencia! dijo Renzo; y metiendo
-repentinamente la mano en la faltriquera, vació
-los pocos sueldos que contenía, los puso en la
-mano que halló más próxima, y continuó su
-marcha.</p>
-
-<p>La ligera comida, y aquella buena obra (ya que
-estamos compuestos de alma y cuerpo) habían fortalecido
-y alegrado todos sus pensamientos. En
-efecto, al verse de aquel modo despojado de su
-último dinero, tuvo más confianza en el porvenir,
-que no había tenido antes; porque si para sostener
-ese día á aquellos infelices, la Providencia había
-reservado las últimas monedas de un forastero
-fugitivo, incierto aún de los medios que emplearía
-para vivir, ¿cómo podía creer que quisiese
-dejar en seguida en igual apuro, á aquél del cual
-se había servido en la consabida ocurrencia, y á
-quien había inspirado un sentimiento de piedad
-tan vivo, tan eficaz y generoso? Tales eran, con
-poca diferencia, las ideas del joven, menos claras,
-sin embargo, que las que yo he sabido expresar.
-En el resto de su viaje fué pensando en sus asuntos,
-los cuales no le presentaban ninguna dificultad.
-La escasez debía concluir; todos los años se
-siega: entretanto tenía al primo Bartolo y su propia<span class="pagenum" id="Page_466">[Pg 466]</span>
-industria; además, en su casa también tenía
-algún dinero, que mandaría en seguida que se lo
-remitieran: con él, poniéndose en lo peor, tendría
-con qué vivir hasta que volviera la abundancia.
-He aquí, pues, vuelta la abundancia, pensaba interiormente
-Renzo, la furia del trabajo renace; los
-amos se agitan á porfía para obtener operarios milaneses,
-que son los que mejor saben el oficio: éstos
-se engríen: el que quiere gente hábil, que la
-pague; se gana para la subsistencia, y también
-para hacer algunos ahorros, y se manda decir á
-las mujeres que vengan... Y luego, ¿por qué
-tanto esperar? ¿No es cierto que con lo poco que
-tenemos de reserva habríamos pasado en aquellos
-sitios todo el invierno? Del mismo modo podremos
-pasar aquí. Curas, los hay en todas partes.
-Que vengan aquellas dos queridas mujeres; aquí
-pondremos casa. ¡Qué placer, el ir paseando todos
-juntos por este mismo camino! ¡el ser conducidos
-hasta el Adda en carruaje, merendar en las mismas
-márgenes, y desde éstas manifestar á las damas
-el sitio en que me he embarcado, los matorrales
-que he atravesado, y el paraje desde donde
-me he puesto á mirar si descubría algún batel!</p>
-
-<p>Por último llegó al pueblo de su primo. Al entrar,
-casi antes de poner los pies en él, distinguió
-una casa muy alta, guarnecida de largas y numerosas
-ventanas. Reconociendo que era una fábrica
-de hilados, se introdujo en ella, preguntando en<span class="pagenum" id="Page_467">[Pg 467]</span>
-alta voz, á causa del ruido de las ruedas y del
-agua que caía, si estaba allí un tal Bartolo Castagneri.</p>
-
-<p>&mdash;¿El señor Bartolo? allí está.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor! Buena señal, pensó Renzo: divisó al
-primo, y corrió á su encuentro. Éste se vuelve y
-reconoce al joven, que le dice: Heme aquí. Lanza
-un ¡oh! de sorpresa, levanta los brazos y se precipita
-á su cuello. Después de las primeras demostraciones
-de afecto, Bartolo conduce á nuestro joven
-á otra pieza lejos del estrépito de las máquinas
-y de las miradas de los curiosos, y le dice:
-Tengo un gran placer en verte; pero eres un pobre
-muchacho: te he invitado tantas veces, y no has
-querido venir nunca, y ahora llegas en momentos
-un poco críticos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres que te lo diga francamente? No he
-venido por mi voluntad, dijo Renzo; y con la mayor
-brevedad, y no sin mucha emoción, le refirió
-su dolorosa historia.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es muy distinto, repuso Bartolo. ¡Oh,
-mi pobre Renzo! Mas ya que has contado conmigo,
-puedes estar seguro que no te abandonaré. Verdaderamente,
-ahora no se trata de buscar operarios;
-de modo que todos á duras penas conservan
-los suyos, y esto lo hacen por no perderse, y por
-no interrumpir su comercio; pero mi amo me aprecia
-bastante y tiene dinero: á decir verdad, sin
-que sea jactancia, la mayor parte de su fortuna á<span class="pagenum" id="Page_468">[Pg 468]</span>
-mí me la debe; él ha puesto el capital y yo mi industria.
-¿Sabes que soy el primer operario? Y luego,
-por decirlo de una vez; soy el <i lang="la" xml:lang="la">fac totum</i>. ¡Pobre
-Lucía Mondella! Me acuerdo de ella como si
-fuese ayer; es una buena muchacha. Siempre la
-más recogida en la iglesia; y cuando uno pasaba
-por delante de su casita... ¡Qué casita aquélla!
-Todavía me parece que la estoy viendo; situada
-casi fuera del pueblo, con una hermosa higuera
-que sobresalía de la tapia...</p>
-
-<p>&mdash;No, no; no hablemos de eso.</p>
-
-<p>&mdash;Quiero decir que cuando uno pasaba por frente
-de aquella casita se oían siempre las devanaderas,
-que daban vueltas y más vueltas. ¡Y el consabido
-D. Rodrigo! Ya en mi tiempo seguía las
-mismas huellas; pero ahora, á lo que parece, hace
-diabluras á montones, hasta que Dios le deje la
-brida sobre el cuello. Por lo demás, como te iba
-diciendo, aquí también se padece su poquito de
-hambre... Á propósito, ¿cómo estás de apetito?</p>
-
-<p>&mdash;He comido en el camino muy poco tiempo
-hace.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á qué altura nos hallamos de dinero?</p>
-
-<p>Renzo llevó el pulgar á la boca, y haciendo tropezar
-la uña con los dientes, dejó oir un ruidito
-casi imperceptible.</p>
-
-<p>&mdash;No importa, dijo Bartolo: yo tengo; no hay
-que pensar en ello, que pronto, muy pronto, las
-cosas cambiarán, si Dios quiere: entonces tú me<span class="pagenum" id="Page_469">[Pg 469]</span>
-lo devolverás, y te pondrás bajo el mismo pie
-que yo.</p>
-
-<p>&mdash;En casa todavía tengo alguna cosita, y dispondré
-que me la manden.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien: en el ínterin cuenta conmigo.
-Dios me ha dado bienes para que haga bien; y si
-no lo hago á los parientes y amigos, ¿á quién se
-lo he de hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Lo tengo ya dicho: ¡oh, el destino! exclamó
-Renzo, estrechando afectuosamente la mano de
-su buen primo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque en Milán han movido tan grande alboroto?
