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+The Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La Regenta
+
+Author: Leopoldo Alas
+
+Release Date: November 16, 2005 [EBook #17073]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA ***
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+
+Produced by Chuck Greif
+
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+La Regenta
+
+por
+
+Leopoldo Alas «Clarín»
+
+Librería de Fernando Fé, Madrid
+
+1900.
+
+
+
+
+Prólogo
+
+
+Creo que fue Wieland quien dijo _que los pensamientos de los hombres
+valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género
+humano_. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador.
+Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al
+otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos
+más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano el hábito de pasar
+fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen
+de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo.
+También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano
+recreándonos en ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas
+que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo
+es más intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar
+siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de
+lo que llamaremos creación, por no tener mejor nombre que darle.
+
+Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una
+labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas en vez de
+amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo
+se intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades
+vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es
+buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la
+admiración, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u
+oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiración del arte, y el
+que no admira corre el peligro de morir de asfixia.
+
+El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo,
+con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la
+crítica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno,
+guardándonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y
+tonterías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los
+órdenes, que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de
+creernos un pueblo de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta
+crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negación de
+las cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un estado de
+temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo
+de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por
+padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y
+que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos
+agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son
+ilusorios, no sería malo suspender la crítica negativa, dedicándonos
+todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al enfermo,
+diciéndole: «Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia proviene del
+sedentarismo. Levántate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la
+engaña, sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea errónea de que
+para nada sirves ya, y de que vives muriendo». Convendría, pues, que los
+censores disciplentes se callarán por algún tiempo, dejando que alzasen
+la voz los que repartan el oxígeno, la alegría, la admiración, los que
+alientan todo esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz,
+todo acierto artístico, o de cualquier orden que sea.
+
+Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación
+especialísima de la raza española, las aplico a las cosas literarias,
+pues en este terreno estamos más necesitados que en otro alguno de
+prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que
+muchas veces no he cogido el aparato de aereación (a que impropiamente
+hemos venido dando el nombre de _incensario_) por tener las manos
+aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la
+primera ocasión de descanso, que felizmente coincide con una dichosa
+oportunidad, la publicación de este libro, salgo con mis alabanzas,
+gozoso de dárselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los más
+señalados en mis preferencias. Así, cuando el editor de _La Regenta_ me
+propuso escribir este prólogo, no esperé a que me lo dijera dos veces,
+creyéndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en
+letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me
+cautivó, creía y creo deber mío celebrarla y enaltecerla como se merece,
+en esta tercera salida, a la que seguirán otras, sin duda, que la lleven
+a los extremos de la popularidad.
+
+Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la
+estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su
+asunto, no se concreten a los días más o menos largos de su aparición.
+Por desgracia nuestra, para que la obra poética o narrativa alcance una
+longevidad siquiera decorosa no basta que en sí tenga condiciones de
+salud y robustez; se necesita que a su buena complexión se una la
+perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en
+obscuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten,
+arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un
+público, no tan malo por escaso como por distraído. El público responde
+siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y
+tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan,
+pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los plantones
+_aguardando el paso del público_, si la Prensa diera calor y verdadera
+vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a
+conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a
+los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente
+estado social y político la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y
+de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados
+mejores no le infundan la devoción del Arte. Debemos, pues, resignarnos
+al plantón, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos
+incómoda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las
+muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasará; no dudemos que
+pasará: todo es cuestión de paciencia. En los tiempos que corren, esa
+preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artística; sin
+ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida
+miserable después de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes,
+sufridos, tenaces en la esperanza, benévolos con nuestro tiempo y con la
+sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos
+como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorarán por virtud de
+nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su
+propio seno. Y como esto del público y sus perezas o estímulos, aunque
+pertinente al asunto de este prólogo, no es la principal materia de él,
+basta con lo dicho, y entremos en _La Regenta_, donde hay mucho que
+admirar, encanto de la imaginación por una parte, por otra recreo del
+pensamiento.
+
+Escribió Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andábamos en aquella
+procesión del _Naturalismo_, marchando hacia el templo del arte con
+menos pompa retórica de la que antes se usaba, abandonadas las
+vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos
+comunes de la vida. A muchos imponía miedo el tal Naturalismo,
+creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su
+mano veían un gran plumero con el cual se proponía limpiar el techo de
+ideales, que a los ojos de él eran como telarañas, y una escoba, con la
+cual había de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el
+lenguaje decente. Creían que el Naturalismo substituía el Diccionario
+usual por otro formado con la recopilación prolija de cuanto dicen en
+sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos
+más desvergonzados. Las personas crédulas y sencillas no ganan para
+sustos en los días en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de
+una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era
+peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del
+Naturalismo lo teníamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y
+modernos conocían ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a
+la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas,
+caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan sólo novedad la
+exaltación del principio, y un cierto desprecio de los resortes
+imaginativos y de la psicología espaciada y ensoñadora.
+
+Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los españoles en
+el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con
+toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseñanza los noveladores
+ingleses y franceses. Nuestros contemporáneos ciertamente no lo habían
+olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista,
+que no significaba más que la repatriación de una vieja idea; en los
+días mismos de esta repatriación tan trompeteada, la pintura fiel de la
+vida era practicada en España por Pereda y otros, y lo había sido antes
+por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del
+Naturalismo que acá volvía como una corriente circular parecida al _gulf
+stream_, traía más calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la
+corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un
+humorismo que era quizás la forma más genial de nuestra raza. Al volver
+a casa la onda, venía radicalmente desfigurada: en el paso por Albión
+habíanle arrebatado la socarronería española, que fácilmente
+convirtieron en _humour_ inglés las manos hábiles de Fielding, Dickens y
+Thackeray, y despojado de aquella característica elemental, el
+naturalismo cambió de fisonomía en manos francesas: lo que perdió en
+gracia y donosura, lo ganó en fuerza analítica y en extensión,
+aplicándose a estados psicológicos que no encajan fácilmente en la forma
+picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos
+del símil comercial) la mercancía que habíamos exportado, y casi
+desconocíamos la sangre nuestra y el aliento del alma española que aquel
+ser literario conservaba después de las alteraciones ocasionadas por sus
+viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos
+imponía una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra;
+aceptámosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolviéndole lo que
+le habían quitado, el humorismo, y empleando este en las formas
+narrativa y descriptiva conforme a la tradición cervantesca.
+
+Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no podía tener en
+Francia el eco que aquí tuvo la interpretación seca y descarnada de las
+purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley
+en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que
+aquí damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de
+esta pobre casa. Pero al fin, consolémonos de nuestro aislamiento en el
+rincón occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la
+naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo cómico responde
+mejor que el francés a la verdad humana; que las crudezas descriptivas
+pierden toda repugnancia bajo la máscara burlesca empleada por Quevedo,
+y que los profundos estudios psicológicos pueden llegar a la mayor
+perfección con los granos de sal española que escritores como D. Juan
+Valera saben poner hasta en las más hondas disertaciones sobre cosa
+mística y ascética.
+
+Para corroborar lo dicho, ningún ejemplo mejor que _La Regenta_, muestra
+feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su
+origen, empresa para _Clarín_ muy fácil y que hubo de realizar sin
+sentirlo, dejándose llevar de los impulsos primordiales de su grande
+ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opinión
+literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admitió
+estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena
+de su graciosa picardía. Picaresca es en cierto modo _La Regenta_, lo
+que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la
+descripción acertada de los más graves estados del alma humana. Y al
+propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas
+juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión
+equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero
+en el arte seduce y enamora más cuando entre sus distintas vestiduras
+poéticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la
+que mejor cortan españolas tijeras, la que tiene por riquísima tela
+nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de
+los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que
+_Clarín_ ha derramado en las páginas de _La Regenta_ da fe la tenacidad
+con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo
+camino desde el primero al último capítulo. De mí sé decir que pocas
+obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y
+la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las
+dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por
+delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o
+reencarnación de los propios personajes.
+
+Desarróllase la acción de _La Regenta_ en la ciudad que bien podríamos
+llamar patria de su autor, aunque no nació en ella, pues en _Vetusta_
+tiene _Clarín_ sus raíces atávicas y en _Vetusta_ moran todos sus
+afectos, así los que están sepultados como los que risueños y alegres
+viven, brindando esperanzas; en _Vetusta_ ha transcurrido la mayor parte
+de su existencia; allí se inició su vocación literaria; en aquella
+soledad melancólica y apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas
+literarias y filosóficas: allí estuvieron sus maestros, allí están sus
+discípulos. Más que ciudad, es para él _Vetusta_ una casa con calles, y
+el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de
+clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien
+el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista encarcelado durante
+los años en que las impresiones son más vivas, ni un sedentario la
+estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los años maduros.
+Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de
+pasiones o chismes, figures graves o ridículas pasan de la realidad a
+las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente
+del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra
+sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transeúntes que
+andan por la _Encimada_, o al pie de la gallardísima torre de la Iglesia
+Mayor.
+
+Comienza _Clarín_ su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de
+verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida de casino
+provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico de viejos
+recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros
+de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, llenan estas
+admirables páginas, en las cuales el narrador hace gala de una
+observación profunda y de los atrevimientos más felices. En medio del
+grupo presenta _Clarín_ la figura culminante de su obra: el Magistral
+don Fermín de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el
+lado de sus méritos físicos, como por el de sus flaquezas morales, que
+no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera
+proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre
+llaman _Glocester_, el Arcipreste don Cayetano Ripamilán, el beneficiado
+D. Custodio, y el propio Obispo de la diócesis, orador ardiente y
+asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermúdez,
+al modo de transición zoológica (con perdón) entre el reino clerical y
+el laico, ser híbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez
+embarazosa parece inocencia: tras él vienen las mundanas, descollando
+entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, tipo feliz de la
+beatería bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias,
+descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso.
+La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy
+restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y
+desplieguen sus dotes de seducción en el terreno eclesiástico, toleradas
+por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde
+viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso
+admitir en ellos para hacer bulto _lo peor de cada casa_.
+
+Por fin vemos a doña Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa
+del ex-regente de la Audiencia D. Víctor Quintanar. Es dama de alto
+linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla,
+soñadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado
+en los años críticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con
+esto se completa la pintura, en la cual pone _Clarín_ todo su arte, su
+observación más perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y
+revueltas del alma humana. Doña Ana Ozores tiene horror al vacío, cosa
+muy lógica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza,
+y este vacío que siente crecer en su alma la lleva a un estado
+espiritual de inmenso peligro, manifestándose en ella una lucha
+tenebrosa con los obstáculos que le ofrecen los hechos sociales,
+consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Engañada por la idealidad
+mística que no acierta a encerrar en sus verdaderos términos, es víctima
+al fin de su propia imaginación, de su sensibilidad no contenida, y se
+ve envuelta en horrorosa catástrofe.... Pero no intentaré describir en
+pocas palabras la sutil psicología de esta señora, tan interesante como
+desgraciada. En ella se personifican los desvaríos a que conduce el
+aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el
+espíritu de la mujer por medio de una educación fuerte, y la deja
+entregada a la ensoñación pietista, tan diferente de la verdadera
+piedad, y a los riesgos del frívolo trato elegante, en el cual los
+hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz,
+estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de
+reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron _La Regenta_ cuando se
+publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella
+conocimiento, y unos y otros verán que nunca ha tenido este libro
+atmósfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado
+social, repetición de las luchas de antaño, traídas del campo de las
+creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las
+intenciones escondidas.
+
+No referiré el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector
+verá cómo se desarrolla el proceso psicológico y por qué caminos corre a
+su desenlace el problema de doña Ana de Ozores, el cual no es otro que
+discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y
+estilo de esta perdición constituyen la obra, de un sutil parentesco
+simbólico con la historia de nuestra raza. Verá también el lector que
+_Clarín_, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por
+el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesiástico, pues
+tratándose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan,
+natural es que sea postergado el que se vistió de sotana para sus
+audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la
+dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al
+interés de los lectores, sólo mencionaré los caracteres, que son el
+principal mérito de la obra, y lo que le da condición de duradera. La de
+Ozores nos lleva como por la mano a D. Álvaro de Mesía, acabado tipo de
+la corrupción que llamamos de buen tono, aristócrata de raza, que sabe
+serlo en la capital de una región histórica, como lo sería en Madrid o
+en cualquier metrópoli europea; hombre que posee el arte de hacer amable
+su conducta viciosa y aun su tiranía caciquil. ¡Con que admirable fineza
+de observación ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el
+cotorrón guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos
+partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder
+fácil, sin ningún ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se
+compenetran, formando la aleación más eficaz y práctica para grandes
+masas de _distinguidos_, que aparentan energía social y sólo son
+_materia inerte_ que no sirve para nada.
+
+De D. Álvaro, fácil es pasar a la gran figura del Magistral D. Fermín de
+Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan
+el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la
+dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y
+alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que
+atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en
+transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el
+descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín
+de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus
+grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad
+inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen.
+Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por
+rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la
+humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino
+de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor
+grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de
+los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía,
+como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas
+un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura
+que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha
+del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno
+levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre,
+modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las
+páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino
+de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz,
+son de las más bellas de la obra.
+
+Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Víctor
+Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su
+compañero de empresas cinegéticas el graciosísimo _Frígilis_; los
+marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las
+pizpiretas señoras que componen el femenil rebaño eclesiástico; los
+canónigos y sacristanes y el prelado mismo, apóstol ingenuo y orador
+fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al
+graciosísimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la
+total impresión de la vida colectiva, heterogénea, con picantes matices
+y espléndida variedad de acentos y fisonomías. Bien quisiera no
+concretar el presente artículo al examen de _La Regenta_, extendiéndome
+a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero
+esto sería trabajo superior a mis cortas facultades de crítico, y además
+rebasaría la medida que se me impone para esta limitada prefación.
+Escribo tan sólo un juicio formado en los días de la primera salida de
+la hermosa novela, y lo que intenté decir entonces, tributando al
+compañero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en
+esta manifestación tardía el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad.
+Pero no entraré en el estudio integral del carácter literario de
+_Clarín_, como creador de obras tan bellas en distintos órdenes del arte
+y como infatigable luchador en el terreno crítico. Su obra es grande y
+rica, y el que esto escribe no acertaría a encerrarla en una clara
+síntesis, por mucho empeño que en ello pusiera. Otros lo harán con el
+método y serenidad convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al
+ilustre hijo de Asturias la consagración solemne, oficial en cierto
+modo, de su extraordinario ingenio, consagración que cuanto más tardía
+será más justa y necesaria. Como un Armando Palacio, está la literatura
+oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparación,
+toda España y las regiones de América que son nuestras por la lengua y
+la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y valía en
+el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo
+de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de
+inspiración, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo,
+diciendo: «No son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril como
+afirman los de fuera y más aún los de dentro de casa. Quizás no demos
+todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y viéndolas y
+admirándolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas,
+obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el árbol».
+
+
+B. Pérez Galdós Madrid, enero de 1901.
+
+
+
+
+Tomo I
+
+
+
+
+
+--I--
+
+
+La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso,
+empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el
+Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los
+remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en
+arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y
+persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire
+envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas
+migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón,
+parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas,
+dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales
+temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado
+a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla
+que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un
+escaparate, agarrada a un plomo.
+
+Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la
+digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre
+sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que
+retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La
+torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de
+dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis,
+aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por
+un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares
+exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando
+horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una
+de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas,
+amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era
+maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos
+corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose
+desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y
+proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en
+la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el
+aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se
+mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra
+más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
+
+Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre
+con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en
+las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la
+inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme
+botella de champaña.--Mejor era contemplarla en clara noche de luna,
+resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su
+aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que
+velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.
+
+Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los
+de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al
+badajo formidable de la _Wamba_, la gran campana que llamaba a coro a
+los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades
+y privilegios.
+
+Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era _de la tralla_,
+según en Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus aficiones le
+llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio, hombre de
+iglesia, acólito en funciones de campanero, aunque tampoco en propiedad,
+el ilustre diplomático _de la tralla_ disfrutaba algunos días la honra
+de despertar al venerando cabildo de su beatífica siesta, convocándole a
+los rezos y cánticos de su peculiar incumbencia.
+
+El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el
+badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando
+_posaba_ para la hora del coro--así se decía--Bismarck sentía en sí algo
+de la dignidad y la responsabilidad de un reloj.
+
+Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba
+asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el
+colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas sobre
+algún raro transeúnte que le parecía del tamaño y de la importancia de
+un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y
+les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas.
+
+--¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!--dijo el monaguillo,
+casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a
+la calle apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle.
+
+--¡Qué ha de poder!--respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a
+Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva
+fuerza las llaves para subir a tocar las _oraciones_--. Tú pués más que
+toos los delanteros, menos yo.
+
+--Porque tú echas la zancadilla, mainate, y eres más grande.... Mia,
+chico, ¿quiés que l'atice al señor Magistral que entra ahora?
+
+--¿Le conoces tú desde ahí?
+
+--Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No
+ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se
+me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el beneficiao a don Pedro el
+campanero el otro día: «Ese don Fermín tié más orgullo que don Rodrigo
+en la horca», y don Pedro se reía; y verás, el otro dijo después, cuando
+ya había pasao don Fermín: «¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te
+conoce el colorete!». ¿Qué te paece, chico? Se pinta la cara.
+
+Bismarck negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía envidia. Si
+Bismarck fuera canónigo y _dinidad_ (creía que lo era el Magistral) en
+vez de ser delantero, con un mote _sacao_ de las cajas de cerillas, se
+daría más tono que un zagal. Pues, claro. Y si fuese campanero, el de
+verdad, vamos don Pedro... ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con
+el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo.
+
+--Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que
+en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la
+gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene; y si no,
+ahí está el Papa, que es... no sé cómo dijo... así... una cosa como...
+el criao de toos los criaos.
+
+--Eso será de boquirris--replicó Bismarck--. ¡Mia tú el Papa, que manda
+más que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en
+su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro
+de _carcas_ (curas según Bismarck), y lo cual que le iban espantando las
+moscas con un paraguas, que parecía cosa del teatro... hombre... ¡si
+sabré yo!
+
+Se acaloró el debate. Celedonio defendía las costumbres de la Iglesia
+primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto.
+Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión. El de
+la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas probables _pa en_
+bajando. Pero una campana que sonó en un tejado de la catedral les llamó
+al orden.
+
+--¡El _Laudes_!--gritó Celedonio--, toca, que avisan.
+
+Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable
+badajo.
+
+Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía
+alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos
+leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la
+torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra
+vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos,
+con cien matices.
+
+Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y
+vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos,
+robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados
+por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos
+obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura.
+Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas,
+esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel
+verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la
+sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube
+invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la
+vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra estaba
+al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se alejaba el
+horizonte, señalado por siluetas de montañas desvanecidas en la niebla
+que deslumbraba como polvareda luminosa. Al Norte se adivinaba el mar
+detrás del arco perfecto del horizonte, bajo un cielo despejado, que
+surcaban como naves, ligeras nubecillas de un dorado pálido. Un jirón de
+la más leve parecía la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul
+blanquecino.
+
+Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor
+abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de
+colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo obscuro de
+la tierra constantemente removida y bien regada.
+
+Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos.
+¿Quién era el osado?
+
+--¿Será Chiripa?--preguntó Celedonio entre airado y temeroso.
+
+--No; es un _carca_, ¿no oyes el manteo?
+
+Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor
+silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo
+apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, Magistral de
+aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispo. El delantero
+sintió escalofríos. Pensó:
+
+«¿Vendrá a pegarnos?».
+
+No había motivo, pero eso no importaba. Él vivía acostumbrado a recibir
+bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don
+Fermín era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba
+Bismarck usando y abusando de la autoridad de repartir cachetes. No
+discutía la legitimidad de esta prerrogativa, no hacía más que huir de
+los grandes de la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los
+polizontes. Se avenía a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si él
+hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del Jardín
+Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera
+hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más que Bismarck, un
+delantero, y sabía su oficio, huir de los _mainates_ de Vetusta.
+
+Pero allí no había modo de escapar. O tirarse por una ventana, o esperar
+el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. Bismarck no
+tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás de la Wamba,
+encaramado en una viga, y aguardar así los acontecimientos.
+
+Celedonio no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas
+tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después de coro.
+
+¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan respetable? Esto preguntaban los
+ojos del delantero a los del acólito. También lo sabía Celedonio, pero
+callaba y sonreía complaciéndose en el pavor de su amigo.
+
+El continente altivo del monaguillo se había convertido en humilde
+actitud. Su rostro se había revestido de repente de la expresión
+oficial. Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía ajustar los
+músculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia. Sus ojos
+eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en
+funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de
+arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y
+trataba.
+
+Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada,
+como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los
+ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral
+pública. La boca muy abierta y desdentada seguía a su manera los
+aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresión de humildad
+beatífica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso.
+
+Así como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de contornos
+turgentes las elegantes líneas del sexo, en el acólito sin órdenes se
+podía adivinar futura y próxima perversión de instintos naturales
+provocada ya por aberraciones de una educación torcida. Cuando quería
+imitar, bajo la sotana manchada de cera, los acompasados y ondulantes
+movimientos de don Anacleto, familiar del Obispo--creyendo manifestar
+así su vocación--, Celedonio se movía y gesticulaba como hembra
+desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo había notado el _Palomo_,
+empleado laico de la Catedral, perrero, según mal nombre de su oficio.
+Pero no se había atrevido a comunicar sus aprensiones a ningún superior,
+obedeciendo a un criterio, merced al cual había desempeñado treinta años
+seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y
+vigilancia.
+
+En presencia del Magistral, Celedonio había cruzado los brazos e
+inclinado la cabeza, después de apearse de la ventana. Aquel don Fermín
+que allá abajo en la calle de la Rúa parecía un escarabajo ¡qué grande
+se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados
+ojos de su compañero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al
+canónigo. Veía enfrente de sí la sotana tersa de pliegues escultóricos,
+rectos, simétricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor delgado,
+y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos pliegues y
+vuelos.
+
+Bismarck, detrás de la Wamba, no veía del canónigo más que los bajos y
+los admiraba. ¡Aquello era señorío! ¡Ni una mancha! Los pies parecían
+los de una dama; calzaban media morada, como si fueran de Obispo; y el
+zapato era de esmerada labor y piel muy fina y lucía hebilla de plata,
+sencilla pero elegante, que decía muy bien sobre el color de la media.
+
+Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermín, le
+hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar
+la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida
+sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad
+estereotipada en los labios. Tenía razón el delantero. De Pas no se
+pintaba. Más bien parecía estucado. En efecto, su tez blanca tenía los
+reflejos del estuco. En los pómulos, un tanto avanzados, bastante para
+dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un
+ligero encarnado que a veces tiraba al color del alzacuello y de las
+medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni pregonero del
+alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de
+amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que
+parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de
+congestión también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo.
+En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de
+rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en
+medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era
+una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas.
+Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco;
+pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola
+con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes,
+como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin corrección
+ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se
+inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era
+la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego,
+porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y
+pensaba. Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían
+obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir,
+amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta
+de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto
+apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en
+cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse
+que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que
+jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado
+de aquel tesoro. La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello
+negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de
+recios músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y
+extremidades del fornido canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor
+jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el
+más apuesto azotacalles de Vetusta.
+
+Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio
+doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano derecha,
+blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuera la de
+aristocrática señora. Celedonio contestó con una genuflexión como las de
+ayudar a misa.
+
+Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo
+interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro. Vio que el
+tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se convertía en dos, y
+luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un
+cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante
+como él. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y
+hacía con él puntería. Bismarck respiró: no iba con su personilla aquel
+disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El
+acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había acercado por detrás al
+Provisor y procuraba seguir la dirección del catalejo. Celedonio era un
+monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores
+casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un
+fusil, se le reiría en las narices.
+
+Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a
+las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los
+montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había
+visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más
+soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de
+pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas
+acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o
+a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la
+provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes
+de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados
+ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más
+experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga
+sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de
+fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso
+para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano,
+contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a
+los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los
+parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol,
+mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu
+altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en
+sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía
+saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la
+torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o
+por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión,
+aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor,
+sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores,
+mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la
+Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta
+que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como
+si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la
+rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en
+medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San
+Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del
+casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio,
+había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el
+anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una
+grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que
+se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el
+Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas
+por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación
+los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como
+el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los
+cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes
+y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.
+
+Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio
+teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de
+Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y
+por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los
+rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad
+era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere
+estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no
+aplicaba el escalpelo sino el trinchante.
+
+Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas
+había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como
+recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo,
+guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado
+en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en
+Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le
+pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era
+seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban
+haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. «Así son las
+perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos
+acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto
+deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos
+delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás,
+en el lejano día del sueño...». No renunciaba a subir, a llegar cuanto
+más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de
+la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los
+treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos
+idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo
+necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto
+que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir
+la fuente que está lejos en lugar desconocido.
+
+Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en
+sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso
+él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el
+límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la
+vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para
+vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente,
+del poderío que tenía en la mano; devoraba su presa, la Vetusta
+levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el
+domador le arroja.
+
+Concentrada su ambición entonces en punto concreto y tangible, era mucho
+más intensa; la energía de su voluntad no encontraba obstáculo capaz de
+resistir en toda la diócesis. Él era el amo del amo. Tenía al Obispo en
+una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones.
+En tales días el Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo
+bíblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrísima.
+
+Estas crisis del ánimo solían provocarlas noticias del personal: el
+nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus cuentas: él
+estaba muy atrasado, no podría llegar a ciertas grandezas de la
+jerarquía. Esto pensaba, en tanto que el beneficiado don Custodio le
+aborrecía principalmente porque era Magistral desde los treinta.
+
+Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero
+que acabaría de devorar él solo. ¡Qué! ¿También aquel mezquino imperio
+habían de arrancarle? No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para
+qué eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la cabeza;
+también él veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas
+y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y
+eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo.... ¿Qué
+habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la
+Encimada que él tenía allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. ¿Y
+él? ¿Qué había hecho él? Conquistar. Cuando era su ambición de joven la
+que chisporroteaba en su alma, don Fermín encontraba estrecho el recinto
+de Vetusta; él que había predicado en Roma, que había olfateado y
+gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve
+tiempo, se creía postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces,
+las más, era el recuerdo de sus sueños de niño, precoz para ambicionar,
+el que le asaltaba, y entonces veía en aquella ciudad que se humillaba a
+sus plantas en derredor el colmo de sus deseos más locos. Era una
+especie de placer material, pensaba De Pas, el que sentía comparando sus
+ilusiones de la infancia con la realidad presente. Si de joven había
+soñado cosas mucho más altas, su dominio presente parecía la tierra
+prometida a las cavilaciones de la niñez, llena de tardes solitarias y
+melancólicas en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a
+despreciar un poco los años de su próxima juventud, le parecían a veces
+algo ridículos sus ensueños y la conciencia no se complacía en repasar
+todos los actos de aquella época de pasiones reconcentradas, poco y mal
+satisfechas. Prefería las más veces recrear el espíritu contemplando lo
+pasado en lo más remoto del recuerdo; su niñez le enternecía, su
+juventud le disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy
+querida, que nos hizo cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de
+olvido y desprecio. Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho
+de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del
+ánimo.
+
+El Magistral había sido pastor en los puertos de Tarsa ¡y era él, el
+mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este salto de la
+imaginación estaba la esencia de aquel placer intenso, infantil y
+material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia.
+
+¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto y airoso cuerpo el
+roquete, cándido y rizado, bajo la señoril muceta, viendo allá abajo, en
+el rostro de todos los fieles la admiración y el encanto, había tenido
+que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y
+le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en
+silencio, respirando apenas, a que la emoción religiosa permitiera al
+orador continuar, él oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo
+de los cirios y de las lámparas; aspiraba con voluptuosidad extraña el
+ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las
+emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas que le
+rodeaban; sentía como murmullo de la brisa en las hojas de un bosque el
+contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en aquel
+silencio de la atención que esperaba, delirante, creía comprender y
+gustaba una adoración muda que subía a él; y estaba seguro de que en tal
+momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz
+melodiosa, de correctos ademanes a quien oían y veían, no en el Dios de
+que les hablaba. Entonces sí que, sin poder él desechar aquellos
+recuerdos se le presentaba su infancia en los puertos; aquellas tardes
+de su vida de pastor melancólico y meditabundo.--Horas y horas, hasta el
+crepúsculo, pasaba soñando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas
+del ganado esparcido por el cueto ¿y qué soñaba? que allá, allá abajo,
+en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como cien veces
+el lugar de Tarsa, y más; aquella ciudad se llamaba Vetusta, era mucho
+mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, que él tampoco
+había visto. En la gran ciudad colocaba él maravillas que halagaban el
+sentido y llenaban la soledad de su espíritu inquieto. Desde aquella
+infancia ignorante y visionaria al momento en que se contemplaba el
+predicador no había intervalo; se veía niño y se veía Magistral: lo
+presente era la realidad del sueño de la niñez y de esto gozaba.
+
+Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando
+con vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la
+visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en jardín.
+
+Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo
+recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la
+_Encimada_ y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por
+Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, en algunos patios y
+jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla,
+convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales.
+La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más
+linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros,
+aquellos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustente era de la
+Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa,
+por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de
+la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro, las dos
+antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se
+dividían el noble territorio de la Encimada. El Magistral veía a sus
+pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios;
+conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe
+vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá
+abajo, en el Campo del sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba
+sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros
+había surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas,
+tortuosas, húmedas, sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de
+aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones
+por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las
+cocinas pobres de los hospicios; parecía que la escoba municipal y la
+escoba de la nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y
+callejas las huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había por
+allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía la
+historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el
+recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban
+cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta
+parte del área total de la Encimada: seguía en tamaño las Recoletas,
+donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos
+comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y
+huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San Vicente estaba
+convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la indiscreta voz
+de la corneta, profanación constante del sagrado silencio secular; del
+convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había hecho el Estado un
+edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San Benito era
+lóbrega prisión de mal seguros delincuentes. Todo esto era triste; pero
+el Magistral que veía, con amargura en los labios, estos despojos de que
+le daba elocuente representación el catalejo, podía abrir el pecho al
+consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste
+y al Norte, gráficas señales de la fe rediviva, en los alrededores de
+Vetusta, donde construía la piedad nuevas moradas para la vida
+conventual, más lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan
+sólidas ni tan grandes. La Revolución había derribado, había robado;
+pero la Restauración, que no podía restituir, alentaba el espíritu que
+reedificaba y ya las Hermanitas de los Pobres tenían coronado el
+edificio de su propiedad, tacita de plata, que brillaba cerca del
+Espolón, al Oeste, no lejos de los palacios y _chalets_ de la Colonia, o
+sea el barrio nuevo de americanos y comerciantes del reino. Hacia el
+Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte,
+se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las
+Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los
+vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa
+vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino. Allí, como en nichos,
+habitaban las herederas de muchas familias ricas y nobles; habían
+dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y
+cómodo de allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga,
+mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso
+cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la
+Encimada. No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las
+piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de
+pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y
+jardines y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área
+del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques,
+cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana. Y
+mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los
+árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como
+querían, los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido
+huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas
+de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era
+de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas
+sobre otras, y se metían los tejados por los ojos, o sean las ventanas.
+Parecían un rebaño de retozonas reses que apretadas en un camino,
+brincan y se encaraman en los lomos de quien encuentran delante.
+
+A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de
+sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la
+catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos. La Encimada
+era su imperio natural, la metrópoli del poder espiritual que ejercía.
+El humo y los silbidos de la fábrica le hacían dirigir miradas recelosas
+al Campo del Sol; allí vivían los rebeldes; los trabajadores sucios,
+negros por el carbón y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban
+con la boca abierta a los energúmenos que les predicaban igualdad,
+federación, reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando les
+hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era
+que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los menos.
+Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica arraigaba, era
+con robustas raíces, como con cadenas de hierro. Pero si moría un obrero
+bueno, creyente, nacían dos, tres, que ya jamás oirían hablar de
+resignación, de lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hacía
+ilusiones. El Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendían allí las
+últimas trincheras. Poco tiempo antes del día en que De Pas meditaba
+así, varias ciudadanas del barrio de obreros habían querido matar a
+pedradas a un forastero que se titulaba pastor protestante; pero estos
+excesos, estos paroxismos de la fe moribunda más entristecían que
+animaban al Magistral.--No, aquel humo no era de incienso, subía a lo
+alto, pero no iba al cielo; aquellos silbidos de las máquinas le
+parecían burlescos, silbidos de sátira, silbidos de látigo. Hasta
+aquellas chimeneas delgadas, largas, como monumentos de una idolatría,
+parecían parodias de las agujas de las iglesias....
+
+El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la _Colonia_,
+la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con
+reflejos acerados; parecía un pájaro de los bosques de América, o una
+india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes.
+
+Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas. En los tejados
+todos los colores del iris como en los muros de Ecbátana; galerías de
+cristales robando a los edificios por todas partes la esbeltez que podía
+suponérseles; alardes de piedra inoportunos, solidez afectada, lujo
+vocinglero. La ciudad del sueño de un indiano que va mezclada con la
+ciudad de un usurero o de un mercader de paños o de harinas que se
+quedan y edifican despiertos. Una pulmonía posible por una pared maestra
+ahorrada; una incomodidad segura por una fastuosidad ridícula. Pero no
+importa, el Magistral no atiende a nada de eso; no ve allí más que
+riqueza; un Perú en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro
+espiritual. Y ya empieza a serlo. Los indianos de la Colonia que en
+América oyeron muy pocas misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a
+la piedad de sus mayores: la religión con las formas aprendidas en la
+infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella España que
+veían en sueños al otro lado del mar. Además los indianos no quieren
+nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda
+recordar los orígenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descreídos
+no son más que cuatro pillos, que no tienen sobre qué caerse muertos;
+todas las personas pudientes creen y practican, como se dice ahora.
+Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los Argumosa y otros y
+otros ilustres Américo Vespucios del barrio de la Colonia siguen
+escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres _distinguidas_
+de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y demás
+familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy
+rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio impulso los Páez, los
+Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, hijas y demás familia del
+sexo débil obligaríanles a imitar en religión, como en todo, las
+maneras, ideas y palabras de la envidiada aristocracia. Por todo lo cual
+el Provisor mira al barrio del Noroeste con más codicia que antipatía;
+si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha
+tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones
+hechas, las _factorías_ establecidas han dado muy buen resultado, y no
+desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella
+su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas
+de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero.
+
+Pero, entre tanto, De Pas volvía amorosamente la visual del catalejo a
+su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la
+soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allí debajo tenía, como
+dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquísimas que
+la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores
+que ellas jamás alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa María y
+San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista,
+y gloriosamente se pudren poco a poco víctimas de la humedad y hechas
+polvo por los siglos. En rededor de Santa María y de San Pedro hay
+esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor
+gloria sería poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos.
+Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su
+arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de
+muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está
+ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda no
+dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera.
+
+Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al
+inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona,
+era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de
+aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales.
+Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera
+el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por
+utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba
+en _El Lábaro_, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos
+artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de
+haberlos leído; en ellos ponía por las nubes el mérito arqueológico de
+cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era
+todo un monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera
+fuese por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico y de
+lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, y más de una vez
+hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared
+fabricada por algún modesto cantero, vivo todavía. Estos lapsus del
+erudito no lastimaban su reputación, porque los pocos que podían
+descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos
+beneméritos, y los demás vetustenses no leían nada de aquello. Mas no
+por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retórica, en que creía,
+ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energía, entre las que
+descollaban las más temerarias personificaciones y las epanadiplosis más
+cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solían decir: «tiemblan
+mis cimientos y mis almenas tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que
+hizo llorar con sus discursos patéticos; por lo cual solía terminar el
+artículo del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión de
+obras, _sunt lacrimae rerum!_».
+
+Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio aquella tarde.
+Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza
+Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, separose de la ventana,
+redujo a su mínimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente
+en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros,
+descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En
+cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la
+iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro,
+cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con
+cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y
+más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba
+juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los
+rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de
+muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El
+manteo que el canónigo movía con un ritmo de pasos y suave contoneo iba
+tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento,
+tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecía cola de pavo real;
+algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo
+teñían con un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le
+daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un
+cadáver.
+
+En la gran nave central del trascoro había muy pocos fieles, esparcidos
+a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos
+muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de mujeres
+arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aquí
+y allí se oía el leve rumor de la plática secreta de un sacerdote y una
+devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte,
+la más obscura, don Fermín distinguió dos señoras que hablaban en voz
+baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, pero no se
+atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin él.
+
+--Va al coro--dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que
+rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del
+Magistral. En el altar había dos candeleros de bronce, sin velas,
+sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús
+Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la
+obscuridad; los reflejos del vidrio parecían una humedad fría. Era el
+rostro el de un anémico; la expresión amanerada del gesto anunciaba una
+idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pómulos
+afilados, como gastados por el roce de besos devotos.
+
+Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del coro;
+llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba
+cerrada. Don Fermín, que iba a la sacristía, dio el rodeo de la nave del
+trasaltar flanqueada por otra crujía de capillas. Frente a cada una de
+estas, empotrados en la pared del ábside había haces de columnas entre
+los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento
+de colocarse enfrente de ellos. Allí comúnmente ataban y desataban
+culpas los beneficiados. De uno de estos escondites salió, al pasar el
+Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don
+Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas
+encendidas con un tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El
+Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas
+agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos. Humilló los suyos
+don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, aturdido en dirección al coro.
+Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido
+con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo
+ceñía, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda
+mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su
+beneficio. Este don Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de
+la oposición. Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que
+se quería derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber
+de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la
+envidia de aquel pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo,
+los propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creía en su
+porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte,
+influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y
+magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don Fermín más
+grandezas que el mismo Magistral veía en sus esperanzas. La mirada de
+este fue en seguida, rápida y rastrera, al confesonario de que salía el
+envidioso. Arrodillada junto a una de las celosías vio una joven pálida
+con hábito del Carmen.
+
+No era una señorita; debía de ser una doncella de servicio, una
+costurera, o cosa así, pensó el Magistral. Tenía los ojos cargados de
+una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha; se santiguó, como
+si quisiera comerse la señal de la cruz, y se recogió, sentada sobre
+los pies, a saborear los pormenores de la confesión, sin moverse del
+sitio, pegada al confesonario lleno todavía del calor y el olor de don
+Custodio.
+
+El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la
+sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con
+cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la
+cajonería, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos del culto.
+Encima de los cajones pendían cuadros de pintores adocenados, antiguos
+los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y
+cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna
+reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio
+de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del
+país. Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas
+pluviales en los armarios. El _Palomo_, con una sotana sucia y escotada,
+cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de
+barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabía
+cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba
+furioso. Los monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin
+mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos,
+repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió
+adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan
+extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que en el otro
+extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada de la
+conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos
+señoras y dos caballeros. Los cuatro tenían la cabeza echada hacia
+atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas
+abiertas en la bóveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada.
+El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y parecía una gran mancha
+de negro mate. De otro color no se veía más que el frontal de una
+calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco
+minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito
+de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con
+la boca abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi
+todos los días a don Saturnino en semejante ocupación. En cuanto llegaba
+un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o
+por otro una recomendación para que Bermúdez fuese tan amable que le
+acompañara a ver las antigüedades de la catedral y otras de la Encimada.
+Don Saturnino estaba muy ocupado todo el día, pero de tres a cuatro y
+media siempre le tenían a su disposición cuantas personas decentes, como
+él decía, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su
+inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la
+provincia, creía ser--y esto era verdad--el hombre más fino y cortés de
+España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los
+pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que
+encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la
+influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan
+atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya
+diácono por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, traía el
+pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes
+entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz le hubiera
+lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo»,
+decía él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo
+mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las
+leyes naturales, don Saturno--así le llamaban--después de haber perdido
+ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo,
+se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como
+el boj de su huerto. Tenía la boca muy grande, y al sonreír con
+propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por
+qué entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se quejaba de
+vicio al quejarse del pícaro estómago, de digestiones difíciles y sobre
+todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que
+equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que
+Bermúdez quería pasar por el hombre más _espiritual_ de Vetusta, y el
+más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe
+advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos
+alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y
+psicológicas que se escribían por entonces en París. Lo de parecer
+clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de
+tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que
+vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno.
+Siempre parecía que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas
+veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda
+la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de
+pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su
+pasión por la arqueología era un sentimiento de la clase de sucedáneos.
+Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los
+personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas
+comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le
+había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran
+incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se
+atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en
+materia de amores.
+
+Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La
+primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero
+volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que
+saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras
+sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y
+dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si
+el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En
+efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con
+ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. Con los
+ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías
+que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus
+amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las
+alegorías ni las parábolas; no hacía más que decir a espaldas de
+Bermúdez:
+
+--No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato.
+
+Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora
+jubilado, había sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente
+pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y amante del saber se
+cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso,
+aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio
+hombre más aturdido que él en cuanto una mujer quería marearle con una o
+dos miradas. Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de
+confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le
+veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka)
+repetían:
+
+--¡Pero este Bermúdez está desconocido!
+
+¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le desesperaba.
+Cierto que jamás había probado las dulzuras groseras y materiales del
+amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? Cierto que primero
+faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devoción, así
+como el comulgar dos veces al mes, en nada empecía (su estilo) a los
+títulos de hombre de mundo que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran!
+¿Quién era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como
+dicen en Vetusta, salía muy recatadamente por la calle del Rosario,
+torcía entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a
+los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por
+la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez,
+doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en
+filosofía y letras y bachiller en ciencias: el autor ni más ni menos, de
+_Vetusta Romana_, _Vetusta Goda_, _Vetusta Feudal_, _Vetusta Cristiana_,
+y _Vetusta Transformada_, a tomo por Vetusta. Era él, que salía
+disfrazado de capa y sombrero flexible. No había miedo que en tal guisa
+le reconociera nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al aire
+libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también a
+olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía seguridad
+de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible
+pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso
+en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y solía ser
+una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algún callejón
+inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la
+tentación; entonces retrocedía el sabio más pronto, ganaba el terreno
+perdido, volvía a las calles anchas y respiraba con delicia el aire
+puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal
+que eran su propio ambiente, cantaba la _Casta diva_ o _el Spirto
+gentil_ o _el Santo Fuerte_, y pensaba en sus amores de niño o en alguna
+heroína de sus novelas.
+
+¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara
+y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo
+así debía de ser el éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el
+paso volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa
+con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de idealidad, como él
+decía para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso,
+sobre todo en las noches de luna.
+
+Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribía
+versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes; y por fin se
+acostaba, satisfecho de sí mismo, contento con la vida, feliz en este
+mundo calumniado donde, dígase lo que se quiera, aún hay hombres buenos,
+ánimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a
+la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho,
+convertía poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el
+imaginar aventuras románticas, de amores en París, que era el país de
+sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. Solía volver a sus novelas de
+la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o
+con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponía el
+ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre
+estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas
+promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño al arqueólogo, y
+la lógica se hacía disparatada, y hasta el sentido moral se pervertía y
+se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al
+doctor en teología.
+
+A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de
+estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el
+cuerpo.--¡Memento homo!--decía el infeliz, y se arrojaba del lecho con
+tedio, procurando una reacción en el espíritu mediante agudos y
+terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con
+chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas. Tal vez era
+la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que
+positivamente tenía el ilustre autor de _Vetusta Transformada_. Después
+de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide
+el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venía; y por vanidad o por fe
+creía en su regeneración todas las mañanas aquel devoto del Corazón de
+Jesús. Por eso el espíritu no envejecía: era el estómago, el pícaro
+estómago el que no hacía caso de la fervorosa contrición del pobre
+hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y
+grosera!
+
+Aquel día había recibido antes de comer un billete perfumado de su
+amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué emoción! No quiso abrir
+el misterioso pliego hasta después de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar?
+
+¿Qué era aquello? O. F. decían dos letras enroscadas como culebras en el
+lema del sobre.--De parte de doña Obdulia, había dicho el criado.
+Aquella señora, todo Vetusta lo sabía, era una mujer despreocupada, tal
+vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... ¿por qué no?...
+una cita.... Ellos, al fin, se entendían algo, no tanto como algunos
+maliciaban, pero se entendían.... Ella le miraba en la iglesia y
+suspiraba. Le había dicho una vez que sabía más que el Tostado, elogio
+que él supo apreciar en todo lo que valía, por haber leído al ilustre
+hijo de Ávila. En cierta ocasión ella había dejado caer el pañuelo, un
+pañuelo que olía como aquella carta, y él lo había recogido y al
+entregárselo se habían tocado los dedos y ella había dicho:--«Gracias,
+Saturno». Saturno, sin don.
+
+Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había
+tocado con una rodilla en una pierna. Él no había retirado la pierna ni
+ella la rodilla; él había tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella
+no lo había retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió
+vino y abrió la carta.
+
+Decía así: «Saturnillo: usted que es tan bueno ¿querrá hacerme el
+obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero
+con...». Hubo que dar vuelta a la hoja.
+
+--Impaciencia--pensó el sabio. Pero decía: «...Le espero con unos amigos
+de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona
+inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso colorado como si
+estuviera en ridículo delante de una asamblea.
+
+--No importa--se dijo--esta visita a la catedral es un pretexto.
+
+Y añadió:--¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me
+invita!
+
+Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo
+como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a
+casa de doña Obdulia.
+
+Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero el
+mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veía apenas una
+calavera de color de aceituna y el talón de un pie descarnado.
+Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el pintor era un
+vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de los especialistas en
+antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor
+eran tan notables para Bermúdez.
+
+El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy largo, de color de
+pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación,
+pero de cuatro o cinco onzas--su precio en la Habana--y por esto pensaba
+que podía usarlo todo el otoño. Se creía el señor Infanzón en el caso de
+comprender el entusiasmo artístico del sabio mejor que las señoras,
+quien por su natural ignorancia tenían alguna disculpa si no se pasmaban
+ante un cuadro que no se veía. Buscó alguna frase oportuna y por de
+pronto halló esto:
+
+--¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme!
+
+Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en
+realidad de verdad--estilo de Bermúdez--para descansar, con una reacción
+proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un
+cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó:
+
+--Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo cuadro del ilustre....
+
+--Cenceño.--Pues; del ilustrísimo Cenceño; luciría más si....
+
+--Si se pudiera ver--interrumpió la esposa del señor Infanzón.
+
+Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó
+diciendo:
+
+--Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la
+cera... el incienso....
+
+--No señor; ¡qué ahumado!--respondió el sabio, sonriendo de oreja a
+oreja--. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el
+encanto de los cuadros antiguos.
+
+--¡La pátina!--exclamó el del pueblo convencido--. Sí, es lo más
+probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para
+saber qué era pátina.
+
+En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno;
+reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al
+saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los
+de Palomares que le fueron presentados por el sabio.
+
+--El señor don Fermín de Pas, Magistral y provisor de la diócesis....
+
+--¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!--exclamó Infanzón que hacía mucho admiraba de
+lejos al señor Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de
+besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra
+vez, y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El
+Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las
+bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. Pronto
+las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba
+don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de
+que había infestado la sacristía desde el momento de entrar. Era el olor
+del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio
+soñaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le sabía a
+gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar así los olores místicos y
+los eróticos, mediante una armonía o componenda, que creía él debía de
+ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habían
+sabido resistir toda clase de tentaciones.
+
+Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de
+cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no
+había entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien
+era hija de confesión, por más que él había procurado varias veces
+entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella
+mujer le crispaba los nervios a don Fermín; era un escándalo andando. No
+había más que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras
+desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de terciopelo
+carmesí, debajo de la cual salían abundantes, como cascada de oro, rizos
+y más rizos de un rubio sucio, metálico, artificial. ¡Ocho días antes el
+Magistral había visto aquella cabeza a través de las celosías del
+confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de
+particular mientras la dama no se movía; era negra, de raso. Pero lo
+peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponía el grito en el
+cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón (no podía ser
+menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la
+naturaleza de los atributos de su sexo. ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo
+parecía que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras
+irritaba al Magistral, que no quería aquellos escándalos en la iglesia.
+Aquella señora entendía la devoción de un modo que podría pasar en otras
+partes, en un gran centro, en Madrid, en París, en Roma; pero en Vetusta
+no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como podía referírselas
+en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el
+Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; proponía rifas católicas,
+_organizaba_ bailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada,
+para las personas decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la
+mano siempre que podía, pero no podía siempre. Su autoridad, que era
+absoluta casi, no conseguía sujetar aquel azogue que se le marchaba por
+las junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. ¡Y
+ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel
+prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel
+de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más
+negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas;
+los adoradores de la viuda lo sabían y le envidiaban. Pero él maldecía
+de aquel bloqueo.
+
+--«Necia, ¿si creerá que a mí se me conquista como a don Saturno?».
+
+A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés con la
+viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y enemigos. Era
+menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para
+que don Fermín no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad
+era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermúdez, pero sacaban
+de ella muy diferente partido.
+
+Mientras se hablaba de lo mucho bueno que había en la catedral y el
+lugareño se pasmaba y su señora repetía aquellas admiraciones, Obdulia
+se miraba como podía, en las altas cornucopias.
+
+El Magistral se despidió. No podía acompañar a aquellas señoras, lo
+sentía mucho... pero le esperaba la obligación... el coro. Todos se
+inclinaron.
+
+--Lo primero es lo primero--dijo el de Palomares, aludiendo a la
+Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la Divinidad o
+ante el Provisor.)
+
+Afortunadamente, según don Fermín, nada les serviría su inutilidad,
+mientras que Bermúdez era una crónica viva de las antigüedades
+vetustenses.
+
+Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar el suelo;
+después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda,
+como diciéndole:
+
+--Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según la opinión
+del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir
+con los ojos; pero ella no debió de entenderlo, porque se despidió del
+Magistral dejándole el alma, por conducto de las pupilas, entre los
+pliegues amplios y rítmicos del manteo. De este se despojó don Fermín,
+después de acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado
+roquete, la señoril muceta y la capa de coro.
+
+--¡Qué guapo está!--dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños
+admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino.
+
+Dieron vuelta a toda la sacristía. Cerca de la puerta había algunos
+cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. A
+la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas de Cenceño, sin
+duda porque se veían mejor. Pero su prudente esposo, considerando que
+Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y
+flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por
+allí se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros había una
+copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro
+de Murillo _San Juan de Dios_, del Hospital de incurables de Sevilla. A
+la señora de pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde
+que se ve una vez no se olvida.
+
+--¡Oh, qué hermoso!--exclamó sin poder contenerse.
+
+Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo:
+
+--Sí, es bonito; pero muy conocido.
+
+Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al
+pordiosero enfermo, entre las tinieblas.
+
+El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en
+voz baja la reprendió de esta suerte:
+
+--Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina?
+
+Salieron de la sacristía.--Por aquí--dijo Bermúdez señalando a la
+derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo de algunas beatas que
+interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego
+de Obdulia. La falda de raso, que no tenía nada de particular mientras
+no la movían, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba
+a andar. Ajustábase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecía
+apretado calzón ciñendo esculturales formas, que así mostradas, no
+convenían a la santidad del lugar.
+
+--Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes--murmuró muy quedo el
+arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de su _Vetusta Goda_ y
+de su _Vetusta Cristiana_. Y en honor de la verdad se ha de decir que un
+rey se le iba y otro se le venía; esto es, que los mezclaba y confundía,
+siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el
+sabio no podía menos de admirar aquella atrevidísima invención, nueva en
+Vetusta, mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y
+significativas curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran
+pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del lugar
+sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar
+sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como
+si a una hoguera la echasen petróleo....
+
+Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, fría, de tosca
+fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo
+irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba Obdulia
+debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la seda frotando
+las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos de nieve y espuma
+que tal se le antojaban a don Saturno, quien los había visto otras
+veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de siglos a los reyes
+allí sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo dijo respecto del
+descanso eterno de tan respetables señores:
+
+--Aquí descansan desde la octava centuria los señores reyes don..., y
+pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las
+vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares,
+decía _ue_ en vez de _oi_ y otros adefesios.
+
+Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y
+elocuencia de don Saturnino.
+
+Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, había un sepulcro de
+piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones ilegibles.
+Entre el sepulcro y el muro había estrecho pasadizo, de un pie de ancho
+y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte
+interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los
+lugareños. Bermúdez, y en pos de él Obdulia, se perdieron de vista en el
+pasadizo sumido en tinieblas. Después de la enumeración de don Saturno,
+hubo un silencio solemne. El sabio había tosido, iba a hablar.
+
+--Encienda usted un fósforo, señor Infanzón--dijo Obdulia.
+
+--No tengo... aquí. Pero se puede pedir una vela.
+
+--No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de memoria... y
+además, no se pueden leer.
+
+--¿Están en latín?--se atrevió a decir la Infanzón.
+
+--No señora, están borradas.
+
+No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de hora.
+Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos 1.º, 2.º, 3.º
+y 4.º de una de sus _Vetustas_ y ya iba a terminar con el epílogo que
+copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo:
+
+--¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones? Yo creo sentir....
+
+Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las
+tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía el hombro;
+y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de
+esta suerte:
+
+--Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque
+de ricas preseas, envidiables privilegios y pías fundaciones a esta
+Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica
+para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depósito creció
+tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonía,
+digámoslo así, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga,
+Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas _et sic de
+coeteris_.
+
+--¡Amén!--exclamó la lugareña sin poder contenerse; mientras Obdulia
+felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra.
+
+
+
+
+--II--
+
+
+El coro había terminado: los venerables canónigos dejaban cumplido por
+aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo. Uno tras
+otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo
+funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del
+mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de
+cada día. El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el
+roce continuo de los cánticos canónicos, como la mayor parte de los
+roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo.
+Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas
+corporaciones: algunos señores prebendados no se hablaban; otros no se
+saludaban siquiera. Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta
+de armonía: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto
+reinaba la mayor y más jovial concordia. Había apretones de mano,
+golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos
+al oído. Algunos, taciturnos, se despedían pronto y abandonaban el
+templo; no faltaba quien saliera sin despedirse.
+
+Cuando entraba el Magistral, el ilustrísimo señor don Cayetano
+Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano en el mármol de la
+mesa, porque los codos no llegaban a tamaña altura, y exclamaba después
+de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro:
+
+ --Hame dado en la nariz olor de...
+
+La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, cortando la
+cita, añadió:
+
+--¿Parece que hemos tenido faldas por aquí, señor De Pas?
+
+Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco
+verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita.
+
+Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho,
+alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino
+al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a
+punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque,
+según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y
+despeluznado. Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más,
+visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de
+los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio,
+y como lo echaba hacia el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un
+telescopio; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en
+nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos
+inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo
+estudiante, solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era
+de asunto teológico o canónico, extendía la mano derecha y formaba un
+anteojo con el dedo pulgar y el índice. Como el interlocutor solía ser
+más alto, para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un
+ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque
+era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de
+arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha
+del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por
+estos vulgares títulos, ni por la cruz que le hacía ilustrísimo, sino
+por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático. Sus dioses
+eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a
+Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio. Había venido a Vetusta de
+beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis había asistido al coro
+de aquella iglesia y podía tenerse por tan vetustense como el primero.
+Muchos no sabían que era de otra provincia. Además de la poesía tenía
+dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la última había
+renunciado; no a la primera, que seguía adorando con el mismo pudibundo
+y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo vetustense, aun
+contando a los librepensadores que en cierto restaurant comían de carne
+el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad
+casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tenía
+que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto
+poético, como él decía, pues se preciaba de hablar como los poetas de
+mejores siglos y al asunto solía llamarlo sujeto. Sentía desde su
+juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar
+su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención,
+cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo
+épocas de negra intransigencia en que se persiguió la manía de Ripamilán
+como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de quemar un libro
+de versos que publicó el Arcipreste a costa del marqués de Corujedo,
+gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso
+excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje que se encontrará más
+adelante.
+
+Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era
+entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas,
+bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero
+¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién se acordaba ya de
+Meléndez Valdés, ni de las _Églogas y Canciones por un Pastor de
+Bílbilis_, o sea don Cayetano Ripamilán? El romanticismo y el
+liberalismo habían hecho estragos. Y había pasado el romanticismo, pero
+el género pastoril no había vuelto, ni los epigramas causaban efecto por
+maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigos
+_laudatores temporis acti_, como decía él; no alababa el tiempo pasado
+por sistema, pero en punto a poesía era preciso confesar que la
+revolución no había traído nada bueno.
+
+--Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada--solía él
+decir a los jóvenes de Vetusta, que le querían mucho--. Ustedes, por
+ejemplo, no saben bailar. Díganme, si no, ¿de dónde se sacan que puede
+ser buena crianza el coger a una señorita por la cintura y apretarla
+contra el pecho?
+
+Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que él, años atrás,
+había visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso.
+
+--En mi tiempo bailábamos de otra manera.
+
+El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había bailado más que
+con alguna silla. Eso sí; allá, cuando seminarista, había sido gran
+tañedor de flauta y bailarín sin pareja. De todas maneras, figurándose
+con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los
+rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en _petit
+comité_--según decía--terciar el manteo, colocar la teja debajo del
+brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y
+conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.
+
+Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en
+sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba
+en los tiempos de prosa a que habíamos llegado.
+
+Esto de los bailes solía acontecer en las tertulias a donde el setentón
+acudía sin falta, porque desde que los médicos le habían prohibido
+escribir y hasta leer de noche, no podía pasar sin la sociedad más
+animada y galante. El tresillo le aburría y los conciliábulos de
+canónigos y obispos de levita, como él decía siempre, le ponían triste.
+«No era liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraía y
+prefería su trato al de los más sesudos vetustenses. Los poetillas y
+gacetilleros de la _localidad_ tenían en él un censor socarrón y
+malicioso, aunque siempre cortés y afable. Encontrábase en la calle, por
+ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el
+eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba
+con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y
+decíale:
+
+--He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo de
+_versate manu_. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo!
+¿Dónde hay sencillez como aquella:
+
+ Yo he visto un pajarillo
+ posarse en un tomillo?
+
+Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con
+lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayoría del cabildo
+absolvía de esa falta de formalidad al Arcipreste a condición de que se
+le tuviera por chocho.
+
+--Y aun así y todo--decía un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y
+en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia--aun así y todo
+no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta
+la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones
+impropias de una dignidad.
+
+A este mismo señor canónigo que embozadamente le había reprendido
+algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solía taparle la boca el
+Arcipreste diciendo:
+
+--Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridísimo poeta Marcial dejó
+escrito para casos tales, es a saber:
+
+ _Lasciva est nobis pagina, vita proba est._
+
+Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en
+la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte. Y no era
+de estos días el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino
+que toda la vida había sido un boquirroto en tal materia, pero nada más
+que un boquirroto. Y esta era la traducción libre del verso de Marcial.
+
+El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la
+catedral había despertado sus instintos anafrodíticos, su pasión
+desinteresada por la mujer, diríase mejor, por la señora. Aquel olor a
+Obdulia, que ya nadie notaba, sentíalo aún don Cayetano.
+
+El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se
+marchaba. Algo tenía que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que
+solían quedarse al tertulín, como llamaban a la sabrosa plática de la
+sacristía después del coro. Si hacía bueno, los del tertulín
+acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espolón. Si
+llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el _Palomo_ hacía
+un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a
+su casa. No se crea por esto que eran íntimos amigos los aficionados a
+platicar después del coro. Acontecía allí lo que es ley general de los
+corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no
+tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida
+hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban
+cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debía de estar en su casa
+el temerario, alguno de los que quedaban, decía de repente:
+
+--Como ese otro.... Y todos sabían que aquel gesto de señalar a la puerta
+y tales palabras significaban:
+
+--¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a _ese otro_.
+
+El Arcipreste no era de los que menos murmuraban.
+
+Él le había puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al
+señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba
+Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro
+derecho don Restituto--por lo demás buen mozo, casi tan alto como el
+pariente del ministro--, y como este defecto incurable era un obstáculo
+a las pretensiones de gallardía que siempre había alimentado, discurrió
+hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad
+de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de
+disimularlo subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más hacia la
+derecha, inclinándose como un sauce llorón. Resultaba de aquella extraña
+postura que parecía Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantándose
+a los rumores, avanzada de sí mismo para saber noticias, cazar
+intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras.
+Encontraba el Arcediano, sin haber leído a Darwin, cierta misteriosa y
+acaso cabalística relación entre aquella manera de _F_ que figuraba su
+cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y
+hasta el maquiavelismo canónico que era lo que más le importaba. Creía
+que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba
+al mundo entero. Sí, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos
+caras: iba con los de la feria y volvía con los del mercado; disimulaba
+la envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que
+no incurría nunca.--Pero, decía el Arcipreste, ni su amabilidad engaña a
+todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como él
+supone.
+
+Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba los ojos
+alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera
+intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que
+fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su
+piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvía secretos. Decía
+él que abría el corazón por única vez al primero que quería oírle.
+
+--Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que olvidan que
+en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente
+en ser explícito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues
+bien, oiga usted el secreto.
+
+Y lo decía. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacristía
+muchas veces diciendo de modo que apenas se le oía:
+
+--¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure!
+
+Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro alguna rara vez,
+escondiéndose en las sombras de una platea de proscenio o sea _bolsa_,
+vio una noche el drama titulado: _Los hijos de Eduardo_, arreglado por
+Bretón de los Herreros, y en cuanto salió a escena Glocester, el Regente
+jorobado y torcido y lleno de malicias, exclamó:
+
+--¡Ahí está el Arcediano!
+
+La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo
+para toda Vetusta ilustrada. Allí estaba, oyendo con fingida
+complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía,
+presente y ausente. Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba
+girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al
+Deán y barrenaba con un dedo la frente. Quería aludir a la locura del
+poeta bucólico. El cual continuaba diciendo:
+
+--No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida que llevaba esta
+señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de
+Nauplia, a quien yo traté allí con gran intimidad. En una fonda de la
+calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien
+antes apenas saludaba aquí, a pesar de que éramos contertulios en casa
+del Marqués de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No
+cree en el sexto.
+
+Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con sonreír,
+inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo
+de los oídos. El Arcediano rio sin ganas.
+
+La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la sacristía, como
+poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes.
+
+El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho
+Marcial, salvo el latín.
+
+--Señores, a mí me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce
+en el Espolón esa señora....
+
+--Son bien escandalosos...--dijo el Deán.
+
+--Pero muy ricos--observó el pariente del ministro.
+
+--Y muchos; nunca lleva el mismo; cada día un perifollo nuevo--añadió el
+Arcediano--; yo no sé de dónde los saca, porque ella no es rica; a pesar
+de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más que una renta
+miserable y una viudedad irrisoria....
+
+--Pues a eso voy--interrumpió triunfante don Cayetano--. Me ha dicho el
+chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico en San Carlos, que estos
+últimos años Obdulita servía en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la
+célebre querida del célebre....
+
+--Sí ¿qué?--Que le servía de trotaconventos, digámoslo así. Es decir,
+no tanto: pero vamos, que la acompañaba y... claro, la otra,
+agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja
+nuevos y tiene tantos y tan ricos....
+
+El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, al Arcipreste, se
+interesaba de veras con la crónica. Ripamilán saboreaba la plática
+lasciva sólo por lo que tenía de gracejo. Los demás empezaron a
+estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba
+los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia;
+parecía buscar su testimonio.
+
+El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con don Cayetano.
+Sufría sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos
+inocentes alardes de erotismo retórico porque conocía sus costumbres
+intachables y su corazón de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamilán el
+más decidido y entusiástico partidario de don Fermín en las luchas del
+cabildo. Otros le seguían por interés, muchos por miedo; don Cayetano,
+incapaz de temer a nadie, le servía y le amaba porque, según él, era el
+único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito,
+Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un sabio,
+un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valía más que
+todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los
+supuestos cohechos del Provisor, de su tiranía, de su comercio sórdido,
+se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simonía
+más probables. Si le traían a cuento el capítulo de las aventuras
+amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que
+hiciera prueba, el Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que
+aquello era posible, pero importaba menos.
+
+--La verdad es que don Fermín es muy buen mozo, y, si las beatas se
+enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un
+Crisóstomo en el púlpito, él no tiene la culpa ni la cosa es contraria a
+las sabias leyes naturales.
+
+El Magistral sabía todo lo que Ripamilán pensaba de él y le consideraba
+el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. Tenía que hacerle
+ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrían ser
+peligrosas. Glocester había olido algo.
+
+--«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo sufría aquella jaqueca? No,
+pues él tampoco dejaba el puesto». Era el de Mourelo el más cordial
+enemigo que tenía el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo
+más refinado del Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas
+relaciones con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle el
+terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón.
+Vastísimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas,
+emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas infernales.
+Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le había dado
+aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del
+Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy
+principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, Regente en varias
+Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el
+pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas
+incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podía vivir
+holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió
+llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo
+conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora y aquí fue ella.
+La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre
+familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la _advenediza_ tuvo que
+perdonar y contentarse con ser: la _otra_ Regenta. Además, el conflicto
+duraría poco; ya empezaba a usarse el nombre de «Presidente» y pronto
+habría nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de
+Ozores. La cual siempre había sido hija de confesión de don Cayetano,
+pero este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a algunas
+pocas personas, señoras casi todas, de alta categoría, escogidísimos
+amigos y amigas, al cabo se había cansado también de esta leve carga,
+pesada para sus años; y resuelto a retirarse por completo del
+confesonario, había suplicado a sus hijas de confesión que le librasen
+de este trabajo y hasta señalado sucesor en tan grave e interesante
+ministerio; sucesor diferente según las personas. Esta especie de
+herencia, o mejor, sucesión _inter vivos_, era muy codiciada en el
+cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la
+reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habían producido
+los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y
+congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada,
+porque tenía la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda había
+cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral
+que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por
+costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por
+seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas
+continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo
+se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas.
+
+Don Custodio, joven ardentísimo en sus deseos, creía demasiado en los
+milagros de fortuna que hace la confesión auricular y atribuía a ellos
+sin razón los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesión del
+Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente. Había
+averiguado que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno de los
+más ricos americanos de _La Colonia_ había pasado, tiempo atrás, del
+confesonario de Ripamilán al de don Fermín. Esto era ya una gollería.
+Pero ¡oh escándalo! ahora (don Custodio lo había averiguado escuchando
+detrás de una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al
+Magistral la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin
+duda la digna y virtuosa y hermosísima esposa de don Víctor Quintanar.
+¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de la envidia manar de sus
+labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se
+había dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del _otro_,
+había visto, mirando de soslayo, dos señoras; _nuevas_ sin duda, pues no
+sabían que aquella tarde no _se sentaba_ don Fermín. Había vuelto a
+pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las
+sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en
+persona.
+
+Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta
+sucesión particular; creía pertenecerle por razón de su dignidad el
+honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con el Obispo no había que contar;
+el Deán era un viejo que no hacía más que comer y temblar; en una
+procesión de desagravios cuatro borrachos le habían dado un susto, del
+que sólo se repuso su estómago; digería muy bien, pero no discurría; no
+pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al
+coro; tampoco había que contar con él. El Arcipreste renunciaba a la
+Regenta, ¿pues qué dignidad seguía? la suya; la jerarquía indicaba al
+Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que
+clamaba al cielo, y no podía clamar al Obispo, porque este era esclavo
+de don Fermín». Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no
+tenía el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan buen
+bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba
+a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos.
+Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído del
+confidente:
+
+--¿Será libre elección de esa señora?--Y separándose un poco, para ver
+el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de
+picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados
+delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de
+los labios.
+
+--Puede ser--contestó don Custodio, subrayando las palabras, para darse
+por enterado de la intención del otro.
+
+Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que
+era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia
+Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podía tener el
+Magistral para oír a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al
+pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble.
+
+Se juraba a sí mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto
+sin saber a qué atenerse.
+
+El Magistral había resuelto no entrar aquel día en la capilla que
+llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción,
+motivo para dar que decir. ¿Estarían allí todavía aquellas señoras? Al
+bajar de la torre y pasar por el trascoro las había visto, las había
+conocido, eran la Regenta y Visitación; estaba seguro. ¿Cómo habían
+venido sin avisar? Don Cayetano debía de saberlo. Cuando una señora de
+las principales, como era la Regenta, quería hacerse hija de confesión
+del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedía hora. Las
+personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a tanto, y
+las pocas de esta clase que confesaban con él acudían en montón a la
+capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; allí esperaban el
+turno de las penitentes anónimas. Estas humildes devotas ya sabían
+cuáles eran los días de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por
+eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos señoras.
+Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo
+los días _fastos_ y _nefastos_, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y
+cuándo no. La Regenta venía por primera vez, «¿por qué no le había
+avisado? El suceso era bastante solemne y había de sonar lo suficiente
+para merecer preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que
+aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar
+cuándo vendría a favorecerle con su visita?... ¿Era humildad? ¿Era que
+con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de
+Vetusta, quería confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una
+de tantas?». Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecía
+un rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de Obdulias y
+Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacía ser
+irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en general
+con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones;
+adquirían pronto una familiaridad importuna que daba ocasión a las
+calumnias de los necios y de los mal intencionados».
+
+«No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de
+ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, que tal vez se gana
+en el confesonario, para que le halagasen todavía revelaciones
+imprudentes, que sólo servían para inundarle el alma de hastío. Esperaba
+algo nuevo, algo más delicado, algo selecto». Sabía, por rumores, que el
+Arcipreste había aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del
+Magistral, puesto que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano
+nada le había dicho. Además, como en materia de confesión los buenos
+clérigos son muy reservados, Ripamilán, que sabía tratar en serio los
+asuntos serios, nunca había hablado al Magistral de lo que podía ser la
+Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De
+Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de
+Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo;
+y Glocester no se movía. Se habían ido despidiendo todos los señores
+canónigos; quedaban los tres y el _Palomo_, que abría y cerraba cajones
+con estrépito y murmuraba; maldiciones sin duda.
+
+Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba decirle
+el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente que él también
+quería hablar al Provisor, y como en casos tales no se mordía la lengua,
+cortó la conversación diciendo:
+
+--¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una palabra, con permiso del señor
+Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo...
+son intereses espirituales.
+
+Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido tronco, haciéndose
+un arco de puente, y salió de la sacristía diciendo para su alzacuello
+morado y blanco:
+
+--«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!».
+
+El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del
+Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros
+expedientes por el estilo.
+
+--«Si todos fueran como yo, Glocester no sabría qué hacer de su
+habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen
+gallinas!».
+
+Glocester salía siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo
+Norte del crucero; por allí llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso
+salir por la puerta de la torre, porque así pasaba junto a la capilla
+del Magistral. Miró; no había nadie. Entonces se detuvo, volvió a mirar
+con ahínco, dio un paso dentro de la capilla; no había nadie; estaba
+seguro. «¡Luego aquellas señoras se habían ido sin confesión; luego el
+Magistral se permitía el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!».
+El Arcediano vio un mundo de intrigas que podían fundarse en este
+descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una pila grande de mármol
+negro, y mientras se santiguaba, inclinándose frente al altar del
+trascoro, decía para sí:
+
+--Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará caro. Lo
+explotaré.
+
+Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que se le
+antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos
+secretos y escaleras subterráneas.
+
+El Arcipreste había abierto la boca al oír a De Pas que la Regenta
+estaba en la catedral, según le habían dicho, y que él no había corrido
+a saludarla y a confesarla, si a eso venía, como era de suponer.
+
+--¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?--gritaba don Cayetano, asustado
+de veras.
+
+--A ver, Rodríguez (el _Palomo_) corre a la capilla del señor Magistral,
+y si está allí una señora....
+
+Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito que se metió
+en la conversación diciendo:
+
+--No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora Regenta. Se han
+ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el señor
+Magistral; y doña Visita que ya quería irse antes, cogió del brazo a
+doña Ana y se la llevó.
+
+--¿Y qué decían?--preguntó don Cayetano.
+
+--Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora
+Regenta había querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron
+a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón.
+
+--¡Al Espolón!--gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del
+Magistral y con la otra la teja--. ¡Al Espolón!
+
+--¡Pero don Cayetano!--Es cuestión de honra para mí; de ese desaire
+tengo yo culpa en cierto modo.
+
+--Pero si no fue desaire--repetía el Provisor dejándose llevar, y con el
+rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo
+inundaba.
+
+--Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una
+explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino
+hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente,
+como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad
+como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo.
+
+--Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía....
+
+Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la
+catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de este lado era
+la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después que las
+otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en el centro;
+las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y
+otros cosméticos del género decadente a que pertenecía.
+
+El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas
+no paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, olfateando, y
+tendió el cuello en actitud de escuchar.
+
+--¡Así Dios me valga, son ellos!--dijo pasmado.
+
+--¿Quién?--Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de
+ese grillo destemplado.
+
+Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del
+templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El Magistral le siguió,
+para ocultar su deseo de llegar al Espolón cuanto antes.
+
+Eran _ellos_, en efecto.
+
+En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la
+levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas las
+orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección de
+la bóveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignación la comunicaba
+de grado o por fuerza a los Infanzones.
+
+--Señores--exclamaba--ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el
+feo lunar, el borrón diré mejor, de esta joya gótica. Han visto ustedes
+el panteón, de severa arquitectura románica, sublime en su desnudez; han
+visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda,
+de un gótico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta llamada
+Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las
+primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del
+relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero
+sublime artífice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y
+gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo decir,
+del cincel de un Grijalte; y _reasumiendo_, en toda la Santa Basílica
+han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo,
+puro, sencillo, delicado... _Empero_ aquí, señores, forzoso es
+confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la redundancia se han
+dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la
+mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. Esta Santa
+Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia
+de la catedral de Vetusta.
+
+Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el
+pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo
+hacía en elocuencia liquefacta.
+
+Los Infanzones sudaban también. El marido tenía en la cabeza una olla de
+grillos. Había oído en hora y media un curso peripatético--¡a pie y
+andando todo el tiempo!--de arqueología y arquitectura y otro curso de
+historia pragmática. El desgraciado ya confundía a los califas de
+Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más
+de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el
+jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya
+dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al
+arco de medio punto; _reasumiendo_, como decía el sabio; sentía náuseas
+invencibles y apenas oía al arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos
+por contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido una
+irreverencia.
+
+--Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno--pensaba--¡pero
+en una catedral!
+
+El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía decir
+la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía al
+frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea.
+Pero el pobre lugareño seguía diciendo que sí a todo.
+
+«Estaba conforme, aquello era una profanación. ¡Qué pesadez la de
+aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya si eran pesados!
+Como que el Infanzón temía que se le cayeran encima; porque se meneaban,
+sin duda. Pero ¡buen Dios! añadía para sus adentros; si el género
+plateresco es cargante y pesadísimo ¿dónde habrá cosa más plateresca que
+este señor don Saturnino?».
+
+Se le pasó por la imaginación si estaría burlándose de ellos porque eran
+de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no debía de mentir;
+hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la emigración
+de la piña pérsica a las columnas árabes; sólo que todo aquello ¡qué le
+importaba a él que era un compromisario!
+
+La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, aburrida, despeada,
+pero no aturdida. Hacía más de una hora que no oía palabra de cuanto
+hablaba aquel charlatán, sin vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera
+porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de
+educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba
+escandalizada, furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el
+bobalicón de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. Él
+pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía el distraído. ¿Y
+la doña Obdulita? No, y que parecía maestra en aquel teje maneje. No
+habían desperdiciado ni una sola ocasión. ¡Claro! y así les habían
+traído y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto
+estaba obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto una
+vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y siempre juntos; y
+en cuanto había algo estrecho querían pasar a la una... y pasaban ¡qué
+desenfreno! ¿Pero de dónde le venía a su marido la amistad de aquella
+señorona?». Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra;
+y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el
+Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y
+cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó su discurso. Se trataba de
+probar sus injuriosas afirmaciones.
+
+--Véase si no--continuaba--lo que salta a los ojos, a los del alma
+quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el dignísimo Obispo,
+salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo Obispo don García Madrejón
+que consintió este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia
+de lo barroco, de la profusión manirrota y de la falsedad. Cartelas,
+medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones
+rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por
+las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre
+del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e
+inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia!
+
+--Pues oiga usted--se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su
+esposo--; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a mí muy
+bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... ¡blasfemando
+así de Dios y sus santos!
+
+Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y escogía, con
+un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado.
+Además le gustaba de veras la capilla y no quería más contemplaciones.
+
+El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca.
+
+«Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no lo consiguió en cuanto
+quiso. Obdulia soltó al aire una carcajada, que oyó don Cayetano desde
+fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella
+inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer
+la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al
+espejo. Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras.
+Sólo contestó:
+
+--Señora... yo no profano nada.... El Arte....
+
+--¡Sí profana usted!--¡Pero mujer, pero Carolina!--¡Oh! déjela usted,
+señor Infanzón; yo respeto todas las opiniones.
+
+Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar o no
+profanar, se apresuró a añadir:
+
+--Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, que yo sigo los cánones
+de la belleza clásica condenando enérgicamente el gusto barroco.... Esto
+es plateresco....
+
+--¡Churrigueresco!--exclamó el compromisario queriendo así compensar la
+protesta disparatada de su mujer.
+
+--¡Churrigueresco!--repitió--¡da náuseas!--y se vio claramente que las
+sentía.
+
+--¡Churrigueresco!--pudo decir otra vez.
+
+--¡Rococó!--concluyó Obdulia.
+
+En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera
+a besarle las botas color bronce.
+
+Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresuró a despedirse.
+De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tenía mucho frío. El
+viento caliente le sabía a cierzo.
+
+--¡Temo una pulmonía!--dijo, mientras escapaba abrochándose la levita
+por la cintura.
+
+Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde.
+
+«Amaba y creía ser amado».
+
+
+
+
+--III--
+
+
+Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El
+Arcipreste procuró que se encontraran y por su confianza con la Regenta
+facilitó la entrevista.
+
+Pocas veces habían cruzado la palabra la hermosa dama y el Provisor, y
+nunca había pasado la conversación de los lugares comunes a que obliga
+el trato social.
+
+Doña Ana Ozores no era de ninguna cofradía. Pagaba una cuota mensual en
+las Escuelas Dominicales, pero no asistía a las lecciones ni a las
+conferencias; vivía lejos del círculo en que el Provisor reinaba. Este
+visitaba poco a las personas que no podían o no querían servirle en sus
+planes de propaganda. Cuando el señor don Víctor Quintanar era Regente
+de Vetusta, el Magistral le visitaba en todas las solemnidades en que
+exigían este acto de cortesía las costumbres del pueblo; estas visitas
+las pagaba con la exactitud que usaba en estos asuntos el señor
+Quintanar, el más cumplido caballero de la ciudad, después de Bermúdez.
+Los cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qué,
+cuando se jubiló don Víctor, y por fin cesaron las visitas. Don Víctor y
+don Fermín se hablaban algunas veces en la calle, en el Espolón; se
+saludaban siempre con la mayor amabilidad. Se estimaban mutuamente. Las
+calumnias con que la maledicencia perseguía a De Pas tenían un aislador
+en don Víctor; por su conducto no se propagaban, y aun tomaba a su cargo
+deshacer su perniciosa influencia. Doña Ana jamás había hablado a solas
+con el Magistral, y después que cesaron las visitas apenas volvió a
+verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que sabía
+esto, hizo un simulacro de presentación diplomática en el tono jocoserio
+que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, habían hablado
+poco; todo casi se lo había dicho Ripamilán y lo demás Visitación, que
+acompañaba a la de Quintanar. Doña Ana volvió pronto a su casa. Se
+recogió temprano aquella noche.
+
+De la breve conversación de la tarde no recordaba más que esto: que al
+día siguiente, después del coro, el Magistral la esperaba en su capilla.
+Le había indicado, aunque por medio de indirectas, que convenía, al
+mudar de confesor, hacer confesión general.
+
+Había hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, con
+cierto tono frío, y algo distraído al parecer. No le había visto los
+ojos. No le había visto más que los párpados, cargados de carne blanca.
+Debajo de las pestañas asomaba un brillo singular.
+
+Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta.
+
+Después se sentó en una mecedora junto a su tocador, en el gabinete,
+lejos del lecho por no caer en la tentación de acostarse, y leyó un
+cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la
+penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a las hojas. Dejó
+de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que decían: _Si comió
+carne_...
+
+Mentalmente y como por máquina repetía estas tres voces, que para ella
+habían perdido todo significado; las repetía como si fueran de un idioma
+desconocido.
+
+Después, saliendo de no sabía qué pozo negro su pensamiento, atendió a
+lo que leía. Dejó el libro sobre el tocador y cruzó las manos sobre las
+rodillas. Su abundante cabellera, de un castaño no muy obscuro, caía en
+ondas sobre la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por
+delante le cubría el regazo; entre los dedos cruzados se habían enredado
+algunos cabellos. Sintió un escalofrío y se sorprendió con los dientes
+apretados hasta causarle un dolor sordo. Pasó una mano por la frente; se
+tomó el pulso, y después se puso los dedos de ambas manos delante de los
+ojos. Era aquella su manera de experimentar si se le iba o no la vista.
+Quedó tranquila. No era nada. Lo mejor sería no pensar en ello.
+
+«¡Confesión general!». Sí, esto había dado a entender aquel señor
+sacerdote. Aquel libro no servía para tanto. Mejor era acostarse. El
+examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde
+la víspera. El examen para aquella confesión general podía hacerlo
+acostada. Entró en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada.
+La separaba del tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de
+_satín_ granate. La Regenta dormía en una vulgarísima cama de matrimonio
+dorada, con pabellón blanco. Sobre la alfombra, a los pies del lecho,
+había una piel de tigre, auténtica. No había más imágenes santas que un
+crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera; inclinándose hacia el
+lecho parecía mirar a través del tul del pabellón blanco.
+
+Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias veces entrar
+allí.
+
+--«¡Qué mujer esta Anita!
+
+»Era limpia, no se podía negar, limpia como el armiño; esto al fin era
+un mérito... y una pulla para muchas damas vetustenses».
+
+Pero añadía Obdulia:--«Fuera de la limpieza y del orden, nada que
+revele a la mujer elegante. La piel de tigre, ¿tiene un _cachet_? Ps...
+qué sé yo. Me parece un capricho caro y extravagante, poco femenino al
+cabo. ¡La cama es un horror! Muy buena para la alcaldesa de Palomares.
+¡Una cama de matrimonio! ¡Y qué cama! Una grosería. ¿Y lo demás? Nada.
+Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante.
+Ni un objeto de arte. Ni un mal _bibelot_; nada de lo que piden el
+_confort_ y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el estilo es el
+hombre. Dime cómo duermes y te diré quién eres. ¿Y la devoción? Allí la
+piedad está representada por un Cristo vulgar colocado de una manera
+contraria a las _conveniencias_».
+
+--«¡Lástima--concluía Obdulia, sin sentir lástima--, que un _bijou_ tan
+precioso se guarde en tan miserable joyero!».
+
+«¡Ah! debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa.
+¡Qué sabanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo
+aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no
+sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas».
+
+Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y allá en el
+fondo del corazón, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta no había
+tigres; la viuda no podía exigir a sus amantes esta prueba de cariño.
+Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en
+tapiz miserable!
+
+Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien
+pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul
+con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don
+Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez
+podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no
+habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre,
+hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las
+manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada,
+y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de
+la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en
+una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni
+confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de
+distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del
+aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había
+creído ella que tal abandono fuese materia de confesión.
+
+Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella
+blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana
+y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que
+corría desde la cintura a las sienes.
+
+--«¡Confesión general!»--estaba pensando--. Eso es la historia de toda
+la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta
+mojar la sábana.
+
+Se acordó de que no había conocido a su madre.
+
+Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.
+
+«Ni madre ni hijos». Esta costumbre de acariciar la sábana con la
+mejilla la había conservado desde la niñez.--Una mujer seca, delgada,
+fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de
+tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada,
+después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y
+pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora,
+acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también.
+Aquella blandura de los colchones era todo lo _maternal_ con que ella
+podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía
+de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían
+pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había
+tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su
+memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo
+aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de
+acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba
+todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a
+quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a
+levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de
+blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana
+sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían
+oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la
+chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un
+perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova.--¿Qué
+habría sido de él?--. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre
+las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el
+lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente.
+En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de
+yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por
+buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de
+caricias. Era el caso que ella tenía una mamá que le daba todo lo que
+quería, que la apretaba contra su pecho y que la dormía cantando cerca
+de su oído:
+
+ Sábado, sábado, morena,
+ cayó el pajarillo en trena
+ con grillos y con cadenaaa....
+
+Y esto otro:
+
+ Estaba la pájara pinta
+ a la sombra de un verde limón....
+
+Estos cantares los oía en una plaza grande a las mujeres del pueblo que
+arrullaban a sus hijuelos....
+
+Y así se dormía ella también, figurándose que era la almohada el seno de
+su madre soñada y que realmente oía aquellas canciones que sonaban
+dentro de su cerebro. Poco a poco se había acostumbrado a esto, a no
+tener más placeres puros y tiernos que los de su imaginación.
+
+Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y
+le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel
+angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a
+obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza
+interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las
+injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.
+
+--«¡Vaya una manera de hacer examen de conciencia!»--pensó doña Ana algo
+avergonzada.
+
+Salió descalza de la alcoba, cogió el devocionario que estaba sobre el
+tocador y corrió a su lecho. Se acostó, acercó la luz y se puso a leer
+con la cabeza hundida en las almohadas. _Si comió carne_, volvieron a
+ver sus ojos cargados de sueño; pero pasó adelante. Una, dos, tres
+hojas... leía sin saber qué. Por fin, se detuvo en un renglón que decía:
+
+--«Los parajes por donde anduvo...».
+
+Aquello lo entendió. Había estado, mientras pasaba hojas y hojas,
+pensando, sin saber cómo, en don Álvaro Mesía, presidente del casino de
+Vetusta y jefe del partido liberal dinástico; pero al leer: «Los parajes
+por donde anduvo», su pensamiento volvió de repente a los tiempos
+lejanos. Cuando era niña, pero ya confesaba, siempre que el libro de
+examen decía «pase la memoria por los lugares que ha recorrido», se
+acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que
+había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca
+con aquel Germán, su amigo.... ¡Infames! La Regenta sentía rubor y
+cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro sobre la mesilla de
+noche--otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia--apagó
+la luz... y se encontró en la barca de Trébol, a medianoche, al lado de
+Germán, un niño rubio de doce años, dos más que ella. Él la abrigaba
+solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la
+barca. Ella le había rogado que se abrigara él también. Debajo del saco,
+como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablado de
+la barca, cuyas bandas obscuras les impedían ver la campiña; sólo veían
+allá arriba nubes que corrían delante de la cara de la luna.
+
+--¿Tienes frío?--preguntaba Germán.
+
+Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría,
+detrás de las nubes:
+
+--¡No!--¿Tienes miedo?--¡Ca!--Somos marido y mujer--decía él.
+
+--¡Yo soy una mamá! Y oía debajo de su cabeza un rumor dulce que la
+arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la corriente.
+
+Se habían contado muchos cuentos. Él había contado además su historia.
+Tenía papá en Colondres y mamá también.
+
+--¿Cómo era una mamá?
+
+Germán lo explicaba como podía.
+
+--¿Dan muchos besos las mamás?
+
+--Sí.--¿Y cantan?--Sí, yo tengo una hermanita que le cantan. Yo ya soy
+grande.
+
+--¡Y yo soy una mamá! Después venía la historia de ella. Vivía en
+Loreto, una aldea, algo lejos de la ría por aquel lado, pero tocando con
+el mar por allá arriba, por el arenal. Vivía con una señora que se
+llamaba aya y doña Camila. No la quería. Aquella señora aya tenía
+criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba besos a doña
+Camila, que le pegaba y decía: «Delante de ella no, que es muy
+maliciosa».
+
+Le decían que tenía un papá que la quería mucho y era el que mandaba los
+vestidos y el dinero y todo. Pero él no podía venir, porque estaba
+matando moros. La castigaban mucho, pero no la pegaban; eran encierros,
+ayunos y el castigo peor, el de acostarse temprano. Se escapaba por la
+puerta del jardín y corría llorando hacia el mar; quería meterse en un
+barco y navegar hasta la tierra de los moros y buscar a su papá. Algún
+marinero la encontraba llorando y la acariciaba. Ella le proponía el
+viaje, el marinero se reía, le decía que sí, la cogía en los brazos,
+pero el pícaro la llevaba a casa del aya y la volvían al encierro. Una
+tarde se había escapado por otro camino, pero no encontraba el mar.
+Había pasado junto a un molino; un perro le había cerrado el paso al
+atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castaño;
+Ana se había echado sobre el tronco porque se mareaba viendo el agua
+blanca que ladraba debajo como el perro enfrente de ella. El perro había
+pasado por encima de Anita; no había querido morderla. Ella entonces,
+desde la otra orilla, le llamó y le dijo:
+
+--Chito, toma, ahí tienes eso.
+
+Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca
+mojado en lágrimas.
+
+Casi siempre comía el pan de la merienda salado por las lágrimas. Cuando
+estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y del
+hombre, lloraba de rabia. Había encontrado después del molino un bosque
+y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos
+llenos de llanto, pero cantaba de miedo. Al salir del bosque había visto
+un prado de yerba muy verde y muy alta....
+
+--¿Y allí estaba yo, verdad?--gritó Germán.
+
+--Es verdad.--Y te dije si querías embarcarte en la barca de Trébol,
+que el barquero había sido mi criado, y yo era de Colondres, que está al
+otro lado de la ría.
+
+--Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso el
+diálogo; pero creía que, en rigor, de lo que se acordaba no era de las
+palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la niña había animado
+y puesto en forma de novela los sucesos de aquella noche.
+
+Después se habían dormido. Ya era de día cuando los despertó una voz que
+gritaba desde la orilla de Colondres. Era el barquero que veía su barca
+en un islote que dejaba el agua en medio de la ría al bajar la marea. El
+barquero los riñó mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel
+hombre; pero en el camino los halló un criado del aya. Andaban
+buscándola por todo el mundo. Creían que se había caído al mar. Doña
+Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya
+cogió a Anita por un brazo y se lo apretó hasta arrancarle sangre. Pero
+ella no lloró.
+
+Le preguntaron dónde había pasado la noche y no quiso contestar por
+temor de que castigaran a Germán si se sabía. La encerraron, no le
+dieron de comer aquel día, pero no declaró nada. A la mañana siguiente
+el aya hizo llamar al barquero de Trébol. Según aquel hombre, los niños
+se habían concertado para pasar juntos una noche en la barca. ¿Quién lo
+diría? Ana confesó al cabo que habían dormido juntos, pero que había
+sido sin querer. Su propósito había sido hacerse dueños de la barca una
+noche, aunque los riñeran en casa, pasar de orilla a orilla ellos solos,
+tirando por la cuerda, y después volverse él a Colondres y ella a
+Loreto. Pero el agua de la ría se había marchado, la barca tropezó en
+el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por más esfuerzos que
+habían hecho no habían conseguido moverla. Y se habían acostado y se
+habían dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha
+se hubieran ido a la tierra del moro, porque Germán sabía el camino por
+el mar; ella hubiera buscado a su papá y él hubiera matado muchos moros;
+pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron romperla y se acostaron para
+contarse cuentos de dormir.
+
+Lo mismo había referido Germán al barquero, pero no se creyó la
+historia.
+
+¡Qué escándalo! doña Camila cogió a Anita por la garganta y por poco la
+ahoga. Después dijo un refrán desvergonzado en que se insultaba a su
+madre y a ella, según comprendió mucho más tarde, porque entonces no
+entendía aquellas palabras.
+
+Doña Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardías de la
+niña.
+
+--Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias.
+
+Anita no entendía y el hombre, el señor del aya, reía a carcajadas.
+
+Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y
+sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a
+ella, pero nunca quiso dárselos.
+
+Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y le preguntó
+unas cosas que ella no sabía lo que eran. Más adelante meditando mucho,
+acabó por entender algo de aquello. Se la quiso convencer de que había
+cometido un gran pecado. La llevaron a la iglesia de la aldea y la
+hicieron confesarse. No supo contestar al cura y este declaró al aya que
+no servía la niña para el caso todavía, porque por ignorancia o por
+malicia, ocultaba sus pecadillos. Los chicos de la calle la miraban
+como el hombre que besaba a doña Camila; la cogían por un brazo y
+querían llevársela no sabía a dónde. No volvió a salir sin el aya. A
+Germán no había vuelto a verle.
+
+--He escrito a tu papá diciéndole lo que tú eres. En cuanto cumplas los
+once años, irás a un colegio de Recoletas.
+
+Esta amenaza de doña Camila no pasó de amenaza, pero Ana no sentía salir
+de Loreto, ir donde quiera.
+
+Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien
+de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los
+pecados que la atribuían a ella....
+
+Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se
+sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha
+pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas
+bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha
+quedó arrugada a los pies.
+
+Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron,
+a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos.
+
+--«¡Qué vida tan estúpida!»--pensó Ana, pasando a reflexiones de otro
+género.
+
+Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto
+de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que se había
+impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como poética
+misión que explicaba el por qué de la vida. Entonces pensaba:
+
+--«La monotonía, la insulsez de esta existencia es aparente; mis días
+están ocupados por grandes cosas; este sacrificio, esta lucha es más
+grande que cualquier aventura del mundo».
+
+En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión sojuzgada;
+protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia y decía:--¡Qué
+vida tan estúpida!
+
+Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se
+irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no
+compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber
+voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro
+Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, ni
+más ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los
+balcones de Rosina:
+
+_Ecco ridente il ciel..._ La respiración de la Regenta era fuerte,
+frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de
+fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su
+cuerpo ceñido por la manta de colores.
+
+Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la
+aspereza de espíritu que la mortificaba.
+
+--¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, cantándole....
+
+Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don
+Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey
+Amadeo.
+
+Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella
+imperiosos, imponentes.
+
+Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la
+mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo....
+
+_Ya no era mala_, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su
+sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una
+corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don Álvaro
+también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía
+más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban
+destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y
+oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy
+espesas... y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y
+familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno.
+Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana Ozores
+depositó un casto beso en la frente del caballero.
+
+Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al
+cuadro disolvente.
+
+Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el
+anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las manos; no veía
+bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le
+estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí,
+estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de
+la campanilla, llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió a
+empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos precipitados. Al mismo tiempo que
+por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi
+desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente,
+el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la
+mano.
+
+--¿Qué tienes, hija mía?--gritó don Víctor acercándose al lecho. «Era
+el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato
+nervioso de costumbre; pero los síntomas los de siempre; no veía, le
+estallaban chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le
+enfriaban las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió
+a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se necesitaba, tila y
+azahar.
+
+Don Víctor se tranquilizó. «Estaba acostumbrado al ataque de su querida
+esposa; padecía la infeliz, pero no era nada».
+
+--No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor.
+
+--Sí, tienes razón; acércate, háblame, siéntate aquí.
+
+Don Víctor se sentó sobre la cama y _depositó_ un beso paternal en la
+frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y
+derramó algunas lágrimas. Notadas que fueron las cuales por don Víctor
+exclamó este:
+
+--¿Ves? ya lloras; buena señal. La tormenta de nervios se deshace en
+agua; está conjurado el ataque, verás como no sigue.
+
+En efecto, Ana comenzó a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifestó una
+ternura que él le agradeció en lo que valía. Volvió Petra con la tila.
+
+Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su
+traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de
+lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al
+cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran
+encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que
+sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes
+debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia
+azafranada....
+
+Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse. Respiró con fuerza;
+sintió un bienestar que le llenó el alma de optimismo.
+
+«¡Qué solícita era Petra! y su Víctor ¡qué bueno!».
+
+«Y había sido hermoso, no cabía duda. Verdad era que sus cincuenta y
+tantos años parecían sesenta; pero sesenta años de una robustez
+envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas grises le
+daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de general.
+No parecía un Regente de Audiencia jubilado, sino un ilustre caudillo en
+situación de cuartel».
+
+Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos
+brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala
+contigua esperando órdenes.
+
+Ana se empeñó en que Quintanar--casi siempre le llamaba así--bebiese
+aquella poca tila que quedaba en la taza.
+
+¡Pero si don Víctor no creía en los nervios! ¡Si estaba sereno! Muerto
+de sueño, pero tranquilo.
+
+«No importaba. Era un capricho. No lo conocía él, pero se había
+asustado».
+
+--Que no, hija mía; que te juro....
+
+--Que sí, que sí... Don Víctor tomó tila y acto continuo bostezó
+enérgicamente.
+
+--¿Tienes frío?--¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de
+amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque--la huerta de
+los Ozores--. Entonces sí que haría frío, sobre todo, cuando llegaran al
+Montico, él y su querido Frígilis, su Pílades cinegético, como le
+llamaba.
+
+Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita
+no dejó a Víctor tan pronto como él quisiera. Estaba muy habladora su
+querida mujercita. Le recordó mil episodios de la vida conyugal siempre
+tranquila y armoniosa.
+
+--¿No quisieras tener un hijo, Víctor?--preguntó la esposa apoyando la
+cabeza en el pecho del marido.
+
+--¡Con mil amores!--contestó el ex-regente buscando en su corazón la
+fibra del amor paternal. No la encontró; y para figurarse algo parecido
+pensó en su reclamo de perdiz, escogidísimo regalo de Frígilis.
+
+--«Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos horas y media de
+descanso, me dejaría volver a la cama».
+
+Pero la pobrecita lo ignoraba todo, debía ignorarlo. Más de media hora
+tardó la Regenta en cansarse de aquella locuacidad nerviosa. ¡Qué de
+proyectos! ¡qué de horizontes de color de rosa! Y siempre, siempre
+juntos Víctor y ella.
+
+--¿Verdad?--Sí, hijita mía, sí; pero debes descansar; te exaltas
+hablando....
+
+--Tienes razón; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir.
+
+Él se inclinó para besarle la frente, pero ella echándole los brazos al
+cuello y hacia atrás la cabeza, recibió en los labios el beso. Don
+Víctor se puso un poco encarnado; sintió hervir la sangre. Pero no se
+atrevió. Además, antes de tres horas debía estar camino del Montico con
+la escopeta al hombro. Si se quedaba con su mujer, adiós cacería.... Y
+Frígilis era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar
+o llegar tarde a un madrugón por el estilo.
+
+--«Sálvense los principios»--pensó el cazador.
+
+--¡Buenas noches, tórtola mía!
+
+Y se acordó de las que tenía en la pajarera.
+
+Y después de _depositar_ otro beso, por propia iniciativa, en la frente
+de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano; con la
+izquierda levantó el cortinaje granate; volviose, saludó a su esposa con
+una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas
+zapatillas, se restituyó a su habitación que estaba al otro extremo del
+caserón de los Ozores.
+
+Atravesó un gran salón que se llamaba el estrado; anduvo por pasillos
+anchos y largos, llegó a una galería de cristales y allí vaciló un
+momento. Volvió pies atrás, desanduvo todos los pasillos y discretamente
+llamó a una puerta.
+
+Petra se presentó en el mismo desorden de antes.
+
+--¿Qué hay? ¿se ha puesto peor?
+
+--No es eso, muchacha--contestó don Víctor.
+
+«¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba que estaba casi
+desnuda?».
+
+--Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal de don
+Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que tú me llames
+si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Tomás....
+
+--Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto ladre don Tomás iré a
+llamarle. ¿No hay más?--añadió la rubia azafranada, con ojos
+provocativos.
+
+--Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la ligera y hace mucho frío.
+
+Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y volvió la
+espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo
+apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella
+chica.
+
+Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió de nuevo
+su majestuosa marcha por los pasillos.
+
+Pero antes de entrar en su cuarto se dijo:
+
+--«Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente».
+
+En un extremo de la galería de cristales había una puerta; la empujó
+suavemente y entró en la casa-habitación de sus pájaros que dormían el
+sueño de los justos.
+
+Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la
+palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera. No había novedad.
+Su visita inoportuna no fue notada más que por dos o tres canarios, que
+movieron las alas estremeciéndose y ocultaron la cabeza entre la pluma.
+Siguió adelante. Las tórtolas también dormían; allí hubo ciertos
+murmullos de desaprobación, y don Víctor se alejó por no ser indiscreto.
+Se acercó a la jaula «del tordo más filarmónico de la provincia, sin
+vanidad». El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, _con los hombros
+encogidos_; pero no dormía. Sus ojos se fijaron de un modo impertinente
+en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la noche se hubiera estado
+el animalejo mira que te mirarás, con aire de desafío, sin bajar la
+mirada; «le conocía bien; era muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a
+Ripamilán!». Siguió adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje
+africana se daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su
+jaula chata y la dejó tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz quedó
+extasiado. Si algún pensamiento impuro manchara acaso su conciencia poco
+antes, la contemplación del reclamo, aquella obra maestra de la
+naturaleza, le devolvió toda la elevación de miras y grandeza de
+espíritu que convenía al primer ornitólogo y al cazador sin rival de
+Vetusta.
+
+Equilibrado el ánimo, volvió don Víctor al amor de las sábanas.
+
+En aquella estancia dormían años atrás, en la cama dorada de Anita, él y
+ella, amantes esposos. Pero... habían coincidido en una idea.
+
+A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador; a él le molestaba
+ella porque le hacía sacrificarse y madrugar menos de lo que debía, por
+no despertarla. Además, los pájaros estaban en una especie de destierro,
+muy lejos del amo. Traerlos cerca estando allí Anita sería una crueldad;
+no la dejarían dormir la mañana. Pero él ¡con qué deleite hubiera
+saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las
+tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofónico,
+dulce al cazador, de la perdiz huraña!
+
+No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió a manifestar
+el deseo de una separación en cuanto al tálamo--_quo ad thorum_--. Fue
+acogida con mal disimulado júbilo la proposición tímida, y el matrimonio
+mejor avenido del mundo dividió el lecho. Ella se fue al otro extremo
+del caserón, que era caliente porque estaba al Mediodía, y él se quedó
+en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la mañana, sin que nadie
+interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la aurora y
+recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices,
+tordos, perdices, tórtolas y canarios. Si algo faltaba antes para la
+completa armonía de aquella pareja, ya estaba colmada su felicidad
+doméstica, por lo que toca a la concordia.
+
+Y a este propósito solía decir don Víctor, recordando su magistratura:
+
+--«La libertad de cada cual se extiende hasta el límite en que empieza
+la libertad de los demás; por tener esto en cuenta, he sido siempre
+feliz en mi matrimonio».
+
+Quiso dormir el poco tiempo de que disponía para ello, pero no pudo. En
+cuanto se quedaba trasvolado, soñaba que oía los tres ladridos de
+Frígilis.
+
+¡Cosa extraña! Otras veces no le sucedía esto, dormía a pierna suelta y
+despertaba en el momento oportuno.
+
+¡Habría sido la tila! Volvió a encender luz. Cogió el único libro que
+tenía sobre la mesa de noche. Era un tomo de mucho bulto. «Calderón de
+la Barca» decían unas letras doradas en el lomo. Leyó.
+
+Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba
+especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las
+costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y
+mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques del
+puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones
+tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo era, le
+llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y
+sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había
+discurrido como nadie y sin quitar a «El castigo sin venganza» y otros
+portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como
+«El médico de su honra».
+
+--Si mi mujer--decía a Frígilis--fuese capaz de caer en liviandad digna
+de castigo....
+
+--Lo cual es absurdo aun supuesto...--Bien, pero suponiendo ese
+absurdo... yo le doy una sangría suelta.
+
+Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos,
+con todo lo demás del argumento. Tampoco le parecía mal lo de prender
+fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto adulterio de su mujer.
+Si llegara el caso, que claro que no llegaría, él no pensaba prorrumpir
+en preciosa tirada de versos, porque ni era poeta ni quería calentarse
+al calor de su casa incendiada; pero en todo lo demás había de ser, dado
+el caso, no menos rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de
+aquella España de mejores días.
+
+Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que
+en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones
+fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al
+seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento.
+
+--¡Absurdo! ¡absurdo!--gritaba don Víctor--jamás se hizo cosa por el
+estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas.
+
+--Afortunadamente--añadía calmándose--yo no me veré nunca en el doloroso
+trance de escogitar medios para vengar tales agravios; pero juro a Dios
+que llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en
+décimas calderonianas.
+
+Y lo pensaba como lo decía. Todas las noches antes de dormir se daba un
+atracón de honra a la antigua, como él decía; honra habladora, así con
+la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la
+espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por
+el teatro. Cuando _trabajaba_ como aficionado, había comprendido en los
+numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con
+tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser
+poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar
+a nadie; era un espadachín lírico. Pero su mayor habilidad estaba en el
+manejo de la pistola; encendía un fósforo con una bala a veinticinco
+pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por
+el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi
+nadie sabía de ella. Lo principal era tener aquella sublime idea del
+honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. Él era pacífico;
+nunca había pegado a nadie. Las muertes que había firmado como juez, le
+habían causado siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que
+se creía irresponsable.
+
+Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver
+cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que
+pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos. «¡Era
+Frígilis!».
+
+Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente,
+desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los
+pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la
+independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que
+ella estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no
+continuar el sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una
+calumnia capaz de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente.
+Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol.
+Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de
+aquella injusta persecución de la calumnia, más adelante, gracias a
+ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado,
+que para el mundo no hay más virtud que la ostensible y aparatosa. Su
+alma se regocijó contemplando en la fantasía el holocausto del general
+respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se le tributaba. En
+Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita
+la _estúpida existencia_ de antes. Recordaba que la llamaban madre de
+los pobres. Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban
+buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades,
+bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal
+vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía.... Aquel mismo don Álvaro
+que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la
+adoraba sin duda alguna, estaba segura; más de dos años hacía que ella
+lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde
+Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen.
+
+Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas semanas
+a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo imprudente, él que
+era la prudencia misma, y sólo por esto digno de que ella no se irritara
+contra su infame intento... pero ya sabría contenerle; sí, ella le
+pondría a raya helándole con una mirada.... Y pensando en convertir en
+carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego,
+se quedó dormida dulcemente.
+
+En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado del tocador
+de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, como si saliera de una
+orgía; daba pataditas en el suelo para sacudir el frío y decía a
+Frígilis, su amigo....
+
+--¡Pobrecita! ¡cuán ajena estará, allá en su tranquilo sueño, de que su
+esposo la engaña y sale de casa dos horas antes de lo que ella
+piensa!...
+
+Frígilis sonrió como un filósofo y echó a andar delante. Era un señor ni
+alto ni bajo, cuadrado; vestía cazadora de paño pardo; iba tocado con
+gorra negra con orejeras y por único abrigo ostentaba una inmensa
+bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello. Lo demás todo
+era utensilios y atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod.
+
+Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar hacia el
+balcón, lleno de remordimientos.
+
+--Anda, anda, que es tarde--murmuró Frígilis.
+
+No había amanecido.
+
+
+
+
+--IV--
+
+
+La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el
+tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la
+ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan
+ilustre linaje.
+
+Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de
+Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su
+padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama
+principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada.
+
+El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que
+heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso
+de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas
+batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó
+duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a
+coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas,
+cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue
+perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas:
+prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales
+ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo
+se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos
+amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que
+ya no es joven.
+
+Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con
+una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin
+cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se
+quedó sin ella.
+
+--«¡Menos mal!»--pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón
+de Vetusta.
+
+Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia.
+Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones.
+
+--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio
+desigual.
+
+--¡Si viviera padre, moriría del disgusto!--decían las solteronas
+implacables.
+
+Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas,
+que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista
+italiana, su cuñada indigna.
+
+El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron
+en otra carta fría y lacónica:
+
+«Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo le pedían que
+pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta
+nobleza».
+
+El coronel contestó «que por Dios y todos los santos continuasen
+viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la
+misma finca, que sin ellas se vendría a tierra». Las solteronas, sin
+contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio
+para que no se derrumbara.
+
+A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su
+hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la
+rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente
+para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la
+suerte de su hija.
+
+Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la dignidad, si,
+como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la
+pobreza. Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho
+masón, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de
+negro y en el gran salón, en el estrado, recibieron a toda la
+aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo.
+
+La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se
+dejaba pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se
+oía el aleteo de los abanicos.
+
+--¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclamó el
+marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta.
+
+--¡Qué... loco!--contestó una de las hermanas, doña Anunciación--. Diga
+usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así.
+
+Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se inclinaron
+lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello del republicanismo no
+necesitaba comentarios.
+
+Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los
+estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de
+resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha
+excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella
+muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía
+poco de tranquila. Don Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para
+lo cual creyó oportuno pedir la absoluta.
+
+--«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía en el espíritu de
+cuerpo); como particular puedo procurar la salvación del país por los
+medios más adecuados».
+
+No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático,
+bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana
+biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice.
+Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que
+se necesitaba para conspirar con progresistas.
+
+Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de don
+Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y
+se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se
+distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de
+libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo en que sólo
+se admite lo que uno crea para sí mismo. De todas maneras, era
+simpático.
+
+De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar mucho la
+muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos que a él se
+le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de
+círculo determinado de españoles; procurar el triunfo del sistema
+representativo en toda su integridad. Tanto valía entonces esto como
+dedicarse a bandolero sin protección, por lo que toca a la necesidad de
+vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una niña
+sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborrecía. Tomó un aya,
+una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no
+tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía,
+hacía mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en
+calidad de católica liberal. Se le había dicho:
+
+--«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en Inglaterra donde
+ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia».
+
+Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras
+de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias.
+Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les
+gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término
+medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser. La hipocresía de
+doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues
+siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo,
+su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria
+que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanación.
+
+Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que
+por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de
+la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las
+conspiraciones cuestan caras al que las paga.
+
+Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña y el aya
+escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le había
+recomendado a doña Camila, vendía en una provincia del Norte, limítrofe
+de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de
+mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio órdenes para que se
+vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda
+que no había malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca
+enajenación la dedicó a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte.
+La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas más o menos
+auténticos. En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban,
+sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la
+rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía presumir el
+conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él no paraba
+mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos que su patria;
+pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él
+entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba
+poco. No era todo desprendimiento; vagamente veía en lontananza un
+porvenir de indemnizaciones patrióticas que aunque estaban en el
+programa de su partido, a él no le alcanzaron.
+
+A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los
+criados y tras ellos el _hombre_, como llamó siempre la niña al
+personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era
+Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa de campo.
+
+El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su difunta esposa
+era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía
+descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana.
+Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre
+que se casaba con la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le
+trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para
+hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, don
+Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red amorosa. Por
+aquella época era él casi sansimoniano. Emigró Ozores y doña Camila juró
+odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas
+ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había
+conseguido casarse con aquel estuco. Anita pagó por los dos.
+
+El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la
+educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy
+especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a
+la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de
+educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales
+concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la madre de Anita tal vez
+antes que modista había sido bailarina».
+
+De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y
+preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad
+inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra
+se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya
+aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada
+a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno
+fueron sus disciplinas.
+
+Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, se dio a
+soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento de perder la
+libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban secando al fuego de
+la imaginación, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La niña
+fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran
+una muerte, figurábase vuelos imposibles.
+
+«Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como
+esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba volando por el
+azul que veía allá arriba.
+
+Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la
+llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los
+pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella
+creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa
+que centelleaba en su cerebro.
+
+Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del encierro pensativa,
+altanera, callada; seguía soñando; la dieta le daba nueva fuerza para
+ello. La heroína de sus novelas de entonces era una madre. A los seis
+años había hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro.
+Aquel poema estaba compuesto de las lágrimas de sus tristezas de
+huérfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oía a los criados y a
+los pastores de Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría
+sola por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y
+acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los
+pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el
+jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin cogía
+yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al
+lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la
+fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida. A
+los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde
+el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una
+parte. En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro
+clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que
+no parecía. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían
+ser una madre, según la lógica poética de Anita.
+
+La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la
+revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición
+fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo padecer antes
+de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos ella de todo
+corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no
+le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les
+haría hablar de lo que quisiese.
+
+Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones fatigosas de ríos y
+montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus
+pinos altísimos y soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla,
+porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. La
+historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez de las
+lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas concretas, ya no fue
+nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas
+de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna
+desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido,
+triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.
+
+La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en
+la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una
+Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le
+encontró: Germán, el niño de Colondres. Sin que él sospechara las
+aventuras peligrosas en que su amiga le metía, se dejaba querer y acudía
+a las citas que ella le daba en la barca de Trébol.
+
+Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en
+el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de
+reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso,
+hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países remotos que él ni de
+nombre conocía. Germán aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a
+convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa.
+No era eso. La niña quería ir a tierra de moros de verdad, a matar
+infieles o a convertirlos, como Germán quisiera. Germán prefería
+matarlos; y dicho y hecho se metían en la barca, mientras el barquero
+dormía a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes
+sudores conseguían un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y
+entonces era cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca
+navegados.
+
+Germán gritaba:--¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!...
+¡un tiburón!...
+
+Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras,
+muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán
+correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado
+Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna
+desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable
+que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la
+grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal
+índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que
+el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con
+tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.
+
+--«¡Como su madre!--decía a las personas de confianza--. _¡improper!
+¡improper!_ ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la
+educación contra la naturaleza».
+
+Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si
+cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba
+nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila
+refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz,
+rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la
+naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino
+se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el
+caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía
+ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.
+
+--Créanlo ustedes--decía el amante de doña Camila--el hombre nace
+naturalmente malo, y la mujer lo mismo.
+
+Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.
+
+--«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá».
+
+Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus
+gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo.
+
+--Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...--decía el
+hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo
+porvenir.
+
+--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se
+deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no
+estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino.
+
+A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían quince años. «Por
+este lado no había dificultad». Doña Camila se creyó obligada en
+conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sería un golpe de
+muerte. Escribió a las tías de Vetusta.
+
+«¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores deshonrado! porque al
+fin Ozores era la niña, aunque indigna».
+
+Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don Carlos, porque
+el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra _c_ por _b_,
+porque ni sabía cómo había sido, ni era decente referir a un padre tales
+escándalos, ni una señorita, una soltera, aunque tuviese más de cuarenta
+años, podía descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos
+nada más que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la
+niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba
+en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no
+podía restituirse a la patria, como él decía.
+
+Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió desengañado.
+Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí vivían parte del año
+los tres juntos, pero el verano y el otoño los pasaban en la quinta de
+Loreto.
+
+La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza
+virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante
+absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba
+de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía
+esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al
+principio la calumnia habíale hecho poco daño, era una de tantas
+injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu
+una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma
+que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones
+obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban,
+y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de
+esta mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo en qué
+consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender
+que su aventura de la barca de Trébol había sido una vergüenza, su
+ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia
+perdió el último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella
+edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo
+distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido
+culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal
+cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas
+culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era
+la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres
+opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de
+su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los
+impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse
+al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le
+impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer
+traición nunca.
+
+Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. No le satisfizo
+aquel carácter.
+
+¿No se le había dicho que la niña era un peligro para el honor de los
+Ozores? Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y
+reservada, de una prudencia exagerada para sus años. Ya le pesaba de
+haber entregado su hija a la gazmoñería inglesa que, según él, no
+servía para la raza latina. Volvía de la emigración muy latino.
+Afortunadamente allí estaba él para corregir aquella educación viciosa.
+Despidió a doña Camila y se encargó de la instrucción de su hija. En el
+extranjero se había hecho don Carlos más filósofo y menos político. Para
+España no había salvación. Era un pueblo gastado. América se tragaba a
+Europa, además. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían
+de los Estados Unidos.
+
+--«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que
+sólo entendemos de tomar el sol».
+
+Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la
+decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates.
+Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y los amigos, nuevos, por
+supuesto.
+
+Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, al tomar café, la
+divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demócrata. Otros decían
+que era un símbolo del sol y los apóstoles las constelaciones del
+Zodiaco.
+
+Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la
+susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué
+tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su
+padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo
+papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá
+que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el
+telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar,
+y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos
+religiosos.
+
+Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de
+las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del
+mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; pero
+no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella.
+Así como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasía para huir de
+la prosaica y necia persecución de doña Camila, ya adolescente se
+encerraba también dentro de su cerebro para compensar las humillaciones
+y tristezas que sufría su espíritu. No osaba ya oponer los impulsos
+propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a
+sus solas se desquitaba. El enemigo era más fuerte, pero a ella le
+quedaba aquel reducto inexpugnable.
+
+Nunca le habían enseñado la religión como un sentimiento que consuela;
+doña Camila entendía el Cristianismo como la Geografía o el arte de
+coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad
+doméstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús
+procuró explicársela con un beso de madre. María Santísima era la Madre
+de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del campo diciendo que
+la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en el río los pañales del
+Niño Jesús, doña Camila, indignada, exclamó:
+
+--_¡Improper!_ ¿quién le inculcará a esta chiquilla estas sandeces del
+vulgo?
+
+En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila;
+precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación era como la
+lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, en virtud de la Mitología
+comparada, encontraba en la religión de los indios dogmas parecidos.
+
+Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en
+cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos.
+
+Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que
+ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo.
+¿Por qué no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la
+educación _omnilateral_ y _armónica_, como la entendía él.
+
+--Yo quiero--concluía--que mi hija sepa el bien y el mal para que
+libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito tendrán sus obras?
+
+Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, don
+Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el ejercicio.
+
+De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se
+trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía
+leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por
+Italia.
+
+--¡El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi
+hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las
+bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos. ¡Ya no
+hay desnudo! Y suspiraba.
+
+La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de
+Israel.
+
+--_¡Honni soit qui mal y pense!_--repetía don Carlos; y lo otro de: _Oh,
+procul, procul estote prophani_.
+
+Y no tomaba más precauciones.
+
+Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte
+antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su
+fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel
+inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos.
+
+La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había
+soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas
+aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa.
+
+También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con
+la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con
+cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia
+ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de
+abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había
+originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba
+todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto
+hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún
+placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y
+de inocencia, en que la habían sumergido las calumnias del aya y los
+groseros comentarios del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para
+todo lo que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado
+sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se aparta del
+fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba como si fuera un
+polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de la niñez; aquella
+amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era
+huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su
+espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más
+amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores;
+estos caballeros debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y
+mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía
+amigas. Además don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si
+no tuviera sexo. Era aquella una educación neutra. A pesar de que
+Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada
+vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante,
+en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como
+un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar
+Anita. A su madre la había querido mucho, le había besado los pies
+desnudos durante la luna de miel, que había sido exagerada; pero poco a
+poco, sin querer, había visto él también en ella a la antigua modista, y
+la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que
+fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la
+Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos
+libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez
+pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta
+especie de varones, aunque parece rara, abunda más de lo que pudiera
+creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que
+habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto
+hacían; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna
+palmera del Mediodía.
+
+Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como mujer,
+no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña
+Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella
+turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban
+chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento; Anita iba a
+transformarse en mujer cuando parecía muy lejos aún de esta crisis;
+estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran ingratos: a los diez
+tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos
+menos. Como todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a
+los filósofos, don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo
+y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica.
+
+--«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la vida», según él, y
+no se le ocurrió buscar trabajo; no quería trabajar más. Prefirió
+retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que
+se lo pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría mucho en
+Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el
+Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que
+vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le
+caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían llevarla a paseo, a una
+tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza
+en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran
+cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus
+teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis
+meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su
+antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia
+subsiguiente. Pero de cuantos podrían recordarle aquella _vergüenza_,
+sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don
+Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger
+los frutos.
+
+Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer
+economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero
+la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser
+trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila. Otros años se
+llevaba a la aldea algún cajón de libros; esta vez se mandó con el
+maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos.
+
+Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por
+dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la
+quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles el
+polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por don Carlos.
+
+Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una
+de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el
+libro cuando leyó en el lomo: _Confesiones de San Agustín_.
+
+¿Qué hacía allí San Agustín?
+
+Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni de
+curas, ni de _neos_, como él decía. Pero San Agustín era una de las
+pocas excepciones. Le consideraba como filósofo.
+
+Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro
+inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un pagano libertino, a
+quien habían convertido voces del cielo por influencia de las lágrimas
+de su madre Santa Mónica. No sabía más. Dejó caer el plumero con que
+sacudía el polvo; y en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña
+y rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don Carlos no
+estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; fue a la
+huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las
+sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban sobre las hojas
+del libro, blancas y negras y brillantes; se oía cerca, detrás, el
+murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corría despacio
+calentándose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos
+álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que
+brillaban como lanzas de acero.
+
+Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página,
+ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo.
+Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor,
+lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien
+había hecho ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos
+estudiantes le habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su
+única aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. El santo
+decía que los niños son por instinto malos, que su perversión innata
+hace gozar y reír a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el
+egoísmo, la ira, la vanidad los impulsan.
+
+--«Es verdad, es verdad»--pensaba ella arrepentida.
+
+Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de su corazón iba a
+llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo
+porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y necedades ¿iba a terminar?
+Como si fuera un estallido, sintió dentro de la cabeza un «sí» tremendo
+que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto
+mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella
+voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo
+refiere que paseándose él también por un jardín oyó una voz que le decía
+«_Tole, lege_» y que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la
+Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y
+en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó
+erizados muchos segundos.
+
+Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo....
+Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente
+que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las
+lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista.
+
+Y lloró sobre las _Confesiones de San Agustín_, como sobre el seno de
+una madre. Su alma se hacía mujer en aquel momento.
+
+Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos capítulos que no
+entendía.
+
+De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo de Loreto y
+varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, que prodigaba el
+arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía que pensar a
+solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El capellán quería
+dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las
+noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera.
+
+Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de
+gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta,
+soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles. Pensaba en
+San Agustín; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro,
+recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de
+palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un
+delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo con recordar la dulzura
+de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a
+oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía
+amar al universo entero en aquel obispo.
+
+En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una
+importación de la Bactriana.
+
+No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus
+disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos,
+porque contaba con la ignorancia del concurso.
+
+El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así le parecía el más
+ridículo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de allí el
+cristianismo.
+
+Y muerto de risa decía:--Pero hombre, buena _Batrania_ te dé Dios;
+¿dónde ha leído eso el señor Ozores?
+
+«El capellán no era un San Agustín--pensaba Anita--; no, porque San
+Agustín no bebería sidra ni refutaría tan mal argumentos como los de su
+padre. No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba; decía grandes
+verdades sin saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a
+los maniqueos.
+
+--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer
+en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco.
+
+«¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que
+también había creído errores así. Pero su padre llegaría a convertirse;
+como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios
+y en el santo obispo de Hiponax».
+
+Después, buscando en la biblioteca, halló el _Genio del Cristianismo_,
+que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le
+pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los
+argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y
+con ella el albedrío.
+
+--«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según don Carlos. Él
+tenía sus obras porque el estilo no era malo».--Se hablaba muy mal de
+Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después leyó Ana _Los
+Mártires_. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía
+pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a
+Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro?
+Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él?
+
+Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que
+hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del _Parnaso
+Español_ estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más eran versos
+pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor
+impresión que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de
+León comenzaban así:
+
+ Si quieres, como algún día,
+ alabar rubios cabellos,
+ alaba los de María,
+ más dorados y más bellos
+ que el sol claro al mediodía.
+
+El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los de
+María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco versos
+despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el _sentimiento
+de la Virgen_, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue su
+locura de amor religioso.
+
+María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los
+afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La
+devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de
+Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo
+en mujer. El Ave María y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido.
+Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quería más, quería inventar
+ella misma oraciones.
+
+Don Carlos tenía también el _Cantar de los cantares_, en la versión
+poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para
+Anita.
+
+--A mí no me la dan--decía don Carlos guiñando un ojo--; esta _amada_
+podrá ser la Iglesia, pero... yo no me fío... no me fío....
+
+Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus
+semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba de
+más.
+
+Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita
+para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos
+solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía a pico sobre
+el mar.
+
+Versos _a lo San Juan_, como se decía ella, le salían a borbotones del
+alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba
+con la Virgen de aquella manera.
+
+Notaba Anita, excitada, nerviosa--y sentía un dolor extraño en la cabeza
+al notarlo--una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y
+aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.
+
+Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que
+ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas,
+y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca
+aguda.
+
+Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre
+quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de
+empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos
+que ella conocía bien; era _una obra_ que días antes había imaginado,
+una colección de poesías «A la Virgen».
+
+Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía al monte de los
+tomillares por la puerta del jardín; por allí no podía verla nadie, y al
+monte no se subía más que a buscar leña.
+
+Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta era ardua,
+el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían a
+pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que
+llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la izquierda los
+tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos
+entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible
+del océano. Ana subía a paso largo. El esfuerzo que exigía la cuesta la
+excitaba; se sentía calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre
+heladas, brotaba fuego, como en lejanos días. Subía con una ansiedad
+apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.
+
+Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de repente nuevo
+panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oía
+sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico,
+más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una
+fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de
+placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En
+los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de montañas que
+parecían escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se
+confundían, y se mandaban reflejados sus colores. En lo más alto de
+aquel _cumulus_ de piedra azulada Ana divisó un punto; sabía que era un
+santuario. Allí estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del
+ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola
+a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del
+sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en
+la sombra del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre las
+aguas.
+
+Al fin llegó Ana a la _hondonada de los pinos_. Era una cañada entre dos
+lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos
+del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su
+fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un pájaro, que a la
+niña se le antojó ruiseñor, cantaba escondido en los arbustos de la loma
+de poniente. Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco. Se
+creía en el desierto. No había allí ruido que recordara al hombre. El
+mar, que ya no veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; los
+pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. Estaba segura de
+su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y
+escribió con lápiz en la primera página: «A la Virgen».
+
+Meditó, esperando la inspiración sagrada.
+
+Antes de escribir dejó hablar al pensamiento.
+
+Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, dentro del
+alma, la primera estancia. Siguió el lápiz corriendo sobre el papel,
+pero siempre el alma iba más deprisa; los versos engendraban los versos,
+como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban
+enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y
+perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado.
+
+Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, tuvo la mano
+que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía escribir; los
+ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas.
+Sentía latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que
+apretaba.
+
+Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en la cañada;
+calló el supuesto ruiseñor, y los versos de Ana, recitados como una
+oración entre lágrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias
+del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia
+voz la entusiasmó, sintió escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron
+sus rodillas, apoyó la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó
+un momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo
+sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados
+cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza despavorida... no
+tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía... y con los ojos
+abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral
+y pasar sobre su frente.
+
+
+
+
+--V--
+
+
+La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete
+años sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran
+molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de
+diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La
+acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por
+su condición y sus años, y una antigua criada de los Ozores.
+
+Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, sin ningún
+sacramento. El médico decía que algún derrame, algún vaso....
+Materialismo puro. Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin
+palo ni piedra. Esto no impidió que durante el viaje manifestase la
+señorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado
+por la resignación cristiana.
+
+«Ana, la hija de la modista, había caído en cama; estaba sola, en poder
+de criados; no había más remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte
+concluían las diferencias de familia».
+
+--«Muerto el perro se acabó la rabia»,--había dicho uno de los nobles de
+Vetusta.
+
+Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte.
+Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho el médico; la
+enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la
+edad; propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la
+claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano podía
+oírlo todo, pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis.
+«El desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa metamorfosis», «la
+crisálida que se rompe», todo eso estaba bien; pero el médico añadía
+unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros.
+
+--«¡Qué gentes trataba mi hermano!»--decía poniendo los ojos en blanco.
+
+Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña,
+huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje
+de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre
+de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogió la
+catástrofe. Su enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se
+explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que la afligió al
+principio. No lloraba; pasaba el día temblando de frío en una
+somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sintió un egoísmo
+horrible lleno de remordimientos. Más que la muerte de su padre le dolía
+entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareció; se
+sintió esclava de los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio,
+ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo.
+Sabía que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había
+vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el
+último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había servido
+para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba
+hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En manos del
+filósofo no había hecho más que ir perdiendo.
+
+--«Es decir, que estoy casi en la miseria».
+
+Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda irrisoria,
+poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía quien le explicase
+cómo y dónde se pedían. Estaba sola, completamente sola; ¿qué iba a ser
+de ella? Los amigos del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más
+que discutir. El capellán no apareció por allí; la muerte repentina de
+don Carlos olía un poco a azufre.
+
+Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana quiso
+levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La
+noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de
+frío. Había querido escribir a sus tías de Vetusta y no había podido
+coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografía.
+
+Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el
+mal pudo más, la rindió. El médico habló de fiebre, de grandes cuidados
+necesarios; le hizo preguntas a que ella no sabía ni quería contestar.
+Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tenía con quien
+entenderse; añadió pestes de la incuria de los criados.
+
+--«La dejarán a usted morir, hija mía».
+
+Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; llorando y con
+las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su
+padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas
+cristianas.
+
+Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del caserón.
+Comprendían que valía más, mucho más de lo que habían pagado por él,
+abusando de la situación apurada de don Carlos, que además era un
+aturdido en materia de intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de
+los Ozores!--«Por no ser víctima de una mixtificación».
+
+Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la
+desventurada hija del hermano de sus pecados.
+
+Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio
+que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La quinta que ellas habían
+imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de
+aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas
+utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar
+con lo que ella valía. Estaba fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse
+el infeliz ateo. ¡Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra!
+Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho.
+
+Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién no
+tiene su cruz?
+
+Ana tardó un mes en dejar el lecho.
+
+Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había sociedad; y el
+viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los consejos del
+mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos más
+transparentes.
+
+En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en su
+convalecencia», según el médico de la casa, que era comedido y no
+llamaba las cosas por su nombre.
+
+El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo.
+
+Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio
+que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana
+hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la
+vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su conducta.
+
+En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni
+contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo
+lo que le daban, y si se le preguntaba:
+
+--¿Cómo estás, Anita?
+
+--Algo mejor, señora--contestaba la joven siempre que podía.
+
+Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a
+veces no oía siquiera.
+
+Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.
+
+No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos.
+
+En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían naturalmente
+las señoritas de Ozores, no se hablaba más que de la abnegación de estas
+santas mujeres.
+
+Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía
+con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana:
+
+--Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula filantropía
+moderna. Las señoritas de Ozores están llevando a cabo una obra de
+caridad que, si quisiéramos analizarla detenidamente, nos daría por
+resultado una larga serie de buenas acciones. No sólo se trata de echar
+sobre sí la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar,
+a una persona que las sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga
+que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa
+joven representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una
+abdicación de su señor padre....
+
+--Una abdicación abominable--se atrevió a decir un barón tronado.
+
+--Abominable--añadió Glocester inclinándose--. Representa una alianza
+nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló
+en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... según todos
+sabemos, representa esa niña la poco meticulosa moralidad de su madre,
+de su infausta....
+
+--Sí, señor--interrumpió la marquesa de Vegallana, que no toleraba los
+discursos de Glocester--; sí señor, su madre era una perdida, corriente;
+pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías; es muy dócil y muy
+callada.
+
+--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura debilidad.
+
+Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que asistía a
+Anita.
+
+Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don Carlos
+como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría para
+nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería considerada
+como sobrina de quien tantos elogios merecía.
+
+Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda al saber por el
+médico esta resolución de la nobleza vetustense.
+
+Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de
+trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la
+sobrina estaba al otro extremo de la casa.
+
+Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste caserón
+de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al
+Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistían a todas
+las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradías, y a todas las
+tertulias de buen tono. Comían dos o tres veces por semana fuera de
+casa. Lo más del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la
+ocupación a que daban más importancia entre todas las de su atareada
+existencia. No pagar una visita _de clase_, les parecía el mayor crimen
+que se podía cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión,
+porque éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su
+corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido
+incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de Vegallana,
+María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas
+hubieran asistido a la tertulia.
+
+La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por que se
+gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía celeste.
+
+Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían
+probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la sobrinita? Esta era la
+cuestión. Las miradas de doña Águeda, algo más gruesa, más joven y más
+bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se
+clavaban en Anita al darle un caldo.
+
+La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme
+con todo. Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado.
+La niña no acababa de sanar, ni recaía; no se presentaba ninguna
+solución. Además, así no se podía conocer su verdadero carácter. Aquella
+sumisión absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo
+que eso era.
+
+Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar que
+estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos
+hermanas de un asunto muy importante.
+
+--Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?--decía doña Anuncia.
+
+--¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa?
+
+--¿Qué es?--Si esa chica...--Si aquella vergüenza...--¡Eso!--¿Te
+acuerdas de la carta del aya?
+
+--Como que yo la conservo.--Tenía la chiquilla doce o catorce años,
+¿verdad?
+
+--Algo menos, pero peor todavía.
+
+--Y tú crees... que...--¡Bah! Pues claro.--¿Si será una Obdulita?
+
+--O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con
+aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos?
+
+--Todo era inocencia--decían los bobalicones de aquí.
+
+--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes
+(juntando y separando los dedos.)
+
+--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme...
+--¡Si sabrá una!...--¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año
+pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...--¡A mí,
+que soy tambor de marina!
+
+--¡Si sabrá una!--¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de
+Ozores. Suspiró su hermana también.
+
+Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de él a las
+primeras palabras de aquella conversación. Pálida como una muerta, con
+dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó
+todo el diálogo de sus tías.
+
+No hablaban a solas como delante de los señores _de clase_; no eran
+prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña Anuncia
+decía palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La
+conversación tardó en volver al pecado de Ana, a la vergüenza de que les
+hablaba la carta de doña Camila. La huérfana oía, desde su alcoba,
+historias que sublevaban su pudor, que le enseñaban mil desnudeces que
+no había visto en los libros de Mitología. Pero aquellas mujeres ya se
+habían olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que
+se escapaba por el balcón en compañía de su novio, la misma marquesa de
+Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de
+clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en aquella venganza
+solitaria de las dos señoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de
+flaquezas, de escándalos, ¿quién recordaba ya la aventura, poco conocida
+al cabo, de la sobrinilla enferma?
+
+Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según ellas,
+se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia o de la
+precocidad de la niña. Se discutió, como en el casino de Loreto, la
+verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiológico. Hablaron
+aquellas señoritas como dos comadronas matriculadas. ¡Qué riqueza de
+datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la
+boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana
+que estaba a los pies de su butaca.
+
+«En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta
+nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella muchacha hubiera
+seguido con vida tan disoluta. Pero no había motivo para creerlo. Nada
+más habían sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se había de ver».
+
+Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió que
+sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en
+adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo eran
+ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más.
+
+Había habido algunos minutos de silencio.
+
+Doña Águeda lo rompió diciendo:
+
+--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa.
+
+--Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco desarrollada....
+
+--Eso no importa; así fuí yo, y después que...--Ana sintió brasas en las
+mejillas--empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de
+manteca.
+
+Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose del rollo que había sido.
+
+Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos amores
+románticos rabiosos. De aquellos amores le habían quedado varias
+canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma
+acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo:
+
+ Esa luna que brilla en el cielo
+ melancólicamente me inspira:
+ es el último son de mi lira
+ que por última vez resonó.
+
+Se trataba de un condenado a muerte.
+
+El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con
+un amante; pero una vez que el siglo estaba _metalizado_ y las muchachas
+no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura
+de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los
+Ozores, pues lo traían de raza. Sí, era preciso darle bien de comer,
+engordarla. Después se le buscaba un novio. Empresa difícil, pero no
+imposible. En un noble no había que pensar. Estos eran muy finos, muy
+galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las
+hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una
+dolorosa experiencia. Los chicos _innobles_, que pudiera decirse, de
+Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera
+apencar--apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza--, con
+algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar
+a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un
+americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían más,
+confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por consiguiente un
+americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase.
+
+Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto.
+
+La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó en
+procurar cuanto antes la salud.
+
+Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno,
+ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. A no haber oído
+aquella conversación de las tías, la pobre huérfana no se hubiera
+atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso
+de aquella carga: ella. Pero ya sabía a qué atenerse. Querían engordarla
+como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque
+costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados.
+
+La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la
+voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quería
+poder librar pronto a sus tías de su presencia. El cuidarse mucho, el
+alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo. El estado de su
+ánimo no contradecía estos propósitos.
+
+Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído revelación
+providencial de una vocación verdadera, habían desaparecido. Ellos
+determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero
+al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traía.
+
+En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el
+delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, los
+enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas veces y
+de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe suya era
+demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo en qué; su desgracia
+más grande, la muerte de su padre, no había tenido consuelo tan fuerte
+como ella lo esperaba en la piedad que había creído tan firme y tan
+honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que
+sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo
+la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para
+remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento
+que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de su abandono, que fue
+el sentimiento que venció a todos, no lo curaba la fe.
+
+--«La Virgen está conmigo»--pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y
+acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza
+las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevenía un ataque
+nervioso, sentía la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del
+abandono sordo y mudo, y entonces las imágenes místicas no acudían.
+Hacía falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien no
+conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su presencia, creyó
+firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia.
+
+Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que
+tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías
+sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por
+ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al fin
+era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y al
+contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que
+lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del
+Niño Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión serena
+examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan
+profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza
+artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de
+Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran religiosos? ¿O era que en
+la vanidad, en el egoísmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De
+todas suertes ella padecía mucho. Se le figuraba que toda la vida se le
+había subido a la cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el
+cerebro un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar
+sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado,
+exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó envidiar a los
+animales, a las plantas, a las piedras.
+
+En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta
+actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después de
+comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que
+unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más
+despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba tantos héroes y
+heroínas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantásticos, sus
+sentimientos menos alambicados, y se complacía en describir su belleza
+exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan
+todas las aventuras en batallas o en escenas de amor.
+
+Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el
+alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías le permitían levantarse
+tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no
+estaba ya en aquel caserón de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la
+tierra; estaba flotando en el aire, no sabía dónde. Ella se dejaba
+columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar aéreo de sus
+ensueños.... Y mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas,
+ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias
+purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas
+ideales de sus visiones turgentes.
+
+Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas
+o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de
+cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del
+hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se
+despedía de la señora de sus pensamientos diciendo:
+
+--«Adiosito. Ahorita vuelvo»,--con un balanceo de hamaca en los
+diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza ella y las tías.
+
+Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el empirismo del arte, y
+además lo profesaba por principios. Sabía de memoria «_El Cocinero
+Europeo_», un libro que contiene el arte de confeccionar todos los
+platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, española y otras.
+Pero salía por un ojo de la cara el guisar como el _Europeo_, según doña
+Águeda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la
+aristocracia, ella dirigía las operaciones en la cocina del marqués de
+Vegallana y entonces recurría al _Europeo_. En su casa había muy poco
+dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores.
+Maravillas y primores de la cocina casera comió Anita en cuanto el
+estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda con unos ojos dulzones,
+inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a
+la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores.
+Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la
+cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su
+vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos
+llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la
+sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su obra se
+dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato.
+
+Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo
+mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático
+de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y
+de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus
+sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doña Anuncia
+y la ayudaba a regatear.
+
+La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para
+pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo
+al mundo.
+
+--Si ustedes la vieran--decía--está desconocida; se la ve engordar.
+Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella
+Águeda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cómo
+guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la niña. En casa no entendemos la
+caridad a medias. Todos los días se ve recoger a un pariente pobre,
+¿para qué? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un
+mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de
+otro modo. En fin, ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya
+verán ustedes.
+
+En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver engordar a
+la niña.
+
+El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria
+belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido
+milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía
+orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo
+aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases.
+Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder
+de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había
+recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era
+hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media
+era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella
+hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del
+pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la
+catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de
+Ozores. Eran las tres maravillas de la población.
+
+Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido
+la admiración que el mundo tributó a su Minerva.
+
+--¡Es una estatua griega!--había dicho la marquesa de Vegallana, que se
+figuraba las estatuas griegas según la idea que le había dado un
+adorador suyo, amante de las formas abultadas.
+
+--¡Es la Venus _del Nilo_!--decía con embeleso un pollastre llamado
+Ronzal, alias el Estudiante.
+
+--Más bien que la de Milo la de Médicis--rectificaba el joven y ya sabio
+Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos.
+
+--¡Es _un_ Fidias!--exclamaba el marqués de Vegallana, que había viajado
+y recordaba que se decía: «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc.,
+tratándose de cuadros.
+
+Y Bermúdez se atrevía a rectificar también:
+
+--En mi opinión más parece de Praxíteles.
+
+El marqués se encogía de hombros.
+
+--Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían juzgar mejor, porque
+muchas de ellas habían conseguido ver a Anita como se ven las estatuas.
+No sabían si era _un_ Fidias o _un_ Praxíteles, pero sí que era una real
+moza; un _bijou_, decía la baronesa tronada que había estado ocho días
+en la Exposición de París.
+
+Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en _la clase_,
+en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la
+modista italiana.--Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden
+expresa de las tías--. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo
+del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba
+con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la
+caballeriza y hasta la casa de un potentado.
+
+Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para
+ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a
+los vestidos, y creían que las proporciones--los novios
+aceptables--harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en
+los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a _la sobrina_
+adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos
+más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se
+casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que
+prohibir a su novio formal--el futuro esposo--_hacer el amor_ a la
+huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba,
+pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad.
+Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos
+buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres
+buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india,
+como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano
+plebeyo, un _vespucio_--como también los apellidaban--pagaba caro el
+placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo
+menos.
+
+El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había
+modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se
+casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un
+ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener
+advertida a la niña.
+
+--En el gran mundo de Vetusta--decía doña Anuncia--es preciso un ten
+con ten muy difícil de aprender.
+
+Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco
+embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo
+todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en
+que era indispensable dar instrucciones a la chica.
+
+Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y
+menos estas, tratándose de los gustos y predilecciones de sus tías; pero
+una noche no pudo menos de expresar su opinión al volver sola de la
+tertulia íntima de Vegallana.
+
+--¿Te has divertido mucho?--preguntó doña Anuncia, que se había quedado
+en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletín de _Las
+Novedades_. (Era liberal en materia de folletines.)
+
+--No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá sin alguna
+de ustedes. Cuando voy sola....
+
+--¿Qué?--exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero
+de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra
+la tertulia de su predilección.
+
+--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.
+
+No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería
+más claridad y replicó:
+
+--¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco
+fina la sociedad de Vetusta?
+
+Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había
+disgustado.
+
+--No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se
+figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña....
+
+--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les
+consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.
+
+--Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una
+cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse
+tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por
+todo. Tú eres de la clase.
+
+--Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero
+tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....
+
+--¡No me toques a las hijas del marqués!--gritó la tía, poniéndose en
+pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra.
+
+--«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». Cada vez que faltaba a su
+propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de
+remordimiento, como el del artista que se equivoca.
+
+Entró doña Águeda. Había oído la conversación desde el gabinete. Las dos
+hermanas se miraron. Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con
+ten.
+
+--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; tú eres una
+niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna
+experiencia, por lo que se observa.
+
+--Eso es; por lo que observamos en los demás.
+
+--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es
+necesario... un ten con ten especial.
+
+--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. Tú
+habrás notado que en público los de la clase jamás faltan a la más
+estricta y meticulosa... eso, decencia.
+
+--Que es lo principal--dijo doña Anuncia, como quien recita el decálogo.
+
+--Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al
+vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse
+en lo más mínimo.... Pero en el trato íntimo, el que no es más que de la
+clase, ya es otra cosa.
+
+--Otra cosa muy distinta--dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella,
+por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten.
+
+--Como todos somos parientes--continuó--de cerca o de lejos, nos
+tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni
+porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la
+hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo de
+pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni
+aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni
+escandalizarte, ni darte por ofendida.
+
+--De ninguna manera--apoyó doña Águeda.
+
+--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu
+inocencia te sirve para tolerar todo eso.
+
+--Así hacen Pilar, Emma y Lola.
+
+--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar....
+
+--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama
+mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la
+juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes;
+déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores
+formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo.
+Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna
+cosa....
+
+--Es una falta de educación entre la clase....
+
+--Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de
+ellos....
+
+--Ni gana, tía--dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de
+haberlo dicho.
+
+Doña Águeda sonrió.
+
+--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclamó doña Anuncia, puesta en
+pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.
+
+--Eres muy orgullosa--añadió.
+
+--Déjala; el que no se consuela....
+
+--Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides
+lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la
+marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una
+impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te
+alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no
+menos elogios del público que tu palmito y buen talle.
+
+--Sí, hija mía--interrumpió doña Águeda--. Es necesario sacar partido
+de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas.
+
+Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se
+figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana
+trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella
+hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana
+era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como
+pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la
+esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de
+esbelta, porque era delgada.
+
+Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón,
+que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la
+figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la
+chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas
+señoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían
+en la sombra un embrión de aquelarre.
+
+Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les
+gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que
+no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre
+concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la
+observación en cabeza ajena.
+
+--Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo manifestamos nunca afición al
+matrimonio.
+
+Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten.
+
+Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doña
+Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió la deliciosa
+pereza que era casi el único placer en aquella vida. Como entonces ya no
+había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa
+desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para
+gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de
+las sábanas.
+
+Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban
+los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían;
+pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían
+su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos
+labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel
+perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda
+Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba
+exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era
+verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos,
+con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de
+Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso estaba en un
+porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado
+hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba,
+entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no
+vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación
+aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de
+que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior
+de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba
+debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban
+más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella
+carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más
+solemnemente las viejas.
+
+Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida
+trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera
+decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.
+
+Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la
+autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel
+misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la
+falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo
+defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este
+el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se
+le había cortado de raíz.
+
+Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno
+de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si
+hubiera visto un _rewólver_, una baraja o una botella de aguardiente.
+Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos.
+Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas
+solteronas. «¡Una Ozores literata!».
+
+--«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en
+efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su
+célebre carta».
+
+El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la
+aristocracia y del cabildo.
+
+El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido,
+declaró que los versos eran libres.
+
+Doña Anuncia se volvía loca de ira.
+
+--¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina....
+
+--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no
+tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos
+no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna
+literata que fuese mujer de bien.
+
+Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido
+por una poetisa traductora de folletines.
+
+El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso
+buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.
+
+--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan,
+aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben
+ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.
+
+La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular
+deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella
+lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en
+literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería
+las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría
+ella lo que era el mundo! En cuanto a la _sobrinita_, era indudable que
+había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para
+ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido
+a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y
+recordaba unas _Aventuras de una cortesana_, que había ella proyectado
+allá en sus verdores, ricos de experiencia.
+
+Tan general y viva fue la protesta del _gran mundo_ de Vetusta contra
+los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y
+engañada por la vanidad.
+
+A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba,
+volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el
+papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del
+delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales
+disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus
+penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma
+no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba
+en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.
+
+Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en
+Ana, aprovecharon este flaco para _ponerla en berlina_ delante de los
+hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién--pero se creía que
+Obdulia--había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los
+jóvenes desairados _Jorge Sandio_.
+
+Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún
+se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas.
+Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera
+descubierto.
+
+--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--decía el
+baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.
+
+--¿Y quién se casa con una literata?--decía Vegallana sin mala
+intención--. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que
+yo.
+
+La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un
+idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!»--pensaba satisfecha de lo
+pasado.
+
+--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--añadía el afeminado
+baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:--Pues
+hijo mío, serán ustedes un matrimonio _sans-culotte_.
+
+Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la
+opinión: la literata era un absurdo viviente.
+
+--«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no
+escribiría más». Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y
+desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos
+aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su hermosura, pero
+como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a
+los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para ella eran
+incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes,
+cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula en cuanto se
+refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que vivía; para
+tales materias prefería las advertencias de doña Anuncia al propio
+criterio. Al principio se le había figurado que ella, con un poco de
+arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos
+que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le
+pareció una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató
+de ensayar sus recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas
+interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y miraba
+a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: en
+efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le antojaban de papel
+marquilla.
+
+Los _pollos_ de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una
+excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era una virtud
+efectiva.
+
+--«¡Qué diablo, alguna había de haber!». Los seductores de la clase
+media que anhelaban siempre _meter la cabeza_ en la aristocracia,
+declararon lo mismo: «Ana era invulnerable».
+
+--Esperará algún príncipe ruso--decía Alvarito Mesía, que vivía entre
+plebeyos y nobles. Alvarito no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos
+tienes». Eran dos orgullos paralelos.
+
+Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya
+en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los
+mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta.
+
+La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con
+sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. Álvaro las
+vio y saludó desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de
+Mesía. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto
+bien.
+
+--«Buenos ojos--pensó el Tenorio--no sabía yo a lo que saben, hasta
+ahora».
+
+Y continuó:--«Esa será una de las primeras».
+
+Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en
+medio los ojos de _la sobrina_.
+
+La _sobrina_ también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y
+ceja.
+
+Y pensaba:--«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no
+era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con
+elegancia... el menos tonto sin duda».
+
+El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos:
+
+--«Se ha ido el menos tonto».
+
+Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en
+cuanto llegó a Madrid.--«¡Oh! el convento, el convento; ese era su
+recurso más natural y decoroso. El convento o el americano».
+
+El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como
+quien oye llover.
+
+--¡Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la
+iglesia--. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita.
+Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones
+improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas
+escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con
+plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo
+para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te
+hablaré del asunto. Aquí sería una profanación.
+
+El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven
+para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la
+señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor
+Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana
+suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción,
+hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia
+sabía algo, impondría al novio sin más examen.
+
+--«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazón;
+Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña gallardamente en su comedia
+inmortal: _El sí de las niñas_».
+
+Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio
+soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas,
+en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada
+de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas
+las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y
+un caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de las
+pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él prendas
+morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría expansiva,
+y la despreocupación en materias supersticiosas.
+
+El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía a
+saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no
+estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simpático.
+
+«Era _un forastero_, palabra de sentido especial en Vetusta, para las
+señoritas de Ozores, que no le habían visto aún en ninguna casa _de las
+suyas_».
+
+--Es un magistrado--les había dicho Crespo un día--; un aragonés muy
+cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de
+comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro
+antiguo es lo que hay que ver.
+
+Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les preparaba a
+escondidas.
+
+Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin
+encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera
+de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado.
+Las acompañaron aquellos señores durante el paseo y hasta dejarlas en el
+sombrío portal del caserón de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don
+Víctor. Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, y al
+día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó a las nobles damas.
+Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció muy simpático.
+
+La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le
+pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las
+preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas.
+
+Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba
+que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella
+quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta
+era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta,
+inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello
+era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se
+reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueños.
+
+Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía a medias
+palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no hubieran entendido en
+tomos como casas.
+
+A don Tomás le llamaban _Frígilis_, porque si se le refería un desliz de
+los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de
+moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia,
+sino por filosofía, y exclamaba sonriendo:
+
+--¿Qué quieren ustedes? Somos _frígilis_; como decía el otro.
+
+_Frígilis_ quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la
+fragilidad humana.
+
+Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la
+adaptación al medio. Pero de esto ya se hablará en su día. Ocho años más
+adelante brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo
+todo.
+
+Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había
+adivinado en Anita tesoros espirituales.
+
+--Mire usted, don Víctor--le decía a su amigo--esa niña merece un rey, y
+por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted, v. gr.
+Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las
+minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es
+el arbolado.
+
+--Deje usted la flora, don Tomás.
+
+--Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es una mujer de primer
+orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho
+un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese
+caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para mí un alma buena
+no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud.
+
+--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía usted que
+la niña....
+
+--¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí no hay que ponerme
+motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo creo en la bondad
+que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las
+raíces... pues es lo mismo, el alma....
+
+Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor
+muchacha de Vetusta.
+
+Crespo, según él dijo, tomó un día por su cuenta a la joven para
+recomendarle al señor Quintanar.
+
+«Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y pico eran como
+los de los árboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud.
+Más viejo es un perro de diez años que un cuervo de ciento, si es cierto
+que los cuervos duran siglos».
+
+Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el trato de
+Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones
+que había impuesto a don Cayetano; no sabrían nada las tías. Don Víctor
+aceptó aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--decía
+Frígilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará
+más pronto... ya verá usted como pica....
+
+Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar.
+
+«Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas».
+
+No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo
+declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de
+Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como
+Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso.
+
+Pero a solas se decía Anita:--«¿No es una temeridad casarse sin amor?
+¿No decían que su vocación religiosa era falsa, que ella no servía para
+esposa de Jesús porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don
+Víctor, tampoco debía casarse con él».
+
+Consultado Ripamilán, contestó:
+
+--«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el
+Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No confesaba Anita que le
+agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día le encontraría más gracia.
+Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada».
+
+Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró
+convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una
+mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.
+
+--«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San
+Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que
+atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso
+de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el
+teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen
+conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz
+a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano
+y amigo».
+
+Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le
+gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. El claustro
+era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quien iba a
+vivir, sino con _hermanas_ más parecidas de fijo a sus tías que a San
+Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de
+las «veleidades místicas» de Anita, y las que la habían llamado _Jorge
+Sandio_ no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el
+nuevo antojo.
+
+Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún
+_trapicheo_; pero esto era poco para creerse con vocación de santa.
+
+«¿Por ventura las demás eran unas tales?».
+
+--Es guapa, pero orgullosa--decía la baronesa tronada, que tenía a su
+marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita.
+
+No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; fueron
+las tías que descubrieron un novio para la niña. El nuevo pretendiente
+era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de
+Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto a edificar el mejor
+_chalet_ de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser
+diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta. Vio
+a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sintió
+herido de punta de amor. Se le advirtió que no le bastaban sus onzas
+para conquistar aquella plaza. Entonces se enamoró mucho más. Se hizo
+presentar en casa de las Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la
+sobrina.
+
+Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y
+terminada la conferencia compareció Anita. Doña Anuncia se puso en pie
+al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó caer sobre la alfombra _La
+Etelvina_, novela que había encantado su juventud, y exclamó:
+
+--Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede ser decisivo en
+tu existencia. (Era el estilo de _La Etelvina._) Tu tía y yo hemos hecho
+por ti todo género de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas
+disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las
+comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son
+nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás lo que nos debes
+(se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), nosotras hemos
+perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha
+sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra
+ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que
+vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable.
+
+--Incalificable--repitió doña Águeda--. Pero creo inútil todo este
+sermón--añadió--porque la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo
+que se trata.
+
+--Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo.
+
+--Todo.--Sí, todo, querida tía.
+
+--Como supongo--prosiguió doña Anuncia--que ya no te acordarás siquiera
+de aquella locura del monjío....
+
+--No señora...--En ese caso--interrumpió doña Águeda--como no querrás
+quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos....
+
+--Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente....
+
+--Y como nosotras no podemos más....
+
+--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....
+
+--Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico
+del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano.
+
+Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló;
+no se atrevía a dar una negativa categórica.
+
+Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco
+que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la
+pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces,
+multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y
+contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había
+momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en
+la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas
+salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola.
+
+Doña Águeda misma estaba horrorizada.
+
+La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después de
+aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo
+tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a
+leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la bailarina--¿quién
+dudaba ya que la modista había bailado?--no le faltaría una cama en el
+palacio de sus mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a la
+mesa; todo lo había comido la niña».
+
+Ana escribió a Frígilis.
+
+Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, como el día de
+la primera visita, entró en el estrado de los Ozores. Venía a pedir la
+mano de Ana, «a quien creía no ser indiferente».
+
+«Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser
+ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería
+llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su
+sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino.
+Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y
+hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una _aurea
+mediocritas_, como había dicho el latino».
+
+Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... _mediocritas_... la
+cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación.
+
+Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la cruz al pecho, que
+a doña Anuncia la enamoraban los discursos que no entendía y las
+condecoraciones.
+
+Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la vieja estaba
+fascinada.
+
+«Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de
+Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto en mangas de
+camisa».
+
+La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la mano de su
+sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia
+de la nobleza, de la clase».
+
+Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda
+aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días.
+
+La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos
+siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de
+anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la
+Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:
+
+--¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía
+una boda loca.
+
+La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es
+decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa.
+
+Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía
+por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que
+había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino.
+
+Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis
+tenía lágrimas en los ojos.
+
+--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--decía con un
+pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Será usted la Regenta
+de Vetusta, Anita.
+
+--No lo permite la ley, por causa de las tías--contestaba don Víctor.
+
+--¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta.
+
+Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo.
+
+Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en el estrado, casi a
+obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quizá los
+mismos que les dieran en otra ocasión aquel pésame por la muerte civil
+de don Carlos.
+
+--Y ella va contenta--decía el barón.
+
+--¡Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Señores, que va a
+arrancar, _desapartarse_--gritó el zagal de la diligencia.
+
+Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas las manos de
+aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero.
+
+Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: era un adiós triste de
+verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa
+veía marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que
+le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla.
+
+Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre
+que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla que aquel don
+Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso.
+
+Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado
+tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por
+su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la
+cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso
+abandono:
+
+--Sí, sí, el primero, el único.
+
+«No le amaba, no; pero procuraría amarle».
+
+Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de
+aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido
+atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia
+desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos
+gritos de la despedida.
+
+Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había hablado
+de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. Repasando todos los
+años de la inútil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera
+cargarse al capítulo de amor tal vez, alguna mirada de algún desconocido
+en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de árboles poblados
+de gorriones y jilgueros.
+
+Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto había
+puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo.
+
+«No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre;
+pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y
+adocenados».
+
+Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había encontrado
+un desdén altivo y una ironía cruel capaces de helar una brasa.
+
+«Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres
+que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno
+de ser querido... pero las tías se encargaban de mantener las distancias
+que exigía el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez
+demócratas teóricos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban
+a su pesar, de ellas. No se acercaban». Todos los que habían producido
+en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran
+cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe
+ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se
+comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero _lo dejan_; falta
+una posición; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas;
+los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa
+y se hacen jugadores.
+
+Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más ricos que los
+que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta Vetusta.
+
+«Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos
+hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo dijera don Frutos
+Redondo.... Pero además, ¿para qué engañarse a sí misma? No estaba en
+Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el
+héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San
+Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien
+nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y
+escogida...».
+
+«Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como
+el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor era la
+muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que
+rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al
+lado, era un delito. Todo había concluido... sin haber empezado».
+
+Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de
+viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente,
+algo arrugado el entrecejo, _El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca
+de Jerusalén_, del inmortal Calderón de la Barca.
+
+
+
+
+--VI--
+
+
+El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida
+por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de
+San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. Los socios
+jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de
+la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el
+Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de
+abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas
+y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía
+trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del
+pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el Casino deja de
+residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata.
+
+Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo;
+lo demás se confesaba que valía poco.
+
+Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la
+policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía
+creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían tener
+los camareros muy mala educación, también heredada. El uniforme se les
+había puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados.
+
+En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de pino. Era
+costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que
+entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había
+visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al
+pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien
+interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la
+Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se
+levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de
+la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas.
+
+Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos
+en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó,
+todo ello junto y como quiera. Más adelante había otra sala más lujosa,
+con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como
+decían los mozos. Aquella leña suscitaba graves polémicas en las juntas
+generales de fin de año. En tal estancia se prohibía el estridente
+dominó, y allí se juntaban los más serios y los más importantes
+personajes de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de
+oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, estaba
+la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había de
+reinar el silencio, y si era posible también en la sala contigua. Antes
+estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y
+los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo,
+donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca
+de los billares. La sala del tresillo jamás recibía la luz del sol:
+siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que hacían palpables las
+tristes llamas de las bujías semejantes a lámparas de minero en las
+entrañas de la tierra.
+
+Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, llamaba a los
+del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel
+antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda
+alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito. Los
+más bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se
+revestían de una seriedad prematura; parecían sacerdotes jóvenes de un
+culto extraño. Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga
+pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún
+joven pálido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres
+hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo.
+Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este
+culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a
+Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos.
+
+En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses
+eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al
+_cuarto del crimen_ en busca de más pingües y rápidas ganancias; porque
+jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era
+famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque
+si no ¿quién ganaría a quién? Pero contra la afirmación del jefe de
+Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron
+aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas más altas,
+tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la
+administración del Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches.
+
+Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las
+ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios
+mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más veces para
+pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no
+sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor _espada_
+de los presentes. Es pálido y flaco. No se sabe si viste de artesano o
+de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para
+sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se
+le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco;
+apenas contesta si le hablan. Él va a su negocio: una casa de tres pisos
+que está construyendo a costa del tresillo junto al Espolón. A su lado
+está don Matías el procurador: juega al tresillo para huir del _monte_.
+Cuando la suerte le es adversa _arriba_, baja y se expone a ganar al
+tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo
+deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las
+cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del
+Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un
+mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo
+durante las ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado
+provincial para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo
+vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos _espadas_ a quien
+admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El tresillo de
+su pueblo no le divertía.
+
+Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana,
+sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y
+el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban;
+pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era
+cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. Jugaban
+muchos forasteros, casi todos empleados.
+
+Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había allí
+muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza
+solía oírse frases como estas:
+
+--Le digo a usted, que me lo ha dado usted.
+
+--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que sí.--Pues
+miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted....
+Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera subsistir, por
+una especie de equilibrio que la naturaleza establecía entre los
+temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un
+genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como corderos y
+miedosos como palomas.
+
+Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza
+necesaria.
+
+Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba
+el del Ayuntamiento:
+
+--¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la mesa.
+
+Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos.
+
+Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos
+instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un templo
+jamás profanado por ríos de sangre.
+
+El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, era estrecho y
+no muy largo. En medio había una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y
+rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consistía en
+un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban
+representando la sabiduría de la sociedad el _Diccionario_ y la
+_Gramática_ de la Academia. Estos libros se habían comprado con motivo
+de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes
+respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras.
+Había además una colección incompleta de la _Revue des deux mondes_, y
+otras de varias ilustraciones. La _Ilustración francesa_ se había dejado
+en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecían
+no se sabe qué reyes de España matando toros. Con ocasión de esta medida
+radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy
+buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de
+Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En los cajones
+inferiores del estante había algunos libros de más sólida enseñanza,
+pero la llave de aquel departamento se había perdido.
+
+Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba de
+mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la demanda.
+
+--Sí señor, la crónica de Vetusta....
+
+--Pero ¿usted, sabe que está ahí?
+
+--Sí, señor, ahí está...
+
+--El caso es...--y se rascaba una oreja el señor conserje--como no hay
+costumbre....
+
+--¿Costumbre de qué?--En fin, buscaré la llave. El conserje daba media
+vuelta y marchaba a paso de tortuga.
+
+El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales
+pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia
+y Turquía y el _Padre nuestro_ en grabados, que adornaban las paredes de
+aquel centro de instrucción y recreo. Volvía el conserje con las manos
+en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios.
+
+--Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave.
+
+Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en
+la pared.
+
+De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; tanto que aquellos
+desaparecían casi todas las noches y los grabados de mérito eran
+cuidadosamente arrancados. Esta cuestión del hurto de periódicos era de
+las difíciles que tenían que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se les
+ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se
+llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar los periódicos
+libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. Don Frutos
+Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el
+_Imparcial_ del Casino. Y no había de trasladar su lecho al gabinete de
+lectura. Se llevaba el periódico. Aquellos cinco céntimos que ahorraba
+de esta manera, le sabían a gloria. En cuanto al papel de cartas que
+desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un
+pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El
+conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato.
+Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa probidad; les
+guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acudía, y
+solía negarse a mudar las plumas oxidadas.
+
+Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había tantos
+lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios
+amantes del saber no leían más que noticias.
+
+El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de
+lectura, era un caballero apoplético, que había llevado granos a
+Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera.
+Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba _Le Figaro_,
+después _The Times_, que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y
+arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba
+dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho
+que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de apoplejía,
+sobre _The Times_, se averiguó que no sabía inglés. Otro lector asiduo
+era un joven opositor a fiscalías y registros que devoraba la _Gaceta_
+sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: sabía de memoria
+cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra
+administración pública.
+
+A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto:
+escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más
+contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» y siempre que un papel de
+Madrid decía «Lo de Vestusta» era cosa de él. Al día siguiente desmentía
+en otro periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» no era
+nada. Así se había hecho un redomado escéptico en materia de prensa.
+«¡Si sabría él cómo se hacían los periódicos!». Cuando franceses y
+alemanes vinieron a las manos, _El Corresponsal_ dudaba de la guerra:
+era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había hasta
+la rendición de Metz.
+
+El poeta Trifón Cármenes también acudía sin falta a la hora del correo.
+Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en
+seguida con un desengaño más en el alma. Era que «no se lo habían
+publicado». Se trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había
+mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, que
+en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no
+podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas
+madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las
+composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía ser esta: «Muy
+señor mío y de mi más distinguida consideración: adjuntos le remito unos
+versos para que, si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz
+pública en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin
+pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, después de
+un año, que se los devolvieran. Pero «no se devolvían los originales».
+Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en _El Lábaro_, el periódico
+reaccionario de Vetusta.
+
+Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se acostaba
+sin haber leído todos los _fondos_ de la prensa que llegaba al Casino.
+Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía
+fama de hábil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales
+eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de
+sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches.
+
+--¡Qué habilidad!--decía sin entender palabra.
+
+Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara de ver ya no
+la habría.
+
+Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo:
+
+--Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú entiendes esto
+que he leído hoy en el periódico. «No deja de dejar de parecernos
+reprensible...». ¿Lo entiendes tú, Paca? ¿Es que les parece reprensible
+o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir....
+
+Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en mano,
+en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez
+papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la
+noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal
+parte se ha escapado con los fondos.
+
+Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros
+respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la
+servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más de la mitad del caudal
+fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la
+_Correspondencia_ que los periódicos pobres se van echando, como
+pelotas, de tijeras en tijeras.
+
+Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que
+parecía oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos
+lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar el piso y
+los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los
+ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando
+ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los señores del
+billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial
+el ingenioso buen humor de los señores socios.
+
+A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El
+conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la
+llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a
+dormir a la conserjería.
+
+Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, en
+traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba
+bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se acercaba al
+estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el cajón inferior,
+tomaba un libro, dejaba otro que venía oculto bajo la esclavina,
+escondía el primero entre sus pliegues y cerraba el cajón. Se acercaba a
+la mesa, después de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y fingía
+echar un vistazo a los periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que
+hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No era un ladrón,
+era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la que el conserje había
+perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez de tropa. Había sido
+un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser
+elegido presidente de un _Ateneo de infantería_, y vístose en la
+necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran
+sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en
+otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse
+solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de
+la patria, ser un erudito. Empezó a llamar la atención de los
+vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y
+el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le
+antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a poco llegó a
+ser miembro, ya correspondiente, ya de número, de muchas sociedades
+científicas, artísticas y literarias. Despuntaba en la Arqueología y en
+la Botánica, sobre todo en la relación de esta a la Horticultura. Era
+un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo
+sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. También le
+daba el naipe por la biografía militar. Sabía de varios tenientes
+generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo
+sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que
+si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera
+conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones,
+como en efecto las había perdido el general inepto.
+
+De esta clase de biografías de personas que pudieron ser importantes,
+estaban las fuentes en libros como aquellos que había en el cajón
+inferior del estante del Casino. Más ejemplares habría por el mundo,
+pero no se sabía de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que
+encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto
+él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con
+aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le
+antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades.
+Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de
+Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma,
+el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía,
+necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar!
+Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y _tutti quanti_». Pero
+no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en
+puridad, tenía...--y miraba a los lados al decirlo--tenía un precioso
+manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo
+había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo.
+
+Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del
+hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio.
+
+El _cuarto del crimen_, la sala de los juegos de azar, y más
+concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se
+llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos.
+La autoridad no había turbado jamás la calma de aquel refugio repuesto y
+escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad
+pública. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del _Lábaro_, se
+perseguía cruelmente la prostitución, pero el juego no se podía
+perseguir. En cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como
+decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del _Lábaro_, ¿cómo
+no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones
+de este género en la prensa local?
+
+Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se titulaba, por
+ejemplo: _¡Esas palomas!_ o _¡Fuego en ellas!_ y en una ocasión el
+mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente
+que se llamaba a secas: _Meretrices_, y acababa diciendo: «de la
+impúdica _scortum_».
+
+Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los
+socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le
+habían pronosticado una cesantía. Lo ordinario siempre fue que hiciese
+la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más
+decorosa posible, como decían las partes contratantes. Los jugadores
+vetustenses tenían una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados
+que tenían que madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de
+perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana,
+recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve,
+el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo trabajo, volvía,
+como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde
+las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes,
+industriales, empleados, propietarios, todos hacían lo mismo. En el
+tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de
+conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas,
+los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar
+donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas,
+todos los gustos, todos los temperamentos.
+
+No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado
+patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La
+religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición
+al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los
+socios, si no se podía pasear? Por eso proponía don Pompeyo Guimarán, el
+filósofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. «_¡Risum
+teneatis!_» contestaba Cármenes en la gacetilla del _Lábaro_.
+
+La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, se
+manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el Casino
+portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un comerciante,
+liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro
+de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los
+zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. Juraba que jamás
+llevando botas nuevas le había favorecido la suerte. Venía a ser un
+jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa
+experiencia le daban ganancias seguras. Un año hizo una espléndida
+novena a San Francisco, a la cual acudió toda _Vetusta edificada_, como
+decía Bermúdez.
+
+Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto de los
+porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más socios que ocho o
+diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran
+personajes averiados que habían contraído la costumbre de trasnochar en
+Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de
+esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a
+ella asistían personajes importantes de esta historia.
+
+Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al
+gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a
+nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el
+respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de
+la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba
+entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la
+llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en
+la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un
+diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios
+fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar
+café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un
+aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los
+hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba,
+sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de
+lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que
+sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna.
+Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de
+una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de
+señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de
+animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante,
+aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor
+fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay
+inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros
+irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato,
+etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se
+refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en
+lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera,
+y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba:
+
+--¿Quién es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era
+hermana de....
+
+Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los
+vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase:
+
+--Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes.
+
+La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las
+conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los
+socios beneméritos. El invierno actual siempre era más frío que todos
+los que recordaban, menos uno.
+
+También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento,
+sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades.
+
+A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables
+ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más
+grato palique el silencio; y a él se consagraba principalmente aquella
+especie de siesta que dormían despiertos. Casi siempre callaban.
+
+No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había dos
+o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático
+estrépito del dominó, que habían desterrado de su sala los venerables.
+Los del dominó eran siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros
+civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero
+siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble,
+hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar
+a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía
+jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros
+personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de mucha agua,
+cuando él no podía dar sus paseos.
+
+La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados.
+
+--«Allí no se respetaba nada ni a nadie»--decían los viejos del
+rincón.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las
+conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban.
+
+--¡Qué atolondramiento!--dijo un _venerable_ en voz baja.
+
+--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses
+reales de la provincia.
+
+--Únicamente cuando viene el señor Mesía....
+
+--Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa.
+
+--Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman
+Economía política.
+
+--Yo también creo en la Economía política.
+
+--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, a quien
+he conocido.
+
+Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba
+tierra encima y a callar todos.
+
+En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal
+y era usurero con todos los sistemas políticos; malicioso, y enemigo de
+los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo.
+
+--Pero, vamos a ver--decía--¿quién le ha asegurado a usted que el
+Magistral no ha querido confesar a la Regenta?
+
+--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la
+capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta.
+
+--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón.
+
+--Es verdad--gritó un tercero--yo también los vi. De Pas iba con el
+Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy
+colorado.
+
+--¡Hombre, hombre!--exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse.
+
+--Pues yo sé más que todos ustedes--vociferó un pollo que imitaba a
+Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de
+Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.
+
+Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro
+se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una
+mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el
+respaldo en la mesa, dijo:
+
+--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don
+Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....
+
+--¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?--interrumpió el enemigo del
+clero--. ¡El secreto de la confesión!
+
+--¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho.
+Mesía--y bajó mucho más la voz--Mesía le pone varas a la Regenta.
+
+Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro.
+
+«Aquello era demasiado».
+
+«Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el
+Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero tocar a la Regenta! Era un
+imprudente aquel sietemesino, sin duda».
+
+--Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que Álvaro quiere
+ponérselas; lo cual es muy distinto.
+
+Todos negaron la probabilidad del aserto.
+
+--Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho!
+
+El pollo se encogió de hombros.
+
+--«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el íntimo de Mesía».
+
+--Y, vamos a ver--preguntó el señor Foja, el ex-alcalde--¿qué tiene que
+ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el
+Magistral y la confesión?
+
+No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía hablar mal de
+los curas.
+
+--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al
+otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra.
+
+--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirtió el padre del
+deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo,
+adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa.
+
+--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y seguía
+bajando la voz, y los demás acercándose, hasta formar un racimo de
+cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya
+notado las miradas... y demás ¿eh? del otro... y querrá curar en
+salud... y el Arcipreste no está para casos de conciencia complicados, y
+el Magistral sabe mucho de eso.
+
+El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación.
+
+Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba un ojo a un amigo.
+No cabía duda que los chicos sólo en Madrid se despabilaban. Caro
+cuesta, pero al fin se tocan los resultados.
+
+El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía
+la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de
+sus gestos y acento.
+
+Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en
+ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía
+pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se
+llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre
+las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería.
+
+Se llamaba Joaquín Orgaz y _se timaba_ con todas las niñas casaderas de
+la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y
+tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había acabado la carrera aquel
+año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella
+aportaría el dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades
+flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía parecer
+más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en
+Vetusta no podía temer a más de cinco o seis rivales importadores de
+semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo
+buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se había
+hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le
+tocaba del esplendor que irradiaba el célebre Mesía, flor y nata de los
+elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba Álvaro por lo muy familiar que
+era el trato de Paco y de Mesía, y como él tuteaba a Paquito... por eso.
+
+Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que
+era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta.
+
+--Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de talento,
+digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me apuran diré que
+es una mujer superior--si hay mujeres así--pero al fin es mujer, _et
+nihil humani_...
+
+No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de
+quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles.
+
+Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe maldecir el
+pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios
+que le costaba aquel enemigo.
+
+Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que
+había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su gloria cantando
+algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró sobre un tacón y
+cantó, o _se_ cantó, como él decía:
+
+ Ábreme la puerta,
+ puerta del postigo....
+
+--«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. ¡La Regenta!
+¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y Álvaro siempre había sido
+irresistible...». Orgaz hijo suspendió el baile, que había emprendido
+mientras hacía observaciones. En la sala vecina habían sonado unas
+pisadas que hacían temblar el pavimento.
+
+--Ahí está el inglés--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco
+pálido.
+
+En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por
+qué--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un
+ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios
+fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo,
+desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a
+Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la
+carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que
+Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.
+
+Una vez le preguntaron en un examen:
+
+--¿Qué es un testamento, hijo mío?
+
+--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.
+
+Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica
+que él no comprendía.
+
+Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el
+Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser
+hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué.
+
+Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del
+Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si
+nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el
+vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y
+se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo
+agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en
+adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores
+de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario
+de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y
+las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía
+que esto le daba cierto aspecto de noble inglés.
+
+--«Yo soy muy inglés en todas mis cosas--decía con énfasis--sobre todo
+en las botas».
+
+«_Militaba_» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el
+poder.
+
+--«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal».
+
+Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra
+cosa que no pertenece a esta historia.
+
+Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la
+frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía
+siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él
+animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar
+que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que
+miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte,
+daba escalofríos.
+
+Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que
+se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía
+muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen
+oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la
+finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban
+las manos.
+
+Aborrecía lo que olía a plebe. Los _republicanitos_ tenían en él un
+enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso colgaduras en los
+balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso
+arrojar por uno de aquellos balcones al mísero dependiente.
+
+--¡Señor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula!
+
+--¿Qué importa, animal?--respondió Trabuco furioso--. ¡No hay Paula que
+valga: en siendo San Francisco es día de gala y se cuelga!
+
+Así entendía él que servía a las Instituciones.
+
+Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco.
+
+Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia
+para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el
+Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y
+leían más periódicos del día. Y se dijo:
+
+«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio.
+Afortunadamente tengo energía--tenía muy buenos puños--y a testarudo
+nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por
+supuesto.) Sin más que esto y leer _La Correspondencia_ seré el
+Hipócrates de la provincia».
+
+Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó
+Sócrates Trabuco, ni le hacía falta.
+
+Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de
+Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con
+atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo
+procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima.
+
+Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no
+puede llamarse el Cristo, porque era un _rotin_, y blandiéndolo gritaba:
+
+--¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los
+terrenos!
+
+Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en
+el tropo y en el garrote y se diera por vencido.
+
+Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más
+bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior.
+Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le
+convenía. En tal caso el peligro estaba en los _lapsus_ geográficos.
+Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos
+invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con
+el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.
+
+También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando
+sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde
+que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas
+piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo.
+
+--¡Este va a reina!--exclamó clavando con los suyos los ojos del
+adversario.
+
+--No puede ser.--¿Cómo que no puede ser?
+
+Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del
+peón que debía ir a reina.
+
+--A reina va, y lo hago cuestión personal--añadió envalentonado Trabuco,
+dándose un puñetazo en el pecho.
+
+Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre.
+
+Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el
+peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de
+Pernueces.
+
+
+
+
+--VII--
+
+
+Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito
+Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín
+imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Además,
+Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran
+amigos suyos. Joaquín era uña y carne del Marquesito--el hijo del
+marqués de Vegallana--y este el amigo íntimo de don Álvaro.
+
+--Buenas tardes, señores--dijo Ronzal sentándose en el corro.
+
+Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso a mirar de hito en
+hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse invisible.
+
+--¿De quién se murmura, pollo?--preguntó el diputado dando una palmada
+en el muslo no muy lucido del sietemesino.
+
+Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del joven
+para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín contestó:--De
+nadie. Y encogió los hombros.--No lo creo. Estos madrileñitos siempre
+tienen algo que decir de los infelices provincianos.
+
+--Así es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor,
+era hoy la víctima.
+
+Ronzal se puso serio.--¡Hola!--dijo--¿también _espifor_? (Espíritu
+fuerte en el francés de Trabuco.)
+
+--Se trataba--añadió Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama,
+hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su
+atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don
+Fermín.... ¡Je, je!...
+
+Ronzal no entendía.--A ver, a ver; exijo que se hable claro.
+
+Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio.
+
+El señor Orgaz se atrevió a murmurar:
+
+--Hombre, eso de exigir...--Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión
+personal!
+
+--Pero ¿qué es lo que usted exige?--preguntó el muchacho agotando su
+valor en este rasgo de energía.
+
+--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la
+cuestión personal.
+
+--¿Pero qué cuestión?
+
+--¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto.
+Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le
+echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo
+que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor.
+
+--¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro!
+
+Ni él mismo sabía lo que exigía.
+
+Foja se encargó de poner las cosas claras.
+
+--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien
+pone las varas que esa señora toma o deja de tomar.
+
+--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió
+halagado con la suposición.
+
+--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela
+de juicio la virtud de esa señora tan respetable....
+
+--Pero ¿qué señora?
+
+--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie.
+
+La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables
+del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por
+unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba
+demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le
+enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos
+prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de
+la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y
+virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el
+señor Ronzal....
+
+--Es Mesía--interrumpió Joaquín.
+
+--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la
+noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que
+la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales
+cuentos a un establecimiento público....
+
+--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja.
+
+--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y
+eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz
+hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera
+de sí al bárbaro de Pernueces.
+
+No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y
+dijo:
+
+--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara
+a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en
+el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños
+crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que
+escandalizó a los señores del rincón obscuro.
+
+--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la
+puerta.
+
+--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito!
+
+Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso
+Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con
+los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco
+Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este
+había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el
+café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del
+corro. Quería decir que callaba por pura discreción.
+
+Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía
+en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la
+ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le
+sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba
+muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía
+el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en
+perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en
+inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente
+del Casino.
+
+Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el
+valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el
+prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que
+confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el
+Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema.
+Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo,
+su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno
+modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz
+e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable
+patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este
+pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos
+que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al
+Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese
+adquirido de mala fe.
+
+Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico
+también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba
+las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor.
+Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y
+sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la
+sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde
+el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro
+para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que
+no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera
+enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara.
+
+¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el
+público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde
+la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel
+_gallo_ rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero
+candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel
+_plastón_ (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían
+sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos
+del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía
+supersticiosamente al _plastón_ gran parte en las victorias de amor de
+su enemigo.
+
+Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía
+al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera
+del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y
+si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin
+ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba
+las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de
+una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía
+paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el
+movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de
+mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino
+de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o
+deshonrada cuando menos.
+
+Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba
+haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba
+sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una
+vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama
+para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción
+ronzalesca.
+
+En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda
+mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito.
+
+Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie.
+
+Negaba las conquistas de Mesía.
+
+--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando
+las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que
+entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el
+actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la
+moralidad de nuestras familias es el mejor escudo.
+
+Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la
+murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto
+nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo
+diría.
+
+Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación.
+Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de
+Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y
+le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de
+que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas
+cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él
+le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase
+en un espejo de _la Rigolade_. No le quería mal. Le hubiera hecho un
+favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el
+otro lo supiera.
+
+Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres
+casadas.
+
+Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad
+presente, debida a la restauración.
+
+--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo
+el alcalde, con su malicia de siempre.
+
+Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó:
+
+--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene
+incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las
+ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero
+catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....
+
+--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo
+hablara.... Además, todos ustedes saben....
+
+El que empleaba estas reticencias era Foja.
+
+--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no
+es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante.
+
+--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz.
+
+Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no
+Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja,
+Joaquinito y otros dos.
+
+Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del
+Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era
+la simonía».
+
+El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar
+la palabreja.
+
+Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales
+del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso
+el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el
+Obispo.
+
+--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice
+de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus
+relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y
+conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas
+esas calumniosas especies.
+
+(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)
+
+--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.
+
+--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de
+don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja,
+y que don Manuel autoriza esto, y....
+
+--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja.
+
+--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?
+
+--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró
+aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable
+sonrisa.
+
+--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se
+convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por
+todos conceptos.
+
+--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una
+pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.
+
+Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo
+contestar al liberalote.
+
+Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero
+también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido.
+
+--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la
+provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha
+hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de
+Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de
+Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las
+Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más
+vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin,
+que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el
+día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre
+saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho.
+
+El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía
+al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La
+libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés.
+Todavía era más usurero que clerófobo.
+
+Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan
+desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.
+
+¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar
+de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su
+papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía;
+y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja
+le constaba que no le quería bien ni mucho menos.
+
+--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él
+hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha
+dicho.
+
+--_Vox populi_...
+
+--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a
+Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates.
+
+--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la
+presencia de don Álvaro.
+
+--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis....
+
+--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja.
+
+Y cogiendo el sombrero añadió:
+
+--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.
+
+Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don
+Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--.
+Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará
+usted... aquella palabreja.
+
+--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con _h_...
+
+--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.
+
+--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado
+unos callos....
+
+--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que
+hay en la biblioteca.
+
+--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran
+frecuentes.
+
+--Búsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a
+Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de
+aplastar al de Pernueces.
+
+Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que
+tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más
+bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.
+
+--¡Qué callada! ¡qué callada!
+
+Orgaz, solemnemente, buscó avena con _h_. No pareció.
+
+--Será que la busca usted con _b_; búsquela usted con _v_ de corazón.
+
+--Nada, señor Ronzal, no parece.
+
+--Ahora búsquela usted sin _h_--exclamó don Frutos, ya muy serio,
+queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.
+
+Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído.
+
+Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie
+en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de
+Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre
+un diván y gritando dijo:
+
+--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra
+de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_.
+
+Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo:
+
+--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la
+cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe
+cómo se arreglan estas cosas.
