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diff --git a/old/66902-h/66902-h.htm b/old/66902-h/66902-h.htm deleted file mode 100644 index 1636445..0000000 --- a/old/66902-h/66902-h.htm +++ /dev/null @@ -1,16766 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" /> - <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" /> - <title> - Los desposados, by Alejandro Manzoni—A Project Gutenberg eBook - </title> - <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> - <style type="text/css"> - -body { - margin-left: 10%; - margin-right: 10%; -} - - h1,h2 { - text-align: center; /* all headings centered */ - clear: both; -} - -h1, h2 {font-weight: normal; margin-top: 4em;} - -p { - margin-top: .51em; - text-align: justify; - margin-bottom: .49em; -} - -.p1 {margin-top: 1em;} -.p2 {margin-top: 2em;} -.p4 {margin-top: 4em;} - -.p6b {margin-bottom: 6em;} - -.indent20 {margin-left: 20%;} - -.half-title -{ - margin-top: 6em; - text-align: center; - font-size: 140%; -} - -hr.tb {width: 45%; margin-left: 27.5%; margin-right: 27.5%;} - -@media print { hr.chap {display: none; visibility: hidden;} } - - -div.chapter {page-break-before: always;} -h2.nobreak {page-break-before: avoid;} - -.big1 {font-size: 110%; } -.big2 {font-size: 130%; } -.big3 {font-size: 140%; } - - - - -table.autotable { - margin-left: 30%; - margin-right: 30%; - width: 40%; -} -table.autotable { border-collapse: collapse; } -table.autotable td, -table.autotable th { padding: 4px; } - -.tdl {text-align: left;} -.tdr {text-align: right;} -.tdc {text-align: center;} - -@media handheld { -table.autotable { - margin-left: 30%; - margin-right: 30%; - width: 40%;} -} - -.pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */ - visibility: hidden; - position: absolute; - left: 92%; - font-size: smaller; - text-align: right; - font-style: normal; - font-weight: normal; - font-variant: normal; -} /* page numbers */ - - -.blockquot { - margin-left: 5%; - margin-right: 10%; -} - - -.center {text-align: center;} - -.smcap {font-variant: small-caps;} - - - -/* Images */ - -img { - max-width: 100%; - height: auto; -} -img.w100 {width: 100%;} - - -.figcenter { - margin: auto; - text-align: center; - page-break-inside: avoid; - max-width: 100%; -} - - -/* Footnotes */ -.footnotes {border: 1px dashed; margin-top: 2em; } - -.footnote {margin-left: 10%; margin-right: 10%; font-size: 0.9em;} - -.footnote .label {position: absolute; right: 84%; text-align: right;} - -.fnanchor { - vertical-align: super; - font-size: .8em; - text-decoration: - none; -} - -/* Transcriber's notes */ - .tnote {border: dashed 1px; margin-left: 10%; - margin-right: 10%;padding-bottom: .5em; padding-top: .5em; - padding-left: .5em; padding-right: .5em; margin-top: 2em; margin-bottom: 4em; } - -/* Illustration classes */ -.illowp100 {width: 100%;} -.illowp51 {width: 51%;} -.x-ebookmaker .illowp51 {width: 100%;} - - </style> - </head> -<body> - -<div style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of Los desposados - Tomo 1, by Alessandro Manzoni</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you -are not located in the United States, you will have to check the laws of the -country where you are located before using this eBook. -</div> - -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: Los desposados - Tomo 1</p> -<p style='display:block; margin-top:0; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:0;'>Historia milanesa del siglo XVII</p> - -<div style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Alessandro Manzoni</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Release Date: December 8, 2021 [eBook #66902]</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Language: Spanish</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'>Character set encoding: UTF-8</div> - -<div style='display:block; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Produced by: Andrés V. Galia, Sanly Bowitts and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive)</div> - -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 1 ***</div> - -<div class="figcenter illowp51" id="cover" style="max-width: 64.3125em;"> - <img class="w100" src="images/cover.jpg" alt="cover" /> -</div> - -<hr class="tb x-ebookmaker-drop" /> - -<div class="chapter"> -<div class="tnote"> - - <p class="p2 center big2">NOTAS DEL TRANSCRIPTOR</p> - - -<p>"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de -Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el -título de "I promessi sposi".</p> - -<p>En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los -novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el -título original y el tenor de la obra.</p> - -<p>En una nota al pie de página el traductor traduce "quatrini" como -"maravedíes". El transcriptor cree que una traducción más adecuada de -"quatrini" al castellano es "dinero" o bien "monedas". Asimismo el -traductor explica en otra nota al pie de página que "polenta" es una -comida con agua y harina de castañas. Esto es correcto según ha podido -constatar el transciptor. Sin embargo en la actualidad la versión más -conocida de la receta de polenta es con agua y harina de maíz.</p> - -<p>En la versión de texto las palabras en <em>itálicas</em> están indicadas con -_guiones bajos_.</p> - -<p>El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el -de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando -la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado -puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia -Española.</p> - -<p>En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar -que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban -acento ortográfico. Eso ha sido respetado.</p> - -<p>En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las -mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen -que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal -acentuada está en mayúsculas.</p> - -<p>La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha -agregado al dominio público.</p> - -<p>Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.</p> - -<p>El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.</p> - -</div> -</div> - -<hr class="tb x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter"> -<p class="half-title">LOS DESPOSADOS</p> - -<p class="p6b center big1">TOMO PRIMERO</p> -</div> - - - - -<div class="chapter"> -<h1>LOS DESPOSADOS</h1> -</div> - -<p class="center">HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII</p> - -<p class="center p2 big3">POR ALEJANDRO MANZONI</p> - -<p class="center p2 p6b">TRADUCIDA DEL ITALIANO</p> - -<div class="figcenter illowp100" id="title_page-ilo" style="max-width: 12.5em;"> - <img class="w100" src="images/title_page-ilo.jpg" alt="tpilo" /> -</div> - -<p class="center p4">MÉXICO</p> - -<p class="center">IMP. DE ANDRADE Y ESCALANTE</p> - -<p class="center">Calle da Cadena número 13<br /> -1858</p> - - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_v">[Pg v]</span></p> -<h2 class="nobreak" >INTRODUCCIÓN</h2> -</div> - - -<p>La historia puede definirse con toda propiedad, -diciendo que es una guerra ilustre contra el -tiempo; pues arrancando á éste de las manos los -años á quienes había hecho cautivos ó cadáveres, -los llama de nuevo á la vida, los pasa en revista -y los vuelve á formar en orden de batallón. Pero -los ilustres campeones que en semejante carrera, -cosechan palmas y laureles, recogen tan sólo los -despojos más brillantes y magníficos, embalsamando -con sus tintas las empresas de reyes, de príncipes -y de otros elevados personajes, y tejiendo -con la finísima aguja del ingenio, los hilos de seda -y oro con que hacen un recamo imperecedero -de acciones gloriosas. No le es lícito á mi debilidad -enaltecerse hasta tan noble asunto, ni exponerse -tampoco á tan sublimes peligros, arrojándose<span class="pagenum" id="Page_vi">[Pg vi]</span> -en medio de los negocios políticos ó del estruendo -de los de la guerra; pero instruido de hechos -memorables, aunque pertenecientes á la historia -de unos pobres artesanos, quiero dejar á la posteridad -el recuerdo de ellos, en un relato sencillo y -verídico. Veránse en él, aunque en estrecho teatro, -tragedias llenas de horror y escenas de increíble -maldad, con intermedios de acciones virtuosas -llenas de bondad angelical, en oposición con operaciones -diabólicas. Y en verdad, cuando se considera -que este nuestro país está bajo la dominación -del rey católico, nuestro señor, sol que nunca -se pone; y que en su órbita, y con la luz que de -él toma, cual luna siempre llena, resplandece el -héroe de noble prosapia que <i lang="la" xml:lang="la">pro tempore</i> ocupa su -lugar, y los ilustres senadores, verdaderas estrellas -fijas, y los demás respetables magistrados que, -semejantes á los astros errantes, esparcen la luz -por doquier se necesita, formando así un nobilísimo -firmamento, no puede explicarse de otra manera, -el verlo transformado en un infierno de acciones -tenebrosas, de maldades y de crímenes que -algunos hombres aborrecibles multiplican sin cesar, -sino atribuyendo esta trasformación á los manejos -y á las maldades del diablo en persona; pues -no puede negarse que la malicia humana no acertaría -por sí sola, á resistir á tantos y tantos héroes, -que con ojos de Argos y brazos de Briareo, -se consagran con abnegación á la defensa de los<span class="pagenum" id="Page_vii">[Pg vii]</span> -intereses públicos. Por lo cual, al describir estos -sucesos acaecidos en mi florida edad, y cuando la -mayor parte de las personas que figuran en ellos -han desaparecido de la escena del mundo para -pasar á ser tributarias de las parcas, callaremos, -por justos miramientos, también sus nombres, es -decir, los patronímicos; lo mismo haremos con respecto -á los lugares, indicando los territorios nada -más que <em>generaliter</em>...</p> - -<p>Habrá tal vez quien vea en esta reserva -una imperfección y una deformidad de este mi -humilde parto, sobre todo, si el que lo examina -es extraño á achaque de filosofía; pues los hombres -versados en esta ciencia, no creerán que por -esta omisión falta algo esencial en nuestra historia. -Pues siendo en efecto cosa evidentísima que -los nombres sólo son puros, purísimos accidentes...</p> - -<p>Pero una vez que yo haya soportado la heroica -fatiga de copiar un manuscrito casi completamente -borrado; y que (como suele decirse) haya -dado á luz esta historia, ¿habrá quien la lea?</p> - -<p>Esta reflexión dubitativa inspirada por el trabajo -fastidioso que me costaba el descifrar los garabatos -que seguían á la palabra <em>accidentes</em>, me -hizo suspender mi empeño de copista, y reflexionar -maduramente sobre lo que me convenía hacer. -¿Sin duda, me decía á mí mismo, al ojear el -manuscrito, no llueven como hasta aquí, figuras<span class="pagenum" id="Page_viii">[Pg viii]</span> -y <i lang="it" xml:lang="it">concettini</i> en todas las páginas de la obra? El -bueno del <em>secentista</em><a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> ha querido antes de todo -mostrar, cuánto vale y sabe: pero en el curso de -su relato y durante muy largos intervalos, su estilo -es más natural y llano. Esto es cierto; pero -¡qué vulgar es, qué desigual y qué incorrecto! ¡De -cuánto idiotismo lombardo y de cuántas locuciones -viciosas está lleno! ¡cuán arbitraria es su gramática -y cuán imperfectos sus períodos! En diferentes -puntos se notan algunas elegancias españolas de -aquellos tiempos; y lo peor es, que en los pasajes -más terribles ó patéticos, en los que requieren algunas -flores de retórica discreta, sagaz y de buen -gusto, en ellos, ¡oh fatalidad! saca á lucir el estilo -de que acabamos de dar muestra: y entonces, reuniendo -con admirable habilidad dos cualidades -contradictorias, se ostenta trivial y afectado en -una misma frase y en un mismo período. Todo -lo cual forma un compuesto de declamaciones -huecas y de galicismos vulgares, que acompañado -del tonto orgullo que distingue á los autores -italianos de aquel siglo, no podría complacer -de ninguna manera á los lectores de nuestros -días, en extremo instruidos y enemigos de semejantes -extravagancias; por cuyo motivo me lisonjeo -mucho de haber abandonado aquel trabajo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_ix">[Pg ix]</span></p> - -<p>Cuando iba á cerrar el manuscrito y á guardarlo, -reflexioné sería lástima que una historia tan -interesante quedara ignorada, tal vez, y me pesaría -por cierto; el lector pensará de distinto -modo.</p> - -<p>¿No se podrá, me decía á mí mismo, conservar -la serie de los sucesos de este libro y rehacer su -estilo?</p> - -<p>Como no se presentó á mi espíritu ninguna objeción -razonable, acogí este proyecto con ardor. -Y tal es el origen del presente libro, expuesto con -una ingenuidad igual á su importancia. Sin embargo, -algunos de los hechos y costumbres descritos -por nuestro autor, nos parecieron tan singulares -y extraños, por no decir más, que antes de -darles fe hemos querido interrogar á otros testigos; -y por esto emprendimos la ardua tarea de -ojear las memorias de aquellos tiempos, para ver, -si en efecto, el mundo, andaba por entonces como -nuestro autor decía. Semejante indagación disipó -todas nuestras dudas; á cada paso encontramos -hechos análogos ó más extraordinarios aún que los -que ya habíamos visto; y lo que nos ha parecido -decisivo para acreditar nuestro manuscrito es el -que estas memorias hacen mención de muchos -personajes que sólo conocíamos por nuestro autor, -lo cual nos había hecho dudar de que hubiesen -existido en realidad. Á su tiempo citaremos -algunos de estos testimonios que darán mayor autoridad<span class="pagenum" id="Page_x">[Pg x]</span> -á los hechos, de cuya veracidad podría -dudar, á causa de su índole extraña, el lector de -nuestros días.</p> - -<p>Pero después de haber refutado el estilo de -nuestro autor, nos toca explicar el que nosotros le -hemos sustituido.</p> - -<p>El que sin ser rogado para ello, rehace el trabajo -ajeno, se expone, y hasta cierto punto contrae -el deber de dar una cuenta minuciosa del suyo -propio.</p> - -<p>Ésta es una regla de hecho y de derecho á la -cual no intentamos sustraernos de ningún modo.</p> - -<p>Lejos de eso, y para probar que nos sometíamos -á ella de buen grado, nos propusimos dar -aquí una explicación detallada sobre el modo de -escribir que hemos adoptado; con este objeto nos -afanamos en adivinar durante todo el tiempo de -nuestro trabajo, las críticas posibles y contingentes -que él podría suscitar, con la intención de refutarlas -anticipadamente. Pero no estribaba en -esto la dificultad, pues (digámoslo en honor de la -verdad) ninguna crítica se ha presentado á nuestra -mente sin venir acompañada de una respuesta -triunfante, de aquéllas que no sólo resuelven -las cuestiones sino que imponen silencio. Nos ha -sucedido también con frecuencia que, poniendo -dos críticas frente á frente, las hacíamos luchar -entre sí, y examinándolas profundamente y comparándolas -con escrupulosa atención, descubríamos<span class="pagenum" id="Page_xi">[Pg xi]</span> -y demostrábamos al cabo, que aunque opuestas -en apariencia, eran por su naturaleza semejantes, -y que ambas á dos procedían de la desatención -con que se habían indicado los hechos y -los principios, sobre los cuales debían asentarse -los juicios que de unos á otros se debieron hacer, -y en consideración de esto juntábamos ambas críticas -y las mandábamos juntas también á pasear.</p> - -<p>¡Con dificultad se podría hallar un autor que -probara mejor su infalibilidad!—Pero, ¡oh cielos! -llegado el momento de recapitular las objeciones -y sus respuestas y el de ordenarlas, hallamos, que -habíamos hecho un libro: visto lo cual, abandonamos -nuestro intento por dos razones, que sin duda -alguna el lector considerará oportunas.—La -primera, porque temimos que el hacer un libro -para justificar otro, ó sólo su estilo, parecería cosa -ridícula. La segunda, porque creemos que es -suficiente, cuando no excesivo, el publicar un sólo -libro á la vez.</p> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_xii">[Pg xii]</span></p> -</div> - -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Se da este nombre á los escritores del siglo XVI y de la -primera mitad del XVII, época para Italia de decadencia y -mal gusto. <em>Nota del autor.</em></p> - -</div> -</div> - - - - -<div class="chapter"> -<p class="center p4 big2">ÍNDICE</p> -</div> - - -<table class="autotable" summary="ind"> - -<tr> -<td class="tdl"> </td> -<td class="tdr">Pág.</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">INTRODUCCIÓN</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_v">v</a></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO PRIMERO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_1">1</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO SEGUNDO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_29">29</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO TERCERO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_51">51</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO CUARTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_78">78</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO QUINTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_104">104</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO SEXTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_129">129</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO SÉPTIMO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_153">153</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO OCTAVO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_185">185</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO NOVENO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_221">221</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DÉCIMO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_254">254</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOPRIMERO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_285">285</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_316">316</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOTERCERO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_339">339</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOCUARTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_365">365</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOQUINTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_392">392</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSEXTO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_420">420</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_446">446</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">CAPÍTULO DECIMOCTAVO</td> -<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"><a href="#Page_473">473</a> </td> -</tr> -</table> - -<div class="chapter"><p><span class="pagenum" id="Page_1">[Pg 1]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO PRIMERO</h2> -</div> - -<p>Un brazo del lago de Como, dirígese al Mediodía, -por entre dos cordilleras de montañas no interrumpidas, -y va formando, según aquéllas se estrechan -ó se apartan, bahías y ensenadas que de -repente toman el curso y la apariencia de un caudaloso -río, teniendo á su derecha un cabo ó promontorio, -y á su izquierda otro río. El puente que -une las dos márgenes en aquel sitio, parece que -hace más sensible á la vista dicha trasformación: -él señala el punto donde termina el lago y empieza -el Adda, para volver á tomar su nombre en el -mismo lugar en que ambas riberas, ensanchándose -nuevamente, permiten que las aguas se extiendan -formando innúmeros golfos y bahías. El río -baja apoyándose en dos montes contiguos, formado -por la confluencia de tres grandes torrentes, -llamado el uno de S. Martín y el otro el Resegon, -que en dialecto lombardo, quiere decir sierra; -y en efecto, son tantos sus numerosos picos,<span class="pagenum" id="Page_2">[Pg 2]</span> -que verdaderamente semeja á una sierra; de modo -que, á su aspecto, visto de frente, por ejemplo, -desde los muros de Milán que miran al Norte, no -hay quien, por esa señal, no le reconozca al momento -entre aquella vasta cordillera de montañas, -de los otros montes de nombre menos conocido y -de forma mas común. Por espacio de un buen trecho -el río baja por una pendiente poco sensible; -después interrumpido en su marcha por ribazos y -cañadas, se precipita formando cascadas ó anchas -lagunas, según la configuración de las dos montañas -y el trabajo de las aguas. La orilla, surcada -por las bocas de los torrentes, está cubierta de -gruesa arena y guijarros; el resto del terreno lo -forman campos y viñedos, salpicados de lugarcillos, -quintas y cabañas, y de cuando en cuando, -bosques que se prolongan hasta la misma montaña. -Lecco, el mayor de aquellos lugarcillos y que -da su nombre al territorio, está situado á corta -distancia del puente, sobre las orillas del lago, haciendo -parte del mismo, cuando crecen sus aguas. -Hoy día es una gran aldea que va encaminándose -á ser ciudad. En el tiempo que tuvieron lugar -los sucesos, cuya narración vamos á emprender, -dicha aldea, ya muy considerable, era á más una -plaza fuerte, teniendo por lo tanto el honor de -alojar un gobernador, y la ventaja de poseer una -guarnición permanente de soldados españoles. El -Adda, salido apenas de los arcos del puente, se<span class="pagenum" id="Page_3">[Pg 3]</span> -convierte de nuevo en un pequeño lago, y después -se estrecha y prolonga hasta el horizonte en -brillantes revueltas; en lo alto las cimas de los -montes suspendidas sobre el que las contempla, -y debajo la pendiente de la montaña cultivada, -los paisajes, el puente; al frente la ribera opuesta -del lago, y tendiendo más la vista el encumbrado -monte que lo encierra.</p> - -<p>Por uno de estos senderos volvía de paseo, dirigiéndose -á su casa á pasos lentos, en la tarde -del día 7 de noviembre del año 1668, D. Abundio, -cura párroco de uno de los lugares que se -acaban de describir: el nombre de éste, ni el apellido -de aquél se encuentran en el manuscrito ni -en dicho lugar, ni en otro alguno. Iba recitando -tranquilamente sus rezos, y de vez en cuando entre -salmo y salmo cerraba el breviario, dejando -dentro por señal el índice de la mano derecha; -luego poniéndose ambas manos atrás, proseguía -su camino mirando al suelo, arrojando con el pie -las piedras que obstruían el camino; después alzaba -la vista, y volviendo negligentemente los ojos -á su alrededor, los fijaba en la parte de un monte, -en que la luz del sol poniente, escapándose -por las grietas del opuesto, esparcía por donde -quiera largas y desiguales fajas de púrpura sobre -los ángulos salientes de los peñascos en donde reflejaban -sus rayos. Después abrió de nuevo el -breviario, y habiendo recitado otro pequeño pasaje,<span class="pagenum" id="Page_4">[Pg 4]</span> -llegó á una revuelta del sendero, donde siempre -tenía la costumbre de levantar los ojos del libro -y echar una mirada delante de sí, lo cual hizo -también aquel día. Luego que hubo dado la vuelta -al citado sendero, el camino seguía en línea -recta casi unos sesenta pies, y en seguida se dividía -en dos sendas en forma de Y: la de la derecha -se dirigía á la montaña y conducía á la parroquia; -la de la izquierda descendía al valle hasta llegar -á un torrente, y por esta parte la pared no llegaba -ni á la mitad del cuerpo del pasajero. Las paredes -interiores de ambas sendas, en vez de reunirse -en el ángulo terminaban en una especie de -retablo sobre el cual habían pintado ciertas figuras -largas, serpenteantes, que acababan en punta, -las cuales, según la intención del artista y á los -ojos de todos los habitantes de las cercanías, figuraban -llamas, y alternaban con éstas otras figuras -que es imposible describir, y que representaban -las almas del purgatorio; almas y llamas eran -de color de ladrillo, sobre un fondo pardusco, resquebrajado -por algunas partes. El cura, después -de haber dado la vuelta al camino, y dirigiendo -según solía sus miradas á la capilla, vió lo que no -esperaba, y que no hubiera querido ver. Tres -hombres estaban apostados, el uno enfrente del -otro, en la confluencia, por decirlo así, de las dos -sendas: uno de ellos cabalgaba sobre la pequeña -tapia, teniendo una pierna colgando por la parte<span class="pagenum" id="Page_5">[Pg 5]</span> -exterior, y el otro pie descansando sobre el camino; -el segundo de pie, arrimado á la citada tapia, -y el último sentado y con los brazos cruzados. El -vestido, el talante y el paraje en que se hallaban, -manifestaban claramente la condición de aquéllos. -Llevaban los tres la cabeza ceñida con una redecilla -verde, de la cual se destacaba sobre la frente -un enorme tupé que caía encima del hombro -izquierdo, donde terminaba por una gran borla; -con el pelo largo y ensortijado; un descomunal -cinturón de correa de donde pendían un par de -pistolas; un pequeño cuerno lleno de pólvora, colgado -del cuello á guisa de collar; el mango de un -cuchillo que salía de sus anchos y huecos calzones, -y por último un espadón, cuya grande empuñadura, -toda calada y primorosamente trabajada -formaba una especie de concha; con lo que á -primera vista se conocía que pertenecían á la clase -de los <small>BRAVOS</small>. Dicha especie, hoy del todo perdida, -estaba entonces muy floreciente en la Lombardía, -y era ya antiquísima. Para el que no tuviese -idea de ella, he aquí algunos fragmentos -auténticos que darán á conocer bastante sus principales -caracteres, los esfuerzos hechos para destruirla, -y su tenaz y rigorosa vitalidad.</p> - -<p>Desde el 8 de abril del año 1583, el Illmo. y -Exmo. Sr. D. Carlos de Aragón, príncipe de Castelvetrano, -duque de Terranova, marqués de Ávola, -conde de Burgeto, grande almirante y gran<span class="pagenum" id="Page_6">[Pg 6]</span> -condestable de Sicilia, gobernador de Milán y capitán -general de S. M. C. en Italia, <em>plenamente informado -de la intolerable miseria, en la cual ha vivido -y vive aún la ciudad de Milán, á causa de -los</em> <small>BRAVOS</small> <em>y vagamundos</em>, publicó un bando contra -éstos. <em>Declarando á todos ellos comprendidos en -el presente bando, debiendo ser tenidos por</em> <small>BRAVOS</small> <em>y -vagamundos... todos los que siendo forasteros, ó -del país, no tienen ninguna profesión, ó que teniéndola -no la ejercen... pero que con sueldo ó sin él -se arriman á cualquier caballero, ó gentilhombre, -oficial ó comerciante... para prestarle ayuda y -favor, ó verdaderamente, según es de presumir, para -tener asechanzas á otros...</em> Manda á todos -ellos que en el término de seis días abandonasen -el país, bajo la pena de galeras á los contumaces, -y dió á todos los oficiales de justicia las más amplias -é indefinidas facultades para la ejecución de -la citada orden. Mas en 12 de abril del año siguiente, -viendo dicho señor <em>que esta ciudad estaba -llena todavía de</em> <small>BRAVOS</small>... <em>que habían vuelto á -vivir como antes, no habiendo cambiado en nada -sus costumbres, ni disminuido su número</em>, publicó -un nuevo bando más fuerte aún y más notable, -en el cual, entre otras órdenes, prescribe:</p> - -<div class="blockquot"> - -<p>“Que cualquier individuo, tanto de la ciudad, -como de fuera de ella, que por dos testigos conste -ser tenido y comúnmente reputado por <small>BRAVO</small>,<span class="pagenum" id="Page_7">[Pg 7]</span> -y lleve el nombre de tal, aunque no se verifique -que haya cometido delito alguno... por la sola -opinión de <small>BRAVO</small> sin necesidad de más indicios, -podrá por los dichos jueces, y cada uno de ellos -en particular, ser condenado á la horca y al tormento, -previa la correspondiente sumaria... y -aunque no confiese crimen alguno, sea enviado á -galeras por el tiempo de tres años, por la sola reputación -y nombre de <small>BRAVO</small>, según se expresa -arriba. <em>Todo esto, sin perjuicio de lo demás que corresponda, -porque</em> su excelencia está resuelto á hacerse -obedecer de todos”.</p> -</div> - -<p>Al oir palabras tan enérgicas, tan positivas, -acompañadas de tales órdenes, está uno decidido -á creer que á su solo ruido todos los <small>BRAVOS</small> desaparecerían -para siempre. Pero el testimonio de -un señor no menos poderoso, no menos dotado de -nombre, nos obliga á creer todo lo contrario. Éste -es el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan Fernández de -Velasco, condestable de Castilla, camarero mayor -de S. M., duque de Frías, conde de Haro y Castelnovo, -señor de la casa de Velasco y de la de los -siete infantes de Lara, gobernador del Estado de -Milán, &c. En 5 de junio de 1593, plenamente -informado también <em>de cuánto daño y ruina son... -los</em> <small>BRAVOS</small> <em>y vagamundos, y del pésimo efecto -que tal clase de gentes causa al bien público, en menosprecio -de la justicia</em>, les intima de nuevo que en -<span class="pagenum" id="Page_8">[Pg 8]</span> -el perentorio término de seis días, desocupen el -país, repitiendo exactamente las mismas prescripciones -y amenazas de su predecesor. El 23 de mayo -del año 1598, <em>informado con el mayor desagrado -que... en esta ciudad y Estado va creciendo -cada vez más el número de tales gentes</em> (bravos y -vagamundos), <em>y que de su parte, día y noche, no -oye hablar más que de heridas causadas alevosamente, -de homicidios y robos, y de toda clase de crímenes, -cuya ejecución les es tanto más fácil, cuanto que -confían en ser protegidos por sus jefes y fautores...</em> -prescribe de nuevo los mismos remedios, aumentando -la dosis, como se usa en las enfermedades -obstinadas. <em>Que cualquiera, pues</em>, concluye por último, -<em>en todo y por todo se guarde de controvertir -en lo más mínimo á la presente orden, porque en vez -de merecer la clemencia de su excelencia, experimentará -su rigor y su cólera, estando resuelto y determinado -á que éste sea el último, y perentorio -aviso.</em></p> - -<p>No fué, sin embargo, de este parecer el Illmo. -y Exmo. Sr. D. Pedro Enríquez de Acevedo, conde -de Fuentes, capitán y gobernador del Estado -de Milán; no fué de este parecer, y con razón. -<em>Plenamente informado del estado deplorable en que -se encuentra esta ciudad y estado por causa del considerable -número de</em> <small>BRAVOS</small> <em>que en él abundan... -y resuelto á extirpar totalmente semilla tan perniciosa</em>, -se determina á dar el 5 de diciembre del año<span class="pagenum" id="Page_9">[Pg 9]</span> -1600, un nuevo bando lleno de las más severas -conminaciones, con el firme propósito de que sean -todas ejecutadas con el mayor rigor, y sin esperanza -de remisión.</p> - -<p>Con todo, preciso es creer que no lo hiciese con -la buena voluntad que sabía emplear para urdir -intrigas y suscitar enemistades á su grande enemigo -Enrique IV; pues acerca de esto, dice la historia, -que logró armar contra dicho monarca al -duque de Saboya, á quien hizo perder más de una -ciudad, como también consiguió hacer conspirar -al duque de Biron, lo que le costó la cabeza; pero -tocante á la mala semilla de los <small>BRAVOS</small>, es cierto -que aún continuaba germinando el 22 de setiembre -del año 1612. En este día el Illmo. y Exmo. -Sr. D. Juan de Mendoza, marqués de la Hinojosa, -gentilhombre, &c., gobernador, &c., pensó formalmente -en extirparla. Á dicho efecto, expidió á -Pandolfo y á Marco Tulio Malatesta, impresores -del rey, el acostumbrado bando, corregido y aumentado, -para que lo imprimiesen, para el exterminio -de los <small>BRAVOS</small>. Mas éstos vivieron todavía -lo bastante para recibir el 24 de diciembre del -año 1618, los mismos y más fuertes golpes del -Illmo. y Exmo. Sr. D. Gómez Suárez de Figueroa, -duque de Feria, &c., gobernador, &c.; pero no -habiendo muerto de ellos, el Illmo. y Exmo. Sr. -D. Gonzalo Fernández de Córdoba, bajo cuyo gobierno -tuvo lugar el paseo de D. Abundio, se había<span class="pagenum" id="Page_10">[Pg 10]</span> -visto obligado á corregir y publicar de nuevo -la acostumbrada ordenanza contra los <small>BRAVOS</small> el -día 5 de octubre de 1627, es decir, un año, un -mes y dos días antes de aquel memorable acontecimiento.</p> - -<p>No fué ésta la última publicación; pero nosotros -no creemos deber hacer mención de las posteriores, -como cosa que está fuera del período de -nuestra historia. Solamente indicaremos una del -13 de febrero del año 1632, en la cual el Exmo. -duque de Feria, por segunda vez gobernador, nos -da á conocer que las mayores maldades procedían -de los llamados <small>BRAVOS</small>. Esto basta para probar -que los <small>BRAVOS</small> existían aún en el tiempo de que -tratamos.</p> - -<p>Que los tres individuos descritos anteriormente -estuviesen allí para esperar á alguno, era demasiado -evidente; pero lo que más disgustó á D. -Abundio fué el comprender por ciertas señales, -que el esperado era él, porque á su aparición ellos -se habían mirado, alzando la cabeza, con un movimiento -que denotaba que ellos á un tiempo habían -dicho: “él es”. El que estaba cabalgando en -la tapia se levantó, plantándose en el camino; -otro se separó también de la pared y los dos marcharon -á su encuentro. D. Abundio, teniendo siempre -delante de sus ojos el breviario abierto, como -si leyese, miraba además para espiar sus movimientos; -y viéndolos venir directamente á él, fué<span class="pagenum" id="Page_11">[Pg 11]</span> -asaltado al instante por mil diversos pensamientos. -De repente se preguntó si entre los <em>bravos</em> y -él, el sendero tendría alguna salida, ya fuese á la -derecha, ya á la izquierda, y al momento se acordó -que no. Examinó su conciencia y no le recordó -ninguna falta cometida contra algún señor poderoso -ó vengativo: pero aun en aquella tribulación, -el testimonio consolador de aquélla lo tranquilizaba -completamente. Sin embargo, los <em>bravos</em> se -acercaban mirándole fijamente. Puesto el índice -y la palma de la mano izquierda en su alzacuello, -como para acomodarlo mejor, y haciendo girar los -dos dedos alrededor de la garganta, volvía entre -tanto la cabeza hacia atrás torciendo al mismo -tiempo la boca, y mirando de reojo, con el fin de -poder ver si venía alguien; mas no vió á nadie. -Echó una ojeada por encima de la pequeña tapia -con dirección á los campos, nadie; en seguida otra -más tímida sobre el camino que tenía delante de -sí, tampoco; nadie más que los <em>bravos</em>. ¿Qué hacer? -¿Volver atrás? Ya no era tiempo: confiarse á -las piernas, era lo mismo que decir, perseguidme. -No pudiendo esquivar el peligro, corrió á encontrarlo; -porque aquellos momentos de incertidumbre -eran tan penosos para él, que su único deseo -consistía en abreviarlos. Apretó el paso, recitó un -versículo en voz alta, trató de dar á su rostro toda -la calma posible, hizo todos los esfuerzos imaginables -para dejar entrever una sonrisa; y cuando<span class="pagenum" id="Page_12">[Pg 12]</span> -se encontró frente á frente de los dos personajes, -dijo para sí: ya estamos, ya estamos, y se -afirmó sobre sus dos pies.—Señor cura, dijo uno -de ellos, encarándosele con la mayor desfachatez -y agarrándole con una mano la garganta.</p> - -<p>—¿Qué tenéis que mandar? respondió súbitamente -D. Abundio, alzando los ojos del libro, el -cual había quedado enteramente abierto en sus -manos, como si estuviera sobre un atril.</p> - -<p>—¿Tenéis intención, prosiguió el otro, con el -ademán amenazador é iracundo de aquél que coge -á un inferior cometiendo alguna falta; tenéis -intención de casar mañana á Renzo Tramaglino -y á Lucía Mondella?</p> - -<p>—Esto es... responde con trémula voz D. -Abundio, esto es... Los señores son hombres -de mundo, y saben muy bien del modo que se hacen -estas cosas. Un pobre cura no puede nada; -estos arreglos los disponen ellos, y después... -después vienen á nosotros, lo mismo que irían á -un mercado, y nosotros... nosotros estamos al -servicio de todo el mundo.</p> - -<p>—Pues bien, le dice uno de los bravos al oído, -pero con el tono solemne del que manda: ese matrimonio -no se ha de verificar, ni mañana, ni -nunca.</p> - -<p>—Pero, señores míos, replica D. Abundio con -acento afable y cariñoso, como el que quiere persuadir -á un impaciente; pero señores míos, dignaos<span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span> -poneros en mi lugar... si esto dependiese -de mí... bien veis que yo nada gano en esto.</p> - -<p>—Vamos, interrumpió el bravo: si la cosa tuviese -que decidirse charlando, nos meteríais en el -saco. Nosotros no sabemos ni queremos saber más. -Hombre avisado... ya me entendéis.</p> - -<p>—Pero, dijo esta vez el compañero que hasta -entonces no había hablado; pero el matrimonio no -se hará, ó... y soltó una horrible blasfemia, ó -el que lo haga no se arrepentirá, porque no tendrá -tiempo, y... aquí otro juramento.</p> - -<p>—Chito, chito, replicó el primer interlocutor: -el señor cura es un hombre que sabe vivir, y nosotros -somos unas buenas gentes que no queremos -causarle ningún daño, con tal de que se ponga -en la razón. Señor cura, el Illmo. Sr. D. Rodrigo -os saluda afectuosamente.</p> - -<p>Este nombre hizo sobre la imaginación de D. -Abundio el mismo efecto que cuando en una noche -de fuerte temporal un relámpago ilumina momentánea -y confusamente los objetos, y aumenta -más el terror: al oirle se inclinó como por instinto, -profundamente, y dijo: “Si vosotros, señores, -pudieseis instruirme”...</p> - -<p>—¡Oh, instruiros, á vos que sabéis el latín! interrumpió -aún el bravo, con una risa sarcástica y -feroz á la vez: esto os toca á vos. Sobre todo, que -no se os escape una sola palabra del aviso que os -hemos dado por vuestro bien; pues de lo contrario,<span class="pagenum" id="Page_14">[Pg 14]</span> -hem... sería lo mismo que hacer el matrimonio. -¡Y bien! ¿qué queréis que digamos de parte -vuestra al Illmo. Sr. D. Rodrigo?</p> - -<p>—Mis respetos...</p> - -<p>—Explicaos mejor.</p> - -<p>—Dispuesto... siempre dispuesto á obedecerle: -y al proferir estas palabras, ni aun él mismo -sabía si hacía una promesa ó un simple cumplido. -Los bravos lo tomaron ó manifestaron tomarlo en -el sentido más formal.</p> - -<p>—¡Muy bien! Buenas noches, dijo uno de ellos -haciendo ademán de partir con su camarada. D. -Abundio, que pocos momentos antes hubiera dado -un ojo con el fin de evitar su encuentro, quería -ahora prolongar la conversación. Señores... -empezó, cerrando el libro con ambas manos: pero -éstos, sin escucharle, tomaron el camino por -donde él había venido, y se alejaron cantando un -estribillo que no juzgo oportuno trascribir. El -pobre D. Abundio se quedó por un momento con -la boca abierta como si estuviera encantado; después -tomó el sendero que conducía á su casa, -pudiendo apenas andar, pues parecía que tenía las -piernas envaradas. Se conocerá mejor cómo estaba -su espíritu, cuando hayamos dicho algo de su -carácter y de los desgraciados tiempos en los cuales -le había tocado vivir.</p> - -<p>D. Abundio (según el lector debe haber observado),<span class="pagenum" id="Page_15">[Pg 15]</span> -no había nacido con un corazón de león; -pero desde sus más tiernos años había debido -comprender, que la peor condición en aquella -época era la de un animal sin garras ni dientes, y -sin inclinación á ser devorado. La fuerza legal, -no protegía en manera alguna al hombre pacífico -é inofensivo, y que carecía de medios para hacerse -respetar de los demás. No era que faltasen leyes -y castigos contra las violencias de los particulares; -por el contrario, las leyes llovían, los -delitos eran enumerados é inscritos con la más -prolija minuciosidad: si los castigos, ya regularmente -exorbitantes no bastaban, podían en todo -caso ser aumentados al arbitrio del mismo legislador -y cien ministros suyos; los procedimientos -tendían únicamente á librar al juez de todo lo que -pudiese servir de impedimento para pronunciar -una sentencia: los fragmentos de las ordenanzas -contra los bravos que hemos citado anteriormente -son una pequeña pero fiel muestra de esto. Con -todo, y quizás á causa de esto mismo, dichas ordenanzas, -reimpresas y esforzadas por cada gobernador, -no servían más que para atestiguar -pomposamente la impotencia de sus autores, y -si surtían algún efecto inmediato era principalmente -para añadir nuevas vejaciones á las que los -pacíficos y débiles sufrían ya de los perturbadores, -y para aumentar las violencias y perfidias de -éstos. La impunidad estaba en su auge, y había<span class="pagenum" id="Page_16">[Pg 16]</span> -echado tan profundas raíces, que las leyes no podían -conmoverlas, ni aun llegar á ellas. De esta -importunidad dan testimonio, los asilos, los privilegios -de ciertas clases, reconocidos en parte por -la fuerza legal, y tolerados en parte con envidioso -silencio, ó impugnados con vanas protestas, pero -sostenidos de hecho, y defendidos por dichas clases -con actividad interesada y con el más celoso -pundonor. Esta impunidad, amenazada é insultada, -pero no destruida por las ordenanzas, debía -naturalmente á cada amago, á cada ataque, acumular -nuevos esfuerzos y nuevas astucias para -conservarse.</p> - -<p>Así sucedía en efecto: á la aparición de los bandos -dirigidos á reprimir á los perturbadores, éstos -buscaban en su fuerza real, recursos más eficaces -para continuar haciendo lo que la ley quería prohibir. -Bien se podían poner trabas á cada paso, y -molestar al hombre honrado que carecía de fuerza -y protección; porque con el pretexto de tener -en su poder á todos para prevenir y castigar los -delitos, el individuo estaba sujeto de mil modos á -la voluntad arbitraria de toda clase de magistrados -y agentes; pero el que antes de cometer un -delito tomaba apresuradamente sus medidas para -retirarse á tiempo á un convento, á un palacio, en -donde los esbirros no hubieran osado poner los -pies; el que, sin otras precauciones, vestía una librea -que tuviese empeño en defenderla de la -<span class="pagenum" id="Page_17">[Pg 17]</span> -vanidad y los intereses de familia poderosa ó de -toda una asociación, éste era libre en sus operaciones, -y podía burlarse de los bandos. Entre los -mismos encargados de hacerlos ejecutar, algunos -pertenecían por su nacimiento á la clase privilegiada; -otros eran de su clientela: todos, por educación, -por interés, por costumbre, por imitación, -habían abrazado sus máximas, y se habrían guardado -muy bien de ser infieles á ellas por temor á -un pedazo de papel pegado á una esquina. Los -agentes, pues, encargados de la inmediata ejecución, -aunque hubiesen sido emprendedores como -héroes, obedientes como frailes, y prontos á sacrificarse -como mártires, no hubieran podido lograr -el fin que se proponían, inferiores como eran -en número á aquéllos á quienes trataban de someter, -y con una grande probabilidad de ser abandonados -de los que en abstracto, ó mejor dicho, -en teoría les ordenaban obrar. Además, pertenecían -á la clase más abyecta y despreciable de la -sociedad de aquel tiempo: su oficio era vil aun á -los ojos de aquéllos á quienes podían causar terror, -y su título tenido como un improperio. Era, -pues, muy natural, que en lugar de arriesgarse y -lanzar su vida á desesperadas empresas, vendiesen -su inacción, y también algunas veces su connivencia, -á los poderosos, y se reservasen ejercer -su execrable autoridad y la única fuerza que tenían -en las ocasiones en que no había ningún peligro,<span class="pagenum" id="Page_18">[Pg 18]</span> -esto es, en oprimir y vejar á los ciudadanos -pacíficos y sin defensa.</p> - -<p>El hombre que quiere ofender, ó que teme á -cada momento ser ofendido, busca de ordinario -aliados y compañeros. Así es, que en aquella época -era llevada al más alto grado la tendencia de -estar reunidos en clases, formar otras nuevas, y -procurar cada uno dar á la suya la mayor importancia -posible. El clero velaba en sostener y aumentar -sus inmunidades, la nobleza sus privilegios, -el militar sus exenciones, los mercaderes y -los artesanos estaban inscritos en los gremios y -cofradías, los letrados formaban una liga y los médicos -una corporación. Cada una de estas pequeñas -oligarquías tenía su fuerza propia y especial; -en cada una el individuo encontraba la ventaja de -emplear para sí, á proporción de su poder y de -su destreza, la fuerza reunida de muchos. Los -más honrados se valían de esta ventaja únicamente -para su defensa; los astutos y los facinerosos se -aprovechaban de ella para llevar á cabo sus maldades, -á cuyo fin no habían bastado sus medios -personales, y también para asegurarse la impunidad. -Sin embargo, las fuerzas de estas distintas -ligas eran muy desiguales, principalmente en el -campo: el noble, rico y déspota ejercía ese poder -rodeado de una banda de bravos y cuadrillas de -aldeanos, acostumbrados por tradición de familia, -interesados ó forzados, á mirarse como súbditos<span class="pagenum" id="Page_19">[Pg 19]</span> -y soldados de su señor, al cual ninguna fracción -de otra liga hubiera podido allí difícilmente resistir.</p> - -<p>Nuestro Abundio, ni noble, ni rico, ni tampoco -valiente, había, pues, comprendido, antes casi de -llegar á los años de la discreción, que iba á ser en -aquella sociedad como una vasija de tierra cocida, -obligada á viajar en compañía de muchos vasos -de hierro. Había, pues, accedido de buen grado -á los deseos de sus padres, que querían fuese -sacerdote. Á decir verdad, no había reflexionado -mucho en las obligaciones y en los fines del santo -ministerio al cual se dedicaba: procurarse una -vida cómoda y meterse en una clase respetada y -fuerte, le parecieron dos razones más que suficientes -para tal elección. Mas una clase cualquiera -no protege, no asegura á un individuo sino -hasta cierto punto: ninguna le dispensa de crearse -un sistema propio y particular. D. Abundio, -continuamente absorto en los pensamientos de -velar por su tranquilidad, se cuidaba poco de otras -ventajas, las cuales para obtenerlas era indispensable -trabajar mucho y arriesgarse un poco. Su -sistema consistía principalmente en evitar toda -especie de debates, y ceder en los que no podía -hacerlo: neutralidad desarmada en todas las guerras -que nacían en torno suyo, desde las contiendas -entonces frecuentísimas entre el clero y el poder -secular, entre militares, paisanos y entre los<span class="pagenum" id="Page_20">[Pg 20]</span> -mismos nobles, hasta la riña más sencilla entre -los dos campesinos, nacida de una palabra, y decidida -con los puños ó las cuchilladas. Si se veía -absolutamente obligado á tomar parte entre dos -combatientes, estaba por el más fuerte, y siempre -á retaguardia, procurando hacer ver al vencido -que él no era voluntariamente enemigo suyo: parecía -decirle: ¿pero por qué no habéis sabido ser -el más fuerte, que yo me hubiera puesto de vuestra -parte? Estando á larga distancia de los poderosos, -disimulando sus injusticias pasajeras y caprichosas, -correspondiendo con sumisión á las que -provenían de una intención más formal y más meditada, -obligaba á fuerza de saludos y expresiones -joviales de respeto á que los más bruscos y altaneros -le dirigiesen una sonrisa cuando los encontraba -en su camino. El infeliz había conseguido -llegar á los sesenta años sin grandes borrascas.</p> - -<p>Sin embargo, no se crea por esto que no tuviese -también en el fondo del alma su pequeña dosis -de hiel: aquel continuo ejercitar de la paciencia, -aquella necesidad de dar siempre la razón á los -otros, tan amargos bocados tragados en silencio, -lo habían exacerbado hasta tal punto, que si no -hubiese podido de vez en cuando desfogar un poco, -ciertamente lo habría pagado en salud. Pero -últimamente, como había en el mundo y á su lado -personas que él conocía que serían incapaces -de hacerle daño alguno, podía también alguna vez<span class="pagenum" id="Page_21">[Pg 21]</span> -descargar sobre ellas su mal humor reprimido por -largo tiempo, ocupándose en regañar y dar gritos -injustamente. Era, pues, un rígido censor de los -que no se regulaban como él; pero cuando podía -ejercitar dicha censura sin ninguna clase de peligro, -aunque fuese lejano, el vencido era para él -un imprudente, y el muerto siempre había sido -un hombre muy turbulento. Al que volvía con la -cabeza rota por haber sostenido sus derechos contra -algún poderoso, D. Abundio sabía siempre encontrar -alguna culpa en el primero, cosa no difícil; -porque la razón y sinrazón jamás se dividen -tan absolutamente, que no se puede hallar un poco -de una parte y otro poco de otra. Sobre todo, -declamaba contra aquellos de sus cofrades que -peligrosamente tomaban el partido del débil oprimido -contra el poderoso opresor. Á esto él llamaba -comprar impedimentos al contado y querer -enderezar las piernas á un perro cojo; añadía también -severamente que era mezclarse en cosas profanas -en detrimento de la dignidad de su sagrado -ministerio; y predicaba siempre contra ellos, pero -siempre con mucha perspicacia, y en un pequeñísimo -círculo, con tanta más vehemencia, cuanto -más seguro estaba de que eran ajenos de resentirse, -y en cosas que les tocaban personalmente. -Tenía una sentencia predilecta, con la que cerraba -siempre sus discursos tocante á dicho asunto: -que el hombre honrado que no cuida más que de<span class="pagenum" id="Page_22">[Pg 22]</span> -lo suyo y permanece en su lugar correspondiente, -nunca tiene malos encuentros.</p> - -<p>Juzguen ahora mis lectores qué impresión debió -lo que va referido hacer sobre el ánimo del -pobre cura. El espanto que le habían causado -aquellos horrorosos semblantes y terribles palabras; -las amenazas de un señor conocido por no -haberlas hecho jamás en vano; un sistema de vida -tranquila que le había costado tantos años de paciencia -y estudio, desconcertado un momento, en -un paso del cual no veía salida posible: todos estos -pensamientos se agrupaban tumultuosamente -en la cabeza de D. Abundio, que con ella inclinada -proseguía su camino. “¡Si pudiese mandar en -paz á Renzo con un <em>no</em> bien redondo! pase; ¿pero -querrá razones? ¡Y por Cristo! ¿qué he de responderle? -¡Y el muchacho no tiene mala cabeza que -digamos! Es un cordero si no se le hostiga; mas si -uno quiere contradecirle... ¡Oh!... Y después -está enteramente perdido por esa Lucía; enamorado -como... Rapazuelos, que no sabiendo qué -hacerse, se enamoran, quieren casarse, y no piensan -en otra cosa; no haciéndose cargo de los compromisos -en los cuales ponen á un hombre de bien. -¡Oh, infeliz de mí! ¿No es una triste desgracia el que -esos dos fantasmones hayan venido precisamente -á plantarse en mi camino, y á emprenderla conmigo? -¿Qué puedo yo? ¿Soy acaso el que quiero -casarme? ¿Por qué no han ido á hablar más bien<span class="pagenum" id="Page_23">[Pg 23]</span> -á... ¡Oh! ¡Ved, pues, cuán grande es mi suerte! -Siempre se me ocurren las cosas después de haber -pasado la ocasión. Si hubiese pensado en imbuirles -que fuesen á llevar su mensaje...”. Mas al -llegar á este punto sintió que arrepentirse de no -haber sido consejero y cómplice de una maldad -era muy inicuo, y descargó toda su ira contra el -que iba de este modo á turbar su reposo. No conocía -á D. Rodrigo más que de vista y por su fama; -nunca había tenido con él otro negocio más -que tocar la barba con el pecho, y el suelo con el -extremo de su sombrero las pocas veces que lo había -encontrado á su paso. En más de una ocasión -le había ocurrido defender la reputación de dicho -señor contra los que en voz baja, suspirando y alzando -los ojos al cielo, maldecían alguno de sus -hechos: había dicho más de cien veces que D. Rodrigo -era un respetable caballero; mas en aquel -instante, le aplicó en su interior todos los epítetos -que jamás había oído serle prodigados por -otros, sin interrumpirles prontamente con un -“<em>¡vaya allá!</em>”</p> - -<p>En este desorden de ideas llegó á la puerta de -su casa, que estaba situada á la entrada del pueblo: -metió con presteza la llave en la cerradura, -abrió, entró, cerró diligentemente; y ansioso de -hallarse en segura compañía, llamó con celeridad: -“Perpetua, Perpetua;” y se fué acercando al propio -tiempo á la habitación en donde aquella debía<span class="pagenum" id="Page_24">[Pg 24]</span> -estar probablemente, preparando la mesa para -cenar. Según se veía, era Perpetua el ama de -gobierno de D. Abundio, ama apasionada y fiel, -que sabía obedecer y mandar, según las ocasiones; -tolerar á tiempo los regaños y extravagancias del -amo, y á su vez hacerle aguantar lo propio; que -de día en día eran más frecuentes desde que había -pasado de la canónica edad de los cuarenta, -permaneciendo célibe por haber desechado (según -la misma decía) todos los partidos que se le habían -ofrecido, ó por no haber encontrado jamás -un perro que la quisiera, como decían sus -amigas.</p> - -<p>“Voy”, respondió Perpetua, poniendo sobre la -mesa en el sitio de costumbre un frasco del vino -predilecto de D. Abundio, dirigiéndose lentamente -hacia donde éste se hallaba; mas aún no había -llegado aquélla al umbral de la puerta de la sala, -cuando él entró con un paso tan precipitado, con -una mirada tan sombría, y un semblante tan desencajado, -que no eran necesarios los ojos perspicaces -de Perpetua, para descubrir á primera vista -que le había pasado alguna cosa muy extraordinaria.</p> - -<p>—¡Misericordia! ¿Qué ocurre, señor?</p> - -<p>—Nada, nada, contestó D. Abundio, dejándose -caer sin aliento en su sillón.</p> - -<p>—¡Cómo nada! ¿Queréis darme á entender otra -cosa, tan turbado como estáis? Algún grande acontecimiento -os ha sobrevenido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_25">[Pg 25]</span></p> - -<p>—¡Oh, por amor del cielo! Cuando yo digo nada, -es nada, ó cosa que no puedo decir.</p> - -<p>—¿Que no podéis decir ni aun á mí? ¿Quién -cuidará de vuestra salud; quién os aconsejará?...</p> - -<p>—¡Ay de mí! Callad, y dejemos esto; dadme un -vaso de mi vino.</p> - -<p>—¡Y todavía querrá sostenerme que no tiene -nada! dijo Perpetua, llenando el vaso, y permaneciendo -con él en la mano, como si no quisiera -dárselo más que en premio de la confidencia que -tanto se hacía esperar.</p> - -<p>—Traed, traed, repuso D. Abundio, cogiendo -el vaso con mano trémula, y apurándolo de un -solo trago, como si fuese una medicina.</p> - -<p>—¿Queréis, pues, obligarme á que vaya á preguntar -por todas partes qué es lo que os ha sucedido? -dijo Perpetua, puesta en jarras y de pie delante -de su amo, mirándole fijamente, como si -quisiese arrancarle de los ojos el secreto.</p> - -<p>—¡Por el amor de Dios! dejaos de habladurías; -no deis chillidos: me va... me va en ello la -vida.</p> - -<p>—¡La vida!</p> - -<p>—La vida.</p> - -<p>—Bien sabéis que siempre que me habéis dicho -sinceramente alguna cosa en secreto, yo jamás -he...</p> - -<p>—Justamente; como cuando...</p> - -<p>Perpetua vió que había tocado una cuerda falsa,<span class="pagenum" id="Page_26">[Pg 26]</span> -en vista de lo cual cambió súbitamente de tono, -y con voz dulce, á propósito para conmoverle, -exclamó: “Mi querido señor, yo siempre he sido -y os soy adicta; si ahora deseo saber con ansia lo -que os aflige, es porque quisiera poder ayudaros, -aconsejaros y tranquilizar vuestro espíritu”.</p> - -<p>El caso era que D. Abundio tenía tantos deseos -de descargarse de su doloroso secreto, cuanto los -de Perpetua de conocerlo: por tanto, después de -haber rechazado, aunque siempre muy débilmente, -los multiplicados, y cada vez más ejecutivos -ataques de ésta; después de haberla hecho jurar -hasta la saciedad que no lo descubriría; por último, -haciendo muchas pausas, dando muchos gemidos, -le contó su desgraciada aventura. Cuando -llegó ya al nombre terrible del que le había mandado -el mensaje, fué preciso que Perpetua profiriese -un nuevo y más solemne juramento. Pronunciado -el nombre, D. Abundio se recostó sobre -el respaldo del sillón, lanzó un gran suspiro, alzó -las manos en ademán imperioso y al mismo tiempo -suplicante, diciendo: “¡Por Dios!”...</p> - -<p>—¡Virgen santísima! exclamó Perpetua. ¡Oh, -qué bribón! ¡Qué malvado! ¡Qué hombre tan sin -temor de Dios!</p> - -<p>—Callaréis, ¿ó queréis acabar de perderme?</p> - -<p>—Estamos solos; nadie nos oye. Mas, ¿qué es -lo que vais á hacer, pobre amo mío?</p> - -<p>—¡Oh! ¡Ved, dijo D. Abundio con ironía y cólera<span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span> -á la vez; ved los bellos consejos que sabéis -darme! Me pregunta lo que haré, lo que voy á -hacer, como si fuese ella la que se hallase en el -apuro, y me tocara sacarla de él.</p> - -<p>—Yo os diré gustosa mi humilde parecer; pero -en seguida...</p> - -<p>—¿Pero en seguida? Veamos, pues.</p> - -<p>—Mi opinión sería que, ya que todo el mundo -dice que nuestro arzobispo es un santo varón, un -sujeto de pulso, que no teme á ninguno de esos -bribones, aunque sean poderosos, y que goza la -mayor satisfacción sosteniendo con firmeza á un -sacerdote contra las asechanzas de ellos; diré, y -digo, que es necesario escribirle una carta bien -puesta; informándole cómo y de qué manera...</p> - -<p>—¿Queréis callar, queréis callar? ¿Son consejos -éstos para un desventurado? ¿Cuando haya recibido -un buen balazo en las espaldas... (¡Dios -me libre de semejante desgracia!)... el arzobispo -me lo quitará?</p> - -<p>—¡Bah! las balas no se tiran como confites. ¿Y -qué sería de nosotros si esos perros mordiesen todas -las veces que ladran? Yo siempre he visto, -que el que sabe enseñar los dientes y hacerse estimar -en lo que vale, se hace también respetar; y -como nunca queréis que prevalgan vuestras razones, -es la causa de que nos veamos reducidos á -que cualquiera venga (con vuestro permiso) á...</p> - -<p>—¿Queréis callar?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_28">[Pg 28]</span></p> - -<p>—Al instante me callo; pero no es menos cierto -que cuando el mundo ve que uno, siempre y -en todo y por todo, está dispuesto á bajar el...</p> - -<p>—Está visto, no callaréis: ¿es ahora tiempo, por -ventura, de decir semejantes necedades?</p> - -<p>—Basta, esta noche lo pensaréis; mas en el ínterin -no empecéis á daros malos ratos, y arruinéis -vuestra salud. Vaya, tomad un bocado.</p> - -<p>—Yo lo pensaré, repuso D. Abundio refunfuñando; -ciertamente, yo lo pensaré; ello tiene que -pensarse. En seguida se levantó, añadiendo: no -quiero nada, nada; demasiado tengo en mi cabeza; -sé por desgracia qué me toca pensar. ¡Mas -que tales cosas me sucedan justamente á mí!</p> - -<p>—Bebed á lo menos otra gota, dijo Perpetua -escanciándole; ya sabéis que esto remedia vuestro -estómago.</p> - -<p>—¡Eh! yo necesito otro bálsamo... sí, otro -bálsamo. Así diciendo, tomó una luz, y refunfuñando -siempre: “¡Es una bagatela, á un hombre -de bien como yo!... Y mañana, ¿qué sucederá?” -y otras lamentaciones parecidas, se encaminó á su -estancia. Al llegar junto á la puerta se volvió de -pronto á Perpetua, se aplicó un dedo á los labios, -diciendo con reposado y solemne acento: “¡Por el -amor de Dios!”... y desapareció.</p> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_29">[Pg 29]</span></p> - -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SEGUNDO</h2> -</div> - - -<p>Se refiere que el príncipe de Condé durmió -profundamente la noche antes de la jornada de -Rocroi; mas en primer lugar estaba muy fatigado, -y en segundo había dado ya todas las disposiciones -necesarias y establecido todo lo que debía -hacerse al otro día. D. Abundio, por el contrario, -no sabía más que el día siguiente sería la -batalla; así fué, que pasó la noche en las más -mortales angustias. No hacer caso de las intimaciones -y amenazas de aquellos malvados y verificar -el matrimonio, era un partido que ni aún siquiera -quería poner en deliberación. Confiar á -Renzo lo ocurrido y buscar con él algún medio... -¡Dios lo libre! “Que no se os escape una sola palabra...<span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span> -pues de lo contrario... <em>¡hem!</em>” había -dicho uno de los bravos; y al sentir D. Abundio -resonar en su mente aquel terrible <em>hem</em>, en lugar -de pensar infringir semejante orden, se arrepentía -de habérsela declarado á Perpetua. ¿Sería mejor -huir? pero ¿adónde? Y luego ¡cuántos obstáculos, -qué de cuentas que rendir! Á cada partido -que rechazaba el infeliz daba una vuelta en el lecho. -Lo que bajo de todos conceptos le pareció -mejor ó menos malo, fué el ganar tiempo entreteniendo -á Renzo con buenas palabras. Justamente, -recordó que faltaban pocos días para el tiempo en -que estaba prohibido el casarse. “Si puedo entretener -á ese muchacho unos cuantos días, tengo -dos meses de respiro; y en dos meses de respiro, -pueden suceder tantas cosas”. Examinó detenidamente -pretextos, para que le sirvieran mejor á -sus miras; y aunque cuantos se le ocurrieron le -parecían algo superficiales, se tranquilizaba con -la idea de que su carácter sagrado los haría parecer -de mayor peso, y que su experiencia le daría -una gran ventaja sobre un joven novicio. “Veremos, -se decía; él piensa en su amada, pero yo -pienso en mi pellejo; el más interesado soy yo -como el que más aventura. Querido mío, si no puedo -apagar la llama que te abrasa, tampoco quiero -ser tu víctima”. Fortalecido su ánimo con esta -determinación, pudo al cabo dormir un poco; pero -¡cuán agitado fué su sueño! Su mente no cesó<span class="pagenum" id="Page_31">[Pg 31]</span> -de ver bravos, D. Rodrigo, Renzo, violencias, raptos, -fugas, persecuciones, gritos, arcabuzazos<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a>.</p> - -<p>Una vez pasado este doloroso instante, D. -Abundio recapituló prontamente sus designios de -la noche, se conformó en ellos, los ordenó del mejor -modo posible, se levantó y se puso á esperar -á Renzo con temor, y al mismo tiempo con impaciencia.</p> - -<p>Lorenzo, ó como todos le llamaban Renzo, no -tardó mucho. Apenas llegó la hora de poderse -presentar sin indiscreción en la casa del cura, se -dirigió á ella lleno de la alegría atolondrada de un -joven de veinte años que debe casarse en aquel -mismo día con la que adora. Huérfano desde la -infancia, Renzo era hilador de seda, oficio, por decirlo -así, hereditario en su familia, muy lucrativo -en otro tiempo, y ya en decadencia, pero no hasta -el punto que un hábil operario no pudiese ganar -su vida honradamente con él. El trabajo iba -disminuyendo de día en día; mas la emigración -continua de los obreros, atraídos á los Estados vecinos -por las promesas, privilegios y exorbitantes -salarios, contribuía á que no les faltase á los que -<span class="pagenum" id="Page_32">[Pg 32]</span>permanecían en el país. Además de esto, Renzo -poseía un pequeña heredad que hacía cultivar y -cultivaba él mismo en las ocasiones que no estaba -ocupado en el oficio; de modo que su posición -bien podía llamarse acomodada; y aunque aquel -año fuese peor que los pasados, y se empezase á -experimentar una verdadera carestía, sin embargo, -nuestro joven, que desde que había puesto los -ojos en Lucía se había vuelto mas económico, se -encontraba bastante provisto y no tenía que luchar -con la necesidad. Compareció ante D. Abundio, -vestido de gran gala, adornado el sombrero -con plumas de varios colores, con su puñal de -hermoso mango, saliéndole del bolsillo de los calzones, -con cierto aire festivo y al mismo tiempo -de fiereza, peculiar entonces aun á los hombres -más pacíficos. La acogida misteriosa y embarazada -de D. Abundio hacía un singular contraste con -las joviales y resueltas maneras del joven mancebo.</p> - -<p>Alguna cosa tiene que ocupa su imaginación, -pensó Renzo, y en seguida dijo: “Sr. cura, vengo -á saber á qué hora os conviene que nos hallemos -en la iglesia”.</p> - -<p>—¿De qué día?</p> - -<p>—¡Cómo de qué día! ¿No os acordáis que hoy -es el señalado?</p> - -<p>—¡Hoy! replicó D. Abundio, como si hubiese -oído hablar de ello por primera vez. Hoy... -hoy... tened paciencia, pero hoy no puedo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_33">[Pg 33]</span></p> - -<p>—¡Hoy no podéis! ¿Pues qué ha sucedido?</p> - -<p>—En primer lugar, no me siento bien; mirad.</p> - -<p>—Mucho me pesa; pero lo que tenéis que hacer -es una cosa que requiere tan poco tiempo y -tan poca fatiga...</p> - -<p>—Y después, y después, y después...</p> - -<p>—¿Y después qué?</p> - -<p>—¿Y después si hay embrollos?</p> - -<p>—¡Embrollos! ¿qué embrollos puede haber?</p> - -<p>—Sería necesario que os hallaseis en nuestro -pellejo para conocer cuántas dificultades surgen -de esa clase de negocios, y qué de cuentas se han -de rendir. Yo soy muy blando de corazón; no -pienso más que en quitar obstáculos del medio, -en facilitarlo todo, en hacer las cosas al gusto de -los demás; traspaso mi deber, y después me llenan -de reproches.</p> - -<p>—Pero, en nombre del cielo, no me tengáis en -ascuas, y decidme claro y neto lo que esto significa.</p> - -<p>—¿Sabéis cuántas y cuántas formalidades se -requieren para verificar un matrimonio en regla?</p> - -<p>—Por fuerza debo saber algo, dijo Renzo, empezando -á alterarse; porque bastante me habéis -quebrado la cabeza estos últimos días con esos -asuntos. Pero ahora, ¿no está todo concluido ya? -¿no se ha hecho lo que había de hacerse?</p> - -<p>—Todo, todo... esto os parece á vos, porque... -tened paciencia... el animal soy yo,<span class="pagenum" id="Page_34">[Pg 34]</span> -que olvido mi deber por no causar penas á los otros. Pero, -ahora... basta: yo me entiendo. Nosotros, -pobres curas, estamos entre la espada y la pared: -sois impaciente, infeliz mancebo, os compadezco; -y mis superiores... no digo más; no todo se -puede decir; y sobre nosotros caen todas las molestias.</p> - -<p>—Mas explicadme de una vez de lo que se trata, -y cuál es la formalidad que queda por llenar, -según vos decís; pues se hará al momento.</p> - -<p>—¿Sabéis cuántos son los impedimentos dirimentes?</p> - -<p>—¿Qué queréis que yo entienda de impedimentos?</p> - -<p> -—<i lang="la" xml:lang="la">Error, conditio, votum, cognatio, crimen.<br /> -Cultus, disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas.<br /> -Si sis affinis</i>...<br /> -</p> - -<p>iba diciendo D. Abundio, enumerando con las yemas -de los dedos.</p> - -<p>—¿Os burláis de mí?, interrumpió el joven; ¿qué -queréis que yo haga de vuestros latinajos?</p> - -<p>—Pues si ignoráis las cosas, tened paciencia, y -remitíos á quien las sabe.</p> - -<p>—¡Finalmente!...</p> - -<p>—Vamos, querido Renzo, no os incomodéis, -pues estoy dispuesto á hacer... todo lo que dependa -de mí. Yo, querría veros contento, porque -os aprecio; yo... ¡ah! Cuando pienso que os iba -tan bien... de soltero. ¿Qué os falta?... Ya se<span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span> -ve; os han entrado de pronto las ganas de casaros...</p> - -<p>—¿Qué discursos son éstos, señor mío?, replicó -Renzo con aire entre admirado y colérico.</p> - -<p>—Hablo por hablar; tened paciencia; quisiera -veros satisfecho.</p> - -<p>—En suma....</p> - -<p>—En suma, querido hijo: yo de esto no tengo -la culpa: las leyes no las he hecho yo; y antes de -celebrar un matrimonio, nos vemos al mismo tiempo -obligados á hacer muchas y muchas indagaciones -para asegurarnos que no hay impedimentos.</p> - -<p>—Pero vamos; decidme de una vez, ¿qué impedimento -ha sobrevenido?</p> - -<p>—Cachaza; éstas no son cosas que puedan descifrarse -así tan á la ligera. Ello no será nada: á lo -menos, así lo espero; pero no obstante, dichas indagaciones -estamos en el deber de hacerlas. El -texto es claro y terminante. <i lang="la" xml:lang="la">Antequam matrimonium -denunciet...</i></p> - -<p>—Ya os he dicho que no entiendo de latines...</p> - -<p>—Sin embargo, es necesario que os explique...</p> - -<p>—Pero, ¿no habéis hecho ya las indagaciones?</p> - -<p>—Os digo que no las he hecho todas como hubiera -debido.</p> - -<p>—¿Por qué no hacerlas á tiempo? ¿Por qué decirme -que todo estaba concluido? ¿Por qué aguardar?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_36">[Pg 36]</span></p> - -<p>—¡Ah! ¿Conque me echáis en cara mi demasiada -bondad? ¡Yo que lo he facilitado todo por -serviros con más prontitud! Pero... pero sin -embargo, me han sucedido... Basta: esto se -queda para mí.</p> - -<p>—¿Y qué queréis que haga?</p> - -<p>—Que tengáis paciencia por algunos días. Á -más de que, hijo mío, algunos días no son una -eternidad. Tened paciencia.</p> - -<p>—¿Y por cuánto tiempo?</p> - -<p>Nos hemos salvado, pensó D. Abundio; y con -el aire más cariñoso que nunca: “Vaya, dijo: en -quince días indagaré... procuraré...”.</p> - -<p>—¡Quince días! ¿Qué es lo que dice vd? Se ha -hecho cuanto habéis querido: se ha fijado el día; -éste ha llegado, y ahora me venís diciendo que -espere quince días. ¡Quince!... repitió en voz -más alta y conmovida, extendiendo los brazos y -batiendo el aire con los puños cerrados; y quién -sabe hasta dónde le hubiera arrastrado el furor -en aquel momento fatal, si D. Abundio no le hubiese -interrumpido cogiéndole una mano con cariñoso -y lisonjero afecto: “¡Ánimo, ánimo! Por -amor del cielo, no os alteréis; buscaré, veré si en -una semana...”.</p> - -<p>—¿Y qué debo decir á Lucía?</p> - -<p>—Que ha sido un descuido mío.</p> - -<p>—¿Y á las habladurías del mundo?</p> - -<p>—Decid á todos que he cometido un yerro por<span class="pagenum" id="Page_37">[Pg 37]</span> -un exceso de precipitación, por mi demasiado buen -corazón; echadme toda la culpa.</p> - -<p>—¿Y después no habrá otros impedimentos?</p> - -<p>—Cuando os digo...</p> - -<p>—Bueno: tendré paciencia una semana; pero -mirad que pasada ésta, ningún caso haré de habladurías. -En el ínterin, respeto la tregua. Dicho -esto se fué, haciendo á D. Abundio una inclinación -menos profunda que de costumbre, y echándole -una mirada más significativa que respetuosa.</p> - -<p>Y en la calle, mientras se dirigía medio enojado -y el espíritu entristecido, hacia la casa de su -prometida, repasaba en su imaginación la conversación -que acababa de tener, y la hallaba cada vez -más extraña. La fría y embarazosa acogida de D. -Abundio, su hablar lento, é impaciente á veces; -aquellos dos ojillos grises, que mientras conversaba -se revolvían en todas direcciones, como si -hubiese temido poner en armonía sus palabras con -sus miradas; la ficción de tomar como una cosa -nueva un matrimonio expresamente convenido ya -hacía tanto tiempo, y sobre todo, aquella obstinación -en crear obstáculos, y en no decir jamás nada -claro: todas estas circunstancias, combinadas, -hacían pensar á Renzo que detrás de aquello se -encerraba un misterio en nada parecido á lo que -D. Abundio le había querido hacer creer. Tuvo -deseos de volver atrás, estrechar á D. Abundio y<span class="pagenum" id="Page_38">[Pg 38]</span> -obligarle á hablar con más claridad; mas alzando -los ojos, vió á Perpetua que caminaba delante de -él, y entraba en un jardín que distaba pocos pasos -de la casa del cura. La llamó en el momento -en que abría la puerta; apretó el paso, llegó á ella, -detúvola en el umbral; y con el deseo de descubrir -algo de más positivo, tuvo con ella la conversación -siguiente:</p> - -<p>—Buenos días, Perpetua; yo esperaba que hoy -estaríamos todos muy alegres.</p> - -<p>—¡Oh, mi pobre Renzo! Hágase la voluntad de -Dios.</p> - -<p>—Hacedme un favor: el bendito del señor cura -me ha dicho una porción de cosas que no he podido -comprender bien; explicadme vos mejor, por -qué no puede ó no quiere casarme hoy.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Creéis que sé los secretos de mi amo?</p> - -<p>“¡Bien decía yo, que todo esto encerraba algún -misterio!”, dijo Renzo para sí; y para aclararlo, -prosiguió: “Vamos, Perpetua, seamos amigos: -decidme lo que sepáis; ¡amparad á un pobre niño!”.</p> - -<p>—Mala cosa es el nacer pobre, mi querido -Renzo.</p> - -<p>—Es verdad, replicó éste, confirmándose más y -más en sus sospechas, y procurando abordar directamente -la cuestión: “Es cierto, añadió; ¿pero -está bien á los sacerdotes el portarse mal con los -pobres?”.</p> - -<p>—Mirad, Renzo, yo no puedo decir nada, porque...<span class="pagenum" id="Page_39">[Pg 39]</span> -no sé nada; mas lo que puedo aseguraros -es, que mi amo no quiere causar daño, ni á -vos, ni á nadie, y que en esto no tiene culpa alguna.</p> - -<p>—¿Pues quién la tiene? preguntó Renzo con -cierto aire indiferente, pero con el corazón palpitante -y atento oído.</p> - -<p>—Cuando os digo que nada sé... En defensa -de mi amo puedo hablar, porque siento mucho se -le impute que hace sufrir á alguien. ¡Pobre señor! -Si peca es por su demasiada bondad; es excesivamente -bueno para este mundo, lleno de malvados -poderosos y hombres sin temor de Dios.</p> - -<p>“¡Poderosos, malvados!”, pensó Renzo; éstos no -son los superiores. “Vamos, dijo en seguida, tratando -de ocultar su creciente agitación; veamos, -decidme quién es”.</p> - -<p>—¡Ah! Vos queríais hacerme hablar, y no puedo -hacerlo, porque... no sé nada. Cuando nada -sé, es como si hubiese jurado callar. Aunque -me pusieseis en tormento, no sacaríais de mí una -sola palabra. Adiós; éste es tiempo perdido para -ambos. Al decir esto, entró precipitadamente en -el jardín, y cerró su puerta. Renzo, saludándola, -volvió atrás muy despacio, sin hacer ruido, para -que Perpetua no se apercibiera de la dirección -que tomaba; mas cuando conoció que ya no podía -oirle la buena mujer, redobló el paso. En un -momento llegó á la puerta de D. Abundio; entró,<span class="pagenum" id="Page_40">[Pg 40]</span> -corrio en derechura al salón donde lo había dejado; -lo encontró, se dirigió á él con ademán airado, -y los ojos saltándosele de sus órbitas.</p> - -<p>—¿Qué novedad es ésta? dijo D. Abundio.</p> - -<p>—¿Quién es el poderoso, replicó Renzo con el -acento de un hombre que está resuelto á obtener -una respuesta categórica: quién es el poderoso -que no quiere que me case con Lucía?</p> - -<p>—¿Qué... qué... qué? balbuceó el pobre -cura sorprendido, con el rostro más desencajado -y blanco que el lienzo cuando sale de la colada. -Balbuceando unos sonidos confusos dió un salto -de su sillón para lanzarse hacia la puerta; mas -Renzo, que había esperado aquel movimiento, y -estaba alerta, se precipitó antes que él, echó la -llave y la guardó en el bolsillo.</p> - -<p>—¡Oh, oh! Que queráis ó no, ahora hablaréis, -señor cura. Todos saben mis negocios menos yo. -¡Por vida mía! yo quiero saberlos también. ¿Cómo -se llama ese hombre?</p> - -<p>—¡Renzo, Renzo! Por caridad: tened cuidado -con lo que hacéis; pensad en vuestra alma.</p> - -<p>—Lo que pienso es que lo quiero saber todo al -punto, al instante.</p> - -<p>Y al decir esto, puso las manos sin querer sobre -el mango de su cuchillo, que salía de su faltriquera.</p> - -<p>—¡Misericordia! exclamó D. Abundio con voz -desfallecida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_41">[Pg 41]</span></p> - -<p>—Quiero saberlo.</p> - -<p>—¿Quién os ha dicho?...</p> - -<p>—No, no más rodeos. Hablad claro y pronto.</p> - -<p>—Pero si hablo, soy hombre muerto. ¿Acaso -no ha de interesarme mi vida más que todo?</p> - -<p>—Pues hablad.</p> - -<p>Dicho <em>pues</em>, fué pronunciado con tal energía, el -aspecto de Renzo llegó á ser tan amenazador, que -D. Abundio no se atrevió á desobedecerle.</p> - -<p>—¿Me prometéis, me juráis, dijo, de no hablar -á nadie de ello, de no decir nunca?...</p> - -<p>—Os prometo que haré un disparate si no me -decís su nombre pronto, muy pronto.</p> - -<p>Á esta nueva amenaza, D. Abundio con el semblante -y la mirada del paciente que tiene en la -boca las tenazas de un dentista, profirio con voz -apagada: Don...</p> - -<p>—¿Don? repitió Renzo, como para ayudar al -desgraciado á decir el resto; y se tenía encorvado, -con el oído inclinado sobre la boca de D. Abundio, -extendidos los brazos y apretados los puños.</p> - -<p>—¡D. Rodrigo! pronunció con presteza el cura, precipitando -algunas sílabas y estrechando las consonantes, en parte á causa de su -turbación, en parte porque disponiendo en aquel momento de la poca -atención que quedaba libre á su espíritu, parecía querer retener y hacer -retroceder la palabra en el momento mismo en que se veía forzado á que -saliera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_42">[Pg 42]</span></p> - -<p>—¡Ah perro! gritó Renzo. ¿Y cómo habéis hecho: -qué le habéis dicho para?...</p> - -<p>—¡Eh, eh! ¿Cómo, cómo pues? respondió con -voz casi indignada D. Abundio, el cual, después -de tan gran sacrificio, se figuraba en cierto modo -ser ya acreedor del joven: “¡Cómo, eh! Yo hubiera -querido que hubierais hecho vos el encuentro que -hice: seguramente no os hubiera quedado tanto -calor en el cerebro”. Y en esto se puso á pintar -con terribles colores el fatal acontecimiento; y al -seguir su narración, aumentándose por grados la -cólera que sentía en su interior, y que hasta entonces -había permanecido oculta y sujeta por -el temor; viendo al mismo tiempo que Renzo, medio -colérico y confuso estaba inmóvil con la cabeza -baja, prosiguió vivamente: “¡Os habéis portado -bien por cierto; me habéis hecho un gran servicio; -violentar de este modo á un hombre de bien, -á vuestro cura, y en su misma casa, en un lugar -sagrado! ¡Habéis hecho una linda proeza! ¡Arrancarme -de este modo vuestra pérdida y la mía, lo -cual quería ocultaros por prudencia y por vuestro -bien! Y ahora que ya lo sabéis, desearía saber -qué vais á hacer... ¡Por Dios, no lo echéis á -broma! No se trata de injusticia ó de razón, se -trata de violencias cometidas; y cuando esta mañana -os daba un buen consejo... ¡huy! en seguida -os encolerizasteis. Yo conservaba el juicio -por vos y por mí; pero cómo hacerlo... Abrid -á lo menos, dadme la llave”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span></p> - -<p>—Puedo haber faltado, respondió Renzo, dirigiéndose -á D. Abundio con acento más sosegado, -pero en el cual se percibía el furor de que estaba -poseído contra el ya descubierto enemigo; puedo -haber faltado; mas meted la mano en vuestro pecho, -y decidme si en mi lugar...</p> - -<p>Así diciendo, sacó del bolsillo la llave y fué á -abrir. D. Abundio lo siguió, y mientras aquél daba -la vuelta á la citada llave, se le acercó, y con -ademán grave y lleno de ansiedad, levantando los -tres primeros dedos de la mano derecha á la altura -de los ojos del joven, como para expresar más -su concepto. “Jurad á lo menos...”, le dijo.</p> - -<p>—Puedo haber faltado, y os pido mil perdones, -contestó Renzo, abriendo la puerta y disponiéndose -á salir.</p> - -<p>—Jurad... replicó D. Abundio, cogiéndole -con mano trémula el brazo.</p> - -<p>—Puedo haber faltado, repitió Renzo, desprendiéndose -de él; y partió furioso, cortando de este -modo la cuestión, que á ejemplo de una de literatura -ó de filosofía hubiera podido durar diez siglos, -pues que ambas partes no hacían más que -repetir sus argumentos.</p> - -<p>—¡Perpetua, Perpetua! gritó D. Abundio, después -de haber llamado en vano al fugitivo. Perpetua -no respondió, y D. Abundio perdía ya la -cabeza.</p> - -<p>Muchas veces ha sucedido á personajes de más<span class="pagenum" id="Page_44">[Pg 44]</span> -importancia que D. Abundio encontrarse en circunstancias -difíciles, tan inciertos acerca del partido -que deberían tomar, que acostarse con fiebre -les parecía el medio de salir del aprieto. Dicho -medio no hubo de ir á buscarlo, porque desde luego -se le ocurrió á D. Abundio. El susto del día -anterior, las angustias de una noche pasada en -vela, el miedo que acababa de experimentar, la -incertidumbre del porvenir, todo hizo su efecto. -Apesadumbrado y aturdido, se arrojó en su sillón: -empezó á sentir un horrible frío que se introducía -hasta en la médula de sus huesos; se miraba las -uñas suspirando, y llamaba de cuando en cuando -con trémula é indignada voz: ¡Perpetua! Apareció -ésta, por último, con una enorme col debajo del -brazo, y con apacible semblante, como si nada -hubiera pasado. Dejo á la consideración del lector -los lamentos, llantos, acusaciones y defensas, -los <em>vos sois la única que puede haber hablado</em>; los -<em>yo no he dicho nada</em>; todos los incidentes, en fin, -de aquella conversación. Baste decir que D. Abundio -mandó á Perpetua que atrancase bien la puerta, -que por ningún concepto la abriese; y si alguien -venía á buscarle, que contestara, desde la -ventana, que el cura estaba en la cama con calentura. -Después subió la escalera lentamente, diciendo -á cada tres escalones: “Estoy aviado;” -y se metió de veras en la cama, donde le dejaremos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_45">[Pg 45]</span></p> - -<p>Entretanto Renzo caminaba apresuradamente -hacia su casa, sin haber determinado lo que debía -hacer; pero iba reflexionando en su interior el -poner en práctica alguna cosa extraña y terrible. -Los provocadores, los malvados, todos aquellos -que de algún modo dañan á otros, son culpables, -no sólo del mal que causan, sino también -de la corrupción, á la cual arrastran los ánimos -de los ofendidos. Renzo era un muchacho pacífico -y ajeno de derramar sangre, sincero y enemigo -de toda clase de asechanzas, pero en aquel -momento sólo respiraba venganza y traición, sólo -proyectaba homicidios. Hubiera querido dirigirse -incontinenti á la morada de D. Rodrigo, -cogerle por la garganta y... pero recordó -que su palacio era una fortaleza, guarnecida y -guardada por bravos, interior y exteriormente; -que sólo los íntimos amigos y los servidores, entraban -allí sin ser registrados de la cabeza á los -pies; que un infeliz artesano desconocido, no podría -introducirse sin sufrir un minucioso examen, -y que él sobre todo... sería, quizá, reconocido -sin tardanza.</p> - -<p>Optaba entonces por tomar su arcabuz, apostarse -detrás de un matorral, y esperar á que su -enemigo pasara solo por aquel sitio; y recreándose -con feroz complacencia en estos pensamientos, -le parecía oir el ruido de las pisadas de D. Rodrigo, -creíale verle levantar dulcemente la cabeza,<span class="pagenum" id="Page_46">[Pg 46]</span> -reconocía al malvado, preparaba el arma, tomaba -la puntería, disparaba, lo veía caer y exhalar el -último suspiro, le lanzaba una maldición, y se -apresuraba á ganar la frontera para ponerse en -salvo. Pero, ¿y Lucía? Apenas se presentó este -nombre á su acalorada fantasía, cuando mejores -sentimientos ocuparon el corazón de Renzo. Viniéronle -á la memoria los postreros consejos de -sus padres, se acordó de Dios, de la Virgen y de -los santos: pensó en el consuelo que con frecuencia -había hallado al verse inocente de todo crimen, -y el horror que tantas veces le había inspirado -la narración de un asesinato; y despertó de -aquel sueño de sangre con espanto, con remordimientos, -y al propio tiempo con una especie de -alegría de haberlo tan sólo imaginado. ¡Pero -cuántos pensamientos venían en pos de la imagen -de Lucía! ¡Tantas esperanzas y tantas promesas -marchitadas, un porvenir tan deseado y que tan -seguro creía en aquel tan suspirado día! ¿Cómo -anunciarle aquella nueva? No sabía qué partido -tomar, ni cómo hacerla su esposa á pesar de cuanto -intentaba el poder de aquel injusto magnate. -Y en medio de tantas angustias, vino á aumentar -su congoja una vana inquietud de celos. D. Rodrigo -no podía haber urdido aquella infernal trama -sino impelido por una brutal pasión hacia Lucía. -¿Y Lucía? La idea de que le hubiese correspondido, -de que le hubiese dado la más pequeña<span class="pagenum" id="Page_47">[Pg 47]</span> -esperanza, no podía tener cabida un solo instante -en la mente de Renzo. ¿Pero sabía su amada la -pasión que había inspirado? ¿Había podido aquel -hombre concebir tan infame amor, sin darlo á conocer -al envidiado objeto? ¡Y sin embargo, Lucía -no me ha dicho una palabra á mí que soy su prometido!</p> - -<p>Absorto en estas ideas, pasó sin detenerse por delante de su casa, -situada en el centro del pueblo; y habiéndola atravesado, llegó á la de -Lucía, que estaba en el extremo opuesto. Había enfrente de esta casa un -pequeño patio cercado de una tapia que lo separaba de la calle. Renzo -entró en él y oyó un murmullo confuso y continuo que salía del piso -superior. Juzgó que serían las amigas y comadres del vecindario que -querían acompañar á Lucía, y se detuvo allí, pues no quería presentarse -en aquella reunión con el semblante inmutado y con tan desagradable -nueva en su ser. Una niña que se hallaba en el patio, corrio -gritando: ¡El novio, el novio!</p> - -<p>—Paz, Bettina, paz, dijo Renzo; ven acá, niña -mía: sube á la habitación de Lucía, llámala aparte -y dile al oído... pero que nadie lo oiga ni -sospeche, nada, ¿entiendes?... Dile que tengo -que hablarla, que la aguardo en la sala del entresuelo, -y que venga al instante.</p> - -<p>La niña subió la escalera á toda prisa, alegre -y orgullosa de llevar una comisión secreta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_48">[Pg 48]</span></p> - -<p>En aquel momento su madre acabó de vestirla -y salió á la sala para saludar á sus amigas, adornada -con sus últimas galas virginales.</p> - -<p>Sus buenas amigas se disputaban la posesión de -la novia, y la violentaban casi para que se dejara -examinar de los pies á la cabeza: ésta se esquivaba -con la modestia algo tosca de las aldeanas, -ocultando su rostro con el brazo, inclinándolo sobre -su seno, y frunciendo sus pobladas y negras -cejas, mientras que su boca se entreabría risueña. -Sus negros cabellos, que una blanca raya dividía -sobre su frente, se juntaban detrás de su -cabeza formando ondulantes trenzas, atravesados -por largas agujas de plata que dibujaban un círculo -á manera de los rayos de una aureola; peinado -que usan todavía las aldeanas del Milanesado. -Adornaba su garganta un collar de granate -con botones de oro afiligranado: cerraba su delicada -cintura un corpiño de vistoso brocado con -mangas abiertas que preciosos lazos de cinta podían -cerrar; unas enaguas de seda labrada, adornada -con varios y menudos pliegues; medias encarnadas -y chinelas bordadas. Éste era el adorno -especial del día de boda; pero Lucía ostentaba -también el que le era habitual: era éste una belleza -modesta, realzada y aumentada entonces por -los diversos sentimientos que se pintaban en su -rostro; una alegría moderada por una ligera turbación, -y aquella dulce inquietud que se manifiesta<span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span> -de vez en cuando en el semblante de las novias, -que sin disminuir su hermosura las da un -carácter particular. La pequeña Bettina se abrió -paso por entre las comadres que rodeaban á Lucía; -se acercó á ésta; la dió á entender con disimulo -que tenía que comunicarle cierta cosa, y la -manifestó al oído el mensaje que traía. “Me voy -un momento, y vuelvo”, dijo Lucía á las amigas, -y bajó precipitadamente. Al ver el demudado -semblante é inquieto ademán de Renzo,—¿qué ha -sucedido? dijo, no sin cierto presentimiento de -terror.</p> - -<p>—Lucía, respondió Renzo, por hoy todo ha fracasado; -y, ¡Dios sabe cuándo podremos ser marido -y mujer!</p> - -<p>—¿Qué decís? replicó Lucía llena de turbación. -Renzo le contó brevemente la historia de aquella -mañana: ella escuchaba con angustia; y cuando -oyó el nombre de D. Rodrigo, ¡ah! exclamó, trémula -y ruborosa: ¡Cómo, hasta ese punto ha llegado!</p> - -<p>—Pues qué, ¿sabíais ya?... dijo Renzo.</p> - -<p>—¡Demasiado! respondió Lucía; pero, ¡hasta -ese punto!</p> - -<p>—¿Qué es lo qué sabéis?</p> - -<p>—No me hagáis hablar ahora; no me hagáis -llorar. Corro á buscar á mi madre y despedir á -nuestras amigas: es necesario que quedemos -solos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_50">[Pg 50]</span></p> - -<p>Al ir á marcharse Lucía, Renzo murmuró: “¡Jamás -me habéis dicho nada acerca de esto!”.</p> - -<p>—¡Ah, Renzo! repuso aquélla volviéndose un -momento hacia él, pero sin detenerse. Renzo -comprendió perfectamente que su nombre, pronunciado -por Lucía en aquel instante, con aquel -tono, quería decir: ¿Podéis dudar que yo haya -callado sin tener motivos justos y puros para -ello?</p> - -<p>Entretanto la buena Inés (así se llamaba la madre -de Lucía), habiendo entrado en sospechas y -curiosidad por las palabras que Bettina dijo al oído -de su hija, y la desaparición instantánea de ésta, -había bajado á ver lo que ocurría. Lucía la -dejó con Renzo, y se dirigió adonde estaban sus -compañeras, y componiendo como mejor pudo su -aspecto y su voz, dijo: “El señor cura está enfermo, -por lo que nada se hará hoy”; dicho esto, -las saludó apresuradamente, y volvió á bajar.</p> - -<p>Las convidadas se dispersaron y fueron á contar -lo sucedido: dos ó tres se dirigieron á casa del -cura, para cerciorarse si éste realmente estaba enfermo.—Tiene -un gran calenturón, respondió Perpetua, -desde la ventana; y la triste noticia, pasando -de unas á otras, destruyó las conjeturas que -germinaban en sus cabezas, y que ya habían empezado -á propagar con aire misterioso.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Nada es más amargo y cruel que el momento de despertar -cuando sucede después de haber sufrido una pena que aún -no hemos podido calmar. El espíritu, apenas vuelto en sí quiere -anudar el curso de las ideas de su tranquila vida anterior; -pero la conciencia del nuevo estado de cosas ahuyenta éstas, -nos presenta otras, y esto cambia la pena en más cruel.</p> - -</div> -</div> -</div> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_51">[Pg 51]</span></p> - -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO TERCERO</h2> -</div> - - -<p>Lucía entró en la sala baja, en donde mientras -tanto Renzo, mortalmente afligido, estaba informando -á Inés de todo lo ocurrido, la cual lo escuchaba -con la mayor inquietud. Ambos se volvieron, -á mirar á la que estaba mejor informada que -ellos, y de quien esperaban una aclaración que no -podía dejar de ser sumamente dolorosa. Los dos -dejaban entrever en medio de su pesadumbre y con -el distinto cariño que cada uno profesaba á Lucía, -cierta incomodidad por haberles callado ésta tales -y tales cosas. Inés, aunque ansiosa de oir hablar -á su hija, no pudo menos de echárselo en cara: -“¡No decir nada á tu madre de semejante cosa!”