-repuso el último. Aquella gente me parece
-un poco loca. Las voces se habían esparcido
-ya por aquí; pero quiero que tú me lo cuentes
-más minuciosamente. Ambos tenemos de qué hablar.
-Aquí, sin embargo, tú mismo lo ves; todo
-va con más tranquilidad, y las cosas se hacen con
-un poco más de juicio. La ciudad ha comprado
-dos mil cargas de trigo á un comerciante que vive
-en Venecia, trigo que viene de Turquía; pero
-cuando se trata de comer, no se mira tan de cerca.
-Escucha ahora lo que sucede: los rectores de
-Verona y de Brescia cierran los pasos, y dicen:
-por aquí no pasa trigo. ¿Qué hacen entonces los
-de Bérgamo? Despachan á Venecia á Lorenzo
-Torre, que es un abogado de los buenos: marcha
-precipitadamente, se presenta al Dux, y le dice:
-¿qué idea han tenido esos señores rectores?...<span class="pagenum" id="Page_470">[Pg 470]</span>
-¡Vaya un discurso! ¡un discurso digno de imprimirse!
-¡Lo que es tener un hombre que sabe hablar!
-En seguida se expide una orden para que se
-deje pasar el grano, y que los rectores no sólo lo
-dejen pasar, sino que es preciso que lo hagan escoltar;
-y he aquí que ya está en camino. También
-se ha pensado en la campiña. Juan Bautista
-Biava, enviado de Bérgamo en Venecia, excelente
-sujeto por cierto, ha hecho presente al senado
-que también en la campiña se padecía hambre; y
-dicho senado ha concedido cuatro mil <i lang="it" xml:lang="it">staia</i><a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a> de
-mijo, lo cual también ayuda á hacer pan: y además,
-¿lo quieres saber? si no hay pan, comeremos
-otra cosa. Como ya he dicho, el Señor me ha dado
-bienes. Ahora te presentaré á mi amo, le he
-hablado de ti muchas veces; y te recibirá bien.
-Es un buen habitante de Bérgamo, un hombre
-chapado á la antigua, de excelente corazón. Verdaderamente,
-ahora no te aguardaba; pero cuando
-oirá tu historia... Y después, sabe que los
-operarios le tienen cuenta, porque la carestía pasa
-y el comercio dura. Mas antes de todo, es indispensable
-que te advierta una cosa. ¿Sabes cómo
-nos llaman en este país á los que somos del
-estado de Milán?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Nos llaman bobos.</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_471">[Pg 471]</span></p>
-<p>&mdash;No es del todo un bonito nombre.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo da: el que ha nacido en el territorio
-de Milán y quiere vivir en el de Bérgamo, debe
-tomarlo con cachaza. Para esta gente, el dar
-el nombre de bobo á un milanés, es como dar el
-tratamiento de ilustrísima á un caballero.</p>
-
-<p>&mdash;Presumo que lo dirán al que quiera dejárselo
-decir.</p>
-
-<p>&mdash;Querido mío, si no estás dispuesto á tragarte
-la palabra <em>bobo</em> á todo pasto, no cuentes con
-poder vivir aquí. Sería preciso estar siempre con
-el cuchillo en la mano; y cuando tú (es una suposición)
-hubieses matado dos, tres ó cuatro, vendría
-uno por último que te mataría; y entonces,
-¡qué bello gusto el comparecer ante el tribunal
-de Dios cargado con tres ó cuatro homicidios!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y un milanés que tenga un poco de...
-Aquí se golpeó la frente con la mano según había
-hecho en la hostería de la <em>Luna llena</em>; quiero
-decir, uno que sepa bien su oficio?</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo: aquí es también un bobo. ¿Sabes
-cómo se expresa mi amo cuando habla de mí con
-sus amigos? Ese bobo me ha sido enviado por
-Dios para mi comercio; si no tuviese á ese bobo,
-estaría bien enredado. Ésta es la costumbre.</p>
-
-<p>&mdash;Es una costumbre muy necia, y sobre todo
-viendo lo que sabemos hacer. Además, ¿quién ha
-traído aquí semejante arte? ¿quién le hace andar
-más que nosotros? ¿Es posible que esto no los haya
-corregido?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_472">[Pg 472]</span></p>
-
-<p>&mdash;Hasta ahora, no; con el tiempo podrá ser: los
-muchachos que vengan detrás, acaso cambiarán;
-pero con respecto á los hombres hechos, no hay
-remedio; han tomado ese vicio, no lo abandonarán
-jamás. Pero al fin y al cabo, ¿qué es esto?
-Mucho peor es lo que te han hecho, y te querían
-hacer además nuestros queridos compatriotas.</p>
-
-<p>&mdash;Ya, es verdad: si no otro mal...</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que estás convencido, todo irá bien.