+
+Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir:
+
+--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a
+dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva
+_h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario
+será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....
+
+--Sí señor; es el diccionario del Gobierno....
+
+--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la
+avena con la Habana, donde hizo su fortuna....
+
+Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la
+avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido.
+
+--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada.
+
+Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal
+objeto de burla general, le puso muy contento.
+
+Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de
+don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la
+economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de
+energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de
+vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había
+diccionario. Pero ya que Foja lo decía....
+
+Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la
+noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios
+trasnochadores.
+
+La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas
+ocupaciones.
+
+¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían
+interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de
+amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió
+espiarlos.
+
+Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El
+Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz.
+
+--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa?
+
+--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes
+razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia.
+
+--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene
+usted en asedio a la viudita?
+
+--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena.
+
+Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco.
+Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque
+ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz
+sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que
+no.
+
+--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien
+reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo
+en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a
+escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las
+carboneras? Pues también en los palacios y en los templos...
+
+ _Pauperum tabernas, regumque turres._
+
+Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó:
+
+--Pero tú ¿cómo sabes todo eso?
+
+--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es.
+
+--Sí--dijo Mesía--la de Palomares....
+
+--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en
+la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas
+partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a
+mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre,
+para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas
+cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué
+cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se
+disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación
+para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia
+de la otra....
+
+--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y...
+ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles.
+
+--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales
+circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil
+blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire
+y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota....
+
+El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--.
+¿Y él?--añadió.
+
+--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue
+a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las
+suyas, que parecen de _cocotte_ de sacristía....
+
+--¿Qué contestó?
+
+--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta
+de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería
+feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las
+vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas
+bromas y se despidió.
+
+--¡Pobre diablo!--dijo Mesía.
+
+--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su
+amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de
+esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos.
+
+Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata
+como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su
+Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta,
+ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco
+tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más
+contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro
+Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los
+mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en
+ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las
+maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don
+Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y
+cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos
+de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito
+original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que
+le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de
+mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy
+holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de
+los sombreros.
+
+Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier
+figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas
+compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería
+los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La
+esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el
+peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin
+rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha
+salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la
+mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder
+todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de
+ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las
+queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño
+a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la
+_Historia de la prostitución_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y
+sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída.
+Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la
+corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no
+venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro.
+Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.
+
+Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas
+aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como
+virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le
+dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen
+marido.
+
+La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta:
+
+--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha
+una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para
+disfrutar de otras lozanías?
+
+No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose:
+pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un
+criminal?
+
+Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo.
+
+Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el
+Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas
+mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y
+esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos,
+su manera de entender los placeres.
+
+--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y
+mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.
+
+Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas,
+Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y
+Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le
+admiraba.
+
+Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía
+bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces.
+
+--¿A dónde vamos?--preguntó Vegallana, queriendo provocar así la
+confidencia que esperaba.
+
+Don Álvaro se encogió de hombros.
+
+--Puede ser que esté ella en mi casa.
+
+--¿Quién?--Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal
+a Paco.
+
+Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía:
+--Muchacho, ¡tú eres _l'enfant terrible_! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién
+te ha dicho a ti?...
+
+--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.
+
+--¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido
+indiscreto.
+
+--¿Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta.
+
+--¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que le gustas tú.
+
+Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de Vegallana.
+
+El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes
+esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del _dandy_ se animaron.
+Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de
+sus emociones.
+
+Anduvieron algunos pasos en silencio.
+
+--¿Qué has visto tú... en ella?
+
+--¡Hola, hola! Parece que pica.
+
+--¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica?
+
+Vegallana se volvió para mirar a Mesía.
+
+Este señaló el corazón con ademán joco-serio.
+
+--¡Puf!--hizo con los labios Paco.
+
+--¿Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. ¿Tú no crees en la posibilidad
+de enamorarse?
+
+--Yo me enamoro muy fácilmente....
+
+--No es eso.--¿Y te pones colorado?--Sí; me da vergüenza, ¿qué
+quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, ¿qué sientes?
+
+Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas
+mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del
+Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión
+de su sentido moral le hacían afeminado en el alma en el sentido de
+parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores,
+ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del
+vicio fácil y corriente.
+
+Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba
+por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para
+damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa
+que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin
+pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como
+el de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo buscarlo y
+se declaraba escéptico en esta materia; pero allá adentro, en regiones
+de su espíritu en que él entraba rara vez, veía vagamente _algo mejor_
+que el ordinario galanteo, algo más serio que los apetitos carnales
+satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera
+a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasía más poderosa
+que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de
+Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En un
+cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo
+sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era
+la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito.
+
+«Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad;
+pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se
+para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras
+casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro
+y el ordinario».
+
+Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que
+Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se
+convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La
+amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había
+dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo
+poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros;
+en la casa del Marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas
+pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir
+de Paquito. Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a
+solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? Imposible, pensaba el
+seductor; esto ya sería una traición formal, de las que asustan más a
+las mujeres; semejantes enredos no podía admitirlos la Regenta: por lo
+menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar más
+a propósito para comenzar en regla un asedio y esperar los
+acontecimientos. Don Álvaro lo sabía por larga experiencia. En casa de
+Vegallana había ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le
+aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a
+todo Vetusta le parecería indispensable.
+
+Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran.
+
+Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón amarillo. ¿Qué
+sabía Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las demás;
+¿por qué se empeñaban todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje
+llevaba en el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía
+incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía en la virtud
+absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la superioridad que
+todos le reconocían. Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con
+tales ideas tenía que ser irresistible.
+
+«Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa.
+
+Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta
+la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el
+deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que
+verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.
+
+«Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que
+aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». Este era
+su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora
+con su cuenta y razón; por algo y para algo. Precisamente tenía entre
+manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un
+personaje político que había conocido en los baños de Palomares. Era
+otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien,
+había empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en
+el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las
+cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había
+rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el
+que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el
+Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un
+estudiante tímido que ama platónicamente. Había mujeres que sólo así
+sucumbían; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos
+con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del
+rendimiento. La señora del personaje de Madrid era de las que exigían
+años. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la
+carrera, y esto era lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se
+empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la
+Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía
+que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de
+prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia
+que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora
+de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor
+vergüenza todavía! otros dos años había empleado en merecer el poeta
+Trifón Cármenes, enamorado líricamente de la Regenta. Bien lo había
+conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy
+ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y
+en el sistema de ataque. Pero al principio no había más remedio, había
+que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy atrás; no
+había pasado de esta situación, poco lisonjera: la Regenta no sabía que
+aquel chico estaba enamorado de ella. Le veía a veces mirarla con fijeza
+y pensaba:
+
+«¡Qué distraído es ese poetilla de _El Lábaro_! deben de tenerle muy
+preocupado los consonantes». Y en seguida se olvidaba de que había
+Cármenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta más testigo de
+su dolor que Mesía, la única persona del mundo que entendía el sentido
+oculto y hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías
+parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don Álvaro dueño de la
+clave.
+
+Esta parte ridícula, según él, de su empeño, ponía furioso unas veces al
+gentil Mesía y otras de muy buen humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de
+Trifón! Había que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante
+preparado. Aquello era el corazón de la Regenta.
+
+El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la
+lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo
+primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores. Verdad
+era que en aquellos dos años había rendido otras fortalezas. Pero
+ninguna aventura había sido de las ruidosas; nada podía saber la Regenta
+de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador debían de ser
+para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran
+dotes positivas de don Álvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales
+pocos las conocían; las que sonaban y hasta refería él siempre eran
+antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse
+querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el
+Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino,
+constante y platónico amador de su gentileza. Esto era lo que él quería
+saber a punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría la tranquilidad de
+la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar
+honrado?
+
+Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno,
+y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta.
+
+«Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don Álvaro. «La
+devoción sería un rival más temible que Cármenes; el Magistral un
+cancerbero más respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo».
+
+No había más remedio que jugar el todo por el todo.
+
+Había llegado la época de la recolección: ¿serían calabazas? No lo
+esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a sí
+mismo, no las tenía todas consigo. Por eso le irritaba más la
+supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella señora; le irritaba
+más porque él, sin querer, participaba de aquella fe estúpida.
+
+«Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y
+además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si hasta la Biblia lo dice!
+¿Mujer fuerte? ¿Quién la hallará?».
+
+Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que
+probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en
+la conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía
+disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. Queriendo
+tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en
+corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo
+una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete.
+
+--«¡Esta es la moral positiva!--decía el Marquesito muy serio cuando
+alguien le oponía cualquier argumento--. Sí, señor, esta es la moral
+moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica
+otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño
+se le hace a un marido _que no lo sabe_?».
+
+Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él
+estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen
+conservador, no la quería en las Universidades.
+
+«¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos».
+
+Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño
+tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había ablandado el alma la
+elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro!
+Mucho más grande que nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre
+frío, el _dandy_ desengañado, tenía otro hombre dentro? ¡Quién lo
+pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices
+delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente
+indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si
+es no es romántico!». Si en vez de la _Historia de la prostitución_
+Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don
+Álvaro no hacía más que imitar--y de mala manera, porque él era ante
+todo un hombre político--a los héroes de aquellos libros elegantes. Sin
+embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesía; era este
+una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por
+amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa.
+
+«Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, frío y
+prosaico por fuera, romántico y dulzón por dentro».
+
+Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más partido
+entre las mozas del ídem, estaba resuelto:
+
+1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por seguros,
+de la Regenta y Mesía. Y
+
+2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una _pasión
+verdad_, compatible con su afición a las formas amplias y a las
+turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto.
+
+--¿Quién está arriba?--preguntó a un criado, seguro de que estaría la
+Regenta «porque se lo daba el corazón».
+
+--Hay dos señoras.--¿Quiénes son? El criado meditó.--Una creo que es
+doña Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la
+otra... no sé.
+
+--Bueno, bueno--dijo Paco, volviéndose a Mesía--. Son ellas. Estos días
+Visita no se separa de Ana.
+
+A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo.
+
+--Oye--dijo--llévame primero a tu cuarto. Quiero que allí me expliques,
+como si te fueras a morir, la verdad, nada más que la verdad de lo que
+hayas notado en ella, que puede serme favorable.
+
+--Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había notado... no
+era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... y precisamente
+él estaba tan excitado en aquel momento....
+
+Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al
+vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina.
+Era la carcajada eterna de Visita.
+
+--¡Están en la cocina!--dijo Mesía asombrado y recordando otros tiempos.
+
+--Oye--observó Paco--¿no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer
+empanadas y no sé qué mas?
+
+--Sí, ella lo dijo.--Entonces... ¿cómo está aquí Visitación?
+
+--¿Y qué hacen en la cocina?
+
+Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía,
+apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la
+casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos
+negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y
+habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos
+y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por
+encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la
+muerte; del pico caían gotas de sangre.
+
+Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán de retorcer
+el pescuezo a su víctima y gritó triunfante:
+
+--¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos los hombres!...
+
+«¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra».
+
+
+
+
+--VIII--
+
+
+El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más
+reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición a la política y
+más servía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre un favorito que era
+el jefe verdadero. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego
+natural de las instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don
+Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. El reaccionario
+creía resolver sus propios asuntos y en realidad obedecía a las
+inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como
+un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los
+blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba de los negocios
+conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si
+mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y
+licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran
+gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales, el marqués de
+Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y
+daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico
+en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los
+soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las
+aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo
+sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble,
+aprovechando el secreto.
+
+Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse leguas», o sea dar
+paseos de muchos kilómetros.
+
+Le aburrían las intrigas de politiquilla.
+
+Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía.
+Don Álvaro era al Marqués en política lo que a Paquito en amores, su
+Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de
+pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aquí
+estaba el secreto de la política de Vegallana, conocido por pocos.
+
+Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», solían
+exclamar:
+
+--¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació para amaños electorales, para
+manejar pueblos.
+
+--No, y los años no le rinden; siempre es el mismo.
+
+Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía.
+
+Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía enfrente de
+un candidato reaccionario a quien había que dejar el triunfo. El Marqués
+agradecía a don Álvaro su abnegación, y le pagaba diciéndole, por
+ejemplo:
+
+--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí me
+carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y
+entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor fidelísimo.
+
+¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía el verse diputado de la
+Comisión a una de estas sabias combinaciones!
+
+El Marqués decía que «la fatalidad le había llevado a militar en un
+partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su
+temperamento era de liberal». Tenía grandes «amistades personales» en
+las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la
+redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían
+manejando la complicada máquina de las influencias, el único servicio
+positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía un
+puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por las parroquias
+electorales que visitaba en sus paseos de Judío Errante.
+
+Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, contaba los
+pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los
+kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los señalaba
+con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana. Llegaba
+a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar más
+satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se
+hablaba en primer término del paseo de Vegallana.
+
+--¿A dónde bueno, Marqués?--le preguntaba un amigo que le encontraba en
+el campo.
+
+--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos...
+tres... cuatro...--y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con
+nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.
+
+Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas
+eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo el orgullo
+y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense,
+pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas.
+
+Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y
+medidas. Sabía en números decimales la capacidad de todos los teatros,
+congresos, iglesias, bolsas, circos y demás edificios notables de
+Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo,
+y tantos de altura»; y hallaba el cubo en un decir Jesús. El Real tiene
+tantos metros cúbicos menos que la Gran Ópera. Mentía cuando quería
+deslumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si
+se le antojaba. «A mí hechos, datos, números--decía--; lo demás...
+filosofía alemana».
+
+En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese
+proporción entre la catedral y la plazuela, convendría retirar tres o
+cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto de buen grado. Era
+el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en materia de monumentos
+históricos y ornato público. Todo lo quería alineado. Soñaba con las
+calles de Nueva York--que nunca había visto--y si le sacaban este
+argumento:
+
+--«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades».
+
+Contestaba:--«Señor mío, _distingue tempora_... (no quería decir eso)
+no tergiversemos, no involucremos, _post hoc ergo propter hoc_ (tampoco
+quería decir eso.) La verdadera desigualdad está en la sangre, pero los
+tejados deben medirse todos por un rasero. Así lo hace América, que nos
+lleva una gran ventaja».
+
+La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa
+del Marqués, por un rasero se había medido.
+
+No había una casa más alta que otra.
+
+Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho pisos
+para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el
+Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los tejados
+«dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la
+sociedad en que vivimos», como decía el Marqués en un artículo anónimo
+que publicó en _El Lábaro_.
+
+La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que
+ella creía casi universal en los maridos. Ella sí que era liberal. Muy
+devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devoción
+consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a
+la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco
+duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer,
+mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran
+conservas. La libertad, según esta señora, se refería principalmente al
+sexto mandamiento. «Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas
+las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más
+amplia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que la aristocracia de
+ahora podía hacer era divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la
+nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa
+no había más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo y
+la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles,
+según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la
+Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo grandes
+modificaciones en el salón Regencia.
+
+El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón amarillo
+diciendo:
+
+--«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la Regencia; ¿por
+dónde? como no sea de la regencia de Espartero...». Los muebles eran
+lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de
+vista arqueológico, convertidos en flagrantes anacronismos.
+
+Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del
+amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después,
+y últimamente con raso basteado, _capitoné_ que ella decía, en
+almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le
+antojaban impúdicas. El tapicero protestó en tiempo oportuno; en el
+salón sentaba mal lo _capitoné_, según su dogma, pero la Marquesa se
+reía de estas imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón,
+espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que
+entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, según
+el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal
+gusto, contestaba que la moda moderna era lo _confortable_ y la
+libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero
+al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al
+segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha
+manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez
+hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada
+artísticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el día la Marquesa, la
+anarquía de los muebles era completa, pero todos eran cómodos; casi
+todos servían para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas,
+confidentes, taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en
+entrando allí daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza
+anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como
+pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con
+los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a
+todos los vientos.
+
+La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana,
+se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía
+novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete.
+La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al
+teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran
+rayos; para eso tenía carruajes. _Si no había teatro_, y esto era muy
+frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los
+amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía
+periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo
+intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género
+de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves
+interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y
+un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más
+pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no
+dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no
+lo admitía ella. Cuando alguno _salía garante_ de una virtud, la
+Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un
+lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase
+negaciones. A veces pronunciaba claramente:
+
+--A mí con esas... que soy tambor de marina.
+
+No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las
+costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían
+referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV.
+
+En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si había
+pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara
+de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante
+altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los
+demás se quejaban. Era una injusticia.
+
+--«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»--decían algunos un tanto
+ofendidos.
+
+Doña Rufina se encogía de hombros.
+
+--«Cosas de ese»--respondía--aludiendo a su marido.
+
+No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero una
+noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón y
+llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó con
+una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer--estaba seguro--y
+sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por
+discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara.
+Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad
+irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba todavía a la
+llave del gas.
+
+De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían casado
+y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella
+escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas
+vivían con ella, había desaparecido. Era el único consuelo de tanta
+soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de
+las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas
+linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba
+el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como
+temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de
+lo _mejorcito_ de la capital. Algunos padres timoratos oponían algunos
+argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués,
+pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la
+señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de
+las hijas ausentes;--el de Emma no volvió a ser habitado, pero se
+entraba en él cuando hacía falta--. Las muchachas animaban por algunas
+semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas
+y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De
+noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera
+sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche había aventuras, pero
+silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba
+sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre
+femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. _Videor meliora_,
+le decía don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la
+Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las
+muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer
+compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas.
+Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los
+acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón
+amarillo habían salido muchos matrimonios _in extremis_, como decía
+Paquito creyendo que _in extremis_ significaba una cosa muy divertida.
+Pero lo que salía más veces, era asunto para la crónica escandalosa. Se
+respetaba la casa del Marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se
+contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre:
+
+--«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales
+una casa tan respetable, tan digna». Los liberales avanzados, los que no
+se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor.
+
+Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa
+donde había tantas aventuras.
+
+Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan
+estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q. e. p. d.) el
+_de la clase_, aún no era para todos el entrar en la tertulia de
+confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las
+puertas, porque se daban tono así, y además no les convenían testigos.
+«Estaban mejor en _petit comité_». El espíritu de tolerancia de la
+Marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual
+a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia,
+las mamás que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a
+las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de
+cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y
+quién duda que estas se harían respetar? Allí estaba Visitación por
+ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las
+ridículas, así como los maridos que seguían conducta análoga. Algún
+canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia,
+aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí
+mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la Marquesa de día. A
+los escrupulosos se les llamaba hipócritas y adelante.
+
+La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo
+vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con
+gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba
+Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía a mirar, faltaba
+Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía leyendo. Y pensaba: «Todos son personas
+decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestión de
+_peccata minuta_... allá los interesados». Y encogía los hombros. Este
+criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces
+seguía pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las
+conozco, me avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías;
+mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían casado y
+nadie se las había devuelto quejándose de lesión enormísima. Si había
+habido algo, serían niñerías. Y la otra había muerto porque Dios había
+querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de
+sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con
+franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin
+rodeos.
+
+Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no
+tomaba ninguna precaución.
+
+--«Madres tienen», decía, o «con su pan se lo coman».
+
+Y añadía siempre lo de:
+
+--«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...».
+
+Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y
+de su tertulia era Mesía.
+
+«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué
+prudencia! ¡qué discreción!».
+
+«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un
+escándalo».
+
+A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la
+habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en
+brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.
+
+Su Paco era torpe, no sabía....
+
+--«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No
+llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser
+cauto y después... tu alma tu palma».
+
+Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente:
+
+--«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a
+Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que
+tributaba al Tenorio vetustense.
+
+La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de subir
+siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos.
+
+En la época en que venían las sobrinas, había además de tertulia
+conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores
+tiempos. La alegría corría otra vez por toda la casa; no había rincones
+seguros contra el atrevimiento de los amigos íntimos; y en los
+gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba aún el lecho virginal de
+las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos,
+delatores de los juegos en que consistía la vida de aquella Arcadia
+casera.
+
+Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; en aquella
+casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una
+historia en íntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de
+los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una
+garantía del eterno silencio que les recomendaba. Parecía decirle la
+madera de fino barniz blanco: No temas; no hablará nadie una palabra.
+En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias
+dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las
+prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los
+asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se
+parecía al mismo Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos
+amorosos.
+
+El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer.
+
+«Si no había podido moralizarla a ella, mal había de moralizar a sus
+tertulios». Él vivía en el segundo piso.
+
+Había comprendido que el salón amarillo había ido perdiendo poco a poco
+la severidad propia de un estrado, y se había decidido a convertir en
+_sala de recibir_ la del segundo, que estaba sobre el salón Regencia.
+
+La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien
+fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando eran de cumplido, se
+morían de frío en el salón de antigüedades. El salón de antigüedades y
+el despacho del Marqués, «constituían, como él decía, la parte seria de
+la casa». En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente
+nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana tenía en mucho la
+severidad de su despacho; nada más serio que el roble para casos tales.
+La «sobriedad del mueblaje» rayaba en pobreza.
+
+--¡Mi celda!--decía el Marqués con afectación.
+
+Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes
+del _salón de antigüedades_ pendían tapices más o menos auténticos, pero
+de notoria antigüedad.
+
+Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno de respeto en aquel
+museo de trampas, según su expresión. El Marqués tenía la vanidad de ser
+anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba
+al cabo obra de los _truqueurs_, palabra del capitán. El implacable
+Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta
+le despreciaba; pero por no disgustarle, no había querido darle pruebas
+inequívocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II
+del salón de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este
+los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero; ¡los
+había comprado él mismo en París!... Pues Bedoya, al que le aducía este
+argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los
+viera, subía con él al segundo piso; se encerraba en el salón de
+antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del
+Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba
+cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había hecho él varios
+agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la
+silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh
+triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas,
+pero no en polvo.
+
+--¿Ve usted?--decía Bedoya.
+
+--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone,
+se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los
+roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen
+más que dinero y credulidad; ¡esto es _truquage_, puro _truquage_!
+
+Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía
+triunfante diciendo por la escalera:
+
+--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay
+que decirle una palabra!
+
+Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa
+a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de
+don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera
+ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas
+cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él
+en semejante disposición de ánimo.
+
+Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio,
+les llamaban a grandes voces, riendo como locas.
+
+--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose
+los dedos llenos de almíbar.
+
+--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita
+preparando la merienda?
+
+Visita se ruborizó levemente.
+
+Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito
+Orgaz, que había ido _a caza_ de Obdulia....
+
+Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto
+flan invención de la difunta doña Águeda Ozores; además, el horno de la
+cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin,
+no le adornaban otras condiciones técnicas, que no entendían ellos.
+Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se
+habrían podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va!
+habían trasladado su campamento a casa de Vegallana.
+
+La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían
+sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. Salvo el
+haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin moverse había
+dado sus órdenes.
+
+--A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, que ayuden
+a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten.
+
+Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho sonriente:
+
+--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz.
+
+Y se había enfrascado en la lectura de _Los Mohicanos_ de Dumas.
+
+Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier
+amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero si su cocina era infernal! La
+chimenea devolvía el humo; no se podía entrar allí sin asfixiarse, ni en
+el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podían jactarse de haber
+visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y
+se presentaban charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba
+ciertas puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los
+estrechos y obscuros pasadizos:
+
+--Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra
+esa puerta.
+
+Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía a
+entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que los
+_pollos_ de imaginación se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas
+prendas se depositaban en una alcoba donde había una cama de excusa,
+pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al aire. Aquél era el
+vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestían todos juntos
+porque todo se ponía sobre el propio traje. Además Visita no alumbraba
+el cuarto, ¿para qué? Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las
+cortinillas de tafetán verde:
+
+--Pepe que le doy a usted un cachete.
+
+--Hola, hola, eso no estaba en el programa....
+
+--Niños, niños, formalidad.
+
+--¿Por qué no les da usted una luz, Visita?
+
+--Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....
+
+--Tiene razón Visita, tiene razón--gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o
+el Pepe de la bofetada.
+
+Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y
+trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras.
+
+Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había
+alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los
+treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le
+decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala
+crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había
+querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo
+era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo
+y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún
+dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía
+creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza.
+
+--Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí
+el otro día.
+
+--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted.
+
+--¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono!
+
+--No vale nada.--¡Es precioso!--Está a su disposición.
+
+--No me lo diga usted dos veces...--Está a su disposición... ¡vaya una
+alhaja!
+
+--¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca....
+
+Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca
+ladrona.
+
+Donde hacía estragos era en los comestibles.
+
+Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.
+
+--¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del
+armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a
+ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre.
+
+Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana.
+Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una
+comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente
+Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el
+pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección,
+los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina.
+Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro
+humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios
+la perdonara.
+
+El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de
+buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía
+de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por
+lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa;
+mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos
+coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que
+viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo
+cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués.
+Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la
+merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios.
+
+--Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado?
+
+--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada
+más justo.--A escote.--Dejen ustedes, ¿se quieren ustedes callar? No
+se hable de eso, no merece la pena.
+
+Visita tenía principio para algunas semanas y postres para meses. Su
+esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia,
+pariente de títulos. Si Visita no se ingeniara ¿cómo se mantendría aquel
+decente pasar que era indispensable para continuar siendo parientes de
+la nobleza?
+
+Cuando Visitación era soltera, se dijo--¡de quién no se dice!--si había
+saltado o no había saltado por un balcón... no por causa de incendio,
+sino por causa de un novio que algunos presumían que había sido Mesía.
+Todas eran conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no
+guardaba las apariencias....
+
+Ya nadie se acordaba de aquello; seguía siendo aturdida, tenía fama de
+golosa y de _gorrona_--según la expresión que se usaba en Vetusta como
+en todas partes--pero nada más. Era insoportable con su alegría
+intempestiva; mas en materia grave, en lo que no admite parvedad de
+materia, nadie la acusaba, a lo menos públicamente. Por supuesto, que no
+se cuenta tal o cual descuidillo....
+
+Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus
+ojos pequeñuelos que cerraba entornándolos hasta hacerlos invisibles,
+tenían cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que
+ella suponía. Al tocarla la mano cuando no tenía guante, notaba el
+tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer.
+
+Don Álvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de
+Visitación y hacía gestos mal disimulados de asco. Aseguraba que tenía
+un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podría esperarse;
+pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban mucho que desear... ya se
+le entendía. Y solía limpiar los labios con el pañuelo después de decir
+esto.
+
+Paco Vegallana, juraba que usaba aquella señora ligas de balduque, y que
+él le había conocido una de bramante. Todo esto, por supuesto, se decía
+nada más entre hombres, y habían de ser discretos.
+
+Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no así su
+conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin
+embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones
+anteriores, menos las de Mesía. Eran su orgullo. Aquel hombre la había
+fascinado, ¿para qué negarlo? Pero sólo él. Era viuda y jamás recordaba
+al difunto; parecía la viuda de Alvarito; «¡era su único pasado!».
+
+Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo
+menos Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a
+consagrar el resto del día al idealismo, en buen hora despertado por las
+relaciones de su amigo, consintió el Marquesito en pasar a la cocina de
+su casa, al oler lo que guisaban aquellas señoras.
+
+En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no
+eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero,
+refinamiento en el arte culinario, todo esto y más se notaba desde el
+momento de entrar allí.
+
+Pedro, el cocinero, y Colás, su pinche, preparaban la comida ordinaria,
+y parecía que se trataba de un banquete. Por toda la provincia tenía
+esparcidos sus dominios el Marqués, en forma de arrendamientos que allí
+se llaman caseríos, y a más de la renta, que era baja, por consistir el
+lujo en esta materia en no subirla jamás, pagaban los colonos el tributo
+de los mejores frutos naturales de su corral, del río vecino, de la caza
+de los montes. Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas,
+capones, gallinas, acudían mal de su grado a la cocina del Marqués, como
+convocados a nueva Arca de Noé, en trance de diluvio universal. A todas
+horas, de día y de noche, en alguna parte de la provincia se estaban
+preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; podía asegurarse.
+
+A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dormía Pedro, y
+dormía el amo, y nadie pensaba en comer, allá a dos leguas de Vetusta,
+en el río Celonio velaba un pobre aldeano tripulando miserable barca
+medio podrida y que hacía mucha agua. Debajo de peñón sombrío, que como
+torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, y hace más obscura la
+obscuridad del río en el remanso, acechaba el paso del salmón, empuñando
+un haz de paja encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela
+de fuego. Aquel salmón que pescaba el colono del magnate a la luz de una
+hoguera portátil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas,
+esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de
+pino, blanca y pulcra.
+
+También de noche, cerca del alba, emprendía su viaje al monte el casero
+que se preciaba de regalar a su _señor_ las primeras arceas, las mejores
+perdices; y allí estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo
+el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmón
+despedazado. Allí cerca, en la despensa, gallinas, pichones, anguilas
+monstruosas, jamones monumentales, morcillas blancas y morenas, chorizos
+purpurinos, en aparente desorden yacían amontonados o pendían de
+retorcidos ganchos de hierro, según su género. Aquella despensa devoraba
+lo más exquisito de la fauna y la flora comestibles de la provincia. Los
+colores vivos de la fruta mejor sazonada y de mayor tamaño animaban el
+cuadro, algo melancólico si hubiesen estado solos aquellos tonos
+apagados de la naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras
+amarillentas, otras de asar, casi rojas, manzanas de oro y grana,
+montones de nueces, avellanas y castañas, daban alegría, variedad y
+armoniosa distribución de luz y sombra al conjunto, suculento sin más
+que verlo, mientras al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de
+la química culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas,
+limones, manzanas y heno, que era el blando lecho de la fruta.
+
+Y todo aquello había sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en el
+bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas,
+luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en
+vega, prados, ríos, montes.... «¡Indudablemente Vegallana sabía ser un
+gran señor!», pensaba suspirando Visita, que soñaba muerta de envidia
+con aquella despensa, exposición permanente de lo más apetecible que
+cría la provincia.
+
+El Marqués sonreía cuando le hablaban de ampliar el sufragio. «¿Y qué?
+¿no son casi todos colonos míos? ¿no me regalan sus mejores frutos? ¿los
+que me dan los bocados más apetitosos me negarán el voto insustancial,
+_flatus vocis_?».
+
+El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despedía rayos desde
+todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno de
+la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz
+imperiosa; mandaba allí como un tirano. Comía lo mejor; mantenía las
+tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el servicio del comedor
+desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida sólo de pucheros y
+peroles, sino un capitán general metido en el fuego y atento a la mesa.
+No era viejo. Tenía cuarenta años muy bien cuidados; amaba mucho, y se
+creía un lechuguino, en la esfera propia de su cargo, cuando dejaba el
+mandil y se vestía de señorito.
+
+Colás era un pinche de vocación decidida, colorado y vivo, de ojos
+maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a más de la robusta
+montañesa que tenía a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su
+tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de sus amos,
+colaboraba sabiamente. Había empezado por tolerar nada más aquella
+irrupción de la merienda. La cocina daba espacio para todo; aquello no
+valía nada, y otorgó el cocinero su indispensable permiso con un desdén
+mal disimulado. Poco a poco pasó del estado de tolerancia al de
+protección: primero se rebajó hasta dar algunos consejos a la montañesa,
+después le dio un pellizco. Se animó aquello.
+
+--Colás, ponte a la disposición de esas señoras--dijo Pedro con voz
+solemne.
+
+Porque el mandato de la Marquesa no había bastado; el pinche obedecía a
+Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo
+contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido más que
+su dimisión. Era su lenguaje. Leía muchos periódicos antes de
+convertirlos en cucuruchos.
+
+Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenzó a
+seducirle con miradas de medio minuto y algún choque involuntario, Pedro
+se rindió, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la
+merienda de Visita.
+
+Llegó a más; quiso enamorar a doña Obdulia con pruebas de su habilidad,
+y acudía siempre que se presentaba una cuestión teórica o una dificultad
+práctica.
+
+«¿Qué se echa ahora?
+
+»¿Qué se tuesta primero?
+
+»¿Cuántas vueltas se les da a estos huevos?
+
+»¿Cómo se envuelve esta pasta?
+
+»¿Lleva esto pimienta o no la lleva?
+
+»¿Será una indiscreción poner aquí canela?
+
+»El almíbar ¿está en su punto?
+
+»¿Cómo se baten estas claras?».
+
+A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro.
+Cuando no bastaba una explicación, ponía él la mano en el asunto y era
+cosa hecha.
+
+Obdulia, que había aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con
+sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de
+la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior había vuelto loco de
+placer y voluptuosidad al señor Bermúdez, en premio de su erudición
+arqueológica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al
+cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al oír
+una luminosa teoría acerca de la grasa de cerdo; un apretón de manos, al
+parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el
+mismo recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer
+de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convenía
+al dulce de melocotón, Obdulia se acercó al dignísimo Pedro y sonriendo
+le metió en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con
+sus labios de rubí (este rubí es del cocinero.)
+
+Al personaje del mandil se le apareció en lontananza la conquista de
+aquella señora como una recompensa final, digna de una vida entera
+consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que
+gracias a él habían encontrado más fácil y provocativo el camino de los
+dulces y sustanciales amores.
+
+Pedro llegó a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la casa
+intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. Él amaba
+a la mujer, a todas las mujeres, pero no creía en sus facultades
+culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son términos
+antitéticos, palabras que había aprendido en sus cucuruchos de papel
+impreso. La libertad y el gobierno son antitéticos, había leído en un
+periódico rojo, y aplicaba la frase a la cocina y a la mujer. Lo que
+pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba Pedro de las
+cocineras. Las llamaba marimachos.
+
+Si se le decía que los cocineros son más caros y gastan más, respondía:
+
+--Amigo, el que no sea rico que no coma.
+
+Por lo demás, él era socialista, pero en otras materias.
+
+Cuando entraron en la cocina los señoritos, Pedro volvió a su continente
+habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los
+_caseros_ que traían las provisiones desde la aldea, remota a veces. El
+fogón era un dios y él su Pontífice Máximo; los demás sacrificaban en
+las aras del fogón y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio.
+Volvió a su gesto desdeñoso, porque así entendía el respeto a los amos.
+Apenas contestaba si le hablaban. No tardó en ver por sus ojos que _la
+donna è movile_, como cantaba él a menudo. Obdulia, en cuanto entraron
+los otros, le olvidó por completo. ¡Antes había olvidado a don
+Saturnino, que yacía en «el lecho del dolor» con sendos parches de sebo
+en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de
+aquella tarde arqueológica!
+
+La conversación de metafísica erótica que Mesía y Paco acababan de dejar
+no les permitía, al principio, participar de aquel entusiasmo
+gastronómico y culinario a que estaban entregadas las damas. Verdad es
+que la hora de comer se acercaba y aquellos olores excitaban el apetito.
+Pero el ideal no come. Mesía gozaba del arte supremo de entrar en
+carboneras, cocinas y hasta molinos, sin coger tiznes, grasa, ni harina.
+Estaba en la cocina del Marqués como en el salón amarillo, a sus anchas
+y sin tropezar con nada. Allí mismo había repartido él besos en muy
+distintas y apartadas épocas. No había tal vez un rincón de aquella casa
+libre de semejantes recuerdos para don Álvaro. En cuanto a Paquito, no
+se diga. Su primer amor había sido una criada que tenía su dormitorio en
+lo que hoy era despensa. Sabía el Marquesito andar por la cocina a
+obscuras, a gatas, y ya había medido con su agazapado cuerpo las
+dimensiones de la carbonera provisional que había cerca del fogón.
+
+No tardaron los señoritos, a pesar del ideal, en tomar parte más activa
+en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. También ellos
+eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del pinche y
+de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron probar
+sus habilidades metiendo la mano en pastas y almíbares y en cuanto se
+preparaba. Paco se puso perdido. Mesía estaba como un armiño metido a
+marmitón.
+
+Obdulia había tropezado quinientas veces con el Marquesito; se rozaban
+sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y
+fingían no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traía
+falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal
+blanco, dejó ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un
+gusto nuevo. Siempre había considerado el joven aristócrata como una
+antinomia del amor aquella preferencia que él daba a la escultura humana
+con velos, sobre el desnudo puro. ¿Por qué le excitaba más el velo que
+la carne? No se lo explicaba. Veía la rolliza pantorrilla de una aldeana
+descalza de pie y pierna ¡y nada! ¡veía una media hasta ocho dedos más
+arriba del tobillo... y adiós idealismo! Y así fue esta vez. Es más; si
+la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no hubiese
+perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos cuadros
+rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a
+la torpe y grosera realidad, y Obdulia notó en seguida que triunfaba.
+
+Para la viuda, uno de los placeres más refinados era «una sesión» alegre
+con uno de sus antiguos amantes; aquello de no principiar por los
+preliminares le parecía delicioso. ¡Después, los recuerdos tenían un
+encanto! ¡Saborear como cosa presente un recuerdo! ¿Qué mayor dicha?
+Paco había sido su amante. Ella hubiera preferido a Mesía, que estaba en
+las mismas condiciones y era mucho más antiguo. ¡Pero Álvaro estaba
+hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de atreverse;
+con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fría y honrada
+con que la miraba el señor Obispo. Estaba segura de que ni al Obispo ni
+a Mesía les sugería su presencia jamás un deseo carnal. Era intratable
+aquel don Álvaro. También lo era el Obispo. Y sin embargo, bien lo sabía
+Dios, ella le había sido fiel--a Mesía, por supuesto--; todavía le amaba
+o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero él no quería
+ya. Aquello se había acabado.
+
+Se habían cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todavía
+encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y
+alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro notó que
+guardaba en una faltriquera terrones de azúcar y papeles de azafrán
+puro, que se consumía en la cocina del Marqués, con gran envidia de la
+urraca ladrona. También almacenó entre las faldas un paquete de té
+superior.
+
+Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones
+humorísticas que ya no hacían reír. Todos sabían que aquél era el vicio
+de doña Visita.
+
+Las señoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se fueron
+a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya sabían dónde estaba el
+tocador para tales casos. Era la habitación donde había muerto la hija
+segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. Allí estaba el
+lecho, pero no quedaba de la pobre niña ni una prenda, ni un recuerdo.
+
+Mesía y Paco entraron con las señoras ¿por qué no? Se conocían demasiado
+para fingir escrúpulos. Además, «no se les había de ver nada» como dijo
+Obdulia. Paco y la viuda se lavaron juntos las manos en una misma
+jofaina; los dedos se enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un
+placer muy picante, según ella. Esto les recordó mejores días. El sol
+que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolvía
+en una aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogón, las
+bromas y la faena habían encendido brasas en las mejillas de Obdulia;
+una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quería algo y no sabía qué.
+No era cosa de comer de fijo, porque había probado de cien golosinas y
+hasta algo de la comida del Marqués por chanza.
+
+Visitación y Mesía, más tranquilos, conversaban al balcón, apoyados en
+el hierro frío del antepecho. «No volverían la cara; estaba ella
+segura». Entre estos camaradas, jamás se falta a ciertos pactos tácitos.
+
+El Marquesito soltó una carcajada.
+
+--¿De qué te ríes?--dijo Obdulia.
+
+--De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andará buscándote por todas
+partes. Es chusco ¿eh?
+
+Obdulia meditó y al fin rió a carcajadas. «Era chusco en efecto». Se
+había sentado sobre la cama de la difunta. Los pies de la viuda se
+movían oscilando como péndulos. Se veía otra vez la media escocesa.
+Ahora se veían dos. Obdulia suspiró. Se habló de lo pasado. «En rigor,
+siempre se habían querido; había _algo_ que les unía a pesar suyo. Se
+tronaba porque la constancia es imposible y hastía al cabo; eran
+ridículas unas relaciones muy largas; esto lo habían aprendido los dos
+en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos años, a más tardar;
+los arreglos pueden tirar algo más, poco».
+
+--Pero ¿verdad--dijo Obdulia, poniéndose más guapa--que esto de
+encontrarse de vez en cuando se parece un poco a un buen día de sol en
+invierno, en esta tierra maldita del agua y la niebla?
+
+--¡Magnífico!--exclamó Paco--es verdad; una cosa sentía yo que no sabía
+explicarme... y era eso.
+
+Y como le pareciera alambicado y poético este sentimiento, se consagró a
+enamorar de todo corazón a la viuda por aquella tarde.
+
+Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos.
+
+Visitación también tenía brasas en las mejillas y sus ojos pequeños los
+habían hermoseado el calor de la cocina y la animación de la broma,
+arrancándoles reflejos de fingida pasión. Su pelo de un rubio obscuro
+era rizoso y caía en mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y
+don Álvaro como hermanos cariñosos. Él había sido su primer amor serio,
+es decir, el primero que le había hecho cometer imprudencias, como, v.
+gr., saltar de noche por un balcón. ¡Pero estaba ya tan lejos todo
+aquello! La vida había puesto por medio todos sus prosaicos cuidados.
+
+La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restañar las
+heridas del crédito, a conjurar la bancarrota, había convertido el
+espíritu de _aquella loca_ al positivismo vulgar, y había atajado las
+demasías eróticas de su fantasía juvenil.
+
+Hacía muy buena casada, en opinión de las gentes; esto es, atendía con
+gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domésticos.
+
+Mesía y Visita no tenían en el invierno de sus amores aquellos días de
+sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se veían a solas y alguno de
+ellos tenía algún cuidado o preocupación, de esos que piden confidentes
+y consejeros, se lo decían todo, o casi todo; se hablaban en voz baja,
+muy cerca uno de otro, y volvían a llamarse de tú como antaño. Parecían
+un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de años.
+
+--¡Bah!--decía Visitación con un poco de tristeza verdadera, que daba
+interés al ocaso de su hermosura--; ¡bah! tú has caído esta vez de
+veras, te lo conozco yo. Pero también te digo una cosa: que te va a
+costar tu trabajo....
+
+Mesía hablaba de la Regenta con Visita con más franqueza que con Paco.
+Su _política_ tenía que ser diferente. Al Marquesito había que hablarle
+de amor puro, por los motivos explicados antes; a Visita de una
+conquista más. Comprendía don Álvaro que Visitación quería precipitar a
+la Regenta en el agujero negro donde habían caído ella y tantas otras.
+Visita era amiga de Ana desde que esta había venido a Vetusta con su tía
+doña Anunciación y con Ripamilán, el hoy Arcipreste. Admiraba a su
+amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la
+molestaba como a todas, y la virtud la volvía loca. Quería ver aquel
+armiño en el lodo. La aburría tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo:
+«¡La Regenta, la Regenta es inexpugnable!». Al cabo llegaba a cansar
+aquella canción eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. ¡La
+Regenta! ¿Por qué? ¿No había otra? Ella lo había sido en Vetusta poco
+tiempo. Su marido había dejado la carrera muy pronto, ¿a qué venía
+aquello de Regenta por aquí, Regenta por allí? Poco tiempo tenía la
+mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de
+pura fantasía y mala intención; necesitaba la atención para la prosa de
+la vida que era bien difícil; pero algún desahogo había de tener: pues
+bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas. No se
+separaba de ella en cuanto podía: a la iglesia, al paseo, al teatro,
+iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La del Banco,
+desde que había descubierto algún interés por don Álvaro en su amiga y
+en Mesía deseos de vencer aquella virtud, no pensaba más que en
+precipitar lo que en su concepto era necesario. No creía a nadie capaz
+de resistir a su antiguo novio.
+
+En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto.
+
+Álvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte
+arraigado en él por las dificultades.
+
+Visita fingía preferir que fuese una pasión verdadera; disimulaba el
+placer íntimo que encontraba en las afirmaciones del otro.
+
+--Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades.
+
+--No hablemos de eso.--Se quiere una vez y después... se las arregla
+uno como puede.
+
+Mesía al decir esto encogía los hombros con un gesto de desesperación
+humorística que a él y a sus adoratrices se les antojaba muy
+interesante, byroniano (si las adoratrices sabían de Byron.)
+
+--Y ella es hermosa, Alvarín, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo.
+
+--Sí, eso a la vista está.
+
+--No, no todo está a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo
+que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrás, donde se oía el
+cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jamás se aprieta con cintas y
+poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... ¡Si la vieras!
+
+--Me lo figuro.--No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continuó Visita:
+
+--¿Ves esa cara dulce, apacible, que sólo tiene algo de pasión en los
+ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestañas, contenida...?
+
+--¿Verdad que tiene razón Frígilis?
+
+--¿Qué dice ese sonámbulo?
+
+--Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla.
+
+--Es verdad; la cara sí...--Y la expresión; y aquel modo de inclinar la
+cabeza cuando está distraída; parece que está acariciando a un niño con
+la barba redonda y pura....
+
+--¡Hola, hola! ¡el pintor!
+
+Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero
+aventado.
+
+--¡Dice que no está enamorado y la compara con la Virgen!...
+
+--Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo.
+
+Visita encogió los hombros, y después de pasar algo amargo que tenía en
+la garganta, dijo con voz ronca y rápida:
+
+--Que lo tenga. Mesía disimuló la repugnancia que le produjo aquella
+frase.
+
+--Pero, ¡ay, Alvarín! ¡si la pudieras ver en su cuarto, sobre todo
+cuando le da un ataque de esos que la hacen retorcerse!... ¡Cómo salta
+sobre la cama! Parece otra.... Entonces, no sé por qué, me explico yo el
+capricho de la piel de tigre que dicen que le regaló un inglés
+americano. ¿Te acuerdas de aquel baile fantástico que bailaban los Bufos
+que vinieron el año pasado?
+
+--Sí, ¿qué?--¿Te acuerdas de aquella danza de las Bacantes? Pues eso
+parece, sólo que mucho mejor; una bacante como serían las de verdad, si
+las hubo allá, en esos países que dicen. Eso parece cuando se retuerce.
+¡Cómo se ríe cuando está en el ataque! Tiene los ojos llenos de
+lágrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la
+remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas
+subterráneas; parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado
+y en prisiones ¡qué sé yo! ¡Suspira de un modo, da unos abrazos a las
+almohadas! ¡Y se encoge con una pereza! Cualquiera diría que en los
+ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.... Ese
+estúpido de don Víctor con sus pájaros y sus comedias, y su Frígilis el
+de los gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia;
+el mundo no debía ser así. Y no es así. Sois los hombres los que habéis
+inventado toda esa farsa.
+
+Calló un poco, perdido el hilo del discurso, y añadió:
+
+--Yo me entiendo. Después de calmarse volvió a su asunto.
+
+--¡Si la vieras! Es que no es así como se quiera. Verás... tiene los
+brazos....
+
+Y describía minuciosamente, con los pormenores que ella podía explicar a
+un hombre que había sido su amante y era su camarada, todas las
+turgencias de Ana, su perfección plástica, los encantos velados, como
+decía Cármenes en el _Lábaro_. Pero les daba su nombre propio unas
+veces, y cuando no lo tenían, o ella lo ignoraba, usaba caprichosos
+diminutivos inventados en otro tiempo por Álvaro en el entusiasmo de las
+más dulces confianzas. Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen
+masculinos, estaban grabados como si fuesen de fuego en la memoria de
+Visita; no salían a sus labios sino al hablar con Álvaro y pocas veces.
+Le sabían a gloria a la del Banco. Pero después le quedaba un dejo
+amargo.... «Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza,
+los criados, el casero... ¡diablos coronados!».
+
+Visita iba señalando en su cuerpo, sin coquetería, sin pensar en lo que
+hacía, las partes correspondientes de la Regenta, que describía con
+entusiasmo; y dijo al terminar su descripción apuntando hacia atrás:
+
+--Se precia «esa otra» de buenas formas.... ¡Buena comparación tiene!
+
+La cita era sabia y oportuna. Visitación suponía a don Álvaro enterado
+de lo que era aquella otra ¡y no había comparación!
+
+Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como
+una amapola. Ya tenía él en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas
+que saltaban de los de Visita.
+
+--Pero te ha de costar mucho trabajo....
+
+--Puede que no tanto--dijo Mesía, sin contenerse.
+
+--Ella tragar... ya tragó el anzuelo.
+
+--¿Crees tú?--Sí, estoy segura. Pero no te fíes; puedes marcharte con
+una tajada y dejar el pez en el agua.
+
+--Como yo vea el momento de tirar...--Mucho tiempo llevas pensándolo.
+
+--¿Quién te lo ha dicho?
+
+--Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.--Y lo de ella, ¿cómo lo
+sabes?
+
+--¡Curiosón! ¡el que no está enamorado!...
+
+--¿Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cómo
+está ella... para echar mis cuentas.
+
+--Ella no está como un guante, pero por dentro andará la procesión.
+Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando se casó cesaron,
+que después volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora. Su humor
+es desigual. Exagera la severidad con que juzga a las demás, la aburre
+todo. ¡Pasa unas encerronas!
+
+--¡Ta, ta, ta! eso no es decir nada.
+
+--Es mucho.--Nada en mi favor.--¿Tú qué sabes? Mira, si le hablan de
+ti palidece o se pone como un tomate, enmudece y después cambia de
+conversación en cuanto puede hablar. En el teatro, en el momento en que
+tú vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el público está más
+atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los
+gemelos. Pero la observo yo; por curiosidad, claro; porque a mí, en
+último caso ¿qué? Su alma su palma.
+
+--¿No eres su amiga íntima?
+
+--Su amiga, sí. ¿Íntima? Ella no tiene más intimidades que las de dentro
+de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy cavilosa y todo se lo guarda.
+Por ella no sabré nunca nada.
+
+Un momento de silencio.--A no ser que ahora se lo cuente todo al
+Magistral.... Ya sabrás que le ha tomado de confesor.
+
+--Sí, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa de asistir
+al confesonario.
+
+--No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo.
+
+Visita llamaba misticismo a toda devoción que no fuera como la suya, que
+no era devoción.
+
+--Ana, cuando chica, allá en Loreto, tuvo ya, según yo averigüé,
+arranques así... como de loca... y vio visiones... en fin desarreglos.
+Ahora vuelve; pero es por otra causa (y señaló al corazón.) Está
+enamorada, Alvarico, no te quepa duda.
+
+Don Álvaro sintió un profundo y tiernísimo agradecimiento. ¡Le daban una
+fe en sí mismo aquellas palabras!
+
+No quería saber más: o mejor, comprendió que nada positivo podía añadir
+Visita.
+
+Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos
+músculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz
+temblaba un poco. Daba lástima. A lo menos la sintió Mesía.
+
+--Deja eso--dijo, acercándose a su amiga--. No hablemos de otros;
+hablemos de nosotros. Estás guapísima....
+
+--¿Ahora... con esas? (Parecía que hablaba con lengua metálica.)
+
+--Tontina... si tú no fueras tan desconfiada....
+
+--¿Qué novedades son estas?--preguntaron los labios y la lengua de
+placas de acero.
+
+--Novedades... ¿las llamas novedades... ingrata?
+
+Don Álvaro acercó su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la
+calle. Era de las más desiertas; crecía yerba entre las piedras. Aquel
+silencio era el que llamaba solemne y aristocrático don Saturnino.
+
+Los que estaban detrás, Obdulia y Paco, no veían; don Álvaro estaba
+seguro. Se aproximó más a Visita.
+
+Sonó una bofetada; y después la carcajada estrepitosa de la del Banco,
+que dio un paso atrás, huyendo de don Álvaro.
+
+--¡Loca!... ¡idiota!...--gimió Mesía limpiando su mejilla que sintió
+húmeda y pegajosa.
+
+--¡Vuelve por otra! A mí que soy tambor de marina, como dice la
+Marquesa.
+
+La dama, completamente tranquila, sonriente, se metió un terrón de
+azúcar en la boca.
+
+Era su sistema. Se prohibía a sí misma, por desconfianza, las dulzuras
+de los engaños de amor, y los compensaba con golosinas, que «se pegaban
+al riñón».
+
+Mesía recordó con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que
+aquella mujer saltaba por un balcón, llena de fe y enamorada.
+
+Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareció una
+señora que los del balcón reconocieron al momento. Era la Regenta. Venía
+de negro, de mantilla; la acompañaba Petra, su doncella. Pronto
+estuvieron debajo de ellos. Ana iba distraída, porque no levantó la
+cabeza.
+
+--Anita, Anita--gritó Visitación.
+
+Entonces Mesía pudo ver el rostro de la Regenta, que sonreía y saludaba.
+Nunca la había visto tan hermosa. Traía las mejillas sonrosadas, y ella
+era pálida; también parecía haber estado al lado de un fogón como Visita
+y Obdulia; en sus ojos había un brillo seco, destellos de alegría que se
+difundían en reflejos por todo el rostro. Venía con cara de sonreír a
+sus ideas.
+
+Y además de esto notó Mesía que le había mirado sin conmoverse, sin
+turbarse, como a Visita, ni más ni menos; hasta en su saludo, más franco
+y expansivo que otras veces, había visto una especie de desaire, la
+expresión de una indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera
+dicho: gozquecillo, tú no muerdes, no te temo. Se vería. Por lo pronto
+aquella afabilidad era desprecio. ¿Qué había pasado en la catedral? ¿Qué
+hombre era aquel don Fermín que en una sola conferencia había cambiado
+aquella mujer?
+
+Todo esto pensó en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de
+dudas y vacilaciones. Pero nada le salió al rostro. Saludó con su aire
+grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su
+admirador y mortal enemigo.
+
+--¿Has confesado?--Sí, ahora mismo.
+
+--¿Con el Magistral, por supuesto?
+
+--Sí, con él.--¿Qué tal? ¿Excelente, verdad? ¿Qué te decía yo? ¿No
+subes?
+
+--No, ahora no puedo. Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón, sin
+cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado.
+
+--¡Ana, sube, anda, tonta!--gritó la viuda mientras devoraba a la
+Regenta con los ojos de pies a cabeza.
+
+Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí
+de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo demás, los hombres.
+
+Ana se excusó otra vez; tenía que hacer. Saludó con graciosa sonrisa y
+siguió adelante. Un momento se habían encontrado sus ojos con los de
+Mesía, pero no se habían turbado ni escondido como otras veces; le
+habían mirado distraídos, sin que ella procurase evitar _el contacto_ de
+aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado,
+confundido con el deseo.
+
+Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía
+por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló
+la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeñoso:
+
+--Va muy sencilla. Y se volvió al gabinete.--¡Cómetela!...--gritó al
+oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y añadió
+muy seria:
+
+--¡Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teología parda!...
+
+
+
+
+--IX--
+
+
+En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra está el
+palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia,
+de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa
+hasta el tejado por las paredes.
+
+Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeció como si sintiera frío.
+Miró hacia la bocacalle próxima; por allí el horizonte se abría lleno de
+resplandores. La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba
+ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y
+relucientes entonces. Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados
+golondrinas gárrulas, inquietas, que iban y venían, como si hiciesen sus
+visitas de despedida, próximo el viaje de invierno.
+
+--Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo....
+
+--¿Las dos solas?--Sí, las dos... por los prados... a campo traviesa.
+
+--Pero, señorita, los prados estarán muy mojados....
+
+--Por algún camino... extraviado... por donde no haya gente. Tú que eres
+de esas aldeas, y conoces todo eso, ¿no sabes por dónde podremos ir sin
+que encontremos a nadie?
+
+--Pero, si estará todo húmedo....
+
+--Ya no; el sol habrá secado la tierra.... ¡Yo traigo buen calzado.
+Anda... vamos, Petra!
+
+Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como
+una mística que solicita favores celestiales.
+
+Petra miró asombrada a su señora. Nunca la había visto así. ¿Qué era de
+aquella frialdad habitual, de aquella tranquilidad que parecía recelo y
+desconfianza disimulados?
+
+Tenía la doncella algo más de veinticinco años; era rubia de color de
+azafrán, muy blanca, de facciones correctas; su hermosura podía excitar
+deseos, pero difícilmente producir simpatías. Procuraba disimular el
+acento desagradable de la provincia y hablaba con afectación
+insoportable. Había servido en muchas casas principales. Era buena para
+todo, y se aburría en casa de Quintanar, donde no había aventuras ni
+propias ni ajenas. Amos y criados parecían de estuco. Don Víctor era un
+viejo tal vez amigo de los amores fáciles, pero jamás había pasado su
+atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algún piropo
+envuelto en circunloquios que no le comprometían. El ama era muy
+callada, muy cavilosa; o no tenía nada que tapar o lo tapaba muy bien.
+Sin embargo, Petra había adquirido la convicción de que aquella señora
+estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella las pocas ocasiones que se
+le ofrecían para procurarse la confianza de la Regenta. Era solícita,
+discreta, y fingía humildad, virtud, la más difícil en su concepto.
+
+Un paseo a campo traviesa, después de confesar, solas, en una tarde
+húmeda, daba mucho en qué pensar a Petra. Ella no deseaba otra cosa,
+pero insistía en su oposición por ver adónde llegaba el capricho del
+ama. Otras habían empezado así.
+
+Bajaron por la calle del Águila. A su extremo, pasaba, perpendicular, la
+carretera de Madrid.
+
+--Por ahí no--dijo el ama--. Por aquí; vamos hacia la fuente de
+Mari--Pepa.
+
+--A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estará seco;
+todavía da el sol. Mire usted, allí está la fuente.
+
+Petra mostró a su señora allá abajo, en la vega, una orla de álamos que
+parecía en aquel momento de plata y oro, según la iluminaban los rayos
+oblicuos del poniente. El camino era estrecho, pero igual y firme; a los
+lados se extendían prados de yerba alta y espesa y campos de hortaliza.
+Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son más fértiles
+que toda la campiña; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles
+azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los
+rayos del sol en el ocaso deslumbran. Así brillaban entonces. Ana
+entornaba los ojos con delicia, como bañándose en la luz tamizada por
+aquella frescura del suelo.
+
+Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho
+se erguía el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme
+cabezota, como un as de bastos, con algunos retoños en la calvicie,
+varillas débiles que la brisa sacudía, haciendo resonar como castañuelas
+las hojas solitarias de sus extremos.
+
+--Mire usted, señora, ¡cosa más rara! a ninguna de esas ramas le queda
+más hoja que la más alta, la de la punta....
+
+Después de esta observación, y otras por el estilo, Petra se paraba a
+coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se enganchaba el
+vestido en las zarzas, daba gritos, reía; iba tomando cierta confianza
+al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala
+fama, solitarios, que sabían de ella tantas cosas dignas de ser
+calladas.
+
+Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta.
+
+«¡Más de una hora de confesión! La carita como iluminada al levantarse
+con la absolución encima... y ahora este paseo por los campos... y
+reír... y permitirle ciertas libertades.... No me fío; esperemos».
+
+La doncella de Ana era amiga de llegar en sus cálculos y fantasías a las
+últimas consecuencias. Ya veía en lontananza propinas sonantes, en
+monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa--daba por
+supuesto que había algo--traía complicaciones que ofrecían novedad para
+la misma Petra, que había visto lo que ella y Dios y aquellos y otros
+caminos solitarios sabían.
+
+Llegaron a la fuente de Mari--Pepa. Estaba a la sombra de robustos
+castaños, que tenían la corteza acribillada de cicatrices en forma de
+iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de álamos que se
+veía desde lejos servía como de muralla para hacer el lugar más
+escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se
+levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la
+naturaleza en torno del manantial. Aunque situado en una hondonada,
+desde allí se veía magnífico paisaje, porque a la parte de occidente
+otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban
+contemplar los lejanos términos, y allá confundido con la neblina el
+Corfín, una montaña que escondía sus crestas en las nubes y caía a pico
+sobre valles ocultos detrás de colinas y montes más próximos. El sol
+sesgaba el ambiente en que parecía flotar polvo luminoso, detrás del
+cual aparecía el Corfín con un tinte cárdeno.
+
+Ana se sentó sobre las raíces descubiertas de un castaño que daba sombra
+a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaña iluminada como por
+luces de bengala, y casi entre sueños oía a su lado el murmullo discreto
+del manantial y de la corriente que se precipitaba a refrescar los
+prados. Sobre las ramas del castaño saltaban gorriones y pinzones que no
+cerraban el pico y no acababan nunca de cantar formalmente, distraídos
+en cualquier cosa, inquietos, revoltosos y vanamente gárrulos. Hojas
+secas caían de cuando en cuando de las ramas al manantial; flotaban
+dando vueltas con lenta marcha, y, acercándose al cauce estrecho por
+donde el agua salía, se deslizaban rápidas, rectas, y desaparecían en la
+corriente, donde la superficie tersa se convertía en rizada plata. Una
+nevatilla (en Vetusta _lavandera_) picoteaba el suelo y brincaba a los
+pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba vueltas,
+barría el polvo con la cola, se acercaba al agua, bebía, de un salto
+llegaba al seto, se escondía un momento entre las ramas bajas de la
+zarzamora, por pura curiosidad, volvía a aparecer, siempre alegre,
+pizpireta; quedó inmóvil un instante como si deliberase; y de repente,
+como asustada, por aprensión, sin el menor motivo, tendió el vuelo recto
+y rápido al principio, ondulante y pausado después y se perdió en la
+atmósfera que el sol oblicuo teñía de púrpura. Ana siguió el vuelo de la
+_lavandera_ con la mirada mientras pudo. «Estos animalitos, pensó,
+sienten, quieren y hasta hacen sus reflexiones.... Ese pajarillo ha
+tenido una idea de repente; se ha cansado de esta sombra y se ha ido a
+buscar luz, calor, espacio. ¡Feliz él! Cansarse ¡es tan natural!». Ella
+misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que había
+vivido siempre. ¿Sería algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que
+el Magistral le había prometido? Cuando ella le había dicho que en la
+adolescencia había tenido antojos místicos, y que después sus tías y
+todas las amigas de Vetusta le habían hecho despreciar aquella vanidad
+piadosa ¿qué había contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba
+todavía en los oídos aquella voz dulce que salía en pedazos, como por
+tamiz, por los cuadradillos de la celosía del confesonario. Le había
+dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no podía repetir al
+pie de la letra, algo parecido a esto: «Hija mía, ni aquellos anhelos de
+usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los
+desdenes con que después fueron maltratados tuvieron pizca de
+prudencia». Pizca había dicho, estaba ella segura. La elocuencia del
+Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el púlpito;
+ahora lo notaba. En el confesonario aprovechaba las palabras familiares
+que dicen tan bien ciertas cosas que jamás había visto ella en los
+libros llenos de retórica. Y le había puesto una comparación: «Si usted,
+hija mía, se baña en un río, y revolviendo el agua al nadar, por juego,
+como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro,
+pequeñísima que no vale una peseta, ¿se creerá usted ya millonaria?
+¿pensará que aquel descubrimiento la va a hacer rica? ¿que todo el río
+va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y
+que todo va a ser para usted? Eso sería absurdo. Pero, por esto ¿va a
+tirar con desdén la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo
+los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin
+pensar ya nunca más en aquel poquito de oro que encontró entre la
+arena?». Estaba muy bien puesta la comparación. Ella se había visto con
+su traje de baño, sin mangas, braceando en el río, a la sombra de
+avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete
+blanquísimo, de rodillas, pidiéndole, con las manos juntas, que no
+arrojase la pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar así, que se
+viera lo que se decía. Se había entusiasmado con aquel fluir de palabras
+dulces, nuevas, llenas de una alegría celestial; había abierto su
+corazón delante de aquel agujero con varillas atravesadas. También ella
+había dicho muchas palabras que no había usado en su vida hablando con
+los demás. Entonces el Magistral, allá dentro, callaba; y cuando ella
+terminó, la voz del confesonario temblaba al decir: «Hija mía, esa
+historia de sus tristezas, de sus ensueños, de sus aprensiones merece
+que yo medite mucho. Su alma es noble, y sólo porque en este sitio yo no
+puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de señalar dónde está
+el oro y dónde está el lodo... y de hacerle ver que hay más oro de lo
+que parece. Sin embargo, usted está enferma; toda alma que viene aquí
+está enferma. Yo no sé cómo hay quien hable mal de la confesión; aparte
+de su carácter de institución divina, aun mirándola como asunto de
+utilidad humana ¿no comprende usted, y puede comprender cualquiera que
+es necesario este hospital de almas para los enfermos del espíritu?». El
+Magistral había hablado de las consultas que los periódicos protestantes
+establecen para dilucidar casos de conciencia. «Las señoras
+protestantes, que no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. ¿No es
+esto ridículo?». El Provisor había sonreído con la voz.
+
+Y había continuado diciendo lo que en sustancia era esto: «No debía ella
+acudir allí sólo a pedir la absolución de sus pecados; el alma tiene,
+como el cuerpo, su terapéutica y su higiene; el confesor es médico
+higienista; pero así como el enfermo que no toma la medicina o que
+oculta su enfermedad, y el sano que no sigue el régimen que se le indica
+para conservar la salud, a sí mismos se hacen daño, a sí propios se
+engañan; lo mismo se engaña y se daña a sí propio el pecador que oculta
+los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de prisa y
+mal, o falta al régimen espiritual que se le impone. No bastaba una
+conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y
+descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deducía
+racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar
+a menudo. No se trataba de cumplir con una fórmula: confesar no era eso.
+Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de
+ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como
+lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido
+religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan
+y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se
+desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religión, lo mandaría el
+sentido común. La religión es toda razón, desde el dogma más alto hasta
+el pormenor menos importante del rito».
+
+Aquella conformidad de la fe y de la razón encantaba a la Regenta.
+¿Cómo tenía ella veintisiete años y jamás había oído esto? No se había
+atrevido a preguntárselo al Magistral, pero tiempo habría.
+
+Un gorrión con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y
+se atrevió a mirarla con insolencia. La dama se acordó del Arcipreste,
+que tenía el don de parecerse a los pájaros.
+
+«Era un buen señor Ripamilán; pero ¡qué manera de confesar! Una rutina
+que nunca le había enseñado nada. A no ser su matrimonio, nada había
+sacado de aquellas confesiones. Decía el pobre hombre que se sabía de
+memoria los pecados de la Regenta y la interrumpía siempre con su
+eterno:--'Bien, bien, adelante: ¿qué más? adelante... reza tres
+Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. ¡Qué hombre tan raro!
+¿Cuándo le había hablado don Cayetano de si tenía ella este o el otro
+temperamento? Pues el Magistral en seguida: le había dicho que era un
+temperamento especial, que todo esto y más había que tener en cuenta.
+Esto era completamente nuevo».
+
+Además, la había halagado mucho el notar que don Fermín le hablaba como
+a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le había citado
+autores, dando por supuesto que los conocía, y al usar sin reparo
+palabras técnicas se guardaba de explicárselas.
+
+«¡Y qué _elevación_! ¿Qué era la virtud? ¿Qué era la santidad? Aquello
+había sido lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la
+cosa más fácil para los espíritus nobles y limpios. Para un perezoso
+enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un
+imposible; para una persona decente (así había dicho) una necesidad de
+las más imperiosas de la vida. La religión no presentaba como una senda
+ardua la de la virtud, sino para los que viven sumidos en el pecado;
+pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en nosotros; no había más
+que darle una voz y acudía. La virtud comienza por un esfuerzo ligero,
+si bien contrario al hábito adquirido; al día siguiente el esfuerzo era
+menos costoso y su eficacia mayor por la _velocidad adquirida_, por la
+_inercia del bien_, esto era mecánico (así lo había dicho el señor De
+Pas.) La virtud podía definirse; el equilibrio estable del alma. Además,
+era una alegría; un buen día de sol; ráfagas de aire fresco embalsamado;
+el alma virtuosa se convertía en una pajarera donde gorjeaban alegres
+los dones del Espíritu Santo animando el corazón en las tristezas de la
+vida. Aquella melancolía de que ella se quejaba, era nostalgia de la
+virtud a que llegaría, y por la que suspiraba su espíritu como por su
+patria. La virtud era cuestión de arte, de habilidad. No sólo se
+conseguía por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo,
+pero había otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede
+aspirar también a la perfección». (En aquel momento se figuraba la
+Regenta como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan
+pequeña, tan monótona y triste.) «Ella que había leído a San Agustín ¿no
+recordaba que el santo Obispo gustaba de la música religiosa, no por el
+deleite de los sentidos, sino porque elevaba el alma? Pues así todas las
+artes, así la contemplación de la naturaleza, la lectura de las obras
+históricas, y de las filosóficas, siendo puras, podían elevar el alma y
+ponerla en el diapasón de la santidad al unísono de la virtud. ¿Por qué
+no? ¡Ah! y después, cuando se llegaba más arriba, a la seguridad de sí
+mismo, cuando ya no se temía la tentación sino con temor prudente, se
+encontraban edificantes muchos espectáculos que antes eran peligrosos.
+Así, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, veneno para los
+débiles, era purga para los fuertes. Al que llega a cierto grado de
+fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por el contraste».
+El Magistral no había dicho si él era tan fuerte como todo eso, pero
+ella suponía que sí. De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas
+bien diferentes de lo que le habían enseñado sus tías y la devoción
+vulgar (así la llamó para sus adentros) que había aprendido como una
+rutina. Sí, la religión verdadera se parecía en definitiva a sus
+ensueños de adolescente, a sus visiones del monte de Loreto más que a la
+sosa y estúpida disciplina que la habían enseñado como piedad seria y
+verdadera. ¡Y cuántas más lecciones le había prometido el Magistral para
+otro día! ¡Cuántas cosas nuevas iba a saber y a sentir! ¡Y qué dicha
+tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales
+asuntos, los más interesantes, los más altos sin duda!
+
+De la _cuestión personal_, esto es, de los pecados de Ana, se había
+hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. «No tenía datos,
+necesitaba conocer la mujer».
+
+Al recordar esto sintió la Regenta escrúpulos. ¡Le había dado la
+absolución y ella no había dicho nada de su inclinación a don Álvaro!
+--«Sí, inclinación. Ahora que consideraba vencido aquel impulso
+pecaminoso, quería mirarlo de frente. Era inclinación. Nada de disfrazar
+las faltas. Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos,
+pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero,
+personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo
+hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero ¿debía
+haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, ¿no hubiera sido poner en berlina a
+don Víctor sin por qué ni para qué, puesto que ella le era fiel de hecho
+y de voluntad y se lo sería eternamente? Y con todo, debió haber
+especificado más en aquella parte de la confesión. ¿Estaba bien
+absuelta? ¿Podría comulgar tranquila al día siguiente? Eso no, de ningún
+modo; no comulgaría; se quedaría en la cama fingiendo una jaqueca: de
+tarde iría a reconciliar, y al otro día la comunión. Este era el mejor
+plan. La resolución de no comulgar a la mañana siguiente le dio una
+alegría de niña; era como un día de asueto. Podía pasar la noche
+pensando en la religión, en la virtud en general, por aquel sistema
+nuevo, y no preocuparse todavía con el cuidado de recibir al Señor
+dignamente. Era una prórroga; un respiro. Y ya no le parecía impropio
+dar rienda suelta a su alegría, aquella alegría causada por fuerzas
+morales puramente y que tal vez era la alborada del día esplendoroso de
+la virtud.
+
+»¡Qué feliz sería aquel Magistral, anegado en luz de alegría virtuosa,
+llena el alma de pájaros que le cantaban como coros de ángeles dentro
+del corazón! Así él tenía aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto
+garbo por el Espolón en medio de perezosos del alma, de espíritus
+pequeños y... vetustenses. ¡Y qué color de salud!
+
+»¡Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! ¿Cómo no sería Obispo el
+Magistral? ¡Quién sabe! ¿Por qué era ella, aunque digna de otro mundo,
+nada más que una señora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era
+lo de menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese
+pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y
+volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro,
+radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió a la realidad.
+Todo quedó en la sombra. El sol ocultaba entre nubes pardas y espesas,
+detrás de la cortina de álamos, el último pedazo de su lumbre que se le
+había quedado atrás, como un trapillo de púrpura. La sombra y el frío
+fueron repentinos. Un coro estridente de ranas despidió al sol desde un
+charco del prado vecino. Parecía un himno de salvajes paganos a las
+tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta recordó las carracas
+de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ángulo misterioso y se
+rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrépito horrísono.
+
+--¡Petra! ¡Petra!--gritó.
+
+Estaba sola. ¿Adónde había ido su doncella?
+
+Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raíz gruesa,
+que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su
+vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había
+estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones.
+
+--¡Petra! ¡Petra! La doncella no respondía. El sapo la miraba con una
+impertinencia que le daba asco y un pavor tonto.
+
+Llegó Petra. Venía sudando, muy encarnada, con la respiración fatigosa.
+Le caían hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como había visto tan
+ensimismada a la señora, se había llegado al molino de su primo Antonio
+que estaba allí cerca, a un tiro de fusil.
+
+Ana le fijó los ojos con los suyos, pero ella desafió aquella mirada de
+inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la
+doncella; el ama lo sabía. Petra pensaba casarse con él, pero más
+adelante cuando fuera más rico y ella más vieja. De vez en cuando iba a
+verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para
+calentarse en la vejez. Miraba el molino como una caja de ahorros donde
+ella iba depositando sus economías de amor. Ana sin saber por qué,
+sintió un poco de ira. «¿Cómo serían aquellos amores de Petra y el
+molinero? ¿Qué le importaba a ella...?». Pero la manera de mirar a
+Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo descompuesto, la
+fatiga que no podía ocultar, el sudor, el color de sus mejillas,
+revelaba una curiosidad que quería ocultar en vano la Regenta. «¿Qué
+había hecho en el molino aquella mujer?». Este pensamiento baladí,
+obsesión estúpida que era casi un dolor, absorbía toda la atención de
+Ana, a su pesar.
+
+--Vamos, vamos, que es tarde.--Sí, señora; es tarde. Entraremos en casa
+cuando ya estén encendidos los faroles.
+
+--No, no tanto.--Ya verá usted.--Si no te hubieras detenido en la
+fragua de tu primo....
+
+--¿Qué fragua? Es un molino, señora.
+
+A Petra le supo a malicia lo que era una equivocación.
+
+Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscurecía. La luz
+amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas
+polvorientas de las raquíticas acacias que adornaban el boulevard,
+nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo.
+
+--¿Cómo me has traído por aquí?
+
+--¿Qué importa? Petra se encogió de hombros. En vez de subir por la
+calle del Águila habían dado un rodeo y entraban por una de las pocas
+calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de
+galerías con cristales de colores chillones y discordantes. La acera de
+tres metros de anchura, una acera hiperbólica para Vetusta, estaba
+orlada por una fila de faroles en columna, de hierro pintado de verde, y
+por otra fila de árboles, prisioneros en estrecha caja de madera, verde
+también. Por esto se llamaba _El boulevard_, o lo que era en rigor,
+_Calle del Triunfo de 1836_. Al anochecer, hora en que dejaban el
+trabajo los obreros, se convertía aquella acera en paseo donde era
+difícil andar sin pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras,
+planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros,
+zapateros, sastres, carpinteros y hasta albañiles y canteros, sin contar
+otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del
+Triunfo y paseaban allí una hora, arrastrando los pies sobre las piedras
+con estridente sonsonete.
+
+Había comenzado aquel paseo años atrás como una especie de parodia;
+imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las
+conversaciones de las señoritas, y los obreros jóvenes se fingían
+caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia. Poco a
+poco la broma se convirtió en costumbre y merced a ella la ciudad
+solitaria, triste de día, se animaba al comenzar la noche, con una
+alegría exaltada, que parecía una excitación nerviosa de toda la
+«pobretería», como decían los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de
+los talleres que salía al aire libre; los músculos se movían por su
+cuenta, a su gusto, libres de la monotonía de la faena rutinaria. Cada
+cual, además, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho
+algo útil, de haber trabajado. Las muchachas reían sin motivo, se
+pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los
+grupos de obreros crecía la algazara; había golpes en la espalda,
+carcajadas de malicia, gritos de mentida indignación, de falso pudor, no
+por hipocresía, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los
+remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se exponía a salir con
+las mejillas ardiendo. Las virtudes que había allí sabían defenderse a
+bofetadas. En general, se movía aquella multitud con cierto orden. Se
+paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos señoritos se mezclaban con los
+grupos de obreros. A ellas les solía parecer bien un piropo de un
+estudiante o de un hortera; pero la indignación fingida era mayor cuando
+un _levita_ se propasaba y siempre acompañaba a la protesta del pudor el
+sarcasmo. Aquellas jóvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al
+volver a casa, insultaban al transeúnte que las llamaba hermosas,
+suponiendo que el _futraque_ tenía _carpanta_, o sea hambre. A lo sumo
+concedían que comería cañamones. Los expertos no se aturdían por estos
+improperios convencionales, que eran allí el buen tono; insistían y
+acababan por sacar tajada, si la había. La virtud y el vicio se codeaban
+sin escrúpulo, iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque
+había algunas jóvenes limpias, de aquel montón de hijas del trabajo que
+hace sudar, salía un olor picante, que los habituales transeúntes ni
+siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un olor de miseria
+perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo respiraban muchas
+mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras delicadas, dulces, pero
+todas mal vestidas, mal lavadas las más, mal peinadas algunas. El
+estrépito era infernal; todos hablaban a gritos, todos reían, unos
+silbaban, otros cantaban. Niñas de catorce años, con rostro de ángel,
+oían sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacían reír
+como locas. Todos eran jóvenes. El trabajador viejo no tiene esa
+alegría. Entre los hombres acaso ninguno había de treinta años. El
+obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegría expansiva, sin
+causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios.
+
+Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se podía
+salir de la acera. Había mucho lodo y pasaban carros y coches sin cesar;
+era la hora del correo y aquel el camino de la estación.
+
+Los grupos se abrían para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes más
+osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza
+bondadosa de aquella cara de María Santísima les imponía admiración y
+respeto.
+
+Las chalequeras no murmuraban ni reían al pasar Ana.
+
+--¡Es la Regenta!--¡Qué guapa es! Esto decían ellas y ellos. Era una
+alabanza espontánea, desinteresada.
+
+--¡Olé, salero! ¡Viva tu mare!--se atrevió a gritar un andaluz con
+acento gallego.
+
+Su entusiasmo le costó una _galleta_--un coscorrón--de un su amigo, más
+respetuoso.
+
+--¡So bruto, mira que es la Regenta!
+
+Era popular su hermosura. A Petra también le decían los pollastres que
+era un arcángel; iba contenta. Ana sonreía y aceleraba el paso.
+
+--Dónde nos hemos metido...--¿Qué importa? ya ve usted que no se la
+comen.
+
+Muchas señoritas podrían aprender crianza de estos pela-gatos.
+
+Alguna otra vez había pasado la Regenta por allí a tales horas, pero en
+esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en
+aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor picante de la _chusma_, en
+la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor; del amor
+que era por lo visto una necesidad universal. También había cuchicheos
+secretos, al oído, entre aquel estrépito; rostros lánguidos, ceños de
+enamorados celosos, miradas como rayos de pasión.... Entre aquel cinismo
+aparente de los diálogos, de los roces bruscos, de los tropezones
+insolentes, de la brutalidad jactanciosa, había flores delicadas,
+verdadero pudor, ilusiones puras, ensueños amorosos que vivían allí sin
+conciencia de los miasmas de la miseria.
+
+Ana participó un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pensó en sí
+misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibición absoluta
+del placer, y se tuvo esa lástima profunda del egoísmo excitado ante las
+propias desdichas. «Yo soy más pobre que todas estas. Mi criada tiene a
+su molinero que le dice al oído palabras que le encienden el rostro;
+aquí oigo carcajadas del placer que causan emociones para mí
+desconocidas...».
+
+En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Había un
+drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno,
+vestido con blusa azul, gritaba:
+
+--¡La mato! ¡la mato! Dejadme, que quiero matarla.
+
+Sus compañeros le sujetaban; querían llevársela. El mozo echaba fuego
+por los ojos.
+
+--¿Qué es eso?--preguntó Petra.
+
+--Nada--dijo uno--celucos.--Sí--gritó una joven--pero si ella se
+descuida la ahoga.
+
+--Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul salió
+del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto
+a la Regenta la miró cara a cara, distraído, pensando en su venganza;
+pero ella sintió aquellos ojos en los suyos como un contacto violento.
+¡Eran los _celucos_! ¡Así miraban los celos! Era una belleza infernal,
+sin duda, la de aquellos ojos, ¡pero qué fuerte, qué humana!
+
+Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del
+Comercio. De las tiendas salían haces de luz que llegaban al arroyo
+iluminando las piedras húmedas cubiertas de lodo. Delante del escaparate
+de una confitería nueva, la más lujosa de Vetusta, un grupo de _pillos_
+de ocho a doce años discutían la calidad y el nombre de aquellas
+golosinas que no eran para ellos, y cuyas excelencias sólo podían
+apreciar por conjeturas.
+
+El más pequeño lamía el cristal con éxtasis delicioso, con los ojos
+cerrados.
+
+--Esa se llama _pitisa_--dijo uno en tono dogmático.
+
+--¡Ay qué farol!; si eso es un _pionono_, si sabré yo....
+
+También aquella escena enterneció a la Regenta. Siempre sentía apretada
+la garganta y lágrimas en los ojos cuando veía a los niños pobres
+admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para
+ellos; esto le parecía la más terrible crueldad de la injusticia. Pero,
+además, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no
+habían de comer, se le antojaban compañeros de desgracia, hermanitos
+suyos, sin saber por qué. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse
+por todo la asustaba. «Temía el ataque, estaba muy nerviosa».
+
+--Corre, Petra, corre--dijo con voz muy débil.
+
+--Espere usted, señora... allí... parece que nos hacen seña... sí, a
+nosotras es. Ah, son ellos, sí...--¿Quién?--El señorito Paco y don
+Álvaro.
+
+Petra notó que su ama temblaba un poco y palidecía.
+
+--¿Dónde están? A ver si podemos, antes que....
+
+Ya no podían escapar. Don Álvaro y Paco estaban delante de ellas. El
+Marquesito las detuvo haciendo una cortesía exagerada, que era una de
+sus maneras de _hacer esprit_, como decía ya el mismo Ronzal. Mesía
+saludó muy formalmente.
+
+De la confitería nueva salían chorros de gas que deslumbraban a los
+vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don Álvaro
+veía a la Regenta envuelta en aquella claridad de batería de teatro y
+notó en la primer mirada que no era ya la mujer distraída de aquella
+tarde. Sin saber por qué, le había desanimado la mirada plácida, franca,
+tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tímida,
+rápida, miedosa, le pareció una esperanza más, la sumisión de Ana, el
+triunfo. «No sería tanto, pero él se alegraba de verse animado. Sin fe
+en sí mismo no daría un paso. Y había que dar muchos y pronto».
+
+En Vetusta llueve casi todo el año, y los pocos días buenos se
+aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no están
+concurridos más que los días de fiesta. Las señoritas pobres, que son
+las más, no se resignan a enseñar el mismo vestido una tarde y otra y
+siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se recorre la parte
+nueva, la calle del Comercio, la plaza del Pan, que tiene soportales,
+aunque muy estrechos, el boulevard un poco más tarde, cuando ya está
+durmiendo la _chusma_. Y el pretexto es comprar algo. ¡En una casa hacen
+falta tantas cosas! Se entra en las tiendas, pero se compra poco. La
+calle del Comercio es el núcleo de estos paseos nocturnos y algo
+disimulados. Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con
+mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador. Con un
+ojo en las novedades de la estación y con otro en la calle, regatean los
+precios, y cazan lisonjas y señas al vuelo. Los mancebos son casi todos
+catalanes; pero pronuncian el castellano con suficiente corrección. Son
+amables, guapos casi todos. Los más tienen la barba cortada a lo
+Jesucristo. Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas.
+Inclinan la cabeza con una languidez entre romántica y cachazuda;
+aquello lo mismo puede significar: «Señorita, _abrigo_ una pasión
+secreta, que...». «Señorita, ni la paciencia de Job... pero tendré
+paciencia».
+
+--¡Oh, le estoy cansando a usted!--dice Visitación a un rubio con
+cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de
+percal.
+
+--¡Ah, no señora! Es mi obligación... y además lo hago con la mejor
+voluntad.... «El mancebo ha de ser incansable, para eso está allí».
+
+Visitación siempre tiene que hacer un mandilón para la criada, pero no
+se decide nunca. Otras noches es ella la que está desnuda.
+
+--«Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo».
+
+El mancebo sonríe con amabilidad, figurándose de buen grado a la dama
+delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de
+una nevada....
+
+--«¡No sea usted malo! ¡No sea usted tan material!»--responde ella,
+turbándose como una niña aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y
+clava en el mancebo los ojos risueños, arrugaditos, que Visitación cree
+que echan chispas. El catalán finge que se deja seducir por aquellos
+ojos y en cada vara rebaja un perro chico.
+
+Visitación triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendió a
+Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que
+podía esperar el mancebo sonriente y con barba de judío.
+
+Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de _El Lábaro_, no
+saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y
+les queda tiempo para _marear_ a los horteras y tomar varas al sesgo
+(frase de Orgaz) de los señoritos que pasean por la acera disputando en
+voz alta para anunciar su presencia. Domina allí una alegría bulliciosa,
+la alegría sin motivo que es la más expansiva y contentadiza. ¿Quién lo
+diría? No sólo _el elemento joven de ambos sexos_ (de _El Lábaro_) sino
+las personas formales; magistrados, catedráticos, autoridades, abogados,
+hasta clérigos, están deseando todo el día, sin darse cuenta, la hora de
+las tiendas, los días que _hace bueno_ y pueden las damas
+«decorosamente» coger la mantilla y echarse a la calle. Es aquella una
+hora de cita que, sin saberlo ellos mismos, se dan los vetustenses para
+satisfacer la necesidad de verse y codearse, y oír ruido humano. Es de
+notar que los vetustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se
+desprecian. Uno por uno el vetustense maldice de sus conciudadanos, pero
+defiende el carácter del pueblo _en masa_, y si le sacan de allí suspira
+por volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo
+menos así lo llama don Saturnino, hay además el atractivo que le presta
+la fantasía. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento lleno de
+deudas, y un farol aquí, otro a cincuenta pasos (si no hace luna; en las
+noches románticas no hay gas) no deslumbran ni quitan a la noche su
+misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, según su imaginación, atribuye
+a los que pasan la figura que quiere.
+
+--Parecen otras las chicas--dicen los pollos.
+
+Los vetustenses gozan la ilusión de creerse en otra parte sin salir de
+su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que después no son nuevas.
+
+--¿Quién son ésas?--y resulta que son las de Mínguez, es decir, las
+eternas Mínguez, las de ayer, las de antes de ayer, las de siempre.
+¡Pero mientras la ilusión dura!... En los pueblos donde pocas veces se
+tienen espectáculos gratuitos lo es y más interesante el de contemplarse
+mutuamente. Un paseo, _cogido por los cabellos_, es un placer delicado,
+intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la
+honrada clase media española.
+
+Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas
+recogidas acá y allá, en sus idas y venidas por el Espolón o por la
+calle del Comercio; y niña casadera que tiene para ocho días con una
+flor amorosa que fingió desdeñar por impertinente y que saborea a sus
+solas, mientras borda unas zapatillas durante siete días mortales,
+detrás del cristal que azota la lluvia incansable. Así se explica aquel
+entrar y salir en los comercios, aquel reír por cualquier cosa, aquel
+encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un
+estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. Todo es
+movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste
+silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido,
+cabizbajo, lleno de unción (de _El Lábaro_), a los sermones, a las
+novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al miserere. Ana creía
+ver en cada rostro la llama de la poesía. Las vetustenses le parecían
+más guapas, más elegantes, más seductoras que otros días: y en los
+hombres veía aire distinguido, ademanes resueltos, corte romántico; con
+la imaginación iba juntando por parejas a hombres y mujeres según
+pasaban, y ya se le antojaba que vivía en una ciudad donde criadas,
+costureras y señoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros,
+estudiantes y militares de la reserva.
+
+Sólo ella no tenía amor; ella y los niños pobres que lamían los
+cristales de las confiterías eran los desheredados. Una ola de rebeldía
+se movía en su sangre, camino del cerebro. Temía otra vez el ataque.
+
+--«¿Qué era aquello, Señor, qué era aquello?». ¿Por qué en día
+semejante, cuando su espíritu acababa de entrar en vida nueva, vida de
+víctima, pero no de sacrificio estéril, sin testigos, si no acompañado
+por la voz animadora de un alma hermana; por qué en ocasión tan
+importuna se presentaba aquel afán de sus entrañas, que ella creía cosa
+de los nervios, a mortificarla, a gritar ¡guerra! dentro de la cabeza, y
+a volver lo de arriba abajo? ¿No había estado en la fuente de Mari--Pepa
+entregada a la esperanza de la virtud? ¿No se abrían nuevos horizontes a
+su alma? ¿No iba a vivir para algo en adelante? ¡Oh! ¡quién le hubiera
+puesto al señor Magistral allí! Su mano tropezó con la de un hombre.
+Sintió un calor dulce y un contacto pegajoso. No era el Magistral. Era
+don Álvaro, que venía a su lado hablando de cualquier cosa. Ella apenas
+le oía, ni quería atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura
+moral, que lamentaba para sus adentros, en tanto que veía a las jóvenes
+y a las jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas
+deslumbrantes de gas. Don Álvaro opinaba lo contrario, que bastaba su
+presencia y su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener
+idea de lo que Mesía pensaba del prestigio de su _físico_, hay que
+figurarse una máquina eléctrica con conciencia de que puede echar
+chispas. Él se creía una máquina eléctrica de amor. La cuestión era que
+la máquina estuviese preparada. Era fatuo hasta ese extremo, pero dígase
+en su abono que nadie lo sabía, y que podía citar numerosos hechos que
+acreditaban el motivo de aquella vanidad monstruosa. Se creía hombre de
+talento--«él era principalmente un político»--; confiaba en su
+experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero
+humildemente se declaraba a sí mismo que todo esto no era nada comparado
+con el prestigio de su belleza corporal. «Para seducir a mujeres
+gastadas, ahítas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no
+basta la figura, ni es lo principal siquiera; pero las vírgenes
+_honradas_ (conocía él otra clase) y las casadas honestas se rinden al
+buen mozo».
+
+--No conozco seductores corcovados ni enanos--decía, encogiéndose de
+hombros, las pocas veces que con sus amigos íntimos hablaba de estas
+cosas: solía ser después de cenar fuerte--. ¿Se me habla de extravíos
+del gusto? Eso es lo excepcional. Pero nadie querrá ser en el amor lo
+que es el asafétida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de
+la decadencia....
+
+Paco Vegallana acudía entonces con el testimonio de las lecturas
+técnico-escandalosas. Describía todas las aberraciones de la lubricidad
+femenil en lo antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No
+había nada nuevo. «Lo mismo que hacen las parisienses más pervertidas,
+lo sabían y hacían las meretrices de Babilonia y de Cerbatana». Paco
+padecía distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua.
+Esta Cerbatana era Ecbátana, pero él la llamaba así por equivocación
+indudablemente. Ya sabía a qué ciudad se refería. Era una que tenía
+muchas murallas de colores diferentes. Lo había leído en la _Historia de
+la prostitución_; en la de Dufour no, en otra que conocía también. Era
+un sabio.
+
+--Yo he leído--añadía don Álvaro en casos tales--que ha habido
+princesas y reinas encaprichadas y _metidas_ con monos, así como suena,
+monos.
+
+--Sí señor--acudía Paco a decir--, lo afirma Víctor Hugo en una novela
+que en francés se llama _El hombre que ríe_ y en español _De orden del
+rey_.
+
+--Pero fuera de eso, que es lo excepcional--continuaba Mesía
+diciendo--hay que desengañarse, lo que buscan las mujeres es un buen
+_físico_.
+
+--Eso creo yo--solía afirmar Ronzal--la mujer es así _urbicesorbi_ (en
+todas partes, en el latín de Trabuco.)
+
+Además, don Álvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba
+a nadie. Como en él lo principal era el político, transigía con la
+religión de los mayores de Paco y se reía de la separación de la Iglesia
+y el Estado. Es más, le parecía de mal tono llevar la contraria a los
+católicos de buena fe. En París había aprendido ya en 1867, cuando fue a
+la exposición, que lo _chic_ era el creer como el carbonero. Sport y
+catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro
+que lo de creer era decir que se creía. Él no tenía fe alguna, «ni
+bendita la falta», a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte.
+Cuando caía enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo
+cariño verdadero, entonces sentía sinceramente, a pesar de haber corrido
+tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y decía: «¡Bah! todo
+eso es efecto de la debilidad». Sin embargo, bueno era _ilustrarse_,
+fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus demás
+ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Había pedido a un
+amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empezó
+por aprender que ya no había tal metafísica, idea que le pareció
+excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Leyó _Fuerza y materia_
+de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron;
+hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y
+precisamente él quería todo lo contrario. Flammarion no era _chic_.
+También leyó a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con
+papel de color de azafrán. No entendió mucho pero se iba al grano: todo
+era masa gris; corriente, lo que él quería. Lo principal era que no
+hubiese infierno. También leyó en francés el poema de Lucrecio _De rerum
+natura_: llegó hasta la mitad. Decía bien el poeta, pero aquello era muy
+largo. Ya no veía más que átomos, y su buena figura era un feliz
+conjunto de moléculas en forma de gancho para prender a todas las
+mujeres bonitas que se le pusieran delante. Así estaba por dentro Mesía
+en punto a creencias, pero a estos subterráneos no había llegado el
+mismo Paco, que era buen católico, según Mesía. Aquello era para él
+solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a París sacaba el fondo
+del baúl y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran
+demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus
+ideas acerca del átomo y la fuerza. El materialismo de Mesía era fácil
+de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se
+convencía de que no había metafísica, le iba mucho mejor a don Álvaro.
+Al recordar una hembra de las convertidas al epicureísmo solía decir
+don Álvaro con una llama en los ojos muy abiertos:
+
+--«¡Qué mujer aquella!».--Y suspiraba. Aquella mujer nunca había sido
+una vetustense. Las vetustenses tampoco creían en la metafísica, no
+sabían de ella, pero no pasaban por ciertas cosas.
+
+Don Álvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba
+para producir efectos deletéreos en aquella virtud en que él mismo
+creía. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. Él
+también solía hablar con elocuencia, al alma ¡vaya! pero en otras
+circunstancias; más adelante.
+
+Paco iba detrás sin desdeñar la conversación de Petra, que se mirlaba
+hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no creía en las
+clases y concebía muy bien que un noble se encaprichara y se casase con
+ella verbigracia. No decía que don Paquito estuviera en tal caso, ni
+mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y
+por algo se empieza.
+
+--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--decía don Álvaro.
+
+Buscaba en vano manera natural de llevar la conversación a un punto por
+lo menos análogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasión
+oportuna.
+
+--Sí, a veces me aburro. ¡Llueve tanto!
+
+--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.
+
+--Será que usted no se fija en mí; bastante salgo.
+
+Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. ¿Era ella
+quien las había pronunciado? Así hablaba Obdulia con los hombres; ¡pero
+ella, Ana!
+
+Don Álvaro se vio en un apuro. ¿Qué pretendía aquella señora? ¿Provocar
+una conversación para aludir a lo que había entre ellos, que en rigor
+no era nada que mereciese comentarios? ¿Debía él extrañar aquella
+inadvertencia de Ana? ¡Que no se fijaba en ella! ¿Era coquetería vulgar
+o algo más alambicado que él no se explicaba? ¿Quería dar por nulo todo
+lo que ambos sabían, las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el
+teatro, en el paseo? ¿Quería negar valor a las miradas fijas, intensas,
+que a veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse?
+
+El primer impulso de Ana había sido inconsciente.
+
+Había hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero
+después pensó que aquella respuesta podía servir para desanimar a Mesía
+dándole a entender que ella no había entrado en aquel pacto de
+sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era demasiado negar, era
+negar la evidencia.
+
+Don Álvaro temía aventurar mucho aquella noche, y creyó lo menos
+ridículo «hacerse el interesante», según el estilo que empleaban los
+vetustenses para tales materias. Y dijo con el tono de una galantería
+vulgar, obligada:
+
+--Señora, usted donde quiera tiene que llamar la atención, aun del más
+distraído.
+
+Y como esto le pareció cursi y algo anfibológico, añadió algunas
+palabras, no menos vulgares y frías.
+
+No comprendía él todavía que aquello de _hacerse el interesante_, si
+hubiera sido ridículo tratándose de otras mujeres, era la mejor arma
+contra la Regenta. Ana lo olvidó todo de repente para pensar en el dolor
+que sintió al oír aquellas palabras. «¿Si habré yo visto visiones? ¿Si
+jamás este hombre me habrá mirado con amor; si aquel verle en todas
+partes sería casualidad; si sus ojos estarían distraídos al fijarse en
+mí? Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de
+impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo--¡ay!
+¡sí, esto era lo cierto, con el rabillo!--¿serían ilusiones mías, nada
+más que ilusiones? ¡Pero si no podía ser!». Y sentía sudores y
+escalofríos al imaginarlo. Nunca, nunca accedería ella a satisfacer las
+ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia; sería
+virtuosa siempre, consumaría el sacrificio, su don Víctor y nada más, es
+decir, nada; pero la nada era su dote de amor. ¡Mas renunciar a la
+tentación misma! Esto era demasiado. La tentación era suya, su único
+placer. ¡Bastante hacía con no dejarse vencer, pero quería dejarse
+tentar!
+
+La idea de que Mesía nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le
+parecía un agujero negro abierto en su corazón que se iba llenando de
+vacío. «¡No, no; la tentación era suya, su placer el único! ¿Qué haría
+si no luchaba? Y más, más todavía, pensaba sin poder remediarlo, ella no
+debía, no podía querer; pero ser querida ¿por qué no? ¡Oh de qué manera
+tan terrible acababa aquel día que había tenido por feliz, aquel día en
+que se presentaba un compañero del alma, el Magistral, el confesor que
+le decía que era tan fácil la virtud! Sí, era fácil, bien lo sabía ella,
+pero si le quitaban la tentación no tendría mérito, sería prosa pura,
+una cosa vetustense, lo que ella más aborrecía...».
+
+Don Álvaro, que si no era tan buen político como se figuraba, de
+diplomacia del galanteo entendía un poco, comprendió pronto que, sin
+saber cómo, había acertado.
+
+En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, notó que le
+había hecho efecto la sequedad de la vulgarísima galantería. «¿Esperaba
+ya una declaración? ¡Pero si mañana va a comulgar! ¿Qué mujer es esta?
+¡Una hermosísima mujer!»--añadió el materialista en sus adentros al
+mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmín en las mejillas.
+
+Habían llegado al portal del caserón de los Ozores, y se detuvieron. El
+farol dorado que pendía del techo alumbraba apenas el ancho zaguán.
+Estaban casi a obscuras. Hacía algunos minutos que callaban.
+
+--¿Y Petra? ¿Y Paco?--preguntó la Regenta alarmada.
+
+--Ahí vienen, ahora dan vuelta a la esquina.
+
+Anita sentía seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la
+lengua los labios. Lo vio Mesía que adoraba este gesto de la Regenta, y
+sin poder contenerse, fuera de su plan, _natura naturans_, exclamó:
+
+--¡Qué monísima! ¡qué monísima!
+
+Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin
+alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasión, que por lo mismo
+importaba más que una flor insípida, y no era una desfachatez. Podía
+tomarse por una declaración, por una brutalidad de la naturaleza
+excitada, por todo, menos por una osadía impertinente, imposible en el
+más cumplido caballero.
+
+Ana fingió no oír, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra,
+buscando a don Álvaro que había retrocedido un paso en la obscuridad, le
+pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como
+lluvia benéfica en el alma de la Regenta.
+
+--Es mía--pensó don Álvaro con deleite superior al que él mismo esperaba
+en el día del triunfo.
+
+--¿Quieren ustedes subir a descansar?--preguntó la dama a los
+caballeros, al ver llegar a Paco.
+
+--No, gracias. Yo volveré luego con mamá a buscarte.
+
+--¿A buscarme?--Sí; ¿no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con
+nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Calderón de la
+Barca, el ídolo de tu marido. ¿No sabes? Ha venido un actor de Madrid,
+Perales, muy amigo mío, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen _La vida
+es Sueño_... ¡No faltaba más! Tienes que venir. ¡Una solemnidad! Mamá se
+empeña. Espera vestida.
+
+--Pero, criatura, si mañana tengo que comulgar....
+
+--¿Eso qué importa?--¡Vaya si importa!--Lo dejas para otro día. En
+fin, ya arreglarás eso con mamá; porque ella viene a buscarte.
+
+Y sin atender a más, salió del portal el aturdido Marquesito.
+
+Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oía. «Ya sabía
+a qué atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la
+había entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conocía en
+que estaba tan frío. No le había dado ni un mal abrazo en lo obscuro».
+Escuchó. Oyó que don Álvaro se despedía con una voz temblona y muy
+humilde.
+
+--¿Irá usted al teatro?
+
+--No, de fijo no--contestó la Regenta, cerrando detrás de sí la puerta y
+entrando en el patio.
+
+
+
+
+--X--
+
+
+A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa venía arrancando chispas
+por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y
+se detenía delante del caserón arrinconado.
+
+La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy
+mustios collados, con las canas teñidas de negro y el tinte empolvado de
+blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con
+estrépito.
+
+--¿Cómo? ¿qué es esto? ¿no te has vestido?
+
+--¡Qué terca!--exclamó Paquito, que acompañaba a su madre.
+
+Don Víctor inclinó la cabeza y encogió los hombros, dando a entender que
+no era responsable de aquella terquedad.
+
+«Él, sí, estaba dispuesto». En efecto, se abrochaba los guantes y lucía
+su levita de tricot muy ajustada.
+
+Ana sonrió a la Marquesa.--Pero, señora, si es una locura. ¿Por qué se
+ha molestado usted?
+
+--¿Cómo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he
+molestado, como tú dices, no será en vano. ¡Ea! arriba; o aquí mismo,
+delante de estos señores te peino, te calzo y te visto.
+
+--Eso es--dijo Paco--te vestimos, te peinamos....
+
+Don Víctor instó también.
+
+--_La vida es Sueño_, hija mía, es el portento de los portentos del
+teatro.... Es un drama simbólico... filosófico.
+
+--Sí, ya sé, Quintanar....
+
+--Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.
+
+--Y que habrá tanta gente--añadió la Marquesa.
+
+--Por Dios, señora: con mil amores, si no fuera.... ¿No voy otras veces?
+¡Pero si mañana tengo que comulgar!
+
+--¡Ta, ta, ta, ta! ¿y qué tiene eso que ver? ¿Lo sabe la gente? ¿Vas tú
+al teatro a pecar?
+
+--¡El arte es una religión!--advirtió don Víctor consultando el reloj,
+temeroso de perder lo de
+
+ Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento.
+
+Después supo que esto lo suprimían. «¡Qué escándalo!».
+
+--Pero, niña--prosiguió--demasiado nos honra la Marquesa.
+
+--¿Qué honra ni qué calabazas?... pero ha de venir.
+
+--No señora; es inútil insistir.
+
+Disputaron mucho tiempo; pero al fin doña Rufina, que también quería ver
+empezar, cedió y se llevó a don Víctor, que hizo algunos remilgos.
+
+--Ya que ella es tan terca, me quedaré yo también.--¡No faltaba más!
+--exclamó la Regenta asustada--. ¿No vas otras noches?
+
+Don Víctor insistió otro poco en quedarse, en perder aquel drama de
+dramas.
+
+Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de
+campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con
+colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros
+días tantos folletines la señorita doña Anunciación Ozores, que en paz
+descansa. Ahora no había allí fuego; la hornilla, descubierta, era un
+agujero de tristeza.
+
+Petra recogió el servicio del café. Andaba perezosa. Entró y salió
+muchas veces. El ama no la veía siquiera, miraba, sin mover los
+párpados, a la hornilla negra y fría. La doncella se comía con los ojos
+a la señora. «¡No va al teatro! Aquí pasa algo. ¿Estorbaré? ¿Me
+necesitará?».
+
+--¿Querrá algo la señora?--preguntó.
+
+Sobresaltada la Regenta, respondió:
+
+--¿Yo?... ¿qué?... Nada; vete.
+
+«Después de todo, era una tontería haber dado aquel desaire a la
+Marquesa, estando decidida a no comulgar al día siguiente. Pero, ¿y por
+qué no había de comulgar? ¿Era ella una beata con escrúpulos necios?
+¿Qué tenía que echarse en cara? ¿En qué había faltado? Todo Vetusta en
+aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, música, alegría; y ella
+sola, sola, allí en aquel comedor obscuro, triste, frío, lleno de
+recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasión de dar pábulo a una
+pasión que halagaría a la mujer más presuntuosa. ¿Era esto pecar? Nada
+tenía ella que ver con don Álvaro. Podía él estar todo lo enamorado que
+quisiera, pero ella jamás le otorgaría el favor más insignificante.
+Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. ¿Qué había que
+confesar? Nada. ¿Para qué reconciliar? Para nada. Podía comulgar sin
+miedo; sí, madrugaría, comulgaría. ¡Pero bastaba, bastaba por Dios, de
+pensar en aquello! Se volvía loca. Aquel continuo estudiar su
+pensamiento, acecharse a sí misma, acusarse, por ideas inocentes, de
+malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que añadía a los que la
+vida le había traído y seguía trayendo sin buscarlos. Pero ¿qué había de
+hacer sino cavilar una mujer como ella? ¿En qué se había de divertir?
+¿En cazar con liga o con reclamo como su marido? ¿En plantar eucaliptus
+donde no querían nacer, como Frígilis?».
+
+En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo,
+entregados unos al vicio, otros a cualquier manía, pero todos
+satisfechos. Sólo ella estaba allí como en un destierro. «Pero ¡ay! era
+una desterrada que no tenía patria a donde volver, ni por la cual
+suspirar. Había vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez, y
+en Valladolid; don Víctor siempre con ella; ¿qué había dejado ni a
+orillas del Ebro, el río del Trovador, ni a orillas del Genil y el
+Darro? Nada; a lo más, algún conato de aventura ridícula. Se acordó del
+inglés que tenía un carmen junto a la Alhambra, el que se enamoró de
+ella y le regaló la piel del tigre cazado en la India por sus criados.
+Había sabido más adelante que aquel hombre, que en una carta--que ella
+rasgó--la juraba ahorcarse de un árbol histórico de los jardines del
+Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesía y voluptuosa frescura',
+aquel pobre Mr. Brooke se había casado con una gitana del Albaicín. Buen
+provecho; pero de todas maneras era una aventura estúpida. La piel del
+tigre la conservaba, por el tigre, no por el inglés». Esta historia no
+la sabía bien Obdulia; creía que se trataba de un norte-americano; se lo
+había dicho Visitación...
+
+«¿Por qué no había ido al teatro? Tal vez allí hubiera podido alejar de
+sí aquellas ideas tristes, desconsoladoras que se clavaban en su cerebro
+como alfileres en un acerico. Si estaba siendo una tonta. ¿Por qué no
+había de hacer lo que todas las demás?». En aquel instante pensaba como
+si no hubiera en toda la ciudad más mujeres honestas que ella. Se puso
+en pie; estaba impaciente, casi airada. Miró a la llama de la lámpara
+suspendida sobre la mesa.... La ofendía aquella luz. Salió del comedor;
+entró en su gabinete; abrió el balcón, apoyó los codos en el hierro y la
+cabeza en las manos. La luna brillaba en frente, detrás de los soberbios
+eucaliptus del _Parque_, plantados por Frígilis. Duraba aquel viento sur
+blando, templado, perezoso; a veces ráfagas vivas movían como sonajas de
+panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre
+metálico. Eran como estremecimientos de aquella naturaleza próxima a
+dormir su sueño de invierno.
+
+Ana oía ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas,
+melancólicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. Todo
+desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la
+niebla tenue que se cernía sobre Vetusta, y parecía el cuerpo del viento
+blando y caliente. Miró al cielo, a la luz grande que tenía en frente,
+sin saber lo que miraba; sintió en los ojos un polvo de claridad
+argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas
+de araña; las lágrimas refractaban así los rayos de la luna.
+
+«¿Por qué lloraba? ¿A qué venía aquello? También ella era bien necia.
+Tenía miedo de estos enternecimientos que no servían para nada». La
+luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los
+eucaliptus de Frígilis inclinando leve y majestuosamente su copa, se
+acercaban unos a otros, cuchicheando, como diciéndose discretamente lo
+que pensaban de aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin
+amor, que había jurado fidelidad eterna a un hombre que prefería un buen
+macho de perdiz a todas las caricias conyugales.
+
+«Aquel Frígilis, el de los eucaliptus, había tenido la culpa. Se lo
+había metido por los ojos. Y hacía ocho años y todavía pensaba en esta
+mala pasada de Frígilis como si fuera una injuria de la víspera. ¿Y si
+se hubiera casado con don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel.
+¡Pero aquel don Víctor era tan bueno, tan caballero! Parecía un padre, y
+aparte la fe jurada, era una villanía, una ingratitud engañarle. Con don
+Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido más remedio.
+¡Sería tan brutal, tan grosero! Don Álvaro entonces la hubiera robado,
+sí, y estarían al fin del mundo a estas horas. Y si Redondo se
+incomodaba, tendría que batirse con Mesía». Ana contempló a don Frutos,
+el mísero tendido sobre la arena, ahogándose en un charco de sangre,
+como la que ella había visto en la plaza de toros, una sangre casi
+negra, muy espesa y con espuma...
+
+«¡Qué horror!». Tuvo asco de aquella imagen y de las ideas que la habían
+traído.
+
+«¡Qué miserable soy en estas horas de desaliento! ¡Qué infamias estoy
+pensando!...». Se ahogaba en el balcón. Quiso bajar a la huerta, al
+_Parque_; sin pedir luz ni encenderla, alumbrada por la luna, atravesó
+algunas habitaciones buscando la escalera del parterre; pero al pasar
+cerca del despacho de Quintanar, cambió de propósito y se dijo: «Entraré
+ahí; ese debe de tener fósforos sobre la mesa. Voy a escribir al
+Magistral; le diré que me espere mañana de tarde; necesito reconciliar;
+yo no puedo recibir la comunión así; se lo contaré todo, todo, lo de
+dentro, lo de más adentro también».
+
+El despacho estaba a obscuras; allí no entraba la luna. Ana avanzó
+tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepintió
+de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tenía un pie
+cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrás. Dio
+un paso sin apoyarse en la pared, siguió de frente, con las manos de
+avanzada para evitar un choque....
+
+--¡Ay! ¡Jesús! ¿Quién va? ¿quién es? ¿quién me sujeta?--gritó
+horrorizada.
+
+Su mano había tocado un objeto frío, metálico, que había cedido a la
+opresión, y en seguida oyó un chasquido y sintió dos golpes simultáneos
+en el brazo, que quedó preso entre unas tenazas inflexibles que oprimían
+la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudió el brazo
+para librarse de aquella prisión, mientras seguía gritando:
+
+--¡Petra! ¡luz! ¿quién está aquí?
+
+Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sintió
+un peso, y oyó el estrépito de cristales que se quebraban en el
+pavimento al caer en compañía de otros objetos, resonantes al chocar con
+el piso. No se atrevía a coger con la otra mano las tenazas que la
+oprimían, y no se libraba de ellas aunque seguía sacudiendo el brazo.
+Buscó la puerta, tropezó mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a
+tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con
+estrépito por el suelo. Llegó Petra con luz.
+
+--¡Señora!, ¡señora! ¿qué es esto? ¡Ladrones!--¡No, calla! Ven acá,
+quítame esto que me oprime como unas tenazas.
+
+Ana estaba roja de vergüenza y de ira. Sentía una indignación tan grande
+como la cólera de Aquiles, el hijo de Peleo.
+
+Petra intentó arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que había
+caído.
+
+Era una máquina que, según Frígilis y Quintanar, sus inventores,
+serviría para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de
+vencer cierta dificultad de mecánica que retardaba la aplicación del
+artefacto.
+
+Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado;
+si tocaba, inmediatamente caía sobre su cabeza una barra metálica y otra
+idéntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del
+resorte no era suficiente para matar al ladrón de corral, pero sí para
+detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni
+Frígilis ni Quintanar querían sangre; no pretendían más que tener bien
+sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran
+sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la
+sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la
+Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quería la enmienda
+del culpable, pero no su destrucción. Los zorros que él cazara
+sobrevivirían. No faltaba para que la máquina fuese perfecta, más que
+esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botón del
+resorte endiablado, como había tropezado aquella señora.
+
+Ni Petra ni su ama conocían el uso de aquel artefacto que tuvieron que
+destrozar--y buenos sudores les costó--para separarlo del brazo que
+magullaba. Petra contenía la risa a duras penas. Se contentó con decir:
+
+--¡Qué _estropicio_!--apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras
+materias incalificables que yacían sobre el piso.
+
+--Si hubiera sido yo, me despedía don Víctor.... ¡Ay, señora! si ha roto
+usted tres de esos tiestos nuevos... ¡y el cuadro de las mariposas se ha
+hecho pedacitos! ¡y se ha roto una vitrina de herbario! y....
+
+--¡Basta! deja esa luz ahí, vete--interrumpió la Regenta.
+
+Petra insistió gozándose en la disimulada cólera de su ama.
+
+--¿Quiere usted, que traiga árnica, señora? Mire usted, tiene el brazo
+amoratado... ya lo creo... apenas mordería con fuerza ese demonio de
+guillotina... pero, ¿qué será eso? ¿usted lo sabe?
+
+--Yo... no... no; déjame. Tráeme un poco de agua.
+
+--Ya lo creo; y tila, si está usted pálida como una muerta. ¿Pero por
+qué andaba usted a obscuras, señora? ¡Qué susto! ¡pero qué susto!...
+¿Qué demonches de diablura será eso? Pues para cazar gorriones no es....
+Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio.
+
+Petra salió, volviendo con árnica que no quiso aplicarse la Regenta;
+después vino con tila, recogió los restos de los cachivaches y los puso
+sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas. Sentía un júbilo
+singular viendo aquella ruina de objetos que ella tenía que considerar
+como vasos sagrados de un culto desconocido.
+
+--¡Si hubiera sido yo!--repetía entre dientes, al juntar los últimos
+pedazos, puesta en cuclillas.
+
+Gozaba con delicia de aquella catástrofe, desde el punto de vista de su
+irresponsabilidad.
+
+Ana bajó a la huerta, olvidada ya de la carta que quería escribir. Le
+dolía el brazo. Le dolía con el escozor moral de las bofetadas que
+deshonran. Le parecía una vergüenza y una degradación ridícula todo
+aquello. Estaba furiosa. «¡Su don Víctor! ¡Aquel idiota! Sí, idiota; en
+aquel momento no se volvía atrás. ¡Qué diría Petra para sus adentros!
+¿Qué marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?». Miró a la
+luna y se le figuró que le hacía muecas burlándose de su aventura. Los
+árboles seguían hablándose al oído, murmurando con todas las hojas;
+comentaban con irónica sonrisilla el lance de la guillotina, como decía
+Petra.
+
+«¡Qué hermosa noche! Pero ¿quién era ella para admirar la noche serena?
+¿Qué tenía que ver toda aquella poesía melancólica de cielo y tierra con
+lo que le sucedía a ella?».
+
+«Si pensaría Quintanar que una mujer es de hierro y puede resistir, sin
+caer en la tentación, manías de un marido que inventa máquinas absurdas
+para magullar los brazos de su esposa. Su marido era botánico,
+ornitólogo, floricultor, arboricultor, cazador, crítico de comedias,
+cómico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quería más a Frígilis que a
+su mujer. ¿Y quién era Frígilis? Un loco; simpático años atrás, pero
+ahora completamente _ido_, intratable; un hombre que tenía la manía de
+la aclimatación, que todo lo quería armonizar, mezclar y confundir; que
+injertaba perales en manzanos y creía que todo era uno y lo mismo, y
+pretendía que el caso era «adaptarse al medio». Un hombre que había
+llegado en su orgía de disparates a injertar gallos ingleses en gallos
+españoles: ¡Lo había visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta
+despedazada, y encima, sujeto con trapos un muñón de carne cruda,
+sanguinolenta ¡qué asco! Aquel Herodes era el Pílades de su marido. Y
+hacía tres años que ella vivía entre aquel par de sonámbulos, sin más
+relaciones íntimas. Bastaba, bastaba, no podía más; aquello era la gota
+de agua que hace desbordar... ¡caer en una trampa que un marido coloca
+en su despacho como si fuera el monte! ¡no era esto el colmo de lo
+ridículo!».
+
+La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísima, pueril, la
+hizo notar su error. «¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel
+modo por un incidente vulgar, insignificante!». Y volvió contra sí todo
+el desprecio. «¿Qué culpa tiene él de que yo entre a deshora, sin luz en
+su despacho? ¿Qué motivo racional de queja tenía ella? Ninguno. ¡Oh! no
+había pretexto, no había pretexto para la ingratitud...».
+
+«Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la
+juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a
+que ya estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias
+del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y
+hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir,
+había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿dónde estaba ese
+amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su
+luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los
+sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí
+misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al
+despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un
+magistrado; le pareció un despropósito y una desfachatez que ya que
+estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga
+de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias
+materiales, irremediables, la avergonzaban, y se reían de ella al mismo
+tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le
+sonaba como la frase del miércoles de ceniza, _¡quia pulvis es!_ eres
+polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de
+todo aquello que había leído en sus mitologías, de lo que había oído a
+criados y pastores murmurar con malicia.... ¡Lo que aquello era y lo que
+podía haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el
+consuelo de ser tenida por mártir y heroína.... Recordaba también las
+palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doña Águeda (q. e. p.
+d.) en los primeros días del matrimonio; recordaba que ella, que jamás
+decía palabras irrespetuosas a sus tías, había tenido que esforzarse
+para no gritar: «¡Idiota!» al ver a su tía mirarla así. Y aquello
+continuaba, aquello se había sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada
+otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecían. Nada de
+hijos. Don Víctor no era pesado, eso es verdad. Se había cansado pronto
+de hacer el galán y paulatinamente había pasado al papel de barba que le
+sentaba mejor. ¡Oh, y lo que es como un padre se había hecho querer, eso
+sí!; no podía ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero
+llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca;
+le remordía la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus
+caricias; y además tenía miedo a los sentidos excitados en vano. De todo
+aquello resultaba una gran injusticia no sabía de quién, un dolor
+irremediable que ni siquiera tenía el atractivo de los dolores poéticos;
+era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella había visto en
+Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. ¿Cómo había de
+confesar aquello, sobre todo así, como lo pensaba? y otra cosa no era
+confesarlo».
+
+«Y la juventud huía, como aquellas nubecillas de plata rizada que
+pasaban con alas rápidas delante de la luna... ahora estaban plateadas,
+pero corrían, volaban, se alejaban de aquel baño de luz argentina y
+caían en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin
+esperanzas de amor. Detrás de los vellones de plata que, como bandadas
+de aves cruzaban el cielo, venía una gran nube negra que llegaba hasta
+el horizonte. Las imágenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna
+era la que corría a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su
+luz en aquel mar de tinieblas».
+
+«Lo mismo era ella; como la luna, corría solitaria por el mundo a
+abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin
+esperanza de él... ¡oh, no, no, eso no!».
+
+Sentía en las entrañas gritos de protesta, que le parecía que reclamaban
+con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la
+carne, derechos de la hermosura. Y la luna seguía corriendo, como
+despeñada, a caer en el abismo de la nube negra que la tragaría como un
+mar de betún. Ana, casi delirante, veía su destino en aquellas
+apariencias nocturnas del cielo, y la luna era ella, y la nube la vejez,
+la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. Tendió las manos al
+cielo, corrió por los senderos del _Parque_, como si quisiera volar y
+torcer el curso del astro eternamente romántico. Pero la luna se anegó
+en los vapores espesos de la atmósfera y Vetusta quedó envuelta en la
+sombra. La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se
+destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus
+encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros,
+en la obscuridad ya no fue más que un fantasma puntiagudo; más sombra en
+la sombra.
+
+Ana, lánguida, desmayado el ánimo, apoyó la cabeza en las barras frías
+de la gran puerta de hierro que era la entrada del _Parque_ por la calle
+de Tras-la-cerca. Así estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de
+fuera, abstraída en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como
+las del pensamiento que iba y venía, sin saber por dónde, a merced de
+impulsos de que no tenía conciencia.
+
+Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pasó un
+bulto por la calle solitaria pegado a la pared del _Parque_.
+
+«¡Es él!» pensó la Regenta que conoció a don Álvaro, aunque la aparición
+fue momentánea; y retrocedió asustada. Dudaba si había pasado por la
+calle o por su cerebro.
+
+Era don Álvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto se
+le ocurrió salir a satisfacer una curiosidad intensa que había sentido.
+«Si por casualidad estuviese en el balcón.... No estará, es casi seguro,
+pero ¿si estuviese?». ¿No tenía él la vida llena de felices accidentes
+de este género? ¿No debía a la buena suerte, a la _chance_ que decía don
+Álvaro, gran parte de sus triunfos? ¡Yo y la ocasión! Era una de sus
+divisas. ¡Oh! si la veía, la hablaba, le decía que sin ella ya no podía
+vivir, que venía a rondar su casa como un enamorado de veinte años
+platónico y romántico, que se contentaba con ver por fuera aquel
+paraíso.... Sí, todas estas sandeces le diría con la elocuencia que ya se
+le ocurriría a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad,
+estuviese en el balcón. Salió del teatro, subió por la calle de Roma,
+atravesó la Plaza del Pan y entró en la del Águila. Al llegar a la Plaza
+Nueva se detuvo, miró desde lejos a la rinconada... no había nadie al
+balcón.... Ya lo suponía él. No siempre salen bien las corazonadas. No
+importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas....
+Nadie; no se asomaba ni un gato. «Una vez allí ¿por qué no continuar el
+cerco romántico?». Se reía de sí mismo. ¡Cuántos años tenía que remontar
+en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella índole!
+Sin embargo de la risa, sin temor al barro que debía de haber en la
+calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se metió por un arco de
+la Plaza Nueva, entró en un callejón, después en otro y llegó al cabo a
+la calle a que daba la puerta del _Parque_. Allí no había casas, ni
+aceras ni faroles; era una calle porque la llamaban así, pero consistía
+en un camino maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones,
+uno de la Cárcel y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la
+puerta, pegado a la pared, por huir del fango, Mesía creyó sentir la
+corazonada verdadera, la que él llamaba así, porque era como una
+adivinación instantánea, una especie de doble vista. Sus mayores
+triunfos de todos géneros habían venido así, con la corazonada
+verdadera, sintiendo él de repente, poco antes de la victoria, un valor
+insólito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las
+mejillas, angustia en la garganta.... Se paró. «Estaba allí la Regenta,
+allí en el Parque, se lo decía aquello que estaba sintiendo.... ¿Qué
+haría si el corazón no le engañaba? Lo de siempre en tales casos; ¡jugar
+el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que abriera; y
+si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que imposible;
+pero, sí, la saltaría. ¡Si volviera a salir la luna! No, no saldría; la
+nube era inmensa y muy espesa; tardaría media hora la claridad».
+
+Llegó a la verja; él vio a la Regenta primero que ella a él. La conoció,
+la adivinó antes.
+
+--«¡Es tuya!--le gritó el demonio de la seducción--; te adora, te
+espera».
+
+Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su víctima. La
+superstición vetustense respecto de la virtud de Ana la sintió él en sí;
+aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo después de muerta
+acaso; él huir; ¡lo que nunca había hecho! Tenía miedo... ¡la primera
+vez!
+
+Siguió; dio tres, cuatro pasos más sin resolverse a volver pie atrás,
+por más que el demonio de la seducción le sujetaba los brazos, le atraía
+hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al oído
+llamándole: «¡Cobarde, seductor de meretrices!... ¡Atrévete, atrévete
+con la verdadera virtud; ahora o nunca!...».
+
+--«¡Ahora, ahora!»--gritó Mesía con el único valor grande que tenía--;
+y ya a diez pasos de la verja volvió atrás furioso, gritando:
+
+--¡Ana! ¡Ana! Le contestó el silencio. En la obscuridad del _Parque_ no
+vio más que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaños de Indias;
+y allá a lo lejos, como una pirámide negra el perfil de la
+_Washingtonia_, el único amor de Frígilis, que la plantó y vio crecer
+sus hojas, su tronco, sus ramas.
+
+Esperó en vano.--Ana, Ana--volvió a decir quedo, muy quedo--; pero sólo
+le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la
+arena de los senderos.
+
+Ana había huido. Al ver tan cerca aquella tentación que amaba, tuvo
+pavor, el pánico de la honradez, y corrió a esconderse en su alcoba,
+cerrando puertas tras de sí, como si aquel libertino osado pudiera
+perseguirla, atravesando la muralla del _Parque_. Sí, sentía ella que
+don Álvaro se infiltraba, se infiltraba en las almas, se filtraba por
+las piedras; en aquella casa todo se iba llenando de él, temía verle
+aparecer de pronto, como ante la verja del _Parque_.
+
+«¿Será el demonio quien hace que sucedan estas casualidades?», pensó
+seriamente Ana, que no era supersticiosa.
+
+Tenía miedo; veía su virtud y su casa bloqueadas, y acababa de ver al
+enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen había
+despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor
+había dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a
+infestarse.
+
+«¡Qué fácil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la
+obscuridad.... Todo se volvía cómplice. Pero ella resistiría. ¡Oh! ¡sí!
+aquella tentación fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos,
+era un enemigo digno de ella. Prefería luchar así. La lucha vulgar de la
+vida ordinaria, la batalla de todos los días con el hastío, el ridículo,
+la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterráneo entre fango.
+Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un
+conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una
+aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella.
+Lucharía».
+
+Don Víctor volvió del teatro y se dirigió al gabinete de su mujer. Ana
+se le arrojó a los brazos, le ciñó con los suyos la cabeza y lloró
+abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot.
+
+La crisis nerviosa se resolvía, como la noche anterior, en lágrimas, en
+ímpetus de piadosos propósitos de fidelidad conyugal. Su don Víctor, a
+pesar de las máquinas infernales, era el deber; y el Magistral sería la
+égida que la salvaría de todos los golpes de la tentación formidable.
+Pero Quintanar no estaba enterado. Venía del teatro muerto de sueño--¡no
+había dormido la noche anterior!--y lleno de entusiasmo
+lírico-dramático. Francamente, aquellos enternecimientos periódicos le
+parecían excesivos y molestos a la larga. «¿Qué diablos tenía su
+mujer?».
+
+--Pero, hija, ¿qué te pasa? tú estás mala....
+
+--No, Víctor, no; déjame, déjame por Dios ser así. ¿No sabes que soy
+nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho y acariciarte... y que
+tú me quieras también así.
+
+--¡Alma mía, con mil amores!... pero... esto no es natural, quiero
+decir... está muy en orden, pero a estas horas... es decir... a estas
+alturas... vamos... que.... Y si hubiéramos reñido... se explicaría
+mejor... pero así sin más ni más.... Yo te quiero infinito, ya lo sabes;
+pero tú estás mala y por eso te pones así; sí, hija mía, estos
+extremos....
+
+--No son extremos, Quintanar--dijo Ana sollozando y haciendo esfuerzos
+supremos para idealizar a D. Víctor que traía el lazo de la corbata
+debajo de una oreja.
+
+--Bien, vida mía, no serán; pero tú estás mala. Ayer amagó el ataque, te
+pusiste nerviosilla... hoy ya ves cómo estás.... Tú tienes algo.
+
+Ana movió la cabeza negando.--Sí, hija mía; hemos hablado de eso en el
+palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El doctor opina que la vida que
+llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y
+hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que
+eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire
+libre, ir y venir... y yo, por último, opino lo mismo, y estoy
+resuelto--esto lo dijo con mucha energía--estoy resuelto a que termine
+la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; tú vives allá en tus
+sueños.... Basta, hija mía, basta de soñar. ¿Te acuerdas de lo que te
+pasó en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni más
+que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y allí leyendo y papando
+moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no
+me trasladan a Valladolid, te me mueres. ¿Y en Valladolid? Recobraste la
+salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancolía mal
+disimulada seguía, los nervios erre que erre.... Volvemos a Vetusta, casi
+pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre tía Águeda
+que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este
+caserón y no hay quien te saque al sol en un año. Leer y trabajar como
+si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que riño pocas
+veces; pero ya que ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es,
+todo. Frígilis me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz».
+
+--¿Qué sabe él?--Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor
+amigo.
+
+--Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?...
+
+--No lo sé; yo no lo había notado, lo confieso, pero ya me voy
+inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas....
+
+--Son los nervios, Quintanar.
+
+--Pues guerra a los nervios ¡caracoles!
+
+--Sí...--Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces,
+y desde mañana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras,
+le mando a Paco o al mismísimo Mesía, el Tenorio, el simpático Tenorio,
+que te enamoren.
+
+--¡Qué atrocidad!...--¡Programa!--gritó don Víctor--: al teatro dos
+veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco
+o seis días, al Espolón todas las tardes que haga bueno; a las reuniones
+de confianza del Casino en cuanto se inauguren este año; a las meriendas
+de la Marquesa, a las excursiones de la _high life_ vetustense, y a la
+catedral cuando predique don Fermín y repiquen gordo. ¡Ah! y por el
+verano a Palomares, a bañarse y a vestir batas anchas que dejen entrar
+el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un
+programa de gobierno, sino que se cumplirá en todas sus partes. La
+Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y
+Visitación, que estaba en la platea de Páez, también me dijo que contara
+con ella para sacarte de tus casillas.... Sí, señora, saldremos de
+nuestras casillas. No quiero más nervios, no quiero que Frígilis diga
+que no eres feliz....
+
+--¿Qué sabe él?--Ni quiero llantos que me quitan a mí el sueño. Cuando
+lloras sin saber por qué, hija mía, me entra una comezón, un miedo
+supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia.
+
+Ana tembló, como sintiendo escalofríos.
+
+--¿Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ángel mío; todos a la cama; yo
+me estoy cayendo.
+
+Bostezó don Víctor y salió del gabinete después de depositar un casto
+beso en la frente de su mujer.
+
+Entró en su despacho. Estaba de mal humor. «Aquella enfermedad
+misteriosa de Ana--porque era una enfermedad, estaba seguro--le
+preocupaba y le molestaba. No estaba él para templar gaitas: los nervios
+le eran antipáticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban
+compasión, le irritaban, le parecían mimos de enfermo; él quería mucho a
+su mujer, pero a los nervios los aborrecía.... Además en el teatro había
+tenido una discusión acalorada: un majadero, un sietemesino que
+estudiaba en Madrid, había dicho que el teatro de Lope y de Calderón no
+debía imitarse en nuestros días, que en las tablas era poco natural el
+verso, que para los dramas de la época era mejor la prosa. ¡Imbécil!
+¡que el verso es poco natural! ¡Cuando lo natural sería que todos, sin
+distinción de clases, al vernos ultrajados prorrumpiéramos en quintillas
+sonoras! La poesía será siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el
+ilustre Jovellanos. Figurémonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal
+quiere quitarme la honra
+
+ a obscuras, como el ladrón
+ de infame merecimiento;
+
+pues ¿dónde habrá cosa más natural que incomodarme yo, y exclamar con
+Tirso de Molina (representando):
+
+ A satisfacer la fama
+ que me habéis hurtado vengo:
+ mi agravio es león que brama;
+ un león por armas tengo,
+ y Benavides se llama.
+ De vuestros torpes amores
+ dará venganza a mi enojo,
+ mostrando a mis sucesores
+ la nobleza de un león rojo
+ en sangre de dos traidores...?».
+
+Don Víctor se fijó en un velador, que era Carvajal, y ya iba a
+concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa:
+
+ Desde que sois mi cuñado
+ ni de palabras me afrento..., etc.,
+
+cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus
+tiestos, de su colección de mariposas, de una docena de aparatos
+delicados que le servían en sus variadas industrias de fabricante de
+jaulas y grilleras, artista en marquetería, coleccionador, entomólogo y
+botánico, y otras no menos respetables.
+
+--¡Dios mío! ¡qué es esto!--gritó en prosa culta--¿quién ha causado esta
+devastación...? ¡Petra! ¡Anselmo!--y se colgó del cordón de la
+campanilla.
+
+Entró Petra sonriente.--¿Qué ha sido esto?--Señor, yo no he sido....
+Habrán entrado los gatos.
+
+--¡Cómo los gatos! ¿Por quién se me toma a mí?
+
+Don Víctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de
+su museo, como él llamaba aquella exposición permanente de manías, se
+transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello,
+comenzó a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la
+escena y gritando como un energúmeno.
+
+--¡A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcón si
+no me explica esto.
+
+Anselmo compareció. Tampoco había sido él.
+
+En medio de su cólera vio Quintanar en un rincón la trampa de los
+zorros, despedazada, inservible.
+
+--¡Esto más! ¡Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frígilis.... ¡Pero,
+señor, quién anduvo aquí!
+
+Acudió Ana, porque llegó a su cuarto el ruido.
+
+Lo explicó todo.--Pero tú, Petra--añadió--¿por qué no le has dicho la
+verdad al señor?
+
+--Señora, yo... no sabía si debía....
+
+--¿Si debías qué?--preguntó don Víctor con expresión de no comprender.
+
+--Si debía...--Al amo no hay que ocultarle nunca nada--dijo la Regenta
+clavando los ojos altaneros en la criada.
+
+Petra sonrió torciendo la boca, y bajó la cabeza.
+
+Don Víctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se quedó
+solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, máquinas
+y colecciones.
+
+--«¡Dios mío! ¡si estará loca la pobrecita!»--decía entre suspiros
+Quintanar, con las manos en la cabeza. Se acostó decidido a consultar
+seriamente _lo_ de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos
+Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano,
+espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas.
+
+«Había visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... En aquella
+casa iba a pasar algo. ¿Qué habría hecho la señora en la huerta? ¿No se
+le había figurado a ella oír allá, hacia la puerta del _Parque_, una
+voz...? Sería aprensión... pero... algo, algo había allí. ¿Qué papel la
+reservarían? ¿Contarían con ella? ¡Ay de _ellos_ si no!». Y con una
+delicia morbosa, la rubia lúbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar,
+oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; «otro estúpido que jamás
+había venido a buscarla en el secreto de la noche»...
+
+
+
+
+--XI--
+
+
+El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy
+distinto género, no le dejaba libre para el estudio más que las horas
+primeras del día y las más altas de la noche. Dormía muy poco. Su doble
+misión de hombre de gobierno en la diócesis y sabio de la catedral le
+imponía un trabajo abrumador; además, era un clérigo de mundo; recibía y
+devolvía muchas visitas, y este cuidado, uno de los más fastidiosos,
+pero de los más importantes, le robaba mucho tiempo. Por la mañana
+estudiaba filosofía y teología, leía las revistas científicas de los
+jesuitas, y escribía sus sermones y otros trabajos literarios. Preparaba
+una _Historia de la Diócesis de Vetusta_, obra seria, original, que
+daría mucha luz a ciertos puntos obscuros de los anales eclesiásticos de
+España. De este libro, sin conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino
+Bermúdez, cuando estaba un poco alegre, después de comer. Uno de sus
+secretos era, que «el Magistral merecía el nombre de sabio, pero no
+precisamente el de arqueólogo; nadie sirve para todo».
+
+Don Fermín escribía a la luz tenue y blanca del crepúsculo; la mañana
+estaba fresca; de vez en cuando, por vía de descanso, De Pas se
+entretenía en soplarse los dedos. Meditaba. Tenía los pies envueltos en
+un mantón viejo de su madre. Cubríale la cabeza un gorro de terciopelo
+negro, raído; la sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y
+las mangas de la chaqueta que vestía debajo de la sotana relucían con el
+brillo triste del paño muy rozado. Aquel traje sórdido, que tal
+contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el
+mundo lucía el Magistral, desaparecía concluido el trabajo, al
+aproximarse la hora de las visitas probables. Entonces vestía don Fermín
+un cómodo, flamante y bien cortado balandrán, y en un rincón de la
+alcoba se escondían las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; el
+zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba
+como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante
+personaje. En su despacho sólo recibía a los que quería deslumbrar por
+sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabiduría no deslumbraba a casi
+nadie, y así la mayor parte de las visitas pasaban al salón inmediato.
+
+Pocos podían jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba abajo;
+casi nadie había visto más que el vestíbulo, la escalera, un pasillo, la
+antesala y el salón de cortinaje verde y sillería con funda de tela
+gris; y aun el salón medio se veía porque estaba poco menos que a
+obscuras. Uno de los argumentos que empleaban los que defendían la
+honradez del Provisor, consistía en recordar la modestia de su ajuar y
+de su vida doméstica.
+
+Justamente se había hablado de esto la tarde anterior en el Espolón, en
+un corrillo de murmuradores, clérigos unos, seglares otros.
+
+--Entre su madre y él, puede que no gasten doce mil reales al año--decía
+muy serio Ripamilán, el venerable Arcipreste--. Él viste bien, eso sí,
+con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la
+cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser
+insignificante. Recuerden ustedes, señores, lo que nos duraba un
+sombrero de teja en los ominosos tiempos en que no nos pagaba el
+Gobierno. Y en lo demás, ¿qué gastan? Doña Paula con su hábito negro de
+Santa Rita, total estameña, su mantón apretado a la espalda, y su
+pañuelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya está
+vestida para todo el año. ¿Y comer? Yo no les he visto comer, pero todo
+se sabe; el catedrático de Psicología, Lógica y Ética, que saben ustedes
+que es muy amigo mío, aunque partidario de no sé qué endiablada escuela
+escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello
+fuese la Stoa o la Academia, pues ese filósofo dice que jamás ha visto a
+la criada del Provisor comprar salmón, y besugo sólo cuando está barato,
+muy barato. Pues ¿y la casa? La casa, todos ustedes lo saben, es una
+cabaña limpia, es la casa de un verdadero sacerdote de Jesús. Lo mejor
+es lo que conocemos todos, el salón; ¡y válgate Dios por salón! A la
+moda del rey que rabió: solemne, pulcro, eso sí; ¡pero qué de trampas
+tapa aquella obscuridad! ¿Quién nos dice que las sillas de damasco verde
+no tienen abiertas las entrañas? ¿Las han visto ustedes alguna vez sin
+funda? ¿Y la consola panzuda, antiquísima, de un dorado que fue, con su
+reloj de música sin música y sin cuerda? Señores, no se me diga: el
+Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonías es infame
+calumnia.
+
+--Todo esto es verdad--contestó Foja, el ex-alcalde usurero, que estaba
+presente siempre en conversaciones de este género. Parecía nacido para
+murmurar.
+
+--No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el
+señor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los más
+ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doña Paula esconde su gato, ¡un
+gatazo! ¿Y las casas que compra el Magistral por esos pueblos? ¿Y las
+fincas que ha adquirido doña Paula en Matalerejo, en Toraces, en Cañedo,
+en Somieda? ¿Y las acciones del Banco?
+
+--¡Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; usted no
+ha visto las pólizas; usted no ha visto nada....
+
+--Pero sé quien lo ha visto.--¿Quién?--¡El mundo entero!--gritó don
+Santos Barinaga, que siempre acudía a maldecir de su mortal enemigo el
+Provisor--. ¡El mundo entero!... Yo... yo.... ¡Si yo hablara!... ¡pero
+ya hablaré!
+
+--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este
+proceso.
+
+--¿Por qué?--Porque usted aborrece al Magistral.
+
+--Claro que sí...--Y enseñaba los puños apretados.
+
+--¡Y ya me las pagará!--Pero usted, le aborrece por aquello de «¿quién
+es tu enemigo? El de tu oficio». Usted vende objetos del culto: cálices,
+patenas, vinajeras, lámparas, sagrarios, casullas, cera y hasta
+hostias....
+
+--Sí, señor; y a mucha honra señor Arcipreste.
+
+--Hombre, eso ya lo sé; pero usted, vende eso y....
+
+--¡Hola! ¡hola!--interrumpió Foja--. ¡Preciosa confesión! ¡Dato
+precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermín son
+enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente
+Ripamilán que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las
+leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueño, el
+verdadero dueño de _La Cruz Roja_, el bazar de artículos de iglesia, al
+que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del
+obispado han de venir _velis nolis_ a comprar lo que necesitan y lo que
+no necesitan.
+
+--Permítame usted, señor Foja o señor diablo....
+
+--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pícara casualidad de
+que _La Cruz Roja_ ocupa los bajos de la casa contigua a la del
+Provisor; y como da la picarísima casualidad de que sabemos todos que
+hay comunicación por los sótanos, entre casa y casa....
+
+--Hombre, no sea usted barullón ni embustero.
+
+--Poco a poco, señor canónigo, yo no soy barullero, ni miento, ni soy
+obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura.
+
+--No será usted obscurantista, pero tiene la moliera a obscuras para
+todo lo que no sea picardía. ¿Qué tiene que ver que al señor Barinaga,
+al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio
+de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, según
+él, le hace el Provisor? ¿Qué tiene que ver eso, alma de cántaro, con
+que el bazar, como lo llama, de _La Cruz Roja_, tenga sótanos y el
+Magistral sea comerciante aunque lo prohíban los cánones y el Código de
+comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea
+usted un boquirroto y mire más lo que dice.
+
+--Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragonés, le dan a
+usted derecho para desvergonzarse....
+
+--¡Poco ruido! ¡Poco ruido! señor Fierabrás--repuso el canónigo
+terciando el manteo.
+
+Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se
+decían les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen
+humor consiste en soltarse pullas y _frescas_ todo el año, como en
+perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal
+educado.
+
+--Es que yo--gritó el ex-alcalde--mato un canónigo como un mosquito....
+
+--Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted acá, viborezno
+libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; según ese
+disparatado modo de pensar que usa vuecencia, también se podrá asegurar
+lo que dice el vulgo de los préstamos del Magistral al veinte por
+ciento.
+
+--_Non capisco_--respondió el ex-alcalde, que sabía italiano de óperas.
+
+--Sí me entiende usted, pero hablaré más claro. ¿No es usted otro libelo
+infamatorio con lengua y pies--que viera yo cortados--de los muchos que
+sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque
+le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecerá
+por lo de la usura; ¿quién es tu enemigo?
+
+--Poco a poco, señor Ripamilán, que se me sube el humo a las narices.
+
+--Dirá usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos.
+
+--¡Me ha llamado usted usurero!
+
+--Eso; clarito.--Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al
+empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y
+recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas
+de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabrían que la
+Economía política me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y,
+cuando hay caso, la prima del seguro....
+
+--Del seguro se va usted, señor economista cascaciruelas....
+
+--Yo contribuyo a la circulación de la riqueza....
+
+--Como una esponja a la circulación del agua....
+
+--Y los curas son los zánganos de la colmena social....
+
+--Hombre, si a zánganos vamos....
+
+--Los curas son los mostrencos...--Si a mostrencos vamos, conocía yo un
+alcaldito en tiempos de la _Gloriosa_...
+
+--¿Qué tiene usted que decir de la _Gloriosa_? Me parece que la
+Revolución le hizo a usted Ilustrísimo señor....
+
+--¡Hizo un cuerno! Me hicieron mis méritos, mis trabajos, mis... ¡seor
+ciruelo!
+
+--Déjese usted de insultos y explique por qué he de ser yo enemigo
+personal del Provisor. ¿Reparto yo dinero por las aldeas al treinta por
+ciento? Y el dinero que yo presto ¿procede de capellanías _cuyo soy_ el
+depositario sin facultades para lucrar con el interés del depósito? ¿Mis
+rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver
+con la curia eclesiástica? ¿Robo yo en esos montes de Toledo que se
+llaman _Palacio_?
+
+--De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo
+le dejo con la palabra en la boca....
+
+--Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podrá ser un
+viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un
+Candelas eclesiástico.
+
+Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era
+demasiado fuerte:
+
+--¡Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga gritó:--No señores, no
+es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy
+generoso, y robaba con exposición de la vida.
+
+Además, robaba a los ricos y daba a los pobres.
+
+--Sí, desnudaba a un santo para vestir a otro.
+
+--Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse él. Es un
+pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya sé yo de qué muerte va a morir.
+
+Barinaga olía a aguardiente. Era el olor de su bilis.
+
+Don Cayetano se encogió de hombros y dio media vuelta. Y mientras se
+alejaba iba diciendo:
+
+--Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora
+rabian porque no les dejan decir esas picardías en los periódicos....
+
+Conversaciones de este género las había a diario en Vetusta; en el
+paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacristía de la
+Catedral.
+
+De Pas sabía todo lo que se murmuraba. Tenía varios espías, verdaderos
+esbirros de sotana. El más activo, perspicaz y disimulado, era el
+segundo organista de la Catedral, que ya había sido delator en el
+seminario. Entonces iba al paraíso del teatro a sorprender a los
+aprendices de cura aficionados a Talía o quien fuese. Era un presbítero
+joven, chato, favorito de la madre del Provisor doña Paula. Se
+apellidaba Campillo.
+
+A don Fermín no le importaba mucho lo que dijeran, pero quería saber lo
+que se murmuraba y a dónde llegaban las injurias.
+
+No pensaba en tal cosa el Magistral aquella mañana fría de octubre,
+mientras se soplaba los dedos meditabundo.
+
+Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin
+poder remediarlo. Quería buscar dentro de sí fervor religioso, acendrada
+fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un párrafo sonoro,
+rotundo, elocuente, con la fuerza de la convicción; pero la voluntad no
+obedecía y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le
+asediaban. La mano fina, aristocrática, trazaba rayitas paralelas en el
+margen de una cuartilla, después, encima, dibujaba otras rayitas,
+cruzando las primeras; y aquello semejaba una celosía. Detrás de la
+celosía se le figuró ver un manto negro y dos chispas detrás del manto,
+dos ojos que brillaban en la obscuridad. ¡Y si no hubiese más que los
+ojos!
+
+--«¡Pero aquella voz! ¡Aquella voz transformada por la emoción
+religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento,
+pero no sin vergüenza ante un confesonario!...».
+
+«¿Qué mujer era aquella? ¿Había en Vetusta aquel tesoro de gracias
+espirituales, aquella conquista reservada para la Iglesia, y él el amo
+espiritual de la provincia, no lo había sabido antes?».
+
+El pobre don Cayetano era hombre de algún talento para ciertas cosas,
+para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero ¿qué
+sabía él de dirigir un alma como la de aquella señora?
+
+Don Fermín no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho
+antes aquella joya que él, Ripamilán, no sabía apreciar en todo su
+valor. Y gracias que, por pereza, se había decidido a dejarle aquel
+tesoro.
+
+Don Cayetano le había hablado con mucha seriedad de la Regenta.
+
+--«Don Fermín--le había dicho--usted es el único que podrá entenderse
+con esta hija mía querida, que a mí iba a volverme loco si continuaba
+contándome sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la
+entiendo siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que
+eso no. ¿Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no
+sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le
+indiqué la conveniencia de confesar con usted aceptó, comprendiendo que
+yo no daba más de mí. No doy, no. Yo entiendo la religión y la moral a
+mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me parece que la
+piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita--ya sabe usted que ha
+escrito versos--es un poco romántica. Eso no quita que sea una santa;
+pero quiere traer a la religión el romanticismo, y yo ¡guarda, Pablo! no
+me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro. A usted le será
+fácil».
+
+El Arcipreste se había acercado más al Provisor, y estirando el cuello,
+de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al oído, había
+dicho después:
+
+--«Ella ha visto visiones... pseudo-místicas... allá en Loreto... al
+llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, cuando tuvo
+aquella fiebre y fuimos a buscarla su tía doña Anuncia y yo. Después...
+pasó aquello y se hizo literata.... En fin, usted verá. No es una señora
+como estas de por aquí. Tiene mucho tesón; parece una malva, pero otra
+le queda; quiero decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre
+protesta. Ella misma se me ha acusado de esto, que conocía que era
+orgullo. Aprensiones. No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es
+desgraciada, aunque nadie lo sospeche. En fin, usted verá. Don Víctor es
+como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como
+no hemos de buscarle un amante para que desahogue con él--aquí volvió a
+reír don Cayetano--lo mejor será que ustedes se entiendan».
+
+El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se
+acordó también de que él se había puesto como una amapola.
+
+«¡Lo mejor será que ustedes se entiendan!». En esta frase que don
+Cayetano había dicho sin asomos de malicia, encontraba don Fermín motivo
+para meditar horas y horas.
+
+Toda la noche había pensado en ello. Algún día ¿llegarían a entenderse?
+¿Querría doña Ana abrirle de par en par el corazón?
+
+El Magistral conocía una especie de Vetusta subterránea: era la ciudad
+oculta de las conciencias. Conocía el interior de todas las casas
+importantes y de todas las almas que podían servirle para algo. Sagaz
+como ningún vetustense, clérigo o seglar, había sabido ir poco a poco
+atrayendo a su confesonario a los principales creyentes de la piadosa
+ciudad. Las damas de ciertas pretensiones habían llegado a considerar en
+el Magistral el único confesor de buen tono. Pero él escogía hijos e
+hijas de confesión. Tenía habilidad singular para desechar a los
+importunos sin desairarlos. Había llegado a confesar a quien quería y
+cuando quería. Su memoria para los pecados ajenos era portentosa.
+
+Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un año en acudir al
+tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba
+las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco había ido
+haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeñaba
+a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su
+manera. La _Encimada_ era toda suya; la _Colonia_ la iba conquistando
+poco a poco. Como los observatorios meteorológicos anuncian los
+ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en
+Vetusta, dramas de familia, escándalos y aventuras de todo género. Sabía
+que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse delata
+flaquezas de todos los suyos.
+
+Así, el Magistral conocía los deslices, las manías, los vicios y hasta
+los crímenes a veces, de muchos señores vetustenses que no confesaban
+con él o no confesaban con nadie.
+
+A más de un liberal de los que renegaban de la confesión auricular,
+hubiera podido decirle las veces que se había embriagado, el dinero que
+había perdido al juego, o si tenía las manos sucias o si maltrataba a su
+mujer, con otros secretos más íntimos. Muchas veces, en las casas donde
+era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas
+de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo; y mientras
+su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprendía,
+acaso era el único que estaba en el secreto, el único que tenía el cabo
+de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a los
+vetustenses. «Era aquello un montón de basura». Pero muy buen abono, por
+lo mismo, él lo empleaba en su huerto; todo aquel cieno que revolvía, le
+daba hermosos y abundantes frutos.
+
+La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su
+propia heredad. Era suyo, bien suyo; ¿quién osaría disputárselo?
+
+Recordaba minuto por minuto aquella hora--y algo más--de la confesión
+de la Regenta.
+
+«¡Una hora larga!». El cabildo no hablaría de otra cosa aquella mañana
+cuando se juntaran, después del coro, los señores canónigos del
+tertulín.
+
+Don Custodio, el beneficiado, había pasado la tarde anterior sobre
+espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, después
+espiando la confesión, que duraba, duraba «escandalosamente». Iba y
+venía, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y pasaba ya
+lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Había visto primero a otras
+mujeres junto a la celosía y a doña Ana en oración, junto al altar. Al
+pasar otra vez había visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el
+confesonario, cubierta con la mantilla... y vuelta a pasar y ella
+quieta... y otra vez... y siempre allí, siempre lo mismo.
+
+--Don Custodio--le decía Glocester, el ilustre Arcediano, que había
+notado sus paseos--¿qué hay?, ¿ha venido esa dama?
+
+--¡Una hora! ¡una hora!--Confesión general. Ya usted ve....
+
+Y más tarde:--¿Qué hay?--¡Hora y media!--Le estará contando los
+pecados de sus abuelos desde Adán.
+
+Glocester había esperado en la sacristía «el final de aquel escándalo».
+
+El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y
+juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan
+descomunal noticia.
+
+«No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. ¡Dos
+horas!».
+
+En efecto, había sido mucho tiempo. El Magistral no lo había sentido
+pasar; doña Ana tampoco. La historia de ella había durado mucho. Y
+además, ¡habían hablado de tantas cosas! Don Fermín estaba satisfecho de
+su elocuencia, seguro de haber producido efecto. Doña Ana jamás había
+oído hablar así.
+
+«Aquel anhelo que sentía De Pas, antes de conversar en secreto con
+aquella señora, había sido un anuncio de la realidad. Sí, sí, era
+aquello algo nuevo, algo nuevo para su espíritu, cansado de vivir nada
+más para la ambición propia y para la codicia ajena, la de su madre.
+Necesitaba su alma alguna dulzura, una suavidad de corazón que
+compensara tantas asperezas.... ¿Todo había de ser disimular, aborrecer,
+dominar, conquistar, engañar?».
+
+Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se
+preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. «Allí,
+por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había
+orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a
+sacrificarse _en Jesús_... ¡Todo aquello estaba lejos! No le parecía ser
+el mismo. ¿No era algo por el estilo lo que creía sentir desde la tarde
+anterior? ¿No eran las mismas fibras las que vibraban entonces, allá en
+las orillas del Bernesga, y las que ahora se movían como una música
+plácida para el alma?». En los labios del Magistral asomó una sonrisa de
+amargura. «Aunque todo ello sea una ilusión, un sueño, ¿por qué no
+soñar? Y ¿quién sabe si esta ambición que me devora no es más que una
+forma impropia de otra pasión más noble? Este fuego, ¿no podrá arder
+para un afecto más alto, más digno del alma? ¿No podría yo abrasarme en
+más pura llama que la de esta ambición? ¡Y qué ambición! Bien mezquina,
+bien miserable. ¿No valdrá más la conquista del espíritu de esa señora
+que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma tiara...?».
+
+El Magistral se sorprendió dibujando la tiara en el margen del papel.
+
+Suspiró, arrojó aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales
+pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se
+puso a escribir.
+
+El último párrafo decía:
+
+«El suceso tan esperado por el mundo católico, la definición del dogma
+de la infalibilidad pontificia había llegado por fin en el glorioso día
+de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: _haec dies quam fecit
+Dominus_...».
+
+El Magistral continuó: «Confirmábase al fin de solemne modo la doctrina
+del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: _Prima salus est rectae
+fidei regulam custodire_; confirmábase la doctrina que los griegos
+profesaron con aprobación del segundo Concilio lionense, y se declaraba
+y definía, _sacro approbante Concilio_, que el Romano Pontífice, _quum
+ex cathedra loquitur_, goza plenamente, _per assistentiam divinam_, de
+aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su
+Iglesia...».
+
+Don Fermín soltó la pluma y dejó caer la cabeza sobre las manos.
+
+«Ignoraba lo que tenía, pero no podía escribir. ¿Sería el asunto? Acaso
+no estaría él aquella mañana para tratar materia tan sublime. ¡La
+infalibilidad! Terrible, pero valentísimo dogma: un desafío formidable
+de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se ríe. Era como
+estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas....
+¡Mejor! así debía ser». El Magistral había sido desde el principio de la
+batalla entusiástico partidario de la declaración. «Era el valor, la
+voluntad enérgica, la afirmación del imperio, una aventura teológica,
+parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Colón en el
+mar».
+
+Había defendido el dogma heroico en Roma en el púlpito, con elocuencia
+entonces espontánea, con calor, como si el infalible fuera él. Llamaba a
+Dupanloup cobarde. En Madrid había llamado mucho la atención predicando
+en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El
+tema había sido también la infalibilidad. Los periódicos le habían
+comparado con los mejores oradores católicos, con Monescillo, con
+Manterola, eclesiásticos como él, con Nocedal, con Vinader, con Estrada,
+legos.
+
+«Y nada, no había pasado de ochavo. La Iglesia es así, pensaba De Pas,
+con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado
+ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como
+ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia
+de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré a los
+fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré Obispo cuando
+llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no
+aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores,
+los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que
+hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser
+impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y
+respeto. ¡Farsa, pura farsa! ¡Oh, si yo echase a volar mi dinero!...
+Pero mi dinero es de mi madre, y además yo no quiero comprar lo que es
+mío, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. ¿No quedábamos en
+que era yo una lumbrera? ¿No se dijo que en mí tenía firme columna el
+templo cristiano? Pues si soy una columna, ¿por qué no me echan encima
+el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, señor Cardenal,
+¿en qué quedamos?».
+
+El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puñetazo sobre la
+mesa.
+
+--Voy, señorito--gritó una voz dulce y fresca desde una habitación
+contigua.
+
+El Magistral no oyó siquiera. En seguida entró en el despacho una joven
+de veinte años, alta, delgada, pálida, pero de formas suficientemente
+rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La
+palidez era de un tono suave, delicado, que hacía muy buen contraste con
+el negro de andrina de los ojos grandes, soñadores, de movimientos
+bruscos; unos ojos que parecía que hacían gimnasia, obligados día y
+noche a las contorsiones místicas de una piedad maquinal, mitad postiza
+y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon
+griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonomía. En
+esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne,
+hierática, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un
+perfume elocuente de todo el cuerpo.
+
+Era la doncella de doña Paula, Teresina. Dormía cerca del despacho y de
+la alcoba del _señorito_. Esta proximidad había sido siempre una
+exigencia de doña Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no
+quería ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco
+consentía que su hijo, su pobre Fermín, que para ella siempre sería un
+niño a quien había que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura
+cristiana. La doncella había de tener su lecho cerca del _señorito_, por
+si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente.
+
+En casa el Magistral era _el señorito_. Así le nombraba el ama delante
+de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenían que
+darle.
+
+A doña Paula, que no siempre había sido _señora_, le sonaba mejor _el
+señorito_ que un usía. Las doncellas de doña Paula venían siempre de su
+aldea; las escogía ella cuando iba por el verano al campo. Las
+conservaba mucho tiempo. La condición de dormir cerca del señorito, por
+si llamaba, se les imponía con una naturalidad edemíaca. Ni las
+muchachas ni el Magistral habían opuesto nunca el menor reparo. Los ojos
+azules, claros, sin expresión, muy abiertos, de doña Paula, alejaban la
+posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conocía que no toleraba
+que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la
+inocencia de su sueño; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media
+palabra de protesta, ni una leve objeción en nombre del qué dirán. ¿Qué
+habían de decir? Allí la castidad de ella, que era viuda, y la de su
+hijo, que era sacerdote, se tenían por indiscutibles; eran de una
+evidencia absoluta; ni se podía hablar de tal cosa. «Don Fermín
+continuaba siendo un niño que jamás crecería para la malicia». Este era
+un dogma en aquella casa. Doña Paula exigía que se creyera que ella
+creía en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio.
+
+Teresina entró abrochando los corchetes más altos del cuerpo de su
+hábito negro (de los Dolores) y en seguida ató cerca de la cintura en la
+espalda el pañuelo de seda también negro que le cruzaba el pecho.
+
+--¿Qué quería el señorito? ¿se siente mal? ¿traeré ya el café?
+
+--¿Yo?... hija mía... no... no he llamado.
+
+Teresina sonrió. Se pasó una mano mórbida y fina por los ojos, abrió un
+poco la boca, y añadió:
+
+--Apostaría... haber oído....
+
+--No, yo no. ¿Qué hora es?
+
+Teresina miró al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo
+la hora y ofreció otra vez el café, todo sonriendo con cierta
+coquetería, contenida por la expresión de piedad que allí era la librea.
+
+--¿Y madre?--Duerme. Se acostó muy tarde. Como están con las cuentas
+del trimestre....
+
+--Bien; tráeme el café, hija mía.
+
+Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de
+insurrectos, que estaban como ella los había dejado el día anterior;
+también tocó los libros de la mesa, pero no se atrevió con los que
+yacían sobre las sillas y en el suelo. Aquéllos no se tocaban. Mientras
+Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la siguió impaciente con la
+mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para
+seguir trabajando o meditando.
+
+Hasta que tuvo el café delante no recordó que él solía decir misa; que
+era un señor cura. ¿La tenía? ¿Había prometido decirla? No pudo resolver
+sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa procedía le tranquilizó.
+
+Ni doña Paula ni Teresa olvidaban jamás estos pormenores. Ellas eran las
+encargadas de oír la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto
+se refería a los asuntos del rito. De Pas cumplía con estos deberes
+rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. ¡Tenía tantas cosas
+en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba
+de ser el más fiel guardador de cuanto la Sinodal exigía, y daba
+frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias.
+
+Tomó el café y se levantó para dar algunos paseos por el despacho;
+quería distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le
+permitían adelantar en su trabajo.
+
+Teresina entraba y salía sin pedir permiso, pero andaba por allí como el
+silencio en persona; no hacía el menor ruido. Llevó el servicio del
+café, volvió a buscar un jarro de estaño y el cubo del lavabo; entró de
+nuevo con ellos y una toalla limpia. Entró en la alcoba, dejando las
+puertas de cristales abiertas, y se puso a _levantar_ la cama, operación
+que consistía en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las
+sábanas y la colcha y guardarlas entre colchón y colchón, tender una
+manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas,
+pero sin funda. El Magistral dormía algunos días la siesta, y doña
+Paula, por economía, le preparaba así la cama. Hacerla formalmente
+hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado.
+
+Don Fermín volvió a sentarse en su sillón. Desde allí veía, distraído,
+los movimientos rápidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las
+piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados
+colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda subía y bajaba a
+cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las
+enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral
+seguía con los ojos los movimientos de la faena doméstica, pero su
+pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de
+brazos sobre la cama, Teresina dejó ver más de media pantorrilla y
+mucha tela blanca. De Pas sintió en la retina toda aquella blancura,
+como si hubiera visto un relámpago; y discretamente, se levantó y volvió
+a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de
+un colchón doblado, se volvió de repente, casi tendida de espaldas sobre
+la cama. Sonreía y tenía un poco de color rosa en las mejillas.
+
+--¿Le molesta el ruido, señorito?
+
+El Magistral miró a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba
+ningún gesto de hipocresía. Apoyando una mano en el dintel de la puerta
+de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada:
+
+--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es
+igual, vuelve luego, y acabarás de arreglar esto cuando yo no esté.
+
+--Bien está, señorito, bien está--respondió la criada, muy seria, con
+voz gangosa y tono de canto llano.
+
+Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acabó de
+levantar la cama y salió de las habitaciones del señorito.
+
+El cual paseó tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el
+suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de
+teología y cánones. Después de fumar tres pitillos volvió a sentarse.
+Escribió sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le metió por los
+puntos de la pluma, levantó la cabeza, satisfecho de su tarea.
+
+Miró al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale
+más por lo raro. El Magistral se frotó las manos suavemente. Estaba
+contento. Mientras había escrito, casi por máquina, una defensa, _calamo
+currente_, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Católica
+que leían católicos convencidos nada más, había estado madurando su plan
+de ataque.
+
+Pensaba lo mismo que la Regenta: que había hecho un hallazgo, que iba a
+tener un alma hermana.
+
+Él, que leía a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una
+poética narración del impío Renan en que figuraban un fraile de allá de
+Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la
+memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jesús, a
+través de gran distancia. No había en aquellas relaciones nada de
+sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada
+parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la
+verdad severa, noble, inmaculada del amor místico; amor anafrodítico,
+incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueños. «¿Por qué
+recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? ¿Qué tenía él que ver
+con un monje romántico y fanático, místico y apasionado, de la
+Edad-media... y sueco? Él era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo
+diecinueve, un _carca_, un obscurantista, un zángano de la colmena
+social, como decía Foja el usurero...».
+
+Y al pensar esto, mirándose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De
+Pas sonreía con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le
+quedaba de sus reflexiones de poco antes.
+
+Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más
+fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la violencia de la
+postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos
+cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y
+fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus
+músculos de acero, de una fuerza inútil.
+
+Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de
+color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía
+gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules. Un día de
+revolución un patriota le había dado el ¡quién vive! en las afueras,
+cerca de la noche. De Pas rompió el fusil de chispa en las espaldas del
+aguerrido centinela, que le había querido coser a bayonetazos, porque no
+se entregaba a discreción. Nadie supo aquella hazaña, ni el mismo don
+Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que
+corrían contra _La Cruz Roja_, como él llamaba, colectivamente, al
+Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, había callado, jurando
+odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al
+murmurar del Magistral añadían:
+
+--«¡Si yo hablara!».
+
+Mientras estaba lavándose, desnudo de la cintura arriba, don Fermín se
+acordaba de sus proezas en el juego de bolos, allá en la aldea, cuando
+aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo
+por breñas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente, en
+el espejo, le parecía un _otro yo_ que se había perdido, que había
+quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de
+Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectáculo, le llevaba
+muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresuró a vestirse. En
+cuanto se abrochó el alzacuello, el Magistral volvió a ser la imagen de
+la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: seguía
+siendo esbelto, pero no formidable. Se parecía un poco a su querida
+torre de la catedral, también robusta, también proporcionada, esbelta y
+bizarra, mística; pero de piedra. Quedó satisfecho, con la conciencia
+de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante
+y escultural.
+
+Iba a salir. Teresina apareció en el umbral, seria, con la mirada en el
+suelo, con la expresión de los santos de cromo.
+
+--¿Qué hay?--Una joven pregunta si se puede ver al señorito.
+
+--¿A mí?--don Fermín encogió los hombros--. ¿Quién es?
+
+--Petra, la doncella de la señora Regenta.
+
+Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su
+amo.
+
+--¿No dice a qué viene?
+
+--No ha dicho nada más.--Pues que pase. Petra se presentó sola en el
+despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrán sobre la frente, sin
+rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa
+en los labios.
+
+El Magistral la reconoció. Era una joven que se había obstinado en
+confesar con él y que lo había conseguido a fuerza de tenacidad y
+paciencia; pero después había tenido que desairarla varias veces, para
+que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que
+la calumnia propala para descrédito de los sacerdotes. Confesaba cosas
+de su alcoba, se desnudaba ante la celosía entre llanto de falso
+arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la había
+alejado de sí, como haría con Obdulia, si las exigencias sociales no lo
+impidiesen.
+
+Petra se presentó como si fuese una desconocida; como si persona tan
+insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan
+alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen
+recibimiento; pero al saber que venía de parte de doña Ana, sintió el
+clérigo dulce piedad, y perdonó de repente a aquella extraviada criatura
+sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingió también no
+reconocerla.
+
+Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El
+Magistral lo presumía y habló como si fuera delante de testigos.
+
+--¿Es usted criada de la señora de Quintanar?
+
+--Sí, señor; su doncella.
+
+--¿Viene usted de su parte?--Sí, señor; traigo una carta para Usía.
+
+Aquel usía hizo sonreír al Provisor, que lo creyó muy oportuno.
+
+--¿Y no es más que eso?
+
+--No, señor.--Entonces...--La señora me ha dicho que entregara a Usía
+mismo esta carta, que era urgente y los criados podrían perderla... o
+tardar en entregarla a Usía.
+
+Teresina se movió en el pasillo. La oyó el Magistral y dijo:
+
+--En mi casa no se extravían las cartas. Si otra vez viene usted con un
+recado por escrito, puede usted entregarlo ahí fuera... con toda
+confianza.
+
+Petra sonrió de un modo que ella creyó discreto y retorció una punta del
+delantal.
+
+--Perdóneme Usía...--dijo con voz temblorosa y ruborizándose.
+
+--No hay de qué, hija mía. Agradezco su celo.
+
+Don Fermín estaba pensando que aquella mujer podría serle útil, no sabía
+él cuándo, ni cómo, ni para qué. Sintió deseos de ponerla de su parte,
+sin saber por qué esto podía importarle. También se le pasó por la
+imaginación decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de
+aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se contentó con
+despedirla con un saludo señoril, cortés, pero frío. Cuando Petra iba a
+atravesar el umbral, ocupó la puerta por completo una mujer tan alta
+casi como el Magistral y que parecía más ancha de hombros; tenía la
+figura cortada a hachazos, vestía como una percha. Era doña Paula, la
+madre del Provisor. Tenía sesenta años, que parecían poco más de
+cincuenta. Debajo de un pañuelo de seda negro que cubría su cabeza,
+atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso;
+la frente era estrecha y huesuda, pálida, como todo el rostro; los ojos
+de un azul muy claro, no tenían más expresión que la semejanza de un
+contacto frío, eran ojos mudos; por ellos nadie sabría nada de aquella
+mujer. La nariz, la boca y la barba se parecían mucho a las del
+Magistral. Un mantón negro de merino ceñido con fuerza a la espalda
+angulosa, caía sin gracia sobre el hábito, negro también, de estameña
+con ribetes blancos. Parecía doña Paula, por traje y rostro, una
+amortajada.
+
+Petra saludó un poco turbada. Doña Paula la midió con los ojos, sin
+disimulo.
+
+--¿Qué quería usted?--preguntó, como pudo haberlo preguntado la pared.
+
+Petra se repuso y, casi con altanería, contestó:
+
+--Era un recado para el señor Magistral.
+
+Y salió del despacho. En la puerta de la escalera la recibió con afable
+sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas,
+como las señoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de
+la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra
+envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral.
+Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento
+de las maneras finas y de la vida de ciudad.
+
+--¿Qué te quiere esa señora?--preguntó doña Paula en cuanto se vio a
+solas con su hijo.
+
+--No sé; aún no he abierto la carta.
+
+--¿Una carta?--Sí, esa. Don Fermín hubiera deseado a su madre a cien
+leguas. No podía ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre sí
+mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta,
+y temía ruborizarse delante de su madre. «¿Ruborizarse?» sí, sin motivo,
+sin saber por qué; pero estaba seguro de que, si abría aquel sobre
+delante de doña Paula, se pondría como una cereza. Cosas de los nervios.
+Pero su madre era como era.
+
+Doña Paula se sentó en el borde de una silla, apoyó los codos sobre la
+mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendió la difícil tarea
+de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doña Paula fumaba;
+pero «desde que eran de la catedral» fumaba en secreto, sólo delante de
+la familia y algunos amigos íntimos.
+
+El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogió
+disimuladamente la carta de la Regenta y la guardó en un bolsillo
+interior, debajo de la sotana.
+
+--Adiós, madre; voy a dar los días al señor de Carraspique.
+
+--¿Tan temprano?--Sí, porque después se llena aquello de visitas y
+tengo que hablarle a solas.
+
+--¿No la lees?--¿Qué he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no
+será urgente.
+
+--Por si acaso; léela aquí, por si tienes que contestar en seguida o
+dejar algún recado; ¿no comprendes?
+
+De Pas hizo un gesto de indiferencia y leyó la carta.
+
+Leyó en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba
+su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. «Además, ¿qué
+podía decir la Regenta? Nada de particular».
+
+ «Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted
+ antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrúpulos de esos
+ contra los que usted me prevenía; creo que se trata de una cosa seria.
+ Si usted fuera tan amable que consintiera en oírme esta tarde un
+ momento, mucho se lo agradecería su hija espiritual y affma.
+ amiga, q.b.s.m.,
+
+ ANA DE OZORES DE QUINTANAR».
+
+--¡Jesús, qué carta!--exclamó doña Paula con los ojos clavados en su
+hijo.
+
+--¿Qué tiene?--preguntó el Magistral, volviendo la espalda.
+
+--¿Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doña
+Obdulia. ¿No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una
+tonta o de una loca.
+
+--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todavía....
+Me escribe como a un amigo cualquiera.
+
+--Vamos, es una pagana que quiere convertirse.
+
+El Magistral calló. Con su madre no disputaba.
+
+--Ayer tarde no fuiste a ver al señor de Ronzal.
+
+--Se me pasó la hora de la cita....
+
+--Ya lo sé; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el señor
+Ronzal se cansó de esperar y no tuvo contestación que dar al señor
+Pablo, que se volvió al pueblo creyendo que tú y Ronzal y yo y todos
+somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los
+necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada.
+
+--Pero, madre, tiempo hay; el chico está en el cuartel, no se los han
+llevado; no salen para Valladolid hasta el sábado... hay tiempo....
+
+--Sí, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. ¿Y qué dirá Ronzal?
+Si tú que estás más interesado te olvidas del asunto, ¿qué hará él?
+
+--Pero, señora, el deber es primero.
+
+--El deber, el deber... es cumplir con la gente, ¡Fermo! ¿Y por qué se
+le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa
+herencia?
+
+--¿Qué herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de
+alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de
+salir pronto.
+
+--¿Qué herencia?--repitió.
+
+--Esa señora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no
+tiene más que hacer que verla a ella.
+
+--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien sé lo que me digo. Tú...
+eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes.
+
+Doña Paula creía que endiosarse valía tanto como elevar el pensamiento a
+las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosiguió--hicieron
+anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doña Visitación,
+esa tarasca; sí señor, comidilla de la confesata de la
+otra; y si había durado dos horas o no había durado dos horas....
+
+El Magistral se santiguó y dijo:
+
+--¿Ya murmuran? ¡Infames!
+
+--Sí, ¡ya! ¡ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. ¿Te
+acuerdas de la Brigadiera? ¿Te acuerdas de lo que me dio que hacer
+aquella miserable calumnia por ser tú noble y confiadote?... Fermo, te
+lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber
+aparentarla.
+
+--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--¿No ve usted cómo a
+pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?
+
+--Sí, hasta ahora; pero ¿quién responde? Tantas veces va el cántaro a la
+fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un
+borrego, pero....
+
+--¡Le tengo en un puño!--Ya lo sé, y yo en otro; pero ya sabes que es
+ciego cuando se empeña en una cosa; y si Su Ilustrísima polichinela da
+otra vez en la manía de que pueden decir verdad los que te calumnian,
+estás perdido.
+
+--Don Fortunato no se mueve sin orden mía.
+
+--No te fíes, es porque te cree infalible; pero el día que le hagan ver
+tus escándalos....
+
+--¿Cómo ha de ver eso, madre?
+
+--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese día estamos
+perdidos; la malva, el polichinela, el borrego será un tigre, y del
+Provisorato te echa a la cárcel de corona.--Madre... está usted
+exaltada... ve usted visiones.
+
+--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doña Paula se puso en pie y arrojó la
+punta del pitillo apurada y sucia.
+
+Prosiguió:--No quiero más cartitas; no quiero conferencias en la
+catedral; que vaya al sermón la señora Regenta si quiere buenos
+consejos; allí hablas para todos los cristianos; que vaya a oírte al
+sermón y que me deje en paz.
+
+--¿Con que Glocester?...--Sí, y don Custodio.--Y a usted ¿quién le ha
+dicho?...
+
+--El Chato.--¿Campillo?--El mismo.--Pero ¿qué han visto? ¿Qué pueden
+decir esos miserables? ¿cómo se habla de estas cosas en una tertulia de
+señoras? ¿cómo entiende esta gente el respeto a las cosas sagradas?
+
+--¡Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. ¿Respeto? Dios lo dé. El
+Arcediano querría confesar a la de Quintanar, es natural, él es muy
+amigo de darse tono, y de que digan.... ¡Dios me perdone! pero creo que
+le gusta que murmuren de él, y que digan si enamora a las beatas o no
+las enamora.... ¡Es un farolón... y un malvado!
+
+--Madre, usted exagera; ¿cómo un sacerdote?...
+
+--Fermo, tú eres un papanatas; el mundo está perdido: por eso todos
+piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay que aparentar
+más virtud que se tiene, aunque se sea un ángel. ¿No sabes que de
+nosotros dicen mil perrerías? Glocester, don Custodio, Foja, don Santos
+y el mismísimo don Álvaro Mesía, con toda su diplomacia, pasan la vida
+desacreditándote. Si hacemos y acontecemos en palacio (doña Paula empezó
+a contar por los dedos); si nos comemos la diócesis; si entramos en el
+Provisorato desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco;
+si tú cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ahí como
+esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la
+alberca de casa; si el Obispo es un maniquí en nuestras manos; si
+vendemos cera, si vendemos aras, si tú hiciste cambiar las de todas las
+parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don
+Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si tú robas a
+los que piden dispensas; si te comes capellanías; si yo cobro diezmos y
+primicias en toda la diócesis; si....
+
+--¡Basta, madre, basta por Dios!
+
+--Y por contera tus amoríos, tus abusos de consejero espiritual. Tú
+(vuelta a contar por los dedos, pero además con pataditas en el suelo,
+como llevando el compás) tienes fanatizado a medio pueblo; las de
+Carraspique se han metido monjas por culpa tuya, y una de ellas está
+muriendo tísica por culpa tuya también, como si tú fueras la humedad y
+la inmundicia de aquella pocilga; tú tienes la culpa de que no se case
+la de Páez, la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que
+le agrade... por culpa tuya.
+
+--Madre...--¿Qué más? Hasta les parece mal que enseñes la doctrina a
+las niñas de la Santa Obra del Catecismo....
+
+--¡Miserables!--Sí, miserables; pero van siendo muchos miserables, y el
+día menos pensado nos tumban.
+
+--Eso no, madre--gritó el Magistral perdiendo el aplomo, con las
+mejillas cárdenas y las puntas de acero, que tenía en las pupilas,
+erizadas como dispuestas a la defensa--. ¡Eso no, madre! Yo los tengo a
+todos debajo del zapato, y los aplasto el día que quiero. Soy el más
+fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, son unos estúpidos; ni mala
+intención saben tener.
+
+Doña Paula sonrió, sin que su hijo lo notase. «Así te quiero» pensó, y
+siguió diciendo:
+
+--Pero el único flaco que podemos presentarles es este, Fermo; bien lo
+sabes; acuérdate de la otra vez.
+
+--Aquella era una... mujer perdida.--Pero te engañó ¿verdad?
+
+--No, madre; no me engañó; ¿qué sabe usted?
+
+Los ojos de doña Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la
+Brigadiera nunca había podido aclararlo. Sólo sabía, por su mal, que
+había sido un escándalo que apenas se pudo sofocar antes que fuera
+tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. Eran cosas de la
+juventud. ¡Qué necedad temer que él volviese a descuidarse ahora, a los
+treinta y cinco años! Entonces, en la época de la Brigadiera no tenía él
+experiencia, le halagaba la vanagloria, le seducía y mareaba el incienso
+de la adulación.
+
+«Si mi madre me viera por dentro, no tendría esos temores con que ahora
+me mortifica».
+
+Doña Paula insistió en pintarle los peligros de la calumnia; sabía que
+le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque
+temía para su hijo la caída de Salomón.
+
+La madre de don Fermín creía en la omnipotencia de la mujer. Ella era
+buen ejemplo. No temía que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa
+contra el prestigio de su Fermín, que era el instrumento de que ella,
+doña Paula, se valía para estrujar el Obispado. Fermín era la ambición,
+el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doña Paula
+se figuraba la diócesis como un lagar de sidra de los que había en su
+aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que exprimían el fruto,
+oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por
+la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella
+de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural.
+«Era mecánico» como decía don Fermín explicando religión. «Pero a una
+mujer otra mujer» pensaba el tornillo. «Su hijo era joven todavía,
+podían seducírselo, como ya otra vez habían intentado y acaso
+conseguido». Ella creía en la influencia de la mujer, pero no se fiaba
+de su virtud. «¡La Regenta, la Regenta! dicen que es una señora incapaz
+de pecar, pero ¿quién lo sabe?». Algo había oído de lo que se murmuraba.
+Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y
+otro en el mundo; estas señoras son las que lo saben todo, a veces
+aunque no haya nada. Le habían dicho, sobre poco más o menos, y sin
+estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos días antes:
+que don Álvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quería
+enamorarla, como a tantas otras. «Aquel don Álvaro era un enemigo de su
+hijo. Lo sabía ella». Ni el mismo don Fermín le tenía por enemigo, por
+más que varias veces había adivinado en él un rival en el dominio de
+Vetusta. Pero doña Paula tenía superior instinto; veía más que nadie en
+lo que interesaba al poderío de su hijo. «Aquel don Álvaro era otro buen
+mozo, listo también, arrogante, hombre de mundo; tenía el prestigio del
+amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de
+Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres;
+era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los
+Vegallana... podía disputar a Fermín, con fuerzas iguales acaso, el
+dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y
+cuando no lo tenía se quejaba de la falta «_de carácter_» de los hombres
+importantes. Y ¿por qué no había de estar ya Mesía disputando ese
+dominio? ¿No cabía en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don
+Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre
+Fermo?». Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las
+suponía fácilmente doña Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la
+vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no
+comunicó a su hijo más que lo suficiente para prevenirle contra la
+Regenta y sus confesiones de dos horas. No citó el nombre de Mesía. En
+los labios le retozaba esta pregunta:
+
+«¿Pero de qué demontres hablasteis dos horas seguidas?».
+
+No se atrevió a tanto. «Al fin su hijo era un sacerdote y ella era
+cristiana».
+
+Preguntar aquello le parecía una irreverencia, un sacrilegio que hubiera
+puesto a Fermo fuera de sí, y no había para qué.
+
+--Adiós, madre--dijo don Fermín cuando doña Paula calló por no atreverse
+con la pregunta sacrílega.
+
+Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oyó a su madre que decía:
+
+--¿De modo que hoy tampoco vas a coro?
+
+--Señora, si ya habrá concluido....
+
+--¡Bueno, bueno!--quedó murmurando ella--no ganamos para multas.
+
+Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un
+estudiante que escapa de la férula de un dómine implacable.
+
+El sol brillaba acercándose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola nube. El
+cielo parecía andaluz.
+
+Sí, pero el buen humor del Magistral se había nublado; su madre le había
+puesto nervioso, airado, no sabía contra quién.
+
+«Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero
+formidable a veces. ¿Y cómo romper aquellas cadenas? A ella se lo debía
+todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su voluntad de acero
+que iba derecha a un fin rompiendo por todo ¿qué hubiera sido él? Un
+pastor en las montañas, o un cavador en las minas. Él valía más que
+todos, pero su madre valía más que él. El instinto de doña Paula era
+superior a todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido él arrollado
+algunas veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se
+enredaban en redes sutiles que le tendía un enemigo, ¿quién le libraba
+de ellas? Su madre. Era su égida. Sí, ella primero que todo. Su
+despotismo era la salvación; aquel yugo, saludable. Además, una voz
+interior le decía que lo mejor de su alma era su cariño y su respeto
+filial. En las horas en que a sí mismo se despreciaba, para encontrar
+algo puro dentro de sí, que impidiera que aquella repugnancia llegase a
+la desesperación, necesitaba recordar esto: que era un buen hijo,
+humilde, dócil... un niño, un niño que nunca se hacía hombre. ¡Él que
+con los demás era un hombre que solía convertirse en león!».
+
+«Pero ahora sentía una rebelión en el alma. Era una injusticia aquella
+sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta creía toda Vetusta, y
+en efecto era un ángel. Él sí que no merecía besar el polvo que pisaba
+aquella señora. ¿Quién podía temer de quién?».
+
+En este momento comprendió la causa de su malhumor repentino. «La madre
+había hablado de las calumnias con que le querían perder... de las
+demasías de ambición, orgullo y sórdida codicia que le imputaban, de la
+influencia perniciosa en la vida de muchas familias que se le
+achacaba... pero ¿era todo calumnia? Oh, si la Regenta supiese quién era
+él, no le confiaría los secretos de su corazón. Por un acto de fe,
+aquella señora había despreciado todas las injurias con que sus enemigos
+le perseguían a él, no había creído nada de aquello y se había acercado
+a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a
+pedirle un hilo salvador en los abismos que se abrían a cada paso de la
+vida. Si él hubiera sido un hombre honrado, le hubiera dicho allí
+mismo:--¡Calle usted, señora! yo no soy digno de que la majestad de su
+secreto entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a
+decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro
+palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel
+con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido;
+el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de
+acíbar;... yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor,
+infinitamente peor, yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas,
+sí, mal adquiridas; yo soy un déspota en vez de un pastor; yo vendo la
+Gracia, yo comercio como un judío con la Religión del que arrojó del
+templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, señora; yo no soy digno
+de ser su confidente, su director espiritual. Aquella elocuencia de ayer
+era falsa, no me salía del alma, yo no soy el _vir bonus_, yo soy lo
+que dice el mundo, lo que dicen mis detractores».
+
+Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sintió una
+reacción en su conciencia, reacción favorable a su fama.
+
+«Hagámonos más justicia» pensó sin querer, por el instinto de
+conservación que tiene el amor propio.
+
+Y entonces recordó que su madre era quien le empujaba a todos aquellos
+actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro.