.</p> - -<p>—Ahora os lo diré todo, respondió Lucía, enjugándose -los ojos con su delantal.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_52">[Pg 52]</span></p> - -<p>—¡Habla, habla! ¡Hablad, hablad!, gritaron á la -vez la madre y el novio.</p> - -<p>—¡Virgen Santísima!, exclamó Lucía. ¡Quién -hubiera creído que las cosas podían llegar á semejante -extremo! En seguida, con la voz entrecortada -por los sollozos, contó cómo pocos días -antes, cuando volvía del trabajo, se había quedado -detrás de sus compañeras, y pasó por delante -de ella D. Rodrigo, en compañía de otro señor; -que aquél se había acercado á prodigarla una multitud -de requiebros (según decía Lucía) de muy -mal género; pero ésta, sin prestarle atención, había -apretado el paso y reunídose con sus citadas -compañeras; que entretanto había oído al otro señor -reir estrepitosamente, y á D. Rodrigo decir: -“Apostemos”. Al día siguiente los había vuelto á -encontrar; pero Lucía iba con los ojos bajos en -medio de sus compañeras. El amigo de D. Rodrigo -se mofaba, y éste decía: “Lo veremos, lo veremos”. -Gracias al cielo, continuó Lucía, aquel -día era el último en que se hilaba la seda. Yo -lo conté en seguida...</p> - -<p>—¿Á quién se lo has contado?, preguntó Inés, -interrumpiéndola, no sin manifestarse un tanto -enojada al tratar de saber el nombre del preferido -confidente.</p> - -<p>—Al padre Cristóbal bajo confesión, mamá, -respondió Lucía con dulce acento de disculpa. Se -lo referí todo la última vez que fuimos juntas á la<span class="pagenum" id="Page_53">[Pg 53]</span> -iglesia del convento; y si queréis recordar aquella -mañana, yo no dejaba de hacer, ya una cosa, ya -otra, para ganar tiempo, tanto para que pasasen -otras gentes del país que hiciesen el mismo camino -é ir en su compañía, cuanto porque después -de aquel encuentro, las calles me causan un miedo -tan grande...</p> - -<p>Al respetable nombre del padre Cristóbal, el -enojo de Inés se apaciguó: “Has hecho bien, dijo; -mas ¿por qué no confiárselo también á tu madre?”.</p> - -<p>Lucía había tenido dos justas razones: la una, -el no afligir y asustar á la pobre mujer con un -asunto al cual ella no hubiera podido hallar remedio; -la otra, no correr el riesgo de ver pasar de -boca en boca una historia que deseaba sepultar -en su interior para siempre, tanto más, cuanto que -esperaba que su casamiento pondría término desde -luego á aquella abominable persecución. Sin -embargo, de las dos razones citadas, no alegó más -que la primera.</p> - -<p>—Y á vos, dijo en seguida, volviéndose á Renzo, -con aquel tono que quiere hacer reconocer á -un amigo que ha obrado mal: “¿Debía yo también -hablaros de esto? ¡Demasiado lo sabéis ahora!”.</p> - -<p>—¿Y qué te ha dicho el padre?, preguntó Inés.</p> - -<p>—Me ha dicho que tratase de apresurar la boda -todo lo posible, y que mientras, me estuviese -encerrada; que rogase fervientemente al Señor, -esperando que aquel hombre, no viéndome, no se<span class="pagenum" id="Page_54">[Pg 54]</span> -acordaría más de mí. Entonces fué cuando yo me -violenté, prosiguió, volviéndose de nuevo á Renzo, -pero sin atreverse á levantar los ojos, y en extremo -ruborizada; entonces fué cuando con la mayor -impudencia os supliqué que apresuraseis nuestro -casamiento y lo concluyeseis antes del tiempo -prefijado. ¡Qué concepto habréis formado de mí! -Mas yo lo hacía con la mejor intención, y porque -me lo habían aconsejado, y lo tenía por cierto!... -Esta mañana estaba tan lejos de pensar... Aquí -sus palabras fueron ahogadas por un copioso raudal -de lágrimas.</p> - -<p>—¡Ah malvado! ¡Ah maldito asesino!, gritaba -Renzo, recorriendo la estancia de un lado á otro, -y apretando el mango de su cuchillo.</p> - -<p>—¡Oh qué maquinación, santo Dios!, exclamaba -Inés.</p> - -<p>El mancebo se paró de improviso delante de -Lucía, que estaba anegada en llanto, la miró con -cierto aire de ternura mezclada de rabia, y la dijo: -Ésta es la última que hace ese asesino.</p> - -<p>—¡Ah, no Renzo, por el amor de Dios!, gritó -Lucía. ¡No, no, por el amor de Dios! El señor -protege á los desgraciados; ¿y cómo queréis que -él nos ayude si obramos mal?</p> - -<p>—¡No, no, por el amor del cielo!, repetía Inés.</p> - -<p>—Renzo, dijo Lucía con aire de confianza y resolución -más tranquila: vos tenéis un oficio, y yo<span class="pagenum" id="Page_55">[Pg 55]</span> -sé trabajar; vámonos tan lejos, que ese hombre no -oiga hablar jamás de nosotros.</p> - -<p>—¡Ah, Lucía! ¿Y luego? ¡No somos aún marido -y mujer! ¿El cura querrá dar fe de nuestro estado? -¿un hombre como él? Si estuviéramos casados, -¡oh! entonces...</p> - -<p>Lucía echó de nuevo á llorar: los tres quedaron -en silencio y en un abatimiento que formaba -un triste contraste con la pompa festiva de sus -vestidos.</p> - -<p>—Escuchadme, hijos míos; prestadme atención, -dijo Inés después de un breve rato. Yo he venido -al mundo primeramente que vosotros, y por lo -tanto le conozco un poco. No es necesario, pues, -alarmarse tanto; no es tan fiero el león como lo -pintan, á nosotros los pobres, las madejas nos parecen -siempre mas enredadas, porque no sabemos -encontrar el cabo; mas á veces un aviso, la más -pequeña palabra de un hombre que ha estudiado... -yo bien sé lo que quiero decir. Hacedlo -á mi modo, Renzo: id á Lecco, y allí buscad al -doctor Azzecca Garbugli, y referidle... pero por -Dios no le llaméis así; es un apodo: es preciso decirle -el señor doctor... ¿Cómo, pues, se llama?... -¡Ah, vaya!... No sé su verdadero nombre: -todo el mundo lo llama de ese modo. Bastará -que preguntéis por un doctor alto, enjuto, -calvo, con la nariz colorada y un antojo de frambuesa -en la mejilla.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_56">[Pg 56]</span></p> - -<p>—Lo conozco de vista, dijo Renzo.</p> - -<p>—Bien, continuó Inés; él es un grande hombre. -Yo he visto á más de uno, que estaba más embarazado -que un polluelo dentro de la estopa, no -sabiendo hacia qué lado volverse, y después de -haberse avistado con el doctor Azzecca-Garbugli -(tened cuidado de no llamarle así); lo he visto, repito, -no hacer otra cosa más que reírse. Tomad -aquellos cuatro capones, ¡pobrecitos!, á los cuales -debía yo retorcer el pescuezo para el banquete -del domingo, y llevádselos; porque nunca es bueno -ir con las manos vacías á las casas de esos señores. -Contadle todo lo ocurrido, y veréis cómo -él os dirá de buen grado lo que nosotros no hubiéramos -calculado, ni se nos habría ocurrido, en -un año.</p> - -<p>Renzo estimó mucho aquel parecer; Lucía lo -aprobó: é Inés, orgullosa de haberlo dado, cogió -del gallinero uno á uno á los pobres animales, -reunió sus ocho patas, como si hiciese un ramillete -de flores, las envolvió y ató con un bramante, -y los puso en la mano de Renzo, el cual, después -de haber dado y recibido palabras de esperanza, -salió por la parte del jardín con el objeto de no -ser visto de los muchachos, que hubieran corrido -tras él, gritando: “¡el novio, el novio!”. Se lanzó -á través de los campos y veredas, lleno de cólera, -pensando en su desgracia, y meditando en la conversación -que iba á tener con el Dr. Azzecca-Garbugli.<span class="pagenum" id="Page_57">[Pg 57]</span> -Dejo á la consideración del lector, cuán poco -tranquilo hubo de ser el camino para aquellos -pobres animales, de tal modo atados y cogidos por -las patas, boca abajo, en las manos de un hombre -que, agitado de tantas pasiones, acompañaba con -el gesto los pensamientos que pasaban tumultuosamente -por su imaginación. Ora extendía el brazo, -dominado por la cólera; ora lo levantaba por -la desesperación; ora lo sacudía en el aire como -por amenaza, y hacía saltar aquellas cuatro cabezas -suspendidas, las cuales, entre tanto, se entretenían -en picarse mutuamente, según sucede con -frecuencia entre tales compañeros de infortunio.</p> - -<p>Habiendo llegado al pueblo, preguntó por la -morada del doctor; fuéle indicada, y se dirigió á -ella. Al entrar se sintió sobrecogido de aquella -timidez que la gente del pueblo poco instruida -experimenta en presencia de un señor y de un sabio. -Olvidó todos los discursos que llevaba preparados -de antemano; pero dió una ojeada á los -capones y se serenó. Entró en la cocina y preguntó -á la criada si se podía hablar al señor doctor: -ella atisbó los animales, y como estaba acostumbrada -á semejantes regalos, les echó la mano encima, -aunque Renzo se hacía para atrás, porque -quería que el doctor viera y supiese que le llevaba -algo. Éste llegó en el momento mismo en que -la sirvienta decía: “Traed y pasad adelante”.</p> - -<p>Renzo hizo una grande reverencia; el doctor lo<span class="pagenum" id="Page_58">[Pg 58]</span> -acogió bondadosamente con un “venid, hijo mío”, -y lo hizo entrar consigo en su despacho. Era una -pequeña estancia, en la cual en tres de sus paredes -se veían colocados los retratos de los doce césares; -la cuarta estaba cubierta con un enorme -estante lleno de libros viejos y empolvados, en el -centro una mesa atestada de alegaciones, súplicas, -folletos, ordenanzas, con tres ó cuatros sitiales alrededor, -y en un lado un sillón de brazos, de alto -y cuadrado respaldo, terminado en los ángulos por -dos adornos de madera, que se prolongaban en -forma de cuernos, cubierto de vaqueta salpicada -de gruesas tachuelas, algunas de las cuales, caídas -ya desde largo tiempo, la dejaban en completa -libertad para que se arrollase por todas partes. -El doctor vestía el traje que se usaba en los -tribunales; esto es, una toga muy raída que ya le -había servido muchos años atrás para perorar en -los días solemnes, cuando iba á Milán á defender -alguna causa de importancia. Cerró la puerta, y -animó al mancebo con estas palabras: “Hijo mío, -referidme vuestro negocio”.</p> - -<p>—Quisiera deciros una cosa en confianza.</p> - -<p>—Ya os escucho, respondió el doctor, hablad. -Y se acomodó en su sillón. Renzo, de pie delante -de la mesa, puesta una mano en la copa del sombrero, -y con la otra haciéndole dar vueltas, replicó: -Yo quisiera saber de vos, caballero, que habéis -estudiado...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_59">[Pg 59]</span></p> - -<p>—Contadme el hecho tal cual es, interrumpióle -el doctor.</p> - -<p>—Es indispensable que me disculpéis; nosotros -los pobres no sabemos hablar bien. Yo quisiera, -pues, saber...</p> - -<p>—¡Benditas gentes! todos sois lo mismo; en vez -de referir el hecho, queréis interrogar, porque ya -tenéis en la imaginación vuestro designio.</p> - -<p>—Disculpadme, señor doctor. Querría saber si -uno puede ser castigado por amenazar á un cura -que rehúsa el verificar un casamiento.</p> - -<p>—Ya entiendo, dijo el doctor: en verdad, nada -había comprendido; ya entiendo. Y de pronto -se puso serio, pero con una seriedad mezclada de -compasión é interés: apretó fuertemente los labios, -dejando oir un sonido inarticulado, expresión -de un sentimiento que demostró más claramente -por sus primeras palabras: “Éste es un caso grave, -hijo mío; un caso previsto. Habéis hecho bien -en venir á mí; es un caso muy claro, y previsto -en cien ordenanzas, y... á propósito, en una del -año último del señor gobernador actual; ahora os -la haré ver y tocar con vuestra propia mano”.</p> - -<p>Así diciendo, se levantó del sillón, y sepultó las -manos en aquel caos de papelotes, revolviéndolos -de arriba abajo, como si echase grano en una medida.</p> - -<p>—¿Dónde está, pues? ¡Sal, sal! Ya se ve, tiene -uno tantas cosas en qué pensar. Pero seguramente<span class="pagenum" id="Page_60">[Pg 60]</span> -debe estar allí, porque es una ordenanza muy -importante. ¡Ah! ¡Hela aquí, hela aquí! La tomó, -abrió y miró la fecha; y habiéndose puesto aún -más serio, exclamó: “Del 15 de octubre de 1627: -ciertamente, es del año pasado; ordenanza reciente; -son las que dan más que hacer. Hijo mío, ¿sabéis -leer?”.</p> - -<p>—Un poquito, señor doctor.</p> - -<p>—Bien, acercaos: seguid con la vista, y veréis.</p> - -<p>Y teniendo en el aire la ordenanza desplegada, -empezó á leer, mascullando precipitadamente en -algunos pasajes, y apoyándose distintamente y -con grande expresión en otros, según la necesidad.</p> - -<p><em>Si bien por el bando publicado de orden del señor -duque de Feria, en 14 de diciembre de 1620, y confirmada -por el Illmo. y Exmo. Sr. D. Gonzalo Fernández -de Córdoba, &c... se haya prevenido con -rigorosos y ejemplares castigos las vejaciones, exacciones -y actos tiránicos que algunos osan cometer -contra los muy fieles vasallos de S. M.; los excesos de -toda especie han llegado á ser tan frecuentes, y la -malicia... &c... ha crecido hasta tal punto, que -S. E. se ha visto obligado... &c... Por lo cual, -de acuerdo con el senado y una junta... ha resuelto -que se publique el presente bando.</em></p> - -<p><em>Y empezando por los actos vejatorios, la experiencia -ha demostrado que muchos individuos, tanto en<span class="pagenum" id="Page_61">[Pg 61]</span> -las ciudades como fuera de ellas</em>... ¿comprendéis? -<em>de este estado tiranizan con exacciones, y oprimen -de varios modos á los más débiles, obligándoles á que -hagan contratos forzosos de compras, arrendamientos... -&c.</em>... ¿Dónde voy? ¡Ah! Helo aquí: escuchad: -<em>Que se hagan ó no los matrimonios</em>: ¡eh! -¿qué tal?</p> - -<p>—Éste es mi caso, dijo Renzo.</p> - -<p>—Atended, atended además este otro; y después -veremos la pena que les impone. <em>Que haya -ó no testigos; que el uno abandone el lugar donde -habita... &c... que el otro pague una deuda; -que aquél no lo moleste, y que vaya á su molino</em>: todo -esto no tiene nada que ver con nosotros. ¡Ah! -aquí está: <em>Que el sacerdote que no haga lo que tiene -obligación de hacer por razón de su ministerio, ó se -mezcle en cosas que no le pertenezcan</em>... ¿eh?</p> - -<p>—Parece que hayan hecho el bando expresamente -para mí.</p> - -<p>—¡Eh! ¿No es verdad? Oíd, oíd: <em>y otras semejantes -violencias, ejecutadas, ya sea por los feudatarios, -nobles, de la clase media, villanos y plebeyos</em>. -Nadie escapa; todos están comprendidos, lo mismo -que lo estarán en el valle de Josafat. Escuchad -ahora la pena: <em>Todas estas y otras semejantes -malas acciones, aunque están prohibidas; sin embargo, -conviniendo usar de mayor rigor, S. E. por el -presente, no derogando, &c... ordena y manda -que el que contraviniere á cualquiera de los citados</em>:<span class="pagenum" id="Page_62">[Pg 62]</span> -<em>artículos ú otros equivalentes, se proceda por todos -los jueces ordinarios de este Estado, imponiéndole -penas pecuniarias y corporales, así como el destierro -y galeras, y aun hasta la pena capital</em>... ¡Es -una friolera! <em>al arbitrio de S. E. ó del senado, según -la cualidad de los casos, personas y circunstancias; -y esto ir-re-mi-si-ble-men-te y con todo rigor, -&c.</em>... ¡Eh! ¿qué tal? ¿Es esto un grano de anís? -Y mirad aquí las firmas: <em>Gonzalo Fernández de -Córdoba</em>: y más abajo, <em>Platonus</em>: y además aquí, -<i lang="la" xml:lang="la">Vidit Ferrer</i>: no falta ningún requisito.</p> - -<p>Mientras leía el doctor, Renzo lo seguía lentamente -con la vista, tratando de profundizar el -verdadero sentido, ver por sí mismo aquellas benévolas -y santas palabras que, según él, debían -ser su amparo; el doctor se maravillaba de ver á -su cliente más atento que aterrado. Debe estar -inscrito en la asociación de los bravos, decía para -sí.—¡Ah, ah! dijo en seguida: vos os habéis hecho -sin embargo, cortar el tupé: habéis sido prudente; -pero queriendo poneros en mis manos, no era -necesario. El caso es serio; mas vos no sabéis de -todo lo que soy capaz en ciertas ocasiones.</p> - -<p>Para comprender el sentido de esta salida del -doctor, es preciso saber ó acordarse de que en -aquel tiempo los bravos de profesión y los malvados -de todas clases acostumbraban llevar un largo -tupé, que se echaban luego á la cara como una -visera en el momento de atacar á alguno, en el<span class="pagenum" id="Page_63">[Pg 63]</span> -caso de que no quisiesen ser conocidos, y la empresa -fuese de aquéllas que requieren fuerza y al -propio tiempo prudencia.</p> - -<p>Las ordenanzas tampoco habían guardado silencio -sobre este punto. <em>S. E.</em> (el marqués de la -Hinojosa) <em>ordena: Que cualquiera que lleve los cabellos -de tal longitud, que cubran la frente hasta las -cejas inclusive, ó la red hasta las orejas, ó que pase -de ellas, incurrirá en una multa de trescientos escudos; -y en caso de insolvencia, de tres años á galeras -por la primera vez; y por la segunda, á más de la -pena mencionada á una aún mayor pecuniaria y -corporal al arbitrio de S. E.</em></p> - -<p><em>Sin embargo, se permite al que con motivo de ser -calvo, ó por otra razonable causa, como por señal ó -herida, pueda, para su mayor decoro y salud llevar -los cabellos tan largos como sea preciso para cubrir -semejantes defectos, y nada más, con el bien entendido -que no se excedan un ápice de lo estrictamente -preciso, y de lo que está prevenido, so pena de incurrir -en el castigo impuesto á los demás contraventores.</em></p> - -<p><em>Igualmente manda á los barberos, bajo la multa -de cien escudos, ó de tres carreras de azotes dados en -la plaza pública, y aun mayor pena corporal, siempre -al arbitrio de S. E., que no dejen á aquellos á -quienes corten el pelo ninguna clase de trenzas, tupés, -rizos ni cabellos más largos que lo de ordinario, -así en la frente como á los lados, ni más bajo de las<span class="pagenum" id="Page_64">[Pg 64]</span> -orejas, teniendo cuidado que estén todos iguales, exceptuando -los calvos y otros defectuosos, según va dicho -anteriormente.</em></p> - -<p>El tupé era, pues, casi como una parte de la -armadura y un distintivo de los matones y gentes -de mal vivir; y de ahí el origen de llamárseles -<i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>. Esta palabra ha quedado y subsiste todavía -en la significación más reducida en el dialecto; -y acaso no habrá ningún milanés que no se -acuerde de haber oído decir en su niñez, bien á -sus padres ó al maestro, ya á algún amigo de la -casa, ó por último á algún criado: es un <i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>, un -pequeño <i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>.</p> - -<p>—En verdad, yo, pobre muchacho, repuso Renzo, -puedo jurar que jamás he llevado tupé.</p> - -<p>—Nada hacemos, replicó el doctor, meneando -la cabeza con una sonrisa entre maliciosa é impaciente. -Si no tenéis confianza en mí, nada hacemos. -Mirad, hijo mío: el que no dice la verdad al -doctor es un imbécil, que la dirá al juez. Es preciso -que al abogado se le cuenten las cosas como -son en sí; á nosotros toca después el embrollarlas. -Si queréis que yo os ayude, es absolutamente indispensable -que me lo digáis todo, desde el principio -hasta el fin, como si dijéramos, con el corazón -en la mano, del mismo modo que al confesor. -Debéis nombrarme la persona de la cual habéis -recibido el mandato: naturalmente será de importancia; -y en este caso me personaré con él, y haré<span class="pagenum" id="Page_65">[Pg 65]</span> -lo que deba hacerse. No le diré: mirad que yo -sé que habéis mandado tal cosa; decidme si es -cierto. Le manifestaré que voy á implorar su protección -á favor de un infeliz mancebo calumniado, -y tomaré con él las oportunas medidas para concluir -el negocio honrosamente. Tened entendido -que salvándose él, os salvará á vos también. -Mas si esta pequeña travesura fuese exclusivamente -vuestra, ¡bah! no me vuelvo atrás; de otros peores -embrollos he salido bien... Porque entendámonos: -con tal de que no hayáis ofendido á ninguna -persona de categoría, me empeño en sacaros -del atolladero, mediante un pequeño gasto; es necesario -que nos entendamos bien. En primer lugar -debéis decirme quién es el ofendido, y cómo se llama; -en segundo, la posición, cualidad y carácter -del protector, y entonces se verá si conviene tener -á raya al que ofende, amenazándole con -el que protege, ó buscando de cualquier modo el -atacarle criminalmente; porque, mirad, para el -que conoce y sabe manejar bien las ordenanzas, -ninguno es culpable; y tampoco ninguno es inocente. -Con respecto al cura, si es persona de juicio, -él se estará quieto; si fuese un mala cabeza, -tengo yo un buen remedio para curarle. Se puede -salir bien de todas las intrigas, pero es preciso ser -hombre capaz para ello; y vuestro caso es serio, -serio repito, y muy serio. La ordenanza está clara; -y si la cosa ha de decidirse entre la justicia y<span class="pagenum" id="Page_66">[Pg 66]</span> -vos, así, entre cuatro ojos, ya estáis fresco. Yo os -hablo como amigo: las travesuras es necesario pagarlas. -Si queréis salir purificado, es indispensable -dinero y sinceridad, tener confianza en el que -bien os quiere, obedecer y seguir en un todo aquello -que se os prescriba.</p> - -<p>Mientras el doctor hablaba de aquel modo, Renzo, -estático, lo estaba mirando atentamente de la -misma manera que un rústico contempla en la -plaza á un jugador de manos, que después de haber -escondido en su boca estopa y más estopa, -empieza á sacar de ella cintas, cintas, y más cintas, -siendo cosa de nunca acabar. Sin embargo, -cuando hubo comprendido bien lo que el doctor -quería decir, y en qué sentido tan equivocado lo -había tomado, le cortó la cinta en la boca, diciendo: “¡Oh, -señor doctor! ¿de qué modo lo habéis -entendido? ello es precisamente todo al revés. Yo -no he amenazado á nadie; yo no hago tales cosas: -preguntad más bien á todo mi lugar, y veréis cómo -se os dirá, que yo jamás he tenido que hacer -con la justicia. La bribonada ha sido hecha á mí, -y vengo á saber de vos qué es lo que he de hacer para -obtener justicia, estando muy satisfecho de haber -visto esa ordenanza”.</p> - -<p>—¡Diablo! exclamó el doctor, abriendo sobremanera -los ojos. ¿Qué galimatías me hacéis? Todos -sois por el mismo estilo. ¿Es posible que no -sepáis jamás decir las cosas claras?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_67">[Pg 67]</span></p> - -<p>—Perdonad, vos no me habéis dado tiempo; -ahora os lo contaré como ello es en sí. Sabed, pues, -que yo debía casarme hoy; y aquí la voz de Renzo -se conmovió: debía casarme con una joven con -la cual llevaba relaciones amorosas desde fines del -verano, y hoy, como digo, era el día fijado por el -señor cura, y todo estaba dispuesto. Mas he aquí -que éste empieza á proponer ciertas excusas... -Basta; por no ser molesto: yo le he hecho hablar -claro, como era justo, y me ha confesado que se -le había prohibido, bajo pena de la vida, el hacer -este casamiento. ¡Ese <em>prepotente</em> de D. Rodrigo!...</p> - -<p>—¡Y bien! le interrumpió súbitamente el doctor, -frunciendo las cejas, arrugando su colorada -nariz y torciendo la boca; ¡y bien! ¿qué venís á -quebrarme la cabeza con esas patrañas? Id á referir -tales cuentos á gentes de vuestra calaña, ya -que no sabéis medir las palabras; y no venir á un -hombre como yo que sabe todo lo que valen. Marchaos, -marchaos; no sabéis lo que decís: yo no -me comprometo por chiquillos; no quiero oir semejantes -despropósitos y palabras vacías de sentido.</p> - -<p>—Os juro.</p> - -<p>—Marchaos, os digo; ¿qué queréis que yo haga -de vuestros juramentos? Yo no me mezclo en esas -cosas, yo me lavo las manos; y se las restregaba -como si efectivamente se las estuviera lavando.<span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span> -Aprended á hablar; no se viene á sorprender así -á una persona de pundonor.</p> - -<p>—Pero oídme, oídme, repetía en vano Renzo; -el doctor gritando siempre, le empujaba con ambas -manos fuera de la habitación. Cuando lo hubo -echado abrió la puerta de par en par, llamó á -la criada y la dijo: “Volved pronto á este hombre -lo que ha traído: yo no quiero nada, no quiero -nada”.</p> - -<p>Aquella mujer, en todo el tiempo que hacía que -estaba en la casa, no había jamás cumplido una -orden semejante; pero había sido proferida con -tal resolución, que no vaciló un instante en obedecerla. -Tomó los cuatro pobres animales, y se -los dió á Renzo echándole una mirada de desdeñosa -compasión, que parecía querer decir: es preciso -que hayáis cometido una gran necedad. Renzo -quería hacer algunos cumplimientos, mas el -doctor fué inexpugnable, y el joven más atónito -y enfurecido que nunca de tener que volver á tomar -las víctimas rehusadas y volver al pueblo á -referir á sus señoras el buen éxito de su expedición.</p> - -<p>Éstas, durante la ausencia de Renzo, después -de haberse despojado tristemente de sus vestidos -de boda, cambiándolos con los de los días de trabajo, -se pusieron á consultar de nuevo, sollozando -Lucía y suspirando Inés. Cuando esta última -hubo hablado bastante de los grandes efectos que<span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span> -debían esperarse de los consejos del doctor, Lucía -dijo que era indispensable ver de buscar auxilios -de todos modos; que el padre Cristóbal era -hombre, no sólo para dar consejos, sino también -para ponerlos en ejecución cuando se trataba de -socorrer á los pobres, y que sería muy conveniente -el poderle hacer saber todo lo que había sucedido. -Seguramente, dijo Inés; y se pusieron á reflexionar -en los medios de que se valdrían, ya que -no se sentían con valor aquel día para ir al convento, -distante de allí cerca de dos millas, y que -ciertamente ninguna persona sensata se lo hubiera -aconsejado. Pero mientras examinaban los partidos -que se presentaban á su imaginación, he -aquí que oyeron un golpecito dado á la puerta, y -en el mismo momento un humilde pero distinto -<i lang="la" xml:lang="la">Deo gratias</i>. Lucía, imaginándose quién podía ser, -corrió á abrir; y luego, habiendo hecho una pequeña -inclinación familiar, entró seguida de un -capuchino fraile lego, con sus alforjas pendientes -en el hombro izquierdo, cuya abertura retorcida -y estrecha sujetaba con ambas manos sobre su -pecho. ¡Oh, hermano Galdino! dijeron las dos mujeres.</p> - -<p>—El Señor sea con vosotras, dijo el fraile. Vengo -en busca de las nueces.</p> - -<p>—Ve á buscar las nueces para el padre, dijo -Inés.</p> - -<p>Lucía se levantó y se encaminó á otra estancia;<span class="pagenum" id="Page_70">[Pg 70]</span> -mas antes de entrar, se paró detrás de Fr. -Galdino, que permanecía de pie en la misma postura, -y llevando un dedo á su boca, dirigió á la -madre una mirada, en la cual se traslucía que le -encargaba el secreto con ademán tierno y suplicante, -aunque también con cierta autoridad.</p> - -<p>El mendicante, que se conservaba á bastante -distancia de Inés, mirando á esta al soslayo, dijo: “¿Y -esa boda? Á la verdad que debía verificarse -hoy; he notado en el lugar una cierta confusión, -como si hubiese ocurrido alguna novedad. ¿Qué -ha sucedido?”.</p> - -<p>—El señor cura está enfermo, y ha sido preciso -diferirla, repuso con prontitud la mujer. Si Lucía -no la hubiese hecho aquella señal, la respuesta habría -sido probablemente distinta. ¿Y cómo va de -colecta? añadió en seguida para variar de conversación.</p> - -<p>—No muy bien, buena señora, no muy bien; -aquí está toda. Y esto diciendo, se quitó las alforjas -del hombro, y las hizo saltar entre sus dos -manos. Aquí está toda, y para reunir esta gran -abundancia, he tenido que tocar á diez puertas.</p> - -<p>—Pero el año es escaso, Fr. Galdino, y cuando -tiene que haber medida en el pan, no se puede -alargar la mano en lo demás.</p> - -<p>—Y para hacer volver el buen tiempo, ¿qué remedio -hay, señora mía? La limosna. ¿Tenéis noticia -del milagro de las nueces, que tuvo lugar hace<span class="pagenum" id="Page_71">[Pg 71]</span> -ya muchos años en nuestro convento de la Romaña?</p> - -<p>—No, en verdad; contádmelo.</p> - -<p>—¡Oh! Pues debéis saber que en dicho convento -había un padre, el cual era un santo, y se llamaba -el padre Macario. Un día de invierno, pasando -por una pequeña senda practicada en medio -del campo de un bienhechor nuestro, tan hombre -de bien como el mismo padre Macario, vió éste al -citado bienhechor cerca de un gran nogal de su -propiedad, y á cuatro aldeanos que con el hacha -levantada empezaban á excavar el pie para poner -las raíces al sol.—“¿Qué hacéis á este pobre árbol? -preguntó el padre Macario.—¡Ay padre! hay una -porción de años que no me quiere dar nueces; por -lo tanto, yo hago leña de él.—Dejadlo estar, dijo -el padre: sabed que este año dará más nueces que -hojas”. El bienhechor, que conocía muy bien al -que acababa de pronunciar las anteriores palabras, -ordenó prontamente á los trabajadores que echasen -de nuevo la tierra sobre las raíces, y habiendo -llamado al padre, que continuaba su camino,—“Padre -Macario, le dice: la mitad de la cosecha -será para el convento”. Se esparció la voz de semejante -pronóstico, y todos corrían á ver el nogal. -En efecto, llegada la primavera echó flores con -fuerza, y á su debido tiempo nueces, pero nueces -en grande. El honrado bienhechor no tuvo el consuelo -de varearlo, porque antes de la recolección<span class="pagenum" id="Page_72">[Pg 72]</span> -fué á recibir el premio de su caridad. Mas el milagro -fué mucho mayor, según vais á oir. Aquel -digno hombre había dejado un hijo, cuyas cualidades -eran bien diferentes de las suyas. Estando -ya en la época de la recolección, el hermano mendicante -fué á recoger la mitad que era debida al -convento; pero el hijo, fingiendo la mayor extrañeza, -tuvo la temeridad de responder que jamás -había oído decir que los capuchinos supiesen hacer -nueces. Ahora bien: ¿pues sabéis lo que sucedió? -Cierto día (atended bien á esto), el libertino -había invitado á varios de sus amigos de la misma -calaña que él: y en medio de la francachela que -tenían, les contaba la historia de las nueces, burlándose -á su sabor de los frailes. Aquellos imprudentes -jovenzuelos tuvieron deseos de ir á ver una -tan enorme porción de nueces, y él los condujo al -granero. Mas oíd bien: abre él la puerta, se dirige -al rincón en donde estaba colocado el gran -montón, y mientras dice mirad, mira él mismo, y -ve... ¿qué es lo que ve? un bello montón de hojas -secas de nogal. ¿No fué esto un magnífico ejemplar? -Y el convento, en vez de perder con eso ganó -mucho; porque después de tan gran suceso, los -donativos de las nueces rendían tanto y tanto, -que un bienhechor, movido á compasión hacia el -hermano mendicante, tuvo la caridad de regalar -un asno al convento, con el objeto de ayudar á -dicho hermano á conducirlas al mismo. Además,<span class="pagenum" id="Page_73">[Pg 73]</span> -se hacía con ellas tanto aceite, que todos los pobres -iban á buscar según sus necesidades; porque -nosotros somos como el mar, que recibe agua de -todas partes para volver á distribuirla luego á todos -los ríos.</p> - -<p>En esto volvió á aparecer Lucía con el delantal -tan lleno de nueces, que con trabajo podía soportar -su peso, sosteniendo en alto ambos extremos -con los brazos extendidos y separados; mientras -que el hermano Galdino se quitaba de nuevo -las alforjas del hombro, las hacía descansar en el -suelo, y ponía expedita la abertura para introducir -la abundante limosna. La madre miró á Lucía -con semblante atónito y severo á la vez por su -prodigalidad; pero esta última le echó una ojeada -que quería significar, yo me justificaré. Fr. -Galdino se deshizo en elogios, promesas y favorables -predicciones, manifestándose sumamente -agradecido; y volviendo á colocar las alforjas en -su lugar, iba á partir; mas Lucía, llamándole de -nuevo le dice: “Quisiera que me hicieseis un favor: -desearía que dijeseis al padre Cristóbal que tengo -gran necesidad de hablarle, y que haga la caridad -de venir á nuestra humilde casa, pronto, -pronto; porque á nosotras no nos es posible ir á -la iglesia”.</p> - -<p>—¿No queréis otra cosa? No se pasará una hora -sin que el padre Cristóbal sepa vuestro deseo.</p> - -<p>—Cuento con ello.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">[Pg 74]</span></p> - -<p>—No lo dudéis: y dicho esto se fué un poco -más encorvado y más contento de lo que había -venido.</p> - -<p>Al ver que una pobre muchacha mandaba llamar -con tanta confianza al padre Cristóbal y que -el mendicante aceptaba la comisión sin maravilla -y sin dificultad, no se juzgue por esto que dicho -padre Cristóbal fuese un fraile adocenado, una -persona despreciable; todo lo contrario, era un -hombre que ejercía mucha influencia entre los suyos -y en todo el contorno; pero era tal la condición -de los capuchinos, que para ellos nadie había -ni demasiado bajo, ni demasiado elevado. Servir á -la clase ínfima y hacerse servir por los poderosos; -entrar en los palacios y en las chozas con el mismo -continente de modestia y seguridad; ser tal -vez en una misma casa un objeto de pasatiempo, -á la par que un personaje sin el cual nada se decida; -pedir limosna por todas partes y hacerla á -todos los que iban á pedirla al convento; á todo -esto estaba acostumbrado un capuchino. Viajando, -podía igualmente tropezar con un príncipe -que le besase reverentemente la punta del cordón, -ó con una cuadrilla de pilluelos que fingiendo -reñir entre sí le salpicasen de barro la barba. -La palabra <em>fraile</em> era pronunciada en aquella época -con el mayor respeto y con el más amargo desprecio: -y los capuchinos, acaso más que los de -ninguna otra orden, eran objeto de dos contrarios<span class="pagenum" id="Page_75">[Pg 75]</span> -sentimientos, y experimentaban las dos opuestas -fortunas; porque no poseyendo nada, revestidos -de hábitos más extraños y distintos que de ordinario, -y haciendo más abierta profesión de humildad, -se exponían más de cerca á la veneración -y al vilipendio que estas cosas pueden inspirar á -los hombres, según la diversidad de su carácter ó -su modo de pensar.</p> - -<p>Habiendo partido Fr. Galdino, Inés exclamó: “¡Tantísimas -nueces en un año como éste!”.</p> - -<p>—Mamá, perdonadme, respondió Lucía; mas si -hubiésemos hecho una limosna como las de costumbre, -¡Dios sabe cuántas vueltas hubiera tenido -que dar Fr. Galdino antes de llenar las alforjas; -Dios sabe cuándo habría vuelto al convento, -y con los cuentecillos que hubiera referido -ó escuchado, Dios sabe si él se habría acordado!...</p> - -<p>—Has pensado muy bien; y luego que toda caridad -trae siempre buen fruto, dijo Inés, la cual, -á pesar de sus defectillos, era una excelente mujer, -y se hubiera, según vulgarmente se dice, arrojado -al fuego por su única hija en quien tenía -puesto todo su cariño.</p> - -<p>En esto llegó Renzo, y entrando con semblante -mortificado á la par que de despecho, echó los -capones sobre una mesa: ésta fué la última vicisitud -de aquellos pobres animales por aquel día.</p> - -<p>—¡Qué hermoso consejo me habéis dado! dijo<span class="pagenum" id="Page_76">[Pg 76]</span> -á Inés; ¡me habéis mandado á casa de bellísimo -sujeto, de uno que ayuda verdaderamente á los -infelices! Esto dicho, refirió su entrevista con el -doctor. La mujer, estupefacta de tan triste resultado, -quería meterse á demostrar que el consejo -sin embargo era bueno, y que Renzo no debía haber -sabido expresarse; mas Lucía interrumpió esa -cuestión, anunciando que esperaba haber encontrado -un auxilio mejor. Renzo acogió todavía esta -esperanza, como acontece á los que están en el -mayor embarazo y aflicción.—Mas si el padre, dijo -él, no halla algún medio, yo le hallaré de un -modo ú de otro. Las mujeres le aconsejaron que -tuviese prudencia, calma y paciencia.—Mañana, -dijo Lucía, vendrá seguramente el padre Cristóbal, -y veréis cómo encontrará algún remedio de -aquellos que nosotros ni siquiera podemos imaginar.</p> - -<p>—Así lo espero, dijo Renzo; mas en todo caso -sabré hacerme razón, ó declarármela por otros. -En este mundo, ésta es finalmente la justicia.</p> - -<p>Con tan dolorosos discursos, y con tantas idas -y venidas, según va referido, se había pasado el -día, y empezaba ya á oscurecer.</p> - -<p>—Buenas noches, dijo tristemente Lucía á Renzo, -el cual no sabía resolverse á marchar.</p> - -<p>—Buenas noches, respondió éste con más tristeza -todavía.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_77">[Pg 77]</span></p> - -<p>—Algún santo nos ayudará, replicó Lucía; sed -prudente y resignaos.</p> - -<p>La madre añadió otros consejos del mismo género, -y el novio se fué con el corazón agitado, repitiendo -siempre estas extrañas palabras: “En este -mundo, ésta es finalmente la justicia. ¡Tan cierto -es que un hombre abrumado por el dolor, no sabe -siquiera lo que se dice!”.</p> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_78">[Pg 78]</span></p> - -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO CUARTO</h2> -</div> - - -<p>El sol no había aparecido aún enteramente sobre -el horizonte, cuando el padre Cristóbal salió -de su convento de Pescarenico para ir á la casita -donde era esperado. Es Pescarenico un lugarcillo -asentado en la orilla izquierda del Adda, ó por mejor -decir, del lago, un poco más abajo del puente; -componen dicho lugarcillo un pequeño grupo de -cabañas, habitadas la mayor parte por pescadores, -y adornadas acá y allá de tresmallos y redes tendidas -con el objeto de secarse. El convento estaba -situado (y el edificio subsiste todavía) en las -afueras del lugar, y la fachada caía en medio del -camino que de Lecco conduce á Bérgamo. El cielo -se veía completamente despejado. Á medida -que el sol se elevaba detrás de las montañas, se -veía su luz descender rápidamente desde las cimas<span class="pagenum" id="Page_79">[Pg 79]</span> -de los opuestos montes y esparcirse por las -pendientes y por los valles: un vientecillo de otoño, -desprendiendo de las ramas del moral las hojas -secas, las hacía caer á algunos pasos distantes -del árbol; á derecha é izquierda en las viñas, sus -rayos, aún oblicuos, brillaban en los pámpanos enrojecidos -con variadas tintas, y la tierra recién labrada -se destacaba oscura y se percibía distintamente -entre los campos cubiertos de rastrojo, -blanquecino y brillante, á causa del rocío. La escena -era risueña; mas toda figura de hombre que -en ella aparecía, entristecía la vista y el pensamiento. -Á cada instante se encontraban andrajosos -y macilentos mendigos envejecidos en el oficio -ó lanzados en aquel entonces por necesidad á tender -la mano. Pasaban silenciosos por el lado del -padre Cristóbal, lo miraban con semblante propio -para excitar compasión, y bien que no tuviesen -nada que esperar de él, ya que un capuchino no -tocaba jamás moneda, le hacían un saludo de agradecimiento -por la limosna que habían recibido ó -que iban á buscar al convento. El espectáculo de -los labradores esparcidos por los campos, tenía -cierta cosa de más doloroso aún. Los unos iban -echando la simiente en pequeña cantidad, con economía, -y como de mala gana, como el que arriesga -una cosa de la cual tiene mucha necesidad; los -otros manejaban el azadón con dificultad, y revolvían -con disgusto los terrones. La pequeña niña,<span class="pagenum" id="Page_80">[Pg 80]</span> -pálida y descarnada, arrastrando al pasto por -medio de una pequeña cuerda á la escuálida vaca, -cuyas ubres se veían secas del todo, miraba -atentamente y se bajaba á toda prisa, á fin de recoger -para que sirviese de alimento á su familia -algunas yerbas, con las cuales el hambre le había -enseñado que los hombres podían aún mantenerse. -Tales objetos aumentaban á cada paso la melancolía -del padre, el cual caminaba ya con el -triste pensamiento de que iba á oir alguna desgracia.</p> - -<p>Mas, ¿por qué se inquietaba tanto en favor de -Lucía, y por qué al primer aviso había andado -con tanta solicitud como á una llamada del padre -provincial? ¿Quién era, pues, ese padre Cristóbal? -Es necesario satisfacer á todas estas preguntas. -El padre Cristóbal de *** era un hombre más -próximo á los sesenta que á los cincuenta años. -Su cabeza afeitada, á excepción del cerquillo que -la rodeaba, según el rito de los capuchinos, se elevaba -de tiempo en tiempo, con un movimiento -que dejaba traslucir un cierto no sé qué de altivo -é inquieto, y de súbito se bajaba por reflexión de -humildad. La larga y blanca barba que cubría sus -mejillas y demás partes de la cara, hacía resaltar -más todavía las formas relevantes de la parte -superior del rostro, á las cuales una abstinencia -ya de mucho tiempo habitual, había añadido más -gravedad á su expresión que había quitado. Sus<span class="pagenum" id="Page_81">[Pg 81]</span> -ojos hundidos estaban casi siempre inclinados al -suelo; pero algunas veces despedían fulgores con -repentina vivacidad, á la manera que dos fogosos -caballos conducidos por la experta mano de un cochero, -á la cual saben por experiencia que no pueden -vencer, y que sin embargo, dan de vez en -cuando algunos botes, que reprimen al momento -con una buena sacudida del freno.</p> - -<p>El padre Cristóbal no había sido siempre así, -ni siempre se había llamado Cristóbal: su nombre -de pila era Ludovico. Era hijo de un mercader -de *** (estos asteriscos<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a> provienen todos de la circunspección -de nuestro anónimo), que en sus últimos -años, hallándose bastante rico y con un solo -hijo, había renunciado al tráfico, y se había entregado -á vivir como un noble.</p> - -<p>En su nueva ociosidad empezó á sentir interiormente -una gran vergüenza por todo el tiempo que -había gastado en hacer algo en este mundo. Dominado -por semejante capricho, estudiaba todas -las maneras de hacer olvidar á los demás que había -sido mercader, y aun él mismo habría querido -olvidarlo. Mas la tienda, los fardos, los libros -de cuentas y la vara, se le presentaban siempre á -la imaginación, como la sombra de Banquo á Macbeth, -aun en medio del fausto de los espléndidos -<span class="pagenum" id="Page_82">[Pg 82]</span>banquetes y de las sonrisas de los parásitos. Es -difícil expresar el cuidado que pondrían estos infelices -para esquivar toda palabra que pudiese -parecer alusiva á la antigua condición del que los -convidaba. Un día, para citar no más que un ejemplo, -un día, pues, ya al fin de la comida, en los -momentos de la más viva y cordial alegría, en los -cuales no se habría podido decir quiénes eran los -que más gozaban, si la compañía desocupando -platos ó el amo de la casa haciéndolos servir; éste -daba una broma con un tono de superioridad -amistosa á uno de sus comensales, el más honrado -comedor del mundo, el cual para corresponder -á la chanza sin la más mínima sombra de malicia -y con el candor propio de un tierno niño, repuso: “¡Bah!, -yo hago oídos de mercader”. En el instante -de notar este mismo que semejante palabra -había salido de su boca, miró con semblante incierto -al rostro del dueño, el cual también se había -oscurecido: el uno y el otro hubieran querido -volver á recobrar su primitivo reposo; mas no era -posible. Los demás convidados pensaban, cada -uno de por sí, el modo de calmar aquel escándalo -é inventar alguna diversión; mas pensando callaban, -y el silencio ponía el escándalo más de manifiesto. -Cada uno evitaba el encontrar sus ojos -con los de los otros; todos ellos sabían que cada -uno estaba preocupado con la idea que querían -disimular. Lo que es la alegría, por aquel día<span class="pagenum" id="Page_83">[Pg 83]</span> -desapareció, y el imprudente, ó para hablar con -más justicia el desgraciado, no recibió ninguna -otra invitación. Así, el padre de Ludovico pasó -los últimos años de su vida en continuas angustias, -temiendo siempre el ser escarnecido, y no -reflexionando jamás que el vender no es una cosa -más ridícula que el comprar, y que aquella profesión -de la cual entonces se avergonzaba, habíala -sin embargo ejercido por espacio de tantos años -públicamente y sin remordimientos. Hizo educar -el hijo noblemente, según las costumbres de la -época y tanto como se lo permitían las leyes y -usos; dióle maestros de bellas letras y de equitación, -y murió dejándole rico y joven.</p> - -<p>Ludovico había contraído todos los hábitos de -caballero; y sus aduladores, entre los cuales se había -nutrido, le habían acostumbrado á ser tratado -con mucho respeto. Mas cuando quiso mezclarse -con los principales de su pueblo, encontró un -orden de cosas bien diferente de aquel á que estaba -acostumbrado. Vió que para vivir en su -compañía, como hubiera deseado, le era indispensable -hacer un nuevo estudio de paciencia y sumisión, -permanecer siempre humillado, y estar á cada -momento sufriendo con resignación. Semejante -género de vida no estaba acorde, ni con la educación, -ni con el natural de Ludovico. Se alejó de -ellos despechado, aunque al mismo tiempo con pesar, -porque le parecía que verdaderamente habrían<span class="pagenum" id="Page_84">[Pg 84]</span> -debido ser sus compañeros, sólo que los hubiera -querido más tratables. Con esta mezcla de -rencor é inclinación, no pudiendo acompañarlos familiarmente -y queriendo, sin embargo, parecerse -en cierto modo, se había dado á competir con -ellos en lujo y magnificencia, captándose de este -modo las enemistades, las envidias y el ridículo. -Su índole pacífica, á la par que violenta, le había -empeñado más de una vez en debates muy serios. -Sentía un horror espontáneo y sincero por los -agravios é injurias, horror vuelto más vivo en él -por la cualidad de las personas que con más frecuencia -los cometían, que eran justamente aquellas -con quienes más aborrecimiento tenía. Para -aquietar ó para concentrar todas estas pasiones -en una sola, tomaba voluntariamente el partido -del débil oprimido, se empeñaba en ser desfacedor -de entuertos, se entrometía en una querella, -y se atraía encima otra nueva, de tal modo, que -poco á poco vino á constituirse el protector de los -oprimidos y el vengador de los agraviados. La -empresa era grave, y no hay que preguntar si el -pobre Ludovico tendría enemigos, cuidados é inquietudes. -Además de esta guerra exterior, se veía -después continuamente agitado por combates interiores, -porque para salir bien de una intriga (sin hablar -de aquellas en que quedaba debajo), debía -emplear astucias y violencias que su conciencia -de ningún modo podía aprobar. Era preciso que<span class="pagenum" id="Page_85">[Pg 85]</span> -tuviese á su rededor un buen número de matones; -y tanto por seguridad propia, cuanto por tener un -auxilio más vigoroso, debía escoger á los más temerarios, -esto es, á los más malvados, y vivir con -los bribones por causa de la justicia; tanto que, -más de una vez, desanimado por el mal éxito de -una empresa, inquieto por un peligro inminente, -fastidiado de tener que estar continuamente en -guardia, disgustado con la gente que le acompañaba -por necesidad, pensando en el porvenir, y -que su fortuna iba disminuyendo de día en día con -las buenas obras y entre la <em>bravería</em>, más de una -vez le había venido á la imaginación el hacerse -fraile, porque en aquella época era el medio más -común para salir de apuros. Pero esto, que hubiera -sido acaso no más que un pensamiento toda -su vida, se cambió en una firme resolución á causa -de un accidente, el más serio que hasta entonces -le hubiese podido sobrevenir.</p> - -<p>Iba cierto día por una calle de su pueblo natal -seguido de dos bravos y acompañado de un tal -Cristóbal, en otro tiempo mancebo de la tienda, -y cerrada ésta transformado en mayordomo de la -casa. Era éste un hombre de cerca de cincuenta -años, adicto desde su juventud á Ludovico, al -cual había visto nacer, y que entre el salario y los -regalos le daba no sólo para vivir, sino también -para mantener y sustentar una numerosa familia. -Ludovico vió aparecer á lo lejos un señor como<span class="pagenum" id="Page_86">[Pg 86]</span> -él, arrogante y protector de profesión, á quien -jamás en su vida había hablado, pero que sin embargo -cordialmente detestaba, y el cual le pagaba -generosamente en la misma moneda; porque -es una de las ventajas que ofrece este mundo, la -de poder odiar y ser odiado sin conocerse. Dicho -señor, seguido de cuatro bravos, avanzaba en línea -recta con paso orgulloso, levantada la cabeza -y marcando en sus labios la mayor insolencia y el -más profundo desprecio. Ambos caminaban rozándose -con la pared; mas Ludovico (nótese bien -esto), la tocaba con el lado derecho, y esto, según -una costumbre, le daba el derecho de no separarse -de dicha pared para dar paso á cualquiera -que fuese, cosa de la cual se hacía entonces -mucho caso. El otro pretendía por el contrario, -que el derecho le competía á él como noble, y que -á Ludovico le tocaba ir por el medio, y todo esto -en virtud de otra costumbre. Aunque en esto como -en muchas otras cosas estaban en vigor dos -costumbres contrarias, sin que se hubiese decidido -cuál de las dos fuese la buena, lo cual daba -ocasión de que se armara una riña cada vez que -un cabeza dura tropezase con otra del mismo temple. -Nuestros dos hombres marchaban á encontrarse -arrimados á la pared, como dos figuras movibles -de bajorrelieve. Cuando estuvieron ya cara -á cara, el tal señor, midiendo á Ludovico con altanería -desde la cabeza á los pies con mirada torva<span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span> -é imperiosa, le dijo en un tono de voz correspondiente: “Paso”.</p> - -<p>—Paso, repuso Ludovico, llevo la derecha.</p> - -<p>—Con gentes como vos é iguales vuestros, siempre -la llevo yo.</p> - -<p>—Si la arrogancia de los vuestros fuese una ley -para los míos...</p> - -<p>Los <em>bravos</em> del uno y del otro bando, permanecían -como clavados, cada uno detrás de su amo, -mirándose de reojo, con las manos puestas en las -dagas y preparados al combate. La gente que llegaba -ya por un lado, ya por otro, se mantenía á -cierta distancia para observar el suceso, y la presencia -de estos espectadores animaba siempre más -el amor propio de los contendientes.</p> - -<p>—Al arroyo, artesano vil, ó yo te enseñaré del -modo que se trata á los nobles.</p> - -<p>—Vos mentís llamándome vil.</p> - -<p>—Tú eres el que mientes, diciendo que yo he -mentido. (Esta respuesta era de pragmática.) Y -si tú fueses caballero como yo, añadió el señor, -te haría ver con la espada que tú has sido el que -has mentido.</p> - -<p>—He aquí un buen pretexto para dispensarse -de sostener con hechos la insolencia de vuestras -palabras.</p> - -<p>—Arrojad al fango á ese bribón, dijo el noble -volviéndose á los suyos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_88">[Pg 88]</span></p> - -<p>—¡Veámoslo! dijo Ludovico, dando de pronto -un paso atrás y echando mano á la espada.</p> - -<p>—¡Temerario! gritó el otro desenvainando la -suya; la haré mil pedazos cuando esté manchada -con tu vil sangre.</p> - -<p>En esto se lanzaron uno hacia otro; los servidores -de ambas partes se arrojaron á la defensa de -sus respectivos dueños. El combate era desigual, -ya por el número, ya porque Ludovico trataba -más bien de parar los golpes y desarmar al enemigo -que de matarlo; pero éste quería su muerte -á toda costa. Ludovico había ya recibido en el -brazo izquierdo una puñalada dada por un <em>bravo</em>, -y un ligero rasguño en una mejilla; su principal -adversario se lanzaba con furia sobre él con el objeto -de concluir de una vez, cuando Cristóbal, -viendo á su señor en tan extremado peligro, fué -con el puñal á coger al noble por detrás. Éste volvió -toda su ira contra aquél, y le pasó de parte á -parte con su espada. Al ver Ludovico aquello, se -puso fuera de sí, y hundió la suya en el vientre -del provocador, el cual cayó moribundo casi al -mismo tiempo que el pobre Cristóbal. Los bravos -del noble, viendo que todo estaba concluido, emprendieron -la fuga en muy mal estado; los de Ludovico, -afrentados y acuchillados también, no teniendo -ya con quién habérselas, y no queriendo -hallarse envueltos por los espectadores que acudían -al campo de batalla, se deslizaron por otro<span class="pagenum" id="Page_89">[Pg 89]</span> -lado, y Ludovico se encontró solo, con aquellos -dos funestos compañeros á sus pies, en medio de -una muchedumbre inmensa.</p> - -<p>—¿Cómo ha sido esto?—Es uno.—Son dos.—Le -ha hecho un ojal en el vientre.—¿Quién ha sido -muerto?—<em>El prepotente.</em>—¡Oh, Santa María, qué -fracaso!—Quien busca halla.—Una las paga todas.—También -él ha tenido su fin.—¡Qué golpe!—¡Esto -es un negocio muy serio!—¿Y aquel otro -desgraciado?—¡Misericordia, qué espectáculo!—¡Salvadlo, -salvadlo!—¡También está bien aviado!—¡Miradlo -qué maltrado; arroja sangre por todas -partes!—Escapaos, escapaos; no os dejéis prender.</p> - -<p>Estas palabras, que dominaban todas las demás -y se oían á través del confuso ruido de la muchedumbre, -expresaban el voto general, y con el consejo -vino en seguida el auxilio. El suceso había -tenido lugar muy cerca de una iglesia de capuchinos, -asilo, como todos saben, impenetrable en -aquella época para los esbirros y á toda aquella -reunión de cosas y personas que se llamaba justicia. -El asesino fué llevado al convento casi sin -sentido por la multitud, y los frailes lo recibieron -de las manos del pueblo, que se lo recomendaban -diciendo: “Éste es un hombre de bien que ha dado -cuenta de un hombre orgulloso y bribón; lo ha -hecho en defensa propia y obligado á ello”.</p> - -<p>Ludovico hasta entonces no había jamás derramado -sangre; y aunque el homicidio fuese en<span class="pagenum" id="Page_90">[Pg 90]</span> -aquellos tiempos una cosa tan común, que los oídos -de todos estaban acostumbrados á oirlos referir -y los ojos á presenciarlo; sin embargo, la impresión -que recibió al ver el hombre muerto por -su mano, y el otro muerto también por culpa suya, -fué nueva é indecible, fué una revelación de -sentimientos aún desconocidos. La caída de su -enemigo, la alteración de aquel rostro que pasaba -en un momento de la amenaza y del furor al abatimiento -y á la solemne calma de la muerte, fué -una vista que cambió rápidamente el ánimo del -homicida. Arrastrado al convento, no sabía casi -en dónde estaba ni lo que se hacía, y cuando volvió -en sí se encontró en una cama de la enfermería, -en manos del hermano cirujano (los capuchinos -tienen ordinariamente uno en cada convento) -que ponía hilas y vendaba las dos heridas que había -recibido en aquel encuentro.</p> - -<p>Un sacerdote, cuyo destino especial era asistir -á los moribundos, y el cual había con frecuencia -prestado semejantes servicios en las calles, fué -llamado con precipitación al lugar del combate. -Vuelto pocos minutos después entró en la enfermería, -y acercándose al lecho en donde yacía Ludovico, -“consolaos, le dijo: á lo menos ha muerto -bien, y me ha encargado que le perdonéis, así -como también traigo el perdón de su parte para -vos”. Estas palabras hicieron volver en sí del todo -al pobre Ludovico, y los sentimientos que hasta<span class="pagenum" id="Page_91">[Pg 91]</span> -entonces permanecían confusos y como en tropel -en su mente, se le representaron distintamente -y con la mayor vivacidad; en efecto, el dolor -causado por la pérdida de un amigo, el asombro -y el remordimiento del golpe que su mano había -descargado, y al mismo tiempo una angustiosa -compasión hacia el hombre que había muerto, se -revelaron en él enteramente. “¿Y el otro?”, preguntó -con ansia al fraile.</p> - -<p>—El otro había expirado cuando yo llegué.</p> - -<p>Entretanto las avenidas y alrededores del convento -hormigueaban de una curiosa muchedumbre; -mas habiendo llegado la tropa, hizo dispersar -á la multitud y se situó á cierta distancia de la -puerta, de tal modo, que nadie pudiese salir del -edificio sin ser observado. Un hermano del muerto, -dos de sus primos y un anciano tío, fueron armados -de pies á cabeza, acompañados de un gran -número de <em>bravos</em>, y se pusieron á rondar alrededor -del convento, mirando con aire y ademanes -de amenazadora cólera á los curiosos que no se -atrevían á decirles: “le está muy bien merecido”.</p> - -<p>Apenas Ludovico pudo reunir sus ideas, llamó -á un confesor y le suplicó que fuese á casa de la -viuda de Cristóbal, con el objeto de impetrar en -su nombre el perdón de haber sido la causa, aunque -ciertamente involuntaria, de aquella desgracia, -y que la asegurase al mismo tiempo que tomaba -á su cargo toda la familia. Reflexionando<span class="pagenum" id="Page_92">[Pg 92]</span> -luego en su posición, sintió renacer el deseo de -hacerse fraile, pensamiento que otras veces había -pasado por su imaginación: le pareció que Dios -mismo le había colocado en el camino y le había -dado una señal de su voluntad haciéndole llegar -en aquella coyuntura á un convento, y el partido -fué adoptado. Hizo llamar al guardián, y le manifestó -su deseo. Éste le respondió que era preciso -que se guardase de tomar una resolución precipitada; -pero que si persistía, no sería desechada. -Entonces mandó á buscar un notario, hizo donación -de todo lo que le quedaba (que era todavía -un buen patrimonio), á la familia de Cristóbal; dió -una suma considerable á la viuda, como para constituirla -una segunda dote, y el resto á ocho hijos -que Cristóbal había dejado.</p> - -<p>La resolución de Ludovico venía muy á propósito -para sus huéspedes, los cuales por su causa -estaban metidos en una gran intriga. Echarlo del -convento y exponerlo de ese modo á las persecuciones -de la justicia, ó lo que es igual, á la venganza -de sus enemigos, no era partido que mereciese -siquiera consultarse; esto hubiera sido lo mismo -que renunciar á sus propios privilegios, desacreditar -al convento para con el pueblo, atraerse -la animadversión de todos los capuchinos del universo -por haber dejado violar tan sagrados derechos, -y ponerse en pugna abierta con todas las -autoridades eclesiásticas, las cuales se consideraban<span class="pagenum" id="Page_93">[Pg 93]</span> -como tutoras del derecho de asilo. Por otra -parte, la familia del muerto, bastante poderosa -por sí misma y por sus secuaces, trataba de vengarse -á toda costa, y declaraba por enemigo á -cualquiera que se atreviese á poner algún obstáculo. -La historia no dice que aquélla se doliese -mucho del difunto, ni menos que hubiese derramado -por él una sola lágrima toda la parentela; -únicamente dice, que estaban furiosos de no tener -entre sus uñas al matador, ya fuese vivo ó -muerto. Pero éste, vistiendo el hábito de capuchino, -lo componía todo. Hacía en cierto modo -una pública retractación, se imponía una penitencia, -se confesaba implícitamente culpable, se retiraba -de toda contienda; era, en suma, un enemigo -que deponía las armas. Los parientes del -muerto podían también, si querían, creer ó vanagloriarse -de que se había hecho fraile por desesperación -ó por miedo de su cólera. De todos modos, -reducir á un hombre á despojarse de sus bienes, -á afeitarse la cabeza, á caminar con los pies -desnudos, á dormir sobre un duro y miserable -jergón de paja, á vivir de limosna, podía parecer -un castigo suficiente aun al ofendido más orgulloso.</p> - -<p>El padre guardián se presentó con una expresiva -humildad al hermano del muerto; y después -de mil protestas de respeto por su ilustre casa, y -del deseo de complacer á ésta en todo lo que fuese<span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span> -posible, habló del arrepentimiento de Ludovico -y de su resolución, haciéndole ver con finura -que la casa podía estar muy satisfecha, é insinuando -luego suavemente y de la manera más -diestra, que gustase ó no, las cosas debían ser así. -El hermano se deshizo en injurias, y el capuchino -dejó pasar la tormenta, diciendo de cuando en -cuando: “Es un dolor muy justo”. Manifestó al capuchino -que su familia había sabido siempre tomar -satisfacción de una ofensa; y éste, aunque -pensase de distinto modo, no dijo que no. Finalmente, -aquél exigió como una condición que el -asesino de su hermano había de salir prontamente -de la ciudad. El guardián, que ya había deliberado -obrar así, dijo que se haría, dejando que -el otro creyera, si esto le complacía, que era un -acto de sumisión, quedando todo arreglado de esta -manera: contenta la familia de salir de semejante -negocio con honor, contentos los frailes que -salvaban un hombre y sus privilegios sin acarrearse -ningún enemigo, contentos los amantes de -las leyes de la caballería de ver terminarse un -asunto honrosamente, contento el pueblo que veía -fuera de peligro á un hombre que quería y que al -mismo tiempo admiraba una conversión; contento -finalmente, y más que todos, en medio de su dolor -nuestro Ludovico, el cual empezaba una vida -de expiación y de servidumbre, que podía, si no -reparar, á lo menos redimir la mala acción, y embotar<span class="pagenum" id="Page_95">[Pg 95]</span> -el punzante aguijón de los remordimientos. -La idea que su resolución pudiese ser atribuida -al miedo, le afligió un momento; pero se consoló -bien pronto, pensando que aquella injusta opinión -sería un castigo para él, y un medio de expiación. -Así, á los treinta años se vistió el hábito -de capuchino; y debiendo, según el uso, dejar su -nombre para tomar otro, escogió uno que le recordase -á todas horas la falta que tenía de expiar, -y se puso por nombre Cristóbal.</p> - -<p>Apenas la ceremonia de la toma de hábito se -hubo concluido, cuando el guardián le intimó la -orden de ir á hacer su noviciado á *** distante -sesenta millas, y que partiese al otro día por la -mañana. El novicio se inclinó profundamente y -pidió gracia. “Permitidme, padre, dijo, que antes -de partir de esta población, en donde he derramado -la sangre de un hombre, donde dejo una familia -cruelmente ofendida, que repare al menos -su afrenta, que muestre mi pesar de no poder resarcir -el daño, pidiendo perdón al hermano del -muerto, y acallarle, si Dios bendice mi intención, -el rencor de su alma”. Al guardián le pareció que -semejante paso, además de ser bueno en sí, serviría -siempre para reconciliar más á la familia con -el convento, y en su consecuencia se dirigió ansioso -á la casa del señor hermano para exponerle -la súplica de Fr. Cristóbal. Á una proposición tan -inesperada, aquél sintió, á la par que admiración,<span class="pagenum" id="Page_96">[Pg 96]</span> -un arrebato de cólera, pero no sin alguna complacencia. -Después de haber reflexionado un instante, -“que venga mañana”, dijo, y señaló la hora. -El guardián volvió á llevar al novicio tan deseado -consentimiento.</p> - -<p>El noble pensó de pronto que cuanto más solemne -y ruidosa fuese aquella satisfacción, tanto -más se aumentaría su crédito para con su familia -y para con el público, y sería una bella página en -la historia de la misma. Hizo saber apresuradamente -á todos los parientes, que al día siguiente, -á la hora de medio día, se sirviesen ir á su casa á -recibir una satisfacción común. Á la citada hora, -el palacio bullía en señores de todas edades y -sexos; aquello era un torbellino: la mezcla de -grandes capas, de altas plumas, de pendientes -<em>durlindanas</em>, el ondulante movimiento de las almidonadas -y rizadas gorgueras, y el confuso roce de -las adamascadas togas. Las antecámaras, el patio -y la calle hormigueaban de criados, pajes, <em>bravos</em> -y curiosos. Al ver Fr. Cristóbal aquel aparato, -adivinó el motivo y experimentó una ligera turbación; -mas después de breves instantes, se dijo: “Está -bien hecho, yo lo he matado en público á -presencia de un gran número de sus enemigos; -aquél fué el escándalo, ésta es la reparación”. Así, -con los ojos bajos, con el padre compañero al lado, -pasó la puerta de la casa, atravesó el patio -entre una multitud que le miraba con una curiosidad<span class="pagenum" id="Page_97">[Pg 97]</span> -poco respetuosa, subió la escalera, y en medio -de otra muchedumbre de señores que se formaban -en ala á su paso, seguido de cien miradas, -llegó á presencia del amo de la casa, el cual, rodeado -de los parientes más próximos, permanecía -de pie en medio de la estancia, con la mirada fija -en el pavimento y la barba levantada, empuñando -con la mano izquierda el pomo de la espada, y -apretando con la derecha la valona de la capa sobre -el pecho.</p> - -<p>Hay á veces en el rostro y el continente de un -hombre, una expresión tan significativa, que aunque -se encuentre en medio de una numerosa multitud -de espectadores, todos ellos formarán el mismo -juicio sobre los sentimientos que le animan. -El semblante y el ademán de Fr. Cristóbal decían -claramente á los asistentes, que no se había hecho -fraile ni iba á sufrir aquella humillación por humano -temor; y esto empezó á reconciliarlo con -todos los ánimos. Cuando vió al ofendido aceleró -el paso, se hincó de rodillas á sus pies, cruzó las -manos sobre el pecho, é inclinando su rapada cabeza, -le dijo: “Yo soy el matador de vuestro hermano. -¡Bien sabe Dios que quisiera restituíroslo -á costa de mi sangre! mas no pudiendo hacer otra -cosa que dar ineficaces y tardías excusas, os suplico -que por amor de Dios las aceptéis”. Todos los ojos -estaban fijos sobre el novicio y sobre el personaje -á quien hablaba; todos los oídos estaban atentos.<span class="pagenum" id="Page_98">[Pg 98]</span> -Cuando Fr. Cristóbal calló, se alzó en el salón un -murmullo de piedad y de respeto. El gentilhombre, -que permanecía en una actitud de complacencia -forzada y de cólera comprimida, se turbó -con aquellas palabras; y volviéndose al suplicante: “Alzad, -dijo con voz alterada; la ofensa... el hecho, -verdaderamente... mas el hábito que lleváis... -no sólo esto, sino aun por vos... Alzaos, -padre... Mi hermano... no lo puedo negar... -era un caballero... era un hombre... -un poco impetuoso... un poco vivo. Pero todo -sucede por disposición de Dios. No se hable más -de ello... Mas, padre mío, no debéis permanecer -en esta postura”. Y cogiéndolo por el brazo lo -levantó. Fr. Cristóbal, en pie, con la cabeza inclinada, -repuso: “¿Puedo yo esperar aún que me -concedáis vuestro perdón? Y si lo obtengo de vos, -¿de quién no debo esperarlo? ¡Oh, si yo pudiese -oir de vuestra boca la palabra <em>perdón</em>!”. “¿Perdón?, -dijo el gentilhombre. Vos no tenéis necesidad de -él; mas sin embargo, ya que lo deseáis, ciertamente, -sí, yo os perdono de corazón, y todos...”.</p> - -<p>—¡Todos, todos! gritaron á una voz los asistentes. -El rostro del fraile se iluminó con una alegría -de agradecimiento, bajo la cual, sin embargo, -se traslucía aún una humilde y profunda compunción -del mal que la remisión de los hombres -no podía reparar. El gentilhombre, vencido por -aquel aspecto, y trasportado por la conmoción general,<span class="pagenum" id="Page_99">[Pg 99]</span> -le echó los brazos al cuello, y le dió y recibió -el beso de paz.</p> - -<p>Un ¡bravo! ¡bien! resonó por todos los ángulos -del salón; todos abandonaron sus puestos, y se -apresuraron á rodear al fraile. En el ínterin se -presentaron los criados con gran profusión de refrescos. -El gentilhombre se acercó á nuestro Cristóbal, -el cual demostraba quererse retirar y le -dijo: “Padre, aceptad algún refrigerio, dadme esta -prueba de amistad”. Y se puso á servirle antes -que á todos los demás; mas Cristóbal retirándose -con cierta cordial resistencia, dijo: “Estas cosas -no están hechas para mí; pero no seré yo quien -rechace jamás vuestros dones. Voy á ponerme en -camino; dignaos hacerme traer un pan, para que -pueda decir que he disfrutado de vuestra caridad, -que he comido de vuestro pan, y he obtenido una -señal de vuestro perdón”. El noble, conmovido, -ordenó que así se hiciera; y vino en seguida un -mayordomo, vestido de gran gala, trayendo un -pan sobre una fuente de plata; y se lo presentó -al padre, el cual habiéndolo tomado, y dado las -gracias, lo metió en las alforjas. Después de pedir -permiso, y de haber abrazado de nuevo al señor -de la casa, y á todos aquellos que hallándose -cerca de él pudieron aprovechar un momento, -se libró de semejante peso; tuvo que luchar en -las antecámaras para deshacerse de los criados, y -aun de los bravos mismos, que le besaban el extremo<span class="pagenum" id="Page_100">[Pg 100]</span> -del hábito, el cordón y la capucha; y se -encontró en la calle, llevado como en triunfo, y -acompañado de una multitud de pueblo, hasta una -de las puertas de la ciudad, por donde salió, empezando -su pedestre viaje hacia el lugar de su noviciado.</p> - -<p>El hermano del muerto y la parentela que se -habían aprestado á saborear en aquel día el triste -gozo del orgullo, se hallaron al contrario, llenos -de la dulce alegría del perdón y de la benevolencia. -La reunión se entretuvo aún algún tiempo, -con una bondad y cordialidad insólitas, en -razonamientos, acerca de los cuales ninguno de -ellos se había preparado al ir allí. En lugar de las -satisfacciones tomadas, de las injurias vengadas, -y de los empeños llevados á cabo, las alabanzas -del novicio, la reconciliación, la mansedumbre, -fueron los temas de la conversación. Alguno que -por la quincuagésima vez habría contado cómo el -conde Muzio, su padre, había sabido en cierta famosa -ocasión hacer entrar en razón al marqués -Estanislao, que era un fanfarrón como todos saben, -habló al contrario de la paciencia admirable -de un tal Fr. Simón, muerto hacía ya muchos -años. Habiéndose retirado la reunión, el señor, -todo conmovido aún, reflexionaba en su interior, -con la mayor maravilla, todo lo que había oído, -todo lo que él había dicho, y murmuraba entre -dientes: “¡Diablo de fraile, diablo de fraile!, ¡si hubiese -<span class="pagenum" id="Page_101">[Pg 101]</span> -permanecido más de rodillas á mis pies, casi, -casi le hubiera pedido perdón de haber asesinado -á mi hermano!”. Nuestra historia hace notar -expresamente, que desde aquel día, este señor -fué menos arrebatado y un poco más tratable.</p> - -<p>El padre Cristóbal caminaba con un consuelo -que no había experimentado nunca, después de -aquel terrible día, á cuya expiación debía consagrar -toda su vida. El silencio impuesto á los novicios, -lo observaba sin apercibirse de ello, absorto -como estaba con la idea de las fatigas y humillaciones -que había sufrido para rescatar su falta. -Habiendo entrado á la hora de comer en la casa -de un bienhechor, comió con una especie de satisfacción -del pan del perdón; mas guardó un pedazo, -y lo volvió á poner en la alforja para que le -sirviese como de perpetuo recuerdo.</p> - -<p>No es nuestro designio el referir la historia de -su vida claustral; solamente diremos, que llenando -siempre con gran voluntad y cuidado los deberes -que ordinariamente le estaban señalados de -predicar y asistir á los moribundos, no dejaba jamás -escapar la ocasión de ejercitar otros dos que -se había impuesto á sí mismo, los cuales eran el -de conciliar todas las diferencias y proteger á los -oprimidos. En estas ideas entraban en cierto modo -sus antiguos hábitos, y un resto de aquel espíritu -guerrero que las humillaciones y maceraciones -no habían podido del todo borrar. Su lenguaje<span class="pagenum" id="Page_102">[Pg 102]</span> -era comúnmente humilde y reposado; pero cuando -se trataba de justicia ó de verdad combatida, -se animaba de súbito con su antigua impetuosidad, -que secundada y modificada por un énfasis -solemne, originado por el uso de predicar, daba á -dicho lenguaje un carácter singular. Tanto su -continente, como su aspecto, anunciaban una larga -guerra entre una índole fogosa, resentida, y -una voluntad opuesta, habitualmente victoriosa, -siempre alerta y dirigida por motivos é inspiraciones -superiores. Un compañero y amigo suyo, -que lo conocía perfectamente, lo había comparado -una vez á aquellas palabras demasiado expresivas -en su forma natural, que algunas personas, aun -bien educadas, pronuncian entrecortadas cuando -la pasión las precipita, cambiando algunas letras; -palabras que bajo aquella metamorfosis hacen sin -embargo recordar su energía primitiva.</p> - -<p>Si una pobre desconocida, en el triste caso de -Lucía, hubiese pedido la ayuda del padre Cristóbal, -éste habría acudido inmediatamente; pero -tratándose de Lucía, acudió con tanta más solicitud, -en cuanto conocía y admiraba su inocencia. -Había ya pensado en los peligros que corría, y -experimentaba una santa indignación por la torpe -persecución de que había llegado á ser objeto. -Además de esto, habiéndola aconsejado para menos -mal, que no declarase nada y que estuviese -tranquila, temía ahora que dicho consejo pudiese<span class="pagenum" id="Page_103">[Pg 103]</span> -haber producido algún triste resultado, y á la solicitud -caritativa, que era en él como innata, añadíase -la escrupulosa aflicción que con frecuencia -atormenta á los buenos.</p> - -<p>Mas entretanto que nosotros hemos referido la -historia del padre Cristóbal, éste llegó, y se detuvo -en el umbral de la puerta. Las mujeres, dejando -las devanaderas que hacían rechinar dando -vueltas, se levantaron diciendo á la vez: “¡Hola, -padre Cristóbal, bendito seáis!”.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Asteriscos, se llaman así las señales de imprenta que en -forma de estrellitas sirven para las citas, remisiones, &c.</p> - -</div> -</div></div> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_104">[Pg 104]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO QUINTO</h2> -</div> - - -<p>Detúvose en el umbral el padre Cristóbal; y -apenas hubo echado una mirada á las mujeres, conoció -que no eran falsos sus presentimientos. Después, -con aquel tono de interrogación que va en -encuentro de una triste respuesta, levantando la -capucha con un ligero movimiento de cabeza hacia -atrás, dijo: “¿Y bien?”, Lucía contestó con un -copioso llanto. La madre empezaba á excusarse -de haberse atrevido... pero el fraile se adelantó; -y habiéndose ido á sentar en un banquillo, cortó -los cumplimientos, diciendo á Lucía: “Calmaos, -pobre niña. Y vos, dijo en seguida á Inés, contadme -lo que hay”. Mientras la pobre mujer hacía -lo mejor que podía su dolorosa relación, el -fraile se ponía de mil colores; y ora alzaba los ojos -al cielo, ora golpeaba el suelo con los pies. Terminada<span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span> -la historia, se cubrió el rostro con las manos, -y exclamó: “¡Oh, bendito Dios! ¿hasta cuándo?”... -Mas sin concluir la frase, volviéndose á -las dos mujeres: “¡Infelices, dijo, Dios os ha visitado! -¡Pobre Lucía!”.</p> - -<p>—¡Padre, ¿no nos abandonaréis? dijo ésta sollozando.</p> - -<p>—¡Abandonaros! replicó. ¿Y con qué cara podría -yo pedir á Dios alguna cosa para mí, después -de haberos abandonado? ¡Vosotras en semejante -estado! ¡vosotras, que él me confía! No os desaniméis; -él os asistirá, él lo ve todo, él puede servirse -todavía de un hombre inútil como yo, para -confundir un... Veamos, pensemos en lo que se -puede hacer.</p> - -<p>Esto diciendo, apoyó el codo izquierdo sobre la -rodilla, inclinó la frente sobre la palma de la mano, -y con la derecha se apretó la barba, como para -tener firmes y unidas todas las potencias del -ánimo. Pero la más atenta consideración no servía -más que para hacerle conocer distintamente cuán -urgente y embarazoso era el caso, y cuán escasos, -inciertos y peligrosos los medios. ¿Avergonzar un -poco á D. Abundio y hacerle comprender de qué -modo falta á su deber? Vergüenza y deber eran -palabras nulas para él, cuando tenía miedo. Y el -hacerle miedo: ¿qué medio tengo yo para infundírselo, -y que sea superior al que él tiene de un -tiro? ¿Informar de todo al cardenal arzobispo é<span class="pagenum" id="Page_106">[Pg 106]</span> -invocan su autoridad? Esto requiere tiempo. ¿Y -entretanto? ¿y después? Aun cuando esta pobre -inocente estuviese casada, ¿sería por ventura un -freno para aquel hombre? ¡Quién sabe hasta dónde -puede llegar!... ¿Y el resistirle? ¿Cómo? ¡Ah, -si yo pudiese, pensaba el pobre fraile, si pudiese -traer á mi partido á mis hermanos de aquí y á los -de Milán! Mas éste no es un asunto que interese -á la comunidad, y por consecuencia me vería -abandonado. ¡Ese hombre se hace el amigo del -convento, se vende por partidario de los capuchinos! -¿Y sus bravos no han venido alguna vez á -ampararse de nosotros? Yo sólo me hallaría metido -en danza, y aun quizá se me trataría de revoltoso, -intrigante y pendenciero; y lo que es más, -podría acaso, con una tentativa fuera de tiempo, -empeorar la situación de ésta desgraciada. Habiendo -puesto en contrapeso el pro y el contra, -de uno y otro partido, le pareció lo mejor avistarse -con el mismo D. Rodrigo, procurar separarle -de su infame propósito por medio de súplicas, con -los temores de la otra vida, y aún los de esta misma -si fuese posible. Poniéndose en lo peor, podría -á lo menos conocerse por este medio más distintamente -si D. Rodrigo estaba muy obstinado en -su brutal empeño, descubrir además sus intenciones, -y arreglarse por ellas.</p> - -<p>En el ínterin que el fraile estaba así meditabundo, -Renzo, que por razones que todos pueden<span class="pagenum" id="Page_107">[Pg 107]</span> -adivinar, no podía permanecer lejos de la casa de -su novia, se había, presentado á la puerta; mas -viendo al padre abismado en sus pensamientos y -á las mujeres que le hacían seña de que no lo -distrajera, se detuvo en el umbral, guardando el -mayor silencio. Levantando el fraile la cabeza, -para comunicar á las mujeres sus proyectos, lo divisó, -le saludó de una manera que expresaba -una afección antigua, y que la compasión hacía -más expansiva.</p> - -<p>—¿Os han dicho... padre mío? le preguntó -Renzo con voz conmovida.</p> - -<p>—Demasiado, por desgracia, y por eso estoy -aquí.</p> - -<p>—¿Qué decís de ese malvado?</p> - -<p>—¿Qué queréis que diga? Él no esta aquí para -oirme; ¿de qué servirían mis palabras? Dígote, mi -querido Renzo, que confíes en Dios, y él no te -abandonará.</p> - -<p>—¡Benditas sean vuestras palabras! exclamó el -joven. Vos no sois de aquéllos que siempre hacen -injusticias á los pobres. Mas el señor cura y ese -señor doctor...</p> - -<p>—No recordar lo que no puede servir de otra -cosa, más que de atormentarse inútilmente. Yo -soy un pobre fraile; pero te repito lo que he dicho -ya á estas señoras: aunque puedo poco, no os -abandonaré.</p> - -<p>—¡Oh, vos no sois como los amigos del mundo!<span class="pagenum" id="Page_108">[Pg 108]</span> -¡Charlatanes! ¡Quién hubiese creído en las protestas -que me hacían en otro tiempo mejor! ¡Ya, ya! -Estaban prontos á dar su sangre por mí; me habrían -sostenido contra el mismo diablo. Si yo hubiese -tenido un enemigo... bastaba que me dejase -entender, y habría concluido pronto de comer -pan. Y ahora, si vieseis cómo se retiran... -Al llegar aquí, levantando los ojos hacia el semblante -del padre, vió que se había oscurecido del -todo, y se arrepintió de haber dicho lo que convenía -callar. Mas queriendo componerlo, se iba -confundiendo y embrollando más. “Quería decir... -yo no entiendo una palabra... esto es, yo quería -decir”...</p> - -<p>—¿Qué querías decir? ¿Y qué? ¿Has empezado, -pues, á destruir mis obras antes que fuesen emprendidas? -Es un bien para ti el que te hayas desengañado -á tiempo. ¡Qué, tú andabas en busca de -amigos... amigos... que aun queriendo no -hubieran podido socorrerte! ¡Y tratabas de perder -al único que lo puede y lo quiere! ¿No sabes -que Dios es el amigo de los afligidos que confían -en él? ¿No sabes tú que el débil nada gana enseñando -las uñas? Y cuando sin embargo... (Aquí -apretó fuertemente el brazo de Renzo; su aspecto, -sin perder en autoridad, se revistió de una -compunción solemne, sus ojos se inclinaron, y la -voz vino á ser lenta y como subterránea) ¡Cuando -sin embargo... es una terrible ganancia! Renzo,<span class="pagenum" id="Page_109">[Pg 109]</span> -¿quieres confiar en mí? ¡qué digo en mí, pobre -fraile! ¿quieres confiar en Dios?</p> - -<p>—¡Oh, sí! repuso Renzo, éste es el verdadero -Señor.</p> - -<p>—Y bien: ¿prometes que no injuriarás á nadie, -ni tampoco provocarás, y que te dejarás guiar -por mí?</p> - -<p>—Lo prometo.</p> - -<p>Lucía dió un gran suspiro, como si se hubiese -aliviado de un gran peso, é Inés dijo: “Bien, hijo -mío”.</p> - -<p>—Escuchad, repuso Fr. Cristóbal; yo iré hoy -á hablar á ese hombre. Si Dios le toca el corazón -y da fuerza á mis palabras, bien: si no, él nos -hará encontrar algún otro medio. Vosotros, en -tanto, permaneced tranquilos, retirados; evitad -las habladurías, y no os dejéis ver. Esta tarde ó -mañana por la mañana, á más tardar, me volveréis -á ver. Dicho esto, partió. Se dirigió al convento, -llegando á tiempo de ir á coro á cantar sexta, -comió, y se puso al instante en camino hacia -la cueva de la bestia feroz que quería tratar de -amansar.</p> - -<p>El gran palacio de D. Rodrigo se elevaba aislado, -á semejanza de un castillejo, sobre la cima -de uno de los picos de los cuales está por todas -partes erizada aquella cordillera. Á esta indicación, -el anónimo añade que el sitio (hubiera sido -mejor escribir buenamente su nombre), estaba<span class="pagenum" id="Page_110">[Pg 110]</span> -más allá del pueblo de los novios, distante de él -cerca de tres millas, y cuatro del convento. Al -pie del pico, á la parte que mira al Mediodía, hacia -el lago, había un pequeño montón de cabañas -habitadas por los vasallos de D. Rodrigo; y era -como la pequeña capital de su reducido reino. -Bastaba pasar por allí para imponerse de la condición -y costumbres del país. Dando una ojeada -á los pisos bajos, entre los cuales había algunos -cuyas puertas estaban abiertas, se veían suspendidos -de la pared en completa confusión, arcabuces, -cuernos de caza, azadones, rastrillos, sombreros -de paja, redecillas y frascos de pólvora. La -gente que se encontraba, eran hombres robustos -y fornidos, cuya frente cubría un <i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>, encerrado -en una redecilla; ancianos que habiendo perdido -los dientes, parecían siempre prontos á morder -con las encías á los que les provocasen, aunque -fuese ligeramente; mujeres con ciertos rasgos -varoniles y con nervudos brazos, á propósito para -prestar auxilio con la lengua cuando otra cosa no -bastase; aun en los semblantes y movimientos de -los muchachos mismos que jugaban en la calle, -se veía un no sé qué de petulante y provocativo.</p> - -<p>Fr. Cristóbal atravesó la aldea, trepó por un -pequeño y tortuoso sendero y llegó á una reducida -explanada delante del palacio. La puerta estaba -cerrada, porque el dueño estaba comiendo y -no quería ser molestado. Las extrañas y pequeñas<span class="pagenum" id="Page_111">[Pg 111]</span> -ventanas que daban al camino, cerradas por maderas -mal unidas y consumidas por los años, estaban, -sin embargo, defendidas por gruesos barrotes -de hierro, y las del piso bajo eran tan altas, -que apenas hubiera podido alcanzar á ellas un -hombre subido en las espaldas de otro. Reinaba -allí un gran silencio; y el viajero habría podido -creer que fuese una casa abandonada, si cuatro -criaturas, dos vivas y dos muertas, colocadas con -simetría por la parte exterior, no hubiesen dado -un indicio de que existían habitantes. Dos grandes -buitres con las alas extendidas y con las cabezas -colgando, el uno medio desplumado y consumido -por el tiempo, el otro aún intacto y con plumas, -estaban clavados sobre cada una de las dos -hojas de la puerta principal; y dos bravos tendidos -á la larga en los bancos colocados á derecha é -izquierda hacían centinela, esperando el ser llamados -á gozar las sobras de la mesa del amo. El -padre se puso en pie de repente, en ademán del -que se dispone á aguardar; mas uno de los bravos -se levantó y le dijo: “Padre, padre, adelante; -aquí no se hace esperar á los capuchinos; nosotros -somos amigos del convento. Yo me he encontrado -en ciertos momentos en que el aire de la calle -no era muy bueno para mí, y si vosotros me hubieseis -cerrado la puerta lo habría pasado mal”. -Esto diciendo, dió dos golpes con la aldaba. Á dicho -ruido contestaron súbitamente desde el interior<span class="pagenum" id="Page_112">[Pg 112]</span> -los aullidos y ladridos de los alanos y dogos; -y pocos momentos después, llegó refunfuñando un -viejo criado; mas en seguida que vió al padre, le -hizo una gran reverencia, apaciguó á los animales -é introdujo al huésped á un angosto patio, y cerró -la puerta. Habiéndole luego conducido á una -pequeña sala, y mirádole con cierto aire respetuoso -y de sorpresa, dijo: “¿No sois... el padre -Cristóbal de Pescarenico?”.</p> - -<p>—Justamente.</p> - -<p>—¿Vos aquí?</p> - -<p>—Como lo veis, buen hombre.</p> - -<p>—¿Será para hacer algún bien? El bien, continuó -murmurando entre dientes y disponiéndose -á marchar, se puede hacer en todas partes. Después -de haber atravesado dos ó tres salas estrechas -y oscuras, llegaron á la puerta de la sala del -convite. Reinaba allí un gran ruido confuso de -tenedores, cuchillos, vasos, platos y sobre todo, -de voces discordes, que trataban á porfía de sobrepujarse -las unas á las otras. El fraile quería -retirarse y estaba departiendo detrás de la puerta -con el criado para lograr el que se le dejase en -cualquier rincón de la casa hasta que se hubiese -concluido la comida, cuando he aquí que la citada -puerta se abrió. Cierto conde, llamado Attilio, -que estaba sentado enfrente (primo del amo de -la casa, y del cual hemos ya hecho mención sin -nombrarlo), habiendo visto un cerquillo y una<span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span> -capilla, y conociendo la modesta intención del -buen fraile: “¡Eh, eh! gritó, no os escapéis, reverendo -padre: adelante, adelante”. D. Rodrigo, sin -adivinar precisamente el objeto de aquella visita, -pero por cierto confuso presentimiento, de buena -gana se hubiera pasado sin ella; mas ya que el -atolondrado Attilio lo había llamado en alta voz, -no era conveniente el retroceder, y dijo: “Venid, -padre, venid”. El padre se adelantó, saludó al dueño -y contestó á las reverencias de los convidados.</p> - -<p>En general agrada (no digo á todos), el ver al -hombre honrado cara á cara del malvado, y figurárselo -con la frente elevada, la mirada segura, -corazón valeroso y lenguaje desembarazado. Sin -embargo, en el hecho, para hacerle tomar semejante -actitud, se requieren muchas circunstancias, -las cuales muy raras veces se encuentran juntas. -Por esta razón no os debéis admirar si Fr. Cristóbal, -con el buen testimonio de su conciencia, -con el muy firme convencimiento de la justicia de -la causa que iba á sostener, con un sentimiento -mezclado de horror y de compasión por D. Rodrigo, -permaneció con cierto aire de timidez y de -respeto en presencia de aquel mismo D. Rodrigo, -que estaba allí, en la cabecera de la mesa, en su -casa, en su reino, rodeado de amigos y homenajes, -con tantas señales de su poderío, con un semblante -á propósito para hacer expirar una petición -en los labios del que la hiciese, aunque ésta no<span class="pagenum" id="Page_114">[Pg 114]</span> -fuese ni consejo, ni amonestación, ni reprensión. -Á su derecha estaba sentado el consabido conde -Attilio, su primo, y se hace preciso decirlo, su -compañero de maldades y libertinaje, el cual había -venido de Milán para pasar algunos días en el -campo con él. Á la izquierda y al otro lado de la -mesa estaba con gran respeto, templado sin embargo -de cierta firmeza y de cierta presunción, el -señor podestá, el mismo á quien en teoría habría -tocado el hacer justicia á Renzo Tramaglino, y -aplicársela á D. Rodrigo, según hemos visto antes. -Enfrente del podestá, y en ademán del más -puro y profundo respeto, se hallaba sentado nuestro -doctor Azzecca-Garbugli, con la capa negra -y con la nariz más rubicunda que de ordinario. -Enfrente de los primos, dos oscuros convidados, -de los cuales nuestra historia dice únicamente que -no hacían otra cosa más que comer, inclinar la -cabeza, sonreir y aprobar todo lo que decía un -convidado, siempre que no hubiese otro que lo -contradijese.</p> - -<p>—Un asiento al padre, dijo D. Rodrigo, Un -criado presentó un sitial, en el cual se sentó el -padre Cristóbal, pidiendo mil perdones al señor -por haber venido á hora tan inoportuna. Desearía -hablaros á solas y cómodamente para un asunto -de importancia, añadió después con voz muy sumisa -al oído de D. Rodrigo.</p> - -<p>—Bien, bien, hablaremos, respondió éste; mas -entretanto traed de beber al padre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_115">[Pg 115]</span></p> - -<p>El padre quería eximirse, pero D. Rodrigo, alzando -la voz en medio del tumulto que había empezado -otra vez, gritaba: “No, ¡par diez! no me haréis -este desaire; no se dirá jamás que un capuchino -salga de esta casa sin haber probado mi -vino, ni un acreedor insolente sin haber experimentado -la madera de mis bosques”. Estas palabras -excitaron una risa universal é interrumpieron -un momento el debate que se agitaba acaloradamente -entre los convidados. Un criado trajo una -botella de vino colocada en una salvilla y un largo -vaso á manera de cáliz, que presentó al padre; -el cual, no queriendo resistir á una invitación tan -apremiante del hombre que le convenía tener -propicio, no vaciló en echar vino en el vaso, después -de lo cual se puso á beber lentamente.</p> - -<p>—La autoridad de Tasso no sirve á vuestra -opinión, señor podestá respetable; ella misma está -en contra vuestra, replicó voceando el conde -Attilio; porque aquel hombre erudito, aquel grande -hombre que tenía en la punta de los dedos todas -las reglas de la caballería, hizo que el mensajero -de Argante, antes de manifestar el desafío -á los caballeros cristianos, pidiese permiso al piadoso -Godofredo de Bouillon...