-Ven á ver al amo; y sobre todo, ánimo.</p>
-
-<p>En efecto, todo salió á medida del deseo: las
-promesas de Bartolo se realizaron; por lo tanto,
-nos abstenemos de hacer una particular mención,
-por considerarlo inútil. Esto fué ciertamente providencial,
-pues vamos á ver cuán poco podía contar
-Renzo con el dinero y efectos que había dejado
-en su casa.</p>
-
-
-<div class="chapter"><div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_16" href="#FNanchor_16" class="label">[16]</a> Es preciso advertir que antiguamente, y aun ahora, en
-algunas partes de Italia cuentan hasta veinticuatro horas, empezando
-la primera de éstas una hora después de haber anochecido;
-de modo que en invierno las once corresponden poco
-más ó menos á las cinco de la mañana.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_17" href="#FNanchor_17" class="label">[17]</a> Fanegas.</p>
-
-</div>
-</div>
-</div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum" id="Page_473">[Pg 473]</span></p>
-<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOCTAVO</h2>
-</div>
-
-
-<p>Aquel mismo día, el 13 de noviembre, llegó
-un expreso al señor podestá de Lecco, y le presentó
-un despacho del señor capitán de justicia,
-conteniendo la orden de hacer todas las indagaciones
-posibles y más oportunas para descubrir si
-cierto joven llamado Lorenzo Tramaglino, hilador
-de seda, escapado de las manos <i lang="la" xml:lang="la">prædicti egregii
-domini capitanei</i><a id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a> ha vuelto <i lang="la" xml:lang="la">palam vel clam</i><a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a> á su
-pueblo, ó si se halla <i lang="la" xml:lang="la">ignotum in territorio Leuci</i><a id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>:
-<i lang="la" xml:lang="la">quod si compertum fuerit sic esse</i><a id="FNanchor_21" href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>, procure dicho
-señor podestá <i lang="la" xml:lang="la">quanta maxima diligentia fieri poterit</i><a id="FNanchor_22" href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a>,
-<span class="pagenum" id="Page_474">[Pg 474]</span>prenderlo, y sujetado que sea, <i lang="la" xml:lang="la">videlizet</i><a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" class="fnanchor">[23]</a>, con
-buenas esposas, en atención á la insuficiencia ya
-experimentada de las maniquetas en el expresado
-individuo, lo haga conducir á la cárcel y lo retenga
-allí bajo una segura custodia, para ponerlo en
-manos de los que estarán encargados de recibirlo;
-y tanto si le encuentra, como no, <i lang="la" xml:lang="la">datis ad domum
-prædicti Laurentii Tramaglino, et facta debita diligentia
-quidquid ad rem repertum fuerit auferatis;
-et informationes de illius prava qualitate, vita et
-complicibus sumatis</i><a id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>; y de todo lo dicho y hecho,
-hallado y no hallado, cogido y dejado, <i lang="la" xml:lang="la">diligenter
-referatis</i><a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a>.</p>
-
-<p>El señor podestá, después de haberse asegurado
-por los medios humanos, que el sujeto no había
-vuelto al país, manda llamar al cónsul<a id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a> del
-pueblo donde residía Renzo, y se hace conducir á
-la casa indicada acompañado de un escribano y
-gran número de esbirros. La casa está cerrada; el
-que tiene las llaves no se encuentra, ó más bien,
-no se deja encontrar. Se echa la puerta abajo; hácense<span class="pagenum" id="Page_475">[Pg 475]</span>
-las diligencias acostumbradas, es decir, se
-procede del mismo modo que si fuese una ciudad
-tomada por asalto. El ruido de esta expedición se
-esparce inmediatamente por todos los alrededores;
-llega á oídos del padre Cristóbal, el cual, atónito,
-no menos que afligido, pregunta á todo el mundo
-para obtener alguna luz con respecto á un tan inesperado
-suceso; pero no recoge más que vagas
-conjeturas, y escribe sobre la marcha al padre
-Buenaventura, del cual espera poder recibir noticias
-más claras. Entretanto los parientes y amigos
-de Renzo son citados á declarar acerca de lo
-que puedan saber de sus <em>malas cualidades</em>. Llevar
-el apellido de Tramaglino es una desgracia, una
-vergüenza, un crimen; el pueblo está enteramente
-revuelto. Poco á poco se llega á saber que Renzo
-se ha escapado de las manos de la justicia, en
-medio mismo de la ciudad de Milán, y que después
-ha desaparecido: corren voces de que ha hecho
-una cosa grande, pero no saben decir el qué,
-y se refiere de mil maneras; cuanto mayor es, tanto
-menos es creída en el país, en donde Renzo es
-conocido por un joven honrado. Los más presumen,
-y van diciéndolo al oído de su vecino, que
-es una maquinación de D. Rodrigo para perder á
-su desventurado rival. Tan cierto es, que juzgando
-por inducción y sin el necesario convencimiento
-de los sucesos, se echa la culpa muchas veces
-á los malvados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_476">[Pg 476]</span></p>
-
-<p>Mas nosotros, con las pruebas en la mano, como
-se suele decir, podemos afirmar, que si D. Rodrigo
-no tenía parte en el infortunio de Renzo, se
-regocijó tanto como si fuese obra suya, y lo celebró
-en compañía de sus confidentes, y particularmente
-con el conde Attilio. Éste, según sus anteriores
-designios, hubiera debido aquellas horas
-hallarse ya en Milán; pero á la noticia del tumulto
-y de la canalla que recorría las calles, dispuesta
-más bien á dar golpes que á recibirlos, había
-creído más prudente el permanecer en el campo
-hasta que todo estuviera tranquilo; tanto más,
-cuanto que habiendo ofendido á muchos, tenía razón
-de temer que alguno de ellos, que sólo por
-impotencia no se movía, tomase alas á causa de
-las circunstancias, y juzgase el momento á propósito
-para ser el vengador de todos. Sin embargo,
-dicho temor no fué de larga duración: la orden
-venida de Milán para proceder contra Renzo era
-ya un indicio de que las cosas habían vuelto á tomar
-su curso ordinario, teniéndose al mismo tiempo
-una verdadera certeza de ello.</p>
-
-<p>El conde Attilio partió inmediatamente, animando
-al primo á no ceder en su empresa, y superar
-todos los obstáculos, prometiéndole que por
-su parte pondría mano en seguida á desembarazarle
-del fraile, para cuyo asunto el afortunado
-accidente del abyecto rival debía servir á las mil
-maravillas. Apenas había marchado el conde,<span class="pagenum" id="Page_477">[Pg 477]</span>
-cuando el <em>Griso</em> llegó de Monza sano y salvo, el
-cual refirió á su señor todo lo que había podido
-averiguar. Dijo que Lucía estaba refugiada en tal
-convento bajo la protección de la consabida <em>señora</em>;
-que permanecía reclusa, como si fuese una de
-las mismas monjas, no poniendo jamás un pie ni
-fuera de la puerta siquiera, asistiendo á las ceremonias
-religiosas colocada detrás de una reja, lo
-cual disgustaba á muchos que habían oído hablar
-de no sé qué aventuras, y elogiar su hermosura,
-cuyos elogios, viéndola, deseaban juzgar si eran
-merecidos.</p>
-
-<p>La anterior relación hubiera introducido el diablo
-en el cuerpo á D. Rodrigo, si no lo hubiese
-tenido ya. Tantas circunstancias favorables á su
-proyecto inflamaban más y más su pasión, ó mejor
-diremos, aquella mezcla de amor propio, de
-rabia é infames deseos, que tomaba por pasión.
-Renzo ausente, expulsado, desterrado; todo llega
-á ser lícito contra él: su misma desposada podía
-ser considerada en cierto modo como bienes de un
-rebelde: el sólo hombre en el mundo que querría y
-podría tomarla bajo su protección y meter un ruido
-capaz de ser sentido desde muy lejos, y por personas
-de categoría, el rabioso fraile, dentro de poco
-estará probablemente fuera de estado de hacer
-daño. Mas he aquí que se presenta un nuevo impedimento,
-que no sólo sirve de contrapeso á todas
-aquellas ventajas, sino que las hace, si puede<span class="pagenum" id="Page_478">[Pg 478]</span>
-decirse, enteramente inútiles. El monasterio de
-Monza, aun cuando no hubiese habido una princesa,
-era un hueso demasiado duro para los dientes
-de D. Rodrigo; y por más que diese vueltas
-con la imaginación en torno de aquel asilo, no
-podía inventar ningún medio de violarlo, ni con
-la fuerza, ni con la astucia. Estuvo casi para abandonar
-la empresa, resolviendo ir á Milán, dando
-un gran rodeo, aunque el camino fuese más largo,
-con el objeto de no pasar por Monza; y una
-vez en Milán lanzarse en brazos de los amigos y
-diversiones para desechar con pensamientos de
-todo punto alegres aquel deseo que á cada momento
-le atormentaba más. ¡Pero los amigos! es
-indispensable ir con ellos con un poco de cuidado.