+
+«Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo debía todo, había
+él llegado a manosear y mascar el lodo de aquella sordidez poco
+escrupulosa. Su pasión propia, la que espontáneamente hacía en él
+estragos era la ambición de dominar; pero esto ¿no era noble en el
+fondo? y ¿no era justo al cabo? ¿No merecía él ser el primero de la
+diócesis? El Obispo ¿no le reconocía de buen grado esta superioridad
+moral? Bastante hacía él contentándose, por ahora, con no mandar más que
+en Vetusta. ¡Oh! estaba seguro. Si algún día su amistad con Ana Ozores
+llegaba al punto de poder él confesarse ante ella también y decirle cuál
+era su ambición, ella, que tenía el alma grande, de fijo le absolvería
+de los pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le había
+arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenían disculpa, los
+feos, los vergonzosos, los inconfesables».
+
+Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente,
+iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles
+tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas
+encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, según
+costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rítmico el paso,
+flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.
+
+Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos,
+doblando la cintura y destocándose como si pasara un rey; y a veces ni
+veía al que saludaba.
+
+Este fingimiento era en él segunda naturaleza. Tenía el don de estar
+hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.
+
+Doña Paula había vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registró la
+alcoba. Vio la cama _levantada_, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue;
+salió de la alcoba; en el despacho reparó el sofá de reps azul, las
+butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas
+por todas partes; se fijó en el orden de la mesa, en el del sillón, en
+el de las sillas. Parecía olfatear con los ojos. Llamó a Teresina; le
+preguntó cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la
+mirada, como quien anda a minas; se metió por los pliegues del traje,
+correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo
+hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La
+despidió.
+
+--Oye...--volvió a decir--. Nada, vete.
+
+Se encogió de hombros.--«Es imposible--dijo entre dientes--; no hay
+manera de averiguar nada».
+
+Y, saliendo del despacho, dijo todavía:
+
+--«¡Qué capricho de hombres!».
+
+Y subiendo la escalera del segundo piso, añadió:
+
+--«¡Es como todos, como todos; siempre fuera!».
+
+
+
+
+--XII--
+
+
+Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más
+importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo más
+_sacrificios pecuniarios_ en tiempo oportuno. Era político porque se le
+había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los
+buenos cristianos no se metían a gobernar. Le dominaba por completo su
+mujer, fanática ardentísima, que aborrecía a los liberales porque allá
+en la otra guerra, los _cristinos_ habían ahorcado de un árbol a su
+padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los
+sesenta años, y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de
+gobierno; se distinguía por sus millones. Era el mayor contribuyente que
+tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII. Su
+religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en él
+toda una virtud; pero la debilidad de su carácter, sus pocas luces
+naturales y la mala intención de los que le rodeaban, convertían su
+piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís, para
+los suyos y para muchos de fuera.
+
+Doña Lucía, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontífice
+infalible en aquel hogar honrado. Tenían cuatro hijas los Carraspique;
+todas habían hecho su primera confesión con don Fermín; habían sido
+educadas en el convento que había escogido don Fermín; y las dos
+primeras habían profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas.
+
+El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un
+noble liberal, que murió del disgusto, estaba enfrente del caserón de
+los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.
+
+El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona,
+que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamería
+los pies de buen grado.
+
+--Espere usted un poco, señor Magistral, haga el favor de sentarse; el
+señor está allá dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y
+agria.) Está ahí el médico... ese empecatado primo de la señora.
+
+--Sí, ya, don Robustiano: ¿pues qué hay, Fulgencia?
+
+--Creo que Sor Teresa está algo peor... pero no es para tanto alarmar a
+los pobrecitos señores. ¿Verdad, señor Magistral, que la pobre señorita
+no está de cuidado?
+
+--Creo que no, Fulgencia; pero ¿qué dice el médico? ¿Viene de allá?
+
+--Sí, señor, de allá; y ahí dentro daba gritos... viene furioso... es un
+loco. No sé cómo le llaman a él. El parentesco, es cosa del parentesco.
+
+El salón era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin
+lujo, con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad, de la
+limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El único
+mueble nuevo era un piano de cola de Erard.
+
+Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes.
+
+El médico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vestía con el
+arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en
+su porte su buena posición social. Era una hermosa figura que se
+defendía de los ultrajes del tiempo con buen éxito todavía. Don
+Robustiano era el médico de la nobleza desde muchos años atrás; pero si
+en política pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en
+religión se le tenía por volteriano, o lo que él y otros vetustenses
+entendían por tal. Jamás había leído a Voltaire, pero le admiraba tanto
+como le aborrecía Glocester, el Arcediano, que no lo había leído
+tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano
+no podía alzar el gallo a ningún mediquillo moderno de los que se morían
+de hambre en Vetusta. Había estudiado poco, pero había ganado mucho. Era
+un médico de mundo, un doctor de buen trato social. Años atrás, para él
+todo era flato; ahora todo era _cuestión de nervios_. Curaba con buenas
+palabras; por él nadie sabía que se iba a morir. Solía curar de balde a
+los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhibía, mandaba
+llamar a otro y no se ofendía. «Él no servía para ver morir a una
+persona querida».
+
+Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.
+
+--«¿Con que se nos quiere usted morir, señor Fulano? Pues vive Dios, que
+lo hemos de ver..., etc.».
+
+Esta era una frase sacramental; pero tenía otras muchas. Así se había
+hecho rico. No usaba muchos términos técnicos, porque, según él, a los
+profanos no se les ha de asustar con griego y latín. No era pedante,
+pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecían, invocaba el
+sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de
+policía.
+
+«La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro».
+
+Y no se le había de replicar.
+
+Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano podía
+apostar con cualquiera a campechano, alegre, simpático, y hasta hombre
+de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.
+
+Al Magistral no le podía tragar, pero temía su influencia en las casas
+nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.
+
+De Pas le tenía a él por un grandísimo majadero, pero le tributaba la
+cortesía que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre
+majaderos y hombres de talento.
+
+--¡Oh, mi señor don Fermín! cuánto bueno.... Llega usted a tiempo, amigo
+mío; el primo está inconsolable. ¡Buen día de su santo! Le he dicho la
+verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio,
+se desespera.... Es decir, remedio... yo creo que sí... pero estas ideas
+exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza,
+porque es una persona ilustrada.
+
+--¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?
+
+--Sí, señor; de aquella pocilga vengo.
+
+--¿Cómo está Rosita?
+
+--¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es Sor
+Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.
+
+Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a
+todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:
+
+--¡Aquello es el acabose!
+
+El Magistral sintió un escalofrío.
+
+--¿Usted cree?--Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo,
+distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada
+bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña
+sigue respirando en aquel _medio_... no hay salvación, pero si se la
+saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un
+crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja....
+Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la
+religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es
+una letrina; sí señor, una cloaca.
+
+--Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están
+haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fábrica de pólvora.
+
+--Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan
+trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.
+
+--Señor Somoza, el cariño le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor
+de lo que es.
+
+--¿Cómo mayor, señor De Pas? ¿Querrá usted saber más que la ciencia? Ya
+le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen
+de lesa humanidad.... ¡Oh! ¡Si yo cogiera al curita que tiene la culpa
+de todo esto! Porque aquí anda un cura, señor Magistral, estoy seguro...
+y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y
+clero; si todos fueran como usted.... ¿A que mi señor don Fermín no
+aconseja a ningún padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que
+las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de
+Panurgo?
+
+El Magistral no pudo menos de sonreír, recordando que los carneros de
+Panurgo no habían sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repetía lo
+de los carneros de Panurgo, sin saber qué ganado era aquel, como no
+sabía otras muchas cosas. Ya queda dicho que él no leía libros: le
+faltaba tiempo.
+
+Don Fermín pensaba: «¿Serán indirectas las necedades de este majadero?».
+
+--Yo sospecho--continuó el doctor--que mi pobre Carraspique está
+supeditado a la voluntad de algún fanático, v. gr. el Rector del
+Seminario. ¿No le parece a usted que puede ser el señor Escosura, ese
+Torquemada _pour rire_, el que ha traído a esta casa tanta desgracia?
+
+--No, señor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta
+desgracia como usted dice.
+
+--¡Van ya dos niñas al hoyo!
+
+--¿Cómo al hoyo?--O al convento, llámelo usted hache.
+
+--Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo
+opinar en este punto....
+
+--Sí, sí, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen
+conventos, señor, que los construyan en condiciones higiénicas. Si yo
+fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la
+ciencia. La higiene pública prescribe....
+
+El señor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la
+renovación del aire, a la calefacción, aeroterapia y demás asuntos de
+folletín semicientífico. Después volvió a la desgracia de aquella casa.
+
+--¡Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.
+
+--No, señor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen....
+
+--¡Libremente! ¡libremente! Ríase usted, señor Magistral, ríase usted,
+que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. ¿Cabe
+libertad donde no hay elección? ¿Cabe elección donde no se conoce más
+que uno de los términos en que ha de consistir?
+
+Don Robustiano hablaba casi como un filósofo cuando se acaloraba.
+
+--Si a mí no se me engaña--continuó--; si yo conozco bien esta comedia.
+¿No ve usted, señor mío, que yo las he visto nacer a todas ellas, que
+las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de
+su existencia? Verá usted el sistema.
+
+Don Robustiano se sentó, y prosiguió diciendo:
+
+--Hasta que tienen quince o dieciséis años las hijas de mis primos no
+ven el mundo. A los diez o los once van al convento; allí sabe Dios lo
+que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben
+las dictan las monjas y están siempre cortadas por el mismo patrón,
+según el cual, «aquello es el Paraíso». A los quince años vuelven a
+casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda
+en el convento como un trasto inútil. Para dar una satisfacción al
+mundo, a la opinión pública, desde los quince a los dieciocho o
+diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo...
+por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi señor
+don Fermín. ¿Recuerda usted el convite de la cigüeña? Pues eso. Las
+niñas ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. ¿A los
+bailes? Dios nos libre. ¿Al teatro? Abominación. ¡A la novena, al
+sermón! y de Pascuas a Ramos un paseíto con la mamá por el Espolón o el
+Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en
+seguida a casa. Después viene la gran prueba: el viaje a Madrid. Allí se
+ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armería;
+nada de teatros ni de bailes que aún son más peligrosos que en Vetusta:
+correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las
+niñas vuelven a su tierra diciendo de todo corazón que se han aburrido
+en la Corte, que su convento de su alma, que cuánto más se divertían
+allí con las Madres y las compañeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se
+enamora de cualquiera de las niñas... _¡Vade retro!_ Se le despide con
+cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas canónicas;
+maitines, vísperas... después el rosario con su coronilla, un
+padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y
+nada de balcón, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas.... Eso
+sí, tocar el piano si se quiere y coser a discreción. Como artículo de
+lujo se permite a las niñas que se rían a su gusto con los chistes del
+Arcediano, el diplomático señor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen
+mozo torcido una gracia babosa, las niñas la ríen, al papá se le cae la
+baba también ¡mísero Carraspique! y _tutti contenti_. El Arcediano no es
+el cura que hay aquí oculto, no; ese representa la parte contraria, el
+demonio o el mundo; pero, como es natural, a las niñas les parece que el
+atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en
+cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, sí señor,
+cierta libertad, si se compara con la vida archimonástica de lo que yo
+llamo la Regla de doña Lucía, mi prima carnal. ¡Oh, señor de Pas, fácil
+victoria la de la Iglesia! Las niñas en vista de que Vetusta es andar de
+templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo
+rompiéndose los pies y tropezando; el hogar un cuartel místico, con
+chistes de cura por todo encanto, resuelven _libremente_ meterse
+monjas, para gozar un poco de... de autonomía, como dicen los
+liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas
+de Carraspique.
+
+El Magistral oyó con paciencia el discurso del médico y, por decir algo,
+dijo:
+
+--No podrá usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a
+cien leguas de toda gazmoñería.
+
+--¡Otra farsa! No sé quién diablos ha enseñado a mi prima esta comedia.
+El que entra aquí piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez
+monástica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engañan.
+Esta alegría sin saber por qué, estas bromitas de clerigalla, y usted
+dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para
+tapar la boca a los profanos.
+
+El Magistral miraba al médico con gran curiosidad y algo de asombro.
+«¿Cómo aquel hombre de tan escasas luces discurría así en tal materia?
+¿Sabía Somoza que era él y nadie más el _cura oculto_, el jefe
+espiritual de aquella casa? Si lo sabía ¿cómo le hablaba así? ¿También
+los tontos tenían el arte de disimular?».
+
+Entró Carraspique en el salón. Traía los ojos húmedos de recientes
+lágrimas. Abrazó al Magistral y le suplicó fervorosamente que fuese a
+las Salesas a ver cómo estaba su hija; él no tenía valor para ir en
+persona. Don Fermín prometió ir aquel mismo día.
+
+Somoza volvió a describir la falta de _condiciones higiénicas_ del
+convento.
+
+--Pero ¿qué quieres que haga, primo mío?
+
+--Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque sé cómo sois. Pero lo que
+digo es lo siguiente: la niña está muy enferma, y no por culpa suya; su
+naturaleza era fuerte; en su _constitución_ no hay vicio alguno; pero no
+le da el sol nunca y se la está comiendo la humedad; necesita calor y
+no lo tiene; luz y allí le falta; aire puro y allí se respira la peste;
+ejercicio y allí no se mueve; distracciones y allí no las hay; buen
+alimento y allí come mal y poco..., pero no importa; Dios está
+satisfecho por lo visto. ¿Cuál es la perfección? La vida entre dos
+alcantarillas. ¿El mundo está perdido? Pues vámonos a vivir metiditos en
+un... inodoro.
+
+Y como esta palabra, si bien le parecía culta, no expresaba lo que él
+quería, sino lo contrario, añadió:
+
+--En un inodoro... que es la _antítesis_--así dijo--de un inodoro.
+
+--En fin, señores--prosiguió--ustedes defienden el absurdo y ahí no
+llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con
+aires de aldea, allá junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne
+y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada.
+
+Cogió el sombrero y el bastón de puño de oro; saludó con una cabezada al
+Magistral y salió murmurando:
+
+--A lo menos San Simeón Estilita estaba sobre una columna, pero no era
+una columna... de este orden; no era un estercolero.
+
+Doña Lucía se presentó y con un gesto displicente contestó a las
+palabras de su primo que había oído desde lejos:
+
+--Es un loco, hay que dejarle.--Pero nos quiere mucho--advirtió
+Carraspique.
+
+--Pero es un loco... haciéndole favor.
+
+El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. «No había que
+hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento
+provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un
+barrio bajo, en lo más hondo de una vertiente del terreno, sin sol;
+allí desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la
+Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las
+paredes, y había grietas; no cabía negar que a veces los olores eran
+insufribles; tales miasmas no podían ser saludables. Pero todo aquello
+duraría poco; y Rosita no estaba tan mal como el médico decía. El de las
+monjas aseguraba que no, y que sacarla de allí, sola, separarla de sus
+queridas compañeras, de su vida regular, hubiera sido matarla».
+
+Después don Fermín consideró la cuestión desde el punto de vista
+religioso. «Había algo más que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente
+humanos, mundanos, que se podían oponer a Somoza y otros como él, eran
+lo de menos. Lo principal era mirar si había escándalo en precipitarse y
+tomar medidas que alarmasen a la opinión. Por culpa de ellos, por culpa
+de un excesivo cariño, de una extremada solicitud, podían dar pábulo a
+la maledicencia. ¿Qué esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se
+diría que el convento de las Salesas era un matadero; que la religión
+conducía a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse.... ¡Se
+dirían tantas cosas! No, no era posible tomar todavía ninguna medida
+radical. Había que esperar. Por lo demás, él iría a ver a Sor
+Teresa...».
+
+--¡Sí, don Fermín, por Dios!--exclamó doña Lucía, juntando las
+manos--segura estoy de que recobrará la salud aquella querida niña, si
+usted le lleva el consuelo de su palabra.
+
+No se atrevía a llamarla su hija. La creía de Dios, sólo de Dios.
+
+Después se habló de otra cosa. Aunque no se había tratado nunca
+directamente del asunto, se había convenido, por un acuerdo tácito, que
+las dos niñas últimas no serían monjas, a no haber en ellas una vocación
+superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implícito convenio
+era una imposición de la conciencia, o del miedo a la opinión del mundo.
+La mayor de aquellas dos niñas tenía un pretendiente. El Magistral venía
+a desahuciarlo. «Era un impío».
+
+--¿Un impío Ronzal? ¡Su amigo de usted!--se atrevió a decir Carraspique.
+
+--Sí; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo
+sacrifico al amigo tratándose de la felicidad de su hija de ustedes.
+
+Una lágrima de las pocas que tenía rodó por el rostro de la señora de la
+casa. Más estético y más simétrico hubiera sido que las lágrimas fueran
+dos; pero no fue más que una; la del otro ojo debió de brotar tan
+pequeña, que la sequedad de aquellos párpados, siempre enjutos, la tragó
+antes que asomara.
+
+La lágrima era de agradecimiento. «El Magistral les sacrificaba el
+nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un
+defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien
+hacía ella en entregar las llaves del corazón y de la conciencia a tal
+hombre, a aquel santo, pensaría mejor».
+
+Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual
+fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos
+disminuía; y don Francisco de Asís era un millonario que educaba muy
+bien a sus hijas. Pero el Magistral tenía otros proyectos.
+
+--¿Un impío Ronzal?--preguntó asustado Carraspique.
+
+--Sí, un impío... relativamente. No basta que la religión esté en los
+labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en
+la política y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas
+veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa.
+Ronzal, comparado con otros... con Mesía, por ejemplo, es un buen
+cristiano; aun el mismo Mesía, que al cabo no se ha separado de la
+Iglesia, es católico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarán el
+ateo. Pero ni Mesía, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad
+suficiente.... ¿Daría usted una hija a don Álvaro?
+
+--¡Antes muerta!--Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la
+unidad católica y otros principios que contiene nuestra política, no es
+buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una
+Carraspique.
+
+Aquel calor con que defendía los intereses espirituales de la familia,
+les llegaba al alma a los amos de la casa.
+
+Ronzal fue desahuciado. El Magistral habló todavía de otros asuntos.
+Había que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para
+Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa;
+limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la
+Concepción, porque habría que pagar caro un predicador, jesuita, que
+vendría de lejos. «Era mucho, sí; pero si los buenos católicos que
+todavía tenían algo no se sacrificaban ¿qué sería de la fe? ¡Si otros
+pudieran!».
+
+Suspiró doña Lucía al oír esto. Había comprendido. El Magistral quería
+decir que si él fuese rico, su dinero sería de San Pedro y de las
+instituciones piadosas. «¡Y pensar que había quien calumniaba a aquel
+santo suponiéndole cargado de oro!».
+
+Don Fermín antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tenía
+límites, volvió a prometer una visita a las Salesas.
+
+«Pero no había que alarmarse, ni perder la paciencia».
+
+--En el último trance, se atrevió a decir cuando ya lo creyó oportuno,
+suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una
+prueba terrible, se sufrirá; porque el nombre de cristiano obliga a eso
+y a mucho más.
+
+Allí don Fermín no decía que la virtud era fácil.
+
+Era poco menos que imposible. La salvación se conseguía a costa de mucho
+padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo
+terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran también melosas.
+La de salvación sonaba como la flauta del dios Pan; al decir «Dios
+misericordioso pero justo» aquella lengua imitaba el susurro del aura
+entre las flores....
+
+Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos
+de la conciencia los que les ofrecía para el caso probable de no
+salvarse, a pesar de tantos disgustos.
+
+Doña Lucía encontraba a don Fermín algo flojo aquella mañana. No hablaba
+con la sublime unción de otras veces. Su pesimismo piadoso le salía a
+duras penas de los labios. Notó la buena señora que su director
+espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa.
+
+Salió el Magistral.
+
+Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descargó un
+puñetazo sobre el pasamano de mármol del último tramo de la suntuosa
+escalera.
+
+--«¡No hay remedio, no hay remedio!--dijo entre dientes--no he de
+empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo».
+
+Otros días, al salir de aquella casa había gozado el placer fuerte,
+picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que allí
+ejercía en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia....
+Pero ahora, nada de eso. No salía contento. Había procurado abreviar la
+visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas.
+
+«Aquel idiota de don Robustiano le había puesto de mal humor. Eso debía
+de ser».
+
+«Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal ánimo, pisar
+algo con ira...». Se dirigió a _Palacio_.
+
+Así se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la
+Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela húmeda y estrecha que
+llamaban «La Corralada». Era el palacio un apéndice de la Basílica,
+coetáneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el
+siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro
+parecía un inválido de la arquitectura; y la fachada principal,
+renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta
+y el balcón de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde.
+
+El Magistral dejó atrás el zaguán, grande, frío y desnudo, no muy
+limpio; cruzó un patio cuadrado, con algunas acacias raquíticas y
+parterres de flores mustias; subió una escalera cuyo primer tramo era de
+piedra y los demás de castaño casi podrido; y después de un corredor
+cerrado con mampostería y ventanas estrechas, encontró una antesala
+donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del
+Provisor interrumpió el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno
+de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de
+pulquérrimo traje talar, perfumado, abrió una mampara forrada de damasco
+color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio
+entonces y que atravesó De Pas sin detenerse.
+
+--¿Dónde estará, don Anacleto?
+
+--Creo que tiene visitas--respondió el paje--. Unas señoras....
+
+--¿Qué señoras? Don Anacleto encogió los hombros con mucha gracia y
+sonrió.
+
+Don Fermín vaciló un momento, dio un paso atrás; pero en seguida volvió
+a adelantarlo y abrió una puerta de escape por donde desapareció.
+
+Después de cruzar salas y pasadizos llegó al _salón claro_, como se
+llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas
+particulares. Era un rectángulo de treinta pies de largo por veinte de
+ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal
+obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias cañas a
+cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que
+entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegría.
+Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco también,
+de un lujo anticuado, bonachón y simpático, reían a carcajadas, con sus
+contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en
+columnas salomónicas. Los brazos de las butacas parecían puestos en
+jarras, los pies de las consolas hacían piruetas. No había estera ni
+alfombra, a no contar la que rendía homenaje al sofá; era de moqueta y
+representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el
+gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendían sendos cuadros de
+Cenceño, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los
+otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de ébano.
+Allí estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos críticos de
+su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una
+consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba
+sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mármol, de doble tamaño que él,
+colocada sobre la consola de enfrente. No había más santos en el salón
+ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado.
+
+El Ilustrísimo Señor don Fortunato Camoirán, Obispo de Vetusta, dejaba
+al Provisor gobernar la diócesis a su antojo; pero en su salón no había
+de tocar. Por esto habían valido poco las amonestaciones de don Fermín
+para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas
+pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo,
+jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecían locos.
+
+--«Gracias que no llevo mis pájaros a la catedral para que canten el
+Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era párroco de las
+Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban
+en el coro y era una delicia oírlos».
+
+Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se
+podía admirar y amar una obra de Dios.
+
+Glocester, el maquiavélico Arcediano, «opinaba que el Obispo--pero este
+era su secreto--no estaba a la altura de su cargo».
+
+--«No basta ser bueno--decía--para gobernar una diócesis. Ni los
+poetas sirven para ministros, ni los místicos para Obispos».
+
+Esta opinión era la más corriente entre el clero del Obispado. Los
+señores de la junta carlista creían lo mismo. ¡Jamás habían podido
+contar para nada con el Obispo!
+
+¿Qué resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en
+brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la diócesis.
+Esto, según unos, era la perdición del clero y el culto, según otros una
+gran fortuna; pero todos convenían en que el bueno de Camoirán no tenía
+voluntad.
+
+Era cierto que había aceptado la mitra a condición de escoger, sin que
+valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar
+los cuidados del gobierno eclesiástico. El Magistral era sin duda el
+hombre de más talento que él había conocido. Además, doña Paula, cuando
+su hijo era un humilde seminarista, había servido en calidad de ama de
+llaves a Camoirán, a la sazón canónigo de Astorga. Desde entonces
+aquella mujer de hierro había dominado al pobre santo de cera. El hijo,
+ayudado por la madre, continuó la tiranía, y, como decían ellos, «le
+tenían en un puño». Y él estaba así muy contento.
+
+¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga,
+de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se
+buscó un santo a quien dar una mitra y se encontró al canónigo Camoirán.
+
+Llegó a Vetusta echando bendiciones y recibiéndolas del pueblo. Con gran
+escándalo de su corazón sencillo y humilde se contaban maravillas de su
+virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasión, cuando hacía
+su visita a las parroquias de los vericuetos, en el riñón de la montaña,
+jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le presentó
+una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una víbora había
+mordido al niño.
+
+--¡Sálvamelo, sálvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el
+paso al borrico.
+
+--¡Si yo no sé! ¡si yo no sé!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo
+por la vida del angelillo.
+
+--¡Sí, sí, tú que eres santo!--replicaba la madre con alaridos.
+
+--¡El cauterio! ¡el cauterio! pero yo no sé...
+
+--¡Un milagro! ¡un milagro!...--repetía la madre.
+
+La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la
+Virgen, los pobres, el púlpito y el confesonario.
+
+Tenía cincuenta años, la cabeza llena de nieve, y su corazón todavía se
+abrasaba en fuego de amor a María Santísima. Desde el seminario, y ya
+había llovido después, su vida había sido una oda consagrada a las
+alabanzas de la Madre de Dios. Sabía mucha teología, pero su ciencia
+predilecta consistía en la doctrina de los Misterios que se refieren a
+la Mujer _sine labe concepta_. De memoria hubiera podido repetir cuanto
+han dicho los Santos Padres y los Místicos en honor de la Virgen, y
+sabía alabarla en estilo oriental, con metáforas tomadas del desierto,
+del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo
+romántico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases
+de cariño paternal, filial y fraternal.
+
+Tenía escritos cinco libros, que primero se vendían a peseta y después
+se regalaban, titulados así: _El Rosal de María_ (en verso)--_Flores de
+María_--_La devoción_ _de la Inmaculada_--_El Romancero de Nuestra
+Señora_--_La Virgen y el dogma_.
+
+Nunca se le había aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los
+daba a manos llenas; y el espíritu se lo inundaba de luz y de una
+alegría que no podían obscurecer ni turbar todas las desdichas del
+mundo, al menos las que él había padecido.
+
+En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y
+mucho de lo que él había heredado. ¡Pero ay del sastre si le quería
+engañar cobrándole caros los remiendos de sus pantalones! ¿No sabía él
+lo que eran remiendos? ¿No había zurcido su ropa y cosido botones S. I.
+muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los más humildes,
+aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que ponía a los
+zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.
+
+--Pero, señor--gritaba el ama de llaves, doña Úrsula, heredera en el
+cargo de doña Paula--; si usted pide milagros. ¿Cómo no se han de
+conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda,
+y será mejor.
+
+--¿Y quién te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos
+nuevos mientras el prójimo anda sin zapatos? Si ese remendón supiera su
+oficio, parecerían estos una gloria.
+
+El Obispo tenía sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no
+se conocieran. El Provisor todos los días le pasaba revista, como a un
+recluta, mirándole de hito en hito cuando le creía distraído: y si
+notaba algún descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un
+mitrado, le reprendía con acritud.
+
+--Esto es absurdo--decía De Pas--. ¿Quiere usted ser el Obispo de _Los
+miserables_, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos
+en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como
+exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos
+pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas,
+llegaría la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita?
+
+--No es eso, hijo mío, no es eso--respondía el Obispo sofocado, con
+ganas de meterse debajo de tierra.
+
+Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si así debe ser; si ya lo sé.
+¿Crees tú que no gozo yo mirándoos a ti y a don Custodio y al primo del
+ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro
+sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si
+eso es una bendición de Dios; si así debe ser.... ¿Pero sabes tú quién
+es Rosendo? Es un grandísimo pillo que me pide tres pesetas por unas
+medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la
+piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ríen;
+¿qué le hemos de hacer si tienen buen humor?
+
+Durante algunos años Fortunato había sido el predicador de moda en
+Vetusta. Su antecesor rara vez subía al púlpito, y el verle a él en la
+cátedra del Espíritu Santo casi todos los días, despertó la curiosidad
+primero, después el interés y hasta el entusiasmo de los fieles. Su
+elocuencia era espontánea, ardiente; improvisaba; era un orador
+verdadero, valía más que en el papel, en el púlpito, en la ocasión.
+Hablaba de repente, llamas de amor místico subían de su corazón a su
+cerebro, y el púlpito se convertía en un pebetero de poesía religiosa
+cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar
+en ello, Fortunato poseía el arte supremo del escalofrío; sí, los sentía
+el auditorio al oír aquella palabra de unción elocuente y santa. La
+caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el
+mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la cátedra deseando a todos la
+gloria por los siglos de los siglos, la unción del prelado corría por el
+templo como una influencia magnética; parecía que si se tocaban los
+cuerpos iban a saltar chispas de caridad eléctrica; el entusiasmo, la
+conversión, se leían en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los
+vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos.
+
+Pero esto había sido al principio. Después... el público empezó a
+cansarse. Decían que el Obispo _se prodigaba demasiado_. «El Magistral
+no se prodigaba».
+
+--Estudia más los sermones--decían unos.
+
+--Es más profundo, aunque menos ardiente.
+
+--Y más elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el púlpito.
+
+--El Magistral es un artista, el otro un apóstol.
+
+Hacía mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qué
+gustaba el Obispo como predicador. «Él confesaba que no entendía
+aquello. Era demasiado florido». Para Glocester no pasaba de _mera
+retórica_ aquello de abrasarse en amor del prójimo. «Le sonaba a hueco».
+
+--«¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de
+nadie; para él como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra
+revolucionaria, ni un satánico _non serviam_ librepensador».
+
+En concepto de Glocester, Camoirán había comenzado a desacreditarse en
+los _sermones de la Audiencia_. Todos los viernes de Cuaresma la Real
+Audiencia Territorial pagaba y oía con religiosa atención o mística
+somnolencia un sermón que alguna notabilidad del púlpito vetustense
+predicaba en Santa María, la iglesia antiquísima.
+
+--«Pues bien--decía Glocester--allí no se habla por hablar, ni lo
+primero que viene a la boca; allí no basta abrasarse en fuego divino; es
+necesario algo más, so pena de ofender la ilustración de aquellos
+señores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, señor mío, y
+hay que tentarse la ropa antes de subir a la cátedra sagrada. El Obispo
+había hablado a los _señores del margen_, a la Audiencia Territorial ni
+más ni menos mal que al común de los fieles».
+
+El actual regente--que no era Quintanar--había dicho, en confianza, a un
+oidor que _el sermón no tenía miga_. El oidor había corrido la noticia,
+y el fiscal se atrevió a decir que el Obispo no se iba al grano.
+
+Para irse al grano Glocester. Aquel mismo año en que Fortunato lo había
+hecho tan mal, en concepto de los señores magistrados, se lució en su
+sermón de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba él muchos días
+antes.
+
+--«Señores, no llamarse a engaño; a mí hay que leerme entre líneas; yo
+no hablo para criadas y soldados; hablo para un público que sepa... eso,
+leer entre líneas».
+
+La musa de Glocester era la ironía. Aquel viernes memorable, Mourelo se
+presentó en el púlpito sonriente, como solía (ocho días antes se había
+desacreditado el Obispo), saludó al altar, saludó a la Audiencia y se
+dignó saludar al católico auditorio. Su mirada escudriñó los rincones de
+la Iglesia para ver si, conforme le habían anunciado, algún
+libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven
+podridos, estaba oyéndole. Vio dos o tres que él conocía, y pensó: «Me
+alegro; ahora veréis lo que es bueno». El regente--que no era
+Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio
+de la nave en un sillón de terciopelo y oro, contemplaba al predicador,
+preparándose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo.
+Otros magistrados, menos inclinados a la crítica, se disponían a dormir
+disimuladamente, valiéndose de recursos que les suministraba la
+experiencia de estrados.
+
+Glocester se fue al grano en seguida. La antífrasis, el eufemismo, la
+alusión, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retórica, que él creía
+solapada y hábil, los arrojó sobre el impío Arouet, como él llamaba a
+Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todavía a vueltas con el pobre
+Voltaire; de los modernos impíos sabía poco; algo de Renan y de algún
+apóstata español, pero nada más. Nombres propios casi ninguno: el
+grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los
+establos de Epicuro y otras colectividades así hacían el gasto; pero
+nada de Strauss ni de las luchas exegéticas de Tubinga y Götinga: amigo,
+esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.
+
+Voltaire, y a veces el extraviado filósofo ginebrino, pagaban el pato.
+Pero no; otro caballo de batalla tenía el Arcediano: el paganismo, la
+antigua idolatría. Aquel día, el viernes, estuvo oportunísimo burlándose
+de los egipcios. Al regente le costó trabajo contener la risa, que
+procuraba excitar Glocester.
+
+Aquellos grandísimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le
+hacían mucha gracia al orador sagrado. «¡Con qué sandunga les tomaba el
+pelo a los egipcios!», según expresión de Joaquinito Orgaz, religioso
+por buen tono y que creía sinceramente que era un disparate la
+idolatría.
+
+--«Sí, Señor Excelentísimo, sí, católico auditorio, aquellos habitantes
+de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabiduría nos mandan
+admirar los autores impíos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla».
+_«¡Risum teneatis! ¡Risum teneatis!»_ repetía encarándose con el perro
+de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El
+perro no se reía.
+
+Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus súbditos con
+tales cuchufletas. «¿Dónde tenían la cabeza aquellos hombres que
+adoraban tales inmundicias?».
+
+Ronzal, Trabuco, que admiró aquel sermón, dos meses después sacaba
+partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y
+decía:
+
+--«Señores, lo que sostengo aquí y en todos los terrenos, es que si
+proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto
+volveremos a la idolatría, y seremos como los antiguos egipcios,
+adoradores de Isis y _Busilis_; una gata y un perro según creo».
+
+El regente opinó, y con él toda la Territorial, que el señor Mourelo,
+arcediano, había estado a mayor altura que el señor Obispo. Esto cundió
+por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendían pasar plaza
+de personas instruidas, lamentaron que no hubiera más fondo en los
+sermones del prelado, que no se preparase y que _se prodigara tanto_.
+
+Al cabo, la opinión llegó a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de
+Glocester:
+
+--«Que había que desengañarse; el verdadero predicador de Vetusta era el
+Magistral».
+
+Pronto fue tal opinión un lugar común, una frase hecha, y desde entonces
+la fama del Obispo como orador se perdió irremisiblemente. Cuando en
+Vetusta se decía algo por rutina, era imposible que idea contraria
+prevaleciese.
+
+Y así, fue en vano que en cierto sermón de Semana Santa Fortunato
+estuviera sublime al describir la crucifixión de Cristo.
+
+Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto
+estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por
+los paños negros que cubrían altares, columnas y paredes; sólo allá, en
+el tabernáculo, brillaban pálidos algunos cirios largos y estrechos,
+lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el
+sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba
+con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del púlpito; sólo se
+veía de él, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se
+extendía sobre el auditorio. Describía el crujir de los huesos del pecho
+del Señor al relajar los verdugos las piernas del mártir, para que
+llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jesús se encogía,
+todo el cuerpo tendía a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban;
+ellos vencerían. «¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamaba el Justo, mientras
+su cuerpo dislocado se rompía dentro con chasquidos sordos. Los verdugos
+se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies....
+Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de
+Jesús.... «¡Y era un Dios! ¡el Dios único, el Dios de ellos, el nuestro,
+el de todos! ¡Era Dios!...» gritaba Fortunato horrorizado, con las manos
+crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fría del pilar;
+temblando ante una visión, como si aquel aliento de los sayones hubiese
+tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran allí, suspendidos en la
+sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el
+horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de
+maldad, los sintió Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable,
+como si un universo de dolor pesara sobre su corazón. Y su ademán, su
+voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. Él mismo,
+aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendió que estaba
+siendo sublime; pero esta idea pasó como un relámpago, se olvidó de sí,
+y no quedó en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia
+del apóstol, a no ser algún niño de imaginación fuerte y fresca que por
+vez primera oía la descripción de la escena del Calvario.
+
+A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patéticos, a que obligaba
+al Obispo la fuerza de la emoción, contestaban abajo los suspiros de
+ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayoría del
+auditorio. Eran los sollozos indispensables de los días de Pasión, los
+mismos que se exhalaban ante un sermón de cura de aldea, mitad suspiros,
+mitad eruptos de la vigilia.
+
+Las señoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta
+pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado «se había
+descompuesto», tal vez se había perdido. «Aquello era sacar el Cristo».
+El púlpito no era aquello. Glocester, desde un rincón, se escandalizaba
+para sus adentros. «¡Pero _eso_ es un cómico!» pensaba; y pensaba
+repetirlo en saliendo. Creía haber encontrado una frase: «¡Pero _eso_ es
+un cómico!».
+
+El Magistral no era cómico, ni trágico, ni épico. «No le gustaba sacar
+el Cristo». En general prescindía en sus sermones de la epopeya
+cristiana y pocas veces predicó en la Semana de Pasión. «Rehuía los
+lugares comunes», según don Saturnino Bermúdez. La verdad era que De
+Pas no tenía en su imaginación la fuerza plástica necesaria para pintar
+las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor.
+Cada vez que necesitaba repetir lo de: «_Y el verbo se hizo carne_» en
+lugar del pesebre y el Niño Dios veía, dentro del cerebro, las letras
+encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de
+un altar: _Et Verbum caro factum est_.
+
+En cierta época, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le
+había atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quería
+figurarse la vida de Jesús, que ya tenía miedo de tales imágenes; huía
+de ellas, no quería quebraderos de cabeza. «Bastante tenía él en qué
+pensar». Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de
+las artes plásticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los
+cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del
+dogma le gustaba la teología pura, la abstracción, y al dogma prefería
+la moral. La vocación de la filosofía teológica y el prurito de la
+controversia habían nacido ya en el seminario; su espíritu se había
+empapado allí de la pasión de escuela, que suple muchas veces al
+entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida había
+despertado su afición a los estudios morales. Leía con deleite los
+_Caracteres de La Bruyère_; de los libros de Balmes sólo admiraba _El
+Criterio_ y--¡quien se lo hubiera dicho al señor Carraspique!--en las
+novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporáneos, estudiaba
+costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su
+experiencia con la ajena.
+
+¡Cuántas veces sonreía el Magistral con cierta lástima al leer en un
+autor impío las aventuras ideales de un presbítero! «¡Qué de escrúpulos!
+¡qué de sinuosidades! ¡cuántos rodeos para pecar! y después ¡qué de
+remordimientos! Estos liberales--añadía para sí--ni siquiera saben tener
+mala intención. Estos curas se parecen a los míos como los reyes de
+teatro se parecen a los reyes».
+
+Los sermones de don Fermín tenían por asunto casi siempre o la lucha con
+la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y
+virtudes y sus consecuencias. Él prefería esta última materia. De vez en
+cuando, para conservar su fama de sabio entre las _personas ilustradas_
+de Vetusta, la emprendía con los infieles y herejes. Pero no se
+remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que
+descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se
+burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de
+sus doctrinas y de su disciplina eclesiástica. Describiendo a veces los
+Consistorios de Berlín hacía pensar al auditorio: «¡Pero aquellos
+desgraciados están locos!».
+
+No era su afán pintar a los enemigos como criminales encenagados en el
+error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del
+predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se hacía una sola;
+nacía el entusiasmo cordial, magnético de dos vanidades conformes.
+
+«¡Lástima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las
+tinieblas de la idolatría, de la herejía, etc., no tuviesen el talento
+natural de los vetustenses apiñados en el crucero de la catedral,
+alrededor del público! La salvación del mundo sería un hecho».
+
+El empeño constante del Magistral en la _cátedra_ era demostrar
+«matemáticamente» la verdad del dogma. «Prescindamos por un momento del
+auxilio de la fe, ayudémonos sólo de nuestra razón.... Ella basta para
+probar...». ¡Gran interés ponía en que la razón bastase! «La razón no
+explica los misterios, es verdad: pero explica que no se
+expliquen».--«Esto es mecánico», repetía, descendiendo gustoso al estilo
+familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traía
+entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su
+_a+b_ teológico-racional cualquier artículo de fe, hablaba con calor,
+con entusiasmo. Entonces, sólo entonces se descomponía un poco; dejaba
+los ademanes acompasados, suaves, académicos, y encogía las piernas, se
+bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento
+contrario, daba palmadas rápidas, sin medida sobre el púlpito, se
+arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tenía en los
+ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca....
+Pero ¡ay! esto era perderse. _Su_ público no entendía aquello... y De
+Pas volvía a ser quien era, se erguía, doblaba las puntas de acero y
+tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salían de
+allí con jaqueca y diciendo:
+
+«¡Qué hombre! ¡qué sabiduría! ¿cuándo aprenderá estas cosas? ¡Sus días
+deben de ser de cuarenta y ocho horas!».
+
+Las damas, aunque admiraban también aquello de que Renan copia a los
+alemanes, y lo de que no hay más sabios que el P. Secchi y otros cinco o
+seis jesuitas, con lo demás de Götinga y de Tubinga y lo del
+orientalista Oppert, etc., etc., preferían oír al Magistral en sus
+_sermones de costumbres_ y él también prefería agradar a las señoras.
+Si en los asuntos dogmáticos buscaba el auxilio de _la sana razón_, en
+los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvación era
+un negocio, el gran negocio de la vida. Parecía un Bastiat del púlpito.
+«El interés y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es _entenderla_».
+Los muchos indianos que oían al Magistral sonreían de placer ante
+aquellas fórmulas de la salvación.
+
+«¡Quién se lo hubiera dicho! después de haber hecho su fortuna en
+América, ahora en el _país natal_, sin moverse de casa, podían ganar
+fácilmente el cielo. ¡Habían nacido de pies!». Según De Pas, los
+malvados eran otros tontos, como los herejes. Y también aquello era
+mecánico, también lo demostraba por _a+b_. Pintaba a veces, con rasgos
+dignos de Molière o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del
+embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y después de las
+vicisitudes de una existencia mísera resultaba siempre que _lo peor era
+para él_.
+
+Su estudio más acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le
+presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de
+gracia, de sueños de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria...
+y después, seco, frío, hastiado, mustio, inútil.
+
+Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las víctimas del
+vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendían las
+señoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacían de ella en
+sus adentros era este:
+
+«¡Guarda Pablo!». «¡Qué razón tiene!», pensaban muchas damas al oírle
+hablar del adulterio. Las más de estas eran _mujeres honradas_ que no
+habían sido adúlteras, que no habían hecho más que _tontear, como
+todas_. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermín que
+el imprudente contaba desde el púlpito lo que ellas le habían dicho en
+el confesonario.
+
+También en el tribunal de la penitencia había derrotado el Provisor al
+Obispo.
+
+Cuando Camoirán llegó a Vetusta, se vio acosado por el _bello sexo_ de
+todas las clases: todas querían al Obispo por padre espiritual. Pero en
+el confesonario se desacreditó antes que en el púlpito. ¡Era tan soso! Y
+tenía la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba
+mucho y a todas les decía casi lo mismo. Además, era demasiado
+madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las señoras
+delicadas. Se ponía en el confesonario al ser de día.
+
+Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la
+capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas
+pobres, tenía poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por _rigorosa
+antigüedad_, como en una peluquería, sin tener en cuenta si eran amas o
+criadas. «Era demasiado _hacer el apóstol_». Se le dejó.
+
+Pronto se vio rodeado nada más de populacho madrugador. Canteros,
+albañiles, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas
+de misticismo más o menos auténtico, chalequeras y ribeteadoras, este
+fue su pueblo de penitentes bien pronto. «Por eso él se quejaba, muy
+afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegítimos
+que debía de haber, según su cuenta. ¡Si tratara con señoritas!».
+
+En una ocasión llegó a decirle al Gobernador civil:
+
+--Hombre, ¿no estaría en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de
+la zapatilla?
+
+Aludía el Obispo al paseo de los artesanos en el _Boulevard_, entre luz
+y luz.
+
+Creía que de allí y de los bailes peseteros del teatro nacía la
+corrupción creciente de Vetusta.
+
+Así era el buen Fortunato Camoirán, prelado de la diócesis exenta de
+Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor
+en cuanto entró en el salón reprendió con una mirada como un rayo.
+
+El Obispo estaba sentado en un sillón y las dos señoras en el sofá.
+
+Eran Visita, la del Banco, y Olvido Páez, la hija de Páez el Americano,
+el segundo millonario de la Colonia.
+
+El Obispo al ver al Magistral se ruborizó, como un estudiante de latín
+sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.
+
+«¿Qué era aquello?», quería decir la mirada del Magistral, que saludó a
+las señoras inclinándose con gracia y coquetería inocente. «¡Unas
+señoras con el Obispo! ¡Y ningún caballero las acompañaba! Esto era
+nuevo».
+
+Cosas de Visitación. Se trataba de seducir a su Ilustrísima para que
+fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la
+virtud, _organizado_ por cierto circulo filantrópico. El círculo se
+llamaba _La Libre Hermandad_, nombre feo, poco español y con olor nada
+santo. En tal sociedad había una junta de caballeros y otra _agregada_
+de damas _protectrices_ (gramática del Presidente del círculo.)
+
+_La Libre Hermandad_ se había fundado con ciertos aires de institución
+independiente _de todo yugo religioso_, y su primer presidente fue el
+señor don Pompeyo Guimarán, que de milagro no estaba excomulgado y que
+no comulgaba jamás.
+
+Era el círculo algo como una oposición a _Las Hermanitas de los
+Pobres_, a la _Santa Obra del Catecismo_, a las _Escuelas Dominicales_,
+etc., etc. Desde luego se le declaró la guerra por el elemento religioso
+y a los pocos meses no había un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta
+que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseñanza de _La Libre
+Hermandad_.
+
+Las niñas de las _Escuelas Dominicales_ y los chiquillos del
+_Catecismo_, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el
+
+ Santo Dios, Santo Fuerte,
+ Santo Inmortal,
+
+y lo de
+
+ Venid y vamos todos
+ con flores a María,
+
+inventaron un cantar contra el Círculo. Decía así:
+
+ Los niños pobres no quieren
+ ir a la Libre Hermandad,
+ los niños pobres prefieren
+ la Cristiana Caridad.
+
+La _cristiana caridad_ y la perfección de la rima revelaban el estilo de
+don Custodio el beneficiado, que era--a tanto había llegado--director de
+las Escuelas Dominicales de niñas pobres.
+
+La Libre Hermandad se hubiera muerto de consunción sin el valeroso
+sacrificio de su Presidente. Comprendió el señor Guimarán que los
+tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y
+presentó su dimisión «sacrificándose, decía, no a las imposiciones del
+fanatismo, sino al bien de los niños abandonados». Con la dimisión de
+don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas
+_protectrices_ ganó algo la sociedad benéfica, y ya no se la hizo
+guerra sin cuartel. Pero aún no había lavado su pecado original que
+llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal círculo.
+
+Visitación fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a
+todo. Actualmente era la tesorera de las _protectrices_.
+
+Se trataba ahora de borrar los últimos vestigios de herejía o lo que
+fuese, congraciándose con la catedral y rogando al señor Obispo que
+presidiera el solemne reparto de premios aquel año. «Pero ¿quién le
+ponía el cascabel al gato?--Visitación, la del Banco». ¿Quién más a
+propósito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidió que en su
+visita le acompañase otra dama de _viso_. Ninguna quiso ir, no se
+atrevían. Se votó y se nombró a Olvido Páez, por la representación de su
+papá y lo bienquista que era la joven en Palacio.
+
+--«Sí--decía en la junta Visitación--que venga Olvido; así no creerá el
+Magistral que el tiro va contra él; porque, como a mí no me puede
+ver...».
+
+Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tenía por una
+grandísima cualquier cosa. Era de las pocas señoras que ayudaban al
+Arcediano en su conspiración contra el Vicario general. Sin embargo,
+Visita confesaba a veces con don Fermín, a pesar de los desaires de
+este. «Ya sabía él a qué iba allí aquella buena pécora, pero chasco se
+llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acabó».
+
+--«¿Y qué más? adelante; ¿y qué más? estilo Ripamilán. A buena parte iba
+la correveidile de Glocester».
+
+Fortunato ya había dado palabra de honor de ir a la solemne sesión de La
+Libre Hermandad. Esto y el ver allí a la de Páez, su más fiel devota,
+agravó el mal humor del Vicario. Le costó trabajo estar fino y cortés y
+lo consiguió gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitación
+se complacía en adivinar la cólera del Provisor y le abrumaba a chistes,
+y le mareaba con aquel atolondramiento «que a él se le ponía en la boca
+del estómago».
+
+--Pero, señoras mías--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento.
+
+--¿Qué? ¿cómo se entiende? ¿quiere usted recoger velas, que se desdiga
+S. I.?
+
+--Creo, que...--¡Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos
+vamos; ea, ea, conversación; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo...
+no oigo....
+
+Por una especie de milagro acústico cada palabra de Visitación sonaba
+como siete; parecía que estaba allí perorando toda la junta de
+_protectrices_.
+
+Se levantó y se dirigió a la puerta llevando como a remolque a la de
+Páez.
+
+El Magistral protestó en vano: «Aquella sociedad la había fundado un
+ateo, era enemiga de la Iglesia...».
+
+--No hay tal--gritó desde la puerta Visita--; si así fuera, no
+figuraríamos nosotras como damas agregadas.
+
+--Yo lo soy--advirtió la de Páez--por empeño de esta que convenció a
+papá.
+
+--Pero, señores, si _La Libre Hermandad_ ha cantado ya la palinodia; si
+desde que ingresamos en ella nosotras, se acabó lo de la libertad y toda
+esa jarana....
+
+--Tiene razón--se atrevió a decir el Obispo, a quien todavía engañaba el
+aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razón esa loquilla....
+
+--¡No tiene tal!--gritó el Provisor, perdiendo un estribo por lo
+menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.
+
+Visita volvió la cara y sacó la lengua. «¡Cómo le trata!» pensó,
+envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.
+
+Las damas salieron: S. I. quedó corrido; y después de indicar al
+Magistral que las acompañara por los pasillos estrechos y enrevesados,
+se puso en salvo, encerrándose en el oratorio, para evitar
+explicaciones.
+
+El Magistral no pensó en buscarle.
+
+La de Páez iba con la cabeza baja. Temía también una reprensión del
+prebendado. Este aprovechó un momento en que Visita se detuvo para
+saludar a una familia que ella había recomendado al Obispo, y
+acercándose al oído de la joven dijo en tono de paternal autoridad:
+
+--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompañar a esta... loca.
+
+--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Papá
+espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted
+por convidado.
+
+--Bueno, bueno; ¿no le gusta a usted oír las verdades?
+
+--Lo que digo es que papá...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy
+convidado hace días... otro Francisco que... pero allá nos veremos
+dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo....
+
+Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entró,
+dejando atrás pasillos, galerías y salones, en las oficinas del gobierno
+eclesiástico.
+
+Llegó a su despacho el señor vicario general, y sin saludar a los que
+allí le esperaban, se sentó en un sillón de terciopelo carmesí detrás de
+una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoyó los
+codos en el pupitre y escondió la cabeza entre las manos. Sabía que le
+esperaban, que pretendían hablarle, pero fingía no notarlo. Esta era una
+de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tiranía; así
+humillaba a los subalternos; despreciándolos hasta no verlos a los dos
+pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis
+le llegaba a los dientes. ¿Por qué? Por nada. Ningún disgusto grave le
+habían dado; pero tantas pequeñeces juntas le habían echado a perder
+aquel día que había creído feliz al ver el sol brillante, al lavarse
+alegre frente al espejo. Primero su madre tratándole como a un
+chiquillo, recordándole las calumnias con que le perseguían; después las
+noticias alarmantes y las bromas necias del médico, luego aquella
+Visitación, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y
+sobre todo aquel demonio de Obispo abrumándole con su humildad,
+recordándole nada más que con su presencia de liebre asustada toda una
+historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia
+suya, la de don Fermín... que... ¿para qué ocultárselo a sí mismo? era
+poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato
+sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba más que nunca.
+Ahora le parecía que la superioridad intelectual del vicario era nada
+enfrente de la grandeza moral del Obispo. Él era la única persona que
+sabía comprender todo el valor de Fortunato. ¡Qué poéticas, qué nobles,
+qué espirituales le parecían ahora la virtud del otro, su elocuencia, su
+culto romántico de la Virgen! Y las propias habilidades ¡qué ruines, qué
+prosaicas! su carácter fuerte y dominante, ¡qué ridículo en el fondo!
+«¿A quién dominaba él? ¡A escarabajos!».
+
+--¿Qué hay?--gritó con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los
+escarabajos que tenía enfrente.
+
+Eran un clérigo que parecía seglar y un seglar que parecía clérigo; mal
+afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de
+púas negras ásperas; vestían ambos de paisano, pero como los curas de
+aldea; el alzacuello del clérigo era blanco y estaba manchado con vino
+tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro parecía también
+un alzacuello; usaba corbatín negro abrochado en el cogote.
+
+Don Carlos Peláez, notario eclesiástico que desempeñaba otros dos o tres
+cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las
+personas más influyentes en la curia eclesiástica y aun en el ánimo del
+señor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para
+arrancar al mísero párroco de Contracayes, aldea de la montaña, de las
+garras de la disciplina. Había habido _un soplo_, cosa de envidiosos, y
+el Provisor sabía que Contracayes (el cura) tenía la debilidad de
+convertir el confesonario en escuela de seducción. De Pas había querido
+echar todo el peso de la censura eclesiástica y las más severas penas
+sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario había
+consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el
+párroco montañés, prometiendo que, si advertía en él verdadero
+arrepentimiento, se contentaría con un castigo de carácter reservado,
+que en nada perjudicaría la fama del clérigo, gran elector, y muy buen
+partidario de la causa óptima.
+
+--¿Qué hay?--repitió el Magistral, sonriendo por máquina al notario.
+Peláez señaló a su compañero, que era un buen mozo, moreno, de cejas
+muy pobladas, ceño adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego,
+boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez.
+Parecía todo él tiznado, y no lo estaba; tenía tanto de carbonero como
+de cura; aquel matiz de las púas negras entre la carne amoratada de las
+mejillas se hubiera creído que le cubría todo el cuerpo. Nunca se había
+visto enfrente del Provisor, a quien temía por los rayos que manejaba,
+pero nada más hasta el punto que un gigantón salvaje puede temer a quien
+puede aplastar, en último caso, de una puñada. Notó don Fermín que
+Contracayes estaba más aturdido que atemorizado. Saludó el cura con un
+gruñido, y el Provisor no contestó siquiera.
+
+El notario se volvió todo mieles; se sentó de soslayo en una silla para
+dar a entender al cura que estaba allí como en su casa; hablaba con el
+lenguaje más familiar posible, sin pecar de irreverente; se permitía
+bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitación no
+era de los más feos y que se podría echar tierra fácilmente al asunto. Y
+como el Magistral arrugase el ceño, Peláez mudó de conversación y habló
+con falso aturdimiento de las últimas elecciones y hasta aludió a las
+hazañas de cierto cura de la montaña que conocía él, que había metido el
+resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes
+sonrió como un oso que supiera hacerlo.
+
+El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes
+que tendría aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se había
+hablado palabra del _negocio_ y hasta el mismo Peláez comprendió que
+había que abordar la _cuestión espinosa_. Don Fermín, recordando de
+repente su mal humor, sus contratiempos del día, se puso en pie y
+encarándose con el párroco--que también se levantó como si fueran a
+atacarle--dijo con voz áspera:
+
+--Señor mío, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que
+su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el
+delito que usted ha cometido, como semejante al de herejía. No sé si
+usted sabrá que la Constitución _Universi Domini_ de 1622, dada por la
+santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables
+traidores, y la pena que señala al crimen de solicitar _ad turpia_ a las
+penitentes, es severísima; y manda además que sea usted degradado y
+entregado al brazo secular.
+
+El párroco abrió los ojos mucho y miró espantado al notario, que, a
+espaldas de don Fermín, le guiñó un ojo.
+
+--Benedicto XIV--continuó el Magistral--confirmó respecto de los
+solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin,
+por donde quiera que se mire el asunto está usted perdido....
+
+--Yo creía...--¡Creía usted mal, señor mío! Y si usted duda de mi
+palabra, ahí tiene usted en ese estante a Giraldi «_Expositio juris
+Pontificii_ que en el tomo II, parte 1.º, trata la cuestión con gran
+copia de datos...».
+
+El señor Peláez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca
+era más erudito que al echar la zarpa sobre una víctima.
+
+--Señor--se atrevió a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo
+mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no
+es de los sagrados cánones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte
+que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchísimos que conozco
+resbalan pero no caen.
+
+El Magistral se volvió de pronto, como si le hubiesen mordido en la
+espalda.
+
+--¡Salga usted de aquí, señor insolente, y no me duerma usted en
+Vetusta!...--gritó.
+
+--Pero, señor...--¡Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted
+en la cárcel de la corona....
+
+Y el Magistral descargó un puñetazo formidable sobre la mesa-escritorio.
+
+--¡Pues para este viaje no necesitábamos alforjas!--gritó Contracayes,
+no menos furioso, volviéndose al consternado Peláez, que no había
+previsto aquel choque de dos malos genios.
+
+--Pero, señores, calma...--¡Fuera de aquí, so tunante!--gritó el
+Magistral terciando el manteo, descomponiéndose contra su
+costumbre...--. ¡Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clérigo....
+
+--¿Pero yo qué he dicho, señor?--exclamó el párroco, que se asustó un
+poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconocía la superioridad
+moral de un Júpiter eclesiástico.
+
+En cuanto conoció que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el
+oleaje de su cólera; y al fin, pálido, pero con voz ya serena:
+
+--Salga usted--dijo señalando a la puerta--, salga usted... libre por
+ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con
+alma viviente de lo ocurrido aquí... y en cuanto a su crimen execrable,
+yo me entenderé, sin necesidad de ver a usted, con el señor Peláez, y él
+le comunicará lo que resolvamos.
+
+El clérigo quiso humillarse, pedir perdón....
+
+--Salga usted inmediatamente. Salió. Peláez temblando y lívido se
+atrevió a decir:
+
+--¡Cuánto siento!... señor Magistral....
+
+--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal día. Estoy nervioso.
+Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no conté con mi
+mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira....
+
+--¡Oh, no, eso no! él sí que es un animal, un salvaje....
+
+--Sí, es un salvaje... pero por lo mismo debí tratarle de otro modo.
+
+--Lo que yo no perdono es el disgusto....
+
+--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribón... otro día. Hoy no
+puedo... hoy... me sería imposible prometer a usted suavizar los rigores
+de la ley que está terminante.
+
+--Sí, ya sé... pero, como nunca se aplica....
+
+--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En
+fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....
+
+Salió también Peláez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dejó
+que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergüenza...
+
+«¡Qué degradación!» pensó; y se puso a dar paseos por el despacho, como
+una fiera en su jaula.
+
+Cuando se sintió más sereno, tocó un timbre. Entró un joven alto,
+tonsurado, pálido y triste, tísico probablemente. Era un primo del
+Magistral que hacía allí veces de secretario.
+
+--¿Qué habéis oído?
+
+--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje....
+
+--Sí, ya sé...--¿Qué hay?--Nada urgente.--¿De modo que puedo irme? No
+me necesitáis....
+
+--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy
+para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dejé el
+despacho tan pronto... creerá que estoy enfermo....
+
+--Sí, sí, eso sí.
+
+--¡Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Páez, ¿vino ya?
+
+--Sí.--¿Está corriente, puedo llevármela ahora?
+
+--Ahí la tienes, en ese cartapacio.
+
+--¿Va en regla todo? ¿Podrá doblar el coadjutor de Parves?...
+
+--Todo va en regla.--Aquí veo una tarjeta de don Saturno Bermúdez. ¿A
+qué vino?
+
+--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura
+de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha
+hecho decir don Saturno....
+
+--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Está empeñado con todo el
+clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosió con
+violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus
+_ingleses_.
+
+--El cura de Tamaza es un vocinglero....
+
+--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada....
+¿Quieres tú que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?
+
+--Eso no. Lo pagaríamos en el _Lábaro_ que él inspira y que ahora te
+trata bien. A propósito de periódicos; ayer venía en «_La Caridad_» de
+Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engaño, o en ella
+andaba la mano de Glocester.
+
+--¿Qué decía?--Tontunas, que los carlistas estaban enseñoreados de
+algunas diócesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los
+que no podían serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que
+por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores
+jerárquicos hacían la vista gorda.
+
+--De modo, ¿que yo no puedo ser vicario general?
+
+--Por lo visto no; porque entre los casos de excepción citan «los
+prebendados de oficio» y traen a cuento no sé qué disposiciones de los
+Papas....
+
+--Sí, ya sé; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV.
+¡Majaderos! Y milagro será que no vengan también con lo de «ser natural
+de la diócesis». ¡Idiotas! ¡Qué poco sentido práctico tienen esos falsos
+católicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho;
+esas agudezas romas son de él. ¡Puf! ¡qué enemigos, Señor, qué enemigos!
+¡bestias, nada más que bestias!
+
+El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel
+ambiente de necedad....
+
+Quiso marcharse, sin ver a ningún clérigo ni seglar de los que esperaban
+en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de
+las invasiones; el señor Carraspique asomó las narices por una puerta....
+
+--¿Se puede? «¡Era Carraspique!». Adelante, hubo que decir.
+
+Venía a recomendar el pronto despacho de una expedición a la agencia de
+Preces; y algunos asuntos de capellanías....
+
+Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El
+Magistral, distraído, se aventuró a pasar del despacho a la oficina y
+allí se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy
+afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo
+parecía. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos;
+era grande, fría, sucia; el mobiliario indecoroso, y tenía un olor de
+sacristía mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los
+empleados tenían la palidez de la abstinencia y la contemplación, pero
+producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, sórdido y
+malsano, complicado aquí con la ictericia de los rapavelas.
+
+Había una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que
+hablaban, gesticulaban, iban y venían, insistían en pedir algo con temor
+de un desaire; los empleados, más tranquilos, fumaban o escribían,
+contestaban con monosílabos, y a veces no contestaban. Era una oficina
+como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco más de
+hipocresía impasible y cruel.
+
+Cuando entró el Provisor, disminuyó el ruido; los más se volvieron a él,
+pero el _jefe_ se contentó con poner una mano delante de la cara como
+rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un
+expediente de mansos. «Lo que él decía; en las oficinas de Hacienda
+pública no daban razón; los expedientes de mansos dormían el sueño
+eterno, cubiertos de polvo».
+
+El señor Carraspique daba pataditas en el suelo.
+
+--¡Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral.
+
+--¡Qué Restauración ni qué niño muerto! Son los mismos perros con
+distintos collares....
+
+--El Estado se burla de la Iglesia, sí señor, eso es evidente, no hay
+concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada....
+
+Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea;
+también ellos querían saber si los expedientes de mansos....
+
+--Nada, nada, señores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta,
+para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran más--en las
+oficinas del gobierno civil dicen que se resolverán los expedientes uno
+a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se
+resolverán nunca los expedientes dichosos....
+
+De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las
+fatigas canónico-burocráticas: sin pensarlo, contra su propósito, se
+encenagó como todos los días en las complicadas cuestiones de su
+gobierno eclesiástico, mezcladas hasta lo más íntimo con sus propios
+intereses y los de su señora madre; con cien nombres de la disciplina,
+muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poéticos,
+puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba allí la eterna
+cuestión del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato,
+congruas, capellanías, estola, pie de altar, licencias, dispensas,
+derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras
+iban y venían, se combinaban, repetían y suplían, y en el fondo siempre
+sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba
+agarrado a todo. Nunca había puesto los pies allí doña Paula, pero su
+espíritu parecía presidir el mercado singular de la curia eclesiástica.
+Ella era el general invisible que dirigía aquellas cotidianas batallas;
+el Magistral era su instrumento inteligente.
+
+Como todos los días, se presentaron aquella mañana cuestiones turbias
+que el Provisor acostumbraba resolver como por máquina, con el criterio
+de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la más correcta forma, con
+pulcritud aparente exquisita. Más de una vez, sin embargo, al resolver
+una injusticia, un despojo, una crueldad útil, vaciló su ánimo (estaba
+nervioso, no sabía qué hierba había pisado), pero el recuerdo de su
+madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su
+frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza
+de la inercia, la costumbre, le mantenían en su puesto; fue el de
+siempre, resolvió como siempre, y nadie tuvo allí que pensar si el
+Provisor se habría vuelto loco, ni él necesitó inventar cuentos para
+engañar a su madre. «Doña Paula podía estar satisfecha de su hijo; de su
+hijo; no del soñador necio y casquivano que aquella mañana se turbaba al
+leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qué al ver un
+sol esplendoroso en un cielo diáfano. ¡El sol, el cielo! ¿qué le
+importaban al Vicario general de Vetusta? ¿No era él un curial que se
+hacía millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con
+la codicia la sed de ambiciones fallidas?».
+
+«Sí, sí; eso era él; y no había que hacerse ilusiones, ni buscar nueva
+manera de vivir. Debía estar satisfecho y lo estaba».
+
+--«¡Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre
+avergonzado y contento--; ¡y él que creía no haber pasado allí veinte
+minutos!».
+
+Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respiró
+con fuerza... se le figuraba aquel día, que salir de Palacio era salir
+de una cueva. De tanto hablar allá dentro, tenía la boca seca y amarga
+y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de
+monedero falso. Se apresuró a dejar la plazuela que cubría de sombra la
+parda catedral... huyó hacia las calles anchas, dejó la Encimada con sus
+resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su
+hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro
+encorvadas, y buscó la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle
+del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caían hojas secas sobre
+anchas losas. El manteo del Magistral las atraía, las arrastraba por la
+piedra en pos de sí con un ruido de marejada rítmico y gárrulo.
+
+Allí se veía ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfín,
+azulada también. Aquello era la alegría, la vida. «¡Capellanías, bulas,
+medias annatas, reservas! ¿qué tenía que ver el mundo, el ancho, el
+hermoso mundo con todo eso? ¿Sabía aquel gigante de piedra, el Corfín
+grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la había de
+preces, ni por qué costaba dinero el sacar licencias de cualquier
+cosa?».
+
+Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y
+siniestro, asustado con que se le ocurrieran a él estos pensamientos de
+bucólica religiosa. Precisamente siempre había sido enemigo de las
+Arcadias eclesiásticas y profesaba una especie de positivismo prosaico
+respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. ¿Estaría enfermo?
+¿Se iría a volver loco? Sin poder él remediarlo, mientras el aire
+fresco--el viento había cambiado del mediodía al noroeste--le llenaba
+los pulmones de voluptuosa picazón, la fantasía, sin hacer caso de
+observaciones ni mandatos, seguía herborizando y se había plantado en
+los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se veía con una cesta
+debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el
+Espolón las ricas frutas que Páez, don Frutos Redondo y demás
+_Vespucios_ de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos
+jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrás de verjas
+doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de
+los pájaros.
+
+El hotel de Páez era el primero de los seis que adornaban la calle
+Principal, flanqueándola por la parte del Sur. Era un gran cubo que
+parecía una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la
+provincia de Vetusta, recuerdo, según dicen, de la defensa contra los
+Normandos.
+
+El señor de Páez no temía ningún desembarco de piratas, pues el mar
+estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero creía que la
+«_elegancia sólida_ consistía en fabricar muros muy espesos, en
+desperdiciar los mármoles, y, en fin, en trabajos _ciclopios_», según su
+incorrecta expresión. En lo más alto del frontispicio había en vez de un
+escudo, que el señor Páez no tenía, un gran semicírculo de jaspe negro y
+en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: _1868_, que no
+indicaba más que la fecha de la construcción ciclópea. En las esquinas
+del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas águilas
+de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas
+águilas, según el señor Páez, hacían juego con otras dos bordadas en la
+alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el más rico
+americano de la Colonia; algunos millones más tenía don Frutos, pero al
+_Vespucio_ de las Águilas «ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le ponía
+el pie delante tocante al rumbo» y él era el único vetustense que hacía
+visitas en coche y tenía lacayos de librea con galones a diario, si bien
+a estos lacayos jamás conseguía hacerles vestirse con la pulcritud,
+corrección y severidad que él había observado en los congéneres de la
+Corte.
+
+Veinticinco años había pasado Páez en Cuba sin oír misa, y el único
+libro religioso que trajo de América fue el _Evangelio del pueblo_ del
+señor Henao y Muñoz; no porque fuese Páez demócrata, ¡Dios le librase!
+sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Creía firmemente que
+Dios era una invención de los curas; por lo menos en la Isla no había
+Dios. Algunos años pasó en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque
+guardándose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el
+Magistral le fueron convenciendo de que la religión era un freno para el
+socialismo y una señal infalible de buen tono. Al cabo llegó Páez a ser
+el más ferviente partidario de la religión de sus mayores.
+«Indudablemente, decía, la Metrópoli debe ser religiosa». Y se hizo
+religioso; daba todo el dinero que se le pedía para el culto, y si
+muchas veces al disparatar lo hacía en menoscabo del dogma, siempre
+estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro
+inofensivo.
+
+Por dos brechas había logrado entrar la religión, en forma de Magistral,
+en la fortaleza de aquel espíritu libre-pensador y berroqueño: los dos
+flacos de Páez eran el amor a su hija y la manía del buen tono.
+
+Decía Olvido con voz aguda y en tono de reprensión:
+
+--«Papá, eso es cursi»; y don Francisco abominaba de aquello que antes
+le pareciera excelente.
+
+El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su
+papá por la fuerza del cariño y por su conocimiento de lo que llamaban
+allí buen tono.
+
+Olvido era una joven delgada, pálida, alta, de ojos pardos y orgullosos;
+no tenía madre y hacía la vida de un idolillo próximamente, suponiendo
+actividad y conciencia en el ídolo. La servían negros y negras y un
+blanco, su padre, el esclavo más fiel. Ni un capricho había dejado de
+satisfacer en su vida la niña. A los dieciocho años se le ocurrió que
+quería ser desgraciada, como las heroínas de sus novelas, y acabó por
+inventar un tormento muy romántico y muy divertido. Consistía en
+figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie podía
+quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una
+desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jóvenes elegantes, de buena
+posición, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a
+Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se había jurado dar a
+todos con una fórmula invariable. «El amor no era su lote»; no creía en
+el amor. Poco a poco se fue apoderando de su ánimo aquella farsa
+inventada por ella y tomó la niña en serio su papel de reina Midas;
+renunció al amor, antes de conocerlo, y se dedicó al lujo con toda el
+alma. Amó el arte por el arte: ella era la que más riqueza ostentaba en
+paseos, bailes y teatro; llegó a ser para Olvido una religión el traje.
+No lucía dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro
+vueltas, y cuando ya se sentía bastante envidiada, a casa, sin dignarse
+jamás pasar los ojos sobre ningún individuo del sexo fuerte en estado de
+merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniquí cargado de
+artículos de moda, que sólo divertía a las señoritas. «Era una gran
+proporción» en quien no había que pensar.
+
+«Olvido espera un príncipe ruso» era la frase consagrada.
+
+Cuando un incauto forastero se atrevía a probar fortuna, se le llamaba
+«el príncipe ruso» por ironía hasta que salía con las manos en la
+cabeza.
+
+A la de Páez se le ocurrió después, cansada de no tener en el corazón
+más que trapos, hacerse devota. Buscó al Magistral con buenos modos,
+como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontró. Se
+entendieron. Para don Fermín aquella muchacha delgada, fría, seca, no
+era más que el camino que conducía a don Francisco, que empleaba sus
+millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de
+enamorarse místicamente (así se decía ella) del Magistral. Este se hizo
+el desentendido, aprovechó aquella nueva necedad de la niña para ganar
+al padre cuanto antes, y como no vio ningún peligro para nadie en la
+pasión imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apartó de su
+lado, como había hecho con otras mujeres menos tímidas y más temibles
+para la carne. De Pas tenía un proyecto: casar a Olvido con quien él
+quisiera; creía poder conseguirlo; pero aún no había candidato; aquella
+proporción debía ser el premio de algún servicio muy grande que se le
+hiciera a él, no sabía cuándo ni en qué necesidad fuerte.
+
+Aquella mañana se le recibió en el _hotel--Páez_ como siempre, bajo
+palio, según la frase de don Francisco.
+
+Pisando aquellas alfombras, viéndose en aquellos espejos tan grandes
+como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas
+blanduras del lujo cómodo, ostentoso, francamente loco, pródigo y
+deslumbrador, el Magistral se sentía trasladado a regiones que creía
+adecuadas a su gran espíritu; él, lo pensaba con orgullo, había nacido
+para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente
+para tanto esplendor, el estado eclesiástico, la necesidad de aparentar
+modestia y casi estrechez, le tenían alejado del ambiente natural... que
+era aquel.... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes
+suavizaba más sus modales suaves y con fácil elegancia, manejaba el
+manteo y plegaba la sotana y movía manos, ojos y cuello con una
+distinción profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que
+reniega del pudor de los hábitos al pisar los palacios del gran mundo...
+o sus sucedáneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero
+demostraba, sin más que moverse, sonreír o mirar, que el prebendado, sin
+dejar de serio, podía ser hombre de sociedad como cualquiera. Uníase
+esta gracia a las cualidades físicas de que estaba adornado, a su fama
+de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como decía la
+marquesa de Vegallana, «era un cura muy presentable».
+
+Don Francisco Páez y su hija suplicaron a don Fermín que comiera con
+ellos; no tenían a nadie, sería una comida de familia... los tres solos.
+
+--¡Los tres solos!--decía Olvido dejando de ser sorbete por un momento.
+
+El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de
+terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con
+gracia, sonreía, y movía la cabeza pequeña y bien torneada diciendo:
+_no_ con el gesto... con cierta coquetería _epicena_.
+
+--¡Anda, papá! sujétale--decía Olvido con voz suplicante, arrastrando
+las sílabas que parecían salir de la nariz.
+
+--Imposible.--Es muy terco, hija, déjale... no quiere que le
+agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa
+para don Anselmo.
+
+--Agradézcaselo usted a Su Santidad.
+
+--Sí, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia....
+
+El Magistral sonreía, dispuesto a escapar si querían asirle.
+
+--Pero, vamos a ver, una razón, dé usted una razón--gritó Olvido, otra
+vez restituida a su natural frigorífico.
+
+El Magistral se puso un poco encarnado.
+
+Tuvo que mentir.--Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres
+días; no puedo faltar, sería un desaire... ya sabe usted lo que son
+estos pueblos... qué dirían....
+
+No había tal cosa. Nadie le había convidado a comer. Le esperaba su
+madre como todos los días.
+
+Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontáneo y cordial,
+que en cualquier otra ocasión le hubiera halagado, obedecía a un
+presentimiento. No sabía por qué se le figuraba que le iban a convidar
+en casa de Vegallana, última visita que pensaba hacer. ¿Por qué le
+habían de convidar? Además allá comían a la francesa, aunque doña Rufina
+solía cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas
+suertes, los días de Paquito Vegallana no solían celebrarlos con
+_gaudeamus_, ni él estaba invitado ni... con todo... dejó aquella visita
+para última hora. Y ¿por qué había de preferir la mesa de los marqueses
+a la de Páez, no menos espléndida? Aunque quiso rehuir la contestación a
+esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los
+oídos, antes que pudiera él preparar una mentira. «Es que la Regenta
+come a veces con los marqueses, especialmente en días como este, porque
+a ella la miran como una de la familia».
+
+«¿Y qué le importaba a él ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de
+los marqueses?».
+
+Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata,
+el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entró por los
+pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos, atravesó la de
+Recoletos y llegó a la de la Rúa, y al portero del marqués de Vegallana,
+que era un enano vestido con librea caprichosa, le preguntó con voz
+temblorosa:
+
+--¿Está el señorito?
+
+En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban
+dentro carcajadas. El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba:
+
+--¡Pues no señor! no son azules....
+
+--Sí, señora, azules con listas blancas--respondía Paco, batiendo
+palmas.
+
+--¿A que no? ¿a que no?
+
+--Tonta, tonta--decía otra voz más suave desde una ventana del primer
+piso--no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo más abajo y no
+vi nada....
+
+Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los oídos... y
+entró en el patio.
+
+
+
+
+--XIII--
+
+
+El sol entraba en el salón amarillo y en el gabinete de la Marquesa por
+los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado también,
+así como el vientecillo indiscreto que movía los flecos de los
+guardamalletas de raso, los cristales prismáticos de las arañas, y las
+hojas de los libros y periódicos esparcidos por el centro de la sala y
+las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, salían
+corrientes de alegría, carcajadas que iban a perder sus resonancias por
+las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas
+almidonadas, de manteos crujientes, de sillas traídas y llevadas, de
+abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el salón y el
+gabinete. Doña Rufina vestida de azul eléctrico, empolvada la cabeza que
+adornaban flores naturales que parecían, sin que se supiera por qué, de
+trapo, doña Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su
+gusto, donde canónigos reían, aristócratas fatuos hacían el pavo real,
+muchachuelas coqueteaban, jamonas lucían carne blanca y fuerte,
+diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua
+imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid.
+
+La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satén, estaba en la
+galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la
+calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un
+abanico de nácar en la mano derecha, dándose aire voluptuosamente,
+ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano izquierda
+sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que caía
+con gracia camino del suelo, deteniéndose en brillante montón de tela
+negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia
+Fandiño; quien a los pies de la Marquesa y a los pies del Arcediano,
+sentada en un taburete histórico (robado al salón arqueológico del
+Marqués) se inclinaba más graciosa que recatada y honesta sobre el
+regazo de su noble amiga. Estas tres personas formaban grupo en el
+balcón de galería, y desde el gabinete, sentados aquí y allá, y algunos
+en pie, oían a Glocester tres canónigos más, el capellán de la casa, don
+Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito Orgaz, y
+otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte.
+
+Se discutía a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de
+generación en generación y de pueblo en pueblo, y con frases hechas
+inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en
+el claustro; y si se necesita más virtud para atreverse a resistir las
+tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel esposa, que
+para encerrarse en un convento.
+
+Todas las señoras menos una, alta, gruesa y vestida con hábito del
+Carmen (una señora que parecía un fraile) sostenían que tiene más
+mérito la buena casada del siglo que la esposa de Jesús.
+
+La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su
+cabeza y llamaba _señor mío_ al Arcediano.
+
+Glocester defendía el claustro, pero batiéndose en retirada por
+galantería, sonriendo y abanicándose.
+
+En el salón se hablaba de política local. Gran conflicto habían creado
+al Gobierno, en opinión de todos los del corro, el alcalde presidente
+del Ayuntamiento y la viuda del marqués de Corujedo exigiendo el mismo
+estanquillo, el importante estanquillo del Espolón para sus respectivos
+recomendados.
+
+El jefe económico había dicho que allá el gobernador; lo estaba
+refiriendo él a los presentes. El gobernador había consultado al
+Gobierno por telégrafo (lo acababa de decir la gobernadora), y el
+Gobierno tenía que decidir entre desairar a la dama conservadora que
+disponía de más votos en Vetusta o a uno de los más firmes apoyos de la
+causa del orden, que era el señor alcalde.
+
+Los pareceres se dividían. El marqués de Vegallana y Ripamilán, que
+estaban en medio del grupo, volviéndose a todos lados, opinaban que
+_ellos gobierno_, darían el estanco a la viuda. «¡Primero que todo eran
+las señoras!».
+
+Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisión provincial, creía con la
+mayoría de los presentes, el jefe económico inclusive, que la razón de
+Estado aconsejaba preferir la pretensión del alcalde, aunque este, según
+malas lenguas, quería el estanco para una su ex-concubina.
+
+--¡Ya ven ustedes, eso es un escándalo!--decía el Marqués, que tenía
+todos sus hijos ilegítimos en la aldea--; ese hombre no sabe
+recatarse....
+
+--Yo paso por eso--decía el Arcipreste--; lo malo no es que él quiera
+pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contraído.... ¡Pero la otra
+es una dama!...
+
+Mientras en el salón y en el gabinete se discutía así y de otras muchas
+maneras, por las habitaciones interiores del primer piso, por el
+comedor, por los pasillos, por la escalera que conducía al patio y a la
+huerta, corrían alegres, revoltosos, Paco Vegallana, que celebraba sus
+días, Visitación, Edelmira, sobrina de la Marquesa (una niña de quince
+años que parecía de veinte), don Saturnino Bermúdez y el señor de
+Quintanar; la Regenta y don Álvaro Mesía presenciaban los juegos
+inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio.
+
+Quintanar le había pedido a Paco un batín para reemplazar la levita de
+tricot que se le enredaba en las piernas. El batín le venía ancho y
+corto. Era de alpaca muy clara.
+
+El Magistral se encontró en la escalera con Visitación y Quintanar que
+buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que Edelmira y Paco
+habían escondido. Don Saturnino Bermúdez, pálido y ojeroso, con una
+sonrisa cortés que le llegaba de oreja a oreja, venía detrás, solo,
+también hecho un loquillo de la manera más desgraciada del mundo. Daba
+tristeza verle divertirse, saltar, imitar la alegría bulliciosa de los
+otros. Pero, amigo, era su obligación: era pariente, era de los íntimos
+de la casa, de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que
+los demás, correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las señoras, si a
+mano venía. Siempre se quedaba solo; si quería decir algo a la Regenta,
+a Visitación o a Edelmira, le dejaban las damas con la palabra en la
+boca, sin poder remediarlo, distraídas. No era falta de educación, sino
+que los párrafos de Bermúdez eran tan complicados, constaban de tantos
+incisos y colones, que oírle uno entero sería obra de regla. Cuando vio
+al Magistral vio el cielo abierto; ya tenía pretexto para volver a ser
+formal. Le saludó con la finura «que le era característica» y se dispuso
+a acompañarle al salón. Paco le había saludado de lejos, deprisa y mal,
+porque en aquel momento huía con la petaca de Quintanar a esconderla en
+la huerta, seguido de Edelmira, su más rolliza y vivaracha y colorada
+prima.
+
+--Es loco ese chico, cuando se pone a enredar--dijo Bermúdez disculpando
+a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los marqueses al
+señor Magistral.
+
+Don Fermín miró de soslayo a la Regenta y a don Álvaro que hablaban en
+la ventana del comedor. Hizo como que no los veía, y con un poco de
+fuego en las mejillas, se dejó llevar por don Saturnino hasta el salón.
+
+Los señores graves le recibieron con las más lisonjeras muestras de
+respeto y estimación.
+
+--¡Oh, señor Magistral!--¡Oh cuánto bueno!--Aquí está el Antonelli de
+Vetusta.
+
+El Marqués le dio un abrazo que envidió un cura pequeño, paniaguado de
+la casa.
+
+Ripamilán estrechó la mano de don Fermín con cariño efusivo; y juntos
+pasaron al gabinete.
+
+Los tres canónigos se levantaron; la señora que parecía un fraile sonrió
+satisfecha y murmuró:
+
+--¡Ah, señor Provisor!...
+
+--Gracias a Dios, señor perdido...--gritó la Marquesa incorporándose un
+poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena
+estatura, pudo estrechar el Magistral con gallardía, haciendo un arco
+sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde allá abajo
+parecía querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos
+negros.--El Arcediano se quedó con el abanico abierto, inmóvil, como
+aspa de molino sin aire. Comprendió de repente que acababa de ser
+desbancado; de papel principal se convertía en partiquino. En efecto, su
+discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahogó sin que
+nadie lo echase de menos. Glocester se sintió eclipsado de tal modo, que
+hasta creyó tener frío, como si de pronto se hubiera escondido el sol.
+
+«Siempre sucedía lo mismo; había motivo para aborrecer a aquel hombre».
+Sin embargo, Mourelo, a fuer de canónigo de mundo, ocultó una vez más
+sus sentimientos y tendió la mano a su enemigo, acompañando la acción
+con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa
+alegría.
+
+--¡Hola, hola, hola!...--y daba palmaditas en el hombro al otro.
+
+El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar,
+ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del
+comedor. Mientras respondía con modestia y discreción a todos aquellos
+amigos, su imaginación estaba fuera.
+
+Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venían.
+
+«¿Comería en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no iría a reconciliar
+aquella tarde, como rezaba su carta...».
+
+La aparente cordialidad y la alegría expansiva de todos los presentes,
+ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas señoras, clérigos y
+caballeros particulares estaban divididos en dos bandos enemigos en
+aquel instante; el bando de los envidiados y el de los envidiosos; el de
+los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no convidados.
+Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que preocupaba a todos
+era la del convite. No se aludía a él y no se pensaba en otra cosa.
+Empezaron las despedidas, y los que se iban disimulaban el despecho,
+cierta vergüenza; se creían humillados, casi en ridículo. Muchacho había
+que saludaba torpemente y salía como corrido. Las señoras eran las que
+peor fingían tranquilidad e indiferencia. Algunas salían ruborizadas.
+Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que le
+mortificaba era esta: «¿Y él? ¿estaba convidado De Pas?». No lo sabía, y
+no quería marcharse sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya
+gabinete y salón quedaban poco a poco despejados, el Magistral creyó que
+debía irse. Se acercó a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse
+y le habló de cualquier cosa. En aquel momento entró Visitación en el
+gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habló aparte, y «con
+permiso de aquellos señores» a la Marquesa y a Obdulia: las tres
+rodearon al Magistral y con permiso de los señores--que ya no eran más
+que el Arcediano y dos pollos vetustenses insignificantes--, tuvieron
+con él un conciliábulo en que hubo risas, protestas del Magistral,
+mimosas y elegantes en los gestos que las acompañaban. En los murmullos
+de las damas había súplicas en quejidos, coqueterías sin sexo, otras con
+él, aunque honestamente señaladas; Glocester, que fingía atender a lo
+que le decían los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo a
+los del grupo. «No cabía duda, le estaban suplicando que se quedase a
+comer». Terminó el conciliábulo, salieron Obdulia y Visitación,
+corriendo, alborotando, haciendo alarde de la confianza con que trataban
+a los marqueses, y los jóvenes se despidieron. Quedaban en el gabinete
+la Marquesa, el Magistral y Glocester. Hubo un momento de silencio. El
+Arcediano se dio un minuto de prórroga para ver si el otro se despedía
+también. En el salón se oyó la voz de algunos que decían adiós al
+Marqués... ya no quedaban en la casa más que los convidados....
+Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levantó, tendió la mano a
+doña Rufina, y salió diciendo chistes, haciendo venias y prodigando
+risas falsas. Iba ciego; ciego de vergüenza y de ira. «¡Convidar al
+otro... a un prebendado de oficio... y desairarle a él... que era
+dignidad! ¡Siempre el enemigo triunfante!... Pero ya las pagaría todas
+juntas».
+
+En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que hacía
+calor) pensó esta frase: «¡esta señora Marquesa es una...
+trotaconventos, es una Celestina!... ¡Se quiere perder a esa joven! ¡Se
+quiere _metérselo_ por los ojos!...». Y salió a la calle pensando
+atrocidades y buscando fórmula _decorosa_ para comunicar al prójimo lo
+que pensaba.
+
+Los convidados eran: Quintanar y señora, Obdulia Fandiño, Visitación,
+doña Petronila Rianzares (la señora que parecía un fraile), Ripamilán,
+Álvaro Mesía, Saturnino Bermúdez, Joaquín Orgaz, y a última hora el
+Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el médico
+Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era huésped.
+
+Otros años no se celebraban de esta manera los días de Paco; los
+celebraba él fuera de casa. Pero esta vez se había improvisado aquella
+fiesta de confianza y se comía a la española, por excepción, para
+visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero,
+donde el Marqués tenía un palacio rodeado de grandes bosques y una
+fábrica de curtidos, montada a la antigua. Se trataba de ir a ver los
+perros de caza y uno del monte de San Bernardo que Paco había comprado
+días antes. Eran su orgullo. Después de las mujeres venales, el
+Marquesito adoraba los animales mansos, sobre todo perros y caballos.
+
+Lo de convidar al Magistral había sido un _complot_ entre Quintanar,
+Paco y Visitación. La idea se debía a la del Banco. Era una broma que
+quería darle a Mesía; quería ver al confesor y al diablo, al tentador,
+uno en frente de otro. A Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas
+para ver a Obdulia coquetear con el clérigo, y al pobre Bermúdez,
+enamorado de la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareció bien
+la ocurrencia, pero dijo «que él se lavaba las manos, por lo que había
+de irreverente en el propósito; a pesar de que ya se sabía que él
+consideraba a los curas tan hombres como los demás».
+
+--Por otra parte--añadió el ex-regente--me alegro de que don Fermín coma
+con nosotros, porque de este modo se le quitará a mi mujer la idea
+empecatada de ir a reconciliar esta tarde.... Quiero que se acostumbre a
+ver a su nuevo confesor de cerca, para que se convenza de que es un
+hombre como los demás.... Eso es... y salvo el respeto debido... a ver si
+ustedes me lo emborrachan....
+
+Paco no quería perjudicar a Mesía en sus planes, a los cuales tal vez
+obedecía en parte la fiesta de aquel día; pero encontró muy gracioso y
+picante el molestar al señor Magistral, si, como Visitación sospechaba,
+a este ilustre canónigo le disgustaba ver a la Regenta entregada al
+brazo secular de Mesía.
+
+Visitación había dicho a Paco de buenas a primeras, que ella lo sabía
+todo, que Álvaro tampoco para ella tenía secretos.
+
+--¿Pero y Ana? ¿Te ha dicho algo?
+
+--¿Ana? En su vida; buena es ella. Pero déjate....
+
+--Por supuesto que no se trata más que de una _cosa_... _espiritual_...
+
+--Ya lo creo... espiritualísima....
+
+--Porque sino, nosotros... no nos prestaríamos... ya ves... el pobre don
+Víctor....
+
+--¡Ya se ve!... Bromas, chico, nada más que bromas; pero ya veras como
+al Provisor le saben a cuerno quemado (así hablaba Visitación con sus
+amigos íntimos.)
+
+--Le consolará Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al
+mitrado y a mi amigo Joaquín.
+
+--Pero él la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan así...
+
+--Tú sí que le odias a él....
+
+--Me cargan los hipócritas, chico.... Y oye; a ti te conviene que el
+Magistral se quede.
+
+--¿Por qué?--Porque Obdulia te dejará en paz, y podrás cultivar a la
+primita.... ¡Oh, eso sí que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo
+vigilaré...
+
+--No seas boba... basta que esté en mi casa para que yo la respete....
+
+--¡Ay, ay! qué bueno es eso... mire el señor del respeto... no me
+fío....
+
+Edelmira había interrumpido el diálogo y sin más se convino en rogar a
+la Marquesa que convidase, con reiteradas súplicas, si era preciso, al
+señor Magistral.
+
+Visitación lo arregló todo en un minuto.
+
+Como siempre. Donde ella estaba, nadie hacía nada más que ella. Pasaba
+la vida ocupada en su gran pasión de tratar asuntos de los demás, de
+chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. Allá quedaba el modesto
+marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeño, de rostro de
+ángel envejecido, atusando el bigotillo gris y cuidando de la prole.
+Visitación lo exigía así. No había de hacerlo ella todo. ¿Quién guiaba
+la casa? ¿Quién la salvaba en los apuros? ¿Quién conjuraba las
+cesantías? ¿Quién sorteaba las dificultades del presupuesto? ¿Quién era
+allí el gran arbitrista rentístico? Visitación. Pues que la dejasen
+divertirse, salir; no parar en casa en todo el día. Además, era mujer de
+tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el día, la casa
+limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un
+escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila
+la conciencia, salía a caza de noticias, de chismes, de terrones de
+azúcar y de recomendaciones la señora del Banco que estaba en todas
+partes y siempre en activo servicio.
+
+Su nueva campaña, la más importante acaso de su vida, la llamaba ella
+_para meterle por los ojos a ese_: el dativo que se suplía era Anita.
+Quería meterle a don Álvaro por los ojos, y después de la conversación
+de la tarde anterior con Mesía, no pensaba en otra cosa. Por la mañana
+había ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en
+mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando: representaban, en
+colores vivos de seda fina, todos los accidentes de la caza de un
+ciervo fabuloso de cornamenta inverosímil. Ocupábase don Víctor en
+abrochar un botón del cuello; mordía el labio inferior, y estiraba la
+cabeza hacia lo alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino.
+Visitación entró en el despacho equivocada....
+
+--¡Ah! usted dispense--dijo--¿estorbo?
+
+--No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pícaro botón....
+
+Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botón del
+cuello, don Víctor comenzó a darle cuenta de sus propósitos irrevocables
+de distraer a su mujer....
+
+--Mi programa es este. Y se lo expuso _c_ por _b_.
+
+Visitación lo aprobó en todas sus partes y juntos se fueron al tocador
+de Ana, que deprisa y como ocultándose, cerraba en aquel instante la
+carta que poco después don Fermín leía delante de su madre.
+
+Casi a viva fuerza habían hecho Visitación y Quintanar que Ana se
+vistiera, «como Dios manda», y saliese con ellos. Visita se había
+separado en la plaza de la Catedral para ir al asunto de la _Libre
+Hermandad_. En casa de Vegallana se volverían a ver. La Marquesa había
+escrito muy temprano a los Quintanar convidándoles a comer y
+anunciándoles el programa del día. Ana disputó con su marido; quería ir
+a reconciliar, se lo había dicho así en una carta al Provisor, no era
+cosa de traerle y llevarle.--«¡Nada, nada! Don Víctor estaba dispuesto a
+ser inflexible...».
+
+--Reconciliarás, si te encuentras con fuerzas para ello, después de
+comer en casa del Marqués; y pronto, para ir en seguida al Vivero....
+¡No transijo!
+
+Y se fueron a dar los días a varios Franciscos y Franciscas. A la una y
+cuarto estaban en casa del Marqués.
+
+Lo primero que vio Ana fue a don Álvaro.
+
+Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar
+al cortés saludo de Mesía. Miró a su marido, algo asustada, pero
+Quintanar estrechaba la mano de don Álvaro con cariñosa efusión. Le era
+muy simpático, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban
+estrechaban los lazos de una amistad incipiente que _amenazaba_ ser
+íntima y duradera. Don Álvaro tenía para Quintanar el raro mérito de no
+ser terco: en Vetusta todos lo eran según el buen aragonés; pero aquel
+modelo de caballeros elegantes no insistía en mantener una opinión
+descabellada, siempre concluía por darle la razón a Quintanar, quien
+decía a espaldas del buen mozo: «¡Si este se fuera a Madrid haría
+carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... ¡Oh, ha
+de ser un hombre!».
+
+Ana tomó la resolución repentina de dominarse, de tratar a don Álvaro
+como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en rigor nada
+había, ni podía, ni debía haber entre los dos.
+
+Cuando, pocos minutos después, hábilmente la sitiaba junto a una ventana
+del comedor, mientras Víctor iba con Paco a las habitaciones de este a
+ponerse el batín ancho y corto, la Regenta necesitó recordar, para
+mantenerse fría y serena, que nada serio había habido entre ella y aquel
+hombre; que las miradas que podían haberle envalentonado no eran
+compromisos de los que echa en cara ningún hombre de mundo. Ana hablaba
+de los hombres de mundo por lo que había leído en las novelas; ella no
+los había tratado en este terreno de prueba.
+
+Don Álvaro se guardó de aludir al encuentro de la noche anterior; nada
+dijo de la escena rápida del parque; pero habló con más confianza; en un
+tono familiar que nunca había empleado con ella. Se habían hablado pocas
+veces y siempre entre mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con
+los hombres siempre habían sido poco íntimas sus relaciones. Sólo Paco y
+Frígilis eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad
+invariable no animaba, contenía. Visita aseguraba que aquel corazoncito
+no tenía puerta. Ella no había encontrado la llave, por lo menos.
+
+Don Álvaro habló mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando
+agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos más que por el
+brillo y originalidad de las ideas. Se veía claramente que buscaba
+simpatía, cordialidad, y que se ofrecía como un hombre de corazón sano,
+sin pliegues ni repliegues. Reía con franca jovialidad, abriendo
+bastante la boca y enseñando una dentadura perfecta. Ana encontró de muy
+buen gusto el sesgo que Mesía daba a su extraña situación. Cuando don
+Álvaro callaba, ella volvía a sus miedos; se le figuraba que él también
+volvía a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la aparición diabólica
+de la noche anterior, en el paseo por las calles, y en tantas citas
+implícitas, buscadas, indagadas, solicitadas sin saber cómo por él;
+cobarde, criminalmente consentidas por ella.
+
+Don Víctor era poco más alto que Ana; don Álvaro tenía que inclinarse
+para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y
+pequeña de la dama. Parecía una sombra protectora, un abrigo, un apoyo;
+se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza. Ana, mientras
+oía, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, sólo podía
+vislumbrar de soslayo el gabán claro, pulquérrimo del buen mozo. Don
+Álvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana
+la primera vez que lo sintió reputó delicioso, después temible; un
+perfume que debía marear muy pronto; ella no lo conocía, pero debía de
+tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente masculinas, pero de
+hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor se apoyaba sobre
+el antepecho de la ventana; Ana veía, sin poder remediarlo, unos dedos
+largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uñas pulidas ovaladas y
+bien cortadas. Y si bajaba los ojos más, para que el otro no creyese que
+le contemplaba las manos, veía el pantalón que caía en graciosa curva
+sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra-vetustense. No
+podía haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era
+agradable, parecía bien y debía ser así.
+
+Ana oía vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro disponía con voces
+de mando los preparativos de la comida; el rumor de los surtidores del
+patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y
+de Paco, que iban y venían por las escaleras, por los corredores, por la
+huerta, por toda la casa.
+
+No había visto al Provisor entrar. Visita se acercó a la ventana para
+decirle al oído:
+
+--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ahí tienes al padre
+espiritual... ya comerá contigo.
+
+Ana se estremeció y se separó de Mesía sin mirarle.
+
+--Hola, hola--dijo don Víctor que entraba dando el brazo a la robusta y
+colorada Edelmira-mujercita mía, ¿con que se está usted de palique con
+ese caballero?...
+
+Pues aquí me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.
+
+Sólo Edelmira río la gracia, que tenía para ella novedad. Pasaron todos
+al salón donde estaban los demás convidados. Obdulia hablaba con el
+Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqués discutía con Bermúdez, que
+inclinaba la cabeza a la derecha, abría la boca hasta las orejas
+sonriendo, y con la mayor cortesía del mundo ponía en duda las
+afirmaciones del magnate.
+
+--Sí, señor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y hacía el
+mercado....
+
+--¡Oh, por Dios, señor Marqués!... No creo que usted... se atreviera...
+sus ideas.
+
+--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir
+al aire libre, a la intemperie.
+
+--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia.
+
+--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia,
+que le asediaba ya, según habían previsto Paco y Visita.
+
+Al entrar en el salón la Regenta, De Pas interrumpió una frase pausada y
+elegante, porque no pudo menos, y se inclinó saludando sin gran
+confianza.
+
+Detrás de Ana apareció Mesía, que traía la mejilla izquierda algo
+encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. Venía mirando al
+frente, como quien ve lo que va pensando y no lo que tiene delante. El
+Magistral le alargó la mano que Mesía estrechó mientras decía:
+
+--Señor Magistral, tengo mucho gusto....
+
+Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos
+altos, un poco más Mesía, los dos esbeltos y elegantes, cada cual según
+su género; más fornido el Magistral, más noble de formas don Álvaro,
+más inteligente por gestos y mirada el clérigo, más correcto de
+facciones el elegante.
+
+Don Álvaro ya miraba al Provisor con prevención, ya le temía; el
+Provisor no sospechaba que don Álvaro pudiera ser el enemigo tentador de
+la Regenta; si no le quería bien, era por considerar peligrosa para la
+propia la influencia del otro en Vetusta, y porque sabía que sin ser
+adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba. Cuando
+le vio con Anita en la ventana, conversando tan distraídos de los demás,
+sintió don Fermín un malestar que fue creciendo mientras tuvo que
+esperar su presencia.
+
+Ana le sonrió con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que
+aludía, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados
+la tarde anterior. Recordó todo lo que se habían dicho y que había
+hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le había
+halagado el oído y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con
+promesas de luz y de poesía, de vida importante, empleada en algo bueno,
+grande y digno de lo que ella sentía dentro de sí, como siendo el fondo
+del alma. En los libros algunas veces había leído algo así, pero ¿qué
+vetustense sabía hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan
+buenas y bellas ideas, y oírlas de un hombre de carne y hueso, que tenía
+en la voz un calor suave y en las letras silbantes música, y miel en
+palabras y movimientos. También recordó Ana la carta que pocas horas
+antes le había escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que
+hacía cosquillas a su modo. La carta era inocente, podía leerla el mundo
+entero; sin embargo, era una carta de que podía hablar a un hombre, que
+no era su marido, y que este hombre tenía acaso guardada cerca de su
+cuerpo y en la que pensaba tal vez.
+
+No trataba Ana de explicarse cómo esta emoción ligeramente voluptuosa se
+compadecía con el claro concepto que tenía de la clase de amistad que
+iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que sabía a ciencia cierta
+era que en don Fermín estaba la salvación, la promesa de una vida
+virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poéticas, que
+exigían esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y
+grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la
+ofreciera hasta el día. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la
+tentación francamente criminal de don Álvaro, entregándose a don Fermín,
+quería desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos
+ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que
+de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus
+llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse. Si Ana,
+asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de
+los otros, no encontraba más que el telón de carne blanca que los
+cubría, aquellos párpados insignificantes, que ni discreción expresaban
+siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.
+
+Pero al conversar, don Fermín no tenía inconveniente en mirar a las
+mujeres; miraba también a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran
+más que un modo de puntuación de las palabras; allí no había
+sentimiento, no había más que inteligencia y ortografía. En silencio y
+cara a cara era como él no miraba a las señoras si había testigos.
+
+Don Álvaro vio que mientras la conversación general ocupaba a todos los
+convidados, que esperaban en el salón, en pie los más, la voz que les
+llamase a la mesa; Ana disimuladamente se había acercado al Magistral y
+junto a un balcón le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras
+sonreía ruborosa.
+
+Mesía recordó lo que Visitación le había dicho la tarde anterior:
+_cuidado con el Magistral que tiene mucha teología parda_. Sin que nadie
+le instigara era él ya muy capaz de pensar groseramente de clérigos y
+mujeres. No creía en la virtud; aquel género de materialismo que era su
+religión, le llevaba a pensar que nadie podía resistir los impulsos
+naturales, que los clérigos eran hipócritas necesariamente, y que la
+lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde podía y
+cuando podía. Don Álvaro, que sabía presentarse como un personaje de
+novela sentimental e idealista, cuando lo exigían las circunstancias,
+era en lo que llamaba _El Lábaro_ el santuario de la conciencia, un
+cínico sistemático. En general envidiaba a los curas con quienes
+confesaban sus queridas y los temía. Cuando él tenía mucha influencia
+sobre una mujer, la prohibía confesarse. «Sabía muchas cosas». En los
+momentos de pasión desenfrenada a que él arrastraba _a la hembra_
+siempre que podía, para hacerla degradarse y gozar él de veras con algo
+nuevo, obligaba a su víctima a desnudar el alma en su presencia, y las
+aberraciones de los sentidos se transmitían a la lengua, y brotaban
+entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas,
+secretos de mujer que Mesía saboreaba y apuntaba en la memoria. Como un
+mal clérigo, que abusa del confesonario, sabía don Álvaro flaquezas
+cómicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus
+antecesores, y en el número de aquellas crónicas escandalosas entraban,
+como parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones
+lúbricas de los _solicitantes_, sus extravíos, dignos de lástima unas
+veces, repugnantes, odiosos las más. Orgulloso de aquella ciencia, Mesía
+generalizaba y creía estar en lo firme, y apoyarse en «hechos repetidos
+hasta lo infinito» al asegurar que la mujer busca en el clérigo el
+placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentación, mientras
+el clérigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una
+institución «cuyo carácter sagrado don Álvaro no discutía...» delante de
+gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en octavo
+francés, de materialista a lo _commis-voyageur_.
+
+No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija
+de penitencia la satisfacción de groseros y vulgares apetitos; ni él se
+atrevería a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar
+semejantes atropellos... pero «por lo fino, por lo fino» (repetía
+pensándolo) es lo más probable que pretenda seducir a esta hermosa
+mujer, desocupada, en la flor de la edad y sin amar. «Sí, este cura
+quiere hacer lo mismo que yo, sólo que por otro sistema y con los
+recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.... ¡Oh!
+debía acudir antes para impedirlo, pero ahora no puedo, aún no tengo
+autoridad para tanto». Estas y otras reflexiones análogas pusieron a
+Mesía de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en
+Vetusta, especialmente sobre el sexo débil y devoto, le molestaba mucho
+tiempo hacía.
+
+--¿De modo que esta tarde ya no puede ser?--decía Ana con humilde voz,
+suave, temblorosa.
+
+--No señora--respondió el Magistral, con el timbre de un céfiro entre
+flores--; lo principal es cumplir la voluntad de don Víctor, y hasta
+adelantarse a ella cuando se pueda. Esta tarde, alegría y nada más que
+alegría. Mañana temprano....
+
+--Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la
+Catedral a esa hora....
+
+--No importa, iré mañana, es un deber... y es para mí una satisfacción
+poder servir a usted, amiga mía....
+
+No era en estas palabras, de una galantería vulgar, donde estaba la
+dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oía: era en la voz, en los
+movimientos, en un olor de _incienso espiritual_ que parecía entrar
+hasta el alma.
+
+Quedaron en que a la mañana siguiente, muy temprano, don Fermín
+esperaría en su capilla a la Regenta para reconciliar.
+
+--«Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, alborotar,
+como manda el señor Quintanar, que además de tener derecho para
+mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que sus... tristezas de
+usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso levemente sonrosado, y
+le tembló algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la
+tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan
+mucho de nerviosas y también puedan curarse, en la parte que al mal
+físico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen. Sí,
+señora, ¿por qué no? Oh, hija mía, cuando nos conozcamos mejor, cuando
+usted sepa cómo pienso yo en materia de _placeres mundanos_... (Eran sus
+frases) los _placeres del mundo_ pueden ser, para un alma firme y bien
+alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante; distracción
+útil, que se aprovecha como una medicina insípida, pero eficaz....
+
+Ana comprendía perfectamente. «Quería decir el Magistral que cuando ella
+gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que podía
+solazarse el cuerpo le parecerían juegos pueriles, vulgares, sin gracia,
+buenos sólo porque la distraían y daban descanso al espíritu.
+Entendido. Después de todo, así era ahora; ¡la divertían tan poco los
+bailes, los teatros, los paseos, los banquetes de Vetusta!».
+
+Quintanar se acercó, y como oyera a don Fermín repetir que era higiénico
+el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distraída, aplaudió al
+Magistral con entusiasmo, y aun aumentó su satisfacción cuando supo que
+ya no reconciliaría Ana aquella tarde.
+
+--¡Absurdo!--dijo don Fermín--; esta tarde al campo... al Vivero....
+
+--¡A comer, a comer!--gritó la Marquesa desde la puerta del salón donde
+acababa de recibir la noticia.
+
+--¡Santa palabra!--exclamó el Marqués.
+
+Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando,
+contentos, «sin ceremonias», que eran excusadas en casa de doña Rufina,
+pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana sabían tratar a sus
+convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la
+aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos íntimos, de
+que a propósito se excluía a los parientes linajudos que no gustaban de
+ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier plebeyo rico,
+aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos aires de
+distinción y señorío vetustense que les eran ingénitos. El Marqués tenía
+el arte de saber darse tono _a la pata la llana_, como él decía en la
+prosa más humilde que habló aristócrata.
+
+«La comida era de confianza, ya se sabía». Esto quería decir que el
+Marqués y la Marquesa, no prescindirían de sus manías y caprichos
+gastronómicos en consideración a los convidados; pero estos serían
+tratados a cuerpo de rey; la confianza en aquella mesa no significaba
+la escasez ni el desaliño; se prescindía de la librea, de la vajilla de
+plata, heredada de un Vegallana, alto dignatario en Méjico, de las
+ceremonias molestas, pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos
+y entremeses en que era notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo
+mejor que producía la fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y
+aire. Otros aristócratas disputaban a Vegallana la supremacía en
+cuestión de nobleza o riqueza, pero ninguno se atrevía a negar que la
+cocina y la bodega del Marqués eran las primeras de Vetusta.
+
+Ordinariamente la Marquesa se hacía servir por muchachas de veinte
+abriles próximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias
+como el oro.
+
+--«Ello será de mal tono--decía--cosa de pobretes, pero todos mis
+convidados quedan contentos de tal servicio».
+
+--«Porque tengo observado--añadía--que a las señoras no les gustan, por
+regla general, los criados; no se fijan en ellos, y a los hombres
+siempre les gustan las buenas mozas, aunque sea en la sopa».
+
+Paquito había acogido con entusiasmo la innovación de su mamá diciendo:
+«¡Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que alegra; me recuerda
+las horchaterías y algunos cafés de la Exposición...». Al Marqués le era
+indiferente el cambio. De todas suertes él no pecaba en casa ni siquiera
+dentro del casco de la población.
+
+El comedor era cuadrado, tenía vistas a la huerta y al patio mediante
+cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto. En
+cada ventana había acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras,
+jarrones japoneses, más o menos auténticos y contrastaban los colores
+vivos y metálicos de esta exposición de flores con los severos tonos del
+nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en
+molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que
+rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y
+un gran sofá arrimado a un testero. También adornaban las paredes, allí
+donde cabían, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las múltiples
+industrias que tienen relación con el comer bien. Allí la caza del
+tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la castellana en
+el palafrén, el paje a sus pies con el azor en el puño levantado sobre
+su cabeza; la garza allá en las nubes, de color de yema de huevo; más
+atrás el amo de aquellos bosques, del castillo roquero y del pueblecillo
+que se pierde en lontananza.... En frente una escena de novela de
+Feuillet; caza también; pero sin garza, ni azor, ni señor feudal: un
+rincón del bosque, una dama que monta a la inglesa, y un jinete que le
+va a los alcances dispuesto, según todas las señas, a besarle una mano
+en cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; más allá un
+bodegón de un realismo insufrible después de comer. Y por último, en el
+techo, en la vertical del centro de mesa, en un medallón, el retrato de
+don Jaime Balmes, sin que se sepa por qué ni para qué. ¿Qué hace allí el
+filósofo catalán? El Marqués no ha querido explicarlo a nadie. A
+Bermúdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es «_un anacronismo_»;
+pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medallón a
+Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta.
+
+A la Marquesa le parece esta una de las tonterías menos cargantes de su
+marido.
+
+Se sentaron los convidados: no hubo más sillas destinadas que las de la
+derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha de
+doña Rufina se sentó Ripamilán y a su izquierda, el Magistral; a la
+derecha del Marqués doña Petronila Rianzares y a la izquierda don Víctor
+Quintanar. Los demás donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre
+Edelmira y Visitación; la Regenta entre Ripamilán y don Álvaro; Obdulia
+entre el Magistral y Joaquín Orgaz, don Saturnino Bermúdez entre doña
+Petronila y el capellán de los Vegallana. Don Víctor tenía a su
+izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante médico de la nobleza,
+que comía con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo.
+
+El Marqués, antes que los demás comiesen la sopa se sirvió un gran plato
+de sardinas, mientras hablaba con doña Petronila del derribo de San
+Pedro, que a la dama le parecía ignominioso. Los convidados en tanto se
+entretenían con los variados, ricos y raros entremeses. ¡Ya lo sabían!
+estaban en confianza y había que respetar las costumbres que todos
+conocían. Vegallana empezaba siempre con sus sardinas; devoraba unas
+cuantas docenas, y en seguida se levantaba, y discretamente desaparecía
+del comedor. Siguiendo uso inveterado todos hicieron como que no notaban
+la ausencia del Marqués; y en tanto llegó y se sirvió la sopa. Cuando el
+amo de la casa volvió a su asiento, estaba un poco pálido y sudaba.
+
+--¿Qué tal?--preguntó la Marquesa entre dientes, más con el gesto que
+con los labios.
+
+Y su esposo contestó con una inclinación de cabeza que quería decir:
+
+--¡Perfectamente!--y en tanto se servía un buen plato de sopa de
+tortuga. El Marqués ya no tenía las sardinas en el cuerpo.
+
+Otro misterio como el de Balmes en el techo.
+
+La Marquesa hacía sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba ya
+tampoco; comía lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con
+vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocían sus caprichos de
+la mesa y la servían solícitos, con alardes de larga experiencia en
+aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de
+la casa. Ripamilán, mientras discutía acalorado con su querido amigo don
+Víctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la
+ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de máquina en buen
+uso, y la señora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de
+sus manos, segura del acierto exacto del diminuto canónigo.
+
+--¡Señor mío!--gritaba Ripamilán, mientras disolvía sal en el plato de
+doña Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un
+cuchillo--; ¡señor mío! yo creo que el señor de Carraspique está en su
+perfecto derecho; y no sé de dónde le vienen a usted esas ideas
+disolventes, que en cuarenta años que llevamos de trato no le he
+conocido....
+
+--¡Oiga usted, mal clérigo!--exclamó Quintanar, que estaba de muy buen
+humor y empezaba a sentirse rejuvenecido--; yo bien sé lo que me digo, y
+ni tú ni ningún calaverilla ochentón como tú me da a mí lecciones de
+moralidad. Pero yo soy liberal....
+
+--Pamplinas.--Más liberal hoy que ayer, mañana más que hoy....
+
+--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Paco y Edelmira, que también se sentían muy
+jóvenes; y obligaron a don Víctor a chocar las copas.
+
+Todo aquello era broma; ni don Víctor era hoy más liberal que ayer, ni
+trataba de usted a Ripamilán, ni le tenía por calavera; pero así se
+manifestaba allí la alegría que a todos los presentes comunicaba aquel
+vino transparente que lucía en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya
+con misteriosos tornasoles de gruta mágica, en el amaranto y el violeta
+obscuro del Burdeos en que se bañaban los rayos más atrevidos del sol,
+que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las
+ventanas del patio. ¿Por qué no alegrarse? ¿por qué no reír y
+disparatar? Todo era contento: allá en la huerta rumores de agua y de
+árboles que mecía el viento, cánticos locos de pájaros dicharacheros; de
+las ventanas del patio venían perfumes traídos por el airecillo que
+hacía sonajas de las hojas de las plantas. Los surtidores de abajo eran
+una orquesta que acompañaba al bullicioso banquete; Pepa y Rosa vestidas
+de colorines, pero con trajes de buen corte ceñido, airosas, limpias
+como armiños, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueñas, rubia la
+una, morena como mulata la que tenía nombre de flor, servían con gracia,
+rapidez, buen humor y acierto, enseñando a los hombres dientes de
+perlas, inclinándose con las fuentes con coquetona humildad, de modo
+que, según Ripamilán, aquella buena comida presentada así era miel sobre
+hojuelas.
+
+Los de la mesa correspondían a la alegría ambiente; reían, gritaban ya,
+se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, por medio
+de antífrasis; ya se sabía que una censura desvergonzada quería decir
+todo lo contrario: era un elogio sin pudor.
+
+En la cocina había ecos de la alegría del comedor; Pepa y Rosa cuando
+entraban con los platos venían sonriendo todavía al espectáculo que
+dejaban allá dentro; en toda la casa no había en aquel momento más que
+un personaje completamente serio: Pedro el cocinero.
+
+Ya se divertiría después; pero ahora pensaba en su responsabilidad; iba
+y venía, dirigía aquello como una batalla; se asomaba a veces a la
+puerta del comedor y rectificaba los ligeros errores del servicio con
+miradas magnéticas a que obedecían Pepa y Rosa como autómatas,
+disciplinadas a pesar de la expansión y la algazara, cual veteranos.
+
+Después de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el Magistral; a
+veces se miraban, se sonreían, De Pas dirigía la palabra a Anita de rato
+en rato, tendiendo hacia ella el busto por detrás de la Marquesa, para
+hacerse oír; don Álvaro los observaba entonces, silencioso, cejijunto,
+sin pensar que le miraba Visitación, que estaba a su lado. Un pisotón
+discreto de la del Banco le sacaba de sus distracciones.
+
+--Pican, pican--decía Visita.--¿El qué?--preguntaba la Marquesa que
+comía sin cesar y muy contenta entre el bullicio--¿qué es lo que pica?
+
+--Los pimientos, señora. Y don Álvaro agradecía a Visitación el aviso y
+volvía a engolfarse en el palique general, ocultando como podía su
+aburrimiento que para sus adentros llamaba soberano.
+
+«¡Cosa más rara! Estaba tocando el vestido y a veces hasta sentía una
+rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba--¿cuándo se vería él en
+otra?--y sin embargo se aburría, le parecía estar allí de más, seguro de
+que aquella comida no le serviría para nada en sus planes, y de que la
+Regenta no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por
+ahora».
+
+«Sería una gran imprudencia dar un paso más; si yo aprovechase la
+excitación de la comida me perdería para mucho tiempo en el ánimo de
+esta señora; estoy seguro de que ella también se siente excitadilla, de
+que también está pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es
+tiempo todavía de aprovechar estas ventajas fisiológicas.... Esta ocasión
+no es ocasión.... Veremos allá en el Vivero; pero aquí nada, nada; por
+más que pinche el apetito». Y estaba más fino con Anita, la obsequiaba
+con la distinción con que él sabía hacerlo, pero nada más. Visitación
+veía visiones. «¿Qué era aquello?». Miraba pasmada a Mesía, cuando nadie
+lo notaba, y abría los ojos mucho, hinchando los carrillos, gesto que
+daba a entender algo como esto:
+
+«Me pareces un papanatas, y me pasma que estés hecho un doctrino cuando
+yo te he puesto a su lado con el mejor propósito...».
+
+Mesía, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba un
+pie; pero la del Banco le recibía a pataditas, con lo que daba a
+entender «que era tambor de marina» y que seguía dominando en ella el
+criterio que había presidido a la bofetada de la tarde anterior.
+
+Paco no se atrevía a pisar a su _prima nueva_, pero la tenía encantada
+con sus bromas de señorito fino, que vivió y _la corrió_ en Madrid.
+Además ¡olía tan bien el primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo
+tan delicadas y elegantes! Allá, en su pueblo Edelmira había pensado
+mucho en el Marquesito, a quien había visto dos o tres veces siendo ella
+muy niña y él un adolescente. Ahora le veía como nuevo y superaba en
+mucho a sus sueños e imaginaciones; era más guapo, más sonrosado, más
+alegre y más gordo. El Marquesito vestía aquella tarde un traje de
+alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del mismo color de piqué y
+calzaba unas babuchas de verano que Edelmira consideraba el colmo de la
+elegancia, aunque parecía cosa de turcos. Los dijes del primo, la camisa
+de color, la corbata, las sortijas ricas y vistosas, las manos que
+parecían de señorita, todo esto encantaba a Edelmira que era también muy
+amiga de la limpieza y de la salud.
+
+Paco había ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al fin
+sintió una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la niña permaneció
+tan tranquila, que el primo se dejó aquella pierna arrimada allí como si
+la hubiese olvidado. La inocencia de Edelmira era tan poco espantadiza
+que Paco hubiera podido propasarse a pisarle un pie sin que ella
+protestase a no sentirse lastimada. «Además, pensaba la joven, estas son
+cosas de aquí»; la tradición contaba mayores maravillas de la casa de
+los tíos.
+
+Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante
+pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. ¡Paco ya
+lo había olvidado! no pensaba más que en aquella hermosura fresca,
+oliendo a yerba y romero que le venía de la aldea a alegrarle los
+sentidos. Pero la viuda, después de consagrar un recuerdo triste a sus
+devaneos de la víspera, se volvió al Magistral insinuante, provocativa;
+procuraba marearle con sus perfumes, con sus miradas de _telón rápido_ y
+con cuantos recursos conocía y podían ser empleados contra semejante
+hombre y en tales circunstancias. De Pas respondía con mal disimulado
+despego a las coqueterías de Obdulia y no le agradecía siquiera el
+holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaquín Orgaz
+que ella desdeñaba con mal disimulado énfasis.
+
+A Joaquinito le llevaban los demonios. «Aquella mujer era una... tal...
+y lo decía en flamenco para sus adentros.
+
+¿Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?». Esto que no lo notaban,
+o fingían no verlo, los demás convidados, lo estaba observando él por lo
+que le importaba. Pero no se daba por vencido, insistía en galantear a
+la viuda, fingiendo no ver lo del Magistral. Ordinariamente Obdulia y
+Joaquinito se entendían. «¡Señor! ¡si había llegado a darle cita en una
+carbonera! Verdad era que él no podía vanagloriarse de haber tomado
+aquella plaza... desmantelada; no había gozado los supremos favores...
+todavía; pero, en fin, anticipos... arras... o como quiera llamarse, eso
+sí. ¡Oh! como él llegara a vencer por completo, y así lo esperaba, ya le
+pagaría ella aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y
+aquella humillación de posponerle a un _carca_».
+
+El que no esperaba nada, el que estaba desengañado, triste hasta la
+muerte, era don Saturnino Bermúdez. Después de la escena de la Catedral
+donde creía haber adelantado tanto--bien a costa de su conciencia--no
+había vuelto a ver a Obdulia; y aquella mañana, al acercarse a ella para
+decirle cuánto había padecido con la ausencia de aquellos días (si bien
+ocultando los restreñimientos que le habían tenido obseso y en cama), al
+ir a rezarle al oído el discursito que traía preparado--estilo Feuillet
+pasado por la sacristía--Obdulia le había vuelto la espalda y no una
+vez, sino tres o cuatro, dándole a entender claramente, que _non erat
+hic locus_, que a él sólo se le toleraría en la iglesia.
+
+«¡Así eran las mujeres! ¡así era singularmente aquella mujer! ¿Para qué
+amarlas? ¿Para qué perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, ¿para
+qué amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era soñar, seguir
+soñando». Así pensaba melancólico Bermúdez, que tenía el vino triste,
+mientras contestaba distraído, pero muy fríamente, a doña Petronila
+Rianzares que se ocupaba en hacer en voz baja un panegírico del
+Magistral, su ídolo. Bermúdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a
+quien había amado en secreto, y otras veces a Visitación, a quien había
+querido siendo él adolescente, allá por la época en que la del Banco,
+según malas lenguas, se escapó con un novio por un balcón. Ni siquiera
+Visitación le había hecho caso en su vida; jamás le había mirado con los
+ojillos arrugados con que ella creía encantar; no era desprecio; era que
+para las señoras de Vetusta, Bermúdez era un sabio, un santo, pero no un
+hombre. Obdulia había descubierto aquel varón, pero había despreciado en
+seguida el descubrimiento.
+
+El Magistral, Ripamilán, don Víctor, don Álvaro, el Marqués y el médico
+llevaban el peso de la conversación general; Vegallana y el Magistral
+tendían a los asuntos serios, pero Ripamilán y don Víctor daban a todo
+debate un sesgo festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqués
+en cuanto se sintió fuerte, merced al sabio equilibrio gástrico de
+líquidos y sólidos que él establecía con gran tino, insistió en su
+espíritu de reformista de cal y canto. «¡Ea! que quería derribar a San
+Pedro; y que no se le hablase de sus ideas; aparte de que él no era un
+fanático, ni el partido conservador debía confundirse con ciertas
+doctrinas ultramontanas, aparte de esto, una cosa era la religión y otra
+los intereses locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una
+necesidad. ¿Emplazamiento? uno solo, no admitía discusión en esto, la
+plaza de San Pedro; ¿pero cómo? ¿dónde? Mediante el derribo de la
+ruinosa iglesia».
+
+Doña Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El
+Magistral votaba con doña Petronila, pero no esforzaba sus argumentos.
+Ripamilán, que tenía los ojillos como dos abalorios, gritaba:
+
+--¡Fuera ese iconoclasta! ¡Las hortalizas, las hortalizas! ¿Eso quiere
+decir que a V. E., señor Marqués, la religión, el arte y la historia le
+importan menos que un rábano?
+
+--¡Bravo, paisano!--gritó don Víctor, en pie, con una copa de Champaña
+en la mano.
+
+--No hay formalidad, no se puede discutir--decía el Marqués--; este
+Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal.
+
+--¿Pero qué tiene que ver?
+
+--No quiere usted derribar la iglesia, pero quería exclaustrar a las
+hijas de Carraspique....
+
+--Una sencilla secularización.
+
+--Víctor, Víctor, no disparates...--se atrevió a decir sonriendo la
+Regenta.
+
+--Son bromas--advirtió el Magistral.
+
+--¿Cómo bromas?--gritó el médico--. A fe de Somoza, que sin don Víctor
+ataca a mi primo Carraspique en broma, yo empuño la espada, le ataco en
+serio y las cañas se vuelven lanzas. Señores, aquella niña se pudre....
+
+Se acabó la discusión, sin causa, o por causa de los vapores del vino,
+mejor dicho. Todos hablaban; Paco quería también secularizar a las
+monjas; Joaquinito Orgaz comenzó a decir chistes flamencos que hacían
+mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira. Visitación llegó a levantarse
+de la mesa para azotar con el abanico abierto a los que manifestaban
+ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y las demás criadas sonreían
+discretamente, sin atreverse a tomar parte en el desorden, pero un poco
+menos disciplinadas que al empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a
+la puerta. Se habían roto dos copas.
+
+Los pájaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las ventanas
+para ver qué era aquello y mezclaban sus gritos gárrulos y agudos al
+general estrépito.
+
+--¡El café en el cenador!--ordenó la Marquesa.
+
+--¡Bien, bien!--gritaron don Víctor y Edelmira, que cogidos del brazo y
+a los acordes de la marcha real (decía el ex-regente), que tocaba allá
+dentro Visitación en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a
+la huerta, seguidos de Paco, empeñado en ceñir las canas de don Víctor
+con una corona de azahar. La había encontrado en un armario de la alcoba
+de su hermana Emma. Allí iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la
+huerta, que era grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de
+árboles altos y de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte
+del recinto. Don Víctor, Paco y Edelmira corrían por los senderos allá
+lejos entre los árboles. Don Álvaro daba el brazo a la Marquesa, y
+delante de ellos, detenida por la conversación de doña Rufina iba Anita,
+mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los
+ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se había quedado
+atrás, en poder de doña Petronila Rianzares que le hablaba de un asunto
+serio: la casa de las Hermanitas de los Pobres que se construía cerca
+del Espolón, en terrenos regalados por doña Petronila con admiración y
+aplauso de toda Vetusta católica. Era la de Rianzares viuda de un
+antiguo intendente de la Habana, quien la había dejado una fortuna de
+las más respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la
+empleaba en servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas,
+levantar conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en
+armas el partido. Creíase poco menos que papisa y se hubiera atrevido a
+excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa
+sancionaría su excomunión; trataba de potencia a potencia al Obispo, y
+Ripamilán, que no la podía ver porque era un marimacho, según él, la
+llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegió a la
+Iglesia. «Piensa la buena señora que por haber sabido conservar con
+decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para obras pías
+es una santa y poco menos que el Metropolitano». Tenía razón el
+Arcipreste; doña Petronila no pensaba más que en su protección al culto
+católico y opinaba que los demás debían pasarse la vida alabando su
+munificencia y su castidad de viuda.
+
+No reconocía entre todo el clero vetustense más superior que el
+Magistral, a quien consideraba más que al Obispo; «era todo un gran
+hombre que por humildad vivía postergado». El Magistral trataba a la de
+Rianzares como a una reina, según el Arcipreste, o como si fuera el
+obispo-madre; ella se lo agradecía y se lo pagaba siendo su abogado más
+elocuente en todas partes. Donde ella estuviera, que no se murmurase; no
+lo consentía.
+
+Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el café, la de
+Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del
+Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca:
+
+--¡Vamos! ¡amigo mío!... se lo suplico yo... acompáñeme al Vivero... sea
+amable... por caridad....
+
+El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, recibía con placer aquel
+incienso, detrás del cual habría tantas talegas.
+
+--Señora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que hacer, a
+las siete he de estar....
+
+--Oh, no, no valen disculpas.... Ayúdeme usted, Marquesa, ayúdeme usted a
+convencer a este pícaro.
+
+La Marquesa ayudó, pero fue inútil. Don Fermín se había propuesto no ir
+al Vivero aquella tarde; comprendía que eran allí todos íntimos de la
+casa menos él; ya había aceptado el convite porque... no había podido
+menos, por una debilidad, y no quería más debilidades. ¿Qué iba a hacer
+él en aquella excursión? Sabía que al Vivero iban todos aquellos locos,
+Visitación, Obdulia, Paco, Mesía, a divertirse con demasiada libertad, a
+imitar muy a lo vivo los juegos infantiles. Ripamilán se lo había dicho
+varias veces. Ripamilán iba sin escrúpulo, pero ya se sabía que el
+Arcipreste era como era; él, De Pas, no debía presenciar aquellas
+escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para vistas
+por un canónigo formal. No, no había que prodigarse; siempre había
+sabido mantenerse en el difícil equilibrio de sacerdote sociable sin
+degenerar en mundano; sabía conservar su buena fama. La excesiva
+confianza, el trato sobrado familiar dañaría a su prestigio; no iría al
+Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, eso sí; porque aquel señor Mesía
+se había vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don
+Fermín a sospechar si tendría propósitos _non sanctos_ el célebre don
+Juan de Vetusta.
+
+La Marquesa, sin malicia, como ella hacía las cosas, llamó a su lado a
+Anita para decirla:
+
+--Ven acá, ven acá, a ver si a ti te hace más caso que a nosotras este
+señor displicente.
+
+--¿De qué se trata?--De don Fermín que no quiere venir al Vivero.
+
+El don Fermín, que ya tenía las mejillas algo encendidas por culpa de
+las libaciones más frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza
+cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena:
+
+--Oh, por Dios, no sea usted así, mire que nos da a todos un disgusto;
+acompáñenos usted, señor Magistral....
+
+En el gesto, en la mirada de la Regenta podía ver cualquiera y lo vieron
+De Pas y don Álvaro, sincera expresión de disgusto: era una contrariedad
+para ella la noticia que le daba la Marquesa.
+
+Por el alma de don Álvaro pasó una emoción parecida a una quemadura; él,
+que conocía la materia, no dudó en calificar de celos aquello que había
+sentido. Le dio ira el sentirlo. «Quería decirse que aquella mujer le
+interesaba más de veras de lo que él creyera; y había obstáculos, y ¡de
+qué género! ¡Un cura! Un cura guapo, había que confesarlo...». Y
+entonces, los ojos apagados del elegante Mesía brillaron al clavarse en
+el Magistral que sintió el choque de la mirada y la resistió con la
+suya, erizando las puntas que tenía en las pupilas entre tanta blandura.
+A don Fermín le asustó la impresión que le produjo, más que las
+palabras, el gesto de Ana; sintió un agradecimiento dulcísimo, un calor
+en las entrañas completamente nuevo; ya no se trataba allí de la vanidad
+suavemente halagada, sino de unas fibras del corazón que no sabía él
+cómo sonaban. «¡Qué diablos es esto!» pensó De Pas; y entonces
+precisamente fue cuando se encontró con los ojos de don Álvaro; fue una
+mirada que se convirtió, al chocar, en un desafío; una mirada de esas
+que dan bofetadas; nadie lo notó más que ellos y la Regenta. Estaban
+ambos en pie, cerca uno de otro, los dos arrogantes, esbeltos; la ceñida
+levita de Mesía, correcta, severa, ostentaba su gravedad con no menos
+dignas y elegantes líneas que el manteo ampuloso, hierático del clérigo,
+que relucía al sol, cayendo hasta la tierra.
+
+«Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como San
+Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todavía; el Diablo
+Arcángel también; los dos pensaban en ella, era seguro; don Fermín como
+un amigo protector, el otro como un enemigo de su honra, pero amante de
+su belleza; ella daría la victoria al que la merecía, al ángel bueno,
+que era un poco menos alto, que no tenía bigote (que siempre parecía
+bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser
+debajo de una sotana. Se tenía que confesar la Regenta, aunque pensando
+un instante nada más en ello, que la complacía encontrar a su salvador,
+tan airoso y bizarro; tan distinguido como decía Obdulia, que en esto
+tenía razón. Y sobre todo, aquellos dos hombres mirándose así por ella,
+reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su
+voluntad, eran algo que rompía la monotonía de la vida vetustense, algo
+que interesaba, que podía ser dramático, que ya empezaba a serlo. El
+honor, aquella quisicosa que andaba siempre en los versos que recitaba
+su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no había que pensar en él; pero
+bueno sería que un hombre de tanta inteligencia como el Magistral la
+defendiera contra los ataques más o menos temibles del buen mozo, que
+tampoco era rana, que estaba demostrando mucho tacto, gran prudencia y
+lo que era peor, un interés verdadero por ella. Eso sí, ya estaba
+convencida, don Álvaro no quería vencerla por capricho, ni por vanidad,
+sino por verdadero amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido
+encontrarla soltera. En rigor, don Víctor era un respetable estorbo.
+
+Pero ella le quería, estaba segura de ello, le quería con un cariño
+filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que valía por lo menos
+tanto, a su modo, como una pasión de otro género. Y además, si no fuera
+por don Víctor, el Magistral no tendría por qué defenderla, ni aquella
+lucha entre dos hombres _distinguidos_ que comenzaba aquella tarde
+tendría razón de ser. No había que olvidar que don Fermín no la quería
+ni la podía querer para sí, sino para don Víctor».
+
+Cuando Ana se perdía en estas y otras reflexiones parecidas, se oyó la
+voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que
+tomaban pacíficamente café bajo la glorieta, acudieron al extremo de la
+huerta.
+
+--¿Dónde están? ¿dónde están?--preguntaba asustada la Marquesa.
+
+--¡En el columpio! ¡en el columpio!--dijo el médico don Robustiano.
+
+Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al público madrileño
+en la romería de San Isidro, aunque más elegante y fabricado con esmero;
+en uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en
+cuclillas, sonriente y pálido, don Saturnino Bermúdez, como a una vara
+del suelo inmóvil, hacía la figura más ridícula del mundo, con plena
+conciencia de ello, y más ridículo por sus conatos de disimularlo,
+procurando dar a su situación unos aires de tolerable, que no podía
+tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se había
+enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra
+reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante
+persona Obdulia Fandiño agarrada a la nave como un náufrago del aire,
+muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto y de lo
+que ella creía peligro.
+
+--No se mueva usted, no se mueva usted--gritaba don Víctor, haciendo
+aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a
+Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar.
+
+--No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...--decía
+Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio.
+
+--Tres metros y medio--dijo el Marqués que llegó a tiempo de dar la
+medida exacta del batacazo posible, a ojo, como él hacía siempre los
+cálculos geométricos.
+
+El caso es que ni don Víctor, ni Paco, ni Orgaz podían por su propia
+industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a
+Obdulia.
+
+--Tuvo la culpa Paco--decía Visitación, ceñidas con una cuerda las
+piernas, por encima del vestido--. Empujó demasiado fuerte, para que se
+cayera Saturno y, ¡zas! subió la barquilla allá arriba y al bajar... se
+enganchó en ese palo.
+
+Obdulia no se movía, pero gritaba sin cesar.
+
+--No grites, hija--decía la Marquesa, que ya no la miraba por no
+molestarse con la incómoda postura de la cabeza echada hacia atrás--; ya
+te bajarán....
+
+Probó el Marqués a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos
+travesaños, que servía al jardinero para recortar la copa de los
+arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqués, aun subido al palo
+más alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que
+pudiera hacer fuerza para descolgarla.
+
+--Que llamen a Diego... a Bautista...--decía la Marquesa.
+
+--¡Sí, sí; que venga Bautista!...--gritaba Obdulia recordando la fuerza
+del cochero.
+
+--Es inútil--advirtió el Marqués--. Bautista tiene fuerza pero no
+alcanza; es de mi estatura... no hay más remedio que buscar otra
+escalera....
+
+--No la hay en el jardín...--Sabe Dios dónde parecerá...
+
+--¡Por Dios! ¡por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo.
+
+Entonces don Álvaro, a quien Ana había dirigido una mirada animadora y
+suplicante, se decidió. Rato hacía que se le había ocurrido que él,
+gracias a su estatura, podría coger cómodamente la barquilla y
+arrancarla de sus prisiones... pero ¿qué le importaba a él Obdulia?
+Podía hacer una figura ridícula, mancharse la levita. La mirada de Ana
+le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era ágil. La Regenta le vio
+tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situación de farolero como
+paseando por el Espolón.
+
+--¡Bravo! ¡bravo!--gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen
+mozo entre los palos de la barquilla del columpio.
+
+--¡No me tires! ¡No me tires!--gritó Obdulia que sintió las manos de su
+ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a
+quien ya tuteaba. La chica se fijó en la intención del pellizco porque
+se había fijado en el tratamiento. ¡Le había llamado de tú!
+
+--Esté usted tranquila; no va con usted nada--respondió don Álvaro... ya
+arrepentido de haber cedido al ruego tácito de Anita.
+
+Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera
+la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el
+primer esfuerzo, que desde luego reputó inútil, pensó en la cara que
+estaría poniendo el Magistral.
+
+--¡Aúpa!...--gritó abajo Visitación para mayor ignominia.
+
+--¡No puede usted, no puede usted!... ¡no lo mueva usted, es peor!...
+¡Me voy a matar!--gritó la Fandiño.
+
+Los demás callaban.--¡Estate quieta!--dijo en voz baja, ronca y furiosa
+don Álvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza.
+
+E intentó el segundo esfuerzo sin fortuna.
+
+Aquello no se movía. Sudaba más de vergüenza que de cansancio. Un hombre
+como él debía poder levantar a pulso aquel peso.
+
+--Deje usted, deje usted, a ver si Bautista--dijo la Marquesa--...
+¡demonio de chicos!
+
+--Bautista no alcanza--observó otra vez el Marqués--. Otra escalera...
+que vayan a las cocheras.... Allí debe de haber....
+
+Don Álvaro dio el tercer empujón.... Inútil. Miró hacia abajo como
+buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajón, debajo de
+sus narices, en actitud humilde y ridícula, vio a don Saturnino en
+cuclillas, inmóvil, olvidado por todos los presentes. Mesía no pudo
+menos de sonreír, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con
+deseos de escupirle miró a Bermúdez, que le sonreía sin cesar, y dijo
+con calma forzada:
+
+--¡Hombre! ¡pues tiene gracia! ¿Ahí se está usted? ¿usted se piensa que
+yo hago juegos de Alcides y se me pone ahí en calidad de plomo?...
+
+Carcajada general.--Sí, ríanse ustedes--clamó Obdulia--pues el lance
+es gracioso.
+
+--Yo...--balbuceó Bermúdez--usted dispense... como nadie me decía
+nada... creí que no estorbaba... y además... creía que al bajarme...
+pudiese empeorar la situación de esa señora... alguna sacudida.
+
+--¡Ay, no, no! no se baje usted--gritó la viuda con espanto.
+
+--¿Cómo que no?--rugió furioso don Álvaro--. ¿Quiere usted que yo
+levante este armatoste con los dos encima y a pulso?
+
+--Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... está tan alto
+esto....
+
+--Una vara escasa--advirtió el Marqués.
+
+Paco tomó en brazos a don Saturno y le sacó del cajón nefando.
+
+--Ahora--dijo--nosotros te ayudaremos, empujando desde aquí abajo....
+
+--Eso es inútil--observó el Magistral con una voz muy dulce--; como el
+madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se
+alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar.
+
+--Es claro--bramaba desde arriba el otro; y probó otra vez su fuerza.
+
+Pero Bermúdez pesaba muy poco por lo visto, porque don Álvaro no movió
+el pesado artefacto.
+
+El elegante se creía a la vergüenza en la picota, y de un brinco, que
+procuró que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de
+las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo:
+
+--¡Es imposible! Que se busque otra escalera.
+
+--Ya podía estar buscada...--Si yo alcanzase...--insinuó entonces el
+Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.
+
+--Es verdad, dijo la Marquesa, usted es también alto.
+
+--Sí llega, sí llega--gritó Paco, que quiso verle hacer títeres.
+
+--Sí, alcanza usted--concluyó Vegallana padre--. Como tenga usted
+fuerza.... Y aquí nadie le ve.
+
+Lo difícil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura
+con el traje talar.
+
+--Quítese usted el manteo--observó Ripamilán.
+
+--No hace falta--contestó De Pas, horrorizado ante la idea de que le
+vieran en sotana.
+
+Y sin perder un ápice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia,
+subió como una ardilla al travesaño más alto, mientras el manteo flotaba
+ondulante a su espalda.
+
+--Perfectamente--dijo metiendo los brazos por donde poco antes había
+introducido los suyos Mesía.
+
+Aplausos en la multitud. Obdulia comprimió un chillido de mal género.
+
+Doña Petronila, extática, con la boca abierta, exclamó por lo bajo:
+
+--¡Qué hombre! ¡Qué lumbrera!
+
+Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendió
+en sus brazos el columpio, que libre de su prisión y contenido en su
+descenso por la fuerza misma que lo levantara, bajó majestuosamente.
+Somoza, Paco y Joaquín Orgaz ayudaron a Obdulia a salir del cajón
+maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovación. Paco le admiró en
+silencio: la fuerza muscular le inspiraba un terror algo religioso; él
+había malgastado la suya en las lides de amor. Tenía bastante carne,
+pero blanda. Don Álvaro disimuló difícilmente el bochorno. «¡Mayor
+puerilidad! pero estaba avergonzado de veras». Además, él, que miraba a
+los curas como flacas mujeres, como un sexo débil especial a causa del
+traje talar y la lenidad que les imponen los cánones, acababa de ver en
+el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle de un puñetazo si
+llegaba esta ocasión inverosímil. Recordaba Mesía que muchas veces
+(especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) había él
+dicho, v. gr.: «Pues el señor cura que no se divierta, que no abuse de
+la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y
+le tiro por el balcón». Siempre se le había figurado, por no haberlo
+pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se
+les podía abofetear impunemente; no les suponía valor, ni fuerza, ni
+sangre en las venas.... «Y ahora... aquel canónigo, que tal vez era un
+poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien
+podía ser una saludable advertencia».
+
+La gratitud de Obdulia no tenía límites, pero el Magistral creyó
+necesario buscárselos mostrándose frío, seco y dándola a entender que
+«no lo había hecho por ella». La viuda, sin embargo, insistió en
+sostener que le debía la vida.
+
+--¡Indudablemente!--corroboraba doña Petronila, que no sospechaba cómo
+quería pagar Obdulia aquella vida que decía deber al Magistral.
+
+Ana admiró en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que no
+vio más que un símbolo físico de la fortaleza del alma; fortaleza en que
+ella tenía, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las
+tentaciones que empezaban a acosarla.
+
+Visita subió entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no
+quería que se le viesen los bajos.
+
+Obdulia protestó.--¿Cómo? ¿pues se veía algo? ¡no quiero! ¡no quiero!
+¿por qué no se me ha advertido? Esto es una traición.
+
+--Tiene razón esta señora--dijo don Víctor--igualdad ante la ley; fuera
+esa cuerda.
+
+Edelmira subió al columpio sin atarse. No había para qué tomar
+precauciones, no se veía nada.
+
+Don Víctor y Ripamilán se columpiaron también, pero se mareaban.
+
+--Ya están los coches--gritó la Marquesa desde lejos; y corrieron todos
+al patio.
+
+La Marquesa, doña Petronila, la Regenta y Ripamilán subieron a la
+carretela descubierta; carruaje de lujo que había sido excelente pero
+que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos
+negros era digno del rey. Los demás se acomodaron en un coche antiguo de
+viaje, sólido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el
+que servía ordinariamente al Marqués en sus excursiones por la
+provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar
+acaso en terreno vedado. ¡Se decían tantas cosas del coche de camino! Su
+figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todavía hacen
+el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo
+llamaban la _Góndola_ y el _Familiar_ y con otros apodos.
+
+Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamilán y Anita, con
+palabra solemne de dejarle en el Espolón, donde él tenía que buscar a
+cierta persona. (No había tal cosa, era un pretexto para cumplir su
+propósito de no ir al Vivero.)
+
+--Le secuestramos--había dicho Obdulia....
+
+--Sí, sí, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejará apearse--añadió
+doña Petronila.
+
+--No; protesto... entonces no subo. Subió; y la carretela salió
+arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas
+de la Encimada. Detrás iba la _Góndola_, atronando al vecindario con
+horrísono estrépito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y
+voces y carcajadas que sonaban dentro.
+
+Todavía calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con
+las sombrillas un toldo de colores que también cobijaba al Magistral y
+al Arcipreste. Ripamilán, casi oculto entre las faldas de doña
+Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su
+contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo
+sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los
+abanicos; ¡salir al campo con señoras! ¡la bucólica cortesana, o poco
+menos! El bello ideal del poeta setentón, del eterno amador platónico de
+Filis y Amarilis con corpiño de seda, se estaba cumpliendo.
+
+El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado--y por otro
+no--la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando
+apenas, por supuesto; ni ella ni él se movían. Él estaba turbado, ella
+no; iba satisfecha a su lado; seguía figurándoselo como un escudo bien
+labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y él la defendía de don
+Álvaro. «Si este señor viniera al Vivero... no se atrevería el otro tal
+vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como allí
+cada cual corre por su lado, y Víctor es capaz de irse con Paco y
+Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le
+temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huiré. ¡Si
+este quisiera venir!...».
+
+--Don Fermín--le dijo, cerca ya del Espolón, con voz humilde, con el
+respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre--. Don Fermín ¿por
+qué no viene usted con nosotros? Poco más de una hora... creo que
+volveremos hoy más pronto... ¡venga usted... venga usted!
+
+De Pas sentía unas dulcísimas cosquillas por todo el cuerpo al oír a la
+Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imán.
+Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en
+una agradable conversación que tenía por objeto despellejar a la pobre
+Obdulia. Ripamilán citaba, como solía en tal materia, al Obispo de
+Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc.,
+etc. No cabe negar que la resolución del Magistral estuvo a punto de
+quebrantarse, pero le pareció indigno de él mostrar tan poca voluntad y
+temió además lo que podía suceder en el Vivero. Él no podía hacer el
+cadete; si don Álvaro quería buscar el desquite de la derrota del
+columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, él, con su
+manteo y su sotana, y su canonjía a cuestas, estaba muy expuesto a
+ponerse en ridículo. No, no iría. Y sintió al afirmarse en su propósito
+una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien
+sabía él la fuerza que tenía que emplear para resistir la tentación que
+salía de aquellos labios más seductores cuanto menos maliciosos; por lo
+mismo apreció más la propia energía, el temple de su alma, que
+«indudablemente había venido al mundo para empresas más altas que luchar
+con obscuros vetustenses».
+
+Volvió los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de
+cariñosa confianza, nuevo, algo parecido, según notó la Regenta, al que
+había usado Mesía aquella tarde en el balcón del comedor, contestó el
+Magistral muy quedo:
+
+--No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a entender
+que lo sentía, pero que como él era cura... y ella se había confesado
+con él... y Paco y Obdulia y Visita eran un poco locos, y en Vetusta
+los ociosos, que eran casi todos, murmuraban de lo más inocente....
+
+Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendió la Regenta;
+y se resignó a habérselas otra vez con Mesía sin el amparo del Provisor.
+
+No hablaron más. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levantó y saludó
+a las damas. La Regenta le sonrió como hubiera sonreído muchas veces a
+su madre si la hubiera conocido. De Pas no sabía sonreír de aquella
+manera; la blandura de sus ojos no servía para tales trances, y contestó
+mirando con chispas de que él no se dio cuenta... ni Ana tampoco.
+
+Estaban en la entrada del Espolón, _el paseo de los curas_, según
+antiguo nombre. Allí se apeó don Fermín entre lamentos de doña
+Petronila.
+
+--Es usted muy desabrido--dijo la Marquesa, permitiéndose un tono
+familiar que empleaba con todos los canónigos menos con don Fermín.
+
+Y hasta se propasó a darle con el abanico cerrado en la mano. Quería
+significar así su deseo de estrechar la amistad algo fría que mediaba
+entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendió y lo agradeció De
+Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don Víctor y su esposa,
+ya lo sabía él; siempre estaban juntos unos y otros, en el teatro, en
+paseo, en todas partes, y la Regenta comía en casa del Marqués muy a
+menudo. De modo que, para verla, allí mucho mejor que en la catedral.
+Todo esto se le pasó por las mientes al Magistral en el poco tiempo que
+necesitó para quitar el pie del estribo y hacer el último saludo a las
+señoras dando un paso atrás.
+
+--¡Anda, Bautista!--gritó la Marquesa; y la carretela siguió su marcha
+ante la expectación de sacerdotes, damas y caballeros particulares que
+paseaban en el Espolón, chiquillos que jugaban en el prado vecino y
+artesanos que trabajaban al aire libre.
+
+Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La
+Regenta le sonreía de lejos, con la expresión dulce y casta de poco
+antes, y le saludaba tímidamente sin aspavientos con el abanico....
+Después no se vio más que el anguloso perfil de Ripamilán, que movía los
+brazos como las aspas de un molino de muñecas.
+
+El otro coche pasó como un relámpago. De Pas vio una mano enguantada que
+le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, la viuda
+eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la izquierda se
+la oprimía dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jamás hizo
+ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos.
+
+
+
+
+--XIV--
+
+
+Era el Espolón un paseo estrecho, sin árboles, abrigado de los vientos
+del Nordeste, que son los más fríos en Vetusta, por una muralla no muy
+alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su
+arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura,
+revelando su origen en el ablativo absoluto _Rege Carolo III_, grabado
+en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza
+años y más años. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de
+piedra también; y no tenía el Espolón más adorno, ni atractivo, a no ser
+el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla
+triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos
+clérigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por
+invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de
+ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado,
+solitario y lo que llamaban allí _recogido_, pero esto cuando la Colonia
+no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba
+por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron,
+a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los
+hoteles que se construían, de la barriada _colonial_ que se levantaba
+como por encanto, según _El Lábaro_, para el cual diez o doce años eran
+un soplo por lo visto.
+
+Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su
+intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias,
+y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la
+proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se
+_transformase de día en día_, de modo que a la vuelta de veinte años _no
+hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilización bien
+entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la
+_Vetusta católica_ de Bermúdez.
+
+Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de
+sacerdotes, magistrados melancólicos y _familias de luto_, como algunas
+señoras notasen que el _Paseo de los curas_ era más caliente que todos
+los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de
+si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano
+Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes:
+
+--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo;
+pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo.
+Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han
+cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor
+sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico....
+
+En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a
+romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía
+Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras
+aquéllas fueron atreviéndose otras; los _pollos_ advirtieron que el
+Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y
+esto les convenía. Y en un año se transformó en _Paseo de invierno_ el
+apetecible Espolón, secularizándose en parte.
+
+Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por
+abandonar _su_ Espolón desparramándose por las carreteras.
+
+--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo
+lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras
+calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles.
+
+Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que
+vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de
+canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la
+invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo
+disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos
+no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían
+_en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia
+de los intrusos.
+
+Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el
+gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos
+sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la
+capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos
+mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta
+todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba
+lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie
+tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes
+elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del
+amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y
+rubores. Pero nada más.
+
+Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato,
+según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas
+mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto
+que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas
+escasas de ancho.
+
+--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa
+inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas
+las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas
+eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del
+boulevard, las chalequeras...».
+
+Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario.
+
+--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un
+hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me
+echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del
+Corazón de Jesús!
+
+--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una
+columna....
+
+--Como San Simón _Estilista_--acudió Trabuco, que estaba presente.
+
+Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los
+curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían
+algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a _la influencia del
+arbolado_ allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje
+de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban
+allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero
+pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con
+abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el
+Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios
+ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En
+nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la
+carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso
+_inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en
+medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don
+Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal
+usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los
+tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.
+
+--¡Qué desfachatez!--decía Foja.
+
+--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es
+disimulo--advertía Mourelo.
+
+--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado
+a comer con ellos....
+
+--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante.
+
+--¿Y a dónde van los otros?
+
+--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros....
+
+--¡Esas son las clases conservadoras!
+
+--No, señor; esa es la excepción....
+
+--Y mire usted que venir en carruaje descubierto....
+
+--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado.
+
+--Justo; tiene razón este... apearse aquí...
+
+--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está
+dejado de la mano de Dios.
+
+--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito
+señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con
+malicia.
+
+En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio
+con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los
+otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a
+voces:
+
+--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!
+
+Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el
+Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le
+saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le
+acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.
+
+La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos
+disimulo. O era diplomático o no lo era.
+
+El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.
+
+Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la
+amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba.
+Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y
+mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que
+buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr...
+detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora
+desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los
+más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro.
+«¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio
+habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que
+dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le
+pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de
+murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a
+él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como
+hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las
+posesiones de Vegallana».
+
+Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del
+Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al
+ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su
+sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a
+los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a
+don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le
+veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su
+rostro.
+
+Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su
+costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba
+entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no
+hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió
+como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del
+ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un _obispo de levita_
+(frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó;
+se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le
+parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes.
+«¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril,
+ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque
+iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en
+los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no
+parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella
+indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando
+vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él
+otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una
+abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las
+piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que
+lleva debajo el cura».
+
+--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante,
+deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.
+
+No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los
+cortes de la sotana.
+
+--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse.
+
+--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir
+andando.
+
+--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece
+estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo!
+
+El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta
+_inopinada_, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores
+asegurando que tenía que hacer en Palacio.
+
+No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba;
+toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier
+desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada
+fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto
+desaparecer entre nubes de polvo los coches.
+
+«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar
+nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era
+aquello que a él le pasaba?
+
+No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión
+especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor;
+esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había
+recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil
+formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la
+conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo?
+¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí».
+
+«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber
+desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el
+Vivero?».
+
+Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la
+puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo
+que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había
+hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco
+Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el
+Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles
+y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la
+boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces
+dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su
+respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto
+que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía
+aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a
+Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos
+¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella
+tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín
+estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas.
+
+Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su
+casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el
+paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la
+Corralada.
+
+«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde».
+
+¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta
+falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los
+cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más.
+
+«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era
+ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no
+como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí,
+contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo.
+Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había
+pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su
+madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le
+horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su
+madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las
+necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he
+comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar
+aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la
+miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días
+todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de
+malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué
+había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión
+general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo
+cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué
+tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis!
+¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era
+indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar
+apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no
+era un niño, despreciaba la calumnia, etc».
+
+Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los
+tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo;
+mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos
+lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando
+llamaradas en los cristales.
+
+El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las
+pruebas de una pastoral.
+
+Fortunato levantó la cabeza y sonrió.
+
+--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco
+mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad
+pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le
+había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin
+saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no
+sabía qué, servida por la Marquesa.
+
+Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al
+Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que
+le reprendiese por su condescendencia con las señoras _protectrices_ de
+la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.
+
+--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo
+no veo bien.
+
+De Pas se acercó y leyó.
+
+--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido?
+
+Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.
+
+--¿Que apesto? ¿por qué?
+
+--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo.
+
+De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era
+impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.
+
+--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?
+
+--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo,
+hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde
+estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que
+salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había
+pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de
+saber algo....
+
+El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba
+mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera
+disimularlos.
+
+--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías
+comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de
+días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?
+
+--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata
+como a un niño!
+
+--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado....
+
+--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no
+has vuelto a casa?
+
+El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:
+
+--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con
+más fuerza de la necesaria.
+
+--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al
+Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a
+todos como muñecos.
+
+Y continuó corrigiendo la Pastoral.
+
+De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar
+cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que
+fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo
+que le olía mal la boca.
+
+«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo
+era un borracho...».
+
+«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír
+sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa
+anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es
+insufrible!...».
+
+El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro
+agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.
+
+De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se
+decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por
+la que más pronto podría volver al Espolón.
+
+Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más
+que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta.
+
+El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero,
+después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón
+cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba
+en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran
+indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo
+tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado;
+apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...».
+
+«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor,
+este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales
+murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en
+que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente
+de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de
+hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus
+ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la
+vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente,
+iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo
+paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no
+quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana
+volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol
+podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que
+esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos
+de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad
+cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que
+pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no había podido
+secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus
+colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.
+
+--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque
+añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no
+le importaba nada.
+
+Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce
+años, _pillos de la calle_, que jugaban allí cerca, alrededor de un
+farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los
+espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres
+había una niña, que hacía de _madre_. Se trataba del _zurriágame la
+melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_
+estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro;
+un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por
+el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La
+niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de
+mano en mano por el corro de chiquillos.
+
+--¡Na!...--decía la _madre_.
+
+--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía,
+que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.
+
+El pañuelo pasó a otro.
+
+--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es
+Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y
+poniéndole un codo delante de las narices.
+
+--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro.
+
+--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera!
+
+--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por
+farolero.
+
+--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el
+otro. ¿Na? ¿na?
+
+--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno.
+
+--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador.
+
+Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de
+los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la
+mano y añadió:
+
+--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!
+
+Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la
+_madre_.
+
+--Señas... señas... ¿a que no aciertas?
+
+--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy
+rica! ¡muy rica! ¡muy rica!
+
+--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La
+comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen
+los señores?
+
+--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.
+
+--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el
+pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a
+latigazos con sus compañeros.
+
+--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...
+
+Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la
+carretera y el Espolón.
+
+--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la _madre_.
+
+--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las
+naranjas?... ¿y no son cosa rica?
+
+--Pero naranjas las comes tú también.
+
+--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto....
+
+--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo,
+tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la
+voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:
+
+--¡Natillas!...--_¡Zurriágame la melunga!_--gritó entusiasmada la
+_madre_--, _¡castañas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el
+vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a
+sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.
+
+El _Rojo_ no quería correr: protestaba.
+
+--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la
+cara, mientras tímidamente el _Ratón_ le castigaba con simulacros de
+azotes.
+
+Y añadía furioso el _Rojo_:
+
+--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!
+
+--¡A la oreja! ¡a la oreja!
+
+El _Ratón_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de
+las orejas.
+
+--_¡Zurriágame la melunga!_--volvió a gritar la _madre_, y los pillos se
+dispersaron otra vez.
+
+En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.
+
+La _madre_ dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a
+recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.
+
+--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches?
+
+--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie.
+
+--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con
+cascabeles... hace poco....
+
+--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si
+esos... _¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!_--gritó, y la bandada de
+mochuelos acudió al farol delante del _Ratón_. Al ver al Provisor,
+todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que
+tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se
+limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.
+
+--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?
+
+--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te
+inflo!... Para arriba, señor cura.
+
+--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te
+rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se
+inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando
+vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho
+el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los
+dedos.
+
+Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que
+volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas
+diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba
+volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.
+
+«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al
+animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.
+
+La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades
+pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja
+de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa
+mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más
+alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta
+del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo
+de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado.
+Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de
+silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba.
+
+Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido
+mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros
+años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas
+tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida
+le había hecho hombre, había seguido la escuela de su madre... una
+aldeana que no veía en el campo más que la explotación de la tierra.
+Aquello que se llamaba en los libros la poesía, se le había muerto a él
+años atrás; ya lo creo, hacía muchos años.... ¡Las estrellas! ¡qué pocas
+veces las había mirado con atención desde que era canónigo!... De Pas se
+detuvo, se descubrió, limpió el sudor de la frente y se quedó mirando a
+los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo
+alto. «Tenía razón Pitágoras; parecía que cantaban». En aquel silencio
+oía los latidos de la sangre de su cabeza... y también se le figuró oír
+otro ruido... así como de campanillas que sonasen muy lejos.... ¿Eran
+ellos? ¿Eran los coches que volvían? La carretela no llevaba cascabeles,
+pero los caballos de la Góndola sí... ¿O serían cigarras, grillos...
+ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompañando el
+silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba
+seguro... ya sonaban más cerca, con cierto compás... cada vez más cerca.
+
+--¡Deben de ser ellos! ¡qué tarde!--dijo en voz alta, acercándose a la
+cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo.
+
+Esperó algunos minutos, con la cabeza tendida en dirección del Vivero,
+espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la obscuridad lejana,
+después cuatro... eran ellos, los dos coches.... El ruido rítmico de los
+cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con él otros
+que parecían gritos, fragmentos de canciones.
+
+--«¡Qué locos, vienen cantando!».
+
+Ya se oía el rumor sordo y como subterráneo de las ruedas... el aliento
+fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona de
+Ripamilán.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a
+pasar junto al Magistral, que se apretó a la columna de hierro, para no
+ser visto. Pasó la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En
+el lugar de Ripamilán vio a don Víctor de Quintanar, y en el de la
+Regenta a Ripamilán; sí, los vio perfectamente. ¡No venía la Regenta en
+el coche abierto! ¡Venía con los otros! ¡Y al marido le habían echado a
+la carretela con el canónigo, la Marquesa y doña Petronila!... Luego don
+Álvaro y ella venían juntos... ¡y acaso venían todos borrachos, por lo
+menos alegres!
+
+«¡Qué indecencia!» pensó, sintiendo el despecho atravesado en la
+garganta.
+
+Y sin saber que parodiaba a Glocester, añadió:
+
+--«¡Se la quieren echar en los brazos! ¡Esa Marquesa es una Celestina de
+afición!».
+
+«¡Y venían cantando!».
+
+Los coches se alejaban; subían por la calle principal de la Colonia, sin
+algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y
+volvían a aparecer, cada vez más pequeñas...
+
+«¡Ahora callan!» pensó don Fermín. «¡Peor, mucho peor!».
+
+Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras
+en noche de estío....
+
+El Magistral olvidado de las estrellas dejó el Espolón y subió a buen
+paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de
+Vegallana.
+
+Si no fuera por vergüenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba.
+«¿Para qué? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo
+aquella fuerza que sentía en sus músculos, en su alma ociosa, molesta
+como un hormigueo...».
+
+Al pasar junto al jardín de Páez, la luz de gas que brillaba entre las
+filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo
+ver su sombra de cura dibujada fantásticamente sobre la polvorienta
+carretera.
+
+Se avergonzó, testigo él mismo de sus locuras; y contuvo el paso.
+
+«Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. ¡Bah! no faltaba más,
+siempre he sido dueño de mí... y ahora había de empezar a ser... un
+majadero...».
+
+Se acordó de su cita con la Regenta. Sintió un alivio su furor sordo.
+«Pronto es mañana.... A las ocho ya sabré yo.... Sí lo sabré... porque se
+lo preguntaré todo. ¿Por qué no? A mi manera.... Tengo derecho...».
+
+Llegó al boulevard, estaba solitario: ya había terminado el paseo de los
+Obreros: subió por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al
+llegar a la plaza Nueva miró a la Rinconada. En el caserón de los Ozores
+no vio más luz que la del portal.
+
+--«¿No los habrán dejado en casa? ¿Están juntos todavía?». Y sin pensar
+lo que hacía, siguió hasta la calle de la Rúa, por el mismo camino que
+había andado a mediodía. Los balcones de casa del Marqués estaban
+también ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, salía a cortar
+las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles
+de gas macilento. De Pas oyó gritos, carcajadas y las voces roncas y
+metálicas del piano desafinado.
+
+--«¡Sigue la broma!--se dijo mordiéndose los labios--. Pero yo ¿qué hago
+aquí? ¿Qué me importa todo esto?... Si ella es como todas... mañana lo
+sabré. ¡Estoy loco! ¡estoy borracho!... ¡Si me viera mi madre!». En la
+pared de la casa de enfrente la luz que salía por los balcones
+interrumpía con grandes rectángulos la sombra, y por aquella claridad
+descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna
+mágica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego
+un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcón del
+gabinete; frente a los del salón las sombras de la pared eran más
+pequeñas, pero muchas y confusas; y se movían y mezclaban hasta marear
+al canónigo.
+
+«No bailan», pensó. Pero esta idea no le consolaba.
+
+Más allá del balcón del gabinete había otro cerrado. Era el de la
+habitación en que había muerto la hija de los Marqueses. El Magistral
+recordaba haber estado allí, de rodillas, con un hacha de cera en la
+mano, mientras le daban a la pobre joven el Señor. Hacía mucho tiempo.
+Aquel balcón se abrió de repente. De Pas vio una figura de mujer que se
+apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como
+si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos
+que oprimían a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse.
+«¿Quién era?». Imposible distinguirlo; parecía alta, bien formada; lo
+mismo podía ser Obdulia que la Regenta. «¡Es decir, la Regenta no podía
+ser; no faltaba más! ¿Y el de los brazos? ¿quién era? ¿por qué no salía
+al balcón?». De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa
+obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podían
+pasar... y ¿qué se pensaría si le veían allí, espiando a los convidados
+del Marqués?... Debía marcharse... sí; pero hasta que aquellos bultos se
+retirasen del balcón no podía moverse. La dama desconocida, de espalda a
+la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible,
+hablaba tranquilamente y se defendía como por máquina, con leves
+manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla
+por los hombros.
+
+«¡Están a obscuras! no hay luz en esa habitación... ¡qué escándalo!»,
+pensó don Fermín, que seguía inmóvil.
+
+La del balcón hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por
+la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente anónimo.
+
+«Por supuesto que ella no es», meditaba el del portal.
+
+A pesar de estas reflexiones que no podían ser más racionales, no
+estaba tranquilo. La obscuridad del balcón le sofocaba, como si fuese
+falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareció un momento;
+hubo un silencio solemne y en medio de él sonó claro, casi estridente,
+el chasquido de un beso bilateral, después un chillido como el de Rosina
+en el primer acto del _Barbero_.
+
+El Magistral respiró. «No era ella, era Obdulia». En el balcón no
+quedaba nadie; Don Fermín salió del portal arrimado a la pared y se
+alejó a buen paso. «No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era
+la otra».
+
+
+
+
+--XV--
+
+
+En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doña Paula,
+con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en
+la otra, veía silenciosa, inmóvil, a su hijo subir lentamente con la
+cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas.
+
+Le había abierto ella misma, sin preguntar quién era, segura de que
+tenía que ser él. Ni una palabra al verle. El hijo subía y la madre no
+se movía, parecía dispuesta a estorbarle el paso, allí en medio, tiesa,
+como un fantasma negro, largo y anguloso.
+
+Cuando De Pas llegaba a los últimos peldaños, doña Paula dejó el puesto
+y entró en el despacho. Don Fermín la miró entonces, sin que ella le
+viese.
+
+Reparó que su madre traía parches untados con sebo sobre las sienes;
+unos parches grandes, ostentosos.
+
+«Lo sabe todo» pensó el Provisor. Cuando su madre callaba y se ponía
+parches de sebo, daba a entender que no podía estar más enfadada, que
+estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con
+dos cubiertos. Era temprano para cenar, otras noches no se extendía el
+mantel hasta las nueve y media; y acababan de dar las nueve.
+
+Doña Paula encendió sobre la mesa del despacho el quinqué de aceite con
+que velaba su hijo.
+
+Él se sentó en el sofá, dejó el sombrero a un lado y se limpió la frente
+con el pañuelo. Miró a doña Paula.
+
+--¿Le duele la cabeza, madre?--Me ha dolido. ¡Teresina!--Señora.--¡La
+cena! Y salió del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia y
+salió tras ella. «No era todavía hora de cenar, faltaban más de cuarenta
+minutos... pero ¿quién se lo decía a ella?».
+
+Doña Paula se sentó junto a la mesa, de lado, como los cómicos malos en
+el teatro. Junto al cubierto de don Fermín había un palillero, un taller
+con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tenía servilletero; la de su
+madre no.
+
+Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entró con el primer plato,
+que era una ensalada.
+
+--¿No te sientas?--preguntó al Provisor su madre.
+
+--No tengo apetito... pero tengo mucha sed....
+
+--¿Estás malo?--No, señora... eso no.--¿Cenarás más tarde?
+
+--No, señora, tampoco.... El Magistral ocupó su asiento enfrente de doña
+Paula, que se sirvió en silencio.
+
+Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas
+contemplaba a su señora madre, que comía de prisa, distraída, más pálida
+que solía estar, con los grandes ojos azules, claros y fríos fijos en un
+pensamiento que debía de ver ella en el suelo.
+
+Teresina entraba y salía sin hacer ruido, como un gato bien educado.
+Acercó la ensalada al señorito.
+
+--Ya he dicho que no ceno.--Déjale, no cena. Ella no lo había oído,
+hombre.
+
+Y acarició a la criada con los ojos.
+
+Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusión inmediatamente.
+Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba sintiendo náuseas y no
+se atrevía a pedir una taza de té. Se moría de sed, pero temía beber
+agua.
+
+Doña Paula hablaba con Teresa más que de costumbre y con una amabilidad
+que usaba muy pocas veces.
+
+La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en
+parte tuviera la misma doña Paula la culpa. Esto al menos creyó notar el
+Magistral.
+
+Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traía
+ella misma.
+
+Pidió azúcar don Fermín para echarlo en el vaso de agua y su madre dijo:
+
+--Está arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, iré yo por ella.
+
+--Pero, madre...--Déjame. Teresina quedó a solas con su amo y mientras
+le servía agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspiró
+discretamente.
+
+De Pas la miró, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; parecía una
+virgen de cera. Ella no levantó los ojos. De todas maneras, le era
+antipática. Su madre la mimaba y a los criados no hay que darles alas.
+
+Bajó doña Paula y cuando salió Teresina dijo, mientras miraba hacia la
+puerta:
+
+--La pobre no sé cómo tiene cuerpo.
+
+--¿Por qué?--preguntó don Fermín que acababa de oír el primer trueno.
+
+Su madre, que estaba en pie junto a él revolviendo el azúcar en el vaso,
+le miró desde arriba con gesto de indignación.
+
+--¿Por qué? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del
+Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Páez, otra a casa
+del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las
+Paulinas, otra... ¡qué sé yo! Está muerta la pobre.
+
+--¿Y a qué ha ido?--contestó De Pas al segundo trueno.
+
+Pausa solemne. Doña Paula volvió a sentarse y haciendo alarde de una
+paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las
+sílabas:
+
+--A buscarte, Fermo, a eso ha ido.--Mal hecho, madre. Yo no soy un
+chiquillo para que se me busque de casa en casa. ¿Qué diría Carraspique,
+qué diría Páez?... Todo eso es ridículo....
+
+--Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si está mal hecho,
+ríñeme a mí.
+
+--Un hijo no riñe a su madre.--Pero la mata a disgustos; la compromete,
+compromete la casa... la fortuna, la honra... la posición... todo... por
+una... por una.... ¿Dónde ha comido usted?
+
+Era inútil mentir, además de ser vergonzoso. Su madre lo sabía todo de
+fijo. El Chato se lo habría contado. El Chato que le habría visto
+apearse de la carretela en el Espolón.
+
+--He comido con los marqueses de Vegallana; eran los días de Paquito; se
+empeñaron... no hubo remedio; y no mandé aviso... porque era ridículo,
+porque allí no tengo confianza para eso....
+
+--¿Quién comió allí?
+
+--Cincuenta, ¿qué sé yo?
+
+--¡Basta, Fermo, basta de disimulos!--gritó con voz ronca la de los
+parches. Se levantó, cerró la puerta, y en pie y desde lejos prosiguió:
+
+--Has ido allí a buscar a esa... señora... has comido a su lado... has
+paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has
+apeado en el Espolón; ya tenemos otra Brigadiera.... Parece que necesitas
+el escándalo, quieres perderme.
+
+--¡Madre! ¡madre!--¡Si no hay madre que valga! ¿te has acordado de tu
+madre en todo el día? ¿No la has dejado comer sola, o mejor dicho, no
+comer? ¿te importó nada que tu madre se asustara, como era natural? ¿Y
+qué has hecho después hasta las diez de la noche?
+
+--¡Madre, madre, por Dios! yo no soy un niño....
+
+--No, no eres un niño; a ti no te duele que tu madre se consuma de
+impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un mueble que
+sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da su
+sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero tú no eres
+un niño, y das tu sangre, y los ojos y la salvación... por una
+mujerota....
+
+--¡Madre!--¡Por una mala mujer!--¡Señora!--Cien veces, mil veces
+peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas
+cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las señoras chupan la
+vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte años....
+¡Fermo... eres un ingrato!... ¡eres un loco!
+
+Se sentó fatigada y con el pañuelo que traía a la cabeza improvisó una
+banda para las sienes.
+
+--¡Va a estallarme la frente!--¡Madre, por Dios! sosiéguese usted.
+Nunca la he visto así... ¿Pero qué pasa? ¿qué pasa?... Todo es
+calumnia.... ¡Y qué pronto... qué pronto... la han urdido! ¡Qué
+Brigadiera ni qué señoronas... si no hay nada de eso... si yo le juro
+que no es eso... si no hay nada!
+
+--No tienes corazón, Fermo, no tienes corazón.
+
+--Señora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro....
+
+--¿Qué has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la casa de esa
+gigantona... de fijo....
+
+--¡Por Dios, señora! esto es indigno de usted. Está usted insultando a
+una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado con ella tres
+veces... es una santa....
+
+--Es una como las otras.--¿Cómo qué otras?
+
+--Como las otras.--¡Señora! ¡Si la oyeran a usted!
+
+--¡Ta, ta, ta! Si me oyeran me callaría. Fermo... a buen entendedor....
+Mira, Fermo... tú no te acuerdas, pero yo sí... yo soy la madre que te
+parió ¿sabes? y te conozco... y conozco el mundo... y sé tenerlo todo en
+cuenta... todo.... Pero de estas cosas no podemos hablar tú y yo... ni a
+solas... ya me entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he
+callado, bastante he visto.
+
+--No ha visto usted nada...--Tienes razón... no he visto... pero he
+comprendido y ya ves... nunca te hablé de estas... porquerías, pero
+ahora parece que te complaces en que te vean... tomas por el peor
+camino....
+
+--Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y yo
+hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas....
+
+--Ya lo veo, Fermo, pero tú lo quieres. Lo de hoy ha sido un escándalo.
+
+--Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada que
+ver con todas esas otras calumnias de antaño....
+
+--Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro se
+entere, que Camoirán crea todo eso que ya dicen.
+
+--¡Que ya dicen! ¡En dos días!
+
+--Sí, en dos; en medio... en una hora.... ¿No ves que te tienen ganas?
+¿que llueve sobre mojado?... ¿Hace dos días? Pues ellos dirán que hace
+dos meses, dos años, lo que quieran. ¿Empieza ahora? Pues dirán que
+ahora se ha descubierto. Conocen al Obispo, saben que sólo por ahí
+pueden atacarte.... Que le digan a Camoirán que has robado el copón... no
+lo cree... pero eso sí; ¡acuérdate de la Brigadiera!...
+
+--¡Qué Brigadiera... madre... qué Brigadiera!... Es que no podemos
+hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a usted....
+
+--No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo sé... a mi
+modo. Fermo, ¿te fue bien toda la vida dejándote guiar por tu madre, en
+estas cosas miserables de tejas abajo? ¿Te fue bien?
+
+--¡Sí, madre mía, sí!
+
+--¿Te saqué yo o no de la pobreza?
+
+--¡Sí, madre del alma!--¿No nos dejó tu pobre padre muertos de hambre y
+con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido?
+
+--Sí, señora, sí... y eternamente yo....
+
+--Déjate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que sigas
+creyéndome a mí; yo sé lo que hago. Tú predicas, tú alucinas al mundo
+con tus buenas palabras y buenas formas... yo sigo mi juego. Fermo, si
+siempre ha sido así, ¿por qué te me tuerces? ¿Por qué te me escapas?
+
+--Si no hay tal, madre.--Sí hay tal, Fermo. No eres un niño, dices...
+es verdad... pero peor si eres un tonto.... Sí, un tonto con toda tu
+sabiduría. ¿Sabes tú pegar puñaladas por la espalda, en la honra? Pues
+mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro... ahí tienes
+un ignorante que sabe más que tú.
+
+Doña Paula se había arrancado los parches, las trenzas espesas de su
+pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos apagados
+casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos
+parecía una estatua rústica de la Elocuencia prudente y cargada de
+experiencia.
+
+La tempestad se había deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya no
+se reñía, se discutía con calor, pero sin ira. Los recuerdos evocados,
+sin intención patética, por doña Paula, habían enternecido a Fermo. Ya
+había allí un hijo y una madre, y no había miedo de que las palabras
+fuesen rayos.
+
+Doña Paula no se enternecía, tenía esa ventaja. Llamaba mojigangas a las
+caricias, y quería a su hijo mucho a su manera, desde lejos. Era el suyo
+un cariño opresor, un tirano. Fermo, además de su hijo, era su capital,
+una fábrica de dinero. Ella le había hecho hombre, a costa de
+sacrificios, de vergüenzas de que él no sabía ni la mitad, de vigilias,
+de sudores, de cálculos, de paciencia, de astucia, de energía y de
+pecados sórdidos; por consiguiente no pedía mucho si pedía intereses al
+resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo era de su
+hijo, porque él era el de más talento, el más elocuente, el más sagaz,
+el más sabio, el más hermoso; pero su hijo era de ella, debía cobrar los
+réditos de su capital, y si la fábrica se paraba o se descomponía, podía
+reclamar daños y perjuicios, tenía derecho a exigir que Fermo continuase
+produciendo.
+
+En Matalerejo, en su tierra, Paula Raíces vivió muchos años al lado de
+las minas de carbón en que trabajaba su padre, un miserable labrador que
+ganaba la vida cultivando una mala tierra de maíz y patatas, y con la
+ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salían de las cuevas negros,
+sudando carbón y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como
+demonios, manejaban más plata entre los dedos sucios que los campesinos
+que removían la tierra en la superficie de los campos y segaban y
+amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos. El dinero estaba
+en las entrañas de la tierra; había que cavar hondo para sacar provecho.
+En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los niños rubios
+de tez amarillenta que pululan a orillas del río negro que serpea por
+las faldas de los altos montes de castaños y helechos, parecen hijos de
+sueños de avaricia. Paula era de niña rubia como una mazorca; tenía los
+ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de
+razón, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fábricas
+que las rodean, hay trabajo para los niños en cuanto pueden sostener en
+la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que ganan así los
+hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de la avaricia arrojada
+en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que se incrusta en las
+entrañas y jamás se arranca de allí. Paula veía en su casa la miseria
+todos los días; o faltaba pan para cenar o para comer; el padre gastaba
+en la taberna y en el juego lo que ganaba en la mina.
+
+La niña fue aprendiendo lo que valía el dinero, por la gran pena con que
+los suyos lo lloraban ausente. A los nueve años era Paula una espiga
+tostada por el sol, larga y seca; ya no se reía: pellizcaba a las amigas
+con mucha fuerza, trabajaba mucho y escondía cuartos en un agujero del
+corral. La codicia la hizo mujer antes de tiempo; tenía una seriedad
+prematura, un juicio firme y frío.
+
+Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y vivía
+con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero
+¿cómo? Las alas tenían que ser de oro. ¿Dónde estaba el oro? Ella no
+podía bajar a la mina.
+
+Su espíritu observador notó en la iglesia un filón menos obscuro y
+triste que el de las cuevas de allá abajo. «El cura no trabajaba y era
+más rico que su padre y los demás cavadores de las minas. Si ella fuera
+hombre no pararía hasta hacerse cura. Pero podía ser ama como la señora
+Rita». Comenzó a frecuentar la iglesia; no perdió novena, ni rogativas,
+ni misiones, ni rosario y siempre salía la última del templo. Los
+vecinos de Matalerejo habían enterrado la antigua piedad entre el
+carbón; eran indiferentes y tenían fama de herejes en los pueblos
+comarcanos. Por esto pudo notar la señorita Rita la piedad de Paula bien
+pronto. «La hija de Antón Raíces, le dijo al señor cura, tira para
+santa, no sale de la iglesia». El cura habló a la chicuela, y aseguró a
+Rita que era una Teresa de Jesús en ciernes. En una enfermedad del ama,
+el párroco pidió a Raíces su hija para reemplazar a Rita en su servicio.
+Rita sanó pero Paula no salió de la Rectoral. Se acabó el ir y venir
+con el cesto de tierra. Se vistió de negro, y por amor de Dios se olvidó
+de sus padres. A los dos años la señora Rita salía de la casa del cura
+enseñando los puños a Paula y llevándose en un cofre sus ahorros de
+veinte años. El cura murió de viejo y el nuevo párroco, de treinta años,
+admitió a la hija de Raíces como parte integrante de la casa Rectoral.
+Paula era entonces una joven alta, blanca, fresca, de carne dura y piel
+fina, pero mal hecha. Una noche, a las doce, a la luz de la luna salió
+de la Rectoral, que estaba en lo alto de una loma rodeada de castaños y
+acacias, cien pasos más abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un
+pañuelo negro que envolvía ropa blanca. Detrás de ella salió una sombra,
+con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la seguían,
+Paula corrió por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la
+alcanzó, la cogió por la saya de estameña y la obligó a detenerse;
+hablaron; él abría los brazos, ponía las manos sobre el corazón, besaba
+dos dedos en cruz; ella decía no con la cabeza. Después de media hora de
+lucha, los dos volvieron a la Rectoral; entró él, ella detrás y cerró
+por dentro después de decir a un perro que ladraba:
+
+--¡Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura desde aquella
+noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la soledad le
+costó al párroco, sin saciar el apetito, muchos años de esclavitud.
+Tenía fama de santo; era un joven que predicaba moralidad, castidad,
+sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo. Y una
+noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, angulosa, sintió
+una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, excitada por aquellos
+ángulos de carne y hueso, por aquellas caderas desairadas, por aquellas
+piernas largas, fuertes, que debían de ser como las de un hombre. A la
+primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por
+palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo
+que le pedían; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin
+arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula
+dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su
+cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí
+muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo
+desde la escalera:
+
+--¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre.
+
+La transacción le costó al clérigo humillarse hasta el polvo, una
+abdicación absoluta. Vivieron en paz en adelante, pero él vio siempre en
+ella a su señor de horca y cuchillo; tenía su honor en las manos; podía
+perderle. No le perdió. Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde,
+después de estudiar, Paula se acercó a él y le pidió que la oyese en
+confesión.
+
+--Hija mía ¿a estas horas?
+
+--Sí, señor, ahora me atrevo... y no respondo de volver a atreverme
+jamás.
+
+Le confesó que estaba encinta.
+
+Francisco De Pas, un licenciado de artillería, que entraba mucho en casa
+del cura, de quien era algo pariente, la había requerido de amores y
+ella le había contestado a bofetadas--el cura se puso colorado; se
+acordó de la patada que había recibido él--pero el licenciado había sido
+terco, y había vuelto a requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto
+sacaran el estanquillo que le tenían prometido los del Gobierno; ella se
+había tranquilizado y desde entonces admitía al habla aquel buque
+sospechoso. Según costumbre de la tierra, iba el de artillería a hablar
+con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo,
+sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por
+anchos pilares a dos o tres varas del suelo. Allí dormía ella en el
+verano. Francisco faltó una noche a lo convenido, fue audaz, pasó del
+corredor al interior de la panera; luchó Paula, luchó hasta caer
+rendida--lo juraba ante un Cristo--, rendida por la fuerza del
+artillero. Desde aquella noche le tomó ojeriza, pero quería casarse con
+él. De aquella traición acaso nació Fermín a los dos meses de haber
+unido el buen párroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos
+los vecinos dijeron que Fermín era hijo del cura, quien dotó al ama con
+buenas peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre había
+tenido intención de casarse con Paula, pero los vecinos le habían
+llenado el alma de sospechas y espinas, y él, creyendo que podía el cura
+estar riéndose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero aquella noche
+que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le convenció de la
+inocencia del párroco y de la virtud de Paula. Aquello no se fingía;
+mucho sabía el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas
+falsas, pero él se fue a su casa al alba persuadido de que había
+vencido, bien o mal, una honra verdadera. Y volvió a su proyecto de
+casarse con el ama del cura. Así se lo juró a ella, de rodillas, como él
+había visto a los galanes en los teatros, allá por el mundo
+adelante.--«Yo te pediré a tus padres y al cura mañana mismo.--No--dijo
+ella--, ahora no». Y siguieron viéndose. Cuando Paula estuvo segura de
+que había fruto de aquella traición, o de las concesiones subsiguientes,
+dijo a su novio: «Ahora se lo digo al amo y tú, cuando él te llame, te
+niegas a casarte, dices que dicen que no eres tú solo... que en
+fin...--Sí, sí, ya entiendo.--¡Lo que sospechabas, animal!--Sí, ya
+sé.--Pues eso.--¿Y después?--Después deja que el cura te ofrezca... y
+no digas que bueno a la primer promesa; deja que suba el precio... ni a
+la segunda. A la tercera date por vencido...».