</p> - -<p>—Pero esto, replicaba el podestá, no gritando -menos, esto está de más, puramente de más, un -adorno poético; pues que el mensajero es por su -naturaleza inviolable por el derecho de gentes,<span class="pagenum" id="Page_116">[Pg 116]</span> -<i lang="la" xml:lang="la">jure gentium</i>; y sin ir á buscar más lejos, el proverbio -también lo dice: embajador no trae pena; -y los proverbios, señor conde, son la sabiduría del -género humano. Y no habiendo el mensajero dicho -nada en su nombre, sino tan sólo presentado -el cartel de desafío por escrito...</p> - -<p>—¿Pero cuándo queréis comprender que aquel -mensajero era un asno temerario, que no conocía -las primeras...?</p> - -<p>—Con permiso de sus señorías, interrumpió D. -Rodrigo, el cual no hubiera querido que la disputa -fuese demasiado lejos; remitámonos al padre -Cristóbal, y conformémonos con su parecer.</p> - -<p>—Bien, muy bien, dijo el conde Attilio, á quien -parecía una cosa muy graciosa el hacer decidir -por un capuchino una cuestión de caballería, mientras -que el podestá, más y más enfervorizado en -el combate, se callaba en el instante mismo con -cierto aire de desdén que parecía querer decir: -puerilidades.</p> - -<p>—Mas, según me parece haber comprendido, -dijo el padre, éstas no son cosas que yo deba entender.</p> - -<p>—Ordinarias excusas de la modestia de los padres, -dijo D. Rodrigo; mas no os evadiréis. ¡Ea! -vamos: bien sabemos que no habéis venido al -mundo con la capilla en la cabeza, y que el mundo -os ha conocido. Vamos, vamos, he aquí la -cuestión.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_117">[Pg 117]</span></p> - -<p>—El hecho es éste, empezó á gritar el conde -Attilio.</p> - -<p>—Dejadme decir á mí, que soy neutral, primo, -replicó D. Rodrigo. He aquí la historia: Un caballero -español mandó un cartel de desafío á un caballero -milanés; el portador, no encontrando al -provocado en casa, entregó el cartel á un hermano -del caballero, cuyo hermano leyó el cartel, y -en respuesta dió algunos palos al portador. Se -trata...</p> - -<p>—Bien dados, bien aplicados, gritó el conde -Attilio. Fué una verdadera inspiración.</p> - -<p>—¡Del demonio! añadió el podestá. ¡Pegar á un -embajador, una persona sagrada! Vos también, -padre, podréis decir, si ésta es una acción propia -de un caballero.</p> - -<p>—Sí, señor, de caballero, gritó el conde, y dejad -que os lo diga yo, que debo saber todo lo que -concierne á un caballero. ¡Oh! si hubiese sido con -los puños, sería otra cosa; pero el bastón no mancha -las manos de nadie. Lo que yo no puedo comprender -es, por qué os interesáis tanto por las espaldas -de un bribón.</p> - -<p>—¿Quién os ha hablado de espaldas, señor conde? -Vos me hacéis decir cosas que jamás me han -pasado por la imaginación. He hablado del carácter, -y no de las espaldas. Yo hablo, sobre todo, -del derecho de gentes. Hacedme el obsequio de -decirme si los heraldos que los antiguos romanos<span class="pagenum" id="Page_118">[Pg 118]</span> -mandaban llevar los carteles de desafío á los demás -pueblos, pedían permiso para exponer su -mensaje, y buscadme un escritor que haga mención -de que un heraldo haya sido nunca apaleado.</p> - -<p>—¿Qué tienen que ver con nosotros los capitanes -de los antiguos romanos, gente que iba á la -buena de Dios, y que en estas cosas estaban atrasadísimos? -Mas según las leyes de la caballería moderna, -que es la verdadera, digo y sostengo, que -un mensajero que se atreve á poner en manos de -un caballero un cartel de desafío, sin haberle pedido -permiso, es un insolente, violable, muy violable, -digno de ser apaleado y muy bien apaleado...</p> - -<p>—Contestad á este silogismo.</p> - -<p>—Nada, nada.</p> - -<p>—Pero escuchad, escuchad. Pegar á uno que -está desarmado, es una traición; <i lang="la" xml:lang="la">at qui</i> el mensajero -<i lang="la" xml:lang="la">de quo</i> estaba sin armas, <i lang="la" xml:lang="la">ergo</i>...</p> - -<p>—Poco á poco, señor podestá.</p> - -<p>—¡Cómo poco á poco!</p> - -<p>—Poco á poco, os repito: ¿qué es lo que estáis -diciendo? Se llama una traición el herir á uno por -detrás con la espada, ó descerrajarle un tiro en la -espalda; y aun con respecto á esto, se pueden dar -ciertos casos... mas no salgamos de la cuestión. -Concedo que esto generalmente pueda llamarse -una traición; ¡pero sacudir cuatro palos á un bribón!<span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span> -estaría bueno tener que decirle: ¡mira que te -voy á apalear! Lo mismo que si se dijese á un hombre -honrado: ¡en guardia!... Y vos, respetable -señor doctor, en vez de hacerme señas para darme -á entender que sois de mi parecer, ¿por qué -no sostenéis mis razones con vuestra buena charla, -para ayudarme á persuadir á este caballero?</p> - -<p>—Yo... repuso el doctor un poco confuso; -yo gozo con estas doctas cuestiones, y doy gracias -al feliz accidente que ha dado ocasión á una -lucha de ingenio tan divertida. Y luego, no es de -mi incumbencia el dar el fallo; su señoría ilustrísima -ha delegado ya un juez... aquí está el -padre....</p> - -<p>—Es verdad, dijo D. Rodrigo; pero ¿cómo queréis -que el juez hable, cuando los litigantes no -quieren guardar silencio?</p> - -<p>—Enmudezco, dijo el conde Attilio. El podestá -apretó los labios y alzó la mano como en ademán -de resignación.</p> - -<p>—¡Ah, gracias sean dadas al cielo! Á vos, padre, -dijo D. Rodrigo con cierta gravedad irónica...</p> - -<p>—Me he excusado ya, diciendo que no entiendo -de estas cosas, respondió el padre Cristóbal -volviendo el vaso á un criado.</p> - -<p>—¡Débiles escusas! exclamaron los dos primos. -Nosotros queremos el fallo.</p> - -<p>—Pues que así lo queréis, replicó el fraile, mi<span class="pagenum" id="Page_120">[Pg 120]</span> -humilde parecer sería que no hubiese carteles, ni -portadores, ni apaleamientos.</p> - -<p>Los convidados se miraron atónitos los unos á -los otros.</p> - -<p>—¡Oh, esto sí que es una gran necedad! dijo -el conde Attilio. Perdonad, padre mío; mas habéis -dicho una tontería. Bien se ve que no conocéis -el mundo.</p> - -<p>—¿Eh? dijo D. Rodrigo, me queréis hacer reir: -primo mío, lo conoce tanto como vos. ¿No es verdad, -padre? ¿Decid, decid si no habéis corrido -también vuestra caravana?</p> - -<p>En vez de responder á esta atenta pregunta, el -padre se dijo interiormente: esto te toca á ti; pero -recuerda, hermano, que no has venido á este -sitio por ti, y que todo lo que á ti sólo concierne -no entra en la cuenta.</p> - -<p>—Podrá ser, dijo el primo; pero el padre... -¿cómo se llama el padre?</p> - -<p>—Cristóbal, respondieron varios de los convidados.</p> - -<p>—Pero padre Cristóbal, mi reverendo señor: -con vuestras máximas revolveríais el mundo por -entero. Sin desafíos, sin apaleamientos; adiós pundonor, -impunidad para todos los bribones. Felizmente -que el supuesto es imposible.</p> - -<p>—Ánimo, doctor, se apresuró á decir D. Rodrigo, -el cual quería mejor divertirse con la disputa -de los dos primeros contendientes; ánimo, que para<span class="pagenum" id="Page_121">[Pg 121]</span> -dar la razón á todo el mundo sois un hombre -sin igual. Veamos cómo os componéis para dar la -razón en esto al padre Cristóbal.</p> - -<p>—En verdad, respondió el doctor, blandiendo -en el aire su vaso y volviéndose al padre; en verdad, -yo no puedo comprender cómo el padre Cristóbal, -el cual es á la vez un perfecto religioso y -un hombre de mundo, no haya pensado que su -fallo, bueno, excelente y de gran peso en el púlpito, -no vale nada, sea dicho con el debido respeto, -en una discusión caballeresca. Mas el padre -sabe, mejor que yo, que cada cosa es buena en -su lugar correspondiente, y creo que esta vez haya -querido librarse por medio de una broma del -embarazo de proferir un fallo. ¿Qué se podía responder -á unas razones deducidas de una sabiduría -tan antigua y siempre nueva? Nada, y esto es -lo que hizo nuestro fraile.</p> - -<p>Mas D. Rodrigo, por querer cortar aquella cuestión, -vino á suscitar otra.—Á propósito, dijo, he -oído que en Milán corrían voces de acomodamiento.</p> - -<p>El lector sabe que en aquel año se combatía -por la sucesión del ducado de Mantua, del cual, -á la muerte de Vicente Gonzaga, que no había dejado -herederos legítimos, había entrado en posesión -el duque de Nevers, su más próximo pariente. -Luis XIII, ó sea el cardenal de Richelieu, -sostenía á aquel príncipe, su muy amado y naturalizado<span class="pagenum" id="Page_122">[Pg 122]</span> -francés. Felipe IV, ó sea el conde de -Olivares, comúnmente llamado el conde-duque, -no lo quería por las mismas razones, y le había -suscitado una guerra. Así, pues, aquel ducado era -feudatario del imperio, y ambas partes se servían -de toda clase de manejos, de instancias y de amenazas -cerca del emperador Fernando II: la primera -para que él diese la investidura al nuevo duque; la -segunda para que se le negase, y al mismo -tiempo que ayudase á echarlo del citado -estado.</p> - -<p>—No estoy lejos de creer, dijo el conde Attilio, -que las cosas puedan arreglarse. Tengo ciertos indicios.</p> - -<p>—No creáis nada, señor conde, no creáis nada, -interrumpió el podestá. Sobre ese punto yo puedo -saber las cosas, porque el señor castellano español, -que tiene la bondad de apreciarme un poco, -y el cual es hijo de un familiar del conde-duque, -está informado de todo...</p> - -<p>—Os digo que me acontece todos los días en -Milán hablar con personajes mucho más elevados, -y sé de buena tinta que el papa, interesadísimo -como está por la paz, ha hecho proposiciones.</p> - -<p>—Así debe ser; es una cosa regular. Su santidad -hace su deber; un papa debe procurar siempre -poner bien entre sí á los príncipes cristianos; -pero el conde-duque tiene su política, y...</p> - -<p>—Y, ¿sabéis, señor mío, cómo piensa el emperador<span class="pagenum" id="Page_123">[Pg 123]</span> -en este momento? ¿Creéis que no hay otra -cosa más que Mantua en el mundo? Las cosas en -las cuales se debe pensar son muchas, señor mío. -¿Sabéis, por ejemplo, hasta qué punto el emperador -pueda ahora fiarse de su príncipe de Valdistano -ó de Vallistai, ó como le llaman, y?...</p> - -<p>—EL verdadero nombre en lengua alemana, interrumpió -todavía el podestá, es Valliensteino, -según lo he oído pronunciar varias veces á nuestro -señor castellano, que es español.</p> - -<p>—¿Queréis enseñarme?... replicó el conde; -pero D. Rodrigo, guiñándole el ojo, le dió á entender, -que por favor dejase de contradecir. El -conde calló, y el podestá como un buque desembarazado -de un banco de arena continuó á velas -desplegadas el curso de su elocuencia. Valliensteino, -me da poco cuidado, porque el conde-duque -está en todo; y si dicho Valliensteino quiere -hacer alguna extravagancia, aquél lo sabrá hacer -andar. Diga que su vista llega á todas partes, y -sus brazos son muy largos; y es tan gran político -que si se le pone en la cabeza, como se le ha puesto, -y justamente, de que el señor duque de Nevers -no meta los pies en Mantua, el señor duque -de Nevers no los meterá, y el señor cardenal de -Richelieu habrá hecho un hoyo en el agua. Me -dan ganas de reir, al ver á ese querido señor cardenal -que quiere luchar con un conde-duque, con -todo un Olivares. Digo formalmente que quisiera<span class="pagenum" id="Page_124">[Pg 124]</span> -resucitar dentro de doscientos años para ver lo -que dirá la posteridad de esta bella pretensión. -Se requiere otra cosa más que la envidia: se necesita -tener cabeza; y cabeza como la del conde-duque, -no hay más que una en el mundo. El conde-duque, -señores míos, proseguía el podestá, -siempre con viento en popa, y un poco sorprendido -de no encontrar jamás un escollo; el conde-duque -es un zorro viejo, hablando con el respeto -que se le debe, que hará perder la pista á quien -quiera que sea; y cuando él se inclina á la derecha, -se puede estar seguro que caerá sobre la izquierda, -por lo cual nadie puede jactarse nunca -de conocer sus designios; y los mismos que deben -ejecutarlos, los mismos que escriben los despachos, -no comprenden nada. Yo puedo hablar con -algún conocimiento de causa; porque el bueno del -señor castellano, se digna conversar conmigo con -alguna confianza. El conde-duque, vice versa, sabe -exactamente lo que hierve en la olla de las demás -cortes; y cuando todos esos politicones (entre -los cuales, no puede negarse, que los hay más -hábiles) han imaginado apenas un proyecto, he -aquí que el conde-duque lo ha adivinado ya, con -aquella excelente cabeza, con sus encubiertos lazos, -y con sus redes que tiende por todas partes. -Mientras que el pobre cardenal de Richelieu, tienta -por aquí, olfatea por allá, suda, se ingenia; ¿y -después? Cuando ha conseguido excavar una mina,<span class="pagenum" id="Page_125">[Pg 125]</span> -encuentra ya la contramina perfectamente -bien hecha por el conde-duque...</p> - -<p>Sabe el cielo cuándo el podestá habría tomado -tierra; mas D. Rodrigo, estimulado además por -los visajes que le hacía su primo, se volvió de improviso -á un criado, como si le hubiese venido -alguna inspiración, y le hizo señas de que trajese -cierto frasco. “Señor podestá, y vosotros señores -míos, dijo en seguida: un brindis al conde-duque, -y me sabréis decir después si el vino es digno del -personaje”. El podestá contestó con una inclinación, -en la cual se traslucía un sentimiento de estar -particularmente reconocido, porque tomaba -como si fuese dirigido á él todo lo que se hacía ó -se decía en honor del conde-duque.</p> - -<p>—¡Viva mil años D. Gaspar de Guzmán, conde -de Olivares, duque de S. Lúcar, gran <em>privado</em> del -rey D. Felipe el Grande, nuestro señor! exclamó -alzando la copa.</p> - -<p><em>Privado</em>, era el término de uso en aquella época -para significar el favorito de un príncipe.</p> - -<p>—¡Que viva mil años! respondieron todos.</p> - -<p>—Servid al padre, dijo D. Rodrigo.</p> - -<p>—Perdonadme, respondió el padre; he cometido -una falta, y no podría...</p> - -<p>—¡Cómo! repuso D. Rodrigo: se trata de un -brindis al conde-duque. ¿Queréis, pues, hacer -creer que estáis por los navarros?</p> - -<p>Así llamaban entonces por befa á los franceses,<span class="pagenum" id="Page_126">[Pg 126]</span> -á causa de los príncipes de Navarra, que habían -empezado con Enrique IV á reinar sobre ellos.</p> - -<p>Á tal exorcismo era conveniente beber. Todos -los convidados prorrumpieron en exclamaciones y -en elogios del vino, á excepción del doctor, que -con la cabeza levantada, los ojos fijos y los labios -apretados, expresaba mucho más que lo hubiera -podido hacer con las palabras.</p> - -<p>—¡Hola, doctor! ¿qué decís? preguntó D. Rodrigo.</p> - -<p>Retirando la nariz de la copa, que el vino acababa -de poner más colorada y reluciente, el doctor -respondió, apoyándose con énfasis en cada sílaba: -“Digo, manifiesto y sentencio, que este vino -es el Olivares de los vinos. <i lang="la" xml:lang="la">Censui, et in eam ivi -sententiam</i>, que un licor semejante no se encuentra -en los veintidós reinos del rey nuestro señor, -que Dios guarde. Declaro y fallo que las comidas -del Illmo. Sr. D. Rodrigo ganan á las cenas de -Eliogábalo; y que la economía está desterrada para -siempre de este palacio, donde se asienta y reina -la esplendidez”.</p> - -<p>—¡Bien dicho, bien definido! gritaron á una voz -los convidados. Mas la palabra <em>economía</em>, que el -doctor había lanzado por casualidad, atrajo en el -mismo instante todas las imaginaciones hacia -aquel triste objeto, y todos hablaron de la carestía. -Acerca de dicho asunto todos estaban acordes, -á lo menos en lo principal; pero el ruido quizá<span class="pagenum" id="Page_127">[Pg 127]</span> -era mayor que si hubiesen sido de distintos pareceres. -Todos hablaban á la par.</p> - -<p>—No hay carestía, decía uno; son los monopolistas...</p> - -<p>—Y los panaderos, decía otro, que esconden el -grano; es preciso ahorcarlos.</p> - -<p>—Justamente; ahorcarlos sin misericordia.</p> - -<p>—¡Qué magníficos procesos! gritaba el podestá.</p> - -<p>—¡Qué procesos! gritaba aún con más fuerza el -conde Attilio: justicia seca. Pillar tres ó cuatro, -ó cinco ó seis, de los que la voz pública señala -como más ricos y más perros, y ahorcarlos.</p> - -<p>—¡Ejemplos, ejemplos! Sin ejemplos nada se -hace.</p> - -<p>—¡Ahorcarlos, ahorcarlos! y el grano lloverá -por todas partes.</p> - -<p>El que pasando por una feria, se ha encontrado -gozando con la armonía que mueve una compañía -de titiriteros, cuando entre una y otra tocata -cada uno afina su instrumento, haciéndolo sonar -cuanto puede, á fin de oirlo distintamente, en medio -del ruido de los demás, podrá tener una idea -de la melodía de aquellos discursos, si puede dárseles -este nombre. Entretanto se seguía paladeando -aquel excelente vino, y sus alabanzas iban, -como era justo, mezcladas con las sentencias de -jurisprudencia económica, así como las palabras -que se oían más sonoras y frecuentes, eran: <em>ambrosía</em> -y <em>ahorcarlos</em>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_128">[Pg 128]</span></p> - -<p>En el ínterin D. Rodrigo lanzaba de vez en -cuando algunas ojeadas al único que guardaba silencio, -y lo veía siempre impasible, sin dar ninguna -señal de impaciencia, sin hacer ademán que -tendiese á recordar que estaba esperando, y sí sólo -demostrando el no querer irse antes de haber -sido escuchado. D. Rodrigo lo hubiera mandado -á pasear de buena gana, ahorrándose aquella conversación; -pero despedir á un capuchino sin haberle -dado audiencia, no estaba conforme con las -reglas de su política. Ya que no podía excusarse -de aquella molestia, resolvió arrostrarla, y librarse -de ella lo más pronto posible. Se levantó, pues, -de la mesa, y con él toda la alegre tropa sin interrumpir -la algazara. Luego de haber pedido -permiso á sus huéspedes, se acercó con grave ademán -al fraile, que se había levantado de súbito, -al propio tiempo que los demás, y le dijo: “Estoy -á vuestras órdenes;” y lo condujo á otra estancia.</p> - - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_129">[Pg 129]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SEXTO</h2> -</div> - - -<p>—¿En qué puedo complaceros? dijo D. Rodrigo, -quedándose de pie en medio de la estancia. Tales -fueron sus palabras; pero el modo con que habían -sido proferidas, querían decir claramente: “Ten -cuidado delante de quién estás; pesa las palabras, -y sé breve”. No había medio más seguro y más -expedito para dar valor á nuestro Fr. Cristóbal, -que hablarle con arrogancia. Él, que estaba suspenso, -buscando las palabras, y haciendo recorrer -entre los dedos las avemarías del rosario que pendía -de su cintura, como si en algunas de ellas esperase -encontrar su exordio; á la vista de aquel -ademán de D. Rodrigo, sintió venir á sus labios -más palabras que lo que era necesario. Mas pensando -cuán importante era no echar á perder sus -negocios, ó lo que era aún más, los de otros, corrigió<span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span> -y templó las frases que se le habían presentado -á la imaginación, y dijo con circunspecta humildad: -“Vengo á proponeros un acto de caridad. -Ciertos hombres de mala conducta, han puesto -por delante el nombre de vuestra señoría ilustrísima, -para asustar á un pobre cura é impedirle el -cumplir con su deber, y para atormentar á dos -inocentes. Vuestra señoría puede con una palabra -confundirlos, restituir al derecho su fuerza y aliviar -á aquellos á quienes se ha hecho una tan cruel -violencia. Lo puede; y pudiendo... la conciencia, -el honor...”.</p> - -<p>—Ya me hablaréis de conciencia cuando vaya -á confesarme con vos. En cuanto á mi honor, habéis -de saber que yo soy el guardián de él, y de -él solo; y que cualquiera que se atreva á querer -participar de ese cuidado, lo miro como un temerario -que lo ofende.</p> - -<p>Advertido Fr. Cristóbal por las antecedentes -palabras que aquel señor trataba de hacerle olvidar -de sí mismo, con el objeto de cambiar la conversación, -y de no darle lugar para llegar al fin -que se proponía, se armó de toda su paciencia, -resuelto á no poner cuidado por todo lo que al -otro le agradase decir, y respondió de pronto con -humilde tono: “Si he dicho algo que os haya disgustado, -ha sido seguramente contra mi intención. -Sin embargo, si no sé hablar como conviene, reprendedme, -corregidme; pero dignaos escucharme.<span class="pagenum" id="Page_131">[Pg 131]</span> -Por el amor del cielo, por el amor de ese -Dios, á cuya presencia todos debemos comparecer”. -Y así diciendo, había colocado entre los dedos y -ponía delante de los ojos de su airado oyente la -cruz de madera que pendía de su rosario. No os -obstinéis en negar una justicia tan fácil, y que -se debe de derecho á unos infelices. Pensad que -Dios tiene siempre su mirada fija sobre ellos, y -que sus llantos y súplicas son arriba atendidas. La -inocencia es poderosa á su...</p> - -<p>—¡Eh, padre! interrumpió bruscamente D. Rodrigo; -el respeto que yo tengo á vuestro hábito -es grande, pero si alguna cosa podía hacérmelo -olvidar, sería el verle colocado en uno que tiene -la audacia de venir á mi casa á hacer el oficio de -espía.</p> - -<p>Esta palabra hizo aparecer una súbita llama sobre -las mejillas del padre; el cual sin embargo, -con el semblante de aquel que traga una medicina -muy amarga, replicó: “No creo que semejante -título me corresponda. Vos mismo sentís interiormente -que el paso que en este momento doy, ni -es vil, ni despreciable. Mas atendedme, Sr. D. Rodrigo, -¡y quiera el cielo que no venga un día en -el cual os arrepintáis de no haberme escuchado! -No queráis cifrar vuestra gloria... ¡qué gloria, -Sr. D. Rodrigo! ¡qué gloria para ante Dios y para -ante los hombres! Vos podéis mucho aquí abajo; -mas...”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_132">[Pg 132]</span></p> - -<p>—¿Sabéis, dijo D. Rodrigo, interrumpiéndole -con mal humor, pero no sin algún estremecimiento -de terror; sabéis que cuando tengo deseos -de oir un sermón sé ir guapamente á la iglesia, -como hacen los demás? Mas, ¡en mi casa! ¡Oh! -continuó, con forzada é irónica sonrisa: vos me -tendréis más consideración de la que me merezco. -¡Un predicador en mi casa! No lo tienen más que -los príncipes.</p> - -<p>—Y ese Dios que pide cuenta á los príncipes -de la palabra que les hace oir en sus propios palacios; -ese Dios que os da ahora una señal de misericordia, -enviándoos uno de sus ministros, indigno -y miserable sin duda, pero ministro suyo, -para suplicaros en favor de una inocente...</p> - -<p>—En suma, padre, dijo D. Rodrigo, haciendo -ademán de irse, yo no sé lo que queréis decir; no -comprendo más, sino que esto debe reducirse á -una joven por quien os tomáis mucho interés. Andad -á hacer vuestras confidencias al que le plazca, -y no os toméis la libertad de venir á molestar -á un hombre honrado.</p> - -<p>Al movimiento de D. Rodrigo, nuestro fraile, -con el mayor respeto, se le puso delante, y alzando -las manos como para suplicarle y continuar la -conversación, repuso todavía: “Ella me interesa, -es cierto, pero vos no me interesáis menos. Son -dos almas que una y otra me importan más que -mi vida. ¡D. Rodrigo, yo no puedo hacer otra cosa<span class="pagenum" id="Page_133">[Pg 133]</span> -por vos que rogar á Dios; pero lo haré con todo -el fervor de mi corazón! No me digáis que no; -no queráis tener sumida en la angustia y en el -terror á una pobre inocente. Una palabra vuestra -puede hacerlo todo”.</p> - -<p>—Y bien, dijo D. Rodrigo, ya que vos creéis -que yo puedo hacer mucho por esa persona; ya -que os interesa tanto...</p> - -<p>—¿Y bien? replicó con ansiedad el padre Cristóbal, -al cual el tono y continente de D. Rodrigo -no le permitían el que se abandonara á la esperanza -que parecían anunciar aquellas palabras.</p> - -<p>—Y bien, aconsejadla que venga á ponerse bajo -mi protección. No le faltará nada, y nadie osará -molestarla, ó yo no seré digno de llamarme -caballero.</p> - -<p>Á semejante propuesta, la indignación del fraile -retenida con dificultad hasta entonces, estalló. -Todos aquellos buenos propósitos de prudencia y -resignación se desvanecieron como el humo: el -hombre antiguo se halló de acuerdo con el nuevo; -y en tales casos, Fr. Cristóbal valía seguramente -por dos.—¡Vuestra protección! exclamó, dando dos -pasos atrás, descansando firmemente sobre el pie -derecho, poniendo la mano derecha sobre la cadera, -levantando la izquierda con el índice tendido -hacia D. Rodrigo, y clavando en los de éste sus -centelleantes ojos; ¡vuestra protección! Es mejor -que hayáis hablado así, que me hayáis hecho una<span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span> -tal proposición. Habéis colmado la medida, y no -os temo ya.</p> - -<p>—¿Cómo hablas, fraile?</p> - -<p>—Hablo, como se habla al que está abandonado -de Dios ó no puede causar miedo. ¡Vuestra -protección! Bien sabía yo que aquella inocente -estaba bajo el amparo de Dios; mas vos, vos me -lo habéis hecho conocer ahora con tanta certeza, -que no tengo necesidad de guardar ninguna consideración -para hablaros. Lucía digo: ved cómo -pronuncio este nombre con la frente erguida y -ojos inmóviles.</p> - -<p>—¿Cómo? ¡en mi misma casa!</p> - -<p>—Tengo lástima de esta casa; ¡la maldición está -suspendida sobre ella! ¿Imagináis que la justicia -divina tendrá consideración á cuatro piedras, -y la sujetarán cuatro bribones? ¡Vos habéis creído -que Dios haya hecho una criatura á semejanza -suya, para daros el placer de atormentarla! ¡Habéis -pensado que Dios no sabría defenderla! ¡Habéis -despreciado sus avisos! ¡Vos seréis juzgado! -El corazón del Faraón estaba tan endurecido como -el vuestro, y Dios supo ablandarlo. Lucía -está al abrigo de vuestro poder: soy yo el que os -lo digo, yo, pobre fraile; y en cuanto á vos, escuchad -bien lo que os pronostico, vendrá un día...</p> - -<p>D. Rodrigo hasta entonces había permanecido -estupefacto, entre la rabia y la admiración, no encontrando -palabras; mas cuando sintió entonar<span class="pagenum" id="Page_135">[Pg 135]</span> -una predicción, se unió á la citada rabia un lejano -y misterioso espanto. Agarró rápidamente en -el aire aquella mano amenazadora, y levantando -la voz para cortar la del infausto profeta, gritó: “¡Quitaos -de mi presencia, villano insolente, fraile -poltrón!”.</p> - -<p>Estas palabras tan precisas apaciguaron en un -momento al padre Cristóbal. Á la idea del desprecio -y de la injuria, estaba en su mente tan bien y -de tanto tiempo asociada la del sufrimiento y del -silencio, que á aquel cumplimiento su cólera y entusiasmo -murieron, y no le quedó otra resolución -que la de escuchar tranquilamente lo que á D. -Rodrigo le gustase añadir. Luego, retirando apaciblemente -la mano de entre las garras del gentil -hombre, bajó la cabeza y se quedó inmóvil, como -al caer del viento en lo más fuerte de una tempestad -un árbol agitado baja naturalmente sus -ramas y recibe el granizo según le envía el cielo.</p> - -<p>—¡Villano impolítico! prosiguió D. Rodrigo, tú -te expresas como tus iguales; mas da gracias al -hábito que cubre tus espaldas de bribón y que te -salva de las caricias que se hacen á los que se te -parecen, para enseñarles á hablar. Por esta vez -sal con tus piernas, y en lo sucesivo veremos.</p> - -<p>Dicho esto, abrió con ademán imperioso y de -menosprecio, una puerta que había enfrente de -aquélla por donde habían entrado. El padre Cristóbal -inclinó la cabeza y salió, dejando á D. Rodrigo<span class="pagenum" id="Page_136">[Pg 136]</span> -medir con pasos apresurados el campo de -batalla.</p> - -<p>Cuando el fraile hubo cerrado la puerta tras de -sí, vió en la otra pieza donde entraba, un hombre -retirarse poco á poco, arrimado á la pared, como -para no ser visto desde la estancia en que había -tenido lugar el anterior coloquio, y reconoció al -viejo criado que había salido á recibirle á la puerta -del palacio. Servía éste en la casa cerca de cuarenta -años, es decir, desde antes que naciese D. Rodrigo; -él había entrado al servicio del padre, que -era otra persona muy distinta. Muerto éste, el -nuevo amo había despedido á toda la servidumbre -y formado otra nueva; sin embargo, había retenido -aquel servidor, que aunque viejo ya y de genio -y costumbres totalmente diversas de las suyas, -compensaba, no obstante este defecto, con -dos cualidades, á saber: una alta opinión de la -dignidad de la casa, y una gran práctica del ceremonial, -acerca del cual conocía mejor que otro alguno -las más antiguas tradiciones y las más minuciosas -particularidades. En presencia del señor, -el pobre anciano no se habría arriesgado á manifestar -ni expresar su desaprobación acerca de lo -que veía todos los días: apenas dejaba escapar alguna -exclamación, algún reproche entre dientes -delante de sus compañeros de servicio, los cuales -se reían y tenían el gusto algunas veces de tocarle -el citado punto, para hacerle decir lo que no<span class="pagenum" id="Page_137">[Pg 137]</span> -hubiera querido, y para hacerle cantar las alabanzas -de la antigua manera de vivir en aquella casa. -Sus censuras no llegaban jamás á oídos del -amo, sino acompañadas con la relación de las risas -que habían causado; de modo, que aquéllas -eran para éste un objeto de diversión, sin resentimiento. -En los días, pues, de convite y de recepción, -el viejo se convertía en un personaje serio -y de importancia.</p> - -<p>El padre Cristóbal al pasar lo miró, lo saludó -y continuó su camino; pero el anciano se le acercó -misteriosamente, puso el índice sobre sus labios, -y después con el mismo dedo le hizo una seña -como para invitarle á entrar con él en un oscuro -corredor. Cuando estuvieron en dicho sitio, -le dijo en voz baja: “Padre mío, lo he oído todo -y tengo precisión de hablaros”.</p> - -<p>—Decidlo pronto, buen hombre.</p> - -<p>—Aquí, no; ¡infeliz de mí si el amo percibiese!... -Mas yo sé muchas cosas, y veré de ir mañana -al convento.</p> - -<p>—¿Hay acaso formado algún proyecto?</p> - -<p>—Algo hay en campaña y de seguro. Yo lo he -observado ya. Mas ahora estaré sobre aviso, y -espero descubrirlo todo. Dejadme hacer: me toca -ver y oir cosas... cosas infernales. Estoy en -una casa... Pero yo querría salvar mi alma.</p> - -<p>—¡El Señor os bendiga! Y pronunciando estas<span class="pagenum" id="Page_138">[Pg 138]</span> -palabras en voz baja, el fraile puso la mano sobre -la cabeza del servidor, que aunque de más edad -que aquél, permanecía tan encorvado en su presencia -como un niño. El Señor os recompensará, -prosiguió el fraile; no dejéis de ir mañana.</p> - -<p>—No faltaré, respondió el servidor; mas salid -pronto, y... en nombre del cielo, no me nombréis... -Así diciendo, y mirando á su alrededor, -salió por otra puerta que había en el pasadizo á -un pequeño salón que daba al patio; y habiendo -visto el campo libre, llamó al buen fraile para -que saliese. El semblante de éste respondió á las -últimas palabras del anciano con más claridad que -lo hubieran podido hacer las mejores protestas. -El servidor le abrió la puerta, y el fraile sin decir -otra cosa, partió.</p> - -<p>Aquel hombre había estado escuchando á la -puerta de su amo: ¿había obrado bien? ¿Y Fr. -Cristóbal hacía bien en alabarle tal acción? Según -las reglas más comunes y más generalmente admitidas, -era una acción muy fea; mas en semejante -caso, ¿no podía considerarse como una excepción? -¿Por ventura las reglas más absolutas carecen -de excepciones? Cuestión es importante; pero -que si el lector gusta, resolverá por sí mismo. Nosotros -no pretendemos dar nuestro parecer; bastante -quehacer tenemos con referir los hechos.</p> - -<p>Habiendo salido ya, y después de haber vuelto -la espalda á aquella infame guarida, Fr. Cristóbal<span class="pagenum" id="Page_139">[Pg 139]</span> -respiró con más libertad, y se encaminó apresuradamente -hacia la bajada, con el rostro inflamado, -todo conmovido y agitado, como cualquiera -puede imaginarse, por lo que había oído, y por -lo que había dicho. Mas aquella tan inesperada -oferta del anciano había sido un gran consuelo -para él; le parecía que el cielo le había dado una -señal visible de protección. He aquí un hilo, pensaba; -un hilo que la Providencia pone en mis manos; -¡y en esa misma casa! ¡y sin que yo soñase -siquiera en buscarlo! Así pensando, alzó la vista -hacia el Occidente; y viendo el sol poniente que -tocaba ya en la cima de la montaña, calculó que -faltaba muy poco para concluirse el día. Entonces, -aunque se sentía con los miembros quebrantados -y desfallecidos por los varios accidentes de -aquel día, apretó sin embargo el paso para poder -llevar alguna noticia, cualquiera que ella fuese, á -sus protegidos, y llegar después al convento antes -de la noche; porque esto era una de las leyes -más precisas y más severamente mantenidas del -código de los capuchinos.</p> - -<p>Entretanto, en la casita de Lucía se habían -puesto en planta y ventilado proyectos, de los -cuales conviene informar al lector. Desde la partida -del fraile, las tres personas que habían quedado -guardaron por espacio de algún tiempo el -silencio más profundo. Lucía preparaba tristemente -la comida. Renzo, á punto de irse á cada<span class="pagenum" id="Page_140">[Pg 140]</span> -momento, para quitarse de delante el espectáculo -de la aflicción de ésta, y con todo, no pudiendo -separarse; Inés enteramente ocupada en la -apariencia con las devanaderas que hacía dar vueltas, -mas en realidad estaba madurando un proyecto; -y cuando le pareció que estaba ya, rompió -el silencio en estos términos:</p> - -<p>—¡Escuchad, hijos míos! Si queréis tener corazón -y la destreza que es necesaria; si queréis fiaros de -vuestra madre (esta palabra <em>vuestra</em> hizo estremecer -á Lucía), yo me empeño en sacaros de este -apuro, quizás mejor y más pronto que el padre -Cristóbal, á pesar de ser el hombre que es...</p> - -<p>Lucía se puso en pie, y la miró con un aire que -expresaba más bien admiración que confianza á la -vista de una tan magnífica promesa; y Renzo dijo -súbitamente: “¿Corazón, destreza? Decid, decid -sin embozo lo que puede hacerse”.</p> - -<p>—¿No es verdad, prosiguió Inés, que si estuvieseis -casados habría mucho adelantado, y que á -todo lo demás se encontraría más fácilmente remedio?</p> - -<p>—¿Quién lo duda? dijo Renzo: una vez casados... -todo el mundo es patria; y á dos pasos -de aquí, pasado Bérgamo, el que trabaja la seda -es recibido con los brazos abiertos. Vos sabéis -cuántas veces mi primo Bartolo ha solicitado que -me vaya con él, que haría fortuna como él la había -hecho; y si yo me he resistido siempre, ha sido...<span class="pagenum" id="Page_141">[Pg 141]</span> -¿qué sirve el decirlo? porque mi corazón -estaba aquí. Ya casados, nos vamos todos juntos, -se establece allí la casa, se vive en santa paz, fuera -de las garras de ese bribón, y lejos de la tentación -de hacer algún despropósito. ¿No es cierto, -Lucía?</p> - -<p>—Sí, dijo ésta; mas, ¿cómo?</p> - -<p>—Según yo he dicho, respondió la madre: corazón -y destreza, y la cosa es fácil.</p> - -<p>—¡Fácil! dijeron á la vez los novios, para quienes -el negocio había llegado á ser tan extraño y dolorosamente -difícil.</p> - -<p>—Fácil, sabiéndolo hacer, replicó Inés. Escuchadme -bien; yo veré el modo de hacéroslo comprender. -Yo he oído decir á gente que sabe, y -aun he visto un caso, que para celebrar un matrimonio, -si bien se requiere un cura, no es necesario -que consienta; es suficiente con que esté delante.</p> - -<p>—¿Y cómo se hace esto? preguntó Renzo.</p> - -<p>—Escuchad, y comprenderéis. Es preciso tener -dos testigos bien listos, y que estén de acuerdo. -Luego se va á encontrar al cura: lo esencial -es cogerlo de improviso; que no tenga tiempo de -escaparse. El hombre dice: Señor cura, yo tomo -á ésta por mujer; la mujer dice: Señor cura, yo -tomo á éste por marido... Es necesario que el -cura lo oiga y también los testigos; y el matrimonio -es bueno, perfecto y sagrado como si lo hubiese<span class="pagenum" id="Page_142">[Pg 142]</span> -hecho el papa. Después de pronunciadas las -citadas palabras, el cura puede gritar, mover estrépito, -darse al diablo, es inútil, ya sois marido -y mujer.</p> - -<p>—¿Es posible? exclamó Lucía.</p> - -<p>—¡Cómo! dijo Inés, ¡sería cosa digna de verse, -que en el espacio de treinta años que he pasado -en este mundo, antes que vosotros nacieseis, no -hubiese aprendido algo! La cosa es tal, cual os -la digo; por señas, que cierta amiga mía que quería -casarse contra la voluntad de sus padres, haciéndolo -de dicha manera, obtuvo su intento. El -cura, que lo había sospechado, estaba alerta, mas -los diablos de los testigos y los novios, supieron -hacerlo tan bien, y lo atraparon tan á propósito, -que no tuvieron más que pronunciar las palabras, -y quedaron marido y mujer, á pesar de que la -pobrecilla se arrepintió á los tres días.</p> - -<p>Inés decía la verdad, mirando á la posibilidad, -y atendiendo al peligro de no poderlo conseguir -de otro modo; pues así como no recurrían á semejante -expediente sino las personas que habían encontrado -algún obstáculo, ó sido rechazadas en las -vías regulares, así también los párrocos ponían -gran cuidado en evitar aquella forzada cooperación; -y sin embargo, cuando alguno de ellos llegaba -á ser sorprendido por una de aquellas parejas -acompañada de testigos, hacía todo lo posible para -escaparse, como Proteo de las manos de los -que querían hacerle vaticinar á la fuerza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_143">[Pg 143]</span></p> - -<p>—¡Si fuese cierto, Lucía! dijo Renzo mirándola -con aire de atención suplicante.</p> - -<p>—¡Cómo, si fuese cierto! replicó Inés. ¿Conque -vosotros creéis que yo digo mentiras? Yo me afano -por vosotros, y no soy creída: bien, bien; -salid del apuro como podáis; yo me lavo las -manos.</p> - -<p>—¡Oh, no; no nos abandonéis! dijo Renzo; hablo -así porque la cosa me parece demasiado buena. -Me entrego á vos enteramente, y os considero -como si fueseis mi propia madre.</p> - -<p>Estas palabras desvanecieron el pequeño enfado -de Inés, é hicieron olvidar una resolución, que -á la verdad, no había sido formal.</p> - -<p>—Mas, ¿por qué pues, mamá, repuso Lucía, con -su modesto continente: por qué este medio no se -le ha ocurrido al padre Cristóbal?</p> - -<p>—¿Por qué no se le habrá ocurrido? respondió -Inés: ¿piensas acaso que no le habrá venido á la -imaginación? Mas no habrá querido hablarnos -de él.</p> - -<p>—¿Por qué? preguntaron á un mismo tiempo -ambos jóvenes.</p> - -<p>—Porque... porque, ya que lo queréis saber, -los religiosos dicen que verdaderamente es una -cosa que no está bien.</p> - -<p>—¿Cómo puede ser que no esté bien, y que sea -bien hecho, después de verificado? dijo Renzo.</p> - -<p>—¡Qué queréis que os diga! respondió Inés.<span class="pagenum" id="Page_144">[Pg 144]</span> -Las leyes las han hecho ellos á su gusto, y nosotros, -infelices, no podemos comprenderlo todo. Y -después, cuántas cosas... Ved aquí un ejemplo: -¿cómo se puede evitar el que uno vaya á dar una -puñada á un cristiano? Ello es una cosa que no -está bien; mas después de haberla dado, ni el mismo -papa puede quitársela.</p> - -<p>—Si es una cosa que no está bien, dijo Lucía, -no es preciso hacerla.</p> - -<p>—¡Qué! repuso Inés: ¿te querría yo dar acaso -un consejo contra el temor de Dios? Si fuese contra -la voluntad de tus padres para casarte con un -mal hombre... pero yo estoy contenta con tener -este nuevo hijo. El que hace nacer todas las -dificultades es un malvado; y el señor cura...</p> - -<p>—Esto es tan claro, que cualquiera lo comprendería, -dijo Renzo.</p> - -<p>—Es preciso no hablar de ello al padre Cristóbal -antes de verificarlo, prosiguió Inés; pero cuando -esté hecho y haya salido bien, ¿qué piensas que -te dirá el padre? “¡Ah, hija mía! ¡es una grave -falta! pero ya está hecho”... Los religiosos deben -hablar así; pero sin embargo, creedme, en su -interior estará satisfecho.</p> - -<p>Lucía, sin hallar qué contestar á este razonamiento, -no parecía, á pesar de todo, convencida; -mas Renzo, muy contento, dijo: “Siendo así, es -cosa hecha”.</p> - -<p>—Despacio, dijo Inés: ¿y los testigos? Es preciso<span class="pagenum" id="Page_145">[Pg 145]</span> -encontrar dos que quieran, y que en el ínterin -sepan guardar silencio. ¿Y poder coger al señor -cura, que de dos días á esta parte se está encerrado -en su casa? ¿Y cómo hacerle permanecer -allí? Pues aunque sea pesado por naturaleza, os -puedo asegurar que al veros comparecer en dicha -conformidad, se volverá listo como un gato, y escapará -como el diablo del agua bendita.</p> - -<p>—He hallado el medio, lo he hallado, dijo Renzo -dando una puñada sobre la mesa y haciendo -bailar los platos preparados para la comida. En -seguida expuso su idea, que Inés aprobó en todo -y por todo.</p> - -<p>—Esto son sutilezas, dijo Lucía; no son cosas -claras. Hasta ahora hemos obrado sinceramente; -marchemos adelante con buena fe, y Dios nos ayudará; -el padre Cristóbal lo ha dicho; oigamos su -parecer.</p> - -<p>—Déjate guiar por quien sabe más que tú, dijo -Inés con grave ademán. ¿Qué necesidad hay de -pedir parecer? Dios dice: ayúdate, que yo te ayudaré. -Nosotros se lo contaremos todo al padre, -después de hecho.</p> - -<p>—Lucía, dijo Renzo, ¿queréis vos faltarme ahora? -¿no hemos hecho todos los preparativos como -buenos cristianos? ¿No deberíamos ser ya marido -y mujer? ¿No había fijado el cura el día y la hora? -¿Y de quién es la culpa, si debemos ahora ayudarnos -con un poco de ingenio? No, no os opondréis.<span class="pagenum" id="Page_146">[Pg 146]</span> -Voy y vuelvo con la respuesta. Y saludando á -Lucía con ademán de súplica, y á Inés con aire -de inteligencia, partió apresuradamente.</p> - -<p>Las tribulaciones aguzan el entendimiento; y -Renzo, que en el sendero recto de la vida que había -recorrido hasta entonces no se había encontrado -en ocasión de aguzar mucho el suyo, había -en el presente caso imaginado un medio, que hubiera -honrado á un jurisconsulto. Se fué en derechura, -según había proyectado, á la cabaña de -un tal Tonio, que distaba poco de allí: lo encontró -en la cocina, con una rodilla puesta sobre el -poyo del hogar, sosteniendo con una mano el asa -de un calderillo colocado sobre las calientes cenizas, -y meneando con una corva cuchara una pequeña -<em>polenta</em><a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a> gris. La madre, el hermano, la mujer -de Tonio, estaban sentados alrededor de la -mesa, y tres ó cuatro chiquillos en pie cerca del -padre estaban esperando con los ojos clavados en -el citado calderillo que llegase el momento de desocuparlo. -Mas allí no había aquella alegría que -la vista de la comida suele, sin embargo, dar al -que se la ha ganado con su trabajo; la cantidad -de polenta era en razón del tiempo, y no del número -y deseos de los convidados. Cada uno de éstos<span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span> -miraba con avaricia la pitanza común, y parecía -pensar en el grande apetito que aún le quedaría. -Mientras Renzo cambiaba los saludos con -la familia, Tonio volcó la polenta en una escudilla -de haya que estaba preparada para recibirla, -é hizo el efecto de una pequeña luna en medio de -un gran círculo de vapores. No obstante, las mujeres -dijeron cortésmente á Renzo: “¿Queréis que -se os sirva?”, cumplimiento que el aldeano de Lombardía, -y quién sabe de cuántos otros países, no -dejan de hacer jamás al que los encuentra comiendo, -aunque el invitado fuese un rico glotón que -se acabara de levantar de la mesa, y el aldeano no -tuviese ya más que el último bocado.</p> - - -<p>—Os lo agradezco, contestó Renzo; venía únicamente -para decir una palabra á Tonio; y si quieres, -Tonio, para no molestar á tus señoras, podemos -ir á comer á la hostería y allí hablaremos. -La proposición fué para Tonio tanto más grata -cuanto menos esperada; y las mujeres y los chiquillos -mismos (que sobre semejante punto empiezan -pronto á raciocinar) no vieron de mala gana -que se sustrajese á la polenta el concurrente -más formidable. El invitado no se detuvo en pedir -su parte, y partió con Rezo.</p> - -<p>Llegados á la hostería del pueblo, sentados con -toda libertad, en una soledad perfecta, pues la -miseria había dispersado á todos los que frecuentaban -aquel lugar de delicias; habiendo mandado<span class="pagenum" id="Page_148">[Pg 148]</span> -traer lo poco que allí se encontraba y una botella -de vino, Renzo con aire de misterio dijo á Tonio: “Si -tú quieres hacerme un pequeño favor, yo te haré -uno grande”.</p> - -<p>—Habla, habla; pide, respondió Tonio, echándose -de beber; hoy me arrojaría al fuego por ti.</p> - -<p>—¿No debes veinticinco libras al señor cura -por el arriendo de un campo que labraste el año -pasado?</p> - -<p>—¡Ah, Renzo, Renzo! tú echas á perder el bien -que me haces. ¡Á qué recordarme esto! ¡Me has -quitado ya el buen humor!</p> - -<p>—Si te hablo de la deuda, dijo Renzo, es porque -si tú quieres, yo deseo proporcionarte el medio -de pagarla.</p> - -<p>—¿Lo dices de veras?</p> - -<p>—De veras. ¡Eh! ¿estarás contento?</p> - -<p>—¿Contento? ¡Por Diana, si yo estaré contento! -Aun cuando no fuese más que por no ver los gestos -y señas de cabeza que me hace el señor cura -cada vez que me encuentra. Y luego siempre: -“Tonio, acordaos; Tonio, ¿cuándo nos veremos para -aquel negocio?”. Á tal punto, que cuando al predicar -fija la vista sobre mí, estoy casi temiendo -que me diga allí públicamente: “¡Eh! ¿y las veinticinco -libras?”. ¡Malditas sean! Y después tendrá -que restituirme la gargantilla de oro de mi -mujer, que la cambiaré en mucha más polenta...</p> - -<p>—Más, más, si tú quieres hacerme un pequeño<span class="pagenum" id="Page_149">[Pg 149]</span> -servicio, las veinticinco libras están preparadas.</p> - -<p>—Dí pronto.</p> - -<p>—Pero... dijo Renzo, poniendo el índice sobre -sus labios.</p> - -<p>—¿Es preciso que me encargues esto? Creo que -me conoces bastante.</p> - -<p>—El señor cura va sacando ciertas razones sin -jugo para dar largas á mi casamiento; y yo, por -el contrario, quisiera despacharme. Me han dicho -con seguridad que presentándose á él los dos novios -con dos testigos, y diciéndole yo: Ésta es mi -mujer; y Lucía: Éste es mi marido... el matrimonio -es válido. ¿Me has comprendido?</p> - -<p>—¿Tú quieres que vaya á servirte de testigo?</p> - -<p>—Justamente.</p> - -<p>—¿Y pagarás por mí las veinticinco libras?</p> - -<p>—Así lo entiendo.</p> - -<p>—Sea un bribón el que falte.</p> - -<p>—Mas es preciso buscar otro testigo.</p> - -<p>—Lo he encontrado. El simplecillo de mi hermano -Gervasio hará aquello que yo le diga. ¿Le -pagarás tú de beber?</p> - -<p>—Y de comer, respondió Renzo. Le conduciremos -aquí para que se divierta en nuestra compañía. -¿Mas, sabrá él hacer?...</p> - -<p>—Yo le enseñaré. Tú sabes bien que yo he tenido -también su parte de juicio.</p> - -<p>—Mañana...</p> - -<p>—Bien.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_150">[Pg 150]</span></p> - -<p>—Entre dos luces.</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>—Pero... dijo Renzo, volviendo á poner de -nuevo el índice sobre la boca.</p> - -<p>—¡Bah!... repuso Tonio, inclinando la cabeza -sobre el hombro derecho y levantando la mano -izquierda con cierto ademán que quería decir: -me haces una injuria.</p> - -<p>—Mas si tu mujer te pregunta, como sin duda -te preguntará...</p> - -<p>—Con respecto á mentiras estoy en débito con -mi mujer; y de tal modo, que no sé si llegaré jamás -á saldar la cuenta. Ya encontraré alguna tontería -para que su corazón esté tranquilo.</p> - -<p>—Mañana por la mañana, dijo Renzo, discurriremos -con más comodidad para entendernos bien -sobre todo.</p> - -<p>En esto salieron de la hostería. Tonio se encaminó -á su casa, estudiando el embrollo que contaría -á las mujeres, y Renzo á rendir cuenta de -las medidas tomadas.</p> - -<p>Durante todo este tiempo, Inés se había cansado -en vano de persuadir á su hija. Ésta iba oponiéndose -á cada frase, ora á la una, ora á la otra -parte de su dilema: ó es una mala acción, y entonces -no debe ponerse en ejecución, ó no lo es; -y entonces, ¿por qué no comunicársela al padre -Cristóbal?</p> - -<p>Renzo llegó con ademán triunfante, hizo su relación<span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span> -y terminó con un <em>ahn</em>, interjección del país -que significa: ¿soy ó no soy un hombre yo?</p> - -<p>Lucía meneaba lentamente la cabeza; mas los -dos enfervorizados no le hacían caso, como suele -hacerse con un niño al cual no se espera poder -persuadir, y que se le reduce luego por medio de -ruegos ó con autoridad á lo que se quiera de él.</p> - -<p>—Va bien, dijo Inés, va bien; mas no habéis -pensado en todo.</p> - -<p>—¿Qué falta? respondió Renzo.</p> - -<p>—¿Y Perpetua? ¿No habéis pensado en Perpetua? -Á Tonio y á su hermano los dejará entrar; -pero, ¿juzgáis que os lo permitirá á vosotros dos? -Tendrá orden de teneros tan lejos del cura, como -un niño de un peral que tiene el fruto maduro.</p> - -<p>—¿Cómo lo haremos? dijo Renzo un poco confuso.</p> - -<p>—He aquí; ya lo he pensado. Yo iré con vosotros; -tengo un secreto para atraerla y para encantarla -de tal modo, que no se acordará de vosotros, -y podréis entrar. La llamaré y tocaré una cuerda... -Vosotros veréis.</p> - -<p>—¡Bendita seáis! exclamó Renzo; yo siempre -he dicho que vos seríais nuestra Providencia en -todo.</p> - -<p>—Mas todo no sirve de nada, dijo Inés, si no -se persuade á ésta, que se obstina en decir que -eso es un pecado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_152">[Pg 152]</span></p> - -<p>Renzo puso también en planta su elocuencia; -pero Lucía no se dejaba conmover.</p> - -<p>—Yo no sé qué responder á vuestras razones, -decía; mas veo que para hacer esa cosa, como vosotros -decís, es preciso andar á caza de subterfugios, -de engaños y de ficciones. ¡Ah, Renzo! ¡No -es así como habíamos empezado! Yo quiero ser -vuestra mujer... Y no había medio que pudiese -pronunciar esta palabra y explicar esta intención -sin que le saliesen los colores al rostro. -“Yo quiero ser vuestra mujer, pero por el camino -recto, como Dios manda, ante el altar. Dejemos -obrar al de arriba. ¿No queréis que él sepa -hallar el medio de ayudarnos mejor que nosotros -podríamos hacerlo con todas esas trampas? ¿Y -por qué hacer un misterio de ello al padre Cristóbal?”.</p> - -<p>La disputa duraba todavía y no parecía que -estaba próxima á concluirse, cuando un ruido -apresurado de sandalias y el rumor de un agitado -hábito, semejante al que hacen en una vela extendida -los repetidos soplos del viento, anunciaron al -padre Cristóbal. Todos quedaron silenciosos, é -Inés apenas tuvo tiempo de murmurar al oído de -Lucía: “Oye, guárdate bien de decirle nada”.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> Polenta, así llamaban en algunas partes de Italia, y sobre -todo en el Milanesado, una especie de manjar que hacen -en general las clases pobres, con agua y harina de castañas.</p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_153">[Pg 153]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO SÉPTIMO</h2> -</div> - - -<p>El padre Cristóbal llegó en la actitud de un -buen capitán, que habiendo perdido, mas no por -culpa suya, una batalla importante, afligido, pero -no desanimado, pensativo, pero no abatido, en retirada, -pero no fugitivo, se traslada adonde la necesidad -lo llama para defender los puntos amenazados, -reunir las tropas y dar nuevas órdenes.</p> - -<p>“La paz sea con vosotros, dijo al entrar. No -hay nada que esperar del hombre; tanta más necesidad -de confiar en Dios, del cual tengo ya una -prueba de protección”. Aunque ninguno de los -tres esperase mucho de la tentativa del padre Cristóbal, -porque el ver á un poderoso renunciar á -una injusticia sin ser obligado, y ceder por mera -condescendencia á desarmadas súplicas, era cosa -más inaudita que rara; á pesar de todo, la triste<span class="pagenum" id="Page_154">[Pg 154]</span> -certidumbre fué un golpe mortal para todos. Las -mujeres bajaron la cabeza; pero en el ánimo de -Renzo la cólera prevaleció al abatimiento. Aquella -noticia lo encontraba ya sumamente mortificado -con tantas sorpresas dolorosas, con tantas tentativas -inútiles, con tantas esperanzas frustradas, -y por demás exacerbado en aquel instante por la -repulsa de Lucía.</p> - -<p>—Querría saber, gritó rechinando los dientes y -levantando la voz como no había hecho hasta entonces -en la presencia del padre Cristóbal; querría -saber qué razones ha dado ese perro para sostener... -para sostener que mi esposa no debe -ser mi esposa.</p> - -<p>—¡Pobre Renzo! contestó el fraile con grave y -piadoso acento y con una mirada que le recomendaba -cariñosamente la calma; si el poderoso que -quiere cometer la injusticia, estuviese siempre -obligado á decir sus razones, las cosas no andarían -como van.</p> - -<p>—¿Ha dicho, pues, ese perro que no quiere? -¿por qué no quiere?</p> - -<p>—¡Ni esto siquiera ha dicho, mi pobre Renzo! -Sería una ventaja, si para cometer una maldad se -debiese confesar abiertamente.</p> - -<p>—Pero algo ha debido decir: ¿qué os ha dicho -ese tizón del infierno?</p> - -<p>—He comprendido sus palabras, mas no sabré -repetírtelas. Las palabras del inicuo que es fuerte,<span class="pagenum" id="Page_155">[Pg 155]</span> -son á un mismo tiempo penetrantes y fugitivas. -Puede irritarse de que tú muestres sospechas -de él, y á la vez hacerte conocer que son ciertas -tus sospechas; puede insultar y manifestarse ofendido, -ultrajar y pedir una satisfacción, aterrorizar -y quejarse, ser impudente é irreprensible; en él -no puede pedirse otra cosa. Él no ha pronunciado -el nombre de esta inocente, ni el tuyo; no ha -dado señales ni aun de conoceros; no ha dicho -que tenía pretensión alguna; pero... pero sin -embargo, demasiado he comprendido que él era -inflexible. Á pesar de todo, ¡confianza en Dios! -Vos, pobrecita, no desaniméis; y tú, Renzo... -¡Oh! cree, no obstante, que yo sé ponerme en tu -lugar, que siento lo que pasa en tu corazón; ¡pero -paciencia! Es una palabra débil, una palabra -amarga para el que no cree; pero tú, ¿no querrás -conceder á Dios un día, dos, el tiempo que querrá -tomarse, para hacer triunfar la justicia? El -tiempo le pertenece; ¡y él nos ha otorgado ya tanto! -Deja obrar á Dios, Renzo, y sabe... sabed -todos, que yo tengo ya en la mano un hilo para -ayudaros. Por ahora, no puedo decir más. Mañana -no vendré; debo permanecer todo el día en -el convento por vosotros. Tú, Renzo, procura ir -allá; y si por un caso impensado no pudieseis, -manda un hombre fiel, un muchacho de juicio, -por medio del cual pueda yo haceros saber lo que -ocurra. Ya se hace de noche, es preciso que yo<span class="pagenum" id="Page_156">[Pg 156]</span> -corra al convento. Fe, valor, y que Dios nos tenga -en su santa guarda.</p> - -<p>Dicho esto salió apresuradamente, y se encaminó -corriendo y casi al escape por un pedregoso y -desigual sendero, para no correr el riesgo de que -llegando tarde al convento se atrajese una buena -reprimenda, ó lo que podía ser peor aún, una penitencia -que le impidiese el día después estar listo -y expedito para lo que pudiese exigir el cuidado -de sus protegidos.</p> - -<p>—¿Habéis oído lo que ha dicho de un no sé -qué... de un hilo que tiene para ayudarnos? dijo -Lucía; conviene fiarse en él; es un hombre que -cuando promete diez...</p> - -<p>—Si no hay más que esto... interrumpió Inés, -hubiera debido hablarme con claridad ó llamarme -aparte y decirme lo que hay...</p> - -<p>—No es más que cháchara; yo daré fin á ello, -yo, repuso Renzo, esta vez recorriendo la estancia -de un extremo á otro, con una voz, con un -semblante que no dejaba duda ninguna acerca del -sentido de aquellas palabras.</p> - -<p>—¡Oh, Renzo! exclamó Lucía.</p> - -<p>—¿Qué es lo que queréis decir? exclamó también -Inés.</p> - -<p>—¿Qué necesidad hay de decirlo? Yo daré fin -á ello. Aunque tenga cien mil diablos en el cuerpo, -él por último es también de carne y hueso...</p> - -<p>—¡No, no, por Dios!... empezó á decir Lucía; -mas el llanto le cortó la voz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_157">[Pg 157]</span></p> - -<p>—No debéis hablar de ese modo, ni aun por -broma, dijo Inés.</p> - -<p>—¿Por broma? replicó Renzo, quedándose plantado -delante de Inés, que estaba sentada, y clavando -en ella sus ojos extraviados. ¡Por broma! -¡Veréis si será broma!</p> - -<p>—¡Oh, Renzo! dijo Lucía instantáneamente, sollozando; -jamás os he visto así.</p> - -<p>—No digáis estas cosas, por Dios, replicó aún -precipitadamente Inés, bajando la voz. ¿No recordáis -cuánta gente tiene á su disposición? Y aun -cuando... ¡Dios nos libre!... contra los pobres -nunca hay justicia.</p> - -<p>—La justicia la haré yo. ¡Ya es tiempo! La cosa -no es fácil; lo sé. El perro asesino se guarda -bien, sabe lo que vale; pero no importa. Resolución -y paciencia... y el momento llegará. Sí, -la justicia la haré yo; yo libraré de él á todo el -país. ¡Cuánta gente me bendecirá! Y después en -tres cabriolas...</p> - -<p>El horror que sintió Lucía á estas últimas é insinuantes -palabras, suspendió su llanto, y le dió -fuerza para hablar. Quitándose las manos de su -lloroso semblante, con acento conmovido, pero resuelto: “¡No -os importa el tenerme por mujer! Yo -estaba prometida á un joven que tenía temor de -Dios; mas un hombre que hubiese cometido... -aunque estuviese bajo el amparo de la justicia y<span class="pagenum" id="Page_158">[Pg 158]</span> -al abrigo de toda venganza, aunque fuese el hijo -del rey...”.</p> - -<p>—¡Y bien! gritó Renzo con el semblante aún -más desencajado: y vos no seréis mía; mas tampoco -lo seréis de él. Yo aquí sin vos, y él en la -casa del...</p> - -<p>—¡Ah, no! ¡por piedad! no digáis eso; no me -miréis así; no, no puedo veros de este modo, exclamó -Lucía llorando, suplicando y juntando las manos. -Mientras tanto Inés llamaba y volvía á llamar -al joven por su nombre, y para apaciguarlo -le daba golpecitos en las espaldas, cogía sus brazos -y sus manos. Por último, se detuvo inmóvil -y pensativo algún tiempo para contemplar el rostro -suplicante de Lucía; luego, de repente, le dirigió -una torva mirada, se hizo un poco atrás, extendió -el brazo y el índice hacia ella, y exclamó: “¡Ella -lo quiere, sí, ella lo quiere! ¡Él morirá!”.</p> - -<p>—¿Y yo, qué mal he hecho para que me hagáis -morir? dijo Lucía, arrojándose á sus pies.</p> - -<p>—¡Vos! repuso con voz que expresaba una cólera -diferente, pero que todavía era cólera; ¡vos! -¿qué bien me habéis hecho, qué pruebas me habéis -dado? ¿No os he rogado, rogado y más rogado? -Y vos: ¡No, no!</p> - -<p>—Sí, sí, respondió precipitadamente Lucía; iré -á casa del cura; mañana, ahora si queréis; iré. Volved -á vuestro primer proyecto; yo iré.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_159">[Pg 159]</span></p> - -<p>—¿Me lo prometéis? dijo Renzo con un acento -y rostro repentinamente vuelto más humano.</p> - -<p>—Os lo prometo.</p> - -<p>—Me lo habéis prometido.</p> - -<p>—¡Ah, Señor, gracias! exclamó Inés doblemente -contenta.</p> - -<p>En medio de su gran cólera, ¿había Renzo pensado -de qué provecho podía serle el espanto de -Lucía? ¿Y no había usado un poco de artificio para -hacerlo creer, y conseguir el fruto que deseaba? -Nuestro autor protesta que no sabe nada, y yo -por mi parte creo que ni aun el mismo Renzo lo -sabía bien. El hecho es que estaba realmente enfurecido -contra D. Rodrigo, y que deseaba ardientemente -el consentimiento de Lucía; y cuando dos -pasiones fuertes hablan juntamente al corazón del -hombre, nadie, ni aun el mas paciente, puede -siempre distinguir una voz de otra, y decir con -seguridad cuál es la que predomina.</p> - -<p>—Os lo he prometido, respondió Lucía, con un -afectuoso y tímido acento de reconvención; mas -vos también habéis prometido de no dar el escándalo, -de confiárselo al padre...</p> - -<p>—¡Oh, vaya! ¿por qué acabo de encolerizarme? -¿Queréis volveros atrás ahora, y hacerme cometer -un despropósito?</p> - -<p>—No, no, dijo Lucía, volviendo á asustarse de -nuevo. Lo he prometido, y no me vuelvo atrás.<span class="pagenum" id="Page_160">[Pg 160]</span> -Pero ved vos mismo cómo me lo habéis hecho -prometer. Dios no quiera...</p> - -<p>—¿Á qué hacer tristes augurios, Lucía? Dios -sabe que no hacemos mal á nadie.</p> - -<p>—Prometedme á lo menos que ésta será la última -escena.</p> - -<p>—Yo os lo prometo, á fe de hombre honrado.</p> - -<p>—Mas esta vez cumplid vuestra palabra, dijo -Inés.</p> - -<p>Aquí el autor confiesa el no saber otra cosa; si -Lucía estaba en todo y por todo pesarosa de haberse -visto obligada á consentir. Nosotros dejamos, -como él, la duda en planta.</p> - -<p>Renzo hubiera querido prolongar la conversación, -y fijar punto por punto lo que debía hacerse -al día siguiente; pero era ya muy entrada la -noche, y las mujeres le despidieron, no pareciéndoles -conveniente que se quedase por más tiempo -á hora tan avanzada.</p> - -<p>La noche, sin embargo, fué para los tres tan -buena, como puede serlo la que sucede á un día -lleno de agitación y azares, y al que precede otro -destinado á una empresa importante, y de éxito -incierto. Renzo se presentó muy de mañana, y -concertó con Inés la grande operación de aquella -tarde, proponiendo y resolviendo alternativamente -dificultades, previendo contratiempos, y empezando -de nuevo, tan pronto el uno como la -otra, á describir el suceso, como si contasen una<span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span> -cosa ya hecha. Lucía escuchaba, y sin aprobar -con palabras lo que no podía aprobar en su corazón, -prometía hacerlo lo mejor que ella supiese.</p> - -<p>—¿Iréis allá abajo, al convento, para hablar al -padre Cristóbal, según él os previno ayer tarde? -preguntó Inés á Renzo.</p> - -<p>—¡Quiá! respondió éste; ya sabéis qué diablos -de ojos tiene el padre: me leería en la cara, como -en un libro, que hay algo de nuevo; y si empezaba -á hacerme preguntas, no podría salir bien -de ellas. Y luego, yo debo permanecer aquí para -atender al negocio. Sería mejor que mandaseis á -alguno.</p> - -<p>—Mandaré á Menico.</p> - -<p>—Sí, muy bien, repuso Renzo; y partió para -atender al negocio, como él había dicho.</p> - -<p>Inés se dirigió á la casa de al lado á buscar á -Menico, el cual era un muchacho muy listo, que -apenas tenía doce años, y que venía á ser sobrino -suyo lejano. Lo pidió á los parientes, como prestado, -por todo el día, “para un cierto servicio”, -según ella decía. Teniéndolo ya en su poder, lo -condujo á su cocina, le dió de almorzar, y le dijo -que fuese á Pescarenico, y se presentase al padre -Cristóbal, el cual lo volvería á mandar en seguida -con una respuesta, cuando sería tiempo. “El padre -Cristóbal, aquel bello anciano, con la barba -blanca, á quien llaman el santo”...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_162">[Pg 162]</span></p> - -<p>—Entiendo, dijo Menico, el que acaricia á todos -los muchachos, y nos da de cuando en cuando -algunas estampitas.</p> - -<p>—Justamente, Menico. Y si te dijese que esperes -algún poco cerca del convento, no vayas á -alejarte; ten cuidado de no ir con tus compañeros -al lago á ver pescar, ni á divertirte con las redes -colocadas en la tapia con el objeto de secarse, ni -entretenerte con los demás juegos que acostumbráis.</p> - -<p>Es preciso saber que Menico era muy excelente -para hacer cabriolas; y se sabe que todos, grandes -y pequeños, hacemos voluntariamente las cosas -para las cuales tenemos habilidad: no digo -aquella sólo.</p> - -<p>—¡Bah! yo no soy ya un niño.</p> - -<p>—Bien, ten juicio; y cuando vuelvas con la respuesta... -mira, estas dos bellas <i lang="it" xml:lang="it">parpagliole</i> nuevas -son para ti.</p> - -<p>—Dádmelas ahora, que es lo mismo.</p> - -<p>—No, no, que las jugarías. Anda y pórtate -bien, que no te pesará.</p> - -<p>En el resto de aquella larga mañana se vieron -ciertas novedades que pusieron no poco en sospecha -el ánimo ya turbado de las mujeres. Un mendigo -que no estaba extenuado, ni andrajoso como -los demás, y con un no sé qué de oscuro y de siniestro -en el semblante, entró á pedir limosna, -lanzando por todas partes ciertas miradas escudriñadoras.<span class="pagenum" id="Page_163">[Pg 163]</span> -Se le dió un pedazo de pan, que recibió -y guardó con una indiferencia mal disimulada. -Después entabló conversación con cierta desfachatez, -y al mismo tiempo con perplejidad, haciendo -muchas preguntas, á las cuales Inés se -aceleró á responder siempre lo contrario de lo que -era en realidad. Echando á andar como para salir, -fingió equivocarse de puerta, entró por la que -daba á la escalera, y se apresuró á hacerse cargo -con la brevedad posible. Se le gritó por detrás: -“¡Eh, eh! ¿adónde vais, buen hombre? Por aquí, -por aquí”. Volvió atrás, y salió por la puerta que -acababa de serle indicada, excusándose con una -sumisión, con una humildad afectada, que estaba -lejos de armonizar con los feroces y duros rasgos -de aquella fisonomía. Después de éste, continuaron -en dejarse ver, por intervalos, otras extrañas -figuras. No se hubiera podido decir fácilmente -qué casta de hombres eran aquéllos; mas no podía -creerse tampoco que fuesen honrados viajeros, -según querían parecer. Uno entraba con el -pretexto de hacerse enseñar el camino; otros pasando -por delante de la puerta iban pausadamente, -y miraban á hurtadillas á través del patio la -sala, como el que quiere ver sin causar sospechas. -Finalmente, hacia el medio día, aquella fastidiosa -procesión concluyó. Inés se levantaba de cuando -en cuando, atravesaba el patio, se plantaba en -la puerta de la calle, miraba á derecha é izquierda,<span class="pagenum" id="Page_164">[Pg 164]</span> -y volvía diciendo: “Nadie”; palabra que pronunciaba -con placer, y que Lucía oía con el mismo, -sin que ni la una ni la otra supiesen descifrar claramente -el por qué. Mas les quedó á ambas una -indeterminada inquietud, que les quitó una gran -parte del valor que habían puesto en reserva para -la tarde.</p> - -<p>Conviene sin embargo que el lector sepa algo -de más preciso con respecto á aquellos misteriosos -vagabundos; y para informarlo completamente, -es indispensable que volvamos atrás á encontrar -á D. Rodrigo, que hemos dejado ayer solo -en una estancia de palacio á la salida del padre -Cristóbal.</p> - -<p>D. Rodrigo, según hemos dicho, medía de arriba -á abajo á pasos largos aquella sala, en cuyas paredes -estaban suspendidos retratos de familia de -diversas generaciones. Cuando se encontraba con -la cara casi tocando con la pared, y se volvía, veía -al frente un guerrero, antepasado suyo, terror de -los enemigos y de sus soldados, de torva mirada, -cabellos cortos y erizados, los bigotes retorcidos -y terminados en punta, que sobresalían de las mejillas, -la barba oblicua; estaba el héroe en pie, con -las grebas<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>, los quijotes, coraza, brazales, manoplas, -todo de hierro; con la mano derecha sobre<span class="pagenum" id="Page_165">[Pg 165]</span> -el costado y la izquierda sobre el pomo de la -espada. D. Rodrigo lo miraba; y cuando llegaba -debajo de él, y daba la vuelta, he aquí que se encontraba -enfrente de otro antepasado, magistrado, -terror de litigantes y abogados, sentado en un -sitial cubierto de rojo terciopelo, envuelto en una -ancha y negra toga, todo negro, á excepción de -una blanca golilla, dos largas valonas guarnecidas -y forradas de piel de marta cibelina (éste -era el distintivo de los senadores, y no lo llevaban -más que en el invierno, razón por la cual no se -hallará jamás un retrato de senador vestido de -verano), macilento y con fruncidas cejas; tenía en -la mano una súplica, y parecía decir: “Veremos”. -Aquí una matrona, terror de sus camareras; allá -un abad, terror de sus monjes: toda gente, en suma, -que habían causado terror viviendo, y que en -el lienzo lo inspiraban todavía.</p> - - -<p>Á la vista de tales recuerdos, D. Rodrigo se enfurecía -más y más, y se avergonzaba, no pudiendo -reposar con la idea de que un fraile se hubiese -atrevido á presentársele delante con la prosopopeya -de Nathan. Formaba un proyecto de venganza, -y lo abandonaba; pensaba al mismo tiempo -cómo podría satisfacer su pasión, y lo que él -llamaba su honor; y tal vez sintiendo retumbar en -sus oídos el exordio de la profecía, se le erizaban -los cabellos, según comúnmente se dice, y estaba -casi dispuesto á renunciar á la idea de sus dos satisfacciones.<span class="pagenum" id="Page_166">[Pg 166]</span> -Finalmente, por hacer algo, llamó á -un criado, y le mandó que lo excusase con la reunión, -diciéndoles que estaba ocupado en un negocio -urgente. Cuando aquél volvió á darle parte -de que los señores habían marchado, dejando encargado -que le hiciese presente sus respetos,—¿Y el -conde Attilio? preguntó D. Rodrigo, siempre paseando.</p> - -<p>—Ha salido con los demás caballeros, ilustrísimo -señor.</p> - -<p>—Está bien: seis personas de séquito para salir -á paseo, pronto. La espada, la capa, el sombrero.</p> - -<p>El servidor partió, contestando con una inclinación, -y poco después volvió trayendo la rica -espada, que el señor se ciñó; la capa que se echó -sobre los hombros, y el sombrero adornado con -grandes plumas, que se encasquetó fieramente, lo -cual era señal de borrasca. Se puso en marcha, y -en el umbral halló los seis tunantes completamente -armados, los cuales formados en ala se inclinaron -al pasar, y después echaron á andar tras él. -Más feroz, más orgulloso, más altanero que de -costumbre, salió y se dirigió paseando hacia Lecco. -Los aldeanos, los artesanos, al verlo venir, se -retiraban rozando la pared, y le hacían saludos é -inclinaciones profundas, á las cuales no contestaba. -Como inferiores se inclinaban aun aquéllos -que para los otros eran llamados señores; porque<span class="pagenum" id="Page_167">[Pg 167]</span> -en todo aquel país, á mil millas en contorno, no -había ninguno que pudiese competir con él en -nombre, en riquezas, y en lo que tenía relación -con la voluntad de servirse de todo esto, para permanecer -siempre sobre los demás; á éstos les correspondía -con altanera dignidad. Cuando sucedía -que se encontraba con el señor castellano español -(este día no aconteció), el saludo era entonces -igualmente profundo por ambas partes; en efecto, -como entre dos potentados que mutuamente -nada se deben, pero que por conveniencia hacen -honor al rango el uno del otro.</p> - -<p>Para disipar un poco su enojo, y para oponer -á la imagen del fraile que asediaba su mente imágenes -enteramente diversas, D. Rodrigo entró en -una casa, donde iba de ordinario mucha gente, y -en la cual fué recibido con aquella cordialidad solícita -y respetuosa que está reservada á los hombres -que se hacen amar y temer á la vez. Siendo -ya muy entrada la noche, se encaminó á su palacio. -El conde Attilio había vuelto también en -aquel mismo momento, y se sirvió la cena, durante -la cual D. Rodrigo estuvo muy pensativo y habló -poco.</p> - -<p>—Primo, ¿cuándo me pagáis aquella apuesta? -dijo con tono malicioso é irónico el conde Attilio, -apenas se quitó la mesa y salieron los criados.</p> - -<p>—S. Martín no ha pasado aún.</p> - -<p>—Tanto valdría que la pagaseis en seguida;<span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span> -porque pasarán todos los santos del calendario -antes que...</p> - -<p>—Esto es lo que se ha de ver.</p> - -<p>—Primo, vos queréis haceros el político; pero -yo lo comprendo todo, y estoy tan cierto de haberos -ganado la apuesta, que vuelvo á estar dispuesto -á hacer otra.</p> - -<p>—Veamos, ¿cuál?</p> - -<p>—Que el padre... el padre... qué se yo; -que el fraile, en fin, os ha convertido.</p> - -<p>—He aquí ciertamente una de vuestras ideas.</p> - -<p>—Convertido, primo, convertido; yo lo digo. -Por mí, me alegro. ¿Sabéis que será un bello espectáculo -el veros todo compungido y con los ojos -bajos? ¡Qué gloria para ese padre! ¡Qué satisfecho -y envanecido habrá vuelto á su convento! No son -peces que se pillan todos los días, ni con todas las -redes. Estad seguro que os citará como un ejemplo; -y cuando vaya á alguna misión un poco lejos, -hablará de vuestros hechos. ¡Me parece oirlo! -Y aquí, hablando con la nariz, y acompañando la -palabra con ademanes burlescos, continuó con el -tono de un predicador: “En cierta parte de este -mundo, que por dichos respetos no nombro, vivía, -carísimos oyentes míos, y vive todavía, un -caballero libertino, más amigo de las muchachas -que de los hombres de bien; el cual, avezado á -hacer un haz de todas yerbas, había puesto los -ojos...”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_169">[Pg 169]</span></p> - -<p>—Basta, basta, interrumpió D. Rodrigo medio -risueño, y medio enojado. Si queréis doblar la -apuesta, estoy pronto á ello.</p> - -<p>—¡Diablo! ¿habréis vos acaso convertido al -padre?</p> - -<p>—No me habléis de él; y en cuanto á la apuesta, -S. Martín decidirá. La curiosidad del conde -estaba excitada; no perdonó ninguna clase de preguntas; -pero D. Rodrigo las supo eludir, remitiéndose -siempre al día de la decisión, y no queriendo -comunicar á la parte contraria designios -que no estaban ejecutados, ni aun enteramente -resueltos.</p> - -<p>Á la mañana siguiente, D. Rodrigo despertó tal -cual era. La aprehensión que aquellas palabras <em>vendrá -un día</em> le habían infundido, se desvaneció del -todo con los sueños de la noche, y sólo le quedaba -la rabia, exacerbada por la vergüenza de aquella -debilidad pasajera. Las imágenes más recientes -del paseo triunfal, de los saludos, de las buenas -acogidas, y el sermón de su primo, habían contribuido -no poco á hacerle recobrar su antiguo ánimo. -Apenas se hubo levantado, hizo llamar al -<em>Griso</em>. “Cosas grandes ocurren”, dijo aparte el criado, -á quien fué dada la orden; porque el hombre -que llevaba aquel apodo no era nada menos que -el jefe de los bravos, al cual estaban confiadas -las empresas más arriesgadas y más temerarias,<span class="pagenum" id="Page_170">[Pg 170]</span> -de quien el noble confiaba enteramente, como que -el hombre era todo suyo por gratitud é interés. -Después de haber cometido un asesinato de día y -públicamente, se encaminó á implorar la protección -de D. Rodrigo; y éste, haciéndole vestir con -su librea, lo puso á cubierto de las pesquisas de -la justicia. Así, encargándose de perpetrar todos -los delitos que le fuesen ordenados, él se había -asegurado la impunidad del primero. Para D. Rodrigo, -la adquisición no había sido de poca importancia; -porque el <em>Griso</em>, además de ser, sin -comparación, el más valiente de la cuadrilla, era -también una prueba manifiesta de que su amo había -podido barrenar felizmente las leyes; de suerte -que su poder se engrandeció en el hecho y en -la opinión.</p> - -<p>—<em>¡Griso!</em> dijo D. Rodrigo, en esta coyuntura -se verá lo que tú vales. Antes de mañana la Lucía -debe hallarse en este palacio.</p> - -<p>—No se dirá jamás que el <em>Griso</em> se haya apartado -de las órdenes de su ilustrísimo amo y señor.</p> - -<p>—Toma cuantos hombres te sean necesarios, -manda y dispón como mejor te parezca, á fin de -que la cosa tenga un buen resultado. Mas procura -sobre todo que no se la cause ningún daño.</p> - -<p>—Señor, un poco de miedo para que ella no -haga demasiado ruido... no se podrá menos.</p> - -<p>—Miedo... entiendo... esto es inevitable.<span class="pagenum" id="Page_171">[Pg 171]</span> -Pero que no se la toque un solo cabello, y sobre -todo que se la respete de todos modos. ¿Has entendido?</p> - -<p>—Señor, no se puede separar una flor de la -planta y traerla á vuestra señoría sin tocarla. Pero -no se hará más que lo puramente necesario...</p> - -<p>—Bajo tu propia seguridad. Y... ¿cómo lo -harás?</p> - -<p>—Eso estaba pensando, señor. Somos dichosos -en que la casa esté en un extremo del pueblo. Tenemos -precisión de buscar un sitio donde apostarnos, -y justamente á poca distancia de allí se encuentra -aquel caserón deshabitado y solo en medio -de los campos, aquella casa... vuestra -señoría no tendrá noticia de estas cosas... una -casa que se quemó pocos años hace, no han tenido -dinero para repararla y la han abandonado; y -ahora se juntan allí las brujas; mas hoy no es sábado, -y yo me río de todo. Esos villanos, que son -tan supersticiosos, no se atreverían á pasar ninguna -noche de la semana por todo el oro del mundo; -así que, podemos ir á colocarnos á dicho sitio, -con la seguridad de que nadie se acercará á interrumpirnos.</p> - -<p>—Está bien; ¿y luego?</p> - -<p>Aquí el <em>Griso</em> se puso á proponer y D. Rodrigo -á discutir, hasta que de acuerdo hubieron concertado<span class="pagenum" id="Page_172">[Pg 172]</span> -la manera de dar fin á la empresa, sin -que quedaran las huellas de los autores; en seguida -el modo de dirigir las sospechas hacia otro lado -por medio de falsos indicios; imponer silencio -á la pobre Inés; infundir á Renzo un miedo tal, -que le quitase la pesadumbre, la idea de recurrir -á la justicia y también la voluntad de quejarse; y -por último, todas las maldades necesarias para la -consecución de lo principal. Nosotros dejamos de -referir esa multitud de tramas que no son indispensables -para la inteligencia de la historia. Bastará -decir que mientras el <em>Griso</em> iba á poner los -proyectos en ejecución, D. Rodrigo le volvió á -llamar y le dijo: “Si por acaso aquel temerario villano -esta tarde sacase las uñas contra vosotros, -no será malo que le deis anticipadamente una buena -paliza por vía de recuerdo. Así, la orden que -se le intimará mañana, de que se esté quieto, surtirá -un efecto más seguro. Mas no vayáis á buscarlo, -para no echar á perder lo que más importa. -¿Me has entendido?”.</p> - -<p>—Dejadlo á mi cuidado, contestó el <em>Griso</em>, inclinándose -con un aire obsequioso y de jactancia, -después de lo cual partió. La mañana se pasó en -dar vueltas, con el objeto de reconocer el terreno. -Aquel falso pordiosero que se había introducido -de tal suerte en la pobre casita, no era otro -que el <em>Griso</em>, el cual iba con un golpe de vista á -levantar el plano; los mentados viajeros eran sus<span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span> -tunantes, á los cuales para obrar bajo sus órdenes -bastaba tener un conocimiento muy superficial -del lugar. Una vez hecha la descubierta, no -se habían dejado ver más, para no dar que sospechar.</p> - -<p>Luego que volvieron todos al palacio, el <em>Griso</em> -echó sus cuentas, fijó definitivamente el proyecto -de la empresa, asignó la gente y dió las instrucciones. -Todo esto no se pudo hacer sin que aquel -viejo servidor (que el lector conoce ya) que estaba -con los ojos abiertos y el oído alerta, se apercibiese -de que se maquinaba algo grande. Á fuerza -de estar atento y de preguntar, cogiendo una -noticia de aquí, otra media de allá, comentando -entre sí una palabra oscura, interpretando una -salida misteriosa; tanto hizo, que al fin vino á sacar -en claro lo que debía tener lugar aquella noche. -Mas cuando lo hubo conseguido, ella estaba -ya muy próxima, y ya una pequeña vanguardia -de bravos había ido á emboscarse al arruinado -caserón. El pobre viejo, aunque conociese bien á -qué juego tan peligroso jugaba y tuviese también -miedo de llevar el socorro á tiempo, no quiso sin -embargo faltar. Salió con el pretexto de tomar -aire, y se encaminó con la mayor precipitación al -convento, para dar al padre Cristóbal el aviso -prometido. Poco después, los demás bravos se -pusieron en movimiento y salieron separadamente -uno después de otro, para no dar á conocer<span class="pagenum" id="Page_174">[Pg 174]</span> -que iban juntos. El <em>Griso</em> siguió luego, y no quedó -dentro más que una litera, la cual debía ser -conducida al caserón, entrada ya la noche, como -así se verificó. Reunidos que fueron en aquel sitio, -el <em>Griso</em> despachó tres de los suyos á la hostería -del lugar, ordenando que uno de ellos se -pusiese en la puerta para observar lo que ocurriese -en la calle, y ver cuándo todos los habitantes -se hubiesen retirado; los otros dos que permaneciesen -dentro jugando y bebiendo, como aficionados, -y estuviesen entretanto espiando, si algo -había que fuese digno de espiar. Él, con el resto -de la tropa, quedó en acecho esperando la -ocasión.</p> - -<p>El pobre viejo trotaba aún; los tres exploradores -llegaron á su puesto; el sol se iba á poner, -cuando Renzo entró en casa de las mujeres y dijo: “Tonio -y Gervasio me aguardan fuera; voy con -ellos á la hostería á comer un bocado, y al toque -del <em>Avemaría</em> vendremos á buscaros. Vamos, ¡valor, -Lucía, no depende todo más que de un momento!”. -Lucía suspiró y repitió: “¡Oh! ¡sí, sí, valor!” -con una voz que desmentía sus palabras.</p> - -<p>Cuando Renzo y los dos compañeros llegaron -á la hostería, se encontraron el susodicho ya plantado -de centinela, que obstruía la mitad de la entrada, -con la espalda apoyada sobre el pie derecho -de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho, -miraba y remiraba á derecha é izquierda,<span class="pagenum" id="Page_175">[Pg 175]</span> -haciendo brillar tan pronto lo blanco como lo negro -de sus dos ojos de ave de rapiña. Una gorra -plana de terciopelo carmesí, puesta de medio lado, -cubría la mitad del <i lang="it" xml:lang="it">ciuffo</i>, el cual dividiéndose -sobre una frente morena daba vueltas por una -parte y por otra, y terminaba en trenzas sujetas -con un peinecillo sobre la nuca. Sostenía en su -mano una gruesa estaca; armas verdaderamente -no llevaba á la vista; mas cualquiera que le hubiese -mirado tan sólo á la cara, aunque fuese un -niño, habría juzgado que debía tener tantas escondidas, -cuantas podían colocarse debajo de sus -vestidos.</p> - -<p>Cuando Renzo, que iba delante de sus dos compañeros, -fué á entrar, aquél sin incomodarse le -miró muy fijamente; pero el joven, procurando esquivar -toda disputa, como sucede al que tiene una -empresa escabrosa entre manos, no manifestó -apercibirlo, ni tampoco dijo: “Haceos á un lado”; y -rozando con el otro pie derecho, pasó de lado por -la abertura que dejaba aquella cariátide. Los dos -compañeros debían hacer la misma evolución si -querían entrar. Una vez dentro, vieron á los otros, -cuyas voces habían oído ya; esto es, los dos bribones -que sentados á la esquina de la mesa, jugaban -á la <em>morra</em> gritando los dos á la vez (pues así -lo requiere el juego), y echándose ya el uno ya el -otro de beber con un gran frasco que tenían en -medio. Éstos, sin embargo, miraron fijamente á<span class="pagenum" id="Page_176">[Pg 176]</span> -los recién llegados; y uno de ellos, especialmente, -teniendo una mano en el aire, con tres dedos tendidos -y separados, y con la boca abierta todavía -por un gran “seis” que había pronunciado en aquel -momento, miró á Renzo de pies á cabeza; después -dió de ojo al compañero, y en seguida al de la -puerta, que contestó con un signo de cabeza. Renzo, -sospechoso é incierto, miraba á sus dos convidados -como si quisiese buscar en su semblante -una interpretación de todas aquellas señales; mas -sus rostros no indicaban otra cosa que un buen -apetito. El dueño de la hostería le miraba también -como para esperar órdenes: aquél lo hizo ir -consigo á una estancia próxima, y le ordenó que -trajera la cena.</p> - -<p>—¿Quiénes son aquellos forasteros? le preguntó -luego en voz baja, cuando aquél volvió con unos -gruesos manteles debajo del brazo y una botella -en la mano.</p> - -<p>—No los conozco, repuso el huésped, desplegando -los citados manteles.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿ni siquiera á uno?</p> - -<p>—Vos sabéis muy bien, respondió aquél, tendiendo -los manteles sobre la mesa, que la primera -regla de nuestro oficio es el no ocuparnos de -los negocios de otros, tanto, que hasta nuestras -mujeres no son curiosas. Estaríamos frescos con -tanta gente que va y viene; esto es siempre un<span class="pagenum" id="Page_177">[Pg 177]</span> -puerto de mar, cuando el año es bueno, quiero -decir; mas estemos alegres, que el buen tiempo -volverá. Á nosotros nos basta que los parroquianos -sean gente de bien; poco nos importa el que -sean esto ó lo otro. Entretanto, voy á traeros un -famoso plato de <i lang="it" xml:lang="it">polpette</i> como jamás las habréis -comido.</p> - -<p>—¿Cómo podéis saber?... replicó Renzo. Mas -el huésped en dirección ya de la cocina, siguió su -camino. Mientras tomaba la cacerola de <i lang="it" xml:lang="it">polpette</i> -que acabamos de decir, se le acercó poquito á poco -aquel bravo que había mirado á nuestro joven, -y le dijo á media voz: “¿Quién es esa buena -gente?”.</p> - -<p>—Son hombres honrados, de aquí, del pueblo, -repuso el huésped echando las <i lang="it" xml:lang="it">polpette</i> en un -plato.</p> - -<p>—Está bien; ¿pero cómo se llaman? ¿quiénes -son? insistió aquél con la voz un tanto áspera.</p> - -<p>—El uno se llama Renzo, respondió el huésped, -pero en voz baja: un buen muchacho regularmente -establecido; hilador de seda, que sabe bien su -oficio. El otro es un aldeano llamado Tonio, buen -compañero, alegre convidado; siendo una lástima -que tenga poco dinero, porque todo lo gastaría -aquí. El tercero es un bendito que come voluntariamente -cuanto le dan. Con vuestro permiso...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_178">[Pg 178]</span></p> - -<p>Y de un salto abandonó la hornilla y al interrogante, -y se dirigió á llevar el plato para quien -estaba destinado.</p> - -<p>—¿Cómo podéis saber, replicó Renzo, cuando -lo vió aparecer de nuevo, que sea buena gente, si -no los conocéis?</p> - -<p>—Por sus acciones, querido amigo; el hombre -se conoce por sus acciones. Los que beben el vino -sin criticar, que pagan al contado sin regatear, -que no arman camorra con los demás parroquianos, -y que si tienen que dar alguna cuchillada á -alguno lo van á esperar fuera y lejos de la hostería, -de modo que el infeliz huésped no se comprometa -jamás, éstos son aquellos á quienes yo llamo -buena gente. Por lo tanto, podemos conocer -la gente honrada, como nos conocemos nosotros -cuatro, y mejor. ¿Y qué diablo de capricho tenéis -en querer saber tantas cosas, cuando sois novio y -debéis tener otras tantas en la cabeza? ¡Y delante -estas <i lang="it" xml:lang="it">polpette</i> que harían resucitar á un muerto! -Dicho esto, se volvió á la cocina.</p> - -<p>Nuestro autor, observando la diversa manera -que tenía el dueño de la hostería de satisfacer á -las preguntas, dice que era un hombre por ese -estilo; que en todos sus discursos hacía profesión -de ser muy amigo de los hombres honrados en -general; pero en la práctica, usaba de una complacencia -mucho mayor con aquéllos que tenían<span class="pagenum" id="Page_179">[Pg 179]</span> -reputación ó apariencia de bribones. ¡Qué carácter -tan singular!</p> - -<p>La cena no fué muy alegre. Los dos convidados -hubieran querido saborear con toda comodidad; -pero el que convidaba, preocupado con lo -que ya sabe el lector, fastidiado y aun inquieto -del extraño continente de aquellos desconocidos, -no veía otra cosa más que el momento de poder -salir de allí. Se hablaba á media voz á causa de -ellos; y aun esto eran palabras truncadas y sin -sentido.</p> - -<p>—¡Qué bella cosa, se le escapó decir á Gervasio, -que Renzo quiera tomar mujer y que tenga -necesidad!... Renzo tomó un aspecto severo. “¡Quieres -callarte, animal!”, le dijo Tonio, acompañando -el epíteto con un codazo. La conversación -fué languideciendo hasta el fin. Renzo, habiendo -sido muy parco, tanto en el comer como en el beber, -tuvo cuidado en dar de beber con discreción -á los dos testigos, con el objeto de inspirarles un -poco de brío sin hacerles perder la razón. Levantada -ya la mesa, pagada la cuenta del gasto que -habían hecho, se vieron obligados á pasar de nuevo -los tres por delante de aquellas figuras, que se -volvieron todos hacia Renzo, como la primera vez. -Cuando habiendo dado algunos pasos fuera de la hostería, -miró tras de sí y vió que los dos que había dejado -sentados en la cocina le seguían, entonces se paró -con sus dos compañeros, como si quisiese decir:<span class="pagenum" id="Page_180">[Pg 180]</span> -“Veamos lo que querrán de mí esas gentes”. Mas -cuando los dos se apercibieron de que eran observados, -se pararon también, hablaron en voz baja, -y se volvieron. Si Renzo hubiese estado bastante -cerca para oir sus palabras, le hubieran parecido -muy extrañas.—Sería, sin embargo, un grande honor, -sin contar el provecho, decía uno de los malandrines, -si al volver al palacio pudiésemos contar -el haberle medido las espaldas por nosotros -mismos, sin que el <em>Sr. Griso</em> haya venido á arreglarlo.</p> - -<p>—¡Y echar á perder el negocio principal! dijo -el otro. He aquí que él ha conocido algo; ved cómo -se para á mirarnos. ¡Oh, si fuese más tarde! -Volvámonos para no dar sospechas. Mirad que -viene gente por todas partes; dejemos ir las gallinas -todas al gallinero.</p> - -<p>Efectivamente, se percibía aquel bullicio, aquel -rumor que se deja oir al anochecer en una población, -y que momentos después hace lugar al solemne -silencio de la noche. Las mujeres llegaban -del campo llevando sobre su cuello á los tiernos -niños y conduciendo de la mano á los mayorcitos, -á los cuales hacían repetir las oraciones de la tarde; -los hombres venían con las palas y los azadones -al hombro. Al abrirse las puertas, se veían -lucir aquí y allá los fuegos encendidos para preparar -las frugales cenas; oíanse en la calle cambiarse -los saludos, y de cuando en cuando alguna<span class="pagenum" id="Page_181">[Pg 181]</span> -que otra palabra sobre la escasez de la cosecha y -sobre la miseria del año; además de aquellas conversaciones, -se oía también el tañido mesurado y -sonoro de la campana que anunciaba la conclusión -del día. Cuando Renzo vió que los dos indiscretos -se habían retirado, continuó su camino en -la oscuridad, que á cada paso se iba aumentando, -haciendo ya una ya otra advertencia á los dos -hermanos. Era ya enteramente de noche cuando -llegaron á la morada de Lucía.