-En vez de una distracción podía tener esperanza
-de encontrar en su compañía nuevos disgustos;
-porque Attilio habría ya tomado seguramente la
-trompa y puesto á todo el mundo en expectativa;
-se verá acosado á porfía por los que le pedirán noticias
-de la montañesa, y será preciso que les conteste.
-Había deseado, había hecho tentativas, ¿y qué
-había conseguido? Se había tomado un empeño, á
-la verdad, un poco innoble; pero, ¡vaya! uno no
-puede siempre vencer sus caprichos; el caso es satisfacerlos.
-Mas, ¿cómo se salía de dicho empeño,
-dando la victoria á un villano y á un fraile? ¡Oh,
-qué vergüenza! ¡Y cuando una feliz casualidad,
-una suerte inesperada lo ha libertado del uno;<span class="pagenum" id="Page_479">[Pg 479]</span>
-cuando un hábil amigo lo ha desembarazado del
-otro, sin que él se haya tomado el más leve trabajo,
-no ha sabido, imbécil, aprovechar la coyuntura,
-y renuncia cobardemente á la empresa! Una
-de dos: ó era preciso no atreverse á levantar la
-cabeza entre gente bien nacida, ó tener á cada
-momento la espada en la mano; y después, ¿cómo
-volver, cómo permanecer en aquel castillo, en
-aquel país, en el cual, dejando aparte los continuos
-y punzantes recuerdos de su pasión, tendría
-que sufrir la afrenta de un golpe que le había salido
-fallido? ¡Donde al propio tiempo, habiéndose
-aumentado el odio que le profesaban, veíase disminuir
-la reputación de su poderío! ¡en donde
-también, en el semblante de cualquier bribón, en
-medio de los saludos mismos, podría distinguir
-una amarga ironía! ¿Y pasaría por ella? ¡Gracioso
-sería! El camino de la iniquidad, dice aquí el manuscrito,
-es largo, pero esto no quiere decir que
-sea cómodo: tiene sus buenos tropiezos, sus pasos
-escabrosos, y también su parte molesta y pesada;
-aunque se dirija á sus fines.</p>
-
-<p>Por lo que hace á D. Rodrigo, el cual no sabía
-qué determinar, si retroceder, si detenerse, ó si
-seguir adelante, se le presentó, por último, á su
-imaginación un medio, con el que podría conseguir
-sus deseos: éste era llamar en su auxilio á un
-hombre tal, cuyas manos llegasen adonde no alcanzara
-la vista de los demás; un hombre ó un<span class="pagenum" id="Page_480">[Pg 480]</span>
-diablo, para quien la dificultad de la empresa fuesen
-al mismo tiempo un estímulo para que la tomara
-sobre sí. Mas semejante resolución tenía sus
-inconvenientes y peligros, tanto más graves, cuanto
-menos podían calcularse los resultados; puesto
-que nadie hubiera podido prever hasta dónde
-podría ir el negocio, una vez metido con el expresado
-individuo, auxiliar poderoso ciertamente,
-pero quizá no menos absoluto y peligroso.</p>
-
-<p>Tales pensamientos tuvieron, por espacio de
-muchos días, á D. Rodrigo, en una incómoda irresolución.
-En el ínterin recibió una carta de su
-primo, en la cual le decía, que la trama seguía en
-buen estado. Poco después del relámpago se dejó
-oir el trueno, lo cual quiere significar, que
-cierta mañana corrió la voz de que el padre Cristóbal
-había partido del convento de Pescarenico.
-Attilio que le animaba valerosamente, á la vez que
-le amenazaba con pesadas chanzonetas, le hicieron
-inclinar al proyecto más arriesgado: lo que le
-acabó de resolver fué la inesperada noticia de que
-Inés había vuelto á su casa, un obstáculo menos
-para acercarse á Lucía. Vamos, pues, á dar cuenta
-de ambos sucesos, empezando por el último.</p>
-
-<p>Apenas las dos infelices mujeres se habían acomodado
-en su refugio, cuando se esparció por
-Monza, y por consiguiente también penetró en el
-monasterio, la noticia de la sedición de Milán; y
-detrás de esta gran nueva, una serie infinita de<span class="pagenum" id="Page_481">[Pg 481]</span>
-particularidades, que iban aumentándose y variando
-á cada momento. La portera, que desde
-su habitación podía tener un oído en la calle y
-otro en el monasterio, recogía noticias de aquí y
-de allí, y las participaba á sus huéspedas. “Han
-metido en la cárcel, dos, siete, ocho, cuatro, nueve;
-á unos los han cogido enfrente del horno de
-las <em>Muletas</em>, á otros al extremo de la calle en donde
-está la casa del vicario de la provisión...
-¡Eh, escuchad esto! Se ha escapado uno que es de
-Lecco, ó de aquella parte: ignoro cómo se llama,
-mas ya vendrá alguno que me lo dirá, y veremos
-si lo conocéis”.</p>
-
-<p>Esta noticia, unida á la circunstancia de que
-Renzo había debido llegar á Milán precisamente
-en aquel día fatal, causó alguna inquietud á las
-dos mujeres, y principalmente á Lucía; pero juzgad
-lo que sucedería cuando la portera fué á decirles:
-“El que ha huido, por no verse complicado,
-es justamente de vuestro mismo pueblo; es un hilador
-de seda que se llama Tramaglino: ¿lo conocéis?”.</p>
-
-<p>Á Lucía que estaba sentada, bordando no sé
-qué cosa, se le cayó la labor de las manos. Palideció,
-y se inmutó de tal modo, que la portera la
-habría conocido si hubiese estado próxima á ella.
-Pero la citada portera permanecía de pie en la
-puerta, juntamente con Inés, la cual también turbada,
-pero no tanto como su hija, pudo estar sobre<span class="pagenum" id="Page_482">[Pg 482]</span>
-sí; y para contestar algo, dijo, que en un pueblo
-pequeño todos se conocían, y por lo tanto, que
-también ella lo conocía; mas que no podía imaginarse
-cómo le habría sucedido semejante cosa á
-un joven tan pacífico. En seguida preguntó si
-efectivamente se había escapado, y adónde se había
-dirigido.</p>
-
-<p>Lo que es que se ha escapado, todos lo dicen,
-pero hacia dónde, se ignora; puede ser que todavía
-lo cojan, puede ser que ya esté en salvo; mas
-si vuestro pacífico joven vuelve á caer en sus manos...</p>
-
-<p>En esto, por fortuna, llamaron á la portera, y se
-fué: ¡figuraos cómo quedarían la madre y la hija!