+
+Y así fue. Paula arrancó de una vez al pobre párroco de Matalerejo, el
+más casto del Arciprestazgo, el resto del precio que ella había puesto
+al silencio. ¡Con qué fervor predicaba el buen hombre después la
+castidad firme! «¡Un momento de debilidad te pierde, pecador; basta un
+momento! Un deseo, un deseo que no sacias siquiera, te cuesta la
+salvación» (y todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad
+de toda la vida, añadía para sus adentros.)
+
+Paula compró grandes partidas de vino y lo vendía al por mayor a los
+taberneros de Matalerejo; empezó bien el comercio gracias a su
+inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. Francisco era
+muy _fantástico_, según su mujer. Le gustaba contar sus hazañas, y hasta
+sus aventuras, esto en secreto, después de colocar unos cuantos pellejos
+de Toro, al beber en compañía del parroquiano. Era rumboso y en el calor
+de la amistad improvisada en la taberna, abría créditos exorbitantes a
+los taberneros, sus consumidores. Esto originó reyertas trágicas; hubo
+sillas por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de
+pino, amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del
+artillero; secas, frías, nada sinceras por parte de su mujer. La manía
+de dar al fiado llegó a ser un vicio, una pasión del manirroto
+licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con
+gran prosopopeya. «¡Los países que él había visto! ¡las mujeres que él
+había seducido, allá muy lejos!». Sus amigos los taberneros que no
+habían visto más río que el de su patria, le engañaban al segundo vaso.
+Mientras él se perdía en sus recuerdos y en sus sueños pretéritos, que
+daba por realizados, sus compadres interrumpiéndole, entre alabanzas y
+admiraciones, le sacaban pellejos y más pellejos de vino pagaderos....
+«De eso no había que hablar». «El hombre es honrado» decía el artillero
+y añadía: «Si yo tengo un duro pongo por ejemplo, y un amigo, por una
+comparación, necesita ese duro... y quien dice un duro dice veinte
+arrobas de vino, pongo por caso...». Pocos años necesitó, a pesar de la
+prosperidad con que el comercio había empezado, para tocar en la
+bancarrota. Se atrevió un parroquiano a no pagar y tras él fueron otros,
+y al fin no le pagaba casi nadie. Paula que había dominado a dos curas,
+y estaba dispuesta a dominar el mundo, no podía con su marido. «Lo que
+tú quieras, tienes razón», decía él, y a la media hora volvía a las
+andadas. Si ella se irritaba, se le acababa a él lo que llamaba la
+paciencia, y una vez en el terreno de la fuerza el artillero vencía
+siempre; fuerte era como un roble Paula, pero Francisco había sido el
+más arrogante mozo de nuestro ejército, y tenía músculos de oso. Había
+nacido en lo más alto de la montaña y hasta los veinte años había
+servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza llamó a las
+puertas, y Paula se decidió a dejar su comercio, De Pas decretó dedicar
+los pocos cuartos que sacaron libres a la industria ganadera. Tomó vacas
+en parcería y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del
+pastoreo, en los más empinados vericuetos. Allí pasó la niñez y llegó a
+la adolescencia Fermín, a quien su madre había deseado hacer
+clérigo.--«Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre»,
+gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al niño a
+aprender latín con el cura de Matalerejo. El comercio de ganado no fue
+mejor que el de vino. A Francisco se le ocurrió que él había sido
+siempre un gran tirador; se consagró a la caza y perseguía corzos,
+jabalíes, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se
+atrevía. Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro
+hombres que conducían a hombros el cuerpo destrozado de su marido en
+unas angarillas improvisadas con ramas de roble. Había caído de lo alto
+de una peña abrazado a la osa mal herida que perseguían los vaqueros
+hacía una semana. Murió con gloria el artillero, pero su viuda se
+encontró abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte,
+dueña de créditos sin fin que no se cobrarían jamás. Volvió a
+Matalerejo, después de perder por embargo cuanto tenía. Llevaba aquellos
+papeles inútiles y el hijo que había de ser clérigo. Era Fermín ya un
+mozalbete como un castillo; sus 15 años parecían veinte; pero Paula
+hacía de él cuanto quería, le manejaba mejor que a su padre. Le hizo
+estudiar latín con el cura, el mismo que había dado la dote perdida por
+el difunto. Había que adelantar tiempo y Fermín lo adelantó; estudiaba
+por cuatro y trabajaba en los quehaceres domésticos de la Rectoral;
+cuidaba la huerta además y así ganaba comida y enseñanza. Iba a dormir a
+la cabaña de su madre, que a la boca de una mina había levantado cuatro
+tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no
+subieron a mucho, corrieron aún por cuenta del párroco, quien hizo el
+desinteresado más por caridad que por miedo. Ya no temía lo que pudiera
+decir Paula ni ella creía tampoco en la fuerza del arma con que en un
+tiempo había amenazado terrible, cruel y fría.
+
+La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la
+claridad y allí, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la
+pasión del juego que dominaba a casi todos. Detrás de unas tablas, que
+dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las
+noches de invierno interminables el _hijo del cura_, como le llamaban
+cínicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermín,
+que había probado a muchos que el estudio no le había debilitado los
+brazos. El espectáculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento
+le repugnaba hasta darle náuseas y se arrojaba con fervor en la sincera
+piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para él quería su
+madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que
+le podría arrancar de la esclavitud a que se vería condenado con todos
+aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor,
+una digna del vuelo de su ambición y de los instintos que despertaban en
+su espíritu. Paula padeció mucho en esta época; la ganancia era segura y
+muy superior a lo que pudieran pensar los que no la veían a ella
+explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella
+turba de las minas; pero su oficio tenía los peligros del domador de
+fieras; todos los días, todas las noches había en la taberna pendencias,
+brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energía de
+Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con
+más ahínco en obligar al que rompía algo a pagarlo y a buen precio.
+También ponía en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escándalo. A
+veces quería Fermín ayudarla, intervenir con sus puños en las escenas
+trágicas de la taberna, pero su madre se lo prohibía:
+
+--Tú a estudiar, tú vas a ser cura y no debes ver sangre. Si te ven
+entre estos ladrones, creerán que eres uno de ellos.
+
+Fermín, por respeto y por asco obedecía, y cuando el estrépito era
+horrísono, tapaba los oídos y procuraba enfrascarse en el trabajo hasta
+olvidar lo que pasaba detrás de aquellas tablas, en la taberna. Algo más
+que las reyertas entre los parroquianos ocultaba Paula a su hijo. Aunque
+ya no era joven, su cuerpo fuerte, su piel tersa y blanca, sus brazos
+fornidos, sus caderas exuberantes excitaban la lujuria de aquellos
+miserables que vivían en tinieblas. «_La Muerta_ es un buen bocado», se
+decía en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura pálida; y
+creyendo fácil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban sobre
+ella como sobre una presa; pero Paula los recibía a puñadas, a patadas,
+a palos; más de un vaso rompió en la cabeza de una fiera de las cuevas y
+tuvo el valor de cobrárselo. Estos ataques de la lujuria animal solían
+ser a las altas horas de la noche, cuando el enamorado salvaje se
+eternizaba sobre su banco, para esperar la soledad. Fermín estudiaba o
+dormía. Paula cerraba la puerta de la calle, porque la autoridad le
+obligaba a ello. No despedía al borracho, aunque conocía su propósito,
+porque mientras estaba allí hacía consumo, suprema aspiración de Paula.
+Y entonces empezaba la lucha. Ella se defendía en silencio. Aunque él
+gritase, Fermín no acudía; pensaba que era una riña entre mineros.
+Además, le temían unos por fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer
+sin que él se enterase. Pero nunca vencían. A lo sumo un abrazo furtivo,
+un beso como un rasguño. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Más asco
+le daba barrer las inmundicias que dejaban allí aquellos osos de la
+cueva.
+
+Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quería teólogo,
+nada de misa y olla. Allí estaba ella para barrer hacia la calle aquel
+lodo que entraba todos los días por la puerta de la taberna; a ella la
+manchaba, pero a él no; él allá dentro con Dios y los santos, bebiendo
+en los libros de la ciencia que le había de hacer señor; y su madre allí
+fuera, manejando inmundicia entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo
+el porvenir de su hijo; el de ella, también, pues estaba segura de que
+llegaría a ser una señora. Allá en la Montaña, en cuanto Fermín había
+aprendido a leer y escribir, le había obligado a enseñarle a ella su
+ciencia. Leía y escribía. En la taberna, entre tantas blasfemias, entre
+los aullidos de borrachos y jugadores, ella devoraba libros, que pedía
+al cura.
+
+Más de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo
+iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto.
+
+El cura, Fermín, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, la
+habían aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel tráfico
+repugnante; ¿no la aburría pasar la vida entre borrachos y jugadores que
+se convertían tan a menudo en asesinos?
+
+«¡No, no y no!». Que la dejasen a ella. Estaba haciendo bolsón sin que
+nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria que emprendiese, con
+sus pocos recursos, no podría ganar la décima parte de lo que iba
+ganando allí. Los mineros salían de la obscuridad con el bolsillo
+repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban bien, derrochaban y
+comían y bebían veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y
+caros. En la taberna de Paula todo era falsificado; ella compraba lo
+peor de lo peor y los borrachos lo comían y bebían sin saber lo que
+tragaban, y los jugadores sin mirarlo siquiera, fija el alma en los
+naipes.
+
+El consumo era mucho, la ganancia en cada artículo considerable. Por eso
+no había prendido ya fuego a la taberna con todos _los ladrones_ dentro.
+
+No dejó el tráfico hasta que los estudios y la edad de Fermín lo
+exigieron. Hubo que dejar el país y por recomendaciones del párroco de
+Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen del
+Camino, a una legua de León, en un páramo. Fermín, también por
+influencia de Matalerejo (el cura), y del párroco de la Virgen del
+Camino, entró en San Marcos de León en el colegio de los Jesuitas, que
+pocos años antes se habían instalado en las orillas del Bernesga. El
+muchacho resistió todas las pruebas a que los PP. le sometieron;
+demostró bien pronto gran talento, sagacidad, vocación, y el P. Rector
+llegó a decir que aquel chico había nacido jesuita. Paula callaba, pero
+estaba resuelta a sacar de allí a su hijo en tiempo oportuno, cuando
+ella pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le
+quería jesuita. Le quería canónigo, obispo, quién sabe cuántas cosas
+más. Él hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, de los mártires
+del Japón, de imitar su ejemplo; leía a su madre, con los ojos
+brillantes de entusiasmo, los periódicos que hablaban de los peligros
+del P. Sevillano, de la compañía, allá en tierra de salvajes. Paula
+sonreía y callaba. ¡Bueno estaría que después de tantos sacrificios el
+hijo se le convirtiera en mártir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la
+locura de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja
+mucha plata el día que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de
+la Autoridad civil; pero el cura es pobre.
+
+Paula veía pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero aquello era
+como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio de revolver
+trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama de cura
+corrió por toda la provincia; el párroco de la Virgen tenía la
+imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad,
+su pulcritud, su piedad y demás cualidades delante de otros clérigos, a
+la mesa, después de comer bien y beber mejor. Cundió la fama de Paula, y
+un canónigo de Astorga se la arrebató al cura de la Virgen. Fue una
+traición y Paula una ingrata. Sin embargo, el canónigo era un santo, la
+traición no había sido suya. Don Fortunato Camoirán no era capaz de
+traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la aceptó, sin sospechar
+que a los pocos meses sería él su esclavo.
+
+Nada convenía a Paula como un amo santo. Al año de servir al canónigo
+Camoirán se vanagloriaba de haberle salvado varias veces de la
+bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: todo hubiera
+sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con
+la ganzúa de la caridad. Paula puso en orden todo aquello. Camoirán se
+lo agradeció y siguió dando limosna a hurtadillas, pero poca; lo que
+podía sisar al ama. Era el canónigo incapaz de gobernarse en las
+necesidades premiosas de la vida, no entendía palabra de los intereses
+del mundo, y al poco tiempo llegó a comprender que Paula era sus ojos,
+sus manos, sus oídos, hasta su sentido común. Sin Paula acaso, acaso le
+hubieran llevado a un hospital por loco y pobre.
+
+Aquel imperio fue el más tiránico que ejerció en su vida el ama de
+llaves. Lo aprovechó para la carrera de Fermín: el canónigo comprendió
+que debía mirar al estudiante como a cosa suya; si Paula le consagraba
+la vida a él, él debía consagrar sus cuidados y su dinero y su
+influencia al hijo de Paula. Además, el mozo le enamoraba también; era
+tan discreto, tan sagaz como su madre y más amable, más suave en el
+trato. Pero había que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, el mozo
+lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de jesuita lo
+exigía. Se le sacó y entró en el Seminario, a terminar la teología. Fue
+presbítero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a
+predicar en San Isidro de León, y en Astorga, y en Villafranca y donde
+quiera que el canónigo Camoirán, famoso ya por su piedad, tenía
+influencia. Cuando a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, él
+vaciló; mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz:
+pero Paula le amenazó con abandonarle.--«¡Eso era absurdo!». Solo ya no
+podría vivir. «No por usted, señor; por el chico es necesario aceptar».
+--«Acaso tenía razón». Camoirán aceptó por el chico... y fueron todos a
+Vetusta. Pero allí se le buscó al Obispo una ama de llaves y Paula
+siguió ejerciendo desde su casa sus funciones de suprema inspección.
+Fermín fue medrando, medrando; el muchacho valía, pero más valía su
+madre. Ella le había hecho hombre, es decir, cura; ella le había hecho
+niño mimado de un Obispo, ella le había empujado para llegar adonde
+había subido, y ella ganaba lo que ganaba, podía lo que podía... ¡y él
+era un ingrato!
+
+A esta conclusión llegaba el Magistral aquella noche, en que, después de
+larga conversación con su madre, se encerró en su despacho a repasar en
+la memoria todo lo que él sabía de los sacrificios que aquella mujer
+fuerte había emprendido y realizado por él, porque él subiera, porque
+dominase y ganara riquezas y honores.
+
+--«¡Sí, era un ingrato! ¡un ingrato!» y el amor filial le arrancaba dos
+lágrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en
+aquellas fuentes secas por tantos años.
+
+«¿Cómo lloraba él? ¡Cosa más rara! ¿Sería el alcohol la causa de aquel
+llanto? Acaso. ¿Sería... lo que había sucedido aquel día? Tal vez todo
+mezclado. Oh, pero también, también el amor que él tenía a su madre era
+cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos».
+
+Abrió el balcón del despacho de par en par. Ya había salido la luna, que
+parecía ir rodando sobre el tejado de enfrente. La calle estaba
+desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos pálidos de la
+luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. «¡Qué cosas
+tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas estaba
+sintiendo! Oh, para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al
+mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así había él
+empezado a ponerse enfermucho, allá en los Jesuitas: pero entonces sus
+anhelos eran vagos y ahora no; ahora anhelaba... tampoco se atrevía a
+pedir claridad y precisión a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas
+místicas, ansiedades de filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba
+y producía aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las
+fibras más hondas...». La sonrisa de la Regenta se le presentó unida a
+la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y recordó una
+a una todas las veces que le había sonreído. En los libros aquello se
+llamaba estar enamorado platónicamente; pero él no creía en palabras.
+No; estaba seguro que aquello no era amor. El mundo entero, y su madre
+con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa
+aquella amistad inocente. ¡Si sabría él lo que era bueno y lo que era
+malo! Su madre le quería mucho, a ella se lo debía todo, ya se sabe,
+pero... no sabía ella sentir con suavidad, no entendía de afectos finos,
+sublimes... había que perdonarla. Sí, pero él necesitaba amor más blando
+que el de doña Paula... más íntimo, de más fácil comunión por razón de
+la edad, de la educación, de los gustos... Él, aunque viviera con su
+madre querida, no tenía hogar, hogar suyo, y eso debía ser la dicha
+suprema de las almas serias, de las almas que pretendían merecer el
+nombre de grandes. Le faltaba compañía en el mundo; era indudable.
+
+De una casa de la misma calle, por un balcón abierto, salían las notas
+dulces, lánguidas, perezosas de un violín que tocaban manos expertas. Se
+trataba de motivos del tercer acto del _Fausto_. El Magistral no conocía
+la música, no podía asociarla a las escenas a que correspondía, pero
+comprendía que se hablaba de amor. El oír con deleite, como oía, aquella
+música insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso:
+pero... ¡decía tan bien aquel violín las cosas raras que estaba
+sintiendo él!
+
+De repente se acordó de sus treinta y cinco años, de la vida estéril que
+había tenido, fecunda sólo en sobresaltos y remordimientos, cada vez
+menos punzantes, pero más soporíferos para el espíritu. Se tuvo una
+lástima tiernísima; y mientras el violín gemía diciendo a su modo:
+
+ _Al palido chiaror_
+ _che vien degli astri d'or_
+ _dami ancor contemplar il tuo viso..._
+
+
+el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a través de unas
+telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos.... Mirábala ni
+más ni menos como decía Trifón Cármenes en _El Lábaro_ que la
+contemplaba él, todos los jueves y domingos, los días de folletín
+literario.
+
+«¡Medrados estamos!» pensó don Fermín al dar en idea tan extravagante. Y
+entonces volvió a ocurrírsele que en aquel sentimentalismo de última
+hora debía de tener gran parte la copa de cognac, o lo que fuese.
+
+Abajo era día de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doña Paula al buen
+Froilán Zapico, el propietario de _La Cruz Roja_ ante el público y el
+derecho mercantil. Froilán era un esclavo blanco de doña Paula; a ella
+se lo debía todo, hasta el no haber ido a presidio; le tenía agarrado,
+como ella decía, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueño
+del comercio, sin miedo de una traición. Le llamaba de tú y muchas veces
+animal y pillastre. Él sonreía, fumaba su pipa, siempre pegada a la
+boca, y decía con una calma de filósofo cínico: «Cosas del alma». Vestía
+de levita, y hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tenía que
+parecer un señor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de _La
+Cruz Roja_, el comercio más próspero de Vetusta, el único en su género,
+desde que el mísero de don Santos Barinaga se había ido arruinando.
+
+Doña Paula había casado a Froilán con una criada de las que ella tomaba
+en la aldea, una de las que habían precedido a Teresa en sus funciones
+de doncella cerca del señorito. Había dormido como Teresa ahora, a
+cuatro pasos del Magistral.
+
+Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froilán.
+Zapico oyó la proposición de su ama con aire socarrón. Creía
+comprender. Pero él era muy filósofo: no se paraba en ciertos requisitos
+que otros miran mucho. El ama, al proponerle el matrimonio, había
+pensado: «Esto es algo fuerte; pero ¡ay de él si se subleva!». Froilán
+no se sublevó. Juana era muy buena moza y sabía cuidar a un hombre. Se
+casó Zapico, y al día siguiente de la boda, doña Paula, que le miraba de
+soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida «de
+haber estirado mucho la cuerda» observó que el novio estaba muy
+contento, muy amable con ella, y hecho un almíbar con su mujer.
+
+«Gordas las tragas, Froilán, eres un valiente», pensaba ella admirándole
+y despreciándole al mismo tiempo.
+
+Y él sonreía con más socarronería que nunca.
+
+«Buen chasco se había llevado la señora; si ella supiera...» pensaba él
+fumando su pipa. Pero es claro que jamás dijo a doña Paula el secreto de
+aquella noche en que hubo sorpresas muy diferentes de las que suponía la
+señora.
+
+Era el único secreto que había entre ama y esclavo; la única mala pasada
+que ella le había querido jugar.... Y como tampoco había tenido mal
+resultado, sino muy beneficioso para Zapico, este seguía estimando a
+doña Paula. Ella, al verle tan contento, nada resentido, rabiaba por
+atreverse a preguntar; y él, muy satisfecho con el engaño del ama que
+había sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos
+callaban. No había más que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendían
+a veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el
+rostro del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Doña
+Paula encogía los hombros y Froilán reía pasando la mano por las barbas
+de puerco-espín que tenía debajo del mentón afeitado.
+
+Allí lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, limpias.
+Froilán era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella casa el
+recuento de la moneda era un culto. Desde niño se había acostumbrado don
+Fermín a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de
+dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la
+plata. Allá abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la que no se
+pasaba, desde la casa del Magistral por sótanos, como suponía la
+maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la medianería en el piso
+terreno, doña Paula, subida a una plataforma, ante un pupitre verde,
+repasaba los libros del comercio y en serones de esparto y bolsas
+grasientas contaba y recontaba el oro, la plata y el cobre o el bronce
+que Froilán iba entregándole, en pie, en una grada de la plataforma, más
+baja que la mesa en que el ama repasaba los libros. Parecía ella una
+sacerdotisa y él un acólito de aquel culto platónico. El mismo don
+Fermín, las veces que presenciaba aquellas ceremonias, sentía un vago
+respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre,
+más pálido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una
+Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusología.
+
+Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la
+trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo había un gran foco de
+podredumbre, aguas sucias estancadas. Oía vagos rumores lejanos del
+chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino
+timbre. Aquellos ruidos apagados por la distancia subían por el hueco de
+la escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violín volvió a
+rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecían titilar
+como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto
+en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista
+arrastraba perezosamente por las cuerdas del violín los quejidos de la
+Traviata momentos antes de morir.
+
+El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se
+acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el
+arroyo. Era don Santos Barinaga, que volvía a su casa,--tres puertas más
+arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente--. De Pas no le
+conoció hasta que le vio debajo de su balcón. Pero antes, al pasar junto
+a la casa donde sonaba el violín, Barinaga, que venía hablando solo, se
+detuvo y calló. Se quitó el sombrero, que era verde, de figura de cono
+truncado, y alzando la cabeza escuchó con aire de inteligente. De vez en
+cuando hacía signos de aprobación.... «Conocía aquello; era la
+_Traviata_ o el _Miserere del Trovador_, pero en fin cosa buena».
+
+«Perfecta... mente», dijo en voz alta; que sea muy enhorabuena,
+Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada de
+comercio... en esta tierra de ladrones. ¿Eh...?
+
+«Es el hijo del cerero», añadió mirando a un lado, hacia el suelo; como
+contándoselo a otro que estuviese junto a él y más bajo. El violín calló
+y don Santos dio media vuelta, como buscando las notas que se habían
+extinguido. Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un
+rótulo de letras doradas que decía: «La Cruz Roja».
+
+Barinaga se cubrió, dio una palmada en la copa del sombrero verde y
+extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo,
+gritó:--¡Ladrones! Sí, señor--dijo en voz más baja--, no retiro una sola
+palabra... ladrones; usted y su madre señor Provisor... ¡ladrones!
+
+Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sintió
+brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el
+vecino, se retiró del balcón y sin el menor ruido, poco a poco, entornó
+las vidrieras hasta no dejar más que un intersticio por donde ver y oír
+sin ser visto. Para mayor seguridad bajó la luz del quinqué y lo metió
+en la alcoba. Volvió al balcón, a espiar las palabras y los movimientos
+de aquel borracho a quien despreciaba todo el año y que aquella noche,
+sin que él supiera por qué, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la
+misma hora, le había sentido en la calle murmurar imprecaciones,
+mientras él velaba trabajando; pero nunca había querido levantarse para
+oír las necedades de aquel perdido. Bien sabía que les atribuía a él y a
+su madre la ruina del comercio de quincalla de que vivía; pero ¿quién
+hacía caso de un miserable, víctima del aguardiente?
+
+Barinaga seguía diciendo:--Sí, señor Provisor, es usted un ladrón, y un
+simoniaco, como le llama a usted el señor Foja... que es un liberal...
+eso es, un liberal probado....
+
+Y como «La Cruz Roja» no respondía, don Santos dirigiéndose a su propia
+sombra que se le iba subiendo a las barbas, según se acercaba a la
+puerta cerrada del comercio, tomándola por el mismísimo señor De Pas, le
+dijo:
+
+--¡Señor obscurantista! ¡apaga luces!... usted ha arruinado a mi
+familia... usted me ha hecho a mí hereje... masón, sí, señor, ahora soy
+masón... por vengarme... por... ¡abajo la clerigalla!
+
+Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta
+a la esquina. El borracho sintió en los ojos la claridad viva y
+desvergonzada de un ángulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe,
+su buen amigo.
+
+El sereno, aquel Pepe, conoció a don Santos y se acercó sin acelerar el
+paso.
+
+--Buenas noches, amigo; tú eres un hombre honrado... y te aprecio...
+pero este carcunda, este comehostias, este _rapa-velas_, este maldito
+tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrón, y lo sostengo....
+Toma un pitillo.
+
+Tomó el pitillo Pepe, escondió la linterna, arrimó a la pared el chuzo y
+dijo con voz grave:
+
+--Don Santos, ya es hora de acostarse; ¿quiere que abra la puerta?
+
+--¿Qué puerta?--La de su casa...--Yo no tengo ya casa... yo soy un
+pordiosero... ¿no lo ves? ¿no ves qué pantalones, qué levita?... Y mi
+hija... es una mala pécora... también me la han robado los curas, pero
+no ha sido este.... Este me ha robado la parroquia... me ha arruinado...
+y don Custodio me roba el amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo
+no tengo hogar... ni tengo puchero a la lumbre.... ¡Y dicen que bebo!...
+¿qué he de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el
+aguardiente... ¿qué sería de este anciano?...
+
+--Vamos, don Santos, vamos a casa...--Te digo que no tengo casa...
+déjame... hoy tengo que hacer aquí... Vete, vete tú... Es un secreto...
+ellos creen... que no se sabe... pero yo lo sé... yo les espío... yo les
+oigo.... Vete... no me preguntes... vete....
+
+--Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de
+usted los vecinos... y yo... qué quiere usted....
+
+--Sí, tú... es claro, como soy un pobre.... Vete, déjame con esta ralea
+de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza.
+
+El sereno cantó la hora y siguió adelante.
+
+Don Santos le convidaba a veces a _echar_ una copa... ¿qué había de
+hacer? Además, no solía alborotar demasiado.
+
+Quedó solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrás de las
+vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para sus
+adentros su víctima....
+
+Don Santos volvió a su monólogo, interrumpido por entorpecimientos del
+estómago y por las dificultades de la lengua.
+
+--¡Miserables!--decía con voz patética, de bajo
+profundo--¡miserables!... ¡Ministro de Dios!... ¡ministro de un
+cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado
+comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el pan a
+nadie... que no obligo a los curas de toda la diócesis... eso, eso, a
+comprar en mi tienda cálices, patenas, vinajeras, casullas, lámparas
+(iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y demás,
+con otros artículos... como aras; sí señor ¡que nos oigan los sordos,
+señor Magistral! usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias
+del obispado... y yo que lo supe... adquirí una gran partida de
+ellas..., porque creí que era usted... una persona decente... un
+cristiano.... ¡Buen cristiano te dé Dios! ¡Jesús... que era un gran
+liberal, como el señor Foja... eso es... un republicano... no vendía
+aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy
+empeñado, embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras
+al precio que ha querido... ¡se sabe todo, todo, señor apaga-luces...
+_don_ Simón el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... ¿Ven ustedes este
+santurrón? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado también
+al cerero.... Y papel pintado... Él mismo ha hecho empapelar el Santuario
+de Palomares... que lo diga la sociedad de Mareantes de aquel puerto...
+si es un ladrón... si lo tengo dicho... un ladrón, un Felipe segundo...
+Óigalo usted, ¡so pillo! yo no tengo esta noche qué cenar... no habrá
+lumbre en mi cocina... pediré una taza de té... y mi hija me dará un
+rosario.... ¡Sois unos miserables!... (Pausa.) ¡Vaya un siglo de las
+luces! (señalando al farol) me río yo... de las luces... ¿para qué
+quiero yo faroles si no cuelgan de ellos a los ladrones?... ¡Rayos y
+truenos! ¿y esa revolución?... ¡el petróleo!... ¡venga petróleo!...
+
+Calló un momento el borracho, y a tropezones llegó a la puerta de La
+Cruz Roja. Aplicó el oído al agujero de una cerradura, y después de
+escuchar con atención, rió con lo que llaman en las comedias risa
+sardónica.
+
+--¡Ja, ja, ja!--venía a decir, con la garganta y las narices--... ¡Ya
+están dándole vueltas!... Allá dentro, bien os oigo, miserables, no os
+ocultéis... bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mío;
+esa plata es del cerero.... ¡Venga mi dinero, señora doña Paula... venga
+mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi dinero es
+mío! ¿Digo, me parece? ¡Pues venga!
+
+Volvió a callar y a aplicar el oído a la cerradura.
+
+El Magistral abrió el balcón sin ruido y se inclinó sobre la barandilla
+para ver a don Santos.
+
+--¿Oirá algo? Parece imposible....
+
+Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa
+escuchó también con atención profunda.... Sí, él oía algo... era el
+choque de las monedas, pero el ruido era confuso, podía conocerse
+sabiendo antes que estaban contando dinero... pero desde la calle no
+debía de oírse nada... era imposible.... Mas la idea de que la
+alucinación del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba más
+todavía, le asustaba, con un miedo supersticioso....
+
+--¡Esos miserables tienen ahí toda la moneda de la diócesis!... Y todo
+eso es mío y del cerero.... ¡Ladrones!... Caballero Magistral,
+entendámonos; usted predica una religión de paz... pues bien, ese dinero
+es mío....
+
+Se irguió don Santos; volvió a descargar una palmada sobre el sombrero
+verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrás, exclamó:
+
+--Nada de violencias... ¡Ábrase a la justicia! ¡En nombre de la ley,
+abajo esa puerta!
+
+--¡Señor don Santos, a la cama!--dijo el sereno, ya de vuelta--. No
+puedo consentir que usted siga escandalizando....
+
+--Abra usted esa puerta, derríbela usted, señor Pepe. Usted representa
+la ley... pues bien... ahí están contando mi dinero.
+
+--Ea, ea, don Santos basta de desatinos.
+
+Y le cogió por un brazo, para llevárselo por fuerza.
+
+--Porque soy pobre... ¡ingrato!--dijo Barinaga cayendo en profundo
+desaliento.
+
+Se dejó arrastrar. El Magistral, desde su balcón, escondido en la
+obscuridad, los siguió con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo
+entero menos de aquel don Santos Barinaga que le había estado arrojando
+lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa.
+
+Don Fermín estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes de
+aquel borracho, de las palabras que más eructaba que decía: «¿Podía una
+copa de cognac, una comida algo fuerte, un poco de Burdeos, producir
+aquella irritación en la conciencia, en el cerebro o donde fuera?». No
+lo sabía, pero jamás la presencia de una de sus víctimas le había
+causado aquellos escalofríos trágicos que se le paseaban ahora por el
+cuerpo. Se figuraba la tienda vacía, los anaqueles desiertos, mostrando
+su fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus
+muertos.... Y veía el hogar frío, sin una chispa entre la ceniza....
+¡Quién pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de té por que
+suspiraba en su extravío; o caldo caliente... algo de lo que sirve a los
+enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos!
+
+Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta de la
+tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El Magistral oyó
+retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abrían. Al Provisor
+le consumía la impaciencia. «¿Se habrá dormido esa beatuela?», pensó.
+
+A sus oídos llegaban confusas y con resonancia metálica las palabras del
+sereno y de Barinaga; parecía que hablaban un idioma extraño.
+
+Repitió Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abrió un balcón y
+una voz agria dijo desde arriba.
+
+--¡Ahí va la llave! El balcón se cerró con estrépito. Entró don Santos
+en la tienda, que era como el Magistral se la había representado, y
+dejándose alumbrar por el sereno atravesó el triste almacén donde
+retumbaban los pasos como bajo una bóveda, y subió la escalera
+lentamente, respirando con fatiga. El sereno salió, después de entregar
+la llave al amo de la casa. Cerró de un golpe y se fue calle arriba.
+Obscuridad y silencio. El Magistral abrió entonces su balcón de par en
+par y tendió el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa de Barinaga,
+pretendiendo oír algo.
+
+Al principio parecía aprensión lo que oía, como si sonara dentro del
+cerebro... pero después, cuando se vio luz detrás de los cristales, el
+Magistral pudo asegurar que allí dentro reñían, arrojaban algo sobre el
+piso de madera....
+
+Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con
+don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El
+bando del Arcediano y del beneficiado había querido sacar gran partido
+de la situación del infeliz don Santos para combatir al Magistral; para
+ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su
+padre. Bebía el señor Barinaga y en esto ya no se podía culpar de su
+miseria al Provisor. «Es claro, dirían los partidarios de don Fermín,
+todo lo gasta en aguardiente, está siempre borracho y espanta la
+parroquia ¿cómo se quiere que el clero consuma los géneros de un
+perdido... que además es un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar
+de las amonestaciones y malos tratos de su hija, Barinaga no había
+querido pasarse al partido contrario; se había hecho libre-pensador y
+renegaba de todo el culto y de todo el clero.--Nada, nada; repetía,
+todos son iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarán; el mal está en la
+raíz; ¡fuego en la raíz! ¡abajo la clerigalla!». Y cuanto más borracho,
+más de raíz quería cortar. En vano su hija le daba tormento doméstico
+para convertirle. Sólo conseguía hacerle llorar desesperado, como el
+infeliz rey Lear, o que montase en cólera y le arrojase a la cabeza
+algún trasto. Ella pasaba plaza de mártir, pero el mártir era él.
+
+Como don Santos había sospechado, Celestina no quiso darle té, ni tila,
+ni nada; no había nada. No había fuego, ni eran aquellas horas.... Hubo
+gritos, llantos y trastos por el aire. El Magistral, gracias al silencio
+de la noche, oía vagos rumores de la reyerta, que se alargaba, como si
+no hubiera sueño en el mundo. A él se le cerraban los ojos, pero no
+sabía qué fuerza le clavaba al balcón....
+
+Aborrecía en aquel momento a Celestina. Recordó que era la joven que
+había visto días antes a los pies de don Custodio junto a un
+confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la había reconocido. Tenía
+facha de sabandija de sacristía... de cualquier cosa.
+
+Los rumores continuaban. De vez en cuando se oía el ruido de un golpe
+seco. Detrás de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo
+obscuro.
+
+El sereno cantó las doce a lo lejos.
+
+Poco después cesó el ruido apagado y confuso de voces.
+
+El Magistral esperó. No volvió el rumor. «Ya no reñían».
+
+La claridad de la vidriera desapareció de repente.
+
+El Magistral siguió espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz.
+
+El sereno volvió a cantar las doce... más lejos.
+
+De Pas respiró con fuerza y dijo entre dientes:
+
+--¡Ya estará durmiéndola!
+
+Y se oyó el ruido discreto de un balcón que se cierra con miedo de
+turbar el silencio de la noche.
+
+Pisando quedo, entró don Fermín en su alcoba.
+
+Detrás del tabique oyó el crujir de las hojas de maíz del jergón en que
+dormía Teresa, y después un suspiro estrepitoso.
+
+El Magistral encogió los hombros y se sentó en el lecho.
+
+«Las doce, había dicho el sereno, ¡ya era mañana! es decir, ya era hoy;
+dentro de ocho horas la Regenta estaría a sus pies confesando culpas que
+había olvidado el otro día».
+
+--¡Sus pecados!--dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en
+la llama del quinqué--¡si yo tuviese que confesarle los míos!... ¡Qué
+asco le darían!
+
+Y dentro del cerebro, como martillazos, oía aquellos gritos de don
+Santos:
+
+«¡Ladrón... ladrón... _rapavelas_!».
+
+FIN DE LA PRIMERA PARTE
+
+
+
+
+
+La Regenta
+
+por
+
+Leopoldo Alas «Clarín»
+
+Librería de Fernando Fé, Madrid
+
+1900.
+
+
+
+
+TOMO II
+
+
+
+
+--XVI--
+
+
+Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele
+lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa
+y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del
+viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo
+que se llama el _veranillo de San Martín_. Los vetustenses no se fían de
+aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar
+de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta
+fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo
+del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos
+protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve
+usted qué tiempo!». Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a
+las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el
+cielo o el suelo, todo no puede ser».
+
+Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las
+campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía
+una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores,
+y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de _otro_ invierno
+húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos
+bronces.
+
+Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.
+
+Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de
+estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor,
+que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la
+taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo
+impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con
+pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos
+objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran
+símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro
+abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el
+marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una
+mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había
+servido para uno y que ya no podía servir para otro.
+
+Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las
+campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en
+toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos
+martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune,
+irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad
+irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de
+molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran _fúnebres
+lamentos_, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versos
+del _Lábaro_ del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazo
+de su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino
+de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; _¡tan, tan, tan!_
+¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos?
+tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel _otro_ invierno.
+
+La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró _El
+Lábaro_. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que
+hacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los
+acendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran los
+placeres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». En
+opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como había
+dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo no
+había que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas
+_decididamente_. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, el
+redactor, que había comenzado lamentando lo _solos que se quedaban_ los
+muertos, concluía por envidiar su buena suerte. _Ellos_ ya sabían lo que
+había _más allá_, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: _to be
+or not to be_. ¿Qué era el más allá? Misterio. De todos modos el
+articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y
+firmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas en
+lugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad,
+aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, más
+mecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué
+triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original
+sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad
+convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por
+las inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo del
+mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas
+con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!».
+Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía de
+tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglones
+desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía
+leer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí
+los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros
+versos, sin saber lo que querían decir.... Y de repente recordó que ella
+también había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también.
+«¿Si habría sido ella una _Trifona_? Probablemente; ¡y qué desconsolador
+era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con
+qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas,
+místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray
+Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos
+fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los sentimientos
+que los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? No
+mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a
+sentir una reacción de religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería ella
+más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni
+prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de la
+poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!».
+
+Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la
+exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de
+todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a Frígilis, y
+concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan
+indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.
+
+Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la
+Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá del
+Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de
+cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran
+la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres;
+de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban
+también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros
+adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de
+cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de
+siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era
+el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus
+muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las _personas
+decentes_ no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no
+tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando,
+luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año.
+Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes
+eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre,
+el gesto algo más compuesto.... Se paseaba en el Espolón como se está en
+una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún
+pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegría
+contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era en
+la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofo
+vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus
+conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene
+con los otros; cualquiera menos él.
+
+Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses;
+aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que
+se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el
+rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza
+ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta
+de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a
+la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada
+de hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que
+sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido no
+había que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablaba
+de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de
+los nervios o lo que fuera.
+
+Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre
+Quintanar y Visitación, había empezado a caer en desuso a los pocos
+días, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se
+había dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la
+tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se
+declaró cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D.
+Víctor y la del Banco.
+
+Visita encogía los hombros. «No se explicaba aquello. ¡Qué mujer era
+Ana! Ella estaba segura de que Álvaro le parecía retebién, Álvaro seguía
+su persecución con gran maña, lo había notado, ella le ayudaba, Paquito
+le ayudaba, el bendito D. Víctor ayudaba también sin querer... y nada.
+Mesía preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no
+adelantaba un paso. ¿Andaría el Magistral en el ajo?». Visita se impuso
+la obligación de espiar la capilla del Magistral; se enteró bien de las
+tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por allí,
+mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la _otra_.
+Después averiguó que la habían visto confesando por la mañana a las
+siete. «¡Hola! allí había gato». No presumía la del Banco las
+atrocidades que se le habían pasado por la imaginación a Mesía; no
+pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura
+como la escandalosa Obdulia o la de Páez, tonta y maniática que
+despreciaba las buenas proporciones y cuando chica comía tierra; Ana era
+también romántica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita
+romanticismo), pero de otro modo; no, no había que temer, sobre todo tan
+pronto, una pasión sacrílega; pero lo que ella temía era que el
+Provisor, por hacer guerra al otro--las razones de pura moralidad no se
+le ocurrían a la del Banco--empleara su grandísimo talento en convertir
+a la Regenta y hacerla beata. ¡Qué horror! Era preciso evitarlo. Ella,
+Visita, no quería renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella
+había caído; por lo menos verla padecer con la tentación. Nunca se le
+había ocurrido que aquel espectáculo era fuente de placeres secretos
+intensos, vivos como pasión fuerte; pero ya que lo había descubierto,
+quería gozar aquellos extraños sabores picantes de la nueva golosina.
+Cuando observaba a Mesía en acecho, cazando, o preparando las redes por
+lo menos, en el coto de Quintanar, Visitación sentía la garganta
+apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas,
+asperezas en los labios. «Él dirá lo que quiera, pero está _chiflado_»,
+pensaba con un secreto dolor que tenía en el fondo una voluptuosidad
+como la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que sentía
+en el orgullo, y en algo más guardado, más de las entrañas, los
+necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al
+gozarlo; era el único placer intenso que Visitación se permitía en
+aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce
+no la empalagaba, pero ya le sabía poco a dulce; aquella nueva
+pasioncilla era cosa más vehemente. Quería ver a la Regenta, a la
+impecable, en brazos de D. Álvaro; y también le gustaba ver a D. Álvaro
+humillado ahora, por más que deseara su victoria, no por él, sino por la
+caída de la otra. Inventó muchos medios para hacerles verse y hablarse
+sin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la
+mala intención de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la
+primer ocasión oportuna D. Álvaro se había hecho ofrecer por el mismo
+Quintanar el caserón de los Ozores, y ya había aventurado algunas
+visitas, comprendió que por entonces no debía ser aquel el teatro de sus
+tentativas, y donde se insinuaba era en el Espolón, con miradas y otros
+artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las
+excursiones al Vivero con más audacia, aunque no mucha, pero con escasa
+fortuna. Ana ponía todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D.
+Álvaro que no le temía. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes;
+sin jactancia le daba a entender que le tenía por inofensivo.
+
+Las excursiones al Vivero se habían repetido con frecuencia durante todo
+Octubre. Ana veía a Edelmira y a Obdulia, que se había declarado maestra
+de la niña colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de robles
+seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaquín Orgaz y otros
+_íntimos_; veíalas arrojarse intrépidas al pozo que estaba cegado y
+embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de bucólica
+picante llenas de alegría, misteriosos gritos, sorpresas, sustos,
+saltos, roces y contactos, no había encontrado más que una tentación
+grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de
+lejos, vista a sangre fría. D. Álvaro había notado que por este camino
+poco se podría adelantar, por ahora, con la Regenta.--Nada más ridículo
+en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romántico todo lo que no
+fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel
+dogma anti-romántico. Mirar a la luna medio minuto seguido era
+romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... ídem;
+respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la
+brisa... ídem; decir algo de las estrellas... ídem; encontrar expresión
+amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla... ídem; tener
+lástima de los niños pobres... ídem; comer poco... ¡oh! esto era el
+colmo del romanticismo.
+
+--La de Páez no come garbanzos--decía Visita--porque eso no es
+romántico.
+
+La repugnancia que por los juegos locos del Vivero sentía Anita, era
+romanticismo refinado en opinión de la del Banco. Se lo decía ella a don
+Álvaro:
+
+--Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, la
+platónica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que
+luego se van _dando pisto_ al Casino con sus demasías, no tiene nada de
+particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivo
+para desconfiar, porque ni Paco ni Joaquín se van a atrever a tocarle el
+pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a mí no me la da; por
+aquello de «_pulvisés_».
+
+En eso confiaba Mesía, en el _pulvisés_ de Visita; pero se impacientaba
+ante aquel _romanticismo_ de la Regenta. Él creía firmemente que «no
+había más amor que uno, el material, el de los sentidos; que a él había
+de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero temía que iba a ser
+tarde; la Regenta tenía la cabeza a pájaros, y no había que aventurar ni
+un mal pisotón, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo».
+
+«Además pensaba don Álvaro, el día que yo me atreva, por tener ya
+preparado el terreno, a intentar un ataque franco, _personal_ (era la
+palabra técnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo,
+aunque parece que es el lugar más a propósito. He notado que esta mujer
+enfrente de la naturaleza, de la bóveda estrellada, de los montes
+lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchón, calla, y
+se _sublimiza_, allá a sus solas. Está hermosísima así, pero no hay que
+tocar en ella». Más de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas
+con Ana, don Álvaro se había sentido en ridículo; se le había figurado
+que aquella señora, a quien estaba seguro de gustar en el salón del
+Marqués, allí le despreciaba. Veíala mirarle de hito en hito, levantar
+después los ojos a las copas de los añosos robles, y se había dicho:
+«Esta mujer me está midiendo; me está comparando con los árboles y me
+encuentra pequeño; ¡ya lo creo!».
+
+Lo que no sabía don Álvaro, aunque por ciertos síntomas favorables lo
+presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soñaba casi todas las
+noches con él. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de sus
+ensueños. ¿De qué le servía resistir en vela, luchar con valor y fuerza
+todo el día, llegar a creerse superior a la obsesión pecaminosa, casi a
+despreciar la tentación, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada
+del espíritu, se rendía a discreción, y era masa inerte en poder del
+enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas
+pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conocía, y
+pensaba desalentada y agriado el ánimo en la inutilidad de sus
+esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de sí misma.
+Parecíale entonces la humanidad compuesto casual que servía de juguete a
+una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volvía la fe, que
+se afanaba en conservar y hasta fortificar--con el terror de quedarse a
+obscuras y abandonada si la perdía--volvía a desmoronar aquella
+torrecilla del orgulloso racionalismo, retoño impuro que renacía mil
+veces en aquel espíritu educado lejos de una saludable disciplina
+religiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto
+desaparecía el disgusto de sí misma, ni el valor para seguir la lucha se
+recobraba.... Contribuían estos desfallecimientos nocturnos a contener
+los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con
+gran prudencia, temeroso de perder en un día todo el terreno adelantado,
+si daba un mal paso.
+
+Ni en la mañana en que la Regenta reconcilió con don Fermín, antes de
+comulgar, ni ocho días más tarde, cuando volvió al confesonario, ni en
+las demás conferencias matutinas en que declaró al padre espiritual
+dudas, temores, escrúpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al
+determinarse a rectificar su confesión general se había propuesto decir:
+no habló de la gran tentación que la empujaba al adulterio--así se
+llamaba--mucho tiempo hacía.
+
+Buscó subterfugios para no confesar aquello, se engañó a sí misma, y el
+Magistral sólo supo que Ana vivía de hecho separada de su marido, _quo
+ad thorum_, por lo que toca al tálamo, no por reyerta, ni causa alguna
+vergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella.
+Sí, esto lo confesó Ana, ella no amaba a su don Víctor como una mujer
+debe amar al hombre que escogió, o le escogieron, por compañero; otra
+cosa había: ella sentía, más y más cada vez, gritos formidables de la
+naturaleza, que la arrastraban a no sabía qué abismos obscuros, donde no
+quería caer; sentía tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objeto
+conocido; ansiedades inefables; sequedades del ánimo repentinas, agrias
+y espinosas, y todo ello la volvía loca, tenía miedo no sabía a qué, y
+buscaba el amparo de la religión para luchar con los peligros de aquel
+estado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el
+particular; nada de acusaciones concretas. Él tampoco se atrevía a
+preguntar a la Regenta lo que tratándose de otra hubiera sido
+necesariamente parte de su hábil interrogatorio. Aunque la curiosidad le
+quemaba las entrañas, aguantaba la comezón y se contentaba con sus
+conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza más
+de lo que ella espontáneamente quería decir; lo principal, lo primero
+era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgares
+de la humanidad.
+
+«En estas primeras conferencias, se decía el Magistral no se trata aún
+de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por
+la grandeza de alma; debo hacerla mía por obra del espíritu y después...
+ella hablará... y sabré lo del Vivero, que me parece que no fue nada
+entre dos platos».
+
+De lo que había pasado en la excursión del día de San Francisco de Asís
+y en otras sucesivas procuró De Pas enterarse en las conversaciones que
+tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajón sagrado no
+había modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer como
+Anita.
+
+La Regenta agradecía al Magistral su prudencia, su discreción. Veía con
+placer que más se aplicaba el bendito varón a prepararle una vida
+virtuosa mediante la consabida _higiene espiritual_, que a escudriñar lo
+pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como él
+las había llamado hablando de estas cosas.
+
+«Lo principal era no violentar el espíritu indisciplinado de la Regenta;
+había que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo
+notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese
+camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchas
+curvas, andar mucho y subir poco... pero no había remedio; después, más
+arriba, sería otra cosa; ya se le haría subir por la línea de máxima
+pendiente». Así, con estas metáforas geométricas pensaba el Magistral en
+tal asunto, para él muy importante, porque la idea de que se le escapase
+aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.
+
+Una mañana ella le habló por fin de sus ensueños; cada palabra iba
+cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; la
+interrumpió, le ahorró la molestia de rebuscar las pocas frases cultas
+con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; y
+aquel día pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicada
+en la forma como todas las anteriores. Pero él entró en el coro menos
+tranquilo que solía. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando
+los relieves lúbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras los
+colegiales ponían el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las
+revelaciones de la Regenta.
+
+«¡Soñaba! la fortaleza de la vigilia desvanecíase por la noche, y sin
+que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensaciones
+importunas, que a tener responsabilidad de ellas serían pecado
+cierto.... «En plata, que doña Ana soñaba con un hombre...». Don Fermín
+se revolvía en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno
+de brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo índice de la mano derecha
+frotaba dos prominencias pequeñas y redondas del artístico bajo-relieve,
+que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bíblico, él, sin pensar
+en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignorancia
+el secreto que tanto le importaba: ¿con quién soñaba la Regenta? ¿Era
+una persona determinada...? Y poniéndose colorado como una amapola en la
+penumbra de su asiento, que estaba en un rincón del coro alto, pensaba:
+¿seré yo?
+
+Entonces le zumbaban los oídos, y ya no oía las voces graves del
+sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que allá
+abajo gruñía recitando de mala gana los latines de _Prima_.
+
+«No, no caería en la tentación de convertir aquella dulcísima amistad
+naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometía, en
+vulgar escándalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le habían
+acusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de los
+ensueños que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no podía negarlo,
+¿cómo engañarse a sí mismo? ¡Si apenas podía mantenerse sentado sobre la
+tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tenía que ver
+con su propósito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de
+los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazón, de su
+voluntad que se destruía ocupándose con asunto tan miserable como era
+aquella lucha con los vetustenses indómitos. Sí, lo que él quería era
+una afición poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambición,
+que le parecía ahora ridícula, de verse amo indiscutible de la diócesis.
+Ya lo era, aunque discutido, y aquello debía bastarle.
+
+»¿A qué aspirar a un dominio absoluto imposible? Además, quería que su
+interés por doña Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado de
+aquellos otros anhelos de volar más alto, de ser obispo, jefe de la
+iglesia española, vicario de Cristo tal vez. Esta ambición de algunos
+momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volvía,
+quería vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la
+vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.... Y sólo por
+medio de una pasión noble, ideal, que un alma grande sabría comprender,
+y que sólo un vetustense miserable, ruin y malicioso podía considerar
+pecaminosa, sólo por medio de esa pasión cabía lograr tan alto y tan
+loable intento.--Sí, sí--concluía el Magistral: yo la salvo a ella y
+ella, sin saberlo por ahora, me salva a mí».
+
+Y cantaban los del coro bajo: _Deus, in ajutorium meum intende_.
+
+La tarde de _Todos los Santos_ Ana creyó perder el terreno adelantado en
+su curación moral; la aridez del alma de que ella se había quejado a D.
+Fermín, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le había demostrado
+ser debilidad común, y hasta de los santos, y general duelo de los
+místicos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolvía el
+espíritu como una cerrazón en el océano; no le dejaba ver ni un rayo de
+luz del cielo.
+
+«¡Y las campanas toca que tocarás!». Ya pensaba que las tenía dentro del
+cerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgia
+que quería enseñorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos mal
+avenidos.
+
+Sin que ella los provocase, acudían a su memoria recuerdos de la niñez,
+fragmentos de las conversaciones de su padre, el filósofo, sentencias de
+escéptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las
+había oído no tenían sentido claro para ella, mas que ahora le parecían
+materia digna de atención.
+
+«De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vez
+el mundo entero no fuese tan insoportable como decían los filósofos y
+los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razón se podía
+asegurar que era el peor de los poblachones posibles». Un mes antes
+había pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hastío, llevándola
+consigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz.
+«Y capaz de hacerlo como lo decía debía de ser, porque tenía mucho
+talento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caía de
+lo alto a lo mejor, la que volvía a aquel enojo, a la aridez que le
+secaba el alma en aquel instante».
+
+Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni
+chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos debían de estar ya en el
+cementerio o en el Espolón....
+
+Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza
+de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don Álvaro Mesía,
+jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y
+ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el
+animal de pura raza española, y hacíale el jinete piafar, caracolear,
+revolverse, con gran maestría de la mano y la espuela; como si el
+caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitado
+por las ocultas maniobras del dueño. Saludó Mesía de lejos y no vaciló
+en acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcón de la
+Regenta.
+
+El estrépito de los cascos del animal sobre las piedras, sus graciosos
+movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de repente
+de vida y alegría, y la Regenta sintió un soplo de frescura en el alma.
+¡Qué a tiempo aparecía el galán! Algo sospechó él de tal oportunidad al
+ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente
+sonrisa.
+
+No le negó la delicia de anegarse en su mirada, y no trató de ocultar el
+efecto que en ella producía la de don Álvaro. Hablaron del caballo, del
+cementerio, de la tristeza del día, de la necedad de aburrirse todos de
+común acuerdo, de lo inhabitable que era Vetusta. Ana estaba locuaz,
+hasta se atrevió a decir lisonjas, que si directamente iban con el
+caballo también comprendían al jinete.
+
+Don Álvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que
+aquella fortaleza tenía muchos órdenes de murallas, y que al día
+siguiente podría encontrarse con que era lo más inexpugnable lo que
+ahora se le antojaba brecha, hubiese creído llegada la ocasión de dar el
+ataque _personal_, como llamaba al más brutal y ejecutivo. Pero ni
+siquiera se atrevió a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo
+caso muy difícil, pues no había de dejar el caballo en la plaza. Lo que
+hacía era aproximarse lo más que podía al balcón, ponerse en pie sobre
+los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella tuviese que
+inclinarse sobre la barandilla si quería oírle, que sí quería aquella
+tarde.
+
+¡Cosa más rara! En todo estaban de acuerdo: después de tantas
+conversaciones se encontraba ahora con que tenían una porción de gustos
+idénticos. En un incidente del diálogo se acordaron del día en que Mesía
+dejó a Vetusta y encontró en la carretera de Castilla a Anita que volvía
+de paseo con sus tías. Se discutió la probabilidad de que fuese el mismo
+coche y el mismo asiento el que poco después ocupaba ella cuando salió
+para Granada con su esposo....
+
+Ana se sentía caer en un pozo, según ahondaba, ahondaba en los ojos de
+aquel hombre que tenía allí debajo; le parecía que toda la sangre se le
+subía a la cabeza, que las ideas se mezclaban y confundían, que las
+nociones morales se deslucían, que los resortes de la voluntad se
+aflojaban; y viendo como veía un peligro, y desde luego una imprudencia
+en hablar así con don Álvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba,
+en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se
+arrepentía de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozándose en caer,
+como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias
+sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez
+vetustense que condenaba toda vida que no fuese la monótona, sosa y
+necia de los insípidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana sentía
+deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no
+como otras veces, no se resolvería en lágrimas de ternura abstracta,
+ideal, en propósitos de vida santa, en anhelos de abnegación y
+sacrificios; no era la fortaleza, más o menos fantástica, de otras veces
+quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fríos,
+desabridos, infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al
+dilacerar la voluntad, al vencerla, causaba en las entrañas placer, como
+un soplo fresco que recorriese las venas y la médula de los huesos.
+
+«Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a
+mis pies, en este instante me vencía, me vencía». Pensaba esto y casi lo
+decía con los ojos. Se le secaba la boca y pasaba la lengua por los
+labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la
+señora del balcón, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras
+las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla
+en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta.
+
+Callaron, después de haber dicho tantas cosas. No se había hablado
+palabra de amor, es claro; ni don Álvaro se había permitido galantería
+alguna directa y sobrado significativa; mas no por eso dejaban de estar
+los dos convencidos de que por señas invisibles, por efluvios, por
+adivinación o como fuera, uno a otro se lo estaban diciendo todo; ella
+conocía que a don Álvaro le estaba quemando vivo la pasión allá abajo;
+que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el
+agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el
+agradecimiento y con el señuelo de la ocasión le derretían; y Mesía
+comprendía y sentía lo que estaba pasando por Ana, aquel abandono,
+aquella flojedad del ánimo. «¡Lástima, pensaba el caballero, que me coja
+tan lejos, y a caballo, y sin poder apearme decorosamente, este _momento
+crítico_!...». Al cual momento groseramente llamaba él para sus adentros
+el _cuarto de hora_.
+
+No había tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de la
+hora a que aludía el materialista elegante.
+
+Todo Vetusta se aburría aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por lo
+menos; parecía que el mundo se iba a acabar aquel día, no por agua ni
+fuego sino por hastío, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando
+Mesía apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, venía a
+interrumpir tanta tristeza fría y cenicienta con una nota de color vivo,
+de gracia y fuerza. Era una especie de resurrección del ánimo, de la
+imaginación y del sentimiento la aparición de aquella arrogante figura
+de caballo y caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la
+plaza de repente. Era un rayo de sol en una cerrazón de la niebla, era
+la viva reivindicación de sus derechos, una protesta alegre y
+estrepitosa contra la apatía convencional, contra el silencio de muerte
+de las calles y contra el ruido necio de los campanarios....
+
+Ello era, que sin saber por qué, Ana, nerviosa, vio aparecer a don
+Álvaro como un náufrago puede ver el buque salvador que viene a sacarle
+de un peñón aislado en el océano. Ideas y sentimientos que ella tenía
+aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras; y fue un
+motín general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo
+visto, lo que la Regenta sintió con deleite dentro de sí.
+
+Don Álvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel día la
+fiesta de Todos los Santos; había salido a paseo porque le gustaba el
+campo de Vetusta en Otoño y porque sentía opresiones, ansiedades que se
+le quitaban a caballo, corriendo mucho, bañándose en el aire que le iba
+cortando el aliento en la carrera...
+
+«¡Perfectamente! Mesía con aquella despreocupación, pensando en su
+placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la
+vida que se complace en sí misma; los otros, los que tocaban las
+campanas y _conmemoraban_ maquinalmente a los muertos que tenían
+olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que había
+aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de
+preocupaciones absurdas; la Vetusta que la había hecho infeliz.... ¡Oh,
+pero estaba aún a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; que lo supieran
+sus tías difuntas; que lo supiera su marido; que lo supiera la hipócrita
+aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos... toda la
+clase... se sublevaba...». Así era el cuarto de hora de Anita, y no como
+se lo figuraba don Álvaro, que mientras hablaba sin propasarse, estaba
+pensando en dónde podría dejar un momento el caballo. No había modo; sin
+violencia, que podía echarlo todo a perder, no se podía buscar pretexto
+para subir a casa de la Regenta en aquel momento.
+
+Gran satisfacción fue para don Víctor Quintanar, que volvía del Casino,
+encontrar a su mujer conversando alegremente con el simpático y
+caballeroso don Álvaro, a quien él iba cobrando una afición que, según
+frase suya, «no solía prodigar».
+
+--Estoy por decir--aseguraba--que después de Frígilis, Ripamilán y
+Vegallana, ya es don Álvaro el vecino a quien más aprecio.
+
+No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que solía
+saludarle, los aplicó a las ancas del caballo, que se dignó a mirar
+volviendo un poco la cabeza al humilde infante.
+
+ --Hola, hola, hipógrifo violento
+ que corriste parejas con el viento--
+
+dijo don Víctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos
+del Príncipe _de nuestros ingenios_ o de algún otro de los _astros de
+primera magnitud_.
+
+--A propósito de teatro, don Álvaro ¿con que esta noche el buen Perales
+nos da por fin _Don Juan Tenorio_?... Algunos beatos habían intrigado
+para que hoy no hubiera función.... ¡Mayor absurdo!... El teatro es
+moral, cuando lo es, por supuesto; además la tradición... la
+costumbre.... Don Víctor habló largo y tendido de la moralidad en el
+arte, separándose a veces del hipógrifo violento que se impacientaba con
+aquella disertación académica.
+
+Don Álvaro aprovechó la primera ocasión que tuvo para suplicar a
+Quintanar que obligase a su esposa a ver el _Don Juan_.
+
+--Calle usted, hombre... vergüenza da decirlo... pero es la verdad.... Mi
+mujercita, por una de esas rarísimas casualidades que hay en la vida...
+¡nunca ha visto ni leído el _Tenorio_! Sabe versos sueltos de él, como
+todos los españoles, pero no conoce el drama... o la comedia, lo que
+sea; porque, con perdón de Zorrilla, yo no sé si.... ¡Demonio de animal,
+me ha metido la cola por los ojos!...
+
+--Sepárese usted un poco, porque este no sabe estarse quieto.... Pero
+dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, ¡eso es imperdonable!
+
+Aunque a don Álvaro el drama de Zorrilla le parecía inmoral, falso,
+absurdo, muy malo, y siempre decía que era mucho mejor el Don Juan de
+Molière (que no había leído), le convenía ahora alabar el poema popular
+y lo hizo con frases de gacetillero agradecido.
+
+Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Mejía codo
+con codo, y le parecía indigna de un caballero la aventura de don Juan
+con doña Inés de Pantoja. «Así cualquiera es conquistador». Pero fuera
+de esto juzgaba _hermosa creación_ la de Zorrilla... aunque las había
+mejores en nuestro teatro moderno. A don Álvaro se le antojaba muy
+verosímil y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis
+y meterse en casa de su novia en calidad de prometido....
+
+Aventuras así las había él llevado a feliz término, y no por eso se
+creía deshonrado; pues el amor no se anda con libros de caballerías, y
+unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria; cuando
+se trataba de estas, lo mismo él que don Juan, sabían proceder con todos
+los requisitos del punto de honor.--Pero esta opinión también se la
+calló el jefe del partido liberal dinástico de Vetusta, y unió sus
+ruegos a los de don Víctor para obligar a doña Ana a ir al teatro
+aquella noche.
+
+--Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las andadas,
+a las encerronas... y... pero... ¡lo que es hoy no tienes escape!...
+
+En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesía,
+prometió solemnemente ir al teatro.
+
+Y fue. Entró a las ocho y cuarto (la función comenzaba a las ocho) en el
+palco de los Vegallana en compañía de la Marquesa, Edelmira, Paco y
+Quintanar.
+
+El teatro de Vetusta, o sea _nuestro Coliseo de la plaza del Pan_, según
+le llamaba en elegante perífrasis el gacetillero y crítico de _El
+Lábaro_, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba
+entrada gratis a todos los vientos de la rosa náutica. Si soplaba el
+Norte y nevaba, solían deslizarse algunos copos por la claraboya de la
+lucerna. Al levantarse el telón pensaban los espectadores sensatos en la
+pulmonía, y algunos de las butacas se embozaban prescindiendo de la
+buena crianza. Era un axioma vetustense que al teatro había que ir
+abrigado. Las más distinguidas señoritas, que en el Espolón y el Paseo
+Grande lucían todo el año vestidos de colores alegres, blancos, rojos,
+azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan más que gris y negro
+y matices infinitos del castaño, a no ser en los días de gran etiqueta.
+Los cómicos temblaban de frío en el escenario, dentro de la cota de
+malla, y las bailarinas aparecían azules y moradas dando diente con
+diente debajo de los polvos de arroz.
+
+Las decoraciones se habían ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde
+predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. Como en
+la comedia que representan en el bosque los personajes del _Sueño de una
+noche de verano_, la fantasía tenía que suplir en el teatro de Vetusta
+las deficiencias del lienzo y del cartón. No había ya más bambalinas que
+las del _salón regio_, que figuraban en sabia perspectiva artesonado de
+oro y plata, y las de cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte
+de nuestros dramas modernos se exige _sala decentemente amueblada_, sin
+artesones ni cosa parecida, los directores de escena solían decidirse en
+tales casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se
+hacían los remolones o precipitaban su caída, y en una ocasión, el buen
+Diego Marsilla, atado a un árbol codo con codo se encontró de repente en
+el camarín de doña Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo
+inverosímil a todas luces. La decoración de bosque se había desplomado.
+
+Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal
+anacronismos, y pasaban por todo, en particular las _personas decentes_
+de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la función,
+sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las señoras no
+quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de señoras, ni
+butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis y alguna dama de
+aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la
+sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten por palcos y plateas
+donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan, interrumpen la
+representación, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitación de
+lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros de Madrid. Las mamás
+desengañadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son o se tienen
+por dignas de lucirse, comparten con las jóvenes la seria ocupación de
+ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la
+lengua cortan los de las demás. En opinión de la dama vetustense, en
+general, el arte dramático es un pretexto para pasar tres horas cada dos
+noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas.
+No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; únicamente
+cuando los cómicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una
+de esas anagnórisis en que todos resultan padres e hijos de todos y
+enamorados de sus parientes más cercanos, con los consiguientes
+alaridos, sólo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para
+ver si ha ocurrido allá dentro alguna catástrofe de verdad. No es mucho
+más atento ni impresionable el resto del público ilustrado de la culta
+capital. En lo que están casi todos de acuerdo es en que la zarzuela es
+superior al _verso_, y la estadística demuestra que todas las compañías
+de _verso_ truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio
+suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno
+con ropa de verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y
+se dedican a coristas endémicos para todas las óperas y zarzuelas que
+haya que cantar, y otros consiguen un beneficio en que ellos pasan a
+primeros papeles y, ayudados por varios jóvenes aficionados de la
+población representan alguna obra de empeño, ganan diez o doce duros y
+se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de _verso_
+también paran a veces en la cárcel, según el gobierno que rige los
+destinos de la Nación. Suele tener la culpa el empresario que no paga y
+además insulta el hambre de los actores. Al considerar esta mala suerte
+de las compañías dramáticas en Vetusta, podría creerse que el vecindario
+no amaba la escena, y así es en general: pero no faltan clases enteras,
+la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan
+en teatros caseros _el difícil arte de Talía_, y con _grandes
+resultados_ según _El Lábaro_ y otros periódicos _locales_.
+
+Cuando Ana Ozores se sentó en el palco de Vegallana, en el sitio de
+preferencia, que la Marquesa no quería ocupar nunca, en las plateas y
+principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba
+y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la
+curiosidad general. Pero además hacía algunas semanas que se hablaba
+mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto
+coincidía con el afán del señor Quintanar, de llevar a su mujer a todas
+partes. Se discutía si el Magistral haría de su partido a la de Ozores,
+si llegaría a dominar a don Víctor por medio de su esposa, como había
+hecho en casa de Carraspique. Algunos más audaces, más maliciosos, y que
+se creían más enterados, decían al oído de sus _íntimos_ que no faltaba
+quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. Visitación y
+Paco Vegallana, que eran los que podían hablar con fundamento, guardaban
+prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas
+que no había.
+
+--«¡La Regenta, bah! la Regenta será como todas....
+
+Las demás somos tan buenas como ella... pero su temperamento frío, su
+poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos expansiva
+y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como ella son
+muchas...».
+
+Las reticencias de la Fandiño eran todavía recibidas con desconfianza,
+en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corría
+de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes.
+Obdulia meditaba poco lo que decía, hablaba siempre aturdida, por
+máquina, pensando en otra cosa; iba sacándole filo a la calumnia sin
+sospecharlo. Además el mayor crimen que podía haber en la Regenta, y no
+creía ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. «En Madrid y en
+el extranjero, esto es el pan nuestro de cada día; pero en Vetusta
+fingen que se escandalizan de ciertas libertades de la moda, las mismas
+que se las toman de tapadillo, entre sustos y miedos, sin gracia, del
+modo cursi como aquí se hace todo. ¡Pero qué se puede esperar de unas
+mujeres que no se bañan, ni usan las esponjas más que para lavar a los
+_bebés_!». Obdulia, cuando hablaba con algún forastero, desahogaba su
+desprecio describiendo la hipocresía anticuada y la suciedad de las
+mujeres de Vetusta.
+
+--«Créame usted, repetía, no sabe su cuerpo lo que es una esponja, se
+lavan como gatas y se la pegan al marido como en tiempo del rey que
+rabió. ¡Cuánta porquería y cuánta ignorancia!».
+
+Ana, acostumbrada muchos años hacía, a la mirada curiosa, insistente y
+fría del público, no reparaba casi nunca en el efecto que producía su
+entrada en la iglesia, en el paseo, en el teatro. Pero la noche de aquel
+día de Todos los Santos, recibió como agradable incienso el tributo
+espontáneo de admiración; y no vio en él como otras veces, curiosidad
+estúpida, ni envidia ni malicia. Desde la aparición de don Álvaro en la
+plaza, el humor de Ana había cambiado, pasando de la aridez y el hastío
+negro y frío, a una región de luz y calor que bañaban y penetraban todas
+las cosas: aquellas bruscas transformaciones del ánimo, las atribuía
+supersticiosamente a una voluntad superior, que regía la marcha de los
+sucesos preparándolos, como experto autor de comedias, según convenía al
+destino de los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los
+demás, la creía evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba
+segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba
+coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y
+consejos. Tal vez era esto lo más profundo en la fe religiosa de Ana;
+creía en una atención directa, ostensible y singular de Dios a los actos
+de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin esta creencia no
+hubiera sabido resistir las contrariedades de una existencia triste,
+sosa, descaminada, inútil. Aquellos ocho años vividos al lado de un
+hombre que ella creía vulgar, bueno de la manera más molesta del mundo,
+maniático, insustancial; aquellos ocho años de juventud sin amor, sin
+fuego de pasión alguna, sin más atractivo que tentaciones efímeras,
+rechazadas al aparecer, creía que no hubiera podido sufrirlos a no
+pensar que Dios se los había mandado para probar el temple de su alma y
+tener en qué fundar la predilección con que la miraba. Se creía en sus
+momentos de fe egoísta, admirada por el Ojo invisible de la Providencia.
+El que todo lo ve y la veía a ella, estaba satisfecho, y la vanidad de
+la Regenta necesitaba esta convicción para no dejarse llevar de otros
+instintos, de otras voces que arrancándola de sus abstracciones, le
+presentaban imágenes plásticas de objetos del mundo, amables, llenas de
+vida y de calor.
+
+Cuando descubrió en el confesonario del Magistral un _alma hermana_, un
+espíritu _supra-vetustense_ capaz de llevarla por un camino de flores y
+de estrellas a la región luciente de la virtud, también creyó Ana que el
+hallazgo se lo debía a Dios, y como aviso celestial pensaba
+aprovecharlo.
+
+Ahora, al sentir revolución repentina en las entrañas en presencia de un
+gallardo jinete, que venía a turbar con las corvetas de su caballo, el
+silencio triste de un día de marasmo, la Regenta no vaciló en creer lo
+que le decían voces interiores de independencia, amor, alegría,
+voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes. Sus horas de
+rebelión nunca habían sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningún
+momento había dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida
+pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que
+Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de
+tutor muy respetable, a quien ella sólo debía la honra del cuerpo, no el
+fondo de su espíritu que era una especie de subsuelo, que él no
+sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Víctor llamaba los
+nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el
+fondo de su ser, lo más suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no
+tenía que darle cuenta. «Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré
+como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la
+tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no
+es capaz de comprenderlas». Estos pensamientos, que sentía Ana volar por
+su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen
+voces de otro que retumbaban allí, la llenaban de un terror que la
+encantaba. Si algo en ella temía el engaño, veía el sofisma debajo de
+aquella gárrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos
+derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engañándose a sí misma, la
+voluntad tomaba la resolución cobarde, egoísta, de «_dejarse ir_».
+
+Así llegó al teatro. Había cedido a los ruegos de D. Álvaro y de D.
+Víctor sin saber cómo; temiendo que aquello era una cita y una promesa;
+y sin embargo iba. Cuando se vio sola delante del espejo en su tocador,
+se le figuró que la Ana de enfrente le pedía cuentas; y formulando su
+pensamiento en períodos completos dentro del cerebro, se dijo:
+
+--«Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no
+dejar que ese hombre adquiera sobre mí derecho alguno; no sé lo que
+pasará allí, no sé hasta qué punto alcanza este aliento de libertad que
+ha venido de repente a inundar la sequedad de dentro; pero el ir yo al
+teatro es prueba de que allí no ha de haber pacto alguno que ofenda al
+decoro; no saldré de allí con menos honor que tengo».
+
+Y después de pensar y resolver esto, se vistió y se peinó lo mejor que
+supo, y no volvió a poner en tela de juicio puntos de honra, peligros,
+ni compromisos de los que D. Víctor tanto gustaba ver en versos de
+Calderón y de Moreto.
+
+El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en
+Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda
+aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente--izquierda del actor--,
+era la de Mesía y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un
+título y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos
+Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perdía función; a este le
+gustaba el verso, «el verso y tente tieso» como él decía, y se declaraba
+a sí mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, _inteligente de
+primera fuerza_, en achaques de comedias y dramas. «¡No veo la tostada!»
+decía D. Frutos, que había aprendido esta frase poco culta y poco
+inteligible en los artículos de fondo de un periódico serio. «No veo la
+tostada», decía, refiriéndose a cualquier comedia en que no había una
+lección moral, o por lo menos no la había al alcance de Redondo; y en no
+viendo él la tostada, condenaba al autor y hasta decía que defraudaba a
+los espectadores, haciéndoles perder un tiempo precioso. De todas partes
+quería sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que decía, por
+ejemplo:
+
+«Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde también se enamora, y
+se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amén de la
+gitana, se van al otro barrio, ¿y qué? ¿qué enseña eso? ¿qué vamos
+aprendiendo? ¿qué voy yo ganando con eso? Nada».
+
+A pesar de D. Frutos y sus altercados de crítica dramática, la bolsa de
+D. Álvaro, que así se llamaba en todas partes, era la más _distinguida_,
+la que más atraía las miradas de las mamás y de las niñas y también las
+de los pollos vetustenses que no podían aspirar a la honra de ser
+abonados en aquel rincón aristocrático, elegante, donde se reunían los
+_hombres de mundo_ (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por
+el jefe del partido liberal dinástico. La mayor parte de los allí
+congregados, habían vivido en Madrid algún tiempo y todavía imitaban
+costumbres, modales y gestos que habían observado allá. Así es que a
+semejanza de los socios de un club madrileño, hablaban a gritos en su
+palco, conversaban con los cómicos a veces, decían galanterías o
+desvergüenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes
+ideales románticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos
+de poesía. Todos eran escépticos en materia de moral doméstica, no
+creían en virtud de mujer nacida--salvo D. Frutos, que conservaba
+frescas sus creencias--, y despreciaban el amor consagrándose con toda
+el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoríos; creían que un
+hombre de mundo no puede vivir sin querida, y todos la tenían, más o
+menos barata; las cómicas eran la carnaza que preferían para tragar el
+anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres
+corrompidas de pueblos grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices
+inválidas, matronas del género serio demasiado sentimentales en su
+juventud pretérita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta
+aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los más de
+intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los
+humores herpéticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad
+física o moral que la hiciesen fácil, traída y llevada.
+
+El único conquistador serio del bando era D. Álvaro y todos le
+envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero nadie
+como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la
+bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el
+núcleo de la que se llamaba _la otra bolsa_ y había procurado rivalizar
+en elegancia, _sans façon_ y _mundo_ con los de Mesía. Pero a su palco
+concurrían _elementos heterogéneos_, muchos de los cuales lo echaban
+todo a perder; y no eran escépticos sino cínicos, ni seductores más o
+menos auténticos, sino compradores de carne humana. Los abonados de esta
+_otra bolsa_ eran Ronzal, Foja, Páez (que además tenía palco para su
+hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho
+dinero, por su arte para descubrir vírgenes en las aldeas y por sus
+buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no
+comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones
+de arqueólogo embustero; el juez de primera instancia, que se dividía a
+sí mismo en dos entidades, 1.º el juez, incorruptible, intratable,
+puerco-espín sin pizca de educación, y 2.º el hombre de sociedad,
+perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de todas las que lloraban
+desengaños de amores desgraciados; y tres o cuatro vejetes verdes del
+partido conservador, concejales, que todo lo convertían en política.
+Pero si estos eran los que pagaban el palco, a él concurrían cuantos
+socios del Casino tenían amistad con cualquiera de ellos. Ronzal había
+protestado varias veces.--¡Señores, parece esto la _cazuela_! había
+dicho a menudo, pero en balde. Allí iba Joaquinito Orgaz, y cuantos
+sietemesinos madrileños pasaban por Vetusta, y hasta los que habían
+nacido y crecido en el pueblo y no lucían más que un barniz de la corte.
+Y como la bolsa del _otro_ era respetada y sólo se atrevían a visitarla
+personas de posición, a Ronzal le llevaban los diablos. Desde su bolsa
+hasta se arrojaban perros-chicos a la escena, para exagerar la falta de
+compostura de los de enfrente. Algunos insolentes fumaban allí a vista
+del público y dejaban caer bolas de papel sobre alguna respetable calva
+de la orquesta. De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraíso
+o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban
+con aires de desafío. Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas
+de los palcos principales, y hacían señas ostentosas y nada pulcras a
+ciertas señoritas cursis que no se casaban nunca y vivían una juventud
+eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeñando las
+preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayoría pecaban
+por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se veían expuestas a
+la contemplación del público, tomaban gestos y posturas de estatuas
+egipcias de la primera época.
+
+Cuando había estreno de algún drama o comedia muy aplaudidos en Madrid,
+en el palco de Ronzal se discutía a grito pelado y solía predominar el
+criterio de un acendrado provincialismo, que parecía allí lo más natural
+tratándose de arte. No había salido de Vetusta ningún dramaturgo
+ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que
+Madrid se quisiera imponer en todo, no lo toleraban en la bolsa de
+Ronzal. Se llegó en alguna ocasión a declarar que se despreciaba la
+comedia porque los madrileños la habían aplaudido mucho, y «en Vetusta
+no se admitían imposiciones de nadie», no se seguía un juicio hecho. La
+ópera, la ópera era el delirio de aquellos escribanos y concejales:
+pagaban un dineral por oír un cuarteto que a ellos se les antojaba
+contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por
+el suelo con motivo de un desestero.
+
+--¡Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! ¡Qué voz de arcángel!--decía
+Foja, socarrón, escéptico en todo, pero creyente fanático en la música
+de los cuartetos de ópera de lance.
+
+--¡Oh, como el barítono Battistini, yo no he oído nada!--respondía el
+escribano, que estimaba la voz de barítono, por lo _varonil_, más que
+la del tenor y la del bajo.
+
+--Pues más varonil es la del bajo--decía Foja.
+
+--No lo crea usted. ¿Y usted qué dice, Ronzal?
+
+--Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a mí no me vengan
+ustedes con música... ¿saben ustedes lo que yo digo? «Que la música es
+el ruido que menos me incomoda.... ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Además, para tenor ahí
+tenemos a Castelar... ¡ja! ¡ja! ¡ja!».
+
+El escribano reía también el chiste y los concejales sonreían, no por la
+gracia, si no por la intención.
+
+Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces
+los abonados del último se atrevían a entablar conversación con los
+Vegallana o quien allí estuviera convidado. Además de que el tabique
+intermedio dificultaba la conversación, los más no se atrevían, de
+hecho, a dar por no existente una diferencia de clases de que en teoría
+muchos se burlaban.
+
+«Todos somos iguale, decían muchos burgueses de Vetusta, la nobleza ya
+no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el valor, etc.,
+etc.»; pero a pesar de tanta alharaca, a los más se les conocía hasta en
+su falso desprecio que participaban desde abajo de las preocupaciones
+que mantenían los nobles desde arriba.
+
+En cambio los de la bolsa de don Álvaro saludaban a los Vegallana;
+sonreían a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacían señas
+al Marqués, y a Paco, que solían visitar aquel rincón _comm'il faut_.
+
+También esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo político de Vegallana;
+pero trataba poco a la Marquesa.
+
+--¡Es demasiado borrico!--decía doña Rufina cuando le hablaban de
+Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratándole con frialdad
+ceremoniosa.
+
+Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que
+escribía en _La Flaca_ de Barcelona, y que había sido una cualquier cosa
+en su juventud. Estas calumnias le servían de desahogo y si le
+preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: «Señores, yo me debo a
+la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda
+tristeza que esa señora, la Marquesa, doña Rufina, _en una palabra_,
+desacredita el partido conservador-dinástico de Vetusta».
+
+Después de saborear el tributo de admiración del público, Ana miró a la
+bolsa de Mesía. Allí estaba él, reluciente, armado de aquella pechera
+blanquísima y tersa, la envidia de las envidias de Trabuco. En aquel
+momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable
+padre; Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita
+demasía de don Juan había producido buen efecto en el público del
+paraíso que aplaudía entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo,
+saludaba con modesto ademán algo sorprendido de que se le aplaudiese en
+escena que no era de empeño.
+
+--¡Mire usted el pueblo!--dijo un concejal de la _otra bolsa_,
+volviéndose a Foja, el ex-alcalde liberal.
+
+--¿Qué tiene el pueblo?
+
+--¡Que es un majadero! Aplaude la gran felonía de arrancar la careta a
+un enmascarado....
+
+--Que resulta padre--añadió Ronzal--; circunstancia agravante.
+
+--El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y como
+el pueblo no tiene educación....
+
+El juez aprobó con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con
+que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres
+almohadones en un palco contiguo al de Mesía.
+
+Ana empezó a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales decía
+con un desdén gracioso y elegante:
+
+ Son pláticas de familia
+ de las que nunca hice caso...
+
+Era el cómico alto, rubio--aquella noche--flexible, elegante y suelto,
+lucía buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantástico, con
+pretensiones de arqueológico, que ceñía su figura esbelta. Don Víctor
+estaba enamorado de Perales; él no había visto a Calvo y el imitador le
+parecía excelente intérprete de las comedias de capa y espada. Le había
+oído decir con énfasis musical las décimas de _La vida es sueño_, le
+había admirado en _El desdén con el desdén_, declamando con soltura y
+gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan así:
+
+ Y porque veáis que es error
+ que haya en el mundo quien crea
+ que el que quiere lisonjea,
+ escuchad lo que es amor.
+
+y concluyen:
+
+ A su propia conveniencia
+ dirige amor su fatiga,
+ luego es clara consecuencia
+ que ni con amor se obliga
+ ni con su correspondencia.
+
+Y don Víctor le reputaba excelentísimo cómico. No paró hasta que se lo
+presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer fuera otra. En
+general don Víctor envidiaba a todo el que dejaba ver la contera de una
+espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en las tablas y sólo de
+noche. Conoció que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura
+de don Juan y se acercó a ella el buen Quintanar diciéndole al oído con
+voz trémula por la emoción:
+
+--¿Verdad, hijita, que es un buen mozo? ¡Y qué movimientos tan
+artísticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es falso, que los hombres
+no andamos así... ¡Pero debiéramos andar! y así seguramente andaríamos y
+gesticularíamos los españoles en el siglo de oro, cuando éramos dueños
+del mundo; esto ya lo decía más alto para que lo oyeran todos los
+presentes. Bueno estaría que ahora que vamos a perder a Cuba, resto de
+nuestras grandezas, nos diéramos esos aires de señores y midiéramos el
+paso....
+
+La Regenta no oía a su marido; el drama empezaba a interesarla de veras;
+cuando cayó el telón, quedó con gran curiosidad y deseó saber en qué
+paraba la apuesta de don Juan y Mejía.
+
+En el primer entreacto D. Álvaro no se movió de su asiento; de cuando en
+cuando miraba a la Regenta, pero con suma discreción y prudencia, que
+ella notó y le agradeció. Dos o tres veces se sonrieron y sólo la última
+vez que tal osaron, sorprendió aquella correspondencia Pepe Ronzal, que,
+como siempre, seguía la pista a los telégrafos de su aborrecido y
+admirado modelo.
+
+Trabuco se propuso redoblar su atención, observar mucho y ser una tumba,
+callar como un muerto. «¡Pero aquello era grave, muy grave!». Y la
+envidia se lo comía.
+
+Empezó el segundo acto y D. Álvaro notó que por aquella noche tenía un
+poderoso rival: el drama. Anita comenzó a comprender y sentir el valor
+artístico del D. Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de
+Zorrilla; a ella también la fascinaba como a la doncella de doña Ana de
+Pantoja, y a la Trotaconventos que ofrecía el amor de Sor Inés como una
+mercancía.... La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doña
+Ana... los desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de
+Mejía; la traición _interina_ del Burlador, que no necesitaba, por una
+sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diabólicos de la gran
+aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con
+todo el vigor y frescura dramáticos que tienen y que muchos no saben
+apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para
+saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de
+tinteros; Ana estaba admirada de la poesía que andaba por aquellas
+callejas de lienzo, que ella transformaba en sólidos edificios de otra
+edad; y admiraba no menos el desdén con que se veía y oía todo aquello
+desde palcos y butacas; aquella noche el paraíso, alegre, entusiasmado,
+le parecía mucho más inteligente y culto que el _señorío_ vetustense.
+
+Ana se sentía transportada a la época de D. Juan, que se figuraba como
+el vago romanticismo arqueológico quiere que haya sido; y entonces
+volviendo al egoísmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido
+cuatro o cinco siglos antes.... «Tal vez en aquella época fuera
+divertida la existencia en Vetusta; habría entonces conventos poblados
+de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores
+en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas
+y calles tendrían, como ahora, aspecto feo, pero las llenaría la poesía
+del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de
+hierro, los soportales sombríos, las tinieblas de las rinconadas en las
+noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de
+vecindad, todo sería dramático, digno del verso de un Zorrilla; y no
+como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda». Comparar aquella Edad
+media soñada--ella colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa
+de Perales--con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel
+instante, era un triste despertar. Capas negras y pardas, sombreros de
+copa alta absurdos, horrorosos... todo triste, todo negro, todo
+desmañado, sin expresión... frío... hasta D. Álvaro parecíale entonces
+mezclado con la prosa común. ¡Cuánto más le hubiera admirado con el
+ferreruelo, la gorra y el jubón y el calzón de punto de Perales!...
+Desde aquel momento vistió a su adorador con los arreos del cómico, y a
+este en cuanto volvió a la escena le dio el gesto y las facciones de
+Mesía, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y melódica y demás
+cualidades artísticas.
+
+El tercer acto fue una revelación de poesía apasionada para doña Ana. Al
+ver a doña Inés en su celda, sintió la Regenta escalofríos; la novicia
+se parecía a ella; Ana lo conoció al mismo tiempo que el público; hubo
+un murmullo de admiración y muchos espectadores se atrevieron a volver
+el rostro al palco de Vegallana con disimulo. La González era cómica por
+amor; se había enamorado de Perales, que la había robado; casados en
+secreto, recorrían después todas las provincias, y para ayuda del
+presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos,
+se decidió a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la había mandado
+imitar, pero en algunas ocasiones se atrevía a ser original y hacía
+excelentes papeles de virgen amante. Era muy guapa, y con el hábito
+blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rígida toca, muy coloradas
+las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en
+postura hierática y la modestia y castidad más límpida en toda la
+figura, interesaba profundamente. Decía los versos de doña Inés con voz
+cristalina y trémula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba
+llevar por la pasión cierta--porque se trataba de su marido--y llegaba a
+un realismo poético que ni Perales ni la mayor parte del público eran
+capaces de apreciar en lo mucho que valía.
+
+Doña Ana sí; clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de
+todo lo que estaba fuera de la escena, bebió con ansiedad toda la poesía
+de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las
+paredes. «¡Pero esto es divino!» dijo volviéndose hacia su marido,
+mientras pasaba la lengua por los labios secos. La carta de don Juan
+escondida en el libro devoto, leída con voz temblorosa primero, con
+terror supersticioso después, por doña Inés, mientras Brígida acercaba
+su bujía al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el
+espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree
+sentirlos, todo, todo lo que pasaba allí y lo que ella adivinaba,
+producía en Ana un efecto de magia poética, y le costaba trabajo
+contener las lágrimas que se le agolpaban a los ojos.
+
+«¡Ay! sí, el amor era aquello, un filtro, una atmósfera de fuego, una
+locura mística; huir de él era imposible; imposible gozar mayor ventura
+que saborearle con todos sus venenos. Ana se comparaba con la hija del
+Comendador; el caserón de los Ozores era su convento, su marido la regla
+estrecha de hastío y frialdad en que ya había profesado ocho años
+hacía... y don Juan... ¡don Juan aquel Mesía que también se filtraba
+por las paredes, aparecía por milagro y llenaba el aire con su
+presencia!».
+
+Entre el acto tercero y el cuarto don Álvaro vino al palco de los
+marqueses.
+
+Ana al darle la mano tuvo miedo de que él se atreviera a apretarla un
+poco, pero no hubo tal; dio aquel tirón enérgico que él siempre daba,
+siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; pero no apretó. Se
+sentó a su lado, eso sí, y al poco rato hablaban aislados de la
+conversación general.
+
+Don Víctor había salido a los pasillos a fumar y disputar con los
+pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a
+Dumas y Sardou, repitiendo lo que habían oído en la corte.
+
+Ana, sin dar tiempo a don Álvaro para buscar buena embocadura a la
+conversación, dejó caer sobre la prosaica imaginación del petimetre, el
+chorro abundante de poesía que había bebido en el poema gallardo,
+fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla.
+
+La pobre Regenta estuvo elocuente; se figuró que el jefe del partido
+liberal dinástico la entendía, que no era como aquellos vetustenses de
+cal y canto que hasta se sonreían con lástima al oír tantos versos
+«bonitos, sonorosos, pero sin miga», según aseguró don Frutos en el
+palco de la marquesa.
+
+A Mesía le extrañó y hasta disgustó el entusiasmo de Ana. ¡Hablar del
+_Don Juan Tenorio_ como si se tratase de un estreno! ¡Si el _Don Juan_
+de Zorrilla ya sólo servía para hacer parodias!... No fue posible tratar
+cosa de provecho, y el tenorio vetustense procuró ponerse en la cuerda
+de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las
+comedias y en las novelas de Feuillet: mucho _sprit_ que oculta un
+corazón de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad...
+esto era el colmo de la _distinción_ según lo entendía don Álvaro, y así
+procuró aquella noche presentarse a la Regenta, a quien «estaba visto
+que había que enamorar por todo lo alto».
+
+Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseñaba
+sin pestañear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltación
+notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su
+interlocutor; apenas le oía, hablaba ella sin cesar, creía que lo que
+estaba diciendo él coincidía con las propias ideas; este espejismo del
+entusiasmo vidente, que suele aparecer en tales casos, fue lo que valió
+a don Álvaro aquella noche. También le sirvió mucho su hermosura varonil
+y noble, ayudada por la expresión de su pasioncilla, en aquel momento
+irritada. Además el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tenía una
+expresión espiritual y melancólica, que era puramente de apariencia;
+combinación de líneas y sombras, algo también las huellas de una vida
+malgastada en el vicio y el amor.--Cuando comenzó el cuarto acto, Ana
+puso un dedo en la boca y sonriendo a don Álvaro le dijo:
+
+--¡Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... déjeme usted oír.
+
+--Es que... no sé... si debo despedirme....
+
+--No... no... ¿por qué?--respondió ella, arrepentida al instante de
+haberlo dicho.
+
+--No sé si estorbaré, si habrá sitio....
+
+--Sitio sí, porque Quintanar está en la bolsa de ustedes... mírele
+usted.
+
+Era verdad; estaba allí disputando con don Frutos, que insistía en que
+el _Don Juan Tenorio_ carecía de la miga suficiente.
+
+Don Álvaro permaneció junto a la Regenta.
+
+Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mórbido, blanco y tentador con
+su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moño que subía
+por la nuca arriba con graciosa tensión y convergencia del cabello.
+Dudaba don Álvaro si debía en aquella situación atreverse a acercarse un
+poco más de lo acostumbrado. Sentía en las rodillas el roce de la falda
+de Ana, más abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. «Ella
+estaba aquella noche... _en punto de caramelo_» (frase simbólica en el
+pensamiento de Mesía), y con todo no se atrevió. No se acercó ni más ni
+menos; y eso que ya no tenía allí caballo que lo estorbase. «¡Pero la
+buena señora se había _sublimizado_ tanto! y como él, por no perderla de
+vista, y por agradarla, se había hecho el romántico también, el
+_espiritual_, el _místico_... ¡quién diablos iba ahora a arriesgar un
+ataque _personal y pedestre_!... ¡Se había puesto aquello en una
+_tessitura_ endemoniada!». Y lo peor era que no había probabilidades de
+hacer entrar, en mucho tiempo, a la Regenta por el aro; ¿quién iba a
+decirle: «bájese usted, amiga mía, que todo esto es volar por los
+_espacios imaginarios_»? Por estas consideraciones, que le estaban dando
+vergüenza, que le parecían ridículas al cabo, don Álvaro resistió el
+vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus
+rodillas....
+
+Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La
+robusta virgen de aldea parecía un carbón encendido, y mientras don
+Juan, de rodillas ante doña Inés, le preguntaba si no era verdad que en
+aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba
+saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyéndole, cerca de la oreja,
+palabras que parecían chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no haber
+desmejorado, tenía los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro. Se
+abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en
+medio de una situación culminante del drama se le antojaba a ella reírse
+a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tenía unas cosas....
+
+Para Ana el cuarto acto no ofrecía punto de comparación con los
+acontecimientos de su propia vida... ella aún no había llegado al cuarto
+acto. «¿Representaba aquello lo porvenir? ¿Sucumbiría ella como doña
+Inés, caería en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba;
+creía tener valor para no entregar jamás el cuerpo, aquel miserable
+cuerpo que era propiedad de don Víctor sin duda alguna. De todas
+suertes, ¡qué cuarto acto tan poético! El Guadalquivir allá abajo....
+Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo del
+balcón... la _declaración_ a la luz de la luna.... ¡Si aquello era
+romanticismo, el romanticismo era eterno!...». Doña Inés decía:
+
+ Don Juan, don Juan, yo lo imploro
+ de tu hidalga condición...
+
+Estos versos que ha querido hacer ridículos y vulgares, manchándolos con
+su baba, la necedad prosaica, pasándolos mil y mil veces por sus labios
+viscosos como vientre de sapo, sonaron en los oídos de Ana aquella noche
+como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe
+en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, entonces, no pudo
+evitarlo, lloró, lloró, sintiendo por aquella Inés una compasión
+infinita. No era ya una escena erótica lo que ella veía allí; era algo
+religioso; el alma saltaba a las ideas más altas, al sentimiento
+purísimo de la caridad universal... no sabía a qué; ello era que se
+sentía desfallecer de tanta emoción.
+
+Las lágrimas de la Regenta nadie las notó. Don Álvaro sólo observó que
+el seno se le movía con más rapidez y se levantaba más al respirar. Se
+equivocó el hombre de mundo; creyó que la emoción acusada por aquel
+respirar violento la causaba su gallarda y próxima presencia, creyó en
+un influjo _puramente fisiológico_ y por poco se pierde.... Buscó a
+tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella, de una en
+otra, había llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal
+que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna para él, Mesía no
+encontró, entre la hojarasca de las enaguas, ningún pie de Anita, que
+acababa de apoyar los dos en la silla de Edelmira.
+
+El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la
+realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se
+había empeñado la imaginación exaltada en comparar lo que pasaba en
+Vetusta con lo que sucedía en Sevilla, sintió supersticioso miedo al ver
+el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz; el
+pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le
+hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de repente, como a
+la luz de un relámpago, a don Víctor vestido de terciopelo negro, con
+jubón y ferreruelo, bañado en sangre, boca arriba, y a don Álvaro con
+una pistola en la mano, enfrente del cadáver.
+
+La Marquesa dijo después de caer el telón que ella no aguantaba más
+Tenorio.
+
+--Yo me voy, hijos míos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos;
+demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adiós. Vosotros quedaos si
+queréis.... ¡Jesús! las once y media, no se acaba esto a las dos....
+
+Ana, a quien explicó su esposo el argumento de la segunda parte del
+drama, prefirió llevar la impresión de la primera que la tenía
+encantada, y salió con la Marquesa y Mesía.
+
+Edelmira se quedó con don Víctor y Paco.
+
+--Yo llevaré a la niña y usted déjeme a ésa en casa, señora
+Marquesa--dijo Quintanar.
+
+Mesía se despidió al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apretó
+un poco la mano de Anita que la retiró asustada.
+
+Don Álvaro se volvió al palco del Marqués a dar conversación a don
+Víctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a
+Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesía, que tantas
+veces había utilizado servicios análogos del Marquesito, fue a cumplir
+con su deber.
+
+Además, siempre que se le ofrecía, aprovechaba la ocasión de estrechar
+su amistad con el simpático aragonés que había de ser su víctima,
+andando el tiempo, o poco había de poder él.
+
+Con mil amores acogió Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en
+punto a literatura dramática, concluyendo como siempre con su teoría del
+honor según se entendía en el siglo de oro, cuando el sol no se ponía en
+nuestros dominios.
+
+--Mire usted--decía don Víctor, a quien ya escuchaba con interés don
+Álvaro--mire usted, yo ordinariamente soy muy pacífico. Nadie dirá que
+yo, ex-regente de Audiencia, que me jubilé casi por no firmar más
+sentencias de muerte, nadie dirá, repito que tengo ese punto de honor
+quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ahí abajo
+llaman inverosímil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazón, de que
+si mi mujer--hipótesis absurda--me faltase... se lo tengo dicho a Tomás
+Crespo muchas veces... le daba una sangría suelta.
+
+(--¡Animal!--pensó don Álvaro.)
+
+--Y en cuanto a su cómplice... ¡oh! en cuanto a su cómplice.... Por de
+pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era
+aficionado a representar en los teatros caseros--es decir cuando mi edad
+y posición social me permitían trabajar, porque la afición aún me
+dura--comprendiendo que era muy ridículo batirse mal en las tablas, tomé
+maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostré en seguida
+grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacífico, es verdad,
+nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguño... pero figúrese
+usted... el día que.... Pues lo mismo y mucho más puedo decir de la
+pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como decía, al cómplice lo
+traspasaba; sí, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es
+prosaica; de modo que le mataría con arma blanca.... Pero voy a mi
+tesis.... Mi tesis era... ¿qué?... ¿usted recuerda?
+
+Don Álvaro no recordaba, pero lo de matar al cómplice con arma blanca le
+había alarmado un poco.
+
+Cuando Mesía ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de
+llamar al sueño imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometía
+convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista
+de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y
+bonachona de don Víctor. Pero le vio entre los primeros disparates del
+ensueño, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la
+espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.
+
+Anita no recordaba haber soñado aquella noche con don Álvaro. Durmió
+profundamente.
+
+Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella
+rubia y taimada, que sonreía discretamente.
+
+--Mucho he dormido, ¿por qué no me has despertado antes?
+
+--Como la señorita pasó mala noche....
+
+--¿Mala noche?... ¿yo?--Sí, hablaba alto, soñaba a gritos....
+
+--¿Yo?--Sí, alguna pesadilla.--¿Y tú... me has oído desde?...
+
+--Sí, señora no me había acostado todavía; me quedé a esperar por el
+señor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme.... Vino el amo a las
+dos.
+
+--Y yo he hablado alto...--Poco después de llegar el señor. Él no oyó
+nada; no quiso entrar por no despertar a la señorita. Yo volví a ver si
+dormía... si quería algo... y creí que era una pesadilla... pero no me
+atreví a despertarla....
+
+Ana se sentía fatigada. Le sabía mal la boca y temía los amagos de la
+jaqueca.
+
+--¡Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido....
+
+--No, pesadilla mala... no sería... porque sonreía la señora... daba
+vueltas....
+
+--Y... y... ¿qué decía?
+
+--¡Oh... qué decía! no se entendía bien... palabras sueltas...
+nombres....
+
+--¿Qué nombres?...--Ana preguntó esto encendido el rostro por el
+rubor--... ¿qué nombres?--repitió.
+
+--Llamaba la señora... al amo.
+
+--¿Al amo?--Sí... sí, señora... decía: ¡Víctor! ¡Víctor!
+
+Ana comprendió que Petra mentía. Ella casi siempre llamaba a su marido
+Quintanar.
+
+Además, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas
+de la señora.
+
+Calló y procuró ocultar su confusión.
+
+Entonces acercándose más a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya
+seria:
+
+--Han traído esto para la señora....
+
+--¿Una carta? ¿De quién?--preguntó en voz trémula Ana, arrebatando el
+papel de manos de Petra.
+
+«¡Si aquel loco se habría propasado!... Era absurdo».
+
+Petra, después de observar la expresión de susto que se pintó en el
+rostro del ama, añadió:
+
+--De parte del señor Magistral debe de ser, porque lo ha traído Teresina
+la doncella de doña Paula.
+
+Ana afirmó con la cabeza mientras leía.
+
+Petra salió sin ruido, como una gata. Sonreía a sus pensamientos.
+
+La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una
+cruz morada sobre la fecha, decía así:
+
+ «Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a
+ cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única
+ persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha
+ parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le
+ explicará su atento amigo y servidor,
+
+ FERMÍN DE PAS».
+
+No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistral
+desde la tarde anterior; ¡ni una vez sola, desde la aparición de don
+Álvaro a caballo había pasado por su cerebro la imagen grave y airosa
+del respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora se
+presentaba de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecado
+de infidelidad. Por la primera vez sintió Ana la vergüenza de su
+imprudente conducta. Lo que no había despertado en ella la presencia de
+don Víctor, lo despertaba la imagen de don Fermín.... Ahora se creía
+infiel de pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un hombre a quien
+no debía fidelidad ni podía debérsela».
+
+«Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana temprano iría a
+confesar... ¡y se me había olvidado! y ahora él adelanta la confesión....
+Quiere que vaya esta tarde. ¡Imposible! No estoy preparada.... Con estas
+ideas... con esta revolución del alma.... ¡Imposible!».
+
+Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el del
+Magistral, pero más fuerte, y escribió a don Fermín una carta muy dulce
+con mano trémula, turbada, como si cometiera una felonía. Le engañaba;
+le decía que se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicaba
+que la dispensase; que ella le avisaría....
+
+Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su
+destino inmediatamente, y sin que el señor se enterase.
+
+Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como él
+decía, con aquella frecuencia del sacramento de la confesión; como temía
+que se le tuviese por poco enérgico, y era muy poco enérgico en su casa
+en efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba.
+
+Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba
+que su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la
+catedral.
+
+«¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!».
+
+Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentes
+tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que alegaba su
+ama para ocultar la devoción, sospechaba horrores.
+
+Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba:
+
+«Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otro
+santo. _¡Así en la tierra como en el cielo!_».
+
+Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no se
+arrepentía de haber puesto en peligro su honor, dando alas (siquiera
+fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don Álvaro; no
+le pesaba de engañar al pobre don Víctor, porque le reservaba el cuerpo,
+su propiedad legítima... pero ¡pensar que no se había acordado del
+Magistral ni una vez en toda la noche anterior, a pesar de haber estado
+pensando y sintiendo tantas cosas sublimes!
+
+«Y por contera, le engañaba, le decía que estaba enferma para excusar el
+verle... ¡le tenía miedo!... y hasta el estilo dulce, casi cariñoso de
+la carta era traidor... ¡aquello no era digno de ella! Para don Víctor
+había que guardar el cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarle
+el alma?».
+
+
+
+
+--XVII--
+
+
+Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anunció
+a la Regenta, que paseaba en el _Parque_, entre los eucaliptus de
+Frígilis, la visita del Sr. Magistral.
+
+--Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la
+huerta...--dijo Ana sorprendida y algo asustada.
+
+El Magistral pasó por el patio al
+
+_Parque_. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa la
+tarde, parecía de septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego se
+caería el cielo hecho agua sobre Vetusta...».
+
+Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral se
+atrevió a preguntarle por la jaqueca.
+
+«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo su
+presencia en el Parque a pesar de la jaqueca.
+
+El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga.
+
+Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sin
+cesar en la mecedora en que se le había invitado a sentarse.
+
+Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don
+Fermín abordase el motivo de su extraordinaria visita.
+
+El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido un arranque
+de mal humor; una salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa de
+ningún modo podía él explicar a aquella señora.
+
+El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el vicio
+de ir al teatro disfrazado. Había cogido esta afición en sus tiempos de
+espionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al _paraíso_
+para delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba por
+cuenta propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había visto
+a la Regenta. Al día siguiente, por la mañana, lo supo doña Paula, y al
+comer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad para darle la
+noticia a su hijo.
+
+--No creo que esa señora haya ido ayer al teatro.
+
+--Pues yo lo sé por quien la ha visto.
+
+El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse en
+ridículo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos y
+todo el _mundo devoto_ consideraban el teatro como recreo prohibido en
+toda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de _Todos
+los Santos_. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto la
+noche anterior, sin permitir la entrada en él a nadie para señalar así
+mejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila o sea El Gran
+Constantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas,
+tampoco les había consentido asistir.
+
+«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, por
+devota en ejercicio, se había presentado en el teatro en noche
+prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos
+escrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio.... Y
+precisamente aquella noche...».
+
+El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importaba
+que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegaría en que sería otra
+cosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el Arcediano, todos sus
+enemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistral
+ejercía sobre sus penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía él
+que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devoción a
+doña Ana».
+
+Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán,
+disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y
+manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el señor Mourelo,
+que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devota
+de buena ley, o no debía haber ido al teatro en noche de _Todos los
+Santos_.
+
+Ripamilán gritaba:--Señor mío, los deberes sociales están por encima de
+todo....
+
+El Deán se escandalizó.
+
+--¡Oh! ¡oh!--dijo--eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos...
+los religiosos... eso es....
+
+Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Así
+solía él terminar los períodos complicados.
+
+--Los deberes sociales... son muy respetables en efecto--dijo el
+canónigo pariente del Ministro, a quien la proposición había parecido
+regalista, y por consiguiente digna de aprobación por parte de un primo
+del Notario mayor del reino.
+
+--Los deberes sociales--replicó Glocester tranquilo, con almíbar en las
+palabras, pausadas y subrayadas--los deberes sociales, con permiso de
+usted, son respetabilísimos, pero quiere Dios, consiente su infinita
+bondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos....
+
+--¡Absurdo!--exclamó Ripamilán dando un salto.
+
+--¡Absurdo!--dijo el Deán, cerrando de un bofetón la caja de nácar.
+
+--¡Absurdo!--afirmó el canónigo regalista.
+
+--Señores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser
+tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetable
+Taparelli....
+
+--¿Tapa qué?--preguntó el Deán--. No me venga usted con autores
+alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un hereje....
+
+--Señores, estamos fuera de la cuestión--gritó Ripamilán--el caso es....
+
+--No estamos tal--insistió Glocester, que no quería en presencia de don
+Fermín sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta.
+
+Tuvo habilidad para llevar la disputa al _terreno filosófico_, y de allí
+al teológico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables
+dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que
+consistía en no querer hablar nunca de _cosas altas_.
+
+A don Fermín le bastó lo que oyó al entrar en la sacristía para
+comprender que se había comentado lo del teatro. Su mal humor fue en
+aumento. «Lo sabía toda Vetusta, su influencia moral había perdido
+crédito... y la autora de todo aquello, tenía la crueldad de negarse a
+una cita». Él se la había dado para decirle que no debía confesar por
+las mañanas, sino de tarde, porque así no se fijaba en ellos el público
+de las beatas con atención exclusiva.... «Debe usted confesar entre
+todas, y además algunos días en que no se sabe que me siento; yo le
+avisaré a usted y entonces... podremos hablar más por largo». Todo esto
+había pensado decirle aquella tarde, y ella respondía que.... «¡estaba
+con jaqueca!».--En casa de Páez también le hablaron del escándalo del
+teatro. «Habían ido varias damas que habían prometido no ir; y había ido
+Ana Ozores que nunca asistía».
+
+El Magistral salió de casa de Páez bufando; la sonrisa burlona de
+Olvido, que se celaba ya, le había puesto furioso....
+
+Y sin pensar lo que hacía, se había ido derecho a la plaza Nueva, se
+había metido en la Rinconada y había llamado a la puerta de la
+Regenta.... Por eso estaba allí.
+
+¿Quién iba a explicar semejante motivo de una visita?
+
+Al ver que Ana había mentido, que estaba buena y había buscado un
+embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermín rayó en ira
+y necesitó toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguir
+sonriente.
+
+«¿Qué derechos tenía él sobre aquella mujer? Ninguno. ¿Cómo dominarla si
+quería sublevarse? No había modo. ¿Por el terror de la religión?
+Patarata. La religión para aquella señora nunca podría ser el terror.
+¿Por la persuasión, por el interés, por el cariño? Él no podía jactarse
+de tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la manera
+espiritual a que aspiraba».
+
+No había más remedio que la diplomacia. «Humíllate y ya te ensalzarás»,
+era su máxima, que no tenía nada que ver con la promesa evangélica.
+
+En vista de que los asuntos vulgares de conversación llevaban trazas de
+sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quería marcharse sin
+hacer algo, puso término a las palabras insignificantes con una pausa
+larga y una mirada profunda y triste a la bóveda estrellada.--Estaba
+sentado a la entrada del cenador.
+
+Ya había comenzado la noche, pero no hacía frío allí, o por lo menos no
+lo sentían. Ana había contestado a Petra, al anunciar esta que había luz
+en el gabinete:
+
+--Bien; allá vamos. El Magistral había dicho que si doña Ana se sentía
+ya bien, no era malo estar al aire libre.
+
+El silencio de don Fermín y su mirada a las estrellas indicaron a la
+dama que se iba a tratar de algo grave.
+
+Así fue. El Magistral dijo:--Todavía no he explicado a usted por qué
+pretendía yo que fuese a la catedral esta tarde. Quería decirle, y por
+eso he venido, además de que me interesaba saber cómo seguía, quería
+decirle que no creo conveniente que usted confiese por la mañana.
+
+Ana preguntó el motivo con los ojos.
+
+--Hay varias razones: don Víctor, que, según usted me ha dicho, no gusta
+de que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, se
+alarmará menos si usted va de tarde... y hasta puede no saberlo siquiera
+muchas veces. No hay en esto engaño. Si pregunta, se le dice la verdad,
+pero si calla... se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hay
+engaño ni asomo de disimulo.
+
+--Eso es verdad.--Otra razón. Por la mañana yo confieso pocas veces, y
+esta excepción hecha ahora en favor de usted hace murmurar a mis
+enemigos, que son muchos y de infinitas clases.
+
+--¿Usted tiene enemigos?--¡Oh, amiga mía! cuenta las estrellas si
+puedes--y señaló al cielo--el número de mis enemigos es infinito como
+las estrellas.
+
+El Magistral sonrió como un mártir entre llamas.
+
+Doña Ana sintió terribles remordimientos por haber engañado y olvidado a
+aquel santo varón, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera se
+quejaba. Aquella sonrisa, y la comparación de las estrellas le llegaron
+al alma a la Regenta. «¡Tenía enemigos!» pensó, y le entraron vehementes
+deseos de defenderle contra todos.
+
+--Además--prosiguió don Fermín--hay señoras que se tienen por muy
+devotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se divierten
+en observar quién entra y quién sale en las capillas de la catedral;
+quién confiesa a menudo, quién se descuida, cuánto duran las
+confesiones... y también de esta murmuración se aprovechan los enemigos.
+
+La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qué.
+
+--De modo, amiga mía--continuó De Pas que no creía oportuno insistir en
+el último punto--de modo, que será mejor que usted acuda a la hora
+ordinaria, entre las demás. Y algunas veces, cuando usted tenga muchas
+cosas que decir, me avisa con tiempo y le señalo hora en un día de los
+que no me toca confesar. Esto no lo sabrá nadie, porque no han de ser
+tan miserables que nos sigan los pasos....
+
+A la Regenta aquello de los días excepcionales le parecía más arriesgado
+que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermín en nada.
+
+--Señor, yo haré todo lo que usted diga, iré cuando usted me indique;
+mi confianza absoluta está puesta en usted. A usted solo en el mundo he
+abierto mi corazón, usted sabe cuanto pienso y siento... de usted espero
+luz en la obscuridad que tantas veces me rodea....
+
+Ana al llegar aquí notó que su lenguaje se hacía entonado, impropio de
+ella, y se detuvo; aquellas metáforas parecían mal, pero no sabía decir
+de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva.
+
+El Magistral, que no pensaba en la retórica, sintió un consuelo oyendo a
+su amiga hablar así.
+
+Se animó... y habló de lo que le mortificaba.
+
+--Pues, hija mía, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional
+(sonrisa e inclinación de cabeza) voy a permitirme reñir a usted un
+poco....
+
+Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba.
+
+Ana tuvo un miedo pueril que la embelleció mucho, como pudo notar y notó
+De Pas.
+
+--Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abrió los ojos mucho,
+como diciendo irreflexivamente:--¿Y eso qué?
+
+--Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones
+que toman por religión muchos espíritus apocados.... A usted no sólo le
+es lícito ir a los espectáculos, sino que le conviene; necesita usted
+distracciones; su señor marido pide como un santo; pero ayer... era día
+prohibido.
+
+--Ya no me acordaba.... Ni creía que.... La verdad... no me pareció...
+
+--Es natural, Anita, es naturalísimo. Pero no es eso. Ayer el teatro era
+espectáculo tan inocente, para usted, como el resto del año. El caso es
+que la Vetusta devota, que después de todo es la nuestra, la que
+exagerando o no ciertas ideas, se acerca más a nuestro modo de ver las
+cosas... esa respetable parte del pueblo mira como un escándalo la
+infracción de ciertas costumbres piadosas....
+
+Ana encogió los hombros. «No entendía aquello.... ¡Escándalo! ¡Ella que
+en el teatro había llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un
+entusiasmo artístico religioso que la había edificado!».
+
+El Magistral, con una mirada sola, comprendió que su cliente («él era un
+médico del espíritu») se resistía a tomar la medicina; y pensó,
+recordando la alegoría de la cuesta:--«No quiere tanta pendiente,
+hagámosela parecida a lo llano».
+
+--Hija mía, el mal no está en que usted haya perdido nada; su virtud de
+usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... (vuelta al tono
+festivo) ¿y mi orgullito de médico? Un enfermo que se me rebela... ¡ahí
+es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesión del
+Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al _Don
+Juan Tenorio_, en vez de rezar por los difuntos.
+
+--¿Se ha hablado de eso?--¡Bah! En San Vicente, en casa de doña
+Petronila--que ha defendido a usted--y hasta en la catedral. El señor
+Mourelo dudaba de la piedad de doña Ana Ozores de Quintanar....
+
+--¿De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted en
+ridículo?...
+
+--¡Por Dios, hija mía! ¡dónde vamos a parar! ¡Esa imaginación, Anita,
+esa imaginación! ¿cuándo mandaremos en ella? ¡Ridículo! ¡Imprudente!...
+A mí no pueden ponerme en ridículo más actos que aquellos de que soy
+responsable, no entiendo el ridículo de otro modo... usted no ha sido
+imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todo
+ello es nada, y figúrese usted el caso que yo haré de hablillas
+insustanciales.... Todo ha sido broma...; para llegar a un punto más
+importante, que atañe a lo que nos interesa, a la curación de su
+espíritu de usted... en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yo
+creo que un buen médico (no precisamente el señor Somoza, que es persona
+excelente y médico muy regular), podría ayudarme mucho.
+
+Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su
+mecedora a la Regenta y prosigue:
+
+--Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como un
+médico del alma, no sólo como sacerdote que ata y desata, por razones
+muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que allí he llegado a
+conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted...
+sin embargo, creo...--le temblaba la voz; temía arriesgar
+demasiado--creo... que la eficacia de nuestras conferencias sería mayor,
+si algunas veces habláramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia.
+
+Anita, que estaba en la obscuridad, sintió fuego en las mejillas y por
+la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, un
+hombre hermoso, fuerte; que tenía fama entre ciertas gentes mal pensadas
+de enamorado y atrevido. En el silencio que siguió a las palabras del
+Provisor, se oyó la respiración agitada de su amiga.
+
+D. Fermín continuó tranquilo:
+
+--En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos
+puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo
+prescindir de mi carácter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio.
+Usted misma no habla allí con la libertad y extensión que son precisas
+para entender todo lo que quiere decir. Allí, además, parece ocioso
+hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de él; hacer la
+cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanación, no se
+trata allí de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es también
+indispensable. Usted que ha leído, sabe perfectamente que muchos
+clérigos que han escrito acerca de las costumbres y carácter de la mujer
+de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de
+negro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus
+extravíos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es
+allí natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser,
+sin salir de España, el célebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y
+otros muchos....
+
+Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel señor hablando con la
+suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba.
+Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya
+no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo,
+sobre sus rodillas, como había oído decir que hacen las señoras con los
+caballeros en los tranvías de Nueva--York.
+
+--Pues bien--prosiguió don Fermín--nosotros necesitamos toda la verdad;
+no la verdad fea sólo, sino también la hermosa. ¿Para qué hemos de curar
+lo sano? ¿Para qué cortar el miembro útil? Muchas cosas, de las que he
+notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de
+que me las expondría aquí, por ejemplo, sin inconveniente... y esas
+confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos.
+Además, usted necesita no sólo que la censuren, que la corrijan, sino
+que la animen también, elogiando sincera y noblemente la mucha parte
+buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree
+completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese
+análisis justo, pero en rigor, extraño al tribunal de la penitencia.... Y
+basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero
+perfectamente. Pero allá va el último, ahora que me acuerdo. De ese
+modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que
+usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podrá decir si frecuenta o
+no frecuenta el sacramento demasiado; y además, podemos despachar más
+pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los días de confesión.
+
+El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tenía
+preparado, que era sólo una idea vaga que había desechado mil veces por
+temeraria, había sido un atrevimiento de la pasión, que podía haber
+asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intención de su
+confesor. Después de su audacia el Magistral temblaba, esperando las
+palabras de Ana.
+
+Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones
+expuestas, habló la Regenta a borbotones; como solía de tarde en tarde,
+y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de
+sus poéticas ideas.
+
+Oh, sí, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la
+buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba
+aquella amistad piadosa que se ofrecía a oír sus confidencias, a dar
+consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.
+
+El Magistral oía ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la
+cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazón de la
+glorieta, en la que se enroscaban el jazmín y la madreselva; la
+locuacidad de Ana le sabía a gloria, las palabras expansivas, llenas de
+partículas del corazón de aquella mujer, exaltada al hablar de sus
+tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el ánimo del
+Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desaparecía, la
+tirantez se convertía en muelle flojedad. «¡Habla, habla así, se decía
+el clérigo, bendita sea tu boca!».
+
+No se oía más que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de
+hojas que caían o que la brisa, apenas sensible aquella noche, removía
+sobre la arena de los senderos.
+
+Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.
+
+--Sí, tiene usted cien veces razón--decía ella--yo necesito una palabra
+de amistad y de consejo muchos días que siento ese desabrimiento que me
+arranca todas las ideas buenas y sólo me deja la tristeza y la
+desesperación....
+
+--Oh, no, eso no, Anita; ¡la desesperación! ¡qué palabra!
+
+--Ayer tarde, no puede usted figurarse cómo estaba yo.
+
+--Muy aburrida, ¿verdad? ¿Las campanas?...
+
+El Magistral sonrió...--No se ría usted: serán los nervios, como dice
+Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio
+horroroso, que debía ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar.
+
+--No debe decirse así--interrumpió el Magistral, poniendo en la voz la
+mayor suavidad que pudo--. No sería un pecado ese tedio si se pudiera
+remediar, sería un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios
+gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga mía.
+
+Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando sabía que entendía
+su confidente todo, o casi todo lo que ella quería dar a entender, se
+decidió a decir al Magistral _lo demás_, lo que había venido detrás del
+hastío de aquella tarde.... No ocultó sino lo que ella tenía por causa
+puramente ocasional; no habló de don Álvaro ni del caballo blanco.
+
+--Otras veces--decía--aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia
+de sacrificio, en propósitos de abnegación... usted lo sabe; pero ayer,
+la exaltación tomó otro rumbo... yo no sé... no sé explicarlo bien... si
+lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una
+rebelión, es horrible... pero tal como yo lo sentía no....
+
+El Magistral oyó entonces lo que pasó por el alma de su amiga durante
+aquellas horas de revolución, que Ana reputaba ya célebres en la
+historia de su solitario espíritu. Aunque ella no explicaba con
+exactitud lo que había sentido y pensado, él lo entendía perfectamente.
+
+Más trabajo le costó adivinar cómo podía haber llegado Ana a pensar en
+Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.
+
+«Ana decía que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella;
+que muchas veces le había sucedido en medio de espectáculos que nada
+tenían de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad
+consoladora, lágrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin
+límites y una fe que era una evidencia.... Un día después de dar una
+peseta a un niño pobre para comprar un globo de goma, como otros que
+acababan de repartirse otros niños, había tenido que esconder el rostro
+para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy
+amargo, después, por gracia de las ideas que habían ido surgiendo en su
+cerebro, había sido más dulce, y Dios había sido en su alma una voz
+potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... ¿Qué sabía
+ella? No podía explicarse». Y suplicaba al Magistral que la entendiese.
+«Pues la noche anterior había pasado algo por el estilo, al ver a la
+pobre novicia, a Sor Inés, caer en brazos de don Juan... ya veía el
+Magistral qué situación tan poco religiosa... pues bien, ella de una en
+otra, al sentir lástima de aquella inocente enamorada... había llegado a
+pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni más ni
+menos que el día en que regaló a un niño pobre un globo de colores. ¿Qué
+era aquello? Demasiado sabía ella que no era piedad verdadera, que con
+semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, ¿no serían
+tampoco más que nervios? ¿Serían indicios peligrosos de un espíritu
+aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?».
+
+«Había de todo». El Magistral, procurando vencer la exaltación que le
+había comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia.
+«Había de todo. Había un tesoro de sentimiento que se podía aprovechar
+para la virtud; pero había también un peligro. La noche anterior el
+peligro había sido grande (y esto lo decía sin saber palabra de la
+presencia de don Álvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la
+repetición de accesos por el estilo».
+
+Había hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar
+más allá de las estrechas paredes de su caserón, de sentir más, con más
+fuerza, de vivir para algo más que para vegetar como otras; había
+hablado también de un amor universal, que no era ridículo por más que se
+burlasen de él los que no lo comprendían... había llegado a decir que
+sería hipócrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que
+sentía el cariño suave, frío, prosaico, distraído de Quintanar,
+entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frígilis y a su
+escopeta....
+
+--Todo aquello--añadió el Magistral después de presentarlo en
+resumen--de puro peligroso rayaba en pecado.
+
+--Sí, dicho así, como yo lo he dicho, sí... pero como lo siento, no;
+¡oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es
+pecado... sentirlo; ¡peligro habrá, no lo niego, pero pecado no! ¡Por lo
+demás (cambio de voz) dicho... hasta es ridículo, suena a romanticismo
+necio, vulgar, ya lo sé... pero no es eso, no es eso!
+
+--Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo
+siente, amiga mía, es necesario que usted me crea; lo entiendo como
+es.... Pero así y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser
+peligro.... Déjeme usted hablar a mí, Anita, y verá como nos entendemos.
+El peligro que hay, decía, raya en pecado... pero añado, será pecado
+claramente si no se aplica toda esa energía de su alma ardentísima a un
+objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que
+vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio
+sano... ellos tomarán el camino de atajo, el del vicio; créalo usted,
+Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un niño un
+globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted
+la presencia de Dios; si algo de panteísmo puede haber en lo que usted
+dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargaría, en
+todo caso, de cortar ese mal de raíz; pero ahora no se trata de eso. No
+es santo, ni es bueno, amiga mía, que al ver a un libertino en la celda
+de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos,
+usted se dedique a pensar en Dios, con ocasión del abrazo de aquellos
+sacrílegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales
+de la piedad, es despreciar con orgullo egoísta la sana moral,
+pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a
+donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispénseme si hablo
+con esta severidad: en este momento es indispensable.
+
+Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana subía con dificultad
+aquella pendiente que le ponía en el camino.
+
+Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria,
+abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba
+aquella energía, complacíase en aquella oposición, estimaba más que
+halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.
+
+El cual prosiguió, aflojando la cuerda:
+
+--Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas
+tendencias, esa predisposición piadosa; que así la llamaré ahora, porque
+no es ocasión de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la
+gracia, materia delicadísima, peligrosa.... Decía que hay que aprovechar
+esas tendencias a la piedad y a la contemplación, que son en usted muy
+antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... y
+por medio de cosas santas. Aquí tiene usted el porqué de muchas
+ocupaciones del cristiano, el por qué del culto externo, más visible y
+hasta aparatoso en la religión verdadera que en las frías confesiones
+protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de
+Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energía piadosa, que
+satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Pues
+todo eso, hija mía, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida,
+aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamaría doña Obdulia, de
+una mujer piadosa, de una... _beata_, para emplear la palabra fea,
+_escandalosa_. Sí, amiga mía--el Magistral reía al decir esto--lo que
+usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser _beata_.
+Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la
+letra y deje el espíritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que
+contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano,
+creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las
+menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espíritus
+pequeños y comineros; no, hija mía, no, lo esencial es todo; la forma es
+fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle:
+«Hija, pues para acordarte de mí no debes necesitar que a Zorrilla se le
+haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi
+templo, y allí encontrarán los sentidos incentivo del alma para la
+oración, para la meditación y para esos actos de fe, esperanza y caridad
+que son todo mi culto en resumen...».
+
+Anita, al oír este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con
+motivo de cosas tan grandes y sublimes, sintió lágrimas y risas
+mezcladas, y lloró riendo como Andrómaca.
+
+La noche corría a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a
+los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que
+empezaba a subir por aquel lado, dejó oír tres campanadas como un
+aviso. Le parecía que ya habían hablado bastante. Pero ellos no oyeron
+la señal de la torre que vigilaba.
+
+Petra fue la que dijo, para sí, desde la sombra del patio:
+
+--¡Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse....
+
+La doncella ardía de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas
+hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer
+ruido; pero tenía miedo de ser vista y retrocedía hasta el patio, desde
+donde no podía oír más que un murmullo, no palabras. Sintió que Anselmo
+abría la puerta del zaguán y que el amo subía. Corrió Petra a su
+encuentro. Si le preguntaba por la señora, estaba dispuesta a mentir, a
+decir que había subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a
+tal o cual tarea doméstica; iba preparada a ocultar la visita del
+Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero creía llegado el
+caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermín. «¿No
+le habían hecho llevar cartas _sin necesidad de que lo supiera don
+Víctor_? ¿Pues qué necesidad había de que supiera que llevaban más de
+una hora de palique en el cenador, y a obscuras?».
+
+Quintanar no preguntó por su mujer; no era esto nuevo en él; solía
+olvidarla, sobre todo cuando tenía algo entre manos. Pidió luz para el
+despacho, se sentó a su mesa, y separando libros y papeles, dejó encima
+del pupitre un envoltorio que tenía debajo del brazo. Era una máquina de
+cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frígilis que él hacía
+tantas docenas de cartuchos en una hora, y venía dispuesto a intentar la
+prueba. No pensaba en otra cosa. Llegó la luz. Quintanar miró con ojos
+penetrantes de puro distraídos a Petra. La doncella se turbó.
+
+--Oye.--¿Señor?...--Nada.... Oye...--¿Señor?...--¿Anda ese reloj?
+--Sí, señor, le ha dado usted cuerda ayer....
+
+--¿De modo que son las ocho menos diez?
+
+--Sí, señor.... Petra temblaba, pero seguía dispuesta a mentir si le
+preguntaba por el ama.
+
+--Bien; vete. Y don Víctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y más
+cartuchos.
+
+En tanto el Magistral había explicado latamente lo que quería dar a
+entender con lo de la vida beata.
+
+«Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la
+perfección; los trabajos preparativos ya podían darse por hechos; si
+otras iban a la iglesia, a las cofradías y demás lugares ordinarios de
+la vida devota con un espíritu rutinario que hacía nulas respecto a la
+perfección moral aquellas prácticas piadosas; ella, Ana, podía sacar
+gran utilidad para la ocupación digna de su alma de aquellos mismos
+lugares y quehaceres. ¿Qué había sido Santa Teresa? Una monja, una
+fundadora de conventos; ¿cuántas monjas había habido que no habían
+pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la
+rutina también, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada útil para
+satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa
+Doctora; ¿qué mundos tan grandes, qué Universo de soles no la había dado
+aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si
+somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasión en las ocupaciones
+de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las
+fiestas del culto; que oyese más sermones, más misas, que asistiera a
+las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa,
+que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo;
+al principio tales ocupaciones podrían parecerla pesadas,
+insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de
+la piedad acendrada, pero poco a poco iría tomando el gusto a tan
+humildes menesteres; iría penetrando los misteriosos encantos de la
+oración, del culto público, que si parece hasta frívolo pasatiempo en
+las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que están en el templo nada
+más con los sentidos, es edificante espectáculo para quien siente
+devoción profunda».
+
+--Verá usted--decía el Magistral--como llega un día en que no necesita a
+Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en
+otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. ¡Tiene la Iglesia,
+amiga mía, tal sagacidad para buscar el camino de las entrañas! Verá
+usted, verá usted cómo reconoce la sabiduría de Nuestra Madre en muchos
+ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden
+antojársele indiferentes, insignificantes. ¡Nuestras fiestas! ¡Qué cosa
+más hermosa, querida hija mía! Llegará, por ejemplo, la Noche-buena y
+usted empleará su imaginación poderosa en representarse las escenas de
+pura poesía del Nacimiento de Jesús.... Volverán a ser para usted las que
+ya parecían vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de
+ternura, y llorará pensando en el Niño Dios.... Y usted me dirá entonces
+si aquellas lágrimas son más dulces y frescas que las que anoche le
+arrancaba el bueno de don Juan Tenorio....
+
+--A los sermones de cualquiera, no hay para qué ir--prosiguió De
+Pas--por más que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra
+en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseñanzas lacónicas
+admirables, rasgos de filosofía profunda y sincera, parábolas nuevas
+dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a
+los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al señor Obispo en los
+días que él quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores
+que hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, añadiría óigame usted a mí
+algunos días de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. Sí,
+porque así como hay cosas que no pueden decirse desde el púlpito, que
+exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la
+cátedra, que sería ridículo decirlas de silla a silla... por ejemplo,
+algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y
+aparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija mía, de panteísmo,
+sin que usted se dé cuenta de ello.
+
+Más habló el Magistral para exponer el plan de vida devota a que había
+de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el día siguiente, y
+terminó tratando con detenimiento especial la cuestión de las lecturas.
+
+Recomendó particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa
+Teresa y algunos místicos.
+
+«Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de María de Chantal,
+Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre líneas, para
+perfeccionarse, no al principio, sino más adelante. Al principio es un
+gran peligro el desaliento que produce la comparación entre la propia
+vida y la de los santos. ¡Ay de usted si desmaya porque ve que para
+Teresa son pecados muchos actos que usted creía dignos de elogio! Pasará
+usted la vergüenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho
+antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del
+diablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay que
+comparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algún
+tiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez el
+libro sabrá mejor, y dará más frutos.
+
+»Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, ¡adiós todo! se ve la
+infinita distancia y no emprendemos el camino. A dónde se ha de llegar,
+eso Dios lo dirá después; ahora andar, andar hacia adelante es lo que
+importa.
+
+»Y a todo esto ¿hemos de vestir de estameña, y mostrar el rostro
+compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la
+inquisición en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del
+mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no es
+cosa de juego.... ¿Y la salud? la salud del cuerpo, ¿dónde la dejamos?
+¿Pues no se trataba de ponernos en cura? ¿No estábamos ahora hablando
+del espíritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre,
+distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se
+necesite y que indicarán las circunstancias.
+
+Una ráfaga de aire frío hizo temblar a la Regenta y arremolinó hojas
+secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le
+hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:
+
+--¡Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aquí
+charlando... charlando...
+
+«No le haría gracia que don Víctor los encontrase a tales horas en el
+parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas...». Pero
+esto que pensó se guardó de decirlo. Salió de la glorieta hablando en
+voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero
+temiéndolo.
+
+Ana salió tras él, ensimismada, sin acordarse de que había en el mundo
+maridos, ni días, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para
+hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clérigo.
+
+El Magistral, como equivocando el camino, se dirigió hacia la puerta del
+patio, aunque parecía lo natural subir por la escalera de la galería y
+pasar por las habitaciones de Quintanar.
+
+En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que
+había recibido al Provisor.
+
+--¿Ha venido el señor?--preguntó la Regenta.
+
+--Sí, señora--respondió en voz baja la doncella--; está en su despacho.
+
+--¿Quiere usted verle?--dijo Ana volviéndose al Magistral.
+
+Don Fermín contestó:--Con mucho gusto...--¡Disimulan, disimulan
+conmigo!--, pensó Petra con rabia.
+
+--Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... debía estar a las ocho en
+palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme...
+salúdele usted de mi parte.
+
+--Como usted quiera.--Además, estará abismado en sus trabajos... no
+quiero distraerle... saldré por aquí... Buenas noches, señora, muy
+buenas noches.
+
+--Disimulan--volvió a pensar Petra, mientras abría la puerta que
+conducía al zaguán.
+
+Entonces, el Magistral se acercó a la Regenta y deprisa y en voz baja
+dijo:
+
+--Se me había olvidado advertirle que... el lugar más a propósito
+para... verse... es en casa de doña Petronila. Ya hablaremos.
+
+--Bien--contestó la Regenta.--Lo he pensado, es el mejor.--Sí, sí,
+tiene usted razón.
+
+Subió Ana por la escalera principal y salió al portal don Fermín. En la
+puerta se detuvo, miró a Petra mientras se embozaba, y la vio con los
+ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que
+pasara él para cerrar. Parecía la estatua del sigilo. De Pas la acarició
+con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:
+
+--Ya hace fresco, muchacha. Petra le miró cara a cara y sonrió con la
+mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.
+
+--¿Estás contenta con los señores?
+
+--Doña Ana es un ángel.
+
+--Ya lo creo. Adiós, hija mía, adiós; sube, sube, que aquí hay
+corrientes... y estás muy coloradilla... debes de tener calor....
+
+--Salga usted, salga usted, y por mí no tema.
+
+--Cierra ya, hija mía, puedes cerrar.
+
+--No señor, si cierro no verá usted bien hasta llegar a la esquina....
+
+--Muchas gracias... adiós, adiós.
+
+--Buenas noches, D. Fermín. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la
+cabeza fuera del portal, y cerró con gran cuidado de no hacer cualquier
+ruido.
+
+«¡D. Fermín!» pensó el Magistral. «¿Por qué me llama esta D. Fermín?
+¿Qué se habrá figurado? Mejor, mejor.... Sí, mejor. Conviene tenerla
+propicia como a la otra».
+
+La otra era Teresina, su criada. Petra subió y se presentó en el tocador
+de doña Ana sin ser llamada.
+
+--¿Qué quieres?--preguntó el ama, que se estaba embozando en su chal
+porque sentía mucho frío.
+
+--El señor no me ha preguntado por la señora. Yo no le he dicho... que
+estaba aquí D. Fermín.
+
+--¿Quién?--Don Fermín.--¡Ah! Bien, bien... ¿para qué? ¿qué importa?
+
+Petra se mordió los labios y dio media vuelta murmurando:
+
+--¡Orgullosa! ¿si creerá que no tenemos ojos?... Pues si a una no le
+diera la gana... pero yo lo hago por el otro....
+
+Sí, Petra lo hacía por el otro, por el Magistral, a quien quería agradar
+a toda costa. Tenía sus planes la rubia lúbrica.
+
+Don Víctor Quintanar se presentó media hora después a su mujer con
+manchas de pólvora en la frente y en las mejillas.
+
+No supo nada de la visita nocturna del Magistral. «No preguntó nada:
+¿para qué decírselo?».
+
+A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Frígilis entró en el
+Parque de Ozores por la puerta de atrás, con la llave que él tenía para
+su uso particular. El amigo íntimo de Quintanar, era el dictador en
+aquel pueblo de árboles y arbustos. Los días que no iban de caza, el
+señor Crespo se los pasaba recorriendo sus _dominios_, que así llamaba
+al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba,
+según las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el
+mundo, incluso al dueño del bosque, tocar en una hoja. Allí mandaba
+Frígilis y nadie más. En cuanto entró, se dirigió al cenador. Recordaba
+haber dejado encima de la mesa de mármol o de un banco, en fin, allí
+dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposición de
+floricultura. Buscó, y sobre una mecedora encontró un guante de seda
+morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el
+suelo.
+
+Soltó un taco madrugador y cogió el guante con dos dedos, levantándolo
+hasta los ojos.
+
+--¿Quién diablos ha andado aquí?--preguntó a las auras matutinas.
+
+Guardó el guante en un bolsillo, recogió las semillas que no había
+llevado el viento, y con gran cuidado volvió a escoger y separar los
+granos. Se trataba de una singularísima especie de pensamientos
+monocromos, invención suya.
+
+Cuando sintió ruido en la casa, llamó a gritos.
+
+--¡Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...
+
+Apareció Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un
+mantón viejo del ama. Parecía la aurora de las doradas guedejas; pero
+Frígilis, mal humorado, se encaró con la aurora.
+
+--Oye, tú, buena pécora, ¿qué demonio de obispo entra aquí por la noche
+a destrozarme las semillas?...
+
+--¿Qué dice usted que no le entiendo?--contestó Petra desde el patio.
+
+--Digo que ayer me retiré yo de la huerta cerca del obscurecer, que dejé
+allá dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro
+la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este
+guante de canónigo.... ¿Quién ha estado aquí de noche?
+
+--¡De noche! Usted sueña, D. Tomás.
+
+--¡Ira de Dios! De noche digo....
+
+--A ver el guante...--Toma--contestó Frígilis, arrojando desde lejos la
+prenda....
+
+--Pues... ¡está bueno! ja, ja, ja... buen canónigo te dé Dios.... Lo que
+entiende usted de modas, don Tomás.... ¿Pues no dice que es un guante de
+canónigo?...
+
+--¿Pues de quién es?--De mi señora.... No ve usted la mano... qué
+chiquita... a no ser que haya _canónigas_ también.
+
+--¿Y se usan ahora guantes morados?
+
+--Pues claro... con vestidos de cierto color....
+
+Frígilis encogió los hombros.
+
+--Pero mis semillas, mis semillas ¿quién me las ha echado a rodar?
+
+--El gato, ¿qué duda tiene? el gatito pequeño, el moreno, el mismo que
+habrá llevado el guante a la glorieta... ¡es lo más urraca!...
+
+En la pajarera de Quintanar cantó un jilguero.
+
+--¡El gato! ¡El moreno!...--dijo Frígilis, moviendo la cabeza--qué
+gato... ni qué...
+
+Una sonrisa seráfica iluminó su rostro de repente, y volviéndose a
+Petra, señaló a la galería:
+
+--¡Es mi macho! ¡es mi macho! ¿oyes? estoy seguro... ¡es mi macho!... y
+tu amo que decía... que su canario... que iba a cantar primero...
+oyes... ¿oyes? es mi macho, se lo he prestado quince días para que lo
+viese vencer... ¡es mi macho!
+
+Frígilis olvidó el guante y el gato, y quedó arrobado oyendo el
+repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores.
+
+Petra escondió en el seno de nieve apretada el guante morado del
+Magistral.
+
+
+
+
+--XVIII--
+
+
+Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste,
+tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en
+agua, caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como
+latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas,
+tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venían otras, y
+después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al
+mundo para desgarrarse en Corfín otra vez. La tierra fungosa se
+descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar
+por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un
+penacho de pluma gris; y toda la campiña entumecida, desnuda, se
+extendía a lo lejos, inmóvil como el cadáver de un náufrago que chorrea
+el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada,
+fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresión muda del
+valle y del monte; la naturaleza muerta parecía esperar que el agua
+disolviera su cuerpo inerte, inútil. La torre de la catedral aparecía a
+lo lejos, entre la cerrazón, como un mástil sumergido. La desolación del
+campo era resignada, poética en su dolor silencioso; pero la tristeza
+de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y
+paredes agrietadas, parecía mezquina, repugnante, chillona, como
+canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancolía sino
+un tedio desesperado. Frígilis prefería mojarse a campo raso, y
+arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las
+praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde
+fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo
+espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas,
+melancólicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de
+agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para
+estas excursiones lejanas, don Víctor contaba con el beneplácito de su
+esposa. Se salía al ser de día, en el tren correo, se llegaba a Roca
+Tajada una hora después, y a las diez de la noche entraban en Vetusta
+silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. Allá
+en las marismas de Palomares, don Víctor solía echar de menos el teatro.
+«¡Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!». Frígilis no echaba de
+menos nada. Su devoción a la caza, a la vida al aire libre, en el campo,
+en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar
+compartía aquella afición con su amor a las farsas del escenario.
+Frígilis en el teatro se aburría y se constipaba. Tenía horror a las
+corrientes de aire, y no se creía seguro más que en medio de la campiña,
+que no tiene puertas.
+
+Crespo tenía bien definida y arraigada su vocación: la naturaleza;
+Quintanar había llegado a viejo sin saber «cuál era su destino en la
+tierra», como él decía, usando el lenguaje del tiempo romántico, del que
+le quedaban algunos resabios. Era el espíritu del ex-regente, de blanda
+cera; fácilmente tomaba todas las formas y fácilmente las cambiaba por
+otras nuevas. Creíase hombre de energía, porque a veces usaba en casa un
+lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, más que
+una pasta para que otros hiciesen de él lo que quisieran. Así se
+explicaba que, siendo valiente, jamás hubiese tenido ocasión de mostrar
+su valor luchando contra una voluntad contraria. Él sostenía que en su
+casa no se hacía más que lo que él quería, y no echaba de ver que
+siempre acababa por querer lo que determinaban los demás. Si Ana Ozores
+hubiera tenido un carácter dominante, don Víctor se hubiese visto en la
+triste condición de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen
+esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con
+negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel
+programa de diversiones, alegría, actividad bulliciosa, que había
+publicado a son de trompeta Quintanar, se cumplía sólo en las partes y
+por el tiempo que a su esposa le parecían bien; si ella prefería quedar
+en casa, volver a sus ensueños, don Víctor que había prometido y hasta
+jurado no ceder, poco a poco cedía; procuraba que la retirada fuese
+honrosa, fingía transigir y creía a salvo su honor de hombre enérgico y
+amo de su casa, permitiéndose la audacia de gruñir un poco, entre
+dientes, cuando ya nadie le oía. Los criados le imponían su voluntad,
+sin que él lo sospechara. Hasta en el comedor se le había derrotado.
+Amante, como buen aragonés, de los platos fuertes, del vino espeso, de
+la clásica abundancia, había ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y
+comía ya mucho menos, y pasaba por los manjares más fantásticos que
+suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los
+impusiese, sino que las cocineras preferían agradar al ama, porque allí
+veían una voluntad seria, y en el señor sólo encontraban un predicador
+que les aburría con sermones que no entendían. Hasta en el estilo se
+notaba que Quintanar carecía de carácter. Hablaba como el periódico o el
+libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras
+cualidades de su oratoria, que parecían señales de una _manera_
+original, no eran más que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas.
+Así hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la
+conversación familiar el tecnicismo jurídico, y esto era lo único que en
+él quedaba del antiguo magistrado. No poco había contribuido en
+Quintanar a privarle de originalidad y resolución, el contraste de su
+oficio y de sus aficiones. Si para algo había nacido, era, sin duda,
+para cómico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si
+la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera
+suficiente para ganarse la vida, la de cómico aficionado, Quintanar lo
+hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a _trabajar_, frase suya,
+tan bien como cualquiera de esos _otros primeros galanes_ que recorren
+las capitales de provincia, a guisa de buhoneros.
+
+Pero don Víctor comprendió que el cómico en España no vive de su honrado
+trabajo si no se entrega a la vergüenza de servir al público el arte en
+las compañías de comediantes de oficio; comprendió además que él
+necesitaba con el tiempo _crear una familia_, y entró en la carrera
+judicial a regañadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas
+relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y
+se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una
+edad en que todavía se sentía capaz de representar el _Alcalde de
+Zalamea_ con toda la energía que el papel exige. Pero la espina la
+llevaba en el corazón; reconocía que el cargo de magistrado es
+delicadísimo, grande su responsabilidad, pero él... «era ante todo un
+artista». ¡Aborrecía los pleitos, amaba las tablas y no podía pisarlas
+_dignamente_! Este era el torcedor de su espíritu. Si le hubiese sido
+lícito representar comedias, quizás no hubiera hecho otra cosa en la
+vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porción de
+serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezón de
+ser algo más que una rueda del poder judicial, complicada máquina; y era
+cazador, botánico, inventor, ebanista, filósofo, todo lo que querían
+hacer de él su amigo Frígilis y los vientos del azar y del capricho.
+
+Frígilis había formado a su querido Víctor, al cabo de tantos años de
+trato íntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Salía
+Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el
+poder dictatorial, aunque ilustrado, de Tomás Crespo, aquel pedazo de su
+corazón, a quien no sabía si quería tanto como a su Anita del alma. La
+simpatía había nacido de una pasión común: la caza. Pero la caza antes
+no era más que un ejercicio de hombre primitivo para el aragonés; cazaba
+sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por
+dentro; Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que
+cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba
+poco, y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión
+lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oía. Así la
+influencia de la filosofía naturalista de Frígilis llegó al alma de
+Quintanar por aluvión: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro
+las ideas de aquel _buen hombre_, de quien los vetustenses decían que
+era un _chiflado_, un tontiloco.
+
+Frígilis despreciaba la opinión de sus paisanos y compadecía su pobreza
+de espíritu. «La humanidad era mala pero no tenía la culpa ella. El
+_oidium_ consumía la uva, el _pintón_ dañaba el maíz, las patatas tenían
+su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tenía la envidia, su
+oidium, la ignorancia su pintón, ¿qué culpa tenía él?». Frígilis
+disculpaba todos los extravíos, perdonaba todos los pecados, huía del
+contagio y procuraba librar de él a los pocos a quien quería. Visitaba
+pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y práctica hábil
+en arboricultura y floricultura, le hacían árbitro de todos los
+_parques_ y jardines del pueblo; conocía hoja por hoja la huerta del
+marqués de Corujedo, había plantado árboles en la de Vegallana, visitaba
+de tarde en tarde el jardín inglés de doña Petronila; pero ni conocía de
+vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni había entrado jamás en el
+gabinete de doña Rufina, ni tenía con el marqués de Corujedo más trato
+que el del Casino. Se entendía con los jardineros.--En cuanto las
+lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San
+Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto
+los días en que le reclamaban sus árboles y sus flores.
+
+Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de
+cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en
+el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte,
+claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos
+alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra
+la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel, gordos; y
+más decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos
+del campo, de las cosechas de ogaño y de las nubes de antaño; si la
+conversación degeneraba y caía en los pleitos, torcía el gesto y dejaba
+de atender, para abismarse en la contemplación de aquella campiña triste
+ahora, siempre querida para él que la conocía palmo a palmo.
+
+Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a
+los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de
+un rojo negruzco que el agua que les caía del cielo hacía una
+inmundicia.
+
+«¡Ah, sí! ella estaba dispuesta a procurar la salvación de su alma, a
+buscar el camino seguro de la virtud; pero ¡cuánto mejor se hubiera
+abierto su espíritu a estas grandezas religiosas en un escenario más
+digno de tan sublime poesía! ¡Cuán difícil era admirar la creación para
+elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de
+humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles
+estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, allí símbolo
+de abandono--, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de
+monótono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros
+puntiagudos!...».
+
+No se explicaba la Regenta cómo Visitación iba y venía de casa en casa,
+alegre como siempre, risueña, sin miedo al agua ni menos al fango del
+arroyo... sin pensar siquiera en que llovía, sin acordarse de que el
+cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita
+era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en él, y sólo le servía de
+tópico de conversación en las visitas de cumplido.
+
+La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra,
+esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las
+enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor
+media.--Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumecía:
+también alegre y bulliciosa corría de portal en portal, desafiando los
+más recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta
+mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus
+bajos, con instintos de armiño, cruzaban todo aquel peligro del cieno,
+inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de
+espuma de Holanda; tentación de Bermúdez el arqueólogo espiritualista.
+
+Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se
+resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran
+parte del otoño, lo más del invierno y casi toda la primavera. Cada cual
+buscaba su rincón y parecían no menos contentos que Frígilis huyendo a
+las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas.
+
+La Marquesa de Vegallana se levantaba más tarde si llovía más; en su
+lecho blindado contra los más recios ataques del frío, disfrutaba
+deleites que ella no sabía explicar, leyendo, bien arropada, novelas de
+viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenían su acción en Rusia
+o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y
+la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fríos que habían de
+sufrir los héroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban
+por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del año doña
+Rufina. Oír el agua que azota los cristales allá fuera, y estar
+compadeciéndose de un pobre niño perdido en los hielos... ¡qué delicia
+para un alma tierna, _a su modo_, como la de la señora Marquesa!
+
+--Yo no soy sentimental--decía ella a D. Saturnino Bermúdez, que la oía
+con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a
+oreja--yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblería...
+pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco...
+lloro... pero no hago alarde de ello.
+
+--Es el don de lágrimas, de que habla Santa Teresa, señora,--respondía
+el arqueólogo; y suspiraba como echando la llave al cajón de los
+secretos sentimentales.
+
+El Marqués hacía lo que los gatos en enero. Desaparecía por temporadas
+de Vetusta. Decía que iba a preparar las elecciones. Pero sus _íntimos_
+le habían oído, en el secreto de la confianza, después de comer bien, a
+la hora de las confesiones, que para él no había afrodisíaco mejor que
+el frío. «Ni los mariscos producen en mí el efecto del agua y la nieve».
+Y como sus aventuras eran todas rurales, salía el buen Vegallana a
+desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y
+nieve en su coche de camino. Y así preparaba las elecciones, buscando
+votos para un porvenir lejano, según frase picaresca de D. Cayetano
+Ripamilán, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravíos.
+
+La tertulia de la Marquesa veía el cielo abierto en cuanto el tiempo se
+metía en agua. Los que tenían el privilegio envidiable y envidiado de
+penetrar en aquella estufa perfumada, bendecían los chubascos que daban
+pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doña Rufina. ¿Qué
+habían de hacer si no? ¿A dónde habían de ir?--En la chimenea ardían los
+bosques seculares de los dominios del Marqués; aquellas encinas feudales
+se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban
+_antiguas consejas_, como presumía Trifón Cármenes que había de suceder
+por fuerza en todo _hogar señorial_, pero se murmuraba del mundo
+entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza
+prosaica y sensual que, según Bermúdez, «era la característica del
+presente momento histórico, desnudo de toda presea ideal y poética».--El
+gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se
+tocaban, se rozaban, se oprimían, si no había otro remedio. ¿Quién
+pensaba en los aguaceros?
+
+En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad
+excitaba la alegría; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de
+oír, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa
+de Visita «los que la favorecían una vez por semana honrando sus
+salones», que eran sala y gabinete; eran de oír las carcajadas, las
+bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que recibían con
+estrépito las duchas de los tremendos _serpentones_ de hojalata.... Todos
+despreciaban el agua, pensando en los placeres esotéricos de la lotería
+y de las charadas representadas.
+
+--En cuanto al «elemento devoto de Vetusta», (frase del _Lábaro_) se
+metían en novenas así que el tiempo se metía en agua. El elemento devoto
+era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios _de
+Viernes santo_, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de
+Pasión a comer de carne en la fonda, hasta esos acudían al templo, si
+bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor
+religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las Ánimas, poco
+popular, y la muy concurrida del Corazón de Jesús, no cesando hasta que
+se celebraba la más famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos
+favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta
+última. Pero además de las Novenas tenían las almas piadosas otras
+muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan
+notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en
+los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los
+viernes de aquel tiempo santo y de meditación, según Cármenes.
+
+El temporal retrasó no poco el cumplimiento de aquel plan de higiene
+moral, impuesto suavemente por don Fermín a su querida amiga. Ana
+aborrecía el lodo y la humedad; le crispaba los nervios la frialdad de
+la calle húmeda y sucia, y apenas salía del sombrío caserón de los
+Ozores. Había confesado otras dos veces antes de terminar Noviembre,
+pero no se había decidido a ir a casa de doña Petronila, ni el Magistral
+se atrevió a recordarle aquella cita. El Gran Constantino sabía ya por
+su querido y admirado señor De Pas, quien la visitaba más a menudo
+ahora, que doña Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y en la
+administración de tantas obras piadosas como ella dirigía y pagaba
+sabiamente.
+
+--«¿Cuándo viene por acá ese ángel hermosísimo?»--preguntaba el Obispo
+madre, en estilo de novena, cargado de superlativos abstractos.
+
+Las beatas que servían de cuestores de palacio en el del Gran
+Constantino, las del _cónclave_, como las llamaba Ripamilán, esperaban
+con ansiedad mística y con una curiosidad maligna a la nueva compañera,
+que tanto prestigio traería con su juventud y su hermosura a la piadosa
+y complicada empresa de salvar el mundo en Jesús y por Jesús; pues nada
+menos que esto se proponían aquellas devotas de armas tomar, militantes
+como coraceros.
+
+Pero Ana, sin saber por qué, sentía una vaga repugnancia cuando pensaba
+en ir a casa de doña Petronila; le parecía mejor ver al Magistral en la
+iglesia, allí encontraba ella el fervor religioso necesario para
+confesar sus ideas malas, sus deseos peligrosos. El Magistral comenzó a
+impacientarse; la Regenta no subía la cuesta, persistía en sus
+peligrosos anhelos panteísticos, que así los calificaba él, se empeñaba
+en que era piedad aquella ternura que sentía con motivo de espectáculos
+profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugerían
+reflexiones probablemente heréticas, o por lo menos, poco a propósito
+para llegar a la profunda fe que el Magistral exigía como preparación
+absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los
+libros piadosos la hacían caer en somnolencia melancólica o en una
+especie de marasmo intelectual que parecía estupidez. En cuanto a la
+oración, Ana decía que recitar de memoria plegarias era un ejercicio
+inútil, soporífero, que irritaba los nervios; las repetía cien veces,
+para fijar en ellas la atención, y llegaba a sentir náuseas antes de
+conseguir un poco de fervor.... «Nada, nada de eso; no hay cosa peor que
+rezar así, respondía el Magistral; a la oración ya llegaremos; por ahora
+en este punto basta con sus antiguas devociones». Y, aunque temiendo los
+peligros de la fantasía de Ana, por no perder terreno, tenía que dejarla
+abandonarse a los espontáneos arranques de ternura piadosa que venían
+sin saber cómo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que
+ninguna relación parecía tener con las ideas religiosas. El miedo a las
+expansiones naturales de aquel espíritu ardiente le había hecho cambiar
+el plan suave de los primeros días por aquel otro expuesto en el cenador
+del Parque, más parecido a la ordinaria disciplina a que él sometía a
+los penitentes; pero ya veía don Fermín que era preciso volver a la
+blandura y dejar al instinto de su amiga más parte en la ardua tarea de
+ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal.
+Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permitía a
+él presentarse a los ojos de Ana más simpático, hablando el lenguaje de
+aquella vaguedad romántica que ella creía religiosidad sincera, y no
+pasaba de ser una idolatría disimulada, según don Fermín. No, él no se
+dejaba seducir por panteísmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el
+de su amiga.
+
+De lo que él estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en
+semejante mujer tenían que producir las bellezas del culto el día en que
+ella las presenciara con atención y dispuesto el ánimo a las sensaciones
+místicas por aquella excitación nerviosa, de cuyos accesos tantas
+noticias tenía ya el confesor diligente.
+
+Cuando ella volvía a hablarle de aburrimiento, del dolor del hastío, de
+la estupidez del agua cayendo sin cesar, él repetía: «A la iglesia, hija
+mía, a la iglesia; no a rezar; a estarse allí, a soñar allí, a pensar
+allí oyendo la música del órgano y de nuestra excelente capilla, oliendo
+el incienso del altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo
+cuanto allí brilla y se mueve, contemplando las altas bóvedas, los
+pilares esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poéticas de los
+cristales de colores...». Poca gracia le hacía a don Fermín esta
+retórica a lo Chateaubriand; siempre había creído que recomendar la
+religión por su hermosura exterior, era ofender la santidad del dogma,
+pero sabía hacer de tripas corazón y amoldarse a las circunstancias.
+Además, sin que él quisiera pensar en ello, le halagaba la esperanza de
+encontrar a menudo en la catedral, en las Conferencias de San Vicente,
+en el Catecismo, a su amiga, que allí le vería triunfante luciendo su
+talento, su ciencia y su elegancia natural y sencilla.
+
+Pero cada día era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; la
+humedad le daba horror, la tenía encogida, envuelta en un mantón, al
+lado de la chimenea monumental del comedor tétrico, horas y horas, de
+día y de noche. Don Víctor no paraba en casa. Si no estaba de caza,
+entraba y salía, pero sin detenerse; apenas se detenía en su despacho.
+Le había tomado cierto miedo. Varias máquinas de las que estaban
+inventando o perfeccionando se le habían sublevado, erizándose de
+inesperadas dificultades de mecánica racional. Allí estaban cubiertos de
+glorioso polvo sobre la mesa del despacho diabólicos artefactos de acero
+y madera, esperando en posturas interinas a que don Víctor emprendiese
+el estudio _serio_ de las matemáticas, de todas las matemáticas, que
+tenía aplazado por culpa de la compañía dramática de Perales. En tanto
+Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos juguetes
+irónicos que se le reían en las barbas, esquivaba su despacho siempre
+que podía; y ni cartas escribía allí. Además; las colecciones botánicas,
+mineralógicas y entomológicas yacían en un desorden caótico, y la pereza
+de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y
+mosquitos también le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y a
+jugar al ajedrez; hacía muchas visitas y buscaba modo de no aburrirse
+metido en casa. «Mejor», pensaba Ana sin querer. Su don Víctor, a quien
+en principio ella estimaba, respetaba y hasta quería todo lo que era
+menester, a su juicio, le iba pareciendo más insustancial cada día: y
+cada vez que se le ponía delante echaba a rodar los proyectos de vida
+piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a
+ser, en cuanto mejorase el tiempo, una _beata_ en el sentido en que el
+Magistral lo había solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto
+todo iba bien; sabía ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle;
+pero se presentaba el señor Quintanar con el lazo de la corbata de seda
+negra torcido, junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de
+pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa baladí, tomando
+con todo el calor natural lo más mezquino y digno de olvido, y ella sin
+poder remediarlo, y con más fuerza por causa del disimulo, sentía un
+rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al
+universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante
+hombre. Salía don Víctor dejando tras sí las puertas abiertas, dando
+órdenes caprichosas para que se cumplieran en su ausencia; y cuando Ana
+ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado,
+quería volver a su propedéutica piadosa, a los preparativos de vida
+virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fábrica
+de su religiosidad, y calificaba de hipocresía toda su resignación. «¡Oh
+no, no! ¡yo no puedo ser buena! yo no sé ser buena; no puedo perdonar
+las flaquezas del prójimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. Ese
+hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que
+quiera don Fermín, para volar hacen falta alas, aire...». Estos
+pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don Álvaro
+volvía a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable,
+brillante, dulcísima protesta de los sentidos poetizados, que había
+clavado en su corazón con puñaladas de los ojos el elegante _dandy_ la
+tarde memorable de _Todos los Santos_. Entonces Ana se ponía en pie,
+recorría el comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del
+chal apretado al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y
+acababa por acercarse a los vidrios del balcón y apretar contra ellos la
+frente. Salía, cruzando el estrado triste, pasillos y galerías; llegaba
+a su gabinete y también allí se apretaba contra los vidrios y miraba con
+ojos distraídos, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los
+castaños de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas
+largas, metálicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes. Si no
+llovía mucho, Frígilis solía andar por allí; más tiempo faltaba
+Quintanar de casa que Frígilis de la huerta. Ana acababa por verle.
+«Aquel había sido su único amigo en la triste juventud, en el tiempo de
+la servidumbre miserable; y ahora casi le odiaba; él la había casado; y
+sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba
+ahora a sus árboles, que podaba sin compasión, que injertaba a su gusto,
+sin consultar con ellos, sin saber si ellos querían aquellos tajos y
+aquellos injertos...». «¡Y pensar que aquel hombre había sido
+inteligente, amable! Y ahora... no era más que una máquina agrícola,
+unas tijeras, una segadora mecánica, ¡a quién no embrutecía la vida de
+Vetusta!».
+
+Frígilis, si veía a su querida Ana detrás de los cristales, la saludaba
+con una sonrisa y volvía a inclinarse sobre la tierra; aplastaba un
+caracol, cortaba un vástago importuno, afirmaba un rodrigón y seguía
+adelante, arrastrando los zapatos blancos sobre la arena húmeda de los
+senderos.... Y Ana veía desaparecer entre las ramas aquel sombrero
+redondo, flexible, siempre gris, aquel tapabocas de cuadros de pana
+eternamente colgado al cuello, aquella cazadora parda y aquellos
+pantalones ni anchos ni estrechos, ni nuevos ni viejos, de ramitos
+borrosos de lana verde y roja alternando sobre fondo negro.
+
+A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.--Paco
+estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprendía
+él que su ídolo, su don Álvaro tardase tanto en conquistar una voluntad,
+en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya conquistada.
+
+--«Ella está enamorada de ti, de eso estoy seguro»--decía Paco a Mesía
+en el Casino, a última hora, cuando sólo quedaban allí los
+trasnochadores de oficio.
+
+Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca
+servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y
+llegaban al momento necesario de la expansión y las confidencias; Mesía
+melancólico, pasando a tragos la nostalgia de lo infinito, que también
+tienen los _descreídos_ a su modo, inclinaba mustia la gallarda y fina
+cabeza de un rubio pálido, y parecía un poco más viejo que de ordinario.
+Callaba, y comía y bebía. Paco, con la boca llena, pero no por modo
+grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las
+mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote.
+
+--Ella está enamorada, de eso estoy seguro... pero tú... tú no eres el
+de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres venir conmigo a su
+casa... y eso que don Víctor nunca está, siempre anda con el espiritista
+de Frígilis por esos montes.
+
+Paco creía que Frígilis era espiritista, opinión muy generalizada en
+Vetusta.
+
+--En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara...
+histérica... hay que estudiarla bien. Dejadme a mí.
+
+No quería confesar que se tenía por derrotado: creía firmemente que Ana
+estaba entregada al Magistral. No quería aquella conversación; se sentía
+ahora humillado con la protección de Paco, solicitada meses antes por
+él. Sin saberlo, el Marquesito le hacía daño cada vez que le hablaba de
+tal asunto y le proponía planes de ataque y medios para entrar en la
+plaza por sorpresa. «¿Cuándo había necesitado él, Mesía, socorros por el
+estilo? ¿Cuándo había permitido a nadie saber el cómo y a qué hora
+vencía a una mujer?... ¡Y esta señora le humillaba así! ¡Cómo se reiría
+de él Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo Paco! ¿qué pensaría? ¡Ah
+Regenta, Regenta, si venzo al fin!... ¡ya me las pagarás!». Pero ya no
+esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo
+permitía, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza española;
+pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces veía detrás de los
+cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba amable y
+tranquila; pero no era el caballo talismán como él había creído, porque
+la escena de la tarde aquélla no se repitió nunca. «Sí, lo que yo temía,
+no fue más que un cuarto de hora que no pude aprovechar». Creía con fe
+inquebrantable que ya su único recurso sería la ocasión dificilísima,
+casi imposible, de un ataque brusco, bárbaro, coincidiendo con otro
+cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no satisfacía su amor
+propio, sería un placer efímero y una venganza... ¡y además era casi
+imposible! Pocas veces se había atrevido a visitar a la Regenta, que no
+le recibía si no estaba don Víctor en casa. Quintanar, en cambio, le
+abría los brazos y le estrechaba con efusión, cada día más enamorado,
+como él decía, de aquel hermoso figurín: ¡qué arrogante primer galán en
+comedia de costumbres haría el dignísimo don Álvaro! Pero ya que las
+tablas no le llamasen ¿por qué no se hacía diputado a Cortes? Mesía
+había nacido para algo más que cabeza de ratón; era poco ser jefe de un
+partido, que nunca era poder, en una capital de segundo orden. ¿Por qué
+no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo?
+
+Cuando le dirigía estas preguntas lisonjeras, don Álvaro inclinaba la
+cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo:
+
+--«¡Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este miserable
+rincón!».
+
+--Usted es de la madera de los ministros....
+
+--Oh... don Víctor... no crea usted que eso me halaga.... ¡Ministro!
+¿Para qué? Yo no tengo ambición política.... Si milito en un partido es
+por servir a mi país, pero la política me es antipática... tanta
+farsa... tanta mentira....
+
+--Efectivamente, en los Estados Unidos sólo son políticos los
+perdidos... pero en España... es otra cosa... un hombre como usted....
+Subiría mi don Álvaro como la espuma.
+
+Pero don Álvaro suspiraba y volvía los ojos a la Regenta.... Por lo
+demás, él seguía considerando que ante todo era un hombre político. Lo
+de ir a Madrid lo dejaba para más adelante. Ahora hacía diputados desde
+Vetusta y se quedaba allí; pero en cuanto tuviera más blanda a la señora
+del ministro, él volaría, él volaría... seguro de no dar un batacazo.
+Estos eran sus planes. Pero además aquella resistencia de Ana, que había
+creído vencer si no en pocas semanas en pocos meses, era un nuevo motivo
+para retrasar el cambio de vecindad.
+
+¿Cómo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella mujer parecía ya
+invencible.
+
+Desde la noche de Todos los Santos, Mesía, vergüenza le daba
+confesárselo a sí mismo, no había adelantado un paso. Ocho días había
+estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logró
+tal intento fue para convencerse de que aquella exaltación de la tarde
+dichosa había pasado acaso para siempre.
+
+Visitación se volvía loca. Su marido, el señor Cuervo, y sus hijos
+comían los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella había
+salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver. «¿Cómo
+había de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y
+resistía al hombre irresistible con heroicidad de roca?». El mísero
+empleado del Banco retorcía el bigotillo engomado y con voz de tiple
+decía a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa:
+
+--Silencio, niños, que mamá riñe si se come sin ella.
+
+Y la sopa se enfriaba, y al fin aparecía Visitación, sofocada,
+distraída, de mal humor. Venía de casa de Vegallana donde había
+conseguido que Ana y Álvaro se hablaran a solas un momento, por
+casualidad... que había preparado ella. ¡Pero buena conversación te dé
+Dios! Él había salido mordiéndose el bigote y le había dicho a ella, a
+Visita: «¡Déjame en paz! al querer darle una broma. ¡Déjame en paz!»
+señal de que no daba un paso. Visitación sentía ahora una vergüenza
+retrospectiva; recordaba el tiempo que había ella tardado en ceder, lo
+comparaba con la resistencia de Ana y... se le encendían las mejillas de
+cólera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le decía en la conciencia
+que el oficio que había tomado era miserable... pero buena estaba ella
+para oír consejos de comedia moral y gritos interiores; aquel anhelo
+villano era una pasión cada día más fuerte, era de un saborcillo
+agridulce y picante que prefería ya a todas las dulzuras de la
+confitería. Era una pasión, una cosa que recordaba la juventud, aunque
+al mismo tiempo parecía síntoma de la vejez. En fin, ella no trataba de
+resistir, y había llegado a creer que sería capaz de arrojar a su amiga
+a la fuerza en brazos del antiguo amante. De todos modos, en casa de
+Visita faltaba la limpieza de suelo y muebles, de sala y cocina, y no
+era su hogar una taza de plata, y día hubo que el marido no encontró
+camisa en el armario y se fue al Banco... con un camisolín de su mujer,
+que simulaba bien o mal un cuello marinero.
+
+Pero tanto afán era inútil; ni Visita, ni Paco, ni los paseos a caballo
+de Mesía, conseguían rendir a la Regenta. ¡Y si al menos se viera que
+era indiferencia aquella fortaleza! Pero, no; a leguas se veía, según
+los tres, que Ana estaba interesada. Esto era lo que les irritaba más,
+sobre todo a Visita. Don Álvaro no hablaba de este mal negocio con la
+del Banco, por más que ella le hurgaba. Con Paco únicamente desahogaba,
+y pocas veces.--Pero Ana creía en un complot y esto la ayudaba no poco
+en su defensa. Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de
+protestas pesadas, insufribles de Quintanar, que repetía:
+
+--¡Qué dirán esos señores, Anita, qué dirán los Marqueses!
+
+Si don Álvaro perdía la esperanza, el Magistral tampoco estaba
+satisfecho. Veía muy lejos el día de la victoria; la inercia de Ana le
+presentaba cada vez nuevos obstáculos con que él no había contado.
+Además, su amor propio estaba herido. Si alguna vez había ensayado
+interesar a su amiga descubriéndole, o por vía de ejemplo o por alarde
+de confianza, algo de la propia historia íntima, ella había escuchado
+distraída, como absorta en el egoísmo de sus penas y cuidados. Más
+había; aquella señora que hablaba de grandes sacrificios, que pretendía
+vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus
+costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la
+lluvia; se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de
+cosa santa, las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios.
+«El madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una máquina
+eléctrica». Esto era humillante para la religión y _depresivo_ para don
+Fermín; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma al
+Provisor y le quitaba el sueño.
+
+Una tarde entró De Pas en el confesonario con tan mal humor, que
+Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosía con un golpe violento.
+Don Fermín bajaba del campanario, donde, según solía de vez en cuando,
+había estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de
+las huertas. Había visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un
+libro que debía de ser la historia de Santa Juana Francisca, que él
+mismo le había regalado. Pues bien, Ana, después de leer cinco minutos,
+había arrojado el libro con desdén sobre un banco.
+
+--¡Oh! ¡oh! ¡estamos mal!--había exclamado el clérigo desde la torre:
+conteniendo en seguida la ira, como si Ana pudiera oír sus quejas.
+Después habían aparecido en el parque dos hombres, Mesía y Quintanar.
+Don Álvaro había estrechado la mano de la Regenta que no la había
+retirado tan pronto como debiera; «¡aunque no fuese más que por estar
+viéndolos él!». Don Víctor había desaparecido y el seductor de oficio y
+la dama se habían ocultado poco a poco entre los árboles, en un recodo
+de un sendero. El Magistral sintió entonces impulsos de arrojarse de la
+torre. Lo hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco
+después había vuelto a presentarse don Víctor, el tonto de don Víctor,
+con sombrero bajo y sin gabán, de cazadora clara, acompañado de don
+Tomás Crespo, el del tapabocas; los dos se habían ido en busca de los
+otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el objetivo del
+catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del canónigo. Don
+Víctor levantaba la cabeza, extendía el brazo, señalaba a las nubes y
+daba pataditas en el suelo. Ana había desaparecido otra vez, había
+entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y
+a los dos minutos estaba otra vez allí con chal y sombrero; y los cuatro
+habían salido por la puerta del parque, que abrió Frígilis con su llave.
+¡Iban al campo!
+
+Cuando don Fermín se vio encerrado entre las cuatro tablas de su
+confesonario, se comparó al criminal metido en el cepo.
+
+Aquel día las hijas de confesión del Magistral le encontraron distraído,
+impaciente; le sentían dar vueltas en el banco, la madera del armatoste
+crujía, las penitencias eran desproporcionadas, enormes.
+
+En vano esperó, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la
+capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese,
+presentarse, que era lo que él quería, lo que él necesitaba. Verdad era
+que no habían quedado en tal cosa; ocho días faltaban para la próxima
+confesión, ¿por qué había de venir? «Por que sí, por que él lo
+necesitaba, porque quería hablarla, decirle que aquello no estaba bien,
+que él no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad
+no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdén
+sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre los árboles de
+Frígilis sin más ni más, en compañía de un buen mozo materialista y
+corrompido». Pero, no, no pareció por la capilla Ana. «Sabe Dios dónde
+estarían. ¿Qué expedición era aquella? Necedades de don Víctor; había
+levantado el brazo señalando a las nubes; aquello parecía como responder
+del buen tiempo; en efecto, la tarde estaba hermosa, podía asegurarse
+que no llovería... pero ¿y qué? ¿Era esa razón suficiente para salir con
+el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, sí, don Fermín volvía
+a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jamás se había acusado de una
+afición singular; hablaba de tentaciones en general y de ensueños
+lascivos, pero no confesaba amar a un hombre determinado. Y Ana, su
+dulce amiga, no mentía jamás y menos en el tribunal santo. Pero entonces
+¿con quién soñaba? El Magistral recordó la dulcísima hipótesis que había
+acariciado algún día... y ahora se oponía esta otra que le hacía saltar
+dentro del cajón de celosías: supongamos que sueña con... ese
+caballero». Salió de la capilla furioso, sin disimularlo apenas.
+Encontró en el trascoro a don Custodio y no le contestó al saludo; entró
+en la sacristía y amenazó al _Palomo_ con la cesantía, porque el gato
+había vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pasó después al palacio
+y el Obispo sufrió una fuerte reprensión de las que en tono casi
+irrespetuoso, avinagrado, espinoso, solía enderezarle su Provisor. El
+buen Fortunato estaba en un apuro, no tenía dinero para pagar una cuenta
+de un sastre que había hecho sotanas nuevas a los familiares de S. I. Y
+el sastre, con las mejores maneras del mundo, pedía los cuartos en un
+papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tenía entre los
+dedos. El alfayate llamaba serenísimo señor al prelado, pero pedía lo
+suyo.
+
+Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un préstamo. El Magistral se
+hizo rogar, y ofreció anticipar el dinero después de humillar cien veces
+al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metáforas religiosas.
+
+«¿A qué habían venido las sotanas nuevas? Y sobre todo, ¿por qué las
+pagaba él, Fortunato, de su bolsillo? Si sabía que no tenía un cuarto,
+porque toda la paga repartía antes de cobrarla, ¿por qué se
+comprometía?». Fortunato confesó que parecía un subteniente de los
+sometidos a descuento; dijo que quería salir de aquella vida de trampas.
+
+--«Yo no sé lo que debo ya a tu madre, Fermín, ¿debe de ser un
+dineral?».
+
+--«Sí, señor, un dineral, pero lo peor no es que usted nos arruine, sino
+que se arruina también, y lo sabe el mundo y esto es en desprestigio de
+la Iglesia.... Empeñarse por los pobres.... Ser un tramposo de la caridad.
+Hombre, por Dios, ¿dónde vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus
+bienes y sígueme, pero no ha dicho: reparte los bienes de los demás...».
+
+--Hablas como un sabio, hijo mío, hablas como un sabio, y si no fuera
+indecoroso, pedía al ministro que me pusiera a descuento, a ver si me
+corregía.
+
+Después entró en las oficinas De Pas y allí tuvieron motivo para
+acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontró mal; revolvió
+expedientes, descubrió abusos, sacudió polvo, amenazó con suspender
+sueldos, negó todo lo que pudo, preparó dos o tres castigos, para varios
+párrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que «no daba un
+cuarto» para una suscripción de los marineros náufragos de Palomares.
+
+--Señor--le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un
+gorro catalán en la mano--¡señor, que este año nos morimos de hambre!
+¡que no da para borona la costera del besugo!...
+
+Pero el Magistral salió sin responder siquiera, pensando en Ana y en
+Mesía; y a la media hora, cuando paseaba por el Espolón solo y a paso
+largo, olvidando el compás de su marcha ordinaria, le repetía en los
+sesos, no sabía qué voz: ¡besugo, besugo!
+
+«¿Por qué se acordaba él del besugo?». Y encogió los hombros irritado
+también con aquella obsesión de estúpido.
+
+--No faltaba más que ahora me volviera loco.
+
+Pasaron ocho días y a la hora señalada Anita se presentó de rodillas
+ante la celosía del confesonario.
+
+Después de la absolución enjugó una lágrima que caía por su mejilla, se
+levantó y salió al pórtico. Allí esperó al Magistral y juntos, cerca ya
+del obscurecer, llegaron a casa de doña Petronila.
+
+Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la _Madre del
+Amor Hermoso_, con sus ojazos de color de avellana asomados a los
+cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda,
+los párpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo
+áspero que ceñía su cabeza; barba redonda y carnosa, nariz de corrección
+insignificante, boca grande, labios pálidos y gruesos. Era alta, ancha
+de hombros, y su larga viudez casta parecía haber echado sobre su cuerpo
+algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen
+vetusta. El vestido era negro, hábito de los Dolores, con una correa de
+charol muy ancha y escudo de plata chillón, ostentoso, en la manga,
+ceñida a la muñeca de gañán con presillas de abalorios.
+
+Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras
+chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra. Se levantó, abrazó a
+la Regenta y besó la mano del Magistral. Les suplicó, después de
+agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen terminar aquel
+embrollo de números; y dama y clérigo se vieron solos en el salón
+sombrío, de damasco verde obscuro y de papel gris y oro. Ana se sentó en
+el sofá, el Magistral a su lado en un sillón. Las maderas de los
+balcones entornados dejaban pasar rayos estrechos de la luz del día
+moribundo; apenas se veían Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha
+salió un gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se
+acercó al sofá paso a paso, levantó la cabeza perezoso, mirando a la
+Regenta, dejó oír un leve y mimoso quejido gutural, y después de frotar
+el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, salió al pasillo
+con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones. Ana tuvo
+aprensión de que olía a incienso el blanquísimo gato; de todas maneras,
+parecía un símbolo de la devoción doméstica de doña Petronila. En toda
+la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era
+tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que olía a cera y a
+estoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce pero
+algo alarmante; se estaba allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.
+
+Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, entró con
+una lámpara antigua de bronce, que dejó sobre un velador después de
+decir con voz de monja acatarrada: «¡Buenas noches!» sin levantar los
+ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises.
+
+Volvieron a quedar solos Ana y su confesor.
+
+Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una
+voz que se parecía a la del gato blanco:
+
+--No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le agradezco esta
+resolución....
+
+--Hubiera usted hablado antes...--Bastante he hablado, picarilla...
+--Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un desaire que yo le
+hacía y que ya sabían estas señoras el negarme a venir.... ¡Llovía
+tanto!... Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada me
+horroriza.... Yo estoy enferma... sí, señor, a pesar de estos colores y
+de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me
+figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona.... No sé
+cómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de
+mí... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendría
+lástima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado como
+hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don Fermín, yo seré
+cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que debo a usted, y que
+nunca podré pagárselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en que
+yo vivía, no puede usted figurarse lo que valía para mí... y la voz de
+usted vino tan a tiempo.... Yo no he tenido madre, viví como usted
+sabe... no sé ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino es
+pura poesía, y la poesía de la virtud parece prosa al que no es
+virtuoso... ya lo sé... Por eso quiero que usted me guíe.... Vendré a
+esta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas me
+impongan.... Haré todo lo que usted manda; no ya por sumisión, por
+egoísmo, porque está visto que no sé disponer de mí; prefiero que me
+mande usted.... Yo quiero volver a ser una niña, empezar mi educación,
+ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como
+ahora.... Y además necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se
+lo he dicho a usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro
+alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia. «Si Él está
+aquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero no vale, porque, ya se lo
+he dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, como
+dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelión, argumentos impíos,
+preocupaciones necias, tercas, que no sé cuándo aprendí, que vagamente
+recuerdo haber oído en mi casa, cuando vivía mi padre. Y a veces se me
+antoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este peso
+doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por
+probarme a mí misma la presencia de Dios?...
+
+--¡Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! Sí, sí,
+hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos, estoy
+seguro de ello; usted es buena, el Señor está con usted... y yo daría mi
+vida por sacarla de esas aprensiones.... Todo ello es enfermedad, es
+flato, nervios... ¿qué sé yo? Pero es material, no tiene nada que ver
+con el alma... pero el contacto es un peligro, sí, Anita; no ya por mí,
+por usted es necesario entrar en la vida devota práctica.... ¡Las obras,
+las obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. Si
+a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas
+buenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no las condene
+ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide
+de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de mí, ¡si usted pudiera
+penetrar en mi alma, Anita! yo sí que jamás podré pagarle esta hermosa
+resolución de esta tarde....
+
+--¡Habló usted de un modo!
+
+--Hablé con el alma...--Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo....
+
+--Pero al fin... vida nueva; ¿no es verdad, hija mía?
+
+--Sí, sí, padre mío, vida nueva....
+
+Callaron y se miraron. Don Fermín, sin pensar en contenerse, cogió una
+mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadón de crochet, y la
+oprimió entre las suyas sacudiéndola. Ana sintió fuego en el rostro,
+pero le pareció absurdo alarmarse. Los dos se habían levantado, y
+entonces entró doña Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de
+la Regenta....
+
+--Señora mía, llega usted a tiempo; usted será testigo de que la oveja
+ofrece solemnemente al pastor no separarse jamás del redil que escoge....
+
+El Gran Constantino besó la frente de Ana.
+
+Fue un beso solemne, apretado, pero frío.... Parecía poner allí el sello
+de una cofradía mojado en hielo.
+
+
+
+
+--XIX--
+
+
+Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribuía las
+enfermedades de sus clientes a la _Primavera médica_, de la que no tenía
+muy claro concepto; pero como su misión principal era consolar a los
+afligidos y solía satisfacerles esta explicación climatológica, el
+médico buen mozo no pensaba en buscar otra. La _Primavera médica_ fue la
+que _postró en cama_, según don Robustiano, a la Regenta, que se acostó
+una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la
+cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al día siguiente,
+saliendo de sueños poblados de larvas, comprendió que tenía fiebre.
+
+Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvería hasta
+las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al médico y Petra se instaló
+a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La cocinera, Servanda, iba
+y venía con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia;
+era nueva en la casa y venía del monte. Mucho tiempo hacía que Anita no
+había tenido uno de aquellos impulsos cariñosos de que solía ser objeto
+don Víctor, pero aquel día, a la tarde, sobre todo al obscurecer, lloró
+ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. «¡Cuánto deseaba su
+presencia! sólo él podría acompañarla en la soledad de enfermo que
+empezaba aquel día». En vano la Marquesa, Paco, Visitación y Ripamilán
+acudieron presurosos al tener noticia del mal; a todos los recibió
+afablemente, sonrió a todos, pero contaba los minutos que faltaban para
+las diez de la noche. «¡Su Quintanar! Aquél era el verdadero amigo, el
+padre, la madre, todo». La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga
+enferma; le tocó la frente y dijo que no era nada, que tenía razón
+Somoza, la primavera médica... y habló de zarzaparrilla y se despidió
+pronto. Paco admiraba en silencio la hermosura de Ana, cuya cabeza
+hundida en la blancura blanda de las almohadas le parecía «una joya en
+su estuche». Observó Visita que más que nunca se parecía entonces Ana a
+la Virgen de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la
+Regenta, y a su rostro rosas encarnadas; y en el sonreír parecía una
+santa. Paco pensó sin querer, «que estaba apetitosa». Se ofreció mucho,
+como su madre, y salió. En el pasillo dio un pellizco a Petra que traía
+un vaso de agua azucarada. Visita dejó la mantilla sobre el lecho de su
+amiga y se preparó a meterse en todo, sin hacer caso del gesto
+impertinente de Petra. «¿Quién se fiaba de criados? Afortunadamente
+estaba ella allí para todo lo que hiciera falta».
+
+«Por lo demás, tu Quintanar del alma hemos de confesar que tiene sus
+cosas; ¿a quién se le ocurre irse de caza dejándote así?».
+
+--Pero qué sabía él....
+
+--¿Pues no te quejabas ya anoche?
+
+--Ese Frígilis tiene la culpa de todo....
+
+--Y quien anda con Frígilis se vuelve loco ni más ni menos que él. ¿No
+es ese Frígilis el que injertaba gallos ingleses?
+
+--Sí, sí, él era.
+
+--¿Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente mono mal
+educado está él... pero, mujer, si ni siquiera viste de persona
+decente.... Yo nunca le he visto el cuello de la camisa... ni
+_chistera_...