</p> - -<p>Entre la primera idea de una empresa terrible -y su ejecución, el intervalo es un sueño lleno de -fantasmas y de temores. Lucía yacía después de -algunas horas en las angustias de un sueño semejante; -é Inés, Inés misma, autora del consejo, estaba -muy pensativa, y apenas encontraba palabras -para animar á su hija. Pero en el momento -de despertarse, esto es, en el momento en que es -necesario obrar, el ánimo se encuentra enteramente -mudado. Al terror y al valor que se disputaban -vuestro corazón, sucede otro temor y otro valor; -la empresa se presenta á la mente como una -nueva aparición: lo que primeramente asustaba -más, parece á veces que viene á ser mas fácil en -un momento; otras, el obstáculo que apenas se -había percibido toma colosales dimensiones, la -imaginación retrocede espantada, los miembros -parece que rehúsan obedecer, y el corazón falta -á las promesas que había hecho con la mayor seguridad.<span class="pagenum" id="Page_182">[Pg 182]</span> -Al humilde llamar de Renzo, Lucía fué -asaltada de un terror tan grande, que resolvió en -aquel momento el sufrirlo todo, el estar siempre -separada de él más bien que seguir aquella resolución; -mas cuando aquél se dejó ver y dijo: “Ya -están aquí, partamos”; cuando todos se mostraron -prontos á echar á andar sin titubear, como quien -va á una cosa establecida ya de antemano é irrevocable, -Lucía no tuvo tiempo ni fuerzas para -oponer alguna dificultad, y como arrastrada cogió -temblando un brazo de su madre y otro de su -prometido, y se puso en marcha con la arriesgada -compañía.</p> - -<p>Poquito á poco y guardando el más profundo -silencio, en medio de la oscuridad, con pasos mesurados, -salieron de la casita y tomaron el camino -que conducía fuera del pueblo. Lo más corto -hubiera sido el atravesarlo, pues así hubieran ido -directamente á la casa de D. Abundio; mas escogieron -dicho camino con el objeto de no ser vistos. -Por pequeños senderos, atravesando huertas -y campos, llegaron cerca de la expresada casa, y -allí se separaron.</p> - -<p>Los dos novios permanecieron ocultos detrás del -ángulo que formaba aquélla; Inés con ellos, pero -un poco más adelante, á fin de correr con tiempo -al encuentro de Perpetua y hacerse dueña de -ella; Tonio, con el imbécil Gervasio, que nada sabía -hacer por sí solo, y sin el cual tampoco nada<span class="pagenum" id="Page_183">[Pg 183]</span> -se podía hacer, se presentaron valerosamente á la -puerta y llamaron.</p> - -<p>—¿Quién es á estas horas? gritó una voz desde -la ventana, que se abrió en aquel momento. Enfermos -no hay, á lo menos que yo sepa. ¿Habrá -acaso sucedido alguna desgracia?</p> - -<p>—Soy yo, respondió Tonio, con mi hermano, -que tenemos precisión de hablar al señor cura.</p> - -<p>—¿Es ésta una hora regular? dijo bruscamente -Perpetua. ¡Qué discreción! Volved mañana.</p> - -<p>—Escuchad: volveré ó no volveré; he recogido -cierto dinero, y vengo á saldar aquella cuentecilla -que sabéis: tenía aquí veinticinco hermosas -monedas, todas ellas nuevas; mas si no se puede, -paciencia; ya sé cómo gastarlas, y volveré cuando -haya juntado otras tantas.</p> - -<p>—Aguardad, aguardad; voy y vuelvo. Mas, -¿por qué venís á esta hora?</p> - -<p>—Las he recibido poco hace, y he pensado, como -os digo, que si ellas han de dormir conmigo, -no sé de qué parecer seré mañana. Mas si no os -agrada la hora, no sé qué decir: por mí, estoy -aquí, y si no queréis, me voy.</p> - -<p>—No, no, aguardad un instante; vuelvo con la -respuesta.</p> - -<p>Dicho esto, cerró la ventana. En seguida Inés -se separó de los novios, y dijo en voz baja á Lucía: ¡Ánimo! -esto no es más que un momento, como<span class="pagenum" id="Page_184">[Pg 184]</span> -sacarse un diente. En seguida fué á reunirse -con los dos hermanos que permanecían delante la -puerta, y se puso á conversar con Tonio; de modo -que Perpetua, yendo á abrir, pudiese creer -que pasaba por casualidad y que Tonio la había -entretenido un momento.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Greba: pieza de la armadura antigua que cubría las piernas; -llámase también esquinela, canillera.</p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_185">[Pg 185]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO OCTAVO</h2> -</div> - - -<p>—¡Carneade! ¿Quién era este hombre?, murmuraba -entre sí D. Abundio, sentado en su sillón, en -una estancia del piso superior, con un libro abierto -delante, cuando Perpetua entró á ser portadora -del mensaje. “¡Carneade! este nombre me parece -mucho haberlo leído ú oído: debía ser un -sabio, un literato de los antiguos tiempos; éste es -un nombre de aquella época; ¿pero qué diablo era -ese Carneade?”. ¡Tan lejos estaba el pobre hombre -de prever la borrasca que se formaba sobre su -cabeza!</p> - -<p>Es indispensable saber que D. Abundio se deleitaba -en leer un poquito cada día; y un cura -vecino suyo, que tenía una pequeña librería, le -prestaba un libro después de otro, el primero que -le venía á mano. Aquél sobre el cual meditaba al<span class="pagenum" id="Page_186">[Pg 186]</span> -presente D. Abundio, convaleciente de la fiebre -del susto, ya más curado (tocante á la fiebre) que -no quería dejar creer, era un panegírico en loor -de S. Carlos, pronunciado con mucho énfasis y escuchado -con grande admiración en la catedral de -Milán, dos años antes. El santo era comparado, á -causa de su pasión por el estudio, á Arquímedes, -y hasta aquí D. Abundio no encontraba ninguna -dificultad; porque Arquímedes ha hecho cosas tan -curiosas, ha hecho hablar tanto de sí, que para -saber algo no es necesario tener una erudición -muy vasta. Después de Arquímedes, el orador -ponía en parangón también á Carneade, y el lector -en este punto había quedado en suspenso. En -el mismo momento entró Perpetua anunciando la -visita de Tonio.</p> - -<p>—¿Á esta hora? dijo también D. Abundio, como -era natural.</p> - -<p>—¡Qué queréis! son indiscretos; pero si no los -pilláis al vuelo...</p> - -<p>—Ya: ¡si no lo pillo ahora, quién sabe cuándo -lo podré pillar! Hacedlo entrar... ¡Eh, eh! ¿Estáis -bien segura que sea él mismo?</p> - -<p>—¡Diablo! repuso Perpetua; bajó, abrió la puerta -y dijo: “¿En dónde estáis?”. Tonio se dejó ver, y -al mismo tiempo apareció también Inés, la cual -saludó á Perpetua por su nombre.</p> - -<p>—Buenas noches, Inés, dijo Perpetua; ¿de dónde -se viene á estas horas?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_187">[Pg 187]</span></p> - -<p>—Vengo de... y nombró un pueblecillo cercano. -Y si supieseis... continuó: He tenido una -disputa por causa vuestra.</p> - -<p>—¡Oh! ¿por qué? preguntó Perpetua; y volviéndose -á los dos hermanos: Entrad, les dijo, que al -instante soy con vosotros.</p> - -<p>—Porque, repuso Inés, una mujer de aquellas -que no saben las cosas y quieren hablar... ¿lo -creeréis? se obstinaba en decir que vos no os habíais -casado con Beppo Suolavecchia, ni con Anselmo -Lunghigna, porque no os habían querido. -Yo sostenía que vos rehusasteis á uno y á otro...</p> - -<p>—Seguramente. ¡Oh! ¡La embustera! ¿Quién es -esa mujer?</p> - -<p>—No me lo preguntéis, pues no me gusta hablar -mal de nadie.</p> - -<p>—Me lo diréis, me lo habéis de decir. ¡Oh, vaya -con la embustera!</p> - -<p>—Basta... mas no podéis creer cuánto he -sentido el no saber bien toda la historia para confundirla.</p> - -<p>—¡Mirad si se puede inventar! ¡y de qué modo! -exclamó de nuevo Perpetua; y de improviso, -repuso: En cuanto á Beppo, todos saben y han podido -ver... ¡Eh, Tonio! entrad y cerrad la puerta, -que ya voy. Tonio desde dentro hizo lo que -se le prevenía, y Perpetua prosiguió su apasionada -narración.</p> - -<p>Enfrente de la puerta de D. Abundio había entre<span class="pagenum" id="Page_188">[Pg 188]</span> -dos casitas una callejuela, al fin de la cual se -hallaba el campo. Inés se dirigió hacia ella como -si quisiese retirarse aparte para hablar más libremente, -y Perpetua la siguió. Cuando ambas llegaron -al sitio desde donde no se podía ver lo que -pasaba delante de la casa de D. Abundio, Inés -tosió fuertemente. Ésta era la señal convenida: -así que Renzo la oyó, animó á Lucía, dándola un -apretón de brazo, y los dos de puntillas avanzaron, -arrimándose á la pared, guardando el mayor -silencio; llegaron á la puerta, la abrieron poquito -á poco, sin hablar una palabra, é inclinados entraron -en el corredor, en donde estaban los dos -hermanos esperándolos. Renzo cerró la puerta de -nuevo muy despacio, y los cuatro subieron la escalera, -no haciendo siquiera el ruido de una persona. -Llegado que hubieron á la meseta, los dos -hermanos se aproximaron á la puerta de la habitación -que estaba al lado de la escalera; los novios -se quedaron como clavados en la pared.</p> - -<p>—<i lang="la" xml:lang="la">Deo gratias</i>, dijo Tonio en voz clara.</p> - -<p>—¿Sois vos, Tonio? Entrad, contestó la voz desde -adentro.</p> - -<p>El que así llamaban abrió la puerta apenas lo -suficiente para poder pasar él y su hermano, uno -después de otro. El rayo de luz que salió de improviso -por aquella abertura y se dibujó sobre el -oscuro pavimento de la meseta, hizo estremecer á -Lucía del mismo modo que si hubiese sido descubierta.<span class="pagenum" id="Page_189">[Pg 189]</span> -Habiendo entrado los hermanos, Tonio cerró -la puerta tras sí; los novios permanecieron inmóviles -en la oscuridad, con el oído atento, reteniendo -la respiración; el ruido solo que en un -caso se hubiera podido oir sería las palpitaciones -del corazón de Lucía.</p> - -<p>D. Abundio estaba, según hemos dicho, sentado -en un sillón viejo envuelto en unas hopalandas, -cubierta la cabeza con un gorro raído calado -hasta las cejas, á la escasa luz de una pequeña -lámpara. Dos mechones de cabellos se escapaban -al través de su gorro, dos espesas cejas, dos espesos -bigotes, una poblada perilla, todo aquel pelo -cano y esparcido sobre aquella cara morena y rugosa, -podía compararse á esos arbustos cubiertos -de nieve que se dibujan en medio de un precipicio -á la claridad de la luna.</p> - -<p>—¡Ah, ah! fué el saludo, mientras se quitaba -los anteojos y los colocaba sobre su libro.</p> - -<p>—El señor cura dirá que he venido tarde, dijo -Tonio saludando, según lo hizo también, pero con -más torpeza, Gervasio.</p> - -<p>—Seguramente que es tarde, tarde de todos -modos. ¿Sabéis que estoy enfermo?</p> - -<p>—¡Oh, lo siento mucho!</p> - -<p>—Ya lo habréis oído decir; estoy enfermo, y -no sé cuándo podré dejarme ver... Mas, ¿por -qué habéis traído con vos á ese... ese muchacho?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_190">[Pg 190]</span></p> - -<p>—Para que me acompañe, señor cura.</p> - -<p>—Bien, veamos.</p> - -<p>—Aquí están las veinticinco libras, todas nuevas, -de aquellas que tienen un S. Ambrosio á caballo, -dijo Tonio sacando de su faltriquera un paquetito -envuelto.</p> - -<p>—Veamos, repitió D. Abundio; y tomando el -paquete, se volvió á poner los anteojos: lo abrió, -sacó las monedas, las contó, las volvió, las revolvió, -y las encontró sin defecto alguno.</p> - -<p>—Ahora, señor cura, me daréis el collar de mi -Tecla.</p> - -<p>—Es muy justo, respondió D. Abundio. Se dirigió -á un armario, sacó una llave del bolsillo, y -mirando á su alrededor, como para tener lejos á -los espectadores, abrió un lado de la puerta, cubriendo -con su cuerpo la abertura que acababa -de practicar, metió dentro la cabeza para ver y -un brazo para coger el collar; lo tomó, y habiendo -cerrado el armario, lo entregó á Tonio, diciendo: “¿Es -esto?”.</p> - -<p>—Ahora, dijo Tonio, tened la bondad de poner -un poco de negro sobre lo blanco.</p> - -<p>—¡También esto! dijo D. Abundio: ellos lo saben -todo. ¡Oh, qué sospechoso se ha vuelto el -mundo! ¿No os fiáis de mí?</p> - -<p>—¡Cómo, señor cura! ¿Si me fío? Vos me hacéis -un agravio; pero como mi nombre está puesto -en vuestro gran libro, en el libro de las deudas...<span class="pagenum" id="Page_191">[Pg 191]</span> -con que ya que habéis tenido la incomodidad -de escribir una vez, también... de la vida -á la muerte...</p> - -<p>—Bien, bien, interrumpió D. Abundio; y refunfuñando -tiró de un cajoncito de la mesa, sacó -papel, pluma y tintero, y se puso á escribir, repitiendo -á viva voz las palabras, á medida que salían -de la pluma. Entonces Tonio y Gervasio, por -medio de una señal que aquél le hizo, se plantaron -de pie delante de la mesa, de manera que pudiesen -ocultar la puerta al que escribía. Como si -estuviesen muy cansados, iban arrastrando sus -pies sobre el pavimento, para advertir á los que -estaban fuera que podían entrar, y para cubrir al -mismo tiempo el ruido de las pisadas. D. Abundio, -abismado en su escritura, nada veía. Á la señal -convenida, Renzo cogió á Lucía del brazo, lo -apretó para darla ánimo y echó á andar, arrastrándola -tras de sí toda trémula, pues que ella no -hubiera podido ir sola. Entraron poquito á poco, -de puntillas, conteniendo la respiración, y se escondieron -detrás de los dos hermanos. Entretanto -D. Abundio, habiendo concluido de escribir, -volvió á leer atentamente sin levantar los ojos del -papel; luego lo dobló, diciendo: “¿Estaréis contentos -ahora?”. Y quitándose con una mano los anteojos -de encima la nariz, alargó con la otra el papel -á Tonio, levantando la cabeza. Éste extendió la -mano para tomarlo y se retiró á un lado; Gervasio,<span class="pagenum" id="Page_192">[Pg 192]</span> -á una señal suya, se colocó al otro; y en el medio, -como al mudarse una decoración, aparecieron -Renzo y Lucía. D. Abundio vió confusamente, -después vió claro, se asustó, quedó mudo de estupor, -se enfureció, reflexionó, tomó una resolución, -todo esto en el intervalo de tiempo que Renzo -gastó en pronunciar las siguientes palabras: “Señor -cura, en presencia de estos testigos, digo -que ésta es mi mujer”. Antes que sus labios se hubiesen -cerrado, ya D. Abundio, dejando caer el -papel, había cogido y levantado la lámpara con la -mano izquierda, agarrado con la derecha el tapete -que cubría la mesa; y atrayéndolo hacia él con -furia, hizo caer al suelo el libro, el papel, el tintero -y los polvos; después, deslizándose entre el -sillón y la mesa, se había acercado á Lucía. La -infeliz, con su dulce voz, y en aquel momento toda -trémula, apenas había podido proferir: “Y éste”... -cuando D. Abundio la había arrojado bruscamente -el tapete encima, cubriéndole la cabeza -y el semblante á un mismo tiempo para impedirle -el pronunciar la fórmula entera. En seguida, dejando -caer la lámpara que tenía en la otra mano, -se ayudó también con ella para envolver la cabeza -de Lucía en el tapete, hasta el punto de sofocarla; -y en el ínterin gritaba á más no poder: -“¡Perpetua, Perpetua! ¡Traición, socorro!”. El pábilo -de la lámpara que moría sobre el pavimento, -arrojaba una luz lánguida y desigual sobre Lucía,<span class="pagenum" id="Page_193">[Pg 193]</span> -la cual sumamente alarmada no trataba siquiera -de desembarazarse, asemejándose á una estatua -cubierta de arcilla, sobre la cual el artista ha -echado un húmedo trapo. Apagada enteramente -la luz, D. Abundio abandonó á la infeliz, y fué -buscando á tientas la puerta que daba á una habitación -más interior, la halló, entró en ella, cerró -por dentro y todavía continuaba gritando: “¡Perpetua! -¡Traición, socorro! ¡Fuera de esta casa, -fuera de esta casa!”. En la otra pieza todo era confusión; -Renzo buscaba al cura, moviendo los brazos -y manos como si jugase á la gallina ciega; habiendo -llegado á la puerta, llamaba á ella gritando: -“¡Abrid, abrid! No metáis tanta bulla”. Lucía -llamaba también á Renzo con voz ahogada, y le -decía suplicando: “¡Vámonos, vámonos, por el amor -de Dios!”. Tonio, á gatas, iba barriendo con las manos -el suelo, para recobrar su recibo. Gervasio, -espantado, gritaba y saltaba, buscando la puerta -de la escalera para salvarse.</p> - -<p>En medio de esta batahola, no podemos menos -de detenernos un momento para hacer una reflexión. -Renzo, que movía todo aquel estrépito, -de noche, en casa ajena, que se había introducido -furtivamente, y tenía al mismo dueño sitiado en -su habitación, presentaba todas las apariencias de -un opresor; y sin embargo, bien considerado, él -era el oprimido. D. Abundio, sorprendido, fugitivo, -asustado, mientras atendía tranquilamente<span class="pagenum" id="Page_194">[Pg 194]</span> -á sus negocios, parecía la víctima; y no obstante, -en realidad él era el que hacía la injuria. Así va -muchas veces el mundo... quiero decir, así iba -en el siglo XVII.</p> - -<p>El asaltado, viendo que el enemigo no daba señales -de retirarse, abrió una ventana que miraba -al cementerio de la iglesia, y se puso á gritar: -“¡Socorro, socorro!”. La luna despedía una brillante -claridad, la sombra de la iglesia y del campanario, -se dibujaban negras é inmóviles sobre el cementerio -lleno de yerbas: todos los objetos se podían -distinguir como si hubiese sido de día; pero -hasta donde se extendía la vista, no aparecía ningún -indicio de ser viviente. Contiguo, sin embargo, -á la pared lateral de la iglesia, y justamente -por el lado que correspondía á la casa parroquial, -había un pequeño agujero, especie de gatera, -donde dormía el sacristán. Habiendo éste despertado -á tan desordenados gritos, dió un salto -sobre su lecho, abrió apresuradamente una pequeña -ventana, sacó fuera la cabeza, y con los ojos -todavía cerrados dijo: “¿Qué es esto?”.</p> - -<p>—¡Corred, Ambrosio! ¡Socorro! Hay gente en -casa, gritó D. Abundio.</p> - -<p>—Voy al momento, respondió aquél. Metió -adentro la cabeza, volvió á cerrar su ventanillo, -y aunque medio soñoliento, y más que medio -asustado, encontró de manos á boca un expediente -para llevar más socorros de los que se le pedían,<span class="pagenum" id="Page_195">[Pg 195]</span> -sin tener necesidad de ir á meterse en medio -de la tremolina, cualquiera que ella fuese. -Cogió los calzones que estaban sobre su cama, se -los colocó debajo del brazo, y subiendo á brincos -por una escalerilla de mano, corrió al campanario, -asió la cuerda de la más grande de las dos -campanas que allí había, y empezó á tocar -rebato.</p> - -<p>Ton, ton, ton, ton. Los aldeanos se apresuran -á sentarse sobre la cama, los muchachos acostados -en los graneros aguzan los oídos, y se ponen -de pie. ¿Qué es esto, qué es esto? ¡La campana -toca á rebato! ¿Será fuego, ladrones, bandidos? -Muchas mujeres aconsejan, ruegan á sus maridos -que no se muevan, que dejen ir á los demás; algunos -se levantan y se dirigen á la ventana; los -cobardes, como si se rindiesen á las súplicas, se -vuelven á meter debajo de las mantas; los más curiosos -y más valientes, bajan á tomar las horquillas -y los arcabuces para acudir al ruido; otros, -finalmente, permanecen meros espectadores.</p> - -<p>Mas antes que ellos estuviesen arreglados, antes -de estar bien despiertos, el ruido había herido -ya los oídos de otras personas que velaban, no lejos -de allí, levantadas y vestidas: los bravos por -un lado, Inés y Perpetua por el otro. Diremos -antes, brevemente, lo que aquéllos habían hecho -desde el momento en que los dejamos, parte en -el caserón y parte en la hostería. Cuando éstos<span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span> -tres últimos vieron todas las puertas cerradas y -la calle desierta, salieron á toda prisa, diciendo -que deseaban llegar pronto á su casa; dieron una -vuelta por el pueblo para ver mejor si todo el -mundo se había retirado, y en efecto, no encontraron -alma viviente, ni oyeron el menor ruido. -Pasaron también poquito á poco por delante de -nuestra pobre casita, la más tranquila de todas -porque no había nadie dentro. Entonces se encaminaron -directamente al caserón, é hicieron su -relación al Sr. <em>Griso</em>. Éste se cubrió la cabeza con -un gran sombrero de anchas alas, se puso una especie -de ropón de hule sembrado por todos lados -de conchas, tomó un bordón de peregrino, y dijo: -“Bravos, marchemos; silencio, y atención á las órdenes”. -Después de pronunciadas estas palabras, -se puso en marcha el primero, siguiéndole los demás. -Al poco tiempo llegaron á la casita, por un -camino opuesto al que nuestra pequeña tropa había -seguido para hacer también su expedición. El -<em>Griso</em> hizo detener su partida á algunos pasos, se -adelantó solo con el objeto de explorar, y viendo -que por fuera estaba todo desierto y tranquilo, -mandó avanzar á dos de aquellos bribones; les -dió la orden de escalar con precaución la pared -que circula el pequeño patio, y que estando dentro, -se ocultasen en un ángulo, que estaba plantado -de una multitud de higueras, sobre cuyo sitio -había echado la vista aquella misma mañana.<span class="pagenum" id="Page_197">[Pg 197]</span> -Hecho esto, llamó muy bajito á la puerta, con la -intención de decir que era un desgraciado peregrino, -que pedía hospitalidad hasta que fuese de -día. Nadie contestó; volvió á llamar con más fuerza; -nada, el mismo silencio. Entonces llamó á un -tercer malandrín, le hizo escalar la pared del patio -como lo habían verificado los otros dos, con -orden de descorrer poco á poco el cerrojo, para -tener de este modo libre el ingreso y la retirada. -Todo se hizo con la mayor precaución y con próspero -resultado. En seguida fué á llamar á los demás, -los llevó consigo, les mandó que se ocultasen -en el mismo sitio que los anteriores, aproximóse -lentamente á la puerta de la calle, colocó -dos centinelas á la parte interior, y se dirigió á -la entrada del piso bajo. También tocó á la puerta -y esperó; ¡bien podía esperar! Forzó con la más -refinada astucia la citada puerta, y nadie hubo -que dijese desde adentro: “¿Quién va allá?”. Nada se -oye; mejor no puede ir. Adelante, pues: “Psit”, dijo, -llamando á los que se ocultaban entre las higueras -y entrando con ellos en la habitación baja, -en donde por la mañana había infamemente recibido -un pedazo de pan. Sacó yesca, piedra, eslabón -y pajuelas, encendió una pequeña linterna -y entró en otra pieza interior, para ver si había -alguien; nadie tampoco. Luego retrocedió, se encaminó -á la puerta de la escalera, miró, escuchó, -nada; soledad y silencio. Dejó otros dos centinelas<span class="pagenum" id="Page_198">[Pg 198]</span> -en el piso bajo, mandó que le siguiese Grignapoco, -que era un bravo del condado de Bérgamo, -el cual sólo debía amenazar, tranquilizar, pedir, -ser en suma el orador, á fin de que por su -lenguaje pudiese hacer creer á Inés que la expedición -venía de aquella parte. Con el expresado -Grignapoco al lado, y los demás detrás, el <em>Griso</em> -subió poco á poco blasfemando en su interior á -cada escalón que crujía, á cada paso de aquellos -bribones. Finalmente, llegó arriba. Aquí está el -busilis. Empujó suavemente la puerta que conduce -á la primera pieza, ella cedió, la abre un poco, -aplica el oído; está todo oscuro. Se pone á -escuchar atentamente por si oye alguno que ronque, -respire ó se agite; nada. Adelante, pues: colocó -la linterna delante de su cara para ver sin -ser visto; abrió la puerta de par en par, y distinguió -un lecho, se echa encima, el lecho lo halló -preparado y perfectamente plano, con el rebozo -bien extendido y cubriendo la almohada. Se encogió -de hombros y se volvió hacia su comitiva, -les hizo seña que fuesen á ver en la otra habitación -y que le siguiesen de puntillas; entró, hizo -las mismas ceremonias, y encontró la misma cosa. -“¿Qué diablo es esto?”, dijo entonces: “Es preciso -que algún perro traidor nos haya espiado”. En seguida -se pusieron todos á mirar con menos precaución, -á buscar por todos los rincones; por último, -revolvieron la casa de arriba abajo. Mientras<span class="pagenum" id="Page_199">[Pg 199]</span> -que ellos están ocupados en tales indagaciones, -los dos que estaban de centinela á la puerta -de la calle, oyeron un pequeño ruido de pasos -como de alguno que se acercaba apresuradamente; -calcularon que cualquiera que fuese pasaría -sin pararse; permanecieron quietos, y á todo evento -se mantuvieron alerta. Mas he aquí que el ruido -de las pisadas cesa delante de la misma puerta. -Era Menico que venía aceleradamente, enviado -por el padre Cristóbal, para avisar á las dos -mujeres que por Dios saliesen pronto de su casa, -y se refugiasen al convento, porque... el por -qué lo sabía él. Cogió la aldaba para llamar, y -sintió que se le venía á la mano rota y desunida. -¿Qué es esto? pensó, y empujó la puerta un tanto -asustado; ésta se abrió. Menico puso un pie dentro, -no sin una violenta sospecha: se sintió al mismo -tiempo coger por ambos brazos, y dos voces -que á derecha é izquierda le decían en tono amenazador: -“¡Silencio! ó eres muerto”. Él, al contrario, -arrojó un grito; uno de los que lo tenían cogido -le puso una mano en la boca, y el otro sacó -un gran cuchillo para hacerle miedo. El muchacho, -trémulo como la hoja en el árbol, no trata ya -de gritar; mas en el instante mismo, en su lugar, -y con distinto tono, se deja oir el primer toque de -campana, y detrás una multitud de campanadas -seguidas. El que comete una falta siempre teme, -dice un proverbio milanés: á uno y á otro de<span class="pagenum" id="Page_200">[Pg 200]</span> -aquellos bribones les parece oir en dichos toques -sus nombres y apellidos; sueltan los brazos de -Menico, lo rechazan con cólera, levantan la mano, -abren la boca, se miran y corren á la casa en -donde se hallaba el grueso de la partida. Menico -sale y echa á correr á toda prisa con dirección al -campanario, en donde regularmente debía encontrar -á alguno. El terrible toque hizo la misma impresión -en los otros bribones que registraban la -casa de arriba abajo. Se turban, se alarman y se -empujan unos á otros; cada uno busca el camino -más corto para llegar á la puerta. Y sin embargo, -era gente toda experimentada y acostumbrada -á hacer frente al peligro; mas no pudieron estar -tranquilos contra un riesgo indeterminado, y -que no se había dejado ver desde lejos antes de -caer sobre ellos. Fué necesario toda la superioridad -del <em>Griso</em> para impedir que se desbandasen, -y para que fuese una retirada y no una fuga. Como -el perro que guarda una manada de cerdos, y -corre ahora por aquí, ahora por allí hacia los que -se separan, agarra uno por una oreja y lo arrastra, -empuja á otro con el hocico, ladra á un tercero -que se sale de la fila en aquel momento, del -mismo modo el peregrino asió á uno de sus compañeros -que tocaba ya en el umbral, lo lanzó hacia -dentro, rechazó con su bordón á los que se -iban á salir, llamó á los otros que corrían sin saber -adónde; lo hizo en efecto tan bien, que los<span class="pagenum" id="Page_201">[Pg 201]</span> -reunió á todos en medio del patio. “¡Pronto, pronto! -pistolas en mano, cuchillos preparados, todos -unidos, y después nos iremos: así es como uno se -va. ¿Quién queréis que se acerque á nosotros, si -permanecemos unidos, miserables cobardes? Mas -si nos dejamos coger uno á uno, los mismos villanos -os pegarán. ¡Vergüenza! Aquí todos”. Después -de esta breve arenga, se puso al frente y salió el -primero. La casa, como ya hemos dicho, estaba -situada á un extremo del pueblo. El <em>Griso</em> tomó -el camino que se dirigía al campo, y todos le siguieron -en buen orden.</p> - -<p>Dejémosles ir, y volvamos un poco atrás á buscar -á Inés y á Perpetua, que dejamos en cierta -callejuela. Inés había procurado alejar lo más que -le había sido posible á aquélla de la casa de D. -Abundio; y hasta cierto punto la cosa había ido -bien. Mas de repente, el ama de gobierno se había -acordado de la puerta que había quedado -abierta, y quiso volver atrás. En esto no había -nada que replicar. Inés, para no excitar sospechas, -había querido volver con ella y seguirla, buscando, -sin embargo, medios para entretenerla cada -vez que la viese bien exacerbada con la relación -de sus casamientos que habían fracasado. Ella -manifestaba prestar una grande atención; y de -cuando en cuando, para hacerla ver que estaba -atenta, ó para atizar su charla, decía: “Seguramente; -al presente, yo comprendo; esto va muy<span class="pagenum" id="Page_202">[Pg 202]</span> -bien; es claro: ¿y después? ¿y él? ¿y vos?”. Mas al -mismo tiempo discurría entre sí del modo siguiente: -“¿Habrán salido ya, ó estarán aún dentro? ¡Cuán -aturdidos hemos andado los tres en no convenir -por medio de alguna seña para avisarme el buen -éxito de la empresa! Esto ha sido una gran necedad; -mas ya está hecho: lo mejor ahora será entretener -á ésta todo lo que pueda; y poniéndonos -en lo peor, sólo se habrá perdido un poco de tiempo”. -Así, con muchas pausas y pequeñas carreras, -habían llegado á poca distancia de la casa de D. -Abundio, la cual, sin embargo, no veían, á causa -de la revuelta que hacía la calle; y Perpetua, hallándose -en una parte importante de la narración, -se había dejado parar sin hacer resistencia y aun -sin apercibirse de ello, cuando de repente se oyó -venir resonando desde lejos por el espacio inmóvil -del aire y vasto silencio de la noche, aquel -primer desgarrador grito de D. Abundio: “¡Socorro, -socorro!”.</p> - -<p>—¡Misericordia! ¿qué ha sucedido? exclamó Perpetua; -y quiso correr.</p> - -<p>—¿Qué es esto, qué es esto? dijo Inés, deteniéndola -por la saya.</p> - -<p>—¡Misericordia! ¿no habéis oído? replicó aquélla -desasiéndose.</p> - -<p>—Pero, ¿qué es esto, qué es esto? repitió Inés, -cogiéndola de un brazo.</p> - -<p>—¡Diablo de mujer! exclamó Perpetua, rechazándola<span class="pagenum" id="Page_203">[Pg 203]</span> -para quedar libre; y en seguida echó á correr. -En aquel mismo instante se oyó, mucho más -lejos, más débil, más fugitivo, el grito de Menico.</p> - -<p>—¡Misericordia! exclamó también Inés; y se puso -á correr detrás de la otra. Casi apenas habían -levantado los talones, cuando sonó la campana: -un toque, dos, tres y otros muchos: hubieran sido -otros tantos espolazos, si ellas hubiesen tenido necesidad. -Perpetua llegó un momento antes que su -compañera. Mientras aquélla fué á empujar la -puerta, ésta se abrió completamente por la parte -de adentro, y aparecieron en el umbral, Tonio, -Gervasio, Renzo y Lucía que, habiendo encontrado -la escalera, habían llegado abajo á trompicones; -y oyendo en seguida aquel terrible campaneo, -corrían, á más no poder, con el objeto de ponerse -en salvo.</p> - -<p>—¿Qué es esto, qué es esto? preguntó Perpetua -con ansia á los dos hermanos, que le contestaron -con un empujón, y emprendieron la fuga. “¿Y vosotros, -¿cómo?... ¿qué hacéis aquí?”, preguntó á la -otra pareja cuando la hubo reconocido; mas ésta -sin embargo salió sin contestar. Perpetua, para -acudir donde la necesidad era mayor, no preguntó -nada más, se precipitó hacia el corredor, y corría, -según se lo permitía la oscuridad, hacia la escalera.</p> - -<p>Los dos novios se encontraron enfrente de Inés, -que llegaba toda afanada.—¡Ah, estáis aquí! dijo<span class="pagenum" id="Page_204">[Pg 204]</span> -ella, hablando con el mayor trabajo. ¿Qué ha pasado? -¿qué significa eso de la campana? Me parece -haber oído...</p> - -<p>—Á casa, á casa, decía Renzo; á casa, antes que -venga gente. Después de lo cual, se pusieron en -marcha; mas Menico llegó corriendo á mas no poder, -los reconoció, se puso delante de ellos, y -también trémulo aún y con voz casi apagada, dijo: “¿Adónde -vais? Atrás, atrás; por aquí, al convento”...</p> - -<p>—¿Eres tú el que?... empezaba á decir -Inés.</p> - -<p>—¿Hay alguna otra cosa? preguntaba Renzo. -Lucía, toda asustada, permanecía muda y trémula.</p> - -<p>—Que en vuestra casa está el diablo, replicó -Menico asustado. Le he visto yo; me ha querido -matar. El padre Cristóbal ha dicho, y también -vos, Renzo, ha dicho que vayáis al instante, y -después yo mismo le he visto. Es una fortuna el -que os encuentre aquí todos reunidos; luego cuando -nos hallemos fuera, os lo diré todo.</p> - -<p>Renzo, que era el que estaba más sereno, pensó -que de un modo ó de otro convenía quitarse de -allí antes que acudiese gente, y que lo más seguro -era hacer lo que Menico aconsejaba, aunque -lo que pedía era obligado por el miedo. En seguida, -puestos ya en camino y lejos del peligro, podrían -exigir del muchacho una explicación más<span class="pagenum" id="Page_205">[Pg 205]</span> -clara. “Marcha delante”, le dijo; “vamos con él”, dijo -á las mujeres. Retrocedieron, se encaminaron -apresuradamente hacia la iglesia, atravesaron el -cementerio, en donde por favor del cielo no había -aún alma viviente, entraron en una callejuela -que estaba situada entre la iglesia y la casa de -D. Abundio, tomaron el primer sendero que encontraron, -y se dirigieron á través de los campos.</p> - -<p>Acaso no se habían alejado unos cincuenta pasos, -cuando la gente empezó á llegar al cementerio, -engrosándose la muchedumbre á cada momento. -Mirábanse los unos á los otros; cada uno -tenía una pregunta que hacer, nadie una respuesta -que dar. Los primeros que llegaron corrieron -á la puerta de la iglesia; ésta permanecía cerrada. -Se dirigieron á la parte exterior del campanario, -y uno de ellos, arrimando la boca á una pequeña -ventana, lanzó dentro, como una cerbatana, -un “¿Qué diablos es esto?”. Cuando Ambrosio oyó -una voz conocida, abandonó la cuerda, y estando -seguro por el ruido, que había acudido ya mucha -gente, respondió: “Voy á abrir”. Se puso á toda -prisa el arnés que había traído debajo del brazo, -se encaminó por la parte interior á la puerta de -la iglesia, y la abrió. “¿Quién promueve todo este -alboroto? ¿qué hay? ¿dónde está? ¿quién es?”.</p> - -<p>—¿Cómo quién es? dijo Ambrosio apoyando -una mano en la puerta y con la otra sujetando los -calzones que se había puesto á toda prisa. ¡Cómo!<span class="pagenum" id="Page_206">[Pg 206]</span> -¿no lo sabéis? Hay gente en casa del señor cura: -ánimo, hijos míos, á socorrerle. Se dirigen todos -hacia la casa, se acercan en tropel, miran, escuchan; -mas todo está tranquilo. Algunos corren á -la puerta de la calle, está cerrada, y no parece -que haya sido tocada. Vuelven á mirar á lo alto; -ni una sola ventana abierta, no se oye nada.</p> - -<p>—¿Quién hay dentro? ¡Hola! ¡hola! ¡Señor cura, -señor cura!</p> - -<p>D. Abundio, asegurado apenas de la fuga de -los invasores, se había retirado de la ventana y la -había cerrado. Estaba en aquel momento disputando -en voz baja con Perpetua, que lo había dejado -en semejante apuro. Pero cuando oyó que -le llamaban las gentes á grandes voces, se dirigió -de nuevo á la ventana, y viendo aquel gran socorro, -se arrepintió de haberlo pedido.</p> - -<p>—¿Qué ha sido esto?—¿Qué os han hecho?—¿Quiénes -son?—¿En dónde están?, le gritaban cincuenta -voces á un tiempo.</p> - -<p>—No hay nadie, os doy gracias, podéis retiraros.</p> - -<p>—Pero ¿qué ha sido?—¿Adónde se han ido?—¿Qué -ha sucedido?</p> - -<p>—Gente mala, gente que ronda de noche; mas -han emprendido la fuga. Volveos á vuestras casas; -esto ya no es nada; por segunda vez, hijos -míos, os doy gracias por vuestro buen corazón. -Y dicho esto se retiró y cerró la ventana, de cuyas<span class="pagenum" id="Page_207">[Pg 207]</span> -resultas unos empezaron á murmurar, otros á -chancearse, otros á jurar, otros se encogían de -hombros y se marchaban, cuando he aquí que llegó -uno todo sofocado que apenas podía hablar. -Éste habitaba una casa que estaba casi enfrente -de la de nuestras consabidas mujeres; y habiéndose -despertado al ruido, se había puesto á la -ventana y había visto en el patio de aquéllas el -desorden de los bravos cuando el <em>Griso</em> se apresuraba -á reunirlos. Luego que hubo tomado aliento -gritó: “¿Qué hacéis aquí, hijos míos? El diablo -no está aquí; está allá abajo, en el extremo de la -calle, en la casa de Inés Mondella; dentro hay -hombres armados: parecía que querían asesinar á -un peregrino; ¡quién diablos sabe lo que hay!”.</p> - -<p>—¡Qué!—¿Qué hay?—¿Qué? Y empezó una tumultuosa -deliberación.—Es preciso ir.—Es preciso -ver.—¿Cuántos son ellos?—¿Cuántos somos -nosotros?—¿Quiénes son?—¡El cónsul, el cónsul!</p> - -<p>—Aquí me tenéis, respondió el cónsul en medio -de la multitud; aquí estoy; pero es preciso que -me ayudéis, es preciso que me obedezcáis. Pronto: -¿en dónde está el sacristán? ¡Al campanario! -¡al campanario! Pronto: uno que corra á Lecco á -buscar auxilio. Venid aquí todos... Unos acuden, -otros se deslizan en medio de la multitud y -se marchan; la confusión era grande, cuando llegó -un paisano que los había visto marchar apresuradamente, -y gritó: “Corred, amigos míos: los ladrones<span class="pagenum" id="Page_208">[Pg 208]</span> -ó bandidos que se escapan con un peregrino, -están ya fuera del pueblo: ¡á ellos! ¡corramos -á ellos!”. Á semejante aviso, sin esperar las órdenes -del capitán, se mueven en masa y se dirigen -mezclados unos con otros por la calle abajo. Á -medida que el ejército avanza, algunos de la vanguardia -acortan el paso, se dejan adelantar por -otros, y se meten entre el grueso de la tropa; los -últimos empujan hacia adelante; finalmente, el -confuso enjambre llega al lugar indicado. Las -huellas de la invasión estaban recientes y manifiestas: -la puerta abierta de par en par, forzada la -cerradura, mas los invasores habían desaparecido. -Entran en el patio, van á la puerta del piso bajo, -abierta y forzada también; llaman: “¡Inés! ¡Lucía! -¡el peregrino! ¿En dónde está el peregrino? ¡El -peregrino!. lo habrá soñado Stéfano. No, no; -Carlandrea lo ha visto también. ¡Hola, peregrino! ¡Inés! -¡Lucía!”. Nadie responde. ¿Se las han llevado? -¿se las han llevado también? Entonces hubo -algunos que, alzando la voz, propusieron perseguir -á los raptores; que aquello era una infamia, -y que sería una vergüenza para el país, si cualquier -bribón pudiese á mansalva venir á arrebatar -las mujeres como el milano á los polluelos de -una granja deshabitada. Nueva deliberación más -tumultuosa todavía; pero uno de ellos (y no se supo -nunca quién había sido), hizo correr la voz de -que Inés y Lucía se habían refugiado en una casa<span class="pagenum" id="Page_209">[Pg 209]</span> -de campo. Dicha voz se esparce rápidamente, -obtiene crédito, no se habla ya de dar caza á los -fugitivos, y la multitud se desbanda y se retira -cada uno á su casa. Oíase un cierto rumor, un -ruido continuo de llamar á las puertas y abrirse -éstas, un aparecer y desparecer de luces, un preguntar -las mujeres desde las ventanas y contestar -desde la calle; por último, habiendo quedado ésta -desierta y silenciosa, las conversaciones continuaron -en el interior de las casas, muriendo entre -los bostezos para volverlas á empezar al día -siguiente. Nada más ocurrió; únicamente por la -mañana, estando el cónsul en su campo, con la -barba apoyada sobre una mano, el codo sobre el -mango del azadón medio hundido en el terreno, -y con un pie sobre el rastrillo; estando, repito, -reflexionando entre sí acerca de los misterios de -la pasada noche, y sobre lo que le tocaba y debía -hacer, vió venir á su encuentro dos hombres de -muy gallarda presencia, peinados como dos reyes -francos de la primera raza, y semejantes en todo -lo demás á los dos que cinco días antes se habían -presentado á D. Abundio, dado caso que no fuesen -los mismos. Con aire más respetuoso que el -que habían usado con el cura, intimaron al cónsul -que se guardase de referir al podestá lo ocurrido; -decir la verdad si fuese interrogado; hablar, -fomentar las habladurías de los villanos, pues -podía tener la esperanza de morir de enfermedad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_210">[Pg 210]</span></p> - -<p>Mas volvamos á nuestros fugitivos. Continuaron -andando á buen paso por espacio de algún -tiempo, guardando el más profundo silencio, volviéndose -ya uno ya otro, á mirar si alguien los -perseguía; todos ellos sin aliento, á causa del cansancio -de la fuga, palpitándoles el corazón por la -incertidumbre en que se hallaban, por la aflicción -del mal resultado, y por la aprehensión confusa de -un nuevo y oscuro peligro. Su desaliento crecía á -la par que llegaban á sus oídos los continuos sonidos -de la campana, los cuales á medida que ellos -se iban alejando, se volvían más débiles é imperceptibles; -de tal modo, que parecían tener un cierto -no sé qué de lúgubre y siniestro: por último, -dejaron de oirse. Encontrándose entonces los fugitivos -en un campo desierto, y no percibiendo el -menor ruido en torno de sí, aflojaron el paso, é -Inés, tomando aliento, fué la primera que rompió -el silencio, preguntando á Renzo lo que había -pasado, y á Menico qué era lo que él llamaba el -diablo que estaba en su casa. Renzo refirió brevemente -su triste historia, después de lo cual se -volvieron los tres al muchacho, el cual contó en -términos más expresos el aviso del padre, y refirió -lo que él mismo había visto, y los peligros que -había corrido; y su relación no hacía más que confirmar -el aviso. Los oyentes comprendieron más -de lo que Menico había sabido decir. Á dicha revelación, -fueron sobrecogidos de un nuevo estremecimiento;<span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span> -paráronse todos tres á un tiempo, se -miraron unos á otros espantados; y de pronto, con -un movimiento unánime, pusieron una mano sobre -la cabeza y otra sobre los hombros del niño, -como para acariciarle y darle gracias tácitamente -de haber sido para ellos un ángel tutelar, y demostrarle -la compasión que sentían por las angustias -que había sufrido y el peligro corrido para -salvarlos, pidiéndole casi perdón. Ahora vuélvete -á casa para que tu familia no esté con cuidado, -le dijo Inés: y acordándose de las dos <i lang="it" xml:lang="it">parpagliole</i> -prometidas, sacó cuatro de la faltriquera, y se -las dió, añadiendo: “Adiós; ruega al Señor que nos -volvamos á ver pronto, y entonces”... Renzo le -dió una <em>berlinga</em> nueva, y le recomendó mucho -que no dijese nada de la comisión que el fraile le -había dado. Lucía le acarició de nuevo, le saludó -con voz conmovida; y el muchacho, después de -haberle devuelto el saludo todo enternecido, volvió -atrás. Aquéllos continuaron su camino sumamente -pensativos; las mujeres iban delante, y -Renzo detrás, como sirviéndoles de escolta: Lucía -iba cogida del brazo de la madre, y rehusaba dulcemente -y con destreza el apoyo que el joven le -ofrecía en los malos pasos de aquel viaje fuera de -camino; avergonzada en su interior y también -turbada de haber permanecido tan largo tiempo, -y tan familiarmente sola con él, cuando aguardaba -ser dentro de pocos instantes su esposa. Al<span class="pagenum" id="Page_212">[Pg 212]</span> -presente, desvanecido tan dolorosamente este sueño, -se arrepentía de haber ido tan lejos; y en medio -de tantos objetos de temor, temblaba también -por ese pudor que no nace del triste conocimiento -del mal; por ese pudor que se ignora, parecido -al miedo de un niño, que tiembla en la oscuridad -sin saber por qué.</p> - -<p>—¿Y la casa? dijo al mismo tiempo Inés. Mas -aunque la pregunta fuese importante, nadie respondió, -porque nadie podía darle una respuesta -satisfactoria. Continuaron su camino en silencio, -y poco después desembocaron finalmente en una -pequeña plazoleta que estaba situada delante de -la iglesia del convento.</p> - -<p>Renzo se acercó á la puerta y la sacudió con -fuerza. Ésta se abrió al instante; y la luna, entrando -por la abertura, iluminó el pálido rostro y la -plateada barba del padre Cristóbal, que se hallaba -allí de pie en expectativa. Viendo que no faltaba -nadie, “¡Dios sea loado!” dijo, y les hizo seña -de que entrasen. Á su lado estaba otro capuchino, -el fraile lego sacristán, que aquél por medio -de súplicas y razonamientos había persuadido que -le acompañase á velar, á dejar la puerta entornada -y á quedarse con él de centinela, para dar un -asilo á aquellos infelices perseguidos; habiendo -necesitado de toda la autoridad de padre, y de su -reputación de santo, para obtener del lego una -condescendencia incómoda, peligrosa é irregular.<span class="pagenum" id="Page_213">[Pg 213]</span> -Luego que entraron, el padre Cristóbal cerró la -puerta poquito á poco. Entonces el sacristán, no -pudiendo resistir ya más, y llamando al padre -aparte, le dijo al oído: “¡Pero, padre, padre! de noche... en -la Iglesia... con mujeres... cerrar... -la regla... ¡Pero, padre!”... y meneaba -la cabeza, mientras decía con pena las anteriores -palabras. “¡Ved lo que son las cosas! pensaba -el padre Cristóbal: si fuese un salteador de caminos -perseguido, Fr. Fazio no opondría la menor -dificultad, y una pobre inocente que escapa de las -garras del lobo... <i lang="la" xml:lang="la">Omnia mundo mundis</i>, dijo en -seguida, volviéndose con prontitud hacia Fr. Fazio, -recordando que éste no sabía el latín. Mas -semejante recuerdo fué tan á punto, que hizo precisamente -el efecto deseado. Si el padre se hubiese -puesto á discutir por medio de buenos argumentos, -á Fr. Fazio no le hubieran faltado otros -argumentos que oponer, y el cielo sabe cuándo y -cómo hubiera concluido la cosa. Mas al oir aquellas -palabras llenas de un sentido misterioso, y -proferidas tan resueltamente, le pareció que en -ellas debía contenerse la resolución de todas sus -dudas. Apaciguóse, y dijo: “¡Bien! vos sabéis más -que yo”.</p> - -<p>—Confiad en mí, respondió el padre Cristóbal; -y á la dudosa claridad de la lámpara que ardía -ante el altar, acercóse á los refugiados que permanecían -suspensos esperando, y les dijo: “¡Hijos<span class="pagenum" id="Page_214">[Pg 214]</span> -míos! dad gracias al Señor que os ha librado de -un peligro. Quizá en este momento”... Y aquí -se puso á explicar lo que no había hecho más que -indicar por medio del pequeño mensajero; porque -no sospechaba que ellos supiesen más que él, y -suponía que Menico los había encontrado tranquilos -en su casa antes que llegasen los malvados. -Nadie le desengañó, ni Lucía siquiera, la cual, -sin embargo, sentía un secreto remordimiento -por semejante disimulo hacia un hombre como -aquél; pero la noche era de enredos y ficciones.</p> - -<p>—Después de lo que ha ocurrido, continuó él, -bien veis, hijos míos, que al presente no estáis seguros -en este país. Es el vuestro, en él habéis nacido, -no habéis hecho mal á nadie; mas Dios lo -quiere así. Ésta es una prueba, queridos hijos, -soportadla con paciencia, con confianza, sin murmurar, -y estad seguros que vendrá tiempo en que -os alegraréis de lo que ahora sucede. He pensado -buscaros un refugio para los primeros momentos. -Muy pronto espero poder haceros volver con -seguridad á vuestra casa; de todos modos, Dios -proveerá lo que más os convenga, y ciertamente -me esforzaré en no faltar á la gracia de que me -considera digno, escogiéndome por su ministro -para serviros á vosotros sus amados hijos, infelices -y atribulados. Vosotras, continuó, volviéndose -á las mujeres, podréis quedaros en ***. Allí estaréis -al abrigo de todo peligro, y al mismo tiempo<span class="pagenum" id="Page_215">[Pg 215]</span> -no muy lejos de vuestra casa. Buscad nuestro -convento en dicho lugar, haced llamar al padre -guardián, dadle esta carta: para vosotras será otro -Fr. Cristóbal. Y tú, mi querido Renzo, tú también -debes ponerte al abrigo, por ahora, de la -rabia del consabido y de la tuya. Lleva esta -carta al padre Buenaventura de Lodi, á nuestro -convento de la Puerta-Oriental, en Milán. Él te -servirá de padre, te guiará y te buscará trabajo -hasta que tú puedas volver aquí á vivir tranquilamente. -Id á la orilla del lago, cerca de la embocadura -del Bione (es un torrente á pocos pasos -de aquí). Allí veréis un batel amarrado; diréis: -“¡Ah de la barca!”. Se os preguntará, “¿Para quién?” y -responded: “S. Francisco”... La barca os recibirá, -os trasportará á la otra orilla, en donde encontraréis -un carromato que os conducirá en derechura -á ***.</p> - -<p>El que preguntase cómo Fr. Cristóbal tuviese -tan de improviso á su disposición aquellos medios -de trasporte, por agua y por tierra, manifestaría -no conocer cuál era el poder de un capuchino tenido -en concepto de santo.</p> - -<p>Lo único que restaba era pensar en la custodia -de la casa. El padre recibió las llaves, encargándose -de consignarlas á los que Renzo y Lucía le -indicaron. Esta última, sacando de la faltriquera -la suya, lanzó un gran suspiro, pensando que en -aquel momento la casa estaba abierta, que había<span class="pagenum" id="Page_216">[Pg 216]</span> -estado en ella el diablo; y ¡quién sabe lo que quedaba -por guardar!</p> - -<p>Antes de partir, dijo el padre, “Roguemos todos -juntos al Señor, para que él sea con vosotros en -este viaje, y siempre; y sobre todo, que os dé la -fuerza y el deseo de querer todo lo que él ha querido”. -Así, diciendo, se postró de hinojos en medio -de la Iglesia, y todos hicieron lo mismo. Después -que hubieron orado algunos momentos en -silencio, el padre, en voz baja, pero distinta, articuló -las palabras siguientes: “Nosotros os rogamos -también por ese desgraciado que nos ha reducido -á este extremo. Seríamos indignos de vuestra -misericordia, si no os pidiésemos de corazón -por él; ¡lo necesita tanto! Nosotros, en medio de -nuestra tribulación, tenemos el consuelo de estar -en el camino donde vos mismo nos habéis colocado, -pudiéndoos ofrecer nuestras aflicciones, las -cuales llegarán á ser un título meritorio para con -vos. ¡Mas él!... él es vuestro enemigo. ¡Oh, desgraciado; -él lucha con vos! ¡Señor, tened piedad -de él, tocad su corazón, hacedlo amigo vuestro, -concededle todos los bienes que podamos desear -para nosotros mismos!”.</p> - -<p>Levantándose en seguida, apresuradamente, dijo: -“Vamos, hijos míos, no hay tiempo que perder; -que Dios os guarde y el santo ángel os acompañe: -partid”. Y mientras se ponían en marcha, con -esa emoción que no encuentra palabras, y que sin<span class="pagenum" id="Page_217">[Pg 217]</span> -embargo se manifiesta sin ellas, el padre añadió -con voz alterada: “El corazón me dice que nos volveremos -á ver pronto”.</p> - -<p>Ciertamente, el corazón para el que le presta -oídos, tiene siempre que decir algo sobre el porvenir. -¿Pero qué sabe el corazón? apenas un poco -de lo que ha pasado.</p> - -<p>Sin aguardar respuesta, el padre Cristóbal se -encaminó hacia la sacristía; los viajeros salieron -de la iglesia, y Fr. Fazio cerró la puerta, dándoles -un adiós también con voz conmovida. Se dirigieron -con precaución hacia la orilla que les había -sido indicada, vieron el batel preparado, y -habiendo dado y recibido las palabras de ordenanza, -entraron. El barquero, impeliendo un remo -hacia la proa, se apartó de la orilla, y después -empuñando el otro y remando á brazo tendido, -ganó el lago hacia la orilla opuesta. No se percibía -el menor soplo de viento, el lago yacía tranquilo -y llano, y hubiera parecido que estaba inmóvil, -á no ser por el temblor y la ligera ondulación -de la luna, que desde lo alto se reflejaba en las -aguas. Oíase únicamente el ruido de las oleadas -que iban á morir dulcemente sobre la arena de la -playa, el murmullo más lejano del agua que se -estrellaba contra los arcos del puente, y el acompasado -golpe de los dos remos que cortaban la -azulada superficie del lago, saliendo á un mismo -tiempo húmedos para volverse á sumergir al momento.<span class="pagenum" id="Page_218">[Pg 218]</span> -Las aguas hendidas por la barca, amontonándose -detrás de la popa, iban dejando señalada -una espumosa huella, que á cada instante se alejaba -más de la ribera. Los pasajeros, silenciosos, -con la cabeza vuelta hacia atrás, contemplaban -las montañas y el país alumbrado por la luna, y -cortado por algunas partes de grandes sombras. -Distinguíanse los pueblecillos, las casas, las cabañas. -El castillejo de D. Rodrigo, con su aplastada -torre, elevado sobre las casucas amontonadas -en la falda del promontorio, se asemejaba á un -malhechor, que de pie en la oscuridad y en medio -de una tropa de hombres dormidos, velase -meditando algún crimen. Lucía lo vió y se estremeció; -siguió con la vista la pendiente de la montaña -hasta llegar á su pueblo, miró fijamente á su -extremidad, divisó su casita, la techumbre cubierta -con las hojas de la higuera que sobresalía de -la tapia del pequeño patio, descubrió la ventana -de su habitación, y sentada como estaba en el fondo -de la barca, apoyó un brazo sobre el banco como -para dormir, y se puso á llorar en secreto.</p> - -<p>Adiós montañas que salís de las aguas y tocáis -al cielo; cimas desiguales, tan conocidas de quien -ha crecido entre vosotras, y que están impresas -en su mente como los rasgos de sus más queridos -amigos; torrentes cuyo murmullo le es tan familiar -como la voz de su familia; casas esparcidas -que blanquean sobre la pendiente como rebaños<span class="pagenum" id="Page_219">[Pg 219]</span> -de ovejas que pacen, adiós. ¡Para el que ha nacido -entre vosotros, qué momento tan triste es el -alejarse! El mismo que las abandona voluntariamente, -lanzado por el capricho y la esperanza de -hacer fortuna en otra parte, siente desvanecerse -entonces sus sueños de riqueza; se admira de haberse -podido resolver, y retrocedería si no pensase -que un día podrá volver opulento. Cuanto -más avanza en la llanura, tanto más su vista se -retira disgustada y rendida de aquella fastidiosa -uniformidad; el aire le parece pesado y sin vida; -él se adelanta triste y desencantado en las ciudades -populosas; le parece que las casas unidas á -otras casas, las calles que cruzan á las calles sofocan -su respiración, y ante los edificios que son -la admiración del extranjero, piensa con inquieto -deseo en el campanario de su país natal, en la cabaña -sobre la cual ha echado ya los ojos, y que -debe comprar cuando volverá rico á sus montañas.</p> - -<p>¡Pero aquel momento para ella, que jamás ha -llevado sus fugitivos deseos más allá de lo regular, -que ha limitado en el círculo de aquellos hermosos -sitios todos sus sueños futuros, y que ha -sido arrojada muy lejos por una fuerza perversa! -¡Para ella, que arrancada repentinamente á sus -más caras costumbres, turbada en sus más vivas -esperanzas, abandona sus montañas, para encaminarse -á países extraños, que jamás ha deseado<span class="pagenum" id="Page_220">[Pg 220]</span> -conocer, y que no puede con la imaginación llegar -al momento señalado para la vuelta! ¡Adiós, -cabaña en donde nació; en donde agitada por un -sentimiento secreto, aprendió á distinguir del rumor -de los pasos comunes el paso esperado con -misterioso temor! ¡Adiós, casa aún extraña, casa -que ha mirado con frecuencia á hurtadillas, al pasar, -y no sin ruborizarse, en la cual la mente se -complacía en presentársela como una tranquila y -perpetua morada de esposa! ¡Adiós, iglesia, donde -su alma recobró su serenidad tantas veces, cantando -las alabanzas del Señor; en donde se le había -prometido, en donde se preparaba una grande -ceremonia; donde los secretos deseos de su corazón -debían ser solemnemente bendecidos, y el -amor ordenado y santificado, adiós! El que os proporcionaba -tanta alegría está en todas partes, y -nunca turba la dicha de sus hijos, más que para -prepararles una mayor y más segura.</p> - -<p>Tales eran poco mas ó menos los pensamientos -de Lucía; los de los otros dos pasajeros también -se diferenciaban poco, mientras que la barca iba -acercándose á la orilla derecha del Adda.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_221">[Pg 221]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO NOVENO</h2> -</div> - - -<p>El choque que recibió la proa de la barca al -tocar la tierra, arrancó á Lucía de sus reflexiones. -Después de haber enjugado en secreto sus lágrimas, -alzó la cabeza como si despertase. Renzo salió -el primero y dió la mano á Inés, la cual, habiendo -salido á su vez la alargó á la hija, dando -los tres tristemente las gracias al barquero. “¿De -qué? respondió aquél; nosotros estamos en este -mundo para ayudarnos mutuamente”; y retiró la -mano casi con horror como si se le hubiese propuesto -el cometer un robo, cuando Renzo trató de -darle unas cuantas monedas que llevaba encima, -y que había tomado aquella tarde con intención -de regalárselas generosamente á D. Abundio, cuando -éste le hubiese servido, aunque de mala gana. -El carromato estaba dispuesto allí; el conductor<span class="pagenum" id="Page_222">[Pg 222]</span> -saludó á las tres personas que esperaba, las hizo -subir, dió una voz á los animales, acompañada de -su correspondiente latigazo, y echó á andar.</p> - -<p>Nuestro autor no describe este viaje nocturno; -calla el nombre del pueblo donde Fr. Cristóbal -había dirigido á las dos mujeres, protestando también -expresamente el no quererlo decir. El resto -de la historia hace adivinar en seguida el motivo -de todas estas reticencias. Las aventuras de Lucía -en aquel paraje, se encuentran envueltas en -una tenebrosa intriga de persona perteneciente á -una familia, según parece, muy poderosa, en el -tiempo que el autor escribía esto. Para dar cuenta -de la extraña conducta de dicha persona en una -circunstancia particular, se ha visto obligado á referir -sucintamente su vida anterior, en donde la -familia figura, como verá el que se tome la molestia -de seguir leyendo. Pero lo que la circunspección -del pobre historiador ha querido sustraer, -nuestras diligencias nos lo han hecho encontrar -en otra parte. Un historiador milanés que ha -querido hacer mención de aquella misma persona -no nombra, ni á ésta ni á su país; mas de éste -dice, que era una villa antigua y noble, á la cual, -para ser ciudad, no faltaba más que el nombre; -dice en otra parte, que pasa por ella el Lambro, -y en otra que en ella hay también un arcipreste. -De la confrontación de estos datos, nosotros deducimos -que no puede ser más que Monza. En<span class="pagenum" id="Page_223">[Pg 223]</span> -el vasto tesoro de las inducciones eruditas, no creemos -que ésta pueda ser de las más finas, pero sí -de las más seguras. Nosotros podríamos también -adelantar conjeturas muy fundadas con respecto -al nombre de la familia; mas ya sea que la que -sospechamos, se haya extinguido desde largo tiempo, -nos parece que es mejor callar su nombre, para -no correr el riesgo de perjudicar á quien quiera -que éste sea, aunque haya muerto, y para dejar -á los doctos algún objeto de examen.</p> - -<p>Nuestros viajeros llegaron pues, á Monza, poco -después de salir el sol. El conductor paró delante -de una hostería, y allí, como práctico del lugar -y conocido del amo de la casa, hizo dar una habitación -á los nuevos huéspedes, á la cual él mismo -los acompañó. Después de dar gracias, Renzo intentó, -sin embargo, hacerle aceptar algún dinero; -mas él, así como el barquero, tenía á la vista otra -recompensa más lejana, pero más abundante. Retiró -las manos lo mismo que aquél, y como escapándose, -corrió á cuidar de sus animales.</p> - -<p>Después de una tarde como la que hemos descrito, -y una noche como cada uno puede imaginarse, -pasada en gran parte en dolorosos pensamientos, -con la incesante sospecha de algún encuentro -desagradable, al soplo de una pequeña -brisa de otoño, y entre los repetidos vaivenes de -un carruaje incómodo que sacudía impolíticamente -el espíritu de nuestros viajeros, apenas empezaron<span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span> -á sentirse amagados del sueño, les pareció -muy dulce el acostarse sobre un pavimento que -no se movía, en una habitación segura, cualquiera -que ella fuese. Cenaron frugalmente, según -permitía la penuria de las circunstancias y los medios -escasos en proporción de las contingencias -anexas á un porvenir incierto y á su poco apetito. -Pasó por la mente de los tres el banquete que dos -días antes esperaban tener, y cada uno á su vez -lanzó un gran suspiro. Renzo hubiera querido detenerse -allí, á lo menos todo el día, ver sus damas -instaladas, rendirles sus primeros servicios; mas el -padre había recomendado á éstas que lo enviasen -súbitamente á su destino. Ellas alegaron estas órdenes -y otras cien razones; que la gente haría conversación -de ello; que la separación más retardada -sería más dolorosa; que él podría venir pronto -á dar y recibir noticias, en virtud de todo lo cual -el joven se decidió á marchar. Concertaron como -pudieron el modo de volverse á ver lo más pronto -que fuese posible. Lucía no ocultó las lágrimas; -Renzo apenas detuvo las suyas, y estrechando -fuertemente la mano á Inés, dijo con voz ahogada: -“Hasta la vista”, y partió.</p> - -<p>Las mujeres se hubieran hallado muy perplejas, -á no ser por su buen conductor, que tenía orden -de guiarlas al convento de capuchinos, y de darles -cualquier otro auxilio que pudiesen necesitar. -Se encaminaron, pues, con él al citado convento,<span class="pagenum" id="Page_225">[Pg 225]</span> -el cual, como ya sabemos, estaba á pocos pasos -distante de Monza. Habiendo llegado á la puerta, -el conductor tiró de la cuerda de la campanilla; -hizo llamar al padre guardián; éste apareció en -seguida en el umbral de la puerta, y recibió la -carta.</p> - -<p>—¡Oh, Fr. Cristóbal! dijo reconociendo la letra. -El tono de voz y los movimientos de su rostro indicaban -claramente que pronunciaba el nombre de -un gran amigo. Conviene, pues, decir, que nuestro -buen Cristóbal había en aquella carta recomendado -á las mujeres muy ardientemente, y referido sus -aventuras con mucho sentimiento, porque el guardián -daba de cuando en cuando muestras de sorpresa -é indignación, y alzando los ojos del papel, -los fijaba sobre las mujeres con cierta expresión -de piedad é interés. Habiendo concluido de leer, -permaneció algún tiempo meditando, después de -lo cual dijo para sí: “No hay más que la señora... -si la señora quiere tomarse este empeño”...</p> - -<p>En seguida, habiendo llamado aparte á Inés, -la condujo á una pequeña plaza que había delante -del convento, le hizo algunas preguntas, á las -cuales ella satisfizo, y volviéndose hacia Lucía, -dijo á ambas: “Señoras mías, yo probaré, y espero -poderos encontrar un asilo más que seguro, más -que honroso, hasta que Dios haya provisto á vuestra -seguridad de otra manera mejor. ¿Queréis venir -conmigo?”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_226">[Pg 226]</span></p> - -<p>Las mujeres dieron á entender respetuosamente -que sí, y el fraile continuó: “Bien, os conduciré -al momento al monasterio de la señora. Seguidme, -sin embargo, á algunos pasos de distancia, -porque la gente se deleita en hablar mal, y Dios -sabe cuántas bellas suposiciones se harían si se -viese al padre guardián por la calle con una hermosa -joven... quiero decir, con mujeres”.</p> - -<p>Así diciendo, echó á andar. Lucía se ruborizó; -el conductor sonrió mirando á Inés, la cual no -podía contenerse de hacer otro tanto, y los tres se -pusieron en marcha cuando el fraile hubo tomado -la delantera sobre ellos, conservándose siempre á -la distancia de diez pasos detrás de aquél. Las -mujeres entonces preguntaron al conductor lo que -no se habían atrevido á preguntar al padre guardián; -esto es, quién era la señora.</p> - -<p>—La señora, respondió aquél, es una monja, pero -no una monja como las demás. No es que sea -la abadesa ni la priora, pues aún, según se dice, -es una de las más jóvenes; mas ella es de la costilla -de Adán, y sus antepasados eran gentes poderosas -venidas de España, siendo ellos los que -mandan aquí, y por esto la llaman la señora, para -significar que es una gran dama; y todo el país -la llama así porque dicen que en ese monasterio -no han visto nunca una persona semejante; y sus -parientes, aun hoy día, disfrutan de un alto rango -allá en Milán, y son de aquellos que siempre<span class="pagenum" id="Page_227">[Pg 227]</span> -tienen razón, y en Monza todavía más; porque su -padre, aunque no permanece en el pueblo, es el -principal del país; de ahí viene que ella hace cuanto -le acomoda en el monasterio, y aun la misma -gente de fuera le manifiesta un gran respeto: si se -encarga de algún negocio, logra siempre el fin -que se propone, por lo cual, si ese buen religioso -consigue el poneros en sus manos, os puedo decir -que estaréis tan seguras como sobre el altar.</p> - -<p>Cuando el fraile hubo llegado á la puerta de la -villa, flanqueada entonces de un vetusto torreón -medio arruinado y de los restos de un antiguo castillo -derruido también, que acaso algunos de mis -lectores pueden acordarse de haber visto en pie, -el guardián se paró y se volvió á mirar si los demás -lo seguían; en seguida se encaminó al monasterio, -al cual, habiendo llegado, se detuvo de -nuevo al umbral, aguardando á la pequeña tropa. -Suplicó al conductor, que dentro de un par de horas -volviese á saber la contestación; éste lo prometió, -y se separó de las mujeres, que le abrumaron -dándole las más expresivas gracias y mil -encargos para el padre Cristóbal. El guardián hizo -entrar á la madre y á la hija en el primer claustro -del monasterio; las introdujo en la habitación -de la portera, y se dirigió solo á pedir la gracia. -Después de algún tiempo volvió sumamente gozoso -á decirlas que le siguieran; ya era hora, porque -la madre y la hija no sabían cómo librarse de<span class="pagenum" id="Page_228">[Pg 228]</span> -las preguntas de la portera. Atravesando un segundo -claustro, hizo algunas advertencias á las -mujeres sobre el modo de conducirse con la señora. -“Está perfectamente dispuesta en favor vuestro, -dijo, y os puede dispensar todo el bien que -quiera. Sed humildes y respetuosas, responded -con sinceridad á las preguntas que os haga, y -cuando no seáis interrogadas, dejadme á mí”. Entraron -en una pieza baja, desde la cual se pasaba -al locutorio. El guardián, antes de poner los pies -en él, señalando la puerta, dijo en voz baja á las -mujeres: “Allí está”, como para recordarlas las advertencias -que les había hecho. Lucía, que no había -visto jamás un monasterio, cuando estuvo en -el locutorio echó una mirada en torno suyo buscando -á la señora para saludarla; y no viendo á -nadie, permanecía como encantada; pero viendo -al padre é Inés que se dirigían hacia un ángulo -de la estancia, los siguió, miró por aquel lado y -vió una ventana de forma singular, con dos reforzadas -y espesas rejas de hierro, distantes un palmo -la una de la otra, y detrás de ellas una religiosa -en pie. Su aspecto, que podía denotar unos -25 años, manifestaba á primera vista una gran -belleza, pero una belleza fatigada y marchita. Un -velo negro, suspendido y colocado horizontalmente -sobre su cabeza, caía por ambos lados algún -tanto separado del rostro; bajo dicho velo, una -blanquísima tira de lienzo ceñía hasta la mitad<span class="pagenum" id="Page_229">[Pg 229]</span> -su frente de distinta, pero no de inferior blancura; -una segunda tira, cuidadosamente plegada, -circundaba su rostro y terminaba bajo la barba, -formando la toca, que se extendía hasta el pecho -y cubría el escote de su negra saya. Mas aquella -frente se arrugaba con frecuencia, como por una -contracción nerviosa, y entonces dos negras cejas -se fruncían con rápido movimiento. Dos ojos, negros -también, se clavaban á veces en el semblante -de las personas con aire de soberbio examen; -otras se inclinaban apresuradamente, como para -evitar que leyesen en ellos sus pensamientos: en -ciertos instantes, un atento observador hubiera -sacado en consecuencia que solicitaban afecto, -correspondencia, piedad; otras veces hubiera creído -sorprender la revelación instantánea de un -odio inveterado y comprimido, un no sé qué de -feroz y amenazador; cuando estaban fijos, inmóviles -y distraídos, algunos hubieran encontrado un -orgulloso fastidio, y otros, por último, hubieran -podido sospechar el trabajo de una idea oculta, -de una preocupación familiar al ánimo, más fuertes -que las imágenes de los objetos presentes, y -que ella no podía vencer. Sus mejillas, de una -palidez extremada, descendían con delicado y gracioso -contorno, pero sensiblemente alterado y -consumido por una lenta extenuación. Sus labios, -aunque apenas teñidos de un débil sonrosado, resaltaban, -sin embargo, en medio de aquella palidez;<span class="pagenum" id="Page_230">[Pg 230]</span> -y sus movimientos eran como los de los ojos, -súbitos, vivos, llenos de expresión y de misterio. -La grandeza bien formada de la persona desmerecía -al lado de sus maneras, ó aparecía desfigurada -con ciertos movimientos repentinos, irregulares -y demasiado resueltos para una mujer, mucho -más para una monja. En el vestir mismo había -algo de estudiado ó negligente que anunciaba una -religiosa de un carácter particular. Llevaba el talle -ajustado con cierta coquetería, y de su toca -salía cayendo sobre una de las sienes, la punta de -un rizo de negros cabellos, lo cual demostraba ú -olvido ó desprecio de la regla, que prescribía tenerlos -siempre cortados, del mismo modo que se -había verificado en la ceremonia de la profesión.</p> - -<p>Estas circunstancias no hacían ninguna impresión -en el ánimo de las dos mujeres, no acostumbradas -á distinguir una religiosa de otra; y el padre -guardián, que no era la primera vez que veía -á la señora, estaba ya habituado, como tantos -otros, á aquel extraño no sé qué que aparecía tanto -en su persona como en sus maneras.</p> - -<p>Permanecía aquélla, según hemos dicho, de pie -junto á la reja, en la cual apoyaba lánguidamente -una mano, entreteniéndose en pasar sus blancos -dedos por los claros que formaba, y observando -á Lucía que se acercaba confusa.—Reverenda -madre é ilustrísima señora, dijo el guardián con -la cabeza baja y la mano puesta sobre el pecho:<span class="pagenum" id="Page_231">[Pg 231]</span> -He aquí la pobre joven por la cual me habéis hecho -esperar vuestra poderosa protección, y he ahí -también la madre.</p> - -<p>Las dos presentadas hicieron grandes reverencias; -la señora hizo con la mano señal de <em>basta</em>, y -dijo volviéndose al padre: “Es una fortuna para -mí el poder hacer una cosa que sea agradable á -nuestros buenos amigos los padres capuchinos. -Pero, continuó, referidme más extensamente el -caso de esta joven, á fin de ver mejor lo que yo -pueda hacer por ella”.</p> - -<p>Lucía se sonrojó y bajó la cabeza.</p> - -<p>—Debéis saber, reverenda madre... empezaba -á decir Inés; mas el guardián con una mirada le -cortó la palabra, y repuso: “Esta joven, ilustrísima -señora, me ha sido recomendada, según he dicho, -por uno de nuestros hermanos. Ella se ha -visto obligada á salir de su pueblo natal para sustraerse -á graves peligros, y necesita por algún -tiempo de un asilo en el cual pueda vivir desconocida, -y en donde nadie se atreva á venir á turbarla. -Cuando así...”.</p> - -<p>—¿Qué peligros son ésos? interrumpió <em>la señora</em>. -Por favor, padre guardián, no me digáis las -cosas de un modo tan enigmático; ya sabéis que -á nosotras las monjas nos gusta siempre saberlo -todo minuciosamente.</p> - -<p>—Son peligros, replicó el guardián, que apenas<span class="pagenum" id="Page_232">[Pg 232]</span> -deben indicarse ligeramente á los castísimos oídos -de la reverenda madre...</p> - -<p>—¡Oh! ciertamente, dijo con prontitud <em>la señora</em>, -ruborizándose algún tanto. ¿Era acaso pudor? -El que hubiese observado la rápida expresión de -despecho que acompañaba aquel rubor, hubiera -podido dudar de él, tanto más, si lo hubiese comparado -con el que, de cuando en cuando, se esparcía -por las mejillas de Lucía.</p> - -<p>—Bastará decir, prosiguió el guardián, que un -caballero <em>prepotente</em>... (no todos los grandes de -la tierra se sirven de los dones de Dios para gloria -suya y en favor del prójimo, como lo hace -vuestra señora ilustrísima); un caballero <em>prepotente</em>, -después de haber perseguido con indignas lisonjas -por algún tiempo á esta joven, viendo que -eran inútiles, ha tenido valor de perseguirla abiertamente -y con violencia, de modo que la infeliz -se ha visto reducida á huir de su casa.</p> - -<p>—Acercaos, joven, dijo <em>la señora</em> á Lucía, haciéndole -una seña. Sé que el padre guardián es persona -verídica; pero nadie puede estar mejor informada -que vos en este negocio. Vos sois la única -que podéis decir si el tal caballero es un perseguidor, -y Lucía obedeció súbitamente. Una pregunta -sobre semejante materia, aunque hubiese -sido hecha por una persona de igual clase que la -suya, la hubiera embarazado algo; proferida por -aquella señora, con cierto aire de duda maligna,<span class="pagenum" id="Page_233">[Pg 233]</span> -le quitó todo el valor para contestar. “Señora... -reverenda madre”... balbuceó, y no daba indicios -de decir más. En esto, Inés se creyó autorizada -para ir á su auxilio, como la que después de -ella era ciertamente la que estaba mejor informada.—Ilustrísima -señora, dijo; yo puedo dar fe de -que mi hija, que está aquí presente, odiaba á -aquel caballero, como el diablo al agua bendita; -quiero decir, el diablo era él; mas espero me perdonaréis -si hablo mal, porque nosotros somos gente -á la buena de Dios. El hecho es, que esta pobre -muchacha estaba prometida á un joven de -nuestra clase, muy temeroso de Dios y bien establecido; -y si el señor cura hubiese sido un poco -más hombre de lo que... vamos, yo me entiendo... -sé que hablo de un religioso; mas el padre -Cristóbal, amigo del padre guardián, y religioso -á la par que él, es una persona sumamente -caritativa, y si estuviera aquí, podría atestiguar...</p> - -<p>—Estáis muy pronta á responder sin ser preguntada, -interrumpió la señora con un aire tan -altanero é iracundo, que casi la hizo aparecer deforme: -Guardad silencio; ya sé yo que los padres -tienen siempre una respuesta que dar en nombre -de los hijos.</p> - -<p>Inés, sobremanera mortificada, echó á Lucía -una mirada que significaba: mira lo que me sucede -por ser tú tan apocada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_234">[Pg 234]</span></p> - -<p>El guardián hacía señas á la joven, mirándola -y moviendo la cabeza, para hacerla entender que -aquél era el momento de arrojar la pereza y de -no dejar mal á la pobre madre.</p> - -<p>—Reverenda señora, dijo Lucía, cuanto ha dicho -mi madre es la pura verdad. El joven que me obsequiaba, -y al decir esto se sonrojó extraordinariamente, -le escogí voluntariamente. Perdonad si -me atrevo á hablar así, pero lo hago para que no -forméis mal concepto de mi madre. En cuanto á -aquel caballero (que Dios lo perdone), preferiría -morir más bien, antes que caer en sus manos. Si -vos nos dispensáis la caridad de ponernos en seguridad, -ya que nos vemos reducidas al extremo -de pedir un asilo y de incomodar á las gentes honradas -(hágase, sin embargo, la voluntad de Dios), -estad cierta, señora, que nadie podrá rogar, por -vos más de corazón que nosotras, pobres mujeres.</p> - -<p>—Os creo, dijo la señora con dulce acento; pero -tendré un placer en oiros á vos sola; no porque -tenga necesidad de otras aclaraciones ni de -otros motivos para servir al padre guardián, añadió -repentinamente volviéndose hacia él, con una -estudiada complacencia. Asimismo, prosiguió, ya -lo he pensado, y he aquí hasta ahora lo que me -parece que se podrá hacer mejor. La portera del -monasterio ha casado hace pocos días á su última -hija: estas mujeres podrán ocupar la habitación -que aquélla ha dejado, y suplir los pequeños servicios<span class="pagenum" id="Page_235">[Pg 235]</span> -que hacía. Verdaderamente... y aquí hizo -seña al padre guardián de que se acercase á la -reja, y continuó en voz baja: verdaderamente, -atendida la escasez del año, no se pensaba en -reemplazar á aquella joven; mas yo hablaré á la -madre abadesa, y una palabra mía... sobre el -deseo del padre guardián... en fin, doy la cosa -por hecha.</p> - -<p>El guardián empezaba á dar gracias; mas la señora -le interrumpió: no hay necesidad de tantas -ceremonias; yo también, en un caso igual, en una -necesidad, sabré recurrir á los padres capuchinos... -Al fin, continuó con una sonrisa en la -cual se traslucía un no sé qué de irónico y amargo; -al fin, ¿no somos nosotros hermanos y hermanas?</p> - -<p>Dicho esto llamó á una hermana lega (dos de -las cuales estaban por una singular distinción destinadas -á su servicio particular), y le ordenó que -advirtiese de todo á la abadesa, y tomase luego -las medidas oportunas con la portera y con Inés. -Despachó á ésta, despidió al guardián, y retuvo á -Lucía. El guardián acompañó á Inés hasta la -puerta, dándola nuevas instrucciones, y se fué á -preparar la carta en la que debía dar cuenta de -todo á su amigo Cristóbal. “Esa señora es muy -aturdida, pensaba entre sí mientras caminaba; pero -por otro lado muy curiosa; mas sabiendo entender -su flaco, se le obliga á hacer todo lo que<span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span> -se quiere. Mi buen Cristóbal no esperará ciertamente -que le haya servido tan bien y tan pronto. -¡Qué hombre tan de bien! No hay remedio; es indispensable -que se meta siempre en alguna intriga; -pero lo hace para bien. Es una fortuna para -él que esta vez haya encontrado un amigo, el cual -sin tanto estrépito, sin tanto aparato y sin tantos -trabajos, haya conducido el negocio á buen puerto, -en un abrir y cerrar de ojos. Mi amigo Cristóbal -quedará satisfecho, y comprenderá al fin, -que nosotros también somos buenos para algo”.</p> - -<p>La señora, que en presencia de un capuchino -de edad provecta había estudiado sus movimientos -y sus palabras, quedando después sola con una -joven aldeana sin experiencia, no pensaba en contenerse -tanto; y sus discursos llegaron á ser poco -á poco tan extravagantes, que en vez de referirlos, -creemos más oportuno el contar sucintamente -la historia precedente de esa mujer infortunada; -pero sólo lo haremos de lo que es absolutamente -indispensable para explicar lo que en ella -hemos notado de misterioso y extraordinario, y -para hacer comprender los motivos de su conducta -en los hechos que luego referiremos.</p> - -<p>Era la hija menor del príncipe ***, poderoso -caballero milanés, que podía contarse entre los -más opulentos de la ciudad. Mas la alta opinión -que tenía de su título, le hacía aparecer sus recursos -apenas suficientes y aun escasos para sostener<span class="pagenum" id="Page_237">[Pg 237]</span> -su decoro; y todo su cuidado era conservarlo, -á lo menos en cuanto dependía de él, con el -objeto de que viniesen á recaer á una sola mano. -La historia no dice expresamente cuántos hijos tenía; -sólo da á entender, que había destinado al -claustro todos los segundogénitos de uno y otro -sexo, para dejar intacta su fortuna al primogénito, -destinado á conservar la familia, á procrear hijos -para atormentarse y atormentarlos como su -padre. Nuestra infortunada estaba aún en las entrañas -de su madre, cuando su suerte se veía ya -fijada irrevocablemente. Quedaba tan sólo decidir -si sería religioso ó religiosa; decisión por la cual -era necesario, no su consentimiento, sino su presencia. -Cuando vino al mundo, el príncipe su padre, -queriendo darla un nombre que revelase inmediatamente -la idea del claustro, y que hubiese -sido llevado por una santa de encumbrada jerarquía, -se la puso por nombre Gertrudis. Muñecas, -vestidas de monjas, fueron los primeros juguetes -que se le pusieron entre manos; después estampitas -que representaban monjas, cuyos regalos -iban siempre acompañados de grandes recomendaciones -para que los trataran bien, como cosa -preciosa, y siempre con la siguiente interrogación -afirmativa: es hermoso, ¿eh? Cuando el príncipe, -la princesa, ó el pequeño príncipe, el solo hijo varón -que había sido criado en la casa, querían alabar -la buena figura de la niña, parecía que no encontraban<span class="pagenum" id="Page_238">[Pg 238]</span> -modo de expresar bien su idea, sino por -medio de estas palabras: “¡Qué madre abadesa tan -hermosa!”. Sin embargo, nadie le dijo jamás directamente: -“Tú debes hacerte monja”. Ésta era una -idea sobreentendida y tocada como por incidencia -en todas las conversaciones que miraban á su -porvenir. Si alguna vez la pequeña Gertrudis se -abandonaba á algún pequeño movimiento de impaciencia -ó altanería, al cual su índole la arrastraba -muy fácilmente, “Eres una chiquilla, se le -decía: estas maneras no te convienen; cuando seas -madre abadesa, entonces tratarás las gentes á la -baqueta, y lo revolverás todo de arriba abajo”. -Otras veces el príncipe, reprendiéndola ciertas -maneras demasiado libres y familiares, á las cuales -ella se abandonaba también con igual facilidad, -“¡Eh! ¡eh! le decía; éstos no son los ademanes -de una persona de tu rango: si quieres que un día -se te respete como es debido, aprende con anticipación -á ser más reservada; acuérdate que debes -ser, en todas las cosas, la primera del convento; -porque la sangre se lleva por todas partes -adonde uno va”.</p> - -<p>Todas las conversaciones estampaban en el cerebro -de la niña la idea implícita que ella debía -ser religiosa; mas las que venían de su padre, producían -más efecto que todas las demás juntas. El -continente del príncipe era habitualmente el de -un amo austero; mas cuando se trataba del futuro<span class="pagenum" id="Page_239">[Pg 239]</span> -estado de sus hijos, se traslucía en su rostro y -en todas sus palabras una fijeza de resolución, -una recelosa envidia de mando que imprimía el -sentimiento de una fatal necesidad.</p> - -<p>Á los seis años, Gertrudis fué colocada para su -educación, y para prepararla á la vocación que se -le había impuesto, en el convento en que la hemos -visto. La elección del lugar no fué sin designio. -El buen conductor de las dos mujeres ha dicho -que el padre de la señora ocupaba en Monza -el primer lugar. Añadiendo este testimonio, cualquiera -que sea su valor, con algunas otras indicaciones -que el anónimo deja escapar aturdidamente -por unas partes y otras, nosotros podemos -fácilmente dar por hecho que aquél era el señor -feudal de dicho país. Fuese lo que fuese, él gozaba -allí de una autoridad grandísima; y pensó que -en aquel paraje, mejor que en otro alguno, su hija -sería tratada con aquella distinción y miramientos -que podrían seducirla y dirigirla á elegir aquel -convento para su perpetua morada. No se engañaba: -la abadesa y algunas otras religiosas intrigantes -que tenían, como se suele decir, la sartén por -el mango, se alegraron al ver que se les ofrecía -un apoyo tan útil en todas circunstancias y tan -honroso en todos los momentos; aceptaron la proposición -con expresiones de reconocimiento, y correspondieron -á las intenciones que el príncipe había -dejado traslucir sobre la colocación estable de<span class="pagenum" id="Page_240">[Pg 240]</span> -la hija, intenciones que por otra parte estaban -muy de acuerdo con sus intereses.</p> - -<p>Apenas hubo entrado Gertrudis en el convento, -fué llamada por antonomasia la <em>señorita</em>; se la -dió el primer puesto en la mesa y en el dormitorio; -su conducta servía como modelo á sus compañeras; -se la prodigaban caricias sin fin, pero -éstas sazonadas con esa familiaridad un poco respetuosa -que tanto agrada á los niños, cuando la -encuentran en aquellos que tratan á los demás -con un tono habitual de superioridad. Esto no -quería decir que todas las monjas estuviesen conjuradas -para hacer caer á la pobre joven en el lazo; -había muchas sencillas y ajenas á toda especie -de intrigas, á quienes la idea de sacrificar una -hija á miras interesadas inspiraba horror; pero -éstas, enteramente aplicadas á sus ocupaciones -particulares, unas no se apercibían bien de aquellos -manejos, otras no distinguían lo que tenían -de malo; algunas se abstenían de hacer un escrupuloso -examen, y otras también guardaban silencio -por no escandalizar inútilmente. Alguna, por -último, acordándose de haber sido con semejantes -artificios conducida á aquello de lo cual estaba -ya arrepentida, se compadecía de la pobrecilla -inocente, y se consolaba haciéndola tiernas y -melancólicas caricias; mas ella estaba bien lejos -de sospechar que allí se ocultase algún misterio, -y el negocio seguía su camino. Habría caminado<span class="pagenum" id="Page_241">[Pg 241]</span> -hasta el fin, si Gertrudis hubiera sido la única niña -en aquel monasterio. Mas entre sus compañeras -de educación, había algunas que no ignoraban -que ellas estaban destinadas á casarse. La pequeña -Gertrudis, nutrida con la idea de su superioridad, -hablaba pomposamente de sus destinos futuros -de abadesa, de princesa del monasterio; quería -á todo trance para todas las demás ser un -objeto de envidia, y veía con admiración y con despecho -que algunas de ellas no hacían ningún caso. -Á las imágenes majestuosas, pero frías y circunscritas, -que puede suministrar la primacía en un -convento, aquéllas oponían las imágenes variadas -y brillantes del mundo, de bodas, de banquetes, -de bailes, de festines, de partidas de campo, de -magníficos trajes, de carrozas. Estas imágenes -causaron en el cerebro de Gertrudis aquel movimiento, -aquella efervescencia que produciría un -gran canastillo de flores cogidas recientemente, -colocado delante de un enjambre de abejas. Los -padres y los maestros habían cultivado y aumentado -en ella la natural vanidad para hacerla amar -el claustro; mas cuando esta pasión fué excitada -por ideas tanto más homogéneas para ella, se lanzó -con un ardor mucho más vivo cuanto que era -muy espontáneo. Para no quedar debajo de sus -compañeras, y para condescender al mismo tiempo -con su nuevo genio, respondía que al fin de la -jornada nadie podría ponerse el velo sobre la cabeza<span class="pagenum" id="Page_242">[Pg 242]</span> -sin su consentimiento; que también ella podía -casarse, habitar un palacio y gozar de las delicias -del mundo, mejor que todas las demás; que -lo podía con tal que lo quisiese, que lo quería, y -ella lo quería en efecto. La idea de la necesidad -de su consentimiento, que hasta entonces había -permanecido como desapercibida y amortiguada -en un ángulo de su mente, se desenvolvió y se -mostró con toda su importancia. Ella la llamaba -á cada momento en su auxilio, para gozarse tranquilamente -con las imágenes de un porvenir agradable. -Sin embargo, dentro de esa idea siempre -aparecía infaliblemente otra, á saber, que aquel -consentimiento trataba de negarlo al príncipe su -padre, el cual tenía ya ó manifestaba tenerlo por -dado; y á este pensamiento, el ánimo de la hija -estaba bien lejos de gozar de la seguridad que ostentaban -sus palabras. Se comparaba entonces á -sus compañeras, que estaban de otro muy diverso, -seguras de su porvenir, y experimentaba así -la envidia que desde un principio había querido -inspirarlas. Envidiándolas, aborrecía; algunas veces -su odio se exhalaba en desprecios, en burlas, -en palabras picantes; otras, la uniformidad de las -inclinaciones y de las esperanzas la apaciguaba y -hacía nacer una intimidad aparente y pasajera; -otras veces, queriendo gozar entretanto de alguna -cosa real y presente, se complacía con las preferencias -que la dispensaban, y hacía sentir su<span class="pagenum" id="Page_243">[Pg 243]</span> -superioridad á las demás; otras, finalmente, no pudiendo -tolerar la soledad de sus temores y deseos, -iba llena de bondad á buscarlas, casi para implorar -benevolencia, consejos, valor. En medio de -estas deplorables luchas consigo misma y con las -demás, había pasado la infancia y entraba en esa -edad tan crítica, en la cual parece que se introduce -en el alma una especie de misterioso poder -que excita, embellece, vigoriza todas las inclinaciones, -todas las ideas, y alguna vez las trasforma -ó las hace tomar un curso imprevisto. Lo que -Gertrudis hasta entonces había visto con placer -más distintamente en aquellos sueños del porvenir, -era el esplendor y la pompa eterna; un cierto -no sé qué de muelle y afectuoso que desde un -principio se había difundido ligeramente y estaba -envuelto en la oscuridad, comenzó luego á desplegarse -y á sobresalir en su fantasía. En la parte -mas recóndita de su espíritu se formaba una -especie de retiro; allí se refugiaba contra los objetos -presentes, acogía ciertos personajes caprichosamente, -compuestos de confusos recuerdos de -la infancia, de lo poco que podía entrever del -mundo exterior, de las ideas que le habían revelado -los discursos de sus compañeras; conversaba -á solas con ellas, las hablaba y contestaba en su -nombre; daba órdenes y recibía homenajes de todas -clases. De cuando en cuando los pensamientos -de religión venían á turbar aquellas brillantes<span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span> -y cansadas fiestas; pero la religión, tal como se la -habían enseñado á nuestra infortunada niña, y -como ella la había comprendido, lejos de proscribir -el orgullo, lo santificaba y lo proponía como -un medio de obtener la felicidad terrestre. Privada -de este modo de su esencia, no era ya la religión, -sino un vano fantasma como los demás. En -los intervalos, en los cuales ese fantasma ocupaba -el primer lugar y tomaba colosales dimensiones -en la imaginación de Gertrudis, la infeliz, -abrumada de ciertos temores y comprimida por -una confusa idea de deberes, se imaginaba que su -repugnancia al claustro y la resistencia á las insinuaciones -de sus mayores acerca de la elección -de estado, era un crimen, prometiendo en su interior -expiarlo, encerrándose voluntariamente en -el claustro.