-La pobre mujer y la desolada Lucía permanecieron
-más de un día en aquella cruel incertidumbre
-en averiguar el cómo, el por qué, las consecuencias
-de tan triste acontecimiento; en hacer comentarios
-cada una en su interior, ó muy callandito
-una á otra, sobre aquellas fatales palabras.</p>
-
-<p>Finalmente, un jueves se presentó un hombre
-en el monasterio á preguntar por Inés. Era un
-vendedor de pescado, residente en Pescarenico,
-que iba á Milán, según su costumbre, á despachar
-su mercancía, y al cual el padre Cristóbal había
-suplicado que al pasar por Monza hiciese una escapatoria
-al monasterio, saludase á las mujeres de
-su parte, y les contase cuanto se sabía del fatal
-suceso de Renzo, recomendándoles que tuvieran<span class="pagenum" id="Page_483">[Pg 483]</span>
-paciencia y confiaran en Dios; que él; pobre fraile,
-ciertamente no las olvidaría; que aprovecharía
-todas las ocasiones de socorrerlas, y que en el
-entretanto no dejaría todas las semanas de darles
-noticias de todo lo que supiese, valiéndose de
-aquel mismo medio, ó de cualquiera otro parecido.
-Con respecto á Renzo, el mensajero no supo
-decir otra cosa de nuevo y de cierto, sino la fatal
-visita á la casa, y las pesquisas para cogerlo; mas
-al mismo tiempo les dijo que todo había sido en
-vano, sabiéndose de positivo, que se había refugiado
-en Bérgamo. Semejante certidumbre (¿será
-por ventura preciso decirlo?) fué un bálsamo consolador
-para Lucía: desde dicho momento sus lágrimas
-corrieron con más dulzura y facilidad; experimentó
-mayor consuelo al desfogar sus penas
-á solas con su madre; y á todas sus súplicas iban
-mezcladas acciones de gracias.</p>
-
-<p>Gertrudis la hacía ir con frecuencia á su locutorio
-particular; conversaba con ella largamente,
-complaciéndose el ver la ingenuidad y dulzura de
-la pobrecita, y al oir que á cada momento le daba
-gracias y la bendecía. Le refería también en
-confianza una parte (la parte limpia) de su historia,
-todo lo que había padecido por verse forzada
-á ir á sufrir al convento; y aquella primera admiración
-sospechosa de Lucía, se iba cambiando insensiblemente
-en compasión. Encontraba en aquella
-historia razones suficientes para explicarse lo<span class="pagenum" id="Page_484">[Pg 484]</span>
-que tenían de extraño las maneras de su bienhechora,
-mucho más que con el auxilio de las doctrinas
-de Inés con respecto á los cerebros de los señores.
-Sin embargo, aunque se sintió llevada á devolver
-la confianza que le había manifestado Gertrudis,
-no le pasó siquiera por la imaginación el hablarle
-de sus nuevas inquietudes, de su reciente desgracia,
-de participarle quién era aquel hilador de seda
-que se había escapado, por no aventurarse á
-esparcir un ruido tan aflictivo y escandaloso. Se
-eximía también cuanto le era posible de contestar
-á las curiosas preguntas de aquélla, sobre la parte
-de la historia que había precedido á la promesa
-de casamiento; pero esto no era por razones de
-prudencia, era porque su historia parecía á la pobre
-inocente más espinosa, más difícil de contar,
-que todas las que había oído y creía poder oir de
-boca de la <em>señora</em>: en la de ésta había tiranía, asechanzas,
-sufrimientos, cosas tristes y dolorosas,
-pero que sin embargo podían nombrarse; mas en
-la suya se hallaba por todas partes mezclado un
-sentimiento, una palabra, que no le parecía posible
-proferir hablando de sí misma, y á la cual no
-hubiera hallado jamás una perífrasis que sustituir,
-que según su modo de pensar no fuese contraria
-al pudor: ésta era el amor.</p>
-
-<p>Algunas veces, Gertrudis se irritaba de estar
-siempre sobre sí; ¡pero se traslucía tanta ternura,
-tanto respeto, tanto reconocimiento, y al mismo<span class="pagenum" id="Page_485">[Pg 485]</span>
-tiempo tanta confianza! De cuando en cuando quizás,
-dicho pudor tan delicado, tan susceptible, le
-desagradaba por otro motivo; pero todo se perdía
-en la suavidad de un pensamiento que se le representaba
-á cada instante contemplando á Lucía: “Yo
-le dispenso un bien”. Y era cierto; porque además
-del asilo que le daba, aquellas conversaciones,
-aquellas familiares caricias, no confortaban menos
-á Lucía. Encontraba también consuelo en un trabajo
-asiduo, y siempre pedía que le diesen algo
-que hacer: aun al locutorio llevaba alguna obra
-para no estar mano sobre mano; ¡mas cómo las
-ideas dolorosas siguen á uno á todas partes! á
-medida que cosía, lo cual era un oficio casi nuevo
-para ella, le venían poco á poco á la imaginación
-sus devanaderas; y detrás de éstas, ¡cuántas otras
-cosas!</p>
-
-<p>El segundo jueves volvió el consabido vendedor
-de pescado, ó quizás otro mensajero, trayendo expresiones
-del padre Cristóbal, y la confirmación
-de la dichosa fuga de Renzo. Noticias más positivas
-tocante á su desventura, ninguna; porque ya
-hemos dicho al lector, que el capuchino había confiado
-tenerlas de su compañero de Milán, á quien
-se lo había recomendado; mas éste le contestó no
-haber visto ni la persona ni la carta; que un campesino
-había ido á buscarle al convento; pero que
-no habiéndole hallado, se había marchado, no compareciendo
-más.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_486">[Pg 486]</span></p>
-
-<p>El tercer jueves no se vió mensajero alguno; y
-para las infelices mujeres fué esto, no sólo una
-privación de un consuelo deseado y esperado, sino
-también, como sucede por cualquiera cosa leve
-al que está afligido y embarazado, un motivo de
-inquietud, y de un centenar de molestas sospechas.