+
+Somoza volvió a las ocho de la noche; a pesar de la primavera médica, no
+estaba tranquilo; miró la lengua a la enferma, le tomó el pulso, le
+mandó aplicar al sobaco un termómetro que sacó él del bolsillo, y contó
+los grados. Se puso el doctor como una cereza.... Miró a Visita con torvo
+ceño y echándose a adivinar exclamó con enojo:
+
+--¡Estamos mal!... Aquí se ha hablado mucho.... Me la han aturdido,
+¿verdad? ¡Como si lo viera... mucha gente, de fijo... mucha
+conversación!...
+
+Entonces fue Visita quien sintió encendido el rostro. Somoza había
+adivinado. No sabía medicina, pero sabía con quién trataba. Recetó;
+censuró también a don Víctor por su intempestiva ausencia; dijo que un
+loco hacía ciento; que Frígilis sabía tanto de darwinismo como él de
+herrar moscas; dio dos palmaditas en la cara a la Regenta,
+complaciéndose en el contacto; y cerrando puertas con estrépito salió,
+no sin despedirse hasta mañana temprano, desde lejos.
+
+Visitación, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una buena
+ración de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que Somoza y la
+carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco creía en la medicina casera
+y renegaba de los médicos. Dos veces la había sacado a ella de peligros
+puerperales una famosa matrona sin matrícula ni Dios que lo fundó: «Di
+tú que todo es farsa en este mundo. ¡Cómo decir que estás peor porque
+se ha procurado distraerte! ¡animal! ¡qué sabrá él lo que es una mujer
+nerviosa, de imaginación viva! De fijo que si no estoy yo aquí, te
+consumes todo el día pensando tristezas, y dándole vueltas a la idea de
+tu Quintanar ausente; 'que por qué no estará aquí, que si es buen
+marido, que ya no es un niño para no reflexionar'... y qué sé yo; las
+cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con motivo
+para quejarse de alguno».
+
+Ana estudiaba el modo de oír a Visita sin enterarse de lo que decía,
+pensando en otra cosa, única manera de hacer soportable el tormento de
+su palique. A las diez y cuarto entró en la alcoba don Víctor,
+chorreando pájaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturón de
+cuero; detrás venía don Tomás Crespo, Frígilis, con sombrero gris
+arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de triple suela.
+Quintanar dejó caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la
+capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal hizo, saltó a los
+brazos de su mujer, llenándole de besos la frente, sin acordarse de que
+había testigos.
+
+«¡Ay, sí! aquello era el padre, la madre, el hermano, la fortaleza dulce
+de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor casero; no, no
+estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo». Eterna fidelidad le
+juró callando, en el beso largo, intenso con que pagó los del marido. El
+bigote de don Víctor parecía una escoba mojada; con la humedad que traía
+de las marismas roció la frente de su esposa; pero ella no sintió
+repugnancia, y vio oro y plata en aquellos pelos tiesos que parecían un
+cepillo de yerbas hechas ceniza por la raíz y tostadas por las puntas.
+También don Víctor opinó que «aquello no sería nada», pero de todos
+modos, lamentó en el alma no haber venido en el tren de las cuatro y
+media.
+
+--Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. Sí,
+señora--añadió dirigiéndose a Visita--que lo diga este, no sé por qué se
+me figuró que debía volver más temprano a casa....
+
+--Oh, sí, de eso esté usted seguro. Hay presentimientos--gritó la del
+Banco, que se disponía a narrar tres o cuatro adivinaciones suyas.
+
+--Pero este tuvo la culpa.... Frígilis encogió los hombros y tomó el
+pulso a la enferma, que le apretó la mano, perdonándoselo todo. La
+verdad era que don Víctor había querido volver temprano... para no
+perder el teatro. Pero esto no se podía decir. Frígilis, en silencio,
+tuvo una vez más ocasión de negar la existencia de los avisos
+sobrenaturales.--Se había destocado y su cabello espeso, de color
+montaraz, cortado por igual, parecía una mata, una muestra de las
+breñas. Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo; le enojaba la
+luz, tropezaba con los muebles, olía al monte; traía pegada al cuerpo la
+niebla de las marismas y parecía rodeado de la obscuridad y la frescura
+del campo. Tenía algo de la fiera que cae en la trampa, del murciélago
+que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de
+Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el símbolo de la salud
+queriendo _contagiar_ con sus emanaciones a la enferma.
+
+Cuando quedaron solos marido y mujer, después de conseguir, no sin
+trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedándose a velar a su
+amiga, Ana volvió a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en
+que temblaba el llanto:
+
+--No te acuestes todavía, estoy muy asustadiza, te necesito, estáte
+aquí, por Dios, Quintanar....
+
+--Sí, hija, sí, pues no faltaba más...--Y solícito, cariñoso le ceñía el
+embozo de las sábanas a la espalda sonrosada, de raso, que él no miraba
+siquiera. Pero la Regenta notó luego que su marido estaba preocupado.
+
+--¿Qué tienes? ¿Tienes aprensión? Crees que estoy peor de lo que
+dicen... y quieres disimular....
+
+--No, hija, no... por amor de Dios... no es eso....
+
+--Sí, sí; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te aseguro que esto
+pasará; lo conozco yo; ya sabes cómo soy, parece que me amaga una
+enfermedad... y después no es nada.... Ahora, sí, estoy muy nerviosa, se
+me figura a lo mejor que me abandona el mundo, que me quedo sola,
+sola... y te necesito a ti... pero esto pasa, esto es nervioso....
+
+--Sí, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levantó diciendo:
+
+--Vida mía, soy contigo. Y salió por la puerta de escape.
+
+--A ver--gritó en el pasillo--; Petra, Servanda, Anselmo, cualquiera...
+¿se llevó la perdiz don Tomás?
+
+Anselmo registró las aves muertas, depositadas en la cocina, y contestó
+desde lejos:
+
+--¡Sí, señor; aquí no hay perdices!
+
+--¡Ira de Dios! ¡Pardiez! ¡Malhaya! ¡Siempre el mismo! Si es mía, si la
+maté yo... si estoy seguro de que fue mi tiro.... ¡Es lo más
+vanidoso!... ¡Anselmo! oye esto que digo: mañana al ser de día,
+¿entiendes? te _personas_ en casa de don Tomás, y le pides de mi parte,
+con la mayor energía y seriedad, la perdiz, esté como esté, ¿entiendes?
+y que no es broma, y aunque esté pelada, que quiero que me la
+restituya... _Suum cuique_. Ana oyó los gritos y se apresuró a perdonar
+aquella debilidad inocente de su esposo. «Todos los cazadores son así»,
+pensó con la benevolencia de la fiebre incipiente.
+
+Volvió don Víctor y la sonrisa dulce, cristiana de su esposa, le
+restituyó la calma, ya que la perdiz no podía.
+
+Hasta la una y media no _concilió el sueño_ su mujer, y _entonces y sólo
+entonces_, pudo don Víctor disponerse a dormir.
+
+Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consideró que era un
+contratiempo serio la enfermedad de su queridísima Ana. «Él no estaba
+alarmado, bien lo sabía Dios; no había peligro; si lo hubiese lo
+conocería en el susto, en el dolor que le estaría atormentando; no había
+susto, no había dolor, luego no había peligro. Pero había contratiempo;
+por de pronto, adiós teatro para muchos días, y aunque se trataba ahora
+de una compañía de zarzuela, que era un _género híbrido_, sin embargo,
+él confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y sencillas de
+la zarzuela seria, y había encontrado noches pasadas cierto _color local
+en Marina_, y _sabor_ de época en _El Dominó Azul_, sin contar con los
+amores contrarios del _Juramento_, que eran cosa delicada. Pero ¿y la
+expedición con el Gobernador de la provincia, para inaugurar el
+ferrocarril económico de Occidente? ¿Y las partidas de dominó con el
+Ingeniero jefe en el Casino? ¿Y los paseos largos que necesitaba para
+hacer bien la digestión?». La idea de no salir de casa en muchos días,
+le aterraba.... Se acostó de muy mal humor. Apagó la luz. La obscuridad
+le sugirió un remordimiento. «Era un egoísta, no pensaba en su pobrecita
+mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos». Y, como en desagravio,
+para engañarse a sí propio, suspiró con fuerza y exclamó en voz alta:
+
+--¡Pobrecita de mi alma! Y se durmió satisfecho. Despertó con la cabeza
+llena de proyectos, como solía; pero de repente pensó en Ana, en la
+fiebre y se llenó su alma de tristeza cobarde.... «¡Sabe Dios lo que
+sería aquello!». La botica, los jaropes que él aborrecía, el miedo a
+equivocar las dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas,
+creyendo que podían ser veneno (para don Víctor el veneno, a pesar de
+sus estudios físico-químicos, siempre era verde o amarillo), las
+equivocaciones y torpezas de las criadas, las horas de hastío y silencio
+al pie del lecho de la enferma, las inquietudes naturales, el estar
+pendiente de las palabras de Somoza, el hablar con todos los que
+quisieran enterarse de la misma cosa, de los grados de la enfermedad...
+todas estas incomodidades se aglomeraron en la imaginación de don
+Víctor, que escupió bilis repetidas veces, y se levantó lleno de lástima
+de sí mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvidó de repente de todo
+aquello: Ana estaba mal, había delirado; no habían querido despertarle,
+pero la señora había pasado una noche terrible según Petra, que había
+velado.
+
+Somoza llegó a las ocho.--¿Qué es? ¿qué tiene? ¿hay gravedad?
+
+Don Víctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas
+cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oía.
+
+El médico no contestó. Recetó y salió al gabinete.
+
+--¿Qué hay? ¿qué hay?--repetía allí Quintanar con voz trémula y muy
+bajo--... ¿Qué hay?
+
+Don Robustiano le miró con desprecio, con odio y con indignación...
+
+«¡Qué hay! ¡qué hay! eso pronto se pregunta»; don Robustiano no sabía
+lo que iba a hacer, pero parecía algo gordo por las señas; esto pensó,
+pero dijo:
+
+--Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder
+de criadas, ni de Visitación, que la aturde con su cháchara...; eso hay.
+
+--Pero ¿es cosa grave, es cosa grave?
+
+--Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es
+grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto.... ¿Se
+trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis... tal
+vez... pero hay fenómenos reflejos que engañan....
+
+--¿De modo que no son los nervios? ¿Ni la primavera médica?...
+
+--Hombre, los nervios siempre andan en el ajo... y la primavera... la
+sangre... la savia nueva... es claro... todo influye... pero usted no
+puede entender esto....
+
+--No, señor, no puedo. En mis ratos de ocio he leído libros de medicina,
+conozco el Jaccoud... pero semejante lectura me daba ganas de... vamos,
+sentía náuseas y se me figuraba oír la sangre circular, y creía que era
+así... una cosa como el depósito del Lozoya, con canales, compuertas en
+el corazón....
+
+--Bueno, bueno; por mí no disparate usted más. Hasta la tarde; si hay
+novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni dejar... que
+entre Visitación... que la aturde. ¡La ciencia prohíbe terminantemente
+que esa señora protectora de comadronas parteras meta aquí la pata!...
+
+Cuatro días después, don Robustiano mandaba en su lugar a un médico
+joven, su protegido; creía llegado el caso de inhibirse; ya se sabía, él
+no podía asistir a las personas muy queridas cuando llegaban a cierto
+estado....
+
+El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declaró que la
+enfermedad no era grave, pero sí larga, y de convalecencia penosa. No le
+gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades, y
+empleaba los técnicos si le apuraban, no por ridícula pedantería, sino
+por salir con su gusto de no enterar a los profanos de lo que no importa
+que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello fue que Anita creyó que se
+moría, y padeció aún más que en el tiempo del mayor peligro, cuando
+empezaron a decirle que estaba mejor. Al saber que había pasado seis
+días en aquella torpeza con intervalos de exaltación y delirio, extrañó
+mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio.
+
+La debilidad la tenía aún más que rendida, exaltada y vidriosa. Todo lo
+veía de un color amarillento pálido; entre los objetos y ella, flotaban
+infinitos puntos y circulillos de aire, como burbujas a veces, como
+polvo y como telarañas muy sutiles otras: si dejaba los brazos tendidos
+sobre el embozo de su lecho y miraba las manos flacas, surcadas por
+haces de azul sobre fondo blanco mate, creía de repente que aquellos
+dedos no eran suyos, que el moverlos no dependía de su voluntad, y el
+decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran esfuerzo. Sus
+mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos caldos
+insípidos, desabridos, que don Víctor enfriaba a soplos, soplando con fe
+y perseverancia, dando a entender su celo y su cariño en aquel modo de
+soplar. El ideal del caldo, según Quintanar, nunca lo _realizaban_ las
+criadas de Vetusta. De esto hablaba él, mientras Ana sentía sudores
+mortales que parecían sacarle de la piel la última fuerza, y hasta el
+ánimo de vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por
+dentro; a veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a
+verse repartida en mil, y el horror dominándola producía una reacción de
+energía suficiente a volverla a su _yo_, como a un puerto seguro; al
+recobrar esta conciencia de sí, se sentía padeciendo mucho, pero casi
+gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era
+quien era. Si don Víctor hablaba a su lado, sin querer Ana seguía
+entonces el pensamiento de su esposo, y contra su deseo, la atención se
+fijaba en los juicios de Quintanar, y la inteligencia les aplicaba
+rigorosa crítica, un análisis sutil y doloroso para la enferma, que al
+pulverizar a pesar suyo las sinrazones del marido, padecía tormento
+indescriptible, en el cerebro según ella.
+
+Veía al médico muy preocupado con el _tronco_ y sin pensar en los
+dolores inefables que ella sentía en lo más suyo, en algo que sería
+cuerpo, pero que parecía alma, según era íntimo. Todos los días había
+que palpar el vientre y hacer preguntas relativas a las funciones más
+humildes de la vida animal; don Víctor, que no se fiaba de su memoria,
+siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que
+asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al
+médico importaba saber de estos pormenores.
+
+Mientras duró el temor de la gravedad, el amante esposo no pensó más que
+en la enferma y cumplió como bueno; si era a veces importuno,
+descuidado, o poco hábil, era sin conciencia. Después empezó a
+aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba al decir las
+horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidió tomarle
+afición al oficio de enfermero y lo consiguió: llegó a ser para él tan
+divertido como hacer pórticos ojivales de marquetería, el preparar
+menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer con yodo; soplar y limpiar
+caldos y consultar el reloj para contar los minutos y hasta los
+segundos; operación en que llegó a poner una exactitud que impacientaba
+a Petra y a Servanda. Esperaba con afán la visita del médico, primero
+para hacerse decir veinte veces que Ana iba mejor, mucho mejor, y
+además, para gozar con la conversación alegre, ajena a todas las
+enfermedades del mundo, que seguía a la parte facultativa de la visita.
+El sustituto de Somoza no era hablador, pero se divertía oyendo a
+Quintanar, y este llegó a profesar gran cariño a Benítez, que así se
+llamaba. El contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la
+alcoba estrecha y llena de una atmósfera pesada; de la vida monótona de
+casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el
+aire libre, la última zarzuela, encantaba a don Víctor, que llevaba la
+conversación a cosas frescas, grandes y de muchos accidentes. También le
+gustaba discutir con Benítez y sondearle, como él decía. Uno de los
+problemas que más preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad
+de los mundos habitados. Él creía que sí, que había habitantes en todos
+los astros, la generosidad de Dios lo exigía; y citaba a Flammarión, y
+las cartas de Feijóo y la opinión de un obispo inglés, cuyo nombre no
+recordaba «Mister no sé cuántos», porque para él todos los ingleses eran
+Mister.
+
+Desde que el médico declaró que la mejoría, aunque lenta, sería continua
+probablemente, Quintanar, muy contento, no permitió que se dudase de
+aquella no interrumpida marcha en busca de la salud. Su egoísmo
+candoroso, pero fuerte, estaba cansado de pensar en los demás, de
+olvidarse a sí mismo, no quería más tiempo de servidumbre, y si Ana se
+quejaba, su marido torcía el gesto, y hasta llegó a hablar con voz
+agridulce de la paciencia y de la formalidad.
+
+--No seamos niños, Ana; tú estás mejor, eso que tienes es efecto de la
+debilidad... no pienses en ello... es aprensión; la aprensión hace más
+víctimas que el mal. Y repetía infaliblemente la parábola del cólera y
+la aprensión.
+
+La idea de una recaída, de un estancamiento siquiera, le parecía
+subversiva, una maquinación contra su reposo. «Él no era de piedra. No
+podría resistir...».
+
+Ya no tenía compasión de la enferma; ya no había allí más que nervios...
+y empezó a pensar en sí mismo exclusivamente. Entraba y salía a cada
+momento en la alcoba de Ana; casi nunca se sentaba, y hasta llegó a
+fastidiarle el registro de medicinas y demás pormenores íntimos. El
+médico tuvo que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y
+hasta mentiras para estar fuera, en su despacho, en el Parque. «¡Qué
+gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el
+autor de todo». Y respiraba don Víctor las auras de abril con placer
+voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvió a componer sus
+maquinillas, soñó con nuevos inventos, y envidió a Frígilis la
+aclimatación del Eucaliptus globulus en Vetusta.
+
+La Regenta notó la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y horas
+que a él le parecían minutos. Cuando las congojas la anegaban en mares
+de tristeza, que parecían sin orillas, cuando se sentía como aislada del
+mundo, abandonada sin remedio, ya no llamaba a Quintanar, aunque era el
+único ser vivo de quien entonces se acordaba; prefería dejarle tranquilo
+allá fuera, porque si venía le hacía daño con aquel desdén gárrulo y
+absurdo de los padecimientos nerviosos.
+
+Una tarde de color de plomo, más triste por ser de primavera y parecer
+de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas de
+almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban
+posturas trágicas abrigos de ella y unos pantalones que don Víctor
+dejara allí; sin fe en el médico creyendo en no sabía qué mal incurable
+que no comprendían los doctores de Vetusta, tuvo de repente, como un
+amargor del cerebro, esta idea: «Estoy sola en el mundo». Y el mundo era
+plomizo, amarillento o negro según las horas, según los días; el mundo
+era un rumor triste, lejano, apagado, donde había canciones de niñas,
+monótonas, sin sentido; estrépito de ruedas que hacen temblar los
+cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el
+gruñir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol
+dando vueltas muy rápidas alrededor de la tierra, y esto eran los días;
+nada. Las gentes entraban y salían en su alcoba como en el escenario de
+un teatro, hablaban allí con afectado interés y pensaban en lo de fuera:
+su realidad era otra, aquello la máscara. «Nadie amaba a nadie. Así era
+el mundo y ella estaba sola». Miró a su cuerpo y le pareció tierra. «Era
+cómplice de los otros, también se escapaba en cuanto podía; se parecía
+más al mundo que a ella, era más del mundo que de ella». «Yo soy mi
+alma», dijo entre dientes, y soltando las sábanas que sus manos
+oprimían, resbaló en el lecho, y quedó supina mientras el muro de
+almohadas se desmoronaba. Lloró con los ojos cerrados. La vida volvía
+entre aquellas olas de lágrimas. Oyó la campana de un reloj de la casa.
+Era la hora de una medicina. Era aquella tarde el encargado de dársela
+Quintanar y no aparecía. Ana esperó. No quiso llamar y se inclinó hacia
+la mesilla de noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo
+tomó y bebió. Entonces leyó distraída en el lomo del libro voluminoso:
+_Obras de Santa Teresa. I_.
+
+Se estremeció, tuvo un terror vago; acudió de repente a su memoria
+aquella tarde de la lectura de San Agustín en la glorieta de su huerto,
+en Loreto, cuando era niña, y creyó oír voces sobrenaturales que
+estallaban en su cerebro; ahora no tenía la cándida fe de entonces. «Era
+una casualidad, pura casualidad la presencia de aquel libro místico
+coincidiendo con los pensamientos de abandono que la entristecían, y
+despertando ideas de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma,
+serias, profundas, no impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto
+con abrazos del deseo.... Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo,
+ella tomaba la lección, aprovechaba la coincidencia, entendía el sentido
+profundo del azar. ¿No se quejaba de que estaba sola, no había caído
+como desvanecida por la idea del abandono?... Pues allí estaban aquellas
+letras doradas: _Obras de Santa Teresa. I_. ¡Cuánta elocuencia en un
+letrero! «¡Estás sola! pues ¿y Dios?».
+
+El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazón;
+todo ardió allí dentro en piedad; y Ana, con irresistible ímpetu de fe
+ostensible, viva, material, fortísima, se puso de rodillas sobre el
+lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos juntas temblando
+sobre la cabeza, balbuciente, exclamó con voz de niña enferma y amorosa:
+
+--¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dios de mi alma!
+
+Sintió escalofríos y ondas de mareo que subían al cerebro; se apoyó en
+el frío estuco, y cayó sin sentido sobre la colcha de damasco rojo.
+
+A pesar de la prohibición de don Víctor, vino el retroceso, recayó la
+enferma, y se volvió a los sustos, a los apuros, a las noches en vela;
+el médico volvió a ser un oráculo, los pormenores de alcoba negocios
+arduos, el reloj un dictador lacónico.
+
+Ana tuvo aquellas noches sueños horribles. Al amanecer, cuando la luz
+pálida y cobarde se arrastraba por el suelo, después de entrar laminada
+por los intersticios del balcón, despertaba sofocada por aquellas
+visiones, como náufrago que sale a la orilla.... Parecíale sentir todavía
+el roce de los fantasmas groseros y cínicos, cubiertos de peste; oler
+hediondas emanaciones de sus podredumbres, respirar en la atmósfera
+fría, casi viscosa, de los subterráneos en que el delirio la
+aprisionaba. Andrajosos vestiglos amenazándola con el contacto de sus
+llagas purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien
+veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no cabía
+sin darle tormento. Entonces creía morir. Una noche la Regenta reconoció
+en aquel subterráneo las catacumbas, según las descripciones románticas
+de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de vírgenes de blanca túnica,
+vagaban por las galerías húmedas, angostas y aplastadas, larvas,
+asquerosas, descarnadas, cubiertas de casullas de oro, capas pluviales y
+manteos que al tocarlos eran como alas de murciélago. Ana corría, corría
+sin poder avanzar cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto,
+queriendo antes destrozar en él sus carnes que sufrir el olor y el
+contacto de las asquerosas carátulas; pero al llegar a la salida, unos
+la pedían besos, otros oro, y ella ocultaba el rostro y repartía monedas
+de plata y cobre, mientras oía cantar responsos a carcajadas y le
+salpicaba el rostro el agua sucia de los hisopos que bebían en los
+charcos.
+
+Cuando despertó se sintió anegada en sudor frío y tuvo asco de su propio
+cuerpo y aprensión de que su lecho olía como el fétido humor de los
+hisopos de la pesadilla...
+
+«¿Iría a morir? ¿Eran aquellos sueños repugnantes emanaciones de la
+sepultura, el sabor anticipado de la tierra? ¿Y aquellos subterráneos y
+sus larvas eran imitación del infierno? ¡El infierno! Nunca había
+pensado en él despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella
+como en los más de los fieles; creía en el Infierno como en todo lo que
+mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se había
+revelado, ella lo había sometido con acto de pretendida fe, había dicho
+«creo a ciegas», tomando las palabras y la resolución de creer por la
+creencia. Pero otra cosa era en esta ocasión: el Infierno ya no era un
+dogma englobado en otros: ella había sentido su olor, su sabor... y
+comprendía que antes, en rigor, no creía en el Infierno. Sí, sí, era
+material o lo parecía, ¿por qué no? ¡Qué vana se le antojaba ahora a la
+Regenta la filosofía superficial del optimismo bullanguero, del
+espiritualismo abstracto, bonachón, sin sentido de la realidad triste
+del mundo! ¡Había infierno! Era así... la podredumbre de la materia para
+los espíritus podridos.... Y ella había pecado, sí, sí, había pecado.
+¡Qué diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que
+el mundo solía tener y con el cual ella se había absuelto de ciertas
+_ligerezas_ que ya le pesaban como plomo!». Y recordaba máximas y
+aforismos religiosos que había oído al Magistral, sin penetrar su
+terrible severidad, aquel sentido lúgubre y hondo que no parecían tener
+en los labios finos, suaves, llenos de silbantes sonidos del pulquérrimo
+canónigo.
+
+Ya había subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la mañana con
+tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa creían postrada o
+dormida a la Regenta y no abrían las maderas del balcón, ni interrumpían
+el descanso de la enferma. Ana sentía el día en el melancólico regalo
+que su mismo lecho, tantas veces aborrecido, le prestaba en aquellas
+horas de la mañana de primavera; otra vez volvía la vida a moverse en
+aquel cuerpo mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba
+avanzando por aquel terreno de su victoria, dudosa de ella todavía. El
+cerebro recobraba los dominios de la lógica, su salud; la memoria,
+firme, no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates.
+
+Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en
+sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quería
+acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginación, y poco a poco,
+según las olas de salud subían en su marea, la enferma, perdido el
+terror con que despertara, oía la acusación con dulce curiosidad
+creciente; la idea del infierno se desvanecía, como mueren las
+vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de asco y terror;
+aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad ordinaria,
+pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor, fuerza al
+ánimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el relato adquiría
+más y más interés.
+
+Pasaron entonces por el recuerdo todos los días que siguieron al
+entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el espíritu de Ana había
+dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Recordó la romería
+de San Blas, en la carretera de la Fábrica Vieja; aquella tarde de sol
+que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral allá arriba, como
+en la cúspide de un monumento, encaje de piedra obscura sobre fondo de
+naranja y de violeta de un cielo suave, listado, de nubes largas,
+estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo, como esperando a que se
+acostara el sol para cerrar el horizonte.... Sin saber cómo, San Blas
+anunciaba la primavera; Ana esperaba ya aquellos días en que, con largos
+intervalos de mal tiempo, aparece un poco de luz que arranca vibraciones
+de alegría y resplandor al verde dormido de los campos vetustenses;
+aquellos días que son algo mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las
+ideas tristes habían volado como pájaros de invierno, Ana se había visto
+en el paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba
+don Álvaro Mesía, enamorado, triste de tanto amor, resignado, cariñoso
+sin interés, suave y tierno, sin esperanza. Algo así como el mismo
+encanto del día; en rigor, el invierno, nada, pero en la tranquilidad y
+tibia y vaga alegría del ambiente, una delicia que saboreaba con
+inefable gozo la Regenta.
+
+Así don Álvaro; no sería jamás suya, eso no; ese verano ardiente no
+vendría, ni siquiera le consentiría hablarle claro, insistir en sus
+pretensiones; pero tenerle a su lado, _sentirle_ quererla, adorarla, eso
+sí: era dulce, era suave, era un placer tranquilo, profundo.... Ella le
+miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonreía como
+una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal,
+llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego. Tal había sido el
+paseo de San Blas.
+
+Desde aquella tarde Mesía había recobrado parte de sus esperanzas; creyó
+otra vez en la influencia _del físico_ y se propuso estar al lado de Ana
+la mayor cantidad de tiempo posible. Era una villanía, pero recurrió a
+la ciega amistad de don Víctor. En el Casino se sentaba a su lado, tenía
+la paciencia de verle jugar al dominó o al ajedrez, y terminada la
+partida le cogía del brazo, y, como solía llover, paseaban por el salón
+largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las
+cinco o seis parejas que lo medían de arriba abajo a grandes pasos, que
+tenían por el furor de los tacones, algo de protesta contra el mal
+tiempo. Veterano del Casino había que llevaba andado en aquel salón
+camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos amigos, y
+Mesía iba entrando, entrando por el alma del jubilado regente y tomando
+posesión de todos sus rincones.
+
+Don Víctor llegó a creer que a Mesía ya no le importaban en el mundo más
+negocios que los de él, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle,
+tardes enteras le tenía amarrado a su brazo, dando vueltas por las
+tablas temblonas del salón, parándose a cada pasaje interesante del
+relato o siempre que había una duda que consultar con el amigo. Don
+Álvaro sufría el tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se había
+resistido su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino
+subterráneo y traidor, pero ya no podía menos. Además «¡qué diablo!
+mayores bellaquerías había en la historia de sus aventuras».
+
+Don Víctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la
+cabeza para mirarle cara a cara, y decía, por ejemplo:
+
+--Mire usted, aquí en el secreto de la... pues... contando con el sigilo
+de usted.... Frígilis tiene también sus defectos. Yo le quiero más que un
+hermano, eso sí, pero él... él me tiene en poco... créalo usted.... No me
+lo niegue usted, es inútil, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se
+cree muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe más
+arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es más constante que yo en el
+trabajo... pero ¡tirar mejor que yo! ¡hombre por Dios! ¿Y el talento
+mecánico? Él es torpe de dedos y tardo de ingenio.--Y don Víctor,
+parándose otra vez, casi al oído de don Álvaro añadía--: Diré la
+palabra: ¡un rutinario!
+
+Quintanar era inagotable en el capítulo de las quejas y de la envidia
+pequeña, al pormenor, cuando se trataba de su amigo íntimo, de su
+Frígilis; se sentía dominado por él y desahogaba la colerilla sorda,
+cobarde, bonachona en el fondo, en estas confidencias; Mesía era una
+especie de rival de Frígilis que asomaba; don Víctor encontraba cierta
+satisfacción maligna en la infidelidad incipiente.
+
+Don Álvaro callaba y oía. Sólo cuando trataba don Víctor de su buena
+puntería se quedaba un poco preocupado. Le parecía imposible que se
+pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como don Tomás
+Crespo, a quien él creía loco de nacimiento.
+
+Anochecía, seguía lloviendo, los mozos de servicio encendían dos o tres
+luces de gas en el salón, y Quintanar conocía por esta seña y por el
+cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que había hablado mucho;
+sentía entonces remordimientos, se apiadaba de Mesía, le agradecía en el
+alma su silencio y atención, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso
+de cerveza alemana en su casa.
+
+La frase era:--¿Vamos a la Rinconada? Mesía, callando, seguía a don
+Víctor.
+
+Una intuición singular le decía al ex-regente que pagaba bien al amigo
+su atención llevándoselo a casa. ¿Por qué don Álvaro había de tener
+gusto en seguirle? Si se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese
+podido responder. Pero se lo daba el corazón; lo había observado, sin
+fijarse en la observación: a Mesía le gustaba entrar en la casa de la
+Rinconada.
+
+Solía llevarle al despacho, a su museo como él decía; allí le explicaba
+el mecanismo de aquellos intrincados maderos y resortes y, convencido de
+la ignorancia de su amigo, le engañaba sin conciencia. Lo que no
+consentía don Álvaro era que se pasase revista a las colecciones de
+yerbas y de insectos: le mareaba el fijar sucesiva y rápidamente la
+atención en tantas cosas inútiles.--El único _bicho_ que le era
+simpático a don Álvaro era un pavo real disecado por Frígilis y su
+amigo.--Solía acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba:
+
+--Bueno--decía don Víctor--pues pasaremos a mi gabinete, ya que usted
+desprecia mis colecciones.--Anselmo, la cerveza al gabinete.
+
+El gabinete era otro museo: estaban allí las armas y la indumentaria.
+Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy brillantes y
+bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas épocas y tamaños
+llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios guardaba don
+Víctor con el cariño de un coleccionador los trajes de aficionado que
+había lucido en mejores tiempos. Si se entusiasmaba hablando de sus
+marchitos laureles, abría las arcas, abría los armarios, y seda, galones
+y plumas, abalorios y cintajos en mezcla de colores chillones saltaban a
+la alfombra, y en aquel mar de recuerdos de trapo perdía la cabeza
+Quintanar. En una caja de latón, entre yerba, guardaba como oro en paño,
+un objeto, que a primera vista se le antojó a Mesía una serpiente; en
+efecto, yacía enroscado y era verdinegro el bulto.... No había que
+temer... don Víctor domaba fieras; aquello era la cadena que él había
+arrastrado representando el Segismundo de _La vida es sueño_, en el
+primer acto.
+
+--Mire usted, amigo mío, a usted puedo decírselo; no es inmodestia;
+reconozco, ¿cómo no? la superioridad de Perales en el teatro antiguo, su
+Segismundo es una revelación, concedo, revela mejor que el mío la
+filosofía del drama, pero... no me gustaba su modo de arrastrar la
+cadena; parecía un perro con maza; yo la manejaba con mucha mayor
+verosimilitud y naturalidad; arrastraba la cadena, créame usted, como si
+no hubiese arrastrado otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en
+Calatayud, me arrojaron todo ese hierro al escenario, como símbolo de mi
+habilidad. Por poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor
+recuerdo de mi efímera vida artística.
+
+Mesía esperaba la presencia de Ana y así podía resistir la conversación
+de su amigo, pero muchas veces la Regenta no parecía por el gabinete de
+su marido, y el galán tenía que contentarse con el bock de cerveza y el
+teatro de Calderón y Lope.
+
+Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atreviéndose a ir a cualquier
+hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontró a su lado como un objeto
+familiar. Iba siendo Mesía al caserón lo que Frígilis a la huerta.
+
+Aquel procedimiento rastrero, de villano, debió irritarla, pero no la
+irritó; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborrecía a don Álvaro,
+a pesar de que sus intenciones eran torcidas, miserables; quería abusar
+de la confianza de don Víctor. «Pero ¿y si no quería? ¿Si se contentaba
+con estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por
+amiga? Veríamos. Si él se propasaba, estaba segura de resistir y hasta
+valor sentía para echarle en cara su crimen, su bajeza y arrojarle de
+casa».
+
+Pasaron días y Ana cada vez estaba más tranquila. «No, no se propasaba;
+no hacía más que admirarla, amarla en silencio. Ni una palabra
+peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar ocasiones, nada de buscar
+_escenas_; una honradez cabal; el amor que respeta la honra, la pasión
+que se alimenta de ver y respirar el ambiente que rodea al ser amado. El
+placer que ella sentía, también tenía que confesárselo, era el más
+intenso que había saboreado en su vida. Poco decir era por que ¡había
+gozado tan poco!». Al sentir cerca de sí a don Álvaro, segura de que no
+había peligro, respiraba con delicia, dejaba el espíritu en una
+somnolencia moral que la tenía bajo los efectos del opio. Comparaba ella
+la situación a la aventura de flotar sobre mansa corriente perezosa,
+sombría, a la hora de la siesta; el agua va al abismo, el cuerpo
+flota... pero hay la seguridad de salir de la corriente cuando el
+peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los brazos y se
+está fuera, en la orilla.... Ya sabía Ana en sus adentros que aquello no
+estaba bien, por que ella no podía responder de la prudencia de don
+Álvaro. «Pero, ¿no estaba segura de sí misma? sí ¡pues entonces! ¿por
+qué no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de una
+madre, la fidelidad de un perro?». «Además, quien mandaba en casa era su
+marido, no era ella. ¿Buscaba ella a Mesía? No. ¿Mandaba ella a
+Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba. Obrar de otro modo hubiera
+sido alarmar al esposo sin motivo, infundir sospechas sin fundamento,
+tal vez robar a don Víctor para siempre la paz del alma. Lo mejor era
+callar, estar alerta, y... gozar la tibia llama de la pasión de soslayo;
+que con ser poco tal calor era la más viva hoguera a que ella se había
+arrimado en su vida».
+
+«Y al Magistral no se le decía nada de esto. ¿Para qué? No había pecado.
+Había ocasión, pero no se buscaba». Además, Ana, puesto que defendía su
+virtud, creía prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al
+confesor. «Si crecía el peligro, hablaría. Mientras tanto, no».
+
+Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario
+de la catedral, los preparativos de una expedición al campo en la que
+acompañaban a la Regenta Mesía, Frígilis y Quintanar. No fue aquella
+sola; muchas veces, en cuanto veía un rayo de sol, a don Víctor se le
+antojaba aprovechar el buen tiempo y echar una cana al aire en los
+ventorrillos de la carretera de Castilla o en los de Vistalegre, en
+compañía de las personas que más quería en Vetusta, a saber: su cara
+esposa, Frígilis... y don Álvaro. El pobre Ripamilán era invitado, pero
+decía que si no le llevaban en coche.... «El espíritu no faltaba, pero
+los huesos no tienen espíritu».
+
+Se comía, allá arriba, lo que salía al paso, lo que daban los pasmados
+venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas migas, huevos
+fritos, cualquier cosa; el pan era duro, ¡mejor! el vino malo, sabía a
+la pez, ¡mejor! esto le gustaba a Quintanar: y en tal gusto coincidía
+con su esposa, amiga también de estas meriendas aventuradas, en las que
+encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegría
+infantil. En aquellos altozanos se respiraba el aire como cosa nueva;
+se calentaban a los rayos del sol con voluptuosa pereza, como si el sol
+de Vetusta, de allá abajo, fuera menos benéfico. Notaba Ana que en
+aquella altura, en aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela
+picaresca, entre arrieros, maritornes y señores de castillos, a lo don
+Quijote, se despertaba en ella el instinto del arte plástico y el
+sentido de la observación; reparaba las siluetas de árboles, gallinas,
+patos, cerdos, y se fijaba en las líneas que pedían el lápiz, veía más
+matices en los colores, descubría grupos artísticos, combinaciones de
+composición sabia y armónica, y, en suma, se le revelaba la naturaleza
+como poeta y pintor en todo lo que veía y oía, en la respuesta aguda de
+una aldeana o de un zafio gañán, en los episodios de la vida del corral,
+en los grupos de las nubes, en la melancolía de una mula cansada y
+cubierta de polvo, en la sombra de un árbol, en los reflejos de un
+charco, y sobre todo en el ritmo recóndito de los fenómenos, divisibles
+a lo infinito, sucediéndose, coincidiendo, formando la trama dramática
+del tiempo con una armonía superior a nuestras facultades perceptivas,
+que más se adivina que de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de
+que tenía conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos
+de Vistalegre, camino de Corfín, le inundaba de visiones el cerebro y la
+sumía en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser una
+fatiga. Entonces la sacaban de sus éxtasis naturalistas una atención
+delicada de Mesía o una salida de buen humor intempestivo de Quintanar.
+Don Víctor creía que en el campo, sobre todo si se merienda, no se debe
+hacer más que locuras; y, por supuesto, era según él indispensable que
+alguien se disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. Él solía en
+tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del país;
+se la pedía en préstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana
+negra al respetable concurso. Se reían por complacerle. Se merendaba
+casi siempre al aire libre, contemplando allá abajo el caserío parduzco
+de Vetusta; la catedral parecía desde allí hundida en un pozo, y muy
+chiquita; esbelta, pero como un juguete; detrás el humo de las fábricas
+en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y más allá los campos
+de maíz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de
+castaños y robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por
+fin, confundiéndose con los picachos de los puertos lejanos. Se
+filosofaba mientras se comía, tal vez con los dedos, salchichón o
+chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamón, lo que fuese;
+se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas más hondas que las
+que se decía, con los ojos clavados en la lontananza, detrás de la cual
+se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueño; se hablaba
+de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el
+tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la
+infancia, las fechas lejanas en que había una memoria común; y un
+sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfín, se
+extendía sobre los comensales bucólicos y su filosofía de sobremesa.
+
+Comenzaba la brisa; picaba un poco y tenía sus peligros, pero halagaba
+la piel; salía una estrella; el cuarto de luna (que a don Víctor le
+parecía la plegadera de oro que le habían regalado en Granada), tomaba
+color, es decir, luz. La conversación, ya perezosa, daba entonces en la
+astronomía y se paraba en el concepto de lo infinito; se acababa por
+tener un deseo vago de oír música. Entonces Quintanar recordaba que se
+cantaba aquella noche _El Relámpago_ o _Los Magyares_; levantaba el
+campo, y paso a paso, volvían a la soñolienta Vetusta dejándose resbalar
+por la pendiente suave de la carretera. Frígilis dejaba el brazo a la
+Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mesía resignado, firme en
+su propósito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con
+don Víctor, que tal vez se permitía cantar a su modo el _spirto gentil_
+o la _casta diva_; aunque prefería recitar versos, sin que jamás se le
+olvidase decir con Góngora:
+
+ A su cabaña los guía
+ que el sol deja el horizonte,
+ y el humo de su cabaña
+ les va sirviendo de Norte.
+
+Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas
+desnudas, que chocaban alegres, inclinándose, preñadas ya de las nuevas
+hojas; y Ana, apoyándose tranquila en el brazo fuerte del mejor amigo,
+olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la primavera. De esto
+hablaban ella y Frígilis. Crespo, satisfecho, tranquilo, apacible, en
+voz baja, como respetando el primer sueño del campo, su ídolo, dejaba
+caer sus palabras como un rocío en el alma de Ana, que entonces
+comprendía aquella adoración tranquila, aquel culto poético, nada
+romántico, que consagraba Frígilis a la naturaleza, sin llamarla así,
+por supuesto. Nada de _grandes síntesis_, de cuadros disolventes, de
+filosofía panteística; pormenores, historia de los pájaros, de las
+plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida natural
+llena de lecciones de una observación riquísima. El amor de Frígilis a
+la naturaleza era más de marido que de amante, y más de madre que de
+otra cosa. En aquellos momentos, al volver a Vetusta con Ana del brazo,
+se hacía elocuente, hablaba largo y sin miedo, aunque siempre
+pausadamente; en su voz había arrullos amorosos para el campo que
+describía, y temblaba en sus labios el agradecimiento con que oía a otra
+persona palabras de cariño y de interés por árboles, pájaros y flores.
+Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de árbol inteligente, y
+se apoyaba y casi recostaba en Frígilis como en una encina venerable. Y
+detrás venía el otro, ella lo sentía. A veces hablaba con Ana don Álvaro
+y Ana contestaba con voz afable, como en pago de su prudencia, de su
+paciencia y de su martirio.... «Porque, sin duda, sufrir tanto tiempo a
+Quintanar era un martirio».
+
+Don Álvaro sudaba de congoja. Don Víctor se le colgaba del brazo,
+levantaba los ojos al cielo y se divertía en encontrar parecidos entre
+los nubarrones de la noche y las formas más vulgares de la tierra.
+
+--«Mire usted, mire usted, aquel cúmulus es lo mismo que Ripamilán;
+figúreselo usted con la teja en la mano....
+
+--»Aquel cirrus negro parece la moña de un torero...».
+
+Don Álvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante a
+don Víctor, que traía llavín, levantaba el puño cerrado sobre la cabeza
+del insoportable amigo.... No descargaba el golpe... no... pero.... «¡Ya
+lo descargaría!».
+
+«¡Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por ojo».
+
+Así vivía Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes
+remordimientos, aunque no satisfecha de sí misma. Ni permitía a don
+Álvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni le
+rechazaba con el categórico desdén que la virtud, lo que se llama la
+virtud, exigía. Estas medias tintas de la moralidad le parecían entonces
+a ella las más conformes a la flaca naturaleza humana. «¿Por qué he de
+creerme más fuerte de lo que soy?».
+
+También volvió a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy bien recibida;
+la del Banco se la comía a besos, le hablaba de modas, le mandaba
+patrones a casa, y le recordaba visitas que tenía que pagar y a que ella
+la acompañaba, porque don Víctor se negaba a perder el tiempo en estos
+cumplidos.
+
+--Señor--gritaba él--yo no sirvo para eso; no se me haga a mi hablar del
+tiempo, del mal servicio de criadas, de la carestía de los comestibles.
+¡Exíjase de mí cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido!
+
+--Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades--decía para sus
+adentros.
+
+Visitación procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, por la
+boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el buen
+tiempo la ayudaba.
+
+La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las
+prefería a su estéril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba
+tristezas, un hastío hondo y el rencoroso espíritu de protesta de la
+carne pisoteada, que bramaba en cuanto podía. «Era mejor vivir como
+todos, dejarse ir, ocupar el ánimo con los pasatiempos vulgares, sosos,
+pero que, al fin, llenan las horas...».
+
+En esta situación estaba cuando el Magistral le dijo en el confesonario
+que se perdía; que él la había visto arrojar con desdén sobre un banco
+de césped la historia de Santa Juana Francisca.... Aquella tarde De Pas
+estuvo más elocuente que nunca; ella comprendió que estaba siendo una
+ingrata, no sólo con Dios, sino con su apóstol, aquel apóstol todo
+fuego, razón luminosa, lengua de oro, de oro líquido.... La voz del
+sacerdote vibraba, su aliento quemaba, y Ana creyó oír sollozos
+comprimidos. «Era preciso seguirle o abandonarle; él no era el capellán
+complaciente que sirve a los grandes como lacayo espiritual; él era el
+padre del alma, el padre, ya que no se le quería oír como hermano. Había
+que seguirle o dejarle». Y después había hablado de lo que él mismo
+sentía, de sus ilusiones respecto de ella. «Sí, Ana (Ana la había
+llamado, estaba ella segura), yo había soñado lo que parecía anunciarse
+desde nuestra primer entrevista, un espíritu compañero, un hermano
+menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en armónica
+unión; yo había soñado que ya no era Vetusta para mí cárcel fría, ni
+semillero de envidias que se convierten en culebras, sino el lugar en
+que habitaba un espíritu noble, puro y delicado, que al buscarme para
+caminar en la vía santa de salvación, sin saberlo, me guiaba también por
+esa vía; yo esperaba que usted fuese lo que aquella historia que
+llorando me contaba, prometía... lo que usted me prometió cien veces
+después.... Pero no, usted desconfía de mí, no me cree digno de su
+dirección espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que
+siente, tal vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su
+confidente».
+
+--No, no--repetía Ana llorando; pero él había seguido hablando de su
+despecho, cada vez más triste, cada vez con más ardor en las palabras y
+en el aliento.... Y habían concluido por reconciliarse, por prometerse
+nueva vida, verdadera reforma, eficaz cambio de costumbres; y ella
+exaltada le había dicho: «¿Quiere usted que hoy mismo le acompañe a casa
+de doña Petronila?». «Sí, sí; eso, lo mejor es eso», había contestado
+él. Y habían ido juntos sin pensar ni uno ni otro lo que hacían.
+
+Desde aquella tarde había empezado para la Regenta la vida de la devota
+práctica; pero duró poco la eficacia de aquel impulso en que no había
+piedad acendrada sino gratitud, el deseo de complacer al hombre que
+tanto trabajaba por salvarla, y que era tan elocuente y que tanto valía.
+Ana a veces, no pudiendo elevar su atención a las cosas invisibles, a la
+contemplación piadosa, procuraba preparar este viaje místico pensando en
+el Magistral. «¡Oh, qué grande hombre! ¡Y qué bien penetraba en el
+espíritu, y qué bien hablaba de lo que parece inefable, de los
+subterráneos de las intenciones, de las delicadezas del sentimiento! ¡Y
+cuánto le debía ella! ¿Por qué tanto interés si aquella pecadora no lo
+merecía?». Las lágrimas se agolpaban a los ojos de Ana. Lloraba de
+gratitud y de admiración. Y no pudiendo meditar sobre cosas santas,
+piadosas, poníase la mantilla y corría a la conferencia de San Vicente,
+o a la Junta del Corazón o al Catecismo, o a misa... donde
+correspondiera. Pero la fe era tibia; por allí no se iba a donde ella
+había deseado. Además, se conocía; sabía que ella, de entregarse a Dios,
+se entregaría de veras; que mientras su devoción fuese callejera,
+ostentosa y distraída, ella misma la tendría en poco, y cualquier pasión
+mala, pero fuerte, la haría polvo.
+
+Mas resuelta a huir de los extremos, a ser _como todo el mundo_,
+insistió en seguir a las _demás beatas_ en todos sus pasos, y aunque sin
+gusto, entró en todas las cofradías, fue hija y hermana, según se
+quiso, de cuantas juntas piadosas lo solicitaron.
+
+Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni menos que doña
+Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio
+en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo,
+en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de
+hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Álvaro,
+y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares
+había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en
+cuanto mujer de sociedad.
+
+Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer,
+pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.
+
+--Esta mujer--decía don Álvaro--es _peor_ que Troya.
+
+--El remedio ha sido peor que la enfermedad--pensaba don Fermín.
+
+Ana veía en los pormenores de la vida de beata mil motivos de
+repugnancia; pero prefería apartar de ellos la atención: no dejaba que
+el espíritu de contradicción buscase las debilidades, las groserías, las
+miserias de aquella devoción exterior y bullanguera. No quería censurar,
+no quería ver.
+
+Pero a sí misma se comparaba al cadáver del Cid venciendo moros. No era
+ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia.
+
+Y volvió la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya otra
+época de luchas interiores, de aridez y rebelión.
+
+Una noche, después de oír un sermón soporífero, entró en su tocador casi
+avergonzada de haber estado dos horas en la iglesia como una piedra;
+oyendo, sin piedad y sin indignación, sin lástima siquiera, necedades
+monótonas, tristes; viendo ceremonias que nada le decían al alma....
+
+--Oh, no, no--se dijo, mientras se desnudaba--yo no puedo seguir así...
+
+Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo,
+había añadido en voz alta, para dar más solemnidad a su protesta:
+
+--¡Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de idiota....
+¡Cualquier cosa... menos ser como _todas esas_!
+
+Y a los pocos días cayó enferma.
+
+Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas
+transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas
+plásticas, teatrales--gracias a la salud que volvía a rodar con la
+sangre--, sentía la débil convaleciente remordimientos que ella se
+complacía en creer intensos, punzantes. «¡Oh! ¡qué diferencia entre
+aquel sopor moral en que vivía pocas semanas antes, y la agudeza de su
+conciencia ahora, allí postrada, sin poder levantar el embozo de la
+colcha con la mano, pero con fuerza en la voluntad para levantar el
+plomo del pecado, que la abrumaba con su pesadumbre!».
+
+«¡Esta sí que era resolución firme! Iba a ser buena, buena, de Dios,
+sólo de Dios; ya lo vería el Magistral. Y él, don Fermín, sería su
+maestro vivo, de carne y hueso; pero además tendría otro; la santa
+doctora, la divina Teresa de Jesús... que estaba allí, junto a su
+cabecera esperándola amorosa, para entregarle los tesoros de su
+espíritu».
+
+Ana, burlando los decretos del médico, probó en los primeros días de
+aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido: iba a él como
+un niño a una golosina. Pero no podía. Las letras saltaban, estallaban,
+se escondían, daban la vuelta... cambiaban de color... y la cabeza se
+iba.... «Esperaría, esperaría». Y dejaba el libro sobre la mesilla de
+noche, y con delicia que tenía mucho de voluptuosidad, se entretenía en
+imaginar que pasaban los días, que recobraba la energía corporal; se
+contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo más espeso de la
+arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. «¡Qué de cosas la diría
+ahora que ella no había sabido comprender cuando la leyera distraída,
+por máquina y sin gusto!».
+
+La impaciencia pudo más que las órdenes del médico, y antes de dejar el
+lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez incorporarse entre
+almohadones, algo más fuerte ya, Ana hizo nuevo ensayo y entonces
+encontró las letras firmes, quietas, compactas; el papel blanco no era
+un abismo sin fondo, sino tersa y consistente superficie. Leyó; leyó
+siempre que pudo. En cuanto la dejaban sola, y eran largas sus
+soledades, los ojos se agarraban a las páginas místicas de la Santa de
+Ávila, y a no ser lágrimas de ternura ya nada turbaba aquel coloquio de
+dos almas a través de tres siglos.
+
+
+
+
+--XX--
+
+
+Don Pompeyo Guimarán, presidente dimisionario de la _Libre Hermandad_,
+natural de Vetusta, era de familia portuguesa; y don Saturnino Bermúdez,
+el arqueólogo y etnógrafo, que dividía a todos sus amigos en celtas,
+íberos y celtíberos, sin más que mirarles el ángulo facial y a lo sumo
+palparles el cráneo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la
+gente lusitana, no precisamente en el cráneo, sino más bien en el
+abdomen. Don Pompeyo no decía que sí ni que no; cierto era que el tenía
+un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida sedentaria; que
+andaba muy tieso, porque creía que «quien era recto como espíritu,
+digámoslo así, debía serlo como físico»; pero en punto a los vestigios
+de raza y nación él se declaraba neutral: quería decir que le era
+indiferente esta cuestión, toda vez que tan español consideraba a un
+portugués como a un castellano como a un extremeño. De modo, que siempre
+que se le hablaba de tal asunto acababa por hacer una calorosa defensa
+de la unión ibérica, unión que debía iniciarse en el arte, la industria
+y el comercio para llegar después a la política.
+
+Además ¿qué le importaban a don Pompeyo estos accidentes del nacimiento?
+Su inteligencia andaba siempre por más altas regiones. Él en este mundo
+era principalmente un _altruista_, palabreja que, preciso es confesarlo,
+no había conocido hasta que con motivo de una disputa filosófica de la
+que salió derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llevó a leer
+las obras de Comte. Allí vio que los hombres se dividían en egoístas y
+_altruistas_ y él, a impulsos de su buen natural, se declaró _altruista_
+de por vida; y, en efecto, se la pasó metiéndose en lo que no le
+importaba. Tenía algunas haciendas, pocas, la mayor parte procedentes de
+bienes nacionales; y de su renta vivía con mujer y cuatro hijas
+casaderas.
+
+Comía sopa, cocido y principio; cada cinco años se hacía una levita,
+cada tres compraba un sombrero alto lamentándose de las exigencias de la
+moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso. A esto lo llamaba
+él su _aurea mediocritas_. Pudo haber sido empleado; pero «¿con quién?
+¡si aquí nunca hay gobiernos!». Cargos gratuitos los desempeñaba siempre
+que se le ofrecían, porque sus conciudadanos le tenían a su disposición,
+sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo suyo. A pesar de tanta
+modestia y parsimonia en los gastos, los maliciosos atribuían su
+exaltado liberalismo y su descreimiento y desprecio del culto y del
+clero a la procedencia de sus tierras. «¡Claro, decían las beatas en los
+corrillos de San Vicente de Paúl, y los ultramontanos en la redacción de
+_El Lábaro_, claro, como lo que tiene lo debe a los despojos impíos de
+los liberalotes! ¿Cómo no ha de aborrecer al clero si se está comiendo
+los bienes de la Iglesia?». A esto hubiera objetado don Pompeyo, si no
+despreciara tales hablillas, «abroquelado en el santuario de su
+conciencia», hubiera contestado que don Leandro Lobezno, el obispo de
+levita, el Preste Juan de Vetusta, el seráfico presidente de la Juventud
+Católica, era millonario gracias a los bienes nacionales que había
+comprado cierto tío a quien heredara el don Leandro». Pero no, don
+Pompeyo no contestaba. Él aborrecía el fanatismo, pero perdonaba a los
+fanáticos.
+
+«¿No era él un filósofo? Bien sabía Dios que sí».--Esto de que bien lo
+sabía Dios era una frase hecha, como él decía, que se le escapaba sin
+querer, porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarán no creía en
+Dios. No hay para qué ocultarlo. Era público y notorio. Don Pompeyo era
+el ateo de Vetusta. «¡El único!» decía él, las pocas veces que podía
+abrir el corazón a un amigo. Y al decir ¡el único! aunque afectaba
+profundo dolor por la ceguedad en que, según él, vivían sus
+conciudadanos, el observador notaba que había más orgullo y satisfacción
+en esta frase que verdadera pena por la falta de propaganda. Él daba
+ejemplo de ateísmo por todas partes, pero nadie le seguía.
+
+En Vetusta no se aclimataba esta planta; él era el único ejemplar,
+robusto, inquebrantable eso sí, pero el único. Y don Pompeyo sentía
+remordimientos cuando se sorprendía deseando que jamás cundiese _la
+doctrina racional, salvadora_, que por tal la tenía. Todos le llamaban
+el _Ateo_, pero la experiencia había convencido a los más fanáticos de
+que no mordía. «Era el león enamorado de una doncella», decía
+elegantemente Glocester, «una fiera sin dientes». Hasta las más
+recalcitrantes beatas pasaban al lado del _Ateo_ sin echarle una mala
+maldición: era como un oso viejo, ciego y con bozal que anduviese
+domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los chiquillos; olía mal
+pero no pasaba de ahí. Sin embargo, varias veces se había pensado en
+darle un disgusto serio para que se convirtiera o abandonase el pueblo.
+Esto dependía del mayor o menor celo apostólico de los obispos. Uno hubo
+(después llegó a cardenal), que pensó seriamente en excomulgar a don
+Pompeyo. Este recibió la noticia en el Casino--todavía iba al Casino
+entonces--. Una sonrisa angelical se dibujó en su rostro: así debió de
+sonreír el griego que dijo: pega, pero escucha. La boca se le hizo agua:
+aquella excomunión le hacía cosquillas en el alma: ¡qué más podía
+ambicionar! En seguida pensó en tomar una postura moral digna de las
+circunstancias. Nada de aspavientos, nada de protestas.--Se contentó con
+decir--: El señor obispo no tiene derecho de excomulgar a quien no
+comulga; pero venga en buen hora la excomunión... y ahí me las den
+todas.
+
+Su mujer y cuatro hijas pensaban de muy distinta manera. En vano quiso
+ocultarlas que el rayo amenazaba su hogar tranquilo. La casa de don
+Pompeyo se convirtió en un mar de lágrimas; hubo síncopes; doña
+Gertrudis cayó en cama. El infeliz Guimarán sintió terribles
+remordimientos: sintió además inesperada debilidad en las piernas y en
+el espíritu. «¡No que él se convirtiera! ¡eso jamás! pero ¡su Gertrudis,
+sus niñas!» y lloraba el desgraciado; y volviéndose del lado hacia donde
+caía el palacio episcopal enseñaba los puños y gritaba entre suspiros y
+sollozos:--«¡Me tienen atado, me tienen atado esos hijos de la
+aberración y la ceguera! ¡desgraciado de mí! ¡pero más dignos de
+compasión ellos que no ven la luz del medio día, ni el sol de la
+Justicia». Ni aun en tan amargos instantes insultaba al obispo y demás
+alto clero. Tuvo que transigir; tuvo que tolerar lo que al principio le
+sublevaba sólo pensado, que sus hijas se _moviesen_, que sus amigos
+pusieran en juego sus relaciones para que el obispo se metiera el rayo
+en el bolsillo.... Se consiguió, no sin trabajo, y sin necesidad de que
+don Pompeyo se retractase de sus errores. Se echó tierra al ateísmo de
+Guimarán. Él calló una temporada, pero luego volvió a la carga,
+incansable en aquella propaganda, que, en el fondo de su corazón,
+deseaba infructuosa, por el gusto de ser el único ejemplar de la, para
+él, preciosa especie del ateo. Sus principales batallas las daba en el
+Casino, donde pasaba media vida (después lo abandonó por motivos
+poderosos.) Los vetustenses eran, en general, poco aficionados a la
+teología; ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas _de
+tejas arriba_. Los _avanzados_ se contentaban con atacar al clero,
+contar chascarrillos escandalosos en que hacían principal papel curas y
+amas de cura; en esta amena conversación entraban también con gusto
+algunos conservadores muy ortodoxos. Si creían haber llegado demasiado
+lejos y temían que alguien pudiera sospechar de su acendrada
+religiosidad, se añadía, después de la murmuración escandalosa:--«Por
+supuesto que estas son las excepciones.--No hay regla sin excepción,
+decía don Frutos el americano.--La excepción confirma la regla, añadía
+Ronzal el diputado. Y hasta había quien dijera:--Y hay que distinguir
+entre la religión y sus ministros.--Ellos son hombres como nosotros...».
+Los avanzados presentaban objeciones, defendían la solidaridad del dogma
+y el sacerdote, y entonces el mismo don Pompeyo tenía que ponerse de
+parte de los reaccionarios, hasta cierto punto y decir:--Señores, no
+confundamos las cosas, el mal está en la raíz.... El clero no es malo ni
+bueno; es como tiene que ser.... Al oír tal, todos se levantaban en
+contra, unos porque defendía al clero y otros porque atacaba el dogma.
+Bien decía él que estaba completamente solo, que era el _único_.--De
+aquellas discusiones, que buscaba y provocaba todos los días, afirmaba
+él que «salía su espíritu, llamémosle así, lleno de amargura (y no era
+verdad, el remordimiento se lo decía), lleno de amargura porque en
+Vetusta nadie pensaba; se vegetaba y nada más. Mucho de intrigas, mucho
+de politiquilla, mucho de intereses materiales mal entendidos; y nada de
+filosofía, nada de elevar el pensamiento a las regiones de lo ideal.
+Había algún erudito que otro, varios canonistas, tal cual jurisconsulto,
+pero pensador ninguno. No había más pensador que él». «Señores, decía a
+gritos después de tomar café, cerca del gabinete del tresillo, si aquí
+se habla de las graves cuestiones de la inmortalidad del alma, que yo
+niego por supuesto, de la Providencia, que yo niego también, o toman
+ustedes la cosa a broma, a guasa, como dicen ustedes, o sólo se
+preocupan con el aspecto utilitario, egoísta, de la cuestión: si Ronzal
+será inmortal, si don Frutos prefiere el aniquilamiento a la vida futura
+sin recuerdo de lo presente.... Señores ¿qué importa lo que quiera don
+Frutos ni lo que prefiera Ronzal? La cuestión no es esa; la cuestión es
+(y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios; si caso de haberlo,
+piensa para algo en la mísera humanidad, si...».
+
+--«¡Chitón! ¡silencio!» gritaban desde dentro los del tresillo; y don
+Pompeyo bajaba la voz, y el corro se alejaba de los tresillistas, lleno
+de respeto, obedientes todos, convencidos de que aquello del juego era
+cosa mucho más seria que las teologías de don Pompeyo, más práctica, más
+respetable.--Miren ustedes, decía Ronzal, que todavía no era sabio, yo
+creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la verdad, eso de que
+el cielo ha de ser una contemplación eterna de la Divinidad... hombre,
+eso es pesado.--¿Y qué? objetaba el americano don Frutos, en voz baja
+también, temeroso de nuevo aviso de los tresillistas; ¿y qué? Yo me
+contento con pasar la vida eterna mano sobre mano. Bastante he trabajado
+en este mundo. ¡Peor sería eso que dicen que dice _Alancardan_, o san
+Cardan, o san Diablo! pues... que.... No sabía cómo explicarlo el pobre
+don Frutos. «Ello venía a ser que en muriéndonos íbamos a otra estrella,
+y de allí a otra, a pasar otra vez las de Caín, y ganarnos la vida». La
+idea de volver, en Venus o en Marte, a buscar negros al África y
+comprarlos y venderlos a espaldas de la ley, le parecía absurda a
+Redondo y le volvía loco. «¡Antes el aniquilamiento, como dice el ateo!»
+concluía limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por aquel
+esfuerzo intelectual, tan fuera de sus hábitos.--Con esta cuestión de la
+inmortalidad, era con la que abría don Pompeyo brecha en el alcázar de
+la fe de los socios, pero siempre concluían por cerrar aquella brecha
+con las salvedades de rúbrica.--«Por supuesto. Dios sobre todo....
+Doctores tiene la Iglesia...».
+
+Y en último caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teologías.
+Le dejaban solo. Los tresillistas se quejaron a la junta. Tuvo que
+cambiar de mesa y de sala, si quiso seguir predicando ateísmo.
+
+«¡Este era el estado del libre examen en Vetusta!» pensaba Guimarán con
+tristeza mezclada de orgullo.
+
+En el billar tampoco querían teología racional. Don Pompeyo, más
+abandonado cada día, se colocaba taciturno, como Jeremías podría pararse
+en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de piernas, delante de
+la mesa pequeña, la de carambolas, y largo rato contemplaba a aquellos
+ilusos que pasaban las horas de la brevísima existencia, viendo chocar
+o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces tropezaba la maza de un
+taco con el abdomen de don Pompeyo.
+
+--Usted dispense, señor Guimarán.
+
+--Está usted dispensado, joven--respondía el pensador rascándose la
+barba con una ironía trágica, profunda, y sonriendo, mientras movía la
+cabeza dando a entender que estaba perdido el mundo.
+
+Aburrido de tanta _superficialidad_ subía al _cuarto del crimen_, a ver
+a los partidarios del azar. Allí oía el nombre de Dios a cada momento,
+pero en términos que no le parecían nada filosóficos.
+
+--¡Don Pompeyo, tiene usted razón!--gritaba un perdido al despedirse de
+la última peseta--¡tiene usted razón, no hay Providencia!
+
+--¡Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas!
+
+Y salía furioso del Casino. «No se podía ir allí».
+
+Cuando _estalló la Revolución de Septiembre_, Guimarán tuvo esperanzas
+de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada. ¡Todo era hablar mal
+del clero! Se creó una sociedad de filósofos... y resultó espiritista;
+el jefe era un estudiante madrileño que se divertía en volver locos a
+unos cuantos zapateros y sastres. Salió ganando la Iglesia, porque los
+infelices menestrales comenzaron a ver visiones y pidieron confesión a
+gritos, arrepintiéndose de sus errores con toda el alma. Y nada más: a
+eso se había reducido la _revolución religiosa_ en Vetusta, como no se
+cuente a los que _comían de carne_ en Viernes Santo.
+
+Don Pompeyo no creía en Dios, pero creía en la Justicia. En
+figurándosela con J mayúscula, tomaba para él cierto aire de divinidad,
+y sin darse cuenta de ello, era idólatra de aquella palabra abstracta.
+Por la _justicia_ se hubiera dejado hacer tajadas.
+
+«La Justicia le obligaba a reconocer que el actual obispo de Vetusta,
+don Fortunato Camoirán, era una persona respetable, un varón virtuoso,
+digno; equivocado, equivocado de medio a medio, pero digno. ¿Tenía un
+ideal? pues don Pompeyo le respetaba».
+
+Don Pompeyo no leía, meditaba. Después de las obras de Comte (que no
+pudo terminar), no volvió a leer libro alguno; y en verdad, él no los
+tenía tampoco. Pero meditaba.
+
+Algunas veces discutía con Frígilis, en quien reconocía la _madera de un
+libre pensador_, pero mal educado. No le quería bien. «¡Ese es
+panteísta!» decía con desdén. «Ese adora la naturaleza, los animales, y
+los árboles especialmente... además, no es filósofo; no quiere pensar en
+las grandes cosas, sólo estudia nimiedades.... Está muy hueco porque
+después de cien mil ensayos ridículos, aclimató el Eucaliptus en
+Vetusta.... ¿Y qué? ¿Qué problema metafísico resuelve el Eucaliptus
+globulus? Por lo demás yo reconozco que es íntegro... y que sabe... que
+sabe... por más que su decantado darwinismo... y aquella locura de
+injertar gallos ingleses...».
+
+Guimarán fue varias veces derrotado por Frígilis en sus polémicas.
+Frígilis era apóstol ferviente del transformismo; le parecía absurdo y
+hasta ridículo hacer ascos al abolengo animal.... Don Pompeyo, aunque se
+sentía seducido por aquella teoría que _dejaba_ un subido y delicioso
+olor a herética y atea, no se decidía a creerse descendiente de cien
+orangutanes; sonreía como si le hiciesen cosquillas... pero no se
+determinaba a decir sí ni a decir no.
+
+«Mi última afirmación es la duda.... Se me hace cuesta arriba». Pero de
+todas suertes su ateísmo quedaba en pie; para negar a Dios con la
+constancia y energía con que él lo negaba, no hacía falta leer mucho, ni
+hacer experimentos, ni meterse a cocinero químico. «¡Mi razón me dice
+que no hay Dios; no hay más que Justicia!».
+
+Frígilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba sonriendo
+con benevolencia; y con un poco de burla, en que había algo de caridad,
+le decía:
+
+--«¿Pero, señor Guimarán, tan seguro está usted de que no hay Dios?».
+
+--«¡Sí, señor mío! ¡mis principios son fijos! ¡fijos! ¿entiende usted? Y
+yo no necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de
+animales, para llegar a mi conclusión categórica.... Si su ciencia de
+usted, después de tanta retorta, y tanto protoplasma y demás zarandajas,
+no da por resultado más que esa duda, ¡guárdese la ciencia de los libros
+en donde quiera, que yo no la he menester!».
+
+El honrado Guimarán daba media vuelta y se iba furioso, llena el alma de
+rencores y envidias pasajeras, y Frígilis seguía sonriendo y movía la
+cabeza a un lado y a otro.
+
+Si le preguntaban qué opinaba del
+
+_Ateo_, decía:
+
+--«¿Quién, don Pompeyo? Es una buena persona. No sabe nada, pero tiene
+muy buen corazón».
+
+Guimarán juró--tenía que parar en ello--juró no poner jamás los pies en
+el Casino.
+
+--«Lo que se ha hecho allí conmigo no se hace con ningún cristiano».
+
+Tenía el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, pero
+protestaba en seguida contra «aquellas metáforas y solecismos del
+lenguaje».
+
+Lo que habían hecho con él había sido celebrar el aniversario 25 de la
+exaltación de Pío Nono al Pontificado, colgando los tapices de gala y
+sacando a relucir los aparatos de gas, con que iluminaban la fachada en
+las grandes solemnidades.
+
+Don Pompeyo se dirigió a la junta en papel de oficio citando los
+artículos del Reglamento que, en su opinión, «prohibían semejantes
+muestras de júbilo por parte de una corporación que, por su calidad de
+círculo de recreo, no debía, no podía tener religión positiva
+determinada».
+
+Y en el salón daba gritos, mientras los mozos colgaban los tapices de
+los balcones; hacía aspavientos, e invocaba la tolerancia religiosa, la
+libertad de cultos y hasta la sesión del juego de pelota.
+
+--Pero, hombre--le decía Ronzal, con deseos de pegarle--¿qué le importa
+a usted que el Casino cuelgue e ilumine? ¿Qué le ha hecho a usted la
+Santidad de Pío Nono?
+
+--¿Qué me ha hecho la Santidad?... Se lo diré a usted, sí señor, se lo
+diré a usted. Pío Nono me era... hasta simpático... reconocía en él un
+hombre de buena fe.... Pero la infalibilidad ha puesto entre los dos una
+muralla de hielo; un abismo que no se puede salvar.... ¡Un hombre
+infalible! ¿Comprende usted eso, Ronzal?
+
+--Sí, señor, perfectamente. Es la cosa más clara....
+
+--Pues explíquemelo usted.--Entendámonos, señor Guimarán, si usted
+quiere examinarme... ¡sepa usted que yo... no aguanto ancas!...
+
+--No se trata aquí de la grupa de nadie... sino de que usted pruebe la
+infali....
+
+--¿La _infalibidad_?
+
+--Sí, señor... la infalibilidad... la in... fa... li... bi... li....
+
+--¡Oiga usted, señor don Pompeyo, que a mí las canas no me asustan! y si
+usted se burla, yo hago la cuestión personal....
+
+--¿Cómo personal? ¿También usted es infalible?
+
+--¡Señor Guimarán!
+
+--En resumen, señor mío....
+
+--Eso es, _reasumiendo_...
+
+--Yo me borro de la lista...--¡Pues tal día hará un año!
+
+Ronzal no demostró el por qué de la infalibilidad, pero don Pompeyo se
+borró de la lista del Casino.
+
+Perdió aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y anduvo
+como alma en pena vagando de café en café hasta que al cabo de algunos
+años tropezó con don Santos Barinaga en el _Restaurant y café de la
+Paz_, donde todas las noches el enemigo implacable del Magistral se
+preparaba a mal morir bebiendo un cognac con honores de espíritu de
+vino.
+
+Entablaron amistad que llegó a ser íntima. Don Santos había sido siempre
+un buen católico; es más, de la Iglesia vivía, pues su comercio era de
+objetos del culto.
+
+Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de «La Cruz
+Roja» había empezado a _labrar su ruina_, iba sintiendo cada día más
+vacilante el alcázar de su fe... y más vacilantes las piernas. Empezaba,
+como otros muchos, por negar la virtud del sacerdocio y, además--esto no
+se sabe que lo hayan hecho otros heresiarcas--, coincidía en él aquel
+desprecio de los ordenados _in sacris_ con la afición desmesurada al
+alcohol en sus varias manifestaciones.
+
+Poco trabajo le costó a Guimarán hacer un prosélito de don Santos. De
+día en día y de copa en copa avanzaba la impiedad en aquel espíritu; y
+llegó a creer que Jesucristo no era más que una constelación; disparate
+que había leído don Pompeyo en un libro viejo que compró en la feria.
+Guimarán tenía la impiedad fría del filósofo, Barinaga los rencores del
+sectario, la ira del apóstata.
+
+Cuando le parecía al buen tendero que iba demasiado lejos en sus
+negaciones, para ocultar el miedo, se ponía de pie, copa en mano, y
+decía solemnemente:
+
+--En último caso, si me equivoco, si blasfemo... toda la responsabilidad
+caiga sobre ese pillo... sobre ese _rapavelas_... ¡sobre ese maldito don
+Fermín!...
+
+El café de la Paz era grande, frío; el gas amarillento y escaso parecía
+llenar de humo la atmósfera cargada con el de los cigarros y las
+cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban estaba desierto
+el salón; los mozos, de chaqueta negra y mandil blanco, dormitaban por
+los rincones. Un gato pardo iba y venía del mostrador a la mesa de don
+Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero convencido de que no
+decía más que disparates, bostezaba, y daba media vuelta.
+
+Guimarán veía con gran satisfacción los progresos de la impiedad en
+aquel espíritu lleno de pasión; no había llegado don Santos al ateísmo,
+«pero este era un grado de perfección filosófica que tal vez le venía
+muy ancho al antiguo comerciante de cálices y patenas». Don Pompeyo se
+contentaba con arrancarle las raíces y retoños de toda religión
+positiva. No le agradaba verle cada vez más _enfrascado_ en el
+aguardiente y el cognac; pero don Santos si no bebía no daba pie con
+bola, no entendía palabra de lugares teológicos. Había que dejarle
+beber.
+
+A las diez y media de la noche salían juntos; don Pompeyo daba el brazo
+a don Santos y le acompañaba hasta dejarle bastante lejos del café,
+porque si no se volvía solo. En la esquina de una calleja se despedían
+con largo apretón de manos, y Guimarán, sereno y satisfecho, se
+restituía a su hogar tranquilo donde le esperaban su amante esposa y
+cuatro hijas que le adoraban.
+
+Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con
+nieblas en el pensamiento y en los ojos. Su pie vacilaba; el pudor
+entregado a sí mismo, luchaba por encontrar una marcha y un continente
+decoroso; pero en vano, un movimiento en zig-zag agitaba todo el cuerpo
+del enfermo; cada paso era un triunfo; la cabeza se tenía mal sobre los
+hombros... y de la faringe del borracho salían, como arrullos de
+tórtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta monótona,
+inarticulada, que era a su modo expresión de una idea fija, o mejor, de
+un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de la manía. A todas
+las manchas de las paredes, a todas las sombras de los faroles les
+contaba, gruñendo, la historia de su ruina, y no había piedra de aquel
+camino, que no supiese la escandalosa leyenda de la fortuna del
+Magistral.
+
+Si Barinaga tomó de don Pompeyo su apostasía, Guimarán se contagió con
+el odio de don Santos al Provisor y a doña Paula. «¡Era escandaloso,
+ciertamente, aquel tráfico indigno!». Los dos viejos fueron trompas de
+la fama contra la honra del Provisor. Don Santos alborotó la vecindad
+muchas noches; no bastó la intervención del sereno; llegó a dar puñadas,
+bastonazos y hasta patadas en la puerta de la _Cruz Roja_. El dueño del
+establecimiento se quejó a la autoridad, creció el escándalo, los
+enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se
+gritaba: «¿Cómo se entiende? ¿van a prender a don Santos después de
+haberle arruinado?
+
+¿Se atrevería la autoridad a tomar una _medida represiva_?».
+
+En el cabildo, Glocester, el maquiavélico Arcediano, hablaba al oído de
+los canónigos «de descrédito colectivo, de lo que la iglesia, y la
+catedral sobre todo, perdían con aquellas _algaradas_ (frase de
+Glocester)». El beneficiado don Custodio apoyaba al señor Mourelo.
+
+--¡Y si fuera eso lo peor!--decía el Arcediano.
+
+Y entonces comenzaba el segundo capítulo de la murmuración.
+
+«Lo peor era que, con razón o sin ella, pero no sin que las apariencias
+diesen motivo para las hablillas, se decía que el Magistral quería
+seducir, y en camino estaba, nada menos que a la Regenta».
+
+--¡Hombre, eso no!--gritaba el chantre--¡ella está hecha una santa;
+después de su enfermedad, desde que estuvo si la entrega o no la
+entrega, su vida es ejemplar. Si antes era una señora virtuosa, como hay
+muchas, ahora es una perfecta cristiana. Está más delgadilla, más
+pálida, pero hermosísima... quiero decir, que edifica, que es una
+santa... vamos... una santa....
+
+--Señor, yo quiero hechos... y el público no se fía de santidades... se
+fía de hechos....
+
+Y Glocester citaba muchos hechos: la frecuencia de las confesiones de
+Anita Ozores, lo mucho que duraban las visitas del Provisor al Caserón,
+las visitas de la Regenta a doña Petronila....
+
+--¡Cómo! ¿Y qué? ¿qué tenemos con esas visitas? ¿También va usted a
+creer que doña Petronila se presta?...
+
+--Señor... yo no creo ni dejo de creer... yo cito hechos y digo lo que
+dice el público.... El escándalo crece....
+
+Era verdad. Tal maña se daban Glocester y don Custodio y otros señores
+del cabildo, algunos empleados de la curia eclesiástica, y entre el
+elemento lego Foja y don Álvaro; este por debajo de cuerda y
+conteniéndose en lo que se refería a la simonía y despotismo que se
+achacaba al Provisor. En el Casino tampoco se hablaba de otra cosa. Ya
+todos aseguraban haber encontrado a don Santos dando patadas a la puerta
+de la Cruz Roja y desafiando a gritos al Magistral. Había bandos: unos
+reclamaban la intervención de la autoridad, otros sostenían _el derecho
+del pataleo_ de Barinaga.
+
+El Chato iba y venía, espiaba en todas partes, y dos o tres veces al día
+entraba en casa del Provisor a dar parte de las murmuraciones a su jefe,
+a doña Paula, que le pagaba bien.
+
+La madre de don Fermín vivía en perpetua zozobra; pero no desmayaba. «Ya
+que él quería perderse, allí estaba ella para salvarle». Era lo
+principal visitar al Obispo, conseguir que la murmuración, la calumnia o
+lo que fuese, no llegara a su Ilustrísima. Doña Paula pasaba gran parte
+del día y de la noche en palacio. Su lugarteniente Úrsula, el ama de
+llaves del Obispo, tenía orden de no dejar a ninguna persona sospechosa
+llegar a la cámara de su dueño; los familiares, gente devota de doña
+Paula, hechuras suyas, obedecían a la misma consigna. El Magistral,
+aunque le disgustaba emplearse en tal oficio, también espiaba y
+vigilaba; el instinto de conservación le obligaba a secundar los planes
+de su madre.
+
+Doña Paula y don Fermín hablaban poco; se defendían por acuerdo tácito;
+empleaban el mismo sistema de resistencia sin comunicárselo. Estaba la
+madre irritada. «Su hijo la engañaba, la perdía. Para ella doña Ana
+Ozores, la dichosa Regenta, era ya _barragana_ (esta palabra decía en
+sus adentros) barragana de su Fermo.
+
+Por allí iba a romper la soga; por allí hacía agua el barco. Si se
+hablaba tanto de los abusos de la curia eclesiástica, de la _Cruz Roja_
+y de don Santos, era porque el _otro negocio_, el más escandaloso, el de
+las _faldas_ traía consigo los demás». Esto pensaba ella. «Lo otro es
+antiguo; ya nadie hacía caso de esas hablillas por viejas, por gastadas,
+pero con el escándalo nuevo, con lo de esa mala pécora, hipócrita y
+astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un
+mucho. Si Fortunato sabe algo, cree algo, nos hundimos». Al dueño de la
+Cruz Roja se le prohibió oír los golpes que descargaba en la puerta
+todas las noches el borracho de don Santos. No se volvió a pensar en
+pedir auxilio a la autoridad. Se compró al sereno y se le dio orden de
+que evitara el ruido ante todo. Era inútil. Muchos vecinos ya esperaban
+con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y salían a los balcones a
+presenciar la escena.
+
+Pero doña Paula tenía además que seguir los pasos a su hijo.
+
+El Chato había visto a la Regenta y al Magistral entrar juntos al
+anochecer en casa de doña Petronila. Y ya lo sabía doña Paula. Pero
+también les había visto don Custodio y se lo había dicho a Glocester y
+después los dos a toda Vetusta.
+
+En tanto, en el café de la Paz había ya público para oír a don Pompeyo y
+a don Santos maldecir de las religiones positivas y especialmente del
+señor Vicario general, como llamaba siempre a De Pas el señor Guimarán.
+Entre el _pueblo bajo_ corría la historia de las aras, de la ruina de
+don Santos, de los millones del Magistral depositados en el Banco; con
+tal motivo algunos obreros de la Fábrica vieja hablaban de ahorcar al
+clero en masa. A esto lo llamaban cortar por lo sano.
+
+Los trabajadores carlistas dudaban; tenía entre ellos amigos el
+Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le temían por rico... y
+sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del asunto de
+_las faldas_. Allá cuando la Revolución, se había dicho si tenía o no
+tenía don Fermín aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se
+acordaba por allí de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la
+voz en la propaganda revolucionaria habían muerto, o habían envejecido,
+o se habían dispersado, o estaban desengañados de _la idea_; la
+generación nueva no era clerófoba más que a ratos; era amiga de la
+taberna, no del club. Se hablaba sólo de revolución social; y ya se
+decía que los curas no son ni más ni menos malos que los demás
+_burgueses_. Malo era el fanatismo, pero el _capital_ era peor. No había
+en los barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las
+sotanas. El Magistral era allí más despreciado que aborrecido. Pero el
+escándalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o tres
+rasgos de despotismo en la curia eclesiástica, el dineral que costaba
+casarse--como si antes no costara lo mismo--y las acciones del Banco,
+volvieron a encender los odios, y esta vez se habló de colgar al
+Provisor y _demás clerigalla_.
+
+Quien más gozaba con aquella propaganda de infamia, después de Glocester
+que la creía obra suya exclusivamente, era don Álvaro Mesía. Ya
+aborrecía de muerte al Magistral. «Era el primer hombre ¡y _con faldas_!
+que le ponía el pie delante: ¡el primer rival que le disputaba una
+presa, y con trazas de llevársela!». «Tal vez se la había llevado ya.
+Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario había podido más que
+su sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual
+el _arte_ decía que estaba la rendición de la más robusta fortaleza. Yo
+pongo el cerco, pero ¿quién sabe si él ha entrado por la mina?». El
+dandy vetustense sudaba de congoja recordando lo mucho que había
+padecido bajo el poder de don Víctor Quintanar, que según su cuenta, en
+pocos meses de íntima amistad le había _declamado_ todo el teatro de
+Calderón, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcón. Y todo, ¿para qué? «Para
+que el diablo haga a esa señora caer en cama, tomarle miedo a la muerte,
+y de amable, sensible y condescendiente (que era el primer paso),
+convertirse en arisca, timorata, mística... pero mística de verdad. ¿Y
+quién se la había puesto así? El Magistral, ¿qué duda cabía? Cuando él
+comenzaba a preparar la escena de la declaración, a la que había de
+seguir de cerca la del _ataque personal_, cuando la próxima primavera
+prometía eficaz ayuda... se encuentra con que la señora tiene fiebre».
+«La señora no recibe», y estuvo sin verla quince días. Se le permitía
+llegar al gabinete, preguntarle cómo estaba... pero no entrar en la
+alcoba. Él había ido a visitarla todos los días, pero como si no, no le
+dejaban verla. Y ¡oh rabia! el Magistral, él lo había visto, pasaba sin
+obstáculo, y estaba solo con ella. «La lucha era desigual». Durante la
+primera convalecencia, que duró pocos días, se le permitió a él también
+entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con
+Ana. Y lo más triste había sido después; cuando la segunda arremetida
+del mal, que fue tan peligrosa, cedió el paso poco a poco a la salud.
+Ana le recibió en su gabinete. ¡Pero cómo! Por de pronto estaba bastante
+delgada, y pálida como una muerta. «Hermosísima, eso sí, hermosísima...
+pero a lo romántico. Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre
+no luchaba él. Estaba entregada a Dios. ¡Claro! ¡Apenas comía! No podía
+levantar un brazo sin cansarse». Don Álvaro calculaba, furioso de
+impaciencia, cuánto tiempo tardaría aquella _naturaleza_ en adquirir la
+fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos sensuales, que eran
+la fe viva del señor Mesía y su esperanza. Tardaría mucho. Mientras
+tanto él no podría emprender nada de provecho. «Y el Magistral estaba
+haciendo allí su agosto; embutiendo aquel cerebro débil de visiones
+celestes.... Ana era otra para él. No le miraba jamás, y las pocas
+palabras con que contestaba a las preguntas de cariñoso interés, eran
+corteses, afables, pero frías, como cortadas por patrón. A veces se le
+ocurría a él si se las dictaría el Magistral». Una tarde comía la
+Regenta en presencia de su esposo, don Álvaro y De Pas. Le costaba
+lágrimas cada bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no debía
+comer. Entonces Mesía tomó con mucho calor la defensa del alimento
+obligatorio.
+
+--Yo creo, con permiso de este señor canónigo, que lo principal aquí es
+sentirse bien; y pronto, para que no se apodere la anemia de ese
+organismo....
+
+--Oh, amigo mío--replicó el Magistral, sonriendo con mucha
+amabilidad--la anemia, usted sabe mejor que yo que puede venir a pesar
+del alimento.... Además, comer no es lo mismo que alimentarse....
+
+--Pues, con permiso del señor canónigo, yo aconsejaría carne cruda,
+mucha carne a la inglesa...
+
+«¡Oh! le corría prisa; hubiera dado sangre de un brazo por verla correr
+por aquellas venas que se figuraba exhaustas. ¡La vida, la fuerza a todo
+trance, para aquella mujer!». Hasta habló un día don Álvaro de
+transfusiones. «La ciencia había adelantado mucho en esta materia».
+
+Somoza solía aprobar moviendo la cabeza y diciendo:
+
+--¡Mucho! ¡mucho! ¡oh, sí, la ciencia! ¡mucho!... ¡la transfusión!...
+¡claro! Tenía cierto miedo a los conocimientos médicos de don Álvaro.
+Aquel hombre que iba a París y traía aquellos sombreros blancos y citaba
+a Claudio Bernard y a Pasteur... debía de saber más que él de medicina
+moderna... porque él, Somoza, no leía libros, ya se sabe, no tenía
+tiempo.
+
+Pero la Regenta mejoraba; volvía la sangre, aunque poco a poco; los
+músculos se fortalecían y redondeaban... y la frialdad y la reserva no
+desaparecían. Don Víctor siempre el mismo para su don Álvaro; seguían
+las confidencias acompañadas de cerveza... pero Ana jamás se presentaba.
+Si don Álvaro se atrevía a preguntar por ella, don Víctor fingía no oír,
+o mudaba de conversación; si el otro insistía, Quintanar suspiraba y
+encogiendo los hombros decía:
+
+--¡Déjela usted... estará rezando!
+
+--¡Rezando!... Pero tanto rezar puede matarla....
+
+--No... si... no reza... es decir... oración mental... ¿qué sé yo?...
+cosas de ella. Hay que dejarla.
+
+Y suspiraba otra vez. Sí, había que dejarla. Pero a solas, don Álvaro se
+mesaba los rubios y finos cabellos ¡quién lo diría! se llamaba animal,
+bestia, bruto, como si no fuera todo lo mismo, y se decía:
+
+--¡Me he portado como un cadete! Me ha perdido la timidez.... Debí dar el
+_ataque personal_ una noche que la encontré a obscuras... o aquella
+tarde del cenador....
+
+Pero no lo había dado.... Y ahora no había remedio. Un día llegó Ana _al
+extremo_ de retirar la mano, que él solicitaba con la suya extendida.
+Buscó un pretexto con la habilidad rápida que tienen las mujeres... y...
+no le dio la mano. No volvió a tocarle aquellos dedos suaves. Y es más,
+apenas la veía.
+
+--«¡Oh, a él, a don Álvaro Mesía le pasaba aquello! ¿Y el ridículo? ¡Qué
+diría Visita, qué diría Obdulia, qué diría Ronzal, qué diría el mundo
+entero!
+
+»Dirían que un cura le había derrotado. ¡Aquello pedía sangre! Sí, pero
+esta era otra». «Si don Álvaro se figuraba al Magistral vestido de
+levita, acudiendo a un duelo a que él le retaba... sentía escalofríos».
+Se acordaba de la prueba de fuerza muscular en que el canónigo le había
+vencido delante de Ana misma. Aquel valor que él sentía ante una sotana,
+por la esperanza irreflexiva de que la mansedumbre obliga al clérigo a
+no devolver las bofetadas, aquel valor desaparecía pensando en los puños
+de don Fermín. «No había salida. No había más que acabar con él ayudando
+a Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano
+eclesiástico».
+
+Por las tardes, paseándose en el Espolón, donde ya iban quedándose a sus
+anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la sombra
+de los árboles frondosos del Paseo Grande, don Álvaro solía cruzarse con
+el Provisor; y se saludaban con grandes reverencias, pero el seglar se
+sentía humillado, y un rubor ligero le subía a las mejillas. Se le
+figuraba que todos los presentes les miraban a los dos y los comparaban,
+y encontraban más fuerte, más hábil, más airoso al vencedor, al cura.
+Don Fermín era el de siempre; arrogante en su humildad, que más quería
+parecer cortesía que virtud cristiana; sonriente, esbelto, armonioso al
+andar, enfático en el sonsonete rítmico del manteo ampuloso, pasaba
+desafiando el qué dirán, con imperturbable sangre fría. Solían juntarse
+en el Espolón los tres mejores mozos del Cabildo: el chantre, alto y
+corpulento; el pariente del ministro, más fino, más delgado, pero muy
+largo también, y don Fermín, el más elegante y poco menos alto que la
+dignidad. Gastaban entre los tres muchas varas de paño negro reluciente,
+inmaculado; eran como firmes columnas de la Iglesia, enlutadas con
+fúnebres colgaduras. Y a pesar de la tristeza del traje y de la seriedad
+del continente, don Álvaro adivinaba en aquel grupo una seducción para
+las vetustenses; iba allí el prestigio de la Iglesia, el prestigio de la
+gracia, el prestigio del talento, el prestigio de la salud, de la fuerza
+y de la carne que medró cuanto quiso... Él se figuraba tres monjas
+hermosas, buenas mozas, que tuviesen además talento, gracia; se las
+figuraba paseando por el Espolón... y estaba seguro de que los ojos de
+los hombres se irían tras ellas. Pues lo mismo debía de suceder trocados
+los sexos. Y, en efecto, en los saludos que las señoras que todavía
+paseaban en el Espolón dedicaban a los tres buenos mozos del Cabildo, a
+las tres torres davídicas, creía ver el Presidente del Casino ocultos
+deseos, declaraciones inconscientes de la lascivia refinada y
+contrahecha.
+
+Cada día aumentaba en don Álvaro la superstición del confesonario, cada
+día creía más poderosa la influencia del cura sobre la mujer que le
+cuenta sus culpas. Y mirando a las damas que iban y venían, unas
+elegantes, lujosas, otras enlutadas o con hábito humilde, todas deseando
+a su modo agradar, todas procurándolo, Mesía imaginaba secretos hilos
+invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basquiña, del
+cura a la hembra.
+
+En suma, don Álvaro tenía celos, envidia y rabia. Su materialismo
+subrepticio era más radical que nunca. «Nada, nada, fuerza y materia, no
+hay más que eso», pensaba.
+
+Y si no fuera porque los partidos avanzados nunca son poder o lo son
+poco tiempo, se hubiera declarado demagogo y enemigo de la religión del
+Estado.
+
+Llegó al extremo de proponer en la Junta del Casino que no se celebrara
+en adelante ninguna fiesta de orden religioso colgando e iluminando los
+balcones. Ronzal se opuso, pero el Presidente se impuso y se votó
+aquella abstención. ¡Había triunfado al cabo don Pompeyo Guimarán!
+
+Don Álvaro quería que el ateo volviese al Casino, hacía falta aquel
+refuerzo a los que se empeñaban en deshonrar al Magistral. Foja y
+Joaquinito Orgaz, que capitaneaban la partida de los murmuradores,
+propusieron a don Álvaro que fuera una comisión a buscar a don Pompeyo
+para restituirlo al Casino, «de donde nunca debió haber salido». Se
+celebraría la _restauración_ de Guimarán con una buena cena. Paco el
+Marquesito, que como buen aristócrata se creía obligado a ser religioso
+_en la forma por lo menos_, se opuso al principio a los proyectos de
+Foja y Orgaz, pero considerando que su amigo, su ídolo Mesía deseaba
+tener allí al otro para que le ayudara a desacreditar al Provisor, y
+considerando que iban a divertirse de veras en el _gaudeamus_ de la
+noche, falló que debía ayudar y ayudaba a los enemigos del Magistral y
+se agregó a la comisión que fue a buscar a don Pompeyo.
+
+Fueron: el señor Foja, ex-alcalde, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz.
+
+Los recibió el señor Guimarán en su despacho, lleno de periódicos y
+bustos de yeso, baratos, que representaban bien o mal a Voltaire,
+Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden de colocación
+sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros viejos.
+
+Usaba don Pompeyo en casa bata de cuadros azules y blancos, en forma de
+tablero de damas. Acogió a los comisionados con la amabilidad que le
+distinguía y ocultando mal la sorpresa.
+
+«¿A qué vendrían aquellos señores? ¿Querrían darle alguna broma? No lo
+esperaba». De todos modos el ver allí al hijo del marqués de Vegallana
+le inundaba el alma de alegría, aunque él no quisiera reconocerlo.
+
+Cuando supo de lo que se trataba, por boca de Foja, tuvo que levantarse
+para ocultar la emoción. Sintió que la hebilla del chaleco estallaba en
+su espalda.
+
+--Señores--pudo decir al cabo con voz temblorosa--si un juramento
+solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que voluntariamente
+me impuse hace tantos años, o mejor dicho, que me impusieron el
+fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volvería con mil amores
+al seno de aquella sociedad de la que fuí fundador con otros seis o
+siete amigos. ¿Y cómo no, señores, si allí corrieron los mejores días,
+para mí, en pláticas provechosas y amenas con el elemento más culto de
+la población? Allí la tolerancia solía tener su asiento; y las personas,
+los personajes en quien más arraigadas están ciertas ideas venerables al
+fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta cierto punto de
+abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes, entre los cuales
+cuento al papá de este joven ilustrado, a mi buen amigo y condiscípulo
+el excelentísimo señor marqués de Vegallana, respetaban mis opiniones,
+como yo las suyas. Lo que ustedes hacen ahora nunca lo agradeceré yo
+bastante. Pero lo principal ya se ha logrado; la libertad del
+pensamiento vuelve a brillar en el Casino.... Mi aspiración se ha
+realizado. Ahora, por lo que a mí toca, señores, debo declarar que no
+puedo romper un voto solemne, un juramento... y no iré con ustedes,
+aunque bien quisiera.
+
+La comisión insistió, conociendo en la cara de don Pompeyo que
+vencerían.
+
+Foja presentó un argumento de mucha fuerza.
+
+--Dice usted, señor don Pompeyo, que por su gusto vendría con nosotros,
+se restituiría al Casino.
+
+--¡Con mil amores! Esa es la palabra... me restituiría....
+
+--Que únicamente le retrae el juramento....
+
+--Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida allí los pies.
+
+--¿Pero qué solemnidad ni qué castañuelas? y usted dispense que me
+exprese así. El que jura, pone a Dios por testigo; pero usted no cree en
+Dios... luego usted no puede jurar.
+
+--Perfectamente--dijo Joaquinito Orgaz; de _p_ y _p_ y _w_ y se puso en
+pie para hacer una pirueta flamenca.
+
+Creía Joaquín que en casa de un ateo de profesión, de un loco, en otros
+términos, la buena crianza estaba de más.
+
+Don Pompeyo se quedó mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez,
+mientras consideraba el argumento de Foja.
+
+No tenía qué contestar.
+
+Al cabo dijo:--La verdad es... que jurar... yo no puedo jurar...
+pero... metafóricamente.... Además, puedo prometer por mi honor....
+
+--Pero amigo, en aquella ocasión usted no prometió por su honor; juró
+usted no poner allí los pies... todo Vetusta recuerda sus palabras de
+usted.
+
+Don Pompeyo sintió vapores en la cabeza al oír que todo Vetusta
+recordaba sus palabras.
+
+Pero insistió, aunque más débilmente cada vez, en su negativa.
+
+Foja guiñó el ojo al Marquesito. Empezó entonces este el ataque, y
+Guimarán no pudo resistir más. Se rindió.
+
+¡El hijo de Vegallana, del primer aristócrata, venía a suplicarle que
+volviera al Casino! Oh, aquello era demasiado. No pudo sostener la
+fortaleza de su resolución.
+
+--Después de todo--dijo--en el mero hecho de haberse restablecido la
+legislación que yo invocaba... ya puedo pisar sin desdoro aquel
+pavimento....
+
+--Pues claro que puede usted pisar. Nada, nada; póngase usted la levita,
+que la cena espera.
+
+--¿Qué cena?--Sí, señor; se ha acordado por el elemento vencedor, por
+los que solicitan la presencia de usted, obsequiarle con un banquete...
+y vamos a cenar juntos unos doce amigos....
+
+Don Pompeyo no sabía si debía aceptar.... No le dejaron ser modesto; y
+corrió aturdido a ponerse la levita y el sombrero de copa alta. Estaba
+deslumbrado y creía sentir alrededor de su cuerpo un baño; un baño de
+agua rosada.
+
+La presencia del Marquesito era el principal factor de aquella alegría.
+«¡Oh! al fin la aristocracia era algo, algo más que una palabra, era un
+elemento histórico, una grandeza positiva... podía haber nobleza y no
+haber Dios... ¿qué duda cabía?».
+
+Una hora después en el comedor del Casino que ocupaba una crujía del
+segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa
+presidida por don Pompeyo Guimarán, don Álvaro Mesía, enfrente del
+protagonista, y en agradable confusión después, sin pensar en
+preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, Foja, don
+Frutos Redondo (que acudía a todas las cenas fuesen del partido
+religioso o político que fuesen), el capitán Bedoya, el coronel
+Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas pulgas y
+buena espada, un tal Juanito Reseco, que escribía en los periódicos de
+Madrid y venía a Vetusta, su patria, a darse tono de vez en cuando, y
+además un banquero y varios jóvenes de la _bolsa_ de Mesía,
+trasnochadores abonados del Casino.
+
+Pocas veces comía en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones con los
+poderosos de la tierra eran muy poco íntimas, casi nunca veía una mesa
+bien puesta. Así le parecía digno de Baltasar aquel vulgarísimo aparato
+de restaurant provinciano. El mantel adamascado, más terso que fino; los
+platos pesados, gruesos; de blanco mate con filete de oro; las
+servilletas en forma de tienda de campaña dentro de las copas grandes,
+la fila escalonada de las destinadas a los vinos; las conchas de
+porcelana que ostentaban rojos pimientos, cárdena lengua de escarlata,
+húmedas aceitunas, pepinillos rozagantes y otros entremeses; la gravedad
+aristocrática de las botellas de Burdeos, que guardaban su aromático
+licor como un secreto; los reflejos de la luz quebrándose en el vino y
+en las copas vacías y en los cubiertos relucientes de plata Meneses; el
+centro de mesa en que se erguía un ramillete de trapo con guardia de
+honor de dos floreros cilíndricos con pinturas chinescas, de cuya boca
+salían imitaciones groseras de no se sabía qué plantas, pero que a don
+Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna _miss_ de
+circo ecuestre; las cajas de cigarros, unas de madera olorosa, otras de
+latón; los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y vinagre
+y con más especias que un barco de Oriente...; todo contribuía a
+deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y fascinado el
+conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de la mesa aún
+pulcra, correcta, intacta.
+
+Se comenzó a comer sin mucho ruido; todos se esforzaban en decir
+chistes. Joaquinito se burlaba del servicio y hablaba de Fornos... y de
+La Taurina y el Puerto, donde se cenaba _por todo lo flamenco_.
+
+Todos comían mucho, menos don Pompeyo, a quien la emoción apretaba la
+garganta. Desde el segundo plato comenzó a atormentarle un cuidado.
+«Estoy, pensó, en el ineludible compromiso de brindar; tengo que
+improvisar un discurso». Y ya no comió bocado que le aprovechase. Oía
+hablar como quien oye llover: sonreía a derecha e izquierda, contestaba
+con monosílabos, pero él pensaba en su brindis; las orejas se le
+convertían en brasas y a veces sentía náuseas y temblor de piernas. En
+resumidas cuentas, estaba pasando un mal rato. Él esperaba que las cosas
+sucedieran así: hablaría primero don Álvaro, haría un elogio de la
+constancia con que él, don Pompeyo, había sostenido la idea santa de la
+libertad de pensamiento, y prometería en nombre de la Junta que el
+Casino jamás tendría religión, como no debía tenerla el Estado. Después
+hablarían Foja, el Marquesito y otros, abundando en las mismas ideas...
+y por último él, Guimarán, tendría que levantarse a... _hacer el
+resumen_. Y mientras comía y bebía por máquina preparaba su arenga, sin
+poder pasar del exordio, que quería original, sin afectación, modesto
+sin falsa humildad.... «Estos jóvenes... debieron haberme avisado
+ayer... y entonces tendría yo tiempo».
+
+Contra lo que esperaba el _ateo_, la conversación, al llegar el
+Champaña, había tomado un rumbo que no podía llevarla a los asuntos
+serios que él creía propios de aquella solemnidad. Se hablaba de
+mujeres. Casi todos echaban de menos la edad de las ilusiones, no por
+las ilusiones, sino por la secreta fuerza, que según ellos era su
+origen. Se declaraban, aun los jóvenes, en la edad triste en que el amor
+es de cabeza, pura imaginación. Sólo Paco, franco y noble, confesaba que
+se sentía mejor que nunca, a pesar de haber vivido tanto como
+cualquiera.
+
+Uno de los compañeros de bolsa de Mesía, viejo verde de cincuenta años,
+el señor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y
+con lágrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vacía en la mano,
+exponía su sistema filosófico de un pesimismo desgarrador, como decía el
+capitán Bedoya. Hubo interrupciones y entonces la conversación tomó un
+vuelo más alto; Guimarán se dignó prestar atención. Se hablaba ya de la
+otra vida, y de la moral, que era relativa según la opinión de la
+mayoría.
+
+Foja, pálido, desencajado, con voz temblorosa, sostenía que no había
+moral de ninguna clase--y también se puso de pie--; que el hombre era un
+animal de costumbres; que cada cual barría para adentro.
+
+--_Homo homini lupus_--advirtió Bedoya el capitán.
+
+El coronel Fulgosio le miró con respeto y aprobó la proposición sin
+entenderla.
+
+--Eso es la lucha por la existencia--dijo muy serio Joaquinito Orgaz.
+
+--No hay más que materia...--añadió Foja, que sólo en sus borracheras
+exponía sus opiniones filosóficas.
+
+--Fuerza y materia--dijo Orgaz padre--que lo había oído a su hijo.
+
+--Materia... y pesetas--rectificó Juanito Reseco--con voz aguda,
+estridente y cargada de una ironía que Orgaz padre no podía comprender.
+
+--Eso es--gritó el orador Palma; y siguió brindando por todas las
+excelencias naturales que él echaba de menos en su miserable cuerpo de
+anémico incurable.
+
+Se volvió al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones,
+coincidiendo con el café y los licores, sacatrapos del corazón. Entre la
+ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y vino,
+rodaron el nombre y el honor de muchas señoras. «Allí se podía decir
+todo, estaban solos, todos eran unos». Mesía hablaba poco, era su
+costumbre en tales casos. Temía estas expansiones en que se toma por
+amigo a cualquiera y en que se dicen secretos que en vano después se
+querría recoger. Mientras los demás referían aventuras vulgares, sin
+gloria, él atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y
+la barba apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco
+con cariño y voluptuosa calma; los ojos animados, húmedos, llenos de
+reflejos de la luz y de reflejos eléctricos del vino, se fijaban en el
+techo. Las demás figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no
+tenía dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mesía estaba
+hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armonía de sus formas
+de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la gula no
+imprimían groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre melancólica
+y lasciva; se veía al hombre del vicio, pero sacerdote, no víctima:
+dominaba él a su borrachera, _morigerada_, señoril, discreta. Don
+Álvaro, a solas entre aquellos pobres diablos, soñaba despierto,
+enternecido. En aquellos momentos se creía enamorado de veras, y se
+creía y se sentía de veras interesante. Aunque él era sensualista ¡qué
+diablo! la sensualidad, pensaba, también tiene su romanticismo. El
+_claire de lune es claire de lune_ aunque la luna sea un cacho de hierro
+viejo, una herradura de algún caballo del sol.
+
+Y pasaban por su memoria y por su imaginación recuerdos de noches de
+amor, no todas claras ni todas poéticas, pero muchas, muchas noches de
+amor. Y sintió comezón de hablar, de contar sus hazañas. Este prurito
+era nuevo en él; no lo había sentido hasta que la Regenta le había
+humillado con su resistencia.
+
+Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno
+de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a él, y
+callaron los demás para oírle. Entonces habló, sin poder remediarlo,
+para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su historia. Habló
+el maestro. Quitó el codo de la mesa y apoyó en ella los dos brazos
+cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía el cigarro, cargado con
+una pulgada de ceniza; inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo
+báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra
+suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con
+silencio de iglesia. Los que estaban lejos se incorporaban para
+escuchar, apoyándose en la mesa o en el hombro del más cercano.
+Recordaba el cuadro, por modo miserable, la _Cena_ de Leonardo de Vinci.
+
+La atención profunda del auditorio, el interés que se asomaba a las
+miradas y a las bocas entreabiertas, sedujeron al Tenorio de Vetusta, le
+halagaron y habló como podría hablar sobre el pecho de un amigo. Joaquín
+Orgaz y el Marquesito oían con recogimiento de sectario al maestro.
+Aquella era palabra de sabiduría.
+
+Unas veces las aventuras eran románticas, peligrosas, de audacia y
+fortuna; las más probaban la flaqueza de la mujer, sea quien sea; otras
+demostraban la necesidad de prescindir de escrúpulos; muchas el buen
+éxito de la constancia, de la astucia y de la rapidez en el ataque.
+
+De vez en cuando el silencio era interrumpido por carcajadas
+estrepitosas; era que una aventura cómica alegraba al concurso,
+sacándole de su estupor malsano y corrosivo. Entre la admiración general
+serpeaba la envidia abrazada a la lujuria: las tenias del alma. Los ojos
+brillaban secos.
+
+El arte del seductor se extendía sobre aquel mantel, ya arrugado y
+sucio; anfiteatro propio del cadáver del amor carnal.
+
+Mesía se dejaba ver por dentro, más que por complacer a sus oyentes, por
+oírse a sí mismo, por saber que él era todavía quien era.
+
+«Las trazas del amor eran casi siempre malas artes; era un soñador el
+que pensase otra cosa. Alguna vez se le había arrojado a Mesía a los
+brazos una mujer loca de puro enamorada; pero estas aventuras eran muy
+raras. Además: si la mujer no fuera tan lasciva a ratos, las victorias
+escasearían; por amor puro se entregan pocas. Más hace la ocasión que la
+seducción. La seducción debe transformarse en ocasión».
+
+Llegó el caso de contar cómo había podido don Álvaro vencer a la hija de
+un maestro de la Fábrica vieja, muy honrado, que velaba por el honor de
+su casa como un Argos. Angelina tenía padre, madre, abuela, hermanos;
+ella era pura como un armiño.... Mesía había empezado por seducir a los
+parientes. En cada casa entraba según lo exigía la vida de aquel hogar.
+
+Jugaba al escondite con los niños, les fabricaba pajaritas de papel,
+jugaba al dominó con la abuela, servía a la madre de devanadera, oía con
+paciencia y fingida atención las lucubraciones socialistas y
+humanitarias del padre, encantaba a todos; llegaba a ser el tertulio
+necesario, el paño de lágrimas, el consejero, el mejor ornamento de la
+casa; la llenaba con su hermosa presencia; era dulce, cariñoso, tenía
+blanduras de padrazo; cuidaba de los intereses domésticos como si fueran
+propios, hasta ponía paz entre los criados y los amos. Así iba entrando,
+entrando en el corazón de todos; los amores con Angelina (o quien fuera,
+pues de tales aventuras había tenido muchas) comenzaban en secreto; y
+poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran tapete
+debajo del cual hay un brasero; en el balcón al obscurecer, en cuantas
+ocasiones podía, se acercaba, se apretaba contra su víctima, la llenaba
+de deseos de él, de su arrogante belleza varonil y simpática; después
+hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal amparo que
+parecía la misma inocencia; y cualquier día o cualquiera noche, en una
+merienda en el campo, después de la cena de Noche-buena, mientras los
+demás de la familia reían alegres, descuidados, la pasión de Angelina
+llegaba al paroxismo, la ocasión echaba el resto y la deshonra entraba
+en la casa, y el amigo íntimo, el favorito de todos, salía para no
+volver nunca.
+
+Los que oían a don Álvaro se figuraban presenciar aquellas escenas de
+amistad íntima, tranquilas, dulces, llenas de expansión y confianza; en
+el rostro del seductor, en sus ademanes, en las sonrisas, en la voz, se
+reflejaban, por virtud del recuerdo, la bondad suave, el aire bonachón y
+entrañable, la franqueza sencilla, noble, familiar, la habilidad
+casera, todas las artes y cualidades que hacían vencer a Mesía en lides
+tales.
+
+--Otras veces, amigos, había que recurrir a la fuerza. Renunciar a una
+victoria que se consigue con los puños y sudando gotas como garbanzos,
+entre arañazos y coces, es ser un platónico del amor, un _cursi_; el
+verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como
+puede; es romántico, caballeresco, pundonoroso cuando conviene; grosero,
+violento, descarado, torpe si hace falta.
+
+Nunca se le olvidaría a don Álvaro un combate de amor que duró tres
+noches, y fue más glorioso para la vencida que para el vencedor. La
+escena representaba una panera, casa de madera sostenida por cuatro pies
+de piedra, como las habitaciones palúdicas sustentadas por troncos, y
+las de algunos pueblos salvajes. En la panera dormía Ramona, aldeana, y
+cerca de su lecho de madera pintada de azul y rojo, que rechinaba a cada
+movimiento del jergón, yacía la cosecha de maíz de su casería, en montón
+deleznable que subía al techo.
+
+Allí fue la batalla. Y don Álvaro, como si lo estuviera pasando todavía,
+describía la obscuridad de la noche, las dificultades del escalo, los
+ladridos del perro, el crujir de la ventana del corredor al saltar el
+pestillo; y después las quejas de la cama frágil, el gruñir del jergón
+de gárrulas hojas de mazorca, y la protesta muda, pero enérgica, brutal
+de la moza, que se defendía a puñadas, a patadas, con los dientes,
+despertando en él, decía don Álvaro, una lascivia montaraz, desconocida,
+fuerte, invencible.
+
+«Hubo momentos en que peleé, como César en Munda, por la vida. Era
+Ramona, señores, morena; su carne de cañón, dura, tersa, y aquellos
+brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en arrebato amoroso, me
+probaban su fuerza dando tortura a los míos, oprimidos, inertes. Mi
+deseo era más poderoso, porque tenía un incentivo más picante que la
+pimienta: conocía yo que Ramona gozaba, gozaba como una loca en la
+refriega. Segura de no ser vencida por la fuerza, enamorada a su modo
+del _señorito_, sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos
+mudos, gimnásticos, callaba, forcejeaba, mordía con deleite, magullaba
+con voluptuosidad bárbara, y encontraba placer de salvaje en el martirio
+de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sentían dominados por ella.
+La cama se hundió; rodamos por el suelo; y rodando llegamos al monte de
+maíz. Entonces salió la luna; entraron sus rayos por la ventana que yo
+dejara abierta, y vi a mi robusta aldeana, en pie, hundida una pierna
+entre los granos de oro y la rodilla de la otra clavada sobre mi pecho.
+Me intimaba la muerte o la huida, amenazándome con una medida para
+áridos, cajón enorme de madera con chapas de hierro. Huí, huí por la
+ventana; del corredor de la panera salté al callejón como pude, y tuve
+que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. (Pausa.) Pero
+volví a la noche siguiente. El perro ladró menos. La ventana no estaba
+cerrada, el pestillo estaba descompuesto; Ramona no dormía, me esperaba;
+en cuanto me sintió, descargó tremendo bofetón sobre mi rostro. No
+importaba. Volvimos a la lucha; los mismos incidentes; rodamos, nos
+anegamos en maíz; yo tragué muchos granos. Y tampoco vencí aquella
+noche. Salí de allí por un armisticio, con promesas de futura victoria.
+Y a la noche tercera luché todavía; me había engañado; el premio me
+costó batalla nueva, y sólo pude recogerlo entre molestias sin cuento,
+por culpa del maíz deleznable, curioso, importuno, entremetido. Ramona,
+ya rendida, se quejaba también. Nos hundíamos, olvidados de todo; y si
+no estuviera mandado que lo cómico no acabe en trágico, en buena
+retórica, en aquel montón inquieto hubieran encontrado sepultura Álvaro
+y Ramona sofocados por uno de nuestros más humildes cereales».
+
+Aplausos y carcajadas ahogaron la voz del narrador. Y entonces don
+Álvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con el
+contraste de aventuras románticas, en que él aparecía como un caballero
+de la Tabla Redonda.
+
+Y a todo esto don Pompeyo Guimarán olvidaba su exordio, interesado a su
+pesar en las aventuras eróticas del _frívolo_ Presidente del Casino.
+Paco Vegallana había hecho beber al ateo, sin que este lo sintiera, más
+de lo que la justicia manda. No estaba borracho, pero se sentía mal y a
+su pesar encontraba cierto deleite en oír aquellas escenas escandalosas
+que en otra ocasión le hubieran indignado.
+
+Mesía al fin, cansado, y algo arrepentido de haber hablado tanto, puso
+término a sus confesiones, y volviéndose a don Pompeyo le invitó a usar
+de la palabra.
+
+--Don Pompeyo--dijo, y se puso en pie tambaleándose, lo cual probaba
+que, si no el vino, sus recuerdos le habían embriagado--don Pompeyo;
+puesto que ésta es la hora de las grandes revelaciones, es preciso que
+usted nos diga cuál es el fondo de su alma....
+
+--Señores--interrumpió el ateo--el fondo de mi alma lo traigo en la
+superficie para que el mundo se entere.
+
+--¡Bravo! ¡bravo!--gritó el concurso.
+
+Y se vertieron y rompieron algunas copas.
+
+--Propongo--gritó Juanito Reseco, encaramado en una silla--que en vista
+de ese rasgo de genio... se le permita llamarnos de tú y estar a la
+recíproca.
+
+--¡Admitido! ¡Aprobado!--Pues bien--prosiguió Juanito--; oh tú,
+Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un disgusto. Tú piensas que en
+Vetusta no hay más ateos que tú...
+
+--¡Caballerito!--Pues yo soy otro; _anch'io... so pittore_. Sólo que tú
+eres un ateo progresista, un ateo fanático, un teólogo patas arriba....
+Tú pasas la vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por
+debajo de tus piernas. Y aunque hay contradicción aparente en eso de
+patas arriba y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la
+antinomia como dicen los filósofos cursis, considerando que el ser
+bípedo no es para todos....
+
+--Caballerito... no comprendo esa jerga filosófica. Antes que usted
+naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone es
+insultar mis canas, y mi consecuencia....
+
+--Decía que eres un teólogo patas arriba; pues sabe que en el mundo
+civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La cuestión
+de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve. Tú no puedes
+entender esto, pero oye lo que te importa; tú, fanático de la negación,
+morirás en el seno de la Iglesia, del que nunca debiste haber salido.
+_Amen dico vobis_.
+
+Y cayó Juanito debajo de la mesa.
+
+A todos había indignado su discurso, menos a Mesía que extendiendo su
+mano hacia él, exclamó:
+
+--¡Perdonadle... porque ha bebido mucho!
+
+--Ese Juanito--decía el coronel a don Frutos el americano--me parece un
+gran pedante.
+
+--Es un hambriento con más orgullo que don Rodrigo en la horca.
+
+Se habló de religión otra vez. Don Frutos expuso sus creencias con una
+palabra aquí, otra allí, haciendo islas y continentes de vino tinto
+sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las
+cláusulas.
+
+Insistía don Frutos en que él sentía que su alma era inmortal: había
+otro mundo, además de las Américas, otro mundo mejor al cual iban las
+almas de los que no habían robado en las carreteras. Además Dios era
+misericordioso, hacía la vista gorda. Y por supuesto, quería don Frutos
+ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si
+no, ¡vaya una gracia!
+
+--¿Para qué querrá don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la
+haz de la tierra?--preguntaba Foja al oído de Orgaz hijo.
+
+--¡Señores--gritó Joaquín--si en la otra vida no hay _cante_ o es cante
+adulterado, renuncio al más allá!
+
+Y dio un salto sobre la mesa agarrándose a una columna y comenzó un
+baile flamenco con perfección clásica. No faltaron jaleadores, y sonaban
+las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancolía de
+chulo:
+
+ a coooosa
+ que maravilla mamá
+ ver al Frascueeeelo
+ la pantorriiiilla mamá...
+
+Don Pompeyo sentía escalofríos. ¡Qué degradación! Meditaba y veía dos
+Orgaz hijo sobre la mesa.
+
+--Me han embriagado con sus herejías... quiero decir... con sus
+blasfemias...--dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo
+aquello era muy soso sin mujeres.
+
+Joaquín gritó:--Allá va una a la salud de don Pompeyo.
+
+Y comenzó una copla impía y brutal alusiva a una sagrada imagen.
+
+--¡Alto ahí, señor mío!--exclamó indignado el buen Guimarán al oír el
+penúltimo verso--. Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo
+que ustedes hacen con tamañas blasfemias indecorosas es la causa, el
+caldo gordo del clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y
+procaz, que por el mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy
+se ha creído esto y mañana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido
+los pueblos cultos, ni ahora, ni en la antigüedad, es de la buena
+crianza, y del respeto que nos debemos todos.
+
+--¡Bien, muy bien!--dijeron todos, incluso Joaquín.
+
+--Y yo estoy cansado de que se me tome a mí por un iconoclasta; sí,
+iconoclasta soy, pero iconoclasta del vicio, apóstol de la virtud y
+heresiarca de las tinieblas que envuelven la inteligencia y el corazón
+de la humanidad.
+
+--¡Bravo!¡bravo!--Y si por alguien se ha creído que yo puedo
+fraternizar con el escándalo, aunarme con la desfachatez y adherirme a
+la orgía, protesto indignado, que a muy otra cosa he venido aquí. Y creo
+llegado el momento de que se hable con alguna formalidad.
+
+--Perfectamente--interrumpió Foja--el señor Guimarán ha hablado como un
+libro, y eso que no los lee, pero no importa, ha hablado como el libro
+de su conciencia, según él dice. Aquí, señores, nos hemos reunido para
+celebrar la vuelta del señor Guimarán al hogar doméstico, llamémoslo
+así, del Casino. Pero ¡ah! señores diputados, ¿por qué ha vuelto al
+Casino el señor Guimarán? _Tatiste question_, como dice Trabuco, a quien
+siento no ver entre nosotros. (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque
+nos hemos emancipado de la repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto
+a fundar una sociedad cuya sesión inaugural estáis celebrando, acaso sin
+saberlo. Esta sociedad que, desde luego, no se llamará de la templanza,
+se propone perseguir a los fariseos, arrancar las caretas de los
+hipócritas y arrancar del cuerpo social de Vetusta las sanguijuelas
+místicas que chupan su sangre. (Estrepitosos aplausos. Paco se abstiene
+y piensa lo mismo que antes: que faltan chicas.) Señores... guerra al
+clero usurpador, invasor, inquisidor; guerra a esa parte del clero que
+comercia con las cosas santas, que se vale de subterráneos para entrar
+con sus tentáculos de pólipo en las arcas de la _Cruz Roja_...
+
+--¡Ahí, ahí le duele!...
+
+--A ese clero que condena a la tisis del hambre a dignos comerciantes, a
+padres de familia; a ese clero que dispersa los hogares y hunde en
+alcantarillas inmundas, mal llamadas celdas, a las vírgenes del Señor, y
+que entiende que las entrega a Jesús entregándolas a la muerte.
+(Frenéticos aplausos.) Juremos todos ser trompetas del escándalo, para
+que tanto sea, y a tales oídos llegue, que la ruina del enemigo común
+sea un hecho. Porque, señores, nadie como yo respeta al clero
+parroquial, ese clero honrado, pobre, humilde... pero el alto clero...
+muera... y sobre todo... muera el señor Provisor... el....
+
+--¡Muera! ¡muera!--contestaron algunos: Joaquín, el coronel, que
+estaba sereno, pero quería que muriese el Magistral, y otros dos o tres
+comensales borrachos.
+
+Cuando se levantaron de la mesa amanecía. Se había hablado mucho más; se
+había contado la historia del Provisor tal como la narraba la leyenda
+escandalosa. Convinieron, hasta los más prudentes, en que era preciso
+fundar seriamente aquella sociedad propuesta por Foja. Se acordó
+juntarse a cenar una vez al mes y hacer gran propaganda contra el
+Magistral. Al salir, repartidos en grupos, se decían en voz baja:
+
+--«Todo esto lo ha preparado Mesía; don Fermín es su rival y él quiere
+arruinarle, aniquilarle.
+
+--»¿Pero ¿quién llevará el gato al agua?
+
+--»¿Qué gato?--»¿O la gata?--»El Magistral.--»Álvaro.--»O los dos...
+--»O ninguno.--»En fin--advirtió Foja--yo ni quito ni pongo rey....
+
+--»Pero ayudo a mi señor»--concluyó el coro.
+
+Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz acompañaron a don Pompeyo a su
+casa. Era una mañana de Junio alegre, tibia, sonrosada. El sol anunciaba
+sus rayos en los colores vivos de las nubes de Oriente. Los pasos de los
+trasnochadores retumbaban en las calles de la Encimada como si
+anduvieran sobre una caja sonora. Aunque no hacía frío, todos habían
+levantado el cuello de la levita o lo que fuese. Don Pompeyo iba
+taciturno. Abrió la puerta de su casa con su llavín; entró sin hacer
+ruido; y a poco cerraba los ojos, metido en su lecho, por no ver la
+claridad acusadora que entraba por las rendijas de los balcones
+cerrados. Aquello de acostarse de día era una revolución que mareaba a
+Guimarán; dudaba ya si las leyes del mundo seguían siendo las mismas. Al
+cerrar los ojos sintió que su lecho, siempre inmóvil, también se
+sublevaba bajando y subiendo. Poco después se creía en el Océano,
+encerrado en un camarote, víctima del mareo y corriendo borrasca.
+
+Se levantó a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de la
+cena, de la dichosa cena. Sin embargo, aunque se prometió no verse en
+otra; pocas horas después, en el Casino, donde le recibieron con
+muestras de simpatía y de júbilo, ofrecía solemnemente volver a las
+andadas, acudir a los _gaudeamus_ mensuales en que se daría cuenta de
+los trabajos de la _sociedad innominada_ que había fundado
+_inter-pocula_.
+
+Doña Paula supo por el Chato, a quien se lo contó un mozo del restaurant
+del Casino, cuanto se había hablado en la cena inaugural, y lo que
+pretendían aquellos señores. Cuando el Magistral oyó a su madre que se
+había gritado: «Muera el Provisor» encogió los hombros, se levantó y
+salió de casa.
+
+--Este chico anda tonto... yo no sé lo que tiene; parece que no está en
+este mundo.... ¡Oh, maldita Regenta! ¡Esa mala pécora me lo tiene
+embrujado!
+
+Al mes siguiente se celebró la segunda sesión de la _Innominada_; se
+bebió, se emborracharon los que solían y se dio cuenta de los trabajos
+de propaganda. Foja participó que se había entendido en secreto con el
+Arcediano, don Custodio y otros _enemigos capitulares_ (así dijo) del
+Provisor. Se sabían muchos escándalos nuevos; el elemento eclesiástico y
+el secular, de común acuerdo para librar a Vetusta del enemigo general,
+tramaban la ruina del monstruo; pronto se llegaría a poner en manos del
+Obispo las pruebas de aquellas prevaricaciones de todas clases de que
+se acusaba a don Fermín de Pas. Lo peor de todo, lo que haría saltar al
+Obispo, era lo que se refería al abuso indecoroso del confesonario. Se
+contaban horrores; en fin, ello diría.
+
+Don Álvaro propuso que las cenas mensuales se suspendiesen hasta el
+Otoño y suplicó que se guardase el más profundo secreto. Además, él,
+sintiéndolo, tenía que privarse en adelante de asistir a tales
+reuniones; su espíritu allí quedaba, pero él, don Álvaro, por razones
+poderosas, que suplicaba a los presentes respetaran, se abstendría de
+acudir a tan agradables banquetes.
+
+Quince días después, a mediados de Julio, entraba una tarde el
+Presidente del Casino en el caserón de los Ozores. Iba a despedirse. Don
+Víctor le recibió en el despacho. Estaba el amo de la casa en mangas de
+camisa, como solía en cuanto llegaba el verano, aunque no tuviera mucho
+calor. Para él venían a ser ideas inseparables el estío y aquel traje
+ligero. Quintanar al ver a don Álvaro suspiró, le tendió ambas manos,
+después de dejar un libro negro sobre la mesa y exclamó:
+
+--¡Oh mi queridísimo Mesía! ¡Ingrato! cuánto tiempo sin parecer por
+aquí...
+
+--Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias,
+después a los baños de Sobrón y a mediados de Agosto estaré de vuelta en
+Palomares, por no perder la costumbre.
+
+--De modo que hasta Septiembre...--Hasta fines de Septiembre no nos
+veremos....
+
+Don Álvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la casa.
+
+Don Víctor lamentó aquella ausencia. Suspiró. «Era un nuevo
+contratiempo, nuevo asunto de tristeza».
+
+Notó don Álvaro que su amigo estaba menos decidor que antes, que se
+movía y gesticulaba menos.
+
+--¿Ha estado usted malo?--¡Quiá! ¿quién? ¿yo? ¡ni pensarlo! Pues qué,
+¿tengo mala cara? Dígame usted con franqueza... ¿tengo mala cara?...
+Pálido... ¿tal vez? ¿pálido?...
+
+--No, no, nada de eso. Pero... se me figura que está usted menos alegre,
+preocupado... qué sé yo....
+
+Don Víctor suspiró otra vez. Tras una pausa preguntó, con tono
+quejumbroso:
+
+--¿Ha leído usted eso?--¿Qué es eso?--Kempis, la _Imitación de
+Jesucristo_...
+
+--¿Cómo? ¡usted! ¿también usted?...
+
+--Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas cosas...
+que no se le habían ocurrido nunca.... No importa. La vida, de todas
+maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero. Usted se nos va....
+Los marqueses se van.... Visita se va.... Ripamilán ya se marchó...
+Vetusta antes de quince días se quedará sola; de la Colonia... ni un
+alma queda.... De la Encimada se ausenta lo mejor... quedan los pobres...
+los jornaleros... y nosotros. Nosotros no salimos este año. ¡Y qué
+triste es un verano entero en Vetusta! El césped del paseo grande se
+pone como un ruedo de esparto... no se ve un alma por allí, en las
+calles no hay más que perros y policías.... Mire usted, prefiero el
+invierno con todas sus borrascas y su agua eterna... qué sé yo... a mí
+el frío me anima.... En fin, felices ustedes los que se van....
+
+Y don Víctor suspiró otra vez.
+
+--Voy a llamar a mi mujer. ¿Querrá usted decirla adiós, verdad? Es
+natural.
+
+--No... si está ocupada... no la moleste usted....
+
+--No faltaba más. Ocupada... ella siempre está ocupada... y
+desocupada... qué sé yo. Cosas de ella.
+
+Salió. Don Álvaro tomó en las manos el Kempis; era un ejemplar nuevo,
+pero tenía manoseadas las cien primeras páginas, y llenas de registros.
+Nunca había leído él aquello. Lo miraba como una caja explosiva. Lo dejó
+sobre la mesa con miedo y con ciertas precauciones.
+
+Ana entró en el despacho. Vestía hábito del Carmen. Seguía pálida, pero
+había vuelto a engordar un poco. A Mesía le latió el corazón y se le
+apretó la garganta, con lo que se asustó no poco.
+
+Aquella mujer despertaba en él, ahora, una ira sorda mezclada de un
+deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un
+continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez
+para siempre, antes de poner el pie en tierra. «¿Qué sabía él si jamás
+aquella mujer sería suya?». Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras
+voces le decían: «Renuncia para siempre a la Regenta». Ya se vería. Pero
+era doloroso aplazar otra vez, y sabía Dios hasta cuándo, toda
+esperanza, todo proyecto de conquista.
+
+Quería observar en el rostro de Ana la huella de una emoción, al decirle
+que se marchaba sin saber cuándo volvería. Pero Ana oyó la noticia como
+distraída; ni un solo músculo de su rostro se movió.
+
+--Nosotros--dijo--nos quedamos este verano en Vetusta. Yo no puedo
+bañarme y el médico me ha dicho que el aire del mar más podría hacerme
+daño que provecho por ahora.
+
+--Vetusta se pone muy triste por el verano....
+
+--No... no me parece.... Don Víctor los dejó solos.
+
+Don Álvaro clavó los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levantó
+los suyos, grandes, suaves, tranquilos y miró sin miedo al seductor, a
+la tentación de años y años. Sintió él que perdía el aplomo, creyó que
+iba a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en
+pie delante de ella.
+
+--¿Se marcha usted ya? «Si yo me arrojo a sus pies ahora, ¿qué pasa
+aquí?» se preguntó don Álvaro. Y sin saber lo que hacía, tendió la mano
+enguantada y dijo temblando:
+
+--Anita... si usted quiere... algo para las provincias....
+
+--Que usted se divierta mucho, Álvaro...--contestó ella sin asomo de
+ironía. Pero a él se le figuró que se burlaba de su torpeza ridícula, de
+su miedo estúpido... y sintió vehementes deseos de ahogarla. La mano de
+la Regenta tocó la de Mesía sin temblar, fría, seca.
+
+Salió el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y después con la
+puerta. En el pasillo se despidió de su amigo Quintanar.
+
+La Regenta sacó del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y
+amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lágrimas, buscaban
+el cielo azul entre las nubes pardas.
+
+
+
+
+--XXI--
+
+
+Ana leyó en su lecho, a escondidas de don Víctor, los cuarenta capítulos
+de la _Vida de Santa Teresa escrita por ella misma_.
+
+Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y
+crisis nerviosas. Don Víctor, a quien los remordimientos, durante la
+recaída de su mujer, habían hecho jurar que hasta verla salva, sana,
+jamás se apartaría de ella, faltó al juramento en cuanto la creyó fuera
+de peligro. Un día se aventuró a dar una vuelta por el Casino; después
+iba a ver los periódicos: más adelante jugaba una partida de ajedrez, y
+«ya se sabe lo pesado que es este juego». Al fin, sin dar pretexto
+alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le caía encima. «Empezaba
+el calor--porque don Víctor, en cuestión de temperatura, se regía por el
+calendario--y ya se sabía que él no podía trabajar en su despacho en
+cuanto el sudor le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo,
+mucha naturaleza».
+
+La Marquesa, Visitación, Obdulia, doña Petronila y otras amigas que
+habían hecho compañía a la Regenta mientras duró el mal tiempo, ahora la
+visitaban cada dos o tres días y las visitas eran breves. Hacía un sol
+hermoso, días azules, sin una nube en el cielo; había que aprovechar el
+buen tiempo; era la época del año en que Vetusta se anima un poco: había
+teatro, paseos concurridos, con música, forasteros... una exposición de
+minerales.--Hasta Petra pidió una tarde permiso a la señora para ir a
+ver un arco de carbón que habían construido....
+
+Ana pasaba horas y más horas en la soledad de su caserón: a su lecho
+llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensión de los
+sentidos. Allá abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a veces Petra.
+Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola, su único
+amigo.
+
+La Regenta sentía más la soledad con tal compañía; aquellos criados
+indiferentes, mudos, respetuosos, sin cariño, le hacían echar de menos
+la humanidad que compadece. Petra le era antipática. La temía sin saber
+por qué. Para tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la
+invadían, preguntaba a la doncella:
+
+--¿Anda don Tomás por la huerta?
+
+Si Frígilis estaba en el Parque, sentía un amparo cerca de sí. Se
+calmaba. Crespo subía una vez cada tarde a verla; pero no se sentaba
+casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcón a
+la puerta, y se despedía con un gruñido cariñoso.
+
+Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad
+en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo,
+cuando estaba serena, sobre todo después de dormir algunas horas o de
+tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi
+voluptuoso en aquella soledad. El balcón del gabinete daba al Parque:
+incorporándose en el lecho, veía detrás de los cristales las copas de
+algunos árboles que brillaban con la hoja nueva, rumorosa, tersa y
+fresca. Gorjeos de pájaros y rayos de un sol vivo, fuerte y alegre la
+hablaban de la vida de fuera, de la naturaleza que resucitaba, con
+esperanza de salud y alegría para todos.
+
+«Ella también iba a renacer, iba a resucitar, ¡pero a qué mundo tan
+diferente! ¡Cuán otra vida iba a ser de la que había sido! se preparaba
+a sí misma una vida de sacrificios, pero sin intermitencias de malos
+pensamientos y de rebelión sorda y rencorosa, una vida de buenas obras,
+de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en
+Dios y por Dios». Pero entretanto, mientras no podía moverse de aquella
+prisión de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al espíritu
+sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de
+Cristo.
+
+Ana vivía ahora de una pasión; tenía un ídolo y era feliz entre
+sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, miserias del barro
+humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces leyendo se
+mareaba; no veía las letras, tenía que cerrar los ojos, inclinar la
+cabeza sobre las almohadas y _dejarse desvanecer_. Pero recobraba el
+sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volvía a la lectura, a devorar
+aquellas páginas por las cuales en otro tiempo su espíritu distraído,
+creyéndose, vanamente, religioso, había pasado sin ver lo que allí
+estaba, con hastío, pensando que las visiones de una mística del siglo
+dieciséis no podían edificar su alma aprensiva, delicada, triste.
+
+La debilidad había aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba con
+la razón y con el sentimiento en los más recónditos pliegues del alma
+mística que hablaba en aquel papel áspero, de un blanco sucio, de letra
+borrosa y apelmazada. Pasmábase de que el mundo entero no estuviese
+convertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzas
+de la santa de Ávila. «Oh, bien decía aquel bendito, dulce, triste y
+tierno fray Luis de León: la mano de Santa Teresa, al escribir, era
+guiada por el Espíritu Santo, y por eso enciende el corazón de quien la
+saborea».
+
+«Sí, bien encendido tenía el suyo Ana; no más, no más ídolos en la
+tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto de la santa, de la adorada
+heroína de tantas hazañas del espíritu, de tantas victorias sobre la
+carne».
+
+Pensando en ella sentía a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo
+de Santa Teresa; o si no: ¡qué placer celestial si ella viviese ahora!
+Ana la hubiera buscado en el último rincón del mundo; antes la hubiera
+escrito derritiéndose de amor y admiración en la carta que le dirigiese.
+No estaba la Regenta acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos
+en oraciones mentales, según los prudentes consejos del Magistral; su
+educación pagana, dislocada, confusa, daba extrañas formas a la piedad
+sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza
+después de tantos años.
+
+Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de
+Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se veía
+los pensamientos que la mística dedicaba a las vicisitudes de su
+historia.
+
+El espíritu de imitación se apoderaba de la lectora, sin darse ella
+cuenta de tamaño atrevimiento.
+
+La Santa había encontrado refuerzo de piedad en el _Tercer Abecedario_
+por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mandó a Petra a las librerías a buscar
+aquel libro. No pareció el _Tercer Abecedario_, el Magistral no lo tenía
+tampoco. Pero mejor era su suerte en lo tocante al confesor. Veinte
+años lo había buscado Teresa de Jesús como convenía que fuera, y no
+parecía. Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida.
+«¡Qué grande hombre era y cuánto le debía! ¿Quién sino él había sembrado
+aquella piedad en su alma?».
+
+En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a
+don Fermín una carta con que había soñado ella muchas noches, que era
+uno de sus caprichos de convaleciente. La escribió sin que lo supiera
+Quintanar, que le tenía prohibidos _toda clase de quebraderos de
+cabeza_.
+
+De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los
+progresos que la piedad más pura hacía en aquel espíritu. Pero ella
+quería escribirle; de palabra no se atrevía a decir ciertas cosas
+íntimas, profundas; además no podía decirlas; y sobre todo, la retórica,
+que era indispensable emplear, porque a ideas grandes, grandes palabras,
+le parecía amanerada, falsa en la conversación, de silla a silla.
+
+La carta, de tres pliegos, la llevó Petra a casa del Provisor; la
+recibió Teresina sonriente, más pálida y más delgada que meses atrás,
+pero más contenta. El Magistral se encerró en su despacho para leer.
+Cuando su madre le llamó a comer, don Fermín se presentó con los ojos
+relucientes y las mejillas como brasas. Doña Paula miraba a su hijo y a
+Teresina alternativamente, encogía los hombros cuando no la veían ni la
+doncella, que iba y venía con platos y fuentes, ni su hijo que miraba al
+mantel distraído, comiendo por máquina y muy poco. Teresina era ya toda
+del señorito; nada decía al ama de las cartas que a don Fermín
+entregaba. Las traía Petra que llamaba a la puerta con seña particular,
+bajaba Teresa, en silencio se besaban como las señoritas, en ambas
+mejillas, cuchicheaban, reían sin ruido y se daban algún pellizco. Petra
+reconocía cierta superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de
+pelo negro, los ojos de Dolorosa, el cutis y demás prendas envidiables
+de su amiga. Teresina prometía futuras ventajas a Petra, y se despedían
+con más besos.
+
+--¿Quién ha estado ahí?--preguntaba doña Paula.
+
+Era un pobre o uno del pueblo.--Nunca se decía la verdad. Doña Paula no
+sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registrándole el baúl,
+en su ausencia, había encontrado varias alhajas que bien valdrían dos
+mil reales. Había sonreído entre satisfecha y envidiosa. «Dos mil reales
+valdría aquello... sí... era demasiado... era un escándalo. Si el decoro
+lo permitiese... si no fuese por vergüenza... exigiría que se le dejase
+a ella recompensar a las gentes como merecían, sin despilfarros ociosos.
+El descubrimiento la satisfacía; aquello era obra suya al fin y al cabo,
+pero los dos mil reales le dolían: también eran suyos».
+
+Al día siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral salió
+de casa, fue al Paseo Grande, buscó un lugar retirado en los jardines
+que lo rodean; y sin más compañía que los pájaros locos de alegría, y
+las flores que hacían su tocado lavándose con rocío, volvió a leer
+aquellos pliegos en que Ana le mandaba el corazón desleído en retórica
+mística. Ya casi sabía de memoria algunos párrafos de los que le
+parecían más interesantes y para él más halagüeños; y como la alegría le
+inundaba el corazón, se sentía hecho un chiquillo aquella mañana
+sonrosada de un día de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el
+sol rasgara el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubría la
+lontananza por Oriente.
+
+Se puso de pie el Magistral, miró a todos lados por encima del seto de
+boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le
+ocurrió mezclar a la cháchara insustancial y armoniosa de los pájaros
+que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz más dulce y
+melódica, recitando aquellas palabras de espiritual hermosura que la
+Regenta le había escrito.
+
+«Ya tengo el don de lágrimas, leyó el Magistral en voz alta como
+diciéndoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y demás vecinos de la
+enramada, ya lloro, amigo mío por algo más que mis penas; lloro de amor,
+llena el alma de la presencia del Señor a quien usted y la santa querida
+me enseñaron a conocer. No tema que vuelva la pereza a detenerme en casa
+olvidada de mi salvación; ya sé que la tibieza es muerte, leído tengo lo
+que dice nuestra querida Madre y Maestra hablando de sus pecados: «no
+hacía caso de los veniales y esto fue lo que me destruyó». Yo ni de los
+mortales hice caso, y aunque usted me advertía del peligro, seguí mucho
+tiempo ciega; pero Dios me mandó a tiempo (creo yo que era a tiempo;
+¿verdad, hermano mío?) me mandó a tiempo el mal; vi en las pesadillas de
+la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra Santa en agujero angustioso,
+donde mi cuerpo estrujado padecía tormentos que no se pueden describir;
+y a mí además, por la carne aterida y erizada me pasaban llagas
+asquerosas unos fantasmas que eran diablos vestidos por irrisión, de
+clérigos, con casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le hablé.
+Pero no sólo del terror nació mi piedad, que ahora creo que va de veras,
+sino también de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a
+millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo
+todo, sepa que en mucho, en mucho, debo al afán de no ser ingrata esta
+voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivió muchos años sin
+encontrar quien pudiera guiarla como ella quería; yo, más débil, recibí
+más pronto amparo de Dios por mano de quien quisiera llamar mi padre y
+prefiere que no le llame si no hermano mío; sí, hermano mío, hermano muy
+querido, me complazco en llamárselo, aquí, ahora, segura del secreto,
+sin oídos profanos que entenderían las palabras con la impureza ruin que
+ellos llevarán dentro de sí, feliz yo mil veces que a la primera ocasión
+en que tuve idea de ser buena, hallé quien me ayudara a serlo. ¡Y cuánto
+tiempo tardé en entenderle del todo! Pero mi hermano, mi hermano mayor
+querido me perdona ¿verdad? Y si necesita pruebas, si quiere que sufra
+penitencias, hable, mande, verá como obedezco. Mas no extraño haber
+querido tanto tiempo lo que la Santa declara haber querido también
+«concertar vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos
+sensuales». Ahora esto se acabó. Usted dirá por dónde hemos de ir; yo
+iré ciega. De la confianza cariñosa de que me hablaba el otro día, al
+salir yo de aquel paroxismo, estoy también enamorada, quiero también que
+sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, además de esos
+monjes alemanes o suecos de que usted me habló, a la misma Teresa de
+Jesús que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta
+bromas alegres que tenía, con purísima intención, con un clérigo amigo
+suyo, consiguió apartarle del pecado. Recuerdo lo que dice: aquel
+confesor le tenía gran afición, pero estaba perdido por culpa de unos
+amores sacrílegos; habíale hechizado una mujer con malas artes, con un
+idolillo puesto al cuello, y no cesó el mal hasta que la Santa, por la
+gran afición que su confesor le tenía, logró que él le entregase el
+hechizo, aquel ídolo que era prenda del amor infame; y usted sabe que
+ella lo arrojó al río y el clérigo dejó su pecado y murió después libre
+de tan gran delito. Amistades así ayudan en la vida, que sin ellas es
+como un desierto, y los que de ellas pudieran sospechar son los
+malvados, que no han de saberlas, porque son incapaces de entender como
+se debe cosa tan buena y que tanto sirve para la salvación de los
+débiles. Aquí el débil no es el confesor, sino la penitente; usted no
+tiene hechizos colgados del cuello, ni tenemos ídolos que echar al
+río... yo soy la pecadora, aunque ningún hombre me hizo el mal que
+aquella mujer al clérigo hechizado; sólo quise a mi marido, y de este ya
+sabe usted de qué modo estoy enamorada; no con pasión que quite a Dios
+cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le
+deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de León me enseñó en
+su _Perfecta casada_ que en cada estado la obligación es diferente; en
+el mío mi esposo merecía más de lo que yo le daba, pero advertida por el
+sabio poeta y por usted, ya voy poniendo más esmero en cuidar a mi
+Quintanar y en quererle como usted sabe que puedo. Y por cierto que he
+de poner por obra un proyecto que tengo, que es convertirle poco a poco
+y hacerle leer libros santos en vez de patrañas de comedias. Algo he de
+conseguir, que él es dócil y usted me ayudará. También en esto imitaré a
+nuestra Doctora, que puso empeño en traer a mayor piedad a su buen
+padre, que ya tenía mucha...».
+
+Estos últimos párrafos ya no los leía el Magistral en voz alta, sino que
+había vuelto a sentarse y leía sin ruido y para dentro. Aunque algunos
+celos tenía de Santa Teresa, de la que veía enamorada a su amiga,
+estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios.
+«Aquello era vivir; lo demás era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello
+que él había soñado, lo que una voz secreta le había dicho el día en que
+ella se había acercado por primera vez a su confesonario». Seguía el
+Magistral ocultándose a sí mismo las ramificaciones carnales que pudiera
+tener aquella pasión ideal que ya se confesaban los dos _hermanos_; no
+quería pensar en esto, no quería sustos de conciencia ni peligros de
+otro género, no quería más que gozar aquella dicha que se le entraba por
+el alma.
+
+Al leer lo de «hermano mayor querido», le daba el corazón unos brincos
+que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la emoción más
+fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba, esto era el hecho, la
+realidad; ¿qué falta hacía darle un nombre? Lo que importaba era la
+cosa, no el nombre. Además, acabase aquello como acabase, él estaba
+seguro de que nada tenía que ver lo que él sentía por Ana con la vulgar
+satisfacción de apetitos que a él no le atormentaban. Cuando pensaba
+así, oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba,
+al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturia de
+escuela «_Veritas in re est res ipsa, veritas in intellectu..._» Era un
+seminarista de primer año de filosofía que repasaba la primera lección
+de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto,
+pensando entonces en los años en que él también aprendía que «la verdad
+en la cosa es la cosa misma». Ahora le importaba muy poco la cosa misma,
+y la verdad y todo... no quería más que hundir el alma en aquella pasión
+innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo,
+las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias,
+las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo,
+menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores.
+¡Cuántos años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin
+sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba el
+Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia; nada de
+teología, nada de quebraderos de cabeza que habían hecho de su
+adolescencia y primera juventud un desierto estéril por donde sólo
+pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. Bastaba
+para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había seguido: la
+ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas,
+subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, más
+que por nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en que
+había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, sin tormentos
+del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una mañana de Mayo
+cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con
+deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las
+enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres
+ocultos y encogidos en su cuna de pétalos. El Magistral arrancó un botón
+de rosa; con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto
+fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a
+nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus
+deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar
+misterios naturales debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral,
+perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta
+cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volvía a caer en
+su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón ya
+no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo
+metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad
+refinada de que él no se daba cuenta.
+
+Llegó a la catedral. Entró en el coro. El Palomo barría. Don Fermín le
+habló con caricias en la voz. Le debía muchos desagravios. ¡Cuántos
+sofiones inútiles había sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba,
+alababa su celo, su amor a la catedral; el Palomo, pasmado y agradecido,
+se deshacía en cumplidos y buenas palabras. De Pas se acercó al
+facistol, hojeó los libros grandes del rezo y hasta solfeó un poco en
+voz baja, leyendo la música señalada con notas cuadradas, de un
+centímetro por lado. Todo estaba bien. Los órganos allá arriba extendían
+su lengüetería en rayas verticales y horizontales, deslumbrantes;
+parecían dos soles cara a cara. Ángeles dorados tocaban el violín cerca
+de la bóveda, a la que trepaban los relieves platerescos de los órganos;
+detrás del coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y
+rosetones dejaban pasar la luz deshaciéndola en rojo, azul, verde y
+amarillo.
+
+En un lado san Cristóbal sonreía con boca encarnada de una cuarta,
+partida por un plomo, al Niño de la Bola, que mantenía un mundo verde
+sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el pesebre de Belén
+cuadriculado también por rayas opacas. Jesús sonreía a la mula y al buey
+en su cuna de heno color naranja. Don Fermín miraba todo aquello como
+por la primera vez de su vida. Hacía un fresco agradable en la iglesia y
+el olor de humedad mezclado con el de la cera le parecía fino,
+misteriosamente simbólico y a su modo voluptuoso. Aquella mañana cumplió
+en el coro como el mejor, y sintió no ser hebdomadario para lucirse.
+Glocester, al verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos
+ocultos se dijo: «¡Disimula! ¡Pues a disimulo no me ha de ganar este
+simoníaco!». Y se deshizo en amabilidad, cortesía y bromas lisonjeras.
+«Bueno era él».
+
+--¿Ha visto usted--decía al salir de la catedral don Custodio--qué
+satisfecho está el Provisor?
+
+Y contestaba Glocester, al oído del beneficiado:
+
+--Es que ya no tiene vergüenza; se ha puesto el mundo por montera.
+
+--Debe de haber pasado algo gordo...--¿A qué crimen alude usted?
+
+--Al de adulterio...--Ps... yo creo que... todavía están algo verdes.
+Sin embargo, por él no quedará, y el crimen es el mismo....
+
+A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta.
+Era caso de envidia. Pero convenía suponerlo, para cargar el delito a la
+cuenta de los muchos que atribuían al enemigo.
+
+Don Fermín, a las once, recordó que era día de conferencia en la Santa
+Obra del Catecismo de las Niñas. Él era el director de aquella
+institución docente y piadosa, que celebraba sus sesiones en el crucero
+de la Iglesia de Santa María la Blanca. Sentía el humor más apropósito
+para el caso. Con mucho gusto entró en aquel templo risueño, alegre, con
+sus adornos flamígeros de piedra blanca esponjosa. En medio del recinto
+se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; sobre ella
+a un lado había tres filas de bancos sin respaldos, y enfrente de ellos
+una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera, presidida por un
+sillón de pana roja y varios taburetes de igual paño. El sillón era para
+el Magistral, los taburetes para los capellanes catequistas, y en los
+bancos se sentaban las niñas de siete a catorce años que aprendían la
+doctrina cristiana, más algo de liturgia, historia sagrada y cánticos
+religiosos.
+
+Cuando De Pas entró en el templo hubo un murmullo en los bancos de la
+plataforma, semejante al rumor de una ráfaga que rueda sobre las copas
+de los árboles.
+
+Tomó el amado director agua bendita, y después de santiguarse, subió,
+radiante de alegría evangélica, las gradas de la plataforma; se frotó
+las manos y a una niña de ocho años que encontró de pie al paso, la
+sujetó suavemente; y mientras él miraba a la bóveda y mordía el labio
+inferior, oprimía contra su cuerpo la cabeza rubia, y entre los dedos de
+la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada.
+
+--¿Qué pájaro me habrá dicho a mí que doña Rufinita no quiere ser buena,
+y enreda en la iglesia y descompone el coro cuando canta?
+
+Carcajada general. Las niñas ríen de todo corazón y el templo retumba
+devolviendo el eco de la alegría desde la bóveda blanca, llena de luz
+que penetra por ventanas anchas de cristales comunes.
+
+Todo lo que dice allí el Magistral se ríe; es un chiste. Niños y
+clérigos están como en su casa. Los pocos fieles esparcidos por la
+Iglesia son beatas que rezan con devoción; no se piensa en ellas. A
+veces son espectadores de aquella algazara algunos adolescentes y pollos
+con cascarón que tienen en los bancos de la plataforma sus amores. Los
+catequistas, jóvenes todos, no ven con buenos ojos a tales señoritos que
+vienen con propósitos profanos.
+
+El Magistral no se sentó en el sillón de la presidencia. Prefería pasear
+por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo con ondulaciones de
+palmera, acercándose de vez en cuando a los bancos llenos de alegría
+para azotar una mejilla con suave palmada, o decir al oído de un
+angelito con faldas un secreto que excita la curiosidad de todas y
+origina siempre una broma de las que sabe preparar don Fermín de modo
+que acaben en lección moral o religiosa. También los catequistas
+alegres, graciosos, vivarachos, van y vienen, reprenden a las educandas
+con palabras de miel y sonrisas paternales, y se meten entre banco y
+banco mezclando lo negro de sus manteos redundantes con las faldas
+cortas de colores vivos, y el blanco de nieve de las medias que ciñen
+pantorrillas de mujer a las que el traje largo no dio todavía patente de
+tales. En la primera fila se mueven, siempre inquietas, sobre la dura
+tabla, las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más, hombrunas
+casi en gestos, líneas y contornos, algunas rodeadas de precoces
+turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes; algo
+avergonzadas, sin conciencia clara de ello, de su desarrollo temprano.
+Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa
+que acababa de mascar, del que un fragmento arrugado se le asomaba a los
+labios todavía. En las siguientes filas estaban las educandas de doce y
+trece primaveras, presumidillas, entonadas; y detrás de estas las
+señoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura
+vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios
+legendarios del amor de devaneo, muchas próximas a la transformación
+natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeñas, pálidas y recias,
+mujeres ya, disfrazadas de niñas, con ojos pensadores cargados de
+malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los ensayos de
+coro, las niñas se levantaban, se repartían en secciones por el
+tablado, formaban círculos, los deshacían, como bailarinas de ópera; y
+los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban,
+entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad
+quinti-esenciada con cierta dentera moral que les encendía las mejillas
+y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos análogos a los
+del kirschen o del ajenjo.
+
+El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran
+suyas y no del Ayuntamiento como las del _Paseo grande_, se recreaba en
+los ojos de las que ya los tenían transparentes de malicia; y, más
+sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de ángeles menores.
+Llegó la hora de los discursos, después de los cánticos, en que la voz
+de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios fisiológicos por
+que estaban pasando. Una joven de quince años, catorce oficialmente, se
+adelantó, y colocada cerca de la mesa recitó con desparpajo una filípica
+un tanto moderada por los eufemismos de la retórica jesuítica, contra
+los materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era
+rubia, de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepción de la
+barba, que apuntaba hacia arriba; tenía el torso de mujer, y debajo de
+la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas
+armoniosas, de seducción extraña. Tenía los ojos azules claros; el metal
+de la voz, vibrante, poco agradable, hierático en su monotonía,
+expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de un alma que preparaban
+para el convento. La rubia hermosa, con brazos de escultura griega, no
+entendía cabalmente lo que iba diciendo, pero adivinaba el sentido de su
+arenga, y le daba el tono de intolerancia y de soberbia que le
+convenía. También ella parecía una estatua de la soberbia y de la
+intolerancia: una estatua hermosísima. Sus compañeras, los catequistas,
+el escaso público esparcido por la nave la oían con asombro, sin pensar
+en lo que decía, sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente
+de su voz metálica. Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el
+símbolo del fanatismo sentimental, la iniciación del _eterno femenino_
+en la eterna idolatría. El Magistral, con la boca abierta, sin sonreír
+ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella
+arrogante amazona de la religión, que labraba con arte la naturaleza,
+por fuera, y él por dentro, por el alma. Sí, era obra suya aquel
+fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su museo de
+beatas; pero todavía estaba en el taller. Cuando aquel vestido gris, que
+no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver dos dedos de
+pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de su estudio
+saldría a luz, el público la admiraría y para sí la guardaría la
+Iglesia.
+
+La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones
+finas, de expresión dulce, tímida y nerviosa. Apretaba con el cuerpo del
+vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergüenza; y más
+que en su oración pensaba en que los muchachos que miraban desde abajo,
+podían verla las pantorrillas, que tapaba mal la falda, a pesar de los
+esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo terminar la historia de los
+Macabeos que tenía a su cargo. Se le puso un nudo en la garganta, le
+zumbaron los oídos y todo el lado derecho de la cabeza se quedó de
+repente frío y el cutis pálido. Se ponía enferma de vergüenza. Tuvo que
+salir de la Iglesia. El desparpajo de otras oradoras precoces hizo
+olvidar la escena triste y desairada de la niña pusilánime, que había
+salido llorando. El Magistral reanimó también el espíritu de la escuela
+con chascarrillos morales y apólogos joco-místicos. Las muchachas se
+morían de risa, se retorcían en los bancos, y dejaban ver a los profanos
+y a los catequistas, relámpagos de blancura debajo de las faldas que
+movían indiscretas, sin pensar en ello muchas, algunas sin pensar en
+otra cosa.
+
+Cuando salió don Fermín de Santa María la Blanca, tenía la boca hecha
+agua engomada. Aquellas sensaciones, que le habían invadido por
+sorpresa, le recordaban años que quedaban muy atrás. No le gustaba
+aquello; era poca formalidad. «¡Diablo de chicas!» iba pensando. De
+todas suertes, lo que le pasaba probaba que aún era joven, que no era
+por necesidad disfrazada de idealismo por lo que se juraba ser
+platónico, siempre platónico, o por lo menos indefinidamente, en sus
+relaciones con la fiel y querida amiga. Volvió su pensamiento a la
+Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se
+convirtió en deseo fuerte y definido de ver a doña Ana, de agradecerle
+su carta y decírselo con la más eficaz elocuencia que pudiera.
+
+Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde
+la visita. Su madre le habló como siempre, de lo que se murmuraba, y él
+encogió los hombros. Oía la voz dura y seca de doña Paula anunciando,
+por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de su honra, como
+si le hablase de los cataclismos geológicos del tiempo de Noé. Le
+parecía que era otro Provisor aquel de quien el público se quejaba.
+«¡Ambición, simonía, soberbia, sordidez, escándalo!... ¿qué tenía él que
+ver con todo aquello? ¿Para qué perseguían a aquel pobre don Fermín si
+ya había muerto? Ahora el don Fermín era otro, otro que despreciaba a
+sus vecinos y ni siquiera se tomaba la molestia de quererlos mal. Él
+vivía para su pasión, que le ennoblecía, que le redimía. Si le apuraban,
+daría una campanada». El Magistral gozaba encontrando dentro de sí
+semejante hombre, más fuerte que nunca, decidido a todo, enamorado de la
+vida que tiene guardados para sus predilectos estos sentimientos
+intensos, avasalladores. La realidad adquiría para él nuevo sentido, era
+más realidad. Se acordaba de las dudas de los filósofos y los ensueños
+de los teólogos y le daban lástima. Los unos negando el mundo, los otros
+_volatilizándolo_, parecíanle desocupados dignos de compasión. «La
+filosofía era una manera de bostezar». «La vida era lo que sentía él, él
+que estaba en el riñón de la actividad, del sentimiento. Una mujer
+deslumbrante de hermosura por alma y cuerpo, que en una hora de
+confesión le había hecho ver mundos nuevos, le llamaba ahora su _hermano
+mayor querido_, se entregaba a él, para ser guiada por las sendas y
+trochas del misticismo apasionado, poético.... Afortunadamente él tenía
+arte para todo: sabría ser místico, hasta donde hiciera falta, perderse
+en las nubes sin olvidar la tierra». Recordaba que años atrás había
+pensado en escribir novelas, en hacer una _sibila_ verdaderamente
+cristiana, y una _Fabiola_ moderna; lo había dejado, no por sentirse con
+pocas facultades, sino porque le hacía daño gastar la imaginación. «Las
+novelas era mejor vivirlas».
+
+Cosas así pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de
+pan, mientras su madre narraba las cábalas de Glocester y las
+maquinaciones de los _conjurados_ del Casino.
+
+En cuanto pudo el Magistral escapó de casa, prometiendo ir a sondear al
+Obispo. Tomó el camino de la Plaza Nueva. El caserón de la Rinconada le
+pareció envuelto en una aureola.
+
+Le recibieron Ana y don Víctor en el comedor. Ya era amigo de confianza.
+Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral había prestado
+muchos servicios a don Víctor, y este aunque le era algo antipático el
+Magistral, se los había agradecido. Pero ya empezaba Quintanar, que
+siempre había sido regalista, a sospechar algo malo de la _influencia
+del sacerdocio_ en su hogar, o sea el _imperio_. «El clero era
+absorbente». Sobre todo don Fermín había sido un poco jesuita.
+«¡Jesuita! ¡El casuismo!... ¡El Paraguay!... _¡Caveant consules!_».
+Aunque la cortesía, ley suprema, le obligaba al más fino trato, no menos
+que la gratitud, don Víctor estuvo un poco frío con el canónigo, pero de
+modo que el otro no lo echó de ver siquiera. Notó que estorbaba allí el
+amo de la casa, pero nada más.
+
+Ana afectuosa, lánguida todavía, había estrechado la mano a su confesor,
+que sin darse cuenta, prolongó cuanto pudo el contacto. Don Víctor los
+dejó solos a eso de las seis. Le esperaban en el Gobierno civil para una
+junta de ganaderos. Se trataba de traer sementales del extranjero. Pero
+don Víctor trataba principalmente de que le eligiesen segundo
+vicepresidente y reclamaba para Frígilis la primera secretaría.
+«Frígilis había jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes
+la elección era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de
+Tomás». Quintanar contaba con el gobernador. Salió.
+
+La Regenta sonrió a don Fermín y dijo:
+
+--Dirá usted que soy una loca; ¿para qué escribirle cuando podemos
+hablar todos los días? No pude menos. ¡Soy tan feliz! ¡y debo en tanta
+parte a usted mi felicidad! Quise contener aquel impulso y no pude. A
+veces me reprendo a mí misma porque pienso que robo a Dios muchos
+pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvió escoger para
+salvarme.
+
+El Magistral se sentía como estrangulado por la emoción. La Regenta
+hablaba ni más ni menos como él la había hecho hablar tantas veces en
+las novelas que se contaba a sí mismo al dormirse.
+
+No vaciló en referir todo lo que había pasado por él desde que leyera
+aquella carta. «El mundo sin una amistad como la suya era un páramo
+inhabitable; para las almas enamoradas de lo Infinito, vivir en Vetusta
+la vida ordinaria de los demás era como encerrarse en un cuarto estrecho
+con un brasero. Era el suicidio por asfixia. Pero abriendo aquella
+ventana que tenía vistas al cielo, ya no había que temer».
+
+La Regenta habló de Santa Teresa con entusiasmo de idólatra; el
+Magistral aprobaba su admiración, pero con menos calor que empleaba al
+hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que veía ahora
+en Anita. Don Fermín tenía celos de la Santa de Ávila.
+
+Además, veía a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones
+místicas, temía que cayera en el éxtasis, que tenía siempre
+complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a
+él de otra enfermedad probable, si Ana seguía aquel camino peligroso.
+Aconsejó la actividad piadosa. «En su estado y en el tiempo en que vivía
+la pura contemplación tenía que dejar mucho espacio a las buenas obras.
+Si ahora sentía Anita cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se
+debía a la convalecencia de que en rigor no había salido; pero cuando
+el vigor volviera por completo ya no la asustaría la acción, el ir y
+venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba».
+
+Desde aquel día el Magistral influyó cuanto pudo en aquel espíritu que
+dominaba por entonces, para arrancarle de la contemplación y atraerle a
+la vida activa. «Si se remontaba demasiado, le olvidaría a él, que al
+fin era un ser finito. Santa Teresa había dicho, y Ana recordaba a cada
+momento que tenía: '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que
+se acaba', y como don Fermín había de acabarse, le espantaba la idea de
+que por eso Ana llegase a tenerle en poco».
+
+No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los
+primeros meses. Aunque tanto quería a su confesor, Ana muchas horas le
+olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo.
+
+Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio,
+sin necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del
+alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre,
+con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de
+imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.
+Veía a Dios con evidencia tal, que a veces sentía deseos vehementes de
+levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrándole la
+verdad que ella palpaba; y entonces le costaba trabajo reconocer la
+realidad de las criaturas. «¡Qué pequeñas eran! ¡qué frágiles! ¡cuánto
+más tenían de apariencia que de nada! Lo único que en ellas valía no era
+de ellas, era de Dios, era cosa prestada. ¡Dichas! ¡dolores! palabras
+nada más; ¿cómo apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que
+duraban no daba tiempo a ello?». Ana recordaba la vida de unos mosquitos
+muy pequeños que crecían todas las mañanas a la orilla del río, volaban
+desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas morían y eran pasto
+de unos peces que contaban todos los días con aquel alimento. Pues así
+era el vivir para todas las criaturas, un rayo de sol que se cruza, para
+volver a la sombra de que se vino. Y estos pensamientos, que
+antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegría. Porque el vivir
+era el estar sin Dios, el morir renacer en Él, pero renunciando a sí
+mismo.
+
+Y como si sus entrañas entrasen en una fundición, Ana sentía
+chisporroteos dentro de sí, fuego líquido, que la evaporaba... y llegaba
+a no sentir nada más que una idea pura, vaga, que aborrecía toda
+determinación, que se complacía en su simplicidad. Prolongaba cuanto
+podía aquel estado; tenía horror al movimiento, a la variedad, a la
+vida.
+
+Entonces solía don Víctor asomar la cabeza, con su gorro de borla
+dorada, por la puerta de escape que abría con cautela, sin ruido....
+Anita no le oía; y él, un poco asustado, con una emoción como creía que
+la tendría entrando en la alcoba de un muerto, se retiraba, de
+puntillas, con un respeto supersticioso. A dos cosas tenía horror: al
+magnetismo y al éxtasis. ¡Ni electricidad ni misticismo! Una vez le
+había dado una bofetada a un chusco que le había cogido por la levita,
+en el gabinete de física de la Universidad, para hacerle entrar en una
+corriente eléctrica. Don Víctor había sentido la sacudida, pero acto
+continuo ¡zas! había santiguado al gracioso. El magnetismo, en que
+creía, (aunque estaba en mantillas, según él, esta ciencia) le asustaba
+también; y en cuanto a ver a su Divina Majestad, o figurársele, le
+parecía emoción superior a sus fuerzas. «Yo no necesito de eso para
+creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer
+que hay un más allá y un Juez Supremo. Al que no le convence un rayo, no
+le convence nada».
+
+«Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que veía que
+iba de veras».
+
+Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... subía la
+escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solían, y
+preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste:
+
+--¿Y la señora? ¿dónde está?
+
+Como si preguntara ¿cómo va la enferma?--Así andaba por todo el caserón,
+como si estuviera muriendo alguno. Sin darse cuenta del porqué, don
+Víctor se figuraba el misticismo de su mujer como una cefalalgia muy
+aguda. Lo principal era no hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba
+abajo, en el patio, don Víctor se enfurecía, pero sin dar voces, gritaba
+con timbre apagado y gutural:
+
+--¡A ver! ¡ese gato! ¡que se calle o que lo maten!
+
+Entraba en su despacho. Volvía entonces a sus máquinas y colecciones; a
+veces tenía que clavar, serrar o cepillar. ¿Cómo no hacer ruido? Sobre
+todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo forró con bayeta negra,
+como un catafalco, y así clavaba, los martillazos apagados tenían una
+resonancia mate, fúnebre, de mal agüero, que llenaba de melancolía a don
+Víctor. Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hacían
+demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus
+cánticos profanos al tocador-oratorio de la Regenta.
+
+Se acostumbró don Víctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en
+la huerta, paseándose con Frígilis, eran sus palabras un rumorcillo
+leve.
+
+--Pero, hombre, parece que hablas con sordina...--decía Crespo
+malhumorado.
+
+Quintanar le consultaba acerca del _estado_ de Ana.
+
+--¿A ti qué te parece de esto?
+
+--Ps... allá ella. Sus razones tendrá.
+
+--Yo creo Tomás, aquí para _interinos_... que Anita se nos hace santa,
+si Dios no lo remedia. A mí me asusta a veces. ¡Si vieses qué ojos en
+cuanto se distrae! Ello sería un honor para la familia...
+indudablemente, pero... ofrece sus molestias.... Sobre todo, yo no sirvo
+para esto. Me da miedo lo sobrenatural. ¿Tendrá apariciones?
+
+Frígilis se permitía la confianza de no contestar a las que estimaba
+sandeces de su amigo.
+
+También él pensaba en Anita. La veía muchas veces desde la huerta, en su
+gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcón mirando al cielo.
+Ella casi nunca reparaba en él; no era como antes que le saludaba
+siempre. Aquello de Ana también era una enfermedad, y grave, sólo que él
+no sabía clasificarla. Era como si tratándose de un árbol, empezara a
+echar flores, y más flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara
+delgado, delgado, y cada vez más florido; después se secaban las raíces,
+el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez más hermosas,
+venían al suelo con la leña seca; y en el suelo... en el suelo... si no
+había un milagro, se marchitaban, se pudrían, se hacían lodo como todo
+lo demás. Así era la enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que
+debía de haberlo habido, él lo atribuía al Magistral. Se acordaba del
+guante morado. Mucho tiempo lo había tenido olvidado, pero un día se le
+ocurrió preguntar a la Regenta si las señoras usaban guantes de seda
+morada y ella se había reído. Era, por consiguiente, un guante de
+canónigo. Ripamilán no los usaba casi nunca. No quedaba más canónigo
+probable que el Magistral; el único bastante listo para meter aquellas
+cosas en la cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y
+Petra andaba en el ajo. Era encubridora. ¿De qué? Esta era la cuestión.
+De nada malo debía de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era
+relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Frígilis no
+temía lo presente si no lo futuro; lo que podía suceder. No veía una
+falta sino un peligro. Algo había oído de lo que se murmuraba en
+Vetusta, aunque en su presencia no se atrevían las malas lenguas a poner
+en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se le miraba como hermano
+de don Víctor. «De todas maneras, él estaría alerta». Y seguía velando
+por los árboles de don Víctor y por su honor «tal vez en peligro».
+
+Petra tampoco veía claro. Estaba desorientada. La conducta de su ama le
+parecía propia de una loca. «¿A qué venía aquella santidad? ¿A quién
+engañaba? ¡Oh! si no fuera porque ella quería tener contento al
+Magistral, no serviría más tiempo a la hipócrita que la utilizaba como
+correo secreto y no le daba una mala propina, ni le decía palabra de sus
+trapicheos ni le ponía una buena cara, a no ser aquella de beata
+bobalicona con que engañaba a todos».
+
+Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su
+cama de madera, tenía una cartera de viaje, sucia y vieja. Allí guardaba
+con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuantía, y algunos papeles
+que podían comprometerla. De allí sacaba el guante morado del Magistral,
+del que a nadie había hablado. Era una prueba, no sabía de qué, pero
+adivinaba que sin saber ella cómo ni cuándo, aquella prenda podía llegar
+a valer mucho.
+
+«¿Y qué probaba aquel guante respecto a la santidad de la señora? Que
+era una hipócrita. ¡Si no fuera por el Magistral!».
+
+Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqués creía en la
+santidad de Anita; la Marquesa encogía los hombros; temía por la cabeza
+de aquella chica. Visitación estaba _volada_, furiosa. «¡Sus planes por
+tierra! ¡Ana resistía! ¡No era de tierra como ella!». Obdulia Fandiño no
+envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino _el ruido que metía_,
+lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jamás había hecho
+_tanta sensación_ ella, la viudita, con el vestido más escandaloso, como
+Ana con su hábito y su _beatería_. «¡Qué atrasado, pero qué atrasado
+estaba aquel miserable lugarón!».
+
+Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volvía a borbotones. Tenía
+sueños castos, tales se le antojaban, sin sujeto humano, como decía
+Ripamilán, pero dulces, suaves. Sentía, medio dormida, a la hora de
+amanecer sobre todo, palpitaciones de las entrañas que eran agradable
+cosquilleo; otras veces, como si por sus venas corriese arroyo de leche
+y miel, se le figuraba que el sentido del gusto, de un gusto exquisito,
+intenso, se le había trasladado al pecho, más abajo, mejor, no sabía
+dónde, no era en el estómago, era claro pero tampoco en el corazón, era
+en el medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin
+falta, era para el Señor. Oía los gritos de los pájaros en la huerta,
+encontraba en ellos sentido místico, y la piedad matutina de Ana era
+optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su obra. Cada día
+encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea de las cosas
+finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su realidad: volvían
+los seres materiales a tener para ella la poesía inefable del dibujo;
+la plasticidad de los cuerpos era una especie de bienestar de la
+materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se sentía bien en
+medio de la vida. Pensaba en las armonías del mundo y veía que todo era
+bueno, según su género. La idea de Dios, la emoción profunda, intensa
+que le causaba la evidencia de la divinidad presente, no se deslucían,
+no se borraban; pero Dios ya no se le aparecía en la idea de su soledad
+sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la
+creación infinita. Empezó a olvidar algunas noches la lectura de Santa
+Teresa. Seguía enamorada de la Doctora sublime, pero algunas opiniones
+de la Santa prefería pasarlas por alto, estaban en pugna con las ideas
+propias; «al fin no en balde habían pasado tres siglos». Empezó Ana a
+comprender mejor lo que el Magistral le quería decir al hablarle de
+actividad piadosa.
+
+«Es verdad, se decía, no he de vivir en este egoísmo de recrearme en
+Dios; necesito, sí, trabajar más y más en la oración mental y en la
+contemplación, para ver más y más cada día en esa región de luz en que
+el alma penetra, pero... ¿y mis hermanos? La caridad exige que se piense
+en los demás. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el
+prójimo; ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido».
+
+El Magistral, mientras duraba la debilidad, le había prohibido
+incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la mañana. Pero
+ella en cuanto sintió aquella bienhechora fortaleza de los músculos, que
+es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros que
+volvían a cubrirse de rosas pálidas, otra vez repletos de vida
+circulante. Y sin descender del lecho, sobre las sábanas tibias,
+levemente mecida por los muelles del colchón al incorporarse, rezaba,
+toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de raso en la blandura
+apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su fervor religioso
+acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera, y besaba las
+llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas lágrimas
+dulces eran la miel mezclada que corría dentro y ahora saltaba por los
+ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, aún más fuerte, huyó la
+pereza del colchón y saltó al suelo y rezó sobre la piel de tigre. Aún
+quería más dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el
+pavimento hincaba las rodillas. Pensó en el cilicio, lo deseó con fuego
+en la carne, que quería beber el dolor desconocido, pero el Magistral
+había prohibido tales tormentos sabrosos.
+
+El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la
+conversión de su marido. Santa Teresa había trabajado por la piedad de
+su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habíale ella querido
+más piadoso todavía. Ana se propuso emplear su celo en ganar para Dios
+el alma de su don Víctor, «que venía también a ser su padre».
+
+La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios,
+lícitos todos, que empleó con arte de maestro. Quintanar tardó en
+conocer que su Anita, su querida Anita quería convertirle a la piedad
+verdadera. Al principio sólo notó que su mujer se hacía más
+comunicativa, cariñosa a todas horas, como antes lo era después de los
+ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades. «¿Quería discutir por
+pasar el rato? Enhorabuena; él amaba la discusión». Y sostenía la tesis
+contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta había
+ido haciendo la cuestión personal; ya no se trataba de si Cristo había
+redimido a todas las _Humanidades_ repartidas por los planetas, de una
+sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en todas muerte de
+cruz; ahora se trataba ya de si don Víctor confesaba muy de tarde en
+tarde, si perdía o no muchas misas, (y sí que las perdía). «Además, los
+libros en que apacentaba el espíritu eran vanos; comedias, mentiras
+fútiles y peligrosas».
+
+--¿Tú nunca has leído vida de santos, verdad?
+
+--Sí, hija, sí, y autos sacramentales....
+
+--No es eso.... Quintanar; hablo de _La Leyenda de Oro_ y del _Año
+Cristiano_ de Croiset, por ejemplo.
+
+--¿Sabes, hija mía?... Yo prefiero los libros de meditación....
+
+--Pues toma el _Kempis_, la _Imitación de Cristo_... lee y medita.
+
+Y se lo hizo leer. Y entre _Kempis_ y la Regenta, y el calor que
+empezaba a molestarle, y la prohibición de los baños le quitaron el
+humor al digno magistrado. Ya no leía, al dormirse, a Calderón, sino a
+Job y al dichoso Kempis. «¡Vaya unas cosas que decía aquel demonche de
+fraile o lo que fuese! No, y lo que es razón tenía, es claro; el mundo,
+bien mirado, era un montón de escorias. Él no podía quejarse, en su vida
+no había habido desengaños terribles, grandes contrariedades, aparte de
+la muy considerable de no haber sido cómico; pero en tesis general, el
+mundo estaba perdido. Y además, esto de hacerse viejo, que le tocaba a
+él como a cada cual, era un gravísimo inconveniente. En la muerte no
+quería pensar, porque eso le ponía malo, y Dios no manda que enfermemos.
+La muerte... la muerte... él tenía así... una vaga y disparatada
+esperanza de no morirse.... ¡La medicina progresa tanto! Y además, se
+podía morir sin grandes dolores, por más que Frígilis lo negaba». En
+fin, no quería pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue
+tiznándole el alma de negro y don Víctor llegó a despreciar las cosas
+por efímeras. Una tarde, en su _Parque_, contemplaba a Frígilis que
+estaba a sus pies agachado plantando cebolletas, embebecido en su
+operación.
+
+«¡Valiente filósofo era Frígilis!». Don Víctor le miraba desde la altura
+de su pesimismo prestado, y le despreciaba y compadecía. «¡Plantar
+cebolletas! ¿No prohibía San Alfonso Ligorio plantar árboles en general
+y edificar casas, que al cabo de los años mil se caen? Pues entonces,
+¿para qué plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?...».
+
+«Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido. ¿Qué
+iba él a hacer mano sobre mano un verano entero sin baños, ni bromas en
+las aguas de Termasaltas?».
+
+«Y quedaba el rabo por desollar. La cuestión de salvarse o no salvarse.
+Aquello era serio. A él le daba el corazón que se salvaría; pero los
+santos escritores presentaban como tan difícil la cosa, que ya le
+inquietaban ciertas dudas.... ¿Si no habría sido él toda su vida
+bastante bueno? Había que pensar en esto; pero ¡Dios mío! ¡él no quería
+quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilación, fundada en una
+enfermedad que no tenía, le había costado gran trabajo arreglar sus
+papeles y pedir recomendaciones, y la jubilación era cosa temporal...
+con que la salvación del alma, la jubilación eterna como quien decía
+¡apenas iba a exigir esfuerzos, expedientes, y también recomendaciones!
+Era preciso entregarse a su esposa para que le ayudase en tan arduo
+negocio».
+
+La Regenta conoció bien pronto que don Víctor se entregaba. Aunque ella
+hubiera querido más acendrada piedad, tuvo que contentarse con el dolor
+de atrición que claramente manifestaba su marido. Y no tuvo escrúpulo en
+asustarle un poco más de lo que estaba, recordándole las penas del
+Infierno, aunque estos recursos de terror le repugnaban a ella.
+Quintanar mostraba gran empeño en sostener que el fuego de que se
+trataba no era material, era simbólico.
+
+--No es de fe--repetía--en mi opinión, creer que ese fuego es físico,
+material; es un símbolo, el símbolo del remordimiento.
+
+Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con símbolos en el caso
+desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente.
+
+El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto
+llevar a su don Víctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el
+Magistral.
+
+A don Víctor al comulgar le atormentaba la idea de que no había
+confesado un pecadillo considerable: tenía sus dudas respecto de la
+infalibilidad pontificia.
+
+El canónigo Döllinger, de quien no sabía más sino que existía y que se
+había separado de la Iglesia, le seducía por su tenacidad, que le
+recordaba la de su tierra, Aragón, el reino más noble y testarudo del
+Universo.
+
+Los días para la Regenta se deslizaban suavemente.
+
+El Magistral, su maestro, y don Víctor, su discípulo, eran los
+compañeros de su vida al parecer sosa, monótona, pero _por dentro_ llena
+de emociones. Seguía encontrando en la oración mental delicias
+inefables. Dios era no menos amable como Padre de las criaturas, como
+Director de la gran «fábrica de la inmensa arquitectura», que en la pura
+contemplación de su Idea. Además, pensaba Anita, fuera orgullo aspirar
+ahora a la visión de la Divinidad directamente; me faltan muchos pasos,
+muchas _moradas_. Ya llegaré si el Señor lo tiene así dispuesto. Ahora
+debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi
+cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que él llama
+higiene del espíritu. La ociosidad me volvería al pecado, como volvía a
+la misma Santa Teresa. Si para ella tenía tan grave peligro ¡qué será
+para mí!».
+
+Anita recibía las pocas visitas que don Álvaro se atrevía a hacerle, sin
+alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila después que se
+marchaba. Procuraba apartar de él su pensamiento, con la conciencia de
+que era aquel recuerdo una llaga del espíritu que tocándola dolería.
+Tuvo valor para mostrarse fría con él, para cortar el paso a la
+confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para verle
+despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, «ciego de amor y
+pena», creía ella, una lástima infinita le inundó el alma, y tembló de
+miedo; su seno se hinchó con un suspiro... y la carne flaca tropezó con
+el Cristo amarillento de marfil que el Magistral había regalado a su
+amiga para que lo llevase sobre el pecho.
+
+Ana besó la imagen y volvió los ojos al cielo.
+
+--Jesús, Jesús, tú no puedes tener un rival. Sería infame, sería
+asqueroso....
+
+Y recordó la ira de Jesús cuando se aparecía a Teresa que le olvidaba.
+
+--Sería engañar a Dios, engañar al Magistral pensar en ese hombre ni un
+solo instante, ni siquiera para compadecerle.... ¡Oh! ¡qué hipócrita,
+qué gazmoña miserable sería yo si tal hiciera! ¡Qué romanticismo del
+género más ridículo y repugnante sería el mío, si después de tanta
+piedad que yo creí profunda, vocación de mi vida en adelante, volviera
+una pasión prohibida a enroscarse en el corazón, o en la carne, o donde
+sea!... ¡No, no! ¡Ridículo, villano, infame, vergonzoso, además de
+criminal! ¡Mil veces no! Quiero morir, morir, Señor, antes que caer otra
+vez en aquellos pensamientos que manchan el alma y le clavan las alas al
+suelo, entre lodo....
+
+Pero al día siguiente de la despedida de don Álvaro, Ana despertó
+pensando en él. «Ya no estaba en Vetusta. Mejor. La terrible tentación
+le volvía la espalda, huía derrotada.... Mejor... era un favor especial
+de Dios».
+
+Aquella tarde bajó al parque, a la hora en que don Álvaro se había
+despedido el día anterior.
+
+«Veinticuatro horas hacía ya». Otras veces había estado días y días sin
+verle, y le parecía muy tolerable la ausencia y corta. Pero estas
+veinticuatro horas eran de otra manera, se contaban por minutos... que
+es como se cuentan las horas. «Y bien, lo normal, lo constante, lo que
+debía ser ya siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y
+después otras tantas... y así... toda la vida».
+
+Hacía mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los castaños de Indias,
+ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, podía Ana respirar
+una ráfaga de aire fresco. Su pensamiento quería elevarse, volar al
+cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta es mucho, le
+derretía las alas al pensamiento y caía en la tierra, que ardía, en
+concepto de Ana.
+
+Y para que no se le antojase volar más en toda la tarde, se presentó en
+el parque Visitación Olías de Cuervo, a quien el verano _sentaba_ bien,
+y dejaba lucir trajes de percal fantásticos y baratos. Venía alegre,
+vaporosa, y con las apariencias de un torbellino; daba gana de cerrar
+los ojos al verla acercarse. En la calle la había querido abrazar un
+mozo de cordel. La aventura, ridícula y todo, la había rejuvenecido,
+había encendido chispas en sus ojuelos, y «¡ea! venía con afán de
+abrazar ella también». Abrazó a la Regenta, se la comió a besos... y
+después de contarla el _paso de comedia_ del mozo de cordel, gritó de
+repente:
+
+--A propósito, ¿no te ha contado Víctor lo de Álvaro?
+
+Visita tenía cogida por las muñecas a su amiga. Estaba tomándola el
+pulso a su modo.
+
+Clavó con sus ojos menudos los de Ana y repitió:
+
+--¿No sabes lo de Álvaro?
+
+El pulso se alteró, lo sintió ella con gran satisfacción. «A mí con
+santidades, pensó; _pulvisés_, como dijo el otro».
+
+--¿Qué le pasa? ¿qué se ha marchado? Ya lo sé.
+
+--No, no es eso.--¿Qué? ¿No se ha marchado?
+
+Nueva alteración del pulso, según Visita.
+
+--Sí, hija, sí, se ha marchado, pero verás cómo. Ya sabes que tenía
+relaciones con la señora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en
+fin ya sabes quién es, ese que viene a baños a Palomares.
+
+--Sí, sí, bien...--Pues bueno; esta mañana, lo ha visto medio Vetusta,
+al ir Mesía a tomar el tren de Madrid, el correo, el que sube... ¿estás?