</p> - -<p>Era de ley que una joven no podía ser admitida -religiosa, sin haber sido examinada antes por -un eclesiástico, llamado el vicario de las monjas, -ó de otro delegado al efecto, á fin de que constase -que obraba libre y espontáneamente, y dicho -examen no podía tener lugar sino un año después -de haber expuesto aquélla su deseo al vicario por -medio de una súplica por escrito. Las religiosas -que habían tomado el triste encargo de hacer que -Gertrudis se obligase para siempre con el menor -conocimiento posible acerca de lo que hacía, escogieron -uno de los momentos que hemos descrito,<span class="pagenum" id="Page_245">[Pg 245]</span> -para hacerla copiar y firmar semejante súplica. -Á fin de inducirla mas fácilmente á ello, no -dejaron de decirla y repetirla que finalmente no -era más que una mera formalidad, la cual (y esto -era cierto), no podía tener efecto sino por otros -actos posteriores que dependían de su voluntad. -Con todo eso, la súplica no había acaso llegado -aún á su destino, cuando Gertrudis estaba ya arrepentida -de haberla firmado. Se arrepentía de -su ligereza, pasando así los días y los meses en -una incesante lucha de opuestos sentimientos. Tuvo -largo tiempo oculto á sus compañeras aquel -paso, ya por temor de manifestar sus contradicciones, -ya por vergüenza de publicarlas. El deseo -de aliviar su corazón y de encontrar consejos y -valor, venció por último. Había también otra ley, -por la que una joven no podía ser admitida al -examen de la vocación, sino después de haber vivido -á lo menos por espacio de un mes, fuera del -monasterio donde había sido educada. El año que -debía seguirse á la súplica había ya trascurrido, -y Gertrudis fué advertida que dentro de poco se -la sacaría del monasterio y sería conducida á la -casa paterna para permanecer el expresado mes, y -dar todos los pasos necesarios al cumplimiento de -la obra, que de hecho había ya empezado. El -príncipe y el resto de la familia, miraban ya el -negocio como una cosa segura y concluida; mas la -joven tenia otro proyecto: en vez de dar los demás<span class="pagenum" id="Page_246">[Pg 246]</span> -pasos, pensaba en el modo de hacer retroceder -el primero. En tales angustias, trató de abrir -su corazón á una de sus compañeras, muy franca -y dispuesta siempre á dar consejos resueltos. Ésta -sugirió á Gertrudis la idea de informar á su -padre por medio de una carta, acerca de su nueva -resolución, ya que no tenía el suficiente ánimo -para lanzar en su cara un <em>no quiero</em>. Y porque los -pareceres gratuitos son muy raros en este mundo, -la consejera hizo pagar éste á Gertrudis, haciendo -burla de su apocamiento. La carta fué arreglada -entre cuatro ó cinco confidentes, escrita de -oculto, y recapitulada con muchos y estudiados -artificios. Gertrudis estaba con grande ansiedad, -esperando una contestación que no vino, á no ser -que algunos días después la abadesa la hizo ir á -su celda, y con aire de misterio, de disgusto y -compasión, le indicó, de una manera ambigua, la -gran cólera del príncipe, acerca de una falta que -ella había cometido, dándola á entender, sin embargo, -que portándose bien, podía esperar que -todo sería olvidado. La joven lo entendió, y no -se atrevió á preguntar más.</p> - -<p>Finalmente, llegó el día temido y deseado. -Aunque Gertrudis supiese que iba á combatir, sin -embargo, el salir del monasterio, el dejar aquellas -paredes entre las cuales había permanecido encerrada -por espacio de ocho años, el recorrer en -carroza por la amena y verde campiña, el volver<span class="pagenum" id="Page_247">[Pg 247]</span> -á ver la ciudad, la casa, fueron sensaciones llenas -de una alegría tumultuosa. Respecto de la lucha, -la infeliz, con la dirección de aquellas confidentes, -había ya tomado sus medidas. “Ó me querrán obligar, -pensaba, y yo me mantendré firme; seré humilde, -respetuosa, pero no accederé; no se trata -más que de no decir otro sí, y no lo diré. Ó lo -tomarán por buenas, y entonces seré más buena -que ellos; lloraré, suplicaré, los moveré á compasión; -en fin, no pretendo otra cosa más que el no -ser sacrificada”. Pero como sucede siempre con semejantes -previsiones, no aconteció ni una cosa ni -otra. Los días pasaban sin que su padre ni nadie -le hablase de la súplica ni de la retractación, sin -que se le hiciese ninguna proposición, ni con caricias -ni con amenazas. Los padres estaban serios, -tristes, duros con ella, sin decir nunca el porqué. -Se comprendía solamente que la miraban como -una culpable, como una persona indigna. Un misterioso -anatema parecía pesar sobre ella y que la -segregaba de la familia, dejándola únicamente -que se reuniese á ella, el tiempo necesario para -hacerla sentir su sujeción. Rara vez, y sólo á ciertas -horas establecidas, era admitida á la compañía -de sus padres y del primogénito. Entre los -tres parecía que reinaba una gran confianza, la -cual hacía más sensible y más doloroso el abandono -en el cual dejaban á Gertrudis. Nadie le -dirigía la palabra, y cuando se arriesgaba tímidamente<span class="pagenum" id="Page_248">[Pg 248]</span> -á decir alguna cosa que no fuese necesario, -ó no se hacía caso, ó no llegaba á obtener -más que una respuesta acompañada de una mirada -desdeñosa. Mas si no pudiendo sufrir un trato -tan humillante y amargo, insistía y procuraba familiarizarse; -si imploraba un poco de cariño, oía -al mismo tiempo lanzar alguna palabra indirecta, -pero clara acerca de la elección de estado. Se le -hacía entender de una manera encubierta que éste -era el medio mejor para reconquistar el afecto -de la familia. Entonces Gertrudis, que no lo hubiera -querido á semejante precio, veíase obligada -á retroceder, á rehusar las primeras señales de -benevolencia que tanto había deseado, á volver á -tomar su misma posición de excomulgada; y para -colmo de desdichas, con una cierta apariencia de -maldad.</p> - -<p>Tales sensaciones de objetos presentes, hacían -un doloroso contraste con aquellas risueñas visiones -de las cuales Gertrudis tanto se había ocupado -ya, y se ocupaba todavía en lo más recóndito -de su corazón. Había esperado que en la espléndida -y tan frecuentada casa de su padre, podría -á lo menos gozar alguna cosa real de lo que había -imaginado; mas se encontró del todo engañada. -La clausura era estrecha como en el monasterio; -no se hablaba jamás de paseos ni de diversiones, -y una galería que daba de la casa á una -iglesia contigua, quitaba hasta la ocasión de poner<span class="pagenum" id="Page_249">[Pg 249]</span> -el pie en la calle. La sociedad era más triste, -poco numerosa y menos variada que en el monasterio. -Al menor anuncio de una visita, Gertrudis -debía salir y retirarse á su estancia, para encerrarse -con algunas antiguas criadas de la casa, con -las cuales también comía todas las veces que había -convites. Los servidores se uniformaban en -las palabras y maneras, al ejemplo y á la intención -de sus dueños; y Gertrudis, que por inclinación -los hubiera tratado familiarmente y con ínfulas -de señora, y que en el estado en el cual se -encontraba hubiera recibido como un favor la menor -señal de benevolencia, se bajaba hasta mendigarlas, -no ganando más que un poco de humillación -al verse correspondida con una indiferencia -manifiesta, aunque acompañada de un ligero -obsequio de formalidad. Sin embargo, ella percibió -que á diferencia de los demás, un paje la trataba -respetuosamente, y sentía por ella una compasión -de un género particular. El continente de -aquel joven era lo que Gertrudis había visto hasta -entonces de más semejante al orden de cosas -tan contemplado en su imaginación, pareciéndose -en el aire y maneras á sus criaturas ideales. Poco -á poco se descubrió en las maneras de la joven -niña un cierto no sé qué de nuevo y extraordinario; -una calma é inquietud distinta de la que solía; -el aire de una persona que ha encontrado una -cosa que le ocupa, que querría mirar á cada momento<span class="pagenum" id="Page_250">[Pg 250]</span> -y no dejarla ver á los demás. Se la vigiló -más que nunca, tanto que una mañana temprano -fué sorprendida por una de las sirvientas que hemos -citado, mientras estaba doblando á escondidas -una carta, sobre la cual hubiera obrado mucho -mejor no escribiendo nada. Después de un -corto debate, la carta quedó en manos de la sirvienta, -y de ésta pasó á las del príncipe.</p> - -<p>El terror de Gertrudis al rumor de los pasos -de aquél, no se puede describir ni imaginar. En -efecto, era su padre, estaba irritado, y ella se sentía -culpable. Mas cuando lo vió aparecer con -aquel ceño, con aquella fatal carta en la mano, -hubiera querido estar cien brazas bajo de tierra. -Las palabras no fueron muchas, pero sí terribles. -No se le imponía más pena por el momento, que -permanecer encerrada en la misma estancia, bajo -la custodia de la mujer que había hecho el descubrimiento; -mas esto no era más que un preludio, -no más que una precaución del momento: se -prometía, se dejaba entrever á su imaginación como -una cosa vaga, un castigo futuro, misterioso, -indeterminado, y sobre todo, más espantoso.</p> - -<p>El paje fué echado violentamente como era natural, -y se le amenazó también con una corrección -terrible si osaba hablar jamás lo mas mínimo -respecto de lo sucedido. Al hacerle esta intimación, -el príncipe le aplicó dos solemnes bofetones, -para asociar á aquella aventura un recuerdo que<span class="pagenum" id="Page_251">[Pg 251]</span> -pudiese quitar al joven toda tentativa de vanagloriarse -de ella. Un pretexto cualquiera para cohonestar -la despedida del paje, no era difícil de -hallar; en cuanto á la hija, se dijo que estaba enferma.</p> - -<p>Ésta quedó con el corazón alterado, con la vergüenza, -con el remordimiento, con el temor del -porvenir, y con la sola compañía de aquella mujer -á quien odiaba, como el testimonio de su culpa -y la causa de su desgracia. Ésta detestaba también -á su vez á Gertrudis, por la cual se hallaba -reducida, sin saber por qué tiempo, á la enojosa -vida de carcelera, habiendo llegado á ser para -siempre depositaria de un peligroso secreto.</p> - -<p>El primer tumulto de aquellos confusos sentimientos -se apaciguó poco á poco; mas cada uno -de éstos, asaltando á su vez el espíritu, crecía -y se encerraba allí para atormentarla más distintamente -y á su placer. ¿Qué podía ser aquel -castigo con el cual se la había amenazado tan -enigmáticamente? Muchas extrañas y variadas -ideas se agolpaban á la imaginación ardiente y sin -experiencia de Gertrudis. Lo que parecía más -probable era el volver á ser conducida al monasterio -de Monza, aparecer no ya como la <em>señorita</em>, -sino como una culpable, y permanecer encerrada, -¡quién sabe hasta cuándo, y cómo la tratarían! El -temor de la vergüenza era quizás lo que había -de más doloroso para ella en aquel porvenir lleno<span class="pagenum" id="Page_252">[Pg 252]</span> -de aflicción. Las frases, las palabras, hasta -las comas de aquel malhadado papel, pasaban y -repasaban en su memoria; se le aparecían leídas, -pesadas por un lector tan imprevisto, tan diferente -de aquél para quien estaban destinadas: imaginábase -que hubieran podido caer en poder de -la madre ó de su hermano. La imagen de aquél -que había sido la causa primera de todo el escándalo, -no dejaba de atormentarla constantemente: -no es preciso decir qué extraña figura hacía este -fantasma entre los otros, tan diferentes, tan fríos, -tan amenazadores. Ella no se detenía tampoco -largo tiempo ni con placer sobre esos sueños tan -dulces y tan brillantes; estaban muy en oposición -con su estado y con todas las probabilidades de -su porvenir. El único castillo en que Gertrudis -podía figurarse hallar un refugio tranquilo y honroso, -y que nada tuviese de fantástico era el convento, -cuando ella se hubiese resuelto á vivir en -él para siempre. Tal resolución habría cambiado -su situación.</p> - -<p>Al cabo de cuatro ó cinco días que le parecieron -eternos, una mañana, Gertrudis, indignada por -el trato de su carcelera, se colocó en un rincón de -su cuarto y ocultando su rostro con las manos estuvo -largo tiempo entregada á un exceso de cólera. -Ella tenía necesidad de ver otros semblantes, -de oir otros acentos y de que se la tratase de otro -modo. Pensó en su padre, en su familia, sin atreverse<span class="pagenum" id="Page_253">[Pg 253]</span> -á permanecer en esa idea. Pero se acordó -que de ella dependía que fuesen éstos sus amigos -más sinceros, y la alegría volvió á pintarse en su -semblante. Se levantó, dirigióse á una mesita, tomó -la pluma y escribió una carta fatal, pero llena -de entusiasmo, de afección y de esperanza, implorando -el perdón, decidida y pronta á hacer -cuanto se le indicase por el que había de otorgarle -su demanda.</p> - - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_254">[Pg 254]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DÉCIMO</h2> -</div> - - -<p>Hay momentos en que el alma, y en particular -la de los jóvenes, está dispuesta de modo que basta -un poco de interés para lograr todo lo que tiene -apariencias de virtud y de sacrificio; como una -flor apenas entreabierta que descansa muellemente -sobre su cáliz, pronta á abandonar sus perfumes -al simple cefirillo que la acaricia con su soplo. -Estos momentos que debían contemplarse -con tímido respeto, son precisamente los que la -astucia interesada espía atentamente para encadenar -la voluntad de la víctima.</p> - -<p>Á la lectura de la carta en cuestión, el príncipe -halló también la puerta abierta á sus antiguos -propósitos. Envió á decir á Gertrudis que se presentase. -Gertrudis compareció ante él, sin atreverse -á levantar los ojos, se echó á los pies de su<span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span> -padre y apenas pudo balbucear <em>perdón</em>. Éste le -hizo señal para que se levantase, pero con una -voz á propósito para tranquilizarla, le dijo: “No -basta pedir, ni desear el perdón para obtenerlo, -es necesario merecerlo”. Gertrudis con mucha timidez -pidió la explicación de aquellas palabras y -lo que debía hacer en consecuencia. Él continuó -diciendo que... “á pesar de lo ocurrido... en -el caso en que... hubiera sido con la intención -de establecerse en el mundo, ella había contraído -un lazo indisoluble y había creado un obstáculo -invencible. Hombre de honor como era, jamás se -habría atrevido á presentarla á ningún caballero -después de tales antecedentes”. La infeliz, oyendo -á su padre, estaba en el estado más triste que pueda -imaginarse. Entonces el príncipe, dulcificando -gradualmente la voz, añadió que sin embargo, -para toda falta habría misericordia; que la suya -era de aquéllas cuyo remedio estaba indicado ya; -que ella debía ver en aquel triste accidente un -aviso del cielo respecto á que la vida del siglo estaba -rodeada de escollos.</p> - -<p>—¡Oh, sí! exclamó Gertrudis, preocupada por el -temor y la vergüenza.</p> - -<p>—Perfectamente, lo has comprendido muy bien, -respondió el príncipe. En hora buena; no hablemos -más de lo pasado: todo está olvidado ya. Esto diciendo, -tocó una campanilla y dijo al lacayo que -entró: llama á la princesa y al príncipe mi hijo inmediatamente;<span class="pagenum" id="Page_256">[Pg 256]</span> -y dirigiéndose á Gertrudis, continuó: -quiero participarles mi alegría; quiero que -todos empiecen á trataros como merecéis.</p> - -<p>Á estas palabras Gertrudis quedóse como atónita. -No podía comprender que en el sí que acababa -de pronunciar, se encerrase tanta virtud.</p> - -<p>La princesa y el príncipe no se hicieron aguardar -mucho tiempo. Cuando vieron á Gertrudis, la -miraron con cierto aire de desdén; pero el príncipe -con un aire jovial y tierno, les dijo: la oveja -vuelve al aprisco, y espero que ésta sea la última -palabra que se diga sobre el asunto.</p> - -<p>—Muy bien, muy bien, exclamaron á la par -madre é hijo. Entonces el príncipe habló de las -distinciones que Gertrudis habría de tener en el -convento y en el país. La princesa renovaba á cada -instante las felicitaciones más halagüeñas á -Gertrudis.</p> - -<p>—Es necesario señalar el día en que hemos de -ir á Monza á preguntar por la abadesa, dijo el -príncipe. ¡Cómo se ha de alegrar ella! ¡oh! todo -el convento sabrá apreciar el honor que Gertrudis -le hace. Y, ¿por qué no hemos de ir hoy? -añadió: Gertrudis tomará con mucho gusto el -aire.</p> - -<p>—Vamos, dijo la princesa.</p> - -<p>—Pero... dijo tímidamente Gertrudis.</p> - -<p>—Poco á poco, que Gertrudis se decida. Puede -que hoy no se sienta con fuerzas suficientes;<span class="pagenum" id="Page_257">[Pg 257]</span> -ella querrá mejor ir mañana. ¿Quieres que vayamos -hoy ó mañana?</p> - -<p>—Mañana, respondió débilmente Gertrudis, -que creía ganar mucho con ganar tiempo.</p> - -<p>—Mañana, dijo solemnemente el príncipe. Ella -ha decidido que irá mañana. El príncipe fué en -casa del vicario y las religiosas para pedirles un -día para el examen.</p> - -<p>En el resto del día Gertrudis no tuvo dos minutos -de sosiego. No hubo medio; las ocupaciones -se sucedían sin interrupción, y parecían encadenadas -unas con otras.</p> - -<p>Gertrudis fué saludada por todos como la <i lang="it" xml:lang="it">sposina</i><a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>, -cada una de sus respuestas se estimaba -como una confirmación en el propósito de profesar. -Cuando acabaron de comer, se dispuso un -paseo, y Gertrudis subió en el coche con su madre -y dos tías que la habían acompañado en la -comida.</p> - -<p>Al volver del paseo, los criados, bajando á toda -prisa con luces, anunciaron que había muchas -visitas aguardándoles. Se había extendido la noticia -de la próxima ceremonia, y parientes y amigos -habían venido á ofrecer sus cumplimientos á -la víctima.</p> - -<p>Cuando se hubieron marchado, y que Gertrudis -quedó sola con la familia, el príncipe, tomando<span class="pagenum" id="Page_258">[Pg 258]</span> -la palabra, dijo: “He tenido el gusto, hija mía, -de verte tratada conforme á tu rango: es necesario -confesar, que os habéis conducido perfectamente -en honor de la familia á que pertenecéis”.</p> - -<p>El sueño de Gertrudis fué aquella noche penoso -y agitado; habíanle dado por compañera de -habitación, en lugar de la carcelera, á una antigua -criada de la casa que muy de madrugada la despertó -para que se preparase al viaje á Monza.</p> - -<p>—En pie, en pie, señorita <i lang="it" xml:lang="it">sposina</i>. Ya es de día, -y para que seáis dispuesta del todo siempre hemos -de tardar una hora lo menos. La señora princesa -se levantó cuatro horas antes que de costumbre. -El joven príncipe bajó y dió las órdenes -oportunas, después subió y estuvo dispuesto á -partir inmediatamente. “Vivo es como un diablo”, -dijo la criada, “más que una ardilla era de listo, -cuando pequeño, y puedo decirlo, porque desde -pequeño lo he tenido en mis brazos. Mas cuando -está pronto, no es necesario hacerle esperar; porque -si bien es de la mejor pasta del mundo, en -estos casos se impacienta y alborota. ¡Pobrecillo! -es preciso compadecerle; es su natural, y además -esta vez él tiene un poco de razón, porque -se incomoda por vos. ¡Ay de quien lo irrite en -estos momentos! no respeta á nadie, á no ser al -señor príncipe. Mas un día él será el señor príncipe; -lo más tarde que sea posible, sin embargo.<span class="pagenum" id="Page_259">[Pg 259]</span> -Vivo, vivo, señorita; ¿por qué me miráis así tan -encantada? Á estas horas debíais ya estar levantada”.</p> - -<p>Á la vista del joven príncipe impaciente, todas -las demás ideas que se habían agrupado á la despierta -imaginación de Gertrudis, se disiparon repentinamente -como una bandada de pájaros á la -vista del ave de rapiña. Obedeció, se vistió apresuradamente, -se dejó peinar, y compareció en la -sala donde estaban reunidos los padres y el hermano. -Se la hizo sentar en un sillón de brazos y -le llevaron una jícara de chocolate, lo que era entonces -lo mismo que el hacer tomar la toga viril -á los romanos.</p> - -<p>Cuando fueron á anunciar que el carruaje estaba -dispuesto, el príncipe llamó aparte á su hija y -la dijo: “Vamos, Gertrudis, ayer os habéis hecho -honor; hoy debéis sobrepujaros á vos misma. Se -trata de hacer una presentación solemne en el -monasterio y en el país, donde estáis destinada á -hacer el principal papel. Os aguardo... (Es inútil -decir que el príncipe había enviado el día antes -un mensajero á la abadesa). Os aguardan, y -todos los ojos estarán fijos sobre vos. Dignidad y -desenvoltura. La abadesa os preguntará qué es -lo que queréis: esto es una pura formalidad. Podéis -responder que deseáis ser admitida á tomar -el hábito en ese convento, donde habéis sido educada -tan cariñosamente, donde habéis recibido<span class="pagenum" id="Page_260">[Pg 260]</span> -tantas finezas, todo lo cual es la pura verdad. Estas -pocas palabras, decidlas con desembarazo; que -no tengan que decir que os han sido imbuidas y -que no sabéis hablar por vos misma. Esas buenas -madres no saben nada de lo sucedido; éste es un -secreto que debe quedar sepultado en el seno de -la familia; por lo tanto, es preciso que vuestro -semblante no se manifieste triste y confuso, porque -podría dar lugar á sospechar algo. Haced ver -de qué sangre salís: sed modesta y cortés; mas -acordaos que en aquel paraje, á excepción de la -familia, no habrá nadie que sea superior á vos”.</p> - -<p>Sin aguardar respuesta, el príncipe se encaminó -á la puerta; Gertrudis, la princesa y el joven -príncipe, lo siguieron; bajaron la escalera y subieron -al carruaje. Los cuidados y enojos del mundo, -la vida feliz del claustro, principalmente para -las jóvenes de nobilísima sangre, fueron el tema -de la conversación durante el camino. Antes -de llegar, el príncipe renovó las instrucciones á -su hija, y la repitió muchas veces la fórmula de -la respuesta. Al entrar en Monza, Gertrudis sintió -que se le oprimía el corazón; mas su atención -fué distraída por un instante por algunos señores -que hicieron parar la carroza, y la prodigaron algunos -cumplidos. Habiendo vuelto á continuar su -camino, se dirigieron más lentamente hacia el monasterio -al través de las miradas de los curiosos -que acudían de todas partes al camino. Al pararse<span class="pagenum" id="Page_261">[Pg 261]</span> -la carroza delante de aquellas paredes, delante -de aquellas puertas, el corazón de Gertrudis se -oprimió todavía más. Bajó del carruaje pasando -al través de dos filas de una multitud inmensa de -pueblo que los criados hicieron permanecer detrás. -Todos aquellos ojos clavados sobre la infortunada, -la obligaban á estudiar continuamente sus -ademanes; pero lo que más que todo junto la sujetaba, -era la vista de su padre, hacia el cual, á -pesar del miedo que ella experimentaba, no podía -dejar de volver á cada momento la suya. Aquella -mirada gobernaba sus movimientos y su rostro, -como por medio de invisibles resortes. Atravesado -el primer patio entraron en el segundo, y -desde allí se divisó la puerta del claustro interior -abierta de par en par y toda ocupada por las monjas. -En la primera fila percibíase á la abadesa rodeada -de ancianas, detrás las demás religiosas -mezcladas confusamente, algunas de puntillas, y -en último término las legas subidas encima de algunos -banquillos. Veíase también en medio de -aquella multitud de hábitos, brillar aquí y allá -algunos ojillos, mostrarse algunas pequeñas caras: -eran las más listas y atrevidas de las educandas -que, metiéndose y penetrando entre las religiosas, -habían conseguido hacerse un poco de lugar -para poder ver también alguna cosa. De la expresada -multitud salían aclamaciones; veíanse agitarse -muchos brazos en señal de alegría y felicitación.<span class="pagenum" id="Page_262">[Pg 262]</span> -La comitiva llegó por fin á la puerta; Gertrudis -se encontró cara á cara con la madre abadesa. -Después de los primeros cumplimientos, esta -última, con tono medio alegre y solemne, le -preguntó lo que deseaba en aquel paraje, en el -cual no había nada que se le pudiese rehusar.</p> - -<p>“Vengo”... empezó á decir Gertrudis; mas en -el momento de proferir las palabras que debían -decidir casi irrevocablemente de su destino, vaciló -un instante y permaneció con los ojos fijos sobre -la multitud que tenía delante. Al propio tiempo -distinguió á una de sus compañeras más íntimas -que la miraba con un aire de compasión y de -malicia á la vez, y que parecía decirle: “¡Ah! ¡he -aquí también presa á nuestra pequeña heroína!”. -Al ver aquello, despertándose con más viveza en -su alma todos sus antiguos sentimientos, le restituyó -también un poco de su antiguo valor, y ya -estaba buscando una respuesta cualquiera distinta, -distinta de la que había sido dictada, cuando -alzando la vista hacia el rostro de su padre, como -para experimentar sus fuerzas, descubrió en aquél -una inquietud tan sombría, una impaciencia tan -amenazadora, que resuelta por temor, con la misma -prontitud que hubiera huido á la presencia de -un objeto terrible, prosiguió: “Vengo á pedir el ser -admitida á tomar el hábito religioso en este monasterio, -en donde tan cariñosamente he sido educada”. -La abadesa contestó en seguida, que le disgustaba<span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span> -mucho que fuese en tal ocasión; que las -reglas no le permitían dar inmediatamente una -respuesta que debía proceder del sufragio común -de las hermanas, y al cual debía preceder la licencia -de los superiores; que por lo demás, Gertrudis -conocía bastante el aprecio y consideración -que allí se le tenía, para poder adivinar cuál sería -la respuesta, y que en el ínterin ninguna regla -prohibía á la abadesa y demás hermanas manifestar -la alegría que experimentaban á tal petición. -Entonces se elevó un confuso murmullo de felicitaciones -y aplausos. En el acto trajeron grandes -bandejas llenas de exquisitos dulces, que fueron -presentados primeramente á la <i lang="it" xml:lang="it">sposina</i> y después -á los padres. Mientras que algunas religiosas se -la disputaban y otras cumplimentaban á la madre, -otras al joven príncipe, la abadesa hizo rogar al -padre que le dispensase el obsequio de ir á la reja -del locutorio, donde lo aguardaba. Estaba acompañada -de dos ancianas, y cuando lo vió aparecer dijo: “Señor -príncipe para obedecer á los -reglamentos... para llenar una formalidad -indispensable, si bien en este caso... sin embargo, -debo decirle... que siempre que una hija -pide ser admitida á vestir el hábito, la superiora, -la cual yo indignamente soy... está obligada á -advertir á los padres... que si por casualidad... -forzasen la voluntad de su hija, incurrirían en una -excomunión. Espero me perdonaréis”...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_264">[Pg 264]</span></p> - -<p>—¡Bien, muy bien! reverenda madre. Vuestra -exactitud es muy laudable; esto es demasiado justo... -mas vos no podéis dudar...</p> - -<p>—¡Oh! así lo pienso, señor príncipe. He hablado -por llenar una obligación... por lo demás...</p> - -<p>—Seguramente, seguramente, madre abadesa.</p> - -<p>Cambiadas estas pocas palabras, los dos interlocutores -se saludaron mutuamente, y se separaron, -como si á ambos les pesara el permanecer -allí uno enfrente del otro; y fueron á reunirse cada -uno á su comitiva, el uno fuera, la otra dentro -del claustro.</p> - -<p>—Vamos, dijo el príncipe, Gertrudis podrá bien -pronto disfrutar á su placer de la compañía de -estas buenas madres. Por ahora las hemos importunado -bastante tiempo. Dicho esto saludó; la familia -se puso también en movimiento, se renovaron -los cumplimientos y partieron.</p> - -<p>Gertrudis, al volver, tenía muy pocas ganas de -hablar. Asustada del paso que había dado, vergonzosa -de su debilidad, descontenta de los otros -y de sí misma, ajustaba tristemente la cuenta de -las ocasiones que le restaban todavía para poder -decir <em>no</em>, y se prometía débil y confusamente á sí -misma, que en ésta, en aquélla ó en otra, tendría -más destreza y valor. Á pesar de todas estas ideas, -no había, sin embargo, podido olvidar enteramente -el terror que le había causado el horrible ceño<span class="pagenum" id="Page_265">[Pg 265]</span> -de su padre, lo bien que cuando, con una ojeada -lanzada á hurtadillas sobre su semblante, le había -dado á conocer que no quedaba la más mínima -huella de cólera; que al contrario, se manifestaba -muy contento de ella, lo cual le pareció una -gran dicha, y por un momento quedó sumamente -gozosa.</p> - -<p>Apenas llegaron á casa fué preciso volverse á -vestir y adornarse, después comer, luego algunas -visitas, en seguida al paseo, por último la reunión, -y finalmente la cena. Al concluirse ésta el -príncipe sacó á relucir otro negocio; éste era la -elección de madrina. Así se llamaba una dama -que á petición de los padres servía de custodia y -conductora de la neófita en el trascurso de tiempo -que había desde la petición, á la entrada en el -monasterio, tiempo que se empleaba en visitar las -iglesias, los edificios públicos, las sociedades, las -casas de campo, los santuarios, todas las cosas, -en fin, más notables de la ciudad y de sus alrededores, -á fin de que las jóvenes, antes de pronunciar -un voto irrevocable, conociesen bien á lo que -ellas renunciaban. “Será preciso pensar en buscar -una madrina, dijo el príncipe, porque mañana -vendrá el vicario de las monjas para la formalidad -del examen, y poco después Gertrudis será propuesta -en el capítulo para ser aceptada por las -madres”. Al decir esto, se había vuelto á la princesa, -y ésta, creyendo que fuese una invitación<span class="pagenum" id="Page_266">[Pg 266]</span> -para que ella la propusiese, empezó á decir: “Sería”... -mas el príncipe interrumpió: “No, no, señora -princesa, la madrina debe antes de todo de -ser del gusto de la <i lang="it" xml:lang="it">sposina</i>; y aunque el uso universal -da la elección á los padres, sin embargo, -Gertrudis tiene tanto juicio, tanto tacto, que bien -merece que se haga una excepción por ella”. Y -aquí, dirigiéndose á Gertrudis con el aire del que -anuncia una gracia singular, continuó: “Ninguna de -las damas que se han hallado esta noche en nuestros -salones deja de reunir las cualidades que se -requieren para ser madrina de una hija de nuestra -casa; me complazco en creer que no habrá -ninguna que no se tenga por muy honrada con -obtener semejante preferencia; por lo tanto, podréis -escoger”.</p> - -<p>Gertrudis comprendía muy bien que el mero -hecho de hacer aquella elección era dar un nuevo -consentimiento; pero la proposición estaba hecha -con tanto aparato, que el rehusar, aun cuando -fuese humildemente, podía parecer desprecio, -ó á lo menos, capricho é ingratitud. Dió, pues, también -este paso, y nombró la dama que en aquella -misma noche había congeniado más con ella, la -que le había hecho más caricias, alabado más, -tratado con maneras más familiares, afectuosas y -solícitas, que dan á un conocimiento de algunos -momentos el aire de una antigua amistad. “¡Excelente -elección!”, dijo el príncipe, que deseaba y<span class="pagenum" id="Page_267">[Pg 267]</span> -aguardaba precisamente la misma. Fuese destreza -ó casualidad, había sucedido como el jugador -de manos haciendo correr delante de vuestra vista -un montón de cartas, os dice que penséis una, -que él la adivinará después, mas las hace correr -de manera que no se deja ver más que una sola. -Aquella dama había estado alrededor de Gertrudis -toda la noche, la había ocupado tanto de sí, -que la joven hubiera necesitado un grande esfuerzo -de imaginación para pensar en otra. Tanta solicitud -no carecía de fundamento. La dama había -desde mucho tiempo puesto los ojos en el joven -príncipe para hacerlo su yerno: así es que miraba -las cosas de aquella casa como suyas propias, y -era bien natural que se interesase por su estimada -Gertrudis, tanto como sus más próximos parientes.</p> - -<p>Al día siguiente por la mañana, Gertrudis se -despertó con la imaginación ocupada acerca del -examinador que debía ir, y mientras estaba reflexionando -de si sería prudente escoger aquella -ocasión tan decisiva para volverse atrás, y qué -medios podía emplear, el príncipe la hizo llamar. -“Vamos, hija mía, le dijo; hasta ahora os habéis -portado magníficamente; hoy se trata de coronar -la obra. Todo lo que hasta aquí se ha hecho ha -sido con vuestro consentimiento. Si en este intervalo -os hubiese sobrevenido alguna duda, algún -pequeño arrepentimiento, algún capricho juvenil,<span class="pagenum" id="Page_268">[Pg 268]</span> -debíais haberos explicado; pero en el punto al cual -han llegado ya las cosas, no es tiempo de hacer -niñadas. Ese hombre de bien que debe venir esta -mañana, os hará cien preguntas acerca de vuestra -vocación, y si os hacéis monja voluntariamente, -y el porqué, y el cómo, y qué se yo. Si titubeáis -al responder, él os tendrá fastidiada Dios -sabe cuánto tiempo: esto sería una incomodidad, -un tormento para vos, y además podría resultar -todavía alguna cosa más seria. Después de todas -las demostraciones públicas que se han hecho, la -menor duda que se viese en vos, pondría en ridículo -mi honor; se podría creer que yo había tomado -una ligereza vuestra por una firme resolución; -que me había precipitado; que había... -qué sé yo. En este caso, me encontraría en la necesidad -de escoger entre dos partidos dolorosos, -á saber: ó dejar que el mundo forme un triste -concepto de mi conducta, partido que no puede -estar en consonancia con lo que á mí mismo me -debo, ó revelar el verdadero motivo de vuestra -resolución y”... Pero aquí, viendo que Gertrudis -se había puesto colorada, que sus ojos echaban -fuego y se contraía su semblante como las -hojas de una flor al viento abrasador que precede -á la tempestad, cortó aquel discurso, y con ademán -sereno continuó: “Vamos, vamos, todo depende -de vos, de vuestro juicio; ya sé que tenéis -mucho, y que no sois una chiquilla para echar á<span class="pagenum" id="Page_269">[Pg 269]</span> -perder al fin una cosa bien hecha; mas sin embargo, -yo debía prever estos casos. No hablemos -más de esto, y pongámonos de acuerdo acerca de -lo que vais á responder con franqueza, á fin de no -hacer nacer dudas en el ánimo de ese buen hombre; -así saldréis más pronto de ello”. Y después -de haber insinuado algunas respuestas á las preguntas -más probables, entró en la acostumbrada -conversación de las dulzuras y goces que estaban -reservados á Gertrudis en el monasterio, entreteniéndola -con esto, hasta que vino un criado á -anunciar el vicario. El príncipe renovó las instrucciones -más importantes y dejó á su hija sola -con aquél, según estaba prescrito.</p> - -<p>El buen hombre llegaba con la opinión ya hecha -de que Gertrudis tenía una gran vocación al -claustro, porque así lo había dicho el príncipe -cuando había ido á invitarlo. Es verdad que el -sacerdote sabía que la desconfianza era una de las -virtudes más necesarias de su ministerio: tenía -por máxima el andar con mucho cuidado en dar -crédito á semejantes protestas, y estar en guardia -contra las preocupaciones; pero es bien raro -que las palabras pronunciadas con tono de afirmación -y seguridad por una persona autorizada, -de cualquier género que ella sea, no tiñan con su -color la imaginación del que las escucha.</p> - -<p>—Después de los primeros cumplimientos, señorita, -le dijo, vengo á representar el papel del diablo;<span class="pagenum" id="Page_270">[Pg 270]</span> -vengo á poner en duda lo que en vuestra súplica -habéis dado por cierto; vengo á poner delante -de vuestra vista las dificultades, y á asegurarme -de si lo habéis considerado bien. Me permitiréis -que os haga algunas preguntas.</p> - -<p>—Decid, respondió Gertrudis.</p> - -<p>El sacerdote empezó entonces á interrogarla en -las formas prescritas por los reglamentos: “¿Sentís -en vuestro corazón una libre y espontánea resolución -de ser monja? ¿No han sido empleadas amenazas -ó seducciones? ¿No han hecho uso de la autoridad -para induciros á ello? Hablad sin temor y -con sinceridad á un hombre cuyo deber es el de -conocer vuestra verdadera voluntad, para impedir -el que no se os haga violencia alguna”.</p> - -<p>La verdadera respuesta á semejante pregunta -se presentó de improviso con una evidencia terrible -á la mente de Gertrudis; mas para darla era -preciso venir á una explicación, decir del modo -que había sido amenazada, contar una historia... -La infeliz retrocedió espantada á tal idea; buscó -precipitadamente otra respuesta, y sólo encontró -una, la más contraria á la verdad, que pudiese librarla -pronto y seguramente de aquel suplicio. -“Me hago monja, dijo, ocultando su turbación; me -hago monja libremente, por mi propia voluntad”.</p> - -<p>—¿Cuánto tiempo hace que tenéis este pensamiento? -preguntó aún el sacerdote.</p> - -<p>—Lo he tenido siempre, respondió Gertrudis,<span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span> -vuelta después de aquel primer paso, más franca -para mentir contra sí misma.</p> - -<p>—Pero, ¿cuál es el motivo principal que os induce -á ser monja?</p> - -<p>El buen sacerdote ignoraba qué cuerda tan terrible -tocaba, y Gertrudis hizo un gran esfuerzo -para no dejar traslucir en su rostro el efecto que -aquellas palabras producían en su espíritu. “El -motivo, dijo, es el de servir á Dios, y huir los peligros -del mundo”.</p> - -<p>—¿No sería acaso algún disgusto? ¿Algún... -perdonadme... algún capricho? Á veces una -causa momentánea puede hacer una impresión tal, -que parece debe ser eterna, y después cuando cesa -la causa, y el corazón cambia, entonces...</p> - -<p>—No, no, respondió precipitadamente Gertrudis; -no hay otra causa más que la que os he dicho.</p> - -<p>El vicario, más para cumplir enteramente con -su obligación, que por la persuasión de la necesidad -que hubiese, insistió en las preguntas; mas -Gertrudis estaba determinada á engañarle; además, -la vergüenza que le causaba la idea de confiar su -debilidad á aquel grave y digno sacerdote, el cual -parecía estaba tan lejos de sospechar semejante -cosa: la infeliz pensaba que él también podía impedir -que fuese monja; mas allí concluía su autoridad -y su protección sobre ella. Luego que hubiese -partido, ella se quedaría sola con el príncipe; -y con respecto á lo que tendría que sufrir en<span class="pagenum" id="Page_272">[Pg 272]</span> -la casa, el buen sacerdote lo ignoraría; ó sabiéndolo, -con la mejor intención del mundo, no podría -hacer otra cosa más que compadecerse de ella, con -aquella compasión tranquila y grave que en general -se concede como por cortesanía á los que han -dado causa ó pretexto para el mal que les hacen. -El examinador se cansó más pronto de preguntar -que la infeliz de mentir; y viendo sus respuestas -siempre conformes, y no teniendo motivo alguno -de dudar de su franqueza, mudó finalmente de -lenguaje; la felicitó, le pidió en cierto modo perdón -de haber tardado tanto en hacer su deber; -añadió lo que consideraba más propio para confirmarla -en su buen propósito, y se retiró. Al atravesar -las habitaciones para salir, se encontró con -el príncipe, el cual parecía que pasaba por allí casualmente, -y no dejó de congratularse con él acerca -de las buenas disposiciones que había hallado -en su hija. El príncipe había permanecido hasta -entonces en la más penosa incertidumbre: á aquella -noticia respiró, y olvidando su acostumbrada -gravedad, se dirigió casi á la carrera hacia donde -estaba Gertrudis; la colmó de elogios, de caricias -y promesas, con una cordial alegría, con una ternura -en gran parte sincera: ¡he aquí cómo se comprenden -los enigmas del corazón humano!</p> - -<p>Nosotros no seguiremos á Gertrudis en aquel -torbellino continuo de diversiones, ni tampoco -describiremos en particular y ordenadamente los<span class="pagenum" id="Page_273">[Pg 273]</span> -sentimientos de su corazón en ese intervalo de -tiempo; esto sería una historia de dolores y de -fluctuaciones demasiado monótonas y muy semejantes -á las ya referidas. La amenidad de los sitios, -la variación de los objetos, el placer de correr -al aire libre, le hacían más odiosa aún la idea -del lugar adonde debía entrar por la última vez -para siempre. Más punzantes todavía eran las impresiones -que recibía en las reuniones y en las -fiestas. La vista de cada mujer á la cual se daba -el nombre de esposa, en el sentido más común y -más usado, le causaba una envidia, un pesar intolerable, -y á veces también la vista de otros personajes -le hacía parecer que al sentirse dar aquel -título debían hallarse en el colmo de la felicidad. -Otras veces la pompa de los palacios, la riqueza -de los muebles, el bullicio y el ruido alegre de las -fiestas, le comunicaban una embriaguez, un ardor -tal de vivir entre aquellos goces, que se prometía -el desdecirse, el sufrirlo todo, más bien que volver -á la muerta y fría sombra del claustro. Mas -todas estas resoluciones se desvanecían á la consideración -más tranquila de las dificultades, al sólo -fijar su vista en el semblante del príncipe. Otras -veces también la idea de tener que abandonar para -siempre aquellos placeres, la hacían más amarga -y penosa aquella prueba tan corta, del mismo -modo que el enfermo alterado mira con cólera y -casi rechaza con despecho la cucharada de agua<span class="pagenum" id="Page_274">[Pg 274]</span> -que el médico permite que le den á duras penas -á causa de las instancias de aquél. Entretanto, el -vicario de las monjas había dado la certificación -necesaria, y la licencia para verificar el capítulo -para la aceptación de Gertrudis había llegado. El -capítulo se verificó; concurrieron, como era de esperar, -las dos terceras partes de votos secretos que -se exigían por los reglamentos, y Gertrudis fué -aceptada. Ella misma, fatigada de aquel largo -martirio, pidió entrar lo más pronto que fuese posible -en el monasterio. Seguramente no había nadie -que quisiese refrenar tal impaciencia. Hízose -pues su voluntad, y conducida con gran pompa al -monasterio, tomó el hábito. Después de un año -de noviciado, lleno de recuerdos y de arrepentimiento, -llegó el momento de la profesión, es decir, -el momento en el cual era preciso ó pronunciar -un <em>no</em> más extraño, más inesperado, más escandaloso -que nunca, ó repetir un sí tantas veces dicho: -lo repitió, pues, y fué monja para siempre.</p> - -<p>Es uno de los privilegios de la religión cristiana, -el poder dar una dirección saludable y consolar al -que en cualquiera circunstancia y con cualquier -motivo recurre á ella. Si hay remedio lo indica, -lo suministra, da luz y vigor para ponerlo en práctica -á toda costa; si no lo hay, prescribe el modo -de hacerlo real y efectivo, como se dice proverbialmente, -hacer de la necesidad virtud. Enseña -á continuar con sabiduría lo que se ha emprendido<span class="pagenum" id="Page_275">[Pg 275]</span> -por ligereza; induce al alma á abrazar con propensión -lo que le ha sido impuesto á la fuerza; y -da á una elección que fué temeraria, pero que es -irrevocable, toda la santidad, toda la nobleza, toda -la alegría de la vocación. Éste es un camino -hecho de tal modo, que al salir de un laberinto ó -de un precipicio, el hombre que se le llama y se -le empeña, puede desde allí en adelante caminar -y seguir con seguridad y sin esfuerzo, y llegar -alegremente á un fin dichoso. Por este medio Gertrudis -hubiera podido ser una religiosa santa y -completa, de cualquier modo que hubiese llegado -á serlo. Pero la desgraciada se resistía en vano -bajo el yugo, y no hacía otra cosa que sentir más -fuertemente el peso y la opresión. Un recuerdo -eterno de la libertad perdida, el fastidio de su estado -presente, un fatigoso vagar detrás de deseos -que jamás podrían ser satisfechos; tales eran las -principales ocupaciones de su alma. Traía á la -memoria sin cesar aquel pasado tan amargo; repasaba -todas las circunstancias por las cuales se -encontraba allí, y deshacía mil veces inútilmente -con el pensamiento lo que había hecho con sus -obras; se acusaba de cobardía, á los demás de tiranía -y de perfidia; le remordía la conciencia. -Idolatraba y lloraba á la vez su belleza, deploraba -una juventud destinada á consumirse en un -lento martirio, y en ciertos momentos envidiaba -la suerte de cualquiera mujer, aunque fuese de la<span class="pagenum" id="Page_276">[Pg 276]</span> -más baja condición, del peor renombre, con tal -que ella pudiese gozar libremente en este mundo -de sus dones.</p> - -<p>La presencia de aquellas monjas que habían -contribuido á meterla allí, le era odiosa. Recordaba -los artificios y astucias que habían empleado, -y se vengaba haciéndoles mil groserías, desprecios, -y también manifiestos vituperios. Á ellas -les era preciso las más veces el no darse por entendidas -y callar; pues aunque ciertamente el príncipe -había querido tiranizar á su hija, tanto como -era necesario para obligarla á entrar en el claustro, -sin embargo, logrado ya su intento, no hubiera -sufrido con facilidad que otros pretendiesen -tener razón contra su misma sangre; la más pequeña -cosa que hubiesen hecho á su hija, podía -ser motivo de hacerlas perder aquella gran protección, -ó cambiarse quizás de protector en enemigo.</p> - -<p>Parece que Gertrudis hubiera debido experimentar -una cierta inclinación por las demás hermanas -que no habían tenido parte en aquellas intrigas, -y que sin haberla deseado por compañera -la querían como á tal; y piadosas siempre, ocupadas -y contentas, le mostraban con su ejemplo, -cómo aun allí dentro se podía no sólo vivir, sino -también disfrutar de alguna felicidad. Mas éstas -le eran odiosas por otro motivo. Aquel aire de -piedad y de contento, era á sus ojos como un reproche<span class="pagenum" id="Page_277">[Pg 277]</span> -de su inquietud y extravagante conducta, -y no dejaba escapar ocasión de tratarlas por detrás -de falsas, y de burlarse de ellas como de unas hipócritas. -Acaso les tendría menos aversión si hubiera -sabido ó adivinado, que las pocas bolas negras -que se encontraron en la urna donde se había -decidido su aceptación habían sido justamente -puestas por aquellas mismas.</p> - -<p>Á veces le parecía hallar algún consuelo al mandar, -al verse cortejada dentro del monasterio, al -recibir visitas de personas de fuera, al dar cima -á un negocio, al dispensar su protección, al oirse -llamar la <em>señora</em>: ¡pero qué consuelos! El corazón, -que sentía su insuficiencia, hubiera querido de -cuando en cuando reunir á ellos los consuelos de -la religión para crearse un doble apoyo; pero éstos -no vienen sino al que desprecia aquellos otros; -á la manera que el náufrago para asirse á la tabla -que puede conducirlo sano y salvo sobre la -playa, tiene, sin embargo, que abrir la mano, y -abandonar la alga á la que se había aferrado por -un furioso instinto.</p> - -<p>Poco después de la profesión, Gertrudis había -sido nombrada maestra de las educandas. ¡Calcúlese -cómo debían estar dichas jóvenes bajo tal -disciplina! Sus antiguas compañeras habían salido -ya todas; pero ella conservaba vivas todas las pasiones -de aquel tiempo; y de un modo ó de otro -las discípulas debían sentir el peso. Cuando le venía<span class="pagenum" id="Page_278">[Pg 278]</span> á -la imaginación que muchas de ellas estaban -destinadas á vivir en ese mundo del cual estaba -excluida para siempre, sentía contra aquellas infelices -un aborrecimiento, y casi un deseo de venganza; -las tenía bajo una dependencia absoluta, -las trataba con la mayor aspereza y las hacía expiar -anticipadamente los placeres que un día habían -de disfrutar. Al ver en ciertos momentos el -rigor que usaba para reprender la más pequeña -falta, se la hubiera tomado por una mujer de una -austeridad brutal y exagerada. Otras veces, el mismo -horror por el claustro, por la regla, por la -obediencia, estallaba en accesos de humor enteramente -opuestos. Entonces no sólo soportaba la -ruidosa algazara de sus discípulas, sino que también -las excitaba; mezclábase en sus juegos; contribuía -á hacerlos más desordenados aún; tomaba -parte en sus conversaciones para hacerlas ir más -allá de lo que ellas habían tenido intención de decir -al empezar. Si alguna se permitía hablar acerca -de la gazmoñería de la madre abadesa, la maestra -la imitaba diestramente, y hacía de ello una -escena cómica; remedaba el semblante de una religiosa, -el andar de otra; entonces reía como una -loca; pero era una risa que no la dejaba más alegre -que antes. Así había vivido algunos años, no -teniendo medios ni ocasión de hacer más, cuando -su desgracia quiso que se le presentase una coyuntura.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_279">[Pg 279]</span></p> - -<p>Entre los demás privilegios que le habían sido -concedidos, para compensarla de no poder ser -abadesa, era también el de tener una habitación -aparte. Aquel lado del monasterio estaba contiguo -á una casa, habitada por un joven, bandido -de profesión, uno de tantos que en aquella época, -con sus bribones, y con la alianza de otros bandidos, -se podían burlar hasta cierto punto de las -leyes y de la fuerza pública. Nuestro manuscrito -lo llama Egidio, sin añadir más. Éste, pues, por -una lumbrera que daba á un patiecillo de aquel -departamento, había visto algunas veces á Gertrudis -pasar y repasar por allí. Alentado más bien -que temeroso por el peligro é impiedad de la empresa, -un día osó dirigirle la palabra, y la desventurada -le contestó. En aquellos primeros momentos -experimentó un contento, no muy puro, -pero bastante vivo. En el vacío negligente de su -alma había venido á colocarse una ocupación fuerte, -continua, y casi podría decirse un poder de -vida enteramente nuevo; pero aquel contento se -asemejaba al brebaje restaurador que la crueldad -ignominiosa de los antiguos daba á beber al condenado -para darle fuerzas para soportar el martirio. -Entonces una grande novedad en toda su -conducta se notó al mismo tiempo: se hizo de -pronto más regular, más apacible; no dió ya libre -curso á sus arrebatos y á sus quejas; se mostró -más cariñosa y prevenida, tanto que las hermanas<span class="pagenum" id="Page_280">[Pg 280]</span> -se regocijaban á la vista de un cambio tan feliz. -Bien lejos estaban de imaginar el verdadero motivo -y de comprender que aquella nueva virtud -no era otra cosa que la hipocresía unida á sus antiguos -vicios. Sin embargo, aquella apariencia, -aquel exterior de barniz, no duró mucho tiempo, -á lo menos de una manera igual y sostenida: bien -pronto volvieron á presentarse los antiguos desdenes -y ordinarios caprichos; de nuevo se hicieron -oir sus imprecaciones y sus amargas burlas contra -la prisión del claustro, expresadas algunas veces -en un lenguaje insólito para aquel lugar y para -aquella boca. Con todo, cada vez que recapacitaba -sentía arrepentimiento, y tenía gran cuidado de -reparar su falta á fuerza de mimos y buenas palabras. -Las hermanas soportaban lo mejor que -podían aquellas alternativas, y lo atribuían al natural -ligero y fantástico de la <em>señora</em>.</p> - -<p>Por espacio de algún tiempo no parecía que -ninguna de ellas se apercibiese de nada; mas un -día que la <em>señora</em> se trabó de palabras con una -hermana lega, por no sé qué bagatelas, se dejó -llevar hasta maltratarla sin compasión ni medida. -La lega, después de haber sufrido y haberse mordido -los labios un poco, perdida finalmente la paciencia, -se le escapó el decir que ella sabía ciertas -cosas, y que á su vez podría hablar. Desde -aquel momento, la <em>señora</em> no tuvo reposo. Sin embargo, -no pasó mucho tiempo en que la lega fuese<span class="pagenum" id="Page_281">[Pg 281]</span> -esperada en vano una mañana para ir á prestar -sus acostumbrados oficios; van á buscarla á su -celda y no la encuentran; es llamada á gritos, no -responde; busca de allí, busca de allá, se registra -por todas partes, todo, de arriba abajo, no está -en ningún sitio. ¡Dios sabe las conjeturas que se -habrían hecho, si estando buscándola no hubiesen -descubierto un gran agujero en la pared del jardín, -lo cual hizo pensar á todos que por dicho sitio -había huido! Se hicieron grandes pesquisas -en Monza y sus alrededores, y principalmente en -Meda, de donde era natural la lega; se escribió á -varias partes, y no se tuvo la más pequeña noticia. -Quizá se hubiera adelantado más si en lugar de buscarla -tan lejos se hubiese cavado un poco la tierra. -Después de muchas señales de admiración, -porque nadie la hubiera creído capaz de semejante -cosa, después de mil y mil conversaciones, concluyó -por decirse que debía haberse ido lejos, -muy lejos; y como una de las hermanas había dicho -sin titubear: no hay la menor duda, se ha refugiado -en Holanda, se dijo de pronto, y en adelante -se tuvo por cierto en el convento, que aquélla -se había refugiado en Holanda. No parecía, -sin embargo, que la <em>señora</em> fuese de esta opinión; -no porque combatiese la opinión general con sus -razones particulares; si las tenía, á la verdad, no -las hubo jamás tan bien disimuladas; no había cosa -en el mundo de la cual se abstuviese más voluntariamente,<span class="pagenum" id="Page_282">[Pg 282]</span> -que la de traer á colación semejante -historia, y se cuidase menos de tocar al -fondo de aquel misterio; pero cuanto menos hablaba, -tanto más se hablaba de ello. ¡Cuántas veces -al día, la imagen de aquella mujer venía á -presentársele de súbito á su mente, y se fijaba en -ella sin querer moverse! ¡Cuántas veces hubiera -deseado verla delante de sí, viva y realmente, -más bien que haberla tenido fija en el pensamiento, -más bien que tener que encontrarse día y noche -en compañía de aquella forma vana, terrible, impasible! -¡Cuántas hubiera querido oir de veras su -voz, aunque la amenazase, más bien que el escuchar -cómo resonaba en el fondo de su alma el ruido -fantástico de aquella misma voz, y sus palabras -repetidas con una pertinacia, con una resistencia -infatigable, como no hubo jamás un ser viviente!</p> - -<p>Habíase pasado cerca de un año, después de -dicho suceso, cuando Lucía fué presentada á la -<em>señora</em>, y tuvo con ella la conversación, en la cual -ha parado nuestra historia. La <em>señora</em> multiplicaba -las preguntas, tocante á las persecuciones de -D. Rodrigo, y entraba en ciertos detalles con una -intrepidez, que parecía y debía parecer más que -nueva para Lucía, que nunca había imaginado -que la curiosidad de las monjas pudiese ejercitarse -en semejantes objetos, los juicios que aquélla -entremezclaba á sus preguntas, ó que dejaba traslucir, -no eran menos extraños. Parecía que casi<span class="pagenum" id="Page_283">[Pg 283]</span> -se reía del grande miedo que Lucía había tenido -siempre de aquel señor, y le preguntaba si era -acaso un monstruo para causarle tanto espanto; -parecía casi que hubiera encontrado torpe y necio -el genio esquivo de la joven, si no hubiese tenido -por motivo la preferencia dada á Renzo, y -sobre lo cual le dirigía ciertas preguntas, que llenaban -de estupor y ruborizaban á la interrogada. -Apercibiéndose luego de haber dejado correr su -lengua detrás de los aturdidos é irreflexibles arrebatos -de su cerebro, trató de componer y dar -el mejor colorido posible á sus palabras; mas no -pudo conseguir, el que á Lucía dejase de quedarle -un desagradable pasmo, y como cierto terror -confuso. Apenas pudo hallarse á solas, con su madre, -cuando le abrió su corazón; mas Inés, como -más experimentada, disipó en pocas palabras todas -aquellas dudas, y aclaró todo el misterio. “Es -preciso que no te sorprendas, le dijo; cuando conozcas -el mundo, como yo, verás que esto no son -cosas para sorprenderse. Los señores, quienes -más, quienes menos, los unos por una cosa, los -otros por otra, tienen todos una vena de locura. -Conviene dejarlos decir, sobre todo, cuando se -necesitan, hacer la vista gorda y escucharlos con -formalidad, lo mismo que si dijeran cosas muy justas. -¿Has visto cómo me ha cortado la palabra, lo -mismo que si hubiese dicho un despropósito? Á -la verdad que ningún caso he hecho. Ellos son -<span class="pagenum" id="Page_284">[Pg 284]</span> -todos así; y no obstante, Dios sea loado, pues parece -que esa <em>señora</em> te ha tomado mucho cariño y -quiere protegernos de veras. Por lo demás, si sales -del atolladero y te sucede alguna vez el tener -que hacer con los señores, tú verás”.</p> - -<p>El deseo de obligar al padre guardián, la complacencia -de protegerle, la idea del buen concepto -que se podría formar de una protección tan -piadosamente acordada, cierta inclinación á Lucía, -y también cierta satisfacción en hacer bien á -una criatura inocente, en socorrer y consolar á los -oprimidos, habían dispuesto realmente á la <em>señora</em> -á tomar á pechos la suerte de las dos pobres fugitivas. -Según sus órdenes, y según sus intenciones, -fueron alojadas en la habitación de la portera, -contigua al claustro, y tratadas como si estuviesen -empleadas al servicio del monasterio. La -madre y la hija se regocijaban juntas de haber -encontrado tan pronto un asilo seguro y reverenciado. -También habrían deseado permanecer ignoradas -de todo el mundo, mas en un monasterio -era cosa muy difícil; tanto más, cuanto que había -un hombre decidido á obtener noticias de una de -ellas, en cuyo ánimo, á la rabia de haber sido prevenido -y burlado, se unía la pasión que le animaba -anteriormente. Dejando nosotros á las mujeres -en su asilo, volvamos al palacio de aquél, en el -momento en que estaba aguardando el éxito de -su criminal empresa.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> Novicia.</p> - -</div> -</div> -</div> - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_285">[Pg 285]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOPRIMERO</h2> -</div> - - -<p>Á la manera que una jauría de sabuesos, después -de haber seguido en vano el rastro de una -liebre, vuelven mortificados al encuentro de su -dueño, con el rabo entre piernas y las orejas caídas, -del mismo modo, en aquella tumultuosa noche, -volvían los bravos al castillo de D. Rodrigo. -Éste se paseaba en la oscuridad, de un extremo á -otro de un vasto aposento deshabitado, situado -en el piso superior que daba sobre la explanada. -De cuando en cuando se paraba, poníase á escuchar, -miraba al través de las rendijas de los postigos -entreabiertos, lleno de impaciencia y no sin -inquietud, no sólo por la incertidumbre del buen -éxito, sino también por las consecuencias posibles, -porque era la mayor y la más atrevida de las empresas -á las cuales este hombre intrépido había<span class="pagenum" id="Page_286">[Pg 286]</span> -puesto mano. Sin embargo, se iba tranquilizando -con la idea de las precauciones tomadas para destruir -todos los indicios y las sospechas. En cuanto -á las sospechas, pensaba, me río de ellas. Quisiera -saber quién será el guapo que venga á asegurarse -de que aquí hay ó no una muchacha. Que -venga, que venga el imbécil; le prometo que será -bien recibido. Que venga el fraile, que venga. ¿La -vieja? que vaya á Bérgamo la vieja. ¿La justicia? -¡bah con la justicia! El podestá no es un niño ni -un loco. ¿Y Milán? ¿Quién se cuida de estas gentes -en Milán? ¿Quién les prestaría oídos? ¿Quién -sabe que están aquí? Son como gentes perdidas -sobre la tierra, ni aun siquiera tienen un dueño; -esas gentes no pertenecen á nadie. Vamos, vamos, -fuera miedo. ¡Cómo se quedará mañana Attilio! -Verá, verá si yo sé charlar ú obrar. Y luego... -si sobreviniese algún embarazo... qué -sé yo, algún enemigo que quisiese escoger esta -ocasión... Attilio también sabrá aconsejarme; -en ello está empeñado el honor de toda la parentela. -Mas el pensamiento en el cual se detenía -más porque en él encontraba al mismo tiempo una -tranquilidad para sus dudas y un pasto para su -principal pasión, era el pensamiento de las lisonjas, -de las promesas que emplearía para adormecer -á Lucía. Tendrá tanto miedo de hallarse aquí -sola en medio de estas gentes, de estas fachas -(que á la verdad, la cara más humana que hay<span class="pagenum" id="Page_287">[Pg 287]</span> -aquí soy yo), ¡por Baco!... Se verá obligada á -recurrir á mí, le tocará suplicar, y si me suplica...</p> - -<p>Mientras que hacía estas cuentas, oyó un ruido -de pasos; fué á la ventana, la abrió un poco, sacó -la cabeza; son ellos. ¿Y la litera? ¡Diablo! ¿Dónde -está la litera? Tres, cinco, ocho, todos están; el -<em>Griso</em> también. ¡La litera no está! ¡Diablo, diablo! -El <em>Griso</em> me rendirá la cuenta de todo.</p> - -<p>Entrados que fueron, el <em>Griso</em> depositó en un -rincón de una sala baja su bordón, su gran sombrero -y su hábito de peregrino; y como tenía una -responsabilidad que en aquel momento nadie le -envidiaba, subió para hacer su relación á D. Rodrigo. -Éste lo esperaba en lo alto de la escalera, -y viéndole aparecer con aquel aire imbécil y negado -de un bribón engañado, “¿y bien, le dijo, ó -más bien le gritó, señor guapo, señor capitán, señor -<em>dejarme hacer</em>?”.</p> - -<p>—Es muy duro, repuso el <em>Griso</em>, que permanecía -con un pie sobre el primer escalón, es muy -duro recibir reproches después de haber trabajado -fielmente, tratado de cumplir con su deber y -arriesgado al propio tiempo su pellejo.</p> - -<p>—¿Cómo ha ido eso? Veremos, dijo D. Rodrigo; -y se encaminó hacia su cámara, adonde le siguió -el <em>Griso</em>, é hizo súbitamente la relación de -todo lo que había dispuesto, hecho, visto y no -visto, oído, temido, reparado; haciéndolo con<span class="pagenum" id="Page_288">[Pg 288]</span> -aquel orden y con aquella confusión, con aquella -inexactitud que debían á la fuerza reinar aunadamente -en su imaginación.</p> - -<p>—Tú no has sido traidor; te has conducido -bien, dijo D. Rodrigo; has hecho lo que has podido; -mas... bajo este techo se cobija algún espía. -Si efectivamente es así, si llego por casualidad -á descubrirlo, y lo descubriré si lo hay, yo te -aseguro, <em>Griso</em>, que lo guardo para un día de -fiesta.</p> - -<p>—Semejante sospecha, señor, también me ha -pasado por la cabeza; y si fuese verdad, si se llegase -á descubrir un bribón de esa especie, el señor -amo lo debe poner en mis manos. ¡Un pillo -que se habrá gozado en hacerme pasar una noche -semejante! Me pertenece hacérsela pagar. Sin embargo, -por varias cosas he podido deducir, que -aquí debe haber alguna otra intriga que por ahora -no se puede comprender. Mañana, señor, mañana -se verá más claro.</p> - -<p>—¿Á lo menos no habréis sido reconocidos?</p> - -<p>El <em>Griso</em> respondió que esperaba que no; y la -conclusión de este discurso fué que D. Rodrigo -le ordenó para el día siguiente tres cosas que -aquél hubiera sabido pensar por sí solo, á saber: -expedir muy de mañana dos hombres para hacer -al cónsul una cierta intimación, que fué hecha -después, según ya hemos visto; otros dos fueron -enviados á rondar por los alrededores del caserón<span class="pagenum" id="Page_289">[Pg 289]</span> -arruinado, con el objeto de alejar á todos los ociosos -que se dirigiesen hacia aquel punto; y sustraer -la litera á todas las miradas hasta la noche siguiente, -en la cual se mandaría á buscarla, porque -por el momento no convenía moverse más -para no dar sospechas. Después ordenó que fuesen -á descubrir terreno, y que enviase algunos de -los más desenvueltos y diestros con el fin de indagar -algo acerca del desorden de aquella noche. -Luego de haber dado dichas órdenes, D. Rodrigo -se fué á descansar, y dejó también ir al <em>Griso</em>, al -cual despidió colmándole de alabanzas, en las que -se traslucía evidentemente el deseo de resarcirle -de los improperios precipitados con los cuales le -había acogido.</p> - -<p>—Vete á dormir, pobre <em>Griso</em>, pues debes tener -ya necesidad de ello. ¡Pobre <em>Griso</em>! ¡Todo el -día de negocios, negocios en medio de la noche, -sin contar el peligro de caer en poder de los villanos -ó de atraerse una buena recompensa <em>por el -rapto de una mujer honesta</em>, añadido todo esto á -las que tú tienes ya encima, y después ser recibido -de aquel modo! Mas ¡ah! ¡así pagan los hombres -con frecuencia los buenos servicios! Tú has -debido convencerte, sin embargo, en esta ocasión, -que alguna vez la justicia, si no viene antes, viene -después en este mundo. Ahora vete á dormir; -día vendrá en que quizá tendrás que darme otra -prueba de tu adhesión mucho mayor que ésta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_290">[Pg 290]</span></p> - -<p>Á la mañana siguiente, el <em>Griso</em> estaba ya de -nuevo ocupado en sus negocios, cuando D. Rodrigo -se levantó. Éste buscó en seguida al conde -Attilio, el cual, viéndole aparecer, tomó un aire -y un tono de chanza, y le gritó: ¡S. Martín!</p> - -<p>—No sé qué deciros, repuso D. Rodrigo aproximándose -á él; pagaré la apuesta; pero esto no es -lo que más me aflige: no he querido deciros nada, -porque lo confieso, trataba de daros esta mañana -una pequeña sorpresa. Mas... basta; ahora -os lo contaré todo.</p> - -<p>—Sin duda el fraile ha echado la zancadilla en -este negocio, dijo el primo, después de haberlo -escuchado todo con más formalidad que no podía -esperarse de un cerebro tan ligero como el suyo. -Ese fraile, prosiguió, con su facha de mosca muerta -y su lenguaje mesurado, lo tengo por un bribón -y por un hipócrita. Vos no os habéis querido -fiar de mí; no habéis querido decirme claramente -lo que había venido á buscar el otro día. D. Rodrigo -refirió el diálogo. ¿Y tuvisteis tanta cachaza? -exclamó el conde Attilio; ¿y lo dejasteis ir según -había venido?</p> - -<p>—¿Queríais que me hubiese atraído el aborrecimiento -de todos los capuchinos de Italia?</p> - -<p>—Yo no sé, dijo el conde Attilio, si en aquel -instante me habría acordado que hubiese en el -mundo otros capuchinos que ese temerario bribón. -Pero siguiendo las reglas más estrictas de la<span class="pagenum" id="Page_291">[Pg 291]</span> -prudencia, nunca faltan medios de tomar satisfacción, -aunque sea de un capuchino. Es preciso saber -redoblar las miradas por todo el cuerpo, y -entonces se puede impunemente dar una pequeña -paliza á un miembro. Basta: ha escapado á un -castigo que merecía mucho; pero yo lo tomo bajo -mi protección, y quiero tener el consuelo de -enseñarle de qué modo se trata á la gente como -nosotros.</p> - -<p>—No lo echéis á perder más.</p> - -<p>—Fiaos una vez siquiera en mí; yo os serviré -de pariente y de amigo.</p> - -<p>—¿Qué es lo que pensáis hacer?</p> - -<p>—No lo sé aún; mas os aseguro que serviré al -fraile. Lo pensaré, y... el señor conde mi tío, -del consejo secreto, es el que podrá servirme. ¡Mi -querido señor conde y tío! ¡Cuánto me divierto -en hacer trabajar en mi favor á un politicón de -ese calibre! Pasado mañana estaré en Milán, y de -un modo ú otro el fraile será servido...</p> - -<p>Entretanto trajeron el desayuno, lo cual no interrumpió -la conversación sobre un negocio de aquella -importancia. El conde Attilio hablaba con desenvoltura; -y si bien tomaba aquella parte que requería -su amistad para con el primo, y el honor -del nombre común, según las ideas que tenía de -amistad y de honor, sin embargo, de cuando en -cuando no podía menos de echarse á reir por lo -bajo de aquella malograda empresa. Pero D. Rodrigo<span class="pagenum" id="Page_292">[Pg 292]</span> -que discutía en causa propia, y que creyendo -dar tranquilamente un golpe, le había salido -fallido con estrépito, estaba agitado por pasiones -más graves, y distraído por ideas más inquietas. -¡Cuánto charlarán, decía, esos bribones en todos -los alrededores! ¿pero qué me importa? Tocante -á la justicia, me río de ella; pruebas no hay ninguna, -y aun cuando las hubiera, me reiría igualmente; -á buena cuenta, esta mañana he hecho advertir -al cónsul que se guardase bien de hacer -declaración alguna acerca de lo sucedido. Nada -malo me puede resultar; pero las habladurías, -cuando duran mucho, me fastidian. ¡Hasta el -presente, bien amargamente he sido burlado!</p> - -<p>—Habéis hecho perfectamente, repuso el conde -Attilio. Vuestro podestá... vuestro ignorante, -vuestro testarudo, vuestro muy fastidioso podestá... -es, sin embargo, un hombre honrado; -un hombre que sabe su deber, y precisamente -cuando se tiene algún negocio con semejantes personas, -es necesario evitarles compromisos. Si ese -imbécil de cónsul hace una declaración cualquiera, -el podestá, aunque tenga buenas intenciones, -se verá obligado, sin embargo, á...</p> - -<p>—Mas vos, interrumpió D. Rodrigo un tanto -colérico, vos echáis á perder mi asunto con vuestro -afán de contradecirle en todo, de cortarle la -palabra, y aun de chancearos en ocasiones dadas. -¡Qué diablo! ¿pues qué, un podestá no podrá ser<span class="pagenum" id="Page_293">[Pg 293]</span> -un tonto y obstinado aun cuando en lo demás sea -un buen hombre?</p> - -<p>—¿Sabéis, primo mío, dijo mirándole sorprendido -el conde Attilio, sabéis que empiezo á creer -que tenéis un poco de miedo? Tomáis tan á pechos -aun las cosas del podestá...</p> - -<p>—Vaya, vaya, ¿no habéis dicho vos mismo que -era preciso tener cuidado?...</p> - -<p>—Lo he dicho, y cuando se trata de un negocio -formal, os haré ver que no soy un niño. ¿Sabéis -lo que soy capaz de hacer por vos? Soy hombre -de ir en persona á hacer una visita al señor -podestá. ¡Ah! ¡Qué contento se pondrá con semejante -honor! Soy hombre de dejarlo hablar por -espacio de media hora del conde-duque y de nuestro -señor castellano español, y de darle la razón -en todo, aun cuando no diga más que tonterías. -Diré después algunas palabritas sobre el conde mi -tío, del consejo secreto: ¿y sabéis el efecto que -producirán dichas palabras en los oídos del señor -podestá? Al fin de la jornada él tiene más necesidad -de nuestra protección, que vos de su condescendencia. -Iré, lo haré todo á pedir de boca, y lo -dejaré mejor dispuesto que nunca.</p> - -<p>Después de estas y otras palabras semejantes, -el conde Attilio salió para ir á caza, y D. Rodrigo -quedó esperando con ansiedad la vuelta del -<em>Griso</em>. Éste vino al fin á la hora de comer, para -hacer la relación de todo lo que había ocurrido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_294">[Pg 294]</span></p> - -<p>El desorden de la pasada noche había sido tan -ruidoso, la desaparición de tres personas del lugarcillo -era un suceso tan grande, que las pesquisas, -ya fuese por interés, ya por curiosidad, debían -naturalmente ser numerosas, vivas y obstinadas; -por otra parte, había mucha gente demasiado instruida -de algunas particularidades, para que se -pudiesen poner de acuerdo para callar. Perpetua -no podía dejarse ver en el umbral de su puerta, -que no se viese asaltada, ya por uno, ya por otro, -para que dijese quién había causado aquel gran -miedo á su amo; y Perpetua recapacitando en todas -las circunstancias del suceso, y viendo finalmente -de qué modo había sido burlada por Inés, -sentía una cólera tal por aquella perfidia, que tenía -necesidad al propio tiempo de desfogarse un -poco. Aunque se lamentase con el tercero y con -el cuarto, sobre los medios que habían tenido de -burlarse de ella, no respiraba acerca de este punto; -mas el tiro hecho á su pobre amo no podía pasarlo -enteramente en silencio; y sobre todo, que -semejante tiro hubiese sido concertado y puesto -por obra por aquel honrado joven, por aquella -buena viuda, y por aquella inocente virgen. D. -Abundio podía muy bien ordenarle resueltamente -y rogarle con cordialidad que se callara; ella -podía también repetirle que no había necesidad -de recomendarle una cosa tan clara y tan natural; -es verdad que tan gran secreto estaba en el corazón<span class="pagenum" id="Page_295">[Pg 295]</span> -de la pobre mujer como está en un tonel -viejo falto de cercos un vino enteramente nuevo -que se acaba de echar, que trabaja, fermenta, -hierve de nuevo, y si no echa la tapa por el aire, -gime allí dentro y sale la espuma, se escapa al -través de las duelas, y gotea por todas partes, -hasta que se puede beber y decir en su día qué -vino es. Gervasio, que creía soñar al verse una -vez mejor informado que los demás, á quien no -parecía pequeña gloria el haber tenido un gran -miedo, y que por haber contribuido á una cosa -que picaba en criminal, creía ser ya un hombre -como los demás, reventaba de deseos por vanagloriarse -de ello. Y aunque Tonio, que pensaba -seriamente en las pesquisas y procesos posibles y -en la cuenta que sería preciso rendir, le previniese -con el puño en la nariz, sin embargo, no fué -dueño para ahogar en su boca todas las palabras. -Por lo demás, Tonio mismo, después de haber estado -ausente de su casa aquella noche hasta hora -muy avanzada, volviéndose á ella con paso y semblante -no acostumbrado, con una agitación de espíritu -que lo disponía á la sinceridad, no pudo -callar el hecho á su mujer, la cual no era muda. -El que habló menos fué Menico, porque así que -hubo contado á sus padres la historia y el motivo -de su expedición, que éstos se alarmaron tanto al -ver que su hijo se había mezclado en cooperar á -una empresa en que jugaba D. Rodrigo, que casi<span class="pagenum" id="Page_296">[Pg 296]</span> -no le dejaron concluir su narración. Después le -dieron las más fuertes y amenazadoras órdenes, -previniéndole que se guardase bien de decir nada; -y á la mañana siguiente, no pareciéndoles que -estaban suficientemente seguros, resolvieron tenerlo -encerrado en casa por todo el día y aun por -algunos más. ¡Pero qué! ellos mismos después, -charlando con las gentes del país, y sin querer -manifestar que sabían más que ellos, cuando llegaban -á aquel punto oscuro de la fuga de nuestros -tres infortunados, y al cómo, y al por qué, -y adónde, añadían como cosa muy cierta que se -habían refugiado en Pescarenico.</p> - -<p>Así esta circunstancia entró en las conversaciones -generales. Con todos estos propósitos, verdaderos -ó falsos, puestos en seguida juntos y unidos -según se acostumbra, y con los adornos que -se les aplica naturalmente cuando se forjan, se -podía hacer una historia de una certeza y de una -claridad tal, que el juicio más crítico debía estar -satisfecho. Mas aquella invasión de los bravos, -accidente demasiado grave y demasiado ruidoso -para ser pasado por alto, y del cual nadie tenía -un conocimiento muy positivo; dicho accidente, -pues, era el que hacía, sobre todo, la historia más -oscura y embrollada. Se murmuraba el nombre de -D. Rodrigo: en esto todos estaban de acuerdo; en -lo demás no se veía otra cosa que conjeturas diversas -y profunda oscuridad. Se hablaba mucho<span class="pagenum" id="Page_297">[Pg 297]</span> -de dos guapetones que habían sido vistos en la -calle al anochecer, y del que estaba á la puerta -de la hostería. ¿Pero qué luz podía sacarse de este -hecho tan aislado? Se preguntaba al huésped -quién había estado en su casa la noche anterior; -pero éste no se acordaba, sin embargo, de haber -visto á nadie en dicha noche, y concluía siempre -diciendo, que su hostería era como un puerto de -mar. Sobre todo, lo que confundía las imaginaciones -y desordenaba las conjeturas, era aquel peregrino -visto por Stéfano y por Carlandrea; aquel -peregrino que los malvados querían asesinar y -que había partido con ellos, y que también se habían -llevado. ¿Qué había ido á hacer allí? ¡Era un -alma del purgatorio aparecida para ayudar á las -mujeres; era un alma condenada de un malvado é -impostor peregrino, que venía siempre de noche -á unirse para hacer fechorías con aquellos mismos -con los que las había hecho viviendo; era un peregrino -real y vivo, que aquéllos habían querido -asesinar por miedo de que gritase y alborotase el -pueblo; era (mirad lo que fueron á pensar) uno de -los mismos malandrines disfrazado de peregrino! -Era esto, era aquello, era tantas cosas, que toda -la sagacidad y experiencia del <em>Griso</em> no hubiera -bastado á descubrir, si éste hubiese tenido que saber -esta parte de la historia por las conjeturas de -los demás; pero ya sabe el lector, que lo que para -otros era una confusión, estaba para él muy<span class="pagenum" id="Page_298">[Pg 298]</span> -claro. Sirviéndose de la clave para interpretar las -otras noticias recogidas inmediatamente por sí, ó -por medio de subordinados exploradores, pudo, -entre todo, hacer una relación bastante clara á D. -Rodrigo. Encerróse al momento con él, le informó -del golpe intentado por los novios, lo cual explicaba -naturalmente haber hallado la casa vacía -y el tocar á rebato, sin que hubiese necesidad de -suponer que en el palacio hubiese habido algún -traidor (según decían aquellos dos hombres de -bien). Le participó la fuga, y la razón de esto era -fácil de encontrar; el temor de los prometidos cogidos -en falta, ó algún aviso de la invasión, recibido -cuando ésta había sido descubierta, y todo -el pueblo puesto en movimiento. Finalmente, dijo, -que aquéllos se habían refugiado en Pescarenico; -desde esto en adelante no alcanzaba más su -ciencia. Complació á D. Rodrigo el estar cierto -que nadie le había hecho traición, y ver también -que no quedaban huellas de lo que había hecho; -mas esto no fué más que una débil y rápida complacencia. -“¡Han huido juntos, gritó!, ¡juntos! ¡y -ese fraile malvado!, ¡ese fraile!”... Las palabras -salían con trabajo de su garganta; rechinaba los -dientes; su aspecto era feroz como sus pasiones. -“¡Ese fraile me la pagará, <em>Griso</em>, ó yo no sería quien -soy!... ¡Quiero saber... yo quiero encontrar... -esta tarde misma quiero saber en dónde están; no -descansaré hasta entonces: á Pescarenico, pronto;<span class="pagenum" id="Page_299">[Pg 299]</span> -á saber, á ver, á encontrar... cuatro escudos al -momento, y mi protección para siempre: esta -noche lo quiero saber! ¡Y ese bribón!... ¡ese -fraile!”...</p> - -<p>He aquí ya al <em>Griso</em> de nuevo en campaña; y -aquella misma tarde pudo llevar á su digno amo -la tan deseada noticia: vamos á ver de qué -modo.</p> - -<p>Uno de los más grandes consuelos de esta vida -es la amistad; y uno de los consuelos de la -amistad es el tener á quien confiar un secreto. -Ahora, los amigos no se encuentran de dos en dos -como esposos; nadie, generalmente hablando, tiene -más de uno, lo cual forma una cadena, que -ninguno podría hallar el fin. Cuando, pues, un -amigo se procura la dicha de depositar un secreto -en el seno de otro, da á éste el consuelo de -procurarse la misma dicha que él. Le suplica, es -verdad, que no diga nada; y tal condición, el que -la tomase en el sentido rigoroso de la palabra, -cortaría inmediatamente el curso de los consuelos. -Mas la práctica ha querido que se obligase -únicamente á no confiar el secreto más que á un -amigo igualmente seguro, imponiendo á éste la -misma condición. Así de amigo fiel en amigo fiel, -el secreto gira por esa inmensa cadena, hasta tanto -que llega á oídos de éstos ó de aquéllos, á quienes -el primero que ha hablado, no hubiera querido -que hubiese llegado nunca. Sin embargo, tendría<span class="pagenum" id="Page_300">[Pg 300]</span> -ordinariamente que hacer un gran pedazo de -camino si cada uno no tuviese más que dos amigos, -aquel á quien se lo confía y al que se lo repite, -bajo la condición de que se lo callará. Pero -hay de esos hombres privilegiados que lo cuentan -á un centenar; y cuando el secreto llega hasta uno -de dichos hombres, las vueltas se hacen tan rápidas -y tan multiplicadas, que no es posible seguir -sus huellas.</p> - -<p>Nuestro autor no ha podido acertar por cuántas -bocas había pasado el secreto que el <em>Griso</em> tenía -orden de descubrir; lo que hay de cierto es, -que el buen hombre por el cual habían sido escoltadas -las mujeres hasta Monza, al volver al -anochecer á Pescarenico con su batel, se paró antes -de llegar á su casa en la de un amigo fiel, al -cual contó en confianza la obra buena que había -hecho, y lo que de esto se siguió; y lo que también -hay de cierto es que el <em>Griso</em> pudo dos horas -después correr al palacio á referir á D. Rodrigo -que Lucía y su madre se habían refugiado -en un convento de Monza, y que Renzo había seguido -su camino hacia Milán.</p> - -<p>D. Rodrigo experimentó una criminal alegría al -saber aquella separación, y sintió renacer en el -fondo del corazón la malvada esperanza de lograr -su intento. Pensó en el modo gran parte de la noche, -y se levantó temprano con dos objetos: el -uno en proyecto, el otro bosquejado. El primero<span class="pagenum" id="Page_301">[Pg 301]</span> -era expedir con la mayor prontitud al <em>Griso</em> á -Monza, para tener noticias más evidentes de Lucía, -y saber si había medio de intentar algo. Hizo, -pues, llamar inmediatamente á su fiel servidor, -púsole en la mano los cuatro escudos, le alabó -de nuevo la habilidad con la cual los había -ganado, y le dió la orden que había premeditado.</p> - -<p>—Señor... dijo titubeando el <em>Griso</em>.</p> - -<p>—¿Qué? ¿No he hablado claro?</p> - -<p>—Si pudieseis mandar á algún otro...</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Ilustrísimo señor, estoy dispuesto á arriesgar -el pellejo por mi señor, éste es mi deber; mas -también sé que no quiere aventurar la vida de -sus súbditos.</p> - -<p>—¿Y bien?</p> - -<p>—Vuestra señoría ilustrísima sabe bien las sentencias -que tengo sobre mi cuerpo, y... aquí -estoy bajo su protección; formamos una compañía; -el señor podestá es amigo de la casa; los esbirros -me respetan, y yo también... es cosa que -hace poco honor, convengo en ello; mas para vivir -tranquilo... los trato como amigos. En Milán -la librea de vuestra señoría es conocida; pero -en Monza, al contrario, yo soy el conocido. ¿Vuestra -señoría sabe (no es por gana de decirlo) que -aquel que pudiese ponerme en manos de la justicia -ó presentar mi cabeza, daría un buen golpe?<span class="pagenum" id="Page_302">[Pg 302]</span> -Cien escudos uno sobre otro, y la facultad de librar -dos penados.</p> - -<p>—¡Qué diablo!, dijo D. Rodrigo; te pareces ahora -á un perro de corral, que apenas tiene valor de -tirarse á las piernas del que pasa junto á la puerta, -mirando tras de sí para ver si las gentes de la -casa están dispuestas á sostenerle.</p> - -<p>—Creo, señor amo, haber dado pruebas...</p> - -<p>—¡Pues, y entonces!</p> - -<p>—Entonces, replicó francamente <em>Griso</em>, hágase -vuestra señoría la cuenta que no he dicho nada: -corazón de león, piernas de liebre; estoy pronto á -partir.</p> - -<p>—No he dicho que vayas tú sólo; escoge un par -de los mejores... Sfregiato y Tira-Dritto, y ve -sin miedo, y sé siempre el <em>Griso</em>. ¡Qué diablo!, -¿quién quieres tú no esté contento de dejar pasar -tres figuras como las vuestras, y que van á sus -negocios? Sería preciso que los esbirros de Monza -estuviesen mal con su vida para arriesgarla -por cien escudos á un juego tan peligroso. Y después, -no creo ser tan poco conocido en aquel paraje -que no se cuente por nada la cualidad de ser -servidor mío.</p> - -<p>Habiendo así picado el pundonor del <em>Griso</em>, le -dió en seguida más amplias y detalladas instrucciones. -El <em>Griso</em> tomó sus dos compañeros, y partió -con ademán alegre y decidido, pero maldiciendo -en su interior á Monza, las sentencias, las mujeres,<span class="pagenum" id="Page_303">[Pg 303]</span> -y los caprichos del amo. Caminaba como un -lobo que, acosado por el hambre, con el vientre -vacío y con las costillas que se le hubieran podido -contar, baja de sus montañas en donde no hay -más que nieve, avanza con precaución hacia la -llanura, se para de cuando en cuando con una mano -levantada y meneando su rozada cola, para -ver si el viento le lleva olor de hombre ó de hierro; -endereza sus finas orejas, y hace rodar dos -sangrientos ojos, en los cuales se traslucen á la -vez el ardor de la presa y el miedo de la caza<a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>. -Por lo demás, el que quiera saber el origen de -este magnífico verso, diré que está sacado de una -diablura inédita sobre las cruzadas y los lombardos, -que pronto no será ya inédita y hará un terrible -ruido, habiéndolo tomado porque venía á -propósito, y digo de dónde, para que no se me -acuse que quiero vestirme con ropas ajenas; que -nadie piense, sin embargo, que esto sea una -astucia mía para anunciar que el autor de dicha -diablura y yo seamos lo mismo que hermanos, -y que hurgo á mi placer en todos sus manuscritos.</p> - -<p>Otra cosa que meditaba D. Rodrigo era, encontrar<span class="pagenum" id="Page_304">[Pg 304]</span> -el modo de que Renzo no pudiese volver más -con Lucía, ni poner el pie en el pueblo, con cuyo -fin maquinaba el hacer esparcir voces de amenazas -y de asechanzas, que llegando á sus oídos por -medio de algún amigo, le hiciesen pasar los deseos -de volver. Creía, sin embargo, que lo -más seguro sería buscar un medio para que lo -desterrasen del Estado, y para lograr esto veía -que más que la fuerza podía servirle la justicia. -Se podía, por ejemplo, presentar bajo negros colores, -la tentativa que había hecho en la casa parroquial, -pintarla como una agresión, como un acto -sedicioso, y con ayuda del doctor, hacer entender -al podestá que éste era un caso grave para -expedir contra Renzo un magnífico auto de prisión; -pero calculó que no era conveniente á un -personaje como él remover aquel feo negocio; y -sin querer por más tiempo romperse la cabeza, -resolvió franquearse con el doctor <em>Azzecca-Garbugli</em>, -lo suficiente para hacerle comprender su -deseo. ¡Hay tantas ordenanzas! pensaba, y el doctor -no es un ganso: él encontrará alguna cosa que -me haga al caso, alguna camorra que buscar á ese -villano, pues de otro modo le mudo el nombre. -¡Mas ved, sin embargo, cómo van algunas veces -las cosas de este mundo! Mientras que él piensa -en el doctor, como en el hombre más hábil que -pudiese servirle en el negocio, otro hombre, el -hombre que nadie podría imaginarse, Renzo mismo,<span class="pagenum" id="Page_305">[Pg 305]</span> -para decirlo de una vez, trabajaba de todo -corazón en ayudarle de un modo mucho más seguro -y expedito que todos los que el doctor hubiera -podido jamás encontrar.</p> - -<p>He visto muchas veces un amable niño, listo, á -decir verdad, pero que en todo lo que él hace -manifiesta llegar á ser un hombre cumplido; lo he -visto, repito, con frecuencia, ocupado al anochecer -en hacer entrar en el corral su manada de conejillos -de Indias que había dejado correr libremente -por el día en un huertecillo. Hubiera querido -hacerlos entrar á todos á un mismo tiempo; -pero era en vano; el uno se escapaba á la derecha, -y mientras el pastorcillo corría con el objeto -de reunirlo á la manada, el otro, dos, tres, se escapaban -á la izquierda y por todas partes, de modo -que después de haberse impacientado un poco, -se adaptaba á sus maneras, arrojaba hacia -dentro primeramente á los que estaban más cercanos -á la puerta, luego iba á buscar á los demás, -y los iba metiendo de uno á uno, de dos en dos, -de tres en tres; en fin, según podía. Es indispensable -que nosotros hagamos con nuestros personajes -un juego semejante: refugiada Lucía, hemos -corrido al palacio de D. Rodrigo, y ahora debemos -abandonarla para ir detrás de Renzo, á quien -habíamos perdido de vista.</p> - -<p>Después de la dolorosa separación que hemos -referido, caminaba Renzo desde Monza con dirección<span class="pagenum" id="Page_306">[Pg 306]</span> -á Milán, en una situación de espíritu que -cualquiera podrá imaginar fácilmente. ¡Abandonar -su casa, perder el oficio, y lo que era peor de -todo, alejarse de Lucía, hallarse en un camino sin -saber adónde iría á parar, y todo por causa de -aquel bribón! Cuando se entretenía su pensamiento -sobre cualquiera de estas cosas, se apoderaba -de él la rabia y el deseo de la venganza; mas luego -recordaba aquella súplica que había hecho en -compañía de su buen fraile en la iglesia de Pescarenico, -y se enmendaba. Algunos instantes después -volvía á enfurecerse; mas al ver una imagen -pintada en la pared, se quitaba el sombrero, y se -paraba al momento á rogar de nuevo, si bien que -en su viaje mató en su interior á D. Rodrigo, y -lo resucitó á lo menos veinte veces. El camino, -trazado entre dos elevadas márgenes, era cenagoso, -pedregoso, surcado de profundos carriles, los -cuales después de haber llovido, se convertían en -arroyos, y en ciertos parajes más bajos, se inundaba -todo, de tal modo, que se hubiera podido ir -embarcado. Á algunos pasos, un pequeño y escarpado -sendero formando escalones, indicaba que -otros viajeros se habían abierto camino á través -de los campos. Habiendo subido Renzo por una -de aquellas sendas provisionales sobre un terreno -más elevado, vió delante de sí la inmensa mole -de la catedral aislada sobre la llanura, como si -saliese del desierto y no del seno de una ciudad;<span class="pagenum" id="Page_307">[Pg 307]</span> -olvidó por un momento todas sus aflicciones, y se -paró á contemplar, aunque de lejos, aquella octava -maravilla, de la cual tanto había oído hablar -en su infancia. Después de algunos momentos, -volviendo atrás la vista, vió en el horizonte aquel -gran conjunto de desiguales cimas; divisó claramente -entre ellas á su tan elevado <em>Resegon</em>: sintió -revolverse toda su sangre, y se detuvo algún tiempo -mirando tristemente aquellos sitios, después -de lo cual continuó su camino todavía más afligido. -Poco á poco empezó á descubrir los campanarios, -las torres, las cúpulas y los tejados: bajó -entonces de nuevo al camino, anduvo aún algún -tiempo, y cuando conoció que estaba cerca de la -ciudad, se acercó á un viajero, é inclinándose con -toda la política de que era capaz, le dijo: Buenos -días, caballero.</p> - -<p>—¿Qué queréis, buen joven?</p> - -<p>—¿Podríais enseñarme el camino más corto para -ir al convento de capuchinos en donde está el -padre Buenaventura?</p> - -<p>El hombre á quien Renzo se dirigía era un rico -vecino de las cercanías, que habiendo ido aquella -mañana á Milán á sus negocios, se volvía sin -haber hecho nada, con la mayor precipitación, no -viendo la hora de llegar á su casa, no habiendo -echado seguramente de menos semejante detención. -Con todo esto, sin dar señales de impaciencia, -contestó con mucha dulzura: hijo mío, -conventos<span class="pagenum" id="Page_308">[Pg 308]</span> hay más de uno; sería preciso que me supieseis -decir con más claridad cuál es el que -buscáis. Renzo sacó de su pecho la carta del padre -Cristóbal y se la enseñó á aquel caballero, el -que habiendo leído <em>Puerta Oriental</em>, se la devolvió -diciendo: “Sois afortunado, mi buen joven; el -convento que buscáis está muy cerca de aquí: tomad -por esta pequeña senda á la derecha; éste es -un atajo, en pocos minutos llegaréis á una esquina -de un edificio largo y bajo, es el Lazareto; dad -la vuelta al foso que lo rodea, y llegaréis á la -Puerta Oriental: entrad, y al cabo de unos cuatrocientos -pasos, veréis una plazuela adornada de -bellos olmos; allí está el convento; no os podéis -equivocar. Dios os guarde, joven mancebo”. Y -acompañando estas últimas palabras con un gracioso -gesto, partió. Renzo quedó estupefacto y -edificado de la cortesía que tenían los ciudadanos -con la gente del campo. No sabía que aquél era -un día extraordinario, un día en que las capas se -inclinaban ante los jubones.