-Ya antes de esto, Inés había pensado en hacer
-una escapatoria á su casa; la novedad de no
-ver al prometido mensajero, la decidió. Por lo que
-mira á Lucía, era un negocio muy grave el permanecer
-separada de las faldas de su madre; pero
-el deseo de saber alguna cosa y la seguridad
-que encontraba en aquel asilo tan guardado y santo,
-vencieron su repugnancia. Resolvieron entre
-sí que Inés iría al día siguiente á esperar al camino
-al vendedor de pescado que tenía que pasar
-por allí al volver de Milán, y que le pediría cortésmente
-un sitio en su carro, para hacerse conducir
-á sus montañas. Efectivamente lo encontró,
-y le preguntó si el padre Cristóbal no le había dado
-algún recadito para ella; el vendedor de pescado
-todo el día antes de su partida lo pasó ocupado
-en pescar, y por consiguiente no había sabido
-nada del padre. Inés no tuvo necesidad de súplicas
-para obtener el gusto que deseaba. Con el
-permiso de la <em>señora</em> y de su hija, no sin derramar
-algunas lágrimas, prometiendo mandar muy pronto
-noticias suyas, y volver en seguida, partió.</p>
-
-<p>En el viaje no sucedió nada de particular. Descansaron<span class="pagenum" id="Page_487">[Pg 487]</span>
-parte de la noche en una posada, según
-la costumbre; volvieron á ponerse en camino antes
-de ser de día, y llegaron sumamente temprano
-á Pescarenico. Inés se apeó en la plazoleta del
-convento; despidióse de su conductor con muchos
-Dios os lo pague; y una vez puesta allí, quiso antes
-de ir á casa ver á su fraile bienhechor. Tocó
-la campana: el que vino á abrir fué Fr. Galdino,
-el de las nueces.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, señora mía! ¿qué viento favorable os ha
-traído?</p>
-
-<p>&mdash;Vengo á buscar al padre Cristóbal.</p>
-
-<p>&mdash;¿El padre Cristóbal? No está.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¿tardará mucho en volver?</p>
-
-<p>&mdash;Pero... dijo el fraile, encogiéndose de hombros
-y cubriendo su rapada cabeza con la capilla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde ha ido?</p>
-
-<p>&mdash;Á Rímini.</p>
-
-<p>&mdash;¿Á...?</p>
-
-<p>&mdash;Á Rímini.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hacia qué lado se halla ese pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Uy, uy! respondió el fraile cortando verticalmente
-el aire con la mano extendida, como para
-denotar una grande distancia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, pobre de mí! ¿Mas por qué se ha ido...
-vamos... así, tan de improviso?</p>
-
-<p>&mdash;Porque el padre provincial lo ha querido así.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué enviarle tan lejos? ¡Él, que hacía
-tanto bien aquí! ¡Dios mío!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_488">[Pg 488]</span></p>
-
-<p>&mdash;Si los superiores tuviesen que rendir cuenta
-de las órdenes que dan, ¿adónde iría á parar la
-obediencia, mi buena señora?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¡pero esto va á causar mi ruina!</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabéis lo que será? que en Rímini habrán
-tenido necesidad de un buen predicador (los tenemos,
-sin embargo, en todas partes; pero á veces
-se quiere precisamente una persona expresa);
-el padre provincial de allá habrá escrito al padre
-provincial de acá, si tenía un sujeto de estas y de
-las otras cualidades; y el padre provincial habrá
-dicho: para esto se requiere al padre Cristóbal.
-Mirad, debe ser justamente una cosa por el
-estilo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, desgraciadas de nosotras! ¿Cuándo ha
-marchado?</p>
-
-<p>&mdash;Antes de ayer.</p>
-
-<p>&mdash;¡He aquí, si yo hubiese seguido en mi inspiración
-de venir algunos días antes! ¿Y no se sabe
-cuándo podrá volver, así, día mas ó menos?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, señora mía! esto sólo lo sabe el padre
-provincial, si aun por casualidad él mismo lo sabe.
-Cuando uno de nuestros padres predicadores
-ha tomado su vuelo, no se puede prever sobre
-qué rama irá á posarse: lo buscan de aquí, lo piden
-de allá; y eso que tenemos conventos en todas
-las cuatro partes del mundo. Suponed que en
-Rímini, el padre Cristóbal hará un gran ruido con
-su cuaresma; porque no predica siempre á destajo<span class="pagenum" id="Page_489">[Pg 489]</span>
-como lo hacía aquí para los pescadores y aldeanos;
-para los púlpitos de ciudad tiene sus magníficos
-sermones escritos; éstos son la flor de la
-canela. La fama de este gran predicador vuela
-por todas partes; y lo pueden enviar á buscar
-de... ¿de qué sé yo dónde? Y entonces es preciso
-mandarlo; porque nosotros vivimos de la caridad
-de todo el mundo, y es justo que sirvamos
-á todos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Dios mío, Dios mío! exclamó de nuevo
-Inés casi llorando; ¡cómo lo haré sin ese hombre!
-¡él nos servía de padre! ¡para nosotros es una
-ruina!</p>
-
-<p>&mdash;Escuchad, buena mujer: el padre Cristóbal
-era verdaderamente lo que se llama un hombre
-completo; mas sin embargo, ¿sabéis que tenemos
-otros, además, llenos de caridad y de talento, y
-que saben tratar igualmente con los señores y con
-los pobres? ¿Queréis al padre Atanasio, al padre
-Gerónimo, ó al padre Zacarías? Mirad, este último
-es un hombre de mérito. Y no vayáis á admiraros,
-como hacen algunos ignorantes, de que
-sea así tan adamado, con una vocecita aguda, y
-muy poca barba: no digo que sea un gran predicador,
-porque cada cual posee sus dones particulares;
-pero para dar consejos, sabed que es todo
-un hombre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, por compasión! exclamó Inés, con esa
-mezcla de gratitud y paciencia que se experimenta<span class="pagenum" id="Page_490">[Pg 490]</span>
-á una oferta, en la que se ve más la buena voluntad
-de otro que la propia conveniencia: ¡qué
-me importa que otro sea ó no un hombre de talento,
-cuando aquél que no está aquí era el único que
-sabía nuestros negocios, y lo tenía todo preparado
-para ayudarnos!</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, es preciso tener paciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Demasiado lo sé, replicó Inés, perdonadme
-el haberos incomodado.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué, mi buena señora? Únicamente por
-vos es por lo que siento esta ocurrencia; y si os
-decidís á buscar á alguno de nuestros padres, el
-convento de aquí no se mueve. ¡Ah! pronto me
-dejaré ver por la cuestación del aceite.</p>
-
-<p>&mdash;Pasadlo bien, dijo Inés, y se encaminó hacia
-su pueblecillo, desolada, confusa, desconcertada,
-como un infeliz ciego que hubiese perdido el palo
-que le servía de guía y apoyo.</p>
-
-<p>Nosotros, un poco mejor informados que Fr.