+se encontró con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del
+andén. ¡Figúrate! Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha
+comprado una especie de chalet o demonios; bueno, pues, cátate que
+nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que subía, el de Madrid, toma
+el que baja, da órdenes a su criado, para que recoja corriendo el
+equipaje y se meta en el reservado que traía la ministra, un coche salón
+con cama y demás. Y el marido no venía, por supuesto; ella, dos criados
+y los _bebés_ como dice Obdulia. ¡Figúrate! Todo Vetusta, que estaba en
+la estación esta mañana por casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho
+Álvaro. ¿Pero ella? ¿qué te parece de ella? A eso vamos; a lo
+escandalosas que son esas señoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama
+de virtuosa, ¡uf! ¡yo lo creo!... La virtuosísima señora ministra de
+Gracia y salero... ¡pero, señor, cómo demonches se llama ese tipo de
+ministro!...
+
+Ana recordaba perfectamente cómo se llamaba aquel «tipo de ministro»,
+pero no quiso decirlo; sintió que palidecía, por un frío de muerte que
+le subió al rostro; dio media vuelta, y disimulando cuanto pudo, se
+recostó en un árbol. Fingió entretenerse en rayar la corteza del tronco,
+y mudando de conversación, preguntó a Visita por un niño que tenía
+enfermo.
+
+Pero Visita era tambor de marina, como decían ella y la Marquesa; de
+otro modo, que nadie se la pegaba; conoció la turbación de Ana, y con
+gran júbilo, confirmó para sus adentros la teoría del _pulvisés_ o sea
+de la ceniza universal.
+
+«Ana tenía celos; luego, tenía amor; no hay humo sin fuego».
+
+Se despidió al poco rato; ya había dado su noticia, ya sabía lo que
+quería; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en otra parte
+otra buena obra por el estilo. Se marchó, como la marejada que se
+retira. Dejó los senderos blancos como si los hubiesen peinado. La
+escoba almidonada de enaguas y percal engomado dejó su rastro de rayas
+sinuosas y paralelas grabado en la arena.
+
+Ana tuvo miedo. La tentación, la vieja tentación de don Álvaro, le había
+sabido a cosa nueva; se le figuró un momento que aquel dolor que
+sintiera al saber lo de la ministra, era más de las entrañas que sus
+demás penas; era un dolor que la aturdía, que pedía remedio a gritos
+desde dentro.... Por la primera vez, después de su enfermedad, sintió la
+rebelión en el alma.
+
+«Oh, no; no quería volver a empezar. Ella era de Jesús, lo había jurado.
+Pero el enemigo era fuerte, mucho más de lo que ella había creído. Otras
+veces había desafiado el peligro; ahora temblaba delante de él. Antes la
+tentación era bella por el contraste, por la hermosura dramática de la
+lucha, por el placer de la victoria; ahora no era más que formidable;
+detrás de la tentación no estaba ya sólo el placer prohibido,
+desconocido, seductor a su modo para la imaginación; estaban además el
+castigo, la cólera de Dios, el infierno. Todo había cambiado; su
+vocación religiosa, su pacto serio con Jesús la obligaban de otro modo
+más fuerte que los lazos demasiado sutiles del deber vagamente admitido
+por la conciencia, sin pensar en sanción divina. Antes no quería pecar
+por dignidad, por gratitud, porque... no. Ahora el pecado era algo más
+que el adulterio repugnante, era la burla, la blasfemia, el escarnio de
+Jesús... y era el infierno. Si caía en los lazos de la tentación, ¿quién
+la consolaría cuando viniese el remordimiento tardío? ¿cómo llamar a
+Jesús otra vez? ¿cómo pensar en Teresa, que jamás había caído? No, no la
+llamaría, preferiría morir desesperada y sola. ¿Pero después? El
+infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal sin término».
+
+--«Tú vencerás, Dios mío, tú vencerás--exclamó en voz alta, hablando con
+las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en
+calma».
+
+Aquella noche lloró la Regenta lágrimas que salían de lo más profundo de
+sus entrañas, de rodillas sobre la piel de tigre, con la cabeza hundida
+en el lecho, los brazos tendidos más allá de la cabeza, las manos en
+cruz.
+
+Desde el día siguiente el Magistral notó con mucha alegría, que Ana
+volvía su piedad del lado por donde él quería llevarla. «Menos
+contemplación y más devociones, obras piadosas y culto externo, que
+entretiene la imaginación».
+
+Con un entusiasmo que tenía sus remolinos que atraían las voluntades,
+Ana se consagró a la piedad activa, a las obras de caridad, a la
+enseñanza, a la propaganda, a las prácticas de la devoción complicada y
+bizantina, que era la que predominaba en Vetusta. Aquellas
+exageraciones, que tal le habían parecido en otro tiempo, ahora las
+encontraba justificables, como los amantes se explican las mil tonterías
+ridículas que se dicen a solas.
+
+«¿No había en los amores humanos un vocabulario infantil, ridículo, sin
+sentido para los profanos? Sí, lo había, ella no podía asegurarlo por
+experiencia, pero lo había leído y el corazón se lo confirmaba. Pues
+bien, el amor de Dios, a su manera, podía tener sus niñerías, sus
+nimiedades, ridículas para las almas frías, indiferentes». Hasta llegó a
+comprender los superlativos de letanía de doña Petronila o sea el gran
+Constantino.
+
+Al Magistral mismo se atrevía la Regenta a hablarle con cierto mimo, con
+una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, con un
+estilo que podría llamarse humorismo piadoso. Y además se permitía Ana
+interesarse por los bienes puramente temporales de su confesor. No le
+dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado. «¡Buena la haríamos
+si usted se me muriese! todo esto, señor mío, es egoísmo, ni Dios ni
+usted han de agradecerlo».
+
+Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompañaban, el Magistral
+tenía para rumiar ocho días de felicidad inefable. «Sí, inefable. Él no
+se explicaba qué era aquello. No sospechaba que en el mundo, en el
+pícaro mundo se podía gozar así. A los treinta y seis años, cuando él
+creía que ya nadie podía enseñarle nada, una señora inocente, joven, sin
+mundo, venía a mostrarle un universo nuevo, donde sin más que una
+sonrisita, una palabra que era como la letra de una música que había en
+el modo de decirla, se veía uno de repente entre los ángeles, gozando
+como en el Paraíso, sin querer nada más, sin pensar en nada más.
+¡Gozando, gozando y gozando!».
+
+Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situación. ¿Era
+aquello pecado? ¿Era aquello amor del que está prohibido a un sacerdote?
+Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermín de tales preguntas. Peor
+para ellas si se hubiera acordado.
+
+--¡Usted nunca me habla de sí mismo!--le decía Ana con tono de
+reconvención, una mañana de Agosto, en el parque, metiéndole una rosa de
+Alejandría, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban
+solos. Tácitamente habían convenido en que aquellas expansiones de la
+amistad eran inocentes. Ellos eran dos ángeles puros que no tenían
+cuerpo. Anita estaba tan segura de que para nada entraba en aquella
+amistad la carne, que ella era la que se propasaba, la que daba primero
+cada paso nuevo en el terreno resbaladizo de la intimidad entre varón y
+hembra.
+
+El Magistral con la cara llena del rocío de la flor y el corazón más
+fresco todavía, contestó:
+
+--¿Hablarle de mí mismo? ¡Para qué! Yo tengo, por razón de mi oficio en
+la Iglesia militante, la mitad de mi vida entregada a la calumnia, al
+odio, a la envidia, que la devoran y hacen de ella lo que quieren: se me
+persigue, se me preparan asechanzas, hasta hay sociedades secretas que
+tienen por objeto derribarme, como ellos dicen, de lo que llaman el
+poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo desprecio. Puedo asegurar a
+usted que yo no pienso más que en la otra mitad de mí mismo, que es la
+que traigo aquí, la que vive en la paz dulce de la fe, acompañada de
+almas nobles, santas, como la de una señora... que usted conoce... y a
+quien no aprecia en todo lo que vale....
+
+Y el Magistral sonrió como un ángel, mientras aspiraba con delicia el
+perfume de rosa de Alejandría, que Ana sin resistencia había dejado en
+manos del clérigo.
+
+Ella se puso seria, quiso explicaciones. «Se le perseguía, se le
+calumniaba... tenía enemigos... y él sin decir nada a su amiga. ¡Estaba
+bueno!». Algo había oído ella mucho tiempo hacía, pero vagamente. Se
+acusaba al Magistral, a lo que podía entender, de vicios tan torpes, de
+tan miserables delitos, que lo grosero de la calumnia la hacía de puro
+inverosímil inofensiva casi.
+
+La Regenta había despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que
+llegaban de tarde en tarde a sus oídos. Pero ya que el Magistral mismo
+se quejaba, daba a entender que aquella persecución le dolía, era
+necesario saber más, procurar el consuelo de aquel corazón atribulado,
+buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido, calumniado, que
+además del justo era el padre espiritual, el hermano mayor del alma, el
+faro de luz mística, el guía en el camino del cielo.
+
+Aquella mañana de Agosto el Provisor la señaló como una de las más
+felices de su vida. Ana le obligó a hablar, a contárselo todo. Él,
+elocuente, con imaginación viva, fuerte y hábil, improvisó de palabra
+una de aquellas novelas que hubiera escrito a no robarle el tiempo
+ocupaciones más serias. Se sentaron en el cenador. Don Fermín dijo,
+primero, sonriendo, que él también quería confesarse con ella. «¿Creía
+Ana que era perfecto? ¿Que no había pasiones debajo de la sotana? ¡Ay
+sí! Demasiado cierto era por desgracia». La confesión del Magistral se
+pareció a la de muchos autores que en vez de contar sus pecados
+aprovechan la ocasión de pintarse a sí mismos como héroes, echando al
+mundo la culpa de sus males, y quedándose con faltas leves, por confesar
+algo.
+
+De aquella confidencia, Ana sacó en limpio que el Magistral, como ella
+creía, era un alma grande, que no había tenido más delito que cierta
+vaga melancolía en la juventud y una ambición noble, _elevada_, en la
+edad viril. Pero aquella ambición había desaparecido ante otra más
+grande, más pura, la de salvar las almas buenas, la de ella por ejemplo.
+Ana, al oír aquello, cerraba los ojos para contener el llanto, y se
+juraba en silencio consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a
+quien tanto debía, que tan grande se le mostraba, que prefería vivir
+cerca de ella para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo,
+cardenal, pontífice. «¡Y le calumniaban! ¡Y tenía enemigos! ¡Y había
+habido tiempo en que querían ponerle en ridículo, por que ella, Anita,
+seguía entregada a las vanidades del mundo, a pesar de ser hija de
+confesión de don Fermín! ¡Oh, ya verían, ya verían en adelante!».
+
+«¿Qué cosa mejor que aquella pasión ideal, aquel afán por una buena
+obra, aquella abnegación, a que se proponía entregarse, para combatir la
+tentación cada vez más temible del recuerdo de Mesía, que estaba en
+Palomares enamorado de la ministra?».
+
+De Pas ya no sabía dónde iba a parar aquello.
+
+Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal
+suerte, que el peligro cada día era mayor. «Aunque la pasión que él
+sentía nada tenía que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello)
+ni era amor a lo profano, ni tenía nombre ni le hacía falta, podía ir a
+dar no se sabía dónde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor
+descuido de la carne, intrusa, temible, la Regenta saltaría hacia atrás,
+se indignaría y él perdería el prestigio casi sobrenatural de que estaba
+rodeado. Además, suponiendo que aquello parase en un amor sacrílego y
+adúltero, miserablemente sacrílego, por haber tenido tales comienzos,
+¡adiós encanto! Ya sabía él lo que era esto. Una locura grosera de
+algunos meses. Después un dejo de remordimiento mezclado de asco de sí
+mismo; verse despreciable, bajo, insufrible; y después ira y orgullo, y
+ambición vulgar y huracanes en la Curia eclesiástica.--No, no. La
+Regenta debía de ser otra cosa. Había que hacer a toda costa que aquello
+no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre todo, lo
+de antes, que la Regenta se llamaría a engaño; era seguro».
+
+Y después de una pausa, pensaba el Magistral:
+
+«Y en último caso, ello dirá».
+
+Don Víctor estaba cada día más triste. Por una parte aquel dolor de
+atrición, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser tan bueno, de no
+haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel sudor continuo,
+aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la yerba agostada
+del Paseo grande, la falta de espectáculos.... «Y además que nadie le
+comprendía. Frígilis era un estuco: en tratándose de cosas espirituales
+ya se sabía que no había que contar con él. Ni el verano le sofocaba, ni
+el invierno le encogía: era un marmolillo. ¡Y a su mujer y al Magistral
+el estío de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos no les
+disgustaba!». Iba don Víctor al Casino: ni un alma. Algún magistrado sin
+vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa. En el gabinete
+de lectura, Trifón Cármenes repasando _Ilustraciones_ antiguas; en el
+tresillo ni un socio; no le quedaba más que el dominó, que le era
+antipático por el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin
+parar. Su contendiente de ajedrez estaba en unos baños. «¡Claro! _todo
+el mundo_ se estaba bañando». Aunque don Víctor otros veranos, si bien
+pasaba junto al mar un mes, no se bañaba más que dos o tres veces, ahora
+echaba de menos todos los días la frescura de las olas. En el Casino
+leía los periódicos de _La Costa_: conciertos nocturnos al aire libre,
+giras campestres, regatas, de todo esto hablaban; ¡cuánta gente! ¡cuánta
+música! ¡teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar...
+el mar inmenso.... ¡Aquello era divertirse! Don Víctor suspiraba y se
+volvía a casa.
+
+--«No estaba la señora».
+
+Pero estaba Kempis. Allí, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin poder
+resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, después de quitarse el
+_chaquet_ de alpaca y quedarse en mangas de camisa: tomaba el libro y
+leía.... «¡Vuelta al miedo! a la tristeza, a la languidez espiritual.
+Era en efecto el mundo una lacería, como decía el texto, y sobre todo en
+el verano. Vetusta era un pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los
+árboles, tan desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero
+causaba ahora hastío: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor
+dibujo». Hasta era capaz de hacerse artista de veras don Víctor a fuerza
+de triste y aburrido.
+
+Y Ana volvía contenta de la calle. «Mejor, más valía que alguno lo
+pasara bien: él no era egoísta».
+
+«¿Pero qué gracia le encontraría su mujer a la soledad de Vetusta?
+Además, ¿no estaba allí el Kempis sangrando, probando, como tres y dos
+son cinco, que en el mundo nunca hay motivo para estar alegre? Verdad
+era que su Anita era feliz por razones más altas. Él no podía llegar a
+tal grado de piedad. Temía a Dios, reconocía su grandeza, ¡es claro!
+¡había hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez
+reconocido este Infinito Poder, él, Víctor Quintanar, seguía
+aburriéndose en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin
+mar, sin regatas, sin nada de este mundo. ¡Oh, si no fuera por sus
+pájaros!».
+
+En tanto Ana, cada día más activa, procuraba olvidar, y muchas veces lo
+conseguía, lo que llamaba la tentación, que cada vez era más formidable;
+y cuanto más temida más fuerte. Pero huía de ella, acogíase a la piedad,
+y visitaba con celo apostólico y ardiente caridad las moradas miserables
+de los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la
+religión para el espíritu y la limosna para el cuerpo; solían
+acompañarla doña Petronila Rianzares o alguna otra dama de su cónclave;
+pero también iba sola. De cuantas ocupaciones le imponía la vida devota,
+esta era la que más le agradaba.
+
+El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ejércitos
+piadosos del Corazón de Jesús, la Corte de María, el Catecismo, las
+Paulinas y demás instituciones análogas; muchas señoras iban a baños o a
+la aldea. Pero el núcleo quedaba: era el grupo numeroso y considerable
+de beatas ilustres que rodeaban al Gran Constantino, a doña Petronila.
+Durante los meses del calor disminuían bastante las limosnas, pero se
+hablaba mucho en las cofradías, preparando las fiestas de Otoño y de
+Invierno; y además, se murmuraba un poco de las ausentes. La Regenta,
+sin entrar jamás en estos conciliábulos, los perdonaba como falta leve,
+«que ella, cargada de otras más graves, no tenía derecho a censurar».
+
+Don Fermín y Ana se veían todos los días; en el caserón de los Ozores,
+unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San Vicente de
+Paúl, y más a menudo en casa de doña Petronila. El obispo madre siempre
+estaba ocupada; los dejaba solos en el salón obscuro, y ella, con
+permiso de sus amigos, se iba a arreglar sus cuentas o lo que fuese.
+
+Vetusta era de ellos: la soledad del verano parecía darles posesión del
+pueblo; hablaban en el pórtico de la catedral mucho tiempo para
+despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la
+iglesia se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de
+Vetusta más tolerable que en invierno. En este particular no se
+entendían ella y su marido.
+
+Don Fermín hubiera deseado que la estación no pasara, que los ausentes
+se quedaran por allá. Su madre había ido a Matalerejo a cobrar rentas y
+preparar la recolección; a recoger intereses de mucho dinero esparcido
+por aquellas montañas. Teresina era el ama de casa. Alegre todo el día,
+activa, solícita, llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos
+a los que daba, sin saber cómo, sentido profano, aire de la calle. Aquel
+tono alegre era más picante por el contraste con el rostro de Dolorosa
+de la joven. Teresina había tomado un poco de color, y los ojos,
+rodeados de ligeras sombras, eran más profundos, más hermosos que nunca
+en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y criada
+estaban contentos. La libertad les sabía a gloria. Cada cual hacía lo
+que quería. No estaba doña Paula, no había que dar cuentas a nadie. Y no
+faltaba nada. El señorito lo tenía todo a su tiempo y en su sitio como
+siempre. Ya podía vivir sin la señora.
+
+El Magistral salía y entraba sin temor de interrogatorios insidiosos; si
+volvía tarde, no importaba. Todo, todo le sonreía. ¡Ojalá fuera eterno
+el verano! Hasta sus enemigos habían cedido en la calumnia; ya no se
+murmuraba tanto; muchos de los calumniadores veraneaban; a los que
+quedaban les faltaba auditorio. Don Santos Barinaga no salía de casa,
+estaba enfermo. Sólo Foja, que no veraneaba, por economía, procuraba
+mantener el fuego sagrado de la murmuración en el Casino, entre cuatro o
+cinco socios aburridos, que iban allí media hora a tomar café. En fin,
+parecía aquello una suspensión de hostilidades. «Bien venido fuera; don
+Fermín aceptaba la lucha, si se ofrecía, pero prefería la paz. Sobre
+todo ahora, que tenía más que hacer, algo mejor y más dulce que odiar y
+perseguir a miserables, dignos de desprecio y de lástima».
+
+Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrónomo los bocados,
+aquella libertad, aquella pereza moral que el verano hacía más
+voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueños vagos de amor sin nombre,
+la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus
+ojos y oírla dulcísimas palabras de una amistad misteriosa, casi
+mística, hacían desear a don Fermín que el sol se detuviera otra vez,
+que el tiempo no pasara. Aquel agosto, tan triste para don Víctor, era
+para el Magistral el tiempo más dichoso de su vida.
+
+Cuando oía, desde su despacho, muy temprano, el «Santo Dios, Santo
+Fuerte», que cantaba como si fueran malagueñas, Teresina, que hacía la
+limpieza allá fuera, tentaciones sentía de cantar él también. No
+cantaba, pero se levantaba, salía al pasillo.
+
+--Teresina, el chocolate--gritaba alegre, frotándose las manos.
+
+Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en
+reluciente jícara de china con ramitos de oro. Cerraba tras sí la
+puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extendía
+la servilleta delante del señorito... y esperaba inmóvil a su lado.
+
+Don Fermín, risueño, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa acercaba el
+rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abría la boca de labios
+finos y muy rojos, con gesto cómico sacaba más de lo preciso la lengua,
+húmeda y colorada; en ella depositaba el bizcocho don Fermín, con
+dientes de perlas lo partía la criada, y el _señorito_ se comía la otra
+mitad.
+
+Y así todas las mañanas.
+
+
+
+
+--XXII--
+
+
+Alegre, rozagante, como nuevo volvió de los baños de Termasaltas el
+señor Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a emprender otra
+campaña, que esperaba fuese la última y decisiva, «contra el despotismo
+del simoníaco y lascivo y sórdido enemigo de la Iglesia que, apoderado
+del ánimo del señor Obispo, tenía sojuzgada a la diócesis». Con esta
+perífrasis aludía al señor Provisor el diplomático Glocester.
+
+El primer disgustillo que tuvo De Pas aquel verano fue esta noticia, que
+le dieron en el coro, por la mañana.
+
+«Ha llegado Glocester». «No le temía, ni a él ni a nadie... ¡pero estaba
+tan cansado de luchar y aborrecer!».
+
+Mourelo se encontró con otros muchos murmuradores de refresco y con los
+_de depósito_ que no estaban menos ganosos de romper el fuego contra el
+común enemigo. Todos ardían en el santo entusiasmo de la maledicencia.
+Los que venían de las aldeas y pueblos de pesca, traían hambre de
+cuentos y chismes; la soledad del campo les había abierto el apetito de
+la murmuración; por aquellas montañas y valles de la provincia, ¿de
+quién se iba a maldecir? «¡Su Vetusta querida! Oh, no hay como los
+centros de civilización para despellejar cómodamente al prójimo. En los
+pueblos se habla mal del médico, del boticario, del cura, del alcalde;
+pero ellos, los vetustenses, los de la capital ¿cómo han de contentarse
+con tan miserable comidilla?». _¡Civis romanus sum!_ decía Mourelo:
+«Quiero murmuración digna de mí. Aplastemos, con la lengua, al coloso,
+no al médico de Termasaltas por ejemplo».
+
+Y Foja y los demás que se habían quedado, también ansiaban la vuelta de
+los ausentes, para contarles las novedades y comentarlas todos juntos.
+La animación de Vetusta renacía en cabildo, cofradías, casinos, calles y
+paseos cuando los del veraneo empezaban a aparecer. Las amistades
+falsas, gastadas hasta hacerse insoportables durante el común
+aburrimiento de un invierno sin fin, ahora se renovaban; los que volvían
+encontraban gracia y talento en los que habían quedado y viceversa;
+todos reían los chistes y las picardías de todos. Poco a poco los
+círculos de la murmuración se animaban, la calumnia encendía los hornos,
+y los últimos que llegaban, los regazados, encontraban aquello hecho una
+gloria. «¡Qué ocurrencias, qué fina malicia, qué perspicacia! ¡Oh, el
+ingenio vetustense!».
+
+El Magistral fue aquel año la víctima de las dionisíacas de la injuria;
+no se hablaba más que de él.
+
+«Don Santos Barinaga, el rival mercantil de _La Cruz Roja_, la víctima
+del monopolio ilegal y escandaloso de doña Paula y su hijo; el pobre don
+Santos, se moría sin remedio, según don Robustiano Somoza, el médico de
+la aristocracia cuyas ideas no eran sospechosas».
+
+--¿Y de qué dirán ustedes que se muere?--preguntaba Foja en un
+corrillo, delante de la catedral, al salir de misa de doce.
+
+--Se morirá de borracho--contestaba Ripamilán.
+
+--No señor, ¡se muere de hambre!...
+
+--Se muere de aguardiente.--¡De hambre!... Y llegaba don Robustiano al
+corro y _hablaba la ciencia_:
+
+--Yo no acuso a nadie, la ciencia no acusa a nadie; otra es su misión.
+Yo no niego que el alcoholismo crónico tenga parte en la enfermedad de
+Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido _cohonestarse_
+(así decía) con una buena alimentación. Además, hoy día el pobre don
+Santos ya no tiene dinero ni para emborracharse, ya no puede beber de
+pura miseria.... Y aunque ustedes no comprendan esto, la ciencia declara
+que la privación del alcohol precipita la muerte de ese hombre, enfermo
+por abuso del alcohol....
+
+--¿Cómo es eso, hombre?--preguntaba el Arcipreste.
+
+--A ver explíquese usted--decía Foja.
+
+Don Robustiano sonreía; movía la cabeza con gesto de compasión y se
+dignaba explicar aquello. «Don Santos, aunque se pasmasen aquellos
+señores, a pesar de morir envenenado por el alcohol, necesitaba más
+alcohol para _tirar_ algunos meses más. Sin el aguardiente, que le
+mataba, se moriría más pronto».
+
+--Pero don Robustiano, ¿cómo puede ser eso?
+
+--Señor Foja, ahí verá usted. ¿Conoce usted a Todd?
+
+--¿A quién?--A Todd.--No señor.--Pues no hable usted. ¿Sabe usted lo
+que es el poder hipotérmico del alcohol? Tampoco; pues cállese usted.
+
+¿Sabe usted con qué se come el poder diaforético del citado alcohol?
+Tampoco; pues sonsoniche. ¿Niega usted la acción hemostática del alcohol
+reconocida por Campbell y Chevrière? Hará usted mal en negarla; se
+entiende, si se trata del uso interno. De modo que no sabe usted una
+palabra....
+
+--Pues por eso pregunto.... Pero oiga usted, señor mío, por mucho que
+usted sepa y diga lo que quiera el señor Todd; ni la ciencia, ni santa
+ciencia, tienen derecho para calumniar a don Santos Barinaga; harto
+tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin que usted por
+haber leído, sabe Dios dónde y con cuánta prisa, un articulillo acerca
+del aguardiente, digámoslo así, se crea autorizado para insultar a mi
+buen amigo y llamarle borrachón en términos técnicos.
+
+--Poco a poco--gritó Ripamilán--en eso estoy yo conforme con la ciencia
+y con el señor Somoza su legítimo representante. No sé si un clavo saca
+otro clavo en medicina, ni si la mancha de la borrachera con otra verde
+se quita, pero don Santos es un tonel en persona y tiene más espíritu de
+vino en el cuerpo que sangre en las venas; es una mecha empapada en
+alcohol... prenda usted fuego y verá...
+
+--Yo, señor Ripamilán, para confundir a este progresista trasnochado no
+necesito que me ayude la Iglesia; me sobra y me basta con la ciencia que
+es, en definitiva, mi religión.
+
+Y volviéndose a Foja añadía el médico:
+
+--Oiga usted, señor decurión retirado, ¿conoce usted la acción del
+alcohol en las flegmasías de los bebedores? no mienta usted, porque no
+la conoce.
+
+--¡Váyase usted a paseo, señor Fraigerundio de hospital! ¡El embustero
+será usted! ¡Pues hombre! bonita manía saca el señor doctor; hacérsenos
+el sabio ahora. A la vejez viruelas.
+
+--Menos insultos y más hechos.
+
+--Menos botarga y más sentido común....
+
+--Caballero miliciano, yo soy el hombre de ciencia y usted es un
+doceañista en conserva.... Chomel admite, y con él todo el que tenga dos
+dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es
+imprescindible la administración de los espirituosos....
+
+--¡Pero si yo niego la menor, so alcornoque!
+
+--En medicina no hay mayores ni menores, ni judías ni contrajudías,
+señor tahúr.
+
+--La menor es que sea borracho Barinaga....
+
+--De modo que si usted me niega los... prodromos del mal....
+
+Don Robustiano se puso colorado al pensar que había dicho un disparate.
+
+--Qué hipódromos ni qué hipopótamos; yo defiendo a un ausente....
+
+--En fin, una palabra para concluir: ¿niega usted que si a un borracho
+se le priva por completo del alcohol, es lo más fácil que se presente un
+decaimiento alarmante, un verdadero colapso?...
+
+--Mire usted, señor pedantón, si sigue usted rompiéndome el tímpano con
+esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil versos y sentencias en
+latín y le dejo bizco; y si no oiga usted:
+
+ _Ordine confectu, quisque libellus habet:_
+ _quis, quid, coram quo, quo jure petatur et a quo._
+ _Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas..._
+
+
+Ripamilán se retorcía de risa. Somoza, furioso, gritaba; y se oía:
+colapso... flegmasía... cardiopatía... y el ex-alcalde, sin atender,
+continuaba mezclando latines:
+
+ Masculino es fustis, axis
+ turris, caulis, sanguis collis...
+ piscis, vermis, callis follis.
+
+El médico y el prestamista estuvieron a punto de venir a las manos. No
+se pudo averiguar de qué se moría don Santos, pero a la media hora se
+corría por Vetusta que, por culpa del Provisor, se habían pegado y
+desafiado Foja y Somoza, y no se sabía si el mismo Ripamilán había
+recogido alguna bofetada.
+
+Por algunos días vino a eclipsar al valetudinario Barinaga, que, en
+efecto, se consumía en la miseria, un suceso de gravedad suma, según
+Glocester y Foja y bandos respectivos: «La hija de Carraspique, sor
+Teresa, agonizaba en el _inmundo asilo_ de las Salesas, en la celda que
+era, según Somoza, un _inodoro_, por no decir todo lo contrario».
+
+Y dicho y hecho. Rosa Carraspique en el mundo, sor Teresa en el
+convento, murió de una tuberculosis, según Somoza, de una tisis caseosa,
+según el médico de las monjas, que era dualista en materia de tisis.
+
+Pero lo que no dudó ningún enemigo del Provisor fue que la culpa de
+aquella muerte la tenía don Fermín, fuese lo que quiera de los pulmones
+de la chica.
+
+Doña Paula y don Álvaro llegaron a Vetusta el mismo día, aquel en que
+_voló al cielo un ángel más_, en opinión de Trifoncito Cármenes, que
+seguía siendo romántico, contra los consejos de don Cayetano.
+
+Un periódico liberal del pueblo, _El Alerta_, publicaba una tras otra
+estas dos gacetillas, que pusieron a don Fermín de un humor endiablado.
+
+«_Bien venido_.--De vuelta de su excursión veraniega ha llegado a esta
+capital el ilustre caudillo del partido liberal dinástico de Vetusta, el
+Ilmo. Sr. D. Álvaro Mesía. Dicen los numerosos amigos que han acudido a
+visitar a nuestro distinguido correligionario, que viene dispuesto a
+proseguir su campaña de propaganda sensatamente liberal, así en el orden
+político como en el moral y canónico y religioso. Cuente con nuestro
+humilde apoyo para vencer los obstáculos tradicionales que aquí opone al
+verdadero progreso un despotismo teocrático de que está ya todo Vetusta
+hasta los pelos, como se dice vulgarmente».
+
+«_En paz descanse_.--Ha fallecido en su celda del convento de las
+Salesas la señorita doña Rosa Carraspique y Somoza, hija del conocido
+capitalista ultramontano don Francisco de Asís, monja profesa con el
+nombre de sor Teresa. Mucho tendríamos que decir si quisiéramos hacernos
+eco de todos los comentarios a que ha dado lugar esta desgracia
+inopinada. Sólo diremos que, en concepto de los facultativos más
+acreditados, no ha sido extraña a la pérdida que lamentamos la falta de
+condiciones higiénicas del edificio miserable que habitan las Salesas.
+Pero además, se nos ocurre preguntar: ¿Es muy higiénico que _ciertos
+roedores_ se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a
+poco y con influencia deletérea y _pseudo-religiosa_, la paz de las
+familias, la tranquilidad de las conciencias?
+
+»Si todos los elementos liberales, sin exageraciones, de nuestra culta
+capital no aúnan sus esfuerzos para combatir al poderoso tirano
+hierocrático que nos oprime, pronto seremos todos víctimas del fanatismo
+más torpe y descarado.--R. I. P.».
+
+Ripamilán, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se
+decidió a tomar la pluma y publicar en el _Lábaro_ un articulejo, sin
+firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramática,
+maltratada por el periódico progresista, según el canónigo. «Aparte,
+decía entre otras cosas, de que no sabemos si la monja profesa es el
+señor Carraspique o su hija, ¿quiere decirme el periodista
+cascaciruelas, etc., etc...?».
+
+Aquel cascaciruelas delató al Arcipreste; era su estilo humorístico: lo
+conocieron todos.
+
+En Vetusta los insultos y murmuraciones en letras de molde llamaban
+mucho la atención. En vano publicaba Cármenes odas y elegías, nadie las
+leía; pero la gacetilla más insignificante que pudiera molestar un poco
+a cualquier vecino, era leída, comentada días y días, y cuando había
+tiroteo de sueltos o comunicados, los _habituales abonados_ no querían
+mejor diversión.
+
+Por todo lo cual fue mayor el escándalo, y no se habló en mucho tiempo
+más que de la _influencia deletérea_ del Magistral y de la muerte de sor
+Teresa.
+
+--Sobre su conciencia tiene esa desgracia.
+
+--Es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas.
+
+--Esto es una especie de contribución de sangre que pagamos al
+fanatismo.
+
+--Esto es una especie de tributo de las cien doncellas.
+
+El Magistral hubiera querido poder despreciar tantos disparates, tales
+absurdos, pero a su pesar le irritaban. Creyó al principio que «su
+pasión noble, sublime, le levantaría cien codos sobre todas aquellas
+miserias», pero el oleaje de la falsa indignación pública salpicaba su
+alma, llegaba tan arriba como su deliquio sin nombre; y la ira le
+borraba del cerebro muchas veces las más puras ideas, las impresiones
+más dulces y risueñas. Se ponía loco de cólera, y más y más le irritaba
+el no poder dominar sus arrebatos. Además, el mal era cierto; no por
+ser desatinada la acusación de los necios era menos poderosa y temible.
+Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba, que el esfuerzo de
+tantos y tantos miserables servía para minarle el terreno.... En muchas
+casas empezaba a notar cierta reserva; dejaron de confesar con él
+algunas señoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien
+tenía De Pas en un puño, se atrevía a mirarle con ojos fríos y llenos de
+preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de
+acero.
+
+Volvió la época del paseo en el Espolón, y don Fermín al pasear allí su
+humilde arrogancia, su hermosa figura de buen mozo místico, observaba
+que ya no era aquello una marcha triunfal, un camino de gloria; en los
+saludos, en las miradas, en los cuchicheos que dejaba detrás de sí, como
+una estela, hasta en la manera de dejarle libre el paso los transeúntes,
+notaba asperezas, espinas, una sorda enemistad general, algo como el
+miedo que está próximo a tener sus peculiares valentías insolentes.
+
+Y en casa, doña Paula ceñuda, silenciosa, desconfiada, preparándose para
+una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero, realizando cuanto
+podía, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse de los géneros de la
+_Cruz Roja_. «No parecía sino que se preparaba una liquidación. ¿A qué
+venía aquello?». Doña Paula no daba explicaciones. «Sabía a qué
+atenerse: su hijo, su Fermo, estaba perdido; aquella _pájara_, aquella
+Regenta, santurrona en pecado mortal, le tenía ciego, loco; ¡sabía Dios
+lo que pasaría en aquel caserón de los Ozores! ¡Qué escándalo! Todo se
+lo iba a llevar la trampa. Había que prepararse. Oh, podrían arrojarla
+de Vetusta, pero ella no se iría sin llevarse medio pueblo entre los
+dientes».
+
+Por eso mordía con aquel furor que asustaba a su hijo.
+
+Fermo, el _señorito_, pensaba a solas, en su despacho de Fausto
+eclesiástico. «¡Solo, estoy solo, ni mi madre me consuela! ¿Qué he de
+hacer? Entregarme con toda el alma a esta pasión noble, fuerte.... ¡Ana,
+Ana y nada más en el mundo! Ella también está sola, ella también me
+necesita.... Los dos juntos bastamos para vencer a todos estos necios y
+malvados».
+
+Pálido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al lado de
+su amiga mística, cada vez más hermosa, de nuevo fresca y rozagante, de
+formas llenas, fuertes y armoniosas. La dulzura parecía una aureola de
+Anita. La salud había vuelto, purificada con cierta unción de idealidad,
+al cuerpo de arrogante transtiberina de aquel modelo de _madona_.
+
+Don Víctor Quintanar se había restituido a su amistad íntima con don
+Álvaro Mesía, en cuanto regresó este de Palomares, y al poco tiempo notó
+el Magistral que el converso se le rebelaba. Si bien seguía creyéndose
+profundamente piadoso, don Víctor hacía distinciones sospechosas entre
+la religión y el clero, entre el catolicismo y el ultramontanismo. «Yo
+soy tan católico como el primero», esta era su frase cada vez que decía
+alguna herejía o algo parecido; pero se metía a interpretar a su modo
+los textos del Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atrevía a decir
+delante de curas y señoras, que el hombre virtuoso es siempre un
+sacerdote, y que un bosque secular es el templo más propio de la
+religión pura, y que Jesucristo había sido liberal, con otros
+disparates. No era esto lo peor, sino que la Regenta y don Fermín
+notaban en Quintanar cierta frialdad cada vez que los veía juntos y el
+Magistral tuvo que fingirse distraído ante algunos desaires
+disimulados.
+
+Don Álvaro no iba a casa de los Ozores sino muy de tarde en tarde y sólo
+hacía visitas de cumplido, muy breves. ¿Por qué así? preguntaba don
+Víctor. Y con medias palabras, su amigo le daba a entender que la
+Regenta le recibía con mala voluntad y que a él no le gustaba estorbar.
+Además, no era él solo el que se retraía. El mismo Paco, el Marquesito,
+que en otro tiempo no hacía más que entrar y salir, ahora apenas parecía
+por aquella casa. Visitación también iba de tarde en tarde, la Marquesa
+casi nunca, y así de todos los amigos y amigas; el Magistral y sólo el
+Magistral. Aquel buen señor «hacía el vacío» en derredor de la Regenta.
+Ella estaba contenta, no parecía echar de menos a nadie; pero él, don
+Víctor, no era de la misma opinión; quería trato, conversación, amena
+compañía.
+
+Seguía confesando y comulgando cada dos meses, pero _Kempis_ seguía
+cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo al infierno
+Quintanar, «pero no quería prescindir por completo de las ventajas
+positivas que le ofrecía su breve existencia sobre el haz de la tierra».
+«Y sobre todo no quería que el fanatismo se enseñorease de su casa». Los
+consejos que para excitarlo le daba Mesía, allá en el Casino, los tomaba
+muy en cuenta don Víctor, y siempre se estaba preparando para ponerlos
+por obra, pero no se atrevía. No llegaba a más su audacia que a poner un
+gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde en tarde, al enemigo,
+al Magistral; pero como este fingía no comprender aquellas indirectas
+mímicas, no se adelantaba nada.
+
+Don Víctor llegó a reconocer, pero sin confesarlo a nadie, que él era
+menos enérgico de lo que había creído; «no, no tenía fuerza para
+oponerse al _jesuitismo_ que había invadido su hogar». ¡Oh, por algo él
+vacilaba antes de consentir a De Pas apoderarse del ánimo de su esposa!
+Sí... al fin había sido jesuita...». Quintanar acabó por comparar el
+poder del Provisor en el caserón de los Ozores, con el que tuvieron los
+jesuitas en el Paraguay. «Sí, mi casa es otro Paraguay». Y cada día se
+encontraba más incapaz de oponerse a la _perniciosa influencia_. No
+sabía más que poner mala cara y parar poco en casa.
+
+Con esto sólo consiguió que la Regenta y el Magistral conviniesen en
+verse más a menudo fuera del caserón y menos veces en él. «Mejor era
+hablarse en casa de doña Petronila. ¿Para qué molestar al pobre don
+Víctor? Ya que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y
+le envenenaban el alma con insinuaciones malévolas, con sospechas torpes
+e impías, más valía dejarle en paz, apartar de su vista el espectáculo
+inocente, mas para él poco agradable, de dos almas hermanas que viven
+unidas, con lazo fuerte, en la piedad y el idealismo más poético».
+
+En casa de doña Petronila, en el salón de balcones discretamente
+entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban horas y horas
+los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales, como decía
+el gran Constantino, sin más testigo que el gato blanco, cada vez más
+gordo, que iba y venía sin ruido, y se frotaba el lomo contra las faldas
+de la Regenta y el manteo del Magistral, cada día más familiarmente.
+
+Anita notaba en don Fermín una palidez interesante, grandes cercos
+amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que
+la ponía en cuidado.
+
+Le suplicaba que se cuidase, se lo pedía con voz de madre cariñosa que
+ruega al hijo de sus entrañas que tome una medicina. Él respondía
+sonriendo, echando fuego por los ojos, «que no tenía nada, que era
+aprensión, que no había que pensar en su cuerpo miserable».
+
+Algunos días había en sus diálogos pausas embarazosas; el silencio se
+prolongaba molestándoles como un hablador importuno.
+
+Los dos guardaban un secreto. Cuando creían conocerse uno a otro hasta
+el último rincón del alma, estaba pensando cada cual en la mala acción
+que cometía callando lo que callaba.
+
+El Magistral padecía mucho siempre que Ana le hablaba de la salud que él
+perdía. «¡Si ella supiera!».
+
+Resuelto a que su amistad «con aquel ángel hermoso» no acabase de mala
+manera, en una aventura de grosero materialismo llena de remordimientos
+y dejos repugnantes; seguro de que aquella mujer ponía en aquel lazo
+piadoso toda la sinceridad de un alma pura, y que degradarla, caso de
+que se pudiera, sería hacerle perder su mayor encanto; el Magistral que
+vivía ya nada más de esta refinada pasión que según él no tenía nombre,
+luchaba con tentaciones formidables, y sólo conseguía contrarrestar las
+rebeliones súbitas y furiosas de la carne con armisticios vergonzosos
+que le parecían una especie de infidelidad. En vano pensaba: ¿qué le
+importa a mi doña Ana que mi corpachón de cazador montañés viva como
+quiera cuando me aparto de ella? Nada de mi cuerpo me pide ella; el alma
+es toda suya, y nada del alma pongo al saciar, lejos de su presencia,
+apetitos que ella misma sin saberlo excita; en vano pensaba esto, porque
+agudos remordimientos le pinchaban cada vez que Ana, solícita, dulce y
+sonriente le pedía con las manos en cruz que se cuidara, que no
+entregase todas sus horas al trabajo y a la penitencia. «¿Qué sería de
+ella sin él?».
+
+--«Figurémonos que usted se me muere: ¿qué va a ser de mí?».
+
+«Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de santo
+a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha de
+vivir. Engañar a los demás no me duele; ¡pero a ella! Y no hay más
+remedio». Quería que le consolase el reflexionar que _por ella_ era todo
+aquello, que por ella había él vuelto a sentir con vigor las pasiones de
+la juventud que creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza,
+se encenagaba él en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no
+apagaba el remordimiento.
+
+Algunas semanas pasaba Teresina triste, temerosa de haber perdido su
+dominio sobre el _señorito_; entonces era cuando el Magistral vivía al
+lado de Ana libre de congojas, tranquilo en su conciencia; pero poco a
+poco el tormento de la tentación reaparecía; sus ataques eran más
+terribles, sobre todo más peligrosos, que los del remordimiento; la
+castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa, su piedad sincera, la
+fe con que creía en aquella amistad espiritual, sin mezcla de pecado,
+eran incentivo para la pasión de don Fermín y hacían mayor el peligro;
+por que ella que no temía nada malo, vivía descuidada sin ver que su
+confianza, su cariñosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que
+decía y hacía era leña que echaba en una hoguera. Y volvía De Pas, para
+evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el contento de
+Teresina, lo que ella creía con orgullo su victoria.
+
+Ana también tenía su secreto. Su piedad era sincera, su deseo de
+salvarse firme, su propósito de ascender de morada en morada, como decía
+la santa de Ávila, serio; pero la tentación cada día más formidable.
+Cuanto más horroroso le parecía el pecado de pensar en don Álvaro, más
+placer encontraba en él. Ya no dudaba que aquel hombre representaba para
+ella la perdición, pero tampoco que estaba enamorada de él cuanto en
+ella había de mundano, carnal, frágil y perecedero. Ya no se hubiera
+atrevido, como en otro tiempo, a mirarle cara a cara, a verle a su lado
+horas y horas, a probarle que su presencia la dejaba impasible: no,
+ahora huir de él, de su sombra, de su recuerdo; era el demonio, era el
+poderoso enemigo de Jesús. No había más remedio que huir de él; esto era
+humildad, lo de antes orgullo loco. A la gracia y sólo a la gracia debía
+el vivir pura todavía; abandonada a sí misma, Ana se confesaba que
+sucumbiría; si el Señor aflojara la mano un momento, don Álvaro podría
+extender la suya y tomar su presa. Por todo lo cual no quería ni verle.
+Pero, sin querer, pensaba en él. Desechaba aquellos pensamientos con
+todas sus fuerzas, pero volvían. ¡Qué horrible remordimiento! ¿Qué
+pensaría Jesús? y también ¿qué pensaría el Magistral... si lo supiera? A
+la Regenta le repugnaba, como una villanía, como una bajeza aquella
+predilección con que sus sentidos se recreaban en el recuerdo de Mesía
+apenas se les dejaba suelta la rienda un momento. ¿Por qué Mesía? El
+remordimiento que la infidelidad a Jesús despertaba en ella, era de
+terror, de tristeza profunda, pero se envolvía en una vaguedad ideal que
+lo atenuaba; el remordimiento de su infidelidad al amigo del alma, al
+hermano mayor, a don Fermín era punzante, era el que traía aquel asco de
+sí misma, el tormento incomparable de tener que despreciarse. Además,
+Anita no se atrevía a confesar aquello con el Magistral. Hubiera sido
+hacerle mucho daño, destrozar el encanto de sus relaciones de pura
+idealidad. Volvía a valerse de sofismas para callar en la confesión
+aquella flaqueza: «ella no quería» en cuanto mandaba en su pensamiento,
+lo apartaba de las imágenes pecaminosas; huía de don Álvaro, no pecaba
+voluntariamente. ¿Habría pecado involuntario? De esto habló un día con
+el Magistral, sin decirle que la consulta le importaba por ella misma.
+Don Fermín contestó que la cuestión era compleja... y le citó autores.
+Entre ellos recordó Ana que estaba Pascal en sus _Provinciales_; ella
+tenía aquel libro, lo leyó... y creyó volverse loca. «Oh, el ser bueno
+era además cuestión de talento. Tantos distingos, tantas sutilezas la
+aturdían». Pero siguió callando el tormento de la tentación. Arma
+poderosa para combatirla fue la ardiente caridad con que la Regenta se
+consagró a defender y consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron
+contra él los huracanes de la injuria, que Ana creía de todo en todo
+calumniosa.
+
+La idea de sacrificarse por salvar a aquel hombre a quien debía la
+redención de su espíritu, se apoderó de la devota. Fue como una pasión
+poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogió con placer, porque así
+alimentaba el hambre de amor que sentía, de amor, que tuviese objeto
+sensible, algo finito, una criatura. «Sí, sí, pensaba, yo combatiré la
+inclinación al mal, enamorándome de este bien, de este sacrificio, de
+esta abnegación. Estoy dispuesta a morir por este hombre, si es
+preciso...». Pero no había modo de poner por obra tales propósitos. Ana
+buscaba y no encontraba manera de sacrificarse por el Magistral. ¿Qué
+podía ella hacer para contrarrestar la violencia de la calumnia? Nada.
+Nada por ahora. Pero tenía esperanza; tal vez se presentaría un modo de
+utilizar en beneficio del _pobre mártir_ aquella abnegación a que estaba
+resuelta.... Mientras llegaba el momento, no podía más que consolarle, y
+esto sabía hacerlo de modo que el Magistral tenía que emplear esfuerzos
+de titán para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de
+rodillas y besándole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien
+calzados.
+
+Y en tanto Foja, Mourelo, don Custodio, Guimarán, _El Alerta_ y, entre
+bastidores, don Álvaro y Visitación Olías de Cuervo, trabajaban como
+titanes por derrumbar aquella montaña que tenían encima; el poder del
+Magistral.
+
+Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en
+aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por
+algún tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de
+algunas semanas este volvió a brillar dentro de su aureola de víctima y
+la compasión fementida del público marrullero se volvió a él, solícita,
+con cuidados de madrastra que representa la comedia de la _segunda
+madre_. A los vetustenses, en general, les importaba poco la vida o la
+muerte de don Santos; nadie había extendido una mano para sacarle de su
+miseria; hasta seguían llamándole borracho; pero en cambio todos se
+indignaban contra el Provisor, todos maldecían al autor de tanta
+desgracia, y quedaban muy satisfechos, creyendo, o fingiendo creer, que
+así la caridad quedaría contenta.
+
+«Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo calumniado
+por los enemigos de todo progreso, en este siglo _materialista_ y
+_corrompido_, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos
+filantrópicos del pueblo, sin que una voz unánime se levante a protestar
+en nombre de la humanidad ultrajada. El pobre don Santos Barinaga,
+víctima del monopolio escandaloso de la _Cruz Roja_, muere de hambre en
+los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los vasos sagrados,
+patenas y copones, lámparas y candeleros con otros cien objetos del
+culto; muere en aquel rincón y muere de inanición, señores, por culpa
+del simoniaco que todos conocemos: muere, sí, morirá; pero el que se
+burla con artificios de nuestro código mercantil y de las leyes de la
+Iglesia, comerciando a pesar de ser sacerdote; el que mata de hambre al
+pobre ciudadano señor Barinaga, ¡ese no se gozará en su obra mucho
+tiempo, porque la indignación pública sube, sube, como la marea... y
+acabará por tragarse al tirano!...
+
+Pero a pesar de este discurso y otros por el estilo, a Foja no se le
+ocurría mandar una gallina a don Santos para que le hiciesen caldo.
+
+Y como él obraban todos los defensores teóricos del comerciante
+arruinado. Decían a una que moría de hambre y nadie al visitarle le
+llevaba un pedazo de pan. Y hasta le visitaban pocos. Foja solía entrar
+y salir en seguida; en cuanto se cercioraba de la miseria y de la
+enfermedad del pobre anciano, ya tenía bastante; salía corriendo a decir
+pestes del _otro_, del Provisor: así creía servir a la buena causa del
+progreso y de la _humanidad solidaria_.
+
+La fama bien sentada de hereje que había conquistado en los últimos
+tiempos el buen don Santos, retraía a muchas almas piadosas que de buen
+grado le hubieran socorrido.
+
+Y solamente las _Paulinas_ fueron osadas a acercarse al lecho del vejete
+para ofrecerle los auxilios materiales de la sociedad y los espirituales
+de la Iglesia.
+
+Fue en vano. «Afortunadamente decía don Pompeyo Guimarán al referir el
+lance, afortunadamente estaba yo allí para evitar una indignidad».
+
+Don Santos había dado plenos poderes a su amigo don Pompeyo para
+rechazar en su nombre _toda sugestión del fanatismo_.
+
+Guimarán estaba muy satisfecho con «aquella _misión delicada_ e
+importante, que exigía grandes dotes de energía y arraigadas
+convicciones por su parte».
+
+En efecto, llegaron al zaquizamí desnudo y frío en que yacía aquella
+víctima del alcoholismo crónico los enviados de _San Vicente de Paúl_,
+que eran doña Petronila, o sea el gran Constantino, y el beneficiado don
+Custodio, la hija de Barinaga, la beata paliducha y seca, los recibió
+abajo, en la tienda vacía, lloriqueando. Hablaron los tres en voz baja;
+don Custodio decía las palabras, llenas de silbidos suaves--imitación
+del Magistral--al oído de su hija de penitencia; la consolaba, y ella
+levantando los ojos llenos de lágrimas los fijaba como quien se acomoda
+en sitio conocido y frecuentado, en los del clérigo de almíbar.
+Subieron, de puntillas, dispuestos a intentar un ataque contra el
+enemigo.
+
+--¿Con que está arriba don Pompeyo?--preguntó en la escalera don
+Custodio.
+
+--Sí; no sale de casa estos días; mi padre me arroja a mí de su lado y
+clama por ese hereje chocho....
+
+Don Pompeyo Guimarán oyó la voz del beneficiado y le sonó a cura. Se
+preparó a la defensa, y procuró tomar un continente digno de un
+libre-pensador convencido y prudentísimo. Echó las manos cruzadas a la
+espalda, y se puso a medir la pobre estancia a grandes pasos, haciendo
+crujir la madera vieja del piso, de castaño comido por los gusanos. En
+la alcoba contigua, sin puerta, separada de la sala por una cortina
+sucia de percal encarnado, se oían los quejidos frecuentes y la
+respiración fatigosa del enfermo.
+
+--¿Quién está ahí?--preguntó don Santos con voz débil, sin más energía
+que la de una ira impotente.
+
+--Creo que son ellos; pero no tema usted. Aquí estoy yo. Usted silencio,
+que no le conviene irritarse. Yo me basto y me sobro.
+
+Entró el enemigo; y aunque venía de paz y don Pompeyo se había propuesto
+ser muy prudente, en cuanto doña Petronila abrió el pico, el ateo
+extendió una mano y dijo interrumpiendo:
+
+--Dispénseme usted, señora, y dispense este digno sacerdote católico...
+vienen ustedes equivocados; aquí no se admiten limosnas condicionales....
+
+--¿Cómo condicionales?...--preguntó don Custodio, con muy buenos modos.
+
+--No se sulfure usted, amigo mío, que otra me parece que es su misión en
+la tierra; mire usted como yo hablo con toda tranquilidad....
+
+--Hombre, me parece que yo no he dicho....
+
+--Usted ha dicho ¿cómo condicionales? y a mí no se me impone nadie,
+vista por los pies, vista por la cabeza. Yo no odio al clero
+sistemáticamente, pero exijo buena crianza en toda persona culta....
+
+--Caballero, no venimos aquí a disputar, venimos a ejercer la caridad....
+
+--Condicional...--¡Qué condicional, ni qué calabazas!--gritó doña
+Petronila, que no comprendía por qué se había de tener tantos
+miramientos con un ateo loco--. Usted no tiene--añadió--autoridad alguna
+en esta casa; esta señorita es hija de don Santos y con ella y con él es
+con quien queremos entendernos. Venimos a ofrecer espontáneamente los
+auxilios que nuestra sociedad presta....
+
+--A condición de una retractación indigna, ya lo sé. Don Santos ha
+delegado en mí todos los poderes de su autonomía religiosa, y en su
+nombre, y con los mejores modos les intimo la retirada....
+
+Y don Pompeyo extendió una mano hacia la puerta y estuvo un rato
+contemplando su brazo estirado y su energía.
+
+Pero tuvo que bajar el brazo, porque doña Petronila replicó que no
+estaba dispuesta a recibir órdenes de un entrometido....
+
+--Señora, aquí los entrometidos son ustedes. No se les ha llamado, no se
+les quiere; aquí sólo se admite la caridad que no pide cédula de
+comunión.
+
+--Nosotros tampoco pedimos cédula....
+
+--Señor cura, a mí no me venga usted con argucias de seminario; la
+filosofía moderna ha demostrado que el escolasticismo es un tejido de
+puerilidades, y yo sé a lo que vienen ustedes. Quieren comprar las
+arraigadas convicciones de mi amigo por un plato de lentejas; una taza
+de caldo por la confesión de un dogma; una peseta por una apostasía...
+¡esto es indigno!
+
+--¡Pero, caballero!...--Señor cura, acabemos. Don Santos está dispuesto
+a morir sin confesar ni comulgar, no reconoce la religión de sus
+mayores. Estas son sus condiciones irrevocables; pues bien, a ese precio
+¿consienten ustedes en asistirle, cuidarle, darle el alimento y las
+medicinas que necesita?
+
+--Pero, señor mío...--¡Ah!... ¡señor de usted... ya decía yo! ¿Ve usted
+como a mí la escolástica no me confunde?
+
+--Todo eso y mucho más--dijo el Gran Constantino--queremos tratarlo con
+el interesado.
+
+--Pues no será....--Pues sí será....--Señora, salvo el sexo, estoy
+dispuesto a arrojarles a ustedes por las escaleras si insisten en su
+procaz atentado....
+
+Y don Pompeyo se colocó delante de la cortina de percal para cortar el
+paso al obispo-madre.
+
+--¿Quién va? ¿quién va?--gritó desde dentro Barinaga ronco y jadeante.
+
+--Son las Paulinas--respondió Guimarán.
+
+--¡Rayos y truenos! fuera de mi casa.... ¿No tiene usted una escoba, don
+Pompeyo? Fuego en ellas... infames... ¿y no anda ahí un cura también?...
+
+--Sí, señor, anda...--¡Será el Magistral, el ladrón, el _rapavelas_, el
+que me ha despojado... y vendrá a burlarse... oh, si yo me levanto!...
+¿pero usted qué hace que no les balda a palos? Fuera de mi casa.... La
+justicia... ¿ya no hay justicia? ¿no hay justicia para los pobres?
+
+--Tranquilícese usted, que no es el Magistral.
+
+--Sí es, sí es; lo sé yo; ¿no ve usted que es el amo del cotarro, el
+presidente de las Paulinas?... Entre usted, entre usted, so bandido... y
+verá usted con qué arma digna de usted le aplasto los cascos....
+
+--Calma, calma, amigo mío; yo me basto y me sobro para despedir con
+buenos modos a estos señores.
+
+--No, no, si es el Provisor déjele usted que entre, que quiero matarle
+yo mismo.... ¿Quién llora ahí?
+
+--Es su hija de usted.--¡Ah grandísima hipocritona, si me levanto, mala
+pécora! la que mata a su padre de hambre, la que echa cuentas de rosario
+y pelos en el caldo, la que me echa en las narices el polvo de la sala,
+la que se va a misa de alba y vuelve a la hora de comer... ¡infame, si
+me levanto!
+
+--Padre, por Dios, por Nuestra Señora del Amor Hermoso, tranquilícese
+usted.... Está aquí doña Petronila, está un señor sacerdote....
+
+--Será tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo del
+cabildo... ¡ah, barragana, si os cojo a los dos!...
+
+--¡Jesús, Jesús! vámonos de aquí--gritó doña Petronila buscando la
+escalera.
+
+Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cayó
+desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos
+y de las injurias de su padre. Quedó el campo por don Pompeyo, que
+volvió a sus paseos y después fue a la cocina a espumar el puchero
+miserable de don Santos.
+
+«Allí no había más caridad que la de él. Cierto que no podía ser pródigo
+con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tenía apenas lo
+necesario; pero solicitud, atenciones no le faltarían al enfermo».
+
+Volvió a poco soplando un líquido pálido y humeante en el que flotaban
+partículas de carbón.
+
+Se lo hizo beber a don Santos, sujetándole la cabeza que temblaba y sin
+permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba también.
+
+De esta manera quedó el campo libre y por don Pompeyo, el cual no
+pensaba más que en asegurar _el triunfo de sus ideas_, para lo que era
+necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del enfermo, y
+así evitar que la hija de don Santos introdujese allí subrepticiamente
+«el elemento clerical».
+
+Guimarán madrugaba para correr a casa de Barinaga; estaba allí casi
+siempre hasta la hora de cenar, y esta _necesidad material_ la
+despachaba en un decir Jesús, dando prisa a la criada, a su mujer, a las
+niñas.
+
+--Ea, ea... menos cháchara, la sopa... que me esperan....
+
+Comía, recogía los mendrugos de pan que quedaban sobre la mesa, un poco
+de azúcar y otros desperdicios, se los metía en un bolsillo y echaba a
+correr.
+
+Algunas noches entraba en su hogar gritando:
+
+--¡A ver! ¡a ver! las zapatillas y el frasco del anís, que hoy velo a
+don Santos.
+
+La esposa de don Pompeyo suspiraba y entregaba las zapatillas suizas y
+el frasco del aguardiente, y el amo de la casa desaparecía.
+
+Foja, los Orgaz, Glocester «como particular, no como sacerdote», don
+Álvaro Mesía, los socios librepensadores que comían de carne
+solemnemente en Semana Santa, algunos de los que asistían a las cenas
+secretas del Casino, los redactores del _Alerta_ y otros muchos enemigos
+del Provisor visitaban de vez en cuando a don Santos; todos compadecían
+aquella miseria entre protestas de cólera mal comprimida. «Oh el hombre
+que había reducido a tal estado al señor Barinaga era bien miserable,
+merecía la pública execración». Pero nada más. Casi nadie se atrevía a
+dejar allí una limosna «por no ofender la susceptibilidad del enfermo».
+Muchos se ofrecían a velarle en caso de necesidad.
+
+Don Pompeyo recibía las visitas como si él fuera el amo de casa;
+Celestina tenía que tolerarlo porque su padre lo exigía.
+
+--Él es mi único hijo... descastada... mi único padre... mi único
+amigo... tú eres la que estás aquí de más... ¡mala entraña!...
+¡mojigata!...--gritaba desde su alcoba el borracho moribundo.
+
+La enfermedad se agravó con las fuertes heladas con que terminó aquel
+año noviembre.
+
+El primer día de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don
+Custodio, dar el último ataque para conseguir que su padre admitiera los
+Sacramentos.
+
+Al entrar, por la mañana, a eso de las ocho, don Pompeyo Guimarán, que
+venía soplándose los dedos, la beata le detuvo en la tienda abandonada,
+fría, llena de ratones.
+
+Empleó la joven toda clase de resortes; pidió, suplicó, se puso de
+rodillas con las manos en cruz, lloró... Después exigió, amenazó,
+insultó: todo fue inútil.
+
+--Hable usted con su papá--decía Guimarán por toda contestación--. Yo
+no hago más que cumplir su voluntad.
+
+Celestina, desesperada, se acercó al lecho de su padre, lloró otra vez,
+de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergón, mientras don
+Santos repetía con voz pausada, débil, que tenía una majestad especial,
+compuesta de dolor, locura, abyección y miseria:
+
+--¡Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, abomino
+de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la tienda,
+que no me dejarán un copón... ni una patena.... ¡Esa lámpara, seor
+bandido! y tú, hija de perdición, no ocultes debajo del mandil... eso...
+eso... ese sacramento.... ¡Fuera de aquí!...
+
+--¡Padre, padre, por compasión... admita usted los santos
+sacramentos!...
+
+--Me los han robado todos... y las lámparas... y tú los ayudas... eres
+cómplice.... ¡A la cárcel!
+
+--Padre, señor, por compasión de su hija... los Sacramentos... tome
+usted... tome usted....
+
+--No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos...
+¿para qué? Si la tomo... ahí se pudrirá en la tienda.... El Provisor les
+prohíbe comprar aquí... Ellos, los pobrecitos curas de aldea... ¿qué han
+de hacer?... ¡Infelices!... Le temen... le temen.... ¡Infame!
+¡Infelices!
+
+Y don Santos se incorporó como pudo, inclinó la cabeza sobre el pecho, y
+lloró en silencio.
+
+Y repetía de tarde en tarde:--¡Infelices!... Celestina salió de la
+alcoba sollozando.
+
+«Su padre había perdido la cabeza. Ya no podría confesar si no recobraba
+la razón... sólo por milagro de Dios».
+
+--Ni puede, ni quiere, ni debe--exclamó don Pompeyo cruzado de brazos,
+inflexible, dispuesto a no dejarse enternecer por el dolor ajeno.
+
+El día de la Concepción, muy temprano, el médico Somoza dijo que don
+Santos moriría al obscurecer.
+
+El enfermo perdía el uso de la poca razón que tenía muy a menudo; se
+necesitaba alguna impresión fuerte para que volviese a discurrir lo poco
+que sabía. La entrada de don Robustiano, o sea de la ciencia, le hacía
+volver la atención a lo exterior. Al medio día le anunció Celestina que
+quería verle el señor Carraspique. Aquel honor inesperado puso al
+moribundo muy despierto, Carraspique, sin saludar a don Pompeyo, que se
+quedó, siempre cruzado de brazos, a la puerta de la alcoba, se colocó a
+la cabecera de Barinaga en compañía de un clérigo, el cura de la
+parroquia. Era este un anciano de rostro simpático, de voz dulce,
+hablaba con el acento del país muy pronunciado. Carraspique, a quien en
+otro tiempo había pedido dinero prestado don Santos, tenía alguna
+autoridad sobre el enfermo; no se hablaban muchos años hacía, pero se
+estimaban a pesar de las ideas y de la frialdad que el tiempo había
+traído. Barinaga, con buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era
+ordinario en él, se negó a las pretensiones del ilustre carlista y
+sincero creyente D. Francisco Carraspique.
+
+--«Todo es inútil... la Iglesia me ha arruinado... no quiero nada con la
+Iglesia.... Creo en Dios... creo en Jesucristo... que era... un grande
+hombre... pero no quiero confesarme, señor Carraspique, y siento...
+darle a usted este disgusto. Por lo demás... yo estoy seguro... de que
+esto que tengo... se curaría... o por lo menos... se... se... con
+aguardiente.... Crea usted que muero por falta de líquidos... gaseosos...
+y sólidos....
+
+Don Santos levantó un poco la cabeza y conoció al cura de la parroquia.
+
+--Don Antero... usted también... por aquí... Me alegro... así... podrá
+usted dar fe pública... como escribano... espiritual... digámoslo así...
+de esto que digo... y es todo mi testamento: que muero, yo, Santos
+Barinaga... por falta de líquidos suficientemente... alcohólicos... que
+muero... de... eso... que llama el señor médico.... Colasa... o Colás...
+segundo....
+
+Se detuvo, la tos le sofocaba. Hizo un esfuerzo y trayendo hacia la
+barba el embozo sucio de la sábana rota, continuó:
+
+--Ítem: muero por falta de tabaco.... Otrosí... muero... por falta de
+alimento... sano.... Y de esto tienen la culpa el señor Magistral, y mi
+señora hija....
+
+--Vamos, don Santos--se atrevió a decir el cura--no aflija usted a la
+pobre Celesta. Hablemos de otra cosa. Ni usted se muere, ni nada de eso.
+Va usted a sanar en seguida.... Esta tarde le traeré yo, con toda
+solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a
+solas un rato. Y después... después... recibirá usted el Pan del alma....
+
+--¡El pan del cuerpo!--gritó con supremo esfuerzo el moribundo, irritado
+cuando podía--. ¡El pan del cuerpo es lo que yo necesito!... que así me
+salve Dios... ¡muero de hambre! Sí, el pan del cuerpo... ¡que muero de
+hambre... de hambre!...
+
+Fueron sus últimas palabras razonables. Poco después empezaba el
+delirio. Celestina lloraba a los pies del lecho. Don Antero, el cura, se
+paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable, haciendo
+rechinar el piso. Guimarán con los brazos cruzados también, entre la
+alcoba y la sala, admiraba lo que él llamaba la muerte del justo.
+Carraspique había corrido a Palacio.
+
+Llegó y todo se supo; el Obispo rezaba ante una imagen de la Virgen, y
+al oír que don Santos se negaba a recibir al Señor, y a confesar,
+levantó las manos cruzadas... y con voz dulcemente majestuosa y llena de
+lágrimas, exclamó:
+
+--¡Madre mía, madre de Dios, ilumina a ese desgraciado!...
+
+Estaba pálido el buen Fortunato; le temblaba el labio inferior, algo
+grueso, al balbucear sus plegarias íntimas.
+
+El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en
+la cámara roja, cubierta de damasco.
+
+Carraspique, que vestía el luto reciente de su hija, miraba a don Fermín
+con los ojos arrasados en lágrimas.
+
+«Don Fermín padecía», pensaba el pobre don Francisco y sin querer, con
+gran remordimiento, él se alegraba un poco, gozaba el placer de una
+venganza... «irracional... injusta... todo lo que se quiera... pero
+gozaba acordándose de su hija muerta».
+
+Sí, don Fermín padecía. «Aquella necedad del tendero de enfrente era una
+complicación».
+
+De Pas ya no era el mismo que sentía remordimientos románticos aquella
+noche de luna al ver a don Santos arrastrar su degradación y su miseria
+por el arroyo; ahora no era más que un egoísta, no vivía más que para su
+pasión; lo que podría turbarle en el deliquio sin nombre que gozaba en
+presencia de Ana, eso aborrecía; lo que pudiera traer una solución al
+terrible conflicto, cada vez más terrible, de los sentidos enfrenados y
+de la eternidad pura de su pasión, eso amaba. Lo demás del mundo no
+existía. «Y ahora don Santos moría escandalosamente, moría como un
+perro, habría que enterrarle en aquel pozo inmundo, desamparado, que
+había detrás del cementerio y que servía para los _enterramientos
+civiles_; y de todo esto iba a tener la culpa él, y Vetusta se le iba a
+echar encima». Ya empezaba el rum rum del motín, el Chato venía a cada
+momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se llenaban de
+gente, de enemigos del Magistral... que se le llamaba asesino en los
+grupos--porque él obligaba al Chato a decirle la verdad sin
+rodeos--asesino, ladrón.... El Magistral al llegar a este pasaje de sus
+reflexiones, sin poder contenerse, golpeó el pavimento con el pie.
+Carraspique dio un salto. El Obispo, saliendo de su oratorio, con las
+manos en cruz, se acercó al Provisor.
+
+--Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes....
+
+--¿Qué?...--Ir yo mismo; ver a ese hombre... quiero verle yo... a mí me
+ha de obedecer... yo he de persuadirle.... Que traigan un coche si no
+quieres que me vean, una tartana, un carro... lo que quieras.... Voy a
+verle, sí, voy a verle....
+
+--¡Locuras, señor, locuras!--rugió el Provisor sacudiendo la cabeza.
+
+--¡Pero Fermo, es un alma que se pierde!...
+
+--No hay que salir de aquí... Ir... el Obispo... a un hereje
+contumaz..., absurdo....
+
+--Por lo mismo, Fermo...--¡Bueno! ¡bueno! _Los Miserables_, siempre la
+comedia.... La escena del Convencional, ¿no es eso? don Santos es un
+borracho insolente que escupiría al Obispo con mucha frescura; don
+Pompeyo discutiría con Su Ilustrísima si había Dios o no había Dios....
+No hay que pensar en ello. ¡Absurdo moverse de aquí!
+
+Hubo algunos momentos de silencio. Carraspique, único testigo de la
+escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su
+energía.
+
+«Era verdad, tenía a S. I. en un puño». Después continuó don Fermín:
+
+--Además, sería inútil ir allá. El señor Carraspique lo ha dicho....
+Barinaga ya ha perdido el conocimiento, ¿verdad? Ya es tarde, ya no hay
+que hacer allí. Está ya como si hubiese muerto.
+
+Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su afán piadoso de
+salvar a don Santos, se atrevió a decir:
+
+--Sin embargo, tal vez.... Se ven muchos casos....
+
+--¿Casos de qué?--preguntó el Magistral con un tono y una mirada que
+parecían navajas de afeitar--. ¿Casos de qué?--repitió porque el otro
+callaba.
+
+--Puede pasar el delirio y volver a la razón el enfermo.
+
+--No lo crea usted. Además, allí está el cura... para eso está don
+Antero.... ¡Su Ilustrísima no puede... no saldrá de aquí!
+
+Y no salió. El que entraba y salía era el Chato, Campillo, que hablaba
+en secreto con don Fermín y volvía a la calle a recoger rumores y a
+espiar al enemigo. El cual se presentaba amenazador en la calle estrecha
+y empinada en que vivía don Santos, casi enfrente de la casa del
+Magistral. Era la calle de _los Canónigos_, una de las más feas y más
+aristocráticas de la Encimada.
+
+Al obscurecer de aquel día no se podía pasar sin muchos codazos y
+tropezones por delante de la tienda triste y desnuda de Barinaga. Sus
+amigos, que habían aumentado prodigiosamente en pocas horas,
+interceptaban la acera y llegaban hasta el arroyo divididos en grupos
+que cuchicheaban, se mezclaban, se disolvían.
+
+Por allí andaban Foja, los dos Orgaz y algunos otros de los socios del
+Casino que asistían a las cenas mensuales en que se conspiraba contra el
+Provisor. El ex-alcalde se multiplicaba, entraba y salía en casa de don
+Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos.
+
+--Está espirando.--¿Pero conserva el conocimiento?
+
+--Ya lo creo, como usted y como yo. Era mentira. Barinaga moría
+hablando, pero sin saber lo que decía; sus frases eran incoherentes;
+mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija. Unas veces
+se lamentaba como el rey Lear y otras blasfemaba como un carretero.
+
+--Y diga usted, señor Foja, ¿hay arriba algún cura? Dicen que ha venido
+el mismo Magistral....
+
+--¿El Magistral? ¡No faltaba más! Sería añadir el sarcasmo a la...
+al.... No vendrá, no. Quien está arriba es don Antero, el cura de la
+parroquia, el pobre es un bendito, un fanático digno de lástima y cree
+cumplir con su deber... pero como si cantara. Don Santos era un hombre
+de convicciones arraigadas.
+
+--¿Cómo era? ¿pues ha muerto ya?--preguntó uno que llegaba en aquel
+momento.
+
+--No señor, no ha muerto. Digo eso, porque ya está más allá que acá.
+
+--También don Pompeyo se ha portado con mucha energía, según dicen....
+
+--También...--Pero estando sano es más fácil.
+
+--Y como no va con él la cosa....
+
+--Morirá esta noche.--El médico no ha vuelto.--Somoza aseguraba que
+moriría esta tarde.
+
+--Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado....
+
+--El cura dice que durará hasta mañana.
+
+--Y muere de hambre.--Dicen que lo ha dicho él mismo.
+
+--Sí, señor, fueron sus últimas palabras sensatas, advirtió Foja
+contradiciéndose.
+
+--Dicen que dijo: «--¡El pan del cuerpo es el que yo necesito, que así
+me salve Dios muero de hambre!».
+
+A Orgaz hijo se le escapó la risa, que procuró ahogar con el embozo de
+la capa.
+
+--Sí, ríase usted, joven, que el caso es para bromas.
+
+--Hombre, no me río del moribundo... me río de la gracia.
+
+--Profundísima lección debía llamarla usted. Se muere de hambre, es un
+hecho; le dan una hostia consagrada, que yo respeto, que yo venero,
+pero no le dan un panecillo.--Así habló un maestro de escuela perseguido
+por su liberalismo... y por el hambre.
+
+--Yo soy tan católico como el primero--dijo un maestro de la Fábrica
+Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista cristiano a su
+manera--soy tan católico como el primero, pero creo que al Magistral se
+le debería arrastrar hoy y colgarlo de ese farol, para que viese salir
+el entierro....
+
+--La verdad es, señores--observó Foja--que si don Santos muere fuera
+del seno de la Iglesia, como un judío, se debe al señor Provisor.
+
+--Es claro.--Evidente.--¿Quién lo duda?--Y diga usted, señor Foja,
+¿no le enterrarán en sagrado, verdad?
+
+--Eso creo: los cánones están sangrando; quiero decir que la Sinodal
+está terminante.--Y se puso algo colorado, porque no sabía si los
+cánones sangraban o no, ni si la Sinodal hablaba del caso.
+
+--¡De modo que le van a enterrar como un perro!
+
+--Eso es lo de menos--dijo el maestro de la Fábrica--toda la tierra está
+consagrada por el trabajo del hombre.
+
+--Y además en muriéndose uno....
+
+--Más despacio, señores, más despacio--interrumpió Foja que no quería
+desperdiciar el arma que le ponían en las manos para atacar al
+Magistral--. Estas cosas no se pueden juzgar filosóficamente.
+Filosóficamente es claro que no le importa a uno que le entierren donde
+quiera. Pero ¿y la familia? ¿Y la sociedad? ¿Y la honra? Todos ustedes
+saben que el local destinado en nuestro cementerio _municipal_--y
+subrayó la palabra--a los cadáveres no católicos, digámoslo así...
+
+Orgaz hijo sonrió.--Ya sé, joven, ya sé que he cometido un _lapsus_.
+Pero no sea usted tan material.
+
+Aquel grupo de progresistas y socialistas serios miró _en masa_ al
+mediquillo impertinente con desprecio.
+
+Y dijo el socialista cristiano:--Aquí lo que sobra es la materia; la
+letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que sobran en
+España son oradores....
+
+--Pues usted no habla mal ni poco; acuérdese del club difunto, señor
+Parcerisa....
+
+Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la fábrica.
+
+Parcerisa sonrió satisfecho. La conversación se extravió. Se discutió si
+el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energía al Obispo la
+administración del cementerio.
+
+En tanto subían y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a ver
+al enfermo o a su hija. Don Pompeyo había hecho llevar a Celestina a su
+cuarto y allí recibía la beata a sus correligionarias y a los sacerdotes
+que venían a consolarla. Guimarán no dejaba entrar en la sala más que a
+los espíritus fuertes, o por lo menos, si no tan fuertes como él, que
+eso era difícil, partidarios de dejar a un moribundo «espirar en la
+confesión que le parezca, o sin religión alguna si lo considera
+conveniente».
+
+--¡Muerte gloriosa!--decía don Pompeyo al oído de cualquier enemigo del
+Provisor que venía a compadecerse a última hora de la miseria de
+Barinaga--. «¡Muerte gloriosa! ¡Qué energía! ¡Qué tesón! Ni la muerte
+de Sócrates... porque a Sócrates nadie le mandó confesarse».
+
+Los que subían o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban una
+mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y
+cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas.
+
+Sobre el mostrador, pintado de color de chocolate, un velón de petróleo
+alumbraba malamente el triste almacén cuya desnudez daba frío. Aquellos
+anaqueles vacíos representaban a su modo el estómago de don Santos. Las
+últimas existencias, que había tenido allí años y años cubiertas de
+polvo, las había vendido por cuatro cuartos a un comerciante de aldea;
+con el producto de aquella liquidación miserable había vivido y se había
+emborrachado en la última parte de su vida el pobre Barinaga. Ahora los
+ratones roían las tablas de los estantes y la consunción roía las
+entrañas del tendero.
+
+Murió al amanecer. Las nieblas de Corfín dormían todavía sobre los
+tejados y a lo largo de las calles de Vetusta. La mañana estaba templada
+y húmeda. La luz cenicienta penetraba por todas las rendijas como un
+polvo pegajoso y sucio. Don Pompeyo había pasado la noche al lado del
+moribundo, solo, completamente solo, porque no había de contarse un
+perro faldero que se moría de viejo sin salir jamás de casa. Abrió
+Guimarán el balcón de par en par; una ráfaga húmeda sacudió la cortina
+de percal y la triste luz del día de plomo cayó sobre la palidez del
+cadáver tibio.
+
+A las ocho se sacó a Celestina de la «casa mortuoria» y _el cuerpo_,
+metido ya en su caja de pino, lisa y estrecha, fue depositado sobre el
+mostrador de la tienda vacía, a las diez. No volvió a parecer por allí
+ningún sacerdote ni beata alguna.
+
+--Mejor--decía don Pompeyo, que se multiplicaba.
+
+--Para nada queremos cuervos--exclamaba Foja, que se multiplicaba
+también.
+
+--Esto tiene que ser una manifestación--decía del ex-alcalde a muchos
+correligionarios y otros enemigos del Magistral reunidos en la tienda,
+al pie del cadáver--. Esto tiene que ser una manifestación: el gobierno
+no nos permite otras, aprovechemos esta coyuntura. Además, esto es una
+iniquidad: ese pobre viejo ha muerto de hambre, asesinado por los
+acaparadores sacrílegos de la _Cruz Roja_. Y para mayor deshonra y
+ludibrio, ahora se le niega honrada y cristiana sepultura, y habrá que
+enterrarle en los escombros, allá, detrás de la tapia nueva, en aquel
+estercolero que dedican a los entierros civiles esos infames....
+
+--¡Muerto de hambre y enterrado como un perro!--exclamó el maestro de
+escuela perseguido por sus ideas.
+
+--¡Oh, hay que protestar muy alto!
+
+--¡Sí, sí!--¡Esto es una iniquidad!--¡Hay que hacer una manifestación!
+
+Hablaban también muchos conjurados con trazas de curiales de Palacio;
+eran amigos del Arcediano, del implacable Mourelo, que conspiraba desde
+la sombra.
+
+--A ver usted, señor Sousa, usted que escribe los telegramas del
+_Alerta_... es preciso que hoy retrasen ustedes un poco el número para
+que haya tiempo de insertar algo....
+
+--Sí, señor, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la mayor energía que
+permite la ley, la pícara ley de imprenta, redactaré allí mismo un
+suelto convocando a los liberales, amigos de la justicia, etc., etc....
+Descuide usted, señor Foja.
+
+--Llame usted al suelto: _Entierro civil_.
+
+--Sí, señor; así lo haré.
+
+--Con letras grandes.--Como puños, ya verá usted.
+
+--Eso podrá servir de aviso a todo el pueblo liberal....
+
+--¿Vendrán los de la Fábrica?
+
+--¡Ya lo creo!--exclamó Parcerisa--. Ahora mismo voy yo allá a calentar
+a la gente. Esto no nos lo puede prohibir el gobierno....
+
+--Como no se alborote.... El entierro fue cerca del anochecer. Sólo así
+podían asistirlos de la Fábrica.
+
+Llovía. Caían hilos de agua perezosa, diagonales, sutiles.
+
+La calle se cubrió de paraguas.
+
+El Magistral, que espiaba detrás de las vidrieras de su despacho, vio un
+fondo negro y pardo; y de repente, como si se alzase sobre un pavés,
+apareció por encima de todo una caja negra, estrecha y larga, que al
+salir de la tienda se inclinó hacia adelante y se detuvo como vacilando.
+Era don Santos que salía por última vez de su casa. Parecía dudar entre
+desafiar el agua o volver a su vivienda. Salió; se perdió el ataúd entre
+el oleaje de seda y percal obscuro. En el balcón que había sobre la
+puerta, entre las rejas asomó la cabeza de un perro de lanas negro y
+sucio: el Magistral lo miró con terror. El faldero estiró el pescuezo,
+procuró mirar a la calle y se le erizaron las orejas. Ladró a la caja, a
+los paraguas y volvió a esconderse. Lo habían olvidado en la sala,
+cerrada con llave por don Pompeyo.
+
+Guimarán, de levita negra presidía el duelo.
+
+Delante del féretro, en filas, iban muchos obreros y algunos
+comerciantes al por menor, con más, varios zapateros y sastres, rezando
+Padrenuestros.
+
+Guimarán había propuesto que no se dijese palabra.
+
+«No había muerto el gran Barinaga, aquel mártir de las ideas, dentro de
+ninguna confesión cristiana; luego era contradictorio...».
+
+--Deje usted, deje usted--había advertido Foja con mal gesto--. No
+seamos intransigentes, no extrememos las cosas. Es de más efecto que se
+rece.
+
+--Esto no es una manifestación anti-católica--observó el maestro de
+escuela.
+
+--Es anti-clerical--dijo otro liberal probado.
+
+--El tiro va contra el Provisor--manifestó un lampiño, de la policía
+secreta de Glocester.
+
+Así pues, se convino que se rezaría y se rezó. _Requiescat in pace_,
+decía Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada
+oración.
+
+Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas:
+_Requiescat in pace_.
+
+Ni el latín ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero había que
+transigir.
+
+«Todo aquello era una contradicción, pero Vetusta no estaba preparada
+para un verdadero entierro civil».
+
+Las mujeres del pueblo, que cogían agua en las fuentes públicas, las
+ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y por
+el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal
+calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena,
+se arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayoría de votos
+condenaban el atrevimiento de enterrar «a un cristiano» (sinónimo de
+hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal pergeñadas,
+alababan la idea en voz alta.
+
+Hubo una que gritó:--¡Así, que rabien los de la pitanza!
+
+Esta imprudencia provocó otra del lado contrario.
+
+--¡_Anday_, judíos!--exclamaba una moza del partido azotando con un
+zueco la espalda de muchos de sus conocidos, peones de albañil y
+canteros.
+
+Detrás del duelo iba una escasa representación del sexo débil; pero,
+según las de la cesta y las de las fuentes públicas, «eran malas
+mujeres».
+
+--¡Anda tú, _pendón_!
+
+--¿Adónde vais, _pingos_?
+
+Y las correligionarias de don Pompeyo reían a carcajadas, demostrando
+así lo poco arraigado de sus convicciones. La noche se acercaba; el
+cementerio estaba lejos, y hubo que apretar el paso.
+
+La lluvia empezó a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los
+paraguas retumbaban con estrépito lúgubre y chorreaban por todas sus
+varillas. Los balcones se abrían y cerraban, cuajados de cabezas de
+curiosos.
+
+Se miraba el espectáculo generalmente con curiosidad burlona, con algo
+de desprecio. «Pero por lo mismo se declaraba mayor el delito del
+Magistral. Aquel pobre don Santos había muerto como un perro por culpa
+del Provisor; había renegado de la religión por culpa del Provisor,
+había muerto de hambre y sin sacramentos por culpa del Provisor».
+
+«Y ahora los revolucionarios, que de todo sacan raja, aprovechan la
+ocasión para hacer una de las suyas...».
+
+«Y por culpa del Provisor...».
+
+«No se puede estirar demasiado la cuerda».
+
+«Ese hombre nos pierde a todos».
+
+Estos eran los comentarios en los balcones. Y después de cerrarlos,
+continuaban dentro las censuras. Muchas amistades perdió De Pas aquella
+tarde.
+
+Sin que se supiera cómo, llegó a ser un _lugar común_, verdad evidente
+para Vetusta, que «Barinaga había muerto como un perro por culpa del
+Magistral».
+
+Los amigos que le quedaban a don Fermín reconocían que no se podía
+luchar, por aquellos días a lo menos, contra aquella afirmación injusta,
+pero tan generalizada.
+
+El entierro dejó atrás la calle principal de la Colonia, que estaba
+convertida en un lodazal de un kilómetro de largo, y empezó a subir la
+cuesta que terminaba en el cementerio. El agua volvía a azotar a los del
+duelo en diagonales, que el viento hacía penetrar por debajo de los
+paraguas. Llovía a latigazos. Una nube negra, en forma de pájaro
+monstruoso, cubría toda la ciudad y lanzaba sobre el duelo aquel
+chaparrón furioso. Parecía que los arrojaba de Vetusta, silbándoles con
+las fauces del viento que soplaba por la espalda.
+
+Se subía la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado el
+féretro miserable se había abierto por dos o tres lados; se veía la
+carne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que conducían el
+cadáver le zarandeaban. La fatiga y cierta superstición inconsciente les
+había hecho perder gran parte del respeto que merecía el difunto. Todos
+los hachones se habían apagado y chorreaban agua en vez de cera. Se
+hablaba alto en las filas.
+
+--¡De prisa, de prisa! se oía a cada paso.
+
+Algunos se permitían decir chistes alusivos a la tormenta. En el duelo
+había más circunspección, pero todos convenían en la necesidad de
+apretar el paso.
+
+Aquel furor de los elementos despertó muchas preocupaciones taciturnas.
+
+Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le
+hacía mucho daño, le ponía nervioso y con esto se le achicaba el ánimo.
+
+--No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podría
+creerse que nos está dando azotes con estos diablos de aguaceros.
+
+Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementerio
+se destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del
+horizonte. No se veía nada distintamente. Los cipreses, detrás de la
+tapia, se balanceaban, parecían fantasmas que se hablaban al oído,
+tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar la paz del
+camposanto.
+
+En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades para
+entrar. Se habían olvidado ciertos pormenores y la mala fe del
+enterrador--tal vez la del capellán también--ponía obstáculos
+reglamentarios.
+
+--¡A ver, dónde está Foja!--gritó don Pompeyo, que no se encontraba con
+ánimo para dar otra batalla al obscurantismo clerical.
+
+Foja no estaba allí. Nadie le había visto en el duelo.
+
+Don Pompeyo sintió el ánimo desfallecer. «Estoy solo; ese capitán Araña
+me ha dejado solo».
+
+Sacó fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignación general, se
+impuso. El cortejo entró en el cementerio, pero no por la puerta
+principal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia del
+corralón inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que se
+enterraba a los que morían fuera de la Iglesia católica. Eran muy pocos.
+El enterrador actual sólo recordaba tres o cuatro entierros así.
+
+El duelo se despidió sin ceremonia; a latigazos lo despedía el viento
+con disciplinas de agua helada.
+
+Don Pompeyo Guimarán salió del cementerio el último. «Era su deber».
+
+Había cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo alto
+de la cuesta. «A su espalda, a veinte pasos tenía la tapia fúnebre. Allí
+detrás quedaba el mísero amigo, abandonado, pronto olvidado del mundo
+entero; estaba a flor de tierra... separado de los demás vetustenses que
+habían sido, por un muro que era una deshonra; perdido, como el
+esqueleto de un rocín, entre ortigas, escajos y lodo.... Por aquella
+brecha penetraban perros y gatos en el cementerio civil.... A toda
+profanación estaba abierto.... Y allí estaba don Santos... el buen
+Barinaga que había vendido patenas y viriles... y creía en ellos... en
+otro tiempo. ¡Y todo aquello era obra suya... de don Pompeyo; él, en el
+café--restaurant de la Paz, había comenzado a demoler el alcázar de la
+fe... del pobre comerciante!...».
+
+Un escalofrío sacudió el cuerpo de Guimarán. Se abrochó. «Había sido
+_otra_ imprudencia venir sin capa».
+
+Entonces sintió que no sentía ya el agua.... «Era que ya no llovía».
+Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios de sombra algunas luces
+pálidas, las estrellas; y entre las sombras de la ciudad aparecían
+puntos rojizos simétricos: los faroles.
+
+Guimarán volvió a temblar; sintió la humedad de los pies de nuevo... y
+apretó el paso. Hubo más, se le figuró que le seguían; que a veces le
+tocaban sutilmente las faldas de la levita y el cabello del cogote.... Y
+como estaba solo, seguramente solo... no tuvo inconveniente en emprender
+por la cuesta abajo un trote ligero, con el paraguas debajo del brazo.
+
+«No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estábamos
+frescos...».
+
+Y más abajo: «Y de todas maneras, eso de que le han de enterrar a uno de
+fijo, sin escape, en ese estercolero... no tiene gracia».
+
+Y corría, sintiendo de vez en cuando escalofríos.
+
+Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche.
+
+«Ya lo decía él; ¡la humedad!».
+
+Deliró. «Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en el
+vientre y por allí entraban y salían gatos y perros, y alguno que otro
+diablejo con rabo».
+
+
+
+
+--XXIII--
+
+
+_«Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, ex
+utero ante luciferum genui te»._ Esto leyó la Regenta sin entenderlo
+bien; y la traducción del _Eucologio_ decía: «Tú poseerás el principado
+y el imperio en el día de tu poderío y en medio del resplandor que
+brillará en tus santos: yo te he engendrado de mis entrañas desde antes
+del nacimiento del lucero de la mañana».
+
+Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario:
+_Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui te. Alleluia._
+¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le gritaba el corazón a ella... y el órgano
+como si entendiese lo que quería el corazón de la Regenta, dejaba
+escapar unos diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban
+los ámbitos obscuros de la catedral, subían a la bóveda y pugnaban por
+salir a la calle, remontándose al cielo... empapando el mundo de música
+retozona. Decía el órgano a su manera:
+
+ Adiós, María Dolores,
+ marcho mañana
+ en un barco de flores
+ para la Habana.
+
+y de repente, cambiaba de aire y gritaba:
+
+ La casa del señor cura
+ nunca la vi como ahora...
+
+y sin pizca de formalidad, se interrumpía para cantar:
+
+ Arriba, Manolillo,
+ abajo, Manolé,
+ de la quinta pasada
+ yo te liberté;
+ de la que viene ahora
+ no sé si podré...
+ arriba, Manolillo,
+ Manolillo Manolé.
+
+Y todo esto era porque hacía mil ochocientos setenta y tantos años había
+nacido en el portal de Belén el Niño Jesús.... ¿Qué le importaba al
+órgano? Y sin embargo, parecía que se volvía loco de alegría... que
+perdía la cabeza y echaba por aquellos tubos cónicos, por aquellas
+trompetas y cañones, chorros de notas que parecían lucecillas para
+alumbrar las almas.
+
+El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en
+algún pilar, un quinqué de petróleo con reverbero, interrumpía las
+tinieblas que volvían a dominar poco más adelante. No había más luz que
+aquella esparcida por las naves, el trasaltar y el trascoro, y los
+cirios del altar y las velas del coro que brillaban a lo lejos, en alto,
+como estrellitas. Pero la música alegre botando de pilar en capilla, del
+pavimento a la bóveda, parecía iluminar la catedral con rayos del alba.
+
+Y no eran más que las doce. Empezaba la _misa del gallo_.
+
+El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella hora sublime,
+recordaba todos los aires populares clásicos en la tierra vetustense y
+los que el capricho del pueblo había puesto en moda aquellos últimos
+años. A la Regenta le temblaba el alma con una emoción religiosa dulce,
+risueña, en que rebosaba una caridad universal; amor a todos los hombres
+y a todas las criaturas... a las aves, a los brutos, a las hierbas del
+campo, a los gusanos de la tierra... a las ondas del mar, a los suspiros
+del aire.... «La cosa era bien clara, la religión no podía ser más
+sencilla, más evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y amando su
+obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios había nacido en la tierra
+y por tal honor y divina prueba de cariño, el mundo entero se alegraba y
+se ennoblecía; y no importaba que hubiesen pasado tantos siglos, el amor
+no cuenta el tiempo; hoy era tan cierto como en tiempo de los Apóstoles,
+que Dios había venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los
+seres, el mismo. Por consiguiente, el organista hacía muy bien en
+declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solía
+alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes
+bulliciosos a cielo abierto. Aquel recuerdo de canciones efímeras, que
+habían sido un poco de aire olvidado, le parecía a la Regenta una
+delicada obra de caridad por parte del músico.... Recordar lo más
+humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pasó... y dignificar
+las emociones profanas del amor, de la alegría juvenil, haciendo resonar
+sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jesús... todo esto
+era hermoso, según Ana; la religión que lo consentía, maternal,
+cariñosa, artística».
+
+«No había allí barreras, en aquel momento, entre el templo y el mundo;
+la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la iglesia; en la
+música del órgano había recuerdos del verano, de las romerías alegres
+del campo, de los cánticos de los marineros a la orilla del mar; y había
+olor a tomillo y a madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del
+monte, y dominándolos a todos olor místico, de poesía inefable... que
+arrancaba lágrimas...». La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta....
+Su pensamiento al remontarse se extraviaba y al difundirse se
+desvanecía.... Apoyó la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar
+de piedra, nuevo, que era el principal de la capilla en que estaba,
+sumida en la sombra. Apenas pensaba ya, no hacía más que sentir.
+
+La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se
+interrumpía en ambos extremos para dejar espacio a los púlpitos de
+hierro, todos filigrana. Servían de atriles para la Epístola y el
+Evangelio, sendas águilas doradas con las alas abiertas. Ana vio
+aparecer en el púlpito de la izquierda del altar la figura de Glocester,
+siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela briscada
+despedía rayos herida por la luz de los ciriales que acompañaban al
+canónigo. El Arcediano, en cuanto calló el órgano, como quien quiere
+interrumpir una broma con una nota seria, leyó la epístola de San Pablo
+Apóstol a Tito, capítulo segundo, dándole una intención que no tenía.
+Agradábale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atención del
+público, y leía despacio, señalando con fuerza las terminaciones en _us_
+y en _i_ y en _is_: por el tono que se daba al leer no parecía sino que
+la epístola de San Pablo era cosa del mismo Glocester, una
+composicioncilla suya. El órgano, como si hubiera oído llover, en cuanto
+terminó el presuntuoso Arcediano, soltó el trapo, abrió todos sus
+agujeros, y volvió a regar la catedral con chorritos de canciones
+alegres, el fuelle parecía soplar en una fragua de la que salían chispas
+de música retozona; ahora tocaba como las gaitas del país, imitando el
+modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del Ayuntamiento
+interpretaba el brindis de la _Traviata_ y el Miserere del _Trovador_.
+Por último, y cuando ya Ripamilán asomaba la cabecita vivaracha sobre el
+antepecho del otro púlpito para cantar el Evangelio, el organista la
+emprendió con la _mandilona_:
+
+ Ahora sí que estarás contentón
+ mandilón,
+ mandilón,
+ mandilón.
+
+Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia,
+hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de
+paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios
+de todos, que nacía, las diferencias políticas eran nimiedades que se
+olvidaban.
+
+Ripamilán no pudo menos de sonreír, mientras colocaba, con gran
+dificultad, el libro en que había de leer el Evangelio de San Lucas,
+sobre las alas del águila de hierro.
+
+El Arcediano, en la escalera del púlpito esperaba con los brazos
+cruzados sobre la panza; cerca de él y haciendo guardia estaban dos
+acólitos con los ciriales; uno era Celedonio.
+
+«_¡Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!_»... cantó Ripamilán,
+muerto de sueño y aprovechándose del canto llano para bostezar en la
+última nota.
+
+«_¡In illo tempore!_»... continuó... En aquel tiempo se promulgó un
+edicto mandando empadronar a todo el mundo. Fue cosa de César Augusto,
+muy aficionado a la Estadística. «Este empadronamiento fue hecho por
+Cirino, que después fue gobernador de la Siria». Ripamilán se dormía
+sobre el recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de José
+se animó el Arcipreste, figurándose a los santos esposos camino de
+Bethlehem (o mejor Belén.) «Y sucedió que hallándose allí le llegó a
+María la hora de su alumbramiento; y dio a luz a su Hijo primogénito y
+envolviole en pañales y recostole en un pesebre». Ripamilán leía ahora
+pausadamente, a ver si se enteraba el público. Cuando llegó a los
+pastores que estaban en vela, cuidando sus rebaños, don Cayetano recordó
+su grandísima afición a la égloga y se enterneció muy de veras.
+
+Más enternecida estaba la Regenta, que seguía en su libro la sencilla y
+sublime narración. «¡El Niño Dios! ¡El Niño Dios! Ella comprendía ahora
+toda la grandeza de aquella Religión dulce y poética que comenzaba en
+una cuna y acababa en una cruz. ¡Bendito Dios! ¡las dulzuras que le
+pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazón, o algo que tenía
+un poco más abajo, más hacia el medio de su cuerpo!... ¡Y aquel
+Ripamilán allá arriba, aquel viejecillo que contaba lo del parto como si
+acabara de asistir a él! También Ripamilán estaba hermoso a su manera».
+
+En tanto el _público_ empezaba a impacientarse, se iba acabando la
+formalidad, y en algunos rincones se oían risas que provocaba algún
+chusco. En la nave del trasaltar, la más obscura, escondidos en la
+sombra de los pilares y en las capillas, algunos señoritos se divertían
+en echar a rodar sobre el juego de damas del pavimento de mármol
+monedas de cobre, cuyo profano estrépito despertaba la codicia de la
+gente menuda; bandos de pilletes que ya esperaban ojo avizor la
+tradicional profanación, corrían tras las monedas, y al caer tantos
+sobre una sola en racimo de carne y andrajos, excitaban la risa de los
+fieles, mientras ellos se empujaban, pisaban y mordían disputándose el
+ochavo miserable.
+
+Pero llegaba la _ronda_ y el racimo de pillos se deshacía, cada cual
+corría por su lado. La _ronda_ la presidía el señor Magistral, de
+roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas sobre el vientre, llevaba
+el bonete; a derecha e izquierda, como dándole guardia caminaban con
+paso solemne acólitos con sendas hachas de cera. La _ronda_ daba vueltas
+por el trascoro, las naves y el trasaltar. Se vigilaba para evitar
+abusos de mayor cuantía. La obscuridad del templo, los excesos de la
+colación clásica, la falta de respeto que el pueblo creía tradicional en
+la _misa del gallo_, hacían necesarias todas estas precauciones.
+
+Había otra clase de profanaciones que no podía evitar la ronda.
+Apiñábase el público en el crucero, oprimiéndose unos a otros contra la
+verja del altar mayor, y la valla del centro, debajo de los púlpitos, y
+quedaban en el resto de la catedral muy a sus anchas los pocos que
+preferían la comodidad al calorcillo humano de aquel montón de carne
+repleta. Como la religión es igual para todos, allí se mezclaban todas
+las clases, edades y condiciones. Obdulia Fandiño, en pie, oía la misa
+apoyando su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de
+Vegallana, y en la nuca sentía la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que
+no podía, ni tal vez quería, impedir que los de atrás empujasen. Para la
+de Fandiño la religión era esto, apretarse, estrujarse sin distinción
+de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia
+conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tenía muy
+confusa idea. Visitación estaba también allí, más cerca de la capilla,
+con la cabeza metida entre las rejas. Paco Vegallana, cerca de
+Visitación, fingía resistir la fuerza anónima que le arrojaba, como un
+oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja como una cereza, con los
+ojos en un San José de su devocionario y el alma en los movimientos de
+su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual
+amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que allí en lo obscuro
+imitaban las del mar batiendo un peñasco, en la negrura de su sombra.
+Todo el _elemento joven_ de que hablaba _El Lábaro_ en sus crónicas del
+pequeñísimo _gran mundo_ de Vetusta, estaba allí, en el crucero de la
+catedral, oyendo como entre sueños el órgano, dirigiendo la colación de
+Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza
+pinchazos de la carne. El sueño traía impíos disparates, ideas que eran
+profanaciones, y se desechaban para atenerse a los pecados veniales con
+que brindaba la realidad ambiente. Miradas y sonrisas, si la distancia
+no consentía otra cosa, iban y venían enfilándose como podían en aquella
+selva espesa de cabezas humanas. Se tosía mucho y no todas las toses
+eran ingenuas. En aquella quietud soporífera, en aquella obscuridad de
+pesadilla hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas
+señoritas hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es
+claro que no lo decía sino en el seno de la mayor confianza, pensaba,
+que el _hacer el oso_, que era a lo que llamaba _timarse_ Joaquín Orgaz,
+si siempre era agradable, lo era mucho más en la iglesia, porque allí
+tenía un _cachet_. Y para la viuda las cosas con _cachet_ eran las
+mejores.
+
+«En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeración de malos
+cristianos», estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarán, que, mal
+curado de una fiebre, había consentido en cenar con don Álvaro, Orgaz,
+Foja y demás trasnochadores en el Casino y había venido con ellos a la
+misa del gallo.
+
+«¡Sí, le remordía la conciencia, en medio de su embriaguez!, pero el
+hecho era que estaba allí. Habían empezado por emborracharle con un
+licor dulce que ahora le estaba dando náuseas, un licor que le había
+convertido el estómago en algo así como una perfumería... ¡puf! ¡qué
+asco!; después le habían hecho comer más de la cuenta y beber,
+últimamente, de todo. Y cuando él se preparaba a volverse a su casa, si
+alguno de aquellos señores tenía la bondad de acompañarle ¡oh colmo de
+las bromas pesadas y ofensivas! habían dado con él en medio de la
+catedral, donde no había puesto los pies hacía muchos años. Había
+protestado, había querido marcharse, pero no le dejaron, y él tampoco se
+atrevía a buscar solo su casa; y en la calle hacía frío».
+
+--Señores--dijo en voz baja a don Álvaro y a Orgaz--conste que protesto,
+y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera de ustedes,
+al permanecer en semejante sitio.
+
+--¡Bien, hombre, bien!--Conste que esto no es una abdicación....
+
+--No... qué ha de ser... abdicación....
+
+--Ni una profanación. Yo respeto todas las religiones, aunque no profeso
+ninguna.... ¿Qué dirá el mundo si sabe que yo vengo aquí... con una
+compañía de borrachos matriculados? Reconozco en el _Palomo_ el derecho
+de arrojarme del templo a latigazos o a patadas....
+
+--Ya lo sabemos, hombre...--pudo balbucear Foja--.
+
+En resumen: don Pompeyo reconoce que él aquí representa lo mismo... que
+los perros en misa.
+
+--Comparación exacta... eso, yo aquí lo mismo que un perro.... Y además
+esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista, borracho como ustedes
+probablemente: convierte el templo del Señor, llamémoslo así, en un
+baile de candil... en una orgía.... Señores, ¿en qué quedamos, es que ha
+nacido Cristo o es que ha resucitado el dios Pan?
+
+--¡Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum.
+
+Esto lo cantó bajito Joaquín Orgaz, tocando el tambor en la cabeza de
+Guimarán. Y acto continuo el mediquillo salió de la capilla obscura
+donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una aguja en un
+pajar, como él dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre la multitud. Y la
+encontró, emparedada entre el formidable Ronzal y el cocinero de Paco.
+Joaquín dio media vuelta y se volvió al lado de don Pompeyo.
+
+La capilla desde la que oía misa la Regenta estaba separada sólo por una
+verja alta de la en que se habían escondido los trasnochadores del
+Casino. Ana oyó la voz de Orgaz que disuadía al ateo de su propósito de
+abandonar el templo. Pero de una capilla a otra no se distinguían las
+personas, sólo se veían bultos.
+
+Cuando pasó la ronda fue otra cosa; las hachas de los acólitos dejaron a
+Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del
+Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don Álvaro, que
+con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la cabeza inclinada, y
+cogido a la verja que separaba las capillas, parecía atender a los
+oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano.
+
+El Magistral también pudo ver a la Regenta y a don Álvaro, casi juntos,
+aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembló el bonete en las manos;
+necesitó gran esfuerzo para continuar aquella procesión que en aquel
+instante le pareció ridícula.
+
+Mesía no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba medio
+dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca
+escandaloso. Nadie sospechaba su estado.
+
+Ana siguió viendo a don Álvaro aun después que la ronda se alejó con sus
+luces soñolientas. Siguió viéndole en su cerebro; y se le antojó vestido
+de rojo, con un traje muy ajustado y muy airoso. No sabía si era aquello
+un traje de Mefistófeles de ópera o el de cazador elegante, pero estaba
+el enemigo muy hermoso, muy hermoso.... «Y estaba allí cerca, detrás de
+aquella reja, ¡si daba tres pasos podía tocarla a ella!». El órgano se
+despedía de los fieles con las mayores locuras del repertorio; un aire
+que Ana había oído por primera vez al lado de Mesía, en la romería de
+San Blas, aquel mismo año.... Cerró los ojos, que se le habían llenado de
+lágrimas.... «¡Por dónde la tomaba ahora la tentación! Se hacía
+sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos,
+que era siempre cosa sagrada, dulce, entrañable.... ¿Qué había pasado en
+aquella romería de San Blas? Nada, y sin embargo, ahora recordando
+aquella tarde, por culpa del organista, Ana veía a don Álvaro a su lado,
+muerto de amor, mudo de respeto, y a sí misma se veía, contenta en lo
+más hondo del alma... ¡ay sí, ay sí!... en unas honduras del alma, o del
+cuerpo, o del infierno... a que no llegaban las suaves pláticas del
+misticismo y fraternidad de que seguía gozando en compañía de aquel
+señor canónigo que acababa de pasar por allí, con las manos cruzadas
+sobre el vientre, rodeado de monaguillos».
+
+Cuando Ana procuró sacudir, moviendo la cabeza, aquellas imágenes
+importunas y pecaminosas, el templo iba quedándose vacío. Tuvo ella frío
+y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en que se apoyaba. Se
+levantó y salió de la catedral, que empezaba a dormirse.
+
+El órgano se había callado como un borracho que duerme después de
+alborotar el mundo. Las luces se apagaban....
+
+En el pórtico encontró Ana al Magistral.
+
+Don Fermín estaba pálido; lo vio ella a la luz de una cerilla que
+encendieron por allí. Cuando volvió la obscuridad, De Pas se acercó a la
+Regenta y con una voz dulce en que había quejas le preguntó:
+
+--¿Se ha divertido usted en misa?
+
+--¡Divertirme en misa!--Quiero decir... si le ha gustado... lo que
+tocan... lo que cantan....
+
+Notó Ana que su confesor no sabía lo que decía.
+
+En aquel momento salían del pórtico; en la calle había algunos grupos de
+rezagados. Había que separarse.
+
+--¡Buenas noches, buenas noches!--dijo el Magistral con tono de mal
+humor, casi con ira.
+
+Y embozándose sin decir más, tomó a paso largo el camino de su casa.
+
+Ana sintió deseos de seguirle: ella no sabía por qué pero le tenía
+enfadado: ¿qué había hecho ella? Pensar, pensar en el enemigo, gozar con
+recuerdos vitandos... pero... de todo eso ¿cómo podía tener don Fermín
+noticia?... ¡Y se había marchado así! Una profunda lástima y una
+gratitud que parecía amor invadieron el ánimo de Ana en aquel
+instante.... «¡Oh! ¿por qué ella no podía ahora ir con aquel hombre,
+llamarle, consolarle... probarle que era la de siempre, que ella no le
+volvía la espalda como tantas otras?...». «Sí, sí, le volvían la espalda
+a él, el santo, el hombre de genio, el mártir de la piedad... le volvían
+la espalda las que antes se le disputaban, y todo ¿por qué? por viles
+calumnias. Ella no, ella creía en él... le seguiría ciega al fin del
+mundo; sabía que entre él y Santa Teresa la habían salvado del
+infierno...». Pero no se podía correr detrás de él para consolarle, para
+decirle todo esto. «¡Qué hubiera pensado, sin ir más lejos, Petra la
+doncella que estaba allí, a su lado, silenciosa, sonriente, cada día más
+antipática, y más servicial... y más insufrible!».
+
+Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se había separado
+discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con
+tanto garbo, pensó la criada:
+
+«Están de monos» y sonrió.
+
+La Regenta tomó el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio dormida;
+estaba como embriagada de sueño y música y fantasía.... Sin saber cómo se
+encontró en el portal de su casa pensando en el Niño Jesús, en su cuna,
+en el portal de Belén. Ella se figuraba la escena como la representaba
+un _nacimiento_ que había visto aquella noche a primera hora.
+
+Cuando se quedó sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al
+espejo; suelto el cabello, cayó sobre la espalda.
+
+«Era verdad, ella se parecía a la Virgen: a la Virgen de la Silla...
+pero le faltaba el niño»; y cruzada de brazos se estuvo contemplando
+algunos segundos.
+
+A veces tenía miedo de volverse loca. La piedad huía de repente, y la
+dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para aquella
+sequedad del alma en la oración o en las lecturas piadosas. Ya meditaba
+pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar
+abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesía.
+
+«Creía que había muerto aquella Ana que iba y venía de la desesperación
+a la esperanza, de la rebeldía a la resignación, y no había tal; estaba
+allí, dentro de ella; sojuzgada, sí, perseguida, arrinconada, pero no
+muerta. Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que
+Herodías le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento,
+gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el
+cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía
+todos los buenos propósitos de Ana la devota, la _hermana_ humilde y
+cariñosa del Magistral.
+
+»¡El Niño Jesús! ¡Qué dulce emoción despertaba aquella imagen! ¿Pero por
+qué había servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad
+del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una
+vaguedad tierna, anhelante».
+
+Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba frío....
+¡Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas aquellas
+luchas de su espíritu ocioso, que buscaba fuera del centro natural de la
+vida, fuera del hogar, pábulo para el afán de amor, objeto para la sed
+de sacrificios!...
+
+Sin saber lo que hacía, Ana salió de sus habitaciones, atravesó el
+estrado, a obscuras, como solía, dejó atrás un pasillo, el comedor, la
+galería... y sin ruido, llegó a la puerta de la alcoba de Quintanar. No
+estaba bien cerrada aquella puerta y por un intersticio vio Ana
+claridad. No dormía su marido. Se oía un rum rum de palabras.
+
+«¿Con quién habla ese hombre?». Acercó la Regenta el rostro a la raya de
+luz y vio a don Víctor sentado en su lecho; de medio cuerpo abajo le
+cubría la ropa de la cama, y la parte del torso que quedaba fuera
+abrigábala una chaqueta de franela roja; no usaba gorro de dormir don
+Víctor por una superstición respetable; él incapaz de sospechar de su
+Ana la falta más leve, huía de los gorros de noche por una preocupación
+literaria. Decía que el gorro de dormir era una punta que atraía los
+atributos de la infidelidad conyugal. Pero aquella noche había tenido
+frío, y a falta de gorro de algodón o de hilo, se había cubierto con el
+que usaba de día, aquel gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y
+oyó que en aquel traje grotesco Quintanar leía en voz alta, a la luz de
+un candelabro elástico clavado en la pared.
+
+Pero hacía más que leer, declamaba; y, con cierto miedo de que su marido
+se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Víctor,
+entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprimía temblorosa el puño de
+una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Víctor
+leía con énfasis y esgrimía el acero brillante, como si estuviera
+armando caballero al espíritu familiar de las comedias de capa y espada.
+
+Admitida la situación en que se creía Quintanar, era muy noble y
+verosímil acción la de azotar el aire con el limpio acero. Se trataba de
+defender en hermosos versos del siglo diez y siete a una señora que un
+su hermano quería descubrir y matar, y don Víctor juraba en quintillas
+que antes le harían a él tajadas que consentir, siendo como era
+caballero, atrocidad semejante.
+
+Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sintió el alma en los
+pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que
+repartía mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido,
+la única persona de este mundo que tenía derecho a las caricias de ella,
+a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella suponía en la
+maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de
+Belén y otros recuerdos análogos.
+
+Iba la Regenta al cuarto de su marido con ánimo de conversar, si estaba
+despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, sobre el
+lecho. Quería la infeliz desechar las ideas que la volvían loca,
+aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la carne
+rebelde y desabrida; quería palabras dulces, intimidad cordial, el calor
+de la familia... algo más, aunque la avergonzaba vagamente el quererlo,
+quería... no sabía qué... a que tenía derecho... y encontraba a su
+marido declamando de medio cuerpo arriba, como muñeco de resortes que
+salta en una caja de sorpresa.... La ola de la indignación subió al
+rostro de la Regenta y lo cubrió de llamas rojas. Dio un paso atrás
+Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda
+meneó algo en el suelo, porque don Víctor gritó asustado:
+
+--¡Quién anda ahí!
+
+No respondió Ana.--¿Quién anda ahí?--repitió exaltado don Víctor, que
+se había asustado un poco a sí mismo con aquellos versos fanfarrones.
+
+Y algo más tranquilo, dijo a poco:
+
+--¡Petra! ¡Petra! ¿Eres tú, Petra?
+
+Una sospecha cruzó por la imaginación de Ana; unos celos grotescos, tal
+los reputó, se le aparecieron casi como una forma de la tentación que la
+perseguía.
+
+«¿Si aquel hombre sería amante de su criada?».
+
+--«¡Anselmo! ¡Anselmo!»--añadió don Víctor en el mismo tono suave y
+familiar.
+
+Y Ana se retiró de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus
+sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba ridículo, de su
+marido, de sí misma...
+
+«¡Oh, qué ridículo viaje por salas y pasillos, a obscuras, a las dos de
+la madrugada, en busca de un imposible, de una grotesca farsa... de un
+absurdo cómico... pero tan amargo para ella!...». Y Ana, sin querer,
+como siempre, mientras iba a tientas por el salón, pero sin tropezar,
+pensaba: Y si ahora, por milagro, por milagro de amor, Álvaro se
+presentase aquí, en esta obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la
+cintura... y me dijera: tú eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo
+carne flaca, qué haría sino sucumbir... perder el sentido en sus
+brazos.... «¡Sí, sucumbir!», gritó todo dentro de ella; y desvanecida,
+buscó a tientas el sofá de damasco y sobre él, tendida, medio desnuda,
+lloró, lloró sin saber cuánto tiempo.
+
+Una campanada del reloj del comedor la despertó de aquella somnolencia
+de fiebre; tembló de frío y a tientas otra vez, el cabello por la
+espalda, la bata desceñida, y abierta por el pecho, llegó Ana a su
+tocador; la luz de esperma que se reflejaba en el espejo estaba próxima
+a extinguirse, se acababa... y Ana se vio como un hermoso fantasma
+flotante en el fondo obscuro de alcoba que tenía enfrente, en el cristal
+límpido. Sonrió a su imagen con una amargura que le pareció diabólica...
+tuvo miedo de sí misma... se refugió en la alcoba, y sobre la piel de
+tigre dejó caer toda la ropa de que se despojaba para dormir. En un
+rincón del cuarto había dejado Petra olvidados los zorros con que
+limpiaba algunos muebles que necesitaban tales disciplinas; y pensando
+ella misma en que estaba borracha... no sabía de qué, Ana, desnuda,
+viendo a trechos su propia carne de raso entre la holanda, saltó al
+rincón, empuñó los zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azotó
+su hermosura inútil una, dos, diez veces.... Y como aquello también era
+ridículo, arrojó lejos de sí las prosaicas disciplinas, entró de un
+brinco de bacante en su lecho; y más exaltada en su cólera por la
+frialdad voluptuosa de las sábanas, algo húmedas, mordió con furor la
+almohada. A fuerza de no querer pensar, por huir de sí misma, media hora
+después se quedó dormida.
+
+Aquella misma mañana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de la
+casa del Magistral. ¿A qué había ido allí? Aquel no era camino de la
+catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don Fermín, de verle al
+balcón, de algo que ella no podía precisar, le había hecho tomar por la
+calle de los Canónigos. No topó con el suyo. Se dirigió a la catedral y
+se sentó sobre la tarima que había en medio del crucero, desde el coro a
+la capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fría
+como un carámbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos, rezando
+oraciones que no terminaban y soñando despierta hasta que concluyó el
+coro. Vio entrar en él a su amigo, a su De Pas, a quien sonrió cariñosa,
+con la dulzura que a él le entraba por las entrañas como si fuera fuego;
+el Magistral no sonrió, pero su mirada fue intensa; duró muy poco, pero
+dijo muchas cosas, acusó, se quejó, inquirió, perdonó, agradeció... Y
+pasó don Fermín. Entró en el coro y se fue a su rincón. Terminadas las
+horas canónicas, el Magistral salió, se inclinó ante el Altar, se
+dirigió a la sacristía, y a poco volvió a verle la Regenta, sin roquete,
+muceta ni capa, con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se
+miraron.
+
+Ahora sonrieron los dos. Ana se levantó cinco minutos después. Sin
+necesidad de decírselo, ni por señas, acudieron ambos a una cita.... Se
+encontraron a poco en el salón de doña Petronila Rianzares donde habían
+muchas señoras y tres clérigos. Allí se había reunido la flor y nata de
+lo que llamaba _El Alerta_ «_el elemento levítico_» de la población.
+Aquellas señoras de respetable aspecto las más, guapas y jóvenes
+algunas, celebraban con alegría evangélica el natalicio de Nuestro Señor
+Jesucristo como si el Hijo de María hubiese venido al mundo
+exclusivamente para ellas y otras cuantas personas distinguidas. La
+Natividad del Señor se les antojaba algo como una fiesta de familia.
+Doña Petronila, con una manteleta de raso negro, antiquísima, mal
+cortada, recibía a su _mundo devoto_ como si estuviese ella de
+cumpleaños. Todo se volvía allí sonrisas, apretones de manos, elogios
+mutuos, carcajadas sonoras, que reflejaban el interior contento de
+aquellas almas en gracia de Dios. El Magistral fue recibido en triunfo.
+¡Qué fino! ¡qué atento! Una hora después tenía que subir al púlpito, en
+la catedral, a predicar un sermón de los de tabla, ¡y sin embargo acudía
+antes a dar las Pascuas a su amiga doña Petronila! «¡Qué hombre! ¡qué
+ángel! ¡qué pico de oro! ¡qué lumbrera!».
+
+El descrédito de don Fermín no había llegado al círculo de doña
+Petronila; allí nadie dudaba de la virtud del Provisor, nadie la
+discutía. Si alguno de los presentes, fuera de aquel salón venerable, se
+atrevía a calumniar a aquel santo, no se sabía, no se quería saber, pero
+en casa del gran Constantino nadie osaría poner en tela de juicio la
+santidad del Crisóstomo vetustense.
+
+Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermín. Fue en el
+gabinete de doña Petronila. Ella los encontró...; pero sonriéndoles y
+saludando con la mano les dijo, desde la puerta:
+
+--Nada, nada... venía por unos papeles.... Ya volveré...
+
+Ana iba a llamarla: «no había secretos, ¿por qué se retiraba aquella
+señora?...» esto quería decirle, pero un gesto del Magistral la contuvo.
+
+--Déjela usted--dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta
+siempre le sonaba bien. Eso quería ella, que el Magistral mandase,
+dispusiera de ella y de sus actos.
+
+Ana volvió hacia De Pas, que estaba cerca del balcón y le sonrió como
+poco antes en la catedral. Aquella sonrisa pedía perdón y bendecía.
+
+Don Fermín estaba pálido, le temblaba la voz. Estaba más delgado que por
+el verano. En esto pensaba Anita.
+
+--¡Estoy tan cansado!--dijo él y suspiró con mucha tristeza.
+
+Ana se sentó a su lado, al verle dejarse caer en una butaca.
+
+--¡Estoy tan solo!--¿Cómo solo...? No entiendo.
+
+--Mi madre me adora, ya lo sé... pero no es como yo; ella procura mi
+bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe todo
+esto, Ana.
+
+--Pero... ¿por qué está usted solo? y... ¿los demás?
+
+--Los demás... no son mi madre. No son nada mío. ¿Qué tiene usted, Ana?
+¿se pone usted mala? ¿qué es esto? llamaré...
+
+--No, no, de ningún modo.... Un escalofrío... un temblor... ya pasó...
+esto no es nada.
+
+--¿Tendrá usted un ataque?
+
+--No... el ataque se presenta con otros síntomas... deje usted... deje
+usted. Esto es frío... humedad... nada.... Callaron. De Pas vio que Ana
+contenía el llanto que quería saltar a la cara.
+
+--¿Qué sucede aquí? yo necesito saberlo todo, tengo derecho... creo que
+tengo derecho....
+
+Ana cayó de rodillas a los pies de su _hermano mayor_, y sollozando pudo
+decir:
+
+--Sí, todo, todo lo sabrá usted... pero aquí no, en la Iglesia....
+Mañana... temprano....
+
+--¡No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese
+ella, que tenía escondida la cabeza entre las manos, levantó los brazos
+y llevó los puños crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete.
+Volvió a paso largo al lado de la Regenta que seguía de rodillas,
+sollozando y ahogando el llanto para que no sonase.
+
+--Ahora, Ana, ahora es mejor... aquí... aún hay tiempo....
+
+--Aquí no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde....
+
+--Pero ¿qué es esto... qué pasa? por caridad... señora... por compasión,
+Ana... no ve usted que tiemblo como una vara verde.... Yo no soy un
+juguete.... ¿Qué pasa... qué debo temer...? Ayer ese hombre estaba
+borracho... él y otros pasaron delante de mi casa... a las tres de la
+madrugada.... Orgaz le llamaba a gritos: «¡Álvaro! ¡Álvaro! aquí vive...
+tu rival... eso decía, tu rival...» ¡la calumnia ha llegado hasta
+ahí!...
+
+Ana miró espantada al Provisor.... Parecía que no comprendía sus
+palabras....
+
+--Sí, señora, les pesa de nuestra amistad, y quieren separarnos, y así
+podrán conseguirlo... echan lodo en medio... y se acabó...
+
+Era la primera vez que el Magistral hablaba así. Jamás se habían
+acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; él
+pensaba en ella, pero no convenía a sus planes decir a la Regenta: yo
+soy hombre, tú eres mujer, el mundo juzga con la malicia.... Pero ahora,
+sin poder contenerse, había dicho: _tu rival_, con fuerza... aunque
+aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta.
+
+«Sí, sí, él también era hombre, podía ser rival, ¿por qué no?». No se
+conocía; se paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula;
+comprendía que en aquel momento diría todo lo que le sugiriese la pasión
+exaltada, el amor propio herido.... Después le pesaría de haber
+hablado... pero no importaba, ahora quería desahogar. «¡Ay! no era el
+Fermín de antaño».
+
+Ana se levantó, esperó a que el Magistral llegase en sus paseos al
+extremo del gabinete y dijo:
+
+--No me ha comprendido usted.... Yo soy la que está sola... usted es el
+ingrato.... Su madre le querrá más que yo... pero no le debe tanto como
+yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si hacía falta.... El mundo
+entero le calumnia, le persigue... y yo aborrezco al mundo entero y me
+arrojo a los pies de usted a contarle mis secretos más hondos.... No
+sabía qué sacrificio podría hacer por usted.... Ahora ya lo sé... Usted
+me lo ha descubierto.... Hablan de mi honra... ¡miserables! yo no
+sospechaba que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo
+no quiero separarme del mártir que persiguen con calumnias como a
+pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a
+mí... yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... ¡Ya sé para qué
+sirvo yo! ¡Ya sé para qué nací yo! Para esto.... Para estar a los pies
+del mártir que matan a calumnias....
+
+--¡Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa señora....
+
+El Magistral, que ahora estaba rojo, y tenía los pómulos como brasas, se
+acercó a la Regenta, le oprimió las manos y dijo ronco, estrangulado por
+la pasión:
+
+--¡Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la catedral... junto
+al altar de la Concepción... en frente del púlpito....
+
+--Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tenía
+que decir... está dicho....
+
+--¡Pero ese hombre!...--De ese hombre... nada. La voz de doña Petronila
+se había oído cuando el Magistral avisó que llegaba. Hablaba desde lejos
+la señora de Rianzares, que decía:
+
+--Allá va, allá va el señor Magistral, está en mi gabinete solo,
+repasando su sermón sin duda....
+
+Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la
+confusión que él hubiera leído en el rostro de ella, a no haber tenido
+que atender a doña Petronila que gritaba:
+
+--Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado la
+misa....
+
+El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba, por donde había
+entrado el ama de la casa.
+
+Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas
+manos la besó con estrépito en la frente; y después dijo:
+
+--¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó!
+
+--¡A la catedral, a la catedral!--gritaron los del salón.
+
+Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas
+subía con majestuoso paso al púlpito, donde Ripamilán cantara al
+comenzar el día el Evangelio de San Lucas.
+
+Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción.
+
+--Desde aquí se ve perfectamente--dijo doña Petronila.
+
+E inclinándose hacia Ana, añadió en voz baja y melosa:
+
+--¡Mírele usted, está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los
+gentiles! ¡Qué roquete! Parece de espuma.... En el nombre del Padre...,
+del Hijo... y del Espíritu.... Santo...
+
+
+
+
+--XXIV--
+
+
+--Pero, ¿y si él se empeña en que vaya?
+
+--Es muy débil... si insistimos, cederá.
+
+--¿Y si no cede, si se obstina?
+
+--Pero, ¿por qué?--Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la
+cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy.... Y nos alude... habla
+del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que
+se la gobiernan desde fuera.... Y después, que la Marquesa está ya algo
+fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo!
+
+--Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese
+baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda
+con él? ¿Tan amigotes siempre?
+
+--Ya se sabe que a casa no le lleva....
+
+--¿Y es de etiqueta el baile?--Creo... que sí...--¿Hay que ir
+escotada?--Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van
+como quieren; algunas completamente _subidas_.
+
+--Nosotros iremos... _subidos_ ¿eh?
+
+--Sí, es claro.... ¿Cuándo toca la catedral? ¿pasado? pues pasado iré a
+la capilla con el vestido que he de llevar al baile.
+
+--¿Cómo puede ser eso?...
+
+--Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la
+falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a
+confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos
+satisfechos.
+
+--Así lo espero. Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de
+que _fuéramos_ al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los
+ojos a la celosía del confesonario, era bastante subido, no dejaba ver
+más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes,
+que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el
+conjunto.
+
+Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don
+Víctor se empeñó «en que se fuera, y se fue».
+
+Aquel acto de energía, verdaderamente extraordinario, le hacía pensar al
+ex-regente, mientras subían la escalera del caserón negruzco del Casino,
+que él, don Víctor, hubiera sido un regular dictador. «Le faltaba un
+teatro, pero no carácter. Que lo dijera su mujer, que mal de su grado
+subía colgada de su brazo, hermosísima, casi contenta, pese a todos los
+confesores del mundo. Ya no estábamos en el Paraguay: ¡A él jesuitas!».
+
+Era lunes de Carnaval. El día anterior, el domingo se había discutido
+con mucho calor en el Casino si la sociedad abriría o no abriría sus
+salones aquel año. Era costumbre inveterada que aquel _círculo
+aristocrático_ (como le llamaba el _Alerta_, a cuyos redactores no se
+convidaba nunca, porque se empeñaban en asistir de _jaquet_) diese
+baile, pero jamás de trajes, el lunes de Carnaval.
+
+--¿Por qué no ha de ser este año como los demás?--preguntaba Ronzal, que
+acababa de hacerse un frac en Madrid.
+
+--Porque este año el Carnaval está muy desanimado por culpa de los
+Misioneros, por eso--respondía Foja, a quien había metido en la Junta
+directiva don Álvaro.
+
+--La verdad es--dijo el presidente, Mesía--que nos exponemos a un
+desaire. La mayor parte de las señoritas _comm'il faut_ están entregadas
+en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que muchas traen cilicios debajo
+de la camisa.
+
+--¡Qué horror!--exclamó don Víctor, que estaba presente, aunque no era
+de la Junta. (Pero por no separarse de Mesía.)
+
+--Sí, señor, cilicios--corroboró Foja--. Amigo, el Magistral no puede
+tanto. No ha conseguido que sus hijas de confesión usen cilicios y otras
+invenciones diabólicas.
+
+--Porque tampoco se lo ha propuesto--contestó Ronzal.
+
+Don Álvaro observó que Quintanar se ponía colorado. Le había sabido mal
+la alusión de Foja. «Sí, aludía a su mujer al hablar del Magistral; con
+él iba la pulla».
+
+--Lo cierto es--continuó el ex-alcalde--que nos exponemos a un desaire,
+como dice muy bien el presidente. La flor y nata de la _conservaduría_,
+que son las que animan esto, no vendrá; las conozco bien: ahora se
+divierten en jugar a las santas. Ahora son místicas... zurriagazo y
+tente tieso, ¡ja, ja, ja!
+
+--A mí se me ocurre una cosa--dijo Mesía--. Exploremos el terreno.
+Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias
+distinguidas se enteren de si las niñas vienen o no. Si ellas asisten,
+las demás, las de reata, vendrán de fijo, _malgré_ todos los jesuitas y
+padres descalzos del mundo.
+
+--¡Magnífico! ¡Magnífico!
+
+--Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreció traer a quien
+pudiera.
+
+Don Víctor, a quien otra pulla de Foja había picado mucho, no pudo menos
+de decir:
+
+--Yo, señores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila pero hace
+bulto.
+
+--¡Oh, gran adquisición!--dijo un socio--; si doña Ana viene, será un
+gran ejemplo, porque ella, hace tanto tiempo retirada... ¡oh! será un
+gran ejemplo.
+
+--Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenará esto con
+lo mejorcito.
+
+--Señor Quintanar--dijo el ex-alcalde--se le declara a usted benemérito
+del Casino... si consigue traer a su señora la Regenta.
+
+--Pues sí señor ¡que vendrá!... En mi casa, señor Foja, una ligera
+insinuación mía es un decreto sancionado....
+
+Y don Víctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le había
+ocurrido asistir a la Junta.
+
+«¿Por qué habría ofrecido él lo que no había de cumplir?».
+
+«Sin embargo, la palabra era palabra».
+
+Tiempo hacía que Quintanar no leía a Kempis, ni pensaba ya en el
+infierno con horror. De su piedad pasajera sólo le quedaba la convicción
+de que son necesarias las buenas obras además de la fe para salvarse, y
+la costumbre de persignarse al levantarse, al salir de casa, al dormir,
+etc., etc. Había vuelto a Calderón y Lope con más entusiasmo que nunca.
+Se encerraba en su despacho o en su alcoba y recitaba grandes
+_relaciones_ como él decía, de las más famosas comedias, casi siempre
+con la espada en la mano. Así le había sorprendido su mujer, sin que él
+lo supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que había cenado
+fuerte el buen señor y se le había ocurrido celebrar a su modo el
+Nacimiento de Jesús.
+
+Pero si la propia religiosidad había volado, o se había escondido en
+pliegues recónditos del alma, donde él no la encontraba, don Víctor
+respetaba la piedad ajena.
+
+«No obstante, se decía a sí mismo, animándose al ataque, mi mujer ya no
+va para santa; respeto como antes su piedad, pero ya no me da miedo; ya
+es una devota como otras muchas, va y viene, y no se detiene; la novena,
+la misa, la cofradía, la visita al Santísimo... pero ya no tenemos
+aquellas encerronas con que a mí me asustaba, como si tuviéramos un
+para-rayos en casa. Ea, pues, me atrevo, se lo digo...».
+
+Y se lo dijo. Se lo dijo cuando acababan de comer. Con gran sorpresa del
+enérgico marido «que no quería que su casa fuese un nuevo Paraguay»
+(alusión que no entendió Ana), la esposa no resistió tanto como él
+esperaba; se rindió pronto. Pero él lo achacó a la propia energía.
+«Comprende que yo no he de ceder y no se obstina».
+
+Cuando Ana consultó con el Magistral en casa de doña Petronila, ya tenía
+dado su consentimiento. Pero pensaba retirarlo si el canónigo decía _non
+possumus_.
+
+Todo se arregló, menos la conciencia de Ana que siguió intranquila.
+«¿Por qué había dicho que sí después de una débil resistencia? ¿A qué
+iba ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero ¿por qué
+estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora sí?».
+
+No lo sabía; no quería saberlo. No quería atormentarse más.
+
+«El baile y ella ¿qué tenían que ver? ¿qué le importaba a ella, a la
+_hermana_ de don Fermín el santo, el mártir, que bailasen o no las
+muchachas insulsas de Vetusta en el salón estrecho y largo del Casino?
+Nada, nada».
+
+Así pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las propias
+manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel
+ángulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba ver.
+
+Ronzal, de la comisión que recibía a las señoras, se apresuró, en cuanto
+asomaron los de Quintanar en el vestíbulo, a ofrecer a la Regenta su
+brazo. ¿Cuál? «el derecho, sin duda el derecho pensó». Grande fue su
+pena al notar que Paco Vegallana ofrecía a Olvido Páez que entraba al
+mismo tiempo, no el brazo derecho, sino el izquierdo. De todos modos
+entró en el salón triunfante con su pareja... de un minuto. Tuvo tiempo
+suficiente, sin embargo, para participar del triunfo de Ana. Las
+conversaciones se suspendieron, las miradas se clavaron en la hija de la
+italiana. Hubo un rumor de asombro:
+
+--¡La Regenta!--¡La Regenta!--¡Quién lo diría!
+
+--¡Pobre Magistral!--¡Y qué hermosa!--¡Pero qué sencilla!...
+
+Esta exclamación fue de Obdulia.
+
+--¡Qué sencilla, pero qué hermosa!...
+
+--La virgen de la Silla...--La Venus del Nilo, como dice Trabuco.
+
+Esto lo dijo Joaquín Orgaz. El círculo de la nobleza se abrió para
+acoger en su seno a la _Hija pródiga de la Sociedad_, como acertó a
+decir el barón de la Barcaza, que _in illo tempore_ había estado muy
+enamorado de Anita, a pesar de la señora baronesa e hijas.
+
+La marquesa de Vegallana, todavía de azul eléctrico, se levantó de su
+silla de raso carmesí con respaldo de nogal, y abrazó sin que pareciera
+mal, a su querida Anita.
+
+--Hija, gracias a Dios, creía que era el desaire ciento uno.
+
+La Marquesa también había puesto empeño en que Ana asistiera al baile y
+a la cena, «que tendría la _élite_ en _petit comité_». Todos estos
+galicismos los había importado Mesía.
+
+--¡Pero qué divina, Ana, pero qué divina!--le decía a la Regenta cara a
+cara, y con voz gangosa, la hija mayor del Barón, Rudesinda, que según
+don Saturnino Bermúdez, era una _belleza ojival_. En efecto, parecía una
+torrecilla gótica, aunque, por ciertas curvas del busto, sobre todo del
+cuello, a la Marquesa se le antojaba «un caballo de ajedrez».
+
+Por lo demás, a ella y a sus dos hermanas, las llamaban los plebeyos
+«Las tres desgracias», y a su señor padre, barón de la Barcaza, el barón
+de la _Deuda flotante_, aludiendo al título y a los muchos acreedores
+del magnate.
+
+Solía esta familia, digna de mejores rentas, pasar gran parte del año en
+Madrid, y las _niñas_ (de veintiséis años la menor) cuando estaban en
+público ante los vetustenses fingían disimular su desprecio de todo lo
+que les rodeaba. Refugiábanse en el círculo aristocrático, donde
+también entraban, por especial privilegio, Visitación y Obdulia,
+pariente de nobles. Las señoritas de la clase media (y cuenta que en
+Vetusta el gobernador civil y familia entraban en la aristocracia) se
+vengaban de aquel desdén mal disimulado contándoles los huesos de la
+pechuga a las del barón y a otras jóvenes aristócratas. Daba la
+casualidad de que casi todas las niñas nobles de Vetusta eran flacas.
+
+Ana se sentó al lado de la marquesa de Vegallana, única persona que le
+era simpática entre todas las del corro. Entonces anunciaba la orquesta
+un rigodón.
+
+Y no fue vana su amenaza; a los dos minutos aquellos violines y violas,
+clarinetes y flautas, a quienes acompañaba en su laboriosa gestación
+armónica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus acordes,
+como se prometía decir en _El Lábaro_ del día siguiente Trifón Cármenes,
+el cual había osado preguntar a la hija segunda del barón «si le
+favorecía». Mal gesto puso Fabiolita, que así se llamaba, pero una seña
+de su padre la obligó _a favorecer_ a Trifón, aunque se propuso no
+contestarle, si él se atrevía a hablar, más que con monosílabos. El
+barón de la Deuda Flotante creía en el poder de la prensa periódica,
+pero su hija no. Enfrente de esta pareja se colocó resplandeciente
+Ronzal, el gallardo Trabuco, diputado de la comisión y miembro de la
+Junta directiva del Casino. La pechera que lucía Ronzal no podía ser más
+brillante. Estaba él orgulloso de aquella pechera, de aquel frac
+madrileño, de aquellas botas sin tacones que eran la última moda, lo más
+_chic_, como ya empezaba a decirse en Vetusta. Pero no estaba tan
+satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el _arte de Terpsícore_
+(otra frase que Trifón se proponía emplear.) Tenía a su lado Trabuco,
+como pareja a Olvido Páez, que no le miraba siquiera. Pero él no
+pensaba en esto, pensaba en que, según veía, tarde ya, le tocaba romper
+la marcha; su _bis a bis_ era Trifón, y Trifón había empezado a ponerse
+en movimiento. Trabuco sudaba antes de haber motivo para ello. A cada
+momento se metía los dedos de la mano derecha entre el cuello de la
+camisa y lo que él llamaba _mi pescuezo_ cuando «apostaba la cabeza» por
+cualquier cosa. Aquel movimiento le parecía muy elegante y sobre todo
+era muy socorrido. Mientras la de Páez daba a entender con su aire
+melancólico y aburrido que su reino no era de este mundo, y que Ronzal
+había hecho demasiado atreviéndose a invitarla a bailar, el diputado
+ponía los cinco sentidos en no equivocarse, en no pisar el vestido ni
+los pies a ninguna señorita y en imitar servilmente las idas y venidas y
+las genuflexiones de Trifón. Mal poeta era Cármenes, pero el rigodón lo
+conocía muy a fondo. Bien se lo envidiaba Ronzal. La de Páez y la del
+barón al pasar cerca una de otra se sonreían discretamente, como
+diciendo:--¡Vaya todo por Dios! o bien ¡qué par de cursis nos han
+tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran; pensaba en la pechera,
+en el cuello de la camisa, y en las colas de los vestidos. A su derecha
+tenía Trabuco a Joaquín Orgaz que hablaba sin cesar con su pareja, una
+americana muy rica y muy perezosa. Como el salón era estrecho y las
+costumbres vetustenses un poco descuidadas, las parejas, mientras no les
+tocaba moverse, se sentaban en la silla que tenían detrás de sí muy
+cerca. Ronzal, que no podía sentarse, porque no tenía dónde, pensaba que
+aquello era una corruptela, y era verdad. La de Páez y la del barón
+apenas se tenían en pie; se dejaban caer sobre su silla respectiva, como
+si cada figura del rigodón fuera un viaje alrededor del mundo.
+
+Después del rigodón vino un wals. Ronzal se retiró a fumar un cigarro de
+papel. Él no bailaba wals, no había podido aprender nunca. Todas las
+puertas del salón estaban atestadas de socios... que no tenían frac. Un
+frac en Vetusta suponía _cierta posición_. Muchos _pollos_ se figuraban
+que semejante prenda exigía la fortuna de un Montecristo.
+
+Y como el baile era de etiqueta, la más florida juventud se quedaba a la
+puerta. Unos fingían desdeñar el ridículo placer de dar vueltas por allí
+como una peonza... _para nada_. Otros hacían alardes de desidia, de
+escepticismo, de cualquier cosa que fuera incompatible con el frac,
+según ellos. Y algunos, más ingenuos, confesaban la penuria de su
+presupuesto, maldecían de las exigencias sociales... y se reservaban
+para «última hora». Porque a última hora bailaban, pese a Ronzal, los de
+levita, los de _jaquet_ y hasta los de cazadora. «¡No faltaba más!».
+
+Saturnino Bermúdez, que tenía frac, y clac y todo lo necesario, llegó un
+poco tarde al salón. Se detuvo en una puerta... y... tembló. No podía
+remediarlo.... La emoción de entrar en los salones en día solemne era
+para él semejante a la de echarse al agua. Y en efecto, cualquier
+observador hubiera dicho que aquel hombre creía estar en aquel umbral a
+la orilla del Océano. Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a las
+bromas de los envidiosos sin frac que le decían:
+
+--¡Vamos, hombre, láncese usted... valor!
+
+--Ya... ya... voy... no si... ya voy....
+
+Y sujetó bien los guantes, y se arregló el lazo de la corbata, y se
+aseguró de que el pañuelo estaba en su sitio, y... también pasó dos
+dedos por la tirilla de la camisola. Por último... a la una, a las
+dos... (a las dos se compuso el peinado con los dedos, sin recordar que
+traía la cabeza como un recluta) y después de este ademán automático,
+muy frecuente en los que van a arrojarse al baño de cabeza... después de
+esto ¡al agua! Saturno entra en el salón, saludando a diestro y
+siniestro, y aunque parece que su propósito es enterarse de quién está
+allí, en el _fuero interno_ bien sabe él que lo que busca es un rincón
+de un diván o una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada
+navegación por los mares del _gran mundo_. Pero poco a poco se
+acostumbra al agua, es decir, al salón, y ya está allí muy tranquilo, y
+baila y dice galanterías en unos párrafos tan largos y complicados, que
+nadie se los agradece.
+
+Ana al principio tenía sueño. Eran las doce. No pensaba más que en lo
+que pasaba ante sus ojos. No quería reflexionar. Al entrar en el Casino
+se había dicho: «¿Se acercará don Álvaro a saludarme?». Y había sentido
+miedo y estuvo tentada a fingirse enferma para volver a casa. Pero
+aquella idea pasó. Álvaro no acababa de parecer por allí. La Marquesa
+hablaba como una cotorra. Anita contestaba con sonrisas.... De pronto
+apareció Visitación la del Banco, que vestía un traje de organdí con
+flores de trapo por arriba y por abajo. El escote era exagerado.
+
+--Chica, vienes escandalosa--le dijo la Marquesa, mientras le mordía la
+cara al besarla, para apagar así la risa.
+
+Visita miró como pudo hacia donde había mirado doña Rufina, y contestó
+sin turbarse:
+
+--¡Bah, no me parece! Pero no sería extraño, porque ni tiempo he tenido
+para mirarme al espejo.... ¡Aquellos demonios de hijos! ¡Su padre que no
+tiene energía, que no sabe engañarlos!... no me los podía quitar de
+encima.
+
+¿Pero Ana, qué es esto? ¿tú aquí? pero feísima mía, ¿qué es esto? ¿qué
+bula tenemos?...
+
+Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a
+la Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra.
+
+La que estaba de pie inclinaba el cuerpo hacia atrás.
+
+Media hora después, Visita, un poco escondida detrás del cortinaje de un
+balcón, refería una historia a la Regenta, que la oía atenta, vuelta
+hacia el rincón de su amiga.
+
+El baile se animaba, la maledicencia y los recelos ridículos de la
+etiqueta fría e irracional de nobles y plebeyos codeándose, dejaban el
+puesto a otros vicios y pasiones. Ronzal ya no parecía a la de Páez un
+_hombre tosco_, sino un hombre; las del barón se humanizaban, las niñas
+de _la clase media_ olvidaban los huesos que enseñaba la nobleza, y
+pensaban en la alegría ambiente, se entregaban al baile con furor
+invencible, como ansiando beber en aquella atmósfera perfumada,
+demasiado perfumada tal vez, el licor desconocido que pudiera saciar sus
+vagos anhelos. Las cursis, si eran bonitas ya no parecían cursis; ya no
+se pensaba en la _reina del baile_, en el _mejor traje_, en las joyas
+más ricas; la juventud buscaba a la juventud, algo de amor volaba por
+allí; ya había miradas de fuego, sonrisas perezosas que presentían
+imposibles, celos dramáticos que daban al conjunto un tono de grandeza.
+Las niñas más recatadas, y hasta las más parecidas a muñecas de resorte,
+hacían pensar en la mujer que traían debajo de aquellos vestidos
+vulgares y de aquella educación falsa y desabrida.
+
+Ana, a las dos de la mañana se levantó de su silla por vez primera y
+consintió en dar una vuelta por el salón, en un intermedio del baile.
+Visita iba a su lado callada, pensativa, satisfecha de lo que acababa de
+hacer. Había referido a la Regenta la historia de don Álvaro desde
+principios del verano pasado hasta la fecha. La del Banco echaba fuego
+por ojos y mejillas. Saboreaba el triunfo de su elocuencia. Ana
+disimulaba mal la impresión viva y profunda que le causaron las palabras
+de su amiga. «Don Álvaro había vencido la virtud de la _ministra_, había
+sido su amante todo el verano en Palomares... y después se había burlado
+de ella, no había querido seguirla a Madrid». Esta era en resumen la
+historia. Y el final así, lo recordaba Ana palabra por palabra:
+
+«Cuando Álvaro me lo contó todo, había dicho Visita, le pregunté, porque
+ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunté:
+
+«Pero, chico, ¿cómo diablos dejaste a esa mujer siendo tan hermosa,
+influyente... y tan lista como dices? ¿Por qué no seguirla a Madrid?
+
+Y Álvaro me contestó muy triste, ya sabes qué cara pone cuando habla
+así, me contestó:
+
+«Pche... para amoríos basta el verano. El invierno es para el amor
+verdadero. Además, la ministra, como tú la llamas, a pesar de todos sus
+encantos no consiguió lo que yo quería... hacerme olvidar... lo que no
+te importa. Y después de suspirar como tú sabes que él suspira, añadió
+Álvaro: ¿Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor,
+le dio un temblorcico así como un escalofrío.... Ya ves, dijo luego,
+queriendo sonreír, me ofrecían un distrito, un distrito de cunero, _sine
+cura_ admirable (sine cura, dijo)... apetitoso bocado... pero, ¡quiá!...
+yo estoy atado a una cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apretó
+la mano, chica, y se fue yo creo que para que no le viera llorar».
+
+Esto era lo más sustancial de las confidencias de Visita. Ana saludaba a
+diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba más que
+en aquella confesión de don Álvaro. «De que era verosímil respondía el
+efecto que su presencia, la de Ana, había producido aquella noche en el
+Casino.... Ahora, ahora mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus oídos
+el rumor dulce, más dulce que todos los rumores, de la alabanza
+contenida, de la admiración estupefacta... de la galantería sincera y
+discreta.... ¿Por qué don Álvaro no había de estar tan enamorado como la
+historia de Visita daba a entender?».
+
+--Oye, tú--dijo la del Banco, volviéndose de repente a la
+Regenta--¿quién será esa cadena?
+
+--¿Qué cadena?--preguntó con voz temblorosa Anita.
+
+--Bah, la que sujeta a Mesía, la mujer que le tiene enamorado de veras.
+¡Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero ¿quién será?
+
+--Qué... sé yo...--¿Te atreverías tú a preguntárselo?
+
+--Dios me libre.--Debe de ser casada...--¡Jesús!--Mira, esta noche le
+voy a sentar junto a ti, a ver, si después de la cena se atreve a
+decírtelo.... Pregúntaselo tú misma....
+
+--¡Visitación! tú estás loca....
+
+--Ja, ja, ja... ahí le tienes... ahí le tienes.... Ya me contarás....
+
+La de Olías de Cuervo soltó el brazo de Ana y desapareció entre los
+grupos que dificultaban el tránsito por el salón estrecho.
+
+La Regenta vio enfrente de sí a don Álvaro, del brazo de Quintanar, su
+inseparable amigo.
+
+El frac, la corbata, la pechera, el chaleco, el pantalón, el clac de
+Mesía, no se parecían a las prendas análogas de los demás. Ana vio esto
+sin querer, sin pensar apenas en ello, pero fue lo primero que vio. Se
+le figuraban ya todos los caballeros que andaban por allí, don Víctor
+inclusive, criados vestidos de etiqueta; todos eran camareros, el único
+señor Mesía. De todas maneras estaba bien don Álvaro; de frac era como
+mejor estaba. En todas partes parecía hermoso, dominaba a todos con su
+arrogante figura; allí, en el baile, debajo de aquella araña de cristal,
+que casi tocaba con la cabeza, era más elegante, más bizarro, más airoso
+que en cualquier otro sitio. El baile animado, ardiendo de voluptuosidad
+fuerte y disimulada, era el cuadro propio para servir de fondo a la
+figura que ella, la pobre Ana, había visto tantas veces en sueños.
+
+Todo esto pasó por el cerebro de la Regenta mientras Mesía, sin ocultar
+la emoción que le ponía pálido, se inclinaba con gracia, y alargaba
+tímidamente una mano.
+
+Antes que ella quisiera, Ana sintió sus dedos entre los del enemigo
+tentador... debajo de la piel fina del guante la sensación fue más
+suave, más corrosiva. Ana la sintió llegar como una corriente fría y
+vibrante a sus entrañas, más abajo del pecho. Le zumbaron los oídos, el
+baile se transformó de repente para ella en una fiesta nueva,
+desconocida, de irresistible belleza, de diabólica seducción. Temió
+perder el sentido... y sin saber cómo, se vio colgada de un brazo de
+Mesía.... Y entre un torbellino de faldas de color y de ropa negra,
+oyendo a lo lejos la madera constipada de los violines y los chirridos
+del bronce, que a ella se le antojaba música voluptuosa, pudo comprender
+que la arrastraban fuera del salón. Gritaba la Marquesa, reía a
+carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Barón... y
+atrás quedaba el ruido del wals que comenzaba.
+
+«¿A dónde la llevaban?». A cenar.
+
+--A cenar, hija mía--le dijo al oído Quintanar--. ¡Y por Dios, Anita,
+que no se te ocurra negarte... sería un desaire!...
+
+La Marquesa de Vegallana y su tertulia, más la del barón de la Barcaza y
+Pepe Ronzal cenaron en el gabinete de lectura. Todo fue cosa de Trabuco.
+Convídesele, había dicho Mesía y la vanidad satisfecha le inspirará
+maravillas. En efecto Ronzal, abusando de su cargo en la Junta
+directiva, acaparó lo mejor del restaurant, tomó por asalto el gabinete
+de lectura, quitó periódicos de la mesa y puso manteles, cerró con llave
+la puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba
+cerca del armario de libros, y allí pudo cenar la flor y nata de la
+nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se
+encargó desde el primer momento de premiar el celo y la actividad de
+Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron por
+su energía para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de la mesa.
+Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movían. Obdulia le
+sentó a su lado. ¡Feliz Ronzal aquella noche!
+
+Ana se encontró sentada entre la Marquesa y don Álvaro. Enfrente don
+Víctor, un poco alegre, fingía enamorar a Visitación y recitaba versos
+de sus poetas adorados y repetía hasta parecer un martillo:
+
+ ¿Qué delito cometí
+ para odiarme, ingrata fiera?
+ quiera Dios... pero no quiera
+ que te quiero más que a mí.
+
+--Por Dios y por las once mil... cállese usted, Quintanar--decía la
+Marquesa.
+
+Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitación:
+
+ En fin, señora, me veo
+ sin mí, sin Dios y sin vos,
+ sin vos porque no os poseo...
+
+Y Visitación le tapaba la boca con las manos.
+
+--¡Escandaloso, escandaloso! gritaba.
+
+Las de la Deuda Flotante sonreían y se miraban como diciéndose:--¡Buena
+sociedad la de la Marquesa!
+
+El Marqués le decía en tanto al barón:
+
+--¡Como estamos en confianza!...
+
+--¡Oh, perfectamente, perfectamente!
+
+Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristócrata que
+estaba sola.
+
+Paco tenía otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y «le hacía el amor
+por todo lo alto», aunque a su madre no le gustaba, porque era feo
+engañar a una prima.
+
+Joaquín Orgaz había prometido cantar _por lo flamenco_ a los postres.
+
+La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena
+champaña; en fin, como decía el Marqués, primero mar y pimienta, después
+fantasía y alcohol.
+
+Todos, las baronesas inclusive, se reían de los plebeyos que allá fuera
+seguían bailando y tenían que contentarse con los helados que se
+servían sobre las mesas de billar.
+
+De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera.
+
+--¿Quién está ahí?--gritaba Ronzal con su alabada energía.
+
+--Mi abrigo... café con leche... tengo ahí dentro mi abrigo....
+
+--Ja, ja, ja...--contestaban los de dentro.
+
+--¡Está esto que arde!--le decía Joaquín Orgaz a una niña del barón, que
+sonreía y miraba al techo.
+
+«Sí ardía aquello, pero sin faltar a las reglas del buen tono
+vetustense», decía el Marqués al Barón, que estaba ya como un tomate y
+cada vez más cerca de la jamona.
+
+La Marquesa tenía sueño, pero así y todo le gustaba la broma.
+
+--Así debiera ser siempre--le decía a Saturnino que estaba decidido a
+emborracharse para no desentonar.
+
+--Este poblachón se va poniendo lo más soso. ¿Verdad, pollo?
+
+--So... sí... si... mo...--Saturno bebió una copa de champaña acto
+continuo. Lo de pollo le había halagado.
+
+A la Marquesa se le ocurrió el disparate, tal vez sugerido por las
+nieblas del sueño, de mirar muy fijamente a Bermúdez, y ponerle unos
+ojos que ella sabía que _in illo tempore_ mareaban a cualquiera.
+
+--¿Por qué no se casa usted?--preguntó doña Rufina seria y melancólica,
+al parecer.
+
+Bermúdez sostuvo la mirada de la ilustre dama y olvidó por un momento
+los cincuenta años de la Marquesa. Suspiró... y en seguida se le subió
+la champaña a las narices, tosió, se puso casi negro, medio asfixiado y
+la Marquesa tuvo que darle palmadas en la espalda.
+
+Cuando Saturnino volvió en sí, la de Vegallana tenía los ojos cerrados y
+sólo los abría de tarde en tarde para mirar a la Regenta y a Mesía.
+
+¡El idilio senil con que soñó un instante Bermúdez se había deshecho...
+y eso que él ya se había acordado de Ninon de Lenclós para justificar a
+los ojos del mundo unas relaciones con doña Rufina!
+
+En tanto don Álvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia que
+ella había oído ya a Visita, aunque en forma muy distinta.
+
+No había podido la Regenta resistir a la tentación de preguntarle si se
+había divertido mucho aquel verano....
+
+Mesía vio el cielo abierto en aquella pregunta.
+
+Supo _hacerse el interesante_, lo cual poco trabajo le costaba
+tratándose de Ana, que cada día iba descubriendo en él, aun sin verle,
+más encantos diabólicos.
+
+El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el
+café... el ambiente, todo contribuía a embotar la voluntad, a despertar
+la pereza y los instintos de voluptuosidad.... Ana se creía próxima a una
+asfixia moral.... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos
+aquellos vulgares placeres, en aquella seducción de una cena en un
+baile, que para los demás era ya goce gastado.... Sentía ella más que
+todos juntos los efectos de aquella atmósfera envenenada de lascivia
+romántica y señoril, y ella era la que tenía allí que luchar contra la
+tentación. Había en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza
+de la piel nueva para el tacto. Todo le llegaba a las entrañas, todo era
+nuevo para ella. En el _bouquet_ del vino, en el sabor del queso Gruyer,
+y en las chispas de la champaña, en el reflejo de unos ojos, hasta en el
+contraste del pelo negro de Ronzal y su frente pálida y morena... en
+todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un
+valor íntimo, una expresión amorosa....
+
+--¡Qué colorada está Anita!--le decía Paco a Visitación por lo bajo.
+
+--Claro, de un lado la pone así la proximidad de Álvaro.
+
+--¿Y del otro?--Del otro la ponen así... las majaderías de su esposo
+que me está dando jaqueca.
+
+En efecto, estaba inaguantable don Víctor con sus versos, por buenos que
+fueran.
+
+Álvaro, en cuanto vio a la Regenta en el salón, sintió lo que él llamaba
+la corazonada. _Aquella cara_, aquella palidez repentina le dieron a
+entender que la noche era suya, que había llegado el momento de
+arriesgar algo.
+
+Nunca había desistido de conquistar aquella plaza.
+
+¡No faltaba más! Pero comprendiendo que mientras reinase en el corazón
+de Ana lo que él llamaba el misticismo erótico (era tan grosero como
+todo esto al pensar) no podría adelantar un paso, se había retirado,
+había levantado el campo hasta mejor ocasión. Además, esperaba que la
+ausencia, la indiferencia fingida y la historia de sus amores con la
+_ministra_ le prepararían el terreno.
+
+«Por supuesto, concluía, siempre y cuando que la fortaleza no se haya
+rendido al caudillo de la iglesia. Si el Magistral es aquí el amo...
+entonces no tengo que esperar nada... y además, ya no vale tanto la
+victoria».
+
+«Sin buscar él la ocasión, se la ofrecía aquella noche: le habían puesto
+a la Regenta a su lado... la corazonada le decía que adelante... pues
+adelante. Lo primero que quería averiguar era lo del _otro_, si el
+Magistral mandaba allí».
+
+En su narración tuvo que alterar la verdad histórica, porque a la
+Regenta no se le podía hablar francamente de amores con una mujer casada
+(«tan atrasada estaba aquella señora»), pero vino a dar a entender, como
+pudo, que él había despreciado la pasión de una mujer codiciada por
+muchos... porque... porque... para el hijo de su madre los amoríos ya no
+eran ni siquiera un pasatiempo, desde que el amor le había caído encima
+del alma como un castigo.
+
+El rostro de la dama al decir Mesía aquello y otras cosas por el estilo,
+todas de novela perfumada, le dejó ver al gallo vetustense que el
+Magistral no era dueño del corazón de Anita. Pero como en la anatomía
+humana nos encontramos con muchos más órganos que el corazón, Mesía no
+se dio por satisfecho porque pensó: «Suponiendo que Ana esté enamorada
+de mí, necesito todavía saber si la carne flaca no me ha buscado un
+sucedáneo».
+
+No, don Álvaro no se hacía ilusiones. A esta modestia material y grosera
+le obligaba su filosofía, que cada vez le parecía más firme.
+
+Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces lo
+apretaba. No recordaba en qué momento había empezado aquel contacto; mas
+cuando puso en él la atención sintió un miedo parecido al del ataque
+nervioso más violento, pero mezclado con un placer material tan intenso,
+que no lo recordaba igual en su vida. El miedo, el terror era como el de
+aquella noche en que vio a Mesía pasar por la calle de la Traslacerca,
+junto a la verja del parque; pero el placer era nuevo, nuevo en absoluto
+y tan fuerte, que le ataba como con cadenas de hierro a lo que ella ya
+estaba juzgando crimen, caída, perdición.
+
+Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía bonachona,
+familiar, con una pasión dulce, suave, insinuante.... Recordó mil
+incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba también. Ella no
+hablaba pero oía. Los pies también seguían su diálogo; diálogo poético
+sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la
+sensación engrandecía la humildad prosaica del contacto.
+
+Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del
+roce ligero con don Álvaro, otro peligro mayor se presentó en seguida:
+se oía a lo lejos la música del salón.
+
+--¡A bailar, a bailar!--gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y Ronzal.
+
+Para Trabuco era el paraíso aquel baile que él llamó clandestino, allí,
+entre los mejores, lejos del vulgo de la clase media....
+
+Se entreabrió la puerta para oír mejor la música, se separó la mesa
+hacia un rincón, y apretándose unas a otras las parejas, sin poder
+moverse del sitio que tomaban, se empezó aquel baile improvisado.
+
+Don Víctor gritó:--Ana ¡a bailar! Álvaro, cójala usted....
+
+No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro ofreció el
+brazo a la Regenta que buscó valor para negarse y no lo encontró.
+
+Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en el aire, como
+en un rapto; sintió que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas dulces,
+temblaba en sus brazos.
+
+Ana callaba, no veía, no oía, no hacía más que sentir un placer que
+parecía fuego; aquel gozo intenso, irresistible, la espantaba; se dejaba
+llevar como cuerpo muerto, como en una catástrofe; se le figuraba que
+dentro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, la vergüenza;
+estaba perdida, pensaba vagamente....
+
+El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro
+de belleza material que tenía en los brazos, pensaba.... «¡Es mía! ¡ese
+Magistral debe de ser un cobarde! Es mía.... Este es el primer abrazo de
+que ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay sí, era un abrazo disimulado,
+hipócrita, diplomático, pero un abrazo para Anita!
+
+--¡Qué sosos van Álvaro y Ana!--decía Obdulia a Ronzal, su pareja.
+
+En aquel instante Mesía notó que la cabeza de Ana caía sobre la limpia y
+tersa pechera que envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen mozo, miró a la
+Regenta inclinando el rostro y vio que estaba desmayada. Tenía dos
+lágrimas en las mejillas pálidas, otras dos habían caído sobre la tela
+almidonada de la pechera. Alarma general. Se suspende el baile
+clandestino, don Víctor se aturde, ruega a su esposa que vuelva en sí...
+se busca agua, esencias... llega Somoza, pulsa a la dama, pide... un
+coche. Y se acuerda que Visita y Quintanar lleven a aquella señora a su
+casa, bien tapada, en la berlina de la Marquesa. Y así fue. En cuanto
+Ana volvió en sí, pidiendo mil perdones por haber turbado la fiesta, don
+Víctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llenó el cuerpo de pieles, la
+embozó, se despidió de la amable compañía y con la del Banco se llevó a
+la Regenta a la cama.
+
+«¡El humo! ¡el calor, la falta de costumbre, la polka después de cenar,
+las luces!... Cualquier cosa, en fin, aquello no valía nada. Podía
+continuar la fiesta». Y continuó. Los del salón se habían enterado: «A
+la Regenta le había dado el ataque». «La habían hecho bailar a la
+fuerza». Pero pronto se olvidó el incidente, para comentar la conducta
+de aquellas señoras y caballeros que se encerraban en el gabinete de
+lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos....
+
+A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesía con un apretón
+de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclamó:
+
+--¡Bravo! ¡Al fin! ¿Eh?
+
+Mesía tardó en contestar; se abrochó su gabán entallado de color de
+ceniza, hasta el cuello; se apretó a la garganta un pañuelo de seda
+blanco, y al cabo dijo:
+
+--Ps.... Veremos. Llegó a su casa, la fonda; llamó al sereno que tardó en
+venir; pero en vez de reñirle como solía, le dio dos palmadas en el
+hombro y una propina en plata.
+
+--¡Qué contento viene el señorito!... ¿Del baile, eh?
+
+--Señor Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una percha una
+prenda de abrigo interior, de franela, murmuró a media voz don Álvaro,
+como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba mano:
+
+--¡Lástima que la campaña me coja un poco viejo!...
+
+
+
+
+--XXV--
+
+
+Al día siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasión, refería
+en la catedral todo lo que había sucedido en el baile. «La aristocracia
+se había encerrado en un gabinete, en el gabinete de lectura, para cenar
+y bailar, y doña Ana Ozores, la mismísima Regenta que viste y calza, se
+había desmayado en brazos del señor don Álvaro Mesía».
+
+El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba noticias
+de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un recluta; era
+la primera vez que el puñal de Glocester, aquella lengua, le llegaba al
+corazón. Pálido, temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo el
+labio inferior, don Fermín miró a su enemigo con asombro y con una
+expresión de dolor que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano.
+Aquella mirada quería decir «venciste, ahora sí, ahora me ha llegado a
+las entrañas el veneno». De Pas estaba pensando que los miserables, por
+viles, débiles y necios que parezcan, tienen en su maldad una grandeza
+formidable. «¡Aquel sapo, aquel pedazo de sotana podrida, sabía dar
+aquellas puñaladas!». Después don Fermín se acordó de su madre; su madre
+no le había hecho nunca traición, su madre era suya, era la misma carne;
+Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extraño que se le había
+atravesado en el corazón....
+
+Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el más hondo,
+el más frío y sin consuelo que recordaba en su vida, salió De Pas de la
+sacristía, y anduvo por las naves de la catedral vacilante, sin saber
+encontrar la puerta. Ignoraba a dónde quería ir, le faltaba en absoluto
+la voluntad... y al notar que algunos fieles le observaban, se dejó caer
+de rodillas delante del altar de una capilla. Allí estuvo meditando lo
+que haría. ¿Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano.
+Pero su soledad le horrorizaba... tenía miedo del aire libre, quería un
+refugio, todo era enemigo. «Su madre, su madre del alma». Salió del
+templo, corrió, entró en su casa. Doña Paula barría el comedor; un
+pañuelo de percal negro le ceñía la cabeza sobre la plata del pelo
+espeso y duro, como un turbante.
+
+--¿Vienes del coro?--Sí, señora. Doña Paula siguió barriendo.
+
+Don Fermín daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su madre.
+«Allí estaba el consuelo único posible, allí el regazo en que llorar...
+allí la única compasión verdadera, allí el único contagio posible de la
+pena; aquel veneno que a él le mataba sólo sería veneno, saliendo de él
+para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta con
+angustias de muerte.... Y no podía, no podía hablar.... Era una crueldad
+de su madre no adivinar los tormentos del hijo. Doña Paula le miraba
+como los demás, como la gente con que había tropezado en la calle, sin
+conocer que moría desesperado. ¡Y no podía él hablar!».
+
+--¿Qué tienes, hombre? ¿qué haces aquí? te estoy llenando de polvo la
+ropa nueva....
+
+Don Fermín salió del comedor. Entró en el despacho. Teresina hacía la
+cama del señorito. No le oyó entrar porque cantaba y la hoja del jergón
+sacudida le llenaba de estrépito los oídos. El señorito como huyendo,
+salió del despacho también. Salió de casa. Llegó a la de doña Petronila
+Rianzares. «La señora estaba en misa». Esperó paseando por la sala, con
+las manos a la espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre. El
+gato pulcro y rollizo entró y saludó a su amigo con un conato de
+quejido. Y se le enredó en los pies, haciendo eses con el cuerpo.
+«Parecía que el gato sabía ya algo de aquella traición». El sofá donde
+solía sentarse Ana llamó al Magistral con la voz de los recuerdos. En un
+extremo del asiento había un muelle algo flojo, la tela estaba arrugada;
+allí se sentaba ella. De Pas se sentó en la butaca al lado de aquella
+tela floja. Cerró los ojos, y una pereza de vivir que parecía sueño o
+sopor le embargó el ánimo. Quería detener el tiempo. Ya deseaba que
+tardase en volver doña Petronila: le asustaba la actividad, tenía miedo
+de cualquier resolución; todo sería peor. La muerte ya estaba en el
+alma. Los recuerdos lejanos bullían en el cerebro, como preparándose a
+bailar la danza macabra del delirio de la agonía. Sintió el olor de una
+rosa muy grande que Ana oprimía contra los labios de su buen amigo, de
+su hermano mayor; la música de las palabras se mezclaba con el aroma de
+la flor en mística composición.... «Ay, sí, amor, y buen amor era todo
+aquello.... Era _un enamorado_; el amor no era todo lascivia, era también
+aquella pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor
+dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave.
+Deber... sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a
+hueco: parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, le habían
+pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo habían
+inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella
+enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley suprema de justicia. Ella, ella
+misma lo había jurado; no se sabía para qué era suya, pero lo era...».
+El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de
+sentir él como un bofetón; podían estar conspirando los otros con el
+tiempo y contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas....
+«¡Infame, infame! y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la
+capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... sí a
+deshonrar... él era allí el dueño, el esposo, el esposo espiritual...
+don Víctor no era más que un idiota incapaz de mirar por el honor
+propio, ni por el ajeno... ¡aquello era la mujer!».
+
+Salió al pasillo y gritó:
+
+--¿Vino doña Petronila?
+
+--Ahora llama, contestaron. Entró la de Rianzares. Don Fermín le cortó
+el saludo en la boca.
+
+--Ahora mismo hay que llamarla--dijo.
+
+--¿A quién... a Ana?--Sí, ahora mismo. Don Fermín volvió a sus paseos.
+No quería conversación. La de Rianzares, sierva de aquel hombre, calló y
+entró en el gabinete.
+
+Pasó media hora. Sonó la campanilla de la puerta. Ana vio al gran
+Constantino que abría.
+
+--¿Qué pasa?--Don Fermín... ahí en la sala....
+
+--¡Ah!... me alegro. Entró la Regenta y doña Petronila se fue hacia la
+cocina, al otro extremo de la casa. «Si llaman, que no estoy», dijo a la
+criada. Y pasó al oratorio que tenía cerca de su alcoba.
+
+De Pas vio a la Regenta más hermosa que nunca: en los ojos traía fuego
+misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias
+íntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para él
+parecía rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un
+contorno adorado todo lo que valía algo en la vida, el mundo entero,
+infinito, de la pasión única.
+
+--¿Qué es esto?--dijo, ronco de repente, don Fermín, plantado, como con
+raíces, en medio de la sala.
+
+--Lo que yo quería, que nos viéramos en seguida. Yo estoy loca, esta
+noche creí que me moría... ayer... hoy... no sé cuándo.... Estoy loca....
+
+Se ahogaba al hablar. De Pas sintió una lástima que le pareció
+vergonzosa.
+
+--Ya lo sé todo; no necesito historias....
+
+--¿Qué es todo?--Lo de ayer... lo de hoy.... El baile, la cena; ¿qué es
+esto, Ana, qué es esto?...
+
+--¡Qué baile! ¡qué cena! no es eso.... Me emborracharon... qué sé yo...
+pero no es eso.... Es que tengo miedo... aquí, Fermín, aquí, en la
+cabeza.... ¡Tener lástima de mí! ¡Que tenga alguno lástima de mí! Yo no
+tengo madre.... Yo estoy sola...
+
+«Era verdad, no tenía madre como él, estaba más sola que él». Entonces
+el amor de don Fermín sintió la lástima inefable que sólo el amor puede
+sentir; se acercó a la Regenta, le tomó las manos.
+
+--A ver, a ver, ¿qué ha sido? a mí me han dicho... pero qué ha sido... a
+ver...--decía la voz trémula y congojosa del Magistral.
+
+Ana, entre sollozos, refirió lo que podía referir de sus angustias, de
+sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre. «Después que
+se vio en su lecho, mil espantosas imágenes la asaltaron entre los
+recuerdos confusos del baile.... Creyó que volvía a caer de repente en
+aquellos pozos negros del delirio en que se sentía sumergida en las
+noches lúgubres de su enfermedad.... Después la idea del mal que había
+hecho la había horrorizado...». Y Ana se interrumpía al ver al Magistral
+quedarse lívido, y como rectificando añadía, «el mal... es decir... el
+no haber sido bastante buena...». La enfermedad había sido una lección,
+una lección olvidada, y aquella mañana, al sentir en el lecho la misma
+flaqueza, aquel desgajarse de las entrañas, que parecían pulverizarse
+allá dentro, aquel desvanecerse la vida en el delirio... la conciencia
+había visto, como a la luz de un fogonazo, horrores de vergüenza, de
+castigo, el espejo de la propia miseria, el reflejo del cieno triste que
+se lleva en el alma... y después... la locura, sin duda la locura... un
+dudar de todo espantoso, repentino, obstinado, doloroso. Dios, el mismo
+Dios ya no era para ella más que una idea fija, una manía, algo que se
+movía en su cerebro royéndolo, como un sonido de tic-tac, como el del
+insecto que late en las paredes y se llama el _reloj de la muerte_.
+
+--Oh sí, estuve loca--seguía Anita espantada todavía--estuve loca una
+hora... ¿qué hora? un siglo.... Ya no pedía más que salud, reposo... la
+conciencia clara de mí misma.... Pero, ¡ay, no! Dios, mi Dios querido...
+yo... todo, todos desaparecíamos. ¡Todo era polvo allá dentro!
+
+Y los ojos de Ana fijos en el espanto, veían sobre la alfombra una
+imagen confusa del recuerdo formidable....
+
+De Pas callaba. También él tuvo un momento la sensación fría del terror.
+La locura pasó por su imaginación como un mareo.
+
+«¡Si se le volviera loca!». Una ola de púrpura inundó el rostro del
+clérigo. Primero había visto desvanecerse dentro de aquella cabeza de
+gracia musical lo que él amaba debajo de aquella hermosura, el alma de
+la Regenta, su pensamiento; después pensó en aquella hermosura exterior
+incólume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo,
+solo él con un cuerpo adorado....
+
+--¡Salvarme, quiero salvarme!--gritó Ana de repente volviendo a la
+realidad--... quiero volver a nuestro verano, al verano dulce,
+tranquilo... sí, tranquilo al cabo; a nuestro hablar sin fin de Dios,
+del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... sí, quiero que
+mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no
+se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermín, esto
+es confesar... aquí... no importa el lugar; donde quiera... sí,
+confesar....
+
+--Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo también padezco, yo
+también creí morirme, aquí mismo... sentado ahí... donde otras veces
+hablábamos del cielo... y de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso
+también; yo también necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora....
+Sí, creí que moría....
+
+--¿Por mí, por culpa mía, verdad? ¿Morir por ser yo traidora, si mentía,
+si me manchaba?...
+
+--Sí, sí... hay que decirlo todo... pronto....
+
+--No, no.--Sí... sí...--No... si no digo eso... si lo diré todo...
+pero ¿qué es todo? Nada.... Si... yo no fuí... si me llevaron a la
+fuerza... no, eso no. No sé cómo; no sé por qué cedí. Y allí... hay una
+mujer muy mala....
+
+--No, no acusemos a los demás.... Los hechos, quiero los hechos. Yo los
+diré; los sé yo.
+
+--¿Pero qué?--Ese hombre, Mesía; Ana... ¿qué pasó con ese hombre?...
+
+Ana recogió sus fuerzas, atendió a la realidad, a lo que le preguntaban,
+con intensidad, luchando con el confesor, batiéndose por su interés que
+era ocultar lo más hondo de su pensamiento. «Al fin aquello no era el
+confesonario; además, era caridad mentir, callar a lo menos lo peor».
+
+--Yo no le amo--fue lo primero que pudo decir después que consiguió
+dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en defender su secreto.
+
+--Pero anoche... hoy... no sé a qué hora... ¿qué hubo?
+
+--Bailé con él.... Fue Quintanar... lo mandó Quintanar....
+
+--¡Disculpas no, Ana! eso no es confesar.
+
+Ana miró en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. Este
+sofisma de hipócrita era en ella candoroso. Estaba segura de que un
+_deber superior_ la mandaba mentir. «¿Decirle al Magistral que ella
+estaba enamorada de Mesía? ¡Primero a su marido!».
+
+--Bailé con él porque quiso mi marido.... Me hicieron beber... me sentí
+mal... estaba mareada... me desmayé... y me llevaron a casa.
+
+--¿El desmayo fue... en los brazos de ese hombre?
+
+--¡En brazos!... ¡Fermín!
+
+--Bien, bien.... Así... lo oí yo.... ¡Oigámoslo todos! Quiere decirse...
+bailando con él....
+
+--Yo no recuerdo... tal vez...--¡Infame!...--¡Fermín... por Dios,
+Fermín!
+
+Ana dio un paso atrás.--Silencio... no hay que gritar... no hay que
+hacer aspavientos... yo no como a nadie... ¿a qué ese miedo?... ¿Doy yo
+espanto, verdad?... ¿Por qué? yo... ¿qué puedo? yo ¿quién soy? yo...
+¿qué mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no creía en
+Dios....
+
+--¡En mi Dios! Fermín, caridad....
+
+--Sí, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios... no soy
+nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se acabó...
+Estoy en ridículo, Vetusta entera se ríe de mí a carcajadas.... Mesía me
+desprecia, me escupirá en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un
+pobre diablo. ¡Oh, pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque
+estoy preso!...
+
+El Magistral se sacudió dentro de la sotana, como entre cadenas, y
+descargó un puñetazo de Hércules sobre el testero del sofá.
+
+Después procuró recobrar la razón, se pasó las manos por la frente;
+requirió el manteo; buscó el sombrero de teja, se obstinó en callar,
+buscó a tientas la puerta y salió sin volver la cabeza.
+
+Creyó que Ana le seguiría, le llamaría, lloraría.... Pero pronto se
+sintió abandonado. Llegó al portal. Se detuvo, escuchó... Nada, no le
+llamaban. Desde la calle miró a los balcones. Ninguno se abría. «No le
+seguían ni con los ojos. Aquella mujer se quedaba allí. Todo era
+verdad.
+
+Le engañaba; era una mujer. ¡Pero cuál! ¡la suya! ¡la de su alma! ¡Sí,
+sí, de su alma! Para eso la había querido. Pero las mujeres no entendían
+esto.... La más pura quería otra cosa». Y pasaban por su memoria mil
+horrores. La carnaza amontonada de muchos años de confesonario. La
+conciencia le recordó a Teresina. A Teresina pálida y sonriente que
+decía, dentro del cerebro: «¿Y tú...?». «Él era hombre»; se contestaba.
+Y apretaba el paso. «Yo la quería para mi alma...». «Y su cuerpo también
+querías, decía la Teresina del cerebro, el cuerpo también... acuérdate».
+«Sí, sí... pero... esperaba... esperaría hasta morir... antes que
+perderla. Porque la quería entera.... Es mi mujer... la mujer de mis
+entrañas.... ¡Y quedaba allá atrás, ya lejos, perdida para siempre!...».
+
+Ana, inmóvil, había visto salir al Magistral sin valor para detenerle,
+sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras había sonado
+dentro de ella, cerca de los oídos. «¡Aquel señor canónigo estaba
+enamorado de ella!». «Sí, enamorado como un hombre, no con el amor
+místico, ideal, seráfico que ella se había figurado. Tenía celos, moría
+de celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre
+que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... ¡La
+amaba un canónigo!». Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo
+viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreír a ella misma con
+amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas.--Su padre, don
+Carlos el libre pensador, se le apareció de repente, en mangas de
+camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y
+varios amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de
+oírlas, frases de su padre y de aquellos señores: «el clero corrompía
+las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato
+eclesiástico era una careta». Todo esto que había oído sin entenderlo
+volvía a su memoria con sentido claro, preciso, y como otras tantas
+lecciones de la experiencia.... ¡Querían corromperla! Aquella casa...
+aquel silencio... aquella doña Petronila.... Ana sintió asco, vergüenza y
+corrió a buscar la puerta. Salió sin despedirse. Llegó a su casa. Don
+Víctor atronaba el mundo a martillazos. Construía un puente modelo que
+pensaba presentar en la exposición de San Mateo. Ya no forraba el
+martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el
+estrépito era horrísono.--«Allí era él el amo, prueba de ello que su
+mujer había ido al baile: se había acabado el Paraguay, no más
+misticismo; una prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y
+sobra. Por lo demás, actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha
+caza, y mucho martillazo. ¡Zas, zas, zas, pum! ¡Viva la vida!». Así
+pensaba don Víctor, ceñida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te
+clavarás, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta
+al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar arrancando chispas de
+los abalorios y cinta dorada de las babuchas semi-turcas. El carpintero
+silbaba, el tordo, el mejor tordo de la provincia, que Quintanar llevaba
+de habitación en habitación, silbaba también colgada de un alambre su
+jaula. Ana contempló en silencio a su marido.--«¡Era su padre! ¡Le
+quería como a su padre! Hasta se parecía un poco a don Carlos. Aquel sol
+de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a
+la actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos,
+aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que servía
+de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba». «¡Aquella era
+su casa, allí era ella la reina, aquella paz era suya!». Al dejar el
+martillo para coger la sierra don Víctor vio a su mujer.
+
+Se sonrieron en silencio. «El sol rejuvenecía a Quintanar. Además era un
+gran carpintero. Sus inventos podían ser más o menos fantásticos, su
+mecánica idealista, pero hacía de una tabla lo que quería. ¡Y qué
+limpieza!».
+
+Ana alabó el arte de su marido.
+
+Él se animó: se puso colorado de satisfacción y le prometió un costurero
+para la semana siguiente. «Todo, todo, obra de mis manos».
+
+La Regenta olvidó un momento el desencanto de aquella mañana. Cuando
+volvió a su memoria se encontró con que no era don Fermín un malvado,
+sino un desgraciado, pero de todas suertes le parecía absurdo enamorarse
+siendo canónigo. En todas las combinaciones del amor romántico había
+dado la imaginación de Ana muchas veces, menos en aquélla. «Se concebía
+el amor sacrílego de un sacerdote de ópera, ¡pero el de un prebendado
+con alzacuello morado!». Además la honradez protestaba también con su
+repugnancia instintiva. «Pero De Pas era digno de compasión. Doña
+Petronila era la que no tenía perdón. Oh, si alguna vez volvía ella a
+hablar con el Magistral, como era probable, porque al fin debían mediar
+explicaciones, no sería ciertamente en casa de aquella vieja. ¿Qué se
+había propuesto aquella señora? ¿Qué estaría pensando de ella, de Ana?».
+
+Cuando volvió de la calle don Víctor muy contento, cantando trozos de
+zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la súplica de la
+Marquesa que los había convidado a tomar café, después de almorzar, para
+ir juntos a paseo... a ver las máscaras.
+
+--¡Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval.... No
+quiero más fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo daño el baile... no
+quiero más... no quiero más.... ¿No te obedecí ayer...? Basta por Dios,
+basta.
+
+--Bueno, hija, bueno... no insisto. Y calló don Víctor, perdiendo parte
+de su alegría. No se atrevió a hacer uso de aquella energía que Dios le
+había dado. «No había para qué estirar demasiado la cuerda».
+
+Pero él, por supuesto, fue a tomar café y a paseo.
+
+Ana se quedó sola. Desde el balcón abierto de su tocador se oía la
+música lejana del Paseo Grande donde se celebraba el carnaval. Aquella
+música confusa, que parecía ráfagas intermitentes, le llenó el alma de
+tristeza. Pensó en Mesía, el tentador, y pensó en el Magistral
+enamorado, celoso... indefenso. Ahora la compasión era infinita.... Al
+fin había sido quien había abierto su alma a la luz de la religión, de
+la virtud.... Ana pensó en la fe quebrantada, agrietada, como si la
+hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado
+unidos en su espíritu para que el desengaño no lastimara las creencias.
+Además, ella siempre había amado más que creído. Don Fermín había
+procurado asegurar en ella el temor de Dios y de la Iglesia, la
+espiritualidad vaga y soñadora.... Pero de los dogmas había hablado poco.
+Ana estaba sintiendo que la fantasía había tenido en su piedad más
+influencia de la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya
+estaban lejos los días del misticismo supuesto, de la contemplación....
+Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la
+tristeza, le habían encendido el alma con visiones de pura idealidad....
+Pero con la salud había vencido la piedad activa, irreflexiva; el
+Magistral había eclipsado a la santa, se había hablado más de aquella
+dulce hermandad en la virtud que de Dios mismo.... Ahora comprendía
+muchas cosas. Don Fermín la quería para sí...
+
+«Todo aquello era una preparación. ¿Para qué?».
+
+«Oh, Mesía era más noble, luchaba sin visera, mostrando el pecho,
+anunciando el golpe.... No había abusado de su amistad con don Víctor, no
+había insistido. ¡Pero los dos la amaban!». La tristeza de Ana
+encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso. «Ella no
+podría ser de ninguno; del Magistral no podía ni quería.... Le debía
+eterna gratitud... pero otra cosa... sería un absurdo repugnante. Daba
+asco. Bueno estaría empezar a querer en el mundo cerca de los treinta
+años... ¡y a un clérigo!... La vergüenza y algo de cólera encendían el
+rostro de Ana. ¡Pero ese hombre esperaría que yo... en mi vida!...».
+
+Como aquella tarde pasó muchos días la Regenta. Las mismas ideas
+cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado.
+
+Cuando sentía la presencia de Mesía en el deseo, huía de ella
+avergonzada, avergonzada también de que no fuera un remordimiento
+punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto de don
+Álvaro. «Pero no lo era, no. Veíalo como un sueño; no se creía
+responsable, claramente responsable de lo que había sucedido aquella
+noche. La habían emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con
+ruido... con champaña.... Pero ahora sería una miserable si consentía a
+don Álvaro insistir en sus provocaciones. No quería venderse al sofisma
+de la tentación que le gritaba en los oídos: al fin don Álvaro no es
+canónigo; si huyes de él te expones a caer en brazos del otro. Mentira,
+gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro seré. A don Fermín le quiero
+con el alma, a pesar de su amor, que acaso él no puede vencer como yo
+no puedo vencer la influencia de Mesía sobre mis sentidos; pero de no
+amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. Sí, bien segura.