</p> - -<p>Siguió el camino que le había sido indicado, y -se encontró en la Puerta Oriental. Sin embargo, -no es preciso que á este nombre el lector deje ir -su fantasía á las imágenes que hoy día están asociadas -á él. Cuando Renzo entró por aquella puerta, -el camino por la parte exterior no era recto -más que por toda la longitud del Lazareto; después -se prolongaba tortuoso y estrecho entre dos<span class="pagenum" id="Page_309">[Pg 309]</span> -columnas, con un tejadillo para sostener los postes, -y al otro lado una casita para los guardas. -La calle que se abría delante de la puerta, por la -cual se entraba, no se parecía en nada á la que -ahora se presenta al que entra por la puerta de -Tosa. Un pequeño foso corría por el centro hasta -cerca de la puerta, y la dividía de este modo en -dos callejuelas tortuosas, cubiertas de polvo ó de -barro, según la estación. En el paraje donde existía -y existe aún aquel grupo de casas que se llama -el Borghetto, el foso se perdía en un gran sumidero. -Allí se hallaba una columna sobre la cual -había una cruz que llamaban la columna de S. -Dionisio: á derecha é izquierda veíanse huertos -circuidos de vallados, y á intervalos casitas habitadas -las más por lavanderas.</p> - -<p>Renzo entró, pasó: ninguno de los guardas le -dijo una palabra, lo que le pareció muy extraño, -porque había oído contar á los de su pueblo que -podían vanagloriarse de haber estado en Milán, -mil cosas increíbles de registros y preguntas que -hacían al que llegaba de fuera. La calle estaba -desierta; de modo, que si no hubiese oído un ruido -lejano que indicaba un gran movimiento, le -hubiera parecido que entraba en una ciudad abandonada. -Siguiendo calle adelante sin saber lo que -pensar, divisó en el piso ciertos regueros blancos -y blandos, á semejanza de la nieve; mas nieve no -podía ser, porque ésta no cae ordinariamente en<span class="pagenum" id="Page_310">[Pg 310]</span> -semejante estación, ni se queda en el suelo formando -regueros. Se inclinó sobre uno de ellos, lo -miró, lo tocó y vió que era harina. Gran abundancia, -se dijo, debe haber en Milán cuando así -se desperdicia la gracia de Dios; y sin embargo, -nos daban á entender que había carestía en todas -partes; he aquí cómo se arreglan para tener quieta -á toda la gente del campo. Mas después de haber -dado algunos pasos, llegó delante de la columna, -á cuyo pie divisó cierta cosa más extraña: -vió sobre las escaleras del pedestal varios objetos -esparcidos que no eran seguramente guijarros; -porque si aquéllos hubiesen estado en el mostrador -de un panadero, no se hubiera vacilado un -momento en darles el nombre de panes. Pero Renzo -no se atrevía tan pronto á fiarse en su vista, porque, -¡qué diablos! ¡aquél no era el sitio de poner -el pan! Vamos á ver qué es esto, se dijo de nuevo. -Se dirigió hacia la columna, se bajó y recogió -uno; era en efecto, un pan redondo, blanquísimo, -de los que Renzo no acostumbraba á comer más -que en las grandes solemnidades. ¡Es pan de veras! -dijo en alta voz; tanta era su admiración: ¿así -lo siembran en este país, en un año como éste, y -no se incomodan siquiera para recogerlo cuando -cae? Es indispensable que éste sea el país de la -cucaña. Después de diez millas de camino que -había hecho, el aire fresco de la mañana, la vista -de aquel pan, junto con la admiración que había<span class="pagenum" id="Page_311">[Pg 311]</span> -experimentado, se le despertó el apetito. ¿Lo cogeré? -pensaba entre sí: ¡ah! lo han dejado aquí á -discreción de los perros; mejor es que se aproveche -de ello un cristiano: al fin y al cabo, si comparece -el amo, se lo pagaré. Así pensando, se lo -metió en un bolsillo, tomó un segundo y lo colocó -en otro bolsillo, se apoderó de un tercero y -empezó á comer; después de esto echó á andar -más incierto que nunca, y deseoso de aclarar -aquel suceso.</p> - -<p>Apenas se puso en movimiento, vió aparecer -gente que venía del interior de la ciudad y miró -atentamente á los primeros que se presentaron. -Éstos eran un hombre, una mujer, y á algunos -pasos más atrás un muchacho; los tres llevaban -una carga sobre las espaldas, la cual parecía superior -á sus fuerzas, y todos tres tenían una figura -muy rara. Sus vestidos, ó más bien sus harapos, -enharinados, su cara ardiente, inflamada y -cubierta de harina; su marcha no sólo era penosa -á causa de la carga, sino también sumamente dolorosa, -como si hubiesen sido magullados y golpeados. -El hombre llevaba sobre sus hombros un -gran saco de harina, agujereado por algunas partes -y la sembraba á puñados á cada encuentro -que tenía ó á cada paso dado en falso. Pero la figura -de la mujer era todavía más singular: tenía -un enorme corpachón y llevaba los brazos extendidos, -los cuales parecía que apenas podía sostener,<span class="pagenum" id="Page_312">[Pg 312]</span> -asemejándose á dos corvas asas de una gran -tinaja: debajo de aquel gran vientre salían dos -piernas desnudas hasta más arriba de la rodilla, -las que iban avanzando vacilantes. Renzo miró -con más atención y vió que aquel gran cuerpo era -el guardapiés que la mujer sostenía por sus extremos, -llevándolo tan lleno de harina, cuanta podía -caber; y había tanta, que á cada instante se escapaba -formando una gran polvareda. El muchacho -sostenía con las dos manos una cesta colmada de -panes, la cual llevaba sobre la cabeza; pero por -tener las piernas más cortas que sus padres se -quedaba poco á poco atrás, y doblando en seguida -el paso todo lo que podía, con el objeto de reunirse -á ellos, la cesta perdía el equilibrio y de -cuando en cuando caía algún pan.</p> - -<p>—¡Bruto! no sirves para nada; si vuelves á dejar -caer otro, dijo la madre enseñando los puños -apretados al muchacho...</p> - -<p>—Yo no los dejo caer, ellos se caen: ¿cómo he -de hacerlo? repuso éste.</p> - -<p>—¡Oh!... suerte tuya es el que tenga las manos -ocupadas, contestó la mujer moviendo los puños -como si fuese á darle un manotón; y este movimiento -la hizo derramar más harina de la que -hubiera sido necesario para hacer los dos panes -que el muchacho había dejado caer.</p> - -<p>—Vamos, vamos, dijo el hombre: volvamos -atrás á recogerlos, porque si no alguno lo hará.<span class="pagenum" id="Page_313">[Pg 313]</span> -¡Hace tanto tiempo que nos vemos privados de -todo! Ahora que viene un poco de abundancia, -gocémosla en santa paz.</p> - -<p>Entretanto iba entrando por la puerta la gente -del campo, y uno de éstos, acercándose á la mujer, -le preguntó: “¿Adónde se va á tomar el pan?”.</p> - -<p>—Más adelante, respondió aquélla, y así que -estuvieron á diez pasos de distancia, añadió refunfuñando: -Esos bribones de campesinos vendrán -á saquear todos los hornos y almacenes, y no quedará -nada para nosotros.</p> - -<p>—Eres muy gruñona, mujer, dijo el marido: -deja que haya un poco para cada uno: ¡abundancia, -abundancia!</p> - -<p>Renzo empezó á sacar en consecuencia de lo -que veía y oía, que había llegado á una ciudad -insurreccionada, y que aquél era un día de revolución, -es decir, que cada uno tomaba según su -deseo y su fuerza, dando golpes en pago. Nosotros -desearíamos hacer jugar un buen papel á -nuestro aldeano; mas la sinceridad histórica nos -obliga á decir que su primer sentimiento fué de -placer. Tenía tan poco que alabarse de las cosas -que ordinariamente le sucedían, que se hallaba -inclinado á aprobar cualquier acontecimiento que -las mudase de un modo ó de otro. Por lo demás, -no siendo nuestro joven mancebo un hombre de -todo punto superior á su siglo, vivía también con -aquella opinión, ó más bien con aquella pasión<span class="pagenum" id="Page_314">[Pg 314]</span> -general, de que la escasez del pan era motivada -por los monopolistas y panaderos; y estaba dispuesto -á encontrar justo todo medio de arrancarles -de las manos las subsistencias que éstos, según -dicha opinión, negaban cruelmente al hambre -de todo un pueblo. Sin embargo, trató de -huir del desorden, y se alegró de haber sido dirigido -á un capuchino, el cual podría darle un asilo -y servirle de padre. Así pensando, y mirando -mientras á los nuevos conquistadores que iban -apareciendo cargados de despojos, hizo el poco de -camino que le quedaba para llegar al convento.</p> - -<p>En donde ahora se eleva un bello palacio con -sus altas galerías, había entonces y existía todavía -no hace muchos años una plazoleta, en el fondo -de la cual se encontraba la iglesia y el convento -de capuchinos, delante de cuya fachada descollaban -cuatro gigantescos olmos. Nosotros felicitamos, -no sin envidia, á aquellos de nuestros lectores -que no han visto las cosas en dicho estado: -esto quiere decir que son muy jóvenes, y que no -han tenido tiempo de hacer muchas tonterías. -Renzo se fué directamente á la puerta, volvió á -colocar en su seno el medio pan que le quedaba, -sacó y tuvo preparada en su mano la carta, y tiró -de la cuerda de la campana. Á poco rato se -abrió un ventanillo que tenía un enrejado, y apareció -la figura del hermano portero á preguntar -quién era.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_315">[Pg 315]</span></p> - -<p>—Un aldeano, que trae al padre Buenaventura -una carta urgente del Padre Cristóbal.</p> - -<p>—Dádmela, dijo el portero, introduciendo los -dedos por entre la rejilla.</p> - -<p>—No, no, dijo Renzo; debo entregarla en sus -propias manos.</p> - -<p>—No está en el convento.</p> - -<p>—Dejadme entrar que lo esperaré.</p> - -<p>—Haced otra cosa mejor, dijo el fraile, id á esperarlo -á la iglesia, y de este modo podréis hacer -algo bueno. Por ahora no se puede entrar en el -convento.</p> - -<p>Esto dicho cerró el ventanillo. Renzo permaneció -allí un rato con su carta en la mano. Dió -diez pasos con dirección á la puerta de la iglesia -para seguir el consejo del portero, mas luego pensó -ir á echar una ojeada sobre todo aquel tumulto. -Atravesó la plazoleta, se colocó al extremo de -la calle, y con los brazos cruzados sobre el pecho, -se puso á mirar á la izquierda, hacia el interior -de la ciudad en donde el bullicio era más fuerte y -más ruidoso. El torbellino arrastró al espectador. -Vamos á ver, dijo entre sí: sacó de nuevo su pan, -y entretenido en darle magníficos bocados, se puso -en movimiento hacia aquel lado. En el ínterin -que él se dirige allí, nosotros referiremos con la -brevedad posible los motivos y el principio de -aquel desorden.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a></p> - -<p class="p1 indent20"> -<i lang="it" xml:lang="it">Leva il muso, odorando il vento infido.</i><br /> -Levanta el hocico, husmeando el viento engañador.</p> - -<p class="p1">Ya se verá que este verso está copiado de un poema inédito -de Alejandro Manzoni.</p> - -</div> -</div> -</div> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_316">[Pg 316]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO</h2> -</div> - - -<p>Aquél era el segundo año en el cual había sido -escasa la recolección. En el anterior, las provisiones -que habían quedado de los años atrás habían -suplido la falta hasta cierto punto, y la población -había llegado á la cosecha del año 1628, que es la -época de nuestra historia, no enteramente satisfecha -ni hambrienta, sino desprovista de recursos. -Al presente la cosecha tan deseada fué todavía -más escasa que la anterior, á causa de la mala estación -(y esto no sólo en el milanesado, sino también -en una gran extensión de pueblos circunvecinos), -y por culpa de los hombres. Los estragos -y los despilfarros de la guerra eran tales, que en -el lugar más cercano á ella, un gran número de -propiedades quedaban más que de ordinario sin -cultivar y abandonadas por los aldeanos, los cuales,<span class="pagenum" id="Page_317">[Pg 317]</span> -en vez de procurarse pan por medio de su -trabajo para sí y para los demás, se veían obligados -á irlo á mendigar por caridad. He dicho más -que de ordinario, porque las cargas insoportables, -impuestas con una avidez y una ceguedad sin ejemplo, -la conducta habitual, aun en plena paz, de -las tropas alojadas en los pueblos, conducta que -los dolorosos documentos de aquella época comparaban -á la de un ejército invasor, y otras razones, -las cuales no es éste el lugar de mencionar, -obraban lentamente hacía ya algún tiempo ese -triste efecto en el milanesado. Las circunstancias -particulares de que ahora acabamos de hablar, -eran como la irritación súbita de una enfermedad -crónica. Concluida apenas la recolección, he aquí -que las provisiones para el ejército y el desperdicio -que siempre le sigue, abrieron tal brecha, que -la penuria se hizo sentir de súbito, y con ésta su -doloroso pero saludable é inevitable efecto, la carestía.</p> - -<p>Mas cuando ésta llega á cierto punto, nace siempre -(ó al menos ha nacido siempre hasta ahora, -¡y si todavía dura, después de tantos escritos de -hombres hábiles, juzgad lo que sería en aquellos -tiempos!) nace en la imaginación del mayor número -la opinión que no ha sido motivada por la -falta de subsistencias. Se acuerda uno de haberla -temido pronosticado; se supone á un tiempo que -hay suficiente grano, y que el mal proviene únicamente<span class="pagenum" id="Page_318">[Pg 318]</span> -de que no se pone bastante en venta para -el consumo, suposiciones que son fuera de razón, -pero que engañan á un tiempo la cólera y la -esperanza. Los monopolistas de granos, verdaderos -é imaginarios, los propietarios que no vendían -toda su cosecha en un día, los panaderos que compraban; -todos aquéllos, en fin, que tenían poco ó -mucho, ó que pasaban por tener, éstos, pues, eran -considerados como los autores de la carestía, de -las subsistencias y de la penuria: contra los mismos -estallaban las quejas generales; ellos se habían -captado el odio de la multitud bien ó mal -vestida. Decíase, con seguridad, dónde tenían los -almacenes, dónde estaban los graneros colmados, -apuntalados; se indicaba un número de sacos disparatado; -se hablaba con certeza de la inmensa -cantidad de trigo que se exportaba secretamente, -é igualmente se vociferaba con tanta seguridad y -con la misma cólera, que el grano exportado á -otros países volvía otra vez á Milán. Implorábanse -de los magistrados las medidas que parecían -siempre, ó á lo menos han parecido hasta aquí á -la multitud, tan justas, tan sencillas, tan propias -para hacer salir el grano oculto, tapiado, sepultado, -según decían, con el objeto de que volviese la -abundancia. Los magistrados siempre hacían algo, -como por ejemplo, fijar el máximun de cada -género, imponer penas á los que rehusasen venderle, -y otras órdenes por el estilo. Mas con todo,<span class="pagenum" id="Page_319">[Pg 319]</span> -como las precauciones de este mundo, por eficaces -que sean, no tienen la virtud de disminuir la -necesidad de alimentarse ni de hacer venir las cosechas -fuera de estación; y así como los que ejercían -el poder no tenían seguramente el de hacer -venir el trigo de los parajes en donde podía haber -demasiado, así también el mal duraba y crecía. -La muchedumbre atribuía semejante efecto -á la falta y á la debilidad de los remedios, y los -solicitaba á grandes gritos, más vigorosos y decisivos. -Para su desventura encontró un hombre -según su corazón.</p> - -<p>En ausencia del gobernador D. Gonzalo Fernández -de Córdoba, que mandaba el sitio de Casalez -Monferrato, el gran canciller Antonio Ferrer, -también español, hacía sus veces en Milán. -Éste vió (y quién no lo hubiera visto), que estar -el pan á un precio justo era una cosa muy apetecible, -y pensó que una orden suya bastaría para -obtener dicho resultado. Fijó la <i lang="it" xml:lang="it">meta</i> (éste es el -nombre que se da en Milán á las tarifas en materia -de comestibles) del pan al precio que hubiera -sido justo, si el grano se hubiese comúnmente -<em>vendido á treinta y tres libras</em> el <i lang="it" xml:lang="it">moggio</i><a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>, y éste -se vendía hasta ochenta. Obró como una mujer -que ha sido joven, y que piensa rejuvenecerse alterando -su fe de bautismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_320">[Pg 320]</span></p> - -<p>Órdenes menos insensatas y menos injustas habían -quedado más de una vez sin ejecución, por -la resistencia de las mismas cosas; pero el pueblo -que veía finalmente sus deseos convertidos en leyes, -y que no hubiera sufrido que esto fuese una -burla, velaba para que se pusiera en práctica. -Corrió prontamente á las panaderías, pidiendo -pan al precio tasado; y lo pidió con aquel ademán -de resolución y amenaza que prestan las pasiones, -la fuerza y la ley reunidas. Si los panaderos -se quejaban, no hay que preguntarlo: cerner la -harina, trabajar la pasta, enhornar y sacar del -horno el pan sin interrupción (porque el pueblo, -trasluciendo confusamente que aquello era una -cosa violenta, asaltaba los hornos de continuo para -gozar de aquella cucaña hasta que durase); fatigarse, -digo, y estropearse al mismo tiempo, todo -para perderse, cualquiera puede considerarse -qué hermoso placer debía ser. Mas por una parte, -los magistrados imponían penas severas; por -otra, el pueblo que quería ser servido, se impacientaba, -murmuraba al menor retardo y amenazaba -sordamente con uno de sus actos de justicia, -que son los peores que puede haber en este mundo. -No había medio: era preciso amasar, enhornar, -sacar del horno y vender. Sin embargo, para -hacerlos continuar en aquella empresa, no -bastaba que les fuese mandado ni que tuviesen -mucho miedo; era preciso poder; y un poco más<span class="pagenum" id="Page_321">[Pg 321]</span> -que hubiese durado la cosa, no hubieran podido. -Hacían ver á los magistrados la injusticia y la carga -insoportable que les habían impuesto; protestaban -querer echar la pala en el horno y marcharse; -y en el ínterin, tiraban adelante como podían, -esperando siempre que un día ú otro el gran canciller -entendería la razón. Mas Antonio Ferrer, -el cual era hombre de carácter, respondió que los -panaderos habían ganado mucho en los años anteriores, -y que ganarían mucho también cuando -volviese á haber abundancia; que vería, que trataría -acaso de indemnizarlos, y que entretanto -surtiesen de pan. ¿Estaría verdaderamente persuadido -de las razones que alegaba, ó que aun -conociendo por los efectos la imposibilidad de conservar -aquella orden suya, quisiese dejar á los -demás la odiosidad de revocarla? ¿Quién podría -entonces leer en el pensamiento de Antonio Ferrer? -Lo que hay de cierto es, que se mantuvo firme -en lo que había establecido. Finalmente, los -decuriones (esta era una magistratura municipal -compuesta de nobles, que duró hasta el año noventa -y seis del siguiente siglo) informaron por -escrito al gobernador acerca del estado de las cosas, -suplicándole buscase algún medio de remediarlo.</p> - -<p>D. Gonzalo, sumamente engolfado en los asuntos -de la guerra, hizo lo que el lector seguramente -imagina: nombró una junta; á la cual confirió<span class="pagenum" id="Page_322">[Pg 322]</span> -la autoridad de fijar el pan á un precio razonable; -ésta era una cosa justa para todos. Los diputados -se reunieron, ó como entonces se decía españolescamente -en jerga diplomática, se juntaron; y después -de mil reverencias, cumplimientos, preámbulos, -suspiros, reticencias, proposiciones vanas, -tergiversaciones, arrastrados todos á una deliberación -de la que tenían necesidad, sabiendo bien -que se entretenían en un juego terrible, pero convencidos -que no se podía hacer otra cosa, concluyeron -por encarecer el pan. Los panaderos respiraron, -mas el pueblo se enfureció.</p> - -<p>La tarde antes del día en que Renzo llegó á Milán, -las calles y las plazas públicas hormigueaban -de hombres que, exaltados por una general indignación, -predominados por un pensamiento común, -conocidos ó extraños, se reunían en grupos sin estar -de acuerdo antes, casi sin conocerse, como las -gotas de agua que se precipitan sobre un mismo -declive. Cada discurso aumentaba la pasión y la -persuasión de los oyentes, del mismo modo que -el que lo había proferido. En medio de tantos hombres -exaltados, había algunos, sin embargo, de -sangre más fría que estaban observando con mucho -placer cómo el agua se iba enturbiando; éstos -se divertían en aumentar la irritación popular por -medio de aquellos razonamientos y noticias que -los malvados saben componer, y que los espíritus -alterados creen siempre, proponiéndose no dejar<span class="pagenum" id="Page_323">[Pg 323]</span> -posar la agitada agua hasta haber pescado algo. -Millares de hombres fueron á acostarse con la idea -confusa de que era preciso hacer, que se haría alguna -cosa al otro día. Al amanecer, las calles estaban -de nuevo henchidas de grupos; niños, mujeres, -hombres, ancianos, obreros, mendigos, se -reunían por casualidad: por un lado se oía un -murmullo confuso de muchas voces; por otro, uno -peroraba, y los demás aplaudían; éste hacía al que -tenía más cerca la misma pregunta que acababan -de hacerle; aquél repetía la exclamación que había -sentido resonar en sus oídos; por todas partes -estallaban lamentos, amenazas, gritos de sorpresa: -un pequeño número de vocablos, era la materia -de tantas conversaciones.</p> - -<p>No faltaba otra cosa más que una ocasión, un -motivo ligero, un impulso cualquiera, para reducir -las palabras á hechos, y esto no tardó mucho. -Al amanecer, los mozos, según tenían de costumbre, -salieron de las panaderías con las banastas -cargadas de panes que iban á llevar á las casas. -El primero de estos infortunados que apareció en -medio de aquellos grupos, hizo el efecto de un -cohete que cae en un almacén de pólvora. ¡Mirad -si hay ó no pan! gritaron á un tiempo cien -voces.</p> - -<p>—Sí, para los tiranos que nadan en la abundancia, -y quieren que nos muramos de hambre, dijo -uno, el cual se acercó al mozo, echó la mano al<span class="pagenum" id="Page_324">[Pg 324]</span> -asa de su banasta, empujóla hacia sí, y dijo: “Déjame -ver”. El joven se puso encarnado, palideció, -tembló, hubiera querido decir: dejadme andar; -mas la palabra expiró en sus labios, aflojó los brazos, -y trató de librarse apresuradamente de los -que le rodeaban. “¡Abajo la banasta!” gritan: muchas -manos la cogen á un tiempo; y estando ya en -tierra, echan al aire el lienzo que la cubre: una -tibia fragancia se difunde por todo el rededor. “Nosotros -somos también cristianos; nosotros también -debemos comer pan”, dijo el primero. En seguida -toma uno, lo levanta mostrándolo á la multitud, -y empieza á darle magníficos bocados: luego no se -vió otra cosa más que un centenar de manos en -la banasta, panes por el aire; en menos tiempo del -que empleamos en decirlo, estuvo vacía.</p> - -<p>Aquellos á quienes no había tocado nada, irritados -al ver la ganancia de los demás, y animados -por la facilidad de la empresa, se encaminaron -á bandadas en busca de otras banastas: cuantas -encontraron, tantas desocuparon. Á pesar de -todo, los que quedaban con los dientes largos, -eran sin comparación los más; los conquistadores -mismos no estaban satisfechos de una tan pequeña -presa, y mezclados después con los unos y con -los otros, eran los que habían formado el designio -de un desorden de mejor condición. “¡Al horno, al -horno!” gritaban.</p> - -<p>En la calle llamada de la <em>Corsia de Servi</em>, había<span class="pagenum" id="Page_325">[Pg 325]</span> -y todavía hay un horno que conserva el mismo -nombre; nombre que en toscano significa el horno -de las muletas, y en milanés está compuesto de -palabras heteróclitas, tan raras, tan selváticas, -que el alfabeto de la lengua italiana no tiene caracteres -para indicar el sonido. En aquel paraje -fué donde la multitud se detuvo: la gente de la -panadería preguntaba al muchacho que había -vuelto sin la carga, y el cual sumamente sofocado -y turbado refería balbuceando su triste aventura, -cuando he aquí que de repente se siente un -ruido de pisadas y de voces; se aumenta y se -acerca, compareciendo la vanguardia del tropel.</p> - -<p>“Cerrar, cerrar pronto, pronto”. El uno corre á -pedir auxilio al capitán de justicia; los otros cierran -precipitadamente la tienda, y atrancan las -puertas; la gente empieza á arremolinarse por la -parte exterior y á gritar: “¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid!”.</p> - -<p>Pocos momentos después se ve llegar al capitán -de justicia acompañado de un piquete de alabarderos.—¡Apartaos, -apartaos, hijos míos! ¡Á casa, -á casa! Dejad pasar al capitán de justicia, gritó -éste en medio de sus alabarderos. El pueblo -que todavía no era muy numeroso, se separó un -poco, de modo que aquéllos pudieron llegar y formarse -muy unidos, si no en buen orden, delante -la puerta cerrada de la tienda.</p> - -<p>—Pero, hijos míos, gritaba el capitán, ¿qué hacéis -aquí? Á casa, á casa. ¿Dónde está el temor de<span class="pagenum" id="Page_326">[Pg 326]</span> -Dios? ¿Qué dirá el rey nuestro señor? Nosotros no -queremos haceros daño; pero retiraos á vuestras -casas; portaos como gente honrada. ¿Qué diablo -venís á hacer aquí así agrupados? Nada bueno ni -para vuestra alma ni para vuestro cuerpo. ¡Á casa, -á casa! Pero aun cuando los mismos que veían -al orador y oían sus palabras hubiesen querido -obedecer, no hubieran podido, arrojados como estaban -y empujados por los de atrás, á los cuales -empujaban á su vez, como la ola empuja la ola de -línea en línea, hasta la extremidad de la multitud, -que iba siempre en aumento; la respiración -empezaba ya á faltar al capitán.—Hacedlos retroceder -un poco para que yo pueda tomar aliento, -decía á los alabarderos; mas no hagáis mal á nadie. -Veamos el modo de entrar en la tienda: llamad, -tratad de que permanezcan á una distancia -respetuosa.</p> - -<p>—¡Atrás, atrás! gritaron los alabarderos, lanzándose -todos unidos contra los primeros, y rechazándolos -con los cuentos de las alabardas. Éstos -gritaban, retrocedían según podían, dándose -con las espaldas en los pechos, con los codos en el -vientre, con los talones en las puntas de los pies -de aquellos que iban detrás. Se apresuran, se estrechan, -se atropellan de tal modo, que los que se -encontraban en medio hubieran pagado cualquier -cosa por hallarse en otra parte. Sin embargo, la -puerta quedó un poco más desembarazada; el capitán<span class="pagenum" id="Page_327">[Pg 327]</span> -llama y vuelve á llamar, grita que le abran; -los de dentro, viéndolo desde la ventana, bajan -con presteza, abren; el capitán entra, llama á los -alabarderos, los cuales entran uno á uno, los últimos -conteniendo á la multitud con las alabardas. -Cuando estuvieron todos dentro, se echaron -los cerrojos á la puerta, y se atrancó; después de -lo cual, el capitán sube apresuradamente y se presenta -á la ventana. ¡Oh, qué tumulto!</p> - -<p>—¡Hijos!, grita. Muchos levantan la vista. ¡Hijos, -volveos á vuestras casas! Perdón general á los -que se retiren pronto.</p> - -<p>—¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid! Tales eran las palabras -que se oían más claramente en medio de -los alaridos terribles con que la multitud le respondía.</p> - -<p>—¡Juicio, hijos! ¡Miradlo bien; todavía estáis á -tiempo! Vamos, andad; volveos á casa. Pan no os -faltará; pero éste no es el modo de conseguirlo. -¡Eh, eh! ¿Qué hacéis vosotros aquí abajo? ¡Eh! -¡Los de la puerta! ¡Oh, oh!... Veo, veo... -¡Juicio! ¡Tened cuidado! ¡Vais á cometer un gran -crimen! Ahora voy á bajar. ¡Eh, eh! Dejad ahí -esos hierros, abajo esas manos, ¡Vergüenza!... -¡Vosotros, milaneses, que sois nombrados en todo -el orbe por vuestra bondad, escuchad, escuchad! -¡Siempre habéis sido buenos hi...! ¡Ah, canalla!</p> - -<p>Este rápido cambio de estilo fué ocasionado por -una piedra que, salida de las manos de uno de<span class="pagenum" id="Page_328">[Pg 328]</span> -aquellos buenos hijos, vino á dar en la frente del -capitán sobre la protuberancia izquierda del censorio -común. “¡Canalla, canalla!”, continuaba gritando, -cerrando con prontitud la ventana, y retirándose. -Mas aunque hubiese gritado á más no poder, -sus palabras buenas y malas se hubieran -perdido y desvanecido en el aire, á causa del estrépito -que movían abajo. Lo que él decía ver, -era un gran montón de piedras y de hierros (los -primeros que habían podido procurarse en la calle) -que reunían en la puerta para echarla abajo -y quitar las rejas á las ventanas, cuyo trabajo tenían -ya muy adelantado.</p> - -<p>Entretanto los dueños y mozos de la panadería, -que estaban en las ventanas de los pisos superiores, -con una buena provisión de piedras (probablemente -habrían desempedrado un patio), gritaban -y gesticulaban á los de la calle para que se -estuviesen quietos, enseñándoles las piedras, y -amenazando arrojárselas. Habiendo visto que era -tiempo perdido, empezaron á lanzarlas de veras. -Ninguna caía en vano, porque el hacinamiento de -gente era tal, que un grano de maíz no hubiera -llegado al suelo.</p> - -<p>—¡Ah, bribones!, ¡ah, malvados! ¿Es éste el pan -que dais á los pobres? ¡Ay, ay de mí!, ¡huy!, ¡ahora, -ahora!, gritaban desde abajo. Más de uno fué -maltratado; dos niños quedaron en el sitio. El furor -acrecentó las fuerzas de la multitud; las puertas,<span class="pagenum" id="Page_329">[Pg 329]</span> -las rejas fueron arrancadas, y el torrente penetró -por todas las aberturas. Los de dentro, -viendo el negocio mal parado, fueron á ocultarse -á los desvanes; el capitán, los alabarderos, y algunos -otros de la casa, se quedaron agazapados -bajo las tejas, y otros también, saliendo por las -lumbreras, erraban por los tejados á manera de -gatos.</p> - -<p>La vista del botín hizo olvidar á los vencedores -sus proyectos sanguinarios de venganza. Lánzanse -sobre las artesas; el pan es saqueado enteramente. -Uno de ellos corre al cajón del mostrador, -hace saltar la cerradura, mete las manos, -saca el dinero á puñados, se lo embolsa, y sale -cargado de <i lang="it" xml:lang="it">quattrini</i><a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a> para volver en seguida á -robar pan, si queda alguno. El tropel se esparce -por los almacenes: echan mano á los sacos, los arrastran, -los vuelcan; éste se coloca uno entre las -piernas, lo desata, y para reducirlo á un peso que -pueda soportar, arroja una parte de la harina; -otro gritando, espera, espera, se baja á recoger lo -que aquél desperdicia, recibiendo aquella gracia -de Dios en el mandil, sombrero y pañuelo; uno -corre á la artesa, toma un pedazo de masa que se -alarga y escapa por todas partes; otro, en fin, que -ha conquistado un cedazo, lo lleva en el aire como -en triunfo; unos van, otros vienen; hombres, -<span class="pagenum" id="Page_330">[Pg 330]</span>mujeres, niños, se empujan, tropiezan; un polvo -blanco que todo lo cubre y se eleva por do quier, -lo envuelve y emblanquece todo. Vése por la parte -exterior un inmenso gentío, dividido en dos filas -opuestas, que se aprietan y chocan entre sí á -porfía, los que salen cargados de despojos y los -que quieren entrar para hacer lo mismo.</p> - - -<p>Mientras que la citada panadería se veía de tal -modo saqueada, no por esto las demás que había -en la ciudad estaban tranquilas y exentas de peligro. -Pero en ninguna de ellas acudió el número -suficiente de gente para poder emprender algo de -provecho. En varias de ellas, los dueños habían -recibido auxiliares y permanecían á la defensiva; -en otras, hallándose con poca gente para resistir, -trataban en cierto modo de entrar en transacciones; -distribuían pan á los que habían empezado á -agruparse delante de la tienda, bajo condición de -que habían de irse al momento. Y efectivamente -se retiraban, no tanto porque estuviesen satisfechos, -cuanto porque los alabarderos y esbirros, -alejándose de aquel terrible horno de las muletas, -se dejarían ver, sin embargo, en otra parte, con -la fuerza suficiente para tener á raya á los infelices -que no fuesen muchos.</p> - -<p>Éste era el estado de las cosas, cuando Renzo, -después de haber dado cuenta de su pan, avanzaba -por el arrabal de la Puerta Oriental, y se encaminaba, -sin saberlo, justamente al punto céntrico<span class="pagenum" id="Page_331">[Pg 331]</span> -del tumulto. Tan pronto iba aprisa como despacio, -á causa de la multitud, y andando miraba -y aguzaba los oídos, con el objeto de recoger de -todo aquel confuso tropel de discursos algunas noticias -más exactas acerca del verdadero estado de -cosas. He aquí, pues, con poca diferencia, las palabras -que pudo oir en todo su camino.</p> - -<p>—Ahora ya está descubierta, decía uno, la infame -impostura de esos bribones que vociferaban -que no había pan, harina ni grano. Ahora la cosa -se ve clara y neta, y no nos la podrán dar á -entender de otro modo. ¡Viva la abundancia!</p> - -<p>—Os digo que todo esto no sirve de nada; es lo -mismo que hacer un agujero en el agua; será peor -aún si no hay un castigo ejemplar. El pan se pondrá -barato, pero en él os meterán veneno para -matar á los pobres como moscas: ellos dicen ya -que somos demasiados; lo han dicho en la junta, -lo sé de cierto, por haberlo oído decir yo mismo -con mis propios oídos á una comadre mía, que es -amiga de un pariente del criado del cocinero de -uno de esos señores.</p> - -<p>—Eso no es cosa de risa, decía otro con la boca -llena de espuma, sosteniendo con una de sus -manos un desgarrado pañuelo sobre sus cabellos -crespos y ensangrentados. Uno que estaba cerca -de él, para consolarlo, le apoyaba.</p> - -<p>—Paso, paso, señores, os lo suplico; dejad pasar -á un infeliz padre de familia, que lleva de comer<span class="pagenum" id="Page_332">[Pg 332]</span> -á cinco criaturas. Así decía uno que iba tambaleándose -bajo un gran saco de harina, y á su -vista todos se esforzaban en retirarse para dejarle -pasar.</p> - -<p>—Yo, decía otro, casi al oído de un compañero, -yo voy á ponerme en salvo; soy hombre que -conozco el mundo, y sé cómo va esta especie de -cosas. Estos vocingleros que hacen tanto ruido, -mañana ó pasado se encerrarán en casa todos llenos -de miedo. He visto ya ciertas caras, ciertas -gentes honradas que rondan haciendo el tonto, y -observan quién hay y quién no hay; cuando todo -está concluido, consultan las notas, y á quien toca, -toca.</p> - -<p>—El que protege á los panaderos, gritaba una -voz sonora que atrajo la atención de Renzo, es el -vicario de la provisión.</p> - -<p>—Todos son buenos bribones, decía un vecino.</p> - -<p>—Sí, pero él es el jefe, replicaba el primero.</p> - -<p>El vicario de la provisión, nombrado todos los -años por el gobernador, entre seis nobles propuestos -por el consejo de los decuriones, era el presidente -de éste y del tribunal de provisión.</p> - -<p>Dicho tribunal, compuesto de doce notables -también, tenía, además de otras muchas atribuciones, -principalmente la de los víveres. El que -ocupaba semejante puesto debía, necesariamente -en un tiempo de hambre y de ignorancia, ser tenido -por el autor de todos los males, á menos que<span class="pagenum" id="Page_333">[Pg 333]</span> -no hubiese hecho lo que hizo Ferrer, lo que no -estaba en sus facultades, aunque estuviese en sus -ideas.</p> - -<p>—¡Malvados! exclamaba otro: ¿han podido hacer -otra cosa peor? Han llegado á decir que el gran -canciller es un viejo chocho, vuelto de nuevo niño, -para quitarle el crédito y mangonear ellos solos. -Será preciso hacer una gran jaula y meterlos -dentro, alimentándolos con algarroba y joyo, según -querían tratarnos á nosotros.</p> - -<p>—¡Pan! ¿eh? decía uno que trataba de irse á toda -prisa: pedazos de piedra de á libra; ¡piedras -que apenas podían sostenerse con ambas manos, -y que caían como granizo! Tengo deshechas las -costillas. No veo el momento de llegar á mi -casa.</p> - -<p>Al través de semejantes discursos, los cuales no -sabré decir si informaban ó aturdían más á Renzo, -en medio de aquellos alaridos llegó éste por -último al ya expresado horno. La multitud se había -aclarado bastante, de modo que pudo contemplar -aquella triste y reciente desolación. Las -paredes resquebrajadas y destrozadas por las piedras -y ladrillos, las ventanas arrancadas de sus -goznes, la puerta derribada.</p> - -<p>Esto no está muy bien, pensó Renzo: si arreglan -así todos los hornos, ¿dónde quieren que se -haga el pan? ¿en los pozos?</p> - -<p>De cuando en cuando salía de la panadería alguno<span class="pagenum" id="Page_334">[Pg 334]</span> -que llevaba un pedazo de artesa ó cedazo, -un banco, una canasta, un libro de cuentas, cualquier -cosa, en fin, perteneciente á aquel pobre -horno, y gritando: sitio, sitio, pasaba al través de -la multitud. Todos ellos se encaminaban hacia el -mismo lado y se detenían en un lugar antes convenido.</p> - -<p>¿Qué será esta otra historia? pensó de nuevo -Renzo, y se dirigió detrás de uno de aquellos individuos, -que habiendo hecho un haz de tablas -rotas y de astillas, lo colocó sobre sus espaldas -yendo como los demás, por la calle que costea el -flanco septentrional, y ha tomado su nombre de -los escalones que allí había, y que hace muy poco -tiempo han dejado de existir.</p> - -<p>El deseo de ver los sucesos no impidió á nuestro -campesino, luego de haber llegado al frente de -aquella gran mole, el detenerse un momento para -mirar á lo alto con la boca abierta. Redobló -en seguida el paso para reunirse á aquel que había -tomado por guía; dobló la esquina, dió también -una ojeada á la fachada de la catedral, rústica -entonces en gran parte y muy lejos aún de -estar concluida, conservándose constantemente -detrás del que se dirigía hacia el medio de la plaza. -Cuanto más avanzaba, la gente estaba más -apiñada, pero al que iba cargado le abrían paso. -Hendía las oleadas del pueblo, y Renzo, yendo -siempre pegado á él, llegó juntamente al centro<span class="pagenum" id="Page_335">[Pg 335]</span> -de la muchedumbre. Allí había un gran espacio -vacío, y en medio una gran hoguera, hecha de los -utensilios que hemos dicho arriba. Á su alrededor -veíase un continuo agitar de manos y pies, un -ruido infernal causado por mil gritos de triunfo y -multitud de imprecaciones.</p> - -<p>El hombre del haz lo arroja sobre aquel montón -de brazas; otro, con un mango de pala medio -consumido, atiza el fuego: el humo crece y se condensa; -las llamas se elevan, y á la vista de ellas -los gritos se aumentan con más fuerza: “¡Viva la -abundancia! ¡mueran los monopolistas! ¡muera la -carestía! ¡reviente la provisión! ¡reviente la junta! -¡viva el pan!”.</p> - -<p>Verdaderamente la destrucción de las artesas -y de los cedazos, la devastación de los hornos y -el terror de los panaderos, no son los medios más -eficaces para que viva el pan; pero ésta es una de -aquellas sutilezas metafísicas que el talento de -muchos no llega á penetrar. Sin embargo, sin ser -un gran metafísico un hombre llega tal vez á penetrarla -antes, mientras que para la cuestión es -nueva; y sólo á fuerza de hablar de ella y de oir, -llegará á ser inhábil para comprenderla. En el hecho, -Renzo había tenido en un principio aquel -pensamiento y volvía á su imaginación, como hemos -visto, á cada momento. No obstante, reservólo -para sí, porque entre tantas caras no había -uno que no pareciese decirle: “Hermano, si obro -mal, corrígeme, que ya lo pagarás”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_336">[Pg 336]</span></p> - -<p>La llama se había extinguido de nuevo; no se -veía llegar á nadie más con otros combustibles, y -la gente empezaba á fastidiarse, cuando se esparce -la voz que en el Cordusio (una plazuela ó encrucijada -no muy distante de aquel paraje) se había -puesto sitio á una panadería. Muchas veces en -semejantes circunstancias, el anuncio de una cosa -basta para que suceda. Junto con aquellas voces -se difundió también entre la multitud el deseo de -correr allá: yo voy; ¿y tú vas? Vamos, vamos, se -oía por todas partes; el gentío se divide, y se pone -en marcha. Renzo permanecía detrás sin moverse -casi, á no ser cuando era arrastrado por el -torrente; y en el ínterin calculaba en su interior, -si debería salir de semejante bacanal, y volver al -convento en busca del padre Buenaventura, ó ir -á ver todavía aquella otra. La curiosidad prevaleció -de nuevo. No obstante, resolvió el no meterse -en medio de la refriega para que le rompiesen -las costillas; ó arriesgar alguna otra cosa peor, -y conservarse á cierta distancia con el objeto de -observar de lejos. Habiendo tomado este partido, -sacó del bolsillo el segundo pan, y mordiendo un -pedazo se encaminó tras de la turba amotinada.</p> - -<p>Éste, desembocando por un ángulo de la plaza -había entrado ya en la corta y estrecha calle -de la <em>Peschería-Vecchia</em>, y desde dicho punto dando -la vuelta al arco, se introdujo en la plaza de los -<i lang="it" xml:lang="it">Mercanti</i>. Había muy pocos en aquel sitio que al<span class="pagenum" id="Page_337">[Pg 337]</span> -pasar por delante del hueco que corta hacia el -medio de la galería del edificio llamado entonces -el Colegio de los Doctores, no diese una pequeña -ojeada á la grande estatua que campeaba allí, á -aquella figura grave, altanera, feroz (y no digo lo -bastante), de D. Felipe II, que aunque de mármol, -imponía un vago sentimiento de respeto, y -con su extendido brazo parecía que estuviese allí -para decir: allá voy yo, canalla.</p> - -<p>Dicha estatua no existe ya, por un accidente -singular. Cerca de ciento setenta años después del -suceso que estamos refiriendo, un día le fué cambiada -la cabeza, quitado de la mano el cetro que -empuñaba, y sustituyendo un puñal, se dió á la -estatua el nombre de Marco Bruto. Así, metamorfoseada, -permaneció en pie un par de años; -mas una mañana, ciertos individuos que no simpatizaban -mucho con Marco Bruto, los cuales debían -tener contra él un odio secreto, echaron una -cuerda alrededor de la estatua, la derribaron, le -hicieron mil injurias, y mutilada y reducida á un -tronco informe, la arrastraron, con los ojos fuera -de sus órbitas y con la lengua también de fuera, -por las calles; cuando estuvieron cansados de arrastrarla, -la arrojaron no sé dónde. ¡Quién se lo -había de haber dicho á Andrés Biffi cuando la esculpía! -De la plaza de <i lang="it" xml:lang="it">Mercanti</i>, la turba se introdujo, -por el otro arco, á la calle de <em>Fustagnai</em>, -y desde allí se esparramó por el <em>Cordusio</em>. Todos,<span class="pagenum" id="Page_338">[Pg 338]</span> -antes de desembocar, miraban súbitamente hacia -el horno que les había sido indicado. Mas en vez -de la multitud de amigos que esperaban encontrar -en aquel paraje trabajando ya, vieron únicamente -algunos individuos que permanecían como -acechando á cierta distancia de la panadería, la -cual estaba cerrada, y en las ventanas gente armada -en ademán de estar prontos á defenderse. -Al ver aquello, quien se admiraba, quien se ponía -en salvo, quien reía, quien se volvía para informar -á los que llegaban poco á poco, quien se -detenía, quien quería volver atrás, quien decía: -adelante, adelante. Aquello era un continuo ir y -venir; unos preguntan y reciben aclaraciones; -otros vacilan, están inciertos; no se oye más que -un confuso murmullo de consultas y disputas. En -esto, sale del centro de la turba una voz infernal -que grita: “La casa del vicario de la provisión está -aquí cerca: vamos á hacernos justicia, vamos á -saquearla”. Aquellas palabras parecieron como un -recuerdo súbito y general de una cosa ya preparada, -más bien que la aceptación de una proposición. -¡Á casa del vicario, á casa del vicario! es el -grito que se deja oir. La turba se mueve toda -unida hacia la calle en donde estaba situada la -casa que acababa de ser en tan mala hora nombrada.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> Medida que equivale poco mas ó menos á una fanega.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> Maravedises.</p> - -</div> -</div> -</div> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_339">[Pg 339]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOTERCERO</h2> -</div> - - -<p>El vicario desventurado estaba en aquel momento -haciendo una digestión mala y penosa de -un almuerzo comido sin apetito y sin pan blando, -y aguardaba con gran incertidumbre del modo que -acabaría aquella borrasca, lejos empero de sospechar -que debiese caer tan espantosamente sobre -él. Cierto hombre de bien se anticipó caritativamente -á la turba para advertirle el peligro inminente -que corría. Los criados, que el ruido había -atraído á la puerta, miraban asustados á todo lo -largo de la calle, hacia el lado donde el rumor venía -acercándose. Mientras escuchan el aviso, ven -aparecer la vanguardia: con la mayor prisa tratan -de avisar á su señor; mientras tanto éste piensa -en huir y en el modo de verificarlo, otro viene á -decirle que ya no es tiempo. Los criados apenas<span class="pagenum" id="Page_340">[Pg 340]</span> -tienen tiempo suficiente para cerrar la puerta; la -atrancan con barras, ponen puntales, corren á cerrar -las ventanas como cuando el tiempo se oscurece -y se espera de un momento á otro que caiga -una granizada. La creciente gritería que se deja -oir como un trueno, retumba en el solitario patio; -todas las cavidades de la casa resuenan también, -y en medio de aquel vasto y confuso estrépito se -sienten furibundas y repetidas pedradas en la -puerta.</p> - -<p>—¡El vicario! ¡el tirano! ¡el monopolista! ¡lo queremos -vivo ó muerto!</p> - -<p>El desdichado erraba de estancia en estancia, -pálido, sin aliento, cruzando las manos encomendándose -á Dios, y conjurando á sus criados para -que se mantuviesen firmes y buscasen el modo de -que pudiese escapar. Mas, ¿cómo y por dónde? -Subió con la mayor celeridad á un desván; desde -una claraboya miró ansiosamente á la calle, y la -vió llena completamente de furiosos; oyó los gritos -que pedían su muerte, y mucho más aterrado -se retiró dirigiéndose á buscar el más seguro y -secreto escondrijo. Allí acurrucado, estaba atento -escuchando si el funesto rumor acaso se debilitaba -ó si el tumulto se aquietaba un poco; pero -sintiendo, al contrario, alzarse la gritería mucho -más feroz y más ruidosa y redoblarse los golpes, -se apoderó de nuevo de su corazón el sobresalto, -y se tapaba precipitadamente los oídos. Después,<span class="pagenum" id="Page_341">[Pg 341]</span> -como fuera de sí, rechinando los dientes y contraído -el semblante, extendía los brazos y apoyaba -los puños como si quisiese sostener la puerta... -Por lo demás, lo que hacía precisamente no se -puede saber, porque estaba solo, y la historia se -ve obligada á adivinar; la suerte es que ya está -acostumbrada.</p> - -<p>Esta vez, Renzo se encontraba en medio de la -refriega, no ya arrastrado por el torrente, sino llevado -deliberadamente. Á la primera proposición -de sangre, había sentido revolverse toda la suya; -tocante al saqueo, no hubiera sabido decir si en -aquella coyuntura era bueno ó malo; mas la idea -de un homicidio le causó un vivo y súbito horror. -Y aunque por esa funesta docilidad que tienen -algunos espíritus á creerlo todo, al decir apasionado -de muchos, estuviese persuadido que el vicario -era la causa principal del hambre y el enemigo -de los pobres; sin embargo, habiendo al primer -movimiento de la turba oído acaso alguna palabra -que indicaba la voluntad de hacer todos los -esfuerzos para salvarle, propúsose también ayudar -á semejante obra, y con esa intención se había -acercado casi hasta la puerta, en la que trabajaban -de mil modos para conseguir el derribarla. -Los unos golpeaban con guijarros los clavos -de la cerradura para desprenderla: los otros con -piochas, escoplos y martillos, trataban de trabajar -más en regla; otros, en fin, con piedras, con<span class="pagenum" id="Page_342">[Pg 342]</span> -cuchillos sin punta, con clavos, con palos, con las -uñas, no teniendo otra cosa, rascaban y resquebrajaban -la pared, hacían esfuerzos para quitar -los ladrillos y abrir brecha. Los que no podían -ayudar, animaban á los demás con sus gritos, pero -al mismo tiempo arrojándose sobre ellos y -apretando á los unos contra los otros, detenían el -trabajo ya suspendido por las cuestiones y disputas -que los trabajadores tenían entre sí, ya que -por gracia especial del cielo acontece con el mal -lo que frecuentemente con el bien; esto es, que -los fautores más ardientes vienen á ser un impedimento.</p> - -<p>Los magistrados que primero tuvieron aviso de -lo que pasaba, mandaron en seguida á buscar -auxilio al comandante del castillo, que se llamaba -entonces de la puerta Giovia, el cual mandó -algunos soldados. Mas entre el aviso, la orden, el -tiempo de reunirse, de ponerse en marcha y de -hacer el camino, llegaron cuando la casa estaba -ya rodeada de un vasto sitio, é hicieron alto lejos -de ella al extremo de la multitud. El oficial que -los mandaba no sabía qué partido tomar. Allí no -había otra cosa más que una reunión de gentes de -varias edades y sexos que permanecía ociosa. Á -la intimación que se les había hecho de separarse -y de hacer lugar, respondían por medio de un -sordo y largo murmullo; nadie se movía. Hacer -fuego sobre aquella chusma parecía al oficial una<span class="pagenum" id="Page_343">[Pg 343]</span> -cosa no solamente cruel, sino muy peligrosa; cosa -que ofendiendo á los menos terribles, hubiera irritado -á los más violentos; además, él no tenía semejantes -instrucciones. Abrir aquel primer tropel, -separarlo á derecha é izquierda, y seguir -adelante con el objeto de llevar la guerra al que -la hacía, hubiera sido lo mejor; mas el proyecto -era conseguirlo. ¡Y quién sabe si los soldados hubieran -podido avanzar unidos y en buen orden, y -si en lugar de romper el gentío, no se encontrarían -ellos mismos diseminados y comprometidos -en medio de aquél, y á merced del populacho, -después de haberlo provocado! La irresolución del -comandante y la inmovilidad de los soldados fué -tomada, con razón ó sin ella, por miedo. Las gentes -que se encontraban cerca de ellos, se contentaban -con mirarles la cara con un aire que quería -decir: ¡ay qué risa! Los que estaban más lejos -no les bastaba provocarlos con gestos y con -chanzonetas; más allá pocos sabían ó cuidaban de -que estuviesen; los saqueadores continuaban demoliendo, -sin otro pensamiento que el de lograr -pronto su empresa; los espectadores no cesaban -de animarlos con sus gritos.</p> - -<p>Un anciano mal encarado se destacaba de la -multitud, llamando él sólo la atención. Abría dos -ojos cóncavos é inflamados, y su cutis se contraía -por una risa atroz de placer, levantadas las manos -sobre sus indignas canas, agitaba en el aire<span class="pagenum" id="Page_344">[Pg 344]</span> -un martillo, una cuerda, cuatro enormes clavos, -con los cuales, según decía, quería clavar al vicario -en los tableros de su puerta después de muerto.</p> - -<p>—¡Bah! ¡qué desvergüenza!, se le escapó á Renzo, -horrorizado de aquellas palabras, á la vista de un -gran número de distintos rostros que hacían señales -de aprobación, y enfurecido al ver á otros -sobre los cuales, aunque mudos, se traslucía el -mismo horror que él experimentaba. “¡Vergüenza! -¡querer robar el oficio al verdugo! ¡asesinar á un -cristiano! ¡Cómo queréis que Dios nos dé pan, si -cometemos semejantes atrocidades! Lo que nos -enviará serán rayos, y no pan”.</p> - -<p>—¡Ah perro! ¡traidor á la patria! gritó volviéndose -á Renzo con un semblante de condenado, -uno de los que habían podido entender en medio -del tumulto aquellas santas palabras.—¡Aguarda, -aguarda! éste es uno de los criados del vicario -disfrazado de aldeano: es un espía; ¡á él, á él! -Cien voces se elevan á su alrededor. ¿Qué es esto? -¿dónde está? ¿quién es?—Un criado del vicario... -Un espía.—El vicario disfrazado de aldeano -que se escapa.—¿Dónde está? ¿dónde está? -¡Á él, á él!</p> - -<p>Renzo enmudece; se baja mucho, muchísimo; -de buena gana hubiera querido desaparecer; algunos -de los que están mas próximos á él lo cogen -en medio; lanzan grandes gritos y tratan de confundir -aquellas voces enemigas y ávidas de sangre.<span class="pagenum" id="Page_345">[Pg 345]</span> -Pero lo que le sirvió más que todo, fué un -“paso, paso”, que oyó cerca de sí: “¡paso! ¡eh, aquí -el socorro! ¡eh, paso!”.</p> - -<p>¿Qué era, pues aquello? Era una larga escalera -de mano que algunos llevaban para apoyarla en -la casa y penetrar por una ventana. Mas por dicha, -este medio que hubiera hecho la cosa tan fácil, -no lo era mucho para ponerlo por obra. Los -que la sostenían por uno y otro extremo, y los demás -que iban repartidos por toda ella, empujados, -separados por la multitud, se tambaleaban á cada -paso: el uno con la cabeza metida entre dos peldaños -y los varales sobre las espaldas, oprimido -como si estuviese bajo un pesado yugo, se lamentaba; -aquél se veía separado de su carga por otro -choque; la escalera abandonada daba sobre las cabezas, -las espaldas, los brazos; imaginaos cómo se -quejarían los dueños de éstos: otros la levantan, -se colocan debajo y se la cargan, gritando: “¡Vamos, -ánimo!”. La máquina fatal avanza balanceándose y -serpenteando; llega á tiempo para distraer y desordenar -á los enemigos de Renzo, el cual aprovechó -la confusión nacida de la misma. En un principio -se ocultó: después, jugando cuanto le fué -posible los codos, se alejó de aquel sitio, en donde -no corría buen aire para él, con la intención -de salir también lo más pronto posible del tumulto -é ir de veras á buscar ó á esperar al padre -Buenaventura.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_346">[Pg 346]</span></p> - -<p>De repente un movimiento extraordinario que -parte de uno de los extremos, se propaga por la -muchedumbre; se esparce una voz, la cual circula -de boca en boca en boca: “¡Ferrer, Ferrer!”. Admiración, -alegría, furor, inclinación y repugnancia, -estalla por todas partes donde llega ese nombre: -quien le grita, quien quiere ahogarle, quien -le afirma, quien niega, quien bendice, quien blasfema.</p> - -<p>—¡Aquí está Ferrer!—¡No es cierto, no es verdad!—¡Sí, -sí; viva Ferrer, el que da el pan barato!—¡No, -no!—Aquí está, aquí está en su carruaje.—¿Qué -importa? ¿Á qué viene aquí? ¡No queremos -á nadie!—¡Ferrer, viva Ferrer, el amigo de los -pobres! Viene para conducir á la cárcel al vicario.—¡No, -no! Queremos hacernos justicia nosotros -mismos: ¡atrás, atrás!—¡Sí, sí, Ferrer; que venga -Ferrer; á la cárcel el vicario!</p> - -<p>Y todos, poniéndose de puntillas, se vuelven -para mirar al lado donde se anuncia tan inesperado -arribo. Al levantarse, veían, ni más ni menos, -que si hubiesen permanecido con las plantas -de los pies en el suelo; pero lo mismo da, todos -se ponían de puntillas.</p> - -<p>En efecto, á un extremo del concurso, por el -lado opuesto á aquel en donde estaban los soldados, -había llegado en un carruaje el gran canciller -Antonio Ferrer; el cual, remordiéndole probablemente -la conciencia de haber con sus disparates<span class="pagenum" id="Page_347">[Pg 347]</span> -y con su obstinación sido la causa, ó á lo -menos, dado ocasión á aquel motín, venía ahora -con el objeto de aquietarle, y á impedir en algún -tanto el más terrible é irreparable efecto, é igualmente, -á expender bien una popularidad mal adquirida.</p> - -<p>En los tumultos populares hay siempre un cierto -número de hombres que, ó por un ardor de -sus pasiones, ó por una persuasión fanática, ó por -un designio criminal, ó por un infernal gusto que -tiende á la destrucción, se esfuerzan todo lo que -pueden para poner las cosas en el peor estado: -proponen y apoyan los más atroces proyectos; -atizan el fuego cada vez que parece apagarse; nada -hay demasiado malo para ellos; querrían que -el tumulto no tuviese medida ni fin. Mas como -para servir de contrapeso, hay también siempre -cierto número de otra clase de hombres que acaso -con el mismo ardor y con la misma obstinación -se aplican á producir el efecto contrario, unos -atraídos por la amistad ó parcialidad hacia las -personas amenazadas, otros sin mas impulso que -un piadoso y espontáneo horror á la sangre y al -crimen, ¡el cielo los bendiga!</p> - -<p>En cada uno de estos dos partidos opuestos, -aun cuando anteriormente no se hayan puesto de -acuerdo, la conformidad de las voluntades crea -un concierto súbito en las operaciones. Lo que -compone en seguida la masa, y casi lo material<span class="pagenum" id="Page_348">[Pg 348]</span> -del tumulto, es una mezcolanza accidental de hombres, -que por gradaciones más ó menos indefinidas, -tienden á uno ú otro extremo un poco acalorados, -un tanto malvados, en cierto modo inclinados -á la justicia, según ellos la entienden, deseosos -de ver alguna infamia, dispuestos á la ferocidad -y á la misericordia, á la execración y á la adoración, -según se presenta la ocasión de experimentar -plenamente uno ú otro sentimiento, ávidos á -cada momento de saber, de creer alguna cosa extraña, -ansiosos de gritar, de aplaudir á alguno, ó -de quejarse. <em>Viva</em> ó <em>muera</em>, son las palabras que -pronuncian de mejor gana: si alguno ha logrado -persuadirles que cierto individuo no merece ser -descuartizado, no hay necesidad de hablar más -para convencerles de que es digno de ser llevado -en triunfo. Autores, espectadores, instrumentos, -obstáculos, todo va según el viento; prontos, igualmente -á callarse cuando nadie levanta el grito, á -desistir de la empresa, cuando faltan los instigadores, -á desbandarse, cuando muchas voces de -acuerdo y no contradichas, exclaman: “vámonos”, y -al volverse á su casa se preguntan unos á otros: -¿qué ha sido esto? Sin embargo, como en tales -ocurrencias dicha masa tiene la mayor fuerza, la -puede dar á quien quiera, y cada uno de los dos -partidos activos usa de toda su habilidad para -atraer al otro, en una palabra, para hacerse dueño; -son como dos almas enemigas, que combaten<span class="pagenum" id="Page_349">[Pg 349]</span> -por entrar en aquel gran cuerpo y hacerlo mover: -procuran buscar el que sepa esparcir mejor las -voces más propias para excitar las pasiones, para -dirigir los movimientos á uno ú otro intento; el -que sepa encontrar más á propósito las noticias -que exciten la indignación ó la atemperen, que -revelen las esperanzas ó los temores; el que sepa -hallar el grito que repetido de boca en boca exprima, -atestigüe, y forme al mismo tiempo el voto -de la mayoría por uno ú otro partido.</p> - -<p>Hemos hecho este largo y pesado discurso para -tratar de decir que en la lucha entre los dos partidos -que se disputaban el voto de la gente agrupada -delante de la casa del vicario, la aparición -de Antonio Ferrer dió casi en un momento una -gran ventaja al partido de los humanos, el cual -estaba manifiestamente debajo, y á poco que hubiese -tardado aquel socorro, no hubiera tenido -tiempo, fuerza ni motivo de combatir. El hombre -era agradable á la multitud á causa de aquella tarifa -inventada por él, tan favorable á los compradores, -y por su heroica resistencia contra todo razonamiento -contrario. Los ánimos, ya propensos, -estaban entonces ya más enamorados de la valerosa -confianza de un anciano que sin guardias, sin -aparato, venía á buscar y á encararse con una -multitud irritada y procelosa. Además, la voz de -que venía á prender al vicario hacía un efecto -admirable; así es que el furor contra este desgraciado<span class="pagenum" id="Page_350">[Pg 350]</span> -se hubiera aumentado de un modo más terrible -si hubiese venido á arrostrarlo y si le hubiese -querido hacer alguna concesión; pero con la -promesa de satisfacción, ó por decir como los milaneses, -con el hueso en la boca, aquél se calmaba -un poco y daba lugar á los demás sentimientos -opuestos que surgían en una gran parte de los -ánimos.</p> - -<p>Los partidarios de la paz, habiendo tomado -aliento, secundaban á Ferrer de mil modos: los -que se encontraban cerca de él excitaban á cada -momento por medio de sus aplausos los del público, -y buscaban al propio tiempo el modo de hacer -retirar la gente para abrir paso al carruaje; los -otros, aplaudiendo, repetían y hacían correr sus -palabras, ó las que les parecía que se podían decir -mejor, imponiendo silencio á los furiosos obstinados, -y volviendo contra éstos la nueva pasión -de la móvil asamblea. “¿Quién es el que no quiere -que se diga viva Ferrer? ¿Queríais, acaso, que el -pan estuviese caro? Son unos bribones los que no -quieren una justicia cristiana, y entre ellos los -hay que gritan más fuerte que los demás para -tratar de que el vicario se escape. ¡Á la cárcel el -vicario! ¡Viva Ferrer! ¡Paso á Ferrer!”. El número -de los que hablaban así iba cada vez en aumento, -á medida que el del partido contrario disminuía -sin cesar; de manera, que los primeros llegaron -á sobrepujar ya á los que querían arruinarlo<span class="pagenum" id="Page_351">[Pg 351]</span> -todo, hasta el punto de maltratarlos y quitarles -los útiles de las manos: éstos temblaban de rabia; -al mismo tiempo amenazaban, trataban de reponerse, -mas la causa de la sangre estaba perdida; -el grito que dominaba era: “¡prisión, justicia, Ferrer!”. -Después de una corta lucha, aquéllos fueron -vencidos; los otros se apoderaron de la puerta para -defenderla contra nuevos asaltos, y preparar la -entrada á Ferrer: uno de ellos introduciendo su -voz en la casa por una rendija (pues no faltaban), -avisó que llegaba socorro, y que tratasen de que -el vicario estuviese dispuesto para ir al momento... -á la cárcel: ¡hem!, ¿habéis entendido?</p> - -<p>—¿Es ese Ferrer el que ayuda á hacer las ordenanzas?, -preguntó á uno de sus vecinos nuestro -Renzo, que se acordó del <i lang="la" xml:lang="la">vidit Ferrer</i> que el doctor -había hecho ver á la conclusión de dichas ordenanzas, -y que aún resonaba en sus oídos.</p> - -<p>—Justamente, el gran canciller, se le contestó.</p> - -<p>—Es un excelente sujeto, ¿no es verdad?</p> - -<p>—¡Cómo si es excelente! Es él quien había puesto -el pan barato, y los otros no han querido, y al -presente viene á conducir al vicario á la cárcel, -porque no ha obrado conforme á justicia.</p> - -<p>Es inútil decir que Renzo estuvo súbitamente -á favor de Ferrer. Quería ir á su encuentro en -derechura: la cosa no era fácil; pero con sus pisadas, -sus codazos de rústico, llegó á abrir brecha -y á colocarse en la primera fila, justamente al lado -mismo del carruaje.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_352">[Pg 352]</span></p> - -<p>Éste había ya penetrado en medio de la multitud, -y en aquel momento estaba detenido por uno -de esos frecuentes é inevitables escollos producidos -siempre en semejantes circunstancias. El viejo -Ferrer presentaba ya á una, ya á otra portezuela, -un semblante sumamente humilde, muy -risueño, en extremo amable; un semblante que -había siempre tenido de reserva para cuando se -encontraba en presencia de D. Felipe IV; mas él -se vió obligado á dispensarlo en esta ocasión. -También hablaba; pero el ruido y bullicio de tantas -voces, los vivas mismos que le lanzaban, no -dejaban entender apenas sus palabras: acompañaba -éstas con gestos; tan pronto llevaba la punta -de sus dedos unidos sobre sus labios para tomar -un beso que sus manos, abriéndose en seguida, -distribuían á derecha é izquierda, como para -dar gracias de la benevolencia que le manifestaba -el público; tan pronto los extendía y los agitaba -lentamente fuera de la portezuela con el objeto -de pedir un poco de sitio; tan pronto, por fin, los -bajaba cortésmente para demandar silencio. Cuando -lo había obtenido, los más cercanos oían y repetían -sus palabras: pan, abundancia: vengo á administrar -justicia; por favor un poco de lugar. -Acalorado en seguida, y como sofocado por el -ruido de tantas voces, á la vista de tantos rostros -inflamados, de tantas miradas fijas sobre él, se -echaba un momento hacia atrás, inflaba sus carrillos,<span class="pagenum" id="Page_353">[Pg 353]</span> -arrojaba un gran soplo, y decía entre sí: <em>¡por -mi vida, qué de gente!</em><a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a></p> - -<p>—¡Viva Ferrer! No tengáis miedo: sois un hombre -excelente. ¡Pan, pan!</p> - -<p>—Sí; pan, pan, contestaba Ferrer, abundancia; -yo os lo prometo, y ponía la mano en su pecho. -Un poco de sitio, añadía luego; vengo á prenderlo -para darle el castigo que merece; y añadía en -voz baja, <em>es culpable</em>. Inclinándose después hacia -su cochero le decía apresuradamente: <em>adelante, -Pedro, si puedes</em>.</p> - -<p>El cochero sonreía también al pueblo con una -urbanidad afectuosa, como si hubiese sido un gran -personaje; y con una gracia inefable paseaba lentamente -la fusta á derecha é izquierda para suplicar -á los incómodos vecinos que se estrechasen -y se retirasen un poco. “Por favor, decía también; -señores, un poco de lugar, un poquito, lo suficiente -para poder pasar”.</p> - -<p>Entretanto los oficiosos, los más activos, se -apresuraban á hacer el lugar pedido con tanta -gracia. Algunos, delante de los caballos, retiran á -la gente con buenas palabras, poniéndoles las manos -en el pecho, y empujándoles suavemente: “Vamos, -á un lado; un poco de lugar, señores;” otros -<span class="pagenum" id="Page_354">[Pg 354]</span>hacían lo mismo á los dos lados del carruaje para -que pudiese pasar sin rozar los pies, ni aplastar -los bigotes; accidente, que además del mal que -hubiera podido resultar á las personas, habría -corrido grandes peligros el aura popular que Ferrer -disfrutaba en aquel momento.</p> - -<p>Renzo, que había permanecido algunos instantes -observando aquella respetable ancianidad, un -poco turbada por la angustia, atormentada por la -fatiga, pero animada por la solicitud, embellecida, -por decirlo así, por la esperanza de arrancar -á un hombre de las angustias mortales; Renzo, repito, -echó á un lado la idea de retirarse, resolvió -ayudar á Ferrer, y no abandonarlo hasta que hubiese -logrado su intento. En efecto, dicho y hecho: -se puso con los demás á tratar de abrir paso, -y ciertamente no era de los menos activos. El -paso se abrió: “avanzad, avanzad”, decían algunos -al cochero retirándose, ó yendo á abrir más camino. -“<em>Adelante; presto, con juicio</em>”, le dijo también -el amo, y el carruaje se puso en movimiento.</p> - -<p>En medio de los saludos que le prodiga el público -en masa, Ferrer devolvía otros de agradecimiento -con una sonrisa de inteligencia á aquéllos -que veía eran dirigidos á él; más de una de dichas -sonrisas tocó á Renzo, que á la verdad lo -merecía bien, porque en aquel día servía mejor -al gran canciller que hubiera podido hacerlo el -mejor de sus secretarios. El joven aldeano, envanecido<span class="pagenum" id="Page_355">[Pg 355]</span> -con aquellas muestras de deferencia, creía -que se había ya hecho casi amigo de Antonio -Ferrer.</p> - -<p>Una vez puesto en movimiento el carruaje, prosiguió -su camino con más ó menos lentitud, y no -sin algunas paraditas. El tránsito no llegaba casi -á un tiro de arcabuz; pero atendiendo el tiempo -que se empleaba, hubiera podido parecer un viajecillo -aun al que no hubiese tenido la santa prisa -de Ferrer. La gente se rebullía por delante y -por detrás, á derecha é izquierda del carruaje, como -los delfines alrededor de una nave que avanza -en lo más fuerte de una borrasca. El estrépito -era más agudo, más discordante y más atronador -que el de la tempestad. Ferrer, mirando ya á un -lado, ya á otro, agitándose y gesticulando á la vez, -trataba de oir algo, para acomodar las respuestas -á la necesidad; quería, para hacerlo mejor, entablar -un pequeño diálogo con aquella reunión de -amigos; pero la cosa era difícil, la más dificultosa -acaso que se le había presentado con tantos años -que llevaba de gran canciller. Sin embargo, de -cuando en cuando alguna palabra, alguna frase -también repetida por la asamblea á su paso, se -dejaba oir como el estrépito de un gran cohete -domina el ruido confuso de un fuego artificial. Él, -ya procurando responder de un modo satisfactorio -á dichos gritos, ya diciendo á buena cuenta las -palabras que sabía debían tener más aceptación,<span class="pagenum" id="Page_356">[Pg 356]</span> -ó que cierta necesidad parecía demandar de súbito, -les habló todo el camino del modo siguiente: -“Sí, señores; pan, abundancia: lo conduciré á la -cárcel; será castigado... <em>si es culpable</em>. Sí, sí, yo -lo mandaré, el pan se dará barato. Así es... cosi -è, voglio dire: il re nostro signore non vuole -che codesti fidelessimi vassalli patiscan la fame<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>. -<em>¡Ox, ox! guardaos</em>: non si facciano male, signori<a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>. -<em>Pedro, adelante; con juicio</em>. Abbondanza, abbondanza. -Un po’ di luogo per caritá. Pane, pane. -In prigione, in prigione. ¿Cosa<a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>?”, preguntó en seguida -á uno que había echado la mitad de su cuerpo -hacia la portezuela para darle á grandes voces -un consejo, una súplica, un aplauso, ó lo que fuese. -Pero este individuo, sin poder entender el ¿qué -es esto? había sido tirado bruscamente hacia atrás -por otro que lo veía á punto de ser aplastado por -una rueda. Con estas preguntas y respuestas, entre -las incesantes aclamaciones, entre alguno que -otro grito de oposición que se dejaba oir por alguno -que otro lado, pero que al instante era sofocado, -he aquí que llegó Ferrer al fin á la casa, -por obra, principalmente, de aquellos buenos -auxiliares.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_357">[Pg 357]</span></p> - -<p>Los otros, que como hemos dicho ya, estaban -allí con las mismas buenas intenciones, habían entretanto -trabajado en hacer y abrir un poco de -paso. Súplicas, exhortaciones, amenazas, todo lo -habían empleado; se apresuran, corren por todas -partes con ese acrecentamiento de ardor y de fuerza -que presta siempre el ver cerca el fin deseado. -Habían llegado á dividir la multitud y hacer retroceder -las dos filas, aunque entre la puerta y el -carruaje que se paró delante se veía un pequeño -espacio vacío. Renzo, que iba unas veces de descubierta, -otras de escolta, había llegado con el -carruaje hasta colocarse en una de aquellas dos -hileras de oficiosos, que hacían al mismo tiempo -sitio al carruaje, y servían de diques á las dos -oleadas terribles de pueblo. Ayudando á sostener -una de ellas con sus poderosas espaldas, se encontró -magníficamente colocado para poderlo ver -todo.</p> - -<p>Ferrer respiró cuando vió la plazuela libre y la -puerta aún cerrada: cerrada, que quiere decir no -abierta. Por lo demás, los goznes estaban casi desprendidos -de sus marcos; los cuarterones de la -puerta rotos, destrozados, hundidos y partidos por -la mitad, dejaban ver por medio de una ancha -brecha un pedazo de cadena torcido, forzado y casi -arrancado que, por decirlo así, los sostenía unidos -á todos ellos. Un buen hombre se había puesto -en aquel boquete á gritar que abriesen; otro<span class="pagenum" id="Page_358">[Pg 358]</span> -acudió á abrir también apresuradamente la portezuela -del carruaje; el anciano sacó la cabeza fuera, -se levantó, y apoyando la mano derecha en el -brazo de aquel digno hombre, salió poniendo el -pie sobre el banquillo.</p> - -<p>La multitud de una parte y de otra se levanta -de puntillas para ver: mil figuras, mil barbas en -el aire: la curiosidad y la atención general hacen -nacer un momento de silencio. Ferrer, deteniéndose -en aquel instante sobre el banquillo, dió una -ojeada alrededor, saludó inclinándose al pueblo, -y colocando su mano izquierda en el pecho, como -si estuviese en un púlpito, gritó: “pan y justicia;” y -revestido de su toga, levantada la cabeza, con segura -marcha bajó á través de las aclamaciones -que se elevaban hasta las estrellas.</p> - -<p>En el ínterin, las gentes de la casa habían abierto, -ó más bien habían acabado de abrir arrancando -la cadena juntamente con los anillos vacilantes, -ensanchando la brecha apenas lo suficiente -para que pudiese entrar el muy deseado huésped. -“Presto, presto, decía él; abrid bien para que yo -pueda entrar; y vosotros, buenas gentes, contened -al pueblo y no le dejéis venir tras de mí... -¡por el amor del cielo! Por de pronto abrid paso -al instante... ¡eh!, ¡eh!, señores, un momento; -decía después á los de adentro: despacio con esa -puerta, dejadme pasar. ¡Eh!, ¡mis costillas!, os recomiendo -mis costillas; cerrar ahora: no, ¡eh!, ¡eh!,<span class="pagenum" id="Page_359">[Pg 359]</span> -¡la toga! ¡la toga!”. Ésta hubiera quedado presa entre -las junturas de la puerta, si Ferrer no hubiese -retirado con mucha desenvoltura la cola, la -cual se asemejaba á la de una serpiente que perseguida -se oculta en seguida en un agujero.</p> - -<p>Cerradas las puertas como pudieron, fueron -además apuntaladas del mejor modo posible. Los -de fuera que se habían constituido en guardianes -de Ferrer, trabajaban con las espaldas, con los -brazos y la voz, en mantener la plaza desocupada, -rogando de todo corazón á Dios que aquél -despachase presto.</p> - -<p>—Presto, presto, decía también Ferrer dentro de -la casa, bajo el pórtico, á los servidores que se -habían colocado á su alrededor desalentados y -gritando: “¡Bendito seáis! ¡oh excelencia! ¡oh excelencia!”.</p> - -<p>—Presto, presto, repetía Ferrer; ¿dónde está -ese bendito hombre?</p> - -<p>El vicario bajaba la escalera, medio arrastrado, -medio llevado por los demás criados, pálido como -la cera. Cuando vió á su salvador, lanzó un gran -suspiro; volvióle el pulso, acudió un poco de vida -á sus piernas, un poco de color sobre sus mejillas, -y corrió como pudo hacia Ferrer, diciendo: -“Estoy en las manos de Dios y de vuestra excelencia. -¡Mas cómo salir de aquí! Estamos rodeados -por todas partes de gentes que quieren mi -muerte”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_360">[Pg 360]</span></p> - -<p>—<em>Venga vd. conmigo</em> y tenga ánimo. Mi carruaje -está fuera; presto, presto. Lo coge de la -mano y lo conduce hacia la puerta, inspirándole -valor; mas en su interior iba diciendo: <em>¡Aquí está -el busilis! ¡Dios nos valga!</em></p> - -<p>Ábrese la puerta; Ferrer sale el primero, el -otro le sigue sumamente encogido, aferrado, pegado -á aquella toga protectora, como un niño pequeño -á la saya de su madre. Los que habían -mantenido el sitio libre levantan de pronto las -manos, agitan sus sombreros, forman en algún -modo una nube, una pantalla, para sustraer al vicario -de la vista peligrosa de la multitud; éste entra -el primero en el carruaje, y se oculta en un -rincón. Ferrer sube en seguida; las portezuelas -se cierran herméticamente. La muchedumbre entrevé, -sabe, adivina lo que ha sucedido, y deja -escapar un alarido confuso de imprecaciones y -aplausos.</p> - -<p>La parte de camino que restaba parecía ser la -más difícil y peligrosa; pero el voto público, para -dejar ir al vicario á la cárcel, se había manifestado -lo bastante, y durante la detención del carruaje, -muchos de los que habían favorecido la llegada -de Ferrer, se habían todavía aplicado más en -preparar y mantener un camino abierto en medio -de la multitud; por lo tanto, el carruaje pudo esta -segunda vez ir con un poco más de celeridad -y sin intervalo ninguno. Á medida que avanzaba,<span class="pagenum" id="Page_361">[Pg 361]</span> -las dos filas de la muchedumbre formadas en ambos -lados, se confundían y se mezclaban juntamente -detrás de aquél.</p> - -<p>Apenas sentados, Ferrer se había inclinado para -advertir al vicario que se mantuviese bien arrinconado -en el fondo, y que no se dejase ver por -el amor del cielo, mas el aviso era inútil. El gran -canciller al contrario, debía mostrarse para ocupar -y atraer sobre sí toda la atención pública. Y -por todo este segundo tránsito, como durante el -primero, hizo al inconsecuente auditorio un discurso -el más constante y al mismo tiempo inconexo -en su sentido que se haya oído jamás interrumpiéndolo, -sin embargo, de cuando en cuando -por alguna palabrita española que deslizaba apresuradamente -acercándose al oído de su invisible -compañero. Sí, señores, pan y justicia; al castillo, -á la cárcel bajo mi custodia. Gracias, gracias, mil -gracias. ¡No, no, no escapará! <em>Por ablandarlos.</em> -Esto es muy justo, se examinará, se verá. Yo -también os quiero mucho. ¡Un castigo severo! <em>Esto -se lo digo por su bien.</em> Una <i lang="it" xml:lang="it">meta</i><a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a> justa, una -<i lang="it" xml:lang="it">meta</i> moderada, y castigos para los monopolistas. -Por favor, apartaos un poco. Sí, sí, yo soy un excelente -hombre, amigo del pueblo. Será castigado; -es cierto, es un bribón, un malvado. <em>Perdone -usted.</em> Lo pasará mal, lo pasará mal... <em>si es culpable<span class="pagenum" id="Page_362">[Pg 362]</span></em>. -Sí, sí, ya arreglaremos á los panaderos. ¡Viva -el rey y los buenos milaneses, sus fidelísimos -vasallos! Está fresco, está fresco. <em>Ánimo, estamos -ya casi fuera.</em></p> - -<p>En efecto, habían atravesado la mayor parte -de la multitud, y estaban ya á punto de salir del -todo al camino despejado. En esto Ferrer, que -empezaba á dar un poco de reposo á sus pulmones, -vió el socorro de Pisa, esto es, sus soldados -españoles, los cuales, á pesar de todo, al fin no -habían sido inútiles, pues que sostenidos y dirigidos -por algunos ciudadanos, habían contribuido -á hacer retirar alguna gente y á tener el paso libre -á la última salida.</p> - -<p>Cuando llegó el carruaje se formaron en batalla, -y presentaron las armas al gran canciller, el cual -saludó también á derecha é izquierda; y al oficial -que se le acercó á cumplimentarle le dijo, haciendo -un gesto con la mano derecha: <em>beso á usted las -manos</em>, palabras que dicho oficial comprendió por -lo que realmente querían decir: ¡me habéis prestado -un buen auxilio! En contestación hizo otro -saludo y se encogió de hombros. Verdaderamente -éste era el caso de poder decir <em>cedant arma togæ</em>; -pero Ferrer no tenía en aquel momento la -cabeza para citas, y además hubieran sido palabras -arrojadas al aire, porque el oficial no entendía -el latín.</p> - -<p>Pedro, al pasar por entre aquellas dos filas de<span class="pagenum" id="Page_363">[Pg 363]</span> -migueletes, por entre sus mosquetes tan respetuosamente -levantados, sintió renacer en su alma -su antiguo valor. Recobróse repentinamente de -su aturdimiento, se acordó de quién era y á quién -conducía, y gritando: ¡Ohe, ohe! sin añadir otras -ceremonias para la gente, en adelante bastante -escasa para ser tratada así, y dando latigazos á -los caballos, los hizo galopar hacia el castillo.</p> - -<p>—Levántese, levántese; estamos ya fuera, dijo -Ferrer al vicario, el cual asegurado por no oir ya -gritos y por el rápido movimiento del carruaje, y -por aquellas palabras, salió de su rincón, se levantó, -y recobrando su voz, empezó á dar mil y -mil millones de gracias á su libertador. Éste, después -de haberse condolido con él del peligro, y -regocijado de su libertad: “¡Ah, exclamó, golpeando -con una mano su gran calva, <em>qué dirá de esto -su excelencia</em>, que está ya casi loco con ese maldito -<em>Casale</em>, que no quiere rendirse! ¡<em>Qué dirá el conde-duque</em>, -que se alarma si una hoja hace más ruido -que de ordinario! ¡<em>Qué dirá el rey nuestro señor</em>, -que no dejará de tener noticias de tan gran -fracaso! ¿Y después, se habrá esto concluido? -<em>¡Dios lo sabe!</em>”.</p> - -<p>—¡Ah! lo que es yo no quiero mezclarme más, -decía el vicario; me lavo las manos: resigno mi -cargo en vuestra excelencia, y me voy á vivir á -una gruta sobre un monte, á hacerme ermitaño, -lejos, muy lejos de esa gente feroz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_364">[Pg 364]</span></p> - -<p>—<em>Usted</em> hará lo que será más conveniente al -<em>servicio de S. M.</em>, respondió gravemente el gran -canciller.</p> - -<p>—S. M. no querrá mi muerte, replicó el vicario: -á una gruta; lejos de esa canalla.</p> - -<p>Nuestro autor no dice lo que sucedió tocante á -dicho proyecto; porque después de haber acompañado -al pobre hombre al castillo, no hace ninguna -mención más de él.</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> Es preciso que el lector advierta que todas las palabras -subrayadas puestas en boca de Antonio Ferrer son textuales, -pues ya sabemos que era español.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_11" href="#FNanchor_11" class="label">[11]</a> Así es; quiero decir, el rey nuestro señor no quiere que -éstos sus fidelísimos vasallos sufran hambre.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_12" href="#FNanchor_12" class="label">[12]</a> No se os haga daño, señores.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_13" href="#FNanchor_13" class="label">[13]</a> Abundancia, abundancia. Un poco de sitio por caridad. -Pan, pan. ¡Á la cárcel, á la cárcel! ¿Qué es esto?</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_14" href="#FNanchor_14" class="label">[14]</a> Tarifa.</p> - -</div> -</div> -</div> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_365">[Pg 365]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOCUARTO</h2> -</div> - - -<p>La muchedumbre que había quedado detrás -empezó á dispersarse, á desparramarse á derecha -é izquierda, por ésta y por aquella calle. El uno -se dirigía á su casa para acudir á sus negocios; el -otro se alejaba para respirar un poco á sus anchas, -después de tantas horas de apretones; y otro, en -fin, iba en busca de amigos, con el objeto de charlar -un poco sobre los acontecimientos del día. El -otro extremo de la calle se aclaraba también: la -gente había ido desocupando lo suficiente aquel -sitio, para que el destacamento de soldados españoles -pudiese, sin tener que combatir, avanzar y -colocarse en la casa del vicario. Delante de ésta -estaban reunidos aún los fautores, por decirlo así, -del tumulto; éstos eran una cuadrilla de bribones, -que descontentos de una conclusión tan fría y tan<span class="pagenum" id="Page_366">[Pg 366]</span> -imperfecta, después de tan grande aparato, unos -murmuraban, otros blasfemaban, y parte de ellos -se habían puesto á consultar el modo de poder intentar -todavía algo; y como para probar, se dirigían -á asaltar y sacudir aquella pobre puerta, que -había sido apuntalada de nuevo lo mejor posible. -Á la llegada del destacamento, dichas gentes, con -unánime resolución y sin detenerse en consultar, -se pusieron en marcha hacia el lado opuesto, dejando -el sitio libre á los soldados, que se apoderaron -de él y se apostaron para guardar la casa y -la calle. Pero todas las calles de los alrededores -estaban sembradas de grupos: en donde se habían -parado dos ó tres personas, se detenían otras tres, -cuatro, veinte; algunos se separaban y se reunían -á otros grupos mayores: se asemejaban á aquellas -pequeñas nubes que á veces permanecen esparcidas -y flotan en el azulado espacio después de una -tempestad, y hacen decir al que levanta la vista -hacia ellas: el tiempo no está muy sentado. Imaginaos, -pues, qué Babilonia de conversaciones: -éste, refería con énfasis los accidentes particulares -de que había sido testigo; aquél lo que él mismo -había hecho. Uno se regocijaba de que la cosa -hubiese concluido bien y alababa á Ferrer, y -pronosticaba grandes desgracias al vicario; quien, -mofándose, decía: no tengáis miedo, que no le colgarán; -los lobos no se muerden unos á otros; quien, -finalmente, decía murmurando y colérico, que las<span class="pagenum" id="Page_367">[Pg 367]</span> -cosas no se habían hecho bien, que era un engaño, -que había sido una locura el hacer tanto -ruido, para dejarse después burlar de aquel -modo.</p> - -<p>Entretanto el sol se encaminaba al ocaso; los -objetos iban volviéndose todos de un mismo color; -y muchas gentes, fatigadas de la jornada y fastidiadas -de hablar en la oscuridad, se volvían á casa. -Nuestro joven, después de haber ayudado el -paso de la carroza hasta el sitio en que había tenido -necesidad de ayuda, después de haberla seguido -y pasado entre las filas de soldados como -en triunfo, se alegró cuando la vió correr libremente -y fuera de todo peligro. Siguió un momento -su camino en compañía de la multitud, y salió -de en medio de ésta á la primera bocacalle que -se le presentó, para respirar también con un poco -más de libertad. Apenas hubo dado algunos -pasos en medio de la agitación de tantos sentimientos, -de tantas imágenes recientes y confusas, -experimentó un gran deseo de comer y reposar. -Empezó á levantar su vista por todas partes, buscando -una muestra de hostería, ya que era demasiado -tarde para encaminarse al convento de capuchinos. -Así, andando con la cabeza levantada, -se encontró de manos á boca al lado de un grupo, -y habiéndose parado, oye que discurrían acerca -de conjeturas, de proyectos, para el día siguiente. -Después de haber permanecido un momento escuchando,<span class="pagenum" id="Page_368">[Pg 368]</span> -no pudo dejar de manifestar también -su parecer, calculando que podía, sin presunción, -proponer alguna cosa el que tanto había hecho. -Persuadido por todo lo que había visto en aquel -día, que en adelante para llevar á efecto cualquier -proyecto, bastaba que cayese en gracia á los que -discurrían por las calles: “Señores, gritó en tono -de exordio, ¿puedo yo decir también mi humilde -parecer? El mío es el siguiente: no es únicamente -en el negocio del pan con el cual se cometen -bribonadas; y pues que hoy se ha visto claramente, -que en haciéndose oir se obtiene justicia, es -necesario marchar adelante de este modo, á fin de -que se ponga remedio á todas las demás maldades, -y hasta que el mundo vaya un poco más cristianamente. -¿No es verdad, señores, que hay una -cuadrilla de tiranos que cumplen justamente al -revés los diez mandamientos de la ley de Dios, y -vienen á buscar á la gente pacífica que no piensa -en ellos, para hacerles toda especie de daños, y -al fin y al cabo, tienen siempre razón? ¿Y aun -cuando han cometido una maldad mayor que la -de ordinario, andan con más orgullo de lo que les -convendría tener? Aun aquí, en Milán, debe haber -algunos”.</p> - -<p>—Demasiados, dijo una voz.</p> - -<p>—Ya lo decía yo, repuso Renzo; tales historias -llegan hasta nosotros, y después la cosa misma lo -dice. Supongamos, por ejemplo, que cualquiera<span class="pagenum" id="Page_369">[Pg 369]</span> -de los que yo quiero decir esté un poco en el -campo y otro poco en Milán; si es un diablo allí, -me parece que no deberá ser un ángel aquí; y si -no, ¡decidme, señores, si habéis visto uno de ésos -con el aire á lo Ferrer! Y lo que es peor aún, que -hay ordenanzas impresas para castigarlos, y no -como quiera, sino hechas completamente bien, -tanto que no se podrían encontrar mejores; en -ellas se designan claramente las bribonadas como -son en sí, y cada una tiene su buen castigo; y allí -dice: sea quien sea, villano ó plebeyo, y qué sé yo -qué más. Ahora, id á decir á los doctores, escribas -y fariseos que os hagan justicia según canta -la ordenanza: os escuchan como el papa á los bribones; -¡es cosa de hacer perder el juicio á cualquier -hombre de bien! Se ve, pues, claramente -que el rey y los que mandan quisieran que los -bribones fuesen castigados; pero no se adelanta -nada, porque aquí hay una liga. Es, pues, preciso -romperla; es necesario ir mañana á ver á Ferrer, -el cual es un excelente sujeto, un señor completo: -hoy se ha podido ver cuán satisfecho estaba -de hallarse entre los pobres; cómo trataba de -oir lo que se decía, y con qué afabilidad contestaba! -Es indispensable ir á casa de Ferrer, y decirle -cómo van las cosas, y yo por mi parte se las -puedo contar muy buenas; yo mismo, que he visto -una ordenanza con tantas armas encima, y hecha -por tres de los que pueden, cada uno de los<span class="pagenum" id="Page_370">[Pg 370]</span> -cuales tenía estampado perfectamente su nombre -debajo de ella; y uno de estos nombres era Ferrer, -visto por mí, repito, con mis propios ojos. -Así, pues, dicha ordenanza me daba justamente -la razón; en consecuencia fuí á ver á un doctor -para decirle que procurase el que se me hiciese -justicia, conforme á la intención de aquellos tres -señores, entre los cuales estaba también Ferrer; -pero ¡ah! lo que es digno de notarse, que para el -expresado señor doctor que me había manifestado -él mismo la ordenanza, parecía que yo le hablase -como un loco. Estoy seguro que cuando ese excelente -anciano oiga tan buenas cosas, porque no -puede saberlas todas, especialmente las de fuera, -no querrá que el mundo vaya así, y pondrá un -buen remedio; y luego como ellos hacen las ordenanzas, -deben tener deseos de que se obedezcan, -pues de lo contrario es un desprecio, un epitafio -á su nombre el no hacer ningún caso. Y si -los prepotentes no quieren bajar la cabeza, y le -vuelven loco, nosotros estamos aquí para ayudarle, -según hemos hecho hoy. No quiero decir que -tenga que ir dando vueltas en su carruaje para -atrapar y enjaular en ella á todos los bribones, -<em>prepotentes</em> y tiranos; ¡ja ja! para esto sería preciso -el arca de Noé. Es indispensable que mande -á aquéllos á quienes corresponda, no sólo en Milán, -sino en todas partes; que hagan cumplir las -cosas según previenen las ordenanzas, entablando<span class="pagenum" id="Page_371">[Pg 371]</span> -un buen proceso á todos los que han cometido las -referidas necedades; y en donde dice prisión, prisión; -debe decir galeras, galeras; intimando á los -podestás que hagan su deber, y de no, mandarlos -á paseo, y poner otros mejores; y luego, repito, -nosotros estaremos aquí para darle la mano: ordenando -también á los doctores que escuchen á -los pobres y defiendan su derecho. ¿Digo bien, -señores?