-Galdino, podemos decir verdaderamente lo que
-había pasado. Attilio, apenas llegado á Milán, se
-dirigió, según había prometido á D. Rodrigo, á
-hacer una visita á su común tío, miembro del consejo
-secreto. (Era una junta compuesta entonces
-de trece personajes de toga y espada, de los cuales
-el gobernador tomaba parecer; y muerto éste,
-ó siendo mudado, la expresada junta reasumía provisionalmente
-el gobierno.) El conde, tío de aquél,
-togado y uno de los ancianos del consejo, gozaba<span class="pagenum" id="Page_491">[Pg 491]</span>
-allí de cierto crédito; pero para hacerlo valer, y
-sobre todo para manifestarlo á los demás, no tenía
-igual. Su lenguaje siempre era ambiguo, su
-silencio significativo; no acababa jamás sus frases;
-cerraba los ojos, como queriendo decir: no puedo
-hablar. Poseía la habilidad de lisonjear sin prometer,
-de amenazar esplendorosamente; todo iba encaminado
-á sus fines particulares, y todo más ó menos
-se volvía en favor suyo. Se veía obligado á decir:
-“Yo no puedo hacer nada en este asunto;” esto era la
-pura verdad; pero lo decía de un modo que no
-era creído, sirviendo para aumentar el concepto
-en que se le tenía, y además, la realidad de su
-poder, á semejanza de aquellos potes que se ven
-todavía en algunas boticas con ciertos caracteres
-árabes, y en los cuales no hay nada dentro, pero
-que no obstante sirven para sostener el crédito
-de dicho establecimiento. El del conde, que desde
-mucho tiempo hacía había ido creciendo siempre
-por grados sumamente lentos; por último, había
-dado de un golpe un paso, como en estilo vulgar
-se dice, de gigante, por una casualidad extraordinaria.
-Había hecho un viaje á Madrid,
-encargado de una misión para la corte, siendo
-preciso oirle contar la acogida que había tenido.
-Por no decir otra cosa, el conde-duque lo había
-tratado con una atención especial, habiendo merecido
-su confianza hasta el punto de haberle preguntado
-una vez á presencia, si así puede decirse,<span class="pagenum" id="Page_492">[Pg 492]</span>
-de la mitad de la corte, si le gustaba Madrid, y
-también de haberle dicho otra vez estando así,
-mano á mano, en el alféizar de una ventana, que
-la catedral de Milán era la iglesia mayor que existía
-en los dominios del rey.</p>
-
-<p>Hechos los cumplidos de costumbre al conde su
-tío, y haciéndole también presente los de su primo,
-Attilio, con el grave continente que sabía tomar
-cuando convenía, dijo: “Creo cumplir con mi
-deber, sin faltar á la confianza de Rodrigo, informando
-á mi señor tío acerca de un negocio, que
-si él no pone remedio, puede llegar á formalizarse
-y traer consecuencias...”.</p>
-
-<p>&mdash;Imagino que habrá hecho alguna de las suyas...</p>
-
-<p>&mdash;Para hacerle la justicia que merece, debo decir
-que la culpa no la tiene mi primo; pero él está
-acalorado, y como digo, nadie, á no ser mi tío,
-puede...</p>
-
-<p>&mdash;Veamos, veamos.</p>
-
-<p>&mdash;Por un lado hay un fraile capuchino que se
-ha puesto en guerra abierta con Rodrigo; y el negocio
-ha llegado á un punto que...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántas veces os he dicho al uno y al otro,
-que á los frailes es preciso dejarlos cocer en su pitanza?
-Bastante dan que hacer á quien debe...
-á quien toca... y al decir esto sopló. Mas vosotros
-que podéis evitar...</p>
-
-<p>&mdash;Mi señor tío, me veo en la precisión de manifestaros,<span class="pagenum" id="Page_493">[Pg 493]</span>
-que si Rodrigo hubiese podido, lo hubiera
-evitado. Pero el fraile que se las ha con él
-se ha propuesto provocarle de todos modos...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué diablo tiene que ver ese fraile con mi
-sobrino?</p>
-
-<p>&mdash;En primer lugar, es una mala cabeza, conocido
-por tal, y que hace gala de apostárselas á los
-caballeros. Él protege, dirige, qué sé yo, una aldeanilla
-de por allá; y tiene por dicha criatura una
-caridad, una caridad... no digo interesada, sino
-muy celosa, sospechosa, quisquillosa.</p>
-
-<p>&mdash;Entiendo, dijo el tío; y sobre cierto fondo de
-tontería pintado por la naturaleza en su semblante,
-velado y después cubierto con muchos baños
-de política, brilló un rayo de malicia, que era curiosísimo
-de ver.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, hace algún tiempo, continuó
-Attilio, á dicho fraile se le ha metido en la cabeza
-que Rodrigo tenía yo no sé qué designios sobre
-aquella...</p>
-
-<p>&mdash;¡Se le ha puesto en la cabeza, se le ha metido
-en la cabeza! Yo también conozco muy mucho
-al Sr. D. Rodrigo; y se requiere otro abogado que
-no sea vuestra señoría para justificarlo en estas
-materias.</p>
-
-<p>&mdash;Señor tío, que Rodrigo pueda haber gastado
-alguna chanza con aquella criatura, encontrándola
-á su paso por la calle, no estaré lejos de creerlo;
-es joven, y por último no es capuchino; pero<span class="pagenum" id="Page_494">[Pg 494]</span>
-éstas son bagatelas con las cuales no se puede entretener
-el señor tío: el caso grave es, que el fraile
-se ha puesto á hablar de Rodrigo como si fuera
-de un villano, tratando de sublevar contra él
-á todo el país...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los demás frailes?</p>
-
-<p>&mdash;Los demás no se mezclan, porque lo conocen
-por un cabeza caliente, y respetan mucho á Rodrigo;
-pero por otro lado, ese fraile tiene un gran
-crédito entre los villanos, porque se hace el santo,
-y...</p>
-
-<p>&mdash;Calculo que no sabe que Rodrigo es mi sobrino.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí lo sabe! Esto es lo que contribuye á animarle
-más.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo, cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Anda diciendo á todo el mundo que encuentra
-más placer en molestar á Rodrigo, justamente
-porque él tiene un protector natural, tan poderoso
-como vuestra señoría; que se ríe de los
-grandes y diplomáticos; que el cordón de S. Francisco
-tiene avasalladas las espadas, y que...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, temerario fraile! ¿Cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Fr. Cristóbal de ***, dijo Attilio, y el conde,
-habiendo sacado de un cajón de su mesa de despacho
-un librito de memorias, inscribió en él, soplando
-sin cesar, aquel pobre nombre.</p>
-
-<p>Entretanto Attilio proseguía: “Siempre ha tenido
-el mismo genio; se sabe su vida. Era un plebeyo,<span class="pagenum" id="Page_495">[Pg 495]</span>
-que hallándose con cuatro cuartos, quería
-competir con los caballeros de su país, y de rabia
-de no poderlos avasallar á todos, mató á uno, de
-cuyas consecuencias, para librarse de la justicia,
-se metió á fraile”.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien! ¡bravo! Allá lo veremos, decía el
-tío, y soplaba sin cesar.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, pues, continuaba Attilio, está más
-irritado que nunca, porque le ha salido fallido un
-proyecto que le apremiaba mucho, muchísimo: y
-de esto, señor, sacaréis en consecuencia qué clase
-de hombre es. Él quería casar á la niña, ya fuese
-para sustraerla á los peligros del mundo, vuestra
-señoría ya me entiende, ya por cualquiera otra
-causa; quería, repito, casarla sin remedio: había
-hallado el... el hombre; otra hechura suya, un
-engendro que quizá ó sin quizá, mi señor tío, conocerá
-de nombre, porque tengo por cierto que
-el consejo secreto habrá debido ocuparse de ese
-digno sujeto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?</p>
-
-<p>&mdash;Un hilador de seda, Lorenzo Tramaglino, ese
-que...</p>
-
-<p>&mdash;¡Lorenzo Tramaglino! exclamó el conde. ¡Muy
-bien! ¡bravo, padre! Seguramente... en efecto...