+Debo huir del Magistral, sí, pero más de don Álvaro. Su pasión es
+ilegítima también, aunque no repugnante y sacrílega como la del otro....
+¡Huiré de los dos!».
+
+No había más refugio que el hogar. Don Víctor con su Frígilis y todos
+los cacharros del museo de manías, don Víctor con el teatro español a
+cuestas.
+
+«Pero la casa tenía también su poesía». Ana se esforzó en encontrársela.
+¡Si tuviera hijos le darían tanto que hacer! ¡Qué delicia! Pero no los
+había. No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana
+comenzó a trabajar en casa con afán... a cuidar a don Víctor con
+esmero.... A los ocho días comprendió que aquello era una hipocresía
+mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas en poco tiempo.
+¿Por qué fingirse a sí misma satisfecha con una actividad insuficiente,
+insignificante, que no distraía el pensamiento ni media hora? Don Víctor
+agradecía en el alma aquella solicitud doméstica, pero en lo que tocaba
+a él hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta allí. Nadie le
+cosía un botón a su gusto más que él mismo; limpiarle el despacho era
+martirizarle a él, a don Víctor; la cama era inútil hacérsela con esmero
+porque de todas maneras había de descomponerla él, sacudir las almohadas
+y poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvió a dejar los quehaceres
+domésticos en la antigua marcha, don Víctor se lo agradeció en el alma
+también y respiro a sus anchas. «Aquellas injerencias de su querida
+esposa eran dignas de eterno agradecimiento... pero molestas para él.
+Más sabe el loco en su casa...» Don Álvaro no se apresuraba. «Esta vez
+estaba seguro». Pero no quería _brusquer_--según pensaba él en
+francés--un ataque. «La teoría del _cuarto de hora_ era una teoría
+incompleta». Algo había de eso, pero en ciertos casos los cuartos de
+hora de una mujer sólo los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que
+pasara la Cuaresma. Al fin se trataba de una beata que ayunaría y
+comería de vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofrecía la mejor
+ocasión. El mundo, después de resucitar Nuestro Señor Jesucristo, parece
+más alegre, más lícitos sus placeres; la primavera, ya adelantada,
+ayuda... las fiestas, a que él haría que don Víctor llevase a su mujer,
+serían aguijones del deseo. «¡Oh!... sí, en la Pascua nos veríamos».
+
+«Además, quería él prepararse para la campaña. Estaba debilucho. Aquel
+verano en Palomares había hecho una especie de bancarrota de salud. La
+señora ministra había amado mucho. Estas exageraciones de las mujeres
+vencidas siempre estaban en razón directa del cuadrado de las
+distancias. Es decir, que cuanto más lejos estaba una mujer del vicio,
+más exagerada era cuando llegaba a caer. La Regenta, si caía iba a ser
+exageradísima». Y se preparaba Mesía. Leyó libros de higiene, hizo
+gimnasia de salón, paseó mucho a caballo. Y se negó a acompañar a Paco
+Vegallana en sus aventurillas fáciles y pagaderas a la vista. «El diablo
+harto de carne...» le decía Paco. Y don Álvaro sonreía y se acostaba
+temprano. Madrugaba. El Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y
+cánticos al amanecer. Los pájaros, saltando de rama en rama preparaban
+los nidos para los huevos de Abril; se diría que eran tapiceros de la
+enramada que adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de
+la primavera. Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano
+calentaba y picaba el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en
+Vetusta, era una burla de la naturaleza; después volvía el invierno,
+como en sus mejores días, con fríos, escarchas y lluvia, lluvia
+interminable. Pero don Álvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y
+calor, que no por efímero le agradaba menos; no era él de los que medían
+la felicidad por la duración; es más, no creía en la felicidad, concepto
+metafísico según él, creía en el placer que no se mide por el tiempo.
+Una mañana, en el salón principal del Paseo Grande, solitario a tales
+horas porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don
+Álvaro allá lejos la silueta de un clérigo. Era alto, sus movimientos
+señoriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo; tenían que
+encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo lado. Se saludaron
+sin hablar. Don Álvaro tuvo un poco de miedo, de aprensión de miedo. «Si
+este hombre, pensó, enamorado de la Regenta, desairado por ella, se
+volviera loco de repente al verme, creyéndome su rival y se echara sobre
+mí a puñetazo limpio aquí, a solas...». Mesía recordaba la escena del
+columpio en la huerta de Vegallana.
+
+El Magistral pensó por su parte al ver a don Álvaro: «¡Si yo me arrojara
+sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder, le
+arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entrañas!...». Y
+tuvo miedo de sí mismo. Había leído que en las personas nerviosas,
+imágenes y aprensiones de este género provocan los actos
+correspondientes. Se acordó de cierto asesino de los cuentos de Edgar
+Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Saludó como diciendo con
+los ojos: «¡Toma! ahí tienes esa bofetada». Pero el saludo y la mirada
+de Mesía quisieron decir: «Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de
+eso que usted me quiere decir».
+
+Y siguieron cada cual por su lado, pero a la mañana siguiente no
+volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban allí contrario
+objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas inútiles; Mesía
+para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen mucha falta
+dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por sitios
+extraviados. Temían otro encuentro.
+
+Pero pronto tuvieron que quedarse en casa.
+
+Como era de esperar, el invierno volvió con todos sus rigores, riéndose
+a carcajadas de los incautos que se creían en plena primavera. Los
+pájaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los árboles floridos
+padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas damiselas que
+en día de campo, vestidas con percales alegres, adornos vistosos y
+delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un chubasco, al aire
+libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las florecillas blancas y
+rosadas de los frutales caían muertas sobre el fango: el granizo las
+despedazaba; todo volvía atrás; aquel ensayo de primavera temprana había
+salido mal; vuelta a empezar, cada mochuelo a su olivo.
+
+Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entregó con reduplicado
+fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros habían pasado también
+por allí como una granizada; las flores de amor y alegría que sembrara
+el carnaval las destruyeron a penitencia limpia el Padre Maroto, un
+artillero retirado que predicaba a cañonazos y sacaba el Cristo, y el
+Padre Goberna, un melifluo padre francés que pronunciaba el castellano
+con la garganta y las narices y hablaba de _Gomogga_ y citaba las
+grandezas de Nínive y de Babilonia, ya perdidas, al cabo de los años
+mil, como prueba de la pequeñez de las cosas humanas. Ello era que
+Vetusta estaba metida en un puño. Entre el agua y los jesuitas la tenían
+triste, aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza,
+parda, disuelta en charcos y lodazales, más que a pensar en la brevedad
+de la existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo
+parecía que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus
+contornos, más que un sueño efímero, parecía una pesadilla larga, llena
+de imágenes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que sabía dar _color
+local_ a sus oraciones, no decía en Vetusta que no somos más que un poco
+de polvo, sino un poco de barro. ¿Polvo en Vetusta? Dios lo diera.
+
+El mal tiempo se llevó la resignación tranquila, perezosa de Anita
+Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas
+aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que
+le pinchaban el alma. ¡Y ahora no tenía al Magistral para ayudarla!
+
+Cada día se sentía más sola, más abandonada y ya empezaba a pensar que
+había sido injusta con el Provisor pensando de él tan mal y dejándole
+huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el
+corazón como un dardo envenenado. «¿Por qué ella no había sentido más
+aquel desengaño, aquella profanación de una amistad pura, desinteresada,
+ideal?--Tal vez porque el ser amada, fuera por quien fuera, no podía
+saberle mal aunque ella tuviese que desdeñar y hasta vituperar aquel
+amor. Tal vez porque sabía que el remedio de aquella separación estaba
+en sus manos. ¿No podía ella, el día tal vez próximo, en que necesitara
+consuelo espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a
+don Fermín, de que ella no era lo que él se figuraba?». Y acaso debía
+hacerlo cuanto antes. «¿Por qué había de estar pensando De Pas lo que no
+había? Sí, había que decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no
+había; don Álvaro no había conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto
+era lo cierto».
+
+Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el espíritu por
+sí misma. Sentía la fe vacilante, los sofismas vulgares de don
+Carlos--el libre-pensador--venían a atormentarla a cada instante.
+Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a dudar de la
+iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corría a la iglesia. Saltando
+charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en parroquia, de novena
+en novena, y pasaba también mucho tiempo en la nave fría de algún templo
+a la hora en que los fieles solían dejarlos desiertos. Se sentaba en un
+banco y meditaba. Sonaba y resonaba en la bóveda la tos de un viejo que
+rezaba en una capilla escondida; los pasos de un monaguillo irreverente
+retumbaban sobre la tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio
+llegaba a los oídos un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana pedía a
+la soledad y al silencio perezoso de la iglesia, algo como una
+inspiración, o como un perfume de piedad que creía ella debía
+desprenderse de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz
+blanca del día ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como
+gastados por el roce de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas
+imágenes a la luz del día recordaban vagamente las decoraciones de un
+teatro vistas al sol y a los cómicos en la calle sin los esplendores del
+gas de las baterías. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba allí la fe
+que se desmoronaba. «¿Por qué se desmoronaba? ¿Qué tenía que ver la
+Iglesia con el Magistral? ¿No podía aquel señor haberse enamorado de
+ella... y ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que
+sí. Pero rezaba para creer. Oh, malo sería que el Magistral no saliese
+inocente de aquella prueba.... Si él, si el hermano mayor no era más que
+un hipócrita... había que dar la razón en muchas cosas a don Carlos, al
+que después de todo era su padre. ¡Sí, sí, era su padre, aquel padre que
+había llorado ella con lágrimas del corazón, el que decía que la
+religión es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no
+podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones
+positivas, sino mucho mejor, mucho más grande!... ¡Era su padre quien
+decía todas estas herejías!». Y rezaba, rezaba porque el meditar ya no
+servía para nada bueno.--Y una voz interior severa y algo pedantesca
+gritaba después de todo aquello: «Pero entendámonos, aunque don Carlos
+tuviera razón, aunque Dios sea más grande, más bueno que todo lo que
+pudieran decir y pensar los libros de los hombres, no por eso perdona
+los pecados de que la conciencia acusa a todos. Don Álvaro estará
+prohibido, sea Dios como sea. El mal es el mal de todas suertes. Eso sí,
+se decía la Regenta, que encontraba consuelo en esta resolución; aunque
+la fe caiga, yo seguiré combatiendo esta pasión de mis sentidos, que
+seguirá siendo mala...».
+
+Empezó a notar que el templo solitario no excitaba su devoción; aquellas
+paredes frías, aquella especie de descanso de los santos a las horas en
+que cesa la adoración, le recordaban por extrañas analogías que
+establecía el cerebro, enfermo acaso, le recordaban la fatiga de los
+reyes, la fatiga de los monstruos de ferias, la fatiga de cómicos,
+políticos, y cuantos seres tienen por destino darse en público
+espectáculo a la admiración material y boquiabierta de la necia
+multitud.... La iglesia sin culto activo, la iglesia descansando, llegó a
+parecerle a ella también algo como un teatro de día. El sacristán y el
+acólito subiendo al retablo, hombreándose con la imagen de madera,
+colocando los cirios con simetría, consultando las leyes de la
+perspectiva, le parecían al cabo cómplices de no sabía qué engaño....
+Además de todas estas aprensiones sacrílegas, tentación malsana del
+espíritu enfermo, causa de tanta lucha, sentía el tormento de la
+distracción; las oraciones comenzaban y no concluían; el estribillo de
+tal o cual piadosa leyenda llegaba a darle náuseas; la soledad se
+poblaba de mil imágenes, diablillos de la distracción; el silencio era
+enjambre de ruidos interiores. Todo esto le obligó a dejar el templo
+solitario. Volvió a las horas del culto. Conocía que en la nueva piedad
+que buscaba debían tomar parte importante los sentidos. Buscó el olor
+del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de
+la oración común, el susurro del _ora pro nobis_ de las _masas
+católicas_, la fuerza misteriosa de la oración colectiva, la parsimonia
+sistemática del ceremonial, la gravedad del sacerdote en funciones, la
+misteriosa vaguedad del cántico sagrado que, bajando del coro nada más,
+parece descender de las nubes; las melodías del órgano que hacían
+recordar en un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la
+piedad antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de
+esperanza mística.
+
+La novena de los Dolores tuvo aquel año en Vetusta una importancia
+excepcional, si se ha de creer lo que decía _El Lábaro_.
+
+Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adornó como
+nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa habían dejado los PP.
+Goberna y Maroto. No se podía, como en la novena de la Concepción,
+colgar el templo de azul y plata, ni colocar un templete de cartón
+delante del retablo del altar mayor imitando capilla gótica de
+marquetería; pero todo lo que fue compatible con los siete Dolores de la
+Virgen se hizo: el lujo fue majestuoso, triste, fúnebre. Todo era negro
+y oro. La capilla de la catedral se trasladó en masa al coro de San
+Isidro reforzada por algunas partes rezagadas de la última compañía de
+zarzuela, que había tronado en Vetusta.--Los sermones se encomendaron a
+_otro jesuita_, el Padre Martínez, que vino de muy lejos y cobrando muy
+caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al altar mayor a espaldas
+del cancel de la puerta principal, pedían limosna y vendían libros
+devotos, medallas y escapularios las damas de más alta alcurnia, las más
+guapas y las más entrometidas.
+
+La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su
+contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en
+bote. No cabía un vetustense más.
+
+Los jóvenes laicos de la ciudad, estudiantes los más, no se distinguían
+ni por su excesiva devoción ni por una impiedad prematura; no pensaban
+en ciertas cosas; los había carlistas y liberales, pero casi todos iban
+a misa a ver las muchachas. A la novena no faltaban; se desparramaban
+por las capillas y rincones de San Isidro, y terciando la capa, el
+rostro con un tinte romántico o picaresco, según el carácter, _se
+timaban_, como decían ellos, con las niñas casaderas, más recatadas,
+mejores cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban
+_relaciones_. Mientras el P. Martínez repetía por centésima vez--y ya
+llevaba ganados unos cinco mil reales--que como el dolor de una madre no
+hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen enlutada
+del altar, toda la retórica averiada de su oratoria de un barroquismo
+mustio y sobado; el amor sacrílego iba y venía volando invisible por
+naves y capillas como una mariposa que la primavera manda desde el campo
+al pueblo para anunciar la alegría nueva.
+
+Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el espíritu
+para sumirlo en acendrada piedad, oía el _rum rum_ lastimero del
+púlpito, como el rumor lejano de un aguacero acompañado por ayes del
+viento cogido entre puertas. No oía al jesuita, oía la elocuencia
+silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos en millares
+y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devoción común, aquella
+elevación casi milagrosa de un pueblo entero prosaico, empequeñecido por
+la pobreza y la ignorancia, a las regiones de lo ideal, a la adoración
+de lo Absoluto por abstracción prodigiosa. En esto pensaba a su modo la
+Regenta, y quería que aquella ola de piedad la arrastrase, quería ser
+molécula de aquella espuma, partícula de aquel polvo que una fuerza
+desconocida arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal
+vagamente comprendido.
+
+Calló el P. Martínez y comenzó el órgano a decir de otro modo, y mucho
+mejor, lo mismo que había dicho el orador de lujo. El órgano parecía
+sentir más de corazón las penas de María.... Ana pensó en María, en
+Rossini, en la primera vez que había oído, a los diez y ocho años, en
+aquella misma iglesia, el _Stabat Mater_... Y después que el órgano dijo
+lo que tenía que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien
+ensayado el estribillo monótono, solemne, de varias canciones que caían
+de arriba como lluvia de flores frescas. Cantaban los niños, cantaban
+los ancianos, cantaban las mujeres. Y Ana, sin saber por qué, empezó a
+llorar. A su lado un niño pobre, rubio, pálido y delgado, de seis años,
+sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos,
+cantaba sin pestañear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar portátil;
+cantaba, y de repente, por no se sabe qué asociación de ideas, calló,
+volvió el rostro a su madre y dijo:--¡Madre, dame pan!
+
+Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y
+dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le
+obligaba, contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el
+órgano, como un padre, acompañaba el coro y le guiaba por las regiones
+ideales de inefable tristeza consoladora, de la música.
+
+«¡Y había infames, pensó Ana, que querían acabar con aquello! ¡Oh, no,
+no, yo no! Contigo, Virgen santa, siempre contigo, siempre a tus pies;
+estar con los tristes, ésa es la religión eterna, vivir llorando por las
+penas del mundo, amar entre lágrimas...». Y se acordó del Magistral.
+«¡Oh qué ingrata, qué cruel había sido con aquel hombre! ¡Qué triste,
+qué solo le había dejado!... Vetusta le insultaba, le escarnecía, le
+despreciaba, después de haberle levantado un trono de admiración; y
+ella, ella que le debía su honra, su religión, lo más precioso, le
+abandonaba y le olvidaba también.... ¿Y por qué? Tal vez, casi de fijo,
+por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y grosera. ¡Ah!,
+porque ella estaba tocada del gusano maldito, del amor de los sentidos;
+porque ella estaba rendida a don Álvaro si no de hecho con el
+deseo--esta era la verdad--porque ella era pecadora ¿había de serlo
+también el _hermano de su alma_, el padre espiritual querido? ¿qué
+pruebas tenía ella? ¿No podía ser aprensión todo, no podía la vanidad
+haber visto visiones? ¿Cuándo De Pas se había insinuado de modo que
+pudiera sospecharse de su pureza? ¿No habían estado mil veces solos, muy
+cerca uno de otro, no se habían tocado, no había ella, tal vez con
+imprudencia, aventurado caricias inocentes, someros halagos que hubieran
+hecho brotar el fuego si lo hubiera habido allí escondido?... ¡Y está
+abandonado! Se burlan de él hasta en los periódicos; hasta los impíos
+alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la
+moda y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me
+pongo a gritar también, ¡crucifícale, crucifícale!... ¿Y el sacrificio
+que había prometido? ¿Aquel gran sacrificio que yo andaba buscando para
+pagar lo que debo a ese hombre?...».
+
+En aquel momento cesaron los cánticos del pueblo devoto; siguió silencio
+solemne; después hubo toses, estrépito de suelas y zuecos sobre la
+piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia contenida. Hacia la
+puerta sonaba el _tic, tac_, de las monedas con que Visitación y la
+Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la atención de la caridad
+distraída. Rechinaban los canceles; había en el aire un cuchicheo tenue.
+En el coro daban señales de vida violines y flautas con quejidos y
+suspiros ahogados; se oía el ruido de las hojas del papel de música.
+Gruñó un violín. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra
+vez.... Comenzó el _Stabat Mater_.
+
+La música sublime de Rossini exaltó más y más la fantasía de Ana; una
+resolución de los nervios irritados brotó en aquel cerebro con fuerza de
+manía: como una alucinación de la voluntad. Vio, como si allí mismo
+estuviese, la imagen de su resolución, «sí... ella... ella, Ana a los
+pies del Magistral, como María a los pies de la Cruz. El Magistral
+estaba crucificado también por la calumnia, por la necedad, por la
+envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volvía las espaldas y
+le dejaba allí solo... y ella... ella... ¡estaba haciendo lo mismo! ¡Oh,
+no, al Calvario, al Calvario! al pie de la cruz del que no era su hijo,
+sino su padre, su hermano, el hermano y el padre del espíritu».
+
+«La Virgen le decía que sí, que estaba bien hecho; que aquella
+resolución era digna de un cristiano. Donde quiera que hay una cruz con
+un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era el que está
+allí colgado; mejor se podrá llorar al pie de la cruz de un mártir.
+Hasta del mal ladrón le estaba dando lástima en aquel momento. ¡Cuánta
+mayor lástima le daría del Magistral que, según ella, no era ladrón, ni
+malo ni bueno!». La forma del sacrificio, el día, la ocasión, todo
+estaba señalado: se juró no volverse atrás; aquella exaltación era lo
+que ella necesitaba para poder vivir; si más tarde el cansancio, la
+relajación de aquellas fibras tirantes traían a su ánimo la cobardía,
+los reparos mundanales, prosaicos, el miedo al qué dirán, no haría
+caso... iría derecha a su propósito sin vacilar, sin deliberar más.
+Haría lo que había resuelto. Y tranquila, segura de sí misma, volvió su
+pensamiento a la Madre Dolorosa, y se arrojó a las olas de la música
+triste con un arranque de suicida.... Sí, quería matar dentro de ella la
+duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio, circunspecto,
+_mirado_... quería volver al fuego de la pasión, que era su ambiente.
+
+
+
+
+--XXVI--
+
+
+Desde el día en que presidió el entierro de don Santos Barinaga, don
+Pompeyo no volvió a tener hora buena, de salud completa. Los escalofríos
+que le hicieron temblar en el cementerio y se repitieron, cada vez más
+fuertes, durante la enfermedad que siguió a la gran mojadura, volvían de
+cuando en cuando. Guimarán estaba triste sin cesar; aquel sol de
+Justicia que adoraba, tenía sus eclipses y el espectáculo de la maldad
+ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del
+progreso definitivo de la Humanidad. «Laurent decía bien, estábamos
+nosotros mucho más adelantados que los bárbaros. ¡Pero había cada pillo
+todavía! ¿Y la amistad? La amistad era cosa perdida». Paquito Vegallana,
+Álvaro Mesía, Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable
+señor Foja, que se decían tan amigos suyos, le habían engañado como a un
+chino; se habían burlado de él. Eran unos libertinos que renegaban en
+sus comilonas de la religión positiva para seducirle a él y librarse del
+miedo del infierno. Don Pompeyo rompió bruscamente sus relaciones con
+todos aquellos «espíritus frívolos» y no volvió a poner los pies en el
+Casino. Tomó esta resolución el día de Navidad, cuando supo que por
+Vetusta se corría que él, don Pompeyo Guimarán, el hombre que más
+respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno, había profanado la
+catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se llegó a decir que había
+llevado al templo, debajo de la capa, una botella de anís del mono....
+«¡Del mono!... ¡él... don Pompeyo!...». No volvió al Casino. «Aquellos
+infames que le habían embriagado o poco menos, obligándole después a
+penetrar en el templo, eran muy capaces de haber inventado en seguida la
+calumnia con que querían perderle. ¿Qué autoridad iba a tener en
+adelante aquel ateísmo que se emborrachaba para celebrar las fiestas del
+cristianismo, y que asistía a los santos oficios a blasfemar y hacer
+eses por las respetables naves de la basílica?».
+
+«¡Bastante tenía él sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la
+consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo había tomado al señor
+Magistral!».
+
+«No, no quería más luchas religiosas. Ya iba siendo viejo para tamañas
+empresas. Mejor era callar, vivir en paz con todos». La muerte de
+Barinaga le hacía temblar al recordarla. «¡Morir como un perro! ¡Y yo
+que tengo mujer y cuatro hijas!».
+
+Se hizo misántropo. Siempre salía solo, al obscurecer, y volvía pronto a
+casa.
+
+Una noche le llamó la atención un ruido de colmena que venía de la parte
+de la catedral. Oyó cohetes. ¿Qué era aquello? La torre estaba iluminada
+con vasos y faroles a la veneciana. A sus pies, en el atrio estrecho y
+corto, de resbaladizo pavimento de piedra, cerrado por verja de hierro
+tosco y fuerte, se agolpaba una multitud confusa, como un montón de
+gusanos negros. De aquel fermento humano brotaban, como burbujas,
+gritos, carcajadas, y un zumbido sordo que parecía el ruido de la marea
+de un mar lejano.
+
+Don Pompeyo, que daba diente con diente, de frío con fiebre, se detuvo
+en lo más alto de la calle de la Rúa para contemplar aquella muchedumbre
+apiñada a los pies de la torre, en tan estrecho recinto, cuando podía
+extenderse a sus anchas por toda la plazuela. «Ya sabía lo que era. _Los
+católicos_ celebraban un aniversario religioso. ¿Pero cómo? ¡Oh
+ludibrio!». Don Pompeyo se acercó al atrio: observó desde fuera. Lo
+mejor y lo peor de Vetusta estaba allí amontonado; las chalequeras, los
+armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del
+andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero
+con la _Vetusta elegante_ del Espolón y de los bailes del Casino: y para
+colmo del escándalo, según don Pompeyo, _so capa_ de celebrar una fiesta
+religiosa la juventud dorada del clero vetustense, todos aquellos
+«_licenciados de seminario_» como él los llamaba con pésima intención,
+«¡paseaban también por allí, apretados, prensados, con sus manteos y
+todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que
+respirar, sin más recreo que el poco honesto de sentir el roce de la
+especie, el instinto del rebaño, mejor, de la piara!». Y separando los
+ojos «de aquella podredumbre en fermento, de aquella _gusanera
+inconsciente_», volviolos Guimarán a lo alto, y miró a la torre que con
+un punto de luz roja señalaba al cielo.... «¡Aquí no hay nada cristiano,
+pensó, más que ese montón de piedras!».
+
+Huyó de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de la
+Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen
+los de arriba con los de abajo. Entró en su casa.... Pidió tila, se
+acostó... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas que le echaban
+sobre el cuerpo cuantas mantas había en casa, el ateo empedernido sintió
+una dulce ternura nerviosa, un calorcillo confortante y se dijo: «Al
+fin, hay una religión, la del hogar».
+
+A la mañana siguiente despertó a toda la casa a campanillazos. «Se
+sentía mal. Que llamasen a Somoza». Somoza dijo que aquello no era nada.
+Ocho días después propuso a la señora de Guimarán el arduo problema de
+lo que allí se llamaba «la preparación del enfermo». «Había que
+prepararle», ¿a qué? «A bien morir».
+
+De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compañía de su
+madre al oír la noticia.
+
+Las otras dos, más fuertes, deliberaron. ¿Quién le ponía el cascabel al
+gato? ¿Quién proponía a su señor padre que recibiera los Sacramentos?
+
+Se lo propuso la hija mayor, Agapita.
+
+--Papá, tú que eres tan bueno, ¿querrías darme un disgusto, dárselo a
+mamá, sobre todo, que te quiere tanto... y es tan religiosa?...
+
+--No prosigas, Agapita querida--dijo el enfermo con voz meliflua, débil,
+mimosa--. Ya sé lo que pides. Que confiese. Está bien, hija mía. ¿Cómo
+ha de ser? Hace días que esperaba este momento. El señor de Somoza es
+tan angelical que no quería darme un susto; pero yo conocía que esto iba
+mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de complaceros. Sólo
+os pido una cosa... que venga el señor Magistral. Quiero que me oiga en
+confesión el señor De Pas; necesito que me oiga, y que me perdone.
+
+Agapita lloró sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala habían
+oído el diálogo Somoza y la hija menor de Guimarán, Perpetua. Media
+hora después toda Vetusta sabía el milagro. «¡_El Ateo_ llamaba al
+Magistral para que le ayudara a bien morir!».
+
+Don Fermín estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho, como un
+perro, gruñía en cuanto olfateaba la presencia de algún importuno. El
+Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido menor le sonaba a patadas en
+la cabeza. Doña Paula había prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se
+andaba de puntillas y se procuraba volar.
+
+Teresina creyó que el recado de las señoritas de Guimarán era cosa
+grave, y merecía la pena de infringir la regla general.
+
+--Están ahí de parte de la señora y señoritas de Guimarán....
+
+--¡De Guimarán!--dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tenía
+los ojos cerrados.
+
+--¡De Guimarán! Tú estás loca...--dijo doña Paula muy bajo.
+
+--Sí, señora, de Guimarán, de don Pompeyo, que se está muriendo y quiere
+que le vaya a confesar el señorito.
+
+Hijo y Madre dieron un salto; doña Paula quedó en pie, don Fermín
+sentado en su lecho.
+
+Se hizo entrar a la criada de Guimarán y repetir el recado.
+
+La criada lloraba y describía entre suspiros la tristeza de la familia y
+el consuelo que era ver al señor pedir los Santos Sacramentos.
+
+El Magistral y doña Paula se consultaron con los ojos. Se entendieron.
+
+--¿Te hará daño?
+
+--No. Que voy ahora mismo.
+
+--Salid. Que el señorito está muy enfermo, pero que lo primero es lo
+primero y que va allá ahora mismo.
+
+Quedaron solos hijo y madre.--¿Será una broma de ese tunante?
+
+--No señora; es un pobre diablo. Tenía que acabar así. Pero yo no sabía
+que estaba enfermo.
+
+De Pas hablaba mientras se vestía ayudado por su madre, que buscó en el
+fondo de un baúl la ropa de más abrigo.
+
+--¿Fermo, y si tú te pones malo de veras... es decir, de cuidado?...
+
+--No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza sí. Es
+preciso llegar allá antes que se sepa por ahí... ¿No comprende usted?
+
+--Sí, claro; tienes razón.
+
+Callaron. El Magistral se cogió a la pared y al hombro de su madre para
+tenerse en pie.
+
+En su despacho se sentó un momento.
+
+--¿Mandamos por un coche?...--Sí, es claro; ya debía estar hecho eso. A
+Benito, aquí en la esquina....
+
+Entró Teresa.--Esta carta para el señorito.
+
+Doña Paula la tomó, no conoció la letra del sobre.
+
+Fermín sí; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano temblorosa....
+
+--¿De quién es?--preguntó la madre al ver que Fermín palidecía.
+
+--No sé... ya la veré después. Ahora al coche... a ver a Guimarán....
+
+Y se puso de pies, escondió la carta en un bolsillo interior, y se
+dirigió a la puerta con paso firme.
+
+Doña Paula, aunque sospechaba, no sabía qué, no se atrevió esta vez a
+insistir. Le daba lástima de aquel hijo que enfermo, triste, tal vez
+desesperado, iba por ella a continuar la historia de su grandeza, de sus
+ganancias; iba a rescatar el crédito perdido buscando un milagro de los
+más sonados, de los más eficaces y provechosos, un milagro de
+conversión. «Era un héroe». «¡Cuánto había padecido durante aquella
+cuaresma!». Ella, doña Paula, había acabado por adivinar que su hijo y
+la Regenta no se veían ya; habían reñido por lo visto. Al principio el
+egoísmo de la madre triunfó y se alegró de aquel rompimiento que
+suponía. Conoció que su hijo no se humillaría jamás a pedir una
+reconciliación, que antes moriría desesperado como un perro, allí, en
+aquel lecho donde había caído al cabo, después de pasear la cólera
+comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de día y de noche. Pero
+la desesperación taciturna de su Fermo, complicada con una enfermedad
+misteriosa, de mal aspecto, que podía parar en locura, asustó a la madre
+que adoraba a su modo al hijo; y noche hubo en que, mientras velaba el
+dolor de su Fermo pensó en mil absurdos, en milagros de madre, en ir
+ella misma a buscar a la infame que tenía la culpa de aquello, y
+degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, allí, al
+pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a
+su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvación, de todo, a
+salvarle o morir con él.... De estas ideas absurdas, que rechazaba
+después el buen sentido, le quedaba a doña Paula una ira sorda,
+reconcentrada, y una aspiración vaga a formar un proyecto extraño, una
+intriga para cazar a la Regenta y hacerla servir para lo que Fermo
+quisiera... y después matarla o arrancarle la lengua....
+
+Los primeros días, después de separarse Ana y De Pas, era el Magistral
+quien preguntaba más a menudo a Teresina, afectando indiferencia, pero
+sin que su madre le oyera: «¿Ha habido algún recado, alguna carta para
+mí?». Después, también doña Paula, a solas también, preguntaba a la
+doncella, con voz gutural, estrangulada: «¿Han traído algún recado...
+algún papel... para el señorito?».
+
+No, no habían traído nada. La cuaresma había pasado así, había comenzado
+la semana de Dolores, estaba concluyendo... y nada.
+
+«Debe de ser de ella», pensó doña Paula cuando vio el papel que presentó
+Teresina. Sintió ira y placer a un tiempo.
+
+El Magistral sentía en los oídos huracanes. Temía caerse. Pero estaba
+dispuesto a salir. También se juró negarse a leer la carta delante de su
+madre, aunque ella lo pidiera puesta en cruz. «Aquella carta era de él,
+de él solo». Llegó el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada
+por un caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y
+sucios.
+
+Doña Paula, que había acompañado a su hijo hasta el portal, dijo con
+énfasis al cochero:
+
+--A casa de don Pompeyo Guimarán... ya sabes....
+
+--Sí, sí... Dobló el coche la esquina; don Fermín corrió un cristal y
+gritó:
+
+--Despacio, al paso. Miró la carta de Ana. Rompió el sobre con dedos que
+temblaban y leyó aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se
+confundían enganchadas unas con otras. Adivinó más que descifró los
+caracteres que se evaporaban ante su vista débil.
+
+«Fermín: necesito ver a usted, quiero pedirle perdón y jurarle que soy
+digna de su cariñoso amparo; Dios ha querido iluminarme otra vez; la
+Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que yo le busque a usted,
+que le llame. Pensé en ir yo misma a su casa. Pero temo que sea
+indiscreción. Sin embargo, iré, a pesar de todo, si es verdad que está
+usted enfermo y que no puede salir. ¿Dónde le podré hablar? Estoy segura
+de que por caridad a lo menos no dejará sin respuesta mi carta. Y si la
+deja, allá voy. Su mejor amiga, su esclava, según ha jurado y sabrá
+cumplir.--ANA».
+
+De Pas dejó de sentir sus dolores, no pensó siquiera en esto; miró al
+cielo, iba a obscurecer. Cogió con mano febril la blusa azul del cochero
+que volvió la cabeza.
+
+--¿Qué hay señorito?
+
+--A la Plaza Nueva... a la Rinconada....
+
+--Sí, ya sé... pero ¿ahora?
+
+--Sí, ahora mismo, y a escape.
+
+El coche siguió al paso. «Si está don Víctor, que no lo quiera Dios,
+basta con que Ana me mire, con que me vea allí... Si no está... mejor.
+Entonces hablaré, hablaré...».
+
+Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Fermín dejó caer la
+cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rincón obscuro
+del coche, ocultando el rostro en las manos que ardían, lloró como un
+niño, sin vergüenza de aquellas lágrimas de que él solo sabría.
+
+No estaba don Víctor en casa.
+
+El Magistral estuvo en el caserón de los Ozores desde las siete hasta
+más de las ocho y media. Cuando salió, el cochero dormía en el pescante.
+Había encendido los faroles del coche y esperaba, seguro de cobrar caro
+aquel sueño. Don Fermín entró en casa de don Pompeyo a las nueve menos
+cuarto. La sala estaba llena de curas y seglares devotos. Todas las
+hijas de Guimarán salieron al encuentro del Provisor, cuyo rostro
+relucía con una palidez que parecía sobrenatural. Se hubiera dicho que
+le rodeaba una aureola.
+
+Tres veces se había mandado aviso a casa del Magistral para que viniera
+en seguida. Don Pompeyo quería confesar, pero con De Pas y sólo con De
+Pas: decía que sólo al Magistral quería decir sus pecados y declarar sus
+errores; que una voz interior le pedía con fuerza invencible que llamara
+al Magistral y sólo al Magistral.
+
+Doña Paula contestaba que su hijo había salido a las siete, en coche, en
+cuanto había recibido aviso, que había ido derecho a casa de Guimarán.
+Pero como no llegaba, se repetían los recados. Doña Paula estaba
+furiosa. ¿Qué era de su hijo? ¿Qué nueva locura era aquella?
+
+Al fin las de Guimarán, en vista de que el Provisor no parecía, llamaron
+al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros
+clérigos que más o menos trataban al enfermo. Todo inútil. Él quería al
+Magistral; la voz interior se lo pedía a gritos. Glocester al lado de
+aquel lecho de muerte se moría de envidia y estaba verde de ira, aunque
+sonreía como siempre.
+
+--Pero, señor don Pompeyo, hágase usted cargo de que todos somos
+sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversión de usted....
+
+--Sí señor, sincera; yo nunca he engañado a nadie. Yo quiero
+reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si está de Dios que
+muera....
+
+--Oh, no, eso no...--Tal creo yo; pero de todas suertes... quiero
+volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del señor
+don Fermín; tengo motivos poderosos para exigir esto, son voces de mi
+conciencia....
+
+--Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese señor Magistral no
+parece....
+
+--Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesaré con cualquiera de
+ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a esperar.
+
+El cura de la parroquia no consiguió más que el Arcediano. De don
+Custodio no hay que hablar. Todos aquellos señores sacerdotes «estaban
+allí en ridículo», según opinión de Glocester. La verdad era que un
+color se les iba y otro se les venía.
+
+--¿Será esto un complot?--dijo Mourelo al oído de don Custodio.
+
+Después de tanto hacerse esperar llegó el Magistral.
+
+Las hijas de Guimarán le llevaron en triunfo junto a su padre.
+
+De Pas parecía un santo bajado del cielo; una alegría de arcángel
+satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que había reflejos
+de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la juventud
+de la pasión, rozagante en aquel momento. Mientras Guimarán estrechaba
+la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su pensamiento a
+la realidad presente, seguía saboreando la escena de dulcísima
+reconciliación en que acababa de representar papel tan importante. «¡Ana
+era suya otra vez, su esclava! ella lo había dicho de rodillas,
+llorando.... ¡Y aquel proyecto, aquel irrevocable propósito de hacer ver
+a toda Vetusta en ocasión solemne que la Regenta era sierva de su
+confesor, que creía en él con fe ciega!...». Al recordar esto, con todos
+los pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermín sintió que
+le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que
+él llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de soplo
+caliente. Pidió una silla. Se sentó al lado del enfermo y por primera
+vez vio lo que tenía delante; un rostro pálido, avellanado, todo huesos
+y pellejo que parecía pergamino claro. Los ojos de Guimarán tenían una
+humedad reluciente, estaban muy abiertos, miraban a los abismos de ideas
+en que se perdía aquel cerebro enfermo, y parecían dos ventanas a que se
+asomaba el asombro mudo.
+
+Quedaron solos el enfermo y el confesor.
+
+De Pas se acordó de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de
+Glocester, de Mesía, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia se
+decidió a sacar todo el partido posible de aquella conversión que se le
+venía a las manos. En un solo día ¡cuánta felicidad! Ana y la influencia
+que se habían separado de él volvían a un tiempo; Ana más humilde que
+nunca, la influencia con cierto carácter sobrenatural. Sí, él estaba
+seguro de ello, conocía a los vetustenses; un entierro les había hecho
+despreciar a su tirano, otro entierro les haría arrodillarse a sus pies,
+fanatizados unos, asustados por lo menos los demás. Mientras hablaba con
+don Pompeyo de la religión, de sus dulzuras, de la necesidad de una
+Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el Magistral preparaba
+todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya que aquel
+tontiloco se le metía entre los dedos, no sería en vano. Los otros
+tontos, los que creían que Guimarán era ateo de puro malvado y de puro
+sabio, mirarían aquella conquista como cosa muy seria, como una ganancia
+de incalculable valor para la Iglesia.
+
+«¡El ateo! Aunque todos le tenían por inofensivo, creían los más en su
+maldad ingénita y en una misteriosa superioridad diabólica. Y aquel
+diablo, aquel malhechor se arrojaba a los pies del señor espiritual de
+Vetusta.... ¡Oh! ¡qué gran efecto teatral!... No, no sería él bobo, su
+madre tenía razón, había que sacar provecho.... Y después, aquello no era
+más que una preparación para otro triunfo más importante; ¿no se había
+dicho que hasta la Regenta le abandonaba? Pues ya se vería lo que iba a
+hacer la Regenta...». Don Fermín se ahogaba de placer, de orgullo; se le
+atragantaban las pasiones mientras don Pompeyo tosía, y entre esputo y
+esputo de flema decía con voz débil:
+
+--Puede usted creer... señor Magistral... que ha sido un milagro esto...
+sí, un milagro.... He visto coros de ángeles, he pensado en el Niño
+Dios... metidito en su cuna... en el portal de Belem... y he sentido una
+ternura... así... como paternal... ¡qué sé yo!... ¡Eso es sublime, don
+Fermín... sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!...
+pero dice usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios,
+hablando de Él... sólo que al revés... todo lo entendía al revés....
+
+Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por
+sollozos.
+
+Después el Magistral le hizo callar y escucharle.
+
+Habló mucho y bien don Fermín. Era necesario para obtener el perdón de
+Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda sanaría--y eso
+pensaba él también--diese un ejemplo edificante de piedad. Su conversión
+debía ser solemne, para escarmiento de pícaros y enseñanza saludable de
+los creyentes tibios.
+
+--Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos males
+ha hecho....
+
+--Pues usted dirá... don Fermín... yo soy esclavo de su voluntad....
+Quiero el perdón de Dios y el de usted... el de usted a quien tanto he
+ofendido haciéndome eco de calumnias.... Y crea usted que yo no le quería
+a usted mal, pero como mi propósito era combatir el fanatismo, al clero
+en general... y además Barinaga sólo así podía ser conquistado.... ¡Oh
+Barinaga! ¡infeliz don Santos! ¿Estará en el infierno, verdad, don
+Fermín? ¡Infeliz! ¡Y por mi culpa!
+
+--Quién sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y además,
+puede contarse con su bondad infinita.... ¡Quién sabe!... Lo principal
+es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de piedad acendrada....
+Esta lección puede traer muchas conversiones detrás de sí. ¡Ah, don
+Pompeyo, no sabe usted cuánto puede ganar la Religión con lo que usted
+ha hecho y piensa hacer!...
+
+A la mañana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompañar el
+Viático que por la tarde debía ser administrado al señor Guimarán. Era
+Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del pueblo más que
+religión.
+
+--¡El papel Provisor sube!--decía Foja furioso al oído de Glocester, a
+quien encontró en el atrio de la catedral, al salir de misa.
+
+--¡Esto es un complot!--Lo que es un idiota ese don Pompeyo.
+
+--No, un complot.... La verdad era que el _papel Provisor_ subía mucho
+más de lo que podían sus enemigos figurarse.
+
+Así como no se explicaba fácilmente por qué el descrédito había sido tan
+grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora podía nadie darse cuenta de
+cómo en pocas horas el espíritu de la opinión se había vuelto en favor
+del Magistral, hasta el punto de que ya nadie se atrevía delante de
+gente a recordar sus vicios y pecados; y no se hablaba más que de la
+conversión milagrosa que había hecho.
+
+No importaba que Mourelo gritase en todas partes:
+
+--Pero si no fue él, si fue un arranque espontáneo del ateo.... Si así
+hacen todos los espíritus fuertes cuando les llega su hora....
+
+Nadie hacía caso del murmurador. «Milagro sí lo había, pero lo había
+hecho el Magistral». Ya nadie dudaba esto. «Era un gran hombre, había
+que reconocerlo».--Doña Paula, por medio del Chato y otros ayudantes,
+doña Petronila, su cónclave, Ripamilán, el mismo Obispo, que había
+abrazado al Magistral en la catedral poco después de bendecir las
+palmas, todos estos, y otros muchos, eran propagandistas entusiastas de
+la gloria reciente, fresca de don Fermín, de su triunfo palmario sobre
+las huestes de Satán.
+
+Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesía que habló con el
+ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de la
+opinión, favorable hasta no poder más, a don Fermín.
+
+«Más valía esperar; ya pasaría aquella racha y volvería toda Vetusta a
+ver al milagroso don Fermín de Pas tal como era, _en toda su horrible
+desnudez_».
+
+Después que comulgó don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las
+circunstancias, teniendo a su lado al _cura de cabecera_, a don Fermín y
+a Somoza, el médico, Vetusta entera, que había acudido a la casa y a las
+puertas de la casa del converso, se esparció por todo el recinto de la
+ciudad haciéndose lenguas de la unción con que moría el ateo, a quien
+ahora todos concedían un talento extraordinario y una sabiduría
+descomunal, y pregonando el celo apostólico del Provisor, su tacto, su
+influencia evangélica, que parecía cosa de magia o de milagro.
+
+Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de médicos. Somoza se había
+equivocado como solía. Don Pompeyo estaba enfermo de muerte, pero podía
+durar muchos días: era fuerte... no había más que oírle hablar.
+
+Somoza mantuvo su opinión con energía heroica. «Cierto que podía durar
+algunos días más de los que él había anunciado, el señor Guimarán; pero
+la ciencia no podía menos de declarar que la muerte era inminente. Podía
+durar, sí, el enfermo, mil y mil veces sí, pero ¿debido a qué?
+Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No que él, don
+Robustiano Somoza, hombre científico ante todo, creyese en la eficacia
+material de la religión: pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba
+con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tenía dicho, podía
+admitir y admitía, aleccionado por la experiencia, que lo psíquico
+influye en lo físico y viceversa, y que la conversión repentina de don
+Pompeyo podría haber determinado una variación en el curso natural de su
+enfermedad... todo lo cual era extraño a la ciencia médica como tal y
+sin más».
+
+En efecto, don Pompeyo duró hasta el miércoles Santo.
+
+Trifón Cármenes, desde el día en que se supo la conversión de Guimarán,
+concibió la empecatada idea de consagrar una _hoja literaria_ del
+_lábaro_ al importantísimo suceso. Pero había que esperar a que el
+enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto último era lo
+más probable y lo que más convenía a los planes de Cármenes, el cual
+desde el domingo de Ramos tenía a punto de terminar una larguísima
+composición poética en que se _cantaba_ la muerte del ateo felizmente
+restituido a la fe de Cristo. La oda elegíaca, o elegía a secas, lo que
+fuera, que Trifón no lo sabía, comenzaba así:
+
+ ¿Qué me anuncia ese fúnebre lamento...?
+
+El poeta iba y venía de la _casa mortuoria_ como él la llamaba ya para
+sus adentros, a la redacción, de la redacción a la casa mortuoria.
+
+--¿Cómo está?--preguntaba en voz muy baja, desde el portal.
+
+La criada contestaba:--Sigue lo mismo. Y Trifón corría, se encerraba
+con su elegía y continuaba escribiendo:
+
+ ¡Duda fatal, incertidumbre impía!...
+ Parada en el umbral, la Parca fiera
+ ni ceja ni adelanta en su porfía;
+ como sombra de horror, calla y espera...
+
+Pasaban algunas horas, volvía a presentarse Trifón en casa del
+moribundo; con voz meliflua y tenue decía:
+
+--¿Cómo sigue don Pompeyo?
+
+--Algo recargado--le contestaban. Volvía a escape a la redacción,
+anhelante, «había que trabajar con ahínco, podía morirse aquel señor y
+la poesía quedar sin el último pergeño...». Y escribía con _pulso
+febril_:
+
+ Mas ¡ay! en vano fue; del almo cielo
+ la sentencia se cumple; inexorable...
+
+No sabía Trifón lo que significaba almo, es decir, no lo sabía a punto
+fijo, pero le sonaba bien.
+
+Cuando la criada de Guimarán le contestaba: «Que el señor había pasado
+mejor la noche», Cármenes, sin darse cuenta de ello, torcía el gesto, y
+sentía una impresión desagradable parecida a la que experimentaba cuando
+llegaba a convencerse de que un periódico de Madrid no le publicaría los
+versos que le había remitido. Él no quería mal a nadie, pero lo cierto
+era que, una vez tan adelantada la elegía, don Pompeyo le iba a hacer un
+flaco servicio si no se moría cuanto antes.
+
+Murió. Murió el miércoles Santo. El Magistral y Trifón respiraron.
+También respiró Somoza. Los tres hubieran quedado en ridículo a suceder
+otra cosa. En cuanto a Cármenes, terminó sus versos de esta suerte:
+
+ No le lloréis. Del bronce los tañidos
+ himnos de gloria son; la Iglesia santa
+ le recogió en su seno... etc.
+
+Al pobre Trifón le salían los versos montados unos sobre otros: igual
+defecto tenía en los dedos de los pies.
+
+El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. _Acompañaron a la
+última morada el cadáver del finado_ las autoridades civiles y
+militares; una comisión del Cabildo presidida por el Deán, la Audiencia,
+la Universidad, y además cuantos se preciaban de buenos o malos
+católicos. La viuda y las huérfanas recibían especial favor y consuelo
+con aquella pública manifestación de simpatía. El Magistral iba
+presidiendo el duelo de familia: no era pariente del difunto, pero le
+había sacado de las garras del Demonio, según Glocester, que se quedó en
+la sala capitular murmurando. «Aquello más que el entierro de un
+cristiano fue la apoteosis pagana del pío, felice, triunfador Vicario
+general». En efecto, el pueblo se lo enseñaba con el dedo: «Aquel es,
+aquel es, decía la muchedumbre señalando al Apóstol, al Magistral».
+
+Los milagros que doña Paula había hecho correr entre las masas
+impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo señor Obispo,
+en su último sermón a las beatas pobres y clase de tropa, criadas de
+servicio, etc., etc., había aludido al triunfo de aquel hijo predilecto
+de la Iglesia....
+
+--No habrá más remedio que agachar la cabeza y dejar pasar el
+temporal--decía Foja.
+
+Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que comían de carne
+en una fonda todos los viernes Santos.
+
+«¡Aquel don Pompeyo les había desacreditado!
+
+»¡Vaya un libre-pensador!
+
+»¡Era un gallina! »¡Murió loco! »¡Le dieron hechizos! »¿Qué hechizos?
+Morfina.
+
+»El clero, milagros del clero...
+
+»Le convirtieron con opio... »La debilidad hace sola esos milagros...
+
+»Sobre todo era un badulaque...».
+
+El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los
+anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un
+profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la
+jota Aragonesa.
+
+En casa de Vegallana la tal noticia _estalló como una bomba_. Volvía la
+Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa María con
+Visitación; volvía también Obdulia Fandiño que había pedido en San
+Pedro, a la hora en que visitaban los _monumentos_ los oficiales de la
+guarnición; y todas aquellas señoras, en el gabinete de la Marquesa
+reunidas, escuchaban pasmadas lo que solemnemente decía el gran
+Constantino, doña Petronila Rianzares, que había recaudado veinte duros
+en la mesa de petitorio de San Isidro. Y decía el obispo-madre:
+
+--Sí, señora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita está resuelta a
+dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo....
+
+--Pero Quintanar... no lo consentirá...
+
+--Ya ha consentido... a regañadientes, por supuesto. Ana le ha hecho
+comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle cumplir su
+promesa sería un acto de despotismo que ella no perdonaría jamás....
+
+--¿Y el pobre calzonazos dio su permiso?--dijo Visita, colorada de
+indignación--. ¡Qué maridos de la isla de San Balandrán!--añadió
+acordándose del suyo.
+
+La Marquesa no acababa de santiguarse. «Aquello no era piedad, no era
+religión; era locura, simplemente locura. La devoción racional,
+_ilustrada_, de buen tono, era aquella otra, pedir para el Hospital a
+las corporaciones y particulares a las puertas del templo, regalar
+estandartes bordados a la parroquia; ¡pero vestirse de mamarracho y
+darse en espectáculo!...».
+
+--¡Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomaría por
+una demagoga, por una _Suñera_.
+
+--Pues yo, ¿qué he dicho?
+
+--¿Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una _nazarena_...
+
+La Marquesa encogió los hombros y volvió a santiguarse. Obdulia tenía la
+boca seca y los ojos inflamados. Sentía una inmensa curiosidad y cierta
+envidia vaga...
+
+«¡Ana iba a darse en espectáculo!» cierto, esa era la frase. ¿Qué más
+hubiera querido ella, la de Fandiño, que darse en espectáculo, que
+hacerse mirar y contemplar por toda Vetusta?
+
+--¿Y el traje? ¿cómo es el traje? ¿sabe usted...?
+
+--¿Pues no he de saber?--contestó doña Petronila, orgullosa porque
+estaba enterada de todo--. Ana llevará túnica talar morada, de
+terciopelo, con franja _marrón foncé_....
+
+--¿Marrón foncé?--objetó Obdulia--... no dice bien... oro sería mejor.
+
+--¿Qué sabe usted de esas cosas?... Yo misma he dirigido el trabajo de
+la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha dejado a mí el cuidado
+de todos los pormenores.
+
+--¿Y la túnica es de vuelo?
+
+--Un poco...--¿Y cola?--No, ras con ras...--¿Y calzado?
+¿sandalias...?
+
+--¡Calzado! ¿qué calzado? El pie desnudo....
+
+--¡Descalza!--gritaron las tres damas.
+
+--Pues claro, hijas, ahí está la gracia.... Ana ha ofrecido ir
+descalza....
+
+--¿Y si llueve?--¿Y las piedras?--Pero se va a destrozar la piel...
+--Esa mujer está loca...--¿Pero dónde ha visto ella a nadie hacer esas
+diabluras?
+
+--¡Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto como este,
+un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante....
+
+--Pero, ¿cómo se le ha ocurrido... eso? ¿Dónde ha visto ella eso?...
+
+--Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los
+muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sería
+meritorio exponerse a los sarcasmos de los impíos, y a las burlas
+disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo
+que hizo el Señor por nosotros pecadores.
+
+--¡Descalza!--repetía asombrada Obdulia.--La envidia crecía en su pecho.
+«Oh, lo que es esto--pensaba--indudablemente tiene _cachet_. Sale de lo
+vulgar, es una _boutade_, es algo... de un buen tono superfino...».
+
+El Marqués entró en aquel momento con don Víctor colgado del brazo.
+
+Vegallana venía consolando al mísero Quintanar, que no ocultaba su
+tristeza, su decaimiento de ánimo.
+
+Doña Petronila se despidió antes de que el atribulado ex-regente pudiera
+echarle el tanto de culpa que la correspondía en aquella aventura que él
+reputaba una desgracia.
+
+--Vamos a ver, Quintanar--preguntó la Marquesa con verdadero interés y
+mucha curiosidad....
+
+--Señora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el poeta...
+
+ ¡No podían vencerme... y me vencieron...!
+
+--Déjese usted de versos, alma de Dios.... ¿Quién le ha metido a Ana eso
+en la cabeza?
+
+--¿Quién había de ser? Santa Teresa... digo... no... el Paraguay.
+
+--¿El Para...?--No, no es eso. No sé lo que me digo.... Quiero decir....
+Señores, mi mujer está loca.... Yo creo que está loca.... Lo he dicho mil
+veces.... El caso es... que cuando yo creía tenerla dominada, cuando yo
+creía que el misticismo y el Provisor eran agua pasada que no movía
+molino... cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a
+lo mejor ¡zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesión.
+
+--Pero si en Vetusta jamás ha hecho eso nadie....
+
+--Sí tal--dijo el Marqués--. Todos los años va en el entierro de Cristo,
+Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro más sanguinario de
+Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas....
+
+--Pero, Marqués, no compare usted a mi mujer con Vinagre.
+
+--No, si yo no comparo...--Pero, señores, señores, digo yo--repetía
+doña Rufina--¿cuándo ha visto Ana que una señora fuese en el Entierro
+detrás de la urna con hábito, o lo que sea, de nazareno?...
+
+--Sí, verlo, sí lo ha visto. Lo hemos visto en Zaragoza... por ejemplo.
+Pero yo no sé si aquellas eran señoras de verdad....
+
+--Y además, no irían descalzas--dijo Obdulia.
+
+--¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira de Dios! ¡eso sí que
+no!... ¡Pardiez!
+
+Gran trabajo costó contener la indignación colérica de don Víctor. El
+cual, más calmado, se volvió a casa, y entre tener _otra explicación_
+con su señora o encerrarse en un significativo silencio, prefirió
+encerrarse en el silencio... y en el despacho.
+
+«A sí mismo no se podía engañar. Comprendía que la resolución de Ana era
+irrevocable».
+
+El Viernes Santo amaneció plomizo; el Magistral muy temprano, en cuanto
+fue de día, se asomó al balcón a consultar las nubes. «¿Llovería?
+Hubiera dado años de vida porque el sol barriera aquel toldo ceniciento
+y se asomara a iluminar cara a cara y sin rebozo aquel día de su
+triunfo.... ¡Dos días de triunfo! ¡El miércoles el entierro del ateo
+convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos él, don Fermín
+triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos
+tragando polvo, dispersos y aniquilados!».
+
+También Ana miró al cielo muy de mañana, y sin poder remediarlo pensó
+¡si lloviera! Lo deseaba y le remordía la conciencia de este deseo.
+Estaba asustada de su propia obra. «Yo soy una loca--pensaba--tomo
+resoluciones extremas en los momentos de la exaltación y después tengo
+que cumplirlas cuando el ánimo decaído, casi inerte, no tiene fuerza
+para querer». Recordaba que de rodillas ante el Magistral le había
+ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pública y solemne de su
+adhesión a él, al perseguido, al calumniado. Se le había ocurrido
+aquella tremenda traza de mortificación propia en la novena de los
+Dolores, oyendo el _Stabat Mater_ de Rossini, figurándose con
+calenturienta fantasía la escena del Calvario, viendo a María a los pies
+de su hijo, _dum pendebat filius_, como decía la letra. Había recordado,
+como por inspiración, que ella había visto en Zaragoza a una mujer
+vestida de Nazareno, caminar descalza detrás de la urna de cristal que
+encerraba la imagen supina del Señor, y sin pensarlo más, había
+resuelto, se había jurado a sí misma caminar así, a la vista del pueblo
+entero, por todas las calles de Vetusta detrás de Jesús muerto, cerca de
+aquel Magistral que padecía también muerte de cruz, calumniado,
+despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no había
+remedio, don Fermín, después de una oposición no muy obstinada, había
+accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doña
+Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras
+sacrílegas, se había ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores
+del _sacrificio_... «¡Y ahora, cuando era llegado el día, cuando se
+acercaba la hora, se le ocurría a ella dudar, temer, desear que se
+abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el
+trance de la procesión!».
+
+Ana pensaba también en su Quintanar. Todo aquello era por él, cierto;
+era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero ¿no
+había otra manera de ser piadosa? ¿No había sido un arrebato de locura
+aquella promesa? ¿No iba a estar en ridículo aquel marido que tenía que
+ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas
+las calles de la Encimada, _dándose en espectáculo_ a la malicia, a la
+envidia, a todos los pecados capitales, que contemplarían desde aceras y
+balcones aquel _cuadro vivo_ que ella iba a representar? Buscaba Ana el
+fuego del entusiasmo, el frenesí de la abnegación que hacía ocho días,
+en la iglesia, oyendo música, le habían sugerido aquel proyecto; pero el
+entusiasmo, el frenesí, no volvían; ni la fe siquiera la acompañaba. El
+miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por
+completo; ya no creía, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en
+Cristo, ni en María, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para
+restaurar la fama del Magistral: no pensaba más que en _el escándalo_ de
+aquella exhibición. «Sí, escándalo era; la mujer de su casa, la esposa
+honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectáculo próximo.... No,
+no estaba segura de que su abnegación fuese buena siquiera; acaso era
+una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decían con
+silencio solemne...» y Ana sudaba de congoja.... «¡Lo que había
+prometido!».
+
+No llovió. El toldo gris del cielo continuó echado sobre el pueblo todo
+el día. Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de
+la iglesia de San Isidro.
+
+--«¡Ya llega, ya llega!»--murmuraban los socios del Casino apiñados en
+los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del
+cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de
+contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada
+de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni más ni
+menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.
+
+Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar
+la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas
+de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la
+Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba».
+No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido
+en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete
+espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se
+esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del
+Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio
+churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí
+y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa,
+Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada
+aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba
+pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de
+los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus
+gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos,
+admirados y compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de
+Fandiño el bello ideal de la coquetería.
+
+Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a
+negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas
+vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían
+atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un
+pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y
+también procesiones.... ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente,
+significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que
+dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo
+del terciopelo morado de la _nazarena_! «Y era natural; todo Vetusta,
+seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies
+descalzos, ¿por qué? porque hay un _cachet_ distinguidísimo en el modo
+de la exhibición, porque... esto es cuestión de _escenario_». «¿Cuándo
+llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una
+envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria
+bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en
+aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre.
+
+Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario,
+que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne día, según costumbre
+inveterada y era el más terrible Herodes de primeras letras los demás
+días del año. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecían de
+corazón, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al señor
+maestro, con su cruz de cartón al hombro y su corona de espinas al
+natural, que le pinchaban efectivamente, como se conocía por el
+movimiento de las cejas y la expresión dolorosa de las arrugas de la
+frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le
+atravesasen el cráneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la
+escuela.
+
+Vinagre, en su afán de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su
+mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no
+sólo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le había
+inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a
+los recentales de su rebaño pedagógico, sino que era gran parte en
+aquella exhibición anual la pícara vanidad. El saber que una vez al año,
+él, Vinagre, don Belisario, era objeto de la _espectación general_, le
+llenaba el alma de gloria. Nadie se había atrevido a seguir su ejemplo;
+él era el único Nazareno de la población y gozaba de este privilegio
+tranquilamente muchos años hacía.
+
+La competencia de doña Ana Ozores en vez de molestarle le colmó de
+orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de
+San Isidro, se emparejó con ella, la saludó muy cortésmente, y con su
+cruz a cuestas y todo supo demostrar que él era ante todo, y aun camino
+del Calvario, un cumplido caballero; si había charcos él era el que se
+metía por ellos para evitar el fango a los pies desnudos y de nácar de
+aquella ilustre señora, su compañera. Ana iba como ciega, no oía ni
+entendía tampoco, pero la presencia grotesca de aquel compañero
+inesperado la hizo ruborizarse y sintió deseos locos de echar a correr.
+«La habían engañado, nada le habían dicho de aquella caricatura que iba
+a llevar al lado». «Oh, si ella tuviese todavía aquel espíritu
+sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva mortificación, este
+escarnio, esta saturación de ridículo le hubiera agradado, porque así el
+sacrificio era mayor, la fuerza de su abnegación sublime».
+
+Vinagre admiró como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los
+pies descalzos de la Regenta. En cuanto a él lucía deslumbradora bota de
+charol, con perdón de la propiedad histórica. Demasiado sabía Vinagre
+que las botas de charol no existían en tiempo de Augusto, ni aunque
+existieran las había de llevar Jesús al Calvario; pero él no era más que
+un devoto, un devoto que en todo el año no tenía ocasión de lucirse;
+había que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasión sus botas
+como espejos, que sólo se calzaba en tan solemne día.
+
+«¡Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las señoras de la
+Audiencia cuando la procesión llegaba de verdad. Ahora no era un rumor
+falso, eran _ellos_, era el Entierro».
+
+Cesaron los comentarios en los balcones.
+
+Todas las almas, más o menos ruines, se asomaron a los ojos.
+
+Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios en tal instante.
+
+El pobre don Pompeyo, el ateo, ya había muerto.
+
+Visitación, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle
+estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las
+cruces y ciriales, observaba el gesto de don Álvaro Mesía, que estaba
+solo, al parecer, en el último balcón de la fachada del Casino, en el de
+la esquina. Todo de negro, abrochada la levita ceñida hasta el cuello,
+don Álvaro, pálido, mordía de rato en rato el puro habano que tenía en
+la boca, sonreía a veces y se volvía de cuando en cuando a contestar a
+un interlocutor, invisible para Visita.
+
+Era don Víctor Quintanar. Los dos amigos se habían encerrado en la
+secretaría del Casino, a ruegos del ex-regente, que quería ver, sin ser
+visto, lo que él llamaba la _subida al Calvario de su dignidad_. Detrás
+de Mesía, que daba buena sombra, temblando sin saber por qué,
+impaciente, casi con fiebre, Quintanar se disponía a ver todo lo que
+pudiera.
+
+--Mire usted--decía--si yo tuviera aquí una bomba Orsini... se la
+arrojaba sin inconveniente al señor Magistral cuando pase triunfante por
+ahí debajo. ¡Secuestrador!
+
+--Calma, don Víctor, calma; esto es el principio del fin. Estoy seguro
+de que Ana está muerta de vergüenza a estas horas. Nos la han
+fanatizado, ¿qué le hemos de hacer? pero ya abrirá los ojos; el exceso
+del mal traerá el remedio.... Ese hombre ha querido estirar demasiado la
+cuerda; claro que esto es un gran triunfo para él... pero Ana tendrá que
+ver al cabo que ha sido instrumento del orgullo de ese hombre.
+
+--¡Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ahí como un triunfador
+romano a una esclava... detrás del carro de su gloria....
+
+Don Víctor se embrollaba en estas alegorías, pero lo cierto era que él
+se figuraba a don Fermín de Pas, en medio de la procesión, y de pie en
+un carro de cartón, como él había visto entrar al barítono en el
+escenario del Real, una noche que cantaba el _Poliuto_.
+
+Don Álvaro no fingía su buen humor. Estaba un poco excitado, pero no se
+sentía vencido; él se atenía a sus experiencias. «Aquel clérigo no había
+tocado en la Regenta, estaba seguro». Sonreía de todo corazón, sonreía a
+sus pensamientos, a sus planes. «Claro que les molestaba a los nervios
+aquel espectáculo en que aparentemente el rival se mostraba triunfando a
+la romana, según don Víctor, pero... no había tocado en ella».
+
+Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros
+del balcón una cruz dorada, remate de un pendón viejo y venerable. Se
+puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle,
+y reconoció a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos.
+
+Mesía, dejando detrás de sí a su amigo, ocupó el medio del balcón,
+arrogante y desafiando las miradas de los clérigos que pasaban debajo de
+él.
+
+Los tambores vibraban fúnebres, tristes, empeñados en resucitar un dolor
+muerto hacía diez y nueve siglos; a don Víctor sí le sonaba aquello a
+himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patíbulo.
+
+El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y monótono.
+
+En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepúsculo;
+las largas filas de hachas encendidas, se perdían a lo lejos hacia
+arriba, mostrando la luz amarillenta de los pábilos, como un rosario de
+cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas
+cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles,
+subían y bajaban en contorsiones fantásticas, como sombras lucientes, en
+confusión de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin
+ruido, aquellos rostros sin expresión de los colegiales de blancas albas
+que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de
+ensueño. No parecían seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de
+blanco y negro, pálidos unos, con cercos morados en los ojos, otros
+morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos,
+preocupados con la idea fija del aburrimiento, máquinas de hacer
+religión, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanería.
+Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en Él;
+a cumplir con el oficio. Después venían en las filas clérigos con
+manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de señores, algunos
+carlistas, cinco o seis concejales, con traje de señores también. Iba
+allí Zapico, el dueño ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doña Paula.
+El Cristo tendido en un lecho de batista, sudaba gotas de barniz.
+Parecía haber muerto de consunción. A pesar de la miseria del arte, la
+estatua supina, por la grandeza del símbolo infundía respeto
+religioso.... Representaba a través de tantos siglos un duelo sublime.
+Detrás venía la Madre. Alta, escuálida, de negro, pálida como el hijo,
+con cara de muerta como él. Fija la mirada de idiota en las piedras de
+la calle, la impericia del artífice había dado, sin saberlo, a aquel
+rostro la expresión muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del
+sufrimiento. María llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no
+daba señales de sentirlas; no sentía más que la muerte que llevaba
+delante. Se tambaleaba sobre las andas. También esto era natural. Desde
+su altura dominaba la muchedumbre, pero no la veía. La Madre de Jesús no
+miraba a los vetustenses.... Don Álvaro Mesía, al pasar cerca de sus pies
+la Dolorosa tuvo miedo, dio un paso atrás en vez de arrodillarse. El
+choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don
+Álvaro, todos profanación y lujuria, le espantó a él mismo. Estaba
+pensando que Ana, después de _aquella locura_ que cometía por el
+confesor, por De Pas, haría otras mayores por el amante, por Mesía.
+
+Allí iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso más adelante, a
+los pies de la Virgen enlutada, detrás de la urna de Jesús muerto.
+También Ana parecía de madera pintada; su palidez era como un barniz.
+Sus ojos no veían. A cada paso creía caer sin sentido. Sentía en los
+pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de
+que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían.
+Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de
+toda el alma. «¡Ella era una loca que había caído en una especie de
+prostitución singular!; no sabía por qué, pero pensaba que después de
+aquel paseo a la vergüenza ya no había honor en su casa. Allí iba la
+tonta, la literata, Jorge Sandio, la mística, la fatua, la loca, la loca
+sin vergüenza». Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en
+todo el camino. El pensamiento no le daba más que vinagre en aquel
+calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de León en la
+_Perfecta Casada_, que, según ella, condenaban lo que estaba haciendo.
+«Me cegó la vanidad, no la piedad, pensaba». «Yo también soy cómica, soy
+lo que mi marido». Si alguna vez se atrevía a mirar hacia atrás, a la
+Virgen, sentía hielo en el alma. «La Madre de Jesús no la miraba, no
+hacía caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, María, iba allí
+porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, ¿a qué iba?...».
+
+Según el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermín no presidía
+este entierro como el del miércoles, pero celebraba con él su nuevo
+triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la tila derecha, entre
+otros señores canónigos, con roquete, muceta y capa; empuñaba el cirio
+apagado, como un cetro. «Él era el amo de todo aquello. Él, a pesar de
+las calumnias de sus enemigos había convertido al gran ateo de Vetusta
+haciéndole morir en el seno de la Iglesia; él llevaba allí, a su lado,
+prisionera con cadenas invisibles a la señora más admirada por su
+hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta edificando
+al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne
+flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por él, se le debía a
+él sólo. ¿No se decía que los jesuitas le habían eclipsado? ¿Que los
+Misioneros podían más que él con sus hijas de confesión? Pues allí
+tenían prueba de lo contrario. ¿Los jesuitas obligaban a las vírgenes
+vetustenses a ceñir el cilicio? Pues él descalzaba los más floridos pies
+del pueblo y los arrastraba por el lodo... allí estaban, asomando a
+veces debajo de aquel terciopelo morado, entre el fango. ¿Quién podía
+más?». Y después de las sugestiones del orgullo, los temblores cardíacos
+de la esperanza del amor. «¿Qué serían, cómo serían en adelante sus
+relaciones con Ana?». Don Fermín se estremecía. «Por de pronto mucha
+cautela. Tal vez el día en que dejé la puerta abierta a los celos la
+asusté y por eso tardó en volver a buscarme. Cautela por ahora...
+después... ello dirá». De Pas sentía que lo poco de clérigo que quedaba
+en su alma desaparecía. Se comparaba a sí mismo a una concha vacía
+arrojada a la arena por las olas. «Él era la cáscara de un sacerdote».
+
+Al pasar delante del Casino, frente al balcón de Mesía, Ana miraba al
+suelo, no vio a nadie. Pero don Fermín levantó los ojos y sintió el
+topetazo de su mirada con la de don Álvaro; el cual reculó otra vez,
+como al pasar la Virgen, y de pálido pasó a lívido. La mirada del
+Magistral fue altanera, provocativa, sarcástica en su humildad y dulzura
+aparentes: quería decir _¡Vae Victis!_ La de Mesía no reconocía la
+victoria; reconocía una ventaja pasajera... fue discreta, suavemente
+irónica, no quería decir: «Venciste, Galileo» sino «hasta el fin nadie
+es dichoso». De Pas comprendió, con ira, que el del balcón no se daba
+por vencido.
+
+--¡Va hermosísima!--decían en tanto las señoras del balcón de la
+Audiencia.
+
+--¡Hermosísima!--¡Pero se necesita valor!--Amigo, es una santa.--Yo
+creo que va muerta--dijo Obdulia--; ¡qué pálida! ¡qué _parada_! parece
+de escayola.
+
+--Yo creo que va muerta de vergüenza--dijo al oído de la Marquesa,
+Visita.
+
+Doña Rufina suspiraba con aires de compasión. Y advirtió:
+
+--Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho días
+con los pies hechos migas.
+
+La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en
+Vetusta, se atrevió a decir encogiendo los hombros:
+
+--Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de personas
+decentes.
+
+El Marqués apoyó la idea muy eruditamente.
+
+--Eso es piedad de transtiberina.--Justo--dijo la baronesa, sin
+recordar en aquel instante lo que era una transtiberina.
+
+Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, después de
+pasar la procesión y haber contemplado y admirado la hermosura y la
+valentía de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba inconvenientes
+graves en aquel «rasgo de inaudito atrevimiento».
+
+Foja en el Casino, lejos de Mesía y don Víctor, decía pestes del
+Magistral y la Regenta. «Todo eso es indigno. No sirve más que para dar
+alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarán los curas de
+aldea. Además, la mujer casada la pierna quebrada y en casa».
+
+--Sin contar--añadía Joaquín Orgaz--con que esto se presta a
+exageraciones y abusos. El año que viene vamos a ver a Obdulia Fandiño
+descalza de pie... y pierna, del brazo de Vinagre.
+
+Se rió mucho la gracia. Pero también se notó que Orgaz decía aquello
+porque no había sacado nada de sus pretensiones amorosas, o por lo
+menos, no había sacado bastante.
+
+El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de
+aquella señora. «Aquello era imitar a Cristo de verdad. ¡Emparejarse,
+como un cualquiera, con el señor Vinagre el nazareno; y recorrer
+descalza todo el pueblo!... ¡Bah! ¡era una santa!».
+
+En cuanto a don Víctor, al pasar debajo de su balcón el Magistral y Ana
+preguntó a Mesía:
+
+--¿Están ya ahí?
+
+--Sí, ahí van.... Y el mismo esposo estiró el cuello... y asomó la
+cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atrás.
+
+--¡Infame! ¡es un infame! ¡me la ha fanatizado!
+
+Sintió escalofríos. En aquel instante la charanga del batallón que iba
+de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre.
+
+Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas. Se le figuró al oír
+aquella música que estaba viudo, que aquello era el entierro de su
+mujer.
+
+--Ánimo, don Víctor--le dijo Mesía volviéndose a él, y dejando el
+balcón--. Ya van lejos.
+
+--No; no quiero verla otra vez. ¡Me hace daño!
+
+--Ánimo.... Todo esto pasará...
+
+Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo.
+
+El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procuró ceñir con los
+brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclamó con voz solemne y de
+sollozo:
+
+--¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en
+brazos de un amante!
+
+--Sí, mil veces, sí--añadió--¡búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo
+antes que verla en brazos del fanatismo!...
+
+Y estrechó, con calor, la mano que don Álvaro le ofrecía.
+
+La marcha fúnebre sonaba a los lejos. El _chin, chin_ de los platillos,
+el _rum rum_ del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes
+de Quintanar.
+
+--¡Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no
+ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse!
+
+--_¡Chin, chin, chin! ¡bom, bom, bom!_--¡Sí, amigo mío! ¡Primero
+seducida que fanatizada!...
+
+--Puede usted contar con mi firme amistad, don Víctor; para las
+ocasiones son los hombres....
+
+--Ya lo sé, Mesía, ya lo sé... ¡Cierre usted el balcón, porque se me
+figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza!
+
+
+
+
+--XXVII--
+
+
+--¡Las diez! ¿Has oído? el reloj del comedor ha dado las diez.... ¿Te
+parece que subamos?...
+
+--Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral.
+
+--¡En la catedral! ¿Pero se oye desde aquí, muchacha? ¿Se oye el reloj
+de la torre desde aquí?... Mira que es media legua larga....
+
+--Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye.
+¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás las campanadas...
+tristes y apagadas por la distancia....
+
+--La verdad es que la noche está hermosa....
+
+--Parece de Agosto.--Cuando contemplo el cielo,
+
+ de innumerables luces rodeado
+ y miro hacia el suelo...
+
+perdóname, hija mía, sin querer me vuelvo a mis versos....
+
+--¿Y qué? mejor, Quintanar: eso es muy hermoso. _La Noche Serena_ ya lo
+creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era niña y empezaba a leer
+versos, mi autor predilecto era ese.
+
+El recuerdo de Fray Luis de León pasó como una nubecilla por el
+pensamiento de Ana que sintió un poco de melancolía amarga. Sacudió la
+cabeza, se puso en pie y dijo:
+
+--Dame el brazo, Quintanar; vamos a dar una vuelta por la galería de los
+perales, mientras la señora torre de la catedral se decide a cantar la
+hora....
+
+--Con mil amores, _mia sposa cara_.
+
+La pareja se escondió bajo la bóveda no muy alta de una galería de
+perales franceses en espaldar. La luna atravesaba a trechos el follaje
+nuevo y sembraba de charcos de luz el suelo a lo largo del obscuro
+camino.
+
+--Mayo se despide con una espléndida noche--dijo Ana, apoyándose con
+fuerza en el brazo de su marido.
+
+--Es verdad; hoy se acaba Mayo. Mañana Junio. Junio la caña en el puño.
+¿Te gusta a ti pescar? El río Soto, ya sabes, ese que está ahí en
+pasando la Pumarada de Chusquin.
+
+--Sí, ya sé... donde se bañan Obdulia y Visita algunos veranos antes de
+ir al mar.
+
+--Justo, ese... pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según me dijo
+el Marqués. ¿Quieres que escriba a Frígilis, que nos mande dos cañas con
+todos sus accesorios?
+
+--Sí, sí, ¡magnífico! Pescaremos.
+
+Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer que colgaba
+del suyo, y la tomó la mano como un tenor de ópera. Y cantó:
+
+ Lasciami, lasciami
+ oh lasciami partir...
+
+Calló y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Miró a su
+esposa, que también volvió el rostro hacia su marido.
+
+--¿Te gustan los Hugonotes? ¿Te acuerdas? Qué mal los cantaba aquel
+tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea... hermosa idea....
+Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, junto al estanque, figúrate a
+Gayarre o a Masini cantando... en esta noche tranquila, en este
+silencio... y nosotros aquí, debajo de esta bóveda... oyendo...
+oyendo.... Las óperas deberían cantarse así... ¿Qué nos falta a nosotros
+ahora? Música nada más que música.... El panorama hermoso... la brisa...
+el follaje... la luna... pues esto con acompañamiento de un buen
+cuarteto... y ¡el paraíso! Oh, los versos... los versos a veces no dicen
+tanto como el pentagrama. Estoy por la canción, por la poesía que se
+acompaña en efecto de la lira o de la forminge.... ¿Tú sabes lo que era
+la forminge, _phorminx_?
+
+Ana sonrió y le explicó el instrumento griego a su buen esposo.
+
+--Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pasó por la frente de Ana.
+
+El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez,
+pausadas, vibrantes, llenando el aire de melancolía.
+
+--Pues es verdad que se oye--dijo Quintanar.
+
+Y después de un silencio, comentario de la hora, añadió:
+
+--¿Vamos a cenar?--¡A cenar!--gritó Ana. Y soltando el brazo de don
+Víctor corrió, levantando un poco la falda de la _matinée_ que vestía,
+hasta perderse en la obscuridad de la bóveda. Quintanar la siguió dando
+voces:
+
+--Espera, espera... loca, que puedes tropezar.
+
+Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de la
+escalinata de mármol, con una mano apoyada en el cancel dorado de la
+puerta de la casa, a su querida esposa que extendía el brazo derecho
+hacia la luna, con una flor entre los dedos.
+
+--Eh, ¿qué tal, Quintanar? ¿Qué tal efecto de luna hago?...
+
+--¡Magnífico! Magnífica estatua... original pensamiento... oye: «La
+Aurora suplica a Diana que apresure el curso de la noche...».
+
+Ana aplaudió y atravesó el umbral. Don Víctor entró detrás diciéndose a
+sí mismo en voz alta:
+
+--¡Hija mía! Es otra.... Ese Benítez me la ha salvado.... Es otra....
+¡Hija de mi alma!
+
+Cenaron en la vajilla de los marqueses. Los dos tenían muy buen apetito.
+Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinándose hacia Quintanar que
+sonreía, mascaba con fuerza, y mientras blandía un cuchillo aprobaba con
+la cabeza.
+
+--La casa es alegre hasta de noche--dijo ella.
+
+Y añadió:--Toma, móndame esa manzana....
+
+--«Móndame la manzana, móndame la manzana...» ¿dónde he oído yo eso?...
+Ah ya....
+
+Y se atragantó con la risa.--¿Qué tienes, hombre?--Es de una
+zarzuela.... De una zarzuela de un académico.... Verás... se trata de la
+marquesa de Pompadour: un señor Beltrand anda en su busca; en un molino
+encuentra una aldeana... y como es natural se ponen a cenar juntos, y a
+comer manzanas por más señas.
+
+--Como tú y yo .--Justo. Pues bueno, la aldeana, como es natural
+también, coge un cuchillo.
+
+--Para matar a Beltrand....
+
+--No, para mondar la manzana....
+
+--Eso ya es inverosímil.
+
+--Lo mismo opinan Beltrand y la orquesta. La orquesta se eriza de
+espanto con todos sus violines en trémolo y pitando con todos sus
+clarinetes; y Beltrand canta, no menos asustado:
+
+_(Cantando y puesto en pie)_
+
+ ¡Cielos! monda la manzana;
+ ¡es la marquesa
+ de Pompadour!...
+ ¡de Pompadour!...
+
+Ana soltó el trapo. Rió de todo corazón el disparate del académico y la
+gracia de su marido. «La verdad era que Quintanar parecía otro».
+
+Petra sirvió el té.--¿Ha vuelto Anselmo de Vetusta?--preguntó el amo.
+
+--Sí, señor, hace una hora....
+
+--¿Ha traído los cartuchos?
+
+--Sí, señor.--¿Y el alpiste?--Sí, señor.--Pues dile que mañana muy
+temprano tiene que volver a la ciudad, con un recado para el señor
+Crespo. Deja... voy yo mismo a enterarle.... Escribiré dos letras; ¿no te
+parece, Ana? ese Anselmo es tan bruto....
+
+Salió el amo del comedor. Petra dijo, mientras levantaba el mantel:
+
+--Si la señorita quiere algo... yo también pienso ir mañana al ser de
+día a Vetusta... tengo que ver a la planchadora... si quiere que lleve
+algún recado... a la señora Marquesa... o....
+
+--Sí: llevarás dos cartas; las dejaré esta noche sobre la mesa del
+gabinete y tú las cogerás mañana, sin hacer ruido, para no despertarnos.
+
+--Descuide usted. Una hora después don Víctor dormía en una alcoba
+espaciosa, estucada, con dos camas. En el gabinete contiguo Ana escribía
+con pluma rápida y que parecía silbar dulcemente al correr sobre el
+papel satinado.
+
+--No tardes; no escribas mucho, que te puede hacer daño. Ya sabes lo que
+dice Benítez.
+
+--Sí, ya sé; calla y duerme.
+
+Ana escribió primero a su médico, que era en la actualidad el antiguo
+sustituto de Somoza. Benítez, el joven de pocas palabras y muchos
+estudios, observador y taciturno, había permitido a su enferma, a la
+Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distraía, a ciertas horas
+en que la aldea no ofrece ocupación mejor. «Escríbame usted a mí, por
+ejemplo, de vez en cuando, diciéndome lo que sabe que importa para mi
+pleito. Pero si se siente mal de esas aprensiones dichosas no me dé
+pormenores, bastan generalidades...».
+
+Ana escribía: «...Buenas noticias. Nada más que buenas noticias. Ya no
+hay aprensiones: ya no veo hormigas en el aire, ni burbujas, ni nada de
+eso; hablo de ello sin miedo de que vuelvan las visiones: me siento
+capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus figuras de sesos y
+demás interioridades, sin asco ni miedo. Hablo de mi temor a la locura
+con Quintanar como de la manía de un extraño. Estoy segura de mi salud.
+Gracias, amigo mío; a usted se la debo. Si no me prohibiera usted
+_filosofar_, aquí le explicaría por qué estoy segura de que debo al plan
+de vida que me impuso la felicidad inefable de esta salud serena, de
+este placer refinado de vivir con sangre pura y corriente en medio de la
+atmósfera saludable... pero nada de retórica; recuerdo cuánto le
+disgustan las frases.... En fin, estoy como un reloj, que es la expresión
+que usted prefiere. El régimen respetado con religiosa escrupulosidad.
+El miedo guarda la viña, seré esclava de la higiene. Todo menos volver a
+las andadas. Continúo mi diario, en el cual no me permito el lujo de
+perderme en _psicologías_ ya que usted lo prohíbe también. Todos los
+días escribo algo, pero poco. Ya ve que en todo le obedezco. Adiós. No
+retarde su visita. Quintanar le saluda... roncando. Ronca, es un hecho.
+_En aquel tiempo_ la Regenta hubiera mirado esto como una desgracia
+suya, que le mandaba exprofeso el _destino_ para ponerla a prueba. ¡Un
+marido que ronca! Horror... basta. Veo que tuerce usted el gesto.
+Perdón. No más cháchara. A Frígilis que venga con usted o antes. Diga lo
+que quiera mi esposo, si Crespo no viene a prepararme la caña y a
+convencer a las truchas de que se dejen pescar no haremos nada. Adiós
+otra vez. La esclava de su régimen, q. b. s. m.,
+
+ _Anita Ozores de Quintanar_».
+
+Después de firmar y cerrar esta carta, Ana se puso a continuar otra que
+había empezado a escribir por la mañana.
+
+Ahora la pluma corría menos, se detenía en los perfiles.
+
+Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que
+contestaba y que tenía delante de los ojos.
+
+«...No se queje de que soy demasiado breve en mis explicaciones. Ya le
+tengo dicho, amigo mío, que Benítez me prohíbe, y creo que con razón,
+analizar mucho, estudiar todos los pormenores de mi pensamiento. No ya
+el hacerlo, sólo el pensar en hacerlo, en desmenuzar mis ideas, me da la
+aprensión de volver a sentir aquella horrorosa debilidad del cerebro....
+No hablemos más de esto. Bastante hago si le escribo, pues prohibido me
+lo tienen. Pero entendámonos. Lo prohibido no es escribir a usted.
+¿Hablo ahora claro? Lo prohibido es escribir mucho, sea a quien sea, y
+sobre todo de asuntos serios.
+
+»¿Qué cuándo volvemos a Vetusta? No lo sé. Fermín, no lo sé.
+
+»Que yo estoy mucho mejor. Es verdad. Pero quien manda, manda. Benítez
+es enérgico, habla poco pero bien; ha prometido curarme si se le
+obedece, abandonarme si se le engaña o se desprecian sus mandatos. Estoy
+decidida a obedecer. Usted me lo ha dicho siempre: lo primero es que
+tengamos salud.
+
+»¿Que hay tibieza tal vez? No, Fermín, mil veces no. Yo le convenceré
+cuando vuelva.
+
+»¿Que rezo poco? Es verdad. Pero tal vez es demasiado para mi salud. ¡Si
+yo dijera a Quintanar o a Benítez el daño que me hace, sana y todo,
+repetir oraciones!... Que en mis cartas no hablo más que de don Víctor y
+del médico. ¿Pero de qué quiere que le hable? Aquí no veo más que a mi
+marido; y Benítez me acaba de salvar la vida, tal vez la razón.... Ya sé
+que a usted no le gusta que yo hable de mis miedos de volverme loca...
+pero es verdad, los tuve y le hablo de ellos, para que me ayude a
+agradecer al médico (de quien tanto hablo) mi _salvación intelectual_.
+¿Para qué me hubiera querido mi _hermano_ _mayor del alma_, sin el
+alma, o con el alma obscurecida por la locura?...
+
+»¿Que se acabó esto y se acabó lo otro...? No y no. No se acabó nada. A
+su tiempo volverá todo. Menos el visitar a doña Petronila. No me
+pregunte usted por qué, pero estoy resuelta a no volver a casa de esa
+señora. Y... nada más. No _puedo ser más larga_. Me está prohibido
+(¡otra vez!). Acabo de cenar. Su más fiel amiga y penitente agradecida.
+
+_Ana Ozores_».
+
+«P. D.--¿Qué se conoce que tengo buen humor? También es verdad. Me lo da
+la salud. Si lo tuviera malo y pensara mal, creería que a usted le pesa
+de mi buen humor, a juzgar por el _tono_ con que lo dice. Perdón por
+todas las faltas».
+
+Anita leyó toda esta carta. Tachó algunas palabras; meditó y volvió a
+escribirlas encima de lo tachado.
+
+Y mientras pasaba la lengua por la goma del sobre, moviendo la cabeza a
+derecha e izquierda, encogió los hombros y dijo a media voz:
+
+--No tiene por qué ofenderse. Se acostó en el lecho blanco y alegre que
+estaba junto al de Quintanar.
+
+El viejo madrugaba más que Ana, y salía a la huerta a esperarla. A las
+ocho tomaban juntos el chocolate en el invernáculo que él llamaba con
+cierto orgullo enfático _la serre_.
+
+--¡Si esto fuera nuestro!...--pensaba a veces Quintanar contemplando
+las plantas exóticas de los anaqueles atestados y de los jarrones
+etruscos y japoneses más o menos auténticos.
+
+La Regenta no pensaba en los títulos de propiedad del Vivero; gozaba de
+la naturaleza, de la salud y del relativo lujo que habían acumulado los
+Vegallana en su famosa quinta, sin fijarse en nada más que gozar. Vivía
+allí como en un baño, en cuya eficacia creía.
+
+Don Víctor salió de la huerta y atravesando prados, pumaradas y tierras
+de maíz, buscó entre las casuchas vecinas la bajada al río Soto, y por
+su orilla el lugar más a propósito para sentar sus reales y pescar, en
+cuanto volviese Anselmo con los trastos necesarios.
+
+Ana, durante las horas del calor, que ya era respetable, subió a su
+gabinete, y después de leer un poco, tendida sobre el lecho blanco, se
+acercó al escritorio de palisandro, y hojeó su libro de memorias.
+Siempre hacía lo mismo; antes de empezar a escribir en él repasaba
+algunas páginas, a saltos....
+
+Leyó la primera que casi sabía de memoria. La leyó con cariño de
+artista. Decía así, en letra sólo para Ana inteligible, nerviosa y
+rapidísima:
+
+«¡Memorias!... ¡Diario!... ¿por qué no? Benítez lo consiente».
+
+_Memorias de Juan García_, podría decir algún chusco.... Pero como esto
+no ha de leerlo nadie más que yo.... ¿Qué es ridículo? ¡Qué ha de ser!
+Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me
+agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera
+el _mundo_ me llamaría cursilona, literata... o romántica, como dice
+Visita. A Dios gracias, estos miedos al qué dirán ya han pasado. La
+salud me ha hecho más independiente. Sobre todo ¿qué han de decir si
+nadie ha de leerlo? Ni Quintanar. Nunca ha entendido mi letra cuando
+escribo deprisa. Estoy sola, completamente sola. Hablo conmigo misma,
+secreto absoluto. Puedo reír, llorar, cantar, hablar con Dios, con los
+pájaros, con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de mí.
+Empecemos por un himno. Hagamos versos en prosa. «¡Salud, salve! A ti
+debo las ideas nuevas, este vigor del alma, este olvido de larvas y
+aprensiones... y el equilibrio del ánimo, que me trajo la calma
+apetecida...». Suspendo el himno porque Quintanar jura que se muere de
+hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna en la
+boca.... ¡Ya bajo, ya bajo!... ¡Allá voy!..
+
+ * * * * *
+
+El Vivero, Mayo 1... Llueve, son las cinco de la tarde y ha llovido todo
+el día. _In illo tempore_, me tendría yo por desgraciada sin más que
+esto. Pensaría en la pequeñez--y la humedad--de las cosas humanas, en
+el gran aburrimiento universal, etc., etc.... Y ahora encuentro natural y
+hasta muy divertido que llueva. ¿Qué es el agua que cae sobre esas
+colinas, esos prados y esos bosques? El tocado de la naturaleza. Mañana
+el sol sacará lustre a toda esa verdura mojada. Y además, aquí en el
+campo, la lluvia es una música. Mientras Quintanar duerme la siesta
+(costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro
+la ventana y oigo
+
+ el rumor de la lluvia
+ sobre las hojas
+ y el ruido de las alas
+ de las palomas
+
+que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y
+saliendo por las ventanas angostas. Ese palomar tiene algo de serrallo o
+de casa de vecindad, según se mire. La vida común con sus horas de
+hastío, de descuido, de pereza pública se refleja en las posturas de
+esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las alas. Hay
+parejas que se juntan por costumbre, _por deber_, pero se aburren como
+si cada cual estuviese en el desierto. De repente el macho, supongo que
+será el macho, tiene una idea, un remordimiento, _improvisa_ una pasión
+_que está muy lejos de sentir_, y besa a la hembra, y hace la rueda y
+canta el _rucutucua_ y se eriza de plumas.... Ella, sorprendida, sin
+sacudir la pereza corresponde con tibias caricias, y a poco, ambos
+fatigados, soñolientos, encontrando en la molicie de mojarse inmóviles,
+inflados, mayor voluptuosidad que en los devaneos, vuelven a su
+quietismo, tranquilos, sin rencores, sin engaño, sin quejarse de la
+mutua displicencia. ¡Racionales palomas!--Quintanar ronca; yo escribo....
+Pie atrás. Esto no iba bien. Había algo de ironía; la ironía siempre
+tiene algo de bilis.... Los amargos abren el apetito... pero más vale
+tenerlo sin necesitarlos. A otra cosa.
+
+ * * * * *
+
+Llueve todavía. No importa. Todo el diluvio no me arrancaría hoy un
+gesto de impaciencia. La ventana está cerrada, los regueros del agua
+resbalando por el cristal me borran el paisaje. Víctor ha salido con
+Frígilis (segunda visita del buen Crespo, el único grande hombre que
+conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pinón de Pepa--el casero de los
+marqueses--recorren, como cobijados en una tienda de campaña, el bosque
+de encinas que mi marido llama siempre seculares. Van a comprobar no sé
+qué experimento de química, invención de Frígilis, según él. Dios les
+haga felices y les conserve los pies secos. Hoy me siento inclinada a la
+historia, a los recuerdos. No los temo. Poco más de cinco semanas han
+pasado y ya me parece de la historia antigua todo aquello.
+
+¡Qué tres días! Yo me figuraba estar prostituida de un modo extraño
+(aquí la letra de la Regenta se hace casi indescifrable para ella
+misma.) ¡Todo Vetusta me había visto los pies desnudos, en medio de una
+procesión, casi casi del brazo de Vinagre! ¡Y tres días con los pies
+abrasados por dolores que me avergonzaban, inmóvil en una butaca! Llamé
+a Somoza que se excusó. Vino el sustituto Benítez, silencioso, frío;
+pero comprendí que me observaba con atención cuando yo no le miraba.
+Debía de creer que yo me iba volviendo loca. Él lo niega, dice que todo
+aquello lo explica la exaltación religiosa y la exquisita moralidad con
+que decidí sacrificarme al bien del que creía ofendido por mis
+pensamientos y desaires. Benítez cuando se decide a hablar parece
+también un confesor. Yo le he dicho secretos de mi vida interior como
+quien revela síntomas de una enfermedad. Conocía yo cuando le hablaba de
+estas cosas, que él, a pesar de su rostro impasible, me estaba
+aprendiendo de memoria.... El mal subió de los pies a la cabeza. Tuve
+fiebre, guardé cama... y sentí aquel terror... aquel terror pánico a la
+locura. De esto no quiero hablar ni conmigo misma. Lo dejo por hoy; voy
+al piano a recordar la _Casta diva_... con un dedo».
+
+ * * * * *
+
+Pasó Ana, sin querer leerlas, algunas hojas. En ellas había escrito la
+historia de los días que siguieron al de la procesión, famosa en los
+anales de Vetusta. Sí, se había creído prostituida; aquella publicidad
+devota le parecía una especie de sacrificio babilónico, algo como
+entregarse en el templo de Belo para la vigilia misteriosa. Además
+sentía vergüenza; aquello había sido como lo de ser literata, una cosa
+ridícula, que acababa por parecérselo a ella misma. No osaba pisar la
+calle. En todos los transeúntes adivinaba burlas; cualquier murmuración
+iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura.
+«Había sido ridícula, había hecho una tontería»; esta idea fija la
+atormentaba. Si quería huir de ella, se la recordaba sin cesar el dolor
+de sus pies, que ardían, como abrasados de vergüenza; aquellos pies que
+habían sido del público, desnudos una tarde entera.
+
+Si quería consolarse con la religión y el amparo del Magistral, su mal
+era mayor, porque sentía que la fe, la fe vigorosa, puramente ortodoxa,
+se derretía dentro de su alma. En cuanto a Santa Teresa había concluido
+por no poder leerla; prefería esto al tormento del análisis irreverente
+a que ella, Ana, se entregaba sin querer al verse cara a cara con las
+ideas y las frases de la santa. ¿Y el Magistral? Aquella compasión
+intensa que la había arrojado otra vez a las plantas de aquel hombre ya
+no existía. Los triunfos habían desvanecido acaso a don Fermín. De todas
+suertes, Ana ya no le tenía lástima; le veía triunfante abusar tal vez
+de la victoria, humillar al enemigo...; ahora veía ella claro; por lo
+menos no veía tan turbio como antes. Ella había sido tal vez un
+instrumento en manos de su _hermano mayor_. Cierto que de Pas no había
+vuelto a manifestar con movimientos patéticos que le descubrieran, ni
+celos, ni amor, ni cosa parecida; Ana le observaba con miradas de
+inquisidor, de las que algo le remordía la conciencia, y sin embargo no
+pudo notar síntomas de pasión mundana. ¿Veía ella mal? ¿Disimulaba él
+bien? ¿O era que no había nada? Ello fue que la devoción antigua no
+volvió, que la fe se desmoronaba, que las antiguas teorías que sin darse
+entonces cuenta de ellas había oído a su padre, Ana las sentía dentro de
+sí.
+
+Un panteísmo vago, poético, bonachón y romántico, o mejor, un deísmo
+campestre, a lo Rousseau, sentimental y optimista a la larga, aunque
+tristón y un poco fosco; esto, todo esto mezclado era lo que encontraba
+ahora Ana dentro de sí y lo que se empeñaba en que fuera todavía pura
+religión cristiana. No quería ella ni apostatar, ni filosofar siquiera;
+también esto le parecía ridículo, pero sin querer las ideas, las
+protestas, las censuras venían en tropel a su mente y a su corazón. Esto
+era nuevo tormento. A pesar de todo seguía confesando a menudo con don
+Fermín. Le guardaba ahora una fidelidad consuetudinaria; temía los
+remordimientos si faltaba a lo que creía deber a aquel hombre. Temía
+sobre todo que si rompía sus relaciones devotas con él, volviese una
+reacción de lástima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la
+arrastrase a otra locura como la del viernes Santo. Tantas ideas y
+sentimientos encontrados, la vida retirada, y la conciencia de que en
+ella algo padecía y se rebelaba y amenazaba estallar, fueron concausas
+que trajeron las crisis nerviosas que estaba curando Benítez lo mejor
+que podía.
+
+Con toda el alma había creído Ana que iba a volverse loca. A una
+exaltación sentimental sucedía un marasmo del espíritu que causaba
+atonía moral; la horrorizaba pensar que en tales días eran indiferentes
+para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal. «Dios, como decía
+ella, se le hacía migajas en el cerebro y entonces sentía un abandono
+ambiente y una flaqueza de la voluntad que la atormentaban y producían
+pánico; el extremo de la tortura era el desprecio de la lógica, la duda
+de las leyes del pensamiento y de la palabra, y por último el
+desvanecimiento de la conciencia de su unidad; creía la Regenta que sus
+facultades morales se separaban, que dentro de ella ya no había nadie
+que fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el vértigo,
+el terror, que traía la reacción con gritos y pasmos periféricos».
+
+Por muchos días lo olvidó todo para no pensar más que en su salud; la
+horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor desconocido,
+extraño, del cerebro descompuesto. Llamó a Benítez con toda el alma, y
+principio de la cura fue este mismo afán y el obedecer ciegamente las
+prescripciones del médico.
+
+Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta baños, lo más y lo
+principal lo encomendó al cambio de vida, a la distracción, al aire
+libre, a la alegría, a las emociones tranquilas. ¡Al campo, al campo!
+fue el grito de salvación, y Ana y Quintanar (que buen susto había
+llevado también), gritaron sin cesar desde la mañana a la noche: ¡Al
+campo, al campo!
+
+Pero, ¿dónde estaba el campo? Ellos no tenían en la provincia de Vetusta
+una quinta de recreo. Don Víctor continuaba siendo propietario en
+Aragón.
+
+Ana en un arranque de valor, de un valor mucho más heroico de lo que
+podía suponer su marido, se atrevió a decir:
+
+--Quintanar, ¿qué te parece esta idea...? irnos a pasar unos meses,
+hasta que vuelva el invierno....
+
+--¿A dónde?--A tu tierra, a la Almunia de don Godino.
+
+Don Víctor dio un salto.--¡Hija, por Dios!... ya soy viejo para un
+traqueteo tan grande de mis pobres huesos.... ¡La Almunia!... ¡con mil
+amores... en otro tiempo, pero ahora! Yo amo la patria, es claro, soy
+aragonés de corazón, y digo lo que el poeta, que es muy feliz el que no
+ha visto
+
+ más río que el de su patria;
+
+pero yo soy a estas horas más vetustense que otra cosa, y otro poeta lo
+ha dicho también, el príncipe Esquilache:
+
+ Porque es la patria al que dichoso fuere
+ donde se nace no, donde se quiere.
+
+¡La Almunia de don Godino! Dónde íbamos a parar.... Y además separarnos
+de Frígilis... de don Álvaro, de los Marqueses, de Benítez, ¡imposible!
+
+No se pensó más en ello. Ana en el fondo del alma, se alegró de lo muy
+vetustense que era aquel aragonés.
+
+Esta alegría se la ocultó a sí propia. Creyó haber cumplido con su deber
+en este punto.
+
+Pero ¿a dónde irían a pasar aquellos meses de campo que Benítez exigía
+como condición indispensable para la salud de Ana?
+
+Un día se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a más
+de Quintanar y los Marqueses, Álvaro y Paco.
+
+--El médico--decía el ex-regente--exige que la aldea a donde vayamos
+ofrezca una porción de circunstancias difíciles de reunir.
+
+--Veamos--dijo de Marqués.--Ha de estar cerca de Vetusta para que
+Benítez pueda hacernos frecuentes visitas y para trasladar a Ana pronto
+a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante cómoda, amena, ofrecer
+un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba fresca, leche de
+vacas... ¡qué sé yo!
+
+Don Álvaro tuvo una inspiración en aquel momento. Se acercó al oído de
+Paco y dijo:
+
+--¡El Vivero! Paco adivinó y admiró. «¡Sólo el genio tenía aquellas
+revelaciones!».
+
+Sin pensar en que secundaba planes mefistofélicos, dijo en voz baja:
+
+--Papá, no conozco más quinta que reúna las condiciones de Benítez que
+una... que está a nuestra disposición....
+
+Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su
+hijo:
+
+--¡El Vivero!--¡Bravo, bravo, eureka!--repetía el Marqués--. Paco
+tiene razón, ¡al Vivero! se van ustedes al Vivero.
+
+Y la Marquesa:--¡Hermosa idea! ¡Qué gusto! Y nos veremos a menudo antes
+de irnos a baños....
+
+Don Víctor protestó.--¡Cómo el Vivero! ¿Y ustedes?
+
+--Nosotros no vamos este año.--O iremos mucho más tarde.--Y cuando
+vayamos cabremos todos.--Allí hemos dormido, cada cual con entera
+independencia, más de veinte personas--advirtió Álvaro.
+
+--Es claro; aquello es un convento.--No se hable más, no se hable más.
+
+--¿Cómo que no se hable más? ¿Y mi delicadeza?
+
+A pesar de la delicadeza de don Víctor, quedó decretado que su mujer y
+él y los criados que quisieran llevar, irían a pasar aquellos meses que
+pedía Benítez en el Vivero, donde serían dueños absolutos.... Nada, nada,
+los Marqueses no admitieron objeciones.
+
+--«¿No eran parientes?».
+
+--«Cierto que sí»--tuvo que responder, muy orgulloso, Quintanar.
+
+Ana al saber la noticia, comprendió que aquello era todo lo contrario de
+irse a la Almunia de don Godino. Pero no quiso pensar en los peligros
+que la estancia en el Vivero podía tener. Aborrecía ahora las
+cavilaciones. Sin embargo, sin investigar las causas de ello, sintió
+durante todo aquel día una alegría de niña satisfecha en sus gustos más
+vivos, y aún más intenso fue su placer al despertar a la mañana
+siguiente con este pensamiento: «Voy al Vivero a hacer vida de aldeana,
+a correr, respirar, engordar... alegrar la vida... allí el sol, el agua
+corriente, el follaje... la salud...» y como un acompañamiento musical
+que encantaba toda aquella perspectiva, Ana sentía una indecisa
+esperanza que era como un sabor con perfumes... una esperanza... no
+quería pensar de qué... Pero ello era que el mundo parecía alegrarse,
+que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo, de los
+que se gozan cuando duran las ilusiones. «Aquel Benítez la estaba
+rejuveneciendo».
+
+Después de las hojas del libro de memorias que se referían, a su modo, a
+la materia que va reseñada brevemente, Ana encontró, y en ella se
+detuvo, la página en que rápidamente había reflejado sus impresiones al
+entrar en el Vivero en un día de Abril que parecía de Junio, alegre,
+ardiente, despejado.
+
+Leyó con deleite aquella página, no recreándose en el estilo, sino en
+los recuerdos. Decía:
+
+ * * * * *
+
+«El Romero y el Clavel torcieron de repente; el landó se dobló sin
+ruido, nos sacudió un poco, dejamos la carretera de Santianes y las
+ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del
+Vivero; los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos
+hacían cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la frente
+como cabello movido por el viento. Se abrió la gran puerta de la cerca
+vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de la
+_quintana_ vieja, despertando con el ruido resonancias en el silencio
+del _palación_ cerrado y vacío. Por mi gusto nos hubiéramos quedado a
+vivir en aquella casa inmensa, con dos torres de piedra parda y
+soportales con columnas... pero el coche siguió al trote; el Marqués
+tiene la vanidad de hacer que la entrada al Vivero _habitable_ sea por
+aquí, por delante de la antigua mansión señorial.... Las ruedas vuelven a
+callar, como enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estrépito con los
+cascos briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y
+flanqueada de pretil de mármol con macetas y rosetones de verdura
+exótica.
+
+La _casa nueva_ nos sonríe enfrente y delante de la coquetona marquesina
+de la entrada nos detenemos; silencio general... un momento. Habla el
+sol... nosotros gozamos; la limpieza, la corrección, la elegancia
+parecen allí obra de la naturaleza, y el follaje, el esplendor de su
+verdura, los susurros del aire discreto, la hermosura de la perspectiva,
+los vuelos graciosos de miles de pájaros, parecen importación del lujo;
+riqueza y naturaleza se juntan allí; el sol, cortesano del _confort_,
+alumbra más.... ¡Cosa extraña! Yo no había visto el Vivero hasta ahora,
+lo que se llama ver, hasta ahora nunca había comprendido esta armonía
+íntima del lujo y del campo. Está bien así. Debe haber rincones en la
+tierra en que no haya nada feo, ni pobre ni triste.
+
+Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesión del Vivero, comen
+con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta.
+
+Ya estamos solos. Examino toda la casa. En el piso bajo, salón, billar,
+gabinete-biblioteca, galería de costura sobre el jardín, rodeada de
+cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de mármol
+blanco. ¡Qué alegría! Todo es cristal, flores, plantas de hojas
+gigantescas, de colores fuertes, raros. Lo que me agrada más es el
+capricho del Marqués en el piso principal; una galería con cierre de
+cristales rodea todo el edificio. He dado dos vueltas a todo el corredor
+como si nunca hubiera visto el Vivero. ¿Qué será que todo me parece
+nuevo, mejor, más elegante, más poético? Quintanar está encantado, y se
+me figura que tiene un poco de envidia.
+
+ * * * * *
+
+Vida excelente. La primavera entró en mi alma. Madrugo. El baño me
+fortifica y me alegra el espíritu. Tendida en la pila, con la mano en el
+grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantasía como en sopor se
+detiene en imágenes plásticas tranquilas y suaves. Después tiemblo
+dentro de la sábana y vuelvo gozosa al calor de mi cuerpo, contenta de
+la vida que siento circular por mis venas. La cabeza está firme; jamás
+vienen a mortificarme ideas sutiles, alambicadas.... Pienso poco,
+vagamente, y los pormenores de los accidentes ordinarios que me rodean
+absorben lo mejor de mi atención. Benítez puede estar satisfecho. Así la
+salud volverá con más fuerza. Vivir es esto: gozar del placer dulce de
+vegetar al sol.
+
+ * * * * *
+
+Y sin embargo hay horas en que las vibraciones de las cosas me hablan de
+una música recóndita de ideas sentimientos. ¿Qué es esta esperanza de
+un bien incierto? A veces se me antoja todo el Vivero escenario de una
+comedia o de una novela.... Entonces me parece más solitario el bosque,
+más solitario el palacio. Esta soledad parece meditabunda. Está todo en
+silencio reflexivo, recordando los ruidos de la alegría y del placer que
+latieron aquí, o preparándose a retumbar con la algazara de fiestas
+venideras.... Insisto en ello, hay aquí algo de escenario antes de la
+comedia. Los vetustenses que tienen la dicha de ser convidados a las
+excursiones del Vivero son los personajes de las escenas que aquí se
+representan.... Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaquinito, Álvaro... y
+tantos otros han hablado aquí, han cantado, corrido, jugado, bailado...
+reído sobre todo.... Y algo olfateo de la alegría pasada o algo presiento
+de la alegría futura. Sí, Quintanar dice bien, esto es el paraíso, ¿qué
+nos falta a nosotros en él? Según Quintanar, nada más que música.... Oh,
+pues por música que no quede. Corro al salón a tocar _la donna é
+movile_, con el dedo índice, mi único dedo músico. ¡Qué cursi es esto
+según Obdulia!... ¡Una dama que no sabe tocar el piano más que con un
+dedo!
+
+ * * * * *
+
+Quintanar es feliz. ¡Y es tan bueno! ¡Cómo me cuida! ¡qué agasajos, qué
+mimos! Parece otro. Piensa más en mí que en la marquetería. ¡Pasa días
+enteros sin serrar nada! No hay alma que no tenga su poesía en el fondo.
+Su alegría es demasiado bulliciosa, pero es sincera. Yo no podría vivir
+aquí sin él. Imagínole ausente, me veo aquí sola y tengo miedo y siento
+la soledad.... Luego no me estorba, luego su compañía me agrada.
+
+ * * * * *
+
+Petra, la misma Petra, me gusta aquí en el campo.
+
+Se viste como las aldeanas del país, canta con ellas en la _quintana_,
+se mete en la danza y toca la _trompa_ con maestría. Ayer, al morir el
+día, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la lengüeta de hierro vibrando
+entre sus labios, los aires del país monótonos y de dulce tristeza.
+Pepe, el casero, cantaba cantares andaluces convertidos en
+vetustenses... y Petra tañía la _trompa_ quejumbrosa, y yo sentía
+lágrimas dulces dentro del pecho... y la vaga esperanza volvía a
+iluminar mi espíritu. Cuanto más triste la lengüeta de la _trompa_, más
+esperanza, más alegría dentro de mí. Todo esto es salud, nada más que
+salud.
+
+ * * * * *
+
+He traído al Vivero algunos libros de mi padre. Hacía muchos años que no
+los había abierto. Quintanar los tenía en los cajones más altos de sus
+estantes.
+
+¡Qué impresiones! He encontrado entre las hojas de una _Mitología
+ilustrada_, pedacitos de yerba de Loreto... eran polvo; papeles escritos
+en que reconocí mis garabatos de niña... y un marinero dibujado por mi
+pluma que, según la leyenda que tiene al pie, era _Germán_.
+
+ * * * * *
+
+Probablemente Benítez condenaría este afán de leer y me prohibiría la
+desmedida afición. ¡Oh, qué cosas tan nuevas encuentro en estos libros
+que apenas entendía en Loreto! Los dioses, los héroes, la vida al aire
+libre, el arte por religión, un cielo lleno de pasiones humanas, el
+contento de este mundo... el olvido de las tristezas hondas, del
+porvenir incierto... un pueblo joven, sano en suma.... Quisiera saber
+dibujar para dar formas a estas imágenes de la Mitología que me
+asedian».
+
+ * * * * *
+
+Ana, después de leer estas y otras páginas, escribió sus impresiones de
+aquellos días. Don Víctor vino a interrumpirla para anunciarle que ya
+había instalado su tienda de campaña a la orilla del río, en el paraje
+más ameno y fresco, junto a una mancha de sombra en el agua, donde
+infaliblemente habría truchas.
+
+Desde aquella tarde pescaron. Pescaron poco, pero muy alabado. Ana leía
+sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras
+sujetaba la caña con la mano izquierda, sin más fuerza que la necesaria
+para que la corriente no la llevase.
+
+Mientras ella, a orillas del río Soto, a media legua de Vetusta en
+compañía de su Quintanar, dejaba a las truchas escapar muertas de risa,
+su imaginación, vuelta a los tiempos y a los parajes clásicos, se bañaba
+en el Cefiso, aspiraba los perfumes de las rosas del Tempé, volaba al
+Escamandro, subía al Taigeto y saltaba de isla en isla de Lesbos a las
+Cíclades, de Chipre a Sicilia....
+
+Día hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien
+navegando en el barco prodigioso de cuyo mástil floreciente pendían
+racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica
+orilla del Soto, llamada por la voz del ex-regente que gritaba:
+
+--¡Pero muchacha, que te están comiendo el cebo!
+
+No importaba; Ana era feliz y Quintanar también. «¡Parece otro!» se
+decía ella. «¡Parece otra!» pensaba él.
+
+El tiempo volaba. Junio se metió en calor. Vetusta en verano es una
+Andalucía en primavera. Ana todas las mañanas, _por la fresca_ recorría
+la huerta y sacudía las ramas cargadas de cerezas acompañada de don
+Víctor, Pepe el casero y Petra; llenaban grandes cestas, forradas con
+hojas de higuera, de aquellos corales húmedos y relucientes; y la
+Regenta sentía singular voluptuosidad sana y risueña al pasar la
+finísima mano blanca por las cerezas apiñadas sobre la verdura de las
+hojas anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del
+Marqués y a veces a las de sus amigos. Una mañana vio Ana que Petra y
+Pepe llenaban de la más colorada fruta un canastillo de paja blanca y de
+colores. Ana se acercó a ayudarlos. De pronto dijo:
+
+--¿Para quién es esto?--Para don Álvaro--contestó Petra.
+
+--Sí, voy a llevárselo yo mismo a la fonda--añadió Pepe sonriendo ya a
+la propina que veía en lontananza.
+
+Ana sintió que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto le
+pareció de repente más dulce y voluptuoso.
+
+Y cuando nadie la veía, a hurtadillas, sin pensar lo que hacía, sin
+poder contenerse, como una colegiala enamorada, besó con fuego la paja
+blanca del canastillo. Besó las cerezas también... y hasta mordió una
+que dejó allí, señalada apenas por la huella de dos dientes.
+
+Y asustada de su desfachatez pensó todo el día en la aventura, sin
+vergüenza.
+
+«¡También esto era cosa de la salud!».
+
+La víspera de San Pedro, por la noche, el Magistral recibió un B. L. M.
+del marqués de Vegallana invitándole a pasar el día siguiente, desde la
+hora en que le dejasen libre sus deberes de la catedral, en el Vivero en
+compañía de los dueños de la quinta y de sus actuales inquilinos los
+señores de Quintanar, más otros muchos buenos amigos. Pertenecía el
+Vivero a la parroquia rural de San Pedro de Santianes; Pepe el casero
+era aquel año factor de la fiesta de la parroquia, y pensaba echar la
+casa por la ventana, «para no dejar mal al señor Marqués».
+
+Anita, en la postdata de su última carta decía al confesor:
+
+«El Marqués me ha dicho que piensa invitar a usted a la romería de San
+Pedro. Somos nosotros _los factores_... Supongo que no faltará usted.
+Sería un solemne desaire».
+
+«No, no faltaré, pensaba don Fermín dando vueltas en la cama. Ojalá
+tuviera valor para faltar, para despreciaros, para olvidarlo todo...
+pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesión que me vence
+siempre. Sí, si he de acabar por ir, si estoy seguro de que al fin he de
+tomar el camino del Vivero, más vale ahorrarme el tormento de la batalla
+y declararme vencido. Iré».
+
+Y no pudo dormir una hora seguida en toda la noche. Pero esto era
+achaque antiguo ya. Desde que Anita «_había vuelto a engañarle_» don
+Fermín no gozaba hora de sosiego.
+
+Como el Marqués no le había invitado a hacer el viaje en su coche, lo
+cual tal vez indicaba cierta frialdad premeditada, que De Pas fingía no
+sentir, tuvo el señor canónigo que ir en persona a alquilar una berlina.
+Mandó que le esperase fuera del Espolón a las diez en punto. Fue a la
+catedral, pero no pudo parar allí y a las nueve y media ya estaba en
+medio de la carretera de Santianes o del Vivero paseándola a lo ancho,
+agitado, pálido, de un humor de mil diablos.
+
+«¿A qué voy yo allá? De fijo estará el otro. ¿Que voy yo a hacer allí?
+¡Maldito Vivero!». La berlina tardaba. De Pas daba pataditas de
+impaciencia. Por fin llegó el coche destartalado, sucio, a paso de
+tortuga.
+
+--¡Al Vivero, a escape!--gritó don Fermín dejándose caer como un plomo
+sobre el asiento duro que crujió.
+
+Sonrió el cochero, sacudió un latigazo al aire, el caballo extenuado
+saltó sobre la carretera dos o tres minutos, y como si aquello fuese
+una falta de formalidad indigna de sus años, que eran muchos, volvió al
+paso perezoso sin protesta de nadie.
+
+El Magistral recordó que en aquella misma berlina u otro coche de la
+misma casa por lo menos, pocas semanas antes iba él llorando de alegría,
+llena el alma de esperanzas, de proyectos que le hacían cosquillas en
+los sentidos y en lo más profundo de las entrañas. Y ahora un
+presentimiento le decía que todo había acabado, que Ana ya no era suya,
+que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero era ridículo; que si
+estaba allí Mesía, como era casi seguro, todas las ventajas eran del
+petimetre. Vestía el Provisor balandrán de alpaca fina con botones muy
+pequeños, de esclavina cortada en forma de alas de murciélago. Tenía
+algo su traje del que luce Mefistófeles en el _Fausto_ en el acto de la
+serenata. Había deliberado mucho tiempo a solas: ¿qué ropa llevaría?
+Cada vez le pesaba más la sotana y le abrumaba más el manteo. El
+sombrero de teja larga era odioso; demasiado corto era cursi, ridículo,
+parecía cosa de don Custodio; muy cerrado, antiguo, muy abierto, indigno
+de un Vicario general. ¿Iría de levita? ¡Vade retro! No, el cura de
+levita se convierte por fuerza en cura de aldea o en clérigo liberal. El
+Magistral muy pocas veces recurría a tal indumentaria. Oh, si le fuera
+lícito vestir su traje de cazador, su zamarra ceñida, su pantalón fuerte
+y apretado al muslo, sus botas de montar, su chambergo, entonces sí,
+iría de paisano, y la vanidad le decía que en tal caso no tendría que
+temer el parangón con el arrogante mozo a quien aborrecía. Sí, a quien
+aborrecía. Don Fermín ya no se lo ocultaba a sí mismo. No daba nombre a
+su pasión, pero reconocía todos sus derechos y estaba muy lejos de
+sentir remordimientos. «Él era cura, cura, una cosa ridícula, puestas
+las cosas en el estado a que habían llegado». Había comprendido que Ana
+sentía repugnancia ante el canónigo en cuanto el canónigo quería
+demostrarle que además era hombre. «¡Y sí era hombre vive Dios que era
+hombre, y tanto y más que el otro; capaz de deshacerle entre sus brazos,
+de arrojarle tan alto como una pelota!...». Dejaba de pensar en sus
+tristezas y en su cólera. Miraba como tonto los accidentes del paisaje,
+los palos del telégrafo que iba dejando atrás de tarde en tarde. Tuvo
+que levantar los vidrios de las ventanillas porque el polvo le sofocaba.
+El sol le aburría y le picaba; no había cortinas. El viaje se hacía
+interminable. Aquella media legua se había estirado indefinidamente. «El
+Marqués se había portado como un grosero no ofreciéndole un asiento en
+su coche. La culpa la tenía él que había aceptado el convite. ¿Pero qué
+remedio?».
+
+Oyó el estrépito de cascos de caballo que machacaba la grava reciente
+detrás de la berlina. Se asomó a ver quiénes eran los jinetes y
+reconoció a don Álvaro y a Paco que pasaron al galope de dos hermosos
+caballos blancos, de pura raza española.
+
+Ellos no le vieron; el placer de la carrera los llevaba absortos y no
+repararon en la mísera berlina que seguía al paso. Incapaz de toda noble
+emulación, el mísero jaco de alquiler siguió caminando lo menos posible,
+seguro de que la felicidad no estaba en el término de ninguna carrera de
+este mundo. Para comer mal siempre se llega a tiempo. Esta era toda su
+filosofía. El cochero debía de ser discípulo del caballo.
+
+Cuando el Magistral llegó al Vivero no había ningún convidado en la
+casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban tampoco.
+
+Petra se le presentó vestida de aldeana, con una coquetería provocativa,
+luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana sujeto atrás,
+sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy apretado al cuerpo
+esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubría otra roja que se
+vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela. Estaba hermosa
+y segura de ello. Sonrió al Magistral, y dijo:
+
+--Los señores están en San Pedro.
+
+--Ya lo suponía, hija mía, pero vengo muerto de sed y....
+
+La aldeana fingida sirvió en la glorieta del jardín al Magistral un
+refresco delicioso que improvisó con arte.
+
+--Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hacían
+allí los señores.
+
+Petra dijo que doña Ana parecía otra: ¡qué alegre! ¡qué revoltosa! nada
+de encerrarse en la capilla horas y horas, nada de rezar siglos y
+siglos, nada de leer a su Santa Teresa eternidades.... Vamos, era otra.
+¿Y salud? Como un roble.
+
+--¿El señorito Paco vino?--preguntó de repente De Pas.
+
+--Sí, señor, hará un cuarto de hora. Llegaron él y el señorito Álvaro, a
+caballo, a escape; tomaron un refresco como usted, y corrieron a San
+Pedro.... Creo que no habían oído misa y quisieron coger la de la
+fiesta....
+
+En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de
+cohetes cargados de dinamita.
+
+--Ya están al alzar--dijo la doncella.
+
+Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que
+preguntó:
+
+--¿La iglesia está cerca, creo, saliendo por ahí por el bosque, verdad?
+
+--Sí, señor; pero hay tres callejas que se cruzan y puede darse en el
+río en vez de... si quiere usted ir, le acompañaré yo misma; ahora no
+tengo nada que hacer allá dentro....
+
+--Si eres tan amable.... Petra echó a andar delante del Magistral. Por un
+postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de corpulentas
+encinas y robles retorcidos y ásperos. Ocupaba el bosque las laderas de
+una loma y el altozano, que era lo más espeso. Subía un repecho y don
+Fermín veía los bajos irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo
+Petra, más algo de la muy bordada falda blanca y de una media de seda
+calada, refinada coquetería que quitaba propiedad al traje y por lo
+mismo le daba picante atractivo.
+
+--¡Qué calor, don Fermín!--decía la rubia, enjugando el sudor de la
+frente con pañuelo de batista barata.
+
+--Mucho, rubita, mucho--respondía el Magistral, desabrochándose el
+maldito balandrán y soplando con fuerza.
+
+--Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que allá en Matalerejo
+tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos....
+
+--¿Quién te lo ha dicho a ti?
+
+--¡Bah! Teresina...--¿Sois amigas, eh?--Mucho. Silencio. Los dos
+meditan. El canónigo reanuda el diálogo.
+
+--No creas; yo, aquí donde me ves, soy un aldeano; juego a los bolos que
+ya ya....
+
+Petra se detuvo y se volvió para ver a don Fermín que hacía el ademán de
+arrojar una bola de roble por la cóncava bolera adelante....
+
+Rió la doncella y continuando la marcha, dijo:
+
+--No, que es usted fuerte no necesita decirlo: bien a la vista está.
+
+Callaron otra vez. Detrás de la loma, y ya más cerca, estallaron cohetes
+de dinamita y en seguida la gaita y el tamboril de timbre tembloroso,
+apagadas las voces por la distancia, resonaron al través de la hojarasca
+del bosque.
+
+La gaita hablaba a las entrañas del Provisor y de Petra, ambos aldeanos.
+Volvieron a mirarse y a sonreírse.
+
+--Ya vuelven--dijo Petra, deteniéndose de nuevo.
+
+--¿Llegamos tarde?
+
+--Sí, señor; la comitiva tomará el camino de la calleja de abajo y
+cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estarán en el Vivero....
+
+--De modo....
+
+--De modo, que es mejor volvernos. ¡Ay, don Fermín, perdóneme usted este
+paseo... esta molestia!...
+
+--No, hija, no hay de qué... al contrario.... Aquí se está bien... esta
+sombra... pero yo estoy algo cansado... y con tu permiso... entre
+aquellas raíces, sobre aquel montón verde y fresco de yerba segada...
+¿eh? ¿qué te parece? voy a sentarme un rato....
+
+Y lo hizo como lo dijo. Petra, sin atreverse a sentarse y sin querer
+dejar el puesto, miró al suelo ruborosa, hizo movimientos felinos, y se
+puso a retorcer una punta del delantal....
+
+--¿Cansado? ¡bah!--se atrevió a decir--un mozo como usted....
+
+La gaita y el tambor llenaban las bóvedas verdes con sus chorretadas,
+alegres ahora, luego melancólicas, cargadas siempre de ideales perfumes
+campestres, de recuerdos amables.
+
+El Magistral mordía yerbas largas y ásperas y meditaba con una sonrisa
+amarga entre los labios. «¡Ironías de la suerte! El fruto que se
+ofrecía, que le caía en la boca, allí... despreciado... y el imposible
+codiciado... cuanto más imposible, más codiciado.... Sin embargo, para
+que fuese menos ridícula su situación en el Vivero, le parecía muy
+oportuno poner por obra lo que meditaba. Y además, a él le convenía
+tener de su parte a la doncella de la Regenta, hacerla suya,
+completamente suya...».
+
+--Petra....
+
+--¿Señor?--gritó ella fingiendo susto.
+
+--¿Quieres crecer? Pues bastante buena moza eres. Mira, no seas tonta...
+si no tienes prisa... puedes sentarte.... Así como así, yo quisiera
+preguntarte... algunas cositas respecto de....
+
+--Lo que usted quiera, don Fermín. Por aquí de fijo no pasa nadie;
+porque, sobre que poca gente atraviesa el bosque para ir a la iglesia,
+los que van siguen la trocha casa del leñador; es muy fresca y tiene
+asientos muy cómodos.
+
+--Mejor que mejor. Hablaremos más a gusto. Vamos allá.
+
+Se levantó y emprendieron la marcha. Subían en silencio. El monte se
+hacía más espeso.
+
+La gaita y el tambor sonaban ya muy lejos, como una aprensión de ruido.
+
+Petra, al llegar a la casa del leñador, se dejó caer sobre la yerba,
+algo distante de don Fermín; y encarnada como su saya bajera, se atrevió
+a mirarle cara a cara con ojos serios y decidores.
+
+El Magistral se sentó dentro de la cabaña.
+
+Hablaron. Por algo don Fermín temía el momento de encontrarse con la
+comitiva, como decía Petra. Cuando media hora después entraba solo por
+el postigo del bosque en la huerta, lo primero que vio fue a la Regenta
+metida en el pozo seco, cargado de yerba, y a su lado a don Álvaro que
+se defendía y la defendía de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira,
+Paco, Joaquín y don Víctor que arrojaban sobre ellos todo el heno que
+podían robar a puñados de una vara de yerba, que se erguía en la próxima
+pomarada de Pepe el casero.
+
+El Marqués gritaba desde la galería del primer piso:
+
+--¡Eh, locos! ¡locos! que os echo los perros, que destrozáis la yerba de
+Pepe.... ¿Qué va a cenar el ganado? ¡Locos!...--Pepe, no lejos del pozo,
+vestido con los trapos de cristianar, más una corbata negra que había
+creído digna de un factor, dejaba hacer, dejaba pasar, se rascaba la
+cabeza y sonreía gozoso....
+
+--Deje, señor, deje que _rebrinquen_ los señoritos, que la _erba_ yo la
+apañaré... en sin perjuicio....
+
+La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados,
+no pudo ver al Magistral hasta que se acabó la broma y le tocó salir del
+pozo... con ayuda de don Álvaro y los que estaban fuera.
+
+No se avergonzó de que su confesor la hubiera visto en tal situación....
+Le saludó amable, bulliciosa, y volvió con Obdulia, con Visita y con
+Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaquín, don Álvaro
+y don Víctor.
+
+Del Magistral se apoderó el Marqués que le llevó al salón donde estaban
+la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa y su hija mayor, que no
+quería correr con _aquellos locos_; el Barón, Ripamilán, Bermúdez, que
+tampoco quería correr, Benítez el médico de Anita, y otros vetustenses
+ilustres.
+
+--Mire usted, señor Provisor--dijo Vegallana--; la fiesta se ha dividido
+en dos partes: como Pepe es el factor, ha convidado a todos los curas de
+la comarca, catorce salvo error; yo les he propuesto venirse a comer
+aquí con nosotros, pero como algunos de ellos son cerriles, comprendí
+que preferían verse libres de damas y caballeretes de la ciudad y se les
+ha puesto su mesa en el palacio viejo, donde yo pienso acompañarlos.
+Ahora bien, yo proponía a Ripamilán que viniese conmigo, pero él no
+quiere.... Si usted fuese tan amable que me acompañara, aquellos buenos
+párrocos se creerían honrados infinitamente... ¡ya ve usted, como usted
+es el señor Vicario general!...
+
+No hubo más remedio. El Magistral tuvo que comer con el Marqués y los
+curas en el palacio viejo.
+
+Petra se encargó de presidir el servicio de la _mesa de aldea_, aún
+vestida de aldeana del país, y colorada, echando chispas de oro de los
+rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos, elocuentes,
+llenos de una alegría maligna que robaba los corazones de los aldeanos y
+de algunos clérigos rurales.
+
+A la hora del café don Fermín no pudo resistir más, se escapó como pudo
+y volvió a la casa nueva, donde la algazara había llegado a ser
+estrépito de los diablos. En el momento de entrar él, don Víctor (con
+una montera _picona_ en la cabeza) cantaba un dúo con Ripamilán,
+rejuvenecido, junto al piano, que tocaba como sabía don Álvaro, con un
+puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos
+brillantes que el humo del cigarro cegaba.
+
+Las señoras ya no estaban allí. La Marquesa, la gobernadora y la
+Baronesa paseaban por la huerta; la gente _joven_, Obdulia, Visita, Ana,
+Edelmira y la niña del Barón, corrían solas por el bosque.
+
+Se las oía gritar, desde la galería de cristales. Obdulia, Visita y
+Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los hombres.
+
+Así lo comprendió Joaquín que propuso a Paco dejar el concierto de
+Quintanar y don Cayetano y correr detrás de _aquellas_.
+
+--Deja, luego--decía Paco, que gozaba mucho con las canciones
+antiquísimas de Ripamilán y ya se iba cansando a ratos de su prima.
+
+Cuando Quintanar y el Arcipreste se quedaron roncos, que fue pronto, se
+dejó el piano y se cumplieron los deseos de Orgaz. Él, Paco, Mesía y
+Bermúdez salieron de la casa y entraron en el bosque. «Ya no se oían los
+gritos de _aquellas_». «¿Se habrían escondido?». «Eso debía de ser».
+
+«A buscarlas cada cual por su lado».
+
+«¡Magnífico! ¡magnífico!».
+
+Se dispersaron y pronto dejaron de verse unos a otros.
+
+Bermúdez, en cuanto se sintió solo, se sentó sobre la yerba. Un
+encuentro a solas con cualquiera de aquellas señoras y señoritas en un
+bosque espeso de encinas seculares, le parecía una situación que exigía
+una oratoria especial de la que él no se sentía capaz. Y, sin embargo,
+¡qué deliciosa podría ser una conferencia íntima con Obdulia o con Ana
+_sobre la verde alfombra_!
+
+El Magistral tuvo que quedarse con Ripamilán, don Víctor, el gobernador,
+Benítez y otros señores graves. Benítez era joven, pero prefería hacer
+la digestión sentado y fumando un buen cigarro.
+
+Don Víctor se acercó al médico, en el hueco de un balcón y De Pas pudo
+oír el diálogo que entablaron.
+
+--¡Oh! no puede figurarse usted cuánto le debo.
+
+--¿A mí, don Víctor?
+
+--Sí a usted; Ana es otra. ¡Qué alegría, qué salud, qué apetito! Se
+acabaron las cavilaciones, la devoción exagerada, las aprensiones, los
+nervios... las locuras... como aquella de la procesión.... Oh, cada vez
+que me acuerdo se me crispan los... pues nada, ya no hay nada de
+aquello. Ella misma está avergonzada de lo pasado. Se ha convencido de
+que la santidad ya no es cosa de este siglo. Este es el siglo de las
+luces, no es el siglo de los santos. ¿No opina usted lo mismo, señor
+Benítez?
+
+--Sí señor--dijo el médico sonriendo y chupando su cigarro.
+
+--¿De modo que usted opina que mi mujer está curada del todo?...
+¿radicalmente?...
+
+--Doña Ana, amigo mío, no estaba enferma; se lo he dicho a usted cien
+veces; lo que tenía se curaba sin más que cambiar de vida; pero no era
+enfermedad... por eso no puede decirse con exactitud que se ha curado...
+por lo demás... esa misma exaltación de la alegría, ese optimismo, ese
+olvido sistemático de sus antiguas aprensiones... no son más que el
+reverso de la misma medalla.
+
+--¿Cómo? usted me asusta.
+
+--Pues no hay por qué. Doña Ana es así; extremosa... viva...
+exaltada... necesita mucha actividad, algo que la estimule...
+necesita....
+
+Benítez mascaba el cigarro y miraba a don Víctor, que abría mucho los
+ojos, con expresión misteriosa de lástima un poco burlesca.
+
+--¿Qué necesita?--Eso... un estímulo fuerte, algo que le ocupe la
+atención con... fuerza...; una actividad... grande... en fin, eso... que
+es extremosa por temperamento.... Ayer era mística, estaba enamorada del
+cielo; ahora come bien, se pasea al aire libre entre árboles y flores...
+y tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la manía de la
+salud....
+
+--Es verdad; no habla más que de la salud la pobrecita.
+
+--¡Qué pobrecita! ¿Pobrecita por qué?
+
+--¿Por qué? por esos extremos... por esos estímulos que necesita....
+
+--¿Y eso qué importa? Su temperamento exige todo eso....
+
+--¿De modo que usted cree que ayer era devota, exageradamente devota
+porque... tal vez había quien influía en su espíritu en cierto
+sentido?...
+
+--Justo. Es muy probable. Don Víctor, aturdido como solía, hablaba sin
+miedo de ser oído, sin ver al Magistral, que fingiendo leer un periódico
+y a ratos atender a Ripamilán, se esforzaba en no perder ni una palabra
+del diálogo del balcón.
+
+--¿De modo... que el cambio de Anita se debe a... otra influencia?...
+¿su pasión por el campo, por la alegría, por las distracciones se
+debe... a un nuevo influjo?
+
+--Sí señor; es un aforismo médico: _ubi irritatio ibi fluxus_.
+
+--¡Perfectamente! ¡_Ubi irritatio_... justo, _ibi_... _fluxus_!
+
+¡Convencido! Pero aquí el nuevo influjo... ¿dónde está? Veo el otro, el
+clero, el jesuitismo... pero, ¿y este? ¿quién representa esta nueva
+influencia... esta nueva _irritatio_ que pudiéramos decir?...
+
+--Pues es bien claro. Nosotros. El nuevo régimen, la higiene, el
+Vivero... usted... yo... los alimentos sanos... la leche... el aire...
+el heno... el tufillo del establo... la brisa de la mañana... etc., etc.
+
+--Basta, basta; comprendido... la higiene... la leche... el olor del
+ganado... ¡magnífico!... ¡De modo que Ana está salvada!
+
+--Sí señor.--¿Porque esta nueva exageración no puede llevarnos a nada
+malo?...
+
+Benítez escupió un pedazo del puro, que había roto con los dientes, y
+contestó con la misma sonrisa de antes:
+
+--A nada.--¡Santa Bárbara!--gritó Quintanar cerrando los ojos y
+poniéndose en pie de un salto.
+
+Y tras el relámpago, que le había deslumbrado, retumbó un trueno que
+hizo temblar las paredes. Cesaron todas las conversaciones, todos se
+pusieron en pie; Ripamilán y don Víctor estaban pálidos. Eran dos
+hombres valientes de veras que se echaban a temblar en cuanto sonaba un
+trueno.
+
+Ripamilán, aunque algo sordo de algunos años acá, había oído
+perfectamente la descarga de las nubes y ya se sentía mal. No tenía
+bastante confianza para pedir un colchón con que taparse la cabeza,
+según acostumbraba hacer en su casa.
+
+Todos los convidados, menos los dos miedosos, se acercaron a los
+balcones para ver llover. Caía el agua a torrentes. Allá al extremo de
+la huerta se veía a la Marquesa y a las señoras que la acompañaban
+refugiadas bajo la cúpula del Belvedere que dominaba el paisaje, en una
+esquina del predio, junto a la tapia.
+
+--¿Y los chicos?--preguntó Ripamilán asustado, fingiendo temer por los
+demás.
+
+Llamaba _los chicos_ a los que habían salido al bosque.
+
+--¡Es verdad! ¿Qué era de ellos? Hay que buscarlos.... Se van a poner
+perdidos--exclamó Quintanar, acordándose de su mujer, lleno de
+remordimientos por no haberlo dicho antes.
+
+El Magistral no pensaba en otra cosa, pero callaba. Estaba pasando un
+purgatorio y aquello era ya el colmo. «Los otros en el bosque... y el
+cielo cayendo a cántaros sobre ellos.... ¡A qué cosas no estaría
+obligando la galantería de don Álvaro en aquel momento!».
+
+--Es preciso ir a buscarlos--decía el gobernador.
+
+--Hay que llevarles paraguas...--Y el caso es que la Marquesa está
+sitiada por el chubasco allá abajo y no puede disponer....
+
+--Y el Marqués está con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y
+mandar....
+
+Y se deliberó largamente qué se haría.
+
+--Hay que salvar a los náufragos--dijo el Barón a guisa de chiste.
+
+El Magistral, que había salido del salón, se presentó con dos paraguas
+grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreció uno a don Víctor, diciendo:
+
+--Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que también lo soy...
+¡al monte! ¡al monte!
+
+Y con los ojos, al decir esto, se lo comía, y le insultaba llamándole
+con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.
+
+--¡Bravo, bravo!--gritaron aquellos señores, que aplaudían el heroísmo
+ajeno.
+
+Un trueno formidable, simultáneo con el relámpago, estalló sobre la casa
+y puso pálidos a los más valientes.
+
+--¡Vamos, vamos, pronto!--gritó el Magistral, cuya palidez no la
+causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su mala suerte,
+a sarcasmos del diablo que se burlaba de él y de su miserable condición
+de clérigo.
+
+--Pero... don Fermín--se atrevió a decir Quintanar--por lo mismo que soy
+cazador... conozco el peligro.... El árbol atrae el rayo.... Ahí arriba
+también hay laureles, el laurel llama la electricidad; ¡si fueran pinos
+menos mal! ¡pero el laurel!...
+
+--¿Qué quiere usted decir? ¿Que los parta un rayo a los otros? No ve
+usted que con ellos está doña Ana....
+
+--Sí, verdad es... pero ¿no podría ir Pepe con algún criado... con
+Anselmo...? Usted va a mojarse el balandrán... y la sotana....
+
+--¡Al monte! ¡don Víctor, al monte!--rugió el Provisor.
+
+Y la voz terrible fue apagada por un trueno más horrísono que los
+anteriores.
+
+--Señores--dijo Ripamilán que estaba escondido en una alcoba--. No se
+apuren ustedes, los chicos deben de estar a techo.
+
+--¿Cómo a techo?...--Sí, Fermín, no se asuste usted. A techo... en la
+casa del leñador que usted no conoce; es una cabaña rústica, que el
+Marqués se hizo construir con cañas y césped allá arriba, en lo más
+espeso del monte....
+
+El Magistral no quiso oír más. Salió con un paraguas bajo el brazo y
+dejó caer el otro a los pies de don Víctor.
+
+El cual recogió el arma defensiva, que llamó escudo para sus adentros, y
+siguió sin chistar «al loco del Magistral», sin explicarse por qué se
+empeñaba en que fueran ellos a buscar a la Regenta y no los criados.
+
+Tampoco los señores del salón comprendían aquello; y sonreían con
+discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un misterio la
+conducta del Magistral.
+
+--Tenía razón don Víctor--advirtió el barón--¿por qué no habían de haber
+ido los criados?
+
+--Además--dijo el gobernador--eso parece una lección a todos nosotros,
+especialmente a usted que tiene por allá a su hija....
+
+El trueno que estalló en aquel instante se le antojó a Ripamilán que
+había metido cien rayos en la casa.
+
+El miedo ya era general.--Ea, ea, señores--dijo el Arcipreste desde la
+alcoba--a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso de ustedes... _In
+nomine Patris_...
+
+
+
+
+--XXVIII--
+
+
+--¿Adónde van ustedes?--gritaba la Marquesa desde el _Belvedere_ al
+Magistral y a don Víctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia,
+corrían por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua
+por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero.
+
+--¡Al infierno! ¡qué sé yo dónde me lleva este hombre! contestó don
+Víctor sin dar muchas voces, furioso, empeñado en abrir el paraguas que
+tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas.
+
+La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por señas, pero don Víctor
+ya no la entendía y don Fermín ni la oía siquiera.
+
+--Pero aguarde usted, santo varón; espere usted, ¡deliberemos; formemos
+un plan!... ¿a dónde me lleva usted?
+
+Por lo visto tampoco oía a Quintanar aquel santo varón, porque
+continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrás un momento.
+
+De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones subían y
+bajaban hilos de araña que se le metían por ojos y boca al ex-regente,
+que escupía y se sacudía las telas sutilísimas con asco y rabia.
+
+--¡Esto es un telar!--gritaba, y se envolvía en los hilos como si fueran
+cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caía de hinojos,
+blasfemando, contra su costumbre.
+
+--También es ocurrencia de chicos venir al monte a divertirse.... Si no
+hay más que arañas y espinas.... Don Fermín, espere usted por las once
+mil... de a caballo, que yo me pierdo y me caigo.
+
+Un trueno le contestó y le hizo arrodillarse con el susto.
+
+No osó blasfemar otra vez.--¡Don Fermín! ¡don Fermín! ¡espere usted en
+nombre de la humanidad!
+
+De Pas se detuvo, se volvió, le miró desde arriba con lástima y
+disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurría:
+
+--Parece mentira que sea usted cazador.
+
+--Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un
+bombardeo... y las arañas se me meten en el estómago... y sobre todo a
+mí me gustan las acciones heroicas que tienen alguna utilidad. _Nisi
+utile est id quod facimus, stulta est gloria_ ha dicho Baglivio. ¿A
+dónde vamos nosotros, a ver, dígalo usted si lo sabe?
+
+--A buscar a doña Ana que estará... poniéndose perdida....
+
+--¡Quiá perdida! ¿Cree usted que son tontos? De fijo están a techo....
+¿Cree usted que han de estar papando... arañas y nadando como nosotros?
+¿Además no tienen pies para volverse a casa? ¿No saben el camino? Dirá
+usted que les llevamos paraguas; ¿y para qué sirven los paraguas?
+
+El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no servían de
+nada en el bosque.
+
+--Haga usted lo que quiera--dijo--yo sigo.
+
+--Eso es darme una lección--replicó don Víctor algo picado y
+continuando también la ascensión penosa.
+
+--No señor.--Sí señor; eso... es ser más papista que el Papa. Me parece
+a mí que mi mujer me importa más a mí que a nadie.... Y usted dispense
+este lenguaje... pero, francamente, esto ha sido una quijotada.
+
+Quintanar comprendió que aquello era una insolencia, pero estaba furioso
+y no quiso recogerla.
+
+El primer impulso de don Fermín fue descargar el puño del paraguas sobre
+la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en aquella ocasión;
+pero se contuvo por multitud de consideraciones... y continuó subiendo
+en silencio.
+
+A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonarían a
+un náufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas llevaba
+clavadas en el cerebro con clavos de fuego: _Ubi irritatio ibi fluxus_
+decía una; y la otra: ¡estarán en la casa del leñador! No creía el
+Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte,
+combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente
+enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra,
+con las escenas también campestres en que temía groseramente ver
+enredada a la Regenta.
+
+«¡_Ubi irritatio ibi fluxus_!» iba pensando; es verdad, es verdad... he
+estado ciego... la mujer siempre es mujer, la más pura... es mujer... y
+yo fuí un majadero desde el primer día.... Y ahora es tarde... y la perdí
+por completo. Y ese infame....
+
+Echó a correr monte arriba. «¡Pero ese hombre está loco!», pensaba
+Quintanar, que le seguía jadeante, con un palmo de lengua colgando y a
+veinte pasos otra vez.
+
+El Magistral procuraba orientarse, recordar por dónde había bajado pocas
+horas antes de la casa del leñador. Se perdía, confundía las señales,
+iba y venía... y don Víctor detrás, librándose de las arañas como de
+leones, de sus hilos como de cadenas.
+
+«Lo mejor es subir por la máxima pendiente, ello está hacia lo más
+alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar...».
+
+Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don Víctor, con cara amable y voz
+dulce y suplicante advirtió:
+
+--Señor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que separarnos;
+hágame usted el favor de subir por ahí, por la derecha....
+
+Don Víctor se negó, pero el Magistral insistiendo, y con alusiones
+embozadas al miedo positivo de su compañero, logró picar otra vez su
+amor propio y le obligó a torcer por la derecha.
+
+Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subió corriendo cuanto podía,
+tropezando con troncos y zarzas, ramas caídas y ramas pendientes.... Iba
+ciego; le daba el corazón, que reventaba de celos, de cólera, que iba a
+sorprender a don Álvaro y a la Regenta en coloquio amoroso cuando menos.
+«¿Por qué? ¿No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaquín,
+Visita, Obdulia y los demás que habían subido al bosque?». No, no,
+gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don Álvaro sabe mucho de
+estas aventuras, ya habrá él aprovechado la ocasión, ya se habrá dado
+trazas para quedarse a solas con ella. Paco y Joaquín no habrán puesto
+obstáculos, habrán procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y
+Edelmira respectivamente. Visitación los habrá ayudado. Bermúdez es un
+idiota... de fijo están solos. Y vuelta a correr cuanto podía,
+tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrán empapado
+que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de lodo y
+telarañas mojadas. También él llevaba la boca y los ojos envueltos en
+hilos pegajosos, tenues, entremetidos.
+
+Llegó a lo más alto, a lo más espeso. Los truenos, todavía formidables,
+retumbaban ya más lejos. Se había equivocado, no estaba hacia aquel lado
+la cabaña. Siguió hacia la derecha, separando con dificultad las espinas
+de cien plantas ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las
+ramas la caseta rústica.... Alguien se movía dentro.... Corrió como un
+loco, sin saber lo que iba a hacer si encontraba allí lo que
+esperaba..., dispuesto a matar si era preciso... ciego....
+
+--¡Jinojo! que me ha dado usted un susto...--gritó don Víctor, que
+descansaba allí dentro, sobre un banco rústico, mientras retorcía con
+fuerza el sombrero flexible que chorreaba una catarata de agua clara.
+
+--¡No están!--dijo el Magistral sin pensar en la sospecha que podían
+despertar su aspecto, su conducta, su voz trémula, todo lo que delataba
+a voces su pasión, sus celos, su indignación de marido ultrajado,
+absurda en él.
+
+Pero don Víctor también estaba preocupado. No le faltaba motivo.
+
+--Mire usted lo que me encontrado aquí--dijo y sacó del bolsillo, entre
+dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata.
+
+--¿Qué es eso?--preguntó De Pas, sin poder ocultar su ansiedad.--¡Una
+liga de mi mujer!--contestó aquel marido tranquilo como tal, pero
+sorprendido con el hallazgo por lo raro.
+
+--¡Una liga de su mujer! El Magistral abrió la boca estupefacto,
+admirando la estupidez de aquel hombre que aún no sospechaba nada.
+
+--Es decir--continuó Quintanar--una liga que fue de mi mujer, pero que
+me consta que ya no es suya.... Sé que no le sirven... desde que ha
+engordado con los aires de la aldea... con la leche... etc., y que se
+las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo que esta liga... es de
+Petra. Petra ha estado aquí. Esto es lo que me preocupa.... ¿A qué ha
+venido Petra aquí... a perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he
+creído oportuno dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa,
+está a mi servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es
+de Petra.
+
+Don Fermín estaba rojo de vergüenza, lo sentía él. Todo aquello, que
+había podido ser trágico, se había convertido en una aventura cómica,
+ridícula, y el remordimiento de lo grotesco empezó a pincharle el
+cerebro con botonazos de jaqueca.... Por fortuna don Víctor, según
+observó también De Pas, no estaba para atender a la vergüenza de los
+demás, pensaba en la suya; se había puesto también muy colorado.
+Comprendió el Magistral por qué torcidos senderos conocía el ex-regente
+las ligas de su mujer.
+
+También Quintanar tenía, además de vergüenza, celos.
+
+No podía saber De Pas hasta qué punto había llegado la debilidad de don
+Víctor, que se decía a sí mismo: «Probablemente este clérigo, malicioso
+como todos, estará sospechando... lo que no ha habido».
+
+Lo cierto era que don Víctor, al cabo, había cedido hasta cierto punto a
+las insinuaciones de Petra.
+
+Pero acordándose de lo que debía a su esposa, de lo que se debía a sí
+mismo, de lo que debía a sus años, y de otra porción de deudas, y sobre
+todo, por fatalidad de su destino que nunca le había permitido llevar a
+término natural cierta clase de empresas, era lo cierto que había
+retrocedido en _aquel camino de perdición_ desde el día en que una
+tentativa de seducción se le frustó, por fingido pudor de la criada. «No
+había, en suma, llegado a ser dueño de los encantos de su doncella, pero
+en aquellos primeros y últimos escarceos amorosos había podido adquirir
+la convicción de que la Regenta le había regalado a Petra unas ligas que
+el amante esposo le había regalado a ella».
+
+«¿Por qué se le había ido la lengua delante del Magistral?».
+
+«No podía explicárselo, los celos, si así podían llamarse, le habían
+hecho hablar alto. Por lo demás, él despreciaba a la rubia lúbrica en el
+fondo del alma... y sólo en un momento de exaltación... de la mente,
+había podido...».
+
+La tempestad ya estaba lejos... los árboles continuaban chorreando el
+agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul.
+
+Por decir algo, don Víctor dijo:
+
+--Verá usted como esto repite a la noche.... Por allá abajo viene otro
+mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas....
+
+Vamos a bajar antes que vuelva el agua--advirtió De Pas, que hubiera
+querido estar cinco estados bajo tierra.
+
+Los dos se tenían miedo.
+
+Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra.
+
+Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los
+llamó de lejos, entre los árboles.
+
+--Don Víctor, don Víctor... eh, don Víctor... por aquí.
+
+--¿Qué pasa? ¿Han parecido? ¿Alguna desgracia?
+
+--¿Qué desgracia? no señor, que los señoritos y las señoritas ya estaban
+en casa muy tranquilos cuando ustedes estarían llegando a mitad del
+monte... apenas se han mojado.... Yo salí, por orden de la señora
+Marquesa, en su busca apenas comenzó a llover.... Fui con el carro y el
+toldo encerado a la calleja de Arreo donde sabía yo que el señorito Paco
+había de parecer, porque aquel es el camino más corto y la casa de
+Chinto está allí, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban todas
+las señoritas, que no se habían mojado apenas... porque en el monte
+cuando empieza el chaparrón se está como a techo.... De modo que todos
+están en casa muertos de risa, menos la señora doña Anita que teme por
+usted y... por este señor cura....
+
+--¿Pero y la señora Marquesa cómo no nos advirtió?...
+
+--Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no hacía caso,
+y que ella le decía que ya había salido el carro....
+
+Y Pepe se reía a carcajadas.--No ha sido mala broma, je, je....
+Probecicos y da lástima verles... sobre todo este señor cura está hecho
+un _eciomo_, perdonando la comparanza, es una sopa.... Anda, anda, y cómo
+se le ha ponío too el melindrán este... y la sotana parece un charco....
+
+Tenía razón Pepe. De Pas y don Víctor se miraban y se encontraban
+aspecto de náufragos.
+
+--Anden, anden, ángeles de Dios, que la mojadura puede llegar a los
+huesos y darles un romantismo....
+
+--Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado.
+
+--La señorita Ana ya tié preparada ropa caliente pa usté y creo que no
+falta pa este señor cura: y si no, yo tengo una camisa fina que podría
+ponérsela una princesa....
+
+El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde
+habían salido, dio vuelta a la muralla y entró en las cocheras, de donde
+hizo sacar su miserable berlina de alquiler.
+
+Don Víctor no le vio siquiera separarse de él. Tan absorto iba.
+
+Encontró el Magistral al Marqués que no quería dejarle marchar en aquel
+estado....
+
+--Pero si va usted a coger una pulmonía.... Múdese usted.... Ahí habrá
+ropa....
+
+No hubo modo de convencerle.--Despídame usted de la Marquesa. En una
+carrera estoy en mi casa....
+
+Y dejó el Vivero, no tan a escape como él hubiera querido, sino a un
+trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos que
+regular.
+
+--Pero, hombre, castigue usted a ese animal--gritaba don Fermín al
+cochero--. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero llegar
+pronto a mi casa.
+
+El cochero, ante la perspectiva de una propina, descargó dos tremendos
+latigazos sobre los lomos del rocín, que vino a pagar así la ira
+concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos
+latigazos los hubiera descargado el canónigo de buen grado sobre el
+rostro de Mesía.
+
+Cuando el miserable y desvencijado vehículo llegaba a las primeras
+casas de los arrabales de Vetusta, obscurecía. La noche, según había
+anunciado don Víctor, amenazaba con nueva tormenta. Todo el cielo se
+cubría de nubes pardas que se ennegrecían poco a poco. Ya se veían
+relámpagos extensos en el horizonte por Norte y Oeste, y de tarde en
+tarde zumbaba rodando un trueno allá muy lejos.
+
+Don Fermín llevaba el alma sofocada de hastío, de desprecio de sí mismo.
+¡Qué jornada! pensaba, ¡qué jornada! No le quedaba ni el consuelo de
+compadecerse; merecido tenía todo aquello; el mundo era como el
+confesonario lo mostraba, un montón de basura; las pasiones nobles,
+grandes, sueños, aprensiones, hipocresía del vicio.... Buena prueba era
+él mismo, que a pesar de sentirse enamorado por modo angélico, caía una
+y otra vez en groseras aventuras, y satisfacía como un miserable los
+apetitos más bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra era
+de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del
+maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada. «Con
+unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo». «¿Y don
+Víctor? Otro miserable y además un estúpido que merecía cuanto mal le
+viniera encima, como él, como Ana lo merecían también, como lo merecía
+el mundo entero que era un lodazal.... ¡Oh, aquellos relámpagos debían
+quemar el mundo entero si se quería hacer justicia de una vez!».
+
+Lo que más le irritaba era que su conciencia le envolvía a él también en
+el general desprecio.... «Todo era pequeño, asqueroso, bajo... y él como
+todo».
+
+«¿Y lo que había dicho el médico? _Ubi irritatio_... es decir que Ana
+caería en brazos de don Álvaro... ¡que era fatal aquella caída!... Y
+tanto misticismo, y tanto hermano mayor del alma... ¿para qué había
+servido? Farsa, hipocresía, hipocresía inconsciente, como la propia,
+como la del universo entero...».
+
+El Magistral daba diente con diente. El frío le hizo pensar en la ropa,
+la ropa en su madre.
+
+«Esta es otra. ¿Qué va a decir al verme entrar así? Tendré que inventar
+una mentira. ¡Bah! una más, ¿qué importa?... Y los otros allá... a sus
+anchas.... Podrán, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo
+idiota del marido.... Oh, ¿quién es aquí el marido? ¿Quién es aquí el
+ofendido? ¡Yo, yo! que siento la ofensa, que la preveo, que la huelo en
+el aire... no él que no la ve aun puesta delante de los ojos...».
+
+Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso
+al Vivero a sorprender «lo que el presentimiento le daba por seguro, lo
+que no había pasado tal vez en el bosque, pero lo que estaría pasando en
+la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas damas
+lascivas, locas y encubridoras...».
+
+Un trueno que retumbó sobre Vetusta sirvió de acompañamiento a la cólera
+del canónigo.
+
+--«¡Eso! ¡eso!--rugió mientras abría la portezuela y se apeaba frente a
+su casa--. ¡Esto sólo se arregla con rayos!».
+
+Y entró en su casa después de pagar al cochero.
+
+Los rayos que quería le esperaban arriba dispuestos a estallar sobre su
+cabeza.
+
+Cuando se acostó aquella noche, pensaba que en su vida había tenido tan
+formidable reyerta con su señora madre, ni había visto jamás a doña
+Paula ostentar mayores parches de sebo en las sienes.
+
+Y al dormirse, la última idea que le perseguía, la que más le
+atormentaba con sus punzadas, era la del ridículo.
+
+«¡Qué aventuras tan grotescas... qué horrorosa ironía de lo cómico
+durante todo el día! Y... la culpa de todo la tenía la odiosa, la
+repugnante sotana...».
+
+Los últimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a pesar
+de todo durmió, rendido por tanta fatiga.
+
+Allá en el Vivero los convidados habían puesto a mal tiempo buena cara,
+y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqués, y algunos
+otros señores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y más tarde
+al monte, que llamaba el clero del campo _la santina_, en la casa nueva
+todas las damas y los caballeros que habían querido correr por los
+prados en la romería, procuraban divertirse como podían y se bailaba, se
+tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa.
+Ya se sabía que al Vivero no se iba a otra cosa. Visitación, Obdulia y
+Edelmira también, eran las que conocían mejor los lugares más
+escondidos, dónde había puertas de escape, y todo lo que exigían
+aquellos juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos
+años que tenían varias de aquellas personas tan alegres.
+
+A don Víctor se le recibió en triunfo; triunfo burlesco. Algunos, Visita
+y Paco entre ellos, querían coronarlo, pero él prefirió correr a su
+cuarto para mudarse de pies a cabeza.
+
+Entró con él la Regenta para ayudarle.
+
+--¿Y don Fermín?--preguntó.
+
+--Tu don Fermín es un botarate, hija mía, y perdona--contestó Quintanar
+de mal humor, mientras se mudaba los calcetines.
+
+Y refirió a su mujer todo lo que les había sucedido, menos el hallazgo
+de la liga.
+
+Ana convino en que De Pas había llevado la galantería a un extremo
+ridículo, sobre todo ridículo, en un sacerdote.
+
+--¿A quién le importará más mi mujer, a él o a mí?--repetía a cada
+instante el marido, como supremo argumento contra el Magistral.
+
+«Sí, pensaba Ana, tiene razón don Álvaro, ese hombre... tiene celos,
+celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido una imprudencia.... Debo
+huir de él, tiene razón Álvaro».
+
+Mesía y Paco, en los días anteriores, habían venido varias veces al
+Vivero, a caballo; Mesía había encontrado a la Regenta expansiva,
+alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo conseguir que ella
+escuchase consejos que él juraba higiénicos principalmente.
+
+«El misticismo era una exaltación nerviosa».
+
+En eso estaba Ana también, asustada todavía con los recuerdos de sus
+aprensiones.
+
+«Además, el Magistral no era un místico; lo menos malo que se podía
+pensar de él era que se proponía ganar a las señoras de categoría para
+adquirir más y más influencia».
+
+Cuando don Álvaro se atrevió a decir esto, ya sus confidencias habían
+sido muy íntimas.
+
+De amor no se hablaba; Mesía, aunque con trabajo, respetaba a la Regenta
+hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo agradecía y,
+como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar en los peligros
+de aquella amistad; y lo conseguía mejor que antes.
+
+«Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre de
+cavilaciones y propósitos quijotescos y excesivos: quiero paz, quiero
+calma... seré como todas. Mi honor no padecerá... pero los escrúpulos
+me volverían a la locura, a las aprensiones horrorosas...».
+
+Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados.
+
+La pasión, menos vocinglera que antes, subrepticia, seguía minando el
+terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas.
+
+Cuando Quintanar refirió los pasos imprudentes del Magistral, Ana sintió
+por un momento algo de odio. «¿Cómo? ¿Su mismo confesor la comprometía?
+Si Víctor fuera otro, ¿no podría haber sospechado o de don Álvaro o del
+canónigo mismo? ¿Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos?
+¡No faltaba más! ¡qué horror! ¡qué asco! ¡amores con un clérigo!».
+
+Y ahora sí que la imagen de don Álvaro se le presentaba risueña,
+elegante, fresca y viva. «Al fin aquello estaba dentro de las leyes
+naturales y sociales... a lo menos era cosa menos repugnante... menos
+ridícula; no, lo que es ridículo, nada... ¡pero un canónigo!...».
+
+Y le parecía que el pecado de querer a un Mesía era ya poco menos que
+nada, sobre todo si servía para huir de los amores de un Magistral...
+«¿Pero qué se habría figurado aquel señor cura?».
+
+No se acordaba la Regenta ahora de aquello del «hermano mayor del alma»,
+ni de la leña que ella, sin mala intención, sin asomo de coquetería,
+había arrojado al fuego de que ahora se avergonzaba. La pasión, que
+ahora halagaba con su nueva vida, vencedora, próxima a estallar, le
+sugería sofisma tras sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal
+la conducta del Provisor, y noble y caballeresca la de Mesía.
+
+El cual, aquella misma mañana en el pozo lleno de yerba, antes en el
+patio de la iglesia, por las callejas, cuando venían detrás del tambor
+y de la gaita, en el bosque, después en el carro de Pepe, donde venían
+juntos, casi sentada ella encima de él, sin poder remediarlo, más tarde
+en el salón, en todas partes y en todo el día le había estado dejando
+ver que la adoraba, «pero no se lo había dicho, por respeto... a fuerza
+de quererla tanto».
+
+Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del
+clérigo.
+
+Y le faltó tiempo para decírselo a don Álvaro.
+
+En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue
+diciendo, cuando pudo hablarle sin que los oyeran:
+
+--¿Qué le parece a usted la conducta del Magistral?
+
+¿Que le había de parecer a don Álvaro? ¡Abominable! ¿Pues qué era lo que
+él, don Álvaro, tenía dicho? Que no había que fiarse del Provisor, etc.,
+etc.
+
+--«Sí, Ana, está enamorado de usted, loco, loco... eso se lo conocí yo
+hace mucho tiempo... porque... porque...».
+
+Y Álvaro sonreía de un modo que lo decía todo perfectamente, y hasta con
+acompañamiento de una música dulcísima que la Regenta creía oír dentro
+de sus entrañas; una música que le salía de los ojos y de la boca....
+«¡qué sabía ella! pero aquello era una delicia mucho más fuerte que
+todas las del _misticismo_».
+
+Cuando hablaban así, como _otros dos hermanos del alma_, empezaba la
+noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo los
+relámpagos que a don Fermín le sorprendieron al entrar en Vetusta. Ana y
+Mesía estaban solos apoyados en el antepecho de la galería del primer
+piso, en una esquina de aquel corredor de cristales que daba vuelta a
+toda la casa. La mayor parte de los convidados abajo, en el salón, se
+preparaban a volver a Vetusta, otros preferían aceptar la hospitalidad
+que los Marqueses les ofrecían en el Vivero por aquella noche. Todo era
+abajo ruido, movimiento, órdenes confusas, broma, vacilaciones, unos que
+se quedaban y de repente preferían emprender el viaje, otros que se
+preparaban a ocupar un asiento en un coche y volvían a la casa
+prefiriendo «dormir en el suelo aunque fuera». Ripamilán desde luego
+aceptó la cama que le ofreció la Marquesa «para él solo».
+
+--Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me
+consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo.
+
+Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Barón quería más
+quedarse, pero tuvo que seguirlas. También se metió en el coche el
+gobernador, pero su esposa se quedó con los Marqueses. Bermúdez volvió a
+Vetusta; Visitación, Obdulia, Edelmira, Paco y Mesía se quedaban.
+
+Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas
+materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaquín corrían como locos
+por el corredor del primer piso. Visitación estaba un poco borracha, no
+tanto por lo que había bebido como por lo que había alborotado; Obdulia
+decía que tenía un clavo en la sien: había bebido mucho más, pero el
+torbellino del baile, las emociones fuertes del escondite la mantenían
+en pie firme de puro excitada. Edelmira, maestra ya en el arte de
+divertirse al estilo de la casa de sus tíos, estaba como una amapola y
+reía y gozaba con estrépito; su alegría era comunicativa y simpática.
+Paco la pellizcaba sin compasión y ella despedazaba los brazos de Paco;
+Joaquín Orgaz, que había conseguido aquella tarde algunas ventajas
+positivas en el amor siempre efímero de Obdulia, pellizcaba también; y
+había carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos, sorpresas.
+Ahora, mientras Ana y Álvaro hablaban asomados a la galería, sin miedo
+al agua que les salpicaba el rostro ni a los relámpagos que rasgaban el
+horizonte negro enfrente de sus ojos, los demás, en la obscuridad del
+corredor estrecho jugaban a un juego de niños que se llamaba en Vetusta
+_el cachipote_, y que consiste en esconder un pañuelo convertido en
+látigo y buscarlo por las señas conocidas de: frío y caliente. El que lo
+encuentra corre detrás de los otros a latigazos hasta llegar a la madre.
+Este juego inocente daba ocasión a multitud de sabrosos incidentes entre
+aquellos jugadores todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y
+otra de varón, buscaban en el mismo agujero el _cachipote_; los que
+corrían se atropellaban, y la verdad histórica exige que se declare, por
+más que parezca inverosímil, que muy a menudo aquellos _chicos_ que
+corrían como locos todos juntos por la estrecha galería, huyendo del
+látigo, caían al suelo en confuso montón, mientras el zurriago les medía
+las espaldas.
+
+Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y gárrulo de las despedidas y
+preparativos de marcha, y detrás el estrépito de los que corrían en la
+galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno,
+la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando
+deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida una
+declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda
+idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el
+estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para
+aquella mujer que sentía las emociones de los quince años al frisar con
+los treinta.
+
+No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que
+se reportase, que mirase quién era ella. «Bastante lo miraba, bastante
+se contenía para lo mucho que aseguraba sentir y sentiría de fijo».
+
+«No, no, que no calle, que hable toda la vida», decía el alma entera. Y
+Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el presidente del
+Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que
+había sido _mística_, ni siquiera en que había maridos y Magistrales en
+el mundo. Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí,
+pero _caer al cielo_.
+
+Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo
+presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que
+había encontrado en la meditación religiosa. En esta última había un
+esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor algo enfermizo,
+una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era
+pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer,
+salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo
+ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin
+trascender a nada más que a la esperanza de que durase eternamente. «No,
+por allí no se iba a la locura».
+
+Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una respuesta;
+es más, lloraba, sin llorar por supuesto, «de pura gratitud, sólo porque
+le oían». «¡Había callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones,
+millones de obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo sabía él;
+pero él no pedía más que lástima, y la dicha de que le dejaran hablar,
+de hacerse oír y de no ser tenido por un libertino _vulgar_, necio, que
+era lo que el _vulgo estúpido_ había querido hacer de él».
+
+Siempre le había gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo _estúpido_;
+para ella la señal de la _distinción_ espiritual estaba en el desprecio
+del vulgo, de los vetustenses. Tenía la Regenta este defecto, tal vez
+heredado de su padre: que para distinguirse de la _masa de los
+creyentes_, necesitaba recurrir a la teoría hoy muy generalizada del
+_vulgo idiota_, de la _bestialidad humana_, etc., etcétera.
+
+Por fortuna, don Álvaro sabía perfectamente manejar este resorte: era él
+capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol del medio día si se
+oponía a sus pasiones. «Todo era preocupación, pequeñez de ánimo....
+Pero, ¿tenía él derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase
+las maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya sabía que la
+_letra_ estaba contra él.... Al fin, ¿qué era él? Un hombre que hablaba
+de amor a una señora que era de otro, ante los hombres.... Ya lo sabía,
+sí; no exigía que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y
+costumbres, lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que
+había en el mundo mujeres, virtuosas como la que más, que ya sabían a
+qué atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel
+amor de Mesía; pero ¿podía él pedir a Ana, educada por fanáticos, que
+había pasado su juventud en un pueblo como Vetusta, podía pedirla que se
+dignase siquiera alentar su pasión con una esperanza? Oh, no; demasiado
+sabía que no... bastaba con que le oyera. ¡Cuántos años había estado sin
+querer oírle! ¡Y lo que él había padecido!... Pero, en fin, de esto ya
+no había que acordarse. El dolor había sido infinito... infinito... pero
+todo lo compensaba la felicidad de aquel momento. Callaba Ana, oía...
+¿pues qué más dicha podía él ambicionar?...».
+
+A la luz de un relámpago, la Regenta vio los ojos de Álvaro brillantes
+y envueltos en humedad de lágrimas.
+
+También tenía las mejillas húmedas.... Ella no pensó que esto podía ser
+agua del cielo.
+
+«¡Estaba llorando aquel hombre... el hombre más hermoso que ella había
+visto, el compañero de sus sueños, el que debió haberlo sido de su
+vida!...».
+
+«Pero ¿por qué hablaba de agradecimiento? ¿Porque ella no le
+interrumpía? ¡Si él supiera... si él supiera que no podía ni
+hablar!...».
+
+Ana sentía un placer _puramente material_, pensaba ella, en aquel sitio
+de sus entrañas que no era el vientre ni el corazón, sino en el medio.
+Sí, el placer era _puramente material_, pero su intensidad le hacía
+grandioso, sublime. «Cuando se gozaba tanto, debía de haber derecho a
+gozar».
+
+Cuando Álvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplicó que se le
+dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaración, si se
+le quería mal, si se había puesto en ridículo... si se burlaba de él,
+etc., Ana, separándose del roce de aquel brazo que la abrasaba, con un
+mohín de niña, pero sin asomo de coquetería, arisca, como un animal
+débil y montaraz herido, se quejó... se quejó con un sonido gutural,
+hondo, mimoso, de víctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor
+de la virtud que expiraba en aquel espíritu solitario hasta entonces....
+
+Y se alejó de Álvaro, llamó a Visita... la abrazó nerviosa y dijo,
+pudiendo al fin hablar:
+
+--¿A qué jugáis, locos...?
+
+--Ahora ya a nada.... Jugábamos al cachipote, pero Paco y Edelmira están
+allá en la esquina del otro frente disputando sobre quién tiene más
+fuerza, si ella o él.... Ven, ven, verás qué puños los de Edelmira.
+
+En la más obscura de las galerías, en un rincón, amontonados estaban los
+demás compañeros de broma; Edelmira y Paco espalda con espalda, como se
+baila a veces la _muñeira_, sobre todo en el teatro, medían sus
+fuerzas.... Paco resistía con dificultad el empuje violento de su prima,
+que gozando lo que ella y el diablo sabían, se incrustaba en la carne de
+su primo, más blanda que la suya, empeñada en vencerle y hacerle andar
+hacia adelante mientras ella andaba hacia atrás. Al cabo Edelmira
+venció, y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con
+las manos apoyadas en los hombros del contrario. Así se hizo y esta vez
+venció Paco.
+
+Joaquín propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevió a medir con
+la Regenta sus fuerzas. Joaquín y Ana vencieron. A don Álvaro, que no
+tenía con quién luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio
+en que le venció el maldito De Pas.... «Pero ahora le tenía debajo de
+los pies».
+
+«Más valía maña que fuerza».
+
+Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los
+relámpagos, los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de
+la comida, la estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a
+la alegría aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia,
+moderados en ellos por instintos de la educación. Pero volvieron los
+pellizcos, los gritos, los puñetazos de las mujeres en la cabeza de los
+varones. Ana jamás había asistido a escenas semejantes; ella y don
+Álvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero al fin le
+tocó a la Regenta algún pellizco, ninguno de Mesía, a este varios de
+Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general contienda más de
+una vez sintió su espalda oprimida por la de Álvaro, y aunque huía el
+contacto delicioso, de un sabor especial, en cuanto lo notaba, el
+contacto volvía, y Ana iba sintiendo emociones extrañas, nuevas del
+todo, una inquietud alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de
+sed de todo el cuerpo que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no
+fuese aquel rincón obscuro, estrecho, donde cantaban, reían, saltaban....
+Como una música lejana, dulcísima en su suavidad, recordaba todos los
+pormenores de la declaración amorosa de Mesía....
+
+Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y
+excitaciones vanas, Paco y Joaquín, antes que Edelmira, Obdulia y
+Visita, dejaron de correr y _enredar_; y muy serios, con la melancolía
+del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareció en el
+horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que
+yacían desgarradas por el cielo.
+
+Paco, con regular voz de barítono, cantó pedazos de _Favorita_ y de
+_Sonámbula_ y Joaquín _salió por malagueñas_, como él decía; en su voz
+había una tristeza que contrastaba con la alegría que le brillaba en los
+ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se había propuesto
+dar el premio de sus favores, no el principal, al género flamenco. Por
+fortuna Joaquín se conformaba con el _accèsit_.
+
+Don Víctor, que se aburría abajo, oyó cantar el _Spirto gentil_ y subió.
+Le daba ahora por la música. Cantar óperas, a su modo, y oír cantar a
+los que _afinaban_ más que él, era su delicia por aquella temporada, y
+si todo esto se hacía a la luz de la luna, miel sobre hojuelas.
+
+Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la
+luna que salía por la bóveda desgarrando jirones de nubes de forma
+caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, como
+respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del
+cuerpo y del alma.
+
+Don Víctor era más soñador que ninguno de los presentes. Se acercó a
+Mesía, consiguió entablar conversación particular con él; y como
+encontró a su amigo más atento que nunca, más cordial, más afectuoso, no
+tardó en abrirle el alma de par en par.
+
+Cuando ya los otros se habían cansado de la luna y de las óperas y las
+malagueñas, don Víctor, que había comido bien y merendado con frecuentes
+libaciones, seguía abriendo el pecho ante la atención de Mesía, atención
+muda, intachable.
+
+--Mire usted--decía el viejo--yo no sé cómo soy, pero sin creerme un
+Tenorio, siempre he sido afortunado en mis tentativas amorosas; pocas
+veces las mujeres con quien me he atrevido a ser audaz, han tomado a mal
+mis demasías... pero debo decirlo todo: no sé por qué tibieza o
+encogimiento de carácter, por frialdad de la sangre o por lo que sea, la
+mayor parte de mis aventuras se han quedado a medio camino.... No tengo
+el don de la constancia.
+
+--Pues es indispensable.--Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis pasiones son
+fuegos fatuos; he tenido más de diez mujeres medio rendidas... y muy
+pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido mía, lo que se llama
+mía.... Sin ir más lejos....
+
+Don Víctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mesía había de ser
+un pozo, le refirió las persecuciones de que había sido víctima, las
+provocaciones lascivas de Petra; y confesó que al fin, después de
+resistir mucho tiempo, años, como un José... habíase cegado en un
+momento... y había jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre;
+bastó que la muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor
+exigía, para que él, seguro de vencer, enfriara, cejase en su
+descabellado propósito, contentándose con pequeños favores y con el
+conocimiento exacto de la hermosura que ya no había de poseer.
+
+Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin
+decir que había sido de su mujer. Le parecía una debilidad indigna de un
+marido «de mundo» regalarle ligas a su señora. Pidió consejo a Mesía
+respecto de su conducta futura con Petra.
+
+--¿Debo despedirla?--¿Tiene usted celos?--No señor; yo no soy el perro
+del hortelano... aunque he de confesar que algo me disgustó en el primer
+momento el descubrir aquella prueba de su liviandad.
+
+--Pero ¿está usted seguro de que la liga es de Petra?
+
+--Ah, sí; estoy absolutamente seguro.
+
+Y siguió Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo.
+
+La alcoba en que dormían Ana y don Víctor tenía una ventana a la galería
+precisamente del lado en que estaban conversando los dos amigos.
+
+La Regenta abrió de repente las vidrieras y llamó a su marido.
+
+--Pero, Víctor, ¿no te acuestas hoy?
+
+Los dos amigos se volvieron. Quintanar tenía los ojos inflamados y las
+mejillas encendidas.... Sus confidencias le habían rejuvenecido....
+
+--¿Pero qué hora es, hija mía?
+
+--Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los
+Marqueses ya están recogidos.
+
+Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su
+cuarto.
+
+--Bobadas de mamá--dijo Paco del mal humor--apareciendo por un extremo
+de la galería. Edelmira prefería dormir con Obdulia, como es natural...
+y ahora doña Rufina la hacía acostarse en su misma alcoba.... Bobadas....
+Tonterías de mamá...
+
+--Buena está Obdulia para dormir con nadie--dijo Visita que venía del
+cuarto contiguo al de Ana.
+
+--¿Pues qué tiene?--Yo creo que una _mica_, una borrachera de mil
+cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qué sé yo; ello es que
+está en la cama dando ayes y dice que allí no se acuesta nadie, que
+quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy a poner mi cama al
+lado de la suya.... Buenas noches....
+
+Y acercándose a la ventana sujetó a la Regenta por los hombros, le habló
+al oído, le llenó de besos estrepitosos la cara y corrió a su cuarto,
+haciendo antes una mueca de conmiseración burlesca a Joaquinito Orgaz
+que, cabizbajo y tristón, rondaba por los pasillos.
+
+--Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. Víctor, a la cama.
+
+Ana sonreía, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de
+acostarse.
+
+--¿Y ustedes?--dijo Quintanar.
+
+--Nosotros--respondió Paco--nos hemos quedado sin cama porque a la
+señora gobernadora le dio el capricho de tener miedo a los truenos y
+quedarse a dormir....
+
+--¿De modo?...--preguntó Ana risueña.
+
+--Que dormiremos en un sofá.--Vaya, vaya, pues buenas noches.
+
+--Espera un poco, tonta, mira qué buena noche está... hablemos aquí un
+poco....
+
+--Yo no tengo sueño; tiene razón Paco; hablemos--dijo don Víctor, que
+había entrado en su cuarto y se había puesto las zapatillas y el gorro
+de borla de oro.
+
+--¿Cómo hablar? no señor..., a la cama....
+
+Y Ana, coqueta sin querer, amenazó graciosa, provocativa, con cerrar las
+ventanas y las contraventanas....
+
+Mesía con un mohín le suplicó que esperase....
+
+Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del día, las
+bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora
+todavía; Ana y su marido dentro, Paco, Joaquín y Álvaro en la galería....
+
+Don Víctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva, y
+allí, cerca del propio lecho, a los amigos jóvenes en cuya compañía se
+sentía él joven también, ¿qué mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha
+se le asomaba al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la
+casa, todos dormían, y sólo en aquel rincón de la galería, junto a
+aquella ventana abierta había el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a
+veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que parecía dar más
+intimidad e interés a lo que se decían. Ana esquivaba unas veces las
+miradas de don Álvaro, que fumaba apoyando un codo muy cerca de los de
+Anita, también reclinada sobre el antepecho. Otras veces, las más, los
+ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se
+decían amores, cada vez más elocuentes.
+
+Álvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y codicia al
+interior de la alcoba.... Ana sorprendió alguna de aquellas miradas
+rápidas y compadeció al enamorado galán, sin tomar a mal su curiosidad
+indiscreta. Don Víctor no llevaba traza de poner fin al palique y Ana
+misma se creyó en el caso de decir:
+
+--Vaya, vaya... hasta mañana; Víctor, adentro, adentro.
+
+Y cerró las vidrieras en las narices de Álvaro y de los pollos. Paco y
+Joaquín desaparecieron en lo obscuro del corredor. Quintanar ya estaba
+de espaldas, allá en el fondo de la alcoba, en mangas de camisa. Don
+Álvaro no se movía; y vio a la Regenta detrás de los cristales, cerrando
+pausadamente las maderas; y ella en medio, en el hueco de luz, mirándole
+seria, dulce... y después cuando ya sólo quedaba un intersticio le miró
+risueña, juguetona. Volvió a abrir otro poco... y volvió a verle todo el
+rostro.
+
+--Adiós, adiós, dormir bien--dijo Ana, detrás de las vidrieras; y cerró
+las contraventanas de golpe y corrió el pestillo.
+
+Como la romería de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio por los
+alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y sus
+amigos. Quintanar y señora esperaban a los de Vetusta en la quinta; y
+unas veces a pie, otras en coche, se emprendía la marcha, se recorría
+aquellas aldeas pintorescas, se oían aquellos cánticos, monótonos, pero
+siempre agradables, dulces y melancólicos de la danza indígena, y se
+volvía al obscurecer, comiendo avellanas y cantando, entre labriegos y
+campesinas retozonas, confundidos señores y colonos en una mezcla que
+enternecía a don Víctor, el cual decía: «Vea usted, si se pudieran
+realizar la igualdad y la fraternidad... no había cosa mejor ni más
+poética».
+
+Mesía y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, además,
+solían visitar a la Regenta cada tres o cuatro días. A veces Ana y
+Quintanar, después de comer, a eso de las cuatro de la tarde, salían a
+la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La soledad le iba
+pesando un poco a don Víctor y aquellas visitas las agradecía en el
+alma. Ana al divisar allá lejos, en el extremo de la cinta larga y
+estrecha de carretera las siluetas de los dos poderosos caballos blancos
+de Mesía y Vegallana, sentía un placer que se le antojaba infantil... y
+se ponía nerviosa de ansiedad, que crecía según se acercaban los bultos
+y se aclaraban las figuras de caballos y jinetes.
+
+Ni Visitación ni Paco se atrevían ya nunca a decir nada a don Álvaro
+alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer; conocían en _la
+cara de gloria_ del Tenorio que esperaba el triunfo, que tal vez lo
+estaba tocando, y comprendían que el pudor, la vergüenza, mejor dicho,
+exigía un silencio absoluto respecto del caso. Don Álvaro agradecía «la
+delicadeza» de sus cómplices y callaba también, tranquilo y satisfecho.
+
+A fines del mes comenzó la dispersión general; todos los que tenían
+cuatro cuartos, y muchos que no los tenían, dejaron la capital y
+buscaron la frescura de la playa.
+
+Don Víctor, loco de contento, salió del Vivero con su mujer y con Petra
+y se instaló en el puerto mejor de la provincia, _La Costa_, villa
+floreciente más rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a
+la moda. Otros años Quintanar pasaba el mes de Agosto en Palomares, a
+donde iban también Visita, Obdulia y alguna vez los Marqueses y Mesía.
+
+--¡Dos años hace que no he veraneado!--decía Quintanar alegre como un
+chiquillo.
+
+La Regenta prefirió La Costa a Palomares porque el Magistral había
+suplicado que no se fuera a baños, y que si el médico lo exigía que por
+lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana contradecir este deseo
+del confesor y transigió.
+
+«Iremos a La Costa» dijo en la carta en que contestó a don Fermín. Tenía
+éste pésima idea de los efectos morales de los baños de todo el
+Cantábrico, y especialmente de los baños de Palomares. La mayor parte de
+los penitentes volvían de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena
+de pecadillos que, si tratándose de otros casi le hacían sonreír, en la
+Regenta le hubieran hecho muy poca gracia.
+
+Comprendía don Fermín que su influencia iba disminuyendo, que la fe de
+Ana se entibiaba y en cambio crecía la desconfianza en ella; y como
+perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando tormento al
+orgullo, a los celos, hacía de tripas corazón, fingía no ver, y mantenía
+su poder espiritual claudicante «con puntales de tolerancia y estribos
+de paciencia». La ira la desahogaba sobre el Obispo y con la curia
+eclesiástica. Cada vez era su poder mayor y más cruel su tiranía. Las
+ventajas de don Álvaro en el ánimo de Ana las pagaba el clero
+parroquial, aquel clero que Foja decía respetar tanto.
+
+También Ana prefería aquel _modus vivendi_; no quería volver a las
+andadas, temía que viniesen la compasión y los remordimientos y las
+aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo
+rompía con el Provisor.