</p> - -<p>Renzo había hablado tan de corazón, que desde -que empezó su exordio, una gran parte de los -que estaban reunidos habían suspendido todo otro -discurso; se habían vuelto hacia él, y hasta cierto -punto todos se habían convertido en oyentes suyos. -Un confuso clamoreo de aplausos, de “<em>bravo</em>; -seguramente tiene razón; es demasiado cierto”, fué -como la respuesta á su arenga. Sin embargo, no -faltaron críticos. “¡Eh! sí, decía uno, dad oídos á -esos campesinos; todos ellos son abogados”, y se -iba. “Ahora, murmuraba otro, cualquier descamisado -querrá decir la suya, y con esta rabia de meter -la carne al fuego, no se pondrá el pan barato; -ésta es, por tanto, la causa por la cual nos hemos -puesto en movimiento”. Con todo, Renzo no oyó -más que los cumplimientos: quien le cogía una -mano, quien le cogía la otra.—Hasta la vista; hasta -mañana.—¿Dónde?—En la plaza de la Catedral.—Está -bien.—¿Y se hará algo?—Se hará.</p> - -<p>—¿Quién de estos buenos señores querrá enseñarme<span class="pagenum" id="Page_372">[Pg 372]</span> -una hostería, para comer un bocado y dormir -como un buen muchacho? dijo Renzo.</p> - -<p>—Aquí me tenéis dispuesto á serviros, excelente -joven, dijo uno que había escuchado atentamente -el sermón, y aún no había desplegado sus -labios. Justamente sé una hostería que os hará al -caso, y os recomendaré al dueño, que es amigo -mío y muy hombre de bien.</p> - -<p>—¿Aquí cerca? preguntó Renzo. “Poco distante”, -respondió aquél.</p> - -<p>La reunión se dispersó; y Renzo, después de -muchos apretones de manos desconocidas, echó -á andar con el incógnito, dándole gracias por su -cortesía.</p> - -<p>—¿De qué? decía aquél: una mano lava la otra, -y ambas la cara. ¿No estamos, por ventura, obligados -á servir al prójimo? Y á medida que iban -andando, hacía á Renzo, como quien no quiere -la cosa, ya una pregunta, ya otra.—Esto no -es por saber vuestras cosas, sino porque me -parece que estáis muy cansado: ¿de qué pueblo -venís?</p> - -<p>—Vengo, contestó Renzo, desde... desde -Lecco.</p> - -<p>—¿Desde Lecco? ¿sois de Lecco?</p> - -<p>—De Lecco... es decir, del territorio.</p> - -<p>—¡Pobre joven! Por todo lo que he podido entender -de vuestras palabras, me parece que os -han hecho cosas muy grandes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_373">[Pg 373]</span></p> - -<p>—¡Eh, mi caro y digno amigo! He debido hablar -con un poco de discreción para no decir en -público mis negocios; mas... basta, algún día se -sabrá, y entonces... Pero allí veo una muestra -de hostería, y á fe mía no tengo ganas de ir más -lejos.</p> - -<p>—¡No, no: venid adonde os he dicho; falta poco! -dijo el guía; aquí no estaréis bien.</p> - -<p>—¡Oh, sí! repuso el joven, no soy un señorito -acostumbrado á estar dentro de un escaparate: un -pedazo de cualquier cosa que me den para refrigerar -el estómago y un poco de paja, me bastan: -lo que yo deseo es encontrar pronto una cosa y -otra. Dios os guarde. Y entró por una gran puerta, -sobre la cual campeaba la muestra de la <em>luna -llena</em>.</p> - -<p>—Está bien: os acompañaré, ya que así lo queréis, -dijo el desconocido, y le siguió.</p> - -<p>—Sentiría que os incomodarais más, repuso Renzo; -sin embargo, añadió, hacedme el gusto de venir -á beber una copa conmigo.</p> - -<p>—Aceptaré el favor que me dispensáis, contestó -aquél, y se encaminó, como más práctico de -aquel paraje, delante de Renzo, por un patiecillo; -se acercó á la puerta que daba á la cocina, levantó -el picaporte, abrió y entró con su compañero. -Dos candiles pendientes de dos estacas clavadas -al través de las vigas del techo, esparcían una -opaca luz. Mucha gente no ociosa, estaba sentada<span class="pagenum" id="Page_374">[Pg 374]</span> -sobre dos bancos colocados á un lado y á otro -de una larga y estrecha mesa que ocupaba casi -toda una parte de la habitación; por intervalos se -veían manteles y platos; de cuando en cuando -naipes vueltos y volver, dados echados y recogidos; -por todas partes botellas y vasos. Veíanse -también correr sobre la mesa <em>berlinghe</em> reales y -<i lang="it" xml:lang="it">parpagliole</i>, que si hubiesen podido hablar, habrían -dicho, probablemente: “esta mañana estábamos -en el cajón de algún panadero ó en los bolsillos -de algunos espectadores del tumulto, que -enteramente ocupados en ver cómo irían los negocios -públicos, olvidaban vigilar los suyos particulares”. -El estrépito era grande: un muchacho no -hacía otra cosa más que ir y venir, todo azorado, -para servir á un tiempo la mesa grande y las pequeñas; -el dueño de la hostería estaba sentado -bajo la campana de la chimenea, ocupado en la -apariencia en hacer y deshacer con las tenazas -ciertas figuras en la ceniza, pero en realidad muy -atento á todo lo que pasaba en torno de sí. Al -ruido del picaporte se levantó y se dirigió al encuentro -de los recién venidos. Cuando hubo visto -al guía, “¡maldito seas!, dijo interiormente; ¡que hayas -de venir siempre á atravesarte cuando menos -quisiera!”. Después, lanzando apresuradamente una -mirada á Renzo, pensó aun: “no te conozco; pero -viniendo con tal cazador, serás ó perro ó liebre: -cuando hayas pronunciado sólo dos palabras, sabré<span class="pagenum" id="Page_375">[Pg 375]</span> -á qué atenerme”. Sin embargo, ninguna de -aquellas reflexiones se traslucía en el semblante -del posadero, el cual, estaba inmóvil como un retrato: -su cara era llena y reluciente, con una barba -espesa y rojiza, y dos ojillos claros y fijos.</p> - -<p>—¿Qué mandan estos señores? dijo en alta voz.</p> - -<p>—Primeramente una gran botella de vino bueno, -dijo Renzo, y después alguna cosilla que comer. -Así diciendo se fué á sentar en un banco, á -uno de los extremos de la mesa, y arrojó un sonoro -y prolongado ¡ah! como si hubiese querido -decir: ¡qué bueno es un pedacito de banco después -de haber estado tanto tiempo en pie y de negocios! -Pero de pronto le vino á la imaginación -aquel banco y aquella mesa, en el cual se había -sentado la última vez con Lucía y con Inés, y lanzó -un suspiro. En seguida sacudió la cabeza como -para desechar aquel pensamiento, y vió venir -al posadero con el vino. El compañero se había -sentado enfrente de Renzo; éste le echó de beber -al momento, diciendo: “para remojar los labios”; y -habiendo llenado el otro vaso, lo apuró de un -sorbo.</p> - -<p>—¿Qué me vais á dar de comer? dijo en seguida -al huésped.</p> - -<p>—Un excelente plato de estofado: ¿os gusta? dijo -éste.</p> - -<p>—Sí señor; ¡magnífico! Id por él.</p> - -<p>—Seréis servido, dijo el huésped á Renzo; y<span class="pagenum" id="Page_376">[Pg 376]</span> -volviéndose al mozo continuó: servid á este forastero. -Mas... replicó al instante, dirigiéndose de -nuevo hacia Renzo; mas pan, hoy no tengo.</p> - -<p>—¡Pan! dijo Renzo en alta voz y riendo, la Providencia -ya ha pensado en él. Sacó el tercero y -último de los panes que había recogido bajo la -cruz de S. Dionisio, y lo levantó gritando: He aquí -el pan de la Providencia.</p> - -<p>Á dicha exclamación muchos se volvieron, y -viendo aquel trofeo en el aire, uno de ellos gritó: “¡Viva -el pan barato!”.</p> - -<p>—¡Barato! dijo Renzo, <i lang="la" xml:lang="la">gratis et amore</i>.</p> - -<p>—Esto es aún mejor, mucho mejor.</p> - -<p>—Pero, añadió en seguida, no quisiera que estos -señores pensaran mal de mí: no es que yo lo -haya, como se suele decir, arañado: lo he hallado -en el suelo; y si pudiese encontrar todavía á su -dueño, estoy pronto á pagárselo.</p> - -<p>—¡Bravo, bravo! exclamaron los compañeros -riéndose fuertemente, á ninguno de los cuales se -le pasó por la imaginación que aquellas palabras -fuesen dichas de veras.</p> - -<p>—Creéis que me chanceo, mas es realmente -así, dijo Renzo á su guía; y haciendo dar vueltas -al pan en sus manos, añadió: mirad cómo lo han -arreglado; parece una torta; mas éstos no eran del -prójimo; si hubiesen sido hallados por aquellos -que tienen la dentadura un poco delicada, hubieran -estado frescos. Y súbitamente, habiendo devorado<span class="pagenum" id="Page_377">[Pg 377]</span> -tres ó cuatro pedazos de dicho pan, los -remojó con un segundo vaso de vino, y añadió: -este pan, por sí solo no quiere pasar; nunca he -tenido la garganta tan seca: ¡ya se ve, si he gritado -tanto!</p> - -<p>—Preparad una buena cama para este joven, -dijo el guía; porque tiene intención de dormir -aquí.</p> - -<p>—¿Queréis dormir aquí? preguntó el huésped á -Renzo, acercándose á la mesa.</p> - -<p>—Seguramente, contestó Renzo, una cama cualquiera -que sea; basta que las sábanas sean limpias, -pues aunque soy un infeliz muchacho, estoy -acostumbrado á la policía<a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a>.</p> - -<p>—¡Oh! en cuanto á esto... dijo el huésped, -dirigiéndose al armario que estaba en un rincón -de la cocina, y volviendo con un tintero y un pedazo -de papel blanco en una mano y una pluma -en la otra.</p> - -<p>—¿Qué quiere decir esto? exclamó Renzo, tragando -un pedazo de carne estofada que el mozo -le había puesto delante; y sonriéndose luego con -aire admirado añadió: ¿es la sábana limpia esto?</p> -<p><span class="pagenum" id="Page_378">[Pg 378]</span></p> -<p>El huésped, sin contestar, puso sobre la mesa -el tintero y el papel, apoyó después sobre la misma -el codo derecho y el brazo izquierdo, y con la -pluma en la mano y el rostro vuelto hacia Renzo, -le dijo: hacedme el favor de decir vuestro nombre, -apellido y naturaleza.</p> - -<p>—¿Qué es esto? replicó Renzo, ¿qué tienen que -ver esas historias con la cama?</p> - -<p>—Cumplo con mi deber, dijo el posadero, mirando -al guía: nosotros estamos obligados á dar -parte de todas las personas que vienen á alojarse -á nuestras casas: <em>nombre y apellido, y de qué nación -sea, á qué negocio viene, si tiene armas consigo... -cuánto tiempo ha de permanecer en esta ciudad</em>... -son las palabras textuales de la ordenanza.</p> - -<p>Antes de contestar, Renzo se echó al coleto otro -vaso; era el tercero, y dentro de poco, temo que -perderemos la cuenta. Después dijo: “¡Ah, ah! ¡tenéis -la ordenanza! yo me precio de ser doctor en -leyes, y sé el caso que se hace de las ordenanzas”.</p> - -<p>—Hablo de veras, repuso el dueño de la hostería, -mirando siempre al mudo compañero de -Renzo; y encaminándose de nuevo al armario, tiró -de un cajoncito, y sacó un gran papel envuelto, -un ejemplar justamente de la ordenanza, el -que fué á desplegarlo á la vista de Renzo.</p> - -<p>—¡Ah! he aquí, exclamó éste, alzando con una -mano el vaso lleno de nuevo, apurándole de un -trago, y extendiendo en seguida la otra señalando<span class="pagenum" id="Page_379">[Pg 379]</span> -con el índice la ordenanza desenrollada. He aquí -esta bella hoja de misal; me alegro muchísimo, -conozco bien las armas; sé lo que quiere decir esta -figura de pagano con la cadena al cuello. (Al -encabezamiento de las ordenanzas se ponían entonces -las armas del gobernador, y en las de D. -Gonzalo Fernández de Córdoba, se destacaba un -rey moro encadenado por la garganta). Dicha figura -significa: mande quien pueda, y obedezca -quien quiera. Cuando esta figura haya enviado á -galeras al señor don... basta; yo me lo sé, como -dice en otro papelucho compañero de éste; -cuando haya hecho de manera que un joven honrado -pueda desposarse con una muchacha también -honrada, que lo quiere libremente y de buen grado, -entonces le diré mi nombre á esa figura, y -además en pago le daré un beso. Puedo tener poderosas -razones para callar mi nombre. ¡Estaría -bueno! Y si un malvado que tuviera bajo sus órdenes -á una cuadrilla de bribones... porque... -si estuviera solo; aquí concluye la frase con un -gesto. Si un malvado quisiese saber en dónde estoy -para jugarme una mala pasada, pregunto -yo, ¿si esta figura se movería para ayudarme? -¿Tengo por ventura que dar parte de mis cosas? -¡Ésta sí que es nueva! Supongamos que he venido -á confesarme á Milán; pero quiero que me -confiese luego un padre capuchino y no un posadero.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_380">[Pg 380]</span></p> - -<p>Éste seguía mirando al guía, el cual no hacía -ninguna especie de demostración. Renzo, disgustado, -apuró otro vaso, y prosiguió: “Te daré una -razón, mi caro huésped, que te convencerá. Si las -ordenanzas que hablan bien en favor de los buenos -cristianos no valen nada, mucho menos deben -valer las que hablan mal. Quítame, pues, de delante -todos estos enredos, y traedme en su lugar -otra botella, pues que ésta da ya las últimas boqueadas”. -Así, diciendo, la golpeó ligeramente con -los nudillos, y añadió: escucha, huésped, escucha -cómo suena.</p> - -<p>Renzo se había vuelto á atraer poco á poco -la atención de los que estaban á su alrededor, -y otra vez fué aplaudido también por su auditorio.</p> - -<p>—¿Qué debo hacer? dijo el huésped, mirando al -desconocido que no era tal para él.</p> - -<p>—¡Vamos, vamos! gritaron muchos de los compañeros: -este joven tiene razón; todo son vejaciones, -fraudes é impedimentos: desde ahora, leyes -nuevas, leyes nuevas.</p> - -<p>En medio de aquellos gritos, el desconocido, -lanzando al huésped una mirada de reconvención, -por su pregunta demasiado manifiesta, dijo: “Dejadle -un poco obrar á su modo; no mováis escándalo”.</p> - -<p>—He cumplido con mi deber, repuso el huésped -en alta voz, y después interiormente: ahora<span class="pagenum" id="Page_381">[Pg 381]</span> -ya estoy á cubierto. Y tomó el papel, la pluma, -el tintero, la ordenanza y la botella vacía para -dársela al mozo.</p> - -<p>—Trae del mismo, dijo Renzo, que lo encuentro -excelente, y lo enviaremos á dormir como el otro -sin preguntarle nombre y apellido, ni de qué país -es, ni lo que viene á hacer aquí, ni si ha de estar -poco ó mucho en esta ciudad.</p> - -<p>—Del mismo, dijo el huésped al mozo, dándole -la botella, y volvió á sentarse bajo la campana -de la chimenea. No es otra cosa más que una liebre, -pensaba éste, enredando siempre con la ceniza; -¡y en qué manos has ido á caer, pedazo de -asno! Si quieres ahogarte, ahógate; mas el dueño -de la <em>Luna llena</em> no debe ir á meterse en medio -por tus locuras.</p> - -<p>Renzo dió las gracias á su guía y á todos los -que habían sido de su partido. “¡Excelentes amigos! -exclamó: ahora deseo que los hombres de -bien se den la mano y se sostengan”. En seguida, -pegando con la palma de la mano sobre la mesa, -y colocándose de nuevo en actitud de predicador, -“¡qué cosa tan particular! exclamó, que todos aquellos -que conducen los negocios del mundo quieren -hacer entrar en todo y por todo el papel, la pluma -y el tintero! ¡siempre la pluma en el aire! -¡Qué manía tienen esos señores de servirse de la -pluma!”.</p> - -<p>—¡Eh! excelente forastero, ¿queréis saber la<span class="pagenum" id="Page_382">[Pg 382]</span> -razón? dijo riendo uno de los jugadores que ganaba.</p> - -<p>—Veamos, repuso Renzo.</p> - -<p>—La razón es, que como esos señores comen -gansos, se encuentran con tantas y tantas plumas, -que es indispensable hagan de ellas alguna -cosa.</p> - -<p>Todos se echaron á reir, á excepción del compañero -que perdía.</p> - -<p>—¡Oh, oh! dijo Renzo; ¡aquél es un poeta! -¡También tenéis aquí poetas! ¡en el día nacen por -todas partes! Yo también tengo una vena, y algunas -veces digo algunas bellas... pero cuando las -cosas van bien.</p> - -<p>Para comprender este chiste del pobre Renzo, -es preciso saber que á los ojos del vulgo de Milán, -y sobre todo á los de sus alrededores, la palabra <em>poeta</em> -no significaba ya entonces, como para todos los -hombres ilustrados, un ingenio sublime, un habitante -del Pindo, un discípulo de las musas, sino -al contrario, un cerebro extravagante y lunático, -que en sus palabras tenía más de picante y de singular, -que de razonable. ¡De tal modo los que -echan á perder al vulgo, se han atrevido á violentar -las palabras y hacerle decir las cosas más lejanas -de su legítimo significado! Pues yo pregunto: -¿qué tiene de común la palabra <em>poeta</em> con -el cerebro lunático?</p> - -<p>—Mas yo diré la verdadera razón, añadió Renzo;<span class="pagenum" id="Page_383">[Pg 383]</span> -es porque la pluma la tienen ellos; y así las palabras -que dicen, vuelan al instante y desaparecen; -por el contrario, están muy atentos á los menores -dichos de un pobre muchacho; y pronto, pronto -los enfilan con aquella pluma y los clavan sobre -el papel, para servirse de ellos á su debido lugar -y tiempo. Tienen, además, también otra malicia: -cuando quieren confundir á un infeliz joven que -no sabe leer, pero que tiene un poco de... yo -me entiendo perfectamente... y para hacerse -comprender se pegaba en la frente con el extremo -del índice; y cuando conocen que él empieza -á entender el enredo, zas, meten en la conversación -algunas palabras en latín, para hacerle perder -el hilo y embrollarle la cabeza. ¡Basta! Es -indispensable que desaparezca dicha costumbre. -Hoy, á buena cuenta, se ha hecho todo vulgarmente, -sin papel, pluma ni tintero: mañana, si el -pueblo sabe gobernarse, se hará mejor aún, -sin tocar un cabello á ninguno, y todo con justicia.</p> - -<p>Entretanto algunos de los compañeros se habían -puesto á jugar, otros á comer, muchos á gritar; -algunos también se iban, y otros venían. El posadero -atendía á todos; pero esto no tiene nada -que ver con nuestra historia. El incógnito guía no -hacía ademán de irse; no tenía, al parecer, ningún -quehacer allí, y sin embargo, no quería partir -sin haber conversado otro poco con Renzo, en<span class="pagenum" id="Page_384">[Pg 384]</span> -particular: volvióse hacia él, tocó de nuevo la -conversación acerca del pan; y después de algunas -de aquellas frases que de algún tiempo corrían -por todas las bocas, puso en ejecución su proyecto.</p> - -<p>—¡Ah! si yo mandase, ya encontraría el medio -de arreglar las cosas.</p> - -<p>—¿Cómo lo haríais? dijo Renzo, mirándole con -los ojos más brillantes que de ordinario, y torciendo -un poco la boca, como para prestar más atención.</p> - -<p>—¿Cómo lo haría? contestó aquél; querría que -hubiese pan para todo el mundo, tanto para los -pobres como para los ricos.</p> - -<p>—¡Ah! muy bien, replicó Renzo.</p> - -<p>—He aquí cómo: una tarifa razonable, al alcance -de todos, y después distribuir el pan en razón de -las bocas; porque hay golosos indiscretos que lo -quieren todo para ellos; todo lo pillan, lo arañan -todo, y después falta el pan á los pobres. Es indispensable, -dividir el pan; ¿y cómo se hace? del -modo siguiente: dando una tarjeta á cada familia -en proporción de las bocas, para ir á tomar el pan -á las panaderías. Á mí, por ejemplo, debería dárseme -una tarjeta en esta forma: Ambrosio Fusella, -espadero de profesión, con mujer y cuatro hijos, -todos en edad de comer pan (notad bien esto), -que se les dé tal cantidad, y que pague tanto. -Pero sería preciso hacer las cosas justas, siempre<span class="pagenum" id="Page_385">[Pg 385]</span> -en razón de las bocas. Á vos, supongamos, deberían -daros una tarjeta para... ¿vuestro nombre?</p> - -<p>—Lorenzo Tramaglino, dijo el joven; el cual -desvanecido con el proyecto, no reflexionaba que -estaba fundado sobre el papel, la pluma y la tinta; -y que para ponerlo en ejecución, la primera -cosa era recoger los nombres de las personas.</p> - -<p>—Muy bien, dijo el desconocido; pero ¿tenéis -mujer é hijos?</p> - -<p>—Bien debería... hijos, no... es demasiado -pronto... pero mujer... si el mundo fuese -como debía ser...</p> - -<p>—¡Ah, sois solo! pues tened paciencia, se os -daría una porción más pequeña.</p> - -<p>—Es justo; mas si pronto, como espero... y -con el auxilio de Dios... basta: ¿y cuando tuviese -también mujer?...</p> - -<p>—Entonces se cambia la tarjeta, y se aumenta -la porción, según ya os he dicho; siempre en razón -de las bocas, dijo el desconocido levantándose.</p> - -<p>—Así estaría muy bien, exclamó Renzo, y continuó -gritando y dando puñadas sobre la mesa: -¿y por qué no hacen una ley de este modo?</p> - -<p>—¿Qué queréis que os diga? Entretanto os deseo -una buena noche, y me voy, porque pienso -que mi mujer é hijos me esperarán hace ya tiempo.</p> - -<p>—Otro trago, otro trago, gritaba Renzo, llenando -precipitadamente el vaso de aquél: y habiéndose<span class="pagenum" id="Page_386">[Pg 386]</span> -levantado de súbito, lo cogió por un extremo -del jubón, y tirándole con todas sus fuerzas -para hacerlo sentar de nuevo, repitió: otro -traguito, no me hagáis este desprecio.</p> - -<p>Mas el amigo se libró por medio de una sacudida; -luego, dejando hacer á Renzo un diluvio de -instancias y de reconvenciones, le dijo de nuevo: -“Buenas noches”, y partió. Renzo seguía aún hablándole, -cuando aquél estaba ya en la calle, después -de lo cual cayó desplomado sobre el banco. -Fijó los ojos sobre aquel vaso que había llenado; -y viendo pasar por delante de la mesa al mozo, -le hizo señas de que se parase, como si tuviera -que comunicarle alguna cosa importante: le enseñó -el vaso, y con pronunciación lenta y solemne, -acentuando las palabras de cierto modo particular, -dijo: “¡Helo aquí! Lo había preparado para -aquel buen hombre; mirad, está lleno enteramente: -es de amigo, mas él no le ha querido; á veces, -la gente tiene ideas singulares; yo no tengo la -culpa; mi buen corazón lo ha manifestado: ahora, -ya que la cosa está hecha, es preciso no dejarla -perder”. Dicho esto lo tomó y lo apuró de un -trago.</p> - -<p>—Quedo enterado, dijo el mozo yéndose.</p> - -<p>—¡Ah, vos estáis enterado también! replicó -Renzo: pues es verdad. ¡Cuando las razones son -justas!...</p> - -<p>Aquí es indispensable todo el amor que profesamos<span class="pagenum" id="Page_387">[Pg 387]</span> -hacia la verdad, para hacernos proseguir -fielmente una narración que honra tan poco á un -personaje tan principal, y casi podríamos decir, -al héroe de nuestra historia. Por esta misma razón -de imparcialidad, debemos, sin embargo, advertir, -que es la primera vez que á Renzo le sucedía -una cosa semejante; y esto era precisamente -la poca costumbre que tenía de cometer excesos, -siendo la causa, en gran parte, de que el primero -le fuese tan funesto. Los pocos vasos que había -bebido al principio, unos después de otros, contra -su costumbre, ya sea para apagar el ardor de su -garganta, ya por cierta alteración de ánimo, que -no le dejaba hacer nada con medida, le subieron -con presteza al cerebro: á un bebedor un poco -ejercitado no le hubiera producido otro efecto que -quitarle la sed. Sobre esto nuestro anónimo hace -una observación, que nosotros repetiremos, y valga -lo que valiere. Los hábitos moderados y honestos, -dice, tienen también la ventaja de que, -cuanto más inveterados y arraigados están en un -hombre, tanto más fácilmente, cuando él quiere -desviarse, se resiente al instante de ellos; de modo, -que se acuerda después por mucho tiempo, y -una falta le sirve de lección.</p> - -<p>Sea lo que quiera, cuando los vapores hubieron -subido á la cabeza de Renzo, vino y palabras continuaron -aglomerándose, uno sobre otras, sin regla -ni concierto. En el momento en que lo hemos<span class="pagenum" id="Page_388">[Pg 388]</span> -dejado, estaba ya según podía. Sentía grandes deseos -de hablar: oyentes, ó á lo menos á los que -podía tomar por tales, no faltaban; y por espacio -de algún tiempo, aunque las palabras habían venido -sin hacerse de rogar, sin embargo, se habían -dejado colocar en un orden regular. Mas poco á -poco aquel cuidado de concluir las frases empezó -á ser sumamente difícil. La idea que se presentaba -á su mente, viva y resuelta, se anublaba y -desvanecía de repente, y la palabra, después de -haberse hecho aguardar por un momento, no era -ya la que venía al caso. En semejante angustia, -por uno de esos falsos instintos que en tantas ocasiones -pierden á los hombres, recurría á la bienaventurada -botella; ¿pero qué auxilio podía prestarle -ésta en tales circunstancias? Que lo diga el -que lo sepa.</p> - -<p>Nosotros únicamente referiremos algunas de las -muchísimas palabras que dijo en aquella fatal noche; -las muchas que omitimos desdicen demasiado, -porque no sólo no tienen sentido, sino tampoco -visos de tenerlo, condición necesaria en un libro -impreso.</p> - -<p>—¡Ah, patrón, patrón! Volvió á empezar dirigiendo -la vista alrededor de la mesa y bajo la campana -de la chimenea, fijándola con frecuencia en -donde no estaba, y hablando siempre en medio -del bullicio de la compañía: aunque eres posadero -no puedo digerir... la pregunta del nombre,<span class="pagenum" id="Page_389">[Pg 389]</span> -apellido y negocio. ¡Á un buen muchacho como -yo!... No te has portado bien. ¿Qué satisfacción, -qué ventaja, qué gusto... de poner en el -papel á un pobre joven? ¿Digo bien, señores? Los -posaderos debían estar á favor de los pobres muchachos... -Escucha, escucha, patrón; quiero -hacerte una comparación... por la razón... -¿se ríen, eh? Estoy un poco alegre... pero digo -las cosas bien. Dime, ¿qué es lo que mantiene tu -hostería? ¿Los pobres muchachos, no es verdad? -Mira si esos señores de las ordenanzas vienen nunca -á tu casa á echar un trago.</p> - -<p>—Es gente que no bebe más que agua, dijo -uno que estaba próximo á Renzo.</p> - -<p>—Quieren estar en sí, añadió otro, para poder -decir con más propiedad mentiras.</p> - -<p>—¡Ah! gritó Renzo, ya ha hablado el poeta. -Oíd, pues, también vosotros mis razones: responde -tú igualmente, patrón. Y Ferrer, que es el -mejor de todos, ¿ha venido jamás aquí á echar un -brindis y á gastar un solo maravedí? ¿Y aquel perro -asesino de don...? Me callo, porque tengo -el cerebro demasiado... Ferrer y el padre -Crrr... Yo me entiendo, son dos excelentes -hombres; pero como éstos hay pocos. Los viejos -son aún peores que los jóvenes, y los jóvenes... -son... peores aún que los viejos. Sin embargo, -estoy contento de que no haya habido sangre; -éstas son barbaridades que están únicamente reservadas<span class="pagenum" id="Page_390">[Pg 390]</span> -para el verdugo. Pan, ¡oh! esto sí. Yo -he recibido terribles empujones: pero... también -los he dado. ¡Paso! ¡Abundancia! ¡Viva!... -y con todo, Ferrer también... algunas palabritas -en latín... <em>si es baraos trapalorum</em>... ¡Maldito -viejo! ¡Viva! ¡Justicia! ¡Pan! ¡ah! He aquí las -palabras perfectas. Allí quisiéramos esos hombres... -cuando se dejó oir aquel maldito ton, -ton, ton, y después aún ton, ton, ton. No se trataba -absolutamente de huir entonces, sino de tener -allí al cura: ¿sé acaso lo que me digo?</p> - -<p>Á estas palabras bajó la cabeza, y permaneció -algún tiempo como absorto en una idea: después -arrojó un gran suspiro y levantó la frente, con los -ojos inflamados, con una emoción tan violenta que, -¡ay del que la causaba si se hubiese presentado -en aquel momento! Mas aquellos hombres que habían -ya empezado á divertirse con la elocuencia -apasionada y embrollada de Renzo, aún más se -divertían con su aire compungido. Los más cercanos -decían á los otros: mirad; y todos se volvían -hacia él; tanto, que llegó á ser el hazme reir de -la reunión. No es decir por esto, que todos estuviesen -en su sentido común, ó en el que ellos tenían -de ordinario; pero para decir verdad, ninguno -estaba tan falto de él como el pobre Renzo; y -además de esto, hay que tener en cuenta que era -campesino. Se miraban unos á otros para excitarlo -con preguntas necias é impertinentes, y con<span class="pagenum" id="Page_391">[Pg 391]</span> -cumplimientos irónicos. Renzo, tan pronto lo tomaba -á mal, como á risa; tan pronto, sin hacer -caso de todas aquellas voces, hablaba de otras cosas, -ya respondía, ya preguntaba, siempre al revés -y sin sentido. Por fortuna, en su desvanecimiento -le había quedado, sin embargo, una especie -de discreción instintiva para no pronunciar los -nombres de las personas; de modo, que el que -debía tener más profundamente grabado en su -memoria, no fué proferido en aquel sitio. Hubiéramos -sufrido demasiado, si ese nombre, hacia el -cual experimentamos nosotros mismos un poco de -afecto y respeto, hubiese sido denigrado por aquellas -infernales bocas, y llegado á ser el juguete de -aquellas malvadas lenguas.</p> - - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_15" href="#FNanchor_15" class="label">[15]</a> Por el siguiente diálogo entre Renzo y el posadero, se -comprenderá que este último toma á aquél por un espía, pues -en italiano, así como en español, la palabra policía tiene dos -distintas significaciones; á saber: la de limpieza, aseo ó curiosidad, -y la del cuerpo de agentes del gobierno establecido para -vigilar y mantener el orden público.</p> - -</div> -</div> -</div> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_392">[Pg 392]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOQUINTO</h2> -</div> - - -<p>Como viese el dueño de la hostería que el juego -iba demasiado lejos, se acercó á Renzo; suplicó -con buenos modos á los otros que lo dejasen, -y lo sacudió por un brazo para tratar de hacerle -entender y persuadirle que se fuese á la cama. -Mas Renzo volvía siempre á las andadas; esto es, -con el nombre y apellido, con las ordenanzas y -con los buenos muchachos. Pero las palabras <em>cama</em> -y <em>dormir</em>, repetidas á su oído, le entraron finalmente -en la cabeza; le hicieron experimentar -un poco más distintamente la necesidad de lo que -significaban, y produjeron un momento de lúcido -intervalo. La poca razón que recobró, le hizo entrever -en cierto modo que la mayor parte se habían -ido disipando poco á poco, como la última -bujía encendida deja ver las otras apagadas. Tomó<span class="pagenum" id="Page_393">[Pg 393]</span> -una resolución: extendió las manos y las apoyó -sobre la mesa; probó una ó dos veces de levantarse; -suspiró, titubeó; al tercer esfuerzo, ayudado -por el posadero, se puso en pie. Éste, sosteniéndole -siempre, lo hizo salir de entre la mesa -y el banco; tomó en una mano la luz, y con la -otra medio lo condujo, medio lo arrastró lo mejor -que pudo al lado de la escalera. Allí Renzo, -al ruido de los saludos que le enviaba á grandes -gritos la tumultuosa asamblea, se volvió precipitadamente; -y si su apoyo no hubiese estado pronto -á sostenerlo por un brazo, hubiera dado una -caída violenta. Volvióse, pues, y con el brazo que -le quedaba libre, iba trazando y describiendo en -el aire, á guisa de un nudo de Salomón.</p> - -<p>—Vamos á la cama, á la cama, dijo el posadero -arrastrándole; le hizo entrar por la puerta que -hemos citado, y con mucho trabajo lo pudo hacer -subir por una escalerita, la cual se dirigía al cuarto -que se le había destinado. Á la vista de la cama -que le aguardaba, Renzo se regocijó: miró -afectuosamente al posadero con dos ojillos, que -tan pronto brillaban más que nunca, tan pronto -se eclipsaban como dos luciérnagas. Trató de -equilibrarse sobre las piernas, y extendió la mano -hacia el rostro del huésped para cogerle las -mejillas en señal de amistad y reconocimiento: -mas no pudo lograrlo. “¡Excelente patrón! consiguió -sin embargo decir; ahora veo que eres un<span class="pagenum" id="Page_394">[Pg 394]</span> -hombre de bien; ésta es una buena obra, dar una -cama á un buen muchacho; pero lo que me habéis -hecho sobre el nombre y apellido, no era de -un hombre honrado. Por fortuna yo también soy -astuto...”.</p> - -<p>El posadero, que no creía que Renzo pudiese -aún tener tanto conocimiento; él, que sabía por -una larga experiencia, cuán sujetos están los hombres -en el estado de embriaguez á cambiar súbitamente -de parecer, quiso aprovechar este lúcido -intervalo para hacer otra tentativa.—Mi querido -hijo, dijo con una voz y con un ademán sumamente -cariñoso; no lo he hecho para importunaros, -ni para saber vuestros asuntos. ¿Qué queréis? -hay una ley, es preciso que aun nosotros la obedezcamos, -pues de lo contrario, seríamos los primeros -en pagar la pena; es mucho mejor el contentarlos, -y... al fin y al cabo, ¿de qué se trata? -de una friolera, de decir únicamente dos palabras; -no por ellos, sino para darme gusto: vamos, aquí -entre nosotros, entre cuatro ojos, hagamos nuestro -negocio; decidme vuestro nombre, y... después -id á acostaros tranquilo.</p> - -<p>—¡Ah, bribón! exclamó Renzo; ¡pillo! ¡me vienes -todavía con la infamia del nombre, apellido y negocios!</p> - -<p>—Cállate, picarillo, vete á dormir, decía el posadero. -Mas Renzo continuaba con más fuerza: “Ya -comprendo; tú eres también de la liga: espera,<span class="pagenum" id="Page_395">[Pg 395]</span> -espera que yo te arregle”. Y volviendo la cabeza -hacia la escalerilla, empezó á dar gritos con todas -sus fuerzas: “¡Amigos míos! el patrón es de -la...”.</p> - -<p>—Lo he dicho por broma, exclamó éste acercándose -á Renzo y empujándolo hacia la cama, -por broma, ¿no has comprendido que lo he dicho -por broma?</p> - -<p>—¡Ah! por broma, ahora hablas bien; ya que -tú lo has dicho por broma... justamente son cosas -de broma. Dicho lo cual cayó de bruces sobre -el lecho.</p> - -<p>—Ánimo; desnudaos pronto, continuó el posadero, -y al consejo añadió la ayuda, que le era muy -necesaria. Cuando Renzo se hubo quitado el jubón, -aquél, habiéndolo tomado, metió en seguida -las manos en los bolsillos, con el objeto de ver si -estaban exhaustos. Los encontró, y pensando que -al día siguiente su parroquiano tendría otra cosa -que hacer que pagarle, y que la hacha caería probablemente -en manos de donde él no podría hacerla -salir, quiso probar si á lo menos conseguía -concluir ese otro negocio.</p> - -<p>—Vos sois un buen muchacho, un hombre honrado, -¿no es verdad? le dijo.</p> - -<p>—Buen muchacho, hombre honrado, respondió -Renzo, haciendo siempre trabajar sus dedos con -los botones de los calzones que no había aún podido -quitarse.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_396">[Pg 396]</span></p> - -<p>—Bien, replicó el posadero, saldad, pues, ahora -esa cuentecita, porque mañana tengo que salir -á ciertos negocios...</p> - -<p>—Esto es muy justo, dijo Renzo, al fin yo soy -un hombre honrado, aunque astuto; ¡mas los dineros! -¡ahora es preciso que yo los busque!</p> - -<p>—Helos aquí, repuso aquél; y poniendo en -obra todo su saber, toda su paciencia, y toda su -destreza, logró hacer la cuenta con Renzo y hacerse -pagar.</p> - -<p>—Dadme una mano, patrón, para que yo pueda -acabar de desnudarme, dijo Renzo. Veis, yo -también comprendo que tengo un grandísimo -sueño.</p> - -<p>El posadero le dió el auxilio que reclamaba; -hizo más: extendió el cobertor sobre él, y le dijo -afectuosamente: buenas noches. Mas Renzo roncaba -ya. Después, por aquella especie de atracción -que nos lleva algunas veces á considerar un -objeto de odio á la par de un objeto de amor, y -que acaso no es otra cosa que el deseo de conocer -lo que obra fuertemente sobre nuestro espíritu, -se detuvo un momento á contemplar aquel -parroquiano tan enojoso para él, y levantando la -luz sobre su rostro, y haciéndola con la mano reverberar -en él, en la actitud poco más ó menos, -en la cual nos pintan á Psyquis, cuando va á espiar -furtivamente las formas de su desconocido -esposo: ¡Pedazo de asno! dijo en su mente al infeliz -<span class="pagenum" id="Page_397">[Pg 397]</span> -dormido; ¡tú mismo te la has buscado: mañana, -pues, me sabrás decir qué gusto tendrá!... -¡Majaderos, que queréis ir por el mundo sin saber -de qué lado sale el sol, para confundiros á -vosotros mismos y al prójimo!</p> - -<p>Esto dicho ó pensado, retiró la luz, se puso en -movimiento, salió de la habitación, y cerró la -puerta con llave. Llegado á la meseta de la escalera, -llamó á la posadera, previniéndola que dejase -sus hijos al cuidado de su criada, y que bajase -á la cocina á hacer sus veces. Es preciso que -yo salga, gracias á un viajero que ha llegado no -sé cómo diablos aquí, por mi desgracia, le dijo. -En seguida le refirió en compendio aquel enojoso -contratiempo. Después añadió: ojo avizor, y sobre -todo, prudencia, que estamos en un día muy -fatal. Tenemos abajo una cuadrilla de desesperados, -que entre el beber y entre que naturalmente -tienen la lengua larga, hablan de todo sin reparar. -¡Basta!... Si algún temerario...</p> - -<p>—¡Oh! no soy niña, y sé lo que es preciso hacer. -Hasta aquí, me parece que no se puede decir.</p> - -<p>—Bien, bien; á tratar de que paguen: con respecto -á las conversaciones que tengan sobre el -vicario de la provisión, y el gobernador, y Ferrer, -y los decuriones, y los caballeros, y la España, -y la Francia, y otras necedades semejantes, -haced como que no los entendéis; porque si se les<span class="pagenum" id="Page_398">[Pg 398]</span> -contradice, la cosa puede ir en seguida mal; y si -se les da la razón, puede por otro lado tener también -malas consecuencias. Ya sabéis que algunas -veces los que dicen los más grandes disparates... -basta; cuando se oyen ciertas expresiones, lo mejor -es volver la cabeza y decir: allá voy, como si -de otro lado llamase alguno. Además, trataré de -volver lo más pronto que pueda.</p> - -<p>Dicho esto, bajó con aquélla á la cocina, echó -una ojeada alrededor para ver si había algo de -nuevo, descolgó de un clavijero su sombrero y su -capa, tomó un bastón que estaba en uno de los -rincones, y renovando á su mujer, por medio de -otra ojeada las instrucciones que le había dado, -salió. Mas al paso que hacía todas aquellas operaciones, -había vuelto á tomar en su interior el -hilo del apóstrofe empezado en el lecho del pobre -Renzo, y lo continuaba á medida que iba andando -por la calle. ¡Campesino testarudo! Pues aunque -Renzo hubiese querido ocultar esta cualidad, -se manifestaba en sus discursos, en su pronunciación, -en su aspecto y sus maneras. Un día como -éste, á fuerza de política, á fuerza de tener juicio, -yo sacaba las manos limpias; ¡y era preciso que -vinieses tú al fin y al cabo á echarlo todo á perder! -¿Acaso faltan posadas en Milán, para venir á -dar precisamente á la mía? Á lo menos si hubieras -venido solo, hubiera cerrado un ojo por esta -noche, y mañana por la mañana te habría hecho<span class="pagenum" id="Page_399">[Pg 399]</span> -entender la razón: pero no señor, viene en compañía, -¿y de quién? ¡de un polizonte, para componerlo -mejor!</p> - -<p>Á cada paso, el patrón encontraba paseantes -solitarios, ó cuadrillas, ó grupos de gentes que -discurrían por las calles hablando bajo. En el presente -estado de muda alocución, fué cuando vió -venir una patrulla; retirándose á un lado para dejarla -pasar, la miró de reojo, y continuó diciendo -entre sí: he aquí el látigo de los tontos. Y tú, imbécil, -pedazo de asno, por haber visto un poco de -pueblo en movimiento que hacía un poco de ruido, -se te ha metido en la cabeza que el mundo -iba á mudarse. Con este magnífico fundamento tú -te has perdido, y quisiste perderme á mí, que no -era justo. Yo hacía todo lo posible por salvarte, -y tú, imbécil, en cambio, ha faltado muy poco para -que no me hayas revuelto la hostería de arriba -abajo. Ahora te tocará el ver cómo vas á salir -del embarazo; tocante á mí, sabré prevenirme. -¡Como si yo quisiese saber tu nombre por una -mera curiosidad mía! ¿Qué importa que te llames -Tadeo ó Bartolomé? ¡Efectivamente, gozo mucho -en tener la pluma en la mano! Pero no sois vosotros -solos los que queréis que las cosas vayan á -vuestro modo: demasiado sé también yo que hay -ordenanzas de las cuales no se hace ningún caso: -¡bella noticia para que uno tenga necesidad de -oírsela á un campesino! Mas tú no sabes que las<span class="pagenum" id="Page_400">[Pg 400]</span> -ordenanzas contra los dueños de posadas, sirven -de algo. Quieres dar vueltas al mundo y hablar, -é ignoras que cuando se quiere hacerlo á su modo -y tener las ordenanzas en el bolsillo, lo primero -es hablar con mucho miramiento. ¿Y sabes tú, -gran animal, lo que le sucedería á un pobre posadero -que fuese de tu opinión, y no preguntase -el nombre del que le hacía la gracia de favorecerle? -<em>So pena á cualquiera de los expresados posaderos, -taberneros y demás, según se deja dicho arriba, -de trescientos escudos</em>... ¡Sí, se les cobrarán -trescientos escudos, y para gastarlos tan bien! <em>para -ser aplicados, los dos tercios á la real cámara, y -el otro al acusador ó delator</em>: ¡qué angelito! <em>y en caso -de insolvencia, cinco años de galeras y mayor pena, -pecuniaria ó corporal, al arbitrio de su excelencia</em>. -¡Obligadísimo á sus favores!</p> - -<p>Á estas palabras, el posadero pisaba el umbral -del palacio de justicia. Allí, como en todas las demás -oficinas, había mucho que hacer; por todas -partes se atendía á dar las órdenes que parecían -más propias á prevenirlo todo para el día siguiente, -á quitar todo pretexto á la rebelión, á enfriar -la audacia de los que desean nuevos desórdenes, -y asegurar la fuerza en las manos acostumbradas -á emplearla. Se aumentó el número de los soldados -que guardaban la casa del vicario: las bocacalles -fueron atajadas con vigas atravesadas, atrincheradas -con carros. Se mandó á todos los horneros<span class="pagenum" id="Page_401">[Pg 401]</span> -que trabajasen en hacer pan sin descansar; se -expidieron correos á los pueblos circunvecinos, -con orden de enviar trigo á la ciudad; se comisionaron -nobles para que fuesen á los hornos muy de -mañana, á fin de que velasen la distribución del -pan, y contuviesen á los revoltosos, por la autoridad -de su presencia y buenas palabras. Pero -para dar, como vulgarmente se dice, un golpe en -el aro y otro en el tonel, y para hacer más eficaces -los consejos con un poco de miedo, se pensó -en el modo de echar mano á algunos sediciosos. -Este cuidado correspondía, principalmente, al capitán -de justicia, el cual, cualquiera puede figurarse -con qué ojos vería las insurrecciones y los insurrectos, -con una venda de agua vulneraria que -llevaba sobre uno de los órganos de la profundidad -metafísica. Sus sabuesos se habían puesto en -campaña desde el principio del tumulto; y el consabido -Ambrosio Fusella era, según ha dicho ya -nuestro posadero, un polizonte disfrazado, enviado -para que diese vueltas con el objeto de coger -con las manos en la masa á alguno; como igualmente -para espiarlo, conocerlo y atraparlo, apoderándose -de él por la noche, cuando estuviese todo -tranquilo, ó si no al día siguiente. Después de -haber oído cuatro palabras del famoso sermón de -Renzo, le había echado tontamente el fallo encima; -pareciéndole un culpable excelente hombre, -justamente lo que él deseaba. Viendo en seguida,<span class="pagenum" id="Page_402">[Pg 402]</span> -que había llegado nuevamente de su pueblo, había -intentado el golpe maestro de conducirlo en -caliente á la cárcel, como á la posada más segura -de la ciudad; mas el negocio le salió fallido, según -hemos visto. Sin embargo, pudo llevar á la policía -las noticias seguras del nombre, apellido y patria, -además de otras muchas conjeturas que había -hecho; de modo que, cuando el posadero llegó -á aquel punto para dar cuenta acerca de lo que -sabía de Renzo, tenían ya más noticias que él. -Entró en la pieza acostumbrada é hizo su deposición; -alegó cómo un forastero había ido á hospedarse -en su casa y que no había querido manifestar -su nombre.</p> - -<p>—Habéis cumplido con vuestro deber en informar -á la justicia, dijo un escribano del crimen, -abandonando la pluma; pero ya lo sabíamos.</p> - -<p>—¡Gran secreto pensó el patrón! ¡se requiere -un gran talento!</p> - -<p>—Y también sabemos, continuó el escribano, -ese respetuoso nombre.</p> - -<p>¡Diablo! ¿el nombre también? ¿Cómo lo han -hecho? pensó el posadero esta vez.</p> - -<p>—Mas vos, replicó el otro con grave semblante, -vos no lo decís todo sinceramente.</p> - -<p>—¿Qué es lo que debo decir más?</p> - -<p>—¡Ah, ah! Sabemos bien que ese hombre ha -llevado á vuestra posada una gran cantidad de<span class="pagenum" id="Page_403">[Pg 403]</span> -pan robado, y robado con violencia, por medio -del saqueo y de la sedición.</p> - -<p>—Viene uno con un pan en su faltriquera: ¿sé -yo acaso adónde ha ido á tomarlo? Porque si es -preciso hablar como en el artículo de la muerte, -puedo decir no haberle visto más que un sólo -pan.</p> - -<p>—Ya; siempre excusándoos, defendiéndoos: el -que os oiga á vosotros, todos sois unos santos: -¿cómo podéis probar que aquel pan fué bien adquirido?</p> - -<p>—¿Cómo lo he de probar yo? En esto no me -meto: yo soy posadero, y nada más.</p> - -<p>—Sin embargo, no podréis negar que vuestro -parroquiano no haya tenido la temeridad de proferir -palabras injuriosas contra las ordenanzas, y -de hacer ademanes perjudiciales é indecentes contra -las armas de su excelencia.</p> - -<p>—Vuestra señoría me permitirá que le diga: -¿cómo puede ser uno de mis parroquianos, si lo -he visto ahora por primera vez? Precisamente es -el diablo, salvo vuestro respeto, el que lo ha mandado -á mi casa; y si yo le hubiese conocido, -vuestra señoría sabe muy bien que no hubiera tenido -necesidad de preguntarle su nombre.</p> - -<p>—Á pesar de todo, en vuestra posada, á presencia -vuestra, se han promovido proyectos incendiarios, -palabras temerarias, proposiciones sediciosas, -murmuraciones, gritos, quejas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_404">[Pg 404]</span></p> - -<p>—¿Cómo quiere vuestra señoría que yo atienda -á los disparates que pueden decir tantos alborotadores -que hablan todos á la vez? Yo no debo -mirar más que mis intereses, pues que soy un infeliz: -y después vuestra señoría no ignora que el -que tiene la lengua suelta, por lo regular tiene las -manos ligeras, tanto más, cuanto que eran una -cuadrilla, y...</p> - -<p>—Sí, sí, dejadle hacer y decir; ¡mañana, mañana -veréis si les habrá pasado ya la tontería! ¿Qué -creéis vos?</p> - -<p>—Yo no creo nada.</p> - -<p>—¿Que la canalla se haga dueña de Milán?</p> - -<p>—¡Oh, justamente!</p> - -<p>—¡Veréis, veréis!</p> - -<p>—Comprendo muy bien: el rey será siempre -el rey; pero el que habrá recibido, se quedará -con ello; y naturalmente un pobre padre de familia -no tiene deseos de recibir. Vuestras señorías -tienen la fuerza; á vosotros es á quienes os toca...</p> - -<p>—¿Tenéis aún mucha gente en casa?</p> - -<p>—Un montón.</p> - -<p>—Y vuestro parroquiano, ¿qué hace? ¿continúa -alborotando, exaltando la gente, y preparando -desórdenes para mañana?</p> - -<p>—¿El forastero, quiere decir vuestra señoría? -Se ha ido á acostar.</p> - -<p>—¿Tenéis, pues, mucha gente?... ¡Basta! procurad -no dejarle escapar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_405">[Pg 405]</span></p> - -<p>¿Debo yo acaso hacer de esbirro? pensó el -posadero; mas no dijo ni sí, ni no.</p> - -<p>—Volveos á vuestra casa, y sed prudente, replicó -el escribano.</p> - -<p>—Siempre lo he sido; vuestra señoría puede -decir si jamás he dado quehacer á la justicia.</p> - -<p>—Y no creáis que ésta haya perdido su fuerza.</p> - -<p>—¡Yo! ¡por caridad! no creo nada; no soy más -que un posadero.</p> - -<p>—La canción de costumbre; jamás tenéis otra -cosa que decir.</p> - -<p>—¿Qué he de decir? La verdad desnuda.</p> - -<p>—¡Basta por hoy! Lo que habéis depuesto no -es suficiente; luego veremos el negocio, é informaréis -más ampliamente acerca de lo que os podrá -ser preguntado.</p> - -<p>—¿Qué he de deponer yo? nada sé; apenas tengo -cabeza para atender á mis quehaceres.</p> - -<p>—Guardaos bien de dejarlo partir.</p> - -<p>—Espero que el ilustrísimo señor capitán sabrá -que he venido prontamente á cumplir con mi -deber. Beso á vuestra señoría las manos.</p> - -<p>Al amanecer, Renzo roncaba hacía ya cerca de -siete horas, y estaba aún en lo más hermoso de -su sueño, cuando dos fuertes sacudidas de brazo, -y una voz que al pie de la cama gritaba: “¡Lorenzo -Tramaglino!” le hizo despertar sobresaltado. Se -desperezó, extendió los brazos, abrió con gran trabajo -los ojos, y divisó de pie delante de él, y el<span class="pagenum" id="Page_406">[Pg 406]</span> -extremo del lecho, á un hombre vestido de negro, -y otros dos armados, el uno á la derecha, el otro -á la izquierda de la cabecera. Entre la sorpresa, -el sueño y los vapores del vino que sabéis, permaneció -un momento como encantado; y creyendo -soñar, y no agradándole aquel sueño, procuraba -despertarse prontamente.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Habéis finalmente oído, Lorenzo Tramaglino? -dijo el hombre de la capa negra, que era el -escribano mismo de la noche anterior. Ánimo, -pues; levantaos y venid con nosotros.</p> - -<p>—¡Lorenzo Tramaglino! dijo Renzo: ¿qué significa -esto? ¿qué me queréis? ¿quién os ha dicho -mi nombre?</p> - -<p>—Menos charlatanerías y levantaos pronto, dijo -uno de los esbirros que estaba al lado de la -cama agarrándole de nuevo el brazo.</p> - -<p>—¡Hola! ¿qué violencia es ésta? gritó Renzo, retirando -el brazo. ¡Posadero, posadero!</p> - -<p>—¿Nos lo llevamos en camisa? dijo aún dicho -esbirro volviéndose hacia el escribano.</p> - -<p>—¿Habéis oído? dijo éste á Renzo; así se hará -si no os levantáis pronto, muy pronto, para venir -con nosotros.</p> - -<p>—¿Y por qué? preguntó Renzo.</p> - -<p>—El por qué, lo oiréis del señor capitán de justicia.</p> - -<p>—¿Yo? soy un hombre honrado; nada he hecho, -y me admiro...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_407">[Pg 407]</span></p> - -<p>—Mejor para vos, mejor para vos, así en dos -palabras seréis despachado y podréis ir á evacuar -vuestros negocios.</p> - -<p>—Dejadme ir ahora, dijo Renzo; nada tengo -que ver con la justicia.</p> - -<p>—¡Vaya, acabemos! dijo un esbirro.</p> - -<p>—¿Nos lo llevamos de veras? replicó el otro.</p> - -<p>—¡Lorenzo Tramaglino! repitió el escribano.</p> - -<p>—¿Cómo sabe mi nombre vuestra señoría?</p> - -<p>—Haced vuestro deber, gritó el notario á los -esbirros, los cuales se apoderaron de Renzo para -sacarlo fuera del lecho.</p> - -<p>—¡Eh! ¡no toquéis al pellejo de un hombre de -bien, sin que!... Yo mismo me sé vestir.</p> - -<p>—Pues vestíos pronto, dijo el escribano.</p> - -<p>—Ya me voy á vestir, repuso Renzo, y andaba -presuroso recogiendo sus vestidos esparcidos -en desorden por el lecho, como los restos de un -naufragio sobre la playa. Luego, empezando á -vestirse, proseguía aún diciendo: Pero yo no quiero -ir á casa del capitán de justicia; nada tengo que -hacer con él: ya que se me hace esta afrenta tan -injustamente, quiero ser conducido á la presencia -de Ferrer: lo conozco, sé que es una persona -excelente, y que me debe favores.</p> - -<p>—Sí, sí, hijo mío, seréis conducido á casa de -Ferrer, respondió el escribano.</p> - -<p>En otras circunstancias, éste se hubiera reído -de buen grado, á vista de una proposición semejante;<span class="pagenum" id="Page_408">[Pg 408]</span> -mas entonces no era el momento más á propósito -para reir. Ya al ir á buscar á Renzo había -percibido en las calles un movimiento tal, que no -había podido definir si era el resto de una conmoción -aún no apaciguada, ó el principio de una -nueva: los habitantes de los arrabales bajaban en -gran número; se encontraban, marchaban agrupados -y se paraban en cuadrillas. Al presente, -sin hacer ningún caso, ó esforzándose á lo menos -para no hacerlo, aguzaba los oídos y le parecía -que el ruido iba siempre en aumento. Deseaba, -pues, despachar, mas hubiera querido conducir á -Renzo de buena voluntad; porque si se ponía en -guerra abierta con él, no podía estar seguro, una -vez puesto en la calle, de encontrar también tres -contra uno. Por esto se daba de ojo con los esbirros -para que tuviesen paciencia y no exasperasen -al joven, y por su parte trataba de persuadirlo -con buenas palabras. Sin embargo, el joven -mancebo, á medida que se vestía poquito á poco, -trayendo á la memoria, del mejor modo posible, -los sucesos del día anterior, veía bien al propio -tiempo que las ordenanzas, el nombre y el apellido, -debían ser la causa de todo; ¿pero cómo diablos -lo sabía ese hombre, y qué había sucedido -aquella noche, para que la justicia se hubiese atrevido -con tanta precipitación á ir en derechura á -prender á uno de esos buenos muchachos que el -día precedente tenían tanta voz en la reunión, y<span class="pagenum" id="Page_409">[Pg 409]</span> -que no debían estar todos dormidos, pues que -Renzo oía también en la calle un rumor siempre -creciente? Mirando en seguida el rostro del escribano, -descubrio la agitación que éste se esforzaba -en vano en ocultar. De todo lo cual, así para -aclarar sus conjeturas y descubrir terreno, como -para ganar tiempo y aun intentar un golpe, dijo: -“Bien conozco lo que motiva todo esto, ello es por -causa del apellido. Ayer noche, verdaderamente -estaba un poco alegre; esos posaderos tienen á -veces ciertos vinos tan traidores; y á veces, como -digo, se sabe que cuando el vino ha bajado, él es -el que habla. Mas si no se trata de otra cosa, al -presente estoy dispuesto á dar toda especie de satisfacciones. -Por otra parte, vos ya sabéis mi nombre; -¿quién demonios os lo ha dicho?”.</p> - -<p>—¡Bravo, hijo mío, bravo! respondió el escribano -con ademán sumamente cariñoso: veo que -tenéis juicio; y creedme á mí que soy del oficio, -vos sois más amable que todos los demás: éste es -el mejor medio para salir pronto y bien; con estas -buenas disposiciones, en dos palabras seréis -despachado y puesto en libertad. Mas yo, ya lo -veis, hijo mío, tengo las manos atadas, y no puedo -dejaros aquí como yo quisiera. Vamos, despachaos, -y venid sin ninguna especie de temor; que -cuando verá quién sois... y después, diré... -dejadme hacer... basta. Despachaos, hijo mío.</p> - -<p>—¡Ah, vos no podéis! entiendo, dijo Renzo; y<span class="pagenum" id="Page_410">[Pg 410]</span> -continuaba vistiéndose, rechazando con ademanes -á los esbirros, los cuales trataban de apoderarse -de él con el objeto de que se despachase.</p> - -<p>—¿Pasaremos por la plaza de la Catedral? preguntó -en seguida al escribano.</p> - -<p>—Por donde queráis; por el camino más corto, -á fin de quedar más pronto en libertad, dijo éste, -maldiciendo en su interior el ser obligado á dejar -caer aquella pregunta misteriosa de Renzo, que -podía llegar á ser el fundamento de otras ciento. -¡Cuando uno nace desgraciado! pensaba. He aquí -que cae entre mis manos uno que se ve que no -quería otra cosa que cantar; si yo tuviese únicamente -el tiempo de respirar, así, <i lang="la" xml:lang="la">extra formam</i>, -académicamente, por vía de conversación amistosa, -se le haría confesar sin trabajo todo lo que uno -quisiera; sería un hombre que llegaría á la cárcel -ya perfectamente examinado, sin que se apercibiese -de ello; ¡y un hombre de esta especie cae -debajo mi férula en un momento tan angustioso! -¡Ah! y no hay medio de evitarlo, continuaba el -consabido escribano calculando, prestando atención -y retirando la cabeza hacia atrás; no hay remedio, -el día amenaza ser peor que el de ayer. -Un rumor extraordinario que se dejó oir en la calle, -le dió lugar de pensar así: y no pudo menos -de abrir los postigos de la ventana para dar una -ojeadilla. Vió que era un grupo de gente de la -ciudad, la cual á la intimación de dispersarse, hecha<span class="pagenum" id="Page_411">[Pg 411]</span> -por una patrulla, había en un principio contestado -con malas palabras, concluyendo, finalmente, -por separarse murmurando siempre; lo -que pareció al notario una mala señal, fué que los -soldados avanzaban con mucha moderación. Cerró -los postigos, vaciló un momento acerca de si -debía llevar adelante la empresa, ó dejar á Renzo -bajo la custodia de dos esbirros, y correr á casa -del capitán de justicia para darle cuenta de lo -que sucedía. Pero, pensó al momento, se me dirá -que soy un cobarde, un pusilánime, y que debía -ejecutar las órdenes que me han sido dadas. Estamos -metidos en baile; por consiguiente es preciso -bailar. ¡Maldita sea la locura! ¡Condenado oficio!</p> - -<p>Renzo estaba de pie: los dos satélites se colocaron -á ambos lados; el escribano les hizo seña de -que no le violentasen demasiado; después, dirigiéndose -á Renzo, dijo: Vamos, hijo mío; por favor, -despachaos.</p> - -<p>Á pesar de todo, Renzo escuchaba, veía y reflexionaba. -Estaba ya del todo vestido, á excepción -del jubón que tenía en una mano, y cuyos -bolsillos registraba con la otra. ¡Hola! dijo, lanzando -al notario una mirada muy significativa: -aquí había dinero y una carta, señor mío.</p> - -<p>—Todo se os devolverá puntualmente, contestó -el notario, cuando se habrán llenado algunas -pequeñas formalidades. Vamos, marchemos.</p> - -<p>—No, no, no, dijo Renzo, sacudiendo la cabeza;<span class="pagenum" id="Page_412">[Pg 412]</span> -esto no me gusta; quiero lo que me pertenece, -señor mío. Daré cuenta de mis acciones; pero -quiero lo que me pertenece.</p> - -<p>—Quiero manifestaros que tengo confianza en -vos. Tomad y despachemos, dijo el notario, sacando -de su pecho, y entregando con un suspiro -las cosas secuestradas á Renzo. Éste, volviéndolas -á colocar en su lugar, murmuraba entre dientes: -“¡Qué curiosidad! al fin y al cabo tenéis tanto -roce con los ladrones, que se os ha pegado algo -del oficio”. Los esbirros no podían ya contenerse: -mas el escribano los refrenaba con sus miradas, y -en el ínterin decía entre sí: si tú llegas á poner el -pie dentro de aquel umbral, me la pagarás con -usura, me la pagarás.</p> - -<p>Mientras tanto que Renzo se ponía el jubón, y -tomaba el sombrero, el notario hizo seña á uno -de los esbirros que echase á andar delante por la -escalera; hizo en seguida ir el prisionero, después -el otro esbirro detrás, y finalmente él mismo se -puso en movimiento. Llegados á la cocina, y entretanto -que Renzo se puso á decir: “¿Dónde se ha -escondido el buen posadero?”; el escribano hizo otra -seña á sus compañeros. Éstos le cogen, el uno la -mano derecha y el otro la izquierda, y apresuradamente -le atan los puños con ciertas máquinas, -que por esa hipócrita figura retórica de eufemismo, -se llaman esposas. Éstas consistían (desagrada -el tener que descender á minuciosidades indignas<span class="pagenum" id="Page_413">[Pg 413]</span> -de la gravedad histórica, pero lo exige la -claridad), consistían, repito, en una cuerdecita un -poco más larga que la circunferencia de un puño -de una muñeca común, la cual tenía en sus dos -extremos dos pedacitos de madera como dos cruceros. -La cuerda rodeaba la muñeca del paciente, -y las maniquetas pasadas entre la palma y el -anular del esbirro quedaban encerradas en su mano, -de manera que dando vueltas se apretaba la -ligadura según se quería. Dicha medida tenía por -objeto no solamente el asegurar la captura, sino -también el martirizar al recalcitrante, y á este fin -la cuerdecita estaba llena de nudos.</p> - -<p>Renzo forcejea, grita: “¿Qué traición es ésta? ¡á -un hombre de bien!”... mas el escribano, que para -todos los acontecimientos tenía buenas palabras: -“Tomad paciencia, le decía; cumplen con su -deber: ¡qué queréis! éstas son meras formalidades: -no podemos tratar á la gente según nuestro -corazón; si no hiciésemos lo que se nos manda, -estaríamos frescos; estaríamos mucho peor que -vosotros. ¡Tened paciencia!”.</p> - -<p>Mientras hablaba, los dos á quienes correspondía -obrar dieron una vuelta á las maniquetas. -Renzo se aquietó como un bizarro caballo que -siente su boca oprimida por el freno, y exclamó: -¡paciencia!</p> - -<p>—¡Buen muchacho! dijo el notario, éste es el -modo verdadero de salir bien. ¡Qué queréis! es un<span class="pagenum" id="Page_414">[Pg 414]</span> -fastidio, convengo en ello; pero portándoos bien, -en un momento estaréis despachado. Y ya que -veo que estáis bien dispuesto, me siento inclinado -á ayudaros; quiero daros todavía otro consejo -para vuestro bien. Creedme, pues soy práctico en -esta clase de cosas; seguid vuestro camino, sin -mirar á vuestro alrededor, sin haceros notar: así -nadie reparará en vos, nadie percibirá lo que pasa, -y vos conservaréis vuestro honor. Dentro de -una hora estaréis ya en libertad: hay tanto quehacer, -que ellos se darán prisa á despacharos; y después -hablaré... iréis á vuestros negocios, y nadie -sabrá que habéis estado en poder de la justicia. -Y vosotros, continuó enseguida, volviéndose -á los esbirros con ademán severo, guardaos bien -de causarle daño, porque lo protejo yo: es preciso -que hagáis vuestro deber; pero recordad que -es un hombre honrado, un joven excelente, el cual -dentro de poco estará en libertad, y que tiene en -mucha estima su honor. Andad de modo que nadie -aperciba nada; lo mismo que si fueseis tres -hombres de bien que van á paseo juntos. Y con -tono imperativo y aire amenazador, repuso: ¿me -habéis entendido? Dirigiéndose luego á Renzo con -ademán moderado, y con el rostro repentinamente -risueño, que parecía decir, ¡oh, nosotros sí que -somos amigos! le dijo de nuevo: un poco de juicio; -haced lo que os digo; caminad quieto y recogido; -fiaos de quien os quiere bien: vamos. Y -la comitiva se puso en marcha.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_415">[Pg 415]</span></p> - -<p>Á pesar de tan buenas palabras, Renzo no creyó -una siquiera. Que el escribano le quisiese más -bien que á los esbirros, ni que tomase sobre sí -con tanto calor su reputación, ni que tuviese intención -de ayudarle, nada de esto creyó. Comprendió -perfectamente que el buen hombre, temiendo -que se presentase en la calle alguna buena -ocasión de escaparse de entre sus manos, ponía -por delante aquellos bellos motivos, para estorbar -el que estuviese atento para aprovecharse de ella. -Todas las exhortaciones no sirvieron más que para -confirmarlo en el designio que tenía ya en su -imaginación, esto es, de hacer todo lo contrario.</p> - -<p>Nadie, sin embargo, saque de todo esto en consecuencia, -que el notario fuese un bellaco novicio -é inexperto, porque se engañaría. Era al contrario, -dice nuestro historiador, un bellaco ya maestro, -el cual parece haberse hallado en el número -de sus amigos; mas en aquel momento se encontraba -con el ánimo agitado. Puedo aseguraros, -que á sangre fría se hubiera burlado de un hombre -que para empeñar á alguno á hacer alguna cosa -sospechosa hubiese ido á sugerírsela y á aconsejársela -con calor, bajo la miserable apariencia -de darle un consejo desinteresado, como si dijéramos, -de amigo. Pero cuando los hombres están -inquietos y perciben el medio que otro podía emplear -para sacarles de apuros, tienen todos una -tendencia á pedírselo con instancia y á cada momento,<span class="pagenum" id="Page_416">[Pg 416]</span> -bajo toda especie de pretextos; y cuando los -truhanes están agitados é inquietos, caen también -bajo esta ley común. De aquí proviene que en tales -circunstancias hacen ordinariamente una triste -figura. Aquellos golpes maestros, aquellas malignidades, -con las cuales tienen costumbre de -triunfar, que son para ellos como una segunda naturaleza, -y que puestas por obra á tiempo y conducidas -con la presencia de ánimo y con la serenidad -necesaria, dan el golpe tan bien y tan secretamente, -aun desconocidas, después de su logro -recogen aplausos generales; los pobrecitos, cuando -están entre angustias, las emplean precipitadamente, -en desorden y sin garbo ni gracia. De -manera, que el que los ve ingeniarse y arrebatarse -de aquel modo, les tiene lástima y le mueven -á risa; y el hombre que pretende entonces meterse -en medio, aunque menos astuto que ellos, descubre -bellísimamente todos sus manejos, y de sus -artificios recaba luz para sí contra ellos. Ésta es -la causa por que jamás se podrá recomendar demasiado -á los truhanes de profesión el conservar -siempre su sangre fría, ó lo que es lo más seguro, -el ser siempre los más fuertes.</p> - -<p>Renzo, apenas estuvieron en la calle, empezó -á mirar á un lado y á otro, á agitarse con frenesí -á derecha é izquierda, á aguzar los oídos. No había, -sin embargo, un concurso extraordinario; y si -bien en el semblante de más de un paseante se<span class="pagenum" id="Page_417">[Pg 417]</span> -podía leer fácilmente un cierto no sé qué de sedicioso, -á pesar de todo, cada uno seguía su camino -tranquilamente, y no había sedición propiamente -dicha.</p> - -<p>—¡Juicio, juicio! murmuraba el escribano á sus -espaldas: en ello va vuestro honor; el honor, joven -mancebo. Mas cuando Renzo, escuchando -atentamente á tres individuos que venían con el -rostro inflamado, oyó hablar de un horno de harina -escondida, de justicia, empezó también á hacer -gestos, y á toser de cierto modo que indicaba -otra cosa más que un resfriado. Ellos miraron con -más cuidado á la comitiva y se pararon; los que -habían pasado ya, oyendo el murmullo volvían -paso atrás, y formaban la retaguardia.</p> - -<p>—Tened cuidado; juicio, hijo; mirad, peor para -vos; no echéis á perder vuestros negocios; el honor, -la reputación, continuaba murmurando el -escribano; Renzo no le hacía caso. Los esbirros, -después de haber consultado por medio de una -rápida ojeada, pensando obrar bien (todos estamos -sujetos á errar), le apretaron las esposas.</p> - -<p>—¡Ay! ¡ay! ¡ay! exclamó el paciente; á los gritos -la gente se agrupa alrededor; acude de todas partes -de la calle, y la comitiva queda encallada. Es -un hombre de mala vida, balbuceaba el escribano -á los que le rodeaban; es un ladrón cogido in fraganti; -retiraos, dejad pasar á la justicia. Mas<span class="pagenum" id="Page_418">[Pg 418]</span> -Renzo, viendo que la ocasión era favorable, que -los esbirros se volvían blancos, ó á lo menos pálidos, -si ahora no me aprovecho, pensó interiormente, -tanto peor para mí; y de repente se puso -á dar voces: “¡Amigos míos! me llevan á la cárcel -porque ayer grité pan y justicia; nada he hecho; -soy un hombre honrado; socorredme, ¡amigos míos! -no me abandonéis”.</p> - -<p>Un favorable murmullo, voces manifiestas de -protección, se elevaron como en respuesta. En un -principio los esbirros mandan, después piden, luego -suplican á los más próximos que se retiren y -que dejen el paso libre; el tropel, al contrario, los -cerca y los estrecha cada vez más. Ellos, á la vista -del peligro, sueltan las esposas, y no tratan -más que de perderse entre la multitud para deslizarse -sin ser vistos. El escribano deseaba ardientemente -hacer lo propio, pero era muy difícil á -causa de su negra capa. El pobre hombre, pálido -y atemorizado, trataba de encogerse, de hacerse -el pequeño; esquivaba el cuerpo para salir de entre -la gente, mas no podía alzar los ojos sin ver -otros veinte clavados sobre él. Estudiaba todas las -maneras de aparecer como un extraño que, pasando -por allí al acaso, se había hallado en medio de -la muchedumbre como una pequeña paja en medio -de una menuda red; y encontrándose cara á -cara con un individuo que le miraba fijamente con -peor ceño que los demás, compuso su boca de<span class="pagenum" id="Page_419">[Pg 419]</span> -modo que apareciese en ella la sonrisa, y haciéndose -el inocente le preguntó: ¿qué ha sucedido?</p> - -<p>—¡Oh, infame cuervo! repuso aquél. ¡Cuervo, -cuervo! resonó por todas partes. Á los gritos añaden -los empujones, de modo que al poco tiempo, -ya á favor de sus piernas, ya con los codos de los -demás, obtuvo lo que más le apremiaba en aquel -momento; esto es, el salir de aquella barahunda.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_420">[Pg 420]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSEXTO</h2> -</div> - - -<p>¡Huye! ¡huye! buen hombre; ¡he aquí un convento, -allí tienes una iglesia! ¡por aquí! ¡por allí! -gritan de todas partes á Renzo. Tocante á huir, -júzguese si tenía necesidad de que se lo aconsejaran. -Desde el momento mismo en que había -empezado á concebir las esperanzas de escapar de -las garras de la policía, echó sus cuentas, y pensó -que si lo conseguía, saldría sin detenerse, no -sólo de la ciudad, sino también del ducado. Porque -se había dicho: de cualquier modo que sea, -ellos tienen apuntadas mis señas en sus librotes, -y con mi nombre y apellido me vienen á prender -cuando quieran. Tocante á un asilo, no lo habría -buscado hasta que tuviese los esbirros á sus espaldas; -porque se había dicho otra vez: Si puedo -ser pájaro de bosque, no quiero serlo de jaula.<span class="pagenum" id="Page_421">[Pg 421]</span> -Había, pues, designado para refugiarse cierto pueblo -situado en el territorio de Bérgamo, en el -cual estaba establecido su primo Bartolo, que si -recuerdan los lectores, muchas veces le había invitado -á ir. Mas la dificultad consistió en encontrar -el camino. Abandonado en un sitio desconocido -de una ciudad, para él desconocida también, -Renzo tampoco sabía por qué puerta se salía para -ir á Bérgamo, y aun cuando lo hubiese sabido, -ignoraba el camino que conducía á dicha puerta. -Imaginó que le enseñasen el camino alguno de -sus libertadores; pero así como en el poco tiempo -que había tenido para meditar su posición, le pasaran -por la mente ciertas ideas acerca de aquel -espadero tan oficioso, padre de cuatro hijos, así, -por sí ó por no, no quiso manifestar sus designios -á tanta gente reunida, por si acaso hubiese algún -otro de la misma índole, resolviendo de súbito -alejarse precipitadamente de aquel sitio, y el camino -hacérselo enseñar después en un sitio en -donde nadie supiese quién era, ni por qué lo preguntaba. -En seguida dijo á sus libertadores: “Mil -gracias, amigos míos; ¡Dios os bendiga!”. Y saliendo -por el lugar que se le hizo inmediatamente, -tomó la carrera, se introdujo por una travesía, -bajó por una callejuela, y galopó por espacio de -largo tiempo sin saber adónde iba. Cuando le pareció -que estaba ya bastante lejos, detuvo el paso -para no infundir sospechas, y empezó á mirar<span class="pagenum" id="Page_422">[Pg 422]</span> -ya á un lado, ya á otro, para escoger la persona -á quien hacer su pregunta, la cara que le inspirase -más confianza. Pero aun en esto había dificultad. -La pregunta por sí sola era sospechosa; el -tiempo urgía; los corchetes apenas vueltos de su -pequeño aturdimiento, debían haberse puesto en -movimiento para seguir las huellas de su fugitivo; -la voz de aquella fuga podía haber llegado -hasta allí, y en tales apuros, Renzo debía hacer -acaso diez juicios fisionómicos antes de encontrar -la figura que le pareciese á propósito. Ese gordiflón -que está de pie en la puerta de su tienda con -las piernas separadas, las manos detrás, sacado el -abdomen, la barba levantada, debajo de la cual -colgaba una gran papada, y que no teniendo otra -cosa que hacer levantaba alternativamente su temblorosa -é informe masa, dejándola caer sobre sus -calcañares, tenía el aire de un parlanchín curioso, -que en vez de contestar, le hubiera abrumado -con preguntas. Ese otro que iba hacia él con los -ojos fijos y la boca abierta, lejos de poder enseñar -su camino á alguien, parecía apenas saber el -suyo. Aquel muchacho, que á la verdad tenía trazas -de ser muy despejado, mostraba, sin embargo, -ser muy malicioso, y probablemente hubiera -tenido el maldito gusto de hacer ir á un infeliz -aldeano á la parte opuesta de la que éste deseaba. -¡Cuán cierto es que al hombre embarazado, á -cada paso se le presentan nuevos obstáculos! Habiendo<span class="pagenum" id="Page_423">[Pg 423]</span> -visto finalmente á uno que andaba muy -aprisa, pensó que éste, teniendo regularmente algún -negocio apremiante, le contestaría con prontitud, -sin necesidad de más habladurías, y oyendo -que hablaba solo, juzgó que debía ser un hombre -franco. Después de haberse aproximado á él -le dijo: “Por favor, caballero, ¿tendríais la bondad -de decirme por qué lado se va á Bérgamo?”.</p> - -<p>—¿Á Bérgamo? por la puerta Oriental.</p> - -<p>—Mil gracias; ¿y para ir á la puerta Oriental?</p> - -<p>—Tomad esta calle á mano izquierda, encontraréis -la plaza de la catedral, y luego...</p> - -<p>—Basta, caballero, ya sé lo demás; Dios os lo -pague. Después de lo cual se encaminó precipitadamente -hacia el lado que le había sido indicado. -El interpelado le siguió un momento con la -vista, y combinando en su pensamiento aquel modo -de andar con la pregunta, dijo entre sí: ó ha -hecho alguna, ó alguno se la quiere hacer.</p> - -<p>Renzo llegó á la plaza de la catedral; la atravesó, -pasó por el lado de un montón de cenizas y -carbones apagados, y reconoció los restos de la -hoguera, de la cual había sido espectador el día -antes; pasó también muy cerca de la escalinata de -la expresada catedral, y vió el horno de las muletas, -medio destruido y guardado por soldados. -Se dirigió vía recta por la calle á la cual había -sido arrastrado por la multitud; llegó al convento -de capuchinos, echó una ojeada á aquella plaza<span class="pagenum" id="Page_424">[Pg 424]</span> -y á la puerta de la iglesia, y se dijo interiormente: -El fraile de ayer me había dado, sin embargo, -un buen consejo, el de esperar en la iglesia, -con el objeto de hacer algo bueno.</p> - -<p>Detúvose un momento á mirar atentamente la -puerta por la cual había de pasar, y viendo á lo -lejos mucha gente que la guardaba, y teniendo la -imaginación un poco acalorada (es preciso compadecerle, -pues no le faltaban motivos), experimentó -cierta repugnancia en arriesgarse á salir por -ella. Se hallaba de manos á boca en un lugar de -asilo, en donde con la consabida carta sería bien -acogido: tuvo fuertes tentaciones de entrar; mas -animándose de súbito pensó: pájaro de bosque -hasta que se pueda. ¿Quién me conoce? Ciertamente, -los esbirros no se dividirán en pedazos para -irme á esperar á todas las puertas. Dirigió una -mirada á su alrededor para ver si venían por -aquel lado, y no descubrió ni esbirros, ni nadie -que pareciese ocuparse de él. Sigue adelante, detiene -aquellas benditas piernas que querían correr -siempre, mientras sólo convenía caminar, y -poco á poco, tarareando á media voz, llegó á la -puerta. Había justamente ocupando el paso una -porción de guardas, y de refuerzo una compañía -de arcabuceros españoles; mas todos estaban ocupados -en velar las afueras, para no dejar entrar -á las gentes que á la nueva de una sublevación -acuden, del mismo modo que los cuervos al campo<span class="pagenum" id="Page_425">[Pg 425]</span> -en donde se ha verificado una batalla; de suerte -que Renzo, con aire indiferente, los ojos bajos, -y con el andar entre viajero y paseante, salió sin -que nadie le dijese nada; pero el corazón le palpitaba -con fuerza. Advirtiendo á la derecha un -pequeño sendero, entró en él para evitar el camino -real, y anduvo un buen pedazo antes de -volver atrás la vista.</p> - -<p>Camina sin descanso; encuentra á su paso cabañas, -pueblos; sigue adelante sin preguntar su nombre, -y seguro de alejarse de Milán, confía ir hacia -Bérgamo: por el momento esto le basta. De cuando -en cuando se volvía, y á cada instante miraba -y se frotaba ya una, ya otra muñeca, doloridas -todavía, y señaladas en derredor con una rubicunda -raya, vestigios de la cuerda. Sus pensamientos -eran, como cualquiera puede imaginarse, -una confusa mezcla de arrepentimientos, inquietudes, -cólera y ternura; era un estudio pesado el -traer á la memoria lo que había dicho y hecho la -noche anterior, el descubrir la parte secreta de su -dolorosa historia, y sobre todo, cómo habían podido -averiguar su nombre. Naturalmente sus sospechas -recaían sobre el espadero, á quien recordaba -habérselo declarado. Y calculando del modo -tan astuto con el cual aquél se lo había sacado, -en su aspecto, en sus ofertas y en todas sus preguntas, -que tendían siempre á querer saber algo, -las sospechas se cambiaban casi en certeza, si bien<span class="pagenum" id="Page_426">[Pg 426]</span> -luego se acordaba confusamente de haber continuado -charlando después de la partida del espadero; -¿pero con quién? Adivínalo, grillo. ¿De qué? -Aunque recurría á la memoria era en vano; ésta no -le decía más, sino que en aquel entonces se hallaba -fuera de su casa. El infeliz se perdía en aquellas -investigaciones: era como un hombre que ha -echado muchas firmas en blanco, y que las ha -confiado á uno á quien creía el <i lang="la" xml:lang="la">non plus ultra</i> de -la honradez, y después al descubrir que es un -petardista y un bribón, quiere obtener de éste -que le dé á conocer el estado de sus negocios. -¡Pobrecito!, ¿qué ha de conocer? Todo es confusión.</p> - -<p>El otro estudio penoso era fundar sobre el porvenir -algún proyecto que no fuese al aire, que le -pudiese gustar, y que no tuviese desagradables -consecuencias; pero bien pronto lo más aflictivo -fué poder encontrar el camino. Después de haber -andado un buen trozo de él, puede decirse á la -ventura, vió que por sí solo no podía lograrlo. -Bien es verdad que experimentaba cierta repugnancia -al pronunciar la palabra Bérgamo, como -si tuviese un no sé qué de sospechoso, de impudente; -mas no podía pasar por otro punto. Resolvió, -pues, dirigirse, según lo había hecho en Milán, -al primer transeúnte, cuya fisonomía simpatizase -con él, y así lo verificó.</p> - -<p>—Estáis fuera del camino, le respondió éste; y<span class="pagenum" id="Page_427">[Pg 427]</span> -después de haber reflexionado un poco, mitad con -palabras, mitad con gestos, le indicó la vuelta que -tenía que dar para entrar en el camino real. Renzo -le dió las gracias, hizo ademán de poner en ejecución -todo lo que se le había dicho, se encaminó -en efecto, hacia aquel lado con la intención de -acercarse al dicho camino real, de no perderlo de -vista, de andar costeándolo del mejor modo posible, -pero sin poner los pies en él. El designio era -más fácil de concebir que de ejecutar. Por último, -así andando de derecha á izquierda, y como -si dijéramos, haciendo eses, en parte siguiendo las -demás indicaciones que se animaba á buscar por -todos lados, en parte corrigiéndolas según sus luces -y adaptándolas á su intento, ya también dejándose -guiar por los caminos en los cuales se hallaba -empeñado, nuestro fugitivo había hecho ya -cerca de doce millas, cuando no estaba distante -de Milán más de seis. Tocante á Bérgamo, era -una gran dicha si no se había alejado más. Por lo -tanto, empezó á persuadirse que de aquella manera -no llegaría á conseguir lo que deseaba, y en -su consecuencia trató de buscar otro expediente. -El que le vino á la imaginación fué inquirir, por -medio de alguna astucia, el nombre de algún pueblo -cercano á la frontera, al cual se pudiese dirigir -por caminos de travesía, y preguntado por dicho -pueblo, se haría enseñar el camino sin necesidad -de sembrar por do quier la consabida<span class="pagenum" id="Page_428">[Pg 428]</span> -pregunta sobre Bérgamo, que le parecía oler tanto -á fuga, á expulsión y á criminal.</p> - -<p>Mientras buscaba el modo de reunir todas aquellas -noticias sin promover sospechas, vió un verde -ramo pendiente en lo alto de la puerta de una -aislada cabaña, en las afueras de un lugarcillo. -Hacía algún rato que sentía aumentársele la necesidad -de restaurar sus fuerzas; calculó que aquel -paraje sería á propósito para matar dos pájaros -de un sólo tiro, y entró. No había allí más que -una anciana con la rueca al costado y el huso en -la mano. Pidió algo que comer, y le fué ofrecido -un poco de <i lang="it" xml:lang="it">stracchino</i> y vino excelente. Aceptó -aquél y rehusó éste (pues le había cogido odio á -causa de la mala jugada que le había hecho la noche -anterior); se sentó, suplicando á la anciana -que se diese prisa. Ésta en un instante lo puso en -la mesa, y empezó de súbito á abrumarle con preguntas, -tocante á lo que él era y á los grandes -acontecimientos de Milán, cuyas voces habían llegado -hasta allí. Renzo, no sólo supo eludir las -preguntas con mucha destreza, sino que aprovechándose -de la dificultad misma, hizo servir á su -intento la curiosidad de la vieja que le preguntaba -adónde se dirigía.</p> - -<p>Tengo que ir á varias partes, respondió, y si -puedo ahorrar un poquito de tiempo, querría detenerme -un instante en ese pueblo de bastante -consideración, que se halla en el camino de Bérgamo,<span class="pagenum" id="Page_429">[Pg 429]</span> -próximo á la frontera, pero, sin embargo, -perteneciente al territorio de Milán... ¡Cómo se -llama! Regularmente habrá alguno, pensaba entre -sí.</p> - -<p>—El que queréis decir es Gorgonzola, contestó -la anciana.</p> - -<p>—¡Gorgonzola! repitió Renzo, como para grabar -mejor el nombre en su memoria. ¿Está muy -distante de aquí? replicó en seguida.</p> - -<p>—No lo sé exactamente; estará quizá unas diez -ó doce millas. Si estuviese aquí alguno de mis hijos, -os la sabría decir.</p> - -<p>—¿Y creéis que se pueda ir por esos lindos senderos -sin tomar el camino real, que tan lleno está -de polvo? pero, ¡qué polvo! ¡Ya se ve, hace tanto -tiempo que no llueve!</p> - -<p>—- Me parece que sí: podréis preguntarlo en el -primer pueblo que encontraréis á mano derecha; -y lo nombró.</p> - -<p>—Está bien, dijo Renzo: se levantó, tomó un -pedazo de pan que le había quedado de su desayuno, -pan bien distinto del que había encontrado -la víspera al pie de la cruz de S. Dionisio; pagó -la cuenta, salió y se encaminó hacia la derecha. -Finalmente, para evitar digresiones, diremos que -con el nombre de Gorgonzola en la boca, de pueblo -en pueblo llegó á dicho punto, cerca de una -hora antes de anochecer.</p> - -<p>Mientras iba andando, había proyectado hacer<span class="pagenum" id="Page_430">[Pg 430]</span> -otra parada, con el objeto de comer algo de sustancia. -El cuerpo hubiera agradecido un poco de -cama; pero antes de satisfacerlo, Renzo se hubiera -dejado caer muerto en el camino. Su designio -era informarse en la posada de la distancia del -Adda, recabar con destreza algunas noticias sobre -alguna travesía que lo condujera, y encaminarse -hacia aquel punto, después de haber tomado un -refrigerio. Nacido y criado en el sitio en donde el -Adda sale por segunda vez, por decirlo así, de las -entrañas de la tierra, había oído decir muchas veces -que en cierto paraje, y á cierta distancia, sus -aguas marcaban los confines del territorio milanés -y veneciano: de dicho paraje y distancia no -tenía una idea exacta; pero por el momento, el -asunto más urgente era atravesarlo, por donde -quiera que fuese. Si no llegaba á conseguirlo en -aquel mismo día, estaba resuelto á andar hasta -que la noche y sus fuerzas se lo permitiesen, y -aguardar después el alba en un campo, en algún -sitio solitario en donde Dios quisiera, con tal de -no ser en una hostería.</p> - -<p>Habiendo andado un poco por Gorgonzola, divisó -una muestra de posada: entró en ella, y pidió -al dueño, que le salió al encuentro, alguna -friolera que comer y medio cuartillo de vino: algunas -millas de más y el tiempo, le habían hecho -pasar aquel odio extremado y fanático. “Os ruego -que me despachéis pronto, añadió, porque tengo<span class="pagenum" id="Page_431">[Pg 431]</span> -necesidad de volverme á poner al instante en camino”. -Y esto lo dijo, no sólo porque era la verdad, -sino también por miedo de que pensando el -posadero que quisiese dormir allí, no le saliese -con la consabida pregunta del nombre y apellido, -y de dónde venía, y para qué asunto... ¡Largo, -largo!</p> - -<p>El posadero respondió á Renzo que sería servido, -y éste se fué á sentar en uno de los extremos -de la mesa, cercano á la puerta, en el sitio -de los vergonzosos.</p> - -<p>Se hallaban en la estancia algunos ociosos, los -cuales, después de haber discutido y comentado -las grandes ocurrencias de Milán del día anterior, -se deshacían por saber cómo habrían ido en aquel -mismo día, tanto más, cuanto que las primeras -noticias eran más propias para excitar la curiosidad -que para satisfacerla: una sublevación, ni reprimida, -ni victoriosa, suspendida más bien que -terminada á causa de la noche; una cosa truncada, -el fin de un acto, más bien que de un drama. -Uno de ellos se destacó de la reunión, acercóse -al recién llegado, y le preguntó si venía de -Milán.</p> - -<p>—¿Yo? dijo Renzo admirado, para tomar tiempo -de responder.</p> - -<p>—Vos; si no es una indiscreción el preguntároslo.</p> - -<p>Renzo, meneando la cabeza, apretando los labios,<span class="pagenum" id="Page_432">[Pg 432]</span> -y dejando oir un sonido inarticulado, repuso: Milán, -según lo que he oído decir... no -debe ser un lugar para poder ir en estos momentos, -á menos que haya una grande necesidad.</p> - -<p>—¿Continúa, pues, todavía hoy el tumulto? -preguntó el curioso con más afán.</p> - -<p>—Sería preciso estar allí para saberlo, replicó -Renzo.</p> - -<p>—¿Pero vos, no venís de Milán?</p> - -<p>—Vengo de Liscate, respondió con prontitud -el joven, que en el ínterin había calculado la contestación. -Efectivamente, hablando en rigor, venía -de dicho punto, porque había pasado por él, -y el nombre lo supo, en cierto paraje del camino, -por medio de un viajero que le había indicado que -era el primer pueblo que tendría que atravesar -para llegar á Gorgonzola.</p> - -<p>—¡Oh! dijo el amigo, como si quisiese dar á entender: -hubierais hecho mejor en venir de Milán; -mas, paciencia... ¿Y en Liscate, añadió, no se -sabía nada de Milán?</p> - -<p>—Podría ser muy bien que alguno supiese algo, -repuso el aldeano; pero yo, no he oído nada.</p> - -<p>Y dichas palabras las profirió de esa manera -particular que parece querer decir: he concluido. -El curioso volvió á su sitio; y un momento después, -el posadero se llegó á ponerle la comida en -la mesa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_433">[Pg 433]</span></p> - -<p>—¿Cuánto hay de aquí al Adda? le dijo Renzo -entre dientes, con el ademán del bobo, que ya le -hemos visto tomar algunas veces.</p> - -<p>—¿Al Adda... para atravesarlo?</p> - -<p>—Esto es... sí... al Adda.</p> - -<p>—¿Queréis pasar por el puente de Cassano, ó -por la barca de Canónica?</p> - -<p>—Por cualquier parte que sea... Únicamente -lo pregunto por mera curiosidad.</p> - -<p>—Es que yo lo digo porque ésos son los sitios -por donde pasan las gentes de bien, los que pueden -dar cuenta de sus acciones.</p> - -<p>—Muy bien, ¿y cuánto dista?</p> - -<p>—Haced cuenta, que tanto por un paraje como -por otro, poco más, poco menos, habrá unas seis -millas.</p> - -<p>—¡Seis millas! no creía que estuviera á tanta -distancia, dijo Renzo; y luego replicó en seguida, -con un aire de indiferencia llevado hasta la afectación: -Y luego, si hubiese alguno que tuviera necesidad -de acortar, ¿hay otros sitios para poder -pasar?</p> - -<p>—Seguramente, respondió el posadero mirándole -fijamente con ojos de maligna curiosidad. Esto -bastó para hacer expirar en la boca del joven -las demás preguntas que tenía dispuestas. Trajo -el plato hacia sí; y clavando la vista en el medio -cuartillo de vino, que el posadero había puesto<span class="pagenum" id="Page_434">[Pg 434]</span> -sobre la mesa, juntamente con aquél, dijo: “¿El vino -es puro?”.</p> - -<p>—Como el oro, repuso el posadero; preguntad -si no á todos los habitantes del pueblo y sus contornos, -que lo saben, y después juzgaréis. Así diciendo -se fué á reunir á la compañía.</p> - -<p>¡Qué malditos posaderos! exclamó Renzo interiormente: -cuanto más los conozco, peores los encuentro.</p> - -<p>Sin embargo, se puso á comer con gran apetito, -prestando al propio tiempo oído, sin demostrarlo, -con el objeto de descubrir terreno, de inquirir lo -que se juzgaba en el pueblo acerca del grande -acontecimiento, en el cual había tenido no pequeña -parte, y de observar especialmente si entre -aquellos habladores habría algún hombre de bien -de quien pudiese fiarse un pobre muchacho para -preguntarle el camino, sin temor de ser puesto en -apreturas, y forzado á hablar de sus asuntos.</p> - -<p>—Mas, decía uno, esta vez parece que los milaneses -han querido hacerlo de veras. Basta; mañana -á lo más tarde se sabrá algo.</p> - -<p>—Me arrepiento de no haber ido á Milán esta -mañana, decía otro.</p> - -<p>—Si vas mañana, yo iré también, repuso un -tercero, y después otro, y otro.</p> - -<p>—Lo que yo quisiera saber, replicó el primero, -es si esos señores milaneses pensarán además -en la pobre gente de fuera, ó si tratarán de que<span class="pagenum" id="Page_435">[Pg 435]</span> -se hagan buenas leyes, únicamente para ellos. -Bien sabéis cómo son. ¡Orgullosos ciudadanos! ¡todo -lo quieren para ellos! ¡los demás, como si no -existieran!</p> - -<p>—Nosotros también tenemos boca, no sólo para -comer, sino también para exponer nuestras razones, -dijo otro con acento tanto más modesto, -cuanto que la proposición era más avanzada; y -cuando la cosa esté bien encaminada... Pero -creyó mejor no concluir la frase.</p> - -<p>—No es sólo en Milán en donde hay grano oculto, -empezaba otro con ademán misterioso y maligno, -cuando he aquí que oyen acercarse un caballo. -Todos corren hacia la puerta; y habiendo -reconocido al que llegaba, se apresuran á salirle -al encuentro. Era éste un comerciante de Milán, -que yendo muchas veces al año á Bérgamo, con -motivo de su tráfico, solía pasar la noche en aquella -posada; y como encontraba casi siempre la -misma reunión, los conocía casi á todos. Se -agrupan á su alrededor; uno coge la brida, otro -el estribo.—¡Bien venido, bien venido!</p> - -<p>—Bien hallados.</p> - -<p>—¿Habéis tenido buen viaje?</p> - -<p>—Bonísimo; ¿y á vosotros, qué tal os va?</p> - -<p>—Bien, bien. ¿Qué noticias traéis de Milán?</p> - -<p>—¡Oh! hay grandes y famosas novedades, dijo -el comerciante desmontándose y dejando el caballo -en manos de un mozo: y además, continuó<span class="pagenum" id="Page_436">[Pg 436]</span> -entrando acompañado de toda la reunión, -y á estas horas lo sabréis, acaso, mucho mejor -que yo.</p> - -<p>—¡De veras! Nada sabemos, dijeron algunos, -poniéndose la mano sobre el corazón.