-tenía una carta para un... Es una lástima
-que... pero no importa: bien va. ¿Y por qué
-el Sr. D. Rodrigo no me dice nada de esto? ¿por<span class="pagenum" id="Page_496">[Pg 496]</span>
-qué deja marchar las cosas tan adelante, y no se
-vuelve á quien puede dirigirle y sostenerle?</p>
-
-<p>&mdash;Tocante á ese punto, también os diré la verdad,
-continuaba Attilio. En primer lugar, sabiendo
-cuántos negocios, cuántas cosas tiene el señor
-tío... (éste, soplando, le cogió la mano, como
-para significar qué fatiga era para él haberlas de
-sostener todas), ha sentido cierto empacho en darle
-un que hacer más. Y luego, lo diré todo de una
-vez: según he podido comprender, está tan fuera de
-sus casillas, tan aburrido de las villanías de aquel
-fraile, que tiene más deseos de hacerse justicia
-por sí mismo de un modo rápido, que obtenerla
-de una manera regular, de la prudencia y del brazo
-del señor tío. Yo he tratado de aplacarlo; pero
-viendo que la cosa se iba poniendo de mal talante,
-he juzgado que era deber mío el informar
-de todo á vuestra señoría, que al fin y al cabo es
-la columna de la casa...</p>
-
-<p>&mdash;Habríais obrado mejor hablando un poco
-antes.</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto; mas yo aguardaba que la cosa se
-desvanecería por sí misma, ó que el fraile recobraría
-el juicio, ó que saldría de aquel convento, como
-sucede con frecuencia con dichos frailes, que
-tan pronto están en una parte como en otra; y
-entonces todo se hubiera concluido. Pero...</p>
-
-<p>&mdash;Ahora me tocará el arreglarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Así lo he pensado yo también. He dicho entre<span class="pagenum" id="Page_497">[Pg 497]</span>
-mí: nuestro señor tío, con su previsión, con
-su autoridad, sabrá evitar un escándalo y salvar
-al mismo tiempo el honor de Rodrigo, que además
-es también el suyo. Ese fraile, decía yo, habla
-siempre del cordón de S. Francisco; pero para
-emplear á propósito dicho cordón, no es necesario
-tenerlo al rededor del vientre: mi señor tío
-posee cien medios que yo no conozco; sé que el
-padre provincial tiene, como es justo, una gran
-deferencia hacia él: y si el expresado señor tío
-cree que en este caso el mejor expediente sea el
-hacer mudar de aires al fraile, puede en dos palabras...</p>
-
-<p>&mdash;Dejad este cuidado á quien corresponda, caballero,
-dijo el conde con un poco de aspereza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, es verdad! exclamó Attilio con un movimiento
-de cabeza, y con una sonrisa de compasión
-por sí mismo. ¡Bueno soy yo para dar consejos
-á su señoría! Mas la pasión que tengo por
-la reputación de la familia, es la que me hace hablar;
-y también temo haber hecho otro mal, añadió,
-con aire pensativo: temo haber perjudicado
-á Rodrigo, en el concepto de mi señor tío. No
-tendría un instante de reposo, si fuese á causa de
-que pudiera pensar que Rodrigo no haya tenido
-toda la confianza, toda la sumisión que es debida
-á su señoría. Creed, señor, que en ese caso es
-justamente...</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, vamos! ¿qué perjuicio, ni qué perjuicio,<span class="pagenum" id="Page_498">[Pg 498]</span>
-entre vosotros dos, que seréis siempre amigos,
-hasta que uno tenga juicio? ¡Libertinos, libertinos,
-que siempre habéis de hacer alguna! y
-después á mí toca el repararla; que... me haréis
-decir un despropósito: me dais más qué pensar
-vosotros dos, que... (y aquí figúrese el lector
-cómo soplaría el conde) todos los dichosos negocios
-de Estado.</p>
-
-<p>Attilio dió aún algunas excusas, hizo algunas
-promesas, algún cumplido; en seguida pidió permiso
-y se fué, acompañado de un, “y tengamos
-juicio”, que era la fórmula de la licencia de despedida
-del conde para sus sobrinos.</p>
-
-
-<p class="center big1 p2">FIN DEL TOMO PRIMERO.</p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes">
-<p class="center p2 big2">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_18" href="#FNanchor_18" class="label">[18]</a> Del susodicho ilustre señor capitán.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_19" href="#FNanchor_19" class="label">[19]</a> Pública ó secretamente.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_20" href="#FNanchor_20" class="label">[20]</a> Oculto en el territorio del Lecco.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_21" href="#FNanchor_21" class="label">[21]</a> Que si se descubriese ser así.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_22" href="#FNanchor_22" class="label">[22]</a> Con la mayor diligencia que hacerse pueda.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_23" href="#FNanchor_23" class="label">[23]</a> Esto es.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_24" href="#FNanchor_24" class="label">[24]</a> Instalaos en la casa del citado Lorenzo Tramaglino, y
-evacuadas las debidas diligencias, apoderaos de todo lo que encontréis
-para que sirva como cuerpo del delito; tomad informes
-de sus malas cualidades, vida y cómplices.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_25" href="#FNanchor_25" class="label">[25]</a> Lo relataréis prontamente.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_26" href="#FNanchor_26" class="label">[26]</a> Así llaman en Italia á aquéllos á quienes nosotros damos
-vulgarmente el nombre de alcaldes de monterilla.</p>
-
-</div>
-</div></div>
-
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 1 ***</div>
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-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
-
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-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
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-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg&#8482;&#8217;s
-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Most people start at our website which has the main PG search
-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This website includes information about Project Gutenberg&#8482;,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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-</div>
-
-</div>
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