+
+«Me conozco, pensaba; sé que, después de todo, le tengo cierto cariño, y
+si abandonase su amistad, una voz insufrible me había de estar gritando
+siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya que él disimula, y finge no ver
+este cambio, y ya no se queja como al principio, dejémoslo todo así;
+quiero paz, paz, no más batallas aquí dentro».
+
+Don Álvaro, en el tono confidencial que había adoptado después de su
+declaración, había venido a indicar vagamente que no convenía irritar a
+don Fermín, que él le creía capaz de hacer daño siempre de un modo o de
+otro. Ana, aunque Álvaro no se atrevía a ser muy explícito en este
+particular, comprendía lo que su amigo, _nuevo hermano_, quería decir y
+aprobaba su prudencia.
+
+Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que
+en otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposición de
+motivos.
+
+Ana fue a La Costa. Mesía, por disimular, pasó cinco días en Palomares,
+después se corrió a San Sebastián, y el día de Nuestra Señora de Agosto
+se presentó en La Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente.
+
+A don Víctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda. Se
+había instalado en la más lujosa, de más movimiento y ruido, situada en
+el muelle. Allá se fue también Mesía, accediendo a los ruegos de su
+amigo el ex-regente.
+
+Veinte días después volvían los tres juntos a Vetusta; Benítez felicitó
+a la Regenta por su notable mejoría; ahora si que estaba la salud
+asegurada; ¡qué color! ¡qué morbidez! ¡qué _sólidamente_ robusta volvía!
+
+A don Víctor se le caía la baba. «¡Oh, el mar, si no hay como el mar, y
+la mesa redonda, y la casa de baños, y los paseos por el muelle, y los
+conciertos al aire libre... y los teatros y circos!». ¡Qué contento
+estaba con la vida Quintanar! Su mujer era una joya; la más hermosa de
+la provincia, como había sido siempre, pero además ahora suya,
+completamente suya, y de un humor nuevo, alegre, activo, como el que
+Dios le había otorgado a él....
+
+--¿Y yo? ¿eh? ¿qué tal vengo yo señor Benítez?
+
+--Magnífico, magnífico también; hecho un pollo.
+
+--¡Ya lo creo!--¿Y este galápago? Este galápago que ya va siendo viejo,
+¿qué tal?--Y daba palmaditas en la espalda de Mesía--. Este sí que
+parece un chiquillo.
+
+Y volviéndose a Frígilis que estaba presente, algo triste y desmejorado,
+añadía Quintanar:
+
+--En cambio tú vas a escape para Villavieja.... Y eso que tanto tono
+sabes darte con tu higiene, y tu vida de árbol secular. No, lo que es al
+siglo no llegas, carcamal....
+
+Y abrazaba y daba palmadas en la espalda también a su Frígilis para que
+no tuviera celos de Mesía. Quintanar era feliz; quería que lo fueran
+todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta los
+conocidos, el mundo entero.
+
+Si Mesía le preguntaba en broma:
+
+--¿Qué tal _Kempis_? ¿Qué dice de esto _Kempis_?
+
+El otro contestaba:--¿Quién? ¡Qué
+
+_Kempis_ ni qué ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el caserón. Voy a
+blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la
+piedra de la fachada. Verán ustedes qué hermosa queda la piedra
+amarillenta después que la piquemos. No quiero obscuridad, no quiero
+negruras, no quiero tristezas.
+
+Mesía había convencido a la Regenta de que don Víctor, en rigor, venía a
+ser una cosa así... como un padre. Siempre había pensado ella algo por
+el estilo.
+
+Sin embargo, se le debía el honor; y a pesar de tanta intimidad, de
+aquel amor confesado implícitamente, Ana podía decir que don Álvaro no
+había puesto sus labios en aquella piel con cuyo contacto soñaba de
+fijo.
+
+Mesía no se daba prisa. «Aquella casada no era como otras; había que
+conquistarla como a una virgen; en rigor él era su primer amor y los
+ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran robado mil ilusiones.
+Además a él también le rejuvenecía aquella situación de amor platónico,
+de intimidad dulcísima en que sólo él hablaba de amor con la boca y
+ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo demás que era mudo y no era
+deshonesto y grosero».
+
+«Así como así el verano siempre le tenía un poco lánguido y desmadejado.
+Calculaba él, con aquella frivolidad afectada y natural al mismo tiempo
+de materialista práctico, calculaba que allá para el invierno él se
+sentiría fuerte como un roble y la Regenta estaría suave y dócil como
+una malva. Además, una barbaridad podía, si no echarlo todo a perder,
+retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que el que
+llevaban. Ello diría, ello diría y no había de tardar».
+
+Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como él
+decía, _était déjà sur le retour_, se sentía transformado por la
+juventud y la pasión vehemente y soñadora de Anita. No recordaba don
+Álvaro haber deseado tanto a una mujer ni haber gozado con los amores
+platónicos, según él llamaba a todos los no consumados, como estaba
+gozando entonces.
+
+La Regenta cayendo, cayendo era feliz; sentía el mareo de la caída en
+las entrañas, pero si algunos días al despertar en vez de pensamientos
+alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, algo como un
+remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafísica naturalista que
+ella, sin darse cuenta de ello, había creado a última hora para
+satisfacer su afán invencible de llevar siempre a la abstracción, a las
+generalidades, los sucesos de su vida.
+
+Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tenía poco tiempo para
+ellas. Toda la vida era diversión, excursiones, comidas alegres,
+teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se
+había establecido una especie de convivencia de que participaban
+Obdulia, Visita, Álvaro, Joaquín y algunos otros amigos íntimos.
+
+Se iba al Vivero muy a menudo; se corría por el bosque, por la galería
+que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del río. Todos
+parecían cómplices. Obdulia y Visita adoraban a la Regenta, eran
+esclavas de sus caprichos, se la comían a besos; juraban que eran
+felices viéndola tan tratable, tan _humanizada_. Y jamás una alusión
+picaresca, ni una pregunta indiscreta, ni una sorpresa importuna. Nadie
+hablaba allí del peligro que sólo ignoraba Quintanar. Muchas veces,
+cuando una tormenta como la de San Pedro descargaba sobre el Vivero, se
+quedaba allí toda la comitiva a pasar la noche. Ana se encontraba, sin
+buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con Álvaro,
+apretada contra él en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada
+semana.
+
+Un día de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martín, se
+emprendió la última excursión, por aquel año, al Vivero.
+
+La alegría era extremada, nerviosa. _Aquellos chicos_, como seguía
+llamándolos Ripamilán, también expedicionario a pesar de los años,
+aquellos chicos que tenían en la quinta de Vegallana los mejores
+recuerdos de sus juegos alegres, se despedían con pesar de aquel rincón
+de sus primaveras y sus otoños. Querían saborear hasta la última gota
+de alegría loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas y
+picantes del bosque. Jamás Visita _hizo la niña_ de mejor buena fe,
+jamás Obdulia consintió a Joaquín _más tonterías_, según su vocabulario
+lleno de eufemismos; Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho días
+antes; hasta los viejos cantaron, bailaron un minué y corrieron por el
+bosque; don Víctor hizo diabluras y se cayó al río, pretendiendo
+saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho.
+
+Ana y Álvaro, al darse la mano por la mañana, al subir al coche, se
+encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La noche
+anterior Álvaro había dicho que él se quería morir. No pedía nada, pero
+se quería morir. Ana en todo el camino de Vetusta al Vivero no dijo más
+que esto, y bajo, al oído de Álvaro: «Hoy es el último día».
+
+Después de comer, a todos los amantes del Vivero les preocupó la idea de
+que la tarde sería muy corta. Joaquín y Obdulia sabían que todo el mundo
+era patria: «¡pero como allí!» Edelmira y Paco suspiraban también por
+sus escondites de la quinta, que iban a dejar muy pronto.... Antes del
+último arranque de locura, de las últimas carreras por el bosque y de la
+última alegría hubo un cuarto de hora de melancolía... de cansancio
+mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la última. Visita se
+sentó al piano y tocó la polka de _Salacia_, un baile fantástico de gran
+espectáculo que se representaba aquellas noches en Vetusta. _Salacia_,
+la hija del mar, sacaba a sus hermanas del océano y no se sabe por qué a
+las bacantes a bailar en la playa una danza infernal; Ana recordó la
+impresión que aquella polka había causado en sus sentidos.... «¡Las
+bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco».--Ana sabía
+mucho de estos recuerdos mitológicos y pronto había dejado de ver el
+pobre aparato escénico del teatro de Vetusta y las bailarinas prosaicas
+y no todas bien formadas, para trasladarse a la imaginada región de
+Oriente donde su fantasía, a medias ilustrada, veía bosques misteriosos,
+carreras frenéticas de las bacantes enloquecidas por la música
+estridente y por las libaciones de perpetua orgía, al aire libre. ¡La
+bacante! la fanática de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida
+lozana y salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo;
+aquella carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos,
+cayendo con delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de
+precipicios y enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita
+recordaba de mala manera en el piano aquella humilde polka de _Salacia_,
+que tenía de bueno lo que tenía de copia, la Regenta dejaba bailar en su
+cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueños y de su
+pasión irritada.
+
+De pronto se le antojó mirar una _Ilustración_ que estaba sobre un
+centro de sala. «La última flor» decía la leyenda de un grabado en que
+clavó Ana los ojos. En un jardín, en Otoño, una mujer, hermosa, de unos
+treinta años, aspiraba con frenesí y oprimía contra su rostro una
+flor... la última....
+
+--¡Ea, ea, al monte!--gritó en aquel momento Obdulia desde la
+huerta--¡al monte, al monte! a despedirse de los árboles....
+
+Visitación azotó con fuerza las teclas violentando el compás de su
+polka... y en seguida cerró el piano con ímpetu:
+
+--¡Al monte! ¡al monte!--gritaron de arriba y de abajo.
+
+Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos,
+zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la otoñada.
+
+Aquella noche se prolongó la fiesta en Vetusta; era la despedida del
+buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la puerta....
+Y se improvisó una cena para todos aquellos señores. Muchos a las doce,
+después de bailar y cantar y alborotar, ya tenían apetito; se había
+comido temprano; otros no hicieron más que probar golosinas y beber.
+Como la noche se había quedado tan serena y templada que parecía de las
+primeras de Septiembre, se cenó en la estufa nueva que se inauguró en
+este día; era grande, alta, confortable, construida por modelo de París.
+Don Álvaro, inteligente en la materia, dijo que se parecía, en pequeño,
+a la de la princesa Matilde. ¡Cómo envidió Obdulia aquel dato! Y sintió
+orgullo. ¡Un hombre que había sido su amante podía hablar de la _serre_
+de la princesa Matilde!
+
+Se cenó allí. En el salón amarillo, donde se había bailado después de
+volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de refresco, se apagaban
+solas las velas de esperma, en los candelabros, corriéndose por culpa
+del viento que dejaba pasar un balcón abierto. Los criados no habían
+apagado más que la araña de cristal. Las sillas estaban en desorden;
+sobre la alfombra yacían dos o tres libros, pedazos de papel, barro del
+Vivero, hojas de flores, y una rota de Begonia, como un pedazo de
+brocado viejo. Parecía el salón fatigado. Las figuras de los cromos
+finos y provocativos de la Marquesa reían con sus posturas de falsa
+gracia violentas y amaneradas. Todo era allí ausencia de honestidad; los
+muebles sin orden, en posturas inusitadas, parecían amotinados,
+amenazando contar a los sordos lo que sabían y callaban tantos años
+hacía. El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con más
+experiencia que todo, callaba, conservando su puesto.
+
+Una ráfaga de viento apagó la última luz que alumbraba el cuadro
+solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se abrió la puerta del
+salón y pasaron dos bultos. Las pisadas las apagó en seguida la
+alfombra. Por toda claridad la poca de la calle, producto de la luna
+nueva y de un farol de enfrente, adulación del municipio nuevo a la casa
+del Marqués. Al abrirse la puerta se oyó a lo lejos el ruido de la
+servidumbre en la cocina; carcajadas y el _run, run_ de una guitarra
+tañida con timidez y cierto respeto a los amos; este rumor se mezclaba
+con otro más apagado, el que venía de la huerta, atravesaba los
+cristales de la estufa y llegaba al salón como murmullo de un barrio
+populoso lejano.
+
+Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidencias
+perseguía a su amigo íntimo con el relato de las aventuras de su
+juventud, allá en la Almunia de don Godino.
+
+Don Álvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a don
+Víctor, oía la voz del deseo ardiente, brutal, que gritaba: «¡hoy, hoy,
+ahora, aquí, aquí mismo!».
+
+Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del salón y aquella
+discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecían muy a
+propósito para confesar sus picardías eróticas, continuaba el relato,
+para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo:
+
+--¡Pero qué fatalidad! ¿Cree usted que por fin la hice mía? ¡pues, no
+señor! pásmese usted.... Lo de siempre, me faltó la constancia, la
+decisión, el entusiasmo... y me quedé a media miel, amigo mío. No sé qué
+es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crítico me falta el
+valor... y estoy por decir que el deseo....
+
+Una vez, al repetir esta canción don Víctor, a Mesía se le antojó
+atender; oyó lo de quedarse a media miel, lo de faltarle el valor... y
+con suprema resolución, casi con ira pensó:
+
+--Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.... Ya que él lo quiere,
+que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo, aquí mismo....
+
+Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Víctor de
+confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de
+las buenas digestiones después de las cenas grandiosas. No estaba allí
+Anita.
+
+Salió Álvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en si
+salía o no, y entró de nuevo en el caserón. En la cocina seguía la
+algazara. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. No había nadie.
+«No podía ser». Entró en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio entre
+las sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellas
+ningún bulto de mujer. «No podía ser». Con aquella fe en sus
+corazonadas, que era toda su religión, Álvaro buscó más en lo obscuro...
+llegó al balcón entornado; lo abrió...
+
+--¡Ana!--¡Jesús!
+
+
+
+
+--XXIX--
+
+
+«El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros. Me lo han
+mandado de León lleno de nueces. Será cosa exquisita. Además, tengo vino
+de mi tierra, un Valdiñón que se masca...».
+
+Mesía no faltó a su promesa, y el día de Navidad comió en el caserón de
+los Ozores. El salón estaba ahora empapelado de azul y oro a cuadros; la
+gran chimenea churrigueresca se había conservado con sus ondulantes
+sirenas de abultado seno de yeso. Don Víctor se contentó con pintar de
+un blanco gris _discreto_, como él decía, todas aquellas cornisas,
+volutas, acantos, escocias y hojarasca.
+
+A los postres, el amo de la casa se quedó pensativo. Seguía con la
+mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que servía a la
+mesa. Después del café pudo notar don Álvaro que su amigo estaba
+impaciente. Desde aquel verano, desde que habían vivido juntos en la
+fonda de La Costa, don Víctor se había acostumbrado a la comensalía de
+don Álvaro; le encontraba a la mesa más decidor y simpático que en
+ninguna otra parte y le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces,
+después de charlar cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar una
+vuelta por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar así media hora
+larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se movía. Ana y Álvaro
+se miraban, preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella.
+
+La Regenta se inclinó un instante para recoger una servilleta del suelo,
+y don Víctor hizo a Mesía una seña que quería decir claramente:
+
+--Me estorba esa; si se fuera... hablaríamos.
+
+Mesía encogió los hombros.
+
+Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, sin verlo
+Quintanar, apuntó a la puerta sin mover más que los ojos.
+
+Ana salió en seguida.--¡Gracias a Dios!--dijo su marido, respirando con
+fuerza--. Creí que no se marchaba hoy esa muchacha.
+
+Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él.
+
+--Ahora podremos hablar.--Usted dirá--respondió tranquilamente Álvaro,
+chupando su habano y tapándose la cara con el humo, según su costumbre
+de _enturbiar el aire_ cuando le convenía.
+
+«¿Qué tripa se le habrá roto a este?», pensó con un vago recelo, que no
+se explicaba siquiera.
+
+Don Víctor acercó su silla a la del otro, y tomó el tono de las grandes
+revelaciones.
+
+--Actualmente--dijo--todo me sonríe. Soy feliz en mi hogar, no entro ni
+salgo en la vida pública; ya no temo la invasión absorbente de la
+iglesia, cuya influencia deletérea... pero esa Petra me parece que me
+quiere dar un disgusto.
+
+Movimiento de sobresalto en Mesía.
+
+--Explíquese usted. ¿Ha vuelto usted a las andadas?
+
+--He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos...
+explicaciones... treguas... promesas de respetar... lo que esa
+grandísima tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella está
+picada porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de mi
+lecho, de mi tálamo... como si dijéramos, a la satisfacción de efímeros
+placeres.... ¿Me entiende usted? Finge que se alborota por defender su
+honor que, en resumidas cuentas, aquí nadie se atreve a amenazar
+seriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi frialdad....
+
+--¿Pero qué hace? vamos a ver....
+
+--Mire usted, Álvaro, por nada de este mundo daría yo un disgusto a mi
+Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena, pero antes
+tenía sus caprichos, ya recuerda usted....
+
+--Sí, sí... al grano.--Ahora la pobrecita coincide con mis gustos en
+todo. Por aquí, digo, y por aquí se va. Hasta le ha pasado aquella
+exaltación un poco selvática, aquel amor excesivo a los placeres
+bucólicos, aquella exclusiva preocupación de la salud al aire libre, del
+ejercicio, de la higiene en suma.... Todos los extremos son malos, y
+Benítez me tenía dicho que la verdadera curación de Ana vendría cuando
+se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por
+pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma. ¡Aquello era lo peor!
+
+--Pero... no me dice usted...--Allá voy; Ana vive ahora en un
+equilibrio que es garantía de la salud por la que tanto tiempo hemos
+suspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da aquellos
+sustos; no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena la casa de
+sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero
+perderla a ningún precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo que quiere
+comprometernos.
+
+--Pero vamos a ver, ¿qué hace Petra?
+
+--Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos
+prevaliéndose de mi situación falsa, falsísima... lo confieso. ¿No
+comprende usted que para Ana tendría que ser un golpe terrible cualquier
+revelación de esa... ramerilla hipócrita?
+
+--¿Pero qué sucede, señor? ¡hable usted claro y pronto!--gritó Mesía
+impaciente, más interesado en el asunto de lo que su amigo podía
+suponer.
+
+--Más bajo, Álvaro, más bajo. ¿Qué sucede? Mucho. Petra sabe que yo
+quiero evitar a toda costa un disgusto a mi mujer, porque temo que
+cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar y volviéramos a las
+andadas. Un desengaño, mi escasa fidelidad descubierta, de fijo la
+volvería a sus antiguas cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscaría
+consuelo en la religión y ahí teníamos al señor Magistral otra vez....
+¡Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a toda costa que Ana
+sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y sensual fuí capaz de
+solicitar los favores de esa _scortum_, como las llama don Saturnino.
+
+--Pero ¿por qué ha de saber Ana eso? Si, después de todo, no hay nada
+que saber....
+
+--Sí; lo que hay basta para clavarle un puñal a la pobrecita. La conozco
+yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi esposa pensará lo
+demás, lo que no hay.--¿Pero Petra?... Acabe usted. ¿Ha dicho algo?
+¿Ha amenazado con decir?...
+
+--Esa es la cuestión. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, no admite
+riñas y aspira a ponerse en un pie de igualdad absurdo....
+
+--Absurdo...--Y la infame ¿con quién creerá usted que está más altiva,
+más soberbia, más insolente? ¿Conmigo? Eso parecería lo natural. ¡Pues
+no señor, con Ana! ¡Pásmese usted, con Ana!
+
+Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don Álvaro contestó:
+
+--¡Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal vez celos!
+
+--Eso digo yo.... «Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que quisiste
+hacer tu concubina... o se lo cuento todo». Este es el lenguaje de la
+conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; solución;
+¿qué hago? ¿sufrir en silencio? Absurdo. Además, puede acabársele la
+paciencia a Anita, que si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que
+le queda de cuando fue casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si
+sospecha... si... ¡triste de mí!
+
+--Calma, hombre, calma.--¿Qué hacemos, Álvaro, qué hacemos?
+
+--Es muy sencillo.--¡Sencillo!--Sí, hay que echar a Petra de esta
+casa.
+
+Don Víctor saltó en su silla.
+
+--Eso es cortar el nudo...--Pues no hay más solución. Echarla.
+
+Don Víctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero don
+Álvaro prometió allanarlo todo. «Él sabía cómo se trataba a esta gente.
+Daba la casualidad feliz de que en la fonda en que él vivía como niño
+mimado hacía tantos años, se necesitaba una muchacha para servir a los
+huéspedes. Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagaría la
+proposición; se la haría el mismo don Álvaro, y si por caso extraño
+resistía, él sabría amenazarla de suerte que...» etc., etc. En fin, don
+Víctor lo dejó en manos de su amigo y se fue al Casino, algo más
+tranquilo.
+
+--¿Usted se queda a preparar el terreno, eh?
+
+--Sí, hombre, a arreglarlo todo.
+
+En cuanto don Víctor cerró de un golpe la puerta de la escalera, Ana
+entró asustada en el comedor. Iba a hablar, pero llegó Petra a recoger
+el servicio del café y calló fingiendo leer _El Lábaro_. Salió la
+doncella y Ana dijo:
+
+--¿Qué hay, Álvaro?...
+
+--Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche.
+
+--No te entiendo...--Petra marcha de esta casa. Adiós espías.
+
+--¡Petra! ¿qué marcha Petra?
+
+--Sí, él me ha encargado de despedirla; dice que es insolente, que te
+trata mal....
+
+--¡Dios mío! ¿ha notado él?...
+
+--Sí, boba, pero no te asustes... él lo toma... por donde no quema....
+
+Mesía explicó a la Regenta el caso. La había enterado de todo y de mucho
+más. Las tentativas del mísero don Víctor eran para la Regenta, gracias
+a las calumnias de Álvaro, delitos consumados. Pero ella no atribuía a
+esto la insolencia de la criada; temía que hubiese descubierto sus
+amores con Mesía y que aquella soberbia, aquel desafío constante de sus
+miradas, de sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don
+Víctor su secreto.
+
+--Ya ves como no era lo que tú temías, aprensiva.... Es muy posible,
+probable que la pobre chica no sospeche nada, que su atrevimiento no sea
+más que una amenaza al amo....
+
+Ana se ruborizó. Todo aquello le repugnaba. «¡Aquel marido a quien ella
+había sacrificado lo mejor de la vida, no sólo era un maníaco, un hombre
+frío para ella, insustancial, sino que perseguía a las criadas de noche
+por los pasillos, las sorprendía en su cuarto, les veía las ligas!...
+¡Qué asco! No eran celos, ¿cómo habían de ser celos? Era asco; y una
+especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a semejante
+hombre la vida. Sí, la vida, que era la juventud».
+
+«Álvaro--seguía pensando Ana--había hecho mal en revelarle aquellas
+miserias, en hacer traición a Quintanar, por indigno que este fuera, y
+sobre todo en avergonzarla a ella con las aventuras ridículas y
+repugnantes del viejo». Pero como tenía empeño en limpiar de toda culpa
+a su Mesía, a su señor, al hombre a quien se había entregado en cuerpo y
+en alma _por toda la vida_, según ella, pronto le disculpaba,
+reflexionando que «el pobre Álvaro hacía aquello por amor, por arrojar
+del pensamiento de su Ana todo escrúpulo, todo miramiento que pudiera
+atarla al viejo que había hecho de lo mejor de su vida un desierto de
+tristeza».
+
+«Tampoco le agradaba a Anita ver a su Álvaro metido en aquellos cuidados
+domésticos de despedir criadas; y menos encontrarle tan experto en el
+asunto; todo aquello, de puro prosaico y bajo, era repugnante, pero ¿qué
+remedio? Álvaro lo hacía por ella, por gozar tranquilamente de aquella
+felicidad que tantos años de martirio le había costado...».
+
+Estos y todos los demás lunares que en Mesía le obligaba a descubrir de
+poco acá el endiablado espíritu de análisis, camino de la locura según
+ella, procuraba Ana convertirlos en otras tantas estrellas luminosas de
+pura hermosura. Si alguna vez le sobrecogía la ida de perder a don
+Álvaro, temblaba horrorizada, como en otro tiempo cuando temía perder a
+Jesús.
+
+Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevió a murmurar
+con voz apasionada y tierna al oído de su vencedor, no el día de la
+rendición, mucho después, fueron para pedirle el juramento de la
+constancia...
+
+«Para siempre, Álvaro, para siempre, júramelo; si no es para siempre,
+esto es un bochorno, es un crimen infame, villano...».
+
+Mesía había jurado, y seguía jurando todos los días, una eternidad de
+amores.
+
+La idea de la soledad _después de aquello_, le parecía a la Regenta más
+horrorosa que en un tiempo se le antojara la imagen del Infierno.
+
+Con amor se podía vivir donde quiera, como quiera, sin pensar más que en
+el amor mismo...; pero sin él... volverían los fantasmas negros que ella
+a veces sentía rebullir allá en el fondo de su cabeza, como si asomaran
+en un horizonte muy lejano, cual primeras sombras de una noche eterna,
+vacía, espantosa. Ana sentía que acabarse el amor, aquella pasión
+absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por la primera vez en la vida,
+sería para ella comenzar la locura.
+
+«Sí, Álvaro; si tú me dejaras me volvería loca de fijo; tengo miedo a mi
+cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en ti. Contigo no pienso
+más que en quererte».
+
+Esto solía decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocresía,
+sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mesía,
+pero que al desaparecer no dejó en su lugar fingimiento. Ana se
+entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento,
+y con una especie de furor que groseramente llamaba Mesía, para sí,
+hambre atrasada.
+
+Él estuvo el primer mes asustado. Si los primeros días renegaba del
+miedo, de la ignorancia y de los escrúpulos (_absurdos en una mujer
+casada de treinta años_, según la filosofía del Presidente del Casino),
+pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que llegó a inquietarle
+«otro aspecto» de sus amores. Nunca había sido más feliz. ¿Quería
+satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos
+disgustos? Pues Ana, la mujer más hermosa de Vetusta, le adoraba; y le
+adoraba por él, por su persona, por su cuerpo, por _el físico_. Muchas
+veces, si a él le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la
+boca con la mano y le decía en éxtasis de amor: «No hables». Mesía no
+echaba esto a mala parte; también él reconocía que lo mejor era callar,
+dejarse adorar por buen mozo. ¿Quería satisfacer caprichos de la carne
+ahíta, gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma
+ignorancia de Ana y la fuerza de su pasión y las circunstancias de su
+vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura
+facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero
+capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesía
+estaba intranquilo.
+
+--Está usted desmejorado--le decía Somoza.
+
+--Cuidado--repetía Visitación.
+
+Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había
+recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia
+que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a
+la fortaleza de la Regenta.
+
+«Sí, sentía que dentro de su cuerpo había algo que hacía _crac_ de
+cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no
+era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen
+soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla.
+Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en
+presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame. Sí; él
+faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con
+escalofríos épocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por
+excesos de placer, le habían obligado a recurrir a expedientes
+bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a
+última hora, a Paco, a Joaquín y demás trasnochadores, para referirlos
+después de pasados, cuando el vigor volvía y ya las trazas cómicas no
+eran necesarias; pero expedientes odiosos como la miseria y sus engaños.
+Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal,
+parecíale a don Álvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa
+que describe Quevedo en el _Gran Tacaño_. Él también había sido más de
+una vez, después de pródigo, el Gran Tacaño del amor.... Pero las trazas
+antiguas serían imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas....
+«No, antes huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tenía derecho a
+una juventud eterna e inagotable». Pero estas ideas tristes, aprensiones
+de la edad, venían de tarde en tarde; lo más del tiempo semejante
+inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos amores
+que reputaba la gloria más alta de su vida. Por su parte se confesaba
+todo lo enamorado que él podía estarlo de quien no fuese don Álvaro
+Mesía. Después del Presidente del Casino ningún ser de la tierra le
+parecía más digno de adoración que su dócil Ana, su Ana frenética de
+amor, como él había esperado siempre aun en los días de mayor
+apartamiento. Don Álvaro no se confesaba a sí mismo, que había habido un
+tiempo en que perdiera la esperanza de vencer a la Regenta. ¡La tenía
+ahora tan vencida!
+
+Mejor que nunca lo conoció cuando hubo que dar la gran batalla para
+trasladar al caserón de los Ozores el nido del amor adúltero. Ana se
+opuso, lloró, suplicó... «no, no; eso no, Álvaro, por Dios no, eso
+nunca». Y resistió muchos días a las súplicas del amante que se quejaba
+de lo poco y deprisa y sin comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre
+se veían en casa de Vegallana; allí eran sus cariños furtivos,
+precipitados; pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa
+intimidad no era posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos
+expuesto a sobresaltos, intermitencias y disimulos. Ana se negaba a
+acudir a un rincón de amores que Álvaro prometía buscar; el mismo Álvaro
+confesaba que era difícil encontrar semejante rincón seguro en un pueblo
+_tan atrasado_ como Vetusta. Además, el lugar que él pudiera encontrar,
+al cabo tenía que parecerle repugnante a ella; y como en Ana la
+imaginación influía tanto, el desprecio del albergue podía llevarla a la
+repugnancia del adulterio.... No había más remedio que tomar por asilo el
+caserón de los Ozores. Era lo más seguro, lo más tranquilo, lo más
+cómodo. Comprendía Álvaro los escrúpulos de Ana, pero se propuso
+vencerlos y los venció. Sin embargo, si los obstáculos del orden
+puramente moral, los _escrúpulos místicos_, como se decía Álvaro con
+frase tan impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a
+fuerza de pasión, los _inconvenientes materiales_, las precauciones del
+miedo opusieron dificultades de más importancia. A don Álvaro se le
+ocurría que sin tener de su parte a una criada, a la doncella mejor, era
+todo sino imposible muy difícil; pero ni siquiera se atrevió a proponer
+a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, mostrando antipatía mal
+oculta hacia Petra, y comprendió además que era muy nueva la Regenta en
+esta clase de aventuras, para llegar al cinismo de ampararse de
+domésticas, y menos sabiendo de ellas que eran solicitadas por su
+marido.
+
+Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama. ¿No
+era Petra muy tentada de la risa? La aventura de la liga y otras de que
+él tenía noticia ¿no probaban que era muy fácil interesar en su favor a
+aquella muchacha? Sí. Y dicho y hecho. En ausencia de Ana y de don
+Víctor, detrás de la puerta, en los pasillos, donde podía, don Álvaro
+comenzó el ataque de Petra que se rindió mucho más pronto de lo que él
+esperaba. Pero había un inconveniente muy grave. A la chica se le
+ocurrió ser, o fingirse, desinteresada, preferir los locos juegos del
+amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discretísimas medias
+palabras y buenas obras, a cambio de un cariño que Mesía no estaba en
+circunstancias de prodigar. «¡Pobre Ana, qué sabía ella de todas estas
+complicaciones!». No sabía tampoco don Álvaro tanto como él creía.
+Ignoraba por ejemplo que Petra podía permitirse el lujo de servirle bien
+a él sin pensar en el interés, sin más pago que el del amor con que el
+gallo vetustense ya no podía ser manirroto: no era Petra enemiga del
+vil metal, ni la ambición de mejorar de suerte y hasta de _esfera_, como
+ella sabía decir, era floja pasión en su alma, concupiscente de arriba
+abajo; pero en Mesía no buscaba ella esto; le quería por buen mozo, por
+burlarse a su modo del ama, a quien aborrecía «por hipócrita, por
+guapetona y por orgullosa»; le quería por vanidad, y en cuanto a
+servirle en lo que él deseaba, también a ella le convenía por satisfacer
+su pasión favorita, después de la lujuria acaso, por satisfacer sus
+venganzas. Vengábase protegiendo ahora los amores de Mesía y Ana, «del
+idiota de don Víctor» que se ponía a comprometer a las muchachas sin
+saber de la misa la media; vengábase de la misma Regenta que caía, caía,
+gracias a ella, en un agujero sin fondo, que estaba, sin saberlo la
+hipocritona en poder de su criada, la cual el día que le conviniese
+podía descubrirlo todo. Tenía entre sus uñas a la señora ¿qué más quería
+ella? Todas las noches pasaba unas cuantas horas, la honra y tal vez la
+vida del amo, pendiente de un hilo que tenía ella, Petra, en la mano, y
+si ella quería, si a ella se le antojaba, ¡zas! todo se aplastaba de
+repente... ardía el mundo. Y como si esto en vez de un placer, en vez de
+una gloria fuese para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de
+Vetusta le pagaba el servicio con _amores de señorito_ que eran los que
+ella había saboreado siempre con más delicia, por un instinto de señorío
+que siempre la había dominado. Pero además gozaba de otra venganza más
+suculenta que todas estas la endiablada moza. ¿Y el Magistral? El
+Magistral la había querido engañar, la había hecho suya; ella se había
+entregado creyendo pasar en seguida a la plaza que más envidiaba en
+Vetusta, la de Teresina. Petra sabía lo bien que colocaba doña Paula a
+todas las que eran por algún tiempo doncellas en su casa. Teresina, a
+quien esperaba para muy pronto una colocación de _señorona_ allá en
+cierta administración de bienes del amo, casada con un buen mozo,
+Teresina la había enterado de lo que ella no había podido observar y
+adivinar, le había abierto los ojos y llenado la boca de agua; Petra
+comprendía que la casa del Magistral era el camino más seguro para
+llegar a casarse y ser _señora_ o poco menos.... La ocasión había
+llegado; después de la romería de San Pedro creía ella que todo era
+cuestión de semanas, de esperar una oportunidad; Teresina saldría pronto
+bien colocada y entraría ella en su puesto.... Pero no fue así; el
+Magistral no volvió a solicitar a Petra; cuando tuvo que hablarla, no
+fue para asuntos que a ella directamente le importasen, fue... ¡qué
+vergüenza! para comprarla como espía. Cierto es que el Provisor le
+prometió para muy pronto la plaza de Teresina, con todas las ventajas
+que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar; pero de todas suertes a ella
+se la había engañado; o mejor, se había engañado ella; pero esto no
+quería reconocerlo la orgullosa rubia. Era el caso que, en su opinión,
+el Magistral era amante de doña Ana hacía mucho tiempo, y que la escena
+del bosque del Vivero la interpretó la vanidad de la criada como una
+victoria de su belleza que había hecho caer en pecado de inconstancia al
+canónigo. Creyó Petra que don Fermín la quería a ella ahora después de
+haber querido a su ama. Caprichos así había visto ella muchos. Cuando se
+convenció de que don Fermín, por mucho que disimulase, estaba enamorado
+como un loco de la Regenta, furioso de celos, y de que no había sido su
+amante ni con cien leguas, y de que a ella, a Petra, sólo la había
+querido por instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se
+sublevaron dentro de ella saltando como sierpes; pero las acalló por de
+pronto, disimuló, y por entonces sólo dio satisfacción a la avaricia.
+Aceptó las proposiciones del canónigo. Ella entraría en casa de don
+Fermín el día que fuese necesario salir del caserón de los Ozores, pero
+entre tanto prestaría allí sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo
+que podía pensar. El canónigo sabría todo lo que pasaba; si doña Ana
+recibía visitas, quién entraba cuando no estaba don Víctor o se quedaba
+después de salir el amo, etc., etcétera.
+
+Petra prometió decir todo lo que hubiera. Fingió no recordar siquiera
+ciertas promesas de otro orden que a don Fermín se le habían escapado en
+el calor de la improvisación en aquella dichosa mañana del Vivero, de
+que estaba avergonzado. Cuando vio don Fermín a Petra tan propicia para
+servirle por dinero, sintió más y más haber comenzado por el camino
+absurdo, vergonzoso de una seducción... ridícula. Aquella aventura que
+le recordaba las de antaño, le sonrojaba ahora, porque contradecía en
+cierto modo aquel andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasión
+por la Regenta. «El amor purísimo que yo tengo, todo lo disculpa».
+«¿Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque? Claro que
+no», le decía la conciencia. Por eso le repugnaba Petra ahora. Pero no
+había más remedio que valerse de ella.
+
+Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola
+tenía el cabo. Por ahora a quien servía con lealtad era a Mesía; este
+pagaba en amor, aunque era algo remiso para el pago, y ella le ayudaba
+cuanto podía, porque ayudarle era satisfacer los propios deseos: hundir
+al ama, tenerla en un puño, y burlarse sangrientamente, del _idiota del
+amo_ y del indino del canónigo. Para más adelante se reservaba la astuta
+moza el derecho de vender a don Álvaro y ayudar a su señor, al que
+pagaba, al que había de hacerla a ella señorona, a don Fermín. ¿Cuándo
+había de ser esto? Ello diría. Si don Álvaro no se portaba bien, podía
+ocurrir el caso, llegar la oportunidad; si ella se cansaba, o si
+Teresina dejaba la plaza y por miedo de que otra la ocupase le convenía
+correr a ella, también podía convenir echarlo a rodar todo. Entre tanto
+don Fermín no sabía por Petra nada más que noticias vagas, suficientes
+para tenerle toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco
+furioso que tenía además el tormento de disimular sus furores delante
+del mundo, y de doña Paula singularmente.
+
+De modo que si don Álvaro podía decir con razón: ¡Pobre Ana, que no sabe
+nada de esto! también Petra podía exclamar: ¡Pobre don Álvaro, que no
+sabe ni la cuarta parte de lo que tanto le importa!
+
+El presidente del Casino de Vetusta no tuvo inconveniente en engañar a
+la Regenta. Era, según él, muy justo respetar los escrúpulos de aquella
+adúltera primeriza (otra frase grosera del seductor), que no podía
+avenirse a tomar por encubridora a Petra; pero también era equitativo
+que él, sin decírselo a doña Ana, fingiendo desconfiar también de la
+doncella, aprovechase los servicios de esta, preciosos en tales
+circunstancias. La cuestión era entrar todas las noches en la habitación
+de la Regenta por el balcón. Esto se decía pronto, pero hacerlo ofrecía
+serias dificultades. ¿A dónde daba el balcón del tocador? Al parque.
+¿Cómo se podía entrar en el parque? Por la puerta. ¿Pero quién tenía la
+llave de la puerta? Una, Frígilis; con esta no había que contar. ¿Y la
+otra?
+
+Don Víctor. Esta podía sustraérsele, pero Petra dijo que a tanto no se
+comprometía, que aquello de andar llaves en el ajo era delicado y podía
+comprometerla. Lo mejor era que el señorito saltase por la pared.
+Justamente don Álvaro tenía las piernas muy largas. De esta manera la
+comedia se representaba mejor; segura doña Ana de que don Álvaro saltaba
+por el muro, no podía sospechar tan fácilmente que tenía cómplices
+dentro de casa. Después llegar bajo el balcón, trepar por la reja del
+piso bajo y encaramarse en la barandilla de hierro era cosa fácil para
+tan buen mozo.
+
+Todo esto lo hacía don Álvaro sin la ayuda directa, inmediata de Petra,
+y doña Ana encontraba así muy verosímil todo lo que su amante decía de
+su industria para entrar en el cuarto de ella. Para lo que servía Petra
+era para vigilar, para evitar que don Álvaro pudiera ser sorprendido al
+entrar o al salir, y para darse tales trazas que doña Ana creyese que
+ella, la doncella, no había estado durante toda la noche en
+circunstancias de poder notar la presencia del amante. Estaba además
+allí para dar el grito de alarma si llegaba el caso, y para combinar las
+horas. En el servicio de Petra había algo de la responsabilidad de un
+jefe de estación de ferrocarril. Don Álvaro sabía, porque don Víctor se
+lo había confesado, que el ex-regente y Frígilis, en cuanto llegaba el
+tiempo, salían de caza mucho más temprano de lo que Ana creía. Petra era
+la encargada de despertar al amo, porque Anselmo se dormía sin falta y
+no cumplía su cometido: Frígilis llegaba al parque a la hora convenida,
+ladraba... y bajaba don Víctor. Llegó a quejarse don Tomás de que sus
+ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que se le
+hacía esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y plantones, se
+acordó que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a la misma hora sin
+necesidad de ladrar a nadie. Para mayor seguridad don Víctor compró un
+reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este aviso
+automático, como él decía, acudió en adelante a la hora señalada para la
+cita. Casi todas las mañanas Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la
+misma hora. El tren que los llevaba a las marismas y montes de Palomares
+salía este año un poco más tarde y no necesitaban levantarse antes del
+ser de día.
+
+Todo esto necesitó saber don Álvaro para no exponerse a un choque en la
+vía con Frígilis o con el mismísimo don Víctor. Este mismo, sin saber lo
+que hacía, le enteró de sus horas de salida; y lo demás que necesitaba
+saber de los pormenores se lo refirió Petra. Así pues no había miedo. Lo
+de saltar la tapia ofreció algunas dificultades; pero una noche, por la
+parte de fuera en la solitaria calleja de Traslacerca, el Tenorio
+preparó removiendo piedras y quitando cal, dos o tres estribos muy
+disimulados en el muro, hacia la esquina; hizo también con disimulo
+fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y ayudar la
+ascensión, y quedó así vencido el principal obstáculo. Por la parte de
+dentro todo fue como coser y cantar. Un tonel viejo arrimado al descuido
+a la pared, y los restos de una espaldera, fueron escalones suficientes,
+sin que nadie pudiese notarlo, para subir y bajar don Álvaro por la
+parte del parque con toda la prisa que pudieran aconsejar las
+circunstancias. Aquella escalera disimulada, la comparaba don Álvaro con
+esas cajas de cerillas que ostentan la popular leyenda, ¿dónde está la
+pastora? ¿dónde estaba la escala? Después de verla una vez no se veía
+otra cosa; pero al que no se la mostraban no se le aparecía ella.
+
+No faltaba más que lo peor, persuadir a la Regenta a que abriera el
+balcón. Como a ella no se le podía hablar de las garantías de seguridad
+que don Álvaro tenía dentro de casa, nada o poco se podía oponer a sus
+argumentos relativos a las sospechas probables de la antipática Petra.
+Pero al fin don Álvaro que había triunfado de lo más, triunfó de lo
+menos: llegó a comprender Ana que era imposible, y tal vez ridículo,
+negarse a recibir en su alcoba a un hombre a quien se había entregado
+ella por completo. Mucho valía la castidad del lecho nupcial, o
+ex-nupcial mejor dicho, pero ¿no valía más la castidad de la esposa
+misma? Entre estos sofismas y la pasión y la constancia en el pedir
+dieron la victoria a Mesía, que si no pudo acallar los sobresaltos de
+Ana, quien a cada ruido creía sentir el espionaje de Petra, conseguía a
+menudo hacerla olvidarse de todo para gozar del delirio amoroso en que
+él sabía envolverla, como en una nube envenenada con opio.
+
+Y así pasaban los días, asustada Ana de que tan poco después de la caída
+fuese ella capaz de recibir a un hombre en su alcoba, ella, que tantos
+años había sabido luchar antes de caer.
+
+Aquella tarde de Navidad, después de recoger el servicio del café, Petra
+salió de casa y se dirigió a la del Magistral.
+
+La recibió doña Paula. Eran ahora muy buenas amigas. La madre del
+Provisor conocía la estrecha simpatía que existía entre Teresina y la
+doncella de la Regenta; y por la actual criada del _señorito_, de su
+hijo, sabía que en el ánimo de Fermín, Petra era la persona destinada a
+sustituir a Teresa el día, próximo ya, en que esta alcanzara el premio
+consabido de salir de allí casada para administrar ciertos bienes de los
+_Provisores_.
+
+Doña Paula, que entendía a medias palabras, y aun sin necesidad de
+ellas, ganosa de satisfacer aquel deseo de su hijo, según su política
+constante, y de satisfacerle de una manera pulcra, intachable en la
+forma, anticipándose a él, había resuelto tomar la iniciativa y ofrecer
+a Petra ella misma aquel puesto que la rubia lúbrica tanto ambicionaba.
+La proposición se hizo aquella tarde. Teresina iba a salir de casa de un
+día a otro. Petra aceptó sin titubear, temblando de alegría. Hasta que
+estuvo en el caserón de vuelta, no se le ocurrió pensar que aquella
+felicidad suya acarreaba la desgracia de muchos, y hasta cierto punto su
+propio daño. Adiós amores con don Álvaro, amores cada vez más escasos,
+más escatimados por el libertino gracioso, que iba menudeando las
+propinas y encareciendo las caricias, pero al fin _amores_ señoritos,
+que la tenían orgullosa. ¿Qué hacer? No cabía duda, ser prudente, coger
+el codiciado fruto, entrar en aquella _canonjía_, en casa del Magistral.
+Para esto era preciso echar a rodar todo lo demás, romper aquel hilo que
+ella tenía en la mano y del que estaban colgadas la honra, la
+tranquilidad, tal vez la vida de varias personas. Al pensar esto Petra
+se encogió de hombros. Se le figuró ver que caía la Regenta y se
+aplastaba, que caía el Magistral y se aplastaba, que caía don Víctor y
+se convertía en tortilla, que el mismo don Álvaro rodaba por el suelo
+hecho añicos. No importaba. Había llegado el momento. Si perdía la
+ocasión, la vacante de Teresina, podía entrar otra y adiós _señorío_
+futuro. No había más remedio que ocupar la plaza inmediatamente. Pero
+entonces había que decírselo todo al Provisor, porque en saliendo de
+aquella casa ya no podía ser espía, ni ayudar al que la pagaba a abrir
+los ojos de aquel estúpido de don Víctor, que, como era natural,
+querría vengarse, castigar a los culpables; que sería lo que necesitaba
+el canónigo, puesto que él no podía con sus manteos al hombro ir a
+desafiar a don Álvaro. Petra discurría perfectamente en estas materias,
+porque leía folletines, la colección de _Las Novedades_, que dejara en
+un desván doña Anuncia, y sabía quién desafía a quién, llegado el caso
+de descubrirse los amores de una señora casada. El que desafía es el
+marido, no un pretendiente desairado, y mucho menos siendo cura. No
+había duda, el Magistral la necesitaba a ella en el caserón llegado el
+momento crítico... si salía antes y después no le servía, podía echarla
+de casa por inútil. Había que hacerlo todo pronto, inmediatamente. ¿Y
+qué iba a hacer? Una traición, eso desde luego, pero ¿cómo...?
+
+En esto pensaba cuando entró en el comedor, ya al obscurecer, a preparar
+la lámpara. Sintió que la sujetaban por la cintura y le daban un beso en
+la nuca.
+
+«Era el otro; ¡pobre, no sabía lo que le aguardaba!».
+
+Don Álvaro, después de su conversación con Ana, la había hecho retirarse
+y se había quedado solo en el comedor para «dar el ataque» a Petra y
+proponerle, entre caricias, de que cada día le pesaba más, el cambio de
+amos. No era cierto que hubiese vacante en la fonda, pero allí era él
+amo y se crearía la vacante. Con toda la diplomacia que pudo emplear un
+hombre que se creía principalmente político y era seductor de oficio,
+ofreció a la doncella la nueva posición, «que sería divertidísima, y
+lucrativa como pocas». Don Víctor le tenía miedo, doña Ana también, cada
+cual por su motivo, y él, don Álvaro, sería mucho mejor servido si Petra
+consentía en salir de la casa.
+
+«Ya ves, hija, tú has cometido una falta, tratar a la señora con
+altivez, con insolencia; esto, que es feo de por sí, la asustó a ella
+haciéndole creer que sabes algo y que abusas de tu secreto; le asustó a
+él que teme que vas a cantar, y me perjudica a mí, como comprendes,
+porque... ya ves... estando asustada ella... recelosa... pago yo. A ti
+ya no te necesito en esta casa, porque yo entro y salgo ya sin guías...
+y allá en casa... en la fonda puedes sernos útil.... Además...».
+
+Además, don Álvaro comprendía que ya no podía pagar a Petra sus
+servicios con amor, porque cada día era más urgente economizarlo; y
+llevando a la chica a la fonda, allí otros huéspedes hambrientos de esta
+clase de bocados la distraerían y él cumpliría con propinas en adelante.
+En suma, ya le estorbaba Petra en el caserón de los Ozores por muchos
+conceptos. Pero a ella no se le podían dar tales razones.
+
+--Señorito--dijo Petra, que a pesar de su resolución reciente, sintió en
+el orgullo una herida de tres pulgadas--no necesita apurarse tanto para
+convencerme de que debo irme de esta casa.
+
+--No, hija, lo que es, si tú lo tomas por donde quema, yo no insisto.
+
+--No señor, si no me deja usted explicarme.... Si yo quiero salir de
+aquí; si precisamente... pero en cuanto a lo de irme a la fonda, no
+señor. Una cosa es que una tenga sus caprichos y una buena voluntad,
+¿entiende usted? y otra cosa que a una la regalen a los amigos, y la
+lleven y la traigan... y....
+
+--Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien....
+
+Don Álvaro bajaba la voz y Petra la levantaba.
+
+Pero la astuta moza, que sabía contenerse, cuando era por su bien, se
+reprimió, y cambiando el tono, y el estilo se disculpó, disimuló el
+enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella misma pediría
+la soldada, y se iría tan contenta, no a la fonda, sino a otra casa; una
+proporción que tenía, y que no podía decir todavía cuál era. Por lo
+demás, tan amigos, y si el señorito, don Álvaro, la necesitaba, allí la
+tenía, porque la ley era ley; y en lo tocante a callar, un sepulcro. Que
+ella lo había hecho por afición a una persona, que no había por qué
+ocultarlo, y por lástima de otra, casada con un viejo chocho, inútil y
+_chiflao_ que era una compasión.
+
+Petra engañó otra vez a Mesía. Hasta le consintió nuevas caricias de
+gratitud que él se juró serían las últimas, por lo de la economía, que
+le tenía maniático.
+
+Don Víctor supo aquella noche en el Casino que al día siguiente Petra
+pediría la cuenta, se marcharía.
+
+¡Oh placer! Quintanar respiró con fuerza de fuelle y abrazó a su amigo.
+«Le debía algo mejor que la vida, la tranquilidad de su hogar
+doméstico».
+
+Trabajaba don Fermín en su despacho, envueltos los pies en el mantón
+viejo de su madre; escribía a la luz blanquecina y monótona de la mañana
+nublada. Un ruido le distrajo, levantó los ojos y vio en medio del
+umbral a doña Paula, pálida, más pálida que solía.
+
+--¿Qué hay, madre?--Está ahí esa Petra, la de Quintanar, que quiere
+hablarte.
+
+--¡Hablarme!... ¿tan temprano? ¿qué hora es?
+
+--Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene asustada...
+le tiembla la voz....
+
+El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por máquina:
+
+--Que entre, que entre.... Doña Paula dio media vuelta y salió al
+pasillo. Antes acarició a su hijo con una mirada de compasión de madre.
+
+--Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza
+inclinada sobre el pecho.
+
+Doña Paula quería comerse con los ojos el secreto de la criada. ¿Qué
+sería? Dudó un momento... estuvo casi resuelta a preguntar... pero se
+contuvo y dijo otra vez:
+
+--Anda, hija mía, entra. «Hija mía--pensó Petra--esta me quiere en casa;
+segura es mi suerte».
+
+--¿Qué hay?--gritó el Magistral acercándose a la criada, como queriendo
+salir al paso a las noticias....
+
+Petra vio que estaban solos... y se echó a llorar.
+
+Don Fermín hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tenía
+los ojos humillados. Había querido hablar el canónigo, pero no había
+podido; sentía en la garganta manos de hierro, y por el espinazo y las
+piernas sacudimientos y un temblor tenue, frío y constante.
+
+--¡Pronto! ¿qué pasa?...--pudo preguntar al cabo.
+
+Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en
+confesión, que no sabía si era una buena obra o un pecado lo que iba a
+hacer, que ella quería servirle a él, servir a su amo, servir a Dios,
+que al fin religión era también el interés del prójimo, pero... temía...
+no sabía si debía....
+
+--¡Habla!... ¡habla!... te digo que hables pronto... ¿qué hay, Petra?...
+¿qué hay?...--Don Fermín, con disimulo, apoyó una mano en la mesa. Hubo
+una pausa--. Habla, por Dios....
+
+--¿En confesión?--Petra, habla... pronto...--Señor, yo he prometido
+decir a usted... todo....
+
+--Sí, todo, habla.--Pero ahora no sé... no sé... si debo....
+
+Don Fermín corrió a la puerta, la cerró por dentro, y volviéndose rápido
+y con ademán descompuesto, gritó, sujetando con fuerza el brazo de la
+criada:
+
+--¡Déjate de disimulos, habla o te arranco yo las palabras!
+
+Petra le miró cara a cara, fingiendo humildad y miedo; «quería ver el
+gesto que ponía aquel canónigo al saber que la señorona se la pegaba».
+
+Petra dijo, sin rodeos, que había visto ella, con sus propios ojos, lo
+que jamás hubiera creído. El mejor amigo del amo, aquel don Álvaro que
+de día no se separaba de don Víctor... entraba de noche en el cuarto de
+la señora por el balcón y no salía de allí hasta el amanecer. Ella le
+había visto una noche, creyendo que soñaba, porque se había puesto a
+espiar creyendo así desvanecer ciertas sospechas, pero ¡ay! era verdad,
+era verdad.... Aquel infame había pervertido a la señorita, una santa....
+¡Bien temía don Fermín!...».
+
+Petra seguía hablando, pero hacía rato que De Pas no la oía.
+
+En cuanto comprendió de qué se trataba, antes de oír las frases crudas
+con que pintó la rubia lúbrica el asalto del caserón de los Ozores por
+el Tenorio vetustense, don Fermín giró sobre los talones, como si fuera
+a caer desplomado, dio dos pasos inciertos y llegó al balcón contra
+cuyos cristales apoyó la frente. Parecía mirar a la calle. Pero tenía
+los ojos cerrados.
+
+Oía a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de la
+voz aguda y lacrimosa, no lo que decía, que ya no llegaba a la atención
+del canónigo; quería mandarla callar, pero no podía, no podía hablar, no
+podía moverse....
+
+Petra habló todo lo que quiso. Cuando calló, se oyeron nada más los
+ruidos apagados de la calle; las ruedas de un coche que corría muy
+lejos, la voz de un mercader ambulante que pregonaba a grito limpio
+paños de manos y encajes finos.
+
+El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente
+parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además
+que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan
+desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de
+lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el
+eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad del
+cristal helado. «Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de
+risa, una cosa repugnante de puro ridícula.... Su mujer, la Regenta, que
+era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante
+ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro,
+ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su
+mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había
+deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre,
+ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos,
+seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de
+reducirle a cachos, a polvo, a viento; él atado por los pies con un
+trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín
+libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado
+de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el
+alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le
+escupía en la cara porque él tenía las manos atadas.... ¿Quién le tenía
+sujeto? El mundo entero.... Veinte siglos de religión, millones de
+espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía
+a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era suplicio
+injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel.... Cientos de
+papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de
+catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la
+civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos,
+sobre sus piernas, eran sus grilletes.... Ana que le había consagrado el
+alma, una fidelidad de un amor sobrehumano, le engañaba como a un marido
+idiota, carnal y grosero.... ¡Le dejaba para entregarse a un miserable
+lechuguino, a un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso...
+a una estatua hueca!... Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo,
+ni su madre que creía adorarle, podía darle consuelo, el consuelo de sus
+brazos y sus lágrimas.... Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a
+sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que
+era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse... su madre no
+tenía llanto, abrazos, desesperación, ni miradas siquiera... Él no podía
+hablar, ella no podía adivinar, no debía.... No había más que un deber
+supremo, el disimulo; silencio... ¡ni una queja, ni un movimiento!
+Quería correr, buscar a los traidores, matarlos... ¿sí? pues silencio...
+ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa.... Dentro de un
+rato sí, ¡a coro a coro! ¡Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!». El
+Provisor sintió una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; sí, el
+diablo se le había reído en las entrañas... ¡y aquella risa profunda,
+que tenía raíces en el vientre, en el pecho, le sofocaba... y le
+asfixiaba!...
+
+Abrió el balcón de un puñetazo y el aire frío y húmedo le trajo la idea
+lejana de la realidad, y oyó la tos discreta de Petra, que aguardaba
+allí, detrás, clavándole los ojos en la nuca.
+
+Cerró el balcón don Fermín, volviose y miró con ojos de idiota a la
+rubia que enjugaba lágrimas villanas. «¿No necesitaba un instrumento
+para luchar, para hacer daño? Aquel era el único que tenía».
+
+Petra callaba inmóvil, esperando servir a su dueño.
+
+Gozaba voluptuosa delicia viendo padecer al canónigo, pero quería más,
+quería continuar su obra, que la mandasen clavar en el alma de su ama,
+de la orgullosa señorona, todas aquellas agujas que acababa de hundir en
+las carnes del clérigo loco.
+
+Una voz lenta, ronca, mate, que no parecía haber sonado en el despacho,
+voz de ventrílocuo, preguntó:
+
+--¿Y tú, qué piensas hacer... ahora?
+
+--¿Yo?... dejar aquella casa, señor... «¿No quiere ser franco?--pensó
+Petra--pues que padezca; él vendrá a buscarme donde quiero que me
+busque». Dejar aquella casa--repitió--¿qué he de hacer? Yo no quiero
+ayudar con mi silencio a la vergüenza del amo; remediarlo no puedo, pero
+puedo salir de aquella casa.
+
+--¿Y a ti... no te importa el honor de don Víctor? Así agradeces el
+pan... que comiste tantos años....
+
+--Señor, yo ¿qué puedo hacer por él?
+
+--En saliendo nada.--Pues me echan.--¿Ellos?--Sí, ellos; ayer el
+señorito Álvaro, que es el que manda allí... porque el amo está ciego,
+ve por sus ojos: el señorito Álvaro me puso de patitas en la calle. Hoy
+debo despedirme. Me ofreció colocación en la fonda; pero yo prefiero
+quedar en la calle....
+
+--Vendrás a esta casa, Petra--dijo la voz de caverna, con esfuerzos
+inútiles por ser dulce.
+
+Petra volvió a llorar. «¿Cómo pagaría ella tal caridad, etc., etc.?».
+
+Aquella ternura facilitó el tratado; cediendo cada cual un poco de su
+tesón, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga asquerosa y
+vil; al principio fingiendo pulcritud, invocando santos intereses,
+después olvidando estas fórmulas; y por fin el Magistral ofreció a la
+moza asegurar su suerte, colmar su ambición, y ella poner ante los ojos
+de Quintanar su vergüenza de modo tan evidente, tan palpable que aquel
+señor, si corría sangre de hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a
+los traidores como tenían bien merecido.
+
+Al terminar aquella conferencia hablaban como dos cómplices de un crimen
+difícil. El Magistral excusaba palabras, pero no las que aclaraban su
+proyecto. «¿Qué iba a hacer Petra para poner a la vista del estúpido
+Quintanar aquella vergüenza? ¿Revelaciones? no podían hacérsele.
+¿Anónimos? eran expuestos...». «¡Qué! no señor, nada de eso; ha de verlo
+él», repetía Petra, olvidada de sus fingimientos, con placer de artista.
+
+Había allí dos criminales apasionados, y ningún testigo de la ignominia;
+cada cual veía su venganza, no el crimen del otro ni la vergüenza del
+pacto.
+
+Cuando Petra salió de casa del Magistral, este sintió dentro de sí un
+hombre nuevo; el hombre que hería de muerte por venganza, el criminal,
+el ciego por la pasión, «el asesino, sí, el asesino; la otra era su
+instrumento, el asesino él. Y no le pesaba, no... cien muertes, cien
+muertes para los infames». «¿Qué haría don Víctor? ¿De qué comedia
+antigua se acordaría para vengar su ultraje cumplidamente? ¿La mataría
+a ella primero? ¿Iría antes a buscarle a él?...».
+
+Al día siguiente, 27 de Diciembre, don Víctor y Frígilis debían tomar el
+tren de Roca--Tajada a las ocho cincuenta para estar en las Marismas de
+Palomares a las nueve y media próximamente. Algo tarde era para comenzar
+la persecución de los patos y alcaravanes, pero no había de establecer
+la empresa un tren especial para los cazadores. Así que se madrugaba
+menos que otros años. Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte
+que le llamase con un estrépito horrísono a las ocho en punto. En un
+decir Jesús se vestía, se lavaba, salía al parque donde solía esperar
+dos o tres minutos a Frígilis, si no le encontraba ya allí, y en esto y
+en el viaje a la estación se empleaba el tiempo necesario para llegar
+algunos minutos antes de la salida del tren mixto.
+
+De un sueño dulce y profundo, poco frecuente en él, despertó Quintanar
+aquella mañana con más susto que solía, aturdido por el estridente
+repique de aquel estertor metálico, rápido y descompasado. Venció con
+gran trabajo la pereza, bostezó muchas veces, y al decidirse a saltar
+del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugón
+importuno. El sueño y la pereza le decían que parecía más temprano que
+otros días, que el despertador mentía como un deslenguado, que no debía
+de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. No hizo caso de tales
+sofismas el cazador, y sin dejar de abrir la boca y estirar los brazos
+se dirigió al lavabo y de buenas a primeras zambulló la cabeza en agua
+fría. Así contestaba don Víctor a las sugestiones de la mísera carne que
+pretendía volverse a las ociosas plumas.
+
+Cuando ya tenía _las ideas más despejadas_, reconoció imparcialmente que
+la pereza aquella mañana no se quejaba de vicio. «Debía de ser en efecto
+bastante más temprano de lo que decía el reloj. Sin embargo, él estaba
+seguro de que el despertador no adelantaba y de que por su propia mano
+le había dado cuerda y puéstole en la hora la mañana anterior. Y con
+todo, debía de ser más temprano de lo que allí decía; no podían ser las
+ocho, ni siquiera las siete, se lo decía el sueño que volvía, a pesar de
+las abluciones, y con más autoridad se lo decía la escasa luz del día».
+«El orto del sol hoy debe de ser a las siete y veinte, minuto arriba o
+abajo; pues bien, el sol no ha salido todavía, es indudable; cierto que
+la niebla espesísima y las nubes cenicientas y pesadas que cubren el
+cielo hacen la mañana muy obscura, pero no importa, el sol no ha salido
+todavía, es demasiada obscuridad esta, no deben de ser ni siquiera las
+siete». No podía consultar el reloj de bolsillo, porque el día anterior
+al darle cuerda le había encontrado roto el muelle real.
+
+«Lo mejor será llamar».
+
+Salió a los pasillos en zapatillas.
+
+--¡Petra! ¡Petra!--dijo, queriendo dar voces sin hacer ruido.
+
+--Petra, Petra.... ¡Qué diablos! cómo ha de contestar si ya no está en
+casa... la pícara costumbre, el hombre es un animal de costumbres.
+
+Suspiró don Víctor. Se alegraba en el alma de verse libre de aquel
+testigo y semi-víctima de sus flaquezas; pero, así y todo, al recordar
+ahora que en vano gritaba «¡Petra!», sentía una extraña y poética
+melancolía. «¡Cosas del corazón humano!».
+
+--¡Servanda! ¡Servanda! ¡Anselmo! ¡Anselmo!
+
+Nadie respondía.--No hay duda, es muy temprano. No es hora de
+levantarse los criados siquiera. ¿Pero entonces? ¿Quién me ha adelantado
+el reloj?... ¡Dos relojes echados a perder en dos días!... Cuando entra
+la desgracia por una casa....
+
+Don Víctor volvió a dudar. ¿No podían haberse dormido los criados? ¿No
+podía aquella escasez de luz originarse de la densidad de las nubes?
+¿Por qué desconfiar del reloj si nadie había podido tocar en él? ¿Y
+quién iba a tener interés en adelantarle? ¿Quién iba a permitirse
+semejante broma? Quintanar pasó a la convicción contraria; se le antojó
+que bien podían ser las ocho, se vistió deprisa, cogió el frasco del
+anís, bebió un trago según acostumbraba cuando salía de caza aquel
+enemigo mortal del chocolate, y echándose al hombro el saco de las
+provisiones, repleto de ricos fiambres, bajó a la huerta por la escalera
+del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el
+silencio de la casa. «Pero a los criados ya los compondría él a la
+vuelta. ¡Perezosos! Ahora no había tiempo para nada.... Frígilis debía de
+estar ya en el Parque esperándole impaciente...».
+
+--Pues señor, si en efecto son las ocho no he visto día más obscuro en
+mi vida. Y sin embargo, la niebla no es muy densa... no... ni el cielo
+está muy cargado.... No lo entiendo.
+
+Llegó Quintanar al cenador que era el lugar de cita.... ¡Cosa más rara!
+Frígilis no estaba allí. ¿Andaría por el parque?... Se echó la escopeta
+al hombro, y salió de la glorieta.
+
+En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres
+campanadas. Don Víctor se detuvo pensativo, apoyó la culata de su
+escopeta en la arena húmeda del sendero y exclamó:
+
+--¡Me lo han adelantado! ¿Pero quién? ¿Son las ocho menos cuarto o las
+siete menos cuarto? ¡Esta obscuridad!...
+
+Sin saber por qué sintió una angustia extraña, «también él tenía
+nervios, por lo visto». Sin comprender la causa, le preocupaba y le
+molestaba mucho aquella incertidumbre. «¿Qué incertidumbre? Estaba antes
+obcecado; aquella luz no podía ser la de las ocho, eran las siete menos
+cuarto, aquello era el crepúsculo matutino, ahora estaba seguro.... Pero
+entonces ¿quién le había adelantado el despertador más de una hora?
+¿Quién y para qué? Y sobre todo, ¿por qué este accidente sin importancia
+le llegaba tan adentro? ¿qué presentía? ¿por qué creía que iba a ponerse
+malo?...».
+
+Había echado a andar otra vez; iba en dirección a la casa, que se veía
+entre las ramas deshojadas de los árboles, apiñados por aquella parte.
+Oyó un ruido que le pareció el de un balcón que abrían con cautela; dio
+dos pasos más entre los troncos que le impedían saber qué era aquello, y
+al fin vio que cerraban un balcón de su casa y que un hombre que parecía
+muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la
+reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y después saltar
+sobre un montón de tierra.
+
+«El balcón era el de Anita».
+
+El hombre se embozó en una capa de vueltas de grana y esquivando la
+arena de los senderos, saltando de uno a otro cuadro de flores, y
+corriendo después sobre el césped a brincos, llegó a la muralla, a la
+esquina que daba a la calleja de Traslacerca; de un salto se puso sobre
+una pipa medio podrida que estaba allá arrinconada, y haciendo escala
+de unos restos de palos de espaldar clavados entre la piedra, llegó,
+gracias a unas piernas muy largas, a verse a caballo sobre el muro.
+
+Don Víctor le había seguido de lejos, entre los árboles; había levantado
+el gatillo de la escopeta sin pensar en ello, por instinto, como en la
+caza, pero no había apuntado al fugitivo. «Antes quería conocerle». No
+se contentaba con adivinarle.
+
+A pesar de la escasa luz del crepúsculo, cuando aquel hombre estuvo a
+caballo en la tapia, el dueño del parque ya no pudo dudar.
+
+«¡Es Álvaro!» pensó don Víctor, y se echó el arma a la cara.
+
+Mesía estaba quieto, mirando hacia la calleja, inclinado el rostro,
+atento sólo a buscar las piedras y resquicios que le servían de estribos
+en aquel descendimiento.
+
+«¡Es Álvaro!» pensó otra vez don Víctor, que tenía la cabeza de su amigo
+al extremo del cañón de la escopeta.
+
+«Él estaba entre árboles; aunque el otro mirase hacia el parque no le
+vería. Podía esperar, podía reflexionar, tiempo había, era tiro seguro;
+cuando el otro se moviera para descolgarse... entonces».
+
+«Pero tardaba años, tardaba siglos. Así no se podía vivir, con aquel
+cañón que pesaba quintales, mundos de plomo y aquel frío que comía el
+cuerpo y el alma no se podía vivir.... Mejor suerte hubiera sido estar al
+otro extremo del cañón, allí sobre la tapia.... Sí, sí; él hubiera
+cambiado de sitio. Y eso que el otro iba a morir».
+
+«Era Álvaro, ¡y no iba a durar un minuto! ¿Caería en el parque o a la
+calleja?...».
+
+No cayó; descendió sin prisa del lado de Traslacerca, tranquilo,
+acostumbrado a tal escalo, conocido ya de las piedras del muro. Don
+Víctor le vio desaparecer sin dejar la puntería y sin osar mover el dedo
+que apoyaba en el gatillo; ya estaba Mesía en la calleja y su amigo
+seguía apuntando al cielo.
+
+--¡Miserable! ¡debí matarle!--gritó don Víctor cuando ya no era tiempo;
+y como si le remordiera la conciencia, corrió a la puerta del parque, la
+abrió, salió a la calleja y corrió hacia la esquina de la tapia por
+donde había saltado su enemigo. No se veía a nadie. Quintanar se acercó
+a la pared y vio en sus piedras y resquicios _la escalera de su
+deshonra_.
+
+«Sí, ahora lo veía perfectamente; ahora no veía más que eso; ¡y cuántas
+veces había pasado por allí sin sospechar que por aquella tapia se subía
+a la alcoba de la Regenta!. Volvió al parque; reconoció la pared por
+aquel lado. La pipa medio podrida arrimada al muro, como al descuido,
+los palos del espaldar roto formaban otra escala; aquella la veía todos
+los días veinte veces y hasta ahora no había reparado lo que era: ¡una
+escala! Aquello le parecía símbolo de su vida: bien claras estaban en
+ella las señales de su deshonra, los pasos de la traición; aquella
+amistad fingida, aquel sufrirle comedias y confidencias, aquel
+malquistarle con el señor Magistral... todo aquello era otra escala y él
+no la había visto nunca, y ahora no veía otra cosa».
+
+«¿Y Ana? ¡Ana! Aquella estaba allí, en casa, en el lecho; la tenía en
+sus manos, podía matarla, debía matarla. Ya que al otro le había
+perdonado la vida... por horas, nada más que por horas, ¿por qué no
+empezaba por ella? Sí, sí, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro,
+había que matar, ¿quién lo dudaba? pero antes... antes quería meditar,
+necesitaba calcular... sí, las consecuencias del delito... porque al
+fin era delito...». «Ellos eran unos infames, habían engañado al esposo,
+al amigo... pero él iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que
+se quiera, pero asesino».
+
+Se sentó en un banco de piedra. Pero se levantó en seguida: el frío del
+asiento le había llegado a los huesos; y sentía una extraña pereza su
+cuerpo, un egoísmo material que le pareció a don Víctor indigno de él y
+de las circunstancias. Tenía mucho frío y mucho sueño; sin querer,
+pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se referían a su
+desgracia, a su deshonra, a su vergüenza, se mostraban reacias, huían,
+se confundían y se negaban a ordenarse en forma de raciocinio.
+
+Entró en el cenador y se sentó en una mecedora. Desde allí se veía el
+balcón de donde había saltado don Álvaro.
+
+El reloj de la catedral dio las siete.
+
+Aquellas campanadas fijaron en la cabeza aturdida de Quintanar la triste
+realidad.... «Le habían adelantado el reloj. ¿Quién? Petra, sin duda
+Petra. Había sido una venganza. ¡Oh! una venganza bien cumplida. Ahora
+le parecía absurdo haber tomado la poca luz del alba por día nublado. Y
+si Petra no hubiera adelantado el reloj o si él no lo hubiese creído,
+tal vez ignoraría toda la vida la desgracia horrible... aquella
+desgracia que había acabado con la felicidad para siempre. La pereza de
+ser desgraciado, de padecer, unida a la pereza del cuerpo que pedía a
+gritos colchones y sábanas calientes, entumecían el ánimo de don Víctor
+que no quería moverse, ni sentir, ni pensar, ni vivir siquiera. La
+actividad le horrorizaba.... ¡Oh, qué bien si se parase el tiempo! Pero
+no, no se paraba; corría, le arrastraba consigo; le gritaba: muévete;
+haz algo, tu deber; aquí de tus promesas, mata, quema, vocifera,
+anuncia al mundo tu venganza, despídete de la tranquilidad para siempre,
+busca energía en el fondo del sueño, de los bostezos arranca los
+apóstrofes del honor ultrajado, representa tu papel, ahora te toca a ti,
+ahora no es Perales quien trabaja, eres tú, no es Calderón quien inventa
+casos de honor, es la vida, es tu pícara suerte, es el mundo miserable
+que te parecía tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos....
+Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, después desafía al galán y
+mátale también... no hay otro camino. ¡Y a todo esto sin poder menear
+pie ni mano, muerto de sueño, aborreciendo la vigilia que presentaba
+tales miserias, tanta desgracia, que iba a durar ya siempre!».
+
+«Pero había llegado la suya. Aquel era su drama de capa y espada. Los
+había en el mundo también. ¡Pero qué feos eran, qué horrorosos! ¿Cómo
+podía ser que tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes,
+aquellos rencores en verso y en el teatro? ¡Qué malo era el hombre! ¿Por
+qué recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto dolían
+cuando eran propias? ¡Y él, el miserable, hombre indigno, cobarde,
+estaba filosofando y su honor sin vengar todavía!... ¡Había que empezar,
+volaba el tiempo!... ¡Otro tormento! ¡el orden de la función, el orden
+de la trama! ¿Por dónde iba a empezar, qué iba a decir; qué iba a hacer,
+cómo la mataba a ella, cómo le buscaba a él?».
+
+El reloj de la catedral dio las siete y media.
+
+De un brinco se puso Quintanar en pie.
+
+--¡Media hora! media hora en un minuto; y no he oído el cuarto....
+
+Y Frígilis va a llegar... y yo no he resuelto....
+
+Don Víctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte, no
+podía resolver. Se despreció profundamente, pero más profundo que el
+desprecio fue el consuelo que sintió al comprender que no tenía valor
+para matar a nadie, así, tan de repente.
+
+--O subo y la mato ahora mismo, antes que llegue Tomás, o ya no la mato
+hoy....
+
+Volvió a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la
+laxitud del ánimo, que ya no luchaba con la impotencia de la voluntad,
+recobró parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de la traición le
+pinchó por la vez primera con fuerza bastante para arrancarle lágrimas.
+
+Lloró como un anciano, y pensó en que ya lo era. Jamás se le había
+ocurrido tal idea. Su temperamento le engañaba, fingiendo una juventud
+sin fin; la desgracia al herirle de repente le desteñía, como un
+chubasco, todas las canas del espíritu.
+
+«Ay, sí, era un pobre viejo; un pobre viejo, y le engañaban, se burlaban
+de él. Llegaba la edad en que iba a necesitar una compañera, como un
+báculo... y el báculo se le rompía en las manos, la compañera le hacía
+traición, iba a estar solo... solo; le abandonaban la mujer y el
+amigo...».
+
+El dolor, la lástima de sí mismo, trajeron a su pensamiento ideas más
+naturales y oportunas que las que despertara, entre fantasmas de fiebre
+y de insomnio, la indignación contrahecha por las lecturas románticas y
+combatida por la pereza, el egoísmo y la flaqueza del carácter.
+
+No sentía celos, no sentía en aquel momento la vergüenza de la deshonra,
+no pensaba ya en el mundo, en el ridículo que sobre él caería; pensaba
+en la traición, sentía el engaño de aquella Ana a quien había dado su
+honor, su vida, todo. ¡Ay, ahora veía que su cariño era más hondo de lo
+que él mismo creyera; queríala más ahora que nunca, pero claramente
+sentía que no era aquel amor de amante, amor de esposo enamorado, sino
+como de amigo tierno, y de padre... sí, de padre dulce, indulgente y
+deseoso de cuidados y atenciones!
+
+«¡Matarla!--eso se decía pronto--¡pero matarla!... Bah, bah... los
+cómicos matan en seguida, los poetas también, porque no matan de
+veras... pero una persona honrada, un cristiano no mata así, de repente,
+sin morirse él de dolor, a las personas a quien vive unido con todos los
+lazos del cariño, de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y él
+sentía su deshonra como la siente un padre, quería castigar, quería
+vengarse, pero matar era mucho. No, no tendría valor ni hoy ni mañana,
+ni nunca, ¿para qué engañarse a sí mismo? Mata el que se ciega, el que
+aborrece, él no estaba ciego, no aborrecía, estaba triste hasta la
+muerte, ahogándose entre lágrimas heladas; sentía la herida, comprendía
+todo lo ingrata que era ella, pero no la aborrecía, no quería, no podría
+matarla. Al otro sí; Álvaro tenía que morir; pero frente a frente, en
+duelo, no de un tiro, no; con una espada lo mataría, aquello era más
+noble, más digno de él. Frígilis tenía que encargarse de todo. Pero
+¿cuándo? ¿ahora? ¿en cuanto llegase? No... tampoco se atrevía a
+decírselo así, de repente. Después de hablar con alma humana de tan
+vergonzoso descubrimiento, ya no había modo de volverse atrás, esto es,
+de cambiar de resolución, de aplazar ni modificar la venganza. En cuanto
+alguien lo supiera había que proceder de prisa, con violencia; lo exigía
+así el mundo, las ideas del honor; él era al fin un marido burlado.... Y
+a ella habría que llevarla a un convento. Y él, se volvería a su tierra,
+si no le mataba Mesía; se escondería en La Almunia de don Godino».
+
+Al llegar aquí se acordó el infeliz esposo que Ana, meses antes, le
+proponía un viaje a La Almunia. «¡Tal vez si él hubiera aceptado, se
+hubiese evitado aquella desgracia... irreparable! Sí, irreparable, ¿qué
+duda cabía?».
+
+«¿Y Petra? ¡Maldita sea! Petra.... ¡Es ella quien me hace tan
+desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza, de donde
+ya no saldré aunque mate al mundo entero; aunque haga pedazos a Mesía y
+entierre viva a la pobre Ana!... ¡Ay, Ana también va a ser bien
+infeliz!».
+
+La catedral dio ocho campanadas. «¡Las ocho! Ahora debía yo despertar...
+y no sabría nada».
+
+Este pensamiento le avergonzó. En su cerebro estalló la palabra grosera
+con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que toleran su
+deshonra... y la ira volvió a encenderse en su pecho, sopló con fuerza y
+barrió el dolor tierno.... «¡Venganza! ¡venganza!--se dijo--o soy un
+miserable, un ser digno de desprecio...».
+
+Sintió pasos sobre la arena, levantó la cabeza y vio a su lado a
+Frígilis.
+
+--¡Hola! parece que se ha madrugado--dijo Crespo, que gustaba de ser
+siempre el primero.
+
+--Vamos, vamos--contestó don Víctor, volviendo a levantarse y después de
+colgar la escopeta del hombro.
+
+La presencia de Frígilis le había asustado; sacó fuerzas de flaqueza
+para tomar un partido de repente. Se resolvió por fin. Resolvió callar,
+disimular, ir a caza. «Allá en los prados de las marismas, cuando se
+quedara solo en acecho, en todo aquel día triste que iba a ser tan
+largo, meditaría... y a la vuelta, a la vuelta acaso tendría ya formado
+su plan, y consultaría con Tomás y le mandaría a desafiar al otro, si
+era esto lo que procedía. Por ahora callar, disimular. Aquello no podía
+echarse a volar así como quiera. El descubrimiento que debía a Petra no
+era para revelado sin su cuenta y razón. A Frígilis podía decírsele
+todo, pero a su tiempo».
+
+Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerró la verja con su llave.
+Crespo iba delante. Miró don Víctor hacia el fondo de la huerta, hacia
+el caserón que ya le parecía otro... «¿Qué hacía? ¿Era un cobarde
+aplazando su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no
+escaparían, no había miedo. Silencio y disimulo, esto hacía falta ahora.
+Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera ¡iba a ser tan grave!».
+Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus próximos
+actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza, impresionable y
+débil iban ahora a depender sucesos tan importantes, la suerte de varias
+personas, le sumía en una especie de pánico taciturno y desesperado.
+Veleidades tenía de llamar a Frígilis, decírselo todo, ponerlo en sus
+manos todo.... «Frígilis, aunque era un soñador, llegado el caso tenía
+mejor sentido que él; sabría ser más práctico.... ¿Qué haría?».
+
+Por lo pronto seguir a Tomás a la estación. Y callar. Para hablar
+siempre era tiempo.
+
+La mañana seguía cenicienta; nubes y más nubes plomizas salían como de
+un telar de los picos y mesetas del Corfín, caían sobre la sierra, se
+arrastraban por sus cumbres, resbalaban hacia Vetusta y llenaban el
+espacio de una tristeza gris, muda y sorda.
+
+«No hace frío», observó Frígilis al llegar a la estación. No llevaba más
+abrigo que su bufanda a cuadros. Pero decía él que su cazadora valía por
+la piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros.
+
+En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía que
+hacer esfuerzos para no dar diente con diente.--¡No, no hace mucho
+frío!--dijo, por miedo de delatarse.
+
+«Afortunadamente éste es un sonámbulo que no se fija nunca en si los
+demás tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo de estar pálido,
+desencajado... pero este egoísta no ve nada de eso».
+
+Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Frígilis encontró
+antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volvían de Castilla y después
+de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar allá en la aldea.
+Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que se ahogaban
+en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le inspiraba a él la
+helada en las mañanas más frías del año, frotaba las manos y hablaba del
+precio de las reses, y de las ventajas de la parcería, locuaz, como
+nunca se le veía en Vetusta. Parecía que, según el tren se alejaba de
+los tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en
+sueño y en niebla, el alma de Frígilis se ensanchaba, respiraba a su
+gusto aquel pulmón de hierro.
+
+«No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor, que su
+amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren había tenido
+tentaciones de arrojarse al andén; y después, de tirarse por la
+ventanilla a la vía, y correr, correr desalado a Vetusta, entrar en el
+caserón de los Ozores y coser a puñaladas el pecho de una infame...».
+
+Sí, todo esto había querido hacer don Víctor que se sintió morir de
+vergüenza y de cólera contra los infames adúlteros y contra sí mismo, en
+cuanto notó que el tren se movía y le alejaba del lugar del crimen, de
+su deshonra y de su venganza necesaria...
+
+«¡Soy un miserable, soy un miserable!» gritaba por dentro Quintanar
+mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba allá lejos; tan lejos, que
+detrás de las lomas y de los árboles desnudos ya sólo se veía la torre
+de la catedral, como un gallardete negro destacándose en el fondo
+blanquecino de Corfín, envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba
+de soslayo.
+
+«Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella... esto
+no tiene nombre, ¡oh!... sí lo tiene...». Y ¡zas! el nombre que tenía
+aquello, según Quintanar, estallaba como un cohete de dinamita en el
+cerebro del pobre viejo.
+
+«¡Soy un tal, soy un tal!» y se lo decía a sí mismo con todas sus
+letras, y tan alto que le parecía imposible que no le oyeran todos los
+presentes.
+
+«Pero el tren huía de Vetusta, silbaba, le silbaba a él; y él no tenía
+el valor de arrojarse a tierra, de volver al pueblo... iba a tardar más
+de doce horas en ver el caserón, ¡aplazaba su venganza más de doce
+horas!...».
+
+Pasaron un túnel y no quedó ya nada de Vetusta ni de su paisaje. Era
+otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes rojizos, lomas
+monótonas como oleaje simétrico se extendían cerrando el horizonte a la
+izquierda de la vía. El cielo estaba obscuro por aquel lado, bajas las
+nubes, que como grandes sacos de ropa sucia se deshilachaban sobre las
+colinas de lontananza; a la derecha campos de maíz, ahora vacíos,
+enseñaban la tierra, negra con la humedad; entre las manchas de las
+tierras desnudas aparecían el monte bajo, de trecho en trecho, las
+pomaradas ahora tristes con sus manzanos sin hojas, con sus ramos
+afilados, que parecían manos y dedos de esqueleto. Por aquel lado el
+cielo prometía despejarse, la niebla hacía palidecer las nubes altas y
+delgadas que empezaban a rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se
+extendía una franja lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los
+castañares que semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en
+verano misterios de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los
+campos desnudos y las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en
+triángulo macedónico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como
+náufragos de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentándose con
+graznar lúgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja
+subterránea.
+
+Mientras Frígilis hablaba de la conveniencia de abandonar el cultivo del
+maíz y de cultivar los prados con intensidad, don Víctor, apoyada la
+cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo pardo y
+veía desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por aquel
+desierto de aire. Ya parecían polvos de imprenta, después aprensión de
+la vista, después nada.
+
+«¡Lugarejo, dos minutos!» gritó una voz rápida y ronca.
+
+Don Víctor asomó la cabeza por la ventanilla. La estación, triste cabaña
+muy pintada de chocolate y muerta de frío, estaba al alcance de su mano
+o poco más distante. Sobre la puerta, asomada a una ventana una mujer
+rubia, como de treinta años, daba de mamar a un niño.
+
+«Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos» pensó
+Quintanar.
+
+Pasó el jefe de la estación que parecía un pordiosero. Era joven; más
+joven que la mujer de la ventana parecía.
+
+«Se querrán. Ella por lo menos le será fiel».
+
+Después de esta conjetura don Víctor se dejó caer otra vez en su
+asiento. Cerró los ojos, tapó el rostro cuanto pudo con una mano. El
+tren volvió a moverse. El ruido del hierro y de la madera y la
+trepidación uniforme eran como canción que atraía el sueño. Quintanar,
+sin pensar en ello, medía el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes
+con el compás de una marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de
+la casa.... Después midió el paso del tren con los de cierta polka... y
+después se quedó dormido.
+
+Media hora después llegaban a la estación en que dejaban el tren para
+tomar a pie la carretera que los conducía a las marismas de Palomares.
+
+Don Víctor despertó asustado, gracias a un golpe que le dio en el hombro
+Frígilis.
+
+Había soñado mil disparates inconexos; él mismo, vestido de canónigo con
+traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don Álvaro y
+a la Regenta. Y don Álvaro estaba en traje de clérigo también, pero con
+bigote y perilla.... Después los tres juntos se habían puesto a cantar el
+Barbero, la escena del piano; él, don Víctor, se había adelantado a las
+baterías para decir con voz cascada:
+
+Quando la mia Rosina... el público de las butacas había graznado al
+oírle como un solo espectador.... Todas las butacas estaban llenas de
+cuervos que abrían el pico mucho y retorcían el pescuezo con
+ondulaciones de culebra.... «Una pesadilla» pensó Quintanar, y entre
+dormido y despierto emprendía la marcha a pie por la carretera de
+Palomares abajo. Estaban en Roca--Tajada; a la derecha, a pico, se
+elevaba el monte Arco partido por aquel desfiladero; estrecha garganta
+por donde sólo cabían la angosta carretera y el río Abroño que se
+cruzaban en mitad de la hoz pasando el camino, perpendicular al río, por
+un puente de piedra blanca.
+
+Después de almorzar en Roca--Tajada, en la taberna de Matiella,
+estanquero y albañil, grande amigo de Frígilis, los dos amigos cazadores
+dejaron el camino real, y por prados fangosos de hierba alta, de un
+verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abroño, allí más
+ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las ondas verdes que le
+mandaba el mar ya vecino.
+
+Frígilis y Quintanar pasaron el río en una barca, comenzaron a subir una
+colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por pomaradas y
+laureles, pinos de copa redonda y ancha y álamos esbeltos. El verde de
+los pinares y de los laureles y de algunos naranjos de las huertas,
+sobre el verde más claro de las praderas en declive, limpias y como
+recortadas con tijeras, alegraba la cumbre resaltando bajo el cielo
+lechoso y entre las paredes blancas, que se comían toda la luz del día,
+difusa y como cernida a través de las nubes delgadas. Según subían por
+la falda de la loma que era como primer escalón para la colina, el
+terreno se afirmaba, la hierba aclaraba su color y menguaba. Frígilis se
+detuvo y contempló el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante
+que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que
+se veía en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río,
+como una pared obscura que subía hacia las nubes.
+
+Quintanar se sentó sobre una peña que dejaba descubierta el prado. De la
+parte de Areo, cruzando sobre el río a mucha altura, vieron venir un
+bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Frígilis disparó los
+de su escopeta con tan mala suerte, que no consiguió más que dispersar
+las apretadas filas.
+
+--¡Tira tú, bobo!--gritó Crespo furioso.
+
+Quintanar se levantó, apuntó, disparó y cuatro tordos de agua cayeron
+heridos por los perdigones que, según pensó en aquel instante don
+Víctor, debía tener en los sesos el amigo traidor, el infame don Álvaro.
+
+«Sí, aquel tiro era el de Álvaro, los tordos, inocentes, caían a pares,
+y el ladrón de su honra vivía». Y ¡cosa extraña! cuando allá en el
+parque había estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el
+cartucho mortífero tenía carga de perdigón; suponíalo lleno de postas o
+de balas.
+
+Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tenía encima, el
+cazador sintió el placer de la vanidad satisfecha. «Frígilis había
+disparado dos tiros y... nada; disparaba él uno solo y... cuatro.... Sí,
+cuatro, allí estaban, sangrando sobre el prado, mezclando las gotas
+rojas con la escarcha blanca de la hierba».
+
+Media hora después Frígilis tomaba el desquite matando un soberbio pato
+marino. Quintanar, por gusto, mató un cuervo que no recogió.
+
+Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de
+Frígilis se aburrían. Aquella caza en que ellos representaban un papel
+secundario, les parecía una vergüenza; bostezaban y obedecían mal a la
+voz del amo.
+
+Después de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Víctor
+sintió su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo veía claro,
+toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le aparecía
+como un tratado clásico de historia. Lo que había sucedido, lo que iba
+a suceder, lo veía como en un panorama. Y sentía comezón de hablar y
+ansias de llorar. ¿Por qué no abría el pecho al amigo del alma, al
+verdadero, al único? No se lo abrió. «No era tiempo».
+
+Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado,
+siempre alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se comían, pero
+Frígilis les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los
+cazadores con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional.
+Esperaban, _fingían_ estar descuidados, disimulaban su vigilancia, y al
+ir Frígilis a disparar, escondido tras un seto... volaban los condenados
+gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por eso los perseguía
+tenaz, irritado.
+
+Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que
+cubrían tiñéndolo de negro, se encontraban con la descarga de Crespo; si
+tomaban por el otro lado, disparaba don Víctor.
+
+El cual se quedó solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no
+había conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detrás de un toldo
+blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un poco de
+aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de
+invierno, que después aparecían bajo las nubes, volando fuera de tiro,
+sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida, suponía
+Quintanar.
+
+«El campo estaba melancólico. El invierno parecía una desnudez. Y a
+pesar de todo, ¡qué hermosa era la naturaleza! ¡qué tranquilamente
+reposaba!... ¡Los hombres, los hombres eran los que habían engendrado
+los odios, las traiciones, las leyes convencionales que atan a la
+desgracia el corazón!». La filosofía de Frígilis, aquel pensador
+agrónomo que despreciaba la sociedad con sus _falsos principios_, con
+sus preocupaciones, exageraciones y violencias, se le presentó a
+Quintanar, a quien el cuerpo repleto le pedía siesta, como la filosofía
+verdadera, la sabiduría única, eterna. «Vetusta quedaba allá, detrás de
+montes y montes, ¿qué era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto.
+Y todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga,
+fabricaba su albergue, ¿qué eran comparados con los bosques vírgenes,
+los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?... Nada. Y las leyes
+de honor, las preocupaciones de la vida social todas, ¿qué eran al lado
+de las grandes y fijas y naturales leyes a que obedecían los astros en
+el cielo, las olas en el mar, el fuego bajo la tierra, la savia
+circulando por las plantas?».
+
+Vivos deseos sintió Quintanar por un momento de echar raíces y ramas, y
+llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que veía coronando
+las cimas del monte Areo. «Vegetar era mucho mejor que vivir».
+
+Oyó un tiro lejano, después el estrépito de las peguetas que volaban
+riéndose con estridentes chillidos; las vio pasar sobre su cabeza. No se
+movió. Que se fueran al diablo. Él estaba pensando en Tomás Kempis. Sí,
+Kempis, a quien había olvidado, tenía razón; donde quiera estaba la
+cruz. «Arregla, decía el sabio asceta, arregla y ordena todas las cosas
+según tu modo de ver y según tu voluntad, y verás que siempre tienes
+algo que padecer de grado o por fuerza; siempre hallarás la cruz».
+
+Y también recordaba lo de: «Algunas veces parecerá que Dios te deja,
+otras veces serás mortificado por el prójimo; y lo que es más, muchas
+veces te serás molesto a ti mismo».
+
+«Sí, el prójimo me mortifica, y yo mismo me molesto, me hago daño hasta
+sangrar el alma.... No sé lo que debo hacer, ni lo que debo pensar
+siquiera. Anita me engaña, es una infame sí... pero ¿y yo? ¿No la engaño
+yo a ella? ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo distraído y soso a
+los ardores y a los sueños de su juventud romántica y extremosa? ¿Y por
+qué alegué derechos de mi edad para no servir como soldado del
+matrimonio y pretendí después batirme como contrabandista del adulterio?
+¿Dejará de ser adulterio el del hombre también, digan lo que quieran las
+leyes?».
+
+Le daba ira encontrarse tan filósofo, pero no podía otra cosa.
+Comprendía que aquellas meditaciones le alejaban de su venganza, que en
+el fondo del alma él no quería ya vengarse, quería castigar como un juez
+recto y salvar su honor, nada más. Y esto mismo le irritaba. Después
+volvía la lástima tierna de sí mismo, la imagen de la vejez solitaria...
+y los alcaravanes, allá en el cielo gris, iban cantando sus ayes como
+quien recita el _Kempis_ en una lengua desconocida.
+
+«Sí, la tristeza era universal; todo el mundo era podredumbre; el ser
+humano lo más podrido de todo».
+
+Y siempre sacaba en consecuencia que él no sabía lo que debía hacer, ni
+siquiera lo que debía pensar, ni aun lo que debía sentir.
+
+«De todas suertes, las comedias de capa y espada mentían como bellacas;
+el mundo no era lo que ellas decían: al prójimo no se le atraviesa el
+cuerpo sin darle tiempo más que para recitar una rendondilla. Los
+hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan deprisa».
+
+De noche, en el tren, cuando volvían solos a Vetusta en un coche de
+segunda, por miedo al frío de los de tercera, Frígilis que miraba el
+paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez había podido más que
+el sol y había roto las nubes, Frígilis sintió un suspiro como un
+barreno detrás de sí, y volvió la cabeza diciendo:
+
+--¿Qué te pasa, hombre? Todo el día te he visto preocupado, tristón...
+¿qué pasa?
+
+La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas rompía
+las tinieblas de aquel coche que parecía caja de muerto.
+
+Frígilis no podía ver bien el rostro de don Víctor, pero le oyó, de
+repente, llorar como un chiquillo, y sintió la cabeza fuerte y blanca de
+Quintanar apoyada en el hombro del amigo. Sí, se apoyaba el pobre viejo
+con cariño, confianza, y con la fuerza con que se deja caer un muerto.
+Parecía aquello la abdicación de su pensamiento, de toda iniciativa.
+
+--Tomás, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado; escucha...
+
+
+
+
+--XXX--
+
+
+--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
+
+--¿Tú no entras?
+
+--No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer.
+
+--¡Me dejas solo ahora!
+
+--Volveré si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Mañana vendré
+temprano.
+
+--Te advierto que no te he dicho que sí.
+
+--Bueno, bueno... adiós.
+
+--Espera, espera... no me dejes solo... todavía. No te he dicho que sí;
+tal vez... lo piense más y... me decida por seguir el camino opuesto.
+
+--Pero por de pronto, Víctor, prudencia, disimulo.... Es decir, si no
+quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes....
+
+--¡Sí, sí! Benítez cree que un gran susto, una impresión fuerte....
+
+--Eso; puede matarla.
+
+--¡Está enferma!
+
+--Sí, más de lo que tú crees.
+
+--¡Está enferma! Y un susto, un susto grande... puede matarla.
+
+--Eso, así como suena.
+
+--Y yo debo subir, y guardar para mí todos estos rencores, toda esta
+hiel tragármela... y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y
+no se asuste... y no se me muera de repente....
+
+--Sí, Víctor, sí; todo eso debes hacer.
+
+--Pero confiesa, Tomás, que todo eso se dice mejor que se hace; y
+comprende que ese aldabón me inspire miedo, explícate la razón que tengo
+para tenerle el mismo asco que si fuera de hierro líquido....
+
+Calló a esto Frígilis.
+
+Llegaban de la estación; estaban en el portal del caserón de los Ozores,
+que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo.
+
+Quintanar no tenía valor para subir a su casa. No quería llamar. «Iban a
+abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se atrevería a sonreír
+como siempre, tal vez a ponerle la frente cerca de los labios para que
+la besara.... Y él tendría que sonreír, y besar y callar... y acostarse
+tan sereno como todas las noches.... Tomás debía comprender que aquello
+era demasiado...».
+
+Y además, las revelaciones de Frígilis respecto a la salud de Ana le
+habían caído al pobre ex-regente como una maza sobre la cabeza. «Aquella
+alegría, aquella exaltación que la habían llevado... al crimen, a la
+infamia de una traición... eran una enfermedad; Ana podía morir de
+repente cualquier día; una impresión extraordinaria lo mismo de dolor
+que de alegría, mejor si era dolorosa, podía matarla en pocas horas...».
+Esto había contestado Frígilis a la historia de su amigo. A Mesía
+fusilémosle, había dicho, si eso te consuela; pero hay que esperar, hay
+que evitar el escándalo, y sobre todo hay que evitar el susto, el
+espanto que sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su alcoba como
+los maridos de teatro.... Ana, culpable según las leyes divinas y
+humanas, no lo era tanto en concepto de Frígilis que mereciera la
+muerte.
+
+--¿Quién quiere matarla? ¡Yo no quiero eso!--había interrumpido don
+Víctor al oír esto.
+
+Pero Frígilis había replicado:
+
+--Sí quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay que hacer
+hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la única
+solución; pero confiesa que el perdonar es una solución también.
+
+--Perdonarla es transigir con la deshonra....
+
+--Eso ya lo veríamos. ¿Tú eres cristiano?
+
+--Sí, de todo corazón, más cada día.... Como que ya no veo más refugio
+para mi alma que la religión....
+
+--Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. Pero
+no se trata de esto todavía; se trata de no cortar el camino al perdón,
+antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa puñalada mortal al entrar
+en su cuarto y gritar: «¡Muera la esposa infiel!» para que ella
+conteste: «¡Jesús mil veces!» y caiga redonda. Yo no sé si diría «Jesús
+mil veces» pero de que caería estoy seguro. Y ya ves, antes de matarla
+hay que ver si tenemos derecho para ello.
+
+--No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia....
+
+--Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada
+trágico. Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te
+acordarás, creí hacer la felicidad de ambos....
+
+--Y no parecía que te habías equivocado. La mía la habías hecho. La de
+ella... durante más de diez años pareció que también.
+
+--Sí, pareció; pero la procesión andaba por dentro....
+
+Diez años fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco.
+
+--Mira, Frígilis, tu filosofía no es para consolar a un marido en mi
+situación.... Ya sé yo todo lo que tú puedes decirme, y mucho más.... Eso
+no es consolarme....
+
+--Ni yo creo que tu situación admita consuelos más que el del tiempo y
+la reflexión lenta y larga.... Pero ahora no se trata de ti, se trata de
+ella. ¿Te empeñas en coser el cuerpo con un florete o con una espada a
+Mesía? Sea; pero hay que ver cuándo y cómo. Hay que tener calma. Después
+de lo que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Benítez me impuso y
+que rompo por lo apurado del caso, después de saber que puede sucumbir
+ante una revelación semejante....
+
+--¿Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo sé? ¿Quién te
+asegura a ti que no me despreciará, que no procurará huir con el otro?
+
+--¡Víctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil. No hizo más que
+esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no está enamorada de
+Mesía.... En cuanto vea que es un cobarde y que la abandona antes que
+pelear por ella... le despreciará, le maldecirá... y en cambio los
+remordimientos la volverán a ti, a quien siempre quiso.
+
+--¡Que quiso!--Sí, más que a un padre. ¿Qué mejor prueba quieres que
+todo lo pasado? ¿Por qué se hizo mística?... Y la pobre... también tuvo
+que sufrir ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de
+esto no hablemos. ¿Por qué luchó, como luchó sin duda? Porque te
+quería... porque te quiere... te quiere mucho....
+
+--¡Y me vende!--¡Te vende! ¡te vende!... En fin, no hablemos de eso...
+ya has dicho que no quieres mis filosofías. Ello es, que si armas
+arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay otra de entierro.
+
+--¡Hombre dices las cosas de un modo!...
+
+--La verdad. Un drama completo. Pero en último caso, si tan irritado
+estás, si tan ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu
+conciencia que bien claro te habla; llama, sube, alborota, quema la
+casa.... O no hagas tanto, que bastará con que la espantes con tu noticia
+para que Ana caiga de espaldas y le estalle dentro una de esas cosas en
+que tú no crees, pero que son para la vida como los alambres para el
+telégrafo. Si estás furioso, si no puedes contenerte, también tú tendrás
+disculpa hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes
+perdón de Dios.
+
+Esto último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a
+su amigo estremecerse.
+
+Después de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la
+estación a casa, y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se
+acercó a la puerta para coger el aldabón, y cuando Frígilis exclamó:
+
+--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
+
+Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr
+en busca de don Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición,
+para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la
+cita, si la tenía como era de suponer. Pensaba Crespo que a Víctor no se
+le había ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que
+aquella noche se repetiría la escena de la anterior, que debía de ser ya
+antigua costumbre; podía don Álvaro, que no había visto a su víctima
+cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas, sorprenderle
+Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia. Además,
+Frígilis tenía la convicción de que don Álvaro escaparía de Vetusta en
+cuanto él le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban
+motivos para creer muy cobarde al don Juan Tenorio.
+
+«¡Pero aquel Víctor no le dejaba marchar!».
+
+Por fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su
+ira, lo que fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el digno regente
+jubilado con el mismo aldabonazo enérgico y conciso con que hacía
+retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el jefe de familia
+respetado y tal vez querido.
+
+--¡Adiós, adiós, hasta mañana temprano!--dijo Frígilis librándose de la
+mano trémula que le sujetaba un brazo.
+
+--«¡Egoísta, pensó don Víctor al quedarse solo--; es la única persona
+que me quiere en el mundo... y es egoísta!».
+
+Se abrió la puerta. Vaciló un momento.... Se le figuró que del patio
+salía una corriente de aire helado....
+
+Entró, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que dejaba
+atrás; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a
+paso, por el portal adelante, se acercaba a él y que se le quitaba el
+sombrero que era de teja.
+
+--¡Mi señor don Víctor!--dijo una voz melosa y temblona.
+
+--¡Cómo! ¿usted? ¡es usted... señor Magistral!... Un temblor frío, como
+precursor de un síncope, le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras
+añadía, procurando una voz serena:
+
+--¿A qué debo... a estas horas... la honra...? ¿qué pasa?... ¿Alguna
+desgracia?...
+
+«Pero este hombre ¿no sabe nada?» se preguntó De Pas que parecía un
+desenterrado.
+
+Miró a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado
+el rostro; y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le
+tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta
+llegar allí, el Magistral no había hablado, no había hecho más que
+estrechar la mano de don Víctor e invitarle con un ademán gracioso y
+enérgico al par, a subir aquella escalera.
+
+--Pero ¿qué pasa?--repitió don Víctor en voz baja en el primer
+descanso.
+
+--¿Viene usted de caza?--contestó el otro con voz débil.
+
+--Sí, señor, con Crespo; ¿pero qué sucede? Hace tanto tiempo... y a
+estas horas....
+
+--Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al despacho....
+
+Anselmo alumbraba por los pasillos del caserón a su amo a quien seguía
+el Magistral.
+
+--«No pregunta por Ana»--pensó De Pas.
+
+--La señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor
+que la avise?--preguntó Anselmo.
+
+--¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral quiere hablarme a
+solas...--y se volvió el amo de la casa al decir esto.
+
+--Bien, sí; al despacho... entremos en su despacho....
+
+Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle
+aquel hombre? ¿A qué venía?...».
+
+Anselmo encendió dos luces de esperma y salió.
+
+--Oye, si la señora pregunta por mí, que allá voy... que estoy
+ocupado... que me espere en su cuarto.... ¿No es eso? ¿No quiere usted
+que estemos solos?
+
+El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la
+puerta por donde salía Anselmo.
+
+«Ya estaba allí, ya había que hablar... ¿qué iba a decir? Terrible
+trance; tenía que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle
+luz; no sabía absolutamente nada de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo
+hablar sin preguntar antes? ¿Qué sabía don Víctor? esta era la
+cuestión... según lo que supiera, así él debía hablar... pero no, no era
+esto... había que comenzar por explicarse. Buen apuro». Estaba el
+Magistral como si don Víctor le hubiera sorprendido allí, en su
+despacho, robándole los candeleros de plata en que ardían las velas.
+
+Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos
+y pasmados.
+
+--«¿Usted dirá?» decían aquellas pupilas brillantes y en aquel momento
+sin más expresión que un tono interrogante.
+
+«Había que hablar».
+
+--¿Tendría usted... por ahí... un poquito de agua?...--dijo don Fermín,
+que se ahogaba, y que no podía separar la lengua del cielo de la boca.
+
+Don Víctor buscó agua y la encontró en un vaso, sobre la mesilla de
+noche. El agua estaba llena de polvo, sabía mal. Don Fermín no hubiera
+extrañado que supiera a vinagre. Estaba en el calvario. Había entrado en
+aquella casa porque no había podido menos: sabía que necesitaba estar
+allí, hacer algo, ver, procurar su venganza, pero ignoraba cómo.
+«Estaba, cerca de las diez de la noche, en el despacho del marido de la
+mujer que le engañaba a él, a De Pas, y al marido; ¿qué hacía allí?,
+¿qué iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral pasaron todas
+las estaciones de aquel día de Pasión. Mientras bebía el vaso de agua, y
+se limpiaba los labios pálidos y estrechos, sentía pasar las emociones
+de aquel día por su cerebro, como un amargor de purga. Por la mañana
+había despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no
+podía explicarle la causa de su mal había preferido fingirse sano, y
+levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un
+resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces sonaban
+apagados, los cuerpos sólidos parecían todos huecos; todo parecía tener
+la fragilidad del sueño. Antojábasele una crueldad de fiera, un egoísmo
+de piedra, la indiferencia universal; ¿por qué hablaban todos los
+vetustenses de mil y mil asuntos que a él no le importaban, y por qué
+nadie adivinaba su dolor, ni le compadecía, ni le ayudaba a maldecir a
+los traidores y a castigarlos? Había salido de las calles y había
+paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena húmeda bordada
+por las huellas del agua corriente, con sus árboles desnudos y helados.
+Había paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera rasgar
+la sotana con las rodillas; aquella sotana que se le enredaba entre las
+piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un trapo de carnaval colgado
+al cuello.
+
+«Él, él era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que aún no había
+matado a nadie (y ya era medio día) y que debía de saberlo todo desde
+las siete. Las leyes del mundo ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho
+de vengarse y no tenía el deseo; él tenía el deseo, la necesidad de
+matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho.... Era un clérigo, un
+canónigo, un prebendado. Otras tantas carcajadas de la suerte que se le
+reía desde todas partes». En aquellos momentos don Fermín tenía en la
+cabeza toda una mitología de divinidades burlonas que se conjuraban
+contra aquel miserable Magistral de Vetusta.
+
+La sotana, azotada por las piernas vigorosas, decía: _ras, ras, ras_;
+como una cadena estridente que no ha de romperse.
+
+Sin saber cómo, De Pas había pasado delante de la fonda de Mesía. «Sabía
+él que don Álvaro estaba en casa, en la cama. Si, como temía, don Víctor
+no le había cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había
+ocurrido, en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del
+placer. Podía subir, entrar en su cuarto, y ahogarle allí... en la cama,
+entre las almohadas.... Y era lo que debía hacer; si no lo hacía era un
+cobarde; temía a su madre, al mundo, a la justicia.... Temía el
+escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le sujetaba la
+inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras... era un cobarde:
+un hombre de corazón subía, mataba. Y si el mundo, si los necios
+vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban ¿por qué? él
+respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas ¿que, por
+qué mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha engañado mi
+mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para conservar
+su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma
+porque no le he tomado también el cuerpo.... Los mato a los dos porque
+olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que _ubi irritatio ibi
+fluxus_, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su
+carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la
+pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me está
+envenenando el alma.... Mato porque me engañó; porque sus ojos se
+clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de
+sus labios que también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato
+porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy
+fiera...».
+
+Pero no mató. Se acercó a la portería y preguntó... por el señor obispo
+de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta.
+
+--Ha salido--le dijeron. Y don Fermín sin ver lo que hacía, dobló una
+tarjeta y la dejó al portero.
+
+Y volvió a su casa. Se encerró en el despacho. Dijo que no estaba para
+nadie y se paseó por la estrecha habitación como por una jaula.
+
+Se sentó, escribió dos pliegos. Era una carta a la Regenta. Leyó lo
+escrito y lo rasgó todo en cien pedazos. Volvió a pasear y volvió a
+escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba las uñas en la cabeza.
+
+En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gemía, imprecaba, deprecaba,
+rugía, arrullaba; unas veces parecían aquellos regueros tortuosos y
+estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias que tenía el
+Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia engañada y
+sofocada y provocada, salían a borbotones, como podredumbre líquida y
+espesa. La pasión hablaba entonces con el murmullo ronco y gutural de la
+basura corriente y encauzada. Otras veces se quejaba el idealismo
+fantástico del clérigo como una tórtola; recordaba sin rencor, como en
+una elegía, los días de la amistad suave, tierna, íntima, de las
+sonrisas que prometían eterna fidelidad de los espíritus; de las citas
+para el cielo, de las promesas fervientes, de las dulces confianzas;
+recordaba aquellas mañanas de un verano, entre flores y rocío, místicas
+esperanzas y sabrosa plática, felicidad presente comparable a la futura.
+Pero entre los quejidos de tórtola el viento volvía a bramar sacudiendo
+la enramada, volvía a rugir el huracán, estallaba el trueno y un
+sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo negro un rayo.
+«¡Y por quién dejaba Ana la salvación del alma, la compañía de los
+santos y la amistad de un corazón fiel y confiado...! ¡por un don Juan
+de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de temporada, por
+un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por
+un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y
+hueca!...». «Pero ya comprendía él la causa de aquel amor; era la impura
+lascivia, se había enamorado de la carne fofa, y de menos todavía, de la
+ropa del sastre, de los primores de la planchadora, de la habilidad del
+zapatero, de la estampa del caballo, de las necedades de la fama, de los
+escándalos del libertino, del capricho, de la ociosidad, del polvo, del
+aire.... Hipócrita... hipócrita... lasciva, condenada sin remedio, por
+vil, por indigna, por embustera, por falsa, por...» y al llegar aquí era
+cuando furioso contra sí mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral,
+airado porque no sabía escribir de modo que insultara, que matara, que
+despedazara, sin insultar, sin matar, sin despedazar con las palabras.
+«Aquello no podía mandarse bajo un sobre a una mujer, por más que la
+mujer lo mereciera todo. No, era más noble sacar de una vaina un puñal y
+herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre
+perfumado».
+
+Pero escribía otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la indignación,
+la franqueza necesaria a su pasión estallaban por otro lado; y entonces
+era él mismo quien aparecía hipócrita, lascivo, engañando al mundo
+entero. «Sí, sí, decía, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para
+mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro
+sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor,
+nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de
+niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el
+quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la
+máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí donde no lo
+puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre ¿no lo sabías? ¿por eso me
+engañaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene
+miedo, sábelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos
+frente a frente, escaparía de mí... Yo soy tu esposo; me lo has
+prometido de cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se
+queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma
+que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como tu
+miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer, ¿qué saben
+ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo...? Sí, tú las sabías
+también... y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por
+todas las mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la orgía, los
+labios que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las
+heridas del estupro, por...».
+
+Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas
+las otras. No acertaba a arrojar en el cesto los pedacitos blancos y
+negros, y el piso parecía nevado; y sobre aquellas ruinas de su
+indignación artística se paseaba furioso, deseando algo más suculento
+para la ira y la venganza que la tinta y el papel mudo y frío.
+
+Salió otra vez de casa; paseó por los soportales que había en la Plaza
+Nueva, enfrente de la casa de los Ozores.
+
+«¿Qué habría pasado? ¿Habría descubierto algo don Víctor? No; si hubiera
+habido algo, ya se sabría. Don Víctor habría disparado su escopeta sobre
+don Álvaro, o se estaría concertando un desafío y ya se sabría; no se
+sabía nada, nada; luego nada había sucedido».
+
+Dos, tres veces, ya al obscurecer, entró el Magistral en el zaguán
+obscuro del caserón de la Rinconada. Quería saber algo, espiar los
+ruidos... pero a llamar no se atrevía... «¿A qué iba él allí? ¿Quién le
+llamaba a él en aquella casa donde en otro tiempo tanto valía su
+consejo, tanto se le respetaba y hasta quería? Nadie le llamaba. No
+debía entrar». No entró. «Además, iba pensando mientras se alejaba, si
+yo me veo frente a ella, ¿qué sé yo lo que haré? Si ese marido indigno,
+de sangre de horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la
+tuviera entre mis manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo
+que haría. No, no debo entrar en esa casa; me perdería, los perdería a
+todos».
+
+Y volvió a la suya. Doña Paula entró en el despacho. Hablaron de los
+negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de muchas cosas más;
+pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y a la madre.
+
+--«No se podía hablar de aquello» pensaba él.
+
+--«No se podía hablar de aquello, ni a solas» pensaba ella.
+
+La madre lo sabía todo. Había comprado el secreto a Petra.
+
+Además, ya ella, por su servicio de policía secreta, y por lo que
+observaba directamente, había llegado a comprender que su hijo había
+perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldecía porque la creía
+querida de su Fermo, ahora la aborrecía porque el desprecio, la burla,
+el engaño, la herían a ella también. ¡Despreciar a su hijo, abandonarle
+por un barbilindo mustio como don Álvaro! El orgullo de la madre daba
+brincos de cólera dentro de doña Paula. «Su hijo era lo mejor del mundo.
+Era pecado enamorarse de él, porque era clérigo; pero mayor pecado era
+engañarle, clavarle aquellas espinas en el alma.... ¡Y pensar que no
+había modo de vengarse! No, no lo había». Y lo que más temía doña Paula
+era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese
+algún delito escandaloso.
+
+La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle.
+
+A doña Paula se le ocurría un medio de castigar a los infames, sobre
+todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el crimen, propalar
+el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don Víctor para que
+saliera lanza en ristre a matar a don Álvaro.
+
+«Y nada de esto se le podía decir a Fermo».
+
+Doña Paula entraba, salía, hablaba de todo, observaba todos los gestos
+de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor de manos,
+aquel ir y venir por el despacho.
+
+«¡Qué no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! Sí, bien
+merecía aquel hijo de las entrañas que se le arrancasen aquellas espinas
+del alma. ¡Había sido tan buen hijo! ¡Había sido tan hábil para
+conservar y engrandecer el prestigio que le disputaban!». Desde que doña
+Paula vio que «no estallaba un escándalo», que don Fermín mostraba
+discreción y cautela incomparables en sus extrañas relaciones con la
+Regenta, se lo perdonó todo y dejó de molestarle con sus amonestaciones.
+Y después del triunfo de su hijo sobre la impiedad representada en don
+Pompeyo Guimarán, después de aquella conversión gloriosa, su madre le
+admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción de sus
+deseos íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que ella
+reputaba decencia.
+
+No, no se podía hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y al
+fin doña Paula dejó solo a don Fermín; subió a su cuarto. Y desde allí,
+en vela, se propuso espiar los pasos de su hijo, que continuaba
+moviéndose abajo: le oía ella vagamente.
+
+Sí, don Fermín, que cerró la puerta del despacho con llave en cuanto se
+quedó solo, se movía mucho: tenía fiebre. Se le ocurrían proyectos
+disparatados, crímenes de tragedia, pero los desechaba en seguida.
+«Estaba atado por todas partes». Cualquier atrocidad de las que se le
+ocurrían, que podía ser sublime en otro, en él se le antojaba, ante
+todo, grotesca, ridícula.
+
+Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de maníaco de que
+estaba vestido de máscara llegó a ser una obsesión intolerable. Sin
+saber lo que hacía, y sin poder contenerse, corrió a un armario, sacó de
+él su traje de cazador, que solía usar algunos años allá en Matalerejo,
+para perseguir alimañas por los vericuetos; y se transformó el clérigo
+en dos minutos en un montañés esbelto, fornido, que lucía apuesto talle
+con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte y de elegancia natural y
+varonil, lleno de juventud todavía. Se miró al espejo. «Aquello ya era
+un hombre». La Regenta nunca le había visto así.
+
+«En el armario había un cuchillo de montaña».
+
+Lo buscó, lo encontró y lo colgó del cinto de cuero negro. La hoja
+relucía, el filo señalado por rayos luminosos, parecía tener una
+expresión de armonía con la pasión del clérigo. El Magistral le
+encontraba _una música_ al filo insinuante.
+
+«Podía salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría poca
+gente por las calles, nadie le reconocería con aquel traje de cazador
+montañés; podía ir a esperar a don Álvaro a la calleja de Traslacerca, a
+la esquina por donde decía Petra que le había visto trepar una noche.
+Don Álvaro, si don Víctor no había descubierto nada o si no sabía que
+don Víctor le había descubierto, volvería otra vez, como todas las
+noches acaso... y él, don Fermín, podía esperarle al pie de la tapia, en
+la calleja, en la obscuridad... y allí, cuerpo a cuerpo, obligándole a
+luchar, vencerle, derribarle, matarle.... ¡Para eso serviría aquel
+cuchillo!».
+
+Doña Paula se movió arriba. Crujieron las tablas del techo.
+
+Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y caído
+en el cerebro del hijo, don Fermín pensó de repente:
+
+«Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal
+a ese infame.... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de
+novela. ¿Para qué pensar en lo que no he de hacer nunca? No hay más
+remedio que utilizar el valor y las ideas románticas y caballerescas de
+don Víctor; guardaré el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...».
+
+Y don Fermín se despojó del chaquetón pardo, dejó el sombrero de anchas
+alas, desciñó el cinto negro, guardó todas estas prendas, más el
+cuchillo, en el armario y se vistió la sotana y el manteo, como una
+armadura. «Sí, aquella era su loriga, aquéllos sus arreos».
+
+«Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar a
+Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora
+del tren. Voy a su casa...».
+
+Y salió. «Si mi madre me sale al paso le diré que me espera un enfermo,
+que quiere confesar conmigo sin falta...».
+
+En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula corriendo.
+
+--¿A dónde vas? Él dijo su mentira. Y ella fingió creerla y le dejó
+marchar, porque adivinó en el rostro, en la voz, en todo, que su hijo no
+iba ciego, no iba a dar escándalo.
+
+«Acaso se le había ocurrido lo mismo que a ella».
+
+Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás
+Crespo desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a
+saludar a don Víctor, que abría la puerta, y subió con él; y estaba
+dispuesto a hablarle, a preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la
+venganza necesaria... y no sabía cómo empezar.
+
+Cuando acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el Magistral
+aún no sabía lo que iba a decir.
+
+Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín
+habló...
+
+--Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted
+y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y
+por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, de poco agradable
+acceso....
+
+--Al grano, señor Magistral.--La hora de mi visita, el hacer yo pocas a
+esta casa hace algún tiempo; todo esto contribuirá...
+
+--Sí, señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué pasa, don Fermín? ¡Por
+los clavos de Cristo!
+
+--De Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus clavos, y de
+sus espinas y de la cruz....
+
+--Por compasión...--Don Víctor, yo necesito antes de hablar que usted
+me declare el estado de su ánimo....
+
+--¿Qué quiere usted decir?
+
+--Está usted pálido, visiblemente preocupado, bajo el peso de un gran
+disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del farol de la
+escalera....
+
+--Y usted también... está.
+
+La voz de Quintanar temblaba.--Pues eso quiero saber; si usted conoce
+la causa de mi visita, en parte a lo menos, podré ahorrarme el disgusto
+de abordar los preliminares enojosísimos de una cuestión....
+
+--Pero, ¿de qué se trata? ¡por las once mil!...
+
+--Señor Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si usted tiene
+algo que... decir... algún consejo que buscar.... Yo también vengo a
+hablarle a usted de lo que sé como sacerdote, pero la conciencia de
+quien me lo comunicó exige precisamente que yo dé este paso....
+
+Don Víctor se puso en pie de un salto.
+
+En aquel momento estaba muy satisfecho de sí mismo el Magistral, porque
+acababa de ver claro. Ya sabía qué camino era el suyo.
+
+--¿Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a mi casa?...
+
+--Don Víctor, confiéseme usted si usted sabe algo de un asunto que le
+interesa muchísimo, y si el saberlo es la causa de esa alteración de su
+semblante.... Necesito empezar por aquí.
+
+--Sí, señor; hoy sé algo que no sabía ayer... que me importa muchísimo
+¡ya lo creo! más que la vida.... Pero, si usted no habla más claro, yo no
+sé si debo... si puedo....
+
+--Ahora, sí; ahora ya puedo hablar más claro.
+
+--Una persona... decía usted....
+
+--Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... ha
+acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su
+complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la había
+acusado, y que por medida perentoria de reparación... había puesto en
+poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero temiendo
+nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se apresuraba a
+declararme lo que había, para ver si podían evitarse más crímenes... que
+al cabo, crimen sería una violencia... una venganza sangrienta....
+
+Don Fermín se interrumpió para callar, respetando así el dolor de don
+Víctor, que se había dejado caer sobre un sofá, y apretaba la cabeza
+entre las manos.
+
+--¿Petra... ha sido Petra?--dijo don Víctor preguntando con el tono
+especial del que ya sabe lo mismo que pregunta.
+
+--La infeliz no comprendió al principio que su conducta podía causar
+nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don Víctor, a impedirlos si es
+tiempo.... En nombre del Crucificado, don Víctor, ¿qué ha sucedido aquí?
+
+--Nada, ¡pero aún estamos a tiempo!--contestó el marido burlado, puesto
+en pie, con los puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa
+en medio de la plaza; furioso ante la idea de que no había habido allí
+_nada_, ningún crimen cuyo autor debía ser él, según exigían las leyes
+del honor... y del teatro.--Nada, nada... pero habrá, habrá sangre....
+¿Y usted lo sabe? ¿Esa mujer ha divulgado mi deshonra?... Eso ha sido
+también una venganza, no es arrepentimiento; es venganza... pero esto
+importa poco. ¡Lo que importa es que el mundo sabe!... ¡Desgraciado
+Quintanar! ¡Mísero de mí!...
+
+Y volvió a caer sobre el sofá el pobre viejo, que volvía a sentir el
+mismo sueño soporífero que le había encogido el ánimo por la mañana.
+
+«El mundo sabe»--había dicho don Víctor--y estas palabras sugirieron a
+don Fermín otra mentira provechosa.
+
+Pero antes dijo:--Don Víctor, no extraño que en su dolor usted no tenga
+tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he dicho que el mundo
+supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor.
+
+--¿Pero cree usted que Petra no habrá dicho?...
+
+--Petra no; pero... por desgracia...--Además, lo que importa aquí es mi
+honra, no que el mundo sepa o ignore.... De todas maneras, pronto sabrá
+de mi venganza y se podrá enterar de todo.
+
+Y se puso a dar vueltas por el despacho.
+
+De Pas se levantó también.
+
+--Por desgracia--continuó--la maledicencia se ha apoderado hace tiempo
+de ciertos rumores, de algo aparente....
+
+Don Víctor rugió al gritar:
+
+--¡Dios mío! ¿qué es esto? ¿esto más? ¿El mundo dice?... ¿Vetusta entera
+habla?...
+
+Y se clavaba las uñas en la cabeza, mesándose las canas.
+
+Don Fermín, mientras el otro se entregaba a los arranques mímicos de su
+dolor, de su vergüenza, habló largo y tendido del asunto. «Sí, por
+desgracia, hacía meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se
+murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don Álvaro entraba
+en el palacio de los Ozores. Esto era lo peor, después de la desgracia
+en sí misma. Era lo peor porque el Magistral, que conocía las exaltadas
+ideas de don Víctor respecto al honor, temía que obedeciendo a impulsos
+disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la religión, se
+arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo
+crimen no podía ser más repugnante y digno de castigo. Pero, amigo,
+aunque él, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se
+explicaba la vehemente cólera que debía de dominar a don Víctor, y
+comprendía, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta y
+terrible venganza; si tal hacía como hombre, en cuanto sacerdote de una
+religión de paz y de perdón, tenía que aconsejar y procurar, en cuanto
+pudiese, la suavidad, los procedimientos que la moral recomienda para
+tales casos». Don Víctor, con el rostro entre las manos hacía signos de
+protesta; negaba como si quisiese arrancarse la cabeza del tronco.
+
+«Pero qué le diría, o le podría decir Quintanar al Magistral, que él no
+comprendiera.... Sí, sí, mirando las cosas como las mira el mundo,
+aquello pedía sangre, es más, no ya sólo por satisfacer el deseo de
+vengarse, hasta para poder vivir entre las gentes con lo que llama el
+mundo decoro, era necesario, según las leyes sociales, según lo que las
+costumbres y las ideas corrientes exigían, que don Víctor buscase a
+Mesía, le desafiase, le matase si posible le era, o si le cogía _in
+fraganti_ en el delito, o cerca de él, que le sacrificase sin
+miramientos, con justicia pronta. Así lo habían hecho varones
+esclarecidos que eran asombro del mundo y se veían cantados y alabados
+en poemas y tragedias. Todo esto lo sabía el Magistral perfectamente».
+Y en efecto, con tal calor y elocuencia exponía «las _razones_ que,
+desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre»
+que después, cuando recordaba que tenía que defender el partido
+contrario, el de caridad, perdón y amor al prójimo, olvido de los
+agravios y conformidad con la cruz; cansado ya por los esfuerzos
+anteriores era otro el Magistral, se volvía premioso, decía con frialdad
+vulgaridades de sermón de aldea. Su propósito no lo penetraba don
+Víctor, pero sentía los efectos de la perfidia del canónigo. «Sí»,
+pensaba el ex-regente, mientras el Magistral volvía a enumerar los
+sacrificios de amor propio, pundonor y otras muchas cosas que exigía la
+religión a un buen cristiano a quien su mujer engañaba: «sí, he estado
+ciego, me he portado indignamente, he debido matar a Mesía de una
+perdigonada, sobre la tapia, o si no correr en seguida a su casa y
+obligarle a batirse a muerte acto continuo; el mundo lo sabe todo,
+Vetusta entera me tiene por... un... por un...» y saltaba don Víctor
+cerca del techo al oírse a sí mismo en el cerebro la vergonzosa palabra.
+
+Y entonces las frases frías, desmadejadas, con que el Magistral
+recomendaba el perdón, el olvido, le sonaban a hueco, a retórica vana:
+«Aquel santo varón no sabía lo que era un ultraje de aquella especie; ni
+lo que exigía la sociedad».
+
+Para que el clérigo le dejase en paz y no le cansase más con sus
+sermones sosos y desprovistos de vida, de unción, don Víctor fingió
+ceder; y dijo que no haría ningún disparate, que meditaría, que
+procuraría armonizar las exigencias de su honor y aquello que la
+religión le pedía....
+
+Entonces se alarmó don Fermín; creyó que había perdido terreno, y
+volvió a la carga. Con vivos colores pintó el desprecio que el mundo
+arroja sobre el marido que perdona y que la malicia cree que
+consiente....
+
+Don Víctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre más despreciable
+del mundo si no hacía una que fuese sonada.... «Oh, sí, cuanto antes...
+en cuanto fuera de día daría sus pasos, mandaría dos padrinos a don
+Álvaro; había que matarle».
+
+Don Fermín volvió a tranquilizarse, viendo la exaltación de la ira
+pintada en el magistrado. «Sí, había hombre; la máquina estaba
+dispuesta; el cañón con que él, don Fermín, iba a disparar su odio de
+muerte, ya estaba cargado hasta la boca».
+
+Don Víctor no hablaba. Gruñía arrimado a la pared, en un rincón...
+
+«Ya no había qué hacer allí». El Magistral se despidió. Pero al salir,
+al llegar a la puerta, se volvió de repente y con ademán solemne, como
+sacerdote de ópera, exclamó:
+
+--Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy
+todavía, de usted, le exijo en nombre de Dios... que... si esta...
+noche... sorprendiera usted... algún nuevo... atentado... si ese infame,
+que ignora que usted lo sabe todo, volviera esta noche.... Yo sé que es
+mucho pedir... pero un asesinato no tiene jamás disculpa a los ojos de
+Dios, aunque la tenga a los del mundo.... Evite usted que ese hombre
+pueda llegar aquí... pero... ¡nada de sangre, don Víctor, nada de sangre
+en nombre de la que vertió por todos el Crucificado!...
+
+«¡Es verdad, pensó don Víctor cuando se quedó solo, es verdad! ¿Y yo,
+estúpido, tonto, no había dado en ello? Ese hombre debe volver esta
+noche.... ¡Y yo, por no matarla a ella con el susto, iba a dejar que
+otra vez... otra vez!... ¡Y no pensaba en ello!...».
+
+Se abrió la puerta y entró la Regenta.
+
+Venía pálida, vestía un peinador blanco, y no hacía ruido al andar. Sus
+ojos parecían más grandes que nunca, y miraban con una fijeza que daba
+escalofríos. A lo menos los sintió don Víctor, que dio un paso atrás, y
+tuvo terror, como en presencia de un fantasma. Antes que en la traición
+de aquella mujer pensó en el gran peligro que corría la vida de Ana, si
+una emoción fuerte la espantaba. No le pareció su mujer a don Víctor, le
+pareció la Traviata en la escena en que muere cantando. Sintió el pobre
+viejo una compasión supersticiosa; aquel ser vaporoso que se le aparecía
+de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quería él en aquel
+instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo temía
+al mismo tiempo como a cosa del otro mundo.... «¡Qué fácil era asesinar
+con una palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de
+su delito! Oh, no, lo que es a ella no la mataría, ni con puñal, ni con
+bala, ni con palabras fulminantes...».
+
+--¿Quién estaba ahí?--preguntó Ana tranquila.
+
+--El Magistral--respondió don Víctor, que suponía a su mujer enterada de
+lo mismo que preguntaba.
+
+Ana se turbó.--¿A qué venía... a estas horas?--preguntó disimulando sus
+temores.
+
+--¿A qué? Cosas de política.... Eso del obispo y el gobernador... lo de
+las votaciones que corre prisa... en fin... cosas de política.
+
+La Regenta no insistió. Se retiró sin acercarse a su marido, que no la
+buscó tampoco para darle el beso en la frente con que solían despedirse
+todas las noches.
+
+Respiró Quintanar cuando se vio solo. «Aquello había salido bien. No se
+había descubierto. Anita no había podido sospechar.... Tenía la
+conciencia tranquila, señal de que había hecho bien por lo pronto».
+
+Pidió el té que era su cena los días de caza y de comida de fiambre; dio
+orden a los criados de acostarse, y a las once y media, de puntillas y
+sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, bajó al parque en
+zapatillas, armado de escopeta. La había cargado con postas.
+
+«¡Oh, sí! el Magistral le había sugerido, sin querer, una buena idea.
+¿Qué no hubiera sangre, eh? Oh, lo que es como volviese aquella noche...
+¡moría don Álvaro! Y que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que
+cayera redonda, que le prendieran a él.... Cualquier cosa... pero como
+volviera, moría». Así como poco antes había sentido la conciencia
+tranquila al contener su cólera delante de Ana, ahora se sentía
+satisfecho ante su resolución de matar al ladrón de su honra si volvía.
+
+La noche era obscura, el frío intenso. Don Víctor no tuvo más remedio
+que volver a su cuarto por la capa. Se exponía a hacer ruido, o que el
+otro tuviera tiempo de venir y escalar el balcón entre tanto... pero a
+cuerpo no se podía estar allí. Se quedaría helado. Fue, con la prisa que
+pudo, a buscar la capa, y bien embozado volvió a su puesto de centinela
+en el cenador, desde el cual veía el perfil de la tapia, destacándose
+borrosa en el cielo negro; y vería también el balcón del tocador si se
+abría para dar paso a don Álvaro.
+
+Oyó las doce, la una, las dos... no oyó las tres, porque debió de
+dormitar un poco, aunque él se lo negaba a sí mismo.... Y a las cuatro no
+pudo resistir ya el frío y el sueño; y delirante, sin conciencia de sí
+mismo ni del mundo ambiente, tropezando en todo, subió a su cuarto,
+buscó la cama a tientas, se desnudó por máquina, se envolvió entre las
+sábanas y se quedó dormido en un sopor de fiebre lleno de fantasmas
+ardientes, de monstruos dolorosos.
+
+Aquella tarde no asistieron al Casino a la hora del café, como solían,
+ni Mesía, ni Ronzal, ni el capitán Bedoya ni el coronel Fulgosio.
+
+Lo cual notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son
+de misterio:
+
+--Señores, cuando yo digo que hay gato....
+
+--¿Qué gato?--preguntó don Frutos Redondo el americano.
+
+Estaban, como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo,
+el del tresillo.
+
+Todos los presentes rodearon a Foja que añadió:
+
+--Noten ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capitán ni el
+coronel. Ciertos son los toros. Cuando el río suena....
+
+--Pero ¿qué suena?--preguntó Orgaz padre, que algo sabía.
+
+Joaquinito, que se daba aires de saber muchas cosas, dijo:
+
+--Nada, señores, yo digo a ustedes que no hay nada....
+
+--Pues con permiso de usted yo sé que hay grandes novedades. Lo sé de
+buena tinta.... Quintanar debe de haber mandado a estas horas sus
+padrinos a don Álvaro.
+
+--¡Padrinos! ¿por qué?--preguntó Redondo.
+
+--¡Bah! Está usted buen cazurro. Demasiado sabe usted por qué. La verdad
+es que aquello era un escándalo.
+
+Joaquín Orgaz defendió a don Álvaro.
+
+Pero Foja no atacaba a Mesía, atacaba a don Víctor que había consentido
+tanto tiempo aquella desvergüenza.
+
+--¿Pero qué sabe usted si consentía? No sabía nada. Y si ahora desafía
+al otro, será que descubrió algo....
+
+--O que se ha cansado de aguantar...--O no habrá tal desafío.
+
+Toda la tarde se habló allí de lo mismo. Al obscurecer llegó Ronzal.
+Nadie se atrevió a interrogarle al principio. Foja se cansó de ser
+prudente y preguntó a Trabuco dándole un golpecito en el hombro:
+
+--¿Es usted padrino?--¿Padrino de qué?--dijo Ronzal con ceño adusto,
+aire misterioso, y como hombre prudentísimo que opone un muro de hielo a
+una indiscreción.
+
+--Padrino del duelo a muerte entre Mesía y Quintanar....
+
+--¿Pero a usted quién le ha dicho?... Palabra de... quiero decir... yo
+no sé... yo niego.... Es usted un mentecato y un hablador insustancial
+¿Cree usted que asuntos tan serios se vienen a tratar al café?
+
+--¿Ven ustedes? Lo que yo decía--gritó Foja triunfante sin hacer caso de
+los insultos.
+
+Ronzal negó, se obstinó en callar; pero se conocía que le costaba
+grandes esfuerzos.
+
+Miró el reloj muchas veces y preguntó a Joaquinito Orgaz, aparte, pero
+de modo que lo oyeran los demás:
+
+--¿Sabe usted si don Pedro el picador tiene todavía sables de...?
+
+Y lo demás lo dijo en voz baja.
+
+Orgaz no sabía nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y salió del
+Casino, diciendo:
+
+--Adiós, señores.--¿Ven ustedes? Lo que yo decía. Duelo tenemos.
+Aquellos señores se declararon en sesión permanente. Los mozos
+encendieron el gas, y continuó el tertulín de la tarde empalmándose con
+el de la noche. Algunos fueron a cenar y volvieron. A las ocho en todo
+el Casino no se hablaba más que del duelo. Los del billar dejaron los
+tacos para venir a la sala de las mentiras a cazar noticias; hasta _los
+de arriba_, los del cuarto del crimen, que solían dejar que pasaran
+revoluciones sin darse por entendidos, mandaron sus emisarios abajo para
+saber lo que ocurría.
+
+Un desafío en Vetusta era un acontecimiento de los más extraordinarios.
+De tarde en tarde algunos señoritos se daban de bofetadas en el Espolón,
+en algún sitio público, pero no pasaba de ahí. Los insultos no tenían
+jamás consecuencias. Nunca había habido en Vetusta una sala de armas.
+Hacía años, un comandante retirado había querido ganarse la vida dando
+lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y otros
+varios comenzaron con gran afición a dejarse dar de palos, pero pronto
+se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro prestado
+a cualquiera.
+
+No se recordaba en la población más que dos desafíos en que se hubiera
+llegado _al terreno_; uno de Mesía, allá, muchos años atrás, cuando era
+muy joven; había sido padrino del contrario Frígilis, único vetustense
+que asistió al lance.
+
+Nunca había querido decir lo que había pasado allí, pero era lo cierto
+que ni Mesía ni su adversario habían guardado cama un solo día después
+del duelo.
+
+El otro desafío había sido entre un jefe económico y un cajero por
+cuestiones de la caja. Sobre si sacaste tú o saqué yo. Se habían batido
+a primera sangre. El cajero había recibido un arañazo en el cuello,
+porque el jefe económico daba sablazos horizontales con el propósito de
+degollar al contrario. Y no había más desafíos _llevados al terreno_ en
+las crónicas vetustenses.
+
+Se discutió mucho aquella noche, para pasar el rato mientras llegaban
+noticias, sobre la legitimidad de esta _costumbre bárbara que habíamos
+heredado de la Edad media_.
+
+Orgaz padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, aseguró
+que el duelo era resto de las ordalías.
+
+Don Frutos dijo que sí sería, pero que ni ordalías ni san ordalías le
+hacían a él batirse. Él acudía al juez si le ofendían, y si no había
+modo, ventilaba la cuestión a palos.--Eso de que me mate un espadachín,
+que no ha tenido que trabajar para ganarse la comida, no lo consentirá
+el hijo de mi madre.
+
+--Sin embargo--decía Orgaz padre--hay circunstancias... el honor... la
+sociedad.... Ya ve usted, Fígaro condena el duelo, y confiesa que él se
+batiría llegado el caso.
+
+--Es que yo no soy un mal barbero, señor mío--gritó don Frutos--tengo
+algo que perder.
+
+Hubo que explicarle a don Frutos quién era Fígaro; pero aún después de
+enterado, Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y gritar, vociferó
+diciendo, que de todas maneras, al que le desafiase, él le rompía el
+alma....
+
+--Pues yo--dijo el ex-alcalde--a la justicia me atengo... una querella
+criminal, la ley está terminante....
+
+--Pues yo--exclamó solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz
+temblorosa--yo no hago nada de eso. Al que me desafíe, si es un diestro,
+le obligo a aceptar un duelo en las condiciones siguientes: (Atención
+general.) A dos pasos de distancia (se coloca, midiendo dos pasos
+largos, enfrente de don Frutos que se pone muy serio y erguido) una
+pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz palidece ante la idea de que
+aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos, tres (da las tres
+palmadas) ¡plun! ¡y al que Dios se la dé San Pedro se la bendiga! Así me
+bato yo. La cuestión no es ser diestro, es tener valor.
+
+--¡Bravo, bravo! ¡eso, eso!--gritó gran parte del concurso, como si
+oyera aquello por primera vez.
+
+Siempre que se hablaba de desafíos decían lo mismo que aquel día Foja,
+don Frutos, Orgaz y otros caballeros.
+
+En vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron
+por allí ni Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, según se decía, eran
+los padrinos, amén de Frígilis.
+
+Era verdad. Por más que Crespo encargó el secreto más absoluto a todas
+las personas que tuvieron que intervenir en el triste negocio, no se
+sabe cómo, aunque se sospecha que por culpa de Ronzal, pronto corrió por
+Vetusta el rumor de lo cierto. Petra y Ronzal habían sido los
+indiscretos. Petra, por venganza, por mala índole, había hablado, había
+dicho a alguna amiga _lo de_ su antigua ama. «¿Que por qué había dejado
+aquella casa? Por tal y por cual». Trabuco, a quien la honra de merecer
+la confianza de Quintanar había llenado de vanidad, no había podido
+resistir la tentación de dejar _transparentarse_ su secreto. Ello era
+que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa.
+
+El Gobernador decía en su casa que no se le hablase de aquello, que su
+deber de autoridad estaba en abierta contradicción con su deber de
+caballero, que debía tener oídos de mercader, ojos de topo, y los
+tendría....
+
+Pasó aquel día, y pasó el siguiente y no se sabía nada.
+
+--¿Era _una papa_ lo del duelo?--preguntaba Foja en el Casino.
+
+Y entonces reventó Joaquinito Orgaz, que lo sabía todo por el
+Marquesito.
+
+--No, no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte.
+
+Pero los padrinos se habían portado mal, eran torpes, a pesar de las
+ínfulas del coronel Fulgosio que decía tener el código del honor en la
+punta de los dedos: no parecían armas, se había hablado del sable
+primero, pero no parecían sables de desafío; no había en Vetusta sables
+así, o no querían darlos los que los tenían. Se había recurrido a la
+pistola... y tampoco parecían pistolas a propósito. «Yo creo--añadía
+Joaquinito, y Paco cree lo mismo, que esto es inverosímil y que Frígilis
+quiere dar largas al asunto a ver si convence a Mesía y lo hace
+marcharse de Vetusta».
+
+--¡Qué indignidad!--gritó Foja.
+
+--Pues ésa había sido la primera solución. La misma noche del día en
+que, al parecer (esto se cuenta por lo menos) don Víctor descubrió su
+deshonra, Frígilis fue a ver a Mesía y le suplicó que saliera del pueblo
+cuanto antes. Mesía se lo contó _ce_ por _be_ a Paco.
+
+--Bueno, ¿y qué más?
+
+--Nada, que Mesía, como era natural, se opuso; dijo que Quintanar y todo
+Vetusta podían atribuir a miedo su ausencia.--Pero Frígilis, que tiene
+cierta influencia sobre don Álvaro, le obligó a darle palabra de honor
+de que al día siguiente tomaría el tren de Madrid. Parece ser que
+Quintanar tuvo en sus manos la vida de Álvaro; que pudo matarle de un
+tiro y no le mató. Y Frígilis invocaba esto y los derechos del marido
+ultrajado para obligar a Mesía a huir. «Eso no es cobardía--dice que
+le dijo--eso es hacerse justicia a sí mismo, usted merece la muerte por
+su traición y yo le conmutó la pena por el destierro».
+
+--¿Eso dijo Crespo?--Eso.--¡Miren Frígilis!--Tiene mucha confianza
+con Álvaro, que le respeta mucho.
+
+--Bueno, ¿y qué más?
+
+--Nada, que Álvaro dio palabra. Pero al día siguiente, ayer por la
+mañana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el equipaje para
+largarse, se le presentaron Frígilis y Ronzal en son de desafío. Parece
+ser que muy temprano don Víctor llamó a Frígilis y le obligó a buscar a
+Trabuco para ir juntos a desafiar al burlador; Frígilis no tuvo más
+remedio que obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba
+escapar, amenazó con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los
+periódicos, en la calle.... Estaba furioso.
+
+--¡Claro, las comedias!--Ello es, que Frígilis tuvo que devolver a
+Álvaro la promesa de huir y mandarle buscar padrinos.
+
+--¿Y Mesía?--Es claro; dejó el viaje y buscó padrinos; querían que yo
+fuese uno (mentira) pero después... como yo soy muy amigo de ambos... en
+fin, se buscó otros... y no parecían.... Sólo Fulgosio, que siempre se
+presta a tales enredos... y Bedoya, que al fin es militar....
+
+En general, Joaquinito estaba bien enterado. Mesía se lo había dicho
+todo al Marquesito que había ido a verle a la fonda.
+
+Lo que no le había dicho era que él tenía mucho miedo; que así como se
+alegraba de ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca
+salud que le quedaba y a dejarle en ridículo a los mismos ojos de Ana,
+le horrorizaba la idea de verse frente a frente de don Víctor con una
+espada o una pistola en la mano.
+
+La proposición primera de Frígilis la aceptó inmediatamente.
+
+«¡Era natural! debía huir, ¿con qué derecho iba él a procurar la muerte
+del hombre que le había perdonado la vida aquella mañana y a quien él
+había robado la honra? Huiría; al día siguiente, sin falta tomaría el
+tren».
+
+Ya lo esperaba Frígilis, que sabía a qué atenerse respecto del valor de
+Álvaro.
+
+Como que había sido testigo de aquel duelo misterioso, a que aludían los
+socios del Casino. Don Álvaro, por culpa de una mujer, había sido retado
+a singular combate por un forastero; todos los padrinos eran de la
+guarnición menos Frígilis, único vetustense que presenció el lance. El
+duelo era a sable, en el Montico, en una arboleda, de tarde, cerca del
+obscurecer. Mesía y su adversario estaban en mangas de camisa (se
+acordaba Frígilis como si hubiese sido el día anterior), estaban en
+mangas de camisa, sable en mano... ambos pálidos y temblando de frío y
+de miedo. El cielo encapotado amenazaba desplomarse en torrentes de
+lluvia. Los dos _combatientes_ miraban a las nubes. Frígilis comprendió
+lo que deseaban. Comenzó la lid soltera y al primer choque de los aceros
+estalló un trueno y empezaron a caer gotas como puños. Mesía y su
+adversario temblaban como las ramas de los árboles que batía el
+viento.... Tan grande fue el chaparrón que los padrinos suspendieron el
+duelo... que no se continuó. «No habían ido a batirse contra los
+elementos». Mesía quedó incólume y Crespo implícitamente le dio
+seguridades de que guardaría el secreto de aquel trance ridículo y de la
+cobardía del Tenorio vetustense.
+
+Recordando todo esto, Frígilis trató como un zapato a Mesía aquella
+noche memorable en que le intimó la huida. Pero--decía bien Joaquín
+Orgaz--al día siguiente tuvo que devolver su palabra a don Álvaro. Ya no
+debía huir. Quintanar se empeñaba en batirse; era aragonés y no cejaría.
+
+«No sé quién me le ha cambiado. Anoche parecía resuelto o poco menos a
+una solución pacífica, se contentaba con que usted desapareciera; y hoy,
+cuando fui a verle me encontré al señor de Ronzal, que está presente, al
+lado del lecho de mi amigo».
+
+Ronzal saludó. Mesía se había puesto muy pálido. Estaba metiendo ropa
+blanca en un mundo y suspendió la tarea.
+
+--De modo que...--Que tiene usted que buscar padrinos.
+
+A Frígilis le había disgustado que don Víctor, sin consultar con él,
+hubiese llamado a Ronzal. Quintanar creía en la energía del diputado por
+Pernueces y sabía que no estimaba a don Álvaro. Según el ex-magistrado,
+era un buen padrino. Error, según Frígilis.
+
+Lo peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar.
+
+«¡Ni un día se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra es pública, que la
+reparación lo sea, y además terrible y rápida».
+
+«Pero si tienes fiebre, si estás malo...».
+
+«No importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me
+levanto y busco yo mismo otros padrinos».
+
+No hubo más remedio. Mesía, a regañadientes, y ocultando el pavor como
+podía, buscó sus dos padrinos.
+
+Se convino que el duelo fuese a sable. Pero no parecían sables útiles.
+Además, surgieron dificultades sobre ciertos pormenores. Y así pasó un
+día.
+
+Al siguiente por la mañana se acordó que se batieran a pistola.
+
+Don Víctor formó entonces su plan. Se alegró de que fuese el duelo a
+pistola.
+
+Pero tampoco parecían pistolas de desafío.
+
+Y pasó otro día. Don Víctor se levantó al siguiente después de pasar
+setenta horas en la cama, con fiebre un día entero, impaciente a ratos,
+angustiado otros, y siempre disimulando en presencia de Ana, que le
+cuidaba solícita.
+
+Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedió a la
+calentura vinieron accesos de melancolía, y meditaciones
+filosófico-religiosas. Don Víctor sintió que el ánimo aflojaba, no por
+amor a la vida propia, que no creía en gran peligro ante don Álvaro,
+sino por miedo a los remordimientos. Cuando supo lo de las pistolas,
+resolvió no matar a su contrario. «Le dejaría cojo. Tiraría a las
+piernas. El otro no era probable que le hiriese a él tirando a veinte
+pasos; tendría que ser por una casualidad».
+
+Sin que Ana sospechase nada, porque Mesía había cumplido su palabra,
+dada a Frígilis, de despedirse por escrito para un viaje electoral,
+urgentísimo y breve; sin que Ana sospechase por lo menos que se trataba
+de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, salió de casa don
+Víctor por la puerta del parque acompañado de Frígilis, a la hora en que
+solían ir de caza.
+
+En la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La mañana estaba fría
+y la helada sobre la hierba imitaba una somera nevada.
+
+En la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de él estaba
+Benítez, el médico de Ana. Al verle don Víctor palideció, pero en nada
+más se pudo notar su emoción.
+
+Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero.
+Se apearon, y rodeando la quinta del Marqués, entraron en el bosque de
+robles donde meses antes don Víctor había buscado a su mujer ayudado del
+Magistral. «¡Cuántas cosas se explicaba ahora que no había comprendido
+entonces!». No importaba; la verdad era que del furor que en su corazón
+había hecho estragos después de la visita nocturna de don Fermín, ya no
+quedaban más que restos apagados: ya no aborrecía a don Álvaro, ya no se
+figuraba imposible la vida mientras no muriese aquel hombre: la
+filosofía y la religión triunfaban en el ánimo de don Víctor. Estaba
+decidido a no matar.
+
+Llegaron a lo más alto del bosque; allí había una meseta, y en un claro
+sitio suficiente para medir más de treinta pasos. Las últimas
+condiciones del duelo eran estas: veinticinco pasos, pudiendo avanzar
+cinco cada cual. Valía apuntar en los intervalos de las palmadas que
+habían de ser muy breves. Lo cierto era que Fulgosio, el coronel, nunca
+había presenciado un duelo a pistola, aunque él aseguraba haber asistido
+a muchos, y Ronzal y Bedoya en su vida habían intervenido en semejantes
+negocios. Frígilis sólo había visto el duelo frustrado de Mesía.
+Aquellas condiciones las había copiado el coronel de una novela francesa
+que le había prestado Bedoya. Lo único original allí era que Fulgosio
+juraba que su honor de soldado no le permitía autorizar un simulacro de
+desafío, y que el duelo a pistola y a tal distancia y a la voz de mando
+sin apuntar y entre dos _primerizos_, pues primerizo era también Mesía a
+pistola, sería la carabina de Ambrosio.
+
+Bedoya pensó que don Víctor era buen tirador, pero no se atrevió a
+presentar objeciones a su colega. La parte contraria tampoco tuvo nada
+que decir.
+
+Cuando llegaron a la meseta, lugar del duelo, don Víctor y los suyos
+encontraron solo el terreno. Quince minutos después aparecieron entre
+los árboles desnudos don Álvaro y sus padrinos, más el señor don
+Robustiano Somoza. Mesía estaba hermoso con su palidez mate, y su traje
+negro cerrado, elegante y pulquérrimo.
+
+A don Víctor se le saltaron las lágrimas al ver a su enemigo. En aquel
+instante hubiera gritado de buena gana: ¡perdono! ¡perdono!... como
+Jesús en la cruz. Quintanar no tenía miedo, pero desfallecía de
+tristeza; «¡qué amarga era la ironía de la suerte! ¡Él, él iba a
+disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera hecho feliz a Anita, si diez
+años antes la hubiera enamorado! ¡Y él... él, Quintanar, estaría a estas
+horas tranquilo en el Tribunal Supremo o en La Almunia de don Godino!...
+Todo aquello de matarse era absurdo.... Pero no había remedio. La prueba
+era que ya le llamaban, ya le ponían la pistola fría en la mano...».
+
+Frígilis, sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de que
+Mesía tuviera valor para disparar y, por casualidad también, herir a
+Víctor, Frígilis apretó la mano a Quintanar al dejarle en su puesto de
+honor.
+
+Y se separaron testigos y médicos a buena distancia, porque todos temían
+una _bala perdida_. Don Álvaro pensó en Dios sin querer. Esta idea
+aumentó su pavor; recordó que aquella piedad sólo le acudía en las
+enfermedades graves, en la soledad de su lecho de solterón....
+
+Frígilis estaba asustado del valor de aquel hombre.
+
+Mesía mismo se explicaba mal cómo había llegado hasta allí.
+
+Pensando en esto, y mientras apuntaba a don Víctor, sin verle, sin ver
+nada, sin fuerza para apretar el gatillo, oyó tres palmadas rápidas y en
+seguida una detonación. La bala de Quintanar quemó el pantalón ajustado
+del petimetre.
+
+Mesía sintió de repente una fuerza extraña en el corazón; era robusto,
+la sangre bulló dentro con energía. El instinto de conservación despertó
+con ímpetu. «Había que defenderse. Si el otro volvía a disparar iba a
+matarle; ¡era don Víctor, el gran cazador!».
+
+Mesía avanzó cinco pasos y apuntó. En aquel instante se sintió tan bravo
+como cualquiera. ¡Era la corazonada! El pulso estaba firme; creía tener
+la cabeza de don Víctor apoyada en la boca de su pistola; suavemente
+oprimió el gatillo frío y... creyó que se le había escapado el tiro.
+«No, no había sido él quien había disparado, había sido la
+_corazonada_».
+
+Ello era que don Víctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba cubierta
+de escarcha, y mordía la tierra.
+
+La bala de Mesía le había entrado en la vejiga, que estaba llena.
+
+Esto lo supieron poco después los médicos, en la casa nueva del Vivero,
+adonde se trasladó, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado.
+Yacía don Víctor en la misma cama donde meses antes había dormido con el
+dulce sueño de los niños.
+
+Alrededor del lecho estaban los dos médicos, Frígilis que tenía lágrimas
+heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de
+remordimientos. Bedoya había acompañado a Mesía, que pocas horas después
+tomaba el tren de Madrid, tres días más tarde de lo que Frígilis había
+pensado.
+
+Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y
+triste, esperaba órdenes en la habitación contigua a la del moribundo.
+Vio salir a Frígilis que enseñaba los puños al cielo, creyéndose solo.
+
+--¿Qué hay, señor? ¿Cómo está ese bendito del Señor?...
+
+Frígilis miró a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo
+mismo dijo:
+
+--La vejiga llena.... La peritonitis de... no sé quién.... Eso dicen
+ellos.
+
+--¿La qué, señor?
+
+--Nada... ¡que se muere de fijo!
+
+Y Frígilis entró en un gabinete, que estaba a obscuras para llorar a
+solas.
+
+Poco después Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrás a Somoza el
+médico.
+
+--¿Y trasladarle a Vetusta?...--decía el militar.
+
+--¡Imposible! ¡Ni soñarlo! ¿Y para qué? Morirá esta tarde de fijo.
+
+Somoza solía equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos.
+
+Esta vez se equivocó dándole a don Víctor más tiempo de vida del que le
+otorgó la bala de don Álvaro.
+
+Murió Quintanar a las once de la mañana.
+
+ * * * * *
+
+El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel año en Vetusta. ¡Cosa rara!
+
+Las nubes eternas del Corfín habían vertido todos sus humores en Marzo y
+en Abril. Los vetustenses salían a la calle como el cuervo de Noé pudo
+salir del arca, y todos se explicaban que no hubiera vuelto. Después de
+dos meses pasados debajo del agua, ¡era tan dulce ver el cielo azul,
+respirar aire y pasearse por prados verdes cubiertos de belloritas que
+parecen chispas del sol!
+
+Toda Vetusta paseaba. Pero Frígilis no pudo conseguir que Ana pusiera el
+pie en la calle.
+
+--Pero, hija mía, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha dicho
+Benítez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios no se
+callarán mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el sol...
+vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable... tenga usted caridad...
+consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer si usted quiere; ¡está
+el paseo grande tan hermoso a tales horas! O si no al obscurecer, a
+tomar el fresco, por una carretera.... Por Dios, hija, va usted a
+enfermar otra vez.
+
+--No, no salgo...--y Ana movía la cabeza como los ciegos--. Por Dios,
+don Tomás, no me atormenten, no me atormenten con ese empeño.... Ya
+saldré más adelante... no sé cuándo. Ahora me horroriza la idea de la
+calle.... ¡Oh, no, por Dios... no! por Dios me dejen.
+
+Y juntaba las manos y se exaltaba; y Frígilis tenía que callar.
+
+Ocho días había estado Ana entre la vida y la muerte, un mes entero en
+el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente, padeciendo
+ataques nerviosos de formas extrañas, que a ella misma le parecían
+enfermedades nuevas cada vez.
+
+Frígilis había dicho a la Regenta que Quintanar estaba herido allá en
+las marismas de Palomares, que se le había disparado la escopeta y....
+Pero Ana, espantada, adivinando la verdad, había exigido que se la
+llevase a las marismas de Palomares inmediatamente....
+
+--«No podía ser, no había tren hasta el día siguiente...».
+
+--«Pues un coche, un coche.... Se me engaña; si eso fuera cierto, usted
+estaría al lado de Víctor...».
+
+Frígilis explicó su presencia lo menos mal que pudo.
+
+Las mentiras piadosas fueron inútiles; Ana se dispuso a salir sola, a
+correr en busca de su Víctor.... Hubo que decirle una verdad; la muerte
+de su esposo. Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cayó sin sentido
+y despertó en el lecho. Dos días creyó Frígilis tenerla engañada,
+atribuyendo la desgracia a un accidente de la caza. Pero Ana creía la
+verdad, no lo que le decían; la ausencia de Mesía y la muerte de Víctor
+se lo explicaron todo.
+
+Y una tarde, a los tres días de la catástrofe, en ausencia de Frígilis,
+Anselmo entregó a su ama una carta en que don Álvaro explicaba desde
+Madrid su desaparición y su silencio.
+
+Cuando Crespo, al obscurecer, entró en la alcoba de Ana, la llamó en
+vano dos, tres veces.... Pidió luz asustado y vio a su amiga como muerta,
+supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de Mesía.
+
+Y poco después, mientras Benítez traía a la vida con antiespasmódicos a
+la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos,
+complicaciones del sistema nervioso, Frígilis en el tocador leía la
+carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino; y
+después de leer el papel asqueroso, lo arrugaba entre sus puños de
+labrador y decía con voz ronca:
+
+--¡Idiota! ¡infame! ¡grosero! ¡idiota! Don Álvaro en aquel papel que
+olía a mujerzuela, hablaba con frases románticas e incorrectas de su
+crimen, de la muerte de Quintanar, de la _ceguera de la pasión_. «Había
+huido porque...».
+
+--¡Porque tuviste miedo a la justicia, y a mí también, cobarde!--se dijo
+Frígilis.
+
+«Había huido porque el remordimiento le arrastró lejos de _ella_... Pero
+que el amor le mandaba volver. ¿Volvía? ¿Creía Ana que debía volver? ¿O
+que debían juntarse en otra parte, en Madrid por ejemplo?». Todo era
+falso, frío, necio, en aquel papel escrito por un egoísta incapaz de
+amar de veras a los demás, y no menos inepto para saber ser digno en las
+circunstancias en que la suerte y sus crímenes le habían puesto.
+
+Ana, que no había podido terminar la lectura de la carta, que había
+caído sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos renglones
+fangosos la confirmación terminante de sus sospechas, no pudo por
+entonces pensar en la pequeñez de aquel espíritu miserable que albergaba
+el cuerpo gallardo que ella había creído amar de veras, del que sus
+sentidos habían estado realmente enamorados a su modo. No, en esto no
+pensó la Regenta hasta mucho más tarde.
+
+En el delirio de la enfermedad grave y larga que Benítez combatió
+desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento
+mezclado con los disparates plásticos de la fiebre.
+
+Otra vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el pánico de la locura, la
+horrorosa aprensión de perder el juicio y conocerlo ella; y otra vez
+este terror superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y seguir
+las prescripciones de aquel médico frío, siempre fiel, siempre atento,
+siempre inteligente.
+
+Días enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar; pero
+esto fue al principio de la mejoría; cuando el cuerpo débil volvió a
+sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un náufrago cansado
+de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga.
+
+Con el alimento y la nueva fuerza reapareció el fantasma del crimen.
+¡Oh, qué evidente era el mal! Ella estaba condenada. Esto era claro como
+la luz. Pero a ratos, meditando, pensando en su delito, en su doble
+delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al remordimiento, que era
+una cosa sólida en la conciencia, un mal palpable, una desesperación
+definida, evidente, se mezclaba, como una niebla que pasa delante de un
+cuerpo, un vago terror más temible que el infierno, el terror de la
+locura, la aprensión de perder el juicio; Ana dejaba de ver tan claro su
+crimen; no sabía quién, discutía dentro de ella, inventaba sofismas sin
+contestación, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hacían
+dudar de todo, de que hubiera justicia, crímenes, piedad, Dios, lógica,
+alma.... Ana. «No, no hay nada, decía aquel tormento del cerebro; no hay
+más que un juego de dolores, un choque de contrasentidos que pueden
+hacer que padezcas infinitamente; no hay razón para que tenga límites
+esta tortura del espíritu, que duda de todo, de sí mismo también, pero
+no del dolor que es lo único que llega al que dentro de ti siente, que
+no se sabe cómo es ni lo que es, pero que padece, pues padeces».
+
+Estas logomaquias de la voz interior, para la enferma eran claras,
+porque no hablaba así en sus adentros sino en vista de lo que
+experimentaba; todo esto lo pensaba porque lo observaba dentro de sí:
+llegaba a no creer más que en su dolor.
+
+Y era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los
+pies, volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la
+evidencia de la vida, de la lógica, del orden y la consistencia del
+mundo; aunque fuera para volver a encontrar el recuerdo de un adulterio
+infame y de un marido burlado, herido por la bala de un miserable
+cobarde que huía de un muerto y no había huido del crimen.
+
+Y este mismo placer, esta complacencia egoísta, que ella no podía
+evitar, que la sentía aun repugnándole sentirla, era nuevo
+remordimiento.
+
+Se sorprendía sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en ella
+la lógica regularmente y creía en las leyes morales y se veía criminal,
+claramente criminal, según principios que su razón acataba. Esto era
+horrible, pero al fin era vivir en tierra firme, no sobre la masa
+enferma movediza de disparates del capricho intelectual, no en una
+especie de _terremoto_ interior que era lo peor que podía traer la
+sensación al cerebro.
+
+Ana explicó todo esto a Benítez como pudo, eludiendo el referirse a sus
+remordimientos.
+
+Pero él comprendió lo que decía y lo que callaba y declaró que el
+principal deber por entonces era librarse del peligro de la muerte.
+
+--¿Quiere usted un suicidio?--¡Oh, no, eso no!--Pues si no hemos de
+suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del cuerpo exige
+otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted señora cree
+que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y
+aborreciendo lo que no debió haber sido.... Todo esto sería muy bueno si
+usted tuviera fuerzas para soportar ese teje maneje del pensamiento. No
+las tiene usted. Olvido, paz, silencio interior, conversación con el
+mundo, con la primavera que empieza y que viene a ayudarnos a vivir....
+Yo le prometo a usted que el día en que la vea fuera de todo cuidado,
+sana y salva, le diré, si usted quiere: Anita, ahora ya tiene usted
+bastante salud para empezar a darse tormento a sí misma.
+
+Y Frígilis hablaba en el mismo sentido.
+
+Y nadie más hablaba, porque Anselmo apenas sabía hablar, Servanda iba y
+venía como una estatua de movimiento... y los demás vetustenses no
+entraban en el caserón de los Ozores después de la muerte de don Víctor.
+
+No entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a
+otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos
+vetustenses el íntimo placer que les causaba _aquel gran escándalo que
+era como una novela_, algo que interrumpía la monotonía eterna de la
+ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido.
+¡Era un escándalo! ¡Un adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un
+ex-regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En
+Vetusta, ni aun en los días de revolución había habido tiros. No había
+costado a nadie un cartucho la conquista de los derechos inalienables
+del hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la _Regenta_,
+rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y
+precavido. «Ya se sabía que muchas damas principales de la Encimada y de
+la Colonia engañaban o habían engañado o estaban a punto de engañar a su
+respectivo esposo, ¡pero no a tiros!». La envidia que hasta allí se
+había disfrazado de admiración, salió a la calle con toda la amarillez
+de sus carnes. Y resultó que envidiaban en secreto la hermosura y la
+fama de virtuosa de la Regenta no sólo Visitación Olías de Cuervo y
+Obdulia Fandiño y la baronesa de la _Deuda Flotante_, sino también la
+Gobernadora, y la de Páez y la señora de Carraspique y la de Rianzares o
+sea el Gran Constantino, y las criadas de la Marquesa y toda la
+aristocracia, y toda la clase media y hasta las mujeres del pueblo... y
+¡quién lo dijera! la Marquesa misma, aquella doña Rufina tan liberal que
+con tanta magnanimidad se absolvía a sí misma de las _ligerezas_ de la
+juventud... ¡y otras!
+
+Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la
+envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas
+mujeres. Glocester en el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de
+escándalo, de hipocresía, de perversión, de extravíos babilónicos; y en
+el Casino, Ronzal. Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos sobre
+la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro paredes.
+
+Obdulia Fandiño, pocas horas después de saberse en el pueblo la
+catástrofe, había salido a la calle con su sombrero más grande y su
+vestido más apretado a las piernas y sus faldas más crujientes, a tomar
+el aire de la maledicencia, a olfatear el escándalo, a saborear el dejo
+del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina que lamían
+todos, disimulando el placer de aquella dulzura pegajosa.
+
+«¿Ven ustedes? decían las miradas triunfantes de la Fandiño. Todas somos
+iguales».
+
+Y sus labios decían:--¡Pobre Ana! ¡Perdida sin remedio! ¿Con qué cara
+se ha de presentar en público? ¡Como era tan romántica! Hasta una
+cosa... como esa, tuvo que salirle a ella así... a cañonazos, para que
+se enterase todo el mundo.
+
+--¿Se acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo?--preguntaba el barón.
+
+--Sí, comparen ustedes.... ¡Quién lo diría!...
+
+--Yo lo diría--exclamaba la Marquesa--. A mí ya me dio mala espina
+aquella desfachatez... aquello de ir enseñando los pies descalzos...
+_malorum signum_.
+
+--Sí, _malorum signum_--repetía la baronesa, como si dijera: _et cum
+spiritu tuo_.
+
+--¡Y sobre todo el escándalo!--añadía doña Rufina indignada, después de
+una pausa.
+
+--¡El escándalo!--repetía el coro.
+
+--¡La imprudencia, la torpeza!--¡Eso! ¡Eso!--¡Pobre don Víctor!--Sí,
+pobre, y Dios le haya perdonado... pero él, merecido se lo tenía.
+
+--Merecidísimo.--Miren ustedes que aquella amistad tan íntima....
+
+--Era escandalosa.--Aquello era...--¡Nauseabundo! Esto lo dijo el
+Marqués de Vegallana, que tenía en la aldea todos sus hijos ilegítimos.
+
+Obdulia asistía a tales conversaciones como a un triunfo de su fama.
+Ella no había dado nunca escándalos por el estilo. Toda Vetusta sabía
+quién era Obdulia... pero ella no había dado ningún escándalo.
+
+Sí, sí, el escándalo era lo peor, aquel duelo funesto también era una
+complicación. Mesía había huido y vivía en Madrid.... Ya se hablaba de
+sus amores _reanudados_ con la _Ministra_ de Palomares.... Vetusta había
+perdido dos de sus personajes más importantes... por culpa de Ana y su
+torpeza.
+
+Y se la castigó rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue a
+verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le había pasado por
+las mientes recoger aquella herencia de Mesía.
+
+La fórmula de aquel rompimiento, de aquel cordón sanitario fue esta:
+
+--¡Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la _hija de la
+bailarina italiana_!
+
+El honor de haber resucitado esta frase perteneció a la baronesa de la
+Barcaza.
+
+Si Ripamilán hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado aquel
+acuerdo cruel del _gran mundo_. Pero el pobre don Cayetano había caído
+en su lecho para no levantarse. Allí vivió, siempre contento, dos años
+más.
+
+Acabó su peregrinación en la tierra cantando y recitando versos de
+Villegas.
+
+La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del caserón a nadie, como se
+había prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba muy
+mala, y los más caritativos se contentaron con preguntar a los criados y
+a Benítez cómo iba la enferma, a quien solían llamar _esa desgraciada_.
+
+Ana prefería aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se hubiera
+adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente, volvió a
+pensar en el mundo que la rodeaba, en los años futuros, sintió el hielo
+ambiente y saboreó la amargura de aquella maldad universal. «¡Todos la
+abandonaban! Lo merecía, pero... de todas maneras ¡qué malvados eran
+todos aquellos vetustenses que ella había despreciado siempre, hasta
+cuando la adulaban y mimaban!».
+
+La viuda de Quintanar resolvió seguir hasta donde pudiera los consejos
+de Benítez. Pensaba lo menos posible en sus remordimientos, en su
+soledad, en el porvenir triste, monótono en su negrura.
+
+En cuanto se lo permitió la fortaleza del cuerpo redivivo trabajó en
+obras de aguja, y se empeñó, con voluntad de hierro, en encontrarle
+gracia al punto de crochet y al de media.
+
+Aborrecía los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la llevaba
+a pensar en sus desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo
+conseguía. Entonces se le figuraba que lo mejor de su alma se dormía,
+mientras quedaba en ella despierto el espíritu suficiente para ser tan
+mujer como tantas otras.
+
+Llegó a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el
+patio, sentado en cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin
+hacer más que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo, tal
+vez lo mejor. Por allí debía de irse a la muerte.... Y Ana iba sin miedo.
+El morir no la asustaba, lo que quería era morir sin desvanecerse en
+aquellas locuras de la debilidad de su cerebro....
+
+Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le
+preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda:
+
+--¿Está usted contento?
+
+Y con otra sonrisa fría, triste, contestaba el médico:
+
+--Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente....
+
+Pero cuando se quedaban solos Benítez y Crespo, el doctor decía:
+
+--No me gusta Ana...--Pues yo la veo muy tranquila a ratos....
+
+--Sí, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a distraerse.
+
+Y Frígilis se propuso conseguir que se distrajera.
+
+Y por eso la rogaba que saliese con él a paseo cuando llegó aquel Mayo
+risueño, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta.
+
+Pero como no consiguió nada, como Anita le pedía con las manos en cruz
+que la dejasen en paz, tranquila en su caserón, Crespo resolvió divertir
+a su pobre amiga en su misma casa.
+
+«¡Si él pudiera hacer que se aficionara a los árboles y a las flores!».
+
+Por ensayar nada se perdía. Ensayó.
+
+Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en él, sonriente,
+y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prácticas. Frígilis
+llegó a entusiasmarse, y una tarde contó la historia de su gran triunfo,
+la aclimatación del Eucaliptus globulus en la región vetustense.
+
+Durante la enfermedad de su amiga, don Tomás Crespo, desconfiando del
+celo de Anselmo y de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instaló
+en el caserón de los Ozores. Trasladó su lecho de la posada en que vivía
+desde el año sesenta, a los bajos del caserón. El tocador y la alcoba de
+Ana estaban encima del cuarto que escogió Frígilis. Allí, con el menor
+aparato posible, sin molestar a nadie se instaló para velar a la Regenta
+y acudir al menor peligro.
+
+Comía y cenaba en la posada, pero dormía en el caserón.
+
+Esto no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quejó un día de
+aquella soledad. Confesó que de noche tenía a veces miedo. Y poniéndose
+como un tomate el buen Frígilis advirtió tímidamente que hacía más de
+mes y medio él se había tomado la libertad de venirse a dormir debajo de
+la Regenta. Los criados tenían orden de no decírselo a la señora.
+
+Desde que esto supo Ana se creyó menos sola en sus noches tristes. Roto
+el secreto, Frígilis tosía fuerte abajo a propósito, para que le oyera
+Ana, como diciendo: «No temas, estoy yo aquí».
+
+Pero como la malicia lo sabe todo, también supo esto Vetusta. Se dijo
+que Frígilis se había metido a vivir de pupilo en casa de la Regenta, en
+el caserón nobilísimo de los Ozores.
+
+Y decían unos:--Será una obra de caridad. La pobre estará mal de
+recursos y con la ayuda de Frígilis... podrá ir tirando.
+
+Y el _gran mundo_ echaba por los dedos la cuenta de lo que le habría
+quedado a Anita. «No debía de haberle quedado nada».
+
+--Ella rentas no las tiene.--Las de su marido, las de don Víctor allá
+en Aragón no le pertenecen.
+
+--La viudedad no la habrá pedido....
+
+--¡Sería ignominioso!...
+
+--¡Ya lo creo! ¡Reclamar la viudedad... ella... causa de la muerte del
+digno magistrado!
+
+--Sería indigno.
+
+--Indigno.
+
+--Y ya no está bien que viva en el caserón de los Ozores.
+
+--Claro, porque aunque se lo regaló su esposo, según dicen, él fue quien
+se lo compró a las tías de Ana, y no con bienes gananciales, sino
+vendiendo tierras en la Almunia.
+
+--Sea como sea, ella no debía vivir en esa casa.
+
+--De modo que no se sabe de qué vive.
+
+--Vivirá de eso. De mantener en su casa a Frígilis, que pagará bien.
+
+--Eso sí, porque él es un chiflado, que no tiene escrúpulos... pero es
+bueno.
+
+--Bueno... relativamente--decía el Marqués que con la gota que le
+empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un humor negro
+como un carbón.
+
+Y recordando aquel gerundio que tanto efecto había hecho en otra
+ocasión, resumía diciendo:
+
+--De todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la
+viuda infiel de su mejor amigo es... ¡es nauseabundo!
+
+Y nadie se atrevía a negarlo.
+
+Todos aquellos escrúpulos que tenía la tertulia de los Vegallana, habían
+atormentado también a la Regenta. En cuanto se sintió bastante fuerte
+para salir a la huerta, se atrevió a decir a Frígilis lo que la
+atormentaba tiempo atrás.
+
+--Yo... quisiera salir de esta casa.... Esta casa... en rigor... no es
+mía.... Es de los herederos de Víctor, de su hermana doña Paquita, que
+tiene hijos... y....
+
+Frígilis se puso furioso. ¡Cómo se entiende! Todo lo había arreglado él
+ya. Había escrito a Zaragoza y la doña Paquita se había contentado con
+lo de la Almunia. «Bastante era. El caserón era de Ana legalmente y
+moralmente».
+
+Ana cedió porque no tenía ya energía para contrariar una voluntad
+fuerte.
+
+Con más ahínco se negó a firmar los documentos que Frígilis le presentó,
+cuando se propuso pedir la viudedad que correspondía a la Regenta.
+
+--¡Eso no, eso no, don Tomás; primero morir de hambre!
+
+Y en efecto, sí, el hambre, una pobreza triste y molesta amenazaba a la
+viuda si no solicitaba sus derechos pasivos.
+
+Ana dijo que prefería reclamar la orfandad que le pertenecía como hija
+de militar.
+
+--Échele usted un galgo.... Si eso no valdrá nada.... Y no sé si
+podríamos....
+
+Y Frígilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsificó la firma de
+Ana, y después de algunos meses le presentó la primera paga de viuda.
+
+Y era tal la necesidad; tan imposible que por otro camino tuviera ella
+lo suficiente para vivir, que la Regenta, después de llorar y rehusar
+cien veces, aceptó el dinero triste de la viudez y en adelante firmó
+ella los documentos.
+
+Benítez y Frígilis veían en esto síntomas tristes. «Aquella voluntad se
+moría, pensaba Crespo; en otro tiempo Ana hubiera preferido pedir
+limosna.... Ahora cede... por no luchar».
+
+Y se le caían las lágrimas.
+
+«Si yo fuera rico... pero es uno tan pobre...».
+
+«Y, añadía, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos no es vergonzoso...
+a ella se lo parece... pero no lo es.... Ese dinero es suyo».
+
+Así vivía Ana. Benítez desde que desapareció el peligro inminente,
+visitó menos a la viuda.
+
+Servanda y Anselmo eran fieles, tal vez tenían cariño al ama, pero eran
+incapaces de mostrarlo. Obedecían y servían como sombras. Le hacía más
+compañía el gato que ellos.
+
+Frígilis era el amigo constante, el compañero de sus tristezas.
+
+Hablaba poco. Pero a ella la consolaba el pensar: «está Crespo ahí».
+
+Paso a paso volvía la salud a enseñorearse del cuerpo siempre hermoso de
+Ana Ozores.
+
+Y con algo de remordimiento de conciencia, sentía de nuevo apego a la
+vida, deseo de actividad. Llegó un día en que ya no le bastó vegetar al
+lado de Frígilis, viéndole sembrar y plantar en la huerta y oyendo sus
+apologías del Eucaliptus.
+
+Se había prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle una
+cárcel demasiado estrecha.
+
+Una mañana despertó pensando que aquel año _no había cumplido_ con la
+Iglesia. Además ya podía salir de su caserón triste para ir a misa. Sí,
+iría a misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la
+capilla de la Victoria que estaba allí cerca.
+
+Y también iría a confesar.
+
+Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en
+aquellas _grandes cosas_ que la volvían loca, Anita Ozores volvió a las
+prácticas religiosas, jurándose a sí misma no dejarse vencer ya jamás
+por aquel _misticismo falso_ que era su vergüenza. «La visión de Dios....
+Santa Teresa.... Todo aquello había pasado para no volver.... Ya no le
+atormentaba el terror del infierno, aunque se creía perdida por su
+pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que
+en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino».
+
+Ahora nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad
+mecánica, aquel rezar y oír misa como las demás le parecía bien, le
+parecía la religión compatible con el marasmo de su alma. Y además, sin
+darse cuenta de ello, la _religión vulgar_ (que así la llamaba para sus
+adentros), le daba un pretexto para faltar a su promesa de no salir
+jamás de casa.
+
+Llegó Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y
+caliente, Ana salió del caserón de los Ozores y con el velo tupido sobre
+el rostro, toda de negro, entró en la catedral solitaria y silenciosa.
+Ya había terminado el coro.
+
+Algunos canónigos y beneficiados ocupaban sus respectivos confesonarios
+esparcidos por las capillas laterales y en los intercolumnios del
+ábside, en el trasaltar.
+
+¡Cuánto tiempo hacía que ella no entraba allí!
+
+Como quien vuelve a la patria, Ana sintió lágrimas de ternura en los
+ojos. ¡Pero qué triste era lo que la decía el templo hablando con
+bóvedas, pilares, cristalerías, naves, capillas... hablando con todo lo
+que contenía a los recuerdos de la Regenta!...
+
+Aquel olor singular de la catedral, que no se parecía a ningún otro,
+olor fresco y de una voluptuosidad íntima, le llegaba al alma, le
+parecía música sorda que penetraba en el corazón sin pasar por los
+oídos.
+
+«¡Ay si renaciera la fe! ¡Si ella pudiese llorar como una Magdalena a
+los pies de Jesús!».
+
+Y por la vez primera, después de tanto tiempo, sintió dentro de la
+cabeza aquel estallido que le parecía siempre voz sobrenatural, sintió
+en sus entrañas aquella ascensión de la ternura que subía hasta la
+garganta y producía un amago de estrangulación deliciosa.... Salieron
+lágrimas a los ojos, y sin pensar más, Ana entró en la capilla obscura
+donde tantas veces el Magistral le había hablado del cielo y del amor de
+las almas.
+
+«¿Quién la había traído allí? No lo sabía. Iba a confesar con
+cualquiera y sin saber cómo se encontraba a dos pasos del confesonario
+de aquel hermano mayor del alma, a quien había calumniado el mundo por
+culpa de ella y a quien ella misma, aconsejada por los sofismas de la
+pasión grosera que la había tenido ciega, había calumniado también
+pensando que aquel cariño del sacerdote era amor brutal, amor como el de
+Álvaro, el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no había
+comprendido por culpa de la propia torpeza».
+
+«Volver a aquella amistad ¿era un sueño? El impulso que la había
+arrojado dentro de la capilla ¿era voz de lo alto o capricho del
+histerismo, de aquella maldita enfermedad que a veces era lo más íntimo
+de su deseo y de su pensamiento, ella misma?». Ana pidió de todo corazón
+a Dios, a quien claramente creía ver en tal instante, le pidió que fuera
+voz Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien
+tanto tiempo había creído y no el solicitante lascivo que le había
+pintado Mesía el infame. Ana oró, con fervor, como en los días de su
+piedad exaltada; creyó posible volver a la fe y al amor de Dios y de la
+vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que
+el infierno; creyó salvarse cogida a aquella tabla de aquel cajón
+sagrado que tantos sueños y dolores suyos sabía....
+
+La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y
+misteriosos de la lámpara de la capilla se mezclaban en el rostro
+anémico de aquel Jesús del altar, siempre triste y pálido, que tenía
+concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que reflejaban una
+idea inmóvil, eterna.... Cuatro o cinco bultos negros llenaban la
+capilla. En el confesonario sonaba el cuchicheo de una beata como rumor
+de moscas en verano vagando por el aire.
+
+El Magistral estaba en su sitio. Al entrar la Regenta en la capilla, la
+reconoció a pesar del manto. Oía distraído la cháchara de la penitente;
+miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel perfil conocido y
+amado, se había presentado como en un sueño. El talle, el contorno de
+toda la figura, la genuflexión ante el altar, otras señales que sólo él
+recordaba y reconocía, le gritaron como una explosión en el cerebro:
+
+--¡Es Ana! La beata de la celosía continuaba el rum rum de sus pecados.
+El Magistral no la oía, oía los rugidos de su pasión que vociferaban
+dentro.
+
+Cuando calló la beata volvió a la realidad el clérigo, y como una
+máquina de echar bendiciones desató las culpas de la devota, y con la
+misma mano hizo señas a otra para que se acercase a la celosía vacante.
+
+Ana había resuelto acercarse también, levantar el velo ante la red de
+tablillas oblicuas, y a través de aquellos agujeros pedir el perdón de
+Dios y el del hermano del alma, y si el perdón no era posible, pedir la
+penitencia sin el perdón, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada,
+no sabía qué, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno....
+Quería llorar allí, donde había llorado tantas veces, unas con amargura,
+otras sonriendo de placer entre las lágrimas; quería encontrar al
+Magistral de aquellos días en que ella le juzgaba emisario de Dios,
+quería fe, quería caridad... y después el castigo de sus pecados, si más
+castigo merecía que aquella obscuridad y aquel sopor del alma....
+
+El confesonario crujía de cuando en cuando, como si le rechinaran los
+huesos.
+
+El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata.... La
+capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos
+absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin
+quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor
+dentro del confesonario.
+
+Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche.
+
+Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la seña que la llamase a la
+celosía....
+
+Pero el confesonario callaba. La mano no aparecía, ya no crujía la
+madera.
+
+Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de
+cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una
+escena trágica inminente.
+
+Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño....
+
+Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba....
+
+La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso
+que en las grandes crisis le acudía... y se atrevió a dar un paso hacia
+el confesonario.
+
+Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una
+figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido,
+unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atónitos como los del Jesús
+del altar....
+
+El Magistral extendió un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta,
+que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso
+gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera, abierta la
+boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el
+terror le decía que iba a asesinarla.
+
+El Magistral se detuvo, cruzó los brazos sobre el vientre. No podía
+hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo, volvió a extender los
+brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y después clavándose las
+uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y
+con piernas débiles y temblonas salió de la capilla. Cuando estuvo en el
+trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procuró no
+tropezar con los pilares y llegó a la sacristía sin caer ni vacilar
+siquiera.
+
+Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol
+blanco y negro; cayó sin sentido.
+
+La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se
+iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.
+
+Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y
+sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del
+manojo sonaban chocando.
+
+Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.
+
+Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el
+rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en
+la obscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor
+que otras veces....
+
+Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil,
+como un suspiro.
+
+Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.
+
+Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de
+su lascivia: y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba,
+inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
+
+Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba
+náuseas.
+
+Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
+
+FIN DE LA NOVELA
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA ***
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+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
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+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
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+ https://www.gutenberg.org
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+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
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