</p> - -<p>—¿Es posible?... repuso el comerciante. Pues -oiréis hermosas cosas... ó más bien feas. ¡Eh, -patrón! mi cama de costumbre, ¿está desocupada? -Bien: un vaso de vino, y mi consabido guisado: -pronto, pronto; porque quiero acostarme en -seguida, para partir mañana muy temprano, y -llegar á Bérgamo á hora de almorzar. Y vosotros, -añadió, yendo á sentarse al lado opuesto, al cual -estaba Renzo silencioso y atento, ¿no sabéis todas -las diabluras de ayer?</p> - -<p>—De ayer, sí.</p> - -<p>—Mirad, pues, cómo sabéis las novedades. Bien -decía yo, que estando aquí siempre de guardia para -acechar á los que pasan...</p> - -<p>—Pero hoy, hoy, ¿qué ha ocurrido?</p> - -<p>—¡Ah! ¿hoy? ¿no sabéis nada hoy?</p> - -<p>—Nada absolutamente; no ha pasado nadie.</p> - -<p>—Pues dejadme remojar los labios, y después -os explicaré las cosas de hoy: veréis.</p> - -<p>Llenó el vaso, lo cogió con una mano, luego -con los dos primeros de la otra, levantó los bigotes, -se alisó la barba, bebió, y repuso: Hoy, -mis queridos amigos, poco ha faltado que no haya -sido un día tan turbulento como el de ayer, ó<span class="pagenum" id="Page_437">[Pg 437]</span> -todavía peor; y casi me parece no ser verdad el -estar aquí hablando con vosotros; porque había -ya abandonado toda idea de viaje, con el -único fin, de permanecer guardando mi pobre -tienda.</p> - -<p>—¿Qué diablo había? dijo uno de los oyentes.</p> - -<p>—Justamente el diablo; veréis: y trinchando la -carne que se le había puesto delante, y después -comiendo, continuó su narración. Los circunstantes -de pie á un lado y otro de la mesa, le estaban -escuchando con la boca abierta. Renzo en su sitio, -sin que pareciese hacer caso, permanecía atento, -acaso más que todos, mascando poco á poco -los últimos bocados.</p> - -<p>—Esta mañana, pues, los bribones que ayer movieron -aquel tremendo alboroto, se hallaron en -los sitios convenidos (estaban ya de inteligencia, -y lo tenían todo preparado de antemano): se reunieron, -y empezaron el bonito cuadro de ir corriendo -de calle en calle, dando gritos, para juntar -á la demás gente del pueblo. Podía compararse -aquello, como cuando se barre la casa (con respeto -hablando), que cuanto más se avanza mucho -más se aumenta el montón de inmundicia. Cuando -les pareció que había suficiente gente, se dirigieron -á la casa del señor vicario de la provisión. -¡Como si no bastaran las atrocidades que le hicieron -ayer! ¡á un señor de su clase! ¡malvados! -¡Y las injurias que vomitaban contra él! Todo era<span class="pagenum" id="Page_438">[Pg 438]</span> -inventado, por supuesto; él es un buen señor, puntual: -yo puedo decirlo, que sé todo lo de la casa, -y le proveo de tela para la librea de su servidumbre. -Se encaminaron, pues, á dicha casa: ¡era preciso -ver qué canalla! ¡qué fachas! Figuraos que -han pasado por delante de mi tienda: tenían tales -caras, que... los judíos del <em>Viacrucis</em> no servían -para descalzarlos. ¡Y las blasfemias que salían de -aquellas bocas! era cosa de taparse los oídos si no -hubiese sido porque no tenía cuenta el darse á -conocer. Iban, pues, con la buena intención de -saquear; pero... Y aquí levantando y extendiendo -la mano izquierda, colocó el extremo del pulgar -en la punta de la nariz.</p> - -<p>—¿Pero?... dijeron casi todos los oyentes.</p> - -<p>—Pero, continuó el comerciante, se encontraron -con la calle cerrada con vigas y carros, y detrás -de esta barricada, una magnífica hilera de -migueletes, con los arcabuces preparados para recibirlos. -Cuando vieron aquel bello aparato... -¿qué hubierais hecho vosotros?</p> - -<p>—Volver atrás.</p> - -<p>—Seguramente; así lo hicieron. Pero, ¡ved si -no era el demonio el que los conducía! Están en -el Cordusio; ven el horno que ayer habían querido -saquear, ¿y qué se hacía dentro de aquella -tienda? Se distribuía el pan á los compradores. -Había allí caballeros, la flor de los caballeros, que -vigilaban para que todo fuese con orden. Aquéllos<span class="pagenum" id="Page_439">[Pg 439]</span> -(como iba diciendo, tenían el diablo en el -cuerpo, y éste era el que los azuzaba), aquéllos -entraron como desesperados; pilla tú, que yo también -pillaré: en un abrir y cerrar de ojos, caballeros, -panaderos, compradores, panes, bancos, -mostrador, cajones, sacos, cedazos, salvado, harina, -pasta, todo está revuelto de arriba abajo.</p> - -<p>—¿Y los migueletes?</p> - -<p>—Los migueletes tenían que guardar la casa -del vicario: no se puede al mismo tiempo repicar -y andar en la procesión. Repito que fué en un -abrir y cerrar de ojos: coge, coge; todo lo que había -que tomar fué llevado. Después se pensó en -reproducir la misma diversión de ayer; esto es, el -conducir lo restante á la plaza y hacer una hoguera. -Ya empezaban los bribones á sacarlo todo -de la casa, cuando uno más infame que los demás... -¡Adivinad la proposición que salió de su -caletre!</p> - -<p>—¿Qué fué?</p> - -<p>—Hacer un gran montón de todo, en la tienda, -y pegarle fuego juntamente con la casa.</p> - -<p>—¿Y lo han verificado?</p> - -<p>—Esperad: un buen hombre del vecindario ha -tenido una inspiración del cielo. Sube á las habitaciones, -busca un Crucifijo, lo encuentra, lo coloca -en una ventana, toma de la cabecera de un -lecho dos velas benditas, las enciende, y las pone -á ambos lados de dicho Crucifijo. La gente levanta<span class="pagenum" id="Page_440">[Pg 440]</span> -la vista. En Milán, es preciso decirlo, se conserva -todavía un poco de temor de Dios: todos -vuelven en sí; quiero decir, la mayor parte. Había -diablos que por robar hubieran pegado fuego -aun al mismo paraíso; pero viendo que la multitud -no era de su parecer, han sido obligados á -ceder y estarse quietos. ¡Acertad ahora lo que -sucede de improviso! Todos los canónigos de la -catedral en procesión, con la cruz, en traje de oro, -y monseñor Manzeta, arcipreste, empezó á predicar -por un lado, y monseñor Settala, penitenciario, -por otro, y después otros por aquí y por allí. -Pero, ¡buenas gentes! ¿qué queréis hacer? ¿Es este -el ejemplo que dais á vuestros hijos? Volveos -á casa; ¿no sabéis que el pan se ha puesto barato -más que antes? Pero, id á verlo, que el aviso está -fijado en las esquinas.</p> - -<p>—¿Era verdad?</p> - -<p>—¡Diablo! ¿Queréis que los señores canónigos -fuesen de gran capa á decir mentiras?</p> - -<p>—¿Y qué hizo el pueblo?</p> - -<p>—Fueron yéndose poco á poco; corrieron á las -esquinas; y el que sabía leer, allí precisamente se -encontraba la <i lang="it" xml:lang="it">meta</i>. Atended un momento: un -pan de ocho onzas por un sueldo.</p> - -<p>—¡Qué dicha!</p> - -<p>—Es una buena viña, con tal que dure. ¿Sabéis -cuánta harina se ha desperdiciado entre ayer y<span class="pagenum" id="Page_441">[Pg 441]</span> -esta mañana? La suficiente para mantener todo el -ducado por espacio de dos meses.</p> - -<p>—¿Y para fuera de Milán, no han hecho alguna -buena ley?</p> - -<p>—Lo que se ha hecho en Milán no es más que -con respecto á la ciudad. No sé qué deciros; para -vosotros, será lo que Dios quiera. Por sí ó por no, -los alborotos se han concluido. No os lo he dicho -todo; ahora viene lo bueno.</p> - -<p>—¿Hay algo mas todavía?</p> - -<p>—Hay que ayer noche, ó esta mañana, han sido -presos muchos, y de pronto se ha sabido que -los jefes serán ajusticiados. Apenas han empezado -á esparcirse estas voces, cuando de repente cada -uno se ha encaminado á su morada por el camino -más corto, por no arriesgarse á ser del número. -Milán, cuando yo he salido, se asemejaba -á un convento de frailes.</p> - -<p>—Pero, ¿los ajusticiarán de veras?</p> - -<p>—Indudablemente; y muy pronto, respondió el -comerciante.</p> - -<p>—Y el pueblo, ¿qué hará? volvió á decir el que -había hecho la anterior pregunta.</p> - -<p>—¿El pueblo? irá á verlos, dijo el comerciante. -Tenían tantos deseos de ver morir á un cristiano -al aire libre, que querían ¡bribones! ejecutar esta -diversión con el señor vicario de la provisión. En -cambio tendrán cuatro pícaros, servidos con todas -las formalidades, acompañados por capuchinos y<span class="pagenum" id="Page_442">[Pg 442]</span> -por cofrades de la buena muerte; es gente que lo -ha merecido. Mirad, es una buena providencia; -era una cosa indispensable. Empezaban ya á coger -el vicio de entrar en las tiendas y hacerse servir -sin meter la mano en el bolsillo: si se les hubiese -dejado hacer, después del pan hubiera venido -el vino, y así, de una cosa en otra... Juzgad -si ellos querrían abandonar voluntaria y -espontáneamente una costumbre tan cómoda; y -sólo sabré deciros que para una persona honrada -que tiene tienda abierta, era una idea muy poco -satisfactoria.</p> - -<p>—Es cierto, dijo uno de los circunstantes.—Es -cierto, repitieron los demás en coro.</p> - -<p>—Y, continuó el comerciante limpiándose la -barba con los manteles, la trama es larga; ¿sabéis -que había una liga?</p> - -<p>—¡Una liga!</p> - -<p>—Una liga: cábalas todas urdidas por los navarros, -por ese cardenal de Francia, que tiene un -nombre medio turco; ya sabéis quién quiero decir, -el que todos los días piensa una cosa nueva -para hacer algún desprecio á la corona de España. -Pero sobre todo, sus tiros tienden siempre á -Milán; porque el muy bellaco, sabe bien que aquí -está la fuerza del rey.</p> - -<p>—¡Vamos!</p> - -<p>—¿Queréis una prueba? Los que han metido -más alboroto en Milán eran forasteros; andaban<span class="pagenum" id="Page_443">[Pg 443]</span> -recorriendo las calles ciertas caras que jamás se -habían visto. También olvidaba deciros una cosa -que se me ha dado por cierta: la justicia había -atrapado á uno en una hostería.</p> - -<p>Cuando se tocó esta cuerda, Renzo, que no perdía -una sílaba de aquella conversación, se sintió -sobrecogido de miedo, y dió un pequeño salto en -su asiento antes de que pudiese pensar en contenerse. -Nadie, sin embargo, se apercibió de ello; -y el orador, sin interrumpir el hilo de su narración, -continuó: Aún no se sabía de dónde venía, -por quién era enviado, ni qué casta de hombre -podía ser; pero lo cierto es que era uno de los jefes. -Ya ayer, en lo más fuerte de la bacanal, había -hecho varias diabluras; y después, no contento -todavía, se había puesto á perorar y á proponer, -así una pequeña gracia, el asesinar á todos -los señores. ¡Infame! ¿Quién mantendría á los pobres -si los señores fuesen todos asesinados? La -justicia que lo había espiado, le echó las manos -encima; le encontraron un paquete de cartas, y -lo conducían á la jaula; ¡pero qué! sus compañeros, -que rondaban por las inmediaciones de la -hostería, acudieron en gran número y salvaron al -bribón.</p> - -<p>—¿Y qué ha sido de él?</p> - -<p>—No se sabe; se habrá escapado ó estará oculto -en Milán: ésa es gente que no tiene casa ni hogar, -y encuentran por todas partes donde alojarse<span class="pagenum" id="Page_444">[Pg 444]</span> -y esconderse, mientras que el diablo puede y -quiere ayudarles; mas luego, cuando menos se lo -piensan, se meten en el lazo; porque en el momento -que la pera está madura, es indispensable -que salga. Por ahora se sabe de seguro, que las -cartas han quedado en poder de la justicia, y que -toda la cábala está descrita en ellas, diciéndose -que hay por medio mucha gente comprometida. -Peor para ellos, que han arruinado medio Milán, -y aún no tenían bastante. Dicen que los panaderos -son unos bribones: ya lo sé yo también; pero -es necesario ahorcarlos, previa disposición judicial. -Hay grano oculto, ¿quién lo ignora? Pero á -los que mandan corresponde tener buenos espías, -é ir á desenterrarlo, y mandar á hacer cabriolas -en el aire á los monopolistas, en compañía de los -panaderos; y si los gobernantes no hacen nada, á -la ciudad corresponde el reclamar, y si no dan oídos -á la primera vez, es preciso recurrir otra segunda, -pues á fuerza de reclamar se acaba por -obtener; y no valerse de medios tan infames, como -son el entrar en las tiendas y almacenes á robar -á mansalva.</p> - -<p>Lo poco que Renzo había comido se le convirtió -en veneno. Hubiera querido estar mil millas -lejos de aquella hostería, de aquel pueblo; y más -de diez veces se había dicho á sí mismo: vámonos, -vámonos. Pero el temor de infundir sospechas -se aumentó considerablemente, y tiranizó de<span class="pagenum" id="Page_445">[Pg 445]</span> -tal modo sus pensamientos, que lo tenía como clavado -en su asiento. En semejante perplejidad, -pensó que el charlatán debía al fin concluir de hablar -de él, resolviendo en su interior el levantarse -apenas oyese entablar cualquiera otra conversación.</p> - -<p>—Por esto es, dijo uno de la reunión, por lo que -yo, que sé cómo van esta especie de cosas, y que -los hombres honrados no están bien en los alborotos, -no me he dejado vencer por la curiosidad, -y he permanecido en mi casa.</p> - -<p>—¿Y yo, me he movido? dijo otro.</p> - -<p>—Yo, añadió un tercero, si por casualidad me -hubiese hallado en Milán, hubiera dejado sin acabar -cualquier negocio que fuese, y me habría -vuelto prontamente á casa. Tengo mujer é hijos; -y luego, digo la verdad, no me gustan los alborotos.</p> - -<p>Á esto, el posadero, que también se había puesto -á escuchar, se dirigió al otro extremo de la mesa, -para ver lo que hacía el forastero. Renzo, -aprovechando la ocasión, llamó al patrón por señas, -pidió la cuenta, la pagó sin regatear, aunque -los fondos estaban en decadencia, y sin más, se -encaminó directamente hacia la puerta, pasó el -umbral, y poniéndose en manos de la Providencia, -se dirigió del lado opuesto del cual había venido.</p> - - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_446">[Pg 446]</span></p><h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO</h2> -</div> - - -<p>Basta con frecuencia un deseo, para no dejar -tranquilo á un hombre; ¡juzgad pues, dos á la vez, -el uno contrario al otro! El infeliz Renzo tenía -desde algunas horas antes dos semejantes en su -interior, según ya sabemos; esto es, el deseo de -correr y el de estar oculto. Las terribles palabras -del comerciante le habían hecho crecer ambos á -un tiempo. ¡Conque su aventura había hecho tanto -ruido! ¡querían apoderarse de él á todo evento! -¡Quién sabe cuántos esbirros se habrán puesto -en campaña para darle caza! ¡cuántas órdenes habrán -sido expedidas para vigilar las poblaciones, -las posadas y caminos! Si bien pensaba por último -que los esbirros que lo conocían eran sólo dos, -y que el nombre no lo llevaba escrito en la frente; -sin embargo, su imaginación volvía á recordar<span class="pagenum" id="Page_447">[Pg 447]</span> -ciertas narraciones que había oído de fugitivos -cogidos y descubiertos por medio de extrañas combinaciones, -reconocidos en el modo de andar, en -su aire sospechoso, y otras señales impensadas. -Todo le hacía sombra. Aunque en el momento -que salía de Gorgonzola era el toque de oraciones, -y las tinieblas siempre crecientes disminuían -los peligros, esto no obstante, tomó á su pesar el -camino real, y se propuso entrar en la primera -senda que le pareciese conducir hacia el lado adonde -deseaba llegar con tanto afán. Al principio encontró -algunos viajeros; pero estando llena su fantasía -de tristes aprehensiones, no tuvo el valor -suficiente para acercarse á preguntar el camino á -cualquiera de ellos. El posadero ha dicho que hay -seis millas, pensaba: si hay ocho ó diez caminando -por senderos, las piernas que han hecho las -demás harán también éstas. Hacia Milán de seguro -no voy, pues me encamino con dirección al -Adda: andando, andando, llegaré tarde ó temprano: -el Adda tiene buena voz; y cuando esté cerca, -no hay necesidad de que me lo enseñen: si hay -alguna barca para poderlo pasar, lo pasaré en seguida; -si no, me detendré hasta la mañana en un -campo descansando sobre la yerba, como el gorrión: -vale más dormir sobre la yerba que en una -cárcel.</p> - -<p>Poco después divisó á su izquierda un pequeño -camino de travesía, y entró en él. Entonces, si<span class="pagenum" id="Page_448">[Pg 448]</span> -hubiese topado con alguno, no hubiera gastado -tantas ceremonias para hacerse enseñar el camino; -mas no se sentía alma viviente. Andaba, pues, por -donde el camino lo conducía, y pensaba:</p> - -<p>“¡Yo hacer diabluras! ¡yo asesinar á todos los -señores! ¡Un paquete de cartas, yo! ¡Mis compañeros -que me estaban guardando las espaldas! -Pagaría cualquiera cosa de encontrarme cara á -cara con ese comerciante al otro lado del Adda -(¡ah, cuándo habré pasado ese bendito Adda!) detenerle, -y preguntarle con política, en dónde había -pescado tantas y tan frescas noticias. Sabed -ahora, mi querido señor, que la cosa ha tenido -lugar de este y de este modo: que las diabluras -que he hecho, han sido prestar auxilio á Ferrer, -como si fuera un hermano mío; tened entendido, -que los bribones, que á vuestro parecer eran mis -amigos, en cierto momento me han querido hacer -una mala partida, porque he hablado como buen -cristiano; sabed que mientras vos estabais guardando -vuestra tienda, yo me dejaba romper las -costillas para salvar á vuestro señor vicario de la -provisión, á quien jamás había visto ni conocido. -Podéis esperar á que me mueva otra vez para socorrer -á los señores...</p> - -<p>“Es verdad que es preciso hacerlo en conciencia, -porque ellos componen también el prójimo. Y ese -gran paquete de cartas, en donde estaba toda la -cábala que ha caído en poder de la justicia, según<span class="pagenum" id="Page_449">[Pg 449]</span> -vos sabéis de cierto, veréis cómo lo hago comparecer -aquí, sin auxilio del diablo. ¿Tenéis curiosidad -de verlo? Helo aquí... ¡Es una sola carta!... -Sí señor, una sola carta; y esta carta, si -queréis saberlo, la ha escrito un religioso que puede -enseñaros la doctrina, y daros lecciones de todo; -un religioso que, sin haceros injuria, vale más un -pelo de su barba que toda la vuestra; y esta carta -la ha escrito, como veis, á otro religioso, que es -también un sujeto... ¡Ved ahora quiénes son -los bribones mis amigos! Otra vez sed más mesurado -para hablar, principalmente cuando se trata -del prójimo”.</p> - -<p>Mas después de algún tiempo, estos pensamientos -y otros semejantes, cesaron enteramente; las -circunstancias presentes ocupaban todas las facultades -del pobre viajero. El temor de ser perseguido -ó descubierto, que había amargado tanto su -viaje, durante el día, no le daba ya cuidado; ¡pero -qué de cosas se lo volvían mucho más enojoso! -Las tinieblas, la soledad, el cansancio siempre creciente -y más penoso. Soplaba un viento frío, uniforme, -penetrante, que debía hacer un flaco -servicio al que se hallaba aún con los mismos -vestidos que se había puesto para ir en cuatro -brincos á las bodas, y volver en seguida triunfante -á su casa; y lo que hacía el caso aún más grave, -era el caminar á la ventura, y buscar, sin saber -dónde, algún lugar de reposo y de seguridad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_450">[Pg 450]</span></p> - -<p>Cuando llegaba á atravesar alguna población, -andaba muy despacio, mirando, sin embargo, si -había alguna puerta abierta todavía; mas no vió -otra señal de gente que estuviese despierta, que -una que otra luz, al través del encerado de alguna -ventana. En el camino fuera de poblado, se -paraba de cuando en cuando, escuchaba atentamente -para ver si oía el murmullo del bendito -Adda, pero en vano. Lo único que percibía era -el aullido de perros, que partía de alguna cabaña -solitaria, vagando por el espacio, y yéndose á -perder aflictivo y amenazador á la vez. Al acercarse, -el aullido se convertía en un ladrar terrible -y furioso: al pasar por delante la puerta, sentía, -veía casi al animal, con el hocico pegado á -una pequeña abertura de dicha puerta, y redoblar -los ladridos, circunstancia que le quitaba la -tentación de llamar y de pedir un abrigo. Quizá, -aun, sin el miedo á los perros, tampoco se hubiera -resuelto. “¿Quién es? pensaba; ¿qué queréis á -estas horas? ¿cómo habéis llegado aquí? Daos á -conocer. ¿No hay por ventura posadas donde alojarse?”. -He aquí, si llamo, la mejor respuesta que -me darán, en caso de que no halle algún medroso -que no duerma, y al fin y al cabo se ponga á gritar -¡socorro! ¡ladrones! Es indispensable tener de -pronto una respuesta categórica que dar; y ¿qué -he de responder yo? El que oye ruido de noche, -no le viene á la imaginación más que ladrones,<span class="pagenum" id="Page_451">[Pg 451]</span> -gente de mal vivir, y asechanzas; no se calcula -que un hombre honrado puede encontrarse de noche -en un camino, si éste no es un caballero que -va en carruaje. Hechas las anteriores reflexiones, -reservaba semejante partido para un caso extremo -de necesidad, y seguía adelante, con la esperanza -á lo menos de descubrir el Adda, si no podía -pasarlo aquella misma noche, y en la firme -resolución de no llegar al día claro sin lograr su -objeto.</p> - -<p>Caminando, llegó á un paraje donde la campiña -cultivada iba á morir en un arenal, cubierto de -helechos y débiles arbolitos. Esto le pareció, si no -un indicio, á lo menos cierta consecuencia de un -río inmediato, y se introdujo en él, siguiendo un -sendero que lo atravesaba. Cuando hubo dado -algunos pasos, se paró á escuchar; pero aún en -vano. Lo selvático de aquel sitio, el no haber siquiera -un moral, ni una vid, ni otras señales de -cultivo humano, que antes parecía que le hacían -compañía, iban aumentando el fastidio del viaje. -Sin embargo, siguió adelante; y así como en su -imaginación empezaban á presentársele ciertas -imágenes, ciertas apariciones, vanos restos de narraciones -é historias que había oído contar siendo -niño, así también para rechazarlas ó apaciguarlas -recitaba, á medida que iba andando, varias oraciones -por las almas de los finados.</p> - -<p>Poco á poco fué encontrando arbustos más altos,<span class="pagenum" id="Page_452">[Pg 452]</span> -ciruelos, encinas enanas. Siguiendo adelante, -y alargando el paso, con más impaciencia que deseo, -empezó á descubrir entre la maleza algunos -árboles esparcidos; y avanzando siempre por el -mismo sendero, llegó á un espeso bosque. Experimentaba -cierta repugnancia á entrar en él; pero -la venció, y aunque de mala gana, continuó avanzando. -Cuanto más se internaba, tanto más crecía -su repugnancia; todo le fastidiaba. Los árboles -que veía en lontananza se le representaban á -manera de figuras extrañas, deformes, monstruosas; -la sombra de las copas ligeramente agitadas -que se veían mover sobre el sendero iluminado -por la luna, le disgustaba; el mismo crujir de las -hojas secas que aplastaba ó movía al andar, tenía -para su oído un cierto no sé qué de siniestro. Las -piernas experimentaban una especie de frenesí, un -impulso de correr, y al mismo tiempo parecía que -abrumadas por el cansancio se negasen á sostener -la persona. Percibía la nocturna brisa, que á cada -momento más fría y maligna azotaba su frente -y mejillas: la sentía correr entre los vestidos y -la carne arreciándola, y penetrar hasta los huesos -quebrantados por el cansancio, apagando los -últimos restos de su vigor. Hubo un momento en -que aquel fastidio, aquel horror indefinible, contra -los cuales su razón combatía hacía algún tiempo, -parecieron de repente vencerlo. Estaba á punto -de perder la cabeza; pero asustado más bien de<span class="pagenum" id="Page_453">[Pg 453]</span> -su propio terror que no de cualquier otra cosa, -llamó en su ayuda á su antiguo valor y arrojo. -Así, tranquilizado un instante se detuvo con objeto -de deliberar. Resolvió salir en seguida de -aquel paraje por el camino que ya había andado, -ir directamente al último pueblo por el cual había -pasado, volver á gozar de la compañía de los -hombres, y buscar un asilo aun en la misma posada. -Al pararse, las hojas secas dejaron de crujir -bajo sus pies; y estando todo silencioso á su -alrededor, empezó á sentir cierto rumorcillo, cierto -murmullo; era el susurro de agua corriente. -Escucha; no hay duda, exclama: ¡es el Adda! Se -hubiera dicho que había vuelto á encontrar á un -amigo, á un libertador. El cansancio casi desapareció, -su pecho volvió á latir, la sangre comenzó -á circular vigorosa y libremente por todas sus venas; -sintió renacer la confianza en sus ideas y desvanecerse -en gran parte aquella turbación y vaga -inquietud, aquellos temores de los cuales era presa -su alma. En su consecuencia no vaciló en internarse -más en el bosque en busca de aquel -amistoso murmullo.</p> - -<p>Á los pocos momentos llegó á la extremidad de -la llanura, á orillas de una extensa ribera, viendo -al través de la maleza que por todas partes la cubría, -brillar y correr el agua. Extiende más la vista -y descubre la vasta llanura de la ribera opuesta, -sembrada de aldeas; un poco más allá, multitud<span class="pagenum" id="Page_454">[Pg 454]</span> -de colinas, sobre una de las cuales divisa una -gran mancha blanquecina, en la que cree distinguir -una ciudad, Bérgamo seguramente. Da algunos -pasos por la pendiente, separando con manos -y brazos la maleza, con el objeto de ver si se mueve -en el lago algún barquichuelo ó siente ruido -de remos; mas nada ve, nada siente. Si hubiese -llegado á ser otro río que no fuese el de Adda, -Renzo habría bajado entonces á tentar el vado; -pero sabía muy bien que el Adda no se podía tratar -con tanta confianza.</p> - -<p>Por lo tanto, se puso á consultar entre sí, con -mucha sangre fría, el partido que debería tomar. -Recostarse en la yerba y permanecer aguardando -la aurora, acaso seis horas que aún podía tardar -en aparecer, con un viento tan frío, con la escarcha, -vestido tan á la ligera, era cosa de quedarse -arrecido. Dar paseos arriba y abajo todo aquel -tiempo, además de haber sido una ayuda muy poco -eficaz contra el rigor del sereno, era exigir demasiado -de aquellas pobres piernas, que habían -hecho ya más de lo que debían. Mas de pronto -recordó haber visto en uno de los campos más -próximos al arenal, una de esas chozas construidas -de troncos y ramas, y cubiertas de tierra por -la parte exterior, en las cuales los labradores del -Milanesado acostumbran en el verano depositar -la recolección y refugiarse para guardarla: en las -demás estaciones, están abandonadas. La escogió,<span class="pagenum" id="Page_455">[Pg 455]</span> -pues, para su albergue; pasó de nuevo el sendero, -atravesó el bosque, los matorrales, el arenal, -y se dirigió hacia la choza. Había una carcomida -y medio desquiciada puerta, sin llave ni cadena; -Renzo la abre y entra; ve suspendido en el aire, -y sostenido por gruesas ramas, un cañizo á manera -de hamaca, mas no cuida de subir á él. -Divisó en el suelo un poco de paja, y piensa -que en ella no dejaría de saborear las dulzuras -del sueño.</p> - -<p>Antes de echarse sobre aquel lecho que la Providencia -le había deparado, se arrodilló para darle -gracias por dicho beneficio y por toda la asistencia -que había recibido en aquel terrible día. -En seguida rezó sus acostumbradas oraciones, y -terminadas pidió perdón á Dios de no haberlas -dicho la noche anterior; ó para repetir sus mismas -expresiones, el haberse ido á dormir como un -perro, y todavía peor. Por esto es, añadió para -sí, apoyando las manos sobre la paja y tendiéndose -á la larga; por esto, me ha caído en suerte -esta mañana tan bella manera de despertar. Después -recogió toda la paja que quedaba en torno -suyo, colocóla encima de su cuerpo, haciendo del -mejor que pudo una especie de cobertor para -templar el frío, que aun allí dentro se dejaba -sentir bastante, y se acurrucó debajo, con intención -de echar un buen sueño, pareciéndole que le -había costado más caro de lo regular el conseguirlo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_456">[Pg 456]</span></p> - -<p>Apenas hubo cerrado los ojos, empezaron en -su memoria ó en su imaginación (el lugar preciso -no sabré indicarlo), empezaron, repito, á ir y venir -las imágenes de tantas gentes, tan tumultuosa -é incesantemente, que adiós, el sueño desapareció. -Veía el notario, los esbirros, el espadero, -el posadero, Ferrer, el vicario, la reunión de la -hostería; en seguida las turbas que recorrían las -calles, luego D. Abundio, después D. Rodrigo, -gentes todas con las cuales había tenido Renzo -que hacer.</p> - -<p>Tres solas imágenes se presentaban no acompañadas -de memoria alguna amarga, limpias de -toda sospecha, enteramente amables; y dos principalmente, -á la verdad muy distintas, pero estrechamente -ligadas al corazón del joven, á saber: -una trenza de negros cabellos, y una barba blanca. -Mas á pesar del consuelo que experimentaba -al detener su pensamiento sobre dichas imágenes, -distaba mucho de ser puro y tranquilo. Pensando -en el buen fraile, sentía con más viveza la -vergüenza de sus propias calaveradas, de su torpe -intemperancia, del poco caso que había hecho de -los paternales consejos de aquél, y ¡contemplando -la imagen de Lucía! no podemos decir todo lo -que experimentaba: el lector sabe las circunstancias; -por consiguiente, dejamos que se lo imagine -á su voluntad. ¡Y la pobre Inés, cómo hubiera -podido olvidarla! Inés, que lo había elegido,<span class="pagenum" id="Page_457">[Pg 457]</span> -que lo consideraba como si no compusiesen más -que una sola persona él y su hija; que antes de recibir -de Renzo el nombre de madre, había tomado -el lenguaje, el corazón, y demostrado con hechos -su tierna solicitud. Pero que la infeliz mujer se -encontrase al presente echada de su casa, fugitiva, -incierta acerca del porvenir; que no hallase más -que penas y aflicciones en donde había esperado -encontrar la tranquilidad y alegría en sus últimos -días, y que su benevolencia y generosas intenciones -habían sido la única causa de todo; he aquí el -más agudo y punzante de los dolores que existía -en el corazón de nuestro joven. ¡Qué noche, pobre -Renzo! ¡Y ésta que debía ser la quinta de sus bodas! -¡Qué cámara, qué lecho nupcial! ¡y luego qué -jornada! ¡Y para llegar á aquel mañana, qué serie -de días! “Sea lo que Dios quiera, respondía á los -pensamientos que más le apesadumbraban; sea lo -que Dios quiera: él sabe lo que hace y vela siempre -por nosotros: váyase todo en cuenta de mis -pecados. ¡Lucía es tan buena! ¡no querrá hacerla -sufrir por espacio de mucho tiempo!”.</p> - -<p>En medio de tales meditaciones, desesperando -de poder conciliar el sueño, y dejándose sentir el -frío cada vez más, hasta el punto de hacer tiritar -todo su cuerpo y castañetear los dientes, suspiraba -por la venida del día, y medía con impaciencia -el lento correr de las horas. Digo que las medía, -porque á cada media hora oía en aquel vasto silencio<span class="pagenum" id="Page_458">[Pg 458]</span> -las campanadas de un reloj: probablemente -sería el de Trezzo. La primera vez que hirió sus -oídos tan inesperado ruido, sin que pudiese tener -idea alguna de su origen, sintió una sensación misteriosa -y solemne, como el aviso que viniese de una -persona invisible, con voz desconocida.</p> - -<p>Por último, cuando la campana hubo dado once -golpes<a id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>, que era la hora dispuesta por Renzo -para levantarse, se incorporó medio aterido, se -arrodilló y rezó con más fervor que de costumbre -las oraciones de la mañana, se puso en pie, se esperezó, -sacudió todos sus miembros con el objeto -de darles su ordinaria elasticidad, porque parecía -que cada uno obraba por sí solo; se sopló una -mano, después la otra, se las restregó, y abrió la -puerta de la choza. Lo primero que hizo fué echar -una ojeada á un lado y á otro para ver si había alguien. -No divisando á nadie, buscó con la vista el -sendero que anteriormente había recorrido; lo reconoció -en seguida y se encaminó á él.</p> - -<p>La atmósfera anunciaba un hermoso día; la luna -en su menguante, pálida y sin rayos, brillaba -con todo en el inmenso espacio de un cielo ceniciento -y azul, que poco á poco hacia el Oriente -<span class="pagenum" id="Page_459">[Pg 459]</span>iba desvaneciéndose ligeramente en una rosada -tinta. Más lejos, tocando con el horizonte, se extendían -en largas fajas desiguales algunas nubes -más bien azuladas que oscuras, de las cuales las -últimas estaban orladas de una banda como de fuego, -que por momentos se volvía más viva y resplandeciente. -Al Mediodía, otro grupo de nubes, -ligeras y aéreas, por decirlo así, iban tiñéndose de -mil colores sin nombre. Aquél era el cielo de Lombardía, -tan hermoso cuando está despejado, tan -esplendente cuando está pacífico. Si Renzo se hubiese -hallado en aquel paraje por su gusto, ciertamente -se hubiera detenido á contemplar aquella -alborada tan diferente de las que tenía costumbre -de ver en sus montañas; mas al presente sólo atendía -á su camino, andando á buen paso, para entrar -en calor y llegar más pronto. Pasa los campos, -el arenal, los matorrales; atraviesa el bosque, -mirando á todos lados, riendo y avergonzándose -al mismo tiempo del terror que había experimentado -pocas horas antes. Llega por último á la margen -del río, tiende la vista á lo lejos, y al través -de la maleza descubre una barquilla de pescador -que viene deslizándose lentamente contra la corriente, -rozándose casi con la orilla. Baja en seguida -por el camino más corto por entre las zarzas y -espinos, y desde la citada orilla llama á media voz -al pescador, con la intención de manifestar que -pedía un servicio de poca importancia; pero sin<span class="pagenum" id="Page_460">[Pg 460]</span> -apercibirse de que lo hacía con voz medio suplicante, -le hizo señas para que se aproximase. El -pescador lanza una ojeada á lo largo de la ribera, -mira atentamente el agua que viene, se vuelve á -mirar á su espalda el agua que va, dirige en seguida -la proa hacia Renzo, y atraca. Éste, que -permanecía en la misma orilla, casi tocando el -agua con los pies, se afirma á la proa del batel, -salta dentro, y dice: “¿Me haréis el favor, pagando -por supuesto, de trasladarme á la orilla opuesta?”. -El pescador lo había adivinado, y ya volvía -la proa hacia aquel lado. Viendo Renzo otro remo -en el fondo de la barquilla, se inclina y lo coge.</p> - -<p>—Despacio, despacio, dijo el barquero; pero al -ver luego con qué maestría el joven había empuñado -el remo, y se disponía á manejarlo: ¡ah, ah! -repuso, ¿sabéis el oficio?</p> - -<p>—Un poquito, contestó Renzo; y se puso á remar -con un vigor y una destreza que no eran de -un aficionado. Sin descansar un instante, lanzaba -de cuando en cuando una sombría mirada á la orilla -de la cual se alejaba, y otra con impaciencia -sobre la que se dirigía, y se desesperaba de no poder -ir por el camino más corto; pues la corriente -era en aquel paraje demasiado rápida para cortarla -en línea recta, y la barca, ora siguiendo dicha -corriente, debía hacer una travesía diagonal. Como -acontece en todos los asuntos un poco embrollados, -que las dificultades en un principio se presentan<span class="pagenum" id="Page_461">[Pg 461]</span> -en masa, y después aparecen minuciosamente; -Renzo, ahora que casi había pasado, por -decirlo así, el Adda, le fastidiaba el no saber de -positivo si el río en aquel sitio servía de límites á -los dos estados, ó si superado dicho obstáculo, le -quedaría algún otro que vencer. Por lo tanto, llamando -al pescador y señalándole por medio de un -movimiento de cabeza la señal blanquecina que -había visto la noche anterior, y que entonces se -divisaba con más claridad, dijo: “¿Es Bérgamo aquel -pueblo?”.</p> - -<p>—La ciudad de Bérgamo, replicó el pescador.</p> - -<p>—¿Y esa ribera, es de su territorio?</p> - -<p>—No, que es del de S. Marcos.</p> - -<p>—¡Viva S. Marcos! exclamó Renzo. El pescador -nada dijo.</p> - -<p>Tocan, finalmente, á la orilla tan deseada; Renzo -se precipita á ella; da gracias á Dios desde el -fondo de su corazón, y después se las manifiesta -al barquero; mete la mano en el bolsillo, saca una -<em>berlinga</em>, que atendidas las circunstancias, no fué -poco desprendimiento, y se la entrega al buen -hombre, el cual, después de haber echado una -ojeada á la ribera milanesa y á toda la extensión -del lago, alarga la mano, recibe el regalo que se -le hace, lo guarda; luego aprieta los labios, forma -con el índice y el pulgar una cruz, y acompañando -dicho gesto con una mirada expresiva dice: -“buen viaje”, y se vuelve por donde había venido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_462">[Pg 462]</span></p> - -<p>Para que el lector no se maraville demasiado -de la tan pronta y discreta cortesanía del pescador, -debemos advertirle, que el tal individuo, requerido -con frecuencia, para semejantes servicios -por contrabandistas y bandidos, estaba acostumbrado -á prestarlos, no tanto por el motivo de una -escasa, é incierta ganancia que le pudiese sobrevenir, -cuanto por no crearse enemigos entre aquella -clase de gentes. Prestaba dichos servicios, repito, -siempre que estaba seguro de no ser visto -por los guardas, esbirros y espías. Así, sin querer -más á los primeros que á los segundos, procuraba -tenerlos contentos á todos, con esa imparcialidad -que es la dote ordinaria del que se ve precisado -á tratar con unos, y está sujeto á dar cuenta de -sus acciones á otros.</p> - -<p>Renzo se detuvo un momento sobre la ribera, -con el objeto de contemplar la opuesta, aquella -tierra que poco antes abrasaba bajo sus pies. “¡Ah, -he aquí que ya estoy fuera!”, tal fué su primer pensamiento. -“¡Permanece ahí, maldito país!”, fué el segundo, -el adiós á su patria; mas el tercero fué el -recordar á los qué dejaba en él. Entonces cruzó -los brazos sobre el pecho, arrojó un suspiro, fijó -la vista sobre el agua que corría á sus pies. “¡Ella -ha pasado por debajo del puente!” pensó: así, según -el uso de sus compatriotas, llamaba por antonomasia -el puente de Lecco. “¡Ah, pícaro mundo! -Basta; sea lo que Dios quiera”.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_463">[Pg 463]</span></p> - -<p>Volvió las espaldas á tan tristes objetos, y se -puso en marcha, tomando por punto de vista la -mancha blanquecina que se hallaba sobre el declive -de la montaña, hasta que encontrase alguno -para hacerse enseñar el verdadero camino. Era -necesario ver con qué desembarazo se acercaba á -los viajeros, y cómo sin rodeos ni ambages pronunciaba -el hombre del pueblo en donde vivía su primo. -Por el primero á quien se dirigió, supo que -todavía le faltaban nueve millas para llegar.</p> - -<p>El viaje no fué tranquilo. Sin hablar de los disgustos -que acompañaban á Renzo, los objetos dolorosos -que se le presentaban contribuían á aumentar -más y más su aflicción. Demasiado reconocía -que en el país, en el cual entraba, hallaría -la misma penuria que había dejado en el suyo. En -todo el camino, y más aún en los campos y aldeas, -encontraba á cada paso mendigos, que no lo -eran de oficio, y que manifestaban más bien la miseria -en el semblante que en el traje. Eran labradores -montañeses, artesanos, familias enteras: -percibíase un ruido sordo, mezclado de súplicas, -lamentos y gemidos. Semejante espectáculo, además -de la compasión y melancolía que le causaba, -le hacía pensar en sus propios asuntos.</p> - -<p>“¡Quién sabe! se decía sumamente pensativo, -si encontraré qué hacer; si habrá trabajo como -los años anteriores. ¡Bah! Bartolo me quería -mucho: es un excelente muchacho; ha ganado bastante<span class="pagenum" id="Page_464">[Pg 464]</span> -dinero; me ha invitado infinitas veces; por -consiguiente, no me abandonará. Y después, la -Providencia me ha socorrido hasta ahora, y me -socorrerá también en lo sucesivo”.</p> - -<p>En el ínterin, se le había despertado el apetito, -y á medida que trascurría tiempo, se aumentaba -cada vez más; pues aunque Renzo, cuando empezó -á sentirlo, calculase que podía resistir sin grande -incomodidad las dos ó tres millas que le faltaban, -pensó por otro lado que no sería regular el -presentarse á su primo, como un hambriento pordiosero, -y decirle por primer saludo: “dame de comer”. -Sacó del bolsillo todas sus riquezas, las deslizó -sobre una de sus manos, y echó la cuenta. -Para esto no se requería saber mucha aritmética; -mas sin embargo, había lo suficiente para hacer -una buena comida. Entró, pues, en una posada á -restaurar su estómago, y después de haber pagado -le quedaron todavía algunos sueldos.</p> - -<p>Al salir, vió al lado de la misma puerta, que -por poco no las pisa, más bien tendidas en el suelo -que sentadas, dos mujeres, la una ya anciana, -la otra más joven, con un tierno niño, el cual, -después de haber chupado en vano sus pechos, -lloraba sin consuelo; todos estaban pálidos como -la muerte. De pie, junto á ellas, se hallaba un -hombre, en cuyo semblante y miembros podían -traslucirse todavía algunas señales de su antiguo -vigor, domado ahora y casi apagado por una larga<span class="pagenum" id="Page_465">[Pg 465]</span> -abstinencia. Los tres tendieron la mano á Renzo, -que salía con paso intrépido y reanimado aspecto; -ninguno hablaba: ¡qué más podía decir una -súplica!</p> - -<p>—¡He aquí la Providencia! dijo Renzo; y metiendo -repentinamente la mano en la faltriquera, vació -los pocos sueldos que contenía, los puso en la -mano que halló más próxima, y continuó su -marcha.</p> - -<p>La ligera comida, y aquella buena obra (ya que -estamos compuestos de alma y cuerpo) habían fortalecido -y alegrado todos sus pensamientos. En -efecto, al verse de aquel modo despojado de su -último dinero, tuvo más confianza en el porvenir, -que no había tenido antes; porque si para sostener -ese día á aquellos infelices, la Providencia había -reservado las últimas monedas de un forastero -fugitivo, incierto aún de los medios que emplearía -para vivir, ¿cómo podía creer que quisiese -dejar en seguida en igual apuro, á aquél del cual -se había servido en la consabida ocurrencia, y á -quien había inspirado un sentimiento de piedad -tan vivo, tan eficaz y generoso? Tales eran, con -poca diferencia, las ideas del joven, menos claras, -sin embargo, que las que yo he sabido expresar. -En el resto de su viaje fué pensando en sus asuntos, -los cuales no le presentaban ninguna dificultad. -La escasez debía concluir; todos los años se -siega: entretanto tenía al primo Bartolo y su propia<span class="pagenum" id="Page_466">[Pg 466]</span> -industria; además, en su casa también tenía -algún dinero, que mandaría en seguida que se lo -remitieran: con él, poniéndose en lo peor, tendría -con qué vivir hasta que volviera la abundancia. -He aquí, pues, vuelta la abundancia, pensaba interiormente -Renzo, la furia del trabajo renace; los -amos se agitan á porfía para obtener operarios milaneses, -que son los que mejor saben el oficio: éstos -se engríen: el que quiere gente hábil, que la -pague; se gana para la subsistencia, y también -para hacer algunos ahorros, y se manda decir á -las mujeres que vengan... Y luego, ¿por qué -tanto esperar? ¿No es cierto que con lo poco que -tenemos de reserva habríamos pasado en aquellos -sitios todo el invierno? Del mismo modo podremos -pasar aquí. Curas, los hay en todas partes. -Que vengan aquellas dos queridas mujeres; aquí -pondremos casa. ¡Qué placer, el ir paseando todos -juntos por este mismo camino! ¡el ser conducidos -hasta el Adda en carruaje, merendar en las mismas -márgenes, y desde éstas manifestar á las damas -el sitio en que me he embarcado, los matorrales -que he atravesado, y el paraje desde donde -me he puesto á mirar si descubría algún batel!</p> - -<p>Por último llegó al pueblo de su primo. Al entrar, -casi antes de poner los pies en él, distinguió -una casa muy alta, guarnecida de largas y numerosas -ventanas. Reconociendo que era una fábrica -de hilados, se introdujo en ella, preguntando en<span class="pagenum" id="Page_467">[Pg 467]</span> -alta voz, á causa del ruido de las ruedas y del -agua que caía, si estaba allí un tal Bartolo Castagneri.</p> - -<p>—¿El señor Bartolo? allí está.</p> - -<p>—¡Señor! Buena señal, pensó Renzo: divisó al -primo, y corrió á su encuentro. Éste se vuelve y -reconoce al joven, que le dice: Heme aquí. Lanza -un ¡oh! de sorpresa, levanta los brazos y se precipita -á su cuello. Después de las primeras demostraciones -de afecto, Bartolo conduce á nuestro joven -á otra pieza lejos del estrépito de las máquinas -y de las miradas de los curiosos, y le dice: -Tengo un gran placer en verte; pero eres un pobre -muchacho: te he invitado tantas veces, y no has -querido venir nunca, y ahora llegas en momentos -un poco críticos.</p> - -<p>—¿Quieres que te lo diga francamente? No he -venido por mi voluntad, dijo Renzo; y con la mayor -brevedad, y no sin mucha emoción, le refirió -su dolorosa historia.</p> - -<p>—Esto es muy distinto, repuso Bartolo. ¡Oh, -mi pobre Renzo! Mas ya que has contado conmigo, -puedes estar seguro que no te abandonaré. Verdaderamente, -ahora no se trata de buscar operarios; -de modo que todos á duras penas conservan -los suyos, y esto lo hacen por no perderse, y por -no interrumpir su comercio; pero mi amo me aprecia -bastante y tiene dinero: á decir verdad, sin -que sea jactancia, la mayor parte de su fortuna á<span class="pagenum" id="Page_468">[Pg 468]</span> -mí me la debe; él ha puesto el capital y yo mi industria. -¿Sabes que soy el primer operario? Y luego, -por decirlo de una vez; soy el <i lang="la" xml:lang="la">fac totum</i>. ¡Pobre -Lucía Mondella! Me acuerdo de ella como si -fuese ayer; es una buena muchacha. Siempre la -más recogida en la iglesia; y cuando uno pasaba -por delante de su casita... ¡Qué casita aquélla! -Todavía me parece que la estoy viendo; situada -casi fuera del pueblo, con una hermosa higuera -que sobresalía de la tapia...</p> - -<p>—No, no; no hablemos de eso.</p> - -<p>—Quiero decir que cuando uno pasaba por frente -de aquella casita se oían siempre las devanaderas, -que daban vueltas y más vueltas. ¡Y el consabido -D. Rodrigo! Ya en mi tiempo seguía las -mismas huellas; pero ahora, á lo que parece, hace -diabluras á montones, hasta que Dios le deje la -brida sobre el cuello. Por lo demás, como te iba -diciendo, aquí también se padece su poquito de -hambre... Á propósito, ¿cómo estás de apetito?</p> - -<p>—He comido en el camino muy poco tiempo -hace.</p> - -<p>—¿Y á qué altura nos hallamos de dinero?</p> - -<p>Renzo llevó el pulgar á la boca, y haciendo tropezar -la uña con los dientes, dejó oir un ruidito -casi imperceptible.</p> - -<p>—No importa, dijo Bartolo: yo tengo; no hay -que pensar en ello, que pronto, muy pronto, las -cosas cambiarán, si Dios quiere: entonces tú me<span class="pagenum" id="Page_469">[Pg 469]</span> -lo devolverás, y te pondrás bajo el mismo pie -que yo.</p> - -<p>—En casa todavía tengo alguna cosita, y dispondré -que me la manden.</p> - -<p>—Está bien: en el ínterin cuenta conmigo. -Dios me ha dado bienes para que haga bien; y si -no lo hago á los parientes y amigos, ¿á quién se -lo he de hacer?</p> - -<p>—Lo tengo ya dicho: ¡oh, el destino! exclamó -Renzo, estrechando afectuosamente la mano de -su buen primo.</p> - -<p>—¿Conque en Milán han movido tan grande alboroto? -repuso el último. Aquella gente me parece -un poco loca. Las voces se habían esparcido -ya por aquí; pero quiero que tú me lo cuentes -más minuciosamente. Ambos tenemos de qué hablar. -Aquí, sin embargo, tú mismo lo ves; todo -va con más tranquilidad, y las cosas se hacen con -un poco más de juicio. La ciudad ha comprado -dos mil cargas de trigo á un comerciante que vive -en Venecia, trigo que viene de Turquía; pero -cuando se trata de comer, no se mira tan de cerca. -Escucha ahora lo que sucede: los rectores de -Verona y de Brescia cierran los pasos, y dicen: -por aquí no pasa trigo. ¿Qué hacen entonces los -de Bérgamo? Despachan á Venecia á Lorenzo -Torre, que es un abogado de los buenos: marcha -precipitadamente, se presenta al Dux, y le dice: -¿qué idea han tenido esos señores rectores?...<span class="pagenum" id="Page_470">[Pg 470]</span> -¡Vaya un discurso! ¡un discurso digno de imprimirse! -¡Lo que es tener un hombre que sabe hablar! -En seguida se expide una orden para que se -deje pasar el grano, y que los rectores no sólo lo -dejen pasar, sino que es preciso que lo hagan escoltar; -y he aquí que ya está en camino. También -se ha pensado en la campiña. Juan Bautista -Biava, enviado de Bérgamo en Venecia, excelente -sujeto por cierto, ha hecho presente al senado -que también en la campiña se padecía hambre; y -dicho senado ha concedido cuatro mil <i lang="it" xml:lang="it">staia</i><a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a> de -mijo, lo cual también ayuda á hacer pan: y además, -¿lo quieres saber? si no hay pan, comeremos -otra cosa. Como ya he dicho, el Señor me ha dado -bienes. Ahora te presentaré á mi amo, le he -hablado de ti muchas veces; y te recibirá bien. -Es un buen habitante de Bérgamo, un hombre -chapado á la antigua, de excelente corazón. Verdaderamente, -ahora no te aguardaba; pero cuando -oirá tu historia... Y después, sabe que los -operarios le tienen cuenta, porque la carestía pasa -y el comercio dura. Mas antes de todo, es indispensable -que te advierta una cosa. ¿Sabes cómo -nos llaman en este país á los que somos del -estado de Milán?</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Nos llaman bobos.</p> -<p><span class="pagenum" id="Page_471">[Pg 471]</span></p> -<p>—No es del todo un bonito nombre.</p> - -<p>—Lo mismo da: el que ha nacido en el territorio -de Milán y quiere vivir en el de Bérgamo, debe -tomarlo con cachaza. Para esta gente, el dar -el nombre de bobo á un milanés, es como dar el -tratamiento de ilustrísima á un caballero.</p> - -<p>—Presumo que lo dirán al que quiera dejárselo -decir.</p> - -<p>—Querido mío, si no estás dispuesto á tragarte -la palabra <em>bobo</em> á todo pasto, no cuentes con -poder vivir aquí. Sería preciso estar siempre con -el cuchillo en la mano; y cuando tú (es una suposición) -hubieses matado dos, tres ó cuatro, vendría -uno por último que te mataría; y entonces, -¡qué bello gusto el comparecer ante el tribunal -de Dios cargado con tres ó cuatro homicidios!</p> - -<p>—¿Y un milanés que tenga un poco de... -Aquí se golpeó la frente con la mano según había -hecho en la hostería de la <em>Luna llena</em>; quiero -decir, uno que sepa bien su oficio?</p> - -<p>—Lo mismo: aquí es también un bobo. ¿Sabes -cómo se expresa mi amo cuando habla de mí con -sus amigos? Ese bobo me ha sido enviado por -Dios para mi comercio; si no tuviese á ese bobo, -estaría bien enredado. Ésta es la costumbre.</p> - -<p>—Es una costumbre muy necia, y sobre todo -viendo lo que sabemos hacer. Además, ¿quién ha -traído aquí semejante arte? ¿quién le hace andar -más que nosotros? ¿Es posible que esto no los haya -corregido?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_472">[Pg 472]</span></p> - -<p>—Hasta ahora, no; con el tiempo podrá ser: los -muchachos que vengan detrás, acaso cambiarán; -pero con respecto á los hombres hechos, no hay -remedio; han tomado ese vicio, no lo abandonarán -jamás. Pero al fin y al cabo, ¿qué es esto? -Mucho peor es lo que te han hecho, y te querían -hacer además nuestros queridos compatriotas.</p> - -<p>—Ya, es verdad: si no otro mal...</p> - -<p>—Ahora que estás convencido, todo irá bien. -Ven á ver al amo; y sobre todo, ánimo.</p> - -<p>En efecto, todo salió á medida del deseo: las -promesas de Bartolo se realizaron; por lo tanto, -nos abstenemos de hacer una particular mención, -por considerarlo inútil. Esto fué ciertamente providencial, -pues vamos á ver cuán poco podía contar -Renzo con el dinero y efectos que había dejado -en su casa.</p> - - -<div class="chapter"><div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_16" href="#FNanchor_16" class="label">[16]</a> Es preciso advertir que antiguamente, y aun ahora, en -algunas partes de Italia cuentan hasta veinticuatro horas, empezando -la primera de éstas una hora después de haber anochecido; -de modo que en invierno las once corresponden poco -más ó menos á las cinco de la mañana.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_17" href="#FNanchor_17" class="label">[17]</a> Fanegas.</p> - -</div> -</div> -</div> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum" id="Page_473">[Pg 473]</span></p> -<h2 class="nobreak" >CAPÍTULO DECIMOCTAVO</h2> -</div> - - -<p>Aquel mismo día, el 13 de noviembre, llegó -un expreso al señor podestá de Lecco, y le presentó -un despacho del señor capitán de justicia, -conteniendo la orden de hacer todas las indagaciones -posibles y más oportunas para descubrir si -cierto joven llamado Lorenzo Tramaglino, hilador -de seda, escapado de las manos <i lang="la" xml:lang="la">prædicti egregii -domini capitanei</i><a id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a> ha vuelto <i lang="la" xml:lang="la">palam vel clam</i><a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a> á su -pueblo, ó si se halla <i lang="la" xml:lang="la">ignotum in territorio Leuci</i><a id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>: -<i lang="la" xml:lang="la">quod si compertum fuerit sic esse</i><a id="FNanchor_21" href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>, procure dicho -señor podestá <i lang="la" xml:lang="la">quanta maxima diligentia fieri poterit</i><a id="FNanchor_22" href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a>, -<span class="pagenum" id="Page_474">[Pg 474]</span>prenderlo, y sujetado que sea, <i lang="la" xml:lang="la">videlizet</i><a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" class="fnanchor">[23]</a>, con -buenas esposas, en atención á la insuficiencia ya -experimentada de las maniquetas en el expresado -individuo, lo haga conducir á la cárcel y lo retenga -allí bajo una segura custodia, para ponerlo en -manos de los que estarán encargados de recibirlo; -y tanto si le encuentra, como no, <i lang="la" xml:lang="la">datis ad domum -prædicti Laurentii Tramaglino, et facta debita diligentia -quidquid ad rem repertum fuerit auferatis; -et informationes de illius prava qualitate, vita et -complicibus sumatis</i><a id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>; y de todo lo dicho y hecho, -hallado y no hallado, cogido y dejado, <i lang="la" xml:lang="la">diligenter -referatis</i><a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a>.</p> - -<p>El señor podestá, después de haberse asegurado -por los medios humanos, que el sujeto no había -vuelto al país, manda llamar al cónsul<a id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a> del -pueblo donde residía Renzo, y se hace conducir á -la casa indicada acompañado de un escribano y -gran número de esbirros. La casa está cerrada; el -que tiene las llaves no se encuentra, ó más bien, -no se deja encontrar. Se echa la puerta abajo; hácense<span class="pagenum" id="Page_475">[Pg 475]</span> -las diligencias acostumbradas, es decir, se -procede del mismo modo que si fuese una ciudad -tomada por asalto. El ruido de esta expedición se -esparce inmediatamente por todos los alrededores; -llega á oídos del padre Cristóbal, el cual, atónito, -no menos que afligido, pregunta á todo el mundo -para obtener alguna luz con respecto á un tan inesperado -suceso; pero no recoge más que vagas -conjeturas, y escribe sobre la marcha al padre -Buenaventura, del cual espera poder recibir noticias -más claras. Entretanto los parientes y amigos -de Renzo son citados á declarar acerca de lo -que puedan saber de sus <em>malas cualidades</em>. Llevar -el apellido de Tramaglino es una desgracia, una -vergüenza, un crimen; el pueblo está enteramente -revuelto. Poco á poco se llega á saber que Renzo -se ha escapado de las manos de la justicia, en -medio mismo de la ciudad de Milán, y que después -ha desaparecido: corren voces de que ha hecho -una cosa grande, pero no saben decir el qué, -y se refiere de mil maneras; cuanto mayor es, tanto -menos es creída en el país, en donde Renzo es -conocido por un joven honrado. Los más presumen, -y van diciéndolo al oído de su vecino, que -es una maquinación de D. Rodrigo para perder á -su desventurado rival. Tan cierto es, que juzgando -por inducción y sin el necesario convencimiento -de los sucesos, se echa la culpa muchas veces -á los malvados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_476">[Pg 476]</span></p> - -<p>Mas nosotros, con las pruebas en la mano, como -se suele decir, podemos afirmar, que si D. Rodrigo -no tenía parte en el infortunio de Renzo, se -regocijó tanto como si fuese obra suya, y lo celebró -en compañía de sus confidentes, y particularmente -con el conde Attilio. Éste, según sus anteriores -designios, hubiera debido aquellas horas -hallarse ya en Milán; pero á la noticia del tumulto -y de la canalla que recorría las calles, dispuesta -más bien á dar golpes que á recibirlos, había -creído más prudente el permanecer en el campo -hasta que todo estuviera tranquilo; tanto más, -cuanto que habiendo ofendido á muchos, tenía razón -de temer que alguno de ellos, que sólo por -impotencia no se movía, tomase alas á causa de -las circunstancias, y juzgase el momento á propósito -para ser el vengador de todos. Sin embargo, -dicho temor no fué de larga duración: la orden -venida de Milán para proceder contra Renzo era -ya un indicio de que las cosas habían vuelto á tomar -su curso ordinario, teniéndose al mismo tiempo -una verdadera certeza de ello.</p> - -<p>El conde Attilio partió inmediatamente, animando -al primo á no ceder en su empresa, y superar -todos los obstáculos, prometiéndole que por -su parte pondría mano en seguida á desembarazarle -del fraile, para cuyo asunto el afortunado -accidente del abyecto rival debía servir á las mil -maravillas. Apenas había marchado el conde,<span class="pagenum" id="Page_477">[Pg 477]</span> -cuando el <em>Griso</em> llegó de Monza sano y salvo, el -cual refirió á su señor todo lo que había podido -averiguar. Dijo que Lucía estaba refugiada en tal -convento bajo la protección de la consabida <em>señora</em>; -que permanecía reclusa, como si fuese una de -las mismas monjas, no poniendo jamás un pie ni -fuera de la puerta siquiera, asistiendo á las ceremonias -religiosas colocada detrás de una reja, lo -cual disgustaba á muchos que habían oído hablar -de no sé qué aventuras, y elogiar su hermosura, -cuyos elogios, viéndola, deseaban juzgar si eran -merecidos.</p> - -<p>La anterior relación hubiera introducido el diablo -en el cuerpo á D. Rodrigo, si no lo hubiese -tenido ya. Tantas circunstancias favorables á su -proyecto inflamaban más y más su pasión, ó mejor -diremos, aquella mezcla de amor propio, de -rabia é infames deseos, que tomaba por pasión. -Renzo ausente, expulsado, desterrado; todo llega -á ser lícito contra él: su misma desposada podía -ser considerada en cierto modo como bienes de un -rebelde: el sólo hombre en el mundo que querría y -podría tomarla bajo su protección y meter un ruido -capaz de ser sentido desde muy lejos, y por personas -de categoría, el rabioso fraile, dentro de poco -estará probablemente fuera de estado de hacer -daño. Mas he aquí que se presenta un nuevo impedimento, -que no sólo sirve de contrapeso á todas -aquellas ventajas, sino que las hace, si puede<span class="pagenum" id="Page_478">[Pg 478]</span> -decirse, enteramente inútiles. El monasterio de -Monza, aun cuando no hubiese habido una princesa, -era un hueso demasiado duro para los dientes -de D. Rodrigo; y por más que diese vueltas -con la imaginación en torno de aquel asilo, no -podía inventar ningún medio de violarlo, ni con -la fuerza, ni con la astucia. Estuvo casi para abandonar -la empresa, resolviendo ir á Milán, dando -un gran rodeo, aunque el camino fuese más largo, -con el objeto de no pasar por Monza; y una -vez en Milán lanzarse en brazos de los amigos y -diversiones para desechar con pensamientos de -todo punto alegres aquel deseo que á cada momento -le atormentaba más. ¡Pero los amigos! es -indispensable ir con ellos con un poco de cuidado. -En vez de una distracción podía tener esperanza -de encontrar en su compañía nuevos disgustos; -porque Attilio habría ya tomado seguramente la -trompa y puesto á todo el mundo en expectativa; -se verá acosado á porfía por los que le pedirán noticias -de la montañesa, y será preciso que les conteste. -Había deseado, había hecho tentativas, ¿y qué -había conseguido? Se había tomado un empeño, á -la verdad, un poco innoble; pero, ¡vaya! uno no -puede siempre vencer sus caprichos; el caso es satisfacerlos. -Mas, ¿cómo se salía de dicho empeño, -dando la victoria á un villano y á un fraile? ¡Oh, -qué vergüenza! ¡Y cuando una feliz casualidad, -una suerte inesperada lo ha libertado del uno;<span class="pagenum" id="Page_479">[Pg 479]</span> -cuando un hábil amigo lo ha desembarazado del -otro, sin que él se haya tomado el más leve trabajo, -no ha sabido, imbécil, aprovechar la coyuntura, -y renuncia cobardemente á la empresa! Una -de dos: ó era preciso no atreverse á levantar la -cabeza entre gente bien nacida, ó tener á cada -momento la espada en la mano; y después, ¿cómo -volver, cómo permanecer en aquel castillo, en -aquel país, en el cual, dejando aparte los continuos -y punzantes recuerdos de su pasión, tendría -que sufrir la afrenta de un golpe que le había salido -fallido? ¡Donde al propio tiempo, habiéndose -aumentado el odio que le profesaban, veíase disminuir -la reputación de su poderío! ¡en donde -también, en el semblante de cualquier bribón, en -medio de los saludos mismos, podría distinguir -una amarga ironía! ¿Y pasaría por ella? ¡Gracioso -sería! El camino de la iniquidad, dice aquí el manuscrito, -es largo, pero esto no quiere decir que -sea cómodo: tiene sus buenos tropiezos, sus pasos -escabrosos, y también su parte molesta y pesada; -aunque se dirija á sus fines.</p> - -<p>Por lo que hace á D. Rodrigo, el cual no sabía -qué determinar, si retroceder, si detenerse, ó si -seguir adelante, se le presentó, por último, á su -imaginación un medio, con el que podría conseguir -sus deseos: éste era llamar en su auxilio á un -hombre tal, cuyas manos llegasen adonde no alcanzara -la vista de los demás; un hombre ó un<span class="pagenum" id="Page_480">[Pg 480]</span> -diablo, para quien la dificultad de la empresa fuesen -al mismo tiempo un estímulo para que la tomara -sobre sí. Mas semejante resolución tenía sus -inconvenientes y peligros, tanto más graves, cuanto -menos podían calcularse los resultados; puesto -que nadie hubiera podido prever hasta dónde -podría ir el negocio, una vez metido con el expresado -individuo, auxiliar poderoso ciertamente, -pero quizá no menos absoluto y peligroso.</p> - -<p>Tales pensamientos tuvieron, por espacio de -muchos días, á D. Rodrigo, en una incómoda irresolución. -En el ínterin recibió una carta de su -primo, en la cual le decía, que la trama seguía en -buen estado. Poco después del relámpago se dejó -oir el trueno, lo cual quiere significar, que -cierta mañana corrió la voz de que el padre Cristóbal -había partido del convento de Pescarenico. -Attilio que le animaba valerosamente, á la vez que -le amenazaba con pesadas chanzonetas, le hicieron -inclinar al proyecto más arriesgado: lo que le -acabó de resolver fué la inesperada noticia de que -Inés había vuelto á su casa, un obstáculo menos -para acercarse á Lucía. Vamos, pues, á dar cuenta -de ambos sucesos, empezando por el último.</p> - -<p>Apenas las dos infelices mujeres se habían acomodado -en su refugio, cuando se esparció por -Monza, y por consiguiente también penetró en el -monasterio, la noticia de la sedición de Milán; y -detrás de esta gran nueva, una serie infinita de<span class="pagenum" id="Page_481">[Pg 481]</span> -particularidades, que iban aumentándose y variando -á cada momento. La portera, que desde -su habitación podía tener un oído en la calle y -otro en el monasterio, recogía noticias de aquí y -de allí, y las participaba á sus huéspedas. “Han -metido en la cárcel, dos, siete, ocho, cuatro, nueve; -á unos los han cogido enfrente del horno de -las <em>Muletas</em>, á otros al extremo de la calle en donde -está la casa del vicario de la provisión... -¡Eh, escuchad esto! Se ha escapado uno que es de -Lecco, ó de aquella parte: ignoro cómo se llama, -mas ya vendrá alguno que me lo dirá, y veremos -si lo conocéis”.</p> - -<p>Esta noticia, unida á la circunstancia de que -Renzo había debido llegar á Milán precisamente -en aquel día fatal, causó alguna inquietud á las -dos mujeres, y principalmente á Lucía; pero juzgad -lo que sucedería cuando la portera fué á decirles: -“El que ha huido, por no verse complicado, -es justamente de vuestro mismo pueblo; es un hilador -de seda que se llama Tramaglino: ¿lo conocéis?”.</p> - -<p>Á Lucía que estaba sentada, bordando no sé -qué cosa, se le cayó la labor de las manos. Palideció, -y se inmutó de tal modo, que la portera la -habría conocido si hubiese estado próxima á ella. -Pero la citada portera permanecía de pie en la -puerta, juntamente con Inés, la cual también turbada, -pero no tanto como su hija, pudo estar sobre<span class="pagenum" id="Page_482">[Pg 482]</span> -sí; y para contestar algo, dijo, que en un pueblo -pequeño todos se conocían, y por lo tanto, que -también ella lo conocía; mas que no podía imaginarse -cómo le habría sucedido semejante cosa á -un joven tan pacífico. En seguida preguntó si -efectivamente se había escapado, y adónde se había -dirigido.</p> - -<p>Lo que es que se ha escapado, todos lo dicen, -pero hacia dónde, se ignora; puede ser que todavía -lo cojan, puede ser que ya esté en salvo; mas -si vuestro pacífico joven vuelve á caer en sus manos...</p> - -<p>En esto, por fortuna, llamaron á la portera, y se -fué: ¡figuraos cómo quedarían la madre y la hija! -La pobre mujer y la desolada Lucía permanecieron -más de un día en aquella cruel incertidumbre -en averiguar el cómo, el por qué, las consecuencias -de tan triste acontecimiento; en hacer comentarios -cada una en su interior, ó muy callandito -una á otra, sobre aquellas fatales palabras.</p> - -<p>Finalmente, un jueves se presentó un hombre -en el monasterio á preguntar por Inés. Era un -vendedor de pescado, residente en Pescarenico, -que iba á Milán, según su costumbre, á despachar -su mercancía, y al cual el padre Cristóbal había -suplicado que al pasar por Monza hiciese una escapatoria -al monasterio, saludase á las mujeres de -su parte, y les contase cuanto se sabía del fatal -suceso de Renzo, recomendándoles que tuvieran<span class="pagenum" id="Page_483">[Pg 483]</span> -paciencia y confiaran en Dios; que él; pobre fraile, -ciertamente no las olvidaría; que aprovecharía -todas las ocasiones de socorrerlas, y que en el -entretanto no dejaría todas las semanas de darles -noticias de todo lo que supiese, valiéndose de -aquel mismo medio, ó de cualquiera otro parecido. -Con respecto á Renzo, el mensajero no supo -decir otra cosa de nuevo y de cierto, sino la fatal -visita á la casa, y las pesquisas para cogerlo; mas -al mismo tiempo les dijo que todo había sido en -vano, sabiéndose de positivo, que se había refugiado -en Bérgamo. Semejante certidumbre (¿será -por ventura preciso decirlo?) fué un bálsamo consolador -para Lucía: desde dicho momento sus lágrimas -corrieron con más dulzura y facilidad; experimentó -mayor consuelo al desfogar sus penas -á solas con su madre; y á todas sus súplicas iban -mezcladas acciones de gracias.</p> - -<p>Gertrudis la hacía ir con frecuencia á su locutorio -particular; conversaba con ella largamente, -complaciéndose el ver la ingenuidad y dulzura de -la pobrecita, y al oir que á cada momento le daba -gracias y la bendecía. Le refería también en -confianza una parte (la parte limpia) de su historia, -todo lo que había padecido por verse forzada -á ir á sufrir al convento; y aquella primera admiración -sospechosa de Lucía, se iba cambiando insensiblemente -en compasión. Encontraba en aquella -historia razones suficientes para explicarse lo<span class="pagenum" id="Page_484">[Pg 484]</span> -que tenían de extraño las maneras de su bienhechora, -mucho más que con el auxilio de las doctrinas -de Inés con respecto á los cerebros de los señores. -Sin embargo, aunque se sintió llevada á devolver -la confianza que le había manifestado Gertrudis, -no le pasó siquiera por la imaginación el hablarle -de sus nuevas inquietudes, de su reciente desgracia, -de participarle quién era aquel hilador de seda -que se había escapado, por no aventurarse á -esparcir un ruido tan aflictivo y escandaloso. Se -eximía también cuanto le era posible de contestar -á las curiosas preguntas de aquélla, sobre la parte -de la historia que había precedido á la promesa -de casamiento; pero esto no era por razones de -prudencia, era porque su historia parecía á la pobre -inocente más espinosa, más difícil de contar, -que todas las que había oído y creía poder oir de -boca de la <em>señora</em>: en la de ésta había tiranía, asechanzas, -sufrimientos, cosas tristes y dolorosas, -pero que sin embargo podían nombrarse; mas en -la suya se hallaba por todas partes mezclado un -sentimiento, una palabra, que no le parecía posible -proferir hablando de sí misma, y á la cual no -hubiera hallado jamás una perífrasis que sustituir, -que según su modo de pensar no fuese contraria -al pudor: ésta era el amor.</p> - -<p>Algunas veces, Gertrudis se irritaba de estar -siempre sobre sí; ¡pero se traslucía tanta ternura, -tanto respeto, tanto reconocimiento, y al mismo<span class="pagenum" id="Page_485">[Pg 485]</span> -tiempo tanta confianza! De cuando en cuando quizás, -dicho pudor tan delicado, tan susceptible, le -desagradaba por otro motivo; pero todo se perdía -en la suavidad de un pensamiento que se le representaba -á cada instante contemplando á Lucía: “Yo -le dispenso un bien”. Y era cierto; porque además -del asilo que le daba, aquellas conversaciones, -aquellas familiares caricias, no confortaban menos -á Lucía. Encontraba también consuelo en un trabajo -asiduo, y siempre pedía que le diesen algo -que hacer: aun al locutorio llevaba alguna obra -para no estar mano sobre mano; ¡mas cómo las -ideas dolorosas siguen á uno á todas partes! á -medida que cosía, lo cual era un oficio casi nuevo -para ella, le venían poco á poco á la imaginación -sus devanaderas; y detrás de éstas, ¡cuántas otras -cosas!</p> - -<p>El segundo jueves volvió el consabido vendedor -de pescado, ó quizás otro mensajero, trayendo expresiones -del padre Cristóbal, y la confirmación -de la dichosa fuga de Renzo. Noticias más positivas -tocante á su desventura, ninguna; porque ya -hemos dicho al lector, que el capuchino había confiado -tenerlas de su compañero de Milán, á quien -se lo había recomendado; mas éste le contestó no -haber visto ni la persona ni la carta; que un campesino -había ido á buscarle al convento; pero que -no habiéndole hallado, se había marchado, no compareciendo -más.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_486">[Pg 486]</span></p> - -<p>El tercer jueves no se vió mensajero alguno; y -para las infelices mujeres fué esto, no sólo una -privación de un consuelo deseado y esperado, sino -también, como sucede por cualquiera cosa leve -al que está afligido y embarazado, un motivo de -inquietud, y de un centenar de molestas sospechas. -Ya antes de esto, Inés había pensado en hacer -una escapatoria á su casa; la novedad de no -ver al prometido mensajero, la decidió. Por lo que -mira á Lucía, era un negocio muy grave el permanecer -separada de las faldas de su madre; pero -el deseo de saber alguna cosa y la seguridad -que encontraba en aquel asilo tan guardado y santo, -vencieron su repugnancia. Resolvieron entre -sí que Inés iría al día siguiente á esperar al camino -al vendedor de pescado que tenía que pasar -por allí al volver de Milán, y que le pediría cortésmente -un sitio en su carro, para hacerse conducir -á sus montañas. Efectivamente lo encontró, -y le preguntó si el padre Cristóbal no le había dado -algún recadito para ella; el vendedor de pescado -todo el día antes de su partida lo pasó ocupado -en pescar, y por consiguiente no había sabido -nada del padre. Inés no tuvo necesidad de súplicas -para obtener el gusto que deseaba. Con el -permiso de la <em>señora</em> y de su hija, no sin derramar -algunas lágrimas, prometiendo mandar muy pronto -noticias suyas, y volver en seguida, partió.</p> - -<p>En el viaje no sucedió nada de particular. Descansaron<span class="pagenum" id="Page_487">[Pg 487]</span> -parte de la noche en una posada, según -la costumbre; volvieron á ponerse en camino antes -de ser de día, y llegaron sumamente temprano -á Pescarenico. Inés se apeó en la plazoleta del -convento; despidióse de su conductor con muchos -Dios os lo pague; y una vez puesta allí, quiso antes -de ir á casa ver á su fraile bienhechor. Tocó -la campana: el que vino á abrir fué Fr. Galdino, -el de las nueces.</p> - -<p>—¡Oh, señora mía! ¿qué viento favorable os ha -traído?</p> - -<p>—Vengo á buscar al padre Cristóbal.</p> - -<p>—¿El padre Cristóbal? No está.</p> - -<p>—¡Oh! ¿tardará mucho en volver?</p> - -<p>—Pero... dijo el fraile, encogiéndose de hombros -y cubriendo su rapada cabeza con la capilla.</p> - -<p>—¿Dónde ha ido?</p> - -<p>—Á Rímini.</p> - -<p>—¿Á...?</p> - -<p>—Á Rímini.</p> - -<p>—¿Hacia qué lado se halla ese pueblo?</p> - -<p>—¡Uy, uy! respondió el fraile cortando verticalmente -el aire con la mano extendida, como para -denotar una grande distancia.</p> - -<p>—¡Oh, pobre de mí! ¿Mas por qué se ha ido... -vamos... así, tan de improviso?</p> - -<p>—Porque el padre provincial lo ha querido así.</p> - -<p>—¿Y por qué enviarle tan lejos? ¡Él, que hacía -tanto bien aquí! ¡Dios mío!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_488">[Pg 488]</span></p> - -<p>—Si los superiores tuviesen que rendir cuenta -de las órdenes que dan, ¿adónde iría á parar la -obediencia, mi buena señora?</p> - -<p>—Sí; ¡pero esto va á causar mi ruina!</p> - -<p>—¿Sabéis lo que será? que en Rímini habrán -tenido necesidad de un buen predicador (los tenemos, -sin embargo, en todas partes; pero á veces -se quiere precisamente una persona expresa); -el padre provincial de allá habrá escrito al padre -provincial de acá, si tenía un sujeto de estas y de -las otras cualidades; y el padre provincial habrá -dicho: para esto se requiere al padre Cristóbal. -Mirad, debe ser justamente una cosa por el -estilo.</p> - -<p>—¡Oh, desgraciadas de nosotras! ¿Cuándo ha -marchado?</p> - -<p>—Antes de ayer.</p> - -<p>—¡He aquí, si yo hubiese seguido en mi inspiración -de venir algunos días antes! ¿Y no se sabe -cuándo podrá volver, así, día mas ó menos?</p> - -<p>—¡Ay, señora mía! esto sólo lo sabe el padre -provincial, si aun por casualidad él mismo lo sabe. -Cuando uno de nuestros padres predicadores -ha tomado su vuelo, no se puede prever sobre -qué rama irá á posarse: lo buscan de aquí, lo piden -de allá; y eso que tenemos conventos en todas -las cuatro partes del mundo. Suponed que en -Rímini, el padre Cristóbal hará un gran ruido con -su cuaresma; porque no predica siempre á destajo<span class="pagenum" id="Page_489">[Pg 489]</span> -como lo hacía aquí para los pescadores y aldeanos; -para los púlpitos de ciudad tiene sus magníficos -sermones escritos; éstos son la flor de la -canela. La fama de este gran predicador vuela -por todas partes; y lo pueden enviar á buscar -de... ¿de qué sé yo dónde? Y entonces es preciso -mandarlo; porque nosotros vivimos de la caridad -de todo el mundo, y es justo que sirvamos -á todos.</p> - -<p>—¡Oh, Dios mío, Dios mío! exclamó de nuevo -Inés casi llorando; ¡cómo lo haré sin ese hombre! -¡él nos servía de padre! ¡para nosotros es una -ruina!</p> - -<p>—Escuchad, buena mujer: el padre Cristóbal -era verdaderamente lo que se llama un hombre -completo; mas sin embargo, ¿sabéis que tenemos -otros, además, llenos de caridad y de talento, y -que saben tratar igualmente con los señores y con -los pobres? ¿Queréis al padre Atanasio, al padre -Gerónimo, ó al padre Zacarías? Mirad, este último -es un hombre de mérito. Y no vayáis á admiraros, -como hacen algunos ignorantes, de que -sea así tan adamado, con una vocecita aguda, y -muy poca barba: no digo que sea un gran predicador, -porque cada cual posee sus dones particulares; -pero para dar consejos, sabed que es todo -un hombre.</p> - -<p>—¡Oh, por compasión! exclamó Inés, con esa -mezcla de gratitud y paciencia que se experimenta<span class="pagenum" id="Page_490">[Pg 490]</span> -á una oferta, en la que se ve más la buena voluntad -de otro que la propia conveniencia: ¡qué -me importa que otro sea ó no un hombre de talento, -cuando aquél que no está aquí era el único que -sabía nuestros negocios, y lo tenía todo preparado -para ayudarnos!</p> - -<p>—Entonces, es preciso tener paciencia.</p> - -<p>—Demasiado lo sé, replicó Inés, perdonadme -el haberos incomodado.</p> - -<p>—¿En qué, mi buena señora? Únicamente por -vos es por lo que siento esta ocurrencia; y si os -decidís á buscar á alguno de nuestros padres, el -convento de aquí no se mueve. ¡Ah! pronto me -dejaré ver por la cuestación del aceite.</p> - -<p>—Pasadlo bien, dijo Inés, y se encaminó hacia -su pueblecillo, desolada, confusa, desconcertada, -como un infeliz ciego que hubiese perdido el palo -que le servía de guía y apoyo.</p> - -<p>Nosotros, un poco mejor informados que Fr. -Galdino, podemos decir verdaderamente lo que -había pasado. Attilio, apenas llegado á Milán, se -dirigió, según había prometido á D. Rodrigo, á -hacer una visita á su común tío, miembro del consejo -secreto. (Era una junta compuesta entonces -de trece personajes de toga y espada, de los cuales -el gobernador tomaba parecer; y muerto éste, -ó siendo mudado, la expresada junta reasumía provisionalmente -el gobierno.) El conde, tío de aquél, -togado y uno de los ancianos del consejo, gozaba<span class="pagenum" id="Page_491">[Pg 491]</span> -allí de cierto crédito; pero para hacerlo valer, y -sobre todo para manifestarlo á los demás, no tenía -igual. Su lenguaje siempre era ambiguo, su -silencio significativo; no acababa jamás sus frases; -cerraba los ojos, como queriendo decir: no puedo -hablar. Poseía la habilidad de lisonjear sin prometer, -de amenazar esplendorosamente; todo iba encaminado -á sus fines particulares, y todo más ó menos -se volvía en favor suyo. Se veía obligado á decir: -“Yo no puedo hacer nada en este asunto;” esto era la -pura verdad; pero lo decía de un modo que no -era creído, sirviendo para aumentar el concepto -en que se le tenía, y además, la realidad de su -poder, á semejanza de aquellos potes que se ven -todavía en algunas boticas con ciertos caracteres -árabes, y en los cuales no hay nada dentro, pero -que no obstante sirven para sostener el crédito -de dicho establecimiento. El del conde, que desde -mucho tiempo hacía había ido creciendo siempre -por grados sumamente lentos; por último, había -dado de un golpe un paso, como en estilo vulgar -se dice, de gigante, por una casualidad extraordinaria. -Había hecho un viaje á Madrid, -encargado de una misión para la corte, siendo -preciso oirle contar la acogida que había tenido. -Por no decir otra cosa, el conde-duque lo había -tratado con una atención especial, habiendo merecido -su confianza hasta el punto de haberle preguntado -una vez á presencia, si así puede decirse,<span class="pagenum" id="Page_492">[Pg 492]</span> -de la mitad de la corte, si le gustaba Madrid, y -también de haberle dicho otra vez estando así, -mano á mano, en el alféizar de una ventana, que -la catedral de Milán era la iglesia mayor que existía -en los dominios del rey.</p> - -<p>Hechos los cumplidos de costumbre al conde su -tío, y haciéndole también presente los de su primo, -Attilio, con el grave continente que sabía tomar -cuando convenía, dijo: “Creo cumplir con mi -deber, sin faltar á la confianza de Rodrigo, informando -á mi señor tío acerca de un negocio, que -si él no pone remedio, puede llegar á formalizarse -y traer consecuencias...”.</p> - -<p>—Imagino que habrá hecho alguna de las suyas...</p> - -<p>—Para hacerle la justicia que merece, debo decir -que la culpa no la tiene mi primo; pero él está -acalorado, y como digo, nadie, á no ser mi tío, -puede...</p> - -<p>—Veamos, veamos.</p> - -<p>—Por un lado hay un fraile capuchino que se -ha puesto en guerra abierta con Rodrigo; y el negocio -ha llegado á un punto que...</p> - -<p>—¿Cuántas veces os he dicho al uno y al otro, -que á los frailes es preciso dejarlos cocer en su pitanza? -Bastante dan que hacer á quien debe... -á quien toca... y al decir esto sopló. Mas vosotros -que podéis evitar...</p> - -<p>—Mi señor tío, me veo en la precisión de manifestaros,<span class="pagenum" id="Page_493">[Pg 493]</span> -que si Rodrigo hubiese podido, lo hubiera -evitado. Pero el fraile que se las ha con él -se ha propuesto provocarle de todos modos...</p> - -<p>—¿Qué diablo tiene que ver ese fraile con mi -sobrino?</p> - -<p>—En primer lugar, es una mala cabeza, conocido -por tal, y que hace gala de apostárselas á los -caballeros. Él protege, dirige, qué sé yo, una aldeanilla -de por allá; y tiene por dicha criatura una -caridad, una caridad... no digo interesada, sino -muy celosa, sospechosa, quisquillosa.</p> - -<p>—Entiendo, dijo el tío; y sobre cierto fondo de -tontería pintado por la naturaleza en su semblante, -velado y después cubierto con muchos baños -de política, brilló un rayo de malicia, que era curiosísimo -de ver.</p> - -<p>—Sin embargo, hace algún tiempo, continuó -Attilio, á dicho fraile se le ha metido en la cabeza -que Rodrigo tenía yo no sé qué designios sobre -aquella...</p> - -<p>—¡Se le ha puesto en la cabeza, se le ha metido -en la cabeza! Yo también conozco muy mucho -al Sr. D. Rodrigo; y se requiere otro abogado que -no sea vuestra señoría para justificarlo en estas -materias.</p> - -<p>—Señor tío, que Rodrigo pueda haber gastado -alguna chanza con aquella criatura, encontrándola -á su paso por la calle, no estaré lejos de creerlo; -es joven, y por último no es capuchino; pero<span class="pagenum" id="Page_494">[Pg 494]</span> -éstas son bagatelas con las cuales no se puede entretener -el señor tío: el caso grave es, que el fraile -se ha puesto á hablar de Rodrigo como si fuera -de un villano, tratando de sublevar contra él -á todo el país...</p> - -<p>—¿Y los demás frailes?</p> - -<p>—Los demás no se mezclan, porque lo conocen -por un cabeza caliente, y respetan mucho á Rodrigo; -pero por otro lado, ese fraile tiene un gran -crédito entre los villanos, porque se hace el santo, -y...</p> - -<p>—Calculo que no sabe que Rodrigo es mi sobrino.</p> - -<p>—¡Sí lo sabe! Esto es lo que contribuye á animarle -más.</p> - -<p>—¿Cómo, cómo?</p> - -<p>—Anda diciendo á todo el mundo que encuentra -más placer en molestar á Rodrigo, justamente -porque él tiene un protector natural, tan poderoso -como vuestra señoría; que se ríe de los -grandes y diplomáticos; que el cordón de S. Francisco -tiene avasalladas las espadas, y que...</p> - -<p>—¡Oh, temerario fraile! ¿Cómo se llama?</p> - -<p>—Fr. Cristóbal de ***, dijo Attilio, y el conde, -habiendo sacado de un cajón de su mesa de despacho -un librito de memorias, inscribió en él, soplando -sin cesar, aquel pobre nombre.</p> - -<p>Entretanto Attilio proseguía: “Siempre ha tenido -el mismo genio; se sabe su vida. Era un plebeyo,<span class="pagenum" id="Page_495">[Pg 495]</span> -que hallándose con cuatro cuartos, quería -competir con los caballeros de su país, y de rabia -de no poderlos avasallar á todos, mató á uno, de -cuyas consecuencias, para librarse de la justicia, -se metió á fraile”.</p> - -<p>—¡Muy bien! ¡bravo! Allá lo veremos, decía el -tío, y soplaba sin cesar.</p> - -<p>—Ahora, pues, continuaba Attilio, está más -irritado que nunca, porque le ha salido fallido un -proyecto que le apremiaba mucho, muchísimo: y -de esto, señor, sacaréis en consecuencia qué clase -de hombre es. Él quería casar á la niña, ya fuese -para sustraerla á los peligros del mundo, vuestra -señoría ya me entiende, ya por cualquiera otra -causa; quería, repito, casarla sin remedio: había -hallado el... el hombre; otra hechura suya, un -engendro que quizá ó sin quizá, mi señor tío, conocerá -de nombre, porque tengo por cierto que -el consejo secreto habrá debido ocuparse de ese -digno sujeto.</p> - -<p>—¿Quién es?</p> - -<p>—Un hilador de seda, Lorenzo Tramaglino, ese -que...</p> - -<p>—¡Lorenzo Tramaglino! exclamó el conde. ¡Muy -bien! ¡bravo, padre! Seguramente... en efecto... -tenía una carta para un... Es una lástima -que... pero no importa: bien va. ¿Y por qué -el Sr. D. Rodrigo no me dice nada de esto? ¿por<span class="pagenum" id="Page_496">[Pg 496]</span> -qué deja marchar las cosas tan adelante, y no se -vuelve á quien puede dirigirle y sostenerle?</p> - -<p>—Tocante á ese punto, también os diré la verdad, -continuaba Attilio. En primer lugar, sabiendo -cuántos negocios, cuántas cosas tiene el señor -tío... (éste, soplando, le cogió la mano, como -para significar qué fatiga era para él haberlas de -sostener todas), ha sentido cierto empacho en darle -un que hacer más. Y luego, lo diré todo de una -vez: según he podido comprender, está tan fuera de -sus casillas, tan aburrido de las villanías de aquel -fraile, que tiene más deseos de hacerse justicia -por sí mismo de un modo rápido, que obtenerla -de una manera regular, de la prudencia y del brazo -del señor tío. Yo he tratado de aplacarlo; pero -viendo que la cosa se iba poniendo de mal talante, -he juzgado que era deber mío el informar -de todo á vuestra señoría, que al fin y al cabo es -la columna de la casa...</p> - -<p>—Habríais obrado mejor hablando un poco -antes.</p> - -<p>—Es cierto; mas yo aguardaba que la cosa se -desvanecería por sí misma, ó que el fraile recobraría -el juicio, ó que saldría de aquel convento, como -sucede con frecuencia con dichos frailes, que -tan pronto están en una parte como en otra; y -entonces todo se hubiera concluido. Pero...</p> - -<p>—Ahora me tocará el arreglarlo.</p> - -<p>—Así lo he pensado yo también. He dicho entre<span class="pagenum" id="Page_497">[Pg 497]</span> -mí: nuestro señor tío, con su previsión, con -su autoridad, sabrá evitar un escándalo y salvar -al mismo tiempo el honor de Rodrigo, que además -es también el suyo. Ese fraile, decía yo, habla -siempre del cordón de S. Francisco; pero para -emplear á propósito dicho cordón, no es necesario -tenerlo al rededor del vientre: mi señor tío -posee cien medios que yo no conozco; sé que el -padre provincial tiene, como es justo, una gran -deferencia hacia él: y si el expresado señor tío -cree que en este caso el mejor expediente sea el -hacer mudar de aires al fraile, puede en dos palabras...</p> - -<p>—Dejad este cuidado á quien corresponda, caballero, -dijo el conde con un poco de aspereza.</p> - -<p>—¡Ah, es verdad! exclamó Attilio con un movimiento -de cabeza, y con una sonrisa de compasión -por sí mismo. ¡Bueno soy yo para dar consejos -á su señoría! Mas la pasión que tengo por -la reputación de la familia, es la que me hace hablar; -y también temo haber hecho otro mal, añadió, -con aire pensativo: temo haber perjudicado -á Rodrigo, en el concepto de mi señor tío. No -tendría un instante de reposo, si fuese á causa de -que pudiera pensar que Rodrigo no haya tenido -toda la confianza, toda la sumisión que es debida -á su señoría. Creed, señor, que en ese caso es -justamente...</p> - -<p>—¡Vamos, vamos! ¿qué perjuicio, ni qué perjuicio,<span class="pagenum" id="Page_498">[Pg 498]</span> -entre vosotros dos, que seréis siempre amigos, -hasta que uno tenga juicio? ¡Libertinos, libertinos, -que siempre habéis de hacer alguna! y -después á mí toca el repararla; que... me haréis -decir un despropósito: me dais más qué pensar -vosotros dos, que... (y aquí figúrese el lector -cómo soplaría el conde) todos los dichosos negocios -de Estado.</p> - -<p>Attilio dió aún algunas excusas, hizo algunas -promesas, algún cumplido; en seguida pidió permiso -y se fué, acompañado de un, “y tengamos -juicio”, que era la fórmula de la licencia de despedida -del conde para sus sobrinos.</p> - - -<p class="center big1 p2">FIN DEL TOMO PRIMERO.</p> - - - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"> -<p class="center p2 big2">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_18" href="#FNanchor_18" class="label">[18]</a> Del susodicho ilustre señor capitán.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_19" href="#FNanchor_19" class="label">[19]</a> Pública ó secretamente.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_20" href="#FNanchor_20" class="label">[20]</a> Oculto en el territorio del Lecco.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_21" href="#FNanchor_21" class="label">[21]</a> Que si se descubriese ser así.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_22" href="#FNanchor_22" class="label">[22]</a> Con la mayor diligencia que hacerse pueda.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_23" href="#FNanchor_23" class="label">[23]</a> Esto es.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_24" href="#FNanchor_24" class="label">[24]</a> Instalaos en la casa del citado Lorenzo Tramaglino, y -evacuadas las debidas diligencias, apoderaos de todo lo que encontréis -para que sirva como cuerpo del delito; tomad informes -de sus malas cualidades, vida y cómplices.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_25" href="#FNanchor_25" class="label">[25]</a> Lo relataréis prontamente.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_26" href="#FNanchor_26" class="label">[26]</a> Así llaman en Italia á aquéllos á quienes nosotros damos -vulgarmente el nombre de alcaldes de monterilla.</p> - -</div> -</div></div> - -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS DESPOSADOS - TOMO 1 ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. 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Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state’s laws. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation’s website -and official page at www.gutenberg.org/contact -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state -visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of -volunteer support. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> |
